The Project Gutenberg EBook of Zalacain El Aventurero, by Pio Baroja

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Title: Zalacain El Aventurero

Author: Pio Baroja

Release Date: August 23, 2004 [EBook #13264]

Language: Spanish

Character set encoding: ASCII

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ZALACAIN EL AVENTURERO ***




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[Nota del Transcriptor: Este texto digital ha conservado las
irregularidades en puntuacion, acentuacion y ortografia del libro original.]




        ZALACAIN EL AVENTURERO


        PIO BAROJA


        ZALACAIN EL AVENTURERO

        (Historia de las buenas andanzas y fortunas de
        Martin Zalacain el Aventurero)

        MADRID.--1919.





PROLOGO

COMO ERA LA VILLA DE URBIA EN EL ULTIMO TERCIO DEL SIGLO XIX


Una muralla de piedra, negruzca y alta rodea a Urbia. Esta muralla sigue
a lo largo del camino real, limita el pueblo por el Norte y al llegar al
rio se tuerce, tropieza con la iglesia, a la que coge, dejando parte del
abside fuera de su recinto, y despues escala una altura y envuelve la
ciudad por el Sur.

Hay todavia, en los fosos, terrenos encharcados con hierbajos y
espadanas, poternas llenas de hierros, garitas desmochadas, escalerillas
musgosas, y alrededor, en los glacis, altas y romanticas arboledas,
malezas y boscajes y verdes praderas salpicadas de florecillas. Cerca,
en la aguda colina a cuyo pie se sienta el pueblo, un castillo sombrio
se oculta entre gigantescos olmos.

Desde el camino real, Urbia aparece como una agrupacion de casas
decrepitas, leprosas, inclinadas, con balcones corridos de madera y
miradores que asoman por encima de la negra pared de piedra que las
circunda.

Tiene Urbia una barriada vieja y otra nueva. La barriada vieja, la
_calle_, como se le llama por antonomasia en vascuence, esta formada,
principalmente, por dos callejuelas estrechas, sinuosas y en cuesta que
se unen en la plaza.

El pueblo viejo, desde la carretera, traza una linea quebrada de tejados
torcidos y mugrientos, que va descendiendo desde el Castillo hasta el
rio. Las casas, encaramadas en la cintura de piedra de la ciudad, parece
a primera vista que se encuentran en una posicion estrecha e incomoda,
pero no es asi, sino todo lo contrario, porque, entre el pie de las
casas y los muros fortificados, existe un gran espacio ocupado por una
serie de magnificas huertas. Tales huertas, protegidas de los vientos
frios, son excelentes. En ellas se pueden cultivar plantas de zona
calida como naranjos y limoneros.

La muralla, por la parte interior que da a las huertas, tiene un camino
formado por grandes losas, especie de acera de un metro de ancho con su
barandado de hierro.

En los intersticios de estas losas viejas, y desgastadas por las
lluvias, crecen la venenosa cicuta y el beleno; junto a las paredes
brillan, en la primavera, las flores amarillentas del diente del leon y
del verbasco, los gladiolos de hermoso color carmesi y las digitales
purpureas. Otros muchos hierbajos, mezclados con ortigas y amapolas, se
extienden por la muralla y adornan con su verdura y con sus
constelaciones de flores pequenas y simples las almenas, las aspilleras
y los matacanes.

Durante el invierno, en las horas de sol, algunos viejos de la vecindad,
con traje de casa y zapatillas, pasean por la cornisa, y al llegar Marzo
o Abril contemplan los progresos de los hermosos perales y melocotoneros
de las huertas.

Observan tambien, disimuladamente, por las aspilleras, si viene algun
coche o carro al pueblo, si hay novedades en las casas de la barriada
nueva, no sin cierta hostilidad, porque todos los habitantes del
interior sienten una obscura y mal explicada antipatia por sus
convecinos de extra-muros.

La cintura de piedra del pueblo viejo se abre en unos sitios por puertas
ojivales; en otros se rompe irregularmente, dejando un boquete que por
dias se ve agrandarse.

En algunas de las puertas, debajo, de la ojiva primitiva, se hizo
posteriormente, no se sabe con que objeto, un arco de medio punto.

En las piedras de las jambas quedan empotrados hierros que sirvieron
para las poternas. Los puentes levadizos estan substituidos por montones
de tierra que rellenan el foso hasta la necesaria altura.

Urbia ofrece aspectos varios segun el sitio de donde se le contemple;
desde lejos y viniendo desde la carretera, sobre todo al anochecer,
tiene la apariencia de un castillo feudal; la ciudadela sombria,
envuelta entre grandes arboles, prolongada despues por el pueblo con sus
muros fortificados que chorrean agua, presentan un aspecto grave y
guerrero; en cambio, desde el puente y un dia de sol, Urbia no da
ninguna impresion fosca, por el contrario, parece una diminuta
Florencia, asentada en las orillas de un riachuelo claro, pedregoso,
murmurador y de rapida corriente.

Las dos filas de casas banadas por el rio son casas viejas con galerias
y miradores negruzcos, en los cuales cuelgan ropas puestas a secar,
ristras de ajos y de pimientos. Estas galerias tienen en un extremo una
polea y un cubo para subir agua. Al finalizar las casas, siguiendo las
orillas del rio, hay algunos huertos, por cuyas tapias verdosas surgen
cipreses altos, delgados y espirituales, lo que da a este rincon un
mayor aspecto florentino.

Urbia intra-muros se acaba pronto; fuera de las dos calles largas, solo
tiene callejones humedos y estrechos y la plaza. Esta es una encrucijada
lobrega, constituida por una pared de la iglesia con varias rejas
tapiadas, por la Casa del Ayuntamiento con sus balcones volados y su
gran porton coronado por el escudo de la villa, y por un caseron enorme
en cuyo bajo se halla instalado el almacen de Azpillaga.

El almacen de Azpillaga, donde se encuentra de todo, debe dar a los
aldeanos la impresion de una caja de Pandora, de un mundo inexplorado y
lleno de maravillas. A la puerta de casa de Azpillaga, colgando de las
negras paredes, suelen verse chisteras para jugar a la pelota, albardas,
jaquimas, monturas de estilo andaluz; y en las ventanas, que hacen de
escaparate frascos con caramelos de color, aparejos complicados de
pesca, con su corcho rojo y sus canas, redes sujetas a un mango, marcos
de hojadelata, santos de yeso y de laton y estampas viejas, sucias por
las moscas.

En el interior hay ropas, mantas, lanas, jamon, botellas de Chartreuse
falsificado, loza fina... El Museo Britanico no es nada, en variedad, al
lado de este almacen.

A la puerta suele pasearse Azpillaga, grueso, majestuoso, con su aire
clerical, unas mangas azules y su boina. Las dos calles principales de
Urbia son estrechas, tortuosas y en cuesta. La mayoria de los vecinos de
esas dos calles son labradores, alpargateros y carpinteros de carros.
Los labradores, por la manana, salen al campo con sus yuntas. Al
despertar el pueblo, al amanecer, se oyen los mugidos de los bueyes;
luego, los alpargateros sacan su banco a la acera, y los carpinteros
trabajan en medio de la calle en compania de los chiquillos, de las
gallinas y de los perros.

Algunas de las casas de las dos calles principales muestran su escudo,
otras, sentencias escritas en latin, y la generalidad, un numero, la
fecha en que se hicieron y el nombre del matrimonio que las mando
construir...

Hoy, el pueblo lo forma casi exclusivamente la parte nueva, limpia,
coquetona, un poco presuntuosa. El verano cruzan la carretera un sin fin
de automoviles y casi todos se paran un momento en la casa de Ohando,
convertido en Gran Hotel de Urbia. Algunas senoritas, apasionadas por lo
pintoresco, mientras el grueso papa escribe postales en el hotel, suben
las escaleras del portal de la Antigua, recorren las dos calles
principales de la ciudad y sacan fotografias de los rincones que les
parecen romanticos y de los grupos de alpargateros que se dejan retratar
sonriendo burlonamente.

Hace cuarenta anos la vida en Urbia era pacifica y sencilla; los
domingos habia el acontecimiento de la misa mayor, y por la tarde el
acontecimiento de las visperas. Despues, en un prado anejo a la
Ciudadela y del cual se habia apoderado la villa, iba el tamborilero y
la gente bailaba alegremente, al son del pito y del tamboril, hasta que
el toque del Angelus terminaba con la zambra y los campesinos volvian a
sus casas despues de hacer una estacion en la taberna.




LIBRO PRIMERO

La infancia de Zalacain




CAPITULO PRIMERO

COMO VIVIO Y SE EDUCO MARTIN ZALACAIN


Un camino en cuesta baja de la Ciudadela pasa por encima del cementerio
y atraviesa el portal de Francia. Este camino, en la parte alta, tiene a
los lados varias cruces de piedra, que terminan en una ermita y por la
parte baja, despues de entrar en la ciudad, se convierte en calle. A la
izquierda del camino, antes de la muralla, habia hace anos un caserio
viejo, medio derruido, con el tejado terrero lleno de pedruscos y la
piedra arenisca de sus paredes desgastada por la accion de la humedad y
del aire. En el frente de la decrepita y pobre casa, un agujero indicaba
donde estuvo en otro tiempo el escudo, y debajo de el se adivinaban, mas
bien que se leian, varias letras que componian una frase latina: _Post
funera virtus vivit_.

En este caserio nacio y paso los primeros anos de su infancia Martin
Zalacain de Urbia, el que, mas tarde, habia de ser llamado Zalacain el
Aventurero; en este caserio sono sus primeras aventuras y rompio los
primeros pantalones.

Los Zalacain vivian a pocos pasos de Urbia, pero ni Martin ni su familia
eran ciudadanos; faltaban a su casa unos metros para formar parte de la
villa.

El padre de Martin fue labrador, un hombre obscuro y poco comunicativo,
muerto en una epidemia de viruelas; la madre de Martin tampoco era mujer
de caracter; vivio en esa obscuridad psicologica normal entre la gente
del campo, y paso de soltera a casada y de casada a viuda con absoluta
inconsciencia. Al morir su marido, quedo con dos hijos Martin y una nina
menor, llamada Ignacia.

El caserio donde habitaban los Zalacain pertenecia a la familia de
Ohando, familia la mas antigua aristocratica y rica de Urbia.

Vivia la madre de Martin casi de la misericordia de los Ohandos.

En tales condiciones de pobreza y de miseria, parecia logico que, por
herencia y por la accion del ambiente, Martin fuese como su padre y su
madre, obscuro, timido y apocado; pero el muchacho resulto decidido,
temerario y audaz.

En esta epoca, los chicos no iban tanto a la escuela como ahora, y
Martin paso mucho tiempo sin sentarse en sus bancos. No sabia de ella
mas si no que era un sitio obscuro, con unos cartelones blancos en las
paredes, lo cual no le animaba a entrar. Le alejaba tambien de aquel
modesto centro de ensenanza el ver que los chicos de la calle no le
consideraban como uno de los suyos, a causa de vivir fuera del pueblo y
de andar siempre hecho un andrajoso.

Por este motivo les tenia algun odio; asi que cuando algunos chiquillos
de los caserios de extramuros entraban en la calle y comenzaban a
pedradas con los ciudadanos, Martin era de los mas encarnizados en el
combate; capitaneaba las hordas barbaras, las dirigia y hasta las
dominaba.

Tenia entre los demas chicos el ascendiente de su audacia y de su
temeridad. No habia rincon del pueblo que Martin no conociera. Para el,
Urbia era la reunion de todas las bellezas, el compendio de todos los
intereses y magnificencias.

Nadie se ocupaba de el, no compartia con los demas chicos la escuela y
huroneaba por todas partes. Su abandono le obligaba a formarse sus ideas
espontaneamente y a templar la osadia con la prudencia.

Mientras los ninos de su edad aprendian a leer, el daba la vuelta a la
muralla, sin que le asustasen las piedras derrumbadas, ni las zarzas que
cerraban el paso.

Sabia donde habia palomas torcaces e intentaba coger sus nidos, robaba
fruta y cogia moras y fresas silvestres.

A los ocho anos, Martin gozaba de una mala fama digna ya de un hombre.
Un dia, al salir de la escuela, Carlos Ohando, el hijo de la familia
rica que dejaba por limosna el caserio a la madre de Martin, senalandole
con el dedo, grito:

--iEse! Ese es un ladron.

--iYo!--exclamo Martin.

--Tu, si. El otro dia te vi que estabas robando peras en mi casa. Toda
tu familia es de ladrones.

Martin, aunque respecto a el no podia negar la exactitud del cargo,
creyo no debia permitir este ultraje dirigido a los Zalacain y,
abalanzandose sobre el joven Ohando, le dio una bofetada morrocotuda.
Ohando contesto con un punetazo, se agarraron los dos y cayeron al
suelo, se dieron de trompicones, pero Martin, mas fuerte, tumbaba
siempre al contrario. Un alpargatero tuvo que intervenir en la contienda
y, a puntapies y a empujones, separo a los dos adversarios. Martin se
separo triunfante y el joven Ohando, magullado y maltrecho, se fue a su
casa.

La madre de Martin, al saber el suceso, quiso obligar a su hijo a
presentarse en casa de Ohando y a pedir perdon a Carlos, pero Martin
afirmo que antes lo matarian. Ella tuvo que encargarse de dar toda clase
de excusas y explicaciones a la poderosa familia.

Desde entonces, la madre miraba a su hijo como a un reprobo.

--iDe donde ha salido este chico asi!--decia, y experimentaba al pensar
en el un sentimiento confuso de amor y de pena, solo comparable con el
asombro y la desesperacion de la gallina, cuando empolla huevos de pato
y ve que sus hijos se zambullen en el agua sin miedo y van nadando
valientemente.




CAPITULO II

DONDE SE HABLA DEL VIEJO CINICO MIGUEL DE TELLAGORRI


Algunas veces, cuando su madre enviaba por vino o por sidra a la taberna
de Arcale a su hijo Martin, le solia decir:

--Y si le encuentras, al viejo Tellagorri, no le hables, y si te dice
algo, respondele a todo que no.

Tellagorri, tio-abuelo de Martin, hermano de la madre de su padre, era
un hombre flaco, de nariz enorme y ganchuda, pelo gris, ojos grises, y
la pipa de barro siempre en la boca. Punto fuerte en la taberna de
Arcale, tenia alli su centro de operaciones, alli peroraba, discutia y
mantenia vivo el odio latente que hay entre los campesinos por el
propietario.

Vivia el viejo Tellagorri de una porcion de pequenos recursos que el se
agenciaba, y tenia mala fama entre las personas pudientes del pueblo.
Era, en el fondo, un hombre de rapina, alegre y jovial, buen bebedor,
buen amigo y en el interior de su alma bastante violento para pegarle un
tiro a uno o para incendiar el pueblo entero.

La madre de Martin presintio que, dado el caracter de su hijo,
terminaria haciendose amigo de Tellagorri, a quien ella consideraba como
un hombre siniestro. Efectivamente, asi fue; el mismo dia en que el
viejo supo la paliza que su sobrino habia adjudicado al joven Ohando, le
tomo bajo su proteccion y comenzo a iniciarle en su vida.

El mismo senalado dia en que Martin disfruto de la amistad de
Tellagorri, obtuvo tambien la benevolencia de _Marques. Marques_ era el
perro de Tellagorri, un perro chiquito, feo, contagiado hasta tal punto
con las ideas, preocupaciones y manas de su amo, que era como el;
ladron, astuto, vagabundo, viejo, cinico, insociable e independiente.
Ademas, participaba del odio de Tellagorri por los ricos, cosa rara en
un perro. Si _Marques_ entraba alguna vez en la iglesia, era para ver si
los chicos habian dejado en el suelo de los bancos donde se sentaban
algun mendrugo de pan, no por otra cosa. No tenia veleidades misticas. A
pesar de su titulo aristocratico, _Marques_, no simpatizaba ni con el
clero ni con la nobleza. Tellagorri le llamaba siempre _Marquesch_,
alteracion que en vasco parece mas carinosa.

Tellagorri poseia un huertecillo que no valia nada, segun los
inteligentes, en el extremo opuesto de su casa, y para ir a el le era
indispensable recorrer todo el balcon de la muralla. Muchas veces le
propusieron comprarle el huerto, pero el decia que le venia de familia y
que los higos de sus higueras eran tan excelentes, que por nada del
mundo venderia aquel pedazo de tierra.

Todo el mundo creia que conservaba el huertecillo para tener derecho de
pasar por la muralla y robar, y esta opinion no se hallaba, ni mucho
menos, alejada de la realidad.

Tellagorri era de la familia de los Galchagorris, la familia de los
pantalones colorados, y este consonante, entre el mote de su familia y
su nombre habia servido al padre de la sacristana, viejo chusco que
odiaba a Tellagorri, de motivo a una cancion que hasta los chicos la
sabian y que mortificaba profundamente a Tellagorri.

La cancion decia asi:

        Tellagorri
        Galchagorri
        Ongui etorri
        Onera.
        Ostutzale
        Erantzale
        Nescatzale
        Zu cera.

(Tellagorri, Galchagorri, bien venido seas aqui. Aficionado a robar,
aficionado a beber aficionado a las muchachas, eres tu.)

Tellagorri, al oir la cancion, fruncia el entrecejo y se ponia serio.

Tellagorri era un individualista convencido, tenia el individualismo del
vasco reforzado y calafateado por el individualismo de los Tellagorris.

--Cada cual que conserve lo que tenga y que robe lo que pueda--decia.

Esta era la mas social de sus teorias, las mas insociables se las
callaba.

Tellagorri no necesitaba de nadie para vivir. El se hacia la ropa, el se
afeitaba y se cortaba el pelo, se fabrica las abarcas, y no necesitaba
de nadie, ni de mujer ni de hombre. Asi al menos lo aseguraba el.

Tellagorri, cuando le tomo por su cuenta a Martin, le enseno toda su
ciencia. Le explico la manera de acogotar una gallina sin que
alborotase, le mostro la manera de coger los higos y las ciruelas de las
huertas sin peligro de ser visto, y le enseno a conocer las setas buenas
de las venenosas por el color de la hierba en donde se crian.

Esta cosecha de setas y la caza de caracoles constituia un ingreso para
Tellagorri, pero el mayor era otro.

Habia en la Ciudadela, en uno de los lienzos de la muralla, un rellano
formado por tierra, al cual parecia tan imposible llegar subiendo como
bajando. Sin embargo, Tellagorri dio con la vereda para escalar aquel
rincon y, en este sitio recondito y soleado, puso una verdadera
plantacion de tabaco, cuyas hojas secas vendia al tabernero Arcale.

El camino que llevaba a la plantacion de tabaco del viejo, partia de una
heredad de los Ohandos y pasaba por un foso de la Ciudadela. Abriendo
una puerta vieja y carcomida que habia en este foso, por unos escalones
cubiertos de musgo, se llegaba al rincon de Tellagorri.

Este camino subia apoyandose en las gruesas raices de los arboles,
constituyendo una escalera de desiguales tramos, metida en un tunel de
ramaje.

En verano, las hojas lo cubrian por completo. En los dias calurosos de
Agosto se podia dormir alli a la sombra, arrullado por el piar de los
pajaros y el rezongar de los moscones.

El foso era lugar tambien interesante para Martin; las paredes estaban
cubiertas de musgos rojos, amarillos y verdes; entre las piedras nacian
la lechetrezna, el beleno y el yezgo, y los grandes lagartos
tornasolados se tostaban al sol. En los huecos de la muralla tenian sus
nidos las lechuzas y los mochuelos.

Tellagorri explicaba todo detenidamente a Martin.

Tellagorri era un sabio, nadie conocia la comarca como el, nadie
dominaba la geografia del rio Ibaya, la fauna y la flora de sus orillas
y de sus aguas como este viejo cinico.

Guardaba, en los agujeros del puente romano, su aparejo y su red para
cuando la veda; sabia pescar al martillo, procedimiento que se reduce a
golpear algunas losas del fondo del rio y luego a levantarlas, con lo
que quedan las truchas que han estado debajo inmoviles y aletargadas.

Sabia cazar los peces a tiros; ponia lazos a las nutrias en la cueva de
Amaviturrieta, que se hunde en el suelo y esta a medias llena de agua;
echaba las redes en Ocin beltz, el agujero negro en donde el rio se
embalsa; pero no empleaba nunca la dinamita porque, aunque vagamente,
Tellagorri amaba la Naturaleza y no queria empobrecerla.

Le gustaba tambien a este viejo embromar a la gente: decia que nada
gustaba tanto a las nutrias como un periodico con buenas noticias, y
aseguraba que si se dejaba un papel a la orilla del rio, estos animales
salen a leerlo; contaba historias extraordinarias de la inteligencia de
los salmones y de otros peces. Para Tellagorri, los perros si no
hablaban era porque no querian, pero el los consideraba con tanta
inteligencia como una persona. Este entusiasmo por los canes le habia
impulsado a pronunciar esta frase irrespetuosa:

--"Yo le saludo con mas respeto a un perro de aguas, que al senor
parroco."

La tal frase escandalizo el pueblo.

Habia gente que comenzaba a creer que Tellagorri y Voltaire eran los
causantes de la impiedad moderna.

Cuando no tenian, el viejo y el chico, nada que hacer, iban de caza con
_Marquesch_ al monte. Arcale le prestaba a Tellagorri su escopeta.
Tellagorri, sin motivo conocido, comenzaba a insultar a su perro. Para
esto siempre tenia que emplear el castellano:

--iCanalla! iGranuja!--le decia--. iViejo cochino! iCobarde!

_Marques_ contestaba a los insultos con un ladrido suave, que parecia
una quejumbrosa protesta, movia la cola como un pendulo y se ponia a
andar en zig-zag, olfateando por todas partes. De pronto veia que
algunas hierbas se movian y se lanzaba a ellas como una flecha.

Martin se divertia muchisimo con estos espectaculos. Tellagorri lo tenia
como acompanante para todo, menos para ir a la taberna; alli no le
queria a Martin. Al anochecer, solia decirle, cuando el iba a perorar al
parlamento de casa de Arcale:

--Anda, vete a mi huerta y coge unas peras de alli, del rincon, y
llevatelas a casa. Manana me daras la llave.

Y le entregaba un pedazo de hierro que pesaba media tonelada por lo
menos.

Martin recorria el balcon de la muralla. Asi sabia que en casa de Tal
habian plantado alcachofas y en la de Cual judias. El ver las huertas y
las casas ajenas desde lo alto de la muralla, y el contemplar los
trabajos de los demas, iba dando a Martin cierta inclinacion a la
filosofia y al robo.

Como en el fondo el joven Zalacain era agradecido y de buena pasta,
sentia por su viejo Mentor un gran entusiasmo y un gran respeto.
Tellagorri lo sabia, aunque daba a entender que lo ignoraba; pero en
buena reciprocidad, todo lo que comprendia que le gustaba al muchacho o
servia para su educacion, lo hacia si estaba en su mano.

iY que rincones conocia Tellagorri! Como buen vagabundo era aficionado a
la contemplacion de la Naturaleza. El viejo y el muchacho subian a las
alturas de la Ciudadela, y alla, tendidos sobre la hierba y las aliagas,
contemplaban el extenso paisaje. Sobre todo, las tardes de primavera era
una maravilla. El rio Ibaya, limpio, claro, cruzaba el valle por entre
heredades verdes, por entre filas de alamos altisimos, ensanchandose y
saltando sobre las piedras, estrechandose despues, convirtiendose en
cascada de perlas al caer por la presa del molino. Cerraban el horizonte
montes cenudos y en los huertos se veian arboledas y bosquecillos de
frutales.

El sol daba en los grandes olmos de follaje espeso de la Ciudadela y los
enrojecia y los coloreaba con un tono de cobre.

Bajando desde lo alto, por senderos de cabras, se llegaba a un camino
que corria junto a las aguas claras del Ibaya. Cerca del pueblo,
algunos pescadores de cana, se pasaban la tarde sentados en la orilla y
las lavanderas, con las piernas desnudas metidas en el rio, sacudian las
ropas y cantaban.

Tellagorri conocia de lejos a los pescadores.--Alli estan Tal y Tal,
decia--. Seguramente no han pescado nada. No se reunia con ellos; el
sabia un rincon perfumado por las flores de las acacias y de los espinos
que caia sobre un sitio en donde el rio estaba en sombra y a donde
afluian los peces.

Tellagorri le curtia a Martin, le hacia andar, correr, subirse a los
arboles, meterse en los agujeros como un huron, le educaba a su manera,
por el sistema pedagogico de los Tellagorris que se parecia bastante al
salvajismo.

Mientras los demas chicos estudiaban la doctrina y el caton, el
contemplaba los espectaculos de la Naturaleza, entraba en la cueva de
Erroitza en donde hay salones inmensos llenos de grandes murcielagos que
se cuelgan de las paredes por las unas de sus alas membranosas, se
banaba en Ocin beltz, a pesar de que todo el pueblo consideraba este
remanso peligrosisimo, cazaba y daba grandes viajatas.

Tellagorri hacia que su nieto entrara en el rio cuando llevaban a banar
los caballos de la diligencia, montado en uno de ellos.

--iMas adentro! iMas cerca de la presa, Martin!--le decia.

Y Martin, riendo, llevaba los caballos hasta la misma presa.

Algunas noches, Tellagorri, le llevo a Zalacain al cementerio.

--Esperame aqui un momento--le dijo.

--Bueno.

Al cabo de media hora, al volver por alli le pregunto:

--?Has tenido miedo, Martin?

--?Miedo de que?

--_iArrayua!_ Asi hay que ser--decia Tellagorri--. Hay que estar firmes,
siempre firmes.




CAPITULO III

LA REUNION DE LA POSADA DE ARCALE


La posada de Arcale estaba en la calle del castillo y hacia esquina al
callejon Oquerra. Del callejon se salia al portal de la Antigua;
hendidura estrecha y lobrega de la muralla que bajaba por una rampa en
zig-zag al camino real. La casa de Arcale era un caseron de piedra hasta
el primer piso, y lo demas de ladrillo, que dejaba ver sus vigas
cruzadas y ennegrecidas por la humedad. Era, al mismo tiempo, posada y
taberna con honores de club, pues alli por la noche se reunian varios
vecinos de la _calle_ y algunos campesinos a hablar y a discutir y los
domingos a emborracharse. El zaguan negro tenia un mostrador y un
armario repleto de vinos y licores; a un lado estaba la taberna, con
mesas de pino largas que podian levantarse y sujetarse a la pared, y en
el fondo la cocina. Arcale era un hombre grueso y activo, excosechero,
extratante de caballos y contrabandista. Tenia cuentas complicadas con
todo el mundo, administraba las diligencias, chalaneaba, gitaneaba, y
los dias de fiesta anadia a sus oficios el de cocinero. Siempre estaba
yendo y viniendo, hablando, gritando, rinendo a su mujer y a su hermano,
a los criados y a los pobres; no paraba nunca de hacer algo.

La tertulia de la noche en la taberna de Arcale la sostenian Tellagorri
y Pichia. Pichia, digno compinche de Tellagorri, le servia de contraste.
Tellagorri era flaco, Pichia gordo; Tellagorri vestia de obscuro,
Pichia, quiza para poner mas en evidencia su volumen, de claro;
Tellagorri pasaba por pobre, Pichia era rico; Tellagorri era liberal,
Pichia carlista; Tellagorri no pisaba la iglesia, Pichia estaba siempre
en ella, pero a pesar de tantas divergencias Tellagorri y Pichia se
sentian almas gemelas que fraternizaban ante un vaso de buen vino.

Tenian estos dos oradores de la taberna de Arcale hablando en castellano
un caracter comun y era que invariablemente trabucaban las efes y las
pes. No habia medio de que las pronunciasen a derechas.

--?Que te _farece_ a ti el medico nuevo?--le preguntaba Pichia a
Tellagorri.

--!Pse!--contestaba el otro--. La _fratica_ es lo que le _palta_.

--Pues es hombre listo, hombre de alguna _portuna,_ tiene su _fiano_ en
casa.

No habia manera de que uno u otro pronunciaran estas letras bien.

Tellagorri se sentia poco aficionado a las cosas de iglesia, tenia poca
_apicion_, como hubiera dicho el, y cuando bebia dos copas de mas la
primera gente de quien empezaba a hablar mal era de los curas. Pichia
parecia natural que se indignara y no solo no se indignaba como cerero y
religioso, sino que azuzaba a su amigo para que dijera cosas mas fuertes
contra el vicario, los coadjutores, el sacristan o la cerora.

Sin embargo, Tellagorri respetaba al vicario de Arbea, a quien los
clericales acusaban de liberal y de loco. El tal vicario tenia la
costumbre de coger su sueldo, cambiarlo en plata y dejarlo encima de la
mesa formando un monton, no muy grande, porque el sueldo no era mucho,
de duros y de pesetas. Luego, a todo el que iba a pedirle algo, despues
de renirle rudamente y de reprocharle sus vicios y de insultarle a
veces, le daba lo que le parecia, hasta que a mediados del mes se le
acababa el monton de pesetas y entonces daba maiz o habichuelas siempre
refunfunando e insultando.

Tellagorri decia:--Esos son curas, no como los de aqui, que no quieren
mas que vivir bien y buenas _profinas_.

Toda la torpeza de Tellagorri hablando castellano se trocaba en
facilidad, en rapidez y en gracia cuando peroraba en vascuence. Sin
embargo, el preferia hablar en castellano porque le parecia mas
elegante.

Cualquier cosa llegaba a ser graciosa en boca de aquel viejo truhan;
cuando pasaba por delante de la taberna alguna chica bonita, Tellagorri
lanzaba un ronquido tan socarron que todo el mundo reia.

Otro, haciendo lo mismo, hubiese parecido ordinario y grosero; el, no;
Tellagorri tenia una elegancia y una delicadeza innata que le alejaban
de la groseria.

Era tambien hombre de refranes, y cuando estaba borracho cantaba muy
mal, sin afinacion alguna, pero dando a las palabras mucha malicia.

Las dos canciones favoritas suyas eran dos hibridas de vascuence y
castellano; traducidas literalmente no querian decir gran cosa, pero en
sus labios significaban todo. Una, probablemente de su invencion, era
asi:

        Ba dala sargentua
        Ba dala quefia.
        Erreguinen bizcarretic
        Artzen ditu cafia.

(Ya sea sargento, ya sea jefe, a costa de la reina, toma su cafe).

Esto, en boca de Tellagori, quieria decir que todo el mundo era un
pillo.

La otra cancion la tenia el viejo para los momentos solemnes, y era asi:

        Manuelacho, escasayozu
        Barcasiyua Andresi.

(Manolita, pidele perdon a Andres).

Y hacia, al decir esto Tellagorri, una reverencia comica, y continuaa
con voz gangosa:

        Beti orrela ibilli gabe
        majo sharraren iguesi.

(Sin andar siempre, de esa manera, huyendo de un viejecito tan majo).

Y despues, como una consecuencia grave de lo que habia dicho antes,
anadia:

        Napoleonen pauso gaiztoac
        ondo dituzu icasi.

(Los malos pasos de Napoleon, bien los has aprendido).

No era facil comprender que malos pasos de Napoleon habria aprendido
Manolita. Probablemente Manolita no tendria ni la mas remota idea de la
existencia del heroe de Austerlitz, pero esto no era obstaculo para que
la cancion en boca de Tellagorri tuviese muchisima gracia.

Para los momentos en que Tellagorri estaba un tanto excitado o
borracho, tenia otra cancion bilinguee, en que se celebraba el abrazo de
Vergara y que concluia asi:

        iViva Espartero! iViva erreguina!
        iOjala de repente ilcobalizaque
        Bere ama ciquina!

(iViva Espartero! iViva la reina! Ojala de repente se muriese su sucia
madre!).

Este adjetivo, dirigido a la madre de Isabel II, indicaba como habia
llegado el odio por Maria Cristina hasta los mas alejados rincones de
Espana.




CAPITULO IV

QUE SE REFIERE A LA NOBLE CASA DE OHANDO


A la entrada del pueblo nuevo, en la carretera, y por lo tanto, fuera de
las murallas, estaba la casa mas antigua y linajuda de Urbia: la casa de
Ohando.

Los Ohandos constituyeron durante mucho tiempo la unica aristocracia de
la villa; fueron en tiempo remoto grandes hacendados y fundadores de
capellanias, luego algunos reveses de fortuna y la guerra civil,
amenguaron sus rentas y la llegada de otras familias ricas les quito la
preponderancia absoluta que habian tenido.

La casa Ohando estaba en la carretera, lo bastante retirada de ella para
dejar sitio a un hermoso jardin, en el cual, como haciendo guardia, se
levantaban seis magnificos tilos. Entre los grandes troncos de estos
arboles crecian viejos rosales que formaban guirnaldas en la primavera
cuajadas de flores.

Otro rosal trepador, de retorcidas ramas y rosas de color de te, subia
por la fachada extendiendose como una parra y daba al viejo casaron un
tono delicado y aereo. Tenia ademas este jardin, en el lado que se unia
con la huerta, un bosquecillo de lilas y saucos. En los meses de Abril y
Mayo, estos arbustos florecian y mezclaban sus tirsos perfumados, sus
corolas blancas y sus racimillos azules.

En la casa solar, sobre el gran balcon del centro, campeaba el escudo de
los fundadores tallado en arenisca roja; se veian esculpidos en el dos
lobos rampantes con unas manos cortadas en la boca y un roble en el
fondo. En el lenguaje heraldico, el lobo indica encarnizamiento con los
enemigos; el roble, venerable antigueedad.

A juzgar por el blason de los Ohandos, estos eran de una familia
antigua, feroz con los enemigos. Si habia que dar credito a algunas
viejas historias, el escudo decia unicamente la verdad.

La parte de atras de la casa de los hidalgos daba a una hondonada; tenia
una gran galeria de cristales y estaba hecha de ladrillo con entramado
negro; enfrente se erguia un monte de dos mil pies, segun el mapa de la
provincia, con algunos caserios en la parte baja, y en la alta, desnudo
de vegetacion, y solo cubierto a trechos por encinas y carrascas.

Por un lado, el jardin se continuaba con una magnifica huerta en
declive, orientada al mediodia.

La familia de los Ohandos se componia de la madre, dona Agueda, y de
sus hijos Carlos y Catalina.

Dona Agueda, mujer debil, fanatica y entermiza, de muy poco caracter,
estaba dominada constantemente en las cuestiones de la casa por alguna
criada antigua y en las cuestiones espirituales por el confesor.

En esta epoca, el confesor era un curita joven llamado don Felix, hombre
de apariencia tranquila y dulce que ocultaba vagas ambiciones de dominio
bajo una capa de mansedumbre evangelica.

Carlos de Ohando el hijo mayor de dona Agueda, era un muchacho cerril,
obscuro, timido y de pasiones violentas. El odio y la envidia se
convertian en el en verdaderas enfermedades.

A Martin Zalacain le habia odiado desde pequeno cuando Martin le calento
las costillas al salir de la escuela, el odio de Carlos se convirtio en
furor. Cuando le veia a Martin andar a caballo y entrar en el rio, le
deseaba un desliz peligroso.

Le odiaba freneticamente.

Catalina, en vez de ser obscura y cerril como su hermano Carlos, era
pizpireta, sonriente, alegre y muy bonita. Cuando iba a la escuela con
su carita sonrosada, un traje gris y una boina roja en la cabeza rubia,
todas las mujeres del pueblo la acariciaban, las demas chicas querian
siempre andar con ella y decian que, a pesar de su posicion
privilegiada, no era nada orgullosa.

