The Project Gutenberg eBook, Su nico hijo, by Leopoldo Alas


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Title: Su nico hijo


Author: Leopoldo Alas



Release Date: December 17, 2005  [eBook #17341]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1


***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SU NICO HIJO***


E-text prepared by Chuck Greif



Su nico hijo

Por

Leopoldo Alas, Clarn

Librera de Fernando F, Madrid

1890







-I-


Emma Valcrcel fue una hija nica mimada. A los quince aos se enamor
del _escribiente_ de su padre, abogado. El escribiente, llamado Bonifacio
Reyes, perteneca a una honrada familia, _distinguida_ un siglo atrs,
pero, haca dos o tres generaciones, pobre y desgraciada. Bonifacio era
un hombre pacfico, suave, moroso, muy sentimental, muy tierno de
corazn, manitico de la msica y de las historias maravillosas, buen
parroquiano del gabinete de lectura de alquiler que haba en el pueblo.
Era guapo a lo romntico, de estatura regular, rostro _ovalado_ plido, de
hermosa cabellera castaa, fina y con bucles, pie pequeo, buena pierna,
esbelto, delgado, y vesta bien, sin afectacin, su ropa humilde, no del
todo mal cortada. No serva para ninguna clase de trabajo serio y
constante; tena preciosa letra, muy delicada en los perfiles, pero
tardaba mucho en llenar una hoja de papel, y su ortografa era
extremadamente caprichosa y fantstica; es decir, no era ortografa.
Escriba con mayscula las palabras a que l daba mucha importancia,
como eran: amor, caridad, dulzura, perdn, poca, otoo, erudito, suave,
msica, novia, apetito y otras varias. El mismo da en que al padre de
Emma, don Diego Valcrcel, de noble linaje y abogado famoso, se le
ocurri despedir al pobre Reyes, porque _en suma_ no saba escribir y le
pona en ridculo ante el Juzgado y la Audiencia, se le ocurri a la
nia escapar de casa con su novio. En vano Bonifacio, que se haba
dejado querer, no quiso dejarse robar; Emma le arrastr a la fuerza, a
la fuerza del amor, y la Guardia civil, que empezaba a ser benemrita,
sorprendi a los fugitivos en su primera etapa. Emma fue encerrada en un
convento y el escribiente desapareci del pueblo, que era una
melanclica y aburrida capital de tercer orden, sin que se supiera de l
en mucho tiempo. Emma estuvo en su crcel religiosa algunos aos, y
volvi al mundo, como si nada hubiera pasado, a la muerte de su padre;
rica, arrogante, en poder de un curador, su to, que era como un
mayordomo. Segura ella de su pureza material, todo el empeo de su
orgullo era mostrarse inmaculada y obligar a tener fe en su inocencia al
mundo entero. Quera casarse o morir; casarse para demostrar la pureza
de su honor. Pero los pretendientes aceptables no parecan. La de
Valcrcel segua enamorada, con la imaginacin, de su escribiente de los
quince aos; pero no procur averiguar su paradero, ni aunque hubiese
venido le hubiera entregado su mano, porque esto sera dar la razn a la
maledicencia. Quera _antes_ otro marido. S, Emma pensaba as, sin darse
cuenta de lo que haca: _Antes_ otro marido. El _despus_ que vagamente
esperaba y que entrevea, no era el adulterio, era... tal vez la muerte
del primer esposo, una segunda boda a que se crea con derecho. El
primer marido pareci a los dos aos de vivir libre Emma. Fue un
americano nada joven, tosco, enfermizo, taciturno, beato. Se cas con
Emma por egosmo, por tener unas blandas manos que le cuidasen en sus
achaques. Emma fue una enfermera excelente; se figuraba a s misma
convertida en una monja de la Caridad. El marido dur un ao. Al
siguiente, la de Valcrcel dej el luto, y su to, el curador-mayordomo,
y una multitud de primos, todos Valcrcel, enamorados los ms en secreto
de Emma, tuvieron por ocupacin, en virtud de un _ukase_ de la tirana de
la familia, buscar por mar y tierra al fugitivo, al pobre Bonifacio
Reyes. Pareci en Mjico, en Puebla. Haba ido a buscar fortuna; no la
haba encontrado. Viva de administrar mal un peridico, que llamaba
chapucero y guanajo a todo el mundo. Viva triste y pobre, pero callado,
tranquilo, resignado con su suerte, mejor, sin pensar en ella. Por un
corresponsal de un comerciante amigo de los Valcrcel, se pusieron estos
en comunicacin con Bonifacio. Cmo traerle? De qu modo decente se
poda abordar la cuestin? Se le ofreci un destino en un pueblo de la
provincia, a tres leguas de la capital, un destino humilde, pero mejor
que la administracin del peridico mejicano. Bonifacio acept, se
volvi a su tierra; quiso saber a quin deba tal favor y se le condujo
a presencia de un primo de Emma, rival algn da de Reyes. A la semana
siguiente Emma y Bonifacio se vieron, y a los tres meses se casaron. A
los ocho das la de Valcrcel comprendi que no era aquel el Bonifacio
que ella haba soado. Era, aunque muy pacfico, ms molesto que el
curador-mayordomo, y menos potico que el primo Sebastin, que la haba
amado sin esperanza desde los veinte aos hasta la mayor edad.

A los dos meses de matrimonio Emma sinti que en ella se despertaba un
intenso, poderossimo cario a todos los de su raza, vivos y muertos; se
rode de parientes, hizo restaurar, por un dineral, multitud de cuadros
viejos, retratos de sus antepasados; y, sin decirlo a nadie, se enamor,
a su vez, en secreto y tambin sin esperanza, del insigne D. Antonio
Diego Valcrcel Mers, fundador de la casa de Valcrcel, famoso guerrero
que hizo y deshizo en la guerra de las Alpujarras. Armado de punta en
blanco, avellanado y cejijunto, de mirada penetrante, y brillando como
un sol, gracias al barniz reciente, el misterioso personaje del lienzo
se ofreca a los ojos soadores de Emma como el tipo ideal de grandezas
muertas, irreemplazables. Estar enamorada de un su abuelo, que era el
smbolo de toda la vida caballeresca que ella se figuraba a su modo, era
digna pasin de una mujer que pona todos sus conatos en distinguirse de
las dems. Este afn de separarse de la corriente, de romper toda regla,
de desafiar murmuraciones y vencer imposibles y provocar escndalos, no
era en ella alarde fro, pedantesca vanidad de mujer extraviada por
lecturas disparatadas; era espontnea perversin del espritu, prurito
de enferma. Mucho perdi el primo Sebastin con aquella restauracin de
la iconoteca familiar. Si Emma haba estado a tres dedos del abismo, que
no se sabe, su enamoramiento secreto y puramente ideal la libr de todo
peligro positivo; entre Sebastin y su prima se haba atravesado un
pedazo de lienzo viejo. Una tarde, casi a oscuras, paseaban juntos por
el saln de los retratos, y cuando Sebastin preparaba una frase que en
pocas palabras explicase los grandes mritos que haba adquirido amando
tantos aos sin decir palabra ni esperar cosa de provecho, Emma se le
puso delante, le mand encender una luz y acercarla al retrato del
ilustre abuelo.--S, os parecis algo--dijo ella--; pero se ve claramente
que nuestra raza ha degenerado. Era l mucho ms guapo y ms robusto que
t. Ahora los Valcrcel sois todos de alfeique; si a ti te cargaran con
esa armadura, estaras gracioso.

Sebastin continu amando en secreto y sin esperanza. El guerrero de las
Alpujarras sigui velando por el honor de su raza.

Bonifacio no sospechaba nada ni del primo ni del abuelo. En cuanto su
mujer dio por terminada la luna de miel, que fue bien pronto, como se
encontrase l demasiado libre de ocupaciones, porque el to mayordomo
segua corriendo con todo por expreso mandato de Emma, se dio a buscar
un _ser a quien amar_, _algo que le llenase la vida_. Es de notar que
Bonifacio, hombre sencillo en el lenguaje y en el trato, fro en
apariencia, oscuro y prosaico en gestos, acciones y palabras, a pesar de
su belleza plstica, _por dentro_, como l se deca, era un soador, un
soador sooliento, y hablndose a s mismo, usaba un estilo elevado y
sentimental de que ni l se daba cuenta. Buscando, pues, algo que le
llenara la vida, encontr una flauta. Era una flauta de bano con llaves
de plata, que pareci entre los papeles de su suegro. El abogado del
ilustre Colegio, a sus solas, era romntico tambin, aunque algo viejo,
y tocaba la flauta con mucho sentimiento, pero jams en pblico. Emma,
despus de pensarlo, no tuvo inconveniente en que la flauta de su padre
pasara a manos de su marido. El cual, despus de untarla bien con
aceite, y dejarla, merced a ciertas composturas, como nueva, se consagr
a la msica, su aficin favorita, en cuerpo y alma. Se reconoci
aptitudes algo ms que medianas, una regular embocadura y mucho
sentimiento, sobre todo. El timbre dulzn, _nasal_ podra decirse,
montono y manso del melanclico instrumento, que ola a aceite de
almendras como la cabeza del msico, estaba en armona con el carcter
de Bonifacio Reyes; hasta la inclinacin de cabeza a que le obligaba el
taer, inclinacin que Reyes exageraba, contribua a darle cierto
parecido con un bienaventurado. Reyes, tocando la flauta, recordaba un
santo msico de un pintor pre-rafaelista. Sobre el agujero negro, entre
el bigote de seda de un castao claro, se vea de vez en cuando la punta
de la lengua, limpia y sana; los ojos, azules claros, grandes y dulces,
buscaban, como los de un mstico, lo ms alto de su rbita; pero no por
esto miraban al cielo, sino a la pared de enfrente, porque Reyes tena
la cabeza gacha como si fuera a embestir. Sola marcar el comps con la
punta de un pie, azotando el suelo, y en los pasajes de mucha expresin,
con suaves ondulaciones de todo el cuerpo, tomando por quicio la
cintura. En los _allegros_ se sacuda con fuerza y animacin, extraa en
hombre al parecer tan aptico; los ojos, antes sin vida y atentos nada
ms a la msica, como si fueran parte integrante de la flauta o
dependiesen de ella por oculto resorte, cobraban nimo, y tomaban calor
y brillo, y mostraban apuros indecibles, como los de un animal
inteligente que pide socorro. Bonifacio, en tales trances, pareca un
nufrago ahogndose y que en vano busca una tabla de salvacin; la
tirantez de los msculos del rostro, el rojo que encenda las mejillas y
aquel afn de la mirada, crea Reyes que expresaran la intensidad de
sus impresiones, su grandsimo amor a la meloda; pero ms parecan
signos de una irremediable asfixia; hacan pensar en la apopleja, en
cualquier terrible crisis fisiolgica, pero no en el hermoso corazn del
melmano, sencillo como una paloma.

Por no molestar a nadie, ni gastar dinero de su mujer, puesto que propio
no lo tena, en comprar papeles de msica, peda prestadas las polkas y
las partituras enteras de pera italiana que eran su encanto, y l mismo
copiaba todos aquellos _torrentes de armona y meloda_, representados por
los amados signos del pentagrama. Emma no le peda cuenta de estas
aficiones ni del tiempo que le ocupaban, que era la mayor parte del da.
Slo le exiga estar siempre vestido, y bien vestido, a las horas
sealadas para salir a paseo o a visitas. Su Bonifacio no era ms que
una figura de adorno para ella; por dentro no tena nada, era un alma de
cntaro; pero la figura se poda presentar y dar con ella envidia a
muchas seoronas del pueblo. Luca a su marido, a quien compraba buena
ropa, que l vesta bien, y se reservaba el derecho de tenerle por _un
alma de Dios_. l pareca, en los primeros tiempos, contento con su
suerte. No entraba ni sala en los negocios de la casa; no gastaba ms
que un pobre estudiante en el regalo de su persona, pues aquello de la
ropa lujosa no era en rigor gasto propio, sino de la vanidad de su
mujer; a l le agradaba parecer bien, pero hubiera prescindido de este
lujo indumentario sin un solo suspiro; adems, crea ocioso y gasto
intil aquello de encargar los pantalones y las levitas a Madrid, exceso
de _dandysmo_, entonces inaudito en el pueblo. Conoca l un sastre
modesto, flautista tambin, que por poco dinero era capaz de cortar no
peor que los empecatados _artistas_ de la corte. Esto lo pensaba, pero no
lo deca. Se dejaba vestir. Su resolucin era pesar lo menos posible
sobre la casa de los Valcrcel, y callar a todo.




-II-


Emma era el jefe de la familia; era ms, segn ya se ha dicho, su
tirano. Tos, primos y sobrinos acataban sus rdenes, respetaban sus
caprichos. Este dominio sobre las almas no se explicaba de modo
suficiente por motivos econmicos, pero sin duda estos influan
bastante. Todos los Valcrcel eran pobres. La fecundidad de la raza era
famosa en la provincia; las hembras de los Valcrcel paran mucho, y no
les iban en zaga las que los varones hacan ingresar en la familia,
mediante legtimo matrimonio. Procrear mucho y no querer trabajar, este
pareca ser el lema de aquella estirpe. Entre todos los Valcrcel no
haba habido ms hombre trabajador en todo el siglo que el padre de
Emma, el abogado, que tambin haba sido, dentro del matrimonio, menos
prolfico que sus parientes. Ya se ha dicho que Emma era hija nica, y,
por tanto, heredera universal del abogado romntico y flautista. Pero
los ahorros del aprovechado jurisconsulto llegaron a su hija un tanto
mermados. Parece ser que la castidad de D. Diego Valcrcel no era tan
extremada como se crea; su verdadera virtud haba consistido siempre en
la prudencia y en el sigilo; saba que el mal ejemplo y el escndalo son
los ms formidables enemigos de las sociedades bien organizadas, y l,
visto que no le era posible conservarse en casta viudez, entre seducir a
las criadas de casa y a las doncellas de su hija, y, tal vez, como la
tentacin le haba apuntado varias veces a la oreja, a las respetables
clientes, desamparadas seoras que acudan a su despacho en demanda de
luces jurdico-morales, como l deca; entre esto y reglamentar el
vicio, las inevitables expansiones de la carne flaca, opt por lo
ltimo, organizando con sabia distribucin y prudentsimo secreto el
servicio de Afrodita, como deca l tambin. Y all, fuera del pueblo,
en las aldeas vecinas adonde le llevaban a menudo los cuidados de la
hacienda propia y negocios ajenos, lleg a ser, valga la verdad, el
Abraham--_Pater Orchamus_--irresponsable de un gran pueblo de hijos
naturales, muchos adulterinos. Ni su conciencia, ni la del cura que le
confes, que en vida le haba ayudado a veces a evitar escndalos, ni
ciertas amenazas de bochornosas confesiones por parte de algunas
pecadoras, le consintieron, a la hora un tanto apurada de hacer
testamento, dejar en completo olvido ciertas obligaciones de la sangre;
y como se pudo, guardando los disimulos formales que fueron del caso, se
dejaron mandas aqu y all, que disminuyeron en todo lo que la ley
consenta la herencia de Emma. No fue esto lo peor, sino que, previa
consulta del mismo director espiritual, D. Diego haba hecho antes
subrepticiamente muchas enajenaciones _inter vivos_, a que, muy a su
pesar, le oblig el miedo al escndalo, que era su gran virtud, segn se
ha dicho. _En suma_, Emma se vio con bastante menos caudal que su padre,
pero ella apenas lo supo casi, porque la daban jaqueca los papeles,
sncopes los nmeros y grima la letra de los curiales. _All el to_,
deca siempre que se trataba de intereses. Ella no entenda de nada ms
que de gastar. Bien hubiera querido D. Juan Nepomuceno, antes curador de
Emma y actual mayordomo, sacudir todas las moscas que en forma de
parientes zumbaban alrededor del mermado panal de la herencia; mas no
era esto hacedero, porque el entraable cario que a los Valcrcel
pretritos y presentes y futuros haba cobrado la sobrina, exiga que la
hospitalidad ms generosa acogiera a todos los suyos. D. Juan tuvo que
contentarse con ser el nico administrador de aquella prodigalidad
gentlica, pero no lleg su influencia a evitar el despilfarro, ni
siquiera a conseguir que redundara slo en provecho propio la
generosidad excesiva de su antigua pupila.

Emma, que tuvo un mal parto, sali de una crisis de la vida lisiada de
las entraas, con el estmago muy dbil, y perdi carnes y ocult
prematuras arrugas. Mas no poda esconder un brillo fro y siniestro de
la mirada, antiptico como l solo; en aquel brillo y en la expresin
repulsiva que le acompaaba, se haba convertido el _misterioso fulgor_ de
aquellos ojos que haban cantado, a la guitarra, varios parientes de la
enfermucha mujer, nerviosa, irascible. De aquellos parientes, enamorados
los ms en secreto tiempo atrs, cada cual segn su temperamento, hizo
su corte Emma, que cada da despreciaba ms a su marido, a quien slo
estimaba como _fsico_, y senta ms vivo el cario por los de su raza.

Reyes comprenda bien que, sin culpa suya, se iba convirtiendo en el
enemigo de sus afines, enemigo vencido y humillado gracias a que su
mujer le entregaba indefenso, atado de pies y manos, a cuantos parientes
quisieran hacer de l un pandero.

Los Valcrcel, oriundos de la montaa, haban bajado a las villas de las
vegas y de la llanura a procurarse vida ms holgada y muelle, y por todo
recurso acudan al expediente de buscar matrimonios de ventaja,
seduciendo a los ricachos de pueblo con pergaminos y escudos de piedra
labrada, all en los caserones de los vericuetos, y a las tiernas
doncellas con las buenas figuras de arrogante vigor y seoril gentileza
que abundaban en la familia. Casi todos los Valcrcel eran buenos mozos,
aunque no tanto como el abuelo heroico, esbeltos; pero de palabra tarda,
ceo adusto, voz ronca, trato oscuro y orgullosos sin disimulo;
distinguanse tambin por su apego exagerado a la capa, cuyo uso era
excusado la mayor parte del ao en los poblachones bajos, templados y
hmedos, donde solan buscar novias. Algunos llevaron su audacia, sin
dejar la capa, a extender sus correras de caballeros pobres hasta las
puertas de la misma capital de la provincia, y por fin, D. Diego, el
padre de Emma, el genio superior de la familia sin duda alguna, entr en
la ciudad sin miedo, fue estudiante emprendedor y calavera, y al llegar
a la mayor edad y tomar el grado, cambi de carcter, de repente, se
hizo serio como un colchn, abri cuarto de estudio, acapar la
clientela de la montaa, adul a los seores del margen, magistrados
serios tambin y amigos de las frmulas ms exquisitas, hizo buena boda,
sali de pobre, brill en estrados con fulgor de faro de primera clase,
y, sin perjuicio de ser romntico en el fuero interno, y hasta de
escribir octavillas en el seno del hogar, y dejar vlvulas de seguridad
a los vapores del sentimentalismo en las llaves de la flauta, en que
soplaba con lgrimas en los ojos, fue con todo el ms rgido amador de
la letra y enemigo del espritu y de toda interpretacin arriesgada e
irreverente de la ley sacrosanta. Y no se cuenta que una sola vez
tuviera la Sala que dirigirle el ms comedido apercibimiento; ni de la
pulcritud de su lenguaje en estrados se hizo la magistratura sino
lenguas, llegando en este punto a caer D. Diego, valga la verdad, en
cierto culteranismo, disculpable, eso s, porque mediante l procuraba
que su elocuencia saliese como el armio de las cenagosas aguas de la
_podredumbre privada_, adonde le arrastraban, en ocasiones, las
necesidades del foro. Alguna vez tuvo que acusar, mal de su grado, a un
sacerdote indigno, de delitos contra la honestidad; y si bien en el
fondo procur estar fuerte, terrible, implacable, no hubo modo de que su
lengua usase eptetos duros, ni siquiera enrgicos ni aun pintorescos,
llegando en el mayor calor del ataque a llamar a su contrario el mal
aconsejado presbtero, si se le permita calificarle as. Mal
aconsejado--deca despus D. Diego explicando el adjetivo--; esto es, que
yo supongo que el presbtero no hubiese cado en tales liviandades a no
ser por consejo de alguien, del diablo probablemente. Tena el abogado
Valcrcel que luchar en sus discursos forenses con el lenguaje rampln y
sobrado confianzudo que se usaba en su tierra, y que aun en estrados
pretenda imponrsele; mas l, triunfante, saba encontrar equivalentes
cultos de los trminos ms vulgares y chabacanos; y as, en una ocasin,
teniendo que hablar de los pies de un hrreo o de una _panera_, que en el
pas se llaman _pegollos_, antes de manchar sus labios con semejante
palabrota, prefiri decir los sustentculos del artefacto, seor
excelentsimo. A estas cualidades, que le haban conquistado las
simpatas y el respeto de toda la magistratura, una el don no
despreciable de una felicsima memoria para recordar fechas con
exactitud infalible, y as, haba ms nmeros en su mollera que en una
tabla de logaritmos. Lleg, s, lleg el apellido de los Valcrcel,
gracias a D. Diego, a un grado de esplendor que no haba tenido desde
los siglos remotos en que haba brillado por las armas. Honra y provecho
haba ganado el ilustre jurisconsulto, y, de una y otra ventaja, queran
gozar los parientes, que, por culpa de la fecundidad de sus hembras y de
las afines, incurran en un doloroso proletariado que amenazaba llenar
de Valcrceles el mundo. No haba matrimonios ventajosos que bastasen,
con esta desmedida facultad prolfica, a sacar a la raza del temor muy
racional de dar al fin en la miseria. Aquel movimiento de expansin en
busca de la prosperidad, que se haba sealado en la direccin del
_vendamont_, bajando de la montaa al valle, ya volva a indicarse en una
reaccin proporcionada en sentido de _vendaval_, echando otra vez al
monte, a los caserones de los vericuetos, a las proles numerosas de los
Valcrcel, multiplicadas sin ton ni son, incapaces de trabajar; porque
no se puede llamar propiamente trabajo, a lo menos en el sentido
econmico, los mil apuros que en redor de los tapetes verdes pasaban los
parientes de Emma, casi todos jugadores, y muchos de ellos vctimas de
su pasin, que estall en forma de aneurisma. Muerto D. Diego, los
Valcrcel perdieron su nico apoyo, y el movimiento de retroceso en
busca de la montaa se aceler en toda la familia. Cuando bajaban al
llano venan cada vez ms montaraces, ms orgullosos; su odio a la
cortesa, a las frmulas complicadas de la buena sociedad de provincia,
se acentuaba. Cuanto ms pobres se iban quedando, ms vanidad solariega
tenan y ms despreciaban la vida en poblado y en tierra llana. En la
ribera, como llamaban all arriba a las regiones bajas, slo una cosa
respetable reconocan los Valcrcel del monte: el tapete verde. Se iba a
las ferias a jugar, a perder, a empearse... y a casa.

Por el camino de retroceso que llevaba aquella raza se volva a la
horda; era aquel el atavismo de todo un linaje. Por algn tiempo contuvo
en gran parte tan alarmante tendencia el espritu exaltado de Emma. El
cario gentilicio que en ella despert con tan exagerada vehemencia,
sirvi para reconciliar a muchos de sus parientes con la civilizacin y
la tierra llana. Las visitas a la capital fueron ms frecuentes, tal vez
porque eran ms baratas y ms cmodas. Ya se saba que la casa del
famoso y ya difunto abogado D. Diego Valcrcel, era, como l la hubiera
llamado si viviese, _jenodokia_, jenones, o sea, en cristiano, albergue de
forasteros. Emma, que en algn tiempo haba desdeado, no sin
coquetera, la adoracin de sus primos y tos--pues tambin tena tos
apasionados--ahora, es decir, despus de haber perdido la flor de la
hermosura, sobre todo la lozana, por culpa del mal parto, gozbase en
recordar los antiguos despreciados triunfos del amor, y quera rumiar
las impresiones deliciosas de aquella adoracin pretrita. Rodebase con
voluptuosa delicia, como de una atmsfera tibia y perfumada, de la
presencia de aquellos Valcrcel que algn da se hubieran tirado de
cabeza al ro por gozar una sonrisa suya.

El amor aquel en algunos de ellos tena que haber pasado por fuerza, so
pena de ser ridculo; los aos y la grasa, y la terrible prosa de la
existencia pobre y montaraz de all arriba, haban quitado todo carcter
de verosimilitud a cualquier tentativa de constancia amorosa; pero no
importaba: Emma se complaca en ver a su lado a los que todava
recordaban con respeto y cario el amor muerto, y consagraban al objeto
de tal culto todos los obsequios compatibles con el natural hurao y
brusco de la raza monts. Aquellos cortesanos del amor pretrito, tal
vez al rendir sus homenajes, pensaban sobre todo en la munificencia
actual de la heredera de D. Diego, nica persona que an tena cuatro
cuartos en toda la familia; pero ella, la caprichosa cnyuge del infeliz
Bonifacio, no se detena a escudriar los recnditos motivos por que era
acatada su indiscutible soberana sobre los suyos. Es muy probable que
ya ninguno de los parientes viese en su prima la belleza que, en efecto,
haba volado; pero algunos fingan, con mucha delicadeza en el disimulo,
ocultar todava una hoguera del corazn bajo las cenizas que el deber y
las buenas costumbres echaban por encima. Emma gozaba tambin, sin darse
cuenta clara de ello, creyndolo vagamente; saboreaba aquel holocausto
de amor problemtico con la incertidumbre de una msica lejana que ya
suena, no se sabe si en la aprensin o en el odo. Lo que era un dogma
familiar, que tena su frmula invariable, era esto: que por Emma no
pasaban das, que lo del estmago no era nada, y que despus de parir,
de mala manera, estaba ms fresca y lozana que nunca. Nadie crea tal
cosa, porque saltaba a la vista que no era as; pero lo aseguraban
todos. Los cortesanos de aquella sultana caprichosa y de carcter
violento y variable, se vengaban de su humillacin ineludible
despreciando a Bonifacio Reyes sin ningn gnero de disimulo. Emma lleg
a sentir por su esposo un afecto anlogo en cierto modo al que hubiera
podido inspirar al Emperador romano su caballo senador. Otro dogma de la
familia, pero ste secreto, era que _la nia_ haba _labrado_ su desgracia
unindose a aquel hombre. El primo Sebastin confesaba entre suspiros
que el nico acto de su vida de que estaba arrepentido (y era hombre que
se haba jugado la hijuela materna a una carta), se remontaba a la poca
de su pasin loca por Emma, pasin que le haba hecho caer en la
debilidad de consentir en dar todos los pasos necesarios para buscar,
encontrar, emplear y casar al estpido escribiente de D. Diego. Aquella
debilidad, aquella ceguera de la pasin, no se la perdonara nunca. Y
suspiraba Sebastin, y suspiraban los dems parientes, y suspiraba Emma
tambin a veces, gozando melanclicamente con aquella afectacin de
vctima resignada que sufre por toda una vida las consecuencias
desastrosas de una locura juvenil.




-III-


El buen esposo durante mucho tiempo no par mientes en tales injurias.
En el fondo del alma, y a pesar de los elegantes trajes de pao ingls
que se le haba hecho vestir, continuaba considerndose el antiguo
escribiente de D. Diego, a quien haba pagado sus favores con la ms
negra ingratitud.

Todos los Valcrcel eran para l los _seoritos_. En vano, all en los
rpidos das, ya remotos, de aquella luna de miel que Emma haba
decretado que fuese tan breve, en vano la enamorada esposa le haba
exigido ms dignidad y tesn en el trato con los primos y tos; l,
Bonifacio, no poda menos de estimarlos siempre muy superiores a l por
la sangre, por los privilegios de raza en que confusamente crea. D.
Juan Nepomuceno le aterraba con sus grandes patillas cenicientas, sus
ojos fros de color de chocolate claro y su doble papada afeitada con
esmero cancilleresco; le aterraba sobre todo con sus cuentas
embrolladas, que l miraba como la esencia de la sabidura. Siempre que
D. Juan daba noticia somera de las mermas de la hacienda a su aturdida
sobrina, exiga que Bonifacio estuviese delante; era intil que Emma y
el mismo Reyes quisiesen excusar esta ceremonia.--De ningn modo--gritaba
el to--; quiero que lo presenciis todo, para que el da de maana no
diga ese (Bonifacio) que os he arruinado por inepto o por otra cosa
peor. El _todo_ que haba de presenciar por fuerza _ese_, no era nada; all
no se poda ver cosa clara, y aunque se pudiera, no la vera Reyes, que
ni siquiera miraba. Si era una escena molesta, irritante para Emma la de
asistir a _las cuentas del to_, sin atender, sin sacar en limpio ms que
aquello iba muy mal, para el marido era el tormento ms insoportable.
En vez de pensar en los nmeros, pensaba en lo que le querran decir
aquellos ojos del administrador pariente. Le queran decir, en su
opinin, quin eres t para pedirme cuentas, para fiscalizar mi
administracin? Por qu ests t metido en la familia, plebeyo
miserable?. S, plebeyo, pensaba el infeliz; porque si bien saba, con
gran oscuridad en los pormenores, que sus ascendientes haban sido de
_buena familia_, casi lo tena olvidado, y comprenda que los dems, los
Valcrcel especialmente, no querran recordar, ni casi casi creer,
semejante cosa.

Tan fuerte lleg a ser el disgusto que le causaban aquellas intiles
entrevistas, que, por primera vez en su vida, se decidi a cumplir en
algo su propia voluntad, y se _cuadr_, como l dijo, y no quiso
presenciar ms la insoportable escena. Con gran extraeza y mayor placer
se vio victorioso en este punto sin gran resistencia por parte del to.
En cuanto a Emma, tampoco insisti mucho en contrariar el deseo de su
esposo. Y fue porque se le ocurri que detrs de la emancipacin del
otro vendra la suya. En efecto, a los tres meses de haber prescindido
de la presencia de Bonifacio, Emma consigui que se prescindiera tambin
de la suya. Y el to, sin que lo supiera nadie ms que l y la sobrina,
dej de rendir cuentas de gastos y de ingresos a bicho viviente. Cada
cual firmaba lo que tena que firmar, sin leer un rengln ni una cifra,
y no se hablaba del asunto.

Dos preocupaciones cayeron despus sobre el nimo encogido de Bonifacio:
la una era una gran tristeza, la otra una molestia constante. Del mal
parto de su mujer nacan ambas. La tristeza consista en el desencanto
de no tener un hijo; la molestia perpetua, invasora, dominante, provena
de los achaques de su mujer. Emma haba perdido el estmago, y Bonifacio
la tranquilidad, su musa. El carcter caprichoso, verstil de la hija de
D. Diego, adquiri determinadas lneas, una fijeza de elementos que
hasta entonces en vano se pretenda buscar en l; ya no fue mudable
aquel nimo, no iba y vena aquella voluntad avasalladora, pero
insegura, de cien en cien propsitos. Emma, con una seriedad extraa en
ella, se decidi a ser de por vida una mujer insoportable, el tormento
de su marido. Si para el mundo entero fue en adelante seca, huraa, la
flor de sus enojos la reserv para la intimidad de la alcoba. Molestaba
a su esposo como quien cumple una sentencia de lo Alto. En aquella
persecucin incesante haba algo del celo religioso. Todo lo que le
suceda a ella, aquel perder las carnes y la esbeltez, aquellas arrugas,
aquel abultar de los pmulos que la horrorizaba hacindola pensar en la
calavera que llevaba debajo del pellejo plido y empaado, aquel desgano
tenaz, aquellos insomnios, aquellos mareos, aquellas irregularidades
aterradoras de los fenmenos peridicos de su sexo, eran otros tantos
crmenes que deban atormentar con feroces remordimientos la conciencia
del msero Bonifacio. No lo comprenda l as?. No. Su imaginacin no
llegaba tan lejos como quera su mujer. l no pasaba de confesar que
haba sido un ingrato para con D. Diego dejndose robar por su hija. De
todo lo dems no tena l la culpa, sino Emma o el diablo, que se
complaca en que l no tuviese hijos, ni su mujer las necesarias
condiciones para ser como todas las hembras. En cuanto se quedaban solos
en la habitacin de la enferma, ella cerraba la puerta con estrpito, y
acto continuo se oa la voz chillona, estridente, que gastaba las pocas
fuerzas de la anmica en una catilinaria de cuya elocuencia y facundia
no era posible dudar. La disputa, si a estas verrinas se les poda dar
tal nombre, sola comenzar por una consulta mdica.

--Me sucede esto--deca ella--, y hablaba de sus irregularidades ntimas;
qu te parece que ser? Qu debo hacer? Continuar con tal
medicamento o tendr que suspenderlo?

Bonifacio palideca, la saliva se le converta en cola de pegar... Qu
saba l? Compadeca a su esposa (por supuesto, mucho menos que a s
mismo), pero no saba ni poda saber lo que la convena; es ms, ni
siquiera tena una idea exacta de los males de que ella se quejaba;
estaba seguro de que tenan cierta gravedad y de que eran origen de la
propia desesperacin, porque le cerraban la esperanza de ser padre, de
tener hijos legtimos; pero de medicamentos y pronsticos qu poda
decir l? Nada; y se echaba a temblar pensando en los oscuros fenmenos
patolgicos de que ella le hablaba, y barruntando la tormenta que traa
aparejada su ignorancia del caso.

--Mujer, yo no puedo decirte... yo no entiendo... llamaremos al mdico....

--Eso es, al mdico! Para estas cosas al mdico! Ya que t no tienes
pudor, djame a m tenerlo. Estas son intimidades del matrimonio: al
mdico no se debe recurrir sino en el ltimo apuro.... T debieras saber,
t debieras afanarte por averiguar lo que me conviene; aunque no fuera
por cario, por pudor, por vergenza; y si no tienes vergenza, por
remordimientos, por....

Ya se ha indicado que la facundia de Emma, llegados estos momentos, no
tena lmites.

Un da, en que a ella se le antoj que tena una inflamacin del
hgado... en el bazo, fue en busca de su esposo y le encontr en su
alcoba tocando la flauta. Su indignacin no encontr palabras; all no
haba elocuencia posible, a no ser la del silencio... y la de los
hechos. Ella muriendo de un _ataque al hgado_ y l... tocando la
flauta!. Aquello mereca testigos, y los tuvo. Acudieron a la citacin
de Emma D. Juan Nepomuceno, Sebastin y otros dos primos. La indignacin
cundi por todos los presentes. El delito era flagrante: la flauta
estaba all, sobre la mesa, y el hgado de Emma en su sitio, pero hecho
una laceria. Bonifacio, que a pesar de todo quera a su mujer ms que
todos los tos y primos, olvidando el propio crimen, quiso enterarse del
mal que padeca la vctima; a duras penas pudo conseguir que Emma,
tendida en un sof y ahogando los sollozos, sealase con una mano en el
lado izquierdo la regin del bazo.

--Pero, hija... se atrevi a decir, si eso... no es el hgado. El hgado
est al otro lado.

--Miserable!--grit la esposa--. Todava te atreves a hablar? No dices
que t no eres mdico? Que t no entiendes de eso? Y ahora por
contradecirme....

D. Juan Nepomuceno, amante de toda verdad, como no fuera del orden
aritmtico, en el cual prefera las lucubraciones de la fantasa,
declar, con la mano sobre la conciencia, que en aquella ocasin _rara
avis_! (dijo) Bonifacio tena de su parte la razn; que el hgado estaba
al otro lado, en efecto.

--No importa--dijo Sebastin--; puede ser un dolor reflejo.

--Y qu es eso?

--No lo s; pero me consta que los hay.

No era tal cosa; era un dolorcillo reumtico ambulante; pocos momentos
despus lo sinti Emma en la espalda. Result, en fin, que no era nada;
pero siempre sera cierta una cosa: que Bonifacio estaba tocando la
flauta en el instante en que su esposa se crea a las puertas del
sepulcro.

No dorman juntos, sino en habitaciones muy distantes; pero el marido,
en cuanto se levantaba, que no era tarde, tena la obligacin de correr
a la alcoba de su mujer a cuidarla, a preparrselo todo, porque la
criada tena irremediable torpeza en las manos; y en esta parte Emma
haca a su Bonifacio la justicia de reconocerle buena maa y dedos de
cera. Rompa mucha loza y cristal, y buenas reprimendas le costaba; pero
tena dotes de enfermero y de ayuda de cmara. Y tambin reconoca ella
de buen grado, y pensando a veces en pasadas ilusiones, que a pesar de
ser tan hbil en aquellos manejos, su marido no era afeminado de figura
ni de gestos; era suave, algo felino, podra decirse untuoso, pero todo
en forma varonil. Aquel plegarse a todos los oficios ntimos de alcoba,
a todas las complicaciones del capricho de la enferma, de las
voluptuosidades tristes y tiernas de la convalecencia, parecan en
Bonifacio, por lo que toca al aspecto material, no las aptitudes
naturales de un hermafrodita beato o cominero, sino la romntica
exageracin de un amor quijotesco, aplicado a las menudencias de la
intimidad conyugal.

Emma segua sintindose orgullosa del _fsico_ de su Bonis, como llamaba a
Reyes; y al verle ir y venir por la alcoba, siempre de agradable y noble
catadura a pesar de los oficios humildes en que all se empleaba,
experimentaba la alegra ntima de la vanidad satisfecha. Mas antes la
haran pedazos que dejase traslucir semejantes afectos, y cuanto ms
guapo, ms esclavo quera al msero escribiente de D. Diego, ms
humillado cuanto ms airoso en su humillacin. Reir a Bonifacio lleg a
ser su nico consuelo; no pudo prescindir ni de sus cuidados ni de
pagrselos con chilleras y malos modos. Qu duda caba que su Bonis
haba nacido para sufrirla y para cuidarla?

Sus pocos momentos de buen humor relativo los gastaba Emma en cultivar
los resabios de sus pretritas coqueteras; todava pretenda parecer
bien a los parientes a quienes un da desdeara; un poco de romanticismo
puramente fantstico, alambicado, enfermizo, era lo nico que, en
presencia de los Valcrcel, y slo entonces, revelaba la existencia de
un espritu dentro de aquella flaca criatura plida y arrugada: lo dems
del tiempo, casi todo el da, pareca un animal rabiando, con el
instinto de ir a morder siempre en el mismo sitio, en el nimo apocado y
calmoso del suave cnyuge.

Bonifacio no era cobarde; pero amaba la paz sobre todo; lo que le daba
mayor tormento en las injustas lucubraciones bilioso-nerviosas de su
mujer, era el ruido.

Si todo eso me lo dijera por escrito, como haca D. Diego cuando
insultaba a la parte contraria o al inferior en papel sellado, yo mismo
lo firmara sin inconveniente. Las voces, los gritos, eran los que le
llegaban al alma, no los _conceptos_, como l deca.

Haba temporadas en que, despus de los ordinarios servicios de la
alcoba, para los que era irreemplazable el marido, Emma declaraba que no
poda verlo delante, que el mayor favor que poda hacerla era marcharse,
y no volver hasta la hora de tal o cual faena de la incumbencia
exclusiva de Bonifacio. Entonces l vea el cielo abierto, tomando la
puerta de la calle.




-IV-


Se iba a una tienda. Tena tres o cuatro tertulias favoritas alrededor
de sendos mostradores. Reparta el tiempo libre entre la botica de la
Plaza, la librera Nueva, que alquilaba libros, y el comercio de paos
de los Porches, propiedad de la viuda de Cascos. En este ltimo
establecimiento era donde encontraba su espritu ms eficaz consuelo; un
verdadero blsamo en forma de silencio perezoso y de recuerdos tiernos.
Por la tienda de Cascos haba pasado todo el romanticismo provinciano
del ao cuarenta al cincuenta. Es de notar que en el pueblo de
Bonifacio, como en otros muchos de los de su orden, se entenda por
romanticismo leer muchas novelas, fuesen de quien fuesen, recitar versos
de Zorrilla y del duque de Rivas, de Larraaga y de D. Heriberto Garca
de Quevedo (salvo error), y representar _El Trovador_ y _El Paje_,
_Zoraida_ y otros dramas donde sola aparecer el moro entregado a un
lirismo llorn, desenvuelto en endecaslabos del ms lacrimoso efecto:

     Es verdad, Almanzor, mis tiernos brazos te vuelven a estrechar?
     Pluguiera al cielo!, etc.

deca Bonifacio y decan todos los de su tiempo con una melopea pegajosa
y simptica, algo parecida a canto de nodriza. Y decan tambin, esto
con ms energa:

     Boabdil, Boabdil, levntate y despierta!... etc.

Esta era la mejor y ms sana parte de lo que se entenda por
romanticismo. Su complemento consista en aplicar a las costumbres algo
de lo que se lea, y, sobre todo, en tener pasiones fuertes, capaces de
llevar a cabo los ms extremados proyectos. Todas aquellas pasiones
venan a parar en una sola, el amor; porque las otras, tales como la
ambicin desmedida, la aspiracin a algo desconocido, la profunda
misantropa, o eran cosa vaga y aburrida a la larga, o tenan escaso
campo para su aplicacin en el pueblo; de modo que el romanticismo
prctico vena a resolverse en amor con acompaamiento de guitarra y de
peridicos manuscritos que corran de mano en mano, llenos de versos
sentimentales. Lstima grande que este lirismo sincero fuera las ms
veces acompaado de stiras ruines en que unos poetas a otros se
enmendaban el vocablo, dejando ver que la envidia es compatible con el
idealismo ms exagerado! En cuanto al amor romntico, si bien comenzaba
en la forma ms pura y conceptuosa, sola degenerar en afecto clsico;
porque, a decir la verdad, la imaginacin de aquellos soadores era
mucho menos fuerte y constante que la natural robustez de los
temperamentos, ricos de sangre por lo comn; y el ciego rapaz, que nunca
fue romntico, haca de las suyas como en los tiempos del Renacimiento y
del mismo clasicismo, y como en todos los tiempos; y, _en suma_, segn
confesin de todos los tertulios de la tienda de Cascos, la moralidad
pblica jams haba dejado tanto que desear como en los benditos aos
romnticos; los adulterios menudeaban entonces; los Tenorios, un tanto
averiados, que quedaban en la ciudad, en aquella poca haban hecho su
agosto; y en cuanto a jvenes solteras y _de buena familia_, se saba de
muchas que se haban escapado por un balcn, o por la puerta, con un
amante; o sin escaparse se haban encontrado encinta sin que mediara
ningn sacramento. La tertulia de Cascos y la tienda de los Porches
haban sido, respectivamente, ocasin y teatro de muchas de aquellas
aventuras, que se envolvan en un picante misterio y despus venan a
ser pasto de una murmuracin misteriosa tambin y no menos picante.
Aunque en nombre de la religin y de la moral se condenasen tales
excesos, no cabe negar que en los mismos que murmuraban y censuraban
(tal vez cmplices, por amor al arte, de tales extremos) se adivinaba
una recndita admiracin, algo parecida a la que inspiraban los poetas
en boga, o los buenos cmicos, o los cantantes italianos--buenos o
malos--o los guitarristas excelentes. Aquel romanticismo representado en
la sociedad (entonces todava no se haba inventado eso de hablar tanto
de la realidad) era como un grado superior en la comn creencia
esttica. En cambio, si los antiguos partidarios del _clair de lune_ de la
tienda de paos tenan que declarar la inferioridad moral--relativamente
al sexto mandamiento no ms--de aquellos tiempos, recababan para ellos el
mrito de las buenas formas, del eufemismo en el lenguaje; y as, todo
se deca con rodeos, con frases opacas; y al hablar de amores de
ilegales consecuencias se deca: Fulano obsequia a Fulana, v. gr. De
todas suertes, la vida era mucho ms divertida entonces, la juventud ms
fogosa, las mujeres ms sensibles. Y al pensar en esto suspiraban los de
la tienda de Cascos; de Cascos, que haba muerto dejando a la viuda la
herencia de los paos, de la clientela y de los tertulios ex romnticos,
ya todos demasiado entrados en aos y en cuidados, y muchos en grasa,
para pensar en sensibleras trascendentales. Pero no importaba; se
segua suspirando, y muchos de aquellos silencios prolongados que
solemnizaban la ya imponente oscuridad de la tienda con aspecto de
cueva; muchos de aquellos silencios que tanto agradaban a Reyes, estaban
consagrados a los recuerdos del ao cuarenta y tantos. La viuda, seora
respetable de cincuenta noviembres, tal vez haba amado y se haba
dejado amar por uno de aquellos asiduos tertulios, un D. Crspulo
Crespo, relator, funcionario probo y activo e inteligente, de muy mal
genio; s, se haban amado, aunque sin ofensa mayor de Cascos; y en
opinin de los amigos, seguan amndose; pero todos respetaban aquella
pasin recndita e inveterada; rara vez se aluda a ella, y se la tena
por nico recuerdo vivo de tiempos mejores; y el respeto a tal documento
pstumo del muerto romanticismo se mostraba tan slo en dejar
invariablemente un puesto privilegiado, dentro del mostrador, para D.
Crspulo.

Bonifacio, que haba sido uno de los ms distinguidos epgonos de aquel
romanticismo al pormenor, ya moribundo, se senta bien quisto en la
tertulia y se acoga a su seno, tibio como el de una madre.

Una tarde que Emma le arroj de su alcoba por haber confundido los
ingredientes de una cataplasma--caso raro!--, Bonifacio entr en la
tienda de paos ms predispuesto que nunca a la voluptuosidad de los
recuerdos. Don Crspulo estaba en su asiento privilegiado. La viuda
haca calceta enfrente del relator. Ambos callaban. Los dems ex
romnticos, entre toses y largos intervalos de silencio que parecan
parte del ceremonial de un rito misterioso, sooliento, hablaban en la
semioscuridad gris, fuera del mostrador, y repasaban sus comunes
recuerdos. Quin viva en aquella plaza que tenan delante, el ao
cuarenta? El habilitado del clero, all presente, hombre de prodigiosa
memoria, recordaba uno por uno los inquilinos de todos aquellos
edificios tristes y sucios, grandes caserones de dos pisos. Las de
Guma haban muerto en la Habana, donde era el ao cuarenta y seis
magistrado el marido de la mayor; en el piso segundo de la casa grande
de Guma habitaba el secretario del Gobierno civil, que se llamaba
Escandn, era gallego, muy buen poeta, y se haba suicidado en Zamora
aos despus, porque siendo tesorero se le haba hecho responsable de un
desfalco debido al contador. En el nmero cinco vivan los de Castrillo,
cinco hermanos y cinco hermanas, que tenan tertulia y comedias caseras;
la casa de Castrillo era uno de los focos del romanticismo del pueblo;
all se escriba el peridico annimo y clandestino, que despus se
meta por debajo de las puertas. Perico Castrillo haba sido un
talentazo, slo que entre las mujeres y la bebida le perdieron, y muri
loco en el hospital de Valladolid. Antonio Castrillo haba sido el mejor
jugador de tresillo de la provincia, despus se haba ido a jugar a
Madrid, y all se agenci de modo, siempre jugando al tresillo, que se
hizo un nombre en la poltica y fue subsecretario en tiempo de Istriz.
Pero este y los dems Castrillos haban muerto tsicos. En cuanto a
ellas, se haban dispersado, mal casadas tres, monja una y perdida la
otra por un seductor del provincial de Logroo, el capitn Suero.

Al llegar a la casa nmero nueve el habilitado del clero suspir con
gran aparato.

--Ah... todos ustedes recuerdan quin viva el ao cuarenta....

--La _Tiplona_, dijeron unos.

--La _Merlatti_, exclamaron otros.

La _Tiplona_, la _Merlatti_ haba sido el microcosmos del romanticismo
msico del pueblo. Era una tiple italiana que aquellos provincianos
hubieran echado a reir con la Grissi, con la Malibrn, sin necesidad de
haber odo a estas. No concedan aquellos seores formales que en este
mundo se hubiera odo cosa mejor que la Merlatti... Y qu carnes! Y
qu trato! Era ms alta que cualquiera de los presentes, blanca como la
nieve, suave como la manteca y de una musculatura tan exuberante como
bien contorneada; montaba a la inglesa, tiraba la pistola, y haba
abofeteado en medio del paseo a la _Tiplona_, su rival la Volpucci, que
tambin tena sus aficionados. Esta era delgada, flexible como un mimbre
y luca ms que la _Tiplona_ en las _fioriture_; pero como voz y como
carnes y buena presencia, no haba comparacin. La _Tiplona_ haba
vencido, y haba vuelto a la ciudad en varias temporadas, y por ltimo se
haba casado con un coronel retirado, dueo de aquella casa de la plaza
del teatro, el coronel Cerecedo; y all haba vivido aos y aos dando
conciertos caseros y admirada y querida del pueblo filarmnico,
agradecido y enamorado de los encantos, cada vez ms ostentosos, de la
ex tiple. Y quin lo dijera!, tambin haba muerto tsica, despus de
un mal parto. La _Tiplona_! El que ms y el que menos de aquellos seores
la haba amado en secreto o paladinamente, y el mismo Bonifacio, muy
joven entonces, tena que confesarse que su aficin a la pera seria
haba crecido escuchando a aquella real moza, que enseaba aquella
blanqusima pechuga, un pie pequeo, primorosamente calzado, y unos
dientes de perlas.

El habilitado del clero sigui pasando revista a los inquilinos del ao
cuarenta; de aquella enumeracin melanclica de muertos y ausentes sala
un tufillo de ruina y de cementerio; oyndole pareca que se mascaba el
polvo de un derribo y que se revolvan los huesos de la fosa comn, todo
a un tiempo. Suicidios, tisis, quiebras, fugas, enterramientos en vida,
pasaban como por una rueda de tormento por aquellos dientes podridos y
separados, que tocaban a muerto con una indiferencia sacristanesca que
daba espanto. El vejete termin su historia al por menor con los ojos
encendidos de orgullo. Qu memoria la suya!, pensaba l. Qu mundo
este!, pensaban los dems.

A Bonifacio aquella narracin le haba hecho recordar el espectculo
tristsimo de las ruinas de la casa donde l haba nacido; s, l haba
visto desprenderse las paredes pintadas de amarillo y otras cubiertas de
papel de ramos verdes; l haba visto como en un plano vertical la
chimenea despedazada, al amor de cuya lumbre su madre le haba dormido
con maravillosos cuentos; all arriba, en un tercer piso... sin piso,
quedaba de todo aquel calor del hogar el hueco de una hornilla en una
medianera agrietada, sucia y polvorienta. Al aire libre, siempre
expuesta a las miradas indiferentes del pblico, estaba la alcoba en que
haba muerto su padre! S; l haba visto en lo alto los restos
miserables, la pared manchada por las expectoraciones del enfermo, las
seales del hierro de la cama humilde en la grasa de aquella pared....
Qu quedaba de toda aquella vivienda, de aquella familia pobre, pero
feliz por el cario? Quedaba l, un aficionado a la flauta, en poder de
su Emma, una furia, s, una furia, no haba para qu negrselo a s
mismo. La casa haba desaparecido; aquellas ruinas de su hogar haban
estado siendo el escndalo de la gacetilla urbana. Pero cundo se
derriba la inmunda fachada de la esquina asquerosa de la calle del
Mercado?. Esto haba gritado la prensa local meses y meses, y al fin el
Municipio haba aplicado la piqueta de _doa Urbana_, como deca el
peridico, a los ltimos restos de tantos recuerdos sagrados. Y l
mismo, pensaba Bonifacio, qu era ms que un esquinazo, una ruina
asquerosa que estaba molestando a toda una familia linajuda con su
insistencia en vivir, y ser, por una aberracin lamentable, el marido de
su mujer? Todas aquellas ideas tristes y humillantes las haba
despertado en su espritu el diablo del habilitado con aquella _ojeada
retrospectiva_ al ao cuarenta. La historia! Oh!, la historia en las
peras era una cosa muy divertida... _Semramis_, _Nabucodonosor_, _Las
Cruzadas_, _Atila_... magnfico todo... pero las de Guma, las de
Castrillo... tanta muerte, tanta vergenza, tanta dispersin y
podredumbre... esto _encoga el nimo_. Por fortuna la conversacin volvi
a la _Tiplona_, y con motivo de esto se record las peras que se
cantaban entonces y las que se cantaban ahora en comparacin con
aquellas. La verdad era que ahora no se cantaban peras en el pueblo,
pues casi haca ocho aos que no pareca por all un mal cuarteto.
Entonces el habilitado, que tanto haba entristecido al concurso, se
dign dar una noticia de actualidad, contra su costumbre. Su costumbre
era despreciar _altamente_ todos los sucesos prximos, pasados o futuros,
que no exigan, para ser referidos o inducidos, gran retentiva, como l
llamaba a la memoria. Con aire displicente dijo el buen hombre:

--Pues pera la van ustedes a tener ahora, y buena; porque me ha dicho el
alcalde que han pedido el teatro desde Len el famoso Mochi y la
Gorgheggi.

--La Gorgheggi!--gritaron a una los presentes.

Y hasta el relator hizo un movimiento de sorpresa en su silla, metido en
la sombra, y la viuda de Cascos le mir y suspir discretamente.

Ocho das despus estaban en el pueblo el tenor Mochi, famoso en todos
los teatros de provincia del reino, y su protegida y discpula la
Gorgheggi. Cantaron _La Extranjera_ la primera noche, y aunque el diario
ms filarmnico de la capital no se atrevi a emitir juicio por una
sola audicin, el pblico, menos circunspecto (verdad es tambin que
con menos responsabilidad ante la historia del arte), se entusiasm
desde luego y jur en masa que desde la _Tiplona_ ac no se haba odo
prodigio por el estilo. La Gorgheggi era un ruiseor; y adems, qu
guapa, qu amable, qu atenta con el pblico, qu agradecida a los
aplausos!. S que era guapa; era una inglesa traducida por su amigo
Mochi al italiano, dulce y de movimientos suaves, de ojos claros y
serenos, blanca y fuerte; tena una frente de puras lneas, que luca
modestamente, con un peinado original, en que el cabello, de castao
claro y en ondas, serva de marco sencillo a aquella blancura plida, en
que, hasta de da, como pensaba Bonifacio, pareca haber reflejos de la
luna. Bonifacio vio dos actos de _La Extranjera_ la noche del estreno, y
con un supremo esfuerzo de la voluntad se arranc de las garras de la
tentacin y volvi al lado de su esposa, de su Emma, que, amarillenta y
desencajada y toda la cabeza en greas, daba gritos en su alcoba porque
su esposo la abandonaba, acudiendo tarde, muy tarde, media hora despus
de la sealada, a darle unas friegas sin las cuales pensaba ella que se
mora en pocos minutos. Lleg Reyes, dio las friegas con gran ahnco, en
silencio, oyendo resignado los gritos, mezclados de improperios, de su
mujer, y pensando en la frente y en la voz de la Gorgheggi y en el final
de _La Extranjera_, que estaran entonces cantando.

Y se acost Bonifacio, discurriendo: S, es muy hermosa, pero lo mejor
que tiene es la frente; no s lo que dice a mi corazn aquella curva
suave, aquella onda dulce!... Y la voz es una voz... maternal; canta con
la coquetera que podra emplear una madre para dormir a su hijo en sus
brazos: parece que nos arrulla a todos, que nos adormece... es... aunque
parezca un disparate, una voz honrada, una voz de ama de su casa que
canta muy bien: aquella _pastosidad_, como dice el relator, debe de ser la
que a m me parece timbre de bondad; as debieran cantar las mujeres
hacendosas mientras cosen la ropa o cuidan a un convaleciente... qu s
yo!, aquella voz me recuerda la de mi madre... que no cantaba nunca.
Qu disparates! S, disparates para dichos, pero no para pensados.... En
fin, qu tengo yo que ver con ella? Nada. Probablemente Emma no me
dejar volver al teatro.... Y se durmi pensando en la frente y en la
voz de la Gorgheggi.

Al da siguiente, a las doce de la maana haba ensayo, y all estaba
Bonifacio, ms muerto que vivo, barruntando la escena que le preparaba,
de fijo, su mujer, a la vuelta. Se haba escapado de casa. Y tena que
confesarse que el placer de estar all era mayor, por lo mismo que era
un acto de rebelda su presencia en tal sitio.

Los ensayos siempre haban sido el encanto de Reyes. No se explicaba l
bien por qu los prefera a las funciones ms solemnes y magnficas. A
su manera, vena a pensar esto: El teatro verdadero, el teatro por
dentro, era el del ensayo; a Reyes no le gustaba la ficcin en nada, ni
en el arte; deca l que los tenores y tiples no deban cantar delante
de las candilejas, entre rboles de lienzo y vestidos de percal ante un
pblico distrado y en una sala estrecha donde el aire era veneno; los
tenores y tiples deban andar, como los ruiseores o las sirenas,
esparcidos por los bosques repuestos y escondidos, o por las islas
misteriosas, y soltar al aire sus trinos y gorjeos en la clara noche de
luna, al comps de las melanclicas olas que batan en la playa, y de
las ramas de la selva que meca la brisa.... Bueno; pero ya que esto no
poda ser, Bonifacio prefera or a los cantantes en el ensayo. Porque
all vea al _artista_ tal como era, no como tena que fingir que era. Por
un instinto de buen gusto, de que l no poda darse cuenta, lo que
aborreca en las representaciones pblicas era la mala escuela de
declamacin, la falsedad de actitudes, trajes, gestos, etc., etc., de
los cmicos que iban por aquel pobre teatro de provincia. En el ensayo
no vea un Nabucodonosor que pareca el rey de bastos, ni un _Atila_
semejante a un cabrero, sino un caballero particular que cantaba bien y
estaba preocupado de veras con sus cosas, verbigracia, la mala paga, el
mal tiempo que le tomaba la voz, o el correo que le traa malas
noticias. Bonifacio amaba el arte por el artista, admiraba a aquella
gente que recorra el mundo sin estar jams seguros del pan de maana,
preocupados con los propios y los ajenos gorgoritos.--Cmo hay
valiente--pensaba l--, que se decida a fiar su existencia del fagot, o
del cornetn o del violoncello, verbigracia, o de una voz de bajo
segundo, con veinte reales diarios, que es lo ms bajo que se puede
cantar! Yo, por ejemplo, sera un flauta pasable, pero por cuanto hay
no me atrevera a escaparme de casa y a ir por esos mundos hasta Rusia,
tapando huecos en una orquesta! Acaso a mi dignidad y a mi independencia
les estuviera mejor emprender esa carrera; pero antes me tiro al agua!
El azar... lo imprevisto... el pan dudoso, qu miedo! Y por lo mismo
que l se crea incapaz de ser _artista_, en el sentido de echar a correr
sin ms que la flauta, por lo mismo admiraba ms y ms a aquellos
hombres, que eran indudablemente de otra madera.

Ya la cualidad de extranjero, y aun la menos extraordinaria de
forastero, era para Bonifacio muy recomendable; no ser de su pueblo, de
aquel pueblo mezquino donde haban nacido l y su mujer, constitua una
ventaja; ser de muy lejos era una maravilla.... El mundo... el resto del
mundo deba de ser tan hermoso! Lo que l conoca era tan feo, tan poca
cosa, que las bellezas que haba soado y de que hablaban los versos y
los libros de aventuras, deberan de estar, de fijo, en todos esos
lugares desconocidos.... En Mjico haba visto poco bueno; pero al fin
Mjico haba sido colonia espaola, y se le haba pegado la pequeez de
por ac. El verdadero _extranjero_ era otro. Y de este venan los
artistas, los cantantes.... Ser italiano, ser artista... ser msico, esto
era miel sobre hojuelas y nctar sobre la miel. Y cuando el extranjero,
el artista, el msico... era hembra, entonces el respeto y admiracin de
Bonifacio llegaban a ser religin, idolatra.... Por todo lo cual, y por
lo antes apuntado, prefera con mucho ver a los cmicos tal como eran, a
verlos pintados de reyes o de sacerdotisas respectivamente. En el
ensayo, en el ensayo era donde se conoca al artista....

Entr en el palco proscenio, a que estaban abonados desde tiempo
inmemorial sus amigos de la tienda de Cascos; era el ms bajo de los
_claros_, que as se llamaba entonces a los que despus se denomin
plateas, y tena, por ser de proscenio y estar medio escondido por una
pared maestra, el apodo vulgar de faltriquera (aos adelante bolsa). No
haba nadie en el palco. Reyes abri la puerta, procurando evitar el
menor ruido. Para l era el teatro el templo del arte, y la msica una
religin. Se sent con movimientos de gato silencioso y cachazudo; apoy
los codos en el antepecho y procur distinguir los bultos que como
sombras en la penumbra cruzaban por el oscuro escenario. No haba
entonces bateras de gas y no poda llevarse la luz por delgados tubos,
como aos adelante se vio all mismo, a una altura discrecional; las
humildes candilejas alumbraban lo poco que podan, desde el tablado,
como estrellas... de aceite, cadas. A la derecha del actor (as pensaba
Reyes), alrededor de una mesa alumbrada apenas por un quinqu de luz
triste, haba un grupo de sombras que poco a poco fue distinguiendo.
Eran el director de escena, el apuntador, un traspunte y un hombre gordo
y pequeo, de panza extraordinaria, vestido con suma correccin, muy
blanco, muy _distinguido en sus modales_; era el _signor_ Mochi, empresario
y tenor primero... y ltimo de la Compaa. Otros grupos taciturnos
vagaban por el foro, eran los coristas: el cuerpo de _seoras_ estaba
sentado en corro a la izquierda. Donde quiera que se juntaban aquellas
damas plidas y mal vestidas tendan, por la fuerza de la costumbre, a
formar arcos de crculo, semicrculos y crculos segn las
circunstancias.

Reyes haba ledo la _Odisea_ en castellano y recordaba la interesante
visita de Ulises a los infiernos; aquella vida opaca, subterrnea del
Erebo, donde opinaba l que tanto deban de aburrirse las almas de los
que fueron, se le representaba ahora al ver a los tristes cmicos,
silenciosos y vagabundos, cruzar el escenario oscuro, como espectros. Ya
saba l que otras veces reinaba all la alegra, que aquello ira
animndose; pero haba siempre en los ensayos cuartos de hora tristes.
Cuando al _artista_ no le anima esa especie de alcohol espiritual del
entusiasmo esttico, se le ve caer en un marasmo parecido al que abruma
a los desventurados esclavos del hachs y del opio.... Reyes haba hecho
a su modo un profundo estudio psicolgico de los pobres tenores ex
notables que venan a su pueblo averiados, como barcos viejos que buscan
una orilla donde morir tranquilos, acostados sobre la arena; tambin
saba mucho de tiples de tercer orden que pretendan pasar por
estrellas: aunque era muy joven todava cuando haba tenido ocasin de
hacer observaciones, la reflexin serena le haba ayudado no poco.
Observaba compadeciendo, y compadeca admirando, de modo que el anlisis
llegaba verdaderamente al alma de las cosas. Lo que l no vea era el
lado malo de los artistas. Todo lo poetizaba en ellos. Los contrastes
fuertes y picantes de sus ensueos de gloria y de su vida de bastidores
con la mezquina prosa de una existencia difcil, llena de los roces
speros con la necesidad y la miseria, le parecan a Reyes motivos de
potica piedad y daban una aureola de martirio a sus dolos.

Aquel da procur, como siempre, atraer hacia s la atencin de _las
partes_ (el tenor, la tiple, el bartono, el bajo y la contralto), y esto
sola conseguirlo sonriendo discretamente cuando algn cantante le
miraba por casualidad despus de _atacar con valenta_ una nota, o de
hacer cualquier primor de garganta, o tambin despus de decir un
chiste.

Mochi, el tenor bajo y gordo, era como una ardilla y hablaba ms que un
sacamuelas, pero en italiano cerrado, y con suma elegancia en los
modales. Hablaba con el maestro director que se rea siempre, y Reyes,
que no entenda a Mochi, pero que crea adivinarle, sonrea tambin.
Como no haba nadie ms que l en calidad de mero espectador del ensayo,
el tenor no tard en notar su presencia y sus sonrisas, y al poco rato
ya le consagraba a l, a Reyes, todos sus _concetti_. Tanto se lo
agradeci Bonifacio, que al tiempo de levantarse para salir del palco
deliber consigo mismo si deba saludar al tenor con una ligera
inclinacin de cabeza. Mir Mochi a Reyes... y Reyes, ponindose muy
colorado, sacudi su hermosa cabellera con movimientos de maniqu, y se
fue a su casa... impregnado del ideal.




-V-


Por la noche Emma le ech del seno del hogar por algunas horas, y
Bonifacio volvi al ensayo. Ahora no estaba slo en calidad de pblico;
en todas las _faltriqueras_ haba abonados, y en la de los tertulios de
Cascos se destacaba la respetable personalidad del Gobernador militar,
que honraba a aquellos seores aceptando un asiento en lo oscuro. Reyes
se sent en primera fila, y en cuanto Mochi mir hacia el palco, le
salud con el sombrero. No contest el tenor por lo pronto, lo cual
desconcert al buen aficionado, principalmente por lo que pensaran sus
amigos; mas oh gloria inmortal, oh momento inolvidable!, al lado de
Mochi, frente a la cscara del apuntador, haba una mujer, una seora,
con capota de terciopelo, debajo de la cual asomaban olas de cabello
castao claro y fino; y aquella mujer, aquella seora que haba notado
el saludo de Reyes, toc familiarmente con una mano enguantada en un
hombro del tenor, y le debi de decir:

--En aquel palco te han saludado.

Ello fue que Mochi se volvi con rapidsimo gesto, vio a Reyes y se
deshizo en cortesas....

En el palco todos envidiaron aquello, hasta el _brigadier_ Gobernador
militar de la provincia; y ms envidiaron la sonrisa con que la dama de
la capota se atrevi a acompaar el saludo de Mochi, muy satisfecha, al
parecer, de haberle advertido su distraccin.

Reyes encontr en sus ojos la mirada de la Gorgheggi--que no era otra la
dama--y muchas veces, muchas, pensando despus en aquel momento solemne
de su vida, tuvo que confesarse que impresin ms dulce ni tan fuerte no
la haba experimentado en toda su juventud, tan romntica _por dentro_.

Una mirada as--se dijo en aquel instante--, slo puede tenerla una
extranjera que sea adems artista. Qu modestia en el atrevimiento, qu
castidad en la osada! Qu inocente descaro, qu cndida
coquetera!....

