The Project Gutenberg EBook of Historia de la decadencia de Espaa, by 
Antonio Cnovas del Castillo

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Title: Historia de la decadencia de Espaa

Author: Antonio Cnovas del Castillo

Release Date: October 11, 2014 [EBook #47092]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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  Nota del Transcriptor:


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  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.




  HISTORIA

  DE

  LA DECADENCIA DE ESPAA

  desde el advenimiento de Felipe III al Trono

  HASTA LA MUERTE DE CARLOS II

  [Ilustracin: Cnovas del Castillo]




  EL RETRATO DE CNOVAS

  POR MADRAZO

  Deseando avalorar la presente reimpresin, publicamos el retrato,
  verdaderamente magistral, de Cnovas, que empez  dibujar el eminente
  pintor don Federico de Madrazo; pues aun no siendo, como no es, sino
  un ligero esbozo, hecho  dos tintas, resulta, sin disputa, el mejor,
  ms parecido y ms completo de todos los del autor, por reproducir y
  contener, no slo sus ms genuinos rasgos fisionmicos, sino la
  expresin completa de su espritu y de su carcter.

  El original, de tamao natural, lo posee y conserva como preciada
  reliquia el nico hermano sobreviviente de Cnovas, y, con el tiempo,
  pasar, en calidad de donativo, al Museo Moderno.




  HISTORIA

  DE

  LA DECADENCIA DE ESPAA


  desde el advenimiento de Felipe III al Trono

  HASTA LA MUERTE DE CARLOS II

  POR EL EXCMO. SEOR

  D. ANTONIO CNOVAS DEL CASTILLO


  Director de la Real Academia de la Historia, individuo de nmero de la
  Espaola, de la de Bellas Artes de San Fernando, de la de Ciencias
  Morales y Polticas, etc., etc., etc.

  CABALLERO DE LA INSIGNE ORDEN DEL TOISN DE ORO


  SEGUNDA EDICIN, CON PRLOGO

  DEL EXCMO. SEOR

  D. JUAN PREZ DE GUZMN Y GALLO

  de la Real Academia de la Historia,

  CABALLERO GRAN CRUZ DEL MRITO MILITAR

  [Ilustracin]


  MADRID

  LIBRERA GUTENBERG DE JOS RUIZ, EDITOR

  Plaza de Santa Ana, 13

  1910




Madrid.--Imprenta de Fortanet, Libertad, 29.--Telf. 991.




_Al Excmo.  Ilmo. Seor_

_D. Serafn Estbanez Caldern_,

     Caballero Gran Cruz de la Real Orden Americana de Isabel la
     Catlica, Comendador de la Real y distinguida de Carlos III,
     Acadmico de nmero de la Real Academia de la Historia, condecorado
     con la cruz de San Fernando de primera clase y otras varias de
     distincin, Ministro togado del Tribunal Supremo de Guerra y
     Marina, Senador del Reino, etc.


_Dedicar  Ud. la primera obra de alguna importancia que lleve mi nombre
es en m obligacin de tal naturaleza, que, con desconocerla, dara
sobrada ocasin  la censura de los buenos. No parece que cumpla
dedicndole la presente, porque es tal que ms consigue con eso
autorizarse que declarar mi agradecimiento. Pero todo se remediar con
que usted ponga  cuenta de lo pequeo de la obra lo grande de la
voluntad ma; de ella por encarecimiento basta decir que es tanta cuanta
me cumple para que se iguale con mi obligacin. Dbole  Ud. los
principios, que ser deberle los fines; dbole cario de padre ms bien
que no de deudo; dbole el tal cual acierto que haya en mi estilo, si lo
hay,  si no harta leccin y enseanza para que lo hubiese, pues slo
ha de achacarse  mi torpeza la falta. Y singularmente he de confesar
por de Ud. el amor  las cosas de Espaa que en m hay, fruto de sus
palabras y ejemplos, y que, despus de haber llenado mi fantasa de
ilusiones dulcsimas durante los primeros aos, aguardo que me acompae
y aliente por todos los de mi vida. Tales cosas no exigen menor paga que
eterno agradecimiento, y bien puede servir en muestra del mo el que
haya aguardado para decirlo tan pblica ocasin como esta, porque los
tramposos y escatimadores de beneficios antes los reconocen en tiempo y
lugar donde puedan ser lisonja que dae y lastime que no donde puedan
ser cimiento de irrevocables deberes. Acepte, pues, la ofrenda esta,
aunque tan humilde, y apntela en la cuenta de la gratitud, que es
cuenta que nunca se cierra en el concepto de su afectuoso sobrino_

                                      Antonio Cnovas del Castillo




[Ilustracin]

  EL PRIMER LIBRO HISTRICO

  DEL

  Excmo. Sr. D. Antonio Cnovas del Castillo


I

Cbeme el honor, que ha de constituir lnea de relieve en las obscuras
efemrides de mi vida, de ser el primero, que, lisonjeado por el
bondadoso encargo de sus ms amantes deudos, logra poner su pluma al
frente del primer libro que, despus de su muerte, se reimprime de la
inmensa y exquisita labor histrica de aquel insigne publicista, hombre
de Estado y altsima y universal inteligencia, que llen, con los frutos
sazonados de sta y con los actos ejecutivos de su poltica y poder, ms
de la mitad del siglo antecedente en Espaa, y que dej ilustrado con
lauros inmortales  la admiracin de la posteridad el encumbrado nombre
de D. ANTONIO CNOVAS DEL CASTILLO.

Reconozco la inferioridad de medios en que me hallo, para acometer una
empresa como esta, y que  algunos parecer superflua, tratndose del
hombre insigne de que se trata. Pero aquel de sus deudos ms prximos,
que sin atreverme  apellidar el ms predilecto entre los suyos y que
hasta en el nombre con l ms se identifica, obedeciendo  altas
consideraciones que el amor  su memoria le ha sugerido, y queriendo
rendir este tributo de su afecto inextinguible, de su respeto reverente
y de su admiracin ms entusiasta al que, sin dejar  los suyos ms
timbres nobiliarios que su apellido glorioso, despus de haber sido por
tanto tiempo el restaurador del Trono y de la dinasta, la columna de la
Regencia en la casi orfandad de la Corona, el rbitro de los destinos de
la Nacin, el encumbrador de tantos otros y el objeto preclaro de la
admiracin de todo el mundo, el _Excmo. Sr. D. Antonio Cnovas del
Castillo y Vallejo_, que une  los ttulos de su elevada cuna y familia,
el honor de los laureles del arte, me hizo la honra de acudir  mi
amistad  comunicarme sus pensamientos y  invitarme  la asociacin de
su obra; y yo, que sin ser tampoco de los agraciados con los favores de
la fortuna en los tiempos que tantos los alcanzaron, y que bajo todas
las vicisitudes de mi laboriosa carrera profes incondicionalmente la
misma admiracin, los mismos afectos hacia aquel hombre que en todas mis
producciones polticas apellid sin duelo _monstruo de la naturaleza_, y
puse en la misma elevada jerarqua en los destinos de Espaa, que en sus
respectivos pases alcanzaron Cavour en Italia, Thiers en Francia, Deak
en Hungra, Bismarsk en Prusia y Disraeli en Inglaterra, no vacil en
aprovechar disposicin tan ingenua para arrojar todava mi ltima corona
sobre la tierra que envuelve la sombra, acaso por muchos de sus ms
favorecidos ya olvidada, de aquel hombre que simboliza con su hermosa
representacin toda su poca en Espaa y fuera de ella, y que ocupar en
la Historia de la Patria el lugar sublime de todos los que en el campo
de la accin contribuyeron  sus grandezas y  su gloria.

El Sr. Cnovas del Castillo y Vallejo, el editor esplndido y el
impulsor de esta obra en honor del que llev hasta el nombre, que de l
recibi en la pila del bautismo, y  quien, ms que en los puestos de su
abandonada carrera poltica, le impuls hacia las gustosas inclinaciones
del arte y del trabajo, que hoy constituyen su mayor satisfaccin y su
orgullo, me deca:--Mi to no vincul la propiedad de ninguna de sus
obras literarias  la parca fortuna que disfrutaba. Todas son del
pblico dominio y cualquiera editor lcitamente puede reproducir las que
quiera, atendiendo  su legtima especulacin, no al honor y al nombre
del que las produjo. _La Historia de la decadencia de Espaa desde el
advenimiento de Felipe III al trono hasta la muerte de Carlos II_, fu
el primer libro histrico serio que sali de su pluma y entreg  la
publicacin, cuando el hervor de la sangre juvenil encenda las ideas
que despus templaron el curso de la vida, la colosal profundidad de sus
estudios posteriores y la experiencia personal en los arcanos de los
oficios del Estado y de las imposiciones de la vida pblica; y aunque
ninguna, como sta, entre sus obras, rebosa aquella frescura de
imaginacin y de ideas, aquel vigor de concepcin y de crtica, aquel
desenfado y libertad de expresin con que la _Historia de la decadencia_
est escrita, cuando operada en el yunque de los sucesos y de los
estudios la gran evolucin de su espritu, que le condujo  sus puestos
eminentes y  sus ms grandes producciones literarias, entreg  stas
toda la honrada sinceridad de su alma, ansi recoger  inutilizar los
ejemplares de aquella obra ingenua de su juventud, y corregir en parte 
tachar por captulos enteros el pristino ejemplar que l conservaba. Aun
no parecindole esto bastante, despus de rectificarse  s propio en
aquel _Bosquejo histrico de la casa de Austria_, que escribi como un
avance  la obra fundamental que tena proyectada sobre todo el
brillante perodo de los dos siglos que sobre el trono que ocuparon con
gloria inmarcesible los Reyes Catlicos D. Fernando de Aragn y Doa
Isabel de Castilla tuvieron asiento los Reyes de la dinasta austriaca;
en todos sus trabajos especiales, y ms que en ningn otro, en el que
titul _Estudios del reinado de Felipe IV_, puso total empeo en
desautorizar muchas de las ideas, conceptos y juicios vertidos en la
_Historia de la decadencia_, la cual tal vez hubiera quedado enteramente
anulada en el largo catlogo de su vasta labor intelectual, si Dios le
hubiera concedido vida para llevar  cabo la que tena dispuesta y
preparada con un lujo de documentacin y una profusin bibliogrfica,
que ni antes ningn otro escritor, ni en lo porvenir probablemente
ningn otro artfice de nuestra Historia nacional, lograr reunir y
organizar, al modo que l la haba reunido y organizado en su ya
desgraciadamente deshecha Biblioteca. Despus de estos avisos del propio
autor, una reproduccin de la _Historia de la decadencia_ hecha por
cualquier editor especulador, sin una nota, sin un prlogo, sin algo que
encierre el pensamiento correctivo y la voluntad resuelta que aquel
tena en la profunda rectificacin que aquella obra mereca y
reclamaba, no podr ser impedida por nuestra parte y no ser, para los
que la adquieran y lean, la posesin del juicio histrico de D. ANTONIO
CNOVAS DEL CASTILLO sobre una poca,  la que, por haber sido la ms
gloriosa y la ms crtica de nuestra Historia, l consagr la
preferencia de sus estudios en toda la intensidad de que eran capaces
sus grandes disposiciones naturales: y los conceptos que de su lectura
se formen y los testimonios que de sus textos puedan deducirse, no
encarnarn ciertamente ni su pensamiento verdadero, ni su completa
veracidad. Ante este temor y esta perspectiva, yo, que tanto le am en
vida y tanto le venero en su recuerdo, quiero adelantarme, quiero
reproducir la obra en toda su integridad, como se halla en el ejemplar
que l tena para s y yo conservo, y quiero que usted me ayude  llevar
 la conciencia del lector lo que, en definitiva, su propio autor
pensaba de ella, y la preparacin que tena hecha para rectificarla de
una manera fundamental.

No era posible renunciar  honor tan distinguido, aun reconocindome sin
fuerzas adecuadas  la magnitud de lo que se me propona, tratndose,
como se trataba, de una labor literaria de quien tan alto tena colocado
su nombre en el mundo, como historiador y como hombre de Estado. Pero si
era demasiado para mis fuerzas atreverme  lanzar sobre ella juicios,
que solo he de fundamentar en declaraciones testimoniales de su mismo
autor, en cambio la _Historia de la decadencia_ que para sus ms celosos
deudos se prestaba  estos respetabilsimos temores, tiene un lado de
adquirido y legtimo aplauso en su mera tentativa en el tiempo en que se
escribi, y este ser el punto preferente de las lneas que aqu
escribo, despus de dejar consignado el tributo de mi reconocimiento 
los que han querido distinguirme con esta honorfica preferencia.


II

Cuando en el primer tercio del siglo ltimo apareci pstuma la
_Historia de la dominacin de los rabes en Espaa_ de nuestro laborioso
D. Juan Antonio Conde, un escritor italiano, que  par de Botta, La
Farina y Balbo, precedi  Cant, di simultneamente  las prensas de
Miln y Npoles una _Storia generale della Storia_, el Sr. GABRIELE
ROSA, en la que  s mismo felicitbase, escribiendo con ocasin de la
publicacin de aquella obra espaola: _La storia sembra rivivere in
Spagna col secolo XIX. Era molto tempo che non ci accadeva incontrare un
scrittore grave di storia in quella terra, che gareggi coll'Italia pel
primato storico dal 1500 al 1600_[1]. Indudablemente la _Historia_ de
Conde, aunque los estudios orientales posteriores hallen en ella muchas
deficiencias y muchos errores, que no invalidan, sin embargo, el mrito
de su gallarda tentativa, mereca justamente el aplauso y la exhortacin
que  la par arga la juiciosa crtica del imparcial escritor italiano.
Los historiadores de Espaa que abrieron al campo cientfico de esta
parte de la literatura un horizonte tan amplio como el que en la
pennsula hermana magnificaban los florentinos Nicols Maquiavello y
Francisco Guicciardini y el Obispo de Nocera, Paulo Jovio, con nuestro
Gonzalo Fernndez de Oviedo, con nuestro Juan Gins de Seplveda, con
nuestros Florin de Ocampo, Ambrosio de Morales, Jernimo de Zurita y
Esteban de Garibay, y el ms insigne de todos Juan de Mariana,
cualesquiera que fuesen las obras aisladas y peregrinas que de vez en
cuando produjera originalmente nuestra Minerva castellana ms adelante,
desde la muerte de Felipe II, haban sufrido tan gran eclipse, que al
cabo de dos siglos bien poda arrancar de la pluma del Sr. Gabriele Rosa
la frase que queda estampada arriba la aparicin de un libro de
tendencias tan especiales, como no se haba intentado todava otro en
Europa, en medio de los estudios preparatorios con que la erudicin por
un lado, la teora histrica por otro y la asociacin de todas las
ciencias auxiliares, en definitiva, venan en todo este espacio de
tiempo fertilizando el campo comn del conocimiento de los hechos
humanos, as generales, como particulares.

     [1] GABR. ROSA: _Storia generale della Storia_ (seconda edizione).
     Milano, Napoli, impr. Bernardoni, 1873, pg. 412.

Desde el comienzo del siglo XVII Espaa pareci disgregarse de todo el
gran movimiento. Ampliando los trminos de la crnica y la razn
teolgica, ya por aquel tiempo Grocio, en Holanda, sealaba un progreso
considerable hacia la humanidad en las tradiciones histricas y en las
ciencias sociales con su nueva organizacin dada al derecho comn de
gentes; Hobbes, en Inglaterra, en virtud de sus principios filosficos y
confesionales, afirmaba el espritu de independencia en la crtica
histrica; Strada, en Italia, generalizaba al inters de toda Europa los
movimientos insurgentes de Holanda y los Pases Bajos, y Bollando
aportaba hasta los hechos menudos  la gran razn de los hechos
generales; mientras en nuestra Pennsula, despus que Cabrera de Crdoba
cerr el gran reinado de Felipe II y fray Prudencio de Sandoval hizo la
sntesis del Emperador-Rey Carlos V, los que se erigieron en narradores
de los sucesos del reinado de Felipe III y Felipe IV[2], ya dejronse
inocular en el deletreo virus de las pasiones polticas, interiores y
rivales, que derrocan y han derrocado siempre la unidad moral en que
descansa el poder de los ms grandes imperios y empequeece el espritu
con que el caballero Gabriel Rosa, represent  los espaoles
compartiendo de 1500  1600 el magisterio de la Historia por todo el
continente, enflaqueciendo  par la potencia universal de la nacin, y
hacindola tocar los ltimos trminos de su decadencia al poner Carlos
II con el de su vida fin al siglo XVII.

     [2] GIL GONZLEZ DVILA: _Historia de Felipe III_.--MARQUS
     VIRGILIO MALVEZZI: _Historia de Philippe III desde el ao 1612
     hasta su muerte_.--BERNAB DE VIVANCO: _Historia del rey de Espaa
     D. Felipe III desde el ao 1578 hasta el de 1626_.--GONZALO
     CSPEDES Y MENESES: _Historia de Felipe IV, rey de las
     Espaas_.--BERNAB Y FRANCISCO VIVANCO  MATAS DE NOVOA: _Historia
     de Felipe IV_.

En vano al ocurrir el cambio de dinasta, Ferreras, Belando y San Felipe
quisieron reanimar la llama, que encendida desde lejanos siglos, todava
en la esfera de la historia, como arte, hicieron resplandecer por un
momento Melo y Sols: sus obras no revelaron las extinguidas llamaradas
del antiguo genio espaol; y aunque la vena fecunda de la erudicin, por
una parte, comenz  formar sus grandes colecciones documentarias, y
aunque la creacin de las Academias aplic, por otra, su poderosa
palanca al estmulo de los estudios preferidos, para hacer esculpir en
la conciencia de los pueblos que la _Historia_, como la Biblia, es el
libro sagrado de las naciones; y aunque unos con la sanidad de su
crtica, como Feijoo, y otros con el incansable afn en la exploracin
de las prxtinas fuentes, como Florez y Risco, emprendieron un trabajo
eficacsimo de restauracin,  que se asoci el Conde de Campomanes,
disponiendo y preparando la mocin fecunda para una inmediata y enrgica
iniciativa, hasta que las influencias obstructoras que nos venan del
lado all de los Pirineos no empezaron  ser combatidas para extirpar
las obsesiones de nuestros hombres de estudio, contrarrestndolas con
los vientos de otros cuadrantes, no se alcanz intentar siquiera los
primeros ensayos que volvieran  ponernos en la corriente del movimiento
general. Esto ocurri cuando la expulsin de nuestros jesutas del
territorio nacional empuj aquellas falanges de hombres sabios y
virtuosos hacia las diversas comarcas de Italia, donde al respirar un
nuevo ambiente, surgieron nombres como el del Abate Juan Andrs, que,
desde Mantua, se hall capaz de hacerse narrador y censor de toda
literatura[3], y como el del Abate Juan Francisco Masdeu, que, proscrito
en Roma (1781), se atrevi  resear una _Historia crtica de Espaa_,
dndole una forma distinta de la adoptada por sus antecesores y
manifestando en ella las miras extensas y filosficas que  la sazn en
Inglaterra haban colocado tan alto los nombres de David Hume, Guillermo
Robertson y Eduardo Gibbon. Dado el espritu restaurador nacional que en
Espaa se haba despertado desde el advenimiento de Carlos III al Trono,
y que heredaron con todo su entusiasmo su sucesor el vilipendiado Carlos
IV y todos sus ministros, no menos patriotas  ilustrados que los del
anterior reinado, indudablemente la Historia crtica nacional se habra
brillantemente inaugurado en nuestra nacin desde el ltimo tercio del
siglo XVIII, si la, para nuestros destinos  intereses, siempre fatdica
Francia no hubiera venido  oprimir de nuevo el espritu nacional,
primero con su revolucin odiosa y despus con su odioso Napolen.

     [3] _Dell'origine, progressi  stato attuale d'ogni letteratura._
     (Parma, 1782.)