Una de sus amigas era Ignacita, la hermana de Martin.

Catalina y Martin se encontraban muchas veces y se hablaban; el la veia
desde lo alto de la muralla, en el mirador de la casa, sentadita y muy
formal, jugando o aprendiendo a hacer media. Ella siempre estaba oyendo
hablar de las calaveradas de Martin.

--Ya esta ese diablo ahi en la muralla--decia dona Agueda--. Se va a
matar el mejor dia. iQue demonio de chico! iQue malo es!

Catalina ya sabia que diciendo ese demonio, o ese diablo, se referian a
Martin.

Carlos alguna vez le habia dicho a su hermana:

--No hables con ese ladron.

Pero a Catalina no le parecia ningun crimen que Martin cogiera frutas de
los arboles y se las comiese, ni que corriese por la muralla. A ella se
le antojaban extravagancias, porque desde nina tenia un instinto de
orden y tranquilidad y le parecia mal que Martin fuese tan loco.

Los Ohandos eran duenos de un jardin proximo al rio, con grandes
magnolias y tilos y cercado por un seto de zarzas.

Cuando Catalina solia ir alli con la criada a coger flores, Martin las
seguia muchas veces y se quedaba a la entrada del seto.

--Entra si quieres--le decia Catalina.

--Bueno--y Martin entraba y hablaba de sus correrias, de las
barbaridadas que iba a hacer y exponia las opiniones de Tellagorri, que
le parecian articulos de fe.

--iMas te valia ir a la escuela!--le decia Catalina.

--iYo! iA la escuela!--exclamaba Martin--. Yo me ire a America o me ire
a la guerra.

Catalina y la criada entraban por un sendero del jardin lleno de rosales
y hacian ramos de flores. Martin las veia y contemplaba la presa, cuyas
aguas brillaban al sol como perlas y se deshacian en espumas
blanquisimas.

--Ya andaria por ahi, si tuviera una lancha--decia Martin.

Catalina protestaba.

--?No se te van a ocurrir mas que tonterias siempre? ?Por que no eres
como los demas chicos?

--Yo les pego a todos--contestaba Martin, como si esto fuera una razon.

...En la primavera, el camino proximo al rio era una delicia. Las hojas
nuevas de las hayas comenzaban a verdear, el helecho lanzaba al aire sus
enroscados tallos, los manzanos y los perales de las huertas ostentaban
sus copas nevadas por la flor y se oian los cantos de las malvices y de
los ruisenores en las enramadas. El cielo se mostraba azul, de un azul
suave, un poco palido y solo alguna nube blanca, de contornos duros,
como si fuera de marmol, aparecia en el cielo.

Los sabados por la tarde, durante la primavera y el verano, Catalina y
otras chicas del pueblo, en compania de alguna buena mujer, iban al
campo santo. Llevaba cada una un cestito de flores, hacian una escobilla
con los hierbajos secos, limpiaban el suelo de las lapidas en donde
estaban enterrados los muertos de su familia y adornaban las cruces con
rosas y con azucenas. Al volver hacia casa todas juntas, veian como en
el cielo comenzaban a brillar las estrellas y escuchaban a los sapos,
que lanzaban su misteriosa nota de flauta en el silencio del
crepusculo...

Muchas veces, en el mes de Mayo, cuando pasaban Tellagorri y Martin por
la orilla del rio, al cruzar por detras de la iglesia, llegaba hasta
ellos las voces de las ninas, que cantaban en el coro las flores de
Maria.

        Emenche gauzcatzu ama

(Aqui nos tienes, madre.)

Escuchaban un momento, y Martin distinguia la voz de Catalina, la chica
de Ohando.

--Es _Catalin_, la de Ohando--decia Martin.

--Si no eres tonto tu, te casaras con ella--replicaba Tellagorri.

Y Martin se echaba a reir.




CAPITULO V

DE COMO MURIO MARTIN LOPEZ DE ZALACAIN, EN EL ANO DE GRACIA
DE MIL CUATROCIENTOS Y DOCE.


Uno de los vecinos que con mas frecuencia paseaba por la acera de la
muralla era un senor viejo, llamado don Fermin Soraberri. Durante
muchisimos anos, don Fermin desempeno el cargo de secretario del
Ayuntamiento de Urbia, hasta que se retiro, cuando su hija se caso con
un labrador de buena posicion.

El senor don Fermin Soraberri era un hombre alto, grueso, pesado, con
los parpados edematosos y la cara hinchada. Solia llevar una gorrita con
dos cintas colgantes por detras, una esclavina azul y zapatillas. La
especialidad de don Fermin era la de ser distraido. Se olvidaba de todo.
Sus relaciones estaban cortadas por este patron:

--Una vez en Onate... (para el senor Soraberri, Onate era la Atenas
moderna.--En Espana hay veinte o treinta Atenas modernas.) Una vez en
Onate pude presenciar una cosa sumamente interesante. Estabamos reunidos
el senor vicario, un senor profesor de primera ensenanza y...--y el
senor Soraberri miraba a todas partes, como espantado, con sus grandes
ojos turbios, y decia:--?En que iba?... Pues... se me ha olvidado la
especie.

Al senor Soraberri siempre se le olvidaba la especie. Casi todos los
dias el exsecretario se encontraba con Tellagorri y cambiaban un saludo
y algunas palabras acerca del tiempo y de la marcha de los arboles
frutales. Al comenzar a verle acompanado de Martin, el senor Soraberri
se extrano y miraba al muchacho con su aire de elefante hinchado y
reblandecido.

Penso en dirigirle alguna pregunta, pero tardo varios dias, porque el
senor Soraberri era tardo en todo. Al ultimo le dijo, con su majestuosa
lentitud:

--?De quien es este nino, amigo Tellagorri?

--?Este chico? Es un pariente mio.

--?Algun Tellagorri?

--No; se llama Martin Zalacain.

--iHombre! iHombre! Martin Lopez de Zalacain.

--No, Lopez no--dijo Tellagorri.

--Yo se lo que me digo. Este nino se llama realmente Martin Lopez de
Zalacain y sera de ese caserio que esta ahi cerca del portal de Francia.

--Si, senor; de ahi es.

--Pues conozco su historia, y Lopez de Zalacain ha sido y Lopez de
Zalacain sera, y si quiere usted manana vaya usted a mi casa y le leere
a usted un papel que copie del archivo del Ayuntamiento acerca de esa
cuestion.

Tellagorri dijo que iria y, efectivamente, al dia siguiente, pensando
que quiza lo dicho por el exsecretario tuviese alguna importancia, se
presento con Martin en su casa.

Al senor Soraberri se le habia olvidado la especie, pero recordo pronto
de que se trataba; encargo a su hija que trajese un vaso de vino para
Tellagorri, entro el en su despacho y volvio poco despues con unos
papeles viejos en la mano; se puso los anteojos, carraspeo, revolvio sus
notas, y dijo:

--iAh! Aqui estan. Esto--anadio--es una copia de una narracion que hace
el cronista Inigo Sanchez de Ezpeleta acerca de como fue vertida la
primera sangre en la guerra de los linajes, en Urbia, entre el solar de
Ohando y el de Zalacain, y supone que estas luchas comenzaron en nuestra
villa a fines del siglo XIV o a principios del XV.

--?Y hace mucho tiempo de eso?--pregunto Tellagorri.

--Cerca de quinientos anos.

--?Y ya existian Zalacain entonces?

--No solo existian, sino que eran nobles.

--Oye, oye--dijo Tellagorri dando un codazo a Martin, que se distraia.

--?Quieren ustedes que lea lo que dice el cronista?

--Si, si.

--Bueno. Pues dice asi: "Titulo: De como murio Martin Lopez de Zalacain,
en el ano de gracia de mil cuatrocientos y doce."

Leido esto, Soraberri tosio, escupio y comenzo esta relacion con gran
solemnidad:

"Enemistad antigua senalada avya entre el solar d'Ohando, que es del
reino de Navarra, e el de Zalacain, que es en tierra de la Borte. E
dicese que la causa della foe sobre envidia e a cual valia mas, e
ficieron muchos malheficios e los de Zalacain quemaron vivo al senyor de
Sant Pedro en una pelea que ovyeron en el llano del Somo e porque no
dexo fijo el dicho senyor de Sant Pedro casaron una su fija con Martin
Lopez de Zalacain, home muy andariego.

E dicho Martin Lopez seyendo venido a la billa d'Urbia foe desafiado por
Mosen de Sant Pedro, del solar d'Ohando, que era sobrino del otro senyor
de Sant Pedro e que habia fecho muchos malheficios, acechanzas e rrobos.

E Martin Lopez contestole a su desafiamiento: Como vos sabedes yo so
contado aqui por el mas esforzado ome y ardite en el fecho de las armas
en toda esta tierra y paresce que los d'Ohando a vos han traido por la
mejor lanza de Navarra por vengar la muertte de mi suegro que foe en la
pelea peleada con lealtad en el Somo e como el cuibdaba matar a mi, yo a
el.

E por ende si a vos pluguiese que nos probemos vos e yo, uno para otro,
fasta que uno de nos o ambos por ventura muramos, a mi plasera mucho e
aqui presto.

E respondiole Mosen de Sant Pedro que le plasia e se citaron en el prado
de Sant Ana. En esta sazon venya dicho Martin Lopez encima de su cavallo
como esforzado cavallero e antes de pelear con Mosen de Sant Pedro foe
ferido de una saeta que le entro por un ojo e cayo muertto del cavallo
en medio del prado. E lo desjarretaron. E preparo la asechanza e armo la
ballestta e la disparo Velche de Micolalde, deudo e amigo de Mosen de
Sant Pedro d'Ohando. E los omes de Martin Lopez como lo veyeron muertto
e eran pocos enfrente de los de Ohando, ovyeron muy grant miedo e
comenzaron todos a fugir.

E cuando lo supo la muger de Martin Lopez fue la triste al prado de Sant
Ana, e cuando vido el cuerpo de su marido, sangriento y mutilado, se
afinojo, prisole en sus brazos e comenzo a llorar, maldiciendo la guerra
e su mala fortuna. E esto pataba en el ano de Nuestro Senyor de mil
cuatrociensos y doce."

Cuando concluyo el senor Soraberri, miro a traves de sus anteojos a sus
dos oyentes. Martin no se habia enterado de nada; Tellagorri dijo:

--Si, esos Ohandos es gente _palsa_. Mucho ir a la iglesia, pero luego
matan a traicion.

Soraberri recomendo eficazmente a su amigo Tellagorri que no hiciera
nunca juicios aventurados y temerarios, y con este motivo comenzo a
contar una historia, precisamente ocurrida en Onate, pero al ir a
especificar los que habian intervenido en su historia, se le olvido la
especie, y lo sintio, verdaderamente lo sintio, porque, segun dijo,
tenia la seguridad de que el hecho era sumamente interesante y, ademas,
muy digno de mencion.




CAPITULO VI

DE COMO LLEGARON UNOS TITIRITEROS Y DE LO QUE SUCEDIO DESPUES


Un dia de Mayo, al anochecer, se presentaron en el camino real tres
carros, tirados por caballos flacos, llenos de mataduras y de
esparavanes. Cruzaron la parte nueva del pueblo y se detuvieron en lo
alto del prado de Santa Ana.

No podia Tellagorri, gaceta de la taberna de Arcale, quedar sin saber en
seguida de que se trataba; asi que se presento al momento en el lugar,
seguido de _Marques_.

Trabo inmediatamente conversacion con el jefe de la caravana, y despues
de varias preguntas y respuestas y de decir el hombre que era frances y
domador de fieras, Tellagorri se lo llevo a la taberna de Arcale.

Martin se entero tambien de la llegada de los domadores con sus fieras
enjauladas, y a la manana siguiente, al levantarse, lo primero que hizo
fue dirigirse al prado de Santa Ana.

Comenzaba a salir el sol cuando llego al campamento del domador.

Uno de los carros era la casa de los saltimbanquis. Acababan de salir de
dentro el domador, su mujer, un viejo, un chico y una chica. Solo una
nina de pocos meses quedo en la carreta-choza jugando con un perro.

El domador no ofrecia ese aire, entre petulante y grotesco, tan comun a
los acrobatas de barracas y gentes de feria; era sombrio, joven, con
aspecto de gitano, el pelo negro y rizoso, los ojos verdes, el bigote
alargado en las puntas por una especie de patillas pequenas y la
expresion de maldad siniestra y repulsiva.

El viejo, la mujer y los chicos tenian solo caracter de pobres, eran de
esos tipos y figuras borrosas que el troquel de la miseria produce a
millares.

El hombre, ayudado por el viejo y por el chico, trazo con una cuerda un
circulo en la tierra y en el centro planto un palo grande, de cuya punta
partian varias cuerdas que se ataban en estacas clavadas fuertemente en
el suelo.

El domador busco a Tellagorri para que le proporcionara una escalera; le
indico este que habia una en la taberna de Arcale, la sacaron de alli y
con ella sujetaron las lonas, hasta que formaron una tienda de campana
de forma conica.

Los dos carros con jaulas en donde iban las fieras los colocaron
dejando entre ellos un espacio que servia de puerta al circo, y encima y
a los lados pusieron los saltimbanquis tres carteles pintarrajeados. Uno
representaba varios perros lanzandose sobre un oso, el otro una lucha
entre un leon y un bufalo y el tercero unos indios atacando con lanzas a
un tigre que les esperaba en la rama de un arbol como si fuera un
jilguero.

Dieron los hombres la ultima mano al circo, y el domingo, en el momento
en que la gente salia de visperas, se presento el domador seguido del
viejo en la plaza de Urbia, delante de la iglesia. Ante el pueblo
congregado, el domador comenzo a soplar en un cuerno de caza y su
ayudante redoblo en el tambor.

Recorrieron los dos hombres las calles del barrio viejo y luego salieron
fuera de puertas, y tomando por el puente, seguidos de una turba de
chicos y chicas llegaron al prado de Santa Ana, se acercaron a la
barraca y se detuvieron ante ella.

A la entrada la mujer tocaba el bombo con la mano derecha y los
platillos con la izquierda, y una chica desmelenada agitaba una
campanilla. Unieronse a estos sonidos discordantes las notas agudisimas
del cuerno de caza y el redoble del tambor, produciendo entre todo una
algarabia insoportable.

Este ruido ceso a una senal imperiosa del domador, que con su
instrumento de viento en el brazo izquierdo se acerco a una escalera de
mano proxima a la entrada, subio dos o tres peldanos, tomo una varita y
senalando las monstruosas figuras pintarrajeadas en los lienzos, dijo
con voz enfatica:

--Aqui veran ustedes los osos, los lobos, el leon y otras terribles
fieras. Veran ustedes la lucha del oso de los Pirineos con los perros
que saltan sobre el y acaban por sujetarle. Este es el leon del desierto
cuyos rugidos espantan al mas bravo de los cazadores. Solo su voz pone
espanto en el corazon mas valiente... iOid!

El domador se detuvo un momento y se oyeron en el interior de la barraca
terribles rugidos, y como contestandolos, el ladrar feroz de una docena
de perros.

El publico quedo aterrorizado.

--En el desierto...

El domador iba a seguir, pero viendo que el efecto de curiosidad en el
publico estaba conseguido y que la multitud pretendia pasar sin tardanza
al interior del circo, grito:

--La entrada no cuesta mas que un real. iAdelante, senores! iAdelante!

Y volvio a atacar con el cuerno de caza un aire marcial, mientras el
viejo ayudante redoblaba en el tambor.

La mujer abrio la lona que cerraba la puerta y se puso a recoger los
cuartos de los que iban pasando.

Martin presencio todas estas maniobras con una curiosidad creciente,
hubiera dado cualquier cosa por entrar, pero no tenia dinero.

Busco una rendija entre las lonas para ver algo, pero no la pudo
encontrar; se tendio en el suelo y estaba asi con la cara junto a la
tierra cuando se le acerco la chica haraposa del domador que tocaba la
campanilla a la puerta.

--Eh, tu ?que haces ahi?

--Mirar--dijo Martin.

--No se puede.

--?Y por que no se puede?

--Porque no. Si no quedate ahi, ya veras si te pesca mi amo.

--?Y quien es tu amo?

--?Quien ha de ser? El domador.

--iAh! ?Pero tu eres de aqui?

--Si

--?Y no sabes pasar?

--Si no dices a nadie nada ya te pasare.

--Yo tambien te traere cerezas.

--?De donde?

--Yo se donde las hay.

--?Como te llamas?

--Martin, ?y tu?

--Yo, Linda.

--Asi se llamaba la perra del medico--dijo poco galantemente Martin.

Linda no protesto de la comparacion; fue detras de la entrada del circo,
tiro de una lona, abrio un resquicio, y dijo a Martin:

--Anda, pasa.

Se deslizo Martin y luego ella.

--?Cuando me daras las cerezas?--pregunto la chica.

--Cuando esto se concluya ire a buscarlas.

Martin se coloco entre el publico. El espectaculo que ofrecia el domador
de fieras era realmente repulsivo.

Alrededor del circo, atados a los pies de un banco hecho con tablas,
habia diez o doce perros flacos y sarnosos. El domador hizo restallar el
latigo, y todos los perros a una comenzaron a ladrar y a aullar
furiosamente. Luego el hombre vino con un oso atado a una cadena, con la
cabeza protegida por una cubierta de cuero.

El domador obligo a ponerse de pie varias veces al oso, y a bailar con
el palo cruzado sobre los hombros y a tocar la pandereta. Luego solto un
perro que se lanzo sobre el oso, y despues de un momento de lucha se le
colgo de la piel. Tras de este solto otro perro y luego otro y otro, con
lo cual el publico se comenzo a cansar.

A Martin no le parecio bien, porque el pobre oso estaba sin defensa
alguna. Los perros se echaban con tal furia sobre el oso que para
obligarles a soltar la presa el domador o el viejo tenian que morderles
la cola. A Martin no le agrado el espectaculo y dijo en voz alta, y
algunos fueron de su opinion, que el oso atado no podia defenderse.

Despues todavia martirizaron mas a la pobre bestia. El domador era un
verdadero canalla y pegaba al animal en los dedos de las patas, y el oso
babeaba y gemia con unos gemidos ahogados.

--iBasta! iBasta!--grito un indiano que habia estado en California.

--Porque tiene el oso atado hace eso--dijo Martin--, sino no lo haria.

El domador se fijo en el muchacho y le lanzo una mirada de odio.

Lo que siguio fue mas agradable, la mujer del domador, vestida con un
traje de lentejuelas, entro en la jaula del leon, jugo con el, le hizo
saltar y ponerse de pie, y despues Linda dio dos o tres volatines y vino
con un monillo vestido de rojo a quien obligo a hacer ejercicios
acrobaticos.

El espectaculo concluia. La gente se disponia a salir. Martin vio que el
domador le miraba. Sin duda se habia fijado en el. Martin se adelanto a
salir, y el domador le dijo:

--Espera, tu no has pagado. Ahora nos veremos. Te voy a echar los perros
como al oso.

Martin retrocedio espantado; el domador le contemplaba con una sonrisa
feroz. Martin recordo el sitio por donde entro y empujando violentamente
la lona la abrio y salio fuera de la barraca. El domador quedo
chasqueado. Dio despues Martin la vuelta al prado de Santa Ana, hasta
detenerse prudentemente a quince o veinte metros de la entrada del
circo.

Al ver a Linda le dijo:

--?Quieres venir?

--No puedo.

--Pues ahora te traere las cerezas.

En el momento que hablaban aparecio corriendo el domador, penso sin duda
en abalanzarse sobre Martin, pero comprendiendo que no le alcanzaria se
vengo en la nina y le dio una bofetada brutal. La chiquilla cayo al
suelo. Unas mujeres se interpusieron e impidieron al domador siguiera
pegando a la pobre Linda.

--To lo has metido dentro, ?verdad?--grito el domador en frances.

--No; ha sido el que ha entrado.

--Mentira. Has sido tu. Confiesa o te deslomo.

--Si, he sido yo.

--?Y por que?

--Porque me ha dicho que me traeria cerezas.

--Ah, bueno--y el domador se tranquilizo--, que las traiga, pero si te
las comes te hartare de palos. Ya lo sabes.

Martin, al poco rato, volvio con la boina llena de cerezas. La Linda
las puso en su delantal y estaba con ellas cuando se presento el domador
de nuevo. Martin se aparto dando un salto hacia atras.

--No, no te escapes--dijo el domador con una sonrisa que queria ser
amable.

Martin se quedo. Luego, el hombre le pregunto quien era, y el al saber
su parentesco con Tellagorri, le dijo:

--Ven cuando quieras, te dejare pasar.

Durante los demas dias de la semana, la barraca del domador estuvo
vacia. El domingo, los saltimbanquis hicieron dar un bando por el
pregonero diciendo que representarian un numero extraordinario e
interesantisimo. Martin se lo dijo a su madre y a su hermana. La chica
se asustaba al escuchar el relato de las fieras y no quiso ir.

Acudieron solo la madre y el hijo. El numero sensacional era la lucha de
la Linda con el oso. La chiquilla se presento desnuda de medio cuerpo
arriba y con unos pantalones de percal rojo. Linda se abrazo al oso y
hacia que luchaba con el, pero el domador tiraba a cada paso de una
cuerda atada a la nariz del plantigrado.

A pesar de que la gente pensaba que no habia peligro para la nina,
producia una horrible impresion ver las grandes y peludas garras del
animal sobre las espaldas debiles de la nina.

Despues del numero sensacional que no entusiasmo al publico, entro la
mujer en la jaula del leon.

La fiera debia estar enferma, porque la domadora no hallo medio de que
hiciese los ejercicios de costumbre.

Viendo semejante fracaso el domador, poseido de una rabiosa furia, entro
en la jaula, mando salir a la mujer y empezo a latigazos con el leon.
Este se levanto ensenando los dientes, y lanzando un rugido se echo
sobre domador; el viejo ayudante metio, por entre los barrotes de la
jaula, una palanca de hierro para aislar el hombre de la fiera, pero con
tan poca fortuna, que la palanca se engancho en las ropas del domador y
en vez de protegerle le inmovilizo y le dejo entregado a la fiera.

El publico vio al domador echando sangre, y se levanto despavorido y se
dispuso a huir.

No habia peligro para los espectadores, pero un panico absurdo hizo que
todos se lanzasen atropelladamente a la salida; alguien, que luego no se
supo quien fue, disparo un tiro contra el leon, y en aquel momento
insensato de fuga resultaron magullados y contusos varias mujeres y
ninos.

El domador quedo tambien gravemente herido.

Dos mujeres fueron recogidas con contusiones de importancia, una de
ellas, una vieja de un caserio lejano que hacia diez anos que no habia
estado en Urbia, la otra, la madre de Martin, que ademas de las
magulladuras y golpes, presentaba una herida en el cuello, ocasionada,
segun dijo el medico, por un trozo del barrote de la jaula, desprendido
al choque de la bala disparada por una persona desconocida.

Se traslado a la madre de Martin a su casa, y fuera que las contusiones
y la herida tuviesen gravedad, fuera como dijeron algunos que no
estuviese bien atendida, el caso fue que la pobre mujer murio a la
semana del accidente de la barraca, dejando huerfanos a Martin y a la
Ignacia.




CAPITULO VII

COMO TELLAGORRI SUPO PROTEGER A LOS SUYOS


A la muerte de la madre de Martin, Tellagorri, con gran asombro del
pueblo, recogio a sus sobrinos y se los llevo a su casa. La senora de
Ohando dijo que era una lastima que aquellos ninos fuesen a vivir con un
hombre desalmado, sin religion y sin costumbres, capaz de decir que
saludaba con mas respeto a un perro de aguas que al senor parroco.

La buena senora se lamento, pero no hizo nada, y Tellagorri se encargo
de cuidar y alimentar a los huerfanos.

La Ignacia entro en la posada de Arcale de ninera y hasta los catorce
anos trabajo alli.

Martin frecuento la escuela durante algunos meses, pero le tuvo que
sacar Tellagorri antes del ano porque se pegaba con todos los chicos y
hasta quiso zurrar al pasante.

Arcale, que sabia que el muchacho era listo y de genio vivo, le utilizo
para recadista en el coche de Francia, y cuando aprendio a guiar, de
recadista le ascendieron a cochero interino y al cabo de un ano le
pasaron a cochero en propiedad.

Martin, a los diez y seis anos, ganaba su vida y estaba en sus glorias.
Se jactaba de ser un poco barbaro y vestia un tanto majo, con la
elegancia garbosa de los antiguos postillones. Llevaba chalecos de
color, y en la cadena del reloj colgantes de plata. Le gustaba lucirse
los domingos en el pueblo; pero no le gustaba menos los dias de labor
marchar en el pescante por la carretera restallando el latigo, entrar en
las ventas del camino, contar y oir historias y llevar encargos.

La senora de Ohando y Catalina se los hacian con mucha frecuencia, y le
recomendaban que les trajese de Francia telas, puntillas y algunas veces
alhajas.

--?Que tal, Martin?--le decia Catalina en vascuence.

--Bien--contestaba el rudamente, haciendose mas el hombre--. ?Y en
vuestra casa?

--Todos buenos. Cuando vayas a Francia, tienes que comprarme una
puntilla como la otra. ?Sabes?

--Si, si, ya te comprare.

--?Ya sabes frances?

--Ahora empiezo a hablar.

Martin se estaba haciendo un hombreton, alto, fuerte, decidido. Abusaba
un poco de su fuerza y de su valor, pero nunca atacaba a los debiles. Se
distinguia tambien como jugador de pelota y era uno de los primeros en
el trinquete.

Un invierno hizo Martin una hazana, de la que se hablo en el pueblo. La
carretera estaba intransitable por la nieve y no pasaba el coche.
Zalacain fue a Francia y volvio a pie, por la parte de Navarra, con un
vecino de Larrau. Pasaron los dos por el bosque de Iraty y les
acometieron unos cuantos jabalies.

Ninguno de los hombres llevaba armas, pero a garrotazos mataron tres de
aquellos furiosos animales, Zalacain dos y el de Larrau otro.

Cuando Martin volvio triunfante, muerto de fatiga y con sus dos
jabalies, el pueblo entero le considero como un heroe.

Tellagorri tambien fue muy felicitado por tener un sobrino de tanto
valor y audacia. El viejo, muy contento, aunque haciendose el
indiferente, decia:

Este sobrino mio va a dar mucho que hablar. De casta le viene al galgo.
Porque yo no se si vosotros habreis oido hablar de Lopez de Zalacain.
?No? Pues preguntadle a ese viejo Soraberri, ya vereis lo que os
cuenta...

--?Y que tiene que ver ese Lopez con tu sobrino?--le replicaban.

--Pues que es antepasado de Martin. No comprendeis nada.

Tellagorri pago caro el triunfo obtenido por su sobrino en la caza de
los jabalies, porque de tanto beber se puso enfermo.

La Ignacia y Martin, por consejo del medico, obligaron al viejo a que
suprimiese toda bebida, fuese vino o licor; pero Tellagorri, con tal
procedimiento de abstinencia, languidecia y se iba poniendo triste.

--Sin vino y sin _patharra_ soy un hombre muerto--decia Tellagorri--; y,
viendo que el medico no se convencia de esta verdad, hizo que llamaran a
otro mas joven.

Este le dio la razon al borracho, y no solo le recomendo que bebiera
todos los dias un poco de aguardiente, sino que le receto una medicina
hecha con ron. La Ignacia tuvo que guardar la botella del medicamento,
para que el enfermo no se la bebiera de un trago. A medida que entraba
el alcohol en el cuerpo de Tellagorri, el viejo se erguia y se animaba.

A la semana de tratamiento se encontraba tan bien, que comenzo a
levantarse y a ir a la posada de Arcale, pero se creyo en el caso de
hacer locuras, a pesar de sus anos, y anduvo de noche entre la nieve y
cogio una pleuresia.

--De esta no sale usted--le dijo el medico incomodado, al ver que habia
faltado a sus prescripciones.

Tellagorri lo comprendio asi y se puso serio, hizo una confesion
rapida, arreglo sus cosas y, llamando a Martin, le dijo en vascuence:

--Martin, hijo mio, yo me voy. No llores. Por mi lo mismo me da. Eres
fuerte y valiente y eres buen chico. No abandones a tu hermana, ten
cuidado con ella. Por ahora, lo mejor que puedes hacer es llevarla a
casa de Ohando. Es un poco coqueta; pero Catalina la tomara. No le
olvides tampoco a _Marquesch_; es viejo, pero ha cumplido.

--No, no le olvidare--dijo Martin sollozando.

--Ahora--prosiguio Tellagorri--te voy a decir una cosa y es que antes de
poco habra guerra. Tu eres valiente, Martin, tu no tendras miedo de las
balas. Vete a la guerra, pero no vayas de soldado. Ni con los blancos,
ni con los negros. iAl comercio, Martin! iAl comercio! Venderas a los
liberales y a los carlistas, haras tu pacotilla y te casaras con la
chica de Ohando. Si teneis un chico, llamadle como yo, Miguel, o Jose
Miguel.

--Bueno--dijo Martin, sin fijarse en lo extravagante de la
recomendacion.

--Dile a Arcale--siguio diciendo el viejo--donde tengo el tabaco y las
setas. Ahora acercate mas. Cuando yo me muera, registra mi jergon y
encontraras en esta punta de la izquierda un calcetin con unas monedas
de oro. Ya te he dicho, no quiero que las emplees en tierras, sino en
generos de comercio.

--Asi lo hare.

--Creo que te lo he dicho todo. Ahora dame la mano. Firmes, ?eh?

--Firmes.

El pobre Tellagorri se olvido de decir _Pirmes_, como hubiera dicho
estando sano.

--A esa sosa de la Ignacia--anadio poco despues el viejo--le puedes dar
lo que te parezca cuando se case.

A todo dijo Martin que si. Luego acompano al viejo, contestando a sus
preguntas, algunas muy extranas, y por la madrugada dejo de vivir Miguel
de Tellagorri, hombre de mala fama y de buen corazon.




CAPITULO VIII

COMO AUMENTO EL ODIO ENTRE MARTIN ZALACAIN Y CARLOS OHANDO


Cuando murio Tellagorri, Catalina de Ohando, ya una senorita, hablo a su
madre para que recogiera a la Ignacia, la hermana de Martin. Era esta,
segun se decia, un poco coqueta y estaba acostumbrada a los piropos de
la gente de casa de Arcale.

La suposicion de que la muchacha, siguiendo en la taberna, pudiese
echarse a perder, influyo en la senora de Ohando para llevarla a su casa
de doncella. Pensaba sermonearla hasta quitarla todos los malos resabios
y dirigirla por la senda de la mas estrecha virtud.

Con el motivo de ver a su hermana, Martin fue varias veces a casa de
Ohando y hablo con Catalina y dona Agueda. Catalina seguia hablandole de
tu y dona Agueda manifestaba por el afecto y simpatia, expresados en un
sin fin de advertencias y de consejos.

El verano se presento Carlos Ohando, que venia de vacaciones del colegio
de Onate.

Pronto noto Martin que, con la ausencia, el odio que le profesaba Carlos
mas habia aumentado que disminuido. Al comprobar este sentimiento de
hostilidad, dejo de presentarse en casa de Ohando.

--No vas ahora a vernos--le dijo alguna vez que le encontro en la calle,
Catalina.

--No voy, porque tu hermano me odia--contesto claramente Martin.

--No, no lo creas.

--iBah! Yo se lo que me digo.

El odio existia. Se manifesto primeramente en el juego de pelota.

Tenia Martin un rival en un chico navarro, de la Ribera del Ebro, hijo
de un carabinero.

A este rival le llamaban _el Cacho_, porque era zurdo.

Carlos de Ohando y algunos condiscipulos suyos, carlistas que se las
echaban de aristocratas, comenzaron a proteger al _Cacho_ y a excitarlo
y a lanzarlo contra Martin.

_El Cacho_ tenia un juego furioso de hombre pequeno e iracundo; el juego
de Martin, tranquilo y reposado, era del que esta seguro de si mismo.
_El Cacho_, si comenzaba a ganar, se exaltaba, llevaba el partido al
vuelo; en cambio, desanimado, no tiraba una pelota que no fuese falta.

Eran dos tipos, Zalacain y _el Cacho_, completamente distintos; el uno,
la serenidad y la inteligencia del montanes, el otro, el furor y el brio
del ribereno.

Semejante rivalidad, explotada por Ohando y los senoritos de su cuerda,
termino en un partido que propusieron los amigos del _Cacho_. El desafio
se concerto asi; _el Cacho_ e Isquina, un jugador viejo de Urbia, contra
Zalacain y el companero que este quisiera tomar. El partido seria a
cesta y a diez juegos.

Martin eligio como zaguero a un muchacho vasco frances que estaba de
oficial en la panaderia de Archipi y que se llamaba Bautista Urbide.

Bautista era delgado, pero fuerte, sereno y muy dueno de si mismo.

Se aposto mucho dinero por ambas partes. Casi todo el elemento popular y
liberal estaba por Zalacain y Urbide; los senoritos, el sacristan y la
gente carlista de los caserios por _el Cacho_.

El partido constituyo un acontecimiento en Urbia; el pueblo entero y
mucha gente de los alrededores se dirigio al juego de pelota a
presenciar el espectaculo.

La lucha principal iba a ser entre los dos delanteros, entre Zalacain y
_el Cacho. El Cacho_ ponia de su parte su nerviosidad, su furia, su
violencia en echar la pelota baja y arrinconada; Zalacain se fiaba en su
serenidad, en su buena vista y en la fuerza de su brazo, que le
permitia coger la pelota y lanzarla a lo lejos.

La montana iba a pelear contra la llanura.

Comenzo el partido en medio de una gran expectacion; los primeros juegos
fueron llevados a la carrera por _el Cacho_, que tiraba las pelotas como
balas unas lineas solamente por encima de la raya, de tal modo que era
imposible recogerlas.

A cada jugada maestra del navarro, los senoritos y los carlistas
aplaudian entusiasmados; Zalacain sonreia, y Bautista le miraba con
cierto mal disimulado panico.

Iban cuatro juegos por nada, y ya parecia el triunfo del navarro casi
seguro cuando la suerte cambio y comenzaron a ganar Zalacain y su
companero.

Al principio, _el Cacho_ se defendia bien y remataba el juego con golpes
furiosos, pero luego, como si hubiese perdido el tono, comenzo a hacer
faltas con una frecuencia lamentable y el partido se igualo.

Desde entonces se vio que _el Cacho_ e Isquina perdian el juego. Estaban
desmoralizados. _El Cacho_ se tiraba contra la pelota con ira, hacia una
falta y se indignaba; pegaba con la cesta en la tierra enfurecido y
echaba la culpa de todo a su zaguero.

Zalacain y el vasco frances, duenos de la situacion, guardaban una
serenidad completa, corrian elasticamente y reian.

--Ahi, Bautista--decia Zalacain--. iBien!

--Corre, Martin--gritaba Bautista--. iEso es!

El juego termino con el triunfo completo de Zalacain y de Urbide.

--_iViva gutarrac_. (iVivan los nuestros!)--gritaron los de la _calle_
de Urbia aplaudiendo torpemente.

Catalina sonrio a Martin y le felicito varias veces.

--iMuy bien! iMuy bien!

