The Project Gutenberg EBook of Zalacan El Aventurero, by Po Baroja

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Title: Zalacan El Aventurero

Author: Po Baroja

Release Date: August 23, 2004 [EBook #13264]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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[Nota del Transcriptor: Este texto digital ha conservado las
irregularidades en puntuacin, acentuacin y ortografa del libro original.]




        ZALACAN EL AVENTURERO


        PO BAROJA


        ZALACAN EL AVENTURERO

        (Historia de las buenas andanzas y fortunas de
        Martn Zalacan el Aventurero)

        MADRID.--1919.





PRLOGO

CMO ERA LA VILLA DE URBIA EN EL LTIMO TERCIO DEL SIGLO XIX


Una muralla de piedra, negruzca y alta rodea a Urbia. Esta muralla sigue
a lo largo del camino real, limita el pueblo por el Norte y al llegar al
ro se tuerce, tropieza con la iglesia, a la que coge, dejando parte del
bside fuera de su recinto, y despus escala una altura y envuelve la
ciudad por el Sur.

Hay todava, en los fosos, terrenos encharcados con hierbajos y
espadaas, poternas llenas de hierros, garitas desmochadas, escalerillas
musgosas, y alrededor, en los glacis, altas y romnticas arboledas,
malezas y boscajes y verdes praderas salpicadas de florecillas. Cerca,
en la aguda colina a cuyo pie se sienta el pueblo, un castillo sombro
se oculta entre gigantescos olmos.

Desde el camino real, Urbia aparece como una agrupacin de casas
decrpitas, leprosas, inclinadas, con balcones corridos de madera y
miradores que asoman por encima de la negra pared de piedra que las
circunda.

Tiene Urbia una barriada vieja y otra nueva. La barriada vieja, la
_calle_, como se le llama por antonomasia en vascuence, est formada,
principalmente, por dos callejuelas estrechas, sinuosas y en cuesta que
se unen en la plaza.

El pueblo viejo, desde la carretera, traza una lnea quebrada de tejados
torcidos y mugrientos, que va descendiendo desde el Castillo hasta el
ro. Las casas, encaramadas en la cintura de piedra de la ciudad, parece
a primera vista que se encuentran en una posicin estrecha  incmoda,
pero no es as, sino todo lo contrario, porque, entre el pie de las
casas y los muros fortificados, existe un gran espacio ocupado por una
serie de magnficas huertas. Tales huertas, protegidas de los vientos
fros, son excelentes. En ellas se pueden cultivar plantas de zona
clida como naranjos y limoneros.

La muralla, por la parte interior que da a las huertas, tiene un camino
formado por grandes losas, especie de acera de un metro de ancho con su
barandado de hierro.

En los intersticios de estas losas viejas, y desgastadas por las
lluvias, crecen la venenosa cicuta y el beleo; junto a las paredes
brillan, en la primavera, las flores amarillentas del diente del len y
del verbasco, los gladiolos de hermoso color carmes y las digitales
purpreas. Otros muchos hierbajos, mezclados con ortigas y amapolas, se
extienden por la muralla y adornan con su verdura y con sus
constelaciones de flores pequeas y simples las almenas, las aspilleras
y los matacanes.

Durante el invierno, en las horas de sol, algunos viejos de la vecindad,
con traje de casa y zapatillas, pasean por la cornisa, y al llegar Marzo
o Abril contemplan los progresos de los hermosos perales y melocotoneros
de las huertas.

Observan tambin, disimuladamente, por las aspilleras, si viene algn
coche o carro al pueblo, si hay novedades en las casas de la barriada
nueva, no sin cierta hostilidad, porque todos los habitantes del
interior sienten una obscura y mal explicada antipata por sus
convecinos de extra-muros.

La cintura de piedra del pueblo viejo se abre en unos sitios por puertas
ojivales; en otros se rompe irregularmente, dejando un boquete que por
das se ve agrandarse.

En algunas de las puertas, debajo, de la ojiva primitiva, se hizo
posteriormente, no se sabe con qu objeto, un arco de medio punto.

En las piedras de las jambas quedan empotrados hierros que sirvieron
para las poternas. Los puentes levadizos estn substitudos por montones
de tierra que rellenan el foso hasta la necesaria altura.

Urbia ofrece aspectos varios segn el sitio de donde se le contemple;
desde lejos y viniendo desde la carretera, sobre todo al anochecer,
tiene la apariencia de un castillo feudal; la ciudadela sombra,
envuelta entre grandes rboles, prolongada despus por el pueblo con sus
muros fortificados que chorrean agua, presentan un aspecto grave y
guerrero; en cambio, desde el puente y un da de sol, Urbia no da
ninguna impresin fosca, por el contrario, parece una diminuta
Florencia, asentada en las orillas de un riachuelo claro, pedregoso,
murmurador y de rpida corriente.

Las dos filas de casas baadas por el ro son casas viejas con galeras
y miradores negruzcos, en los cuales cuelgan ropas puestas a secar,
ristras de ajos y de pimientos. Estas galeras tienen en un extremo una
polea y un cubo para subir agua. Al finalizar las casas, siguiendo las
orillas del ro, hay algunos huertos, por cuyas tapias verdosas surgen
cipreses altos, delgados y espirituales, lo que da a este rincn un
mayor aspecto florentino.

Urbia intra-muros se acaba pronto; fuera de las dos calles largas, solo
tiene callejones hmedos y estrechos y la plaza. Esta es una encrucijada
lbrega, constituida por una pared de la iglesia con varias rejas
tapiadas, por la Casa del Ayuntamiento con sus balcones volados y su
gran portn coronado por el escudo de la villa, y por un casern enorme
en cuyo bajo se halla instalado el almacn de Azpillaga.

El almacn de Azpillaga, donde se encuentra de todo, debe dar a los
aldeanos la impresin de una caja de Pandora, de un mundo inexplorado y
lleno de maravillas. A la puerta de casa de Azpillaga, colgando de las
negras paredes, suelen verse chisteras para jugar a la pelota, albardas,
jquimas, monturas de estilo andaluz; y en las ventanas, que hacen de
escaparate frascos con caramelos de color, aparejos complicados de
pesca, con su corcho rojo y sus caas, redes sujetas a un mango, marcos
de hojadelata, santos de yeso y de latn y estampas viejas, sucias por
las moscas.

En el interior hay ropas, mantas, lanas, jamn, botellas de Chartreuse
falsificado, loza fina... El Museo Britnico no es nada, en variedad, al
lado de este almacn.

A la puerta suele pasearse Azpillaga, grueso, majestuoso, con su aire
clerical, unas mangas azules y su boina. Las dos calles principales de
Urbia son estrechas, tortuosas y en cuesta. La mayora de los vecinos de
esas dos calles son labradores, alpargateros y carpinteros de carros.
Los labradores, por la maana, salen al campo con sus yuntas. Al
despertar el pueblo, al amanecer, se oyen los mugidos de los bueyes;
luego, los alpargateros sacan su banco a la acera, y los carpinteros
trabajan en medio de la calle en compaa de los chiquillos, de las
gallinas y de los perros.

Algunas de las casas de las dos calles principales muestran su escudo,
otras, sentencias escritas en latn, y la generalidad, un nmero, la
fecha en que se hicieron y el nombre del matrimonio que las mand
construir...

Hoy, el pueblo lo forma casi exclusivamente la parte nueva, limpia,
coquetona, un poco presuntuosa. El verano cruzan la carretera un sin fin
de automviles y casi todos se paran un momento en la casa de Ohando,
convertido en Gran Hotel de Urbia. Algunas seoritas, apasionadas por lo
pintoresco, mientras el grueso pap escribe postales en el hotel, suben
las escaleras del portal de la Antigua, recorren las dos calles
principales de la ciudad y sacan fotografas de los rincones que les
parecen romnticos y de los grupos de alpargateros que se dejan retratar
sonriendo burlonamente.

Hace cuarenta aos la vida en Urbia era pacfica y sencilla; los
domingos haba el acontecimiento de la misa mayor, y por la tarde el
acontecimiento de las vsperas. Despus, en un prado anejo a la
Ciudadela y del cual se haba apoderado la villa, iba el tamborilero y
la gente bailaba alegremente, al son del pito y del tamboril, hasta que
el toque del ngelus terminaba con la zambra y los campesinos volvan a
sus casas despus de hacer una estacin en la taberna.




LIBRO PRIMERO

La infancia de Zalacan




CAPTULO PRIMERO

CMO VIVI Y SE EDUC MARTN ZALACAN


Un camino en cuesta baja de la Ciudadela pasa por encima del cementerio
y atraviesa el portal de Francia. Este camino, en la parte alta, tiene a
los lados varias cruces de piedra, que terminan en una ermita y por la
parte baja, despus de entrar en la ciudad, se convierte en calle. A la
izquierda del camino, antes de la muralla, haba hace aos un casero
viejo, medio derrudo, con el tejado terrero lleno de pedruscos y la
piedra arenisca de sus paredes desgastada por la accin de la humedad y
del aire. En el frente de la decrpita y pobre casa, un agujero indicaba
dnde estuvo en otro tiempo el escudo, y debajo de l se adivinaban, ms
bien que se lean, varias letras que componan una frase latina: _Post
funera virtus vivit_.

En este casero naci y pas los primeros aos de su infancia Martn
Zalacan de Urbia, el que, ms tarde, haba de ser llamado Zalacan el
Aventurero; en este casero so sus primeras aventuras y rompi los
primeros pantalones.

Los Zalacan vivan a pocos pasos de Urbia, pero ni Martn ni su familia
eran ciudadanos; faltaban a su casa unos metros para formar parte de la
villa.

El padre de Martn fu labrador, un hombre obscuro y poco comunicativo,
muerto en una epidemia de viruelas; la madre de Martn tampoco era mujer
de carcter; vivi en esa obscuridad psicolgica normal entre la gente
del campo, y pas de soltera a casada y de casada a viuda con absoluta
inconsciencia. Al morir su marido, qued con dos hijos Martn y una nia
menor, llamada Ignacia.

El casero donde habitaban los Zalacan perteneca a la familia de
Ohando, familia la ms antigua aristocrtica y rica de Urbia.

Viva la madre de Martn casi de la misericordia de los Ohandos.

En tales condiciones de pobreza y de miseria, pareca lgico que, por
herencia y por la accin del ambiente, Martn fuese como su padre y su
madre, obscuro, tmido y apocado; pero el muchacho result decidido,
temerario y audaz.

En esta poca, los chicos no iban tanto a la escuela como ahora, y
Martn pas mucho tiempo sin sentarse en sus bancos. No saba de ella
ms si no que era un sitio obscuro, con unos cartelones blancos en las
paredes, lo cual no le animaba a entrar. Le alejaba tambin de aquel
modesto centro de enseanza el ver que los chicos de la calle no le
consideraban como uno de los suyos, a causa de vivir fuera del pueblo y
de andar siempre hecho un andrajoso.

Por este motivo les tena algn odio; as que cuando algunos chiquillos
de los caseros de extramuros entraban en la calle y comenzaban a
pedradas con los ciudadanos, Martn era de los ms encarnizados en el
combate; capitaneaba las hordas brbaras, las diriga y hasta las
dominaba.

Tena entre los dems chicos el ascendiente de su audacia y de su
temeridad. No haba rincn del pueblo que Martn no conociera. Para l,
Urbia era la reunin de todas las bellezas, el compendio de todos los
intereses y magnificencias.

Nadie se ocupaba de l, no comparta con los dems chicos la escuela y
huroneaba por todas partes. Su abandono le obligaba a formarse sus ideas
espontneamente y a templar la osada con la prudencia.

Mientras los nios de su edad aprendan a leer, l daba la vuelta a la
muralla, sin que le asustasen las piedras derrumbadas, ni las zarzas que
cerraban el paso.

Saba dnde haba palomas torcaces  intentaba coger sus nidos, robaba
fruta y coga moras y fresas silvestres.

A los ocho aos, Martn gozaba de una mala fama digna ya de un hombre.
Un da, al salir de la escuela, Carlos Ohando, el hijo de la familia
rica que dejaba por limosna el casero a la madre de Martn, sealndole
con el dedo, grit:

--Ese! Ese es un ladrn.

--Yo!--exclam Martn.

--T, s. El otro da te vi que estabas robando peras en mi casa. Toda
tu familia es de ladrones.

Martn, aunque respecto a l no poda negar la exactitud del cargo,
crey no deba permitir este ultraje dirigido a los Zalacan y,
abalanzndose sobre el joven Ohando, le di una bofetada morrocotuda.
Ohando contest con un puetazo, se agarraron los dos y cayeron al
suelo, se dieron de trompicones, pero Martn, ms fuerte, tumbaba
siempre al contrario. Un alpargatero tuvo que intervenir en la contienda
y, a puntapis y a empujones, separ a los dos adversarios. Martn se
separ triunfante y el joven Ohando, magullado y maltrecho, se fu a su
casa.

La madre de Martn, al saber el suceso, quiso obligar a su hijo a
presentarse en casa de Ohando y a pedir perdn a Carlos, pero Martn
afirm que antes lo mataran. Ella tuvo que encargarse de dar toda clase
de excusas y explicaciones a la poderosa familia.

Desde entonces, la madre miraba a su hijo como a un rprobo.

--De dnde ha salido este chico as!--deca, y experimentaba al pensar
en l un sentimiento confuso de amor y de pena, solo comparable con el
asombro y la desesperacin de la gallina, cuando empolla huevos de pato
y ve que sus hijos se zambullen en el agua sin miedo y van nadando
valientemente.




CAPTULO II

DONDE SE HABLA DEL VIEJO CNICO MIGUEL DE TELLAGORRI


Algunas veces, cuando su madre enviaba por vino o por sidra a la taberna
de Arcale a su hijo Martn, le sola decir:

--Y si le encuentras, al viejo Tellagorri, no le hables, y si te dice
algo, respndele a todo que no.

Tellagorri, to-abuelo de Martn, hermano de la madre de su padre, era
un hombre flaco, de nariz enorme y ganchuda, pelo gris, ojos grises, y
la pipa de barro siempre en la boca. Punto fuerte en la taberna de
Arcale, tena all su centro de operaciones, all peroraba, discuta y
mantena vivo el odio latente que hay entre los campesinos por el
propietario.

Viva el viejo Tellagorri de una porcin de pequeos recursos que l se
agenciaba, y tena mala fama entre las personas pudientes del pueblo.
Era, en el fondo, un hombre de rapia, alegre y jovial, buen bebedor,
buen amigo y en el interior de su alma bastante violento para pegarle un
tiro a uno o para incendiar el pueblo entero.

La madre de Martn presinti que, dado el carcter de su hijo,
terminara hacindose amigo de Tellagorri, a quien ella consideraba como
un hombre siniestro. Efectivamente, as fu; el mismo da en que el
viejo supo la paliza que su sobrino haba adjudicado al joven Ohando, le
tom bajo su proteccin y comenz a iniciarle en su vida.

El mismo sealado da en que Martn disfrut de la amistad de
Tellagorri, obtuvo tambin la benevolencia de _Marqus. Marqus_ era el
perro de Tellagorri, un perro chiquito, feo, contagiado hasta tal punto
con las ideas, preocupaciones y maas de su amo, que era como l;
ladrn, astuto, vagabundo, viejo, cnico, insociable  independiente.
Adems, participaba del odio de Tellagorri por los ricos, cosa rara en
un perro. Si _Marqus_ entraba alguna vez en la iglesia, era para ver si
los chicos haban dejado en el suelo de los bancos donde se sentaban
algn mendrugo de pan, no por otra cosa. No tena veleidades msticas. A
pesar de su ttulo aristocrtico, _Marqus_, no simpatizaba ni con el
clero ni con la nobleza. Tellagorri le llamaba siempre _Marquesch_,
alteracin que en vasco parece ms cariosa.

Tellagorri posea un huertecillo que no vala nada, segn los
inteligentes, en el extremo opuesto de su casa, y para ir a l le era
indispensable recorrer todo el balcn de la muralla. Muchas veces le
propusieron comprarle el huerto, pero l deca que le vena de familia y
que los higos de sus higueras eran tan excelentes, que por nada del
mundo vendera aquel pedazo de tierra.

Todo el mundo crea que conservaba el huertecillo para tener derecho de
pasar por la muralla y robar, y esta opinin no se hallaba, ni mucho
menos, alejada de la realidad.

Tellagorri era de la familia de los Galchagorris, la familia de los
pantalones colorados, y este consonante, entre el mote de su familia y
su nombre haba servido al padre de la sacristana, viejo chusco que
odiaba a Tellagorri, de motivo a una cancin que hasta los chicos la
saban y que mortificaba profundamente a Tellagorri.

La cancin deca as:

        Tellagorri
        Galchagorri
        Ongui etorri
        Onera.
        Ostutzale
        Erantzale
        Nescatzale
        Zu cer.

(Tellagorri, Galchagorri, bien venido seas aqu. Aficionado a robar,
aficionado a beber aficionado a las muchachas, eres t.)

Tellagorri, al oir la cancin, frunca el entrecejo y se pona serio.

Tellagorri era un individualista convencido, tena el individualismo del
vasco reforzado y calafateado por el individualismo de los Tellagorris.

--Cada cual que conserve lo que tenga y que robe lo que pueda--deca.

sta era la ms social de sus teoras, las ms insociables se las
callaba.

Tellagorri no necesitaba de nadie para vivir. l se haca la ropa, l se
afeitaba y se cortaba el pelo, se fabrica las abarcas, y no necesitaba
de nadie, ni de mujer ni de hombre. As al menos lo aseguraba l.

Tellagorri, cuando le tom por su cuenta a Martn, le ense toda su
ciencia. Le explic la manera de acogotar una gallina sin que
alborotase, le mostr la manera de coger los higos y las ciruelas de las
huertas sin peligro de ser visto, y le ense a conocer las setas buenas
de las venenosas por el color de la hierba en donde se cran.

Esta cosecha de setas y la caza de caracoles constitua un ingreso para
Tellagorri, pero el mayor era otro.

Haba en la Ciudadela, en uno de los lienzos de la muralla, un rellano
formado por tierra, al cual pareca tan imposible llegar subiendo como
bajando. Sin embargo, Tellagorri di con la vereda para escalar aquel
rincn y, en este sitio recndito y soleado, puso una verdadera
plantacin de tabaco, cuyas hojas secas venda al tabernero Arcale.

El camino que llevaba a la plantacin de tabaco del viejo, parta de una
heredad de los Ohandos y pasaba por un foso de la Ciudadela. Abriendo
una puerta vieja y carcomida que haba en este foso, por unos escalones
cubiertos de musgo, se llegaba al rincn de Tellagorri.

Este camino suba apoyndose en las gruesas races de los rboles,
constituyendo una escalera de desiguales tramos, metida en un tnel de
ramaje.

En verano, las hojas lo cubran por completo. En los das calurosos de
Agosto se poda dormir all a la sombra, arrullado por el piar de los
pjaros y el rezongar de los moscones.

El foso era lugar tambin interesante para Martn; las paredes estaban
cubiertas de musgos rojos, amarillos y verdes; entre las piedras nacan
la lechetrezna, el beleo y el yezgo, y los grandes lagartos
tornasolados se tostaban al sol. En los huecos de la muralla tenan sus
nidos las lechuzas y los mochuelos.

Tellagorri explicaba todo detenidamente a Martn.

Tellagorri era un sabio, nadie conoca la comarca como l, nadie
dominaba la geografa del ro Ibaya, la fauna y la flora de sus orillas
y de sus aguas como este viejo cnico.

Guardaba, en los agujeros del puente romano, su aparejo y su red para
cuando la veda; saba pescar al martillo, procedimiento que se reduce a
golpear algunas losas del fondo del ro y luego a levantarlas, con lo
que quedan las truchas que han estado debajo inmviles y aletargadas.

Saba cazar los peces a tiros; pona lazos a las nutrias en la cueva de
Amaviturrieta, que se hunde en el suelo y est a medias llena de agua;
echaba las redes en Ocin beltz, el agujero negro en donde el ro se
embalsa; pero no empleaba nunca la dinamita porque, aunque vagamente,
Tellagorri amaba la Naturaleza y no quera empobrecerla.

Le gustaba tambin a este viejo embromar a la gente: deca que nada
gustaba tanto a las nutrias como un peridico con buenas noticias, y
aseguraba que si se dejaba un papel a la orilla del ro, estos animales
salen a leerlo; contaba historias extraordinarias de la inteligencia de
los salmones y de otros peces. Para Tellagorri, los perros si no
hablaban era porque no queran, pero l los consideraba con tanta
inteligencia como una persona. Este entusiasmo por los canes le haba
impulsado a pronunciar esta frase irrespetuosa:

--Yo le saludo con ms respeto a un perro de aguas, que al seor
prroco.

La tal frase escandaliz el pueblo.

Haba gente que comenzaba a creer que Tellagorri y Voltaire eran los
causantes de la impiedad moderna.

Cuando no tenan, el viejo y el chico, nada que hacer, iban de caza con
_Marquesch_ al monte. Arcale le prestaba a Tellagorri su escopeta.
Tellagorri, sin motivo conocido, comenzaba a insultar a su perro. Para
esto siempre tena que emplear el castellano:

--Canalla! Granuja!--le deca--. Viejo cochino! Cobarde!

_Marqus_ contestaba a los insultos con un ladrido suave, que pareca
una quejumbrosa protesta, mova la cola como un pndulo y se pona a
andar en zig-zag, olfateando por todas partes. De pronto vea que
algunas hierbas se movan y se lanzaba a ellas como una flecha.

Martn se diverta muchsimo con estos espectculos. Tellagorri lo tena
como acompaante para todo, menos para ir a la taberna; all no le
quera a Martn. Al anochecer, sola decirle, cuando l iba a perorar al
parlamento de casa de Arcale:

--Anda, vete a mi huerta y coge unas peras de all, del rincn, y
llvatelas a casa. Maana me dars la llave.

Y le entregaba un pedazo de hierro que pesaba media tonelada por lo
menos.

Martn recorra el balcn de la muralla. As saba que en casa de Tal
haban plantado alcachofas y en la de Cual judas. El ver las huertas y
las casas ajenas desde lo alto de la muralla, y el contemplar los
trabajos de los dems, iba dando a Martn cierta inclinacin a la
filosofa y al robo.

Como en el fondo el joven Zalacan era agradecido y de buena pasta,
senta por su viejo Mentor un gran entusiasmo y un gran respeto.
Tellagorri lo saba, aunque daba a entender que lo ignoraba; pero en
buena reciprocidad, todo lo que comprenda que le gustaba al muchacho o
serva para su educacin, lo haca si estaba en su mano.

Y qu rincones conoca Tellagorri! Como buen vagabundo era aficionado a
la contemplacin de la Naturaleza. El viejo y el muchacho suban a las
alturas de la Ciudadela, y all, tendidos sobre la hierba y las aliagas,
contemplaban el extenso paisaje. Sobre todo, las tardes de primavera era
una maravilla. El ro Ibaya, limpio, claro, cruzaba el valle por entre
heredades verdes, por entre filas de lamos altsimos, ensanchndose y
saltando sobre las piedras, estrechndose despus, convirtindose en
cascada de perlas al caer por la presa del molino. Cerraban el horizonte
montes ceudos y en los huertos se vean arboledas y bosquecillos de
frutales.

El sol daba en los grandes olmos de follaje espeso de la Ciudadela y los
enrojeca y los coloreaba con un tono de cobre.

Bajando desde lo alto, por senderos de cabras, se llegaba a un camino
que corra junto a las aguas claras del Ibaya. Cerca del pueblo,
algunos pescadores de caa, se pasaban la tarde sentados en la orilla y
las lavanderas, con las piernas desnudas metidas en el ro, sacudan las
ropas y cantaban.

Tellagorri conoca de lejos a los pescadores.--All estn Tal y Tal,
deca--. Seguramente no han pescado nada. No se reuna con ellos; l
saba un rincn perfumado por las flores de las acacias y de los espinos
que caa sobre un sitio en donde el ro estaba en sombra y a donde
afluan los peces.

Tellagorri le curta a Martn, le haca andar, correr, subirse a los
rboles, meterse en los agujeros como un hurn, le educaba a su manera,
por el sistema pedaggico de los Tellagorris que se pareca bastante al
salvajismo.

Mientras los dems chicos estudiaban la doctrina y el catn, l
contemplaba los espectculos de la Naturaleza, entraba en la cueva de
Erroitza en donde hay salones inmensos llenos de grandes murcilagos que
se cuelgan de las paredes por las uas de sus alas membranosas, se
baaba en Ocin beltz, a pesar de que todo el pueblo consideraba este
remanso peligrossimo, cazaba y daba grandes viajatas.

Tellagorri haca que su nieto entrara en el ro cuando llevaban a baar
los caballos de la diligencia, montado en uno de ellos.

--Ms adentro! Ms cerca de la presa, Martn!--le deca.

Y Martn, riendo, llevaba los caballos hasta la misma presa.

Algunas noches, Tellagorri, le llev a Zalacan al cementerio.

--Esprame aqu un momento--le dijo.

--Bueno.

Al cabo de media hora, al volver por all le pregunt:

--Has tenido miedo, Martn?

--Miedo de qu?

--_Arrayua!_ As hay que ser--deca Tellagorri--. Hay que estar firmes,
siempre firmes.




CAPTULO III

LA REUNIN DE LA POSADA DE ARCALE


La posada de Arcale estaba en la calle del castillo y haca esquina al
callejn Oquerra. Del callejn se sala al portal de la Antigua;
hendidura estrecha y lbrega de la muralla que bajaba por una rampa en
zig-zag al camino real. La casa de Arcale era un casern de piedra hasta
el primer piso, y lo dems de ladrillo, que dejaba ver sus vigas
cruzadas y ennegrecidas por la humedad. Era, al mismo tiempo, posada y
taberna con honores de club, pues all por la noche se reunan varios
vecinos de la _calle_ y algunos campesinos a hablar y a discutir y los
domingos a emborracharse. El zagun negro tena un mostrador y un
armario repleto de vinos y licores; a un lado estaba la taberna, con
mesas de pino largas que podan levantarse y sujetarse a la pared, y en
el fondo la cocina. Arcale era un hombre grueso y activo, excosechero,
extratante de caballos y contrabandista. Tena cuentas complicadas con
todo el mundo, administraba las diligencias, chalaneaba, gitaneaba, y
los das de fiesta aada a sus oficios el de cocinero. Siempre estaba
yendo y viniendo, hablando, gritando, riendo a su mujer y a su hermano,
a los criados y a los pobres; no paraba nunca de hacer algo.

La tertulia de la noche en la taberna de Arcale la sostenan Tellagorri
y Picha. Picha, digno compinche de Tellagorri, le serva de contraste.
Tellagorri era flaco, Picha gordo; Tellagorri vesta de obscuro,
Picha, quiz para poner ms en evidencia su volumen, de claro;
Tellagorri pasaba por pobre, Picha era rico; Tellagorri era liberal,
Picha carlista; Tellagorri no pisaba la iglesia, Picha estaba siempre
en ella, pero a pesar de tantas divergencias Tellagorri y Picha se
sentan almas gemelas que fraternizaban ante un vaso de buen vino.

Tenan estos dos oradores de la taberna de Arcale hablando en castellano
un carcter comn y era que invariablemente trabucaban las efes y las
pes. No haba medio de que las pronunciasen a derechas.

--Qu te _farece_ a t el mdico nuevo?--le preguntaba Picha a
Tellagorri.

--!Ps!--contestaba el otro--. La _frtica_ es lo que le _palta_.

--Pues es hombre listo, hombre de alguna _portuna,_ tiene su _fiano_ en
casa.

No haba manera de que uno u otro pronunciaran estas letras bien.

Tellagorri se senta poco aficionado a las cosas de iglesia, tena poca
_apicin_, como hubiera dicho l, y cuando beba dos copas de ms la
primera gente de quien empezaba a hablar mal era de los curas. Picha
pareca natural que se indignara y no slo no se indignaba como cerero y
religioso, sino que azuzaba a su amigo para que dijera cosas ms fuertes
contra el vicario, los coadjutores, el sacristn o la cerora.

Sin embargo, Tellagorri respetaba al vicario de Arbea, a quien los
clericales acusaban de liberal y de loco. El tal vicario tena la
costumbre de coger su sueldo, cambiarlo en plata y dejarlo encima de la
mesa formando un montn, no muy grande, porque el sueldo no era mucho,
de duros y de pesetas. Luego, a todo el que iba a pedirle algo, despus
de reirle rudamente y de reprocharle sus vicios y de insultarle a
veces, le daba lo que le pareca, hasta que a mediados del mes se le
acababa el montn de pesetas y entonces daba maz o habichuelas siempre
refunfuando  insultando.

Tellagorri deca:--Esos son curas, no como los de aqu, que no quieren
ms que vivir bien y buenas _profinas_.

Toda la torpeza de Tellagorri hablando castellano se trocaba en
facilidad, en rapidez y en gracia cuando peroraba en vascuence. Sin
embargo, l prefera hablar en castellano porque le pareca ms
elegante.

Cualquier cosa llegaba a ser graciosa en boca de aquel viejo truhn;
cuando pasaba por delante de la taberna alguna chica bonita, Tellagorri
lanzaba un ronquido tan socarrn que todo el mundo rea.

Otro, haciendo lo mismo, hubiese parecido ordinario y grosero; l, no;
Tellagorri tena una elegancia y una delicadeza innata que le alejaban
de la grosera.

Era tambin hombre de refranes, y cuando estaba borracho cantaba muy
mal, sin afinacin alguna, pero dando a las palabras mucha malicia.

Las dos canciones favoritas suyas eran dos hbridas de vascuence y
castellano; traducidas literalmente no queran decir gran cosa, pero en
sus labios significaban todo. Una, probablemente de su invencin, era
as:

        Ba dala sargentua
        Ba dala quefia.
        Erreguien bizcarretic
        Artzen ditu cafia.

(Ya sea sargento, ya sea jefe, a costa de la reina, toma su caf).

Esto, en boca de Tellagori, quiera decir que todo el mundo era un
pillo.

La otra cancin la tena el viejo para los momentos solemnes, y era as:

        Manuelacho, escasayozu
        Barcasiyua Andres.

(Manolita, pdele perdn a Andrs).

Y haca, al decir esto Tellagorri, una reverencia cmica, y continuaa
con voz gangosa:

        Beti orrela ibilli gabe
        majo sharraren igues.

(Sin andar siempre, de esa manera, huyendo de un viejecito tan majo).

Y despus, como una consecuencia grave de lo que haba dicho antes,
aada:

        Napoleonen pauso gaiztoac
        ond dituzu icasi.

(Los malos pasos de Napolen, bien los has aprendido).

No era fcil comprender qu malos pasos de Napolen habra aprendido
Manolita. Probablemente Manolita no tendra ni la ms remota idea de la
existencia del hroe de Austerlitz, pero esto no era obstculo para que
la cancin en boca de Tellagorri tuviese muchsima gracia.

Para los momentos en que Tellagorri estaba un tanto excitado o
borracho, tena otra cancin bilinge, en que se celebraba el abrazo de
Vergara y que conclua as:

        Viva Espartero! Viva erreguia!
        Ojal de repente ilcobalizaque
        Bere ama ciquia!

(Viva Espartero! Viva la reina! Ojal de repente se muriese su sucia
madre!).

Este adjetivo, dirigido a la madre de Isabel II, indicaba cmo haba
llegado el odio por Mara Cristina hasta los ms alejados rincones de
Espaa.




CAPTULO IV

QUE SE REFIERE A LA NOBLE CASA DE OHANDO


A la entrada del pueblo nuevo, en la carretera, y por lo tanto, fuera de
las murallas, estaba la casa ms antigua y linajuda de Urbia: la casa de
Ohando.

Los Ohandos constituyeron durante mucho tiempo la nica aristocracia de
la villa; fueron en tiempo remoto grandes hacendados y fundadores de
capellanas, luego algunos reveses de fortuna y la guerra civil,
amenguaron sus rentas y la llegada de otras familias ricas les quit la
preponderancia absoluta que haban tenido.

La casa Ohando estaba en la carretera, lo bastante retirada de ella para
dejar sitio a un hermoso jardn, en el cual, como haciendo guardia, se
levantaban seis magnficos tilos. Entre los grandes troncos de estos
rboles crecan viejos rosales que formaban guirnaldas en la primavera
cuajadas de flores.

Otro rosal trepador, de retorcidas ramas y rosas de color de t, suba
por la fachada extendindose como una parra y daba al viejo casarn un
tono delicado y areo. Tena adems este jardn, en el lado que se una
con la huerta, un bosquecillo de lilas y sacos. En los meses de Abril y
Mayo, estos arbustos florecan y mezclaban sus tirsos perfumados, sus
corolas blancas y sus racimillos azules.

En la casa solar, sobre el gran balcn del centro, campeaba el escudo de
los fundadores tallado en arenisca roja; se vean esculpidos en l dos
lobos rampantes con unas manos cortadas en la boca y un roble en el
fondo. En el lenguaje herldico, el lobo indica encarnizamiento con los
enemigos; el roble, venerable antigedad.

A juzgar por el blasn de los Ohandos, estos eran de una familia
antigua, feroz con los enemigos. Si haba que dar crdito a algunas
viejas historias, el escudo deca nicamente la verdad.

La parte de atrs de la casa de los hidalgos daba a una hondonada; tena
una gran galera de cristales y estaba hecha de ladrillo con entramado
negro; enfrente se ergua un monte de dos mil pies, segn el mapa de la
provincia, con algunos caseros en la parte baja, y en la alta, desnudo
de vegetacin, y slo cubierto a trechos por encinas y carrascas.

Por un lado, el jardn se continuaba con una magnfica huerta en
declive, orientada al medioda.

La familia de los Ohandos se compona de la madre, doa gueda, y de
sus hijos Carlos y Catalina.

Doa gueda, mujer dbil, fantica y entermiza, de muy poco carcter,
estaba dominada constantemente en las cuestiones de la casa por alguna
criada antigua y en las cuestiones espirituales por el confesor.

En esta poca, el confesor era un curita joven llamado don Flix, hombre
de apariencia tranquila y dulce que ocultaba vagas ambiciones de dominio
bajo una capa de mansedumbre evanglica.

Carlos de Ohando el hijo mayor de doa gueda, era un muchacho cerril,
obscuro, tmido y de pasiones violentas. El odio y la envidia se
convertan en el en verdaderas enfermedades.

A Martn Zalacan le haba odiado desde pequeo cuando Martn le calent
las costillas al salir de la escuela, el odio de Carlos se convirti en
furor. Cuando le vea a Martn andar a caballo y entrar en el ro, le
deseaba un desliz peligroso.

Le odiaba frenticamente.