La influencia de las nuevas ideas sugeridas por la revolucin 
inmediatamente despus por las napolenicas contuvieron en toda Europa
el curso que los estudios histricos haban tomado en todo el siglo
XVIII; mas cuando  su vez sobrevino la reaccin general contra
Napolen, atizada en la misma Francia por el Vizconde de Chateaubriand
y Jos de Maistre, en Alemania por madama Stal y Federico Schlegel, en
Italia por Hugo Fscolo y Carlos Botta,  los que casi continuamente
siguieron en Francia misma Agustn Thierry, Adolfo Thiers y Pedro
Francisco Guizot desde 1823, en Inglaterra Toms Carlyle, Toms Macauly
y Enrique Brougham, Jorge Niebrg en Dinamarca, Francisco Carlos de
Savigny y Carlos Ritter, precursores Ranke, Schlosser y Mommsem en
Alemania, Ftis en Blgica y Washington Irving en la Amrica del Norte,
Espaa que pareca anhelar su asociacin  aquel movimiento, slo aport
 l el nombre del ilustre Conde de Toreno, porque los escritores ms
insignes que se afanaban por destacarse de la masa calenturienta que de
las luchas de la independencia se transport en cuerpo y alma  las an
ms apasionadas y candentes de las civiles y polticas, eternos y
serviles enamorados de la erudicin extranjera y hasta de la crtica
interesada de los extranjeros sobre nuestra propia Historia, dironse
tristemente con el gran Lista  traducir  Segur, con el abate Muriel 
Coxe, con Alcal Galiano  Dunham, y en vez de Historias Nacionales, se
lanzaron al estudio de las gentes multitud de obras extraas que el ms
vulgar sentido serio de la religin de la patria debi rechazar
abiertamente, para no abrir en la desorientada conciencia, hasta de la
juventud de las aulas, las brechas ominosas de los errores generales,
que todava se hace tan difcil esclarecer y extirpar. Al aparecer,
todava en 1844, el primero de los ocho volmenes de que consta la
_Historia de Espaa desde los tiempos primitivos hasta la mayora de la
Reina Doa Isabel II, redactada y anotada con arreglo  la que escribi
en ingls el Doctor_ DUNHAM _por_ D. ANTONIO ALCAL GALIANO, as en el
prospecto como en la portada del libro, se ofreci la adicin de una
_Resea de los Historiadores espaoles de ms nota, por_ D. JUAN DONOSO
CORTS, que fu despus Marqus de Valdegamas, y un _Discurso sobre la
Historia de nuestra nacin, por_ D. FRANCISCO MARTNEZ DE LA ROSA. Ni
aquel aparato de bibliografa histrica nacional tan constantemente
prometido, ni aquel discurso sinttico de la Historia de la Nacin,
aparecieron nunca,  pesar de la respetabilidad incuestionable de los
dos nombres con que la promesa se autorizaba. Verdad es, que tanto
Donoso Corts como Martnez de la Rosa,  haberse propuesto realizar lo
que ofrecieron, tal vez no lo hubieran cumplido como al honor de nuestra
Historia corresponda, pues ni la _Bibliografa histrica de Espaa_ en
aquel tiempo, y ni aun ahora mismo, estaba suficientemente preparada
para emprender tal obra, ni Martnez de la Rosa se hallaba en posesin
de los vastos conocimientos necesarios para lanzarse  lo que  l le
tocaba. En 1847 se demostr esto, pues al tomar posesin el 28 de Mayo
de dicho ao, de la silla que ocup en la Real Academia de la Historia,
en el discurso que ley titulado _Bosquejo histrico de la poltica de
Espaa en tiempo de la dinasta austriaca_,  pesar de la vulgaridad de
su crtica y de la total carencia de elevacin en sus conceptos y de
profundidad en la investigacin, todas sus fuentes de inspiracin fueron
por l tomadas, pidiendo una colaboracin repugnante  la erudicin de
los extraos,  Mignet y  Ranke,  Watson y Coxe,  Robertson y Dunham,
lo que probaba la carencia de estudios propios de que adoleca y la
insuficiencia de sus medios para intentar siquiera lo que haba
prometido tres aos antes al traducir  Dunham Alcal Galiano.

Con todo, ya por aquel tiempo, otra ola de influencia ms fecunda haba
batido los trminos de Espaa, ya imitando iniciativas plausibles de
otros pases, ya coincidiendo con ellas y de propia inspiracin. Desde
el final del siglo XVII, Nicols Antonio haba demostrado la utilidad de
los inventarios bibliogrficos de la Minerva nacional,  que se haban
aadido en el XVIII los de la Biblioteca rabnica y los de la Biblioteca
arbiga. Se haban formado al mismo tiempo colecciones valiosas de
crnicas de la Edad Media, de Tratados y de Concilios; y aunque fu casi
nulo el influjo de los que en la Historia, desde Herder (_Ideen ber die
Philosophie und Geschichte der Menscheit; Idea de la filosofa de la
historia de la humanidad_), hasta Vico en su _Scienza nuova_ y Bunsen en
su _Gott in der Geschichte_: (_Dios en la Historia_), quisieron buscar
mejor la filosofa de los hechos que la demostracin de la verdad de los
hechos mismos, pues Tapia que intent una _Historia de la Civilizacin
de Espaa_[4], y Martnez de la Rosa, que trat de renovar su _Bosquejo
histrico de la poltica de Espaa_ (Madrid, 1857), fracasaron en sus
ensayos balades; sin embargo, la reaccin de las reivindicaciones
histricas se impuso hasta sobre los que todava aleteaban traduciendo
al castellano cualquier libro que sobre Espaa apareciera en la
produccin histrica de otros pases, y haciendo, tal vez en nuestra
Pennsula, la primera prueba de la originalidad, en 1836, el jefe del
_Archivo de la Corona de Aragn_, D. Prspero de Bofarull y de Mascar,
al dar  las prensas de la Ciudad Condal _Los Condes de Barcelona
vindicados y cronologa y genealoga de los Reyes de Espaa_, dot su
libro de tal copia de documentos concordados  inditos, que no pudo
menos de llamar la atencin de los sabios dentro y fuera de nuestro
pas.

     [4] _Historia de la civilizacin de Espaa desde la invasin de los
     rabes hasta la poca presente._ (Madrid, 1840).

Esta apelacin  la restauracin documental,  la vez prosperaba  se
emprenda ya por todas partes. Inglaterra,  la que toda economa
cientfica debe tantos impulsos originales, haba comenzado  publicar
la vasta serie de su _Calendar of State Pappiers_. En 1835 empez 
aparecer en Pars,  impresa en su Imprenta Real, la hermosa _Collection
des documents indites sur l'histoire de France_. En Turn, en 1836, se
fund la _Comissione Reale di Storia_, y el mismo ao, en Florencia, se
inaugur por Giuseppe Molini la publicacin de los _Documenti di Storia
italiana, copiati sugli originali  per le pi autografi esistenti 
Parigi_, y en 1839 Eugenio Alberi di  la estampa, en Florencia
tambin, la primera serie de las _Relazioni degli Ambassiatori venete al
Senato_, que alcanz hasta 1855,  la que siguieron de 1856  1858 las
de Nicol Barazzi  Guglielmo Berchet, y de 1858  1860 las de Dominico
Caruti _sulla corte di Spagna_. Entre tanto, el _Archivio Storico
Italiano_, bajo la direccin de Francesco Palermo, editaba, en 1846, las
_Narrazioni  documenti sulla storia del Regno di Napoli del anno 1522
al 1667_, y en 1857 apareca en Miln la _Racolta di cronisti 
documenti storici lombardi inditi_, obras todas interesantes para los
historiadores espaoles.

Pero donde este movimiento tan til para nuestros estudios histricos
tom ms cuerpo fu en el seno de la _Socit de l'Histoire de
Belgique_, desde 1841. Rompi en dicho ao la marcha el archivero
general de dicho pas Mr. Louis Gachard, con su _Lettre  Messieurs les
Questeurs de la Chambre de Representants sur le projet d'une collection
de documents concernants, les anciennes assembles nationales de la
Belgique_. De este meritorio objeto se encumbr  todas las
particularidades salientes de la Historia moderna de su pas, es decir,
durante el tiempo que prosper bajo la dominacin espaola. Vino en 1843
 desenvolver en Simancas una documentacin tan varia y tan extensa que
espanta, y en 1847 ya daba fe de la fecundidad de sus trabajos,
publicando en Bruselas la _Correspondance de Guillaume le Taciturne,
Prince d'Orange_; y en 1848 la _Correspondance de Philippe II sur les
affaires des Pays Bas_; y en 1850 la _Correspondance du Duc d'Alba sur
le invasion du Comte Louis de Nassau en Frise en 1568, et les batailles
de Heyligerlie et de Gemmingen_; y en 1853 la _Correspondance
d'Alexandre Farnese, Prince de Parma, avec Philippe II dans les annes
1578  1581_; y en 1855 las _Relations des ambassadeurs venitiens sur
Charles Quint et Philippe II_; y en 1859 la _Correspondance de Charles
Quint et d'Adrien VI_; y en 1867 la _Correspondance de Marguerite
d'Autriche, duchesse de Parma, avec Philippe II_, etc., etc.

Se ha dicho que para iniciar tan vastos trabajos vino  Espaa  visitar
y explorar el _Archivo Histrico de Simancas_, en 1843, y hay necesidad
de apuntar aqu qu papel este Archivo comenz  desempear tambin en
este movimiento que produjo el estmulo ms activo en el de Espaa desde
la muerte del rey Fernando VII.  nuestra Real Academia de la Historia
pertenecen los primeros trabajos para recabar, como recab de los
poderes pblicos, desde 1833 las exenciones que se le concedieron y con
que comenz su tenaz labor en pro de la resurreccin de los estudios
histricos patrios. Y cosa notable! los primeros en aprovecharse de
ella fueron los ms distinguidos institutos de nuestro ejrcito, en los
que se encendi la emulacin ms viva para explorar las grandezas de su
historia respectiva. La primera Comisin militar que en 1843, en
Simancas, se entreg  los estudios histricos de su cuerpo fu la de
Ingenieros, y estuvo formada por D. Jos Aparicio y D. Luis Pascual
Garca; en 1844 fu en persona el conde de Cleonard, D. Serafn Mara de
Soto,  instruirse por s y  sacar los elementos constitutivos de su
_Historia orgnica de las armas de Infantera y Caballera_. En 1845 se
present  los mismos fines, en Simancas, otra Comisin del Cuerpo de
Artillera, compuesta de D. Mario de la Sala, D. Rafael Biedma y D.
Ramn Lpez de Arce. Sigui  sta, en 1846, la de Infantera, de que
formaban parte D. Serafn Estbanez Caldern y D. Jos Ferrer de Couto,
teniendo por secretario de la misma al archivero del Ministerio de la
Guerra D. Manuel Juan Diana. Por ltimo, en 1850, trabaj all con la
misma fe la Comisin del arma de Caballera, presidida por el brigadier
don Manuel Arizcun con D. Manuel Rodrguez Labrador y D. Antonio Lpez
Gijn, y en 1854 funcion otra de Administracin militar de que fu jefe
D. Antonio de Silva Bellagn.

Ya la reputacin de las riquezas histricas y documentarias de Simancas
servan de poderoso acicate dentro y fuera de Espaa para traer  las
puertas de la antigua fortaleza castellana un nmero considerable de
exploradores estudiosos. Entre los primeros que all obtuvieron licencia
para practicar sus estudios, se contaban D. Luis Lpez Ballesteros y D.
Pascual Gayangos, que trabajaron en sus salas en 1844; D. Miguel Salv y
D. Antonio Ferrer del Ro, que all estuvieron gran parte del ao 1845;
D. Pedro Jos Pidal, primer marqus de Pidal, en 1847, y otros hombres
ilustres del renacimiento histrico que vinieron despus. De fuera de
Espaa llegaron prncipes como el duque de Aumale, y otros extranjeros
distinguidsimos, entre los que se hicieron notar ms el brasileo barn
Adolfo de Varnhagen; el director del Real Archivo de Bolonia, Sr. Carlos
Malagola; el ministro prusiano, barn Minutoli; el de Blgica, conde
Vanderstraten; Leva, profesor de Historia de la Universidad de Padua; el
holands Gustavo Bergenroth; el ingls, Mr. Samuel Rawson Gardiner; el
presidente de la Comisin Real de la Historia de Blgica, barn Kervyn
de Lettenhave; el director de los Archivos de Varsovia, Adolfo Pawniski;
el profesor del de Palermo, Isidoro Carns; el de la Universidad de
Burdeos, Mr. Combes, y una multitud de otros literatos distinguidos, de
los que al cabo ha resultado la falange numerosa de entusiastas
hispanistas que llenan el mundo con sus obras sobre hechos particulares
de la Historia de Espaa, singularmente durante el reinado de la
dinasta austriaca. Por nuestra parte, en 1840, D. Miguel Salv y el
Marqus de Miraflores, fundaron la _Coleccin de documentos inditos
para la Historia de Espaa_, y en 1847 en Catalua, otro Bofarull, hijo
del primero, D. Manuel de Bofarull y Sartorio, fund tambin la
_Coleccin de documentos inditos del Archivo de la Corona de Aragn_,
cuyas publicaciones fueron recibidas como verdaderas palancas para la
promocin activa de los trabajos vindicatorios de nuestra Historia
Nacional.

Mas entre tanto, al mediar el siglo XIX en que apareci el libro
histrico del entonces joven publicista D. Antonio Cnovas del Castillo,
cual era el estado verdadero de nuestra Minerva histrica?


III

Al proponerse en el ao de 1854 el gerente de la Sociedad editora de la
_Biblioteca Universal_, D. ngel Fernndez de los Ros, publicar una
_Historia general de Espaa_,  fin de vulgarizar su conocimiento, no
hall otra ms adecuada al fin que persegua, que la del P. Juan de
Mariana. Mas no alcanzando esta ms que hasta la muerte del rey D.
Fernando de Aragn, llamado el Catlico,  los principios del siglo XVI,
para completarla hasta nuestros das, vise en la necesidad de unir 
aqulla la continuacin que dej escrita el P. Fr. Jos Manuel de
Miana, fraile trinitario valenciano, que vivi de 1671  1730, la cual
solo abarcaba los reinados de aquella centuria, hasta el comienzo del
reinado de Felipe III[5], confiando el resto del reinado de la dinasta
austriaca al entonces joven batallador poltico, D. Antonio Cnovas del
Castillo, que acababa de dejar la direccin de un peridico de partido
que se titul _La Patria_, rgano de aquellos moderados, avanzados y
disidentes,  quienes se di el apellido de los _puritanos_ y que  la
sazn se hallaban comprometidos en la trama revolucionaria que estall
en Julio de aquel mismo ao; as como la del reinado de los Borbones de
la Casa de Francia,  este mismo escritor y  su amigo y condiscpulo
Don Joaqun Maldonado Macanaz. Otra obra histrica exista desde 1817,
que basada en la reproduccin tambin de la siempre clsica del P. Juan
de Mariana, haba sido proseguida, ilustrada y aadida con notas
crticas y tablas cronolgicas que alcanzaban hasta la muerte del Carlos
III, y que llevaba en su portada el ttulo de _Historia general de
Espaa, compuesta, enmendada y aadida por el P._ JUAN DE MARIANA, _de
la Compaa de Jess: ilustrada con notas histricas y crticas y nuevas
tablas cronolgicas desde los tiempos ms antiguos hasta la muerte del
Sr. Rey D. Carlos III, por el_ DR. D. JOS SABAU Y BLANCO, Cannigo de
San Isidro (Madrid, 1817.--Imprenta de D. Lorenzo Nez). Pero ni al
editor, ni  sus colaboradores pareci esta bien, sobre todo, porque en
las notas bibliogrficas que Sabau puso al final de cada uno de los
perodos en que la dividi, desgraciadamente, resaltaba que toda,  casi
toda su erudicin histrica se fundaba en el concurso de la erudicin 
consulta de libros extranjeros. Limitndonos  los tres reinados de
Felipe III, Felipe IV y Carlos II, que son los que constituan el
perodo austriaco de que se encarg Cnovas del Castillo, los textos y
autoridades de que Sabau se haba servido para formar sus _Tablas
cronolgicas_ fueron, Gabriel Chapuis, Camboers, Greinstons, Leonard, La
Neuvil y Leclere para el primero; St Creux, La Cled, Burnet, Montglat,
Ramsay y Vertot para el segundo, y Riencourt, Brandt, Basnarg,
Jenquires, Lamberti y Abrigny para el ltimo, y como la mayor parte de
estos autores eran,  desconocidos,  poco popularizados en Espaa,
entre el corto nmero de los eruditos de entonces, cupo la sospecha de
que la obra total que Sabau daba por original y consecutiva de la de
Mariana, no era otra cosa sino una mera traduccin francesa disfrazada.

     [5] Publicada por vez primera en una edicin de la de Mariana en el
     Haya, el ao 1733, en latn y la traduccin castellana por D.
     Vicente Romero en otra de Lyon, de Francia, en 1737. Otra edicin
     de la ltima se hizo en Madrid en 1804.

En realidad, el nuevo movimiento documental  de archivo al empezar el
ao de 1854 era todava bastante incipiente para que sus frutos pudieran
derramar una nueva luz sobre los escritores espaoles; y aunque D.
Modesto Lafuente haba tenido la plausible arrogancia de intentar desde
1850 una nueva _Historia general de Espaa, desde los tiempos ms
remotos hasta nuestros das_, la empresa que acometi, y en diez y siete
aos llev  termino con impertrrita perseverancia, buena intencin y
no escaso estudio, estaba muy  sus principios para que dejara de
ofrecer inters y oportunidad la que la casa editorial de la _Biblioteca
Universal_ haba empezado  dar  luz y para la que haba querido contar
como colaborador con uno de los jvenes, que en pocos aos, desde que
resida en Madrid, haba universalmente conquistado una reputacin de
docto y brillante escritor, temprano anuncio de lo que en el desarrollo
de su vida, siempre activa, haba de llegar  ser en el palenque de la
inteligencia y en las supremas posiciones de la poltica.

Tena D. Antonio Cnovas del Castillo veintisis aos de edad cuando
public como continuacin de las obras de Mariana y Miana, su _Historia
de la decadencia de Espaa, desde el advenimiento de Felipe III al
trono, hasta la muerte de Carlos II_. Nacido y educado en Mlaga, en 8
de Febrero de 1828, de diez y seis, en el de 1844, vino  Madrid,
hurfano de padre,  la continuacin de sus estudios bajo los auspicios
de su prximo pariente, el escritor distinguidsimo D. Serafn Estbanez
Caldern. No tom de ste ninguna de sus aficiones, aunque las encarn
todas, porque en tan temprana edad ya constituan todas ellas la
ambiciosa inclinacin de su espritu. Estudi en las Academias de San
Isidro con Castelar, con Martos, con otros que tambin llegaron  ser
hombres insignes, y entre todos sostuvo siempre la noble emulacin de la
superioridad en todas sus facultades. De diez y nueve aos se inici en
los ensayos de la publicidad de sus precoces producciones literarias en
peridicos literarios, afamados, como el _Semanario Pintoresco Espaol_
y _El Conservador_, que tena por nicos redactores  D. Joaqun
Francisco Pacheco, D. Antonio de los Ros y Rosas, D. Nicomedes Pastor
Daz y D. Francisco de Crdenas. Y cuando en 1849, teniendo Cnovas
veintin aos, fund Pacheco con el mismo Ros y Rosas, con D. Antonio
Benavides y D. Fermn Gonzalo Morn, el peridico poltico _La Patria_,
dirigido  hacer la campaa de la fraccin de los llamados _puritanos_
hacia la revolucin de 1854, juntos entraron  colaborar en l como sus
ms jvenes redactores D. Eulogio Florentino Sanz y D. Antonio Cnovas
del Castillo. Quin se haba de figurar que un ao despus, al cumplir
este ltimo veintids de edad, haba de ser designado por aquellos
publicistas tan esclarecidos para sustituir  Pacheco, nada menos que en
la direccin poltica de aquella publicacin!

El trabajo periodstico desgasta aceleradamente las facultades  impide
la ampliacin de los estudios profundos, pues no slo el tiempo material
que en l se emplea no deja vacancia para nada, sino que  la vez
enajena el espritu, cautivndole en una de las pasiones ms vehementes
que ciegan el corazn del hombre: la pasin poltica; mas si _La Patria_
fu para el joven Cnovas del Castillo escuela absorbente de esta pasin
que le haba de acompaar ya toda la vida, la vida reducida  dos nicos
aos que aquel peridico disfrut bajo su direccin, hasta 1852, no
coart la inclinacin poderosa del novel periodista  la instruccin y
al estudio. Acaso en l, el periodismo fu un acicate  su
sistematizacin, porque desde que se empe en sus luchas, refrenando
sus preferencias primeras  la poesa, al teatro,  las obras de
imaginacin, le empuj al palenque de la historia, la maestra suprema de
la vida, en la cual los entendimientos polticos se adelgazan y
avaloran, abrindoles el horizonte del mundo de la realidad y de la
experiencia en que toda la vida han de girar. Trmino crtico del paso
de unas inclinaciones  otras, luego que _La Patria_ dej de publicarse
en 1852, fu su expedicin  las montaas aragonesas, so pretexto de la
visita  un amigo de la infancia, y su concepcin all de su primera
obra seria literaria _La campana de Huesca_, en la que, dejando  la
imaginacin correr por el campo romntico de la novela de entonces,
comenz  sentir el freno poderoso de la Historia. En esta obra se
desplegaron instintivamente ya en l, cada una de las tres grandes
facultades en que durante todo el curso de su vida haba de dar empleo 
la continua ebullicin de su inteligencia calenturienta: la amena
literatura, la austera historia, la batalladora poltica. Las tres
pasiones  la vez le inundaban ya el alma, desde las discusiones
acadmicas de las aulas de San Isidro, desde las conversaciones
romnticas de los amigos jvenes del _Caf de la Esmeralda_, desde las
ardientes lides de su primer ensayo del periodismo, desde el cual tan
temprano empez  ocupar puesto en las maquinaciones secretas de los
hombres de partido que tan pronto se agitaban en las intrigas de corte 
en las conjuras de club, como se preparaban para la accin del Gobierno
y las iniciativas de la legislacin. Qu era, pues, en este punto, 
los veintisis aos de edad Cnovas del Castillo?