De las sonrisas y los saludos poco se tard en pasar a las buenas
palabras: Bonifacio y otros seores de su palco rean discretamente los
chistes con que Mochi se burlaba con disimulo de la orquesta, que era
indgena y desafinaba como ella sola; un lechuguino, que tena fama de
hacer grandes y muy valiosas conquistas entre bastidores, se atrevi a
servir de intrprete, a su modo, entre el tenor y _un_ trompa a quien el
artista dirigi una corts reprimenda en italiano. No era que el
lechuguino supiera mucho de la lengua del Dante, pero s lo suficiente
para comprender que al hablar de _missure_, Mochi se refera a los
compases; mas los conocimientos lingsticos del trompa no llegaban
all. Poco despus Bonifacio se arriesg, ponindose muy colorado, a
traducir otra observacin humilde--esta de la Gorgheggi--al idioma del
trompa pertinaz, un hombre de tan mal genio como odo; la tiple haba
hablado en espaol, haba dicho comps como, de hablar, podra decirlo
un canario; pero el hombre del bronce no haba querido entender tampoco;
la traduccin de Bonifacio consisti en repetir a gritos las palabras de
la cantante, inclinndose desde el palco sobre la cabeza calva del
msico.

--Mil gracias... oh... mil gracias!, haba dicho la artista,
despidiendo, entre miradas y sonrisas, chispas de gloria para el corazn
de Reyes, que estuvo viendo candelillas un cuarto de hora. Le zumbaban
los odos, y pensaba que si en aquel momento aquella mujer le propona
escaparse juntos al fin del mundo, echaba a correr sin equipaje ni nada,
sin llevar siquiera las zapatillas; y eso que no conceba cmo hombre
nacido poda echarse por la maana de la cama y calzarse las botas de
buenas a primeras. Siempre que lea aventuras de viajes lejanos, grandes
penalidades de nufragos, misioneros, conquistadores, etc., etc., lo que
ms compadeca era la ausencia probable de las babuchas.

Sin faltar a un solo ensayo, y yendo tambin al teatro todas las noches
de funcin en que poda robar algunas horas a sus quehaceres domsticos,
lleg Bonifacio a intimar con las partes, como l deca, de tal manera,
que los amigos de la tertulia de Cascos llegaron a suponerle en
relaciones amorosas con la Gorgheggi.

--Yo les digo a ustedes que la obsequia--aseguraba el relator.

--Yo sostengo que no la obsequia--deca el lechuguino, envidioso.

La verdad era que la simpata, y a los pocos das la ms cordial
amistad, haban llegado a tal punto entre Mochi y Bonifacio, que el
tenor, despus de tomar juntos caf una tarde, no haba vacilado en
pedir al _suo nuovo magi carissimo amico_, _duecento lire_, o sean
cuarenta duros en el lenguaje que entenda Reyes. Pidi el italiano con
tal sencillez y desenfado aquellos ochocientos reales, acto continuo de
haber contado una aventura napolitana que le haba costado cerca de dos
mil duros, que Bonifacio tuvo que decirse: Para este hombre cuarenta
duros son como para m un cigarrillo de papel; me ha pedido esos cuartos
como quien pide lumbre para el cigarro; lo que le sobra a l, de fijo,
es dinero; pero no lo tiene aqu, en este momento; lo malo es que
tampoco lo tengo yo. Pero hay que buscarlo corriendo, no hay ms
remedio. Si se lo doy, no me lo agradecer, aunque bien sabe Dios que no
s de dnde sacarlo; pero a l qu? Qu son ochocientos reales para
este hombre? En cambio, si no se los busco inmediatamente me
despreciar, me tendr por un miserable... Antes la muerte!.

Colorado como un pimiento declar el espaol que, por una casualidad que
lamentaba, no traa consigo aquella insignificante cantidad; pero que en
un periquete corra a su casa... que estaba muy cerca, y volva con los
cuartos.

Y ech a correr sin or las palabras de Mochi que, por no molestarle,
renunciaba al prstamo.

En efecto, la casa de Emma no estaba lejos; pero llegar a ella, entrar,
era ms fcil que volver al teatro, al cuarto del tenor, con los
cuarenta duros. De dnde iba a sacarlos el infeliz esclavo de su mujer?
Ay! Con qu amargura contempl entonces, por la primera vez, su triste
dependencia, su pobreza absoluta! No era dueo ni de los pantalones que
tena puestos, y eso que pareca que haban _nacido_ ajustados a sus
piernas; tan bien le sentaban! No tena dos reales que pudiera decir
que eran suyos. Qu hacer? Renunciar para siempre al ideal? Mochi le
aguardaba con aquellos ojos punzantes, risueos y maliciosos: sin el
dinero no se poda volver: detrs de Mochi estaba la Gorgheggi, su
discpula, su pupila. Bien; puesto que no tena aquellos cuarenta duros
ni de donde sacarlos, como no robase los candelabros de plata que tena
delante de los ojos, sobre la mesa del despacho (el despacho de D.
Diego, que segua siendo _despacho_ sin adjudicacin singular: el de don
Juan Nepomuceno, el de Emma, el de todos); como no tena cuarenta duros
ni de donde le vinieran, renunciara a su felicidad; no volvera a
presentarse ante los queridos amigos italianos, ante los artistas
sublimes, se sacrificara en silencio; cualquier cosa menos volver all
con las manos vacas....

En aquel momento D. Juan Nepomuceno se present en el despacho con un
saquito de dinero entre las manos; salud a Reyes con solemnidad, y se
puso a contar pesos fuertes sobre la mesa; se trataba de la renta de la
Comua, una casera que entregaba limpios todos los aos cuatro mil
reales. Mientras don Juan, sin hacer caso del importuno, iba haciendo
pilas de pesos en correcta formacin hasta el punto de recordar al pobre
_dilettante_ de todas las artes las ruinas de un templo griego, Reyes
pensaba:

--Esas columnas argentinas deba formarlas yo: yo deba ser el
administrador de los bienes de mi mujer!

Una ola de dignidad retrospectiva le subi al rostro y le dio valor
suficiente para decir:

--D. Juan, necesito mil reales.

Aos despus, recordando aquel golpe de audacia, para el cual slo el
amor poda haberle dado fuerzas, lo que ms admiraba en su temeraria
empresa era el piquillo de su pretensin, los doscientos reales en que
su demanda haba excedido a su necesidad. Por qu ped mil reales en
vez de ochocientos?. No se lo explic nunca.

D. Juan Nepomuceno mir, sin contestar, a su afn. Mil reales! Aquel
mentecato se haba vuelto loco.

--S, seor, mil reales; y no hace falta que mi mujer sepa nada; yo se
los devolver a usted maana mismo; se trata de sacar de un apuro a un
amigo de la infancia... paga segura....

--Amigo de la infancia... paga segura.... No lo entiendo.

Esto fue todo lo que dijo el to administrador. Cmo un amigo de la
infancia de aquel pelagatos poda ser paga segura? Esto quera dar a
entender, y Bonifacio, comprendindolo, rectific:

--De la infancia... precisamente... no... es uno de los amigos de la
viuda de Cascos....

Y se puso otra vez muy colorado.

D. Juan clav una mirada puntiaguda en los ojos claros... y turbados de
su afn; adivin algo, ech sus cuentas en un segundo, y, tomando dos
montones de plata, se los puso entre los dedos al pasmado Reyes, sin
decir ms que:

--Tome usted; son mil justos.

--Bueno, gracias. Maana mismo....

--Eso... all usted.

--Y que Emma no sepa....

--Por ahora no hace falta que sepa nada.

--Cmo por ahora?

--Y si usted reintegra a la caja (as hablaba el to) esa cantidad en
breve, no sabr nada nunca.

--Bien, bien; maana mismo.

Ni maana, ni pasado, ni al otro. Mochi recibi sus doscientas liras,
como l las llamaba, con ms expresivas muestras de agradecimiento que
esperaba su _nuovo amico_; pero de devolucin no dijo nada. Cules seran
las emociones que se amontonaron en el pecho del pobre flautista en
aquellos das, que durante algunos, ni siquiera pens en la deuda ni en
la promesa de reintegrar a la caja aquellos cuartos, ni en el peligro de
que se enterase Emma de todo, ni siquiera en la existencia de
Nepomuceno!

Con la generosidad de Reyes coincidi (pura coincidencia) la mayor
amabilidad de Serafina Gorgheggi. Por un privilegio, de que gozaban muy
pocos, a Bonifacio le consenta el empresario permanecer entre
bastidores durante la funcin. Sola colocarse el buen flautista muy
oportunamente, pero como al descuido, en las entradas y salidas por
donde l saba, gracias a los ensayos y al traspunte, que tena que
pasar la tiple. Serafina siempre se inmutaba al entrar en escena; l la
animaba con una sonrisa que ella pareca agradecerle con los ojos,
cariosos, _maternales_, como pensaba el marido de Emma. Cuando sala de
la escena entre aplausos, por pocos que fueran, vea a Reyes que bata
palmas entusiasmado; entonces sonrea ella, inclinaba la cabeza
saludando y pasaba discretamente cerca del infeliz enamorado. Qu
perfume el que dejaba tras de s aquella mujer! Era un perfume
espiritual, segn l; no se ola con las groseras narices, sino con el
alma.

Aquella noche, la correspondiente al da del prstamo, Serafina tuvo una
ovacin en el segundo acto, y sali de la escena por la puerta lateral
de una decoracin cerrada de modo que los bastidores dejaban en una
especie de vestbulo, cerrado tambin por todos lados, a Bonifacio, que
aguardaba all como sola; para salir de aquella garita de lienzo, haba
que levantar un cortinn pesado, que se usaba para el foro en otras
decoraciones. La Gorgheggi y su adorador se vieron un momento solos en
aquel escondite; ella, despus de saludar y sonrer al galn como sola,
radiante ahora de justa satisfaccin por los aplausos que an resonaban
all afuera, se turb un punto, buscando con torpe mano el xito de
aquella especie de trampa; y no lo encontr, como si anduviera ciega.

No era Bonifacio hombre capaz de aprovechar ocasiones; pero como si lo
fuese y la hubiese aprovechado y se hubiera arrepentido de la demasa,
se ech a temblar tambin; y se puso a buscar la puerta y tampoco supo
levantar el tapiz pesado al primer intento. En estas maniobras,
tropezaron los dedos de uno y otro; pero como l no saba qu decir y
ella lo comprendi as, la tiple, por hablar algo, dijo:

--_Il Mochi m'ha detto_... Ah! siete un _galantuomo_...

Y aludi vagamente, con delicadeza, al prstamo.

Serafina, inglesa, hablaba italiano en los momentos solemnes, cuando
quera dar expresin de seriedad a sus palabras; ordinariamente
chapurraba espaol con disparates deliciosos. En ingls no hablaba ms
que con Mochi.

--Seorita... eso... no vale nada.... Entre amigos.... Ha estado usted
sublime... como siempre.... Es usted un ngel, Serafina.

Sus palabras le enternecieron, le sonaron a una declaracin; adems, se
acord de su mujer y del mal trato que le daba; ello fue que dos
lgrimas como puos, muy transparentes y tardas en resbalar, le saltaron
de los hermosos ojos claros; se qued muy plido y daba diente con
diente.

--_Oh amico caro_!--dijo ella con dulcsima voz temblona--; _come siete
buono_...

Y le cogi la mano que andaba tropezando en la cortina, y se la apret
con franca cordialidad.

--Serafina... yo no s... lo que me hago... usted creer...

Ella no le contest, encontr la salida, levant el cortinn, y con una
mirada intensa, llena de caridad y proteccin, le dijo que la siguiera.
Pero Bonis no se atrevi a traducir la mirada, y no sigui a la tiple.
En cuanto qued solo en aquel escondite, sinti que las piernas se le
hacan ajenas, cay sentado sobre las tablas, casi perdi el sentido, y,
como entre sueos, oy un silbido y voces y blasfemias que sonaban en lo
alto; cay un teln a una cuarta de su cabeza, desaparecieron algunos
bastidores arrastrados, y Reyes se vio entre un corro de tramoyistas y
seoritas que gritaban: Un herido... un herido!... Un teln ha
derribado a un caballero!

--Ah, el Sr. Reyes!...

--Reyes herido!...

--Una desgracia!...

Antes que l pudiera desmentir la noticia, haba llegado al cuarto de
Mochi y al de la Gorgheggi.

Ambos acudieron a todo correr, asustados. Serafina se puso en primera
fila; y como Reyes, con el susto que le haban dado los que le rodearon,
y las emociones anteriores, y la vergenza de confesar la verdad, no
acababa de hablar, por contuso se le tuvo, se le supuso vctima de un
vahdo, pues tan plido estaba, y las monsimas manos cuyo contacto de
poco antes an senta en la piel, las de la Gorgheggi, le aplicaron
esencias a las narices y le humedecieron las sienes. Un minuto despus
se vio sentado en el confidente de raso azul que haba en el tocador de
la tiple. Reyes se dej compadecer, cuidar, mimar podra decirse, y no
tuvo valor para negar el accidente. Cmo decir que se haba cado al
suelo de gusto, de amor, no derribado por aquella decoracin de monte
espeso?

Serafina pareca adivinar la verdad en los ojos de su apasionado. Los
curiosos los dejaron solos a poco; Mochi no ms entraba y sala,
felicitndose de que no hubiera habido una desgracia; y por fin se
march porque le llamaba el traspunte. La doncella de la Gorgheggi, que
era partiquina, tuvo que presentarse tambin en escena; la tiple no
cantaba hasta el final del acto.

Para hacerle la operacin peligrosa de la _declaracin_, a lo que la
ardiente inglesa estaba resuelta, tuvo que cloroformizarle con miradas
elctricas y emanaciones de su cuerpo, muy prximo al del paciente.
Reyes, en efecto, all entre sueos, se dej abrir el pecho, y habl sin
saber lo que deca, aturdido y hecho un mar de lgrimas. La Gorgheggi,
si hubiera sido ms observadora, hubiera podido aprender en aquella
confesin de su adorador lo que eran los Valcrcel y adnde conducan
los matrimonios desiguales. Bonifacio en aquel estado no era responsable
de sus dichos ni de sus hechos; y as, no se le pudo llamar traidor al
pan que coma, aunque habl de Emma, la llam por su nombre y tuvo que
quejarse de la vida que semejante mujer le daba; y aun aturdido y todo,
medio loco, no maltrat a su cnyuge; refiri los hechos tal como eran,
pero los comentarios fueron favorables a Emma; Serafina pudo or que
aquella seora tena gran talento, imaginacin, un carcter enrgico de
hombre superior; hubiera sido un gran caudillo, un dictador; pero la
suerte quiso que no tuviese a quien dictar nada, a no ser a l, al pobre
escribiente de D. Diego Valcrcel.

Ocho das pasaron sin que Mochi volviera a pedir dinero a Reyes. Durante
una semana se juzg este el hombre ms feliz del mundo, a pesar de que
jams haba experimentado hasta entonces tantos y tan graves apuros,
acompaados de insufribles remordimientos a ciertas horas. Fue en uno de
aquellos tormentosos das cuando pens por vez primera en su vida que
una pasin fuerte todo lo avasalla, como haba ledo y odo mil veces
sin entenderlo. Se crea a veces un miserable, el ms miserable de todos
los maridos ordinariamente dciles; y, a ratos, se tena por un hroe,
por un hombre digno de figurar en una novela en calidad de protagonista.

De los cuarenta duros no haba vuelto a acordarse Mochi, ni Reyes se
atrevi a pedrselos; mas todas las noches, pasados pocos das, los de
ceguedad completa para todo lo que no fuese el amor de la inglesa, al
volver a casa temblando por varios motivos, iba pensando en los mil
reales de la renta de la Comua.

Pero cmo reclamar aquel dinero por cuyo prstamo su _dolo_ le haba
llamado galantuomo?. Por cierto que, cuando poda discurrir con alguna
tranquilidad, Bonifacio extraaba un poco dos cosas: primera, pensaba
que Serafina estuviese enterada del favorcillo hecho a Mochi, a Julio,
se deca l; segunda, que ella hubiera dado a un servicio tan
insignificante tanto valor. Habr sido un pretexto para provocar mi
declaracin? Eso debe de haber sido. Las cavilaciones de Reyes en este
punto no pasaron de ah.

A los ocho das de la _declaracin_, cuando Julio se atrevi a pedirle
dinero otra vez a Bonifacio, los amores de este con la Gorgheggi no
haban pasado de los deliciosos preliminares que, por culpa del carcter
del varn que en ellos tena inters, amenazaban prolongarse
indefinidamente.

En cuanto al segundo prstamo, Bonifacio tuvo que confesarse a s
mismo que lo haba tomado por un escopetazo, y que este era el apelativo
que le haba aplicado en sus adentros.

Julio pidi cinco mil reales para pagar a un bajo profundo que estaba
mal con el pblico, porque aplaudan ms al bajo cantante que a l, y
dejaba la Compaa por tesn... y, dicho fuera en secreto, por
exigencias de los abonados. No llegaba a cinco mil reales, ni con mucho,
lo que haba que darle al bajo que se iba, pero... haba que adelantarle
parte del sueldo a la _notabilidad_ que vena a sustituirle... en fin,
ello eran cinco mil reales: la Empresa no los tena en aquel momento....
pero la renovacin del abono dara un resultado seguro y... eran habas
contadas. Y _l_, Mochi, sonrea con la tranquilidad comunicativa con que
sonre el titiritero sano y forzudo que hace trabajar en lo alto de una
percha a un pobre nio dislocado, que en el programa se llama su hijo.
Esa sonrisa--pensaba Reyes--, equivale a una hipoteca... pero no es
confianza lo que me falta a m, sino dinero.

No se le ocurri pensar que negar aquel nuevo prstamo al tenor no era
desairar a la tiple: un secreto escozor, de que no quera hacer caso, le
deca siempre que entre los intereses de la Gorgheggi y los de su
maestro haba una solidaridad misteriosa. Negarle ese dinero a l era
negrselo a ella, se deca sin poder remediarlo. Y yo a ella... en
estas circunstancias, no puedo negarle nada, ni siquiera lo que no
tengo.

Pens en D. Juan Nepomuceno, y hasta entr en casa una noche con el
propsito de pedirle cinco mil reales. S, no caba duda, hubiera sido
el colmo del herosmo. Yo le he prometido a usted devolverle mil reales
a las veinticuatro horas de recibidos, eh? No es eso? Pues bien; aqu
me presento, a los ocho das, no a entregar esos cincuenta duros, sino a
pedir cinco veces otro tanto. Absurdo! El colmo del herosmo, s; pero
absurdo.

Y se acost y apag la luz, entregndose a sus remordimientos, que ya
iban siendo una costumbre casi necesaria para conciliar el sueo. Antes
de dormirse resolvi esto: que, sucediera lo que sucediera, l,
Bonifacio Reyes, no pedira ni un cuarto ms al to de su mujer. Pero
como haba prometido llevar al teatro al da siguiente los cinco mil
reales, y lo haba ofrecido con una petulancia que nunca se perdonara,
sin titubear, como si lo que a l le sobrara fueran miles de reales;
como haba que buscarlos, no deca encontrarlos, buscarlos sin falta, se
levant temprano y se dirigi... a la plaza de la Constitucin, lugar de
cita de todos los mozos de cuerda del pueblo.

--Qu hago yo aqu?--se dijo--. No parece sino que uno de estos gallegos
me va a prestar cinco mil reales por mi cara bonita--. Los barrenderos
levantaban nubes de polvo que un sol anaranjado tea del mismo color de
la niebla que se arrastraba sobre los tejados.

--Pues lo que es uno de estos seores de escoba tampoco creo yo que me d
lo que necesito. Qu hago yo aqu?

Y entonces vio que por una calle estrecha, la de Santiago, suba D.
Benito el Mayor, escribano, hombre delgado y muy pequeo, que vena
soplndose las manos y traa un rollo de papel debajo del brazo
izquierdo. Le llamaban D. Benito el Mayor para distinguirle de don
Benito el Menor, otro escribano, ste muy buen mozo, que se apellidaba
como el Mayor, Garca y Garca. Al pequeo le llamaban el Mayor porque
era el ms antiguo o porque era el ms rico. Prestaba dinero a las
personas distinguidas, no era muy tirano en materia de rditos y plazos,
y su discrecin y sigilo eran proverbiales en la provincia.

En cuanto Bonifacio reconoci al _Mayor_ sinti la sbita alegra que le
proporcionaba siempre la conciencia de una resolucin irrevocable, en l
cosa rara. Este es mi hombre--se dijo--; la Providencia me ha hecho
madrugar hoy; por algo yo he venido a la plaza.

Media hora despus, Reyes reciba trescientos duros en oro, de manos de
D. Benito, en el despacho de este, sin ms testigos que los libros del
protocolo, que siempre haban inspirado a Bonifacio una especie de
terror supersticioso.

D. Benito el Mayor tena la costumbre de coger por las orejas a sus
parroquianos y clientes a poca confianza que tuviera con ellos.

--Vamos a ver--dijo, tentndole el pulpejo de la oreja izquierda a
Bonifacio--; ahora que ya tiene usted esos cuartos, sin ms garanta que
un simple recibo... ahora que no puede usted sospechar que hable por
negarle este insignificante favorcillo, me permite usted que, sin nimo
de ofenderle, me atreva a hacerme cruces, un milln de cruces, viendo al
jefe de la casa Valcrcel venir a pedirme prestados seis mil reales?...

--Yo no soy jefe de la casa Valcrcel.

--Usted es el marido de la nica heredera de Valcrcel... y no hace
cuatro das que yo he otorgado la escritura de venta del famoso molino
de Valdiniello; y usted lo sabe, pues usted ha firmado, como era
necesario, todos los documentos que ha trado aqu D. Juan, su to de
usted....

--Ni D. Juan es mi to....

--Bien, de su seora de usted; de usted por afinidad....

Ni yo he firmado nada, iba a aadir Bonifacio; pero se contuvo
recordando que s haba firmado tal; pero haba firmado sin leer, sin
enterarse, como suceda siempre, y esta humillacin no se la poda
confesar al escribano.

Sin acabar la frase, y sin dar otras explicaciones, sali de all
avergonzado, aturdido, como si acabara de robarle aquel dinero a don
Benito; y se fue derecho al teatro.

El notario, al verle salir as, y _pensando mejor_, se arrepinti de haber
entregado aquellos cuartos a semejante mamarracho. Algo saba D. Benito,
y an algos, del _pito que tocaba_ Reyes en su casa; pero lo que acababa
de or y lo que sospechaba le haca ver con claridad del medioda: y de
resultas de esta clarividencia empez a temer por su dinero. Pero le
tranquiliz enseguida el propsito de exigir serias garantas al to D.
Juan, que, por las seas, era el que mandaba en casa.

A Bonifacio aquel da con las glorias se le fueron las memorias; entreg
cinco mil reales a Mochi, guard los mil restantes con el presentimiento
de no saba qu gastos extraordinarios que tendran que sobrevenir, y se
dej asfixiar moralmente, como l deca luego, por el incienso con que
el tenor le pag, por lo pronto, su generosidad caballeresca.

Por la noche se cantaba el _D. Juan_, cosido a tijeretazos, y todava a
las doce, despus de recibir una ovacin, le duraba el agradecimiento y
el entusiasmo al tenor, que se encerr en su cuarto con su carsimo
Reyes, y en mangas de camisa y con un calzn de punto, de seda color
lila, muy ceido, y en calcetines, apretaba contra su corazn a su
_salvador_, y le llenaba la cara y el pelo de polvos de arroz, sin que ni
uno ni otro se fijaran en estos pormenores.

A las doce y media, a la luz de la luna, en mitad de la plaza del
Teatro, hablaban con el tono de las confidencias misteriosas, ntimas e
interesantes, Serafina, Julio y Bonifacio. Julio juraba que Reyes tena
el alma de artista, que si _le vicende_ hubieran sido otras, sin duda se
hubiera aventurado a vivir del arte y sera a estas horas un msico
ilustre, un compositor, un gran instrumentista, Dios saba....

--_Non  vero_, _mia figlia_?, con quel cuore ch'a questo' uomo... chi
sacosa sarebbe diventato!...

La Gorgheggi deca con entusiasmo contenido:

--_Ma si babbo_, _ma si_!...

Y pisaba con fuerza un pie de Bonifacio que tena debajo del suyo.

--_Babbo_, _figlia_! pensaba el flautista; s, en efecto, el trato de
esta mujer y de este hombre es el filial, es el amor de hija y padre.... El
arte, por modo espiritual, los ha hecho padre e hija.... Y ya estimaba a
Mochi como una especie de suegro artstico... y adulterino!

Aquello era felicidad! l, un pobre provinciano, ex escribiente, un
trapo de fregar en casa de su mujer; el ltimo ciudadano del pueblo ms
atrasado del mundo, estaba all, a las altas horas de la noche,
hablando, en el seno de la mayor intimidad, de las grandes emociones de
la vida artstica, con dos estrellas de la escena, con dos personas que
acababan de recibir sendas ovaciones en las tablas... y ella, la _diva_,
le amaba; s, se lo haba dado a entender de mil modos; y l, el tenor,
le admiraba y le juraba eterno agradecimiento.

A Mochi se le antoj de repente volverse a contadura, donde haba
dejado algn dinero, y como no se fiaba de la cerradura... Id andando,
dijo, y ech a correr. La posada de la Gorgheggi y de Mochi, que era la
misma, estaba lejos; haba que seguir a lo largo todo el paseo de los
lamos para llegar a la tal fonda. Serafina y Bonifacio echaron a andar.
A los tres pasos, en la sombra de una torre, ella se cogi del brazo de
su amigo sin decir palabra. l se dej agarrar, como cuando Emma se
escap con l de casa. La Gorgheggi hablaba de Italia, de la felicidad
que sera vivir con un hombre amado y espiritual, capaz de comprender el
alma de una artista, all, en un rincn de verdura de Lombarda, que
ella conoca y amaba....

Hubo un momento de silencio. Estaban en mitad del paseo de los lamos,
desierto a tales horas. La luna corra, detrs de las nubes tenues que
el viento empujaba.

--Serafina--dijo Bonifacio con voz temblona, pero de un timbre metlico,
de energa, en l completamente nuevo--; Serafina, usted debe de tenerme
por tonto.

--Por qu, Bonifacio?

--Por mil razones.... Pues bien... todo esto... es respeto... es amor. Yo
estoy casado, usted lo sabe... y cada vez que me acerco a usted para
pedirle que... que me corresponda... temo ofenderla, temo que usted no
me entienda. Yo no s hablar; no he sabido nunca; pero estoy loco por
usted; s, loco de verdad... y no quisiera ofenderla. Lo que yo he hecho
por usted... no cre nunca poder atreverme a hacerlo.... Usted no sabe lo
que es, no ha de saberlo nunca, porque me da vergenza decirlo.... Yo soy
muy desgraciado; nadie me ha querido nunca, y yo no le encuentro
sustancia, verdadera sustancia, a nada de este mundo ms que al
cario.... Si me gusta la msica tanto es por eso, porque es suave,
porque me acaricia el alma; y ya le he dicho a usted que su voz de usted
no es como las dems voces; yo no he odo nunca--y va de nuncas--una voz
as; las habr mejores, pero no se metern por el alma ma como esa;
otros dicen que es pastosa... yo no entiendo de pastas de voces; pero
eso de lo pastoso debe de ser lo que yo llamo voz de madre, voz que me
arrulla, que me consuela, que me da esperanza, que me anima, que me
habla de mis recuerdos de la cuna... qu s yo!, qu s yo,
Serafina!... Yo siempre he sido muy aficionado a los recuerdos, a los
ms lejanos, a los de nio; en mis penas, que son muchas, me distraigo
recordando mis primeros aos, y me pongo muy triste; pero mejor, eso
quiero yo; esta tristeza es dulce; yo me acuerdo de cuando me vacunaron;
dir usted que qu tiene eso que ver.... Es verdad; pero ya le he dicho
que yo no s hablar.... En fin, Serafina, yo la adoro a usted, porque,
casado y todo... no deba estarlo. No, juro a Dios que no; nunca me he
rebelado contra la suerte hasta ahora; pero tiene usted la culpa, porque
ha tenido lstima de m y me ha mirado as... y me ha sonredo as... y
me _ha cantado_ as... Ay, si usted viera lo que yo tengo aqu dentro! Yo
haba odo hablar de pasiones; esto es, esto es una pasin... cosa
terrible!, qu ser de m en marchndose usted? Pero, no importa; la
pasin me asusta, me aterra; pero, con todo, no hubiera querido morirme
sin sentir esto, suceda despus lo que quiera. Ay, Serafina de mi alma,
quirame usted por Dios, porque estoy muy solo y muy despreciado en el
mundo y me muero por usted...!

Y no pudo continuar porque las lgrimas y los sollozos le ahogaban.
Estaban casi sin sentido, en pie, en mitad del paseo; deliraba; la luna
y la tiple se le antojaban en aquel momento una misma cosa; por lo
menos, dos cosas ntimamente unidas.... Volvi a creer, como la noche del
primer prstamo, que le faltaban las piernas; _en suma_, se senta muy
mal, necesitaba amparo, mucho cario, un regazo, seguridades
facultativas de que no estaba murindose. Iba a ahogarse de
enternecimiento; esa era la fija, pensaba l.

La Gorgheggi mir en rededor, se asegur de que no haba testigos, le
brillaron los ojos con el fuego de una lujuria espiritual, alambicada,
y, cogiendo entre sus manos finas y muy blancas la cabeza hermosa de
aquel Apolo bonachn y romntico, algo envejecido por los dolores de una
vida prosaica, de tormentos humillantes, le hizo apoyar la frente sobre
el propio seno, contra el cual apret con vehemencia al pobre enamorado;
despus, le busc los labios con los suyos temblorosos....

--_Un baccio_, _un baccio_--murmuraba ella _gritando_ con voz baja,
apasionada. Y entre los sueos de una voluptuosidad ciega y loca, la vea
Bonifacio casi desvanecido; despus no oy ni sinti nada, porque cay
redondo, entre convulsiones.

Cuando volvi en s se encontr tendido en un banco de madera, a su lado
haba tres sombras, tres fantasmas, y del vientre de uno de ellos
brotaba la luz de un sol que le cegaba con sus llamaradas rojizas. El
sol era la linterna del sereno; las dos sombras restantes la Gorgheggi y
Mochi que rociaban el rostro de su amigo con agua del piln de la fuente
vecina....




-VI-


A la maana siguiente, a las ocho, despertaron a Bonifacio dicindole
que deseaba verle un seor sacerdote.

--Un sacerdote a m! Que entre.

Salt de la cama y pas al gabinete contiguo a su alcoba; no puede
decirse a su gabinete, pues era de uso comn a todos los de casa.
Atndose los cordones de la bata salud a un viejecillo que entraba
haciendo reverencias con un sombrero de copa alta muy grande y muy
grasiento. Era un pobre cura de aldea, de la montaa, de aspecto humilde
y aun miserable.

Miraba a un lado y a otro; y, despus de los saludos de ordenanza, pues
en tal materia no mostraban gran originalidad ninguno de los
interlocutores, el clrigo accedi a la invitacin de sentarse,
apoyndose en el borde de una butaca.

--Pues--dijo--, siendo usted efectivamente el legtimo esposo de doa Emma
Valcrcel, heredera nica y universal de D. Diego, que en paz descanse,
no cabe duda que es usted la persona que debe or... lo que, en el
secreto de la confesin... se me ha encargado decirle.... S, seor, a
ella o a su marido, se me ha dicho... y yo... la verdad... prefiero
siempre entenderme con... mis semejantes... masculinos, digmoslo as. A
falta de usted no hubiera vacilado, crame, seor mo, en abocarme, si a
mano viene, con la misma doa Emma Valcrcel, heredera universal y nica
de....

--Pero vamos, seor cura, sepamos de qu se trata--dijo con alguna
impaciencia Bonifacio, que lleno de remordimientos aquella maana,
senta exacerbada su costumbre supersticiosa de temer siempre malas
noticias en las inesperadas y que se anunciaban con misterio.

--Yo exijo... es decir... deseo... no por m, sino por el secreto de la
confesin... lo delicado del mensaje....

El cura no saba cmo concluir; pero miraba a la puerta, que haba
quedado de par en par.

Como su mujer dorma a tales horas, Bonifacio no tuvo inconveniente en
levantarse y cerrar la puerta de la estancia, pues no siendo Emma, nadie
se atrevera a pedirle cuenta de aquellos tapujos.

--Lo que usted quera era esto, verdad?--dijo con aire de triunfo, y como
hombre que manda en su casa y que puede a su antojo tener las puertas de
_su_ gabinete abiertas o cerradas.

--Perfectamente, s, seor, eso; secreto, mucho secreto. De usted para m
nada ms.... Despus usted dar cuenta de lo sucedido a su seora
esposa... o no se la dar; eso all usted... porque yo no me meto en
interioridades.... Al fin usted ser, naturalmente, el administrador de
los bienes de su seora... y aunque yo no s si estos son parafernales o
no... porque no entiendo... y... sobre todo no me importa, y, al fin, el
marido suele administrarlo todo... eso es; tal entiendo que es la
costumbre... y como la ley no se opone....

--Pero, seor cura, repare usted que yo no comprendo una palabra de lo
que usted me dice.... Comience usted por el principio....

Sonri el clrigo y dijo:

--Paciencia, seor mo, paciencia. El principio viene despus. Todo esto
lo digo para tranquilidad de mi conciencia. He consultado al chico de
Bernueces, que es boticario y abogado... sin precisar el caso, por
supuesto... y, la verdad, me decido a entregarle a usted los cuartos sin
escrpulos de conciencia.... S, usted, el marido, es la persona legal y
moralmente determinada, eso es, para recibir esta cantidad....

--Una cantidad!

--S, seor, siete mil reales.

Y el cura meti una mano en el bolsillo interior de su larga y mugrienta
levita de alpaca, y sac de aquella cueva que ola a tabaco, entre migas
de pan y colillas de cigarros, un cucurucho que deba de contener onzas
de oro.

Bonifacio se puso en pie, y sin darse cuenta de lo que haca, alarg la
mano hacia el cucurucho.

El cura se sonri y entreg el paquete sin extraar aquel movimiento
involuntario del marido de la doa Emma, que reciba onzas de oro sin
saber por qu se le daban.

Mas Bonifacio volvi en s y exclam:

--Pero a santo de qu me trae usted... esto?...

--Son siete mil reales....

--Pero de qu? Yo no soy... quien....

Iba a decir que el que all corra con las cuentas de todo era D. Juan
Nepomuceno; pero se contuvo, porque sola darle vergenza que los
extraos conocieran esta abdicacin de sus derechos.

--Esto ser alguna deuda antigua?--dijo por fin.

--No seor... y s seor. Me explicar...

--S, hombre, acabemos.

--Estos siete mil reales... proceden... de una restitucin... s, seor;
una restitucin hecha en el secreto de la confesin... _in articulo
mortis_... La persona que devuelve esos siete mil reales a los herederos,
a la nica y universal heredera de D. Diego Valcrcel, esa persona me
comprende usted?, no quiso irse al otro mundo con el cargo de conciencia
de esa cantidad... que deba... y que no deba... es decir... yo... no
puedo tampoco hablar ms claro... porque... la confesin, ya ve usted,
es una cosa muy delicada....

--S que es--exclam Bonifacio, que se haba puesto muy plido y estaba
pensando en lo que el cura de la montaa ni remotamente poda sospechar.

--Sin embargo, yo... no debo... as, en absoluto... omitir las
circunstancias que explican, en cierto modo, la cosa. Esto, me dije yo a
m mismo, es indispensable para que los herederos, o la heredera, o
quien haga sus veces, admitan sin reparo esta cantidad, con la
conciencia tranquila de quien toma lo que es suyo. Pues, s, seores, de
ustedes es... ya lo creo.... Ver usted; es el caso que... aqu hay que
omitir determinadas indicaciones que no favorecen la memoria de....

--Del difunto.

--De qu difunto?

--Del que restituye....

--No seor; del difunto... de otro difunto. No me tire usted de la
lengua, eso no est bien.

--No, si yo no tiro... Dios me libre! Ello ser que la casa Valcrcel
prest este dinero sin garantas... y ahora....

El cura estaba diciendo que no con la cabeza desde que Bonifacio haba
dicho _casa_.

--No, seor; no fue prstamo, fue donacin _inter vivos_.

--Y entonces?

--Entonces... no me tire usted de la lengua. He dicho ya que la cosa no
era favorable a la memoria del difunto.... X, llammosle X, que en paz
descanse. Bueno, pues no me he explicado bien: es favorable y no es
favorable, porque en rigor... l es inocente, en este caso concreto a lo
menos; y adems, aunque no lo fuera... el que rompe paga... y l quera
pagar... slo que no haba roto... Me explico?

--No, seor; pero no importa. No se moleste usted.

Al cura empezaba a parecerle un majadero el marido de la doa Emma
Valcrcel.

--Usted conoci... trat al difunto.... Don Diego?

--S, seor; como que era mi suegro... quiero decir, mi principal.

--Si estar loco, o ser tonto este seorito?--pens el clrigo.

De repente se le ocurri una idea feliz.

--Oiga usted--exclam--. Ahora se me ocurre explicrselo a usted todo
mediante un smil... y de este modo... eh?, se lo digo... y no se lo
digo, me entiende usted?

--Vamos a ver--dijo Bonifacio, que apenas oa, porque estaba manteniendo
una lucha terrible con su conciencia.

--Figurmonos que usted es cazador... y va y pasa por una heredad ma;
supongamos que soy yo el otro; bueno, pues usted ve dentro de mi heredad
un ciervo, un jabal... lo que usted quiera, una liebre....

--Una liebre--dijo Reyes maquinalmente.

--Va, y pum!...

El fogonazo, remedado con mucha propiedad por el cura, hizo dar un salto
a Bonis, que estaba muy nervioso.

--Dispara usted su escopeta y me...; no, no conviene que sea liebre; es
mejor caza mayor para mi caso; y cae lo que usted cree robezo o
ciervo...; pero no hay tal ciervo ni robezo, sino que ha matado usted
una vaca ma que pastaba tranquilamente en el prado. Qu hace usted? En
mi ejemplo, en mi caso, pagarme la vaca por medio de una donacin inter
vivos... importante siete mil reales. Yo me guardo los siete mil reales
y el chico, digo, la vaca. Pero ahora viene lo mejor, y es que usted no
ha sido el matador. El tiro no dio en el blanco, el tiro de usted se fue
all, por las nubes.... Slo que antes que usted, mucho antes, otro
cazador, escondido, haba disparado tambin... y ese fue el que mat la
res, y se qued con ella y con los siete mil reales de usted. Pasa
tiempo, muere usted, es un decir, y muere tambin el otro; pero antes de
morir se arrepiente de la trampa, y quiere devolver a los herederos de
usted el dinero que, en rigor, no es suyo, aunque usted se lo ha dado....
_inter vivos_. (El cura daba gran importancia a este latn, sin el cual no
crea bien explicada la idea de la donacin.) Eh, qu tal, me ha
comprendido usted?

Ni palabra. Bonifacio no comprendi que se trataba de uno de aquellos
agujeros de honor que D. Diego haba tapado con dinero. En este caso
concreto, como deca el cura, la lesin de honra no exista, o, por lo
menos, no era D. Diego el causante, y se le haba hecho pagar lo que no
deba. La persona que haba lucrado, gracias a la asustadiza conciencia
del jurisconsulto, siempre temeroso del escndalo, restitua a la hora
de la muerte, por miedo del infierno probablemente.

El cura crey suficientes sus explicaciones; y, muy satisfecho del
smil, cuya exposicin le haba hecho sudar, se limpiaba el cogote con
su pauelo verde con rayas blancas, sin cuidarse ya de que aquel
caballero, que pareca tonto, hubiese comprendido o no.... El secreto de
la confesin y la buena memoria de D. Diego no le permitan a l ser ms
largo ni ms explcito.

Habl ms, pero sin nueva sustancia; insisti mucho en que aquello deba
quedar all, y arranc a Bonifacio la palabra de honor de que slo l y
su seora, si l lo crea decente, deban enterarse de lo sucedido.

--Nadie ms. Ya ve usted, es delicado... y los maliciosos, sobre todo
all en el pueblo, si saben que yo vine... y entregu... enseguida caen
en la cuenta. Mucho sigilo pues. Adems, la misma seorita... quiero
decir, la seora de usted, debe saber lo menos posible; podra
cavilar... y las mujeres, sobre todo las casadas, las cazan al vuelo, y
podra comprenderlo todo. Mejor que t, por lo que veo; aadi para
s.

Y sali el seor cura de la montaa satisfecho de s mismo, confiado en
la palabra de honor de aquel seor soso y casi tonto, que, a pesar de
todo, tena cara de honrado y de persona formal.

--Se puede ser fiel a la palabra y tener pocos alcances, se deca el
clrigo bajando la escalera.

A Bonifacio se le haba ocurrido, ante todo, ver en aquello que l
llamaba casualidad la mano de la Providencia. Pero acto continuo aadi
para s: La mano de la providencia... del diablo. Porque lo primero
que pens hacer de aquel dinero que le vena llovido del... infierno,
fue llevrselo a D. Benito el Mayor, para tapar aquel antro horrible de
la deuda, aquel agujero negro, por donde se escapaban las furias del
Averno (estilo Bonifacio), gritndole: Infame, adltero, qu has hecho
de la fortuna de tu mujer?. En vano la razn deca: Ni t has sido
adltero hasta la fecha, a no ser por palabra de presente, ni la fortuna
de tu mujer est comprometida por ese prstamo de seis mil reales, aun
suponiendo que los pagase ella. No importaba; los remordimientos, o,
ms bien el miedo que tena a Emma y a D. Juan Nepomuceno, no le haban
dejado dormir aquella noche. Lo que l llamaba ser adltero quedaba en
segundo lugar; alambicando mucho, a fuerza de sofismas, tal vez
encontrara medio de disculpar a sus propios ojos aquel amor
ilegtimo... pero lo del dinero no admita excusas; l haba pedido seis
mil reales a un prestamista, abusando del crdito de su mujer. Esto era
inicuo... y lo que era peor, muy expuesto a una tragedia domstica. La
imaginacin, _la loca de la casa_, le pona delante el cuadro aterrador:
Emma saltaba de la cama con su gorro de dormir, plida, huesuda,
echando fuego por los ojos y avanzaba en silencio hacia l, estrujando
en la mano temblorosa un recibo que D. Juan Nepomuceno acababa de
entregarle, impasible, como siempre, envuelto en la dignidad de sus
patillas. Lo saba todo! Lo de los cincuenta duros, lo de los seis mil
reales y lo del paseo por la noche... Entre el sereno y Nepomuceno la
haban puesto al cabo de la calle! Qu horror! Adnde puede llegar la
fantasa!, pensaba Bonifacio temblando de pies a cabeza. Por fortuna
aquello no era ms que un cuadro imaginado.... Pero la realidad podra
llegar a parecrsele. Y aquel seor cura se le presentaba con siete mil
reales, que l, Bonifacio, podra gastar en lo que quisiera, sin que
persona nacida lo estorbase ni lo supiese. Es ms, el secreto era all
lo principal. Y cmo guardar el secreto haciendo ingresar aquellos
miles en lo que llamaba D. Juan Nepomuceno la _caja_? Ni el cura ni el que
restitua, honrado penitente, saban que l, Bonis, all no tocaba pito,
ni administraba, a pesar de lo que disponan ciertas leyes recopiladas,
segn le haban asegurado; l, pese a todas las leyes del mundo, no
dispona de un cuarto, y slo serva para firmar como en un barbecho
cuantos papeles le presentaba el de las patillas. Pues bien; siendo as,
cmo incorporar aquel dinero al caudal de su mujer sin que nadie se
enterase? Imposible. Por este lado la conciencia le deca: Haz de tu
capa un sayo. Pero emplear aquellos cuartos en su provecho, no era
robar a su mujer? S y no. No, porque con ellos iba a tapar una brecha
abierta al crdito de la casa Valcrcel. Ya se saba que l no tena un
cuarto, ni de dnde le viniera, y que D. Benito el Mayor haba prestado
findose del capital de Emma; ms era; el mismo Bonifacio reconoca que
en su fuero interno siempre haba pensado en pagar con dinero de su
mujer, aunque le asustaba pensar en el cmo y cundo. Por este lado no
era robar lo que quera hacer. Por otra parte, s era robar; porque....
porque aquello era... un robo, un fraude o como se dijera, pero ello era
robar.

Satisfecho de s mismo hasta cierto punto, en medio de aquella
desolacin moral, contemplaba la rectitud de su alma, que rechazaba
sofismas vanos y gritaba: _robar, robar_!. Lo cual no impidi que Bonis
se lavase y vistiera lo ms de prisa que pudo y saliese de casa sin ser
visto ni odo, con nimo de estar de vuelta antes que Emma despertase.

Estas cosas hay que hacerlas as, iba pensando por la calle. Si vacilo,
si me estoy das y das dndome jaqueca con la idea de que esto es un
crimen... a lo mejor viene el trueno gordo, D. Benito se cansa de
esperar, Nepomuceno se entera del caso y... primero morir; cien veces la
muerte y el infierno. A pagar, a pagar. No quera secreto el seor
cura? Pues ya ver qu secreto. Y soy un ladrn, no cabe duda, un
ladrn.... S, pero ladrn por amor. Esta _frase interior_ tambin le
satisfizo y tranquiliz un poco. Ladrn por amor!. Estaba muy bien
pensado. Lleg al portal de la casa del escribano. Subira? S; en
ltimo caso, si lo que iba a hacer era un verdadero delito, su honradez
heredada, la fuerza de la sangre, limpia de todo crimen, el instinto del
bien obrar, _en suma_, le impediran llevar a cabo lo que intentaba. Se le
trabara la lengua o se le doblaran las piernas, como en recientes
aventuras de otra ndole; si nada de esto le suceda, no deba de haber
tal crimen ni tales alforjas.

D. Benito estaba en pie en medio de su despacho oscuro, de techo bajo;
estaba rodeado de escribientes que trabajaban en vetustos escritorios
forrados de muletn verde. Los libros del protocolo, macizos y graves,
de lomo pardo, estaban all, con la solemnidad misteriosa que tal pavor
supersticioso infunda en el alma romntica y nada jurisperita de Bonis.

El notario se acerc a su amigo el Sr. Reyes y le frot las orejas con
ambas manos como para entrar en calor. Fingimiento inverosmil, pues
estaba la atmsfera que arda, segn el otro.

--Qu hay, perilln? A qu viene usted aqu? A robarme tiempo, eh?
Pues me lo pagar usted en dinero, porque el tiempo es oro. Y se rea D.
Benito, encantado con su propia gracia.

--Sr. Garca, quisiera hablar con usted dos palabras....

Bonifacio hizo un gesto que peda una entrevista a solas.

D. Benito, cogiendo al deudor por las solapas del gabn, le llev tras
de s a un gabinete contiguo, cuyas paredes estaban ocultas tambin por
estantes, continuacin del protocolo. All estaban los libros de siglos
pasados. Dios mo, pensaba sin querer Bonis, bien antiguos son estos
los del papel sellado y las triquiuelas de los escribanos!. Sin saber
por qu, se acord de haber odo describir las bodegas de Jerez y las
soleras de fecha remota, que ostentaban en la panza su antigedad
sagrada. Qu diferencia, pens, entre aquello y esto!.

D. Benito le volvi a la realidad.

--Vamos a ver, seor mo, desembuche usted....

     Solos estamos los dos,
      solos delante del cielo....

Je, je!...

El notario, despus de declamar aquellos dos versos de una comedia de
aficionados, muchas veces representada en el pueblo porque era de
_hombres solos_, dio una palmadita en el vientre a Reyes; y de pronto se
qued muy serio, muy serio, sin decir palabra, como dando a entender:
Soy todo odos; basta de chistes; aqu tiene usted al representante de
la fe pblica, o al prestamista sin entraas, lo que usted quiera.

--Sr. Garca, vengo a pagar a usted aquel piquillo....

--Qu piquillo?

--Los seis mil reales que usted tuvo la amabilidad....

--Qu amabilidad?, quiero decir, qu seis mil reales?... Usted no me
debe nada.

--Qu bromista es usted!--dijo Bonis, que ms estaba para recibir los
Santos Sacramentos que para chistes.

Y se dej caer en una silla y empez a contar onzas sobre una mesa.

Aquel dinero le quemaba los dedos, pensaba l, o deba quemrselos. La
verdad era que la operacin material de contar el dinero la hizo con
bastante tranquilidad, muy atento slo a no equivocarse, como sola;
porque el reducir aquello a miles de reales, le pareca clculo superior
a sus fuerzas ordinarias.

D. Benito le dejaba hacer, estupefacto, o tal vez por el gusto de
_amateur_. Era indudable que el espectculo del oro le quitaba siempre la
gana de bromear. Fuese por lo que fuese, la presencia del dinero siempre
era cosa muy seria.

--Aqu estn los seis mil; cmbieme usted esta....

--Pero...--a D. Benito se le atragant algo muy serio tambin--; pero....
qu est usted haciendo ah, criatura?... No le digo... a usted que....
ya no me debe nada?

--Sr. Garca... celebrara estar de buen humor para poder segurselo a
usted....

--Seor diablo!, le digo a usted que ayer mismo _me he reintegrado_ de esa
cantidad insignificante.

--Ayer?... usted... quin?...

Lo que tena atravesado en la garganta el escribano haba saltado sin
duda al gaznate de Reyes, porque el infeliz se atragant tambin.

--A ver, D. Benito, explquese usted... por los clavos de Cristo!...

--Muy sencillo, amigo mo. Ayer de tarde, en el Casino, D. Juan
Nepomuceno, su to de usted....

--No es mi to....

--Bueno... su....

--Bien, adelante; el to... qu?

--Pero hijo, qu le pasa a usted? Est usted palidsimo, le va a dar
algo, ser el calor? Abrir aqu...

--No abra usted... hable, hable; el to... qu?

--Pues nada; que hablando de negocios, vinimos a parar en las
probabilidades del resultado de esa industria que van a montar ustedes
con el dinero de las ltimas enajenaciones.

--Una industria? Que vamos a montar... nosotros?...

--S, hombre, la fbrica de productos qumicos.

--Ah!, s, bien; y qu?

Bonifacio haba odo en casa, a los parientes de su mujer, algo de
productos qumicos, pero no saba nada concreto.

--Al grano!--dijo ms muerto que vivo.

--Yo... con la mayor inocencia del mundo, le pregunt a su seor....
pariente si el dinero que usted acababa de tomar, honrndome con su
confianza, era para los gastos primeros... para algn ensayo; para
muestras de... qu s yo...; en fin, que se me haba metido en la cabeza
que era para la fbrica. D. Juan... me mir con aquellos ojazos que
usted sabe que tiene. Tard en contestarme; not eso, que tardaba en
hablar. En fin, encogiendo los hombros, me dijo: S, efectivamente,
para gastos preliminares, de preparacin... pero tengo orden, ahora que
me acuerdo, de pagar a usted inmediatamente ese dinero. Yo, la verdad,
extraaba que haciendo tan pocas horas que usted haba recogido los
cuartos... pero a m, quin me meta en averiguaciones?, no es eso? En
fin, que nos citamos para esta su casa a las diez de la noche, y a las
diez y cuarto estaba aqu D. Juan Nepomuceno con seis mil reales en
plata. Esta es la historia.

Aquella era la historia!, pens Reyes desde el abismo de su postracin.
Estaba aturdido, se senta aniquilado. El to lo saba todo... y haba
pagado! Y Emma? Al acordarse de su mujer experiment aquella ausencia
de las piernas, sensacin insoportable que nunca faltaba en los grandes
apuros.

Callaban los dos. El notario comprendi que all haba gato encerrado;
algn misterio de familia, pensaba l. Pero como haba cobrado su
dinero, de lo que estaba muy contento, como se haba _reintegrado_, saba
contener su curiosidad, que dejaba paso a la ms exquisita prudencia.
All ellos, se deca, y segua callando.

Rompi el silencio Bonis, diciendo con voz sepulcral:

--Si usted hiciera el favor de mandar que me sirvieran un vaso de agua.

--Con mil amores.

Una maritornes sucia y muy gorda present el agua con un panal de azcar
cruzado sobre el vaso.

--Gracias; sin azcar. Nunca tomo azcar en el agua. Gracias.

Esto lo deca Bonis con los ojos estpidos clavados en el rostro risueo
y soez de la moza; lo deca con una voz y un tono como los que emplean
los cmicos al despedirse del pcaro mundo al final de un tercer acto,
cuando estn con el alma en la boca y un pual en las entraas.

El agua le calm y dio cierta fuerza. Pudo levantarse y despedirse. No
pens en dar explicaciones ni disculpas. Su silencio era muy ridculo,
es claro. Qu estara pensando aquel seor? Lo menos, que l estaba
loco. Bien, y qu? Valiente cosa le importaba en aquel momento a Bonis
que se riera de l el mundo entero. Nepomuceno haba pagado los seis
mil reales! Esto, esto era lo terrible. Volvera a casa? Se escapara?

Vindole tan conmovido, D. Benito, el Mayor, no quiso hablar una palabra
ms sobre el asunto misterioso; sin tirarle de las orejas ni andarse con
cuchufletas, le despidi muy serio, con rostro compungido como
acompandole en una desgracia tan respetable cuanto desconocida para
l; y despus de conducirle hasta el primer tramo de la escalera, se
volvi a su despacho. Slo entonces se le ocurri esta diablica idea:

--Aqu hay gato, es claro; a m no me importa; pero si... es una
hiptesis, si hubiera podido haber un medio... as... verosmil....
legal... de... de cobrar yo mis seis mil reales, al to primero, y
despus otros seis mil al sobrino.... Disparate, absurdo; corriente; pero
hubiera tenido gracia.

Y dando un pattico suspiro, se frot las manos; y renunciando al ideal
de cobrar dos veces, no pens ms en aquello y volvi a sus negocios.

En cuanto a Reyes, al llegar al portal, donde trabajaba y coma un
zapatero de viejo, tuvo varias ideas y un desmayo. Las ideas fueron las
siguientes: Ese farsante de ah arriba me ha engaado, he debido tener
valor para acogotarle, o, por lo menos, para decirle cuntas son cinco.
Miente como un bellaco; el to Nepomuceno ha pagado porque este traidor
no se fiaba de m; me conoci en la cara que yo no poda sacar de
ninguna parte seis mil reales y se fue al otro... y cant... Verdad es
que yo no le haba encargado el secreto. Pero se supona que lo
necesitaba; deba de conocrseme en la cara; y a l acud por su fama de
discreto, de hombre de mucho sigilo.... Voy a volver arriba a matarle,
exprofeso....

Y cuando pensaba en esto, fue cuando sinti absoluta necesidad de
dejarse caer. Cay sentado en el portal y se le fue la cabeza. El
zapatero acudi en su auxilio. Cuando volvi en s Reyes, sinti, como
la noche anterior, que le regaban la cara con agua fresca. Y medio
delirando, dijo:

--Gracias... sola, sin azcar.




-VII-


Dio expresivas muestras de gratitud al zapatero, que se ofreci a
acompaarle a su casa y sali, sacando fuerzas de flaqueza, a paso
largo, sin saber adnde iba. Yo deba tirarme al ro, se dijo. Pero
enseguida reflexion que ni por aquella ciudad pasaba ro alguno, ni l
tena vocacin de suicida. Pas junto al caf de la Oliva, donde sola
tomar Jerez con bizcochos algunos domingos, al volver de misa mayor, y
el deseo de un albergue amigo le penetr el alma. Entr, subi al primer
piso, que era donde se serva a los parroquianos. Se sent en un rincn
oscuro. No haba consumidores. El mozo de aquella sala, que estaba
afinando una guitarra, dej el instrumento, limpi la mesa de Reyes y le
pregunt si quera el Jerez y los bizcochos.

--Qu bizcochos!, no, amigo mo. _Botillera_, eso tomara yo de buena
gana. Tengo el gaznate hecho brasas....

El mozo sonri compadeciendo la ignorancia del seorito. _Botillera_ a
aquellas horas!

--Ya ve usted... _botillera_ a estas horas....

--Es verdad... es un... anacronismo. Adems, el helado por la maana hace
dao. Treme un vaso de agua... y chale un poco de zarzaparrilla.

Debe advertirse que Bonifacio y el mozo, al hablar de _botillera_,
estaban pensando en el helado de fresa que all, en el caf de la Oliva,
se haca mejor que en el cielo, en opinin de todo el pueblo.

Servido Reyes, el mozo volvi a su guitarra, y despus de templarla a su
gusto, la emprendi con la marcha fnebre de Luis XVI.

Al principio Bonis saboreaba la zarzaparrilla inocente sin or siquiera
la msica. Pero la vocacin es la vocacin. Al poco rato su espritu se
fue identificando con la guitarra. La guitarra, para Bonis, era a los
instrumentos de msica lo que el gato a los animales domsticos.... El
gato era el amigo ms discreto, ms dulce, ms perezosamente mimoso....
la guitarra le acariciaba el alma con la suavidad de la piel de gato,
que se deja rascar el lomo.

Las trompetas y tambores que imitaban las cuerdas, ya tirantes, ya
flojas, le hicieron a Reyes _ponerse en el caso_ del rey mrtir; y se
acord de la frase del confesor: Nieto de San Luis, sube al cielo. Lo
haba ledo en Thiers en la traduccin de Miano. Muy a su placer se
sinti enternecido. Saba l que slo el sentimentalismo poda darle la
energa suficiente, o poco menos, para afrontar su terrible situacin
cara a cara con _todos los suyos_, o, mejor dicho, _todos los de su mujer_.

S, era preciso armarse de valor, ir al suplicio con el espritu firme
del desgraciado rey mrtir. Para l era el suplicio la presencia de Emma
y de Nepomuceno.

El guitarrista dej a Luis XVI en el panten, y salt a la jota
aragonesa.

Se lo agradeci Bonis, porque aquello edificaba; era el himno del valor
patrio. Pues bien, lo tendra, no patrio, sino cvico... o familiar... o
como fuese; tendra valor. Por qu no? Es ms, pens que su pasin, su
gran pasin, era tan respetable y digna de defensa como la independencia
de los pueblos. Morira al pie del can, a los pies de su tiple, sobre
los escombros de su pasin, de su Zaragoza....

--No disparatemos, seamos positivos--se dijo.

Y se llev las manos a los bolsillos con gesto de impaciente
incertidumbre... Si habra dejado aquellas onzas en casa del infame?...
No... estaban all, en el bolsillo interior del gabn... lo que era el
instinto! No recordaba cmo ni cundo las haba recogido y envuelto otra
vez en su cucurucho.

Despus que palp su tesoro, empez a sentirlo por el peso, peso que le
oprima dulcemente el pecho. Daba el dinero, aunque pareciera mentira a
un ser tan romntico, daba cierto calorcillo suave. Siete mil reales!
se deca; y experimentaba consuelo en sus tribulaciones; y sobre todo le
animaba la conciencia de un _valor cvico_ que naca de la presin de
aquellas onzas... Oh! Es indudable lo que dice el catedrtico de
economa y geografa mercantil en la tienda de Cascos: La riqueza es
una garanta de la independencia de las naciones. Si estos siete mil
reales fueran mos, yo afrontara con menos miedo mi terrible situacin.
Huira al extranjero; s, seor, me escapara... Y si ella me
acompaaba! Oh!... Qu felicidad!... Juntos... en aquel rincn de
Toscana o de Lombarda que ella conoce. Pero ay!, siete mil reales eran
muy pequea cantidad para compartirla con una dulce compaera. En
realidad, qu pobre haba sido l toda la vida! Haba vivido de
limosna... y quera ser amante de una gran artista llena de necesidades
de lujo y de fantasa... Miserable!... Se puso colorado recordando
ciertas reticencias maliciosas y alusiones tan embozadas como venenosas
de sus amigos envidiosos. El da anterior, el lechuguino, que en vano
haba querido conquistar a la Gorgheggi, haba dicho en la tienda de
Cascos:

--Estos seores creen que usted se entiende con la tiple, Sr. Reyes; pero
yo defiendo la virtud de usted... y le ayudo en su campaa para desarmar
la calumnia. Y mi argumento es este: El Sr. Reyes sabe que una mujer de
estas es muy cara, y l no ha de querer arruinarse y arruinar a su mujer
por una cmica. Y sin regalos, y de los caros, es ridculo obsequiar a
una artista de tales pretensiones. Es usted demasiado discreto.

La verdad era que si hasta la fecha no haba necesitado ms dinero que
el prestado a Mochi, en adelante, si aquellas _relaciones se
formalizaban_... S, era indispensable disponer de cuatro cuartos. Por
muy desinteresada que se quisiera suponer a Serafina, y l la supona
todo lo desinteresada que puede ser la mujer ideal (el _bello ideal_), era
indudable que si seguan tratndose y creca la intimidad, llegaran
ocasiones en que alguno de los dos tendra que pagar algo, hacer algunos
gastos... y el ideal no llegaba al punto de exigir que pagase la mujer.
No, tendra que pagar l. Pero con qu? Con el dinero que tena en el
bolsillo. Esto le dijo la _voz de la tentacin_, pero la voz de la
honradez, antiptica por cierto, contest: Ese dinero no es tuyo!. La
guitarra, que segua hablando al alma de Bonis, se inclinaba al partido
de la tentacin. La msica le daba energa y la energa le sugera ideas
de rebelin, deseo ardiente de emanciparse... De qu? De quin? De
todo, de todos; de su mujer, de Nepomuceno, de la _moral corriente_, s,
de cuanto pudiera ser obstculo a su pasin. l tena una pasin, esto
era evidente. Luego no era rana, por lo menos _tan rana_ como aos
seguidos haba pensado.

Sali del caf en un arranque de actividad que le sugiri tambin la
energa reciente, y tom el camino de su casa dispuesto a afrontar la
situacin y a no soltar los cuartos por lo pronto. Es claro que l
acabara por hacer ingresar aquellos siete mil reales _en caja_; pero,
cundo? No corra prisa.

Como en la calle ya no oa la guitarra del mozo del caf, se le empez a
aflojar el nimo, y sin darse clara cuenta de sus pasos, en vez de
entrar en su casa se encontr en el vestbulo del teatro. Era hora de
ensayo. All estara Serafina de fijo. Tampoco le desagrad aquel cambio
instintivo de rumbo. Era otra prueba de que estaba muy enamorado.
Siempre haba ledo que los buenos amantes, en casos anlogos, hacan lo
que l, seguir el misterioso imn del amor. Oh!, y lo que l necesitaba
era estar bien seguro de que experimentaba una pasin _fatal_, invencible.
Averiguado esto, todas las consecuencias, fatales tambin, las reputaba
legtimas.

Ocho das despus Bonis no se conoca a s mismo, y se alegraba: es ms,
ni pensaba en conocerse.

Serafina era suya, y l, por supuesto, era de Serafina, hasta donde
poda serlo aquel msero esclavo de su mujer. Caricias como las de la
italiana-inglesa, Reyes ni las haba soado. Nunca cre que el _placer
fsico_ pudiera llegar tan all!, se deca saboreando a solas, rumiando,
las delicias inauditas de aquellos amores de _artista_. S, ella se lo
haba asegurado, el amor de los artistas era as, extremoso, loco en la
voluptuosidad; pasaba por una dulcsima pendiente del arrobamiento
ideal, cuasi mstico, a la sensualidad desenfrenada....

En fin, l vea visiones; pero qu hermosas, qu sabrosas! Tena que
confesar que la parte _animal_, la bestia, el bruto, estaba en l mucho
ms desarrollado de lo que haba credo. No pensara Bonis que el
inofensivo flautista que ola a aceite de almendras, tena dentro de s
aquel turcazo voluptuoso que se dejaba querer al estilo
artstico-oriental tan ricamente. Y, sin embargo, el alma, el espritu
puro, velaba, s, velaba!, y Serafina era la primera en mantener aquel
fuego sagrado de la poesa. Besos con msica! El que no sabe lo que es
esto no sabe lo que es bueno. Niego que haya moralista con derecho a
reprenderme por mi pasin, si el tal nunca ha gustado esta delicia,
besos con msica!.... Pero el mayor encanto, el xtasis de la dicha,
estaba en otra parte; en la ntima alegra del orgullo satisfecho.

--Serafina me ama, me ama; estoy seguro; llora de placer en mis brazos,
no hay fingimiento, no; en la escena no sabe hacerlo tan bien; me quiere
de veras, le gusto, le gusto como _fsico_ y como moral, digmoslo as.

Y dnde cabra mayor gloria que gustarle a ella, a la mujer _soada_, a
la que l amaba como amante y madre y musa en una pieza?

Lo cierto era que la Gorgheggi, corrompida en muy temprana juventud por
Mochi, su maestro y protector, se vengaba de su tirano y de la pcara
suerte, y no saba de quin ms, arrojndose a la mayor torpeza, al
desenfreno loco en los amores temporeros que su infame corruptor y
amante insinuaba, favoreca y explotaba.

Mochi haba seducido a su discpula para dominarla; mucho tiempo crey
tener en ella una gloria futura y una renta de muchos miles de liras,
que pronto se empezaran a cobrar. La corrompi para unirla a su suerte;
despus, cuando el desencanto lleg, las fras lecciones de la realidad
le hicieron ver que se haba equivocado, que a su hermosa discpula la
faltaba algo y la faltara siempre para llegar a verdadera estrella....
le faltaba la voz y la flexibilidad suficiente de garganta. Tena mucho
gusto, senta infinito, en el timbre haba una extraa pastosidad
voluptuosa, que era lo que llamaba Bonis voz de madre; s, hablaba aquel
timbre de salud, de honradez, de discrecin femenina, de dulzura
domstica; pero... era poca voz para los grandes teatros. Y, adems, se
mova poco la garganta: como una virgen demasiado gruesa se parece a una
matrona, la voz de la Gorgheggi tena, siendo ella an muy joven, un
_enbonpoint_, deca Mochi, que la quitaba la agilidad, la esbeltez.... En
fin, ello era que, a pesar de estar l seguro de que all haba un
corazn y un talento de gran artista y un timbre originalsimo,
seductor... no tenamos verdadera estrella de primera magnitud. Esta
conviccin que adquiri antes Mochi, lleg al cabo a la conciencia de
Serafina; mas fue el secreto mutuo, si vale decirlo as, de que jams se
hablaba. Fue la tristeza comn quien los uni ms que su trato amoroso y
sus intereses; pero fue tambin el origen y causa permanente de ocultos
rencores, de humillaciones viles. Mochi, por amor propio, por vanidad de
hombre de negocios, no quiso dar su brazo a torcer, confesarse que se
haba equivocado unindose a Serafina para explotarla. No era una gran
artista? Pues era mediana, y era adems una mujer muy hermosa, y, ms
que hermosa, seductora. Pensando, como en una prueba de habilidad, en
que no se haba casado con ella, en que poda separarse de su _negocio_ en
cuanto fuese gravoso, se atrevi a comerciar con su hermosura y l mismo
le puso delante la tentacin. Serafina, la primera vez que cay en ella,
cay, como tantas otras, seducida por la vanidad, por la lujuria
exaltada de la mujer de teatro, por el inters: su primer amante, a
quien quiso un poco, de quien estuvo muy orgullosa, fue un General
francs, Duque, millonario. La venganza que Mochi se reserv para hacer
pagar a su discpula la infidelidad espontnea, que l mismo haba
provocado, pero que le dola, fue dejarla ver que l lo saba todo y que
el Duque era su mejor amigo y protector. Los regalos que Serafina
ocultaba no eran la mitad del provecho que de tales relaciones haba
sacado la compaa. Siempre sereno, siempre risueo, feroz y cruel en el
fondo, Mochi hizo comprender a su amiga que aquella tolerancia del
maestro continuara, y que era indispensable para tener nivelados los
presupuestos de la sociedad. Lo que no haca falta era explicarse
directamente; lo que all hubiera sido repugnante, segn el tenor, era
un pacto explcito; no haca falta. Adems, l continuaba siendo amante
de su discpula, y por rachas le entraba un verdadero amor a que ella
deba corresponder, o fingirlo a lo menos. Pero lo principal era lo
principal, y cuando se presentaba un partido, Mochi se reduca al papel
de marido que no sabe nada; esto ante Serafina; ante el nuevo galn no
era ni ms ni menos que para el pblico, el maestro, _il babbo_ adoptivo.

