The Project Gutenberg EBook of El prisionero de Zenda, by Anthony Hope

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Title: El prisionero de Zenda

Author: Anthony Hope

Release Date: March 11, 2008 [EBook #24801]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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BIBLIOTECA DE LA NACION

ANTONIO HOPE

EL PRISIONERO DE ZENDA



BUENOS AIRES 1909

       *       *       *       *       *




       INDICE


      I.--Los Rasndil, y dos palabras acerca de los Elsberg
     II.--Que trata del color de los cabellos
    III.--Francachela nocturna con un pariente lejano
     IV.--El Rey acude a la cita
      V.--Aventuras de un suplente
     VI.--El secreto de un stano
    VII.--Su majestad duerme en Estrelsau
   VIII.--Prima rubia y hermano moreno
     IX.--Una nueva catapulta
      X.--Amores por cuenta ajena
     XI.--Caza mayor
    XII.--Un anzuelo bien cebado
   XIII.--Nueva escala de Jacob
    XIV.--Rondando el castillo
     XV.--Tentacin
    XVI.--Un plan desesperado
   XVII.--A media noche
  XVIII.--Golpe de mano
    XIX.--Cara a cara en el bosque
     XX.--El prisionero y el Rey
    XXI.--Hay algo ms que amor!
   XXII.--Presente, pasado y futuro?

       *       *       *       *       *




I

LOS RASNDIL, Y DOS PALABRAS ACERCA DE LOS ELSBERG


--Pero cundo llegar el da que hagas algo de provecho,
Rodolfo!--exclam la mujer de mi hermano.

--Mi querida Rosa--repliqu, soltando la cucharilla de que me serva
para despachar un huevo,--de dnde sacas t que yo deba hacer cosa
alguna, sea o no de provecho? Mi situacin es desahogada; poseo una
renta casi suficiente para mis gastos (porque sabido es que nadie
considera la renta propia como del todo suficiente); gozo de una
posicin social envidiable: hermano de lord Burlesdn y cuado de la
encantadora Condesa, su esposa. No te parece bastante?

--Veintinueve aos tienes, y no has hecho ms que...

--Pasar el tiempo? Es verdad. Pero en mi familia no necesitamos hacer
otra cosa.

Esta salida ma no dej de producir en Rosa cierto disgustillo, porque
todo el mundo sabe (y de aqu que no haya inconveniente en repetirlo)
que por muy bonita y distinguida que ella sea, su familia no es con
mucho de tan alta alcurnia como la de Rasndil. Amn de sus atractivos
personales, posea Rosa una gran fortuna, y mi hermano Roberto tuvo la
discrecin de no fijarse mucho en sus pergaminos. A stos se refiri la
siguiente observacin de Rosa, que dijo:

--Las familias de alto linaje son, por regla general, peores que las
otras.

Al or esto, no pude menos de llevarme la mano a la cabeza y acariciar
mis rojos cabellos; saba perfectamente lo que ella quera decir.

--Cunto me alegro de que Roberto sea moreno!--agreg.

En aquel momento, Roberto, que se levanta a las siete y trabaja antes de
almorzar, entr en el comedor, y, dirigiendo una mirada a su esposa,
acarici suavemente su mejilla, algo ms encendida que de costumbre.

--Qu ocurre, querida ma?--le pregunt.

--Le disgusta que yo no haga nada y que tenga el pelo rojo--dije como
ofendido.

--Oh! En cuanto a lo del pelo no es culpa suya--admiti Rosa.

--Por regla general, aparece una vez en cada generacin--dijo mi
hermano.--Y lo mismo pasa con la nariz. Rodolfo ha heredado ambas cosas.

--Que por cierto me gustan mucho--dije levantndome y haciendo una
reverencia ante el retrato de la condesa Amelia.

Mi cuada lanz una exclamacin de impaciencia.

--Quisiera que quitases de ah ese retrato, Roberto--dijo.

--Pero, querida!--exclam mi hermano.

--Santo Cielo!--aad yo.

--Entonces, siquiera podramos olvidarlo--continu Rosa.

--A duras penas, mientras ande Rodolfo por aqu--observ mi hermano.

--Y por qu olvidarlo?--pregunt yo.

--Rodolfo!--exclam mi cuada ruborizndose y ms bonita que nunca.

Me ech a rer y volv a mi almuerzo. Por lo pronto me haba librado de
seguir discutiendo la cuestin de lo que yo debera hacer o emprender. Y
para cerrar la polmica y tambin, lo confieso, para exasperar un poco
ms a mi severa cuadita, aad:

--La verdad es que me alegro de ser todo un Elsberg!

Cuando leo una obra cualquiera paso siempre por alto las explicaciones;
pero desde el momento en que me pongo a escribir, yo mismo comprendo que
una explicacin es aqu inevitable. De lo contrario, nadie entender por
qu mi nariz y mi cabello tienen el don de irritar a mi cuada y por qu
digo de m que soy un Elsberg. Desde luego, por muy alto que piquen los
Rasndil, el mero hecho de pertenecer a esa familia no justifica la
pretensin de consanguinidad con el linaje aun ms noble de los Elsberg,
que son de estirpe regia. Qu parentesco puede existir entre Ruritania
y Burlesdn, entre los moradores del palacio de Estrelsau o el castillo
de Zenda y los de nuestra casa paterna en Londres?

Pues bien (y conste que voy a sacar a relucir el mismsimo escndalo que
mi querida condesa de Burlesdn quisiera ver olvidado para siempre); es
el caso que all por los aos de 1733, ocupando el trono ingls Jorge
II, hallndose la nacin en paz por el momento, y no habiendo empezado
an las contiendas entre el Rey y el prncipe de Gales, vino a visitar
la corte de Inglaterra un regio personaje, conocido ms tarde en la
historia con el nombre de Rodolfo III de Ruritania. Era este Prncipe un
mancebo alto y hermoso, a quien caracterizaban (y no me toca a m decir
si en favor o en perjuicio suyo) una nariz extremadamente larga, aguzada
y recta, y una cabellera de color rojo obscuro; en una palabra, la nariz
y el cabello que han distinguido a los Elsberg desde tiempo inmemorial.
Permaneci algunos meses en Inglaterra, donde fue objeto del
recibimiento ms corts; pero su salida del pas dio algo que hablar.
Tuvo un duelo (y muy galante conducta fue la suya al prescindir para el
caso de su alto rango), siendo su adversario un noble muy conocido en la
buena sociedad de aquel tiempo, no slo por sus propios mritos, sino
tambin como esposo de una dama hermossima. Resultado de aquel duelo
fue una grave herida que recibi el prncipe Rodolfo, y apenas curado de
ella lo sac ocultamente del pas el embajador de Ruritania, a quien dio
no poco que hacer aquella aventura de su Prncipe. El noble sali ileso,
pero en la maana misma del duelo, que fue por dems hmeda y fra,
contrajo una dolencia que acab con l a los seis meses de la partida de
Rodolfo. Dos meses despus dio a luz su esposa un nio que hered el
ttulo y la fortuna de Burlesdn. Fue esta dama la condesa Amelia, cuyo
retrato quera retirar mi cuada del lugar que ocupaba en la casa de mi
hermano; y su esposo fue Jaime, cuarto conde de Burlesdn y
vigsimo-segundo barn Rasndil, inscrito bajo ambos ttulos en la Gua
Oficial de los Pares de Inglaterra, y caballero de la Orden de la
Jarretiera. Cuanto a Rodolfo, regres a Ruritania, se cas y subi al
trono, que sus sucesores han ocupado hasta el momento en que escribo,
con excepcin de un breve intervalo. Y dir, para terminar, que si el
lector visita la galera de retratos de Burlesdn, ver entre los
cincuenta pertenecientes a los ltimos cien aos, cinco o seis, el del
quinto Conde inclusive, que se distinguen por la nariz larga, recta y
aguzada y el abundante cabello de color rojo obscuro. Estos cinco o seis
tienen tambin ojos azules, siendo as que entre los Rasndil predominan
los ojos negros.

Esta es la explicacin, y me alegro de haber salido de ella; las manchas
de honrada familia son asunto delicado, pero lo cierto es que la
transmisin por herencia, de que tanto se habla, es la chismosa mayor y
ms temible que existe; para ella no hay discrecin ni secreto que
valga, y a lo mejor inscribe las notas ms escandalosas en la Gua de
los Pares.

Observar el lector que mi cuada, dando muestras de escassima lgica,
se empeaba en considerar mi rojiza cabellera casi como una ofensa y en
hacerme responsable de ella, apresurndose a suponer en m, sin otro
fundamento que esos rasgos externos, cualidades que por ningn concepto
poseo, y mostrando como prueba de tan injusta deduccin, lo que ella
daba en llamar la vida intil y sin objeto determinado que he llevado
hasta la fecha. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que esa vida me
ha proporcionado no escaso placer y abundantes enseanzas. He estudiado
en una universidad alemana y hablo el alemn con tanta facilidad y
perfeccin como el ingls; lo mismo digo del francs, mascullo el
italiano y s jurar en espaol. No tiro mal la espada, manejo la pistola
perfectamente y soy jinete consumado. Tengo completo dominio sobre m
mismo, no obstante el color engaador de mis cabellos; y si el lector
insiste en que a pesar de todo lo dicho me hubiera valido ms dedicarme
a algn trabajo til, slo aadir que mis padres me haban dejado en
herencia diez mil pesos de renta y un carcter aventurero.

--La diferencia entre tu hermano y t--prosigui mi cuada, que tambin
gusta de sermonear un poco de cuando en cuando,--est en que l reconoce
los deberes de su posicin y t no ves ms que las ventajas de la tuya.
Ah tienes a Sir Jacobo Borrodale ofrecindote precisamente la
oportunidad que necesitas y que ms te conviene.

--Gracias mil!--murmur.

Tiene prometida una embajada para dentro de seis meses, y Roberto est
seguro de que te ofrecer el puesto de agregado. Acptalo, Rodolfo,
aunque slo sea por complacerme.

Puesta la cuestin en este terreno y con mi cuadita frunciendo las
cejas y dirigindome una de sus ms irresistibles miradas, no le quedaba
a un tunante como yo ms remedio que ceder, compungido y pesaroso.
Adems, pens que el puesto ofrecido no dejara de proporcionarme grata
oportunidad de divertirme y pasarlo divinamente, y por lo tanto
repliqu:

--Mi querida hermana, si dentro de seis meses no se presenta algn
obstculo imprevisto y Sir Jacobo no se opone, que me cuelguen si no me
agrego a su embajada.

--Qu bueno eres, Rodolfo! Cunto me alegro!

--Y adnde va destinado el futuro embajador?

--Todava no lo sabe, pero s est seguro de que ser un puesto de
primer orden.

--Hermana ma--dije,--por complacerte ir aunque sea a una legacin de
tres al cuarto. No me gusta hacer las cosas a medias.

Es decir, que mi promesa estaba hecha; pero seis meses son seis meses,
una eternidad, y como haba que pasarlos de alguna manera, me ech a
pensar en seguida diversos planes que me permitieran esperar
agradablemente el principio de mis tareas diplomticas; esto suponiendo
que los agregados de embajada se ocupen en algo, cosa que no he podido
averiguar, porque, como se ver ms adelante, nunca llegu a ser
_attach_ de Sir Jacobo ni de nadie. Y lo primero que se me ocurri,
casi repentinamente, fue hacer un viajecillo a Ruritania. Parecer
extrao que yo no hubiera visitado nunca aquel pas; pero mi padre (a
pesar de cierta mal disimulada simpata por los Elsberg, que le llev a
darme a m, su hijo segundo, el famoso nombre de Rodolfo, favorito entre
los de aquella regia familia), se haba mostrado siempre opuesto a dicho
viaje; y muerto l, mi hermano y Rosa haban aceptado la tradicin de
nuestra familia, que tcitamente cerraba a los Rasndil las puertas de
Ruritania. Pero desde el momento en que pens visitar aquel pas, se
despert vivamente mi curiosidad y el deseo de verlo. Despus de todo,
las narices largas y el pelo rojo no eran patrimonio exclusivo de los
Elsberg, y la vieja historia que he reseado, a duras penas poda
considerarse como razn suficiente para impedirme visitar un importante
reino que haba desempeado papel nada menospreciable en la historia de
Europa y que poda volver a hacerlo bajo la direccin de un monarca
joven y animoso, como se deca que lo era el nuevo Rey. Mi resolucin
acab de afirmarse al leer en los peridicos que Rodolfo V iba a ser
coronado solemnemente en Estrelsau tres semanas despus y que la
ceremonia prometa ser magnfica. Decid presenciarla y comenc mis
preparativos de viaje sin perder momento. Pero como nunca haba
acostumbrado enterar a mis parientes del itinerario de mis excursiones,
y adems en aquel caso esperaba resuelta oposicin por su parte, me
limit a decir que sala para el Tirol, objeto favorito de mis viajes, y
me gan la aprobacin de Rosa dicindole que iba a estudiar los
problemas sociales y polticos del interesante pueblo tirols.

--Mi viaje puede dar tambin un resultado que no sospechas--aad con
gran misterio.

--Qu quieres decir?--pregunt Rosa.

--Nada, sino que existe cierto vaco que pudiera llenarse con una obra
concienzuda sobre...

--Piensas escribir un libro?--exclam mi cuada
palmoteando.--Magnfico proyecto! Verdad, Roberto?

--En nuestros das es la mejor manera de comenzar una carrera
poltica--asinti mi hermano, que haba compuesto ya, no uno, sino
varios libros. Teoras antiguas y hechos modernos, El resultado
final y algunas otras obras originales de Burlesdn gozan muy justo
renombre.

--Tiene mucha razn Roberto--declar.

--Promteme que lo hars--dijo Rosa muy entusiasmada con mi plan.

--Nada de promesas, pero si reno suficientes materiales lo har.

--No se puede pedir ms--dijo Roberto.

--Qu materiales ni qu calabazas!--exclam Rosa, haciendo un gracioso
mohn.

Pero no ced, y tuvo que contentarse con aquella promesa condicional.
Por mi parte, hubiera apostado cualquier cosa a que mi excursin
veraniega no dara por resultado ni una sola pgina. Y la mejor prueba
de que me equivocaba de medio a medio, es que estoy escribiendo el
prometido libro, aunque confieso que ni me puede servir a m para
lanzarme a la poltica, ni tiene nada que ver con el Tirol.

Y bien puedo aadir que tampoco merecera la aprobacin de la Condesa mi
cuada, suponiendo que yo lo sometiese a su severa censura; cosa que me
guardar muy bien de hacer.




II

QUE TRATA DEL COLOR DE LOS CABELLOS


Mi to Guillermo sola decir, y lo sentaba como mxima invariable, que
nadie debe pasar por Pars sin detenerse all veinticuatro horas. Y yo,
con el respeto debido a la madura experiencia de mi to, me instal en
el Hotel Continental de aquella ciudad, resuelto a pasar all un da y
una noche, camino del... Tirol. Fui a ver a Jorge Federly en la
embajada, comimos juntos en Durand y despus nos fuimos a la Opera; tras
una ligera cena nos presentamos en casa de Beltrn, poeta de alguna
reputacin y corresponsal de _La Crtica_, de Londres. Ocupaba un piso
muy cmodo, y hallamos all algunos amigos suyos, personas muy
simpticas todas, con quienes pasamos el rato agradablemente, fumando y
conversando. Sin embargo, not que el dueo de la casa estaba preocupado
y silencioso, y cuando se hubieron despedido todos los dems y
queddonos solos con l Federly y yo, empec a bromear a Beltrn, hasta
que exclam, dejndose caer en el sof:

--Pues nada, que tienes t razn y estoy enamorado, perdidamente
enamorado!

--As escribirs mejores versos--le dije por va de consuelo.

Se limit a fumar furiosamente sin decir palabra, en tanto que Federly,
de espaldas a la chimenea, lo contemplaba con cruel sonrisa.

--Es lo de siempre, y lo mejor que puedes hacer es cantar de plano,
Beltranillo--dijo Federly.--La novia se te va de Pars maana.

--Ya lo s--repuso Beltrn furioso.

--Pero lo mismo da que se vaya o que se quede. La dama pica muy alto
para ti, poeta!

--Y a m qu?

--Vuestra conversacin me interesara muchsimo ms--observ,--si
supiera de quin estis hablando.

--Antonieta Maubn--dijo Federly.

--De Maubn--gru Beltrn.

--Hola!--exclam.--Conque esas tenemos, mocito!

--Me haces el favor de dejarme en paz?

--Y adnde va?--pregunt, porque la dama gozaba de cierta celebridad y
su nombre no me era desconocido.

Jorge hizo sonar las monedas que tena en el bolsillo, mir a Beltrn
dirigindole su ms despiadada sonrisa y replic:

--Nadie lo sabe. Y a propsito, Beltrn; la otra noche vi en su casa a
todo un personaje, el duque de Estrelsau. Le conoces?

--S, y qu?

--Muy cumplido caballero, a fe ma.

Era evidente que las alusiones de Jorge al Duque tenan por objeto
aumentar las penas del pobre Beltrn, de donde infer que el Duque haba
distinguido a la seora de Maubn con sus atenciones. Era ella viuda,
hermosa, rica, y la voz pblica decala ambiciosa. Nada tena de extrao
que procurase, como lo haba insinuado Jorge, conquistar a un personaje
que ocupaba en su pas lugar inmediato al del Rey; porque el Duque era
hijo del finado rey de Ruritania y de su segunda y morgantica esposa y,
por consiguiente, hermano paterno del nuevo Rey. Haba sido el favorito
de su padre, quien fue objeto de muy desfavorables comentarios al
crearlo Duque y dar por nombre a su ducado el de la capital del Reino.
Su madre haba sido de buena familia pero no de alta nobleza.

--Sigue en Pars el Duque?--pregunt.

--Oh, no! Se ha ido porque tiene que asistir a la coronacin; ceremonia
que de seguro no le har mucha gracia. Pero no desesperes, Beltrn! Con
la bella Antonieta no se ha de casar, por lo menos mientras no fracase
otro plan. Sin embargo, quizs ella...--Hizo una pausa y dijo,
rindose:--No es fcil resistir las atenciones de un prncipe real, no
es as, Rodolfo?

--Te callars?--le dije, y levantndome, dej a Beltrn en las garras
de Jorge y me fui al hotel.

Al siguiente da Jorge Federly me acompa a la estacin, donde tom un
billete para Dresde.

--Vas a contemplar las pinturas?--pregunt Jorge guindome el ojo.

Jorge es un murmurador incorregible, y si hubiese sabido que yo iba a
Ruritania, la noticia hubiera llegado a Londres en tres das. Iba, pues,
a darle una respuesta evasiva cuando le vi dirigirse apresuradamente al
otro extremo del andn y saludar a una joven bonita y muy elegantemente
vestida, que acababa de dejar la sala de espera. Podra tener unos
treinta o treinta y dos aos y era alta, morena y algo gruesa. Mientras
hablaba con Jorge not que me miraba, con gran disgusto mo, porque no
me consideraba muy presentable con el largo gabn ruso que me envolva
para preservarme del fro en aquella destemplada maana de abril, sin
contar la bufanda que llevaba al cuello y el sombrero de fieltro calado
hasta las orejas.

--Tienes una encantadora compaera de viaje--me dijo Federly al
reunrseme.--Esa es la diosa adorada de Beltrn, la bella Antonieta,
que va, como t, a Dresde... a ver pinturas tambin, probablemente. Sin
embargo, me extraa que precisamente ahora no desee tener el honor de
conocerte.

--No he podido serle presentado--dije un tanto mohino.

--Pero yo me ofrec a presentarte y me contest que otra vez sera. No
importa, chico; quizs haya un descarrilamiento o un choque durante el
viaje y tengas oportunidad de dejar plantado al duque de Estrelsau.

Pero ni la seora de Maubn ni yo tuvimos el menor desastre, y bien
puedo afirmarlo de ella con tanta seguridad como de m, porque tras una
noche de descanso en Dresde, al continuar mi jornada, la vi subir a un
coche del mismo tren que yo haba tomado. Comprendiendo que deseaba
hallarse sola, evit cuidadosamente acercrmele; pero vi que llevaba el
mismo punto de destino que yo y no dej de observarla atentamente sin
que ella lo notase.

Tan luego llegamos a la frontera de Ruritania (y por cierto que el viejo
administrador de la aduana se qued mirndome con tal fijeza que me hizo
recordar ms que nunca mi parentesco con los Elsberg), compr unos
peridicos y me hall con noticias que modificaron mi itinerario. Por
motivos no muy claramente explicados, se haba anticipado repentinamente
la fecha de la coronacin, fijndola para dos das despus. En todo el
pas se hablaba de la solemne ceremonia y era evidente que Estrelsau, la
capital, estaba atestada de forasteros. Las habitaciones disponibles
alquiladas todas, los hoteles llenos, iba a serme muy difcil obtener
hospedaje, y dado que lo consiguiera tendra que pagarlo a precio
exorbitante. Resolv, pues, detenerme en Zenda, pequea poblacin a
quince leguas de la capital y a cinco de la frontera. El tren en que yo
iba, llegaba a Zenda aquella noche; podra pasar el da siguiente,
martes, recorriendo las cercanas, que tenan fama de muy pintorescas,
dando una ojeada al famoso castillo e ir por tren a Estrelsau el
mircoles, para volver aquella misma noche a dormir a Zenda.

Dicho y hecho. Me qued en Zenda y desde el andn vi a la seora de
Maubn, que evidentemente iba sin detenerse hasta Estrelsau, donde por
lo visto contaba o esperaba conseguir el alojamiento que yo no haba
tenido la previsin de procurarme de antemano. Me sonre al pensar en la
sorpresa de Jorge Federly si hubiera llegado a saber que ella y yo
habamos viajado tanto tiempo en buena compaa.

Me recibieron muy bien en el hotel, que no pasaba de ser una posada,
presidida por una corpulenta matrona y sus dos hijas; gente bonachona y
tranquila, que pareca cuidarse muy poco de lo que suceda en la
capital. El preferido de la buena seora era el Duque, porque el
testamento del difunto Rey lo haba hecho dueo y seor de las
posesiones reales en Zenda y del castillo, que se elevaba
majestuosamente sobre escarpada colina al extremo del valle, a media
legua escasa del hotel. Mi huspeda no vacilaba en decir que senta no
ver al Duque en el trono, en lugar de su hermano.

--Por lo menos al duque Miguel lo conocemos!--exclamaba.--Ha vivido
siempre entre nosotros y no hay ruritano que no sepa de l. Pero el Rey
es casi un extrao; ha residido tanto tiempo fuera del pas, que apenas
si de cada diez hay uno que lo haya visto.

--Y ahora--apoy una de las muchachas,--dicen que se ha afeitado la
barba y que no hay quien lo conozca.

--Que se ha quitado la barba!--exclam la madre.--Quin te lo ha
dicho?

--Juan, el guardabosque del Duque, que ha visto al Rey.

--Ah, s! El Rey, seor mo, est de cacera en una posesin que tiene
el Duque, ah en el bosque; de Zenda ir a Estrelsau para la coronacin
el mircoles por la maana.

Me interes la noticia y resolv dirigir al da siguiente mis pasos
hacia la casa del guarda, con la esperanza de ver al Rey.

--Ojal se quedase cazando toda la vida!--me deca mi
huspeda.--Cuentan que la caza, el vino y otra cosa que me callo, es lo
nico que le gusta o le importa. Pues que coronen al Duque; eso es lo
que yo quisiera, y no me importa que me oigan.

--Cllese usted, madre!--dijeron ambas mozas.

--Oh, son muchos los que piensan como yo!--insisti la vieja.

Reclinado en cmodo silln, de brazos, me rea al orlas.

--Lo que es yo--declar la menor de las hijas, una rubia regordeta y
sonriente,--aborrezco a Miguel el Negro. A m dme usted un Elsberg
rojo, madre! Del Rey dicen que es tan rojo como... como...

Me mir maliciosamente y lanz una carcajada, sin hacer caso de la cara
hosca que pona su hermana.

--Pues mira que muchos han maldecido antes de ahora a esos Elsberg
pelirrojos--refunfu la buena mujer; y yo me acord en seguida de
Jaime, cuarto conde de Burlesdn.

--Pero nunca los ha maldecido una mujer!--exclam la moza.

--Tambin, y ms de una, cuando ya era tarde--fue la severa respuesta,
que dej a la doncella callada y confusa.

--Cmo es que el Rey se halla aqu, en tierras del Duque?--pregunt
para romper el embarazoso silencio.

--El Duque lo invit, mi buen seor, a que descansase aqu hasta el
mircoles, mientras l preparaba la recepcin del Rey en Estrelsau.

--Es decir que son buenos amigos?

--Los mejores del mundo.

Pero la linda rubia no era de las que se callan por largo tiempo, y
exclam:

--S, se quieren tanto como pueden quererse dos hombres que ambicionan
el mismo trono y la misma mujer!

Su madre le dirigi una mirada furibunda, pero aquellas palabras haban
picado mi curiosidad; y antes de que la vieja pudiera reirla, le
pregunt:

--Cmo es eso? La misma mujer?

--Todo el mundo sabe que Miguel el Negro--bueno, madre, el duque
Miguel,--dara su alma por casarse con su prima, la princesa Favia, que
est destinada al Rey.

--Pobre Duque!--repuse.--Declaro que empiezo a compadecerlo. Pero el
segundn tiene que contentarse con lo que el mayor le deje, y aun dar
gracias a Dios de que algo le toque.--Y pensando en lo que a m mismo me
suceda, me encog de hombros y me ech a rer. Tambin record entonces
a Antonieta de Maubn y su viaje a Estrelsau.

--Lo que es Miguel el Negro...--continu la muchacha arrostrando la
indignacin de su madre; pero en aquel momento se oyeron unos pesados
pasos y una voz brusca pregunt, con acento amenazador:

--Quin habla del duque Miguel con tan poco respeto y en sus propias
tierras?

La muchacha dio un ligero grito, entre atemorizada y risuea.

--No me acusars a tu amo, Juan?--pregunt.

--Ah tienes lo que nos traes con tu charla--dijo la madre.

El hombre que haba hablado entr en la habitacin.

--Tenemos un husped, Juan--dijo la posadera al recin llegado, que
inmediatamente se quit la gorra. Pero al verme retrocedi un paso,
como ante una aparicin.

--Qu tienes, Juan?--pregunt la mayor de las jvenes.--Este seor es
un viajero, que viene a ver la coronacin.

El guardabosque se haba repuesto de su sorpresa, pero segua mirndome
fijamente, con expresin de intensa curiosidad no exenta de amenaza.

--Buenas noches--le dije.

--Buenas noches, seor--murmur, observndome sin cesar, hasta que la
rubia exclam con gran risa:

--S, mralo bien, Juan; es tu color favorito! Lo ha sorprendido el
color de su cabello, seor viajero; color que no es el que ms vemos
aqu en Zenda.

--Dispense el seor--balbuce el mozo, todava sorprendido.--No cre
encontrar aqu ms que a los de casa.

--Denle ustedes un vaso de vino para que lo beba a mi salud. Buenas
noches a todos, y gracias, seoras mas, por su bondad y su grata
conversacin.

Me levante, e inclinndome ligeramente me dirig hacia la puerta. La
alegre muchacha corri a alumbrar el camino y el joven retrocedi un
paso, fijos los ojos en m. Al llegar a su lado me dijo:

--Con perdn, seor: conoce usted al Rey?

--Jams lo he visto, pero espero conocerlo el mircoles.

Nada ms dijo, pero present que sus ojos siguieron clavados en m hasta
que se cerr la puerta. Mi picaresca conductora iba delante y al subir
la escalera me dijo:

--No hay remedio; el pelo de usted es de un color que no le gusta a
Juan.

--Prefiere quizs el tuyo, eh?

--Oh! quiero decir en un hombre--replic coquetonamente.

--Vamos a ver--dije asiendo el candelero que tena ella en la
mano;--qu importa que un hombre tenga el pelo de tal o cual color?

--Lo que s es que a m me gusta el de usted; es el rojo de los Elsberg.

--Te repito que lo del color es una bicoca, una fruslera. Como sta;
toma.--Y le di algunas monedas.

--Cielo santo!--exclam.--Lo que es esta noche voy a cerrar la puerta
de la cocina, por si acaso.

De entonces ac he aprendido que el color del pelo es en ocasiones
detalle de la ms alta importancia para un hombre.




III

FRANCACHELA NOCTURNA CON UN PARIENTE LEJANO


La conducta del guardabosque del Duque al siguiente da, fue tan atenta
y se mostr tan servicial, que hubiera bastado para reconciliarme con
l, suponiendo que yo hubiese podido guardarle el menor rencor porque a
l le gustase o no el color de mi cabello. Habiendo sabido que me
diriga a la capital, se present cuando estaba yo almorzando para
decirme que una hermana suya, casada con un acomodado mercader de
Estrelsau, lo haba invitado a ocupar un cuarto en su casa durante las
fiestas de la coronacin. Que haba aceptado de mil amores, pero ahora
se hallaba con que sus deberes no le permitan ausentarse. Por lo tanto
me rogaba que aceptase la invitacin en su lugar, asegurndome que la
casa, aunque modesta, era cmoda y limpia, y que su hermana se avendra
al cambio con placer; acabando por recordarme las molestias que me
aguardaban en los coches atestados del tren, en mis idas y venidas
entre Zenda y Estrelsau. Acept su oferta sin la menor vacilacin y l
fue a telegrafiar a su hermana mientras yo preparaba mis efectos para
tomar el prximo tren. Pero me quedaba todava el deseo de ir al bosque
y llegarme hasta la casilla del guarda; y cuando mi linda camarera me
dijo que poda tomar el tren en otra estacin, andando cosa de dos
leguas a travs del bosque, resolv enviar mi equipaje directamente a
las seas que haba dejado Juan, dar mi paseo y continuar despus el
viaje a Estrelsau. Juan haba partido ya y nada supo de este cambio en
mis planes; pero como el nico efecto haba de ser un retraso de algunas
horas en mi llegada a la casa de su hermana, no haba para qu enterarlo
de ello, y desde luego mi futura huspeda no se haba de preocupar por
mi tardanza.

Tom una ligera colacin poco antes de medioda, y habindome despedido
de la buena mujer y sus hijas, prometiendo volver a verlas a mi regreso,
comenc el ascenso de la colina que lleva al castillo y desde ste al
bosque de Zenda. Media hora de pausado andar me llev a las puertas del
castillo. Fortaleza en otro tiempo, los macizos muros se hallaban
todava en buen estado y aparecan muy imponentes. Tras ellos se vea
otra seccin de la antigua fortaleza, y despus de sta, separada por
un ancho y profundo foso que rodeaba tambin los antiguos edificios,
hallbase una hermosa quinta moderna, mandada construir por el difunto
Rey y que al presente era la residencia de campo del duque de Estrelsau.
Ambas porciones, antigua y moderna, se comunicaban por medio de un
puente levadizo, nico medio de acceso a la parte antigua de la
construccin; en cambio en frente de la quinta se extenda una hermosa y
ancha avenida. Era aquella una posesin ideal. Cuando Miguel el Negro
deseaba compaa, habitaba la quinta; si quera estar solo le bastaba
cruzar el puente, alzarlo tras s, y hubieran sido necesarios un
regimiento y una batera de sitio para sacarlo de all. Prosegu mi
camino, alegrndome de ver que el pobre duque Miguel, ya que no pudiese
conseguir trono ni princesa, tena por lo menos una residencia no
inferior a la de ningn otro prncipe de Europa.

No tard en llegar al bosque, cuyos frondosos rboles me proporcionaron
fresca sombra por ms de una hora. Las ramas se entrelazaban sobre mi
cabeza y los rayos del sol podan apenas deslizarse entre las hojas,
poniendo aqu y all brillantes toques sobre el hmedo csped. Encantado
con aquel lugar, me sent al pie de un rbol, apoy la espalda contra su
tronco y extendiendo las piernas me entregu a la contemplacin de la
solemne belleza del bosque, a la vez que aspiraba el delicioso aroma de
un buen cigarro. Consumido ste y al parecer satisfecha mi contemplacin
esttica, me qued profundamente dormido, sin cuidarme para nada del
tren que deba de llevarme a Estrelsau ni de la rapidez con que iban
deslizndose las horas de aquella tarde. Pensar en trenes en aquel lugar
hubiera sido un sacrilegio. Lejos de eso, me puse a soar que era el
feliz esposo de la princesa Flavia, con la cual habitaba en el castillo
de Zenda y me paseaba por las sombreadas alamedas del bosque, todo lo
cual constitua un sueo muy placentero por cierto. No ocultar que me
hallaba en el acto de estampar un ardiente beso en los lindos labios de
la Princesa, cuando o una voz estridente, que al principio me pareci
parte de mi sueo, y que deca:

--Pero, hombre, si parece cosa, del diablo! No hay ms que afeitarlo y
ya tenemos al Rey hecho y derecho.

Aquella ocurrencia me pareci bastante rara, aun para soada; el
sacrificio de mi bien cuidada barba y aguzada perilla transformarme en
un monarca! Hallbame a punto de besar otra vez a mi princesa, cuando me
convenc, muy a mi pesar, de que estaba despierto.

Abr los ojos y vi a dos hombres que me contemplaban con gran
curiosidad. Ambos vestan trajes de caza y llevaban sus escopetas. Bajo
y robusto uno de ellos, con una cabeza redonda como bala de can,
spero bigote gris y pequeos ojos azules. El otro era joven, esbelto,
de mediana estatura, moreno y de distinguido porte. Desde luego me
pareci el primero un veterano y el otro un joven noble, pero tambin
soldado. Ms tarde tuve ocasin de ver confirmado mi juicio.

El de ms edad se adelant, haciendo sea al otro de que le siguiera; y
ste lo hizo as, descubrindose cortsmente, a tiempo que yo me pona
en pie.

--Hasta la misma estatura!--o murmurar al veterano, mientras pareca
medir atentamente con la vista los seis pies y dos pulgadas de estatura
que Dios me ha dado. Despus, haciendo el saludo militar, dijo:

--Me sera permitido preguntarle a usted su nombre?

--Mi opinin, seores mos--contest sonrindome,--es que habiendo
tomado ustedes la iniciativa en este encuentro, les toca tambin
comenzar por decirme sus nombres.

El joven se adelant con faz risuea.

--El coronel Sarto--dijo presentando a su compaero.--Y yo soy Federico
de Tarlein; ambos al servicio del rey de Ruritania.

Me inclin y dije descubrindome:

--Mi nombre es Rodolfo Rasndil y soy un viajero ingls. Tambin he sido
por dos aos oficial del ejrcito de Su Majestad la Reina.

--Pues en tal caso somos hermanos de armas--repuso Tarlein tendindome
la mano, que estrech gustoso.

--Rasndil, Rasndil!--murmur el coronel Sarto. De repente pareci
despertarse un claro recuerdo en su memoria y exclam:

--Por vida de! Sois Burlesdn?

--Mi hermano es el actual Conde de este ttulo.

--Claro est! Con esa cabeza no poda ser otra cosa--dijo echndose a
rer.--No conoce usted la historia, Tarlein?

El joven me mir, algo cortado, con una delicadeza que mi cuada hubiera
admirado grandemente. Y deseoso yo de tranquilizarlo, dije chancendome:

--Ah! Por lo visto la historia es tan bien conocida aqu como entre
nosotros.

--Conocida!--exclam Sarto.--Y como siga usted algn tiempo en el pas
no habr en toda Ruritania quien la dude.

Empec a sentirme algo inquieto. Si hubiera sabido hasta qu punto
poda leerse mi genealoga en mi aspecto, lo hubiera pensado mucho antes
de visitar a Ruritania. Pero a lo hecho pecho.

En aquel momento se oy una voz imperiosa entre los rboles:

--Federico! Dnde te has metido, hombre?

Tarlein se sobresalt y dijo apresuradamente:

--El Rey!

El viejo Sarto se limit a rerse con sorna.

No tard en aparecer un joven, a cuya vista lanc una exclamacin de
asombro; y l, al verme, retrocedi un paso, no menos atnito que yo. A
no ser por mi barba, por cierta expresin de dignidad debida a su alto
rango y tambin por media pulgada menos de estatura que l poda tener,
el rey de Ruritania hubiera podido pasar por Rodolfo Rasndil y yo por
el rey Rodolfo.

Permanecimos un momento inmviles, contemplndonos. Despus me descubr
y salud respetuosamente. El Rey recobr entonces el uso de la palabra y
pregunt con extraeza:

--Coronel, Federico quin es este caballero?

Iba yo a contestar, cuando el coronel Sarto se interpuso y empez a
hablar al rey en voz baja, con su tono grun. La estatura del Rey
aventajaba mucho a la de Sarto, y mientras escuchaba a ste, sus ojos se
fijaban de cuando en cuando en los mos. Por mi parte lo contempl larga
y detenidamente. Nuestra semejanza era en verdad extraordinaria, si bien
not asimismo los puntos de diferencia. La cara del Rey era ligeramente
ms llena que la ma, el valo de su contorno un tanto ms pronunciado,
muy poco, y me pareci o me imagin que a las lneas de su boca les
faltaba algo de la firmeza (obstinacin quizs) que denunciaban mis
comprimidos labios. Pero con todo esto y a pesar de esas diferencias
menores, nuestro parecido subsista, innegable, evidente, portentoso.

El coronel dej de hablar, pero el rostro del Rey sigui contrado; por
ltimo, movironse sus labios, se encorv su nariz (exactamente como le
sucede a la ma cuando me ro), parpade y acab por echarse a rer de
tan buena gana y tan fuertemente, que sus carcajadas resonaron en el
bosque, proclamando la jovial disposicin de su nimo.

--Bienvenido, primo mo!--exclam acercndose y dndome una palmada en
el hombro, sin cesar de rerse.--Muy disculpable es mi sorpresa, porque
no todos los das ve un hombre su propia imagen contemplndole frente a
frente. Verdad, seores?

--Espero no haber incurrido en el desagrado de Vuestra
Majestad...--comenc a decir.

--No, a fe ma! Y la verdad es que nadie con ms razn puede aspirar al
favor del Rey. Adnde se dirige usted?

--A Estrelsau, para presenciar la coronacin.

El Rey mir a sus servidores; continuaba sonrindose, pero su expresin
revelaba ligera inquietud. Sin embargo, el lado cmico de la situacin
volvi a imponrsele.

--Tarlein!--exclam,--dara mil escudos por contemplar maana la cara
de mi hermano Miguel cuando vea que somos dos. Un par de Reyes, nada
menos!--Y sus alegres carcajadas resonaron de nuevo.

--Hablando seriamente--dijo Tarlein,--dudo que sea muy acertada la
visita del seor Rasndil a Estrelsau en estos momentos.

El Rey encendi un cigarrillo.

--Y bien, Sarto?--pregunt.

--No debe de ir--gru el veterano.

--Veamos, coronel; es decir que el seor Rasndil me hara un servicio
si...

--Eso, eso; Vuestra Majestad puede darle la forma ms corts y
diplomtica que juzgue conveniente--dijo Sarto sacando del bolsillo una
enorme pipa.