Un literato? Un periodista? Un hombre poltico? Nada definida 
individualmente, y todo en conjunto. Era periodista apasionado, que se
pona  escribir una historia con las ideas de partido de que se hallaba
ya llena su alma; un historiador de episodios de antiguos tiempos, que
con la imaginacin exaltada trataba de convertir en novela; un joven de
accin, que en las reuniones de sus antiguos maestros del periodismo
tomaba parte en sus planes, se brindaba  secundarlos y apoyarlos, y
caminaba con ellos hacia una revolucin, como se camina en compaa de
buenos amigos  los deleites de una romera. En esta edad y en esta
situacin de mente y de espritu emprendi en las vsperas de la
revolucin de 1854 el joven Cnovas del Castillo la _Historia de la
decadencia de Espaa, desde el advenimiento de Felipe III al trono,
hasta la muerte de Carlos II_.

Con solo echar una ojeada  las _Cuatro palabras_ que encabezan la obra
de entonces del autor, se profundizan bien cules eran, en realidad y
substancia, sus intenciones bajo el aspecto general y ulterior de su
trabajo.--Hemos querido, dice, llenar en algo un vaco que se nota en
nuestra Historia, y es la descripcin de nuestra decadencia, no menos
notable, no menos grande ni menos digna de estudio que la romana. Que no
lo hemos conseguido ya lo sabemos; pero puestos  la obra, debamos
hacer de nuestra parte todo lo posible por conseguirlo. Nuestra
decadencia no slo no est narrada hasta ahora sino que est ignorada,
obscurecida, envuelta en falsedades y calumnias de extranjeros y
nacionales; de aqullos, como autores; de stos, como imitadores 
copistas. Sabau y Blanco hizo no ms que recoger noticias de libros
extranjeros sin crtica, sin examen, con notoria precipitacin 
injusticia y con manifiestos y continuos errores.  este han seguido
despus los ms de los escritores nacionales. Los que mejor explican
nuestra decadencia son los dos extranjeros: Ranke y Weiss; pero ni uno
ni otro quisieron hacer historias sino ms bien disertaciones, y adems,
aunque ambos imparcialsimos, no son, al cabo, espaoles, y su crtica
no puede siempre ser aceptada. Algo de esto puede decirse tambin de
nuestro buen amigo D. Adolfo de Castro, que ha escrito sobre la
decadencia de Espaa, sin pretender hacer una Historia. De todo esto
nace el grande amor con que miramos la primera parte de nuestra tarea y
al extendernos ms en ella de lo que, al parecer, exiga la buena
proporcin del libro. Y al propio tiempo hemos procurado beber siempre
en fuentes originales y espaolas; para ello no hemos perdonado medio en
el poco espacio de que hemos podido disponer. Los juicios, buenos 
malos, son nuestros siempre; los hechos los hemos tomado donde hemos
podido hallarlos. No nos hemos fiado casi nunca de las versiones
extranjeras, porque, ante todo, hemos querido hacer un libro espaol y
para Espaa, que era lo que haca falta.--Como se ve, la suprema
aspiracin del joven Cnovas del Castillo, al escribir la _Historia de
la decadencia_, se concretaba: primero,  llenar un vaco que, desde el
siglo XVII, como antes se ha apuntado, exista en Espaa; segundo, 
rectificar los errores en que haban incurrido los que antes, nacionales
 extranjeros, se haban propuesto la misma empresa, _no recibiendo para
ello ms inspiracin que la de las fuentes originales y espaolas_;
tercero,  hacer un libro enteramente espaol y para Espaa. Ahora
bien, cumpli el joven Cnovas todo lo que se prometi? Pudo
cumplirlo?


IV

Al avance de los aos y al avance de su encumbrada carrera, el libro de
la primera edad, _Historia de la decadencia de Espaa_, en vez de caer
en absoluto olvido, como caen siempre los primeros defectuosos ensayos
de toda labor humana, trat de despertarlo la emulacin poltica, cuando
el joven estudioso y apasionado de 1854 haba alcanzado con su constante
esfuerzo la plenitud de sus facultades todas, la absoluta posesin de s
mismo en sus ideas y en su conducta, la lenta y acabada instruccin que
slo se alcanza en virtud de una labor continua y de una reflexin
intensa y el magisterio supremo con que la experiencia perfecciona y
hace ms reverberantes las llamaradas del genio. El mismo autor de la
_Historia de la decadencia_, dilatados los horizontes de su crtica con
la vasta extensin de sus estudios, y despus de haber intentado
esclarecer algunos puntos particulares de aquel mismo perodo de tiempo
 que l haba aplicado las primeras atenciones de su inteligencia, se
reconcentr en s mismo, y catorce aos despus de la publicacin de
aquella obra, con motivo de la aparicin de un _Diccionario de
Administracin y Derecho_, que comenzaron  dar  luz en 1868 los
laboriosos jurisconsultos D. Estanislao Surez Incln y D. Francisco
Barca, con el ttulo de AUSTRIA _(Casa de)_, facilitles para su
insercin un breve _Bosquejo histrico de la Casa de Austria_, que, aun
no siendo ms que el segundo avance para la labor de ms dilatado
aliento que se reservaba para tiempos para l ms sosegados y en que
pens siempre con un amor infinito, no slo presentaba un cuadro casi
completo y todo nuevo de aquellos dos siglos del reinado de aquella
dinasta que engrandeci el nombre y el poder de Espaa, como jams este
antiguo imperio se haba hecho pesar en el mundo, y como probablemente
nunca ms podr hacerse sentir, sino que siendo en conjunto y en detalle
una completa rectificacin de cuanto hasta entonces se haba escrito
sobre tan memorable poca de la supremaca espaola, as por escritores
extranjeros como nacionales, implicaba una rectificacin an ms precisa
de s mismo, corrigiendo fundamentalmente todos los errores de hechos,
de conceptos y de crticas en que,  causa de su juventud 
inexperiencia, de las pasiones polticas de que en 1854 estaban
apoderadas de su alma y de la falta de la documentacin copiosa, que
hasta muchos aos despus, su constancia no logr reunir y consultar, la
_Historia de la decadencia_ haba abundado, y que sealados por l mismo
poco despus, eran rebuscados por los adversarios que la altura de las
posiciones que alcanz le produjeron,  fin de recriminarle con el
enconado rencor, que es la musa perpetuamente inspiradora de la bacanal
de la poltica.

Aunque las leales rectificaciones del _Bosquejo histrico de la Casa de
Austria_, publicado en 1868, debieran haber bastado para ser admitidas
en buena cuenta por los hombres de reflexin y de estudio, como, en
efecto, lo fueron, todava la rectitud del seor Cnovas del Castillo le
estrech  insistir en la fe plena de su sinceracin, y cuando en 1888,
haciendo otro avance sobre sus propsitos definitivos que la muerte
ataj, di  la estampa en la _Coleccin de Autores Castellanos_ sus dos
volmenes de _Estudios del reinado de Felipe IV_, se apresur  decir
ms abiertamente  sus lectores:--Va para veinte aos que en un
_Diccionario general de Poltica y Administracin_, de que slo se
publicaron pocas entregas, di  luz un extenso artculo, que se
encuadern y distribuy luego por separado, con el ttulo de _Bosquejo
histrico de la Casa de Austria_. Corto fu el nmero de ejemplares de
esta obra; pero no tanto el de las personas que han deseado poseerlas
despus. Alabada de otra parte con exceso por un acadmico francs, y
habindose comenzado  traducir y publicar espontneamente por un
escritor de la propia nacin, hube al fin de pensar que no era acaso
indigna de mayor publicidad que le haba dado y de ms esmerada atencin
que le prest hasta entonces. Puse, pues, cuanto pude en juego para que
no continuase en Francia su publicacin del modo que estaba, ofreciendo
corregirla y acrecentarla primero que se tradujera y diera all del todo
 la imprenta, mientras que  los amigos que, por aficin  curiosidad
me la pedan, les anunciaba una prxima y mejor edicin. Este propsito
no se ha cumplido todava; pero espero en Dios que antes de mucho se ha
de cumplir. No cabe intentar un resumen exacto y substancioso de tan
larga  importante Historia, como la de la Casa de Austria en Espaa,
_sin estudios preparatorios de mucha extensin_ que dejen detrs de s
ms  menos completas monografas de sucesos particulares, y eso me ha
acontecido  m precisamente con el _Bosquejo histrico_. Tuvo como base
aquella obra una continuacin ma de la _Historia_ del P. Mariana,
_comenzada  escribir, por cierto, cuando no tena concludos mis
estudios de leyes_,  impresa con el _ambicioso_ ttulo de _Historia de
la decadencia de Espaa_: obra _incompletsima, por fuerza, y salpicada
de graves errores_, nacidos de no haber ejecutado por mi cuenta
investigaciones directas y formales, _sujetndome  lo impreso ya por
otros_ en cuanto  la exposicin de los hechos. Pero como  estos
corresponden los juicios, naturalmente, _resultan tambin plagadas
dichas pginas de injusticias, que, no por ser comunes y andar todava
acreditadas, han empeado menos mi conciencia en desvirtuarlas despus_,
tanto y ms, que son argumentos y razones, _por medio de testimonios
fehacientes, y en virtud de un examen mucho ms atento y profundo de
cosas y personas_. Logr, sin embargo, la buena dicha de que, _puestos
aparte mis errores parciales  involuntarios_, el concepto que en
conjunto form de la Historia de Espaa durante los siglos XVI y XVII,
ofrece el mismo que todava abrigo, despus de recoger harto mayor copia
de datos, de muchsimo ms trabajo empleado en depurar la verdad, _y de
la superior experiencia que por necesidad han tenido que darme los aos
y mi carrera misma, tan larga ya y accidentada_. Mas aquel casual
acierto _no bast, ni poda bastar  mi probidad de historiador_, ya que
comenc tan temprano un oficio, que me han permitido largo tiempo
ejercitar bien poco las circunstancias. Natural era, pues, que en el
_Bosquejo histrico de la Casa de Austria_ aprovechase la ocasin, _que
esperaba y apeteca, para descargar mi conciencia, rectificando casi por
completo los errores  injusticias_ esenciales que mi _Historia de la
decadencia_ encerraba. Quedaron, sin embargo, en pie algunos trozos de
la mencionada obra, que pasaron  formar parte del _Bosquejo_, por
hallarse libres de _las manchas que quera borrar_, sirvindole, como
acabo de decir,  mi nuevo trabajo de fecundamiento.  mayor
abundamiento, el ejemplar de la _Historia de la decadencia_ que el autor
conservaba en su biblioteca desde que la di  luz, y que en la
actualidad la custodia como una reliquia su sobrino, el nuevo editor de
esta obra, est lleno de anotaciones marginales, de correcciones de
mayor  menor importancia, y, sobre todo, tiene pginas enteras, pero
muchas pginas, cruzadas de lpiz de arriba abajo, como tachadas
ntegramente y  perpetuidad.

Se ha preguntado antes, y hay que contestar,  pesar de las explcitas
manifestaciones del autor,  estas preguntas: Cumpli el joven Cnovas
al escribir y publicar en 1854 la _Historia de la decadencia_ todo lo
que se prometi en las cuatro palabras que le sirvieron de
_Introduccin_? Hubiera podido cumplirlo?

En los prrafos que se han citado de la Introduccin  los _Estudios del
reinado de Felipe IV_, el mismo autor de la _Historia de la decadencia_
con la mayor ingenuidad confiesa que cuando la escriba en 1854, antes
de acabar su carrera de las leyes, los estudios de la Historia estaban
entre nosotros tan descuidados, que ni existan originales y
documentadas _monografas_ completas de sucesos particulares, ni mucho
menos colecciones de _documentos_ copiados de las fuentes originarias
entre nosotros de toda buena investigacin. l mismo no haba
practicado esas investigaciones directas y formales, que no se
improvisan y que exigen que para hacerlas tiles y frtiles se las
consagre mucho tiempo, mucha paciencia y mucha atencin. Creyendo, como
en el prlogo deca, haberse inspirado en libros que al parecer se
haban ilustrado con buenos datos de los archivos nacionales, hall
despus que sus autores, en su mayor parte extranjeros, fundbanse en
otros archivos para ellos, al parecer, _nacionales_, que no eran los de
nuestra nacin, y cuando ms tarde tuvo ocasin de compulsar algunos de
estos documentos citados como procedentes principalmente de Simancas, en
Simancas adquiri, al par que el desengao, la plena conciencia de la
frecuencia de la falsificacin,  cuando menos de encontrarlos
truncados, de manera, que al parecer testificaban lo contrario de lo que
en realidad deban testificar. Cmo con tales instrumentos haba de
poder cumplir lo que se haba propuesto y deseaba ms; esto es, _hacer
un libro espaol y para Espaa_, que era, segn su opinin, y opinin
muy acertada, lo que haca falta? De defecto tan substancial, no poda
menos de emanar otro no menos enorme, el de la falsedad de los juicios
principalmente sobre los hechos particulares y sobre los personajes
salientes de la accin directiva que se reflejaba en los sucesos.
Cnovas, aun transcurridos ms de treinta aos, desde que apareci la
_Historia de la decadencia_, hasta que se dieron  luz sus _Estudios del
reinado de Felipe IV_, recababa el honor de no haberse equivocado, 
pesar de tamaas deficiencias, en la crtica general del perodo de
tiempo que en 1854 bosquej, y cuyas tesis le sirvieron posteriormente
de fundamento para su _Bosquejo histrico de la Casa de Austria_ y aun
para sus ltimos _Estudios_ sobre Felipe IV. Esto no slo revela su gran
intuicin inicial como futuro historiador, sino que,  decir verdad,
esto es lo que valorar siempre la _Historia de la decadencia_ aun sobre
las mismas condenaciones de su autor. Aunque su primera obra histrica
estuviera nicamente reducida  la hermosa _Introduccin_ de que va
precedida y al _Eplogo_ que la cierra, resultara siempre un trabajo
del mayor inters para nuestra Historia. El espritu esencialmente
nacional que l quera que de su obra efluyese, efluye de sus juicios,
en efecto, con toda la intensidad que impuso andando los aos, sobre
otros actos propios, cuando los sucesos accidentados de nuestras
convulsiones polticas encarnaron en l el papel del gran restaurador de
la Monarqua y de la Dinasta, el clausurador del largo litigio de
nuestras reformas jurdicas, polticas y sociales y el conciliador
potente de todos los intereses rivales por tanto tiempo en lucha y
produciendo  la integridad,  la economa y al progreso del pas tan
hondos males. Su obra, adems, tuvo otra importancia: la de despertar
entre los hombres de inteligencia el dormido amor de las cosas propias
posponindolas  las extranjeras, y la de haber iniciado los estudios de
regeneracin y vindicacin de la Historia nacional tan maltrecha desde
el fin del siglo XVI, y en cuya restauracin haban fracasado hombres
tan insignes como el Conde de Campomanes en el siglo XVIII y Tapia,
Alcal Galiano, Donoso Corts y Martnez de la Rosa en el XIX.

Indudablemente ayud  la accin de Cnovas  este respecto el estmulo
que en Espaa promovi el ejemplo de los extranjeros que de lejanas
tierras vinieron  la consulta de nuestros archivos histricos,
principalmente los italianos y belgas. Resuelto  profundizar la poca
ms gloriosa que en la Historia ha alcanzado la Monarqua y el poder de
Espaa, su primer movimiento fu la acaparacin de libros que
constituyesen  la vez la Biblioteca especial del historiador y del
hombre de Estado  inmediatamente la inspeccin personal de los Archivos
Nacionales, pblicos y privados, la revisin de los tesoros diplomticos
y la seleccin de las series que haban de contribuir al esclarecimiento
general de los sucesos de Espaa durante los siglos XVI y XVII, con la
razn poltica que los motivaron, con la discusin jurdica que los
debati, y con los instrumentos armados que siempre resuelven los
conflictos de la toga y del gabinete. No existe ya esa Biblioteca, cuyo
conjunto solo, formaba la mayor aureola de un grande hombre de Estado y
de Gobierno, y cuya dispersin constituye un crimen de lesa nacin para
los que, pudiendo, no la han evitado[6]. Ms contrayndonos  la obra
inicial de los trabajos histricos de Cnovas, no podr nunca dejarse
de tener en cuenta qu edad tena el autor cuando la escribi, en qu
ambiente de pasiones polticas se influa ya su espritu, como precoz
colaborador de la revolucin de 1854, que estall poco despus de la
aparicin de su obra, qu elementos de ilustracin documental an le
ofreca el atrasado movimiento en que en el curso de los estudios
histricos en Europa, despus de la reaccin contra Napolen, Espaa aun
se encontraba al mediar aquel siglo y la casi total falta de las
monografas particulares que tanto ayudan  los trabajos de ndole
general. Cnovas, como tambin dej anunciado en sus _cuatro palabras_
preliminares, no quiso al recibir el encargo que desempe, someterse 
una simple continuacin cronolgica de Mariana y Miana. Su _Historia de
la decadencia_, escrita con mayor libertad, constituy una verdadera
monografa, y singularizndose tambin en esto, invitaba  seguir su
ejemplo al corto nmero de los que sentan inclinacin  los estudios
histricos, que en aquel tiempo solo se aprovechaban casi totalmente en
el sentido anecdtico para nutrir las creaciones romnticas de nuestro
teatro renacido con Zorrilla, con Hartzenbuch, con Garca Gutirrez y de
la novela principiante con Espronceda, con Eguilaz, con Navarro
Villoslada y con Fernndez y Gonzlez. Todos estos puntos de vista bajo
los cuales hay que juzgar la primera de las obras histricas de Cnovas,
la dan, en medio de sus defectos, una importancia considerable, sobre
todo, si se tiene presente que, con la nica excepcin del Duque de San
Miguel, que en 1844 ensay una _Historia de Felipe II_ y del primer
Marqus de Pidal que en 1862 public la _Historia de las alteraciones de
Aragn_, durante este mismo reinado, de la escuela histrica que con su
_Historia de la decadencia de Espaa_, fund Cnovas  los veintisis
aos de edad, en 1854, salieron despus los Rosell, los Janer, los
Galindo de Vera, los Manriques, los Barrantes, los Balaguer, los
Llorente, los Fernndez Guerra, los Fabi, los Fernndez Duro, los Rada
y Delgado, los Muoz y Rivero y otros  quienes se deben muchos trabajos
serios de renovacin.

