Project Gutenberg's La araa negra, t. 8/9, by Vicente Blasco Ibez

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Title: La araa negra, t. 8/9

Author: Vicente Blasco Ibez

Release Date: May 30, 2014 [EBook #45836]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ARAA NEGRA, T. 8/9 ***




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 En esta edicin se han mantenido las convenciones ortogrficas del
 original, incluyendo las variadas normas de acentuacin presentes en
 el texto. (la lista de los errores corregidos sigue el texto.)




                         VICENTE BLASCO IBAEZ

                               LA ARAA
                                 NEGRA

                                NOVELA

                              TOMO OCTAVO

                        [Illustration: colofn]

                         EDITORIAL COSMPOLIS

                            APARTADO 3.030

                                MADRID

                     Imp. Zoila Ascasbar. Martn
                      de los Heros, 65.--MADRID.




                             OCTAVA PARTE

                   JUVENTUD A LA SOMBRA DE LA VEJEZ

                            (CONTINUACIN)




VI

Cambio de decoracin en casa de la baronesa.


Lleg el momento fatal en que Juanito Zarzoso, con su ttulo de doctor
en Medicina, alcanzado con gran brillantez, obedeciendo las rdenes de
su to, al que tema tanto como amaba, hubo de separarse de Mara para
trasladarse a Pars.

En los tres meses que transcurrieron desde la conferencia con el padre
Toms hasta el da en que parti el joven mdico, doa Esperanza no
haba logrado aminorar el cario de los novios ni enturbiar la confianza
que mutuamente se tenan.

Un da en que el estudiante esper a la viuda en uno de los puntos que
ella frecuentaba para darle una carta con destino a Mara, doa
Esperanza aprovech la ocasin para "abrirle los ojos", segn deca.

Con afectada inocencia llev la conversacin al terreno que ella
deseaba; habl de la niez de Mara, de su carcter ligero, de sus
atrevimientos hombrunos en el colegio, y como digno final de tanta
preparacin, como el que cierra los ojos para disparar el trueno gordo,
sin ilacin alguna... "paf!", la viuda espet al estudiante la
relacin de cuanto ella supona ocurrido en aquella noche clebre,
cuando las monjas encontraron a la joven en el tejado, durmiendo en los
brazos de un muchacho.

Al ver la viuda que Juanito se ruborizaba intensamente escuchando sus
palabras, crey que el joven iba a estallar en indignacin; pero se
qued fra, cuando en vez de la emocin terrible que esperaba, psose a
rer el joven diciendo que nunca haba l llegado a imaginarse que doa
Esperanza supiera tales cosas.

La intrigante viuda, que pensaba sorprender al estudiante, result la
sorprendida, y su asombro fu sin lmites cuando Juanito la dijo que
aquel muchacho que amaneci en la azotea del colegio era l mismo.

El golpe haba fracasado; y en vez de desunir a los novios aquella
revelacin, slo haba servido para convencer a la viuda de que tal
amor, por lo mismo que era antiguo y nacido en el dulce despertar de la
pubertad, haba de ser forzosamente de larga duracin.

Apresurse doa Fernanda a llevar la noticia al padre Toms, quien, al
saberla, no mostr su acostumbrada y fra indiferencia.

--Ahora resulta--dijo--ms preciso que nunca apartar cuanto antes a esos
dos jvenes. Veo que la tarea va a ser ms difcil de lo que al
principio creamos; pero con tal de que l marche pronto a Pars todo se
lograr. Es simplemente cuestin de tiempo y paciencia.

--Y qu me aconseja usted, reverendo padre?--dijo la viuda--. Debo
seguir siendo medianera en estos amores?

--S; contine usted hasta que ese joven se vaya a Pars. Nada
adelantaramos con que usted se negase a facilitar sus entrevistas y a
llevarles sus cartas; encontraran otro medio para cumplir sus deseos.
Ya daremos el golpe cuando estn separados.

Desde que el padre Toms supo los amoros de Mara visit con ms
asiduidad la casa de la baronesa.

La tertulia de momias realistas alegrbase por esta distincin que la
dispensaba el padre Toms. Aquello era, para los visitantes de doa
Fernanda, como un halagador holocausto a su terquedad reaccionaria y una
demostracin de que el poderoso jesuta, reconociendo que en la
aristocracia transigente con el siglo slo se encontraba miseria e
impiedad, volva al seno de sus antiguos amigos, los "puros", los
"integristas", los que protestaban contra todo lo que no oliese al polvo
del pasado.

Lejos estaban aquellos seres de adivinar el verdadero motivo que
impulsaba al padre Toms a visitar con tanta frecuencia la casa de la
baronesa.

Doa Fernanda no era la que se senta menos ufana por aquella asiduidad
del poderoso jesuta. El ms grave pesar a la muerte del padre Claudio
lo haba experimentado pensando que el nuevo jefe de la Orden en Espaa
no visitara ya su casa con tanta frecuencia, y as ocurri; por esto al
ver ahora al padre Toms casi todas las tardes en su saln, confundido
entre sus habituales tertulianos, y hablndola con gran dulzura, el
orgullo y el amor propio satisfecho coloreaban su rostro con el rubor de
la felicidad, y se senta dichosa como pocas veces.

Su satisfaccin era inmensa al pensar que en los elegantes hoteles de la
Castellana, donde resida aquella aristocracia moderna, a la que odiaba
secretamente, se notara la ausencia del padre Toms, a quien ella
contaba ya como uno de sus acostumbrados tertulianos, y, ganosa de
retenerle, le asediaba con toda clase de consideraciones y se mostraba
dispuesta a obedecer su ms leve indicacin.

No le cost, pues, gran trabajo al jesuta el inculcarla sus deseos.

Doa Fernanda, a pesar de tener su director espiritual, que era un
individuo de la Compaa, quiso confesarse con el padre Toms,
arrastrada por el deseo de aparecer pblicamente como penitente del
clebre jesuta, que slo se sentaba en el confesonario en muy contadas
ocasiones.

Durante la tal confesin, fu cuando el padre Toms convenci a la
baronesa de que deba consentir en que su sobrina contrajera matrimonio,
no violentando su carcter y las tendencias de su temperamento.

Doa Fernanda oy con recogimiento casi religioso las palabras del
jesuta, e inmediatamente se propuso obedecerle como un autmata.

Tan grande era el poder que sobre ella ejerca el padre Toms, que sus
indicaciones bastaron para derrumbar las ilusiones que la baronesa se
forjaba haca ya muchos aos.

No; Mara no sera monja, ya que as se lo aconsejaba un sacerdote tan
ilustre y digno de respeto. Ella haba soado en hacer de Mara una
santa como su to Ricardo; quera meter a su sobrina en un convento,
creyendo que esta resolucin sera muy grata a los ojos de Dios y que
resultara del gusto de los padres jesutas, a los que ella consideraba
como legtimos representantes del Seor; pero ya que un sacerdote tan
respetable le aconsejaba todo lo contrario, ella estaba dispuesta a
obedecer inmediatamente.

Y doa Fernanda, al decir estas palabras, extremaba el gesto y los
ademanes, intentando demostrar de este modo que su sumisin a las
rdenes del jesuta era inmensa.

Lo que ella peda nicamente, lo que solicitaba a cambio de su
obediencia, era que, ya que Mara deba casarse, fuese el mismo padre
Toms quien se encargase de buscarla un marido propio de su condicin
social, con la seguridad de que la eleccin sera acertada.

Nadie como l conoca a los jvenes de la aristocracia. Habanse educado
todos ellos en el colegio de los jesutas, a los ms principales los
diriga el padre Toms en los momentos difciles de su vida, y, merced
al espionaje perfecto de la Compaa, conoca hasta en sus menores
detalles la vida y las costumbres de cada uno.

--Casar a Mara--deca doa Fernanda en la rejilla del confesonario--es
un asunto tan difcil, que yo misma no me atrevo a encargarme de ello, y
preferira que usted, reverendo padre, llevado del cario con que
siempre ha distinguido a nuestra familia, se encargase del asunto. Mi
sobrina es riqusima, como usted ya sabe; el ttulo de condesa de
Baselga a ella le pertenece, y ya ve usted que una joven que tales
condiciones rene bien merece que se fije toda la atencin al buscarla
un esposo. Oh, reverendo padre! Si usted fuese tan bueno que accediera
a encargarse de este asunto! Ya que Mara ha de tener marido, vivir yo
tranquila si ste es del gusto de usted.

Y el padre Toms fu tan bueno, que, despus de exponer algunos
escrpulos sobre la incompatibilidad que exista entre su augusto
ministerio y el ser agente de matrimonios, accedi por fin a encargarse
de buscar un esposo para Mara.

Para esto era necesario, segn consejo del jesuta, que doa Fernanda
cambiase algo su sistema de vida, que olvidase un poco la exagerada
devocin y se acordara algo ms del mundo; en una palabra, que ella y su
sobrina ocupasen el lugar que les corresponda por su rango en ese mundo
elegante que brilla, se agita y se divierte.

Fiel doa Fernanda a los consejos de su director, desde aquel da cambi
por completo de vida.

Los rancios tertulianos de la baronesa vieron con asombro que su amiga
depona una parte de su intransigencia con el mundo, y que en aquel
retorno a la vida de la juventud, arrastraba a su sobrina, con gran
contento de sta.

El palacete de la calle de Atocha perdi rpidamente aquel sello
conventual que le distingua. Pareca como que, abiertos los balcones,
el viento de la calle haba penetrado arrollndolo todo y desvaneciendo
aquella atmsfera pesada que ola a incienso.

Los carruajes de forma antigua y modesta que usaba la baronesa para ir a
la iglesia fueron cambiados por elegantes "lands"; los salones
perdieron su aspecto conventual y sombro, siendo adornados con nuevos
muebles, y en las personas de doa Fernanda y su sobrina operse igual
cambio, pues sus antiguos vestidos obscuros y de corte casi monjil,
fueron reemplazados por trajes de ltima moda.

Mara se dejaba llevar dulcemente por aquella tendencia que su ta
manifestaba a favor de las costumbres que poco antes anatematizaba con
severo lenguaje.

Tan vehemente era el deseo de entrar de lleno en la vida elegante
experimentado por doa Fernanda, que muchas veces rea a su sobrina
cuando sta se mostraba reacia a asistir a las diversiones, sin duda
porque la falta de costumbre influa en su carcter.

--Mujer; eres un hurn--deca la ta--. Es preciso que te acostumbres a
esta vida agitada y de continuo goce. Por ti hago yo tambin esta vida.
Se acabaron ya nuestras costumbres de antao, y es preciso que vivamos a
la moderna. Otras muchachas se daran por muy contentas con tener una
ta tan amable y complaciente como yo lo soy para ti, y t parece que no
quieres agradecerme lo que por ti hago. No te negabas a ser monja? Pues
bien; no lo sers; yo no quiero violentar a nadie que no se sienta con
vocacin suficiente para abrazar la vida de santidad. Ya que tu carcter
te aleja del claustro, sers mujer elegante, dama del gran mundo, y te
casars con un hombre que sea digno de ti. Ya ves que no puedo ser ms
complaciente. A ver si tienes talento para brillar en sociedad y
distinguirte entre las jvenes de tu clase.

Mara, con el cambio que la baronesa haca en su modo de vivir, vea
realizado aquel bello ideal que ocupaba su imaginacin en Valencia,
cuando soaba en ser una seorita del gran mundo y asistir a las
suntuosas fiestas, que slo de odas conoca, o por las relaciones de
las pocas novelas que a hurtadillas lea en el colegio.

Ya figuraba en aquella sociedad tan acariciada por su pensamiento; ya
asista todas las noches a las peras del Real en una platea de las ms
elegantes; paseaba por la Castellana, contestando a numerosos saludos, y
hasta un da haba figurado su nombre con los adjetivos de hermosa y
distinguida, en una resea que del baile de la Embajada francesa hizo un
peridico de gran circulacin; pero estas satisfacciones, que en otra
poca hubiesen constitudo su felicidad, no bastaban ahora para
amortiguar el dolor que sufra, justamente en los das en que verificaba
su iniciacin en la vida elegante.

Juanito estaba ya prximo a partir.

El doctor Zarzoso le apremiaba para que cuanto antes fuese a Pars, pues
ya haba escrito recomendndole a los ms famosos profesores de Francia,
y el pobre muchacho no saba qu excusa inventarse para prolongar
algunos das ms su estancia en Madrid.

El pesar que a ambos amantes produca la prxima separacin era lo que
haca que Mara se mostrase huraa a los halagos de su ta y asistiese a
todas las diversiones con el nimo preocupado por tristes ideas.

En el teatro, en el paseo, en las reuniones elegantes, en las suntuosas
funciones religiosas, en todos los puntos de distraccin donde se
encontraba, la idea de que Juanito iba a partir enturbiaba todas sus
alegras.

Contribua a hacer an ms penosa su situacin la circunstancia de que
la baronesa, con su nuevo gnero de vida, haca menos frecuentes las
ocasiones en que Mara poda hablar con su novio.

La joven rara vez lograba ir de paseo acompaada nicamente por doa
Esperanza, pues as que manifestaba deseos de salir, la baronesa se
prestaba a acompaarla.

Fueron, pues, poco frecuentes las entrevistas de los novios en los
ltimos das que pas el joven mdico en Madrid, y forzosamente hubieron
de contentarse con verse de lejos, como en los primeros tiempos de sus
amores, y cambiar apasionadas cartas, que doa Esperanza, siempre
complaciente, llevaba de uno a otro, cada vez ms amable y satisfecha,
conforme se acercaba el momento de partida para Juanito.

La ltima vez que los novios se hablaron fu en el Retiro, una maana en
que Mara consigui salir a pie, en compaa de la viuda de Lpez.

La escena fu sencilla y conmovedora, tanto, que impresion un poco a
doa Esperanza. Ay, Dios! As se despeda ella de su difunto marido,
cuando an era su novio, cada vez que abandonaba el pueblo para ir a
estudiar a Madrid.

Hablaron poco los dos amantes; pareca que cada palabra que sala de sus
labios iba a provocar una explosin de sollozos, y se limitaban a
mirarse con expresin compungida, estrechndose las manos nerviosamente.

Convinieron en la forma que deban adoptar para cartearse sin que se
apercibiera la baronesa.

El diriga las cartas a doa Esperanza, que se encargara de entregarlas
a Mara, y recoger las de sta remitindolas a Pars.

Despidironse veinte veces, para volver otra vez a entablar una
conversacin incoherente y temblorosa, en la cual las miradas
significaban ms que las palabras, y, al fin, se separaron, no sin
volver a cada paso la cabeza para verse por ltima vez.

Al da siguiente, cuando comenzaba a cerrar la noche, Mara contemplaba
melanclicamente el reloj de su gabinete.

Era la hora en que el "exprs" sala para Francia. En l se alejaba
Juanito.

Mara crea percibir en torno de ella un espantoso vaco, que por
momentos se agrandaba, y se sinti prxima a llorar.

Pero la voz de su ta vino a sacarla de esta estupefaccin dolorosa.

Haba que prepararse para ir aquella noche al Real. Era noche de debut;
un clebre tenor cantaba "Los Hugonotes", y todo el mundo elegante se
haba dado cita en el aristocrtico coliseo para tomar parte en aquella
fiesta, que iba a ser una de las grandes solemnidades de la temporada.

La baronesa callaba el inters que tena en asistir a dicha funcin.

Uno de los ms respetables individuos de su tertulia le haba pedido
permiso para presentarle en un entreacto a Paco Ordez, muchacho
distinguido, e hijo segundo del difunto duque de Vegaverde.




VII

En el teatro Real.


Cuando la baronesa y su sobrina entraron en su platea, la representacin
de "Los Hugonotes" haba comenzado ya.

El debutante, un Ral algo aviejado, con tipo de mozo de cuerda y un
poco patizambo, que segn era fama le costaba a la Empresa seis mil
francos por noche, estaba en aquel momento lanzndole al pblico,
ensimismado y silencioso, el famoso "raconto", describiendo su primero y
novelesco encuentro con la gentil Valentina.

La media voz del tenor, subiendo y bajando siempre igual, sin perder en
intensidad como deslumbrante hilillo con que se tejiera una tela de
plata, resonaba en medio del profundo silencio que reinaba en el
gigantesco teatro, y las dos damas hubieron de entrar en su palco casi
de puntillas, por no turbar la profunda atencin del pblico.

No les gustaban a la baronesa ni a la sobrina esos arranques de
distincin de muchas de aquellas damas que estaban en los otros palcos,
las cuales tomaban asiento despus de producir algn estrpito para
llamar la atencin, atrayndose con esto los feroces siseos de los
"dilletantis" fanticos que estaban en las alturas.

Mara, al tomar asiento, apoy un codo en la baranda del palco, y
cogiendo sus gemelos de ncar y oro, pase su mirada por todo el
coliseo.

Presentaba el vasto teatro el mismo aspecto deslumbrador y lujoso de
todas las noches, slo que en aqulla era ms perceptible el
recogimiento, la expectacin de un pblico deseoso de juzgar por s
mismo a una notabilidad que llega precedida por el ruido de las
ovaciones recibidas en los primeros coliseos del mundo.

Los palcos estaban deslumbrantes, como doble fila de dorados
canastillos, dentro de los cuales brillaban montones de joyas sobre las
rizadas cabezas y hombros esculturales de ntida blancura; al agitarse
algn torneado y desnudo brazo, dejaba tras de s el reguero de azuladas
chispas que la luz arrancaba a las pulseras de brillantes, y semejantes
a estrellas parpadeando en blanquecino cielo, en el centro de tersas
pecheras, tiesas y crujientes como corazas, titilaban gruesos diamantes
envueltos en irisados resplandores. Todo el Madrid elegante se
amontonaba en aquellos palcos, y desbordado, se extenda por las
infinitas butacas del patio, donde los vistosos uniformes militares y
los alegres trajes de las seoras, matizaban con vivos colores la
sombra monotona del frac negro.

Mara pase sus gemelos por encima del patio, vasto mar de cabezas
peinadas, las ms en correcta raya desde la nuca a la frente, y erizadas
las otras de airosas plumas y cabellos rizados que dejaban en el
ambiente un grato perfume femenil.

Para completar Mara su examen, apunt sus gemelos a lo alto, y entonces
fu viendo los palquitos superiores para hombres solos, donde se
agrupaban como pollada recin salida del cascarn los socios de los
Clubs elegantes, los gomosos que a aquellas horas comenzaban su
existencia diaria hasta las primeras horas de la maana; y ms arriba
an, el populacho, segn deca doa Fernanda, el pblico annimo, la
gente sin gusto, que iba all a or la pera con el silencioso
recogimiento del fanatismo musical, sin fijarse para nada en aquel
derroche de suntuosidad y elegancia que tenan a sus pies.

Mara mir al palco de la familia real y lo vi vaco, lo que no le
extra. Saba por las murmuraciones de saln que para el rey Alfonso la
msica era el ruido que menos le incomodaba, y cuando asista a la pera
estaba siempre prximo a dormirse, si es que no le entretenan
hablndole de corridas de toros o de "juergas" en las posesiones reales.

El acto primero tocaba a su fin. El tenor, al terminar su "raconto",
haba ya recibido una ovacin, aunque sta haba sido recelosa y en gran
parte obra de la "claque", como si el pblico no estuviera del todo
convencido de la eminencia del artista y reservase su opinin para ms
adelante.

La baronesa, despus de contestar a varios saludos, curioseaba con sus
gemelos de un modo impertinente, sin fijarse para nada en el escenario,
al cual volva la espalda.

Mara por su parte, despus de examinar el teatro, que todas las noches
le causaba idntica impresin de deslumbramiento, miraba a la escena
deseosa de distraerse y olvidar aquella idea fija que la martirizaba.

Ay, Dios! Aquel Ral, que tan melanclicamente expresaba su tristeza al
no ver la mujer que se haba apoderado de su corazn, a pesar de que
fsicamente, con su abdomen algo hinchado y su aspecto maduro, no tena
la menor semejanza con Zarzoso, forzosamente le haca recordar al joven
mdico, que a aquellas horas, mientras ella encontrbase en un lugar de
diversin, era arrebatado por el veloz "exprs", y en el interior del
vagn iba sin duda llorando, desalentado por la larga ausencia que vea
en su porvenir.

Y luego aquella msica de Meyerbeer, que cual ninguna sabe interpretar
con exacta verdad los diversos estados del alma humana, en vez de
producirla placer, causaba en su corazn el efecto de una lluvia de
fuego que todava aumentaba sus sufrimientos.

La joven se senta molesta, y casi deseaba que dejase de sonar cuanto
antes aquella msica que, sin que ella pudiera explicarse la causa, la
entristeca hasta el punto de que en los pasajes ms vivos y alegres la
acometan deseos de llorar.

Cuando termin el acto no faltaron visitantes en el palco.

La platea de la baronesa era una de las mejores del teatro, y doa
Fernanda, para adquirirla, haba tenido que dar una prima de algunos
miles de pesetas a sus anteriores poseedores que tenan prioridad en el
abono. Esto pareca dar alguna distincin a la actual duea del palco y
a los que la visitaban, lo que, unido a la hermosura de Mara y a su
fama de millonaria, haca que se considerase como un gran honor el ser
admitido en la tertulia del palco, y el que fuesen muchos los que
durante los entreactos dirigan a l los gemelos con insistencia.

El primero que entr aquella noche fu el viejo seor que en la vetusta
tertulia de la baronesa hablaba de Donoso Corts y el cual, entre la
aristocracia anticuada, era respetado como un genio literario, porque en
su juventud haba escrito dos sonetos y cinco romances, mritos, que con
el de tener un ttulo de marqus, haban sido considerados suficientes
para hacerle sentar en un silln de la Academia Espaola.

El aristocrtico acadmico, que para sostener su fama de poeta crea
necesario mostrarse galanteador y pegajoso como un cadete, dirigi
algunos floreos a Fernandita, asegurando, bajo palabra de honor, que la
encontraba cada da ms joven y distinguida (afirmacin que repeta
todas las noches), y despus le dispar a Mara unos cuantos requiebros
mitolgicos mostrando al hablar as la facha ms deplorable, con su
tup teido, su dentadura postiza que le haca cecear y su chaleco
bordado, de moda veinte aos antes, y que no quera abandonar, porque,
segn afirmacin propia, le sentaba muy bien.

El fu quien se encarg de toda la conversacin, pues su charla
incesante nunca dejaba meter baza; comenz a hablar del tenor,
repitiendo su biografa y sus ancdotas que ya conocan todos por
haberlas publicado la Prensa das antes.

La conversacin dur hasta que los timbres elctricos dieron la seal de
que iba a comenzar el acto segundo.

El acadmico se levant dando su mano a ta y sobrina, con el mismo
extravagante ademn de los gomosos cuyas costumbres imitaba.

--Adis, baronesa; vuelvo a mi butaca. Hasta luego.

--Adis, marqus; y no olvide usted el presentarme a ese joven de quien
me habl. Tendr mucho gusto en que sea nuestro amigo: basta que sea
presentado por usted.

--Paco Ordez tambin tiene deseos de conocer a ustedes. En el
entreacto vendremos.

Y el aristocrtico poeta, al ver que comenzaba el acto, sali del palco
con toda la ligereza que le permitan sus gotosas piernas.

Transcurri el segundo acto sin incidentes. El tenor haca esfuerzos por
agradar al pblico que le aplauda, pero a pesar de las demostraciones
de agrado con que era acogido su canto, notbase en el entusiasmo
general cierto fondo de frialdad; era el convencimiento de que aquello
no vala seis mil francos, reflexin justsima que acomete al pblico en
presencia de todos esos hijos del arte, que al par son hijos mimados de
la fortuna.

En el otro entreacto se present en el palco el marqus acadmico,
seguido de un joven alto, enjuto de carnes, con una fisonoma a primera
vista agradable, y que llevaba con una soltura sobradamente graciosa
para no ser estudiada, su frac cortado tan mezquinamente como aconsejaba
el ltimo figurn.

--Baronesa. Presento a usted a mi amigo don Francisco Ordez, hermano
del senador del reino duque de Vegaverde.

El presentado se inclin haciendo una reverencia ceremoniosa, copiada
sin duda de algn galn amanerado de comedia.

Mara le examin con esa curiosidad pronta e instintiva de las mujeres,
que con una sola mirada aprecian a un individuo desde la cabeza hasta
los pies.

No era mal mozo, pero encontraba en l algo que le desagradaba.
Parecale algo fatuo, y, adems, demasiado viejo para los treinta aos
que representaba. Iba peinado segn la moda favorita de los gomosos, y
su cabeza relamida y charolada tena algo de beb. Ola toda su persona
a tonta insubstancialidad, pero a su rostro asomaba en ciertos momentos
una expresin maliciosa que le haca antiptico.

Haba algo en aquellos ojos negros, moteados de pintas doradas, que no
era una expresin de astucia, sino de despreocupacin canallesca, y en
sus facciones cuidadas y un poco embadurnadas por afeites de tocador
mujeril notbanse ciertas placas violceas que eran como el indeleble
sello de placeres buscados en los postreros estertores de la orga y en
las ltimas capas del vicio.

Mara no comprenda el verdadero significado del exterior de aquel
hombre, pero adivinaba en l algo repugnante y le resultaba antiptica
su presencia.

Atrada por la fuerza del contraste, hizo mentalmente un parangn entre
aquel hombre, fiel representacin de la juventud aristocrtica, y el que
a aquellas horas marchaba en el "exprs" de Francia, y se sinti prxima
a maldecir en voz alta a la fatalidad, que dejaba a su lado tipos como
Ordez, mientras alejaba al joven doctor Zarzoso.

El hijo segundo del difunto duque de Vegaverde era bien conocido por
toda la aristocracia de Madrid.

Su hermano mayor, el heredero del ttulo de la casa, prcer sesudo, que
en el Senado llamaba la atencin por la manera de decir "s" o "no" en
las votaciones y que desde nio haba sentado plaza de hombre tan formal
como imbcil, demostraba cierto rastro de buen sentido, despreciando a
su hermano menor y diciendo en todas partes que era un perdido, que
deshonraba a su familia; pero la sociedad elegante no le haca coro,
antes bien, encontraba que Paco era un muchacho distinguido, ligero, eso
s, pero con mucho "chic".

A los veinticinco aos, cuando entr en posesin de su herencia, sta
qued entre las uas de prestamistas y usureros, a causa de los enormes
anticipos aumentados por intereses brbaros que se le haban hecho antes
de ser dueo de su fortuna.

El elegante Ordez se encontr arruinado y casi en la miseria,
justamente cuando ms agradable comenzaba a encontrar la existencia;
pero no era l (segn deca) mozo capaz de ahogarse en tan poca agua y
sigui adelante en su vida de despilfarros y locuras sin fijarse en el
presente, ni importarle gran cosa el porvenir.

Las grandes fortunas son como esos navos colosales, que al ser tragados
por el mar, dejan sobre la superficie innumerables objetos que
sobrenadan y son todava utilizados. Ordez, a pesar de su total ruina
y de que su fortuna entera haba quedado en manos de los usureros,
todava gozaba de recursos que sobrevivan a su empobrecimiento y el ms
principal era el crdito que le daba su apellido y sus relaciones
sociales.

El hijo del duque de Vegaverde fu el tipo perfecto del aventurero
aristocrtico, que explota su nacimiento y vive a costa de los que le
rodean, explotndolos con gran frescura, como quien hace uso de un
derecho y tiene por feudataria a toda la sociedad. Di sablazos de miles
de pesetas; vendi fincas que ya no le pertenecan; tom cantidades a
prstamo que nunca deba devolver, firmando para ello escrituras de
depsito; importun a todos sus amigos, que l crea ricos e imbciles,
pidindoles favores pecuniarios con diversos pretextos; lleg hasta la
estafa, y todo esto lo hizo con la mayor sangre fra, con la ms
asombrosa indiferencia, con una ligereza insolente y sin arrepentirse de
sus acciones ni temer las consecuencias, pues, segn l deca, los
presidios se haban hecho nicamente para gentes sin distincin, y era
imposible que llegase a entrar en ellos un individuo, cuyos antecesores
gozaban de la grandeza de Espaa desde muchos siglos antes, y que,
adems, tena un hermano senador por derecho propio.

Por dos veces haba estado prximo a ser expulsado del Casino a causa de
sus trampas en el juego; gozaba, entre la juventud elegante, una fama
poco envidiable; pero, a pesar de esto, ninguno se negaba a estrechar su
mano, y era frase corriente al hablar de l, exclamar:

--Quin? Paco Ordez? Lstima de chico! Tiene mala cabeza, pero en
el fondo es un corazn de oro. Su defecto ms capital es no tener un
cntimo.

El corazn de oro consista en que Ordez, en su poca de opulencia,
haba derramado el dinero con loca prodigalidad, dejando tras s muchos
estmagos agradecidos, y en que gozaba fama de espadachn, habiendo
muchas veces pagado a algn acreedor de los que se creaba en torno de la
mesa de juego, primero con insultos y despus con una estocada.

Adems, entre la balumba de necios con quienes viva en intimidad en el
Casino y en todos los puntos de reunin de la juventud elegante, tena
sus admiradores, y llamaba la atencin por la originalidad de sus
maneras y la extremada novedad de sus trajes. Sus reverencias y saludos,
copiados de actores, eran imitados por su corte de gomosos, que tambin
en el vestir se regan por aquel aventurero, que tena como acreedores a
los principales sastres y sombrereros de Madrid.

Ordez viva en grande, gastaba como un potentado, era uno de los
rbitros de la moda, ocupaba un lindo entresuelo en la calle de Alcal,
y l mismo no saba explicarse cmo verificaba el milagro de gastar cual
un potentado, sin otras rentas que el dinero ganado en la ruleta alguna
noche de buena suerte.

Era muy inteligente en materia de caballos; asista todas las noches a
la Opera, sin que sus conocimientos artsticos fuesen ms all de saber
que la tiple tena buenos brazos y conocer algunas obscenas ancdotas de
bastidores; y en las corridas de toros, distinguase como furibundo
aficionado, tutendose con todos los toreros de renombre, a los cuales
consideraba como compaeros de "juerga".

Su mala fama no era un secreto para nadie. Sus canalladas trascendan y,
aumentadas por la voz pblica, eran conocidas por todas las pudibundas
seoritas y severas seoras de la alta sociedad; pero, a pesar de esto,
no se le cerraba la puerta de casa alguna, antes bien, en las fiestas
aristocrticas, era muy apreciado como un hbil organizador de
cotillones.

Ordez era hombre de suerte. Tambin, entre las mujeres se haba
fabricado una frase en honor de l, y las mams se decan:

--Oh! Ordez! Un buen muchacho; algo ligero de cascos, eso s!, pero
muy distinguido; muy "chic", y, adems, ya sentar la cabeza cuando se
case. Esos que son tan calaveras en la juventud, despus resultan
maridos modelos. Lstima que est arruinado.

Y el aventurero, con su cabeza charolada, su bigotillo erizado y su fra
sonrisa de hombre audaz y fatuo, seguro de su cinismo, exhibase en
todas partes, siempre distinguido y correcto, con su frac a la ltima
moda, la camelia en el ojal y el "claque" apoyado en el muslo.

Las jvenes casaderas, con el instinto propio de las mujeres, lean en
su cerebro. Bailaban con l, admitan con gusto los obsequios de un
hombre de moda, pero no hacan el menor esfuerzo para retenerle. Todas
decan lo mismo:

--Oh! Ese no sirve; no hay que poner en l esperanzas. Ese busca una
buena dote.

Cinco aos de aquella vida de despilfarro, sin una base firme,
comenzaban a agotar su ingenio y a gastar rpidamente sus hbiles
procedimientos de elegante estafador. El nmero de acreedores era tan
inmenso, que le aplastaba como una inmensa mole, y todas las fuentes de
dinero comenzaba a encontrarlas cegadas.

Haba contado, como un protector seguro, al padre Toms, de la Compaa
de Jess, que era antiguo amigo de su familia por ser el difunto duque
uno de los hermanos laicos de la Orden.

El poderoso jesuta le haba protegido en varias ocasiones. Nunca le
pidi dinero, porque saba el aventurero que a los hijos de Loyola los
distribuyen desde Roma sobre las diversas naciones, para que chupen el
jugo de stas, afectando siempre la mayor pobreza para ponerse a
cubierto de toda clase de demandas; pero, en cambio, Ordez solicit
del jesuta lo nico que ste poda hacer, que eran favores.

Cuando se vea asediado por los acreedores y su ingenio agotado no le
proporcionaba recursos para salir del paso, cuando contemplaba prxima
una causa criminal por sus ligerezas en tomar dinero, entonces acuda a
impetrar el auxilio del padre Toms, y el enemigo del difunto duque,
tocando todos los ocultos resortes que constituan su poder, hablando a
unos y mandando a otros, lograba alejar por algn tiempo la nube
amenazadora que se cerna sobre la frente del calavera.

Esta amistad con el padre Toms, serva tambin al joven para dar a su
persona cierto tinte de religiosidad, que no sentaba mal en los salones
que frecuentaba. Poda ser calavera, tener costumbres canallescas,
cometer ligerezas penadas en el Cdigo, pero cuando en las tertulias
elegantes se hablaba de religin, Ordez saba ponerse serio, y, con la
gravedad del hombre sesudo, declaraba, cerrando los ojos, que era
preciso creer en algo y de paso ensartaba cuatro lugares comunes que
haba ledo en cualquier peridico conservador y que recordaba por
casualidad.

El padre Toms, que era quien conoca mejor su vida y sus enredos,
aprecibale, a pesar de esto. La audacia y el cinismo del aventurero de
frac, gustbanle al aventurero de sotana, y el poderoso jesuta senta
por Ordez la misma simpata que en otros tiempos haba profesado el
padre Claudio a Quirs.

Ordez sentase prximo a la ruina en la poca que fu presentado a la
baronesa de Carrillo y su sobrina.

Su amigo, el poderoso jesuta, no quera ya sacarle a flote de sus
enredos, o no poda alcanzar nada de los acreedores para desenmaraar la
situacin del aventurero, y ste, a pesar de su serenidad, comenzaba a
desconfiar sobre su porvenir.

Un matrimonio de negocio era su nica esperanza; pero lo juzgaba
irrealizable, pues las herederas ricas eran cada vez ms raras y l
ofreca pocos alicientes para encontrar una que le concediese su mano.

En esta situacin fu cuando el marqus acadmico, otro de sus
protectores, a quien haca blanco de sus aceradas burlas, sin duda
despechado por lo poco que le serva, le propuso presentarlo a la
baronesa de Carrillo, que era para Ordez casi desconocida. La casa de
la baronesa, con aquel aspecto claustral que hasta entonces haba tenido
y la beatera que en ella se reuna, ofreca pocos alicientes para un
aventurero que iba siempre en busca de gente que pudiera serle til, y a
esto era debido que desconociese la existencia de tal familia l, que se
trataba con toda la alta sociedad.

La sobrina de la baronesa era una estrella mate que tmidamente se haba
presentado en el cielo de la elegancia y en la cual apenas se fij
Ordez hasta entonces. Pero cuando el acadmico, con ciertas palabras
indiscretas que se le escaparon, di a entender que su presentacin a la
tal familia le haba sido recomendada por una persona importante,
Ordez pens que sta no poda ser otra que el padre Toms, y esta
circunstancia le interes bastante.

Puesto que el poderoso jesuta descenda a ocuparse de un asunto tan
balad, como era su presentacin, resultaba indudable que senta inters
por el porvenir de su joven protegido.

Ordez no tard en suponer el significado de aquel acto.

--Sin duda--se dijo--el padre Toms, compadecido de m, al verme en
situacin tan apurada, piensa en mi porvenir y me pone en camino de
hacer fortuna. Algo significa el querer que me presenten a la baronesa
de Carrillo cuya sobrina es millonaria. Adelante, amigo mo! No hay que
desconfiar del xito; pues en este asunto, el reverendo padre trabajar
en la sombra como l slo sabe hacerlo.

Y Ordez se dej presentar.

La baronesa le recibi con gran amabilidad. Saba muy poco de su vida y
costumbres, y el padre Toms le haba hablado con grandes elogios de
aquel muchacho, que, aunque algo calavera, tena muy buen fondo, y
prometa ser un hombre de provecho el da en que la edad le hiciese
sentar la cabeza. Adems, doa Fernanda, como la mayora de las devotas
viejas, senta cierta inclinacin en favor de los calaveras.

A invitacin de la baronesa, sentse Ordez entre ella y su sobrina; el
acadmico qued en pie apoyndose en un silln y adoptando esa actitud
rebuscada de personaje de cromo, que a l le pareca el colmo de la
elegancia espiritual, y entre los cuatro entablse una conversacin
animada sobre el asunto de la noche, o sea la pera y sus intrpretes.

La baronesa experiment gran satisfaccin al ver que el joven se adhera
en todo a la opinin que ella manifestaba. Cun pronto se conoce la
buena y sana educacin! Cmo se daba a entender que aquel joven haba
sido educado por los padres jesutas!

Doa Fernanda lanzaba dulces miradas a Ordez, cada vez que ste se
manifestaba de su misma opinin, y, rebuscando palabras, alambicando
conceptos, ni ms ni menos que si estuviera presidiendo una junta de
Cofrada, hablaba de la pera y del debutante, que era el tema de
conversacin en todos los palcos, alternando con las noticias del da y
la crtica del vestido y de las joyas de la que se sentaba en el
compartimiento inmediato.

El tenor!... Phs! No le pareca mal a la baronesa; adems, ella, segn
confesin propia, no entenda gran cosa de apreciar el mrito de las
voces. Pero... la pera que se cantaba aquella noche, "Los hugonotes",
no le mereca igual indiferencia desdeosa.

Era un atentado contra la moral y las buenas costumbres que se
permitiera la representacin de peras como aqulla. No negaba ella que
la msica era buena; as lo afirmaban los que lo encendan, y, adems, a
ella le pareca muy bien, sobre todo en los bailables.

Pero la baronesa de Carrillo fijaba por completo su atencin en el
libreto, en el argumento, y al llegar aqu, se mostraba iracunda e
inexorable. No era una vergenza que en un pas tan eminentemente
catlico como Espaa asistiera la gente ms distinguida a una
representacin, en la cual los protestantes desempeaban la parte ms
noble y simptica, y los representantes de la buena causa, los
defensores de la Iglesia y del Papa, aparecan como verdugos alevosos,
como asesinos dominados por el salvajismo? Aquello era inicuo, y pareca
imposible que un pblico tan distinguido no silbase a Meyerbeer, que
creaba un Ral simptico, a pesar de ser protestante, y un Saint-Bris,
torvo y sanguinario, sin tener en cuenta que era un seor catlico.

Y luego aquel Marcelo, grosero soldadote, que siempre tiene en los
labios la montona cancin del maldito Lutero; y aquella Valentina,
mozuela corretona y desobediente, que, a pesar de ser educada por su
seor padre en los sanos principios catlicos, se hace hugonote por
seguir al boquirrubio de Ral, eran personajes que irritaban a la
baronesa, quien, hablando de la obra de Meyerbeer, resuma su opinin
con estas desdeosas palabras:

--Al fin y al cabo, la obra de un judo. A m, en peras, nada me gusta
tanto como el "Poliuto".