Catalina, en vez de ser obscura y cerril como su hermano Carlos, era
pizpireta, sonriente, alegre y muy bonita. Cuando iba a la escuela con
su carita sonrosada, un traje gris y una boina roja en la cabeza rubia,
todas las mujeres del pueblo la acariciaban, las dems chicas queran
siempre andar con ella y decan que, a pesar de su posicin
privilegiada, no era nada orgullosa.

Una de sus amigas era Ignacita, la hermana de Martn.

Catalina y Martn se encontraban muchas veces y se hablaban; l la vea
desde lo alto de la muralla, en el mirador de la casa, sentadita y muy
formal, jugando o aprendiendo a hacer media. Ella siempre estaba oyendo
hablar de las calaveradas de Martn.

--Ya est ese diablo ah en la muralla--deca doa gueda--. Se va a
matar el mejor da. Qu demonio de chico! Qu malo es!

Catalina ya saba que diciendo ese demonio, o ese diablo, se referan a
Martn.

Carlos alguna vez le haba dicho a su hermana:

--No hables con ese ladrn.

Pero a Catalina no le pareca ningn crimen que Martn cogiera frutas de
los rboles y se las comiese, ni que corriese por la muralla. A ella se
le antojaban extravagancias, porque desde nia tena un instinto de
orden y tranquilidad y le pareca mal que Martn fuese tan loco.

Los Ohandos eran dueos de un jardn prximo al ro, con grandes
magnolias y tilos y cercado por un seto de zarzas.

Cuando Catalina sola ir all con la criada a coger flores, Martn las
segua muchas veces y se quedaba a la entrada del seto.

--Entra si quieres--le deca Catalina.

--Bueno--y Martn entraba y hablaba de sus correras, de las
barbaridadas que iba a hacer y expona las opiniones de Tellagorri, que
le parecan artculos de fe.

--Ms te vala ir a la escuela!--le deca Catalina.

--Yo! A la escuela!--exclamaba Martn--. Yo me ir a Amrica o me ir
a la guerra.

Catalina y la criada entraban por un sendero del jardn lleno de rosales
y hacan ramos de flores. Martn las vea y contemplaba la presa, cuyas
aguas brillaban al sol como perlas y se deshacan en espumas
blanqusimas.

--Ya andara por ah, si tuviera una lancha--deca Martn.

Catalina protestaba.

--No se te van a ocurrir ms que tonteras siempre? Por qu no eres
como los dems chicos?

--Yo les pego a todos--contestaba Martn, como si esto fuera una razn.

...En la primavera, el camino prximo al ro era una delicia. Las hojas
nuevas de las hayas comenzaban a verdear, el helecho lanzaba al aire sus
enroscados tallos, los manzanos y los perales de las huertas ostentaban
sus copas nevadas por la flor y se oan los cantos de las malvices y de
los ruiseores en las enramadas. El cielo se mostraba azul, de un azul
suave, un poco plido y slo alguna nube blanca, de contornos duros,
como si fuera de mrmol, apareca en el cielo.

Los sbados por la tarde, durante la primavera y el verano, Catalina y
otras chicas del pueblo, en compaa de alguna buena mujer, iban al
campo santo. Llevaba cada una un cestito de flores, hacan una escobilla
con los hierbajos secos, limpiaban el suelo de las lpidas en donde
estaban enterrados los muertos de su familia y adornaban las cruces con
rosas y con azucenas. Al volver hacia casa todas juntas, vean cmo en
el cielo comenzaban a brillar las estrellas y escuchaban a los sapos,
que lanzaban su misteriosa nota de flauta en el silencio del
crepsculo...

Muchas veces, en el mes de Mayo, cuando pasaban Tellagorri y Martn por
la orilla del ro, al cruzar por detrs de la iglesia, llegaba hasta
ellos las voces de las nias, que cantaban en el coro las flores de
Mara.

        Emenche gauzcatzu ama

(Aqu nos tienes, madre.)

Escuchaban un momento, y Martn distingua la voz de Catalina, la chica
de Ohando.

--Es _Catali_, la de Ohando--deca Martn.

--Si no eres tonto t, te casars con ella--replicaba Tellagorri.

Y Martn se echaba a reir.




CAPTULO V

DE CMO MURI MARTN LPEZ DE ZALACAN, EN EL AO DE GRACIA
DE MIL CUATROCIENTOS Y DOCE.


Uno de los vecinos que con ms frecuencia paseaba por la acera de la
muralla era un seor viejo, llamado don Fermn Soraberri. Durante
muchsimos aos, don Fermn desempe el cargo de secretario del
Ayuntamiento de Urbia, hasta que se retir, cuando su hija se cas con
un labrador de buena posicin.

El seor don Fermn Soraberri era un hombre alto, grueso, pesado, con
los prpados edematosos y la cara hinchada. Sola llevar una gorrita con
dos cintas colgantes por detrs, una esclavina azul y zapatillas. La
especialidad de don Fermn era la de ser distrado. Se olvidaba de todo.
Sus relaciones estaban cortadas por este patrn:

--Una vez en Oate... (para el seor Soraberri, Oate era la Atenas
moderna.--En Espaa hay veinte o treinta Atenas modernas.) Una vez en
Oate pude presenciar una cosa sumamente interesante. Estbamos reunidos
el seor vicario, un seor profesor de primera enseanza y...--y el
seor Soraberri miraba a todas partes, como espantado, con sus grandes
ojos turbios, y deca:--En qu iba?... Pues... se me ha olvidado la
especie.

Al seor Soraberri siempre se le olvidaba la especie. Casi todos los
das el exsecretario se encontraba con Tellagorri y cambiaban un saludo
y algunas palabras acerca del tiempo y de la marcha de los rboles
frutales. Al comenzar a verle acompaado de Martn, el seor Soraberri
se extra y miraba al muchacho con su aire de elefante hinchado y
reblandecido.

Pens en dirigirle alguna pregunta, pero tard varios das, porque el
seor Soraberri era tardo en todo. Al ltimo le dijo, con su majestuosa
lentitud:

--De quin es este nio, amigo Tellagorri?

--Este chico? Es un pariente mo.

--Algn Tellagorri?

--No; se llama Martn Zalacan.

--Hombre! Hombre! Martn Lpez de Zalacan.

--No, Lpez no--dijo Tellagorri.

--Yo s lo que me digo. Este nio se llama realmente Martn Lpez de
Zalacan y ser de ese casero que est ah cerca del portal de Francia.

--S, seor; de ah es.

--Pues conozco su historia, y Lpez de Zalacan ha sido y Lpez de
Zalacan ser, y si quiere usted maana vaya usted a mi casa y le leer
a usted un papel que copi del archivo del Ayuntamiento acerca de esa
cuestin.

Tellagorri dijo que ira y, efectivamente, al da siguiente, pensando
que quiz lo dicho por el exsecretario tuviese alguna importancia, se
present con Martn en su casa.

Al seor Soraberri se le haba olvidado la especie, pero record pronto
de qu se trataba; encarg a su hija que trajese un vaso de vino para
Tellagorri, entr l en su despacho y volvi poco despus con unos
papeles viejos en la mano; se puso los anteojos, carraspe, revolvi sus
notas, y dijo:

--Ah! Aqu estn. Esto--aadi--es una copia de una narracin que hace
el cronista Iigo Snchez de Ezpeleta acerca de cmo fu vertida la
primera sangre en la guerra de los linajes, en Urbia, entre el solar de
Ohando y el de Zalacan, y supone que estas luchas comenzaron en nuestra
villa a fines del siglo XIV o a principios del XV.

--Y hace mucho tiempo de eso?--pregunt Tellagorri.

--Cerca de quinientos aos.

--Y ya existan Zalacan entonces?

--No slo existan, sino que eran nobles.

--Oye, oye--dijo Tellagorri dando un codazo a Martn, que se distraa.

--Quieren ustedes que lea lo que dice el cronista?

--S, s.

--Bueno. Pues dice as: Ttulo: De cmo muri Martn Lpez de Zalacan,
en el ao de gracia de mil cuatrocientos y doce.

Ledo esto, Soraberri tosi, escupi y comenz esta relacin con gran
solemnidad:

Enemistad antigua sealada avya entre el solar d'Ohando, que es del
reino de Navarra,  el de Zalacan, que es en tierra de la Borte. E
dcese que la causa della foe sobre envidia  a cual vala mas, 
ficieron muchos malheficios  los de Zalacan quemaron vivo al senyor de
Sant Pedro en una pelea que ovyeron en el llano del Somo  porque no
dexo fijo el dicho senyor de Sant Pedro casaron una su fija con Martn
Lpez de Zalacan, home muy andariego.

E dicho Martn Lpez seyendo venido a la billa d'Urbia foe desafiado por
Mosen de Sant Pedro, del solar d'Ohando, que era sobrino del otro senyor
de Sant Pedro  que haba fecho muchos malheficios, acechanzas  rrobos.

E Martn Lpez contestole a su desafiamiento: Como vos sabedes yo so
contado aqu por el mas esforzado ome y ardite en el fecho de las armas
en toda esta tierra y paresce que los d'Ohando a vos han trado por la
mejor lanza de Navarra por vengar la muertte de mi suegro que foe en la
pelea peleada con lealtad en el Somo  como el cuibdaba matar a mi, yo a
el.

E por ende si a vos pluguiese que nos probemos vos  yo, uno para otro,
fasta que uno de nos o ambos por ventura muramos, a mi plasera mucho 
aqu presto.

E respondiole Mosen de Sant Pedro que le plasia  se citaron en el prado
de Sant Ana. En esta sazon venya dicho Martn Lpez encima de su cavallo
como esforzado cavallero  antes de pelear con Mosen de Sant Pedro foe
ferido de una saeta que le entr por un ojo  cayo muertto del cavallo
en medio del prado. E lo desjarretaron. E preparo la asechanza  armo la
ballestta  la disparo Velche de Micolalde, deudo  amigo de Mosen de
Sant Pedro d'Ohando. E los omes de Martn Lpez como lo veyeron muertto
 eran pocos enfrente de los de Ohando, ovyeron muy grant miedo 
comenzaron todos a fugir.

E cuando lo supo la muger de Martn Lpez fu la triste al prado de Sant
Ana,  cuando vido el cuerpo de su marido, sangriento y mutilado, se
afinoj, prsole en sus brazos  comenz a llorar, maldiciendo la guerra
 su mala fortuna. E esto pataba en el ao de Nuestro Senyor de mil
cuatrociensos y doce.

Cuando concluy el seor Soraberri, miro a travs de sus anteojos a sus
dos oyentes. Martn no se haba enterado de nada; Tellagorri dijo:

--S, esos Ohandos es gente _palsa_. Mucho ir a la iglesia, pero luego
matan a traicin.

Soraberri recomend eficazmente a su amigo Tellagorri que no hiciera
nunca juicios aventurados y temerarios, y con este motivo comenz a
contar una historia, precisamente ocurrida en Oate, pero al ir a
especificar los que haban intervenido en su historia, se le olvid la
especie, y lo sinti, verdaderamente lo sinti, porque, segn dijo,
tena la seguridad de que el hecho era sumamente interesante y, adems,
muy digno de mencin.




CAPTULO VI

DE CMO LLEGARON UNOS TITIRITEROS Y DE LO QUE SUCEDI DESPUS


Un da de Mayo, al anochecer, se presentaron en el camino real tres
carros, tirados por caballos flacos, llenos de mataduras y de
esparavanes. Cruzaron la parte nueva del pueblo y se detuvieron en lo
alto del prado de Santa Ana.

No poda Tellagorri, gaceta de la taberna de Arcale, quedar sin saber en
seguida de qu se trataba; as que se present al momento en el lugar,
seguido de _Marqus_.

Trab inmediatamente conversacin con el jefe de la caravana, y despus
de varias preguntas y respuestas y de decir el hombre que era francs y
domador de fieras, Tellagorri se lo llev a la taberna de Arcale.

Martn se enter tambin de la llegada de los domadores con sus fieras
enjauladas, y a la maana siguiente, al levantarse, lo primero que hizo
fu dirigirse al prado de Santa Ana.

Comenzaba a salir el sol cuando lleg al campamento del domador.

Uno de los carros era la casa de los saltimbanquis. Acababan de salir de
dentro el domador, su mujer, un viejo, un chico y una chica. Slo una
nia de pocos meses qued en la carreta-choza jugando con un perro.

El domador no ofreca ese aire, entre petulante y grotesco, tan comn a
los acrbatas de barracas y gentes de feria; era sombro, joven, con
aspecto de gitano, el pelo negro y rizoso, los ojos verdes, el bigote
alargado en las puntas por una especie de patillas pequeas y la
expresin de maldad siniestra y repulsiva.

El viejo, la mujer y los chicos tenan slo carcter de pobres, eran de
esos tipos y figuras borrosas que el troquel de la miseria produce a
millares.

El hombre, ayudado por el viejo y por el chico, traz con una cuerda un
crculo en la tierra y en el centro plant un palo grande, de cuya punta
partan varias cuerdas que se ataban en estacas clavadas fuertemente en
el suelo.

El domador busc a Tellagorri para que le proporcionara una escalera; le
indic ste que haba una en la taberna de Arcale, la sacaron de all y
con ella sujetaron las lonas, hasta que formaron una tienda de campaa
de forma cnica.

Los dos carros con jaulas en donde iban las fieras los colocaron
dejando entre ellos un espacio que serva de puerta al circo, y encima y
a los lados pusieron los saltimbanquis tres carteles pintarrajeados. Uno
representaba varios perros lanzndose sobre un oso, el otro una lucha
entre un len y un bfalo y el tercero unos indios atacando con lanzas a
un tigre que les esperaba en la rama de un rbol como si fuera un
jilguero.

Dieron los hombres la ltima mano al circo, y el domingo, en el momento
en que la gente sala de vsperas, se present el domador seguido del
viejo en la plaza de Urbia, delante de la iglesia. Ante el pueblo
congregado, el domador comenz a soplar en un cuerno de caza y su
ayudante redobl en el tambor.

Recorrieron los dos hombres las calles del barrio viejo y luego salieron
fuera de puertas, y tomando por el puente, seguidos de una turba de
chicos y chicas llegaron al prado de Santa Ana, se acercaron a la
barraca y se detuvieron ante ella.

A la entrada la mujer tocaba el bombo con la mano derecha y los
platillos con la izquierda, y una chica desmelenada agitaba una
campanilla. Unironse a estos sonidos discordantes las notas agudsimas
del cuerno de caza y el redoble del tambor, produciendo entre todo una
algaraba insoportable.

Este ruido ces a una seal imperiosa del domador, que con su
instrumento de viento en el brazo izquierdo se acerc a una escalera de
mano prxima a la entrada, subi dos o tres peldaos, tom una varita y
sealando las monstruosas figuras pintarrajeadas en los lienzos, dijo
con voz enftica:

--Aqu vern ustedes los osos, los lobos, el len y otras terribles
fieras. Vern ustedes la lucha del oso de los Pirineos con los perros
que saltan sobre l y acaban por sujetarle. Este es el len del desierto
cuyos rugidos espantan al ms bravo de los cazadores. Slo su voz pone
espanto en el corazn ms valiente... Oid!

El domador se detuvo un momento y se oyeron en el interior de la barraca
terribles rugidos, y como contestndolos, el ladrar feroz de una docena
de perros.

El pblico qued aterrorizado.

--En el desierto...

El domador iba a seguir, pero viendo que el efecto de curiosidad en el
pblico estaba conseguido y que la multitud pretenda pasar sin tardanza
al interior del circo, grit:

--La entrada no cuesta ms que un real. Adelante, seores! Adelante!

Y volvi a atacar con el cuerno de caza un aire marcial, mientras el
viejo ayudante redoblaba en el tambor.

La mujer abri la lona que cerraba la puerta y se puso a recoger los
cuartos de los que iban pasando.

Martn presenci todas estas maniobras con una curiosidad creciente,
hubiera dado cualquier cosa por entrar, pero no tena dinero.

Busc una rendija entre las lonas para ver algo, pero no la pudo
encontrar; se tendi en el suelo y estaba as con la cara junto a la
tierra cuando se le acerc la chica haraposa del domador que tocaba la
campanilla a la puerta.

--Eh, t qu haces ah?

--Mirar--dijo Martn.

--No se puede.

--Y por qu no se puede?

--Porque no. Si no qudate ah, ya vers si te pesca mi amo.

--Y quin es tu amo?

--Quin ha de ser? El domador.

--Ah! Pero t eres de aqu?

--S

--Y no sabes pasar?

--Si no dices a nadie nada ya te pasar.

--Yo tambin te traer cerezas.

--De dnde?

--Yo s donde las hay.

--Cmo te llamas?

--Martn, y t?

--Yo, Linda.

--As se llamaba la perra del mdico--dijo poco galantemente Martn.

Linda no protest de la comparacin; fu detrs de la entrada del circo,
tir de una lona, abri un resquicio, y dijo a Martn:

--Anda, pasa.

Se desliz Martn y luego ella.

--Cuando me dars las cerezas?--pregunt la chica.

--Cuando esto se concluya ir a buscarlas.

Martn se coloc entre el pblico. El espectculo que ofreca el domador
de fieras era realmente repulsivo.

Alrededor del circo, atados a los pies de un banco hecho con tablas,
haba diez o doce perros flacos y sarnosos. El domador hizo restallar el
ltigo, y todos los perros a una comenzaron a ladrar y a aullar
furiosamente. Luego el hombre vino con un oso atado a una cadena, con la
cabeza protegida por una cubierta de cuero.

El domador oblig a ponerse de pie varias veces al oso, y a bailar con
el palo cruzado sobre los hombros y a tocar la pandereta. Luego solt un
perro que se lanz sobre el oso, y despus de un momento de lucha se le
colg de la piel. Tras de ste solt otro perro y luego otro y otro, con
lo cual el pblico se comenz a cansar.

A Martn no le pareci bien, porque el pobre oso estaba sin defensa
alguna. Los perros se echaban con tal furia sobre el oso que para
obligarles a soltar la presa el domador o el viejo tenan que morderles
la cola. A Martn no le agrad el espectculo y dijo en voz alta, y
algunos fueron de su opinin, que el oso atado no poda defenderse.

Despus todava martirizaron ms a la pobre bestia. El domador era un
verdadero canalla y pegaba al animal en los dedos de las patas, y el oso
babeaba y gema con unos gemidos ahogados.

--Basta! Basta!--grit un indiano que haba estado en California.

--Porque tiene el oso atado hace eso--dijo Martn--, sino no lo hara.

El domador se fij en el muchacho y le lanz una mirada de odio.

Lo que sigui fu ms agradable, la mujer del domador, vestida con un
traje de lentejuelas, entr en la jaula del len, jug con l, le hizo
saltar y ponerse de pie, y despus Linda di dos o tres volatines y vino
con un monillo vestido de rojo a quien oblig a hacer ejercicios
acrobticos.

El espectculo conclua. La gente se dispona a salir. Martn vi que el
domador le miraba. Sin duda se haba fijado en l. Martn se adelant a
salir, y el domador le dijo:

--Espera, t no has pagado. Ahora nos veremos. Te voy a echar los perros
como al oso.

Martn retrocedi espantado; el domador le contemplaba con una sonrisa
feroz. Martn record el sitio por donde entr y empujando violentamente
la lona la abri y sali fuera de la barraca. El domador qued
chasqueado. Di despus Martn la vuelta al prado de Santa Ana, hasta
detenerse prudentemente a quince o veinte metros de la entrada del
circo.

Al ver a Linda le dijo:

--Quieres venir?

--No puedo.

--Pues ahora te traer las cerezas.

En el momento que hablaban apareci corriendo el domador, pens sin duda
en abalanzarse sobre Martn, pero comprendiendo que no le alcanzara se
veng en la nia y le di una bofetada brutal. La chiquilla cay al
suelo. Unas mujeres se interpusieron  impidieron al domador siguiera
pegando a la pobre Linda.

--T lo has metido dentro, verdad?--grit el domador en francs.

--No; ha sido l que ha entrado.

--Mentira. Has sido t. Confiesa o te deslomo.

--S, he sido yo.

--Y por qu?

--Porque me ha dicho que me traera cerezas.

--Ah, bueno--y el domador se tranquiliz--, que las traiga, pero si te
las comes te hartar de palos. Ya lo sabes.

Martn, al poco rato, volvi con la boina llena de cerezas. La Linda
las puso en su delantal y estaba con ellas cuando se present el domador
de nuevo. Martn se apart dando un salto hacia atrs.

--No, no te escapes--dijo el domador con una sonrisa que quera ser
amable.

Martn se qued. Luego, el hombre le pregunt quin era, y l al saber
su parentesco con Tellagorri, le dijo:

--Ven cuando quieras, te dejar pasar.

Durante los dems das de la semana, la barraca del domador estuvo
vaca. El domingo, los saltimbanquis hicieron dar un bando por el
pregonero diciendo que representaran un nmero extraordinario 
interesantsimo. Martn se lo dijo a su madre y a su hermana. La chica
se asustaba al escuchar el relato de las fieras y no quiso ir.

Acudieron solo la madre y el hijo. El nmero sensacional era la lucha de
la Linda con el oso. La chiquilla se present desnuda de medio cuerpo
arriba y con unos pantalones de percal rojo. Linda se abraz al oso y
haca que luchaba con l, pero el domador tiraba a cada paso de una
cuerda atada a la nariz del plantigrado.

A pesar de que la gente pensaba que no haba peligro para la nia,
produca una horrible impresin ver las grandes y peludas garras del
animal sobre las espaldas dbiles de la nia.

Despus del nmero sensacional que no entusiasm al pblico, entr la
mujer en la jaula del len.

La fiera deba estar enferma, porque la domadora no hall medio de que
hiciese los ejercicios de costumbre.

Viendo semejante fracaso el domador, posedo de una rabiosa furia, entr
en la jaula, mand salir a la mujer y empez a latigazos con el len.
Este se levant enseando los dientes, y lanzando un rugido se ech
sobre domador; el viejo ayudante meti, por entre los barrotes de la
jaula, una palanca de hierro para aislar el hombre de la fiera, pero con
tan poca fortuna, que la palanca se enganch en las ropas del domador y
en vez de protegerle le inmoviliz y le dej entregado a la fiera.

El pblico vi al domador echando sangre, y se levant despavorido y se
dispuso a huir.

No haba peligro para los espectadores, pero un pnico absurdo hizo que
todos se lanzasen atropelladamente a la salida; alguien, que luego no se
supo quin fu, dispar un tiro contra el len, y en aquel momento
insensato de fuga resultaron magullados y contusos varias mujeres y
nios.

El domador qued tambin gravemente herido.

Dos mujeres fueron recogidas con contusiones de importancia, una de
ellas, una vieja de un casero lejano que haca diez aos que no haba
estado en Urbia, la otra, la madre de Martn, que adems de las
magulladuras y golpes, presentaba una herida en el cuello, ocasionada,
segn dijo el mdico, por un trozo del barrote de la jaula, desprendido
al choque de la bala disparada por una persona desconocida.

Se traslad a la madre de Martn a su casa, y fuera que las contusiones
y la herida tuviesen gravedad, fuera como dijeron algunos que no
estuviese bien atendida, el caso fu que la pobre mujer muri a la
semana del accidente de la barraca, dejando hurfanos a Martn y a la
Ignacia.




CAPTULO VII

CMO TELLAGORRI SUPO PROTEGER A LOS SUYOS


A la muerte de la madre de Martn, Tellagorri, con gran asombro del
pueblo, recogi a sus sobrinos y se los llev a su casa. La seora de
Ohando dijo que era una lstima que aquellos nios fuesen a vivir con un
hombre desalmado, sin religin y sin costumbres, capaz de decir que
saludaba con ms respeto a un perro de aguas que al seor prroco.

La buena seora se lament, pero no hizo nada, y Tellagorri se encarg
de cuidar y alimentar a los hurfanos.

La Ignacia entr en la posada de Arcale de niera y hasta los catorce
aos trabaj all.

Martn frecuent la escuela durante algunos meses, pero le tuvo que
sacar Tellagorri antes del ao porque se pegaba con todos los chicos y
hasta quiso zurrar al pasante.

Arcale, que saba que el muchacho era listo y de genio vivo, le utiliz
para recadista en el coche de Francia, y cuando aprendi a guiar, de
recadista le ascendieron a cochero interino y al cabo de un ao le
pasaron a cochero en propiedad.

Martn, a los diez y seis aos, ganaba su vida y estaba en sus glorias.
Se jactaba de ser un poco brbaro y vesta un tanto majo, con la
elegancia garbosa de los antiguos postillones. Llevaba chalecos de
color, y en la cadena del reloj colgantes de plata. Le gustaba lucirse
los domingos en el pueblo; pero no le gustaba menos los das de labor
marchar en el pescante por la carretera restallando el ltigo, entrar en
las ventas del camino, contar y oir historias y llevar encargos.

La seora de Ohando y Catalina se los hacan con mucha frecuencia, y le
recomendaban que les trajese de Francia telas, puntillas y algunas veces
alhajas.

--Qu tal, Martn?--le deca Catalina en vascuence.

--Bien--contestaba l rudamente, hacindose ms el hombre--. Y en
vuestra casa?

--Todos buenos. Cuando vayas a Francia, tienes que comprarme una
puntilla como la otra. Sabes?

--S, s, ya te comprar.

--Ya sabes francs?

--Ahora empiezo a hablar.

Martn se estaba haciendo un hombretn, alto, fuerte, decidido. Abusaba
un poco de su fuerza y de su valor, pero nunca atacaba a los dbiles. Se
distingua tambin como jugador de pelota y era uno de los primeros en
el trinquete.

Un invierno hizo Martn una hazaa, de la que se habl en el pueblo. La
carretera estaba intransitable por la nieve y no pasaba el coche.
Zalacan fu a Francia y volvi a pie, por la parte de Navarra, con un
vecino de Larrau. Pasaron los dos por el bosque de Iraty y les
acometieron unos cuantos jabales.

Ninguno de los hombres llevaba armas, pero a garrotazos mataron tres de
aquellos furiosos animales, Zalacan dos y el de Larrau otro.

Cuando Martn volvi triunfante, muerto de fatiga y con sus dos
jabales, el pueblo entero le consider como un hroe.

Tellagorri tambin fu muy felicitado por tener un sobrino de tanto
valor y audacia. El viejo, muy contento, aunque hacindose el
indiferente, deca:

Este sobrino mo va a dar mucho que hablar. De casta le viene al galgo.
Porque yo no s si vosotros habris odo hablar de Lpez de Zalacan.
No? Pues preguntadle a ese viejo Soraberri, ya veris lo que os
cuenta...

--Y qu tiene que ver ese Lpez con tu sobrino?--le replicaban.

--Pues que es antepasado de Martn. No comprendis nada.

Tellagorri pag caro el triunfo obtenido por su sobrino en la caza de
los jabales, porque de tanto beber se puso enfermo.

La Ignacia y Martn, por consejo del mdico, obligaron al viejo a que
suprimiese toda bebida, fuese vino o licor; pero Tellagorri, con tal
procedimiento de abstinencia, languideca y se iba poniendo triste.

--Sin vino y sin _patharra_ soy un hombre muerto--deca Tellagorri--; y,
viendo que el mdico no se convenca de esta verdad, hizo que llamaran a
otro ms joven.

ste le di la razn al borracho, y no slo le recomend que bebiera
todos los das un poco de aguardiente, sino que le recet una medicina
hecha con ron. La Ignacia tuvo que guardar la botella del medicamento,
para que el enfermo no se la bebiera de un trago. A medida que entraba
el alcohol en el cuerpo de Tellagorri, el viejo se ergua y se animaba.

A la semana de tratamiento se encontraba tan bien, que comenz a
levantarse y a ir a la posada de Arcale, pero se crey en el caso de
hacer locuras, a pesar de sus aos, y anduvo de noche entre la nieve y
cogi una pleuresa.

--De esta no sale usted--le dijo el mdico incomodado, al ver que haba
faltado a sus prescripciones.

Tellagorri lo comprendi as y se puso serio, hizo una confesin
rpida, arregl sus cosas y, llamando a Martn, le dijo en vascuence:

--Martn, hijo mo, yo me voy. No llores. Por m lo mismo me da. Eres
fuerte y valiente y eres buen chico. No abandones a tu hermana, ten
cuidado con ella. Por ahora, lo mejor que puedes hacer es llevarla a
casa de Ohando. Es un poco coqueta; pero Catalina la tomar. No le
olvides tampoco a _Marquesch_; es viejo, pero ha cumplido.

--No, no le olvidar--dijo Martn sollozando.

--Ahora--prosigui Tellagorri--te voy a decir una cosa y es que antes de
poco habr guerra. T eres valiente, Martn, t no tendrs miedo de las
balas. Vete a la guerra, pero no vayas de soldado. Ni con los blancos,
ni con los negros. Al comercio, Martn! Al comercio! Venders a los
liberales y a los carlistas, hars tu pacotilla y te casars con la
chica de Ohando. Si tenis un chico, llamadle como yo, Miguel, o Jos
Miguel.

--Bueno--dijo Martn, sin fijarse en lo extravagante de la
recomendacin.

--Dile a Arcale--sigui diciendo el viejo--dnde tengo el tabaco y las
setas. Ahora acrcate ms. Cuando yo me muera, registra mi jergn y
encontrars en esta punta de la izquierda un calcetn con unas monedas
de oro. Ya te he dicho, no quiero que las emplees en tierras, sino en
gneros de comercio.

--As lo har.

--Creo que te lo he dicho todo. Ahora dame la mano. Firmes, eh?

--Firmes.

El pobre Tellagorri se olvido de decir _Pirmes_, como hubiera dicho
estando sano.

--A esa sosa de la Ignacia--aadi poco despus el viejo--le puedes dar
lo que te parezca cuando se case.

A todo dijo Martn que s. Luego acompa al viejo, contestando a sus
preguntas, algunas muy extraas, y por la madrugada dej de vivir Miguel
de Tellagorri, hombre de mala fama y de buen corazn.




CAPTULO VIII

CMO AUMENT EL ODIO ENTRE MARTN ZALACAN Y CARLOS OHANDO


Cuando muri Tellagorri, Catalina de Ohando, ya una seorita, habl a su
madre para que recogiera a la Ignacia, la hermana de Martn. Era sta,
segn se deca, un poco coqueta y estaba acostumbrada a los piropos de
la gente de casa de Arcale.

La suposicin de que la muchacha, siguiendo en la taberna, pudiese
echarse a perder, influy en la seora de Ohando para llevarla a su casa
de doncella. Pensaba sermonearla hasta quitarla todos los malos resabios
y dirigirla por la senda de la ms estrecha virtud.

Con el motivo de ver a su hermana, Martn fu varias veces a casa de
Ohando y habl con Catalina y doa gueda. Catalina segua hablndole de
t y doa gueda manifestaba por l afecto y simpata, expresados en un
sin fin de advertencias y de consejos.

El verano se present Carlos Ohando, que vena de vacaciones del colegio
de Oate.

Pronto not Martn que, con la ausencia, el odio que le profesaba Carlos
ms haba aumentado que disminudo. Al comprobar este sentimiento de
hostilidad, dej de presentarse en casa de Ohando.

--No vas ahora a vernos--le dijo alguna vez que le encontr en la calle,
Catalina.

--No voy, porque tu hermano me odia--contest claramente Martn.

--No, no lo creas.

--Bah! Yo s lo que me digo.

El odio exista. Se manifest primeramente en el juego de pelota.

Tena Martn un rival en un chico navarro, de la Ribera del Ebro, hijo
de un carabinero.

A este rival le llamaban _el Cacho_, porque era zurdo.

Carlos de Ohando y algunos condiscpulos suyos, carlistas que se las
echaban de aristcratas, comenzaron a proteger al _Cacho_ y a excitarlo
y a lanzarlo contra Martn.

_El Cacho_ tena un juego furioso de hombre pequeo  iracundo; el juego
de Martn, tranquilo y reposado, era del que est seguro de s mismo.
_El Cacho_, si comenzaba a ganar, se exaltaba, llevaba el partido al
vuelo; en cambio, desanimado, no tiraba una pelota que no fuese falta.

Eran dos tipos, Zalacan y _el Cacho_, completamente distintos; el uno,
la serenidad y la inteligencia del montas, el otro, el furor y el bro
del ribereo.

Semejante rivalidad, explotada por Ohando y los seoritos de su cuerda,
termin en un partido que propusieron los amigos del _Cacho_. El desafo
se concert as; _el Cacho_  Isquia, un jugador viejo de Urbia, contra
Zalacan y el compaero que ste quisiera tomar. El partido sera a
cesta y a diez juegos.

Martn eligi como zaguero a un muchacho vasco francs que estaba de
oficial en la panadera de Archipi y que se llamaba Bautista Urbide.

Bautista era delgado, pero fuerte, sereno y muy dueo de s mismo.

Se apost mucho dinero por ambas partes. Casi todo el elemento popular y
liberal estaba por Zalacan y Urbide; los seoritos, el sacristn y la
gente carlista de los caseros por _el Cacho_.

El partido constituy un acontecimiento en Urbia; el pueblo entero y
mucha gente de los alrededores se dirigi al juego de pelota a
presenciar el espectculo.

La lucha principal iba a ser entre los dos delanteros, entre Zalacan y
_el Cacho. El Cacho_ pona de su parte su nerviosidad, su furia, su
violencia en echar la pelota baja y arrinconada; Zalacan se fiaba en su
serenidad, en su buena vista y en la fuerza de su brazo, que le
permita coger la pelota y lanzarla a lo lejos.

La montaa iba a pelear contra la llanura.

Comenz el partido en medio de una gran expectacin; los primeros juegos
fueron llevados a la carrera por _el Cacho_, que tiraba las pelotas como
balas unas lneas solamente por encima de la raya, de tal modo que era
imposible recogerlas.

A cada jugada maestra del navarro, los seoritos y los carlistas
aplaudan entusiasmados; Zalacan sonrea, y Bautista le miraba con
cierto mal disimulado pnico.

Iban cuatro juegos por nada, y ya pareca el triunfo del navarro casi
seguro cuando la suerte cambi y comenzaron a ganar Zalacan y su
compaero.

Al principio, _el Cacho_ se defenda bien y remataba el juego con golpes
furiosos, pero luego, como si hubiese perdido el tono, comenz a hacer
faltas con una frecuencia lamentable y el partido se igual.

Desde entonces se vi que _el Cacho_  Isquia perdan el juego. Estaban
desmoralizados. _El Cacho_ se tiraba contra la pelota con ira, haca una
falta y se indignaba; pegaba con la cesta en la tierra enfurecido y
echaba la culpa de todo a su zaguero.

Zalacan y el vasco francs, dueos de la situacin, guardaban una
serenidad completa, corran elsticamente y rean.

--Ah, Bautista--deca Zalacan--. Bien!

--Corre, Martn--gritaba Bautista--. Eso es!

El juego termin con el triunfo completo de Zalacan y de Urbide.

--_Viva gutarrac_. (Vivan los nuestros!)--gritaron los de la _calle_
de Urbia aplaudiendo torpemente.