     [6] La aleve muerte de Cnovas del Castillo en Santa Agueda no
     impidi que tuviera hecho testamento. Los que le trataban con
     intimidad hablaban de sus propsitos para que se perpetuara; pero,
     al morir, su Biblioteca como sus dems colecciones artsticas y
     suntuarias y sus bienes todos entraron en el haz comn de los
     derechos de sus herederos legales. Desearon algunos de stos que la
     Biblioteca se salvara ntegra, mediante su adquisicin, por alguno
     de los Centros del Estado y principalmente por el Congreso de los
     Diputados, pues, como decimos, la Biblioteca de Cnovas en todas
     sus partes era la Biblioteca de un hombre de Estado. Interesronse
     en que esta adquisicin se llevase  cabo los jefes de todos los
     partidos y fracciones: Castelar, Sagasta, Pidal, Azcrraga,
     Silvela, Salmern, Pi y Margall, Nocedal y Azcrate; pero era
     Presidente del Congreso el Sr. Romero Robledo, que se opuso
     terminantemente  la adquisicin, pretextando que Cnovas no tena
     ms que libros incompletos  de regalo, y el voto de Romero Robledo
     vali ms por su posicin accidental que el de los otros. Sobre la
     importancia de la _Biblioteca de Cnovas_, el autor de este trabajo
     public en _La Espaa Moderna_, del 1. de Octubre de 1907, un
     artculo que se titulaba _Cnovas del Castillo juzgado por sus
     libros_ (pginas 60  92). En l fu triste  su patriotismo
     declarar lo siguiente:--Ni uno solo de estos 30.000 volmenes fu
     adquirido sin que ocupase un lugar de eficacia en la inmensa
     variedad de asuntos que fueron objeto preciso de las meditaciones
     de aquella mente excepcionalmente constituda en la opulencia y
     universalidad de sus aptitudes. No es menester que estos asuntos se
     determinen parcialmente y se clasifiquen. Aun revueltos en
     tumultuosa confusin stos treinta mil cuerpos de libros, su ms
     ligero examen denuncia su respectiva individualidad dentro de una
     labor intelectual que  la vez comprenda todos los problemas de la
     nacionalidad espaola, con los antecedentes de su historia y las
     previsiones del porvenir, y todos los problemas que la ciencia, la
     poltica, el derecho y la evolucin continua y acelerada de toda la
     sociedad humana contempornea sin cesar pone sobre el tapete y
     somete  la resolucin de los grandes pensadores y de los grandes
     estadistas (pg. 63). Por encima de toda otra condicin de las
     que presuma  que le caracterizaba en la generalidad de sus
     aptitudes, descuella en la Biblioteca de Cnovas, la del gran
     estadista: de tal manera que en nuestra historia no ha existido
     otra con que compararla que la que en el siglo XVII form el Conde
     Duque de Olivares, con cuya grandeza de concepcin y de miras,
     Cnovas del Castillo tuvo muchos puntos de semejanza (pgina 67).
     El palenque de la historia pareca la tribuna principal de Cnovas
     del Castillo. Y, en efecto, cul puede tener mayor importancia
     para un verdadero estadista? El camino que incesantemente trilla
     esta ciencia basta para imponer de las evoluciones y de las
     reformas del derecho, sobre todo en nuestro tiempo, en que las
     imposiciones de la vida internacional, en la creciente y estrecha
     oleada de las relaciones de los pueblos entre s crea las
     inevitables exigencias de la equiparacin legal entre todas las
     gentes, ejerciendo una influencia tambin ineludible en las
     legislaciones locales de todos los Estados. Pero en los pueblos de
     larga existencia histrica, la ciencia principal del hombre de
     Estado la constituye el ms perfecto conocimiento de la historia de
     la nacin que ha de regir, y en la cual, por encima de todos esos
     cosmopolitismos, la unidad invariable de todas las condiciones
     ticas y etnogrficas, la perpetua imperturbabilidad de las
     vecindades con que ha de convivir, las tendencias no menos
     invariables  influirse mutuamente, ya en el sentido de la
     atraccin, ya en el de la hostilidad ms  menos encubierta,
     establece una multitud de hechos que, aunque en sus caracteres
     exteriores  circunstanciales puedan cambiar, en el fondo responden
     siempre  la unidad fundamental de estas tendencias (pg. 72).
     Nadie, como Cnovas, lleg  reunir tantas piezas marcadas de
     nuestra bibliografa histrica, de esas que han escapado  nuestras
     grandes Bibliotecas pblicas, unas por ser rarsimas en extremo,
     otras por no haber llegado jams  los umbrales de nuestra nacin
     peninsular, por haber sido publicadas ya en lejanos y para siempre
     perdidos dominios espaoles, ya por haber sido fruto de literaturas
     extranjeras y escritas en impugnacin de derechos  intereses de
     Espaa, y que, en suma, no arribaron  ella jams. De estos
     peregrinos papeles, folletos y libros, la Biblioteca de Cnovas
     logr reunir un nmero extraordinario, cuya importancia se necesita
     poseer una gran cultura histrica y poltica para saber avalorar
     bien. No era que Cnovas se propusiera en su admirable coleccin
     histrica llegar  reunir, por reunir, todo lo que dijera  la
     historia general de la patria, ni al capricho de atesorar aquella
     catalogacin que solo  fuerza de constancia puede llegar 
     perfeccionar un establecimiento perpetuo del Estado, como la Real
     Academia de la Historia  la Biblioteca Nacional. En la adquisicin
     de todos estos verdaderos tesoros de la Bibliografa histrica de
     Espaa, predominaba en Cnovas, como en todo su inclinacin  las
     materias de Estado, porque en aquellos libros, folletos y papeles,
     publicados en Roma, en Pars, en Viena, en Amsterdam, en Colonia,
     en Miln, en Turn, en Npoles y Venecia, en Bruselas y Amberes,
     estaban representados cuantos hechos formaban el conjunto de
     nuestra historia en el tiempo en que Espaa, en el supremo grado de
     la supremaca poltica de Europa, fu el rbitro de los destinos
     del mundo; y aunque l pensaba, como en varias de sus obras no se
     cans de repetir, que nunca ms se produciran circunstancias
     semejantes  las que confluyeron en los Estados de nuestra
     Pennsula al declinar el siglo XV y durante los dos siguientes, los
     hombres que con sus armas, su gobierno y su poltica mantuvieron
     aquel emporio de grandeza por tan dilatado espacio de tiempo, esos
     hombres siempre permanecen vivos en el espritu de nuestra raza, y
     aunque hubieran cado fatigados por sus propios esfuerzos y
     acosados por la conflagracin universal contra ellos, en la
     postracin y decadencia que desgraciadamente todava nos debilita,
     _el estadista siempre debe contar con aquellas condiciones propias
     y con aquellas rivalidades agenas_, porque el deber de los que
     gobiernan, aun en perodos del mayor enervamiento, es procurar la
     recuperacin de fuerzas y es conducir siempre  sus pueblos, como
     Moiss por el desierto,  las siempre esperadas tierras de
     promisin (pg. 75 y 76). Toda la poltica que ha producido
     nuestros desmembramientos territoriales, toda la poltica que nos
     ha conducido  la presente decadencia de que no nos podemos
     emancipar, toda la poltica que nos ata las manos para todo intento
     de resurreccin, era la poltica que se estudiaba admirablemente en
     los preciosos conjuntos de los libros propios y extraos que
     Cnovas lleg  reunir en su biblioteca... Estos grupos son los que
     imponan su carcter  la biblioteca del Sr. Cnovas del Castillo,
     _que una vez deshecha y esparcida, probablemente ningn otro
     lograr reunir otra vez_.--PREZ DE GUZMN: _Cnovas del Castillo
     juzgado por sus libros._--_Espaa Moderna_: 1. Octubre
     1907.--Pgs. 60  92.


V

No puede tratarse de la primera obra histrica de Cnovas del Castillo,
cuando tena veintisis aos de edad, era estudiante de Derecho,
esgrima como periodista la pluma en _La Patria_, y entraba en las
conjuraciones polticas que tenan por impulsores civiles  D. Joaqun
Francisco Pacheco y militares al general don Leopoldo O Donnell, conde
de Lucena, sin comparar su _Historia de la decadencia de Espaa_ con las
obras que escriba,  muri teniendo en proyecto, despus de haber
pasado largos aos entre los libros de superior Minerva, en los
Archivos, donde encontr las fuentes originales del desarrollo y verdad
de los sucesos, y en su mayor parte, vrgenes de nuestra Historia, y en
los altos puestos gubernativos del Estado, en la serena labor de las
Academias, en las disputadas discusiones del Parlamento y, por ltimo,
en las supremas responsabilidades de la direccin y gobierno de la
Monarqua. Todas las audacias del corazn y la mente virgen de la
juventud, se templan con la batalla de los aos, con las reflexiones del
estudio, con la penetracin profunda y prctica en los misterios de la
alta poltica de gabinete y con el trato lleno de las exigencias de la
moderacin ms insistente en las relaciones de la poltica exterior. En
1854,  pesar de todas sus disposiciones naturales, verdaderamente
excepcionales, Cnovas del Castillo, abordando la Historia, no era ms
que un literato precoz y un brillante periodista: de historiador, no
tena sino una intuicin suprema, la intuicin del genio. Pero renuncie
 escribir de Historia el que carezca de esta intuicin lenta y segura
del perfecto hombre de Estado. Cnovas,  pesar de la intuicin suprema
de su juventud y de su genio, no fu un historiador perfecto, con todas
sus prendas personales y toda la vasta instruccin recibida, hasta que
se hizo y fu ese hombre completo de Estado. Esta, sin excepciones, es
una ley de la Naturaleza, tan inviolable como son todas las leyes
naturales. Cuando la Historia estaba en su cuna, aun sin pretender
convertir su observacin en precepto, Polibio la consagr, siendo l
mismo ejemplo de ella[7]. El haba sido capitn y hombre de Estado de la
liga aquea; l haba viajado por Italia, por frica, por Espaa y por
las Galias, y en Roma estuvo en ntima relacin con los personajes ms
insignes de su tiempo. En estas expediciones para conocer mundo, estuvo
en posicin de poder confrontar las condiciones de muchos y diversos
pueblos, penetrar el fondo de la poltica de cada uno y engalanarse con
todo el esplendente ropaje de la cultura griega y romana. El se hall en
medio de las ardientes luchas de los dos partidos polticos que se
agitaban en Grecia, el democrtico, que fomentado por Filipo y por
Alejandro, y despus por sus sucesores en Macedonia, alzse con las
masas populares, y el aristocrtico que, despus de la guerra de Pirro,
imploraba socorros  Roma. Mas si en la Historia y su estudio fu en
donde encontr las enseanzas para poder cumplir los deberes de las
posiciones que ocup, hasta que en el manejo personal de los negocios de
la poltica perfeccion su genio, y os tomar la pluma de historiador,
con que ya le fu fcil adivinar que el porvenir inexorablemente era
para Roma, donde en medio de las contiendas que destrozaban su patria,
se desenvolva poderosamente el concepto, el deseo y el poder para
alcanzar aquel dominio universal, que al cabo logr absorber en el poder
romano todos los poderes parciales que entre s mismos se destruan. En
la _Historia de la decadencia_, de Cnovas, no haba ms que crtica,
porque no era ms que una obra literaria, admirable como prodigio de
precocidad; pero ninguna _visin_ poltica. _La visin poltica del
porvenir_, con el ejemplo y la enseanza de la Historia pasada, comenz
 dibujarla en el _Bosquejo histrico de la Casa de Austria_; la ampli
an ms en sus _Estudios del reinado de Felipe IV_, donde el hombre de
Estado-historiador traspira por todas las lneas de la obra; asciende
algunos grados ms en el prlogo que, cuando muri, tena preparado para
la edicin ya prevenida de las _Memorias militares de D. Jaime Miguel de
Guzmn Dvalos Spnola, marqus de la Mina_, sobre las guerras de
Cerdea, Sicilia y Lombarda, durante los treinta y seis aos primeros
del siglo XVIII, y hubiera llegado  toda la intensidad de las
_Historias romanas_ del gran historiador y hombre de Estado Polibio
Megalitano, si, como estaba en su pensamiento y como tena dispuesto con
acopio de material que en Espaa ningn otro escritor anterior haba
logrado reunir tan vasto y tan ordenado, constituyendo su propia
biblioteca, de no haberle sido interrumpida la existencia por el ms
abominable de los crmenes, se hubiese emancipado de la carga y el
trabajo asiduo del Gobierno, descargndolo en el ms instrudo de sus
discpulos, se hubiera aislado entre sus libros, sus documentos y la
energa de su voluntad, y hubiera dado triunfal cima  aqulla _Historia
general del reinado de la Casa de Austria en Espaa_, desde los
casamientos de los hijos augustos de los Reyes Catlicos D. Fernando de
Aragn y Doa Isabel de Castilla hasta la muerte de Carlos II, cuya
empeada labor l la vea como el trmino ms puro de los triunfos y de
la gloria de su vida. Para que su publicacin fuese inmediata, ya bajo
su direccin, haba hecho fundar aquella empresa del _Progreso
Editorial_, que en esplndidas monografas hbilmente distribudas
nicamente entre individuos de nmero de la Real Academia de la
Historia, comenz  dar  luz la _Historia General de Espaa_,
enteramente rectificada y nutrida de la ilustracin de los documentos
inditos de nuestros Archivos nacionales, y en que tan brillante parte
tomaron Menndez y Pelayo, que se reserv describir las fuentes de la
Historia y la introduccin del cristianismo en Espaa; Vilanova y Rada y
Delgado, que estudiaban las revoluciones geolgicas que han formado el
suelo de la pennsula ibrica; Coello, que emprendi su descripcin
geogrfica; Fernndez y Gonzlez, que haba de remontarse  la nocin de
los primeros pobladores histricos; Fernndez Guerra  Hinojosa,  cuyo
cargo qued la Historia de Espaa desde la invasin de los pueblos
germnicos hasta la ruina de la monarqua visigtica; Codera, Riao y
Saavedra, que haban de abarcar toda la dominacin rabe; Madrazo, que
tom para s los principios de la reconquista; Colmeiro, que se limit 
los reinados de los Reyes de Castilla, Aragn, Navarra y Portugal, desde
el de Alfonso VI hasta Alfonso XI de Castilla; Fabi y Catalina Garca,
que proseguan con los de D. Pedro I hasta el fin del siglo XV; Fita,
que se encarg de la historia de los judos; Oliver, de la de los Reyes
Catlicos D. Fernando y Doa Isabel; Pujol, que eligi la de Felipe V de
Borbn; Danvila, la de Carlos III, y Gmez de Arteche, la de Carlos IV y
Fernando VII. En este reparto fu en el que Cnovas guard para s la
_Historia de la Casa de Austria en Espaa_, que haba de ser el resumen
de todos los estudios de su vida, y lo que es ms, _el programa de la
resurreccin del porvenir_, con la que su mente, nutrida de la fe de la
patria, sin cesar soaba.

     [7]: En su _Historia universal durante la Repblica Romana_,
     Polibio escriba:--[Greek: mdemian etoimoteran einai tois
     anthrpois diorthsin, ts tn progenmenn prazen
     epistms.--althintatn men einai paideian kai gymnasian pros tas
     politikas prazeis, tn ek ps istorias mathsin].--lo que en
     castellano quiere decir que ninguna investigacin resulta ms
     conveniente  los hombres que la que conduce  la ciencia de los
     hechos pasados, y que para educar para los oficios de la poltica,
     ninguna disciplina, ningn ejercicio es ms eficaz que el estudio
     de la Historia.--Vase en RUY BAMBA la _Introduccin_  la
     traduccin de la _Historia_ de POLIBIO MEGALITANO.


VI

Este progreso en la conciencia histrica del autor de la _Historia de la
decadencia_, es uno de los fenmenos ms dignos de estudio en la vida
literaria y poltica de Cnovas del Castillo. Para poder formar su
contraste en la sana balanza de la buena crtica, parece que
providencialmente confluye la divisin de la poca respectiva en que
escribi cada una de las tres ms importantes obras histricas que nos
ha dejado: _La Historia de la decadencia_, el _Bosquejo histrico de la
Casa de Austria_ y los _Estudios del reinado de Felipe IV_. La primera
es de su precoz juventud, de 1854, cuando no tena veintisis aos, no
haba acabado su carrera del Derecho y era periodista batallador en las
columnas de _La Patria_. El segundo, se public en 1869: es decir,  los
cuarenta y un aos de su edad, cuando ya haba desempeado cargos
diplomticos en Roma y superiores administrativos en el Ministerio de la
Gobernacin, llevaba largo embate en las contiendas del Parlamento,
haba sido ministro de la Corona, ocupaba sitiales en las Reales
Academias, y haba practicado estudios histricos de personal
investigacin en los Archivos pblicos, como el _Asalto y saco de los
espaoles en Roma_[8], _El barcho  parque de Pava_; la _Batalla de
Rocroy_[9], _Las relaciones de Espaa y Roma en el siglo_ XVI[10] en
trabajos de _Revistas_, y en discursos acadmicos _La dominacin
espaola en Italia_[11], la _Invasin de los moros africanos en nuestra
Pennsula_[12] y otros semejantes. Por ltimo, _Los estudios del
reinado de Felipe IV_ aparecieron en 1888,  los sesenta aos de su
edad,  los trece de haber hecho la restauracin de la Monarqua y de la
Dinasta en Espaa, de ser el supremo director de la poltica espaola
dentro y fuera de la nacin, y de hallarse en el apogeo de su poder, de
su saber y de su experiencia. En las tres obras histricas de 1854, de
1868 y de 1888, de necesidad se imponen, siendo unos mismos los grandes
actores de los sucesos que relatan, la repeticin del juicio, no sobre
los hechos, sino sobre los personajes sobre quienes caa la
responsabilidad del tiempo, del xito y de la Historia. Nudo de toda la
poltica de Espaa durante el siglo de la decadencia, por toda la
extensin del XVII mas que ningunos otros personajes, son evidentemente
el rey Felipe IV y su gran ministro  privado el Conde-Duque de
Olivares, D. Gaspar de Guzmn. Ante estas dos figuras slo desempean un
papel secundario, las que las precedieron en el Trono  en el Gobierno,
Felipe III y el duque de Lerma, D. Francisco Gmez de Sandoval y Rojas,
y las que le siguieron en anloga posicin, la Reina Doa Mariana de
Austria con el P. Nedthard y D. Fernando de Valenzuela, primer marqus
de Villasierra; Carlos II y D. Juan Jos de Austria, y sobre el frrago
de sus ministros circunstanciales, sus dos mujeres,  quienes sobre l y
su Gobierno se atribuye una influencia determinante: Doa Mara Luisa de
Orleans y Doa Mara Ana de Neoburg. Pues bien: ni el Felipe IV de la
_Historia de la decadencia_ es el Felipe IV del _Bosquejo histrico_, ni
el Felipe IV de sta y aquella obra el Felipe IV de los _Estudios
histricos_. Todava esta diferencia de apreciacin, de juicio y de
concepto se nota ms en estas tres obras, cuando se trata del
Conde-Duque de Olivares. De haberse escrito para las monografas de la
_Historia general de Espaa_, la que el Sr. Cnovas del Castillo se
reserv, hubiera an pronunciado el juicio definitivo sobre aquel Rey y
aquel ministro, tan injusta  innoblemente vilipendiado durante tres
siglos, habiendo sido este con su monarca, los nicos espritus
verdaderamente espaoles que trabajaron cuanto pudieron por devolver 
Espaa su esplendor empaado y por conservar su prestigio, su supremaca
y su poder: juicio definitivo que est an por pronunciar, y que, muerto
Cnovas del Castillo, la vista angustiada no alcanza  ver el espritu
suficientemente independiente  ilustrado que lo pueda consagrar.

     [8] _Del asalto y saco de Roma por los espaoles._--(_La Amrica_:
     1858).

     [9] _Del principio y fin que tuvo la supremaca militar de los
     espaoles en Europa, con algunas particularidades de la batalla de
     Rocroy._--(_Revista de Espaa_: tomo I.--1868).

     [10] _a_) Del principio de las diferencias entre Paulo IV y Felipe
     II y de las consultas y determinaciones que con ocasin de ellas
     hubo en Espaa. _b_) De la reorganizacin y tratos del Papa Paulo
     IV con los franceses y motivos que aleg  tuvo para indisponerse
     al propio tiempo con los espaoles. _c_) De la guerra y paces entre
     Felipe II y el Papa con la conclusin del Pontificado de Paulo IV,
     los principios de Po IV y las ltimas consecuencias de todos los
     sucesos referidos.--(_Revista de Espaa_: tomos II y III: 1868).

     [11] _De la dominacin de los espaoles en Italia._--Discurso de
     recepcin en la Real Academia de la Historia, 20 mayo 1860.

     [12] _De las invasiones de los moros africanos en
     Espaa._--Discurso en la Real Academia de la Historia, en la
     recepcin de D. Emilio Lafuente Alcntara: 25 de enero de 1863.

Como Cnovas del Castillo fu siempre, desde su primera juventud, un
hombre de buena fe, ni en esto, ni en otros extremos que ms adelante l
mismo conden en s mismo, siendo obra suya, no puede culprsele ms que
de haber extremado en la _Historia de la decadencia_, tal vez la nota
adversa bajo la presin que en su espritu juvenil ejercan las ideas
con que se aprontaba  colaborar ciegamente en una prxima revolucin.
Pero considerando atentamente los medios de que dispona para formar y
escribir en su _Historia_ los juicios que emiti, no puede menos de
tenerse en cuenta, lo que antes se dijo, cul era en general, el estado
de los estudios histricos en Espaa, cuando l la escribi. Las
investigaciones reivindicatorias de los Archivos empezaban 
practicarse. Y todos los libros de que podamos disponer,  constituan
el inmenso bagaje con que la literatura francesa, hostil  la Casa de
Austria, haba sustitudo haca dos siglos nuestra literatura histrica,
 eran libros espaoles solamente en el nombre, porque,  estaban
servilmente traducidos del francs  en libros franceses haban tomado
su inspiracin, su espritu y sus doctrinas,  eran libros totalmente
extranjeros. No haba otras fuentes  que acudir, y aunque Cnovas se
propuso hacer un libro espaol y para Espaa, este deseo no poda
realizarse ms que en las nobles ambiciones de una aspiracin, entonces
sin realizar.