El acadmico, para dejar bien sentado su prestigio de poeta y volver por
el honor de los de la clase, protestaba dbilmente, limitndose a
formular una sentencia tan profunda como sta:

--Baronesa; es usted muy injusta. El arte es el arte.

Y aqu se atascaba su luminosa inteligencia, no encontrando mejores
argumentos.

Ordez acoga las palabras de la baronesa con sendas inclinaciones de
cabeza, y haca esfuerzos para demostrarla que era en un todo de su
opinin.

Oh! El tambin pensaba as, la pera era inmoral; iba contra el
catolicismo, y esto no poda consentirse, porque era preciso confesar
que "haba algo". Y esto lo deca con tono sentencioso, mirando arriba,
y con la expresin de un hombre que, tras profundas reflexiones, ha
llegado a adivinar la existencia de la divinidad.

Adems, l, arrastrado por el deseo de agradar a la baronesa, llegaba
hasta la exageracin, y no se contentaba con criticar "Los Hugonotes",
sino que encontraba la pera, en general, digna de ser suprimida, como
atentatoria a la moral y a las buenas costumbres. Y daba pruebas de
ello. En "La Africana", ponase en ridculo a la respetable clase de
obispos; en "La Hebrea", un cardenal resultaba padre de una juda, y as
casi todas; y cuando no resultaban tales obras encaminabas a escarnecer
la Religin, an era peor, pues hacan ruborizar con sus bailes
inmorales y sus dos de amor, en que faltaba poco para que el tenor y la
tiple se comieran a besos a la vista del pblico.

Y aquel granuja, a quien tuteaban todas las bailarinas del Real y que en
cierta ocasin galante a una tiple para empearle los brillantes,
hablaba de la inmoralidad de la pera con un santo horror de capuchino,
que impresionaba a la baronesa.

Doa Fernanda, oyndole se afirmaba en su primitivo pensamiento. Qu
gran cosa era la educacin de los jesutas, cuando aquel joven, despus
de la borrascosa vida de calavera, todava conservaba tan buenas ideas,
tan sanos principios!

Pero el acadmico, ms sencillo, o menos crdulo, contemplaba a Ordez
con mirada fija, y pensando en las mil perreras que acometa todos los
das, se deca interiormente, posedo de cierta admiracin:

--Ah, redomado hipcrita! Ah, grandsimo tuno! Cmo mientes!

Mara slo atenda a ratos a la conversacin. Ordez le resultaba
antiptico y adivinaba algo de la falsedad que encerraban sus palabras.

La proximidad de aquel hombre haba servido para excitar en ella el
recuerdo de Juanito Zarzoso y la tristeza la invada de tal modo, que,
para disimularla, miraba a todas partes con sus gemelos, sin fijarse en
nada.

El acto tercero haba comenzado, y los dos hombres seguan en el palco,
pues la baronesa les haba invitado a quedarse.

Doa Fernanda y Ordez seguan conversando sobre el tema religioso; el
acadmico miraba a todos los palcos con expresin aburrida, y Mara
fijaba toda su atencin en la escena, buscando en las sensaciones
artsticas un medio para olvidar momentneamente su dolor.

Estaba de espaldas a Ordez, y dos o tres veces que ste, aprovechando
momentos de silencio con la ta, intent dirigirla la palabra y hacerla
sonrer con alguno de sus chistes mordaces que tanto efecto lograban
entre las damas, qued desconcertado ante la frialdad con que le
contest la joven.

Mara estaba conmovida. Conoca muy bien la pera; pero en aquella noche
las diversas escenas le impresionaban ms que de costumbre, sin duda, a
causa del estado de su alma. Aquella Valentina que, con el velo de
desposada, se escapaba de la iglesia e iba en la oscuridad nocturna
buscando a su Ral, parecale que era ella misma, que marchaba desolada
en busca de su novio, huyendo de la baronesa, que quera casarla con
otro hombre; por ejemplo, con el majadero pretencioso e hipcrita que
tena al lado.

Y esta novela que rpidamente se forjaba en su imaginacin, la haca
mirar con odio a aquel Ordez que se mostraba obsequioso y galante de
un modo que desesperaba.

Termin el acto, y los dos hombres se levantaron para retirarse.

La baronesa ofreci a Ordez su casa. Ella no tena muchos amigos, ni
las reuniones en su casa ofrecan gran atractivo; all slo entraban
personas sesudas y de sanos principios, y, por esto mismo, tendra mucho
gusto en recibir a un joven tan sensato que, por sus ideas y su modo de
ver las cosas, tena alguna analoga con su difunto cuado Quirs, el
padre de Mara, el hroe de la causa santa en el 22 de junio, y del cual
la sociedad, ingrata y olvidadiza, no se acordaba para nada.

Ordez considerse muy honrado por tal invitacin, y se retir.

El acadmico, que se qued en el palco, sigui hablando con la baronesa
y contestando a las preguntas que sta le haca sobre Ordez.

Iba a comenzar el acto cuarto, cuando la baronesa se levant. Estaba muy
excitada por la conversacin que haba sostenido con el joven.

--Nos vamos ya, ta?--pregunt con extraeza Mara.

--S, hijita. No me siento con fuerzas para ver ese acto, que siempre me
ha repugnado; y esta noche ms an. No quiero presenciar esa infernal
"conjura", en la que salen revueltos frailes y monjas con el pual en la
mano. Detesto ese acto.

--Pero Fernandita!--exclam escandalizado el acadmico--. Si es lo
mejor de la obra!... Adems, todos esperan en el gran do al tenor,
creyendo que en l har prodigios. Vamos, qudense ustedes!

--Que no! No quiero tragar bilis viendo tales impiedades en escena.
Nia, ponte el abrigo.

Y las dos mujeres salieron del teatro. El acadmico las acompa hasta
el vestbulo, y ta y sobrina subieron en su carruaje.

Mara se felicitaba de la resolucin de la baronesa. Aquel do de amor,
con sus gritos de suprema pasin y su penosa despedida, le hubiese
causado mucho dao, y tal vez, haciendo estallar su comprimido llanto,
habra revelado el dolor que la dominaba por la marcha de su novio. Bien
haba hecho la baronesa en retirarse.

Rodaba el elegante carruaje con direccin a la calle de Atocha, y las
dos mujeres guardaban el ms absoluto silencio.

Mara iba ensimismada, hasta el punto de no darse cuenta exacta de en
dnde estaba. La voz de la baronesa le sac de tal situacin.

--Di, nia, qu te ha parecido ese joven?

--Quin?--pregunt azorada la muchacha, que an no haba salido de la
sorpresa producida por tan repentina pregunta.

--Quin ha de ser, tonta? Paco Ordez, ese muchacho que nos ha
presentado el marqus.

Mara tard en responder, y, por fin, dijo con indiferencia:

--Pues me ha parecido un hombre insignificante.

Y reclinndose otra vez en el fondo del coche, cerr los ojos y volvi a
entregarse de lleno a sus pensamientos, que le arrastraban lejos, muy
lejos, a la infinita cinta de hierro por donde, rugiendo y exhalando
bufidos de fuego, volaba el tren que le arrebataba a su novio.




VIII

Trato cerrado.


El hermano que desempeaba junto al padre Toms el cargo de domstico de
confianza dijo al elegante joven que esperaba en la antecmara:

--Seor Ordez; el revendo padre dice que ya puede usted pasar.

Paco Ordez entr en el despacho del poderoso jesuta con el mismo
aplomo que si estuviera en su propia casa.

Siempre que entraba all, su ojo certero de inteligente en materias de
lujo y "confort" no poda menos de irritarse a la vista de aquellas
paredes polvorientas, con el papel rasgado en flotantes jirones, los
muebles viejos, construdos con arreglo a la moda de principios de
siglo, y aquellos innumerables armarios atestados de panzudas carpetas
verdes, que apenas si lograban contener tan inmensa cantidad de papeles.

Percibase all ese olor hmedo y pegajoso de sacrista que forma el
ambiente de todas las habitaciones cuyos balcones se abren muy de tarde
en tarde para dejar franco el paso al aire exterior.

Ordez, por el instintivo impulso de la costumbre, lanz una mirada a
la larga fila de armarios que rozaba al pasar. Los estantes, arqueados
por un peso que soportaban tantos aos, parecan prximos a romperse,
como si no pudieran sufrir por ms tiempo la inmensa carga de papeles
rotulada y numerada.

--Diablo!--se dijo el joven--. Conozco bien lo que este archivo
significa. Aqu est, como en conserva, la conciencia de media
humanidad.

El padre Toms, sentado a la gran mesa de roble, segua escribiendo, sin
levantar la cabeza, como si no se hubiera apercibido de la presencia de
Ordez, y nicamente cuando ste, plantndose a pocos pasos de l,
obstruy con su cuerpo la luz que caa sobre los papeles en que escriba
el jesuta, sin salir de su mutismo, hizo un gesto como indicndole que
se sentara y esperase en silencio.

Transcurrieron algunos minutos sin que nada turbase la calma sepulcral
de aquel vasto edificio, en el que se adivinaba la existencia de una
omnipotente voluntad, que gobernaba sin trabas y era obedecida
automticamente.

Por fin, el padre Toms dej de escribir, y, fijando su aguda mirada en
Ordez, que segua contemplando con ojos burlones el aparato anticuado
y polvoriento de aquella gran sala, comenz la conversacin.

--Cmo va, pollo? Qu tal es la situacin que atravesamos?

--Mal, muy mal, reverendo padre; y de seguro que si usted no viene en mi
auxilio, como otras veces, y me salva del naufragio, soy hombre perdido
por completo. Por eso me he apresurado a venir a verle apenas recib su
aviso, esperando que usted con ese talento y esa bondad que nadie como
yo le reconoce, sabr salvarme.

--Lo que hoy te sucede es la consecuencia lgica de esa vida de
escndalo y despilfarro que tanto amarg en los ltimos aos la vida de
tu difunto padre. Paco, has sido muy calavera.

--Me ha gustado divertirme; no lo niego.

--Has derrochado una gran fortuna.

--Hoy, en cambio, vivo sin rentas, conservando el mismo boato que cuando
era rico. Ya ve vuestra paternidad que para esto se necesita algn
ingenio.

--Tienes ms acreedores que todos los calaveras de Madrid juntos.

--Tampoco lo niego; pero cuento con la proteccin de usted, que es para
m un padre carioso, y que con su influencia sabe sacarme de todas las
situaciones difciles. Sin usted, dnde estara yo a estas horas?

--En presidio; no lo dudes, joven atolondrado. Has cometido verdaderas
locuras; con tal de adquirir dinero, no has vacilado en firmar cuantos
papeles te han presentado, sin fijarte, las ms de las veces, en su
contenido; si yo he podido salvarte hasta ahora de la deshonra, no s si
en adelante ser tan afortunado. Por esto creo que ya es tiempo de que
pensemos en tu porvenir. Ya ves que no puedo interesarme ms de lo que
lo hago en beneficio de un joven pervertido, y que ningn honor
proporciona al que lo protege. Este inters que me tomo, no es porque t
te lo merezcas, sino porque pienso en tu padre, que fu gran amigo mo,
y quiero rendir tal tributo a su memoria.

Ordez, que era un hbil farsante, al oir el nombre de su padre crey
del caso conmoverse afectando profunda confusin; pero pronto recobr
su aspecto natural, al ver que el jesuta no haca caso de sus gestos
forzados, que fingan contener unas lgrimas imaginarias.

--Reverendo padre; yo, por mi propio inters, deseo regenerarme y
encontrar un medio para salir de esta situacin en que me encuentro.
Estoy cansado de la agitada vida de calavera, y crea usted que con mucho
gusto me convertira en un hombre honrado y de costumbres tranquilas, si
es que encontraba una ocasin favorable para cambiar de estado. A m me
convendra casarme.

Dijo estas ltimas palabras Ordez, bajando los ojos con modestia y
afectando la sencillez del que habla sobre un acto que cree
irrealizable; pero el padre Toms clav inmediatamente en l su aguda
mirada, dicindose interiormente que aquel grandsimo tuno le haba
adivinado y tena prisa en llevar la conversacin al terreno de su
conveniencia.

El jesuta, al convencerse de que su protegido haba adivinado ya parte
de sus planes, no quiso divagar ms tiempo, y bruscamente le pregunt:

--Y bien, cmo estn en casa de la baronesa de Carrillo? Vas por all
con mucha frecuencia?

Ordez sonri con ingenuidad y contest con expresin intencionada:

--Desde que tanto empeo se mostr en presentarme a la baronesa,
comprend que algo bueno para mi porvenir podra encontrar en aquella
casa, y desde entonces la visito con asiduidad, y encuentro que all se
pasan las horas muy agradablemente. Hay, sin duda, una Providencia, a la
que estoy muy agradecido, porque vela por m y me seala los puntos
donde puedo encontrar la salvacin para mi porvenir.

Y al decir esto, el joven sonrea intencionadamente, y miraba con fijeza
al jesuta, el cual, con su rostro impasible, demostraba no darse por
aludido.

--Resultas muy simptico en aquella casa?--le dijo el padre Toms--. A
m la baronesa me habl el otro da muy bien de ti.

--Oh! En cuanto a la baronesa, todo va perfectamente. Demuestra tenerme
mucha aficin y me oye con gusto. La sobrina es la que no me distingue
tanto. No creo que llegue hasta serle antiptico, pero, por lo menos, le
resulto un tipo indiferente.

--Pues es un mal, querido Paco.

--As lo creo yo tambin. Esa indiferencia puede dar al traste con mi
porvenir, con esa regeneracin que usted, como protector bondadoso, ha
soado para m. No es esto, reverendo padre?

El jesuta sonri bondadosamente.

--Ay, qu diablo de muchacho!--exclam--. Cuan listo eres! Intil es
ya ocultarte mi pensamiento. Yo pensaba casarte con Mara Quirs, una
buena muchacha, un ngel, al lado de la cual, forzosamente habras de
regenerarte. Adems, con esta unin salvaras tu porvenir, pues la
sobrina de la baronesa es muy rica; tiene una fortuna de ms de nueve
millones de pesetas. Por esto hice que te presentaran en la casa, y
ahora que hace ya ms de cinco meses que la frecuentas, deseaba
enterarme por ti mismo de los progresos que has hecho en ella. Pero veo,
con pesar, que has adelantado poco. No me extraa. Vosotros, los
calaveras, acostumbrados a las conquistas fciles, aficionados a los
amores impdicos que nacen, crecen y mueren en el espacio de un da, no
sabis interesar el corazn de una joven honrada y sencilla. Estis
corrompidos, y vuestro hlito parece como que avisa a la mujer inocente
a quien os dirigs.

Ordez rea cnicamente al escuchar estas ltimas palabras.

--Bah! Bah!--dijo interrumpiendo sus carcajadas--. Parece, reverendo
padre, que est usted predicando un sermn. Tiene gracia eso del hlito
corrompido... A un hombre como yo, le es fcil conquistar una joven como
la sobrina de la baronesa. Ms difciles que ella han cado. Lo que hay,
cuando me mira con tanta indiferencia, a pesar de mis obsequios e
insinuaciones, es que su corazn debe estar ocupado por algn otro
hombre ms feliz.

--Bien pudiera ser--dijo sonriendo el jesuta--. Veo que sabes apreciar
las mujeres.

--Hace tiempo que estoy convencido de la existencia de un rival, y lo
que me desespera es no poder adivinar quin sea ste. No hay que pensar
en los otros hombres que entran en la casa, coleccin de vejestorios que
van a hacer la tertulia a doa Fernanda. El hombre amado debe estar
fuera de la casa, y yo, por ms que busco, no puedo saber quin es. No
s por qu, me dice el corazn que esa lagartona de doa Esperanza es la
que lo sabe todo; pero, por ms que me protege y parece estar a mi
favor, no quiere hablar.

--Y no hablar, tenlo por seguro; no hablar, a pesar de su locuacidad
caracterstica, hasta que se le d permiso para ello.

--Tambin lo creo yo as, y estoy convencido de que ella slo dir lo
que vuestra paternidad quiera, pues usted, seguramente, es el que sabe
quin es el incgnito novio de Mara y el que puede lograr que yo sea el
marido de la sobrina de la baronesa.

El jesuta qued silencioso y reflexionando, con la cabeza inclinada
sobre el pecho, y, tras una larga pausa, comenz a hablar sin levantar
los ojos:

--Mira, Paco; ha llegado ya el momento de que hablemos claro y pensemos
francamente en tu porvenir. Voy a decirte cul es mi pensamiento. Como
te quiero y veo que es imposible sostenerte por ms tiempo en esa vida
de trampas y aventuras que llevas, pens salvar tu situacin buscando
una heredera rica con quien casarte, y fij mis ojos en Mara Quirs.
Saba bien, al hacer que te presentasen a la familia, que no
conseguiras interesar el corazn de la joven. Esta hace tiempo que ama
a un hombre a quien conoci siendo nia, all en un colegio de Valencia,
y no era lgico esperar que abandonase su primer amor, para ir a
encapricharse de ti, joven gastado, de mala fama y que hasta en el
rostro llevas, las marcas de tus desrdenes.

Ordez hizo un movimiento de sorpresa y torci el gesto como ofendido
por tan rudas palabras, pues tena pretensiones de belleza y crea que
ciertos afeites ocultaban en su rostro las huellas que haba dejado la
lepra del vicio. El jesuta no hizo caso de este movimiento y continu:

--Mi intencin, al pedir que te presentasen a la familia, era nicamente
lograr que te hicieses simptico a la baronesa, lo cual no era difcil,
y al mismo tiempo que adquirieses cierta amistad con la sobrina,
mostrndote a sus ojos como un hombre enamorado hasta la locura, que, a
pesar de todos los desprecios y frialdades, sigue resignadamente
adorando al objeto de su pasin.

--Esa es precisamente mi situacin actual. La ta me adora y en cuanto a
la sobrina, me considera como un ser insignificante; aunque bien
considerado, all en el fondo de su corazn, debe profesarme esa
gratitud que toda mujer siente por el hombre que le ama, aunque no est
dispuesta a aceptar su pasin.

--Me alegro que as sea. Ha llegado el momento, querido Paco, de que
nos entendamos. T sers el marido de esa joven, si es que yo quiero.

--Siempre lo he credo as. Conozco el poder de vuestra paternidad y la
influencia que tiene en aquella casa, y s que si se empea, antes de
unos cuantos meses habrn terminado los amoros de Mara con su
desconocido novio y yo podr casarme con ella. Ahora, reverendo padre,
slo faltan las condiciones, pues cuando usted plantea de tal modo la
cuestin, seguramente que algunas quiere imponerme.

--Tienes el raro don de adivinar lo que uno piensa. Efectivamente,
quiero imponerte condiciones, pues un hombre como yo, un sacerdote que
por mi augusto ministerio estoy encargado de velar por la virtud, no
puedo consentir que un calavera como t, que aunque ahora manifiestas
propsitos de enmienda, puedes recaer, en tus antiguas locuras, se
apodere de la fortuna de una joven inocente y la derroche como
derrochaste el caudal que te dejaron tus padres. Mis condiciones son
stas: al casarte con Mara gozars de las rentas de su colosal fortuna,
y, adems, yo me encargar antes de que contraigas matrimonio, de poner
en claro tu situacin, pagando a tus numerosos acreedores. Sers rico,
vivirs en la opulencia; pero te guardars muy bien de inducir a Mara a
que retire la ms pequea parte de los millones que tiene depositados en
el Banco. Mientras viva ella sers millonario, y si por desgracia
muriese antes que t, entonces no has de oponerte a que su fortuna pase
toda a manos de la baronesa.

--Y si tengo hijos?--pregunt con curiosidad Ordez.

--Bah!--contest el jesuta con escptica sonrisa--. Hombres tan
gastados y corrompidos como t no tienen hijos, y si por un capricho de
la Naturaleza llegan a tenerlos, la sangre que llevan en sus venas es
suficiente para envenenar su breve existencia; quedamos, pues, en que
hay que descontar esta circunstancia. Aceptas mis condiciones?

El joven calavera pareca dudar, y el jesuta continu, sin esperar su
contestacin:

--Hago todo esto en inters tuyo. Si no contraes este matrimonio, dentro
de poco la inmensa balumba de acreedores caer sobre ti, y tienen motivo
ms que suficiente para conducirte a la crcel. Si aceptas, puedes
salvar tu nombre de la deshonra y al mismo tiempo vivir con ese boato
que tanto te place, gozando una posicin slida y segura. No puedo
prometer ms. Sera un crimen injustificable a los ojos de Dios el que
yo no te impusiera estas condiciones, pues mi conciencia tendra que dar
estrecha cuenta, despus de haber entregado una joven honrada y rica en
manos de un calavera capaz, si no se le pone freno, de devorar las
mayores fortunas del mundo. No puedo hacer ms por ti. Piensa bien que
nada pierdes al aceptar estas condiciones y que ganas mucho saliendo de
tu actual situacin y asegurndote el vivir en adelante en medio de la
mayor opulencia. Adems, si muriera Mara, y su fortuna pasase a manos
de la baronesa, t no te hallaras desamparado; pues siempre me
encontraras a m y a la Compaa dispuestos a protegerte. Con que
decdete. Aceptas?

El joven an reflexion largo rato. Repugnbale el aceptar de un modo
tan condicional aquella fortuna, lo que equivala a tener perpetuamente
como vigilante administrador al padre Toms; pero pens al mismo tiempo
en su situacin apurada, en aquel tropel de acreedores rabiosos con que
le amenazaba el jesuta, en la crcel que poda tragarle para siempre, y
deseoso de seguir gozando el halago de la riqueza, sin el cual no
comprenda la vida, se decidi a aceptar, violentando su voluntad, y con
la misma decisin del fugitivo que, con tal de librarse de sus
perseguidores, se lanza en un precipicio cuyo fondo ignora.

--Acepto, reverendo padre. Queda cerrado el trato.

El jesuta estaba seguro de esta determinacin, as es que no hizo el
menor movimiento al ver aceptada su propuesta.

--Te casars con Mara--dijo con la rgida frialdad del que est seguro
de su poder--. Yo lograr romper esos amores que tanto preocupan ahora a
esa joven, y poco he de poder, o tambin he de alcanzar que ella te ame.
Quiero que seis felices, y mi conciencia gozar de dulce tranquilidad
al ver realizada una obra tan hermosa como es regenerar a un pervertido
como t, creando al mismo tiempo una familia cristiana. Unicamente he de
advertirte que ests muy equivocado si piensas engaarme en lo futuro.

--Yo, reverendo padre!--exclam el joven ruborizndose, como si el
jesuta hubiese adivinado su pensamiento.

--Tal vez hayas credo posible engaar mi santa previsin el da en que
te encuentres casado. Entonces, aprovechando un descuido mo, podas
inducir a tu esposa a que enajenase una parte de su fortuna para tus
locos despilfarros, y como yo no soy miembro de la familia ni tengo
realmente ningn derecho para intervenir en esas cuestiones ntimas,
gozaras de completa impunidad y volveras a repetir el juego cuantas
veces lo permitiese la inexperiencia y la buena fe de Mara. Pero vas
equivocado si crees posibles tales desmanes; por tu propia conveniencia
te advierto que te tendr cogido segura y fuertemente. Conozco todas tus
trampas, tus sucios negocios. Antes de un mes habr pagado a tus
acreedores; pero ser con la condicin de utilizarlos contra ti cuando
yo quiera. Has tomado dinero firmando escrituras de depsito, has
percibido prstamos sobre fincas que ya no eran tuyas, has cometido toda
clase de repugnantes estafas que no quiero repetir ahora por no
avergonzarte, y, en una palabra, con menos motivos que t hay muchos
centenares de hombres en presidio. El da en que faltes a lo convenido
aqu, el da en que me irrites con nuevas canalladas, ten la seguridad
de que inmediatamente llovern en los Tribunales muchas denuncias contra
ti, por estafador y falsario, y no confes en el auxilio de la
influencia que puedas tener por tus amigos, pues contra la Compaa de
Jess no valen recomendaciones, y si la rectitud de la Justicia ha de
torcerse, seguramente que ser en favor de la Orden y nunca en contra.
Piensa, pues, bien a lo que te expones, no obedecindome. Si eres fiel a
mis rdenes vivirs feliz y en la opulencia; si te rebelas, morirs en
un presidio. Ya conoces mi carcter y sabes que cumplo cuanto digo.

Ordez haba escuchado con marcado sobresalto estas amenazas que
profera el terrible jesuta, sin que se descompusiera en lo ms mnimo
la impasibilidad de su rostro.

Estaba en lo cierto el padre Toms al decir que le tena cogido fuerte y
seguramente. Era imposible el ser ingrato y faltar a los compromisos
despus del casamiento, y forzosamente haba de marchar unido a la
pesada proteccin del padre Toms.

Pero esto no le haca cambiar de propsitos, pues en su situacin era
imposible rebelarse. Estaba decidido a casarse con Mara y a no faltar a
las condiciones que le exiga el padre Toms.

--Oh, reverendo padre! Hace usted mal en dudar de m. Estoy demasiado
agradecido a su benvola proteccin para que intente serle infiel.
Mndeme como guste, que obedecer inmediatamente.

Despus de estas seguridades que el joven di al jesuta, extremndose
en demostrar su desinters, ya que le era imposible engaarlo, los dos
siguieron conversando sobre el asunto que tanto les interesaba, o sea el
lograr que Mara abandonase a su antiguo novio para admitir el amor de
Ordez.

Al cuarto de hora de conversacin, el joven calavera comprendi que
estaba estorbando en sus ocupaciones al poderoso jesuta, y se apresur
a retirarse.

--Con que quedamos, reverendo padre--dijo Ordez abandonando su
acento--, en que usted se encarga de quitarme de en medio el estorbo de
ese amante desconocido.

--Eso es. Permanece tranquilo, que no tardaremos en vernos libres de ese
obstculo.

--Y yo que hago entretanto?

--Seguir visitando a la baronesa y haciendo el amor a Mara. Ten calma,
que tal vez llegue un momento en que, despechada y herida en su amor
propio esa joven, te recuerde tus anteriores declaraciones de amor y
solicite que la hagas tu esposa.

--Je, je! Tendra gracia verme solicitado por una seorita. Sera el
mundo al revs. Y todo es posible si usted se empea; le reconozco poder
para eso y mucho ms.

--Lo importante es que al casarte no olvides que t slo eres un
usufructuario de la fortuna de tu mujer, y que si sta muere, sus
millones deben pasar a la ta. Ya sabes por donde te tengo cogido. O la
obediencia ciega, o el presidio.

Ordez hizo un signo de afirmacin, como dando a entender que estaba
sobradamente convencido de que el padre Toms era hombre que cumpla sus
amenazas.

--Ser fiel a la palabra que doy, reverendo padre. Creo que no tendr
usted el menor motivo de descontento.

Ordez tena ya el sombrero en la mano, y el jesuta se levant de su
asiento para despedirle.

--Ten calma y confianza. La viuda de Lpez te ayudar en el asunto; y
adems, aqu estoy yo.

Despus sonri amablemente el jesuta, como si nada hubiera ocurrido, y
tendi su mano al joven, que la estrech con efusin.

--Estamos ya entendidos... Trato hecho?

--Trato cerrado, reverendo padre.




IX

El vicario de Espaa al padre general.


Gustbale al padre Toms despachar por s propio todos los asuntos
importantes, temiendo la traicin y espionaje, bases de la organizacin
de la Compaa de Jess y que se encierran siempre en la persona del
"socius", del individuo ms allegado y querido.

No quera l tener a todas horas en su despacho subordinados que en
apariencia eran autmatas, pero que sin abandonar su actitud impasible,
lo vean y recordaban todo, y por esto mismo procuraba, al trabajar, el
aislarse por completo en el fondo de su sombro despacho.

Pero las grandes necesidades que en s llevaba la administracin de la
Orden, la inmensa correspondencia que haba que sostener con la oficina
central de Roma, dando cuenta al General de cuantos trabajos haba
realizado la Compaa durante el mes, y las apremiantes necesidades de
aquel archivo secreto, en el que haba que almacenar hasta el ms
pequeo dato de las personas que por algn concepto eran interesantes
para la Orden, obligaban al padre Toms a tener empleados ms de una
docena de jesutas jvenes, hbiles e infatigables para el trabajo de
pluma, los cuales, si no le merecan una confianza completa, al menos le
proporcionaban cierta seguridad relativa, a causa de la reserva de su
carcter y de que se profesaban un odio mutuo, lo que impeda toda clase
de inteligencia en contra del superior.

Esta oficina de escribientes con sotana funcionaba lejos del despacho
del jefe, al otro extremo del viejo edificio, y el ms hbil de todos
los funcionarios, un joven vascongado que era quien mejor mereca la
recelosa confianza del padre Toms, estaba encargado de la
correspondencia con Roma, siendo el nico que, por especial favor,
conoca la clave misteriosa que usaban los altos padres de la Compaa
para comunicarse; clave tan segura, que su secreto no poda ser
descubierto ni aun por los ms consumados diplomticos.

Este funcionario fu el que pocos das despus de la conferencia habida
entre el padre Toms y Ordez, recibi de su superior el encargo de
poner en cifra una larga comunicacin que le entreg, dirigida al padre
general, encargndole que, apenas terminase la traduccin del documento,
lo remitiera a Roma.

El documento deca as:

                         [imagen: cruz]

                              A. M. D. G.

=Negocio Baselga-Avellaneda.=--Recordaris, respetable padre, que desde
que ingres en nuestra Orden nuestro bienaventurado mrtir, el padre
Ricardo Baselga, que hizo donacin a la Compaa de toda su importante
fortuna, qued pendiente de resolucin el hacer que llegase a nuestras
manos el resto de la herencia Baselga, empresa que ya inici en sus
tiempos el difunto padre Claudio, a quien la Orden castig por traidor.

Hace ya muchos aos que yo tena puestos los ojos en tal negocio, pues
creo que la Compaa no debe iniciar nada sin acabarlo; pero permaneca
inactivo comprendiendo que las circunstancias no eran propicias para
reanudar el asunto.

Hoy ha cambiado la situacin y creo que es llegado el momento de dar el
golpe, por lo que he dado principio a las negociaciones.

Los nueve millones de pesetas que restan de la fortuna de Avellaneda
corresponden a la joven Mara Quirs de Baselga, nieta del difunto
conde, heredera de su ttulo y bisnieta del afrancesado don Ricardo
Avellaneda.

Administra actualmente esta fortuna la baronesa de Carrillo, ta de la
poseedora, y cuyos informes secretos obran en la seccin espaola de ese
archivo central. La baronesa es buena cristiana, muy afecta a la
Compaa, y, adems, obediente a nuestros mandatos; y tanto se interesa
por la Orden, que de "motu proprio" quiso obligar a su sobrina a que
entrase en un convento, haciendo antes donacin de sus bienes terrenales
en favor nuestro.

Pero el carcter de la joven se aviene mal con la vida religiosa, segn
he podido apreciar yo mismo en un estudio detenido que he hecho de su
parte moral, y segn consta tambin en los informes que sobre ella
existen en ese archivo.

Como la Compaa, en los presentes tiempos, al realizar sus negocios no
debe usar de violencias, como muchas veces lo ha recomendado as esa
suprema direccin, aconsejando que, para provecho de la Orden,
supiramos explotar las aficiones y tendencias de cada individuo, yo no
he credo prudente oponerme a los deseos de la joven Mara Quirs, que
en vez de entrar en un convento quera casarse, y he procurado utilizar
en provecho de nuestros intereses esa tendencia que ella manifiesta en
favor del matrimonio.

Nuestro negocio sera casarla con un hombre que estuviera por completo a
merced de la Compaa, y de este modo, aunque tardramos en percibir su
fortuna, sta estara en seguridad, y en plazo ms o menos largo
vendramos a ser dueos de ella.

El plan que expongo a la aprobacin del reverendo padre General,
consiste en lo siguiente: casar a Mara Quirs con Francisco Ordez, el
hijo segundo de nuestro difunto amigo el duque de Vegaverde. Por los
informes que de l existen en ese archivo, puede conocer el padre
General sus malos antecedentes y lo obligado que est a obedecer a la
Compaa en todo aquello que le mande. El se compromete, al contraer
este matrimonio, a gozar nicamente las rentas de la fortuna de su
esposa, sin inducirla nunca a que haga la menor enajenacin,
consintiendo en que si muere su esposa, la fortuna pase ntegra a manos
de la baronesa, la cual hara inmediatamente donacin en favor nuestro.

Como en estos negocios conviene siempre partir de una base firme, y
Ordez, por su carcter y sus costumbres, no presenta la menor
seguridad de que una vez realizado su matrimonio cumpla lo que ha
prometido, conviene sepa esa direccin que poseo el medio de tener
perpetuamente asegurada la obediencia de dicho joven, pues existen
numerosos acreedores que pueden entablar contra l una accin criminal
por manifiestas estafas. Como la mayor parte de esos acreedores son
afectos a la Compaa, ya buscaremos el medio de ajustar con ellos un
arreglo ventajoso, reservndonos el derecho de perseguir a Ordez, si
es que llegara a faltar a sus compromisos.

Este plan ofrece a primera vista el inconveniente de que el matrimonio
puede tener hijos, circunstancia que desbaratara toda nuestra
combinacin; pero no es verosmil que un hombre gastado y corrompido por
los placeres llegue a tener prole; y si la tuviera, sta, por un vicio
de origen, no alcanzara larga vida, tanto ms cuanto que nosotros nos
encargaramos de su educacin y no nos faltara un medio hbil y
disimulado para suprimir tales estorbos.

El inconveniente ms serio con que actualmente tropieza este plan, es
que Mara Quirs no siente la menor simpata por Ordez, y, en cambio,
est enamorada de un joven mdico llamado Juan Zarzoso, sobrino del
famoso doctor Zarzoso, sabio de reputacin universal y librepensador
furibundo, cuyos antecedentes figurarn indudablemente en ese archivo,
en la seccin de "Enemigos terribles de la Compaa".

Este inconveniente sera fcil de destruir, si es que a vos, padre
General, os parece aceptable mi plan.

El joven Zarzoso se encuentra en Pars perfeccionando sus estudios por
mandato de su to, y escribe cartas a Mara, envindoselas por conducto
de la viuda de Lpez, a quien creo habris odo nombrar alguna vez, pues
es una publicista devota, cuya pluma y actividad emplea la Compaa para
ciertos actos de propaganda.

Dicha seora, que por una imprudencia censurable, propia de su carcter
intrigante, protegi en un principio los amores de estos jvenes, est
hoy por completo a nuestra voluntad y hara cuanto yo le diga.

He comenzado por ordenarle que rompa cuantas cartas le enve desde Pars
el joven Zarzoso para su amada, y que haga lo mismo con las que le
entregue Mara destinadas a aqul. El silencio que por este medio se
establecer entre los dos amantes, excitar su desconfianza y les har
pensar en una traicin amorosa, especialmente a Mara, que es muy
susceptible, y cuyo amor propio resulta irritable en sumo grado; antes
de un mes las sospechas de infidelidad habrn acabado con la fe amorosa
que ambos pudieran profesarse, y entonces ser el momento oportuno para
dar un golpe decisivo que acabe con ese amor.

Si a vuestra paternidad le gusta mi plan, puede encargar a cualquier
hermano hbil, de los residentes en Pars, ese golpe decisivo en que
cifro mis esperanzas.

Pars es la ciudad del placer, de las locas seducciones; Zarzoso es
joven, y, segn mis informes, inocente e inexperto en materias amorosas,
como hombre que ha pasado su adolescencia entregado al estudio. No sera
difcil lanzarle al paso una de esas hermosas araas de Pars, que le
enloquecera, arrancndole una prueba de amor, un objeto que demostrara
su infidelidad y que pudiramos aqu ensear a Mara.

Esta es impresionable y susceptible, y como, por otra parte, se sentira
irritada por el inconcebible silencio de su novio, cuyas cartas no
recibir de hoy en adelante, es indudable que, despechada, olvidara su
amor, y en justa venganza dara su mano al primero que se presentara; a
Ordez, por ejemplo.

Espero, reverendo padre, que os dignis manifestar el concepto que os
merece mi plan.

Por si os parece propio el intentar la seduccin de ese joven mdico que
ahora hace vida de estudiante en el Barrio Latino, os dar sus seas
para que las comuniquis a vuestros subordinados en Pars.

Llmase Juan Zarzoso; hace prximamente medio ao que se encuentra en la
gran ciudad; habita en el nmero 9 de la plaza del Panthen, y asiste a
la clnica del doctor Charcot, en la Salpetrire, para estudiar las
enfermedades nerviosas, que es la especialidad en que tanto se ha
distinguido su to. Al mismo tiempo, por sus propias aficiones, se
dedica al estudio de las dolencias de los nios, y asiste a varios
hospitales.

Aguardo con verdadera impaciencia vuestras rdenes, padre General.

No s si os agradar mi plan; pero si ste es desacertado, que conste
una vez ms mi vehemente deseo de allegar recursos para esa gran empresa
que la Compaa llevar a feliz trmino para mayor gloria de Dios.

Vuestro siervo que os pide la bendicin,

                           P. TOMS FERRARI,
                Vicario general de la Compaa de Jess
                      en la provincia de Espaa.




NOVENA PARTE

EN PARIS




I

La orilla izquierda del Sena.


En los pasados siglos, Pars era comparado a un navo, a causa de la
forma que afecta la isla de la Cit, pequeo territorio que era lo que
abarcaba entonces el permetro de la ciudad, y que hoy no llega a
constituir uno de los barrios. Este barco simblico lo adopt la
municipalidad como escudo de la gran villa, y an sigue siendo Pars la
ciudad del navo, a pesar de que la Babilonia moderna en la actualidad,
con su monstruosa grandeza y sus barreras que avanzan cada diez aos
amenazando tragarse la campia, no conserva nada de su antigua forma.

Si hoy se tratase de buscar una figura que simbolizase Pars, nicamente
podra buscarse en la sirena, animal fabuloso, compuesto de dos formas
tan distintas, como son un hermoso busto de mujer junto a una horrible
cola de monstruo.

Pars es hoy un nuevo Jano de doble faz, que ofrece una sonrisa, una
caricia, un halago, para cada uno de los gustos.

Una de sus caras tiene la alegre contraccin de la sonrisa del vicio
voluptuoso y atractivo; la otra cara lleva impresa el gesto sublime del
genio en el momento de recibir el beso de la inspiracin.

Los dos grandes genios de la Francia parecen ser los santos patronos de
la gran ciudad; los que se la han repartido amigablemente, organizando
cada uno de sus dominios con arreglo a su carcter y a sus ideas.

A un lado, Rabelais, con su guasona sonrisa, su panza de vividor y su
mirada de escptico, cantando la vida en lo que tiene de agradable y
sensual, idealizando los placeres groseros y diciendo a la humanidad:
"ama, bebe y danza, que sta es la felicidad". Al otro lado, Vctor
Hugo, con su serenidad olmpica y su frente de dios, en la que se
refleja el iris de la inmortalidad, dejando caer de sus tranquilos
labios las perdurables estrofas que hacen tener fe en el porvenir, que
elevan el nimo a las regiones de lo infinito y hacen creer en un ms
all, que es la regeneracin de la humanidad libre y dichosa; y
corriendo entre los dos, manso y tranquilo, para marcar y diferenciar
los diversos campos, el Sena, el histrico Sena, que divide la ciudad,
empujando y aglomerando en su orilla derecha a todo lo que brilla, a
todo lo que seduce a Europa y la corrompe al mismo tiempo, y guardando
en su orilla izquierda el pensamiento que alumbra al mundo, la gente que
estudia, que piensa y que trabaja.