--Hemos hecho lo que hemos podido--contesto el sonriente.

Carlos Ohando se acerco a Martin, y le dijo con mal ceno:

--_El Cacho_ te juega mano a mano.

--Estoy cansado--contesto Zalacain.

--?No quieres jugar?

--No. Juega tu si quieres.

Carlos, que habia comprobado una vez mas la simpatia de su hermana por
Martin, sintio avivarse su odio.

Habia venido aquella vez Carlos Ohando de Onate mas sombrio, mas
fanatico y mas violento que nunca.

Martin sabia el odio del hermano de Catalina y, cuando lo encontraba por
casualidad, huia de el, lo cual a Carlos le producia mas ira y mas
furor.

Martin estaba preocupado, buscando la manera de seguir los consejos de
Tellagorri y de dedicarse al comercio; habia dejado su oficio de
cochero y entrado con Arcale en algunos negocios de contrabando.

Un dia, una vieja criada de casa de Ohando, chismosa y murmuradora, fue
a buscarle y le conto que la Ignacia, su hermana, coqueteaba con Carlos,
el senorito de Ohando.

Si dona Agueda lo notaba iba a despedir a la Ignacia, con lo cual el
escandalo dejaria a la muchacha en una mala situacion.

Martin, al saberlo, sintio deseos de presentarse a Carlos y de
insultarle y desafiarle. Luego, pensando que lo esencial era evitar las
murmuraciones, ideo varias cosas, hasta que al ultimo le parecio lo
mejor ir a ver a su amigo Bautista Urbide.

Habia visto al vasco frances muchas veces bailando con la Ignacia y
creia que tenia alguna inclinacion por ella.

El mismo dia que le dieron la noticia se presento en la tahona de
Archipi en donde Urbide trabajaba. Lo encontro al vasco frances desnudo
de medio cuerpo arriba en la boca del horno.

--Oye, Bautista--le dijo.

--?Que pasa?

--Te tengo que hablar.

--Te escucho--dijo el frances mientras maniobraba con la pala.

--?A ti te gusta la _Inasi_, mi hermana?

--iHombre!... si. iQue pregunta!--exclamo Bautista--.?Para eso vienes a
verme?

--?Te casarias con ella?

--Si tuviera dinero para establecerme ya lo creo.

--?Cuanto necesitarias?

--Unos ochenta o cien duros.

--Yo te los doy.

--?Y por que es esa prisa? ?Le pasa algo a la Ignacia?

--No, pero he sabido que Carlos Ohando la esta haciendo el amor. iY como
la tiene en su casa!...

--Nada, nada. Hablale tu y, si ella quiere, ya esta. Nos casamos en
seguida.

Se despidieron Bautista y Martin, y este, al dia siguiente, llamo a su
hermana y le reprocho su coqueteria y su estupidez. La Ignacia nego los
rumores que habian llegado hasta su hermano, pero al ultimo confeso que
Carlos la pretendia, pero con buen fin.

--iCon buen fin!--exclamo Zalacain--. Pero tu eres idiota, criatura.

--?Por que?

--Porque te quiere enganar, nada mas.

--Me ha dicho que se casara conmigo.

--?Y tu le has creido?

--iYo! Le he dicho que espere y que te preguntare a ti, pero el me ha
contestado que no quiere que te diga a ti nada.

--Claro. Porque yo echaria abajo sus planes. Te quiere enganar, y
quiere deshonrarnos, y que el pueblo entero nos desprecie porque me odia
a mi. Yo no te digo mas que una cosa, que si pasa algo entre ese
sacristan y tu, te despellejo a ti y a el, y le pego fuego a la casa,
aunque me lleven a presidio para toda la vida.

La Ignacia se echo a llorar, pero cuando Martin le dijo que Bautista se
queria casar con ella y que tenia dinero, se secaron pronto sus
lagrimas.

--?Bautista quiere casarse?--pregunto la Ignacia asombrada.

--Si.

--iPero si no tiene dinero!

--Pues ahora lo ha encontrado.

La idea del casamiento con Bautista no solo consolo a la muchacha, sino
que parecio ofrecerle un halagador porvenir.

--?Y que quieres que haga? ?Salir de la casa?--pregunto la Ignacia,
secandose las lagrimas y sonriendo.

--No, por de pronto sigue ahi, es lo mejor, y dentro de unos dias
Bautista ira a ver a dona Agueda y a decirla que se casa contigo.

Se hizo lo acordado por los dos hermanos. En los dias siguientes, Carlos
Ohando vio que su conquista no seguia adelante, y el domingo, en la
plaza, pudo comprobar que la Ignacia se inclinaba definitivamente del
lado de Bautista. Bailaron la muchacha y el panadero toda la tarde con
gran entusiasmo.

Carlos espero a que la Ignacia se encontrara sola y la insulto y la echo
en cara su coqueteria y su falsedad. La muchacha, que no tenia gran
inclinacion por Carlos, al verle tan violento cobro por el desvio y
miedo.

Poco despues, Bautista Urbide se presento en casa de Ohando, hablo a
dona Agueda, se celebro la boda, y Bautista y la Ignacia fueron a vivir
a Zaro, un pueblecillo del pais vasco frances.




CAPITULO IX

COMO INTENTO VENGARSE CARLOS DE MARTIN ZALACAIN


Carlos Ohando enfermo de colera y de rabia. Su naturaleza, violenta y
orgullosa, no podia soportar la humillacion de ser vencido; solo el
pensarlo le mortificaba y le corroia el alma.

Al intentar seducir Carlos a la Ignacia, casi podia mas en el su odio
contra Martin que su inclinacion por la chica. Deshonrarle a ella y
hacerle a el la vida triste, era lo que le encantaba. En el fondo, el
aplomo de Zalacain, su contento por vivir, su facilidad para
desenvolverse, ofendian a este hombre sombrio y fanatico.

Ademas, en Carlos la idea de orden, de categoria, de subordinacion, era
esencial, fundamental, y Martin intentaba marchar por la vida sin
cuidarse gran cosa de las clasificaciones y de las categorias sociales.

Esta audacia ofendia profundamente a Carlos y hubiese querido
humillarle para siempre, hacerle reconocer su inferioridad. Por otra
parte, el fracaso de su tentativa de seduccion le hizo mas malhumorado y
sombrio.

Una noche, aun no convaleciente de su enfermedad, producida por el
despecho y la colera, se levanto de la cama, en donde no podia dormir, y
bajo al comedor.

Abrio una ventana y se asomo a ella. El cielo estaba sereno y puro. La
luna blanqueaba las copas de los manzanos, cubiertos por la nieve de sus
menudas flores. Los melocotoneros extendian a lo largo de las paredes
sus ramas, abiertas en abanico, llenas de capullos. Carlos respiraba el
aire tibio de la noche, cuando oyo un cuchicheo y presto atencion.

Estaba hablando su hermana Catalina, desde la ventana de su cuarto, con
alguien que se encontraba en la huerta. Cuando Carlos comprendio que era
con Martin con quien hablaba, sintio un dolor agudisimo y una impresion
sofocante de ira.

Siempre se habia de encontrar enfrente de Martin. Parecia que el destino
de los dos era estorbarse y chocar el uno contra el otro.

Martin contaba bromeando a Catalina la boda de Bautista y de la Ignacia,
en Zaro, el banquete celebrado en casa del padre del vasco frances, el
discurso del alcalde del pueblecillo...

Carlos desfallecia de colera. Martin le habia impedido conquistar a la
Ignacia y deshonraba, ademas, a los Ohandos siendo el novio de su
hermana, hablando con ella de noche. Sobre todo, lo que mas heria a
Carlos, aunque no lo quisiera reconocer, lo que mas le mortificaba en el
fondo de su alma era la superioridad de Martin, que iba y venia sin
reconocer categorias, aspirando a todo y conquistandolo todo.

Aquel granuja de la calle era capaz de subir, de prosperar, de hacerse
rico, de casarse con su hermana y de considerar todo esto logico,
natural... Era una desesperacion.

Carlos hubiera gozado conquistando a la Ignacia, abandonandola luego,
paseandose desdenosamente por delante de Martin; y Martin le ganaba la
partida sacando a la Ignacia de su alcance y enamorando a su hermana.

iUn vagabundo, un ladron, se la habia jugado a el, a un hidalgo rico
heredero de una casa solariega! Y lo que era peor, iesto no seria mas
que el principio, el comienzo de su carrera esplendida!

Carlos, mortificado por sus pensamientos, no presto atencion a lo que
hablaban; luego oyo un beso, y poco despues las ramas de un arbol que se
movian.

Tras de esto, se vio bajar un hombre por el tronco de un arbol, se vio
que cruzaba la huerta, montaba sobre la tapia y desaparecia.

Se cerro la ventana del cuarto de Catalina, y en el mismo momento
Carlos se llevo la mano a la frente y penso con rabia en la magnifica
ocasion perdida. iQue soberbio instante para concluir con aquel hombre
que le estorbaba!

iUn tiro a boca de jarro! Y ya aquella mala hierba no creceria mas, no
ambicionaria mas, no intentaria salir de su clase. Si lo mataba, todo el
mundo consideraria el suyo un caso de legitima defensa contra un
salteador, contra un ladron.

Al dia siguiente, Carlos busco una escopeta de dos canones de su padre,
la encontro, la limpio a escondidas y la cargo con perdigones loberos.
Estuvo vacilando en poner cartuchos con bala, pero como era dificil
hacer punteria de noche, opto por los perdigones gruesos.

Ni en aquella noche, ni en la siguiente, se presento Martin, pero cuatro
dias despues Carlos lo sintio en la huerta. Todavia no habia salido la
luna y esto salvo al salteador enamorado. Carlos impaciente, al oir el
ruido de las hojas, apunto y disparo.

Al fogonazo, vio a Martin en el tronco del arbol y volvio a disparar.

Se oyo un chillido agudo de mujer y el golpe de un cuerpo en el suelo.
La madre de Carlos y las criadas, alarmadas salieron de sus cuartos
gritando, preguntando lo que era. Catalina, palida como una muerta, no
podia hablar de emocion.

Dona Agueda, Carlos y las criadas salieron al jardin. Debajo del arbol,
en la tierra y sobre la hierba humeda, se veian algunas gotas de sangre,
pero Martin habia huido.

--No tenga usted cuidado, senorita--le dijo a Catalina una de las
criadas--. Martin ha podido escapar.

La senora de Ohando, que se entero de lo ocurrido por su hijo, llamo en
su auxilio al cura don Felix para que le aconsejara.

Se intento hacer comprender a Catalina el absurdo de su proposito, pero
la muchacha era tenaz y estaba dispuesta a no ceder.

--Martin ha venido a darme noticias de la Ignacia, y como saben que no
le quieren en la casa, por eso ha saltado la tapia.

Cuando Carlos supo que Martin estaba solamente herido en un brazo y que
se paseaba vendado por el pueblo siendo el heroe, se sintio furioso,
pero por si acaso, no se atrevio a salir a la calle.

Con el atentado, la hostilidad entre Carlos y Catalina, ya existente, se
acentuo de tal manera, que dona Agueda, para evitar agrias disputas,
envio de nuevo a Carlos a Onate y ella se dedico a vigilar a su hija.




LIBRO SEGUNDO

Andanzas y correrias




CAPITULO PRIMERO

EN EL QUE SE HABLA DE LOS PRELUDIOS DE LA ULTIMA GUERRA CARLISTA


Hay hombres para quienes la vida es de una facilidad extraordinaria. Son
algo asi como una esfera que rueda por un plano inclinado, sin tropiezo,
sin dificultad alguna.

?Es talento, es instinto o es suerte? Los propios interesados aseguran
ser instinto o talento, sus enemigos dicen casualidad, suerte, y esto es
mas probable que lo otro, porque hay hombres excelentemente dispuestos
para la vida, inteligentes, energicos, fuertes y que sin embargo, no
hacen mas que detenerse y tropezar en todo.

Un proverbio vasco dice: "El buen valor asusta a la mala suerte." Y esto
es verdad a veces... cuando se tiene buena suerte.

Zalacain era afortunado; todo lo que intentaba lo llevaba bien.
Negocios, contrabando, amores, juego...

Su ocupacion principal era el comercio de caballos y de mulas que
compraba en Dax y pasaba de contrabando por los Alduides o por
Roncesvalles.

Tenia como socio a Capistun _el Americano_, hombre inteligentisimo, ya
de edad, a quien todo el mundo llamaba el americano, aunque se sabia que
era gascon. Su mote procedia de haber vivido en America mucho tiempo.

Bautista Urbide, antiguo panadero de la tahona de Archipe, formaba
muchas veces parte de las expediciones. Lo mismo Capistun que Martin,
tenian como punto de descanso el pueblo de Zaro, proximo a San Juan del
Pie del Puerto, donde vivia la Ignacia con Bautista.

Capistun y Martin conocian, como pocos, los puertos de Ibantelly y de
Atchuria, de Alcorrunz y de Larratecoeguia, toda la linea de Mugas de
Zugarramurdi. Habian recorrido muchas veces los caminos que hay entre
Meaca y Urdax, entre Izpegui y San Esteban de Baigorri, entre Biriatu y
Enderlaza, entre Elorrieta, la Banca y Berdariz. En casi todos los
pueblos de la frontera vasco-navarra, desde Fuenterrabia hasta
Valcarlos, tenian algun agente para sus negocios de contrabando.
Conocian tambien, palmo a palmo, las veredas que van por las vertientes
del monte Larrun y no habia misterios para ellos hacia el lado Este de
Navarra en esas praderas altas, metidas entre los bosques de Irati y de
Ori.

La vida de Capistun y Martin era accidentada y peligrosa. Para Martin,
la consigna del viejo Tellagorri era la norma de su vida. Cuando se
encontraba en una situacion apurada, cercado por los carabineros, cuando
se perdia en el monte, en medio de la noche, cuando tenia que hacer un
esfuerzo sobre si mismo, recordaba la actitud y la voz del viejo al
decir: iFirmes! iSiempre firmes! Y hacia lo necesario en aquel momento
con decision.

Tenia Martin serenidad y calma. Sabia medir el peligro y ver la
situacion real de las cosas sin exageraciones y sin alarmas. Para los
negocios y para la guerra el hombre necesita ser frio.

Martin comenzaba a impregnarse del liberalismo frances y a encontrar
atrasados y fanaticos a sus paisanos; pero, a pesar de esto, creia que
don Carlos, en el instante que iniciase la guerra, conseguiria la
victoria.

En casi todo el Mediodia de Francia se creia lo mismo.

El gobierno de la Republica, los subprefectos y demas funcionarios de la
frontera espanola dejaban pasar a los facciosos; y en los coches de
Elizondo, por los Alduides, por San Esteban de Baigorri, por Anoa,
viajaban los jefes carlistas, con sus uniformes e insignias de mando.

Martin y Capistun, ademas de mulas y de caballos, habian llevado a
diferentes puntos de Guipuzcoa y de Navarra, armas y materias
necesarias para la fabricacion de polvora, cartuchos y proyectiles, y
hasta llegaron a pasar por la frontera un canon, de desecho de la guerra
franco-prusiana, vendido por el Estado frances.

Los comites carlistas funcionaban a la vista de todo el mundo.
Generalmente, Martin y Capistun se entendian con el de Bayona, pero
algunas veces tuvieron que relacionarse con el de Pau.

Muchas veces habian dejado en manos de jovenes carlistas, disfrazados de
boyerizos, barricas llenas de armas. Los carlistas montaban las barricas
en un carro y se internaban en Espana.

--Es vino de la Rioja--solian decir en broma, al llegar a los pueblos
golpeando los toneles, y el alcalde y el secretario complices los
dejaban pasar.

Tambien solian cargar en carros, que cubrian de tejas, plomo en
lingotes, que habia de servir para fundir balas.

La alusion a la guerra proxima se notaba en una porcion de indicios y
senales. Curas, alcaldes y _jaunchos_ [Nota: Jaunchos-caciques.] se
preparaban. Muchas veces, al cruzar un pueblo, se oia una voz aguda como
de Carnaval, que gritaba en vasco: ?Noiz zuazte? (?Cuando os vais?) Lo
que queria decir: ?Cuando os echais al campo?

Se cantaba tambien en Guipuzcoa una cancion en vascuence, que aludia a
la guerra y que se llamaba Gu guera (Nosotros somos). Era asi:

UNA VOZ

        Bigarren chandan
        aditutzendet
        ate joca _dan dan_.
        Ale onduan
        norbait dago ta
        galdezazu nor dan.

(Por segunda vez oigo que estan llamando a la puerta, _dan, dan_. Junto
a la puerta hay alguno. Pregunta quien es.)

VARIAS VOCES

        Ta gu guera
        Ta gu guera
        gabiltzanac
        gora bera
        etorri nayean onera.
        Ta gu guera
        Ta gu guera
        Quirlis Carlos
        Carlos Quirlis
        Ecarri nayean onera.

(Nosotros somos, nosotros somos los que andamos de arriba a abajo
queriendo venir aqui. Nosotros somos, nosotros somos Quirlis Carlos,
Carlos Quirlis, queriendole traer aqui.)

Y mientras en las provincias se organizaba y preparaba una guerra feroz
y sangrienta, en Madrid, politicos y oradores se dedicaban con fruicion
a los bellos ejercicios de la retorica.

       *       *       *       *       *

Un dia de Mayo fueron Martin, Capistun y Bautista a Vera. La senora de
Ohando tenia una casa en el barrio de Alzate y habia ido a pasar alli
una temporada.

Martin queria hablar con su novia, y Capistun y Bautista le acompanaron.
Salieron de Sara y marcharon por el monte a Alzate.

Martin contaba con una de las criadas de Ohando, partidaria suya, y esta
le facilitaba el poder hablar con Catalina. Mientras Martin quedo en
Alzate, Capistun y Bautista entraron en Vera.

En aquel mismo momento, don Carlos de Borbon, el pretendiente, llegaba
rodeado de un Estado Mayor de generales carlistas y de algunos vendeanos
franceses.

Se leyo una alocucion patriotica, y despues don Carlos, repitiendo el
final de la alocucion, exclamo:

--Hoy dos de Mayo. iDia de fiesta _nasional! iAbaco_ el _extranquero_!

El _extranquero_ era Amadeo de Saboya.

Capistun y Bautista anduvieron entre los grupos. Se decia que uno de
aquellos caballeros era Cathelineau, el descendiente del celebre general
vendeano; se senalaba tambien al conde de Barrot y a un marques navarro.

Cuando llego Martin a Vera se encontro la plaza llena de carlistas;
Bautista le dijo:

--La guerra ha empezado.

Martin se quedo pensativo.

Volvieron Martin, Capistun y Bautista a Francia. Bautista gritaba
ironicamente a cada paso:--_iAbaco_ el _extranquero!_--Zalacain pensaba
en el giro que tomaria aquella guerra asi iniciada y en lo que podria
influir en sus amores con Catalina.




CAPITULO II

COMO MARTIN, BAUTISTA Y CAPISTUN PASARON UNA NOCHE EN EL MONTE


Una noche de invierno marchaban tres hombres con cuatro magnificas mulas
cargadas con grandes fardos. Salidos de Zaro por la tarde, se dirigian
hacia los altos del monte Larrun.

Costeando un arroyo que bajaba a unirse con la Nivelle y cruzando
prados, llegaron a una borda, donde se detuvieron a cenar.

Los tres hombres eran Martin Zalacain, Capistun el gascon y Bautista
Urbide. Llevaban una partida de uniformes y de capotes.

El alijo iba consignado a Lesaca, en donde lo recogerian los carlistas.

Despues de cenar en la borda, los tres hombres sacaron las muias y
continuaron el viaje subiendo por el monte Larrun.

Era la noche fria, comenzaba a nevar. En los caminos y sendas, llenos
de lodo, se resbalaban los pies; a veces una mula entraba en un charco
hasta el vientre y a fuerza de fuerzas se lograba sacarla del aprieto.

Los animales llevaban mucho peso. Era preciso seguir el camino largo,
sin utilizar las veredas, y la marcha se hacia pesada. Al llegar a la
cumbre y al entrar en el puerto de Ibantelly, les sorprendio a los
viandantes una tempestad de viento y de nieve.

Se encontraban en la misma frontera. La nieve arreciaba; no era facil
seguir adelante. Los tres hombres detuvieron las mulas, y mientras
quedaba Capistun con ellas, Martin y Bautista se echaron uno a un lado y
el otro al otro, para ver si encontraban cerca algun refugio, cabana o
choza de pastor.

Zalacain vio a pocos pasos una casucha de carabineros cerrada.

--iEup! iEup!--grito.

No contesto nadie.

Martin empujo la puerta, sujeta con un clavo, y entro dentro del chozo.
Inmediatamente corrio a dar parte a los amigos de su descubrimiento. Los
fardos que llevaban las mulas tenian mantas, y extendiendolas y
sujetandolas por un extremo en la choza de los carabineros y por otro en
unas ramas, improvisaron un cobertizo para las caballerias.

Puestas en seguridad la carga y las mulas, entraron los tres en la casa
de los carabineros y encendieron una hermosa hoguera. Bautista fabrico
en un momento, con fibras de pino, una antorcha para alumbrar aquel
rincon.

Esperaron a que pasara el temporal y se dispusieron los tres a matar el
tiempo junto a la lumbre. Capistun llevaba una calabaza llena de
aguardiente de Armagnac y, mezclandolo con agua que calentaron, bebieron
los tres.

Luego, como era natural, hablaron de la guerra. El carlismo se extendia
y marchaba de triunfo en triunfo. En Cataluna y en el pais vasco-navarro
iba haciendo progresos. La Republica espanola era una calamidad. Los
periodicos hablaban de asesinatos en Malaga, de incendios en Alcoy, de
soldados que desobedecian a los jefes y se negaban a batirse. Era una
vergueenza.

Los carlistas se apoderaban de una porcion de pueblos abandonados por
los liberales. Habian entrado en Estella.

En las dos orillas del Bidasoa, lo mismo en la frontera espanola que en
la francesa, se sentia un gran entusiasmo por la causa del Pretendiente.

Capistun y Bautista senalaron sus conocidos alistados ya en la faccion.
La mayoria eran mozos, pero no faltaban tampoco los viejos. Los fueron
citando.

Alla estaban Juan Echeberrigaray, de Espeleta; Tomas Albandos, de Anoa;
el herrero Lerrumburo, de Zaro; Echebarria, de Irisarri; Galparzasoro,
el alpargatero de Urruna; Mearuberry, el carnicero de Ostabat, Miguel
Larralde, el de Azcain; Carricaburo, el mozo de un caserio de Arhamus;
Chaubandidegui, el hijo del confitero de Azcarat; Peyrohade y
Lafourchette, los dos mozos del bazar de Hasparren.

--iValientes granujas!--murmuro Martin, que escuchaba.

Capistun y Bautista siguieron su enumeracion. Estaban tambien
Bordagorri, el de Meharin; Achucarro, de Urdax; Etchehun, el versolari
de Chacxu; Ganecoechia, de Osses; Bishino, de Azparrain, Listurria, de
Briscus; Rebenacq, de Pourtales; el propietario de Saint Palais con el
baron Lesbas d'Armagnac, de Mauleon; Detchesarry, el sacristan de
Biriatu; Guibeleguieta, de Barcus; Iturbide, de Hendaya; Echemendi, el
minero de Articuza; Chocoa, el cantero de San Esteban de Baigorri;
Garraiz, el cazador de palomas de Echalar; Setoain, el lenador de
Esterensuby; Isuribere, el pastor de Urepel; y Chiquierdi, el de
Zugarramurdi.

Los vascos, siguiendo las tendencias de su raza, marchaban a defender lo
viejo contra lo nuevo. Asi habian peleado en la antigueedad contra el
romano, contra el godo, contra el arabe, contra el castellano, siempre a
favor de la costumbre vieja y en contra de la idea nueva.

Estos aldeanos y viejos hidalgos de Vasconia y de Navarra, esta
semiaristocracia campesina de las dos vertientes del Pirineo, creia en
aquel Borbon, vulgar extranjero y extranjerizado, y estaban dispuestos a
morir para satisfacer las ambiciones de un aventurero tan grotesco.

Los legitimistas franceses se lo figuraban como un nuevo Enrique IV; y
como de alli, del Bearn, salieron en otro tiempo los Borbones para
reinar en Espana y en Francia, sonaban con que Carlos VII triunfaria en
Espana, acabaria con la maldita Republica Francesa, daria fueros a
Navarra, que seria el centro del mundo y, ademas, restableceria el poder
politico del Papa en Roma.

Zalacain se sentia muy espanol y dijo que los franceses eran unos
cochinos, porque debian hacer la guerra en su tierra, si querian.

Capistun, como buen republicano, afirmo que la guerra en todas partes
era una barbaridad.

--Paz, paz es lo que se necesita--anadio el gascon--; paz para poder
trabajar y vivir.

--iAh, la paz!--replico Martin contradiciendole--; es mejor la guerra.

--No, no--repuso Capistun--. La guerra es la barbarie nada mas.

Discutieron el asunto; el gascon, como mas ilustrado, aducia mejores
argumentos, pero Bautista y Martin replicaban:

--Si, todo eso es verdad, pero tambien es hermosa la guerra.

Y los dos vascos especificaron lo que ellos consideraban como
hermosura. Ambos guardaban en el fondo de su alma un sueno candido y
heroico, infantil y brutal. Se veian los dos por los montes de Navarra y
de Guipuzcoa al frente de una partida, viviendo siempre en acecho, en
una continua elasticidad de la voluntad, atacando, huyendo,
escondiendose entre las matas, haciendo marchas forzadas, incendiando el
caserio enemigo...

iY que alegrias! iQue triunfos! Entrar en las aldeas a caballo, la boina
sobre los ojos, el sable al cinto, mientras las campanas tocan en la
iglesia. Ver, al huir de una fuerza mayor, como aparece, entre el verde
de las heredades, el campanario de la aldea donde se tiene el asilo;
defender una trinchera heroicamente y plantar la bandera entre las balas
que silban; conservar la serenidad mientras las granadas caen,
estallando a pocos pasos, y caracolear en el caballo delante de la
partida, marchando todos al compas del tambor...

iQue emociones debian de ser aquellas! Y Bautista y Martin sonaban con
el placer de atacar y de huir, de bailar en las fiestas de los pueblos y
de robar en los Ayuntamientos, de acechar y de escapar por los senderos
humedos y dormir en una borda sobre una cama de hierba seca...

--iBarbarie! iBarbarie!--replicaba a todo esto el gascon.

--iQue barbarie!--exclamo Martin--. ?Se ha de estar siempre hecho un
esclavo, sembrando patatas o cuidando cerdos? Prefiero la guerra.

--?Y por que prefieres la guerra? Para robar.

--No hables, Capistun, que eres comerciante.

--?Y que?

--Que tu y yo robamos con el libro de cuentas. Entre robar en el camino,
o robar con el libro de cuentas, prefiero a los que roban en el camino.

--Si el comercio fuera un robo, no habria sociedad--repuso el gascon.

--?Y que?--dijo Martin.

--Que acabarian las ciudades.

--Para mi las ciudades estan hechas por miserables y sirven para que las
saqueen los hombres fuertes--dijo Martin con violencia.

--Eso es ser enemigo de la Humanidad.

Martin se encogio de hombros.

Poco despues de media noche, la nieve comenzo a cesar y Capistun dio la
orden de marcha. El cielo habia quedado estrellado. Los pies se hundian
en la nieve y se sentia un silencio de muerte.

--_Cantats, amics_--dijo el gascon, a quien tanta tristeza y tanto
reposo imponian.

--No nos vayan a oir--advirtio Bautista.

--iCa!--y el gascon canto:

        iOan! iOan! lus de deuan
        lus de darrer que seguiran.
        Lus de darrer oan, oan,
        que seguiran a trot de can.

(iAdelante! Adelante, los de delante y los de atras que seguiran. Los de
atras, adelante, adelante, que seguiran al trote de can!)

Era esta una vieja cancion gascona para medir la marcha; muy buena para
el llano, pero poco oportuna en aquellos vericuetos.

Bautista, animado por el ejemplo del gascon, canto un zortzico vasco
frances, que decia asi:

        Gau erdi da
        errico orenean
        inon ez da
        arguiric lurrean
        ez diteque
        mendian adi deuzic
        aicearen
        arrabotza baicic.

(Es media noche en el reloj del pueblo, en ninguna parte hay luz, en la
tierra; no se puede, en el monte, oir mas que el rumor estruendoso del
viento.)

La cancion de Bautista era de una salvaje melancolia; Martin lanzo un
grito, el _irrintzi_, como una larga carcajada, o un relincho salvaje
terminado en una risa burlona. Capistun, como protestando, canto:

        Del castelet a l'aube
        sort Isabeu,
        es blanquette sa raube
        como la neu.

(Del castillete, al alba, sale Isabel; es blanquita su ropa como la
nieve.)

A Martin y a Bautista no les gustaban las canciones del gascon que les
parecian empalagosas, y a este tampoco las de sus amigos, a las cuales
encontraba siniestras. Discutieron acerca de las excelencias de sus
respectivos paises, pasando de los cantos populares a hablar de las
costumbres y de la riqueza.

Iba a amanecer; comenzaban a acercarse a Vera, cuando se oyeron a lo
lejos varios tiros.

--?Que pasa aqui?--se preguntaron.

Tras de un instante se volvieron a oir nuevos tiros y un lejano sonido
de campanas.

--Hay que ver lo que es.

Decidieron como mas practico que Capistun, con las cuatro mulas, se
volviera y se encaminara despacio hacia la choza de carabineros donde
habian pasado la noche. Si no ocurria nada en Vera, Bautista y Zalacain
retornarian inmediatamente. Si en dos horas no estaban alla, Capistun
debia ganar la frontera y refugiarse en Francia: en Biriatu, en Zaro,
donde pudiese.

Las mulas volvieron de nuevo camino del puerto, y Zalacain y su cunado
comenzaron a bajar del monte en linea recta, saltando, deslizandose
sobre la nieve, a riesgo de despenarse. Media hora despues, entraban en
las calles de Alzate, cuyas puertas se veian cerradas.

Llamaron en una posada conocida. Tardaron en abrir, y al ultimo el
posadero, amedrentado, se presento en la puerta.

--?Que pasa?--pregunto Zalacain.

--Que ha entrado en Vera otra vez la partida del Cura.

Bautista y Martin sabian la reputacion del Cura y su enemistad con
algunos generales carlistas y convinieron en que era peligroso llevar el
alijo a Vera o a Lesaca, mientras anduvieran por alli las gentes del
ensotanado cabecilla.

--Vamos en seguida a darle el aviso a Capistun--dijo Bautista.

--Bueno, vete tu--repuso Martin--yo te alcanzo en seguida.

--?Que vas a hacer?

--Voy a ver si veo a Catalina.

--Yo te esperare.

Catalina y su madre vivian en una magnifica casa de Alzate. Llamo
Martin en ella, y a la criada, que ya le conocia, la dijo:

--?Esta Catalina?

--Si... Pasa.

Entro en la cocina. Era esta grande y espaciosa y algo obscura.
Alrededor de la ancha campana de la chimenea colgaba una tela blanca
planchada, sujeta por clavos. Del centro de la campana bajaba una gruesa
cadena negra, en cuyo garfio final se enganchaba un caldero. A un lado
de la chimenea, habia un banquillo de piedra, sobre el cual estaban en
fila tres herradas con los aros de hierro brillantes, como si fueran de
plata. En las paredes se veian cacerolas de cobre rojizo y lodos los
chismes de la cocina de la casa, desde las sartenes y cucharas de palo,
hasta el calentador, que tambien figuraba colgado en la pared como parte
integrante de la bateria de cocina.

Aquel orden parecia algo absurdo y extraordinario, contrastado con la
agitacion exterior.

La criada habia subido la escalera y, tras de algun tiempo, bajo
Catalina envuelta en un manton.

--?Eres tu?--dijo sollozando.

--Si, ?que pasa?

Catalina, llorando, conto que su madre estaba muy enferma, su hermano se
habia ido con los carlistas y a ella querian meterla en un convento.

--?A donde te quieren llevar?

--No se, todavia no se ha decidido.

--Cuando lo sepas, escribeme.

--Si, no tengas cuidado. Ahora vete, Martin, porque mi madre habra oido
que estamos hablando y, como ha sentido los tiros hace poco, esta muy
alarmada.

Efectivamente, se oyo poco despues una voz debil que exclamaba:

--iCatalina! iCatalina! ?Con quien hablas?

Catalina tendio la mano a Martin, quien la estrecho en sus brazos. Ella
apoyo la cabeza en el hombro de su novio y, viendo que la volvian a
llamar subio la escalera. Zalacain la contemplo absorto y luego abrio la
puerta de la casa, la cerro despacio y, al encontrarse en la calle, se
vio con un espectaculo inesperado. Bautista discutia a gritos con tres
hombres armados, que no parecian tener para el muy buenas disposiciones.

--?Que pasa?--pregunto Martin.

Pasaba, sencillamente, que aquellos tres individuos eran de la partida
del Cura y habian presentado a Bautista Urbide este sencillo dilema:

"O formar parte de la partida o quedar prisionero y recibir ademas, de
propina, una tanda de palos."

Martin iba a lanzarse a defender a su cunado cuando vio que a un extremo
de la calle aparecian cinco o seis mozos armados. En el otro esperaban
diez o doce. Con su rapido instinto de comprender la situacion, Martin
se dio cuenta de que no habia mas remedio que someterse y dijo a
Bautista, en vascuence, aparentando gran jovialidad:

--iQue demonio, Bautista! ?No querias tu entrar en una partida? ?No
somos carlistas? Pues ahora estamos a tiempo.

Uno de los tres hombres, viendo como se explicaba Zalacain, exclamo
satisfecho:

--_iArrayua!_ Este es de los nuestros. Venid los dos.

El tal hombre era un aldeano alto, flaco, vestido con un uniforme
destrozado y una pipa de barro en la boca. Parecia el jefe y le llamaban
Luschia.

Martin y Bautista siguieron a los mozos armados, pasaron de Alzate a
Vera y se detuvieron en una casa, en cuya puerta habia un centinela.

--iBajadlos! iBajadlos!--dijo Luschia a su gente.

Cuatro mozos entraron en el portal y subieron por la escalera.

Luschia, mientras tanto, pregunto a Martin:

--?Vosotros de donde sois?

--De Zaro.

--?Sois franceses?

--Si--dijo Bautista.

Martin no quiso decir que el no lo era, sabiendo que el decir que era
frances podia protegerle.

--Bueno, bueno--murmuro el jefe.

Los cuatro aldeanos de la partida que habian entrado en la casa trajeron
a dos viejos.

--iAtadlos!--dijo Luschia, el aldeano de la pipa.

Sacaron a la calle un tambor de regimiento y un cesto, y a los dos
viejos los ataron.

--?Que es lo que han hecho?--pregunto Martin a uno de la partida que
llevaba una boina a rayas.

--Que son traidores--contesto este.

El uno era un maestro de escuela y el otro un expartidario de la
guerrilla del Cura.

Cuando estuvieron las dos victimas atadas y con las espaldas desnudas,
el ejecutor de la justicia, el mozo de la boina a rayas, se remango el
brazo y cogio una vara.

El maestro de escuela, suplicante, imploro:

--iPero si todos somos unos!

El exguerrillero no dijo nada.