La exploracin avanzaba siempre, y cuando los Archivos italianos nos
dieron  conocer las riquezas atesoradas en los de la Cancillera
vneta, con las informaciones de los embajadores de la Repblica durante
los siglos XVI y XVII,  su explotacin acudieron instantneamente todos
los hombres estudiosos de Europa, creyendo haber encontrado el ms
opulento filn de noticias y de verdad. Cnovas fu uno de los ms
ansiosos de fomentar el prestigio de estas novedades, y las figuras de
los reinados de Felipe III y de Felipe IV, que retrat en su _Bosquejo
histrico_ de 1868, fueron tomadas con su caracterstico calor de
entendimiento, de las _Relaciones_ de los Valaressos, de los Gritti, de
los Corder, de los Justiniani, etc., que aunque servan en Espaa, eran
como los gobiernos todos de la Seora, ms amigos de Francia que de
nuestra Nacin. Tambin ms tarde hubo que rectificar esto; y as, en
los _Estudios histricos_, las figuras mencionadas ya son las que se
acercan ms  su realidad. Es verdad, que ya Cnovas no se inspiraba,
como en 1854, en los libros traducidos del francs, ni como en 1868, en
las _Relaciones_ interesadas de los embajadores vnetos. Su biblioteca
se haba nutrido de una documentacin sacada de los originales,
principalmente en Simancas, de la que los 15 volmenes que tengo ante
los ojos, son un tesoro de revelaciones inditas, con las cuales hay
bastante para escribir una _Historia_ nueva de lo que hasta aqu las
literaturas extranjeras, y, principalmente la francesa, nos han dado tan
adulterado. Su biblioteca se haba nutrido tambin de toda  de la mayor
parte de la bibliografa polemstica del tiempo mismo en que se
efectuaron los sucesos polticos y militares de aquellos reinados, que
entran en el crculo de la decadencia, y el conocimiento profundo de
estas controversias en sus fondos originales, eran para l un nuevo
manantial de revelaciones que, hasta ahora nos haban sido completamente
desconocidas. Esta es la nica literatura extranjera que el historiador
espaol, vindicador del honor de su patria, debe consultar, y
consultndola Cnovas en sus ltimos trabajos que dej, pudo
rectificarse noblemente  s mismo, porque con estas rectificaciones, no
slo haca honor  la verdad, sino  la gloria de su patria y  la
justificacin de los ilustres caracteres que ms la sirvieron y con ms
buena fe en aquel tiempo. Ya en 1883, al escribir otro de sus ms
hermosos libros, _El Solitario y su tiempo_, con toda franqueza deca:
Triste, pero honrado papel--permtaseme decirlo--, me ha tocado  m en
lo referente  la Historia de Espaa, que durante algunos aos he
cultivado con cierto empeo. Nac, y he vivido entre espaoles,
justamente soberbios de su grandeza antigua, pero poco curiosos por
inquirir y analizar los motivos que la originaron y las causas por qu
decay tan brevemente; convencidos de que tal decaimiento es excepcin y
natural estado de su grandeza, sin sospechar siquiera que  esta tierra,
  sus habitantes en general, se debe la inferioridad en que nos
hallamos ahora respecto  los dems pueblos numerosos y de lmites
extensos; seguros, por ltimo, de que _ciertos Reyes y ciertos
ministros, algunas instituciones y algunas leyes, eclesisticas y
profanas, son las causas nicas del doloroso cambio de fortuna que
experimenta Espaa_. Del poco tiempo que mi agitada vida me ha
consentido dedicar  los libros, he consagrado ya bastante  desvanecer
tales errores, y no sin xito, pues las ms de aquellas ideas mas, que
un da se tuvieron por paradojas, comienzan  hacerse vulgares, siendo
patrimonio comn de todos,  la mayor parte de mis puntos de vista sobre
la Historia de la Nacin, que como tal no existe, sino desde que en
Carlos V se unieron con Castilla Aragn y Navarra.--Confisolo sin
rebozo y hasta por deber riguroso de conciencia: _el motivo que me ha
impulsado  hacer de los estudios sobre la Casa de Austria en Espaa, la
mayor ocupacin literaria de mi vida posterior, consiste en el
remordimiento que qued en m de haber copiado con ligereza, y credo
sin bastante examen, muchas de las calumnias histricas que pesan sobre
los gobernantes espaoles de la poca, juzgndome ms obligado que otros
 inquirir y buscar la verdad, con el fin_ DE DESMENTIRME _siempre que
lo mereciera, cual he desmentido ya frecuentemente y pienso tambin
desmentir cada da ms  mis poco escrupulosos antecesores_[13].

     [13] _Problemas contemporneos_: tomo I.--_Introduccin._

En contraposicin con lo que la _Historia de la decadencia_ y de 1854 y
aun el _Bosquejo histrico_ de 1868 bajo la fe de los embajadores
vnetos, dijeron sobre el Conde-Duque de Olivares, vase como Cnovas
del Castillo le dibuja, en su monografa de su _Separacin de Portugal_
inclusa en los _Estudios histricos_ de 1888.--Era, dice, el
Conde-Duque de Olivares hombre de sanas intenciones, desinteresado,
sagaz, atento  los negocios, con corazn bastante grande para vencer
las dificultades  afrontar sin miedo los mayores peligros. Del Rey
Felipe IV veamos,  seguida, estos otros juicios: La antigua leyenda
que le supone exclusivamente entregado  toros y caas, comedias y
galanteos, tiene que recibir un golpe final y decisivo. Fu, en
realidad, Felipe IV muy aficionado  divertirse en la primera mitad de
su reinado, cuando todo le sonrea  primera vista y no haba sonado la
hora suprema de los infortunios an; pero nunca pens en eso tan solo,
como _la falsa historia_ ha contado.  los vencedores de Nordlingen y
aun en Fuenterraba, rales, despus de todo, lcito sentir alegras y
frecuentar todava diversiones. Por lo dems, preciso ser que los ms
incrdulos se convenzan tambin, si no quieren negar el testimonio
patente de documentos innumerables, ya en Simancas existentes, ya
detentados en Pars, de que ningn Monarca moderno, ni casi ningn
Ministro parlamentario, ha intervenido tanto _de su puo_ en los
expedientes, consultas y negociaciones como _el calumniado_ Felipe IV.
No fu, no, por andar en comedias, toros y caas exclusivamente por lo
que se separ Portugal de Espaa: esto resulta ya evidente. Muchos,
muchsimos otros motivos, y ms graves, hubo para aquella nacional
desgracia y las dems que la acompaaron.

Si la publicacin de la _Historia de la decadencia_, con todos sus
defectos, tuvo el alto mrito de abrir horizonte nuevo de
investigaciones y de ideas nacionales  la generacin contempornea de
su autor que se consagr  los estudios histricos, las ltimas obras de
Cnovas y sus ltimos conceptos vertidos en ella, pronto lograron
fructuosos proselitismos. Cunto se ha disparatado sobre las causas de
nuestra decadencia en el siglo XVII! Pero el magisterio histrico de
Cnovas ha hecho  los nuevos crticos dirigir la mirada hacia otras
causas ms fundamentales que las interiores en que la influencia de
fuera ha hecho por ms de dos siglos envenenar nuestro espritu
naturalmente pesimista y envidioso cuando tratamos de nosotros mismos.
No exista ya Cnovas del Castillo, cuando el ms correcto pensador de
sus discpulos, D. Francisco Silvela, fu recibido el da 1. de
Diciembre de 1901 como individuo de nmero de la Real Academia de la
Historia. Su discurso de recepcin tena por tema los _Matrimonios de
Espaa y Francia en 1615_. Este discurso fu toda una reaccin, la
reaccin  que Cnovas tenda con su larga y concienzuda labor. La
rivalidad de Francia contra Espaa, su penetracin cautelosa en nuestra
nacin por medio de sus matrimonios polticos y su caracterstica
desenvoltura en las intrigas de gabinete y en las alianzas con que
siempre ha obtenido todas las ventajas que ha querido conseguir, forman
el nudo ntimo de toda la poltica de nuestra decadencia. Silvela lo
deca: su propsito mediante los matrimonios reales de 1615, fu minar
el poder de Espaa para despojarle de l  investirse ella de todo lo
que hiciera perder  nuestra Nacin, y fu el trabajo tenaz de todo el
siglo XVII, hasta que al comenzar el XVIII se apoder del Trono, nos
trajo su sangre  l, nos convirti en casi una provincia francesa y nos
oblig  firmar aquel _Pacto de familia_ que extrem para siempre
nuestro ruina.


VII

 pesar de los defectos que el mismo Cnovas del Castillo, hombre ya de
Estado y con una instruccin histrica y poltica que en Espaa no ha
tenido quien le iguale, y acaso fuera de Espaa, ms que Thiers en
Francia, denunci en sus libros de la edad provecta, todava la
_Historia de la decadencia_ sigue siendo libro nico en el tema que
desenvuelve en la literatura histrica de nuestra patria. El _Bosquejo
histrico de la Casa de Austria_ no es ms que un resumen, pero no una
historia, y en Lafuente la parte que comprende los reinados de Felipe
III, Felipe IV y Carlos II, adolece enteramente de los propios defectos
que la primera obra histrica de Cnovas. Aventaja sta ltima tambin 
la de Lafuente en la forma literaria, que revela toda la frescura, toda
la espontaneidad y toda la viveza de que el espritu de Cnovas del
Castillo estuvo dotado siempre, pero que,  semejanza de la planta
esplndida que se viste de pomposas flores  de sazonados frutos, mas
cuya primera flor  cuya primera poma aventaja  todas las dems en
robustez, belleza, dulzura y lozana, la _Historia de la decadencia_
como primera flor de aquel ingenio, seduce con el vigor y frescura de
que hace y puede hacer gallardo alarde.

Se ha indicado repetidas veces en este proemio y crtica de tal obra,
que en su espritu fu influda por las pasiones polticas en cuya
atmsfera entonces se sazonaba la actividad vertiginosa del
entendimiento y de la accin de su autor. El tiempo empaa la
trasparencia de las alusiones multiplicadas que, principalmente, al
emitir ciertos juicios sobre las desdichadas reinas Doa Mariana de
Austria y Doa Mara Ana de Neoburg, madre y segunda esposa
respectivamente del Rey Carlos II, se dirigieron entonces  las
combatidas autoridades augustas de las Reinas Doa Mara Cristina de
Borbn y Doa Isabel II. Hay que congratularse de que esas alusiones ya
solo pueden apercibirse por un corto nmero de entendimientos muy cultos
as en la historia del ltimo siglo del reinado de los Austrias en
Espaa, como en la historia ntima de aquel perodo demasiado revuelto
de nuestras revoluciones contemporneas. Nadie como el mismo Cnovas se
lament despus de aquellas dobles injusticias. Ni Doa Mariana de
Austria, durante su gobierno en la minoridad de Carlos II, fu la que
nos dejaron descrita los villanos partidarios de D. Juan de Austria, ni
Doa Mara Ana de Neoburg, la que dejaron  su gusto retratada para la
posteridad, primero los partidarios del cambio de dinasta, y despus
los escritores franceses que se tomaron la interesada molestia de
sustituirnos en la redaccin de nuestra propia historia. Pero si estas
figuras augustas de aquel siglo tan vilipendiadas fueron por los que
siempre han conspirado contra el honor y la grandeza de nuestra patria,
sosteniendo el espritu de divisin ambiciosa que nos ha arruinado, que
nos arruina, que obstruye toda tentativa de resurreccin nacional, no
menos injustamente infamadas quedaron las de los tiempos cercanos en
cuya desopinin y amarguras todos hemos tenido parte. Cnovas, hombre de
rectitud extrema, cuando se vi en sus altas posiciones de pie derecho
delante del espejo de la historia, no tom la pluma para desdecirse,
como lo haba hecho en sus juicios histricos sobre Felipe IV y el gran
Conde-Duque de Olivares; pero con actos de su poder volvi noblemente
por el honor de aquellas damas. La estatua  la Reina Mara Cristina que
se levant en bronce en uno de los parajes ms pblicos de Madrid, dir
 la posteridad que las vejaciones que en vida se cometieron contra su
nombre, fueron actos inicuos de la falta de honradez de los partidos
polticos exaltados. Por fortuna, repetimos, las alusiones vivas que
para los lectores de la _Historia de la decadencia_ en 1854 estaban
claras y fomentaban las iras de la revolucin que estall en Julio del
mismo ao, son ya charadas y enigmas que el comn de las gentes no
alcanza  descifrar.

Para reasumir: La _Historia de la decadencia de Espaa desde el
advenimiento de Felipe III al trono hasta la muerte de Carlos II_, sigue
siendo todava, desde la poca en que se escribi, la nica monografa
histrica que de aquel perodo de tiempo posee nuestra literatura. La
inspir un alto sentimiento de ideas nacionales, y fu el modelo  que
en lo sucesivo se ajustaron todos los que, comprendiendo que la
_Historia general_ no puede escribirse mientras cada una de sus
particularidades, de sus personajes y de sus grandes sucesos no haya
sido estudiado bajo la ilustracin del mayor nmero posible de
documentos, posteriormente se dedicaron  una labor que ha hecho
insignes los nombres de Rosell, Janer, Fernndez Duro, Rodrguez Villa,
Muro, Martn Arre, general Fuentes y otros. No son los espaoles tan
dados  los estudios histricos como los extranjeros, y da pena confesar
que el nmero de _hispanistas_ extraos que sin cesar enriquecen la
Minerva histrica espaola en todas las lenguas cultas que se hablan en
los dos mundos, sobrepuja de una manera desproporcionada al de los que
en Espaa consagran sus talentos  esta parte principal de la cultura de
la nacin. Uno de los ltimos libros histricos sobre Espaa, que este
mismo ao ha aparecido en las prensas de Copenhague, ha sido el titulado
_Filip II af Spanien_ del sabio escritor dans CARL BRATLI. Este libro
va enriquecido con una extensa bibliografa de autores de todas las
lenguas que han escrito sobre Felipe II en los tiempos modernos. Ciento
sesenta y nueve nombres de autores extranjeros estn comprendidos en
esta bibliografa! Los nuestros son solos treinta y cinco!: Barado,
Baquero Senz, Boronat y Barrachina, Cnovas del Castillo, el jesuta P.
Cappa, Castro (D. Adolfo de), Cedillo (conde de), el jesuta P. Coloma,
Danvila Burguero (Alfonso), Danvila Collado (Manuel), Estbanez
Caldern, Fernndez Duro, Fernndez Montaa, general Fuentes, Gayangos,
Gmez (Valentn), Gonzlez (D. Toms), Hinojosa (D. Ricardo), Janer,
Lafuente (D. Modesto), Lafuente (D. Vicente), Manrique, general Martn
Arre, el agustino P. Mateos, Menndez y Pelayo, el agustino P. Montes,
Muro, Ort y Lara, Picatoste, Pidal (marqus de), Rodrguez Villa,
Rosell, Snchez (el presbtero D. Miguel) y San Miguel (duque de).
Entre los extranjeros se hacen inolvidables: Baumgarten (Munich),
Baumstark (Lieja), Bergenroth (Londres), Bhmer (Berln), Boglietti
(Florencia), Bongi (Lucca), Borget (Bruselas), Bozzo (Palermo), Bdinger
(Viena), Cabi (Albi), Campori (Mdena), Capefigue (Pars), Coxe W.
(Londres), Croze (Pars), Cunninghame Graham (Londres), Diedo (Miln),
Dllinger (Regensburg), Donais (Toulouse), Dumesnil (Pars), Du Prat
(marqus de) (Pars), Erslew (Copenhague), Esser (Copenhague), Fea
(Turn), Forneron (Pars), Froude (Berln), Fruin (Gravenhage), Gachard
(Bruselas), Gams (Rogensburg), Gayarr (Nueva York), Gossard (Bruselas),
Grahl (Leipzig), Greppi (conde de) (Turn), Groen van Prinsterer
(Utrecht), Hbler (Berln), Havemann (Gottinga), Helfferich (Berln),
Herre (Leipzig), Hume (Martn) (Londres), Jurien de la Gravire (Pars),
Juste (Bruselas), Kervyn de Lettenhove (Brujas), Kretzschmar (Leipzig),
La Ferrire (Pars), Lassalle (Montanbau), Lea (Filadelfia), Marcks
(Estrasburgs), Marijol (Pars), Maurenbrecher (Berln), Mignet (Pars),
Montplainchamp (Amsterdam), Morel Fatio (Pars), Motley (Londres), conde
de Moy (Pars), Namche (Lovaina), Nores (Florencia), Oliveira Martins
(Lisboa), Pellegrini (Lucca), Philippson (Berln), Prescott (Londres),
Rachfahl (Munich), Ranke (Berln), Raumer (Leipzig), Reiffenberg
(Bruselas), Reynier (Pars), Romain (Pars), Rousselot (Pars), Sarrazin
(Arras), Schfer (Gtersloh), Schepeler (Leipzig), Schmidt (Berln),
Stirling-Maxwel (Londres), Stbel (Viena), Teulet (Pars), Thomsen
(Copenhague), Tilton (Friburgo), Turba (Viena), barn de Viel-Castel
(Pars), Varnknig (Stuttgart), Weiss (Pecis) y Wilkens (Gtersloh).

Como se ve, no van aqu citados todos los autores extranjeros de la
bibliografa de Felipe II publicada por Bratli; pero los enumerados no
bastan para dar idea de lo que sobre Espaa y de un solo reinado se
escribe del otro lado de nuestras fronteras de tierra y mar? Hay que
convenir en que, si toda esta bibliografa esplndida y numerosa es el
resultado del movimiento que hacia la investigacin de las
documentaciones originales, principalmente en los archivos de Estado, se
inici desde el impulso que en toda Europa produjo la reaccin contra la
literatura revolucionaria y bonapartista de Francia durante el breve
reinado de la casa de Orleans en este pas, en lo que  Espaa toca, fu
 Cnovas, desde tan juvenil edad, al que correspondi tomar sobre s la
representacin nacional de todo este movimiento. La _Historia de la
decadencia_, en realidad, fu su ensayo; pero ella le sirvi  l mismo
de acicate para sus posteriores exploraciones propias,  la vez que de
palanca para la escuela de proslitos que de aqu surgi. Nuestras
siempre desoladoras divisiones y contiendas polticas han sido la causa
eficiente para que este movimiento regenerador se haya entibiado; pero
como cada da se siente ms la necesidad de reanudarlo por nuestra misma
gloria y por nuestro propio estmulo, la semilla que se arroj  la
tierra hace cerca de sesenta aos, algn da ha de convertirse en
espigas de recompensa. Esa esperanza nos alienta  todos los que amamos
la patria por la patria; y cuando el vergel preparado se cubra de
flores, todos habrn de reconocer que el primero que hendi con su reja
la tierra esterilizada por la inercia de dos siglos fu el ilustre autor
de la _Historia de la decadencia de Espaa_ en 1854.


                                      JUAN PREZ DE GUZMN Y GALLO.




           HISTORIA

              DE

    LA DECADENCIA DE ESPAA




[Ilustracin]

  CUATRO PALABRAS

   LOS LECTORES


CREEMOS que un libro de esta clase necesita siempre de ciertas
explicaciones, y por eso nos determinamos  escribir estas lneas. De
otra suerte, nos expondramos  que, sobre las censuras que merezca
verdaderamente, recayesen otras infundadas.

No faltar quien pregunte por qu hemos hecho dos obras separadas en
lugar de una sola, continuacin de Mariana y Miana[14]. Es muy
sencillo. Nosotros opinamos que la continuacin de una obra debe  ella
semejarse; que no es continuacin de una obra otra distinta en el
mtodo, en el estilo, en el espritu. No queremos con esto ofender 
nadie: decimos slo la opinin que nos ha trado  proceder de diverso
modo que otras personas, alguna muy estimable. Porque habiendo de
escribir de otra suerte que Mariana y Miana, verdadero continuador ste
de aqul, hemos aceptado la dificultad tal como se nos presentaba, y
hmosla resuelto haciendo un libro diferente en el nombre y la forma
como en todo lo dems tena que serlo.

     [14] Cuando la empresa editorial que llev el nombre de _Biblioteca
     Universal_ public en 1854 la _Historia General de Espaa_, del P.
     JUAN DE MARIANA, ofreci en la portada del libro que esta Historia
     sera continuada hasta el ao 1851. El P. MARIANA no lleg en su
     obra sino hasta la muerte del Rey Catlico Fernando V en los
     primeros aos del siglo XVI. Continu su labor el P. FRAY JOS DE
     MIANA: ste alcanz en la suya desde el reinado de Carlos I de
     Austria hasta la muerte de Felipe II, y este trabajo fu una
     verdadera continuacin del anterior. Mas el autor de la _Historia
     de la decadencia de Espaa_, aunque tomando el hilo de su narracin
     donde MIANA dej la suya, alter el mtodo, el estilo y el
     espritu de sus dos predecesores, y  justificar esto es  lo que
     se encamina esta advertencia preliminar  los lectores.--J. P. de
     G.

Otros habr que extraen el que no hayamos puesto ms atencin en lo
moderno que en lo antiguo, en la poca de los Borbones[15] que en la
poca de los prncipes austriacos. Tambin hemos tenido para esto
razones propias. En primer lugar, hemos querido llenar en algo un vaco
que se nota en nuestra Historia, y es la descripcin de nuestra
decadencia, no menos notable, no menos grande ni menos digna de estudio
que la romana. Que no lo hemos conseguido ya lo sabemos; pero puestos 
la obra, debamos hacer de nuestra parte todo lo posible por
conseguirlo. Nuestra decadencia no slo no est narrada hasta ahora sino
que est ignorada, obscurecida, envuelta en falsedades y calumnias de
extranjeros y nacionales; de aqullos, como autores; de stos, como
imitadores  copistas. Sabau y Blanco hizo no ms que recoger noticias
de libros extranjeros sin crtica, sin examen, con notoria precipitacin
 injusticia y con manifiestos y continuos errores.  este han seguido
despus los ms de los escritores nacionales. Los que mejor explican
nuestra decadencia son dos extranjeros: Ranke y Weiss; pero ni uno ni
otro quisieron hacer historias sino ms bien disertaciones, y adems,
aunque ambos imparcialsimos, no son, al cabo, espaoles, y su crtica
no puede siempre ser aceptada. Algo de esto puede decirse tambin de
nuestro buen amigo D. Adolfo de Castro, que ha escrito sobre la
decadencia de Espaa, sin pretender hacer una Historia. De todo esto
nace el grande amor con que miramos la primera parte de nuestra tarea y
el extendernos ms en ella de lo que, al parecer, exiga la buena
proporcin del libro. Y al propio tiempo para no ser tan largos en la
poca de los Borbones, hemos tenido en cuenta que si la Historia prxima
 contempornea es siempre espinosa y casi pudiera decirse imposible,
selase esto ms  medida que se hace ms detallada y minuciosa, porque
se tropieza con mayor nmero de personas y de simpatas  antipatas
particulares. Trabajo es--deca Quevedo--escribir de los modernos:
todos los hombres cometen errores; pocos, despus de haber incurrido en
ellos, los quieren oir; conviene adularlos  callar. El discurrir de sus
acciones es un querer ensear ms con el propio ejemplo que con el de
los otros.