Teniendo en cuenta este doble carcter de la gran ciudad, esta
diferencia tan completa en sus gustos y aficiones, es como se comprenden
los radicales cambios que Pars sufre en su fisonoma y que lo
convierten en una antimonia viviente.

Es la ciudad de los cafs cantantes y de las sublimes discusiones
polticas; de los desvergonzados _couplets_ y de la divina _Marsellesa_;
baila una danza de monos que se llama _Cancan_, y eriza sus calles de
barricadas apenas la libertad est en peligro; sostiene unas veces a una
raza de aventureros dementes con el nombre de Bonapartes, y otras
conmueve al mundo elevando entre general clamoreo la majestuosa imagen
de la Repblica; admira lo mismo a la _cocotte_ de gracia felina, que en
una noche devora una fortuna, que al sabio que con una teora asombra al
Universo; y considera tan hijos suyos al patriota como al vividor audaz,
al libro como al escndalo, a la nueva forma poltica que regenera la
humanidad, como a la postrera extravagancia que se llama ltima moda.

En qu consiste esa terrible y continua contradiccin? Es, que, para
producir tan diversos resultados, basta sencillamente que se agite una u
otra orilla del Sena.

El aspecto que presentan esos dos trozos de la gran ciudad separados por
el ro, es lo que manifiesta ms claramente su diverso carcter.

En la orilla derecha, los Ministerios, los grandes almacenes, los
boulevares, la vida moderna en todo lo que tiene de ms atractivo y
seductor, y el vicio convertido en primer medio de explotacin, casi
elevado a la categora de un culto; y en la orilla izquierda, los
grandes centros de enseanza, los faros que proyectan su luz vivificante
sobre el Universo entero, el Instituto, la Sorbona, el Colegio de
Francia, la Escuela de Medicina, y una poblacin laboriosa, ilustrada,
que vive en perpetuo abrazo con el cuerpo siempre joven y fecundo de la
Ciencia, y que piensa y estudia para media Europa.

La orilla derecha del Sena es la cortesana de gastada hermosura que se
cubre de afeites y apela a diablicos excitantes para seducir
ruidosamente; la Cleopatra que lleva tras s un tocador inmenso y cifra
su gloria en la fugaz conquista de los ms groseros sentidos; la orilla
izquierda es la hermosura tranquila y natural, la belleza que brilla por
su propia fuerza retirada y oculta como la violeta tras el follaje; la
Margarita de Goethe, que pasa los das inclinada sobre el laborioso
torno, sin pensar que esto puede ajar su belleza y que vive sin darse
cuenta de su valer y sin preguntarse si son ciertos los floreos que la
dirigen.

El Pars de la derecha tiene los ms suntuosos edificios, los templos de
la burocracia, del dinero y del vicio; pero frente al Panthen, que se
levanta majestuoso en la orilla izquierda, elevando hasta las nubes la
gloria de Francia, slo puede presentar el _Folies Bergere_, que, en sus
salones, resume toda la aspiracin, todo el ideal de tal parte de Pars.

El hombre instrudo y serio que no se deja seducir por el falso oropel
del vicio, al atravesar el Pars de la derecha, esplendoroso, retocado y
lleno de mejunjes como una cortesana vieja, siente la tentacin de
gritar, como el dulce poeta Franois Cope:

--Viva la antigua ribera izquierda, en la cual el transente lleva casi
siempre un libro debajo del brazo y un pensamiento o un ensueo en la
mirada!

La orilla derecha tiene en sus majestuosas calles, en sus deslumbrantes
edificios, algo de la atmsfera de la orga. All se agolpa el bandidaje
de frac; el canallesco arte del vividor, elevado a la categora de
ciencia; y precisamente ese Pars es el que seduce y admira al mundo, el
que atrae las miradas de todas las naciones, el que devora a cuantos
viajeros penetran en la gran ciudad por los cuatro puntos cardinales. Es
como el espejuelo giratorio que atrae las alondras de todas partes y en
sus tiendas de lujo, santuarios elevados a la divinidad del dinero, y
que sobrepujan en fasto y majestad a los ms grandiosos templos de
todas las religiones, se agita un confuso cosmopolitismo y all se
codea, el ruso con el brasileo y el rabe con el yanqui.

Ese es el Pars de los cafs, el Pars de los teatrillos desvergonzados,
de las bandadas de _cocottes_, de los _restaurants_ que admiraran a
Garganta; el Pars que dice al mundo entero con acento dictatorial cmo
ha de ser la forma de los sombreros y los trajes, y que en el ltimo
arrebato de su extravagancia ha puesto en moda la _danza del vientre_.

La mayor parte de los viajeros que llegan a Pars desde los ms
apartados rincones del mundo, no pasan nunca del Sena, desconocen por
completo la orilla izquierda, y al volver a su pas, viviendo tal vez en
la opulencia, recuerdan con fruicin la gran ciudad, con su restaurant
en que les envenenaban lentamente, y sus mujeres embadurnadas de
blanquete que adoran por una noche al mejor postor, a tanto la caricia.

La orilla izquierda del Sena, tal vez porque no es frecuentada por esa
horda de viajeros con el bolsillo repleto y el apetito hambriento de
toda clase de pasiones, es lo ms notable que tiene Pars, lo que guarda
mejor el carcter de esa primaca intelectual que distingui a la gran
ciudad en los pasados siglos y aun la distingue hoy.

En esa orilla izquierda, el centro, el corazn, lo ms selecto y
atrayente es el Barrio Latino, nombre que hace palpitar de emocin el
pecho de toda persona que haya visitado la metrpoli francesa con el
deseo de estudiar.

Ese barrio es la representacin del gran Pars antiguo; el Pars que
guarda la Sorbona, antorcha de la ciencia, que disipaba las tinieblas
universales de la Edad Media y atraa a los hombres eminentes de todo el
mundo, los cuales, al abandonar la Universidad madre, volvan a sus
respectivas naciones a difundir los conocimientos que haban adquirido.

Las calles que componen este barrio de Pars son, sin disputa, las ms
importantes del mundo, pues en ellas han vivido y viven los primeros
genios de Francia, junto con hombres eminentes de todas las naciones que
fueron a establecerse en el distrito de la ciencia, empujados por
persecuciones polticas o por el deseo de estudiar.

El viajero ilustrado, al transitar por las calles del Barrio Latino, no
puede impedir el sentirse dominado por espontnea emocin. En los sitios
que le sirven de paseo, en los cafs donde descansa, y tal vez en el
mismo hotel que le alberga, han vivido los grandes hombres, cuyas obras
son el encanto de la generacin presente.

Si todava quedan en las viejas casas del barrio recuerdos de la
juventud de Voltaire y Crebillon, cuando eran pasantes de un curial,
mejor se conserva an la memoria de personajes contemporneos que
asombran al mundo con su gloria, y que en la pobre, pero brillante cuna
del cuartel Latino, nacieron y crecieron. An quedan en l viejos dueos
de hotel o encargados de restaurant, que recuerdan cmo alborotaba
durante el imperio de Napolen III los cafs del barrio con sus
discursos republicanos dichos con voz de trueno, un estudiante tuerto y
de figura atltica, gran perseguidor de caras bonitas, y que llevaba el
nombre entonces desconocido de Len Gambetta; an se conserva fresco en
la memoria de algunos, la imagen de un muchacho tmido y enteco con
melenas merovingias y las manos ocupadas siempre por paquetes de libros,
el cual responda al nombre de Alfonso Daudet; conocido fu tambin en
el boulevard Saint-Michel, principal arteria del Barrio Latino, un tal
Emilio Zola, que era entonces dependiente de una librera; y
remontndose a muchos aos antes, queda memoria de que en un mal fign
inmediato a la Sorbona, coma a franco el cubierto un joven pequeito,
de rada levita cuyos bolsillos estaban atestados de libros y notas y el
cual tena de apellido Thiers.

En ese barrio han llorado y han redo, cuando muchachos, todos los
hombres que estaban destinados a dar a la Francia esa hegemona
intelectual que tiene sobre el resto del mundo; en l han sufrido hambre
y fros, solos y desconocidos, los que despus han ganado millones con
su pluma o han ascendido a la primera magistratura del pas; y en l
tambin han tenido primeros amores los genios a quienes la admiracin
universal ha colocado en la categora de semidioses.

Muchachas del Barrio Latino, pizpiretas, sonrientes, maliciosas como
duendes y aturdidas como chorlitos, eran las Zoraidas y las Ftimas para
quienes escriba sus primeras _Orientales_, all por 1825, un jovenzuelo
melanclico y pobre que se llamaba Vctor Hugo.

Y as como se encuentran en tal barrio los vestigios que han dejado de
su paso hombres eminentsimos, se halla tambin el caf donde luca su
imaginacin inmensa y su fatuidad innata un joven mulato llamado
Alejandro Dumas, que era entonces empleado en la administracin del
Duque de Orlens, y no pensaba todava en escribir novelas; la
cervecera donde Alfredo de Musset recitaba sus escpticas poesas a una
turba de admirados estudiantes, que inocentemente hacan gala de un
cinismo afectado; la taberna donde Enrique Murger, ahumando a todos con
su pipa, predicaba con el ejemplo las dulzuras de aquella vida bohemia
que despus imit la juventud literaria e ilusa de todos los pases; y
la tasca miserable del _to Anteojos_, donde se reunan los principales
ladrones y asesinos de Pars, y a la cual asisti muchas noches Eugenio
Su, con el prncipe heredero de Suecia, disfrazados ambos de granujas;
el uno para estudiar del natural los tipos de _Los misterios de Pars_,
y el otro en busca de sensaciones fuertes.

As como de la orilla izquierda del Sena han salido todos los grandes
hombres de Francia, en ella han vivido los polticos extranjeros en sus
pocas de emigracin, atrados por la vecindad de las mejores
bibliotecas del mundo y de las ctedras, donde dejan or su voz los
sabios que forman en la vanguardia del ejrcito de la ciencia.

El aspecto que presenta el Barrio Latino es el ms propio del lugar
donde tiene su nido la ciencia y la ilustracin.

En cualquiera de sus grandes calles hay ms estatuas que en uno de los
barrios de la orilla derecha, con la diferencia de que estos monumentos
no estn destinados, como los que existen en el resto de Pars, a
inmortalizar guerreros ms o menos heroicos, o polticos mejor o peor
reputados, sino a eternizar la memoria de grandes hombres en ciencia y
literatura, que han infludo notablemente en el progreso humano. Homero,
con la frente arrugada por la contraccin del pensamiento gigantesco,
pulsa su lira de mrmol en el peristilo de la nueva Sorbona; y Dante y
Claudio Bernard, los dos grandes descriptores del infierno y del cuerpo
humano, yerguen su figura de bronce en el centro de un jardincillo a las
puertas del Colegio de Francia. Esteban Dolet, el librero y filsofo del
siglo XVI, eleva al cielo, sobre grandioso pedestal, su frente de
mrtir, en el mismo lugar donde se encendi para consumirle la hoguera
inquisitorial; a corta distancia, Broca, el padre de la antropologa,
aparece con un crneo en la mano, libro infalible, en el que fund toda
su doctrina; y, a pocos pasos, como un inmenso bloque de bronce, fundido
por la tempestad y cincelado por los rayos, remntase en el espacio la
figura del gran Danton, en el momento que su voz de trueno gritaba a la
Francia amenazada por toda la Europa monrquica:--Audacia, audacia,
siempre audacia, y salvaremos la Repblica.

En el Luxemburgo, a la fresca sombra de rboles seculares, alneanse
innumerables filas de estatuas de mrmol, y el gran pintor Delacroix,
al susurro de los surtidores de artstica fuente, muestra al porvenir su
rostro de bronce, aplaudido por Apolo y sintiendo cerca de su frente los
laureles con que va a coronarle la Fama, levantada por los brazos del
Tiempo.

En el Barrio Latino aglpanse todos los clebres establecimientos de
enseanza, a los que no slo acude la juventud francesa, sino los
estudiantes de todas las naciones. La Sorbona es el centro; y a mayor o
menor distancia de ella, lzanse los suntuosos edificios de las Escuelas
de Derecho, Medicina, Ingeniera, Qumica, Politcnica, Bellas Artes, y,
adems, la Biblioteca de Santa Genoveva, soberbio palacio atestado de
miles de libros escritos en todos los idiomas.

Como si Francia concediera al barrio que ha sido el _alma mater_ de su
ciencia el honroso encargo de velar el eterno sueo de sus hijos
ilustres, en el centro de l, sobre el lugar ms eminente, hundiendo sus
cimientos en la antigua colina de Santa Genoveva, lzase el Panthen, en
cuyo frontispicio, cincelado por David D'Angers, brilla en letras de oro
el reconocimiento de la patria, y cuya gigantesca cpula, apoyndose en
area columnata, escala el cielo hasta hundir en las nubes su cruz, en
torno de la cual revolotean las aves, reinas del espacio. En lo profundo
de este grandioso edificio, que, con la monotona colosal de sus paredes
de sillares no rasgadas por ventana alguna, y su ambiente misterioso,
recuerda las faranicas pirmides, duermen envueltos en la obscuridad de
la sepulcral cripta Voltaire y Rousseau, campeones de la libertad
terica, junto a los paladines de la Repblica Marceau y Latour
d'Auvergne, que dieron su sangre por implantar las doctrinas de
aqullos; y encerrado en su fretro de metal cuajado de estrellas, bajo
un monte de flores y laureles, descansa Vctor Hugo, quien, como si
adivinara el sitio donde sus huesos iran a reposar, al escribir su Oda
a los muertos en la revolucin de julio, dedicaba a ese mismo Panthen
una estrofa grandiosa:

    _Para estas caras sombras lanza y sube_
        _Hasta la parda nube_
    _El Panthen su columnata bella,_
    _Y cada da al asomar la aurora,_
        _Nuevamente la dora_
    _Y el gran Pars cornase con ella!_

En el lugar ms visible del Barrio Latino, a la orilla del boulevard San
Miguel, lzase, entre ruinosas arcadas mordidas por la dentellada del
tiempo y bvedas que se sostienen milagrosamente, el Museo de Cluny,
viviente recuerdo de aquel Pars que se llamaba Lutecia en remotos
siglos, y que comenz como edificio por servir de Thermas y palacio a
Juliano el apstata.

Todas las pocas han venido a depositar su gusto artstico, sus
caprichos arquitectnicos en este edificio de corte extrao y original.
Los slidos muros de argamasa romana, agujereados por esbeltas ojivas
gticas de afiligranados remates, vstense con lpidas de inscripciones
en idiomas casi desconocidos, o se erizan lanzando en el espacio
gesticulantes gimios o mascarones de piedra, tan horribles y epilpticos
como los podan concebir las extraviadas imaginaciones de los artistas
de la Edad Media; y los tonos sombros y negruzcos del viejo edificio
algranse y cobran un agradable claroscuro con las verdes culebras de
hiedra, que, enroscndose a los salientes, suben hasta lo ms alto de
almenas y torrecillas. En el interior del histrico edificio aglpase la
historia de la humanidad descrita por los mismos productos de los
pueblos. All figura desde el hacha de piedra de los tiempos
prehistricos hasta el sutil espadn del pasado siglo; lo mismo el
extravagante zapato de la castellana medivica, que el microscpico
chapn de la _incroyable_; en una misma estancia amontnanse armaduras
de todos los tiempos, trajes de todas las pocas y carruajes de todas
las formas, desde el trineo del esquimal, a las casas con ruedas que
llamaban carrozas; y slo algunos metros separan el yatagn del
sarraceno del lecho del rey gtico; la frrea corona del duque feudal,
de la diadema de un emperador romano; y un primoroso cincelado de
Benvenuto Cellini, del frreo cinturn de castidad que el seor feudal
cerraba sobre las caderas de su esposa antes de partir a las guerras de
las Cruzadas.

El jardn que rodea al edificio es tan notable por su carcter romntico
que podra servir de decoracin para el cuadro fantstico de _Roberto il
Diabolo_.

Entre los altos rboles lzanse fragmentos de arcadas gticas y speras
piedras sepulcrales, con borrosas inscripciones; estatuas de obispos
lacios consumidos, en actitud de bendecir; grifos quimricos y bustos
griegos, todo ello rodo por los dientes del tiempo, gastado por los
vientos y las lluvias, devorado por las plantas trepadoras que se
empean en encerrarlo en un estuche de hojas, pero en pie, a pesar de
tales enemigos, y pareciendo entonar, en nombre de los siglos pasados,
un himno mudo de interminable protesta contra los faros de luz elctrica
que por la noche envan sus rayos desde el vecino boulevard; contra el
vapor que brama en los barcos del cercano Sena, y contra el Gobierno,
que les hace permanecer en una gran ciudad moderna, al lado de una
calle populosa, y en un jardn donde muchas veces sirven de ridcula
diversin a imbciles y a nios.

Este jardn guarda todo un mundo de recuerdos. En l fu proclamado
Juliano el apstata emperador de los romanos por los legionarios de las
Galias, y a la sombra de sus rboles pase en otro tiempo un monje
alemn llamado Hildebrando, que despus deba tomar el nombre de
Gregorio VII, para asombrar al mundo con su audaz tentativa de monarqua
universal en favor del Papado; y este escenario de tantas grandezas y
tan gigantescas y prematuras ambiciones, oh poder del tiempo!, hoy slo
se ve frecuentado por unas cuantas viejas, que, sentadas en los verdes
bancos, hacen calceta, hablando de los tiempos en que ellas eran jvenes
y haba reyes en Francia, o por turbas de chiquillos que se meten en la
hierba, para contemplar de cerca, y con cierto temor, el dragn de
piedra que tiene eternamente abiertas sus amenazantes fauces, o hacerle
muecas a la estatua de algn preste barbudo, que envuelto en su capa
pluvial mira al cielo desesperadamente con sus huecos ojos.

Tan notable y original como el Barrio Latino resultan sus habitantes. Es
el nico punto de Pars donde, en el tropel de los transentes, se puede
ver una cara dos veces en un mismo da, pues su poblacin est alejada
del contacto de los grandes boulevares y no se mezcla en ella ese
incesante torrente de gente que Europa entera hace desfilar por las
grandes arterias del Pars lujoso.

En las calles del Barrio Latino se ven siempre los mismos rostros e
idnticos tipos a causa de que tiene una poblacin propia que no se
renueva ms que muy de tarde en tarde.

Los estudiantes, que constituyen su vecindario, guardan an cierto
espritu de clase y se agrupan para hacer la vida en comn, y resistirse
contra la tendencia igualitaria que reina en la sociedad presente y que
destruye todas las asociaciones tradicionales.

En Pars, como en Alemania e Inglaterra, la clase escolar se resiste al
nivelador rasero de los tiempos presentes, y si no conserva todas sus
costumbres antiguas goza an de existencia especial que la distingue.
Alemania tiene sus masoneras escolares, con sus grotescas y muchas
veces terribles ceremonias; Inglaterra conserva sus Universidades
rurales de Oxford y Cambridge, con sus eternas y originales luchas, y
Francia posee el Barrio Latino, con sus costumbres extravagantes y su
aspecto cosmopolita.

El distrito parisin que tiene por corazn la Sorbona es en realidad
una aglomeracin de representantes de todos los pueblos. En sus calles
suenan las voces de todos los idiomas conocidos, pues a ms de una
verdadera nube de estudiantes negros, americanos y rusos, los hay
chinos, japoneses, egipcios y rabes.

En el reducido espacio de un caf del Barrio Latino, suenan confundidos
los ms raros y difciles idiomas. En cada mesilla se habla una lengua
diferente y muchas veces estudiantes de la misma nacin se separan para
charlar en el dialecto de su provincia.

La misma confusin que reina en el Barrio Latino, en cuanto a idiomas,
impera tambin en cuestin de trajes. El centro de la orilla izquierda
del Sena vive en perpetuo carnaval, y de seguro que los vestidos que
all pasan sin extraeza provocaran una carcajada al exhibirse en la
orilla opuesta.

Confundidos con los alumnos de la escuela de Derecho o de la de
Ingenieros, que van siempre correctamente vestidos con arreglo a la
ltima novedad, lo que les vale cierto desprecio de los otros
compaeros, pululan los estudiantes de Medicina, con sus descomunales
boinas de terciopelo negro o sus chisteras de alas planas, que sirven de
coronamiento a unas hirsutas melenas que siempre rebasan los hombros;
los cursantes de Bellas Artes, imitando en sus trajes las modas de
pasadas pocas, con su capa espaola o italiana y un chambergo romntico
que pide a voces una tiesa pluma de gallo; las estudiantas, en su
mayora procedentes de Rusia, feas como muchachos, con el pelo cortado,
sucias gafas sobre la chata nariz y por toda indumentaria un largo
pardes, una gorra de astracn y una descomunal cartera de cuero para
meter los libros y papeles; y los alumnos de la escuela Politcnica, con
su vistoso uniforme negro y dorado, su airoso sombrero de picos, su
ferreruelo impermeable y su espada rabitiesa, atalaje que visto de
lejos, les da el aspecto de pjaros exticos.

Singular vida la de los estudiantes de Pars. Entre ellos es rara la
desaplicacin, y son muy contados los que pierden los cursos; pero a
pesar de esto, se les ve de continuo en las calles con una muchacha del
brazo, alborotando como energmenos, o dedicndose a ejercicios de
fuerza o de destreza.

Como aquella juventud espaola de los pasados siglos que se agrupaba en
las aulas de la inmortal Universidad de Salamanca, y que se hizo clebre
por su carcter bullicioso y audaz, la juventud escolar francesa es
enrgica y aventurera; animada por su notable robustez ama la esgrima y
la gimnasia, y en sus clubs de recreo, se fortalece los brazos
levantando pesos enormes, o pasa horas enteras tirando a la espada y
contndose los botones a estocadas, cual aquellos licenciados de
Salamanca de que hablaba Cervantes.

El Barrio Latino, a principios de siglo, cuando sus principales vas
eran mseras callejuelas, cometa tan estupendas extravagancias, que
forzosamente la polica haba de intervenir en ellas; hoy no conserva
del pasado tormentoso, ms que una orga anual, que consiste en el baile
que dan a sus compaeros los estudiantes que terminan su carrera.

Confundidos con esa poblacin joven, bulliciosa e ilustrada, que es el
porvenir de la Francia, figuran los hombres graves del barrio, los
escritores que viven en l, y los catedrticos, graves, melenudos y
distrados como el clebre doctor Miravel, que salen por la maana de la
Sorbona o del Colegio de Francia despus de haber explicado su leccin,
puestos de frac y corbata blanca, traje oficial de los profesores
franceses, y marchan por la calle tan abstrados con la lectura de una
revista cientfica, que se meten en el arroyo o estn prximos a ser
aplastados por un carruaje.

La orilla izquierda del Sena tiene tal atractivo para la juventud
estudiosa y al mismo tiempo alegre, que sta vive siempre encerrada en
los lmites del Barrio Latino, bastndose a s misma, y encontrando
vulgar y burgus, como ella dice en su jerga, todo lo que ocurre en la
orilla opuesta.

Como dice Julio Simn, el estudiante del Barrio Latino, slo cuando se
siente empujado de esa fiebre por lo desconocido que acomete a los ms
heroicos viajeros, es cuando se atreve a pasar el Sena, y as y todo, a
costa de un esfuerzo supremo, llega hasta la calle de Rvoli.

El escolar que esto hace es un Stanley que pronto se arrepiente de su
heroicidad, y fastidiado por el Pars comercial y elegante de la ribera
derecha, vuelve a su querido Barrio Latino en el que no hay fbricas
ruidosas, sino silenciosas bibliotecas; en el que la amistad y el
compaerismo son algo ms que palabras, en el que las mujeres se
entregan por amor, y pudiendo hacer fortuna a la otra parte del ro,
prefieren compartir el msero cuarto y la menguada comida con el
estudiante que habla de cosas que ellas no entienden y que en un rapto
de locura amorosa, no contentos con dar su juventud vigorosa e
incansable, llega a regalarlas un ramo de violetas de a cinco cntimos.

A este distrito de Pars, al clebre Barrio Latino, fu a establecerse
Juanito Zarzoso, apenas lleg a la gran metrpoli.




II

El primer amigo.


Alquil el joven mdico un cuarto en el segundo piso de un hotel de
estudiantes de la plaza del Panthen.

Conoca, por referencias de algunos de sus condiscpulos de Madrid, la
vida del estudiante parisin en el Barrio Latino. Se abon por meses en
un restaurant de los ms concurridos, adonde acudan las notabilidades
del porvenir a nutrirse con elementos tan problemticos que, segn
afirmaban los estudiantes, las chuletas eran de caballo enfermo y las
tortillas se componan de los ms absurdos ingredientes.

El doctor Zarzoso, que era esplndido por carcter, y ms an tratndose
de su sobrino, no quera que ste hiciese en Pars una vida miserable, y
le haba dado letra abierta para el banquero a quien iba recomendado;
pero el muchacho, acostumbrado a una existencia modesta y con poca
aficin al lujo y los placeres, no pensaba abusar de la magnanimidad de
su to, y se propona seguir las costumbres de un estudiante pobre.

Al da siguiente de su llegada, se apresur a presentarse a los clebres
profesores a quienes iba recomendado y que le recibieron muy bien, e
inmediatamente entr como alumno en aquellas famosas clnicas de las que
salen los ms portentosos descubrimientos de la ciencia mdica.

Zarzoso oy con profundo respeto, como si se hallase en presencia de
seres sobrenaturales, las profundas observaciones de Charcot y las
elocuentes explicaciones de Tillot en el anfiteatro de la Escuela de
Medicina; asisti con fruicin sin lmites a las operaciones de Pean y
del modesto Championet, y estos espectculos cientficos, reavivando su
amor a la ciencia, le hicieron entregarse de nuevo en cuerpo y alma al
estudio.

Esto le hizo experimentar un gran consuelo. El panorama grandioso que
desarrolla Pars a los ojos del viajero que le visita por primera vez,
slo lleg a distraer a Zarzoso por muy pocos das.

As que se desvaneci la primera impresin de sorpresa, el recuerdo de
Mara, de aquella mujer adorada de la que ahora estaba separado por
tantas leguas de distancia, volvi a obsesionarle, ocupando por completo
su imaginacin.

No poda admirar cualquiera de las cosas sorprendentes que encierra la
gran ciudad, sin que al momento dejase de ocurrrsele la misma idea:

--Oh, si se hallase aqu Mara! Cmo se alegrara de ver esto!

Por otra parte, causbale cruel martirio el ver continuamente en el
Barrio Latino amorosas parejas que, acaricindose con sus miradas casi
tanto como con sus palabras, iban por las aceras cogidas del brazo
haciendo descarado alarde de su juventud y su dicha. Pocos eran los
estudiantes que no tenan por compaera una cabeza picaresca coronada de
cabellos rubios.

Este continuo alarde de amor en las calles, esta felicidad juvenil que
no caba en las estudiantiles buhardillas y se esparca por las aceras,
irritaba a Zarzoso al par que le haca sentir amarga envidia.

La soledad en que viva agravaba an ms su situacin. Nunca se haba
agitado en un vaco tan absoluto. Primero con su madre, despus con su
to, siempre haba vivido en familia; y ahora, al encerrarse en su
cuarto y pasar la noche completamente slo, al pasear por las calles sin
encontrar una cara amiga, parecale que le haban arrancado de la
tierra, donde tena sus afecciones, para arrojarle en un mundo
desconocido y extrao.

En las clnicas, donde asista diariamente, habase formado amistades
con otros mdicos extranjeros que estaban en Pars para estudiar una
especialidad; pero estas relaciones no tenan otro carcter que el de
compaerismo, y Zarzoso no quera intimar con aquellos hombres austeros,
dedicados de lleno a la ciencia, y en los que no adivinaba afecto
alguno.

El primer mes de estancia en Pars, lo pas Zarzoso en la ms absurda
soledad. Por las maanas asista a las clnicas; por las tardes, despus
del almuerzo, paseaba por el Luxemburgo, el gran pulmn del barrio
Latino, o visitaba los Museos; y la noche pasbala en su cuarto, si es
que no se senta con fuerzas para atravesar los puentes y entrar en un
gran teatro.

Detestaba los cafs ruidosos del boulevard Saint-Michel con sus
orquestas ratoneras y sus pendencias de estudiantes, y se aburra en el
tempestuoso baile de Bullier, donde sola ver a alguno de sus compaeros
valsando con la misma muchacha a la que meses antes haba hecho el
diagnstico en el hospital.

Su nico placer en tal poca de aislamiento era escribir a Mara, y
permaneca horas enteras trazando largas cartas, en las que amontonaba
las exclamaciones propias de una pasin excitada por la ausencia y la
distancia.

En aquella vida de aislamiento y de continua monotona que obligaba al
joven a refugiarse en el estudio como nico medio de olvido, tambin
experimentaba inquietudes y alegras producidas por las cartas de Mara,
que doa Esperanza se encargaba de remitirle desde Madrid.

Bastaba que se retrasase unos cuantos das la contestacin de la joven a
cualquiera de sus cartas para que inmediatamente Zarzoso se mostrase
inquieto, y una triste y continua preocupacin le embargase aun en los
momentos que dedicaba al estudio.

Su imaginacin, alarmada por tal silencio, volaba hasta Madrid,
forjndose las ms absurdas suposiciones; en la clnica se distraa y
cometa torpezas, inexplicables en un alumno de tan reconocida
aplicacin, y se mostraba meditabundo y como obsesionado por aquella
carta que tanto esperaba sin llegar nunca.

Todo lo ms extrao, novelesco y excepcional que pueda existir en el
mundo, lo imaginaba Zarzoso, antes que pensar en explicarse la tardanza
por una circunstancia tan sencilla como era la de no haber podido Mara
entregar su carta a la viuda de Lpez, a causa de la vigilancia de su
ta.

Por las noches, cuando el joven mdico se retiraba a su casa, pensando
en la posibilidad de encontrar en ella la ansiada carta, andaba
lentamente, como si temiese llegar demasiado pronto y que una cruel
desilusin viniera a desvanecer la vaga esperanza que le alentaba.

Con tardo paso, como si quisiera prolongar aquella dulce ilusin, suba
Zarzoso la ancha calle de Soufflot, y al entrar en la plaza del
Panthen, iba a detenerse al pie de la estatua de Juan Jacobo, donde
permaneca algunos minutos calculando mentalmente y por centsima vez,
en aquel da, el tiempo que haba transcurrido desde que Mara recibi
su ltima carta, y lo extrao que resultaba el que no le hubiese
contestado.

Por fin, en un rapto de heroica resolucin, se decida a entrar en el
hotel y temblando de incertidumbre acercbase al casillero de madera que
haba en la portera, donde colgaban las llaves de los diferentes
cuartos y dejaba el conserje la correspondencia de cada husped. Si
Zarzoso contemplaba negra y vaca la casilla marcada con el nmero de su
cuarto inclinaba la cabeza con desaliento, y encendiendo su buja en el
mechero de gas, suba la escalera con la resignacin del reo a quien
llevan al cadalso, y en toda la noche lograba conciliar el sueo; pero
si vea blanquear la esperada carta junto a la colgante llave,
experimentaba un sacudimiento de pies a cabeza, salvaba los peldaos con
loca precipitacin, y all arriba, en la soledad de su cuarto, gozaba
una felicidad sin lmites, leyendo y releyendo la anhelada carta. Todas
las sospechas y las suposiciones trgicas que le haban estado agitando
durante algunos das, desvanecanse inmediatamente a la vista de aquella
letrita angulosa y elegante que evocaba en su imaginacin el recuerdo de
los finos dedos y los graciosos hoyuelos de la mano que la haba
trazado; y cuando se cansaba de leer besaba con pasin aquellos perodos
ms apasionados de la carta, y al dormirse, estrujaba an amorosamente
entre sus manos el papel que de tan lejos le traa la felicidad, y en el
que perciba el mismo perfume que le haba acariciado cuando se hallaba
cerca de la mujer amada.

De este modo transcurri para Zarzoso el primer mes de su estancia en
Pars; siempre solo, unas veces agitado por la duda y la incertidumbre,
otras posedo por una vaga felicidad, y siempre con el pensamiento fijo
en Madrid, donde se hallaba aquella mujer, cuyo recuerdo le haca
encontrar horribles a todas las muchachas parisienses que encontraba a
su paso.

El joven mdico entraba y sala como un autmata en su restaurant del
boulevard Saint-Michel, sin fijarse en ninguno de aquellos rostros
alegres y vivarachos que se le aparecan en la nube formada por el vaho
de los calientes platos y el humo de las pipas.

Coma el joven espaol con silencioso recogimiento, con la cabeza baja,
sin fijarse en nada de lo que ocurra a su alrededor. Fastidibanle los
desplantes graciosos de muchos de los parroquianos; entristecale el
aspecto de todas aquellas muchachuelas de cabello rubio, que solas o
acompaadas coman apresuradamente para comenzar cuanto antes su noche
de aventuras; y senta una sorda irritacin contra las risotadas
brutales y los cnicos chistes que se cruzaban de una a otra mesa.

Zarzoso era para todas las gentes que se vean diariamente en aquel
lugar casi a la misma hora un parroquiano insignificante, que al entrar
y al salir les arrancaba un ceremonioso saludo; y nicamente le mereca
cierta estimacin cariosa a la gruesa seora encargada del mostrador,
la cual simpatizaba con el joven espaol por su seriedad y buen porte.

Una tarde, a la hora de la comida, Zarzoso tuvo un encuentro en dicho
restaurant. Ocup al entrar una pequea mesa que vi desierta, y cuando
acababa de comer su sopa, entr otro joven, que vino a sentarse frente a
l y que le salud con un desenfadado movimiento de cabeza.

Zarzoso contest framente al saludo y como al mismo tiempo estallase un
concierto de chillidos al extremo del comedor en una gran mesa ocupada
por varias parejas de las ms revoltosas del barrio, el recin venido
volvi la cabeza, y con sorpresa para Zarzoso, murmur en espaol, con
acentuacin muy marcada:

--Redios! Cmo escandalizan esos marranos!

Era un compatriota, y esta circunstancia hizo que Zarzoso, siempre tan
retrado y ensimismado, fijase en l la atencin con curiosidad, y lo
encontrara muy simptico desde el primer momento.

Aparentaba tener la misma edad que el joven mdico, y era robusto y
sonrosado como un tudesco, luciendo en su rostro una barba muy espesa y
peinada melodramticamente, que se le coma ms de la mitad de la cara.
Su cabeza greuda y cierto desalio en el vestir, delataban el afectado
empeo de adquirir un aspecto terrorfico y siniestro, que era
contradecido inmediatamente por la expresin atrayente de sus miradas
dulces y cndidas. Adivinbase en l al buen muchacho de simptico
carcter, sencillos sentimientos y entusiasmos ruidosos, empeado en
falsificarse, fingindose peligroso y terrible. Era, en una palabra, uno
de esos ilusos, agitados por el amor al renombre, y capaces de
arrancarse la existencia con tal de llamar la atencin. Su levita rada,
brillante por los codos, y con el galn deshilachado, formaba un rudo
contraste con un gran chambergo blanco que se echaba sobre las cejas,
adquiriendo con esto el aire de uno de esos terribles dinamiteros que
tanto pasto dan a la caricatura.

Sin fijarse gran cosa en la curiosidad que su presencia haba despertado
en el compaero de mesa, comenz a examinar la carta del restaurant
frunciendo el ceo y murmurando con enfado:

--Siempre dan los mismos platos. Esta cocina es insufrible. Me...

Y acompa sus quejas con una serie de votos y blasfemias que soltaba
con la mayor facilidad, como si la costumbre no le permitiese apreciar
el valor de las palabras.

Zarzoso se senta atrado por aquel individuo que le resultaba original
en extremo, y sin proponrselo, como si una fuerza oculta le impulsara,
le dirigi la palabra en castellano.

--Es usted espaol?

El interrogado levant con viveza la frente, y un flujo de palabras
desbordse ante aquella pregunta. Vaya si era espaol!, y, por
aadidura, cataln, de la misma Barcelona; y despus de decir su nombre,
que era el de Jos Agramunt, comenz con el mayor desenfado a moler a
preguntas a su interlocutor, enterndose a los pocos minutos de quin
era, cmo le llamaban, dnde haba nacido, a qu familia perteneca y
qu era lo que iba a hacer en Pars.

El cataln, animado por aquel encuentro que pareca encantarle, dejaba
suelta su locuacidad a toda prueba.

Mientras el camarero le iba sirviendo, l preguntaba a Zarzoso, y cuando
se crey ya bien enterado de quin era, entonces comenz a hablar de s
mismo con un descuido tal, con una franqueza tan absoluta que al mismo
tiempo que le haca simptico pona toda su existencia de cuerpo
presente.

Era hijo de un fabricante arruinado de Sabadell; hurfano desde su
infancia, haba estado al cuidado de unos tos que ejercan una pequea
industria en Barcelona. A causa de su precoz inteligencia, de su
vivacidad de carcter y de aquella audacia infortunada que haba
adquirido de su difunto padre, en vez de ser dedicado al comercio, sus
parientes le hicieron entrar en la Universidad, donde curs la carrera
de Leyes, adquiriendo el ttulo de abogado; un papelote, segn l deca,
que para nada poda servirle.

Odiaba a la Monarqua como puede odiarla un muchacho que se dorma todas
las noches teniendo a la cabecera de la cama los libros ms populares
sobre la revolucin francesa; soaba en la grandeza de los hroes
republicanos y en su sublime austeridad, como apasionado lector de _Los
Girondinos_, de Lamartine, y saba de memoria cuantos apstrofes
elocuentes y perodos de oratoria tempestuosa se haban pronunciado en
la Convencin. Para l Danton era el primer hombre del mundo, y al
tratar de la poltica espaola crea que Ruiz Zorrilla era el llamado a
representar idntico papel en nuestra patria.

Haba sido periodista en Catalua; orador de plantilla en cuantas
manifestaciones republicanas se organizaban; peatn encargado de dar
recados insignificantes en varias conspiraciones fracasadas; y tanto
empeo puso en el ejercicio de estos cargos, que hacindose sospechoso
unas veces a la polica y procesado otras muchas, a causa de las
embestidas de su entusiasmo, que no respetaba cosa alguna y lo mismo
atacaba en un mitin a la persona del rey que en un artculo se burlaba
graciosamente de la Santsima Trinidad, lleg a excitar tantas iras con
su conducta y a atraerse tan enconada persecucin, que, al fin, para no
ingresar en presidio, tuvo que pasar _de ocultis_ la frontera,
establecindose en Pars, donde estaba a las rdenes del que l llamaba
siempre don Manuel, o el _hombre_, con una expresin de familiaridad
respetuosa y admirativa.

Zarzoso escuchaba con mucho agrado la interminable relacin de aquel
locuaz compatriota, y lo encontraba cada vez ms simptico.