El segundo devaneo de Serafina, en Miln, ya no fue espontneo. Acept
como aceptaba una contrata en un teatro, porque lo exiga el _otro_,
Mochi. Tambin ella crea de _buen gusto_ guardar las formas; haca como
que engaaba a su amante y director artstico. Y algo le engaaba,
porque, vengndose a su vez de aquel miserable comercio a que se la
condenaba, daba a entender a Mochi que slo por inters y obediencia
aceptaba los galanteos provechosos, y que en el fondo slo a su maestro
quera.

Mochi crea algo de esto. S, ella me quiere ya; y me quiere a m slo:
si no fuera as, se escapara; con los dems finge por inters y por
obedecerme.

Lo cierto era que la Gorgheggi no amaba a su tirano y le haba sido
infiel de todo corazn desde la primera vez; pero al verse vendida, le
doli el orgullo; crea que Mochi estaba loco por ella, y cuando
advirti que era cmplice de sus extravos, lo cual demostraba que no
haba tal pasin por parte del tenor, se sinti ms sola en el mundo,
ms desgraciada, y experiment el despecho de la mujer coqueta que, sin
querer ella, desea que la adoren. Aquel comercio infame la dola ms que
la repugnaba; en su vida de teatro, en la que entr ya seducida,
enamorada del vicio, no haba tenido ocasin de adquirir nociones de
dignidad ni de amor puro; aquella mezcla del amor y el inters le
pareca slo producto de su oficio; que la hermosura tena que ser el
complemento del arte para ganar la vida, lo admita, sobre todo desde
que ella misma estuvo convencida de que jams llegara a ser _prima donna
assolutissima_ en los grandes teatros.

Pero lo que lastimaba lo que llamaba ella su corazn, era la complicidad
de Mochi. Yo hubiera hecho lo mismo sola y l hubiera conservado mi
respeto y mi amistad y mis caricias cuando las quisiera, y el provecho
de estas infidelidades mas tambin se habra repartido. Qu falta
haca que l se mezclase en esto? No me dice nada, pero me empuja, me
echa en brazos de los que debiera considerar como rivales....

Y esto era lo que ella quera que l pagase. Cmo? Supona la Gorgheggi
que aunque l no estuviera ya enamorado, se crea querido todava; y
engaarle, arrojarse con ardor al vicio, al amor lucrativo; remachar los
besos que venda, era su venganza.

Eso haca, sin darse cuenta de que tomaba parte en aquellos furores de
lubricidad con aires de pasin, la lascivia, la corrupcin de su
temperamento fuerte, extremoso y de un vigor insano en los extravos
voluptuosos. Se entregaba a sus amantes con una desfachatez ardiente
que, despus, pronto, se transformaba en iniciativa de bacanal, es ms,
en un furor infernal que inventaba delirios de fiebre, sueos del hachs
realizados entre las brumas caliginosas de las horribles horas de
arrebato enfermizo, casi epilptico.

Cuando su cuerpo macizo y bien torneado, suave y palpitante, cay en los
brazos de Bonifacio Reyes, ya estaba ella un poco cansada de aquella
campaa terrible de _su venganza_, pero todava sus arrebatos erticos
eran manjar muy superior al estmago empobrecido por tibias aguas
cocidas del msero escribiente de D. Diego.

l estaba pasmado, adems de vivir en perpetua embriaguez, casi en
alucinacin constante. Crea sentir aquellas caricias sin nombre (l a
lo menos no saba cmo llamarlas), a todas horas, en todas partes; se le
figuraba estar bandose todo el da en los besos de Serafina; la vea,
la oa, la ola, la palpaba en todas partes, hasta en el cuarto de Emma,
entre las medicinas y mal olientes intimidades de la esposa enferma y
poco limpia. Le extraaba a veces que su mujer no conociese que la otra
estaba all, entre los dos, ms cerca de l que ella misma.

Qu mujer!--pensaba el infeliz a cualquier hora, en cualquier parte--.
Quin haba de imaginar que haba mujeres as! Oh!... todo esto es el
arte... slo una artista puede querer en esta forma tan....
deliciosamente exagerada.

Lo que ms picante le pareca, lo que vena a remachar el clavo de la
felicidad, era el contraste de Serafina, quieta, cansada y meditabunda,
con Serafina en el xtasis amoroso: esta mujer, toda fuego, que asustaba
con sus gritos y sus gestos de furiosa de amor; que hablaba, mientras
acariciaba, con una voz ronca, gutural, que pareca salir de la faringe
sin pasar por la boca, y que deca cosas tan extraas, palabras que,
aunque pareciera mentira, an eran excitantes en medio de los hechos ms
extremosos de la pasin; esta mujer, diablo de amor, cuando el cansancio
material irremediable sobrevena y llegaban los momentos de calma
silenciosa, de reposo inerte, tomaba aire, contornos, posturas, gestos,
hasta ambiente de dulce madre joven que se duerme al lado de la cuna de
un hijo. Las ltimas caricias de aquellas horas de transportes bquicos,
las caricias que ella haca soolienta, parecan arrullos inocentes del
cario santo, suave, que une al que engendra con el engendrado. Entonces
_la diabla_ se converta en la mujer de la voz de _madre_, y las lgrimas
de voluptuosidad de Bonis dejaban la corriente a otras de enternecimiento
anafrodtico; se le llenaba el espritu de recuerdos de la niez, de
nostalgias del regazo materno.

Cuando, al separarse, ella recompona su tocado, con ademn tranquilo,
familiar, echaba a la cabeza, en posturas de estatua, sus brazos de
Juno, sonrea con reposada placidez, dejando los rizos de la sonrisa
rodar en su boca y sus mejillas, como la onda amplia de curva suave y
graciosa del mar que se encalma; pensaba, mirando el rostro plido del
aturdido amante, ms muerto que vivo a fuerza de emociones, pensaba en
Mochi y se deca:

--Si le dijeran a ese miserable lo dichoso que acaba de ser este pobre
diablo! Todo, todo por venganza. l cree que este infeliz tiene que
contentarse con desabridas caricias; no sospecha que le estoy matando de
placer y que va a morir entre delicias!

Bonis tambin crea que aquella vida no era para llegar a viejo; pero, a
pesar de cierto vago temor a ponerse tsico, estaba muy satisfecho de
sus hazaas. Se comparaba con los hroes de las novelas que lea al
acostarse, y en el cuarto de su mujer, mientras velaba; y vea con gran
orgullo que ya poda hombrearse con los autores que inventaban aquellas
maravillas. Siempre haba envidiado a los seres _privilegiados_ que, amn
de tener una ardiente imaginacin, como l la tena, saben expresar _sus
ideas_, trasladar al papel todos aquellos sueos en palabras propias,
pintorescas y en intrigas bien hilvanadas e interesantes. Pues ahora, ya
que no saba escribir novelas, saba hacerlas, y su existencia era tan
novelesca como la primera. Y buenos sudores le costaba, porque haba
ratos en que su apurada situacin econmica, sus remordimientos y sus
miedos sobre todo, le ponan al borde de lo que l crea ser la locura.
No importaba; la mayor parte del tiempo estaba satisfecho de s mismo.
Aquella ausencia de facultades expresivas, que segn l era lo nico que
le faltaba para ser un artista, estaba compensada ahora por la _realidad
de los hechos_; se senta hroe de novela; no haba sabido nunca dar
expresin a lo que era capaz de sentir; mas ahora l mismo, todos sus
actos y aventuras, eran la viva encarnacin de las ms recnditas y
atrevidas imaginaciones. Y si no, se deca, no haba ms que repasar su
existencia, fijarse en los contrastes que ofreca, en los riesgos a que
le arrastraba su pasin y en la calidad y cantidad de esta. Emma, cada
da ms aprensiva y ms irascible, exigente y caprichosa, haba llegado
a complicar el tratamiento de sus enfermedades reales e imaginarias
hasta el punto de que, el mismo Bonifacio, a pesar de su gran retentiva
y experiencia, haba necesitado recurrir a un libro de memorias en que
apuntaba las medicinas, cantidades de las tomas y horas de
administrarlas, con otros muchos pormenores de su incumbencia. Como la
enferma no estaba muy segura de padecer todos los males de que se
quejaba, temerosa muchas veces de que las pcimas recetadas no fuesen
necesarias dentro del estmago y acaso s perjudiciales, prefera por
regla general el _uso externo_, con lo cual se aumentaban las fatigas del
cnyuge curandero, porque todo se volva untar y frotar el cuerpo
delgaducho y quebradizo, quejumbroso y desvencijado, de su media naranja
o medio limn, como l la llamaba para sus adentros; porque los
desahogos de Bonis eran de uso interno, al contrario de lo que suceda
con las medicinas de su mujer. Pulgada a pulgada crea conocer el
antiguo escribiente la superficie de aquel asendereado cuerpo de su
mujer, donde l daba friegas con fuerza y con delicadeza a un tiempo,
segn lo exiga la paciente, esparca ungento con justicia
distributiva, amoroso tacto, pulcritud y suavidad; as como en la regin
del pecho, y en la espalda y sobre el hgado haba pasado un pincel
impregnado de yodo. Antojbasele aquel msero conjunto de huesos y
pellejo y de importunas turgencias, edificio ruinoso que el dueo
defiende contra la piqueta municipal a fuerza de revoques de cal y manos
de pintura y recomposicin de tejas. Ay!, en vano la retejo, y la
unto, y la froto, y la pinto; esta mujer ma hace agua por todas partes,
y el viento de la ira entra en ella por mil agujeros; esta destartalada
mquina, intil para m, en cuanto legtimo esposo, sirve slo, y
servir tal vez muchos aos, para albergue del espritu sutil de la
discordia y de la contradiccin: poca materia necesita el ngel malo
para encaramarse en ella como un buitre en una horca, un bho en un
torren escueto y abandonado, y desde su miserable guarida hacerme cruda
guerra.

Lo cierto era que Bonis exageraba, lo mismo que en el lenguaje, en los
achaques de su mujer. Emma, que haba estado en peligro de muerte meses
antes, poco a poco se repona, y la nueva energa que iba adquiriendo
emplebala en inventar ms exigencias, ms achaques y en procurarse
unturas que no la comprometan a estar enferma de verdad, y en cambio
haban llegado a ser para ella una segunda naturaleza; no se senta bien
sin grasa alrededor del cuerpo, sin algodn en rama aplicado a cualquier
miembro; y en cuanto al resquemillo del yodo y a las cosquillas del
pincel, haban llegado a ser uno de sus mejores entretenimientos. Todo
ello serva para multiplicar los trabajos de Reyes, su responsabilidad y
alarde de paciencia. Aquella resignacin de su marido lleg a ser tan
extremada, que a Emma acab por parecerle cosa sobrenatural y diole mala
espina. No saba por qu le ola mal aquella sumisin absoluta; tiempo
atrs, antes de sufrir las ltimas humillaciones, protestaba tmidamente
por medio de observaciones respetuosas; pero ahora, ni eso: callaba y
untaba. A un insulto, a una provocacin, responda con una obra de
caridad de las que inmortalizaban a un santo; all haca falta, no slo
el sacrificio del corazn, sino el del estmago, pues todo se
sacrificaba. Bonis no tena ni amor propio ni nuseas; el olfato pareca
haber desaparecido con el sentimiento de la propia dignidad. Qu era
aquello? Lo que antes era para la esposa autocrtica la nica gracia de
su marido, ahora comenzaba a convertirse en motivo de sospechas, de
cavilaciones. Por qu calla tanto? Por qu obedece tan ciegamente? Es
que me desprecia? Es que encuentra compensacin en otra parte a estos
malos ratos? Un da Emma, a gatas sobre su lecho, se recreaba sintiendo
pasar la mano suave y solcita de su marido sobre la espalda untada y
frotada, como si se tratase de restaurar aquel torso miserable sacndole
barniz. Ms, ms!, gritaba ella, frunciendo las cejas y apretando los
labios, gozando, aunque finga dolores, una extraa voluptuosidad que
ella sola poda comprender.

Bonis, sudando gotas como puos, frotaba, frotaba incansable, con una
sonrisa poco menos que serfica clavada en el apacible rostro: sus ojos,
azules y claros, muy abiertos, sonrean tambin a dulces imgenes y a
deleitosos recuerdos. En vano Emma refunfuaba, se quejaba, le increpaba
y con palabras crueles le ofenda; no la oa siquiera; cumpla su deber
y andando.

Volvi ella la cabeza hacia arriba, y al ver la expresin de beatitud de
aquella cara, quedose pasmada ante semejante alarde de paciencia y
humildad absoluta.

--A este algo le pasa, algo muy raro.... Parece ms tonto que de
costumbre, y al mismo tiempo en esa cara hay una expresin que yo no he
visto nunca.

--Sabes que andas distrado, joven?

Aquel joven era la tremenda irona de la mujer que, vindose mustia y
enfermiza, recordaba al tierno esposo que l envejeca, gracias, no slo
a los aos, sino tambin a los disgustos de aquella servidumbre
conyugal.

El joven no contestaba cosa de sustancia y entonces ella le miraba de
hito en hito, y daba vueltas alrededor de l, para ver si por algn lado
estaba abierto y se le vea el secreto que deba de tener entre pecho y
espalda. Despus le olfateaba. Le daba el corazn que por el olfato
haban de empezar los descubrimientos... A qu ola aquel hombre? Ola
a ella, a los ungentos con que la frotaba, al espliego y alcanfor de su
jurisdiccin ordinaria. Habr que olerle cuando venga de fuera, de la
calle. Y le despach, como casi siempre, con cajas destempladas.

Emma dorma mucho, y aun despierta tena necesidad de estar
completamente sola muchas horas, porque adems de las intimidades a que
poda y deba asistir Bonifacio, haba otras ms recnditas que no poda
presenciar ni el marido; eran unas las del tocador, secreto de secretos,
y otras misteriosas manas de cuya existencia no quera ella que supiese
nadie. Adase a esto que haba conservado la mala costumbre de soar
despierta horas y horas en su lecho, antes de levantarse, y en tales
deliquios de la pereza, as como en las frecuentes rachas de murria,
Emma no toleraba la presencia de ningn semejante. Por todo lo cual,
Bonis, a pesar de la estricta sujecin de sus tareas de marido
enfermero, tena por suyo mucho tiempo; el caso era ser exacto a las
horas de servicio; de las dems no peda cuentas el tirano. Todas las
que, tiempo atrs, viva Reyes olvidado por el mundo entero, sin tener
que dar noticia de su empleo a nadie, a fuerza de ser l persona
insignificante, ahora las dedicaba, siempre que haba modo, a su amor.
Vea a Serafina en el teatro, en la posada y en los largos paseos que
daban juntos por parajes muy retirados o lejos de la ciudad.

Aquel da, despus de lavarse bien con esponjas grandes y finas, gnero
de limpieza que haba aprendido observando a la Gorgheggi en su tocador,
sali saltando las escaleras de dos en dos.

Y se deca: Qu me importa ser aqu esclavo y oler a botica que
apesto, si en otra parte soy dueo del ms hermoso imperio, rbitro de
la voluntad ms digna de ser rendida, y me aguarda lecho de rosas y de
aromas, que no s si sern orientales, pero que enloquecen?.

Seguro estaba Bonis de que era aquel vivir suyo un rodar al abismo; que
no poda parar en bien todo aquello era claro; pero ya... preso por
uno... y adems, en los libros romnticos, a que era ms aficionado cada
da, haba aprendido que a bragas enjutas no se pescan truchas; que un
hombre de grandes pasiones, como l estaba siendo sin duda, y metido en
aventuras extraordinarias, tena que parar en el infierno, o, por lo
menos, en las garras de su mujer y en un corte de cuentas de D. Juan
Nepomuceno. Al pensar en D. Juan tembl de fro, porque se acord de que
los siete mil reales de la restitucin providencial haban ido
evaporndose, hasta quedar reducidos, en el da de la fecha, a dos mil.
Lo dems haba parado en manos de Serafina, ya en forma de regalos, ya
en dinero, pues cierta clase de gastos indispensables no haba tenido
valor para hacerlos por s mismo, temiendo que el secreto de sus amores
pudiera ser conocido y divulgado por los comerciantes. Con qu cara iba
l a pedir en una tienda de su pueblo polvos de arroz de los ms finos,
ligas de seda, medias bordadas y pantalones de mujer con el jaretn por
aqu o por all?

En cuanto a Mochi, no se haba vuelto a acordar para nada de dinero, ni
para pedirlo, ni para pagar lo que deba. En la cuestin de cantidades
no quera pensar Reyes; se figuraba que toda la deuda del Estado era
cosa suya, la deba l. Primero mil reales, despus seis mil, ahora los
siete mil de la restitucin... el mundo, el mundo entero en forma de
guarismos! No, no contaba l as; no se representaba las cantidades
fijas, ni menos la suma de todas; l recordaba que primero haba
prestado lo que no tena; despus muchsimo ms, y, por ltimo, que
haba cometido el gran sacrilegio de profanar una cantidad sagrada,
producto del secreto del confesonario, emplendola en un cors regente,
en unos bcaros con chinos pintados, en sortijas, flores y pantalones de
seora... Horror! S, horror, pero y qu se le iba a hacer? Preso por
uno.... Aquella misma atrocidad de haber gastado tanto dinero que no era
suyo demostraba la intensidad, la fuerza irresistible de su pasin. Pues
adelante. Cierto era que quedaba el rabo por desollar. D. Juan
Nepomuceno le tena cogido por las narices, y poda hacer de l lo que
le viniese en voluntad.

Poco a poco la figura de Nepomuceno, del odiado y odioso Nepomuceno,
haba ido creciendo a los ojos de la imaginacin espantada de Bonis;
sobre todo, las patillas cenicientas, en que el desgraciado vea el
smbolo de todas las matemticas aplicadas a la hacienda, el smbolo de
los aborrecibles intereses materiales, del negocio, de la previsin y
del ahorro... y la trampa si a mano viene; aquellas patillas haban
subido, tocado las nubes, y en el inmenso abismo hundan los lacios
hilos grises de sus puntas. Rayo en ellas! Bonis, que amaba las letras,
aborreca los guarismos, y en punto a aritmtica, deca l que todo lo
entenda menos la divisin; aquello de calcular a cuntos caban tantos
entre tantos, siempre haba sido superior a sus fuerzas; al llegar a lo
de tantos entre tantos no caben (o no cogen, como l sola decir),
sudaba y se volva estpido y senta nuseas; pues bien, Nepomuceno,
slo con su presencia, hasta en idea, le produca el mismo efecto que
una divisin en que sobraba algo; no le coga el tal Nepomuceno.

Y eso que el muy taimado callaba como un bellaco. Ni una palabra le
haba dicho despus de haber descubierto y pagado el prstamo famoso de
D. Benito. Es claro que tampoco Bonis haba abordado la cuestin; en
este particular estaba el escribiente como el condenado a muerte que,
con los ojos tapados, aguarda el golpe del verdugo, y con gran sorpresa,
pero sin perder el miedo, siente que el tiempo pasa y el golpe no llega.
De otra manera tambin se figuraba su situacin Reyes, fecundo siempre
en alegoras y toda clase de representaciones fantsticas; se figuraba
que a sus pies haba una gran mina, que l estaba seguro de que el fuego
haba prendido en la mecha... Por qu no vena el estallido? Se haba
mojado la plvora? Se haba mojado la mecha? No; l estaba convencido
de que Nepomuceno estaba seco y bien seco; sera que la mecha era ms
larga que l haba pensado; el fuego iba dando rodeos, pero el estallido
vendra, no poda faltar! Aun as, daba gracias a Dios por aquel plazo,
que le permita entregarse a su gran pasin sin complicaciones
econmicas, que todo lo hubieran aguado.

Lleg Bonis al ensayo oliendo a agua de colonia, risueo y arrogante
hasta el punto que l poda serlo. Gran algazara haba en el escenario.
Aquel da era de los de sol all dentro, a pesar de que poca luz poda
entrar hasta la escena y la sala por las puertas de los palcos y los
ventiladores del techo; el sol que vio all Reyes era un sol moral
(quera decirse que todos estaban contentos); Mochi haba pagado y las
rencillas haban concluido, o, por lo menos, quedaban escondidas; el
bartono embromaba a la contralto, el director de orquesta al bajo,
Mochi a una seora del coro, y la Gorgheggi iba y vena repartiendo
sonrisas y saludos con voz de pjaro; para todos tena inocentes
coqueteras, agasajos de voz y de gesto: para los de la escena, para los
seores de las bolsas o faltriqueras, y hasta para tal o cual msico que
haba desafinado o perdido el tiempo. Serafina, radiante, se lo
perdonaba con una interjeccin o una inclinacin de cabeza, y cargaba
con la responsabilidad. Tal vez el director deca: Cristo! y miraba
con fingido enojo al trompa, y entonces ella encoga los hombros y
morda la punta de la lengua con picarda de colegiala, para decir
enseguida, llena de abnegacin:

--Maestro, maestro... senti, non e'colpevole, questo signore, sono io.

Qu msica de voz! Qu corazn!, pensaba Bonis, que entraba en el
palco de sus amigos.




-VIII-


En el caf de la Oliva se dispuso cierta noche una cena para doce
personas, en el comedor de arriba; un cuarto oscuro que a los calaveras
del pueblo y al amo del establecimiento les pareca muy reservado, y muy
misterioso, y muy a propsito para orgas, como decan ellos.

El camarero de la guitarra y otros dos colegas se esmeraban en el
servicio de la mesa, porque eran los de la pera los que venan a cenar;
y... colmo de la expectacin!, se aguardaba tambin a las cmicas;
vendran la tiple, la contralto, una hermana de esta y la doncella de
Serafina, que en los carteles figuraba con la categora dudosa de otra
tiple.

El nico profano a quien se invit fue Bonifacio; l, lleno de orgullo
artstico, pero recordando que la hora sealada para la tal cena era de
las que su esposa le tena embargadas para las ltimas friegas, ofreci
ir a los postres y al caf, reservndose el cuidado de echar a correr a
su tiempo debido. No saba que a lo que l iba era a pagar. Esto lo supo
despus, cuando, ebrio de amor y un poco de benedictino non sancto,
haba cado en el pantesmo alalo a que le llevaban todos los
entusiasmos de su organismo, ms empobrecido de lo que prometan las
buenas apariencias de su persona.

Lleg cuando los msicos y cantantes saboreaban el ponche a la romana
que Mochi haba incluido en la lista de la cena. Fue recibido con una
aclamacin, en que tomaron parte las seoras. Sin saber cmo, y cuando
la emocin producida por tal recibimiento an le tena medio aturdido,
se vio Reyes al lado de su dolo, Serafina, que haba comido mucho y
bebido proporcionadamente. Estaba muy colorada y de los ojos le saltaban
chispas. En cuanto tuvo junto a s a Bonis, le plant un pie encima, un
pie sin zapato, calzado con media de seda.

--Nene--dijo acercndole la cara al odo--, apestas a colonia!

Y le azot un tobillo, por encima del pantaln, con el pie descalzo.
Bonis se ruboriz no por lo del pie, sino por lo de la colonia; aquel
olor era el rastro de su esclavitud domstica.

Si yo no oliese a colonia, a qu olera! pens. Pero olvid enseguida
su vergenza al or a Serafina que, quedndose muy seria, con la voz
algo ronca con que le hablaba siempre en la intimidad de su pasin, le
dijo, otra vez, al odo casi:

--Acrcate ms, aqu nadie ve nada... ya todos estn borrachos.

Y sin esperar respuesta, y antes que Bonis se moviese, ella,
bruscamente, sin levantarse, hizo que su silla chocara con la del
amante, y ambos cuerpos quedaron en apretado contacto. El olor a colonia
desapareci, como deslumbrado por el ms picante y complejo, que era una
atmsfera casi espiritual de Serafina; aquel olor a perfumes fuertes,
pero finos, mezclado con el aroma natural de la cantante, era lo que
determinaba siempre en Bonis las ms violentas crisis amorosas. Perdi
el miedo, aturdido por aquella proximidad ardiente y olorosa de su
amada, y como si esto fuera escasa borrachera, se dej seducir por las
tretas de Mochi, que le invitaban sin cesar a beber de todo. Bebi Reyes
ponche, champaa, benedictino despus, y ya, sin conciencia despierta
para reprobar las demasas que se permitan el bartono y la contralto y
alguna otra pareja, consinti en brindar, por ltimo, cuando de todas
partes salan exclamaciones que le invitaban a desahogar su corazn en
el seno de aquella amistad artstica, no por nueva, pensaba l, menos
firme y honda.

Borracho del todo nunca lo haba estado Bonifacio; un poco ms que
alegre, s, aunque no muchas veces; y en tales trances era cuando se le
soltaba la lengua un poco, y deca aproximadamente algo parecido a lo
mucho que le bulla en el pecho.

Consult con los candorosos ojos a su amada si hara bien o mal en
brindar; la Gorgheggi aprob el brindis con un apretn de manos
subrepticio, y el flautista frustrado se levant entre aplausos.

--Seoras y seores--dijo con una copa de agua en la mano--, es tanto mi
agradecimiento, es tal la emocin que me embarga, que... lo digo yo y no
me arrepiento, yo, Bonifacio Reyes, pago todo el gasto... eso es, toda
la comida y toda la bebida... _botillera_ inclusive.... Benito (a un
camarero), ya lo oyes, todo esto es cuenta ma. (Bravos y exclamaciones.
Mochi sonrea satisfecho, como pudiera estarlo un profeta que ve
cumplida su profeca.) Yo lo pago todo, y no hay que preguntarme de
dnde salen las misas. Preso por uno, preso por ciento, y uno... eso
es.... Nadie me toque a la vida privada. Ah le duele!... La vida
privada de la vida ajena es un sagrado, arca santa, arca sanctorum....

--Sancta Sanctorum!--interrumpi un apuntador que haba sido seminarista.
(Voces de: silencio!, fuera!)

--Bueno; sanctorum omnium. Seores, yo no puedo... yo no s decir, ni
debo, ni puedo ni quiero, todo lo que para m significa vuestro
cario.... Yo amo el arte... pero no lo s expresar; me falta la forma,
pero mi corazn es artstico; el arte y el amor son dos aspectos de una
misma cosa, el anverso y el reverso de la medalla de la belleza,
digmoslo as. (Bravos; asombro en los cmicos.) Yo he ledo algo... yo
comprendo que la vida perra que he llevado siempre en este pueblo
maldito es mezquina, miserable... la aborrezco. Aqu todos me
desprecian, me tienen en la misma estimacin que a un perro intil,
viejo y desdentado... y todo porque soy de carcter suave y desprecio
los bienes puramente materiales, el oro vil, y sobre todo la industria y
el comercio.... No s negociar, no s intrigar, no s producirme en
sociedad... luego soy un bicho, absurdo!, yo comprendo, yo siento... yo
s que aqu dentro hay algo.... Pues bien, vosotros, artistas, a quien
tambin tienen en poco estos mercachifles sedentarios, estas lapas,
estas ostras de provincia, me comprendis, me toleris, me agasajis, me
aplauds, admits mi compaa y....

Bonis estaba plido, se le atragantaban las palabras, haca pucheros, y
su emocin, de apariencia ridcula, no les pareci tal por algunos
momentos a los presentes, que sin gritar ni moverse siquiera, escuchaban
al pobre hombre con inters, serios, pasmados de or a un infeliz, a un
botarate, algo que les llegaba muy adentro, que les halagaba y
enterneca. Al orador no le faltaban palabras, pero las lgrimas le
salan al camino y queran pasar primero; adems, las malditas piernas
se le desplomaban, segn costumbre, y as, se le vea ir doblndose, y
casi tocaba con la barba en el mantel, cuando sigui diciendo:

--Ah, amigos mos! Mochi amigo, Gaetano carsimo (el bartono), vosotros
no podis saber cunto me halaga que al pobre Reyes abandonado,
despreciado, humillado, le comprendan y quieran los artistas. Si yo me
atreviera huira con vosotros, sera el ltimo, pero artista,
independiente, libre, sin miedo al porvenir, sin pensar en l, pensando
en la msica... Creis que no os comprendo? Cuntas veces leo en
vuestro rostro las preocupaciones que os afligen, los cuidados del
maana incierto! Pero poco a poco el arte os devuelve a vuestra
tranquilidad, a vuestra descuidada existencia; un aplauso os sirve de
opio, el puro amor del canto os embelesa y saca de la miserable vida
real.... Y el ltimo de vosotros, Cornelio, que no tiene ms que un traje
de verano para invierno, olvida o desprecia esta miseria, y se
entusiasma al gritar, lleno de inspiracin artstica, en su papel
modesto de corista distinguido, aquello de la Lucrezia: Vivva il Madera!
(Bravos y aplausos interrumpen al orador. El corista aludido, que est
presente y, en efecto, luce un traje digno de los trpicos y muy usado,
abraza a Reyes, que le besa entre lgrimas.)

Quiso continuar, pero no pudo; cay sobre su silla como un saco, y
Serafina, orgullosa de aquella oratoria inesperada y de la discrecin
con que su amante se abstuvo de aludirla, le felicita con un apretn de
manos y otro de pies ms enrgico.

Mochi se aproxima al hroe, le abraza y le dice al odo, rozndose los
rostros:

--Bonifacio, lo que te debo, lo que vales, nunca lo olvidar este pobre
artista desconocido y postergado.

Las lgrimas de Mochi, mezcladas con los polvos de arroz que no ha
limpiado bien aquella noche, caen sobre las mejillas del improvisado
anfitrin.

Al cual apenas le quedan fuerzas para pensar.... Mas de repente da un
brinco, lvido, y con el brazo en tensin, seala con el ndice a la
esfera del reloj que tiene enfrente.

--La hora!--grita aterrado, y procura separarse de la mesa y echar a
correr....

--Qu hora?--preguntan todos.

--La hora de.... Bonis mir a Serafina con ojos que imploraban compasin y
ser adivinados.

Serafina comprendi; saba algo, aunque no lo ms humillante, de aquella
esclavitud domstica.

--Dejadle, dejadle salir, tiene que hacer a estas horas, sin falta... no
s qu, pero es cosa grave; dejadle salir.

Bonis bes con la melanclica y pegajosa mirada a su dolo, ya que no
poda de otro modo, y enternecido por el agradecimiento, tom la
escalera....

Los cmicos le dejaron ir, pero miraron a Mochi como preguntndole algo
que l deba adivinar.

Mochi, risueo, tranquilo, retorcindose el afilado bigote, adivin en
efecto, y dijo:

--Oh, seores, no hay cuidado! Palabra de rey; aqu le conocen y saben
que no hay dinero ms seguro que el del Sr. Reyes. Si no ha pagado ahora
mismo, habr sido por olvido... o por no ofendernos.

--Claro--dijo el bartono--; eso sera limitar el gasto....

--S, se conoce que es un caballero.

Todos convinieron en que Bonis pagara todo el gasto que se hiciera
aquella noche.

En cuanto a Bonifacio, comprenda, muy a su placer, que por el camino se
le iba aliviando la borrachera. Estaba seguro de que aquella buena
accin que haba comenzado el fresco de la noche, la llevara a remate
el miedo que le daba su mujer.

--S, estoy tranquilo, debo estar tranquilo; cuando entre en su cuarto,
el instinto de la conservacin, llammoslo as, me har recuperar el uso
de todas mis facultades, y Emma no conocer nada. Adems, puede que se
haya dormido, y en tal caso hasta maana no habr ria por mi tardanza;
y lo que es maana, ya estar yo tan limpio de vino como el Corn.

Lleg a casa, abri con su llavn, encendi una luz, subi de puntillas
y entr en las habitaciones de su mujer. Una triste lamparilla,
escondida entre cristales mates de un blanco rosa, alumbraba desde un
rincn del gabinete; en la alcoba en que dorma Emma, las tinieblas
estaban en mayora; la poca luz que all alcanzaba serva slo para dar
formas disparatadas y formidables a los ms inocentes objetos.

Bonis se acerc al lecho a tientas, estirando el cuello, abriendo mucho
los ojos y pisando de un modo particular que l haba descubierto para
conseguir que las botas no chillasen, como solan. Esta era una de las
fatalidades a que se crea sujeto por ley de adverso destino; siempre
las suelas de su calzado eran estrepitosas.

Al acercarse a su mujer se le ocurri recordar al moro de Venecia, de
cuya historia saba por la pera de Rossini; s, l era Otello y su
mujer Desdmona... slo que al revs, es decir, l vena a ser un
Desdmono y su esposa poda muy bien ser una Otela, que genio para ello
no le faltaba.

Lo principal, por lo pronto, era averiguar si dorma.

l se lo pidi al Hacedor Supremo con todas las veras de su corazn.
Haba pasado un cuarto de hora de la sealada para las ltimas friegas
de la noche.

--Por lo menos calla--pens, cuando ya estaba quieto, porque sus pies
haban tropezado con los de la cama.

Por desgracia, el silencio no era prueba del sueo; es ms, aunque
tuviese los ojos cerrados no haba prueba; porque muchas veces, por
mortificarle, por castigarle, callaba, as, con los ojos cerrados, y no
responda aunque la llamase; no responda a no ser terrible era
pensarlo!, pero cmo negrselo a s mismo?, a no ser con una bofetada y
un

--Toma! Vete a asustar a tu abuela!... Infame, traidor, mal marido,
mal hombre! etctera, etc.

Todo esto era histrico; ya saba Bonis que si algn da se le ocurra
escribir sus Memorias, que no las escribira, para qu?, habra que
omitir lo de las bofetadas, porque en el arte no podan entrar ciertas
tristezas de la realidad excesivamente miserables, y lo que es sus
Memorias, o no seran, o seran artsticas; pero omitiralas o no, las
bofetadas eran histricas. No haban sido muchas, pero haban sido. Y
ms tena que confesarse, que en rigor, en rigor, no le ofendan mucho;
ms quera un cachete, si a mano viene, que una chillera; el ruido lo
ltimo de todo. Adems, Emma cuando le insultaba, se repeta; s, se
repeta cien y cien veces, y aquello le llegaba a marear. Verdad era que
cuando le pegaba se repeta tambin; bueno, pero no tanto.

Emma tena los ojos cerrados. Su esposo no se fiaba y le acerc un odo
a la boca. Su respiracin tena el ritmo regular del sueo. Poda ser
fingido. No se saba si dorma o no. En cuanto a llamarla, haca tiempo
que haba renunciado a semejante prueba. Prefera estar all, con la
cabeza inclinada sobre el rostro de la supuesta enferma, porque, en todo
caso, constara que l, Bonis, haba cumplido con su deber procurando
indagar si el sueo de su esposa era real o fingido. Si pasaban tres o
cuatro minutos, declaraba a Emma en rebelda y se retiraba satisfecho
por haber cumplido con su deber. Poda al da siguiente echarle en cara
su abandono, el olvido en que la tena, etctera, etc.; pero l estaba
seguro de que se quejaba sin razn, porque se deca: Si estaba
despierta, demasiado sabe que no falt de mi puesto; si dorma, para
qu necesit de m?.

Pasaron los cuatro minutos de espera y Bonis quiso, por lo excepcional
de las circunstancias, prolongar la experiencia.

A los cinco minutos Emma abri los ojos desmesuradamente, y con una
tranquilidad fra y perezosa, dijo, en una voz apagada que horrorizaba
siempre a Bonis:

--Hueles a polvos de arroz.

En las novelas romnticas de aquel tiempo usaban los autores muy a
menudo, en las circunstancias crticas, esta frase expresiva: Un rayo
que hubiera cado a sus pies no le hubiera causado mayor espanto!.

Sin querer, Bonis se dijo a s mismo muy para sus adentros el
sustancioso smil un rayo que hubiera cado a mis pies, etc., y por
una asociacin de ideas, aadi por cuenta propia: Mal rayo me parta!
Maldita sea mi suerte!.

--Hueles a polvos de arroz--repiti Emma.

Tampoco ahora contest Bonis en voz alta. Pens lo siguiente: En todo
soy desgraciado, hasta la Providencia es injusta conmigo; me castiga
cuando no lo merezco: cien veces habr olido a polvos de arroz, y
nada... y hoy... hoy que no hay de qu... hoy que no lo he.... De
repente, se acord de Mochi, de su abrazo y de que, en efecto, las
lgrimas de borracho con que le haba mojado, le olan a polvos de
arroz. Malditsimo marica!--pens--; fue l, el sobn del tenor Mochi....
y ahora, qu conflicto!, qu tormenta! Porque quin le dice a esta....
'Mira, s, huelo a polvos de arroz, pero es porque... me abraz y me
bes... el tenor de la Compaa italiana!'?.

--Hueles a polvos de arroz--dijo por tercera vez la esposa desvelada.

Y con gran sorpresa del marido, un brazo que sali de entre la ropa del
lecho no se alarg en ademn agresivo, sino que suavemente rode la
cabeza de Bonis y la oprimi sin ira. Emma entonces olfate muy de cerca
sobre el cuello de Reyes, y este lleg a creer que ya no le ola con la
nariz, sino con los dientes. Temi una traicin de aquella gata; temi,
as Dios le salvase, un tremendo mordisco sobre la yugular, una sangra
suelta... pero al retroceder con un ligero esfuerzo, sinti sobre la
nuca el peso de dos brazos que le apretaban con tal especie de ahnco,
que no poda confundirse con la violencia ni el dolo malo; y acab de
entender, con gran sorpresa, de qu se trataba, cuando oy un gemido
ronco y mimoso, de voluptuosidad soolienta, imperativa en medio del
abandono, gemido que l conoca perfectamente y cuyo significado no
poda confundirse con nada. Significaba todo aquello el renacimiento de
una iniciativa conyugal largo tiempo abandonada. En la intimidad de las
intimidades no tena Bonis mando superior al que le haba sido conferido
en los dems quehaceres domsticos; de su espontaneidad no se esperaba
ni se admita cosa alguna. Un rayo que hubiera cado a sus pies... y de
repente se hubiese convertido en lluvia de flores, no hubiera causado
mayor sorpresa al amante de Serafina, que la actitud de su mujer
soolienta y caprichosa; pero sin andarse en averiguaciones de causas
prximas o remotas, ech sus cuentas Bonifacio, y se dijo en el fuero
interno, sin pararse a examinar la exactitud de la frase, lo echaremos
todo a barato; y a la invitacin de su hembra hecha por seas
infalibles, que levantaban en el alma nubes melanclicas de recuerdos
que se deslizaban delante de una luna de miel muy hundida en el
firmamento oscuro, contest con otras seas que fueron estimadas en lo
que valan.

Esto no es infidelidad--pensaba Bonis--, esto es un 'slvese el que
pueda'. Su conciencia de amante, la falsa conciencia del romntico
apasionado por principios, le acusaba, le deca que los recientes
vapores de la orga le prestaban un fuego que no era fingido; fuese
resto de borrachera, agradecimiento, nostalgia de la luna de miel o lo
que fuese, ello era que aquel pantesta de la hora de los brindis no
senta repugnancia ni mucho menos al cumplir aquella noche sus ms
rudimentarios deberes de esposo; a la sorpresa que le caus la extraa
actitud de Emma, sucedieron pronto muchas sorpresas de un orden
inenarrable, llmese as, sorpresas que le ensearon all entre sueos,
que el que ms cree saber no sabe nada, que las apariencias engaan, que
la aprensin hace ver lo que no hay, y viceversa; en fin, ello era que,
o los dedos se le antojaban huspedes, o vea visiones, o su mujer no
estaba tan en los ltimos como ella deca, ni las gallinas y chuletas
que juraba no digerir, ni los vinos exquisitos que aseguraba ella que la
envenenaban, dejaban de surtir sus efectos en aquella naturaleza; que
las unturas y el algodn en rama haban producido una... palingenesia....
algo as como una vegetacin de la oscuridad, plida, pero no mezquina.
La torcida y daada conciencia del fiel amante y del marido infiel, se
quejaba, no admita sofismas, all en los adentros ms nublados del
turbado Bonis, que entre el sueo y la vigilia se entregaba, mitad por
miedo, por desorientarla, como l se deca, mitad por una especie de
voluptuosidad nueva y que juzgaba monstruosa, se entregaba a los
arrebatos del amor fsico, no con gran originalidad por cierto, pero s
con una espontaneidad que era lo que ms le remorda en la citada
conciencia de amante. Originalidad no la haba, no; frases, gritos
ahogados, actitudes, novedades ntimas del placer, que Emma reciba con
tibias protestas y acababa por saborear con delicia epilptica, y por
aprender con la infalibilidad del instinto pecaminoso; todo esto era una
copia de la otra pasin, todo revelaba el estilo de la Gorgheggi. Sin
pasar de aquella misma noche, Bonis oy a su mujer en el delirio del
amor, que l siempre llamaba para sus adentros fsico (por distinguirle
de otro), oy a Emma interjecciones y vocativos del diccionario amoroso
de su querida; y vio en ella especies de caricias serafinescas; todo
ello era un contagio; le haba pegado a su mujer, a su esposa ante Dios
y los hombres, el amor de la italiana, como una lepra; y de esto, la
conciencia que protestaba era la del marido, la del padre de familia....
virtual que haba en l, en Bonifacio Reyes. Esto es manchar el tlamo
con una especie de enfermedad secreta... moral... se deca, y esto es
adems faltar a mis deberes... de fiel amante romntico y artstico.
Pero todos estos remordimientos mezclados y confusos se revolvan all
en el fondo del pobre cerebro, entre vapores de la borrachera que haba
credo desvanecida y que slo se haba descompuesto: por un lado era
plomo que se le agolpaba a la cabeza, por otro lado lujuria exaltada,
enfermiza, que amenazaba derretirle. Entre los brazos de Emma, Bonis oa
de cuando en cuando gritos que le estallaban dentro del crneo.
Bonifacio! Reyes! Bonifacio! le decan aquellos tremendos
estallidos, y reconoca la voz del bartono, y la del bajo, y la del que
cantaba en Lucrezia: Vivva il Madera!

Vino el da y se durmi la triste pareja. A las diez despert Emma, se
acord de todo, sonri como una gata lo hara si pudiera, y dio a su
marido un puntapi en la espinilla, diciendo:

--Bonis, levntate, que va a venir Eufemia.

Eufemia era la doncella que deba traerla el chocolate a Emma a las diez
y cuarto en punto. No quera que la chica se enterase de que el
matrimonio haba dormido de aquella manera.

Cuando Bonis abri los ojos a la realidad, como se dijo a s mismo a los
pocos segundos de despierto, lo primero que hizo fue bostezar, pero lo
segundo... fue sentir una sed abrasadora de idealidad, de infinito, de
regeneracin por el amor, y adems sed material no menos intensa, y
grandsimos deseos de seguir durmiendo. Por lo dems, no quera pensar
en su situacin; le horrorizaba, por varios conceptos. Sideo, se le
ocurri decir acordndose de una de las siete palabras del Mrtir de
Glgota, como l llamaba a Nuestro Seor Jesucristo; pero como Emma
repitiese el puntapi con el pie desnudo en el hueso de la pierna
derecha, Bonis tradujo su exclamacin, diciendo: Tengo mucha sed....
algo lquido, por Dios!... aunque sea jarabe!....

--Oye, t!; sabes lo que te digo? Que te levantes antes que venga la
chica... si t no tienes vergenza, la tengo yo....

Y con aquella actividad y energa que caracterizaban a Emma y que haban
hecho pensar mil veces a Bonis que su mujer hubiera sido un magnfico
hombre de accin, un poltico, un capitn, digo que usando de estas
cualidades, la esposa arroj al esposo del tlamo a patada limpia. No
tuvo ms remedio Reyes que vestirse provisionalmente deprisa y
corriendo, y salir del cuarto de su media naranja sin ms explicaciones:
medio desnudo, descalzo, pues llevaba las botas en las manos (cmo
calzar botas y no zapatillas al levantarse de la cama?), fue tropezando
con todo por los pasillos, atraves el comedor, bebi en un vaso de agua
olvidado all la noche anterior, lleg a su cuarto, se desnud deprisa y
mal, rompiendo botones; y en cuanto se vio en su lecho, en aquel que l
tena por propiamente suyo, pens en entregarse a la reflexin y a los
remordimientos de varias clases y harto contradictorios que le
asediaban; pero la parte fsica pudo ms; y la dulce frescura de la cama
tersa, la suavidad del colchn bien mullido, le arrojaron, como sirenas
vencedoras, en lo ms hondo del mar del sueo, haciendo rodar sobre su
cabeza olas de reposo y olvido.




-IX-


Durmi como un muerto, pero no mucho. Como un resucitado volvi a la
vida haciendo guios a la luz cruda de un rayo del sol del medioda, que
por un resquicio de la ventana mal cerrada, se colaba hasta la punta de
sus narices, hirindole adems entre ceja y ceja.

Aquel rayo de luz le recordaba los rayos msticos de las estampas de los
libros piadosos; l haba visto en pintura que a los santos reducidos a
prisin, y aun en medio del campo, les solan caer sobre la cabeza rayos
de sol por el estilo del que le estaba molestando. Si l fuese idlatra
(que no lo era), vera en aquello la mano de la Providencia. No era
idlatra, pero crea en el Hacedor Supremo y en su justicia, que tena
por principal alguacil la conciencia. Indudablemente su situacin, la de
Bonis, se haba complicado desde la noche anterior. Hueles a polvos de
arroz, haba dicho la engaada esposa, tres veces lo haba dicho, y en
vez de irritarse... de envenenarle o ahorcarle... cosa ms rara!...

Y al llegar aqu se le pusieron delante de la imaginacin las carnes de
su mujer tales como de soslayo y a escape las haba vislumbrado por la
maana, al salir del lecho conyugal. No era lo mismo lo que haba credo
ver en el delirio o exaltacin de la borrachera y la realidad que se le
haba presentado por la maana; pero aun esta realidad exceda con mucho
al estado que verosmilmente se hubiera podido atribuir a lo que l
denominaba encantos velados y probablemente marchitos de su mujer. S,
l mismo, a pesar de que, con motivo de las unturas y otros menesteres
anlogos, vea cotidianamente gran parte del desnudo de su Emma, no
poda observar jams, porque ella lo prohiba con sus melindres,
aquellas regiones que, en la topografa anatmica y potica de Bonis,
correspondan a las varias zonas de los encantos velados. En estas zonas
era donde l haba visto sorpresas, inesperados florecimientos, una
especie de otoada de atractivos musculares con que no hubiera soado el
ms optimista. Cmo era aquello? Bonis no se lo explicaba; porque
aunque filsofo como l solo, amigo de reflexionar despacio y por sus
pasos contados, sobre todos los sucesos de la vida, importranle o no,
era de esos pensadores que tanto abundan, que no hacen ms que dar
vueltas a ideas conocidas, alambicndolas; pero no descubra, no
penetraba en regiones nuevas, y, _en suma_, en punto a sagacidad para
encontrar el por qu de fenmenos naturales o sociolgicos, era tan romo
como tantos y tantos filsofos clebres que, en resumidas cuentas, no
han venido a sonsacarle a la realidad burlona ninguno de sus utilsimos
secretos. Mucho discurri Bonifacio, pero no logr dar en el quid de que
su mujer, dndose por medio difunta, tuviera aquellas reconditeces nada
despreciables, aunque plidas y de una suavidad que, al acercar la piel
a la condicin del raso, la separaba de ciertas cualidades de la materia
viva. Pareca as como si entre el algodn en rama, los ungentos y el
tibio ambiente de las sbanas perfumadas, hubiesen producido una
artificial robustez... carne falsa.... En fin, Bonis se perda en
conjeturas y en disparates, y acababa por rechazar todas estas
hiptesis, contra las cuales protestaban todas las letras de segunda
enseanza que l haba ledo de algunos aos a aquella parte, con el
propsito (que le inspir un peridico, hablando del progreso y de la
sabidura de la clase media) de hacerse digno hijo de su siglo y
regenerarse por la ciencia. No, no poda ser; todas las leyes
fsico-matemticas se oponan a que el algodn en rama fuera asimilable
y se convirtiera en fibrina y dems ingredientes de la pcara carne
humana.

No hay para qu seguir a Bonis en sus dems conjeturas, sino irse a lo
cierto directamente. Cierto era, muy cierto, que Emma haba amenazado
ruina, que sus carnes se haban derretido entre desarreglos originados
de sus malandanzas de madre frustrada, influencias nerviosas,
aprensiones, seudohiginicas medidas y cavilaciones, rabietas y falta de
luz y de aire libre; pero tambin era verdad que no faltaba fibra al
cuerpo elctrico de aquella Eumnide, que sus nervios se agarraban
furiosos a la vida, enroscndose en ella, y que al cabo el estmago,
llegando a asimilar las buenas carnes, y los buenos tragos produciendo
sano influjo, haban dado eficacia al renaciente apetito, y la salud
volva a borbotones inundando aquel organismo intacto a pesar de tantas
laceras.

Pensaba Emma, al verse renacer en aquellos plidos verdores, que era
ella una delicada planta de invernadero, y que el bestia de su marido y
todos los dems bestias de la casa, querran sacarla de su estufa y
transplantarla al aire libre, en cuanto tuvieran noticia de tal
renacimiento. Su mana principal, pues otras tena, era esta ahora: que
tena aquella nueva vida de que tan voluptuosamente gozaba, a condicin
de seguir en su estufa, hacindose tratar como enferma, aunque, en
resumidas cuentas, ya no lo estuviera. Adems, con las nuevas fuerzas
haban venido nuevos deseos de una voluptuosidad recndita y retorcida,
enfermiza, extraviada, que procuraba satisfacerse en seres inanimados,
en contactos, olores y sabores que, lejos de todo bicho viviente, podan
ofrecerle, como adecuado objeto, las sbanas de batista, la cama
caliente, la pluma, el aire encerrado en fuelles de seda, el suelo
mullido, las rendijas de las puertas hermticamente cerradas, el heno,
las manzanas y cidrones metidos entre la ropa, el alcanfor y los cien
olores de que saba ya Celestina.

Como un descubrimiento saboreaba Emma la delicia de gozar con los tres
sentidos a que en otro tiempo daba menos importancia, como fuentes de
placer. En su encierro voluntario ni la vista ni el odo podan
disfrutar grandes deleites; pero en cambio gozaba las sensaciones nuevas
del refinamiento del gusto y del olfato, y aun del contacto de todo su
cuerpo de gata mimosa con las suavidades de su ropa blanca, dentro de la
cual se revolva como un tornillo de carne.

En los das en que sus aprensiones, mezcladas con su positiva enfermedad
nerviosa, la haban puesto en verdadero peligro, camino de la muerte,
por la debilidad no combatida, haba llegado a sentir una soledad
terrible, la de todo egosta que presiente el fin de su vida; todas las
cosas y todos los hombres la dejaban morirse sola, irse con Dios; y con
doble vista de enferma adivinaba el fondo de la indiferencia general, la
proximidad del peligro.

Se muere uno solo, completamente solo, los dems se quedan muy
satisfechos en el mundo; ni por cumplido se ofrecen a morirse tambin!.
Bonifacio, Sebastin, que tanto la haba querido, segn l deca, el to
Nepomuceno, todos se quedaban por ac, nadie haca nada para ayudarla a
no morir, nadie deca: Pues ea, yo te acompao.

Emma era una atea perfecta. Jams haba pensado en Dios, ni para
negarlo; no crea ni dejaba de creer en la religin; cumpla con la
Iglesia malamente, y eso por mquina. En su tiempo no se sola discutir
asuntos religiosos en su tierra; los que no eran devotos gozaban de una
tolerancia completa; como tampoco eran descredos, ni faltaban a las
costumbres piadosas y guardaban las principales apariencias, por nadie
eran molestados.

Yo no soy beata, deca Emma: y no pensaba ms en estas cosas. La
Iglesia, los curas, bien; todo estaba bien; ella no era aficionada a las
novenas; pero todo ello estaba en el orden, como el haber reyes, y
contribucin, y Guardia civil. Sobre todo, no se pensaba en nada de eso,
no se hablaba de ello, para qu? Yo no soy beata. Y era atea
perfecta, porque viva en perpetuo pensamiento de lo relativo. Jams
haba meditado acerca de negocios de ultratumba; el infierno se lo
figuraba como un horno probable; pero a ella qu? Al infierno iban los
grandes pcaros que mataban a su padre o a su madre o a un sacerdote, o
que pisaban la hostia o no se queran confesar.... Adems, no se saba
nada de seguro. Pero el morirse era horroroso, no por el infierno, por
el dolor de morir y por la pena de acabarse.

S, de acabarse; sin pensar en la contradiccin de su conciencia ntima
con el dogma del cielo y el infierno, Emma vea con toda seriedad, con
ntima conviccin, con la conciencia de su propio espanto, el
aniquilamiento doloroso en la tumba; y, poco amiga de discernir, no se
paraba a separar lo racional de lo imaginado; y as, algo tambin senta
la muerte por las paletadas de cal, y por la tierra hmeda, y la caja
cerrada, y el cementerio solo, y la eternidad oscura.

Sin ver esta otra contradiccin, padeca con la idea del aniquilamiento
y la imagen de la sepultura. Pensaba en la muerte con ideas de vida, y
de vida ordinaria, usual, la de todos los das de su vulgar existencia,
y el horror del contraste creca con esto.

Ni una vez sola se le ocurri encomendarse a ningn santo, ni ofreci
nada a la Virgen ni a Jess por si sanaba; la primera energa que tuvo
al convalecer, la emple en sonrer, con terrible sonrisa de resucitada,
a un propsito firme y endiablado: su tremendo egosmo de convaleciente,
mundano, prosaico y rastrero, se agarr a la resolucin inconmovible de
vengarse de los miserables parientes que la iban a dejar morirse sola.

Emma, como la mayor parte de las criaturas del siglo, no tena vigor
intelectual ni voluntario ms que para los intereses inmediatos y
mezquinos de la prosa ordinaria de la vida; llamaba poesa a todo lo
dems, y slo tena por serio en resumidas cuentas lo bajo, el egosmo
diario, y slo para esto saba querer y pensar con alguna fuerza. Tal
espritu, era ms compatible con aquel romanticismo falso y aquellas
extravagancias fantsticas de su juventud, de lo que ella misma hubiera
podido figurarse, a ser capaz de comparar el fondo de su alma mezquina
con el fondo de los ensueos de sus das de primavera.

El renacimiento de su carne lo guardaba como un secreto; era una
hipcrita de la salud; segua fingiendo achaques corporales como si
fuese virtud el tenerlos. Eufemia, su doncella, era confidente parcial
de sus engaos: como una trampa que hiciera a todos los suyos, Emma
saboreaba a solas con su criada los pormenores de aquel fingimiento. La
hija de Valcrcel se robaba a s misma por mano de Eufemia que, de
tapadillo, traa de tiendas y plazas los mejores bocados y las
chucheras ms caras de la moda en materia de ropa interior, perfumes y
manjares. En todos los comercios y puestos de comestibles principales,
lleg a tener Emma cuentas enormes. Ni el to Nepomuceno, ni Bonis, ni
Sebastin, sospechaban que existiera aquel agujero que ella iba haciendo
con las uas en el fortunn que ellos tal vez haban credo heredar de
un da a otro.

As lo pensaba ella, y gozaba como de una voluptuosidad de las sorpresas
futuras que reservaba a sus deudos. Saborear la mejor perdiz y la mejor
lamprea de la plaza y usar con codos y rodillas la mejor batista, y
enredar los dedos entre los mejores encajes, y derramar por sbanas,
camisas, corss, medias y pantalones, las esencias ms caras, con
profusin, causando el asombro de Eufemia, era gnero de delicia que se
aumentaba con la idea de la mala pasada que les estaba jugando a todos
aquellos parientes, en particular a Bonis y a su to.

--D. Nepo--se deca ella a solas, sonriendo con malicia--, rbeme usted,
rbeme, que yo tampoco me descuido.

Aunque entregada por completo a la vida material, no tena el menor
instinto de conservacin de la fortuna, no haba pensado jams en el
origen de su dinero; crea vagamente que el capital de que gozaba era
una fuente inagotable que estaba en algn paraje misterioso, que no
haba para qu indagar ociosamente: all, entre los papeles del to,
estaba la mina; l se quedara con gran parte del filn; pero qu
importaba?, no vala la pena de echar cuentas, desconfiar, administrar
por s misma; absurdo!, por lo visto haba para todo; l robaba, ella
tambin; le engaaba, y el mejor da vendran a casa unas cuentas que le
dejaran patidifuso al buen D. Nepo, pues es claro que tena que
pagarlas.

Las cuentas ya haban venido y algunas se haban pagado. D. Juan
Nepomuceno segua con Emma la misma conducta que con Bonis desde que
cada cual por su lado se haban entregado a la prodigalidad, como l se
deca. La de Emma s era prodigalidad verdadera, aunque no lo pareca.
Para ella era como la sensacin de un lujo enorme extravagante la pereza
que senta de echar cuentas y atar corto a Nepomuceno: comprenda que l
haca su Agosto con el caudal de su sobrina, que iba pasando a poder del
administrador gran parte del capital administrado, pues bien claro
estaba que todos los das D. Juan hablaba de sus propias rentas, que por
milagros de la suerte o por bondad de la Providencia, prosperaban, y
todos los das tambin hablaba de desventuras sin cuento que caan sobre
los predios de la Valcrcel y la parte de su capital colocada en manos
industriosas de Espaa y del extranjero.

Las minas de hierro y de carbn que empezaban a explotarse en aquella
provincia por entonces, daban mil chascos a cada momento, y no pocos de
ellos redundaron en perjuicio de las acciones de Emma que Nepomuceno
haba comprado, siempre diligente en el cuidado de la hacienda de su
antigua pupila.

Pero oh casualidad portentosa y fijeza de los hados!, las minas en que
tena el mismo D. Juan sus miserables ahorrillos, no quebraban, dejaban
un rdito sano y constante. En montn comprenda Emma que todo aquello
significaba que la robaba el to.... Y aqu estaba lo que ella entenda
por lujo refinado.... No la importaba; y le dejaba hacer, le dejaba
robar, prefiriendo no calentarse los cascos, calculando lo caro que le
sala este placer de no meterse a pedir cuentas ni a reir por cuestin
de ochavos, ella que improvisaba una verrina a grito pelado sobre
motivos de un caldo demasiado caliente.

Mas notaba Emma, con una extraa delicia y cierta vanidad por lo que
ella crea su espritu singular, nico, notaba una complacencia, como la
de sentir cosquillas inaguantables capaces de ponerla enferma, en
tolerar y hasta hurgar las flaquezas del prjimo, siquiera en algo la
perjudicasen. El descubrimiento de la maldad ajena la embelesaba, la
enorgulleca y la animaba a abandonarse a sus perversiones caprichosas.
Adems, tena los sentidos y el gusto muy afinados para saborear y
discernir la belleza que hay en la energa y en la habilidad del mal; un
pcaro gracioso, redomado, hbil y suelto para sus picardas, le pareca
un hroe: Luis Candelas, segn se lo presentaban librotes de imaginacin
muy populares, era un hroe con quien hasta soaba. Lea con avidez las
causas clebres y reservaba toda su compasin para los criminales en
capilla. Para los delitos de amor su lenidad era infinita; y si bien en
los das en que la debilidad la tuvo tan postrada que sinti como la
conciencia fsica de un agotamiento de deseos y facultades sexuales,
miraba con desprecio y repugnancia, y hasta ira, todo lo que se
refiriese a respetar, consagrar y propagar el amor, cuando se vio
renacer dentro de su plido pellejo, suave y fofo, volvi a su nimo
aquella piedad sin lmites por las flaquezas amorosas y la admiracin
para todos los grandes atrevimientos y extravagancias de este orden,
especialmente si eran hembras las que llevaban a cabo tales osadas.

De su to Nepomuceno saba, por murmuraciones del primo Sebastin y de
Eufemia, que tena una pasin de viejo por una alemana, hija de un
ingeniero industrial, M. Krner, qumico notable que haba venido a
ciertos trabajos metalrgicos.

--Sin duda el to quiere hacerse rico a todo trance, y pronto, para
seducir con su fortuna, ya que no puede con sus patillas cenicientas, a
la hija de ese alemn.

Y Emma gustaba con delicia, casi material, casi del paladar, como la de
una lectura picante, figurndose al buen seor, con sus cincuenta y
pico, enamorado como un cadete y picado de veras y en lo vivo por el
demonio del amor.

Largos ratos se dedicaba ella a pensar en las contingencias de aquellos
graciosos amores, y llegaba, imaginando, al da de la boda, y pensaba en
la verosimilitud de una cencerrada, pues el to era viudo, cencerrada en
que ella colaborara a cencerros tapados, sin perjuicio de haberle
regalado antes a la novia un magnfico aderezo.

Y despus seran muy amigas, y a paseo iran juntas, y llegaran a
burlarse juntas del ridculo seor de las patillas, su deudor y esposo
respectivamente... y hasta llegaba a pensar en los cuernos que su seora
ta acabara por ponerle al infiel administrador, con quin?, con el
primo Sebastin, por ejemplo.... Y hasta enredaba la madeja en su
fantasa de modo que resultaba que ella, Emma, tena alguna culpa en la
desgracia de su to... y qu?, mejor. No la haba l engaado a ella?
No la haba robado? Pues entonces, las pagaba todas juntas.

Porque adems Emma se reservaba el derecho de vengarse de los antiguos
despojos que haba tolerado antes, sacndole a relucir sus trampas a D.
Nepo, justamente en aquellos das de sus desgracias conyugales... Qu
risa! Qu oportunidad para ponerle en un apuro! En esta como en todas
las dems flaquezas ajenas que a ella podan mortificarla, y que por lo
pronto toleraba, por amor al arte de las picardas, la mujer de Bonis se
reservaba vagamente el derecho de vengarse del modo ms refinadamente
cruel, all ms adelante, no saba cmo ni cundo, pero algn da; y
senta una alegra y excitacin semejantes a las que produce la
esperanza de ser feliz, con la conciencia de estos aplazados desquites,
de estos castigos y tormentos vengadores, representados y proyectados
entre las brumas de la voluntad y del pensamiento.

Para explicar su conducta con el to y con Bonis, hay que aadir a este
examen de sus pervertidos sentimientos, su comezn de lo raro, original
e inesperado. La irritaba que nadie pudiera prever sus enfados y
rabietas, odios y venganzas; prefera incomodarse y enfurecerse por
motivos de los que nadie esperase tales resultados, y desorientar al ms
experto observador quedndose fra, tranquila, impasible, ante injurias
y daos que los dems podran creer que la iban a sacar de sus casillas.

Con Eufemia, su confidente, ejercitaba este prurito a menudo, ya en sus
mutuas relaciones, ya en lo que se refera a un tercero.

Nada de lo que el to ni de lo que Bonis pudieran hacer en contra de
ella poda darle causa para ms rencores que aquello de haberla dejado
estar a las puertas de la muerte... sin acompaarla al otro mundo; esto,
esto era lo que no perdonara... y, sin embargo, ya se vea cmo
disimulaba. Oh! Pero qu chasco les iba a dar! Qu gracia, cuando el
to se encontrase con que ella tambin gastaba a todo gastar, y que el
caudal que l tena de reserva, para robar ms adelante (para cuando su
mujer, la alemana, por ejemplo, le diese chiquitines de Sebastin, era
un decir) haba pasado, segn la ley, a manos de los acreedores, al
tendero de la esquina, al comerciante de los Porches, etctera, etc.!

S, la vida todava guardaba para ella un porvenir sustancioso; ahora
caa en la cuenta de que no haba sido antes bastante egosta.
Mortificar a los dems y divertirse ella, de mil maneras desconocidas,
todo lo posible, estas eran las dos fuentes de placer que quera agotar
a grandes tragos; dos fuentes que venan a ser una misma.

Con la salud nueva senta Emma esperanzas locas de no saba qu
deleites; y a tanto lleg esta fuerza expansiva, que aquellos mismos
placeres secretos de su retiro voluntario, llegaron a parecerla
insuficientes, no saciaban su sed de emociones extraas; y, entonces,
rompiendo la crislida de su encerrona, determin salir al mundo, no sin
cautela, no sin disimulos, en busca de aventuras de que no haba de dar
cuenta a los parientes, procuradas entre misterios que las haba de
hacer ms sabrosas.

Una noche dormitaba Eufemia en el gabinete de su ama, dando cabezadas
contra la pared, cuando tuvo que despertar sobresaltada por un golpe que
sinti en un hombro; era la mano de Emma, que la llamaba; estaba la
seorita en camisa, plida como nunca, su respiracin era anhelante, las
narices se la ponan hinchadas, abrindose como fuelles.

--Qu hora es?--pregunt con voz ronca.

--Sern las diez, seorita.

--Y llueve.

Eufemia atendi al ruido de la calle.

--S, llueve.

--Vamos a salir.

--A salir!