     [15] El autor de la _Historia de la decadencia de Espaa_ era
     tambin el que haba de escribir la del cambio dinstico de la Casa
     de Austria por la de Borbn; pero cuando termin la primera el
     torrente de la vida poltica en que ya se haba iniciado
     enteramente, le absorbi en medio de los acontecimientos que
     sucedieron  la revolucin de julio de 1854; por esta razn, y para
     no aplazar la publicacin comenzada, se encarg de escribir para
     esta obra el perodo de la Casa de Borbn, desde Felipe V hasta
     Isabel II. D. JOAQUN MALDONADO MACANAZ.--J. P. de G.

Por ltimo, hemos procurado beber siempre en fuentes originales y
espaolas; para ello no hemos perdonado medio en el poco espacio de que
hemos podido disponer. Los juicios, buenos  malos, son nuestros
siempre; los hechos los hemos tomado donde hemos podido hallarlos. No
nos hemos fiado casi nunca de las versiones extranjeras, porque, ante
todo, hemos querido hacer un libro espaol y para Espaa, que era lo que
haca falta.

[Ilustracin]




[Ilustracin]

INTRODUCCIN


VAMOS  anudar la historia de nuestra nacin en el punto mismo en que
comienza su decadencia. Mariana, que tom su relacin desde los tiempos
ms remotos, pudo recoger en sus principios  la Monarqua, y seguirla
por los gloriosos caminos que la trajeron  la grandeza que alcanz en
el reinado de los Reyes Catlicos. No fu menor asunto el de Miana, que
relat los hechos de Carlos V y los consejos y empresas de Felipe II.
Aqu lleg el astro de Espaa  su apogeo. Nosotros hemos de contar
ahora cmo de tanta grandeza vinimos  humillacin tan grande; cmo de
tan alto podero,  tamaa impotencia, y de sucesos tan prsperos,  tan
inauditas desgracias como lloraron ojos espaoles en los das de Carlos
II. Tarea ingrata y penosa, donde el amor patrio contiene  corta los
vuelos de la fantasa; donde la razn se ofende y la fe se quebranta, y
el corazn se lastima. Con harto placer trocaramos nuestra tarea por
las que llevaron  cabo Mariana y Miana; pero quiso Dios que as como
es inferior nuestro juicio y estilo al de aquellos historiadores, as
fuesen menores los hombres y los sucesos que haban de ocupar nuestra
pluma.

Al acabar el siglo XVI, senta la nacin cierto cansancio disculpable en
lo grande de las obras que haba ejecutado, y de las empresas que
durante el anterior haba acometido. Pero era cansancio, no decadencia
an lo que senta. Si Dios hubiera concedido  Felipe II sucesores tan
grandes como eran los estados y los empeos de la Monarqua, hubirase
conservado como estaba, y reparando y mejorando su constitucin
lentamente con la facilidad de los tiempos, el desengao de los sucesos
adversos y la enseanza de los prsperos, quiz la hubieran alcanzado
nuestros ojos dominadora an, y grande y temida. Ello es que era ya uno
el territorio de la Pennsula despus de tantos siglos de divisin y
desconcierto entre las diversas provincias. El turco, nuestro mortal
enemigo, estaba vencido y humillado. An la infantera de Espaa no
haba cejado jams en los campos de batalla. Proseguanse las conquistas
en frica, y en Amrica y Asia se adquiran cada da nuevos dominios y
nuevas minas  mercancas preciosas con que reparar,  poco que se
acertase en los remedios, la penuria del erario y la pobreza de los
pueblos. Todava en los consejos del mundo era la primera voz y ms
sabia la de Espaa. Todava nuestros historiadores eran los ms doctos y
ms elegantes, y nuestros poetas y novelistas, y arquitectos y pintores
daban an asombro  los presentes, esperando  que llegase el tiempo de
infundirlo en los venideros. Ciertamente, la Monarqua tena ya dentro
de s los grmenes de corrupcin que ms tarde haban de destruirla, y
cierto es tambin que Felipe II haba cometido no pocas faltas en su
reinado. Mas ha de tenerse en cuenta que aquellos grmenes de corrupcin
no haban sido antes sino principios de vida y engrandecimiento que eran
naturales en la Monarqua, y que lo mismo se advertan en ella cuando
comenzaron  reinar los Reyes Catlicos que  la muerte de Felipe II. De
tales flaquezas se hallan en todos los imperios del mundo, y viven y
crecen, sin embargo, mientras hay manos hbiles que acudan  su
mantenimiento. Y no ha de olvidarse tampoco que si faltas cometi Felipe
II, faltas quiz mayores cometieron Fernando el Catlico y el emperador
Carlos V, sin que se diga por eso que en su tiempo decayese Espaa.

Pero el vulgo no acierta  comprender de qu manera las mismas causas
que produjeron engrandecimiento, pueden producir decadencia; de qu
manera las ideas y las instituciones y los hechos que fueron buenos para
crear, pueden servir tambin para destruir, trocados los hombres y las
ocasiones. Entonces se fijan los ojos en errores accidentales y faltas
ms  menos grandes, pero comunes y reparables al cabo, para explicar la
ruina de las naciones, como si con aqullas y con stas no hubiesen
coincidido las antiguas prosperidades,  se encontrase gobierno antiguo
 nuevo que no haya cado en tamaos desvaros por glorioso y feliz que
lo muestre el xito de sus empresas. Por eso ha habido quien achaque 
Felipe II nuestra decadencia, cuando ms bien reforz los resortes y
acrecent las fuentes del podero de Espaa. No sean parte sus faltas
como hombre para negarle las prendas de Rey, que por desgracia no
aparecen reidas como debieran estas cosas en el sombro campo de la
historia. Y lbrenos Dios de disculpar las faltas ni de creerlas menores
porque las cometan los reyes, antes las tendremos siempre por ms
grandes. Pero hay afectacin  ignorancia en las modernas escuelas, que,
dadas  explicar faltas  crmenes polticos y  inquirir las razones
filosficas con que se cometieron, cierran los ojos de espanto, y otra
cosa no ven ni examinan en los de Felipe II que no sea su ejecucin. En
verdad que nosotros hemos sentido el llanto en los ojos al leer, pasados
tres siglos, la relacin del tormento de Diego de Heredia, el noble
campen de los fueros aragoneses; mas no hemos probado mayor dureza en
el alma al repasar con la memoria el triste fin de los _Girondinos_ en
Francia; y es que las grandes ideas, hacindose absolutas y exclusivas
dentro del limitado entendimiento del hombre, traen consigo la
intolerancia, la cual engendra el crimen en todos los tiempos, y es
digna siempre de igual dolor y censura. Tales escritores se hallan, sin
embargo, que,  bien legitiman  bien disculpan los cadalsos
innumerables levantados en 1793, al paso que no hay anatema que no
fulminen contra las crueldades de la represin religiosa y poltica del
siglo XVI. Representante fu de sta y encarnacin de sus ideas y
sentimientos Felipe II. Y cierto que si se mira lo que hizo aquel
Monarca, por odioso que parezca  las veces, todava no puede tomarse
por mejor ni ms preferible lo que hicieron los filsofos
revolucionarios del siglo XVIII, ni siquiera lo que  los mismos
intentos religiosos y polticos que l, ejecut en Inglaterra la
sanguinaria y deshonesta Isabel y en Francia el dspota y disoluto Luis
XIV. Absurdo parecer  algunos; pero no vacilamos en sostener que
Felipe II, as por la austeridad inflexible que empleaba consigo propio
 la par que con los dems, como por el sacrificio continuo del
sentimiento  la idea, de la pasin al deber, que se advierte en toda su
vida, tiene ms semejanza que con estos prncipes, con el primer Bruto
que conden  muerte  sus hijos, y con aquel otro famoso que hiri en
Csar  su padre. Porque en Felipe, como en los hroes romanos, el
pensamiento y la creencia eran todo; nada los sentimientos y pasiones
dulces del alma; y tal era la causa de sus rigores.

No se han contentado, sin embargo, con encarecer su crueldad sus
enemigos, y ha habido an quien de ineptitud le censure. Niegan el sol y
contradicen la evidencia los que ponen en duda la profunda comprensin y
sagacidad y prudencia del que llamaron los extranjeros _demonio del
medioda_. Afortunado en unas empresas, infeliz en otras, como todos los
reyes de la tierra, ambicioso como sus antecesores y como todos los que
sienten en s poder para adquirir y gozar an ms de lo que tienen y
gozan, fantico en materias religiosas como lo fu su padre y su abuelo
y lo fueron sus nietos, no desconoci, sin embargo, los flacos de la
Monarqua, ni despreci su cansancio cuando lleg  advertirlo, que son
las cosas porque ms se le censura. Y de aquel hombre, que saba cambiar
de conducta y modificar sus instintos  medida de la conveniencia como
ningn otro, puede creerse fundadamente que,  reinar en lugar de Felipe
III, no habra acometido empresas grandes, ni habra suscitado guerras,
ni habra hecho ms que dar reposo al Estado y recoger sus esparcidas
fuerzas. No slo la paz de Vervins, donde cedi sin ser vencido, lo
persuade; sino que la cesin que hizo de los estados de Flandes en favor
de su hija, casada con el prncipe Alberto, erigindoles bajo su
proteccin en estados independientes, lo pone en entera evidencia.
Aplic  la Hacienda,  la Marina, al Ejrcito toda la atencin que ms
tarde han puesto en ello las dems naciones, comprendiendo que en esto
se cifra el poder del Estado. Y no fu culpa suya el que su Marina no se
enseorease de los mares, asegurndonos el comercio del mundo y la
explotacin de las minas de Amrica; ni lo fu tanto como se supone el
que la Hacienda no quedase en prspera situacin, dado que no la alcanz
mejor en tiempo de sus antecesores. An el fanatismo religioso no le
impidi  Felipe cumplir con sus obligaciones de prncipe, acudiendo en
armas  Roma, cuando fu necesario, y manteniendo, si humilde y
respetuoso en las palabras, duro  inflexible en las obras, los derechos
de su potestad. Y ello es que si su hijo y sus nietos hubieran estudiado
en paz y en guerra sus lecciones, jams Rocroy hubiera sido tumba de
nuestras banderas; jams los protocolos de Nimega habran afrentado 
nuestra diplomacia; jams los embajadores de Luis XIV habran ido en
corte extranjera delante de los de Espaa.

La providencia dispuso otra cosa, y el cansancio de la nacin se
convirti en lenta y total ruina. Supieron los sucesores de Felipe II lo
que l haba hecho en sus tiempos, y no lo que hubiera hecho en tales
ocasiones como ellos se encontraron. No alcanz su sagacidad  descifrar
las miras polticas del rey prudente, y en lugar de imitar sus obras y
seguir sus pensamientos, como acaso pretendan, dieron al traste con
todos sus pensamientos y con todas sus obras. Entonces, los grmenes de
destruccin, contenidos  modificados por Fernando el Catlico, por
Carlos V y por Felipe II, comenzaron  desenvolverse libremente en el
seno de la Monarqua, y emponzoaron sus venas, y secaron su
pensamiento, y aniquilaron sus fuerzas. Y es indudable que si los Reyes
Catlicos hubieran tenido los sucesores que tuvo Felipe II, habra
durado un siglo menos la prosperidad de Espaa, y no habra sido jams
lo que lleg  ser en la tierra.

Mas tiempo es de que hablemos de los grmenes de corrupcin que desde
los principios trajese en s la Monarqua, puesto que su
desenvolvimiento lento y progresivo es precisamente la decadencia que
nos toca relatar. Ya que no pretendamos decirlo todo y explicar una por
una las causas que pudieran influir en los males de Espaa durante
aquella aciaga poca, ayudando  quitar de sus brazos la fuerza y el
acierto de sus pensamientos y empresas, trataremos de las principales,
de las ms poderosas, de las que en s pueden comprender y encerrar 
las otras.

Los ms de nuestros historiadores han hablado de la exageracin del
principio religioso en Espaa con escaso juicio. Hija legtima era de
nuestra patria semejante exageracin, si ya no es que digamos que fu su
madre. Ni poda ser de otra suerte. Una nacin que pele ochocientos
aos contra hombres que profesaban distinta creencia, que llevaba la
cruz en todas sus banderas y miraba  la religin hermanada con todas
sus glorias; cuyo grito de guerra era un grito religioso; cuyos soldados
estaban hechos  ganar indulgencias en las batallas;  obtener
absolucin de sus culpas muriendo en el campo;  sentir en su ayuda
espadas de santos; cuyos obispos y sacerdotes eran guerreros; cuyos
prncipes y princesas solan ser monjes, tena necesariamente que
colocar sobre todos los intereses el inters de la cristiandad, y
anteponer la idea mstica  toda idea poltica  literaria. Y esa nacin
misma, acostumbrada  defender su fe con las armas y  imponer con la
fuerza  los vencidos; acostumbrada  mirar en los infieles  su Dios
enemigos eternos, cuya muerte era no slo lcita, sino loable, y cuya
vida era afrenta suya cuando no pecado, tena que ser intolerante hasta
el extremo de constituir la Inquisicin, y hasta el punto de
entrometerse en todas las guerras religiosas del mundo.  la verdad,
tanto ha podido decirse que los reyes de Espaa eran esclavos del
fanatismo de sus sbditos, como que stos lo fuesen de la piedad
exagerada de sus monarcas, que es la opinin vulgar. Y ahora clpese
cuanto se quiera aquel fanatismo religioso por el cual hubo Espaa, y
sin el cual no la habra; clpese el fanatismo que gui  los guerreros
cristianos desde la cueva de Covadonga y el monte Pano hasta las puertas
de la Alhambra; clpese  nuestra nacin por lo que era, por lo que
deba ser, por lo que el tiempo y los sucesos mandaban que fuese.

Bien sabemos que en pocas naciones se haba hablado y escrito con tanta
libertad y dureza sobre los desrdenes de la Iglesia como en Espaa en
el siglo XVI. Famosas son, entre otras, las obras del arcipreste de
Hita, de Juan de Padilla y de Bartolom de Torres Naharro,  quienes no
empescieron los hbitos sacerdotales para fulminar tremendos cargos
contra los clrigos y contra la misma corte de Roma. Mas nunca estas
censuras llegaron  lo sagrado del dogma y de la creencia, y en el
reinado de los Reyes Catlicos y de sus sucesores, bien pudo decirse que
era Espaa la nacin donde ms slidos fundamentos tuviesen las
prcticas y las doctrinas de la Iglesia. Ni faltaron quejas y clamores
contra la Inquisicin y aun contra las guerras religiosas; pero tales
protestas fueron  perderse en la opinin nacional severa y compacta,
que se alimentaba con recuerdos de victorias y venganzas contra los
infieles, y con propsitos y esperanzas de alcanzarlas nuevas. Harto se
di  conocer esta saa contra los judos que, ricos y opulentos, vivan
de muchos siglos antes confundidos con los cristianos, desempeando
importantes empleos en los palacios de los reyes, y ejercitando el
comercio con tanta fortuna, que eran, como en casi todas las naciones de
aquella poca, los que posean las principales riquezas. El odio contra
la nacin que haba llevado al suplicio al Redentor del mundo, fu
profundo y general en el pueblo desde los principios de la Monarqua, y
la historia de los siglos medios muestra que eran tan perseguidos y
maltratados por el vulgo como los mismos musulmanes. En el fuero de los
muzrabes que di el conquistador  los de Toledo, tratando de las
multas que haban de pagar los ladrones y homicidas, se exceptan en
ellas los que no hubiesen cometido sino furto  muerte de judo 
moro. Y el fuero de Seplveda, uno de los ms humanos, tasa en slo
cien maraveds el homicidio de judo. Pocos aos despus las calles de
Toledo se ensangrentaron con la muerte de centenares de aquellos
infelices, que el populacho desenfrenado inmol sin motivo alguno, y
desde entonces hasta su expulsin apenas pudo la autoridad de los
monarcas refrenar los crueles intentos de sus vasallos contra la raza
aborrecida. Ni era en ellos el odio de slo el vulgo; pues los grandes
de Castilla, puestos en armas en 1460 contra Enrique IV, propusieron
como una de las condiciones para dejarlas el que echase de su servicio
y estados  los judos. Otro tanto que en Castilla aconteca en Aragn
y en los dems reinos de Espaa, y los Reyes Catlicos, no bien tomada
Granada, acabaron con el poder de los musulmanes, dieron all mismo un
edicto expulsndolos del reino, cumpliendo evidentemente con el deseo de
los grandes y de los pueblos, pero dando fatal precedente  la expulsin
que ms tarde se verific en los moriscos. No muchos aos despus de
aquel decreto terrible naci la reforma, y las doctrinas de Lutero y de
Calvino, contrarias  las antiguas prcticas de la Iglesia, no pudieron
menos de ser tan aborrecidas y menospreciadas en Espaa como el
islamismo y el judasmo. Hubo no pocos hombres de mrito, as
eclesisticos como seculares, que se inficionaron con las doctrinas de
la hereja, tales como el doctor Egidio y el doctor Constantino, el
famoso Agustn de Cazalla y Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, y
otros que han dejado muchas obras esparcidas por pases extraos y no
poca memoria de sus desdichas. Pero hombres tan grandes y ms nos haban
dado los judos, y no por eso se excus su persecucin ni pudo decirse
que la nacin transigiese con ellos. Verdad es que se lleg  temer
tanto de los muy doctos, que sola decirse en Espaa por encarecer 
alguno: est en peligro de ser luterano. Mas no es menos cierto, sin
duda, que el mayor nmero de los sabios y doctores, y sobre todo la
gente comn, apegada como siempre  las antiguas cosas, siguieron
ciegamente la doctrina catlica. Cobr entonces ms fuerza que nunca la
preocupacin antigua de _limpieza de sangre_,  sea la pretensin,
general en las familias espaolas, de probar que ninguna de ellas se
haba mezclado por matrimonio  de otra manera con gente infiel y
hertica. No se tard en llamar _cara de hereje_ al feo y desalmado;
_hereje_, al mal intencionado y cruel; _hereje_, en fin,  todo el que
mereca por cualquier modo aborrecimiento  menosprecio. Y las
demostraciones particulares correspondan muy bien, en tanto,  aquellas
otras de la opinin comn  nacional. Un doctor llamado Alonso Daz vino
desde Roma  Ratisbona, donde se hallaba cierto hermano suyo, celossimo
partidario de Lutero, pretendiendo apartarle de la predicacin de tales
doctrinas, y no pudiendo conseguirlo de otra suerte, le mat con sus
manos. Y ms adelante hubo un caballero en Valladolid que obtuvo por
merced del Santo Oficio que le dejasen cortar la lea y prender fuego en
la hoguera donde haban de arder dos hijas suyas, doncellas ambas y
hermosas, condenadas por herticas. Tales sucesos traen al nimo la
exacta idea de lo que se pensaba en Espaa de los reformadores.

Y al llegar  este punto conviene que hagamos resaltar cierta
circunstancia tan notable como poco observada; y es que la ciencia
espaola de aquella poca, lejos de defender la libertad del
entendimiento y de protestar contra la intolerancia y la exageracin
del principio religioso, las ayud en su obra. Es la filosofa madre y
generadora de toda la ciencia, y  cultivarla con mucha aplicacin y
esmero se consagraron los espaoles desde muy temprano. Pedro, _el
espaol_, fu el asombro de Italia  mediados del siglo XIII, y mereci
ser cantado del Dante. Raimundo Lull  Lullio llen con su nombre los
primeros aos del siglo XIV, y dej escritas una multitud de obras de
todo gnero, que fueron y son todava estimadsimas de los sabios.
Matemtico profundo, propenda al empirismo y  la observacin y
experiencia, dejando sometido  reglas casi geomtricas y mecnicas el
arte de pensar; y si las ciencias siguieran el camino que l las traz
en sus obras, fueran harto mayores y ms rpidos sus primeros pasos.
Pero su doctrina se perdi en el caos de doctrinas dogmticas que
ocupaban las escasas escuelas de entonces. Juan Luis Vives vino despus
de Lullio  sostener ya la necesidad del mtodo emprico, y uno y otro
antes que el ingls _Bacon_ conocieron la imperfeccin de la filosofa
escolstica, y trataron de remediarla mejorando los estudios. Mas no era
tiempo an de lograr semejante fruto. En vano Vives, en el tratado _De
corruptione artium et scientiarum_ y en el _De tradendis disciplinis_
esforz sus argumentos para convencer  los sabios de su tiempo de los
errores de la dialctica. En vano quiso sustituir  ella su mtodo de
pensar, vicioso al cabo, pero ms  propsito para ir desenvolviendo las
ciencias y la razn en su cuna. No alcanz otra cosa sino la gloria,
mucho tiempo desconocida, de haber mostrado antes que algn otro  la
Europa el camino que vino  seguirse en adelante. Por lo pronto, el
escolasticismo y aristotelismo continuaron reinando en las escuelas, y,
sobre todo, en las de Espaa produjeron copiosos frutos. Durante el
siglo XVI florecieron entre estos escolsticos Francisco Vitoria,
catedrtico de Salamanca, que escribi un tratado sobre la potestad
eclesistica y otro sobre la potestad civil, de donde Grocio tom no
pocas de sus doctrinas; Domingo Yez, catedrtico tambin de aquella
Universidad sapientsima, y el famoso Domingo de Soto, autor del tratado
_De justitia et jure_, an hoy tenido en mucho por los jurisconsultos, y
de otros varios libros sobremanera apreciados por sus contemporneos
dentro y fuera del reino. De los aristotlicos fu el ms grande Juan
Gins de Seplveda, traductor y anotador de las obras del maestro,
hombre de inflexible lgica y de vasta erudicin y doctrina. Negar el
talento y la ciencia en tales escritores sera injusticia  locura, y la
historia de la civilizacin humana habr de reparar al cabo el olvido en
que les tiene, sealndoles alto puesto  todos ellos. Pero la ndole
particular de una y otra filosofa produjo las extraas resultas que
arriba indicamos.