Catalina sonri a Martn y le felicit varias veces.

--Muy bien! Muy bien!

--Hemos hecho lo que hemos podido--contest l sonriente.

Carlos Ohando se acerco a Martn, y le dijo con mal ceo:

--_El Cacho_ te juega mano a mano.

--Estoy cansado--contest Zalacan.

--No quieres jugar?

--No. Juega t si quieres.

Carlos, que haba comprobado una vez mas la simpata de su hermana por
Martn, sinti avivarse su odio.

Haba venido aquella vez Carlos Ohando de Oate ms sombro, ms
fantico y ms violento que nunca.

Martn saba el odio del hermano de Catalina y, cuando lo encontraba por
casualidad, hua de l, lo cual a Carlos le produca ms ira y ms
furor.

Martn estaba preocupado, buscando la manera de seguir los consejos de
Tellagorri y de dedicarse al comercio; haba dejado su oficio de
cochero y entrado con Arcale en algunos negocios de contrabando.

Un da, una vieja criada de casa de Ohando, chismosa y murmuradora, fu
a buscarle y le cont que la Ignacia, su hermana, coqueteaba con Carlos,
el seorito de Ohando.

Si doa gueda lo notaba iba a despedir a la Ignacia, con lo cual el
escndalo dejara a la muchacha en una mala situacin.

Martn, al saberlo, sinti deseos de presentarse a Carlos y de
insultarle y desafiarle. Luego, pensando que lo esencial era evitar las
murmuraciones, ide varias cosas, hasta que al ltimo le pareci lo
mejor ir a ver a su amigo Bautista Urbide.

Haba visto al vasco francs muchas veces bailando con la Ignacia y
crea que tena alguna inclinacin por ella.

El mismo da que le dieron la noticia se present en la tahona de
Archipi en donde Urbide trabajaba. Lo encontr al vasco francs desnudo
de medio cuerpo arriba en la boca del horno.

--Oye, Bautista--le dijo.

--Qu pasa?

--Te tengo que hablar.

--Te escucho--dijo el francs mientras maniobraba con la pala.

--A ti te gusta la _Iasi_, mi hermana?

--Hombre!... s. Qu pregunta!--exclam Bautista--.Para eso vienes a
verme?

--Te casaras con ella?

--Si tuviera dinero para establecerme ya lo creo.

--Cunto necesitaras?

--Unos ochenta o cien duros.

--Yo te los doy.

--Y por qu es esa prisa? Le pasa algo a la Ignacia?

--No, pero he sabido que Carlos Ohando la est haciendo el amor. Y como
la tiene en su casa!...

--Nada, nada. Hablale t y, si ella quiere, ya est. Nos casamos en
seguida.

Se despidieron Bautista y Martn, y ste, al da siguiente, llam a su
hermana y le reproch su coquetera y su estupidez. La Ignacia neg los
rumores que haban llegado hasta su hermano, pero al ltimo confes que
Carlos la pretenda, pero con buen fin.

--Con buen fin!--exclam Zalacan--. Pero t eres idiota, criatura.

--Por qu?

--Porque te quiere engaar, nada mas.

--Me ha dicho que se casar conmigo.

--Y t le has credo?

--Yo! Le he dicho que espere y que te preguntar a ti, pero l me ha
contestado que no quiere que te diga a ti nada.

--Claro. Porque yo echara abajo sus planes. Te quiere engaar, y
quiere deshonrarnos, y que el pueblo entero nos desprecie porque me odia
a m. Yo no te digo ms que una cosa, que si pasa algo entre ese
sacristn y t, te despellejo a ti y a l, y le pego fuego a la casa,
aunque me lleven a presidio para toda la vida.

La Ignacia se ech a llorar, pero cuando Martn le dijo que Bautista se
quera casar con ella y que tena dinero, se secaron pronto sus
lgrimas.

--Bautista quiere casarse?--pregunt la Ignacia asombrada.

--S.

--Pero si no tiene dinero!

--Pues ahora lo ha encontrado.

La idea del casamiento con Bautista no sol consol a la muchacha, sino
que pareci ofrecerle un halagador porvenir.

--Y qu quieres que haga? Salir de la casa?--pregunt la Ignacia,
secndose las lgrimas y sonriendo.

--No, por de pronto sigue ah, es lo mejor, y dentro de unos das
Bautista ir a ver a doa gueda y a decirla que se casa contigo.

Se hizo lo acordado por los dos hermanos. En los das siguientes, Carlos
Ohando vi que su conquista no segua adelante, y el domingo, en la
plaza, pudo comprobar que la Ignacia se inclinaba definitivamente del
lado de Bautista. Bailaron la muchacha y el panadero toda la tarde con
gran entusiasmo.

Carlos esper a que la Ignacia se encontrara sola y la insult y la ech
en cara su coquetera y su falsedad. La muchacha, que no tena gran
inclinacin por Carlos, al verle tan violento cobr por l desvo y
miedo.

Poco despus, Bautista Urbide se present en casa de Ohando, habl a
doa gueda, se celebr la boda, y Bautista y la Ignacia fueron a vivir
a Zaro, un pueblecillo del pas vasco francs.




CAPTULO IX

CMO INTENT VENGARSE CARLOS DE MARTN ZALACAN


Carlos Ohando enferm de clera y de rabia. Su naturaleza, violenta y
orgullosa, no poda soportar la humillacin de ser vencido; slo el
pensarlo le mortificaba y le corroa el alma.

Al intentar seducir Carlos a la Ignacia, casi poda ms en l su odio
contra Martn que su inclinacin por la chica. Deshonrarle a ella y
hacerle a l la vida triste, era lo que le encantaba. En el fondo, el
aplomo de Zalacan, su contento por vivir, su facilidad para
desenvolverse, ofendan a este hombre sombro y fantico.

Adems, en Carlos la idea de orden, de categora, de subordinacin, era
esencial, fundamental, y Martn intentaba marchar por la vida sin
cuidarse gran cosa de las clasificaciones y de las categoras sociales.

Esta audacia ofenda profundamente a Carlos y hubiese querido
humillarle para siempre, hacerle reconocer su inferioridad. Por otra
parte, el fracaso de su tentativa de seduccin le hizo ms malhumorado y
sombro.

Una noche, an no convaleciente de su enfermedad, producida por el
despecho y la clera, se levant de la cama, en donde no poda dormir, y
baj al comedor.

Abri una ventana y se asom a ella. El cielo estaba sereno y puro. La
luna blanqueaba las copas de los manzanos, cubiertos por la nieve de sus
menudas flores. Los melocotoneros extendan a lo largo de las paredes
sus ramas, abiertas en abanico, llenas de capullos. Carlos respiraba el
aire tibio de la noche, cuando oy un cuchicheo y prest atencin.

Estaba hablando su hermana Catalina, desde la ventana de su cuarto, con
alguien que se encontraba en la huerta. Cuando Carlos comprendi que era
con Martn con quien hablaba, sinti un dolor agudsimo y una impresin
sofocante de ira.

Siempre se haba de encontrar enfrente de Martn. Pareca que el destino
de los dos era estorbarse y chocar el uno contra el otro.

Martn contaba bromeando a Catalina la boda de Bautista y de la Ignacia,
en Zaro, el banquete celebrado en casa del padre del vasco francs, el
discurso del alcalde del pueblecillo...

Carlos desfalleca de clera. Martn le haba impedido conquistar a la
Ignacia y deshonraba, adems, a los Ohandos siendo el novio de su
hermana, hablando con ella de noche. Sobre todo, lo que ms hera a
Carlos, aunque no lo quisiera reconocer, lo que ms le mortificaba en el
fondo de su alma era la superioridad de Martn, que iba y vena sin
reconocer categoras, aspirando a todo y conquistndolo todo.

Aquel granuja de la calle era capaz de subir, de prosperar, de hacerse
rico, de casarse con su hermana y de considerar todo esto lgico,
natural... Era una desesperacin.

Carlos hubiera gozado conquistando a la Ignacia, abandonndola luego,
pasendose desdeosamente por delante de Martn; y Martn le ganaba la
partida sacando a la Ignacia de su alcance y enamorando a su hermana.

Un vagabundo, un ladrn, se la haba jugado a l, a un hidalgo rico
heredero de una casa solariega! Y lo que era peor, esto no sera ms
que el principio, el comienzo de su carrera esplndida!

Carlos, mortificado por sus pensamientos, no prest atencin a lo que
hablaban; luego oy un beso, y poco despus las ramas de un rbol que se
movan.

Tras de esto, se vi bajar un hombre por el tronco de un rbol, se vi
que cruzaba la huerta, montaba sobre la tapia y desapareca.

Se cerr la ventana del cuarto de Catalina, y en el mismo momento
Carlos se llev la mano a la frente y pens con rabia en la magnfica
ocasin perdida. Qu soberbio instante para concluir con aquel hombre
que le estorbaba!

Un tiro a boca de jarro! Y ya aquella mala hierba no crecera ms, no
ambicionara ms, no intentara salir de su clase. Si lo mataba, todo el
mundo considerara el suyo un caso de legtima defensa contra un
salteador, contra un ladrn.

Al da siguiente, Carlos busc una escopeta de dos caones de su padre,
la encontr, la limpi a escondidas y la carg con perdigones loberos.
Estuvo vacilando en poner cartuchos con bala, pero como era difcil
hacer puntera de noche, opt por los perdigones gruesos.

Ni en aquella noche, ni en la siguiente, se present Martn, pero cuatro
das despus Carlos lo sinti en la huerta. Todava no haba salido la
luna y esto salv al salteador enamorado. Carlos impaciente, al oir el
ruido de las hojas, apunt y dispar.

Al fogonazo, vi a Martn en el tronco del rbol y volvi a disparar.

Se oy un chillido agudo de mujer y el golpe de un cuerpo en el suelo.
La madre de Carlos y las criadas, alarmadas salieron de sus cuartos
gritando, preguntando lo que era. Catalina, plida como una muerta, no
poda hablar de emocin.

Doa gueda, Carlos y las criadas salieron al jardn. Debajo del rbol,
en la tierra y sobre la hierba hmeda, se vean algunas gotas de sangre,
pero Martn haba hudo.

--No tenga usted cuidado, seorita--le dijo a Catalina una de las
criadas--. Martn ha podido escapar.

La seora de Ohando, que se enter de lo ocurrido por su hijo, llam en
su auxilio al cura don Flix para que le aconsejara.

Se intent hacer comprender a Catalina el absurdo de su propsito, pero
la muchacha era tenaz y estaba dispuesta a no ceder.

--Martn ha venido a darme noticias de la Ignacia, y como saben que no
le quieren en la casa, por eso ha saltado la tapia.

Cuando Carlos supo que Martn estaba solamente herido en un brazo y que
se paseaba vendado por el pueblo siendo el hroe, se sinti furioso,
pero por si acaso, no se atrevi a salir a la calle.

Con el atentado, la hostilidad entre Carlos y Catalina, ya existente, se
acentu de tal manera, que doa gueda, para evitar agrias disputas,
envi de nuevo a Carlos a Oate y ella se dedic a vigilar a su hija.




LIBRO SEGUNDO

Andanzas y correras




CAPTULO PRIMERO

EN EL QUE SE HABLA DE LOS PRELUDIOS DE LA LTIMA GUERRA CARLISTA


Hay hombres para quienes la vida es de una facilidad extraordinaria. Son
algo as como una esfera que rueda por un plano inclinado, sin tropiezo,
sin dificultad alguna.

Es talento, es instinto o es suerte? Los propios interesados aseguran
ser instinto o talento, sus enemigos dicen casualidad, suerte, y esto es
ms probable que lo otro, porque hay hombres excelentemente dispuestos
para la vida, inteligentes, enrgicos, fuertes y que sin embargo, no
hacen ms que detenerse y tropezar en todo.

Un proverbio vasco dice: El buen valor asusta a la mala suerte. Y esto
es verdad a veces... cuando se tiene buena suerte.

Zalacan era afortunado; todo lo que intentaba lo llevaba bien.
Negocios, contrabando, amores, juego...

Su ocupacin principal era el comercio de caballos y de mulas que
compraba en Dax y pasaba de contrabando por los Alduides o por
Roncesvalles.

Tena como socio a Capistun _el Americano_, hombre inteligentsimo, ya
de edad, a quien todo el mundo llamaba el americano, aunque se saba que
era gascn. Su mote proceda de haber vivido en Amrica mucho tiempo.

Bautista Urbide, antiguo panadero de la tahona de Archipe, formaba
muchas veces parte de las expediciones. Lo mismo Capistun que Martn,
tenan como punto de descanso el pueblo de Zaro, prximo a San Juan del
Pie del Puerto, donde viva la Ignacia con Bautista.

Capistun y Martn conocan, como pocos, los puertos de Ibantelly y de
Atchuria, de Alcorrunz y de Larratecoeguia, toda la lnea de Mugas de
Zugarramurdi. Haban recorrido muchas veces los caminos que hay entre
Meaca y Urdax, entre Izpegui y San Estban de Baigorri, entre Biriatu y
Enderlaza, entre Elorrieta, la Banca y Berdriz. En casi todos los
pueblos de la frontera vasco-navarra, desde Fuenterraba hasta
Valcarlos, tenan algn agente para sus negocios de contrabando.
Conocan tambin, palmo a palmo, las veredas que van por las vertientes
del monte Larrun y no haba misterios para ellos hacia el lado Este de
Navarra en esas praderas altas, metidas entre los bosques de Irati y de
Ori.

La vida de Capistun y Martn era accidentada y peligrosa. Para Martn,
la consigna del viejo Tellagorri era la norma de su vida. Cuando se
encontraba en una situacin apurada, cercado por los carabineros, cuando
se perda en el monte, en medio de la noche, cuando tena que hacer un
esfuerzo sobre s mismo, recordaba la actitud y la voz del viejo al
decir: Firmes! Siempre firmes! Y haca lo necesario en aquel momento
con decisin.

Tena Martn serenidad y calma. Saba medir el peligro y ver la
situacin real de las cosas sin exageraciones y sin alarmas. Para los
negocios y para la guerra el hombre necesita ser fro.

Martn comenzaba a impregnarse del liberalismo francs y a encontrar
atrasados y fanticos a sus paisanos; pero, a pesar de esto, crea que
don Carlos, en el instante que iniciase la guerra, conseguira la
victoria.

En casi todo el Medioda de Francia se crea lo mismo.

El gobierno de la Repblica, los subprefectos y dems funcionarios de la
frontera espaola dejaban pasar a los facciosos; y en los coches de
Elizondo, por los Alduides, por San Estban de Baigorri, por Aoa,
viajaban los jefes carlistas, con sus uniformes  insignias de mando.

Martn y Capistun, adems de mulas y de caballos, haban llevado a
diferentes puntos de Guipzcoa y de Navarra, armas y materias
necesarias para la fabricacin de plvora, cartuchos y proyectiles, y
hasta llegaron a pasar por la frontera un can, de desecho de la guerra
franco-prusiana, vendido por el Estado francs.

Los comits carlistas funcionaban a la vista de todo el mundo.
Generalmente, Martn y Capistun se entendan con el de Bayona, pero
algunas veces tuvieron que relacionarse con el de Pau.

Muchas veces haban dejado en manos de jvenes carlistas, disfrazados de
boyerizos, barricas llenas de armas. Los carlistas montaban las barricas
en un carro y se internaban en Espaa.

--Es vino de la Rioja--solan decir en broma, al llegar a los pueblos
golpeando los toneles, y el alcalde y el secretario cmplices los
dejaban pasar.

Tambin solan cargar en carros, que cubran de tejas, plomo en
lingotes, que haba de servir para fundir balas.

La alusin a la guerra prxima se notaba en una porcin de indicios y
seales. Curas, alcaldes y _jaunchos_ [Nota: Jaunchos-caciques.] se
preparaban. Muchas veces, al cruzar un pueblo, se oa una voz aguda como
de Carnaval, que gritaba en vasco: Noiz zuazt? (Cundo os vais?) Lo
que quera decir: Cundo os echis al campo?

Se cantaba tambin en Guipzcoa una cancin en vascuence, que aluda a
la guerra y que se llamaba Gu guer (Nosotros somos). Era as:

UNA VOZ

        Bigarren chandan
        aditutzendet
        ate joca _dan dan_.
        Ale onduan
        norbait dago ta
        galdezazu nor dan.

(Por segunda vez oigo que estn llamando a la puerta, _dan, dan_. Junto
a la puerta hay alguno. Pregunta quin es.)

VARIAS VOCES

        Ta gu guer
        Ta gu guer
        gabiltzanac
        gora ber
        etorri nayean onera.
        Ta gu guer
        Ta gu guer
        Quirlis Carlos
        Carlos Quirlis
        Ecarri nayean oner.

(Nosotros somos, nosotros somos los que andamos de arriba a abajo
queriendo venir aqu. Nosotros somos, nosotros somos Quirlis Carlos,
Carlos Quirlis, querindole traer aqu.)

Y mientras en las provincias se organizaba y preparaba una guerra feroz
y sangrienta, en Madrid, polticos y oradores se dedicaban con fruicin
a los bellos ejercicios de la retrica.

       *       *       *       *       *

Un da de Mayo fueron Martn, Capistun y Bautista a Vera. La seora de
Ohando tena una casa en el barrio de Alzate y haba ido a pasar all
una temporada.

Martn quera hablar con su novia, y Capistun y Bautista le acompaaron.
Salieron de Sara y marcharon por el monte a Alzate.

Martn contaba con una de las criadas de Ohando, partidaria suya, y sta
le facilitaba el poder hablar con Catalina. Mientras Martn qued en
Alzate, Capistun y Bautista entraron en Vera.

En aquel mismo momento, don Carlos de Borbn, el pretendiente, llegaba
rodeado de un Estado Mayor de generales carlistas y de algunos vendeanos
franceses.

Se ley una alocucin patritica, y despus don Carlos, repitiendo el
final de la alocucin, exclam:

--Hoy dos de Mayo. Da de fiesta _nasional! Abaco_ el _extranquero_!

El _extranquero_ era Amadeo de Saboya.

Capistun y Bautista anduvieron entre los grupos. Se deca que uno de
aquellos caballeros era Cathelineau, el descendiente del clebre general
vendeano; se sealaba tambin al conde de Barrot y a un marqus navarro.

Cuando lleg Martn a Vera se encontr la plaza llena de carlistas;
Bautista le dijo:

--La guerra ha empezado.

Martn se qued pensativo.

Volvieron Martn, Capistun y Bautista a Francia. Bautista gritaba
irnicamente a cada paso:--_Abaco_ el _extranquero!_--Zalacan pensaba
en el giro que tomara aquella guerra as iniciada y en lo que podra
influir en sus amores con Catalina.




CAPTULO II

CMO MARTN, BAUTISTA Y CAPISTUN PASARON UNA NOCHE EN EL MONTE


Una noche de invierno marchaban tres hombres con cuatro magnficas mulas
cargadas con grandes fardos. Salidos de Zaro por la tarde, se dirigan
hacia los altos del monte Larrun.

Costeando un arroyo que bajaba a unirse con la Nivelle y cruzando
prados, llegaron a una borda, donde se detuvieron a cenar.

Los tres hombres eran Martn Zalacan, Capistun el gascn y Bautista
Urbide. Llevaban una partida de uniformes y de capotes.

El alijo iba consignado a Lesaca, en donde lo recogeran los carlistas.

Despus de cenar en la borda, los tres hombres sacaron las mulas y
continuaron el viaje subiendo por el monte Larrun.

Era la noche fra, comenzaba a nevar. En los caminos y sendas, llenos
de lodo, se resbalaban los pies; a veces una mula entraba en un charco
hasta el vientre y a fuerza de fuerzas se lograba sacarla del aprieto.

Los animales llevaban mucho peso. Era preciso seguir el camino largo,
sin utilizar las veredas, y la marcha se haca pesada. Al llegar a la
cumbre y al entrar en el puerto de Ibantelly, les sorprendi a los
viandantes una tempestad de viento y de nieve.

Se encontraban en la misma frontera. La nieve arreciaba; no era fcil
seguir adelante. Los tres hombres detuvieron las mulas, y mientras
quedaba Capistun con ellas, Martn y Bautista se echaron uno a un lado y
el otro al otro, para ver si encontraban cerca algn refugio, cabaa o
choza de pastor.

Zalacan vi a pocos pasos una casucha de carabineros cerrada.

--Eup! Eup!--grit.

No contest nadie.

Martn empuj la puerta, sujeta con un clavo, y entr dentro del chozo.
Inmediatamente corri a dar parte a los amigos de su descubrimiento. Los
fardos que llevaban las mulas tenan mantas, y extendindolas y
sujetndolas por un extremo en la choza de los carabineros y por otro en
unas ramas, improvisaron un cobertizo para las caballeras.

Puestas en seguridad la carga y las mulas, entraron los tres en la casa
de los carabineros y encendieron una hermosa hoguera. Bautista fabric
en un momento, con fibras de pino, una antorcha para alumbrar aquel
rincn.

Esperaron a que pasara el temporal y se dispusieron los tres a matar el
tiempo junto a la lumbre. Capistun llevaba una calabaza llena de
aguardiente de Armagnac y, mezclndolo con agua que calentaron, bebieron
los tres.

Luego, como era natural, hablaron de la guerra. El carlismo se extenda
y marchaba de triunfo en triunfo. En Catalua y en el pas vasco-navarro
iba haciendo progresos. La Repblica espaola era una calamidad. Los
peridicos hablaban de asesinatos en Mlaga, de incendios en Alcoy, de
soldados que desobedecan a los jefes y se negaban a batirse. Era una
vergenza.

Los carlistas se apoderaban de una porcin de pueblos abandonados por
los liberales. Haban entrado en Estella.

En las dos orillas del Bidasoa, lo mismo en la frontera espaola que en
la francesa, se senta un gran entusiasmo por la causa del Pretendiente.

Capistun y Bautista sealaron sus conocidos alistados ya en la faccin.
La mayora eran mozos, pero no faltaban tampoco los viejos. Los fueron
citando.

All estaban Juan Echeberrigaray, de Espeleta; Toms Albandos, de Aoa;
el herrero Lerrumburo, de Zaro; Echebarra, de Irisarri; Galparzasoro,
el alpargatero de Urrua; Mearuberry, el carnicero de Ostabat, Miguel
Larralde, el de Azcain; Carricaburo, el mozo de un casero de Arhamus;
Chaubandidegui, el hijo del confitero de Azcarat; Peyrohade y
Lafourchette, los dos mozos del bazar de Hasparren.

--Valientes granujas!--murmur Martn, que escuchaba.

Capistun y Bautista siguieron su enumeracin. Estaban tambin
Bordagorri, el de Meharn; Achucarro, de Urdax; Etchehun, el versolari
de Chacxu; Gaecoechia, de Osses; Bishio, de Azparrain, Listurria, de
Briscus; Rebenacq, de Pourtals; el propietario de Saint Palais con el
barn Lesbas d'Armagnac, de Mauleon; Detchesarry, el sacristn de
Biriatu; Guibeleguieta, de Barcus; Iturbide, de Hendaya; Echemendi, el
minero de Articuza; Chocoa, el cantero de San Estban de Baigorri;
Garraiz, el cazador de palomas de Echalar; Setoain, el leador de
Esterensuby; Isuribere, el pastor de Urepel; y Chiquierdi, el de
Zugarramurdi.

Los vascos, siguiendo las tendencias de su raza, marchaban a defender lo
viejo contra lo nuevo. As haban peleado en la antigedad contra el
romano, contra el godo, contra el rabe, contra el castellano, siempre a
favor de la costumbre vieja y en contra de la idea nueva.

Estos aldeanos y viejos hidalgos de Vasconia y de Navarra, esta
semiaristocracia campesina de las dos vertientes del Pirineo, crea en
aquel Borbn, vulgar extranjero y extranjerizado, y estaban dispuestos a
morir para satisfacer las ambiciones de un aventurero tan grotesco.

Los legitimistas franceses se lo figuraban como un nuevo Enrique IV; y
como de all, del Bearn, salieron en otro tiempo los Borbones para
reinar en Espaa y en Francia, soaban con que Carlos VII triunfara en
Espaa, acabara con la maldita Repblica Francesa, dara fueros a
Navarra, que sera el centro del mundo y, adems, restablecera el poder
poltico del Papa en Roma.

Zalacan se senta muy espaol y dijo que los franceses eran unos
cochinos, porque deban hacer la guerra en su tierra, si queran.

Capistun, como buen republicano, afirm que la guerra en todas partes
era una barbaridad.

--Paz, paz es lo que se necesita--aadi el gascn--; paz para poder
trabajar y vivir.

--Ah, la paz!--replic Martn contradicindole--; es mejor la guerra.

--No, no--repuso Capistun--. La guerra es la barbarie nada ms.

Discutieron el asunto; el gascn, como ms ilustrado, aduca mejores
argumentos, pero Bautista y Martn replicaban:

--S, todo eso es verdad, pero tambin es hermosa la guerra.

Y los dos vascos especificaron lo que ellos consideraban como
hermosura. Ambos guardaban en el fondo de su alma un sueo cndido y
heroico, infantil y brutal. Se vean los dos por los montes de Navarra y
de Guipzcoa al frente de una partida, viviendo siempre en acecho, en
una continua elasticidad de la voluntad, atacando, huyendo,
escondindose entre las matas, haciendo marchas forzadas, incendiando el
casero enemigo...

Y qu alegras! Qu triunfos! Entrar en las aldeas a caballo, la boina
sobre los ojos, el sable al cinto, mientras las campanas tocan en la
iglesia. Ver, al huir de una fuerza mayor, cmo aparece, entre el verde
de las heredades, el campanario de la aldea donde se tiene el asilo;
defender una trinchera heroicamente y plantar la bandera entre las balas
que silban; conservar la serenidad mientras las granadas caen,
estallando a pocos pasos, y caracolear en el caballo delante de la
partida, marchando todos al comps del tambor...

Qu emociones deban de ser aqullas! Y Bautista y Martn soaban con
el placer de atacar y de huir, de bailar en las fiestas de los pueblos y
de robar en los Ayuntamientos, de acechar y de escapar por los senderos
hmedos y dormir en una borda sobre una cama de hierba seca...

--Barbarie! Barbarie!--replicaba a todo esto el gascn.

--Que barbarie!--exclam Martn--. Se ha de estar siempre hecho un
esclavo, sembrando patatas o cuidando cerdos? Prefiero la guerra.

--Y por qu prefieres la guerra? Para robar.

--No hables, Capistun, que eres comerciante.

--Y qu?

--Que t y yo robamos con el libro de cuentas. Entre robar en el camino,
o robar con el libro de cuentas, prefiero a los que roban en el camino.

--Si el comercio fuera un robo, no habra sociedad--repuso el gascn.

--Y qu?--dijo Martn.

--Que acabaran las ciudades.

--Para m las ciudades estn hechas por miserables y sirven para que las
saqueen los hombres fuertes--dijo Martn con violencia.

--Eso es ser enemigo de la Humanidad.

Martn se encogi de hombros.

Poco despus de media noche, la nieve comenz a cesar y Capistun di la
orden de marcha. El cielo haba quedado estrellado. Los pies se hundan
en la nieve y se senta un silencio de muerte.

--_Cantats, amics_--dijo el gascn, a quien tanta tristeza y tanto
reposo imponan.

--No nos vayan a oir--advirti Bautista.

--Ca!--y el gascn cant:

        Oan! Oan! lus de deuan
        lus de darrer que seguirn.
        Lus de darrer oan, oan,
        que seguirn a trot de can.

(Adelante! Adelante, los de delante y los de atrs que seguirn. Los de
atrs, adelante, adelante, que seguirn al trote de can!)

Era esta una vieja cancin gascona para medir la marcha; muy buena para
el llano, pero poco oportuna en aquellos vericuetos.

Bautista, animado por el ejemplo del gascn, cant un zortzico vasco
francs, que deca as:

        Gau erdi da
        errico orenean
        ion ez da
        arguiric lurrean
        ez diteque
        mendian adi deuzic
        aicearen
        arrabotza baicic.

(Es media noche en el reloj del pueblo, en ninguna parte hay luz, en la
tierra; no se puede, en el monte, oir ms que el rumor estruendoso del
viento.)

La cancin de Bautista era de una salvaje melancola; Martn lanz un
grito, el _irrintzi_, como una larga carcajada, o un relincho salvaje
terminado en una risa burlona. Capistun, como protestando, cant:

        Del castelet a l'aube
        sort Isabeu,
        es blanquette sa raube
        como la neu.

(Del castillete, al alba, sale Isabel; es blanquita su ropa como la
nieve.)

A Martn y a Bautista no les gustaban las canciones del gascn que les
parecan empalagosas, y a ste tampoco las de sus amigos, a las cuales
encontraba siniestras. Discutieron acerca de las excelencias de sus
respectivos pases, pasando de los cantos populares a hablar de las
costumbres y de la riqueza.

Iba a amanecer; comenzaban a acercarse a Vera, cuando se oyeron a lo
lejos varios tiros.

--Qu pasa aqu?--se preguntaron.

Tras de un instante se volvieron a oir nuevos tiros y un lejano sonido
de campanas.

--Hay que ver lo que es.

Decidieron como ms prctico que Capistun, con las cuatro mulas, se
volviera y se encaminara despacio hacia la choza de carabineros donde
haban pasado la noche. Si no ocurra nada en Vera, Bautista y Zalacan
retornaran inmediatamente. Si en dos horas no estaban all, Capistun
deba ganar la frontera y refugiarse en Francia: en Biriatu, en Zaro,
donde pudiese.

Las mulas volvieron de nuevo camino del puerto, y Zalacan y su cuado
comenzaron a bajar del monte en lnea recta, saltando, deslizndose
sobre la nieve, a riesgo de despearse. Media hora despus, entraban en
las calles de Alzate, cuyas puertas se vean cerradas.

Llamaron en una posada conocida. Tardaron en abrir, y al ltimo el
posadero, amedrentado, se present en la puerta.

--Qu pasa?--pregunt Zalacan.

--Que ha entrado en Vera otra vez la partida del Cura.

Bautista y Martn saban la reputacin del Cura y su enemistad con
algunos generales carlistas y convinieron en que era peligroso llevar el
alijo a Vera o a Lesaca, mientras anduvieran por all las gentes del
ensotanado cabecilla.

--Vamos en seguida a darle el aviso a Capistun--dijo Bautista.

--Bueno, vete t--repuso Martn--yo te alcanzo en seguida.

--Qu vas a hacer?

--Voy a ver si veo a Catalina.

--Yo te esperar.

Catalina y su madre vivan en una magnfica casa de Alzate. Llam
Martn en ella, y a la criada, que ya le conoca, la dijo:

--Est Catalina?

--S... Pasa.

Entr en la cocina. Era sta grande y espaciosa y algo obscura.
Alrededor de la ancha campana de la chimenea colgaba una tela blanca
planchada, sujeta por clavos. Del centro de la campana bajaba una gruesa
cadena negra, en cuyo garfio final se enganchaba un caldero. A un lado
de la chimenea, haba un banquillo de piedra, sobre el cual estaban en
fila tres herradas con los aros de hierro brillantes, como si fueran de
plata. En las paredes se vean cacerolas de cobre rojizo y lodos los
chismes de la cocina de la casa, desde las sartenes y cucharas de palo,
hasta el calentador, que tambin figuraba colgado en la pared como parte
integrante de la batera de cocina.

Aquel orden pareca algo absurdo y extraordinario, contrastado con la
agitacin exterior.

La criada haba subido la escalera y, tras de algn tiempo, baj
Catalina envuelta en un mantn.

--Eres t?--dijo sollozando.

--S, qu pasa?

Catalina, llorando, cont que su madre estaba muy enferma, su hermano se
haba ido con los carlistas y a ella queran meterla en un convento.

--A dnde te quieren llevar?

--No s, todava no se ha decidido.

--Cuando lo sepas, escrbeme.

--S, no tengas cuidado. Ahora vete, Martn, porque mi madre habr odo
que estamos hablando y, como ha sentido los tiros hace poco, est muy
alarmada.

Efectivamente, se oy poco despus una voz dbil que exclamaba:

--Catalina! Catalina! Con quin hablas?

Catalina tendi la mano a Martn, quien la estrech en sus brazos. Ella
apoy la cabeza en el hombro de su novio y, viendo que la volvan a
llamar subi la escalera. Zalacan la contempl absorto y luego abri la
puerta de la casa, la cerr despacio y, al encontrarse en la calle, se
vi con un espectculo inesperado. Bautista discuta a gritos con tres
hombres armados, que no parecan tener para l muy buenas disposiciones.

--Qu pasa?--pregunt Martn.

Pasaba, sencillamente, que aquellos tres individuos eran de la partida
del Cura y haban presentado a Bautista Urbide este sencillo dilema:

O formar parte de la partida o quedar prisionero y recibir adems, de
propina, una tanda de palos.

Martn iba a lanzarse a defender a su cuado cuando vi que a un extremo
de la calle aparecan cinco o seis mozos armados. En el otro esperaban
diez o doce. Con su rpido instinto de comprender la situacin, Martn
se di cuenta de que no haba ms remedio que someterse y dijo a
Bautista, en vascuence, aparentando gran jovialidad:

--Qu demonio, Bautista! No queras t entrar en una partida? No
somos carlistas? Pues ahora estamos a tiempo.

Uno de los tres hombres, viendo como se explicaba Zalacan, exclam
satisfecho:

--_Arrayua!_ Este es de los nuestros. Venid los dos.

El tal hombre era un aldeano alto, flaco, vestido con un uniforme
destrozado y una pipa de barro en la boca. Pareca el jefe y le llamaban
Luscha.

Martn y Bautista siguieron a los mozos armados, pasaron de Alzate a
Vera y se detuvieron en una casa, en cuya puerta haba un centinela.

--Bajadlos! Bajadlos!--dijo Luscha a su gente.

Cuatro mozos entraron en el portal y subieron por la escalera.

Luscha, mientras tanto, pregunt a Martn:

--Vosotros de dnde sois?

--De Zaro.

--Sois franceses?

--S--dijo Bautista.

Martn no quiso decir que l no lo era, sabiendo que el decir que era
francs poda protegerle.

--Bueno, bueno--murmur el jefe.

Los cuatro aldeanos de la partida que haban entrado en la casa trajeron
a dos viejos.

--Atadlos!--dijo Luscha, el aldeano de la pipa.

Sacaron a la calle un tambor de regimiento y un cesto, y a los dos
viejos los ataron.

--Qu es lo que han hecho?--pregunt Martn a uno de la partida que
llevaba una boina a rayas.

--Que son traidores--contest ste.

El uno era un maestro de escuela y el otro un expartidario de la
guerrilla del Cura.

Cuando estuvieron las dos vctimas atadas y con las espaldas desnudas,
el ejecutor de la justicia, el mozo de la boina a rayas, se remang el
brazo y cogi una vara.