--S, t calla. Anda, treme un vestido tuyo, de percal, y un mantn tuyo
y un pauelo... vamos las dos de artesanas. Vamos al teatro, a la
cazuela. Hoy hacen la... no me acuerdo cmo se llama; es una pera
nueva, muy buena, lo le en el cartel al volver de misa, en la esquina
del Ayuntamiento. Corre, vete por eso; oye, treme aquel alfiler del
pelo, el de cabeza de dubl, que te cost dos reales. Ninguno de esos
tipos est en casa.... Vamos a correrla todos.... Conque... andando!




-X-


Una maana, muy temprano, Eufemia entr en la alcoba de Reyes, y le
despert diciendo:

--La seorita llama, quiere que el seorito vaya a buscar a D. Basilio.

--Al mdico?--grit Bonis, sentndose de un brinco en la cama y
restregndose los ojos hinchados por el sueo--. Al mdico, tan
temprano! Qu hay, qu ocurre?

No se le pas por las mientes que se pudiera necesitar al mdico para
curar algn mal; la experiencia le haba hecho escptico en este punto;
ya supona l que su mujer no estaba enferma; pero Dios saba qu
capricho era aquel, para qu se quera al mdico a tales horas y cul
sera el dao, casi seguro, que a l, a Reyes, le haba de caer encima a
consecuencia de la nueva e improvisada y matutina diablura de su mujer.

--Qu tiene? Qu pide?--preguntaba con voz de angustia, como implorando
luces y auxilio y fortaleza en el preguntar; mientras, a tientas,
buscaba debajo del colchn los calcetines.

Eufemia se encogi de hombros, y, acordndose del pudor, sali de la
alcoba para que se vistiera el seorito.

El cual, a los dos minutos, se acercaba al lecho de su mujer,
arrastrando las babuchas de fingida piel de tigre, y abrochndose hasta
la barba un gabn de medio tiempo, gris, muy usado, que le serva de
batn en las estaciones templadas. Temblaba Bonis, ms que por el fresco
de la madrugada, por la incertidumbre y el miedo. No haba en el mundo
cosa que ms tembln le pusiera que la zozobra de la incertidumbre ante
un mal prximo, de repente anunciado y ni remotamente temido poco antes,
sobre todo si estas impresiones le cogan mal abrigado, a deshora,
cortndole el sueo, la digestin o el placer de or msica, o de
divagar imaginando: Como este diablo de fantasa de liebre todos los
peligros me abulta, pensaba, prefiero un mal como ocho conocido
exactamente, a un mal como cuatro barruntado, pero que yo me figuro como
cuarenta.

Tiempo haca que sus relaciones con Emma y con el to eran para l
constante ocasin de sobresaltos. De ambos esperaba y tema terribles
descubrimientos, quejas, acusaciones concretas, crueles recriminaciones,
singularmente de su mujer. Qu saba? Qu no saba? Qu _tregua del
diablo_, que no de Dios, era aquella que le estaba dando, y por qu se la
daba y hasta dnde llegara?

Por qu, si le haba cogido en flagrante olor de polvos de arroz
(aunque, en aquel trance, inocente), no haba sacado todava la
consecuencia de su maldita observacin? La que le estara preparando!
Le horrorizaba el momento de una _explicacin_, como l se complaca en
llamar a la escena que prevea; pero la prefera, o tal se le figuraba,
al estado de susto perpetuo, de excitacin _leporina_ en que viva de da
y de noche. En cuanto Emma le hablaba, o le miraba, o le mandaba a
llamar, crea llegado el momento.

--Qu pasa, hija ma?--pregunt a su cnyuge con la suavidad del mundo, y
dando diente con diente, inclinado sobre la cabecera del lecho
matrimonial.

--Quiero que vayas t mismo a buscar a D. Basilio, ahora, enseguida,
antes que salga a la visita; quiero verle inmediatamente.

--Pero, te sientes mal? T, que estabas ahora tan buena!...

--Por lo mismo, yo me entiendo. Anda, anda; t, corre y treme a D.
Basilio.

Bonis no discuti. Peor era meneallo; podan salir los polvos de arroz
por cualquier lado. Se volvi a su cuarto; se lav y visti de prisa y
se ech a la calle, ya un poco ms valiente, gracias al chorro de agua
fra con que se haba regado el cogote. Tena notado que el agua fra
vertida por la nuca le daba mucho valor y le reconciliaba con la vida;
le repugnaba esta dependencia del espritu con respecto de la materia,
pero tena que reconocerla.

Por fortuna, la casa del mdico no estaba lejos y no pudieron ser muchas
las hiptesis dolorosas del miedo, tocante a la relacin que pudiera
tener la visita de D. Basilio con el _drama conyugal_ de su casa, cuyo
enredo llegaba a su mayor complicacin, o poco entenda Bonis de teatro
casero y de las maas de su mujer. Qu papel representaba all aquel
personaje _inopinado_ y que tan tarde apareca, D. Basilio? No poda
sospecharlo.

El _inopinado_ personaje era un hombre como de cuarenta aos, que
procuraba disimular ms de diez; ms bajo que alto, delgado, a su modo
esbelto, de largo levitn-gabn, muy ceido y de color manteca, sombrero
de copa de anchas alas; su rostro era blanco, anmico; los ojos azules
oscuros, vivarachos, y, al quedarse quietos, penetrantes; usaba gafas de
oro, largas patillas, tal vez untadas de negro; tena labio fino y mano
pulida, pie pequeo y bien calzado; era homepata, y muy sentimental; a
pesar de la homeopata, que profesaba acaso por moda y para el vulgo de
las damas, era especialista en partos y en enfermedades de la matriz y
de la mala educacin de las seoritas y seoras que las haca
aprensivas, antojadizas, caprichosas. Reconoca ante las damas la
eficacia teraputica de la fe y de los cuarterones de aceite ardiendo en
los altares; pero en cambio exiga que se diese crdito a los misterios
de sus glbulos. Crea, o deca creer mucho, en la influencia de lo
_moral sobre lo orgnico_, y tena una sonrisa singular, melanclica, de
resignacin e inteligencia, para comunicar con las seoras guapas esta
su creencia.

D. Basilio Aguado divida a los parroquianos o clientes en dos razas;
los que le llamaban D. Basilio y los que le llamaban Aguado. Estos
ltimos le comprendan; los otros eran, o tontos o malvados. Emma tena
la habilidad de no equivocarse nunca; le llamaba siempre por el
apellido. Bonis, siempre D. Basilio; a pesar de sus esfuerzos, le venca
la costumbre, que era en todo el pueblo llamar al mdico don Basilio, en
su ausencia. Lo de D. Basilio era smbolo de su mal sino, de las culpas
de su padre, de la prosa miserable que le ataba a su oficio de mdico
provinciano, oscurecido: el Aguado representaba sus sueos de ambicin,
sus instintos de delicadeza, sus triunfos entre las damas, la homeopata
y otra porcin de cosas ideales y bonitas que no son del momento.

Era el homepata madrugador y comenzaba muy temprano sus visitas. Bonis
le encontr vestido y acicalado, como para ir a pagar la visita a un
embajador, que as era como l siempre se vesta para acercarse a la
cabecera de sus enfermos.

Mientras se abrochaba los guantes, oa a Bonis su tartajosa explicacin,
dando grande importancia, a fuerza de cabezadas de inteligencia y
asentimiento, a todo lo que deca. La verdad era que Reyes no tena nada
que explicar en rigor, pero no importaba; de todas suertes, aquello le
pareca interesante al mdico, que, serio en medio de sus sonrisas
corteses, sigui al esposo atribulado por la calle. Disputaron con
ademanes y pasos atrs acerca de quin dejaba a quin la acera; venci
al fin Bonis, que insisti ms, y cuya humildad era muchsimo ms cierta
que la del mdico. Por el camino ste sigui enterndose, por que lo
crey de su deber, y Bonis sigui diciendo nada entre dos platos. Por lo
dems, Aguado se saba de memoria a doa Emma Valcrcel. Era su mdico
predilecto, a temporadas, porque ella, fijo y nico, no lo quera.
Cambiaba de mdico como pudiera cambiar de favorito si fuese una
Cristina de Suecia o una Catalina de Rusia, y siempre tena en
movimiento un ministerio de doctores. Aguado era de los que ms tiempo
ocupaban el poder, por ser especialista en enfermedades de la matriz, y
en histrico, flato y aprensiones, total flato.

Bonis admiraba en general la ciencia, a pesar de la repugnancia
instintiva que le inspiraban las exactas y las fsicas, que _slo hablan
a la materia_; crea en la medicina, no por nada, sino porque en los
apuros de la salud, si no se recurra a los mdicos, a quin se iba a
recurrir? Haba que tener fe en algo; su dbil espritu no le consenta
en ninguna tribulacin quedarse sin ninguna esperanza, sin una tabla a
que agarrarse. Recordaba que en las enfermedades de sus padres y de sus
hermanos, todos ya muertos, siempre haba tomado al mdico por
Providencia; en vano era que en los tiempos de salud en casa participase
del general escepticismo de que los mismos doctores solan hacer alarde;
caa un _ser querido_ en cama, y ya estaba Bonifacio creyendo en la
medicina. Algo haba ledo de lo que somos por dentro, y pensaba leer
mucho ms si llegaba a tener familia, para criar bien a su hijo, y
aunque no la tuviese, que ya no la tendra con aquella matriz estropeada
de su mujer, para hacerse filsofo cuando tronase con Serafina y se
fuera sintiendo viejo (era su plan para la vejez solitaria, hacerse
filsofo). Pero a pesar de todas estas lecturas pasadas y futuras, se
figuraba el organismo humano con una especie de conciencia en cada dedo
y en cada vscera y en cada humor; y lo de _agradecer el estmago_, por
ejemplo, las medicinas, lo tomaba al pie de la letra. Adems, la
relacin de los medicamentos a las enfermedades era toda una magia para
Bonis, y la idea del veneno y del elixir completa mitologa milagrosa e
infinitesimal; quiere decirse, que por gota de ms o de menos del
lquido ms anodino, poda, segn l, reventar el paciente o ponerse
sano en un periquete. Esto lo haba aprendido de su mujer, que por gota
de ms o de menos, vertida por l con pulso trmulo, en una cucharilla
de caf, le haba puesto como un trapo en infinitas ocasiones.

_En suma_, respetaba en el Sr. Aguado la ciencia oculta, al favorito de su
_mujer, al homepata y al partero que l haba soado cuando haba
acariciado la esperanza_ de tener un chiquillo.

Llegaron juntos a la alcoba de Emma. Don Basilio, con sus labios
estrechos, sonrea, apretndolos.

As como, si a Sagasta o a Cnovas, cados los llamase la Reina al
amanecer, poco ms para formar Ministerio, a ellos no se les ocurrira
preguntarle por qu tanto madrugar, sino formar ministerio cuanto antes:
as, D. Basilio, de quien haca meses que su doa Emma estaba olvidada,
se abstuvo de inquirir por qu tal apuro en llamarle, y entr de lleno
en el fondo de la cuestin desde el primer momento. Antes de todo,
quera datos, antecedentes.

A ver qu haba pasado desde tal tiempo a aquella parte (la fecha justa
de su ltima visita). D. Venancio el alpata, adems alcalde y tambin
especialista en partos, haba andado all. Para qu? Para nada; pero
haba andado. Haba recomendado la dieta. Malo! D. Venancio era un
grandsimo tragaldabas, que tena indigestiones como podra tenerlas un
can cargado hasta la boca, y las curaba con dietas dignas de la
Tebaida. Sin ms razones, recetaba tambin dietas absolutas a todos sus
clientes como el mejor _especfico_ del mundo. Aguado, que tena el
estmago perdido sin necesidad de comer, era enemigo de la dieta
tratndose de personas delicadas como doa Emma. Pues bien, de todo el
mal de que aquella seora no se haba quejado todava, tena la culpa la
falta de alimento, la dieta del _otro_. Emma call a esto; no se atrevi a
decir lo bien y mucho que vena comiendo aquella temporada.

Por fin Aguado la dej explicarse, y ella se quej de lo siguiente:

No le dola nada, lo que se llama doler, pero tena grandes insomnios,
y a ratos grandes tristezas, y de repente ansias infinitas, no saba de
qu, y la angustia de un ahogo; la habitacin en que estaba, la casa
entera le parecan estrechas, como tumbas, como cuevas de grillos, y
anhelaba salir volando por los balcones y escapar muy lejos, beber mucho
aire y empaparse en mucha luz. Su melancola a veces pareca fundarse en
la pena de vivir siempre en el mismo pueblo, de ver siempre el mismo
horizonte; y deca sentir nostalgia, que ella no llamaba as, por
supuesto, de pases que jams haba visto ni siquiera imaginado con
forma determinada. Este prurito extravagante llegaba a veces al absurdo
de desear vivamente estar en muchas partes a un tiempo, en muchos
pueblos, junto al mar y muy tierra adentro, en lo claro y en lo oscuro,
en un pas como en aquel suyo, donde haba muchos prados verdes, pero
tambin en una regin seca, de cielo difano, sin nubes, sin lluvias.
Pero, sobre todo, lo que necesitaba era no ahogarse, no estar oprimida
por techos y paredes, etc., etc.

Para Bonis nada de esto ofreca novedad, a no ser en la forma, pues su
mujer se haba pasado la vida pidindole la luna. Slo cuando oy
aquello de anhelar salir volando por el balcn, pens, sin querer, en
las brujas que van los sbados a Sevilla por los aires, montadas en
escobas; y tuvo cierto miedo supersticioso de esta inclinacin, que
ofreca relativa y sospechosa novedad. Se puso colorado, avergonzndose
de su mal pensar. Ni en idea se atreva a ofender a Emma, por temor de
que le adivinase el pensamiento.

D. Basilio interrumpi a la dama, extendiendo la mano y pidindole el
pulso por seas. Sonri con gesto de inteligencia, como diciendo que
todo lo que aquella seora haba expuesto lo haba previsto su sabidura
y era cosa que andaba escrita en libros que tena l en casa. Despus,
como sola en lances tales, hizo caso omiso de la variedad de fenmenos
relatados por la enferma, para fijarse en la _causa una_, y dijo:

--El histerismo es un Proteo.

--Quin?--pregunt Emma.

--Uno--advirti Bonis, luciendo sus conocimientos clsicos--, que rob el
fuego a los dioses.

--Eso es--afirm el mdico, que no conoca de la biografa de Proteo ms
datos que los conducentes a su cita--. El histerismo--aadi--, como
Proteo, toma infinidad de formas.

--Ah, s!--interrumpi con ingenuidad Bonis--. Dispense usted, D. Basilio;
el que rob el fuego a los dioses fue otro, fue Prometeo.... Me haba
equivocado.

El doctor se puso un poco encendido y disimul con un ziszs entre ceja
y ceja su enojo, doble por lo de haberle llamado D. Basilio y haberle
hecho ensear la punta de la oreja de su descuidada educacin en materia
de antigedades.

Qu animal es este calzonazos! pens, y sigui:

--Es necesario que vayamos a la raz del mal. El mal est dentro, en lo
que llamamos el espritu, porque advierto a ustedes (y esto lo dijo
volvindose a Bonis, para deslumbrarle y vengarse) que soy vitalista, y
no slo vitalista, sino espiritualista, aunque no es esa la moda
reinante.

No le coga a Reyes tan de nuevas la cuestin como crea el otro.
Justamente l, en los ratos que dejaba la flauta y no poda ver a
Serafina, y su mujer no le necesitaba, y, sobre todo, en la cama, antes
de dormirse, consagraba no poco tiempo a meditar sobre el gran problema
de lo que seremos por dentro, por dentro del todo; y tena acerca de la
realidad del alma ideas muy arriesgadas y que crea muy originales.
Tambin era l espiritualista, ya lo creo!, a buena parte!...

--El mal est en el espritu, y el espritu no se cura con
pcimas--prosigui D. Basilio.

--Pero no dice usted que esto es histrico?--pregunto Emma sonriendo.

--S, seora; pero hay relaciones misteriosas entre el alma y el cuerpo,
y yo no soy de los que dicen (volvindose otra vez a Bonis) _post hoc_,
_ergo propter hoc_.

Decididamente quera deslumbrarle y hacerle pagar caro lo de Proteo y
Prometeo; porque D. Basilio no acostumbraba a hacer alardes de
erudicin, y a la cabecera de los enfermos ms pareca un moralista del
gnero de los elegantes y atildados, que un doctor de borla amarilla.

Bonis se puso a traducir para sus adentros el latn, y no tropez ms
que en el _propter_, cuyo significado no recordaba; ya lo buscara en el
Diccionario. Ello era una preposicin. Bonifacio Reyes haba cursado en
el Instituto provincial los primeros aos de _filosofa_, pero sin llegar
a bachiller; mas su ciencia no provena de ah, sino de lo que ya va
dicho, de un gran prurito que, ya de viejo, le haba entrado de
_instruirse_, y no slo por _completar_ su educacin, sino porque como
antes haba soado con ser padre, la gran dignidad que atribua a este
_sacerdocio_ le haba parecido merecer un plan, todo un plan de estudios
_serios_ y _profundos_, que pudieran servir en su da de alimento
espiritual al hijo de sus entraas y de las entraas de su mujer.

Como Emma, que nada entenda del trivio ni del cuadrivio, se
impacientase un poco viendo que Aguado no acababa de recetarle lo que
ella necesitaba, el mdico, que comprendi la impaciencia, _resumi_,
diciendo que no hacan all falta alguna los jaropes del _otro_, que
bastaban unas tomas de aquellos glbulos que l guardaba en aquella caja
tan mona; y, sobre todo, mucho paseo, mucho ejercicio, distraccin,
diversiones, aire libre y mucha carne a la inglesa. Con este motivo de
la carne, Aguado disert sobre un tema que en el pueblo era por aquel
tiempo casi inaudito, de gran novedad por lo menos; abomin del cocido;
achac la falta de vigor nacional a la carne cocida y a la poca carne
frita que se come en esta pobre Espaa, etc., etc.

Dicho y hecho. Hubo una revolucin en aquella casa. Todos los Valcrcel
de la provincia, hasta los del ms lejano rincn de la montaa, supieron
que por prescripcin facultativa Emma haba cambiado de vida; se haba
resuelto, venciendo su gran repugnancia, a salir mucho, frecuentar los
paseos, las romeras y hasta las funciones solemnes de iglesia, y poda
ser que el teatro.

D. Juan Nepomuceno dejaba hacer, dejaba pasar.

Emma le presentaba las cuentas de la modista, que suban a buenos picos,
y l pagaba sin chistar. Tambin hubo que hacerle ropa nueva a Bonis,
pues su mujer slo en este punto tena buena idea de la dignidad de un
marido. l era el que la haba de acompaar ordinariamente, y en vano
ella lucira las mejores telas y los sombreros ms caros si su esposo
descompona el cuadro con malos gneros y prendas cortadas a sierra por
un sastre indgena. Se volvi al pao ingls y a los _artistas_ famosos de
Madrid. Ahora Bonifacio se dejaba vestir bien con mayor agrado, pues
Serafina not el cambio y le encontr muy de su gusto. Pero ay!, que
sus _relaciones ilcitas_ tropezaban con mayores dificultades que hasta
all, pues el tiempo libre escaseaba, y haba que disimular en paseos y
dems sitios pblicos, donde desde lejos se vean los amantes en
presencia de la esposa, al parecer descuidada, pero Dios saba....

Bonis, con la espalda abierta, como l deca, tema a todas horas que
llegase el momento de una explicacin; pero Emma nunca volva sobre el
asunto de los polvos de arroz. Tampoco aluda jams a lo que aquella
noche extraa haba sucedido, ni haba vuelto a tener iniciativas de
aquel gnero. Lo que s haca era hablar mucho del teatro, y preguntarle
si conoca al tenor, y al bartono, y a la tiple; y peda seas de su
vida y milagros, ya que l confesaba saber algo de todo esto, aunque es
claro que por referencias lejanas....

Una tarde, despus de comer a la _francesa_, gran novedad en el pueblo,
donde el _clsico puchero_ se serva en casi todas las casas de doce a
dos, Emma, que beba a los postres una copa de Jerez superior autntico,
trado directamente, por encargo de la seora, de las bodegas jerezanas,
se qued mirando a su marido fijamente, con ojos que preguntaban y se
rean, burlndose al mismo tiempo; mientras sus labios y el paladar
saboreaban un buche del vino andaluz que ella zarandeaba con la lengua
voluptuosamente. Separ un poco la silla de la mesa, se puso sesgada en
su asiento, estir una pierna, ense el pie, primorosamente calzado, y
en verdad gracioso y pequeo, y como si se enjuagara con el Jerez y no
pudiera hablar por esto, por seas empez a interrogar a su marido,
sealndole el pie que enseaba, y despus indicando con un dedo
levantado en alto, que mova al comps de la cabeza, algn lugar lejano.

Coman solos el matrimonio y D. Juan Nepomuceno, pues por raro accidente
no haba husped pariente en casa por aquellos das; D. Juan es claro
que viva con los sobrinos. Bonis al principio no comprendi nada de las
seas de su mujer ni les atribuy gravedad alguna.

--Qu dices, chica? Explcate.

--Mmm, mmm!--murmur ella, y sigui con la misma pantomima, cada vez ms
acentuada en los gestos. Nepomuceno beba tambin su copita de Jerez
llena de migas de rosquilla de yema, y callaba; como si no estuviera en
sus atribuciones fijarse en las tonteras de su sobrina, que, desde que
haba vuelto _a darse de alta_, haca la loquilla y la muchacha y se
permita unas bromitas y unas alusiones alarmantes, de que l no quera
hacerse cargo _por ahora_.

--Pero habla, mujer, no entiendo eso... del pie...--repiti Reyes.

Emma trag el buche de Jerez; pero en vez de hablar, volvi a llenar la
boca y a renovar la pantomima con mayores aspavientos.

Bonis se fij bien; primero sealaba al pie, bueno; y despus, con el
dedo y la cabeza, quera indicar algo que no estaba presente....

No comprenda.... Pero de repente, el corazn le dio dos latigazos, y un
sudor fro comenz a correrle por la espalda: las piernas, cometiendo la
bellaquera que solan en los casos apurados, se le declararon en
huelga, como si huyeran solas del apuro. El _fsico_, la _parte material_,
le anunciaba un peligro de que su oscuro entendimiento no se daba cuenta
todava. All haba algo serio; pero qu?

Bonis mir angustiado a Nepomuceno por ver si sorprenda connivencia
entre el to y la sobrina. Nada; D. Juan, como si no estuviera all.

--Pero, hija ma, por los clavos de Cristo!...

Emma arroj el buche de Jerez al suelo, y alargando ms el pie hacia su
esposo y enseando parte de la pantorrilla, grit como si hablara a un
sordo:

--Quiero decir, por los clavos de una puerta, entindelo, que bien claro
est... quiero decir que... qu te parece de ese pie que te enseo,
mastuerzo.

--Primoroso, hija ma.

--No hablo del pie, borrico; el pie ya s yo lo que vale; hablo de las
botas.... Te pregunto si sabes quin tiene otras iguales.

--Yo?, cmo he de saber....

--Pues no hay ms que estas y otras vendidas; me lo ha dicho Fuejos, el
mismsimo zapatero, tu amigo Fuejos. No ha vendido ms que estas y las
de la tiple. Y por eso te preguntaba yo... alcornoque. Tienes una
memoria como un madero. Y ahora te acuerdas? Son o no son como las de
la tiple? Iguales, hombre, iguales. Mira, mira, mralas bien!...

Y Emma levantaba el pie hasta colocarlo sobre las rodillas de su marido.
El to estaba del otro lado de la mesa y no poda ver el pie levantado,
ni tampoco lo intentaba.

Bonis busc, por instinto, un vaso de agua sobre la mesa, meti en la
boca el cristal, y as se estuvo, primero bebiendo, y despus haciendo
que beba.

Y pens, sin querer, en medio de sus angustias, que no podemos
figurarnos ni describir los que no pasamos por ellas: Esto es lo que en
las tragedias se llama la catstrofe. Y ms pens, a pesar de lo
apurado de la situacin: En las peras podemos decir que tambin hay
catstrofes; y se acord de la _Norma_, que era su mujer; y de _Adalgisa_,
que era la tiple; y de Polin, que era l; y del sacerdote, que era
Nepomuceno, encargado sin duda de degollarle a l, a Polin.

--Pero, vamos, calabacn, di algo; son o no son estas lo mismo que las
de la tiple? Me enga aquel to o no?

Sacando fuerzas, nunca supo de dnde, Reyes dijo al fin, hablando como
un ventrlocuo, tan de adentro le sala la poca voz de que poda
disponer:

--Pero Emma, cmo quieres que yo conozca... las botas de esa seorita?

Entonces fue D. Juan Nepomuceno el que habl; pero antes se puso en pie,
clav tambin los ojos en su sobrino por afinidad, y cuando ste casi
crea que iba a sacar el cuchillo para herirle, exclam con gran
cachaza:

--Tiene razn Bonifacio; cmo quieres que l sepa cmo son las botas que
compra la tiple? No ha de ser l quien las pague.

--Eso es una... bobada, to, y usted dispense; el que paga las botas a
esas seoritas no suele conocrselas, como dice este; si la Gorgheggi
tiene querido que le pague las botas, ese... le conocer otra cosa, pero
las botas no, y menos estas que yo digo, que las compr esta maana.
Pero este papanatas s las ha visto, y por eso yo le preguntaba; slo
que tiene una cabeza como un marmolillo y todo lo olvida. Vamos a ver;
no estabas t en la tienda de Fuejos cuando entr esta maana a las
doce la tiple, y anduvo escogiendo botas y pidi la ltima novedad, y
Fuejos le ense unas como estas? Y no te pregunt la tiple a ti tu
opinin, y no dijiste que eran preciosas... y no se las calz all
delante de vosotros, delante de ti y del hipotecario Salomn el Cojo?
Pues hombre, si todo esto me lo cont el zapatero, y por eso yo le
compr estas; porque no haba vendido ms que otras, y esas a la tiple,
que viste muy bien!

--Toda esa relacin, en lo que se refiere a mi persona, es absolutamente
falsa--dijo con voz bastante repuesta Bonis, que tambin se levant para
medirse con el to--. Yo no he entrado hoy en la zapatera de Fuejos, y
puedo probar la coartada; a las doce estaba yo... en otra parte.

En efecto; a las doce estaba l en casa de Serafina; todo aquello era
mentira; ni la tiple haba comprado unas botas como aquellas, ni nada de
lo dicho. Todo ello era una miserable especulacin de Fuejos el
zapatero para tentar a su mujer; pero cmo siendo Fuejos su amigo, de
Bonis, y excelente persona, se haba permitido aquella calumnia? No
saba Fuejos que se murmuraba en el pueblo si l, Reyes, tena o no
tena que ver con la tiple?... Y sabido esto, que deba saberlo, iba a
decirle a su mujer, a la de Bonifacio, que?... Imposible!. No, la
mentira no era del zapatero; era de Emma; pero entonces la gravedad del
caso volva a ser tanta como se lo haban anunciado los sudores! Emma
preparaba alguna gran venganza, y en el nterin se diverta con l como
el gato con el ratoncillo. Tal vez le despreciaba tanto, pensaba el
infeliz, que ni siquiera quera concederle el honor de sentir celos;
pero aunque no estuviese celosa, lo que es de vengarse no dejara.

A pesar de estas reflexiones, la perplejidad del marido infiel no
desapareca; se agarraba como a una esperanza a la idea de que hubiera
sido Fuejos el embustero. En cuanto tomemos el caf, pens, me voy a la
zapatera a ver lo que ha habido.

Pero Bonis propona y Emma dispona. En cuanto tomaron el caf, Emma,
que estaba de muy buen humor, se levant y dijo con solemnidad cmica:

--Ahora esperen ustedes aqu sentados; les preparo una gran sorpresa.
Qu hora es?

--Las ocho--dijo el to, que, a pesar de sus bromitas, que horrorizaban a
Bonifacio, tampoco las tena todas consigo.

--Las ocho? Magnfico. Esperen ustedes un cuarto de hora.

Desapareci Emma, y to y sobrino, por afinidad, callaron como mudos.
Entre el to y l haba para Bonis un abismo... mejor, un _ocano_ de
monedas de plata y oro, que bien subiran a.... Dios sabe cuntos miles
de reales. Haba llegado a tal extremo el terror de Reyes respecto a lo
que deba a _los Valcrcel_, que nunca se tomaba el trabajo de sumar las
cantidades que no haba _reintegrado_ a la caja; contando los siete mil
reales del cura de la montaa, le pareca aquello un dineral. Tanto que,
a veces, leyendo en los peridicos lamentaciones acerca de la deuda del
Estado, se turbaba un poco acordndose de la suya. Parecida sensacin
experimentaba cuando oa hablar o lea algo de grandes desfalcos, de
tesoreros que huan con una caja y cosas por el estilo.

Volvi Emma al cuarto de hora, en efecto, y sus comensales dijeron a un
tiempo:

--Qu es esto! Y ambos se pusieron en pie, estupefactos, porque el caso
no era para menos. Emma vena vestida con un magnfico traje, que
ninguno de ellos le conoca; traa la cara llena de polvos de arroz; el
peinado de mano de peinadora, cosa en ella nueva por completo, pues
nunca haba consentido que le tocasen la cabeza manos ajenas, y luca
una pulsera de diamantes y collar y pendientes de la misma traza, todo
muy caro y todo nuevo para el esposo y para el administrador.

--Esto es... esto--dijo ella. Y puso delante de los ojos de su marido un
papelito amarillo, que deca: _Teatro principal_.--_Palco principal, nm.
7_. Esto es que vamos al teatro, al palco del Gobernador militar que, como
no tiene familia, casi nunca lo ocupa. Conque, hala, to, a ponerse de
tiros largos; y t, Bonis, ven ac, te visto en un periquete.

Emma no dej tiempo a sus subordinados para seguir asombrndose de
aquella inaudita resolucin. Ella, que tantos caprichos haba tenido
toda la vida, jams se haba mostrado aficionada al teatro, y menos a la
msica; desde su malparto a la fecha, y ya haba llovido despus, no
haba estado en el _coliseo_ cuatro veces: la Compaa actual no la haba
visto siquiera, y ya estaban acabando el tercer abono... y de repente
zas!, sin avisar a nadie, tomaba un palco, y a la pera todo el mundo.
As pensaba Bonis, equivocndose en algn pormenor, como se ver luego,
y algo parecido pensaba el to. Pero este, como acostumbraba, hizo
pronto lo que l llamaba para sus adentros su composicin de lugar; es
decir, el plan conducente a sacar de todas aquellas novedades extraas
el mejor partido posible para sus intereses; y sin decir oxte ni moxte,
sonriente, sali del comedor y volvi a poco, vestido de levita negra,
con un sobretodo que le sentaba de perlas.

--Tambin era presentable el to mayordomo--pens Emma--; pero esto no
quita que las pague todas juntas, como todos.

El tocado de Bonis fue obra ms complicada, y dirigida, en efecto, por
su mujer, que le hizo afeitarse en un decir Jess, sin ms contingencias
que tres leves heridas, que ella misma tap con papel de goma. Se le
hizo estrenar un traje oscuro, de ltima moda, de pao ingls, por
supuesto. A Reyes a ratos se le figuraba que le estaban vistiendo para
ir al palo, y se le antojaba hopa, de gnero ingls, aquel elegantsimo
terno que iba sacando del cajn remitido por el _artista_ de Madrid.

Eufemia, que por lo visto tena orden tambin de no admirarse de nada,
los alumbr hasta el portal, donde no haba farol, y los vio salir de
casa, Emma del brazo de Bonis, D. Juan detrs, como si todas las noches
sucediera lo mismo.

La doncella, en verdad, tena sus motivos para no asombrarse tanto como
los otros; primero, porque las locuras de la seorita eran para ella el
pan nuestro de cada da, y locuras algunas de un gnero ntimo, secreto,
que los dems no conocan; y adems, se asombraba menos, porque conoca
ciertos antecedentes. Juntas haban ido al teatro noches atrs, a la
_cazuela_, vestidas las dos de _artesanas_.

Esto era lo que ignoraba Bonis; esto, y lo que haba visto, odo y
sentido su mujer en aquella noche de la escapatoria, y lo que despus
haba imaginado, y deseado, y proyectado.

Llegaron al teatro, y la entrada de Emma en su palco produjo mucho ms
efecto del que ella pudo haberse figurado. Es ms, ella no haba pensado
en esto. No iba all a lucirse, aunque despus le supo a mieles, y
aadi una corrupcin ms a su espritu, el placer de despertar la
envidia, por su ropa, de las damas menos majas. Por una aberracin,
mejor, distraccin, no se fij antes de llegar en que era distinto
entrar en un palco principal, el del brigadier, vestida con tanto lujo,
ella que nunca iba al teatro, y entrar en el paraso, disfrazada,
escondindose del pblico, que no soaba con su presencia, ni de ella
supo aquella noche.

Ella iba dispuesta a gozar mucho; pero no era del pblico precisamente
de quien esperaba estas emociones fuertes, a que se preparaba; su
propsito iba a dar al escenario, y estaba complicado con los asuntos
domsticos; pero a estos complejos y estrambticos atractivos se
agregaba de repente un agudsimo placer, con que Emma no contaba, y que
le revel un mundo nuevo de delicias intensas, en que no se le haba
ocurrido pensar, pero que vio bien claro, sinti con fuerza, desde el
momento en que al penetrar ella en su palco, y dejar el abrigo al to, y
dar una vuelta en redondo antes de sentarse, not fijas en su persona
las miradas, y en los palcos cercanos oy el murmullo del comentario, y
en el aire, puede decirse, cogi el efecto general de su presencia.
Despus de sentada, y cuando ella se iba haciendo cargo de lo que tena
delante, la admiracin persista; en vano los coristas, que estaban
solos en escena, como los gallegos del cuento, mal presididos por un
partiquino, que slo se distingua por unas botas de fingida gamuza y
por desafinar ms que todos juntos, en vano gritaban como energmenos;
el pblico _distinguido_ de butacas y palcos atenda el espectculo civil
que le ofreca Emma; los abonados de las faltriqueras, que no vean la
sala sin echar el cuerpo fuera del antepecho, se asomaban por grupos
para ver a la de Reyes, y los de la faltriquera de la tertulia de Cascos
saludaron a Bonis y a su seora; el brigadier comandante general de la
provincia estaba entre ellos, y tambin inclin la cabeza. Emma sala de
su soledad voluntaria como de un encierro; las emociones de los paseos y
romeras no eran como aqulla; aqulla saba a gloria; lo que se iba a
divertir, contando con todo! Porque con las glorias no se le iban las
memorias. Su plan era su plan, y todo se andara.

Bien comprenda la hija del abogado Valcrcel que no era su hermosura lo
que tanto llamaba la atencin; que era, principalmente, su aderezo, y
mucho tambin su vestido, y un poco la novedad de verla en el teatro.

--Vamos, esta se lanza al mundo otra vez--pens ella que deban de estar
pensando muchas de aquellas damas, que se la estaban comiendo con los
ojos desde butacas y palcos.

--S que me lanzo; ya lo creo!, de cabeza--se deca a s misma; muy
satisfecha, contentsima por haber descubierto aquel venero de placeres
que tanto iban a contrariar los planes del to, que consistan, por lo
visto, en ir robndola todo lo que ella y slo ella tena.

Para muchas de las seoras y seoritas presentes, que, o no eran del
pas o eran muy jvenes, la aparicin de Emma en el _mundo_, si aquello
era _mundo_, ofreca una novedad absoluta, porque no podan recordar, como
otras pocas, que aos atrs aquella mujer, vestida con tanto lujo, de
facciones ajadas, de una tirantez nerviosa y avinagrada en el gesto,
haba sido la comidilla de la poblacin por sus caprichos y locuras de
joven mimada y rica y extravagante como ella sola.

Todo esto lo comprenda Emma, y no se haca ilusiones respecto de los
motivos de tanta curiosidad, y casi casi estupefaccin; pero el
resultado era que se la miraba y contemplaba, y se comentaba su
presencia mucho; que nadie se acordaba del escenario por verla, y esto
le produca, fuese por lo que fuese, una de las sensaciones ms intensas
y profundas que poda experimentar una mujer de su calaa. Sobre todo,
lo que ella ms saboreaba, y lo que tena por ms seguro, era la
envidia. La envidiaban, no slo las pobres, las que no podan permitirse
el gasto que significaban aquellos diamantes y aquel vestido, sino
tambin las dos o tres ricachonas presentes, que hubieran podido, sin
hacer un disparate, presentarse aquella misma noche con algo tan bueno y
todava mejor. A pesar de esto, la envidiaban tambin, porque esta clase
de gente se parece mucho a los animales, en no vivir ms que de la
sensacin presente; y el hecho era que all, en el teatro, en aquel
momento, la ms ricamente vestida y _alhajada_ era ella, Emma; y el
pblico no se haba de meter a discurrir y calcular quin poda y quin
no lucir otro tanto. Adems, que obras son amores. Tal vez la que ms
envidiaba a la de Valcrcel era la mujer del americano Sariegos, el ms
rico de la provincia, que podra aturdir a todos los Valcrcel del mundo
envolvindolos en papel del Estado y en acciones del Banco y otras mil
grandezas; pero Sariegos no permita tales despilfarros, que en l no lo
seran, y su seora tena que contentarse con un lujo muy mediano. Por
eso rabiaba ella. En cuanto a Sariegos, que estaba presente, detrs de
su mujer, tambin se puso a aborrecer de pronto a Emma, porque tena la
culpa de lo que en aquel momento su esposa estara maldicindole y
detestndole a l por avaro; y adems, aunque parezca raro, tambin
miraba con envidia el aderezo de la _abogaducha_. Mas luego se hizo
superior a sentimientos tan humillantes para l, y, elevndose, mediante
su filosofa crematstica o plutnica, a ms altas esferas, pens, y
acab por decir, a media voz, desde la cspide de su desprecio sincero:

--Esa muchacha va a quedarse sin camisa en muy pocos aos.

Bien saba, porque bien se vea adems, que Emma ya no era una muchacha;
pero no importaba; as crea l significar mejor su desprecio: esa
muchacha... la _abogaducha_.

Pero estos comentarios y desahogos, y otros por el estilo, no los oa
Emma; ella vea a la envidia, no la oa; vea sus ojos brillantes, sus
sonrisas tristes, sus xtasis sinceros y melanclicos en la cara de las
incautas, que no saban disimular siquiera, y se quedaban como Santas
Teresas arrobadas en la meditacin y el amor del pesar del bien ajeno.

Algunas muchachas, estas de verdad, que minutos antes coqueteaban
alegres, muy satisfechas, con los cuatro trapacos que tenan encima,
ahora languidecan, olvidaban a sus adoradores de las butacas; y como
que se trataba de cosa mucho ms seria, con rostro del que haba
desaparecido toda gracia, toda poesa, toda idealidad, se consagraban al
culto envidioso del lujo ajeno, con gran veneracin para las joyas y la
seda, con gran rencor disimulado a la sacerdotisa, que tena el
privilegio de ostentar sobre su cuerpo los resplandores del dios
idolatrado.

Un ruido de faldas almidonadas que vino de la escena llam la atencin
de Emma, sacndola de aquel deliquio de amor propio satisfecho.

Por la puerta del foro entraba una elegantsima seora a paso ligero,
barriendo las tablas con una cola muy larga y despidiendo chispas de
todo su cuerpo, vestido de brocado de comedia y cubierto de joyas
falsas, diadema inclusive.

--Quin es esa?--pregunt la mujer de Reyes.

Bonifacio, viendo que Nepomuceno no se daba por interrogado, dijo, no
sin tragar antes saliva:

--Es la Reina, que viene desaladamente al saber que el Infante....

--No; si no pregunto eso--interrumpi su mujer, volvindose a mirar a
Bonis, que estaba detrs de ella en la penumbra--. Digo si es esa la
tiple.

--Creo... que s. S, justo, la protagonista....

--La de las botas. Las traer puestas?

Bonis call.

--Di, hombre, crees t que las traer puestas?

--Sera... un anacronismo.

--Calla, calla; ahora se sube al trono... a ver?... No, no se le han
visto los pies. Acaso cuando se baje....

Emma asest los gemelos a los bajos de la tiple; y como esta no acababa
de levantarse de su trono, subi la mirada hasta el rostro de Serafina.

--Vaya si es guapa--dijo--. Ya he visto yo esa cara. Cmo se llama esa?,
la cuntos?...

--Serafina Gorgheggi, creo....

--Crees!... Pero no lo sabes de seguro?

--Puede que la confunda con la contralto.

--Puede.

--Pero... no; s, es la tiple; justo, la Gorgheggi.

--Ahora ests seguro, eh?

--S, seguro.

Bonis se admiraba a s mismo. Aquello era crecerse ante el peligro!
All estaban los polvos de arroz.... Ahora lo comprenda todo; su mujer
se estaba burlando de l. Saba de sus amores, y aquella ida _inopinada_
al teatro era un careo... s, un careo de los criminales. Porque l era
un criminal, claro. No importaba; sucediera lo que sucediera, haba que
defenderse como gato panza arriba. Tuvo que sentarse, detrs de su
mujer, porque las piernas le temblaban, segn costumbre en casos tales
(si era que jams se haba visto en caso parecido); pero estaba
dispuesto a disimular, a mentir _como un hroe_, si era preciso, ya que el
Seor se dignaba concederle aquel don del fingimiento, de que no se
hubiera credo capaz a no verlo. Lo que puede el instinto de
conservacin!, pensaba.

--Ah!--grit, ahogando el grito antes de salir de los labios, Emma, que
acababa de ver un pie de la Gorgheggi, al descender la tiple
_majestuosamente_ de su trono de madera pintada de colorines. Fuera un
anacronismo o no, las botas de S. A. eran idnticas a las que haba
comprado ella por la tarde. Fuejos no haba mentido.

--Lo mismo que las mas. Ese Fuejos es persona de verdad decir. Lo ves,
Bonifacio? El otro par lo trae esa seora; lo que me dijo el zapatero.
Por qu le levantas falsos testimonios? Por qu has negado que le
viste el pie a esa damisela esta maana? Qu tiene eso de particular?
Crees que voy a celarme, marido infiel?

Bonis call. Por mucho valor que l tuviera, y estaba seguro de que lo
tena, aquello no poda durar. Adnde iba a parar su mujer?

--Sabes t si tiene querido esa doa Serafina? Si lo tiene, ese habr
pagado las botas.

Esta libertad de lenguaje no le extraaba a Nepomuceno, que en cuanto
vea a su sobrina con un poco de carne y regular color, ya esperaba de
ella cualquier locura de dicho o de hecho.

En cuanto al marido, no vea en tamaa desfachatez ms que el sarcasmo
terrible de la esposa ultrajada. Le pareca muy natural que el cnyuge
engaado se entretuviera en aquellos prdromos de irona antes de tomar
terrible venganza. As suceda en las tragedias, y hasta en las peras.

Ensimismado en su terror, vuelta la cara hacia el fondo del palco, Bonis
no pudo notar por qu Emma no insista en sus cuchufletas, si lo eran
aquellas preguntas al parecer capciosas. Si l se haba puesto antes
encendido, y enseguida muy plido, al salir a las tablas Serafina, ahora
Emma era la que tomaba el color de una cereza; y clavaba los gemelos en
un personaje que acababa de llegar de tierra de moros, vencedor como l
solo, y que se encontraba con que la Reina le haba casado a la novia
con un rey de Francia para no tener rival a la vista. El vencedor de los
infieles era el bartono Minghetti, que luca dos espuelas como dos
soles, y tena un vozarrn tremendo, no mal timbrado y lleno de energa.
En vano la Reina le peda perdn, colgndosele del cuello, previo el
despejo de la sala, cubierta de coristas, todos ellos viles cortesanos.
El bartono no transiga; hua de los brazos de la Reina y llamaba a
gritos a la otra.

--Est muy guapo as--pensaba Emma--; pero me gustaba ms con el traje de
barbero.

Cuando el caudillo no pudo gritar ms, o reventaba, la tiple empez a
quejarse de su suerte y a pintarle su pasin con multitud de gorjeos,
que acompaaba el flauta, jorobado. Como suelen hacer en tales casos los
amantes desdeosos, en vez de escuchar las lamentaciones y las quejas de
la reina, el bartono aprovech el descanso para toser y escupir
disimuladamente, y despus se puso a revisar con gran descaro los
palcos, donde lucan su belleza las seoras ms encopetadas. Lleg su
mirada al palco de Emma, que sinti los ojos azules y dulcsimos de
Minghetti metrsele por los tubos de los gemelos y sonrerle, a ella,
como si la conociera de toda la vida y hubiera algo entre ellos. Emma,
sin pensarlo, sonri tambin, y el bartono, que tena mirada de guila,
not la sonrisa, y sonri a su vez, no ya con los ojos sino con toda la
cara. La emocin de la Valcrcel fue ms intensa que la experimentada
poco antes al notar la admiracin que su lujosa presencia produca en el
concurso. Para sus adentros se dijo: Esto es ms serio, es un placer ms
hondo que satisface ms ansias, que tiene ms sustancia... y que tiene
ms que ver con mis planes. Los planes eran burlarse de una manera feroz
de su to y de su marido, jugar con ellos como el gato con el ratn,
descubrir medios de engaarlos y _perderlos_, que fuesen para ella muy
divertidos. Contra el to ya saba de tiempo atrs qu armas emplear;
echar la casa por la ventana, gastar mucho en el regalo de su propia
personilla. En cuanto a Bonis... ni en rigor le quera tan mal como al
otro, ni haba pensado concretamente hasta entonces en un gran castigo
para l; slo se le haba ocurrido tenerle siempre en un potro, tratarle
como a un esclavo a quien amenazase un tormento que l no acababa de
conocer; mas la mirada y la sonrisa de Minghetti aclararon como un
relmpago la conciencia de Emma, que vio de repente en qu poda
consistir el castigo de su infiel esposo. Porque, en efecto, le supona
infiel mucho tiempo haca; sin contar con que Emma, en las meditaciones
de sus soledades de alcoba, con el histrico por Sibila, haba llegado a
concebir al hombre, a todos los hombres, como el animal egosta y de
instintos crueles y groseros por excelencia, no crea en el marido
rigurosamente fiel a su esposa; ms era, tal ente _de razn_ la pareca
ridculo, y se confesaba que ella, en el caso de cualquier hombre
casado, no se contentara con su mujer. En cuanto a las mujeres, no les
reconoca el derecho de adulterio en circunstancias normales, porque
_pareca_ feo y porque la mujer es otra cosa; pero en caso de infidelidad
conyugal descubierta, ya era distinto; tambin haba el derecho de
represalia, y lo mismo poda decirse por analoga, cuando el esposo era
tan bruto que daba a la esposa trato de cuerda... Si Bonis me pegase
como yo le pego a l, se la pegaba. Esto era evidente. Y si l me la
pega... si de seguro me la pega.... Aqu Emma vacilaba y recurra al
tercer caso de infidelidad femenina disculpable. Si me la pegase, yo le
engaara tambin... si alguien me inspirase una gran pasin. Aunque
los extravos morales de Emma nada tenan que ver con el romanticismo
literario, decadente, de su poca y pueblo, porque ella era original por
su temperamento y no lea apenas versos y novelas, algunas frases y
preocupaciones de sus convecinos se le haban contagiado, y esta idea
vaga y prfida de la gran pasin que todo lo santifica, era una de esas
pestes. Por lo dems, ella sola se bastaba para hacer tabla rasa de cien
declogos y prescindir, segn su capricho, de reglas de conducta que la
contrariasen. Pero si en la pura regin de las ideas, como hubiera
pensado Bonis, esto era corriente, el sentido ntimo le deca a Emma que
del dicho al hecho hay mucho trecho; que ella no llegara a faltar a su
Bonis, como no se la apurase mucho, como no fuera en un momento de
locura, suscitado por un prncipe ruso u otro personaje de mrito
excepcional; y que, aun as, tena ella que convertirse en otra,
violentarse mucho. Lo cierto era que su carne estaba tranquila, que sus
gustos la llevaban a extravos sensuales nada erticos, y que al fin y
al cabo, Bonis, lo que es como buen mozo era buen mozo, y estaba
satisfecha de su fsico.... Pero la mirada y la sonrisa del bartono,
eran ya harina de otro costal. Por lo pronto, Emma se olvid de todo
para pensar en el placer de tropezarse dentro de los gemelos con
aquellas pupilas y con aquella boca sonriente bajo el bigote castao
oscuro. Cada vez que Minghetti volva a la escena, la de Reyes ensayaba
la repeticin del lance que tan bien le haba sabido, y las ms veces
con buen xito; pues, fuera casualidad, o que el cantante tuviera la
costumbre de mirar mucho a los palcos y fijarse en quien le admiraba, y
coquetear en toda clase de papeles y circunstancias escnicas, ello fue
que el placer solicitado por los gemelos de Emma se renov en varios
trances de los ms serios y apurados de la pera; y eso que el bartono
no cesaba de regaar con la Reina, siempre desesperado por la huida a
Francia de la otra.

Bonis no volva de su asombro al notar, muy a su placer, que Emma no
hablaba ya de la tiple ni de las botas, verdadero anacronismo, como l
deca muy bien, ni de cosa alguna que remotamente pudiera referirse a lo
que l llamaba lo de los polvos de arroz.

Terminada la pera, volvironse a su hogar los Valcrcel, o si se quiere
los Reyes, aunque ms propio es decir los Valcrcel por lo poco amo de
su casa que era Bonifacio; despidiose del matrimonio Nepomuceno, que se
acost madurando sus planes para el porvenir, que, o l vea mal, o
tena barruntos de un cambiazo no exento de peligros. Y cuando Reyes iba
a pedir permiso a su mujer para retirarse tambin a su cuarto, a Emma se
la ocurri hacer uso... de lo que en las relaciones de aquel matrimonio
poda llamarse la regia prerrogativa.

--Mira, Bonis, yo no tengo sueo; el ruido de la msica me ha puesto la
cabeza como un bombo... voy a estar desvelada; y sola y despierta y
nerviosa, tendr miedo.

Hubo un momento de silencio, y despus prosigui:

--Qudate t.

Estaban en el gabinete de la dama. Ella se despojaba de sus joyas frente
al espejo de su tocador, alumbrado por dos bujas de color de rosa. El
marido la vea retratada por el cristal de fondo misterioso y de sombras
movedizas. Sin que l se diese cuenta del cmo y el por qu, aquel
qudate t le hizo mirar de repente a su esposa con ojos de juez de la
hermosura. Cosa extraa! Hasta aquel instante no haba reparado que
Emma se haba quitado muchos aos de encima aquella noche, sobre todo en
aquel momento; no le pareca una mujer bella y fresca, no haba all ni
perfeccin de facciones ni lozana; pero haba mucha expresin; el mismo
cansancio de la fisonoma; cierta especie de elega que canta el rostro
de una mujer nerviosa y apasionada que pierde la tersura de la piel y
que parece llorar a solas el peso de los aos; la complicada historia
sentimental que revelan los nacientes surcos de las sienes y los que
empiezan a dibujarse bajo los ojos; la intensidad de intencin seria,
profunda y dolorosa de la mirada, que contrasta con la tirantez de
ciertas facciones, con la inercia de los labios y la sequedad de las
mejillas: estos y otros signos le parecieron a Bonis atractivos
romnticos de su esposa en aquel momento, y el imperativo qudate t le
halag el amor propio y los sentidos, despus del mucho tiempo que haba
pasado sin que Emma hiciera uso de la regia prerrogativa.

Por segunda vez el amante de Serafina tuvo remordimientos por su
infidelidad en el pecado. Su gran pasin disculpaba a los ojos de Bonis
aquellas relaciones ilcitas con la cmica; pero desde el momento en que
l faltaba a Serafina, dejndose interesar endiabladamente por los
encantos marchitos, pero expresivos y melanclicos, llenos de fuego
reconcentrado, de su legtima esposa, quedaba probado que la gran pasin
pretendida no era tan grande, y, en otro tanto, era menos disculpable.
Fuese como fuese, sucedi que Bonis empez a despojarse de su terno
ingls en el gabinete de su mujer; se qued sin levita ni chaleco,
luciendo los tirantes de seda y la pechera de la camisa blanca y tersa,
con tres botones de coral; y en este prosaico, pero familiar atavo, se
volvi sonriente hacia Emma, que lama los labios secos, echaba chispas
por los ojos, y seria y callada miraba el cuello robusto y de color de
leche de su marido. Bonis se sinti apetecido; se explic, como a la luz
de un relmpago, la escena de aquella noche de los polvos de arroz; ley
en el rostro de su mujer una debilidad peridica, una flaqueza femenina,
como sumisin pasajera de la hembra al macho, adems una misteriosa y
extraa corrupcin sin nombre: todo esto lo cogi al vuelo,
confusamente; tuvo la conciencia sbita de cierta superioridad interina,
fugaz; y enardecido por su propio capricho, por las excitaciones que
aquel ocaso interesante de hermosura, o, mejor, de deseo, con que se
iluminaba Emma, produca en l, se arroj a un atrevimiento inaudito; y
fue que, de repente, se dej caer de rodillas delante de su mujer, se le
abraz a las almidonadas blancuras, que crujieron contra su pecho, y con
voz balbuciente por la emocin, entrecortada y sorda, dijo mil locuras
de pasin habladora, que se desborda primero por las palabras; palabras
de lascivia en jerga amorosa, en diminutivos, tal como l las haba
aprendido de todo corazn en su trato con la Gorgheggi.

Emma, en vez de levantar a su marido de la postrada actitud, despus de
dar un grito, como los que daba al entrar en su bao de agua tibia, fue
doblndose, doblndose, hasta quedar con la boca al nivel de la boca de
Bonis; con ambas manos le agarr las barbas, le ech hacia atrs la
cabeza, y, como si los labios del otro fuesen odo, arrimando a ellos
los dientes, dijo como quien hablando bajo quisiera dar voces:

--Jrame que no me la pegas!

--Te lo juro, Mina de mi alma, rica ma, mi Mina; te lo juro y te lo
rejuro.... Mrame a los ojos; as, a los ojos de adentro, a los de ms
adentro del alma... te juro, te retejuro que te adoro, con eso, con eso,
con eso que ves aqu tan abajo, tan abajo.... Pero, mira, me vas a
desnucar, se me rompe el cogote.

--Qu ms da, qu ms da... deja... deja... as, ms, que te duela, que
te duela con gusto.

Hubo un silencio que no se emple ms que en mirarse los ojos a los
ojos, y en gozar ambos del dolor del cuello de Bonis doblado hacia
atrs. Emma le solt para decir, ponindose en pie:

--Mira, mira, yo soy la Gorgheggi o la Gorgoritos, esa que cantaba hace
poco, la reina Micomicona; s, hombre, esa que a ti te gusta tanto; y
para hacerte la ilusin, mrame aqu, aqu, aqu tontn; granuja, aqu
te digo... las botas lo mismo que las de ella; cgele un pie a la
Gorgoritos, anda, cgeselo; las medias no sern del mismo color, pero
estas son bien bonitas; anda, ahora canta, dila que s, que la quieres,
que olvidas a la de Francia y que te casas con ella.... T te llamas,
cmo te llamas t?... S, hombre, el bartono te digo.

--Minghetti?

--Eso, Minghetti, t eres Minghetti y yo la Gorgoritos.... Minghetti de mi
alma, aqu tienes a tu reina de tu corazn, a tu reinecita; toma, toma,
quirela, mmala; Minghetti de mi vida, Bonis, Minghetti de mis
entraas....

Pero, oiga usted, seor matamoros; si usted quiere que sea suya para
siempre su seora reina de las botas nuevas, apague esas luces del
tocador y vngase de puntillas, que puede orle Eufemia, que ahora
duerme ah al lado.




-XI-


Bonifacio Reyes era admirador del arte en todas sus manifestaciones,
segn l se deca; y aunque la msica era la manifestacin predilecta,
porque le llegaba ms al alma, con una vaguedad que le encantaba y que
no le exiga a l previo estudio de multitud de ideas concretas que
deban de andar por los libros de facultad mayor; y aunque la susodicha
msica era el arte que l mejor posea, merced a sus estudios de solfeo
y de flauta, no haba dejado de ejercitarse en una u otra poca de su
vida, sin pretensiones, por supuesto, en cuanto mero aficionado, en
otros medios humanos de expresar lo bello. La poesa le pareca muy
respetable, y saba de memoria muchos versos; pero las dificultades del
consonante siempre le haban retrado del cultivo de las musas;
despreciaba, porque su sinceridad de hombre de sentimiento y de
convicciones no le permitan otra cosa, despreciaba los ripios y hasta
los consonantes fciles; y as, las pocas veces que haba ensayado la
gaya ciencia, se haba ido derecho al peligro, a la rima difcil; y
hasta recordaba que la ltima vez que haba arrojado la pluma con el
propsito de no insistir en versificar, haba sido con motivo de querer
escribir un soneto a un seor Menndez, que haba fundado una obra pa.

La palabra principal, se deca Bonis mordindose las uas, es, segn las
retricas y poticas que yo he ledo, la que debe terminar el verso;
aqu lo ms importante, sin duda, es el apellido del fundador y la obra
pa: pues bien; para pa hay millares de consonantes, pero a Menndez yo
no se lo encuentro. Y antes que relegar a Menndez a un lugar del verso
indigno de su filantropa, prefiri renunciar al soneto.

Esta falta de inspiracin potica y de consonantes en ndez, no le
desanim ni aj su orgullo de artista, que al fin no era muy grande;
despus de todo, si bien se miraba, la poesa est como reconcentrada en
la msica.

Otra cosa eran las artes del dibujo, y en este punto el atildado
pendolista no vacilaba en sostener que con la pluma haca, si no
prodigios, arabescos muy agradables; el arabesco era su dibujo favorito,
porque se enlazaba con sus facultades de escribiente, y adems tambin
tena cierto parecido con la msica por su vaguedad e indeterminacin.
El arabesco tocaba con la alegora y el dibujo natural fantstico por un
lado, y por el otro con el arte de Iturzaeta.

En cosas as pensaba Reyes una tarde, cerca del crepsculo, en el cuarto
no muy lujoso ni ancho que Serafina Gorgheggi ocupaba en la fonda
dependiente del caf de la Oliva, piso tercero de la casa. Mochi y su
protegida haban mudado de posada, lo cual en aquel pueblo slo era
mudar de dolor; pero en el hotel Principal, all al extremo de la
Alameda Vieja, les haban llegado a perder el respeto por las
intermitencias en el pago del pupilaje; la Compaa de pera seria
acababa de disolverse por motivos econmicos e incompatibilidades de
caracteres, y el empresario, la tiple y Minghetti, el bartono, se
haban quedado en la ciudad, segn unos, porque no tenan por lo pronto
contrata ni lugar adonde ir, porque ms valieran all; segn otros,
porque queran servir de ncleo a una nueva Compaa, para constituir la
cual andaba Mochi en tratos. Pero entretanto haba que hacer economas,
y si Minghetti permaneci en el hotel Principal, aunque tampoco pagaba
bien, por privilegio misterioso tolerado, Serafina y Julio tuvieron que
reducirse a instalar sus personas y bales en la mediana hospedera que,
con el nombre de Fonda de la Oliva, sustentaba, con grandes apuros, el
dueo del vetusto caf del mismo nombre.

Reyes aquella tarde velaba el sueo de Serafina, que yaca all cerca,
en la alcoba, vctima de un agudsimo dolor de muelas que, al aplacarse
a ratos, la dejaba sumirse en tranquilo sopor, aunque algo febril, no
desagradable.

Reyes velaba. Haba ido all a muy otra cosa, pero los suspiros de su
inglesa-italiana y el olor a medicinas antiespasmdicas, ms el declinar
del da, le haban cambiado de repente el nimo, inclinndole a la
melancola potica y reflexiva, a la abnegacin espiritual y piadosa.

Como el velar el sueo del ser amado no es ocupacin que d empleo a las
manos, Bonis, arrimado al velador de incrustaciones de no saba l qu
pasta, que imitaban una escena veneciana azul y rosa con manchas de caf
y huellas de nitrato de plata, dibujaba con pluma de ave sobre un pedazo
de papel de barbas. Dibujaba, como siempre, caprichos caligrficos con
remates de la fauna y la flora del arabesco ms fantstico. Senta el
alma, despus del cambiazo que a sus deseos acababan de dar las
circunstancias, llena de msica; no le cantaban los odos, le cantaba el
corazn.

A tener all la flauta y no estar dormida Serafina, hubiera acompaado
con el dulce instrumento aquellas melodas interiores, lnguidas,
vaporosas, llenas de una tristeza suave, crepuscular, mitad resignacin,
mitad esperanzas ultratelricas y que no puede conocer la juventud;
tristeza peculiar de la edad madura que an siente en los labios el dejo
de las ilusiones y como que saborea su recuerdo.

Pero ya que no la flauta, tena la pluma: la pluma, que no haca ruido,
sino muy leve, al rasguear sobre el papel con aquellos perfiles y trazos
gruesos, enrgicos, en claro-oscuro sugestivo, equivalente al timbre de
una puerta o de una placa.

S, poco a poco fue sintiendo Bonis que la msica del alma se le bajaba
a los dedos; las curvas de su arabesco se hacan ms graciosas, sus
complicaciones y adornos simtricos ms elegantes y expresivos, y la
indeterminada tracera se fue cuajando en formas concretas,
representativas; y al fin brot, como si naciera de la cpula de lo
blanco y de lo negro, brot en un cielo gris la imagen de la luna, en
cuarto menguante, rodeada de nubes, siniestras, mitad diablos o brujas
montados en escobas, mitad colmenas de formas fantsticas, pero colmenas
bien claras, de las que salan multitud de bichos, puntos unidos a otros
puntos que tenan cuerpos de abejas, con patas, rabos y uas de furias
infernales. Aquellas abejas o avispas del diablo, volaban en torno de la
luna, y algunas llenaban su rostro, el cual era, visto de perfil, el del
mismsimo Satans, que tena las cejas en ngulo y echaba fuego de ojos
y boca. Por encima de esta confusin de formas disparatadas, Bonis
dibuj rayas simtricas que imitaban muy bien la superficie del mar en
calma, y sobre la lnea ms alta, la del horizonte, volvi a trazar una
imagen de la noche, pero de noche serena, en mitad de cuyo cielo,
atravesando cinco hileras de neblina tenue, las lneas del pentagrama,
se elevaba suave, majestuosa y potica, la dulce luna llena: en su
disco, elegantes curvas sinuosas decan: Serafina.

Media hora larga le cost al soador su composicin simblica; mas fue
premio de la inspiracin y del esfuerzo un noble orgullo de artista
satisfecho; sensacin que se mezcl enseguida con un enternecimiento
austero y en su austeridad voluptuoso, que le hizo inclinar la cabeza,
apoyar la frente en las manos y meditar sollozando y con lgrimas en los
ojos.

--Qu vida extraa! Qu cosas pueden pasarle por el alma a un pobre
diablo!--pensaba Bonis.

La alegora, que le haba salido sin querer de la pluma, estaba bien
clara, era la sntesis de su vida presente. En el cielo de sus amores,
en la regin serena, sobre el ocano de sus pasiones en calma, brillaba
la luna llena, el amor satisfecho, potico, ideal, de su Serafina. Ya no
eran aquellos los das de las borrascas sensuales, en que el amor
fsico, mezclndose al platnico, se entregaba al arabesco de la pasin
disparatada y catica; el alma ya se haba sobrepuesto y daba el tono al
cario, que, al arraigarse y convertirse en costumbre, se haba hecho
espiritual. Y de repente, de poco tiempo a aquella parte, debajo del
ocano, en las regiones misteriosas del abismo en las que habitaba el
enemigo, de las que venan voces subterrneas de amenaza y castigo,
apareca como un reflejo infiel, otro cielo con otra luna, un cielo
borrascoso con espritus infernales vestidos de nubarrones, con el
mismsimo demonio disfrazado de cuarto menguante... de la luna de miel
satnica, de Valpurgis, que su mujer, Emma Valcrcel, haba decretado
que brillara en las profundidades de aquellas noches de amores
inauditos, inesperados y como desesperados.

Bonis se levant, y contempl a la Gorgheggi dormida:

--Esa mujer adorada no sabe que yo la soy infiel. Que hay horas de la
noche en que me dan un filtro hecho de terrores, de fuerza mayor, de
recuerdos, de costumbres del cuerpo, de sabores de antiguos placeres, de
olores de hojas de rosas marchitas, de lstima... y hasta de
filosofas... negras....

Esta mujer no sabe que yo me dejo besar... y beso... como quien da
limosna a la muerte; a la muerte enferma, loca; que doy besos que son
como mordiscos con que quiero detener al tiempo que corre, que corre,
pasndome por la boca.... S, s, Serafina; en esas horas tengo lstima
de mi mujer, de quien soy esclavo; sus caricias disparatadas, que son
reflejos de otras mas que yo aprend de tus primeros arranques de amor
frentico y desvergonzado; sus caricias, que son en ella inocentes, para
m crmenes, se me contagian y me llevan consigo al aquelarre tenebroso,
donde entre sueos y ayes de amor que acaban por suspiros de vejez, por
chirridos del cuerpo que se desmorona, vivo de no s qu negras locuras
sabrosas y sofocantes, llenas de pavor y de atractivo. Yo soy el amante
de una loca lasciva... de una enferma que tiene derecho a mis caricias;
pero un derecho que no es como el tuyo; como el tuyo, que no reconocen
los hombres, pero que a m me parece el ms fuerte, aunque sutil,
invisible. Tu derecho... y el mo. El de mi alma cansada.

Y vuelta a llorar, despus de haber pensado as, aunque con otras
palabras interiores, y en parte aun sin palabras; porque algunas de las
que ha habido que emplear Bonis ni siquiera las conoca. Por ejemplo,
aquello que se dijo antes de ultratelrico. Qu saba Bonis lo que
significa ultratelrico? Pero, con todo, siempre estaba pensando en
ello, y lo mezclaba con todas sus cavilaciones y con todos los apuros de
su miserable y atragantada existencia. En tiempo de Bonis, en esta poca
de su vida, no se hablaba como ahora, y menos en su pueblo, donde para
los efectos fuertes y enrevesados, dominaba el estilo de Larraaga y de
D. Heriberto Garca de Quevedo. Sin contar con que Bonifacio, menos
instruido todava que su historiador, ni de propsito hubiera podido dar
con ciertas frases que aqu suelen usarse para interpretar
aproximadamente las tribulaciones de su espritu.

Fuera como fuera, la Gorgheggi no despert con todo aquel ruido....
psicolgico de su querido. El cual, por lo dems, andaba de puntillas,
sin tropezar en nada; y hasta consigui taparla, sin que ella lo
sintiera, un poco de la espalda blanqusima, por donde estaba cogiendo
fro. Era en casa de su Serafina el mismo galn fino, pulcro, suave y
maoso que cuidaba a su mujer, a su tirano, como las manecitas negras de
los palacios encantados.