--Basta, seor!--exclam dirigindome al Rey.--Hoy mismo saldr de
Ruritania.

--Eso no!--exclam el Rey.--Cenar usted conmigo esta noche, suceda
despus lo que quiera, Voto a! como dice Sarto; no se encuentra uno de
manos a boca con un pariente todos los das.

--Nuestra cena de esta noche ser sobria--dijo Tarlein.

--No tal--repuso el Rey,--teniendo por convidado a nuestro primo. No por
eso olvido que debemos partir maana temprano, Tarlein.

--Tampoco lo olvido yo--dijo el coronel fumando gravemente,--pero
siempre habr tiempo de pensar en ello maana.

--Ah, viejo Sarto!--exclam el Rey.--Bien dicho! Cada cosa a su
tiempo. Andando, seor Rasndil. Y a propsito, qu nombre le han
puesto a usted?

--El mismo de Vuestra Majestad--contest inclinndome.

--Bravo! Eso prueba que no se avergenzan de nosotros--repuso
rindose.--Vamos, primo Rodolfo. No tengo palacio ni casa propia por
aqu, pero mi amado hermano Miguel me presta una de las suyas y en ella
procuraremos tratarlo a usted lo mejor posible.--Y tomando mi brazo,
indico a los otros que nos siguiesen y nos pusimos en camino.

Anduvimos por el bosque cosa de media hora y el Rey fum cigarrillos y
charl incesantemente. Mostr vivo inters por mi familia, se ri en
grande cuando habl de los retratos con cabellera de Elsberg, existentes
en nuestra galera de antepasados y redobl su risa al or que mi
expedicin a Ruritania era secreta.

--Es decir que tiene usted que visitar a su depravado primo a
escondidas?--dijo.

Al salir del bosque nos hallamos ante un rstico pabelln de caza. Era
una construccin de un solo piso, toda de madera. Sali a recibirnos un
hombrecillo con modesta librea, y la nica otra persona que all
habitaba era una vieja, la madre de Juan, el guardabosque del Duque,
segn averig despus.

--Est lista la cena, Jos?--pregunt el Rey.

El hombrecillo contest que todo estaba pronto y no tardamos en
sentarnos a una mesa abundantemente servida. El Rey coma con apetito,
Tarlein moderadamente y Sarto con voracidad. Yo me mostr buen comedor,
como lo he sido siempre, y el Rey lo not, sin ocultar su aprobacin.

--Nosotros, los Elsberg, nos portamos siempre bien en la mesa,
observ.--Pero qu es esto? Estamos comiendo en seco? Vino, Jos! Eso
de engullir sin beber se queda para los animales. Pronto, pronto!

Jos puso apresuradamente sobre la mesa numerosas botellas.

--Acurdese Vuestra Majestad de la ceremonia de maana!--dijo Tarlein.

--Eso es, maana!--repiti el viejo Sarto.

El Rey vaci una copa a la salud de su primo Rodolfo, como tena la
bondad de llamarme, y yo apur otra en honor del color de los Elsberg,
brindis que le hizo rer mucho. No dir si era buena la carne que
comamos, pero s que los vinos eran exquisitos y que les hicimos
justicia. Tarlein se aventur una vez a detener la mano del Rey.

--Cmo se entiende?--exclam ste--Acurdate, Federico, de que debes
partir maana antes que yo, y por lo tanto tienes que dejar de beber dos
horas antes.

Tarlein vio que yo no comprenda.

--El coronel y yo--me explic,--saldremos de aqu a las seis de la
maana para ir a caballo a Zenda, regresaremos con la guardia de honor a
las ocho, y entonces cabalgaremos todos juntos hasta la estacin.

--El diablo cargue con la tal guardia de honor!--gru Sarto.

--No, ha sido una atencin muy delicada de mi hermano el pedir esa
distincin para su regimiento--dijo el Rey.--Ea, primo! T no tienes
que levantarte temprano. Venga otra botella!

Y despach otra botella, o, mejor dicho, parte de ella, porque lo menos
los dos tercios de su contenido se los apropi el monarca. Tarlein
renunci a predicar moderacin y pronto nos pusimos todos tan alegres de
cascos como sueltos de lengua. El Rey empez a hablar de lo que se
propona hacer; Sarto, de lo que haba hecho; Tarlein se destap por
unas aventuras amorosas, y a m me dio por encomiar los altos mritos de
la dinasta de los Elsberg. Hablbamos todos a la vez y seguamos al pie
de la letra la mxima favorita de Sarto: maana ser otro da.

--Por fin, el Rey puso su copa sobre la mesa y se reclin en la silla.

--Ya he bebido bastante--dijo.

--No ser yo quien contradiga al Rey--asent.

La verdad es que haba bebido demasiado. Y entonces se present Jos y
puso delante del Rey un venerable frasco, que, por su apariencia, deba
de haber reposado largos aos en obscuro stano.

--Su Alteza el duque de Estrelsau me orden presentar este frasco al Rey
cuando hubiese gustado ya otros vinos menos aejos, y suplicarle que lo
bebiera en prenda del cario que le profesa su hermano.

--Bravo, Miguel!--exclam el Rey.--Destpalo pronto, Jos! Pues qu
se ha credo mi caro hermano? Que me iba a asustar una botella ms?

Destapado el frasco, Jos llen el vaso del Rey. Apenas hubo probado el
vino nos dirigi una mirada solemne, muy en consonancia con el estado en
que se hallaba, y dijo:

--Caballeros, amigos mos, primo Rodolfo (cuidado que es escandalosa
la historia esa, Rodolfo!), la mitad de Ruritania os pertenece desde
este momento. Pero no me pidis una sola gota de este frasco divino,
que vaco a la salud de... de ese taimado, del bribn de mi hermano,
Miguel el Negro!

Y llevndose el frasco a los labios bebi hasta la ltima gota, lo lanz
despus lejos de s y apoyando los brazos en la mesa dej caer sobre
ellos la cabeza.

Bebimos una vez ms a la salud del Rey y es todo lo que recuerdo de
aquella noche. Que no es poco recordar.




IV

EL REY ACUDE A LA CITA


Al despertarme no hubiera podido decir si haba dormido un minuto o un
ao. Me despert repentinamente una sensacin de fro; el agua chorreaba
de mi cabeza, cara y traje, y frente a m divis al viejo Sarto, con su
burlona sonrisa y con un cubo vaco en la mano. Sentado a la mesa,
Federico de Tarlein, plido y desencajado como un muerto.

Me puse en pie de un salto, y exclam encolerizado:

--Esto pasa de broma, seor mo!

--Bah! No tenemos tiempo de disputar. No haba modo de despertarlo, y
son las cinco.

--Repito, coronel...--iba a continuar ms irritado que nunca, aunque
medio helado el cuerpo, cuando me interrumpi Tarlein apartndose de la
mesa y dicindome:

--Mire usted, Rasndil.

El Rey yaca tendido cuan largo era en el suelo. Tena el rostro tan
rojo como el cabello y respiraba pesadamente. Sarto, el irrespetuoso
veterano, le dio un fuerte puntapi, pero no se movi. Entonces not que
la cara y cabeza del Rey estaban tan mojadas como las mas.

--Ya hace media hora que procuramos despertarlo--dijo Tarlein.

--Bebi tres veces ms que cualquiera de nosotros--gru Sarto.

Me arrodill y le tom el pulso, cuya lentitud y debilidad eran
alarmantes.

--Narctico?... la ltima botella?--pregunt con voz apenas
perceptible.

--Vaya usted a saber--dijo Sarto.

--Hay que llamar a un mdico.

--No encontraramos uno en tres leguas a la redonda; y adems ni cien
mdicos son capaces de hacerlo ir a Estrelsau. S muy bien en qu estado
se halla. Todava seguir seis o siete horas por lo menos sin mover pie
ni mano.

--Y la coronacin?--exclam horrorizado.

Tarlein se encogi de hombros, como tena por costumbre.

--Tendremos que avisar que est enfermo--dijo.

--Me parece lo nico que podemos hacer--asent.

El viejo Sarto, en quien la francachela de la vspera no dejara el ms
leve rastro, haba encendido su pipa y fumaba furiosamente.

--Si no lo coronan hoy--dijo,--apuesto un reino a que no lo coronan
nunca.

--Pero, por qu?

--Toda la nacin, puede decirse, est esperndolo all en la capital con
la mitad del ejrcito, y digo, con Miguel el Negro a la cabeza.
Mandaremos a decirles que el Rey est borracho?

--Que est enfermo!

--Enfermo?--repiti Sarto con sarcasmo.--Demasiado saben la enfermedad
que le aqueja. No sera la primera vez.

--Digan lo que quieran--repuso Tarlein con desaliento.--Yo mismo llevar
la noticia y la dar lo mejor que sepa y pueda.

--Creen ustedes que el Rey est bajo la influencia de un
narctico?--pregunt Sarto.

--Yo s lo creo--repliqu.

--Y quin es el culpable?

--Ese infame, Miguel el Negro--rugi Tarlein.

--As es--continu el veterano;--para que no pudiera concurrir a la
coronacin. Rasndil no conoce todava a nuestro sin par Miguel. Pero
usted, Tarlein, cree usted que el Duque no tiene ya elegido candidato
al trono, el candidato de la mitad de los habitantes de Estrelsau? Tan
cierto como hay Dios, Rodolfo pierde la corona si no se presenta hoy en
la capital. Cuidado que yo conozco a Miguel el Negro.

--No podramos llevarlo nosotros mismos a la ciudad?--pregunt.

--Bonita figura hara--dijo Sarto con profundo desprecio.

Tarlein ocult el rostro entre las manos. La respiracin del Rey se hizo
ms ruidosa y Sarto lo empuj con el pie.

--Maldito borracho!--murmur.--Pero es un Elsberg, es el hijo de su
padre, y el diablo me lleve si permito que Miguel el Negro usurpe su
puesto!

Permanecimos en silencio algunos instantes; despus Sarto, frunciendo
las pobladas cejas y retirando su pipa de la boca, dijo dirigindose a
m:

--A medida que el hombre envejece cree en el hado. El hado lo ha trado
a usted aqu y el hado lo lleva tambin a Estrelsau.

--Cielo santo!--murmur, retrocediendo tembloroso.

Tarlein me mir con viva ansiedad.

--Imposible!--dije sordamente.--Lo descubriran.

--Es una posibilidad contra una certeza--dijo Sarto.--Si se afeita
usted apuesto a que nadie duda que sea el Rey. Tiene usted miedo?

--Seor mo!

--Vamos, joven, calma! Ya sabemos que si lo descubren le cuesta a usted
la vida, y tambin a m y a Federico. Pero si se niega usted, le juro
que Miguel el Negro se sentar en el trono antes de que acabe el da y
el Rey yacer en una prisin o en su tumba.

--El Rey no lo perdonara nunca--balbuce.

--Pero somos mujerzuelas o qu? Quin se cuida de que el Rey perdone o
no?

Medit profundamente, y en la habitacin no se oa otro rumor que el
tic-tac del reloj, cuyo pndulo oscil cincuenta, sesenta, setenta
veces; por fin mi rostro debi reflejar mis pensamientos, porque de
repente el viejo Sarto asi mi mano y exclam conmovido:

--Ir usted?

--S, ir--dije mirando el postrado cuerpo del Rey.

--Esta noche--continu Sarto apresuradamente y en voz baja,--debemos
pasarla en palacio, de acuerdo con el programa trazado de antemano. Pues
bien, apenas nos dejen solos, se queda Federico de guardia en la cmara
del Rey, montamos a caballo usted y yo y nos venimos aqu a escape. El
Rey estar esperndonos, informado de todo por Jos, e inmediatamente
se pondr conmigo camino de Estrelsau, mientras que usted saldr
disparado para la frontera, como si lo persiguiera una legin de
demonios.

Comprend el plan en un instante e hice un ademn de aprobacin.

--Siempre es una probabilidad--dijo Tarlein,--que por primera vez
mostraba alguna confianza en el proyecto.

--Si antes no descubren la substitucin--indiqu.

--Y si la descubren, yo me encargo de mandar a Miguel el Negro a los
profundos infiernos antes de que me toque el turno, como hay
Dios!--exclam Sarto.--Sintese usted en esa silla, joven.

Obedec y l se precipit fuera de la habitacin, gritando: Jos,
Jos! Volvi a los dos minutos y Jos con l, trayendo este ltimo un
jarro de agua caliente, jabn y navajas de afeitar. El pobre mozo tembl
al or las explicaciones que el coronel crey necesario darle antes de
decirle que me afeitase.

De repente Tarlein se dio una palmada en la frente exclamando:

--Pero la guardia, la guardia de honor, que vendr aqu, ver y se
enterar de todo!

--Bah! No la esperaremos. Iremos a caballo a la estacin de Hofbau,
donde tomaremos el tren, y cuando llegue la guardia ya habr volado el
pjaro.

--Y el Rey?

--En el stano, adonde lo voy a transportar ahora mismo.

--Y si lo descubren?

--No lo descubrirn. Jos se encargar de despistarlos.

--Pero...

--Basta ya!--rugi Sarto, dando una patada en el suelo.--Por vida de!
No s yo lo que arriesgamos? Si lo descubren no se ver en peor
predicamento que si no lo coronan hoy en Estrelsau.

Hablando as abri la puerta de par en par e inclinndose asi y levant
en sus brazos el cuerpo del Rey, dando prueba de un vigor que yo estaba
lejos de suponerle. En aquel instante apareci en la puerta la madre de
Juan el guardabosque. Permaneci all algunos momentos y sin manifestar
la menor sorpresa nos volvi la espalda y se alej por el corredor.

--Habr odo?--pregunt Tarlein.

--Yo le cerrar la boca!--dijo Sarto con siniestro acento;--y sali
llevndose el cuerpo inerte del Rey.

Por mi parte, me dej caer, medio alelado, en amplio silln, y Jos
procedi a rasurarme sin prdida de momento; no tard en desaparecer mi
pobre barba, quedando mi cara tan monda como la del Rey. Al mirarme
Tarlein, no pudo menos de exclamar, asombrado:

--Por Dios vivo! Ahora s que realizaremos nuestro plan.

Eran las seis y no tenamos tiempo que perder. Sarto me llev
apresuradamente al cuarto del Rey, donde me puse el uniforme de coronel
de la Guardia Real, no olvidando preguntar a Sarto, mientras me calzaba
las botas, qu haba sido de la vieja.

--Me jur que nada haba odo--contest el coronel;--pero para mayor
seguridad la at de manos y pies, la amordac de firme y la tengo bajo
llave en la carbonera, pared por medio del stano donde duerme el Rey.
Jos cuidar de ambos ms tarde.

No pude reprimir la risa y el mismo Sarto me imit.

--Me figuro--continu,--que cuando Jos anuncie a la escolta la partida
del Rey, la atribuirn a que nos temamos una mala pasada. Desde luego
jurara que Miguel el Negro no espera ver hoy al Rey en Estrelsau.

Me puse el casco y Sarto me entreg la regia espada, mirndome
prolongada y cuidadosamente.

--Gracias a Dios que el Rey se afeit la barba!--exclam.

--Por qu lo hizo?--pregunt.

--Porque la princesa Flavia as lo quiso. Y ahora, a caballo.

--Est todo seguro aqu?

--Nada est seguro hoy, pero cuanto podemos hacer est hecho.

En aquel momento se nos uni Tarlein, que vesta uniforme de capitn del
mismo regimiento que yo, y a Sarto le bastaron cinco minutos para
ponerse tambin su respectivo uniforme. Jos anunci que los caballos
estaban listos; montamos y partimos al trote rpido. Haba empezado la
peligrosa aventura. Cul sera su trmino?

El aire fresco de la maana despej mi cabeza y pude darme perfecta
cuenta de cuanto me iba diciendo Sarto, que mostraba sorprendente
serenidad. Tarlein apenas habl y cabalgaba como si estuviera dormido;
pero Sarto, sin dedicar una sola palabra ms al Rey, empez a instruirme
desde luego en mil cosas que necesitaba saber, a ensearme
minuciosamente todo lo relativo a mi vida pasada, a mi familia, mis
gustos, ocupaciones, defectos, amigos y servidores. Me detall la
etiqueta de la Corte de Ruritania, prometiendo hallarse constantemente a
mi lado para indicarme los personajes a quienes yo deba conocer y la
mayor o menor ceremonia con que convena recibirlos y tratarlos.

--Y a propsito--me dijo,--supongo que es usted catlico?

--No por cierto--contest.

--Santo Dios, un hereje!--gimi el veterano; y en seguida me enumer
una porcin de prcticas y ceremonias del culto catlico que me
importaba conocer.

--Afortunadamente--continu,--no se esperar que est usted muy al
tanto, porque el Rey se ha mostrado ya bastante descuidado e indiferente
en materia de religin. Pero hay que aparecer lo ms afable del mundo
con el cardenal, a quien esperamos atraer a nuestro partido ahora que
tiene una cuestin pendiente con Miguel el Negro sobre asuntos de
procedencia.

Llegamos a la estacin, y Tarlein, que haba recobrado en parte su
presencia de nimo, dijo brevemente al sorprendido jefe de estacin, que
el Rey haba tenido a bien modificar sus planes. Lleg el tren, tomamos
asiento en un coche de primera, y Sarto, cmodamente arrellanado,
reanud su leccin. Consult mi reloj, mejor dicho el reloj del Rey, y
vi que eran las ocho en punto.

--Habrn ido a buscarnos?--pregunt.

--Con tal que no descubran al Rey!--dijo Tarlein inquieto, mientras que
el impasible Sarto se encoga de hombros.

A las nueve y media vi por la ventanilla las torres y los edificios ms
elevados de una gran ciudad.

--Vuestra capital, seor--dijo Sarto con cmica reverencia, e
inclinndose me tom el pulso.--Algo agitado--continu con su eterno
tono grun.

--Como que no soy de piedra!--exclam.

--Pero servir usted para el caso--dijo satisfecho.--En cambio este
Federico de mis pecados parece sufrir un ataque de tercianas. Saca el
frasco, muchacho, y toma un trago!

Tarlein lo hizo como se lo decan.

--Llegamos con una hora de anticipacin--observ Sarto.--En cuanto
echemos pie a tierra enviaremos aviso de la llegada de Vuestra Majestad,
porque lo que es ahora no habr nadie esperndonos. Y entretanto...

--Entretanto--dije yo,--el Rey acabar por darse a Satans si tiene que
seguir mucho tiempo todava sin almorzar.

El viejo Sarto se ri socarronamente y me tendi la mano.

--Es usted un verdadero Elsberg!--dijo. Despus nos mir detenidamente
y exclam:--Dios haga que nos veamos vivos esta noche!

--Amn!--fue el comentario de Federico de Tarlein.

El tren se detuvo. Mis dos compaeros bajaron al andn, descubrindose y
dejando abierta la portezuela del coche. Por un momento fui presa de una
profunda emocin. Despus afirm el casco sobre mi cabeza, dirig al
Cielo (lo confieso sin avergonzarme) una breve y ferviente splica, y
baj al andn de la estacin de Estrelsau.

Momentos despus todo era movimiento y confusin; hombres que se
acercaban apresuradamente, sombrero en mano, y partan con no menor
celeridad; otros que me conducan al restaurant de la estacin, jinetes
que salan a escape con direccin a los cuarteles, a la catedral, a la
residencia del duque Miguel. Tomaba yo el ltimo sorbo de mi taza de
caf cuando se oyeron los alegres taidos de las campanas en toda la
ciudad, y poco despus llegaron a mis odos los acordes de una banda de
msica y las primeras aclamaciones de la multitud.

El rey Rodolfo V se hallaba en su leal ciudad de Estrelsau!

--Viva el Rey!--gritaba el pueblo fuera de la estacin.--Dios proteja
a nuestro Soberano!

En los labios del viejo Sarto apareci irnica sonrisa.

--Dios los proteja a los dos!--le o murmurar.--Animo, joven!--y su
mano estrech disimuladamente la ma.




V

AVENTURAS DE UN SUPLENTE


Volv al andn seguido de cerca por Federico de Tarlein y el coronel
Sarto, y lo primero que hice fue cerciorarme de que tena el revlver a
mano y de que mi espada sala fcilmente de la vaina. Me esperaba un
alegre grupo de jefes militares y grandes dignatarios y al frente de
ellos un anciano alto, de porte marcial y cubierto el pecho de cruces y
medallas. Ostentaba la banda roja y amarilla de la Rosa de Ruritania
que, dicho sea de paso, decoraba tambin mi indigno pecho.

--El general Estrakenz--murmur Sarto, hacindome saber as que me
hallaba en presencia del ms famoso veterano del ejrcito de Ruritania.

Detrs del General se hallaba un hombrecillo que vesta amplio ropaje
rojo y negro.

--El Canciller del Reino--murmur Sarto.

El General me salud con algunas leales palabras y en seguida me
present las excusas del duque de Estrelsau. Al parecer, ste era
vctima de una indisposicin sbita que le impeda venir a la estacin,
pero me rogaba que le permitiese esperarme en la catedral. Manifest mi
sentimiento, acept bondadosamente las excusas del General y recib los
plcemes de muchos y muy distinguidos personajes. Ninguno manifest la
menor sospecha y sent que iba recobrando la serenidad y que mi corazn
lata menos apresuradamente. Pero Tarlein segua plido y not que le
temblaba la mano al drsela al General.

El cortejo form frente a la estacin, donde mont a caballo, tenindome
el estribo el anciano General. Los dignatarios civiles tomaron asiento
en sus carruajes y comenc a recorrer las calles de Estrelsau, con
Estrakenz a mi derecha y Sarto (que como mi primer ayudante tena
derecho a ello) a mi izquierda. La ciudad consta de una parte antigua y
otra moderna. Anchas avenidas y barrios enteros de magnficos edificios
rodean la primitiva ciudad, con sus calles estrechas, tortuosas y
pintorescas. En los barrios modernos residen las clases acomodadas, y en
el centro estn situadas las tiendas y vive una poblacin pobre,
turbulenta y en parte criminal, que se oculta en sus obscuras
callejuelas.

Aquellas divisiones sociales y locales correspondan, segn los informes
suministrados por Sarto, a otra distincin mucho ms importante para m.
La Ciudad Nueva estaba toda por el Rey; para la Ciudad Vieja, Miguel de
Estrelsau era una esperanza, un hroe y un dolo.

Brillante era el golpe de vista al pasar la cabalgata por la Avenida
Central y tambin en la gran plaza donde se alzaba el palacio regio.
All me encontraba rodeado de mis ms adictos partidarios. Todas las
casas ostentaban rojas colgaduras y banderas; en la calles haban
construido gradas para los espectadores y pas saludando a derecha e
izquierda, entre entusiastas aclamaciones, saludado a mi vez por
millares de blancos pauelos. Los balcones estaban llenos de damas
vistosamente ataviadas, que aplaudan, saludaban y me dirigan sus ms
seductoras miradas. Caa sobre m una lluvia de rosas; tom un precioso
capullo que se haba enredado en las crines de mi caballo y lo coloqu
en el ojal de mi levita de uniforme. El General se sonri con irona. Yo
le haba dirigido frecuentes miradas, pero su impasible semblante no me
revelaba si era o no de los mos.

--Para los Elsberg, la rosa roja, General--le dije alegremente; a lo
cual contest con un ademn afirmativo.

He dicho alegremente y parecer extrao. Pero la verdad es que me
hallaba por completo bajo el dominio de la intensa excitacin creada por
aquellas circunstancias excepcionales. En aquel momento no distaba mucho
de creerme realmente el Rey, y alzando la frente dirig una mirada de
triunfo a los balcones atestados de hermosas. De repente me sobresalt;
acababa de ver, fijos los ojos en m, el hermoso rostro de mi compaera
de viaje, Antonieta de Maubn; not que tambin ella pareca
sorprendida, que se movan sus labios y que se inclinaba hacia m como
para verme mejor. Me repuse de mi sorpresa inmediatamente y sostuve su
mirada con toda calma. Pero tambin me acord del revlver, pronto a
empuarlo. Qu hubiera sucedido si la hermosa dama hubiese gritado en
aquel momento: Ese no es el Rey!?

Pero, en fin, pasamos sin tropiezo hasta llegar a un punto donde el
General, volvindose en la silla, hizo una seal con la mano e
inmediatamente nos rodearon los coraceros, de suerte que ninguna persona
del pueblo hubiera podido llegarse hasta m. Era que salamos ya de la
Ciudad Nueva para entrar en los barrios del duque Miguel, y aquella
precaucin del General me indic con ms claridad an de lo que hubieran
podido hacerlo las palabras, cul era el estado de la opinin en
aquella parte de la ciudad. Pero ya que el hado me haba convertido en
Rey, lo menos que poda yo hacer era representar dignamente, mi papel.

--Por qu este cambio, General?--pregunt.

Estrakenz se mordi el cano bigote.

--Es ms prudente, seor--murmur.

Inmediatamente detuve mi caballo.

--Sigan andando los que me preceden--mand,--hasta llegar a cincuenta
varas de m; y usted, General, y el coronel Sarto, esperarn aqu con el
resto de la escolta hasta que yo tambin me haya adelantado otras
cincuenta varas. Quiero ir absolutamente solo, para demostrar a mi
pueblo que tengo confianza en l.

Sarto extendi una mano hacia m, y el General pareci vacilar.

--No han sido comprendidas mis rdenes?--pregunt; y el General,
mordindose otra vez el bigote, dio las rdenes necesarias.--Vi que
Sarto se sonrea ligeramente, pero tambin me hizo con la cabeza una
seal negativa. Cierto es que si me hubieran asesinado aquel da en las
calles de Estrelsau, el bueno de Sarto se hubiera visto en apurado
trance.

No estar de ms decir aqu que yo llevaba puesto un uniforme blanco y
cruzada al pecho la ancha banda de la rosa; el casco era de plata con
adornos de oro, y las altas botas de montar completaban mi atavo.
Hubiera sido hacer una injusticia al Rey el no confesar, modestia
aparte, que con aquellos arreos haca yo muy buena figura a caballo. Tal
fue tambin la opinin del pueblo, pues al adelantarme aislado por las
callejas sombras y apenas decoradas de la Ciudad Vieja, se oy primero
un murmullo, despus una aclamacin, y una viejecilla asomada al balcn
de una casucha, repiti en alta voz el dicho tradicional y popularsimo:

--Es rojo, luego es bueno!

Al orla me sonre y quitndome el casco mostr al pueblo mi roja
cabeza, acto que fue acogido con grandes aclamaciones.

Cabalgando solo, el paseo era mucho ms interesante para m, porque
poda or los comentarios del pueblo.

--Parece ms plido que de costumbre--dijo uno.

--Y t pareceras un espectro si llevaras la vida que l hace--fue la
irrespetuosa respuesta de otro.

--Es ms alto de lo que yo crea--coment un tercero.

--Sus retratos no le hacen mucho favor--dijo una bonita muchacha,
cuidando de que yo la oyese. Pura lisonja, sin duda.

Pero, a pesar de aquellas muestras aisladas de aprobacin e inters, la
mayora de la poblacin miguelista me recibi en silencio y con ceudos
semblantes, y en gran nmero de casas se vea el retrato de mi muy amado
hermano, irnica manera de dar la bienvenida al Rey. Me alegr de que
ste no estuviera all para presenciar el nada grato espectculo. Era
Rodolfo de carcter poco sufrido y probablemente no lo hubiera tomado
con la imperturbable calma que yo demostr.

Llegamos por fin a la catedral, cuya gran mole de piedra obscura,
embellecida con numerosas estatuas y las puertas ms primorosas entre
las de todos los templos de Europa, se alzaba ante m por primera vez,
hacindose comprender toda la audacia de mi conducta. Al desmontar vi
confusamente cuanto me rodeaba; el General, Sarto y la multitud de
sacerdotes y religiosos que a la puerta esperaban. Y con igual vaguedad
se me aparecan todos los objetos al recorrer la gran nave central,
mientras el rgano dejaba or sus notas majestuosas. No distingu la
brillante concurrencia que llenaba el templo, y apenas vi al venerable
cardenal cuando dej su solio para recibirme. Tan slo dos rostros se me
aparecieron con toda precisin y claridad: el de una joven, plido y
encantador, realzado por una corona del hermoso cabello rojo de los
Elsberg (porque en una mujer es hermossimo); y el semblante de un
hombre cuyas encendidas mejillas, negro cabello y obscuros ojos de
penetrante mirada, me anunciaron que me hallaba por fin en presencia de
mi hermano, Miguel el Negro. Y al verme, sus mejillas palidecieron de
repente y el casco se le escap de las manos y cay ruidosamente al
suelo. Era indudable que hasta aquel momento no haba credo en la
presencia del Rey en Estrelsau.

No recuerdo cosa alguna de lo que sucedi despus. Me arrodill ante el
altar y el cardenal ungi mi frente; despus extend la mano y tom de
las suyas la corona de Ruritania, que puse sobre mi cabeza, prestando a
la vez el juramento regio. Volvi a orse el rgano, el General orden a
los heraldos que me proclamasen y Rodolfo V qued coronado Rey;
imponente ceremonia reproducida en un cuadro magnfico que hoy adorna mi
comedor. El retrato del Rey es acabadsimo.

La dama de plido rostro y encantadora cabellera se aproxim entonces,
sostenida la cola del vestido por dos pajecillos, y el heraldo anunci:

--Su Alteza Real la princesa Flavia!

Hzome profunda reverencia y tomando m mano la beso. Vacil un
momento. Despus la atraje hacia m y deposit dos besos en sus
mejillas, que colore el rubor. Tras ella, Su Eminencia el cardenal
llev tambin mi mano a sus labios y me present una carta autgrafa de
Su Santidad, la primera y la ltima que he recibido de tan elevado
personaje!

Vino despus el duque de Estrelsau. Jurara que le temblaban las piernas
y miraba a derecha e izquierda como si hubiera querido huir de all;
tena el rostro amoratado, y al tomar mi mano con las agitadsimas suyas
para besarla, not que sus labios estaban secos y ardientes. Dirig una
rpida mirada a Sarto, que se sonrea socarronamente, y resuelto a
cumplir mi deber hasta el fin, en la posicin que me haba deparado la
suerte, abrac a mi muy amado Miguel y le di un beso fraternal. No dudo
que uno y otro nos alegramos de ver terminada aquella comedia.

Pero ni en el rostro de la Princesa, ni en el de ninguna otra persona
all presente, not el menor indicio de duda o extraeza. Si el Rey
hubiera estado a mi lado, habran podido distinguirnos sin gran
dificultad. Pero no podan imaginarse que yo fuese otro que el Rey,
tanta era nuestra semejanza; y all permanec por espacio de una hora,
tan a mis anchas y al fin tan fatigado por la ceremonia como si hubiese
sido Rey toda la vida. Continu el besamanos y me saludaron tambin
todos los miembros del cuerpo diplomtico extranjero, entre ellos lord
Tofn, el Embajador ingls, en cuyos salones de la Plaza Grosvenor de
Londres, haba bailado yo una docena de veces. A Dios gracias, el buen
seor era medio cegato y no se dio por entendido.

Vino despus el regreso por las calles de la capital hasta palacio, y no
dej de or algunos vivas al duque Miguel, quien, segn me dijo despus
Tarlein, iba royndose las uas y como absorto en negros pensamientos,
tan anonadado que hasta sus mismos admiradores convinieron en que debi
haber mostrado menos desaliento. Hice el camino de regreso en una
carretela descubierta, teniendo a mi lado a la princesa Flavia, lo cual
hizo exclamar a un palurdo:

--Cundo es la boda?

La pregunta le vali una puada por parte de otro espectador, que grit:
Viva el duque Miguel! y la Princesa volvi a ruborizarse, ms hermosa
que nunca.

Grande era el aprieto en que me hallaba junto a ella, porque haba
olvidado preguntar a Sarto el estado exacto de mis relaciones con
Flavia; y a decir verdad, si yo hubiera sido el Rey, habra deseado que
aquellas relaciones estuviesen lo ms avanzadas posible, porque ni soy
de piedra ni poda olvidar el par de besos dados a mi bella prima. En la
duda, prefer guardar silencio, hasta que algo ms tranquila la
Princesa, me dijo:

--Sabes Rodolfo, que te encuentro hoy algo cambiado?

No era extrao, pero la pregunta era algo inquietante.

--Me pareces--continu--ms grave y serio, hasta pensativo, y casi estoy
por decir tambin que ms delgado. Ser posible que t, con tu
carcter, hayas empezado a tomar la vida en serio?

Por donde se ver que la princesa Flavia tena del Rey un concepto muy
parecido al que mi cuada Rosa tena formado de m. Hice un esfuerzo
para sostener aquella difcil conversacin.

--Te sera grato ese cambio?--le pregunt dulcemente.

--Oh, demasiado conoces mi opinin sobre ese punto!--contest apartando
la vista.

--Procurar hacer siempre lo que sea de tu agrado--continu; y al notar
su sonrisa y el leve rubor, no pude menos de decirme, que por lo pronto,
representaba bien el panel de Rey y aun le estaba haciendo a ste un
famoso servicio. Prosegu, pues, con toda sinceridad.

--Te aseguro, mi querida prima, que nada en mi vida me ha afectado tan
profundamente como la recepcin de que he sido objeto hoy.

Volvi a aparecer su animada sonrisa, que se disip un instante despus,
al murmurar:

--Reparaste en Miguel?

--S, no pareca muy satisfecho que digamos.

--Tn cuidado! No le vigilas bastante, estoy segura de ello. Ya sabes
que...

--S, ya s que ambiciona precisamente lo que yo poseo.

--Eso es. Silencio!

Entonces (y el hecho no tiene justificacin posible, porque obligu y
compromet al Rey mucho ms de lo que tena derecho a hacer) me sent
dominado por la hermosa y continu:

--Y tambin algo ms que no poseo an, pero que espero conquistar algn
da.

De haber sido yo el Rey, la respuesta que recib me hubiera parecido
suficientemente animadora:

--No crees, primo, haber contrado hoy bastantes responsabilidades para
un solo da?

El estampido de los caones y el toque penetrante de las cornetas nos
anunciaron que habamos llegado al palacio. Nos esperaban guardias y
lacayos formados en largas hileras; y dando la mano a la Princesa sub
con ella la gran escalera del regio edificio, morada de mis antepasados,
de la cual tom posesin como Rey coronado. Me sent despus a mi propia
mesa, teniendo a mi derecha a la Princesa, al otro lado de sta a Miguel
el Negro y a mi izquierda al venerable cardenal. Detrs de mi silln se
hallaba el coronel Sarto, y al otro extremo de la mesa vi a Federico de
Tarlein, quien, por cierto, apur su primera copa de champaa algo antes
de lo que en rigor se lo permita la etiqueta.

No pude menos de preguntarme qu estara haciendo en aquel momento el
rey de Ruritania.




VI

EL SECRETO DE UN STANO


Nos hallbamos en el gabinete del Rey, Federico de Tarlein, Sarto y yo.
Me dej caer rendido en un silln de brazos. Sarto encendi su pipa y
aunque no formul la menor felicitacin por el maravilloso xito de
nuestra descabellada tentativa, su aspecto revelaba claramente la
satisfaccin, de que estaba posedo. Cuanto a Tarlein, nuestro triunfo y
algunas copas de buen vino haban hecho de l otro hombre.

--Qu recuerdo para usted el de este da!--exclam.--Confieso que yo
tambin quisiera ser Rey por doce horas. Pero cuidado, Rasndil, con
tomar su papel muy por lo serio. No me admira que Miguel el Negro
pareciese hoy ms negro y ttrico que nunca, visto que usted y la
Princesa parecan tener tantas cosas que decirse.

--Qu hermosa es!--exclam.

--Prescindamos de ella--dijo Sarto.--Est usted pronto a partir?

--S--contest con un suspiro.

Eran las cinco y a las doce volvera a convertirme en Rodolfo Rasndil,
transformacin a la cual me refer chancendome.

--Y afortunado ser usted--coment Sarto,--si a las doce no es el
_finado_ Roberto Rasndil. Vive el cielo! No sentir mi cabeza segura
sobre los hombros mientras se halle usted en la ciudad. Sabe usted,
amigo Rasndil, que el duque Miguel ha recibido hoy noticias de Zenda?
Se retir a una habitacin para leerlas a solas y al salir pareca
aturdido.

--Estoy pronto--dije, sintindome menos dispuesto que nunca a prolongar
mi permanencia en Estrelsau.

--Tengo que extender un permiso para que podamos salir de la
ciudad--continu Sarto, sentndose.--Miguel es Gobernador de la plaza,
como ustedes saben y hay que esperar que no nos faltarn obstculos. El
documento tiene que firmarlo usted.

--Querido coronel, no he nacido para falsificador.

Sarto sac un papel del bolsillo.

--Aqu est la firma del Rey--dijo.--Y aqu tengo un pliego de papel de
calco. Si en diez minutos no consigue usted escribir Rodolfo de una
manera presentable, lo escribir yo.

--Pues escrbalo usted desde luego--dije,--que mi habilidad no llega a
tanto.

El coronel puso manos a la obra y no tard en presentarnos una
falsificacin muy pasable.

--Y ahora, Federico--prosigui,--el Rey se retira porque est muy
fatigado, no sin ordenar que no se permita la entrada en su cmara a
nadie hasta maana a las nueve. A nadie comprende usted?

--Comprendo perfectamente.

--Puede que se presente Miguel pidiendo audiencia inmediata. Contestar
usted que slo los Prncipes de la sangre tienen derecho a ello.

--Bueno se pondr el Duque--replic Tarlein echndose a, rer.

--Queda bien entendido?--repiti Sarto.--Si la puerta de la cmara real
se abre durante nuestra ausencia, ha de ser despus de muerto usted...

--No hay para qu recordrmelo, coronel--repuso Tarlein con altivez.

--Ahora, envulvase usted en esta amplia capa--continu Sarto
dirigindose a m,--y pngase esta gorra de cuartel. Es usted mi
ordenanza, que me acompaa esta noche al pabelln de caza que usted
sabe.

--Hay un obstculo--dije,--y es que no existe caballo capaz de recorrer
ms de quince leguas conmigo a cuestas.

--Por eso montar usted dos, uno aqu y otro en Zenda. Estamos listos?

--Por mi parte lo estoy--contest.

Tarlein me tendi la mano.

--Por si acaso--dijo;--y nos estrechamos la mano cordialmente.

--Nada de nieras!--gru el coronel.--En marcha!

Pero en lugar de dirigirse a la puerta se acerc a la pared del fondo.

--En tiempo del viejo Rey--dijo,--hacamos uso frecuente de este camino.