El maestro de escuela, suplicante, implor:

--Pero si todos somos unos!

El exguerrillero no dijo nada.

No hubo apelacin ni misericordia. Al primer golpe, el maestro de
escuela perdi el sentido; el otro, el antiguo lugarteniente del Cura,
call y comenz a recibir los palos con un estoicismo siniestro.

Luscha se puso a hablar con Zalacan. Este le cont una porcin de
mentiras. Entre ellas le dijo que l mismo haba guardado cerca de
Urdax, en una cueva, ms de treinta fusiles modernos. El hombre oa y,
de cuando en cuando, volvindose al ejecutor de sus rdenes, deca con
voz gangosa: _Jo! Jo!_ (Pega, pega).

Y volva a caer la vara cobre las espaldas desnudas.




CAPTULO III

DE ALGUNOS HOMBRES DECIDIDOS QUE FORMABAN LA PARTIDA DEL CURA


Concluda la paliza, Luscha di la orden de marcha, y los quince o
veinte hombres tomaron hacia Oyarzun, por el camino que pasa por la
Cuesta de la Agona.

La partida iba en dos grupos; en el primero marchaba Martn y en el
segundo Bautista.

Ninguno de la partida tena mal aspecto ni aire patibulario. La mayora
parecan campesinos del pas; casi todos llevaban traje negro, boina
azul pequea y algunos, en vez de botas, calzaban abarcas con pieles de
carnero, que les envolvan las piernas.

Luscha, el jefe, era uno de los tenientes del Cura y adems capitaneaba
su guardia negra. Sin duda, gozaba de la confianza del cabecilla. Era
alto, huesudo, de nariz fenomenal, enjuto y seco.

Tena Luscha una cara que siempre daba la impresin de verla de
perfil, y la nuez puntiaguda.

Pareca buena persona hasta cierto punto, insinuante y jovial.
Consideraba, sin duda, una magnfica adquisicin la de Zalacan y
Bautista, pero desconfiaba de ellos y, aunque no como prisioneros, los
llevaba separados y no les dejaba hablar a solas.

Luscha tena tambin sus lugartenientes; Praschcu, Belcha y el Corneta
de Lasala. Praschcu era un mocetn grueso, barbudo, sonriente y rojo,
que, a juzgar por sus palabras, no pensaba ms que en comer y en beber
bien. Durante el camino no habl ms que de guisos y de comidas, de la
cena que le quitaron al cura de tal pueblo o al maestro de escuela de
tal otro, del cordero asado que comieron en este casero y de las
botellas de sidra que encontraron en una taberna. Para Praschcu la
guerra no era ms que una serie de comilonas y de borracheras.

Belcha y el Corneta de Lasala iban acompaando a Bautista.

A Belcha (el negrito) le llamaban as por ser pequeo y moreno; el
Corneta de Lasala ostentaba una cicatriz violcea que le cruzaba la
frente. Su apodo proceda de su oficio de capataz de los que dan la
seal para el comienzo y el paro del trabajo con una bocina.

Los de la partida llegaron a media noche a Arichulegui, un monte
cercano a Oyarzun, y entraron en una borda prxima a la ermita.

Esta borda era la guarida del Cura. All estaba su depsito de
municiones.

El cabecilla no estaba. Guardaba la borda un retn de unos veinte
hombres. Se hizo pronto de noche. Zalacan y Bautista comieron un rancho
de habas y durmieron sobre una hermosa cama de heno seco.

Al da siguiente, muy de maana, sintieron los dos que les despertaban
de un empujn; se levantaron y oyeron la voz de Luscha:

--Hala. Vamos andando.

Era todava de noche; la partida estuvo lista en un momento. Al medioda
se detuvieron en Fagollaga y al anochecer llegaban a una venta prxima a
Andoain, en donde hicieron alto. Entraron en la cocina. Segn dijo
Luscha, all se encontraba el Cura.

Efectivamente, poco despus, Luscha llam a Zalacan y a Bautista.

--Pasad--les dijo.

Subieron por la escalera de madera hasta el desvn y llamaron en una
puerta.

--Se puede?--pregunt Luscha.

--Adelante.

Zalacan, a pesar de ser templado, sinti un ligero estremecimiento en
todo el cuerpo, pero se irgui y entr sonriente en el cuarto. Bautista
llevaba el nimo de protestar.

--Yo hablar--dijo Martn a su cuado--tu no digas nada.

A la luz de un farol, se vea un cuarto, de cuyo techo colgaban mazorcas
de maz, y una mesa de pino, a la cual estaban sentados dos hombres. Uno
de ellos era el Cura, el otro su teniente, un cabecilla conocido por el
apodo de _el Jabonero_.

--Buenas noches--dijo Zalacan en vascuence.

--Buenas noches--contest _el Jabonero_ amablemente.

El cura no contest. Estaba leyendo un papel.

Era un hombre regordete, ms bajo que alto, de tipo insignificante, de
unos treinta y tantos aos. Lo nico que le daba carcter era la mirada,
amenazadora, oblicua y dura.

Al cabo de algunos minutos, el cura levant la vista y dijo:

--Buenas noches.

Luego sigui leyendo.

Haba en todo aquello algo ensayado para infundir terror. Zalacan lo
comprendi y se mostr indiferente y contempl sin turbarse al cura.
Llevaba ste la boina negra inclinada sobre la frente, como si temiera
que le mirasen a los ojos; gastaba barba ya ruda y crecida, el pelo
corto, un pauelo en el cuello, un chaquetn negro con todos los botones
abrochados y un garrote entre las piernas.

Aquel hombre tena algo de esa personalidad enigmtica de los seres
sanguinarios, de los asesinos y de los verdugos; su fama de cruel y de
brbaro se extenda por toda Espaa. l lo saba y, probablemente,
estaba orgulloso del terror que causaba su nombre. En el fondo era un
pobre diablo histrico, enfermo, convencido de su misin providencial.
Nacido, segn se deca, en el arroyo, en Elduayen, haba llegado a
ordenarse y a tener un curato en un pueblecito prximo a Tolosa. Un da
estaba celebrando misa, cuando fueron a prenderle. Pretext el cura el
ir a quitarse los hbitos y se tir por una ventana y huy y empez a
organizar su partida.

Aquel hombre siniestro se encontr sorprendido ante la presencia y la
serenidad de Zalacan y de Bautista, y sin mirarles les pregunt:

--Sois vascongados?

--S--dijo Martn avanzando.

--Qu hacais?

--Contrabando de armas.

--Para quin?

--Para los carlistas.

--Con qu comit os entendais?

--Con Bayona.

--Qu fusiles habis trado?

--Berdan y Chassepot.

--Es verdad que tenis armas escondidas cerca de Urdax?

--Ah y en otros puntos.

--Para quin las traais?

--Para los navarros.

--Bueno. Iremos a buscarlas. Si no las encontramos, os fusilaremos.

--Est bien--dijo framente Zalacan.

--Marchos--repuso el cura, molesto por no haber intimidado a sus
interlocutores.

Al salir, en la escalera, _el Jabonero_ se acerc a ellos.

ste tena aspecto de militar, de hombre amable y bien educado.

Haba sido guardia civil.

--No temis--dijo--. Si cumpls bien, nada os pasar.

--Nada tememos--contest Martn.

Fueron los tres a la cocina de la posada, y _el Jabonero_ se mezcl
entre la gente de la partida, que esperaba la cena.

Se reunieron en la misma mesa _el Jabonero_, Luscha, Belcha, el corneta
de Lasala y uno gordo, a quien llamaban Anchusa.

_El Jabonero_ no quiso aceptar en la mesa a Praschcu, porque dijo que si
a aquel brbaro le ponan a comer al principio, no dejaba nada a los
dems.

Con este motivo, un muchacho joven, exseminarista, apellidado Dantchari
y conocido tambin por el mote de _el Estudiante_, que formaba parte de
la partida, record la cancin de Vilinch, que se llama la Cancin del
Potaje, y, como en ella el autor se burla de un cura tragn, tuvo que
cantarla en voz baja, para que no se enterara el cabecilla.

El posadero trajo la cena y una porcin de botellas de vino y de sidra,
y, como la caminata desde Arichulegui hasta all les haba abierto el
apetito, se lanzaron sobre las viandas como fieras hambrientas.

Estaban cenando, cuando llamaron a la puerta:

--Quin va?--dijo el posadero.

--Yo. Un amigo--contestaron de fuera.

--Quin eres t?

--Ipintza, _el Loco_.

--Pasa.

Se abri la puerta y entr un viejo mendigo envuelto en una anguarina
parda, con una de las mangas atadas y convertida en bolsillo. Dantchari
_el Estudiante_ le conoca y dijo que era un vendedor de canciones a
quien tenan por loco, porque cantaba y bailaba recitndolas.

Se sent Ipintza, _el Loco_, a la mesa y le di el posadero las sobras
de la cena. Luego se acerc al grupo que formaban los hombres de la
partida alrededor de la chimenea.

--No queris alguna cancin?--dijo.

--Qu canciones tienes?--le pregunt _el Estudiante_.

--Tengo muchas. La de la mujer que se queja del marido, la del marido
que se queja de la mujer, Pello Joshepe...

--Todo eso es viejo.

--Tambin tengo Hurra Pepito y la cancin entre amo y criado.

--Ese es liberal--dijo Dantchari.

--No s--contest Ipintza, _el Loco_.

--Cmo que no sabes? Yo creo que t no eres del todo ortodoxo.

--No s lo que es eso. No queris canciones?

--Pero, bueno, contesta. Eres ortodoxo o heterodoxo?

--Ya te he dicho que no s.

--Qu opinas de la Trinidad?

--No s.

--Cmo que no sabes? Y te atreves a decirlo! De dnde procede el
Espritu Santo? Procede del Padre o procede del Hijo, o de los dos? O
es que t crees que su hipstasis es consustancial con la hipstasis del
Padre o la del Hijo?

--No s nada de eso. Queris canciones? No queris comprar canciones a
Ipintza, _el Loco_?

--Ah! De manera que no contestas? Entonces eres hertico. _Anathema
sit_. Ests excomulgado.

--Yo! Excomulgado?--dijo Ipintza lleno de terror, y retrocedi y
enarbol su blanco garrote.

--Bueno, bueno--grit Luscha al estudiante--. Basta de bromas.

Praschcu ech unas cuantas brazadas de ramas secas. Chisporrote el
fuego alegremente; despus, unos se pusieron a jugar al mus y Bautista
luci su magnfica voz cantando varios zortzicos.

Dantchari, _el Estudiante_, desafi a echar versos a Bautista y ste
acept el desafo. Los dos comenzaron con el estribillo:

        Orain esango dizut
        nic zuri eguia.

(Ahora te dir yo la verdad.)

Y la fuerza del consonante les hizo decir una porcin de disparates y de
astracanadas que produjeron el entusiasmo de la reunin.

Ambos merecieron plcemes y aplausos. Luego, Dantchari asegur que saba
imitar la voz de tiple, y entre Bautista y l cantaron la cancin que
comienza diciendo:

        Marichu, ora zuaz
        eder galant ori?

(Mara, a dnde vas tan bonita?)

Bautista cantando de mozo y Dantchari de chica, dirigindose preguntas y
respuestas de burlona ingenuidad, hicieron las delicias de la
concurrencia.

Luego, Bautista cant la bella cancin del pas de Soul, que dice as:

        Urzo churia errazu
        Nora yoaten cera zu
        Ezpaniaco mendi guciac
        Elurrez beteac dituzu
        Gaur arratzean ostatu
        Gure echean badezu.

(Paloma blanca, dime a dnde vas. Todos los montes de Espaa estn
llenos de nieve. Si quieres albergue para esta noche, lo tienes en mi
casa.)

Los de la partida aplaudieron, pero ms que esta cancin romntica les
gust el do anterior, y _el Jabonero_, comprendindolo as, compr a
Ipintza, _el Loco_, un papel, que era la letra de la nueva cancin de
Vilinch, llamada Juana Vishenta Olave, escrita por el autor
adaptndola a un aire popular titulado Orra Pepito!

La cancin de Vilinch era un dilogo amoroso entre el propietario de un
casero y la hija del arrendador, a quien trata de conquistar.

_El Estudiante_ se puso las enaguas de la posadera y se at un pauelo
en la cabeza, Bautista se cal un sombrero de copa que alguno encontr,
no se sabe dnde, y cantaron ambos el do ingenuo de Vilinch, y la
algazara fu tan grande que los cantores tuvieron que enmudecer porque
el Cura grit desde arriba que no le dejaban dormir en paz.

Cada cual fu a acostarse donde pudo, y Martn le dijo a Bautista en
francs:

--Cuidado, eh. Hay que estar preparados para escapar a la mejor ocasin.

Bautista movi la cabeza afirmativamente, dando a entender que no se
olvidaba.




CAPTULO IV

HISTORIA CASI INVEROSMIL DE JOSH CRACASCH


Los dos das siguientes estuvo lloviendo y se pas la partida en la
venta haciendo algunos reconocimientos por los alrededores. Ni Zalacan
ni Bautista vieron al cura. Sin duda ste no se presentaba ms que en
las circunstancias graves.

Como era natural entre tanta gente inactiva, se pasaron las horas al
lado del fuego hablando y contando diversos episodios y aventuras.

Haba en la partida un muchacho de Tolosa, muy melanclico, cuyas nicas
ocupaciones eran mirarse a un espejito de mano y tocar el acorden. Este
muchacho se llamaba Jos Cacochipi y algunos, a sus espaldas, le decan
Jos Cracasch o sea en castellano Jos Manchas.

Martn y Bautista le preguntaron varias veces qu le pasaba para estar
tan triste, si es que le dolan las muelas, si tena las digestiones
lentas, disgustos de familia o algn desorden en la vejiga; a todas
estas preguntas contestaba Cacochipi, alias _Cracasch_, diciendo que no
le pasaba nada, pero suspiraba como si le ocurrieran todas esas
calamidades al mismo tiempo.

Como el tal Cacochipi constitua un misterio, Martn pregunt a
Dantchari, _el Estudiante_, si por ser tolosano saba la historia de su
conterrneo y amigo, y el exseminarista dijo:

--Si no le decs nada, os contar la historia de Josh, pero habis de
prometerme no burlaros de l.

--No nos burlaremos de l ni le diremos nada.

Dantchari hablaba en castellano con esa pedantera clsica de los curas
y seminaristas, que creen indispensable, para mayor claridad, decir de
cuando en cuando alguna palabra en latn entre personas que ignoran en
absoluto este idioma.

--Pues habis de saber--dijo Dantchari--que Jos Cacochipi, el hijo
menor de Andr Anthoni la confitera, ha sido conocido siempre, _urbi et
orbe_ por el apodo de Josh Cracasch.

Este apodo lo tena muy merecido porque Josh era hace aos, y aun hace
meses, el mozo ms abandonado de la ciudad y de los contornos; as que
todo el pueblo, _nmine discrepante_, lo apodaba Cracasch.

Josh no ha tenido hasta hace poco ms pasin que la msica.

Quisieron hacerle estudiar para cura y ordenarle _in sacris_, pero fu
imposible.

Se puede decir de l que es msico _per se_ y hombre _per accidens_.

Durante muchos aos se ha pasado ocho o nueve horas en el piano haciendo
ejercicios y, como no ha tenido alma ms que para la msica, en todo lo
dems ha sido un descuidado horrible.

Llevaba el traje lleno de lamparones, la boina sucia, el pelo largo, se
olvidaba la corbata. Era una verdadera calamidad.

Por eso se le llamaba Josh Cracasch, y a l no slo no le ofenda el
apodo, sino que le haca gracia; en cambio su madre, Andr Anthoni, se
pona como una fiera cuando oa que a su hijo le daban este mote.

Har un ao prximamente que un indiano rico llamado Arizmendi, y que
dicen que ha sido pirata... yo no lo s, _relata refero_, lleg al
pueblo. Como digo, este seor le pregunt al prroco:

--Qu profesor de msica le podra yo poner a mi chico?

--El mejor, Jos Cacochipi--contest el cura.

Le hablaron a Cracasch y ste se encogi de hombros y dijo que bueno. Su
madre le prepar ropa limpia y le advirti que tuviera cuidado con lo
que deca y que fuera prudente, pues la colocacin poda ser un _modus
vivendi_ para l. Cracasch prometi ser prudentsimo.

Lleg el primer da a casa de Arizmendi y pregunt por el amo.

Sali a abrirle una muchacha, y poco despus se present un seor. La
muchacha le dijo que dejara la boina en el colgador.

--Para qu?--replic Josh--y luego, dirigindose al seor, le
pregunt:--Es la criada, eh?

--No, esta seorita es mi hija--contest framente el seor Arizmendi.

Cracasch comprendi que haba dado un tropiezo y para enmendarlo, dijo:

--Es muy guapa. Ya se parece a usted, ya!

--No. Si es hijastra ma--contest el seor Arizmendi.

--Ja, ja... qu risa!... Ya tendr novio, eh.

Cacochipi fu a dar en un punto que preocupaba a la familia, pues la
muchacha tena amores, a disgusto de los padres, con un primo.

El seor Arizmendi le dijo que no hiciera ms preguntas impertinentes,
que ya saba que era medio bobo, pero que aprendiese a reportarse.

Josh, muy extraado con tal exabrupto, fu al cuarto del chico, donde
di su primera leccin de solfeo. Aquellas palabras duras del seor
Arizmendi, ms que ofender le extraaron. Josh no tena ninguna
malicia, toda su vida la haba pasado pensando en la msica, y de otras
cosas nada saba.

A Cacochipi, que estuvo varias veces invitado a comer con la familia de
Arizmendi, le chocaba la tristeza del padre y de la madre y de las
hermanas y quiso alegrarles un poco; porque, como dice el profano:
_Omissis curis, jucunde vivendum esse_; lo cual quiere decir que se debe
vivir alegremente y sin cuidados.

Lo primero que se le ocurri a Cracasch, un da que se le figur que ya
tena confianza con la familia de Arizmendi, fu, a los postres, imitar
el ruido del tren; luego intent cantar una cancin que en la taberna
tena mucho xito. En esta cancin se hace como si se tocara la flauta y
el bombo, y como si se comiera en una cazuela, y luego medio se desnuda
uno mientras canta. Josh crea que, cuando l se quitara la chaqueta y
el chaleco, toda la familia rompera a reir a carcajadas, pero fu todo
lo contrario, porque el seor Arizmendi, mirndole con ojos terribles,
le dijo:

--Bueno, Cacochipi: pngase usted el chaleco y no vuelva usted a
quitrselo delante de nosotros.

Josh se qued fro, y no precisamente por la falta del chaleco.

--A esta gente no les hace gracia nada--murmur.

Un da, apareci a dar la leccin con la cara pintada con varios lunares
y no hizo efecto; otro, ayudado por su discpulo, at los cubiertos a la
mesa... y nada.

--Qu tal, Cracasch?--le preguntaba alguno en la calle--. Cmo va la
familia de Arizmendi?

--Ah! Es una gente que nada le gusta.--contestaba l--. Se hacen cosas
bonitas para divertirles... y nada.

El da de Carnaval, Josh Cracasch tuvo una idea de las suyas y fu
convencer a su discpulo para que sacara los trajes de su madre y de una
hermana. Se disfrazaran los dos y daran a la familia Arizmendi una
broma graciossima.

--Ahora s que se van a reir--deca Cacochipi en su interior.

El chico no se anduvo en retricas y el domingo de Carnaval tom los
mejores trajes que encontr y fu con ellos a la confitera. Maestro y
discpulo se pusieron las prendas femeninas, y armados de sendas
escobas, fueron a la puerta de la iglesia.

Al salir Arizmendi con su mujer y sus hijas de misa, Cacochipi y su
discpulo cayeron sobre ellos y les dieron un sin fin de apretones y de
golpes; Josh record a Arizmendi que tena dentadura postiza, a su
mujer que se pona aadidos y a la hija mayor el novio con quien haba
reido, y despus de otra porcin de cosas igualmente oportunas se
marcharon las dos mscaras dando brincos.

Al da siguiente, cuando se present en casa de Arizmendi, pens
Cracasch:

--Nada, van a felicitarme por la broma de ayer.

Entr y le pareci que todo el mundo estaba serio. De pronto, se le
acerc Arizmendi y con voz ms que severa, iracunda, en un terrible _ab
irato_, le dijo:

--No vuelva usted a poner los pies en mi casa. Imbcil! Si no fuera
usted un idiota, le echara a puntapis.

--Pero por qu?--pregunt Jos.

--Y lo pregunta usted todava, majadero? Cuando no se sabe portarse
como una persona, no se debe alternar con los dems. Yo crea que era
usted un estpido, pero no tanto.

Cacochipi, por primera vez en su vida, se sinti ofendido. Se encerr en
su casa y empez a pensar en la Celedonia, la segunda hija de Arizmendi
y en la voz suave y la _eloquendi suavitatem_ con que le saludaba por
las maanas cuando le deca:

--Buenos das, Josh.

Cacochipi se convenci de que, como le haba dicho Arizmendi, era un
estpido y de que adems estaba enamorado. Estos dos convencimientos le
impulsaron a mudarse de traje, a cortarse el pelo, a ponerse una boina
nueva y a no permitir que nadie le llamara Cracasch.

--Oye, Cracasch--le deca alguno en la calle.

--Hombre! Creo que me has llamado Cracasch--deca l.

--S, y qu?

--Que no quiero que me vuelvas a llamar as.

--Pero hombre, Cracasch...

--Toma--y Josh empezaba a puetazos y a golpes.

En poco tiempo Josh borr su apodo de Cracasch. La Celedonia Arizmendi
haba notado la transformacin de Josh y saba la parte que en este
cambio le corresponda a ella. Josh vea que la muchacha le miraba con
buenos ojos; pero era tan tmido que nunca se hubiera atrevido a decirle
nada.

Llevaban sus amores el camino de pasar a la historia sin llegar al
primer captulo, cuando el hijo de un boticario se encarg de darles una
solucin.

Quera burlarse de Josh y escribi una carta de amor grotesca a la hija
de Arizmendi, firmando Josh Cracasch.

La chica le envi la carta a Josh dicindole que se queran burlar de
l, pero que ella le estimaba y que pasara por delante de su casa y que
hablaran.

Josh fu y vi a la muchacha y le di las buenas tardes y no se le
ocurri ms; ella le pregunt si su madre, Andr Anthoni, estaba buena,
l la contest que s y entonces ella le dijo:

--Hasta maana, Josh.

--Adis.

Cacochipi qued como embobado; necesitaba respirar, tomar aire y sali
de Tolosa y tom el camino de Anoeta y pas Anoeta y luego Irura y cruz
Villabona y fu andando, andando, hasta que se top con la partida del
Cura, que iba a conquistar, _viribus et arms_, la gloria. Uno de la
partida le di el alto y le hizo descender de las sublimidades
amatorio-musicales en que se hallaba sumido, presentndole el sencillo
dilema de recibir una paliza o de venirse con nosotros.

Jos Cacochipi, por muy aficionado que sea a la msica, no ha querido
que solfeen sobre l y ya hace un mes que est en la partida.

Tal era la historia de Josh Cracasch, que cont Dantchari, _el
Estudiante_, con algunos latinajos ms de los que pone el autor.




CAPTULO V

CMO LA PARTIDA DEL CURA DETUVO LA DILIGENCIA CERCA DE ANDOAIN


Al tercer da de estar en la venta, la inaccin era grande, y entre _el
Jabonero_ y Luscha acordaron detener aquella maana la diligencia que
iba desde San Sebastin a Tolosa.

Se dispuso la gente a lo largo del camino, de dos en dos; los ms
lejanos iran, avisando cuando apareciera la diligencia y replegndose
junto a la venta.

Martn y Bautista se quedaron con el Cura y _el Jabonero_, porque el
cabecilla y su teniente no tenan bastante confianza en ellos.

A eso de las once de la maana, avisaron la llegada del coche. Los
hombres que espiaban el paso fueron acercndose a la venta, ocultndose
por los lados del camino.

El coche iba casi lleno. El Cura, _el Jabonero_ y los siete u ocho
hombres que estaban con ellos se plantaron en medio de la carretera.

Al acercarse el coche, el Cura levant su garrote y grit:

--Alto!

Anchusa y Luscha se agarraron a la cabezada de los caballos y el coche
se detuvo.

--_Arrayua!_ El Cura!--exclam el cochero en voz alta--. Nos hemos
fastidiado.

--Abajo todo el mundo--mand el Cura.

Egozcue abri la portezuela de la diligencia. Se oy en el interior un
coro de exclamaciones y de gritos.

--Vaya. Bajen ustedes y no alboroten--dijo Egozcue con finura.

Bajaron primero dos campesinos vascongados y un cura; luego, un hombre
rubio, al parecer extranjero, y despus salt una muchacha morena, que
ayud a bajar a una seora gruesa, de pelo blanco.

--Pero Dios mo, adnde nos llevan?--exclam sta.

Nadie le contest.

--Anchusa! Luscha! Desenganchad los caballos--grit el Cura--. Ahora,
todos a la posada.

Anchusa y Luscha llevaron los caballos y no quedaron con el cura ms
que unos ocho hombres, contando con Bautista, Zalacan y Josh Cracasch.

--Acompaad a stos--dijo el cabecilla a dos de sus hombres, sealando
a los campesinos y al cura.

--Vosotros-- indic a Bautista, Zalacan, Josh Cracasch y otros dos
hombres armados--id con la seora, la seorita y este viajero.

La seora gruesa lloraba afligida.

--Pero, nos van a fusilar?--pregunt gimiendo.

--Vamos! Vamos!--dijo uno de los hombres armados, brutalmente.

La seora se arrodill en el suelo, pidiendo que la dejaran libre.

La seorita, plida, con los dientes apretados, lanzaba fuego por los
ojos. Sin duda, saba los procedimientos usados por el cura con las
mujeres.

A algunas sola desnudarlas de medio cuerpo arriba, les untaba con miel
el pecho y la espalda y las emplumaba; a otras les cortaba el pelo o lo
untaba de brea y luego se lo pegaba a la espalda.

--Ande usted, seora--dijo Martn--, que no les pasar nada.

--Pero, adnde?--pregunt ella.

--A la posada, que est aqu cerca.

La joven nada dijo, pero lanz a Martn una mirada de odio y de
desprecio.

Las dos mujeres y el extranjero comenzaron a marchar por la carretera.

--Atencin, Bautista--dijo Martn en francs--, t al uno, yo al otro.
Cuando no nos vean.

El extranjero, extraado, en el mismo idioma pregunt:

--Qu van ustedes a hacer?

--Escaparnos. Vamos a quitar los fusiles a estos hombres. Aydenos
usted.

Los dos hombres armados, al oir que se entendan en una lengua que ellos
no comprendan, entraron en sospechas.

--Qu hablis?--dijo uno, retrocediendo y preparando el fusil.

No tuvo tiempo de hacer nada, porque Martn le di un garrotazo en el
hombro y le hizo tirar el fusil al suelo, Bautista y el extranjero
forcejearon con el otro y le quitaron el arma y los cartuchos. Josh
Cracasch estaba como en babia.

Las dos mujeres, vindose libres, echaron a correr por la carretera, en
direccin a Hernani. Cracasch las sigui. ste llevaba una mala
escopeta, que poda servir en ltimo caso. El extranjero y Martn tenan
cada uno su fusil, pero no contaba ms que con pocos cartuchos. A uno le
haban podido quitar la cartuchera, al otro fu imposible. ste volaba
corriendo a dar parte a los de la partida.

El extranjero, Martn y Bautista corrieron y se reunieron con las dos
mujeres y con Josh Cracasch.

La ventaja que tenan era grande, pero las mujeres corran poco; en
cambio, la gente del cura en cuatro saltos se plantara junto a ellos.

--Vamos! Animo!--deca Martn--. En una hora llegamos.

--No puedo--gema la seora--. No puedo andar ms.

--Bautista!--exclam Martn--. Corre a Hernani, busca gente y trela.
Nosotros nos defenderemos aqu un momento.

--Ir yo--dijo Josh Cracasch.

--Bueno, entonces deja el fusil y las municiones.

Tir el msico el fusil y la cartuchera y ech a correr, como alma que
lleva el diablo.

--No me fo de ese msico simple--murmur Martn--. Vete t, Bautista.
La lstima es que quede un arma intil.

--Yo disparar--dijo la muchacha.

Se volvieron a hacer frente, porque los hombres de la partida se iban
acercando.

Silbaban las balas. Se vea una nubecilla blanca y pasaba al mismo
tiempo una bala por encima de las cabezas de los fugitivos. El
extranjero, la seorita y Martn se guarecieron cada uno detrs de un
rbol y se repartieron los cartuchos. La seora vieja, sollozando, se
tir en la hierba, por consejo de Martn.

--Es usted buen tirador?--pregunt Zalacan al extranjero.

--Yo? S. Bastante regular.

--Y usted, seorita?

--Tambin he tirado algunas veces.

Seis hombres se fueron acercando a unos cien metros de donde estaban
guarecidos Martn, la seorita y el extranjero. Uno de ellos era
Luscha.

--A ese ciudadano le voy a dejar cojo para toda su vida--dijo el
extranjero.

Efectivamente, dispar y uno de los hombres cay al suelo dando gritos.

--Buena puntera--dijo Martn.

--No es mala--contest framente el extranjero.

Los otros cinco hombres recogieron al herido y lo retiraron hacia un
declive. Luego, cuatro de ellos, dirigidos por Luscha, dispararon al
rbol de dnde haba salido el tiro. Crean, sin duda, que all estaban
refugiados Martn y Bautista y se fueron acercando al rbol. Entonces
dispar Martn  hiri a uno en una mano.

Quedaban solo tres hbiles, y, retrocediendo y arrimndose a los
rboles, siguieron haciendo disparos.

--Habr descansado algo su madre?--pregunt Martn a la seorita.

--S.

--Que siga huyendo. Vaya usted tambin.

--No, no.

--No hay que perder tiempo--grit Martn, dando una patada en el
suelo--. Ella sola o con usted. Hala! En seguida.

La seorita dej el fusil a Martn y, en unin de su madre, comenz a
marchar por la carretera.

El extranjero y Martn esperaron, luego fueron retrocediendo sin
disparar, hasta que, al llegar a una vuelta del camino, comenzaron a
correr con toda la fuerza de sus piernas. Pronto se reunieron con la
seora y su hija. La carrera termin a la media hora, al oir que las
balas comenzaban a silbar por encima de sus cabezas.

All no haba rboles donde guarecerse, pero s unos montes de piedra
machacada para el lecho de la carretera, y en uno de ellos se tendi
Martn y en el otro el extranjero. La seora y su hija se echaron en el
suelo.

Al poco tiempo, aparecieron varios hombres; sin duda, ninguno quera
acercarse y llevaban la idea de rodear a los fugitivos y de cogerlos
entre dos fuegos.

Cuatro hombres fueron a campo traviesa por entre maizales, por un lado
de la carretera, mientras otros cuatro avanzaban por otro lado, entre
manzanos.

Si Bautista no viene pronto con gente, creo que nos vamos a ver
apurados--exclam Martn.

La seora, al oirle, lanz nuevos gemidos y comenz a lamentarse, con
grandes sollozos, de haber escapado.

El extranjero sac un reloj y murmur:

--Tena tiempo. No habr encontrado nadie.

--Eso debe ser--dijo Martn.

--Veremos si aqu podemos resistir algo--repuso el extranjero.

--Hermoso da!--murmur Martn.

La verdad es que un da tan hermoso convida a todo, hasta que le peguen
a uno un tiro.

--Por si acaso, habr que evitarlo en lo posible.

Dos o tres balas pasaron silbando y fueron a estrellarse en el suelo.

--Rendos!--dijo la voz de Belcha, por entre unos manzanos.

--Venid a cogernos--grit Martn, y vi que uno le apuntaba en el monte,
desde cerca de un rbol; l apunt a su vez, y los dos tiros sonaron
casi simultneamente. Al poco tiempo, el hombre volvi a aparecer ms
cerca, escondido entre unos helechos, y dispar sobre Martn.

ste sinti un golpe en el muslo y comprendi que estaba herido. Se
llev la mano al sitio de la herida y not una cosa tibia. Era sangre.
Con la mano ensangrentada cogi el fusil y, apoyndose en las piedras,
apunt y dispar. Luego sinti que se le iban las fuerzas, al perder la
sangre, y cay desmayado.

El extranjero aguard un momento, pero, en aquel instante, una compaa
de miqueletes avanzaba por la carretera, corriendo y haciendo disparos,
y la gente del Cura se retiraba.




CAPTULO VI

CMO CUID LA SEORITA DE BRIONES A MARTN ZALACAN


Cuando de nuevo pudo darse Martn Zalacan cuenta de que viva, se
encontr en la cama, entre cortinas tupidas.

Hizo un esfuerzo para moverse y se sinti muy dbil y con un ligero
dolor en el muslo.

Record vagamente lo pasado, la lucha en la carretera, y quiso saber
dnde estaba.

--Eh!--grit con voz apagada.

Las cortinas se abrieron y una cara morena, de ojos negros, apareci
entre ellas.

--Por fin. Ya s ha despertado usted!

--S. Dnde me han trado?

--Luego le contar a usted todo--dijo la muchacha morena.

--Estoy prisionero?

--No, no; est usted aqu en seguridad.

--En qu pueblo?

--En Hernani.

--Ah, vamos. No me podran abrir esas cortinas?

--No, por ahora no. Dentro de un momento vendr el mdico y, si le
encuentra a usted bien, abriremos las cortinas y le permitiremos hablar.
Con que ahora siga usted durmiendo.

Martn senta la cabeza dbil y no le cost mucho trabajo seguir el
consejo de la muchacha.

Al medioda lleg el mdico, que reconoci a Martn la herida, le tom
el pulso y dijo:

--Ya pueda empezar a comer.

--Y le dejaremos hablar, doctor?--pregunt la muchacha.

--S.

Se fu el doctor, y la muchacha de los ojos negros descorri las
cortinas y Martn se encontr en una habitacin grande, algo baja de
techo, por cuya ventana entraba un dorado sol de invierno. Pocos
instantes despus, apareci Bautista en el cuarto, de puntillas.

--Hola, Bautista--dijo Martn burlonamente--. Qu te ha parecido
nuestra primera aventura de guerra? Eh?

--Hombre! A m, bien--contest el cuado--. A ti quiz no te haya
parecido tan bien.

--Pse! Ya hemos salido de esta.

La muchacha de los ojos negros, a quien al principio no reconoci
Martn, era la seorita a quien haban hecho bajar del coche los de la
partida del Cura y despus se haba fugado con ellos en compaa de su
madre.

Esta seorita le cont a Martn cmo le llevaron hasta Hernani y le
extrajeron la bala.

--Y yo no me he dado cuenta de todo esto--dijo Martn--. Cunto tiempo
llevo en la cama?

--Cuatro das ha estado usted con una fiebre altsima.