No hubo apelacion ni misericordia. Al primer golpe, el maestro de
escuela perdio el sentido; el otro, el antiguo lugarteniente del Cura,
callo y comenzo a recibir los palos con un estoicismo siniestro.

Luschia se puso a hablar con Zalacain. Este le conto una porcion de
mentiras. Entre ellas le dijo que el mismo habia guardado cerca de
Urdax, en una cueva, mas de treinta fusiles modernos. El hombre oia y,
de cuando en cuando, volviendose al ejecutor de sus ordenes, decia con
voz gangosa: _iJo! iJo!_ (Pega, pega).

Y volvia a caer la vara cobre las espaldas desnudas.




CAPITULO III

DE ALGUNOS HOMBRES DECIDIDOS QUE FORMABAN LA PARTIDA DEL CURA


Concluida la paliza, Luschia dio la orden de marcha, y los quince o
veinte hombres tomaron hacia Oyarzun, por el camino que pasa por la
Cuesta de la Agonia.

La partida iba en dos grupos; en el primero marchaba Martin y en el
segundo Bautista.

Ninguno de la partida tenia mal aspecto ni aire patibulario. La mayoria
parecian campesinos del pais; casi todos llevaban traje negro, boina
azul pequena y algunos, en vez de botas, calzaban abarcas con pieles de
carnero, que les envolvian las piernas.

Luschia, el jefe, era uno de los tenientes del Cura y ademas capitaneaba
su guardia negra. Sin duda, gozaba de la confianza del cabecilla. Era
alto, huesudo, de nariz fenomenal, enjuto y seco.

Tenia Luschia una cara que siempre daba la impresion de verla de
perfil, y la nuez puntiaguda.

Parecia buena persona hasta cierto punto, insinuante y jovial.
Consideraba, sin duda, una magnifica adquisicion la de Zalacain y
Bautista, pero desconfiaba de ellos y, aunque no como prisioneros, los
llevaba separados y no les dejaba hablar a solas.

Luschia tenia tambien sus lugartenientes; Praschcu, Belcha y el Corneta
de Lasala. Praschcu era un moceton grueso, barbudo, sonriente y rojo,
que, a juzgar por sus palabras, no pensaba mas que en comer y en beber
bien. Durante el camino no hablo mas que de guisos y de comidas, de la
cena que le quitaron al cura de tal pueblo o al maestro de escuela de
tal otro, del cordero asado que comieron en este caserio y de las
botellas de sidra que encontraron en una taberna. Para Praschcu la
guerra no era mas que una serie de comilonas y de borracheras.

Belcha y el Corneta de Lasala iban acompanando a Bautista.

A Belcha (el negrito) le llamaban asi por ser pequeno y moreno; el
Corneta de Lasala ostentaba una cicatriz violacea que le cruzaba la
frente. Su apodo procedia de su oficio de capataz de los que dan la
senal para el comienzo y el paro del trabajo con una bocina.

Los de la partida llegaron a media noche a Arichulegui, un monte
cercano a Oyarzun, y entraron en una borda proxima a la ermita.

Esta borda era la guarida del Cura. Alli estaba su deposito de
municiones.

El cabecilla no estaba. Guardaba la borda un reten de unos veinte
hombres. Se hizo pronto de noche. Zalacain y Bautista comieron un rancho
de habas y durmieron sobre una hermosa cama de heno seco.

Al dia siguiente, muy de manana, sintieron los dos que les despertaban
de un empujon; se levantaron y oyeron la voz de Luschia:

--Hala. Vamos andando.

Era todavia de noche; la partida estuvo lista en un momento. Al mediodia
se detuvieron en Fagollaga y al anochecer llegaban a una venta proxima a
Andoain, en donde hicieron alto. Entraron en la cocina. Segun dijo
Luschia, alli se encontraba el Cura.

Efectivamente, poco despues, Luschia llamo a Zalacain y a Bautista.

--Pasad--les dijo.

Subieron por la escalera de madera hasta el desvan y llamaron en una
puerta.

--?Se puede?--pregunto Luschia.

--Adelante.

Zalacain, a pesar de ser templado, sintio un ligero estremecimiento en
todo el cuerpo, pero se irguio y entro sonriente en el cuarto. Bautista
llevaba el animo de protestar.

--Yo hablare--dijo Martin a su cunado--tu no digas nada.

A la luz de un farol, se veia un cuarto, de cuyo techo colgaban mazorcas
de maiz, y una mesa de pino, a la cual estaban sentados dos hombres. Uno
de ellos era el Cura, el otro su teniente, un cabecilla conocido por el
apodo de _el Jabonero_.

--Buenas noches--dijo Zalacain en vascuence.

--Buenas noches--contesto _el Jabonero_ amablemente.

El cura no contesto. Estaba leyendo un papel.

Era un hombre regordete, mas bajo que alto, de tipo insignificante, de
unos treinta y tantos anos. Lo unico que le daba caracter era la mirada,
amenazadora, oblicua y dura.

Al cabo de algunos minutos, el cura levanto la vista y dijo:

--Buenas noches.

Luego siguio leyendo.

Habia en todo aquello algo ensayado para infundir terror. Zalacain lo
comprendio y se mostro indiferente y contemplo sin turbarse al cura.
Llevaba este la boina negra inclinada sobre la frente, como si temiera
que le mirasen a los ojos; gastaba barba ya ruda y crecida, el pelo
corto, un panuelo en el cuello, un chaqueton negro con todos los botones
abrochados y un garrote entre las piernas.

Aquel hombre tenia algo de esa personalidad enigmatica de los seres
sanguinarios, de los asesinos y de los verdugos; su fama de cruel y de
barbaro se extendia por toda Espana. El lo sabia y, probablemente,
estaba orgulloso del terror que causaba su nombre. En el fondo era un
pobre diablo histerico, enfermo, convencido de su mision providencial.
Nacido, segun se decia, en el arroyo, en Elduayen, habia llegado a
ordenarse y a tener un curato en un pueblecito proximo a Tolosa. Un dia
estaba celebrando misa, cuando fueron a prenderle. Pretexto el cura el
ir a quitarse los habitos y se tiro por una ventana y huyo y empezo a
organizar su partida.

Aquel hombre siniestro se encontro sorprendido ante la presencia y la
serenidad de Zalacain y de Bautista, y sin mirarles les pregunto:

--?Sois vascongados?

--Si--dijo Martin avanzando.

--?Que haciais?

--Contrabando de armas.

--?Para quien?

--Para los carlistas.

--?Con que comite os entendiais?

--Con Bayona.

--?Que fusiles habeis traido?

--Berdan y Chassepot.

--?Es verdad que teneis armas escondidas cerca de Urdax?

--Ahi y en otros puntos.

--?Para quien las traiais?

--Para los navarros.

--Bueno. Iremos a buscarlas. Si no las encontramos, os fusilaremos.

--Esta bien--dijo friamente Zalacain.

--Marchaos--repuso el cura, molesto por no haber intimidado a sus
interlocutores.

Al salir, en la escalera, _el Jabonero_ se acerco a ellos.

Este tenia aspecto de militar, de hombre amable y bien educado.

Habia sido guardia civil.

--No temais--dijo--. Si cumplis bien, nada os pasara.

--Nada tememos--contesto Martin.

Fueron los tres a la cocina de la posada, y _el Jabonero_ se mezclo
entre la gente de la partida, que esperaba la cena.

Se reunieron en la misma mesa _el Jabonero_, Luschia, Belcha, el corneta
de Lasala y uno gordo, a quien llamaban Anchusa.

_El Jabonero_ no quiso aceptar en la mesa a Praschcu, porque dijo que si
a aquel barbaro le ponian a comer al principio, no dejaba nada a los
demas.

Con este motivo, un muchacho joven, exseminarista, apellidado Dantchari
y conocido tambien por el mote de _el Estudiante_, que formaba parte de
la partida, recordo la cancion de Vilinch, que se llama la Cancion del
Potaje, y, como en ella el autor se burla de un cura tragon, tuvo que
cantarla en voz baja, para que no se enterara el cabecilla.

El posadero trajo la cena y una porcion de botellas de vino y de sidra,
y, como la caminata desde Arichulegui hasta alla les habia abierto el
apetito, se lanzaron sobre las viandas como fieras hambrientas.

Estaban cenando, cuando llamaron a la puerta:

--?Quien va?--dijo el posadero.

--Yo. Un amigo--contestaron de fuera.

--?Quien eres tu?

--Ipintza, _el Loco_.

--Pasa.

Se abrio la puerta y entro un viejo mendigo envuelto en una anguarina
parda, con una de las mangas atadas y convertida en bolsillo. Dantchari
_el Estudiante_ le conocia y dijo que era un vendedor de canciones a
quien tenian por loco, porque cantaba y bailaba recitandolas.

Se sento Ipintza, _el Loco_, a la mesa y le dio el posadero las sobras
de la cena. Luego se acerco al grupo que formaban los hombres de la
partida alrededor de la chimenea.

--?No quereis alguna cancion?--dijo.

--?Que canciones tienes?--le pregunto _el Estudiante_.

--Tengo muchas. La de la mujer que se queja del marido, la del marido
que se queja de la mujer, Pello Joshepe...

--Todo eso es viejo.

--Tambien tengo Hurra Pepito y la cancion entre amo y criado.

--Ese es liberal--dijo Dantchari.

--No se--contesto Ipintza, _el Loco_.

--?Como que no sabes? Yo creo que tu no eres del todo ortodoxo.

--No se lo que es eso. ?No quereis canciones?

--Pero, bueno, contesta. ?Eres ortodoxo o heterodoxo?

--Ya te he dicho que no se.

--Que opinas de la Trinidad?

--No se.

--?Como que no sabes? iY te atreves a decirlo! ?De donde procede el
Espiritu Santo? ?Procede del Padre o procede del Hijo, o de los dos? ?O
es que tu crees que su hipostasis es consustancial con la hipostasis del
Padre o la del Hijo?

--No se nada de eso. ?Quereis canciones? ?No quereis comprar canciones a
Ipintza, _el Loco_?

--iAh! ?De manera que no contestas? Entonces eres heretico. _Anathema
sit_. Estas excomulgado.

--iYo! ?Excomulgado?--dijo Ipintza lleno de terror, y retrocedio y
enarbolo su blanco garrote.

--Bueno, bueno--grito Luschia al estudiante--. Basta de bromas.

Praschcu echo unas cuantas brazadas de ramas secas. Chisporroteo el
fuego alegremente; despues, unos se pusieron a jugar al mus y Bautista
lucio su magnifica voz cantando varios zortzicos.

Dantchari, _el Estudiante_, desafio a echar versos a Bautista y este
acepto el desafio. Los dos comenzaron con el estribillo:

        Orain esango dizut
        nic zuri eguia.

(Ahora te dire yo la verdad.)

Y la fuerza del consonante les hizo decir una porcion de disparates y de
astracanadas que produjeron el entusiasmo de la reunion.

Ambos merecieron placemes y aplausos. Luego, Dantchari aseguro que sabia
imitar la voz de tiple, y entre Bautista y el cantaron la cancion que
comienza diciendo:

        Marichu, ?nora zuaz
        eder galant ori?

(Maria, ?a donde vas tan bonita?)

Bautista cantando de mozo y Dantchari de chica, dirigiendose preguntas y
respuestas de burlona ingenuidad, hicieron las delicias de la
concurrencia.

Luego, Bautista canto la bella cancion del pais de Soul, que dice asi:

        Urzo churia errazu
        Nora yoaten cera zu
        Ezpaniaco mendi guciac
        Elurrez beteac dituzu
        Gaur arratzean ostatu
        Gure echean badezu.

(Paloma blanca, dime a donde vas. Todos los montes de Espana estan
llenos de nieve. Si quieres albergue para esta noche, lo tienes en mi
casa.)

Los de la partida aplaudieron, pero mas que esta cancion romantica les
gusto el duo anterior, y _el Jabonero_, comprendiendolo asi, compro a
Ipintza, _el Loco_, un papel, que era la letra de la nueva cancion de
Vilinch, llamada "Juana Vishenta Olave", escrita por el autor
adaptandola a un aire popular titulado iOrra Pepito!

La cancion de Vilinch era un dialogo amoroso entre el propietario de un
caserio y la hija del arrendador, a quien trata de conquistar.

_El Estudiante_ se puso las enaguas de la posadera y se ato un panuelo
en la cabeza, Bautista se calo un sombrero de copa que alguno encontro,
no se sabe donde, y cantaron ambos el duo ingenuo de Vilinch, y la
algazara fue tan grande que los cantores tuvieron que enmudecer porque
el Cura grito desde arriba que no le dejaban dormir en paz.

Cada cual fue a acostarse donde pudo, y Martin le dijo a Bautista en
frances:

--Cuidado, eh. Hay que estar preparados para escapar a la mejor ocasion.

Bautista movio la cabeza afirmativamente, dando a entender que no se
olvidaba.




CAPITULO IV

HISTORIA CASI INVEROSIMIL DE JOSHE CRACASCH


Los dos dias siguientes estuvo lloviendo y se paso la partida en la
venta haciendo algunos reconocimientos por los alrededores. Ni Zalacain
ni Bautista vieron al cura. Sin duda este no se presentaba mas que en
las circunstancias graves.

Como era natural entre tanta gente inactiva, se pasaron las horas al
lado del fuego hablando y contando diversos episodios y aventuras.

Habia en la partida un muchacho de Tolosa, muy melancolico, cuyas unicas
ocupaciones eran mirarse a un espejito de mano y tocar el acordeon. Este
muchacho se llamaba Jose Cacochipi y algunos, a sus espaldas, le decian
Jose Cracasch o sea en castellano Jose Manchas.

Martin y Bautista le preguntaron varias veces que le pasaba para estar
tan triste, si es que le dolian las muelas, si tenia las digestiones
lentas, disgustos de familia o algun desorden en la vejiga; a todas
estas preguntas contestaba Cacochipi, alias _Cracasch_, diciendo que no
le pasaba nada, pero suspiraba como si le ocurrieran todas esas
calamidades al mismo tiempo.

Como el tal Cacochipi constituia un misterio, Martin pregunto a
Dantchari, _el Estudiante_, si por ser tolosano sabia la historia de su
conterraneo y amigo, y el exseminarista dijo:

--Si no le decis nada, os contare la historia de Joshe, pero habeis de
prometerme no burlaros de el.

--No nos burlaremos de el ni le diremos nada.

Dantchari hablaba en castellano con esa pedanteria clasica de los curas
y seminaristas, que creen indispensable, para mayor claridad, decir de
cuando en cuando alguna palabra en latin entre personas que ignoran en
absoluto este idioma.

--Pues habeis de saber--dijo Dantchari--que Jose Cacochipi, el hijo
menor de Andre Anthoni la confitera, ha sido conocido siempre, _urbi et
orbe_ por el apodo de Joshe Cracasch.

Este apodo lo tenia muy merecido porque Joshe era hace anos, y aun hace
meses, el mozo mas abandonado de la ciudad y de los contornos; asi que
todo el pueblo, _nemine discrepante_, lo apodaba Cracasch.

Joshe no ha tenido hasta hace poco mas pasion que la musica.

Quisieron hacerle estudiar para cura y ordenarle _in sacris_, pero fue
imposible.

Se puede decir de el que es musico _per se_ y hombre _per accidens_.

Durante muchos anos se ha pasado ocho o nueve horas en el piano haciendo
ejercicios y, como no ha tenido alma mas que para la musica, en todo lo
demas ha sido un descuidado horrible.

Llevaba el traje lleno de lamparones, la boina sucia, el pelo largo, se
olvidaba la corbata. Era una verdadera calamidad.

Por eso se le llamaba Joshe Cracasch, y a el no solo no le ofendia el
apodo, sino que le hacia gracia; en cambio su madre, Andre Anthoni, se
ponia como una fiera cuando oia que a su hijo le daban este mote.

Hara un ano proximamente que un indiano rico llamado Arizmendi, y que
dicen que ha sido pirata... yo no lo se, _relata refero_, llego al
pueblo. Como digo, este senor le pregunto al parroco:

--?Que profesor de musica le podria yo poner a mi chico?

--El mejor, Jose Cacochipi--contesto el cura.

Le hablaron a Cracasch y este se encogio de hombros y dijo que bueno. Su
madre le preparo ropa limpia y le advirtio que tuviera cuidado con lo
que decia y que fuera prudente, pues la colocacion podia ser un _modus
vivendi_ para el. Cracasch prometio ser prudentisimo.

Llego el primer dia a casa de Arizmendi y pregunto por el amo.

Salio a abrirle una muchacha, y poco despues se presento un senor. La
muchacha le dijo que dejara la boina en el colgador.

--?Para que?--replico Joshe--y luego, dirigiendose al senor, le
pregunto:--?Es la criada, eh?

--No, esta senorita es mi hija--contesto friamente el senor Arizmendi.

Cracasch comprendio que habia dado un tropiezo y para enmendarlo, dijo:

--Es muy guapa. iYa se parece a usted, ya!

--No. Si es hijastra mia--contesto el senor Arizmendi.

--Ja, ja... ique risa!... Ya tendra novio, eh.

Cacochipi fue a dar en un punto que preocupaba a la familia, pues la
muchacha tenia amores, a disgusto de los padres, con un primo.

El senor Arizmendi le dijo que no hiciera mas preguntas impertinentes,
que ya sabia que era medio bobo, pero que aprendiese a reportarse.

Joshe, muy extranado con tal exabrupto, fue al cuarto del chico, donde
dio su primera leccion de solfeo. Aquellas palabras duras del senor
Arizmendi, mas que ofender le extranaron. Joshe no tenia ninguna
malicia, toda su vida la habia pasado pensando en la musica, y de otras
cosas nada sabia.

A Cacochipi, que estuvo varias veces invitado a comer con la familia de
Arizmendi, le chocaba la tristeza del padre y de la madre y de las
hermanas y quiso alegrarles un poco; porque, como dice el profano:
_Omissis curis, jucunde vivendum esse_; lo cual quiere decir que se debe
vivir alegremente y sin cuidados.

Lo primero que se le ocurrio a Cracasch, un dia que se le figuro que ya
tenia confianza con la familia de Arizmendi, fue, a los postres, imitar
el ruido del tren; luego intento cantar una cancion que en la taberna
tenia mucho exito. En esta cancion se hace como si se tocara la flauta y
el bombo, y como si se comiera en una cazuela, y luego medio se desnuda
uno mientras canta. Joshe creia que, cuando el se quitara la chaqueta y
el chaleco, toda la familia romperia a reir a carcajadas, pero fue todo
lo contrario, porque el senor Arizmendi, mirandole con ojos terribles,
le dijo:

--Bueno, Cacochipi: pongase usted el chaleco y no vuelva usted a
quitarselo delante de nosotros.

Joshe se quedo frio, y no precisamente por la falta del chaleco.

--A esta gente no les hace gracia nada--murmuro.

Un dia, aparecio a dar la leccion con la cara pintada con varios lunares
y no hizo efecto; otro, ayudado por su discipulo, ato los cubiertos a la
mesa... y nada.

--?Que tal, Cracasch?--le preguntaba alguno en la calle--. ?Como va la
familia de Arizmendi?

--iAh! Es una gente que nada le gusta.--contestaba el--. Se hacen cosas
bonitas para divertirles... y nada.

El dia de Carnaval, Joshe Cracasch tuvo una idea de las suyas y fue
convencer a su discipulo para que sacara los trajes de su madre y de una
hermana. Se disfrazarian los dos y darian a la familia Arizmendi una
broma graciosisima.

--Ahora si que se van a reir--decia Cacochipi en su interior.

El chico no se anduvo en retoricas y el domingo de Carnaval tomo los
mejores trajes que encontro y fue con ellos a la confiteria. Maestro y
discipulo se pusieron las prendas femeninas, y armados de sendas
escobas, fueron a la puerta de la iglesia.

Al salir Arizmendi con su mujer y sus hijas de misa, Cacochipi y su
discipulo cayeron sobre ellos y les dieron un sin fin de apretones y de
golpes; Joshe recordo a Arizmendi que tenia dentadura postiza, a su
mujer que se ponia anadidos y a la hija mayor el novio con quien habia
renido, y despues de otra porcion de cosas igualmente oportunas se
marcharon las dos mascaras dando brincos.

Al dia siguiente, cuando se presento en casa de Arizmendi, penso
Cracasch:

--Nada, van a felicitarme por la broma de ayer.

Entro y le parecio que todo el mundo estaba serio. De pronto, se le
acerco Arizmendi y con voz mas que severa, iracunda, en un terrible _ab
irato_, le dijo:

--No vuelva usted a poner los pies en mi casa. iImbecil! Si no fuera
usted un idiota, le echaria a puntapies.

--Pero ?por que?--pregunto Jose.

--?Y lo pregunta usted todavia, majadero? Cuando no se sabe portarse
como una persona, no se debe alternar con los demas. Yo creia que era
usted un estupido, pero no tanto.

Cacochipi, por primera vez en su vida, se sintio ofendido. Se encerro en
su casa y empezo a pensar en la Celedonia, la segunda hija de Arizmendi
y en la voz suave y la _eloquendi suavitatem_ con que le saludaba por
las mananas cuando le decia:

--Buenos dias, Joshe.

Cacochipi se convencio de que, como le habia dicho Arizmendi, era un
estupido y de que ademas estaba enamorado. Estos dos convencimientos le
impulsaron a mudarse de traje, a cortarse el pelo, a ponerse una boina
nueva y a no permitir que nadie le llamara Cracasch.

--Oye, Cracasch--le decia alguno en la calle.

--iHombre! Creo que me has llamado Cracasch--decia el.

--Si, ?y que?

--Que no quiero que me vuelvas a llamar asi.

--Pero hombre, Cracasch...

--Toma--y Joshe empezaba a punetazos y a golpes.

En poco tiempo Joshe borro su apodo de Cracasch. La Celedonia Arizmendi
habia notado la transformacion de Joshe y sabia la parte que en este
cambio le correspondia a ella. Joshe veia que la muchacha le miraba con
buenos ojos; pero era tan timido que nunca se hubiera atrevido a decirle
nada.

Llevaban sus amores el camino de pasar a la historia sin llegar al
primer capitulo, cuando el hijo de un boticario se encargo de darles una
solucion.

Queria burlarse de Joshe y escribio una carta de amor grotesca a la hija
de Arizmendi, firmando Joshe Cracasch.

La chica le envio la carta a Joshe diciendole que se querian burlar de
el, pero que ella le estimaba y que pasara por delante de su casa y que
hablarian.

Joshe fue y vio a la muchacha y le dio las buenas tardes y no se le
ocurrio mas; ella le pregunto si su madre, Andre Anthoni, estaba buena,
el la contesto que si y entonces ella le dijo:

--Hasta manana, Joshe.

--Adios.

Cacochipi quedo como embobado; necesitaba respirar, tomar aire y salio
de Tolosa y tomo el camino de Anoeta y paso Anoeta y luego Irura y cruzo
Villabona y fue andando, andando, hasta que se topo con la partida del
Cura, que iba a conquistar, _viribus et armis_, la gloria. Uno de la
partida le dio el alto y le hizo descender de las sublimidades
amatorio-musicales en que se hallaba sumido, presentandole el sencillo
dilema de recibir una paliza o de venirse con nosotros.

Jose Cacochipi, por muy aficionado que sea a la musica, no ha querido
que solfeen sobre el y ya hace un mes que esta en la partida.

Tal era la historia de Joshe Cracasch, que conto Dantchari, _el
Estudiante_, con algunos latinajos mas de los que pone el autor.




CAPITULO V

COMO LA PARTIDA DEL CURA DETUVO LA DILIGENCIA CERCA DE ANDOAIN


Al tercer dia de estar en la venta, la inaccion era grande, y entre _el
Jabonero_ y Luschia acordaron detener aquella manana la diligencia que
iba desde San Sebastian a Tolosa.

Se dispuso la gente a lo largo del camino, de dos en dos; los mas
lejanos irian, avisando cuando apareciera la diligencia y replegandose
junto a la venta.

Martin y Bautista se quedaron con el Cura y _el Jabonero_, porque el
cabecilla y su teniente no tenian bastante confianza en ellos.

A eso de las once de la manana, avisaron la llegada del coche. Los
hombres que espiaban el paso fueron acercandose a la venta, ocultandose
por los lados del camino.

El coche iba casi lleno. El Cura, _el Jabonero_ y los siete u ocho
hombres que estaban con ellos se plantaron en medio de la carretera.

Al acercarse el coche, el Cura levanto su garrote y grito:

--iAlto!

Anchusa y Luschia se agarraron a la cabezada de los caballos y el coche
se detuvo.

--_iArrayua!_ iEl Cura!--exclamo el cochero en voz alta--. Nos hemos
fastidiado.

--Abajo todo el mundo--mando el Cura.

Egozcue abrio la portezuela de la diligencia. Se oyo en el interior un
coro de exclamaciones y de gritos.

--Vaya. Bajen ustedes y no alboroten--dijo Egozcue con finura.

Bajaron primero dos campesinos vascongados y un cura; luego, un hombre
rubio, al parecer extranjero, y despues salto una muchacha morena, que
ayudo a bajar a una senora gruesa, de pelo blanco.

--Pero Dios mio, ?adonde nos llevan?--exclamo esta.

Nadie le contesto.

--iAnchusa! iLuschia! Desenganchad los caballos--grito el Cura--. Ahora,
todos a la posada.

Anchusa y Luschia llevaron los caballos y no quedaron con el cura mas
que unos ocho hombres, contando con Bautista, Zalacain y Joshe Cracasch.

--Acompanad a estos--dijo el cabecilla a dos de sus hombres, senalando
a los campesinos y al cura.

--Vosotros--e indico a Bautista, Zalacain, Joshe Cracasch y otros dos
hombres armados--id con la senora, la senorita y este viajero.

La senora gruesa lloraba afligida.

--Pero, ?nos van a fusilar?--pregunto gimiendo.

--iVamos! iVamos!--dijo uno de los hombres armados, brutalmente.

La senora se arrodillo en el suelo, pidiendo que la dejaran libre.

La senorita, palida, con los dientes apretados, lanzaba fuego por los
ojos. Sin duda, sabia los procedimientos usados por el cura con las
mujeres.

A algunas solia desnudarlas de medio cuerpo arriba, les untaba con miel
el pecho y la espalda y las emplumaba; a otras les cortaba el pelo o lo
untaba de brea y luego se lo pegaba a la espalda.

--Ande usted, senora--dijo Martin--, que no les pasara nada.

--Pero, ?adonde?--pregunto ella.

--A la posada, que esta aqui cerca.

La joven nada dijo, pero lanzo a Martin una mirada de odio y de
desprecio.

Las dos mujeres y el extranjero comenzaron a marchar por la carretera.

--Atencion, Bautista--dijo Martin en frances--, tu al uno, yo al otro.
Cuando no nos vean.

El extranjero, extranado, en el mismo idioma pregunto:

--?Que van ustedes a hacer?

--Escaparnos. Vamos a quitar los fusiles a estos hombres. Ayudenos
usted.

Los dos hombres armados, al oir que se entendian en una lengua que ellos
no comprendian, entraron en sospechas.

--?Que hablais?--dijo uno, retrocediendo y preparando el fusil.

No tuvo tiempo de hacer nada, porque Martin le dio un garrotazo en el
hombro y le hizo tirar el fusil al suelo, Bautista y el extranjero
forcejearon con el otro y le quitaron el arma y los cartuchos. Joshe
Cracasch estaba como en babia.

Las dos mujeres, viendose libres, echaron a correr por la carretera, en
direccion a Hernani. Cracasch las siguio. Este llevaba una mala
escopeta, que podia servir en ultimo caso. El extranjero y Martin tenian
cada uno su fusil, pero no contaba mas que con pocos cartuchos. A uno le
habian podido quitar la cartuchera, al otro fue imposible. Este volaba
corriendo a dar parte a los de la partida.

El extranjero, Martin y Bautista corrieron y se reunieron con las dos
mujeres y con Joshe Cracasch.

La ventaja que tenian era grande, pero las mujeres corrian poco; en
cambio, la gente del cura en cuatro saltos se plantaria junto a ellos.

--iVamos! iAnimo!--decia Martin--. En una hora llegamos.

--No puedo--gemia la senora--. No puedo andar mas.

--iBautista!--exclamo Martin--. Corre a Hernani, busca gente y traela.
Nosotros nos defenderemos aqui un momento.

--Ire yo--dijo Joshe Cracasch.

--Bueno, entonces deja el fusil y las municiones.

Tiro el musico el fusil y la cartuchera y echo a correr, como alma que
lleva el diablo.

--No me fio de ese musico simple--murmuro Martin--. Vete tu, Bautista.
La lastima es que quede un arma inutil.

--Yo disparare--dijo la muchacha.

Se volvieron a hacer frente, porque los hombres de la partida se iban
acercando.

Silbaban las balas. Se veia una nubecilla blanca y pasaba al mismo
tiempo una bala por encima de las cabezas de los fugitivos. El
extranjero, la senorita y Martin se guarecieron cada uno detras de un
arbol y se repartieron los cartuchos. La senora vieja, sollozando, se
tiro en la hierba, por consejo de Martin.

--?Es usted buen tirador?--pregunto Zalacain al extranjero.

--?Yo? Si. Bastante regular.

--?Y usted, senorita?

--Tambien he tirado algunas veces.

Seis hombres se fueron acercando a unos cien metros de donde estaban
guarecidos Martin, la senorita y el extranjero. Uno de ellos era
Luschia.

--A ese ciudadano le voy a dejar cojo para toda su vida--dijo el
extranjero.

Efectivamente, disparo y uno de los hombres cayo al suelo dando gritos.

--Buena punteria--dijo Martin.

--No es mala--contesto friamente el extranjero.

Los otros cinco hombres recogieron al herido y lo retiraron hacia un
declive. Luego, cuatro de ellos, dirigidos por Luschia, dispararon al
arbol de donde habia salido el tiro. Creian, sin duda, que alli estaban
refugiados Martin y Bautista y se fueron acercando al arbol. Entonces
disparo Martin e hirio a uno en una mano.

Quedaban solo tres habiles, y, retrocediendo y arrimandose a los
arboles, siguieron haciendo disparos.

--?Habra descansado algo su madre?--pregunto Martin a la senorita.

--Si.

--Que siga huyendo. Vaya usted tambien.

--No, no.

--No hay que perder tiempo--grito Martin, dando una patada en el
suelo--. Ella sola o con usted. iHala! En seguida.

La senorita dejo el fusil a Martin y, en union de su madre, comenzo a
marchar por la carretera.

El extranjero y Martin esperaron, luego fueron retrocediendo sin
disparar, hasta que, al llegar a una vuelta del camino, comenzaron a
correr con toda la fuerza de sus piernas. Pronto se reunieron con la
senora y su hija. La carrera termino a la media hora, al oir que las
balas comenzaban a silbar por encima de sus cabezas.

Alli no habia arboles donde guarecerse, pero si unos montes de piedra
machacada para el lecho de la carretera, y en uno de ellos se tendio
Martin y en el otro el extranjero. La senora y su hija se echaron en el
suelo.

Al poco tiempo, aparecieron varios hombres; sin duda, ninguno queria
acercarse y llevaban la idea de rodear a los fugitivos y de cogerlos
entre dos fuegos.

Cuatro hombres fueron a campo traviesa por entre maizales, por un lado
de la carretera, mientras otros cuatro avanzaban por otro lado, entre
manzanos.

Si Bautista no viene pronto con gente, creo que nos vamos a ver
apurados--exclamo Martin.

La senora, al oirle, lanzo nuevos gemidos y comenzo a lamentarse, con
grandes sollozos, de haber escapado.

El extranjero saco un reloj y murmuro:

--Tenia tiempo. No habra encontrado nadie.

--Eso debe ser--dijo Martin.

--Veremos si aqui podemos resistir algo--repuso el extranjero.

--iHermoso dia!--murmuro Martin.

La verdad es que un dia tan hermoso convida a todo, hasta que le peguen
a uno un tiro.

--Por si acaso, habra que evitarlo en lo posible.

Dos o tres balas pasaron silbando y fueron a estrellarse en el suelo.

--iRendios!--dijo la voz de Belcha, por entre unos manzanos.

--Venid a cogernos--grito Martin, y vio que uno le apuntaba en el monte,
desde cerca de un arbol; el apunto a su vez, y los dos tiros sonaron
casi simultaneamente. Al poco tiempo, el hombre volvio a aparecer mas
cerca, escondido entre unos helechos, y disparo sobre Martin.

Este sintio un golpe en el muslo y comprendio que estaba herido. Se
llevo la mano al sitio de la herida y noto una cosa tibia. Era sangre.
Con la mano ensangrentada cogio el fusil y, apoyandose en las piedras,
apunto y disparo. Luego sintio que se le iban las fuerzas, al perder la
sangre, y cayo desmayado.

El extranjero aguardo un momento, pero, en aquel instante, una compania
de miqueletes avanzaba por la carretera, corriendo y haciendo disparos,
y la gente del Cura se retiraba.




CAPITULO VI

COMO CUIDO LA SENORITA DE BRIONES A MARTIN ZALACAIN


Cuando de nuevo pudo darse Martin Zalacain cuenta de que vivia, se
encontro en la cama, entre cortinas tupidas.

Hizo un esfuerzo para moverse y se sintio muy debil y con un ligero
dolor en el muslo.

Recordo vagamente lo pasado, la lucha en la carretera, y quiso saber
donde estaba.

--iEh!--grito con voz apagada.

Las cortinas se abrieron y una cara morena, de ojos negros, aparecio
entre ellas.

--Por fin. iYa se ha despertado usted!

--Si. ?Donde me han traido?

--Luego le contare a usted todo--dijo la muchacha morena.

--?Estoy prisionero?

--No, no; esta usted aqui en seguridad.

--?En que pueblo?

--En Hernani.

--Ah, vamos. ?No me podrian abrir esas cortinas?

--No, por ahora no. Dentro de un momento vendra el medico y, si le
encuentra a usted bien, abriremos las cortinas y le permitiremos hablar.
Con que ahora siga usted durmiendo.

Martin sentia la cabeza debil y no le costo mucho trabajo seguir el
consejo de la muchacha.

Al mediodia llego el medico, que reconocio a Martin la herida, le tomo
el pulso y dijo:

--Ya pueda empezar a comer.

--?Y le dejaremos hablar, doctor?--pregunto la muchacha.

--Si.

Se fue el doctor, y la muchacha de los ojos negros descorrio las
cortinas y Martin se encontro en una habitacion grande, algo baja de
techo, por cuya ventana entraba un dorado sol de invierno. Pocos
instantes despues, aparecio Bautista en el cuarto, de puntillas.

--Hola, Bautista--dijo Martin burlonamente--. ?Que te ha parecido
nuestra primera aventura de guerra? ?Eh?

--iHombre! A mi, bien--contesto el cunado--. A ti quiza no te haya
parecido tan bien.

--iPse! Ya hemos salido de esta.

La muchacha de los ojos negros, a quien al principio no reconocio
Martin, era la senorita a quien habian hecho bajar del coche los de la
partida del Cura y despues se habia fugado con ellos en compania de su
madre.

Esta senorita le conto a Martin como le llevaron hasta Hernani y le
extrajeron la bala.

--Y yo no me he dado cuenta de todo esto--dijo Martin--. ?Cuanto tiempo
llevo en la cama?

--Cuatro dias ha estado usted con una fiebre altisima.

--?Cuatro dias?

--Si.