Le segu y anduvimos cosa de doscientas varas por un estrecho corredor,
hasta llegar a maciza puerta de roble, que Sarto abri. Salimos y nos
hallamos en una solitaria calle a la que daban los jardines de la parte
de atrs del palacio. All nos esperaba un hombre con dos caballos; uno
alazn, magnfico, de gran alzada y el otro bayo, no menos fuerte y
brioso. Sarto me indic que montase el primero y sin decir palabra nos
pusimos en marcha. Animada y bulliciosa estaba la ciudad, pero tomamos
las calles menos concurridas, cubierta yo la mitad del rostro con la
capa y bien calada la gorra para ocultar en lo posible mis delatores
cabellos. Hallamos pocos transeuntes en nuestro tortuoso camino, y
cuando llegamos a las murallas se oa todava el taido de las campanas
que daban la bienvenida al Rey. Eran las seis y media y no haba
obscurecido an.

--Mano al revlver--me dijo Sarto al acercarnos a una puerta.--Si el
guarda se da por entendido hay que cerrarle la boca para siempre.

Empu mi arma. Sarto llam y vimos acercarse a una chiquilla de trece o
catorce aos. La suerte nos favoreca.

--Mi padre ha ido a ver al Rey, seor oficial--dijo.

--Pues para eso mejor hubiera hecho en quedarse aqu--me dijo Sarto con
sorna y a media voz.

--Pero me encarg que no abriese la puerta.

--S, eh?--dijo Sarto desmontando.--Pues dame la llave.--La mozuela
tena la llave en la mano. Sarto le dio una moneda de oro.

--He aqu una orden del Rey. Ensasela a tu padre. Abre esa puerta,
muchacha!

Ech pie a tierra, abrimos entre los dos la pesada puerta y haciendo
salir a nuestros caballos volvimos a cerrarla.

--Lo siento por el guarda, si el Duque averigua que estaba ausente de su
puesto. Y ahora, joven, al trote. No conviene acelerar mucho el paso
mientras sigamos cerca de la ciudad.

Ya algo ms apartados de las murallas y cerrada la noche, disminuy el
peligro y pusimos los caballos al galope. El magnfico animal que yo
montaba iba tan ligero como si no llevase la menor carga. La noche era
hermosa y no tard en aparecer la luna. Hablamos poco y eso reducido
casi exclusivamente a los progresos que hacamos en nuestra jornada.

--Quisiera saber el contenido de los despachos que recibi el
Duque--dije una vez.

--Tambin yo--se limit a contestarme Sarto

Nos detuvimos para vaciar un vaso de vino y dar pienso a los caballos,
con lo que perdimos media hora. No me arriesgu a entrar en el fign y
me qued con los caballos en la cuadra. Continuamos la marcha y
llevbamos recorrida ms de la mitad del camino, unas nueve leguas,
cuando Sarto se detuvo repentinamente.

--Oye usted?--me dijo.

Escuch atentamente. A lo lejos, detrs de nosotros, resonaban pisadas
de caballos. Eran entonces las nueve y media y en el silencio de la
noche la fuerte brisa que se haba levantado traa muy distintamente
hasta nosotros aquel rumor lejano. Mir a Sarto.

--Adelante!--exclam,--y poniendo espuelas al caballo se lanz al
galope.

Cuando volvimos a detenernos nada omos, pero a poco se repiti el
rumor. El coronel desmont y aplic el odo a tierra.

--Son dos--dijo,--y estn a un cuarto de legua. Por fortuna el camino es
tortuoso y la direccin del viento nos favorece.

Galopamos de nuevo, logrando mantener la misma distancia entre nosotros
y los que sin duda nos perseguan. Habamos llegado al bosque de Zenda y
a la media hora nos hallamos en una bifurcacin del camino. Sarto detuvo
su caballo.

--El sendero de la derecha es el nuestro--dijo.--El de la izquierda
conduce al castillo y ambos son de unas tres leguas. Desmonte usted.

--Pero nos alcanzarn!--exclam.

--Pie a tierra!--repiti bruscamente; y obedec.

El bosque era espessimo desde la orilla misma del camino. Ocultamos
nuestros caballos entre los rboles, les vendamos los ojos y
permanecimos inmviles junto a ellos.

--Quiere usted saber quines son?--murmur

--S, y adnde van.

Entonces not que su diestra empuaba un revlver. Oase cada vez ms
prximo el trote de los caballos. La luna brillaba en toda su plenitud
y el camino se destacaba como ancha franja blanca. Nuestras cabalgaduras
no haban dejado el menor rastro sobre la tierra endurecida.

--Ah estn!--murmur Sarto.

--Es el Duque!

--Me lo figuraba--contest.

Era el Duque, en efecto; y con l un robusto gan a quien yo conoca y
que ms tarde aprendi a conocerme a m ms de lo que hubiera querido;
era Mximo Holf, hermano de Juan el guardabosque y criado de Su Alteza.
Se hallaban frente a nosotros; el Duque detuvo su caballo y vi que el
dedo de Sarto acariciaba el gatillo de su arma. Tengo para m que
hubiera dado diez aos de su vida por pegarle un balazo a Miguel el
Negro, a quien hubiera podido despachar en aquel momento con tanta
facilidad como yo una gallina a diez pasos de mi revlver. Pos la mano
sobre su brazo, y movi la cabeza negativamente, para tranquilizarme: el
deber ante todo era su mxima.

--Qu camino tomaremos?--pregunt el Duque.

--El del castillo, Alteza--aconsej su compaero.

--All sabremos la verdad.

El Duque vacil un momento.

--Me pareca haber odo pasos de caballo--dijo.

--No creo que nadie nos preceda, Alteza.

--Por qu no ir al pabelln de caza?

--Temo una celada. Si todo va bien, es intil ir al pabelln. En caso
contrario el aviso no es ms que una celada.

De repente el caballo del Duque relinch. Un momento nos bast para
cubrir las cabezas de los caballos con nuestras capas y despus
apuntamos al Duque y su compaero con nuestros revlvers. De habernos
descubierto los hubiramos matado all mismo, o hcholos prisioneros.

--A Zenda, pues!--exclam por fin Miguel y clavando las espuelas a su
caballo lo lanz al galope.

Sarto sigui apuntndole, con expresin tan dolorida en el rostro que me
cost trabajo no soltar la carcajada. Permanecimos all diez minutos
ms.

--Ya lo ha odo usted--dijo Sarto.--Le han mandado a decir que todo va
bien.

--Y qu quieren decir con eso?--pregunt.

--Dios sabe!--contest Sarto frunciendo el ceo.

--Pero es innegable que el mensaje le ha hecho venir de Estrelsau en la
mayor incertidumbre.

Montamos otra vez y tomamos el camino del pabelln con toda la rapidez
que permita el cansancio de nuestros caballos. No pronunciamos palabra
durante aquel ltimo tramo de nuestra jornada y nos asaltaban mil
temores. Todo va bien. Qu significaba esa frase? Le habra ocurrido
algo al Rey?

Llegamos por fin a la puerta del pabelln, en el que todo pareca
tranquilo y silencioso. Nadie acudi a recibirnos y desmontamos
precipitadamente. De repente, Sarto oprimi mi brazo.

--Mire usted!--exclam sealando al suelo.

Vi a mis pies cinco o seis pauelos de seda hechos trizas y me volv
hacia l.

--Son los pauelos con que at a la vieja--me dijo.

--Asegure usted los caballos y sgame.

La puerta cedi sin resistencia y entramos en la habitacin donde
habamos cenado la noche anterior, en la que se vean an los restos de
la cena y numerosas botellas vacas.

--Adelante!--exclam Sarto, que por primera vez pareca prximo a
perder su maravillosa serenidad.

Nos precipitamos por el corredor en direccin a la entrada del stano.
La puerta de la carbonera estaba abierta de par en par.

--Han descubierto a la vieja--dije.

--Eso ya lo saba yo desde que vi los pauelos--repuso el coronel.

Llegamos frente a la puerta del stano, que estaba cerrada, y al parecer
en el mismo estado en que la habamos dejado aquella maana.

--Entremos, todo va bien--dije.

Me contest una violenta imprecacin de Sarto, cuyo rostro palideci a
la vez que sealaba al suelo con el dedo. Por debajo de la puerta se
extenda una gran mancha roja que cubra parte del pasillo del stano.
Sarto se apoy en la pared opuesta a la puerta. Trat de abrir sta,
pero estaba cerrada.

--Dnde est Jos?--pregunt Sarto.

--Dnde est el Rey?--fue mi respuesta.

El veterano sac un frasco y lo llev a los labios. Por mi parte volv
corriendo al comedor y tom del hogar una slida barra de hierro
destinada a atizar el fuego. Lleno de terror, desatinado, descargu con
ella fuertes golpes sobre la puerta y por ltimo dispar mi revlver
contra la cerradura, que salt en pedazos y se abri la puerta.

--Venga una luz!--dije,--pero Sarto sigui apoyado en la pared,
inmvil.

Estaba, naturalmente, ms conmovido que yo porque amaba profundamente a
su seor. No tema por s mismo, nadie hubiera credo de l semejante
cosa; pero le aterrorizaba el pensar en lo que poda revelarnos aquel
stano. Fui al comedor, tom de la mesa un candelero de plata y encend
una vela: la esperma hirviente que cay sobre mi mano, revel cmo
temblaba sta, y cun disculpable era la agitacin de Sarto.

Llegu a la puerta del stano, la mancha roja, de color ms obscuro en
los bordes, se extenda al interior. Penetr unas dos varas en el stano
y elev la vela. Vi las pipas de vino formando hilera, algunas araas
que corran por la pared, un par de botellas vacas en el suelo y ms
all, en un rincn, el cuerpo de un hombre tendido de espaldas, con los
brazos abiertos y una sangrienta herida en el cuello. Me dirig a l, me
arrodill a su lado y encomend a Dios el alma de aquel fiel servidor.
Porque era el cuerpo del pobre Jos, muerto en defensa del Rey.

Sent que una mano se posaba sobre mi hombro y volvindome vi los ojos
brillantes y espantados de Sarto.

--El Rey, Dios mo, Rey!--articul sordamente.

Dirig la luz de la vela a todos los rincones del stano.

--El Rey no est aqu--dije.




VII

SU MAJESTAD DUERME EN ESTRELSAU


Rode la cintura de Sarto con mi brazo y sostenindole le hice salir del
stano, cuya destrozada puerta cerr lo mejor que pude. Permanecimos en
el comedor, sentados y silenciosos unos diez minutos. Despus el viejo
Sarto se frot los ojos, dio un profundo suspiro y pareci recobrar su
calma habitual. Al or la una en el reloj de repisa, golpe fuertemente
el suelo con el pie y exclam:

--Se han apoderado del Rey!

--S--contest.--Todo va bien! como deca el despacho recibido por el
Duque. Qu rato pasara al or esta maana las salvas que saludaban al
Rey! Cundo recibi el mensaje?

--Debi de ser por la maana. Se lo enviaron probablemente antes de que
llegase a Zenda la noticia de la presencia de usted en Estrelsau; porque
supongo que el mensaje lo mandaron de Zenda.

--Y lo ha llevado encima todo el santo da!--exclam.--Bien puedo
decir que no soy el nico que ha pasado un da de prueba. Pero qu
pensara l de todo esto, Sarto?

--Qu nos importa? Pregunte usted ms bien qu es lo que piensa ahora.

--Tenemos que volver a la capital--dije ponindome de pie
apresuradamente.--Importa reunir en seguida cuantas fuerzas hay all y
ponernos en persecucin de Miguel antes de medioda.

Sarto sac su pipa, la llen y la encendi cuidadosamente en la vela que
goteaba sobre la mesa.

--Quiz estn asesinando al Rey mientras seguimos aqu cruzados de
brazos!--exclam.

Sarto continu fumando en silencio.

--Maldita vieja!--gru por fin.--Lograra atraer su atencin de alguna
manera. Me figuro lo ocurrido. Vinieron a apoderarse del Rey y como
digo, de una manera u otra dieron con l. Si no hubiera usted ido a
Estrelsau, usted, Federico y yo estaramos a estas horas en el reino de
los Cielos.

--Y el Rey?

--Quin sabe dnde est el Rey en este momento?

--Partamos!--exclam; pero Sarto sigui inmvil. Y de repente se ech a
rer.

--Por vida de!--exclam;--no le hemos dado mal sofocn a Miguel el
Negro.

--Vamos, vamos!--repet.

--Y no es malo tampoco el que le espera!--aadi con aviesa sonrisa que
acentu las arrugas de su atezado rostro.--Corriente, joven, volveremos
a Estrelsau. El Rey estar otra vez maana en su capital.

--El Rey?

--El Rey coronado hoy!

--Est usted loco?--exclam.

--Si volviramos y confessemos la jugada que les hemos hecho cunto
dara usted por nuestras vidas?

--Ni ms ni menos que lo que valen.

--Y por el trono del Rey? Se imagina usted que a los nobles y al
pueblo les har pizca de gracia verse burlados como los ha burlado
usted? Cree usted que seguirn amando y respetando a un Rey que,
demasiado borracho para ser coronado, les envi a su criado para que lo
representase en aquel acto?

--El Rey fue vctima de un narctico y yo no soy su criado!

--Me limito a dar la versin que har de lo ocurrido Miguel el Negro.

Dej su asiento, se me acerc y posando la mano sobre mi hombro, dijo:

--Rasndil, si se porta usted como un hombre, todava puede usted salvar
al Rey. A Estrelsau otra vez, a conservarle su trono!

--Pero el Duque lo sabe todo, los villanos que le sirven han
averiguado...

--Pero no pueden decir palabra!--grit Sarto con expresin de
triunfo.--Los tenemos en nuestro poder. Cmo han de denunciarle a usted
sin denunciarse a s mismos? Osarn decir al pas: Ese hombre es un
impostor, porque al verdadero Rey lo tenemos nosotros prisionero y hemos
asesinado a su servidor? Pueden hacer tal cosa?

La situacin se me apareci de repente con toda claridad. Me conociese o
no el Duque, tena que callarse. Qu poda hacer mientras no presentase
al verdadero Rey? Y si ste apareciese, qu sera del Duque? Por un
momento me sent convencido, pero no tard en comprender todas las
dificultades del proyecto.

--Me descubrirn--dije.

--Quizs, pero entretanto cada hora que ganemos vale mucho. Ante todo,
es indispensable que tengamos un Rey en Estrelsau, o, de lo contrario,
Miguel ser dueo de la ciudad en veinticuatro horas. Y entonces qu
valdra la vida del Rey? dnde estara su trono? Joven, tiene usted
que aceptar!

--Y si matan al Rey?

--Lo matarn si es que no lo mata usted.

--Y si lo han asesinado ya?

--En tal caso voto a sanes! tan buen Elsberg es usted como Miguel el
Negro y reinar usted en Ruritania. Pero no creo que le hayan dado
muerte; como tampoco lo harn mientras siga usted en el trono. Matar al
verdadero Rey, en tales condiciones, sera en beneficio exclusivo de
usted.

Era un plan descabellado, una empresa ms loca y difcil an que la
jugarreta anterior tan felizmente terminada por mi parte; pero al
escuchar a Sarto pude ver y apreciar las ventajas que tenamos a nuestro
favor. Adems, era yo joven, activo y se me ofreca un papel tal y en
tales circunstancias como jams le haba tocado en suerte a ningn
hombre.

--Me descubrirn--repet.

--Quizs--volvi a decir Sarto.--Vamos a Estrelsau! Mire usted que si
seguimos aqu nos van a coger como en una ratonera.

--Sarto!--exclam.--voy a intentarlo!

--Bien, joven, bien! Ahora slo falta que nos hayan dejado los caballos
que tena aqu de repuesto. Voy a ver.

--Pero tenemos que dar sepultura a ese infeliz--dije.

--No hay tiempo para eso.

--Pues he de hacerlo.

--El demonio me lleve!--gru.--Lo hago a usted Rey, y... Bueno, pues
lo enterraremos. Vaya usted a traerlo mientras yo procuro los caballos.
No ser muy profunda la fosa, pero dudo que al muerto le importe gran
cosa. Pobre Jos! Era todo un hombre.

Sali y yo baj al stano. Tom el cuerpo en mis brazos y lo llev por
el corredor hasta cerca de la puerta del pabelln, donde lo deposit en
el suelo, recordando, que necesitbamos azadones para cavar la fosa. En
aquel momento regres Sarto.

--Los caballos estn ah--dijo--Uno de ellos es hermano del que le trajo
a usted aqu. Cuanto al oficio de sepulturero, puede usted ahorrarse ese
trabajo.

--No me ir hasta dejar a Jos bajo tierra.

--A que s!

--No, coronel; ni que me diera usted a todo Ruritania.

--Terco!--exclam.--Venga usted aqu.

Me llev a la puerta. La luna iluminaba el camino y vi a cosa de
quinientas varas un grupo de hombres que se acercaban por el camino de
Zenda. Eran siete u ocho, cuatro de ellos a caballo, y vi que llevaban
al hombro palas y azadones.

--Esos le ahorrarn a usted el trabajo--dijo Sarto.--Vmonos.

Tena razn.--Los que llegaban eran sin duda servidores de Miguel,
enviados para hacer desaparecer las huellas de su crimen. Ya no vacil,
pero se apoder de m un deseo irresistible de castigarlos, y sealando
al cadver del pobre Jos, dije a Sarto:

--Vengumoslo, coronel!

--Desea usted proporcionarle compaa, eh? Pero no deja de ser
arriesgado.

--No me voy sin darles una leccin--insist.

Sarto vacil.

--Pues bien--dijo,--no es lo ms acertado, pero se ha conducido usted
bien y hay que complacerle. Despus de todo, si caemos nos habremos
ahorrado una porcin de disgustos y cavilaciones. Yo le dir a usted
cmo sorprenderlos.

Cerr cuidadosamente la puerta--que tenamos apenas entreabierta,--y
pasando por el interior de la casa llegamos a la puertecilla de atrs,
junto a la cual estaban los caballos. En torno del pabelln haba un
camino destinado a los coches.

--Tiene usted a mano el revlver? pregunt Sarto.

--No, quiero caer sobre ellos espada en mano--repliqu.

--Diantre! Veo que, se le ha despertado a usted el apetito esta noche.
Corriente.

Montamos, desenvainamos las espadas y esperamos unos momentos en
silencio. Por fin omos los pasos de los recin llegados en el camino de
coches, al otro lado del pabelln, donde se detuvieron y uno de ellos
exclam:

--Id a buscar al muerto y traedlo aqu!

--Ahora!--murmur Sarto.

Clavamos espuelas y dando vuelta a la casa nos precipitamos sobre
aquellos bribones. Sarto me dijo despus que haba matado a uno y lo
cre, pero por lo pronto lo perd de vista. Lo que s es que de un tajo
le abr la cabeza a uno de los jinetes, que cay al suelo. Entonces me
hall frente a frente de un mocetn y vi tambin que a mi derecha
quedaba otro enemigo. Era peligroso seguir all y hund otra vez las
espuelas en los ijares de mi caballo, a la vez que clavaba mi espada en
el pecho del rufin que tena delante. La bala de su revlver me roz
una oreja; tir de la espada, pero no pudiendo arrancrsela del cuerpo
la solt y sal a escape en seguimiento de Sarto, a quien divis en
aquel momento a unas veinte varas de distancia. Agit la mano en seal
de despedida, pero la baj inmediatamente dando un grito, porque una
bala me haba alcanzado en un dedo. Sarto se volvi hacia m y son otro
disparo, pero como slo tenan revlvers pronto nos pusimos fuera de
tiro. Entonces Sarto se ech a rer.

--Uno yo y dos usted--dijo.--No lo hemos hecho mal y el pobre Jos
tendr compaa.

--S, partida completa--repuse; estaba furioso y me alegraba de haber
despachado a dos de aquellos truhanes.

--Y con eso les ha cado tambin algn trabajo a los
restantes--prosigui el coronel.--Cree usted que lo han reconocido?

--Al recibir la estocada el segundo, le o exclamar: el Rey!

--Bravo! No vamos a darle poco que hacer a Miguel el Negro.

Nos detuvimos un instante para vendar mi dedo, que sangraba
abundantemente y me dola no poco, pues la bala haba interesado algo el
hueso. Despus galopamos de nuevo en silencio, disipada ya la excitacin
de la lucha. Despunt el da, fro y despejado, y un labrador nos
proporcion algn alimento y pienso para los caballos. Pretext un dolor
de muelas y me cubr la cara casi por completo. Tras larga carrera
llegamos por fin a Estrelsau, entre ocho y nueve de la maana. Todas las
puertas de la ciudad estaban abiertas como de ordinario, excepto cuando
las cerraban el capricho o las intrigas del Duque. Entramos en la
capital siguiendo el mismo camino que habamos recorrido la noche
anterior, pero rendidos de cansancio, tanto jinetes como caballos. Las
calles estaban an ms desiertas que la vspera, como si los moradores
buscasen en el sueo el necesario descanso tras las fiestas y
prolongados regocijos de la noche precedente, y apenas hallamos alma
viviente a nuestro paso. Junto a la puertecilla de palacio nos esperaba
el fiel servidor de Sarto.

--No ha habido novedad, seor?--pregunt.

--Todo va bien--dijo Sarto,--a tiempo que su criado tomaba mi mano para
besarla.

--El Rey est herido!--exclam.

--No es nada--dije desmontando.--Me lastim el dedo cerrando una puerta.

--Y sobre todo silencio--dijo Sarto;--aunque a ti, mi buen Freiler, es
casi intil recomendrtelo.

El interpelado se encogi de hombros.

--A todos los jvenes les gusta hacer una salida de noche, de cuando en
cuando--dijo.--Por qu no ha de gustarle tambin al Rey?

La risa de Sarto pareci confirmar aquella interpretacin de mi breve
ausencia.

--Mi sistema--dijo cuando hubimos entrado--es no confiar en nadie ms
all de donde sea absolutamente necesario confiar.

Al abrir la puerta de mi antecmara vimos a Federico de Tarlein, vestido
y reclinado en el sof. Pareca haber dormido, pero nuestra entrada lo
despert. Incorporndose vivamente me dirigi una mirada y con un grito
de alegra se arrodill a mis pies.

--Gracias a Dios, seor, que os veo sano y salvo!--exclam, procurando
asir mi mano.

Confieso que me sent conmovido. El rey Rodolfo--cualesquiera que fuesen
sus faltas,--saba hacerse amar de sus subditos. Por breves instantes no
me atrev a hablar ni disipar la ilusin del pobre joven. Pero el viejo
Sarto no era de los que se conmovan y dando palmadas exclam:

--Bravo, joven! Cuando digo yo que todo marchar a pedir de boca!

Tarlein nos mir atnito y yo le tend la mano.

--Estis herido, seor!--exclam.

--No es ms que un rasguo--dije,--pero...--y me detuve.

Tarlein se puso en pie con expresin de profundo asombro en el rostro.
Tom mi mano, me mir atentamente y de repente retrocedi un paso.

--Pero, el Rey! Dnde est el Rey?--grit.

--Silencio, imprudente!--dijo Sarto.--No tan alto. Este es el Rey.

Omos llamar a la puerta. Sarto asi mi mano

--Pronto, a su cmara! Fuera esa gorra y esas botas! Mtase usted en
cama y cubra bien todo el traje con las sbanas.

Hcelo as en un abrir y cerrar de ojos y momentos despus apareca
Sarto, saludando, para anunciarme a un caballerete muy ceremonioso, que
se acerc a mi lecho y tras grandes reverencias dijo que se hallaba al
servicio de la princesa Flavia, y que Su Alteza lo enviaba a preguntar
cmo segua Su Majestad despus de la fatiga de la vspera.

--D usted las gracias a mi prima--dije,--y asegrele que jams me he
sentido mejor.

--El Rey ha pasado toda la noche en un sueo--agreg el viejo Sarto, a
quien, segn empezaba yo a descubrir, le gustaba endilgar una mentira de
vez en cuando, nada ms que por el gusto de mentir.

El mensajero se deshizo otra vez en reverencias y sali de la cmara.
Haba terminado la comedia y el rostro plido de Tarlein nos llam a la
realidad; por ms que en definitiva la farsa proyectada iba a
convertirse para nosotros en _nica_ realidad.

--Ha muerto el Rey?--pregunt.

--Dios no lo quiera!--contest.--Pero se halla en poder de Miguel el
Negro!




VIII

PRIMA RUBIA Y HERMANO MORENO


La vida de un Rey tiene sin duda sus exigencias, pero la de un Rey
apcrifo las tiene decididamente mucho mayores. Desde el siguiente da
comenz Sarto a instruirme en mis regios deberes, a explicarme lo que
tena que saber y hacer, y la primera leccin dur tres horas. Almorc
apresuradamente, con Sarto siempre frente a m, dicindome que el Rey
beba vino blanco en el almuerzo y que detestaba los platos picantes.
Despus se present el Canciller, con quien me pas otras tres horas y a
quien le expliqu que habindome lastimado un dedo (y aqu me vino de
perlas el balazo recibido) no poda escribir ni siquiera firmar; tras
discutir mucho el punto y rebuscar precedentes, qued acordado que me
bastara trazar una cruz al pie de los documentos y que el Canciller
atestiguara la validez de aquella nueva firma regia con gran copia de
frmulas y juramentos. Recib ms tarde al embajador de Francia, que me
present sus credenciales; ceremonia en la que nada me perjudic la
ignorancia del oficio, porque tampoco el Rey haba recibido embajadores
hasta entonces. En los das siguientes se repiti el acto hasta quedar
recibido todo el cuerpo diplomtico, formalidad que hay que cumplir cada
vez que sube al trono un nuevo soberano. Por fin logr verme solo. Llam
a mi nuevo sirviente (habamos elegido para reemplazar al pobre Jos, a
un joven que nunca haba visto al Rey) le orden que me trajese un
refresco y volvindome hacia Sarto le manifest la esperanza de que por
fin me dejasen descansar algo.

--Pero cmo se entiende!--exclam Federico de Tarlein, que tambin se
hallaba presente.--No vamos a desollar a Miguel el Negro?

--Poco a poco, caballerito--dijo Sarto frunciendo el ceo.--Sera una
satisfaccin, sin duda, pero podra costarnos cara. Creen ustedes
posible que si cae Miguel deje vivo al Rey?

--Adems--aad,--qu motivo de queja puede alegarse contra mi amado
hermano mientras el Rey siga aparentemente en Estrelsau y en su trono?

--Es decir que nada haremos?

--Por lo pronto se trata de no hacer una tontera--gru Sarto.

--La situacin--dije,--me recuerda la escena dominante de una de
nuestras modernas comedias inglesas, en la que dos personajes se
amenazan mutuamente con sus revlveres. Porque la verdad es que no puedo
denunciar a Miguel sin denunciarme a m mismo...

--Y al Rey--interrumpi Sarto.

--Y lo propio le sucede a Miguel, que no puede decir palabra contra m
sin acusarse gravemente.

--Situacin llena de inters--coment el viejo Sarto.

--Si me descubren--prosegu,--lo confesar todo y me ver cara a cara
con el Duque; pero por ahora no hago ms que esperar su prxima jugada.

--Que ser matar al Rey--dijo Tarlein.

--Se guardar bien de hacerlo--repuso Sarto.

--Tres de los seis estn en Estrelsau--continu Tarlein.

--Tres no ms? Est usted seguro?--pregunt el veterano coronel con
vivo inters.

--Segursimo. La mitad de la cuadrilla.

--Pues entonces el Rey vive, porque los otros tres estn vigilndolo en
su prisin!--exclam Sarto.

--Verdad es!--dijo Tarlein.--Si el Rey hubiera muerto los seis
estaran aqu con Miguel el Negro. Sabe usted que el Duque ha
regresado, coronel?

--S, lo s. El diablo le lleve!

--A ver, seores mos--dije.--Quines son esos seis de que tanto
hablan?

--No tardar usted en trabar conocimiento con ellos--contest
Sarto.--Son seis caballeros a quienes Miguel tiene a su servicio, y que
le pertenecen en cuerpo y alma. Tres son ruritanos, uno francs, uno
belga y el otro compatriota de usted.

--Y todos ellos dispuestos a cortarle el pescuezo a cualquiera, si el
Duque se lo manda.

--Quizs me corten el mo--se me ocurri decir.

--Es muy posible--asinti Sarto.--Quines son los que estn aqu,
Tarlein?

--De Gautet, Bersonn y Dechard.

--Los extranjeros! Es ms claro que la luz del da. El Duque los ha
trado consigo, dejando a los tres ruritanos con el Rey; y es porque
quiere comprometer a estos ltimos todo lo posible.

--Vio usted a alguno de ellos entre los jayanes a quienes zurramos en
el pabelln de caza, coronel?--pregunt.

--No, por desgracia; de lo contrario ya no seran seis, sino cuatro.

Por lo pronto haba adquirido yo una cualidad regia, la de no revelar
todo mi pensamiento o mi plan, ni aun a mis ms ntimos amigos. Haba
tomado una resolucin irrevocable. Estaba resuelto a conquistar el mayor
grado de popularidad posible, y al propio tiempo no mostrar hostilidad
alguna al Duque; esperando calmar as la oposicin de sus partidarios y
conseguir, llegado el caso de un rompimiento definitivo, que Miguel
apareciese ante el pueblo, no como un hermano perseguido, sino como un
ser ingrato y descastado.

No es esto decir que yo desease o temiese un conflicto con l. En
inters del Rey convena seguir guardando el secreto, y mientras ste no
se descubriese tena yo las mejores cartas en mi juego. Toda dilacin
haba de redundar forzosamente en perjuicio del Duque.

Ped un caballo, y en compaa de Federico de Tarlein recorr la gran
avenida del parque real, devolviendo todos los saludos con la mayor
cortesa. Pas despus por algunas calles, me detuve para comprar flores
a una linda muchacha, a quien pagu con una moneda de oro; y habiendo
atrado suficientemente la atencin pblica, hasta el punto de notar que
me seguan ms de quinientas personas, tom el camino del palacio que
habitaba la princesa Flavia, a quien envi a preguntar si se dignaba
recibirme. Aquel paso cre vivo inters en el pueblo y fue saludado con
aclamaciones. La Princesa era popularsima y el Canciller mismo no haba
vacilado en decirme que cuanto ms asiduamente hiciese yo la corte a mi
noble prima y cuanto antes se verificase la boda, tanto mayor sera la
satisfaccin de mis subditos, y, por consiguiente, la popularidad del
nuevo soberano. Claro est que el Canciller no tena idea de los
obstculos que me impedan seguir su leal y excelente consejo. Djeme,
sin embargo, que la visita era a todas luces conveniente; y Tarlein la
aprob con gran entusiasmo, que no dej de sorprenderme algo, hasta que
descubr que l tambin tena sus motivos para querer visitar el palacio
de Su Alteza, cuya dama de honor, la condesa Elga, era la dama de sus
pensamientos.

La etiqueta favoreci los deseos de Tarlein; pues mientras yo fui
recibido en el saln de la Princesa, l permaneci en la antecmara con
la linda Condesa; y no dudo que logr contemplarla y hablarle a su
saber, a pesar de las otras muchas personas que all esperaban. Pero lo
ms importante para m en aquel momento era el delicado paso que iba a
dar en la dificilsima partida empeada. Tena que atraer a la
Princesa, y al propio tiempo serle indiferente o poco menos; tena que
mostrarle afecto y no sentirlo. Consista mi papel en hacer el amor por
cuenta de otro, y a una joven que, princesa o no, era desde luego la ms
hermosa que haba visto en mi vida. Me recibi con encantadora
confusin, que hizo an ms difciles los primeros momentos de nuestra
entrevista. Del xito de mis esfuerzos para realizar el programa antes
trazado, se juzgar ms adelante.

--Vuestra Majestad est conquistando preciados lauros--me dijo, dndome
por primera vez aquel alto tratamiento.--Como uno de los prncipes de
Shakespeare, Vuestra Majestad se ha transformado por completo al
convertirse en Rey.

--Dos cosas te ruego, prima ma--le contest.--Que, Rey o no, me digas
siempre lo que tu corazn te dicte, y que contines llamndome por mi
nombre.

--Me mir un instante y dijo:

--Tus palabras me alegran y me enorgullecen, Rodolfo. Como te dije, todo
en ti parece cambiado, hasta tu rostro.

Agradec el cumplido, pero no me agradaba aquel tema de conversacin,
por lo que dije:

--Mi hermano est de vuelta, segn me han anunciado.

--S, est aqu--repuso frunciendo ligeramente el ceo.

--Parece que no puede seguir ausente de Estrelsau por mucho
tiempo--observ sonrindome.--Ms vale as, y me alegro de verlo aqu.
Cuanto ms cerca mejor.

La Princesa me dirigi una rpida mirada y pregunt:

--Qu quieres decir, primo? Que as podrs?...

--Ver mejor lo que hace, eso es. Y t, por qu te alegras de ello?

--No he dicho tal cosa.

--Pero no falta quien lo diga por ti.

--Nunca faltan personas insolentes--observ con encantadora altivez.

--Y quizs sea yo una de ellas?

--Vuestra Majestad no puede serlo nunca--dijo hacindome cmica
reverencia.--A no ser que quieras decir...

-Qu?

--Que me importa ni poco ni mucho que el Duque se halle aqu o en otra
parte--aadi picarescamente.

A la verdad, hubiera querido ser el Rey en aquel momento.

--No te importa que tu primo Miguel?...

--Mi primo Miguel? Yo le llamo siempre el duque de Estrelsau.

--Y Miguel cuando le hablas.

--S, por orden del Rey tu padre.

--Eso es. Y ahora por orden ma?

--Si as me lo mandas.

--Desde luego. Conviene que todos nos mostremos muy amables con nuestro
querido Miguel.

--Y supongo que tambin me ordenas recibir a sus amigos?

--Los seis?

--T tambin los llamas as?

--Por seguir la moda. Pero no te mando recibir ms que a las personas a
quienes t quieras hacer esa honra.

--Excepto a ti?

--Por lo que a m se refiere, no tengo rdenes que darte. Me limito a
suplicar.

En aquel momento se oyeron vtores en la calle. La Princesa corri hacia
uno de los balcones.

--Es l!--exclam.--El duque de Estrelsau!

Me sonre, pero nada dije, y ella volvi a su asiento. Permanecimos
breves instantes en silencio. Ces el clamor callejero, pero omos
rumor de voces y pasos en la antecmara. Empec a hablar sobre diversos
temas, y al cabo de algunos minutos me pregunt qu se habra hecho del
Duque. Sin embargo, me pareci que no me tocaba intervenir en el asunto,
cuando de repente, y con gran sorpresa ma, cruz Flavia las manos y
exclam con agitada voz:

--Te parece bien irritarlo as?

--Irritarlo? A quin? Cmo?

--Hacindolo esperar tanto.

--Pero, prima ma, si yo no quiero hacerlo esperar ni...

--Es decir, que puede entrar?

--Sin duda, si t se lo permites.

Flavia me mir con curiosidad.

--Qu cosas tienes!--dijo.--Demasiado sabes que mientras ests conmigo
no pueden anunciarme a nadie.

Valiosa prerrogativa regia!

--No hay nada como la etiqueta--dije.--Pero haba olvidado esa regla por
completo. Y dime: si yo estuviese a solas con otra persona, podran
anunciarte a ti?

--Lo sabes tan bien como yo--contest admirada.--Podran anunciarme,
porque soy princesa de la sangre.

--Jams pude acordarme de todas esas distinciones--dije, en tanto
interiormente maldeca a Tarlein por no haberme instruido mejor.--Pero
sabr reparar mi falta.

--Me dirig presuroso a la puerta, y abrindola de par en par entr en
la antecmara. Miguel se hallaba sentado ante una mesa, irritado el
semblante y torva la mirada. Todas las otras personas presentes estaban
en pie, excepto el tunante de Tarlein, que arrellanado en un silln
galanteaba a la condesa Elga. Al entrar yo se levant de un salto,
mostrando tanto respeto hacia m como indiferencia hacia el Duque. No
era extrao que ste no le tuviese buena voluntad.

Tend la mano a Miguel, que la estrech, y le di un abrazo. Despus lo
conduje yo mismo a la habitacin inmediata.

--Hermano--le dije,--de haber sabido yo que Vuestra Alteza se hallaba
aqu, no hubiera vacilado un momento en solicitar de la Princesa permiso
para conducir a Vuestra Alteza a su lado.

Me dio las gracias, pero con mucha frialdad. Sin negar al Duque algunas
buenas cualidades, no tena la de saber ocultar sus impresiones. Aun el
ms indiferente hubiera comprendido que me odiaba, sobre todo vindome a
solas con la princesa Flavia; sin embargo, estoy convencido de que
procur disimular su odio y aun hacerme creer que me tomaba por el
verdadero Rey. Comprenda yo que esto ltimo era imposible, y me
figuraba la ira de que estara posedo al tributarme homenaje y al orme
hablar de Miguel y Flavia.

--Noto que Vuestra Majestad tiene herida o lastimada una mano--observ
con fingido inters.

--S, me puse a jugar con un perro faldero--dije, resuelto a burlarme de
l,--y ya sabe Vuestra Alteza cun falsos y traidores son.

Se sonri sarcsticamente y me mir con fijeza breves momentos.

--Pero esas mordeduras son peligrosas!--exclam alarmada la Princesa.

--Nada temas, prima ma--dije.--Otra cosa sera si yo hubiese permitido
al gozquecillo morderme ms profundamente.

--Pero, le han dado muerte?

--Todava no. Esperamos a ver si su mordedura es nociva.

--Y si lo fuese?--pregunt Miguel con su siniestra sonrisa.

--Lo despacharamos en un santiamn, hermano.

--Pero no volvers a jugar con l?--pregunt Flavia.

--Puede que s.

--Y si vuelve a morderte?

--Procurar hacerlo, no lo dudo--contest sonrindome.

Despus, temeroso de que Miguel dijese algo que me obligase a mostrarme
ofendido, empec a felicitarlo por el marcial aspecto de su guardia y
por la lealtad que me haba demostrado el da de la coronacin. Pas
despus a hacer un caluroso elogio del pabelln de caza que haba puesto
a mi disposicin. Pero sin duda le iba faltando la paciencia, porque
levantse de repente y se despidi en breves frases. Sin embargo,
llegado a la puerta, se detuvo para decir:

--Tres caballeros a quienes estimo, desean vivamente ser presentados a
Vuestra Majestad. Esperan en la antecmara.

Inmediatamente me llegu al Duque y tom su brazo, a pesar del gesto
avinagrado que puso, y entramos en la antecmara como buenos hermanos.
Hizo Miguel un ademn y se adelantaron tres hombres.

--Estos caballeros--dijo el Duque con la ms graciosa y perfecta
cortesa,--son los ms leales y adictos servidores de Vuestra Majestad,
a la vez que fieles amigos mos.

--Ttulos ambos, repuse, que los hacen igualmente acreedores a toda mi
estimacin.

Uno tras otro se adelantaron y besaron mi mano. De Gautet, un sujeto
alto, delgado, de erizados cabellos y retorcido bigote. El belga
Bersonn, personaje grueso, de mediana estatura y calvo, aunque no
contaba mucho ms de treinta aos. Y por ltimo el ingls Dechard, de
cara estrecha y larga, cabello cortado al rape y bronceado color. Tena
muy arrogante presencia, ancho de hombros, delgada la cintura. Buena
espada, pero un bribn de marca, me dije al verlo. Le habl en ingls,
con ligero acento extranjero y vi asomar a sus labios una sonrisa, que
reprimi en seguida.