--Cuatro das?

--S.

--Por eso estoy rendido. Y su madre de usted?

--Tambin ha estado enferma, pero ya se levanta.

--Me alegro mucho. Sabe usted? Es raro--dijo Martn--no me parece
usted la misma que vino en la carretera con nosotros.

--No?

--No.

--Y por qu?

--Le brillaban a usted los ojos de una manera tan rara, as como dura...

--Y ahora no?

--Ahora no, ahora me parecen sus ojos muy suaves.

La muchacha se ruboriz sonriendo.

--La verdad es--dijo Bautista--que has tenido suerte. Esta seorita te
ha cuidado como a un rey.

--Qu menos poda hacer por uno de nuestros salvadores!--exclam ella
ocultando su confusin--. Oh, pero no hable usted tanto. Para el primer
da es demasiado.

--Una pregunta slo--dijo Martn.

--Veamos la pregunta--contest ella.

--Quisiera saber cmo se llama usted.

--Rosa Briones.

--Muchas gracias, seorita Rosa--murmur.

--Oh! no me llame usted seorita. Llmeme usted Rosa o Rosita, como me
dicen en casa.

--Es que yo no soy caballero--repuso Martn.

--Pues si usted no es caballero, quin lo ser!--dijo ella.

Martn se sinti halagado y, como Rosa le indic que callara, llevndose
el dedo a los labios, cerr los ojos...

La convalecencia de Martn fu muy rpida, tanto, que a l le pareci
que se curaba demasiado pronto.

Bautista, al ver a su cuado en vsperas de levantarse y en buenas
manos, como dijo algo irnicamente, se fu a Francia a reunirse con
Capistun y a seguir con los negocios.

Martn pudo tomar Hernani por una Capua, una Capua espiritual.

Rosita Briones y su madre doa Pepita le mimaban y le halagaban.

De conocerlo, Martn hubiera podido recitar, refirindose a l mismo,
el romance antiguo de Lanzarote:

        Nunca fuera caballero
        De damas tan bien servido
        Como fuera Lanzarote
        Cuando de su aldea vino.

Rosita, durante la convalecencia, tuvo largas conversaciones con Martn.
Era de Logroo, donde viva con su madre. Doa Pepita era la causante de
la desdichada aventura. A ella se le ocurri ir a Villabona, para ver a
su hijo, que le haban dicho que se encontraba herido en este pueblo.
Afortunadamente, la noticia era falsa.

Doa Pepita, la madre de Rosita, era una seora romntica, con unas
ideas absurdas. Adoraba a su hijo, viva temblando de que le pasara
algo, pero, a pesar de todo, haba querido que fuera militar. Al decidir
la aventura que termin con la detencin de la diligencia y al oir las
observaciones de su hija al malhadado proyecto, haba contestado:

--Los carlistas son espaoles y caballeros y no pueden hacer dao a unas
seoras.

A pesar de esta imposibilidad, estuvieron las dos a punto de ser
emplumadas o apaleadas por la gente del Cura.

Martn lleg a convencerse de que la buena seora tena una
imposibilidad irreductible para enterarse de la cosas. Lo vea todo a su
gusto y se convenca de que los hechos era como se los haba pintado su
fantasa. Si de la madre cualquiera hubiese dicho que le faltaba un
tornillo, no poda decirse lo mismo de su hija. sta era lista y
avispada como pocas; tena un juicio rpido, seguro y claro.

Muchas veces, para distraer al herido, Rosa le ley novelas de Dumas y
poesas de Bcquer. Martn nunca haba odo versos y le hicieron un
efecto admirable, pero lo que ms le sorprendi fu la discrecin de los
comentarios de Rosita. No se le escapaba nada.

Pronto Martn pudo levantarse y, cojeando, andar por la casa. Un da que
contaba su vida y sus aventuras, Rosita le pregunt de pronto:

--Y Catalina quin es? Es su novia de usted?

--S. Cmo lo sabe usted?

--Porque ha hablado usted mucho de ella durante el delirio.

--Ah!

--Y es guapa?

--Quin?

--Su novia.

--S, creo que s.

--Cmo? Cree usted nada ms?

--Es que la conozco desde chico y estoy tan acostumbrado a verla que
casi no s cmo es.

--Pero no est usted enamorado de ella?

--No s, la verdad.

--Qu cosa ms rara! Que tipo tiene?

--Es as... algo rubia...

--Y tiene hermosos ojos?

--No tanto como usted--dijo Martn.

A Rosita Briones le centellearon los ojos y envolvi a Martn en una de
sus miradas enigmticas.

Una tarde se present en Hernani el hermano de Rosita.

Era un joven fino, atento, pero poco comunicativo.

Doa Pepita le puso a Zalacan delante de su hijo como un salvador, como
un hroe.

Al da siguiente, Rosita y su madre iban a San Sebastin, para marcharse
desde all a Logroo.

Les acompa Martn y su despedida fu muy afectuosa. Doa Pepita le
abraz y Rosita le estrech la mano varias veces y le dijo
imperiosamente:

--Vaya usted a vernos.

--S, ya ir.

--Pero que sea de veras. Los ojos de Rosita prometan mucho. Al
marcharse madre  hija, Martn pareci despertar de un sueo; se acord
de sus negocios, de su vida, y sin prdida de tiempo se fu a Francia.




CAPTULO VII

CMO MARTN ZALACAN BUSC NUEVAS AVENTURAS


Una noche de invierno llova en las calles de San Juan de Luz; algn
mechero de gas temblaba a impulsos del viento, y de las puertas de las
tabernas salan voces y sonido de acordeones.

En Socoa, que es el puerto de San Juan de Luz, en una taberna de
marineros, cuatro hombres, sentados en una mesa, charlaban. De cuando en
cuando, uno de ellos abra la puerta de la taberna, avanzaba en el
muelle silencioso, miraba al mar y al volver deca:

--Nada, la _Fleche_ no viene an.

El viento silbaba en bocanadas furiosas sobre la noche y el mar negros,
y se oa el ruido de las olas azotando la pared del muelle.

En la taberna, Martn, Bautista, Capistun y un hombre viejo, a quien
llamaban Ospitalech, hablaban; hablaban de la guerra carlista, que
segua como una enfermedad crnica sin resolverse.

--La guerra acaba--dijo Martn.

--T crees?--pregunt el viejo Ospitalech.

--S, esto marcha mal, y yo me alegro--dijo Capistun.

--No, todava hay esperanza--repuso Ospitalech.

--El bombardeo de Irn ha sido un fracaso completo para los
carlistas--dijo Martn--. Y qu esperanzas tenan todos estos
legitimistas franceses! Hasta los hermanos de la Doctrina Cristiana
haban dado vacaciones a los nios para que fuesen a la frontera a ver
el espectculo. Canallas! Y ah vimos a ese arrogante don Carlos, con
sus terribles batallones, echando granadas y granadas, para tener luego
que escaparse corriendo hacia Vera.

--Si la guerra se pierde, nos arruinamos--murmur Ospitalech.

Capistun estaba tranquilo, pensaba retirarse a vivir a su pas;
Bautista, con las ganancias del contrabando, haba extendido sus
tierras. De los tres, Zalacan no estaba contento. Si no le hubiese
retenido el pensamiento de encontrar a Catalina, se hubiera ido a
Amrica.

Llevaba ya ms de un ao sin saber nada de su novia; en Urbia se
ignoraba su paradero, se deca que doa gueda haba muerto, pero no se
hallaba confirmada la noticia.

De estos cuatro hombres de la taberna de Socoa, los dos contentos,
Bautista y Capistun, charlaban; los otros dos rabiaban y se miraban sin
hablarse. Afuera llova y venteaba.

--Alguno de vosotros se encargara de un negocio difcil, en que hay
que exponer la pelleja?--pregunt de pronto Ospitalech.

--Yo no--dijo Capistun.

--Ni yo--contest distradamente Bautista.

--De qu se trata?--pregunt Martn.

--Se trata de hacer un recorrido por entre las filas carlistas y
conseguir que varios generales y, adems, el mismo don Carlos, firmen
unas letras.

--Demonio! No es fcil la cosa--exclam Zalacan.

--Ya lo s que no; pero se pagara bien.

--Cunto?

--El patrn ha dicho que dara el veinte por ciento, si le trajeran las
letras firmadas.

--Y a cunto asciende el valor de las letras?

--A cunto? No s de seguro la cantidad. Pero es que t iras?

--Por qu no? Si se gana mucho...

--Pues entonces espera un momento. Parece que llega el barco, luego
hablaremos.

Efectivamente, se haba odo en medio de la noche un agudo silbido. Los
cuatro salieron al puerto y se oy el ruido de las aguas removidas por
una hlice, y luego aparecieron unos marineros en la escalera del
muelle, que sujetaron la amarra en un poste.

--Eup! Manisch--grit Ospitalech.

--Eup!--contestaron desde el mar.

--Todo bien?

--Todo bien--respondi la voz.

--Bueno, entremos--aadi Ospitalech--que la noche est de perros.

Volvieron a meterse en la taberna los cuatro hombres, y poco despus se
unieron a ellos Manisch, el patrn del barco la _Fleche_, que al entrar
se quit el sudeste, y dos marineros ms.

--De manera que t ests dispuesto a encargarte de ese
asunto?--pregunt Ospitalech a Martn.

--S.

--Solo?

--Solo.

--Bueno, vamos a dormir. Por la maana iremos a ver al principal y te
dir lo que se puede ganar.

Los marineros de la _Fleche_ comenzaban a beber, y uno de ellos cantaba,
entre gritos y patadas, la cancin de _Les matelot de la Belle Eugenie_.

Al da siguiente, muy temprano, se levant Martn y con Ospitalech tom
el tren para Bayona. Fueron los dos a casa de un judo que se llamaba
Levi-Alvarez. Era este un hombre bajito, entre rubio y canoso, con la
nariz arqueada, el bigote blanco y los anteojos de oro. Ospitalech era
dependiente del seor Levi-Alvarez y cont a su principal cmo Martn se
brindaba a realizar la expedicin difcil de entrar en el campo carlista
para volver con las letras firmadas.

--Cunto quiere usted por eso?--pregunt Levi-Alvarez.

--El veinte por ciento.

--Caramba! Es mucho.

--Est bien, no hablemos, me voy.

--Espere usted. Sabe usted que las letras ascienden a ciento veinte mil
duros? El veinte por ciento sera una cantidad enorme.

--Es lo que me ha ofrecido Ospitalech. Eso o nada.

--Qu barbaridad! No tiene usted consideracin...

--Es mi ltima palabra. Eso o nada.

--Bueno, bueno. Est bien. Sabe usted que si tiene suerte se va usted a
ganar veinticuatro mil duros...?

--Y si no me pegarn un tiro.

--Exacto. Acepta usted?

--S, seor, acepto.

--Bueno. Entonces estamos conformes.

--Pero yo exijo que usted me formalice este contrato por escrito--dijo
Martn.

--No tengo inconveniente.

El judo qued un poco perplejo y, despus de vacilar un poco, pregunt:

--Cmo quiere usted que lo haga?

--En pagars de mil duros cada uno.

El judo, despus de vacilar, llen los pagars y puso los sellos.

--Si cobra usted--advirti--de cada pueblo me puede usted ir enviando
las letras.

--No las podra depositar en los pueblos en casa del notario?

--S, es mejor. Un consejo. En Estella no vaya usted donde el ministro
de la guerra. Presntese usted al general en jefe y le entrega usted las
cartas.

--Eso har.

--Entonces, adis, y buena suerte.

Martn fu a casa de un notario de Bayona, le pregunt si los pagars
estaban en regla y, habindole dicho que s, los deposit bajo recibo.

El mismo da se fu a Zaro.

--Guardadme este papel--dijo a Bautista y a su hermana--dndoles el
recibo.

Yo me voy.

--Adnde vas?--pregunt Bautista.

Martn le explic sus proyectos.

--Eso es un disparate--dijo Bautista--te van a matar.

--Ca!

--Cualquiera de la partida del Cura que te vea te denuncia.

--No est ninguno en Espaa. La mayora andan por Buenos Aires. Algunos
los tienes por aqu, por Francia, trabajando.

--No importa, es una barbaridad lo que quieres, hacer.

--Hombre! Yo no obligo a nadie a que venga conmigo--dijo Martn.

--Es que si t crees que eres el nico capaz de hacer eso, ests
equivocado--replic Bautista--. Yo voy donde otro vaya.

--No digo que no.

--Pero parece que dudas.

--No, hombre, no.

--S, s, y para que veas que no hay tal cosa, te voy a acompaar. No se
dir que un vasco francs no se atreve a ir donde vaya un vasco espaol.

--Pero hombre, t ests casado--repuso Martn.

--No importa.

--Bueno, ya veo que lo t quieres es acompaarme. Iremos juntos, y, si
conseguimos traer las letras firmadas te dar algo.

--Cunto?

--Ya veremos.

--Qu granuja eres!--exclam Bautista--para qu quieres tanto dinero?

--Qu s yo? Ya veremos. Yo tengo en la cabeza algo. Qu? No lo s,
pero sirvo para alguna cosa. Es una idea que se me ha metido en la
cabeza hace poco.

--Qu demonio de ambicin tienes?

--No s, chico, no s--contest Martn--pero hay gente que se considera
como un cacharro viejo, que lo mismo puede servir de taza que de
escupidera. Yo no, yo siento en m, aqu dentro, algo duro y fuerte...
no s explicarme.

A Bautista le extraaba esta ambicin obscura de Martn, porque l era
claro y ordenado y saba muy bien lo que quera.

Dejaron esta cuestin y hablaron del recorrido que tenan que hacer.

Este comenzara yendo en el vaporcito la _Fleche_ a Zumaya y siguiendo
de aqu a Azpeitia, de Azpeitia a Tolosa y de Tolosa a Estella. Para no
llevar la lista de todas las personas a quien tenan que ver y estar
consultando a cada paso lo que poda comprometerles, Bautista, que tena
magnfica memoria, se la aprendi de corrido; cosieron las letras entre
el cuero de las polainas y por la noche se embarcaron.

Entraron en el vaporcito de la _Fleche_ en Socoa y se echaron al mar.
Bautista y Zalacan pasaron la travesa metidos en un camarote pequeo
dando tumbos.

Al amanecer, el piloto vi hacia el cabo de Machichaco un barco que le
pareci de guerra, y forzando la marcha entr en Zumaya.

Varias compaas carlistas salieron al puerto dispuestas a comenzar el
fuego, pero cuando reconocieron el barco francs se tranquilizaron.
Despus de desembarcar, la memoria admirable de Bautista indic las
personas a quienes tenan que visitar en este pueblo. Eran tres o cuatro
comerciantes. Los buscaron, firmaron las letras, compraron los viajeros
dos caballos, se agenciaron un salvo-conducto; y por la tarde, despus
de comer, Martn y Bautista se encaminaron por la carretera de Cestona.

Pasaron por el pueblecito de Oiquina, constitudo por unos cuantos
caseros colocados al borde del ro Urola, luego por Aizarnazabal y en
la venta de Iraeta, cerca del puente, se detuvieron a cenar.

La noche se ech pronto encima. Cenaron Martn y Bautista y discutieron
si sera mejor quedarse all o seguir adelante, y optaron por esto
ltimo.

Montaron en sus jamelgos, y al echar a andar vieron que de una casa
prxima al puente de Iraeta sala un coche arrastrado por cuatro
caballos. El coche comenz a subir el camino de Cestona al trote. Este
trozo de camino, desde Iraeta a Cestona, pasa entre dos montes y tiene
en el fondo el ro. De noche, sobre todo, el tal paraje es triste y
siniestro.

Martn y Bautista, por ese sentimiento de fraternidad que se siente en
las carreteras solitarias, quisieron acercarse al coche y ponerse al
habla con el cochero, pero sin duda el cochero tena razones para no
querer compaa, porque, al notar que le seguan, puso los caballos al
trote largo y luego los hizo galopar.

As, el coche delante y Martn y Bautista detrs, subieron a Cestona, y
al llegar aqu el coche di una vuelta rpida y poco despus ech un
fardo al suelo.

--Es algn contrabandista--dijo Martn.

Efectivamente, lo era; hablaron con l y el hombre les confes que haba
estado dispuesto a dispararles al ver que le perseguan. Marcharon los
tres a la posada, ya hechos amigos, y Martn fu a ver a un confitero
carlista de la calle Mayor.

Durmieron en la posada de Blas y muy de maana Zalacan y Bautista se
prepararon a seguir su camino.

Era el da lluvioso y fro, la carretera, amarillenta, llena de baches,
ondulaba por entre campos verdes; no se vea el monte Itzarroiz,
envuelto entre la bruma. El ro, crecido, iba de color de ocre. Se
detuvieron en Lasao, en la posesin de un barn carlista, a hacer que su
administrador firmara un documento y siguieron bordeando el Urola hasta
Azpeitia.

Aqu el trabajo era bastante grande y tardaron en terminarle. Al
anochecer, estuvieron ya libres, y, como preferan no quedarse en
pueblos grandes, tomaron un camino de herradura que suba al monte
Hernio y fueron a dormir a una aldea llamada Regil.

El tercer da, de Regil cogieron el camino de Vidania, y llegaron a
Tolosa, en donde estuvieron unas horas.

De Tolosa fueron a dormir a un pueblo prximo. Les dijeron que por all
andaba una partida, y prefirieron seguir adelante. Esta partida, das
antes, haba apaleado brbaramente a unas muchachas, porque no quisieron
bailar con unos cuantos de aquellos foragidos. Dejaron el pueblo, y,
unas veces al trote y otras al paso, llegaron hasta Amezqueta, en donde
se detuvieron.




CAPTULO VIII

VARIAS ANCDOTAS DE FERNANDO DE AMEZQUETA Y LLEGADA A ESTELLA


En Amezqueta entraron en la posada prxima al juego de pelota. Llova,
haca fro y se refugiaron al lado de la lumbre.

Haba entre los reunidos en la venta un campesino chusco, que se puso a
contar historias. El campesino, al entrar otros dos en la cocina, sac
su gran pauelo a cuadros y comenz a dar con l en las mesas y en las
sillas, como si estuviera espantando moscas.

--Qu hay?--le dijo Martn--. Qu hace usted?

--Estas moscas fastidiosas--contest el campesino seriamente.

--Pero si no hay moscas.

--S las hay, s--replic el hombre, dando de nuevo con el pauelo.

El posadero advirti, riendo, a Martn y a Bautista que, como en
Amezqueta haba tantas moscas de macho, a los del pueblo les llamaban,
en broma, _euliyac_ (las moscas), y que por eso el tipo aquel chistoso
sacuda las mesas y las sillas con el pauelo, al entrar dos
amezquetanos.

Rieron Martn y Bautista, y el campesino cont una porcin de historias
y de ancdotas.

--Yo no s contar nada--dijo el hombre varias veces--. Si estuviera
_Pernando_!

--Y quin era _Pernando_?--pregunt Martn.

--No habis odo vosotros hablar de _Pernando_ de Amezqueta?

--No.

--Ah! Pues era el hombre ms gracioso de toda esta provincia. Las
cosas que contaba aquel hombre!

Martn y Bautista le instaron para que contara alguna historia de
Fernando de Amezqueta, pero el campesino se resista, porque aseguraba
que oirle a l contar estas chuscadas no daba ms que una plida idea de
las salidas de Fernando.

Sin embargo, a instancias de los dos, el campesino cont esta ancdota
en vascuence:

Un da Fernando fu a casa del seor cura de Amezqueta, que era amigo
suyo y le convidaba a comer con frecuencia. Al entrar en la casa, husme
desde la cocina y vi que el ama estaba limpiando dos truchas: una,
hermosa, de cuatro libras lo menos, y la otra, pequeita, que apenas
tena carne. Pas Fernando a ver al seor cura, y ste, segn su
costumbre, le convid a comer. Se sentaron a la mesa el seor cura y
Fernando. Sacaron dos sopas y Fernando comi de las dos; luego sacaron
el cocido, despus una fuente de berzas con morcilla y, al llegar al
principio, Fernando se encontr con que, en vez de poner la trucha
grande, la condenada del ama haba puesto la pequea, que no tena ms
que raspa.

--Hombre, trucha--exclam Fernando--le voy a hacer una pregunta.

--Qu le vas a preguntar?--dijo el cura riendo, en espera de un chiste.

--Le voy a preguntar a ver si por los dems peces que ha conocido se ha
enterado algo de cmo estn mis parientes al otro lado del mar, all en
Amrica. Porque estas truchas saben mucho.

--Hombre, s, pregntale.

Cogi Fernando la fuente en donde estaba la trucha y se la puso delante,
luego acerc el odo muy serio y escuch.

--Qu, contesta algo?--dijo burlonamente el ama del cura.

--S, ya va contestando, ya va contestando.

--Y qu dice? Qu dice?--pregunt el cura.

--Pues dice--contest Fernando--que es muy pequea, pero que ah, en esa
despensa, hay guardada una trucha muy grande y que ella debe de saber
mejores noticias de mis parientes.

Una muchacha que estaba en la cocina, al oir la ancdota, se ech a reir
con una risa aguda y comunic su risa a todos.

Rieron tambin de buena gana Martn y Bautista la manera de sealar del
truhn, pero el campesino asegur que l no tena arte para estos
cuentos.

Le instaron para que siguiera y el hombre cont una nueva ocurrencia de
_Pernando_.

--Otra vez--dijo--fu a Idiazabal, donde haba un partido de pelota, y
lleg tarde a la posada, cuando ya todos estaban sentados. El amo le
dijo:

--No hay sitio para ti, Fernando, ni probablemente tampoco habr comida.

--Bah!--replic l--. Si me dirais de balde lo que sobre!

--Pues nada, todo lo que sobre para ti.

Se pase Fernando por el comedor.

En la mesa redonda se haban sentado los dos bandos que haban jugado a
la pelota, separados. Fernando, viendo que traan en una fuente piernas
de carnero, dijo a dos o tres en voz baja:

--Yo no s de dnde saca el amo estas piernas de perro tan hermosas y
con tanta carne.

--Pero son de perro?--dijeron ellos.

--S, de perro; pero no se lo digis a esos, que se fastidien.

--Pero de veras, Fernando?

--S, hombre; yo mismo he visto la cabeza en la cocina. Era un perro de
aguas ms hermoso!

Dicho esto sali del comedor, y al volver tenan una cazuela con liebre.
Fu al otro extremo de la mesa y dijo a los del bando contrario:

--Vaya unos gatos ms buenos que compra este fondista a los
carabineros!

--Ah!, pero es gato eso?

--S, no se lo digis a esos, pero yo he visto las colas en la cocina.

Poco despus, Fernando coma solo y tena liebre y carnero de sobra. Al
anochecer, salieron del pueblo todos, algo borrachos, y alguno se par a
echar la papilla en el camino.

--Es el perro, que le ha hecho dao--decan unos, burlndose.

--Es el gato--decan los otros.

Y nadie quera decir que era el vino.

--Compaeros--dijo Fernando--, cuando se come gato y perro juntos no
pasa nada. Ellos rien en el interior como perros y gatos, pero le dejan
a uno en paz.

La muchacha de la risa aguda ri de nuevo y el campesino comenz a
contar otra ancdota, diciendo:

--No estuvo mal tampoco la manera como Fernando deshizo la boda entre un
zapatero rico de Tolosa y una novia suya.

--A ver, a ver cmo fu--dijeron todos.

--Pues estaba Fernando de aprendiz en la zapatera del difunto
Ichtaber, _el Chato de Tolosa_, y no s si vosotros sabris, pero
Ichtaber era un zapatero viejo y muy rico. Tena Fernando de novia una
chica muy guapa, pero Ichtaber, _el Chato_, al verla la empez a
cortejar y a decir si se quera casar con l, y, como era rico, ella
acept. Solan verse la muchacha y el viejo en la zapatera, y el
granuja de Ichtaber, para estar ms libre, mandaba a Fernando, con
cualquier pretexto, a la trastienda. El haca como que no se incomodaba,
pero se veng. Fu a ver a su novia y habl con ella.

--S--la dijo--. Ichtaber es buena persona y hombre de fortuna, es
verdad, pero como es zapatero y chato y ha andado toda la vida con
pieles, huele muy mal.

--Mentiroso!--dijo ella.

--No, no, fjate. Ya vers.

Fernando fu a la zapatera, cogi un fuelle grande y lo rellen de esa
casca que queda despus de curtidos los pellejos y que huele que apesta;
luego hizo un agujero en el tabique de la trastienda y esper la ocasin
oportuna. Por la tarde lleg la chica,  Ichtaber dijo a su aprendiz:

--Oye, Fernando, vete a la trastienda un momento a arreglar esas hormas
que hay en la caja.

Sali Fernando; tom el fuelle. Mir por el agujero. Ichtaber estaba
besando la mano de la chica; entonces le apunt a ella con el fuelle y
meti por el agujero del tabique una corriente de aire de mal olor.
Cuando Fernando mir despus, Ichtaber _el Chato_ estaba con la mano en
sus diminutas narices y la muchacha lo mismo.

Luego Fernando sigui dndole al fuelle con intermitencias, hasta que se
cans.

Dos das despus, fu de nuevo la chica y le pas lo mismo; y ya no
volvi ms, porque deca que Ichtaber _el Chato_ ola a muerto.

Ichtaber hizo el amor a otra; pero Fernando le jug la misma pasada con
el fuelle, y el zapatero deca a sus amigos:

--_Arrayua!_ En mi tiempo era otra cosa; las chicas estaban sanas.
Ahora, la que ms y la que menos huele a perros.

Volvi a oirse la risa alegre y chillona de la muchacha.

Celebraron los dems circunstantes las granujeras de Fernando el de
Amezqueta y fueron a acostarse.

A la maana siguiente, Martn y Bautista dejaron a Amezqueta y por un
sendero llegaron a Ataun, lugar en donde Dorronsoro, el jefe civil
carlista, haba sido escribano.

Se encontraron en el camino a un muchacho de este pueblo que iba a
Echarri-Aranaz y en su compaa tomaron por un camino de herradura que
bordeaba la sierra de Aralar.

Hablaron los tres de la marcha de la guerra, y el chico cont una
ancdota de Dorronsoro, que no dejaba de tener gracia. Se haba
presentado a l un seorito de San Sebastin, de familia carlista, de
los que llamaban hojalateros, muy gordo y muy lucio.

--Mire usted, don Miguel--haba dicho al ex escribano--, yo soy muy
carlista y mi familia tambin lo es; quisiera servir a don Carlos, pero,
ya ve usted, no estoy para andar por el monte y deseara entrar en las
oficinas.

--Bueno, ya ver si encuentro algo--le dijo Dorronsoro--; vuelva usted
maana.

Volvi al da siguiente el seorito y pregunt:

--Qu, ha encontrado usted algo?

--S, ya comprendo que no puede usted salir al monte; de manera que
entrar usted en las oficinas... y pagar usted tres pesetas al da.

Celebraron Martn y Bautista la decisin de Dorronsoro. Por la noche
llegaron al valle de Araquil y se detuvieron en Echarri-Aranaz.

Entraron en la cocina de la venta a calentarse al fuego. All, en vez de
las historias del buen truhn Fernando de Amezqueta, tuvieron que oir,
contada por una vieja, la historia de don Teodosio de Goi, un caballero
navarro que, despus de haber matado a su padre y a su madre, engaado
por el Diablo, se fu de penitencia al monte con una cadena al pie,
hasta que, pasados muchos aos y siendo don Teodosio viejo, se le
present un dragn, y ya iba a devorarle, cuando apareci el arcngel
San Miguel y mat al dragn y rompi las cadenas al caballero.

A Bautista y a Martn les parecieron ms entretenidas que esta tonta
historia de dragones y de santos las ocurrencias del buen Fernando de
Amezqueta.

Estaban oyendo los comentarios a la vida de don Teodosio, cuando se
present en la venta un seor rubio, que, al ver a Bautista y a Martn,
se les qued mirando atentamente.

--Pero son ustedes!

--Usted es el de...

--El mismo.

Era el extranjero a quien haban libertado de las garras del cura.

--A qu vienen ustedes por aqu?--pregunt el extranjero.

--Vamos a Estella.

--De veras?

--S.

--Yo tambin. Iremos juntos. Conocen ustedes el camino?

--No.

--Yo s. He estado ya una vez.

--Pero, qu hace usted andando siempre por estos parajes?--le pregunt
Martn.

--Es mi oficio--le dijo el extranjero.

--Pues, qu es usted, si se puede saber?

--Soy periodista. La fuga aquella me sirvi para hacer un artculo
interesantsimo. Hablaba de ustedes dos y de aquella seorita morena.
Qu chica ms valiente, eh!

--Ya lo creo.

--Pues, si no tienen ustedes reparo, iremos juntos a Estella.

--Reparo? Al revs. Satisfaccin y grande.

Quedaron de acuerdo en marchar juntos.

A las siete de la maana, hora en que empez a aclarar, salieron los
tres, atravesaron el tnel de Lizrraga y comenzaron a descender hacia
la llanada de Estella. El extranjero montaba en un borriquillo, que
marchaba casi ms deprisa que los matalones en que iban Martn y
Bautista. El camino serpenteaba subiendo el desnivel de la sierra de
Anda.

Atravesaron posiciones ocupadas por batallones carlistas. Entre los
jefes haba muchos extranjeros con flamantes uniformes austracos,
italianos y franceses, un tanto carnavalescos.

A media tarde comieron en Lezaun y, arreando las caballeras, pasaron
por Abarzuza. El extranjero explic al paso la posicin respectiva de
liberales y carlistas en la batalla de Monte Muru y el sitio donde se
desarroll lo ms fuerte de la accin, en la que muri el general
Concha.

Al anochecer llegaron cerca de Estella.

Mucho antes de entrar en la corte carlista encontraron una compaa con
un teniente que les orden detenerse. Mostraron los tres su pasaporte.

Al llegar cerca del convento de Recoletos, era ya de noche.

--Quin vive?--grit el centinela.

--Espaa.

--Qu gente?

--Paisanos.

--Adelante.

Volvieron a mostrar sus documentos al cabo de guardia y entraron en la
ciudad carlista.




CAPTULO IX

CMO MARTN Y EL EXTRANJERO PASEARON DE NOCHE POR ESTELLA
Y DE LO QUE HABLARON


Pasaron por el portal de Santiago, entraron en la calle Mayor y
preguntaron en la posada si haba alojamiento.

Una muchacha apareci en la escalera.

--Est la casa llena--dijo--. No hay sitio para tres personas, slo una
podra quedarse.

--Y las caballeras?--pregunt Bautista.

--Creo que hay sitio en la cuadra.

Fu la muchacha a verlo y Martn dijo a Bautista.

--Puesto que hay sitio para una persona, t te puedes quedar aqu. Vale
ms que estemos separados y que hagamos como si no nos conociramos.

--S, es verdad--contest Bautista.

--Maana, a la maana, en la plaza nos encontraremos.

--Muy bien.

Vino la muchacha y dijo que haba sitio en la cuadra para los jacos.

Entr Bautista en la casa con las caballeras, y el extranjero y Martn
fueron, preguntando, a otra posada del paseo de los Llanos, donde les
dieron alojamiento.

Llevaron a Martn a un cuarto desmantelado y polvoriento, en cuyo fondo
haba una alcoba estrecha, con las paredes cubiertas de unas manchas
negras de humo. Sin duda los huspedes mataban las chinches quemndolas
con una vela o con la lamparilla y dejaban estos tranquilizadores
rastros. En el gabinete y en la alcoba ola a cuadra, olor que vena de
las junturas de las maderas del suelo.

Martn sac la carta de Levi-Alvarez y el paquete de letras cosido en el
cuero de la bota y separ las ya aceptadas y firmadas, de las otras.
Como estas todas eran para Estella, las encerr en un sobre y escribi:

Al general en jefe del ejrcito carlista.

--Ser prudente--se dijo--entregar estas letras sin garanta alguna?

No pens mucho tiempo, porque comprendi enseguida que era una locura
pedir recibo o fianza.

--La verdad es que, si no quieren firmar, no puedo obligarles, y si me
dan un recibo y luego se les ocurre quitrmelo, con prenderme estn al
cabo de la calle. Aqu hay que hacer como si a uno le fuera indiferente
la cosa y, si sale bien, aprovecharse de ella, y si no, dejarla.

Esper a que se secara el sobre. Sali a la calle. Vi en la calle un
sargento y, despus de saludarle, le pregunt:

--Dnde se podr ver al general?

--A qu general!

--Al general en jefe. Traigo unas cartas para l.

--Estar probablemente paseando en la plaza. Venga usted.

Fueron a la plaza. En los arcos, a la luz de unos faroles tristes de
petrleo, paseaban algunos jefes carlistas. El sargento se acerc al
grupo y, encarndose con uno de ellos, dijo:

--Mi general.

--Qu hay?

--Este paisano, que trae unas cartas para el general en jefe.

Martn se acerc y entreg los sobres. El general carlista se arrim a
un farol y los abri. Era el general un hombre alto, flaco, de unos
cincuenta aos, de barba negra, con el brazo en cabestrillo. Llevaba una
boina grande de gascn con una borla.

--Quin ha trado esto?--pregunt el general con voz fuerte.

--Yo--dijo Martn.

--Sabe usted lo que vena aqu dentro?

--No, seor.

--Quin le ha dado a usted estos sobres?

--El seor Levi-Alvarez de Bayona.

--Cmo ha venido usted hasta aqu?

--He ido de San Juan de Luz a Zumaya en barco, de Zumaya aqu a caballo.

--Y no ha tenido usted ningn contratiempo en el camino?

--Ninguno.

--Aqu hay algunos papeles que hay que entregar al rey. Quiere usted
entregarlos o que se los entregue yo?

--No tengo ms encargo que dar estos sobres y, si hay contestacin,
volverla a Bayona.

--No es usted carlista?--pregunt el general, sorprendido del tono de
indiferencia de Martn.

--Vivo en Francia y soy comerciante.

--Ah, vamos, es usted francs.

Martn call.

--Dnde para usted?--sigui preguntando el general.

--En una posada de ese paseo...

--Del paseo de los Llanos?

--Creo que s. As se llama.

--Hay una administracin de coches en el portal? No?

--S, seor.

--Entonces, es la misma, Piensa usted estar muchos das en Estella?

--Hasta que me digan si hay contestacin o no.

--Cmo se llama usted?

--Martn Tellagorri.

--Est bien. Puede usted retirarse.

Salud Martn y se fu a la posada. A la puerta se encontr con el
extranjero.

--Dnde se mete usted?--le dijo--. Le andaba buscando.

--He ido a ver al general en jefe.

--De veras?

--S.

--Y le ha visto usted?

--Ya lo creo. Y le he dado las cartas que traa para l.

--Demonio! Eso s que es ir de prisa. No le quisiera tener a usted de
rival en un peridico. Qu le ha dicho a usted?

--Ha estado muy amable.