--Por eso estoy rendido. ?Y su madre de usted?

--Tambien ha estado enferma, pero ya se levanta.

--Me alegro mucho. ?Sabe usted? Es raro--dijo Martin--no me parece
usted la misma que vino en la carretera con nosotros.

--iNo?

--No.

--?Y por que?

--Le brillaban a usted los ojos de una manera tan rara, asi como dura...

--?Y ahora no?

--Ahora no, ahora me parecen sus ojos muy suaves.

La muchacha se ruborizo sonriendo.

--La verdad es--dijo Bautista--que has tenido suerte. Esta senorita te
ha cuidado como a un rey.

--iQue menos podia hacer por uno de nuestros salvadores!--exclamo ella
ocultando su confusion--. Oh, pero no hable usted tanto. Para el primer
dia es demasiado.

--Una pregunta solo--dijo Martin.

--Veamos la pregunta--contesto ella.

--Quisiera saber como se llama usted.

--Rosa Briones.

--Muchas gracias, senorita Rosa--murmuro.

--iOh! no me llame usted senorita. Llameme usted Rosa o Rosita, como me
dicen en casa.

--Es que yo no soy caballero--repuso Martin.

--iPues si usted no es caballero, quien lo sera!--dijo ella.

Martin se sintio halagado y, como Rosa le indico que callara, llevandose
el dedo a los labios, cerro los ojos...

La convalecencia de Martin fue muy rapida, tanto, que a el le parecio
que se curaba demasiado pronto.

Bautista, al ver a su cunado en visperas de levantarse y en buenas
manos, como dijo algo ironicamente, se fue a Francia a reunirse con
Capistun y a seguir con los negocios.

Martin pudo tomar Hernani por una Capua, una Capua espiritual.

Rosita Briones y su madre dona Pepita le mimaban y le halagaban.

De conocerlo, Martin hubiera podido recitar, refiriendose a el mismo,
el romance antiguo de Lanzarote:

        Nunca fuera caballero
        De damas tan bien servido
        Como fuera Lanzarote
        Cuando de su aldea vino.

Rosita, durante la convalecencia, tuvo largas conversaciones con Martin.
Era de Logrono, donde vivia con su madre. Dona Pepita era la causante de
la desdichada aventura. A ella se le ocurrio ir a Villabona, para ver a
su hijo, que le habian dicho que se encontraba herido en este pueblo.
Afortunadamente, la noticia era falsa.

Dona Pepita, la madre de Rosita, era una senora romantica, con unas
ideas absurdas. Adoraba a su hijo, vivia temblando de que le pasara
algo, pero, a pesar de todo, habia querido que fuera militar. Al decidir
la aventura que termino con la detencion de la diligencia y al oir las
observaciones de su hija al malhadado proyecto, habia contestado:

--Los carlistas son espanoles y caballeros y no pueden hacer dano a unas
senoras.

A pesar de esta imposibilidad, estuvieron las dos a punto de ser
emplumadas o apaleadas por la gente del Cura.

Martin llego a convencerse de que la buena senora tenia una
imposibilidad irreductible para enterarse de la cosas. Lo veia todo a su
gusto y se convencia de que los hechos era como se los habia pintado su
fantasia. Si de la madre cualquiera hubiese dicho que le faltaba un
tornillo, no podia decirse lo mismo de su hija. Esta era lista y
avispada como pocas; tenia un juicio rapido, seguro y claro.

Muchas veces, para distraer al herido, Rosa le leyo novelas de Dumas y
poesias de Becquer. Martin nunca habia oido versos y le hicieron un
efecto admirable, pero lo que mas le sorprendio fue la discrecion de los
comentarios de Rosita. No se le escapaba nada.

Pronto Martin pudo levantarse y, cojeando, andar por la casa. Un dia que
contaba su vida y sus aventuras, Rosita le pregunto de pronto:

--?Y Catalina quien es? ?Es su novia de usted?

--Si. ?Como lo sabe usted?

--Porque ha hablado usted mucho de ella durante el delirio.

--iAh!

--?Y es guapa?

--?Quien?

--Su novia.

--Si, creo que si.

--?Como? ?Cree usted nada mas?

--Es que la conozco desde chico y estoy tan acostumbrado a verla que
casi no se como es.

--?Pero no esta usted enamorado de ella?

--No se, la verdad.

--iQue cosa mas rara! ?Que tipo tiene?

--Es asi... algo rubia...

--?Y tiene hermosos ojos?

--No tanto como usted--dijo Martin.

A Rosita Briones le centellearon los ojos y envolvio a Martin en una de
sus miradas enigmaticas.

Una tarde se presento en Hernani el hermano de Rosita.

Era un joven fino, atento, pero poco comunicativo.

Dona Pepita le puso a Zalacain delante de su hijo como un salvador, como
un heroe.

Al dia siguiente, Rosita y su madre iban a San Sebastian, para marcharse
desde alli a Logrono.

Les acompano Martin y su despedida fue muy afectuosa. Dona Pepita le
abrazo y Rosita le estrecho la mano varias veces y le dijo
imperiosamente:

--Vaya usted a vernos.

--Si, ya ire.

--Pero que sea de veras. Los ojos de Rosita prometian mucho. Al
marcharse madre e hija, Martin parecio despertar de un sueno; se acordo
de sus negocios, de su vida, y sin perdida de tiempo se fue a Francia.




CAPITULO VII

COMO MARTIN ZALACAIN BUSCO NUEVAS AVENTURAS


Una noche de invierno llovia en las calles de San Juan de Luz; algun
mechero de gas temblaba a impulsos del viento, y de las puertas de las
tabernas salian voces y sonido de acordeones.

En Socoa, que es el puerto de San Juan de Luz, en una taberna de
marineros, cuatro hombres, sentados en una mesa, charlaban. De cuando en
cuando, uno de ellos abria la puerta de la taberna, avanzaba en el
muelle silencioso, miraba al mar y al volver decia:

--Nada, la _Fleche_ no viene aun.

El viento silbaba en bocanadas furiosas sobre la noche y el mar negros,
y se oia el ruido de las olas azotando la pared del muelle.

En la taberna, Martin, Bautista, Capistun y un hombre viejo, a quien
llamaban Ospitalech, hablaban; hablaban de la guerra carlista, que
seguia como una enfermedad cronica sin resolverse.

--La guerra acaba--dijo Martin.

--?Tu crees?--pregunto el viejo Ospitalech.

--Si, esto marcha mal, y yo me alegro--dijo Capistun.

--No, todavia hay esperanza--repuso Ospitalech.

--El bombardeo de Irun ha sido un fracaso completo para los
carlistas--dijo Martin--. iY que esperanzas tenian todos estos
legitimistas franceses! Hasta los hermanos de la Doctrina Cristiana
habian dado vacaciones a los ninos para que fuesen a la frontera a ver
el espectaculo. iCanallas! Y ahi vimos a ese arrogante don Carlos, con
sus terribles batallones, echando granadas y granadas, para tener luego
que escaparse corriendo hacia Vera.

--Si la guerra se pierde, nos arruinamos--murmuro Ospitalech.

Capistun estaba tranquilo, pensaba retirarse a vivir a su pais;
Bautista, con las ganancias del contrabando, habia extendido sus
tierras. De los tres, Zalacain no estaba contento. Si no le hubiese
retenido el pensamiento de encontrar a Catalina, se hubiera ido a
America.

Llevaba ya mas de un ano sin saber nada de su novia; en Urbia se
ignoraba su paradero, se decia que dona Agueda habia muerto, pero no se
hallaba confirmada la noticia.

De estos cuatro hombres de la taberna de Socoa, los dos contentos,
Bautista y Capistun, charlaban; los otros dos rabiaban y se miraban sin
hablarse. Afuera llovia y venteaba.

--?Alguno de vosotros se encargaria de un negocio dificil, en que hay
que exponer la pelleja?--pregunto de pronto Ospitalech.

--Yo no--dijo Capistun.

--Ni yo--contesto distraidamente Bautista.

--?De que se trata?--pregunto Martin.

--Se trata de hacer un recorrido por entre las filas carlistas y
conseguir que varios generales y, ademas, el mismo don Carlos, firmen
unas letras.

--iDemonio! No es facil la cosa--exclamo Zalacain.

--Ya lo se que no; pero se pagaria bien.

--?Cuanto?

--El patron ha dicho que daria el veinte por ciento, si le trajeran las
letras firmadas.

--?Y a cuanto asciende el valor de las letras?

--?A cuanto? No se de seguro la cantidad. ?Pero es que tu irias?

--?Por que no? Si se gana mucho...

--Pues entonces espera un momento. Parece que llega el barco, luego
hablaremos.

Efectivamente, se habia oido en medio de la noche un agudo silbido. Los
cuatro salieron al puerto y se oyo el ruido de las aguas removidas por
una helice, y luego aparecieron unos marineros en la escalera del
muelle, que sujetaron la amarra en un poste.

--iEup! Manisch--grito Ospitalech.

--iEup!--contestaron desde el mar.

--?Todo bien?

--Todo bien--respondio la voz.

--Bueno, entremos--anadio Ospitalech--que la noche esta de perros.

Volvieron a meterse en la taberna los cuatro hombres, y poco despues se
unieron a ellos Manisch, el patron del barco la _Fleche_, que al entrar
se quito el sudeste, y dos marineros mas.

--?De manera que tu estas dispuesto a encargarte de ese
asunto?--pregunto Ospitalech a Martin.

--Si.

--?Solo?

--Solo.

--Bueno, vamos a dormir. Por la manana iremos a ver al principal y te
dira lo que se puede ganar.

Los marineros de la _Fleche_ comenzaban a beber, y uno de ellos cantaba,
entre gritos y patadas, la cancion de _Les matelot de la Belle Eugenie_.

Al dia siguiente, muy temprano, se levanto Martin y con Ospitalech tomo
el tren para Bayona. Fueron los dos a casa de un judio que se llamaba
Levi-Alvarez. Era este un hombre bajito, entre rubio y canoso, con la
nariz arqueada, el bigote blanco y los anteojos de oro. Ospitalech era
dependiente del senor Levi-Alvarez y conto a su principal como Martin se
brindaba a realizar la expedicion dificil de entrar en el campo carlista
para volver con las letras firmadas.

--?Cuanto quiere usted por eso?--pregunto Levi-Alvarez.

--El veinte por ciento.

--iCaramba! Es mucho.

--Esta bien, no hablemos, me voy.

--Espere usted. ?Sabe usted que las letras ascienden a ciento veinte mil
duros? El veinte por ciento seria una cantidad enorme.

--Es lo que me ha ofrecido Ospitalech. Eso o nada.

--iQue barbaridad! No tiene usted consideracion...

--Es mi ultima palabra. Eso o nada.

--Bueno, bueno. Esta bien. ?Sabe usted que si tiene suerte se va usted a
ganar veinticuatro mil duros...?

--Y si no me pegaran un tiro.

--Exacto. ?Acepta usted?

--Si, senor, acepto.

--Bueno. Entonces estamos conformes.

--Pero yo exijo que usted me formalice este contrato por escrito--dijo
Martin.

--No tengo inconveniente.

El judio quedo un poco perplejo y, despues de vacilar un poco, pregunto:

--?Como quiere usted que lo haga?

--En pagares de mil duros cada uno.

El judio, despues de vacilar, lleno los pagares y puso los sellos.

--Si cobra usted--advirtio--de cada pueblo me puede usted ir enviando
las letras.

--?No las podria depositar en los pueblos en casa del notario?

--Si, es mejor. Un consejo. En Estella no vaya usted donde el ministro
de la guerra. Presentese usted al general en jefe y le entrega usted las
cartas.

--Eso hare.

--Entonces, adios, y buena suerte.

Martin fue a casa de un notario de Bayona, le pregunto si los pagares
estaban en regla y, habiendole dicho que si, los deposito bajo recibo.

El mismo dia se fue a Zaro.

--Guardadme este papel--dijo a Bautista y a su hermana--dandoles el
recibo.

Yo me voy.

--?Adonde vas?--pregunto Bautista.

Martin le explico sus proyectos.

--Eso es un disparate--dijo Bautista--te van a matar.

--iCa!

--Cualquiera de la partida del Cura que te vea te denuncia.

--No esta ninguno en Espana. La mayoria andan por Buenos Aires. Algunos
los tienes por aqui, por Francia, trabajando.

--No importa, es una barbaridad lo que quieres, hacer.

--iHombre! Yo no obligo a nadie a que venga conmigo--dijo Martin.

--Es que si tu crees que eres el unico capaz de hacer eso, estas
equivocado--replico Bautista--. Yo voy donde otro vaya.

--No digo que no.

--Pero parece que dudas.

--No, hombre, no.

--Si, si, y para que veas que no hay tal cosa, te voy a acompanar. No se
dira que un vasco frances no se atreve a ir donde vaya un vasco espanol.

--Pero hombre, tu estas casado--repuso Martin.

--No importa.

--Bueno, ya veo que lo tu quieres es acompanarme. Iremos juntos, y, si
conseguimos traer las letras firmadas te dare algo.

--?Cuanto?

--Ya veremos.

--iQue granuja eres!--exclamo Bautista--?para que quieres tanto dinero?

--?Que se yo? Ya veremos. Yo tengo en la cabeza algo. ?Que? No lo se,
pero sirvo para alguna cosa. Es una idea que se me ha metido en la
cabeza hace poco.

--?Que demonio de ambicion tienes?

--No se, chico, no se--contesto Martin--pero hay gente que se considera
como un cacharro viejo, que lo mismo puede servir de taza que de
escupidera. Yo no, yo siento en mi, aqui dentro, algo duro y fuerte...
no se explicarme.

A Bautista le extranaba esta ambicion obscura de Martin, porque el era
claro y ordenado y sabia muy bien lo que queria.

Dejaron esta cuestion y hablaron del recorrido que tenian que hacer.

Este comenzaria yendo en el vaporcito la _Fleche_ a Zumaya y siguiendo
de aqui a Azpeitia, de Azpeitia a Tolosa y de Tolosa a Estella. Para no
llevar la lista de todas las personas a quien tenian que ver y estar
consultando a cada paso lo que podia comprometerles, Bautista, que tenia
magnifica memoria, se la aprendio de corrido; cosieron las letras entre
el cuero de las polainas y por la noche se embarcaron.

Entraron en el vaporcito de la _Fleche_ en Socoa y se echaron al mar.
Bautista y Zalacain pasaron la travesia metidos en un camarote pequeno
dando tumbos.

Al amanecer, el piloto vio hacia el cabo de Machichaco un barco que le
parecio de guerra, y forzando la marcha entro en Zumaya.

Varias companias carlistas salieron al puerto dispuestas a comenzar el
fuego, pero cuando reconocieron el barco frances se tranquilizaron.
Despues de desembarcar, la memoria admirable de Bautista indico las
personas a quienes tenian que visitar en este pueblo. Eran tres o cuatro
comerciantes. Los buscaron, firmaron las letras, compraron los viajeros
dos caballos, se agenciaron un salvo-conducto; y por la tarde, despues
de comer, Martin y Bautista se encaminaron por la carretera de Cestona.

Pasaron por el pueblecito de Oiquina, constituido por unos cuantos
caserios colocados al borde del rio Urola, luego por Aizarnazabal y en
la venta de Iraeta, cerca del puente, se detuvieron a cenar.

La noche se echo pronto encima. Cenaron Martin y Bautista y discutieron
si seria mejor quedarse alli o seguir adelante, y optaron por esto
ultimo.

Montaron en sus jamelgos, y al echar a andar vieron que de una casa
proxima al puente de Iraeta salia un coche arrastrado por cuatro
caballos. El coche comenzo a subir el camino de Cestona al trote. Este
trozo de camino, desde Iraeta a Cestona, pasa entre dos montes y tiene
en el fondo el rio. De noche, sobre todo, el tal paraje es triste y
siniestro.

Martin y Bautista, por ese sentimiento de fraternidad que se siente en
las carreteras solitarias, quisieron acercarse al coche y ponerse al
habla con el cochero, pero sin duda el cochero tenia razones para no
querer compania, porque, al notar que le seguian, puso los caballos al
trote largo y luego los hizo galopar.

Asi, el coche delante y Martin y Bautista detras, subieron a Cestona, y
al llegar aqui el coche dio una vuelta rapida y poco despues echo un
fardo al suelo.

--Es algun contrabandista--dijo Martin.

Efectivamente, lo era; hablaron con el y el hombre les confeso que habia
estado dispuesto a dispararles al ver que le perseguian. Marcharon los
tres a la posada, ya hechos amigos, y Martin fue a ver a un confitero
carlista de la calle Mayor.

Durmieron en la posada de Blas y muy de manana Zalacain y Bautista se
prepararon a seguir su camino.

Era el dia lluvioso y frio, la carretera, amarillenta, llena de baches,
ondulaba por entre campos verdes; no se veia el monte Itzarroiz,
envuelto entre la bruma. El rio, crecido, iba de color de ocre. Se
detuvieron en Lasao, en la posesion de un baron carlista, a hacer que su
administrador firmara un documento y siguieron bordeando el Urola hasta
Azpeitia.

Aqui el trabajo era bastante grande y tardaron en terminarle. Al
anochecer, estuvieron ya libres, y, como preferian no quedarse en
pueblos grandes, tomaron un camino de herradura que subia al monte
Hernio y fueron a dormir a una aldea llamada Regil.

El tercer dia, de Regil cogieron el camino de Vidania, y llegaron a
Tolosa, en donde estuvieron unas horas.

De Tolosa fueron a dormir a un pueblo proximo. Les dijeron que por alla
andaba una partida, y prefirieron seguir adelante. Esta partida, dias
antes, habia apaleado barbaramente a unas muchachas, porque no quisieron
bailar con unos cuantos de aquellos foragidos. Dejaron el pueblo, y,
unas veces al trote y otras al paso, llegaron hasta Amezqueta, en donde
se detuvieron.




CAPITULO VIII

VARIAS ANECDOTAS DE FERNANDO DE AMEZQUETA Y LLEGADA A ESTELLA


En Amezqueta entraron en la posada proxima al juego de pelota. Llovia,
hacia frio y se refugiaron al lado de la lumbre.

Habia entre los reunidos en la venta un campesino chusco, que se puso a
contar historias. El campesino, al entrar otros dos en la cocina, saco
su gran panuelo a cuadros y comenzo a dar con el en las mesas y en las
sillas, como si estuviera espantando moscas.

--?Que hay?--le dijo Martin--. ?Que hace usted?

--Estas moscas fastidiosas--contesto el campesino seriamente.

--Pero si no hay moscas.

--Si las hay, si--replico el hombre, dando de nuevo con el panuelo.

El posadero advirtio, riendo, a Martin y a Bautista que, como en
Amezqueta habia tantas moscas de macho, a los del pueblo les llamaban,
en broma, _euliyac_ (las moscas), y que por eso el tipo aquel chistoso
sacudia las mesas y las sillas con el panuelo, al entrar dos
amezquetanos.

Rieron Martin y Bautista, y el campesino conto una porcion de historias
y de anecdotas.

--Yo no se contar nada--dijo el hombre varias veces--. iSi estuviera
_Pernando_!

--?Y quien era _Pernando_?--pregunto Martin.

--No habeis oido vosotros hablar de _Pernando_ de Amezqueta?

--No.

--iAh! Pues era el hombre mas gracioso de toda esta provincia. iLas
cosas que contaba aquel hombre!

Martin y Bautista le instaron para que contara alguna historia de
Fernando de Amezqueta, pero el campesino se resistia, porque aseguraba
que oirle a el contar estas chuscadas no daba mas que una palida idea de
las salidas de Fernando.

Sin embargo, a instancias de los dos, el campesino conto esta anecdota
en vascuence:

"Un dia Fernando fue a casa del senor cura de Amezqueta, que era amigo
suyo y le convidaba a comer con frecuencia. Al entrar en la casa, husmeo
desde la cocina y vio que el ama estaba limpiando dos truchas: una,
hermosa, de cuatro libras lo menos, y la otra, pequenita, que apenas
tenia carne. Paso Fernando a ver al senor cura, y este, segun su
costumbre, le convido a comer. Se sentaron a la mesa el senor cura y
Fernando. Sacaron dos sopas y Fernando comio de las dos; luego sacaron
el cocido, despues una fuente de berzas con morcilla y, al llegar al
principio, Fernando se encontro con que, en vez de poner la trucha
grande, la condenada del ama habia puesto la pequena, que no tenia mas
que raspa.

--Hombre, trucha--exclamo Fernando--le voy a hacer una pregunta.

--?Que le vas a preguntar?--dijo el cura riendo, en espera de un chiste.

--Le voy a preguntar a ver si por los demas peces que ha conocido se ha
enterado algo de como estan mis parientes al otro lado del mar, alli en
America. Porque estas truchas saben mucho.

--Hombre, si, preguntale.

Cogio Fernando la fuente en donde estaba la trucha y se la puso delante,
luego acerco el oido muy serio y escucho.

--?Que, contesta algo?--dijo burlonamente el ama del cura.

--Si, ya va contestando, ya va contestando.

--?Y que dice? ?Que dice?--pregunto el cura.

--Pues dice--contesto Fernando--que es muy pequena, pero que ahi, en esa
despensa, hay guardada una trucha muy grande y que ella debe de saber
mejores noticias de mis parientes."

Una muchacha que estaba en la cocina, al oir la anecdota, se echo a reir
con una risa aguda y comunico su risa a todos.

Rieron tambien de buena gana Martin y Bautista la manera de senalar del
truhan, pero el campesino aseguro que el no tenia arte para estos
cuentos.

Le instaron para que siguiera y el hombre conto una nueva ocurrencia de
_Pernando_.

"--Otra vez--dijo--fue a Idiazabal, donde habia un partido de pelota, y
llego tarde a la posada, cuando ya todos estaban sentados. El amo le
dijo:

--No hay sitio para ti, Fernando, ni probablemente tampoco habra comida.

--iBah!--replico el--. iSi me dierais de balde lo que sobre!

--Pues nada, todo lo que sobre para ti.

Se paseo Fernando por el comedor.

En la mesa redonda se habian sentado los dos bandos que habian jugado a
la pelota, separados. Fernando, viendo que traian en una fuente piernas
de carnero, dijo a dos o tres en voz baja:

--Yo no se de donde saca el amo estas piernas de perro tan hermosas y
con tanta carne.

--?Pero son de perro?--dijeron ellos.

--Si, de perro; pero no se lo digais a esos, que se fastidien.

--?Pero de veras, Fernando?

--Si, hombre; yo mismo he visto la cabeza en la cocina. iEra un perro de
aguas mas hermoso!

Dicho esto salio del comedor, y al volver tenian una cazuela con liebre.
Fue al otro extremo de la mesa y dijo a los del bando contrario:

--iVaya unos gatos mas buenos que compra este fondista a los
carabineros!

--iAh!, ?pero es gato eso?

--Si, no se lo digais a esos, pero yo he visto las colas en la cocina.

Poco despues, Fernando comia solo y tenia liebre y carnero de sobra. Al
anochecer, salieron del pueblo todos, algo borrachos, y alguno se paro a
echar la papilla en el camino.

--Es el perro, que le ha hecho dano--decian unos, burlandose.

--Es el gato--decian los otros.

Y nadie queria decir que era el vino.

--Companeros--dijo Fernando--, cuando se come gato y perro juntos no
pasa nada. Ellos rinen en el interior como perros y gatos, pero le dejan
a uno en paz."

La muchacha de la risa aguda rio de nuevo y el campesino comenzo a
contar otra anecdota, diciendo:

--No estuvo mal tampoco la manera como Fernando deshizo la boda entre un
zapatero rico de Tolosa y una novia suya.

--A ver, a ver como fue--dijeron todos.

"--Pues estaba Fernando de aprendiz en la zapateria del difunto
Ichtaber, _el Chato de Tolosa_, y no se si vosotros sabreis, pero
Ichtaber era un zapatero viejo y muy rico. Tenia Fernando de novia una
chica muy guapa, pero Ichtaber, _el Chato_, al verla la empezo a
cortejar y a decir si se queria casar con el, y, como era rico, ella
acepto. Solian verse la muchacha y el viejo en la zapateria, y el
granuja de Ichtaber, para estar mas libre, mandaba a Fernando, con
cualquier pretexto, a la trastienda. El hacia como que no se incomodaba,
pero se vengo. Fue a ver a su novia y hablo con ella.

--Si--la dijo--. Ichtaber es buena persona y hombre de fortuna, es
verdad, pero como es zapatero y chato y ha andado toda la vida con
pieles, huele muy mal.

--iMentiroso!--dijo ella.

--No, no, fijate. Ya veras.

Fernando fue a la zapateria, cogio un fuelle grande y lo relleno de esa
casca que queda despues de curtidos los pellejos y que huele que apesta;
luego hizo un agujero en el tabique de la trastienda y espero la ocasion
oportuna. Por la tarde llego la chica, e Ichtaber dijo a su aprendiz:

--Oye, Fernando, vete a la trastienda un momento a arreglar esas hormas
que hay en la caja.

Salio Fernando; tomo el fuelle. Miro por el agujero. Ichtaber estaba
besando la mano de la chica; entonces le apunto a ella con el fuelle y
metio por el agujero del tabique una corriente de aire de mal olor.
Cuando Fernando miro despues, Ichtaber _el Chato_ estaba con la mano en
sus diminutas narices y la muchacha lo mismo.

Luego Fernando siguio dandole al fuelle con intermitencias, hasta que se
canso.

Dos dias despues, fue de nuevo la chica y le paso lo mismo; y ya no
volvio mas, porque decia que Ichtaber _el Chato_ olia a muerto.

Ichtaber hizo el amor a otra; pero Fernando le jugo la misma pasada con
el fuelle, y el zapatero decia a sus amigos:

--_iArrayua!_ En mi tiempo era otra cosa; las chicas estaban sanas.
Ahora, la que mas y la que menos huele a perros."

Volvio a oirse la risa alegre y chillona de la muchacha.

Celebraron los demas circunstantes las granujerias de Fernando el de
Amezqueta y fueron a acostarse.

A la manana siguiente, Martin y Bautista dejaron a Amezqueta y por un
sendero llegaron a Ataun, lugar en donde Dorronsoro, el jefe civil
carlista, habia sido escribano.

Se encontraron en el camino a un muchacho de este pueblo que iba a
Echarri-Aranaz y en su compania tomaron por un camino de herradura que
bordeaba la sierra de Aralar.

Hablaron los tres de la marcha de la guerra, y el chico conto una
anecdota de Dorronsoro, que no dejaba de tener gracia. Se habia
presentado a el un senorito de San Sebastian, de familia carlista, de
los que llamaban hojalateros, muy gordo y muy lucio.

--Mire usted, don Miguel--habia dicho al ex escribano--, yo soy muy
carlista y mi familia tambien lo es; quisiera servir a don Carlos, pero,
ya ve usted, no estoy para andar por el monte y desearia entrar en las
oficinas.

--Bueno, ya vere si encuentro algo--le dijo Dorronsoro--; vuelva usted
manana.

Volvio al dia siguiente el senorito y pregunto:

--?Que, ha encontrado usted algo?

--Si, ya comprendo que no puede usted salir al monte; de manera que
entrara usted en las oficinas... y pagara usted tres pesetas al dia.

Celebraron Martin y Bautista la decision de Dorronsoro. Por la noche
llegaron al valle de Araquil y se detuvieron en Echarri-Aranaz.

Entraron en la cocina de la venta a calentarse al fuego. Alli, en vez de
las historias del buen truhan Fernando de Amezqueta, tuvieron que oir,
contada por una vieja, la historia de don Teodosio de Goni, un caballero
navarro que, despues de haber matado a su padre y a su madre, enganado
por el Diablo, se fue de penitencia al monte con una cadena al pie,
hasta que, pasados muchos anos y siendo don Teodosio viejo, se le
presento un dragon, y ya iba a devorarle, cuando aparecio el arcangel
San Miguel y mato al dragon y rompio las cadenas al caballero.

A Bautista y a Martin les parecieron mas entretenidas que esta tonta
historia de dragones y de santos las ocurrencias del buen Fernando de
Amezqueta.

Estaban oyendo los comentarios a la vida de don Teodosio, cuando se
presento en la venta un senor rubio, que, al ver a Bautista y a Martin,
se les quedo mirando atentamente.

--iPero son ustedes!

--Usted es el de...

--El mismo.

Era el extranjero a quien habian libertado de las garras del cura.

--?A que vienen ustedes por aqui?--pregunto el extranjero.

--Vamos a Estella.

--?De veras?

--Si.

--Yo tambien. Iremos juntos. ?Conocen ustedes el camino?

--No.

--Yo si. He estado ya una vez.

--Pero, ?que hace usted andando siempre por estos parajes?--le pregunto
Martin.

--Es mi oficio--le dijo el extranjero.

--Pues, ?que es usted, si se puede saber?

--Soy periodista. La fuga aquella me sirvio para hacer un articulo
interesantisimo. Hablaba de ustedes dos y de aquella senorita morena.
iQue chica mas valiente, eh!

--Ya lo creo.

--Pues, si no tienen ustedes reparo, iremos juntos a Estella.

--?Reparo? Al reves. Satisfaccion y grande.

Quedaron de acuerdo en marchar juntos.

A las siete de la manana, hora en que empezo a aclarar, salieron los
tres, atravesaron el tunel de Lizarraga y comenzaron a descender hacia
la llanada de Estella. El extranjero montaba en un borriquillo, que
marchaba casi mas deprisa que los matalones en que iban Martin y
Bautista. El camino serpenteaba subiendo el desnivel de la sierra de
Andia.

Atravesaron posiciones ocupadas por batallones carlistas. Entre los
jefes habia muchos extranjeros con flamantes uniformes austriacos,
italianos y franceses, un tanto carnavalescos.

A media tarde comieron en Lezaun y, arreando las caballerias, pasaron
por Abarzuza. El extranjero explico al paso la posicion respectiva de
liberales y carlistas en la batalla de Monte Muru y el sitio donde se
desarrollo lo mas fuerte de la accion, en la que murio el general
Concha.

Al anochecer llegaron cerca de Estella.

Mucho antes de entrar en la corte carlista encontraron una compania con
un teniente que les ordeno detenerse. Mostraron los tres su pasaporte.

Al llegar cerca del convento de Recoletos, era ya de noche.

--?Quien vive?--grito el centinela.

--Espana.

--?Que gente?

--Paisanos.

--Adelante.

Volvieron a mostrar sus documentos al cabo de guardia y entraron en la
ciudad carlista.




CAPITULO IX

COMO MARTIN Y EL EXTRANJERO PASEARON DE NOCHE POR ESTELLA
Y DE LO QUE HABLARON


Pasaron por el portal de Santiago, entraron en la calle Mayor y
preguntaron en la posada si habia alojamiento.

Una muchacha aparecio en la escalera.

--Esta la casa llena--dijo--. No hay sitio para tres personas, solo una
podria quedarse.

--?Y las caballerias?--pregunto Bautista.

--Creo que hay sitio en la cuadra.

Fue la muchacha a verlo y Martin dijo a Bautista.

--Puesto que hay sitio para una persona, tu te puedes quedar aqui. Vale
mas que estemos separados y que hagamos como si no nos conocieramos.

--Si, es verdad--contesto Bautista.

--Manana, a la manana, en la plaza nos encontraremos.

--Muy bien.

Vino la muchacha y dijo que habia sitio en la cuadra para los jacos.

Entro Bautista en la casa con las caballerias, y el extranjero y Martin
fueron, preguntando, a otra posada del paseo de los Llanos, donde les
dieron alojamiento.

Llevaron a Martin a un cuarto desmantelado y polvoriento, en cuyo fondo
habia una alcoba estrecha, con las paredes cubiertas de unas manchas
negras de humo. Sin duda los huespedes mataban las chinches quemandolas
con una vela o con la lamparilla y dejaban estos tranquilizadores
rastros. En el gabinete y en la alcoba olia a cuadra, olor que venia de
las junturas de las maderas del suelo.

Martin saco la carta de Levi-Alvarez y el paquete de letras cosido en el
cuero de la bota y separo las ya aceptadas y firmadas, de las otras.
Como estas todas eran para Estella, las encerro en un sobre y escribio:

"Al general en jefe del ejercito carlista."

--?Sera prudente--se dijo--entregar estas letras sin garantia alguna?

No penso mucho tiempo, porque comprendio enseguida que era una locura
pedir recibo o fianza.

--La verdad es que, si no quieren firmar, no puedo obligarles, y si me
dan un recibo y luego se les ocurre quitarmelo, con prenderme estan al
cabo de la calle. Aqui hay que hacer como si a uno le fuera indiferente
la cosa y, si sale bien, aprovecharse de ella, y si no, dejarla.

Espero a que se secara el sobre. Salio a la calle. Vio en la calle un
sargento y, despues de saludarle, le pregunto:

--?Donde se podra ver al general?

--iA que general!

--Al general en jefe. Traigo unas cartas para el.

--Estara probablemente paseando en la plaza. Venga usted.

Fueron a la plaza. En los arcos, a la luz de unos faroles tristes de
petroleo, paseaban algunos jefes carlistas. El sargento se acerco al
grupo y, encarandose con uno de ellos, dijo:

--Mi general.

--?Que hay?

--Este paisano, que trae unas cartas para el general en jefe.

Martin se acerco y entrego los sobres. El general carlista se arrimo a
un farol y los abrio. Era el general un hombre alto, flaco, de unos
cincuenta anos, de barba negra, con el brazo en cabestrillo. Llevaba una
boina grande de gascon con una borla.

--?Quien ha traido esto?--pregunto el general con voz fuerte.

--Yo--dijo Martin.

--?Sabe usted lo que venia aqui dentro?

--No, senor.

--?Quien le ha dado a usted estos sobres?

--El senor Levi-Alvarez de Bayona.

--?Como ha venido usted hasta aqui?

--He ido de San Juan de Luz a Zumaya en barco, de Zumaya aqui a caballo.

--?Y no ha tenido usted ningun contratiempo en el camino?

--Ninguno.

--Aqui hay algunos papeles que hay que entregar al rey. ?Quiere usted
entregarlos o que se los entregue yo?

--No tengo mas encargo que dar estos sobres y, si hay contestacion,
volverla a Bayona.

--?No es usted carlista?--pregunto el general, sorprendido del tono de
indiferencia de Martin.

--Vivo en Francia y soy comerciante.

--Ah, vamos, es usted frances.

Martin callo.

--?Donde para usted?--siguio preguntando el general.

--En una posada de ese paseo...

--?Del paseo de los Llanos?

--Creo que si. Asi se llama.

--?Hay una administracion de coches en el portal? ?No?

--Si, senor.

--Entonces, es la misma, ?Piensa usted estar muchos dias en Estella?

--Hasta que me digan si hay contestacion o no.

--?Como se llama usted?

--Martin Tellagorri.

--Esta bien. Puede usted retirarse.

Saludo Martin y se fue a la posada. A la puerta se encontro con el
extranjero.

--?Donde se mete usted?--le dijo--. Le andaba buscando.

--He ido a ver al general en jefe.

--?De veras?

--Si.

--?Y le ha visto usted?

--Ya lo creo. Y le he dado las cartas que traia para el.

--iDemonio! Eso si que es ir de prisa. No le quisiera tener a usted de
rival en un periodico. ?Que le ha dicho a usted?

--Ha estado muy amable.

--Tenga usted cuidado, por si acaso. Mire usted que estos son unos
bandidos.