Aquel fanatismo poltico rudamente intransigente que demostraba; aquella
fe en el xito de la revolucin y en el dolo a quien segua, hacale
gracia el joven mdico, quien, por otra parte, senta hacia el nuevo
amigo la atraccin que produce la comunidad de doctrinas.

--Usted tambin ser republicano?--deca sonriendo el simptico
cataln.

Zarzoso haca signos afirmativos.

--Indudablemente tambin querr poco a los curas, o, de lo contrario, no
sera sobrino del eminente doctor Zarzoso.

El mdico volva a contestar afirmativamente, y el joven revolucionario
segua preguntando:

--Y no ha sido usted republicano militante?

--Oh! no, seor--contest con modestia Zarzoso--. Yo hasta ahora slo
me he dedicado a la ciencia, y no he tenido tiempo para meterme en
belenes polticos.

--Eso es cuestin de carcter--declar Agramunt con expresin
doctoral--. El ser revolucionario est en la masa de la sangre.

Y con un salto inesperado e incoherente propio de una imaginacin
sobradamente viva, el joven cataln pas de repente a hablar de su vida
en Pars. Viva en un sucio hotel de la calle de las Escuelas, en el
ltimo piso, y no contaba con otros medios de subsistencia que el
producto de ciertas crnicas de Pars que enviaba a los principales
peridicos de Catalua, y el jornal de tres francos que le daban en una
gran casa editorial por traducir, en compaa de otros espaoles
emigrados, un gran diccionario enciclopdico destinado a las naciones de
la Amrica latina.

En la actualidad viva contento y satisfecho, y nicamente amargaba la
existencia lo mucho que don Manuel tardaba en hacer la revolucin, y las
innumerables porqueras que se cometan era el hotel de la calle de las
Escuelas.

Zarzoso sonrea encantado, al escuchar la relacin que haca el joven
emigrado de las angustias e irritaciones que todas las noches haba de
sufrir en su casa. Era aqul un hotel de mala fama, una hospedera
sospechosa, un edificio de entrada lbrega y disimulada, que, por esto
mismo, era el escenario de todos los _rendez-vous_ que se daban en el
barrio las personas que por su posicin tenan inters en ocultar sus
amoros.

Eran muchos los vecinos de la casa que no vivan solos; las paredes
parecan de papel, segn la facilidad con que dejaban pasar los ruidos,
y Agramunt no poda dormir por las noches ni escribir de da, pues le
distraan de un modo horrible todos aquellos roces sospechosos.

--Le aseguro a usted, paisano--deca a Zarzoso--, que aquello es el
acabse. Las paredes son horriblemente indiscretas y dicen todo cuanto
presencian; las camas chillan y crujen como una locomotora vieja a la
que se hace andar demasiado aprisa; en fin, que aquello es un burdel;
que ya me voy cansando de tales serenatas, y que el mejor da agarro mi
busto de la Repblica y me mudo de casa.

Y el muchacho daba otro salto en su conversacin y se pona a describir,
con caluroso entusiasmo, el tesoro que posea, consistente en un busto
de la Repblica hecho en yeso, que haba comprado por tres francos a un
saboyano que colocaba su museo barato sobre el pretil del puente del
Chatelet.

Aquel busto tena una historia bastante accidentada, pues le haba
ocasionado al joven ms de un disgusto. Por l haba reido con una
muchacha del barrio, que iba a hacerle compaa por las tardes mientras
escriba, y que, furibunda realista como la mayor parte de las seoritas
de vida aventurera, tena la costumbre de colocar su sombrero de
vistosas flores sobre el gorro simblico de la severa matrona, desacato
que la rigidez republicana del joven no poda consentir.

Y Zarzoso segua riendo, al decirle Agramunt que era ya popular en casi
todos los hoteles baratos del barrio a causa de que cada dos meses
mudaba de habitacin, y al hacer el traslado dejaba que el mozo de
cuerda se encargase del equipaje, presentndose l despus, abrazando
amorosamente el busto, con el mismo cuidado de un sacerdote que no
quiere dejar la sagrada imagen confiada a manos sacrlegas.

Agramunt enterbase de las condiciones del hotel de la plaza del
Panthen, que habitaba Zarzoso; preguntaba si el servicio era bueno; si
el garzn charolaba bien las botas que se dejaban por la noche a las
puertas de los cuartos, y comenzaba ya a sentir la comezn de la
novedad, que le obligaba cada dos meses a mudar de casa.

--Nada, paisano; que cualquier da le doy una sorpresa mudndome a su
casa. Estoy ya harto de las cochinadas de mi hotel.

Zarzoso no experimentaba ninguna sorpresa con la familiaridad insinuante
de aquel joven que an no haca media hora le haba conocido y ya
hablaba de irse a vivir con l. Haba algo en su persona que inspiraba
completa confianza, y por otra parte su buen humor, su natural
franqueza, le recomendaban como a un buen compaero.

Terminaron la comida los dos jvenes con tanta familiaridad y confianza
como si se hubiesen conocido toda la vida. Zarzoso comprenda que al
lado de aquel nuevo amigo no podra experimentar las largas horas de
cruel nostalgia, de las que era la principal causa la absoluta soledad
en que viva, y tal satisfaccin experimentaba por el hallazgo de este
compaero, que en vez de retirarse inmediatamente a casa, como lo haca
siempre, le propuso acabar la noche en el teatro.

Agramunt acept con verdadero entusiasmo; pero con una desenvoltura
adorable puso la condicin de que fuese Zarzoso quien pagase, pues l se
hallaba en aquellos das en las ltimas, esperando que llegara el primer
da del prximo mes para cobrar en la casa editorial.

Por exigencias de l, la noche se pas en la Opera Cmica, nico teatro
que, con la Grande Opera, mereca la aprobacin de Agramunt, furibundo
filarmnico como buen cataln, y muy versado, segn l mismo afirmaba
inmodestamente, en toda clase de asuntos musicales.

De sus aficiones artsticas podan hablar, mejor que nadie, los
habitantes de su hotel, pues continuamente les aturda los odos
cantando a toda voz los motivos ms principales de todas las peras
conocidas.

A la salida del teatro, Agramunt se empe en acompaar a su nuevo amigo
hasta la puerto de su casa, y a la una de la madrugada an estaban los
dos jvenes a un extremo de la desierta plaza del Panthen al pie de la
estatua de Juan Jacobo, hablando con entusiasmo y cambiando con la mayor
facilidad de tema en su conversacin.

Aquel mes de aislamiento y de continua soledad en que haba vivido
Zarzoso pareca haber amontonado en su interior un inmenso caudal de
palabras, que ahora salan atropelladamente de sus labios, compitiendo
en locuacidad con el verboso Agramunt.

Los dos jvenes, posedos de una confianza sin lmites, se tuteaban ya,
y al despedirse Agramunt lanz una mirada escudriadora al silencioso
hotel, cuyas cerradas ventanas alumbraban los grandes reverberos de la
plaza.

--Chico, no tiene mal aspecto tu casa! Hay en ella cuartos baratos?
Me dejaran estar en el ltimo piso por veinte francos al mes?... S?,
pues me parece que maana mismo te doy una sorpresa.

Y, efectivamente, al da siguiente, cerrada ya la noche, cuando Zarzoso
bajaba la escalera dirigindose al restaurant, tuvo que apartarse para
dejar franco el paso a un mozo de cuerda, cargado con un enorme cofre.

Detrs vi aparecer la greuda cabeza de Agramunt, quien en una mano
llevaba su tesoro, su sagrado busto de la Repblica, y en la otra un
quinqu encendido. A la luz de ste haba hecho todos los preparativos
de mudanza en la calle de las Escuelas, y por no tomarse el trabajo de
apagarlo, lo haba llevado encendido por todo el boulevard Saint-Michel,
sin producir movimiento alguno de extraeza en aquella poblacin de
muchachuelas y estudiantes habituada a las ms estupendas
extravagancias.




III

La vejez del revolucionario.


Los dos jvenes espaoles vivan en el hotel del Panthen, con la ms
amigable familiaridad.

Agramunt se mostraba encantado por la mudanza, tachndose a s mismo de
estpido por no habrsele ocurrido hasta entonces trasladarse a una
plaza donde, segn l deca, se gozaba el honor de tener tan ilustres
vecinos.

Todas las maanas, al levantarse, abra su ventana del ltimo piso, y
mirando la inmensa mole del Panthen, que extenda su cruz de ciclpeos
muros en el centro de la gigantesca plaza, saludbala moviendo sus
manos, y como si le pudieran or en el fondo de la cripta del monumento,
gritaba:

--Buenos das, Voltaire!

Otras veces el saludado era Rousseau, o cualquiera de los dems hombres
ilustres, que tenan sus huesos en las entraas del grandioso monumento.

El hotel estaba algo movido por la aparicin de aquel nuevo husped, que
en pocos das se haba hecho amigo de todos los jvenes que en l
vivan, y que eran estudiantes procedentes de los ms distintos pases.
No haba en la casa un solo husped francs; en cambio sus cuartos eran
un viviente cosmopolitismo, pues se albergaban en ellos lo mismo griegos
que yanquis, e ingleses que rabes.

En la tablilla indicadora de los vecinos, que figuraba en la portera,
veanse confundidos los nombres ms extravagantes, los apellidos ms
impronunciables, y en los pasillos sonaba tal confusin de lenguas
extraas, que, segn afirmaba Agramunt, aquella casa era una verdadera
pajarera.

A pesar de esta confusin de lenguas, con todos se entenda l y
entablaba largas conversaciones, valindose del francs que conoca muy
a fondo, pero que destrozaba al hablar, con su pronunciacin marcada,
que haca sufrir igual suerte al castellano.

Cuando l se levantaba por las maanas Zarzoso ya haba marchado a la
clnica, y para pasar el tiempo, si es que no tena que hacer algn
trabajo urgente para su editor, canturreaba sus fragmentos de pera
favoritos por los pasillos del hotel o entraba en el cuarto de alguno de
sus nuevos amigotes, para preguntar a un griego o a un rumano si en su
pas haba muchos republicanos y enterarse del carcter que all tena
la Prensa.

Bromeaba campechanamente con los garzones del hotel, llevndolos en sus
das de opulencia a la taberna vecina para tomar la absenta, o sala a
dar una vuelta por el bulevar hasta la hora del almuerzo, en que se
reuna con Zarzoso, el cual, segn la expresin del periodista, entraba
en el restaurar oliendo todava al cido fnico de la clnica.

Por las tardes iban los dos amigos al caf de Cluny, que era el
establecimiento que gozaba en el barrio de mayor fama de seriedad, por
no permitirse en l la entrada a las alegres muchachuelas que pululaban
por el vecino bulevar.

Zarzoso vea siempre en dicho caf el mismo pblico: burgueses de la
vecindad, graves y sesudos, que lean los ms antiguos peridicos de
Pars; seoras viejas que escriban cartas y algn par de profesores
que, tomando su taza de caf, discutan pausadamente sobre los sistemas
de enseanza.

Los dos jvenes no acudan a dicho establecimiento por su carcter serio
y tranquilo, sino porque en l tena Agramunt antiguos amigos que
acudan diariamente al caf de Cluny, desde puntos muy lejanos.

A un extremo del caf, entre aquel pblico silencioso, mesurado y
prudente, agrupbanse unos cuantos parroquianos que no hablaban en
francs, que no saban decir nada en voz baja, y que sus ruidosas
palabras las acompaaban siempre con fuertes puetazos sobre el mrmol
de las mesas: eran espaoles, procedentes de las emigraciones
republicana y carlista, los cuales, a pesar de su radical divergencia en
punto a doctrina, reunanse amigablemente sintindose atrados por ese
espritu de nacionalidad que tan imperiosamente se experimenta cuando se
est fuera de la patria.

La tertulia era, por lo general, pacfica, pero muchas veces, olvidando
la mutua conveniencia y reapareciendo antiguos odios, salan a plaza las
ideas polticas de cada uno, y entonces eran de ver los rostros
escandalizados de los tranquilos parroquianos del caf, ante aquellas
discusiones tormentosas, en las que se sucedan sin interrupcin los
puetazos sobre la mesa y las vociferaciones matizadas por palabras tan
enrgicas como poco cultas.

Zarzoso, a pesar de aquellas disputas que diariamente surgan,
encontraba muy agradable la tertulia porque en ella poda hablar la
lengua de su patria, y, adems, rea con las ocurrencias ingeniosas de
algunos de aquellos desgraciados que paseaban su hambre y su levita
rada por todo Pars, con una altivez digna del carcter espaol.

El joven mdico tena grandes deseos de conocer al que era como el jefe
de aquel ruidoso cenculo, personaje de importancia, del que le hablaba
Agramunt con mucho respeto.

--Ya vers cuando venga don Esteban--deca Agramunt--, cmo te resultar
muy simptico. Es todo un hombre, y yo estoy seguro de que si en su
esfuerzo consistiera, hace ya tiempo que habramos triunfado. Tiene una
historia heroica; se ha batido un sinnmero de veces en favor de la
Repblica, y en el ao 73, si no hubiese sido tan modesto, hubiese
llegado a hacer grandes cosas. En fin, t ya conoces de nombre a don
Esteban Alvarez. Aqu lo pasa bastante estrechamente; trabaja para el
mismo editor que yo y ahora est en Caen, adonde le ha enviado la casa
para ciertos asuntos, pues tiene en l absoluta confianza. Lo que yo ms
siento es que goza de poca salud, y cualquier da nos va a dar un
disgusto.

Zarzoso, que continuamente oa hablar de aquel seor, tanto a su amigo
como a los dems emigrados que acudan al caf, senta grandes deseos de
conocerle.

Por fin, una tarde logr ver en el caf de Cluny a aquel hombre que, por
su historia poltica tan accidentada y aventurera, le haba resultado
siempre interesante.

Al entrar l con Agramunt, fijronse en las mesas que sola ocupar la
reunin de emigrados.

La tarde era muy desapacible. Caa una de esas lluvias torrenciales
propias del otoo parisiense, y tal vez por esto la concurrencia era
escasa, pues muchos de los emigrados vivan en barrios que estaban a
algunos kilmetros de distancia.

Slo dos hombres ocupaban las mesas de la tertulia, y Zarzoso se fij
inmediatamente en uno de ellos, al mismo tiempo que Agramunt, tocndole
en el codo, murmuraba:

--Mrale! All est!

Zarzoso haba visto muchas veces en peridicos republicanos el retrato
de Esteban Alvarez, tal como era en el ao 73, pero esto slo le sirvi
para experimentar una gran extraeza, al ver los estragos que una vejez
prematura haba hecho en el famoso revolucionario.

De su poca pasada de juventud, bros y marcial presencia, slo le
quedaba su bigote, aquel hermoso bigote que era el encanto de todo el
regimiento en sus tiempos de militar, y que ahora caa lacio, desmayado
y horriblemente canoso sobre unos labios contrados por amarga expresin
de desaliento y de dolor.

Alvarez haba engordado mucho al hallarse cercano a la vejez, pero su
obesidad era floja y malsana; era la transformacin en grasa de aquellos
msculos de acero.

Su rostro abotagado y de una palidez verdosa, estaba surcado por arrugas
profundas, y lo nico que en l quedaba de su antiguo esplendor eran los
ojos, que, bajo unas espesas y salientes cejas grises, brillaban con
todo el fuego y la audacia de la juventud.

Acercronse los dos jvenes a la mesa que ocupaba Alvarez, e
inmediatamente Agramunt hizo la presentacin de su amigo.

El revolucionario sonri con amabilidad, y tendiendo su mano
amigablemente a Zarzoso, le hizo tomar asiento a su lado. El conoca el
nombre de su to, el clebre doctor, y se enteraba con mucho inters del
objeto que haba llevado al joven a Pars.

--Celebro mucho--deca con su voz cansada--que un joven como usted venga
aqu a ser de los nuestros. Seremos amigos; aunque esto, bien mirado,
poco puede halagarle a usted, que es joven y tiene ante su paso un
brillante porvenir. Yo, hijo mo, ya no soy ms que una ruina, un
andrajo que para nada sirve. Mi misin ha terminado ya en el mundo y
ahora slo me queda el morir aqu olvidado de todos.

Y bajaba tristemente la cabeza, como un reo que est seguro de su
prximo fin.

Zarzoso se senta conmovido por la expresin desalentada de aquel
hombre, en otros tiempos todo vigor y energa y que ahora, con las
fuerzas agotadas por una vida de infortunios, aventuras y terribles
agitaciones, haca recordar al limn mustio, blanducho y despanzurrado
despus que le han exprimido todo el jugo.

Mientras tanto, Agramunt daba palmaditas amistosas en la espalda a un
sujeto morenote, fornido, con la cara afeitada, a excepcin de unas
patillejas, y que de vez en cuando lanzaba a don Esteban miradas
cariosas como las de un perro fiel.

El joven cataln le preguntaba cmo iban sus asuntos, pues haca ya
algn tiempo que no le haba, visto.

--Van bien, no puedo quejarme--contestaba aquel hombre, que no era otro
que Perico, el antiguo asistente de Alvarez--. En el almacn me tratan
con bastante consideracin, slo que el trabajo es mucho y no puedo
venir por aqu con tanta frecuencia como deseo. La direccin de la casa
es muy rgida en punto a las obligaciones. Hoy he logrado alcanzar un
permiso para ir a recibir a mi amo a la estacin, y por eso puedo estar
en el caf. No es verdad que don Esteban ha venido ms fuerte de Caen?
Le han probado los aires por all; lo que siento es lo mucho que habr
sufrido al no tenerme por la noche cerca de l para que le cuidase.

Y el fiel criado, a quien el tiempo y los infortunios haban elevado a
la categora de compaero y primer amigo de su seor le diriga miradas
que demostraban la fuerza de aquel cario indestructible que tanto
tiempo exista entre el ex comandante y su asistente.

Alvarez, entre tanto, como si le molestasen las muestras de mudo cario
que le daba su criado, aparentaba no fijarse en ellas y hablaba a
Zarzoso de su viaje a Caen.

Haba ido all con el nico objeto de arreglar ciertos asuntos de su
editor, que le apreciaba mucho y tena en l una completa confianza. Y
hablando de esto, el revolucionario pas insensiblemente a tratar de su
situacin.

No se quejaba de la suerte. La casa editorial pagaba de un modo harto
modesto, pero al fin le distingua, retribuyendo sus trabajos mejor que
a los otros emigrados que para ella traducan.

Su tarea no era para matarse de fatiga.

Traduca cuentecillos de los ms clebres escritores franceses, y cuando
no, escriba libros de texto para la niez; obrillas insubstanciales,
formadas por retazos que tomaba de aqu y all, y que el editor enviaba
a miles al otro continente para que sirviesen de pasto intelectual a la
juventud de las escuelas americanas.

El emigrado, al dar cuenta de sus trabajos a su nuevo amigo, sonrea
amargamente como si todava no se hubiese desvanecido el asombro que le
causaba el verse en su vejez dedicado a tan nimias tareas, despus de
haber sido un verdadero hroe revolucionario y haber gozado de poder
suficiente para trastornar a cualquiera hora el orden de su pas.

Aquella tarde la pasaron por completo en el caf los dos jvenes,
hablando con don Esteban y su criado sobre la poltica espaola, las
costumbres de la patria, que tan hermosas resultan cuando se vive en el
extranjero suelo, y las probabilidades de xito que poda tener en
aquellos instantes una intentona revolucionaria. Hablando
acaloradamente, forjndose ilusiones y demostrando a ratos gran
confianza en el porvenir, transcurrieron las horas de la tarde para
aquellos hombres agrupados en un rincn del caf, mientras fuera segua
lloviendo cada vez con ms fuerza, y por encima de las blancas
cortinillas de las vidrieras desfilaba un inacabable ejrcito de
paraguas, goteando por todas sus varillas.

La sombra del crepsculo comenzaba ya a invadir las calles, en las que
brillaban los primeros reverberos, pero el grupo de emigrados, animados
por el recuerdo de la patria y fiando cndidamente en el porvenir,
pareca como que reciba en sus ardientes cerebros un clido rayo del
sol de Espaa.

Lleg la hora de retirarse, y entonces don Esteban, levantndose
trabajosamente de su banqueta, tendi la mano a Zarzoso.

--Seremos grandes amigos--dijo con su voz que revelaba franqueza--. Yo
tengo mucho gusto en tratarme con la juventud ilustrada y valerosa, que
es la que ha de regenerar a Espaa. Venga usted a verme cuando tenga un
rato libre. Vivo en la calle del Sena, cerca de aqu. Ya le acompaar
Agramunt cuando usted se digne visitarme.

Los dos jvenes furonse al restaurant, y all, mientras coman,
Agramunt fu relatando a Zarzoso todo cuanto saba de la vida de don
Esteban Alvarez.

Despus de la cada de la Repblica espaola, el famoso revolucionario
haba huido de Espaa, a la que ya no deba volver ms.

Haba sido sentenciado a muchos aos de presidio por varios procesos que
se le haban formado a consecuencia de ciertos actos violentos, pero
propios de las circunstancias, que haba llevado a cabo en tiempos de
don Amadeo de Saboya, cuando mandaba partidas republicanas.

En opinin de Agramunt, deba existir algn poder oculto que trabajaba
ferozmente contra don Esteban, pues las sentencias haban cado sobre
ste por actos que a otros no les haban causado la menor inquietud.

No haba esperanza de que ningn indulto le permitiese regresar a
Espaa, donde sin duda estorbaba su presencia; y don Esteban, por otra
parte, no mostraba el menor despeo de volver a la patria, si esto haba
de costarle alguna humillacin, pues, aun en los momentos de mayor
desgracia, segua mostrando su intransigencia sin lmites contra
aquellos enemigos polticos a los que tantas veces haba combatido.

Agramunt explicaba as la vida de Alvarez, desde que dejamos a ste, en
el momento que abandon Valencia, despus de su dramtica visita al
colegio de Nuestra Seora de la Saletta.

Se haba establecido en Pars, en compaa de Perico, su antiguo
asistente y fiel acompaante, que no le abandonaba aun en las
circunstancias ms difciles.

La primera poca de su estancia en la gran ciudad fu terrible y penosa,
pues Alvarez, a pesar de haber desempeado grandes cargos durante el
perodo de la Repblica, se hallaba tan falto de recursos como antes.
Por otra parte, el estado de la emigracin haba variado mucho.

Ya no ocurra como antes del 68, en aquella poca en que era capitaneado
por un Prim el grupo de la emigracin, en el cual figuraban los hombres
ms ilustres de Espaa. Entonces la revolucin tena dinero, y
ayudndose unos a otros con fraternal compaerismo la vida resultaba
fcil; pero ahora vease Alvarez casi solo en Pars y sin otros medios
de subsistencia que los que l mismo pudiera proporcionarse.

Busc trabajo como escritor, y los principios fueron dificilsimos, pues
slo encontraba traducciones baratas y esto con poca frecuencia.

En un perodo tal de miseria y horrible penuria, fu cuando se revel en
toda su sublime grandeza el carcter de Perico, aquel servidor fiel que
consideraba a su seor como un padre y un hermano. Sin que don Esteban
llegase a enterarse, hizo los mayores sacrificios para que nunca faltase
la comida a su mesa, ni el portero pudiera ponerlos en la calle por
falta de pago.

Fu toda una epopeya de sufrimientos, de titnicos esfuerzos, de
recursos heroicos para la conquista de un franco, la vida que arrastr
el fiel aragons durante el primer ao de estancia en Pars. Conocedor
de las costumbres de la gran ciudad, por la vida que en ella hizo
durante la primera emigracin, encontr el medio de dedicarse a un
sinnmero de bajas ocupaciones, mientras buscaba trabajo ms lucrativo.
Fu mozo de cuerda, revendedor de contraseas en los teatros, cargador
en los muelles, y hasta pidi limosna en las calles ms concurridas,
exponindose a ser arrestado por la Polica; todo para ganar dos o tres
francos diarios que entregaba a su seor, el cual estaba desesperado por
la inercia forzosa a que le obligaba su falta de ocupacin.

Afortunadamente, la vida de los dos desgraciados vari por completo as
que hubo transcurrido un ao.

El aragons logr una colocacin de mozo en uno de los grandes almacenes
de novedades, con cuatro francos diarios, y casi al mismo tiempo don
Esteban entr en relaciones con la casa editorial para la cual trabajaba
actualmente y que le proporcion un trabajo medianamente retribudo,
pero continuo.

Entonces fu cuando se trasladaron a la calle del Sena, a una casa vieja
y sombra, pero de desahogadas piezas, y cuando normalizaron su vida
azarosa y llena de privaciones.

Perico permaneca en el almacn desde las siete de la maana a igual
hora de la tarde; pero apenas quedaba libre de sus ocupaciones, corra a
reunirse con su amo, el cual permaneca trabajando casi todo el da en
su casa, a excepcin de las pocas horas que pasaba en el caf de Cluny
para leer los peridicos espaoles y charlar con los otros emigrados,
nica distraccin que gozaba en su existencia de continuo trabajo.

La vieja portera de su casa era la encargada de guisarles, y por la
noche amo y criado sentbanse amigablemente a la mesa; distincin que
enorgulleca a Perico y al mismo tiempo le haca comer con escasa
tranquilidad, pues bastaba que don Esteban hiciese el menor movimiento
buscando algo, para que inmediatamente se pusiera l en pie, ansioso de
servirle.

Los domingos paseaban los dos por algn bosque de las inmediaciones de
Pars, y este da de descanso y holganza les pona alegres para toda la
semana, como colegiales que se desquitan en alegre jira del quietsmo y
de la falta de luz que sufren en su vivienda.

Agramunt le estaba muy agradecido a Alvarez y hablaba de l siempre
tributndole los mayores elogios.

Solamente en un punto se mostraba contrario a don Esteban, y era en la
frialdad que ste demostraba por su dolo.

Alvarez, a pesar de su carcter de emigrado y de su historia poltica,
iba poco a casa de don Manuel, como le llamaba por antonomasia Agramunt,
y sonrea con cierta frialdad siempre que oa hablar de aquel hombre
ilustre.

Subsista an en don Esteban su antiguo fanatismo federal, que le haca
intransigente dentro del republicanismo, y esta conducta excitaba la
indignacin del cataln, que no consenta en nadie la frialdad y la
indiferencia al tratarse del que l titulaba el Danton espaol.

Variando Agramunt su conversacin sobre Alvarez con uno de aquellos
saltos de imaginacin que tan caractersticos le eran, hablaba de su
vida privada con el respeto instintivo y la admiracin que todo joven
siente ante un hombre afortunado en materia de amores.

El no conoca a fondo la vida privada de Alvarez, pero algo haba odo
en el grupo de los emigrados, y la misma vaguedad de sus noticias
contribua a agrandar en su imaginacin la figura de don Esteban, al que
consideraba ya como un antiguo Tenorio de irresistible seduccin.

--T no puedes imaginarte--deca a Zarzoso--lo que ese hombre ha sido de
joven. Yo no s ni la mitad de sus aventuras, pero lo triste es que, ah
donde lo ves ahora, con su facha de desaliento y su triste sonrisa, ha
sido en su juventud un conquistador terrible que ha rendido a docenas
las mujeres, sin pararse a distinguir en punto a condicin social.
Cuando era militar tena fama de guapo mozo, y mira si picaba alto, que
segn me han dicho, estuvo prximo a casarse con una condesa muy guapa.
La cosa tuvo consecuencias, pues segn mis noticias, hay en el mundo una
hija como resultado de aquellos amoros.




IV

El padre de Mara.


Todas las maanas al levantarse de su cama, Agramunt alzaba la blanca
cortina de su ventana, y mirando el vasto horizonte que dejaba visible
la anchura de la plaza del Panthen, murmuraba con desaliento:

--Definitivamente, el sol ha muerto.

Haba cerrado ya el invierno; una luz mortecina y sucia se filtraba por
los vidrios, entristecindolo todo y dando al modesto cuarto del
periodista un tinte fnebre. Pars haca cerca de un mes que tena sobre
sus tejados un cielo ceniciento, montono y ttrico, y si alguna vez por
casualidad el sol, con un coletazo de su flamgero manto, desgarraba las
plomizas nubes, asomaba tan slo un rostro plido que daba lstima y se
retiraba inmediatamente, dejando que las nubes descargasen torrenciales
chaparrones sobre la gran ciudad, acostumbrada a sufrir estas injurias
del cielo.

Zarzoso, criado en el templado clima de Valencia y poco acostumbrado al
invierno de Madrid, an encontraba ms intolerable el fro parisiense, y
muchas maanas, al levantarse y ver las calles cubiertas de nieve,
sentase acobardado, y en vez de ir a la Clnica, subase al ltimo piso
del hotel y entraba en el cuarto de Agramunt, para hablar con l junto a
la chimenea recin encendida, que les halagaba con su clida caricia.

Agramunt hablaba del invierno parisiense como si fuese un personaje que
seis meses al ao abandonaba su veraniega mansin del Polo y vena a
establecerse en Pars, envuelta la plomiza cara en un cuello de
diluviadoras nubes, y con unas patas de hielo que enfriaban la tierra
hasta cubrirla de escarcha congelada.

Aquella estacin, que vena a aumentar su presupuesto de gastos con el
combustible que consuma en la chimenea, y que le causaba mil molestias
por no estar muy sobrado de ropa de abrigo, le tena furioso, y
frotndose las manos para hacerlas entrar en reaccin, prorrumpa en
invectivas contra el invierno.

--Aborrezco a ese canalla--deca Zarzoso con tono melodramtico--; tiene
instintos de bandido y gustos de nio mal criado. Se pasea por esas
calles con aire de seor absoluto, y mientras que al banquero o a la
gran dama que van reclinados en el acolchado carruaje, slo les enva
un helado suspirillo a travs de los vidrios de las portezuelas que aun
les da placer y les hace gozar con ms delicia del calor que les rodea,
tiene la cruel satisfaccin de helarle las piernas al albail que, por
dar sustento a su familia, trabaja en el alto andamio, y aun le empuja
con su aliento huracanado por ver si cae y se rompe la cabeza contra los
adoquines; cubre de sabaones las manos de la pobre obrerita que llena
su estmago en relacin con la prontitud con que maneja su aguja; sopla
en la boca de la infeliz mujer que, metida en el Sena hasta las
rodillas, lava la ropa de su familia, y el gran canalla! desliza la
pulmona al fondo de su pecho; regala con horrible esplendidez a su
querida, que es la Muerte, cuantos desgraciados encuentra debilitados
por el hambre o corrodos por las enfermedades de la miseria, y si en
sus paseos nocturnos pilla dormido en los muelles del ro a algunos de
esos muchachuelos que parecen hijos del barro de Pars, y que estn
lejos de creer que alguna vez han tenido madres... paf!, de una patada
lo deja yerto, da a su cuerpo la frialdad de la nieve, y metindose la
inocente alma bajo el brazo, la lleva a la eternidad, muy satisfecho de
haber dado materia a los peridicos para que al da siguiente publiquen
una triste gacetilla.

Zarzoso miraba fijamente a Agramunt, que se paseaba de un extremo a otro
del cuarto, gesticulando y adoptando actitudes de orador, como si se
hallara en uno de los meetings que le haban llevado a la emigracin, y
como si aquel invierno odiado fuese la monarqua.

El joven mdico encontraba a su extravagante amigo posedo de la fiebre
de la elocuencia, y le oa con gusto; as es que le alegr cuando
Agramunt volvi a reanudar la apasionada peroracin que pareca dirigir
a la revuelta cama, las cuatro sillas desvencijadas, el estante de
libros y el mrmol de la chimenea, sobre el cual se ergua el severo
busto de la Repblica, entre dos pastorcillos italianos de barro cocido,
el uno manco y el otro falto de narices.

--Cuando ese gran ladrn no se siente posedo por tan crueles instintos,
se divierte con bromas pesadas, propias de un muchacho que falta a la
escuela. Ah cochino invierno! As que hiciste tu aparicin en Pars, te
di la mana por subirte a los rboles y robarles las hojas, despojando
de toda belleza al campo y a los paseos. Los rboles se han dejado
arrebatar la vestimenta, sin otra protesta que su acompasado balanceo, y
hoy presentan el aspecto ridculo y triste del hombre que a las dos de
la maana se ve asaltado por audaces ladrones en cualquier calle de
Pars y se presenta sin pantalones, y en camisa, en el primer puesto de
Polica. Cmo has dejado el Bosque de Bolonia? Y el de Saint-Cloud? Da
lstima verlos. Los poticos lugares cubiertos por bvedas de verdura
han desaparecido con la misma facilidad que se desvanecen las areas
ojivas y las fantsticas arcadas que traza en el espacio el humo del
cigarro; no has dejado en los bosques ni un mal rincn discretamente
cubierto por una cortina de matorrales, donde puedan darse cita la
modistilla, que para llevar un traje a dos pasos de su taller, emplea
toda una tarde; y el muchacho, a quien el severo pap, haciendo cuentas
tras el mostrador, supone a tales horas enterndose en el aula de las
profundidades jurdicas de Justiniano o revolviendo humanos despojos en
el anfiteatro anatmico.

Detvose el declamador, y pasndose la mano por la frente, con expresin
trgica, aadi con el mismo acento del poeta que llora la ruina de
bellezas muertas ya:

--En aquellos lugares de delicia en el verano, donde la vista se ahitaba
de una orga de verde y el odo se complaca con un interminable gorjeo,
no quedan ahora otras cosas que una gruesa alfombra de hojas secas y
millares de colosales escobas que con los rabos hincados en la tierra y
chorreando humedad, elevan su ramaje al cielo, suplicando al sol que les
haga una visita de atencin, a lo menos dos veces por semana, y que
empee su valiosa influencia con la lluvia para que no sea tan
importuna... La belleza ha muerto por unos cuantos meses, y t eres su
asesino, cruel invierno.

Zarzoso segua mirando con creciente extraeza a su amigo. Se haba
vuelto loco aquel muchacho?

Pero pronto comprendi la verdadera causa de tales lirismos.

Agramunt iba a verse obligado en adelante a salir de casa todos los das
para ganarse el pan. Su editor, ocupado siempre en el profundo estudio
de adquirir la mayor cantidad posible de cuartillas, dando poco dinero,
y encontrando que la traduccin espaola de su famoso Diccionario le
resultaba cara, se haba decidido por el trabajo en comunidad y obligado
a todos los que trabajaban en la citada obra a que acudiesen a su casa,
donde en una gran sala, y bajo la vigilancia de un dependiente antiguo,
haban de trabajar por horas.

Le era forzoso, pues, acudir diariamente a la oficina como un
empleadillo; abdicar por completo de aquella libertad que le permita
fijar a su gusto las horas de trabajo; escribir bajo la vigilancia del
perro de presa del amo, como si fuese un muchacho en la escuela, e ir
en aquellas crudas maanas de invierno pisando la nieve de las calles.

Oh! Aquello era cosa de desesperarse y de maldecir al invierno, al
editor que planteaba tan peregrinas ocurrencias y a la pcara necesidad
que le obligaba a sufrir tantas molestias, todo para ganar cuatro o
cinco francos traduciendo barbaridades, segn l deca.

Aquella misma maana iba a comenzar la traduccin en comunidad, y
Agramunt se desesperaba pensando que en adelante tendra que levantarse
puntualmente como un colegial y permanecer encerrado hasta el anochecer,
almorzando en la misma casa del editor. Tan continua reclusin a l!
que era un bohemio por vocacin y que encontraba agradable la vida de
Pars por lo libre que resultaba.

Desde aquel da, los amigos, a excepcin de los domingos, slo pudieron
verse al anochecer cuando se reunan en el restaurante, a la hora de la
comida.

Pasaban alegremente la noche, eso s, y se resarcan de aquella
separacin que les resultaba violenta despus de tres meses de amistad,
en que sus respectivos caracteres se haban compenetrado de un modo
absoluto.

Zarzoso fu quien ms sufri en los primeros das, por la ausencia de su
amigo. Las maanas pasbalas bastante distrado en la Clnica,
estudiando ese inmenso caudal de enfermedades y de casos curiosos que
nicamente se presentan en los hospitales de Pars; pero por las tardes,
as que quedaba libre, acometale un fastidio sin lmites.

Algunas veces se entretena escribiendo a Mara o releyendo sus cartas,
pero esto, a lo ms, le ocupaba un par de horas, e inmediatamente el
fastidio volva a aparecer.

Senta nuevamente en su existencia aquel vaco del primer mes de
estancia en Pars, y era que el maldito cataln le haba acostumbrado de
tal modo a sus genialidades y a su movediza actividad, que no poda
vivir apartado de l. Su carcter reposado y grave, necesitaba por la
ley del contraste tener cerca aquella imaginacin exaltada y
extravagante, que empollaba a centenares las ms atrevidas paradojas.

Por las noches, despus de comer, los dos, agarrados del brazo,
conversaban amigablemente por el boulevard; iban a la Opera, o se metan
en Bullier, el tradicional lugar de la borrascosa alegra del Barrio
Latino, y all vean bailar el can-can por todo lo alto y convidaban a
cerveza a unas cuantas seoritas sin querer llegar hasta las ltimas
consecuencias de tales encuentros.

Agramunt era despreocupado en materia amorosa, y su compaero haca la
vista gorda cuando le vea arrastrar tras s a alguna antigua amiga a
altas horas de la noche, invitndola a que subiera a ver su nuevo
cuarto. En cuanto a Zarzoso era inflexible en esta cuestin y Agramunt
nada le deca, pues tena noticias de los amores con aquella joven de
Madrid cuyas cartas reciba, y l, adems, no gustaba de desempear el
papel de tentador.

Pero todas las diversiones nocturnas no impedan que Zarzoso se
fastidiase horriblemente por las tardes.

Gustaba de entregarse a una profunda meditacin, recordando sus
entrevistas con Mara, aquellos paseos por el Prado y las calles de
Madrid; pero esto no siempre consegua endulzar sus horas de tedio.

La vida de Pars haba penetrado insensiblemente en sus costumbres;
senta esa atraccin que por el boulevar experimentan los parisienses, y
en vez de permanecer como antes encerrado en su cuarto, tomaba el
sombrero y pretextndose a s mismo la necesidad de hacer una compra
cualquiera al otro lado del Sena, pasaba los puentes e iba a callejear
en los grandes bulevares centrales, cuyo ruido y animacin le
encantaban.

En las tardes que haca buen tiempo pescaba por el Luxemburgo, alrededor
del quiosco de la msica, y cuando no se senta con nimo para ir hasta
el centro de Pars, entraba en el caf de Cluny para charlar un rato con
el grupo de emigrados, que haba disminudo considerablemente, tanto
porque la mayora de ellos trabajaban a aquellas horas con Agramunt en
la casa editorial, como porque don Esteban Alvarez prefera quedarse en
casa escribiendo a salir a la calle, donde las nieves o las lluvias eran
casi continuas en tal poca.

Una tarde, a las cinco, cuando ya comenzaba a anochecer, Zarzoso,
cansado de hojear libros nuevos en los puestos de venta establecidos en
las galeras del Oden, dirigise al bulevar Saint-Germain con la
intencin de bajar por tan largo paseo hasta la plaza de la Concordia.
Acababa de entrar en la citada calle, cuando las nubes comenzaron a
descargar un fuerte chaparrn. Zarzoso no llevaba paraguas y se refugi
en un portal, donde ya se haban agolpado algunas gentes.