--Tenga usted cuidado, por si acaso. Mire usted que estos son unos
bandidos.

--Le he indicado que soy francs.

--Bah, no importa. Este verano han fusilado a un periodista alemn amigo
mo. Tenga usted cuidado.

--Oh! Lo tendr.

--Ahora, vamos a cenar.

Subieron las escaleras y entraron en una cocina grande.

Varios paisanos y soldados, congregados all, charlaban. Se sentaron a
cenar a una mesa larga, iluminada por un veln de varios mecheros que
colgaba del techo.

Un hombre viejo, bajito, que presida la mesa, se quit la boina y
comenz a rezar; todos los comensales hicieron lo mismo, menos el
extranjero a quien advirti Martn de su olvido y que, al darse cuenta,
se quit apresuradamente la gorra.

En el transcurso de la cena, el hombre bajito habl ms que nadie. Era
navarro de la Ribera. Tena un tipo repulsivo, chato, de mirada oblicua,
pmulos salientes, la boina pequea echada sobre los ojos, como si
instintivamente quisiera ocultar su mirada. Defenda la conducta del
cabecilla asesino Rosas Samaniego, que estaba entonces preso en Estella,
y le pareca poca cosa el echar a los hombres por la sima de Igusquiza,
tratndose de liberales y de hombres que blasfemaban de su Dios y de su
religin.

Cont el tal viejo varias historias de la guerra carlista anterior. Una
de ellas era verdaderamente odiosa y cobarde. Una vez cerca de un ro,
yendo con la partida, se encontraron con diez o doce soldados jovencitos
que lavaban sus camisas en el agua.

--A bayonetazos acabamos con todos--dijo el hombre sonriendo, luego
aadi hipcritamente--Dios nos lo habr perdonado.

Durante la cena, el repulsivo viejo estuvo contando hazaas por el
estilo. Aquel tipo miserable y siniestro era fantico, violento y
cobarde, se recreaba contando sus fechoras, manifestaba crueldad
bastante para disimular su cobarda, tosquedad para darla como franqueza
y ruindad para darle el carcter de habilidad. Tena la doble
bestialidad de ser fantico y de ser carlista.

Este desagradable y antiptico personaje se puso despus a clasificar
los batallones carlistas segn su valor; primero eran los navarros, como
era natural, siendo l navarro, luego los castellanos, despus los
alaveses, luego los guipuzcoanos y al ltimo los vizcanos.

Por el curso de la conversacin se vea que haba all un ambiente de
odios terribles; navarros, vascongados, alaveses, aragoneses y
castellanos se odiaban a muerte. Todo ese fondo cabileo que duerme en
el instinto provincial espaol estaba despierto. Unos se reprochaban a
otros el ser cobardes, granujas y ladrones.

Martn se ahogaba en aquel antro, y sin tomar el postre, se levant de
la mesa para marcharse. El extranjero le sigui y salieron los dos a la
calle.

Lloviznaba. En algunas tabernas obscuras, a la luz de un quinqu de
petrleo, se vean grupos de soldados. Se oa el rasguear de la
guitarra; de cuando en cuando una voz cantaba la jota, en la calle
negra y silenciosa.

--Ya me est a m cargando esta cancin estlida--murmur Martn.

--Cul?--pregunt el extranjero.

--La jota. La encuentro como una cosa petulante. Me parece que le estoy
oyendo hablar a ese viejo navarro de la posada. El que la canta quiere
decir: Yo soy ms valiente que nadie, ms noble que nadie, mas heroico
que nadie.

--Y estos no son ms valientes que los dems espaoles?--pregunt el
extranjero maliciosamente.

--No lo s; yo no lo creo, por lo menos. Yo, ahora mismo, si tuviera
quinientos hombres tomaba Estella por asalto y le pegaba fuego.

--Ja! Ja! Es usted un hombre extraordinario.

--Es que lo digo porque lo creo.

Yo tambin lo creo, y siento que no tenga usted los quinientos hombres.
Y que deca usted de la gente del Ebro?

--Nada, que han decidido ellos mismos que son los nicos francos, los
nicos leales, porque hablan muy en bruto y cantan la jota.

--De manera que para usted este canto es como una falsificacin del
valor y de la energa?

--S, algo as.

--Est bien. Lo dir en mi prxima crnica. No le parece a usted mal
que me sirva de sus opiniones?

--De ningn modo, porque a m no me sirven para nada.

Siguieron paseando, pero al alejarse un poco, un centinela les di el
alto y volvieron a la plaza. Se hallaba sta solitaria.

Dieron varias vueltas y un sereno les salud y les dijo:

--Qu hacen ustedes aqu?

--No se puede pasear?--pregunt Zalacan.

--Hombre, s; pero no es una hora muy a propsito.

--Es que hemos cenado tarde y estbamos dando una vuelta--dijo el
extranjero--no quisiramos acostarnos tan pronto.

--Por qu no van ustedes all?--dijo el sereno, sealando los balcones
de una casa que brillaban iluminados.

--Qu es lo que hay all?--pregunt Martn.

--El Casino--contest el sereno.

--Y qu hacen ahora?--dijo el extranjero.

--Estarn jugando.

Se despidieron del vigilante nocturno y dejaron la plaza.

Despus, dando un rodeo, salieron al paseo de Los Llanos. Una campana de
un convento comenz a tocar.

--Juego, campanas, carlismo y jota. Qu espaol es esto, mi querido
Martn!--dijo el extranjero.

--Pues yo tambin soy espaol y todo eso me es muy antiptico--contest
Martn.

--Sin embargo, son los caracteres que constituyen la tradicin de su
pas--dijo el extranjero.

--Mi pas es el monte--contest Zalacan.




CAPTULO X

CMO TRANSCURRI EL SEGUNDO DA EN ESTELLA


Conformes Martn y Bautista, se encontraron en la plaza. Martn
consider que no convena que le viesen hablar con su cuado, y para
decir lo hecho por l la noche anterior escribi en un papel su
entrevista con el general.

Luego se fu a la plaza. Tocaba la charanga. Haba unos soldados
formados. En el balcn de una casa pequea, enfrente de la iglesia de
San Juan, estaba don Carlos con algunos de sus oficiales.

Esper Martn a ver a Bautista y cuando le vi le dijo:

--Que no nos vean juntos--y le entreg el papel.

Bautista se alej, y poco despus se acerc de nuevo a Martn y le di
otro pedazo de papel.

--Qu pasar?--se dijo Martn.

Se fu de la plaza, y cuando se vi solo, ley el papel de Bautista que
deca:

_Ten cuidado. Est aqu el Cacho de sargento. No andes por el centro
del pueblo_.

La advertencia de Bautista la consider Martn de gran importancia.
Saba que el Cacho le odiaba y que colocado en una posicin superior,
poda vengar sus antiguos rencores con toda la saa de aquel hombre
pequeo, violento y colrico.

Martn pas por el puente del Azucarero contemplando el agua verdosa del
ro. Al llegar a la plazoleta donde comienza la Rua Mayor del pueblo
viejo, Martn se detuvo frente al palacio del duque de Granada,
convertido en crcel, a contemplar una fuente con un len tenante en
medio, en cuyas garras sujeta un escudo de Navarra.

Estaba all parado, cuando vi que se le acercaba el extranjero.

--Hola, querido Martn!--le dijo.

--Hola! Buenos das!

--Va usted a echar un vistazo por este viejo barrio?

--S.

--Pues ir con usted.

Tomaron por la Rua Mayor, la calle principal del pueblo antiguo. A un
lado y a otro se levantaban hermosas casas de piedra amarilla, con
escudos y figuras tallados.

Luego, terminada la Rua, siguieron por la calle de Curtidores. Las
antiguas casas solariegas mostraban sus grandes puertas cerradas; en
algunos portales, convertidos en talleres de curtidores, se vean filas
de pellejos colgados y en el fondo el agua casi inmvil del ro Ega,
verdosa y turbia.

Al final de esta calle se encontraron con la iglesia del Santo Sepulcro
y se pararon a contemplarla. A Martn le pareci aquella portada de
piedra amarilla, con sus santos desnarigados a pedradas, una cosa algo
grotesca, pero el extranjero asegur que era magnfica.

--De veras?--pregunt Martn.

--Oh! Ya lo creo!

--Y la habr hecho la gente de aqu?--pregunt Martn.

--Le parece a usted imposible que los de Estella hagan una cosa
buena?--pregunt riendo el extranjero.

--Qu s yo! No me parece que en este pueblo se haya inventado la
plvora.

En una calle transversal, las paredes de las antiguas casas hidalgas
derrumbadas servan de cerca para los jardines. No se alejaron ms
porque a pocos pasos estaba ya la guardia. Volvieron y subieron a San
Pedro de la Rua, iglesia colocada en un alto, a la cual se llegaba por
unas escaleras desgastadas, entre cuyas losas creca la hierba.

--Sentmonos aqu un momento--dijo el extranjero.

--Bueno, como usted quiera.

Desde all se vea casi todo Estella, y los montes que le rodean, abajo
el tejado de la crcel y en un alto la ermita del Puy. Una vieja
limpiaba las escaleras de piedra de la iglesia con una escoba y cantaba
a voz en grito:

        Adis los Llanos de Estella.
        San Benito y Santa Clara,
        Convento de Recoletos
        donde yo me paseaba!

--Ya ve usted--dijo el extranjero--que, aunque a usted le parezca este
pueblo tan desagradable, hay gente que le tiene cario.

--Quin?--dijo Martn.

--El que ha inventado esa cancin.

--Era un hombre de mal gusto.

La vieja se acerc al extranjero y a Martn y entabl conversacin con
ellos. Era una mujer pequea, de ojos vivos y tez tostada.

--Usted ser carlista? Eh?--le pregunt el extranjero.

--Ya lo creo. En Estella todos somos carlistas y tenemos la seguridad de
que vendr don Carlos con ayuda de Dios.

--S, es muy probable.

--Cmo probable?--exclam la vieja--. Es seguro. Usted no ser de
aqu?

--No, no soy espaol.

--Ah, vamos.

Y la vieja, despus de mirarle con curiosidad, sigui barriendo las
escaleras.

--Creo que le ha tenido a usted lstima al saber que no es usted
espaol--dijo Martn.

--S, parece que s--contest el extranjero--. La verdad es que es
triste que por ese estpido hombre guapo se mate esta pobre gente.

--Por quin lo dice usted, por don Carlos?--pregunt Martn.

--S.

--Usted tambin cree que no es hombre de talento?

--Qu va a ser! Es un tipo vulgar sin ninguna condicin. Luego, no
tiene idea de nada. Habl con l cuando el bombardeo de Irn, y no se
puede usted figurar nada ms plano y ms opaco.

--Pues no lo diga usted por ah, porque le hacen a usted pedazos. Estos
bestias estn dispuestos a morir por su rey.

--Oh, no lo dira. Adems para qu? No haba de convencer a nadie; unos
son fanticos y otros aventureros y ninguno est dispuesto a dejarse
persuadir. Pero no crea usted que todos tienen un gran respeto ni por
don Carlos ni por sus generales. No ha odo usted en la posada que
hablan algunas veces de don Bobo? pues se refieren al Pretendiente.

Vieron el extranjero y Martn las otras iglesias del pueblo, la Pea de
los Castillos y la parroquia de Santa Mara, y volvieron a comer.

Afortunadamente, el viejecillo antiptico no se sentaba a la mesa y en
cambio estaban un legitimista francs, el conde de Haussonville, de la
legacin extranjera, y un joven comandante carlista llamado Iceta.

El conde de Haussonville fu la alegra de la mesa. El conde, hombre de
unos cuarenta aos, alto, grueso, derecho, rubio, hablaba en un
castellano grotesco.

Lo verdaderamente gracioso de Haussonville era su apetito voraz. Todo lo
que le daban de comer no le serva ms que de aperitivo. Haba venido
desde Caspe llevando prisionero a un brigadier valenciano carlista a que
conpareciera ante el Estado Mayor de don Carlos, y contaba su expedicin
de tal manera que haca morirse de risa a todos.

Explic su estancia en un pueblo, con el batalln metido en una iglesia,
sin poder moverse por estar los caminos intransitables por la nieve, no
comiendo ms que habichuelas y teniendo por retrete un confesionario, y
di tales detalles, que todo el mundo rea a carcajadas.

--Un da, sobre todo, nos trajeron sidra--dijo el francs--y entre la
sidra y las habichuelas se nos arm una, que tuvimos que hacer cola
delante del confesionario. Pocas veces se ha visto una congregacin de
fieles tan apenados para entrar en el confesionario como nosotros. Jefes
y soldados bamos con gran dolor de corazn a cantar nuestra cancin de
las habichuelas a la pequea garita del seor cura.

Despus de maldecir de la alimentacin leguminosa y de la alimentacin
_patatosa_, habl del resto del viaje.

Cada pueblo del trnsito le pareca una estacin de calvario para su
estmago hambriento; recordaba las aldeas por lo que haba comido, o
mejor dicho, por lo que haba ayunado; aqu haban dado por toda comida
un caldo de berzas, all por cena una colacin de verduras cocidas; y
para colmo de desdichas, estaba alojado en Estella en casa de unas
viejas solteronas y por la maana le daban chocolate con agua, por la
tarde cocido, y de noche una sopa de ajo infame.

--Y siempre, siempre, poco--deca Haussonville, levantando los brazos al
cielo.

Iceta era un aventurero. Haba estado al principio en la guerra, luego
se fu a una repblica americana, tom parte en una revolucin y
despus, expulsado de all por rebelde, volva al ejrcito carlista, en
donde estaba ya violento y deseando marcharse.

Siguindole a todas partes como amigo y asesor, iba un antiguo criado
suyo que se llamaba Asensio, pero a quien se le conoca por estos dos
motes: Asensio Lapurr (Asensio el Ladrn) y Asenchio Araguiarrapatzallia
(Asensio el decomisador de carne).

Este mote lo deba Asensio a haber sido consumero en su pueblo.

Asensio era graciossimo hablando castellano; no haba palabra que
empleara bien.

Siempre que tena que decir andamos, deca andemos; y al contrario,
empleaba vaiga por vaya, y hagis por haced.

La conversacin entre el conde de Haussonville y Asenchio Lapurr era de
lo ms dislocada y pintoresca.

--Si aqu hubiera un buen _quenerral_--deca Haussonville--la _querra_
estaba resuelta.

--_Pueda, pueda_ que s--contestaba Asensio.

--No saben _manecar_ un grande _equercito_, amigo Asensio.

--Si _supieseis_ de _ttica_, otra cosa sera.

Martn y el extranjero intimaron con Haussonville, con Iceta y con
Asenchio Lapurr y se rieron a carcajadas con los mil quidprocuos que
resultaban en la conversacin del francs y del vasco.

Asensio haba estado en Cuba algn tiempo, de soldado, y cont ancdotas
de aquella tierra. Lo que ms le gustaba era hablar de los chinos.

--Son de _mal_ intencin, pero buenos cocineros, eso si. _Digis_ a un
chino que os haga un arroz. Os hace una cosa _manfica_. Es gente
_raro_. Luego se ponen a _chun, chun, chun_. Y entenderles? nada. A
nosotros? Rabia nos tenan. Y al que cogan _la_ martirizaban. Pse!
Nosotros _tamen_ algunos _matemos_.

Martn se rea a carcajadas con las explicaciones de Asenchio Lapurr.

Despus de comer en la posada, Martn, el extranjero, Iceta,
Haussonville y Asensio fueron a un caf de la plaza, donde estuvieron
hablando. Haba ejercicios espirituales en la iglesia de San Juan, y una
porcin de beatos y de oficiales carlistas iban a la iglesia.

--Qu pas!--dijo Haussonville--la gente no hace ms que ir a la
iglesia. Todo es para el seor cura: las buenas comidas, las buenas
chicas... Aqu no hay nada que hacer, todo para el seor cura.

Iceta y Haussonville contemplaban con desprecio aquel tropel de gente
que se encaminaba hacia la iglesia.

--Bestias!--exclamaba Iceta dando puetazos en la mesa--. No quisiera
ms que poder ametrallarlos.

El francs murmuraba como dicindoselo a s mismo:

--Espaa! Espaa! _Jamais de la vie!_ Mucha hidalgua, mucha misa,
mucha jota, pero poco alimento.

--La guerra--aada Asensio, metiendo la cucharada--es cosa nada
_bueno_.




CAPTULO XI

CMO LOS ACONTECIMIENTOS SE ENREDARON, HASTA EL PUNTO DE QUE
MARTN DURMI EL TERCER DA DE ESTELLA EN LA CRCEL.


Al da siguiente, por la noche, iba a acostarse Martn, cuando la
posadera le llam y le entreg una carta, que deca:

Presntese usted maana de madrugada en la ermita del Puy, en donde se
le devolvern las letras ya firmadas. El General en Jefe. Debajo haba
una firma ilegible.

Martn se meti la carta en el bolsillo, y viendo que la posadera no se
marchaba de su cuarto, le pregunt:

--Quera usted algo?

--S; nos han trado dos militares heridos y quisiramos el cuarto de
usted para uno de ellos. Si usted no tuviera inconveniente, le
trasladaramos abajo.

--Bueno, no tengo inconveniente.

Baj a un cuarto del piso principal, que era una sala muy grande con dos
alcobas. La sala tena en medio un altar, iluminado con unas lmparas
tristes de aceite. Martn se acost; desde su cama vea las luces
oscilantes, pero estas cosas no influan en su imaginacin, y qued
dormido.

Era ms de media noche, cuando se despert algo sobresaltado. En la
alcoba prxima se oan quejas, alternando con voces de Ay, Dios mo!
Ay, Jess mo!

--Qu demonio ser esto!--pens Martn.

Mir el reloj. Eran las tres. Se volvi a tender en la cama, pero con
los lamentos no se pudo dormir y le pareci mejor levantarse. Se visti
y se acerc a la alcoba prxima, y mir por entre las cortinas. Se vea
vagamente a un hombre tendido en la cama.

--Qu le pasa a usted?--pregunt Martn.

--Estoy herido--murmur el enfermo.

--Quiere usted alguna cosa?

--Agua.

A Martn le di la impresin de conocer esta voz. Busc por la sala una
botella de agua, y como no haba en el cuarto, fu a la cocina. Al ruido
de sus pasos, la voz de la patrona pregunt:

--Qu pasa?

--El herido que quiere agua.

--Voy.

La patrona apareci en enaguas, y dijo, entregando a Martn una
lamparilla:

--Alumbre usted.

Tomaron el agua y volvieron a la sala. Al entrar en la alcoba, Martn
levant el brazo, con lo que ilumin el rostro del enfermo y el suyo. El
herido tom el vaso en la mano,  incorporndose y mirando a Martn
comenz a gritar:

--Eres t? Canalla! Ladrn! Prendedle! Prendedle!

El herido era Carlos Ohando.

Martn dej la lamparilla sobre la mesa de noche.

--Mrchese usted--dijo la patrona--. Est delirando.

Martn saba que no deliraba; se retir a la sala y escuch, por si
Carlos contaba alguna cosa a la patrona. Martn esper en su alcoba. En
la sala, debajo del altar, estaba el equipaje de Ohando, consistente en
un bal y una maleta. Martn pens que quiz Carlos guardara alguna
carta de Catalina, y se dijo:

--Si esta noche encuentro una buena ocasin, descerrajar el bal.

--No la encontr. Iban a dar las cuatro de la maana, cuando Martn,
envuelto en su capote, se march hacia la ermita del Puy. Los carlistas
estaban de maniobras. Lleg al campamento de don Carlos, y, mostrando su
carta, le dejaron pasar.

--El Seor est con dos Reverendos Padres--le advirti un oficial.

--Vayan al diablo el Seor y los Reverendos Padres--refunfu
Zalacan--. La verdad es que este rey es un rey ridculo.

Esper Martn a que despachara el Seor con los Reverendos, hasta que el
rozagante Borbn, con su aire de hombre bien cebado, sali de la ermita,
rodeado de su Estado Mayor. Junto al Pretendiente iba una mujer a
caballo, que Martn supuso sera doa Blanca.

--Ah est el Rey. Tiene usted que arrodillarse y besarle la mano--dijo
el oficial.

Zalacan no replic.

--Y darle el ttulo de Majestad.

Zalacan no hizo caso.

Don Carlos no se fij en Martn y ste se acerc al general, quien le
entreg las letras firmadas. Zalacan las examin. Estaban bien.

En aquel momento, un fraile castrense, con unos gestos de energmeno,
comenz a arengar a las tropas.

Martn, sin que lo notara nadie, se fu alejando de all y baj al
pueblo corriendo. El llevar en su bolsillo su fortuna, le haca ser ms
asustadizo que una liebre.

A la hora en que los soldados formaban en la plaza, se present Martn
y, al ver a Bautista, le dijo:

--Vete a la iglesia y all hablaremos.

Entraron los dos en la iglesia, y en una capilla obscura se sentaron en
un banco.

--Toma las letras--le dijo Martn a Bautista--. Gurdalas!

--Te las han dado ya firmadas?

--S.

--Hay que prepararse a salir de Estella en seguida.

--No s si podremos--dijo Bautista.

--Aqu estamos en peligro. Adems del Cacho, se encuentra en Estella
Carlos Ohando.

--Cmo lo sabes?

--Porque le he visto.

--En dnde?

--Est en mi casa herido.

--Y te ha visto l?

--S.

--Claro, estn los dos--exclam Bautista.

--Cmo los dos? Qu quieres decir con eso?

--Yo? Nada.

--T sabes algo?

--No, hombre, no.

--O me lo dices, o se lo pregunto al mismo Carlos Ohando. Es que est
aqu Catalina?

--S, est aqu.

--De veras?

--S.

--En dnde?

--En el convento de Recoletas.

--Encerrada! Y cmo lo sabes t?

--Porque la he visto.

--Qu suerte! La has visto?

--S. La he visto y la he hablado.

--Y eso queras ocultarme! T no cres amigo mo, Bautista.

Bautista protest.

--Y ella sabe que estoy aqu?

--S, lo sabe.

--Cmo se puede verla?--dijo Zalacan.

--Suele bordar en el convento, cerca de la ventana, y por la tarde sale
a pasear a la huerta.

--Bueno. Me voy. Si me ocurre algo, le dir a ese seor extranjero que
vaya a avisarte. Mira a ver si puedes alquilar un coche para marcharnos
de aqu.

--Lo ver.

--Lo ms pronto que puedas.

--Bueno.

--Adis.

--Adis y prudencia.

Martn sali de la iglesia, tom por la calle Mayor hacia el convento de
las Recoletas, pase arriba y abajo, horas y horas sin llegar a ver a
Catalina. Al anochecer tuvo la suerte de verla asomada a una ventana.
Martn levant la mano, y su novia, haciendo como que no le conoca, se
retir de la ventana. Martn qued helado; luego Catalina volvi a
aparecer y lanz un ovillo de hilo casi a los pies de Martn. Zalacan
lo recogi; tena dentro un papel que deca: A las ocho podemos hablar
un momento. Espera cerca de la puerta de la tapia. Martn volvi a la
posada, comi con un apetito extraordinario y a las ocho en punto estaba
en la puerta de la tapia esperando. Daban las ocho en el reloj de las
iglesias de Estella, cuando Martn oy dos golpecitos en la puerta,
Martn contest del mismo modo.

--Eres tu, Martn?--pregunt Catalina en voz baja.

--S, soy yo. No nos podemos ver?

--Imposible.

--Yo me voy a marchar de Estella. Querrs venir conmigo?--pregunto
Martn.

--S; pero cmo salir de aqu!

--Ests dispuesta a hacer todo lo que yo te diga?

--Si.

--A seguirme a todas partes?

--A todas partes.

--De veras?

--Aunque sea a morir. Ahora, vete. Por Dios! No nos sorprendan.

Martn se haba olvidado de todos sus peligros; march a su casa y sin
pensar en espionajes entr en la posada a ver a Bautista y le abraz con
entusiasmo.

--Pasado maana--dijo Bautista--tenemos el coche.

--Lo has arreglado todo?

--S.

Martn sali de casa de su cuado silbando alegremente. Al llegar cerca
de su posada, dos serenos que parecan estar espindole se le acercaron
y le mandaron callar de mala manera.

--Hombre! No se puede silbar?--pregunt Martn.

--No, seor.

--Bueno. No silbar.

--Y si replica usted, va usted a la crcel.

--No replico.

--Hala! Hala! A la crcel.

Zalacan vi que buscaban un pretexto para encerrarle y aguant los
empellones que le dieron, y en medio de los dos serenos entr en la
crcel.




CAPTULO XII

EN QUE LOS ACONTECIMIENTOS MARCHAN AL GALOPE


Entregaron los serenos a Martn en manos del alcaide, y ste le llev
hasta un cuarto obscuro con un banco y una cantarilla para el agua.

--Demonio--exclam Martn--, aqu hace mucho fro. No hay sitio dnde
dormir?

--Ah tiene usted el banco.

--No me podran traer un jergn y una manta para tenderme?

--Si paga usted...

--Pagar lo que sea. Que me traigan un jergn y dos mantas.

El alcaide se fu, dejando a obscuras a Martn, y vino poco despus con
un jergn y las mantas pedidas. Le di Martn un duro, y el carcelero,
amansado, le pregunt:

--Qu ha hecho usted para que le traigan aqu?

--Nada. Vena distrado silbando por la calle. Y me ha dicho el sereno:
No se silba. Me he callado, y sin ms ni ms, me han trado a la
crcel.

--Usted no se ha resistido?

--No.

--Entonces ser por otra cosa por lo que le han encerrado.

Martn dijo que as se lo figuraba tambin l. Le di las buenas noches
el carcelero; contest Zalacan amablemente, y se tendi en el suelo.

--Aqu estoy tan seguro como en la posada--se dijo--. All me tienen en
sus manos, y aqu tambin, luego estoy igual. Durmamos. Veremos lo que
se hace maana.

A pesar de que su imaginacin se le insubordinaba, pudo conciliar el
sueo y descansar profundamente.

Cuando despert, vi que entraba un rayo de sol por una alta ventana
iluminando el destartalado zaquizam. Llam a la puerta, vino el
carcelero, y le pregunt:

--No le han dicho a usted por qu estoy preso?

--No.

--De manera que me van a tener encerrado sin motivo?

--Quiz sea una equivocacin.

--Pues es un consuelo.

--Cosas de la vida! Aqu no le puede pasar a usted nada.

--Si le parece a usted poco estar en la crcel!

--Eso no deshonra a nadie.

Martn se hizo el asustadizo y el tmido, y pregunt:

--Me traer usted de comer?

--S. Hay hambre, eh?

--Ya lo creo.

--No querr usted rancho?

--No.

--Pues ahora le traern la comida.--Y el carcelero se fu, cantando
alegremente.

Comi Martn lo que le trajeron, se tendi envuelto en la manta, y
despus de un momento de siesta, se levant a tomar una resolucin.

--Qu podra hacer yo?--se dijo--. Sobornar al alcaide exigira mucho
dinero. Llamar a Bautista es comprometerle. Esperar aqu a que me
suelten es exponerme a crcel perpetua, por lo menos a estar preso hasta
que la guerra termine... Hay que escaparse, no hay ms remedio.

Con esta firme decisin, comenz a pensar un plan de fuga. Salir por la
puerta era difcil. La puerta, adems de ser fuerte, se cerraba por
fuera con llave y cerrojo. Despus, aun en el caso de aprovechar una
ocasin y poder salir de all, quedaba por recorrer un pasillo largo y
luego unas escaleras... Imposible.

Haba que escapar por la ventana. Era el nico recurso.

--A dnde dar esto?--se dijo.

Arrim el banco a la pared, se subi a l, se agarr a los barrotes y a
pulso se levant hasta poder mirar por la reja. Daba el ventanillo a la
plaza de la fuente, en donde el da anterior se haba encontrado con el
extranjero.

Salt al suelo y se sent en el banco. La reja, era alta, pequea, con
tres barrotes sin travesao.

--Arrancando uno, quiz puediera pasar--se dijo Martn--. Y esto no
sera difcil... luego necesitara una cuerda. De dnde sacara yo una
cuerda?... La manta... la manta cortada en liras me poda servir...

No tena mas instrumento que un cortaplumas pequeo.

--Hay que ver la solidez de la reja--murmur.

Volvi a subir. Se hallaba la reja empotrada en la pared, pero no tena
gran resistencia.

Los barrotes estaban sujetos por un marco de madera, y el marco en un
extremo se hallaba apolillado. Martn supuso que no sera difcil romper
la madera y quitar el barrote de un lado.

Cort una tira de la manta y pasndola por el barrote de en medio y
atndole despus por los extremos form una abrazadera y meti dos patas
del banco en este anillo y las otras dos las sujet en el suelo.

Contaba as con una especie de plano inclinado para llegar a la reja.
Subi por l deslizndose, se agarr con la mano izquierda a un barrote
y con la derecha armada del cortaplumas, comenz a roer la madera del
marco.

La postura no era cmoda, ni mucho menos, pero la constancia de Zalacan
no cejaba, y tras de una hora de rudo trabajo, logr arrancar el barrote
de su alvolo.

Cuando lo tuvo ya suelto, lo volvi a poner como antes, quit el banco
de su posicin oblicua, ocult las astillas arrancadas del marco de la
ventana en el jergn, y esper la noche.

El carcelero le llev la cena, y Martn le pregunt con empeo si no
haban dispuesto nada respecto a l, si pensaban tenerlo encerrado sin
motivo alguno.

El carcelero se encogi de hombros y se retir en seguida tarareando.

Inmediatamente que Zalacan se vi solo, puso manos a la obra.

Tena la absoluta seguridad de poderse escapar. Sac el cortaplumas y
comenz a cortar las dos mantas de arriba abajo. Hecho esto, fu atando
las tiras una a otra hasta formar una cuerda de quince brazas. Era lo
que necesitaba.

Despus pens dejar un recuerdo alegre y divertido en la crcel. Cogi
la cantarilla del agua y le puso su boina y la dej envuelta en el trozo
que quedaba de manta.

--Cuando se asome el carcelero podr creer que sigo aqu durmiendo. Si
gano con esto un par de horas, me pueden servir admirablemente para
escaparme.

Contempl el bulto con una sonrisa, luego subi a la reja, at un cabo
de la cuerda a los dos barrotes y el otro extremo lo ech fuera poco a
poco. Cuando toda la cuerda qued a lo largo de la pared, pas el cuerpo
con mil trabajos por la abertura, que dejaba el barrote arrancado, y
comenz a descolgarse resbalndose por el muro.

Cruz por delante de una ventana iluminada. Vi a alguien que se mova a
travs de un cristal. Estaba a cuatro o cinco metros de la calle, cuando
oy ruido de pasos. Se detuvo en su descenso y ya comenzaban a dejar de
oirse los pasos cuando cay a tierra, metiendo algn estrpito.

Uno de los nudos deba de haberse soltado porque le quedaba un trozo de
cuerda entre los dedos. Se levant.

--No hay avera. No me he hecho nada--se dijo--. Al pasar por cerca de
la fuente de la plaza tir el resto de la cuerda al agua. Luego,
deprisa, se dirigi por la calle de la Rua.

Iba marchando volvindose para mirar atrs, cuando vi a la luz de un
farol que oscilaba colgando de una cuerda dos hombres armados con
fusiles, cuyas bayonetas brillaban de un modo siniestro. Estos hombres
sin duda le seguan. Si se alejaba iba a dar a la guardia de
extra-muros. No sabiendo qu hacer y viendo un portal abierto, entr en
l, y empujando suavemente la puerta, la cerr.

Oy el ruido de los pasos de los hombres en la acera. Esper a que
dejaran de oirse, y cuando estaba dispuesto a salir, baj una mujer
vieja al zagun y ech la llave y el cerrojo de la puerta.

Martn se qued encerrado. Volvieron a oirse los pasos de los que le
perseguan.

--No se van--pens.

Efectivamente, no slo no se fueron, sino que llamaron en la casa con
dos aldabonazos.

Apareci de nuevo la vieja con un farol y se puso al habla con los de
fuera sin abrir.

--Ha entrado aqu algn hombre?--pregunt uno de los perseguidores.

--No.

--Quiere usted verlo bien? Somos de la ronda.

--Aqu no hay nadie.

--Registre usted el portal.

Martn, al oir esto, agazapndose, sali del portal y gan la escalera.
La vieja pase la luz del farol por todo el zagun y dijo:

--No hay nadie, no, no hay nadie.

Martn pretendi volver al zagun, pero la vieja puso el farol de tal
modo que iluminaba el comienzo de la escalera. Martn no tuvo ms
remedio que retirarse hacia arriba y subir los escalones de dos en dos.

--Pasaremos aqu la noche--se dijo.

No haba salida alguna. Lo mejor era esperar a que llegase el da y
abriesen la puerta. No quera exponerse a que lo encontraran dentro
estando la casa cerrada, y aguard hasta muy entrada la maana.

Seran cerca de las nueve cuando comenz a bajar las escaleras
cautelosamente. Al pasar por el primer piso vi en un cuarto muy lujoso,
y extendido sobre un sof, un uniforme de oficial carlista, con su boina
y su espada. Tena tal convencimiento Martn de que slo a fuerza de
audacia se salvara, que se desnud con rapidez, se puso el uniforme y
la boina, luego se ci la espada, se ech el capote por encima y
comenz a bajar las escaleras, taconeando. Se encontr con la vieja de
la noche anterior, y al verla la dijo:

--Pero no hay nadie en esta casa?

--Qu quera usted? No le haba visto.

--Vive aqu el comandante don Carlos Ohando?

--No, seor, aqu no vive.

--Muchas gracias!

Martn sali a la calle, y embozado y con aire conquistador se dirigi a
la posada en donde viva Bautista.

--T!--exclam Urbide--. De dnde sales con ese uniforme? Qu has
hecho en todo en todo el da de ayer? Estaba intranquilo. Qu pasa?

--Todo lo contar. Tienes el coche?

--S, pero...

--Nada, tretelo en seguida, lo ms pronto que puedas. Pero a escape.

Martn se sent a la mesa y escribi con lpiz en un papel: Querida
hermana. Necesito verte. Estoy herido, gravsimo. Ven inmediatamente en
el coche con mi amigo Zalacan. Tu hermano, Carlos.

Despus de escribir el papel, Martn se pase con impaciencia por el
cuarto. Cada minuto le pareca un siglo. Dos horas largusimas tuvo que
estar esperando con angustias de muerte. Al fin, cerca de las doce, oy
un ruido de campanillas.

Se asom al balcn. A la puerta aguardaba un coche tirado por cuatro
caballos. Entre stos distingui Martn los dos jacos en cuyos lomos
fueron desde Zumaya hasta Estella. El coche, un land viejo y
destartalado, tena un cristal y uno de los faroles atado con una
cuerda.

Baj las escaleras Martn embozado en la capa, abri la portezuela del
coche, y dijo a Bautista:

--Al convento de Recoletas.