--Le he indicado que soy frances.

--Bah, no importa. Este verano han fusilado a un periodista aleman amigo
mio. Tenga usted cuidado.

--iOh! Lo tendre.

--Ahora, vamos a cenar.

Subieron las escaleras y entraron en una cocina grande.

Varios paisanos y soldados, congregados alli, charlaban. Se sentaron a
cenar a una mesa larga, iluminada por un velon de varios mecheros que
colgaba del techo.

Un hombre viejo, bajito, que presidia la mesa, se quito la boina y
comenzo a rezar; todos los comensales hicieron lo mismo, menos el
extranjero a quien advirtio Martin de su olvido y que, al darse cuenta,
se quito apresuradamente la gorra.

En el transcurso de la cena, el hombre bajito hablo mas que nadie. Era
navarro de la Ribera. Tenia un tipo repulsivo, chato, de mirada oblicua,
pomulos salientes, la boina pequena echada sobre los ojos, como si
instintivamente quisiera ocultar su mirada. Defendia la conducta del
cabecilla asesino Rosas Samaniego, que estaba entonces preso en Estella,
y le parecia poca cosa el echar a los hombres por la sima de Igusquiza,
tratandose de liberales y de hombres que blasfemaban de su Dios y de su
religion.

Conto el tal viejo varias historias de la guerra carlista anterior. Una
de ellas era verdaderamente odiosa y cobarde. Una vez cerca de un rio,
yendo con la partida, se encontraron con diez o doce soldados jovencitos
que lavaban sus camisas en el agua.

--A bayonetazos acabamos con todos--dijo el hombre sonriendo, luego
anadio hipocritamente--Dios nos lo habra perdonado.

Durante la cena, el repulsivo viejo estuvo contando hazanas por el
estilo. Aquel tipo miserable y siniestro era fanatico, violento y
cobarde, se recreaba contando sus fechorias, manifestaba crueldad
bastante para disimular su cobardia, tosquedad para darla como franqueza
y ruindad para darle el caracter de habilidad. Tenia la doble
bestialidad de ser fanatico y de ser carlista.

Este desagradable y antipatico personaje se puso despues a clasificar
los batallones carlistas segun su valor; primero eran los navarros, como
era natural, siendo el navarro, luego los castellanos, despues los
alaveses, luego los guipuzcoanos y al ultimo los vizcainos.

Por el curso de la conversacion se veia que habia alla un ambiente de
odios terribles; navarros, vascongados, alaveses, aragoneses y
castellanos se odiaban a muerte. Todo ese fondo cabileno que duerme en
el instinto provincial espanol estaba despierto. Unos se reprochaban a
otros el ser cobardes, granujas y ladrones.

Martin se ahogaba en aquel antro, y sin tomar el postre, se levanto de
la mesa para marcharse. El extranjero le siguio y salieron los dos a la
calle.

Lloviznaba. En algunas tabernas obscuras, a la luz de un quinque de
petroleo, se veian grupos de soldados. Se oia el rasguear de la
guitarra; de cuando en cuando una voz cantaba la jota, en la calle
negra y silenciosa.

--Ya me esta a mi cargando esta cancion estolida--murmuro Martin.

--?Cual?--pregunto el extranjero.

--La jota. La encuentro como una cosa petulante. Me parece que le estoy
oyendo hablar a ese viejo navarro de la posada. El que la canta quiere
decir: "Yo soy mas valiente que nadie, mas noble que nadie, mas heroico
que nadie."

--?Y estos no son mas valientes que los demas espanoles?--pregunto el
extranjero maliciosamente.

--No lo se; yo no lo creo, por lo menos. Yo, ahora mismo, si tuviera
quinientos hombres tomaba Estella por asalto y le pegaba fuego.

--iJa! iJa! Es usted un hombre extraordinario.

--Es que lo digo porque lo creo.

Yo tambien lo creo, y siento que no tenga usted los quinientos hombres.
?Y que decia usted de la gente del Ebro?

--Nada, que han decidido ellos mismos que son los unicos francos, los
unicos leales, porque hablan muy en bruto y cantan la jota.

--?De manera que para usted este canto es como una falsificacion del
valor y de la energia?

--Si, algo asi.

--Esta bien. Lo dire en mi proxima cronica. ?No le parece a usted mal
que me sirva de sus opiniones?

--De ningun modo, porque a mi no me sirven para nada.

Siguieron paseando, pero al alejarse un poco, un centinela les dio el
alto y volvieron a la plaza. Se hallaba esta solitaria.

Dieron varias vueltas y un sereno les saludo y les dijo:

--?Que hacen ustedes aqui?

--?No se puede pasear?--pregunto Zalacain.

--Hombre, si; pero no es una hora muy a proposito.

--Es que hemos cenado tarde y estabamos dando una vuelta--dijo el
extranjero--no quisieramos acostarnos tan pronto.

--?Por que no van ustedes alli?--dijo el sereno, senalando los balcones
de una casa que brillaban iluminados.

--?Que es lo que hay alli?--pregunto Martin.

--El Casino--contesto el sereno.

--?Y que hacen ahora?--dijo el extranjero.

--Estaran jugando.

Se despidieron del vigilante nocturno y dejaron la plaza.

Despues, dando un rodeo, salieron al paseo de Los Llanos. Una campana de
un convento comenzo a tocar.

--Juego, campanas, carlismo y jota. iQue espanol es esto, mi querido
Martin!--dijo el extranjero.

--Pues yo tambien soy espanol y todo eso me es muy antipatico--contesto
Martin.

--Sin embargo, son los caracteres que constituyen la tradicion de su
pais--dijo el extranjero.

--Mi pais es el monte--contesto Zalacain.




CAPITULO X

COMO TRANSCURRIO EL SEGUNDO DIA EN ESTELLA


Conformes Martin y Bautista, se encontraron en la plaza. Martin
considero que no convenia que le viesen hablar con su cunado, y para
decir lo hecho por el la noche anterior escribio en un papel su
entrevista con el general.

Luego se fue a la plaza. Tocaba la charanga. Habia unos soldados
formados. En el balcon de una casa pequena, enfrente de la iglesia de
San Juan, estaba don Carlos con algunos de sus oficiales.

Espero Martin a ver a Bautista y cuando le vio le dijo:

--Que no nos vean juntos--y le entrego el papel.

Bautista se alejo, y poco despues se acerco de nuevo a Martin y le dio
otro pedazo de papel.

--?Que pasara?--se dijo Martin.

Se fue de la plaza, y cuando se vio solo, leyo el papel de Bautista que
decia:

_Ten cuidado. Esta aqui el Cacho de sargento. No andes por el centro
del pueblo_.

La advertencia de Bautista la considero Martin de gran importancia.
Sabia que el Cacho le odiaba y que colocado en una posicion superior,
podia vengar sus antiguos rencores con toda la sana de aquel hombre
pequeno, violento y colerico.

Martin paso por el puente del Azucarero contemplando el agua verdosa del
rio. Al llegar a la plazoleta donde comienza la Rua Mayor del pueblo
viejo, Martin se detuvo frente al palacio del duque de Granada,
convertido en carcel, a contemplar una fuente con un leon tenante en
medio, en cuyas garras sujeta un escudo de Navarra.

Estaba alli parado, cuando vio que se le acercaba el extranjero.

--iHola, querido Martin!--le dijo.

--iHola! iBuenos dias!

--?Va usted a echar un vistazo por este viejo barrio?

--Si.

--Pues ire con usted.

Tomaron por la Rua Mayor, la calle principal del pueblo antiguo. A un
lado y a otro se levantaban hermosas casas de piedra amarilla, con
escudos y figuras tallados.

Luego, terminada la Rua, siguieron por la calle de Curtidores. Las
antiguas casas solariegas mostraban sus grandes puertas cerradas; en
algunos portales, convertidos en talleres de curtidores, se veian filas
de pellejos colgados y en el fondo el agua casi inmovil del rio Ega,
verdosa y turbia.

Al final de esta calle se encontraron con la iglesia del Santo Sepulcro
y se pararon a contemplarla. A Martin le parecio aquella portada de
piedra amarilla, con sus santos desnarigados a pedradas, una cosa algo
grotesca, pero el extranjero aseguro que era magnifica.

--?De veras?--pregunto Martin.

--iOh! iYa lo creo!

--?Y la habra hecho la gente de aqui?--pregunto Martin.

--?Le parece a usted imposible que los de Estella hagan una cosa
buena?--pregunto riendo el extranjero.

--iQue se yo! No me parece que en este pueblo se haya inventado la
polvora.

En una calle transversal, las paredes de las antiguas casas hidalgas
derrumbadas servian de cerca para los jardines. No se alejaron mas
porque a pocos pasos estaba ya la guardia. Volvieron y subieron a San
Pedro de la Rua, iglesia colocada en un alto, a la cual se llegaba por
unas escaleras desgastadas, entre cuyas losas crecia la hierba.

--Sentemonos aqui un momento--dijo el extranjero.

--Bueno, como usted quiera.

Desde alli se veia casi todo Estella, y los montes que le rodean, abajo
el tejado de la carcel y en un alto la ermita del Puy. Una vieja
limpiaba las escaleras de piedra de la iglesia con una escoba y cantaba
a voz en grito:

        iAdios los Llanos de Estella.
        San Benito y Santa Clara,
        Convento de Recoletos
        donde yo me paseaba!

--Ya ve usted--dijo el extranjero--que, aunque a usted le parezca este
pueblo tan desagradable, hay gente que le tiene carino.

--?Quien?--dijo Martin.

--El que ha inventado esa cancion.

--Era un hombre de mal gusto.

La vieja se acerco al extranjero y a Martin y entablo conversacion con
ellos. Era una mujer pequena, de ojos vivos y tez tostada.

--?Usted sera carlista? ?Eh?--le pregunto el extranjero.

--Ya lo creo. En Estella todos somos carlistas y tenemos la seguridad de
que vendra don Carlos con ayuda de Dios.

--Si, es muy probable.

--?Como probable?--exclamo la vieja--. Es seguro. ?Usted no sera de
aqui?

--No, no soy espanol.

--Ah, vamos.

Y la vieja, despues de mirarle con curiosidad, siguio barriendo las
escaleras.

--Creo que le ha tenido a usted lastima al saber que no es usted
espanol--dijo Martin.

--Si, parece que si--contesto el extranjero--. La verdad es que es
triste que por ese estupido hombre guapo se mate esta pobre gente.

--?Por quien lo dice usted, por don Carlos?--pregunto Martin.

--Si.

--?Usted tambien cree que no es hombre de talento?

--iQue va a ser! Es un tipo vulgar sin ninguna condicion. Luego, no
tiene idea de nada. Hable con el cuando el bombardeo de Irun, y no se
puede usted figurar nada mas plano y mas opaco.

--Pues no lo diga usted por ahi, porque le hacen a usted pedazos. Estos
bestias estan dispuestos a morir por su rey.

--Oh, no lo diria. Ademas ?para que? No habia de convencer a nadie; unos
son fanaticos y otros aventureros y ninguno esta dispuesto a dejarse
persuadir. Pero no crea usted que todos tienen un gran respeto ni por
don Carlos ni por sus generales. ?No ha oido usted en la posada que
hablan algunas veces de don Bobo? pues se refieren al Pretendiente.

Vieron el extranjero y Martin las otras iglesias del pueblo, la Pena de
los Castillos y la parroquia de Santa Maria, y volvieron a comer.

Afortunadamente, el viejecillo antipatico no se sentaba a la mesa y en
cambio estaban un legitimista frances, el conde de Haussonville, de la
legacion extranjera, y un joven comandante carlista llamado Iceta.

El conde de Haussonville fue la alegria de la mesa. El conde, hombre de
unos cuarenta anos, alto, grueso, derecho, rubio, hablaba en un
castellano grotesco.

Lo verdaderamente gracioso de Haussonville era su apetito voraz. Todo lo
que le daban de comer no le servia mas que de aperitivo. Habia venido
desde Caspe llevando prisionero a un brigadier valenciano carlista a que
conpareciera ante el Estado Mayor de don Carlos, y contaba su expedicion
de tal manera que hacia morirse de risa a todos.

Explico su estancia en un pueblo, con el batallon metido en una iglesia,
sin poder moverse por estar los caminos intransitables por la nieve, no
comiendo mas que habichuelas y teniendo por retrete un confesionario, y
dio tales detalles, que todo el mundo reia a carcajadas.

--Un dia, sobre todo, nos trajeron sidra--dijo el frances--y entre la
sidra y las habichuelas se nos armo una, que tuvimos que hacer cola
delante del confesionario. Pocas veces se ha visto una congregacion de
fieles tan apenados para entrar en el confesionario como nosotros. Jefes
y soldados ibamos con gran dolor de corazon a cantar nuestra cancion de
las habichuelas a la pequena garita del senor cura.

Despues de maldecir de la alimentacion leguminosa y de la alimentacion
_patatosa_, hablo del resto del viaje.

Cada pueblo del transito le parecia una estacion de calvario para su
estomago hambriento; recordaba las aldeas por lo que habia comido, o
mejor dicho, por lo que habia ayunado; aqui habian dado por toda comida
un caldo de berzas, alla por cena una colacion de verduras cocidas; y
para colmo de desdichas, estaba alojado en Estella en casa de unas
viejas solteronas y por la manana le daban chocolate con agua, por la
tarde cocido, y de noche una sopa de ajo infame.

--Y siempre, siempre, poco--decia Haussonville, levantando los brazos al
cielo.

Iceta era un aventurero. Habia estado al principio en la guerra, luego
se fue a una republica americana, tomo parte en una revolucion y
despues, expulsado de alli por rebelde, volvia al ejercito carlista, en
donde estaba ya violento y deseando marcharse.

Siguiendole a todas partes como amigo y asesor, iba un antiguo criado
suyo que se llamaba Asensio, pero a quien se le conocia por estos dos
motes: Asensio Lapurra (Asensio el Ladron) y Asenchio Araguiarrapatzallia
(Asensio el decomisador de carne).

Este mote lo debia Asensio a haber sido consumero en su pueblo.

Asensio era graciosisimo hablando castellano; no habia palabra que
empleara bien.

Siempre que tenia que decir andamos, decia andemos; y al contrario,
empleaba vaiga por vaya, y hagais por haced.

La conversacion entre el conde de Haussonville y Asenchio Lapurra era de
lo mas dislocada y pintoresca.

--Si aqui hubiera un buen _quenerral_--decia Haussonville--la _querra_
estaba resuelta.

--_Pueda, pueda_ que si--contestaba Asensio.

--No saben _manecar_ un grande _equercito_, amigo Asensio.

--Si _supieseis_ de _tatica_, otra cosa seria.

Martin y el extranjero intimaron con Haussonville, con Iceta y con
Asenchio Lapurra y se rieron a carcajadas con los mil quidprocuos que
resultaban en la conversacion del frances y del vasco.

Asensio habia estado en Cuba algun tiempo, de soldado, y conto anecdotas
de aquella tierra. Lo que mas le gustaba era hablar de los chinos.

--Son de _mal_ intencion, pero buenos cocineros, eso si. _Digais_ a un
chino que os haga un arroz. Os hace una cosa _manifica_. Es gente
_raro_. Luego se ponen a _chun, chun, chun_. ?Y entenderles? nada. ?A
nosotros? Rabia nos tenian. Y al que cogian _la_ martirizaban. iPse!
Nosotros _tamien_ algunos _matemos_.

Martin se reia a carcajadas con las explicaciones de Asenchio Lapurra.

Despues de comer en la posada, Martin, el extranjero, Iceta,
Haussonville y Asensio fueron a un cafe de la plaza, donde estuvieron
hablando. Habia ejercicios espirituales en la iglesia de San Juan, y una
porcion de beatos y de oficiales carlistas iban a la iglesia.

--iQue pais!--dijo Haussonville--la gente no hace mas que ir a la
iglesia. Todo es para el senor cura: las buenas comidas, las buenas
chicas... Aqui no hay nada que hacer, todo para el senor cura.

Iceta y Haussonville contemplaban con desprecio aquel tropel de gente
que se encaminaba hacia la iglesia.

--iBestias!--exclamaba Iceta dando punetazos en la mesa--. No quisiera
mas que poder ametrallarlos.

El frances murmuraba como diciendoselo a si mismo:

--iEspana! iEspana! _iJamais de la vie!_ Mucha hidalguia, mucha misa,
mucha jota, pero poco alimento.

--La guerra--anadia Asensio, metiendo la cucharada--es cosa nada
_bueno_.




CAPITULO XI

COMO LOS ACONTECIMIENTOS SE ENREDARON, HASTA EL PUNTO DE QUE
MARTIN DURMIO EL TERCER DIA DE ESTELLA EN LA CARCEL.


Al dia siguiente, por la noche, iba a acostarse Martin, cuando la
posadera le llamo y le entrego una carta, que decia:

"Presentese usted manana de madrugada en la ermita del Puy, en donde se
le devolveran las letras ya firmadas. El General en Jefe." Debajo habia
una firma ilegible.

Martin se metio la carta en el bolsillo, y viendo que la posadera no se
marchaba de su cuarto, le pregunto:

--?Queria usted algo?

--Si; nos han traido dos militares heridos y quisieramos el cuarto de
usted para uno de ellos. Si usted no tuviera inconveniente, le
trasladariamos abajo.

--Bueno, no tengo inconveniente.

Bajo a un cuarto del piso principal, que era una sala muy grande con dos
alcobas. La sala tenia en medio un altar, iluminado con unas lamparas
tristes de aceite. Martin se acosto; desde su cama veia las luces
oscilantes, pero estas cosas no influian en su imaginacion, y quedo
dormido.

Era mas de media noche, cuando se desperto algo sobresaltado. En la
alcoba proxima se oian quejas, alternando con voces de iAy, Dios mio!
iAy, Jesus mio!

--iQue demonio sera esto!--penso Martin.

Miro el reloj. Eran las tres. Se volvio a tender en la cama, pero con
los lamentos no se pudo dormir y le parecio mejor levantarse. Se vistio
y se acerco a la alcoba proxima, y miro por entre las cortinas. Se veia
vagamente a un hombre tendido en la cama.

--?Que le pasa a usted?--pregunto Martin.

--Estoy herido--murmuro el enfermo.

--?Quiere usted alguna cosa?

--Agua.

A Martin le dio la impresion de conocer esta voz. Busco por la sala una
botella de agua, y como no habia en el cuarto, fue a la cocina. Al ruido
de sus pasos, la voz de la patrona pregunto:

--?Que pasa?

--El herido que quiere agua.

--Voy.

La patrona aparecio en enaguas, y dijo, entregando a Martin una
lamparilla:

--Alumbre usted.

Tomaron el agua y volvieron a la sala. Al entrar en la alcoba, Martin
levanto el brazo, con lo que ilumino el rostro del enfermo y el suyo. El
herido tomo el vaso en la mano, e incorporandose y mirando a Martin
comenzo a gritar:

--?Eres tu? iCanalla! iLadron! iPrendedle! iPrendedle!

El herido era Carlos Ohando.

Martin dejo la lamparilla sobre la mesa de noche.

--Marchese usted--dijo la patrona--. Esta delirando.

Martin sabia que no deliraba; se retiro a la sala y escucho, por si
Carlos contaba alguna cosa a la patrona. Martin espero en su alcoba. En
la sala, debajo del altar, estaba el equipaje de Ohando, consistente en
un baul y una maleta. Martin penso que quiza Carlos guardara alguna
carta de Catalina, y se dijo:

--Si esta noche encuentro una buena ocasion, descerrajare el baul.

--No la encontro. Iban a dar las cuatro de la manana, cuando Martin,
envuelto en su capote, se marcho hacia la ermita del Puy. Los carlistas
estaban de maniobras. Llego al campamento de don Carlos, y, mostrando su
carta, le dejaron pasar.

--El Senor esta con dos Reverendos Padres--le advirtio un oficial.

--Vayan al diablo el Senor y los Reverendos Padres--refunfuno
Zalacain--. La verdad es que este rey es un rey ridiculo.

Espero Martin a que despachara el Senor con los Reverendos, hasta que el
rozagante Borbon, con su aire de hombre bien cebado, salio de la ermita,
rodeado de su Estado Mayor. Junto al Pretendiente iba una mujer a
caballo, que Martin supuso seria dona Blanca.

--Ahi esta el Rey. Tiene usted que arrodillarse y besarle la mano--dijo
el oficial.

Zalacain no replico.

--Y darle el titulo de Majestad.

Zalacain no hizo caso.

Don Carlos no se fijo en Martin y este se acerco al general, quien le
entrego las letras firmadas. Zalacain las examino. Estaban bien.

En aquel momento, un fraile castrense, con unos gestos de energumeno,
comenzo a arengar a las tropas.

Martin, sin que lo notara nadie, se fue alejando de alli y bajo al
pueblo corriendo. El llevar en su bolsillo su fortuna, le hacia ser mas
asustadizo que una liebre.

A la hora en que los soldados formaban en la plaza, se presento Martin
y, al ver a Bautista, le dijo:

--Vete a la iglesia y alli hablaremos.

Entraron los dos en la iglesia, y en una capilla obscura se sentaron en
un banco.

--Toma las letras--le dijo Martin a Bautista--. iGuardalas!

--?Te las han dado ya firmadas?

--Si.

--Hay que prepararse a salir de Estella en seguida.

--No se si podremos--dijo Bautista.

--Aqui estamos en peligro. Ademas del Cacho, se encuentra en Estella
Carlos Ohando.

--?Como lo sabes?

--Porque le he visto.

--?En donde?

--Esta en mi casa herido.

--?Y te ha visto el?

--Si.

--Claro, estan los dos--exclamo Bautista.

--?Como los dos? ?Que quieres decir con eso?

--?Yo? Nada.

--?Tu sabes algo?

--No, hombre, no.

--O me lo dices, o se lo pregunto al mismo Carlos Ohando. ?Es que esta
aqui Catalina?

--Si, esta aqui.

--?De veras?

--Si.

--?En donde?

--En el convento de Recoletas.

--iEncerrada! ?Y como lo sabes tu?

--Porque la he visto.

--iQue suerte! ?La has visto?

--Si. La he visto y la he hablado.

--iY eso querias ocultarme! Tu no cres amigo mio, Bautista.

Bautista protesto.

--?Y ella sabe que estoy aqui?

--Si, lo sabe.

--?Como se puede verla?--dijo Zalacain.

--Suele bordar en el convento, cerca de la ventana, y por la tarde sale
a pasear a la huerta.

--Bueno. Me voy. Si me ocurre algo, le dire a ese senor extranjero que
vaya a avisarte. Mira a ver si puedes alquilar un coche para marcharnos
de aqui.

--Lo vere.

--Lo mas pronto que puedas.

--Bueno.

--Adios.

--Adios y prudencia.

Martin salio de la iglesia, tomo por la calle Mayor hacia el convento de
las Recoletas, paseo arriba y abajo, horas y horas sin llegar a ver a
Catalina. Al anochecer tuvo la suerte de verla asomada a una ventana.
Martin levanto la mano, y su novia, haciendo como que no le conocia, se
retiro de la ventana. Martin quedo helado; luego Catalina volvio a
aparecer y lanzo un ovillo de hilo casi a los pies de Martin. Zalacain
lo recogio; tenia dentro un papel que decia: "A las ocho podemos hablar
un momento. Espera cerca de la puerta de la tapia." Martin volvio a la
posada, comio con un apetito extraordinario y a las ocho en punto estaba
en la puerta de la tapia esperando. Daban las ocho en el reloj de las
iglesias de Estella, cuando Martin oyo dos golpecitos en la puerta,
Martin contesto del mismo modo.

--?Eres tu, Martin?--pregunto Catalina en voz baja.

--Si, soy yo. ?No nos podemos ver?

--Imposible.

--Yo me voy a marchar de Estella. ?Querras venir conmigo?--pregunto
Martin.

--Si; pero icomo salir de aqui!

--?Estas dispuesta a hacer todo lo que yo te diga?

--Si.

--?A seguirme a todas partes?

--A todas partes.

--?De veras?

--Aunque sea a morir. Ahora, vete. iPor Dios! No nos sorprendan.

Martin se habia olvidado de todos sus peligros; marcho a su casa y sin
pensar en espionajes entro en la posada a ver a Bautista y le abrazo con
entusiasmo.

--Pasado manana--dijo Bautista--tenemos el coche.

--?Lo has arreglado todo?

--Si.

Martin salio de casa de su cunado silbando alegremente. Al llegar cerca
de su posada, dos serenos que parecian estar espiandole se le acercaron
y le mandaron callar de mala manera.

--iHombre! ?No se puede silbar?--pregunto Martin.

--No, senor.

--Bueno. No silbare.

--Y si replica usted, va usted a la carcel.

--No replico.

--iHala! iHala! A la carcel.

Zalacain vio que buscaban un pretexto para encerrarle y aguanto los
empellones que le dieron, y en medio de los dos serenos entro en la
carcel.




CAPITULO XII

EN QUE LOS ACONTECIMIENTOS MARCHAN AL GALOPE


Entregaron los serenos a Martin en manos del alcaide, y este le llevo
hasta un cuarto obscuro con un banco y una cantarilla para el agua.

--Demonio--exclamo Martin--, aqui hace mucho frio. ?No hay sitio donde
dormir?

--Ahi tiene usted el banco.

--?No me podrian traer un jergon y una manta para tenderme?

--Si paga usted...

--Pagare lo que sea. Que me traigan un jergon y dos mantas.

El alcaide se fue, dejando a obscuras a Martin, y vino poco despues con
un jergon y las mantas pedidas. Le dio Martin un duro, y el carcelero,
amansado, le pregunto:

--?Que ha hecho usted para que le traigan aqui?

--Nada. Venia distraido silbando por la calle. Y me ha dicho el sereno:
"No se silba." Me he callado, y sin mas ni mas, me han traido a la
carcel.

--?Usted no se ha resistido?

--No.

--Entonces sera por otra cosa por lo que le han encerrado.

Martin dijo que asi se lo figuraba tambien el. Le dio las buenas noches
el carcelero; contesto Zalacain amablemente, y se tendio en el suelo.

--Aqui estoy tan seguro como en la posada--se dijo--. Alli me tienen en
sus manos, y aqui tambien, luego estoy igual. Durmamos. Veremos lo que
se hace manana.

A pesar de que su imaginacion se le insubordinaba, pudo conciliar el
sueno y descansar profundamente.

Cuando desperto, vio que entraba un rayo de sol por una alta ventana
iluminando el destartalado zaquizami. Llamo a la puerta, vino el
carcelero, y le pregunto:

--?No le han dicho a usted por que estoy preso?

--No.

--?De manera que me van a tener encerrado sin motivo?

--Quiza sea una equivocacion.

--Pues es un consuelo.

--iCosas de la vida! Aqui no le puede pasar a usted nada.

--iSi le parece a usted poco estar en la carcel!

--Eso no deshonra a nadie.

Martin se hizo el asustadizo y el timido, y pregunto:

--?Me traera usted de comer?

--Si. ?Hay hambre, eh?

--Ya lo creo.

--?No querra usted rancho?

--No.

--Pues ahora le traeran la comida.--Y el carcelero se fue, cantando
alegremente.

Comio Martin lo que le trajeron, se tendio envuelto en la manta, y
despues de un momento de siesta, se levanto a tomar una resolucion.

--?Que podria hacer yo?--se dijo--. Sobornar al alcaide exigiria mucho
dinero. Llamar a Bautista es comprometerle. Esperar aqui a que me
suelten es exponerme a carcel perpetua, por lo menos a estar preso hasta
que la guerra termine... Hay que escaparse, no hay mas remedio.

Con esta firme decision, comenzo a pensar un plan de fuga. Salir por la
puerta era dificil. La puerta, ademas de ser fuerte, se cerraba por
fuera con llave y cerrojo. Despues, aun en el caso de aprovechar una
ocasion y poder salir de alla, quedaba por recorrer un pasillo largo y
luego unas escaleras... Imposible.

Habia que escapar por la ventana. Era el unico recurso.

--?A donde dara esto?--se dijo.

Arrimo el banco a la pared, se subio a el, se agarro a los barrotes y a
pulso se levanto hasta poder mirar por la reja. Daba el ventanillo a la
plaza de la fuente, en donde el dia anterior se habia encontrado con el
extranjero.

Salto al suelo y se sento en el banco. La reja, era alta, pequena, con
tres barrotes sin travesano.

--Arrancando uno, quiza puediera pasar--se dijo Martin--. Y esto no
seria dificil... luego necesitaria una cuerda. ?De donde sacaria yo una
cuerda?... La manta... la manta cortada en liras me podia servir...

No tenia mas instrumento que un cortaplumas pequeno.

--Hay que ver la solidez de la reja--murmuro.

Volvio a subir. Se hallaba la reja empotrada en la pared, pero no tenia
gran resistencia.

Los barrotes estaban sujetos por un marco de madera, y el marco en un
extremo se hallaba apolillado. Martin supuso que no seria dificil romper
la madera y quitar el barrote de un lado.

Corto una tira de la manta y pasandola por el barrote de en medio y
atandole despues por los extremos formo una abrazadera y metio dos patas
del banco en este anillo y las otras dos las sujeto en el suelo.

Contaba asi con una especie de plano inclinado para llegar a la reja.
Subio por el deslizandose, se agarro con la mano izquierda a un barrote
y con la derecha armada del cortaplumas, comenzo a roer la madera del
marco.

La postura no era comoda, ni mucho menos, pero la constancia de Zalacain
no cejaba, y tras de una hora de rudo trabajo, logro arrancar el barrote
de su alveolo.

Cuando lo tuvo ya suelto, lo volvio a poner como antes, quito el banco
de su posicion oblicua, oculto las astillas arrancadas del marco de la
ventana en el jergon, y espero la noche.

El carcelero le llevo la cena, y Martin le pregunto con empeno si no
habian dispuesto nada respecto a el, si pensaban tenerlo encerrado sin
motivo alguno.

El carcelero se encogio de hombros y se retiro en seguida tarareando.

Inmediatamente que Zalacain se vio solo, puso manos a la obra.

Tenia la absoluta seguridad de poderse escapar. Saco el cortaplumas y
comenzo a cortar las dos mantas de arriba abajo. Hecho esto, fue atando
las tiras una a otra hasta formar una cuerda de quince brazas. Era lo
que necesitaba.

Despues penso dejar un recuerdo alegre y divertido en la carcel. Cogio
la cantarilla del agua y le puso su boina y la dejo envuelta en el trozo
que quedaba de manta.

--Cuando se asome el carcelero podra creer que sigo aqui durmiendo. Si
gano con esto un par de horas, me pueden servir admirablemente para
escaparme.

Contemplo el bulto con una sonrisa, luego subio a la reja, ato un cabo
de la cuerda a los dos barrotes y el otro extremo lo echo fuera poco a
poco. Cuando toda la cuerda quedo a lo largo de la pared, paso el cuerpo
con mil trabajos por la abertura, que dejaba el barrote arrancado, y
comenzo a descolgarse resbalandose por el muro.

Cruzo por delante de una ventana iluminada. Vio a alguien que se movia a
traves de un cristal. Estaba a cuatro o cinco metros de la calle, cuando
oyo ruido de pasos. Se detuvo en su descenso y ya comenzaban a dejar de
oirse los pasos cuando cayo a tierra, metiendo algun estrepito.

Uno de los nudos debia de haberse soltado porque le quedaba un trozo de
cuerda entre los dedos. Se levanto.

--No hay averia. No me he hecho nada--se dijo--. Al pasar por cerca de
la fuente de la plaza tiro el resto de la cuerda al agua. Luego,
deprisa, se dirigio por la calle de la Rua.

Iba marchando volviendose para mirar atras, cuando vio a la luz de un
farol que oscilaba colgando de una cuerda dos hombres armados con
fusiles, cuyas bayonetas brillaban de un modo siniestro. Estos hombres
sin duda le seguian. Si se alejaba iba a dar a la guardia de
extra-muros. No sabiendo que hacer y viendo un portal abierto, entro en
el, y empujando suavemente la puerta, la cerro.

Oyo el ruido de los pasos de los hombres en la acera. Espero a que
dejaran de oirse, y cuando estaba dispuesto a salir, bajo una mujer
vieja al zaguan y echo la llave y el cerrojo de la puerta.

Martin se quedo encerrado. Volvieron a oirse los pasos de los que le
perseguian.

--No se van--penso.

Efectivamente, no solo no se fueron, sino que llamaron en la casa con
dos aldabonazos.

Aparecio de nuevo la vieja con un farol y se puso al habla con los de
fuera sin abrir.

--?Ha entrado aqui algun hombre?--pregunto uno de los perseguidores.

--No.

--?Quiere usted verlo bien? Somos de la ronda.

--Aqui no hay nadie.

--Registre usted el portal.

Martin, al oir esto, agazapandose, salio del portal y gano la escalera.
La vieja paseo la luz del farol por todo el zaguan y dijo:

--No hay nadie, no, no hay nadie.

Martin pretendio volver al zaguan, pero la vieja puso el farol de tal
modo que iluminaba el comienzo de la escalera. Martin no tuvo mas
remedio que retirarse hacia arriba y subir los escalones de dos en dos.

--Pasaremos aqui la noche--se dijo.

No habia salida alguna. Lo mejor era esperar a que llegase el dia y
abriesen la puerta. No queria exponerse a que lo encontraran dentro
estando la casa cerrada, y aguardo hasta muy entrada la manana.

Serian cerca de las nueve cuando comenzo a bajar las escaleras
cautelosamente. Al pasar por el primer piso vio en un cuarto muy lujoso,
y extendido sobre un sofa, un uniforme de oficial carlista, con su boina
y su espada. Tenia tal convencimiento Martin de que solo a fuerza de
audacia se salvaria, que se desnudo con rapidez, se puso el uniforme y
la boina, luego se cino la espada, se echo el capote por encima y
comenzo a bajar las escaleras, taconeando. Se encontro con la vieja de
la noche anterior, y al verla la dijo:

--?Pero no hay nadie en esta casa?

--?Que queria usted? No le habia visto.

--?Vive aqui el comandante don Carlos Ohando?

--No, senor, aqui no vive.

--iMuchas gracias!

Martin salio a la calle, y embozado y con aire conquistador se dirigio a
la posada en donde vivia Bautista.

--iTu!--exclamo Urbide--. ?De donde sales con ese uniforme? ?Que has
hecho en todo en todo el dia de ayer? Estaba intranquilo. ?Que pasa?

--Todo lo contare. ?Tienes el coche?

--Si, pero...

--Nada, traetelo en seguida, lo mas pronto que puedas. Pero a escape.

Martin se sento a la mesa y escribio con lapiz en un papel: "Querida
hermana. Necesito verte. Estoy herido, gravisimo. Ven inmediatamente en
el coche con mi amigo Zalacain. Tu hermano, Carlos."

Despues de escribir el papel, Martin se paseo con impaciencia por el
cuarto. Cada minuto le parecia un siglo. Dos horas larguisimas tuvo que
estar esperando con angustias de muerte. Al fin, cerca de las doce, oyo
un ruido de campanillas.

Se asomo al balcon. A la puerta aguardaba un coche tirado por cuatro
caballos. Entre estos distinguio Martin los dos jacos en cuyos lomos
fueron desde Zumaya hasta Estella. El coche, un lando viejo y
destartalado, tenia un cristal y uno de los faroles atado con una
cuerda.