--Es decir que el caballero Dechard est en el secreto--pens.

Una vez libre de mi querido hermano y sus amigos, me volv para
despedirme de mi prima. Estaba esperndome en la puerta que separa ambas
habitaciones, y al tomar yo su mano me dijo muy quedo:

--S prudente, Rodolfo. Tn cuidado...

--De qu?

--Bien lo sabes; no puedo decirlo ahora. Pero piensa en lo que vale y
significa tu vida para...

--Para quin?

--Para Ruritania.

Haca yo bien o mal en representar aquel papel? No lo s; ambos
caminos eran peligrosos y no me atrev a decirle la verdad.

--Slo para Ruritania?--le pregunt dulcemente.

Sbito rubor colore sus primorosas facciones.

--Y tambin para tus amigos--dijo.

--Amigos?

--Y para tu prima--murmur por fin;--tu amante prima.

No pude hablar. Bes su mano y sal indignado contra m mismo.

Hall afuera al galante Tarlein, muy entretenido con la condesa Elga,
sin cuidarse de los lacayos que le observaban.

--Qu diantre!--dijo.--No todo ha de ser conspirar y el amor reclama
tambin sus derechos.

--Lo mismo digo--contest; y Tarlein me sigui respetuosamente.




IX

UNA NUEVA CATAPULTA


No dudo que la enumeracin de los diarios sucesos de mi vida en aquellos
das, revestira gran inters para los que nada saben de lo que ocurre
dentro de regios palacios; como no dudo tampoco que la revelacin de
alguno de los secretos que all descubr, tendra gran valor para los
estadistas de Europa. Pero lejos de m una y otra cosa. Por un lado el
temor a la monotona del relato y por otro el riesgo de parecer
indiscreto, me aconsejan concretarme al drama que iba desarrollndose
calladamente bajo la tranquila apariencia de la poltica ruritana. S
dir que mi impostura no fue descubierta. Comet algunos errores, pas
mis malos ratos, necesit de todo el tacto y toda la afabilidad que me
fue posible desplegar para desvanecer los malos efectos de ciertos
olvidos y descuidos inexplicables, que a veces me llevaban hasta no
recordar ni reconocer a personas que de antiguo me eran, o deban de
serme, perfectamente conocidas. Pero sal en bien de todo, y lo
atribuyo, como ya lo indiqu antes, a la audacia misma de mi temeraria
empresa. Tengo para m, que en iguales condiciones de parecido fsico,
me fue ms fcil suplantar al Rey que pretender hacerme pasar por otra
persona cualquiera.

Un da entr Sarto en la habitacin donde me hallaba y arrojndome una
carta, dijo:

--Ah va eso para usted. Letra de mujer si no me engao. Pero ante todo
tengo que darle una noticia.

--Qu es ello?

--El Rey est en el castillo de Zenda.

--Cmo lo sabe usted?

--Porque all est la otra mitad de la cuadrilla de Miguel, de los Seis.
Lo tengo bien averiguado: Laugrn, Crastein, el mozo Ruperto Henzar,
tres bribones, a fe ma, como no hay otros en toda Ruritania.

--Y bien?

--Pues nada, sino que Tarlein quiere que marche usted en seguida contra
el castillo, con infantera, caballera y artillera.

--Para qu? Para desaguar el foso de la fortaleza hasta dejarlo en
seco?

--Probablemente--refunfu Sarto.--Y con eso no hallaramos ni aun el
cadver del Rey.

--Pero est usted seguro de que tienen al Rey en el castillo?

--Lo creo muy probable. No slo estn all los tres belitres citados,
sino que el puente levadizo permanece alzado da y noche y a nadie se
permite entrar sin permiso especial del joven Henzar o del mismo Miguel.
Acabaremos por tener que atar a Tarlein de pies y manos.

--Yo ser quien vaya a Zenda--dije.

--Est usted loco?

--Repito que ir, algn da.

--Puede ser, y lo ms probable es que se quede usted all.

--Oh, eso est por ver!--repuse con arrogancia.

--Vamos, parece que hoy est Vuestra Majestad de mal humor. Cmo van
los amores?

--Silencio!--exclam.

Me contempl por un momento y encendi su pipa. Tena razn al decir que
estaba yo de un humor insufrible, y continu furioso:

--Me siguen por todas partes media docena de espas.

--Ya lo s; yo se lo tengo mandado--contest muy tranquilo.

--Y a qu viene eso?

--Pues a que Miguel no vera con malos ojos la desaparicin de usted.
Una vez quitado usted de en medio podra l realizar la jugada que
antes le echamos a perder, o por lo menos lo intentara.

--Yo me basto para defenderme.

--De Gautet, Bersonn y Dechard estn en Estrelsau; cualquiera de ellos,
joven, lo degollara a usted con tanto primor y gusto como... como lo
hara yo con Miguel el Negro, por ejemplo, pero mucho ms traidoramente.
Qu dice esa carta?

La abr y le en alta voz:

Si el Rey desea saber nuevas de gran inters para l, le bastar seguir
las indicaciones contenidas en esta carta. Al fin de la Avenida Nueva
hay una casa en el centro de extenso jardn. La casa tiene un prtico
con la estatua de una ninfa en el centro. El jardn est rodeado de una
tapia y en sta, por la parte de atrs de la casa, hay una puertecilla.
Si el Rey entra por ella solo a la media noche de hoy, ver un cenador a
veinte varas de la puerta. Suba los seis escalones que a l conducen,
entre, y hallar en el cenador a una persona que le impondr de lo que
ms vivamente atae hoy a su vida y a su trono. Estas lneas estn
trazadas por un amigo fiel. Tiene que acudir solo. Si menosprecia este
aviso pondr en peligro su vida. No ensee el Rey esta carta a nadie;
va en ello la suerte de una mujer que le ama: Miguel el Negro no
perdona.

--No--coment Sarto;--pero tambin sabe dictar una carta muy zalamera.

Tuve la misma idea y ya iba a rasgar el annimo cuando not unas lneas
escritas al dorso:

Si el Rey duda, consulte al coronel Sarto...

--Eh?--hizo el veterano asombrado.--Me toma por tan sandio como a
usted?

Indicndole que guardase silencio continu la lectura:

--Pregntele qu mujer est ms dispuesta que ninguna otra a impedir el
matrimonio del Duque con su prima y por consiguiente a impedir tambin
que alcance la corona. Pregntele si el nombre de esa mujer empieza con
A.

Me puse en pie de un salto y el coronel coloc su pipa sobre la mesa.

--Antonieta de Maubn como hay Dios!--exclam.

--Y cmo lo sabe usted?--pregunt Sarto.

Le dije cuanto saba de aquella dama, y Sarto hizo un ademn de
aprobacin.

--Lo cierto es--dijo pensativo,--que ha tenido un disgusto serio con el
Duque.

--Si quisiera podra sernos til--observ.

--Pero sigo creyendo que esa carta la ha escrito Miguel.

--Pienso lo mismo, pero quiero saberlo con certeza. Acudir a la cita,
Sarto.

--No; yo ir.

--Hasta la puertecilla del muro, pero no ms adelante.

--Ir al cenador.

--Que me ahorquen si lo permito!--exclam levantndome y apoyando la
espalda en la repisa de la chimenea.--Sarto--aad,--tengo confianza en
esa mujer e ir.

--Pues yo no tengo fe en ninguna mujer, y no ir usted.

--O acudo a la cita o me vuelvo a Inglaterra--le dije.

Sarto empezaba a aprender hasta dnde poda dictarme a m y dnde y
cundo tena que ceder y someterse.

--Estamos tomando las cosas con sobrada calma--continu.--Cada da que
dejamos pasar sin rescatar al Rey es un nuevo peligro. La prolongacin
de esta farsa ma constituye, tambin, un peligro ms. Sarto, ha llegado
el momento de jugar el todo por el todo.

--As sea--suspir.

A las once y media de aquella noche montamos Sarto y yo nuestros
caballos. A Tarlein le volvimos a dejar de guardia, sin revelarle
nuestros propsitos. La noche era obscursima. Yo no llevaba espada,
pero s el revlver, un largo pual y una linterna sorda. Llegamos a la
puertecilla, desmontamos, y Sarto me tendi la mano.

--Esperar aqu--dijo.--Si oigo un disparo, me...

--Permanezca usted aqu, como la nica esperanza de salvacin que le
queda al Rey. Si yo caigo, importa que no perezca tambin usted.

--Es verdad, joven. Buena suerte!

Empuj la puerta, que cedi, y me hall en un jardn abundante en
plantas y arbustos. El sendero desviaba algo hacia la derecha y por l
tom, cautelosamente. Tena oculta la luz de la linterna y mi diestra
empuaba el revlver. No perciba el menor sonido. Pronto distingu los
vagos contornos del cenador, cuyos peldaos sub. La puerta de madera y
muy endeble, se abri en seguida y una mujer que all esperaba se
apoder vivamente de mi mano.

--Cierre usted la puerta--murmur.

Obedec y dirig hacia ella la luz de la linterna. Llevaba vestido de
corte, con ricas joyas, y su hermosura apareca deslumbradora bajo la
viva luz que la inundaba. El cenador no tena ms mueblaje que un par
de sillas y una mesita de hierro como las que se ven en algunos cafs.

--No hable usted--me dijo.--No tenemos tiempo para ello. Limtese usted
a escucharme, seor Rasndil. Escrib la carta por orden del Duque.

--Lo sospechaba--dije.

--Dentro de veinte minutos estarn aqu tres hombres que se proponen
asesinarlo a usted.

--Tres... Los tres aquellos?

--S, tiene usted que partir antes de que lleguen. De lo contrario
perecer usted esta noche...

--O perecern ellos.

--Esccheme usted! Una vez asesinado llevarn su cuerpo a uno de los
barrios bajos de la ciudad, donde lo descubrirn. Miguel har prender en
seguida a todos los amigos de usted, Sarto y Tarlein los primeros;
proclamar el estado de sitio en la capital y enviar un mensajero a
Zenda. Los otros tres asesinarn al Rey en el castillo y el Duque se
proclamar a s mismo o a la Princesa; a s mismo si llegado el momento
se considera suficientemente fuerte para hacerlo. De todos modos, se
casar con ella y ser Rey de hecho y pronto tambin de nombre.
Comprende usted?

--No es malo el plan. Pero usted, seora, cmo es que?...

--Diga usted, si quiere, que estoy celosa. Pero, Dios eterno! puedo,
acaso, verlo casado con ella? Y ahora, retrese usted. Pero recuerde, y
esto es lo que principalmente quera decirle, que nunca, ni de da ni de
noche, estar usted seguro aqu. Tres personas, tres guardianes le
siguen a usted constantemente no es as? Pues a ellos los siguen y
espan otros tres. Esas hechuras de Miguel no se hallan nunca a ms de
quinientos pasos de usted. Si llega un momento en que lo hallen solo
est usted perdido. La puerta del jardn est ya cerrada y guardada por
ellos. A este lado del cenador, junto a la tapia, hallar una escalera,
puesta all para salvarlo...

--Y usted?

--Yo representar mi papel. Si el Duque descubre lo que estoy haciendo,
no volver usted a verme nunca. De lo contrario, quizs yo... Pero no
importa. Parta usted.

--Y qu le dir usted?

--Que usted no acudi a la cita. Que sospech el lazo.

Tom su mano y deposit en ella un beso.

--Seora--dije,--ha hecho usted un magno servicio al Rey esta noche.
En qu parte del castillo lo tienen?

--Al otro lado del puente levadizo--dijo bajando la voz,--hay una maciza
puerta, y tras ella queda... Oye usted? Qu ruido es ese?

Se oan pasos fuera del cenador.

--Estn ah! Han anticipado su venida! Dios mo, Dios mo!--exclam,
plida como un cadver.

--No podan llegar ms a tiempo--dije.

--Oculte usted la luz de la linterna. La puerta tiene una rendija, ah.
Los ve usted?

Apliqu el ojo a la puerta y divis vagamente tres hombres al pie de la
escalinata. Mont el revlver y Antonieta pos su mano sobre la ma.

--Podr usted matar uno de ellos--murmur.--Y despus?

--Seor Rasndil!--omos decir, en ingls y con perfecto acento.

No contest.

--Deseamos hablarle. Promete usted no hacer fuego hasta habernos odo?

--Tengo el gusto de hablar con el seor Dechard?--pregunt.

--No importa el nombre.

--Pues entonces prescindan ustedes del mo.

--Corriente. Tengo que hacerle a usted una proposicin.

Yo segua mirando por la hendidura y vi que mis enemigos haban subido
dos escalones y que tres revlvers apuntaban a la puerta.

--Nos deja usted entrar? Damos nuestra palabra de honor de observar la
tregua convenida.

--No confe usted en ellos--murmur Antonieta.

--Podemos hablar perfectamente sin abrir la puerta--dije.

--Pero tambin puede usted abrirla cuando le parezca y disparar--repuso
Dechard,--y aunque lo mataramos, siempre morira tambin uno de
nosotros. Da usted su palabra de no hacer fuego mientras hablemos?

--Desconfe usted--repiti Antonieta.

Me ocurri una idea, que juzgu practicable.

--Prometo no disparar antes que ustedes--dije.--Pero no los dejar
entrar. Qudense donde estn y hablen.

--Aceptado--dijo Dechard.

Los tres acabaron de subir la escalinata y se detuvieron al otro lado de
la puerta. No pude or lo que se decan, pero vi que Dechard hablaba al
odo del ms alto de sus compaeros. De Gautet, segn creo.

--Secreto tenemos--pens.

Y aad en voz alta:

--Veamos, seores, cules son esas proposiciones.

--Un salvo-conducto hasta la frontera y doscientos cincuenta mil pesos.

--No, no--murmur Antonieta casi imperceptiblemente.--Todo es una
traicin.

--Generosa oferta--dije sin perderles de vista un momento.

Los tres se hallaban juntos y pegados a la puerta. Conoca bien a
aquellos bandidos y no necesitaba las advertencias de Antonieta. Lo que
proyectaban era precipitarse sobre m repentinamente durante mi
conversacin con ellos.

--Djenme ustedes meditar su promesa unos instantes--aad, parecindome
or burlona risa al otro lado de la puerta.

--Pngase usted ah, contra la pared, fuera del alcance de los
revlvers--murmur dirigindome a Antonieta.

--Qu va usted a hacer?--pregunt alarmada.

--Ya lo ver usted.

As la mesita de hierro por las patas y la levant ponindola ante m a
manera de escudo que me protega por completo cabeza y pecho. Aunque
pesada, no lo era mucho para un hombre de mis fuerzas. Antes haba
colgado del cinto la linterna y puesto el revlver en un bolsillo, bien
al alcance de la mano. De repente vi que la puerta se abra algunas
lneas, como movida por el viento, o impulsada quizs por una mano para
probar si ceda. Retroced, apartndome de la puerta cuanto pude y
guarecindome tras la mesa de hierro en la posicin que dejo descrita.

--Acepto su oferta, seores--grit,--confiando en su palabra de
caballeros. Si se toman el trabajo de abrir la puerta...

--brala usted!--exclam Dechard.

--Se abre hacia fuera!

--Qu diantres, Bersonn--grit impaciente Dechard.--Tienes miedo a un
hombre solo?

Me sonre al orle y en el mismo instante se abri la puerta
violentamente. La luz de una linterna me mostr a los tres rufianes
agrupados en el umbral y apuntando con sus revlvers. Lanc un grito y
me precipit sobre ellos a la carrera. Son una triple detonacin y tres
proyectiles se estrellaron contra mi improvisado escudo. La mesa cogi
de lleno al grupo y hombres y mesa rodamos juntos escalera abajo, entre
gritos y juramentos. Antonieta de Maubn lanz un agudo chillido, al que
yo, levantndome de un salto, contest con una carcajada.

De Gautet y Bersonn yacan en tierra como aturdidos. A Dechard le cay
la mesa encima, pero al incorporarme yo, la ech a un lado y volvi a
hacerme fuego. Levant mi revlver y dispar casi sin apuntar. O una
blasfemia y apret a correr como un gamo, sin dejar de rerme. Alguien
corra tambin detrs de m, y tendiendo el brazo en su direccin solt
otro balazo al azar. Los pasos cesaron.

--Con tal que halle la escalera!--pens, porque la tapia era alta y
estaba erizada de pas.

S, all estaba y sub por ella en un abrir y cerrar de ojos. Me inclin
sobre el muro y vi los caballos. Cerca de ellos o un tiro. Era Sarto,
que habiendo odo los disparos en el jardn se desesperaba por abrir la
puertecilla y al fin la emprenda a tiros con la cerradura. Haba
olvidado por completo que le estaba prohibido tomar parte en la lucha.
Al ver aquello volv a rerme, salt al suelo y ponindole la mano en el
hombro le dije:

--A casa y a la cama, viejo mo. Tengo que contarle a usted la historia
ms graciosa que ha odo en su vida.

Se volvi, absorto, y exclam, estrechando mi mano:

--Salvado! Salvado!

Pero en seguida refunfu como acostumbraba.

--De qu demonios se re usted?

--De cuatro convidados, al figurrmelos en torno de cierta mesa...

Y volv a soltar la carcajada, pensando en la ridcula derrota del
formidable y malparado tro.

Y como habr observado el lector, cumpl mi palabra y no dispar hasta
que mis enemigos rompieron el fuego.




X

AMORES POR CUENTA AJENA


Era costumbre establecida que el jefe de la polica me enviase todas las
tardes un informe sobre la situacin en la capital y el estado de la
opinin pblica; documento que tambin contena datos relativos a las
personas que la polica tena orden de vigilar. Desde mi llegada a
Estrelsau, Sarto me lea el referido informe, comentando muchas noticias
de inters que sola contener. El da siguiente a mi aventura en el
cenador, trajeron el parte de polica en ocasin de hallarme jugando una
partida de tresillo con Federico de Tarlein.

--Muy interesante viene el informe de esta tarde--dijo Sarto sentndose.

--Habla de cierta aventura nocturna?...

El coronel no pudo reprimir una sonrisa y dijo:

--Leo en primer lugar: Su Alteza el duque de Estrelsau ha salido de la
capital (repentinamente, al parecer) acompaado de algunos de sus
servidores. Se cree que su destino es el castillo de Zenda, en direccin
del cual sali, no por el tren, sino a caballo. Los seores de Gautet,
Bersonn y Dechard le siguieron una hora ms tarde, llevando el ltimo
un brazo en cabestrillo. Se ignora la causa de la herida, pero se
sospecha que ha tenido un duelo, en el que figura como causa una mujer.

--Informes autnticos--observ, alegrndome al saber que el bribn tena
buena memoria ma.

--La seora de Maubn--sigui leyendo Sarto,--a quien se vigila por
orden superior, tom el tren de medioda. Pidi billete para Dresde...

--Antigua costumbre suya--coment.

--Pero el tren de Dresde pasa por Zenda. Si ser listo el autor del
parte ste! Y por ltimo, oiga usted lo que dice aqu: El estado de la
opinin en la ciudad no es satisfactorio. Se critica mucho al Rey (ya
sabe usted que al jefe de polica le hemos mandado ser muy franco),
porque no activa los preparativos de su matrimonio. Por informes
adquiridos entre las personas ms allegadas a la princesa Flavia, se
sabe que est muy ofendida por la indiferencia de Su Majestad. El pueblo
habla ya de boda posible de Su Alteza con el duque de Estrelsau,
proyecto que aumenta mucho la popularidad del Duque. He hecho anunciar
que el Rey dar esta noche un baile en honor de la Princesa, y la
noticia ha producido desde luego el mejor efecto.

--Y a m me coge de nuevo--observ.

--Oh, los preparativos estn todos hechos!--exclam Tarlein
rindose.--Yo me he encargado de eso.

Sarto se volvi hacia m para decirme con imperioso acento:

--Y sepa usted que esta noche tiene que hacerle la corte a la Princesa!

--A lo cual estoy ms que dispuesto, como pueda verme con ella a
solas--contest.--De seguro no cree usted que la tarea pueda parecerme
ingrata ni difcil, eh, Sarto?

Tarlein tuvo a bien ponerse a silbar, y luego dijo:

--Tarea es esa que hallar usted ms fcil de lo que piensa. Mire usted,
Rasndil, me duele decrselo, pero no lo puedo remediar. La condesa Elga
me ha confesado que la Princesa est prendada del Rey, y que desde el
da de la coronacin su afecto por l ha ido en aumento. Tambin es
cierto que est muy ofendida por la aparente indiferencia del Rey.

--Buena la hemos hecho!--exclam angustiado.

--Y eso qu?--dijo Sarto.--Supongo que ms de una vez le habr usted
dicho requiebros a una muchacha bonita. Pues eso es todo lo que ella
quiere.

Tarlein, que estaba enamorado, comprendi mejor la penosa situacin en
que yo me vea, y sin decir palabra puso la mano sobre mi hombro.

--Sin embargo--prosigui impasible el viejo Sarto,--creo que esta noche
debe usted declarrsele.

--Santo cielo--exclam.

--O poco menos. Y por mi parte mandar a los peridicos una nota
semioficial.

--No har semejante cosa!--dije.--Ni usted tampoco! Desde ahora me
niego rotundamente a engaar de tal modo a la Princesa.

Sarto clav en m sus ojillos penetrantes. Despus apareci en sus
labios sardnica sonrisa.

--Corriente, joven; como usted quiera. Vaya, limtese usted a
tranquilizarla un poco, como pueda. Y ahora hablemos de Miguel.

--A quien Dios confunda!--dije.--Ya hablaremos de l otro da.
Tarlein, vamos a dar una vuelta por los jardines.

Sarto cedi inmediatamente. Bajo sus bruscas maneras se ocultaba
prodigioso tacto y tambin, como lo fui reconociendo ms y ms cada da,
un profundo conocimiento del corazn humano. Por qu se mostr tan poco
exigente conmigo respecto de la Princesa? Porque saba que la belleza de
sta y mi natural impulso me haban de llevar mucho ms all que todos
sus argumentos, y que cuanto menos pensase yo en aquella trama, tanto
ms probable sera que la llevase adelante. No poda ocultrsele la
desventura que acarreara a la Princesa, pero esta consideracin nada
significaba para l. Puedo decir, con toda sinceridad, que haca mal?
Suponiendo que el Rey volviese al trono, le devolveramos la Princesa.
Pero y si no logrsemos libertarlo? Punto era ste del cual jams
habamos hablado. Pero yo tena la idea de que, en tal caso, Sarto se
propona instalarme en el trono de Ruritania y sostenerme en l toda la
vida. Al mismo Satans hubiera l puesto en el trono antes que a Miguel
el Negro.

El baile fue suntuoso. Lo inaugur yo con la princesa Flavia y con ella
bail tambin despus, seguidos ambos por las miradas y los comentarios
de la brillante concurrencia. Lleg la hora de la cena y en medio de
ella me puse en pie, enloquecido por las miradas de mi prima, y
quitndome el collar de la Rosa de Oro se lo puse al cuello. Aquel acto
fue acogido con unnimes aplausos, y vi que Sarto se sonrea satisfecho,
pero no Tarlein, cuya sombra expresin revelaba su disgusto. Pasamos el
resto de la cena en silencio; ni Flavia ni yo podamos hablar. Por fin,
a una seal de Tarlein, me levant, ofrec mi brazo a la Princesa y
recorriendo el saln de uno a otro extremo, la conduje a una habitacin
contigua, ms pequea, donde nos sirvieron el caf. Las damas y
caballeros de nuestro squito se retiraron y quedamos solos.

Los balcones de aquella pieza daban a los jardines del palacio. La noche
era hermossima. Flavia tom asiento y yo permanec en pie ante ella.
Luchaba conmigo mismo y creo que hubiera triunfado si en aquel momento
no me hubiese dirigido ella una mirada breve, repentina, que equivala a
una interrogacin; mirada a la que sigui fugaz rubor.

Ah, si la hubieseis visto en aquel instante! Me olvid del Rey
prisionero en Zenda y del que reinaba en Estrelsau. Ella era una
Princesa, yo un impostor. Pero acaso pens en ello un solo momento? Lo
que hice fue doblar la rodilla ante la bella y tomar su mano entre las
mas. Nada dije. Para qu? Me bastaban los suaves rumores de aquella
hermosa noche y el perfume de las flores que nos rodeaban, nicos
testigos del beso que deposit en sus labios.

Flavia me rechaz dulcemente, exclamando:

--Ah! Pero es verdad?...

--Si es verdad mi amor?--dije en voz baja, con apasionado acento.--Te
amo ms que a mi vida, ms que a la verdad misma, ms que a mi honor!

No pareci dar a mis palabras otro valor que el de una de tantas
exageraciones del lenguaje de los enamorados.

--Oh, si no fueses Rey! Entonces podra demostrarte cunto te amo!
Por qu te quiero tanto ahora, Rodolfo?

--Ahora?

--S, ltimamente. Antes... antes no era as.

El orgullo del triunfo embarg mi nimo. Era yo, Rodolfo Rasndil,
quien la haba conquistado!

--No me amabas antes?--pregunt rodendole el talle con mi brazo.

Me mir sonriente y dijo:

--Ser tu corona? Este nuevo sentimiento se me despert en m el da de
la coronacin.

--No antes?--le pregunt ansioso.

Dejme or su argentina risa y contest:

--Hablas como si desearas orme repetir que no te amaba cuando no eras
Rey.

--Pero es eso cierto?

--S--murmur casi imperceptiblemente.--Pero tn cuidado, Rodolfo, s
prudente. Mira que ahora estar furioso.

--Quin? Miguel? Oh, si no fuera ms que eso!

--Qu quieres decir, Rodolfo?

Aquella era la ltima oportunidad que poda ofrecrseme. Logr
dominarme, no sin gran esfuerzo, y retirando mi brazo me apart dos o
tres pasos de ella.

--Si yo no fuera Rey--comenc,--si fuese un simple caballero...

Antes de que pudiera aadir una palabra puso ella su mano sobre la ma,
diciendo:

--Aunque fueras un miserable presidiario nunca dejaras de ser mi Rey.

--Dios me perdone!--dije para m. Y estrechando su mano volv a
preguntarle:--pero si no fuese Rey?

--Basta--murmur.--No merezco que dudes de m de esa manera. Ah,
Rodolfo! Acaso una mujer que va a casarse sin sentir amor podra
mirarte como te miro yo?

Despus inclin el rostro, procurando ocultarlo. Ms de un minuto
permanecimos unidos, abrazados; pero aun entonces, a pesar de su
hermosura y de las circunstancias en que nos hallbamos, apel a mi
honor y a mi conciencia.

--Flavia--dije con voz tan alterada que no pareca la ma,--has de saber
que no soy...

Elevbanse sus ojos hacia m cuando omos, pesados pasos en el enarenado
sendero del jardn y un hombre se detuvo ante el abierto balcn. Flavia
lanz un ligero grito y se apart de m rpidamente. La frase que mis
labios haban comenzado qued interrumpida. Sarto, pues era l, se
inclin profundamente, grave y sombro.

--Perdonad, seor--dijo,--pero Su Eminencia el cardenal espera hace un
cuarto de hora, deseoso de ofrecer sus respetos a Vuestra Majestad antes
de partir.

--No es mi voluntad hacer esperar a Su Eminencia--repuse.

Pero Flavia, que no se avergonzaba de su amor, radiantes los ojos y
ruborizado el rostro, tendi su mano a Sarto. Nada dijo, pero a nadie
que haya visto a una mujer en la exaltacin producida por el amor, poda
ocultrsele lo que aquel ademn significaba. Con triste sonrisa se
inclin el veterano y bes la mano que ella le tenda, diciendo con
cariosa y conmovida voz:

--Alegre o triste, feliz o desgraciada, Dios proteja siempre a Vuestra
Alteza!

Hizo una pausa y aadi, mirndome y cuadrndose como un soldado:

--Pero ante todo y sobre todo est el Rey. Dios lo proteja!

Y Flavia, besando mi mano, murmur:

--As sea! Oh, Dios mo, te ruego que as sea!

Volvimos a la sala de baile. Obligado a recibir los saludos de
despedida, me vi separado de ella. Cuantos me haban saludado se
dirigan en seguida a la Princesa. Sarto iba de grupo en grupo, dejando
tras s miradas de inteligencia, sonrisas y cuchicheos. No dud que, en
cumplimiento de su irrevocable resolucin, iba dando a todos la noticia
que acababa de adivinar ms bien que or. Preservar la corona para el
verdadero Rey y derrotar a Miguel el Negro; ese era todo su afn.
Flavia, yo y aun el mismo Rey, no ramos ms que otras tantas cartas
puestas en juego y nos estaba prohibido tener pasiones. No se limit a
propagar la nueva dentro de los muros del palacio, y as fue que al
descender yo la escalera principal dando la mano a Flavia y conducirla a
su carruaje, nos esperaba en la calle densa multitud, que prorrumpi en
aclamaciones entusiastas. Qu poda hacer yo? De haber hablado
entonces se hubieran negado a creer que no era el Rey; a lo sumo
hubieran credo que el Rey se haba vuelto loco. Los manejos de Sarto y
mi propia pasin me haban impulsado; la retirada no era ya posible y la
pasin segua llevndome hacia delante. Aquella noche aparec ante todo
Estrelsau como el verdadero Rey y el prometido de la princesa Flavia.

Por fin, a las tres de la maana, cuando empezaba a romper el alba, me
vi en mis habitaciones sin ms compaa que la de Sarto. Contemplaba
distradamente el fuego; mi compaero fumaba su pipa y Tarlein se haba
retirado a descansar, negndose a dirigirme la palabra. Cerca de m,
sobre la mesa, se vea una rosa de las que Flavia haba llevado al pecho
aquella noche. Ella misma me la haba entregado, despus de besarla.

Sarto hizo ademn de tomarla, pero detuve su mano con rpido ademn,
dicindole:

--Es ma, no de usted... ni del Rey.

--Esta noche hemos ganado una victoria a favor del Rey--dijo.

--Y quin puede impedirme ganar otra a favor mo?--pregunt iracundo,
volvindome hacia l.

--S muy bien lo que est usted pensando--contest.--Pero su honor se lo
prohibe.

--Y es usted quien viene a hablarme de honor?

--Vamos, la cosa no es para tanto. Una broma inocente que en nada puede
perjudicar a la muchacha...

--No prosiga usted, coronel, a no ser que me tenga usted por un villano
desalmado. Si no quiere que su Rey se pudra en su prisin de Zenda
mientras Miguel y yo nos disputamos aqu lo que vale ms que la
corona... Me comprende usted bien?

--S, adelante.

--Tenemos que libertar al Rey, o intentarlo cuando menos, y pronto. Si
esta comedia, por usted preparada, contina una semana ms, va usted a
hallarse con otro problema entre manos, y de los ms difciles. Cree
usted poder resolverlo?

--S lo creo. Pero si llegara usted a hacer lo que amenaza, tendra que
habrselas conmigo y que matarme.

--Con usted y con veinte ms. Qu significara eso para m? Sin contar
con que en un instante puedo levantar a todo Estrelsau contra usted y
ahogarlo con sus propias mentiras.

--No lo niego.

--Como podra casarme con la Princesa y mandar y Miguel y su hermano
a...

--Tambin es cierto--asinti el viejo soldado.

--Pues entonces, en nombre del Cielo--grit extendiendo hacia l los
puos,--corramos a Zenda, aplastemos a Miguel y traigamos al Rey a su
capital y a su trono!

Sarto se puso en pie y me mir fijamente.

--Y la Princesa?--pregunt.

Inclin la cabeza y tomando la rosa la oprim hasta destrozarla entre
mis manos y mis labios. Sent la diestra de Sarto sobre mi hombro y o
que deca, con turbada voz:

--Por Dios vivo! Es usted ms Elsberg que todos ellos. Pero yo he
comido el pan del Rey y mi deber es servirle. Iremos a Zenda!

Le mir y tom su mano. Ambos tenamos lgrimas en los ojos.




XI

CAZA MAYOR


Asaltbame una tentacin terrible. Quera que Miguel, obligado a ello
por m, diese muerte al Rey. Me crea en situacin de afrontar la ira y
el poder del Duque y de retener a la fuerza la corona, no por ambicin,
sino porque el Rey de Ruritania era el esposo destinado a la princesa
Flavia. Sarto, Tarlein! Qu me importaban? Qu significan los
obstculos, ni cmo examinarlos y medirlos a sangre fra cuando la
pasin ciega domina al hombre por completo?

Hermosa maana aquella en que me dirig a pie al palacio de la Princesa,
llevando en la mano un ramo de preciosas flores. La razn de estado
excusaba mi amor; y si bien las atenciones que prodigaba a mi supuesta
prima eran nuevos incentivos a la pasin que me impulsaba, me unan
tambin ms estrechamente al pueblo de la gran ciudad, que adoraba a la
Princesa. Encontr a la condesa Elga cogiendo flores en el jardn y le
rogu que ofreciese las mas a su seora. La amada de Tarlein pareca
radiante de felicidad, olvidada por el momento del odio que el duque de
Estrelsau profesaba al predilecto de su corazn, nico obstculo que
hasta entonces haba empaado la dicha de ambos amantes.

--Y ese obstculo--me dijo con picaresca sonrisa,--lo ha suprimido
Vuestra Majestad. Llevar gustosa estas flores a la Princesa. Quiere
Vuestra Majestad que le diga lo primero que Su Alteza har con ellas?

Nos hallbamos en una amplia terraza inmediata al palacio.

--Seora!--llam alegremente la Condesa, y a su vez apareci Flavia en
uno de los abiertos balcones del primer piso.

Me descubr y salud profundamente. La Princesa tena puesta una blanca
bata y llevaba suelta la hermosa cabellera. Contest a mi saludo
envindome un beso y dijo:

--Sube con el Rey, Elga. Le ofrecer siquiera una taza de caf.

La Condesa me mir de soslayo sonrindose y me precedi hasta la
habitacin donde esperaba Flavia. Una vez solos nos saludamos de nuevo
como verdaderos amantes y en seguida me present dos cartas. Era una de
Miguel el Negro, invitndola cortsmente a pasar el da en el castillo
de Zenda, como tena por costumbre hacerlo una vez cada verano, cuando
el parque y los jardines del castillo ostentaban toda su belleza. Arroj
al suelo la carta con desprecio, lo que hizo rer a Flavia, que me
present la segunda misiva.

--Ignoro quin me la enva--dijo.--Lela.

Un momento me bast para saber quin haba trazado aquellas lneas. Era
la misma letra de la esquela que me haba dado cita en el cenador de
Antonieta de Maubn, y deca:

No tengo motivos para querer a Vuestra Alteza, pero Dios la libre de
caer en poder del Duque. No acepte Vuestra Alteza invitacin alguna
suya. No vaya sola a ninguna parte; una fuerte guardia armada bastar
apenas para protegerla. Ensee esta carta al que reina hoy en
Estrelsau.

--Por qu no dice al Rey?--pregunt Flavia inclinndose hacia m
hasta que sus cabellos rozaron mi mejilla.--Ser broma?

--Si tienes en algo tu vida, y aun ms que tu vida, amor mo, haz al pie
de la letra lo que esa carta te dice. Hoy mismo enviar fuerza
suficiente para proteger este palacio, del cual no saldrs sino
custodiada por numerosa guardia.

--Es esa una orden que me da el Rey?--pregunt altiva.

--Lo es, Flavia. Orden que obedecers... si me amas.

--Ah!--exclam, con expresin tal que le di otro beso.

--Sabes quin ha escrito eso?--pregunt.

--Creo saberlo. El aviso proviene de persona que es buena amiga ma, y
ms dir, lo enva una mujer desgraciada. Precisa contestar que ests
indispuesta, Flavia, y no puedes ir a Zenda. Presenta tus excusas en la
forma ms fra y ceremoniosa que sepas.

--Es decir que te consideras suficientemente fuerte para desafiar la
clera de Miguel?--me dijo con orgullosa sonrisa.

--Nada hay que yo no est dispuesto a hacer por tu propia seguridad--fue
mi contestacin.

Poco despus me separ de ella, no sin esfuerzo, y tom el camino de la
casa del general Estrakenz, sin consultar a Sarto. Haba tratado algo al
anciano General, crea conocerlo y lo estimaba. No as Sarto, pero yo
haba aprendido ya que ste slo estaba satisfecho cuando l mismo lo
haca todo, y que a menudo lo impulsaba, ms que el deber, un
sentimiento de rivalidad. La situacin era tan crtica que Sarto y
Tarlein no me bastaban para dominarla, pues ambos tenan que
acompaarme a Zenda y necesitaba una persona segura que velase por lo
que yo amaba ms en el mundo y me permitiese dedicarme con nimo
tranquilo a la empresa de libertar al Rey.

El General me recibi con afectuosa lealtad. Le hice confidencias
parciales, le encomend la guardia de la Princesa y mirndole fija y
significativamente le orden que no permitiese a ningn emisario del
Duque acercarse a Flavia, como no fuese en su presencia y en la de una
docena de nuestros amigos, por lo menos.

--Quizs no se engae Vuestra Majestad--dijo, moviendo tristemente la
encanecida cabeza.--A hombres que valan ms que el Duque les he visto
hacer peores cosas por amor.

Yo ms que nadie poda apreciar el valor de aquellas palabras, y dije:

--Pero hay en todo esto algo ms que amor, General. El amor puede
satisfacer su corazn. Pero no necesita y procura algo ms para saciar
la ambicin que le devora?

--Ojal le juzgue mal Vuestra Majestad.

--General, voy a ausentarme de Estrelsau por algunos das. Todas las
noches le enviar a usted un mensajero. Si durante tres das
consecutivos no recibe usted noticias mas, publicar un decreto que
dejar en su poder, privando al Duque del Gobierno de Estrelsau y
nombrndolo a usted en su lugar. En seguida declarar usted la capital
en estado de sitio, y mandar a decir al Duque que exige ser recibido en
audiencia por el Rey... Me comprende usted bien?

--Perfectamente, seor.

--Si en el plazo de veinticuatro horas no consigue usted ver al
Rey--continu posando mi mano sobre su rodilla,--eso significar que el
Rey habr muerto y que usted deber proclamar al heredero de la corona.
Sabe usted quin es?

--La princesa Flavia.

--Jreme usted por Dios y por su honor que la defender y apoyar hasta
morir por ella, que matar, si es necesario, al traidor, y que la pondr
en el trono que hoy ocupo.

--Lo juro, por Dios y por mi honor! Y ruego a Dios que proteja a
Vuestra Majestad, porque creo que la misin que se propone est llena de
peligros.

--Lo nico que espero es que esa misin no cueste otras vidas ms
valiosas que la ma--dije levantndome y ofrecindole mi
mano.--General--continu,--quizs llegue un da en que oiga usted
revelaciones inesperadas concernientes al hombre que en este momento le
dirige la palabra. Cualesquiera que sean qu opina usted de la
conducta de ese hombre desde el da en que fue proclamado Rey en
Estrelsau?