El bulevar casi desierto por aquella brusca acometida del cielo, dejaba
barrer sus anchas aceras por los turbiones de agua, al mismo tiempo que
los rboles se inclinaban a impulsos del huracn.

Zarzoso vea frente a l extenderse la recta calle del Sena, e
inmediatamente pens en su viejo amigo que viva en ella. Aquella era la
ocasin ms apropiada para hacerle una visita, y apenas formul tal
pensamiento, sostenindose con ambas manos el sombrero de copa que
quera arrebatarle el viento, atraves corriendo el boulevard, y mojado
de cabeza a pies, se meti en la calle del Sena.

Saba dnde estaba la casa de Alvarez, por habrsela mostrado Agramunt
un da que pasaron por dicha calle. Se entraba por un pasillo estrecho,
hmedo y tenebroso que se abra entre una _rotisserie_ y una tienda de
libros viejos, y que al final se ensanchaba formando un patio cuadrado,
con una bomba de agua en el centro, y un pavimento musgoso y hmedo, al
cual nunca haba bajado un rayo de sol.

La portera estaba encendiendo un farolucho que alumbraba el estrecho
pasillo, cuando entr Zarzoso sacudindose el agua como un perro recin
salido del bao.

--El seor Alvarez?--pregunt a la mujer del conserje.

--Primera escalera, piso segundo, segunda puerta--contest con laconismo
la vieja.

El joven mdico comenz a subir los peldaos de madera, fijndose en los
rtulos que tenan las puertas de las habitaciones, y en los cuales se
marcaba el nombre del inquilino y su profesin.

En el piso segundo detvose ante una puerta que ostentaba una pequea
tarjeta de visita clavada con cuatro tachuelas y en la que se lea el
nombre del que buscaba.

Llam y vino a abrirle el mismo Alvarez, que pareca haber sido
interrumpido en su trabajo, pues an conservaba la pluma en la mano.

--Siento haber venido a incomodar a usted. Es mala hora, sta para
visitas.

--Ah! Es usted, joven? Hace tiempo que deseaba esta visita. El otro
da pensaba en usted. Adelante; pase usted adelante sin cumplimientos.

Y Alvarez, con su simptica franqueza de viejo militar, empujaba a su
joven amigo hacia el saln en el que arda un gran fuego en espaciosa
chimenea.

Aquella habitacin tena mejor aspecto que la casa vista desde la calle.
Constaba de un pequeo comedor, un gran saln y dos dormitorios, todo
esto con proporciones desahogadas, techos altos y sin ese raquitismo de
las modernas construcciones en que se utiliza hasta el ms pequeo
rincn.

Zarzoso, cariosamente empujado por Alvarez, tuvo que ir a sentarse
ante el gran fuego que arda en la chimenea del saln, y all estuvo
secndose, mientras que el dueo de la casa permaneca en pie junto a l
sonriendo paternalmente.

El joven mientras se calentaba lanz una mirada curiosa a todo el saln,
que apareca iluminado por el rojizo reflejo de la chimenea y la luz de
una gran lmpara puesta sobre una mesa escritorio, entre un revuelto
montn de libros y cuartillas.

Estaba amueblada aquella vasta pieza con modestia no exenta de
comodidad, y sus sillones panzudos, sus sillas de estilo Imperio, y su
alfombra con una escena mitolgica ya casi borrada, daban a entender que
procedan del Hotel de Ventas, siendo su adquisicin en alguna subasta
del mobiliario de un antiguo palacio.

Las paredes, cubiertas de obscuro papel, estaban adornadas a trechos por
algunos cuadros, uno de los cuales, era una litografa, que representaba
al general Prim en su traje de campaa de la guerra de Africa, y que
tena al pie una larga dedicatoria. Los dems cuadros eran cromos
baratos, lminas de peridicos ilustrados, a excepcin de uno al leo
que ocupaba el puesto preferente sobre la chimenea. El rojizo vaho de
sta dando de lleno en la pintura, pareca animar con palpitaciones de
vida aquel retrato de mujer.

Zarzoso, para disimular su atencin, le miraba con el rabillo del ojo,
al mismo tiempo que se imaginaba toda una novela sobre aquel retrato. La
mujer que el cuadro representaba deba ser una de las conquistas que le
haba relatado Agramunt; tal vez aquella condesa que tan enamorada haba
estado del clebre revolucionario.

Este curioso examen que el joven hizo del saln, slo dur algunos
instantes, pues comprenda, que era, forzoso entablar conversacin con
su viejo amigo.

--Se trabaja mucho?--dijo el joven, no encontrando otra palabra vulgar
para comenzar su conversacin.

Inmediatamente comenz sta, pues Alvarez psose a lamentarse de aquella
necesidad imperiosa, en que se vea de trabajar todos los das para
poder ganarse la subsistencia. Y cuando se hubo quejado bastante de su
situacin, pregunt con inters al joven sobre sus ocupaciones actuales
y los progresos que haca en la vida de Pars.

Alvarez volva a sus lamentaciones de hombre desalentado al hablar de
los placeres y distracciones que proporciona la gran ciudad.

--Yo soy aqu un hurn--deca sonriendo con amargura--. Me siento viejo
y cansado, y vivo en Pars como podra vivir en Alcobendas; metido en mi
casa sin ver apenas a nadie, ni tener otra distraccin que mis
conversaciones con Perico y con esos buenos compaeros que se renen en
el caf de Cluny. En otros tiempos le hubiera podido ser a usted de
alguna utilidad en esta Babilonia, acompandole a todas partes; pero
hoy soy viejo, y ya que no puedo entretener mis horas de fastidio
rezando el rosario como los imbciles, me distraigo dando vueltas a esa
noria literaria, a la que estoy amarrado. Mi vida es escribir cuartillas
y ms cuartillas, y hablar con mi fiel compaero sobre cosas que estn
al alcance de su pobre imaginacin. Es un porvenir bien triste, pero hay
que resignarse a l... Y pensar que hubo una poca en mi juventud en
que yo imagin llegar a ser clebre y alcanzar una vejez hermoseada por
los laureles de la gloria!

Y Alvarez deca estas palabras con expresin tan amarga, que el mismo
Zarzoso se senta conmovido.

Miraba el viejo al suelo, y al joven mdico le pareca ver sobre la
desteida alfombra, despedazadas y muertas todas las ilusiones de aquel
hombre que haba sido famoso durante unos pocos aos, para caer despus
en el ms absoluto olvido y vegetar lejos de la patria. Si la fatalidad
le reservara igual suerte a l, que tambin se forjaba ilusiones sobre
el porvenir y pensaba en la celebridad!

--Hoy--continu el emigrado--no tengo ms esperanza de dicha que la que
me proporcione el inalterable descanso de la tumba. No puedo siquiera
volver a ver el sol de Espaa, aquel cielo hermoso que an me parece ms
esplendente cuando el cruel invierno cae sobre Pars. En mi primera
emigracin todo me resultaba fcil y hermoso; el suelo extranjero me
pareca igual al de la patria. Era joven, senta entusiasmo, tena fe en
el porvenir, y con estas condiciones se est bien en todas partes. Pero
hoy soy viejo y no me quedan en el mundo seres que me amen, a excepcin
de ese pobre muchacho que es el fiel compaero de mi existencia; me
parece la vida tan aborrecible, que de buena gana me librara de ella en
algunos instantes. Ah! Soy un cobarde! A m me sucede como a un buen
anciano que conoc en cierto momento de mi vida y el cual confesaba que
si permaneca en el mundo era por falta de valor.

Se detuvo Alvarez algunos instantes mirando con extraa fiereza a
Zarzoso, y por fin, dijo haciendo con su cabeza un movimiento de
decisin:

--A usted se lo digo todo. Es usted ms serio que ese aturdido de
Agramunt, y adems, hay en este mundo ciertas caras que basta verlas una
sola vez, para que inspiren inmediatamente confianza. Spalo usted,
joven. Siento un violento deseo de acabar con mi existencia, y parece
que hay algo dentro de m que me insulta, porque no me meto
inmediatamente entre los bastidores de la muerte, y permanezco en escena
haciendo rer al mundo. Varias veces he tenido el revlver en la sin,
pero siempre me ha hecho bajar la mano la maldita idea que me recordaba
el profundo pesar, la desesperacin que este acto causara a ese pobre
muchacho, a ese Perico, que es toda mi familia. Sera un crimen, una
infamia incalificable, el que yo pagase con un disgusto desesperante
toda una vida de abnegacin y de inmensos sacrificios. Y esto es lo que
me detiene, esto es lo que me hace subsistir sufriendo a todas horas,
pues no hay nada tan terrible como vivir desesperado, sin ilusiones, y
convencido hasta la saciedad de que en la vida el mal es lo seguro, lo
generalizado, lo vulgar; mientras que el bien y la virtud son raras
excepciones, fenmenos que nicamente se presentan por una equivocacin
de la naturaleza. Hoy soy un escptico; no creo ni aun en la Repblica,
que en mi juventud me mereca una adoracin fantica. Slo esos
muchachos de la emigracin pueden tener fe en el triunfo de la libertad
y de la justicia. Locos como Agramunt son los que sirven para el caso;
yo soy demasiado viejo y estoy convencido de que el pas que despus de
lo del 68 y del 73 admite y sostiene la restauracin de los Borbones es
una nacin perdida, un pueblo que no merece que nadie se sacrifique por
l.

Zarzoso escuchaba con asombro al viejo revolucionario que se expresaba
con un excepticismo tan desconsolador, y su sorpresa an fu en aumento
cuando le oy decir con una frialdad que espantaba:

--Lo nico que me consuela es que la muerte, vindome tan cobarde, viene
en mi auxilio. No tengo valor para acabar con mi vida, pero llevo dentro
de m el medio que ha de librarme de esta existencia que me pesa. Los
mdicos dicen que tengo un aneurisma, regalo que me han proporcionado
los muchos sustos y zozobras que he sufrido en esta vida, por cosas que
miro ahora con la mayor frialdad. Usted, como mdico, sabe mejor que yo
lo que es eso. El mejor da crac!... estalla algo aqu dentro del
pecho, y me retiro discretamente de la vida, sin que nadie pueda
motejarme de suicida ni me maldiga por mi desesperada resolucin. Crea
usted que estoy muy agradecido a la naturaleza, por haber inventado
enfermedades que le permiten a uno retirarse a la nada sin escndalo y
sin convulsiones que afean y atormentan.

Zarzoso, a pesar de estar junto al fuego, senta escalofros al or
hablar a aquel hombre con tal naturalidad sobre el prximo fin que tanto
deseaba, y debi ser visible su inquietud por cuanto Alvarez cambi
inmediatamente la expresin de su rostro, y sonriendo con amabilidad,
exclam:

--Pero bravas cosas le estoy diciendo a usted para entretenerle! Vaya
un modo de recibir las visitas! Dispense usted a la vejez, amigo
Zarzoso, que siempre tiene rarezas. Ya procurar otra vez no dejarme
llevar por tan tristes pensamientos; y ahora voy a ver si ese muchacho
ha dejado por ah algo que sirva para hacer a usted los honores de la
casa.

Y Alvarez se levant, y con expresin alegre, como si l no fuese el
mismo que haba hablado momentos antes, dirigise al comedor y momentos
despus volvi a entrar, llevando sobre una bandeja una botella de coac
y dos copitas azules.

--Bebamos un poco--dijo dejando la bandeja sobre un velador--. Se ha
secado usted ya, pero no le vendr mal una copita despus de la mojadura
que ha sufrido para llegar aqu. En la campaa de Africa, el coac era
muchas veces el capote impermeable que nos serva para defendemos de las
inclemencias del tiempo.

Los dos bebieron y, encendiendo sus cigarros, tomaron la actitud de dos
amigos que se disponen a conversar familiarmente.

Alvarez, como si tuviera empeo en alegrarse y olvidar sus melanclicas
ideas de momentos antes, pareca un muchacho con su rostro animado y los
ojos brillantes, que miraban a Zarzoso con simpata.

--Vamos a ver, amigo mo: con franqueza--le pregunt--. Cmo vamos de
conquistas en Pars? Usted debe ser muy afortunado con las bellezas del
Barrio Latino.

Zarzoso protest ruborizndose ante tan inesperada pregunta. No, l no;
eso de las conquistas quedaba para el buena pieza de Agramunt, que se
trataba con casi todas las muchachas del barrio y las haca desfilar por
su nuevo cuarto, procurando que no se enfriasen antiguas relaciones.

Zarzoso manifestaba su situacin a su viejo amigo con entera franqueza.

No es que l sintiese la aspiracin de ser un asceta, ni que se
considerase ms virtuoso que los dems; l era un hombre como todos,
pero resultaba que en ms de cuatro meses de residencia que llevaba en
Pars no se le haba ocurrido tener otras relaciones con aquellas
mundanas callejeras que continuamente le codeaban en el boulevard y en
los bailes que alguna conversacin alegre en torno de los bocks de
cerveza a que las haban convidado Agramunt, o l.

Alvarez hizo un guio malicioso al escuchar estas explicaciones.

--Vamos, ya comprendo. Usted tiene sus amores en Espaa. Ha dejado all
en Madrid alguna cara bonita, cuyo recuerdo le obsesiona y hace que le
parezcan horribles todas las mujeres de por aqu. Es usted un enamorado
que vive de ilusin.

--Efectivamente; hay algo de eso--contest sonriendo Zarzoso, que vea
de este modo descubierto su secreto.

--Oh! Yo conozco perfectamente esas cosas. Aunque ahora soy viejo,
tambin he tenido mi poca, pero sera una enorme mentira el querer
hacerme pasar por calavera. He hecho lo que todos; he tenido mis
trapicheos y, sobre todo, un amor serio, que como a usted me haca mirar
a las dems mujeres con indiferencia.

Zarzoso, cediendo a un movimiento instintivo y sin considerar que
cometa una inconveniencia, fij su mirada en el gran retrato que estaba
sobre la chimenea.

Entonces fu Alvarez quien se inmut, ruborizndose un poco.

--Ha adivinado usted. Ese fu mi amor serio, lo que llen mi existencia,
y por esto ese cuadro me acompaa y me da cierta alegra, aunque en
realidad slo despierta en m recuerdos tristes. Como obra artstica el
cuadro es malo, pero lo aprecio porque el parecido es exacto. Lo hizo un
pintor espaol, que viva en el barrio, copindolo de una fotografa que
yo conservaba.

Y Alvarez, como si sintiera arrepentimiento por haber entrado a hablar
de tal asunto, callse y permaneci algunos minutos con la frente
inclinada.

Zarzoso no saba qu decir y la situacin iba hacindose violenta; pero
su viejo amigo volvi a hablar, pues senta un vehemente deseo de
comunicarle sus penas como poco antes.

--Le deseo a usted, querido amigo, que no sea en cuestiones de amor tan
desgraciado como yo. Am a una mujer, fu ma, y, sin embargo, no pude
hacerla mi esposa, porque parece que me persigue la fatalidad en todos
los actos de mi vida. Oh! He sido muy desgraciado, cralo usted, amigo
Zarzoso. Mi vida ha sido semejante a la de esos personajes fantsticos
de las leyendas, sobre los que pesa una maldicin, y que no pueden
hacer nada sin tropezar al momento con la desgracia.

Qued silencioso y absorto, pero a los pocos instantes, como cediendo a
una necesidad imperiosa de hablar, murmur con la vista en el suelo,
vagamente, como un sonmbulo:

--Y la verdad es que fu amado de veras. Una mujer que por su nacimiento
haba sido colocaba por la sociedad a ms altura que yo, descendi hasta
m, endulzando mi existencia con su amor espontneo y desinteresado.
Pero a qu recordar tales cosas? Aquello fu un chispazo fugaz de
felicidad; un momento de dicha que pas muy pronto, dejando tras s,
como maldecida estela, un sinnmero de desgracias... Cunto he sufrido!
Usted, amigo mo, es muy joven, entra ahora en la vida y no puede
comprender ciertas cosas. Pero el da en que usted sea padre apreciar
en toda su horrible grandeza el pesar que experimenta un hombre al tener
una hija, que es sangre de su sangre y que, sin embargo, desconoce al
que di el ser y le odia como a un monstruo. Hay para desesperarse; para
adoptar esa resolucin de que hablaba antes, y de la cual no me siento
capaz. Vivir solo, aislado, con la muerte en perspectiva, y saber, sin
embargo, que tengo en el mundo una hija que ignora mi existencia, que no
sabe el derecho que sobre ella poseo, y que no acude a velar por m en
los pocos aos que me quedan de vida, es el ms horroroso de los
tormentos.

--Tiene usted una hija!--exclam Zarzoso, deseoso de desviar la
conversacin, para evitar a su viejo amigo que volviese a caer en
aquella melancola que le haca pensar en el suicidio--. Y no la ha
visto usted nunca?

--De pequea, cuando an estaba en la lactancia, la vi varias veces,
siempre ocultndome, como hombre que comete una accin ilegal y teme
dejarse llevar por sus sentimientos ms ntimos. Ella llevaba el
apellido de otro, y yo no tena derecho alguno a los ojos de la
sociedad. Despus la vi una, vez...; pero en qu circunstancias! Ms me
hubiera convenido no verla, pues as me habra evitado un doloroso
recuerdo, que an hoy, despus de muchos aos renace en mi memoria, y me
hace derramar lgrimas de desesperacin... Pero no pensemos en el
pasado.

Y Alvarez volvi a sumirse en el silencio.

El joven mdico se senta molesto y no saba ya de qu hablar para que
aquel hombre, desesperado de la vida, y con la memoria acribillada de
dolorosos recuerdos, no volviese a recaer en su negra melancola.

Crea importunar a don Esteban con su presencia, y por esto pensaba en
retirarse, no atrevindose a hacerlo por no encontrar ocasin oportuna
para ello.

Tard poco Alvarez en volver a reanudar su conversacin. Era, en punto a
su triste pasado, como esos enamorados que sufren con resignacin los
desdenes de la mujer amada y gozan cierto doloroso placer al
recordarlos, y por esto, a pesar de la pena que le afliga, volvi a
hablar de su hija.

--Crea usted, joven, que lo nico que me falta para morir tranquilo es
volver a ver a mi hija. Si ella me reconociese por padre, si se
convenciera de que me debe el ser y que yo fu el verdadero esposo de su
infeliz madre, entonces morira de felicidad. A m me falta para expirar
con la sonrisa en los labios un solo beso de Mara.

--Ah! Se llama Mara?--exclam Zarzoso apenas oy las ltimas palabras
de su amigo.

--S; se es su nombre. Hace ya muchos aos que no la he visto, pero
segn los informes que me han dado varios amigos que la vieron en
Madrid, es tan hermosa y agraciada como su difunta madre. Y eso que la
pobre Enriqueta era bella como pocas. Mire usted bien el retrato de la
mujer que am.

Y don Esteban fu a su mesa de trabajo, cogi la lmpara y, levantndola
ms arriba de su cabeza, hizo que su luz diese de lleno en el retrato
que estaba sobre la chimenea.

Aquel busto de beldad, slo lo haba entrevisto Zarzoso en la penumbra
rojiza que antes lo baaba, y que aunque pareciera comunicarle vitales
palpitaciones, confunda su contorno y sus rasgos ms caractersticos.
Ahora, con aquella clara luz, pudo apreciarlo detenidamente pero al
primer golpe de vista no pudo evitar un rudo movimiento de sorpresa.

Crea tener delante el retrato de Mara; pero algo haba en aquella
mujer sonriente y pdicamente escotada, que la diferenciaba de la
sobrina de la baronesa de Carrillo.

La mujer del retrato era ms distinguida, ms espiritual, como dicen en
la jerga de los salones; notbase en ella cierta anemia aristocrtica y
la ausencia de aquella robustez sangunea que a Mara haba dado el
oculto entroncamiento con la sana raza plebeya; pero en lo dems, la
semejanza era exacta; las mismas facciones, idntico aire de familia y
los mismos ojos que miraban con graciosa e intensa dulzura.

A Zarzoso le pareci ante aquel retrato ver a su novia asomada a una
ventana de dorado marco y engalanada con las modas de veinte aos
antes.

Su movimiento de sorpresa no pas desapercibido para Alvarez.

--Eh! Qu es eso, amigo Zarzoso? Es que acaso la conoci usted?... No
puede ser; es usted demasiado joven. Su to, el doctor, s que la
conocera, pues en cierta ocasin visit al padre de Enriqueta.

Zarzoso no contestaba, pues la sorpresa pareca haberle paralizado.
Segua mirando con vidos ojos el retrato y su estupefaccin no le
dejaba razonar sobre tan inesperada sorpresa. Lo nico que se le ocurra
era que aquella escena resultaba dramtica; una casualidad de esas que
slo se encuentran en las novelas de inters y que algunas veces se
reproducen en la vulgaridad de la vida.

Alvarez se alarmaba ante la sorpresa de su joven amigo y no saba cmo
explicrsela.

--Pero vamos a ver, querido Zarzoso, es que acaso la ha conocido? Vaya,
no permanezca usted de ese modo; explquese, con mil demonios.

Don Esteban haba perdido la paciencia, pues deseaba que cuanto antes se
explicase el joven, comprendiendo que en su extraeza le ocultaba algo
interesante.

Zarzoso sali de su estupefaccin.

--Seor Alvarez, dice usted que esa seora se llamaba Enriqueta?

--S, amigo mo.

--Y cul era su apellido?

--Baselga. Era la hija del conde de Baselga, a quien su to conoci en
circunstancias bien crticas.

--Y la hija de esa seora lo es de usted?...

El joven hizo de un modo esta pregunta que Alvarez sinti en su cerebro
como un rayo de luz que aclaraba todo el misterio.

--De modo que mi hija, que mi Mara es...

Y no dijo ms, pues Zarzoso haba hecho con su cabeza una seal
afirmativa.

Entonces fu Alvarez a quien le toc sorprenderse.

Oh, poder de la casualidad! El novio de su hija era aquel muchacho que
tanto amaba, pues momentos antes haba manifestado cmo bajo la
influencia de su recuerdo se mantena puro en el lodazal vicioso de
Pars.

No se dieron cuenta de cmo fu aquello, pero los dos hombres se
encontraron abrazados y casi prximos a llorar.

--Ah, hijo mo!--dijo Alvarez con voz temblorosa por la emocin--. El
corazn habla muchas veces, aunque los materialistas no quieran
creerlo, y por eso me fu usted tan simptico desde el primer da en que
le vi. Algo encontraba en usted que me atraa y me inspiraba confianza,
hasta el punto de que hace pocos instantes me impulsaba a decirle cosas
que jams he revelado ni aun al ms amigo.

Los dos hombres, pasado aquel primer momento de emocin, y ya ms
tranquilos volvieron a ocupar sus asientos.

--Oh! Hablemos, hablemos--dijo con expresin de felicidad el viejo
revolucionario--. Crea usted que este momento no lo cambio yo por el
placer ms grande que un hombre pueda experimentar. Esto alarga mi vida
unos cuantos aos... Diga usted, cmo es mi hija? Cmo comenzaron sus
amores? Qu vida hace ahora Mara? Hable usted con entera franqueza; no
escasee detalles. Las cosas ms insignificantes resultan de gran inters
cuando se trata de un ser querido.

Y Zarzoso, animado por la viva mirada de aquel hombre envejecido, que le
escuchaba con un inters que emocionaba al par que produca lstima, fu
relatando toda la historia de sus amores con Mara, desde que la conoci
en el colegio de Valencia hasta que la vi por ltima vez en el Retiro,
pocos das antes de marchar a Pars.

Las travesuras de Mara alegrbanle tanto como le indignaban las
imposiciones tirnicas de la baronesa.

Oh! Aquel vejestorio de devota tena una perversidad sin lmites, y
bastante le haba hecho sufrir a l en esta vida. Ella y sus amigotes,
los padres jesutas, eran los autores de todas las desgracias que haban
afligido al pobre Alvarez, y de ellos forzosamente haba de proceder
cuanto de malo ocurra a la familia Baselga.

--No es verdad, hijo mo--deca don Esteban--, que usted nota en la
familia de Mara un poder oculto que se parece a la mano de la
fatalidad? Pues yo creo que esa maldicin que sobre ella parece pesar,
existe nicamente por la baronesa y sus amigos los jesutas, que deben
tener cierto oculto inters en mezclarse en los asuntos de la familia.
Los millones a que asciende su fortuna son un cebo ms que suficiente
para atraer a todos esos monstruos de sotana negra, que no reparan en
los medios para cumplir su fin. A todos nos han ido devorando. Primero,
al conde de Baselga, de cuya trgica muerte estoy seguro que ellos
fueron los autores; despus, a la pobre Enriqueta y a m, cuyos amores
voy a relatarle, y ltimamente, a ese infeliz Ricardo, el fantico
hermano de mi amada, al que enviaron a morir al Japn, despus de
robarle la fortuna. Ahora conviene que est usted en guardia y no se
deje sorprender, pues le perseguirn ya que la respetable fortuna que
an posee Mara es ms que suficiente para tentar su codicia de
bandidos. Duda usted de lo que le digo? Cree usted que estas
persecuciones de que hablo son simplemente manas nacidas de la
imaginacin de un viejo? Si su to, el doctor, estuviese aqu, l
afirmara, seguramente, lo que yo le digo; pero para que se convenza,
basta que yo le cuente la historia de mis amores con Enriqueta.

Y don Esteban comenz a relatar al joven la dramtica historia de sus
amores, que pareca toda una novela y que caus honda sorpresa en
Zarzoso. La figura de Enriqueta, que vea surgir de la relacin, dulce e
interesante, perseguida y esclavizada siempre por su hermanastra la
baronesa, resultbale muy simptica, y senta por ella un espontneo
afecto, tanto por las penas que haba sufrido como por ser la madre de
Mara.

Cerca de una hora dur la relacin de Alvarez, y, a pesar de esto, a
Zarzoso le pareci que slo haban transcurrido algunos minutos, pues
escuchaba con tanta atencin al padre de Mara, que sus sentidos estaban
muertos para todo cuanto le rodeaba.

Al terminar, daban las siete en un antiguo reloj de tallada caja, que
ocupaba un ngulo del saln.

A Zarzoso no le caba ya la menor duda de que don Esteban Alvarez era el
padre de Mara. Lo que s le causaba profunda extraeza era que su novia
ignorase que exista en el mundo el ser que le haba dado la vida y
siguiese creyndose hija de aquel hombre indigno cuyo apellido llevaba.

Ahora recordaba Zarzoso, con la vaguedad del que piensa en un ensueo,
que Mara le haba hablado de un hombre que fu a buscarla al colegio, y
que, en su concepto, era el perseguidor de la familia.

Esto coincida con las revelaciones de don Esteban Alvarez, y sublevaba
el nimo de Zarzoso, que no poda transigir con una infamia tan grande
como era ignorar una hija la existencia de su padre, y vivir ste
devorado por el vehemente deseo de conocerla.

--Oh! Es una feliz casualidad que nos hayamos conocido--dijo Zarzoso--.
Siento indignacin ante esa trama oculta que ha hecho que una hija
desconozca a su padre, y he de procurar por todos los medios hacer que
Mara sepa su origen. Esta noche misma le escribir todo cuanto ocurre,
y ella me creer, pues tiene en m la inmensa confianza que proporciona
el amor. Animo, don Esteban; tal vez no muera usted ya sin recibir ese
beso de hija que tanto anhela.

Alvarez hizo un gesto negativo, como dando a entender que no crea en
que un desgraciado como l, perseguido por la fatalidad, pudiese llegar
a sentir tan inmensa dicha.

--Oh, s!--dijo con entusiasmo--. Escrbala usted. Dgale que yo soy su
padre, que bastara que me oyese para convencerse de ello; pero no tarde
usted en hacer tales revelaciones, pues a pesar de que he esperado tanto
tiempo, me parece que me faltar ahora para experimentar tanta felicidad
y que voy a morir antes de sentir tan inmensa dicha.

Despus aadi, con el acento del que advierte una cosa importante:

--Sobre todo que la baronesa no se aperciba de nada de esto. Ese
vejestorio podra estorbar la santa obra de reconciliacin que va usted
a emprender.

--No se apercibir de nada; yo se lo aseguro. Tengo el medio de
comunicarme directamente con Mara sin que se aperciba la baronesa. Hay
una buena persona que se encarga de proteger nuestra correspondencia.

Alvarez, dominado por aquella emocin que humedeca sus ojos, haca
signos afirmativos con su cabeza, sin saber por qu.

--Tambin le ruego--dijo--que no comunique nada de lo que hemos hablado
a ese loco de Agramunt. Para l conviene que sigamos siendo dos buenos
amigos y nada ms. Es un atolondrado que, si llegara a saber que mi hija
es la misma mujer a quien usted ama, encontrara el caso muy novelesco,
y no contento con relatarlo a todos los emigrados, sera capaz de
repetirlo en alta voz, en pleno bulevar, para que lo supiera Pars
entero.

Zarzoso sonri ante aquella exageracin.

--No es charlatn hasta ese punto--dijo--, pero hace usted bien en no
tener gran confianza en su lengua. Nada le dir.

--Haremos una excepcin en favor de Perico. Ese muchacho, a fuerza de
sacrificarse por m, ha llegado a serme tan indispensable, que no puedo
guardar con l el menor secreto.

--Sin embargo, no creo que usted le haya hecho saber esa tendencia al
suicidio que tanto le agitaba.

Alvarez contest con un gesto de alegre extraeza:

--Eh! Quin piensa en eso! Esas ideas fnebres eran las de un padre
que se vea alejado para siempre de su hija; pero ahora la cosa ha
variado por completo y me siento feliz. S, Seor, estoy contento como
si hubiera encontrado a mi hija despus de tenerla perdida cerca de
veinte aos.

La campanilla de la puerta, que son discretamente por tres veces, di
fin a la conversacin.

--Es Perico, que vuelve del almacn--dijo don Esteban--. De seguro que
antes de subir ha conferenciado con la mujer del conserje para enterarse
de cmo andaba la comida.

Alvarez fu a abrir y momentos despus entr en el saln, mientras que
su fiel criado iba y vena por el comedor, dando a entender, con el
choque de platos y el retintn de cristales, que se ocupaba de poner la
mesa.

Zarzoso se levant para irse. Quiso detenerlo Alvarez invitndole a que
comiese con l para solemnizar su extrao reconocimiento, pero el joven
se excus, alegando que Agramunt le esperaba ya a aquellas horas a la
puerta del restaurante, y que era hombre capaz de no entrar a comer
mientras l no llegase.

Por fin el joven sali de la casa acompandole hasta la escalera el
mismo Alvarez, que pareca remozado, con su brillante mirada y su
apostura marcial de otros tiempos.

Al pasar por el comedor pellizc alegremente en un brazo a su criado,
dicindole al odo con risueo misterio:

--Ah, Perico! Si supieras!... Si supieras!...

En el rellano de la escalera se despidi de Zarzoso con un fuerte
abrazo, y por fin le dej ir, con la condicin de que al da siguiente
vendra a comer con l y de que no faltara ninguna tarde para charlar
una horita sobre un tema tan grato como era Mara; aquella joven en la
que se confundan los carios de los dos: el del padre y el del novio.

En la misma noche, mientras Agramunt se iba a bailar a Bullier, Zarzoso
se encerr en su cuarto y escribi a Mara una abultada carta de ocho
pliegos, en la cual, con todas las salvedades que deben emplearse al
hacer ciertas revelaciones a una joven soltera, la relataba por completo
la historia de su madre, los amores de que ella era hija, y al mismo
tiempo haca una pintura conmovedora del estado de abandono y
desesperacin en que viva su verdadero padre, hroe cado, patriota
infeliz, que languideca en el extranjero suelo, agobiado por la
desesperacin de tener una hija que no le reconoca, y antes bien le
consideraba como a un monstruo.

El joven qued satisfecho de su obra y al poner su firma murmur con
conviccin:

--Seguramente que Mara dar crdito a cuanto la digo y reconocer a su
padre como a tal. Sera necesario tener un corazn tan duro como el de
la fantica baronesa de Carrillo, para no conmoverse ante el espectculo
que ofrece ese hombre infeliz, solo en el mundo, y desconocido por el
nico ser al cual tiene derecho a exigir un poco de cario. Mara
contestar inmediatamente a esta carta, y tal vez pueda dar al pobre don
Esteban un motivo de verdadera satisfaccin, una alegra suprema.

Zarzoso fu a comer al da siguiente con Alvarez y desde entonces no
dej de ir todas las tardes a hacerle la visita, en la cual la
conversacin versaba siempre sobre el mismo tema, o sea sobre Mara.

--No ha contestado todava a su carta?--preguntaba con avidez el
infeliz padre.

--Pero por Cristo! Si anteayer sali la carta y an tal vez no la haya
ledo Mara. No sea usted impaciente, y ya que tantos aos ha esperado,
tenga calma por unos cuantos das.

Alvarez bajaba la cabeza, con resignacin. Era verdad. Su cario de
padre, su ansia por saber el concepto que mereca a su hija, hacale ser
impaciente y ridculo.

De los tres hombres que se reunan en aquella habitacin de la calle del
Sena, Perico era el nico a quien no entusiasmaba gran cosa la joven de
la que tanto hablaban el amo y su joven amigo.

El respetaba mucho a aquella seorita Mara, a la que nunca haba visto.
Bastaba para ello que fuese hija del hombre al que adoraba como a un
dolo; pero la profesaba poca simpata por el hecho de pertenecer a una
familia de aristcratas que pareca maldita, pues acarreaba desgracias a
todos cuantos la trataban.

Por culpa de aquellos Baselgas, haba muerto su ta en la crcel; por
ellos tambin su seorito haba pasado por apurados trances y se vea
ahora fuera de la patria; y como si no hubiera bastante, ahora sala a
plaza aquella Mara, otra Baselga que renegaba de su padre, y le sorba
los sesos a un buen muchacho que prometa ser un gran mdico.

Y el rudo ex asistente, al hablar as, miraba con expresin de lstima a
Zarzoso.

Pobrete! Tambin sacara su astilla de mal, ya que haba cometido la
torpeza de enamorarse de una mujer perteneciente a aquella familia
santurrona, que pareca dada al diablo, segn la facilidad con que
sembraba la desgracia a su alrededor.




V

Las hijas de la noche.


Empiezan a hacerse ms densas y oscuras las sombras gasas que el
crepsculo extiende sobre las calles de Pars; comienzan a brillar
inquietas las lenguas de fuego del gas, dentro de los faroles, o a
centellear los blancos focos elctricos, semejantes a las pupilas de un
abismo; termina en los cafs la hora de la absenta; empieza el trabajo
en los restaurantes; y apenas tal sucede, sobre el asfalto de los
bulevares, sentadas a las mesas de los comedores pblicos o contemplando
con fingido inters los escaparates, mientras miran al mismo tiempo con
el rabillo del ojo a los que estn detrs, aparecen un sinnmero de
mujeres que van solas o formando parejas, mujeres que tienen una
existencia particular y rara, a quienes jams se ve durante el da, y
que semejantes a las aves nocturnas, como si el sol las incomodara,
aguardan las primeras sombras para salir de su madriguera.

Pars, en las primeras horas de la noche, parece una ciudad invadida por
un inmenso ejrcito femenino. Doquiera se dirigen los pasos se
encuentran siempre los mismos tipos, aunque presentados en diversas
formas. Unas, las de clase ms modesta, vestidas extravagantemente con
ropa que a la legua delata su procedencia de desecho, se paran en las
esquinas devorando el pedazo de pan y de carne que acaban de comprar en
la "cremerie" y que tal vez constituye su nica comida diaria; otras,
que apenas si parecen llegadas a la pubertad, pequeas, entecas y
vistiendo todava como nias, saltan y corren por las aceras con grande
algazara, gozando en empujar rudamente al pacfico transente que nada
les dice; muchas pasan andando con gravedad soberana, vestidas con
arreglo al ltimo figurn, dejando tras s una estela de punzantes
perfumes; pero todas ellas miran de igual modo y llevan idntica
expresin en el rostro, lo mismo la que viste de negro con cierto aire
monjil y lleva la cabeza descubierta que la que ostenta el ancho
sombrero de alas serpenteadas y ondulantes plumas.

La virtuosa madre de familia, la joven honrada, no se atreven a salir
as que cierra la noche sino del brazo del esposo o del hermano, porque
muchas veces las identidades en el vestir producen gran confusin y
tremendas equivocaciones.

Esa invasin que nocturnamente sufre la gran ciudad es lo que la
deshonra a los ojos del mundo; es la que hace aparecer como centro
nicamente de placeres y vicios a una poblacin cuyo vecindario en su
gran mayora es honrado, trabajador y virtuoso.

Pero el inmenso nmero de seres que alberga Pars, pertenecientes a la
clase antes descrita, es suficiente para dar a una capital un carcter
poco honroso, que realmente no tiene.

Cuntas son las mujeres que en las primeras horas de la noche salen a
las calles de Pars a buscar el sustento a cambio del honor?

Primeramente se imagina que son algunos miles; pero cuando se acaba por
ver que apenas hay calle ni establecimiento de recreo de la inmensa
ciudad donde ellas no enven su representacin, no se puede menos de
creer que, semejantes a los descendientes de Abraham, su nmero es tan
inmenso como las estrellas del cielo o las arenas del mar.

Su cifra espanta y hace pensar con tristeza en que otras tantas son las
madres honradas que ha perdido la sociedad.

Este inmenso ejrcito del vicio se ve diariamente combatido con gran
rudeza por la miseria y las enfermedades; en l la muerte se ceba con
una insistencia feroz que no guarda para otras clases; y a pesar de
esto, sus filas no se aclaran, y en el hueco que deja una que cae para
siempre aparece inmediatamente otra que trae todava en las mejillas el
color de melocotn sazonado, signo de salud y robustez que no tardar
mucho en perder.

Para que tan incesante reemplazo se verifique en su ejrcito, el vicio
tiene especiales y activos reclutadores, y el ms principal de stos, es
la atmsfera de corrupcin de las grandes ciudades.

Segn las observaciones de uno de esos sabios parisienses que se dedican
a estudios en la apariencia algo ftiles, pero que en el fondo tienen
transcendencia social, de cada diez mil muchachas que anualmente llegan
del fondo de los departamentos a la gran ciudad, para dedicarse al
servicio domstico, mil vuelven a sus pueblos a los pocos meses, por no
ser aptas para tal profesin o sentir demasiado la nostalgia de la
patria; otras tantas consiguen a fuerza de sisas y economas, por
espacio de cuatro o cinco aos, reunir tres mil francos, con lo que
compran un marido, "garon de htel", o simplemente visitante de
tabernas; unas diez o doce se arrojan al Sena, pues cometen--como dira
un parisin--la insigne tontera de tomar el amor en serio; y las
restantes, maleadas por el ambiente de la ciudad, con la conciencia
corrompida por los ejemplos que continuamente se presentan a sus ojos,
desesperadas de poder reunir la cantidad de dinero que necesita en
Francia una mujer para casarse, y seducidas por el espectculo de
algunas que, meses antes fregaban platos como ellas y en la actualidad
visten mejor que sus antiguas seoritas y gastan a todas horas fiacre de
alquiler, se deciden a hacer un cambio radical en su vida y conducta,
pasan el Rubicn, que en estas circunstancias representa el honor, y van
a engrosar aquellas mesnadas femeninas que atraen la presencia en Pars
de toda la gente rica y corrompida de las cinco partes del mundo.