Perdidos los escolsticos en el laberinto sin salida de su dialctica, y
aplicndola  asuntos de suyo tan sutiles como los teolgicos, llegaron
 formar una _logomaquia_ perpetua en las escuelas, impidiendo que
dedicasen sus esfuerzos al estudio de las grandes verdades morales y
polticas. Achaque fu ste, que sintieron todas las escuelas del mundo
por aquel tiempo; pero como en ninguna de ellas hallase el
escolasticismo tanto cultivo y entusiasmo como en Espaa, ni en otra
alguna parte se viese tan protegido y apoyado por el clero, aconteci
que aqu primero, all despus, se fueran disipando sus tinieblas, y
entre nosotros se hiciesen cada vez ms densas  impenetrables. No era
ms favorable la filosofa griega que lo fuera de por s el
escolasticismo al principio de libertad y  la generacin de las ideas
modernas. Formse una amalgama extraa de la Providencia cristiana con
el fatalismo griego, de la moral de Jess con la de Epicteto y los dems
estoicos, de las verdades del Calvario con las del Prtico y la
Academia. Entonces,  impulso de las mismas ideas que precedieron y
protegieron acaso las tiranas de Filipo y de Tiberio y la esclavitud
romana y griega, se fueron desenvolviendo en lo ntimo del catolicismo
espaol, que de tan puro y severo se preciaba, principios esencialmente
paganos  hijos de la civilizacin idlatra. Hallronse en solemne
contradiccin y lucha la idea cristiana en su pureza y la idea pagana en
su ms franca y terminante expresin, cuando disputaron en Valladolid
sobre el tratamiento que haba de darse  los indios conquistados, el
doctor Seplveda de una parte, y de otra el virtuoso obispo de Chiapa,
fray Bartolom de las Casas. Aprob el primero cuantas crueldades se
cometan con aquellos desdichados por la rudeza de sus ingenios, deca,
que son de su natura gente servil y brbara y por ende obligada  servir
 los de ingenio ms elegante, como son los espaoles. Doctrina
enteramente aristotlica y sacada palabra por palabra del libro III de
la _Poltica_. Contestle el padre Las Casas con la sencilla doctrina de
los cristianos de que Dios hizo hermanos  todos los hombres; idea de
fecundidad inmensa, conquista la ms alta que hayan hecho las ciencias
morales en el mundo! Pero fu en vano; la Filosofa tena de su parte el
inters particular y el egosmo, y la Iglesia, encerrada en el Estado y
confundida con l en deseos y conveniencias, no hizo lo que pudiera por
sacar triunfante la doctrina pursima de Las Casas. As, Seplveda y su
filosofa pagana triunfaron, y los indios continuaron siendo tan
maltratados como al principio por los conquistadores. Vironse al propio
tiempo predicadores y dogmatizantes invocando los principios estoicos de
Epicteto y proponiendo sus lecciones por modelo  los cristianos. La
idea de la servidumbre, tan opuesta al cristianismo, se fortific as
entre nosotros, y con ella, como hermana y compaera, tuvo entrada en
todos los nimos la justificacin de la tirana, cobrando ms fuerza el
instinto de opresin al flaco y al vencido. Y lejos de recibir la nacin
de la filosofa doctrinas de progreso y sentimientos de humanidad, no
recogi otra cosa que la resignacin de los estoicos, cierto espritu de
pequeez, de nimiedad, de sofistera, producto de la lgica ergotizante,
y mayor suma de intolerancia, si cabe, que la que daba de s el
catolicismo. As fu tambin como llegaron tiempos en que Nicols
Antonio pudo contar en Espaa hasta doscientos catorce autores que
tratasen filosficamente de la _Summa_ de Santo Toms, y ciento
cincuenta que hubiesen hecho libros de enseanza  de texto para las
escuelas, encerrando en ellos las ms altas materias de la filosofa,
sin que entre tantos se encontrara uno solo que haya infludo despus en
las ciencias, ni que lograse entonces contener la decadencia que  tan
tristes extremos iba llegando.

Slo la exageracin del principio religioso y esta filosofa ergotizante
tan bien anudada con ella, trajeron males capaces de trastornar
cualquier grandeza de monarqua: primero, la emigracin de muchos miles
de moros y judos y luteranos, expulsos  perseguidos del Santo Oficio;
luego, la ruina, el envilecimiento y la destruccin de tantas familias
como vinieron  los _autos de fe_; adems la parlisis de las ciencias y
su muerte lenta, pero completa, mientras por todas las naciones de
Europa, al calor de las disputas y de la libertad de pensamiento y de
controversia, nacan ideas fecundas, asomaban descubrimientos tiles y
desarrollbase lozana y gloriosamente el progreso humano; por ltimo,
que fu lo ms fatal, la transformacin del carcter en la nacin. Era
Espaa joven, vigorosa, libre en el pensamiento, y en el obrar, franca,
entusiasta, alegre, aunque grave, dada  seguir los vuelos de la
fantasa y  obedecer  las inspiraciones de la voluntad, aunque piadosa
y prudente. Vino sobre ella una vejez temprana, contemplativa y
descontentadiza; vino una timidez penosa en el pensamiento y en las
determinaciones; vino un ntimo recelo de todas las cosas, que inclinaba
 las personas  desconfiar hasta de s propias; vino la indiferencia
terrenal de quien no funda ilusiones sino sobre los bienes del otro
mundo; vino cierta melancola antiptica  las otras naciones, y enemiga
de adelantos; vino cierto espritu de obediencia pasiva y de resignacin
fatalista  cuanto pareca disposicin del cielo que encaden aquella
voluntad poderosa, que antes todo estorbo lo hallaba leve y toda
resistencia desproporcionada  sus fuerzas. Quedaron relegadas  lo ms
hondo de los pechos para ser transmitidas secretamente de padres  hijos
aquellas antiguas y nobles cualidades del carcter de Espaa; en las
obras, en las palabras fueron desapareciendo primero en el mayor nmero,
luego en el menor, por ltimo en el limitado guarismo de almas
excepcionales y privilegiadas que Dios suele conceder  las naciones,
hasta borrarse del todo. Fu muy bien secundada la represin religiosa
por la represin poltica, y as pudo decirse que apenas quedaba un
espaol  la muerte de Carlos II.

Ni en el reinado de los Reyes Catlicos ni en los del Emperador y de
Felipe II se sinti, sin embargo, tal decadencia de carcter. Y aunque 
la verdad, las persecuciones del Santo Oficio pesaron sobre casi todos
los hombres ilustres, perseguidos  no, hubo, de todas suertes, en
tiempo de este ltimo prncipe, mdicos y matemticos que levantasen las
ciencias; escritores satricos que criticasen, hasta con licencia, las
costumbres del Clero y de los poderosos; jurisconsultos que profesasen
ideas muy libres y muy altas; canonistas que defendiesen con enrgica
franqueza los derechos del Estado; pensadores, en fin, que fuera de
Espaa eran odos con asombro en las ctedras de la orgullosa Sorbona y
en las Universidades de Italia y Alemania. Andrs Laguna, Hurtado de
Mendoza, Arias Montano, Melchor Cano, Garcilaso, fray Luis de Len y
Herrera, escribieron en aquella era, y es harto conocido tal siglo por
el siglo de oro de nuestras letras, para que no pareciera ocioso el
citar otros nombres. Pero la Inquisicin sigui adelante, y poco  poco
fu enroscndose,  manera de serpiente, en torno del pensamiento
espaol, hasta que, debajo del imperio de los sucesores de Felipe II,
estrech su anillo tanto que lo ahog en l y le di muerte. Y cada vez
fu creciendo el empeo en mantener guerras religiosas, y las medidas de
intolerancia y de persecucin fueron en aumento de tal modo, que
pudieran causar, por s solas, la total ruina.

Los monarcas estuvieron ciegos, sobre este punto, como los pueblos: ni
los unos ni los otros conocieron el precipicio adonde aquel funesto
tribunal poda conducir  la Monarqua. Los Reyes Catlicos haban
dejado que ardiesen los tesoros de la ciencia rabe que se hallaron en
la Alhambra; haban expulsado  los judos, que tan buenos servicios
prestaran  la nacin, sobre todo en la guerra de Granada; haban
permitido los bautismos forzosos de Cisneros, las hogueras de Lucero y
el enjuiciamiento del buen arzobispo Hernando de Talavera, confesor de
la Reina misma. Carlos V autoriz las mayores persecuciones contra sus
continuos y amigos, tildados por el Santo Oficio. Felipe II dej luego
que se persiguiese  fray Luis de Len y al grande arzobispo de Toledo
fray Bartolom Carranza, y que se atreviese la Inquisicin hasta  la
vida particular de los grandes y de los prncipes; dej tambin que
alimentasen las santas hogueras millares de sus vasallos, y dijo,
tratndose de los de Flandes, aquella frase famosa: Ms quiero no
tenerlos, que tenerlos herejes. Tiempos haban de venir forzosamente en
que ni el Rey mismo estuviese seguro, como lo prob Carlos II en su
persona y en que un milln de pobladores inteligentes y laboriosos, la
flor de nuestras provincias meridionales y occidentales, tuviesen que
abandonar nuestro suelo, llevndose consigo los restos de nuestra
riqueza agrcola, industrial y comercial, y abriendo en el corazn de la
Monarqua tan honda llaga, que apenas han podido cauterizarla dos
siglos.

No menos funesto que el fanatismo religioso fu, para la Monarqua
espaola, el provincialismo, que es la falta de unidad civil y de unidad
poltica. La separacin y discordancia de las diversas provincias de
Espaa, se advierte en la Historia desde los primeros tiempos. Quiz la
tierra misma se prest  ello, dando  cada localidad opuesto clima y
distintas producciones y poniendo entre ellas lmites y fronteras
naturales; quiz ayud eficazmente al establecimiento de colonias de
diversas naciones. La dominacin romana impuso algo de unidad en la
Pennsula, pero la invasin de las diversas naciones septentrionales,
que ocuparon diversas provincias, volvi  separar las partes mal unidas
y  dar  cada provincia distintas tradiciones y leyes. No bien
establecida la unidad por los godos en el reinado de Sisebuto, se perdi
en D. Rodrigo la Monarqua, y los moros, que ocuparon la mayor parte, no
tardaron en repartirse en muy distintas soberanas, al propio tiempo que
los cristianos, que huyendo de las desdichas del Guadalete se refugiaron
en las montaas, tomaban all distintos jefes, lejos los unos de los
otros, sin poder comunicarse ni entenderse en la empresa comn. Y muchas
dinastas y muchas leyes y muchas historias se formaron antes que el
valor y la fortuna pusiesen todos aquellos estados en manos de los Reyes
Catlicos, menos la parte de Portugal, constituyndose la Monarqua
espaola.

Pero, al entrar en ella, cada pueblo se conserv como era: con sus
mismos usos, con su propio carcter, con sus leyes, con sus tradiciones
diferentes y contrarias. Ni siquiera era igual la condicin de todos los
Estados: los haba de condicin ms y menos noble, ms y menos
privilegiados; stos, libres, y aqullos, casi esclavos; como que la
unin haba ido ejecutndose por muy diversos motivos, viniendo unos
pueblos voluntariamente, como pretenden los vascongados, y otros por
medio de matrimonios, como Castilla y Len de una parte, y, de otra,
Aragn y Catalua; tales como Valencia y Granada, que estaban pobladas
de moros todava, por fuerza de armas; tales, mitad por derecho, mitad
por fuerza, como Navarra. Y no era esto slo sino que, dentro de una
misma provincia, cada poblacin tena un fuero y cada clase una ley.
Espaa presentaba, de esta suerte, un caos de derechos y de
obligaciones, de costumbres, de privilegios y de exenciones, ms fcil
de concebir, que de analizar y poner en orden. Era imposible saber con
cuntos hombres y con cunto dinero pudiese contar la Monarqua;
imposible enumerar sus fuerzas ni sus flaquezas; ni siquiera, en algunas
ocasiones, dnde estaban sus verdaderas ventajas ni sus peligros y
prdidas. Para colmo de confusin, tuvo esta Monarqua, desde sus
principios y antes de fundarse, muchas posesiones y colonias
extranjeras. Trajo consigo el reino de Aragn  Sicilia y Cerdea;
descubrironse los dilatados imperios del Nuevo Mundo; Gonzalo de
Crdoba puso  Npoles debajo de nuestras banderas; el casamiento de
Felipe el Hermoso con Doa Juana la Loca, nos di los Pases Bajos; al
cardenal Cisneros debimos algunas posesiones en frica, y Carlos V
redujo  su obediencia el Milanesado. Al contemplar en los mapas tantos
y tan diversos pases, se asombra el nimo y no hay ms que
exclamaciones lricas en los labios para celebrar la grandeza de Espaa;
pero,  poco que la razn cobra su imperio, se trueca en pena el primer
contento. La situacin de la verdadera Monarqua, de lo que era la
verdadera nacin, repartida en tantos intereses y en tantos
pensamientos, no poda ser ms peligrosa. Y la inmensa balumba de
posesiones y territorios que pesaban sobre aquella desconcertada
mquina, deba hacer temer desde el principio que, no acudiendo muy
eficazmente al remedio, viniesen las catstrofes que acontecieron al
cabo.

 la verdad, la falta de unidad en las diversas partes de la Pennsula,
que era lo primero que deba mirarse, pareca cosa de muy difcil
remedio y muy lento. No podan alterarse en un ao aquellas costumbres
tan antiguas y tan diversas, aquellas leyes tan respetadas y tan
contrarias. Pero era preciso emprender la obra con resolucin y
constancia si haba de llegarse alguna vez  buen trmino.

Dos caminos se ofrecan. Era el uno igualar  todas las provincias en
derechos polticos, transportar lo bueno y ventajoso de estas  las
otras, y quitar de todas ellas los gravmenes intiles y las cosas
daosas al comn. De este modo hubieran podido formarse ms tarde unas
Cortes generales en Espaa, en las cuales los brazos de Aragn y
Castilla, Navarra y Andaluca y Catalua hubieran entrado con igualdad
de derechos y de influencia; y no hay duda de que aquel gran Congreso,
representando la libertad general del pas, habra acabado por
establecer naturalmente y sin esfuerzo la unidad apetecida. Ninguna
provincia perda nada con que las dems se igualasen  ella en libertad;
ninguna habra podido fundar agravios en que lo mejor y lo substancial
de sus instituciones se comunicase  las otras. Harto ms difcil habra
sido el reunir en un solo Congreso  los brazos de todas las provincias
y el ir suprimiendo las malas instituciones y remediando los errores
aejos. Pero la fuerza del bien general y de la libertad de todos, tena
que ser, por fuerza, tan grande, que poco  poco habra desaparecido
toda resistencia injusta y no fundada en razn  conveniencia. La
libertad de todos, representada en estas Cortes generales de la
Monarqua, habra uniformado los nombres que tanta influencia suelen
tener en las cosas; habra creado un lenguaje poltico comn, y antes de
mucho la legislacin civil y criminal y los intereses y las aspiraciones
de todos hubieran venido juntndose y fundindose y crendose una nacin
sola de tantas naciones diferentes. Tenamos, para favorecer esta
empresa, la unidad religiosa que nos costaba tanto, y no habra sido
difcil contar con el apoyo de la nobleza ms ilustrada, de una parte,
y, de otra menos disconforme en su composicin y ms semejante aqu y
all en derechos y en intereses, que no las municipalidades y los
pueblos. As tambin el rgimen representativo, por el cual hemos
trabajado tanto despus y con tan poca fortuna, se habra encontrado por
s mismo constitudo en Espaa.

 ninguna nacin le hubiera sido ms fcil que  la nuestra su ejercicio
en aquella sazn, y acaso la Inglaterra misma, con su _Carta magna_,
hubiera tenido que imitar algo en nosotros, en lugar de tanto como
nosotros imitamos en ella. Haba aqu ya costumbres pblicas, pueblos
enseados  entender en sus intereses y grandes que no saban ceder al
trono en sus empeos; haba leyes como aquella segunda del _Libro de las
leyes_, que deca: Doncas faciendo derecho el Rey debe haber nomne de
Rey; et faciendo torto, pierde nomne de Rey. Onde los antigos dicen tal
proverbio: Rey seras si fecieres derecho  si non fecieres derecho, non
seras Rey; y aquella otra del octavo Concilio Toledano:  si alguno
dellos for cruel contra sus poblos, por braveza  por cobdicia  por
avaricia, sea escomungado; haba fueros como el de Sobrarbe, donde se
estableca que Rey ninguno no oviese poder nunquas de facer cort sin
conseyllo de los ricos hombres naturales del Reyno, et ni con otro Rey 
Reina guerra et paz ni tregoa; haba antecedentes de resistencia, como
aquellos de Epila y Olmedo. Y porque tales leyes y tal principio de
resistencia no engendrasen, por salvar la libertad, la anarqua,
tenamos un grande y general amor  la institucin del trono, nunca
puesta en duda, nunca y en ninguna parte combatida hasta entonces, y
tenamos leyes que, as como las que arriba citamos, amonestaban  los
malos reyes ordenasen al pueblo completa y total obediencia  los
buenos. Ah estn las _Partidas_, declarando que los reyes que no fuesen
tiranos y no tornasen el Sennoro que era derecho en torticero, son
vicarios de Dios cada uno en su regno puestos sobre las gentes para
mantenerlas en justicia. Sentados estaban los cimientos del rgimen
representativo, sin que se echase alguno de menos: la libertad y el
orden, la resistencia y la obediencia, anttesis de difcil resolucin
en una sola tesis general y fecunda, pero indispensable para que tal
rgimen subsista.

Bien conocemos que era mucho pedir en los reyes de entonces el que
acometiesen con sinceridad y energa tal empresa. Pero si los reyes no
queran procurar la unidad de la Monarqua  costa de extender las
libertades y de cercenar su podero, todava contaban con otros medios
para traer  punto la unidad deseada.

Fuera de las sendas de la libertad haba otro camino por donde llegar 
ella, harto contrario, aunque no de ms fcil logro; y era nivelar todos
los derechos, no  medida del ms alto, sino  medida del ms bajo; era
quitarles  todos la libertad poltica y las exenciones civiles, y
dejarlos por igual sujetos  la voluntad del soberano. As fu como la
Francia lleg al punto de unidad que siglos hace alcanza. Necesitbase
para ello emplear dentro del reino las fuerzas que se emplearon fuera, y
dedicar al logro de tan grande empresa toda la atencin poltica y todo
el poder de la corona. No haba que transigir con uno solo de los
privilegios, porque con eso desapareca la autoridad y la fuerza de la
nivelacin, al propio tiempo que se interrumpa la unidad misma. Un da
y otro, un ao y otro empleados en esta tarea, y la ayuda de la
Inquisicin y las sangras que ocasionaban  las provincias las Amricas
y las guerras extranjeras, habran acabado por hacer posible semejante
empresa, que con ser mala en sus fines y en sus principios, que con ser
injusta, habra proporcionado algn beneficio  la Monarqua, trayndole
la unidad: mas con lo que se hizo, ni se gan la unidad ni se excusaron
tamaos males.

Hubo represin, hubo tirana, hubo atentados contra la libertad antigua
de los ciudadanos y de los pueblos, mas no se logr por eso la unidad.
Hallaron los monarcas que, lo mismo en Aragn que en Castilla, cabezas
de la Monarqua, los grandes y los plebeyos estaban divididos desde muy
antiguo en enemistades y emulaciones. Miraban de reojo los grandes la
libertad que alcanzaban las ciudades, y los ciudadanos llevaban muy 
mal las exenciones y el poder de la nobleza, mayores en Aragn que en
Castilla, pero en ambas partes muy grandes. Comenzaron los monarcas 
excitar y aumentar aquella rivalidad, fundada en los diversos intereses
de las dos clases. Primero se concedieron fueros y cartas pueblas, no
con otro nimo que con el de libertar  los pueblos de la tirana de los
grandes; despus se fu aumentando el poder del brazo popular en las
Cortes, hasta el punto de equilibrarse con su poder el poder del brazo
noble. Acostumbrronse por tal manera los pueblos  hallar proteccin en
el trono y  considerar como adversarios  los grandes y ricos-hombres;
y stos, despreciando la enemistad de los pueblos, redoblaron sus abusos
y acrecentaron su soberbia. Declarronse los pueblos por uno de los
bandos, y los grandes por otro en las discordias que hubo en Castilla
durante el siglo XV: los primeros se inclinaron  Doa Juana _la
Beltraneja_, y los segundos,  los Reyes Catlicos; aqullos tomaron la
parte de Felipe _el Hermoso_ contra su suegro D. Fernando, y estotros
sostuvieron  Don Fernando  todo trance. La muerte impensada de Felipe
di al fin la victoria al suegro, y algunos grandes de los ms soberbios
 independientes, de los que por sus padres y por s propios haban
hecho temblar al trono en tantas ocasiones, hubieron de emigrar 
Flandes, y desde all asistieron despechados al jbilo de sus
contrarios, que, como todos los que vencen, no saban disfrutar de la
victoria sin abusar de ella. Vino Carlos de Austria  reinar, y aunque
los grandes vinieron con l y se agruparon en torno suyo, no lograron
reparar sus prdidas, ni pudieron considerar la vuelta como victoria,
porque el poder que nace de la fuerza y de la ocasin sin fundamento
racional muy evidente, si una vez se pierde, no se recobra jams: as ha
de decirse que entonces cay la nobleza castellana. Pero no tardaron en
llegar los das de Villalar, y, peleando con todo su poder contra los
pueblos, tom de su afrenta desdichada venganza. En vano el noble
Hurtado de Mendoza formul la unin indispensable de nobles y plebeyos
en aquella sentencia enrgica que conservan sus manuscritos: El clamor
de la injuria del pueblo despierta  incita  la venganza el nimo de
los nobles. Ya era tarde, y el poder real, apoyado por los grandes,
acab en Castilla con las franquicias populares, lo mismo que  aqullos
los haban humillado antes con el favor del pueblo.