El anciano, estrechando mi mano, me habl de hombre a hombre.

--He conocido a muchos Elsberg--dijo.--Y suceda lo que quiera, _usted_
se ha portado como buen Rey y como un valiente; y tambin como el ms
galante caballero de todos ellos.

--Sea ese mi epitafio--dije,--el da en que otro ocupe el trono de
Ruritania.

--Lejano est ese da y no viva yo para verlo!--exclam Estrakenz,
contradas las facciones.

Ambos nos hallbamos profundamente conmovidos. Me sent para escribir el
decreto que deba de entregarle, y dije:

--Apenas puedo escribir; la herida del dedo me impide todava moverlo.

Era aquella la primera vez que me arriesgaba a escribir, a excepcin de
mi nombre y a pesar de los esfuerzos que haba hecho para imitar la
letra del Rey, distaba mucho de la perfeccin.

--La verdad es, seor--observ el General,--que este carcter de letra
se diferencia bastante del que todos conocemos. Circunstancia deplorable
en este caso, porque puede despertar sospechas y aun hacer creer que la
orden no procede del Rey.

--General--exclam sonrindome,--de qu sirven los caones de Estrelsau
si con ellos no puede disiparse una mera sospecha?

Tom el documento en sus manos, sonrindose a su vez de la ocurrencia
ma.

--El coronel Sarto y Federico de Tarlein me acompaarn--continu.

--Va Vuestra Majestad a ver al Duque?--pregunt en voz baja.

--S; al Duque y a otra persona a quien necesito ver y que se halla en
Zenda.

--Quisiera poder ir con Vuestra Majestad--dijo retorciendo el blanco
bigote.--Quisiera hacer algo por el Rey y su corona.

--Aqu le dejo a usted algo ms precioso que la vida y la corona--le
dije;--y lo hago porque en toda Ruritania no hay hombre que ms merezca
mi confianza.

--Le devolver a Vuestra Majestad la Princesa sana y salva, y si esto no
es posible la har Reina.

Nos separamos, regres a palacio y dije a Sarto y Tarlein lo que acababa
de hacer. Sarto refunfu algo, pero lo esperaba, y en definitiva dio su
aprobacin a mi plan, animndose a medida que se acercaba la hora de
realizarlo. Tambin Tarlein se manifest dispuesto a todo, aunque por
estar enamorado arriesgaba ms que Sarto. Cunto lo envidiaba yo! Para
Tarlein el triunfo de mi empresa significaba tambin el de su amor, su
unin con la joven a quien adoraba, en tanto que para m, era aquel
triunfo seal cierta de sufrimientos ms crueles que cuantos pudiera
proporcionarme el fracaso de mis planes. As lo comprendi l tambin,
porque tan luego nos vimos algo apartados de Sarto, tom mi brazo y me
dijo:

--Dura prueba es sta para usted; mas no por ello disminuir un pice la
confianza que me merecen su rectitud y su hidalgua.

Desvi el rostro para no dejarle ver todo lo que pasaba en mi nimo;
bastaba que presenciase lo que me propona hacer. Ni aun Tarlein mismo
haba descubierto toda la verdad, porque no se haba atrevido a elevar
sus miradas hasta la princesa Flavia y leer en sus ojos, como lo haba
hecho yo.

Qued por fin acordado nuestro plan en todos sus detalles, los mismos
que se vern ms adelante. Se anunci que a la maana siguiente
saldramos a una cacera, lo dispuse todo para mi ausencia y slo una
cosa me quedaba ya por hacer, la ms penosa y difcil. Al anochecer
cruc en coche las calles ms concurridas y me dirig a la residencia de
Flavia. Fui reconocido y aclamado cordialmente, y a pesar de mis
temores y tristezas, me sonre al notar la frialdad y altivez con que
me recibi mi amada. Haba odo ya que el Rey se propona salir de
Estrelsau para ir de caza.

--Siento que no podamos divertir a Vuestra Majestad lo suficiente para
retenerle en la capital--dijo golpeando ligeramente el suelo con el
pie.--Comprendo que yo hubiera podido ofrecer a Vuestra Majestad alguna
mayor distraccin, pero fui bastante inocente para creer...

--Qu?--pregunt inclinndome hacia ella.

--Que aunque slo fuese por dos o tres das, despus de... de lo
ocurrido anoche, quizs Vuestra Majestad se sentira suficientemente
complacido para no necesitar otras distracciones. Espero que los
jabales consigan interesarlo y distraerlo ms que yo--agreg.

--Precisamente voy en busca de un jabal--dije,--y de los ms feroces y
corpulentos--y luego, sin poderlo remediar, me puse a acariciar sus
cabellos, pero ella apart la cabeza.

--Ests irritada conmigo?--pregunt fingiendo sorpresa y deseoso de
aumentar un tanto su enojo. Nunca la haba visto irritada hasta entonces
y la hallaba no menos graciosa bajo aquel nuevo aspecto.

--Tengo acaso el derecho de enojarme?--pregunt.--Cierto es que anoche
tuviste a bien decir que cada hora pasada lejos de m era una hora
perdida. Pero tratndose de un jabal enorme ya es cosa muy diferente.

--Tan enorme que quizs sea yo cazado por l.

Flavia nada dijo.

--No te conmueve mi propio peligro?

Como continuase muda, acerqu mi rostro al suyo, que procuraba ocultar a
mis miradas y vi que tena los ojos llenos de lgrimas.

--Lloras porque corro peligro?

--Te portas ahora como solas ser antes, pero no como el Rey... como el
Rey que yo haba aprendido a amar.

Lanc un gemido y la estrech sobre mi corazn.

--Amor mo!--exclam olvidado de todo para no pensar ms que en
ella;--has podido creer que yo iba a dejarte para ir de caza?

--Pero entonces, Rodolfo... vas acaso?...

--S, en busca de esa fiera, de Miguel en su guarida.

Flavia estaba densamente plida.

--Ya ves, pues, querida ma, que no soy el amante ingrato que suponas.
Pero no permanecer ausente mucho tiempo.

--Me escribirs, Rodolfo?

Aunque pareciese debilidad por mi parte, no poda decir cosa, alguna
que despertase sus sospechas.

--Te enviar mi corazn todos los das--respond.

--Y no corrers peligro?

--Ninguno que pueda yo evitar.

--Cundo volvers? Oh, qu largos me parecern ahora los das!

--Que cundo volver?--repet.--No lo s, no puedo saberlo.

--Pronto, Rodolfo, pronto?

--Slo Dios lo sabe. Pero si no volviese, amada ma...

--Oh, cllate, Rodolfo! Cllate!--y pos sus labios sobre los mos.

--Si yo no volviese--murmur,--tendras que ocupar mi puesto, porque
entonces t seras la nica representante de nuestra casa. Tu deber
entonces sera reinar, no llorarme.

Irguise con toda la majestad de una Reina y exclam:

--S, lo hara! Ceira la corona y representara mi papel! Pero ah!
mi corazn morira contigo...

Se detuvo, y aproximndose otra vez a m murmur dulcemente:

--Vuelve pronto, Rodolfo!

Su voz, su acento, me dominaron.

--Juro--exclame,--verte una vez ms, pero yo mismo, antes de morir!

--T mismo? Qu quieres decir?--pregunt fijando en mi sus asombrados
ojos.

No me atrev a pedirle perdn; le hubiera parecido un insulto. No poda
decirle entonces quin era yo. Flavia lloraba y me limit a enjugar sus
lgrimas.

--Es acaso posible--pregunt,--que hombre alguno no regrese al lado de
la mujer ms hermosa del mundo?--dije.--Un centenar de Migueles no
podran impedrmelo!

Se estrech an ms contra m, algo consolada.

--No permitirs que Miguel te mate?

--No, amor mo.

--Ni que te separe de m?

--No, amor mo.

--Nadie podr separarte de m?

Y una vez ms contest:

--No, amor mo.

Y sin embargo, exista un hombre--no Miguel,--que deba de separarme de
ella y por cuya vida iba yo a arriesgar la ma. El recuerdo de aquel
hombre, la arrogante figura que yo haba contemplado por primera vez en
el bosque de Zenda, el cuerpo inerte abandonado en el stano del
pabelln de caza, se me apareca entonces como una doble sombra,
interponindose, separndome de Flavia, que yaca plida y casi
desvanecida en mis brazos, pero fijando en m una mirada llena de amor,
como no he visto otra en mi vida; una mirada cuyo recuerdo me persigue
an y me perseguir eternamente, hasta que la tierra cubra mis huesos y
(quin sabe?) quizs aun ms all de la tumba.




XII

UN ANZUELO BIEN CEBADO


A dos leguas de Zenda y por la parte opuesta de aquella donde se alza el
castillo, queda un extenso bosque. En su centro y sobre la colina, cuyas
laderas cubre el bosque, est construida la hermosa residencia del conde
Estanislao de Tarlein, pariente lejano de mi amigo el joven Tarlein. El
Conde visitaba aquella propiedad muy raras veces, la haba puesto a mi
disposicin y a ella nos dirigamos. Elegida en apariencia por la
abundante caza de sus cercanas, entre la que no escaseaban los
jabales, lo haba sido principalmente por su inmediacin a la magnfica
residencia del Duque, situada, como dicho queda, al lado opuesto de la
poblacin. Por la maana salieron de Estrelsau numerosas personas de mi
servidumbre, con caballos y equipaje, y nosotros los seguimos a
medioda, yendo buena parte del camino por tren y haciendo despus la
jornada a caballo hasta la posesin de Tarlein.

Me acompaaban diez bizarros caballeros, adems de Sarto y Tarlein,
cuidadosamente elegidos todos ellos y ciegamente adictos al Rey. Se les
dijo parte de la verdad, revelndoles tambin la tentativa contra mi
vida hecha en el cenador de Antonieta de Maubn, para estimular su celo
y acrecentar el odio que profesaban al Duque. Se les dijo adems que
ste tena preso en el castillo de Zenda a un fiel servidor del Rey,
cuyo rescate era uno de los objetos de la expedicin; pero aadiendo que
la mira principal del nuevo soberano era tomar ciertas medidas contra su
dscolo hermano, respecto de las cuales nada ms poda revelrseles por
entonces. Jvenes, leales y valientes, les bastaba que el Rey
manifestase sus deseos; lo nico que deseaban era mostrarle su buena
voluntad, y tanto mejor si para ello tenan que desenvainar la espada.

As qued trasladado el teatro de los sucesos desde Estrelsau al palacio
de Tarlein y al castillo de Zenda, que se alzaba sombro y amenazador al
otro lado del valle. Por mi parte trat de no pensar por el momento en
Flavia y de dedicarme con toda energa al cumplimiento de mi ardua
empresa. Era sta nada menos que sacar vivo al Rey de su prisin. La
fuerza era intil; haba que idear alguna estratagema y yo tena ya un
proyecto en embrin; pero me vea muy contrariado por la publicidad dada
a mi salida de la capital. Miguel deba de estar ya perfectamente
enterado de mi expedicin y de su verdadero objeto, pues ni por un
momento poda engaarle el pretexto de la cacera. Pero haba que
aceptar ese riesgo, con todo lo que para nosotros significaba, porque
tanto Sarto como yo reconocamos que la situacin era ya insostenible.
Una ventaja militaba a mi favor; la de que Miguel el Negro no poda
creer que yo abrigase favorables designios respecto del Rey. El vea y
apreciaba la oportunidad que se me ofreca, como la vea yo, como la
haba visto Sarto. Miguel, por su parte, amaba a la Princesa y no dudo
que hubiera matado al Rey, a mi otro rival, sin el menor escrpulo; pero
no sin quitar antes de en medio a Rodolfo Rasndil.

En todo esto iba pensando yo por el camino, y no haba permanecido ms
de una hora en la casa cuando se present una imponente embajada enviada
por el Duque. No tuvo el cinismo de mandarme a los tres que antes
intentaron asesinarme, pero s diput la otra mitad del sexteto,
Laugrn, Crastein y Ruperto Henzar, los ruritanos. Tres arrogantes
mocetones, soberbiamente montados y equipados, el ltimo de los cuales,
Henzar, que no contara ms de veintids o veintitrs aos, me dirigi
un bien pensado discurso, manifestndome que mi carioso hermano se vea
privado del placer de ofrecerme sus respetos en persona y aun de poner
su residencia a mi disposicin, porque as l como varios de sus
servidores estaban atacados de escarlatina. As lo asegur, con
sardnica sonrisa, Henzar, su embajador, apuesto mozo, tan bribn como
bien parecido, de quien se deca que andaban enamoradas muchas y muy
principales damas.

--Vamos, que mi hermano Miguel con escarlatina debe de estar ms
parecido a m que de ordinario, a lo menos por el color--dije.--Sufre
mucho?

--No tanto que no pueda atender a sus asuntos, seor.

--Espero que no se contarn entre los otros enfermos mis tres buenos
amigos De Gautet, Bersonn y Dechard--continu.--Del ltimo he odo
decir que est herido.

Laugrn y Crastein hicieron una fesima mueca, pero el joven Henzar se
sonri al decir:

--Dechard espera hallar muy pronto blsamo eficaz para su herida.

Por mi parte me ech a rer, porque saba que para mi malparado enemigo
no haba ms que un remedio: venganza.

--Se sentarn ustedes a mi mesa, seores?--pregunt.

El joven Ruperto declin respetuosamente la invitacin, alegando que
importantes deberes los llamaban al castillo.

--Pues entonces--dije con un ademn de despedida,--hasta nuestra
prxima entrevista, que espero nos permitir conocernos mejor!

--Y para ello, ojal que Vuestra Majestad nos proporcione pronta
oportunidad!--agreg Ruperto altaneramente; y al pasar junto a Sarto
mir a ste con tal expresin de desprecio y burla que el veterano
apret los puos y sus ojos brillaron amenazadores.

Cuanto a m, me agradaba aquel bribn franco y alegre y lo prefera con
mucho a sus dos compaeros de sombro rostro y siniestra mirada. Ms
vale ser un bribn con gracia que sin ella.

Aquella primera noche, en vez de saborear la excelente comida que me
haban preparado mis cocineros, dej que los caballeros de mi squito la
despachasen a su gusto, bajo la presidencia de Sarto, mientras yo
cabalgaba en compaa de Tarlein hacia la villa de Zenda y ms
particularmente hacia cierta posada que all conoca. La excursin
ofreca poco peligro; la noche era clara, el camino hasta Zenda, muy
concurrido y lo nico que hice fue envolverme en una amplia capa. Un
lacayo nos segua a distancia.

--Tarlein--dije al llegar a la poblacin;--en la posada adonde nos
dirigimos hay una muchacha muy linda.

--Cmo lo sabe usted?--pregunt.

--Porque he estado en ella.

--Desde?...

--No, antes.

--Pero le reconocern a usted.

--Probablemente. Y por lo mismo, he aqu lo que vamos a hacer. Somos dos
caballeros del squito del Rey, uno de los cuales tiene dolor de muelas.
El otro dispondr que nos sirvan de comer en habitacin separada, con
una botella de buen vino para alivio del paciente. Y si es usted tan
avisado como lo creo, la linda muchacha de que le he hablado, y nadie
ms, ser quien nos sirva a la mesa.

--Y si ella se niega a servirnos?

--Querido Tarlein, si se niega a hacerlo por usted, lo har por m.

Llegamos a la posada, bien embozado yo; vi a la madre de la muchacha y
poco despus a sta, se dio orden de servirnos la comida, me instal en
una pieza reservada para nosotros, y no tard en reunrseme Tarlein.

--La chica ser quien nos sirva--dijo.

--Y de lo contrario--aad,--hubiera yo dudado mucho del buen gusto de
la condesa Elga.

Entr la buena moza, le di tiempo de poner la botella sobre la mesa para
evitar que con la sorpresa la hiciera pedazos, y Tarlein llen un vaso,
que me ofreci.

--Sufre mucho este caballero?--pregunt la joven.

--Ni ms ni menos que la primera vez que te vio--dije desembarazndome.

Dio ella un ligero grito y exclam:

--Con que era el Rey! As se lo dije a mi madre apenas vi el retrato de
Su Majestad. Oh, seor, perdn!

--No recuerdo tener nada que perdonarte--dije.

--Pero, seor, todas aquellas cosas que dijimos...

--Oh, te las perdono de todo corazn!

--Voy a decirle a mi madre...

--Ni una palabra--le orden.--V a traer la comida y nada digas a nadie
sobre la presencia del Rey en esta casa.

Volvi a los pocos momentos llena de curiosidad.

--Y Juan?--le pregunt, empezando a comer.--Qu tal est?

--Apenas le vemos ahora, seor.

--Por qu?

--Yo le dije que vena por aqu muy a menudo.

--Es decir que est enfadado y se oculta?

--S, seor.

--Pero t puedes hacerlo volver por aqu?

--Es muy probable...

--Oh, s! Yo s lo mucho que t vales y puedes--le dije, hacindola
ruborizarse de placer.

--Pero, seor, no slo es eso lo que lo aleja de Zenda. En el castillo
tienen ahora mucho que hacer.

--Pero si el Duque no est de caza...

--No, seor; pero Juan tiene a su cargo el servicio interior.

--Juan convertido en doncella de servicio?

La muchacha se desviva por chismear un poco.

--Es que no hay all nadie ms que pueda hacerlo--explic.--Ni una sola
mujer. Es decir, como criada, porque no falta quien diga que... Pero es
falso, sin duda.

--No importa, sepamos lo que dicen.

--Pues corre el rumor de que en el castillo habita una seora. Lo cierto
es que Juan tiene que servir a los caballeros que all residen ahora.

--Pobre Juan! No dejar de hallarse muy ocupado. Sin embargo, estoy
seguro de que nunca le faltar media hora para venir a verte. T lo
quieres?

--No mucho, seor.

--Pero quieres servir al Rey?

--S, seor.

--Pues entonces, mndale a decir que le esperas junto a la gran piedra
que hay en el camino de Zenda al castillo, a la salida del pueblo,
maana a las diez de la noche.

--Piensa usted hacerle algn dao, seor?

--Ninguno, si hace lo que yo le ordene. Pero creo haberte dicho lo
bastante, linda muchacha. Cuida de obedecerme puntualmente y recuerda
que nadie ha de saber que el Rey ha estado aqu.

Habl con alguna severidad, porque nunca est de ms infundir cierto
grado de temor a las mujeres que nos quieren; y al propio tiempo,
suavic la severidad de mis palabras, hacindole un valioso presente.
Comimos, volv a embozarme y precedido de Tarlein me dirig adonde nos
esperaban los caballos.

No eran ms de las ocho y media de la noche, haba mucha gente en las
calles para una poblacin tan pequea y era fcil ver que los buenos
vecinos de Zenda comentaban noticias al parecer muy interesantes. Y no
era extrao, porque con el Duque por un lado y el Rey por otro, Zenda
les pareca indudablemente el centro de toda Ruritania. Recorrimos las
calles al paso de nuestros caballos, pero les pusimos al galope tan
luego salimos al campo.

--Quiere usted atrapar a ese Juan de que habla?--pregunt Tarlein.

--S, y convendr usted conmigo en que he cebado bien el anzuelo.
Nuestra bonita Dalila de la posada, atraer al Sansn del castillo. La
precaucin del duque Miguel, de no tener mujeres en el castillo no
basta, amigo Tarlein. Para lograr completa seguridad, se necesita que no
haya faldas en cincuenta leguas a la redonda.

--Conque las haya en Estrelsau me basta--dijo el enamorado Tarlein dando
un suspiro.

Subimos por la avenida que conduca a la villa Tarlein y apenas pudo
orse desde sta el paso de los caballos, sali Sarto apresuradamente a
recibirnos.

--Gracias a Dios que vuelve usted sano y salvo!--exclam.--No ha
asomado ninguno de ellos por el camino?

--De quines habla usted, coronel?--pregunt, echando pie a tierra.

Nos llev a un lado, para que no lo oyesen los lacayos.

--Joven--dijo,--basta ya de cabalgar solo o poco menos, por estos
alrededores. No puede usted volver a hacerlo, sin que le acompaemos
media docena de nosotros. Sabe usted lo que le ha pasado a Berstein?

El caballero de este nombre, uno de los de mi squito, era un arrogante
mozo, casi tan alto como yo, y de caballo muy parecido al mo.

--Pues est arriba en su cuarto y en cama, con una bala en el brazo.

--Qu me dice usted!

--Lo que oye. Despus de comer se le ocurri ir a dar un paseo por el
bosque, y a lo mejor divis entre los rboles a tres hombres, uno de los
cuales le apunt con un fusil. Como estaba desarmado, ech a correr en
direccin a esta casa, pero son un disparo, le atravesaron un brazo y
cuando lleg aqu estaba a punto de caer desvanecido.

Hizo Sarto una pausa y continu:

--Esa bala, joven, le estaba destinada a usted.

--Es muy probable--dije.--Primera sangre a favor de Miguel.

--Quisiera saber cul de los dos tros es el autor de esa hazaa--dijo
Tarlein.

--Sarto--dije a mi vez,--mi salida de esta noche tena objeto
importante, como lo ver usted ms adelante. Pero por lo pronto puedo
asegurar una cosa.

--Y es?

--Que creera corresponder muy mal a los grandes honores de que me ha
colmado Ruritania, si saliese del pas dejando con vida a uno siquiera
de los Seis. Y con la ayuda de Dios me propongo limpiar de ellos al
pas.

Sarto, al orme, tom y estrech mi mano.




XIII

NUEVA ESCALA DE JACOB


A la maana siguiente di algunas rdenes y me sent ms satisfecho que
nunca. Haba puesto manos a la obra, al trabajo, y ste, ya que no cura
el amor, es por lo menos como un narctico que nos permite olvidarlo
temporalmente. Sarto, que andaba agitado y nervioso, se sorprendi mucho
al verme aquella maana, arrellanado en cmodo silln de brazos,
escuchando la cancin amorosa que con muy buena voz entonaba uno de los
caballeros de mi squito. Tal era mi ocupacin cuando el ms joven de
los Seis, Ruperto Henzar, que no tema a Dios ni al diablo, se adelant
de repente a caballo, con tanta calma como si detrs de cada rbol no
pudiese tener yo apostado un buen, tirador, y ni ms ni menos que si
cabalgase en el parque de Estrelsau.

Se acerc a m, saludndome con cmica reverencia, y solicit hablarme a
solas para comunicarme un mensaje del duque Miguel. Hice que se
retirasen todos y Henzar, sentndose a mi lado, comenz:

--El Rey est enamorado a lo que parece?

--No de la vida, seor mo--contest sonrindome.

--Ms vale as. Pero estamos solos. Usted, Rasndil...

--Qu es eso? Cmo se entiende?--le dije en tono seco y arrogante,
haciendo ademn de levantarme.

--Qu ocurre?--pregunt.

--Pues nada, sino que iba a llamar para que le trajeran a usted su
caballo. Si ignora usted cmo dirigirse al Rey, es indispensable que mi
hermano elija otro embajador.

--Para qu continuar esta farsa?--pregunt con suma indiferencia,
sacudiendo con su latiguillo el polvo que cubra sus altas botas.

--Porque la farsa no ha terminado todava--repliqu;--y mientras dure me
reservo el derecho de usar el nombre que mejor me cuadre.

--Corriente. Lo nico que me propona hacer era hablarle con entera
franqueza. Porque no le quiero a usted mal, es usted todo un hombre.

--Por tal me tengo, modestia aparte. Soy honrado con los hombres y honro
y respeto a las mujeres, seor mo.

Me dirigi una mirada iracunda.

--Vive su madre de usted?--prosegu.

--No, ha muerto.

--Tanto mejor para ella--dije, gozndome al or la maldicin que me
lanz entre dientes.--Y ahora, oigamos ese mensaje.

Le haba herido en lo vivo, porque todo el mundo saba que Henzar haba
instalado a una querida en su propia casa, y destrozado el corazn de su
madre, muerta de pesar. Toda su arrogancia desapareci por el momento.

--El Duque le ofrece a usted ms de lo que yo le ofrecera--murmur.--Mi
opinin era que le mandase a usted la cuerda con que merece ser
ahorcado, pero l se empe en darle un salvo-conducto hasta la frontera
y quinientos mil pesos.

--Pues entre las dos ofertas prefiero la de usted, seor mo.

--Es decir que rehusa usted la del Duque?

--Desde luego.

--As se lo dije a Su Alteza.

Y el bribn que haba recobrado todo su aplomo, me dirigi la ms alegre
de sus sonrisas.

--La verdad es, ac entre nosotros, que Miguel no sabe ni puede
comprender lo que es un caballero.

--Y usted?--dije rindome en sus barbas.

--Yo s. Corriente: pues le daremos a usted la cuerda.

--Lo malo es que no vivir usted para verme ahorcado con ella--observ.

--Me hace Vuestra Majestad el honor de buscarme querella?

--Para eso sera preciso que tuviera usted siquiera algunos aos ms.

--Maldito lo que eso importa. Joven o no, me basto y me sobro para el
caso--dijo con burlona risa.

--Cmo est su prisionero?

--El Rey?

--Su prisionero, digo.

--Ah, s! Haba olvidado los deseos de Vuestra Majestad. Pues el preso
vive todava.

Dej su asiento, le imit y sonrindose dijo:

--Y qu tal la bella Princesa? Apuesto a que el prximo Elsberg ser
rojo, por ms que Miguel el Negro le haga las veces de padre...

Di un salto hacia l cerrando los puos. No retrocedi una sola lnea y
sigui mirndome con expresin y sonrisa insolentes.

--Vete, antes de que te haga pedazos!--murmur.

Me haba pagado con creces la alusin a la muerte de su madre.

Lo que hizo despus fue buena muestra de su increble audacia. Mis
amigos se hallaban a cincuenta pasos de distancia. Heznar orden a un
lacayo que le trajese su caballo y despidi al criado dndole una moneda
de oro. Yo permaneca inmvil, sin sospechar cosa alguna. Fingi que iba
a montar, pero volvindose de repente hacia m, con la mano izquierda en
el cinto y tendindome la diestra, dijo:

--Aqu est mi mano.

Me limit a inclinarme e hice lo que l haba previsto: cruc ambas
manos a la espalda. Rpida como el rayo brill en alto su daga y se
clav en mi hombro: de no haberme apartado bruscamente me hubiera
atravesado el corazn. Retroced lanzando un grito, salt l en la silla
sin tocar el estribo y sali disparado como una flecha, perseguido por
gritos y tiros de revlver, tan intiles stos como aqullos. Me dej
caer en mi silln, mirando cmo el malvado desapareca al extremo de la
avenida. Despus me rodearon mis amigos y perd el conocimiento.

Supongo que me llevaron al lecho, donde pas muchas horas de las que
nunca conserv el menor recuerdo. Era de noche cuando recobr el
conocimiento y vi a Tarlein a mi lado. Me senta dbil y fatigado, pero
Tarlein se apresur a darme la buena noticia de que mi herida curara
pronto y que entretanto todo iba bien, pues Juan el guardabosque haba
cado en el lazo que le tendimos y se hallaba en nuestro poder.

--Y lo ms raro es--continu Tarlein,--que no parece muy contrariado de
verse aqu. Sin duda se dice que le tiene ms cuenta no figurar como
testigo del crimen que Miguel prepara con el auxilio de sus Seis
matachines.

Aquella idea me hizo concebir muy buenas esperanzas en la cooperacin de
nuestro prisionero. Dispuse que me lo trajeran en seguida, y pronto
lleg acompaado de Sarto, que le hizo tomar asiento junto a mi lecho.
Estaba atemorizado, pero tambin nosotros abrigbamos nuestros recelos
despus de la tentativa de Ruperto Henzar, y Sarto cuid de tenerlo muy
al alcance de su revlver mientras dur la entrevista. Al entrar tena
atadas las manos, pero inmediatamente hice que lo desataran.

No detallar todas las garantas y recompensas que le ofrecimos y que en
su da fueron cumplidas religiosamente, de suerte que hoy vive con
holgura, aunque no dir dnde. Era ms dbil que perverso y muy pronto
nos convencimos de que hasta entonces haba obrado por temor al Duque y
a su hermano Mximo ms que por adhesin a la causa de aqul. Pero todos
estaban convencidos de su lealtad; y aunque ignoraba los planes secretos
de su amo, su conocimiento de la disposicin interior del castillo, y
de las medidas tomadas en l, lo hacan un auxiliar precioso. He aqu en
breve los informes que nos proporcion:

Debajo del piso del castillo haba dos pequeas celdas labradas en la
roca viva, a las cuales se bajaba por medio de una escalera de piedra
que comenzaba a un extremo del puente levadizo. Una de dichas celdas
careca de ventanas y haba que tener siempre en ella velas encendidas.
La segunda tena una ventana cuadrada que daba al foso. En esta celda
velaban siempre de da y de noche, tres de los Seis, con orden de
defender la puerta que daba a la otra celda, en caso de ataque, mientras
les fuera posible; pero dado que los asaltantes parecieran prximos a
triunfar, Henzar y Dechard, uno de los cuales se hallaba siempre all,
tenan orden expresa del Duque de separarse de sus compaeros, entrar en
la celda inmediata y matar al Rey. All estaba preso ste, bien tratado
hasta entonces, pero sin armas y atados los brazos con delgadas cadenas
de acero que apenas le permitan moverlos. Es decir que antes de
franquear nosotros la segunda puerta habra muerto el Rey. Y su cuerpo?
No sera ste la prueba ms clara y comprometedora del crimen de
Miguel?

--No seor--dijo Juan.--Su Alteza ha pensado en eso, y el asesino del
Rey no tiene ms que abrir la reja de hierro que encierra la ventana de
la celda, reja cuyo marco gira sobre sus goznes. El hueco de la ventana
est hoy obstruido por un enorme tubo, capaz de dar paso al cuerpo de un
hombre, y cuyo extremo opuesto llega precisamente hasta la superficie
del agua que llena el foso. Muerto el Rey, su matador arrastra el cuerpo
hasta la ventana, le ata un peso de plomo que all tienen preparado y
desliza el cadver por el tubo hasta el agua del foso, que mide all
veinte pies de profundidad. Hecho esto, da un grito que sirve de seal a
los otros, se arroja a su vez por el tubo, le siguen los dems si
pueden, y mientras el cuerpo del Rey va derecho al fondo del foso, los
asesinos nadan hacia la orilla opuesta, donde varios hombres tienen
orden de esperarlos con cuerdas para sacarlos del agua y caballos para
huir, si no queda otro recurso. En este caso Miguel huira tambin con
ellos. Pero si les quedase alguna esperanza de triunfar, volveran al
castillo y cogeran a sus enemigos en las dos piezas subterrneas, como
en una trampa. Este es el plan de Su Alteza, pero slo se propone
emplearlo en ltimo extremo, porque su intento es no matar al Rey hasta
haberlo matado a usted, o hasta tener la seguridad de que podr
despacharlo poco despus de muerto el Rey. Y ahora, seor, le ruego que
me proteja, porque si el duque Miguel llega a saber lo que he hecho, no
habr tormento bastante cruel para m.

Por el relato de Juan, que completamos con nuestras preguntas, supimos
tambin que en caso de ataque al castillo por una fuerza numerosa, como
la que yo el Rey poda reunir, sus defensores renunciaran a toda
resistencia, limitndose a matar al Rey y arrojar su cadver al fondo
del foso. Pero en lugar de huir los asesinos, uno de ellos deba ocupar
el lugar del Rey en el calabozo y pedir a los asaltantes favor y
justicia a grandes gritos; llamado entonces Miguel, declarara que el
preso haba ofendido a la seora Maubn y por eso sufra aquel castigo;
y que l, el Duque, se alegraba de tener aquella oportunidad para
aclarar lo ocurrido en la fortaleza y contradecir y disipar ciertos
rumores que haban circulado acerca de la presencia de un misterioso
prisionero en el castillo de Zenda. Burlados entonces los invasores, se
retiraran, permitiendo al Duque disponer con toda calma del cuerpo del
Rey.

Sarto, Tarlein y yo en mi lecho oamos con horror aquellos detalles de
la maldad del Duque y de la audacia de su plan. Fuese yo al castillo
ocultndome o en pleno da, solo o al frente de mis tropas, el Rey
estaba condenado a morir antes de que yo pudiera acercrmele. Si Miguel
me venca todo acababa all, pero de ser yo vencedor no tendra medios
de castigarlo, ni de mostrar su culpa sin descubrir tambin la ma. Pero
por lo pronto sera yo Rey, Rey! pensamiento que haca latir mi corazn
apresuradamente; y el porvenir se encargara de decidir en la lucha
entre l y yo. Hasta entonces me haba inclinado a creer que el Duque
gustaba de dejar a sus amigos los peligros de la empresa; pero desde
aquel momento comprend que se reservaba la direccin de la misma y que
no le faltaban ni audacia ni astucia.

--Conoce el Rey esos detalles?--pregunt.

--Mi hermano y yo--contest Juan,--colocamos el tubo, dirigidos por el
seor de Henzar, pues estaba de guardia aquel da. El Rey pregunt lo
que aquello significaba y el seor de Henzar le contest rindose que
era una nueva Escala de Jacob, por la cual, como dice la Biblia, pasan
los hombres de la tierra al Cielo; y que si llegase el caso de hacer el
viaje, aquel camino sera ms propio de un Rey, que pasara por l con
toda comodidad, sin verse expuesto a las miradas de los curiosos.
Despus solt otra carcajada y pidi al Rey permiso, para volver a
llenar su vaso, porque Su Majestad estaba comiendo. Valiente como es el
Rey y como lo son todos los Elsberg, palideci al mirar el siniestro
tubo y or al villano que as se mofaba de l.--Ah, seores!--acab
diciendo Juan,--en el castillo de Zenda le cortan la cabeza a un hombre
con tanta frescura como juegan una partida de cartas; y precisamente ese
Henzar es el ms cruel de todos... y el ms temible tambin cuando hay
mujeres cerca.

Ces de hablar el guardabosque y dispuse que Tarlein diese orden de
vigilarlo cuidadosamente. Pero antes de que se lo llevaran le dije:

--Si alguien te pregunta si hay un prisionero en Zenda, puedes contestar
que s, pero si te preguntan quin es cllate. Todas mis promesas no
podran salvarte la vida si alguien llegase a saber que el Rey est en
el castillo. Yo mismo te matara como un perro si la verdad se
sospechase siquiera en esta casa!

Cuando hubo salido mir a Sarto.

--Difcil empresa, amigo!--le dije.

--Tanto--respondi moviendo pensativamente la encanecida cabeza,--que
segn toda probabilidad dentro de un ao seguir usted siendo Rey de
Ruritania. Y dicho esto desahog su clera lanzando una sarta de
maldiciones contra Miguel el Negro.

--Mi opinin es--dije reclinndome en las almohadas,--que slo tenemos
dos medios de sacar al Rey vivo de Zenda. El uno es lograr que los
amigos del Duque le hagan traicin...

--Prescinda usted de ese medio--dijo Sarto.--Veamos el otro.

--Pues el otro--dije,--es ni ms ni menos que un milagro del Cielo!




XIV

RONDANDO EL CASTILLO


Grande hubiera sido la sorpresa del buen pueblo ruritano si hubiera
podido or la conversacin que acabo de transcribir, porque segn las
noticias oficiales yo me haba herido con un venablo durante una
cacera. Por orden ma el primer boletn oficial hizo constar que la
herida era algo grave, lo cual ocasion viva sensacin en Estrelsau y
produjo el triple resultado siguiente, que yo estaba lejos de esperar:
primero, ofend gravemente a los mdicos de la Corte, prohibindoles que
vinieran a mi lado a excepcin de un joven cirujano amigo de Tarlein, en
quien podamos confiar; segundo, el general Estrakenz mand a decirme
que, a pesar de sus rdenes y las mas, la Princesa se dispona a salir
para Tarlein, escoltada por l (noticia que a pesar de lo alarmante que
era me llen de alegra y orgullo); y tercero, que mi buen hermano el
Duque, perfectamente enterado de la procedencia de mi herida, crey que
mi estado era grave y aun que se hallaba en peligro mi vida.

Esto ltimo lo supe por Juan, en quien tuve que confiar, mandndole
volver a Zenda, donde Ruperto Henzar le hizo dar de latigazos por el
crimen de haber pasado toda una noche fuera del castillo, engatusado por
alguna mozuela del pueblo. Aquel castigo aument el odio de Juan hacia
Henzar y el Duque, y me respondi de su auxilio y lealtad ms que cuanto
hubieran podido hacerlo todas mis ofertas y promesas.

Poco dir de la llegada de Flavia. Es aqul un recuerdo que no puedo
renovar sin dolor. Nunca olvidar su alegra al verme casi restablecido
y no moribundo como tema; y sus quejas y reproches por no haber
confiado en ella y dchole la verdad, justifican en parte los medios de
que me val para aplacarla. Su presencia fue para m en aquellas
circunstancias lo que la vista del cielo para el condenado rprobo, y
tanto ms dulce porque yo saba la suerte casi inevitable que me hubiera
impedido volver a verla sin aquella su ltima visita. Dos das pas con
ella en completa inaccin, al cabo de los cuales el duque de Estrelsau
tuvo a bien anunciar que me haba preparado una partida de caza.

Se acercaba el momento decisivo. Sarto y yo habamos acordado, tras
ansiosas conferencias, arriesgar el golpe; afirmndonos en esta
resolucin las malas noticias que Juan nos daba sobre la salud del Rey,
que palideca y se debilitaba con aquel prolongado encierro. En mi
opinin, Rey o no, la muerte instantnea recibida de un balazo o una
estocada, era preferible mil veces a la lenta agona que esperaba al
joven Soberano en su calabozo. Desde este punto de vista, importaba
obrar prontamente a favor del Rey; pero no menos interesado estaba yo en
ello por cuenta propia. Estrakenz insista en la necesidad de mi
inmediato matrimonio, al cual me impulsaban tambin mis deseos, hasta el
punto de hacerme vacilar en la senda del deber. No me crea capaz de
faltar a ste, pero s poda ocurrrseme huir, abandonar el pas, lo
cual hubiera significado la ruina de los Elsberg. Es ms: como no soy
santo (dgalo mi cuadita), podra llegar un momento de ofuscacin que
me hiciera cometer una falta irreparable.

Jams haba ocurrido caso semejante en la historia de ningn pueblo. El
hermano del Rey y el que personificaba a ste en el trono, empeados en
una guerra a muerte, disputndose la persona del verdadero Rey, sin que
el pas se diera cuenta de ello, en medio de la ms profunda paz y a las
puertas de una poblacin tranquila y confiada. Y, sin embargo, tal era
en aquellos momentos la situacin entre el castillo de Zenda y la morada
de los Tarlein. Cuando recuerdo ahora aquella poca me pregunto si
estuve loco. Sarto me ha dicho despus que por entonces yo no admita
intervencin alguna ni aceptaba consejos de nadie; que me conduje como
Rey absoluto de Ruritania. Por ninguna parte vea solucin que pudiera
hacerme atractiva la vida, y por lo mismo la arriesgue de la manera ms
temeraria. Al principio trataron de protegerme, quisieron evitar que me
expusiese al peligro; pero, cuando comprendieron que mi resolucin era
inquebrantable, se dijeron, dndose o no cuenta de la verdad, que el
nico medio era fiarlo todo a la suerte y dejarme llevar adelante, a mi
manera, la lucha mortal emprendida contra Miguel.