Qu triste historia sintetiza cada una de esas infelices que pasa la
vida riendo por las calles y cafs de Pars! Muchas veces la ms
descocada e insolente, que remedando los ademanes que vea hacer a sus
antiguas seoritas ha conseguido darse cierto aire de distincin, y hace
creer a sus imbciles amigos que es hija de un banquero arruinado, de un
general perdido por la poltica, etc., es causa de que dos pobres
ancianos, all en lo ms ignorado del ltimo departamento y en su
miserable choza, lloren noche y da creyendo muerta la hija que sali
del pueblo cuando muchacha, para ir a servir a Pars, con las mejillas
rojas por el rubor, los ojos bajos y el aire tmido e inocente. Los
infelices padres reciban antes todos los meses una carta garrapateada,
en la que la nia les deca que su salud era buena y les contaba las
cosas de sus amos; pero lleg un mes en que la carta falt, al siguiente
tampoco vino, y as fu sucediendo durante mucho tiempo, hasta que al
fin los dos viejos fueron a Pars a buscar su nica hija; pero su
intento result vano, y a los pocos das, asustados del ruido de la gran
ciudad, se volvieron a casa para llorar a la muchacha que, segn sus
deducciones, habra sido aplastada por un coche o se habra ahogado en
el Sena. Aquellos infelices lloran sin tregua... y con motivo, pues se
conduelen de la muerte de la hija honrada e inocente y sta ya no
existe, puesto que los virtuosos ancianos nunca querran reconocer a su
hija de ayer en la mundana desenvuelta de hoy.

Historias como sta hay muchas en la gran ciudad, pues se encargan de
formarlas la mayor parte de esas jvenes que llegan a Pars cubiertas
con ridculas cofias y mirando a todos con aire cerril y salvaje, para
al cabo de un ao ir por las calles llevndose tras s centenares de
miradas, cubiertas de las ms costosas galas que constituyen la ltima
moda y muchas veces salpicando de barro, con las ruedas de su carruaje,
a las mismas familias a quienes meses antes les servan la sopa todas
las tardes a las seis en punto.

Muchas veces esas mujeres que tal salto han dado en su existencia,
rodando de brazo en brazo, encuentran algn poeta que les cante, porque
la lira de la juventud, que slo quiere entonar himnos a la belleza, es
poco escrupulosa en punto a moralidad, e indudablemente entre las Ninon,
las Ninettes y las Lilis, a quienes dedicaba sus originales sonetos
Alfredo de Musset, el poeta ms dulce y ms cnico a la par que ha
tenido Francia; entre aquellas mujeres que merecan tan hermosas frases
y tan areos conceptos las haba que poco tiempo antes barran las
escaleras, se llamaban Paulas o Mauricias, y no conocan ms versos que
los estpidos de los "couplets" populares.

Es triste cosa que un par de trajes elegantes y cuatro ademanes
imitados, basten para trastornar el seso de un gran poeta, y que su lira
rompa deshonrosamente a cantar el vicio y la corrupcin!

Pero no es solamente la clase antes indicada la que contribuye a que el
vicio tenga siempre su sacerdocio en Pars, pues ste se ve tambin
engrosado por otros elementos.

Acuden a la gran ciudad, como mariposas atradas por fuerte luz,
desdichadas de todos los pases; lo mismo de las risueas campias
andaluzas, que de los campamentos cosacos; igual de las Repblicas
americanas, que de las posesiones europeas de Africa, y ellas hacen
desfilar por frente a esos millonarios que durante el invierno sientan
sus reales en los bulevares todos los tipos, colores y configuraciones
de los diversos pueblos de la tierra.

Junto a todas stas descuella y se da inmediatamente a conocer la
indgena o propiamente parisin, la que si ha salido ms all de las
barreras, slo ha sido para llegar hasta Versalles o Suresnes, y que
cree que el centro del Universo a cuyo alrededor giran el Sol y todos
los planetas es el bulevar de los Italianos: mujer original y rara, a
quien gusta todo lo extravagante, y que tiene la gil perversidad del
mono, la fatuidad y los discordes chillidos del pavo real y las
marrulleras y malas intenciones de un gato viejo.

El tipo de la alegre parisin es un ejemplar repetido hasta lo infinito,
pero siempre con el mismo texto. Su historia es siempre idntica. Nacen
y crecen en una portera o en un sotabanco. La madre vende flores o
frutas en un carretoncillo por las calles: el padre trabaja tres das a
la semana, y en la noche del sbado, despus de andar a puetazos con su
mujer por cuestin de mejor derecho para guardar los ochavos, se mete en
la taberna, de donde sale el mircoles casi a gatas. La nia, como ya es
grande, trabaja en un taller tranquilamente, hasta que un da la
compaera la tienta a ir por la noche a un baile cualquiera, y all
danza con un muchacho, que empieza su conquista regalndole un ramo de
violetas de cinco cntimos y convidndola a un "bock" y acaba por
enamorarse de aquel tipo delicioso, que sabe ponerse el sombrero de
canto sobre la nariz, que imita el canto del gallo con exactitud
sorprendente, que baila la cuadrilla haciendo el pajarito y que tiene un
sinfn de hermosas habilidades, aunque desconoce la ms principal, o sea
la del trabajo, pues no falta quien le asegura a ella que el tal ente
vive de poner contribucin a los afectos de sus enamoradas.

Desde aquel da la muchacha no vuelve a su caca; el padre, entre vasos
de vino y copas de "wisky", jura a sus compaeros de la taberna que
donde la pille la va a matar; la madre llora y cuenta sus penas a la
vecina, y as pasan los meses, hasta que un da la encuentran en el
bulevar los autores de sus das, elegantemente vestida, del brazo de un
caballero, y... no sucede absolutamente nada, pues al marido le parece
muy agradable tener una hija que siempre que le encuentra la da un par
de francos para beber, y la mujer casi se alegra de que la nia no haya
venido a casarse al fin con cualquier muchacho del barrio, que la haga
desfallecer de hambre y le administre una paliza semanal.

Especial modo de ser el de gran parte de las familias parisienses! Las
honradas familias espaolas jams podrn comprender, para fortuna
nuestra y de la moral, esa indiferencia afrentosa que se manifiesta aqu
entre ciertas clases ante la prdida del honor.

El espectculo que ofrecen esas infelices jvenes, entregadas a una
incesante crpula, en la edad de los ensueos y de las ilusiones, no
puede ser ms triste y desconsolador. Se ven entre ellas rostros francos
y hermosos, que a primera vista parecen frescos e inocentes, pero que
mirados con ms detencin, delatan una fatiga inmensa, propia del abuso
de la vida; y aquellas bocas, muchas veces plegadas por angelicales
sonrisas, se abren para dejar or voces roncas por el alcohol que
profieren las ms soeces frases o los ms tremendos juramentos, con una
naturalidad abrumadora.

La vida nocturnal de esas infelices est de continuo llena de
sobresaltos y peligros, pues cuando no las incmoda el vicio con sus ms
hediondas formas, las persigue la sociedad, que tiene ms cuidado en
sacar provecho de los seres que viven fuera del mundo de la moral, que
en redimirlos de tan degradante esclavitud.

Muchas veces el transente, de rostro bondadoso, que pasea su bonhoma
por las calles durante la noche, se ve de repente agarrado del brazo por
una mujer que empieza a marchar junto a l con la naturalidad de
antiguos amigos. El, sorprendido, intenta preguntar; pero ella hace que
calle, y as andan un poco hasta que al llegar a cualquier esquina, el
hombre, que ya empieza a interesarse por adivinar en qu parar aquello,
ve que su pareja le abandona y desaparece.

Es que aquella infeliz va perseguida por la Polica, que siempre se
muestra cruel con el vicio que no da parte de sus rendimientos al
Estado, y para salvarse se agarra al brazo del primer hombre que
encuentra, lo que la pone a cubierto de toda detencin.

Tan inmensa falange de vctimas de la concupiscencia de una gran ciudad
aumenta todos los das. Raro es aquel en que las oficinas de la Polica
no reciben reclamaciones de dos o tres familias para que busquen otras
tantas jvenes fugitivas del hogar domstico; pero como no andara muy
medrada la institucin que vela por la seguridad pblica si tuviera que
atender a tan continuas demandas, son pocas las diligencias que se hacen
para buscarlas, y a las muchachas emancipadas de la tutela paternal para
ser vctimas de las pasiones, les basta mudarse a un barrio de Pars
algo distante del que ocupan sus parientes para que stos no las
encuentren en aos.

El antimoral ejrcito que pulula por Pars tiene dos tremendos enemigos
que ametrallan de continuo sus filas, causando muchas bajas: el hambre y
las enfermedades.

Cuando el vicio forma las legiones que sostienen su bandera y pasa
revista, encuentra muchos huecos en aqulla. Qu se ha hecho de Titn,
Odilia, Sarah, Iseul y Mim?

Que se lo pregunten al hospital o al Sena. Las ms han perecido a manos
de la miseria, y sus cuerpos figuran en las mesas de diseccin de la
Escuela de Medicina; y las otras se han suicidado, arrojndose al ro,
porque estaban cansadas de vivir... a los veinte aos.




VI

Judith, la Rubia.


Segua Zarzoso el bulevar Saint-Germain, en direccin contraria al Sena,
a la hora en que los reverberos de las calles acababan de encenderse y
en que las tiendas comenzaban a iluminar sus escaparates, ante los
cuales se detenan los curiosos.

El cielo ceniciento, que, como sucia cortina, se extenda sobre los
tejados, estaba empapado an con el ltimo y moribundo reflejo del
crepsculo.

El joven mdico pareca muy preocupado. Haca un fro molesto por lo
punzante; soplaba un cierzo que pareca herir el cutis como sutil
cuchilla; todos los transentes andaban con las manos metidas en los
bolsillos y arrebujados en sus abrigos, y a pesar de esto, Zarzoso, como
si fuera insensible a los rigores de la estacin, caminaba con lentitud,
con el gabn desabrochado, el cuello bajo, los brazos cruzados sobre la
espalda sosteniendo con desmayo el bastn y la cabeza inclinada, cual si
no pudiera resistir la pesadumbre de la inmensa balumba de pensamientos
que se agitaba en su cerebro.

Acababa de salir de la calle del Sena, donde haba pasado una hora de
conversacin con Alvarez, si es que conversacin poda llamarse a la
repeticin infinita de una misma pregunta, bajo diferentes formas:

--Todava nada?--preguntaba con ansiedad el infeliz padre.

--Nada--contestaba con lacnico desaliento el novio de Mara.

Y los dos hombres quedaban silenciosos, mirndose con expresin
dolorosa, combatidos por diversos pensamientos: hasta que, transcurridos
muchos minutos se atrevan a volver a hablar:

--Es extrao ese silencio, hijo mo.

--Realmente, es muy extrao, don Esteban.

Y as segua la conferencia de los dos hombres todas las tardes, hasta
que, por fin, Zarzoso, cansado de la incertidumbre de Alvarez, que
aumentaba la suya propia, le daba las buenas noches y lo abandonaba.

El joven mdico, al salir aquella tarde de la calle del Sena y remontar
con aspecto desalentado el bulevar Saint-Germain, iba pensando en que
justamente aquel mismo da hacia un mes que haba escrito a Mara la
carta en que la noticiaba el encuentro casual con el que era su
verdadero padre.

Esper seis das confiado en que, transcurrido este plazo, que era el
que necesitaban sus cartas para alcanzar contestacin, Mara le
escribira como siempre; pero pas el tiempo y la carta no lleg.

Zarzoso sospechaba de la Administracin de Correos; crea ocurridos los
ms absurdos incidentes en el viaje de la correspondencia para
explicarse de este modo la desaparicin de su carta; de todos pensaba
mal menos de Mara, y volvi a escribir y a esperar otros seis das,
siendo acogida esta segunda tentativa con el mismo absoluto silencio.

Aquello era absurdo, le resultaba imposible, y tanta fe tena en Mara
que hasta en algunos instantes crey que soaba.

La sospecha de que sus cartas se hubiesen perdido resultaba inadmisible,
pues en tal caso Mara, alarmada por este silencio, se hubiese
apresurado a escribirle pidindole explicaciones.

Fu aquel mes la poca ms terrible que en su vida tuvo Zarzoso. Acos a
preguntas al conserje de su hotel y casi le someti a un interrogatorio,
como si temiera que ocultase las cartas recibidas; baj al portal a las
horas en que sola llegar el cartero, para hostigarle con reclamaciones
que estaban prximas a originar una pendencia; hasta lleg a ir con
Agramunt a la Administracin Central de Correos, para enterarse de las
probabilidades de extravo que tena una carta de Madrid a Pars; pero
toda su nerviosa inquietud, toda su irritada movilidad, no le sirvi ms
que para convencerse de que nadie le escriba, y que aquel silencio
postal tena su principal motivo en Madrid y no en los encargados de
transmitir la correspondencia.

Zarzoso presenta en este silencio un hostil misterio, un poder oculto
que haba descubierto su amor y trabajaba contra l; pero estaba lejos
de adivinar su verdadero significado y de dnde proceda.

El joven, desesperado ya, en vez de dirigirse a su novia, escribi a
doa Esperanza, la viuda de Lpez, que era a quien enviaba siempre las
cartas. Pidile explicaciones sobre aquel silencio inesperado, pero ste
continu, y si su novia no le escriba, tampoco la viuda se dign darle
contestacin.

Entonces Zarzoso lleg a desesperarse de un modo que inspir inquietudes
a Agramunt.

Rodo por la incertidumbre y agitado por las sospechas, Zarzoso, a los
veinte das de aquel silencio, apel a los medios ms extremos.

Con la desesperacin del nufrago que se agarra al ms insignificante
objeto, confiando que va a salvarse, crey que apelando al telgrafo
adquirira mejor resultado que valindose del correo, y envi telegramas
urgentes, con la contestacin pagada, a la viuda de Lpez, sin que por
esto lograse romper aquel silencio absoluto y desesperado que le sala
al paso apenas intentaba comunicarse con Madrid.

Zarzoso no saba ya qu hacer para explicarse la causa de aquel
silencio.

No haba que pensar en la posibilidad de que Mara no contestase por
hallarse enferma. En un nmero de "La poca", que ley en el caf de
Cluny, encontrse con una resea de un baile, en la que se dirigan
elogios a la sobrina de la baronesa de Carrillo, haciendo una
descripcin dulzona de su hermosura, su gracia y su elegancia.

Adems, Zarzoso haba pedido noticias a un amigo de Madrid, antiguo
condiscpulo de la escuela de San Carlos, en el que tena absoluta
confianza; y ste, que contest inmediatamente, le dijo haber visto a
Mara en los paseos con el aspecto de siempre, y que en cuanto a la
viuda de Lpez, estaba bien de salud y habitaba la misma casa, que era
donde Zarzoso diriga toda su correspondencia amorosa.

Esta noticia hizo llegar al perodo lgido el asombro y la desesperacin
del joven.

No estaban enfermas Mara y su acompaante doa Esperanza; no haba
ocurrido nada de particular en su existencia; por qu guardaban, pues,
tan inexplicable silencio?

Zarzoso, del abatimiento y la tristeza, comenz a pasar a la violencia.
Escribi cartas en estilo amargo, irnico, casi insultante, y las envi
a Madrid, sin ser por esto ms afortunado ni lograr romper aquel
silencio.

Hubo momentos en que acarici la idea de abandonar Pars y presentarse
en Madrid inesperadamente, con el propsito de pedir cuentas a Mara de
su inexplicable conducta; pero el joven experimentaba un pavor infantil
al pensar en su to, y la consideracin de que ste podra enterarse de
tan extrao viaje era ms que suficiente para hacerle desistir.

Enclavado en Pars, y en aquel aislamiento desesperante en que le dejaba
la mujer querida, Zarzoso permaneci un mes entero, experimentando en
los ltimos das una gran indignacin, que trocaba su antiguo amor en
irritacin sorda y terrible contra Mara.

El joven crea ya haber encontrado, en los ltimos das de aquel mes de
espera e incertidumbre, la clave que explicaba tan misterioso silencio.

Ah, la miserable! La orgullosa aristcrata! La extensa carta que la
haba enviado su novio dndola cuenta del encuentro con el que resultaba
su verdadero padre, era el nico motivo de aquel silencio absurdo. La
condesita se avergonzaba, sin duda, de su origen; irritbase
indudablemente contra su adorador por haber ste descubierto el misterio
de su nacimiento, y a ello era debido que, deseando romper unas
relaciones que le resultaban ya molestas, se negara a contestar a las
cartas de Zarzoso, acabando los amores con tan villano procedimiento.

As se explicaba Zarzoso el silencio de Mara, y como cada vez se senta
ms atrado por esta solucin que haba imaginado, comenzaba a
considerar con cierto desprecio as su antigua novia, tenindola por una
mujer vulgar, fatua y preocupada por las ideas rancias de su clase.

En esto iba pensando aquella tarde, al salir de la calle del Sena, y se
ratificaba cada vez ms en sus ideas, al notar que don Esteban
participaba de ellas, aunque no se atreva a manifestarlo por miedo a
aumentar el desaliento que experimentaba el joven mdico.

Cuando ste, dejando el bulevar Saint-Germain, entr en el de
Saint-Michel, iba tan preocupado con sus pensamientos, que monologueaba
en voz baja, gesticulando, hasta el punto de llamar la atencin de los
transentes ms prximos:

--Qu engaado estaba! Quien mejor conoce a esa familia es Perico, el
antiguo criado de don Esteban. Raza de orgullosos, en la que slo se
encuentran amores nocivos! Ahora veo claro; Mara es igual a todas las
mujeres de su familia; tan orgullosa y falta de sentimientos como su ta
la baronesa, slo que con su carita de ngel y su aparente bondad sabe
engaar mejor y ocultar la ruindad de su fondo. Vive Dios! Y que no
pueda yo dejar de amarla!... Que no tenga yo la fuerza suficiente para
olvidar y permanecer indiferente ante ese silencio abrumador!

Y el joven, a pesar de sus quejas, de sus recriminaciones contra Mara,
reconocase impotente para combatir aquel amor que, segn su expresin,
haba penetrado en l hasta los tutanos; y tanta necesidad senta de
ser correspondido, que cual el desesperado que no pierde la esperanza de
salvarse hasta en los ltimos instantes, en su cerebro acababa de surgir
la halagadora idea de que Mara tal vez le habra contestado y a
aquellas horas la carta estara esperndole en el casillero de la
portera de su hotel.

Cuando Zarzoso formul este pensamiento se encontraba casi a la puerta
de su restaurante, situado frente al Luxemburgo.

Dud algunos instantes. Qu hacer?

Era absurda la esperanza de que le aguardase en el hotel la anhelada
contestacin de Mara. En las horas que haba permanecido fuera de casa
slo haba un reparto de cartas, y en ste rara vez entraba la
correspondencia espaola; pero por la misma inverosimilitud de su
esperanza, el joven se senta atrado por ella, y al fin se decidi a
remontar la calle Soufflot y entrar en su hotel para convencerse de si
haba adivinado la llegada de la carta. No quera comer agitado por la
incertidumbre o halagado por absurdas esperanzas.

Cuando el joven, atravesando la plaza del Panthen, fu a entrar en su
hotel, apenas si se fij en una mujer joven, vestida con bastante
elegancia y que estaba parada cerca de la puerta, al pie de un
reverbero, y teniendo a pocos pasos un perrillo lanudo y feo que
jugueteaba con un pedazo de peridico.

Zarzoso penetr en la portera y lanz al casillero una ansiosa mirada.
La mayor parte de las casillas de los otros huspedes tenan cartas o
peridicos con fajas selladas que demostraban su lejana procedencia;
pero en la suya, nada absolutamente; la llave nada ms, colgando con
tristeza del clavo, como si sintiera desaliento al verse en tal soledad.

Haciendo un gesto de resignacin sali de la portera, y al volver de
espaldas para cerrar la mampara de cristales, tropez con una mujer que
entraba resueltamente en el portal. El joven la mir, balbuceando una
excusa y llevndose la mano al sombrero.

La reconoci inmediatamente. Era la joven que momentos antes se hallaba
al pie del farol de gas, y su perro estaba ahora all, junto a ella,
apretndose contra sus faldas, como si sintiera temor al penetrar en una
casa desconocida.

Era de mediana estatura, de un cutis blanco de trasparencia lechosa, y
lo que en ella llamaba la atencin, ms que las facciones y las formas
de su cuerpo, erguido con petulancia, eran los cabellos y los ojos,
ofreciendo un rudo contraste que inmediatamente saltaba a la vista. La
cabellera era rubia, pero de un rubio dorado obscuro, brillante, que
pareca irradiar luz; y los ojos, por un contrasentido de la Naturaleza,
aparecan negros, rasgados, agrandados an ms por ciertas lneas y
sombras del lpiz de tocador, y haciendo recordar los de las circasianas
encerradas en el fondo del harn. En aquellos ojos, ventanas del alma,
espejos delatores de tudas las dobleces de un carcter, adivinbase una
inmensa malicia; lo mismo saban fingir la cndida mirada de la
inocencia y del asombro, que animarse y chispear con la excitacin
brutal de la orga.

En toda su persona perfumada, esparca un ambiente de dulce olor de
violeta, notbase algo de original, cierto corte bohemio que la elevaba
sobre la vulgaridad de la cocotte.

Vesta con elegancia, y, sin embargo, en toda su persona, que respiraba
originalidad, notbase la tendencia a huir de la ltima moda vulgar, de
combatir el ltimo figurn, que es siempre artculo de fe para las
mujeres parisienses.

Su traje de raso, de color de malva, transiga un poco con la moda; pero
en la cabeza llevaba un artstico chambergo erizado de ondulantes y
largas plumas, y los hombros estaban cubiertos por una capa de seda
negra que le bajaba hasta los pies en pliegues estatuarios. Adivinbase
en aquella mujer, con su aspecto ligero y un tanto fatuo, el fanatismo
del arte que absorbe todos los sentimientos, y comprendase que el
modelo de sus trajes, en vez de copiarlos de sus peridicos de modas, lo
sacaba de los hermosos retratos de marquesas y duquesas del pasado
siglo, que existan en el Museo del Louvre.

Como para completar aquel atavi artstico, que resultaba algo
extravagante, su cabellera luminosa caa suelta en bucles sobre el
cuello de su capa, y en la mano llevaba un latiguillo de correa, que le
serva algunas veces para atar a su perro, pero que casi siempre
empuaba, chasquendolo con aire de amazona.

Zarzoso, a pesar de su preocupacin, no pudo menos de quedarse
sorprendido mirando a aquella mujer tan extraa y hermosa, que resultaba
original aun en el Barrio Latino, cuna de tanta extravagancia.

--Seora, dispense usted--dijo, llevndose la mano al sombrero.

La joven, apoyndose en la pared, le miraba de un modo tan amable, que
Zarzoso sinti miedo.

--Gracias, seor--dijo con una voz que, por su timbre grave, desdeca
algo de su tipo de belleza--. Es usted muy amable.

Y la hermosa rubia, sin moverse de la pared, pareca sentir deseos de
entablar conversacin; pero Zarzoso, poco acostumbrado a tratarse con
las mujeres del barrio, segua sintiendo miedo, y por esto se apresur a
saludar, saliendo inmediatamente del hotel.

Estaba el joven a la mitad de la calle de Soufflot, cuando ya haba
olvidado a la gentil rubia. La inquietud producida por el silencio de
Mara haba vuelto a reaparecer, y el joven pensaba nuevamente en su
novia, sintindose desalentado.

Cuando lleg al restaurante encontr a Agramunt sentado ya a la mesa y
hablando amigablemente con un grupo de estudiantes que coman en la mesa
inmediata.

--Oye, Juanillo--dijo el cataln cuando el joven mdico se sent a su
lado--. Esta noche hay baile de moda en Bullier. Ya sabes, concurrencia
distinguidsima. Las _cocottes_ con ms chic del otro lado del ro
pasarn esta noche los puentes para asistir a la fiesta y bailar la
cuadrilla. Adems, se dispararn fuegos de artificio, habr sorpresas;
en fin, un gran programa, segn me acaban de decir esos chicos que estn
en la mesa de al lado. El placer armonizado con la economa; entrada,
dos francos para caballero y gratis para las seoras. Vienes?

--No voy--contest Zarzoso con mal humor.

--Pues hars mal. Necesitas divertirte para que se te vaya esa
melancola cruel que te devora por momentos. Tampoco hoy hemos recibido
carta, eh?... Me lo figuraba; ni al mismo diablo se le ocurre
enamorarse de una condesita orgullosa, que te ha hecho caso mientras
estuviste en Madrid y la divertas con tus miradas lnguidas y tus
suspiros, pero que te ha olvidado apenas has vivido algunos meses lejos
de ella. Dios sabe cuntos novios tendr a estas horas la nia. Debes
creerme a m y dejarte guiar por mis consejos, pues aunque no soy viejo
tengo experiencia. Divirtete, goza todo lo que puedas y piensa como lo
que eres: como un joven de talento que tiene muchos aos de vida por
delante, y no como un viejo, que anhela casarse y constituir una
familia. A quin diablos se le ocurre a tu edad tener novias en serio y
tomarse tantos disgustos por si ha venido o no una carta de Madrid?
Quin te ha de escribir esa carta? Una mujer hermosa? Pues aqu, sin
salir del barrio, las encontrars a docenas, y de seguro, mejores que
aquellas sosas de all; pues yo, querido, aunque pase por mal patriota,
prefiero la mujer francesa. Adems, los amoros de aqu son algo ms
substanciosos y divertidos que los noviazgos de all, limitados siempre
a palabritas dulces, miraditas tiernas y un sinnmero de seas con las
manos desde el balcn a la calle. Creme, Juanillo; no seas inocente;
ven esta noche a Bullier, y yo me comprometo a buscarte media docena de
novias superiores a esa que tienes en Madrid y que tan mal se porta
contigo.

Zarzoso coma con la cabeza baja, ocultando la sorda imitacin: que le
producan las atrevidas comparaciones de Agramunt, el cual no cesaba de
animarle a su modo, intentando decidirle a que fuese al baile de
Bullier.

De este modo transcurri la comida, y cuando los dos jvenes se
levantaron de la mesa, Agramunt, con expresin marrullera de cario,
cuyo verdadero significado adivinaba Zarzoso, enlaz su brazo con el de
ste y le dijo, con expresin fraternal:

--Vamos, Juanillo, decdete...; vienes?

--No, no voy. No seas pesado--dijo Zarzoso con voz en que se notaba la
ira.

--Bueno, pues no reiremos por eso. Te acompaar a dar unas vueltas por
el bulevar, y a las diez te dejar para que vayas a casa a llorar tus
desdichas. Yo me ir al baile... Ah!, y ahora recuerdo. Hars el favor
de prestarme diez francos, por si tengo algn compromiso en el baile. Ya
ves, siempre saltan al paso antiguos conocimientos.

Zarzoso sonri, a pesar de la irritacin que senta. Ya haba salido al
exterior la verdadera causa de aquella expresin cariosa que momentos
antes haba mostrado Agramunt. Siempre que su amigo le hablaba en aquel
tono era signo de prximo sablazo, cuyo importe le era despus devuelto
con ms o menos retraso, cuando el escritor cobraba en la casa
editorial.

Zarzoso di a su amigo medio luis, y ambos, encendiendo sus cigarros en
el mechero del mostrador, salieron del restaurante.

Bajaron por la ancha acera del bulevar, para ir, como de costumbre, a
tomar caf a Cluny, y a los pocos pasos ante un gran escaparate de
camisas y corbatas vieron a una mujer que pareca mirar con gran
atencin los gneros expuestos, pero que al hallarse prximos los dos
jvenes, volvi rpidamente la cabeza y se qued con los ojos fijos en
ellos.

Zarzoso hizo un movimiento de sorpresa, sin poderse explicar la causa de
ello.

Era la misma mujer de poco antes, la hermosa rubia que haba encontrado
en el portal de su hotel.

Agramunt tard ms en apercibirse, y cuando ya estaba junto a ella, fu
cuando se fij, haciendo tambin un movimiento de sorpresa.

--Calla!... Es Judith, la rubia!

La joven sonrea, como encantada por aquella sorpresa, y al mismo tiempo
mova con mano varonil su latiguillo.

--S, yo soy; ya hace tiempo que no nos veamos.

Y luego, tendiendo su mano con cierto aire soldadesco, dijo al escritor:

--Cmo ests t, buena pieza?




VII

La primera noche.


El reconocimiento fu afectuossimo. Judith pareca encantada por aquel
encuentro, y hasta su perrucho, como si participase de la alegra de su
ama, rabitieso y con las orejas rectas, haca la rosca en torno de los
dos jvenes.

Vaya un encuentro!

--Y qu es de ti ahora?--preguntaba con curiosidad Agramunt--. Cmo
has estado tanto tiempo alejada del barrio?

Y Judith, con su voz hombruna, dando palmadas de compaero en los
hombros del escritor y hurgndole en el vientre con el puo de su
ltigo, siempre que se permita alguna observacin subida de color, iba
relatando con frases incoherentes, cortadas por ruidosas carcajadas, la
historia, de su desaparicin del barrio.

--El amor, chico, el amor; esa maldita aficin a los artistas pobres y
de talento, que ha de ser mi perdicin y no me deja hacer carrera como
otras.

Y matizando su puro lenguaje francs con las palabras sacadas del cal
del Barrio Latino y del de los arrabales, fu relatando su viaje por
Blgica e Inglaterra, que haba durado ms de ocho meses.

Se haba ido de Pars con un dibujante de _Le Monde Illustr_, que
emprendi una excursin artstica por orden de sus editores. El viaje
haba sido feliz; se arrullaban como dos trtolos, se amaban con el
fuego indestructible de las grandes pasiones, llamaban la atencin en
los hoteles y hasta en los trenes, por aquel amor pblico que no se
recataban y que iban pasando de pas en pas; pero en Londres surgi la
primera nubecilla con motivo de ciertas sospechas de infidelidad que
Judith inspir a su amante con su ligero carcter. Aquella escena de
celos fu decisiva.

--Chico, aquello fu todo un quinto acto de los melodramas que
representaban en la Porte Saint-Martin. Yo, cansada de sus
lamentaciones, le di con este ltigo; l me tir su caja de dibujo a la
cabeza; estuvimos pegndonos hasta que entraron a separarnos los criados
del hotel, y avergonzada de aquella escena, porque ya sabes, yo soy muy
seora, y no me gustan los escndalos, como a ciertas mujercillas, pas
el canal, y al da siguiente estaba ya en Pars, con mi _Nemo_ (el fiel
amigo de Judith).

El perro, al ser aludido, ladr alegremente, poniendo las patas en las
faldas de su ama, la que le contest con un latigazo.

Zarzoso, a pesar de sus preocupaciones, miraba con creciente curiosidad
a aquella mujer original, extraa e incoherente, que interpolaba los ms
sucios y canallescos vocablos en un elegante lenguaje que pareca de una
actriz de la Comedia Francesa, y que, estrambtica en todo, pona a su
perro el nombre del misterioso personaje submarino imaginado por Julio
Verne.

Judith afectaba no fijarse en Zarzoso, y continuaba su conversacin con
Agramunt, el cual, dominado por cierta curiosidad, segua preguntndole:

--Y ahora ests con Luigi, el modelo italiano?

Esta pregunta pareci contrariar a la joven; pero se repuso y contest
con resolucin:

--Con se, siempre. Es otra de mis debilidades. Cuando nadie me quiere,
voy a buscarle. Pero ahora no estoy con l.

--Y qu hacas ante ese escaparate?

--Nada, me distraa. No s dnde ir. Te digo que empiezo a encontrar ya
insulso este barrio, y si supiera dnde existe una poblacin en que
pueda una divertirse ms que en Pars, all me ira inmediatamente.
Estoy aburrida de la vida, y el da menos pensado me arrojo al Sena.

--Por tercera vez?--dijo con acento burlesco Agramunt.

--No, por cuarta--contest con gravedad Judith--. Figuro ya por tres
veces en el registro de la Polica como salvada por esos cochinos que se
arrojan al ro para ganar la prima de veinticinco francos e impedir que
una mujer se ahogue cuando le d la gana... Slo que entonces--aadi
con expresin melanclica--era yo tan imbcil que intentaba suicidarme
por amor, enloquecida con las perreras que hacan mis amantes. Qu
tiempo aqul, tan feliz y tan estpido! Ahora que voy siendo vieja, pues
tengo veintids aos, mi paladar est tan gastado, que ya no encuentro
nada que me interese. Podra rodar de brazo en brazo por entre todos los
muchachos del barrio, sin encontrar uno que lograse conmoverme.

--Y yo?--dijo enfticamente Agramunt, estirndose el chaleco.

--Bah!... T! Ni me acuerdo de cmo te conoc. Eres un buen muchacho,
pero todos sois iguales. Adoris por egosmo una sola noche, y
despus..., muchas gracias, si os dignis conocerla a una en la calle.
Yo no soy de las que me hago ilusiones ni creo en la felicidad del
porvenir. He tenido amantes a docenas; he perdido la cuenta de las camas
en que he dormido; en casi todos los hoteles del barrio he dispuesto de
un adorador; he tenido a la otra orilla del ro hotel y criados; por m
se batieron dos imbciles americanos que no llegaron a comprender que de
ambos me rea; ah enfrente, en el Luxemburgo, en las tardes de
concierto, le han hecho estruendosas ovaciones a Judith la rubia,
faltando poco para que la llevasen en triunfo; s cmo hacen el amor los
hombres de casi todos los pases; tuve un amante negro que era prncipe
heredero en Africa; en cierta poca, un vizconde me pona las medias por
la maana, y un duque viejo me pagaba una suntuosa habitacin, con
doncella de servicio y _groom_, slo porque le consintiera ciertas
porqueras que me hacan rer; han hablado de m los peridicos, y hay
un libro muy ledo que trata de mujeres galantes que lleva mi retrato y
mi biografa; y, sin embargo, tengo la seguridad de que el da en que
sea vieja, dentro de unos cuantos aos, y tenga que vender peridicos en
el bulevar, como otras muchas que en su juventud fueron tanto o ms que
yo, ninguno de vosotros vendr a darme un sueldo, y hasta tal vez os
deis el gustazo de saludarme con la punte del pie como a un perro
sarnoso. Ah, cochina vida! Qu harta estoy de ti! Antes que se acabe
mi belleza y se vuelvan blancos estos cabellos rubios, a los cuales les
han dedicado resmas de sonetos los muchachos del barrio, le doy vuelta a
la llave de la estufa de mi casa, tapo bien las rendijas de la puerta y
me muero por asfixia. Lo nico que me detiene es que as mueren la mayor
parte de las heronas de folletn, y a m me parece muy burgus eso de
imitar a los dems.

Zarzoso oa con asombro a aquella joven hermosa, y en apariencia feliz,
que hablaba con tanta tranquilidad de su sombro porvenir y demostraba
conocer exactamente su actual situacin. Or a Judith era ser arrastrado
por un torbellino loco e ir saltando de sorpresa en sorpresa.

Agramunt no se inmutaba y segua contemplando a la rubia con cnica
sonrisa. Demostraba estar acostumbrado a los caprichos melanclicos de
aquella mujer extraordinaria.

--Ests esta noche muy fnebre--dijo a la joven--. Es que acaso sientes
prximo uno de esos ataques de nervios que te convierten en una loca?

--Bah! Djate de tonteras. Estoy triste y nada ms. Esta maana me he
peleado con Luigi y an me dura la excitacin. Pero bien mirado, soy una
tonta al decir todas estas cosas, pues a nadie le importan mis penas.

Y cambiando rpidamente, su fisonoma volvi a adquirir su sonrisa
petulante, insolente y protectora.

--Qu! Adnde vais esta noche?

--Yo, a Bullier, hija ma. Supongo que t tambin irs al baile.

--Y este seor que tan silencioso est?

Y al decir esto, la hermosa rubia se fij en Zarzoso, al cual hasta
entonces haba afectado no ver.

--Calle! Yo creo haber visto a este caballero alguna vez! Ah, s! Fu
hace poco rato, en el hotel de la plaza del Panthen, donde entr a
hacer una pregunta. Di, t, furibundo descamisado, este seor es amigo
tuyo? Es espaol tambin?

Agramunt, aludido de este modo, crey del caso dar a conocer a su amigo,
y con exagerada y cmica expresin de gravedad present a Judith al
joven doctor Zarzoso, lumbrera cientfica de la escuela de Madrid, y que
en la actualidad viva en Pars para perfeccionar sus estudios al lado
de los ms famosos sabios.

Judith, mientras escuchaba la hiprbole de aquel tronera de Agramunt,
sonrea a Zarzoso, envolvindole en una mirada protectora que tena una
expresin casi maternal.

--Ah! El seor es mdico! Lo celebro mucho. A m me han gustado
bastante los mdicos; tuve un amante que lo era.

--S, conozco la historia--dijo Agramunt--; aqul que conociste en el
Htel-Dieu, cuando intentaste envenenarte.

--Bah! No hablemos de cosas tristes. Ibas a alguna parte?... Dices
que al caf de Cluny? Pues vamos all. Es un caf que no me place, pues
slo van a l burgueses y viejos imbciles. No es chic el tal
establecimiento; pero, en fin, nunca viene mal en medio de las locuras
del barrio darse cierto barniz de seriedad.

Los tres emprendieron la marcha boulevard abajo; pero a los pocos pasos
se detuvo ella y dijo con gravedad, afectando los ademanes de una
persona sesuda:

--Mirad, hijos mos. Pasamos la noche juntos hasta la hora de retirarse;
pero nada de locuras, eh? Mucha seriedad, que es lo que da distincin a
una persona. Iremos al caf y despus al baile con toda la prosopopeya y
la sensatez de una familia burguesa. Yo ser la mam y vosotros los
nios. Andad, pues, hijos mos.

Agramunt rea como un loco. Oh! Qu gracia tena aquello!

--Mam! Mam ma!--dijo dando saltos como un nio en torno de la
hermosa rubia, y le plant un sonoro beso en los labios enrojecidos por
el bermelln.

Judith, afectando cmica indignacin, le contest con un latigazo en las
piernas, y los transentes se detuvieron rindose y encontrando que
aquella rubia tena mucho chic.

--Vamos, hijos mos: adelante, y cuidado con hacer otra travesura,
porque la mam es muy mala cuando se lo propone. Con este descamisado es
imposible la seriedad. Vamos, doctor; usted que es ms formal, dme
usted el brazo.

Los tres bajaron el boulevard sin que ocurriera ya ningn incidente.

Agramunt abra la marcha moviendo su bastn para hacer saltar al lanudo
Nemo, y detrs marchaban Zarzoso y Judith, sin cambiar una sola palabra.
La rubia, erguida, insolente, lanzando a todos lados miradas de
soberana, y el joven cohibido, casi avergonzado por aquel encuentro que
le obligaba a pasear por el boulevard una mujer tan llamativa y asustado
por las demostraciones que sta arrancaba al pasar frente a las puertas
de los cafs o junto a las cuadrillas de estudiantes que se paseaban
cogidos del brazo.