Conoca todos los rincones de la habitacin de su amiga... y tambin los
del cuarto de Mochi. l era quien les haba buscado y ajustado el nuevo
albergue; l quien procuraba introducir el espritu y la prctica del
orden y la economa en la vida domstica de aquellos artistas,
llevndoles un poco de la saludable influencia de su hogar, que al fin
hogar era, aunque no pudiese servir de modelo; menos cada da. Se le
figuraba a Reyes tener dos casas, la de su mujer y la de su querida; y
as como l mismo, sin pensarlo ni quererlo, haba introducido en el
casern de los Valcrcel aires de libertinaje, semilla de corrupciones
que tan bien preparado tenan el terreno en el alma de Emma; del propio
modo irreflexivo, por instinto, haba ido poco a poco sembrando grmenes
de costumbres sedentarias, de orden provinciano, de disciplina
domstica, en la intimidad de su trato con los cantantes. Tal vez a este
influjo contribuan, ms que los ejemplos de su propia casa, las
reminiscencias, de muy antiguos tiempos, de los hbitos de paz familiar
y humildad econmica que conservaba todava el escribiente de Valcrcel,
que no en balde haba pasado su niez y el principio de su juventud al
lado de sus padres honrados, pobres, humildes, resignados. El ideal de
Bonis era soar mucho y tener grandes pasiones; pero todo ello sin
perjuicio de las buenas costumbres domsticas. Amaba el orden en el
hogar; mirando las estampas de los libros, se quedaba embelesado ante
una vieja pulcra y grave que haca calceta al amor de la lumbre,
mientras a sus pies, un gato, sobre mullida piel, jugaba sin ruido con
el ovillo de lana fuerte, tupida, smbolo de la defensa del burgus
contra el invierno. Envidiaba el valor, la despreocupacin de los
artistas que no tienen casa, que acampan satisfechos en las cinco partes
del mundo; pero esta admiracin naca del contraste con los propios
gustos, con la invencible aficin a la vida material tranquila,
sedentaria, ordenada. Hasta para ser romntico de altos vuelos, con la
imaginacin completamente libre, le pareca indispensable, a lo menos
para l, tener bien arreglada la satisfaccin de las necesidades
fsicas, que tantas y tan complicadas son. El smbolo de estos
sentimientos eran, como va indicado ms atrs, las zapatillas. Cuando en
sus ensueos juveniles haba ideado un castillo roquero, una hermosa
nazarena asomada a la ojival ventana, una escala de seda, un lad y un
galn, que era l, que robaba a la virgen del castillo, siempre haba
tropezado con la inverosimilitud de huir a lejanos climas sin las
babuchas. Y era claro que las babuchas eran incompatibles con el lad.
Adems, no todo eran las zapatillas; haba algo ms en su cario al
hogar templado, dulce, sereno... la familia. Oh, la familia honrada,
sin adulteraciones, sin disturbios ni mezclas, era tambin su encanto!
Sera la familia incompatible con la pasin, como las babuchas con el
lad? Tal vez no. Pero l no haba encontrado la conjuncin de estos dos
bellos ideales. La familia no era familia de verdad para l; Dios no lo
haba querido. Su mujer era su tirano, y en sus veleidades de amor
embrujado, carnal y enfermizo, corrompida por l mismo, sin saberlo, era
una concubina, una odalisca loca; y, lo que era peor que todo: faltaba
el hijo. Y en casa de Serafina, en casa de la pasin... no haba la
santidad del hogar, ni siquiera la esperanza de una larga unin de las
almas. Los cantantes tendran que marcharse el mejor da. Eran judos
errantes; ya era un milagro que entre abonos empalmados, truenos de
compaas, semanas de huelga, prrrogas de esperanzas, ayudas del
prstamo, acomodos del mal pagar y abusos del crdito, hubieran podido
permanecer Mochi y la Gorgheggi meses y meses en el pueblo. El da menos
pensado Bonis se encontrara en el cuarto de Serafina con las maletas
hechas. La de vmonos, dira Mochi, y l no tendra derecho para
oponerse. No tena un cuarto, no poda ofrecerles medios materiales para
continuar en el pueblo; el arte y la necesidad soplaban como el viento,
y se llevaban all, por el mundo adelante, su pasin, el nico refugio
de su alma dolorida, necesitada de cario, de caricias castas (como
haban acabado por ser las de Serafina), de dignidad personal, que le
faltaba al lado de su Emma; la cual slo se humillaba por momentos en su
calidad de bestia hembra, para ser enseguida, aun en el amor, el dspota
de siempre, que sazonaba las caricias con absurdos, que eran
remordimientos para el atolondrado marido. Solo, solo se volvera a
quedar en poder de Emma, en poder de las miradas fras, incisivas de
Nepomuceno, el de las cuentas, en poder de Sebastin, el primo, y de
todos los dems Valcrcel que quisieron hacer de l jigote a fuerza de
desprecios!

Despert la Gorgheggi sonriente, sin dolor de muelas; agradeci a su
Bonis que velara su sueo como el de un nio; y la dulzura de sentirse
bien, con la boca fresca, harta de dormir, la puso tierna, sentimental,
y al fin la llev a las caricias. Mas fueron suaves; mezcladas de
dilogos largos, razonables; no se parecan a las ardientes prisiones en
que se convertan sus abrazos en otro tiempo. As, pensaba Reyes,
debieran ser las caricias de mi esposa. Serafina se haba acostumbrado
a su inocente Reyes y a la vida provinciana de burguesa sedentaria a que
l la inclinaba, y a que daban ocasin su larga permanencia en aquella
pobre ciudad y la huelga prolongada. Se iban desvaneciendo las ltimas
esperanzas de brillar en el arte, y Serafina pensaba en otra clase de
felicidad. La falta de ensayos y funciones, la ausencia del teatro, le
saba a emancipacin, casi casi a regeneracin moral: como las
cortesanas que llegan a cierta edad y se hacen ricas aspiran a la
honradez como a un ltimo lujo, Serafina tambin soaba con la
independencia, con huir del pblico, con olvidar la solfa y meterse en
un pueblo pequeo a vegetar y ser dama influyente, respetada y de viso.
Ya iba conociendo la vida de aquella ciudad, que despreciaba al
principio; ya le interesaban las comidillas de la murmuracin; haca
alarde de conocer la vida y milagros de sta y la otra seora, y un da
tuvo un gran disgusto porque Bonis no consigui que se la invitara el
Jueves Santo a sentarse en cualquier parroquia en la mesa de petitorio.
Cant una noche, con Mochi y Minghetti, en la Catedral, y sinti orgullo
inmenso. Le andaba por la cabeza un proyecto de gran concierto a
beneficio del Hospital o del Hospicio. A Mochi no le cay en saco roto
la idea; pero le torci el rumbo. Un gran concierto, s, pero no a
beneficio de los pobres, sino a beneficio de los cantantes, restos del
naufragio de la compaa. Se dio a Minghetti, el bartono, noticia del
proyecto, y le pareci magnfico. l sugiri al tenor la ocurrencia de
aprovechar aquel concierto para reanimar el instinto filarmnico de los
vecinos: se haban cansado de pera, bueno; pero ya haca una temporada
que se haba cerrado el teatro; la Gorgheggi, apareciendo en traje de
etiqueta en los salones de una sociedad, y cantando, sin accionar y sin
dar paseos por la escena, pedazos de msica escogida, volvera a
despertar el apetito musical de los muchos aficionados; esto facilitara
la idea de abrir un abono condicional sobre la base del terceto; tenan
tenor, tiple y bartono; se traera contralto, bajo y coros, y se poda
arreglar otra campaa que bastase para pagar trampas, y esperar con
menos prisa y afn alguna contrata en otra parte. Para poner por obra el
proyecto, haba que contar con algn indgena que tomara la iniciativa.
Nadie como Bonis. Serafina se encarg de rogarle que lo tomase por su
cuenta. Dicho y hecho. Aquella tarde, entre las caricias de un amor
apacible y de intimidad serena, la Gorgheggi suplic a su amante que
apadrinase con celo y entusiasmo su idea, que se encargara de preparar
el concierto, venciendo los obstculos que pudieran surgir. Qu menos
poda hacer Bonifacio por aquella mujer, a quien no poda dar ya dinero,
y eso que tanto lo necesitaba? Propuso el proyecto de los cmicos a la
Junta del Casino, que formaba como una Sociedad agregada a la empresa
del caf de la Oliva; en el piso principal estaban el saln de baile y
las salas de juego y de lectura de aquel crculo de recreo, algunas
veces de envite y azar. La Junta directiva, que tena la conciencia de
sus deberes, prometi estudiar la cuestin. Hubo deliberaciones
repetidas, se vot, y, por una exigua mayora, se aprob el proyecto del
concierto, que terminara en baile, pero sin ambig.

Bonifacio ocultaba a su mujer que andaba en aquellos tratos, que era el
alma de la proyectada fiesta; pero ella supo que el concierto se
preparaba, y que su Bonis era factor del holgorio, que iba a ser cosa
rica. Si de otras cosas que saba tambin, y tiempo haca, no le haba
hablado, sino con indirectas y sin insistir, ahora le convena darse por
enterada claramente; y as, le dijo un da a la mesa, a los postres, en
presencia de Nepomuceno:

--Vamos a ver, hombre, por qu me tienes tan callado lo que me preparas?
Es que quieres sorprenderme?

--Lo que te preparo?

--S, seor; lo del concierto: ya s que t y otros queris echar un
guante disimuladamente en favor de esos pobres cmicos que han quedado
en el pueblo y no deben de pasarlo bien. Perfectamente; muy bien hecho.
Es una gran idea y una obra de caridad. Haremos una limosna y nos
divertiremos. Magnfico. Verdad, to, que es una idea excelente?

--Excelente--asinti Nepomuceno, limpindose los labios con la servilleta
y bajando la cabeza.

--Cuenta conmigo y con la seorita Marta, con Marta Krner, la del
ingeniero, ya sabes, mi amiguita, que ir conmigo. El to me acompaar,
verdad? Y acaso el primo Sebastin, que vendr a las ferias. T tendrs
que arreglar por all cosas; si ya lo sabemos, hombre, no te hagas el
chiquitn, ya sabemos que eres el director de la fiesta. Y qu? Mejor.
Gracias a Dios que haces algo de provecho. Lo que me enfada es que nunca
me hayas dicho que eras amigo de los cmicos, tan amigo. Creas que iba
a disgustarme? Por qu? Yo no soy orgullosa, yo no creo que mi apellido
se desdore porque mi esposo trate a unos artistas; al contrario; si yo
fuera hombre hara lo mismo. No se cas la famosa _Tiplona_ con un
caballero de aqu? Verdad, to, que no nos ha parecido mal saber que
Bonis trata a los cmicos mucho, muchsimo? Lo supimos por la seorita
de Krner, verdad, to? Y yo hasta me puse hueca. Para que veas.

Bonifacio miraba a su mujer con los ojos fijos, combatido por dos
opuestas corrientes: un instinto ciego le deca: Guarda, Pablo! No te
fes, no cantes, hay trampa! Otra tendencia poderosa le haca ver el
cielo abierto y le empujaba el enternecimiento. Si su mujer sera capaz
de comprenderle, de comprender su amor al arte y a los artistas? No
llegaba l hasta esperar que disculpara sus amores con Serafina; era,
por el contrario, indispensable, que no supiera de ellos; pero todo lo
dems, por qu no? Es decir, lo de las deudas y el dinero prestado,
tampoco. Miraba a Emma; despus mir al to: o no haba honradez y
franqueza y lealtad en el mundo, o estaban pintadas en la cara, y
especialmente en los ojos de to y sobrina.

Confes todo lo que crey oportuno confesar. Se le agradeci la
franqueza, y to y sobrina manifestaron verdadera admiracin
contemplando la perspectiva de ideal y horas de jarana y alegra honesta
que Bonis les puso ante la fantasa con elocuencia conmovedora. Aunque
Nepomuceno y Emma iban con segunda, cada cual por diferente motivo, en
parte eran sinceros su entusiasmo y adhesin a los proyectos de Reyes.
En cuanto a disculpar las aficiones artsticas del marido y su trato con
los cantantes, nada ms fcil. No era l msico tambin? Y qu tena
de particular que, en saliendo de casa, empleara sus ocios en cultivar
la amistad de aquellos excelentes seores que saban tanta msica, eran
de tan fino trato y no se parecan a los envidiosos del pueblo,
espritus limitados, estrechsimos, montonos, inaguantables?

Nepomuceno habl ms que sola; l tambin era pintor, esto es, msico;
s: en la Sociedad Econmica haba coadyuvado a la creacin de la clase
de solfeo y piano.

--Bah, la msica!, ya lo creo, es una gran cosa. Domestica las fieras.

--Ciertamente--dijo Bonis encantado.

Y refiri a su modo la fbula de Orfeo, que a Emma la coga de nuevas
completamente, y le pareci muy interesante.

--A propsito de piano... aunque ya est viejo el alcacer para zampoas,
yo quisiera saber teclear, as... un poco... aunque no fuera ms que
tocar con un dedo las peras esas que t tocas en la flauta.

A Bonis le pareci muy laudable el propsito. Volvi a pensar, aunque
sin esperanza, en lo de la msica las fieras domestica, y dijo:

--Pues mira, si te decides, Minghetti, el bartono, es un excelente
profesor....

Emma, encendida, no pudo menos de ponerse en pie, y sin pensar en
contenerse, comenz a batir palmas.

--Oh, s, s; sublime, sublime; qu idea!, el bartono... y le pagaremos
bien; ser una obra de caridad. Pero qu lstima! Se marchar pronto?

--Oh!, eso... segn las circunstancias... si renuevan el abono, si
recomponen el cuarteto... si se les ayuda....

--Vaya si se les ayudar! Verdad, to?

El to volvi a inclinar la cabeza. La de planes que tena dentro de
ella! Los ojos le brillaban, fijos en el mantel, hablando con su fijeza
de cien ideas que no explicaban, pero que revelaban como presentes.

Lleg la noche del concierto. Se abrieron los salones del Casino,
sucursal del caf de la Oliva; hasta hubo su poquito de buffet, a pesar
del acuerdo de la Junta, y lo mejor de la poblacin acudi a tomar
sorbetes y a contemplar de cerca, y vestidos en traje de sociedad, a los
cantantes ilustres que tantas veces haba aplaudido vindolos en las
tablas, llenos de abalorios y galones dorados.

Noche solemne para Bonis! Noche solemne para Emma! Noche solemne para
Nepomuceno!




-XII-


Ardan en las araas de cristal muchas docenas de bujas de esperma;
all, al extremo del saln, sobre una plataforma improvisada, la
respetable orquesta de los msicos sedentarios, de los profesores
indgenas, inauguraba la fiesta con una sinfona de su vetusto
repertorio: all estaba el trompa, refractario al italiano y a la
afinacin; all el espiritual violinista Secades, que haba soado con
ser un segundo Paganini, que haba pasado noches y noches, das y das,
buscando en las cuerdas, acariciadas por el arco, ora lamentos de amor
sublime, ora imitaciones exactas de los ruidos naturales; v. gr.: los
rebuznos de un jumento. Sarcasmo de la suerte! El rebuzno lo haba
dominado; su arco haba llegado a hablar como la burra de Balaam; pero
la inefable cantinela del amor, los ayes de la pasin sublime, los
reservaban aquellas cuerdas para otro arco amante, no para el de
Secades. El cual, ya maduro y desengaado, iba prefiriendo su otro
oficio de zurupeto, y ms atenda ya a la banca y sus gajes que al arte
que meciera sus sueos infantiles. Tocaba ya por ganar la pitanza, medio
dormido, como sus compaeros, sin fe, sin emulacin, apenas conservando
un poco de cario melanclico y de respeto supersticioso a la buena
msica, a la antigua, despreciando las novedades que traan las
compaas de algunos aos a aquella parte. All estaba tambin el
antiguo figle, don Romualdo, calvo, digno, de gran panza; en la catedral
chirima, en todo lo profano figle; casi una gloria provincial. Todo el
pueblo, hasta los sordos, reconoca que era maravilloso lo que haca con
su extrao instrumento aquel hombre; le haca llorar, rer, hasta casi
casi toser. Pues a pesar de tanta fama, la fuerza del tiempo, el
desgaste de la admiracin, haban echado sobre la celebridad de don
Romualdo una capa espesa de indiferencia pblica; bien conoca l que
sus paisanos, sin poner un momento en duda su grandeza, se haban
cansado de admirarle; sobrellevaba estas contrariedades ineludibles con
una melancola filosfica y taciturna; segua tocando con el esmero de
siempre, aunque ya en vano. En resumidas cuentas, estaba triste,
desengaado, ni ms ni menos que su compaero Secades; l, sin
ilusiones, de vuelta ya de la gloria, yaca en el mismo surco de
resignacin fra y amarga en que se haba acostado Secades, camino de la
celebridad. Todo era igual: no haber subido al templo de la Fama y estar
de vuelta. A pesar de contarse entre aquellos respetables profesores
estas y otras notabilidades, la orquesta sonaba como los tornillos de
una mquina sin aceite; los instrumentos de cuerda estaban asmticos,
sonaban a la madera, como sabe la sidra al barril; los de bronce eran
estridentes sin compasin; bastaba uno de aquellos serpentones para
derribar todas las fortificaciones de cinco Jerics. Afortunadamente el
pblico filarmnico oa la orquesta como quien oye llover.

Emma entr en el saln despus de ejecutado el primer nmero del
programa; atrajo la atencin por dos cosas; por su vestido carsimo y
llamativo, y por venir colgada del brazo del alemn, del ingeniero
Krner, un hombre gordo, alto, encarnado, de ojos de nio llorn,
azules, claros, muy hundidos. Pareca un gran cerdo muy bien criado,
bueno para la matanza, y era un hombre muy espiritual, enamorado de
Mozart y de los destinos de Prusia. Hablaba espaol como si estuviera
inventando una lengua con palabras cuasi castellanas y giros cuasi
alemanes. Era un soador, pero capaz de llevar una fbrica en la punta
de cada dedo, y como contable, como l deca, nadie le pona el pie
delante. Saba de todo, despreciaba a los espaoles disimulndolo,
idolatraba a su hija Marta, y vena a hacerse rico.

Detrs de esta pareja entraron, tambin del brazo, Marta Krner y Bonis;
les segua de cerca, solo, D. Juan Nepomuceno, que pareca haberse
azogado las patillas, que semejaban pura plata. Marta Krner era una
rubia de veintiocho aos, muy fresca, llena de grasa barnizada de
morbidez y suavidad; su principal mrito fsico eran sus carnes; pero
ella buscaba ante todo la gracia de la expresin y la profundidad y
distincin de las ideas y sentimientos. Hablaba siempre del corazn,
llevndose la mano, que era un prodigio, al palpitante seno, que era
toda una obra de fbrica del ncar ms puro. Atribua al subsuelo de
aquella accidentada naturaleza los verdaderos tesoros de su persona;
pero los inteligentes, Nepomuceno entre ellos, estimaban en ms el
derecho de superficie.

Marta disenta de su padre en sus amores musicales; estaba por
Beethoven; en lo que estaban de acuerdo era en la necesidad
imprescindible de hacer una fortuna, o media, a ms no poder. Krner
haba venido directamente de Sajonia a dirigir una fbrica de fundicin,
establecida por un industrial al pie de unas minas de hierro, en la
regin ms montaosa de la provincia; all, hacia donde tenan sus
guaridas los Valcrcel pobres y huraos. El primo Sebastin, algo ms
comunicativo, que iba y vena de la ciudad a la montaa, fue quien
present al Sr. Krner a Nepomuceno. Al principio, el alemn y su hija
vivieron en los vericuetos, sin pensar en que a pocas leguas haba una
ciudad que poda recordarles, remotamente, la civilizacin y cultura que
dejaban en su tierra. Aunque rodeados, como deca Sebastin, de todas
las comodidades que podan ser arrastradas casi con gra, hasta las
alturas en que moraban, los alemanes vivan a lo aldeano, por lo que
toca a sus relaciones sociales. Empezaron a aprender espaol en el
dialecto del pas, oscuro y corrompido; todo su espiritualismo se iba
embotando, y por ms que procuraban mantener el fuego sagrado de la
idealidad a fuerza de sonatas clsicas, tocadas por Marta en un piano de
cola, y a fuerza de libros y peridicos ilustrados que su padre haca
traer de Alemania, ello era que el medio ambiente les invada y
transformaba; el desdn con que al principio miraron y trataron a la
gente tosca, en medio de la que tenan que vivir, se fue cambiando
insensiblemente en curiosidad; lleg a ser inters, imitacin,
emulacin, y el orgullo ya no consisti en despreciar, sino en
deslumbrar. Krner quiso lucirse entre montaeses rudos, y como all no
le valan sus habilidades de dilettante de varias artes y lector
sentimental, tuvo que aprovechar otras cualidades, ms apreciables en
aquella tierra, como, v. gr., la gran fortaleza y capacidad de su
estmago. No se le comenz a tener en tanto como l quera, hasta que
corri por uno y otro concejo montas la noticia, verdadera, de que en
una apuesta con un capataz de las minas le haba dejado el alemn al
espaol en la docena y media de huevos fritos, mientras l, Krner,
llegaba a tragarse las dos docenas muy holgadamente, y pona remate a la
hazaa engullndose dos besugos. Esto era otra cosa; y los que haban
permanecido indiferentes ante las guerras gloriosas del Gran Federico,
de que Krner se envaneca como si fuera nieto del ilustre Monarca; los
que oan hablar de Gothe, y de Heine, y de Hegel, como quien oye
llover, llegaron a reconocer el glorioso porvenir de la raza que criaba
tan buenos estmagos. Adase a esto que el ingeniero jugaba a los bolos
con singular destreza y con una fuerza de muchos caballos, o por lo
menos, de dos o tres aldeanos de aquellos. Con esta y otras anlogas
cualidades, consigui ganar las simpatas y hasta la admiracin por que
haba llegado a suspirar de veras. Pero este gnero de gloria acab por
cansarle, y sobre todo le repugn al cabo, por el peligro, que vio al
fin patente, de convertirse en un oso metafsico y filarmnico, pero
oso, en un Ata Troll de carne y hueso. Engordaba demasiado, olvidaba sus
meditaciones trascendentales..., y sus gustos sencillos, fcilmente
satisfechos con la vida montaesa, le apartaban de los complicados
planes de medro y vida regalada que haba trado de su pas. Adems, en
la fbrica de la montaa, aunque bien pagado, considerado y satisfecho
en punto a comodidades materiales, pues tena buena casa, gajes y
atenciones, al fin no prosperaba, no poda hacerse rico. Ensay el
proyecto de convertirse en socio industrial, pero cedi ante las
dificultades que el propietario a solapo le fue poniendo. Con esto se le
agri el humor, y comenz a desear con mucha fuerza salir de aquella
vida troglodtica, hacerse valer ms, y poner al alcance de la demanda
la honesta oferta de los encantos, cada vez ms exuberantes, de su hija
Marta, por la cual iban tambin pasando los aos, pero intilmente, all
en los montes. Sin dejar la fbrica, con pretexto de su servicio, Krner
menude sus visitas a la capital, a caza de algn negocio que le
pareciera de ms porvenir que el de all arriba; y en uno de estos
viajes fue cuando el primo Sebastin le hizo trabar conocimiento con
Nepomuceno. El alemn, que era sagaz y hombre de mundo, comprendi
pronto cul era el papel del hacendista en casa de su sobrina: vio
claramente que all haba dinero, y que este dinero se iba por la posta,
y que la direccin de la corriente de aquel ro de plata era, o l no
entenda de corrientes, camino del bolsillo de Nepomuceno, aunque con
grandes prdidas y derivaciones, en una delta de despilfarros, que iban
a enriquecer el caudal de modistas, comerciantes de telas, sombreros,
joyas, sin contar con las tiendas de ultramarinos, confiteras, mercados
de caza y pesca, etc., etc. Krner comenz a marear a Nepomuceno
persuadindole primero de que l, Nepomuceno, tena un verdadero talento
de contable, era un Necker... oscurecido, ocioso; con otro horizonte,
brillara como estrella de primera magnitud en el cielo de la
Administracin y de la Hacienda. En conciencia, segn Krner, estaba
Nepomuceno obligado a dar a tales facultades un empleo ms digno de
ellas que la simple mayordoma a que, _en suma_, estaba limitado. Ms era:
en inters de la ruinosa casa Valcrcel, que por lo visto iba a menos
por culpa de los despilfarros de Emma y los gastos secretos de su
marido, deba Nepomuceno poner aquel todava sano capital a parir, a
producir algo ms que el irrisorio tanto por ciento de la renta
territorial. Tanto foro, tanta casera atmica, eran cosa ridcula.
Sursum corda! All right! Desenmoheceos! Venga ese stock a la
industria, y hablaremos. A esta clase de argumentos se aadan, por va
de adorno, aperitivo y complemento, otros de carcter general; v. gr.:
lo atrasada que estaba Espaa, a pesar de la riqueza del suelo y el
subsuelo; en concepto de Krner, tenan la culpa la Inquisicin y los
Borbones, y despus el mal ejercicio del rgimen constitucional, que ya
de por s no era bueno. Con este motivo, se lamentaba de la general
decadencia espaola, y hasta llegaba a hablarle a Nepomuceno del
probable renacimiento del teatro nacional, si todos hacan lo que a l
le aconsejaba: poner en movimiento los capitales, sacar partido de los
tesoros de la tierra. No saba Krner que Nepomuceno ignoraba que
hubiramos tenido en otros siglos un teatro tan admirable; y as, por
este lado, poco habra sacado de l. Pero lo que no hizo en su nimo la
idea patritica de contribuir al renacimiento del espritu nacional,
mediante el movimiento industrial bien dirigido, lo hicieron los ojos, y
ms eficazmente las carnes de Marta, que posean una virtud magntica
sobre los sentidos de Nepomuceno. La primera vez que la vio, en la
primera visita que hizo a Krner, con motivo de ensearle este ciertos
planos y un presupuesto de una fbrica de productos qumicos, gran
proyecto del alemn; la primera vez que la vio, se qued con la boca
abierta, pasmado, sintiendo en la garganta hormigueos, y en todo su
cuerpo una sbita juventud que no haba tenido, propiamente hablando, en
toda su vida. Aquellas eran las carnes que l haba soado!

Estaban en la escalera (porque Marta le haba abierto la puerta), ella
muy mal vestida, desaliada, pero an ms llamativa y seductora cuantos
menos trapos discretos la cubran. Nepomuceno la tom por criada. Subi,
salud a Krner, y a los pocos minutos, sintiendo absoluta necesidad de
volver a ver a aquella chica, dijo:

--Si me hiciera usted el favor de mandar servirme un poco de agua....

El plan de Nepomuceno fue quitarle aquella domstica a Krner y ponerle
casa...; y aunque fuera casarse con ella. Tena que ser suya. Qu ojos,
qu carnes!

Se relama pensando que iba a verla otra vez, que iba a entrar con un
vaso de agua.

Pero el agua la trajo una verdadera fregona. Hasta el da siguiente no
supo Nepomuceno que su dulce tormento era Marta en persona; le dio a
Sebastin seas de la divinidad, y... era Marta.

Una semana despus la hija de Krner cantaba al piano una sentimental
cancin, un _lieder_ titulado _Vergiesmeinicht_, no me olvides, que no
era el de Gothe, sino mucho ms meloso; y al dedicrselo, con la mirada
expresiva y los gestos lnguidos, al administrador de las plateadas
patillas, le dejaba para siempre rendido a sus encantos y le haca
copartcipe de aquellos sentimientos de _sensucht_, que l, Nepomuceno,
no sospechaba que existieran. Por aquellos das tuvo D. Juan ocasin de
enterarse de quin era Fausto, y del pacto que haba hecho con el
demonio; y adquiri la nocin de Margarita, rubia, pobremente vestida,
con los ojos humillados y con un cntaro debajo del brazo, camino de la
fuente. Margarita era su Marta, aquella seorita tan gruesa, tan blanca,
tan fina de cutis y tan espiritual, que le haba revelado en pocas horas
un mundo nuevo: el de los amores reconcentrados y poticos. l quera
ser Fausto para rejuvenecerse, sin vender el alma al diablo, no por
nada, sino porque el diablo no aceptara el contrato. Tampoco pens en
teirse las patillas, sino en sobredorarlas, es decir, en dejar adivinar
a los Krner que no en vano ni de balde se era ministro de Hacienda en
casa de los Valcrcel aos y ms aos. Tard poco tiempo el alemn en
comprender el efecto que haba producido su hija en el rbitro de las
rentas de Emma; y de una en otra conferencia acerca de la proyectada
fbrica de productos qumicos, le fue metiendo en casa. Nepomuceno ya no
poda pasar el da sin su correspondiente sesin de planos y
presupuestos. Krner colocaba en su despacho (pues aunque vivan
interinamente en la ciudad, tenan casa puesta, pero casa que era de la
Empresa de la Montaa); colocaba sobre la mesa de trabajo, hecha de un
gran tablero, unos libros enormes de comercio, llenos de clculos y
partidas imaginarias, de una especie de novela de contabilidad que l
haba imaginado. Nepomuceno, a pesar de sus conocimientos y experiencia
en cuentas complicadas y oscuras, se quedaba sin entender palabra. Al
lado de aquellos libros, que parecan los del coro del Escorial,
extenda Krner sus planos pintados primorosamente en papel tela. All
ya tena algo que admirar Nepomuceno espontneamente, pues supo que la
misma Marta ayudaba a su padre a trazar aquellas rayas gordas que
parecan el arco iris. Muchas veces la seorita de la casa asista a las
conferencias de su padre, como en calidad de ayudante, y arrollaba y
desarrollaba planos, y pona los finsimos dedos sobre los puntos en que
haba que estudiar; y con estos y otros motivos, pasaba y repasaba cien
veces junto a Nepomuceno, y le rozaba con sus vestidos, y hasta le haca
sentir, en ocasiones, por descuido, el peso dulcsimo, pero abrumador,
de su cuerpo: en fin, le mareaba, le enloqueca, y el to de Emma no
poda vivir ya sin aquellas confidencias econmico-tcnicas acerca de la
fbrica de productos qumicos. Lleg a creerse enamorado del proyecto;
no poda menos de producir montones de oro aquella fbrica, que, sin
salir de los planos, ya le tena a l la _qumica orgnica_ en revolucin,
y le converta en minutos las breves horas de aquellas interesantes
explicaciones. Quedaron el alemn y el espaol en que no faltaba ms que
dinero para que el proyecto colosal se pusiera en prctica y marchara
como una seda. Faltaba dinero... pero ya parecera. Entretanto,
Nepomuceno insinu en el nimo de padre e hija la necesidad de acoger
con benevolencia la debilidad de corazn que l dejaba entrever
discretamente. Marta, en vez de repugnar la confesin implcita de
aquella pasin, que no sera ella quien la calificase de senil, en vez
de rechazar las veladas galanteras del nuevo amigo de su padre, le daba
a entender con sonatas de msica filosfica, reposada y trascendental,
que ella, a pesar de las apariencias, daba poca importancia a lo fsico,
despreciaba la accin del tiempo sobre los organismos, y atenda
directamente al elemento eterno del amor, del amor, que nunca es
machucho. En fin, que lo que faltaba era dinero; la fbrica y la pasin
marcharan en perfecta armona y con toda prosperidad, en cuanto
pareciese el capital que era necesario para su movimiento. A medias
palabras, y hasta por seas, comprendieron los Krner la conveniencia de
tratar, y tratar con la mayor amabilidad posible, a Emma Valcrcel. No
fue ardua empresa la del to, que se propuso conseguir estas relaciones
justamente en la poca en que Emma decret echarse al mundo y gozar de
su riqueza mermada y de cuanto estuviese en sus manos, sin lmites ni
remordimientos. As, el conocimiento superficial, de mero cumplido, que
ya haba de tiempos atrs, por intermedio del primo Sebastin, entre la
Valcrcel y los alemanes, se convirti fcilmente en amistad asiduamente
cultivada, en una amistad casi ntima, que se iba estrechando,
estrechando, segn Emma entraba ms y ms por los anchos y suaves
senderos de su nueva vida. La Valcrcel, como ya se ha dicho, tena en
sus planes de venganza respecto del _ladrn de su to_, la idea de
corromper a Marta, despus de casada con Nepomuceno. Le encontraba ella
muchsima gracia a la ocurrencia. Por eso se prest gustosa a estrechar
relaciones con los Krner; lo que no poda calcular era que Marta le iba
a entrar por el ojo derecho, y a conquistar su afecto extremoso con la
seduccin singularsima de su intimidad mujeril, nerviosa, llena de
novedades, picantes y pegajosas, para la pobre Emma, cuya depravacin
natural no haba tenido hasta entonces ningn aspecto literario ni
_romntico-tudesco_. Marta, virgen, era una bacante de pensamiento, y las
mismas lecturas disparatadas y descosidas que le haban enseado los
recursos y los pintorescos horizontes de la lascivia letrada, le haban
dado un criterio moral de una ductilidad corrompida, caprichosa,
alambicada, y, en el fondo, cnica. Un hombre, por estrechas que fuesen
sus relaciones con la seorita Krner, jams podra saber el fondo de su
pensamiento y de sus vicios, porque del pudor no le quedaba a ella ms
que el instinto del fingimiento y la sinceridad de la defensa material,
hipcrita, contra los ataques del macho; Marta podra acompaar al varn
en los extravos lbricos a que l la arrojase, pero siempre le
ocultara otra clase de corrupciones morales, de depravacin ideal que
llevaba ella dentro de s, y que slo podra confiar a otra mujer en que
encontrase simpatas de temperamento y de desvaros sentimentales. Emma
y Marta se entendieron pronto, y a las pocas semanas de tratarse con
frecuencia y confianza, ya se las oa, all, a lo lejos, en el gabinete
de la Valcrcel, rer a carcajadas, con risas histricas; y cuando se
presentaban a los hombres, a Nepomuceno, Krner y Bonis, despus de
estas alegres confidencias, llenas de secretos y malicias, sonrean con
sonrisas que eran seas y burlas mal disimuladas de los santos varones
que eran incapaces de penetrar los misterios de la amistad retozona y
llena de cuchicheos de la espaola y la tudesca. Marta haca alarde de
tener un carcter complicado, que el vulgo no poda comprender; hablaba
mucho de la moral vulgar, por supuesto cuando trataba con personas que
ella crea capaces de entenderla. Su alegra, su afn de jugar, saltar,
levantarse de noche en camisa para dar sustos a las criadas, correr por
la casa y volverse al calor del lecho, palpitante de emocin y
voluptuosidad jaranera, eran un contraste, una _anttesis_, deca ella, de
su exquisita sensibilidad, del _clair de lune_ que llevaba en el alma.
Bueno, peor para los necios que no eran capaces de entender estas
contradicciones. Era catlica, como su padre, y afectaba haber escogido
la _manera_ devota de las espaolas como la frmula que ella haba soado,
como si su alma hubiese sido espaola en religin antes de aparecer en
Alemania. Una nota nueva, sin embargo, tena en su opinin su
religiosidad, la nota _artstica_ que no encontraba en la dama espaola.
Marta, entusiasta de _El Genio del Cristianismo_, lo entenda a su modo,
lo mezclaba con el romanticismo gtico de sus poetas y novelistas
alemanes, y despus, todo junto, lo barnizaba con los cien colorines de
sus aficiones a las artes decorativas y del prurito pictrico. Aunque
enamorada de la msica, amaba el color por el color, y daba suma
importancia al azul de la Concepcin y al castao oscuro de Nuestra
Seora del Carmen; hablaba ya de _la capilla Sixtina_, conversacin
inaudita en la Espaa de entonces, y de las maravillas que haba ella
visto en Florencia y otras ciudades de Italia, por donde haba viajado
con su padre. Lo que no confesaba Marta era que su aficin ms sincera,
ms intensa, consista en el placer de que le hicieran cosquillas, en
las plantas de los pies particularmente. Debajo de los brazos, en la
espalda, en la garganta, se las haban hecho muchas personas, hombres
inclusive; pero, en cuanto a las plantas de los pies, es claro que slo
de tarde en tarde consegua encontrar quien la proporcionase ocasin de
gozar de aquellas delicias: alguna criada con quien haba intimado,
alguna amiga aldeana... y ahora Emma, de quien a los dos meses de trato
haba conseguido este favor sibartico, que la Valcrcel, muerta de
risa, otorg gustosa. Ella tambin quiso probar aquel extrao placer que
tanto apasionaba a su amiga; pero no le encontr gracia, y adems no
poda resistir ni medio segundo la sensacin, que la excitaba en balde.
En el alma fue donde se dej hacer cosquillas Emma por las sutilezas
psicolgicas y literarias de su amiga. Qu cosas supo por aquella
mujer! Haba en el mundo, sin que lo sospechara Emma, dos clases de
seres, los escogidos y los no escogidos, las almas superiores y las
vulgares. El toque estaba en ser alma escogida, superior; en sindolo,
ancha Castilla!, ya no haba _moral corriente_, vnculos sociales ni
nada; bastaba con guardar las apariencias, evitar el escndalo. El amor
y el arte eran soberanos del mundo espiritual, y el privilegio de la
mujer ideal, superior, consista en sacar partido del arte para el amor.
La mujer hermosa, sentimental, potica y _dilettante_, era el premio del
artista, y el placer de premiar al genio el ms sublime que Dios haba
concedido a sus criaturas. Marta, an muy joven, haba sido novia, en
Sajonia, de un gran msico, un especialista en el rgano; y a un pintor
que imitaba a Rembrandt le haba otorgado favores de ndole ntima,
familiar, aunque es claro que sin menoscabo de la virginidad _material_,
que tena que estar reservada para el _filestin_, as deca, con quien no
tendra inconveniente en casarse. Porque era necesario ser rica; no por
nada, sino por poder satisfacer las necesidades estticas, que cuestan
caras, toda vez que en la esttica entrara el _confort_, los muebles de
lujo, de arte, el palco en la pera, si la hay, etc., etc. Su ideal era
casarse con un hombre ordinario muy rico, y proteger con el dinero de
aquel ser vulgar a los grandes artistas, reservando su amor para uno o
ms de estos, porque tambin era una vulgaridad la constancia
_unipersonal_. Como Marta lea muchos libros de literatura espaola
antigua, cosa de moda entre los literatos de su tierra, pona por modelo
de su teora a la mujer del _Celoso extremeo_, que sin cometer, lo que se
llama cometer, adulterio, haba dormido abrazada al gallardo Loaisa, sin
pecar sino con el pensamiento. El _Celoso extremeo_ haba sido tan noble,
que se haba muerto dejando a su esposa toda su fortuna y el encargo de
casarse con su amante; pero como los maridos modernos y de la impura
realidad no eran tan generosos como Carrizales, lo que deba hacer la
mujer superior era sacarle el jugo crematstico al esposo lo ms pronto
que pudiese. Todo esto, dicho de muy diferente manera, pero en forma
pedantesca siempre, se iba metiendo por el deseo de Emma, la cual, por
cierto cansancio del organismo y depravacin moral, sutil y retorcida,
que era el fondo de su alma, hallaba un sabor superior a toda delicia en
las aventuras en que superaban la malicia y el engao al placer material
conseguido como resultado de las artimaas. Engaar por engaar era lo
mejor. Sin embargo, reconoca que deba de ser manjar de los dioses el
tener _relaciones_ con un hombre superior, con un artista, por ejemplo,
con un bartono tan guapo y _famoso_ como el celebrado Minghetti. No se lo
neg Marta, quien, confidencia por confidencia, recibi con gusto y con
amplio criterio de benevolencia el secreto de Emma relativo a sus
coqueteras con el bartono de la compaa tronada. En el fondo, la
alemana compadeci a su amiga, pues si bien haba ella misma contemplado
sin enojo una y otra vez el buen talle y el calzn ajustado del rey--no
importa cul--en tal o cual pera, del rey Minghetti, no vea por dnde
se poda clasificar a tan bien formado cantante en la categora de los
hombres superiores y verdaderamente artistas. Pero no haba que ser
exigente. Ella, es claro que estaba por encima de tales aficiones. Su
prurito, aparte el de las cosquillas, era escribir cartas entusisticas
y confidenciales a sus autores predilectos; unos le contestaban, otros
no; pero sola mandar su retrato con sus confesiones epistolares, y ms
de un escritor se anim, en consideracin, a la buena moza que envolva
aquel espritu repugnante, a entablar correspondencia; y as tuvo ella
ms de dos amores ideales y _platnicos_... por escrito. Posea, adems,
un lbum de _intimidades_, ilustrado por muchas firmas desconocidas y
algunas notables, en que se contestaba a las consabidas preguntillas:
Cul es vuestro color predilecto? Y la virtud predilecta? Qu autor
prefers?, etc., etc. A una mujer que saba, por ejemplo, que a Litz le
gustaban las trufas, y haba _llorado_ confidencialmente con las penas
ocultas de un poeta de la _Joven Alemania_, tena que parecerle poco
hombre, aunque bien formado, el bartono de la compaa de Mochi.

El cual, acompaado de Serafina y del bartono, entraba en el saln
cuando acababa de cantar una romanza italiana un aficionado de la
localidad, de oficio relojero, y tenor suprasensible, como le llamaban
los chuscos, porque cuando tena que subir a las notas ms altas
desapareca su voz, como si la llevasen en globo al quinto cielo, y no
se le oa por ms que gesticulaba; pareca estar hablando desde muy
lejos, desde donde poda ser visto, pero no odo. An se rea el pblico
disimuladamente del tenor suprasensible, cuando la atencin general tuvo
que volverse a contemplar la hermosura de Serafina, que con la mirada
humilde, exhalando modestia, adems de muy buenos y delicados olores,
llegaba, vestida de negro, con gran cola, enseando los blanqusimos
hombros y las primorosas curvas del seno, al pie de la plataforma, donde
el presidente del Casino la aguardaba para darle el brazo, subir con
ella las dos gradas que la separaban del piano, y dejarla, previa una
gran inclinacin de cabeza, junto a Minghetti, que, de frac y corbata de
etiqueta, paseaba los blancos dedos, de uas sonrosadas, por el
amarillento teclado, haciendo prodigios de elegante habilidad por
aquellas octavas adelante.

Bonis haba desaparecido; poco despus hablaba con Mochi en un gabinete
cercano. Nepomuceno y Krner acompaaban a Emma y a Marta, todos
sentados en una de las primeras filas, que siempre quedaban, en casos
tales, para las seoras que venan tarde; porque las que, para su
vergenza, llegaban temprano, se iban colocando en lo ms escondido y
apartado, huyendo, como del diablo, de la proximidad del espectculo,
como si fuese tomar en l parte el tenerlo muy cerca. No faltaba seora
que confunda a los cantantes con los prestidigitadores que en el mismo
Casino haba visto maniobrar, y no quera que le quemasen el pauelo, ni
aun en broma, ni que le adivinasen la carta que tena en el pensamiento.

Emma no haba visto nunca tan de cerca a la Gorgheggi, en la que pensaba
tanto de algn tiempo a aquella parte. La admiraba, como a su pesar; la
tena por una perdida a la alta escuela... y esto mismo la atraa, a
pesar de ciertos asomos de envidia con que iba mezclada la admiracin.
Ahora que la tena a cuatro pasos, y le poda ver los brazos desnudos, y
el talle apretado, y la pechuga, entre velas de esperma, todo al aire;
ahora que poda apreciar sus facciones y sus gestos, y hasta algo oa de
su voz, que pareca que aun hablando cantaba, ahora Emma, con el
pensamiento, la desnudaba ms todava, y le meda el cuerpo, y le
escudriaba el alma; quera apreciar por la proporcin cmo tendra de
gruesas y bien formadas las extremidades invisibles y otras partes de su
cuerpo. Por lo que vea, era muy blanca, y deba de seguir sindolo; no,
no eran polvos de arroz; era blancura sana, cutis ingls, una verdadera
frescura y una hermosura a prueba de tijeras. Decan que la voz decaa,
pero lo que es la lozana del cuerpo era bien briosa y bien slida; no
haba all asomos de decadencia. Lo que habra gozado aquella mujer!
Qu les dira a sus queridos?. Emma se acord del secreto de sus
extraas expansiones matrimoniales de aquellos ltimos tiempos, de aquel
secreto amor material, que le tena a ratos, all de noche, entre sueos
y pesadillas, a su bobalicn de Bonis (vergenza que ni a Marta se
atreva a confesarle). Les dira a los amantes aquella guapsima
picarona lo que ella le deca a Bonis? Emma se acord--por primera vez
pens en ello--, de que tales frases disparatadas ella no las saba
tiempo atrs, de que era Bonis mismo el que se las haba hecho aprender
en aquellas locuras de que jams hablaban los dos despus que amaneca.
Sera aquello mismo lo que les deca la cmica a sus queridos? Sera
Bonis uno de tantos? Sera verdad lo que haba llegado a sus odos y lo
que ella haba sacado por conjeturas? Pareca imposible! Siendo Bonis
tan majadero, y no disponiendo de un cuarto, cmo le habra querido, ni
siquiera por broma, aquella seorona, quiere decirse, aquella pjara tan
seorona, que pareca una reina? Y sin embargo... poda ser. Haba
indicios. Y cosa rara!, ella no senta celos; senta un orgullo raro,
pero muy grande, as como si a su marido le hubieran mandado un gran
cordn azul o verde del emperador de la China; o como si Bonis fuese
hermano suyo y se hubiera casado con una princesa rusa... no, no era
as; era otra cosa... muy especial. De repente se acord de las teoras
de la alemana que tena al lado, de aquello de que el matrimonio era
convencional y los celos y el honor convencionales, cosas que haban
inventado los hombres para organizar lo que ellos llamaban la sociedad y
el Estado. Si quera ser una mujer superior, y s quera, porque era muy
divertido, tena que renunciar a las vulgaridades de las damas de su
pueblo. En Madrid, en Pars, en Berln, las grandes seoras saban que
sus maridos respectivos tenan queridas y no les tiraban los platos a la
cabeza por eso; lo que hacan era tener queridos tambin. Pero Bonis, el
bobalicn de Bonis, se haba atrevido, _sin su permiso_... y saliendo de
casa a deshora por lo visto, y?... no, lo que es esto, es claro que
haba de pagarlo, es claro, fuese verdad o no; eso era harina de otro
costal, y no haba alma superior que valiera; Bonis no era alma
superior, y tena que salirle al pellejo la picarda... y eso que tena
gracia. No, y bien mirado, por qu no haba de querer aquella perdida a
Bonis... en cuanto buen mozo, y rendido, y sano, y servicial? No le
haba querido ella tambin? Sera ms una cmica que ella... que iba
hacindose una mujer superior? S, y bien superior: mirndolo bien, lo
haba sido toda la vida; lo era sin saberlo; antes de que Marta hubiese
parecido por su casa, ya ella tena el prurito de no enfadarse por lo
que se enfadan los dems, y haba discurrido aquello de no alborotar ni
enfurecerse cuando los dems quisieran ni por lo que los dems lo
esperasen; y ya haba discurrido la graciossima idea de vengarse del
ladrn de Nepomuceno y del tonto de su marido poco a poco, y a su
manera, y a su gusto y dndoles el gran chasco. Vaya si haba sido
siempre una mujer especial, superior!

Serafina, por disposicin de Mochi, que quiso halagar los sentimientos
religiosos del concurso, cant una plegaria a la _Virgen_, de un maestro
italiano. El pblico, en cuanto cay en la cuenta de que se trataba de
ponerse en relacin con la Divinidad, dej de hacer ruido con las sillas
y los cuchicheos, se recogi todo lo que pudo y oy en silencio, como
dando a entender que l no slo comprenda la sublimidad de los
misterios dogmticos, sino tambin la misteriosa relacin de la msica
con lo suprasensible. Serafina, que tanto hubiera dado semanas atrs por
haber sido invitada a pedir para los pobres a la puerta de la iglesia,
aprovechaba aquella ocasin para dar prueba de su acendrada
religiosidad, deshaciendo as los rumores que haban corrido de que era
protestante. La verdad es que estaba muy hermosa con aquel aire de
modestia y de piedad recatada, con aquella frente pursima, algo grande,
algo convexa... y, sin embargo, llena de expresin familiar, dulce, y en
aquel momento religiosa; las ondas del cabello claro, sirviendo de marco
vaporoso a la curva suave de aquella frente pura y blanca, eran smbolo
de una idealidad que se perda en el ensueo potico.

Bonis, en cuanto oy la voz de Serafina elevarse en el silencio del
saln, sin pensar en lo que haca, sin poder remediarlo ni querer
remediarlo, como atrado por un imn, se aproxim al umbral de la puerta
ms lejana para escuchar desde all. La plegaria italiana, sin ser cosa
notable ni muy original, era msica buena para aficionados, msica de
_sentimiento_, lenta, suave, nada complicada, de un _patos_ muy tolerable y
sugestivo. Ay--pens Bonis--, la paz del alma! En otro tiempo, no hace
mucho, yo amaba la pasin, que slo conoca por los libros. Pero la
paz... la paz del alma, tambin tiene su poesa. Quin me la diera!,
ay, s!, quin me la diera! As era, como aquella msica: dulce,
tranquila, sentimiento serio, fuerte a su modo, pero mesurado, suave,
amigo de la conciencia satisfecha, amando el amor dentro del orden de la
vida; como se suceden las estaciones sin rebelarse, como corren la noche
y el da uno tras otro, como todo en el mundo obedece a su ley, sin
perder su encanto, su vigor; as amar, siempre amar, bajo la sonrisa de
Dios invisible, que sonre con el pabelln de los cielos, con el rozarse
de las nubes y el titilar de las estrellas!. Mi Serafina, mi mujer
segn el espritu, recuerdo de mi madre segn la voz; porque tu canto,
sin decir nada de eso, me habla a m de un hogar tranquilo, ordenado,
que yo no tengo, de una cuna que yo no tengo, a cuyos pies no velo, de
un regazo que perd, de una niez que se disip. Yo no tengo en el
mundo, en rigor, ms _parientes_ que esa voz!. Cosa ms particular!
Cuando pensaba as, o por el estilo, Bonis, de repente, crey entender
que el canto religioso de Serafina llegaba a narrar el misterio de la
Anunciacin: Y el ngel del Seor anunci a Mara.... Disparate
mayor! Pues no se le antojaba a l, a Bonis, que aquella voz le
anunciaba a l, por extraordinaria profeca, que iba a ser... madre; as
como suena, madre, no padre, no; ms que eso... madre! La verdad era
que las entraas se le abran; que el sentimiento de ternura ideal,
puro, suave, pacfico que le inundaba, se converta casi en sensacin,
que le bajaba camino del estmago, por medio del cuerpo. Esto debe de
ser--pensaba--, en eso que llaman el gran simptico! Y tan _simptico_!
Dios mo, qu delicias; pero qu extraas! Estas parecen las delicias
de la concepcin. Oh, la msica as, como esa, con esa voz, me vuelve
casi loco! S, s, disparatado era todo aquel pensar; pero, cmo
llenaba el alma! Ms que el amor mismo, con otra clase de amor nuevo....
menos egosta, nada egosta... qu saba l!. Tuvo que apoyar la
cabeza en la madera fra del quicio y volverla hacia el gabinete, porque
los ojos se le oscurecan, llenos de lgrimas, y no quera que nadie le
viese llorar. Bueno sera--pens mientras se iba serenando--, que ahora
me preguntase Emma, por ejemplo:--Por qu lloras, badulaque?--Pues lloro
de amor... nuevo; porque la voz de esa mujer, de mi querida, me anuncia
que voy a ser una especie de virgen madre... es decir, un padre....
madre; que voy a tener un hijo, legtimo por supuesto, que aunque me le
paras t, _materialmente_ va a ser _todo_ cosa ma. No, no pensaba l que
el hijo fuese de la querida, eso no; que Serafina perdonase, pero eso
no; de la mujer, de la mujer... pero de cierta manera, sin que la
impureza de las entraas de Emma manchase al que haba de nacer; todo
suyo, de Bonis, de su raza, de los suyos... un hijo suyo y de la _voz_,
aunque _para el mundo_ le pariese la Valcrcel, como estaba en el orden.
Bonis tena miedo de ponerse malo con tanto desbarrar, y, sobre todo,
porque se le empezaban a aflojar las piernas, sntoma fatal de todos sus
desfallecimientos. Ces la msica, call la _voz_, estallaron los
aplausos, y Bonis cambi de sbito de ideas y sensaciones y de
sentimientos. Volvi a la realidad, y se vio cogido del brazo por
Mochi, que se le llev, saln adelante, hacia el piano.

Krner se haba puesto en pie, y sus manos, aplaudiendo, sonaban como
batanes; Marta aplauda tambin, con gran asombro de las damas
indgenas, que crean privilegio de su sexo la impasibilidad ante el
arte, y hubieran reputado, por unanimidad, indigno de una seora
recatada batir palmas ante una cmica; ni ms ni menos que crean una
abdicacin del sexo levantarse en visita para saludar o despedir a un
caballero. Emma acab tambin por aplaudir, y la Gorgheggi no tard en
fijar la atencin en aquellas dos seoras que tena tan cerca, y que,
por excepcin, unan sus aplausos a los del sexo fuerte. Para Marta y
Krner, la inglesa, por extranjera, tena algo de compatriota; por
artista la consideraban ms digna de respeto y atenciones que las cursis
damas del pueblo, a pesar de todas sus pretensiones y preocupaciones
seculares. Krner se acerc al piano y habl en ingls con Serafina; en
aquella sazn llegaban Mochi y Bonis del brazo junto a la plataforma, y
gracias al carcter expansivo de Minghetti, que medi en el dilogo, y
al reconocimiento de Mochi con respecto a Bonis y todos los suyos, y a
la habilidad polglota de Krner, pronto hablaron todos juntos, con
entusiasmo, mezclndose el ingls, el alemn, el italiano y el espaol;
y Marta estrech la mano de la cantante, y esta, con una audacia y una
gentileza que pasmaron a Bonis, oprimi con fuerza y efusin los dedos
flacos de Emma. Bonifacio, al ver unidas por las manos a su mujer y a su
querida, volvi a pensar en los milagros del diablo; y en su cerebro
estall lo de _tigribus agnis_, que tantas veces haba ledo en los
peridicos y en alguna retrica. Indudablemente el tigre era su mujer.
La cual estaba radiante. Para aquella clase de emociones y sucesos haba
nacido ella. Senta un orgullo loco al verse entre aquella gente,
saludada por una mujer tan guapa y tan elegante, con tales muestras de
respeto y deferencia. Serafina la haba deslumbrado. Algunas veces haba
pensado que haba ciertas mujeres, pocas, que tenan un no s qu,
merced al cual ella senta as como una disparatada envidia de los
hombres que podan enamorarse de ellas; esas mujeres que ella conceba
que fuesen queridas por los hombres, no eran como la mayor parte, que,
guapas y todo, no comprenda qu encontraban en ellas los varones para
enamorarse. La Gorgheggi era mucho ms alta que Emma, y esta, a su lado,
senta como una proteccin varonil que la encantaba; adems, aquello de
ver de cerca, tan de cerca, lo que estaba hecho para que todo el pueblo
lo mirase y lo admirase de lejos, la envaneca, y satisfaca una extraa
curiosidad; la envaneca ms el pensar que a ella sola, a Emma, se
consagraban ahora aquellas sonrisas, aquellas miradas, aquellas
palabras, que eran ordinariamente del dominio pblico. Por otra parte,
seduccin, tal vez mayor para ella, era en Serafina la mujer de vida
irregular, la _mujer perdida_... pero perdida en grande. La curiosidad
pecaminosa con que ella haba mirado siempre a las vulgares mozas del
partido, que se haca ensear, aqu se multiplicaba y como que se
ennobleca; y Emma quera adivinar olfateando, tocando, viendo, oyendo
de cerca la historia ntima de los placeres y aventuras de la mujer
galante y artista. De repente vio, casi con imgenes plsticas, las
ideas de orden, de moral _casera_, ordinaria, sumidas en una triste y
plida y desabrida regin del espritu; oscurecidas, arrinconadas,
avergonzadas; las vio, como el guardarropa anticuado y pobre de una dama
de aldea, ridculas; eran como vestidos mal hechos, de colores ajados;
ella misma se los haba vestido y senta vergenza retrospectiva; s,
ella, a pesar de su prurito de originalidad, participaba de tantas y
tantas preocupaciones, estaba sumida en la _moral casera_ de aquellas
seoras de pueblo que no aplaudan a los cantantes ni solan tener
queridos. Se le pas por las mientes la idea de que la Gorgheggi fuera
un gran capitn, un caudillo de _amazonas_ de la moral, de mujeres de
rompe y rasga; y ella ira a su lado como corneta de rdenes, como
abanderado, fiel a sus insignias. Cuando observ la Valcrcel que las
damas del pueblo miraban con extraeza, casi con espanto, la ntima
conferencia a que se haban entregado ella y su amiga con los cmicos,
se redobl el placer que gozaba. Qu gusto, hacer entre todo el seoro
cursi del pueblo una que era sonada, algo del todo nuevo, inaudito,
asombroso y de todo punto irregular y subversivo!

Marta, aunque afectando cierta recndita superioridad al principio,
tambin estaba encantada, llena de orgullo, sin quererlo, al hablar con
Serafina; pero pronto se sinti deslumbrada y vencida, y sinti en la
actriz una superioridad real que, si no era del gnero suprasensible de
la que ella, Marta, se atribua, era mucho ms efectiva y susceptible de
ser reconocida. Marta, que haca alarde de sus conocimientos
lingsticos hablando ingls, francs, italiano, acab por seguir a la
Gorgheggi en su empeo de hablar espaol, para que la entendiese Emma. A
esta consagraba la cmica principalmente su amabilidad, la gracia
irresistible de sus gestos, gorjeos _hablados_, de su modesta actitud; y
la miraba con ojos muy abiertos, muy brillantes, que chisporroteaban
simpata, naciente cario. Y Emma acab de perder el juicio cuando
Serafina, ponindose el abanico en la frente, exclam:

--Ah! S, s! Finalmente!... _Eccola qui_!... Yo me deca: esta
seora... esta seora de Reyes... yo... la he visto, la he visto, vamos,
de otro modo, en otros das... muy lejos.... Y de repente, ahora, un
gesto, ese gesto de _le_... _sopraciglie_... me la pone delante. Oh, s,
absolutamente la misma! Ms que su retrato, ella, ella misma....

Emma abra la boca sin comprender; Marta, adivinando, ya senta envidia;
ello iba a ser que Emma se pareca a alguna mujer ilustre....

Pero la Gorgheggi no acababa de explicarse... y aadi:

--Ah! Mochi y Minghetti!... Venid... venid.... A ver, decidme a quin se
parece esta seora... Quin es... quin es... precisamente lo mismo que
ella?...

Mochi sonrea, mirando por cumplido a Emma, sin tratar de adivinar el
parecido, como si estuviera en el teatro fingiendo en un dilogo
curiosidad e inters.

Minghetti dio ms solemnidad al caso. Acerc su cara morena y larga, de
levantino, de ojos grandes, azules, hmedos, apasionados y rientes, de
bigote brillante y barba puntiaguda y algo rizada, fina, sedosa, al
rostro de Emma, encendido, casi asustado; fij la mirada desfachatada y
alegre en los ojos de la dama, y hasta se permiti, para ver mejor,
mover un poco un candelabro del piano, de modo que la luz llenase las
facciones que examinaba como absorto.

Mochi se dio pronto por vencido. No acertaba. Minghetti deca:

--Espera, espera; como con la esperanza de evocar una imagen. Emma se
senta fascinada; por el pronto, Minghetti, as, tan cerca, le ola a
_hombre nuevo_, y sus ojos, clavados en ella, eran todo una borrachera de
delicias que al tragarse se mascaban.

Cuando Minghetti se declar tambin torpe de memoria, Serafina dijo:

--Oh, qu hombres estos! No recordis... Ma... la Parini... la
Parini!...

--Oh, s! La trgica, la gran trgica de _Firenze_! Exacto, exacto; un
espejo!

As exclam Mochi, que se guard de decir que no encontraba la
semejanza.

Minghetti, que jams haba visto a la Parini, grit:

--Oh, s, en efecto! La expresin... el gesto... la viveza de la
mirada... y el fuego....

Y aadi, sonriendo a la Gorgheggi, como dicindoselo en secreto:

--Mas... las facciones son _aqu_ ms perfectas....

--Ah, s; eso s! Ms perfectas...--dijo la tiple, que continu
explicando que era la Parini una ilustre artista florentina, sin rival
entre las trgicas de su tiempo. Aunque Emma no poda dar a la semejanza
que se le encontraba todo el valor que le atribua la envidia de Marta,
sinti el orgullo en la garganta, se vio cubierta de gloria, y pens
enseguida:

Parece mentira que en este poblachn de mi naturaleza se pueda gozar
tanto como yo gozo en este momento, mirndome en los ojos de este hombre
y oyendo estas cosas que me dicen.

Interrumpida a poco la conversacin para cantar Serafina de nuevo, ahora
un terceto con Mochi y Minghetti, despus de la ovacin que sigui al
canto, volvi la sabrosa pltica, ms animada cada vez, aunque en ella
se mezclaron ya algunos seoritos del pueblo de los ms audaces y
despreocupados. Emma y Serafina hablaron algunos minutos solas entre las
colgaduras de un balcn, sonrindose, como acaricindose con ojos y
sonrisas; las vio de lejos Bonis, pas cerca de ellas, y ni una ni otra
notaron su presencia; volvi a alejarse y a contemplar su obra desde un
rincn.

Juntas! Estaban juntas! Se hablaban, se sonrean, parecan
entenderse!... Se le antojaban un smbolo, el smbolo del pacto absurdo
entre el deber y el pecado, entre la virtud austera y la pasin
seductora... Qu barbaridades pienso esta noche!--se deca Bonis--; y se
puso a figurarse que aquellas mujeres que hablaban como cotorras, y
parecan de acuerdo, y se sonrean, y se entusiasmaban con su dilogo,
se estaban diciendo, qu atrocidad!, cosas por el estilo:

--S, seora, s--deca Emma en la _hiptesis_ absurda de su marido--;
puede usted quererle todo lo que guste; comprendo que usted se haya
enamorado de l, y l de usted. Eso no est mal: en Turqua las gastan as,
y pueden ser tan honradas como nosotras las turcas; todo es cuestin de
costumbres, como dice la de Krner: todo es convencional.

--Pues s, seora; le quiero, para qu negarlo?, y l a m. Pero a
usted tambin se la estima, a pesar de ese geniazo que dicen que usted
tiene. Se la estima y se la respeta. Ya ver usted qu buenas amigas
hacemos. Por qu no? Usted no sabe lo que son artistas, lo que es vivir
para el arte, y despreciando las pequeeces de la vida de pueblo y de la
_moral corriente_. Valiente moral! Todos deben querer a todos: usted a
m, yo a usted, su marido a las dos, las dos a su marido.... El mundo, la
triste vida _finita_, no debe ser ms que amor, amor con msica; todo lo
dems es perder el tiempo....

Aquel dilogo hipottico--se qued pensando Bonis--, era un disparate,
s... y con todo... con todo... Por qu no haba de ser as? l haba
ledo que los antiguos patriarcas tenan varias mujeres, Abraham, _sin ir
ms lejos_.... La idea de Abraham le trajo la de Sara la estril... su
mujer... Isaac!, le dijo una voz como un estallido en el cerebro....
Emma era Sara...; Serafina, Agar.... Faltaban Ismael, que era
inverosmil, dadas las costumbres de Serafina, e Isaac... Isaac! Quin
saba? Por qu le deca el corazn... acurdate de Sara, ten esperanza?
Dos veces en aquella noche, que l debera consagrar a emociones tan
diferentes, se le llenaba el alma del amor de su Isaac... de su hijo....
Tena fiebre no saba dnde; tal vez estaba volvindose loco; primero se
comparaba con la Virgen; ahora con Abraham...; y a pesar de tanto
dislate, una esperanza ntima, supersticiosa, se apoderaba de l, le
dominaba.

Y al volver a mirar el grupo de su mujer y la cmica, a las cuales se
haban agregado ahora Mochi, Marta, Minghetti y Nepomuceno, sinti
Reyes una especie de repugnancia; aquella paz moral que a ratos se
apoderaba de su espritu, y hasta pudiera decirse de sus entraas, se le
alarm en el pecho, en la conciencia; le entr vivsimo deseo de apartar
a su mujer de toda aquella gente; y sin poder dominarse, se acerc al
grupo, y con gesto serio, que contrastaba con la alegra de todos, con
el ambiente de vaga concupiscencia que envolva al grupo, dijo Bonis con
una energa en el acento que sorprendi a Emma, la nica que se hizo
cargo de ello por la novedad de la voz:

--Seores... y seoras... basta de charla; el pblico se impacienta, y lo
mejor que pueden hacer estas damas y estos caballeros es comenzar la
segunda parte del programa.... Vale ms la msica que toda esa
algaraba....

Todos le miraron entonces. Hablaba en broma seguramente, y, sin embargo,
su gesto y el tono de su voz eran serios, como imponentes.

Minghetti, inclinndose cmicamente, exclam:

--Quien manda, manda.... Obediencia al tirano... al futuro empresario
_forse_....

Serafina, dando la espalda a los otros, en un momento que pudo
aprovechar, mir fijamente a su querido, abri mucho los ojos con
expresin de burla cariosa, que acab con una mirada de fuego.

Bonis tembl un poco por dentro al recibir la mirada, pero se hizo el
desentendido y no sonri siquiera.

--A cantar, a cantar!--dijo, fingiendo seguir la broma de su papel de
dspota.

Mochi se inclin tambin, y Minghetti, despus de una gran reverencia,
se sent al piano para acompaar el do de tenor y tiple con que
empezaba la segunda parte.

Nepomuceno se sent junto a Marta, y Bonis muy cerca de su mujer, que
respiraba con fuerza, absorbiendo dicha por boca y narices.

Y mientras ella, sin pensar en que le tena all, devoraba con los ojos
a la tiple y al bartono, Bonis paseaba la mirada triste, seria y
tiernamente curiosa, del rostro plido, ajado de su esposa, al vientre
que una vez haba engaado sus esperanzas; y oyendo, sin comprenderla en
aquel momento, la msica romntica del do, se dijo entre dientes:

--No importa...; ms vieja era Sara.