A la noche siguiente dej muy tarde la mesa en que acababa de comer en
compaa de Flavia y la conduje hasta la puerta de sus habitaciones.
All bes su mano y me desped de ella desendole tranquilo reposo.
Inmediatamente cambi de traje y sal. Sarto y Tarlein me esperaban con
tres hombres y los caballos. Sarto llevaba consigo una larga cuerda, y
ambos iban bien armados. Cuanto a m, slo tena una pequea maza y un
agudo pual. Dimos un largo rodeo para no cruzar el pueblo, y al cabo
de una hora subamos la cuesta que conduca al castillo de Zenda. Era la
noche obscura y tormentosa; el viento soplaba con furia, agitando los
rboles, y llova a cntaros. Llegados a un bosquecillo no muy distante
de la fortaleza, dispuse que nuestros tres acompaantes se quedasen all
con los caballos. Sarto tena un silbato con el cual poda llamarlos en
mi auxilio; pero hasta aquel momento nadie nos haba visto ni apareca
seal de peligro. Yo tena la esperanza de que Miguel siguiera
desprevenido, creyndome postrado todava en el lecho. Llegamos sin
tropiezo a la cumbre y a la orilla del cenagoso foso. Sarto, sin perder
momento, at la cuerda al tronco de un rbol inmediato al foso. Yo me
quit las botas, tom un trago de licor, estrech las manos de mis dos
amigos sin hacer caso de la mirada suplicante de Tarlein, y despus de
asegurarme de que el pual sala fcilmente de la vaina, as la maza con
los dientes y me aproxim al foso. Iba a inspeccionar la Escala de
Jacob.

Con ayuda de la cuerda me deslic suavemente en el agua, nada fra,
porque el da haba sido muy caluroso. Cruc a nado el foso y segu
nadando junto a los altos muros de la fortaleza, sin ver a ms de tres
varas de distancia y con muy buenas esperanzas de no ser descubierto. En
la parte nueva del castillo se vean algunas luces, y o tambin risas
y cantos, parecindome distinguir entre las voces la de Ruperto Henzar,
a quien me figur excitado por el vino. Descans un momento, y
orientndome pens que si la descripcin hecha por Juan era exacta,
deba hallarme en aquel momento al pie de la ventana que buscaba. Volv
a nadar lentamente, y a tres pasos vi una sombra; era el enorme cilindro
que saliendo de la ventana llegaba a flor de agua. Su dimetro era,
aproximadamente, doble que el cuerpo de un hombre. Iba a acercarme ms,
cuando divis al otro lado del tubo la proa de un bote. Mi corazn lati
con violencia y permanec inmvil. Escuchando atentamente, o en el bote
un rumor como el de una persona que cambiase de posicin. Quin era
aquel hombre encargado de guardar la invencin diablica de Miguel?
Estaba despierto o dormido? Llev maquinalmente la mano al puo de mi
daga, y al propio tiempo not con alegra que haca pie. Los cimientos
del castillo proyectaban hacia el foso formando un reborde de unas
quince pulgadas, sobre el cual pos ambos pies con agua hasta el pecho.
Despus me inclin y mir por debajo del tubo.

En el bote vi a un hombre y a su lado brillaba el can de un fusil.
Era el centinela! Permaneca inmvil, y a poco pude or su
respiracin, fuerte y acompasada. Dorma! Arrodillndome sobre el
reborde, adelant el cuerpo por debajo del tubo hasta poner mi rostro a
media vara del suyo. Era Mximo Holf, un hombrachn, hermano de Juan.
Deslic la mano hasta el cinto y saqu el pual. El recuerdo de aquel
momento es el que ms me remuerde en mi vida, y no quiero ni pensar si
fue aqul un acto varonil o una traicin. Lo nico que me dije fue: Es
esta una guerra a muerte, y de m depende la vida del Rey. Llegu junto
al bote, respirando apenas, fij los ojos en el punto donde quera
descargar el golpe y alc el brazo armado. El centinela hizo un
movimiento y abri los ojos; los abri desmesuradamente, mirndome con
expresin de terror intenso, y empu el fusil. Descargu el golpe. Y
desde la orilla opuesta o el coro de una cancin de amor.

Dejando a mi vctima en el bote, me volv hacia la Escala de Jacob.
Tena poco tiempo disponible. Adems, de un momento a otro podan venir
a relevar al centinela. Inclinndome sobre el tubo, lo examin desde el
punto en que proyectaba del agua hasta su extremidad superior, que
pareca hundirse en el macizo muro. No presentaba la menor solucin de
continuidad; pero mi corazn lati precipitadamente al notar que por su
parte superior, donde entraba en el hueco del muro, se deslizaba un
tenue rayo de luz. Aquella luz proceda de la celda del Rey! Apoy el
hombro contra el tubo, y el intersticio por donde sala la luz se
ensanch perceptiblemente, algunas lneas. Desist en seguida; aquella
prueba me bastaba para convencerme de que el tubo no estaba slidamente
adherido al muro por su parte superior.

Entonces o una voz brusca, que deca:

--Y ahora, si Vuestra Majestad no desea mi compaa por ms largo
tiempo, le dejar descansar. Pero antes tengo que asegurarle las muecas
con este precioso par de brazaletes...--Era Dechard, cuyo acento ingls
reconoc al instante!

--Desea Vuestra Majestad darme alguna orden antes de separarnos?

Entonces la voz del Rey, cavernosa y dbil, muy distinta de aquella otra
tan alegre que haba odo en el bosque de Zenda, contest:

--Ruegue usted a mi hermano que me mate, que abrevie esta muerte lenta.

--El Duque no desea la muerte de Vuestra Majestad--replic burlonamente
Dechard;--a lo menos... por ahora. Si llega el momento, all est el
camino que lleva derecho a la gloria.

--Est bien--dijo el Rey.--Y ahora, si sus instrucciones se lo
permiten, djeme usted solo.

--Buenas noches y gratos sueos!--exclam el rufin.

La luz desapareci y o el ruido de los cerrojos y despus los sollozos
del Rey. Se crea solo. Quin poda orle y mofarse de su llanto?

No me atrev a hablarle. Poda escaprsele una exclamacin de sorpresa
que nos vendiera. Nada me quedaba por hacer aquella noche sino ponerme
en salvo y ocultar el cadver del centinela, cuyo hallazgo en aquellas
circunstancias hubiera puesto en guardia a mis enemigos. Desat el bote
y sub a l. El viento soplaba con violencia y nadie poda or el ruido
de los remos. Me dirig rpidamente al punto donde me esperaba Sarto, y
en el momento de tocar la orilla o un penetrante silbido detrs de m,
al lado opuesto del foso.

--Eh, Mximo!--grit una voz.

Llam a Sarto por lo bajo, cay la cuerda en el bote y con ella at el
cadver. Despus salt a la orilla.

--Silbe usted tambin--orden a Sarto,--para llamar a nuestra gente y
entretanto icemos el cuerpo que ah traigo. No hablemos ahora.

Llegaron nuestros hombres y apenas tuvimos el cadver de Mximo en
tierra, vimos a tres jinetes que saliendo del otro lado del castillo,
se dirigan hacia nosotros, aunque no podan vernos todava, porque
estbamos a pie.

--Obscura est la maldita noche!--exclam una voz penetrante.

Era Ruperto Henzar, que un momento despus se hall frente a mis
compaeros. Inmediatamente sonaron varios tiros y me adelant seguido de
Sarto y Tarlein.

--Mata, mata!--aullaba Ruperto, y un gemido me anunci que el bribn
daba el ejemplo a su gente.

--Estoy perdido, Ruperto!--exclam al caer uno de los que le
seguan.--Son tres contra uno. Slvate!

Me precipit hacia Ruperto, empuando la maza, y le vi inclinarse sobre
su caballo.

--Te han despachado tambin a ti, Crastein?--grit.--No obtuvo
respuesta. Di un salto y as las riendas del caballo.

--Por fin!--exclam.

Crea tenerlo seguro. Mis amigos le rodeaban y no pareca quedarle otro
recurso que rendirse o morir.

--Por fin!--repet.

--Calla! es el cmico!--exclam,--y de un poderoso tajo cort mi maza
en dos. Prefer la huida a la muerte y (me avergenzo de confesarlo)
ech a correr. Aquel Ruperto Henzar era un verdadero demonio. Le vi
lanzarse a escape y arrojarse al agua con su caballo, entre una
granizada de balas. La profunda obscuridad que reinaba le salv la vida.
Gan la orilla opuesta del foso y desapareci.

--El diablo le lleve!--exclam Sarto.

--Lstima que sea tan gran bribn. Quines han cado?

--Laugrn y Crastein.

All estaban sus ensangrentados cadveres, que arrojamos al foso junto
con el de Mximo, pues ya era intil ocultarlo. Montamos a caballo y
bajamos la cuesta, llevndonos el cuerpo de uno de nuestros amigos cuya
muerte lament profundamente.

Tambin me inquietaba ms que nunca la suerte del Rey y me dola verme
burlado una vez ms por Ruperto Henzar, que adems de escaparse me haba
llamado cmico.




XV

TENTACIN


Ruritania no es Inglaterra, pues de lo contrario, la lucha empeada
entre el duque Miguel y yo, con todos los notables incidentes que la
caracterizaban, no hubiera podido proseguir sin llamar vivamente la
atencin pblica. Los duelos entre personas de las clases ms elevadas,
era cosa frecuente y ocasionaban feudos y reyertas en los que
participaban tambin los amigos y servidores de los principales
contendientes. Sin embargo, despus del encuentro que dejo reseado,
circularon rumores tales, que me impusieron la mayor prudencia. Era
imposible ocultar a los parientes de las vctimas la muerte de sus
deudos. Di, pues, un severo edicto contra el duelo, redactado en los
trminos ms enrgicos por el gran Canciller, en el cual se deca que
habiendo tomado aquella prctica proporciones inusitadas, quedaba
prohibida bajo rigurosas penas, a excepcin de ciertos casos contados y
gravsimos. Envi un mensaje de psame al Duque y recib de l corts y
amistosa respuesta; porque es de notar que ni l ni yo podamos jugar a
cartas vistas y que a pesar de nuestros odios nos importaba fingir una
concordia que hasta entonces haba engaado al pblico.

Lo peor era que el disimulo me impona nuevas dilaciones, y entretanto
poda morir el Rey o podan transportarlo a otra prisin desconocida
para m. Durante aquella tregua tuve el consuelo de ver que Flavia
aprobaba cordialmente mi edicto contra el duelo, si bien me rog que lo
prohibiese en absoluto.

--Lo har despus de nuestra boda--le dije sonrindome.

Uno de los ms curiosos resultados de la tregua y del derecho que la
dict, fue la conversin de la villa de Zenda, en una especie de zona
neutral en la que ambos bandos podan encontrarse sin peligro durante el
da; de noche no hubiera yo fiado gran cosa en su proteccin. Por
entonces tuve tambin un encuentro que aunque chistoso, no dej de
preocuparme bastante. Cabalgando un da entre Flavia y Sarto, vimos
acercarse un coche descubierto tirado por dos caballos, en el cual iba
un pomposo personaje que ech pie a tierra y me salud profundamente.
Entonces reconoc al jefe de polica de la capital.

--Puedo asegurar a Vuestra Majestad--me dijo,--que estoy haciendo
cumplir al pie de la letra las rdenes dictadas contra el duelo.

Y temindome yo que su presencia en Zenda tuviese por objeto seguir
dando all pruebas de igual celo que en Estrelsau, resolv impedrselo
cuanto antes.

--Es ese el motivo de su venida a Zenda, seor prefecto?--le pregunt.

--Oh, no, seor! Me trae el deseo de complacer al Embajador ingls...

--De qu se trata--dije aparentando indiferencia.

--Parece que un joven compatriota del seor Embajador, miembro de
distinguida familia, ha desaparecido. Ni amigos ni parientes han tenido
la menor noticia suya desde hace dos meses, y hay motivos para creer que
ha estado en Zenda. Flavia dedicaba escasa atencin a las palabras del
prefecto. Por mi parte no me atreva a mirar a Sarto.

--Qu motivos son esos?

--Un amigo suyo que reside en Pars, el seor Federly, ha dado informes
que hacen creer en su presencia aqu, y los empleados del ferrocarril
recuerdan haber visto el nombre del viajero en su equipaje.

--Y ese nombre?

--Rasndil, seor.

En la manera de decirlo comprend que el tal nombre nada significaba
para l. Dirigi luego una rpida mirada a Flavia y prosigui, bajando
la voz:

--Se cree que ha venido en seguimiento de una mujer. Ha odo hablar
Vuestra Majestad de cierta seora de Maubn?

--S--dije mirando involuntariamente hacia el castillo.--Esa dama lleg
a Ruritania al mismo tiempo que el Rasndil de quien habla usted.

El prefecto me mir fijamente, como interrogndome.

--Sarto--dije,--tengo que hablar un momento a solas con el prefecto.
Escolte usted a la Princesa. Veamos, seor prefecto; qu quiere usted
decir?--pregunt.

Se me acerc y me inclin hacia l.

--Y si el joven ese hubiera estado enamorado de la
dama?--murmur.--Nada se ha sabido de l en los dos meses--y a su vez el
prefecto dirigi una mirada al castillo.

--S, la seora de Maubn est all--dije con toda calma.--Pero no creo
que Rasndil... es ese el nombre?

--El Duque no tolera rivales--murmur.

--Tiene usted razn--repuse con absoluta sinceridad.--Pero la suposicin
esa implica un grave cargo.

Iba el prefecto a excusarse, pero sin darle tiempo le dije casi al odo:

--El asunto es serio. Vuelva usted a Estrelsau...

--Pero, seor, tengo y sigo aqu una pista que...

--Vuelva usted a Estrelsau--repet.--Diga al embajador que ha
descubierto una pista, pero que necesita una o dos semanas para seguirla
con xito. Y entretanto yo mismo me encargar de investigar el asunto.

--El embajador se muestra muy apremiante, seor.

--Clmelo usted. Es evidente que si las sospechas de usted son fundadas,
hay que proceder con la mayor prudencia. Nada de escndalo. Regrese
usted esta misma noche.

Prometi hacerlo as y me reun con mi comitiva, algo ms tranquilo.
Importaba evitar toda investigacin de mi paradero por una o dos
semanas, y el prefecto haba andado muy cerca de descubrir la verdad.
Algn da podran ser tiles sus sospechas, pero por lo pronto slo
significaban un grave peligro para el Rey. Maldije a Federly de todo
corazn por no haber sabido refrenar la lengua.

--Y bien?--pregunt Flavia.--Ha terminado la conferencia?

--De la manera ms satisfactoria--contest.--Volvamos atrs; estamos
casi en tierras del Duque.

Habamos llegado al extremo del pueblo, y al pie mismo de la colina
donde empezaba el pendiente camino del castillo. Admirando estbamos la
solidez de sus altas murallas, cuando vimos salir de ella numerosas
personas que lentamente empezaron el descenso de la cuesta.

--Retirmonos--dijo Sarto.

--No, preferira permanecer aqu--fue la opinin de Flavia.

Puse mi caballo junto al suyo y esperamos la aproximacin del cortejo.
Venan en primer trmino dos sirvientes a caballo, con negras libreas
galoneadas de plata. Seguanlos un coche fnebre tirado por cuatro
caballos, y en l un fretro cubierto con negros crespones. Detrs iba
un jinete enlutado y sombrero en mano. Sarto se descubri a su vez y
Flavia dijo, posando su mano sobre mi brazo:

--Es uno de los caballeros muertos en la ltima reyerta, verdad?

--V a preguntar de quin es el cadver que escoltan--dije a uno de mis
lacayos.

Acercse a los sirvientes que iban delante del fretro, quienes lo
dirigieron al enlutado caballero.

--Es Ruperto Henzar--murmur Sarto.

Era l, en efecto, y no tard en adelantarse al trote, ordenando al
cortejo que se detuviera en el camino. Me salud con profundo respeto,
pero la triste expresin de su semblante desapareci en una sonrisa al
ver que Sarto llevaba la mano al pecho. Tambin me sonre yo, adivinando
tan bien como Ruperto lo que el veterano ocultaba en el bolsillo del
pecho.

--Vuestra Majestad pregunta de quin son los restos que escoltamos. Son
los de mi querido amigo Alberto de Laugrn.

--Nadie deplora ms que yo su desgraciada muerte--dije,--y lo prueba el
edicto que evitar la repeticin de esos encuentros.

--Pobre seor de Laugrn!--exclam Flavia con dulzura.

Ruperto le lanz una mirada que me exasper, porque con ella supo
expresar aquel libertino toda la admiracin que le inspiraba la
Princesa.

--Vuestra Majestad es siempre bondadoso--continu.--Por mi parte, a la
vez que siento la muerte de mi amigo, no olvido que esa es la ley comn
y que muy pronto les tocar a otros el turno.

--Reflexin que a todos nos importa tener presente--dije.

--Aun a los Reyes--insisti el truhn con cmica uncin, haciendo soltar
al viejo Sarto media docena de reniegos entre dientes.

--Muy cierto es eso--repuse.--Qu noticias me da usted de mi hermano?

--Ha mejorado mucho, seor.

--De lo cual me alegro.

--Y espera ir a Estrelsau tan luego est completamente restablecido.

--Es decir que slo se halla convaleciente?

--Le quedan dos o tres molestias pasajeras de las que espera librarse
muy pronto.

--Srvase usted expresarle--dijo Flavia,--mi vivo deseo de que esas
molestias desaparezcan en breve.

--El deseo de Vuestra Alteza es tambin el muy humilde mo--replic
Roberto Henzar, mirndola con insistencia y expresin tales, que el
rubor colore el rostro de la joven.

Me inclin y Ruperto, saludando profundamente, orden a sus servidores
que continuasen su camino. Sbito impulso me oblig a seguirle, y al
or l las pisadas de mi caballo se volvi en la silla rpidamente, como
temeroso de que ni la presencia de la Princesa pudiera contenerme.

--La otra noche pele usted como un valiente--le dije en voz
baja.--Decdase usted, joven; entregeme a su prisionero y le respondo
de que no ha de pesarle.

Me mir con burlona sonrisa, pero de repente se me acerc y dijo:

--Estoy desarmado y el amigo Sarto podra despacharme de un balazo con
la mayor facilidad.

--Nada tema--le dije.

--Demasiado lo s, por desgracia--replic.--Oiga usted. Tiempo atrs le
hice una oferta en nombre del Duque...

--No quiero mensajes de parte de Miguel el Negro!--exclam.

--Pues entonces oiga usted el plan que le propongo por mi cuenta. Ordene
un ataque decisivo contra el castillo, encomendando la direccin del
asalto a Tarlein y al viejo coronel...

--Adelante!

--Pero dicindome de antemano la hora exacta del ataque.

--Eso es. Me infunde usted tanta confianza!

--Bah! Sarto y Tarlein caern en la refriega, como caer tambin el
Duque.

--Hola!

--S, Miguel el Negro, como un miserable que es. Cuanto al Rey, tomar
el camino del infierno por la Escala de Jacob. Ah! Tambin sabe
usted eso? Y quedarn slo dos hombres cara a cara: Ruperto Henzar y
usted, rey de Ruritania.

Se detuvo un momento, y con voz que la emocin agitaba, continu:

--No es una jugada soberbia? Pues, y la apuesta? Para usted el trono y
la beldad que desde all nos mira; para m una recompensa suficiente
y... la gratitud del Rey.

--Es usted el mismo demonio, seor de Henzar--le dije.

--Bueno, usted pinselo y tenga en cuenta tambin que no deja de
costarme duro esfuerzo eso de ceder as tan fcilmente la muchacha
aquella--y su insolente mirada volvi a fijarse en Flavia.

--Pngase usted fuera de mi alcance!--exclam; sin embargo, un momento
despus la audacia misma de aquel malvado me hizo rer.

--Es decir, que usted hara traicin al Duque?--pregunt.

Por toda respuesta aplic a Miguel un epteto que no mereca, pues era
el Duque hijo de una unin legal, aunque morgantica, y aadi en tono
confidencial:

--Me estorba. Comprende usted? Es un bruto celoso. Anoche mismo me
interrumpi tan inoportunamente que estuve a punto de clavarle un pual.

Aquellos detalles me interesaban vivamente.

--Una mujer?--pregunt.

--S, y preciosa. Usted la ha visto.

--Ah! La del cenador, la noche aquella en que tres amigos de usted se
estrellaron contra una mesita de hierro...

--Qu otra cosa puede esperarse de gaznpiros como Dechard y De Gautet?
Ojal hubiera estado yo all!

--Y el Duque se mezcla en el asunto?

--No es eso precisamente. Quien quiere mezclarse soy yo.

--Y ella prefiere al Duque?

--S, la tonta! Pues bien, ya conoce usted mi plan, y pinselo--dijo; e
inclinndose, espole su caballo y parti en seguimiento del fnebre
cortejo.

Volv adonde me esperaban Flavia y Sarto, pensando en el extrao
carcter de aquel desalmado, cuyo igual no he vuelto a ver en mi vida.

--Qu arrogante tipo!--fue el comentario de Flavia, que, mujer al fin,
no se haba ofendido con las expresivas ojeadas de Ruperto Henzar.--Y
cmo parece sentir la muerte de su amigo!--prosigui.

--Ms le valdra pensar en la suya propia que no anda lejos--dijo Sarto
bruscamente.--Por mi parte me senta descontento e irritado al pensar
que en realidad yo no tena ms derecho al amor de la Princesa que el
insolente Henzar. Segu silencioso a su lado hasta que, cerca ya de
Tarlein y habiendo anochecido, dej Sarto que nos adelantsemos un
tanto, quedndose l atrs para impedir todo sbito ataque de nuestros
enemigos. Entonces Flavia me dijo con su voz dulcsima:

--Sonrete, Rodolfo, si no quieres verme llorar. Ests enojado?

--Oh, no! La culpa la tiene ese malvado Henzar.

Lo cual no impidi que ambos llegsemos sonrientes a las puertas de
Tarlein, donde me entregaron una carta llevada para m, segn dijeron
los sirvientes, por un joven desconocido. Abr el sobre y le:

Juan se encarga de llevar estas lneas a su destino. Soy la que le
envi a usted otro aviso en ocasin anterior. Hoy le pido en nombre de
Dios, que me libre de esta guarida de asesinos!--A. de M.

Entregu la esquela a Sarto, en quien no hizo mella la splica lastimera
de la dama, limitndose a decir:

--Suya es la culpa. Quin la llev al castillo?

Sin embargo, no considerndome yo enteramente irresponsable de lo
ocurrido, resolv compadecerme de Antonieta de Maubn.




XVI

UN PLAN DESESPERADO


Desde el da en que recorr a caballo las calles de Zenda y habl en
pblico con Ruperto Henzar, me fue forzoso prescindir de todo pretexto
de enfermedad. El efecto de mi presencia se not desde luego en la
guarnicin de Zenda, cuyos oficiales y soldados desaparecieron de la
poblacin y sus cercanas para encerrarse en el castillo, donde reinaba
la ms perfecta vigilancia, como pudieron observarlo mis amigos en sus
exploraciones. No vea medio practicable de socorrer al Rey y a la
seora de Maubn. El Duque me retaba sin disimulo. Se haba mostrado
fuera del castillo, no tomndose siquiera la molestia de explicar o
excusar su ausencia. El tiempo apremiaba. Por una parte me preocupaban
los rumores e investigaciones de que he dado cuenta, con motivo de la
desaparicin de Rasndil; y por otra, saba que mi ausencia de la
capital ocasionaba vivo descontento. Mayor hubiera sido ste sin la
presencia de Flavia a mi lado y slo por esta razn le permita yo
seguir en Zenda, rodeada de peligros y aumentando con sus encantos la
pasin que me dominaba. Como si esto no bastase, mis celosos consejeros,
el Canciller y el general Estrakenz se presentaron en Zenda, instndome
a que designase da para la solemnizacin de mis esponsales, ceremonia
que en Ruritania es casi tan obligatoria y sagrada como el matrimonio
mismo. Tuve que hacer lo que me pedan, con Flavia sentada a mi lado
oyndolo todo, y les anunci que el acto se celebrara quince das
despus, en la catedral de Estrelsau. La noticia fue recibida con
extraordinarias manifestaciones de aprobacin y alegra en todo el
Reino, y supongo que slo dos hombres la deploraron: el Duque y yo.
Cuanto al Rey, lo nico que me atrev a esperar fue que no llegase a sus
odos.

Juan volvi a salir ocultamente del castillo tres das despus, a riesgo
de su vida pero impulsado por la codicia. Nos dijo que cuando el Duque
supo la noticia de la prxima ceremonia se puso furioso; que su
exasperacin aument al declarar Ruperto que yo era muy capaz de casarme
con la Princesa y que as lo hara indudablemente; y que Ruperto acab
felicitando a la seora de Maubn, all presente, porque pronto se
vera libre de Flavia, su rival. El Duque ech mano a la espada, sin que
al joven noble pareciese importarle un bledo la clera de su seor, a
quien felicit tambin por haber proporcionado a Ruritania un Rey como
no lo haba tenido en muchos aos. Y lo que es la Princesa, termin
diciendo Henzar (segn el relato de Juan), tampoco puede quejarse porque
el diablo le manda novio ms galn que el que le haba deparado el
Cielo. El Duque le mand retirarse de su presencia, pero Henzar no
obedeci hasta haber obtenido de la dama el permiso de besar su mano,
como lo hizo rendidamente ante las miradas furiosas de Miguel.

Noticia de ms importancia para m fue la que tambin nos dio Juan sobre
la grave enfermedad del Rey. Juan le haba visto, demacrado y dbil; su
estado lleg a ser tan alarmante que el Duque llam al castillo a un
mdico de Estrelsau, el cual examin al Rey, sali del calabozo plido y
temblando y rog a Miguel que le permitiese volver a la capital y no
mezclarse ms en el asunto; pero Miguel se lo prohibi, anuncindole que
quedaba preso con el Rey y que responda de la vida de ste hasta el da
en que el Duque quisiera quitrsela. A instancias del mdico permiti
que la seora de Maubn visitase al Rey, a quien prest solcitos
cuidados. La vida del monarca se hallaba, pues, en peligro inminente, a
la vez que yo segua sano y vigoroso; contraste que exasper a los
moradores del castillo ocasionando continuos disgustos y reyertas. Slo
Ruperto Henzar continuaba tan contento como siempre, y segn deca Juan,
rindose a carcajadas porque el Duque pona siempre de guardia a Dechard
cuando la seora de Maubn se hallaba en la celda del Rey; precaucin no
del todo intil por parte de mi prudente hermano.

Tal fue el relato de Juan, que le vali buena recompensa; y aunque me
pidi que le permitiese quedarse en Tarlein, consegu que regresase al
castillo, donde lo necesitaba mucho ms, encargndole anunciase a la
seora de Maubn que estaba procurando auxiliarla y que ella dijese al
Rey en mi nombre algunas frases de esperanza y de consuelo.

--Cmo vigilan ahora al Rey?--pregunt, recordando que dos de los Seis
haban muerto y que igual suerte haba cabido a Mximo Holf.

--Dechard y Bersonn estn de guardia por la noche y Ruperto Henzar y De
Gautet, de da--contest Juan.

--No ms que dos a la vez?

--Pero el resto de la guardia est en el primer piso, precisamente
sobre la prisin del Rey, y all puede orse todo grito o seal dados
desde abajo.

--Sobre la prisin del Rey? No saba yo eso. Existe alguna
comunicacin directa entre el calabozo y la sala de guardia?

--No, seor. Hay que bajar algunos escalones, cruzar el puente levadizo
y desde all bajar al encierro del Rey.

--Est cerrada la puerta que lleva al puente?

--Slo los cuatro caballeros tienen la llave.

--Y tambin la de la reja de entrada a la prisin?--pregunt
acercndome a Juan.

--Creo que esa nicamente la tienen Dechard y Henzar.

--Dnde habita el Duque?

--En la parte nueva del castillo, en el primer piso. Sus habitaciones
quedan a la derecha del puente levadizo.

--Y la seora de Maubn?

--A la izquierda. Pero cuando se retira cierran la puerta por fuera.

--Para impedir que huya?

--Sin duda, seor.

--Y quizs tambin por otra razn?

--Es posible.

--Supongo que el Duque se reserva esa llave?

--S, seor. Y tambin la del puente, despus de alzarlo, y nadie puede
cruzar el foso por l sin que lo sepa y lo permita el Duque.

--Y t, dnde duermes?

--En el cuarto que hay a la entrada del castillo nuevo, con otros cinco
criados.

--Armados?

--Con picas, porque el Duque no quiere confiarles armas de fuego.

Aquellos informes me decidieron por fin y form resueltamente un nuevo
plan de ataque. Haba fracasado cuando lo emprend por la Escala de
Jacob, y me dije que fracasara tambin intentndolo contra el cuerpo
de guardia. Resolv, pues, dirigirlo contra el lado opuesto del
castillo.

--Te he prometido diez mil pesos--dije a Juan.--Te dar veinticinco mil
si maana por la noche haces lo que yo te diga. Pero ante todo saben
esos criados quin es el prisionero?

--No, seor; creen que es un caballero enemigo del Duque.

--Y no dudarn que yo soy el Rey?

--Cmo han de dudarlo, seor?

--Pues escucha, Juan: maana, a las dos en punto de la madrugada, abre
de par en par la puerta principal del castillo nuevo, la que da al
frente entiendes bien?

--Estar usted all, seor?

--Nada de preguntas. Haz lo que te digo. Da cualquier excusa para salir
de tu cuarto. Nada ms exijo de ti.

--Y una vez abierta la puerta puedo escaparme por ella?

--S, a todo correr. Toma esta esquela, que entregars a la seora de
Maubn. La he escrito en francs a propsito para que no puedas
enterarte de ella. Y dile que si tiene en algo la vida de todos
nosotros, no deje de hacer lo que en ella le indico.

Juan temblaba al orme, pero no me quedaba eleccin posible y tuve que
fiar en l. No me atrev a esperar ms porque tem que el Rey muriese en
su prisin.

Desped a Juan y slo entonces di cuenta de mi plan a Tarlein y Sarto.
Este ltimo manifest su desaprobacin desde luego.

--Por qu no espera usted?--me pregunt.

--Porque puede morir el Rey. Y si no muere puede llegar el da de los
esponsales.

Sarto se mordi el blanco bigote, y Tarlein, ponindome la mano sobre el
hombro, exclam:

--Dice usted bien. Probemos!

--Con usted cuento, Tarlein--le dije.

--Corriente--contest.--Pero lo que es usted, Rasndil, se queda aqu
cuidando a la Princesa.

Los ojos de Sarto brillaron.

--Eso es, eso es!--exclam.--As burlaramos los designios de Miguel
cualquiera que fuese el resultado de nuestra empresa. Al paso que si
usted tomase parte activa en ella y lo matasen, como mataran tambin al
Rey qu sera de todos nosotros?

--Serviran ustedes a la reina Flavia--repliqu,--y ojal pudiese yo
hacer otro tanto.

Sigui una pausa y despus dijo el viejo Sarto, con expresin tan
cmica, que Tarlein y yo nos echamos a rer:

--Por qu no se casara el finado rey Rodolfo III con la bisabuela
aquella de usted, Rasndil?

--Al grano, al grano--le dije.--Se trata del Rey actual.

--Es verdad--asinti Tarlein.

--Adems--continu,--si he consentido ser impostor en beneficio del Rey,
jams lo ser en provecho propio. Y si el Rey no se halla vivo y en su
trono antes del da fijado para la celebracin de los esponsales,
confesar y proclamar la verdad, sean cualesquiera las consecuencia.

--Ir usted con nosotros al ataque del castillo--dijo Sarto.

He aqu mi plan. Una numerosa fuerza mandada por Sarto se dirigira
sigilosamente a la puerta principal del castillo nuevo. Si se viese
descubierta, la consigna sera matar a cuantos hallasen a su paso,
empleando exclusivamente el arma blanca. Si no se presentase obstculo
imprevisto, Sarto y su gente se hallaran a la puerta al abrirla Juan.
Suponiendo que su sola presencia y el nombre del Rey no bastasen para
someter a los servidores del castillo, habra que apoderarse de ellos a
la fuerza. Al mismo tiempo (y de esto dependa principalmente el buen
xito de mi plan) Antonieta de Maubn prorrumpira en agudos gritos,
pidiendo auxilio al Duque y alternando con el nombre de ste el de
Ruperto Henzar. Mi esperanza estribaba en que el Duque saliese furioso
de sus habitaciones, situadas al lado opuesto de las de Antonieta y
cayese vivo en manos de Sarto. Continuaran los gritos, mi gente bajara
el puente levadizo y extrao sera que Ruperto, al or su nombre a voces
en tales circunstancias, no bajase de su cuarto y procurase cruzar el
puente. Cuanto a De Gautet, su presencia dependa del azar.

Tan luego Ruperto pusiese el pie en el puente empezara mi papel.
Contaba yo tomar otro bao en el foso, llevando conmigo una pequea
escala que me servira en primer lugar para esperar con relativa
comodidad, poniendo la escala contra el muro y apoyando en ella manos y
pies mientras estuviese en el agua. Llegada la hora, subira por la
escala al puente y de m dependera que ni Henzar ni De Gautet lo
cruzasen con vida. Muertos stos quedaran tan slo dos de los Seis, con
los cuales esperaba acabar tambin a favor de la confusin y de una
violenta acometida. Si ambos obedeciesen las rdenes recibidas del
Duque, la vida del Rey dependera de la rapidez con que pudisemos
forzar la puerta exterior; y me felicito al pensar que Dechard y no
Ruperto era el encargado de la guardia nocturna del Rey. Aunque Dechard
tena serenidad y valor, careca del mpetu y la osada increble de
Henzar. Tambin contaba yo con que, siendo Dechard el nico entre ellos
verdaderamente adicto al Duque, dejase solo a Bersonn guardando al Rey
y se precipitase hacia el puente para tomar parte en la lucha al lado
opuesto.

Tal era mi plan, verdaderamente desesperado. Para engaar al enemigo
dispuse que aquella noche iluminasen vivamente todas las habitaciones de
mi residencia, como si diera en ella una gran fiesta, congregando al
efecto a muchos de nuestros amigos y mandando que la msica tocase toda
la noche. Estrakenz era uno de los que deban de hallarse all, con
encargo de hacer todo lo posible para que la Princesa no notase mi
partida. Le orden que si a la maana siguiente no estuvisemos de
regreso, se pusiese en marcha hacia el castillo con todas sus fuerzas y
exigiese pblicamente la entrega del Rey. Si Miguel el Negro no
estuviese all, el General llevara a la Princesa a Estrelsau, para
proclamar la traicin de Miguel y la muerte probable del Rey,
congregando en torno de Flavia a los mejores elementos del Reino. A
decir verdad, esto era precisamente lo que yo esperaba que sucedera.

En mi opinin, ni al Rey, ni a Miguel ni a m nos quedaba ms que un da
de vida. Me resignaba a morir, sobre todo si conmigo mora tambin
Miguel el Negro y si por mi propia mano libraba a Ruritania de Ruperto
Henzar, ya que no pudiese salvar la vida del Rey.

Nuestra conferencia termin bastante tarde y pas a las habitaciones de
la Princesa. Se mostr algo pensativa, pero al despedirnos me abraz
cariosamente, a la vez que desliz una sortija en mi dedo. Usaba yo el
anillo del Rey, pero tena puesto tambin uno ms pequeo, de oro liso,
con la leyenda de las armas de mi familia: _Nil Qu Feci_. Me lo quit y
ponindolo en el dedo de Flavia, le indiqu con un ademn que me
permitiese retirarme. Comprendi, y apartndose un tanto me mir con los
ojos llenos de lgrimas.

--Lleva puesto ese anillo aunque uses otro cuando seas Reina--le dije.

--Use o no otros, llevar ste mientras viva y aun despus de
muerta--dijo besndolo.




XVII

A MEDIA NOCHE


Lleg la noche hermosa y clara, aunque yo la hubiera preferido tan
obscura y tormentosa como la que protegi mi primera expedicin, pero la
fortuna no quiso mostrrseme favorable. No obstante, contaba deslizarme
lo ms cerca posible al muro, para no ser visto desde las ventanas del
castillo nuevo que daban a la parte del foso por donde me propona
escalar el puente. Por Juan supe que haban fijado slidamente al muro
la Escala de Jacob, de tal suerte, que slo empleando substancias
explosivas o atacndola a golpes de pico hubiera sido posible moverla de
su sitio y el estrpito producido por tales medios hubiera advertido en
seguida a los del castillo. Pero esa nueva precaucin haba de serme
favorable, porque confiados en ella no vigilaran tanto el foso. Aun
suponiendo que Juan me hiciese traicin, ignoraba aquella parte de mi
plan y sin duda esperaba verme atacar la puerta principal a la cabeza de
mi gente. All--como le dije a Sarto,--estaba el verdadero peligro.

--Y all--agregu,--se hallar usted. Todava no est usted satisfecho?

No, no lo estaba. Lo que l quera era acompaarme, a lo cual me negu
terminantemente. Un hombre solo poda acercarse sin ser visto; con dos
el riesgo hubiera sido mucho mayor, y cuando me dijo que mi vida era
demasiado preciosa para arriesgarla solo, le mand guardar silencio,
asegurndole que si el Rey no escapase con vida aquella noche tampoco
vivira yo.

La columna mandada por Sarto sali de Tarlein a media noche y tom por
la derecha un camino poco frecuentado que no pasaba por el pueblo de
Zenda. Si no ocurra tropiezo alguno, la columna deba de hallarse
frente al castillo a las dos menos cuarto, y tena orden de dejar los
caballos a buena distancia de la fortaleza, en un punto convenido de
antemano, acercarse despus cautelosamente a la entrada y esperar que
Juan abriese la puerta. Si a las dos permaneciese cerrada, Sarto
mandara a Tarlein a reunirse conmigo al otro lado del castillo, y
suponiendo que yo viviese todava, decidiramos entonces si convena o
no intentar un asalto decisivo. Si Tarlein no me hallase, l y Sarto
deberan de regresar con su gente a Tarlein a toda prisa, llamar al
General y con ste y todas las fuerzas disponibles atacar abiertamente
el castillo. Mi ausencia significara que yo haba muerto y saba que en
tal caso el Rey no me sobrevivira cinco minutos.