A los odos de Zarzoso llegaban un sinnmero de exclamaciones que
sonaban a sus espaldas, producidas por el paso de la pareja.

--Mira; es Judith!

--Judith, la rubia.

--De dnde habr salida sa?

--Ser se su nuevo arreglo?

--Debe haber pillado algn marqus espaol.

Y algunos al verla pasar, canturreaban una cancin de indecentes
elogios, que una cupletista del barrio haba compuesto en honor de
Judith, la rubia.

Esta explosin de popularidad pareca satisfacer mucho a la joven, la
que miraba a todas partes con el aire de una soberana que pasea entre
sus vasallos.

El Barrio Latino era su reino. All la conocan todos; la apreciaban,
pues raro era el que no haba sido agraciado con sus favores, y la joven
tena derecho a exigir aquel homenaje del distrito literario, pues le
haba sido siempre fiel, negndose a pasar al otro lado del ro, donde
encontraba siempre la fortuna.

Entraron los tres en el caf Cluny, y apenas hubieron tomado asiento en
una mesa, Judith se levant, dejando su ltigo en el asiento.

--Vuelvo en seguida, hijos mos. T, _Nemo_, qudate aqu.

Y mientras el perro, como si comprendiese su lenguaje, saltaba sobre la
banqueta de terciopelo, quedndose en actitud correcta y mirando con
gravedad a sus dos nuevos amigos, la joven, dejando flotar su capa de
seda y sus cabellos rubios en el aire que produca su ligero paso, sali
del caf, contenta y sonriente, como satisfecha del asombro que produca
en los tranquilos parroquianos de las vecinas mesas, los cuales la
miraban escandalizados.

--Adnde va sa?--pregunt Zarzoso, que an pareca no haber salido del
asombro que le produjo aquel encuentro y de la mala impresin causada
por los comentarios que Judith haba producido a su paso por el
boulevard.

--No lo s, ciertamente--contest Agramunt--. Pero apostara cualquier
cosa a que se ha metido en ese quiosco de gabinetes de necesidad que
existe a pocos pasos de aqu, en el boulevard Saint-Germain. Es una de
las rarezas ms caractersticas de Judith. Pero no vayas por esto a
hacer comentarios desfavorables para la chica; no creas que est tocada
de continua disentera. Es que en esos quioscos hay siempre un
tocadorcillo, donde por veinticinco cntimos se encuentran polvos,
bermelln y dems artculos de embellecimiento, y Judith es una persona
que no puede pasar cinco minutos sin contemplarse a s misma, para
reparar el menor desorden de su belleza. No existe en el mundo idolatra
ms fantica que la que esa chica se profesa a s misma. Es un Narciso
con faldas; est enamorada de su cuerpo tan por completo, que si pudiera
les levantara un altar a sus pechos y a sus muslos. Y se comprende ese
cario, ese amor vehemente a sus propias formas, porque has de saber,
querido, que de ellas come en la temporada que est aburrida de los
hombres, y no quiere comprometerse con ningn amante, pues entonces se
la disputan los pintores y los escultores, que la consideran como la
primera modelo de Pars. Oh! Qu muchacha sa! Qu Judith! Estoy
seguro de que la Safo, que describe Daudet, no era tan notable como
sta.

--Pero quin es ella?--pregunt Zarzoso con curiosidad que pretenda
ocultar--.Conoces t algo de su vida?

Agramunt hizo un gesto de asombro.

Quin no saba en el Barrio Latino la biografa de Judith la rubia? Si
hasta figuraba en ciertos libros! Ante todo, haba que advertir que la
muchacha era juda, como lo indicaba su nombre, y que no haba nacido en
Francia, pues sus padres eran unos judos hngaros, que haban venido a
Pars a probar fortuna, trayendo consigo a la nia, que tena entonces
seis aos. Los padres murieron a los pocos meses de su llegada a la gran
ciudad, y la pequea Judith fu recogida por un matrimonio de obreros
que an vivan en Batignolles, y a los cuales iba a ver ahora de vez en
cuando aquella bohemia extravagante, pues al encontrarse cansada, tras
algunos meses de existencia aventurera, senta renacer en su pecho un
fugaz chispazo de cario filial.

La muchacha creci terca, voluntariosa y con caprichos que demostraban
una imaginacin fantstica y desordenada. En punto a diversiones gustaba
nicamente de los violentos juegos de los muchachos; odiaba todas las
labores femeniles; fueron vanos los esfuerzos de sus padres adoptivos
para hacerla aprender un oficio, y a los catorce aos, formada,
desarrollada y hermosa, con esa precocidad propia de su raza, apareci
en el Circo Hipdromo, como _ecuyre_ de ltima fila en las pantomimas
ecuestres.

Pronto su luminosa cabellera, flotante al viento; sus hermosas piernas
que opriman nerviosamente el vientre del caballo y sus temeridades
propias de muchacho travieso, despertaron una tempestad de hambrientos
deseos en los abonados de primera fila, y a la puerta del zaquizam,
donde ella se vesta, alineronse los negros fracs, esperando permiso
para entrar y ofrecer a la figuranta costosos _bouquets_ de rosas
acompaados de proposiciones deslumbrantes.

Los elegantes lobos del Hipdromo, entre el montn de carne gastada del
grupo de figurantas, haban olido la carne fresca, la virginidad brava
y, al mismo tiempo, maliciosa de aquel gracioso diablejo de rubia
cabellera, y la subasta se acaloraba; los postores empebanse en una
batalla en que los ofrecimientos suban rpidamente empujados por la
competencia, hasta que, por fin, una noche, despus de una cena en la
Maison Dor, en que el champaa corri a torrentes, Judith cay en
brazos de un conde ruso millonario y gastado.

Ya no volvi ms al Hipdromo; tuvo un piso en la calzada de Antn, con
la servidumbre correspondiente; pero al mes se aburra en aquel gabinete
acolchado y mono como una bombonera, y una tarde se fu al Barrio
Latino, para no volver a salir ms de l. All estaba en su elemento.
Iba a empujones con la juventud vigorosa, brutal e insaciable que no
retroceda ante las ms estrambticas locuras, y, adems, en aquella
atmsfera de continua crpula al aire libre se encontraba algo del
ambiente cientfico y artstico que traa consigo la juventud escolar, y
que agradaba mucho a la imaginacin ardiente de Judith y a su
inteligencia, de una precocidad asombrosa.

En aquel barrio, haciendo locuras en la calle, rompiendo servicios en
los cafs y siendo conducida casi todas las semanas a los cuartelillos
de la polica, por haberse mezclado, a puetazo limpio, en las peleas de
los estudiantes, Judith fu bien pronto clebre, gozando de una
popularidad que la converta en la primera mujer del barrio, y que hizo
que en varias ocasiones de jarana estudiantil, la muchedumbre escolar la
llevase en triunfo sobre sus hombros por el bulevar Saint-Michel.

Al mismo tiempo que de tal modo labraba su reputacin tormentosa en el
barrio, adquira una ilustracin tan incoherente como enciclopdica,
oyndosela hablar de los misterios ms recnditos de una ciencia, al
mismo tiempo que daba a entender que desconoca lo ms rudimentario y
vulgar de ella. Contbase que cuando cualquiera de sus amantes
permaneca en casa estudiando, por hallarse prxima la poca de los
exmenes, ella le acompaaba, entretenindose con gran ahinco en la
lectura de los libros de texto, que muchas veces no entenda.

A fuerza de acostarse con los estudiantes de Derecho, hablaba de
Justiniano y Papiniano con la misma franqueza que si se tratara de
algunos seores que la haban convidado a un bock en el caf Vachette;
de los estudiantes de Medicina haba sacado un incompleto conocimiento
del cuerpo humano que la autorizaba a hablar con tono doctoral sobre las
ms difciles enfermedades; mezclaba en su conversacin citas
histricas, problemas matemticos y trminos de ingeniera; pero su
aficin predominante, su cuerda sensible, su capricho de todas horas,
eran los artistas, el arte y aquella _Ecole de Beaux-Arts_, de la que
hablaba con respetuosa admiracin.

En este centro de enseanza, donde acudan los pintores y escultores del
porvenir, Judith era popular; pues no haba uno solo de aquellos
muchachos melenudos y audaces que no tuviera derecho a su intimidad.

Desde el principio de su estancia en el barrio, la haban enamorado los
alumnos de Bellas Artes por su existencia aventurera y su carcter
extravagante, que tanto armonizaba con el suyo, y esta continua
intimidad con pintores y escultores, la haba llegado insensiblemente a
convertirse en modelo, profesin que, aunque incmoda, le gustaba, pues
era como un homenaje tributado a su cuerpo, que ella misma tanto
idolatraba. Adems, necesitaba los quince francos que le daban por
sesin, pues una de las rarezas ms notables de aquella mujer tan
extraordinaria era no admitir de sus amantes otra cosa que el cuarto y
la comida.

Reciba como una ofensa el dinero de sus amigos, pues ella se entregaba
siempre por amor, y miraba con mayor simpata a los ms pobres entre sus
allegados.

Sus caprichos de mujer histrica hacan furor en el barrio.

En una ocasin se enamor de la antigua estatua del Gladiador que existe
en el jardn del Luxemburgo, y pasaba las horas enteras sentada ante
ella, contemplando con mirada extraviada por el deseo la potente y
armoniosa musculatura.

Un da en casa de un ropavejero se encontr una hermosa copia en yeso de
la clebre estatua, la compr por treinta francos, y la meti en su
cama, pasando la noche entre espantosas convulsiones y rugidos, que
asustaron a los vecinos e hicieron que al da siguiente los amigos de
Judith rompiesen a patadas el insensible cuerpo del infeliz Gladiador.

Aquella brutal aficin al arte, aquella adoracin al desnudo y a las
correctas y armoniosas lneas del cuerpo humano, fueron siempre la
perdicin de Judith. Pasaba indiferente de unos brazos a otros, sin
llegar a preguntarse nunca si estaba realmente enamorada de alguno; se
entregaba a todos, porque esto le daba ocasin para lucir la esplendidez
de su cuerpo, para enorgullecerse con la admiracin que inspiraba y los
elogios que la dirigan, y justamente por esto prefera a los pintores,
que eran los que mejor saban apreciar las ondulantes lneas de sus
formas.

Rodando de estudio en estudio, conoci al _signor Luigi_, modelo
italiano, avariento, villano y rufin, que se haca pagar muy bien las
sesiones en que mostraba ante el artista su musculatura, que pareca
modelada sobre una de las estatuas sublimes de la Grecia clsica.

Aquel bandido napolitano, con su pelo a la romana y su sombrerito
calabrs graciosamente abollado, a pesar de que gozaba fama de
corresponder a la pasin de las mujeres sacndoles el dinero y
golpendolas, fu quien logr interesar el corazn de Judith, que se fu
a vivir con l, y le persegua agitada por celos furiosos, recibiendo
todos sus desdenes y sus injurias brutales con la pasividad que el
esclavo demuestra ante el seor absoluto.

La misma mujer, que de vez en cuando, al sentirse aburrida por las
agitaciones del Barrio Latino, pasaba al otro lado del Sena para
distraerse con la vida elegante, y era la querida desdeosa de
millonarios y altos personajes, tena su corazn a merced de un tipo
despreciable, que con sus golpes, sus latrocinios y sus desprecios,
vengaba sin saberlo los disgustos que Judith causaba a sus adoradores
ms distinguidos.

Transcurra a veces un ao sin que la joven volviera a juntarse con el
modelo italiano, pero siempre le amaba y le buscaba, solicitndolo con
aquella loca pasin de la forma artstica que en ella era ya una mana.
Acoga los desdenes de Luigi con una resignacin sin lmites; una mirada
benvola de l la haca sonrer, y la menor de sus palabras era para
ella como una orden imperiosa.

Agramunt, despus de relatar estos amores de Judith con el italiano, se
reconoca ya impotente para resear lo restante de su vida.

--Mira, chico--deca a Zarzoso--. Yo creo que ni ella misma sabe el
nmero de amantes que ha tenido en esta vida. Muchos la han posedo sin
que ella, en la loca prodigalidad de su cuerpo, llegara a apercibirse.
Yo mismo la tuve en mis brazos despus de una noche en que paseamos por
el barrio con el estruendo propio de una tempestad, y de seguro que si
se lo pregunto dir que no se acuerda de nada. Ha tenido amores creo que
en todos los distritos de Pars, y lo ms notable, lo sorprendente es
que, no obstante siete aos de una vida tan agitada y de continuas
caricias, su cuerpo est tan fresco como cuando era _ecuyre_ en el
Hipdromo; sus formas artsticas de Venus clsica, consrvanse intactas
a pesar de la continua caricia del vicio, y no parece sino que ese
cuerpo de juventud milagrosamente eterna ha sido baado en la Estigia
para permanecer insensible a las injurias del tiempo y a los contagios
de la crpula... Ah, querido!--continu Agramunt--; si ese perro que
est ah sentado con la gravedad de un senador pudiera hablar, de seguro
que nos contara cosas muy lindas.

Zarzoso escuchaba con atencin aquella historia aventurera que le
relataba su amigo, y experimentaba tan pronto una impresin de asombro
como de asco.

Vaya un pingajo la tal Judith, que pasaba de mano en mano, como un
objeto de risa, a lo largo de una cadena de hombres que se perda en el
infinito!

Pero al mismo tiempo causbale cierta impresin atractiva aquella
existencia bohemia, y especialmente la extraa dignidad que la obligaba
a no recibir dinero de sus amantes.

A pesar de todo esto, Zarzoso no pareca sentir la admiracin que
demostraba Agramunt al hablar de aquella aventurera.

El la tena por un tipo algo interesante, por una mujer estrambtica,
que nicamente poda vivir tranquila en medio de las locuras del Barrio
Latino, pero cuya amistad deba evitarse por toda persona seria que
deseara entregarse al estudio.

El tena ya formado su plan para aquella noche. Permanecera con
Agramunt y Judith hasta media hora despus, que era cuando comenzaba el
baile, y entonces los dejara, yndose tranquilamente a su casa para
entregarse a la lectura de un libro recin publicado.

Bien estara que l pasase la noche haciendo locuras, justamente cuando
estaba furioso por aquel silencio incomprensible que guardaba Mara! No
quera exponerse otra vez a la molesta atencin de todos, paseando con
Judith del brazo por el bulevar Saint-Michel.

Zarzoso reflexionaba, y Agramunt entretenase en hacer cosquillas a
_Nemo_ para obligarle a gruir, cuando en la puerta del caf apareci la
ondulante capa de seda y la suelta cabellera de Judith, provocando un
nuevo movimiento de curiosidad en los encandalizados parroquianos y
furibundas miradas en la empleada que ocupaba el mostrador.

A las diez salieron del caf, Judith en medio de los dos amigos, y el
perro abriendo la marcha.

Zarzoso estaba decidido a despedirse as que llegasen a la esquina de la
calle de Souflot y mientras tanto, marchando a paso lento, escuchaba a
la rubia, que con entonacin juiciosa y aire tranquilo, hablaba de las
grandezas del arte, de los pintores Carolus Durn y Bonnat, del escultor
Falguieres y de otras eminencias del arte, a los que conoca por su
oficio de modelo.

Al llegar frente a la calle que conduca a la plaza del Panthen,
Zarzoso intent despedirse, provocando con esto un estallido de
protestas en sus dos acompaantes.

--Eh? Qu es esto?--le dijo Agramunt en espaol--. Quieres burlarte
de nosotros? Te parece que podemos consentir que vayas a aburrirte al
hotel, mientras nosotros nos divertimos? Vente a Bullier. Me parece que
este encuentro que hemos tenido bien vale la pena de que hagas este
sacrificio.

Judith intervino con la mayor finura:

--Caballero, sea usted amable, y acceda a los deseos de su amigo;
acompenos usted, yo se lo ruego.

Y al decir esto pona su manecita enguantada en un hombro de Zarzoso, y
se acercaba tanto a l, que le rozaba el chaleco con su pecho recto,
firme y turgente, que no llevaba encerrado en las ballenas del cors,
pues ella, satisfecha de su belleza, no usaba nunca esta prenda, por
estar convencida de que deformaba su cuerpo.

Zarzoso se estremeci de pies a cabeza con aquel contacto; pero a pesar
de esto, volvi a negarse a ir al baile.

--Pues al menos--dijo la joven--, ya que es usted tan testarudo que no
quiere entrar en Bullier, acompenos hasta la puerta y all le
dejaremos. Vamos; en marcha.

Y enlazando su brazo con el del mdico, le empuj con una rudeza que
demostraba la fuerza de un antigua _ecuyre_.

Zarzoso se dej llevar por Judith, andando ambos con lento paso,
mientras que Agramunt iba delante, echando ojeadas a todas las muchachas
que paseaban solas, con el deseo de formar una pareja que armonizase con
la que marchaba detrs de l.

El escritor no se haba ilusionado aquella noche acerca de Judith.

Adivinaba que sta senta cierto inters por Zarzoso, y l se propona
dejar el campo libre. Le halagaba la idea de que su amigo, a pesar de
toda su gravedad, fuese tambin de los que aquella muchacha arrastrase
en su torbellino. Tendra gracia ver a un chico tan preocupado por el
silencio que guardaba su novia de Madrid, enamorarse de aquella carne
milagrosamente intacta, a pesar del tiempo y del continuo roce y que
ningn hombre poda mirar sin sentirse brutalmente atrado!

El no hara nada por su parte, para que Zarzoso cayera en la tentacin;
pero... all l! si es que era dbil y la caprichosa Judith tena deseo
de saber cmo resultaba en la intimidad un muchacho austero, casi
virgen, dedicado por completo al estudio, con rostro de persona grave y
gafas de sabio.

Cuando llegaron a la terminacin de la avenida del Observatorio, vieron
que la concurrencia en el bulevar iba engrosando, y que todos marchaban
en la misma direccin.

Al volver un ngulo, apareci Bullier, con su fachada rabe alumbrada
por hileras de llameante gas, encerrado en vasos de colores que
afectaban la forma de flores exticas.

Los carruajes de alquiler, llegando en veloz carrera, detenanse ante el
dentado arco de la puerta, donde la polica iba de un lado a otro para
impedir la aglomeracin de gente. Una turba de ramilleteras y de
pequeos vendedores de toda clase de artculos pululaban en torno de la
estatua del bravo mariscal Ney, deteniendo a los transentes para
ofrecer su gnero.

Zarzoso, al verse junto a la puerta del baile y confundido ya entre la
multitud que pugnaba por entrar, hizo un movimiento de retroceso, e
intent desasir su brazo del de Judith, interrumpiendo a sta en lo
mejor de su conversacin seria y elevada sobre el arte.

--Cmo! Se va usted?

--S, seorita. Slo he prometido acompaarla hasta el baile y ahora
permtame que me retire.

--Qu desgraciada soy!--murmur la rubia--. A m me gusta mucho el
conversar con un seor serio e instrudo como usted lo es, y a usted por
lo visto no le resulta muy simptico mi trato.

Zarzoso se haca el sordo y miraba a todas partes, buscando con los ojos
a Agramunt, pero no lograba verlo entre aquella multitud. Sin duda, el
escritor, para complicar ms la situacin de su amigo, se haba
escabullido voluntariamente.

--Pero dnde estar ese pillo?--murmuraba Zarzoso.

--Oh! Adivino la causa de su desaparicin. Sin duda habr encontrado
alguna antigua amiga, y confiando en que usted me servir de caballero
esta noche, nos ha dejado plantados. Esto est muy mal hecho, s, seor,
muy mal hecho; es dejar a una mujer en un compromiso que avergenza.
Cmo voy a entrar en el baile, sola, con aspecto de abandonada y sin un
amigo que me d el brazo?

Lanz la joven una mirada, de aquellas que se haban hecho clebres en
el barrio por su voluptuosidad irresistible, y con acento mimoso de nia
mal criada, murmur junto a su odo:

--Ah! Si usted fuese tan amable que se prestara a ser mi caballero,
aunque slo fuera para entrar en el saln!... Si llegase su
condescendencia hasta ese punto!

Zarzoso intent resistirse, pero aquel diablejo dorado, que pareca
adivinar el punto vulnerable en su armadura de castidad, suplicndole
con los ojos, se rozaba marrulleramente contra el chaleco del joven, y
ste, al sentir el contacto de aquellos pechos duros y vrgenes, iba
debilitando su tenaz negativa.

Le pareci que Judith le miraba con cierto desprecio, como si se hallara
en presencia de un tacao, que por no gastar dinero se negaba a
acompaarla. Esto di al traste con toda su austeridad, Qu diablo! El
no era ninguna doncellita pudorosa que por entrar en Bullier perdera su
prestigio virtuoso, y, adems, bien poda meterse llevando una mujer del
brazo, pues otros lo hacan valiendo tanto como l.

Estaba decidido; adentro, pues: al fin y al cabo, aquella noche de loca
diversin le servira para olvidar el silencio de su novia, que tan
apenado le tena.

Remolcando a Judith, la cual, por su parte, se abra paso con sus puos
de acero, atravesando la muchedumbre que se agolpaba en el despacho de
billetes y en el guardarropa, bajaron la ancha escalinata que conduca
al gigantesco saln del baile.

La bulliciosa juventud del barrio se haba posesionado de aquel encerado
pavimento, obligando a refugiarse en las tribunas a gran parte del
elemento elegante y correcto que haba venido de la otra orilla del
Sena.

Lo que se haba anunciado como una fiesta _chic_, a la que concurran
los elegantes del centro de Pars y las princesas de los grandes
bulevares, iba a terminar en una fiesta de estudiantes con todas sus
locuras y sus grotescos desvaros.

El saln de baile, al entrar Zarzoso, presentaba un aspecto grotesco y
casi infernal. Aquello era un sbado de la Edad Media, con sus danzas
diablicas y su msica discordante. La orquesta slo tocaba cuadrillas,
con gran acompaamiento de timbales y platillos, y un inmenso pataleo
conmova el pavimento y haca trepidar el techo, hasta el punto de que
oscilasen los faros de luz elctrica.

La danza macabra resultaba tranquila, en comparacin con la de aquella
masa de estudiantes y muchachas, que se agitaban con el deseo de
producir un escndalo maysculo que espantase a las gentes correctas del
otro lado de Pars, que haban acudido a invadir el barrio. Bailaban sin
ajustarse a reglas de ninguna clase. Hombres y mujeres se agarraban del
brazo, y formando corro, pateaban como locos y echaban las piernas al
aire, hasta que por fin llegaba el _monomio_, nombre que los estudiantes
dan a la serpenteante filia que forman agarrndose unos a otros de los
hombros, y con sus vertiginosas evoluciones barra el saln hasta en
sus ltimos extremos, arrojando al suelo a los danzarines.

Zarzoso se detuvo indeciso al pie de la escalinata, mirando con cierta
inquietud aquel ruidoso aquelarre, mientras que Judith sonrea encantada
por aquel desorden para ella embriagador, y dilataba ansiosamente las
alillas de su nariz aspirando placenteramente la pesada atmsfera que
levantaba el gigantesco pataleo.

A pesar de esto no tard en sentir alguna inquietud al ver que muchos de
aquellos alborotadores fijaban en ella su mirada de antiguos amigos; y
deseosa de no ser arrastrada por el bullicioso torrente, y para evitar
una ovacin de aquella masa, que la desconceptuara a los ojos de
Zarzoso, le dijo a ste:

--Vamos a las tribunas. Esos locos me conocen, y si me ven son capaces
de cometer una tontera.

Ya eran varias las muchachas que sobresalan en aquel mar de cabezas, y
que pasaban de hombro en hombro, empujadas por rudas manos, entre
ruidosas carcajadas y mostrando en el aire desnudeces que provocaban
comentarios cnicos. Zarzoso reconoci tambin en el tumulto el blanco
chambergo y las melenas de Agramunt, que en aquel oleaje de cabezas iba
de un punto a otro. El escndalo y el estruendo eran los elementos
favoritos de aquel mala cabeza.

Judith y Zarzoso ocuparon un volador en una de las tribunas, y bebiendo
cerveza tranquilamente vieron cmo entraba un pelotn de Guardia
republicana, llamado por los inspectores del baile, que se reconocan
impotentes para restablecer el orden.

Los alborotadores fueron expulsados, disolvise el tempestuoso grupo, y
media hora despus se haba restablecido la calma y bajaban a danzar o a
pasarse sobre el encerado pavimento las _cocottes_ del barrio de Europa
o del de Nuestra Seora de Loreto, con los gomosos flamantes, de camelia
en el ojal y monculo en el ojo.

El joven mdico baj tambin llevando del brazo a su compaera.

La atmsfera voluptuosa del baile se haba apoderado de Zarzoso, que
estaba completamente aturdido, hasta el punto de no pensar en nada.
Judith le hablaba al odo, marendole con su perfume y dicindole cosas
picantes que le hacan sonrer con expresin de estpida bondad, y por
otra parte, aquella orquesta ruidosa, infernal, atronadora, tocando
siempre aires canallescos, le atontaba y produca en su cuerpo un deseo
de movimiento, de agitacin y de escndalo.

Dos horas pasaron vagando por aquel saln, que pareca un mundo.

A instigacin de Judith parronse ante todos los puestos de venta de
champaa, donde unas cuantas _cocottes_ retiradas despachaban sus
botellas a fuerza de sonrisas, de miradas y de besos, y en cada una de
las mesillas apuraron unas cuantas copas de ese vino enloquecedor, suave
y fantstico que es el principal adorno del vicio.

Zarzoso estaba alegre a los pocos paseos por el saln; Judith rea a
carcajadas como una loca, y nicamente conservaba su serenidad para
evitar las miradas y los saludos de los muchos amigos que tena en el
baile.

Preludi la orquesta un vals de Metra, de esos que hacen que los pies se
muevan instintivamente, y Zarzoso no supo cmo pas aquello, pero lo
cierto fu que l, que no haba bailado nunca, se encontr de repente
dando vertiginosas vueltas sobre aquel resbaladizo pavimento y llevando
cogida por la cintura a Judith, que era la que, ms diestra en la danza,
le remolcaba a l.

El joven pensaba, a pesar de las espesas sombras que comenzaban a
envolver su cerebro, en que Bullier era un punto bastante divertido y
que haba sido antes un imbcil al negarse a entrar con tanta tenacidad.

Tena entre sus brazos aquel cuerpo joven, fresco y erguido que esparca
en torno el ambiente propio de la hermosura, y a pesar de que el
champaa embotaba algo sus sentidos, estremecase al contacto de aquella
cintura cimbreante y libre de ballenas que abarcaba con su brazo, y
aquella carne que aplastaba su dureza elstica sobre su chaleco.

Dieron vueltas vertiginosas mientras dur el vals, sin fijarse en que
Agramunt, ocultndose tras las columnas, y esquivando su encuentro, rea
ruidosamente con la estpida carcajada de la embriaguez de vino y
escndalo, al ver a su amigo el doctor, siempre tan grave y austero,
dando vueltas como una peonza, arrastrado por los forzudos brazos de
Judith.

Esta sentase acometida de todos los caprichos, y llevaba tras s a
Zarzoso, que, mareado por el champaa y por el contacto de aquella
carne, que a tanta gente haba enloquecido, la obedeca como un
colegial.

Al terminar el vals la rubia compr cuantas chucheras se vendan en el
baile, jug en el billar romano y en cuantos aparatos se haban colocado
en el saln para arrancar el dinero a los concurrentes, y Zarzoso a cada
punto tena que sacar su portamonedas, sosteniendo verdaderas batallas
con Judith, que ya le tuteaba y se empeaba en pagar ella misma, siempre
fiel a su decisin de no tomar el dinero de sus amantes.

La orquesta preludi la ltima cuadrilla del baile, que es siempre la
ms tempestuosa, y Zarzoso, llevando agarrada de la cintura a su
compaera, colocse en un corro, en el centro del cual iban a bailar las
cuatro cancanistas ms famosas en la opuesta orilla del Sena. Eran
muchachas de aspecto agranujado, que parecan conservar an en sus
personas el ambiente de los mercados o de las porteras donde haban
pasado su niez, pero que se presentaban con costosos sombreros,
cubiertas de seda y haciendo centellear a cada uno de sus movimientos el
irisado reflejo de numerosos brillantes.

Nunca haba visto Zarzoso bailar la cuadrilla con tanto cinismo, con tan
tranquila desvergenza. A los pocos compases, de entre las blancas nubes
de almidonadas enaguas, surgan las veloces pantorrillas cubiertas con
medias negras, cuya seda marcaba el suave y abultado contorno de los
msculos de las bailarinas; pero aquello fu slo d preludio, pues
conforme la atropellada msica aumentaba en viveza, extrembanse las
actitudes del baile, hacindose ms cnicos y descocados los
movimientos, y las faldas, movindose de un lado para otro,
arremolinndose como el empuje del torbellino de aquella tempestad
musical, dejaban al descubierto los pantalones de encaje de traidora
sutilidad, mil veces ms inmoral que el franco desnudo, pues aumentaban
la excitacin y el deseo con la rosada carne que transparentaban y las
sombras que dejaban entrever.

Aquel descocado espectculo era para Zarzoso como la chispa que haca
estallar la mina de su continencia. Los deseos, dormidos durante tanto
tiempo dedicado a la ciencia y a un amor puro y espiritual, despertaban
ahora hambrientos y posedos de salvaje furia, reclamando su parte por
el tiempo que haban permanecido inactivos y como muertos. Experimentaba
el joven escalofros extraos y oprima convulsamente la cintura de
Judith, crispando su mano sobre la tela, como si pretendiera rasgarla
para llegar a la carne anhelada.

La rubia le miraba fijamente, sonriendo con malicia, y fingiendo cmica
extraeza exclamaba:

--Pero, qu es eso, nio? Qu atrevimientos son stos? No hemos
quedado antes en que yo era la mam?

--Vmonos! Vmonos pronto de aqu!--contestaba Zarzoso con acento de
ardiente splica y con voz que apenas se le oa, pues tena la boca
seca y pareca que la lengua iba a pegrsele al paladar.

Termin el baile, y la gente comenz a salir del saln. En el
guardarropa, mientras Zarzoso se pona su gabn y ayudaba a Judith a
colocarse la capa de seda, apareci Agramunt, que se mostraba furioso
por habrsele escapado una conquista que crea ya realizada.

Los tres salieron a la calle y all no tarado en reunrseles _Nemo_,
perro discreto y bien educado, que de antiguo tena la costumbre de
esperar a su ama a la puerta de Bullier en las noches de baile.

El fresco de la noche pareci disipar un tanto la embriaguez de los
tres; pero esto no les impidi seguir haciendo locuras, pues la fiesta
iniciada en Bullier continuaba sobre las aceras del bulevar. Los grupos
de hombres y mujeres, cogidos del brazo y en fila, andaban a saltos
cantando a grito pelado, a pasar de las reconvenciones de las parejas de
Polica; y de una a otra acera cruzbase un tiroteo de chistes y de
insultos, dichos sin dejar de rerse y con voz atronadora que despertaba
a los vecinos pacficos.

Judith estaba encantada por aquella noche que le resultaba muy
divertida. Rea, cantaba cupls y lanzaba el grito de moda en el barrio
a los que iban por la acera opuesta; pero no soltaba el brazo de
Zarzoso, al que diriga voluptuosas miradas, y dos o tres veces que
Agramunt se atrevi a pellizcarla con disimulo, le contest con un
latigazo.

Al llegar a la entrada de la calle de Soufflot reunironse los tres para
celebrar consejo. Judith hablaba de irse sola a su casa a dormir, pero
lo deca de un modo tan dbil y vago, que daba a entender que en lo que
menos pensaba era en esto.

Agramunt, que en tratndose de fiestas y de holgorio era un atroz e
incansable apuracabos, habl de comprar una botella de un _Marssala_
notable que vendan en una taberna del barrio y algunos pasteles, para
ir a acabar la jornada en el hotel de la plaza del Panthen.

Judith, que hablaba de retirarse, acept inmediatamente.

--Bueno, hijos mos; iremos a vuestra casa; pero por una hora nada ms.
As que toquen las dos me voy a mi casa; hay que tener buena conducta,
pues esto da distincin... T, descamisado!--continu dirigindose a
Agramunt--. No me pellizques las piernas, o de lo contrario te cruzo la
cara con el ltigo.

Agramunt se fu a comprar la botella y los pasteles, diciendo que ya
los alcanzara a los dos, y la pareja, precedida por el perro, comenz a
subir con lento paso la calle de Soufflot.

Zarzoso pareca un imbcil, pues demostraba no darse cuenta de lo que le
suceda. Caminaba al lado de Judith llevndola siempre agarrada por la
cintura, y el perfume de la hermosa rubia y sus miradas de fuego
parecan aumentar la ebullicin del champaa que tena en el estmago, y
cuyo humo se le suba a la cabeza.

En aquella embriaguez de deseo, apenas si se haba enterado del plan
propuesto por Agramunt, y lo nico que saba es que iban al hotel. Esto
le haca reflexionar en su excepcional estado, mientras que Judith
caminaba canturreando, apoyada la cabeza en su hombro y rozndole la
nariz con las plumas de su sombrero.

Iban al hotel? No tena inconveniente en ello; pero la fiesta no sera
en su cuarto, sino en el de Agramunt. Sobreviva en el joven, a pesar de
su embriaguez, un resto de pudor, de consideracin para sus antiguos
amores, y no quera que sirviese para una escena de crpula aquel cuarto
donde tan puramente haba soado y donde goz inefable placer
escribiendo a Mara y leyendo las cartas de sta.

Pasaron la parte de la calle de Soufflot, ocupada por los ruidosos cafs
estudiantiles, y al llegar a aquella donde gigantescos y cerrados
edificios oficiales proyectaban densa sombra, Judith inclinse con mayor
desmayo sobre el hombro de su joven acompaante, esperando que la
obscuridad alentara a ste para un atrevimiento cualquiera.

Zarzoso segua caminando como un sonmbulo, y obsesionado por la misma
idea fija, con la tenacidad de un beodo.

No; aquella fiesta de ltima hora no sera en su cuarto. Ya que Agramunt
era quien la haba propuesto, deban reunirse en su habitacin, en
aquella buhardilla donde no existan recuerdos sagrados y por donde
haba desfilado toda la carne femenil, gastada y en venta, que exista
en el barrio.

Pero sinti en sus labios un suave roce que le hizo volver en s,
abandonando sus pensamientos. Era que Judith, cansada de esperar un beso
que no llegaba, haba tomado la ofensiva, y remova la sangre de aquel
pazguato con sus caricias de fuego, que pareca imposible fuesen
fingidas.

Zarzoso sinti como si en su interior se rompiera algo y un torrente de
lava inundara sus venas; y trmulo por la pasin busc entonces la boca
de Judith.

Fu aquello como un tiroteo de besos. Se olvidaron de que estaban en la
calle y que an haba en ella transentes, y con las bocas pegadas, como
si no pudieran separarse, pasaron ante el cuartelillo de Polica, sin
fijarse en las risas de los agentes, y cruzaron la plaza del Panthen
sin mirar la estatua de Juan Jacobo, el filsofo que en su juventud
haba tenido muchas escenas semejantes a aqulla.

En la puerta del hotel se les reuni Agramunt, que llegaba
apresuradamente con la botella y los pasteles. Hubo discusin entre los
dos amigos sobre el cuarto donde sera la fiesta, y Agramunt, apoyado
por Judith, y fundndose en que la habitacin de Zarzoso era ms grande
y confortable, decidi no pasar del segundo piso.

Subieron la escalera cautelosamente, con paso de ladrn, para no
despertar a los vecinos, pues Zarzoso, en un resto de su austera
dignidad, no quera que en el hotel se apercibiesen de que por la noche
tena mujeres en su cuarto.

Al entrar en ste, Judith arroj su sombrero sobre la cama, y Nemo, con
impasibilidad filosfica, se introdujo bajo de ella, como perro de pocos
escrpulos y acostumbrado a tales escenas.

Agramunt coloc sus provisiones sobre la mesa, y mientras tanto, la
rubia curioseaba, mirndolo y tocndolo todo y buscando sorpresas hasta
en el ltimo de los rincones.

Despus se sent entre los dos amigos y atac un pastel con la furia de
una nia golosa, tomando cuantas copas le ofrecan sus compaeros.
Zarzoso, por espritu de imitacin o instintivamente, buscaba tambin a
cada momento la botella, y de esto resultaba que el ms sereno de los
tres era Agramunt, quien, por su parte, no se senta muy seguro sobre
los pies.

Judith sonrea con aire bondadoso y hablaba del amor y de la amistad,
conmovindose a s misma hasta el punto de que los ojos se le empaaban
de lgrimas.

A cada instante deca que iba a irse, pero no se mova del asiento;
antes bien, aseguraba que en aquel cuarto se estaba perfectamente, y
avanzaba su cabeza hacia Zarzoso con aire de gata enamorada, para que
continuase la interrumpida serie de besos.

De pronto se levant de un salto y fu a colocarse ante la clara luna
del armario-espejo, encendiendo las dos bujas de sus ngulos y
acercando el quinqu para que su luz diese de lleno.

Pareca abstrada, ensimismada en su propia contemplacin; no oa lo que
le decan, y se fijaba en sus facciones con tenacidad, como si
pretendiera encontrar en ella un nuevo encanto. Se arreglaba los rizos
de su cabellera, cruzaba los brazos sobre su nuca desperezndose y
tomando graciosas actitudes de estatua, e iba ensayando todos sus
gestos de modelo, sonriendo unas veces maliciosamente, como un tipo de
elegante acuarela, y mirando otras al cielo con la mstica expresin de
un personaje de pintura sangrada.

Agramunt rea por lo bajo, sabiendo por experiencia lo que
inmediatamente iba a ocurrir, y tocando con su codo a Zarzoso, que
estaba abstrado en la contemplacin de aquel hermoso cuerpo, en tan
diversas actitudes, le dijo por lo bajo:

--Pronto vendr lo bueno. Esa chica, con su mana de contemplarse y
adorarse a s misma, no puede ver un espeja sin que se plante
inmediatamente ante l. Ahora ensaya los gestos y las actitudes, pero
antes de cinco minutos ya se habr desnudado para contemplarse las
carnes.

Y as ocurri, efectivamente. Judith, sin dejar de mirar el espejo, como
si estuviera hipnotizada por aquella luna brillante con el reflejo de
tanta luz, comenz a desabrochar su corpio con cierta inconsciencia,
cual si cediera a la fuerza de un deseo supremo.

La chaqueta y la chambra cayeron al suelo; desabroch las hombreras de
su camisa, aflojronse las ataduras de su talle y, de repente, con un
movimiento instintivo, como una nyade que al alcanzar la playa se
sacude el manto de espumas y de algas, todas aquellas ropas se
deslizaron a lo largo de sus piernas, detenindose en las rodillas, y
sali a la luz aquella carne maciza, viciosa y que, sin embargo,
suavizada por las lneas de correcta ondulacin y por las tintas
lechosas y sonrosadas, despertaba ms la adoracin artstica que el
vehemente deseo sexual.