-XIII-


Termin el concierto a la una de la madrugada, y como era costumbre en
el pueblo, en vez de disolverse la reunin, se pusieron a bailar los
jvenes con el mayor ahnco, muy a placer de las seoritas, que slo
toleraban dos o tres horas de msica con la esperanza de estar bailando
otras dos o tres horas. Emma no pens en retirarse mientras quedase all
alma viviente. En cuanto a Marta Krner, estaba demasiado ocupada para
pensar en el tiempo. bale tanto en perseguir las fieras, es decir, en
la caza mayor a que se haba entregado en cuerpo y alma, que ya ni vea
ni oa lo que estaba delante; para ella no haba en el mundo ms que su
D. Juan Nepomuceno, con sus grandes patillas! Desde antes de terminar el
concierto haban hecho rancho aparte, en un rincn de la sala; y all
estaba la alemana ensendole el alma, y un poco, bastante, de la
blanqusima pechuga, al acaramelado mayordomo, futuro administrador de
la fbrica de productos qumicos. Krner, aunque muy metido en
conversacin con Mochi primero y despus con el Gobernador militar y el
Ingeniero jefe de caminos, vigilaba desde lejos, muy satisfecho de la
conducta de su hija. Muy de corazn aplaudi la habilidad y delicadeza
que demostr su digno vstago cuando uno, y dos y tres jvenes de lo ms
distinguido de la sociedad, se acercaron a ella solicitando el favor de
un vals o cosa parecida, y fueron corts y framente despedidos por la
robusta alemana, que no bailaba porque... aqu una disculpa torpemente
zurcida, pero mal compuesta con toda intencin. A Nepomuceno haba que
ponerle las cosas muy claras; y Marta, aun a riesgo de molestar a los
bailarines, tal vez contenta con molestarlos, porque aquello vena a ser
un anuncio, dejaba ver con gran transparencia el verdadero motivo de los
desaires que se vea obligada a dar; a saber: que era ms importante
para ella hablar con Nepomuceno que andar por all dando saltos y
despertando, el diablo sabra qu apetitos, en aquella juventud lucida y
generalmente colorada, gracias a la mucha sangre.

Nepomuceno, que a la segunda negativa de Marta, acompaada de una mirada
y una sonrisa de inteligencia para l, acab de comprender, agradeci
con todas sus entraas el _sacrificio_ que en su favor se haca; y se
hubiera derretido de gusto, a no estarlo ya, gracias a la proximidad
_vertiginosa_ de la alemana y a las cosas espirituales y no espirituales
que ella le estaba diciendo; y, sobre todo, gracias a ciertos tropezones
que de vez en cuando, bastante a menudo, daban las rodillas con las
rodillas.

Qu elocuencia... y qu _calor natural despeda_ aquella mujer! pensaba
don Juan, aplicando el mismo verbo al calor y a la elocuencia.

Marta hablaba del ideal, de todos los ideales; pero se las arreglaba de
manera que en su disertacin se mezclaban, por va de incidentes,
descripciones autobiogrficas que se referan casi siempre al acto
solemne de mudarse ella de ropa, o a estar en su lecho, medio dormida....
desvelada.... Ello es que Nepomuceno supo aquella noche, v. gr., que
aquella seorita haba ledo una cosa que se llamaba la _Dramaturgia de
Hamburgo_, de Lessing, y que, tanto como el autor del Laoconte, le
gustaban a ella las medias muy ceidas, atadas sobre las rodillas y de
color gris perla. Lo ms tierno fue la historia de las queridas de
Gothe, tema que tena muy preocupada a la de Krner desde muchos aos
atrs. El noble orgullo de Federica Brion, que no quiso casarse nunca,
porque nadie era digno de la que haba sido amada por Wolfgang, lo
pintaba Marta con un calor slo comparable al que despedan sus propias
rodillas. Nepomuceno, confundiendo las cosas, y hasta las facultades del
alma, se lleg a figurar que los _genios_ alemanes eran unos strapas que
se pasaban la vida despreciando a los seres vulgares y manoseando los
mejores bocados del eterno femenino. Cuando lleg lo de _las madres_ del
tantas veces citado Gothe, Nepo no poda menos de figurarse las tales
_madres_ como unas ubrrimas amas de cra. De todas suertes, y fuera lo
que fuera de Heine y de la _Joven Alemania_, l estaba que arda... y a
tanta ciencia y poesa y contacto de piernas, slo se le ocurra
contestar lo que, sin saberlo l, Nepomuceno, contestaba aquel personaje
de la comedia titulada: De fuera vendr.... Quiere decirse, que al to
mayordomo no se le vena a la boca ms que la solemne promesa de futuro,
pero muy prximo matrimonio.

Emma, siguiendo el ejemplo de algunas otras casadas, que bailaban
tambin, acept unos _lanceros_ a que la invit el presidente del Casino,
y poco despus bail con Minghetti una polca ntima, gnero de
desfachatez tolerada que empezaba entonces a _hacer furor_ y no pocos
estragos morales.

La polca ntima de Minghetti fue para ella una revelacin. El bartono,
que no haba perdido la pista a la aficin que le haba demostrado
aquella seora en paseo, en misa, en la calle, por medio de miradas
incendiarias, aquella noche acab de comprenderlo todo, y form un plan
de seduccin, que le convena desde muchos puntos de vista. Empez a
marearla con miradas y lisonjas all, junto al piano, durante el
concierto; y al atreverse a invitarla nada menos que para bailar una
polca de aquellas condiciones coreogrficas, jug el todo por el todo.
Aceptada la polca, ya saba l lo que le tocaba hacer; y mientras las
rodillas hablaban el lenguaje de las de Marta Krner, aunque sin
colaboracin de los clsicos alemanes, l, all en sus adentros, se
entregaba a proyectos y clculos en que haba hasta nmeros. Medio en
serio, medio en broma, _se declar_ a Emma mientras daban vueltas por el
saln; y ella, muerta de risa, muy contenta, nada escandalizada, le
llamaba loco, y se dejaba apretar, como si no lo sintiera, como si su
honra estuviese por encima de toda sospecha y no debiera parar mientes
en aquellos estrujones fortuitos. Le llamaba loco, y embustero, y
bromista; pero cuando, despus de la polca, se sentaron juntos, en vez
de incomodarse por la insistencia del cantante, se qued un poco seria,
suspir dos o tres veces, como una doncella de labor no comprendida, y
acab por ofrecer a Minghetti una amistad desinteresada; pura amistad,
pero leal y firme. Entonces el bartono, que no echaba nada en saco
roto, sin dejar el tema de su pasin incandescente, mezcl en las
variaciones del mismo una discretsima narracin de los apuros de su
vida econmica y la de sus compaeros. A Minghetti, que era un _bohemio_,
sin saber de tal epteto, no le daba vergenza hablar de su pobreza, ni
de las trazas picarescas a que haba recurrido muchas veces para salir
de atrancos. Comprenda l que parte del encanto de su persona,
irresistible para muchas mujeres, consista en su misma vida
desarreglada, de aventurero simptico, generoso, alegre, casi infantil,
pero poco escrupuloso, como no fuera en puntos de galanteo y de
valenta. Enseguida noto que en Emma este elemento de seduccin era de
los que producan ms efecto; ella misma le confes que haba comenzado
a fijarse en l, y a encontrarle _ngel_, como dicen los andaluces, la
noche aquella famosa en que haba cantado el _Barbero_... a la fuerza....

--Ah, s--exclam l sonriendo--; cuando me caz la Guardia civil!...

Y de este incidente, que tanto haba dado que hablar en el pueblo meses
atrs, tom pie para contar su historia y sus penas y apuros a su
manera, como burlndose de sus propios males. Callaba muchas cosas que
juzgaba poco a propsito para hacerle aparecer interesante; pero no
ocult ciertas maniobras no muy decentes, y os referirlas, no por amor
a la verdad, sino porque su sentido moral no le deca que era aquello
repugnante e indigno; por fortuna, tampoco Emma senta delicadezas de
este orden, y en toda treta victoriosa admiraba el arte y olvidaba al
engaado, o sea al tonto.

La mujer de Bonis escuchaba encantada aquella narracin del gnero
picaresco, en que las picardas venan a estar explicadas y disculpadas
por la viveza de las pasiones y los golpes repetidos de una adversa
fortuna.

Lo cierto era que la historia del bartono, desfigurada por l en su
narracin cuando le convino, poda resumirse en lo siguiente:

Cayetano Domnguez era natural de Valencia; haba asistido en su
infancia a los azares de la miseria, que aspira a convertir en industria
la holganza y no lo consigue, sino con intervalos de negras prisiones y
en perpetua lucha con el Cdigo penal y los agentes de su eficacia. La
crcel, residencia frecuente de su seor padre, le haba enseado, como
por ensayos repetidos, la triste vida de la orfandad; y cuando al fin el
autor de sus das sali de casa para no volver, porque en una ocasin,
al recobrar la libertad, en vez del hogar, encontr la muerte en una
misteriosa aventura, all en la Huerta, el pobre Minguillo, que as le
llamaban los dems pillastres de su barrio, al quedarse en el mundo
solo, pues su madre haba muerto al darle a luz, tena un aprendizaje
anulado que le sirvi no poco, de mala suerte, apuros, desvalimiento; y
vena a ser a los doce aos todo un hombre, y casi casi todo un pcaro,
por los recursos de su ingenio, el ahnco de su trabajo, cuando tocaban
a trabajar honradamente, y las tretas de su industria, la fuerza de
cinismo, el vigor de los msculos y el desprecio de todas las leyes y
cortapisas morales y jurdicas, que, en su opinin, se haban hecho para
los ricos; porque los pobres no podan con ellas, bajo pena de matarse
de hambre, que era el mayor crimen.

De las manos de un pariente lejano, que le mola a palos y le llamaba
hijo de tal y de cual, pas al servicio de la Iglesia con carcter de
monaguillo, y hasta lleg a cantar en el coro de la catedral en
funciones de tiple; y esta poca fue, segn l, la ms santa de su vida,
sin ser perfecta. No haca l las picardas por hacerlas, sino por el
lucro; de modo que mientras su voz sirvi para el coro, cant en calidad
de ngel en la catedral, sin hacerse jams reprender por su pereza o
impericia, pues en el trabajo era asiduo, y su destreza en todo oficio
que emprenda, extremada. Volvi a la calle porque la voz se le mudaba,
que era para el caso como perderla; y con la edad de comenzar las
pasiones a abrir sus yemas, coincidi la mayor pobreza de su vida, por
lo que no fue extrao, o a l no se lo pareci, que por aquellos das
sus expedientes para procurarse el sustento y lo dems que necesita un
mozo suelto y sin escrpulos, fuesen del todo incompatibles con los
rigores de la ley civil y criminal; sin que esto quisiera decir que
llegase a robar, al menos con violencia; sino que, recordando
tradiciones familiares, invent industrias alegres y vistosas, como
juegos de feria, con moderada trampa, inocentes chascos, justo castigo
de tontos avarientos y confiados necios, en que el provecho que a l, a
Mingo, le quedaba entre las uas, era apenas la necesaria retribucin de
su trabajo, que hubiera sido exigua cotejada con el riesgo y con el
primor y gracia de las trazas inventadas. De su voz voz traidora!, no
se haba vuelto a acordar en mucho tiempo, a no ser para cantar en
tabernas y paseos nocturnos, para solaz de los compaeros del hampa, o
seduccin de alguna mozuela, que adems habra de pedir otra paga.

Sus relaciones con la gente de sotana, interrumpidas, pero no rotas, le
presentaron ocasin de ingresar en el seminario en calidad de fmulo,
ocultando, por supuesto, gran parte de sus antecedentes; y como tena
temporadas, si no de arrepentimiento--pues l no crea que haba de
qu--de cansancio, de cierto como relativo _misticismo_ que le peda a l
la soledad de la vida recogida y largas horas de tiesura hiertica, con
un cirio en la mano, o en las oscuridades del coro, y ausencia de malas
compaas, y pan seguro ganado sin industrias prohibidas; por todo ello
se acogi a la _soledad_ del _claustro_, y fue el ms airoso, servicial y
despabilado fmulo de colegio sacerdotal, donde no saba l que haba de
llegar a ser colaborador de verdaderos horrores. Muchos aos despus,
cuando, ya libre y artista, se crea por sus actos y representacin en
el caso de ser muy _avanzado_, _librepensador_ y cosas por el estilo,
aprovechaba sus recuerdos del seminario como argumento contra las
instituciones religiosas. Lo que son los curitas, dganmelo ustedes a
m!, sola exclamar; y como no hubiera damas delante, su narracin,
probablemente exagerada, pona espanto verdaderamente, por lo que toca a
determinadas violaciones del orden natural de los instintos.

De esta clase de aventuras es claro que no le habl a Emma aquella
noche; fue ms adelante, cuando su trato lleg a ser ms ntimo, cuando
ella supo de esta clase de tormentas porque tambin haba pasado la
juventud pintoresca de su amigo.

Del seminario sali por una ventana, con un trabuco, pues nada menos
exigan la prisa y el peligro con que acudi a defender la _causa del
pueblo_ en una intentona revolucionaria en que se vio comprometido,
familiar y todo, por culpa de amistades heterclitas, adquiridas en las
escapatorias frecuentes que de noche emprenda con otros compaeros y
algn seminarista amigo de ir al teatro y a lugares de corrupcin ms
inmediata. Anduvo por los campos en calidad de sublevado das y das,
hasta que se le rompieron los zapatos y emigr con otra porcin de
ilusos, como los llamaba en una alocucin el Capitn general de
Valencia. Y tanto corri, que no par hasta Italia. Vivi en Turn, en
Roma, en Npoles, Dios sabe cmo; y ello fue que a Espaa volvi de
corista en una compaa de pera, hablando italiano, con mucho mundo, y
persuadido de que su vocacin era la msica y su fuerte la seduccin de
mujeres fciles, y el tentar a todas, fciles o difciles.

En Barcelona llam su voz la atencin de un maestro; se poda sacar
partido de ella ensendole msica, lo que se llama msica; se aplic de
veras al estudio, dej por algunos aos el teatro, vivi de no se sabe
qu recursos, tal vez a costa del amor chocho; y se le vio de posada en
posada, de fonda en fonda, despertando a los huspedes con _grgaras_ de
bartono que ensaya la voz y no deja dormir los msculos de una poderosa
garganta. Aquellos gorgoritos de pavo alborotado se los haca perdonar
siempre a fuerza de gracia, amabilidad y chiste. Era un Tenorio aniado,
un nio mozo, pueril hasta para enamorarse: se haca mimar enseguida, y
las mujeres, al quererle, ponan algo de las caricias de madre que todas
ellas tienen dentro.

A sus queridas les cantaba al odo las peras enteras, como dndoles
besos con el aliento, que pareca salir perfumado por la meloda. Una
novia suya lo dijo: aquel hombre de tan buen color, tan buenas carnes,
de cutis fresco y esbelto como l solo, esparca as como un olor, que
seduca, a msica italiana. Desde su primera contrata, en Barcelona, se
llam ya Minghetti, y Gaetano; y cuando volvi de su segundo viaje a
Italia, que dur dos aos, casi l mismo se tena ya por extranjero. En
cuanto a los instintos de tramposo, que en el nuevo oficio no tenan
aplicacin inmediata, buscaban expansiones naturales en los tratos y
contratos con los cantantes, sus mujeres, los empresarios y los
huspedes de las posadas. El lance a que Emma haba aludido se refera a
una de estas picardas, de que hubo de ser vctima el buen Mochi.
Haban reido Julio y Gaetano por cuestin de ochavos, sobre si el
valenciano haba cobrado o no, y negaba un recibo; Minghetti escap de
noche, a pie; Julio se quej a la autoridad porque el bartono se le iba
con la paga adelantada y le dejaba la Compaa en el aire; la benemrita
se encarg de recomponer el cuarteto; y, en efecto, Minghetti,
resignado, sonriente, como si se hubiera tratado de una broma, se
present de nuevo al pblico, cantando el _Barbero_ con gran malicia; lo
cual le vali una ovacin tributada a su graciosa picarda, a su
desenfado simptico y alegre. Aquella noche le conoci Emma, desde el
paraso, donde oy la historia de la fuga, comentada con entusiasmo por
el pblico, siempre dispuesto a perdonar a los tramposos guapos y
graciosos.

Pocos das despus de or las aventuras del bartono en aquella noche
solemne del baile, Emma ya le haba tenido muy cerca, cantndole al
odo, pero slo en calidad de amigo ntimo, la mayor parte del
repertorio. Lo del piano se llev a efecto; Minghetti fue maestro de la
Valcrcel, pero es claro que las lecciones se convirtieron a poco en
pura frmula, un pretexto para que el profesor cantase romanzas,
acompandose l mismo, mientras la discpula, sentada junto a l,
admirndole, pasaba las hojas, cuando el cantante lo indicaba con la
cabeza. Lleg, sin embargo, Emma a destrozar polcas y chapurrar un vals
que la entusiasmaba. Bonis nada poda oponer, porque las lecciones se
daban con su beneplcito, y adems poda observar que su mujer pasaba
algunas horas cada da estudiando solfeo y machacando teclas.

Lo que iba viento en popa era lo de la fbrica de _Productos Qumicos_ y
la reconstitucin de la Compaa de pera con la base del terceto; a
saber: la Gorgheggi, Mochi y Minghetti.

En la cabeza de Reyes se mezclaban ambas empresas, porque los
interesados en una y otra coman juntos muy a menudo en casa de Emma y
se reunan todas las noches en sus _salones_, que as quera ella que se
llamasen en adelante, previo el arreglo del mobiliario, derribo de
tabiques y otras composturas, que subieron a una cantidad respetable,
pero no respetada por Nepomuceno, que hizo con ella maravillas de
prestidigitacin. Adems, haba otra cosa, la principal, que enlazaba la
empresa teatral con la fabril, a saber: el capitalista, que, en
resumidas cuentas, vena a ser uno mismo: Emma. En lo del teatro se
admitieron acciones de algunos aficionados de la ciudad; pero estas eran
insignificantes comparadas con las de Emma; de modo que ella vena a ser
el verdadero capitalista, representada, es claro, por Nepomuceno en todo
lo que se refera a la parte econmica del negocio, y por Bonis en lo
tocante a entenderse con msicos y cantantes. Bonis a su vez delegaba en
Mochi la direccin _tcnica_, y en rigor cuanto entraba en sus
atribuciones; de suerte que el empresario y director de la Compaa
tronada vena a ser en la nueva Compaa lo mismo que antes haba sido,
sin ms diferencia que la de no exponerse a perder un cuarto y estar
slo a las ganancias, si las haba, por pocas que hubiera; que a eso
estaba l. Desde la Tiplona ac no se haba visto jams que unos _cmicos_
permanecieran, por fas o por nefas, tanto tiempo en el pueblo. Casi se
les tomaba por vecinos, y Julio y Gaetano ya discutan en el Casino,
aunque con cierta discrecin y medida, todas las candentes cuestiones de
inters local. En cuanto a Serafina, era la gala de los paseos, y los
vecinos la mostraban a los forasteros como una de las maravillas
indgenas.

Tambin tenda a aclimatarse, y aun con races ms hondas, la familia
Krner, que quera _fincar_ en aquella ciudad, uniendo su nombre a la
causa de la industria que con tanto calor defendan los peridicos de
intereses morales y materiales de la localidad. Krner hizo un viaje a
Alemania por cuenta de la nueva Sociedad de _Productos Qumicos_, para
traer todas las noticias y encargar todo el material necesario para la
fbrica, cuya construccin y explotacin deba de dirigir l mismo. En
cuanto a pagar todos estos gastos, ya se saba: el mermado caudal de la
abogada Valcrcel corra con todos los desembolsos, o con casi todos;
pues, por disimular, tambin en este negocio se ofrecieron acciones a
unos cuantos amigos y parientes. Ello fue que el capital de Emma se vio
tan seriamente comprometido en las aventuras qumico-industriales, como
dira Krner, que Nepomuceno, autor de semejante desafuero, se crey
obligado en conciencia, en la poca y mala conciencia que le quedaba, a
exponer a su sobrina con toda claridad, o poco menos, la situacin, el
riesgo que se corra.

--De esta salimos ricos, segn todas las probabilidades; mas no he de
ocultarte, amada sobrina, que nuestro dinero, es decir, tu dinero, se
expone a grandes quebrantos, que no son de esperar..., pero que caben en
lo posible.

Cuando el to mayordomo hablaba as, Emma estaba medio loca, sin sentido
para nada que no fuesen sus pasiones, sus alegras, aquella vida
desordenada y de bullicio en que se haba metido como en un bao de
delicias. Era tan feliz en aquella corrupcin, que le pareca haber
sujetado la rueda de la fortuna; adems, Krner, que se haba hecho muy
amigo suyo, la haba convencido, a fuerza de hablarle de cosas que ella
no poda entender, de que aquel _pequeo anticipo_ de miles de duros dara
por resultado una riqueza verdadera, digna de los grandes seores de
otras tierras, que no contaban, como los de all, los millones por
reales, sino por pesos fuertes y otras monedas anlogas. Ella tambin
quera ser millonaria de duros, y el corazn y Krner y Minghetti le
decan que lo iba a ser. Ello era una especie de milagro de la ciencia y
la habilidad. Pero si los alemanes no hicieran milagros de sabidura,
quin los iba a hacer?. Se trataba sencillamente de sacarles a las
algas, que el mar arrojaba a las costas de la provincia en tanta
abundancia, un demonio de materia que tena mucha utilidad para
infinitas industrias. Mentira le pareca a ella que de cosa tan
repugnante y mal oliente como era el ocle (las algas), que hasta a las
caballeras las haca espantarse, pudiese salir tanto dinero como se le
prometa; pero, en fin, ya que lo decan los sabios... y Minghetti,
verdad sera. Adelante. Adems, a Roma por todo. Si la arruinaban, qu?
Tendra gracia. Ella no estaba segura de no escaparse con el bartono
cualquier da.

Tambin la pareca imposible, como lo de las algas, que Minghetti
estuviera tan enamorado como le juraba; porque aunque estaba persuadida
de que ella haba mejorado mucho, y de que su _otoo_ era muy interesante,
y su _jamn_ suculento y en dulce, al fin l era mucho ms joven, y
ella... ella estaba, indudablemente, algo _fatigada_.

Entre alemanes e italianos... verdaderos y falsos, se haba establecido
una especie de pacto, tcito al principio, despus muy explcito, para
protegerse mutuamente. Los de la fbrica, Krner e hija, ayudaban a los
del teatro; los del teatro, Mochi, Minghetti y Gorgheggi, ayudaban a los
de la fbrica. Nepomuceno, interesado en favor de los alemanes, animaba
a Emma a gastar en la empresa de la pera, porque Marta y su padre se lo
pedan; la Gorgheggi y Mochi trabajaban en el espritu de Bonis para que
este no quitase a su mujer de la cabeza las fantsticas lontananzas de
opulencia, debidas a la qumica industrial, que iban metindole en el
cerebro el alemn y el to.

Y a unos y a otros los seduca, los corrompa, y los juntaba en una
especie de solidaridad del vicio la vida que hacan, _ponindose el mundo
por montera_, segn la frase predilecta de Emma, y viviendo alegres,
siempre mezclados en conciertos, en jiras campestres, en banquetes a
puerta cerrada. En la casa de la Valcrcel, donde un da haban sido
parsitos los taciturnos parientes de la montaa, de capa y hongo,
ahora, espantadas tales alimaas, vivaqueaban aquellos extranjeros,
aquella sociedad heterclita, que con pasmo y aun envidia de parte de la
ciudad, viva como no se sola vivir en aquel pueblo aburrido, con esa
alegra desfachatada, pero atractiva, que los dems miraban desde lejos
murmurando, pero desendola. Muchos jvenes de las _mejores familias_, que
al principio haban cortado sayos a Emma, a Bonis y Marta, ahora
callaban y hasta llegaban a defender a los de Reyes y a sus amigos,
porque algunas sonrisas de la Gorgheggi, insinuaciones provocativas,
aunque _espirituales_ de Marta, y, especialmente, invitaciones para saraos
y banquetes de Emma, los haban convertido. Hubo ms; para hacer callar
a muchos, y tambin instigada por Bonis, que empezaba a hacerse
insoportable con sus moralidades y miedos al qu dirn, Emma se dio arte
para agregar a algunas de sus fiestas, si no a las ms ntimas, a dos o
tres familias de lo ms distinguido de la capital. Una de ellas era la
de un magistrado andaluz, que tena dos hijas como dos acuarelas de
pandereta; el padre era unas castauelas de la sala de lo civil, y sus
retoos, sin madre, se pasaban la vida, inocentes en el fondo, _jaleando_
la alegra de su pap. Se aburran mucho en aquel pueblo sucio, fro,
hmedo, y vieron el cielo abierto con la amistad de Emma y compaa. El
magistrado, que era, adems, muy embustero, y hablaba de riquezas que l
tena all, en la tierra, se embarc en lo de la fbrica de Productos
Qumicos, aunque de tapadillo, y vino a interesarse en unos diez mil
reales, que l multiplicaba aadiendo una porcin de ceros a la derecha
cuando hablaba a sus colegas y amigos de su parte en el negocio. Pero no
fue la de Ferraz y sus hijas la adquisicin mejor para Emma. Por
mediacin de las andaluzas, la Valcrcel tuvo ocasin, y la aprovech,
de ofrecer un verdadero servicio a las de Silva, tres muchachas llenas
de pergaminos, deudas y figurines. Las deudas y los pergaminos eran
cosas de su pap, pero los figurines, de ellas; no haba chicas ms
elegantes en el pueblo; eran tres, y cuando paseaban juntas, en posturas
acadmicas, constante grupo escultrico, recordaban las estampas grandes
de los peridicos de modas. Hacan de un vestido siete, y era un
prodigio el verlas volverlo de arriba abajo, y estirar y encoger
sombreros, y aprovechar para cinco o seis cosechas de la moda las mismas
espigas y los mismos pepinillos y otros vegetales contrahechos, de
prendidos y sombreros. Fuera como fuera, ellas ponan la moda en el
pueblo, y por su nobleza y las arrogantes figuras que ostentaban,
disponan de los novios efmeros por manadas. Mientras el padre beba
los vientos por fijar la rueda de la fortuna en la sala de juego de la
Oliva, las nias se multiplicaban, verdaderas buhoneras de s mismas,
siempre con la mercanca de su hermosura a cuestas por plazas, iglesias,
paseos, bailes y teatro. Pero lleg un luto, y aqu fue ella. Iba a
abrirse el _antiguo coliseo_ con la Compaa de pera remendada, y las de
Oliva no podran ir los jueves y domingos a lucir sus gracias, enhiestas
en sus sillones con almohadn, a la orilla del antepecho de su palco,
como grullas tiesas y melanclicas a la margen del mar. El pariente
difunto era un _to segundo_; pero era marqus. Si hubiera sido un
cualquiera, las de Silva seguiran vestidas de colorado y tan _ubicuas_
como siempre; pero el luto de un marqus no poda preterirse sin
profanarse. No haba palco posible. Entonces fue cuando Emma pudo ganar
la amistad de aquellas elegantes aristcratas hacindoles un favor y
matando dos pjaros de un tiro. Como ella vena a ser la _empresaria_, y
los cantantes eran sus ntimos amigos y personas muy decentes, no habra
inconveniente en presenciar las funciones de pera entre bastidores. Las
de Ferraz propusieron el expediente a las de Silva, que sin consultarlo
con el pap, con quien no consultaban nada, aceptaron locas de alegra.
No podran lucirse tanto de teln adentro; pero se divertiran de fijo;
veran cosas muy agradables, muy nuevas, y hasta podran coquetear con
los cantantes, algunos de los cuales, como Minghetti, eran muy guapos y
simpticos. Emma se crey en el deber de no dejar ir solas a aquellas
seoritas al escenario y sus oscuros alrededores, y desde la primera
noche, sin consultarlo tampoco con nadie, las acompa, y las present a
la Gorgheggi, que las ofreci su cuarto para pasar el rato en amable
tertulia durante los entreactos. Marta y las de Ferraz tambin
asistieron alguna vez al espectculo, de tapadillo, corriendo y
jugueteando por aquellos pasillos y corredores estrechos y sucios, entre
telones y trampas; pero en general preferan lucirse en el palco de la
Empresa, de Emma, que estaba al lado de la presidencia.

Es claro que en cuanto se supo que las de Silva iban con la de Reyes a
ver las peras entre bastidores, se murmur mucho, y se las compadeci
porque venan a ser hurfanas por completo, teniendo aquel padre que
tenan. Pobrecitas, no han tenido madre cuando ms falta les haca! Y
despus de este acto de caridad, se las despedazaba. Pero ellas no
hacan caso. La sociedad de la Gorgheggi las enorgulleca, como a la
Valcrcel, y el respeto con que todos las trataban en el escenario y en
el cuarto de la cantante, tambin las halagaba mucho. Serafina estaba en
sus glorias, vindose admirada y considerada por aquellas jvenes de la
aristocracia, cuyos finos modales y hasta el luto que vestan daban
dignidad y nobleza a su tertulia de los entreactos.

--Soy feliz, Bonifacio, muy feliz... y todo te lo debo a ti! As deca
la tiple, cogiendo por las muecas a su amante, atrayndole a su seno y
besndole con un entusiasmo de agradecimiento, que Reyes estimaba en lo
que vala.

S, ella era feliz, pensaba; ms vala as. Tambin Emma viva muy
contenta y le trataba a l mejor que antes, y a veces le daba a entender
que le agradeca tambin la iniciacin en aquella nueva vida... _del
arte_, como llamaban en casa a los trotes en que se haban metido. Todos
eran felices, menos l... a ratos. No estaba satisfecho de los dems, ni
de s mismo, ni de nadie. Deba serse bueno, y nadie lo era. En el mundo
ya no haba gente completamente honrada, y era una lstima. No haba con
quin tratar, ni consigo mismo. Se hua; le espantaban, le repugnaban
aquellos soliloquios concienzudos de que en otro tiempo estaba orgulloso
y en que se complaca, hasta el punto de quedarse dormido de gusto al
hacer examen de conciencia. Ahora vea con claridad que, en resumidas
cuentas, l era una mala persona. Pero de qu le vala aquella
severidad con que se trataba a s mismo a la hora de despertar, con
bilis en el gaznate, si despus que se levantaba, y se lavaba, y se
echaba mucha agua en el cogote, resucitaba en l, con el vigor de la
vida, con la fuerza de su otoo viril, sano y fuerte, la concupiscencia
invencible, el afn de gozar, la pereza del pecado convertido en hbito?
Aquello iba mal, muy mal; su casa, la de su mujer, antes era aburrida,
inaguantable, un calabozo, una tirana; pero ya era peor que todo esto,
era un... _burdel_, s, burdel; y se deca a s mismo: Aqu todos vienen
a divertirse y a arruinarnos; todos parecemos cmicos y aventureros,
herejes y _amontonados_. Este _amontonados_ tena un significado terrible
en los soliloquios de Bonis. Amontonados era... una mezcla de amores
incompatibles, de complacencias escandalosas, de confusiones
abominables. A veces se le figuraba que aquella familiaridad exagerada
de los alemanes, los cmicos, y su mujer, era algo parecida a la _cama
redonda_ de la miseria; poda no haber all ningn crimen de lesa
honestidad..., pero el peligro exista y las apariencias condenaban a
todos. Marta, que iba a casarse con el to Nepomuceno, admita galanteos
subrepticios del primo Sebastin, un cincuentn verde y bien conservado,
que de romntico se haba convertido en cnico, por creer que en esto
consista el progreso. Sebastin, antes tan idealista y potico, ahora
no poda ver una cocinera sin darle un pellizco, y esto lo atribua a
que estbamos en un _siglo positivo_. l, Bonifacio, haba tenido que
consentir en que su querida entrase en casa de su mujer, y fueran amigas
y comieran juntas.... Emma, aunque indudablemente honrada, dejaba a
Minghetti acercarse demasiado y hablarle en voz baja. l no
desconfiaba...; pero, por qu? Tal vez porque su conciencia de culpable
le cerraba los ojos, porque no se atreva a acusar a nadie...; porque
haba perdido el _tacto espiritual_; porque ya no saba, entre tanta
falsedad, torpeza y desorden, lo que era bueno y malo; decoro, honor,
delicadeza...; en otro tiempo, cuando l esquilmaba la hacienda de los
Valcrcel, en competencia con D. Nepo; cuando l manchaba el honor de su
casa con un adulterio del gnero masculino, pero adulterio, en medio de
sus remordimientos encontraba disculpas relativas para su conducta: el
amor y el arte, la pasin sincera, lo explicaban todo. Pero ahora! Una
larga temporada haba estado siendo _infiel_ a su pasin; entregado noches
y noches a un absurdo amor extraviado, todo liviandad, amor de los
sentidos locos, que era ms repugnante por tener el _itlamo nupcial_ por
teatro de sus extravagantes aventuras; y esto le haba abierto los ojos,
y le haca comprender la miseria espiritual que llevaba dentro de s, y
que su pasin no era tan grande como haba credo, y que, por
consiguiente, no era legtima. Adems... y oh dolor!, el arte mismo
tena sus ms y sus menos, y all no era arte todo lo que reluca. No,
no; no haba que engaarse ms tiempo a s mismo; aquello era un burdel,
y l uno de tantos perdidos. All no haba nada bueno ms que aquella
ternura pacfica, suave, seria, callada, que se le despertaba de vez en
cuando, que le haca aborrecible cuanto le rodeaba y le llevaba a desear
ardientemente, no morirse, porque a la muerte la tena mucho miedo por
el dolor y la incertidumbre de ultratumba, sino transformarse,
regenerarse. Pensaba en algo as como un injerto de hombre nuevo en el
ya gastado tronco que arrastraba por el mundo tanto tiempo haca. An no
era viejo, y le pareca haber vivido siglos; desde los recuerdos de la
infancia, que se referan a los aos de ensueo en que haba salido del
limbo de la vida inconsciente, al da de la fecha, qu distancia!
Cunto haba sentido! Qu de vueltas haba dado a las mismas ideas!

Y el pobre Bonis se frotaba la frente y toda la cabeza con las manos,
compadecido de aquel cerebro que bulla, que cruja, que peda reposo,
paz... y la ayuda de fuerzas nuevas.

Un da encontr Bonis en un libro la palabra _avatar_ y su explicacin, y
se dijo:--Una cosa as me vendra a m perfectamente! Otra alma que
entrara en mi cuerpo; una vida nueva, sin los compromisos de la antigua.

No esperaba milagros. No le gustaban siquiera. El milagro era un
absurdo, algo contra la fra razn, y l quera mtodo, orden, una ley
en todo, ley constante, sin excepcin. El milagro era romntico,
revolucionario, violento, y l no estaba ya por el romanticismo, ni por
la violencia, ni por lo extraordinario, ni por la pasin. S; haba amor
que vala ms que el apasionado. Ms era: haba amor sublime que no era
el amor sensual, por alambicado y platnico que ste quisiera
considerarse.... Amar a la mujer... siempre era amar a la mujer. No, otra
cosa.... Amor de varn a varn, de padre a hijo. Un hijo, un hijo de mi
alma! Ese es el _avatar_ que yo necesito. Un ser que sea yo mismo, pero
empezando de nuevo, fuera de m, con sangre de mi sangre!

Y Bonis, llorando al pensar esto, se deca, arrimando la cabeza contra
una pared:

--S, s; lo de siempre; el anhelo de toda mi vida desde que pude
tenerlo: el hijo!

Por su espritu pas como el halago de una mano de luz que le curaba,
slo con su contacto, las llagas del corazn. Sinti una emocin de
legtimo contento de s mismo ante la conciencia clara, evidente, de que
en el fondo de todos sus errores, y dominndolos casi siempre, haba
estado latente, pero real, vigoroso, aquel anhelo del hijo, aquel amor
sin mezcla de concupiscencia. En l lo ms serio, lo ms profundo, ms
que el amor al arte, ms que el anhelo de la pasin por la pasin,
siempre haba sido el amor paternal... frustrado.

Y siempre lo haba deseado lo mismo; su deseo tena la forma plstica,
constante, fija, de un recuerdo intenso. Siempre era _el hijo_; varn y
uno solo; su nico hijo.

Una mujer... no poda continuarle a l; l no se conceba femenino en el
ser que heredara su sangre, su espritu. Tena que ser hombre. Y uno
solo; porque aquel amor que haba de consagrar al hijo tena que ser
absoluto, sin rival. Amar a varios hijos le pareca a Bonis una
infidelidad respecto del primero. Sin saber lo que haca, comparaba el
cario a mucha prole con el politesmo. _Muchos hijos_ era como _muchos
dioses_. No, uno solo...; aquel, aquel de que le hablaban las entraas,
aquel que casi casi le presentaba ante los ojos, en el aire, la
alucinacin de sus noches sin sueo.

Y de dnde haba de salir su nico hijo?... No caba duda; la ley era
la ley, el orden el orden; no caban sofismas del pecado: haba de salir
del vientre de Emma.

Pero ay, que l no mereca el hijo! No, no vendra.

Despus de aquella noche del baile, origen de aquel amontonamiento
_social_ en que vivan cmicos, alemanes y gente de su casa, su Emma, el
to, l mismo; despus de aquella noche en que l, si no fuera enemigo
de admitir intervencin directa, en sus asuntos, de lo sobrenatural,
hubiera visto la mano de la Providencia, la revelacin del destino,
haba estado a la altura ideal de las grandes cosas que haba soado?
No, de ningn modo. Haba vuelto a claudicar; se haba dejado arrastrar
con todos los dems a la vida fcil, perezosa, del vicio, y haba
llegado a ver con embeleso a su querida en la casa, a la mesa de su
esposa, y haba llegado a figurarse legtimas tales abominaciones con
aquella filosofa de los semiborrachos de sobremesa, que en otro tiempo
le parecan inspiraciones poticas, moral artstica, excepcional,
privilegiada. Y l era el mismo que haba sentido, oyendo cantar a
Serafina una cancin a la Virgen, que en sus entraas encarnaba un amor
divino! l, con un misticismo estrambtico, falso, se haba comparado,
disparatada pero sinceramente, con la Virgen Madre!

Y cuntas veces, despus, haba visto las cosas de otra manera, y haba
llegado a pensar: Todo es cuestin de geografa! Si yo fuese turco,
todo esto sera legtimo; pues figurmonos que estamos en otras
_latitudes_... y longitudes. Ms era: en aquel instante en que haca tan
tristes reflexiones, estaba arrepentido? No. Estaba seguro, porque se
lo deca la conciencia, de que pocas horas ms tarde, cuando el cuerpo
estuviese repleto y la fantasa excitada por el vino y el caf, y acaso
por la msica de Minghetti y Emma, de nuevo sera l aquel Bonifacio
corrompido, complaciente, bien hallado con la especie de amor libre que
se le haba metido en casa. Vendra Serafina, y mientras Minghetti y
Emma continuaban sus lecciones interminables, ellos dos, Serafina y l,
en el cenador de la huerta, oh miseria!, oh vergonzoso oprobio!,
seran, como siempre, amantes; amantes de costumbre, sin la disculpa,
aunque de poca fuerza, disculpa al fin, de la ceguedad de la pasin;
amantes por el hbito, por la facilidad, por el pecado mismo....

No, no tendra el hijo! Miserable! No lo mereca! Renunciaba a la
ventura.

Pero si no la felicidad, podra tener el arrepentimiento verdadero.

Por qu no aspirar a la perfeccin moral y llegar en este camino adonde
se pudiera?

Entre todas las grandes cosas que se le haban ocurrido ser en este
mundo, gran escritor, gran capitn (esto pocas veces, slo de nio),
gran msico, gran artista sobre todo, jams sus ensueos le haban
conducido del lado de la santidad. Si en otro tiempo se haba dicho: ya
que no puedo inventar grandes pasiones, dramas y novelas, hagamos todo
esto, sea yo mismo el _hroe_, por qu no haba de aspirar ahora a un
herosmo de otro gnero? No poda ser santo?

Para artista, para escritor, le faltaba talento, habilidad. Para ser
santo no se necesitaba esto.

Y el pobre Bonis, que a ratos andaba loco por casa, por calles y paseos
solitarios, busc la _Leyenda de oro_ en la librera de su suegro, y vio
que, en efecto, haba habido muchos santos cortos de alcances, y no por
eso menos visitados por la gracia.

S, eso era; se poda ser un santo sencillo, hasta un santo simple....

_Dejarlo todo_, ya que no tena hijo, y seguir... Seguir a quin? Si l
no tena bastante fe, ni mucho menos! Si dudaba, dudaba mucho, y con un
desorden de ideas que le haca imposible aclarar sus dudas y volver a
creer a macha-martillo! Aquellos libracos, que haba ledo con avidez
para hacerse todo lo sabio posible, a fin de preparar la educacin del
hijo, le haban producido, _en suma_, una indigestin intelectual de
negaciones. No era creyente... ni dejaba de serlo. Haba cosas en la
Biblia que no se podan tragar. Un da que oy que los seis das del
Gnesis no eran das, sino pocas, aun en pura ortodoxia, sinti un gran
consuelo, como si se le quitara un peso de encima, como si hubiera sido
l quien hubiera inventado lo del mundo hecho en seis das. Pero quedaba
lo del Arca con todas las especies de animales; quedaba la torre de
Babel; quedaba el pecado, que pasaba de padres a hijos, y quedaba Josu
parando el sol..., en vez de parar la tierra. No, no poda ser: l no
poda coger su cruz, porque no era un _simple_ como los de la Edad Media,
sino un simple _ilustrado_, un simple de caf, un simple moderno... Ah,
pero lo que no le faltaba era el sincero anhelo de sacrificio, de
abnegacin y caridad!... Hacer disparates para la mayor gloria... de lo
que hubiese all arriba, le pareca muy puesto en razn, algo como una
msica interior. Una noche ley en la cama un libro que hablaba de un
mstico medio loco, italiano, de la Edad Media, a quien llamaban el
juglar de Dios; pareca el payaso de la gloria: lleno del amor de Jess,
se rea de la Iglesia y daba por hecho que l se condenara, pero
llevando al infierno su pasin divina, que nadie poda arrancarle: y el
tal Jacopone de Todi, que as le llamaba el vulgo, que se rea de l y
le admiraba, haca atrocidades ridculas para que su penitencia no fuese
ensalzada, sino objeto de burla; y sala andando con las manos, cabeza
abajo y los pies al aire; y se untaba de aceite todo el cuerpo, desnudo,
y se echaba a rodar sobre un montn de plumas, que se le pegaban al
cuerpo; y de esta facha sala por las calles para que los chiquillos le
corrieran....

Bonis lloraba de ternura leyendo estas hazaas del clown mstico, del
autor de los Laudes, despus inmortalizados. l, Bonis, no era poeta,
pero con la flauta crea poder decir muchas cosas, y hasta convertir
infieles.... Pero el toque estaba en el _arranque_. Irse por el mundo,
echar a correr, dejarlo todo, y ya que no tena un hijo, ser un santo de
pueblo, un santo loco, estaba muy puesto en razn; mas ay!, la
conciencia le deca que no se atrevera jams, no ya a dejarlo todo,
hasta las zapatillas, y tomar su cruz; ni siquiera a dejar a su mujer....
ni aun a su querida.




-XIV-


Grandes acontecimientos vinieron a sacar a Reyes de estas intermitentes
veleidades msticas, que l mismo, en sus horas de sensualismo
racionalista y moderado, calificaba de enfermizas. El infeliz Bonis no
pudo menos de recordar un pasaje muy conocido de _La Sonmbula_; aquel de:

     _ah, del tutto ancor non sei_
     _cancellata dal mio cuor_,

(segn l lo cantaba), cuando lleg la hora de despedirse de Serafina
Gorgheggi; la cual, deshecha otra vez la compaa, iba con Mochi
contratada al teatro de la Corua. Aquella separacin haba sido una
amenaza continua, la gota amarga de la felicidad en los das y meses de
ciega pasin; despus un dolor necesario, y hasta merecido y saludable,
segn pensaba el amante, lleno de remordimientos y de planes morales.
Pero al llegar el momento, Bonis sinti que se trataba de toda una
seora operacin practicada en carne viva. Con toda franqueza, y
explicndolo todo satisfactoriamente por medio de una intrincada madeja
de sofismas, Reyes reconoci que los afectos naturales, puramente
_humanos_, eran los ms fuertes, los verdaderos, y que l era un mstico
de pega, y un romntico y un _apasionado_ de verdad. Ay!, separarse de
Serafina, a pesar de aquella tibieza con que su espritu la trataba de
algn tiempo a aquella parte, era un dolor verdadero, de aquellos que a
l le horrorizaban, de los que le _daban la pereza_ de _padecer_. Era tan
molesto tener el nimo en tensin, necesitar sacar fuerzas de flaqueza
para aguantar los dolores, los reales! Y no haba ms remedio. Pensar en
tener compaa de pera ms tiempo, era absurdo. Ya todos los
expedientes inventados para retener en el pueblo a Mochi y su discpula
estaban agotados, no podan dar ms de s. Nunca se haba visto, ni en
tiempo de la _Tiplona_, mientras esta fue cantante, que _las partes_ de una
compaa permanecieran un ao seguido, y algo ms, en la ciudad, fuera
trabajando o en huelga. Lo que se haba visto era tal cual corista que
se quedaba all, casada con uno del pueblo, o ejerciendo un oficio; un
director de orquesta se haba hecho vecino para dirigir una banda
municipal...; pero tiples y tenores, nunca haban parado tantos meses:
concluido el trigo, volaban. El fenmeno que ofrecan Serafina, Julio y
Gaetano, era tan admirable como si las golondrinas se hubieran quedado a
pasar un invierno entre nieve. Slo que de las golondrinas no se hubiera
hecho comidilla para decir que las alimentaban los gorriones, por
ejemplo. Y de la larga estancia de los cmicos, contratados unas
temporadas, otras no, se decan horrores. No por hacer callar a la
maledicencia, de la que nadie se acordaba, a no ser Bonis, sino porque
no haba manera decorosa, ni aun medio decorosa, de continuar cubriendo
las apariencias, ni tampoco recursos para seguir manteniendo los grandes
gastos que causaban aquellos restos de la compaa disuelta, se
comprendi la necesidad de que terminase aquel _estado de cosas_, como le
llamaba Reyes. La empresa haba perdido bastante, y sobre la empresa, es
decir, sobre el caudal mermadsimo del abogado Valcrcel, continuaban
cargando, ms o menos directamente, las principales _partes_, a saber:
Mochi, Serafina y Minghetti. Se present la ocasin de ganar la vida con
el trabajo, y hubo que aprovecharla, por ms que doliera a unos y a
otros la despedida. Quien no transigi fue Emma. Tuvo una encerrona con
su to y mayordomo, que haba sido nombrado vicepresidente de la
Academia de Bellas Artes, agregada a la Sociedad Econmica de Amigos del
Pas, y de aquella conferencia result el acuerdo, porque all todo eran
panes prestados, de que Minghetti continuara en el pueblo en calidad de
director de la Seccin de msica en la citada Academia. El sueldo que
pudieron ofrecer los seores socios al bartono no era gran cosa; pero
l se dio por satisfecho, porque adems pensaba dar lecciones de piano y
de canto, y con esto y lo otro (y lo otro, as deca la malicia, entre
parntesis, por lo bajo) poda ir tirando, hasta que se cansara de
aquella vida sedentaria, y se decidiera a admitir una de las muchas
contratas que, segn l, se le ofrecan desde el extranjero.

Serafina dejaba con pena el pueblo, en que haba llegado casi a olvidar
que era una actriz y una aventurera, para creerse una dama honrada que
tena buenas relaciones con la mejor sociedad de una capital de
provincia, y un amante fiel, dulce, manso y guapo. A Bonis le haba
llegado a querer de veras, con un cario que tena algo de fraternal,
que era a ratos lujuria y que se converta en pasin de celosa cuando
sospechaba que el tonto de Reyes poda cansarse de ella y querer a otra.
Tiempo haca que notaba en su queridsimo bobalicn despego disimulado,
distracciones, cierta tendencia a huir de sus intimidades. Al principio
sospech algo de las extraas noches de valpurgis matrimonial que tan
preocupado trajeron una temporada a Reyes; despus, siguiendo la pista a
los desvos y distracciones del amante, lleg a comprender que no se
trataba de _otros amores_, sino de _ideas_ que a l le daban; tal vez iba a
volvrsele definitivamente bobo, y no dejaba de sentir cierto
remordimiento.

A este se le ablanda la mollera por culpa ma.

Ms de una vez, en sus ligeras reyertas de amantes antiguos, pacficos y
fieles, pero cansados, oy a Bonis hablar de la _moral_ como un obstculo
a la felicidad de entrambos. Lo que nunca pudo sospechar Serafina fue la
principal _idea_ de Bonis, la del _hijo_; y esto era lo que en realidad le
apartaba de su querida, del pecado.

Pero en la noche en que, al arrancar la diligencia de Galicia, Bonis,
subindose de un brinco al estribo de la berlina, pudo, a hurtadillas,
dar el ltimo beso a la Gorgheggi, sinti que su pasin no haba sido
una mentira _artstica_, porque con aquel beso se despeda de un gnero de
delicias intensas, inefables, que no podran volver; con aquel beso se
despeda del ltimo vestigio de la juventud.

Entre la muchedumbre que haba acudido a despedir a los cantantes, se
sinti Bonis, despus que desapareci el coche en la oscuridad, muy
solo, abandonado, sumido otra vez en su insignificancia, en el antiguo
menosprecio.

Delante de l, que volva solo por la calle sombra adelante, solo entre
la muchedumbre de sus amigos y amigas, distingui dos bultos que
caminaban muy juntos, cogidos del brazo, segn era permitido en aquella
poca a las seoritas y a los galanes; eran Marta Krner y Nepomuceno,
que se haban adelantado, huyendo la vigilancia del alemn, que no
gustaba de tales confianzas. La escena de la despedida los haba
enternecido y animado; la oscuridad de las calles, alumbradas con
aceite, les daba un incentivo en su misterio, y en el cuchicheo de su
dilogo se senta el soplo de la pasin... de la pasin carnal de Nepo y
de la pasin de... marido de Marta. Iban absortos en su conversacin,
olvidados de los que venan detrs, creyndose a cien leguas de la
gente, sin pensar en ella; levantaban a veces la voz, Marta
singularmente; y Bonis, sin querer al principio, querindolo muy de
veras despus, oy cosas interesantes.

Haba que hablar cuanto antes a Emma; haba que decirle el gran secreto
de aquella pareja: que iban a casarse antes de un mes. Y haba que
ajustar cuentas, separar los respectivos capitales, sin perjuicio de
seguir administrando el to el de la sobrina, hasta que ya no hubiera
cosa digna de mencin que administrarle. Estaba perdida; no haba hecho
ms que ir gastando, derrochando, sin enterarse jams de que corra a la
ruina completa. Hablarle a ella de hipotecas, era hablarle en griego.
Pues hipoteque usted, deca, sin ms idea de la hipoteca que la de ser
un modo de sacar ella el dinero necesario para sus locuras, cuanto
antes.

--Mire usted--deca el to a Marta (pues el _t_ lo dejaba para despus de
la boda)--; es una mujer que no tiene idea clara de lo que significa el
tanto por ciento, y cuando le hablan de un inters muy subido, le suena
lo mismo que si le hablan de un inters despreciable; para ella no hay
ms que el dinero que le den por lo pronto; parece as... como que se
figura que roba a los usureros, a quienes toma dinero al sabe Dios
cuntos. Para aliviar estos males, he llegado yo mismo a ser el nico
_judo_ para mi sobrina; yo soy, yo, quien, sin saberlo ella, porque ni lo
pregunta, le facilito cantidades a un mdico inters.

Marta oa a Nepo con ms placer que si le fuera recitando la _primavera
temprana_ de Gothe.

--De modo... que ellos van a arruinarse?

--S; ya no tiene remedio.

--La culpa es suya.

--Suya.... Empez l... sigui ella... despus los dos...; despus todo el
mundo.... Usted lo ha visto: aquella casa es un hospicio; los cmicos nos
han comido un mayorazgo..., y como la fbrica va mal....

--Oh!, pero eso no hay que decirlo por ah...

--No; es claro....

--Pap espera levantar el negocio; sus corresponsales le ofrecen mercados
nuevos, salidas seguras....

--S, s; es claro..., pero ya ser tarde para los de Reyes; nuestro
esfuerzo, el que haremos con nuestro propio capital.... Marta, con el
nuestro, entiende usted?, sacar la fbrica a flote...; pero ya ser
tarde para ellos. Nuestro porvenir est en la plvora....

Marta apret el brazo de Nepo, y lo que siguieron hablando ya no pudo
orlo Bonis.

Se qued atrs; entr el ltimo en su casa, adonde volvieron muchos de
los que haban ido a despedir a la Gorgheggi y a Mochi, pues de all
haba partido la comitiva. Serafina haba ido al coche desde la casa de
Emma, porque sta no poda salir aquella noche; se senta mal, y se
haban despedido en el gabinete de la Valcrcel.

Bonis se detuvo en el portal, cuando ya todos estaban arriba. Qu
ruido! Qu algazara! Lo de siempre! Ya nadie se acordaba de los que se
alejaban carretera arriba; como si tal cosa. Arrastraban sillas, sonaba
el piano y despus el taconeo de los danzantes. Bailaban.

Y todo esto lo he trado yo! Y bailan sobre las _ruinas_! _Los Reyes_
se arruinan; la casa Valcrcel truena... y el ltimo ochavo lo gastan
alegremente entre todos estos pillos y viciosos que he metido yo en
casa!.

Empez l!, deca ese tunante. Y tiene razn! Yo empec, y an debo,
an debo... lo robado. Y todo lo dems que vino despus, la empresa
teatral..., la fbrica..., los banquetes, las jiras, los saraos..., los
prstamos a esos hambrientos y chupones..., por culpa ma, por mi
pasin..., que ya se extingua, por miedo a echar cuentas, por miedo de
que se descubriese mi _adulterio_; s, adulterio, as se llama... yo lo
toler... lo procur todo.... Todo es culpa ma, y l peor es lo que dice
el to: Empez l.

Y Bonis, sin pasar del portal, mal alumbrado por un farol de aceite, se
coga la cabeza con las manos.

No se determinaba a subir. Le daba asco su casa con aquella chusma
dentro.

Si fuera para barrerlos! Y a m con ellos... a todos..., a todos....

Cmo seguir con aquella vida, ahora sobre todo, que ni el placer, ni
el pecado, le arrastraba a ella?

Egosta! Como se fue tu pareja, _moralizas_ contra los dems.

Pero, y la ruina? Cuando ese la anuncia, segura ser... Seremos
pobres! Por m... casi me alegro...; pero es horrible... porque es por
culpa ma.

Ces de repente el ruido del baile, que sonaba sordo y continuo sobre su
cabeza; despus se oyeron muchos pasos precipitados en una misma
direccin..., hacia el gabinete de Emma.

--Qu pasa?--se dijo asustado Bonis. Pens de repente, como antao--: Emma
se ha puesto mala, y me va a echar la culpa. Se dirigi hacia la
escalera, cuya puerta abrieron con estrpito desde dentro; bajando de
dos en dos los peldaos, venan dos bultos: el primo Sebastin y
Minghetti, que atropellaron a Bonis.

--Qu hay? Qu sucede?--grit, recogiendo del suelo el sombrero, el que
deba ser amo de la casa.

--Arriba, hombre, arriba! Siempre en Babia! Emma as..., y t fuera....

Esta frase del primo Sebastin le supo a Bonis a todo un tratado de
arqueologa; era del repertorio de las antigedades clsicas de su
servidumbre domstica.

--Pero... qu hay? Qu tiene Emma?

--Est mala..., un sncope..., jaqueca fuerte...--dijo Minghetti--.
Vamos corriendo a buscar a D. Basilio; le llama a gritos.

--Sube, hombre; corre; te llama a ti tambin; nunca la vi as... Esto es
grave.... Sube, sube....

Y se lanzaron a la calle los dos emisarios, rivalizando en premura y
celo.

--Usted, al Casino; yo, a su casa--dijo Sebastin--; y cada cual ech a
correr: uno, calle arriba; otro, calle abajo.

Bonis entr temblando, como en otro tiempo. Qu sera? Volveran los
das horrorosos de la fiera enferma? Comparados con ellos los
presentes, de _relajamiento moral_, le parecan ahora flores! Y en
adelante, qu armas tendra para la lucha? Ya no crea en la pasin,
aunque tanto le estaban doliendo aquella noche sus ltimas races; ya no
crea apenas en el ideal, en el arte...; todo era un engao, tentacin
del pecado.... S: volva su esclavitud, su afrenta, aquella vida de
perro atado al pie de la cama de una loca; l ya no tendra fuerza para
resistir; con un _ideal_, con una _pasin_, lo sufra todo; sin eso...
nada. Se morira.... La enfermedad otra vez... y ahora, con la pobreza,
acaso, de seguro... Qu horror!... Oh! No; escapara.

Entr, pasillo adelante; todo era confusin en la casa. Las de Ferraz y
una de las de Silva corran de un lado a otro, daban rdenes
contradictorias a los criados; en el gabinete de Emma, Marta y Krner
junto al lecho, parecan estatuas de mausoleo.

--Duerme!--dijo con solemnidad el padre.

--Silencio!--exclam la hija, con un dedo sobre los labios.

--Pero, qu ha sido?

--Pchs! Silencio.

--Pero (ms bajo y acercndose); pero... yo quiero saber... y el to?
Dnde est el to?

--Se est mudando--contest Marta en voz baja, de esas que son silbidos,
ms molestos que los gritos.

Reyes not el olor de un antiespasmdico; olor de tormenta para los
recuerdos de sus sentidos. Tambin haba cierto hedor nauseabundo.

Se aproxim ms a la cama; a los pies estaba amontonada ropa blanca, de
que se haba despojado Emma despus de metida entre sbanas, segn su
costumbre. Tambin ahora los recuerdos de los sentidos le hablaron a
Bonis de tristezas, y tras rpida reflexin, se sinti alarmado.

--Pero, qu ha sido?--pregunt sin bajar la voz lo suficiente,
olvidndose del sueo de su esposa, pensando cosas muy extraas.

--No grite usted, hombre--dijo la alemana muy severamente.

Bonis acerc el rostro al de su mujer.

--Duerme--dijo Krner.

--Dios lo sabe!--pens Bonis.

Emma, plida, desencajada, desgreada, con diez aos, de los que haba
sabido quitarse de encima, otra vez sobre las fatigadas facciones, abri
los ojos, y lo primero que hizo con ellos fue lanzar un rayo de odio y
otro de espanto sobre el atribulado esposo.

--Qu ha sido, hija ma, qu ha sido?

Quiso hablar la enferma, y, al parecer, hasta pronunciar un discurso,
porque procur incorporarse, y extendi los brazos; pero el esfuerzo le
produjo nuseas, y Bonis, sin tiempo para retirarse un poco, corri la
misma borrasca de que se estaba secando el to.

Krner, discretamente, retrocedi un paso. Marta se colg de la
campanilla en son de pedir socorro, porque no era ella hembra que
descendiese a ciertos pormenores al lado de los enfermos. El estmago,
deca ella, no es nuestro esclavo; antes bien, nos esclaviza.

Acudieron las de Ferraz, y luego Eufemia con agua, arena, toalla y
cuanto fue del caso. A Bonis se le hizo comprender que apestaba, y
corri a mudarse.

Cuando volvi al cuarto de su mujer, vio en la sala al to, a Krner, a
Marta, a las de Ferraz, a la de Silva, a Minghetti y a Sebastin.

--Est mejor, est sola?

Sebastin respondi casi de limosna:

--No: est con ella D. Basilio.

Antes de decidirse a entrar en el gabinete, Bonis consult con la mirada
al concurso. Vio algo extrao en ellos: parecan menos alarmados y como
llenos de curiosidad maliciosa. Haba all sorpresa, incertidumbre, no
susto ni temor a un peligro.

--Pasa algo? Qu pasa?--pregunt anhelante, con la cara de lstima que
pona cuando acuda en vano a implorar sentimientos tiernos, de caridad,
en sus semejantes.

--Hombre, usted puede entrar--dijo Krner--; al fin es el marido.

Bonis entr. D. Basilio, correcto en el vestir, como siempre, de color
de manteca el gabn entallado; sonriente; de expresin espiritual boca y
mirada, dejaba pasar una tormenta de espanto y rebelda contra los
designios de la naturaleza a que se entregaba Emma, que se apretaba la
cabeza desgreada con las manos crispadas, y llamaba a Dios de t y con
un tono que pareca de injuria.

--Dios mo! Qu es esto?--pregunt Bonis espantado, con las manos en
cruz, frente al mdico.

--Pues, nada; que su mujer de usted... est nerviossima, y ha tomado a
mal una noticia que yo cre que la llenara de satisfaccin y legtimo
orgullo....

--Calle usted, Aguado! No se burle de m! No estoy para bromas! Dios
mo! Qu va a ser de m! Qu atrocidad! Qu barbaridad! Qu va a ser
de m!... Dios de Dios! Y a estas horas... yo me voy a morir... de
fijo... de fijo... me lo da el corazn. Yo no paro, no paro, no
paro!...

--Delira?--grit Bonis con horror.

--Por qu?

--Como dice... que no para... no para....

--No; no dice eso--y D. Basilio se interrumpi para rer con toda
sinceridad--. Lo que dice es que no pare, no pare.... Pero ya ver usted
cmo en su da, an lejano, damos a luz un robusto infante.

--Alma ma!--exclam Reyes comprendiendo de repente, ms que por las
seas que tena delante, por una _voz de la conciencia_ que le grit en el
cerebro: Se fue _ella_, y viene _l_; no quera venir hasta hallar solo tu
corazn para ocuparlo entero. Se fue la _pasin_ y viene el _hijo_.

Se lanz a estrechar en sus brazos la cabeza de su esposa; pero esta le
recibi con los puos, que, rechazndole con fuerza, le hicieron perder
el equilibrio y casi caer sobre don Basilio.

--Nerviosa, nerviossima!--dijo el mdico, disimulando el dolor de un
callo que le haba pisado aquel calzonazos.

Empezaron las explicaciones.

Emma, con verdadero pnico, se agarraba, como un nufrago a una tabla, a
la esperanza de que aquello era imposible.

Aguado, con estadsticas que no necesitaba ir a buscar fuera de su
clientela, demostraba que _imposibles_ de aquella clase le haban hecho
pasar a l muchas noches en claro. Y sin ir ms lejos, citaba a la de
Fulano y a la de Mengano, que se haban descolgado con una criatura
despus de aos y aos de esterilidad, en rigor aparente. Oh, los
misterios de la naturaleza!.

Pero, no la haban asegurado a ella, tantos aos haca, cuando el mal
parto, cuando qued medio muerta, con las entraas hechas una lstima,
que ya no parira nunca, que aquello se haba acabado, que no s qu de
la matriz?.

--S habrn dicho, seora; pero _in illo tempore_ yo no tena el honor de
contar a usted en el nmero de mis clientes. Hay quien es un gran
comadrn y un grandsimo ignorante en obstetricia y tocologa, y toda
clase de _logas_... divinas y humanas.

Mientras Emma prosegua en sus lamentos, gritos y protestas, jurando y
perjurando que estaba dispuesta a no parir, que aquello era una
sentencia de muerte disfrazada, que a buena hora mangas verdes, y cosas
por el estilo, Aguado se volvi a Bonis para explicarle lo que haba
pasado all.

En cuanto se haba acercado a la enferma haba visto sntomas extraos
que nada tenan que ver con sus habituales crisis nerviosas; se haba
enterado de pormenores ntimos, aunque con gran dificultad por el horror
que tena Emma a todos los clculos, previsiones y recuerdos
aritmticos, no slo a las cuentas del to; y entre estas noticias y lo
que tena presente, y ciertas inspecciones y contactos, haba sacado en
consecuencia que aquella seora, como tantas otras, al cabo de los aos
mil volva por los fueros de la maternidad, abandonados mucho tiempo.
Habl mucho de matrices y de placentas, pero mucho ms de la misteriosa
marcha de la Naturaleza _a travs_, y permtaseme el galicismo--dijo
Aguado, que era purista en lo que se le alcanzaba--, a travs de los
fenmenos fisiolgicos de todos rdenes. Indudablemente, y no lo deca
por alabarse, l no haba esperado menos del rgimen homeoptico e
higinico a que haba sometido a su cliente: sin aquellos glbulos, y
ms particularmente sin la influencia fsico-moral de los buenos
alimentos, de los paseos y, sobre todo, de las distracciones, aquel
organismo hubiera continuado viviendo una vida valetudinaria, sin
esperanza, ni remota, de tener fuerzas sobrantes suficientes para sacar
de ellas una nueva vida, un _alter ego_. No caba duda que Aguado insista
en querer deslumbrar a Bonis, pues no sola el mdico de las damas ser
tan pedantescamente redicho.

De todas suertes, Reyes tena que contenerse para no abrazar al doctor;
crea disparatadamente que el estar su mujer embarazada o no dependa de
aquella discusin entre el mdico y Emma; si Emma quedaba encima en la
disputa, adis hijo!; si el mdico deca la ltima palabra, parto
seguro.

Como no haba por qu ocultar la cosa, no se ocult; los de la sala
supieron enseguida el pronstico, nada reservado, de D. Basilio. Hubo
gritos de alegra, de sorpresa sobre todo, algunos de malicia; bromas,
jarana y pretexto para seguir divirtindose y alborotando: Emma
continuaba protestando; se senta mejor, era verdad, despus de haber
desahogado por completo, pero el susto, al cambiar de especie, haba
empeorado; no estaba enferma, como haba temido, pero estaba en _estado
interesante_, y esto era horroroso. Y como no le hacan caso, y se rean
de ella y hasta la dejaban sola, para correr por la casa y refrescar y
tocar el piano y cantar, toda vez que ella misma confesaba que no le
dola nada, se tiraba la dama encinta de los pelos, insultaba medio en
broma, medio en veras, a sus amigas y amigos llamndolos verdugos, y
proponindoles que pariesen por ella y que veran.

Segua negando su estado, como si fuese asunto de honor, como pudiera
negarlo Marta si se viera en una por el estilo; pero negaba no por
conviccin, sino por engaarse a s misma. Por lo dems, bien comprenda
ahora, despus de or a D. Basilio y de contestar a sus sabias
preguntas, que haba estado ciega, que ella misma deba haber
comprendido mucho tiempo haca de qu se trataba al notar cosas extraas
en su vida ntima.