Bajo las escaleras Martin embozado en la capa, abrio la portezuela del
coche, y dijo a Bautista:

--Al convento de Recoletas.

Bautista, sin replicar, se dirigio hacia el sitio indicado. Cuando el
coche se detuvo frente al convento, Bautista, al salir Zalacain, le
dijo:

--?Que disparate vas a hacer? Reflexiona.

--?Tu sabes cual es el camino de Logrono?--pregunto Martin.

--Si.

--Pues toma por alla.

--Pero...

--Nada, nada, toma por alla. Al principio marcha despacio, para no
cansar a los caballos, porque luego habra que correr.

Hecha esta recomendacion, Martin, muy erguido, se dirigio al convento.

--Aqui va a pasar algo gordo--se dijo Bautista preparandose para la
catastrofe.

Llamo Martin, entro en el portal, pregunto a la hermana tornera por la
senorita de Ohando y le dijo que necesitaba darle una carta. Le hicieron
pasar al locutorio y se encontro alli con Catalina y una monja gruesa,
que era la superiora. Las saludo profundamente y pregunto:

--?La senorita de Ohando?

--Soy yo.

--Traigo una carta para usted de su hermano.

Catalina palidecio y le temblaron las manos de la emocion. La superiora,
una mujer gruesa, de color de marfil, con los ojos grandes y obscuros
como dos manchas negras que le cogian la mitad de la cara, y varios
lunares en la barbilla, pregunto:

--?Que pasa? ?Que dice ese papel?

--Dice que mi hermano esta grave... que vaya--balbuceo Catalina.

--?Esta tan grave?--pregunto la superiora a Martin.

--Si, creo que si.

--?En donde se encuentra?

--En una casa de la carretera de Logrono--dijo Martin.

--?Hacia Azqueta quiza?

--Si, cerca de Azqueta. Le han herido en un reconocimiento.

--Bueno. Vamos--dijo la superiora--. Que venga tambien el senor Benito
el demandadero.

Martin no se opuso y espero a que se preparasen para acompanarlas. Al
salir los cuatro a tomar el coche y al verles Bautista desde lo alto del
pescante, no pudo menos de hacer una mueca de asombro. El demandadero
monto junto a el.

--Vamos--dijo Martin a Bautista.

El coche partio; la misma superiora bajo las cortinas y sacando un
rosario comenzo a rezar. Recorrio el coche la calle Mayor, atraveso el
puente del Azucarero, la calle de San Nicolas, y tomo por la carretera
de Logrono.

Al salir del pueblo, una patrulla carlista se acerco al coche. Alguien
abrio la portezuela y la volvio a cerrar en seguida.

--Va la madre superiora de las Recoletas a visitar a un enfermo--dijo el
demandadero con voz gangosa.

El coche siguio adelante al trote lento de los caballos. Lloviznaba, la
noche estaba negra, no brillaba ni una estrella en el cielo. Se paso
una aldea, luego otra.

--iQue lentitud!--exclamo la monja.

--Es que los caballos son muy malos--contesto Martin.

Pasaron deprisa otra aldea, y cuando no tenian delante ni atras pueblos
ni casas proximos, Bautista aminoro la marcha. Comenzaba a anochecer.

--?Pero que pasa?--dijo de pronto la superiora--. ?No llegamos todavia?

--Pasa, senora--contesto Zalacain--que tenemos que seguir adelante.

--?Y por que?

--Hay esa orden.

--?Y quien ha dado esa orden?

--Es un secreto.

--Pues hagan el favor de parar el coche, porque voy a bajar.

--Si quiere usted bajar sola, puede usted hacerlo.

--No, ire con Catalina.

--Imposible.

La superiora lanzo una mirada furiosa a Catalina, y al ver que bajaba
los ojos, exclamo:

--iAh! Estaban entendidos.

--Si, estamos entendidos--contesto Martin--.Esta senorita es mi novia y
no quiere estar en el convento, sino casarse conmigo.

--No es verdad, yo lo impedire.

--Usted no lo impedira porque no podra impedirlo.

La superiora se callo. Siguio el coche en su marcha pesada y monotona
por la carretera. Era ya media noche cuando llegaron a la vista de Los
Arcos.

Doscientos metros antes detuvo Bautista los caballos y salto del
pescante.

--Tu--le dijo a Zalacain en vascuence--tenemos un caballo aspeado, si
pudieras cambiarlo aqui...

--Intentaremos.

--Y si se pudieran cambiar los dos, seria mejor.

--Voy a ver. Cuidado con el demandadero y con la monja, que no salgan.

Desengancho Martin los caballos y fue con ellos a la venta.

Le salio al paso una muchacha redondita, muy bonita y de muy mal humor.
Le dijo Martin, lo que necesitaba, y ella replico que era imposible, que
el amo estaba acostado.

--Pues hay que despertarle.

Llamaron al posadero y este presento una porcion de obstaculos, adujo
toda clase de pretextos, pero al ver el uniforme de Martin se avino a
obedecer y mando despertar al mozo. El mozo no estaba.

--Ya ve usted, no esta el mozo.

--Ayudeme usted, no tenga usted mal genio--le dijo Martin a la muchacha
tomandole la mano y dandole un duro--. Me juego la vida en esto.

La muchacha guardo el duro en el delantal, y ella misma saco dos
caballos de la cuadra y fue con ellos cantando alegremente:

        La Virgen del Puy de Estella
        le dijo a la del Pilar:
        Si tu eres aragonesa
        yo soy navarra y con sal.

Martin pago al posadero y quedo con el de acuerdo en el sitio en donde
tenia que dejar los caballos en Logrono.

Entre Bautista, Martin y la moza, reemplazaron el tiro por completo.
Martin acompano a la muchacha, y cuando la vio sola la estrecho por la
cintura y la beso en la mejilla.

--iTambien usted es posma!--exclamo ella con desgarro.

--Es que usted es navarra y con sal y yo quiero probar de esa
sal--replico Martin.

--Pues tenga usted cuidado no le haga dano.

--?Quien lleva usted en el coche?

--Unas viejas.

--?Volvera usted por aqui?

--En cuanto pueda.

--Pues, adios.

--Adios, hermosa. Oiga usted. Si le preguntan por donde hemos ido diga
usted que nos hemos quedado aqui.

--Bueno, asi lo hare.

El coche paso por delante de Los Arcos. Al llegar cerca de Sansol,
cuatro hombres se plantaron en el camino.

--iAlto!--grito uno de ellos que llevaba un farol.

Martin salto del coche y desenvaino la espada.

--?Quien es?--pregunto.

--Voluntarios realistas--dijeron ellos.

--?Que quieren?

--Ver si tienen ustedes pasaporte.

Martin saco salvoconducto y lo enseno. Un viejo, de aire respetable,
tomo el papel y se puso a leerlo.

--?No ve usted que soy oficial?--pregunto Martin.

--No importa--replico el viejo--. ?Quien va adentro?

--Dos madres recoletas que marchan a Logrono.

--?No saben ustedes que en Viana estan los liberales?--pregunto el
viejo.

--No importa, pasaremos.

--Vamos a ver a esas senoras--murmuro el vejete.

--iEh, Bautista! Ten cuidado--dijo Martin en vasco.

Descendio Urbide del pescante y tras el salto el demandadero. El viejo
jefe de la patrulla abrio la portezuela del coche y echo la luz del
farol al rostro de las viajeras.

--?Quienes son ustedes?--pregunto la superiora con presteza.

--Somos voluntarios de Carlos VII.

--Entonces que nos detengan. Estos hombres nos llevan secuestradas.

No acababa de decir esto cuando Martin dio una patada al farol que
llevaba el viejo, y despues de un empujon echo al anciano respetable a
la cuneta de la carretera. Bautista arranco el fusil a otro de la ronda,
y el demandadero se vio acometido por dos hombres a la vez.

--iPero si yo no soy de estos. Yo soy carlista--grito el demandadero.

Los hombres, convencidos, se echaron sobre Zalacain, este cerro contra
los dos; uno de los voluntarios le dio un bayonetazo en el hombro
izquierdo, y Martin, furioso por el dolor, le tiro una estocada que le
atraveso de parte a parte.

La patrulla se habia declarado en fuga, dejando un fusil en el suelo.

--?Estas herido?--pregunto Bautista a su cunado.

--Si, pero creo que no es nada. Hala, vamonos.

--?Llevamos este fusil?

--Si, quitale la cartuchera a ese que yo he tumbado, y vamos andando.

Bautista entrego un fusil y una pistola a Martin.

--Vamos, iadentro!--dijo Martin al demandadero.

Este se metio temblando en el coche que partio, llevado al galope por
los caballos. Pasaron por en medio de un pueblo. Algunas ventanas se
abrieron y salieron los vecinos, creyendo sin duda que pasaba un furgon
de artilleria. A la media hora Bautista se paro. Se habia roto una
correa y tuvieron que arreglarla, haciendole un agujero con el
cortaplumas. Estaba cayendo un chaparron que convertia la carretera en
un barrizal.

--Habra que ir mas despacio--dijo Martin.

Efectivamente, comenzaron a marchar mas despacio, pero al cabo de un
cuarto de hora se oyo a lo lejos como un galope de caballos. Martin se
asomo a la ventana; indudablemente los perseguian.

El ruido de las herraduras se iba acercando por momentos.

--iAlto! iAlto!--se oyo gritar.

Bautista azoto los caballos y el coche tomo una una carrera vertiginosa.
Al llegar a las curvas, el viejo lando se torcia y rechinaba como si
fuera a hacerse pedazos. La superiora y Catalina rezaban; el demandadero
gemia en el fondo del coche.

--iAlto! iAlto!--gritaron de nuevo.

--iAdelante, Bautista! iAdelante!--dijo Martin, sacando la cabeza por la
ventanilla.

En aquel momento sono un tiro, y una bala paso silbando a poca
distancia. Martin cargo la pistola, vio un caballo y un ginete que se
acercaban al coche, hizo fuego y el caballo cayo pesadamente al suelo.
Los perseguidores dispararon sobre el coche que fue atravesado por las
balas. Entonces Martin cargo el fusil y, sacando el cuerpo por la
ventanilla, comenzo a hacer disparos atendiendo al ruido de las pisadas
de los caballos; los que les seguian disparaban tambien, pero la noche
estaba negra y ni Martin ni los perseguidores afinaban la punteria.
Bautista, agazapado en el pescante, llevaba los caballos al galope;
ninguno de los animales estaba herido, la cosa iba bien.

Al amanecer ceso la persecucion. Ya no se veia a nadie en la carretera.

--Creo que podemos parar--grito Bautista--. ?Eh? Llevamos otra vez el
tiro roto. ?Paramos?

--Si, para--dijo Martin--; no se ve a nadie.

Paro Bautista, y tuvieron que componer de nuevo otra correa.

El demandadero rezaba y gemia en el coche; Zalacain le hizo salir de
dentro a empujones.

--Anda, al pescante--le dijo--. ?Es que tu no tienes sangre en las
venas, sacristan de los demonios?--le pregunto.

--Yo soy pacifico y no me gusta mezclarme en estas cosas ni hacer dano a
nadie--contesto refunfunando.

--?No seras tu una monja disfrazada?

--No, soy un hombre.

--?No te habras equivocado?

--No, soy un hombre, un pobre hombre, si le parece a usted mejor.

--Eso no impedira que te metan unas pildoras de plomo en esa grasa fria
que forma tu cuerpo.

--iQue horror!

--Por eso debes comprender, hombre linfatico, que cuando se encuentra
uno en el caso de morir o de matar, no puede uno andarse con tonterias
ni con rezos.

Las palabras rudas de Martin reanimaron un poco al demandadero.

Al subir Bautista al pescante, le dijo Martin:

--?Quieres que guie yo ahora?

--No, no. Yo voy bien. Y tu, ?como tienes la herida?

--No debe de ser nada.

--?Vamos a verla?

--Luego, luego; no hay que perder tiempo.

Martin abrio la portezuela, y, al sentarse, dirigiendose a la superiora,
dijo:

--Respecto a usted, senora, si vuelve usted a chillar, la voy a atar a
un arbol y a dejarla en la carretera.

Catalina, asustadisima, lloraba. Bautista subio al pescante y el
demandadero con el. Comenzo el carruaje a marchar despacio, pero, al
poco tiempo, volvieron a oirse como pisadas de caballos.

Ya no quedaban municiones; los caballos del coche estaban cansados.

--Vamos, Bautista, un esfuerzo--grito Martin, sacando la cabeza por la
ventanilla--. iAsi! Echando chispas.

Bautista, excitado, gritaba y chasqueaba el latigo. El coche pasaba con
la rapidez de una exhalacion, y pronto dejo de oirse detras el ruido de
pisadas de caballos.

Ya estaba clareando; nubarrones de plomo corrian a impulsos del viento,
y en el fondo del cielo rojizo y triste del alba se adivinaba un pueblo
en un alto. Debia de ser Viana.

Al acercarse a el, el coche tropezo con una piedra, se solto una de las
ruedas, la caja se inclino y vino a tierra. Todos los viajeros cayeron
revueltos en el barro. Martin se levanto primero y tomo en brazos a
Catalina.

--?Tienes algo?--la dijo.

--No, creo que no--contesto ella, gimiendo.

La superiora se habia hecho un chichon en la trente y el demandadero
dislocado una muneca.

--No hay averias importantes--dijo Martin--.iAdelante!

Los viajeros entonaban un coro de quejas y de lamentos.

--Desengancharemos y montaremos a caballo--dijo Bautista.

--Yo no. Yo no me muevo de aqui--replico la superiora.

La llegada del coche y su batacazo no habian pasado inadvertidos,
porque, pocos momentos despues, avanzo del lado de Viana media compania
de soldados.

--Son los _guiris_--dijo Bautista a Martin.

--Me alegro.

La media compania se acerco al grupo.

--iAlto!--grito el sargento--. ?Quien vive?

--Espana.

--Daos prisioneros.

--No nos resistimos.

El sargento y su tropa quedaron asombrados, al ver a un militar
carlista, a dos monjas y a sus acompanantes llenos de barro.

--Vamos hacia el pueblo--les ordenaron.

Todos juntos, escoltados por los soldados, llegaron a Viana.

Un teniente que aparecio en la carretera, pregunto:

--?Que hay, sargento?

--Traemos prisioneros a un general carlista y a dos monjas.

Martin se pregunto por que le llamaba el sargento general carlista;
pero, al ver que el teniente le saludaba, comprendio que el uniforme,
cogido por el en Estella, era de un general.




CAPITULO XIII

COMO LLEGARON A LOGRONO Y LO QUE LES OCURRIO


Hicieron entrar a todos en el cuerpo de guardia, en donde, tendidos en
camastros, dormian unos cuantos soldados, y otros se calentaban al calor
de un gran brasero. Martin fue tratado con mucha consideracion por su
uniforme. Rogo al oficial le dejara estar a Catalina a su lado.

--?Es la senora de usted?

--Si, es mi mujer.

El oficial accedio y paso a los dos a un cuarto destartalado que servia
para los oficiales.

La superiora, Bautista y el demandadero, no merecieron las mismas
atenciones y quedaron en el cuartelillo.

Un sargento viejo, andaluz, se amartelo con la superiora y comenzo a
echaria piropos de los clasicos; la dijo que tenia _loz ojoz_ como _doz
luceroz_ y que se parecia a la Virgen de _Conzolacion_ de Utrera, y le
conto otra porcion de cosas del repertorio de los almanaques.

A Bautista le dieron tal risa los piropos del andaluz, que comenzo a
reirse con una risa contenida.

--A ver _zi_ te _callaz_; cochino carca--le dijo el sargento.

--Si yo no digo nada--replico Bautista.

--_Zi_ te _siguez_ riendo _azi_, te voy a _clava_ como a un _zapo_.

Bautista tuvo que ir a un rincon a reirse, y la superiora y el sargento
siguieron su conversacion.

Al mediodia llego un coronel, que al ver a Martin le saludo
militarmente. Martin le conto sus aventuras, pero el coronel al oirlas
fruncio las cejas.

--A estos militares--penso Martin--no les gusta que un paisano haga
cosas mas dificiles que las suyas.

--Iran ustedes a Logrono y alli veremos si identifican su personalidad.
?Que tiene usted? ?Esta usted herido?

--Si.

--Ahora vendra el fisico a reconocerle.

Efectivamente, llego un doctor que reconocio a Martin, le vendo, y
redujo la dislocacion del mandadero, que grito y chillo como un
condenado. Despues de comer trajeron los caballos del coche, les
obligaron a montar en ellos, y custodiados por toda compania tomaron el
camino de Logrono.

Al llegar cerca del puente sobre el Ebro, una porcion de lavanderas y
de mujeres de carabineros salieron a ver la extrana comitiva, y varias
de ellas comenzaron a cantar, sobre todo dirigiendose a la monja:

        Ahora si que estaras contentona
        Carlistona, mandilona;
        Ahora si que estaras contenton
        Carliston, mandilon, cobardon.

La pobre superiora estaba livida de rabia. Martin y Bautista se miraban
con cierto comico estupor.

En Logrono pararon en el cuartel y un oficial hizo subir a Martin a ver
al general. Le conto Zalacain sus aventuras, y el general le dijo:

--Si yo tuviera la seguridad de que lo que me dice usted es cierto,
inmediatamente dejaria libre a usted y a sus companeros.

--?Y yo como voy a probar la verdad de mis palabras?

--iSi pudiera usted identificar su persona! ?No conoce usted aqui a
nadie? ?Algun comerciante?

--No.

--Es lastima.

--Si, si, conozco a una persona--dijo de pronto Martin--, conozco a la
senora de Briones y a su hija.

--?Y el capitan Briones, tambien lo conocera usted?

--Tambien.

--Pues lo voy a llamar; dentro de un momento estara aqui.

El general mando un ayudante suyo, y media hora despues estaba el
capitan Briones, que reconocio a Martin. El general los dejo a todos
libres.

Martin, Catalina y Bautista iban a marcharse juntos, a pesar de la
oposicion de la superiora, cuando el capitan Briones dijo:

--Amigo Zalacain, mi madre y mi hermana exigen que vaya usted a comer
con ellas.

Martin explico a su novia como no le era posible desatender la
invitacion, y dejando a Bautista y a Catalina fue en compania del
oficial.

La casa de la senora de Briones estaba en una calle centrica, con
soportales.

Rosita y su madre recibieron a Martin con grandes muestras de amistad.
La aventura de su llegada a Logrono con un una senorita y una monja
habia corrido por todas partes.

Madre e hija le preguntaron un sin fin de cosas, y Martin tuvo que
contar sus aventuras.

--iPero que muchacho!--decia dona Pepita, haciendose cruces--. Usted es
un verdadero diablo.

Despues de comer vinieron unas senoritas amigas de Rosa Briones, y
Martin tuvo que contar de nuevo sus aventuras. Luego se hablo de
sobremesa y se canto. Martin pensaba: ?Que hara Catalina? Pero luego se
olvidaba con la conversacion.

Dona Pepita dijo que su hija habia tenido el capricho de aprender la
guitarra e incito a Rosita para que cantara.

--Si, canta--dijeron las demas muchachas.

--Si, cante usted--anadio Zalacain.

Rosita saco la guitarra y canto algunas canciones, acompanandose con
ella, y luego, como en honor de Martin, entono un zortzico con letra
castellana, que comenzaba asi:

        Aunque la oracion suene
        Yo no me voy de aqui;
        La del panuelo rojo
        Loco me ha vuelto a mi.

Y el estribillo de la cancion era:

        Aufa que el campanero
        La oracion va a tocar,
        Aufa que yo te quiero
        _Maitia, maitia_, ven aca.

Y Rosita, al cantar esto, miraba a Martin de tal manera con los ojos
brillantes y negros, que el se olvido de que le esperaba Catalina.

Cuando salio de casa de la senora de Briones, eran cerca de las once de
la noche. Al encontrarse en la calle comprendio su falta brutal de
atencion. Fue a buscar a su novia, preguntando en los hoteles. La
mayoria estaban cerrados. En uno del Espolon le dijeron: "Aqui ha venido
una senorita, pero esta descansando en su cuarto."

--?No podria usted avisarla?

--No.

Bautista tampoco parecia.

Sin saber que hacer, volvio Martin a los soportales y se puso a pasear
por ellos. Si no fuera por Catalina--penso--era capaz de quedarme aqui
y ver si Rosita Briones esta de veras por mi, como parece.

Estaba embebido en estos pensamientos cuando un hombre, con aspecto de
criado, se paro ante el y le dijo:

--?Es usted don Martin Zalacain?

--El mismo.

--?Quiere usted venir conmigo? Mi senora quiere hablarle.

--?Y quien es la senora de usted?

--Me ha encargado que le diga que es una amiga de su infancia.

--?Una amiga de mi infancia?

--Si.

--Es posible--penso Zalacain--. Si habre conocido en mi infancia a
alguien que tenga criados, sin saberlo. En fin, vamos a ver a mi
amiga--dijo en voz alta.

El criado siguio por los soportales, torcio una esquina, y en una casa
grande empujo la puerta y entro en un zaguan elegante, iluminado por un
gran farol.

--Pase el senorito--dijo el criado indicandole una escalera alfombrada.

--Debe haber una equivocacion--penso Martin--. No es posible otra cosa.

Subieron la escalera, el criado levanto una cortina y paso Zalacain.
Sentada en un sofa y hojeando un album, habia una mujer desconocida, una
mujer pequena, delgada, rubia, elegantisima.

--Perdone usted, senora--dijo Martin--, creo que usted y yo somos
victimas de una equivocacion...

--Yo, por mi parte, no--contesto ella riendo, con una risa zumbona.

--?Quiere algo mas la senora?--pregunto el criado.

--No, pueden ustedes retirarse.

Martin quedo asombrado. El criado echo la pesada cortina y quedaron
solos.

--Martin--dijo la dama, levantandose de su silla y poniendole las manos
pequenas en sus hombros--. ?No te acuerdas de mi?

--No, la verdad.

--Soy Linda.

--?Que Linda?

--Linda, la que estuvo en Urbia cuando fue el domador, y murio tu madre.
?No te acuerdas?

--?Usted es Linda?

--iOh, no me hables de usted! Si, yo soy Linda. He sabido como habias
venido a Logrono y he mandado que te buscaran.

--?De manera que tu eres aquella chiquilla que jugaba con el oso?

--La misma.

--?Y me has conocido?

--Si.

--Yo no te hubiera conocido.

--Habla, cuenta de tu vida. Tu no sabes la gana que tenia de verte. Eres
el unico hombre por quien me han pegado. ?Te acuerdas? Para mi
constituias toda mi familia. ?Que hara? ?Donde estara Martin? pensaba.

--?De veras? iQue extrano! iHace de esto tanto tiempo! Y somos jovenes
los dos.

--iCuenta! iCuenta! ?Cual ha sido tu vida? ?Que has hecho por el mundo?

Martin, emocionado, hablo de su vida, de sus aventuras. Luego, Linda
conto las suyas, su existencia bohemia de volatinera, hasta que un senor
rico le saco del circo y le brindo con su proteccion. Ahora este senor,
titulo, con grandes posesiones en la Rioja, queria casarse con ella.

--?Y tu te vas a casar?--la pregunto Martin.

--Claro.

--?De manera que dentro de poco seras una senora condesa o marquesa?

--Si, marquesa, pero chico, esto no me entusiasma. He vivido siempre
libre y ya las cadenas no son para mi, aunque sean de oro. Pero estas
palido. ?Que te pasa?

Martin sentia un gran cansancio y le dolia el hombro. Linda, al saber
que estaba herido, le obligo a quedarse alli.

Afortunadamente el rasguno no era grave y Zalacain curo pronto.

Al dia siguiente, Linda no le dejo salir; y al verse dominado por ella,
por su suave encanto, encontro el herido que sus convalecencias eran mas
peligrosas para sus sentimientos que para su salud.

--Que le avisen a mi cunado donde estoy--dijo Martin varias veces a
Linda.

Esta envio un criado a los hoteles, pero en ninguno daban noticias ni de
Bautista ni de Catalina.




CAPITULO XIV

COMO ZALACAIN Y BAUTISTA URBIDE TOMARON LOS DOS SOLOS LA CIUDAD DE
LAGUARDIA OCUPADA POR LOS CARLISTAS.


De conocer Martin la _Odisea_ es posible que hubiese tenido la
pretension de comparar a Linda con la hechicera Circe y a si mismo con
Ulises, pero como no habia leido el poema de Homero no se le ocurrio tal
comparacion.

Si se le ocurrio varias veces que se estaba portando como un bellaco,
pero Linda iera tan encantadora! iTenia por el tan grande entusiasmo! Le
habia hecho olvidar a Catalina. Muchos dias maldecia de su barbarie,
pero no se determinaba a marcharse. Decidio en su fuero interno que la
culpa de todo era de Bautista y esta decision le tranquilizo.

--?Donde se ha metido ese hombre?--se preguntaba.

Una semana despues del encuentro con Linda, al pasar por los soportales
de la calle principal de Logrono se encontro con Bautista que venia
hacia el indiferente y tranquilo como de costumbre.

--?Pero donde estas?--exclamo Martin incomodado.

--Eso te pregunto yo, ?donde estas?--contesto Bautista.

--?Y Catalina?

--iQue se yo! Yo crei que tu sabrias donde estaba, que os habiais
marchado los dos sin decirme nada.

--?De manera que no sabes?...

--Yo no.

--?Cuando hablaste tu con ella por ultima vez?

--El mismo dia de llegar aqui; hace ocho dias. Cuando tu te fuistes a
comer a casa de la senora de Briones, Catalina, la monja y yo nos fuimos
a la fonda. Paso el tiempo, paso el tiempo y tu no venias.--?Pero donde
esta?--preguntaba Catalina.--?Que se yo?--la decia. A la una de la
manana, viendo que tu no venias, yo me fui a la cama. Estaba molido. Me
dormi y me desperte muy tarde y me encontre con que la monja y Catalina
se habian marchado y tu no habias venido. Espere un dia, y como no
aparecia nadie, crei que os habiais marchado y me fui a Bayona y deje
las letras en casa de Levi-Alvarez. Luego tu hermana empezo a
decirme:--?Pero donde estara Martin? ?Le ha pasado algo?--Escribi a
Briones y me contesto que estabas aqui escandalizando el pueblo, y por
eso he venido.

--Si, la verdad es que yo tengo la culpa--dijo Martin--. ?Pero donde
puede estar Catalina? ?Habra seguido a la monja?

--Es lo mas probable.

Martin, al encontrarse con Bautista y hablar con el, se sintio fuera de
la influencia del hechizo de Linda y comenzo a hacer indagaciones con
una actividad extraordinaria. De las dos viajeras del hotel, una se
habia marchado por la estacion; la otra, la monja, habia partido en un
coche hacia Laguardia.

Martin y Bautista supusieron si las dos estarian refugiadas en
Laguardia. Sin duda la monja recupero su ascendiente sobre Catalina en
vista de la falta de Martin y la convencio de que volviera con ella al
convento.

Era imposible que Catalina encontrandose en otro lado no hubiese
escrito.

Se dedicaron a seguir la pista de la monja. Averiguaron en la venta de
Asa que dias antes un coche con la monja intento pasar a Laguardia, pero
al ver la carretera ocupada por el ejercito liberal sitiando la ciudad y
atacando las trincheras retrocedio. Suponian los de la venta que la
monja habria vuelto a Logrono, a no ser que intentara entrar en la
ciudad sitiada, tomando en caballeria el camino de Lanciego por Oyon y
Venaspre.

Marcharon a Oyon y luego a Yecora, pero nadie les pudo dar razon. Los
dos pueblos estaban casi abandonados.

Desde aquel camino alto se veia Laguardia rodeada de su muralla en medio
de una explanada enorme. Hacia el Norte limitaba esta explanada como una
muralla gris la cordillera de Cantabria; hacia el Sur podia extenderse
la vista hasta los montes de Pancorbo.

En este poligono amarillento de Laguardia no se destacaban ni tejados ni
campanarios, no parecia aquello un pueblo, sino mas bien una fortaleza.
En un extremo de la muralla se erguia un torreon envuelto en aquel
instante en una densa humareda.

Al salir de Yecora, un hombre famelico y destrozado les salio al
encuentro y hablo con ellos. Les conto que los carlistas iban a
abandonar Laguardia un dia u otro. Le pregunto Martin si era posible
entrar en la ciudad.

--Por la puerta es imposible--dijo el hombre--, pero yo he entrado
subiendo por unos agujeros que hay en el muro entre la Puerta de Paganos
y la de Mercadal.

--?Pero y los centinelas?

--No suelen haber muchas veces.

Bajaron Martin y Bautista por una senda desde Lanciego a la carretera y
llegaron al sitio en donde acampaba el ejercito liberal. La tropa,
despues de canonear las trincheras carlistas, avanzaba, y el enemigo
abandonaba sus posiciones refugiandose en los muros.

El regimiento del capitan Briones se encontraba en las avanzadas. Martin
pregunto por el y lo encontro. Briones presento a Zalacain y a Bautista
a algunos oficiales companeros suyos, y por la noche tuvieron una
partida de cartas y jugaron y bebieron. Gano Martin, y uno de los
companeros de Briones, un teniente aragones que habia perdido toda su
paga, comenzo, para vengarse, a hablar mal de los vascongados, y
Zalacain y el se encarzaron en una estupida discusion de amor propio
regional, de esas tan frecuentes en Espana.

Decia el teniente aragones que los vascongados eran tan torpes, que un
capitan carlista, para ensenarles a marchar a la derecha y a la
izquierda elevaba un manojo de paja en la mano y les decia, por ejemplo:
iDoble derecha! y en seguida pasaba el manojo a la derecha y decia.
iHacia el lado de la paja! Ademas, segun el oficial, los vascongados
eran unos poltrones que no se querian batir mas que estando cerca de sus
casas.

Martin se estaba amoscando, y dijo al oficial:

--Yo no se como seran los vascongados, pero lo que le puedo decir a
usted es que lo que usted o cualquiera de estos senores haga, lo hago yo
por debajo de la pierna.

--Y yo--dijo Bautista, colocandose al lado de Martin.

--Vamos, hombre--dijo Briones--. No sean ustedes tontos. El teniente
Ramirez no ha querido ofenderles.

--No nos ha llamado mas que estupidos y cobardes--dijo riendo Martin--.
Claro que a mi no me importa nada lo que este senor opine de nosotros,
pero me gustaria encontrar una ocasion para probarle que esta
equivocado.

--Salga usted--dijo el teniente.

--Cuando usted quiera--contesto Martin.

--No--replico Briones--, yo lo prohibo. El teniente Ramirez quedara
arrestado.

--Esta bien--dijo refunfunando el aludido.

--Si estos senores quieren un poco de jaleo, cuando tomemos Laguardia
pueden venir con nosotros--advirtio el oficial.

Martin creyo ver alguna ironia en las palabras del militar y replico
burlonamente:

--iCuando tomen ustedes Laguardia! No, hombre. Eso no es nada para
nosotros. Yo voy solo a Laguardia y la tomo, o a lo mas con mi cunado
Bautista.

Se echaron todos a reir de la fanfarronada, pero viendo que Martin
insistia, diciendo que aquella misma noche iban a entrar en la ciudad
sitiada, pensaron que Martin estaba loco. Briones, que le conocia,
trato de disuadirse de hacer esta barbaridad, pero Zalacain no se
convencio.

--?Ven ustedes este panuelo blanco?--dijo--. Manana al amanecer lo veran
ustedes en este palo flotando sobre Laguardia. ?Habra por aqui una
cuerda?

Uno de los oficiales jovenes trajo una cuerda, y Martin y Bautista, sin
hacer caso de las palabras de Briones, avanzaron por la carretera.

El frio de la noche les sereno, y Martin y su cunado se miraron algo
extranados. Se dice que los antiguos godos tenian la costumbre de
resolver sus asuntos dos veces, una borrachos y otra serenos. De esta
manera unian en sus decisiones el atrevimiento y la prudencia. Martin
sintio no haber seguido esta prudente tactica goda, pero se callo y dio
a entender que se encontraba en uno de los momentos regocijados de su
vida.

--?Que? ?vamos a ir?--pregunto Bautista.

--Probaremos.

Se acercaron a Laguardia. A poca distancia de sus muros tomaron a la
izquierda, por la Senda de las Damas, hasta salir al camino de El Ciego
y cruzando este se acercaron a la altura en donde se asienta la ciudad.
Dejaron a un lado el cementerio y llegaron a un paseo con arboles que
circunda el pueblo.

Debian de encontrarse en el punto indicado por el hombre de Yecora,
entre la puerta de Mercadal y la de Paganos.

Efectivamente, el sitio era aquel. Distinguieron los agujeros en el
muro que servia de escalera; los de abajo estaban tapados.

--Podriamos abrir estos boquetes--dijo Bautista.

--iHum! Tardariamos mucho--contesto Martin--. Subete encima de mi a ver
si llegas. Toma la cuerda.

Bautista se encaramo sobre los hombros de Martin, y luego, viendo que se
podia subir sin dificultad, escalo la muralla hasta lo alto. Asomo la
cabeza y viendo que no habia vigilancia salto encima.

--?Nadie?--dijo Martin.

--Nadie.

Sujeto Bautista la cuerda con un lazo corredizo en un angulo de un
torreon, v subio Martin a pulso, con el palo en los dientes.

--Se deslizaron los dos por el borde de la muralla, hasta enfilar una
calleja. Ni guardia, ni centinela; no se veia ni se oia nada. El pueblo
parecia muerto.

--?Que pasara aqui?--se dijo Martin.

Se acercaron al otro extremo de la ciudad. El mismo silencio. Nadie.
Indudablemente, los carlistas habian huido de Laguardia.

Martin y Bautista adquirieron el convencimiento de que el pueblo estaba
abandonado. Avanzaron con esta confianza hasta cerca de la puerta del
Mercadal; y enfrente del cementerio, hacia la carretera de Logrono,
sujetaron entre dos piedras el palo y ataron en su punta el panuelo
blanco.

Hecho esto, volvieron deprisa al punto por donde habian subido. La
cuerda seguia en el mismo sitio. Amanecia. Desde alla arriba se veia una
enorme extension de campo. La luz comenzaba a indicar las sombras de los
vinedos y de los olivares. El viento fresco anunciaba la proximidad del
dia.

--Bueno, baja--dijo Martin--. Yo sujetare la cuerda.

--No, baja tu--replico Bautista.

--Vamos, no seas imbecil.

--?Quien vive?--grito una voz en aquel mismo momento.

Ninguno de los dos contesto. Bautista comenzo a bajar despacio. Martin
se tendio en la muralla.

--?Quien vive?--volvio a gritar el centinela.

Martin se aplasto en el suelo todo lo que pudo; sono un disparo y una
bala paso por encima de su cabeza. Afortunadamente, el centinela estaba
lejos. Cuando Bautista descendio, Martin comenzo a bajar. Tuvo la suerte
de que la cuerda no se deslizase. Bautista le esperaba con el alma en un
hilo. Habia movimiento en la muralla; cuatro o cinco hombres se asomaron
a ella, y Martin y Bautista se escondieron tras de los arboles del paseo
que circundaba el pueblo. Lo malo era que aclaraba cada vez mas. Fueron
pasando de arbol a arbol, hasta llegar cerca del cementerio.

--Ahora no hay mas remedio que echar a correr a la descubierta--dijo
Martin--. A la una..., a las dos... Vamos alla.