Dejando por el momento a Sarto y su gente, referir lo que hice por mi
parte aquella memorable noche. Sal del palacio de Tarlein montando el
mismo vigoroso caballo en que regres del pabelln de caza a Estrelsau
el da de la coronacin. Iba armado con revlver y espada y envuelto en
amplia capa, bajo la cual llevaba ceido y abrigado traje de lana,
gruesas medias y ligero calzado de lona, como lo requera mi plan. Haba
tomado la precaucin de frotarme bien todo el cuerpo con aceite y de
llevar conmigo un frasco de licor, para contrarrestar en lo posible los
efectos de mi prolongada inmersin. Tambin me enroll a la cintura una
cuerda delgada y slida y no olvid la escala. Sal despus de Sarto y
tom el camino ms corto de la izquierda, que a las doce y media me
llev al lindero del bosque. At mi caballo en el centro de espeso grupo
de rboles, dejando mi revlver en la pistolera porque me hubiera sido
intil, y escala en mano me dirig a la orilla del foso, donde at
slidamente la cuerda a un rbol cercano y asindola me deslic en el
agua. El reloj de la torre dio la una cuando empec a nadar lo ms cerca
posible al muro del castillo y empujando ante m la escala. Llegado al
cilindro por donde pensaban arrojar el cadver del Rey, sent bajo mis
pies el reborde que all formaban los cimientos; y haciendo pie me
inclin bajo el enorme tubo, trat en vano de moverlo y esper. Recuerdo
que en aquellos momentos pareci disiparse toda mi ansiedad por el Rey y
aun mi amor a Flavia, para no pensar ms que en una cosa: el deseo
vivsimo de fumar. Deseo que, como se comprender, me fue imposible
satisfacer.

Apoyado de espaldas en el muro de la prisin del Rey, divisaba en lo
alto a unas diez varas a mi derecha la armazn elegante y ligera del
puente levadizo. Dos varas ms ac y casi al mismo nivel del puente vi
una ventana que, segn los informes de Juan, perteneca a la habitacin
del Duque. La ventana correspondiente al otro lado, era sin duda la de
Antonieta. Tema vivamente que sta olvidase mis instrucciones y el
ataque nocturno de que deba de fingirse vctima a las dos en punto. Me
rea al pensar en el papel que haba destinado a Ruperto Henzar, pero
tena con ste una cuenta pendiente y todava me dola la pualada que
me haba dado en el hombro a traicin y con sin igual audacia, en
presencia de todos mis amigos, en la terraza del palacio de Tarlein.

De repente se ilumin la habitacin del Duque, cuyas mal cerradas
persianas me permitieron ver en parte el interior de la misma,
ponindome de puntillas sobre la sumergida roca. Luego se abrieron las
persianas por completo y distingu el gracioso contorno de Antonieta de
Maubn, destacndose con toda precisin en la viva luz del cuarto.
Anhelaba decirle muy quedo: Acurdese usted! pero no me atrev, y fue
fortuna, porque muy pronto apareci a su lado un hombre, que trat de
enlazar con su brazo el talle de la dama. Apartse sta rpidamente y o
la risa burlona de su compaero. Era Ruperto, que inclinndose hacia
ella murmur algunas palabras. Antonieta extendi la mano hacia el foso
y dijo, con voz resuelta:

--Antes me arrojara por esta ventana!

Ruperto se asom y volvindose despus hacia ella, dijo:

--Vamos, Antonieta, usted se chancea! Es posible? Por Dios, qu dice
usted!

No obtuvo respuesta, o por lo menos nada o; Ruperto golpe varias veces
el repecho de la ventana y continu:

--El diablo cargue con el Duque! No le basta la Princesa? Y usted
misma qu atractivos halla en l?

--Si yo le repitiera lo que usted dice...

--Reptaselo usted en buena hora--dijo Ruperto con la mayor
indiferencia;--y viendola desprevenida, se le acerc de un salto y la
bes, echndose despus a rer y exclamando:

--Ahora tiene usted algo ms que contarle!

De haber tenido mi revlver, la tentacin hubiera sido quizs demasiado
fuerte, pero desarmado como estaba, agregu aquel nuevo desmn a la
cuenta que tena pendiente con Ruperto.

--Y eso que al Duque--continu,--maldito lo que se le importa. Est loco
por la Princesa y no habla ms que de cortarle el pescuezo al coquillo.

Bueno era saberlo.

--Y si yo le hago ese servicio sabe usted lo que me ofrece?

La pobre mujer elev ambas manos sobre su cabeza, no s si suplicante o
desesperada.

--Pero no me gusta esperar--dijo Ruperto; y comprend que iba a poner de
nuevo sus manos sobre Antonieta, cuando o el ruido que haca una puerta
al abrirse dentro de la habitacin, y una voz que deca speramente:

--Qu hace usted aqu, seor mo?

Ruperto volvi la espalda a la ventana, salud y dijo con su voz fuerte
y alegre de siempre:

--Pues estoy tratando de excusar la ausencia de Vuestra Alteza. Poda
dejar sola a esta seora?

El Duque se adelant, asi a Ruperto por el brazo y sealando la
ventana, exclam:

--En el foso hay lugar para otros adems del Rey!

--Me amenaza Vuestra Alteza?--pregunt el joven.

--Una amenaza es ms de lo que muchos obtienen de m--replic Miguel.

--Lo cual no impide que Rasndil, a pesar de tantas amenazas, siga vivo.

--Soy yo acaso responsable de las torpezas de los que me sirven?

--En cambio Vuestra Alteza no corre el riesgo de cometer
torpezas--replic Ruperto con sorna.

No poda decrsele ms claro a Miguel que evitaba el peligro. Gran
dominio deba de tener sobre s mismo, porque le o contestar con calma:

--Basta ya! No disputemos, Ruperto. Estn en sus puestos Dechard y
Bersonn?

--S, seor.

--No le necesito a usted por ahora.

--No estoy fatigado...

--Srvase usted dejarnos--orden impaciete Miguel.--Dentro de diez
minutos quedar retirado el puente levadizo y supongo que no querr
usted regresar a nado a su cuarto.

Desapareci la silueta de Henzar y o la puerta que se cerraba tras l.
Antonieta y Miguel quedaron solos y not con pesar que el ltimo cerraba
la ventana. Todava los vi hablar unos momentos, Antonieta movi la
cabeza negativamente y el Duque se apart de ella con ademn impaciente.
Perd de vista a la dama, volv a or la puerta que le daba paso y el
Duque cerr las persianas.

--De Gautet! Eh, De Gautet!--llam una voz desde el
puente.--Despacha, hombre, si no quieres tomar un bao antes de meterte
en cama!

Era la voz de Ruperto y momentos despus l y De Gautet dndose el brazo
cruzaban el puente. Llegados al centro de ste, Ruperto detuvo a su
compaero, se inclin, mirando haca el foso, y yo me ocult prontamente
tras la Escala de Jacob.

Entonces Henzar se divirti a su modo. Tom de manos de su amigo una
botella que ste llevaba, la aplic a sus labios y arrojndola furioso
al agua exclam:

--Apenas una gota!

A juzgar por el sonido y por los crculos trazados en el agua, la
botella cay muy cerca del tubo que me ocultaba a menos de una vara. Y
Ruperto, sacando el revlver, la convirti en blanco de sus disparos.
Los dos primeros no le acertaron, pero dieron en el tubo, y el tercero
rompi la botella en mil pedazos. Supuse que con aquello se dara por
satisfecho, pero sigui disparando contra el tubo hasta vaciar su arma,
el ltimo de cuyos proyectiles me roz los cabellos.

--Ah del puente!--grit una voz con gran regocijo mo.

--Un momento!--exclamaron Ruperto y De Gautet, echando a correr.

Retirado el puente, todo qued tranquilo. El reloj dio la una y cuarto,
y yo me desperec, bostezando.

Haban transcurrido diez minutos, cuando o un ligero ruido a mi
derecha. Mir por encima del tubo y vi una sombra, la vaga silueta de un
hombre, en la puerta que daba al puente. Reconoc la gallarda apostura
de Ruperto. Tena una espada en la mano y permaneci inmvil algunos
momentos. Me pregunt alarmado qu nueva maldad meditaba aquel bribn.
Le o rerse con sorna, como sola, y le vi volver de cara al muro, dar
un paso hacia m, y luego, con gran sorpresa por mi parte, empez a
bajar por al muro mismo. Comprend que en ste haba peldaos, ya
cortados en la piedra, ya clavados de trecho en trecho entre los
sillares. Ruperto, lleg por fin al ltimo y poniendo su espada entre
los dientes se desliz en el agua sin hacer el menor ruido. Tratndose
slo de exponer mi vida, le hubiera salido al encuentro sin vacilacin
alguna; con verdadero placer hubiera saldado all nuestras cuentas, cara
a cara y espada en mano, sin testigos, en la soledad de aquella hermosa
noche. Pero qu sera entonces del Rey? Me domin y segu espiando sus
movimientos con creciente inters.

Nad pausadamente hasta llegar al lado opuesto; el muro tena tambin
all peldaos, por los cuales subi hasta verse en la otra parte que
tambin daba al puente, la cual abri con una llave que le vi sacar del
bolsillo. Despus desapareci sin que la entornada o cerrada puerta
hiciera el ms pequeo ruido.

Abandonando mi escala, pues era evidente que ya no la necesitaba, nade
hacia el puente, escal la mitad del muro y all me detuve, espada en
mano, escuchando atentamente. La ventana del Duque estaba cerrada, y la
habitacin, al parecer en profunda obscuridad. En la de Antonieta haba
luz. Nada interrumpi el silencio de la noche, hasta que dio la una y
media en el gran reloj de la torre.

Evidentemente no era yo el nico que conspiraba aquella noche en el
castillo.




XVIII

GOLPE DE MANO


La situacin en que me hallaba no era por cierto muy favorable para
entrar en hondas meditaciones. Sin embargo, no dej de reconocer y
decirme que el nuevo proyecto de Henzar, por infame que fuese,
significaba una ventaja para m; la de situarlo al lado opuesto del
foso, separado por lo tanto del Rey. No sera culpa ma si lograba
regresar a la otra orilla. Los restantes con quienes tena que
habrmelas eran tres: dos de guardia y De Gautet dormido. Ah, si
hubiera tenido las llaves en mi poder! Con ellas lo hubiera arriesgado
todo y atacado a Dechard y Bersonn antes de que sus secuaces pudieran
acudir en su auxilio. Pero, por lo pronto, me vea forzado a esperar que
la llegada de mi gente llamase la atencin de los que tenan las llaves,
o de algunos de ellos, inducindoles a cruzar el puente y ponerse a mi
alcance. Esper cinco minutos ms que me parecieron media hora, y
entonces empez el prximo acto en aquel drama de tan inesperadas cuanto
rpidas escenas.

Todo estaba tranquilo en la opuesta orilla. La habitacin del Duque
segua cerrada y obscura, pero en la ventana de Antonieta se vea el
reflejo de la luz que brillaba en su cuarto. Entonces o el leve rumor,
apenas perceptible. Provena del otro lado de la puerta que daba paso al
puente, y no tard en or tambin el ruido de una llave cuidadosamente
introducida en la cerradura. Qu puerta era aqulla? Imaginbame a
Henzar con la espada en una mano, la llave en la otra y en los labios su
cnica sonrisa, pero no conoca con certeza sus designios.

Pronto sal de dudas. A los pocos momentos, mucho antes de que mis
amigos llegasen a la puerta del castillo y antes tambin de que Juan
pensase en abrirla, se oy un gran estrpito en la habitacin iluminada,
como si la lmpara hubiese sido arrojada violentamente al suelo y
desapareci la luz que sala por la ventana. Al mismo tiempo parti de
la habitacin un grito penetrante: Socorro, Miguel! Socorro!; y a
estas voces siguieron otros gritos desesperados que revelaban indecible
terror.

Presa de mortal angustia, permaneca yo en el ms alto peldao, asido al
quicio de la puerta con una mano y sosteniendo en la otra la espada. De
repente not que el arco de entrada era ms ancho que el puente y
formaba un obscuro ngulo, en el que me ocult apresuradamente. Desde
all dominaba aquella va de comunicacin entre el antiguo castillo y la
construccin moderna.

Entonces reson otro grito agudo. Se oy despus el golpe dado contra la
pared por una puerta abierta violentamente, y la voz de Miguel que
gritaba: Abre, Antonieta! En nombre del Cielo, qu sucede?

La respuesta fue precisamente la que yo haba escrito en mi carta:

--Socorro, Miguel! Es Henzar!

El Duque lanz una blasfemia y golpe violentamente la puerta. En aquel
instante o abrirse una ventana sobre m cabeza, la voz de un hombre
preguntando: Qu es eso? qu ocurre? y despus pasos precipitados.
Oprim firmemente el puo de mi espada. Si De Gautet llegaba a salir su
muerte era segura.

O despus el choque de dos aceros, las pisadas, de los combatientes y
el grito de uno de ellos al caer herido. Se abrieron de golpe las
persianas, lo que me permiti ver a Ruperto Henzar que, de espaldas a
la ventana y tendindose a fondo, exclam:

--Para ti, Juan! Y ahora te toca el turno, Miguel! Acrcate!

Es decir, que Juan estaba all, que haba acudido probablemente en
auxilio del Duque. Y en tal caso, cmo haba de abrir a tiempo la
puerta del castillo? Porque me tema que Ruperto acababa de matarlo.

--Socorro!--grit dbilmente el Duque.

O pasos en la escalera inmediata a la puerta donde me ocultaba y
tambin rumor de voces a mi derecha, hacia abajo, en direccin a la
celda del Rey. Pero antes de que ocurriese cosa alguna de la parte de
ac del foso, vi por la ventana de Antonieta que cinco o seis hombres
rodeaban a Ruperto. Este les haca frente con sin igual destreza y bro,
y por un momento los oblig a retroceder. Aquella pausa le bast para
saltar sobre el antepecho de la ventana, blandiendo su espada,
sonriente, ebrio de sangre. Despus, dando una carcajada, se lanz de
cabeza al agua.

Nada ms supe de Ruperto por entonces, porque al arrojarse l al foso
asom por la puerta inmediata a m el aguzado rostro de De Gautet. Sin
vacilar un momento levant la espada, le descargu un golpe con toda la
fuerza que Dios me ha dado y cayo muerto: ni una palabra, ni un gemido.
Me arrodill junto al cadver y le registr ansiosamente los bolsillos,
murmurando: Las llaves, las llaves! No encontrndolas, furioso,
golpe (Dios me perdone!) el rostro de aquel muerto.

Por fin descubr las llaves. Eran tres, e introduciendo la mayor en la
cerradura de la puerta que conduca a la prisin del Rey, vi que giraba
sin dificultad. La puerta estaba abierta! Entr, y cerrndola tras m
con el menor ruido posible, retir la llave y la guard en el bolsillo.

Me hall en lo alto de una escalera de piedra, alumbrada dbilmente por
una lmpara de aceite. Descolgu sta y permaneciendo inmvil, escuch.

--Qu demonios ser?--pregunt una voz al otro lado de la puerta que
quedaba al pie de la escalera.

--Te parece que lo matemos?--dijo otra voz.

--Espera un poco; mira que si damos el golpe antes de tiempo tendremos
un disgusto serio,--fue la respuesta de Dechard, que o con indecible
placer.

Sigui un breve silencio y despus o que descorran cautelosamente el
cerrojo. Apagu en seguida la lmpara que tena en la mano y volv a
colgarla del gancho fijo en la pared.

--Est obscuro. Se ha apagado la lmpara. Tienes fsforos?--dijo
Bersonn.

Pero haba llegado el momento. Antes de que pudieran hacer luz baj cuan
aprisa pude los escalones y me lanc contra la puerta, cuyo cerrojo
haba descorrido Bersonn y que cedi al golpe. All estaba el belga
empuando la espada y con l Dechard, sentado en un sof. Bersonn,
sorprendido al verme, retrocedi; Dechard salt sobre su espada. Ataqu
furiosamente al primero, acosndole hasta la pared. Aunque valiente, no
era esgrimidor de primera fuerza y pronto cay a mis pies. Me volv
hacia donde estaba Dechard, pero ste haba desaparecido; fiel a la
consigna recibida del Duque, en lugar de atacarme haba corrido a la
puerta de la otra celda y cerrdola tras s. Qu sera del Rey en aquel
momento?

No dudo que Dechard le hubiera dado muerte y a m tambin, sin la
intervencin de un adicto servidor que dio la vida por su soberano.
Forc la puerta y vi al Rey en un rincn, impotente, debilitado por la
enfermedad, moviendo de un lado a otro sus manos encadenadas, rindose,
medio loco. Dechard y el mdico estaban en el centro del calabozo; el
ltimo se haba abrazado al asesino con todas sus fuerzas, impidindole
por el momento mover los brazos. Pero Dechard no tard en desasirse y
en atravesar con su espada al indefenso mdico.

Despus se volvi hacia m, gritndome:

--Por fin!

Cruzamos los aceros. Por fortuna ma, ni l ni Bersonn tenan a mano
los revlvers al sorprenderlos yo. Los encontr ms tarde, cargados, en
la otra habitacin, sobre la repisa de la chimenea. Empezamos, pues, el
combate con armas iguales. La lucha fue silenciosa, encarnizada, mortal.
De sus peripecias conservo escaso recuerdo, pero s que Dechard manejaba
la espada tan bien como yo; mejor an, porque conoca ms tretas y
golpes secretos, que le permitieron acosarme y hacerme retroceder hasta
la reja que guardaba la entrada de la Escala de Jacob. Apareci en sus
labios una sonrisa y su espada me atraves el brazo izquierdo.

No me envanezco de aquel combate. Creo que mi enemigo hubiera acabado
conmigo y asesinado despus al Rey, porque era el duelista ms hbil que
he conocido; pero cuando me vea en mayor aprieto, se incorpor el Rey
de un salto, cadavrico y fuera de s, gritando:

--Es mi primo Rodolfo! Mi primo Rodolfo! Yo te ayudar, primo! Y
asiendo su silla, que a duras penas pudo levantar del suelo, se acerc a
nosotros. Era aquel un auxilio inesperado.

--Adelante!--le grit.--Un golpe con la silla!

Dechard me dirigi una estocada furiosa, que apenas pude parar.

--Adelante!--volv a gritar al Rey.--Pronto, pronto!

El Rey lanz una carcajada y se adelant de nuevo, empujando la silla.

Dechard, blasfemando, salt hacia atrs, y antes de que pudiera darme
cuenta de lo que iba a hacer, dirigi su arma contra el Rey, que cay
lanzando un doloroso gemido. El gil espadachn me hizo frente otra vez,
pero al volverse resbal en el charco de sangre inmediato al cadver del
mdico, y cay al suelo. Me lanc sobre l con la rapidez del rayo, y
asindole por la garganta lo atraves de parte a parte. El miserable
cay sobre el cuerpo de su vctima, lanzndome una maldicin.

Haba muerto el Rey? Mi primer pensamiento fue para l y corr a su
lado. Pareca cadver; tena una enorme herida en la frente y permaneca
inmvil, tendido en el suelo. Me arrodill y apliqu el odo a su pecho;
pero antes de que pudiera cerciorarme de su muerte o el chirrido de las
cadenas del puente al bajarlo, y un momento despus descansaba en su
lugar contra el muro, del lado del foso en que yo estaba. Iba, pues, a
verme cogido en una trampa, y el Rey conmigo, si todava estaba vivo.
Tena que abandonarlo a su suerte. Torn la espada y volv a la primera
habitacin. Quin haba echado el puente? Habran sido mis amigos? En
tal caso todo ira bien. Mi mirada se dirigi a los revlvers y tomando
uno de ellos me dirig a la puerta de la escalera y escuch. Necesitaba
tambin unos momentos de descanso. Rasgu la manga de mi camisa y con
ella me vend el brazo lo mejor posible. Escuch otra, vez; hubiera dado
cuanto posea por or la voz de Sarto, porque me senta dbil, casi
exnime y el bribn de Ruperto segua suelto por el castillo. Pero
comprendiendo que me sera ms fcil defender la estrecha puerta situada
en la parte superior de la escalera que la muy ancha que daba entrada a
las celdas, sub los escalones casi arrastrndome y me detuve detrs de
la puerta.

Lo primero que o fue la risa burlona y altanera de Ruperto, risa
extraa en aquellas circunstancias y en aquel lugar. Desde luego
indicaba que no haban llegado mis amigos, pues de lo contrario hubieran
despachado a Ruperto a tiros. Y el reloj dio las dos y media! Dios
mo! Sera posible que viendo la puerta cerrada y no hallndome a
orillas del foso, hubiesen regresado a Tarlein con la noticia de la
muerte del Rey y la ma? Muertes que por cierto parecan muy prximas,
que ocurriran probablemente antes de que Sarto y los suyos llegasen a
Tarlein. No lo anunciaba as la risa triunfante de Ruperto?

Permanec algunos instantes anonadado, apoyndome contra la puerta.
Luego me incorpor vivamente, porque Ruperto gritaba con despreciativo
acento:

--Ea, venid! Aqu est el puente! A no ser que Miguel el Negro os lo
prohiba, perros, para convertirse l mismo en campen de su dama! Vn a
batirte por ella, Miguel!

Si la lucha haba de ser entre tres bien poda yo tomar parte en ella,
por malparado que estuviese. Di vuelta a la llave, entreabr la puerta y
mir.




XIX

CARA A CARA EN EL BOSQUE


Nada pude ver por el momento, porque la viva luz de las antorchas y
linternas que brillaban al otro lado del puente me deslumbr. Pero no
tard en distinguir los detalles de aquella escena singular. El puente
estaba echado. En su ms lejano extremo, un grupo de servidores del
Duque, dos o tres de los cuales llevaban las luces de que he hablado y
los otros tres o cuatro estaban armados con largas picas dirigidas hacia
adelante, en actitud defensiva. Formaban apretado grupo y la palidez de
sus rostros denotaba la agitacin de que estaban posedos. La verdad es
que contemplaban con espanto a un hombre, plantado en medio del puente,
espada en mano. Era Ruperto Henzar, en mangas de camisa, ensangrentada
sta sobre el pecho; pero su aspecto resuelto y erguido cuerpo, me
indicaron desde luego que estaba ileso o cuando ms levsimamente
herido. All se hallaba, cortando el paso del puente, retando a sus
contrarios y al Duque mismo; al paso que aqullos, sin armas de fuego,
temblaban ante el denodado joven, sin osar atacarlo. Hablbanse en voz
baja y tras ellos, apoyado contra el dintel de la puerta, vi a mi amigo
Juan, que con un pauelo procuraba restaar la sangre que manaba de una
herida recibida en la mejilla.

Una casualidad providencial me haca dueo de la situacin. Aquellos
cobardes no se atreveran conmigo ms que con Ruperto; y en cuanto a
ste, me bastaba alzar el brazo y de un disparo mandarlo al otro mundo a
dar cuenta de sus crmenes. Ignoraba hasta mi presencia all. Sin
embargo, nada de eso hice. Por qu? Nunca lo he sabido. Haba ya dado
muerte a un hombre, de noche y traidoramente, y a otro ms bien por
suerte que por maa. Pero a pesar de ser Ruperto tan gran villano, me
repugnaba la idea de unirme a la turba que lo amenazaba para matarlo.
Quizs fuese esta la causa. Por otra parte, me fascinaba la curiosidad,
el vivo deseo de presenciar el fin de aquella escena.

--Miguel! Perro! Vn si te atreves!--gritaba Ruperto, avanzando un
paso hacia el grupo de sus temblorosos enemigos.--Miguel! bastardo!

La respuesta se la dio el agudo grito de una mujer.

--Muerto, Dios mo! Ha muerto!

--Muerto!--vocifer Ruperto.--Ah, el golpe fue ms certero de lo que
yo crea!--y lanz una carcajada triunfante.--Abajo esas armas,
vosotros! Ahora soy vuestro amo! Abajo, digo!

Creo que le hubieran obedecido, a no haberse elevado en aquel preciso
momento sbito y lejano rumor, como de gritos y golpes dados al lado
opuesto del castillo. El corazn me salt en el pecho. Era sin duda mi
gente, que por fortuna desobedeca mis rdenes y vena en mi busca. Las
voces continuaban, pero la atencin de todos los presentes se fij por
entonces en una aparicin inesperada. El grupo de soldados del Duque se
abri para dar paso a una mujer que se adelantaba vacilante. Era
Antonieta de Maubn, vistiendo blanca y holgada bata, suelto a la
espalda el negro cabello, plido el rostro y cuyos ojos brillaban
amenazadores a la luz de las antorchas. Su trmula mano empuaba un
revlver y adelantndose por el puente apunt a Ruperto y dispar. La
baja vino a estrellarse en el muro, a alguna distancia de mi cabeza.

--Ah, seora!--exclam Ruperto rindose.--Si sus ojos no fueran ms
mortferos que su revlver, no me vera yo en este lance, ni Miguel, a
estas horas, en el infierno!

Antonieta, sin dedicar la menor atencin a aquellas palabras, hizo un
poderoso esfuerzo y logr permanecer inmvil, rgida. Despus levant el
arma lentamente y apunt con calma.

Esperar all hubiera sido una locura por parte de Ruperto. Tena que
lanzarse sobre ella, corriendo el riesgo de recibir un balazo, o
retroceder hacia m. Por mi parte le apunt tambin.

Pero no hizo una cosa ni otra. Antes de que ella hubiera asegurado la
puntera, salud graciosamente y grit: No puedo matar a la que he
besado! y sin que Antonieta o yo pudiramos impedrselo, apoy la mano
sobre la barandilla del puente y salt ligeramente al foso.

En aquel mismo instante o pasos precipitados y la voz de Sarto que
deca: Dios eterno, es el Duque! Muerto! Comprend entonces que el
Rey no me necesitaba ya, y arrojando al suelo mi revlver corr hacia el
puente. O gritos de sorpresa: El Rey, el Rey! pero imitando a
Ruperto Henzar salt al foso, espada en mano, resuelto a terminar de una
vez mi contienda con l. A quince varas de distancia, sobre el agua,
vea su rizada cabeza.

Nadaba rpidamente, y sin esfuerzo, al paso que yo, cansado y resentido
de mi herida, no podra alcanzarle. Nad algn tiempo en silencio, pero
al verle doblar el ngulo del castillo, le grit:

--Alto, Ruperto!

Dirigi una mirada atrs, pero sigui nadando. Habase acercado a la
alta orilla y comprend que buscaba lugar favorable para tomar tierra.
No lo haba, pero me acord de mi cuerda, que probablemente colgara
donde yo la haba dejado horas antes. Mientras l exploraba el terreno
me le acerqu bastante, pero de pronto le o lanzar una exclamacin de
alegra y comprend que haba descubierto la cuerda.

Empez a subir por ella y tan cerca estaba yo que le o murmurar: Cmo
demonios ha venido esto aqu? Llegu a la cuerda y l me vio,
suspendido como estaba, pero no pude alcanzarle.

--Quin va?--pregunt sobresaltado.

Creo que a primera vista me tom por el Rey y no lo extra porque mi
palidez contribua al engao; pero muy pronto exclam:

--Calla, si es el comiquillo! Qu hace usted por aqu?

Diciendo esto lleg a la orilla. Yo tena asida la cuerda, pero me
detuve. Ruperto se hallaba en terreno firme, con la espada en la mano y
nada ms fcil que hendirme de un tajo la cabeza o atravesarme de una
estocada si me arriesgaba a subir. Solt la cuerda.

--No importa--dije;--lo esencial es que aqu estoy y aqu me quedo.

Me mir sonrindose.

--El diablo son las mujeres...--empez a decir, cundo se oy la gran
campana del castillo que tocaba a rebato, y fuertes gritos que parecan
salir del foso.

Ruperto volvi a sonrerse y me hizo un saludo de despedida con la mano.

--Mucho hubiera deseado habrmelas con usted--dijo,--pero la cosa se
pone fea; y desapareci de mi vista.

En un instante, sin pensar en el peligro, sub por la cuerda. Le vi a
treinta varas de distancia, corriendo como un gamo en direccin al
bosque. Era la primera vez que Ruperto se mostraba ms prudente que
animoso. Corr tras l, gritndole que se detuviese, pero no me hizo
caso. Ileso y gil ganaba terreno a cada paso; pero yo, olvidado de
todo, excepto del deseo de vengarme, segu sus huellas y muy pronto
desaparecimos ambos en el bosque de Zenda.

Eran las tres de la maana y empezaba a despuntar el da. Me hallaba en
una avenida larga y recta, cubierta de csped y a cien varas de
distancia corra Ruperto, flotante al viento el rizado cabello. Me
senta rendido y respiraba fatigosamente; le v volver el rostro y
saludarme otra vez con la mano. Se burlaba de m, porque vea que me era
imposible alcanzarle. Tuve que detenerme para respirar y un momento
despus Henzar torci rpidamente a la derecha y desapareci.

Cre que todo haba terminado y me dej caer abatido sobre la hierba.
Pero ech a correr de nuevo en seguida, porque o salir del bosque el
grito de una mujer. Haciendo un esfuerzo supremo llegu al lugar donde
Ruperto haba cambiado de rumbo, e imitndole, volv a verle, en
compaa de una muchacha, a la que obligaba a bajar del caballo que
montaba. Ella era sin duda la que haba lanzado aquel grito. Pareca una
campesina y llevaba una cesta pendiente del brazo. Probablemente se
diriga al mercado de Zenda. El caballo era fuerte y de buena estampa.
El truhn de Ruperto la pos en tierra sin hacer caso de sus gritos,
pero sin violencia; al contrario, la bes rindose y le dio dinero.
Despus mont de un salto, a mujeriegas, y me esper. Yo me detuve y le
esper a mi vez.

Dirigi su caballo hacia m, pero lo detuvo a corta distancia y alzando
la mano pregunt:

--Qu ha hecho usted en el castillo?

--He matado a sus tres amigos--respond.

--Cmo! Baj usted a la prisin?

--S.

--Y el Rey?

--Fue herido por Dechard, a quien di muerte, y espero que el Rey viva.

--Necio!--exclam Ruperto jovialmente.

--Otra cosa hice.

--Y fue?

--Perdonarle a usted la vida. Me hallaba detrs de usted en el puente,
revlver en mano.

--Digo! Pues estuve entre dos fuegos!

--Apese usted--le grit,--y luche como un hombre!

--En presencia de una dama?--dijo sealando a la muchacha.--Qu cosas
tiene Vuestra Majestad!

Entonces, furioso, sin saber lo que haca, corr hacia l. Pareci
vacilar un instante, pero despus refren el caballo y me esper.
Continu mi carrera, enloquecido, as las riendas y le dirig una
estocada, que par, devolvindome el golpe. Retroced un paso y renov
el ataque, pero aquella vez le abr la mejilla y salt atrs antes de
que l pudiera alcanzarme. Pareca desconcertado por la violencia de mi
ataque, pues de lo contrario creo que hubiera acabado conmigo. Ca sobre
una rodilla, jadeante, esperando verme atropellado por su caballo. As
hubiera sucedido indudablemente, pero en aquel instante reson un grito
a nuestras espaldas y volvindome vi a un jinete que acababa de dejar la
avenida y galopaba por el sendero, revlver en mano. Era Federico
Tarlein, mi fiel amigo. Ruperto lo reconoci tambin, y comprendi que
haba perdido la partida. Tom la debida posicin en la silla, pero
todava se detuvo un momento, para decirme con su eterna sonrisa:

--Hasta la vista, Rodolfo Rasndil!

Despus, sangrndole la mejilla, pero apuesto y gallardo siempre,
movindose en la silla con la facilidad y maestra de costumbre, me
salud; se inclin tambin hacia la joven campesina, que se haba
acercado fascinada; y con un ademn se despidi a su vez de Tarlein, que
habindose puesto a tiro levant el revlver y dispar. La bala estuvo a
punto de acabar con Ruperto, porque le hizo pedazos el puo de la espada
que en la diestra tena. Solt el arma, sacudiendo los dedos, golpe los
costados del caballo con los talones y lanzando una blasfemia, parti al
galope.

Le mir alejarse de la larga avenida, con tanta soltura como si se
tratase de un paseo a caballo, como si no fuera desangrndose por sus
heridas.

Todava se volvi una vez ms para saludarnos con la mano, y se ocult a
nuestra vista, indomable y airoso como siempre, tan valiente como
perverso. Y yo arroj al suelo mi espada y supliqu a Tarlein que lo
persiguiese. Pero lejos de eso detuvo su caballo, desmont y corriendo
hacia m me abraz estrechamente. A tiempo llegaba, porque la herida que
recib en la lucha con Dechard haba vuelto a abrirse y la sangre corra
abundante, formando roja mancha en el suelo.

--Pues entonces dme usted su caballo!--grit, apartndolo de m.--Di
algunos pasos hacia el caballo, tambalendome, y ca de bruces. Tarlein
se arrodill a mi lado.

--Federico!--dije.

--S, amigo mo, amigo querido--me contest con la dulzura de una mujer.

--Vive el Rey?

Sac su pauelo, limpi con l mis labios y me bes en la frente.

--Si, vive, gracias al ms valiente caballero que he
conocido!--contest en voz baja.

La pobre campesina segua all, llorosa y sorprendida, porque me haba
visto en Zenda y crea que el Rey yaca plido y ensangrentado a sus
pies.

Al or aquellas palabras de Tarlein quise gritar:

Viva el Rey! pero no pude, y reclin la cabeza en los brazos de mi
amigo, lanzando un gemido; mas temeroso de que l interpretase mal mi
silencio, volv a abrir los ojos y procur articular aquellas palabras:
Viva!... Imposible! Mortalmente cansado, transido de fro, me cobij
en brazos de Tarlein, cerr los ojos y qued desvanecido.




XX

EL PRISIONERO Y EL REY


Para que se comprenda bien lo ocurrido en el castillo de Zenda, tengo
que completar el relato de lo que yo en persona vi e hice aquella noche
con una breve resea de lo que ms tarde supe por Tarlein y la seora de
Maubn. Esta me explic por qu el grito que yo le haba mandado dar
como seal se haba convertido de estratagema en siniestra realidad y
odose mucho antes de la hora convenida; grito que por un momento
apareci ser la ruina de todas nuestras esperanzas, pero que vino a
favorecerlas en definitiva. La desgraciada mujer, impulsada, segn creo,
por verdadero afecto al duque de Estrelsau, no menos que por la
brillante perspectiva ofrecida a su ambicin, haba seguido al Duque, a
peticin de ste, de Pars a Ruritania. Era Miguel hombre de violentas
pasiones, pero de voluntad ms poderosa todava. Con fro egosmo lo
tom todo sin dar cosa alguna en cambio, y Antonieta no tard en
descubrir que tena una rival en la princesa Flavia; desesperada, no
repar en medios para conservar el amor del Duque. Al propio tiempo se
vio mezclada en las audaces maquinaciones de ste. Resuelta a no
abandonarlo, unida a l por los lazos de su impura pasin y por sus
propias esperanzas, no quiso, sin embargo, servirle de pretexto para
llevarme a la muerte. De aqu las cartas que me haba escrito
revelndome el peligro. No pretender averiguar si las lneas dirigidas
a Flavia las haban dictado el afecto o el odio, la compasin o los
celos: pero nos fueron tambin de gran servicio. Cuando el Duque fue a
Zenda ella le acompa; y all pudo comprender por primera vez la
crueldad de Miguel en toda su extensin y se apiad su alma del
desgraciado Rey. Desde aquel instante estuvo de nuestra parte. Pero por
lo que ella misma me dijo comprendo que, mujer al fin, segua queriendo
al Duque y esperaba obtener del Rey la vida de aqul, cuando no su
perdn, en recompensa de sus propios servicios a nuestra causa. No
deseaba el triunfo de Miguel, abominaba su crimen y mucho ms el premio
que con l se propona alcanzar el Duque, la mano de su prima, la
princesa Flavia.

Otros elementos que figuraron en el drama de Zenda fueron el libertinaje
y la audacia de Ruperto. Quizs se sinti atrado por la belleza de
Antonieta; quizs le bastara saber que sta perteneca a otro hombre y
le odiaba a l. Por muchos das haban menudeado los conflictos y las
discusiones entre Miguel y Ruperto, acrecentndose su odio, y la reyerta
que yo presenci entre ellos en la habitacin del Duque no fue ms que
una de tantas. Cuando revel a la seora de Maubn las ofertas que me
haba hecho Ruperto, no se mostr admirada; ella misma haba aconsejado
a Miguel que desconfiase de Ruperto, aun en los momentos en que me
escriba rogndome que la rescatase del poder de ambos. Aquella noche
resolvi Ruperto realizar sus inicuos designios y proporcionndose una
llave de la habitacin de Antonieta, la haba sorprendido en ella. Sus
gritos atrajeron al Duque, lucharon ambos en la obscuridad, dio Ruperto
un golpe mortal a su seor y al precipitarse los criados en la
habitacin, escap l por la ventana, como dejo referido. Ignorando la
muerte del Duque, haba regresado al puente para renovar el combate. No
s lo que se propondra hacer con los otros tres secuaces de Miguel y
cmplices suyos, pero creo que no haba formado plan alguno, porque la
muerte del Duque fue impremeditada por su parte. Sola Antonieta con el
herido, procur restaar la sangre, pero intilmente; y habiendo
expirado el Duque poco despus, oy ella las voces de reto de Ruperto y
acudi a castigarlo y vengarse. A m no me vio hasta que me lanc al
foso, en persecucin de nuestro comn enemigo.

En aquel instante entraron mis amigos en escena. Haban llegado al
castillo nuevo a la hora convenida, y esperaron cerca de la puerta, que
no se abri porque Juan se vio arrastrado con los otros en auxilio del
Duque; es ms, deseoso de disipar toda sospecha, se haba distinguido
muy especialmente atacando a Ruperto en persona, lo que le haba valido
una estocada de ste. Sarto esper hasta cerca de las dos y media, y
despus, en cumplimiento de mis rdenes, haba enviado a Tarlein a
buscarme por las cercanas del foso. No hallndome, haban conferenciado
ambos, proponiendo Sarto seguir al pie de la letra mis instrucciones y
regresar a escape a Tarlein; pero el buen Federico se neg rotundamente
a abandonarme, cualesquiera que fuesen las rdenes recibidas.
Discutieron algunos minutos, cedi Sarto, envi un destacamento mandado
por Berstein al palacio de Tarlein en busca del general Estrakenz, y el
resto de la fuerza atac furiosamente la gran puerta del castillo.
Resistiles sta unos quince minutos y cay por fin, en el momento mismo
en que Antonieta disparaba su revlver contra Ruperto. Sarto y ocho de
sus soldados se precipitaron en el castillo; la primera habitacin a que
llegaron fue la de Miguel, que yaca tendido en el suelo, atravesado de
una estocada. Entonces lanz Sarto el grito que yo haba odo: El
Duque ha muerto! y atac a los servidores de Miguel, que aterrorizados
se rindieron a discrecin. Antonieta se arroj sollozando a los pies de
Sarto, a quien slo pudo decir que me haba visto lanzarme al agua desde
el otro extremo del puente.

--Y el prisionero?--le pregunt el coronel.

Pero ella se limit a mover negativamente la cabeza, y Sarto, Federico y
sus acompaantes cruzaron en silencio el puente, hasta tropezar con el
cadver de De Gautet.