Bonis, que haba procurado quedarse con su mujer mientras los dems,
despedido D. Basilio, corran al comedor, donde les aguardaba el
refresco, tuvo que dejarla sola porque le ech de su presencia a cajas
destempladas. Desapareci Reyes, y los convidados quedaron por dueos de
la casa, pues D. Juan Nepomuceno haba salido tambin cuando el mdico.

En el comedor se acentu el carcter burlesco de las bromas con que se
recibi el inesperado suceso. Se hacan clculos respecto de la mayor o
menor proximidad del alumbramiento, suponiendo que las cosas fueran por
sus pasos contados a un feliz desenlace. Las hiptesis respecto de las
causas probables de tamao lance abundaban, se entrelazaban, se
mezclaban, llegaban al absurdo y siempre acababan apoyndose en ejemplos
de casos semejantes y de otros mucho ms extremados. Krner demostr
gran erudicin en el particular; pero se preferan como mejor
testimonio, ms digno de crdito, las cosas ms recientes y de la
localidad. No le hubiera hecho gracia a Emma or que se la comparaba con
damas parturientas de sesenta aos, y que se citaba, como ejemplo de
belleza conservada milagrosamente, a Ninon de Lenclos, de quien nunca
haba odo ni el nombre la seorita de Silva. Lo que saba aquella
Marta, que fue la que llev la conversacin de la tocologa a la
esttica, para poder ella lucir sus conocimientos sin menoscabo de su
decoro y prerrogativas de virgen pudorosa e ignorante en obstetricia!
Ella, tan avispada, en esto de fingir inocencia tena tan mal tacto, que
llegaba a ridculas exageraciones; y as fue que aquella noche, por
rivalizar con el candor de las de Ferraz, a las primeras noticias del
feliz suceso que se preparaba estuvo inclinada a dar a entender que, a
su juicio, los recin nacidos venan de Pars; pero la de Silva, la
menor, con verdadera inocencia, dej comprender todo lo que ella saba
respecto del asunto, que era bastante; y Marta tuvo tiempo para recoger
velas y abstenerse de ridculas leyendas filognicas y ontognicas, como
hubiera dicho ella si no estuviera mal visto.

En lo que estaban todos conformes era en lo que ya haba afirmado el
mdico, a saber: que la principal causa de aquella restauracin de las
entraas de Emma y de sus facultades de madre se deban a la nueva vida
que llevaba de algn tiempo a aquella parte, a las distracciones, a las
expansiones. Consultado Minghetti sobre el particular, daba seales de
asentimiento con la cabeza, y segua comiendo pasteles. Los comensales
le miraban a hurtadillas, y los ms perspicaces notaban en l un aire
que Krner, hablando bajo con Sebastin, llam en francs _gen_; con lo
cual Sebastin se qued a oscuras.

Volvi Nepomuceno cuando se levantaban de la mesa; se despidieron todos
de Emma, repitiendo las bromas, recomendndole tales y cuales
precauciones Krner, y aun Sebastin, que tena una experiencia que no
se explicaban las chicas de Ferraz en un soltern; y todas las vrgenes,
Marta inclusive, se ofrecieron de all para en adelante a servir a la
amiga enferma, de enfermedad conocida, en todo lo que fuera compatible
con el estado a que todas ellas todava pertenecan.

Emma rabiaba, azotaba el aire; y aumentaba su clera porque no poda
explicar a las muchachas, decorosamente, los argumentos con que todava
segua oponindose a la sentencia facultativa. Bajando por la escalera,
unas opinaban que el furor de la Valcrcel era fingido, que bien
satisfecha estaba con el descubrimiento; otras pensaban, ms en lo
cierto, que si algo halagaba esta potencialidad a Emma, no le daban
lugar a satisfacciones el terror del parto, el asco y la repugnancia a
los menesteres de la maternidad despus del alumbramiento.

--Y adems--deca una de Ferraz a la de Silva--, no ha visto usted qu
cara se le ha puesto slo con los preparativos esos y con el susto?

--S, pareca un cadver....

--Lo que pareca era una cincuentona.

--Poco le falta.

--No, mujer, no exageres. Lo que era que... como se le haba cado la
pintura....

--Diez aos ms se le echaron encima.

--Eso s.

Y todas ellas callaron de repente, ya en la calle, pensando por
unanimidad en Minghetti y en la cara de pocos amigos que haba puesto en
el cuarto de la otra. Sebastin fue a acompaar a los de Krner hasta su
casa. Nepomuceno haba tenido que quedarse porque el alemn era muy
delicado, ahora que se aproximaba la boda, en materias del qu dirn, y
no gustaba de que a tales horas pudieran encontrar por las calles
oscuras a su hija acompaada de su prometido, aunque Krner fuera con
ellos. Aseguraba que para Alemania era buena la costumbre de dejar a los
novios andar juntos y solos por cualquier parte, pero que en pases
meridionales toda precaucin era poca. Por lo visto, tema los ardores
del buen Nepomuceno.

Pero y Reyes?, preguntaban los amigos de la casa al separarse. Dnde
se habr metido? En el cuarto de Emma no quedaba.

Bonis se haba encerrado en su alcoba, ya que su mujer rechazaba
enrgicamente las expansiones del futuro padre, que hubiera deseado
vivamente saborear en santo amor y compaa de su esposa las delicias de
la inesperada y bien venida noticia que acababa de darles D. Basilio.

A falta de su mujer, Bonis se content con su humilde lecho de _soltero_,
en aquella alcoba suya, testigo de tantos pensamientos, de tantos
sueos, de tantos remordimientos, de tantas penas y humillaciones
devoradas entre sollozos. Su cama era su confidente, su mejor amigo; no
el tlamo nupcial, el del cuarto de su mujer, no; aquellas pobres tablas
de nogal, aquellas sbanas sin encajes (porque los encajes y puntillas
le daban grima), aquella colcha de flores azules, que le decan tantas
cosas poticas y tristes, dulces, suaves, tan conformes con el fondo de
su propio carcter. Parecale que a fuerza de haber mirado aos y aos
aquellas flores, mientras su pensamiento vagaba por los mundos
encantados de sus ilusiones, de sus penas, se le haba pegado a la
colcha como un barniz de idealidad, una especie de musgo azul de sus
ensueos.... En fin, aquella colcha, y otra del mismo dibujo, pero de
color de rosa, eran algo as como amigas ntimas, confidentes que a l
le faltaban en el _mundo_ de los vivos.

Muchas veces pensaba en esto: l no tena, en rigor, amigos entre los
hombres; ni amigos de la infancia, verdaderos, capaces de comprenderle y
capaces de abnegacin; ni amigos de la edad viril...; _il suo caro
Mochi_... bah!, le haba engaado una temporada. Era un vividor a quien
Dios perdonara. Sus amigos eran las cosas. La montaa del horizonte, la
luna, el campanario de la parroquia, ciertos muebles... la ropa de
color, usada, de andar por casa... las zapatillas gastadas... el lecho
de _soltero_ sobre todo. Estos seres inanimados, de la industria, a los
cuales dudaba Platn si corresponda una idea, eran para Bonis como
almas paralticas, que oan, sentan, entendan..., pero no podan
contestar ni por seas.

Y, sin embargo, aquella noche solemne, al contemplar la colcha de flores
azules, el doblez humilde y corto de las sbanas limpias, las almohadas
angostas y blandas, le pareci que todo aquello le sonrea con su
frescura y con su aspecto de ntima familiaridad, mientras l se quitaba
las botas y calzaba las babuchas. No haba felicidad completa si los
pies no descansaban en la suavidad del pao flojo de las zapatillas.

--Ajaj!--exclam al sentirse a su gusto. Y apoyando ambas manos en la
cama, dej que una dulcsima sonrisa le inundara el rostro con un
reflejo de la alegra del corazn.

Ahora a meditar! A soar! Noche solemne! No haba milagros: en eso
estaba. No estara bien que los hubiera. El milagro y el verdadero Dios
eran incompatibles. Pero... haba Providencia!, un plan del mundo, en
armona preestablecida (l no usaba estas palabras; no pensaba esto con
palabras) con las leyes naturales. Haba coincidencias providenciales,
que al hombre piadoso deban servirle de advertencias saludables,
emanadas de Dios, tradas por la naturaleza. No era un milagro que se
hubiesen equivocado los mdicos que antao le haban condenado para
siempre a la esterilidad de su mujer; no era un milagro que Emma pariese
ya cerca de los cuarenta aos. Tampoco era milagrosa..., aunque s
admirable, la coincidencia de anunciarse la _venida del hijo_ la misma
noche en que se marchaba la pasin. Se iba Serafina y vena _Isaac_. El
que deba llamarse Isaac, por lo que l saba, pero que se llamara,
Dios saba cmo, probablemente Diego, Antonio o Sebastin, a gusto de la
madre, tirana de todos. Isaac! Lo ms extrao, lo ms admirable era
aquello... sus visiones de la noche memorable del concierto, de aquel
concierto en que nacieron gran parte de las desdichas de su casa, la
corrupcin al por mayor metida en ella. De aquel concierto tambin haba
nacido su anhelo creciente de paz, de amor puro, tranquilo... y aquella
vaga esperanza, rechazada y rediviva a cada momento, de tener al fin un
hijo, un hijo legtimo, nico. Lo ms admirable, s, aunque no
milagroso, era el cumplimiento de lo que l disparatadamente llamaba,
para sus adentros, la Anunciacin.

Tan exaltado se sinti, todo por dentro, tan lleno de ternura, que se
tuvo un poco de miedo.

Oh! Si esto es estar loco, bien venida sea la locura!.

Estaba tan contento, tan orgulloso! No caba duda. La Providencia y l
se entendan. Haba sido aquello como un contrato: Que se marche ella,
y vendr l.

Pero ella... se habr marchado del todo?

--S--dijo Bonis en voz alta, ponindose en pie y dando una leve patada en
el suelo.

S; aqu no queda ms que el padre de familia. Aqu, en este corazn,
ya no hay sitio ms que para el amor del hijo.

Una voz secreta le deca que su nuevo amor era un poco abstracto, algo
metafsico; pero ya cambiara; cuando el chico estuviese all, sera
otra cosa. Algo contribua, pensaba Bonis, a la falta de _cario humano_
a su nene de sus entraas, de que ahora se resenta, el no saber cmo
llamarle. Isaac! No; no sera Isaac. Adems, Isaac no haba sido _nico
hijo_ de su padre. Aunque pareciera irreverencia, en rigor..., en
rigor..., lo que corresponda era llamar a la criatura Manoln... o
Jess. No que l se comparase con Dios Padre, ni siquiera con San
Jos!....

La idea de San Jos le hizo incorporarse en la cama, donde ya se haba
tendido, sin desnudarse. Como Bonis no era creyente, en el sentido
rigoroso de la palabra, y sus dudas le haban llevado muchas veces a las
cuestiones exegticas, segn l poda entenderlas, pens en la
posibilidad de que a San Jos le hubiese hecho la historia un flaco
servicio, con la mejor intencin, pero muy flaco. Sinti una lstima
inmensa por San Jos. Supongamos, se deca, que l, y nadie ms que l,
fuera el padre de su hijo putativo; que fuese el padre..., sin perjuicio
de todas las relaciones misteriosas, sublimes, extranaturales, pero no
milagrosas, que poda haber entre la Divinidad y el Hijo del hombre...;
supongamos esto por un momento. Qu horror! Arrancarle a San Jos la
gloria..., el amor... de su hijo!... Todo para la madre! Y el padre?
Y el padre?. Pensando estos disparates, se le llenaron los ojos de
lgrimas. Si estara loco efectivamente? Pues no se le ocurra, cuando
deba estar tan contento, echarse a llorar, lleno de una lstima
infinita del patriarca San Jos! Pero la verdad, la historia!, la
historia! La historia no saba lo que era ser padre.

Ni yo tampoco. Cuando tenga al muchacho junto a m, en una cuna, no
estar pensando en San Jos ni en todas esas teologas....

En aquel instante se le ocurri esto: El nio debiera llamarse Pedro,
como mi padre.

--Padre del alma! Madre ma!--solloz, ocultando el rostro en las
almohadas, que empap en llanto.

Aquella era la fuente; all estaba el manantial de las verdaderas
ternuras... La cadena de los padres y los hijos!... Cadena que,
remontndose por sus eslabones hacia el pasado, sera toda amor,
abnegacin, la unidad sincera, real, caritativa, de la pobre raza
humana; pero la cadena vena de lo pasado a lo presente, a lo futuro...,
y era cadena que la muerte rompa en cada eslabn; era el olvido, la
indiferencia. Le pareca estar solo en el mundo, sin lazo de amor con
algo que fuese un amparo..., y comprenda, sin embargo, que l era el
producto de la abnegacin ajena, del sacrificio amoroso en indefinida
serie. Oh infinito consuelo! El origen deba de ser tambin acto de
amor; no haba motivo racional para suponer un momento en que los
ascendientes amaran menos al hijo que este al suyo.... Bonifacio se haba
vuelto un poco hacia la pared; la luz, colocada en la mesilla de noche,
pintaba el perfil de su rostro en la sombra sobre el estuco blanco. Su
sombra, ya lo haba notado otras veces con melanclico consuelo, se
pareca a la de su padre, tal como la vea en los recuerdos lejanos.
Pero aquella noche era mucho ms clara y ms acentuada la semejanza.
Cosa extraa! Yo no me pareca apenas nada a mi padre, y nuestras
sombras s, muchsimo: este bigote, este movimiento de la boca, esta
lnea de la frente... y esta manera de levantar el pecho al dar este
suspiro..., todo ello es como lo vi mil veces, en el lecho de mi padre,
de noche tambin, mientras l lea o meditaba, y acurrucado junto a l
yo soaba despierto, contento, con voluptuosidad infantil, de aquella
proteccin que tena a mi lado, que me cobijaba con alas de amor, amparo
que yo crea de valor absoluto.--Padre del alma! Cunto me habrs
querido!--se grit por dentro....

Bonis no se acordaba de que no haba cenado todava, y dejaba que la
debilidad se apoderara de l. Empezaba a sentirse mal sin darse cuenta
de ello. Le temblaban las piernas, y los recuerdos de la infancia se
amontonaban en su cerebro, y adquiran una fuerza plstica, un vigor de
lneas que tocaban en la alucinacin; se senta desfallecer, y como
disuelto, en una especie de plano _geolgico_ de toda su existencia, tena
la contemplacin simultnea de varias pocas de su primera vida; se vea
en los brazos de su padre, en los de su madre; senta en el paladar
_sabores_ que haba gustado en la niez; renovaba olores que le haban
impresionado, como una poesa, en la edad ms remota.... Lleg a tener
miedo; salt de la cama, y de puntillas se dirigi a la alcoba de Emma.
La Valcrcel dorma. Dorma de veras, con la boca un poco entreabierta.
Dorma con fatiga; la antigua arruga de la frente haba vuelto a
acentuarse amenazadora. Bonis se tuvo lstima en nombre de todos los
suyos. Sinti, con orgullo de raza, una voz de lucha, de resistencia, de
apellido a apellido: lo que jams le haba pasado en largos aos de
resignada cautividad domstica. _Los Reyes_ se sublevaban en l contra _los
Valcrcel_. Oh! Cunto dara en aquel momento por haber visto, por haber
ledo aquel libro de blasones familiares, de que, ms que su padre, le
hablaba su madre, muy orgullosa con la prosapia de su marido. Ella lo
haba visto: los Reyes eran de muy buena familia, oriundos de un
pueblecillo de la costa que se llamaba _Races_. Bonis haba pasado una
vez por all, en coche, sin acordarse de sus antepasados. Quin se
habr llevado el libro? Un pariente, un to.... Su padre, D. Pedro Reyes,
procurador de la Audiencia, con mala suerte y poca habilidad, no hablaba
apenas de las antiguas grandezas, ms o menos exageradas por su esposa,
de la familia de los Reyes; era un hombre sencillo, triste, trabajador,
pero sin ambicin; de una honradez sin tacha, que se haba puesto a
prueba cien veces, pero sin lucimiento, por lo modesto que era el D.
Pedro hasta para ser heroicamente incorruptible. Con los dems era tan
tolerante, que hasta poda sospecharse de su criterio moral por lo ancha
que tena la manga para perdonar extravos ajenos. Amaba el silencio,
amaba la paz, y le amaba a l, a Bonis, y a sus hermanos, todos ya
muertos. S; ahora vea con extraordinaria clarividencia, con un talento
de observacin que no haba sospechado que l tena dentro, los
recnditos mritos del carcter de su padre. Su romanticismo, sus
lecturas dislocadas, falsas, no le haban dejado admirar aquella noble
figura, evocada por la sombra propia en la pared de su cuarto. Bonis,
junto al lecho de Emma dormida, ador, como un chino, la santidad
religiosa de los manes paternos. Oh, qu claramente lo vea ahora; cmo
tomaban un sentido hechos y hechos de la vida de su padre que a l le
haban parecido insignificantes! Hasta, alguna vez, se haba sorprendido
pensando: Yo soy un cualquiera; no soy un hombre de genio; ser como mi
padre: un bendito, un ser vulgar. Y ahora le gritaba el alma: Un ser
vulgar!. Por qu no? Imbcil, imita la vulgaridad de tu padre!
Acurdate, acurdate: qu anhelaba aquel hombre? Huir de los negocios,
del trfico y de las mentiras del mundo; encerrarse con sus hijos, no
para recordar noblezas de los abuelos, sino para amar tranquila,
sosegadamente, a sus retoos. Era un anacoreta, poco dramtico..., de la
familia. Su desierto era su hogar. Al mundo iba a la fuerza. Su casa le
hablaba, en silencio, con la dulzura de la paz domstica, de toda la
idealidad de que era capaz su espritu carioso, humilde. La sonrisa de
su padre al hablar con los extraos, tratando asuntos de la calle, era
de una tristeza profunda y disimulada; se conoca que no esperaba nada
de puertas afuera; no crea en los amigos; tema la maldad, muy
generalizada; hablaba mucho a los hijos mayores de la necesidad de
pertrecharse contra los amaos del mundo, un enemigo indudablemente. S;
su padre hablaba a los de casa de lo que aguardaba fuera, como poda el
hombre prehistrico hablar en su guarida, preparada contra los asaltos
de las fieras, a las dems personas de la familia, aleccionndolas para
las lides con las alimaas que haban de encontrar en saliendo. Ms
recordaba Bonis: que su padre, aunque ocultndolo, dejaba ver a su pesar
que era un vencido, que tena miedo a la terrible lucha de la
existencia; era pusilnime; y, resignado con su pobreza, con la
impotencia de su honradez arrinconada por la traicin, el pecado, la
crueldad y la tirana del mundo, buscaba en el hogar un refugio, una
isla de amor, por completo separada del resto del universo, con el que
no tena nada que ver. Para estas conjeturas de lo que su padre haba
sido y haba pensado, Bonis se serva de multitud de recuerdos ahora
acumulados y llenos de sentido; pero a lo que no llegaba con ellos era a
vislumbrar en sus hiptesis histricas, en su recomposicin de
sociologa familiar, la lucha que el padre deba de haber mantenido
entre su desencanto, su miedo al mundo, su horror a las luchas de fuera
y la necesidad de amparar a sus hijos, de armarlos contra la guerra, a
que la vida, muerto l, los condenaba. D. Pedro haba muerto sin dejar a
ningn hijo colocado. Haba muerto cuando la familia haba tenido que
renunciar, por miseria, a los ltimos restos de forma mesocrtica en el
trato social y domstico; cuando la pobreza haba dado aspecto de
plebeyo al decado linaje de los Reyes. Y la madre, a quien esto habra
llegado al alma, haba muerto poco despus: a los dos aos.

Y ahora vena otro Reyes. Es decir, algo del espritu y de la sangre de
su padre. Bonis tena la preocupacin de que los hijos, ms que a los
padres, se parecen a los abuelos. La palabra _metempsicosis_ le estall en
los odos, por dentro. La estimaba mucho, de tiempo atrs, por lo
extica, y ahora le halagaba su significado.--No ser precisamente
metempsicosis...--pens--; pero puede haber algo de eso... de otra manera.
Quin sabe si la inmortalidad del alma es una cosa as, se explica por
esta especie de renacimiento? S, el corazn me lo dice, y me lo dice la
_intuicin_; mi hijo ser algo de mi padre. Y ahora _los Reyes_ nacen
ricos; vuelven al esplendor antiguo....

Al pensar esto, un sudor fro le subi por la espina dorsal.... Record,
en sntesis de dos o tres frases, el dilogo que aquella misma noche
haba sorprendido: el de Nepomuceno con Marta. Oh! Sera sino de los
Reyes? Naca uno ms... y... naca en la ruina! Estaban arruinados, o
iban a estarlo muy pronto; eso haba dicho el to, que saba a qu
atenerse!

Bonis tuvo que sentarse en una silla, porque en la cama de su mujer no
se atrevi a hacerlo.

--Dios mo, en el mundo no hay felicidad posible! Esta noche, que yo
pens que iba a ser de imgenes alegres, de dicha _interior_ toda ella....
qu horrible tormento me ofrece! Arruinado mi hijo! Y arruinado por
culpa ma! S, s, yo comenc la obra.... Y adems, mi ineptitud, mi
ignorancia de las cosas ms importantes de la vida... los nmeros... el
dinero... las cuentas... prosa, deca yo! El arte, la pasin! eso era
la poesa... Y ahora el hijo me nace arruinado!

Emma se movi un poco y suspir, como refunfuando.

Bonis estuvo un momento decidido a despertarla. Aquello corra prisa.
Quera revelarle el terrible secreto cuanto antes, aquella misma noche.
No haba que perder ni un da; desde la maana siguiente tenan los dos
que cambiar de vida, haba que poner puntales a la casa, y esto no
admita espera....

En adelante, menos cavilaciones y ms accin. Se trata de mi hijo. Ser
el amo, ser el administrador de nuestros bienes. Y la fbrica, esa
fbrica en que ni siquiera s a punto fijo lo que hacen? All veremos.
Oh, seor don Juan, mi querido Nepomuceno, habr _escena_, ya lo s, pero
estoy resuelto! Venga la escena. Pero todo eso, maana. Ahora, lo
inmediato; el _acto varonil_, digno de un _padre_, que corresponda a
aquella noche, era... despertar a Emma, enterarla de todo.

Pero Emma despert sin que nadie se lo rogase, y Bonis no tuvo tiempo
para atreverse a abordar la cuestin del secreto descubierto: su mujer
le insult, como en los tiempos clsicos de su servidumbre, porque
estaba all papando moscas. Le arroj de la alcoba a gritos, le hizo
llamar a Eufemia y le dio, por mano de la doncella, con la puerta en las
narices.

Tambin aquello tena que concluir, pero... despus del alumbramiento.
Haba que evitar el aborto; nada de disgustarla.... En pariendo... y en
criando... si criaba ella, como l deseaba, se hablara de todo; se
vera si un Reyes poda ni deba ser esclavo de una Valcrcel.

Sin embargo, debo volver a entrar, con los mejores modos, para
anunciarle el peligro....

Levant el picaporte de la puerta que se le acababa de cerrar..., pero
volvi a dejarle caer.

Se senta muy dbil. No haba cenado. Vea chispitas rojas en el aire.
Haba que tomar algn alimento y dejarlo todo para maana. Ya era, as
como as, muy tarde. Lo malo estaba en que no tena apetito, aquel
apetito que l perda difcilmente.

Tom dos huevos pasados por agua, y acab por acostarse. Tard mucho en
dormirse; y so, llorando, con Serafina, que se haba muerto y le
llamaba desde el seno de la tierra, con un frasco entre los brazos. El
frasco contena un feto humano en espritu de vino.




-XV-


Emma defendi su esperanza de que el mdico se equivocara, todo el
tiempo que pudo, y con multitud de recursos de ingenio. En el asunto de
la probanza que se sacaba de intimidades que ella tena que confesar,
intimidades que, por regla general, eran prueba plena, alegaba como
excepcin su extraa naturaleza, enemiga de todo ritmo en los fenmenos
fisiolgicos ms corrientes. Pero su gran argumento consista en
presentarse de perfil:

--Ven ustedes? Nada. Y se apretaba el cors ms y ms cada da, sin
miedo, despreciando consejos de la prudencia y de la higiene. Se portaba
como una pobre doncella para quien dejar de serlo fuera una gran
vergenza, y que quisiera esconder la prueba de su ignominia.

La murmuracin de sus amigas se equivocaba al ver un fingimiento en esta
oposicin terca de la Valcrcel a la fatalidad de las cosas; no, no la
halagaba ser madre a tales horas; el terror del peligro, que le pareca
supremo, no le dejaba lugar para vanidades de ningn gnero. La
enfermedad, la muerte..., eso, eso vea ella. Yo no podr parir; me lo
da el corazn. Yo no paro, pensaba, con escalofros, cuando a solas
comenzaba a rendirse a la evidencia. A mi edad! Primeriza a mi edad!
Qu horror! Qu horror!... Los huesos tan duros!....

Emma se encerraba en su alcoba; se miraba en el espejo de cuerpo entero,
en ropas menores, hasta sin ropa..., se examinaba detenidamente, se
meda, se comparaba con otras, sacaba proporciones de ancho y de largo
de su torso y de cuantas partes de su cuerpo crea ella, en sus vagas
nociones de tocologa instintiva, que eran capitales para el arduo paso.
Y arrojndose desnuda, sin miedo al fro, en una butaca, rompa a
llorar, furiosa; a llorar sin lgrimas, como los nios mimados, y
gritaba: Yo no quiero! Yo no puedo! Yo no sirvo!.

La muerte era probable, la enfermedad segura, los dolores terribles,
insoportables..., _matemticos_; por bien que librara, los dolores tenan
que venir. No! No! Jams! Para qu? Otra vez la cama, otra vez el
cuerpo flaco, el color plido, la _calavera_ estallando debajo del pellejo
amarillento; la debilidad, los nervios, la bilis..., y el tremendo
abandono de los dems, de Bonis, del to, de Minghetti! Oh, s!
Minghetti, como todos, la dejara morir, la dejara padecer, sin padecer
ni morir con ella... El parto! Crueldad intil, peligro inmenso... para
nada: qu estupidez! Las mujeres felices, las mujeres entregadas a la
alegra, al arte..., a... los bartonos..., las mujeres superiores, no
paran, o paran cuando les convena, y nada ms. Parir! Qu necedad!
Cmo no haba previsto el caso? Se haba dejado sorprender.... Pero,
quin hubiera temido?... Y su clera, como siempre, iba a estrellarse
contra Bonis. El cual tuvo que desistir de sus ensayos de
enternecimiento a do con motivo del prximo y feliz suceso, porque
Emma, ni en broma, toleraba que se hablase del peligro que corra como
de acontecimiento prspero.

Por fin lleg a ser una afectacin intil, ridcula, el negar la prxima
_catstrofe_, pues por tal la tena ella. Emma dej de apretarse el cors,
dej de defenderse; si en los primeros meses haba sido poco ostensible
el embarazo, al acercarse el trance saltaba a la vista. No era _una
exageracin_, deca Marta, pero era; all estaba el _parvenu_, como le
llamaba ella en francs, rindose con malicia, segura de que slo
Minghetti poda entenderla. Sebastin le llamaba, tambin con risitas y
en sus coloquios maliciosos con Marta, el _inopinado_.

La Valcrcel, los primeros das de su derrota, coga el cielo con las
manos; no poda ya negar, pero protestaba. Mas aquella situacin empez
a ser tolerable; se fue acostumbrando a la idea del mal necesario, se
gast el miedo, y por algn tiempo se quej por rutina con un vago temor
todava, pero como si el da de la _crisis_ se alejara en vez de
acercarse. La primera vanidad que tuvo no fue la de ser madre, sino la
de su volumen. Ya que _era_, que _fuera_ dignamente. Y ostentaba al fin,
sin trabas, con alardes de su estado, lo que quera ocultar al principio.
Adems, notaba que su rostro no empeoraba; aquellos diez aos que el da
del susto se le haban vuelto a la cara, ya no estaban all; estaba
mejor de carnes; la tirantez de las facciones y el color tomado no la
sentaban mal, se vea lo que era, pero hasta pareca bien.
Efectivamente, como ser, el estado era _interesante_.

Pero estos consuelos eran insuficientes. De todas maneras, aquello era
una atrocidad preada de peligros, de inconvenientes, de futuros
males... y de males presentes.

Con Minghetti jams hablaba de lo que se le vena encima. Era un tema de
que huan los dos en sus conversaciones. El bartono estaba contrariado,
sin duda alguna. Senta despecho, que le haca sonrer con cnica
amargura; se senta metido en una atmsfera de ridculo. Si no fuera
porque no haba tales contratas, porque _el mundo del arte_ le haba
olvidado, acaso hubiera preferido dejar aquella vida regalada, sus
emolumentos de director de la Academia de Bellas Artes, _los gastos de
secretara_, como le deca Mochi, antes de marchar... todo. Los amigos de
la casa, hasta Marta y hasta las de Ferraz, cada cual segn su gnero,
hablaban con Gaetano del incidente de Emma con frases maliciosas, con
sonrisas medio dibujadas; y Minghetti disimulaba mal la molestia que le
causaba la conversacin. Qu discreto!, decan todos. As hacen
siempre los Tenorios verdaderos, los afortunados de veras. Nadie haba
podido sorprender en Minghetti el menor gesto, siquiera, de jactancia.
Hasta se not que miraba a Bonifacio con mayor respeto que nunca. En
efecto; se le haba sorprendido muchas veces contemplando al marido de
Emma con extraa curiosidad, con una expresin singular, en que nadie
podra adivinar ni una rfaga de burla. Era, en fin, decan todos, la
suma discrecin.

La nica vez que Minghetti y Emma hablaron del embarazo, sirvi para
tormento de Bonis y del Sr. Aguado. Emma se empeo en que deba dar
baos de mar; era la poca, y aquello todava esperara un poco; haba
tiempo de ir y volver. Por aquel tiempo los baos de mar todava no eran
cosa tan corriente como en el da. En el pueblo de Emma, aunque a pocas
leguas de la costa, era escaso el nmero de familias que buscaban el mar
por el verano.

Emma, por lo mismo que la cosa era de _distincin_, se empe en ella.

El mdico no negaba que el bao de ola sera por lo menos inofensivo;
pero, segn y conforme: la cosa poda estar ms cerca de lo que se
crea, y en tal caso, sera una temeridad.... Pero lo peor no era eso...,
lo peor, lo verdaderamente peligroso, temerario, era el traqueo del
coche... viaje de ida y vuelta... por aquellos vericuetos, con aquellos
baches. Absurdo!

--Pero Minghetti ha dicho....

--Seora, Minghetti que cante sus arias y sus romanzas, pero que no se
meta en la Renta del Excusado.

--Minghetti ha viajado....

--S; pero no en estado interesante.

--No es eso. Digo que ha viajado, que ha visto mucho, y asegura que....

--Que las seoras _comm'il faut_ no deben parir. S; ya conozco la teora.

Contra los consejos de Aguado, los de Reyes fueron a baos.

Bonis estuvo tentado a oponerse, a inaugurar aquella energa que estaba
decidido a poner en prctica en adelante, pues estaba asegurada, o poco
menos, la descendencia. Mas era tal la clera que se pintaba en el
rostro de Emma en cuanto su esposo indicaba siquiera el deseo de que se
pesaran con detenimiento las razones del mdico, que el infeliz Reyes
continu aplazando su resolucin de _tomar el mando de la casa_ y ser _el
marido de su mujer_ para despus del parto.

No; no perdamos lo ms por lo menos. No la irritemos; un malparto sera
una catstrofe horrorosa; la catstrofe de mis esperanzas, de mi vida
entera. Despus del parto, ya hablaremos.

Pero Nepomuceno, Krner, el primo Sebastin, Marta, las de Ferraz,
Minghetti, no iban a parir; por qu no se atreva con ellos? Por qu
no echaba de casa a los parsitos? Por qu no pona orden en los
gastos, y orden en las costumbres de su hogar, inundado por aquel
holgorio perpetuo?... Sobre todo, por qu no se encerraba con
Nepomuceno y le deca:--Eh, eh, amiguito; hasta aqu hemos llegado! A
ver, por lo menos explqueme usted eso de la ruina inminente....

Por qu no se atreva con el to y con los amigos de la casa?. El
viaje a la costa vino a darle una tregua, que era todo un sofisma de la
voluntad.

Ahora nos vamos y no puedo yo ponerme al frente de todo eso. A la
vuelta, oh!, lo que es a la vuelta, tendr una explicacin con el to.

Lo nico que haba osado Bonis antes de irse a baos, haba sido
olfatear un poco en los negocios de la familia. Tmidamente se atrevi a
proponer a Krner y al to que le llevaran consigo a ver la fbrica, que
estaba a una legua de la ciudad, una legua de carretera llena de baches.
Nadie sospech que el viaje fuera malicioso, un espionaje. La ineptitud
de Bonis para toda clase de negocio serio, industrial, econmico, era
tal, que oa hablar al to y al alemn como si fuera griego todo lo que
decan. Hablaban en su presencia del mal estado del _negocio antiguo_ sin
que comprendiera palabra. El negocio nuevo era otra cosa. Pero en ese no
tocaban pito los fondos Valcrcel, como los llamaba el ingeniero,
desprecindolos ya completamente. La fbrica de productos qumicos
languideca; lo de sacarles a las algas sustancia se haba abandonado
casi por completo; _en teora_, el negocio era infalible; en la _prctica_,
una calamidad. No se abandonaba por completo por tesn. El material
adquirido, a costa de grandes e improductivos sacrificios, de los _fondos
Valcrcel_, se empleaba en otras aplicaciones de tanteos aventurados,
locos, desde el punto de vista econmico; en pruebas que le servan a
Krner para ensayar las novedades que vea en los peridicos tcnicos,
pero que en el comercio, en el triste comercio espaol, sobre todo en
aquel rincn de Espaa, sin comunicaciones apenas, sin ferrocarril
todava, resultaban desastrosas, una locura. En estas aventuras de
romanticismo qumico se empleaba poco dinero... porque ya no lo haba;
no lo haba del caudal que hasta entonces haba provisto a todo. Pero la
industria nueva era otra cosa. Nada de vaguedades, nada de variedad de
ensayos sin contar con las salidas probables; esto otro era... una
fbrica de plvora, la primera y nica por entonces en la provincia.
Krner la diriga como ingeniero, y Nepomuceno estaba al frente de la
Sociedad comanditaria que le daba el jugo crematstico. A los Valcrcel,
agotados, les haban dejado algo, muy poco, y sin saberlo ellos apenas.

La fbrica de plvora estaba implantada en los terrenos de la vieja,
como llamaban ya a la fbrica primitiva. No se saba por qu para la
antigua industria se haban comprado tantas hectreas; pero ello haba
sido una fortuna... para la industria nueva, que, a bajo precio, haba
podido adquirir lo que la fbrica de plvora necesitaba y lo que a la
otra no le serva para nada. Aquel tejemaneje industrial y
administrativo en que por fas o por nefas siempre figuraban Krner y
Nepomuceno manejndolo todo, les haba costado no pocas reyertas, y no
pocas componendas... y no pocos cuartos, por la necesidad de vencer
escrpulos de la ley y de la Administracin pblica, representada por el
personal respectivo; pero hoy una comilona, maana otra, regalitos,
palmadas en el hombro, recomendaciones y otros expedientes, haban ido
allanndolo todo.

Bonis, en la visita a las fbricas, no sac nada en limpio ms que el
miedo invencible, que le tuvo ocupado el nimo todo el tiempo que
permanecieron cerca de la plvora. La idea de volar, mucho ms verosmil
all que a una legua lejos, no le dej un momento. En cuanto a la
fbrica vieja, la de _productos qumicos_--as, vagamente, en general--, no
le pareci tan en los ltimos como crea. Pensaba ver una ruina
material, las paredes cuarteadas, la maquinaria podrida, las chimeneas
sin humo. No haba tal cosa; todo estaba entero, casi nuevo, con vida,
haba ruido, haba calor, haba, aunque pocos, operarios... Dnde
estaba la ruina? No se atrevi a preguntar por ella, porque no quera
que los otros sospechasen que l saba algo del estado del negocio.

Cuando volvamos de los baos y yo le pida cuentas al to, averiguar si
esto nos produce algo o nos arruina en efecto.

Volvi, dando saltos como una codorniz, dentro del coche, y entr en la
ciudad, decidido a no plantear nunca por propia cuenta una industria tan
peligrosa como la de la plvora.

Krner y el primo Sebastin, de quien ahora estaba enamorado el to
Nepomuceno, que le meti en sus negocios de muy buen grado, y hacindole
que se interesara en ellos por motivos de lucro, notaron a un mismo
tiempo, y se comunicaron la observacin, que haca algunas semanas
Bonifacio oa muy atento sus conversaciones acerca de las fbricas, y
hasta rondaba las mesas del escritorio y miraba de soslayo los papeles
que traan y llevaban.

--Ese imbcil parece que quiere enterarse--dijo Krner.

--S, eso he notado. Pero, no ve usted qu cara de estpido pone? No
entiende una palabra.

--S; pero... no me fo. Tiene miradas... as, como de espa. Hay que
espiarle a l tambin.

Un da el to, oyndoles insistir en comentar la curiosidad intil de
Reyes, se qued pensativo.

No dijo nada, pero se dedic a observar tambin al sobrino por afinidad.
En la mesilla de noche de su alcoba vio unos libros que le dieron que
pensar.

No eran versos, ni novelas, ni _psicologas lgicas y ticas_, que era lo
que sola leer Bonis. All estaba un tomo de _Los cien tratados_,
enciclopedia popular, que junto a un curso abreviado de la cra de
gallinas y otras aves de corral, mostraba un compendio de Derecho civil.
Sobre este tomo vio otro que deca: Laspra, _Prctica forense_, y otro con
el rtulo: _Cdigo mercantil comentado_.

Qu significaba aquello?

Al da siguiente Ferraz, el magistrado alegre, encontr a Nepomuceno en
la calle, y le dijo:

--Van ustedes a tener algn pleito?

--Cmo pleito? Con quin?

--Lo digo porque todas las tardes veo a Bonifacio echar grandes prrafos
en La Oliva con el Papiniano de la quintana, con Cernuda el joven.

--Hola! Con que esas tenemos?--pens don Nepo; pero se guard de
decirlo. Y en voz alta, echando a broma el aviso, que en realidad le
haba alarmado, dijo:

--Pensar hacerse abogado y estar dando leccin con Cernuda. Amigo,
ahora que va a ser padre, quiere ser un sabio; estudia mucho.

Los dos rieron la gracia, y sobre todo la malicia. Pero a don Nepo otra
le quedaba. Lo de Cernuda era grave. Haba que vivir prevenido.

Krner, Marta, Sebastin y el to aconsejaron a Emma que cuanto antes se
echase al agua. Minghetti venca. Se busc una carretela de buenos
muelles, se encarg que fuera al paso, y el matrimonio y Eufemia se
fueron a la orilla del mar.

Emma quera sentir algo extrao con el movimiento del coche; esperaba de
aquel viaje imprudente una especie de milagro... natural. Que el hijo se
le deshiciera en las entraas sin culpa de ella. Gaetano haba dicho que
el viaje podra hacer fracasar el temido parto. La Valcrcel deseaba
abortar, sin ningn remordimiento. No era ella; era el traqueo, el
vaivn, las leyes de la naturaleza, de que tanto hablaba Bonis.

El cual iba aburriendo al cochero con sus precauciones, con sus avisos
continuos.

--Cuidado! Eh? Qu es eso? Un bache? Maldito brinco! Despacio..., al
paso, al paso..., no hay prisa... Cmo te sientes, hija? Estos
ingenieros de caminos! Qu carreteras! Qu pas!

Y Emma, ignorante del peligro, pensaba: S, s; el pas, los
ingenieros; rete de cuentos; las leyes, las leyes de la naturaleza, que
a ti te parecen inalterables y muy divertidas, esas, esas son las que te
van a dar un chasco....

Se qued adormecida, y medio soando, medio imaginando voluntariamente,
senta que una criatura deforme, ridcula, un vejete arrugadillo, que
pareca un nio Jess, lleno de pellejos flojos, con pelusa de melocotn
invernizo, se la desprenda de las entraas, iba cayendo poco a poco en
un abismo de una niebla hmeda, brumosa, y se despeda haciendo muecas,
diciendo adis con una mano, que era lo nico hermoso que tena; una
mano de ncar, torneadita, una monada.... Y ella le coga aquella mano, y
le daba un beso en ella; y deca, deca a la mano que se agarraba a las
suyas: Adis... adis...; no puede ser... no puede ser...; no sirvo yo
para eso. Adis... adis...; mira, las leyes de la naturaleza son las
que te hacen caer, desprenderte de mi seno.... Adis, hija ma, manecita
ma; adis... adis.... Hasta la eternidad. Y la figurilla, que por lo
visto era de cera, se desvaneca, se derreta en aquella bruma
caliginosa, que envolva a la criaturita y a ella tambin, a Emma, y la
sofocaba, la asfixiaba.... Abri los prpados con sobresalto, y vio a
Bonis que, con la mirada de _Agnus Dei_, como ella deca, enternecida,
clavaba sus ojos claros en el vientre en que iba su esperanza.

Llegaron sin novedad a la costa. Emma se ba al da siguiente, con los
cuidados que el mdico del pueblo, consultado por Bonis, aconsej. Por
aquel doctor supo la Valcrcel, horrorizada, cuando se trat de dar la
vuelta a la ciudad, que lo que ella crea aborto, en aquellas
circunstancias poda ser mucho ms peligroso que el parto en su da...,
porque ya sera otra cosa: un verdadero parto antes de la cuenta, pero
no aborto en rigor. Un sietemesino de vida precaria, y gran peligro y
grandes prdidas de la madre... eso era lo que poda producir el viaje a
la ciudad si no se tomaban grandes precauciones. Emma chill, cogi el
cielo con las manos, insult a Bonis, y a Minghetti, y a D. Basilio,
ausentes. Ella que crea engaar a la naturaleza! Hua de un peligro y
buscaba otro mayor! Pero, por qu no me lo han dicho en casa?

--Pero, mujer, no te advertimos Aguado y yo?...

--Aguado hablaba de perder la criatura, no de perderme yo. Dios mo! Yo
no me muevo; parir aqu, en esta aldea... me morir aqu... Yo no doy
un paso ms....

Cost gran trabajo meterla en el coche. El mdico del pueblo tuvo que
asegurarle bajo palabra de honor que l responda de que no habra
novedad si se tomaban las medidas de precaucin que l sealara.... Se
hizo todo al pie de la letra. Se pidi prestado su mejor coche a una
condesa de las cercanas; el cochero tuvo que jurar que los caballos no
daran un paso ms largo que otro; el carruaje se llen de almohadones.
Emma iba casi suspendida. Tuvo que confesar que no senta el movimiento
apenas. Durante el viaje, que dur tres horas ms que el de ida, se
durmi tambin, y se qued con las manos apretadas sobre el vientre.
Cuando despert, vio a Bonis con la mirada grave, de expresin intensa,
fija sobre el mismo sagrado bulto que opriman los dedos de ella. Se lo
agradeci; sonri al esposo que la ayudaba a no soltar antes de tiempo
la carga de sus entraas, y le mostr, avergonzada de la caricia, como
siempre que tena estas debilidades, le mostr su gratitud dndole un
suave puntapi en la espinilla. Y Bonis, que senta lgrimas cerca de
los prpados, pens: Lo mejor sera amar al hijo... y amar a la madre.

Al bajar del coche, junto al portal de su casa, Emma exigi que la
ayudasen dos, que haban de ser Bonis y Minghetti; se dej caer sobre
ellos con todo su cuerpo, segura de no ser abandonada a su pesadumbre.
Despus, mientras Bonis y D. Nepo y los dems que haban acudido a
recibirla daban rdenes para subir a casa el equipaje, ella emprendi la
marcha escalera arriba, colgada del brazo de Gaetano. En el primer
descanso se detuvo, respir con dificultad, mir al bartono con fijeza,
y acab por decir:

--Y si me hubiera muerto en el camino... por culpa tuya?

--Bah!

--S, bah! Poda desangrarme; son habas contadas.

--No, hija ma, no. Parirs sin dolor, y tendrs un robusto infante.

Emma se puso muy encarnada. Minghetti, como distrado, le solt el
brazo, y sigui subiendo, delante, sin ms cortesa, con las manos en
los bolsillos del pantaln, silbando una cavatina con un silbido de
culebra, que era una de sus habilidades. La Valcrcel acab de subir
sola, agarrada al pasamanos, y sujetando el vientre, como si temiera
parir en la escalera.

Se acost, e hizo venir a D. Basilio. Exigi un reconocimiento, del cual
result que no haba novedad y que el tremendo trance de Lucina llegara
por sus pasos contados, o no contados en aquella ocasin, a su debido
tiempo.

Los de all, como llamaban a Mochi y a la Gorgheggi, todos los de la
alegre compaa, escribieron preguntando con gran inters por la salud
de Emma.

Minghetti era el encargado de aquella correspondencia por parte de los
de ac. A La Corua iban pocas cartas; pero de La Corua venan con
abundancia. Los ausentes sentan nostalgia de la _vita bona_ que haban
dejado. Serafina era la que ms abusaba de la escritura. En una
hermossima letra inglesa, escriba pliegos y pliegos de literatura
polglota; ingls, a veces, para las cosas ms difciles de decir, y que
se quedaban sin entender si no acudan Krner o Marta a traducirlas;
italiano a menudo, y por lo comn espaol. Aun en castellano haba
parrafillos que no comprendan los corresponsales de ac, no por las
palabras, sino por los conceptos. Eran alusiones disimuladas y de mucho
artificio que iban derechas al corazn y a los recuerdos de Bonis. Este,
a pesar de sus remordimientos, escriba de tarde en tarde a Serafina,
que se lo haba exigido. Tena la cantante una pasin verdadera por las
expansiones epistolares, y era muy capaz de mantener la constancia de
una llama amorosa, ms o menos mortecina, a fuerza de acumular paquetes
de pleguezuelos perfumados llenos de letra menuda, cruzada como un
tejido sutil. Pero si Bonis haba consentido en _continuar sus relaciones_
por escrito, se haba opuesto en absoluto a que la cmica le escribiese
a l directamente. Aunque era seguro que Emma haba llegado a saber que
su esposo era o haba sido amante de su amiga la Gorgheggi, y haca la
vista gorda, al fin no haba que estirar la cuerda; tal vez si se
desafiaba su dignidad de esposa burlada, pensaba y deca a su cmplice
Bonifacio, tal vez estallase la cuerda y hubiese una de _ppulo brbaro_.
A esto haba contestado Serafina con extraa sonrisa: Pero si tu mujer
vive a lo gran seora, despreocupada, y sabe lo que es el mundo....

Esta idea de la tolerancia perversa de su mujer sublevaba los
sentimientos morales de Bonis; no admita la hiptesis. No; su mujer no
poda despreciarle ni despreciarse hasta ese punto. En fin, no
transigi. A l no se le poda escribir cartas de amor, que de fijo
caeran en poder de Nepomuceno y de Emma, porque de seguro no se le
respetara la correspondencia, como no se le respetaban los dems
derechos individuales. La Gorgheggi tuvo que resignarse, y se contentaba
con escribir no slo a Minghetti, en su nombre y el de Mochi, sino a
Emma, su carsima amiga; y hasta en las cartas a esta haba
contestaciones veladas, intercaladas con un disimulo que revelaba
grandsimo arte, a los ms esenciales conceptos de las escasas cartas de
Bonis. Cuando el futuro padre vio aquellos pliegos en que se aluda al
prximo alumbramiento de su mujer, y se aluda con misteriosas
oscuridades, que no eran contestacin a nada de lo que l haba escrito,
y ms parecan malicias inextricables, sinti hasta repugnancia moral, y
cort por lo sano. Dej de escribir a Serafina. As como as, todo
aquello tena que concluir pronto. En cuanto naciese el hijo. Ms hubo.
Reyes se hizo supersticioso a su manera; y si bien desech por absurda,
aunque simptica y bella, la idea de hacer una promesa a la Virgen del
Cueto, imagen milagrosa de las cercanas, decidi _sacrificar_ al buen
xito del parto todos sus vicios, todos sus pecados. La estricta
moralidad, pens, ser para m, como si dijramos, Nuestra Seora del
Buen Parto. Hizo examen de conciencia, y no encontr ms pecado gordo
que el de las cartas adlteras. Suprimi las cartas. Serafina, a las
pocas semanas, se quej con el esoterismo epistolar de costumbre; pero
Bonis no se dio por enterado, y acab por no leer siquiera las cartas
que venan de la Corua primero, y despus de Santander. As es que
supo, porque la misma Emma se lo dijo, y se lo dijo despus Minghetti,
que Serafina estaba en situacin poca halagea, pues trueno tras de
trueno, Mochi, aburrido, se haba marchado a Italia sin un cuarto, pero
lleno de deudas; y ella, su amiga y discpula, quedaba en Santander sin
contrata, sin dinero y con fundados temores de que su maestro y babbo
espiritual no volviera a buscarla, aunque se lo haba prometido.

Minghetti y Emma, que con el miedo a morirse a plazo fijo se senta muy
caritativa y compadeca mucho las desgracias ajenas a ratos perdidos,
trataron en conferencia cmo se poda proteger a Serafina de modo
compatible con la dignidad de la cantante. Se consult con el to
tambin, y este no ocult la frialdad con que acoga aquel inters que
se tomaba su sobrina por la protegida de Mochi. Dijo, secamente, que no
se poda hacer nada por ella, ni con dignidad, ni sin dignidad, puesto
que de todas suertes haba de ser sin dinero.

A Bonis no se le habl de estos proyectos de socorro; primero, por la
inveterada costumbre de no contar con l para nada; y despus, porque
tanto a Minghetti como a Emma se les ocurri, sin comunicrselo, que era
demasiada desfachatez y falta de aprensin tratar con Bonifacio de
semejante negocio.

Un da, cuando segn los clculos ms probables, ya se aproximaba la
_catstrofe_ que horrorizaba a la Valcrcel, y en opinin de don Basilio
se deba estar preparado a tenerla encima de un momento a otro, Reyes se
encontr en el portal de su casa, al salir, con el cartero. No traa ms
que una carta.

--Para usted es, seorito--dijo el hombre con voz solemne, como dando gran
importancia a lo extraordinario del caso.

--Para m!--Bonis se apoder del papel como de una presa, como si se lo
disputaran; mir azorado a la escalera y hacia la calle temiendo que
aparecieran testigos; y cuando ya el cartero tomaba la puerta, le dijo
asustado, temblando ante el temor de que no se le hubiera ocurrido
llamarle:

--Oiga usted, cartero.... El cuarto, el cuarto, hombre.

--No, seorito; no es pualada de pcaro; otro da cobrar.

--No, no; si tengo yo. Tome usted. Las cuentas claras. Tome usted.--Y le
entreg una pieza de dos cuartos.

--Sobra uno, seorito; queda en cuenta, eh?, para maana. Ya que usted
es tan puntual, yo tambin....

--No, no!, de ninguna manera. Qudese usted con el otro o delo a un
pobre.

El cartero se fue riendo.

--Rindose va de m--pens Bonis--; creer que he querido comprar su
silencio con dos maraveds!

No haba ledo el sobre de la carta, que guard azorado en el bolsillo.
Pero no necesitaba leer nada. Estaba seguro; era de Serafina. En efecto;
en el caf de la Oliva ley aquel pliego, en que la Gorgheggi se le
quejaba como una Dido muy versada en el estilo epistolar. Qu
elocuencia en los reproches! Toda aquella prosa le lleg al alma. Se
quejaba de su largo silencio; saba, por las cartas de Emma, que l,
Bonis, ya no lea las suyas, las de su _querida_ Serafina. Por eso sin
duda no la haba ofrecido ni un consuelo en la terrible situacin a que
haba llegado. Tal vez l no crea en tal penuria; tal vez, como un
miserable, pensaba que ella poda entregarse a cierta clase de
aventuras, que le facilitaran suficientes medios para vivir en la
abundancia. Pues, no, no. Creyralo o no, ella no poda dejar de volver
los ojos a la vida tranquila, serena, que l la haba enseado a
preferir, penetrando sus verdaderos goces.

Vena a decirle, a su modo, con muchas frases romnticas, pero con
sinceridad, por lo que al presente se refera, que aquel tiempo pasado
en el pueblo de Bonis la haba transformado, y no poda lanzarse a la
vida alegre en que su hermosura la prometa triunfos y provecho.
Ocultaba, como siempre, las aventuras antiguas, pero no menta en cuanto
a la actualidad.

En la Corua, en Santander, haba resistido a todas las seducciones del
dinero, nicas que, en verdad, se le haban presentado. Pudo tener
amantes ricos, y no quiso.

Era fiel a Bonis como una buena casada que no ama a su esposo, pero le
respeta, le estima, y estima y respeta, sobre todo, la honradez. A
Serafina le haba sabido a gloria la vida de seora de pueblo que haba
hecho junto a Reyes; de una seora con unas relaciones prohibidas, eso
s, pero slo aquellas.

El maestro, segua diciendo la carta, ha prometido volver a buscarme en
cuanto haya una contrata aceptable; pero el tiempo vuela, yo me
desespero. Mochi no viene, y estoy delicada, nerviosa, muy triste... y
muy pobre. La voz, adems, se me va a escape; el teatro empieza a darme
miedo; he recibido ciertos desaires, disimulados, del pblico, que me
han sabido al hambre futura, al hospital en lontananza. No te pido un
asilo; no te pido una limosna. Pero me voy cerca de ti. Quiero ser
_burguesa_. En tu casa, a tu lado, aprend a serlo, a mi manera. Aquella
paz del alma de que me hablabas tantas veces la necesito yo tambin. Eso
y un poco de pan... y un poco de patria, aunque sea prestada. Le he
tomado cario a ese rincn tuyo, como se lo tuve en otro tiempo a aquel
otro rincn verde de Lombarda de que te hablaba yo, cuando t me
adorabas como a la _madonna_. Ya s que el amor no es eterno. No te pido
amor, te pido amistad, cierto cario que no niegan los esposos menos
fieles a su mujer. Y tampoco les niegan un asilo. Yo no puedo vivir en
tu casa; pero puedo vivir en tu pueblo. A lo menos por algn tiempo:
djame ir. Ahora necesito descansar. Estoy enferma por dentro, por muy
adentro. Desquiciada. Necesito ver caras amigas. T no sabes qu pena es
no tener patria verdadera cuando el cuerpo se fatiga, quiere descanso y
el alma pide paz y vivir de recuerdos. Yo antes no pensaba as. Pero t,
tus manas de moral estrecha, hasta tu casern vetusto con sus aires
tradicionales, seoriles, todo eso se me ha metido por el alma. Algunas
veces te o decir que nosotros, los pobres cmicos, os habamos pegado a
ti y a los tuyos nuestras costumbres alegres, despreocupadas. Todo se
pega. Tambin a m me habis pegado vosotros, t, t, Bonis, sobre todo,
vuestras preocupaciones y vuestro temor de la vida incierta, peregrina.
Esto de que le lleve a uno el viento de un lado a otro, es terrible. Voy
a verte. Adems, esto, Bonis, _voy a verte_. A ti ya no te importa. Pero a
m... todava s. Yo no soy tu mujer; pero t eres mi marido. No tengo
otro. Si yo hubiera sido la hija mimada del abogado Valcrcel, la
bendicin que santific tus amores con otra hubiera cado sobre m. No
des al azar ms importancia que tiene. Ya sabes cmo soy; el mejor da
estoy contigo. Me cerrars tu puerta? Manda eso la moral que usas
ahora? A ti te quiere todava mucho, Bonifacio Reyes, te quiere,
SERAFINA.

Bonifacio no dud un momento de la sinceridad de tanta prosa. Sinti
lstima infinita, amor retrospectivo; la voluptuosidad antigua, evocada
por los recuerdos, se purificaba. Se vio desorientado dentro de la
conciencia, la brjula del deber le daba vueltas en la cabeza como una
loca. l deba algo tambin a Serafina. Si ella le haba corrompido el
corazn, el tlamo, l le haba pegado a ella aquellos instintos de vida
ordenada, pacfica, honrada. Y adems... le peda pan la que le haba
hecho feliz.

Sofismas, sofismas!--le gritaba de repente el _hombre nuevo_, como l se
deca--. Voy a ser padre, y en la casa en que nazca mi hijo no pueden
entrar queridas de su padre. Se acabaron las queridas... y, sobre todo,
se acab el dinero. Yo no gastar ya un cuarto en cosa que no le importa
a mi hijo. Todo por l, todo por l. Y se acab. No hay que darle
vueltas. Esto es ser cruel. Esto es ser egosta. Bueno. Egosta por mi
hijo. No me repugna. Por l, cualquier cosa. Me agarro a lo absoluto. El
deber de padre, el amor de padre, es para m lo absoluto.

Estas frases y otras por el estilo no imperaban siempre en el alma de
Reyes. Desde que lleg la carta de Serafina fue la existencia de Bonis
de lucha continua consigo mismo; una batalla perenne, como tantas otras
que se haba dado a s propio, siempre derrotado.

Serafina lleg; se present en el casern de los Valcrcel, fue bien
recibida por Emma, por Nepo, por Sebastin, por Marta, por todos, y
Bonis no tuvo valor para mostrarse esquivo. Lo que no hizo fue oficiar
de amante, ni Serafina mostr deseos de reanudar las relaciones, por lo
pronto. l, sin embargo, se acordaba de lo que deca la carta sobre el
particular. Los ojos de la Gorgheggi parecan recitar con sus miradas el
final de la epstola; pero los labios no decan nada de tales ternezas.
Tampoco le toc la cuestin espinosa y delicada de los _alimentos_, que
pareca reclamar la antigua querida.

La cantante dijo que vena a esperar a Mochi, que le haba ofrecido
volver a su lado para llevarla contratada a Amrica. No pidi nada a
nadie. Viva modestamente en su antiguo cuarto de la Oliva. La visitaban
Minghetti, Krner, Sebastin y otros amigos antiguos. Bonis no la vea
ms que en su propia casa, es decir, en casa de su mujer. Ella no se
quejaba de esta conducta. No haca ms que mirarle con ojos amantes en
cuanto haba ocasin de verse solos.

Reyes estaba satisfecho de su entereza. Haba sentido mucho, mucho, al
ver en su presencia a la tiple.... Pero se haba contenido pensando en su
futuro _sacerdocio_ de padre. Aquella lucha en que esta vez iba
vencindose a s mismo, le pareca una iniciacin en la vida de virtud,
de sacrificio, a que se senta llamado. Con la energa empleada en esta
violencia hecha a la pasin antigua, daba por gastada toda la fuerza de
su pobre voluntad, y se perdonaba, con pocos escrpulos, los
aplazamientos y prrrogas que iba dando a lo de las cuentas del to. S,
pensaba explicarse; pensaba plantear la cuestin... pero pasaban los
das y no haca nada. Nada entre dos platos. Lea Derecho civil, lea un
Cdigo de comercio que tena por apndice un tratado de tenedura de
libros; consultaba con Cernuda el joven, elocuente abogado y... nada
ms. El to se preparaba sin duda. Esperaba una acometida. Oh! Bien
saba Bonis que Nepo tendra armas con que defenderse! Por eso tomaba
vuelo; por eso daba largas al asunto... por eso, valga la verdad, le
temblaban las piernas cada vez que se deca: Hoy mismo llamo aparte al
to y le digo....

Pero si no saba lo que haba de decirle siquiera! Una tarde lleg el
cartero con dos cartas del correo interior. Una era de Serafina, que no
haba parecido por casa de Emma haca tres o cuatro das; escriba esta
vez a Bonis, sin acordarse de lo tratado, que era no escribirle a l, y
le deca que se senta mal y con disgustos repugnantes por causa de una
letra de Mochi, que no haba llegado. Le peda consuelo, una visita y....
algunos duros adelantados. Lo senta infinito, pero el fondista de la
Oliva le haba herido el amor propio, la haba ofendido, y quera pagar
para tener derecho de dejar aquella posada, y decirle al grosero que no
saba tratar con una dama, sola, sin un hombre que la defendiera.

Ante esta misiva, los primeros impulsos de Bonis fueron dignos de un
Bayardo y de un Creso, en una pieza. Por un momento se olvid de su
_sacerdocio_ y se vio en el _terreno_ atravesando al husped de la Oliva de
una estocada, y arrojndole a los pies un bolsillo de malla, como los
que usaba Mochi en las peras.... Pero la letra contrahecha de la otra
carta le llam la atencin: rompi el sobre y ley de un golpe, y qu
golpe!, el contenido del annimo, pues lo era. No deca ms que esto:
Ladrn! Sacrlego! Dnde estn los siete mil reales devueltos en el
confesonario por un pecador arrepentido?.

Bonis, que estaba en su alcoba, se dej caer sentado sobre la colcha de
flores azules de su humilde lecho. Sinti un sudor fro, la garganta
apretada.

Me estoy poniendo malo! se dijo. Pero de repente olvid su mal, el
annimo, todo, porque Eufemia entr gritando, corriendo; tropez con las
rodillas de Bonis, y exclam:

--Seorito, seorito!... La seorita est con los dolores.

Bonis salt como un tigre, corri por salas y pasillos, con una bota y
una zapatilla, tal como le haban sorprendido las cartas malhadadas, y
lleg al gabinete de su esposa en pocos brincos.

Horrorizada, con cara de condenado del infierno, Emma se retorca
agarrada con uas de hierro a los hombros y al cuello de Minghetti, que
no haba tenido tiempo para levantarse de la banqueta del piano. Estaba
l cantando y acompandose, segn costumbre, cuando su discpula lanz
un chillido de espanto, sorprendida y horrorizada por el primer dolor
del parto prximo. Se haba agarrado al maestro y amigo, no slo con el
instinto de toda mujer en trances tales, sino como dispuesta a no morir
sola, si de aquello se mora; decidida a no soltar la presa esta vez y
llevarse consigo al otro mundo al primero que cogiera a mano.

Al presentarse Bonis, hubo en los tres un movimiento que pareci
obedecer al impulso de un mismo mandato de la conciencia; Emma solt el
cuello y el hombro de Gaetano; este dio un brinco, separndose de Emma,
y Reyes avanz resuelto, con ademn de reivindicacin, a ocupar el sitio
de Minghetti. Emma se agarr con ms ansia, con ms confianza al robusto
cuello y al pecho de su marido, que sinti en el contacto de las uas y
en el apretn fortsimo, nervioso, una extraa delicia nueva, la
presencia indirectamente revelada del ser que esperaba con tanto deseo.
Aquello era l, s, l, el hijo que estaba all, que se anunciaba con el
dolor de la madre, con esa solemnidad triste y misteriosa, grave,
sublime en su incertidumbre, de todos los grandes momentos de la vida
natural.

En el apretar desesperado de Emma a cada nuevo dolor, Bonis senta,
adems de los efectos naturales de la debilidad femenina en tal apuro,
adems de _meros fenmenos fisiolgicos_, el carcter de la esposa; vea
el egosmo, la tirana, la crueldad de siempre. Un tanto por ciento de
aquel dao que Emma le haca al apoyarse en l, y como procurando
transmitirle por el contacto parte del dolor, para repartirlo, lo
atribua Bonis al deseo de molestarle, de hacerle sufrir por gusto.

--Que me muero, Bonis, que me muero!--gritaba ella, encaramada en su
marido.

El peso le pareca a l dulce, y la voz amante. Busc el rostro de Emma,
que tena apoyado en su pecho, y encontr una expresin como la de
Melpmene en las portadas de la _Galera dramtica_. Los ojos espantados,
con cierto extravo, de la parturiente, no expresaban ternura de ningn
gnero; de fijo ella no pensaba en el hijo; pensaba en que sufra nada
ms, y en que se poda morir, y en que era una atrocidad morirse ella y
quedar ac los dems. Padeca y estaba furiosa; tomaba el lance, en la
suprema hora, como un condenado a muerte, inocente, pero no resignado y
apegado a la vida. Hubo un momento en que Bonis crey sentir los
afilados dientes de su mujer en la carne del cuello.

Minghetti haba desaparecido del gabinete con pretexto de ir a avisar a
ms seores.

En efecto; poco despus se presentaba el primo Sebastin, plido; y a
los cinco minutos Marta, muy contrariada, porque aquello poda retrasar
algunos das su _prximo enlace_, y tal vez el bautizo eclipsara la boda.
Se creera, por su modo de mirar la escena, que se haban dado garantas
de que Emma no parira hasta despus de casarse ella. Por fin se
present Nepomuceno, acompaado del mdico antiguo, del partero insigne;
porque, con perdn de D. Basilio, Emma le tena guardada aquella
felona; hasta el da del trance, Aguado; pero en el momento crtico, si
la cosa no vena muy torcida, el otro. Quera parir con el milagroso
comadrn popular, a quien jams se le mora ninguna cliente. Damas y
mujeres del pueblo tenan ms fe en aquel hombre que en San Ramn. Las
que moran, moran siempre en poder de los toclogos sin prestigio
sobrenatural. El comadrn insigne saba llamar a tiempo a sus colegas. A
falta de ciencia, tena conciencia, y de camino ayudaba a la leyenda que
le haca infalible.

Bonis, que siempre haba defendido a los toclogos de la ciudad y
atacaba con dureza la fama milagrosa del gran comadrn, al ver entrar a
este se sinti contaminado de la fe general. Que perdonaran la ciencia y
el seor Aguado... pero l tambin se senta lleno de confianza en
presencia de aquel ignorante tan prctico, por ms que un da lejano le
haba condenado a l falsamente a la esterilidad de su mujer. Aquel era
el falso profeta que le haba arrancado la esperanza de ser padre, a
llegar a la dignidad que le pareca ms alta. Fuera como quiera, don
Venancio entr, como siempre, dando gritos; riendo, declarando que no
responda de nada porque se le llamaba tarde. No salud a nadie; separ
a Reyes de un empujn del lado de su esposa; a esta la hizo tenderse
sobre el lecho, y en las mismas narices del pasmado Bonis, le pidi tal
clase de utensilios, que a l, el padre futuro, se le figur que lo que
el ilustre comadrn exiga eran materiales para fabricar un cordel con
que ahogarle al hijo.

Sebastin, escptico en todo desde que haba dejado el romanticismo y
engordado, se sonrea, asegurando en voz baja que la cosa no era para
tan pronto.