Echaron los dos a correr. Sonaron varios tiros. Ambos llegaron ilesos al
cementerio. De aqui ganaron pronto el camino de Logrono. Ya fuera de
peligro, miraron hacia atras. El panuelo seguia en la muralla ondeando
al viento. Briones y sus amigos recibieron a Martin y a Bautista como a
heroes.

Al dia siguiente, los carlistas abandonaron Laguardia y se refugiaron en
Penacerrada. La poblacion enarbolo bandera de parlamento; y el ejercito,
con el general al frente, entraba en la ciudad.

Por mas que Martin y Bautista preguntaron en todas las casas, no
encontraron a Catalina.




LIBRO TERCERO

Las ultimas aventuras




CAPITULO PRIMERO

LOS RECIEN CASADOS ESTAN CONTENTOS


Catalina no fue inflexible. Pocos dias despues, Martin recibio una carta
de su hermana. Decia la Ignacia que Catalina estaba en su casa, en Zaro,
desde hacia algunos dias. Al principio no habia querido oir hablar de
Martin, pero ahora le perdonaba y le esperaba.

Martin y Bautista se presentaron en Zaro inmediatamente, y los novios se
reconciliaron.

Se preparo la boda. iQue paz se disfrutaba alli, mientras se mataban en
Espana! La gente trabajaba en el campo. Los domingos, despues de la
misa, los aldeanos endomingados, con la chaqueta al hombro, se reunian
en la sidreria y en el juego de pelota; las mujeres iban a la iglesia,
con un capuchon negro, que rodeaba su cabeza. Catalina cantaba en el
coro y Martin la oia, como en la infancia, cuando en la iglesia de Urbia
entonaba el Aleluya.

Se celebro la boda, con la posible solemnidad, en la iglesia de Zaro y
luego la fiesta en la casa de Bautista.

Hacia todavia frio, y los aldeanos amigos se reunieron en la cocina de
la casa, que era grande, hermosa y limpia. En la enorme chimenea redonda
se echaron montones de lena, y los invitados cantaron y bebieron hasta
bien entrada la noche, al resplandor de las llamas. Los padres de
Bautista, dos viejecitos arrugados, que hablaban solo vascuence,
cantaron una cancion monotona de su tiempo, y Bautista lucio su voz y su
repertorio completo y canto una cancion en honor de los novios.

        Ezcon berriyac
        pozquidac daude
        pozquidac daude
        eguin diralaco gaur
        alcarren jabe
        clizan.

(Los recien casados estan muy alegres, porque hoy se han hecho duenos,
uno de otro, en la iglesia.)

La fiesta acabo, con la mayor alegria, a la media noche, en que se
retiraron todos.

Pasada la luna de miel, Martin volvio a las andadas. No paraba, iba y
venia de Espana a Francia, sin poder reposar.

Catalina deseaba ardientemente que acabara la guerra e intentaba
retener a Martin a su lado.

--Pero, ?que quieres mas?--le decia--.?No tienes ya bastante dinero?
?Para que exponerte de nuevo?

--Si no me expongo--replicaba Martin.

Pero no era verdad, tenia ambicion, amor al peligro y una confianza
ciega en su estrella. La vida sedentaria le irritaba.

Martin y Bautista dejaban solas a las dos mujeres y se iban a Espana. Al
ano de casada, Catalina tuvo un hijo, al que llamaron Jose Miguel,
recordando Martin la recomendacion del viejo Tellagorri.




CAPITULO II

EN EL CUAL SE INICIA LA "DESHECHA"


Con la proclamacion de la monarquia en Espana, comenzo el deshielo en el
campo carlista. La batalla de Lacar, perdida de una manera ridicula por
el ejercito regular en presencia del nuevo rey, dio alientos a los
carlistas, pero a pesar del triunfo y del botin la causa del
Pretendiente iba de capa caida.

La batalla de Lacar no hizo mas que enriquecer el repertorio de las
canciones de la guerra con una copla que mas que para soldados parecia
escrita para el coro de senoras de una zarzuela, y que decia asi:

        En Lacar, chiquillo,
        Te viste en un tris,
        Si don Carlos te da con la bota
        Como una pelota,
        Te envia a Paris.

Era dificil, al oir esta cancion, no pensar en unas cuantas coristas
balanceando voluptuosamente las caderas.

Los carlistas hablaban ya de traicion. Con el fracaso del sitio de Irun
y con la retirada de don Carlos, los curas navarros y vascongados
empezaron a dudar del triunfo de la causa. Con la proclamacion de
Sagunto, la desconfianza cundio por todas partes.

--Son primos y ellos se entienden--decian los desconfiados, que eran
legion.

Algunos que habian oido hablar de un don Alfonso, hermano de don Carlos,
creian que a este don Alfonso le habian hecho rey.

Los ambiciosos de los pueblos veian que todas las clases ricas se
inclinaban a favor de la monarquia liberal.

Los generales alfonsinos, despues de hecho su agosto y ascendido en su
carrera todo lo posible, encontraban que era una estupidez continuar la
guerra durante mas tiempo; habian matado la republica, que ciertamente
por estolida merecia la muerte; el nuevo gobierno les miraba como
vencedores, pacificadores y heroes. iQue mas podian desear!

En el campo carlista comenzaba la _Deshecha_. Ya se podia andar por las
carreteras sin peligro; el carlismo seguia por la fuerza de la inercia,
defendido debilmente y atacado mas debilmente todavia. La unica arma que
se blandia de veras era el dinero.

Martin, viendo que no era dificil recorrer los caminos, tomo su
cochecito y se dirigio hacia Urbia una manana de invierno.

Todos los fuertes permanecian silenciosos, mudas las trincheras
carlistas, ni una detonacion, ni una humareda cruzaban el aire. La nieve
cubria el campo con su mortaja blanca bajo el cielo entoldado y plomizo.

Antes de llegar a Urbia, a un lado y a otro, se veian casas de campo
derrumbadas, fachadas con las ventanas tapiadas y rellenas de paja,
arboles con las ramas rotas, zanjas y parapetos por todas partes.

Martin entro en Urbia. La casa de Catalina estaba destrozada; con los
techos atravesados por las granadas, las puertas y ventanas cerradas
hermeticamente. Ofrecia el hermoso caseron un aspecto lamentable; en la
huerta abandonada, las lilas mostraban sus ramas rotas, y una de las mas
grandes de un magnifico tilo, desgajada, llegaba hasta el suelo. Los
rosales trepadores, antes tan lozanos, se veian marchitos.

Subio Martin por su calle a ver la casa en donde nacio.

La escuela estaba cerrada; por los cristales empolvados se veian los
cartelones con letras grandes y los mapas colgados de las paredes. Cerca
del caserio de Zalacain habia una viga de madera, de la que colgaba una
campana.

--?Para que sirve esto?--pregunto a un mendigo que iba de puerta en
puerta.

Era para el vigia. Cuando notaba un fogonazo tocaba la campana para
avisar a la gente de la parte baja.

Entro Martin en el caserio Zalacain. El tejado no existia; solo quedaba
un rincon de la antigua cocina con cubierta. Bajo este techo, entre los
escombros, habia un hombre sentado escribiendo y un chiquillo ocupado en
cuidar varios pucheros.

--?Quien vive aqui?--pregunto Martin.

--Aqui vivo yo--contesto una voz.

Martin quedo atonito. Era el extranjero. Al verse se estrecharon las
manos afectuosamente.

--iLo que dio usted que hablar en Estella!--dijo el extranjero--. iQue
golpe aquel mas admirable! ?Como se escaparon ustedes?

Martin conto la historia de su escapatoria, y el periodista fue tomando
notas.

--Puedo hacer una cronica admirable--dijo.

Luego hablaron de la guerra.

--iPobre pais!--dijo el extranjero--. iCuanta brutalidad! iCuanto
absurdo! ?Se acuerda usted del pobre Haussonville que conocimos en
Estella?

--Si.

--Murio fusilado. ?Y del Corneta de Lasala y de Praschcu que fueron de
los que nos persiguieron cerca de Hernani?

--Si.

--Esos dos habian salvado al cabecilla Monserrat de la muerte. ?Sabe
usted quien los ha fusilado?

--?Pero los han fusilado?

--Si, el mismo Monserrat, en Ormaiztegui.

--iPobre gente!

--A otro, llamado Anchusa, de la partida del Cura, debia usted tambien
conocer...

--Si, lo conocia.

--A ese lo mando fusilar Lizarraga. Y al _Jabonero_, el lugarteniente
del Cura...

--?Tambien lo fusilaron?

--Tambien. Al _Jabonero_ le debia el Cura la unica victoria que
consiguio en Usurbil cuando defendieron una ermita contra los liberales;
pero tenia celos de el y ademas creia que le hacia traicion, y lo mando
fusilar.

--Si esto sigue asi no vamos a quedar nadie.

--Afortunadamente ya ha comenzado la _Deshecha_ como dicen los
aldeanos--contesto el extranjero--.?Y usted a que ha venido aqui?

Martin dijo que el era de Urbia, asi como su mujer, y conto sus
aventuras desde el tiempo en que habia dejado de ver al extranjero.
Comieron juntos y por la tarde se despidieron.

--Todavia creo que nos volveremos a ver--dijo el extranjero.

--Quien sabe. Es muy posible.




CAPITULO III

EN DONDE MARTIN COMIENZA A TRABAJAR POR LA GLORIA


En la epoca de las nieves, un general audaz que venia de muy lejos
intento envolver a los carlistas por el lado del Pirineo, y saliendo de
Pamplona avanzo por la carretera de Elizondo; pero al ver el alto de
Velate defendido y atrincherado por los carlistas, se retiro hacia Engui
y luego tomo por el puerto de Olaberri, proximo a la frontera, por entre
bosques y sendas malisimas; y perdidos sus soldados en los bosques,
llegaron despues de dos dias y tres noches al Baztan.

La imprudencia era grande, pero aquel general tuvo suerte, porque si la
terrible nevada que cayo al dia siguiente de estar en Elizondo cae
antes, hubieran quedado la mitad de las tropas entre la nieve.

El general pidio viveres a Francia, y gracias a la ayuda del pais
vecino, pudo dar de comer a su gente y preparar alojamiento. Martin y
Bautista se hallaban en relacion con una casa de Bayona, y fueron a Anoa
con sus carros.

Anoa esta a un kilometro proximamente de la frontera, en donde se halla
establecida la aduana espanola de Dancharinea.

Aquel dia, una porcion de gente de la frontera francesa se asomo a Anoa.
La carretera estaba atestada de carromatos, carretas y omnibus, que
conducian al valle de Baztan para las tropas fardos de zapatos, sacos de
pan, cajones de galleta de Burdeos, esparto para las camas, barriles de
vino y de aguardiente.

El camino estaba intransitable y lleno de barro. Ademas de todo aquel
convoy de mercancias consignado al ejercito, hallabanse otros coches
atiborrados de generos que algunos comerciantes de Bayona llevaban a ver
si vendian al por menor.

Habia tambien cerca del puente, sobre el riachuelo Ugarona, una porcion
de cantineros con sus cestas, frascos y cachivaches.

Martin con su mujer, y Bautista con la suya, se acercaron a Anoa y se
alojaron en la venta. Catalina queria ver si obtenia noticias de su
hermano.

En la venta preguntaron a un muchacho desertor carlista, pero no supo
darles ninguna razon de Carlos Ohando.

--Si no esta en Penaplata, ira camino de Burguete--les dijo.

Se encontraban a la puerta de la venta Martin y Bautista, cuando paso,
envuelto en su capote, Briones, el hermano de Rosita. Le saludo a Martin
muy afectuoso y entro en la venta. Vestia uniforme de comandante y
llevaba cordones dorados como los ayudantes de generales.

--He hablado mucho de usted a mi general--le dijo a Martin.

--?Si?

--Ya lo creo. Tendria mucho gusto en conocer a usted. Le he contado sus
aventuras. ?Quiere usted venir a saludarle? Tengo ahi un caballo de mi
asistente.

--?Donde esta el general?

--En Elizondo. ?Viene usted?

--Vamos.

Advirtio Martin a su mujer que se marchaba a Elizondo; montaron Briones
y Zalacain a caballo y charlando de muchas cosas llegaron a esta villa,
centro del valle del Baztan. El general se alojaba en un palacio de la
plaza; a la puerta dos oficiales hablaban.

Le hizo pasar Briones a Martin al cuarto en donde se encontraba el
general. Este, sentado a una mesa donde tenia planos y papeles, fumaba
un cigarro puro y discutia con varias personas.

Presento Briones a Martin, y el general, despues de estrecharle la mano,
le dijo bruscamente:

--Me ha contado Briones sus aventuras. Le felicito a usted.

--Muchas gracias, mi general.

--?Conoce usted toda esta zona de mugas de la frontera que domina el
valle del Baztan?

--Si, como mi propia mano. Creo que no habra otro que las conozca tan
bien.

--?Sabe usted los caminos y las sendas?

--No hay mas que sendas.

--?Hay sendero para subir a Penaplata por el lado de Zugarramurdi?

--Lo hay.

--?Pueden subir caballos?

--Si, facilmente.

El general discutio con Briones y con el otro ayudante. El habia tenido
el proyecto de cerrar la frontera e impedir la retirada a Francia del
grueso del ejercito carlista, pero era imposible.

--Usted ?que ideas politicas tiene?--pregunto de pronto el general a
Martin.

--Yo he trabajado para los carlistas, pero en el fondo creo que soy
liberal.

--?Querria usted servir de guia a la columna que subira manana a
Penaplata?

--No tengo inconveniente.

El general se levanto de la silla en donde estaba sentado y se acerco
con Zalacain a uno de los balcones.

--Creo--le dijo--que actualmente soy el hombre de mas influencia de
Espana. ?Que quiere usted ser? ?No tiene usted ambiciones?

--Actualmente soy casi rico; mi mujer lo es tambien...

--?De donde es usted?

--De Urbia.

--?Quiere usted que le nombremos alcalde de alla?

Martin reflexiono.

--Si, eso me gusta--dijo.

--Pues cuente usted con ello. Manana por la manana hay que estar aqui.

--?Van a ir tropas por Zugarramurdi?

--Si.

--Yo les esperare en la carretera, junto al alto de Maya.

Martin se despidio del general y de Briones, y volvio a Anoa, para
tranquilizar a su mujer. Conto a Bautista su conversacion con el
general; Bautista se lo dijo a su mujer y esta a Catalina.

A media noche, se preparaba Martin a montar a caballo, cuando se
presento Catalina con su hijo en brazos.

--iMartin! iMartin!--le dijo sollozando--. Me han asegurado que quieres
ir con el ejercito a subir a Penaplata.

--?Yo?

--Si.

--Es verdad. ?Y eso te asusta?

--No vayas. Te van a matar, Martin. iNo vayas! iPor nuestro hijo! iPor
mi!

--Bah, itonterias! ?Que miedo puedes tener? Si he estado otras veces
solo, ?que me va a pasar, yendo en compania de tanta gente?

--Si, pero ahora no vayas, Martin. La guerra se va a acabar en seguida.
Que no te pase algo al final.

--Me he comprometido. Tengo que ir.

--iOh, Martin!--sollozo Catalina--. Tu eres todo para mi; yo no tengo
padre, ni madre, ni tengo hermano, porque el carino que pudiese tenerle
a el lo he puesto en ti y en tu hijo. No vayas a dejarme viuda, Martin.

--No tengas cuidado. Estate tranquila. Mi vida esta asegurada, pero
tengo que ir. He dado mi palabra...

--Por tu hijo...

--Si, por mi hijo tambien... No quiero que, andando el tiempo, puedan
decir de el: "Este es el hijo de Zalacain, que dio su palabra y no la
cumplio por miedo"; no, si dicen algo, que digan: "Este es Miguel
Zalacain, el hijo de Martin Zalacain, tan valiente como su padre... No.
Mas valiente aun que su padre."

Y Martin, con sus palabras, llego a infundir animo en su mujer, acaricio
al nino, que le miraba sonriendo desde el regazo de su madre, abrazo a
esta y, montando a caballo, desaparecio por el camino de Elizondo.




CAPITULO IV

LA BATALLA CERCA DEL MONTE AQUELARRE


Martin llego al alto de Maya al amanecer, subio un poco por la carretera
y vio que venia la tropa. Se reunio con Briones y ambos se pusieron a la
cabeza de la columna.

Al llegar a Zugarramurdi, comenzaba a clarear. Sobre el pueblo, las
cimas del monte, blancas y pulidas por la lluvia, brillaban con los
primeros rayos del sol.

De esta blancura de las rocas precedia el nombre del monte Arrizuri
(piedra blanca) en vasco y Penaplata en castellano.

Martin tomo el sendero que bordea un torrente. Una capa de arcilla
humedecida cubria el camino, por el cual los caballos y los hombres se
resbalaban. El sendero tan pronto se acercaba a la torrentera, llena de
malezas y de troncos podridos de arboles, como se separaba de ella. Los
soldados caian en este terreno resbaladizo. A cierta altura, el
torrente era ya un precipicio, por cuyo fondo, lleno de matorrales, se
precipitaba el agua brillante.

Mientras marchaban Martin y Briones a caballo, fueron hablando
amistosamente. Martin felicito a Briones por sus ascensos.

--Si, no estoy descontento--dijo el comandante--; pero usted, amigo
Zalacain, es el que avanza con rapidez, si sigue asi; si en estos anos
adelanta usted lo que ha adelantado en los cinco pasados, va usted a
llegar donde quiera.

--?Creera usted que yo ya no tengo casi ambicion?

--?No?

--No. Sin duda, eran los obstaculos los que me daban antes brios y
fuerza, el ver que todo el mundo se plantaba a mi paso para estorbarme.
Que uno queria vivir, el obstaculo; que uno queria a una mujer y la
mujer le queria a uno, el obstaculo tambien. Ahora no tengo obstaculos,
y ya no se que hacer. Voy a tener que inventarme otras ocupaciones y
otros quebraderos de cabeza.

--Es usted la inquietud personificada, Martin--dijo Briones.

--?Que quiere usted? He crecido salvaje como las hierbas y necesito la
accion, la accion continua. Yo, muchas veces pienso que llegara un dia
en que los hombres podran aprovechar las pasiones de los demas en algo
bueno.

--?Tambien es usted sonador?

--Tambien.

--La verdad es que es usted un hombre pintoresco, amigo Zalacain.

--Pero la mayoria de los hombres son como yo.

--Oh, no. La mayoria somos gente tranquila, pacifica, un poco muerta.

--Pues yo estoy vivo, eso si; pero la misma vida que no puedo emplear se
me queda dentro y se me pudre. Sabe usted, yo quisiera que todo viviese,
que todo comenzara a marchar, no dejar nada parado, empujar todo al
movimiento, hombres, mujeres, negocios, maquinas, minas, nada quieto,
nada inmovil...

--Extranas ideas--murmuro Briones.

Concluia el camino y comenzaban las sendas a dividirse y a subdividirse,
escalando la altura.

Al llegar a este punto, Martin aviso a Briones que era conveniente que
sus tropas estuviesen preparadas, pues al final de estas sendas se
encontrarian en terreno descubierto y desprovisto de arboles.

Briones mando a los tiradores de la vanguardia preparasen sus armas y
fueran avanzando despacio en guerrilla.

--Mientras unos van por aqui--dijo Martin a Briones--otros pueden subir
por el lado opuesto. Hay alla arriba una explanada grande. Si los
carlistas se parapetan entre las rocas van a hacer una mortandad
terrible.

Briones dio cuenta al general de lo dicho por Martin, y aquel ordeno
que medio batallon fuera por el lado indicado por el guia. Mientras no
oyeran los tiros del grueso de la fuerza no debian atacar.

Zalacain y Briones bajaron de sus caballos y tomaron por una senda, y
durante un par de horas fueron rodeando el monte, marchando entre
helechos.

--Por esta parte, en una calvera del monte, en donde hay como una
plazuela formada por hayas--dijo Martin--deben tener centinelas los
carlistas; sino por ahi podemos subir hasta los altos de Penaplata sin
dificultad.

Al acercarse al sitio indicado por Martin, oyeron una voz que cantaba.
Sorprendidos, fueron despacio acortando la distancia.

--No seran las brujas--dijo Martin.

--?Por que las brujas?--pregunto Briones.

--?No sabe usted que estos son los montes de las brujas? Aquel es el
monte Aquelarre--contesto Martin.

--?El Aquelarre? ?Pero existe?

--Si.

--?Y quiere decir algo en vascuence, ese nombre?

--?Aquelarre?... Si, quiere decir Prado del macho cabrio.

--?El macho cabrio sera el demonio?

--Probablemente.

La cancion no la cantaban las brujas, sino un muchacho que en compania
de diez o doce estaba calentandose alrededor de una hoguera.

Uno cantaba canciones liberales y carlistas y los otros le coreaban.

No habian comenzado a oirse los primeros tiros, y Briones y su gente
esperaron tendidos entre los matorrales.

Martin sentia como un remordimiento al pensar que aquellos alegres
muchachos iban a ser fusilados dentro de unos momentos.

La senal no se hizo esperar y no fue un tiro, sino una serie de
descargas cerradas.

--iFuego!--grito Briones.

Tres o cuatro de los cantores cayeron a tierra y los demas, saltando
entre brenales, comenzaron a huir y a disparar.

La accion se generalizaba; debia de ser furiosa a juzgar por el ruido de
fusileria. Briones, con su tropa, y Martin subian por el monte a duras
penas. Al llegar a los altos, los carlistas, cogidos entre dos fuegos,
se retiraron.

La gran explanada del monte estaba sembrada de heridos y de muertos.
Iban recogiendolos en camillas. Todavia seguia la accion, pero poco
despues una columna de ejercito avanzaba por el monte por otro lado, y
los carlistas huian a la desbandada hacia Francia.




CAPITULO V

DONDE LA HISTORIA MODERNA REPITE EL HECHO DE LA HISTORIA ANTIGUA


Fueron Martin y Catalina en su carricoche a Saint Jean Pied de Port.
Todo el grueso del ejercito carlista entraba, en su retirada de Espana,
por el barranco de Roncesvalles y por Valcarlos. Una porcion de
comerciantes se habia descolgado por alli, como cuervos al olor de la
carne muerta, y compraban hermosos caballos por diez o doce duros,
espadas, fusiles y ropas a precios infimos.

Era un poco repulsivo ver esta explotacion, y Martin, sintiendose
patriota, hablo de la avaricia y de la sordidez de los franceses. Un
ropavejero de Bayona le dijo que el negocio es el negocio y que cada
cual se aprovechaba cuando podia.

Martin no quiso discutir. Preguntaron Catalina y el a varios carlistas
de Urbia por Ohando, y uno le indico que Carlos, en compania del
_Cacho_, habia salido de Burguete muy tarde, porque estaba muy enfermo.

Sin atender a que fuera o no prudente, Martin tomo el carricoche por el
camino de Arneguy; atravesaron este pueblecillo que tiene dos barrios,
uno espanol y otro frances, en las orillas de un riachuelo, y siguieron
hasta Valcarlos.

Catalina, al ver aquel espectaculo, quedo horrorizada. La estrecha
carretera era un campo de desolacion. Casas humeando aun por el
incendio, arboles rotos, zanjas, el suelo sembrado de municiones de
guerra, cajas, correas de artilleria, bayonetas torcidas, instrumentos
musicales de cobre aplastados por los carros.

En la cuneta de la carretera se veia a un muerto medio desnudo, sin
botas, con el cuerpo cubierto por hojas de helechos; el barro le
manchaba la cara.

En el aire gris, una nube de cuervos avanzaba en el aire, siguiendo
aquel ejercito funesto, para devorar sus despojos.

Martin, atendiendo a la impresion de Catalina, volvio prudentemente
hasta llegar de nuevo al barrio frances de Arneguy. Entraron en la
posada. Alli estaba el extranjero.

--?No le decia a usted que nos veriamos todavia?--dijo este.

--Si. Es verdad.

Martin presento a su mujer al periodista y los tres reunidos esperaron
a que llegaran los ultimos soldados.

Al anochecer, en un grupo de seis o siete, aparecio Carlos Ohando y _el
Cacho_.

Catalina se acerco a su hermano con los brazos abiertos.

--iCarlos! iCarlos!--grito.

Ohando quedo atonito al verla; luego con un gesto de ira y de desprecio
anadio:

--Quitate de delante. iPerdida! iNos has deshonrado!

Y en su brutalidad escupio a Catalina en la cara. Martin, cegado, salto
como un tigre sobre Carlos y le agarro por el cuello.

--iCanalla! iCobarde!--rugio--. Ahora mismo vas a pedir perdon a tu
hermana.

--iSuelta! iSuelta!--exclamo Carlos ahogandose.

--iDe rodillas!

--iPor Dios, Martin iDejale!--grito Catalina--. iDejale!

--No, porque es un miserable, un canalla cobarde, y te va a pedir perdon
de rodillas.

--No--exclamo Ohando.

--Si--y Martin le llevo por el cuello, arrastrandole por el barro, hasta
donde estaba Catalina.

--No sea usted barbaro--exclamo el extranjero--. Dejelo usted.

--iA mi, _Cacho!_ iA mi!--grito Carlos ahogadamente.

Entonces, antes de que nadie lo pudiera evitar, _el Cacho_, desde la
esquina de la posada, levanto su fusil, apunto; se oyo una detonacion, y
Martin, herido en la espalda, vacilo, solto a Ohando y cayo en la
tierra.

Carlos se levanto y quedo mirando a su adversario. Catalina se lanzo
sobre el cuerpo de su marido y trato de incorporarle. Era inutil.

Martin tomo la mano de su mujer y con un esfuerzo ultimo se la llevo a
los labios--. iAdios!--murmuro debilmente, se le nublaron los ojos y
quedo muerto.

A lo lejos, un clarin guerrero hacia temblar el aire de Roncesvalles.

Asi se habian estremecido aquellos montes con el cuerno de Rolando.

Asi hacia cerca quinientos anos habia matado tambien a traicion Velche
de Micolalde, deudo de los Ohando, a Martin Lopez de Zalacain.

Catalina se desmayo al lado del cadaver de su marido. El extranjero con
la gente de la fonda le atendieron. Mientras tanto, unos gendarmes
franceses persiguieron al _Cacho_, y viendo que este no se detenia, le
dispararon varios tiros hasta que cayo herido.

       *       *       *       *       *

El cadaver de Martin se llevo al interior de la posada y estuvo toda la
noche rodeado de cirios. Los amigos no cabian en la casa. Acudieron a
rezar el oficio de difuntos el abad de Roncesvalles y los curas de
Arneguy, de Valcarlos y de Zaro.

Por la manana se verifico el entierro. El dia estaba claro y alegre. Se
saco la caja y se la coloco en el coche que habian mandado de San Juan
del Pie del Puerto. Todos los labradores de los caserios propiedad de
los Ohandos estaban alli; habian venido de Urbia a pie para asistir al
entierro. Y presidieron el duelo Briones, vestido de uniforme, Bautista
Urbide y Capistun el americano.

Y las mujeres lloraban.

--Tan grande como era--decian--. iPobre! iQuien habia de decir que
tendriamos que asistir a su entierro, nosotros que le hemos conocido de
nino!

El cortejo tomo el camino de Zaro y alli tuvo fin la triste ceremonia.

       *       *       *       *       *

Meses despues, Carlos Ohando entro en San Ignacio de Loyola; _el Cacho_
estuvo en el hospital, en donde le cortaron una pierna, y luego fue
enviado a un presidio frances; y Catalina, con su hijo, marcho a Zaro a
vivir al lado de la Ignacia y de Bautista.




CAPITULO VI

LAS TRES ROSAS DEL CEMENTERIO DE ZARO


Zaro es un pueblo pequeno, muy pequeno, asentado sobre una colina. Para
llegar a el se pasa por un camino, en algunas partes muy hondo, al cual
los arbustos frondosos forman en verano un tunel.

A la entrada de Zaro, como en otros pueblos vasco-franceses, hay una
gran cruz de madera, muy alta, pintada de rojo, con diversos atributos
de la pasion: un gallo, las tenazas, la lanza y los clavos. Estas cruces
barbaras, con estrellas y corazones grabados en negro, dan un caracter
sombrio y tragico a las aldeas vascas.

En el vertice del cerro donde se asienta Zaro, en medio de una
plazoleta, estrecha y larga, se yergue un inmenso nogal copudo, con el
grueso tronco rodeado por un banco de piedra.

Una de las caras que forman la plaza es grande, con portico espacioso,
alero avanzado y varias ventanas cubiertas por persianas verdes. Sobre
el escudo que se ostenta en el arco de la puerta, se ve escrita la fecha
en que se edifico la casa, y unas palabras en latin indicando quien la
hizo:

        _Bacalareus presbiterus Urbide
        Hoc domicilium fecit in lapide_.

En un extremo de la plazoleta se levanta la iglesia, pequena, humilde,
con su atrio, su campanario y su tejadillo de pizarra.

Rodeandola, sobre una tapia baja, se extiende el cementerio.

En Zaro hay siempre un silencio absoluto, casi unicamente interrumpido
por la voz cascada del reloj de la iglesia, que da las horas de una
manera melancolica, con un tanido de lloro.

En el reloj de la torre de otro pueblo vasco, en Urruna, se lee escrita
esta triste sentencia: _Vulnerant omnes, ultima necat_. Todas hieren, la
ultima acaba. Mejor todavia la triste sentencia podria estar escrita en
el reloj de la torre de Zaro.

En el cementerio, alrededor de la iglesia, entre las cruces de piedra,
brillan durante la primavera rosales de varios colores, rojos,
amarillos, y azucenas blancas de aspecto triste.

Desde este cementerio se ve un valle extensisimo, un paisaje amable y
pastoril. El grave silencio que reina en el camposanto, apenas lo
turbian los debiles rumores de la vida del pueblo.

De cuando en cuando, se oye el chirriar de una puerta, el tintineo del
cencerro de las vacas, la voz de un chiquillo, el zumbido de los
moscones... y, de cuando en cuando, se oye tambien el golpe del martillo
del reloj, voz de muerte apagada, sombria, que tiene en el valle un
triste eco.

Tras de estas campanadas fatidicas, el silencio que viene despues parece
un tierno halago.

Como protesta de la eterna vida, en el mismo camposanto las malas
hierbas crecen vigorosas, extienden sus vastagos robustos por el suelo y
dan un olor acre en el crepusculo, tras de las horas de sol; pian los
pajaros con algarabia estrepitosa y los gallos lanzan al aire su cacareo
valiente, como un desafio.

La vista alcanza desde alla un extenso panorama de lineas suaves, de
intenso verdor, sin rocas adustas, sin matorrales sombrios, sin nada
duro y salvaje. Los pueblecillos blancos duermen sobre las heredades,
las carretas rechinan en los caminos, los labradores trabajan con sus
bueyes en los campos, y la tierra, fertil y humeda, reposa bajo la gran
sonrisa del cielo y la inmensa piedad del sol...

En el cementerio de Zaro hay una tumba de piedra, y en la misma cruz
escrito con letras negras dice en vasco:

        AQUI YACE
        MARTIN ZALACAIN
        MUERTO A LOS
        24 ANOS

        EL 29 DE FEBRERO DE 1876

       *       *       *       *       *

Una tarde de verano, muchos, muchos anos despues de la guerra, se vio
entrar en el mismo dia en el cementerio de Zaro a tres viejecitas
vestidas de luto.

Una de ellas era Linda; se acerco al sepulcro de Zalacain y dejo sobre
el una rosa negra; la otra era la senorita de Briones, y puso una rosa
roja. Catalina, que iba todos los dias al cementerio, vio las dos rosas
en la lapida de su marido y las respeto y deposito junto a ellas una
rosa blanca.

Y las tres rosas duraron mucho tiempo lozanas sobre la tumba de
Zalacain.




CAPITULO VII

EPITAFIOS


He aqui el epitafio que improviso el versolari Echehun de Zugarramurdi
en la tumba de Zalacain el Aventurero:

        Lur santu onctan dago
        Martin Zalacain lo
        Eriotzac hill zuen
        Bazan salvatuco
        Eliz aldeco itzalac
        Gorde du betico
        Bere icena dedin
        Honratu gaur guero
        Aurrena Euscal Errien
        Gloriya izateco.

(En esta santa tierra esta durmiendo Martin Zalacain. La muerte lo
hirio, pero el logro salvarse. En el proximo presbiterio se guarda para
siempre su nombre, para honra primeramente del pais vasco y despues para
su gloria.)

Y el joven poeta navarro Juan de Navascues gloso el epitafio del
versolari Echehun de Zugarramurdi, en esta decima castellana:

        Duerme en esta sepultura
        Martin Zalacain, el fuerte.
        Venganza tomo la muerte
        De su audacia y su bravura.
        De su guerrera apostura
        El vasco guarda memoria;
        Y aunque el libro de la historia
        Su rudo nombre rechaza,
        iCaminante de su raza,
        Descubrete ante su gloria!


FIN




               INDICE


               PROLOGO.--Como era la villa de Urbia en el
                         ultimo tercio del siglo XIX




               LIBRO PRIMERO

               LA INFANCIA DE ZALACAIN


           I.--Como vivio y se educo Martin Zalacain.

          II.--Donde se habla del viejo cinico Miguel
               de Tellagorri

         III.--La reunion de la posada de Arcale

          IV.--Que se refiere a la noble casa de Ohando

           V.--De como murio Martin Lopez de Zalacain,
               en el ano de gracia de mil cuatrocientos y doce

          VI.--De como llegaron unos titiriteros y de
               lo que sucedio despues

         VII.--Como Tellagorri supo proteger a los
               suyos

        VIII.--Como aumento el odio entre Martin Zalacain
               y Carlos Ohando

          IX.--Como intento vengarse Carlos de Martin Zalacain




               LIBRO SEGUNDO

               ANDANZAS Y CORRERIAS


           I.--En el que se habla de los preludios de
               la ultima guerra carlista

          II.--Como Martin, Bautista y Capistun pasaron
               una noche en el monte

         III.--De algunos hombres decididos que formaban
               la partida del Cura

          IV.--Historia casi inverosimil de Joshe Cracasch

           V.--Como la partida del Cura detuvo la diligencia
               de Andoain

          VI.--Como cuido la senora de Briones a
               Martin Zalacain

         VII.--Como Martin Zalacain busco nuevas
               aventuras

        VIII.--Varias anecdotas de Fernando de
               Amezqueta y llegada a Estella

          IX.--Como Martin y el extranjero pasearon
               de noche por Estella y de lo que hablaron

           X.--Como transcurrio el segundo dia en Estella

          XI.--Como los acontecimientos se enredaron,
               hasta el punto de que Martin
               durmio el tercer dia de Estella en la
               carcel

         XII.--En que los acontecimientos marchan al galope

        XIII.--Como llegaron a Logrono y lo que les ocurrio

         XIV.--Como Zalacain y Bautista Urbide tomaron
               los dos solos la ciudad de Laguardia,
               ocupada por los carlistas




               LIBRO TERCERO

               LAS ULTIMAS AVENTURAS


           I.--Los recien casados estan contentos

          II.--En el cual se inicia la _Deshecha_

         III.--En donde Martin comienza a trabajar
               por la gloria

          IV.--La batalla cerca del monte Aquelarre

           V.--Donde la Historia Moderna repite el
               hecho de la Historia Antigua

          VI.--Las tres rosas del cementerio de Zaro

         VII.--Epitafios





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WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.net

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including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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