Escucharon vidamente, pero ningn rumor lleg hasta ellos desde las
celdas, lo que les hizo temer que el Rey haba sido asesinado por sus
guardianes y su cuerpo arrojado al foso, escapando aqullos a su vez por
la Escala de Jacob. Sin embargo, el hecho de haber sido visto ya cerca
de all les infunda alguna esperanza (as me lo dijo el buen Tarlein);
por lo que volviendo a la habitacin de Miguel, en la que estaba orando
Antonieta, hallaron un manojo de llaves y entre ellas la de la puerta
de la prisin que yo haba cerrado tras m al salir. Abrieron; la
escalera estaba a obscuras y al principio no quisieron encender una
antorcha, temiendo servir de blanco a sus enemigos. Pero no tard en
exclamar Federico: La puerta est abierta! Y hay luz en la celda!
Bajaron resueltamente y en la primera celda slo hallaron el cadver de
Bersonn, lo que les impuls a dar gracias a Dios, exclamando Sarto:
No hay duda! Rasndil ha pasado por aqu!

Precipitndose despus en la inmediata estancia, vieron el cuerpo
exnime de Dechard sobre el del mdico y a pocos pasos el del Rey,
tendido de espaldas, junto a su derribada silla. Muerto! exclam
Tarlein; y Sarto los hizo salir a todos, excepto Tarlein, y
arrodillndose junto al Rey no tard en descubrir que viva y que con
solcitos cuidados su salvacin era segura. Le cubrieron el rostro, lo
transportaron a la habitacin de Miguel, en cuyo lecho lo pusieron y
Antonieta suspendi sus preces para baar la ensangrentada frente del
Rey y vendar sus heridas, en tanto llegaba un mdico. Y Sarto,
convencido ms que nunca de mi reciente presencia all y habiendo odo
el relato de Antonieta, envi a Tarlein en mi busca, por foso y bosque.
Federico hall primero mi caballo, tembl por mi suerte y me descubri
al fin, guiado por el grito con que yo haba retado a Ruperto. Su gozo
fue tan intenso como si de su propio hermano se tratara, y en su cario
y ansiedad por m, desde cosa tan importante como la muerte de Ruperto
Henzar. Sin embargo, yo hubiera sentido no haberlo castigado por mi
propia mano.

Una vez realizado tan felizmente el rescate del Rey, le tocaba a Sarto
ocultar a todos el cautiverio de ste. Antonieta de Maubn y Juan el
guardabosque (bastante malparado este ltimo por el momento para andar
en chismes) haban jurado guardar secreto; y Tarlein se haba adelantado
en busca, no del Rey, sino del ignorado amigo del monarca que se haba
aparecido por un momento en el puente, ante los sorprendidos servidores
del Duque. Se haba verificado la sustitucin, y el Rey, herido
gravemente, segn a todos se dijo, por los carceleros que tenan cautivo
a uno de sus fieles amigos, haba vencido por fin y se hallaba en la
habitacin de Miguel el Negro. All lo haban conducido, cubierto el
rostro, desde su prisin subterrnea y all se haba dado orden de
llevarme sigilosamente tan luego me encontrasen. Tambin se despach un
mensajero al palacio de Tarlein, con encargo de anunciar al general
Estrakenz y a la Princesa, que el Rey se hallaba en salvo y deseaba
conferenciar con el General sin prdida de momento. Cuanto a Flavia,
deba permanecer en Tarlein hasta que el Rey le enviase nuevas
instrucciones. As haba preparado Sarto las cosas mientras se repona
un tanto el Rey, despus de haber escapado casi por milagro de las
asechanzas de su inicuo hermano.

El ingenioso plan del astuto coronel prosper sin tropiezo, hasta
encontrar un obstculo que a menudo trastorna los proyectos mejor
combinados: la voluntad o el capricho de una mujer. En este caso,
cualesquiera que fuesen las rdenes del Rey, las instrucciones de Sarto
y los consejos del General, Flavia se neg a permanecer en Tarlein
mientras su amado se hallaba herido en Zenda, y el carruaje de la
Princesa sigui de cerca al General y su escolta cuando ste se puso en
camino del castillo. As pasaron por el pueblo, donde se deca ya que
habindose dirigido el Rey al castillo la noche anterior, para
reconvenir amistosamente a su hermano por el trato dado a uno de los
amigos del Rey prisionero en la fortaleza, se haba visto atacado a
traicin; que tras una lucha desesperada haban perecido el Duque y
varios caballeros suyos, y que el Rey, aunque herido, haba logrado
apoderarse del castillo. Todos estos rumores causaron, como se
comprender, profunda sensacin; empez a funcionar el telgrafo, pero
cuando las noticias llegaron a la capital, ya se haba recibido all la
orden de poner tropas sobre las armas, e impedir toda manifestacin
hostil en los barrios donde predominaban los partidarios del Duque.

Suba el carruaje de la princesa Flavia el pendiente camino del
castillo, con el General cabalgando al estribo y rogndole todava que
volviese a Tarlein, a tiempo que Federico y el supuesto prisionero de
Zenda llegaban al lindero del bosque. Al recobrar el sentido me puse en
marcha, apoyado en el brazo de Federico, y prximos ya a salir del
bosque vi a la Princesa. Una mirada de mi amigo me hizo comprender
repentinamente que no deba verme ni hablar otra vez con Flavia y ca de
rodillas tras unos arbustos. Pero habamos olvidado a la joven
campesina, que nos haba seguido y no estaba dispuesta a perder aquella
ocasin de congraciarse con la Princesa y de ganar unas monedas de oro;
as fue que apenas nos ocultamos, sali corriendo al camino y saludando,
exclam:

--Seora, el Rey est all, detrs de aquellas matas! Quiere Vuestra
Alteza que la gue hasta l?

--Qu tontera es esa, muchacha?--dijo el General.--El Rey est en el
castillo, herido.

--A que no. Herido s, pero est all, con el conde Federico, y no en el
castillo--insisti la moza.

--Est en dos lugares a la vez, o es que hay dos Reyes?--pregunt
Flavia sorprendida.--Cmo sabes que est all?

--Lo vi persiguiendo a un caballero, seora, y pelearon hasta que lleg
el conde Federico; el otro me quit el caballo de mi padre y se escap,
pero el Rey est all con el Conde. Cmo, seora! Hay acaso otro
hombre como el Rey en Ruritania?

--No, hija ma--contest Flavia dulcemente, (me lo dijeron despus); y
se sonri y dio dinero a la muchacha.--Voy yo misma a ver a ese
caballero--dijo haciendo ademn de bajar del coche.

Pero en aquel momento lleg Sarto al galope, procedente del castillo, y
al ver a la Princesa resolvi sacar el mejor partido posible de las
circunstancias y comenz por decirle que el Rey estaba perfectamente
atendido y fuera de peligro.

--En el castillo?--pregunt Flavia.

--Pues dnde haba de estar, seora?--repuso el coronel inclinndose.

--Es que esta muchacha dice que ha visto al Rey all, con el conde
Federico.

Sarto mir a la moza sonrendose y con expresin de incredulidad.

--Estas chicas en cuanto ven un apuesto caballero, se creen que es el
Rey--dijo.

--Pues entonces, el que yo digo y el Rey se parecen como si fueran
hermanos--replic la campesina, algo vacilante pero insistiendo todava
en su tema.

Sarto mir en torno. En el rostro del General se adivinaba muda
interrogacin. Los ojos de Flavia no eran menos elocuentes. La sospecha
cunde con facilidad portentosa.

--Voy a ver quin es ese hombre--dijo Sarto.

--No, ir yo misma--exclam la Princesa.

--Pues en tal caso, venga Vuestra Alteza sola--murmur Sarto.

Y ella, obedeciendo a aquella extraa indicacin y notando tambin la
splica que se vea en el rostro del veterano, rog al General y su
squito que esperasen all; dijo Sarto a la muchacha que se apartase a
distancia, y l y Flavia se dirigieron a pie hacia donde estbamos.
Cuando los vi acercarse, me sent, agobiado, en el suelo y ocult la
cara entre las manos. No poda mirarla. Federico se arrodill a mi lado,
puesta la mano en mi hombro.

--Hable Vuestra Alteza en voz baja--dijo Sarto al llegar con la Princesa
a nuestro lado; y despus o un grito ahogado, que pareca expresar
alegra y temor a la vez, y su voz que deca:

--Es l! Ests herido, sufres?

Corri a mi lado y con suave esfuerzo apart mis manos, pero yo segu
con los ojos fijos en tierra.

--Es el Rey!--exclam.--Quiere usted decirme, coronel Sarto, qu
significa la broma de que hace poco pretenda usted hacerme objeto?

Nadie contest; los tres seguimos silenciosos ante ella. Prescindiendo
de testigos, me abraz y me dio un beso. Entonces dijo Sarto, con voz
ronca y baja:

--No es el Rey. No lo acaricie Vuestra Alteza; no es el Rey.

--Pero, acaso no conozco yo a mi amado? Rodolfo, amor mo!

-No es el Rey--repiti Sarto; y el acongojado Tarlein no pudo reprimir
un sollozo.

Entonces, al or aquel sollozo, comprendi Flavia que haba en todo
aquello algo ms que una chanza o una equivocacin.

--S, es el Rey!--exclam.--Es su cara; su anillo, el mo. Oh, s, es
mi amor!

--Vuestro amor, seora, s--dijo Sarto.--Pero el Rey est all, en el
castillo. Este caballero...

--Mrame, Rodolfo! Mrame!--grit, oprimiendo mi rostro entre sus
manos.--Por qu permites que me atormenten as? Dime, qu significa
esto!

Entonces habl, fijos mis ojos en los suyos.

--Dios me perdone, seora!--dije.--No soy el Rey.

Sent en mis mejillas el temblor convulsivo de sus manos. Mir fijamente
mi cara, escudrindola, como no ha sido mirada jams la cara de un
hombre. Y yo, mudo otra vez, vi nacer y agrandarse en sus ojos el
asombro, la duda, el terror. Disminuy gradualmente la presin de sus
manos; mir a Sarto, a Federico y volvi a clavar los ojos en m;
despus, repentinamente, vacil, cay hacia adelante en mis brazos, y
yo, con un grito de dolor, la estrech sobre mi pecho y bes sus labios.
Sarto me toc el brazo. Le mir, deposit suavemente el cuerpo de Flavia
sobre la hierba, y de pie a su lado, contemplndola, maldije al Cielo
por haberme salvado de la espada de Ruperto para hacerme sufrir aquel
dolor tan intenso, tan atroz.




XXI

HAY ALGO MS QUE AMOR!


Haba cerrado la noche y me hallaba en la celda que acababa de ser
prisin del Rey en el castillo de Zenda. Haba desaparecido el tubo
apodado Escala de Jacob por Ruperto Henzar, y en la obscuridad
brillaban las luces de una habitacin situada al otro lado del foso.
Reinaba profundo silencio, en contraste con el fragor de la reciente
lucha. Yo haba pasado el da en el bosque, con Federico, despus de
separarme de la Princesa, a quien dejamos en compaa de Sarto.
Protegido por la obscuridad, me haban conducido al castillo e instalado
en la celda. Nada me importaba el recuerdo de que un poco antes haban
muerto all tres hombres, dos de ellos por mi mano. Me haba arrojado
sobre un colchn inmediato a la ventana y contemplaba las negras aguas
del foso. Juan, plido todava a consecuencia de su herida, me haba
servido la cena. Me dijo que el Rey iba reponindose, que haba visto a
la Princesa y conferenciado largamente con Sarto y Tarlein. El General
haba regresado a Estrelsau, Miguel el Negro yaca en su atad y junto a
l velaba Antonieta de Maubn. Desde mi retiro haba odo el fnebre
canto y las preces de los religiosos.

Fuera circulaban extraos rumores. Decan unos que el prisionero de
Zenda haba muerto; otros que haba desaparecido pero estaba vivo;
aseguraban algunos que era un buen amigo del Rey a quien haba prestado
valioso servicio en Inglaterra, en cierta aventura; y no faltaba quien
saba que, habiendo descubierto las tramas del Duque, se haba ste
apoderado de l y arrojdolo en una mazmorra. Pero los ms avisados
prescindan de suposiciones y comentarios, limitndose a decir que slo
se sabra la verdad cuando el coronel Sarto tuviese a bien revelarla.

As charl Juan hasta que lo desped, y me qued solo, pensando no en lo
porvenir, sino, como sucede a menudo despus de las grandes crisis, en
los sucesos de aquellas ltimas semanas, pasndoles mental revista con
verdadero asombro. All en lo alto se oa, interrumpiendo el silencio de
la noche, el ruido producido por las banderas del castillo flotando al
viento o golpeando sus astas. En una de stas, ondeaba el estandarte del
Duque y sobre l la real insignia, el pabelln de Ruritania. Y nos
acostumbramos tan pronto a todo, que me cost algn esfuerzo convencerme
de que ya no ondeaba, como hasta entonces, en honor mo.

No tard en presentarse Federico de Tarlein. Me dijo brevemente que el
Rey deseaba verme, y juntos cruzamos el puente levadizo y entramos en la
que haba sido cmara del duque Miguel.

El Rey yaca en el lecho, tendido por el mdico que nosotros habamos
llevado a Tarlein y que se apresur a decirme en voz baja que abreviase
mi visita. El Rey me tendi la mano y estrech la ma. Federico y el
mdico se apartaron, dirigindose a una de las entreabiertas ventanas.

Retir el anillo del Rey que tena en mi dedo y lo puse en el suyo.

--He procurado llevarlo con honra, seor--le dije.

--No puedo hablar mucho--repuso con voz dbil.--He tenido una viva
discusin con Sarto y el General, quienes me lo han dicho todo. Yo
quera llevarlo a usted a Estrelsau, tenerlo all a mi lado y decir a
todos lo que ha hecho; quera que usted fuese mi mejor y ms querido
amigo, primo Rodolfo. Pero me dicen que no debo hacerlo y que se ha de
guardar el secreto... si tal cosa es posible.

--Tienen razn, seor. Permtame partir Vuestra Majestad. Mi misin aqu
ha terminado.

--S, y la ha cumplido usted como ningn otro hombre hubiera podido
hacerlo. Cuando vuelvan a verme habr dejado crecer mi barba, sin contar
que estar desfigurado por mi enfermedad. Nadie se sorprender de que el
Rey parezca tan cambiado. Pero fuera de eso, procurar que no noten en
m ningn otro cambio. Usted me ha enseado a ser Rey.

--Seor--dije,--no merezco ni puedo aceptar los elogios de Vuestra
Majestad. Slo a la bondad del Cielo debo el no ser hoy un traidor mayor
an que el mismo Duque.

Me mir con alguna extraeza, pero no es de enfermos graves descifrar
enigmas y renunci a interrogarme. Su mirada se fij en la sortija de
Flavia que yo llevaba puesta. Cre que iba a hablarme de ello, pero
despus de tocar distradamente el anillo algunos instantes, dej caer
la cabeza sobre la almohada.

--No s cundo volver a verle--dijo con voz apenas perceptible.

--Tan luego vuelva a necesitarme Vuestra Majestad--contest.

Cerr los ojos. Tarlein y el mdico se acercaron. Bes la mano del Rey y
sal con Tarlein. No he vuelto a ver al joven soberano.

Ya fuera de la habitacin, not que Federico, en lugar de dirigirse a la
derecha y al puente levadizo, torci a la izquierda y sin decir palabra
me hizo subir una escalera y nos hallamos en un amplio corredor del
castillo.

--Adnde vamos?--pregunt.

--Ella ha enviado a llamarle--respondi Tarlein sin mirarme.--Cuando
haya terminado esta entrevista, vuelva usted al puente. All lo
esperar.

--Qu desea?--dije respirando agitadamente.

Me indic con un ademn que no poda contestar a mi pregunta.

--Lo sabe todo?

--S, todo.

Abri una puerta, me hizo entrar impulsndome suavemente y cerr tras
m. Me hall en una sala pequea y lujosamente amueblada. Al principio
cre hallarme solo, porque las dos velas encendidas sobre una mesa
tenan pantallas y despedan escasa luz. Pero casi en seguida vi a una
mujer, en pie, cerca de la ventana. Me dirig a ella, dobl una rodilla
y tomndole una mano la llev a mis labios. No habl ni se movi. Me
levant y, a pesar de la indecisa luz, not la palidez de sus mejillas,
vi la aureola que le formaban sus hermosos cabellos y sin darme cuenta
de ello pronunci dulcemente su nombre:

--Flavia!

Se estremeci ligeramente y mir en torno.

Despus se lanz hacia m y asindome el brazo dijo:

--No ests en pie! No, sintate! Ests herido. Aqu, sintate aqu!

Me hizo sentar en el sof y apoy la mano en mi frente.

--Cmo te arde la frente!--dijo cayendo de rodillas a mi lado.

Reclin la cabeza sobre mi pecho y la o murmurar:

--Pobre amor mo! Cmo te arde la frente!

Por mi parte haba ido all con el propsito de humillarme, de implorar
su perdn; pero lejos de eso, lo nico que dije fue:

--Te amo, Flavia, con todas mis fuerzas, con toda mi alma!

Porque el amor nos permite leer en el corazn del ser amado, porque lo
que la turbaba y la haca sentirse avergonzada, no era su amor por m,
sino el temor de que as como yo haba sido fingido Rey, hubiera
representado tambin el papel de amante y recibido sus besos burlndome
interiormente de ella.

--Con todas mis fuerzas, con toda mi alma!--repet, y su rostro oprimi
ms fuertemente mi pecho.--Siempre, desde el primer instante en que te
vi, all en la catedral! Para m no ha existido desde entonces ms que
una mujer en el mundo y jams existir otra. Pero Dios me perdone el
engao de que te he hecho vctima!

--Te obligaron a ello!--dijo prontamente; y luego, alzando la frente y
fijos sus ojos en los mos, aadi:

--Quizs hubiera sucedido lo mismo aun revelndome la verdad. Porque mi
amor eras siempre t, no el Rey!

Y levantndose, me dio un beso.

--Me propona confesrtelo todo--dije.--Iba a hacerlo la noche del
baile, en Estrelsau, pero Sarto me interrumpi. Despus... no pude, no
me atrev a correr el riesgo de perderte antes... antes de que llegase
el momento en que por fuerza haba de perderte! Adorada ma, sabes que
por ti pens dejar al Rey abandonado a su suerte?

--Lo s, lo s! Y ahora...qu vamos a hacer ahora, Rodolfo?

La atraje hacia m, y abrazndola la dije:

--Voy a partir esta noche!

--Ah, no, no!--exclam.--No esta noche!

--Tengo que irme, antes de que me vean otros. Y cmo quieres que me
quede, alma ma, a no ser?...

--Si pudiera partir contigo!--murmur.

--En nombre del Cielo!--exclam bruscamente.--No digas eso!

--Por qu no? Te amo. Eres tan caballero tan noble como el Rey!

Entonces falt a todos mis principios, hice traicin a cuanto deba
respetar. La tom en mis brazos y le supliqu con palabras que no puedo
reproducir aqu, que me siguiera, que desafiase al mundo entero a
arrancarla de mis brazos. Y por algn tiempo me escuch, sorprendida y
dominada. Pero cuando me mir empec a avergonzarme de mi conducta, me
falt la voz, balbuce algunas palabras y por fin guard silencio.

Flavia se apart de m, buscando apoyo en la pared, y yo qued humillado
y tembloroso, sabiendo lo que haba hecho, desprecindome a m mismo,
pero tambin resuelto a no desdecirme. As permanecimos largo tiempo.

--Estoy loco!--dije tristemente.

--Aun loco te adoro, amor mo--contest.

Tena inclinado el rostro, pero vi el brillo de las lgrimas que
surcaban sus mejillas. Tuve que buscar apoyo en el respaldo del sof.

--Hay algo ms que amor!--dijo en voz baja, con dulcsimo acento.--Si
el amor lo fuese todo, yo podra seguirte hasta el fin del mundo, aunque
tuviese que vestir harapos, porque mi corazn te pertenece. Pero no
existe algo ms que el amor?

No contest. Ahora me avergenzo de no haber asentido, de no haber
facilitado sus esfuerzos con mis palabras.

Se me acerc y me puso la mano sobre el hombro, mano que torn y oprim
entre las mas.

--Bien s--continu,--que se habla y se escribe como si el amor lo fuese
todo. Quizs lo sea para algunos. Pero si lo fuera tambin para ti,
Rodolfo, hubieras dejado morir al Rey en su prisin.

Llev su mano a mis labios.

--Y la honra de la mujer, Rodolfo? Ella me manda ser fiel a mi patria
y a mi cuna? No s por qu Dios me ha hecho amarte; pero tambin s que
me ordena quedarme!

Segu guardando silencio y ella continu tras una pausa:

--Llevar siempre tu anillo en mi dedo; tu corazn estar eternamente
junto al mo, tu beso en mis labios. Pero debes partir y yo debo
quedarme. Y quizs deba yo tambin hacer algo ms, algo cuya sola idea
es ahora para m peor que la muerte...

Comprend lo que quera decir y tembl. Pero no quise mostrarme menos
animoso que ella. Me levant y tom su mano.

--Haz lo que quieras o lo que debas--dije.--Creo que a seres como t,
Dios mismo les indica el camino que han de seguir. Mi carga es ms
ligera que la tuya, porque yo tambin llevar siempre tu anillo, y tu
corazn estar eternamente junto al mo; pero jams habr en mis labios
otro beso que el tuyo. Dios te d fuerza y consuelo, alma ma!

Lleg a nuestros odos un canto solemne. Eran las preces que elevaban
los sacerdotes en la capilla por las almas de los muertos. Aquel canto
fnebre resonaba como un adis tristsimo a nuestra pasada dicha, como
una splica en nombre de nuestro eterno amor. Con sus manos entre las
mas, escuchamos las dulces y melanclicas notas.

--Mi Reina y mi Cielo!--dije.

--Mi amante y leal caballero!--respondi Flavia.--Quiz no volvamos a
vernos. Un beso y parte!

Le di un beso, pero se abraz a m, murmurando mi nombre una y cien
veces. Por fin me separ de ella.

Dirig mis rpidos pasos al puente, donde me esperaban Sarto y Federico.
A indicacin suya, cambi de traje, y ocultando el rostro como lo haba
hecho antes varias veces, montamos a caballo a la puerta del castillo y
cabalgamos todo el resto de la noche. Al amanecer nos hallamos en una
pequea estacin inmediata a la frontera. Faltaba algn tiempo para la
llegada del tren y nos dirigimos por una pradera al cercano arroyuelo.
Me prometieron enviarme noticias y me colmaron de atenciones y elogios;
aun el viejo Sarto estaba afectado y Tarlein profundamente conmovido.
Escuch como en sueos cuanto decan, pero aquella dulce voz Rodolfo!
Rodolfo! Rodolfo! resonaba todava en mis odos, como un grito de
amor y desesperacin. Comprendieron por fin que mi pensamiento estaba
lejos de all y nos paseamos en silencio, hasta que Federico toc mi
brazo y vi a gran distancia el azulado humo de la locomotora. Entonces
les tend las manos.

--Hoy nos conducimos como nios--dije;--pero en das recientes nos hemos
portado como hombres verdad, Sarto, Federico, amigos mos?

--Hemos vencido a los traidores e instalado al Rey slidamente en su
trono--repuso Sarto.

De repente Tarlein, antes de que yo pudiese adivinar su propsito, se
descubri, se inclin como sola hacerlo y me bes la mano, que retir
vivamente.

--No siempre--dijo,--hace Reyes el Cielo a quienes deberan llevar la
corona!

El rostro de Sarto se contrajo al estrechar mi mano.

--El diablo se mezcla en muchas cosas y las echa a perder--dijo.

Las personas que estaban en la estacin, miraban con insistencia al
desconocido de alta estatura y encubiertas facciones, pero no hicimos el
menor caso de su curiosidad. Volvimos a estrecharnos las manos en
silencio, y aquella vez ambos--cosa extraa por parte de Sarto,--se
descubrieron y permanecieron descubiertos hasta que desapareci a su
vista el tren que me conduca. Todos creyeron que algn alto personaje,
deseoso de guardar el incgnito, haba tomado el tren en aquella
insignificante estacin; cuando en realidad no era otro que Rodolfo
Rasndil, caballero ingls, segundn de buena casa; pero, en fin, hombre
de no gran fortuna, posicin ni rango. Profundo hubiera sido el
desencanto de muchos al saberlo, pero no tanto como su curiosidad y su
sorpresa de haberlo sabido todo. Porque, cualesquiera que fuese mi
condicin presente, haba sido Rey por tres meses; prueba a la que se
han visto sometidos muy pocos hombres. Y sin duda, hubiera yo dedicado
mayor atencin a este tema, si no la hubiese embargado casi por completo
aquella voz que pareca salir de las torres de Zenda, visibles todava
en lontananza; aquel grito de amor de una mujer, que llegaba a mis
odos, que penetraba hasta mi corazn y que deca: Rodolfo! Rodolfo!
Rodolfo!

Todava me pareca orlo!




XXII

PRESENTE, PASADO Y FUTURO?


Los detalles de mi regreso al hogar, son poco interesantes. Fui
directamente al Tirol, donde pas quince das en la mayor quietud y
buena parte de ellos en cama, con fuerte fiebre; fui tambin vctima de
una reaccin nerviosa, que me dej dbil como un nio. Tan luego me
hosped, escrib a mi hermano, anuncindole mi prximo regreso; lo cual
bastaba para poner trmino a las investigaciones que se hacan para
averiguar mi paradero, y que probablemente traeran ocupado todava al
jefe de polica de Estrelsau. Dej crecer de nuevo bigote y perilla, y
ambos eran ya de respetable dimensin cuando baj del tren en Pars y me
present en casa de mi amigo Jorge Federly. Mi entrevista con l fue
notable, principalmente por el nmero de falsedades tan involuntarias
como inevitables que le dije; y me burl cruelmente de l cuando me
confes que me haba sospechado de haber ido a Estrelsau en seguimiento
de Antonieta de Maubn. Supe que sta se hallaba de regreso en Pars,
pero viva muy retiradamente; cosa que los murmuradores explicaban con
la mayor facilidad. Acaso no eran conocidas de todos la traicin y la
muerte del duque Miguel? Sin embargo, Jorge aconsej a nuestro comn
amigo Beltrn que no perdiese toda esperanza, porque, como l deca con
la mayor frescura, un poeta vivo vale ms que un Duque muerto. Despus
pregunt, dirigindose a m:

--Qu le ha pasado a tu bigote?

--La verdad es--dije con mucho misterio,--que las circunstancias obligan
a veces a un hombre a modificar su aspecto todo lo posible y... Pero va
creciendo que es un gusto.

--Hola!--exclam Jorge.--Luego no andaba yo tan descaminado, y si no ha
sido la hermosa Antonieta, se tratar de otra sirena.

--Siempre hay por medio alguna sirena, Jorge--dije sentenciosamente.

Pero Jorge no se content hasta que me hubo arrancado (con gran elogio
de su propia destreza) los pormenores de una aventura amorosa con sus
puntas y ribetes de escndalo, que me haba detenido todo aquel tiempo
en las tranquilas regiones del Tirol. En cambio de mis revelaciones, me
favoreci Jorge con lo que l llamaba detalles ocultos (conocidos slo
de los diplomticos), sobre la verdadera marcha de los sucesos en
Ruritania, las tramas y conspiraciones de aquel pas. En su opinin,
poda decirse a favor de Miguel el Negro mucho ms de lo que el pblico
sospechaba y tambin me indic sus bien fundadas sospechas de que el
misterioso prisionero de Zenda, a quien los peridicos haban dedicado
no pocos sueltos, no era un hombre (y aqu tuve que hacer un esfuerzo
para no rerme), sino una mujer disfrazada de hombre; y que la verdadera
causa de las discordias entre el Rey y su hermano, era el favor de
aquella dama, que ambos se disputaban.

--Quizs fuese la mismsima seora de Maubn--suger.

--No!--exclam Jorge resueltamente.--La seora de Maubn estaba celosa
de ella y para vengarse del Duque lo denunci al Rey. Y en confirmacin
de lo que digo, aadir que la princesa Flavia se muestra ahora muy
indiferente para con el Rey, despus de haber estado con l lo ms
afectuosa y amante.

Llegados aqu, cambi de conversacin y me libr de los informes
inspirados de Jorge. Si los diplomticos no han obtenido datos ms
exactos que los de mi amigo, bien puedo decir que, por lo menos en esta
ocasin, no ganaron su sueldo.

Durante mi permanencia en Pars escrib a la seora de Maubn, pero no
me atrev a visitarla. Y en contestacin recib una carta muy sentida,
en la que me deca que la generosidad del Rey y su gratitud hacia m la
obligaban a guardar el ms profundo secreto. Tambin manifestaba el
propsito de retirarse por completo de la sociedad e ir a residir en el
campo. No s si realiz este propsito, pero es muy probable, porque no
he vuelto a verla ni odo hablar de ella. Es innegable que amaba al
duque de Estrelsau; y su conducta al morir ste, demostr que ni aun
conociendo el verdadero carcter de aquel hombre haba cesado su
estimacin por l.

Me quedaba por librar una ltima batalla, en la que tena la seguridad
de salir completamente derrotado. No regresaba del Tirol sin haber
hecho el menor estudio de sus habitantes, instituciones, topografa,
fauna ni flora? Haba malgastado mi tiempo de la manera usual,
frvolamente, como dira mi cuada; y contra veredicto basado en tales
pruebas, no me quedaba defensa posible. Puede imaginarse el lector la
cara con que me presentara en nuestra casa de Londres, pero, en suma,
no tuve tan mal recibimiento como esperaba. No haba hecho lo que Rosa
deseaba, es verdad, pero s lo que ella haba profetizado; no haba
tomado notas, hecho observaciones ni recogido materiales de ninguna
clase. En cambio mi hermano haba tenido la debilidad de creer y
asegurar todo lo contrario.

Al regresar yo con las manos vacas, fue tal el afn de Rosa para
demostrar a mi hermano su error, que se olvid de reirme, dedicando
casi todas sus quejas al silencio que yo haba guardado en mi ausencia,
no dndoles la menor noticia de mi paradero.

--Hemos malgastado un tiempo precioso buscndote--dijo.

--Ya lo s--respond.--La mitad de nuestros embajadores han perdido el
sueo por culpa ma. Jorge Federly me lo ha dicho. Pero a qu viene
tanta ansiedad? Como si yo no me bastara...

--Oh, no es eso!--exclam desdeosamente.--Lo nico que yo quera era
darte noticias de sir Jacobo Borrodale. Ya sabes que ha conseguido una
embajada, de la que tomar posesin dentro de un mes, y nos ha escrito
diciendo que espera llevarte consigo.

--Adnde va?

--Lo han nombrado para suceder a lord Tofn en Estrelsau. No podas
desear mejor destino fuera de Pars.

--Estrelsau! Tate!--dije mirando a mi hermano de reojo.

--Oh! _Eso_ no importa!--continu Rosa impaciente.--Conque vas o no?

--No, creo que no.

--Eres capaz de desesperar a un santo!

--No creo deber ir a Estrelsau, querida Rosa. Te parece que sera...
conveniente?

--Bah! Quin se acuerda ya de esas vetustas historias?

Por toda respuesta saqu del bolsillo un retrato del rey de Ruritania.
Haba sido hecho un mes antes de subir al trono y llevaba toda la barba.
Lo puse en manos de Rosa y le pregunt:

--Por si no has visto el retrato de Rodolfo V, ah lo tienes. Crees
todava que nadie se acordar de aquella vieja historia si me presento
en la Corte de Ruritania?

Mi cuada mir el retrato y despus a m.

--Cielo santo!--exclam arrojando la fotografa sobre la mesa.

--Y t qu dices, Roberto?--pregunt.

Mi hermano se dirigi a un velador, y empez a rebuscar en un montn de
peridicos, hasta dar con un nmero de La Ilustracin. Abrindolo, nos
seal un grabado de doble pgina que representaba la coronacin de
Rodolfo V en Estrelsau. Puso la fotografa junto al grabado y yo me
sent frente a ellos; al lado opuesto de la mesa, contemplndolos.
Record a Sarto, al general Estrakenz, al cardenal con su ropaje
prpura; vi luego el rostro de Miguel el Negro y por ltimo la esbelta
figura de la Princesa. Permanec largo tiempo absorto en mis recuerdos,
hasta que mi hermano me puso la mano sobre el hombro, mirndome
fijamente.

--La semejanza, como ves, es grande--le dije.--Creo que no debo de ir a
Ruritania.

Rosa, aunque medio convencida, rehus rendirse.

--No es ms que una excusa--dijo.--Lo que hay es que no quieres tornarte
el menor trabajo. Cuando pienso que podras llegar a ser Embajador!

--Pero es que no quiero ser Embajador.

--No te apures, que no llegars a tanto.

Yo que haba sido Rey!

Mi linda Rosa nos dej, muy enojada; y mi hermano, encendiendo un
cigarrillo, volvi a mirarme con la mayor curiosidad y fijeza.

--La persona representada en ese grabado...--comenz a decir.

--Y qu?--le interrump.--Lo que prueba es que el rey de Ruritania y tu
modesto hermano se parecen como dos gotas de agua.

Roberto movi la cabeza negativamente.

--S; lo supongo--dijo.--Pero lo que es yo, distingo perfectamente la
diferencia entre tu cara y la que esa fotografa representa.

--Pero no entre mi cara y la del grabado?

--La fotografa y el grabado se parecen, pero...

--Pero qu?

--El grabado se parece ms a ti.

Mi hermano es todo un hombre, y a pesar de ser casado y de adorar a su
mujer, nunca vacilara yo en confiarle un secreto mo. Pero aquel
secreto no me perteneca y no poda revelrselo.

--Pues yo--dije resueltamente,--creo que la cara del retrato se me
parece ms que la otra. Pero de todos modos, Roberto, no ir a
Estrelsau.

--No, Rodolfo, no vayas a Estrelsau--dijo mi hermano.

Y no s si sospecha algo, o si ha llegado a descubrir una parte de la
verdad. En tal caso se lo tiene muy callado y ni l ni yo aludimos jams
al asunto. Sir Jacobo Borrodale tuvo que procurarse otro agregado.

Desde que ocurrieron los sucesos aqu referidos, he vivido tranquilo y
muy retiradamente en una casita de campo. Para m no tienen ya inters
los mviles que de ordinario atraen a hombres de mi posicin y de mi
edad. No me agradan el brillo y los placeres de la sociedad, ni las
emociones de la poltica. La condesa de Burlesdn dice que no tengo
remedio y mis vecinos me creen indolente, soador y arisco. Pero soy
joven, y a veces me imagino--los supersticiosos lo llamarn quizs un
presentimiento,--que mi papel en esta vida no ha terminado an; que,
algn da, de una u otra manera, volver a participar en asuntos y
sucesos de alta importancia, y tendr que oponer mi astucia a la de mis
enemigos y la fuerza de mi brazo a los golpes del contrario. Tales son a
menudo mis pensamientos cuando con mi escopeta o mi caa de pescar vago
solitario por el bosque o las orillas del ro. No s si llegarn a
convertirse en realidad, y menos an si en tal caso tendrn por teatro
el que yo me imagino; slo s que anhelo vivamente verme otra vez en las
concurridas calles de Estrelsau, o a los pies de los sombros muros del
castillo de Zenda.

Y ya, perdido en mis meditaciones, suelo prescindir de lo futuro y
recordar aquel pasado extrao e inolvidable. Presentando ante mi vista,
en larga serie de cuadros, la primera y alegre francachela con el Rey,
mi furioso ataque con la mesita de hierro en el cenador, la noche en el
foso, la persecucin por el bosque; amigos y enemigos, los que
aprendieron a respetarme y quererme y los que procuraron arrancarme la
vida. Y entre estos ltimos, descuella el nico que de ellos vive, no s
dnde, aunque estoy seguro de que donde se halle, continuar siendo el
malvado de siempre, el seductor de mujeres, el tormento y enemigo jurado
de otros hombres. Dnde, dnde est Ruperto Henzar, aquel adolescente
que estuvo tan prximo a vencerme? Siempre que recuerdo o pronuncio su
nombre, la sangre circula ms rpida por mis venas y cierro
maquinalmente los puos; entonces tambin me parece or con ms claridad
aquella voz del hado, que a manera de presentimiento me anuncia futuros
encuentros con Ruperto. Por eso sigo ejercitndome en el manejo de las
armas y no quiero pensar siquiera en que algn da he de perder el vigor
de la juventud.

Una vez al ao interrumpo la monotona de mi sosegada vida. Entonces voy
a Dresde, donde me espera mi amigo y compaero querido, Federico de
Tarlein. El ao pasado lo acompaaban su bonita mujer, Elga, y un
precioso y robusto nio. Esas visitas duran una semana, que Federico y
yo pasamos siempre juntos y durante las cuales me refiere todo lo que
ocurre en Estrelsau; por las noches, mientras paseamos fumando, hablamos
de Sarto, del Rey y con frecuencia de Ruperto Henzar; y ya tarde, a lo
ltimo, hablamos tambin de Flavia. Porque Federico lleva consigo a
Dresde todos los aos una cajita; en ella una rosa y, rodeando el tallo,
una esquela diminuta que slo contiene estas palabras:
Rodolfo--Flavia--siempre. Yo le envo con Federico idntico mensaje.
Estos y los anillos que ella y yo llevamos, constituyen todo lo que hoy
me une a la reina de Ruritania. Porque--ms noble y grande, como yo
mismo le dije, por ese acto,--ha llevado el cumplimiento de su deber
para con su pas y su regia estirpe hasta el punto de contraer
matrimonio con el Rey, conquistando para ste el amor de sus subditos,
asegurando la paz y concordia del pas a costa de su propio sacrificio.

Hay momentos en que no me atrevo a pensar en ello, pero en cambio hay
otros en los que me pongo a la altura de su abnegacin; y entonces doy
gracias a Dios por haberme concedido amar a la mujer ms noble que
existe, a la vez que la ms hermosa, y por haber impedido que mi amor
llegase a ser un da obstculo insuperable para el cumplimiento de la
altsima misin de Flavia.

Volver a contemplar sus adoradas facciones, aquel plido rostro y la
hermosa cabellera rubia? No lo s; sobre esto nada, me dice el hado,
nada los presentimientos. No lo s. En este mundo, probablemente--casi
con seguridad,--no volver a verla. Y en otras regiones, en otra vida,
de la que hoy no podemos formar concepto ni idea, llegaremos a vernos
algn da, juntos, sin nada, que pueda separarnos ni contrariar nuestro
amor? Tampoco lo sabemos, ni yo ni nadie. Pero si as no fuese, si nunca
he de poder dirigirle la palabra, ni contemplar su dulce rostro, ni or
sus frases de amor, entonces, a este lado de la tumba, vivir como debe
vivir el hombre a quien ella ama; y despus, lo nico que anhelo y pido
para el ms all, es el sueo de los sueos.

FIN





End of the Project Gutenberg EBook of El prisionero de Zenda, by Anthony Hope

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PRISIONERO DE ZENDA ***

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