Bautista, sin replicar, se dirigi hacia el sitio indicado. Cuando el
coche se detuvo frente al convento, Bautista, al salir Zalacan, le
dijo:

--Qu disparate vas a hacer? Reflexiona.

--T sabes cul es el camino de Logroo?--pregunt Martn.

--Si.

--Pues toma por all.

--Pero...

--Nada, nada, toma por all. Al principio marcha despacio, para no
cansar a los caballos, porque luego habr que correr.

Hecha esta recomendacin, Martn, muy erguido, se dirigi al convento.

--Aqu va a pasar algo gordo--se dijo Bautista preparndose para la
catstrofe.

Llam Martn, entr en el portal, pregunt a la hermana tornera por la
seorita de Ohando y le dijo que necesitaba darle una carta. Le hicieron
pasar al locutorio y se encontr all con Catalina y una monja gruesa,
que era la superiora. Las salud profundamente y pregunt:

--La seorita de Ohando?

--Soy yo.

--Traigo una carta para usted de su hermano.

Catalina palideci y le temblaron las manos de la emocin. La superiora,
una mujer gruesa, de color de marfil, con los ojos grandes y obscuros
como dos manchas negras que le cogan la mitad de la cara, y varios
lunares en la barbilla, pregunt:

--Qu pasa? Qu dice ese papel?

--Dice que mi hermano est grave... que vaya--balbuce Catalina.

--Est tan grave?--pregunt la superiora a Martn.

--Si, creo que s.

--En dnde se encuentra?

--En una casa de la carretera de Logroo--dijo Martn.

--Hacia Azqueta quiz?

--S, cerca de Azqueta. Le han herido en un reconocimiento.

--Bueno. Vamos--dijo la superiora--. Que venga tambin el seor Benito
el demandadero.

Martn no se opuso y esper a que se preparasen para acompaarlas. Al
salir los cuatro a tomar el coche y al verles Bautista desde lo alto del
pescante, no pudo menos de hacer una mueca de asombro. El demandadero
mont junto a l.

--Vamos--dijo Martn a Bautista.

El coche parti; la misma superiora baj las cortinas y sacando un
rosario comenz a rezar. Recorri el coche la calle Mayor, atraves el
puente del Azucarero, la calle de San Nicols, y tom por la carretera
de Logroo.

Al salir del pueblo, una patrulla carlista se acerc al coche. Alguien
abri la portezuela y la volvi a cerrar en seguida.

--Va la madre superiora de las Recoletas a visitar a un enfermo--dijo el
demandadero con voz gangosa.

El coche sigui adelante al trote lento de los caballos. Lloviznaba, la
noche estaba negra, no brillaba ni una estrella en el cielo. Se pas
una aldea, luego otra.

--Qu lentitud!--exclam la monja.

--Es que los caballos son muy malos--contest Martn.

Pasaron deprisa otra aldea, y cuando no tenan delante ni atrs pueblos
ni casas prximos, Bautista aminor la marcha. Comenzaba a anochecer.

--Pero qu pasa?--dijo de pronto la superiora--. No llegamos todava?

--Pasa, seora--contest Zalacan--que tenemos que seguir adelante.

--Y por qu?

--Hay esa orden.

--Y quin ha dado esa orden?

--Es un secreto.

--Pues hagan el favor de parar el coche, porque voy a bajar.

--Si quiere usted bajar sola, puede usted hacerlo.

--No, ir con Catalina.

--Imposible.

La superiora lanz una mirada furiosa a Catalina, y al ver que bajaba
los ojos, exclam:

--Ah! Estaban entendidos.

--S, estamos entendidos--contest Martn--.Esta seorita es mi novia y
no quiere estar en el convento, sino casarse conmigo.

--No es verdad, yo lo impedir.

--Usted no lo impedir porque no podr impedirlo.

La superiora se call. Sigui el coche en su marcha pesada y montona
por la carretera. Era ya media noche cuando llegaron a la vista de Los
Arcos.

Doscientos metros antes detuvo Bautista los caballos y salt del
pescante.

--T--le dijo a Zalacan en vascuence--tenemos un caballo aspeado, si
pudieras cambiarlo aqu...

--Intentaremos.

--Y si se pudieran cambiar los dos, sera mejor.

--Voy a ver. Cuidado con el demandadero y con la monja, que no salgan.

Desenganch Martn los caballos y fu con ellos a la venta.

Le sali al paso una muchacha redondita, muy bonita y de muy mal humor.
Le dijo Martn, lo que necesitaba, y ella replic que era imposible, que
el amo estaba acostado.

--Pues hay que despertarle.

Llamaron al posadero y ste present una porcin de obstculos, adujo
toda clase de pretextos, pero al ver el uniforme de Martn se avino a
obedecer y mand despertar al mozo. El mozo no estaba.

--Ya ve usted, no est el mozo.

--Aydeme usted, no tenga usted mal genio--le dijo Martn a la muchacha
tomndole la mano y dndole un duro--. Me juego la vida en esto.

La muchacha guard el duro en el delantal, y ella misma sac dos
caballos de la cuadra y fu con ellos cantando alegremente:

        La Virgen del Puy de Estella
        le dijo a la del Pilar:
        Si t eres aragonesa
        yo soy navarra y con sal.

Martn pag al posadero y qued con l de acuerdo en el sitio en donde
tena que dejar los caballos en Logroo.

Entre Bautista, Martn y la moza, reemplazaron el tiro por completo.
Martn acompa a la muchacha, y cuando la vi sola la estrech por la
cintura y la bes en la mejilla.

--Tambin usted es posma!--exclam ella con desgarro.

--Es que usted es navarra y con sal y yo quiero probar de esa
sal--replic Martn.

--Pues tenga usted cuidado no le haga dao.

--Quin lleva usted en el coche?

--Unas viejas.

--Volver usted por aqu?

--En cuanto pueda.

--Pues, adis.

--Adis, hermosa. Oiga usted. Si le preguntan por donde hemos ido diga
usted que nos hemos quedado aqu.

--Bueno, as lo har.

El coche pas por delante de Los Arcos. Al llegar cerca de Sansol,
cuatro hombres se plantaron en el camino.

--Alto!--grit uno de ellos que llevaba un farol.

Martn salt del coche y desenvain la espada.

--Quin es?--pregunt.

--Voluntarios realistas--dijeron ellos.

--Qu quieren?

--Ver si tienen ustedes pasaporte.

Martn sac salvoconducto y lo ense. Un viejo, de aire respetable,
tom el papel y se puso a leerlo.

--No v usted que soy oficial?--pregunt Martn.

--No importa--replic el viejo--. Quin va adentro?

--Dos madres recoletas que marchan a Logroo.

--No saben ustedes que en Viana estn los liberales?--pregunt el
viejo.

--No importa, pasaremos.

--Vamos a ver a esas seoras--murmur el vejete.

--Eh, Bautista! Ten cuidado--dijo Martn en vasco.

Descendi Urbide del pescante y tras l salt el demandadero. El viejo
jefe de la patrulla abri la portezuela del coche y ech la luz del
farol al rostro de las viajeras.

--Quines son ustedes?--pregunt la superiora con presteza.

--Somos voluntarios de Carlos VII.

--Entonces que nos detengan. Estos hombres nos llevan secuestradas.

No acababa de decir esto cuando Martn di una patada al farol que
llevaba el viejo, y despus de un empujn ech al anciano respetable a
la cuneta de la carretera. Bautista arranc el fusil a otro de la ronda,
y el demandadero se vi acometido por dos hombres a la vez.

--Pero si yo no soy de estos. Yo soy carlista--grit el demandadero.

Los hombres, convencidos, se echaron sobre Zalacan, ste cerr contra
los dos; uno de los voluntarios le di un bayonetazo en el hombro
izquierdo, y Martn, furioso por el dolor, le tir una estocada que le
atraves de parte a parte.

La patrulla se haba declarado en fuga, dejando un fusil en el suelo.

--Ests herido?--pregunt Bautista a su cuado.

--S, pero creo que no es nada. Hala, vmonos.

--Llevamos este fusil?

--S, qutale la cartuchera a ese que yo he tumbado, y vamos andando.

Bautista entreg un fusil y una pistola a Martn.

--Vamos, adentro!--dijo Martn al demandadero.

ste se meti temblando en el coche que parti, llevado al galope por
los caballos. Pasaron por en medio de un pueblo. Algunas ventanas se
abrieron y salieron los vecinos, creyendo sin duda que pasaba un furgn
de artillera. A la media hora Bautista se par. Se haba roto una
correa y tuvieron que arreglarla, hacindole un agujero con el
cortaplumas. Estaba cayendo un chaparrn que converta la carretera en
un barrizal.

--Habr que ir ms despacio--dijo Martn.

Efectivamente, comenzaron a marchar ms despacio, pero al cabo de un
cuarto de hora se oy a lo lejos como un galope de caballos. Martn se
asom a la ventana; indudablemente los perseguan.

El ruido de las herraduras se iba acercando por momentos.

--Alto! Alto!--se oy gritar.

Bautista azot los caballos y el coche tom una una carrera vertiginosa.
Al llegar a las curvas, el viejo land se torca y rechinaba como si
fuera a hacerse pedazos. La superiora y Catalina rezaban; el demandadero
gema en el fondo del coche.

--Alto! Alto!--gritaron de nuevo.

--Adelante, Bautista! Adelante!--dijo Martn, sacando la cabeza por la
ventanilla.

En aquel momento son un tiro, y una bala pas silbando a poca
distancia. Martn carg la pistola, vi un caballo y un ginete que se
acercaban al coche, hizo fuego y el caballo cay pesadamente al suelo.
Los perseguidores dispararon sobre el coche que fu atravesado por las
balas. Entonces Martn carg el fusil y, sacando el cuerpo por la
ventanilla, comenz a hacer disparos atendiendo al ruido de las pisadas
de los caballos; los que les seguan disparaban tambin, pero la noche
estaba negra y ni Martn ni los perseguidores afinaban la puntera.
Bautista, agazapado en el pescante, llevaba los caballos al galope;
ninguno de los animales estaba herido, la cosa iba bien.

Al amanecer ces la persecucin. Ya no se vea a nadie en la carretera.

--Creo que podemos parar--grit Bautista--. Eh? Llevamos otra vez el
tiro roto. Paramos?

--S, para--dijo Martn--; no se ve a nadie.

Par Bautista, y tuvieron que componer de nuevo otra correa.

El demandadero rezaba y gema en el coche; Zalacan le hizo salir de
dentro a empujones.

--Anda, al pescante--le dijo--. Es que t no tienes sangre en las
venas, sacristn de los demonios?--le pregunt.

--Yo soy pacfico y no me gusta mezclarme en estas cosas ni hacer dao a
nadie--contest refunfuando.

--No sers t una monja disfrazada?

--No, soy un hombre.

--No te habrs equivocado?

--No, soy un hombre, un pobre hombre, si le parece a usted mejor.

--Eso no impedir que te metan unas pldoras de plomo en esa grasa fra
que forma tu cuerpo.

--Qu horror!

--Por eso debes comprender, hombre linftico, que cuando se encuentra
uno en el caso de morir o de matar, no puede uno andarse con tonteras
ni con rezos.

Las palabras rudas de Martn reanimaron un poco al demandadero.

Al subir Bautista al pescante, le dijo Martn:

--Quieres que gue yo ahora?

--No, no. Yo voy bien. Y t, cmo tienes la herida?

--No debe de ser nada.

--Vamos a verla?

--Luego, luego; no hay que perder tiempo.

Martn abri la portezuela, y, al sentarse, dirigindose a la superiora,
dijo:

--Respecto a usted, seora, si vuelve usted a chillar, la voy a atar a
un rbol y a dejarla en la carretera.

Catalina, asustadsima, lloraba. Bautista subi al pescante y el
demandadero con l. Comenz el carruaje a marchar despacio, pero, al
poco tiempo, volvieron a oirse como pisadas de caballos.

Ya no quedaban municiones; los caballos del coche estaban cansados.

--Vamos, Bautista, un esfuerzo--grito Martn, sacando la cabeza por la
ventanilla--. As! Echando chispas.

Bautista, excitado, gritaba y chasqueaba el ltigo. El coche pasaba con
la rapidez de una exhalacin, y pronto dej de oirse detrs el ruido de
pisadas de caballos.

Ya estaba clareando; nubarrones de plomo corran a impulsos del viento,
y en el fondo del cielo rojizo y triste del alba se adivinaba un pueblo
en un alto. Deba de ser Viana.

Al acercarse a l, el coche tropez con una piedra, se solt una de las
ruedas, la caja se inclin y vino a tierra. Todos los viajeros cayeron
revueltos en el barro. Martn se levant primero y tom en brazos a
Catalina.

--Tienes algo?--la dijo.

--No, creo que no--contest ella, gimiendo.

La superiora se haba hecho un chichn en la trente y el demandadero
dislocado una mueca.

--No hay averas importantes--dijo Martn--.Adelante!

Los viajeros entonaban un coro de quejas y de lamentos.

--Desengancharemos y montaremos a caballo--dijo Bautista.

--Yo no. Yo no me muevo de aqu--replic la superiora.

La llegada del coche y su batacazo no haban pasado inadvertidos,
porque, pocos momentos despus, avanz del lado de Viana media compaa
de soldados.

--Son los _guiris_--dijo Bautista a Martn.

--Me alegro.

La media compaa se acerc al grupo.

--Alto!--grit el sargento--. Quin vive?

--Espaa.

--Daos prisioneros.

--No nos resistimos.

El sargento y su tropa quedaron asombrados, al ver a un militar
carlista, a dos monjas y a sus acompaantes llenos de barro.

--Vamos hacia el pueblo--les ordenaron.

Todos juntos, escoltados por los soldados, llegaron a Viana.

Un teniente que apareci en la carretera, pregunt:

--Qu hay, sargento?

--Traemos prisioneros a un general carlista y a dos monjas.

Martn se pregunt por qu le llamaba el sargento general carlista;
pero, al ver que el teniente le saludaba, comprendi que el uniforme,
cogido por l en Estella, era de un general.




CAPTULO XIII

CMO LLEGARON A LOGROO Y LO QUE LES OCURRI


Hicieron entrar a todos en el cuerpo de guardia, en donde, tendidos en
camastros, dorman unos cuantos soldados, y otros se calentaban al calor
de un gran brasero. Martn fu tratado con mucha consideracin por su
uniforme. Rog al oficial le dejara estar a Catalina a su lado.

--Es la seora de usted?

--S, es mi mujer.

El oficial accedi y pas a los dos a un cuarto destartalado que serva
para los oficiales.

La superiora, Bautista y el demandadero, no merecieron las mismas
atenciones y quedaron en el cuartelillo.

Un sargento viejo, andaluz, se amartel con la superiora y comenz a
echara piropos de los clsicos; la dijo que tena _loz ojoz_ como _doz
luceroz_ y que se pareca a la Virgen de _Conzolacin_ de Utrera, y le
cont otra porcin de cosas del repertorio de los almanaques.

A Bautista le dieron tal risa los piropos del andaluz, que comenz a
reirse con una risa contenida.

--A ver _zi_ te _callaz_; cochino carca--le dijo el sargento.

--Si yo no digo nada--replic Bautista.

--_Zi_ te _siguez_ riendo _az_, te voy a _clav_ como a un _zapo_.

Bautista tuvo que ir a un rincn a reirse, y la superiora y el sargento
siguieron su conversacin.

Al medioda lleg un coronel, que al ver a Martn le salud
militarmente. Martn le cont sus aventuras, pero el coronel al orlas
frunci las cejas.

--A estos militares--pens Martn--no les gusta que un paisano haga
cosas ms difciles que las suyas.

--Irn ustedes a Logroo y all veremos si identifican su personalidad.
Qu tiene usted? Est usted herido?

--S.

--Ahora vendr el fsico a reconocerle.

Efectivamente, lleg un doctor que reconoci a Martn, le vend, y
redujo la dislocacin del mandadero, que grit y chill como un
condenado. Despus de comer trajeron los caballos del coche, les
obligaron a montar en ellos, y custodiados por toda compaa tomaron el
camino de Logroo.

Al llegar cerca del puente sobre el Ebro, una porcin de lavanderas y
de mujeres de carabineros salieron a ver la extraa comitiva, y varias
de ellas comenzaron a cantar, sobre todo dirigindose a la monja:

        Ahora s que estars contentona
        Carlistona, mandilona;
        Ahora s que estars contentn
        Carlistn, mandiln, cobardn.

La pobre superiora estaba lvida de rabia. Martn y Bautista se miraban
con cierto cmico estupor.

En Logroo pararon en el cuartel y un oficial hizo subir a Martn a ver
al general. Le cont Zalacan sus aventuras, y el general le dijo:

--Si yo tuviera la seguridad de que lo que me dice usted es cierto,
inmediatamente dejara libre a usted y a sus compaeros.

--Y yo cmo voy a probar la verdad de mis palabras?

--Si pudiera usted identificar su persona! No conoce usted aqu a
nadie? Algn comerciante?

--No.

--Es lstima.

--S, s, conozco a una persona--dijo de pronto Martn--, conozco a la
seora de Briones y a su hija.

--Y el capitn Briones, tambin lo conocer usted?

--Tambin.

--Pues lo voy a llamar; dentro de un momento estar aqu.

El general mand un ayudante suyo, y media hora despus estaba el
capitn Briones, que reconoci a Martn. El general los dej a todos
libres.

Martn, Catalina y Bautista iban a marcharse juntos, a pesar de la
oposicin de la superiora, cuando el capitn Briones dijo:

--Amigo Zalacan, mi madre y mi hermana exigen que vaya usted a comer
con ellas.

Martn explic a su novia como no le era posible desatender la
invitacin, y dejando a Bautista y a Catalina fu en compaa del
oficial.

La casa de la seora de Briones estaba en una calle cntrica, con
soportales.

Rosita y su madre recibieron a Martn con grandes muestras de amistad.
La aventura de su llegada a Logroo con un una seorita y una monja
haba corrido por todas partes.

Madre  hija le preguntaron un sin fin de cosas, y Martn tuvo que
contar sus aventuras.

--Pero qu muchacho!--deca doa Pepita, hacindose cruces--. Usted es
un verdadero diablo.

Despus de comer vinieron unas seoritas amigas de Rosa Briones, y
Martn tuvo que contar de nuevo sus aventuras. Luego se habl de
sobremesa y se cant. Martn pensaba: Qu har Catalina? Pero luego se
olvidaba con la conversacin.

Doa Pepita dijo que su hija haba tenido el capricho de aprender la
guitarra  incit a Rosita para que cantara.

--S, canta--dijeron las dems muchachas.

--S, cante usted--aadi Zalacan.

Rosita sac la guitarra y cant algunas canciones, acompandose con
ella, y luego, como en honor de Martn, enton un zortzico con letra
castellana, que comenzaba as:

        Aunque la oracin suene
        Yo no me voy de aqu;
        La del pauelo rojo
        Loco me ha vuelto a m.

Y el estribillo de la cancin era:

        Aufa que el campanero
        La oracin va a tocar,
        Aufa que yo te quiero
        _Maitia, maitia_, ven ac.

Y Rosita, al cantar esto, miraba a Martn de tal manera con los ojos
brillantes y negros, que l se olvid de que le esperaba Catalina.

Cuando sali de casa de la seora de Briones, eran cerca de las once de
la noche. Al encontrarse en la calle comprendi su falta brutal de
atencin. Fu a buscar a su novia, preguntando en los hoteles. La
mayora estaban cerrados. En uno del Espoln le dijeron: Aqu ha venido
una seorita, pero est descansando en su cuarto.

--No podra usted avisarla?

--No.

Bautista tampoco pareca.

Sin saber qu hacer, volvi Martn a los soportales y se puso a pasear
por ellos. Si no fuera por Catalina--pens--era capaz de quedarme aqu
y ver si Rosita Briones est de veras por m, como parece.

Estaba embebido en estos pensamientos cuando un hombre, con aspecto de
criado, se par ante l y le dijo:

--Es usted don Martn Zalacan?

--El mismo.

--Quiere usted venir conmigo? Mi seora quiere hablarle.

--Y quin es la seora de usted?

--Me ha encargado que le diga que es una amiga de su infancia.

--Una amiga de mi infancia?

--S.

--Es posible--pens Zalacan--. Si habr conocido en mi infancia a
alguien que tenga criados, sin saberlo. En fin, vamos a ver a mi
amiga--dijo en voz alta.

El criado sigui por los soportales, torci una esquina, y en una casa
grande empuj la puerta y entr en un zagun elegante, iluminado por un
gran farol.

--Pase el seorito--dijo el criado indicndole una escalera alfombrada.

--Debe haber una equivocacin--pens Martn--. No es posible otra cosa.

Subieron la escalera, el criado levant una cortina y pas Zalacan.
Sentada en un sof y hojeando un lbum, haba una mujer desconocida, una
mujer pequea, delgada, rubia, elegantsima.

--Perdone usted, seora--dijo Martn--, creo que usted y yo somos
vctimas de una equivocacin...

--Yo, por mi parte, no--contest ella riendo, con una risa zumbona.

--Quiere algo ms la seora?--pregunt el criado.

--No, pueden ustedes retirarse.

Martn qued asombrado. El criado ech la pesada cortina y quedaron
solos.

--Martn--dijo la dama, levantndose de su silla y ponindole las manos
pequeas en sus hombros--. No te acuerdas de m?

--No, la verdad.

--Soy Linda.

--Qu Linda?

--Linda, la que estuvo en Urbia cuando fu el domador, y muri tu madre.
No te acuerdas?

--Usted es Linda?

--Oh, no me hables de usted! S, yo soy Linda. He sabido como habas
venido a Logroo y he mandado que te buscaran.

--De manera que t eres aquella chiquilla que jugaba con el oso?

--La misma.

--Y me has conocido?

--S.

--Yo no te hubiera conocido.

--Habla, cuenta de tu vida. T no sabes la gana que tena de verte. Eres
el nico hombre por quien me han pegado. Te acuerdas? Para m
constituas toda mi familia. Qu har? Dnde estar Martn? pensaba.

--De veras? Que extrao! Hace de esto tanto tiempo! Y somos jvenes
los dos.

--Cuenta! Cuenta! Cul ha sido tu vida? Qu has hecho por el mundo?

Martn, emocionado, habl de su vida, de sus aventuras. Luego, Linda
cont las suyas, su existencia bohemia de volatinera, hasta que un seor
rico le sac del circo y le brind con su proteccin. Ahora este seor,
ttulo, con grandes posesiones en la Rioja, quera casarse con ella.

--Y t te vas a casar?--la pregunt Martn.

--Claro.

--De manera que dentro de poco sers una seora condesa o marquesa?

--S, marquesa, pero chico, esto no me entusiasma. He vivido siempre
libre y ya las cadenas no son para m, aunque sean de oro. Pero ests
plido. Qu te pasa?

Martn senta un gran cansancio y le dola el hombro. Linda, al saber
que estaba herido, le oblig a quedarse all.

Afortunadamente el rasguo no era grave y Zalacan cur pronto.

Al da siguiente, Linda no le dej salir; y al verse dominado por ella,
por su suave encanto, encontr el herido que sus convalecencias eran ms
peligrosas para sus sentimientos que para su salud.

--Que le avisen a mi cuado donde estoy--dijo Martn varias veces a
Linda.

sta envi un criado a los hoteles, pero en ninguno daban noticias ni de
Bautista ni de Catalina.




CAPTULO XIV

CMO ZALACAN Y BAUTISTA URBIDE TOMARON LOS DOS SOLOS LA CIUDAD DE
LAGUARDIA OCUPADA POR LOS CARLISTAS.


De conocer Martn la _Odisea_ es posible que hubiese tenido la
pretensin de comparar a Linda con la hechicera Circe y a s mismo con
Ulises, pero como no haba ledo el poema de Homero no se le ocurri tal
comparacin.

S se le ocurri varias veces que se estaba portando como un bellaco,
pero Linda era tan encantadora! Tena por l tan grande entusiasmo! Le
haba hecho olvidar a Catalina. Muchos das maldeca de su barbarie,
pero no se determinaba a marcharse. Decidi en su fuero interno que la
culpa de todo era de Bautista y esta decisin le tranquiliz.

--Dnde se ha metido ese hombre?--se preguntaba.

Una semana despus del encuentro con Linda, al pasar por los soportales
de la calle principal de Logroo se encontr con Bautista que vena
hacia l indiferente y tranquilo como de costumbre.

--Pero dnde ests?--exclam Martn incomodado.

--Eso te pregunto yo, dnde ests?--contest Bautista.

--Y Catalina?

--Qu s yo! Yo cre que t sabras dnde estaba, que os habais
marchado los dos sin decirme nada.

--De manera que no sabes?...

--Yo no.

--Cundo hablaste t con ella por ltima vez?

--El mismo da de llegar aqu; hace ocho das. Cuando t te fuistes a
comer a casa de la seora de Briones, Catalina, la monja y yo nos fuimos
a la fonda. Pas el tiempo, pas el tiempo y t no venas.--Pero dnde
est?--preguntaba Catalina.--Qu s yo?--la deca. A la una de la
maana, viendo que t no venas, yo me fu a la cama. Estaba molido. Me
dorm y me despert muy tarde y me encontr con que la monja y Catalina
se haban marchado y t no habas venido. Esper un da, y como no
apareca nadie, cre que os habais marchado y me fu a Bayona y dej
las letras en casa de Levi-Alvarez. Luego tu hermana empez a
decirme:--Pero dnde estar Martn? Le ha pasado algo?--Escrib a
Briones y me contest que estabas aqu escandalizando el pueblo, y por
eso he venido.

--S, la verdad es que yo tengo la culpa--dijo Martn--. Pero dnde
puede estar Catalina? Habr seguido a la monja?

--Es lo ms probable.

Martn, al encontrarse con Bautista y hablar con l, se sinti fuera de
la influencia del hechizo de Linda y comenz a hacer indagaciones con
una actividad extraordinaria. De las dos viajeras del hotel, una se
haba marchado por la estacin; la otra, la monja, haba partido en un
coche hacia Laguardia.

Martn y Bautista supusieron si las dos estaran refugiadas en
Laguardia. Sin duda la monja recuper su ascendiente sobre Catalina en
vista de la falta de Martn y la convenci de que volviera con ella al
convento.

Era imposible que Catalina encontrndose en otro lado no hubiese
escrito.

Se dedicaron a seguir la pista de la monja. Averiguaron en la venta de
Asa que das antes un coche con la monja intent pasar a Laguardia, pero
al ver la carretera ocupada por el ejrcito liberal sitiando la ciudad y
atacando las trincheras retrocedi. Suponan los de la venta que la
monja habra vuelto a Logroo, a no ser que intentara entrar en la
ciudad sitiada, tomando en caballera el camino de Lanciego por Oyn y
Venaspre.

Marcharon a Oyn y luego a Ycora, pero nadie les pudo dar razn. Los
dos pueblos estaban casi abandonados.

Desde aquel camino alto se vea Laguardia rodeada de su muralla en medio
de una explanada enorme. Hacia el Norte limitaba esta explanada como una
muralla gris la cordillera de Cantabria; hacia el Sur poda extenderse
la vista hasta los montes de Pancorbo.

En este polgono amarillento de Laguardia no se destacaban ni tejados ni
campanarios, no pareca aquello un pueblo, sino ms bien una fortaleza.
En un extremo de la muralla se ergua un torren envuelto en aquel
instante en una densa humareda.

Al salir de Ycora, un hombre famlico y destrozado les sali al
encuentro y habl con ellos. Les cont que los carlistas iban a
abandonar Laguardia un da u otro. Le pregunt Martn si era posible
entrar en la ciudad.

--Por la puerta es imposible--dijo el hombre--, pero yo he entrado
subiendo por unos agujeros que hay en el muro entre la Puerta de Paganos
y la de Mercadal.

--Pero y los centinelas?

--No suelen haber muchas veces.

Bajaron Martn y Bautista por una senda desde Lanciego a la carretera y
llegaron al sitio en donde acampaba el ejrcito liberal. La tropa,
despus de caonear las trincheras carlistas, avanzaba, y el enemigo
abandonaba sus posiciones refugindose en los muros.

El regimiento del capitn Briones se encontraba en las avanzadas. Martn
pregunt por l y lo encontr. Briones present a Zalacan y a Bautista
a algunos oficiales compaeros suyos, y por la noche tuvieron una
partida de cartas y jugaron y bebieron. Gan Martn, y uno de los
compaeros de Briones, un teniente aragons que haba perdido toda su
paga, comenz, para vengarse, a hablar mal de los vascongados, y
Zalacan y l se encarzaron en una estpida discusin de amor propio
regional, de esas tan frecuentes en Espaa.

Deca el teniente aragons que los vascongados eran tan torpes, que un
capitn carlista, para ensearles a marchar a la derecha y a la
izquierda elevaba un manojo de paja en la mano y les deca, por ejemplo:
Doble derecha! y en seguida pasaba el manojo a la derecha y deca.
Hacia el lado de la paja! Adems, segn el oficial, los vascongados
eran unos poltrones que no se queran batir ms que estando cerca de sus
casas.

Martn se estaba amoscando, y dijo al oficial:

--Yo no s como sern los vascongados, pero lo que le puedo decir a
usted es que lo que usted o cualquiera de estos seores haga, lo hago yo
por debajo de la pierna.

--Y yo--dijo Bautista, colocndose al lado de Martn.

--Vamos, hombre--dijo Briones--. No sean ustedes tontos. El teniente
Ramrez no ha querido ofenderles.

--No nos ha llamado ms que estpidos y cobardes--dijo riendo Martn--.
Claro que a m no me importa nada lo que este seor opine de nosotros,
pero me gustara encontrar una ocasin para probarle que est
equivocado.

--Salga usted--dijo el teniente.

--Cuando usted quiera--contest Martn.

--No--replic Briones--, yo lo prohibo. El teniente Ramrez quedar
arrestado.

--Est bien--dijo refunfuando el aludido.

--Si estos seores quieren un poco de jaleo, cuando tomemos Laguardia
pueden venir con nosotros--advirti el oficial.

Martn crey ver alguna irona en las palabras del militar y replic
burlonamente:

--Cuando tomen ustedes Laguardia! No, hombre. Eso no es nada para
nosotros. Yo voy solo a Laguardia y la tomo, o a lo ms con mi cuado
Bautista.

Se echaron todos a reir de la fanfarronada, pero viendo que Martn
insista, diciendo que aquella misma noche iban a entrar en la ciudad
sitiada, pensaron que Martn estaba loco. Briones, que le conoca,
trat de disuadirse de hacer esta barbaridad, pero Zalacan no se
convenci.

--Ven ustedes este pauelo blanco?--dijo--. Maana al amanecer lo vern
ustedes en este palo flotando sobre Laguardia. Habr por aqu una
cuerda?

Uno de los oficiales jvenes trajo una cuerda, y Martn y Bautista, sin
hacer caso de las palabras de Briones, avanzaron por la carretera.

El fro de la noche les seren, y Martn y su cuado se miraron algo
extraados. Se dice que los antiguos godos tenan la costumbre de
resolver sus asuntos dos veces, una borrachos y otra serenos. De esta
manera unan en sus decisiones el atrevimiento y la prudencia. Martn
sinti no haber seguido esta prudente tctica goda, pero se call y di
a entender que se encontraba en uno de los momentos regocijados de su
vida.

--Qu? vamos a ir?--pregunt Bautista.

--Probaremos.

Se acercaron a Laguardia. A poca distancia de sus muros tomaron a la
izquierda, por la Senda de las Damas, hasta salir al camino de El Ciego
y cruzando ste se acercaron a la altura en donde se asienta la ciudad.
Dejaron a un lado el cementerio y llegaron a un paseo con rboles que
circunda el pueblo.

Deban de encontrarse en el punto indicado por el hombre de Ycora,
entre la puerta de Mercadal y la de Paganos.

Efectivamente, el sitio era aqul. Distinguieron los agujeros en el
muro que serva de escalera; los de abajo estaban tapados.

--Podramos abrir estos boquetes--dijo Bautista.

--Hum! Tardaramos mucho--contest Martn--. Sbete encima de m a ver
si llegas. Toma la cuerda.

Bautista se encaram sobre los hombros de Martn, y luego, viendo que se
poda subir sin dificultad, escal la muralla hasta lo alto. Asom la
cabeza y viendo que no haba vigilancia salt encima.

--Nadie?--dijo Martn.

--Nadie.

Sujet Bautista la cuerda con un lazo corredizo en un ngulo de un
torren, v subi Martn a pulso, con el palo en los dientes.

--Se deslizaron los dos por el borde de la muralla, hasta enfilar una
calleja. Ni guardia, ni centinela; no se vea ni se oa nada. El pueblo
pareca muerto.

--Qu pasar aqu?--se dijo Martn.

Se acercaron al otro extremo de la ciudad. El mismo silencio. Nadie.
Indudablemente, los carlistas haban hudo de Laguardia.

Martn y Bautista adquirieron el convencimiento de que el pueblo estaba
abandonado. Avanzaron con esta confianza hasta cerca de la puerta del
Mercadal; y enfrente del cementerio, hacia la carretera de Logroo,
sujetaron entre dos piedras el palo y ataron en su punta el pauelo
blanco.

Hecho esto, volvieron deprisa al punto por donde haban subido. La
cuerda segua en el mismo sitio. Amaneca. Desde all arriba se vea una
enorme extensin de campo. La luz comenzaba a indicar las sombras de los
viedos y de los olivares. El viento fresco anunciaba la proximidad del
da.

--Bueno, baja--dijo Martn--. Yo sujetar la cuerda.

--No, baja t--replic Bautista.

--Vamos, no seas imbcil.

--Quin vive?--grit una voz en aquel mismo momento.

Ninguno de los dos contest. Bautista comenz a bajar despacio. Martn
se tendi en la muralla.

--Quin vive?--volvi a gritar el centinela.

Martn se aplast en el suelo todo lo que pudo; son un disparo y una
bala pas por encima de su cabeza. Afortunadamente, el centinela estaba
lejos. Cuando Bautista descendi, Martn comenz a bajar. Tuvo la suerte
de que la cuerda no se deslizase. Bautista le esperaba con el alma en un
hilo. Haba movimiento en la muralla; cuatro o cinco hombres se asomaron
a ella, y Martn y Bautista se escondieron tras de los rboles del paseo
que circundaba el pueblo. Lo malo era que aclaraba cada vez ms. Fueron
pasando de rbol a rbol, hasta llegar cerca del cementerio.

--Ahora no hay ms remedio que echar a correr a la descubierta--dijo
Martn--. A la una..., a las dos... Vamos all.

Echaron los dos a correr. Sonaron varios tiros. Ambos llegaron ilesos al
cementerio. De aqu ganaron pronto el camino de Logroo. Ya fuera de
peligro, miraron hacia atrs. El pauelo segua en la muralla ondeando
al viento. Briones y sus amigos recibieron a Martn y a Bautista como a
hroes.