D. Venancio se apresuraba, tomando medidas con ademanes de bombero en
caso de incendio. Siempre haca lo mismo. Sebastin le haba visto en
muchas ocasiones, que no eran para referirlas.

Marta crey que en el papel de nia inocente que la haba tocado en
aquella comedia, haba esta acotacin: Vase. Y se retir al comedor,
donde encontr a Minghetti, que mojaba bizcochos en Mlaga. No estaba
alegre como sola.

Desde all se oan, de tarde en tarde, los gritos de Emma como si los
diera con sordina.

Marta miraba al italiano con curiosidad maliciosa. Cosas del mundo!
pensaba la alemana, que en el fondo, para sus puras soledades, era ms
escptica que Sebastin. Este aqu como si nada le importara, y el
otro infeliz!.... Minghetti segua mojando bizcochos y bebiendo Mlaga.
Acab por fijarse en la mirada insistente y expresiva de Marta. Tom el
rbano por las hojas, y acercndose a la rozagante alemana, cuando ella
crea que le iba a revelar un secreto, a hacer alguna ntima
confidencia..., la cogi por el talle y le sell la boca con un beso
estrepitoso.

El grito de Marta se confundi con otro de los lejanos que lanzaba la
parturienta.




-XVI-


Iba a ser padre! A tal idea, en su cerebro estallaban las frases
hechas como estampidos de plvora en fuegos de artificio. Con gran
remordimiento notaba Reyes que su corazn tomaba en el solemne suceso
menos parte que la cabeza... y la retrica. Aquella _dignidad nueva_, la
primera, en rigor, de su vida, a que _era llamado_, por qu le dejaba, en
el fondo, un poco fro? Sobre todo, por qu no amaba todava al hijo de
sus entraas, en cuanto hijo, no en cuanto _concepto_?... Hijo o hija?
Misterio--pens Bonis, que en aquel instante dudaba de la sancin que la
realidad presta a las corazonadas--. Tal vez hija; aunque, Dios no lo
quiera! Misterio.

Y levant el embozo de la cama, y se meti entre sbanas.

Aquello de acostarse, siquiera fuese por pocas horas, le pareca algo
como una _abdicacin_. Era el papel de esposo, llegado el trance del
alumbramiento, demasiado pasivo, desairado. Bonis tena comezn de
hacer algo, de intervenir directa y eficazmente en aquel negocio, que
era para l de tan grave importancia.

Ms era: aunque la razn le deca que en casos tales todos los maridos
del mundo tenan muy poco que hacer, y que todo era ya cosa de la madre
y del mdico, se le antojaba que l estaba siendo all todava ms
intil que los dems padres en igual situacin; que se le arrinconaba
demasiado, que se prescinda demasiado de l.

Sin embargo, lo que le haba dicho D. Venancio no tena vuelta de hoja.

--Usted, amigo Bonifacio, a la cama; a la cama unas cuantas horas, porque
esto puede ser largo, y vamos a necesitar las fuerzas de todos; y si no
descansa usted ahora, no podr servir como tropa de refresco cuando se
necesite.

Bien; esto era racional. Por eso se acostaba, porque l siempre se
renda a la razn y a la evidencia, y pensaba rendirse an ms, si
caba, ahora que iba a ser padre y tena que dar ejemplo. Pero lo que no
tena razn de ser era el despego de todos los dems, Emma inclusive, y
las miradas y gestos de extraeza con que reciban sus alardes de
solicitud paternal y marital todos los que andaban alrededor de su
mujer. Doa Celestina, la matrona matriculada, que haba venido por
consejo de D. Venancio; el marido de la partera, D. Alberto, que tambin
andaba por all; Nepomuceno, Marta, Sebastin y hasta el campechano
Minghetti, si bien este le miraba a ratos con ojos que parecan revelar
cierto respeto y algo de pasmo.

Recapacitando y atando cabos, Bonis lleg a recordar que Serafina misma
le haba querido dar a entender, de tiempo atrs ya, que el nacimiento
de su hijo, el de Bonis, era cosa que no deba tomarse con calor; el
mismsimo Julio Mochi, en cierta carta escrita meses antes desde la
Corua, le hablaba del asunto y de su entusiasmo paternal con una
displicencia singular, con palabras detrs de las cuales a l se le
antojaba ver sonrisas de compasin y hasta burlonas. Pero, en fin, lo de
Serafina y lo de Mochi podan ser celos y temor de perder su amistad y
proteccin. Serafina vea, de fijo, en _lo que_ iba a venir un rival, que
acabara por robarla del todo el corazn de su ex amante, de su buen
amigo... Pobre Serafina!. No, no haba que temer. l tena corazn
para todos. La caridad, la fraternidad, eran compatibles con la moral
ms estricta. Sin contar con que... francamente, aquello del amor
paternal no era cosa tan intensa, tan fuerte, como l haba credo al
verlo de lejos. Ca! No se pareca a las grandes pasiones ni con cien
leguas. Dnde estaba aquella ntima satisfaccin egosta que acompaa a
los placeres del amor y de la vanidad halagada? Dnde aquel sonrer de
la vida, que era como el cuadro que encerraba la dicha en los momentos
sublimes de la pasin?

Esto era otra cosa; un sentimiento austero, algo fro, potico, eso s,
por el misterio que le acompaaba; pero ms tena de solemnidad que de
nada. Era algo como una investidura, como hacerse obispo; en fin, no era
una alegra ni una _pasin_.

Y daba vueltas Bonis en su lecho, impaciente, como en un potro,
contenindose tan slo por cumplir el racional precepto de D. Venancio.

Claro, hay que descansar; puede parir esta noche, o no parir hasta
maana... o hasta pasado. Pueden ser todos estos gritos falsa alarma.
Buena es ella! Si no fuera porque don Venancio ha tocado la criatura....
todava me escamaba yo. Pero, de todas suertes, Emma es capaz de
quejarse de los dolores un mes antes de lo necesario. S, durmamos.
Puede esto ir para largo y tener que velar mucho.... Si me dejan esos
intrusos. Lo que extrao es que Emma, que siempre me ha tenido por
enfermero, y casi casi por mesilla de noche, no me llame ahora a su
lado. Mujer ms rara! Y ahora que yo la ayudara con tanto gusto.

El calorcillo de las sbanas, que empezaba a sonsacarle el sueo,
inclinndole a las visiones vagas, a la contemplacin soporfera de
imgenes y recuerdos halageos, le hizo pensar, suspirando:

--Si hubiese sido mi mujer Serafina, y este hijo suyo, y yo algo ms
joven!

Como si el pensar y el desear as hubiera sido una navajada, all en sus
adentros, no saba dnde, Bonis sinti un dolor espiritual, como una
protesta, y en los odos se le antoj haber sentido como unas
burbujillas de ruido muy lejano, hacia el cuarto de su mujer; una cosa
as como el lamento primero de una criaturilla.

--Dios mo, si ser!...--Sin querer confesrselo, sinti un remordimiento
por lo que acababa de pensar, y la supersticin le hizo creer que su
hijo naca en el mismo instante en que el padre renegaba en cierto modo
de l y de su madre.

--Alma de mi alma!--grit Bonis, echndose de un salto al suelo--; sera
eso como nacer hurfano de padre! Hijo mo! Emma, Emma, mujercita ma!

Se abri la puerta de la alcoba, y antes que nada, Bonifacio oy
distinto, claro, el quejido sibiltico de un recin nacido. Su propia
carne volva a nacer llorando!.

--Un nio, tiene usted un nio, seor!--gritaba Eufemia, que entraba como
un torbellino y llegaba hasta tocar al pasmado Bonis, sin reparar en que
estaba el seorito en camisa en mitad de la alcoba. Ni ella ni l vean
esto; la criada estaba entusiasmada, enternecida; Bonis se lo agradeca
en el alma, mientras se pona los pantalones al revs y tena que
deshacer la equivocacin, temblando, anhelante, dudando si romper una
vez ms con lo _convencional_ y echar a correr en calzoncillos por la casa
adelante. Pero no; se visti a medias, y tropezando con paredes, y
puertas, y muebles, y personas, lleg al pie del lecho de su esposa.

En el regazo de doa Celestina vio una masa amoratada que haca
movimientos de rana; algo como un animal troglodtico, que se vea
sorprendido en su madriguera y a la fuerza sacado a la luz y a los
peligros de la vida; Bonis, en una fraccin de segundo, se acord de
haber ledo que algunos pobres animalejos del mar, huyendo de sus
enemigos ms poderosos, se resignaban a vivir escondidos bajo la arena,
renunciando a la luz por salvar la vida: en prisin eterna por miedo del
mundo. Su hijo le pareci as. Haba tardado tanto! Se le figur que
naca a la fuerza, que se le haca violencia abrindole las puertas de
la vida....

--Coronado, Bonis, coronado!--deca una voz dbil y mimosa, excitada,
desde la cama.

Bonis, sin entender, se acerc a Emma y le dio un abrazo, llorando.

Emma lloraba tambin, nerviosa, muy dbil, demacrada, convertida en una
anciana de repente. Se apret al cuello de su marido con la fuerza con
que ella se agarraba a la vida, y como quejndose, pero sin la voz agria
de otras veces, sigui diciendo:

--Coronado, Bonis, coronado, sabes?, estuvo coronado!

--Claro, como que naci de cabeza!--grit D. Venancio, que estaba al otro
lado del lecho, con los brazos remangados, con algunas manchas de sangre
en la camisa y en el levitn, sudando, muy semejante a un funcionario
del Matadero.

--Pero estuvo mucho tiempo coronado..., Bonis!

--S, siglos--dijo el mdico.

--A ti no se te dijo; se te hizo marchar; pero hubo peligro, verdad, D.
Venancio?

--Pero, hija ma, si acababa de acostarme....

--S; pero hace mucho tiempo que la cosa estaba prxima... estaba
coronado... y no se te deca por no asustarte... hubo peligro!...

Y Emma lloraba, con algn rencor todava contra el peligro pasado, pero
ms enternecida por el placer de vivir, de haberse salvado, con el alma
llena de un sentimiento que deba ser de gratitud a Dios y no lo era,
porque ella no pensaba en Dios; pensaba en s misma.

--Vaya, vaya, menos charla--grit D. Venancio; y escondi con el embozo
los hombros de Emma.

--Y ahora, cuidado con dormirse!

--No, hija ma, dormir, no; eso s que sera peligroso--exclam Bonis con
un escalofro. La idea de la muerte de su mujer se le pas por la
imaginacin como un espanto. Morir ella! Quedar l sin madre! Y se
volvi a su hijo, que lloraba como un profeta.

Oh portento! En aquel instante vio en el rostro del recin nacido,
arrugado, sin gracia, lamentable, la viva imagen de su propio rostro,
segn l lo haba visto a veces en un espejo, de noche, cuando lloraba a
solas su humillacin, su desventura. Se acord de la noche que haba
muerto su madre; l, al acostarse, desolado, se haba visto en el espejo
de afeitarse, distrado, por hbito, para observar si tena ojeras y la
lengua sucia, y haba notado aquella expresin tragicmica, aquella cara
de mono asfixindose, que era tan diferente de la que l _crea poner_ al
sentir tanto, de modo tan puro y potico. Aunque era de facciones
correctas, llorando se _pona_ muy feo, muy ridculo, con un gesto
parecido al que daba a su cara la msica ms sentimental, interpretada
en la flauta de Valcrcel. Su hijo, su pobre hijo, lloraba as: fesimo,
risible y lamentable tambin. Pero... era su retrato! S, lo era con
aquella expresin de asfixia. Despus, al serenarse un poco, gracias a
un trago de agua azucarada, que debi de parecerle una inundacin
agradable, hizo una mueca con boca y narices, que llev a Bonis al
recuerdo del abuelo. Oh, como mi padre! Como yo en la sombra!.

Y al mismo tiempo que senta como un descanso espiritual, y un orgullo
animal, de macho, el remordimiento de haber engendrado le punzaba con
los primeros dolores de la paternidad, que van formando, por aglomerados
de sobresaltos, penas extraas, que lastiman como propias, la santa
caridad del amor a los hijos.

La conciencia le deca a Bonis: Ya no volver a estar alegre, sin
cuidados; pero ya no ser jams infeliz del todo... si me vive el hijo.
El mundo adquira de repente a sus ojos un sentido slido, positivo; se
haca l ms de la tierra, menos de lo ideal, de los ensueos, de las
nostalgias celestiales; pero tambin la vida se haca ms seria; seria
de una manera nueva.

El nio segua llorando, a pesar de que ya tena un abrigo, unas
mantillas bordadas y muy limpias, que a Bonis le parecan impropias de
la solemnidad del momento y muy incmodas. Oh, s; se pareca a l
en... el gesto, en el modo de quejarse de la vida! Podran no ver los
dems aquella semejanza; pero l estaba seguro de ella, como de una
contrasea. Era el hijo de sus entraas, tal vez tambin de sus
cavilaciones y de sus _sensibleras_, no sospechadas por el mundo, ni aun,
en rigor, por Serafina.

Algunas horas despus, cuando haba desaparecido de all D. Venancio y
todo el aspecto de matanza, o por lo menos de cosa sucia que tenan
aquellos grandes lances vistos de cerca, Bonis consinti que Emma
volviera a hablar largo y tendido, y hasta intervinieron en la
conversacin los parientes y amigos.

Qu de recuerdos evocaba la de Valcrcel! Pero todos eran de la lnea
materna. Resucitaba en ella la antigua mana patronmica y gentilicia.

--To, to! Sebastin, Sebastin! A ver: a quin se parece Antonio?

--Quin es Antonio?--pregunt Marta.

--Pues, hija, el amo de la casa: mi hijo. Se llama Antonio, para mis
adentros, desde el momento en que yo tuve cabeza para pensar en algo que
no fuese el peligro y el dolor.

--Pues se parece--dijo Sebastin--, al hroe de las Alpujarras... a su
tocayo don Antonio Diego Valcrcel y Mers, fundador de la noble casa de
los Valcrcel.

--Y que no lo digas en broma. Que traigan el retrato y se ver.--Y no hubo
ms remedio. Entre dos criados y Sebastin descolgaron al ilustre abuelo
restaurado, y se le cotej con el hijo de Bonis, que la madre sac del
calor de su lecho. Unos encontraron el parecido, aunque remoto; otros lo
negaron entre carcajadas. Antonio lloraba, y Bonis le segua viendo la
semejanza consigo mismo, segn se haba visto al espejo la noche en que
muri su madre; pero lo que a su juicio se acentuaba por horas era el
parecido con Reyes abuelo, con don Pedro Reyes, sobre todo en una arruga
de la frente, en las lneas de la nariz y en la mueca caracterstica de
los labios.

Marta, sin motivo legtimo, estaba contrariada, y haba puesto el gesto
de vinagre que a veces se le asomaba al rostro sin saberlo ella, y la
haca ms vieja y ms fea; gesto que particularmente se le descubra
cuando envidiaba algo, cuando se senta deslumbrada. Vea en el bautizo
el eclipse de su boda.

--A m--dijo--, Antoito no me recuerda ni el tipo Valcrcel, ni el tipo
Reyes. Parece extranjero. Chica, t has soado con algn prncipe ruso.

Las de Ferraz, que ya estaban all, rieron la gracia, fingiendo no
encontrarle malicia.

Los dems callaron, sorprendidos ante la audacia.

Emma no vio el epigrama; Bonis tampoco.

Bonis vio que se segua hablando de los Valcrcel, de si el nio se
parecera a su abuelo, si sera abogado, si sera jugador, como tantos
otros de su familia; se amontonaban los recuerdos del linaje, buenos y
malos. Nadie se acordaba de los Reyes pretritos para nada.

Antonio segua llorando, y a Bonifacio le faltaba poco.

Su padre! Su madre! Si vivieran! Si estuvieran all!.

Bonis, en cuanto pudo, huy del ruido. Dej a los dems, ya que les
divertan, todas las solemnidades y quehaceres propios del caso.
Mientras el nio dorma y no se le permita verle, y Emma, ya menos
nerviosa, pero ms fatigada, con un poco de calentura, volva a su
antiguo despego y lo echaba de su presencia en no necesitndole,
Bonifacio se recoga a la soledad de su alcoba, y en idea contemplaba al
hijo.

--S, hijo, s!--se deca con el rostro hundido en la almohada--. Hijo
tena que ser. Me lo deca la voz de Dios. Hijo. Mi nico hijo....

Emma, durante todo el primer da, estuvo sentimental, excitada; su
marido crey que la maternidad iba a transformarla, pero a la maana
siguiente despert con bastante calentura y nada tierna; cuando la
postracin se lo consenta, rabiaba en la medida de sus fuerzas. Le
hablaron del puerperio, de sus peligros, y sinti nuevo terror. Se
llegaba a olvidar del chiquillo que tena entre las sbanas, y no quera
ensearlo a nadie, ni a su padre, por no revolverse ella y coger fro.
Bonis no poda ver a su hijo sino en las ocasiones solemnes de mudarlo
doa Celestina. De hora en hora lo cambiaba. Segn se iba pareciendo ms
a cualquier recin nacido, perda aquella semejanza que consigo mismo le
haba encontrado Bonis en el primer momento. Empezaba Reyes a
desorientarse. Adems, tuvo que renunciar a llamarle Bonifacio o Pedro,
porque Emma desde luego empez a exigir que se le llamara Antonio, aun
antes de bautizarle. Se le llamara Antonio Diego Sebastin, porque
Sebastin iba a ser el padrino. Por todo pas Bonifacio. No quera
disturbios todava; poda hacerle dao a Emma cualquier disgusto. No,
ahora no. Todo lo aplazaba. No estaba l decidido a ser muy enrgico?
No estaba decidido a salvar, si era tiempo, los intereses de su hijo, y
a darle el ejemplo de la propia dignidad? Pues no haba para qu
precipitar las cosas. Tampoco quiso, por lo pronto, tener explicaciones
con Nepomuceno. Tiempo haba. Sin embargo, las circunstancias le
obligaron a anticipar en este respecto su actitud enrgica. Ello fue que
de Cabruana, concejo de la marina donde los Valcrcel tenan algunas
_caseras_, procedentes de bienes nacionales, llegaron malas noticias
respecto de cierto mayordomo de segundo orden, que all haca mangas y
capirotes de las rentas de Emma, perdonando anualidades atrasadas, o por
lo menos aplazando el cobro indefinidamente, colocando por su cuenta a
rditos el dinero cobrado; _en suma_, explotando en provecho propio los
bienes de sus amos. Nepomuceno no quera dar importancia a la denuncia.
Se trat el asunto a la hora de cenar, y cuando don Juan y el primo
convinieron en que se hiciera la vista gorda, con gran sorpresa de todos
los presentes, que eran aquellos Valcrcel y los Krner, Bonifacio, con
voz temblorosa, pero firme, aguda, chillona, plido, y dando golpecitos
enrgicos, aunque contenidos, con el mango de un cuchillo sobre la mesa,
dijo:

--Pues yo veo la cosa de otra manera, y maana mismo, ya que el bautizo
se retarda, porque no quiere Emma que el nio se constipe con este mal
tiempo, maana mismo, aunque lo siento, tomo yo el coche de Cabruana y
me voy a Pozas y a Sariego, y le ajusto las cuentas al seor de Lobato.
No quiero que se nos robe ms tiempo.

Hubo un silencio solemne. Bonis no vacil en compararlo al que precede a
la tempestad. Por de pronto, era el que trae consigo lo sorprendente, lo
inaudito. Comprenda Reyes que estaba all solo, que los Valcrcel y sus
futuros afines los Krner se lo comeran de buen grado. No era que l no
estuviera azorado, casi espantado de su audacia; lo estaba. Pero ya se
saba que un diligente padre de familia tiene que ser un hroe.
Empezaban los sacrificios, y bien que dolan; pero adelante. La seriedad
de la nueva lucha se conoca en eso, en el dolor.

Todos miraron a Bonis, y despus a don Nepo, que era el llamado a
contestar.

Don Juan, que era sumamente moroso y tranquilo, haba cambiado mucho con
las enseanzas y excitaciones de Marta. Adems, fiaba mucho de la
debilidad y de la ignorancia del enemigo. No se anduvo por las ramas. Se
fue derecho al bulto. Nada de eufemismos. Slo en el tono de la voz,
sereno, reposado, haba cierta lenidad.

--Eso de robaros, supongo que no lo dirs por m?

Si las palabras de Bonis eran un guante, quedaba recogido con toda
arrogancia. Antes que contestara Reyes, don Nepo mir satisfecho a su
novia, que aprob su valenta con la mirada.

En aquel momento Bonis, que no esperaba una batalla decisiva, un duelo a
muerte como aquel, se acord con terror del annimo de dos das antes,
que haba olvidado en absoluto, por la gravedad de los acontecimientos.

--El purgatorio es esto--pens--. Yo he pecado. Yo he dilapidado, yo he
_robado_ el caudal de mi hijo, y ahora estoy en el purgatorio, que es as,
hecho de lgica y tica, nada ms que de lgica y tica.

--Por Dios, to!--dijo pausadamente y procurando que en su voz hubiese
mesura y entereza--. Por Dios, to, cmo lo he de decir por usted! Lo
digo por Lobato, que es un gran ladrn.

--Un ladrn consentido por m aos y aos, si hemos de creer lo que dice
Pepe de Pepa Jos, el denunciante quejoso.... Por lo visto, Lobato y yo
estamos de acuerdo para arruinaros a vosotros, para acabar con los
bienes de Cabruana.

--Nadie dice eso, to; nadie dice....

--Lo que yo digo, seor Reyes--y el seor don Juan Nepomuceno dio un
puetazo, no muy fuerte, sobre la mesa--, es que t no eres un hombre
prctico, y que te sienta mal el papel que quieres inaugurar al
estrenarte de padre de familia.

Una carcajada de Marta, seca, estridente, que quera ser una serie de
bofetadas, reson en el comedor, con pasmo de sus mismos aliados. Todos
se miraron sorprendidos. Marta, con el rostro de culebra que se infla,
repiti la carcajada, mirando con cinismo a Bonis.

El cual mir tambin a su buena amiga sin comprender palabra de aquella
risa inoportuna.

Y prosigui don Nepo:

--Un hombre prctico, de experiencia en los negocios, no exagera el celo
ni el recelo, ni cree en habladuras. Bueno sera que yo, v. gr., fuera
a creer lo que me deca un annimo que recib hace das, asegurndome
que t habas cobrado dos mil duros de una restitucin hecha bajo
secreto de confesin a la herencia de tu suegro.

--Todo lo que yo cobrase sera mo!--exclam con voz clara, alta,
positivamente enrgica, el amo de la casa, ponindose en pie, pero sin
dar puadas sobre la mesa.

En pie se pusieron todos.

--Tuyo no es nada!--contest el primo Sebastin, que adelant un paso
hacia Bonis, ofreciendo a la consideracin de los presentes su fornida
musculatura, su corpachn que pareca una fortaleza. Marta, sin pensar
en lo que haca, le apoy una mano sobre el hombro, como animndole al
combate. Se conoce que confiaba ms en la pujanza del primo que en la
del to, su futuro.

Bonis se vea metido en la _escena_ que haba querido aplazar, antes de
tiempo, fuera de razn, torpemente.

--Seores, no hagamos ruido, que no hay para qu. Lo que yo no consiento
a nadie, y juro a Dios que no lo consentir, es que se alborote ahora.
Lo primero es mi mujer, y si ella se entera de esto... puede haber una
desgracia... y pobre del que la provocara!

Todos se sintieron sobrecogidos. Bonis pareca otro.

El mismo Sebastin, que era positivamente bravo y fuerte, y muy capaz de
arrojar por el balcn al _escribiente de su to_, se achic un tanto por
lo que l calific de fuerza _moral_ de aquellas palabras, y de aquel
gesto y de aquel tono.

Todos comprendieron que el pobre Bonis estaba dispuesto a morder y
araar para impedir que la salud de Emma peligrase.

--Sin ruido, sin ruido se puede discutir todo--dijo don Nepo, que quera
hacer hablar al _imbcil_ para ver por dnde desembuchaba y qu leyes le
haba metido en la cabeza el abogadillo flamante.

--Sin ruido y sin apasionamiento--se atrevi a apuntar el respetable y
mofletudo Krner, que se crea en el caso de intervenir en sentido
conciliador.

--Es verdad--dijo Bonis--. La pasin no conduce a nada nunca, nunca....

--Justamente--prosigui el alemn--. Y fcil les ser a ustedes ver que
aqu, en rigor, no hay nada.... Ni Bonifacio desconfa del to, ni el to
de Bonifacio, ni nadie pone en tela de juicio su legtimo derecho.

--Cada cual tiene los suyos--objet Nepo.

--Ciertamente; y no hay para qu hablar de eso ahora, cuando en ltimo
caso no haba de faltar quien nos dijera a cada cual el papel que le
tocaba representar.

Bonis volvi a crecerse.

La alusin a la justicia era clara. Don Nepo sinti una ola de clera
subirle al rostro. Y recurri a su venganza suprema. A contenerse y
jurarse que se la pagara el miserable. Le azot el rostro con la
intencin, y ya desahogada la ira, que se gozaba con las futuras
crueldades de la venganza, pudo decir sereno y sonriente:

--En fin, Bonis, tienes razn; ya se ajustarn cuentas cuando Emma sane,
y se pueda ver con nmeros, que t has de procurar entender, estamos?,
lo que habis gastado vosotros, lo que he ahorrado yo..., y quin debe a
quin. Lo que te anuncio es que si segus gastando como hasta aqu, la
quiebra es segura.... Estis puede decirse que arruinados. Emma ha
gastado como una loca, y t, t no me lo negars... le diste el
ejemplo... t la arrastraste a esa vida imposible. Y todos sabemos por
qu.

--Todos--exclam con solemnidad Sebastin, que haba perseguido en vano a
la Gorgheggi, y todava la solicitaba.

Bonis, que tena aquella noche energa para luchar con los hombres, no
la tuvo para resistir a los hechos; los hechos eran terribles:
arruinados!, y haba empezado l!, y hasta de lo que hubiera robado
el to tena l la culpa por haberle dejado! Y su robo, sus robos, para
pagar trampas de una querida!

Tuvo que sentarse, plido, sin contar con las piernas. El to vio all
de repente al Bonis de siempre, y se creci, pero sin arrogancia,
falsamente conciliador.

--Quieres ir a ver lo que hay en Cabruana? Corriente; marcha maana a
las ocho, que es la hora del coche. Ven a mi cuarto, y vers los libros
y las escrituras de all... Todo, todo lo vers. Llevars lo que
necesites, y procurars enterarte, estamos? Porque no has de
presentarte a Lobato llamndole ladrn y sin saber por qu se lo llamas.

Bonis, sin fuerzas ya para nada, sigui al to maquinalmente, y detrs
de ellos se fue Krner. Marta y Sebastin quedaron solos en el comedor.

Krner, siempre fiel a su papel de rey Sobrino, iba como de asesor.
Buena falta le haca a Bonis! Pas en el cuarto del to la vergenza
que ya esperaba. Nepo, con redomada astucia, con intencin felina, le
iba explicando todos los asuntos correspondientes a los bienes de
Cabruana, con los trminos del ms riguroso tecnicismo del derecho
consuetudinario.

Bonis no tena nocin clara del contrato de arrendamiento. La palabra
foro le sonaba a griego; aparcera..., laudemio..., retracto..., y
despus otras cien palabras del Derecho civil, ms las propias del
_dialecto_ jurdico de aquella tierra, pasaron por sus odos como sonidos
vanos. No se enteraba de nada. Comprenda vagamente que se le engaaba y
se le quera aturdir y humillar. Caa en mil contradicciones, en errores
sin cuento, al querer explicarse lo que le explicaban y al pretender
opinar algo por cuenta propia; Krner le ayudaba para poner ms de
relieve su torpeza y su ignorancia.

--Pero, hombre, yo que soy un extranjero..., y ya s mejor que usted
todas estas costumbres del pas... y las leyes de Espaa!...

Al llegar a los nmeros, Krner se escandaliz sinceramente. Bonis no
saba dividir, y apenas multiplicar.

Para huir de aquel atolladero, humillado, corrido, lleno de vergenza y
de remordimiento, Bonis quiso tratar cuestiones ms importantes que no
fueran de aquel horrible pormenor oscuro, inextricable para l, pobre
flautista..., y llev, por los cabellos, la discusin al asunto de las
fbricas.

Estaba excitado, su amor propio ofendido, y olvidando la prudencia,
abord la delicada cuestin de las dos industrias, sin estar preparado,
a deshora. Eran las tres de la madrugada cuando Krner y Nepo, _heridos
en lo ms hondo_, le exigieron que oyera la _historia completa_ de aquella
desastrosa especulacin; necesitaban sincerarse, y pues l provocaba la
cuestin, all estaban ellos para responder....

Y quieras que no quieras, Bonis tuvo que or, y ver y palpar. Se le
pusieron delante libros de actas, presupuestos, plizas, planos,
expedientes, una _selva oscura_ que le hizo perder la nocin del tiempo y
la del espacio.... Se crea en el aire, en un aquelarre. Le zumbaban los
odos. Mientras los otros le explicaban, gesticulando, lo que a l le
sonaba a griego, el sueo, la ira, el remordimiento le llenaban de
avisperos el cerebro.... Hubiera mordido, pateado y llorado de buena
gana. Se le cerraban los ojos, le ardan las orejas, se le doblaban las
piernas... Haba cado en un lazo por dbil, por imbcil. Haba entrado
all solo, debiendo entrar con juez, escribano, abogado, peritos y una
pareja de la Guardia civil.

Despus de dos horas de aturdimiento, de verdadera agona, slo tuvo
valor para tomar la puerta, seguido de los dos monstruos, que
continuaban explicndole por _a_ ms _b_ la ruina de los Valcrcel en la
fbrica, la ruina de Antonio Reyes, de su nico hijo. En el comedor, y
ya iban a dar las cinco, estaban todava _esperndolos_ Marta y Sebastin,
medio dormidos, bostezando. Unieron sus argumentos uno y otro, como
queriendo ocupar la atencin de Nepo y Krner, a los argumentos de
Krner y Nepo; y perseguido por aquella tremenda pesadilla, Bonifacio,
muerto de sueo, ebrio de clera, de fiebre y cansancio, se declar en
franca y acelerada fuga y se encerr en su cuarto, bien decidido, eso
s, a salir para Cabruana al ser de da, acompaado de los papeles que
el to le haba metido por los ojos. Marchara sin despedirse de Emma,
sin ver a su hijo, para que no le faltase valor ni su mujer tuviera
tiempo de torcer aquella resolucin irrevocable. Yo no s una palabra
de foros, ni de caseras a medias, ni de aparceras, ni de nmeros, ni
de fbricas; pero he de tener voluntad en adelante; y he dicho que ira
maana, y primero falta el sol. Ir. La calentura de Emma no es
extraordinaria; ya cede; Antonio queda sin novedad; voy a Cabruana, le
pongo las peras a cuarto a Lobato..., y me vuelvo pasado maana con dos
o tres nodrizas, a escoger, que por ah las hay buenas. Emma no querr,
y en rigor no puede criar. Le criaremos nosotros, el ama y yo. As como
as, cuanto menos sangre de Valcrcel, mejor.

Bonis no pudo dormir; estuvo mezclando, con mil visiones de pesadilla,
despierto y todo, sus remordimientos de antao, sus iras y vergenzas de
ahora, sus propsitos de energa futura y sus esperanzas de padre. La
actividad era cosa terrible; era mucho ms agradable pensar, imaginar....
Pero un padre tena que ser diligente, prctico, positivo... y l lo
sera; por Antonio, por su Antonio.... Pero por lo pronto, la bilis, la
vergenza de su ignorancia de las cosas que saban todos en casa, menos
l, todo aquel barullo de pasiones bajas, vulgares, pedestres, le
quitaban el gusto a su dicha presente, a la felicidad de ser padre.

Cuando todos dorman y el sol llevaba andada alguna parte de su carrera,
Reyes sali de casa, con sus papeles en un saco de noche; tom la
diligencia de Cabruana, y antes del medio da ya estaba disputando con
Lobato en medio de un prado, frente a unos robles que el mayordomo haba
consentido derribar a un casero, porque, segn malas lenguas, los dos
iban ganando. Lobato, un ex cabecilla carlista, era un lobo mestizo de
zorro; hablaba con dificultad, lea deletreando y escriba de modo que,
en caso de convenirle, poda negar que aquello fueran letras... y l era
dueo de la comarca por la poltica, por la usura y por las trampas a
que obligaba a los jueces de paz y a los pedneos su influencia
personal. Nepomuceno le haba escogido porque con media palabra se
haban entendido, y tambin porque slo un hombre como Lobato, que era
el terror del concejo, poda cobrar las rentas de aquellos _caseros_, que
solan recibir a pedradas y a tiros a los comisionados de apremios, a
los alguaciles y a los mayordomos. Lobato, si viajaba de noche, cruzaba
a escape ciertos parajes frondosos y oscuros, en que estaba seguro de
encontrar asechanzas de aquellos aldeanos, que a la luz del sol
temblaban en su presencia. En una ocasin, despus de cobrar en juicio a
un casero que deba tres aos, recibi, al atravesar un bosque, tal
pedrada, que lleg a su casa sin sentido, agarrado a la crin del
caballo. Y a un hombre as vena a pedirle cuartos un mequetrefe, aquel
seorito bobo, de que nunca le haba hablado ms que con desprecio el
Sr. D. Juan Nepomuceno! Con fingida humildad, Lobato se burl de su amo;
hacindose el tonto, el ignorante, le hizo ver que l, Bonis, era el que
no saba lo que traa entre manos. Los caseros se rean tambin del amo,
con sorna que no poda tachar de irrespetuosa. Se rascaban la cabeza,
sonrean y se aferraban a la idea de no pagar mejor que hasta la fecha.

Bonis, desesperado, abandon aquellos hermosos valles de eterna verdura,
de frescas sombras y matices infinitos en la variedad de los accidentes
de colinas y vegas, en que serpenteaban claros ros... Divino!
Divino!... Pero qu pillo es Lobato, y qu ladrones son todos estos
pastores!... En otra situacin, sin estos cuidados y preocupaciones,
qu buenos das hubiera pasado yo en esta espesura, en que se mezcla el
rumor de las copas de los pinos con el del mar, del que parece un eco!.
Cabruana era regin riberea, y parecan sus valles estrechos y de mil
figuras, de verde jugoso y oscuro en las laderas y en las planicies
pantanosas, cauces de antiguos ros, abandonados por las aguas. Todos
aquellos cuetos y vericuetos, lomas y llanuras, por sus formas
violentas, por ejemplo, por los cortes de las laderas aterciopeladas,
semejantes en su cada a los acantilados de la costa, hacan pensar en
el fondo misterioso de los mares.

Terminada su intil faena, sin ms provecho que dejar sembradas
amenazas, de que nadie hizo caso, Reyes decidi a media tarde montar a
caballo para ir a pernoctar en la capital del concejo y del partido, a
dos leguas, por la carretera. Antes del anochecer, se propona llegar a
Races, que estaba al paso, y detenerse media hora; para qu? No saba.
Para soar, para sentir, para imaginarse tiempos remotos, a su manera;
para pensar a sus anchas, en la soledad, libre de Lobato, y Nepo y
Sebastin, en los Reyes que haban sido, y en los que eran, y en los que
haban de ser.

Races consista en un lugar de veinte a treinta casas, diseminadas en
las frondosidades de una pennsula abandonada por el agua, en las
marismas; cerca estaban las dunas, cuyos amarillos lomos de arena tenan
figura semejante a los vericuetos que rodeaban a Races; pero estos,
desde siglos y siglos, ostentaban el terciopelo de verde oscuro de sus
musgos y su csped, y las flores de los prados, iguales a las que se
encontraban tierra adentro, lejos de las brisas del mar. Era Races un
misterioso escondite verde, que inspiraba melancola, austeridad, un
olvido del mundo, potico, resignado. Una colina cortada a pico, muy
alta, cuya ladera, casi vertical, mostraba, como si fuera la yedra de
una muralla ciclpea, pinos, castaos y robles, que trepaban cuesta
arriba cual si escalaran una fortaleza, esconda y humillaba a Races
por el Sur; el mar y las dunas le dejaban abierto a los vientos del
Norte y del Noroeste, y restos de un bosque le rodeaban por Oriente y
Occidente. Las viviendas, escasas y esparcidas por la espesura, eran,
las ms, cabaas humildes, otras vetustos caserones de piedra oscura,
con armas sobre la puerta algunos.

Bonis lleg una hora antes del ocaso a una plazoleta que serva de
_quintana_ a varias casas de las ms viejas, pero tambin de las de
aspecto ms noble; carretas apoyadas sobre el prtigo, como dormidas,
entorpecan el paso; nios medio desnudos, sucios y andrajosos, sin nada
en su cuerpo donde pudiera ponerse un beso, ms que los ojos de algunos
y las rubias guedejas de muy pocos, saltaban y corran por aquella
corralada comn, que era sin duda para ellos el universo mundo. Ms
serios y a su negocio, hozaban algunos cerdos en el estircol, que
escarbaban y picoteaban gallos y gallinas, mientras dos perros
dormitaban, acosados por miles de mosquitos.

--De aqu salieron los Reyes--pens Bonifacio, que desde una calleja
vecina contemplaba el cuadro de paz suave y melanclica de aquella
miseria, aislada de las vanas grandezas del mundo--. Un grupo de castaos
y una pared de una huerta, le ocultaban a la vista de los chiquillos y
los perros, que, de notar su presencia, se hubieran alarmado. Ech pie a
tierra, at el caballo al tronco de un castao, y se sent sobre el
csped para meditar a sus anchas.

Se acord de Ulises volviendo a taca... pero l no era Ulises, sino un
pobre retoo de remota generacin.... El Ulises de Races, el Reyes que
haba emigrado, no haba vuelto... a l no podan reconocerle en el
lugar de que era oriundo. Y como haba ledo muchas veces la _Odisea_, y
recordaba sus episodios y los nombres de sus personajes, pens Bonis:
Los cerdos y los perros que encontr Ulises al volver a taca, en la
mansin de Eumaios, all estaban; pero Eumaios, el que guardaba los
cerdos de Ulises, no estaba; no le haba. Como a Ulises, aquellos perros
le atacaran si le vieran; pero Eumaios, el fiel servidor, no acudira
en su auxilio... Qu habra sido de Ulises--Reyes! Por qu habra
salido de all? Quin sabe! Tal vez esos chiquillos, que parecen hijos
del estircol, como lombrices de tierra, son _parientes_ mos.... Son de mi
tribu acaso.

De pronto se dio una palmada en la frente. Los recuerdos clsicos le
haban hecho pensar en el pasaje en que Ulises es reconocido por
Eurycleia, su nodriza. l no haba tenido ms Eurycleia que su madre,
que haba muerto; pero Antonio, su hijo, necesitaba nodriza, y l haba
olvidado que haba venido a Cabruana a buscarla. Mejor aqu! S; no
me ir de Races sin buscar ama de cra para mi hijo. Es una
inspiracin! Quin sabe! Tal vez se nutra con leche de su propia raza,
con sangre de su sangre....

Y como haba resuelto ser cada da ms activo y menos soador; hombre
prctico como los dems, como los que ganan dinero, para ganarlo tambin
por amor de su Antonio, dej sus cavilaciones, se levant, mont a
caballo, y por aquellas quintanas y callejas adelante, de puerta en
puerta, fue buscando lo que necesitaba, nodriza para casa de los padres,
y natural de Races, de donde eran oriundos los Reyes. Era aquella, por
fortuna, tierra clsica de amas de cra, de las ms afamadas de la
provincia; y en tan pequeo vecindario, sin ms que extender un poco sus
pesquisas por aquellos contornos, encontr Bonis dos buenas vacas de
leche de aspecto humano, porque en aquella regin vena a ser una
especie de industria inmoral y de exportacin el servicio que l
solicitaba. Qued convenido que a la maana siguiente, muy temprano,
Rosa y Pepa, que as se llamaban las que presentaban su candidatura al
honor de criar a Antonio Reyes, estaran en la capital del concejo,
dispuestas a montar en el coche en que las llevara Bonifacio a la
ciudad, para que fueran registradas por el mdico, y la de mejores
condiciones recibiera el _exequatur_ facultativo y el nombramiento oficial
de Emma.

Satisfecho de la diligencia y fortuna con que dejaba orillado este
negocio, Bonis se detuvo, al salir del lugar, en un recodo del camino
solitario, junto a un puente de madera que atravesaba el Races,
riachuelo potico, sinuoso, que a la sombra de rboles infinitos corra
al prximo Ocano, sin gran prisa, seguro de llegar antes de la noche; y
eso que el sol ya se haba escondido tras de las olas que bramaban a lo
lejos. Reyes, volviendo grupas, seguro de su soledad, inmvil en medio
del camino, permaneci contemplando el rincn melanclico de que se
alejaba, como si all dejara algo.

Nada concreto, nada plstico le hablaba ni poda hablarle de la relacin
de su raza con aquel pacfico, humilde y potico lugar; y, sin embargo,
se vea atado a l por sutiles cadenas espirituales, de esas que se
hacen invisibles para el alma misma, desde el momento en que se quiere
probar su firmeza.

Ni yo s en qu siglo salieron los Reyes de aqu, ni lo que eran aqu,
ni cmo ni dnde vivan; ni siquiera de mi tatarabuelo, sin ir ms
lejos, tengo noticias, a no ser muy vagas. Slo s que ramos nobles,
hace mucho, y que salimos de Races. Oh! Si yo conservase el libro
aquel de blasones de que tanto me hablaba mi madre, y que mi padre, al
parecer, despreciaba!... Como soy tan aprensivo... se me figura sentir
cierta simpata por estos parajes.... Esta calma, este silencio, esta
verdura, esta pobreza resignada y tolerable... hasta la msica del mar,
que ruge detrs de esos montes de arena... todo esto me parece algo mo,
semejante a mi corazn, a mi pensamiento, y semejante al carcter de mi
padre. Los Reyes... no debieron salir de aqu... no servan para el
mundo; bien se vio.... Yo, el ltimo, qu soy? Un miserable, un
ignorante, que no ha ganado en su vida una peseta, que slo sabe gastar
las ajenas. Un soador... que crey algn da llegar a ser algo de
provecho a fuerza de sentir con fuerza cosas raras y de las que ni
siquiera se pueden explicar. A esto vino a parar la raza!.

Ces en su soliloquio, como para or lo que el silencio de Races, a la
luz del crepsculo, le deca.

Una campana, muy lejos, comenz a tocar la oracin de la tarde.

Bonis, a pesar de su dudosa ortodoxia, se quit el sombrero. Y record
las palabras con que su madre empezaba el rezo vespertino: El ngel del
Seor anunci a Mara....

Oh! Tambin a l, el ngel del Seor sin duda, le haba anunciado que
sera padre; tambin sus entraas estaban llenas del amor de aquel hijo,
de aquel Antonio, en que l estaba ya pensando como se piensa en el amor
ausente, mandando miradas y deseos de volar del lado del horizonte tras
que se esconde lo que amamos! Una ternura infinita le invadi el alma.
Hasta el caballo, meditabundo, inmvil, le pareci que comprenda y
respetaba su emocin. Races! Su hijo! La fe! Su fe de ahora era su
hijo.

Lo pasado, muerte, corrupcin, abdicacin, errores... olvido. Qu haba
sido su propia existencia? Un fiasco, una bancarrota, cosa intil; pero
todo lo que l no haba sido poda serlo el hijo... lo que en l haba
sido aspiracin, virtualidad puramente sentimental, sera en el hijo
facultad efectiva, energa, hechos consumados.

Oh!, se lo deca el corazn.... Antonio sera algo bueno, la gloria de
los Reyes.... Y acaso, acaso, cuando se hiciera rico, ya conquistando una
gran posicin poltica o escribiendo dramas, lo cual le halagaba ms, o,
lo que sera el colmo de la dicha, como gran compositor de sinfonas y
de peras, como un Mozart, como un Meyerbeer, l, su padre, ya viejo,
chocho, chocho por su hijo... le metera en la cabeza que _restaurase_ en
Races la casa de los Reyes...; y l, Bonis, vendra a morir all... en
aquella paz, en aquella dulzura de aquel crepsculo, entre ramas
rumorosas de rboles seculares, mecidas por una brisa musical y olorosa,
que se destacaban sobre el fondo violeta del cielo del horizonte, donde
el ltimo aliento del da perezoso se disolva en la noche.

Oh! En definitiva, en el mundo, no haba nada serio ms que la
poesa!...--pens Bonis--. Pero eso para mi Antonio. l ser el poeta, el
msico, el gran hombre, el genio.... Yo, su padre. Yo a lo prctico, a lo
positivo, a ganar dinero, a evitar la ruina de los Varcrcel y a
restaurar la de los Reyes. Y adis, Races, hasta la vuelta! Me voy con
mi hijo; tal vez volvamos juntos.

Bonifacio, sacudiendo la cabeza, recobrando las riendas para sacar al
rocinante soador de su letargo, sigui a trote su camino, sin volver
los ojos atrs, temeroso de sus ensueos, de sus locuras...; dispuesto
cada vez con ms ahnco a sacrificar al porvenir de su hijo su
temperamento de bobalicn caviloso y sentimental.

Durmi en la villa cabeza del partido, y al ser de da mont en el coche
diario que iba a la capital de la provincia, en compaa de las dos
Eurycleias que haba buscado en Races.

Al llegar a sus lares, se encontr la casa llena de gente, criados y
amigos en movimiento.

Doa Celestina, con vestido de raso negro y mantilla de casco fina,
estaba en medio de la sala con un bulto en los brazos, un montn de tela
blanca, bordada, de encajes y de cintas azules.

--Qu es esto?--dijo Bonis, que entraba con las nodrizas electas a
derecha e izquierda.

--Esto es--respondi la partera--que vamos a hacer cristiano a este judiazo
de su hijo de usted.

En efecto; Emma lo haba decretado as. Cierto era que ella misma el da
anterior haba dicho que no se le hablase de bautizo hasta que al
chiquillo le pasara la fluxin de los ojos; pero al despertar aquella
maana y saber que Bonis, sin su permiso, dejndola con la calentura, se
haba marchado a la aldea a enderezar entuertos, que nunca se le haba
ocurrido enderezar, se haba irritado, y por venganza y considerando que
el tiempo estaba templado, haba dispuesto, en un decir Jess, desde la
cama, dando rdenes como ella saba, que el nio se bautizara aquella
misma tarde, para que el padre se lo encontrara todo hecho y rabiara un
poco.

Bonis no rabi. La solemnidad del momento no consenta malas pasiones.
Lo que hizo fue abrazar a su esposa, consiguindolo a duras penas.

Emma tena poca calentura: estaba muy despejada; y ya sin miedo al
peligro del puerperio, aunque no haba pasado, haba decidido
engalanarse y engalanar su lecho.

Sac el fondo de su armario de ropa blanca, que era un tesoro, y sus
amigas pudieron contemplar un mar de espuma, de nieve y crema, de hilo
fino espiritualizado de encajes de los ms delicados. En medio de
aquella espuma apareca, como un nufrago, el rostro demacrado,
amarillento, de Emma, que definitivamente haba vuelto a desmoronarse en
ruina que no admita ya restauraciones.

Es una vieja, pens Bonis resignado, sin amargura; pero triste por
amor de su hijo.

La Valcrcel aprob el concurso de nodrizas ideado por su marido; el
cual no comprendi por qu Nepo, los Krner, Sebastin, las de Ferraz,
las de Silva, y otras amigas y amigos rean, a carcajadas unos, con
menos violencia otros, la ocurrencia de haber trado l consigo a Pepa y
Rosa, las robustas aldeanas de Races.

Sebastin y Marta, cada vez que recordaban la entrada triunfal de Bonis
en medio de las dos aldeanas de ubres ostentosas, se desternillaban de
risa.

Segn Marta, aquello era demasiado, y ya no caba disimulo. Haba que
rer a mandbula batiente.

Y se rean.

Bonifacio no comprenda; ni lo intent apenas. Qu le importaban a l
las risas necias de aquella gentuza, que le haban comido el pan de su
hijo, y que estaba dispuesto a arrojar de su casa?

La comitiva se puso en movimiento. Emma haba decretado, y no haba ms
remedio que callar, que Sebastin fuese padrino y Marta madrina.

Se haban dado rdenes para que la ceremonia fuese de primera clase. El
baptisterio de la iglesia parroquial estaba cubierto de colgaduras de
raso carmes con flecos dorados; la pila brillaba como un ascua de oro,
iluminada por grandes cirios.

Bonis, que haba caminado solo, detrs de doa Celestina, cuidando de
que el pauelo que cubra el rostro de Antonio, dormido, no se deslizara
al suelo, no haba tenido tiempo, mientras iba por las calles, para
sentir la ternura grave y potica propia del caso; ms bien recordaba
despus haber experimentado as como un poco de sonrojo ante las miradas
curiosas y fras, casi insolentes y como algo burlonas, del pblico
indiferente y distrado. Pero al atravesar el umbral de la casa de Dios,
y detenerse entre la puerta y el cancel, y ver all dentro, enfrente,
las luces del baptisterio, una emocin religiosa, dulcsima, empapada de
un misterio no exento de cierto terror vago, esfumada, ante la
incertidumbre del porvenir, le haba dominado hasta hacerle olvidarse de
todos aquellos miserables que le rodeaban. Slo vea a Dios y a su hijo.
Otras veces, viendo bautizar hijos ajenos, haba pensado que era
ridculo aquello de echar los demonios del cuerpo, o cosa por el estilo,
a los inocentes angelillos que iban a recibir las aguas del bautismo.
Ahora no vea en nada de aquello lado alguno ridculo. Oh, la Iglesia
era sabia! Conoca el corazn humano y cules eran los momentos grandes
de la vida! Era tan solemne el nacer, el tomar un nombre en la comedia
azarosa de la vida! El bautizo haca pensar en el porvenir, en una
sntesis misteriosa, de punzante curiosidad, de anhelante y temerosa
comezn de penetrar el porvenir! Aunque l, Bonis, no crea en varios
dogmas, ni menos en los prodigios de la Biblia, reconoca que la Iglesia
en aquellos trances pareca efectivamente una madre....

Sin repugnancia, y sin perjuicio de las reservas mentales necesarias, l
colocaba sobre el regazo de la Iglesia al hijo de sus entraas. Su
hijo, su Antonio; all le tena, carne de su carne, dormido, perdido
entre encajes; una mancha colorada destacndose en la blancura...!

A l ya no se parecera; pero a su padre, al procurador Reyes, s; el
gesto de pena, la mueca de los labios, el entrecejo... todo aquello era
de su padre. Ay! Cmo se le meta por el alma, a borbotones, como
lgrimas de ternura que en vez de salir entrasen, el amor de aquel hijo,
de aquel ser dbil, abandonado por los ngeles entre los hombres!, pero
ya no amor abstracto, metafsico; amor sin frases, amor nada retrico....
amor inefable, pero que satisfaca la conciencia y daba sancin absoluta
al juramento de constante y callado sacrificio. Vivir por l, para l.
Yo nac para esto; para padre. Bonis senta a la puerta de la iglesia,
esperando al capelln que iba a hacerle cristiano a Antonio, senta la
gracia que Dios le enviaba en forma de vocacin, clara, distinta, de
vocacin de padre. S--pensaba--; ya soy algo.

Despus vio llegar a un cura rollizo, sonriente, cubierto de oro, como
el altar del baptisterio, con todo el aparato sagrado de aclitos,
cirios y cruces que reconoci que eran del caso. No se opona l a nada,
todo estaba bien. Por ms que estaba seguro de que su Antonio, aquel
inocente nio con cara triste, no tena en el cuerpo diablo de ninguna
especie ni resentimiento personal alguno con la Iglesia, Bonis reconoca
el derecho de esta a tomar precauciones antes de admitir en su seno al
recin nacido. Hasta lo de no poder entrar en el templo su hijo antes de
cumplir los requisitos sacramentales, le pareca racional, si bien pens
que el clero deba tener ms cuidado con los _catecmenos_, o lo que
fueran, de cierta edad, porque un aire colado, entre puertas, poda ser
fatal y matar un cristiano en flor.

--Doa Celestina--dijo Reyes con voz melosa, humilde, apenas perceptible,
con nimo de que el seor cura y su acompaamiento no dieran una
interpretacin heterodoxa a sus palabras--; doa Celestina, haga usted el
favor de arrimarse a este rincn, porque ah est usted en la corriente.

--Djeme usted a m, D. Bonifacio.

El delegado del prroco empez sus latines, que Bonifacio entenda a
medias.

Entendi que su hijo se llamara decididamente Antonio, no recordaba qu
otra cosa, y Sebastin. Sebastin... para qu? En fin, poco importaba.

Las de Ferraz miraban al nio y al cura con la boca abierta, y como
quien asiste a una farsa muy chusca; eran creyentes como cada cual, pero
en el mundo, para aquellas seoritas como panderetas, todo era una
_guasa_, asunto de broma y de castauelas.

All no vala rerse, pero buenas ganas se les pasaba. Marta, madrina,
presenciaba la escena con cara de judo: pensaba en la superioridad de
sus ideas personales sobre la vulgar manera de entender la ceremonia que
presenciaban aquellas frvolas amiguitas.

De pronto, las palabras que rezaba el clrigo con un tono discreto,
suave, de un ritmo eclesistico simptico, sugestivo, adquirieron
verdadero valor musical, como un recitado; porque all dentro alguien le
soltaba los caos de sonidos al rgano, que llen la solitaria iglesia
de resonancias, de chorros de notas juguetonas, frescas.

El nuevo cristiano atraves el cancel, penetr en la iglesia precedido
del sacerdote, en brazos de Sebastin majestuoso. Lleg la comitiva al
baptisterio. Los amigos rodeaban a los padrinos; viejas, pobres y
chiquillos formaban corro, curioseando y en espera de la calderilla del
bateo. Para Bonis, que sigui a su hijo hasta la margen del Jordn de
mrmol, todo tom nueva vida, ms intenso, armnico y potico sentido.
Era que la msica le ayudaba a entender, a penetrar el significado hondo
de las cosas. El rgano, el rgano, le deca lo que l no acababa de
explicarse.

Pues es claro; la Iglesia es un lince; ve largo; sabe ser madre.

Las notas del rgano, bajando a hacer cosquillas al recin nacido, al
que vena de los cielos del misterio, metindosele por las carnecitas
que dejaban al aire los dedos discretos y expertos de doa Celestina, al
descubrir la espalda de la criatura; las notas aladas y revoltosas, eran
angelillos que retozaban con su compaero humano, menos feliz que ellos,
pero no menos puro, no menos inocente.

Bonis sinti que el rostro de los ms indiferentes, hasta el de los
pilluelos que esperaban la calderilla, tomaba expresin de inters, de
cierto enternecimiento. Las luces parecan cantar tambin al oscilar con
ritmo; brillaban ms rojas; los dorados del cura y del baptisterio se
hicieron ms intensos, ms seoriles; los monaguillos, tiesos, solemnes,
daban indudable respetabilidad al acto. El rgano era el que se permita
seguir riendo, jugueteando, pero legtimamente, porque representaba la
alegra celestial, la gracia de la inocencia.... Mas en el fondo de las
bromas poticas y sagradas de aquella msica de la iglesia, a Bonis, de
pronto, se le antoj ver una especie de desafo burln un tanto irnico.
Vamos a ver, deca el rgano: Qu guarda el porvenir? Qu va a ser de
tu hijo? Qu es la vida? Importa vivir, o no importa? Es todo juego?
Es todo un sueo? Hay algo ms que la apariencia?... Y la msica, de
repente, la tomaba por otra parte sin lgica, sin formalidad; empezaba a
decir una cosa y acababa indicando otra.... Hasta que por fin Reyes not
que el organista estaba tocando variaciones sobre la _Traviata_, pera
entonces de moda. Bonifacio se acord de la _Dama de las Camelias_, que
haba ledo, y de aquel Armando, que haba amado hasta olvidar al suo
_vecchio_ genitor, como dicen en la pera, y, en efecto, el rgano lo
estaba recordando:

     _Tu non sai quanto soffr_!

--Pobre de m!--pens Bonis--. El hijo puede ser un ingrato. Amar a una
mujer ms que a m ciertamente. Yo nac para que no me amen como yo
quisiera.... Pero no importa, no importa; esta es la ley. Nosotros a
ellos; ellos a los suyos o a las vanidades del mundo. Cosa rara! Por
qu no sonara mal _La Traviata_ en la iglesia? Aquello deba ser una
profanacin... y no lo era. Era que en _La Traviata_, bien o mal, haba
amor y dolor, amor y muerte; es decir, toda la religin y toda la
vida... Oh, cmo hablaba el rgano de los misterios del destino!...
Vuelta a la burla, vuelta a las preguntas irnicas: Qu ser de l?
Qu ser de ti? Qu ser de todo?....

--Quin toca el rgano?--pregunt Marta por lo bajo a Sebastin.

--Minghetti.

Padrino y madrina sonrieron, mirndose.

--Capricho de hombre!--dijo la alemana, consagrando al bartono un
recuerdo.

Bonis haba odo la pregunta y la respuesta.

--Tocaba Minghetti: oh, bien se conoca que andaba all arriba un
artista! Haba sido una atencin delicada.... Los artistas al fin son
poetas... lstima que suelan ser adems unos pillos! l, Bonis, entre
la moral y el arte, en caso de incompatibilidad, se quedara en adelante
con la moral. Por su hijo.

Ya era cristiano Antonio Diego Sebastin; doa Celestina le haba tomado
de brazos del to padrino, y sentada en la tarima de un confesionario,
junto a una capilla, rodeada de aquellos amigos y curiosos, se entenda
hbilmente con cintas y encajes para volver a sepultar bajo tanto
frrago de lino el cuerpo dbil, flaco, de la criatura.

Bonifacio se separ del grupo, y por el templo adelante se dirigi a la
sacrista, en pos del sacerdote y sus aclitos. Tambin aquello era
solemne. Iba a dictar la inscripcin del libro bautismal, a sentar la
base del estado civil de su hijo. Mientras Minghetti, por divertirse,
continuaba haciendo prodigios en el rgano, iba pensando Bonis por medio
del templo: Quin sabe! Tal vez algn da sabios, eruditos, curiosos,
vengan en peregrinacin a contemplar con cario y respeto la pgina de
este libro de la parroquia en que yo voy a dictar ahora el nombre de mi
hijo, el de sus padres y abuelos, lugar de su naturaleza, etc.,
etctera. Abuelos! Mi pobre Antonio no tiene abuelos vivos; le faltar
ese amor, pero el mo los suplir todos.

Al entrar en la sacrista, en una capilla lateral, sumida en la sombra,
vio una mujer sentada sobre la tarima, con la cabeza apoyada en el altar
de relieve churrigueresco.

--Serafina!

--Bonifacio!

--Qu haces aqu?

--Qu he de hacer? Rezar. Y t, a qu vienes?

--Vengo a inscribir a mi hijo, que acaba de bautizarse, en el libro
bautismal.

Serafina se puso en pie. Sonri de un modo que asust a Bonis, porque
nunca haba visto en su amiga el gesto de crueldad, de malicia fra, que
acompa a tal sonrisa.

--Conque... tu hijo?... Bah!

--Qu tienes, Serafina? Cmo ests aqu?

--Estoy aqu... por no estar en casa; por huir del amo de la posada.
Estoy aqu... porque me voy haciendo beata. No es broma. O rezar, o....
una caja de fsforos. Sabes? Mochi no vuelve. Sabes? He perdido la
voz! S; perdida por completo. El da que te escrib...; y que no me
contestaste; ya sabes, cuando te peda aquellos reales para pagar la
fonda.... Bueno; pues aquel da... aquella noche... como haba ofrecido
pagar, y no pagu... porque no contestaste..., tuve una batalla de
improperios con D. Carlos... el infame!...

La Gorgheggi call un momento, porque la ahogaba la emocin; ira, pena,
vergenza.... Dos lgrimas, que deban de saber a vinagre, se le asomaron
a los ojos.

--El infame tuvo el valor de insultarme como a una mujer perdida...; me
amenaz con la justicia, con plantarme en el arroyo.... Yo ech a correr;
sal a la calle, como estaba, sin sombrero.... Pero volv. Porque lo
dejaba all todo.... Mi equipaje, lo nico que tengo en el mundo. No s
qu cog aquella noche, al relente, furiosa, por la calle hmeda... Oh!
En fin, la voz, que ya andaba muy mal, se fue de repente.... Desde
aquella noche canto... como tu mujer. No salgo de la fonda... porque no
puedo pagar. D. Carlos me insulta unas veces... y otras me requiebra. Yo
no quiero amantes ni altos ni bajos..., porque no quiero..., porque todo
eso me da asco. Mochi no vuelve.... A mis ltimas cartas ya no ha
contestado. Como t. Sois unos caballeros. Se os pide cuatro cuartos
para no recibir insultos de un miserable..., y no contestis.... No s
dnde ir; en casa me espa mi acreedor, que quiere ser mi amante; en la
calle me persiguen necios, me aburre la curiosidad estpida de la
gente.... No tengo dinero ni para escapar... Para escapar adnde? Me
meto en la iglesia. Esto es mo, como de todos. T me enseaste a sentir
as, a querer paz..., a soar..., a desear imposibles.... Aqu estoy
tranquila..., y rezo a mi modo. No tengo fe, lo que se llama fe.... Pero
quisiera tenerla. Los santos, todos esos, aquel San Roque, este San
Sebastin con sus banderillas por todo el cuerpo..., aquel seor
obispo..., San Isidoro..., todos me van entendiendo. No tengo verdadera
religin..., pero por lo pronto... los amantes me dan asco... no quiero
amantes...; esperar a ver si vuelve la voz..., o si vuelves t. Mochi
es un mal hombre, un traidor, un miserable...; ya lo saba, siempre lo
supe. Pero t..., no cre que lo fueras tambin. Bonis, no me
abandones.... Yo... te quiero todava..., ms que antes, mucho ms de
veras. Debo de estar enferma.... Me asusta el mundo..., el teatro me
horroriza..., el galanteo me espanta.... Quiero paz..., quiero sueo...,
quiero honradez...; no vivir de farsa... y tener pan que no deba a mi
cuerpo alquilado a un desconocido..., a no s ahora quin. Tuya, s. De
los dems, no. Quieres?

Bonis, aunque poco formalista en materias religiosas, y a pesar de que
las palabras, y el tono, y las dos lgrimas de Serafina le haban
enternecido hasta lo inefable, pens, ante todo, que estaban en la
iglesia y que no era el lugar nada a propsito para tal clase de tratos
y contratos.

Antes de contestar, mir hacia atrs, hacia el baptisterio, para ver si
alguien haba reparado su encuentro con la cantante. La comitiva del
bautizo haba desaparecido. Ni siquiera haban parado mientes en la
ausencia de Reyes. Tan insignificante era para todos. Minghetti, sin
embargo, segua embelesado con sus travesuras armnicas en el rgano.
Tena aquella mana: la de hacerse pesado, por broma, cuando se pona a
tocar.

Bonis, con repugnancia por hablar de tales asuntos all, en el templo,
pero compadecido hasta el fondo del alma, y, por otra parte, dispuesto a
no abdicar de su dignidad de padre de familia sin mancha, tapujos ni
relajamientos de costumbres, dijo con voz que procur hacer cariosa al
par que firme, y que le sali temblona, balbuciente y dbil:

--Serafina..., yo a ti te debo toda la verdad.... Yo, en adelante, quiero
vivir para mi hijo.... Nuestros amores... eran ilcitos.... Debo a Dios un
gran bien, una gracia...: el tener un hijo.... Ofrec el sacrificio de
mis pasiones por la felicidad de Antonio.... Adems, estoy arruinado....
En el terreno de los intereses materiales... har por ti... lo que
pueda...; ya se ve!... Con ese D. Carlos, que es un judo... ya me
entender yo.... Pero estoy arruinado.... La voz..., tu voz... volver...

Y aqu, al recordar la _voz_ que l haba adorado, Bonis estuvo a punto de
llorar tambin.

Mas el rostro de Serafina volvi a asustarle. Aquella mujer tan hermosa,
que era la belleza con cara de bondad para Bonis... le pareci de
repente una culebra.... La vio mirarle con ojos de acero, con miradas
puntiagudas; le vio arrugar las comisuras de la boca de un modo que era
smbolo de crueldad infinita; le vio pasar por los labios rojos la punta
finsima de una lengua jugosa y muy aguda... y con el presentimiento de
una herida envenenada, esper las palabras pausadas de la mujer que le
haba hecho feliz hasta la locura.

La Gorgheggi dijo:

--Bonis, siempre fuiste un imbcil. Tu hijo... no es tu hijo.

--Serafina!

Y no pudo decir ms el pobre Bonis. Tambin l perda la voz. Lo que
hizo fue apoyarse en el altar de la capilla oscura, para no caerse.

Como l no hablaba, Serafina tuvo valor para aadir:

--Pero, hombre; todo el mundo lo sabe... No sabes t de quin es tu
hijo?

--Mi hijo!... De quin es mi hijo?

La Gorgheggi extendi un brazo y seal a lo alto, hacia el coro:

--Del organista.

--Ah!--exclam Bonis, como si hubiera sentido a su amada envenenarle la
boca al darle un beso....

Se separ del altar; se afirm bien sobre los pies; sonri como estaba
sonriendo San Sebastin, all cerca, acribillado de flechas.

--Serafina..., te lo perdono..., porque a ti debo perdonrtelo todo.... Mi
hijo es mi hijo. Eso que t no tienes y buscas, lo tengo yo: tengo fe,
tengo fe en mi hijo. Sin esa fe no podra vivir. Estoy seguro, Serafina;
mi hijo... es mi hijo. Oh, s! Dios mo! Es mi hijo!... Pero... como
pualada, es buena! Si me lo dijera otro... ni lo creera, ni lo
sentira. Me lo has dicho t... y tampoco lo creo.... Yo no he tenido
tiempo de explicarte lo que ahora pasa por m; lo que es esto de ser
padre.... Te perdono, pero me has hecho mucho dao. Cuando maana te
arrepientas de tus palabras, acurdate de esto que te digo: Bonifacio
Reyes cree firmemente que Antonio Reyes y Valcrcel es hijo suyo. Es su
nico hijo. Lo entiendes? Su nico hijo!



FIN



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Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.gutenberg.net/fundraising/pglaf.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://www.gutenberg.net/about/contact

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org

Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://www.gutenberg.net/fundraising/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit:
http://www.gutenberg.net/fundraising/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.net

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