Un bucle de cabellos, semejante a una serpiente de oro, saltaba sobre
los hombros para descansar sobre aquellos pechos turgentes y reducidos
que se erguan con cierta fiereza; la espalda slo se vea a trechos,
cubierta en parte por la revuelta madeja de cabellos, y el vientre,
pequeo y deslumbrante por su blancura, luca como una luna de
hermosura, surgiendo sobre la mancha de sombra y las revueltas nubes de
tela que envolvan las piernas de la modelo.

La luz, corriendo a torrentes sobre aquella piel de raso, daba al cuerpo
de Judith todas las entonaciones del blanco; desde el blanco lechoso y
slido de la flor de almendro hasta el blanco dorado de la camelia.

Judith pareca embriagada en su contemplacin, y por sus labios
entreabiertos vagaba una sonrisa de triunfo, de orgullo y de majestad.

Se crea Venus surgiendo de las espumas del Ocano, y el satn de su
cutis erizbase con ligeros escalofros, como si sintiera la fra
caricia de las gotas del agua salada.

Era aquello una borrachera de orgullo al verse tan hermosa; una profunda
satisfaccin al pensar en las miradas vidas que tena a sus espaldas,
contemplndola con apetito salvaje; y al mismo tiempo, como todo era
extrao en aquella extravagante criatura, a su fatuidad de _cocotte_
unase el entusiasmo artstico, el ansia vehemente de ser til al genio;
y contemplando con mirada amorosa sus pechos semejantes a cerradas
magnolias, su vientre de suave curva y el hermoso rubio de su pelo, que
brillaba con ms intenso fulgor entre tanta blancura, murmuraba
melanclicamente:

--Rubens! Oh, Rubens!... Si me hubieses conocido!

Pero la cruel realidad vino a sacarla muy pronto de su entusiasmo
artstico.

Agramunt la pellizc suavemente ms abajo de la espalda, y ella se
volvi sonriente, creyendo encontrarse con la mano de Zarzoso; pero al
ver que era el periodista el autor de la broma, psose furiosa y le
dijo:

--Tu, pequeo Marat! Mrchate a dormir a tu cuarto. Aqu estorbas. No
permito bromas esta noche ms que a se, que es para quien me desnudo.
Largo! A la calle en seguida!

Agramunt acoga con risotadas la indignacin de aquella muchacha, que,
desnuda, iba de un lado a otro buscando el ltigo para despedirle a
golpes; pero comprendiendo que era muy cierto aquello de que estorbaba,
cogi su palmatoria, y despus de dar una vuelta por el cuarto
canturreando la marcha nupcial del tercer acto de _Lohengrin_ y de
desear a los dos muy felices noches, sali al pasillo y emprendi su
ascensin al ltimo piso, mientras que Judith, abalanzndose a la
puerta, corra el cerrojillo.

Zarzoso no se haba movido de su asiento; estaba asombrado, con la
mirada vaga, como si todo aquello fuese un sueo que se desvanecera
apenas despertase.




VIII

Nuevas cadas.


Cuando los relojes de la quinta Alcalda de Pars y de la iglesia de San
Esteban del Monte lanzaron en el ancho espacio de la plaza del Panthen
las campanadas que anunciaban las ocho de la maana, Zarzoso, que no
estaba ni dormido ni despierto, pues se hallaba bajo la influencia de
una pesada modorra, se incorpor con violento impulso, y una vez
sentado en la cama, lanz una mirada de asombro a su cuarto, que no le
pareca ya el mismo.

Senta un violento dolor de cabeza, como si sobre su cerebro gravitase
la gigantesca masa del vecino Panthen; notaba cierta torpeza en los
ojos, vindolo todo turbio, y su lengua, inflamada y pastosa, pareca
estorbarle dentro de la boca, seca a consecuencia de lo mucho que haba
bebido la noche anterior.

Tard bastante tiempo en darse cuenta del lugar donde estaba, pues su
cerebro, entorpecido por los excesos, discurra con dificultad.

Parecale al joven que acababa de despertar de un sueo catalptico que
haba durado algunos meses, a juzgar por la dificultad que encontraba en
ir recordando lo ocurrido antes de acostarse.

Un ruido que son dentro del cuarto le trajo a la realidad.

Junto a la ventana, por entre cuyas cortinas se filtraba el sol,
trazando arabescos de oro sobre la charolada madera del pavimento, un
perro feo y lanudo jugueteaba con un zapato. La vista de aquel animal
trajo rpidamente a Zarzoso a la realidad. Entonces fu cuando se di
cuenta de que sus piernas, bajo las revueltas sbanas, rozaban algo que
despeda suave calor, y volvindose contempl la misma cabeza que crea
haber visto en sueos, y que estaba all, sobre la almohada, menos
hermosa que la noche anterior, con el cabello en enmaraada madeja, las
correctas facciones contradas por el estertor de un brutal ronquido,
los polvos de arroz apegotados en un extremo de sus mejillas y el
bermelln de sus labios extendindose ms all de las comisuras de su
boca.

Zarzoso experiment una inmensa decepcin. Parecale que desde muy alto
caa y caa hasta hundirse en el cieno de un charco sin fondo, y sinti
tentaciones de llorar como una virgen deshonrada al ver que de un modo
tan estpido, en una noche de embriaguez, haba perdido su prestigio de
amante casto y de joven de costumbres austeras, encanallndose con aquel
pingajo de carne hermosa que haba rodado durante seis aos por todas
las camas del Barrio Latino.

Sinti rabia contra su propia debilidad, indignse por lo fcilmente que
haba cado y murmur, bajando su frente, en la que se extenda el rubor
al pensar en Madrid y en aquella mujer sencilla y pura, a la que todava
amaba:

--Muy bien, seor Zarzoso! Puede usted estar satisfecho de su conducta.
En vez de estar triste y desalentado por el silencio de Mara, pasa
usted la noche emborrachndose como un pillete, y, por aadidura, se
entrega en brazos de la primer perdida que le sale al encuentro.

Y como si le produjera inmenso asco el contacto de aquel cuerpo de raso
que calentaba toda la cama, salt inmediatamente de sta y resumi el
furor que senta contra s mismo con estas amargas palabras:

--Ya no eres el mismo de ayer. Ahora eres un canalla.

El despertar de aquella noche de amor fu terrible. Entre los dos
amantes exista un visible despego, una falta de franqueza que haca la
situacin pesadamente embarazosa.

Judith, despus de saltar de la cama, iba de un punto a otro del cuarto,
canturreando y afectando alegra, mientras haca su _toilette_.

El joven, molestado por la presencia de aquella mujer, que evocaba en l
impulsos brutales, y a la que hubiese dado golpes de muy buena gana, por
vengarse de la cada que le haba hecho sufrir, fumaba en un rincn del
cuarto, acogiendo con sonrisas que daban miedo cada una de las caricias
y los mimos que Judith pretenda hacerle.

Esta se visti con gran prontitud, pues, segn manifestaba, la estara
esperando un artista con el que se haba comprometido a servirle de
modelo en un cuadro que representaba a Clemencia Isaura en su potica
corte de amor; pero no deba tener gran prisa en acudir a la cita, por
cuanto rog a Zarzoso que la convidase a almorzar.

El joven accedi de mala gana, pues le resultaba pesada en extremo
aquella aventurera, y deseaba separarse de Judith cuanto antes.

Salieron del hotel cogidos del brazo, y las miradas de asombre de la
duea del establecimiento, que estaba en su despacho en la portera,
atormentaron a Zarzoso, que vea en una noche destruda su fama de
hombre serio y de costumbres arregladas.

Al atravesar la plaza del Panthen, los carruajes engalanados de un
cortejo nupcial detenanse ante el palacio de la Alcalda del quinto
distrito.

Judith sonri maliciosamente, y haciendo un gesto de asombro afectado
exclam:

--Y an hay quien se casa?... Qu asco!

Estas palabras an la hicieron ms antiptica a los ojos de Zarzoso.

El almuerzo result muy violento para el joven. Entraron en el mejor
restaurante del bulevard Saint-Michel, un establecimiento serio, en el
que no dej de causar cierto escndalo el subversivo aspecto de Judith,
la cual, sin fijarse en el efecto que causaba, hizo toda clase de
habilidades para llamar la atencin de los parroquianos y de la
servidumbre.

Zarzoso estaba avergonzado por una compaa tan ruidosa, as es que vi
el cielo abierto cuando lleg la hora de pagar y de despedirse sobre la
acera del bulevar.

Judith se alej de l envindole besos con sus dedos, lo que haca
detener a los transentes; y an retrocedi varias veces para rogarle
que no faltase aquella tarde, a las seis, en el caf Vachette, donde
volveran a reunirse para pasar una noche tan alegre como la anterior.

--Puedes esperarme sentada--deca Zarzoso al alejarse--. Una y no ms.
Bastante siento la infame cada de esta noche.

Zarzoso pas todo el da melanclico, malhumorado y sin saber qu hacer,
pues no se senta con la suficiente fuerza para ir a la Clnica. Pase
en el Luxemburgo hasta las cinco, y como ya anocheciera, viendo que en
el vecino bulevar los cafs comenzaban a poblarse de gente que tomaba la
absenta, temi que Judith surgiera a su paso para atraparle, y se
dirigi a casa de Alvarez, con el intento de pasar all unas cuantas
horas, proponindose despus el ir a comer y acabar la noche al otro
lado del ro, donde tena la certeza de no encontrar a aquella sirena
del vicio.

Zarzoso, desde su cada, pareca que llevaba dentro de s un principio
fatal que envenenaba su existencia, le haca estar violento en todas
partes y no le permita hablar con la misma franqueza e ingenuidad de
antes.

Su visita a don Esteban result muy dolorosa para el joven.

Estremecase de miedo y senta inmensa vergenza al pensar lo que dira
aquel hombre envejecido si supiera que un joven que pareca tan
enamorado de su hija Mara pasaba la noche como un libertino y meta en
su mismo cuarto una mujer que escandalizaba el barrio.

Por una coincidencia, pero que hizo aumentar ms an la turbacin de
Zarzoso, Alvarez, que estaba apenado por el silencio de su hija, comenz
a hablar mal de sta, al mismo tiempo que haca la apologa de su joven
amigo.

--S, seor. Es una infamia eso de dejar sin respuesta las cartas de
usted, rompiendo de un modo tan villano unas relaciones de amor que
parecan tan fuertes. Quin poda esperar tal cosa de mi hija? Cun
pronto olvidan las mujeres sus juramentos de amor! Por eso exclama con
razn Shakespeare: "Fragilidad, t tienes nombre de mujer!"
Abandonarlo a usted de ese modo; a usted, que es un joven honrado,
probo y de costumbres puras, condicin que hoy es casi ya imposible de
encontrar!

Zarzoso, alarmado por estas palabras, que resultaban un sarcasmo en tal
situacin, miraba fijamente al padre de Mara, sospechando si ste se
burlaba de l. Pero no tard en convencerse de que Alvarez hablaba con
franqueza, pues sigui diciendo as, con acento de desesperacin:

--Y lo ms triste es que yo soy el autor de ese infortunio que usted
sufre. Qu mala idea tuve yo al rogarle que manifestase a Mara su
origen y quin era su padre! De seguro que su silencio no reconoce otra
causa que esta indiscrecin. Oh! Es muy amargo decirlo; pero para las
jvenes que al tener uso de razn se encuentran en alta esfera, resulta
muy difcil el reconocer su verdadero origen y al que les di el ser, si
es que stos son humildes. Tales descubrimientos, que hieren su amor
propio, las sublevan, las indignan, y son ms que suficientes para que
el cario se trueque en odio. S, vuelvo a repetirlo; Mara le ha
abandonado a usted por haberla dicho que yo soy su padre y que usted es
amigo mo. Hay para desesperarse al considerar que uno hace el mal sin
saberlo y que, viejo ya, solo e intil, todava sirve para matar la
felicidad de un joven como usted; para labrar su infortunio.

Alvarez demostraba tal sentimiento por la culpabilidad de que se hallaba
convencido; era tan vehemente su desesperacin, que, conmovido Zarzoso,
estuvo varias veces prximo a interrumpirle para contarle todo lo que
ocurra.

El autor del rompimiento amoroso era ahora l mismo. Ya no poda exigir
explicaciones a Mara por su conducta, pues se senta manchado y tena,
en su conciencia de hombre puro, un remordimiento que le haca
reconocerse como indigno para aspirar a la mano de una seorita honrada.

Pero Zarzoso no se senta capaz de tan suprema franqueza, y call,
dejando que Alvarez se sumergiera en la desesperacin que le causaba el
haber intervenido indirectamente en los amoros de los dos jvenes.

Cada uno de los elogios que don Esteban haca de su joven amigo era para
ste como una pualada en la conciencia, y por eso, no pudiendo sufrir
tan incesantes tormentos, se apresur a despedirse, y marchando a la
casa editorial donde trabajaba Agramunt pasaron ambos amigos el ro y
fueron a terminar la noche en la Grande Opera.

El cataln se rea del temor que Zarzoso mostraba al pensar que podan
encontrarse con Judith, y con su ductilidad de buen amigo se prestaba a
encargarse de romper aquellas relaciones de una sola noche.

Transcurrieron cuatro das sin que el joven mdico, que no sali del
Barrio Latino, viera por parte alguna la rubia cabellera de Judith. Esta
ausencia le tranquilizaba: Judith no era importuna, y, adems, deba
haber comprendido que no tena en l un adorador loco, y tal vez por
estas mismas consideraciones, por la seguridad que comenzaba a abrigar
de que la rubia no ira en su persecucin, pensaba en ella ms de lo que
le convena, y, a pesar de todos sus esfuerzos mentales, no poda
desechar de su memoria el recuerdo de aquella noche tormentosa, con sus
placeres delirantes, que recordaba con la misma vaguedad que las escenas
de un ensueo.

Aquel encuentro vicioso haba dejado en l una levadura de brutalidad
lasciva, y a esto atribua Zarzoso el raro fenmeno que experimentaba,
pues a pesar de odiar a la hermosa rubia y de estremecerse al pensar que
sta poda volver a su cuarto, complacase, sin embargo, en ir
recordando las escenas de tal noche, y su carne se estremeca de placer
al pensar que poda repetirse la embriaguez amorosa.

Estaba Zarzoso ocupado en leer un libro nuevo que le haba prestado un
compaero, y distrado, pensaba al mismo tiempo, con una confusin de
recuerdos que le avergonzaba, en su antigua novia, que no le escriba, y
en Judith, cuyo recuerdo le obsesionaba, cuando sonaron algunos leves
golpes en la entreabierta puerta de la habitacin.

--Soy yo--dijo una voz que hizo estremecer a Zarzoso.

E inmediatamente entr en la habitacin, sonriendo y con paso ligero, la
rubia Judith, que no conservaba de su aspecto de algunas noches antes
ms que el ltigo de cuero y _Nemo_, que marchaba siempre pegado a sus
faldas, como si fuese un adorno de stas.

Llevaba un traje de la misma pana con que los artistas se hacan sus
chaquetones para trabajar en el taller e ir por el barrio, y la rubia
cabellera, arreglada ahora en forma de peinado griego, cubrala con una
gorrita cosaca de velludo astracn, de la que caa un blanco velillo
sobre el rostro.

El joven mdico, a pesar de que momentos antes pensaba involuntariamente
en ella, al verla no pudo reprimir un movimiento de contrariedad.

Judith, afectando no ver aquel gesto, tom asiento y comenz a hablar
con tranquilidad.

No haba venido a estorbarle. La visita era casual: pasaba por all de
vuelta de un taller, donde haba estado todo el da sirviendo de
modelo, y se decidi a subir en confianza, sin ir antes a su casita de
la calle Monge, a quitarse aquel traje que era el del trabajo.

Judith hablaba con naturalidad, sin afectacin alguna, como si estuviera
en presencia de una amiga de confianza, y sin hacer la menor alusin a
aquella cita en el caf Vachette, a la que haba faltado Zarzoso.

Este, en vista de la tranquilidad y prudencia que demostraba la joven,
haba vuelto a recobrar su confianza, y alegremente se afirmaba en su
idea de que todo haba terminado entre los dos, y que las escenas de
aquella noche eran locuras sin consecuencias que ya no volveran a
repetirse.

Judith haba tomado un cigarrillo de encima de la mesa, y con una pierna
montada en el brazo del silln, hablaba calmosamente, mirando las areas
espirales de humo que bogaban tranquilamente hacia la abierta ventana
donde el viento iba arremolinndolas.

Zarzoso, ante la cordura de la joven, se espontaneaba como con un
compaero, y hablaba con el mismo abandono que si su interlocutor fuese
Agramunt.

Cmo fu aquella segunda cada? Zarzoso no pudo darse cuenta de ella;
obr ms instintiva y ciegamente que la primera vez, con la agravante de
que en esta ocasin, la cada fu fra, sin arrebatos de pasin, como si
se sintiera empujado por una ruda e irresistible fatalidad.

A las siete, hora de la comida, salieron los dos del hotel cogidos del
brazo. Zarzoso demostraba la mayor indiferencia. Qu le importaba ya
que le vieran en tal compaa? A qu fingir hipcritamente una virtud
que estaba lejos de tener? Era un miserable, un cobarde sin energa ni
dignidad, que se senta enloquecido ante una corrupcin porque era
hermosa, y que no tena voluntad para resistir la ms leve de las
prfidas insinuaciones de aquella mujer que llevaba al lado.

Judith le haba aprisionado, le haba convertido en un esclavo de su
lascivia, y l se resignaba al considerar que eran de rosas las cadenas
que le aprisionaban.

Agramunt qued asombrado al ver de qu modo se haba apoderado Judith
del nimo de Zarzoso, el cual, despus de su segunda cada, estaba
desalentado y se mostraba impotente para luchar.

El escritor haba tenido siempre a Judith en concepto de mujer terrible,
pero no crea a Zarzoso capaz de rendirse con tanta facilidad: su
asombro se troc en temor cuando aquella noche les oy hablar a los dos
amantes de su futura vida arreglando la existencia que llevaran desde
aquella noche.

Ella se mostrara seria, evitara el trato con sus antiguos amigos del
barrio y viviran con la tranquilidad de burgueses unidos por el lazo
matrimonial. Judith miraba con ojos de ternura a Zarzoso y aseguraba a
Agramunt, nico espectador de la escena, que jams haba amado a ningn
hombre como a aquel pequeo doctor.

Ella no abandonara su linda habitacin de la calle Monge, que jams
haba dejado a pesar de todos sus galanteos y en la que nunca permiti
la entrada a sus amigos. All tendra su vestuario, sus secretos, los
objetos de su intimidad, pero, aparte de esto, dormira en el hotel de
la plaza del Panthen, comera con Zarzoso, paseara con l, y mientras
ste estuviera en las clnicas, ella se ocupara en sus visitas y
quehaceres.

Habl de seguir sirviendo de modelo para ayudar a los gastos de la nueva
existencia, pero Zarzoso protest con una energa tan rotunda, que en
ella se notaba un principio de celos.

Agramunt estaba admirado. Qu le haba dado la gran perdida a aquel
muchacho tan sensato para volverle de tal modo el juicio y convertirlo
en un estpido?

A media noche, mientras Judith, con aire de seora absoluta, se acostaba
en la cama de Zarzoso, ste y Agramunt tuvieron una explicacin en los
pasillos del hotel.

--Pero, hombre--deca el periodista--. Te parece sensato eso que haces?
Yo quera que te divirtieras, que no vivieras como un topo melanclico
metido entre estas paredes; pero de eso a que te les seriamente con una
mujerzuela como Judith hay una distancia inmensa. Esto que haces me
repugna; no puedo ver con calma que ests tan encaprichado por una
perdida que es popular en todo el barrio. Has pensado bien el papel
ridculo que vas a hacer? Y lo que ms me indigna es que parece que
ests enamorado de ese harapo. Antes, en el caf, me daban ganas de
rer, y al mismo tiempo senta deseos de llorar de rabia al ver con qu
energa de hombre celoso te oponas a que Judith siguiera visitando los
estudios como modelo. Celoso t! Celoso de una mujer que hasta ha
dormido con los garzones de los hoteles?

Zarzoso pareca muy contrariado por la justa reprimenda de su amigo,
pero an tuvo energa para contestar:

--Su pasado nada importa para el presente. El que antes haya sido de
todos no impedir que ahora sea nicamente ma. Ya que estoy loco, ya
que por ella me encanallo y me pierdo, quiero ser el nico dueo de su
cuerpo.

--Pero si es un pingajo que se ha tendido sobre todas las camas del
barrio!

--S, pero es muy hermosa--contest Zarzoso con acento que demostraba
una estpida testarudez--. Una copa de oro cincelada por Benvenuto
Cellini, aunque en ella hayan puesto los labios un sinnmero de
generaciones, no por esto resulta menos hermosa.

Agramunt lanz una sonora carcajada, y tan grande fu su acceso de risa,
que sofocado y jadeante se hunda los puos en el vientre, haciendo
ridculas contorsiones.

--Oh!... famoso! divino!--balbuceaba entre carcajadas--. Ya se te ha
pegado algo de ella. Ya la imitas en lo de sus sentencias artsticas, y
sabes de memoria sus frasecillas aprendidas en el taller.

Zarzoso mostrbase hosco y malhumorado con su amigo, y afortunadamente
hizo terminar la conferencia la voz de Judith que le llamaba impaciente
desde su cuarto.

As comenz la falsa vida marital; aquel amancebamiento repugnante y
penoso que fu una mancha en la existencia del joven mdico.

Este pareca ms absorbido cada vez por el carcter dominador,
caprichoso y fantstico de Judith.

Faltaba Zarzoso muchos das a la clnica, por estar hasta muy tarde en
la cama fumando cigarrillos y disputando con Judith sobre cuestiones sin
importancia; haca una vida imbcil, que transcurra por las tardes en
el Luxemburgo y por las noches en los cafs y en los bailes, y tan
grande era el aislamiento a que le someta tal amor, que muchos das
slo vea a Agramunt durante algunos minutos, cambiando con l
insignificantes palabras. Pareca estorbarle la presencia del joven
escritor, como si ste, mudamente, le echase en cara su envilecimiento,
y en cuanto a don Esteban Alvarez, haca ya ms de dos semanas que no le
haba visto, tanto porque las exigencias de Judith no le dejaban un
momento libre, como porque tema hallarse en presencia de aquel infeliz
seor que le abrumaba con los elogios a su virtud.

Todo lo que le recordaba su pasado le avergonzaba, y cuando surga en su
memoria algn recuerdo de sus amores con Mara, el joven estremecase
con instintivo terror y se ruborizaba intensamente.

Judith, para atraer mejor a su nuevo amante y demostrar las ventajas del
amancebamiento, dbase aires de mujer hacendosa, y al mismo tiempo que
rea al garon del hotel porque, segn ella, no haca dignamente el
arreglo del cuarto, andaba siempre a vueltas con la ropa blanca de
Zarzoso, y, armada de dedal y aguja, pretenda hacer zurcidos con
puntarracos disformes, que demostraban que nunca haban sido su fuerte
las labores femeniles.

Justamente en el armario-espejo, que era donde estaba la ropa blanca,
tena oculta Zarzoso una cajita de laca que contena las cartas escritas
por Mara, y un sinnmero de objetos insignificantes, pero queridos, que
le recordaban aquella pasin terminada de tan inexplicable modo.

La cajita estaba oculta bajo un montn de ropa blanca que no pareca
haber sido tocado por Judith, pero, a pesar de esto, el joven temblaba
cada vez que la rubia meta sus manos revolvedoras en el armario.

Una tarde en que Zarzoso estaba solo, se resolvi a sacar de all la
cajita para ponerla en punto ms seguro, como era el cajn de la mesa de
escribir cuya, llave llevaba siempre consigo.

Sera para l un tormento horrible que Judith, con sus manos pecadoras,
cogiera tales recuerdos de su amor y que les dirigiera alguno de
aquellos chistes cnicos que constitua su repertorio gracioso,
burlndose de Mara, de la mujer dulce y virtuosa, cuya imagen, a pesar
de todos los encanallamientos, estaba en pie en lo ms ntimo de su ser,
como la imagen en el fondo del sagrado santuario.

El quera evitar tan terrible escena, porque si Judith, al descubrir
algn da sus antiguos amores, era capaz de burlarse de la mujer amada
como si se tratase de una compaera, sera posible que l, cegado por la
rabia, estrangulase a su querida.

Sac la cajita del armario, y, con temblorosa emocin, como si llevase
en sus manos un objeto sagrado, la dej sobre la mesa y permaneci mucho
tiempo con los ojos fijos en la charolada tapa. Qu recuerdos acudan a
su memoria!

Un deseo vehemente se apoder de l. Parecale que dentro de aquella
caja se agitaba comprimida una atmsfera de casta pasin, un ambiente de
virtud; y el desgraciado senta deseos de abrirla, como si de ella fuese
a surgir un purificante Jordn en el que podra lavar las suciedades de
su degradacin y su encanallamiento.

Con mano trmula, e instintivamente, abri la caja y lo primero con que
tropezaron sus ojos fu con el rostro hermoso, tranquilo y feliz de
Mara, que sonrea desde el fondo de la caja, sobre un lecho formado por
el paquete de antiguas cartas.

Aquella aparicin pareci romper el encanto fatal y corruptor a que
estaba sometido Zarzoso desde que conoci a Judith. Esta le pareca
ahora un monstruo repugnante, un amasijo de corrupcin y de vicios
modelado artsticamente por la experta mano del diablo, y contemplando
el sereno rostro de Mara, dbase cuenta exacta de su situacin y
lloraba desconsolado como pudiera hacerlo el doctor Fausto cuando,
despus de dormir con Elena, la prostituta de los siglos, pensara en la
dulce y sencilla Margarita.

Permaneci mucho tiempo el joven inclinado sobre aquella caja de la que
parecan salir efluvios consoladores que refrescaban su espritu
angustiado. Las campanadas de los relojes de la vecina plaza le
volvieron a la realidad. No tardara en llegar Judith, y el joven se
apresur a esconder la cajita en su mesa con la misma zozobra del ladrn
que teme ser sorprendido en su infame tarea.

Pero antes de ocultarla quiso apreciar por ltima vez, en todos sus
detalles, aquel tesoro amoroso, y hundi sus dedos en la cajita.

All estaban sus cartas, tal como l las haba atado, con una cinta de
color rosa; all el retrato de Mara y debajo un pauelo de mano, que
cariosamente la haba arrebatado una maana que paseaban por el
Retiro... Pero Dios mo! Algo faltaba all!... Qu era? Qu era?...
Y el pensamiento del joven, con la velocidad de un relmpago, record
cuanto le haba entregado Mara como prueba de amor.

Ah! Ya saba lo que faltaba all. El recuerdo de Mara ms ntimo y ms
personal: un rizo de sus cabellos que le haba entregado en presencia de
doa Esperanza la vspera de su partida a Pars.

El joven lo haba sacado de su cajita muchas veces en aquellas noches de
insomnio y de desesperacin, que le causaba el silencio de Mara, y
recordaba cmo aquel rizo estaba envuelto en un papel finsimo, sobre el
cual, la adorable mano de la joven haba escrito con su correcta letra
inglesa y algunas adorables faltas de ortografa: _A mi Juan: en prueba
del eterno amor de su Mara._

Aquella falta, tan repentinamente notada, aturdi al joven, sumindole
en una confusin enloquecedora.

Con mano ansiosa revolvi la cajita, busc hasta en el interior del
paquete de cartas, y... nada; el rizo con el papel que le envolva no
apareca en parte alguna.

Aquel recuerdo resultaba el ms querido para Zarzoso, pues era la
primera y nica concesin que Mara haba hecho a su ya que a fuerza de
ruegos haba conseguido que la joven le diese un rizo de su cabellera.
Adems, qu de recuerdos tena para l esta prenda de amor!, cuntas
noches se haba pasado besando y suspirando con aquel recuerdo de la
mujer amada junto a sus labios!

En el aturdido cerebro de Zarzoso surga un mundo de atropellados y
contradictorios pensamientos.

La posibilidad de que en una de aquellas noches de desesperacin amorosa
hubiese dejado olvidado sobre la mesa el recuerdo de Mara, y a la
maana siguiente el criado del hotel lo hubiese hecho desaparecer en su
indiferente limpieza, le desesperada; pero esta explicacin no le
pareca conveniente, y acariciaba con mayor predileccin una sospecha,
que poco a poco iba agrandndose en su pensamiento.

Si sera Judith quien, aprovechando una de sus ausencias, le arrebat
aquella prenda de amor, por lo que de ntima tena, para hacer burla
despus con sus amigas de aquella pura pasin? No resultaba muy
verosmil esta sospecha, pues pareca que Judith no se haba apercibido
de la existencia de la cajita: paro por otra parte el joven desconfiaba
de su querida, cuyo carcter astuto y maligno le era bien conocido.

S; ella deba de ser la autora de la sustraccin, y Zarzoso, enfurecido
por el fatal descubrimiento, se propona interrogarla apenas se
presentase, y se senta capaz de todas las brutalidades, si es que
llegaba a convencerse de la culpabilidad de su querida.

Acababa de ocultar la cajita en el cajn de su mesa, cuando entr
Judith, vestida con un traje de colores llamativos y demostrando mayor
descoco que de costumbre. Ya no era la muchacha hbil que saba fingir
ternura y apasionamiento; era algo ms que la _cocotte_ cnica y
descocada; era la loca del barrio, la muchacha excntrica y depravada,
que no tena nocin alguna de la moral, que pisoteaba las ms
rudimentarias conveniencias sociales, y que crea que la virtud, el amor
y la decencia eran defectos que afeaban a las personas honradas y
tranquilas, que ella desdeosamente llamaba burgueses.

Zarzoso qued fro ante aquella ruidosa entrada. Entre la Judith que l
momentos antes, all en su imaginacin, se propona interrogar y la
Judith que ahora tena delante exista una inmensa diferencia.

Cmo iba a hablar a aquella perdida de su antigua pasin y de unos
recuerdos de amor tan sagrados? Y si ella no era la autora de la
sustraccin, ni se haba apercibido de nada, y resultaba que l la
abra los ojos, facilitndole el que se burlara de su antiguo amor?

Zarzoso decidise repentinamente a no decir nada, proponindose obrar
con cautela, y espiara a su querida, para de este modo convencerse de
si era cierta su culpabilidad.

Adems Judith le aturdi con sus palabras, pues riendo ruidosamente,
comenz a relatarle una aventura muy chistosa que le haba ocurrido a
una de sus amigas.

El nico rastro aparente que dej tras s el penoso descubrimiento hecho
por el joven fu la melancola y la irascibilidad que parecan dominar a
Zarzoso.

As vivieron tres semanas ms, completamente aislados hasta de Agramunt,
que, segn l manifestaba, no quera entrar en el cuarto de los amantes,
pues al verlos le daban tentaciones de empezar a bofetadas con los dos;
a l, por bruto, y a ella, por... (y aqu el republicano encajaba un
calificativo tan franco como genuinamente espaol).

Algunas veces Agramunt, al encontrar a Zarzoso en la escalera del hotel
o en el restaurante, le detena para decirle con hostil seriedad:

--El pobre don Esteban est muy desmejorado; me pregunta por ti siempre
que le veo, y yo le digo que no vas a visitarlo porque ests muy ocupado
en tus clnicas. Esta mentira es lo mejor que puedo decirle al pobre
seor.

Zarzoso experimentaba honda pena cada vez que le recordaban de este modo
al infeliz Alvarez. Pobre seor! Grande sera su decepcin si llegaba a
enterarse del gnero de vida que haca el joven amigo, al que
consideraba como un modelo de constancia amorosa y de buenas costumbres.

Conforme transcurra el tiempo, Zarzoso encontraba que iban hacindose
pesadas sus relaciones con Judith.

Haba pasado ya el primer arrebato de pasin; estaba desvanecida la
embriaguez artstica que causaba en Zarzoso la contemplacin de aquel
lindo cuerpo de estatua; y en cambio la intimidad, el trato continuo y
franco, ponan al descubierto la mala educacin de Judith, sus groseras
aprendidas en el taller y sus costumbres incoherentes y extraas de
muchacha aventurera, que con la misma indiferencia haba dormido en un
gabinete lujoso que en una zahurda.

La mala educacin de la rubia, sus groseras a todo pasto y sus
respuestas insolentes, eran motivos de continua querella entre los dos
amantes, y Zarzoso senta tal aburrimiento cuando pasaba solo con
Judith algunas horas, se hartaba de tal modo de aquella atmsfera
canallesca que pareca flotar en torno de ella, que acoga hasta con
gusto las visitas que venan a turbar una conversacin montona, que
siempre versaba sobre el mismo tema: los vestidos con _chic_ artstico,
los pintores, sus bromas pesadas y toda la chismografa que se aprende
en los talleres.

Como Judith, con su carcter imperioso, dominaba a su amante, y en el
hotel, como en todas partes, dbase aires de seora absoluta, sus
amistades femeninas iban a visitarla; y por las tardes, en aquella
habitacin antes tan tranquila, reunase una alborotada tertulia de
muchachuelas insignificantes, viciosas, que giraban atradas en torno de
Judith como astros menores de la sensualidad y que adoraban a sta cual
una mujer superior.

Zarzoso, el sabio, la esperanza legtima de la ciencia mdica, se
agarraba a aquellas chicuelas como a una tabla de salvacin contra el
fastidio, y conversaba con ellas horas enteras, sin notar que poco a
poco se hunda en una intimidad viciosa. Aquel trato con Judith y su
corte le hizo adivinar terribles monstruosidades. Sospech de la
intimidad de la rubia y sus amigas, de sus explosiones de celo y del
afn con que se disputaban la predileccin de la diosa adivin cosas
ocultas y asquerosas, locuras de organismos gastados y ahitos de vicio;
pero cerr los ojos voluntariamente y prefiri no ver para evitarse la
nusea de lo repugnante.

El joven, dominado por Judith, se agitaba como un sonmbulo en aquella
atmsfera ftida; haba perdido por completo su voluntad y obedeca en
todo a los caprichos de su querida, sin permitirse la menor observacin.

El, que al principio de su nueva vida tena reparo y cierto rubor en
acompaar a Judith por la calle, sala ahora con la mayor impasibilidad
al lado de su querida y de dos o tres de aquellas amigas a las que
conoca el barrio entero, y algunas de las cuales, por sus embriagueces
y sus escndalos en la va pblica, haban visitado ms de una vez al
comisario de Polica del barrio.

Zarzoso, con su aspecto de hombre de ciencia, con aquellas gafas que le
daban un aire de profesor de la Sorborna, marchaba erguido e impvido en
el centro del revoltoso grupo formado por tales mujerzuelas, que dejaban
tras s una atmsfera de escndalo y de indignados comentarios.

El infeliz Zarzoso nunca lleg a apercibirse del concepto en que le
tenan en el barrio y de las apreciaciones que sobre l hacan cuando en
tal compaa pasaba ante alguno de los cafs del bulevar Saint-Michel.

Haba quien, a pesar de su aspecto honrado, le crea un ser envilecido,
que coma de las ms inmundas mujeres a cambio de servirles de caballero
acompaante. Agramunt, que saba toda la verdad y conoca los
comentarios del barrio, estaba furioso contra su amigo por su estpida
pasibilidad y llegaba hasta evitar su saludo.

Fu una tarde, a las siete, cuando ocurri el encuentro que tanto tema
Zarzoso.

El joven haba ido a la otra orilla del Sena acompaando a Judith y a
dos amigas para hacer unas compras en los almacenes del Louvre, y
despus haban entrado en la cervecera de La Paleta de Oro, en la calle
de Rvoli, pues la rubia era muy prdiga con sus amigas, y siempre que
sala las convidaba con el dinero de su amante.

Al regreso, cuando ya los reverberos de las calles estaban encendidos,
suba el alegre grupo por el bulevar Saint-Michel, demostrando con sus
carcajadas, sus saltos y las insolentes palabras que dirigan a los
transentes, la fuerza alcohlica de la buena cerveza negra de
Estrasburgo.

Fu cerca de la esquina del caf de Cluny donde Judith, con su voz de
carretero y ademanes de cargador borracho, tuvo un altercado con una
mujer que pasaba y que, en su concepto, haba hecho burla de ella.

La proximidad de una pareja de guardias de la Paz hizo terminar el
conflicto, pero no impidi que los transentes se detuvieran, fijndose
en el grupo que formaban las tres mujeres y Zarzoso.

Este, avergonzado por el incidente, pugnaba por llevarse a Judith, y por
eso no se fij en un hombre que acababa de salir del caf y que se
acerc al grupo, demostrando primero una fra curiosidad y despus
profundo asombro.

Era don Esteban Alvarez, que en unas cuantas semanas se haba aviejado
de un modo alarmante y que tena un aspecto tal de decaimiento, que
inspiraba compasin.

Al reconocer a Zarzoso en el acompaante de las tres perdidas y ver la
intimidad casi desdeosa con que stas le trataban, el pobre enfermo
experiment una ruda impresin.

Por fortuna para el joven mdico, estaba de espaldas y no pudo ver el
triste gesto de dolorosa sorpresa que hizo su viejo amigo.

Cuando el grupo se alej, Alvarez estuvo an algunos minutos inmvil en
la acera, como si todava no hubiese vuelto en s despus de la sorpresa
experimentada.

Oh! Qu fro senta en el corazn! Su culpabilidad, aquella
culpabilidad imaginaria con la que se atormentaba, volva a atenacear su
conciencia.

Se alej lentamente con direccin a la calle del Sena, marchando con
paso inseguro, al mismo tiempo que murmuraba:

--Esto me mata! Yo soy el autor del infortunio de ese joven. Queriendo
acercarme a mi hija, hice sin saberlo que l fuera abandonado por su
novia, y ahora ese joven bueno, sencillo y virtuoso, se ha perdido...
se ha perdido por mi culpa! Qu terrible remordimiento!... Desesperado
de reconquistar un amor puro, se ha entregado en brazos del vicio para
olvidar. Y yo tengo la culpa de todo! Esto me mata; hoy termina mi
vida; como si lo viera. Qu fatalidad arrastr a ese muchacho hasta
hacerle mi amigo? Qu fatalidad hay en m que hiere a cuantos seres se
me aproximan y me aman?...

FIN DEL TOMO OCTAVO

       *       *       *       *       *

Los errores corregidos por el transcriptor:

ininfluencia=> influencia {pg 25}

represetancin=> representacin {pg 41}

Benvenutto=> Benvenuto {pg 45}

Polictcnica=> Politcnica {pg 47}

nmro=> nmero {pg 87}

se ha hecho Titn=> se ha hecho de Titn {pg 92}

poducan=> producan {pg 99}

antigua=> aantigua {pg 111}

arrastada=> arrastrada {pg 114}

psar=> pesar {pg 115}

a a la realidad=> a la realidad {pg 122}

avengonzaba=> avergonzaba {pg 126}

enconfianza=> confianza {pg 127}

ganar=> ganas {pg 128}

Soborna=> Sorborna {pg 134}

Benvenutto=> Benvenuto {pg 45}





End of Project Gutenberg's La araa negra, t. 8/9, by Vicente Blasco Ibez

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ARAA NEGRA, T. 8/9 ***

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