Al da siguiente, los carlistas abandonaron Laguardia y se refugiaron en
Peacerrada. La poblacin enarbol bandera de parlamento; y el ejrcito,
con el general al frente, entraba en la ciudad.

Por ms que Martn y Bautista preguntaron en todas las casas, no
encontraron a Catalina.




LIBRO TERCERO

Las ltimas aventuras




CAPTULO PRIMERO

LOS RECIN CASADOS ESTN CONTENTOS


Catalina no fu inflexible. Pocos das despus, Martn recibi una carta
de su hermana. Deca la Ignacia que Catalina estaba en su casa, en Zaro,
desde haca algunos das. Al principio no haba querido oir hablar de
Martn, pero ahora le perdonaba y le esperaba.

Martn y Bautista se presentaron en Zaro inmediatamente, y los novios se
reconciliaron.

Se prepar la boda. Qu paz se disfrutaba all, mientras se mataban en
Espaa! La gente trabajaba en el campo. Los domingos, despus de la
misa, los aldeanos endomingados, con la chaqueta al hombro, se reunan
en la sidrera y en el juego de pelota; las mujeres iban a la iglesia,
con un capuchn negro, que rodeaba su cabeza. Catalina cantaba en el
coro y Martn la oa, como en la infancia, cuando en la iglesia de Urbia
entonaba el Aleluya.

Se celebr la boda, con la posible solemnidad, en la iglesia de Zaro y
luego la fiesta en la casa de Bautista.

Haca todava fro, y los aldeanos amigos se reunieron en la cocina de
la casa, que era grande, hermosa y limpia. En la enorme chimenea redonda
se echaron montones de lea, y los invitados cantaron y bebieron hasta
bien entrada la noche, al resplandor de las llamas. Los padres de
Bautista, dos viejecitos arrugados, que hablaban solo vascuence,
cantaron una cancin montona de su tiempo, y Bautista luci su voz y su
repertorio completo y cant una cancin en honor de los novios.

        Ezcon berriyac
        pozquidac daud
        pozquidac daud
        eguin diralaco gaur
        alcarren jab
        clizan.

(Los recin casados estn muy alegres, porque hoy se han hecho dueos,
uno de otro, en la iglesia.)

La fiesta acab, con la mayor alegra, a la media noche, en que se
retiraron todos.

Pasada la luna de miel, Martn volvi a las andadas. No paraba, iba y
vena de Espaa a Francia, sin poder reposar.

Catalina deseaba ardientemente que acabara la guerra  intentaba
retener a Martn a su lado.

--Pero, qu quieres ms?--le deca--.No tienes ya bastante dinero?
Para qu exponerte de nuevo?

--Si no me expongo--replicaba Martn.

Pero no era verdad, tena ambicin, amor al peligro y una confianza
ciega en su estrella. La vida sedentaria le irritaba.

Martn y Bautista dejaban solas a las dos mujeres y se iban a Espaa. Al
ao de casada, Catalina tuvo un hijo, al que llamaron Jos Miguel,
recordando Martn la recomendacin del viejo Tellagorri.




CAPTULO II

EN EL CUAL SE INICIA LA DESHECHA


Con la proclamacin de la monarqua en Espaa, comenz el deshielo en el
campo carlista. La batalla de Lcar, perdida de una manera ridcula por
el ejrcito regular en presencia del nuevo rey, di alientos a los
carlistas, pero a pesar del triunfo y del botn la causa del
Pretendiente iba de capa cada.

La batalla de Lcar no hizo ms que enriquecer el repertorio de las
canciones de la guerra con una copla que ms que para soldados pareca
escrita para el coro de seoras de una zarzuela, y que deca as:

        En Lcar, chiquillo,
        Te viste en un tris,
        Si don Carlos te da con la bota
        Como una pelota,
        Te enva a Pars.

Era difcil, al oir esta cancin, no pensar en unas cuantas coristas
balanceando voluptuosamente las caderas.

Los carlistas hablaban ya de traicin. Con el fracaso del sitio de Irn
y con la retirada de don Carlos, los curas navarros y vascongados
empezaron a dudar del triunfo de la causa. Con la proclamacin de
Sagunto, la desconfianza cundi por todas partes.

--Son primos y ellos se entienden--decan los desconfiados, que eran
legin.

Algunos que haban odo hablar de un don Alfonso, hermano de don Carlos,
crean que a este don Alfonso le haban hecho rey.

Los ambiciosos de los pueblos vean que todas las clases ricas se
inclinaban a favor de la monarqua liberal.

Los generales alfonsinos, despus de hecho su agosto y ascendido en su
carrera todo lo posible, encontraban que era una estupidez continuar la
guerra durante ms tiempo; haban matado la repblica, que ciertamente
por estlida mereca la muerte; el nuevo gobierno les miraba como
vencedores, pacificadores y hroes. Qu ms podan desear!

En el campo carlista comenzaba la _Deshecha_. Ya se poda andar por las
carreteras sin peligro; el carlismo segua por la fuerza de la inercia,
defendido dbilmente y atacado ms dbilmente todava. La nica arma que
se blanda de veras era el dinero.

Martn, viendo que no era difcil recorrer los caminos, tom su
cochecito y se dirigi hacia Urbia una maana de invierno.

Todos los fuertes permanecan silenciosos, mudas las trincheras
carlistas, ni una detonacin, ni una humareda cruzaban el aire. La nieve
cubra el campo con su mortaja blanca bajo el cielo entoldado y plomizo.

Antes de llegar a Urbia, a un lado y a otro, se vean casas de campo
derrumbadas, fachadas con las ventanas tapiadas y rellenas de paja,
rboles con las ramas rotas, zanjas y parapetos por todas partes.

Martn entr en Urbia. La casa de Catalina estaba destrozada; con los
techos atravesados por las granadas, las puertas y ventanas cerradas
hermticamente. Ofreca el hermoso casern un aspecto lamentable; en la
huerta abandonada, las lilas mostraban sus ramas rotas, y una de las ms
grandes de un magnfico tilo, desgajada, llegaba hasta el suelo. Los
rosales trepadores, antes tan lozanos, se vean marchitos.

Subi Martn por su calle a ver la casa en donde naci.

La escuela estaba cerrada; por los cristales empolvados se vean los
cartelones con letras grandes y los mapas colgados de las paredes. Cerca
del casero de Zalacan haba una viga de madera, de la que colgaba una
campana.

--Para qu sirve esto?--pregunt a un mendigo que iba de puerta en
puerta.

Era para el viga. Cuando notaba un fogonazo tocaba la campana para
avisar a la gente de la parte baja.

Entr Martn en el casero Zalacan. El tejado no exista; slo quedaba
un rincn de la antigua cocina con cubierta. Bajo este techo, entre los
escombros, haba un hombre sentado escribiendo y un chiquillo ocupado en
cuidar varios pucheros.

--Quin vive aqu?--pregunt Martn.

--Aqu vivo yo--contest una voz.

Martn qued atnito. Era el extranjero. Al verse se estrecharon las
manos afectuosamente.

--Lo que di usted que hablar en Estella!--dijo el extranjero--. Qu
golpe aquel ms admirable! Cmo se escaparon ustedes?

Martn cont la historia de su escapatoria, y el periodista fu tomando
notas.

--Puedo hacer una crnica admirable--dijo.

Luego hablaron de la guerra.

--Pobre pas!--dijo el extranjero--. Cunta brutalidad! Cunto
absurdo! Se acuerda usted del pobre Haussonville que conocimos en
Estella?

--S.

--Muri fusilado. Y del Corneta de Lasala y de Praschcu que fueron de
los que nos persiguieron cerca de Hernani?

--S.

--Esos dos haban salvado al cabecilla Monserrat de la muerte. Sabe
usted quin los ha fusilado?

--Pero los han fusilado?

--S, el mismo Monserrat, en Ormaiztegui.

--Pobre gente!

--A otro, llamado Anchusa, de la partida del Cura, deba usted tambin
conocer...

--S, lo conoca.

--A ese lo mand fusilar Lizrraga. Y al _Jabonero_, el lugarteniente
del Cura...

--Tambin lo fusilaron?

--Tambin. Al _Jabonero_ le deba el Cura la nica victoria que
consigui en Usurbil cuando defendieron una ermita contra los liberales;
pero tena celos de l y adems crea que le haca traicin, y lo mand
fusilar.

--Si esto sigue as no vamos a quedar nadie.

--Afortunadamente ya ha comenzado la _Deshecha_ como dicen los
aldeanos--contest el extranjero--.Y usted a qu ha venido aqu?

Martn dijo que l era de Urbia, as como su mujer, y cont sus
aventuras desde el tiempo en que haba dejado de ver al extranjero.
Comieron juntos y por la tarde se despidieron.

--Todava creo que nos volveremos a ver--dijo el extranjero.

--Quin sabe. Es muy posible.




CAPTULO III

EN DONDE MARTN COMIENZA A TRABAJAR POR LA GLORIA


En la poca de las nieves, un general audaz que vena de muy lejos
intent envolver a los carlistas por el lado del Pirineo, y saliendo de
Pamplona avanz por la carretera de Elizondo; pero al ver el alto de
Velate defendido y atrincherado por los carlistas, se retir hacia Engu
y luego tom por el puerto de Olaberri, prximo a la frontera, por entre
bosques y sendas malsimas; y perdidos sus soldados en los bosques,
llegaron despus de dos das y tres noches al Baztn.

La imprudencia era grande, pero aquel general tuvo suerte, porque si la
terrible nevada que cay al da siguiente de estar en Elizondo cae
antes, hubieran quedado la mitad de las tropas entre la nieve.

El general pidi vveres a Francia, y gracias a la ayuda del pas
vecino, pudo dar de comer a su gente y preparar alojamiento. Martn y
Bautista se hallaban en relacin con una casa de Bayona, y fueron a Aoa
con sus carros.

Aoa est a un kilmetro prximamente de la frontera, en donde se halla
establecida la aduana espaola de Dancharinea.

Aquel da, una porcin de gente de la frontera francesa se asom a Aoa.
La carretera estaba atestada de carromatos, carretas y mnibus, que
conducan al valle de Baztn para las tropas fardos de zapatos, sacos de
pan, cajones de galleta de Burdeos, esparto para las camas, barriles de
vino y de aguardiente.

El camino estaba intransitable y lleno de barro. Adems de todo aquel
convoy de mercancas consignado al ejrcito, hallbanse otros coches
atiborrados de gneros que algunos comerciantes de Bayona llevaban a ver
si vendan al por menor.

Haba tambin cerca del puente, sobre el riachuelo Ugarona, una porcin
de cantineros con sus cestas, frascos y cachivaches.

Martn con su mujer, y Bautista con la suya, se acercaron a Aoa y se
alojaron en la venta. Catalina quera ver si obtena noticias de su
hermano.

En la venta preguntaron a un muchacho desertor carlista, pero no supo
darles ninguna razn de Carlos Ohando.

--Si no est en Peaplata, ir camino de Burguete--les dijo.

Se encontraban a la puerta de la venta Martn y Bautista, cuando pas,
envuelto en su capote, Briones, el hermano de Rosita. Le salud a Martn
muy afectuoso y entr en la venta. Vesta uniforme de comandante y
llevaba cordones dorados como los ayudantes de generales.

--He hablado mucho de usted a mi general--le dijo a Martn.

--S?

--Ya lo creo. Tendra mucho gusto en conocer a usted. Le he contado sus
aventuras. Quiere usted venir a saludarle? Tengo ah un caballo de mi
asistente.

--Dnde est el general?

--En Elizondo. Viene usted?

--Vamos.

Advirti Martn a su mujer que se marchaba a Elizondo; montaron Briones
y Zalacan a caballo y charlando de muchas cosas llegaron a esta villa,
centro del valle del Baztn. El general se alojaba en un palacio de la
plaza; a la puerta dos oficiales hablaban.

Le hizo pasar Briones a Martn al cuarto en donde se encontraba el
general. ste, sentado a una mesa donde tena planos y papeles, fumaba
un cigarro puro y discuta con varias personas.

Present Briones a Martn, y el general, despus de estrecharle la mano,
le dijo bruscamente:

--Me ha contado Briones sus aventuras. Le felicito a usted.

--Muchas gracias, mi general.

--Conoce usted toda esta zona de mugas de la frontera que domina el
valle del Baztn?

--S, como mi propia mano. Creo que no habr otro que las conozca tan
bien.

--Sabe usted los caminos y las sendas?

--No hay ms que sendas.

--Hay sendero para subir a Peaplata por el lado de Zugarramurdi?

--Lo hay.

--Pueden subir caballos?

--S, fcilmente.

El general discuti con Briones y con el otro ayudante. l haba tenido
el proyecto de cerrar la frontera  impedir la retirada a Francia del
grueso del ejrcito carlista, pero era imposible.

--Usted qu ideas polticas tiene?--pregunt de pronto el general a
Martn.

--Yo he trabajado para los carlistas, pero en el fondo creo que soy
liberal.

--Querra usted servir de gua a la columna que subir maana a
Peaplata?

--No tengo inconveniente.

El general se levant de la silla en donde estaba sentado y se acerc
con Zalacan a uno de los balcones.

--Creo--le dijo--que actualmente soy el hombre de ms influencia de
Espaa. Qu quiere usted ser? No tiene usted ambiciones?

--Actualmente soy casi rico; mi mujer lo es tambin...

--De dnde es usted?

--De Urbia.

--Quiere usted que le nombremos alcalde de all?

Martn reflexion.

--S, eso me gusta--dijo.

--Pues cuente usted con ello. Maana por la maana hay que estar aqu.

--Van a ir tropas por Zugarramurdi?

--S.

--Yo les esperar en la carretera, junto al alto de Maya.

Martn se despidi del general y de Briones, y volvi a Aoa, para
tranquilizar a su mujer. Cont a Bautista su conversacin con el
general; Bautista se lo dijo a su mujer y sta a Catalina.

A media noche, se preparaba Martn a montar a caballo, cuando se
present Catalina con su hijo en brazos.

--Martn! Martn!--le dijo sollozando--. Me han asegurado que quieres
ir con el ejrcito a subir a Peaplata.

--Yo?

--S.

--Es verdad. Y eso te asusta?

--No vayas. Te van a matar, Martn. No vayas! Por nuestro hijo! Por
m!

--Bah, tonteras! Que miedo puedes tener? Si he estado otras veces
solo, qu me va a pasar, yendo en compaa de tanta gente?

--S, pero ahora no vayas, Martn. La guerra se va a acabar en seguida.
Que no te pase algo al final.

--Me he comprometido. Tengo que ir.

--Oh, Martn!--solloz Catalina--. T eres todo para m; yo no tengo
padre, ni madre, ni tengo hermano, porque el cario que pudiese tenerle
a l lo he puesto en ti y en tu hijo. No vayas a dejarme viuda, Martn.

--No tengas cuidado. Estte tranquila. Mi vida est asegurada, pero
tengo que ir. He dado mi palabra...

--Por tu hijo...

--S, por mi hijo tambin... No quiero que, andando el tiempo, puedan
decir de l: Este es el hijo de Zalacan, que di su palabra y no la
cumpli por miedo; no, si dicen algo, que digan: Este es Miguel
Zalacan, el hijo de Martn Zalacan, tan valiente como su padre... No.
Ms valiente an que su padre.

Y Martn, con sus palabras, lleg a infundir nimo en su mujer, acarici
al nio, que le miraba sonriendo desde el regazo de su madre, abraz a
sta y, montando a caballo, desapareci por el camino de Elizondo.




CAPTULO IV

LA BATALLA CERCA DEL MONTE AQUELARRE


Martn lleg al alto de Maya al amanecer, subi un poco por la carretera
y vi que vena la tropa. Se reuni con Briones y ambos se pusieron a la
cabeza de la columna.

Al llegar a Zugarramurdi, comenzaba a clarear. Sobre el pueblo, las
cimas del monte, blancas y pulidas por la lluvia, brillaban con los
primeros rayos del sol.

De esta blancura de las rocas preceda el nombre del monte Arrizuri
(piedra blanca) en vasco y Peaplata en castellano.

Martn tom el sendero que bordea un torrente. Una capa de arcilla
humedecida cubra el camino, por el cual los caballos y los hombres se
resbalaban. El sendero tan pronto se acercaba a la torrentera, llena de
malezas y de troncos podridos de rboles, como se separaba de ella. Los
soldados caan en este terreno resbaladizo. A cierta altura, el
torrente era ya un precipicio, por cuyo fondo, lleno de matorrales, se
precipitaba el agua brillante.

Mientras marchaban Martn y Briones a caballo, fueron hablando
amistosamente. Martn felicit a Briones por sus ascensos.

--S, no estoy descontento--dijo el comandante--; pero usted, amigo
Zalacan, es el que avanza con rapidez, si sigue as; si en estos aos
adelanta usted lo que ha adelantado en los cinco pasados, va usted a
llegar donde quiera.

--Creer usted que yo ya no tengo casi ambicin?

--No?

--No. Sin duda, eran los obstculos los que me daban antes bros y
fuerza, el ver que todo el mundo se plantaba a mi paso para estorbarme.
Que uno quera vivir, el obstculo; que uno quera a una mujer y la
mujer le quera a uno, el obstculo tambin. Ahora no tengo obstculos,
y ya no se qu hacer. Voy a tener que inventarme otras ocupaciones y
otros quebraderos de cabeza.

--Es usted la inquietud personificada, Martn--dijo Briones.

--Qu quiere usted? He crecido salvaje como las hierbas y necesito la
accin, la accin continua. Yo, muchas veces pienso que llegar un da
en que los hombres podrn aprovechar las pasiones de los dems en algo
bueno.

--Tambin es usted soador?

--Tambin.

--La verdad es que es usted un hombre pintoresco, amigo Zalacan.

--Pero la mayora de los hombres son como yo.

--Oh, no. La mayora somos gente tranquila, pacfica, un poco muerta.

--Pues yo estoy vivo, eso s; pero la misma vida que no puedo emplear se
me queda dentro y se me pudre. Sabe usted, yo quisiera que todo viviese,
que todo comenzara a marchar, no dejar nada parado, empujar todo al
movimiento, hombres, mujeres, negocios, mquinas, minas, nada quieto,
nada inmvil...

--Extraas ideas--murmur Briones.

Conclua el camino y comenzaban las sendas a dividirse y a subdividirse,
escalando la altura.

Al llegar a este punto, Martn avis a Briones que era conveniente que
sus tropas estuviesen preparadas, pues al final de estas sendas se
encontraran en terreno descubierto y desprovisto de rboles.

Briones mand a los tiradores de la vanguardia preparasen sus armas y
fueran avanzando despacio en guerrilla.

--Mientras unos van por aqu--dijo Martn a Briones--otros pueden subir
por el lado opuesto. Hay all arriba una explanada grande. Si los
carlistas se parapetan entre las rocas van a hacer una mortandad
terrible.

Briones di cuenta al general de lo dicho por Martn, y aqul orden
que medio batalln fuera por el lado indicado por el gua. Mientras no
oyeran los tiros del grueso de la fuerza no deban atacar.

Zalacan y Briones bajaron de sus caballos y tomaron por una senda, y
durante un par de horas fueron rodeando el monte, marchando entre
helechos.

--Por esta parte, en una calvera del monte, en donde hay como una
plazuela formada por hayas--dijo Martn--deben tener centinelas los
carlistas; sino por ah podemos subir hasta los altos de Peaplata sin
dificultad.

Al acercarse al sitio indicado por Martn, oyeron una voz que cantaba.
Sorprendidos, fueron despacio acortando la distancia.

--No sern las brujas--dijo Martn.

--Por qu las brujas?--pregunt Briones.

--No sabe usted que estos son los montes de las brujas? Aquel es el
monte Aquelarre--contest Martn.

--El Aquelarre? Pero existe?

--S.

--Y quiere decir algo en vascuence, ese nombre?

--Aquelarre?... S, quiere decir Prado del macho cabro.

--El macho cabro ser el demonio?

--Probablemente.

La cancin no la cantaban las brujas, sino un muchacho que en compaa
de diez o doce estaba calentndose alrededor de una hoguera.

Uno cantaba canciones liberales y carlistas y los otros le coreaban.

No haban comenzado a oirse los primeros tiros, y Briones y su gente
esperaron tendidos entre los matorrales.

Martn senta como un remordimiento al pensar que aquellos alegres
muchachos iban a ser fusilados dentro de unos momentos.

La seal no se hizo esperar y no fu un tiro, sino una serie de
descargas cerradas.

--Fuego!--grit Briones.

Tres o cuatro de los cantores cayeron a tierra y los dems, saltando
entre breales, comenzaron a huir y a disparar.

La accin se generalizaba; deba de ser furiosa a juzgar por el ruido de
fusilera. Briones, con su tropa, y Martn suban por el monte a duras
penas. Al llegar a los altos, los carlistas, cogidos entre dos fuegos,
se retiraron.

La gran explanada del monte estaba sembrada de heridos y de muertos.
Iban recogindolos en camillas. Todava segua la accin, pero poco
despus una columna de ejrcito avanzaba por el monte por otro lado, y
los carlistas huan a la desbandada hacia Francia.




CAPTULO V

DONDE LA HISTORIA MODERNA REPITE EL HECHO DE LA HISTORIA ANTIGUA


Fueron Martn y Catalina en su carricoche a Saint Jean Pied de Port.
Todo el grueso del ejrcito carlista entraba, en su retirada de Espaa,
por el barranco de Roncesvalles y por Valcarlos. Una porcin de
comerciantes se haba descolgado por all, como cuervos al olor de la
carne muerta, y compraban hermosos caballos por diez o doce duros,
espadas, fusiles y ropas a precios nfimos.

Era un poco repulsivo ver esta explotacin, y Martn, sintindose
patriota, habl de la avaricia y de la sordidez de los franceses. Un
ropavejero de Bayona le dijo que el negocio es el negocio y que cada
cual se aprovechaba cuando poda.

Martn no quiso discutir. Preguntaron Catalina y el a varios carlistas
de Urbia por Ohando, y uno le indico que Carlos, en compaa del
_Cacho_, haba salido de Burguete muy tarde, porque estaba muy enfermo.

Sin atender a que fuera o no prudente, Martn tom el carricoche por el
camino de Arneguy; atravesaron este pueblecillo que tiene dos barrios,
uno espaol y otro francs, en las orillas de un riachuelo, y siguieron
hasta Valcarlos.

Catalina, al ver aquel espectculo, qued horrorizada. La estrecha
carretera era un campo de desolacin. Casas humeando an por el
incendio, rboles rotos, zanjas, el suelo sembrado de municiones de
guerra, cajas, correas de artillera, bayonetas torcidas, instrumentos
musicales de cobre aplastados por los carros.

En la cuneta de la carretera se vea a un muerto medio desnudo, sin
botas, con el cuerpo cubierto por hojas de helechos; el barro le
manchaba la cara.

En el aire gris, una nube de cuervos avanzaba en el aire, siguiendo
aquel ejrcito funesto, para devorar sus despojos.

Martn, atendiendo a la impresin de Catalina, volvi prudentemente
hasta llegar de nuevo al barrio francs de Arneguy. Entraron en la
posada. All estaba el extranjero.

--No le deca a usted que nos veramos todava?--dijo ste.

--S. Es verdad.

Martn present a su mujer al periodista y los tres reunidos esperaron
a que llegaran los ltimos soldados.

Al anochecer, en un grupo de seis o siete, apareci Carlos Ohando y _el
Cacho_.

Catalina se acerc a su hermano con los brazos abiertos.

--Carlos! Carlos!--grit.

Ohando qued atnito al verla; luego con un gesto de ira y de desprecio
aadi:

--Qutate de delante. Perdida! Nos has deshonrado!

Y en su brutalidad escupi a Catalina en la cara. Martn, cegado, salt
como un tigre sobre Carlos y le agarr por el cuello.

--Canalla! Cobarde!--rugi--. Ahora mismo vas a pedir perdn a tu
hermana.

--Suelta! Suelta!--exclam Carlos ahogndose.

--De rodillas!

--Por Dios, Martn Djale!--grit Catalina--. Djale!

--No, porque es un miserable, un canalla cobarde, y te va a pedir perdn
de rodillas.

--No--exclam Ohando.

--S--y Martn le llev por el cuello, arrastrndole por el barro, hasta
donde estaba Catalina.

--No sea usted brbaro--exclam el extranjero--. Djelo usted.

--A m, _Cacho!_ A m!--grit Carlos ahogadamente.

Entonces, antes de que nadie lo pudiera evitar, _el Cacho_, desde la
esquina de la posada, levant su fusil, apunt; se oy una detonacin, y
Martn, herido en la espalda, vacil, solt a Ohando y cay en la
tierra.

Carlos se levant y qued mirando a su adversario. Catalina se lanz
sobre el cuerpo de su marido y trat de incorporarle. Era intil.

Martn tom la mano de su mujer y con un esfuerzo ltimo se la llev a
los labios--. Adis!--murmur dbilmente, se le nublaron los ojos y
qued muerto.

A lo lejos, un clarn guerrero haca temblar el aire de Roncesvalles.

As se haban estremecido aquellos montes con el cuerno de Rolando.

As haca cerca quinientos aos haba matado tambin a traicin Velche
de Micolalde, deudo de los Ohando, a Martn Lpez de Zalacan.

Catalina se desmay al lado del cadver de su marido. El extranjero con
la gente de la fonda le atendieron. Mientras tanto, unos gendarmes
franceses persiguieron al _Cacho_, y viendo que ste no se detena, le
dispararon varios tiros hasta que cay herido.

       *       *       *       *       *

El cadver de Martn se llev al interior de la posada y estuvo toda la
noche rodeado de cirios. Los amigos no caban en la casa. Acudieron a
rezar el oficio de difuntos el abad de Roncesvalles y los curas de
Arneguy, de Valcarlos y de Zaro.

Por la maana se verific el entierro. El da estaba claro y alegre. Se
sac la caja y se la coloc en el coche que haban mandado de San Juan
del Pie del Puerto. Todos los labradores de los caseros propiedad de
los Ohandos estaban all; haban venido de Urbia a pie para asistir al
entierro. Y presidieron el duelo Briones, vestido de uniforme, Bautista
Urbide y Capistun el americano.

Y las mujeres lloraban.

--Tan grande como era--decan--. Pobre! Quin haba de decir que
tendramos que asistir a su entierro, nosotros que le hemos conocido de
nio!

El cortejo tom el camino de Zaro y all tuvo fin la triste ceremonia.

       *       *       *       *       *

Meses despus, Carlos Ohando entr en San Ignacio de Loyola; _el Cacho_
estuvo en el hospital, en donde le cortaron una pierna, y luego fu
enviado a un presidio francs; y Catalina, con su hijo, march a Zaro a
vivir al lado de la Ignacia y de Bautista.




CAPTULO VI

LAS TRES ROSAS DEL CEMENTERIO DE ZARO


Zaro es un pueblo pequeo, muy pequeo, asentado sobre una colina. Para
llegar a l se pasa por un camino, en algunas partes muy hondo, al cual
los arbustos frondosos forman en verano un tnel.

A la entrada de Zaro, como en otros pueblos vasco-franceses, hay una
gran cruz de madera, muy alta, pintada de rojo, con diversos atributos
de la pasin: un gallo, las tenazas, la lanza y los clavos. Estas cruces
brbaras, con estrellas y corazones grabados en negro, dan un carcter
sombro y trgico a las aldeas vascas.

En el vrtice del cerro donde se asienta Zaro, en medio de una
plazoleta, estrecha y larga, se yergue un inmenso nogal copudo, con el
grueso tronco rodeado por un banco de piedra.

Una de las caras que forman la plaza es grande, con prtico espacioso,
alero avanzado y varias ventanas cubiertas por persianas verdes. Sobre
el escudo que se ostenta en el arco de la puerta, se ve escrita la fecha
en que se edific la casa, y unas palabras en latn indicando quin la
hizo:

        _Bacalareus presbiterus Urbide
        Hoc domicilium fecit in lapide_.

En un extremo de la plazoleta se levanta la iglesia, pequea, humilde,
con su atrio, su campanario y su tejadillo de pizarra.

Rodendola, sobre una tapia baja, se extiende el cementerio.

En Zaro hay siempre un silencio absoluto, casi nicamente interrumpido
por la voz cascada del reloj de la iglesia, que da las horas de una
manera melanclica, con un taido de lloro.

En el reloj de la torre de otro pueblo vasco, en Urrua, se lee escrita
esta triste sentencia: _Vulnerant omnes, ultima necat_. Todas hieren, la
ltima acaba. Mejor todava la triste sentencia podra estar escrita en
el reloj de la torre de Zaro.

En el cementerio, alrededor de la iglesia, entre las cruces de piedra,
brillan durante la primavera rosales de varios colores, rojos,
amarillos, y azucenas blancas de aspecto triste.

Desde este cementerio se ve un valle extenssimo, un paisaje amable y
pastoril. El grave silencio que reina en el camposanto, apenas lo
turbian los dbiles rumores de la vida del pueblo.

De cuando en cuando, se oye el chirriar de una puerta, el tintineo del
cencerro de las vacas, la voz de un chiquillo, el zumbido de los
moscones... y, de cuando en cuando, se oye tambin el golpe del martillo
del reloj, voz de muerte apagada, sombra, que tiene en el valle un
triste eco.

Tras de estas campanadas fatdicas, el silencio que viene despus parece
un tierno halago.

Como protesta de la eterna vida, en el mismo camposanto las malas
hierbas crecen vigorosas, extienden sus vstagos robustos por el suelo y
dan un olor acre en el crepsculo, tras de las horas de sol; pan los
pjaros con algaraba estrepitosa y los gallos lanzan al aire su cacareo
valiente, como un desafo.

La vista alcanza desde all un extenso panorama de lneas suaves, de
intenso verdor, sin rocas adustas, sin matorrales sombros, sin nada
duro y salvaje. Los pueblecillos blancos duermen sobre las heredades,
las carretas rechinan en los caminos, los labradores trabajan con sus
bueyes en los campos, y la tierra, frtil y hmeda, reposa bajo la gran
sonrisa del cielo y la inmensa piedad del sol...

En el cementerio de Zaro hay una tumba de piedra, y en la misma cruz
escrito con letras negras dice en vasco:

        AQU YACE
        MARTN ZALACAN
        MUERTO A LOS
        24 AOS

        EL 29 DE FEBRERO DE 1876

       *       *       *       *       *

Una tarde de verano, muchos, muchos aos despus de la guerra, se vi
entrar en el mismo da en el cementerio de Zaro a tres viejecitas
vestidas de luto.

Una de ellas era Linda; se acerc al sepulcro de Zalacan y dej sobre
l una rosa negra; la otra era la seorita de Briones, y puso una rosa
roja. Catalina, que iba todos los das al cementerio, vi las dos rosas
en la lpida de su marido y las respet y deposit junto a ellas una
rosa blanca.

Y las tres rosas duraron mucho tiempo lozanas sobre la tumba de
Zalacan.




CAPTULO VII

EPITAFIOS


He aqu el epitafio que improvis el versolari Echehun de Zugarramurdi
en la tumba de Zalacan el Aventurero:

        Lur santu onctan dago
        Martn Zalacan l
        Eriotzac hill zuen
        Bazan salvatuc
        Eliz aldeco itzalac
        Gorde du betic
        Bere icena dedin
        Honratu gaur guer
        Aurrena Euscal Errien
        Gloriya izatec.

(En esta santa tierra est durmiendo Martn Zalacan. La muerte lo
hiri, pero l logr salvarse. En el prximo presbiterio se guarda para
siempre su nombre, para honra primeramente del pas vasco y despus para
su gloria.)

Y el joven poeta navarro Juan de Navascus glos el epitafio del
versolari Echehun de Zugarramurdi, en esta dcima castellana:

        Duerme en esta sepultura
        Martn Zalacan, el fuerte.
        Venganza tom la muerte
        De su audacia y su bravura.
        De su guerrera apostura
        El vasco guarda memoria;
        Y aunque el libro de la historia
        Su rudo nombre rechaza,
        Caminante de su raza,
        Descbrete ante su gloria!


FIN




               NDICE


               PRLOGO.--Cmo era la villa de Urbia en el
                         ltimo tercio del siglo XIX




               LIBRO PRIMERO

               LA INFANCIA DE ZALACAN


           I.--Cmo vivi y se educ Martn Zalacan.

          II.--Donde se habla del viejo cnico Miguel
               de Tellagorri

         III.--La reunin de la posada de Arcale

          IV.--Que se refiere a la noble casa de Ohando

           V.--De cmo muri Martn Lpez de Zalacan,
               en el ao de gracia de mil cuatrocientos y doce

          VI.--De cmo llegaron unos titiriteros y de
               lo que sucedi despus

         VII.--Cmo Tellagorri supo proteger a los
               suyos

        VIII.--Cmo aument el odio entre Martn Zalacan
               y Carlos Ohando

          IX.--Cmo intent vengarse Carlos de Martn Zalacan




               LIBRO SEGUNDO

               ANDANZAS Y CORRERAS


           I.--En el que se habla de los preludios de
               la ltima guerra carlista

          II.--Cmo Martn, Bautista y Capistun pasaron
               una noche en el monte

         III.--De algunos hombres decididos que formaban
               la partida del Cura

          IV.--Historia casi inverosmil de Josh Cracasch

           V.--Cmo la partida del Cura detuvo la diligencia
               de Andoain

          VI.--Cmo cuid la seora de Briones a
               Martn Zalacan

         VII.--Cmo Martn Zalacan busc nuevas
               aventuras

        VIII.--Varias ancdotas de Fernando de
               Amezqueta y llegada a Estella

          IX.--Cmo Martn y el extranjero pasearon
               de noche por Estella y de lo que hablaron

           X.--Cmo transcurri el segundo da en Estella

          XI.--Cmo los acontecimientos se enredaron,
               hasta el punto de que Martn
               durmi el tercer da de Estella en la
               crcel

         XII.--En que los acontecimientos marchan al galope

        XIII.--Cmo llegaron a Logroo y lo que les ocurri

         XIV.--Cmo Zalacan y Bautista Urbide tomaron
               los dos solos la ciudad de Laguardia,
               ocupada por los carlistas




               LIBRO TERCERO

               LAS LTIMAS AVENTURAS


           I.--Los recin casados estn contentos

          II.--En el cual se inicia la _Deshecha_

         III.--En donde Martn comienza a trabajar
               por la gloria

          IV.--La batalla cerca del monte Aquelarre

           V.--Donde la Historia Moderna repite el
               hecho de la Historia Antigua

          VI.--Las tres rosas del cementerio de Zaro

         VII.--Epitafios





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The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
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information can be found at the Foundation's web site and official
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For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
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($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
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States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
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where we have not received written confirmation of compliance.  To
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particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
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approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
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Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
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ways including including checks, online payments and credit card
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works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


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