Buen pago di la corona  los grandes por tamao servicio. Caliente
estaba an la sangre de Villalar cuando en 1539 los ech Carlos V de las
Cortes de Toledo, porque se negaban  contribuir con pechos y tributos 
los gastos del Estado, alegando la exencin de que disfrutaban, resto
injusto de la libertad antigua, y el pueblo ms que nunca debi tomar
aquella humillacin  propio desagravio.

Una cosa harto distinta haba sucedido en Inglaterra. El rey Enrique I
tuvo ya que modificar muchas leyes de Guillermo el Conquistador,
hostigado por los nobles y los plebeyos coaligados. Fuse perfeccionando
sin sentir tal alianza durante los reinados de Enrique II y Ricardo
_corazn de len_, por manera que cuando Juan _sin tierra_ abus de las
prerrogativas reales, pudo formarse contra l aquella confederacin
general que le oblig  firmar en Runymede la _Carta de bosques_ y la
_Carta magna_, principios y an hoy da fundamentos de la Constitucin
inglesa.

Como en Castilla no se pudo llegar  tal concierto, se perdieron las
libertades. Mirndose aqu absolutos, puesto que no quedaba ms que una
vana apariencia de libertad en las Cortes, los monarcas quisieron serlo
en todo y en todas partes; pero no supieron llevarlo  cabo. Cayeron los
privilegios del reino de Valencia casi al mismo tiempo que los de
Castilla, vencidas las facciones y bandos que all se levantaron con
nombre de _germanas_. Y aunque las de Aragn, mal vistas y amenazadas
ya por Isabel la Catlica, subsistieron ms tiempo, vinieron  morir, en
fin,  manos de Felipe II, legtimo sucesor y continuador de la poltica
de aquella Reina, notndose en su perdicin las mismas causas que se
vieron en Castilla, y, principalmente, el propio desconcierto y divisin
que all hubo entre los grandes y los pueblos. Foment muy especialmente
la antigua discordia Felipe II antes de dar el golpe que meditaba  los
fueros aragoneses. Pretendan todava los seores la _absoluta_, que as
se llamaba el derecho de bien, y _maltratar_  los vasallos, y
ejercitbanlo de hecho con harta dureza. Insurreccionronse por este
motivo contra el duque de Villahermosa sus vasallos los ribagorzanos, y
el Rey les hizo dar todo gnero de ayuda, excitando ms que aplacando
los excesos que de una y otra parte se cometan. Lo propio aconteci con
otros, y hasta lleg  proteger el Rey  algunos vasallos que, cansados
de la tirana del seor, se alzaron en armas y le dieron muerte. As se
vi que, cuando llegada la ocasin acudieron los grandes  las armas,
apenas encontraron gente que viniese  servir debajo de sus banderas, y
los que vinieron depositaban muy poca confianza en ellos. Las
Universidades  Municipios que regan las principales ciudades y villas
grandes  manera de seoro, tuvieron ms fe en las seguridades que daba
el Rey que no en los reparos de la nobleza, que con harta razn no crea
en ellas. Slo Zaragoza se puso en armas, y ella sola y los nobles
llevaron el castigo. Contra stos no escasearon los suplicios, claros y
manifiestos unos, encubiertos otros,  ignorados hasta nuestros das, en
que se han abierto de repente los archivos que guardaban aquellos
dolorosos misterios.

No tuvieron mejor suerte que los aragoneses, ni en verdad la merecan,
los moriscos  cristianos nuevos que poblaban algunas provincias. No
disfrutaban stos de derechos polticos; pero los disfrutaban civiles de
mucha cuenta y exenciones que, en lugar de atraerles afrenta, les
proporcionaron mayor holgura y riqueza; como que  causa de ellos no
entendieron ni en las guerras, ni en la colonizacin inmensa que por
entonces empobrecieron y despoblaron las provincias del reino. Es
indudable que aquella gente de raza enemiga, de poco firmes creencias,
distinta de nosotros en usos y leyes, ofreca muchos peligros, repartida
como estaba en las costas meridionales y occidentales del reino, donde
tras de no servir para defensa, brindaba con un apoyo probable, cuando
no cierto,  nuestros adversarios. As que el alejarlos de los puertos y
lugares de desembarco, reemplazndolos en ellos por una poblacin
enrgica y numerosa de cristianos viejos, habra sido determinacin
prudente y que debi tomarse desde los principios. Mas era preciso al
propio tiempo con tolerancia en las cosas pequeas y domsticas y con
rigor inflexible en las grandes y que tocasen  la seguridad del Estado,
ir dando tiempo  que nuestras costumbres fuesen las suyas y suyo de
corazn nuestro culto, como ya lo era el habla. As haba acontecido sin
afn y estrpito en otras provincias del reino que haban ocupado
tambin los moros, y donde ya en el siglo XVI apenas poda hallarse
rastro de ellos. No se hizo esto; antes con prohibiciones impertinentes
y odiosos mandatos contra sus costumbres y usos domsticos, se provoc
aquella rebelin de los Alpujarras que tanta sangre cost y tantas
prdidas, dejando en el corazn de los vencidos la saa que  tales
extremos oblig en adelante. Y al propio tiempo que as se obraba en
Castilla, en Aragn y en contra de los moriscos, dejbanse intactos los
fueros de Catalua, Portugal, Navarra y las Provincias Vascongadas, no
menos contrarios y enemigos de la unidad nacional que los que con tanto
empeo se haban suprimido. No haba all, ciertamente, las mismas
causas que en Aragn y Castilla para que la libertad se perdiese. Vise
siempre en las Provincias Vascongadas la gente noble de la parte misma
que la plebeya; porque ni tuvo aqulla privilegios odiosos, ni sta pudo
acopiar agravios, por consiguiente; y en Catalua y Navarra, donde haba
tambin harta desigualdad de condiciones, mostrronse todos unidos,
grandes y pequeos, para la defensa de los fueros. Pero ya que la obra
estaba comenzada, ya que en otras partes no los haba, era flaqueza 
error grave el dejarlos all imperar y echando cada da ms profundas
races, porque eso mataba la unidad pretendida y dejaba la llaga del
provincialismo  _fuerismo_, tanto ms exclusiva y privilegiada, cuanto
ms profunda y peligrosa en el corazn de la Monarqua. Sobre todo, fu
notable lo de Portugal. Esta provincia, que por ser tan importante y por
tener menos vnculos con la Monarqua que ninguna otra,  causa de su
larga separacin y de su unin tan inmediata, exiga ms robustez que
ninguna en la administracin y ms fuerza en la autoridad, conserv
despus de la conquista todas sus franquicias, aun aqullas que
claramente favorecan su emancipacin, como se vi por desdicha ms
tarde. Y desde luego se advirti, tanto en Portugal como en Catalua,
Navarra y las Provincias Vascongadas, que fueron las provincias donde se
toleraron las antiguas franquicias, una cosa, para ellas de provecho y
honra, fatal para la unidad del Estado, que fu que al calor de la
libertad se conserv ms entero y ms firme el carcter individual que
en las dems partes de Espaa. No tuvo medios para hacerse tan eficaz la
represin religiosa, ni dejaron nunca los ciudadanos de pensar y de
discurrir para atender  los intereses pblicos, que en mucha parte les
estaban confiados; y as se hallaron todava fuertes y enrgicos cuando
los castellanos y aragoneses haban cado ya de su antigua firmeza.
Error de aquellos tiempos que tambin tuvo influjo en las revueltas
posteriores. Todava en Catalua, Navarra y las Provincias Vascongadas
se nota cierta superioridad de carcter sobre el resto de Espaa,
producto de la desigualdad de condiciones que entonces alcanzaron.

Comparando cosas tan contrarias y tan diversos modos de conducta,
llgase  dudar si el pensamiento de la unidad nacional tuvo cabida en
el nimo de los grandes reyes del siglo de oro de nuestra poltica.
Dirase que obraron al azar y  medida del capricho momentneo  de las
necesidades del da. Pero lo ms probable es que cuando el pensamiento
de la unidad estuviese en todos ellos, y principalmente en Felipe II,
distrados con las empresas lejanas y las guerras extranjeras, no
acertaron  obrar con el concierto y la constancia que tamao intento
requera. Fu que se dieron treguas  Catalua y Portugal y las dems
provincias para que conservasen sus fueros, mientras vena la ocasin
oportuna de igualarlas con Aragn y Castilla. Y en esto precisamente
hallamos nueva falta, porque no haba ningn inters que debiera
preferirse al de la unidad, ninguna cosa que debiera hacerse antes 
costa de dejarla  ella para despus.

No era menos dificultoso, ni fu cosa en que se cometieron menos
errores, el conservar las inmensas posesiones que tena Espaa fuera de
la Pennsula, principalmente en Europa. Natural era que se quisiera
conservar el gran dominio adquirido, porque eso aconsejaban la razn
poltica y el sentido comn, enemigos ambos de las exageraciones
filantrpicas de nuestra Edad. Mas por lo mismo, para conservar tan gran
dominio era preciso saber preferir unos territorios  otros, unos
esenciales, otros accidentales: stos, que redondeaban y afirmaban la
Monarqua; aqullos, en que slo poda hallar efmera gloria. An
convena abandonar Estados que hubiesen de perjudicar  la conservacin
de otros mayores, y dejar las empresas intiles por las ciertas y de
seguro xito. No desconocieron tales principios de buena poltica ni
Fernando V, ni Carlos V ni Felipe II; pero no supieron ponerlos en
prctica con oportuna constancia.

Fernando V se propuso y alcanz, en compaa de su esposa la magnnima
Isabel, la grande obra de arrojar de Espaa  los mahometanos, y ms
tarde se apoder, no bien hall pretexto para ello, del reino de
Navarra, que era una parte esencial y necesaria de la Monarqua
espaola. Tambin se hizo restituir los condados de Roselln y Cerdaa,
que de tiempo antes estaban empeados en poder de la Francia, y que eran
esencialsimos para resguardar la Pennsula por aquella parte y para
tener en respeto  nuestros turbulentos vecinos, poseyendo tal puerta
por donde invadir  mansalva su territorio. Pero apart de su cauce la
poltica espaola, empleando en Npoles y en las guerras de Italia las
sumas y soldados con que debi pesar en frica. Cabalmente alcanz
tiempos en que pudo hacerlo con ventaja, porque cados los benimerines
en el Mogreb-el-acsa  imperio de Marruecos, hubo all una horrible
divisin y anarqua, que dur ochenta aos, hasta la derrota de los
beni-wataces y la exaltacin al trono de los sanguinarios xerifes.
Aprovechronse de ella los portugueses; hicieron grandsimas conquistas
con ayuda de los mismos naturales, que  la sazn se alistaban sin
empacho debajo de las banderas cristianas; pero no supieron conservar lo
adquirido. Y Fernando el Catlico, que tantos recursos tena en sus
reinos, echados los moros de Granada, para hacerlas mayores y
conservarlas eternamente, descuid de esta manera el constituir de nuevo
la Espaa romana y goda, que pasando el estrecho tena puestas sus
fronteras en el Atlas, lmite que la Naturaleza al propio tiempo que la
Historia, nos tienen sealado. Grande error fu, que no disculparan ni
aun los empeos del descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo.
Acometironse empresas parciales; tomronse algunas plazas de la costa;
pero el error de Fernando V fu perpetundose en los reinados sucesivos,
y despus de no pequeos gastos y prdidas de hombres y navos, despus
de muchas batallas ganadas y de harta sangre vertida en aquellos
arenales, no pudimos recobrar la Espaa transfretana, y quedaron
nuestras costas y nuestros mares  merced de los piratas berberiscos,
que nos causaron gravsimos perjuicios los aos adelante, todo por no
haber hecho  tiempo el esfuerzo que se requera, llevando de una vez
nuestras armas  aquellas regiones, donde de ir entonces todava
estaran de seguro imperando. Arrastr  Fernando V el orgullo de
preponderar en Europa, y pudo ms en l esto que no el til de Espaa.

Dej tambin sembrada Fernando V copiosa cizaa con el matrimonio que
pact entre su hija y Felipe el Hermoso, del cual nos vinieron los
Estados de Flandes. Cmo era posible que Carlos V abandonase luego
fcilmente aquella herencia tan legtima de sus padres? Sostvola, que
era ya grave error, y adems cometi por su parte mayores faltas que
Fernando V: unas dictadas por el propio espritu de preponderancia,
apoderndose de Miln, ni ms ni menos que como aqul se haba apoderado
de Npoles; otras por la cualidad que tuvo de Emperador de Alemania.
Acrecentadas con esto sus fuerzas, se acrecent su ambicin
naturalmente, y adems, teniendo que acudir  defender el Imperio,
emple en ello parte de las fuerzas nacionales, desperdicindolas: bien
que sea preciso convenir en que los alemanes tienen razn cuando se
quejan de que Carlos V no pareci ms que Rey de Espaa. La verdad es
que aquel Prncipe fu espaol en sus sentimientos, y lo fu en sus
conquistas, dejndolo todo  beneficio de Espaa. Su falta estuvo en
que, deslumbrado con las grandes fuerzas de que  la sazn dispona,
llev demasiado adelante sus pensamientos. No tuvo idea de lo que Espaa
con sus fuerzas ordinarias poda sustentar, y de lo que particularmente
la convena, y as le vemos no slo desatender la conquista del
Mogreb-el-acsa, entreteniendo el ocio de sus armas cuando no eran
empleadas contra alemanes y franceses, ya en Argel y Tnez, ya en otras
expediciones menos importantes, sino dejar  la Francia vencida la
merindad de San Juan de Pie del Puerto que haba pertenecido siempre al
reino de Navarra, tierra espaola. Ms tarde, di tambin la isla de
Malta  los caballeros de San Juan de Jerusalem, isla de suma
importancia para la dominacin del Mediterrneo.

Felipe II conquist  Portugal con ventaja tan grande de la Monarqua,
que basta con ello para que su memoria sea honrada en Espaa. Hubo en
este Prncipe ms idea que en otro alguno de nuestros verdaderos
intereses; pero de una parte se encontr ya planteados los ms de los
errores nacionales por Fernando V y Carlos V, dueo  su pesar de
Npoles y Miln y Flandes, Borgoa y Sicilia, y de otra, sus medidas y
sus nuevas empresas pecaron siempre  de poco maduras  de sobrado
grandes, por lo cual no sac de las ms el buen partido que se propona.
Encadenado  la poltica de sus antecesores, no hizo ms que aplicar 
ella todo lo grande de sus pensamientos y el impulso de su voluntad
invencible. De aqullos y sta tuvo sobradamente para cambiar de
poltica; pero era doloroso y ofensivo  su orgullo el cambio, y as
vino  tomar el verdadero camino demasiado tarde. No haba ms que
abandonar la herencia de su padre y abuelo, los campos donde fueron las
hazaas de Gonzalo de Crdoba y de Antonio de Leiva? Felipe, en lugar de
retroceder luego, sigui adelante.  la verdad, sus intentos contra los
ingleses no han de culparse porque salieron desgraciados, que el xito
no da ni quita la razn  las cosas. Vase adonde la Inglaterra ha
llegado despus, lo que ha sido para nosotros mientras hemos tenido
Amricas y hemos tenido Marina, y acaso se encuentren justificados los
proyectos de aquel Monarca. l, antes que Napolen, acometi la grande
empresa de humillar al leopardo ingls en su guarida, y supo hacer ms
para lograrlo; hasta el bloqueo continental, ese sueo magnfico del
capitn del siglo, fu imaginado por Felipe II, llevando para su
ejecucin muy adelante los tratos. Pero en sus intentos contra la
Francia anduvo mucho menos acertado. Si en vez de poner en el trono de
Francia  una hija suya, hubiera intentado, prevalindose de las luchas
civiles, el desmembrar el territorio y extender lejos del Pirineo
nuestra frontera, con harto ahorro de dinero y de fatiga, lo habra
conseguido. Entonces la Francia no habra podido tomar sobre nosotros la
superioridad que tom en adelante. Dueo como fu de Marsella y de otras
plazas importantes del Medioda, fcil habra sido que nuestra nacin se
estableciese all de un modo duradero.

No desconoci Felipe tal sistema, pero comenz  emplearlo tarde, cuando
ya su influencia y sus fuerzas estaban muy quebrantadas. Ms diestro
anduvo Luis XIV, que abusando de la incapacidad de nuestros gobernantes
y del estado msero de la nacin, fu apoderndose, debajo de frvolos
pretextos, de tantas provincias nuestras; y luego que nos traa
despojados de todo lo que le convena, fu cuando emprendi las
negociaciones para sentar  un prncipe de su sangre en el trono de
Espaa. Y cierto que  Felipe II le habran sido ms fciles que  Luis
XIV semejantes empresas, porque el monarca francs tuvo que acabar de
abrir con su espada nuestros aportillados baluartes, y tuvo que derramar
en el campo de batalla la poca sangre que quedaba en nuestras venas; mas
al Rey de Espaa le tenan vendida la Francia los franceses  precio vil
de oro, duques y arzobispos, soldados y burgueses: de suerte que no
haba ms que tomar de ella al antojo. Algo alcanzamos al principio,
pero no lo que ms convena; Marsella era de mayor importancia que
Calais, que hubo al fin que entregar  los franceses, y cuatro plazas de
la parte del Roselln valan ms que muchas en Flandes, puesto que bien
se pudo preveer, aun queriendo sostenerlas entonces por honor  orgullo,
que tarde  temprano haban de perderse aquellas provincias.

Tales errores hicieron que el Imperio de Espaa, que deba hallarse  la
muerte de Felipe II con fronteras seguras y ventajosas en las montaas
de frica y en el corazn de la Francia; que deba ser seor del
Mediterrneo, poseyendo ambas orillas del estrecho de Gibraltar y el
puerto de Marsella, por lo menos, en la costa francesa, Sicilia,
Cerdea, Malta y las Baleares, en medio del mar, y el gran puerto de
Npoles, que al abrigo de tales puertos y fronteras deba parecer
invulnerable, fuese dificilsimo de defender y facilsimo para la
ofensa, dbil y flaco por su grandeza misma.

Rstanos hablar de la despoblacin y pobreza del reino y del desorden y
penuria de la hacienda pblica, que con el fanatismo religioso y la
falta de unidad poltica, han de contarse tambin entre las causas que
influyeron en la ruina de nuestro podero. No conviene tratar
separadamente de tales objetos, porque son por su ndole tan semejantes
y caminan tan juntos en la Historia que, sin lo uno, difcilmente puede
comprenderse lo otro.

No hay datos que den  conocer cul fuese el nmero de pobladores ni la
riqueza  industria que tuviese Espaa durante los siglos medios.
Dividida en tantos reinos cristianos y moros, stos bien y aqullos mal
gobernados; pasando los territorios y provincias de unas manos  otras
con tanta frecuencia; no habiendo propiedad, ni dominio, ni nacin, ni
gobierno seguro, es imposible, no slo que tales datos los haya, sino
aun que  falta de ellos pueda formarse algn clculo probable, ni en lo
particular ni en lo general de la nacin. Pero sbese  ciencia cierta
que siempre fueron grandes los apuros en Castilla. Slo D. Pedro _el
Cruel_ logr algn desahogo y acopio de dinero entre aquellos soberanos
de la Edad Media. Los gastos de la guerra continua contra los moros, las
donaciones de los reyes al Clero y  los grandes, la amortizacin y las
exenciones de pagar que de aqu nacan, y ms que todo el natural atraso
y casi abandono de la Agricultura, del Comercio y las Artes que,
trayendo muy pobre al pas, le imposibilitaban de conllevar grandes
tributos, eran los principales motivos. Alterse el valor de la moneda
en casi todos los reinados, desde Fernando III hasta los Reyes
Catlicos, y se contrataron muchos emprstitos; mas agravndose el mal
con tales remedios, encontraban los reyes mayores dificultades cada da
para atender  las crecientes necesidades del Estado. As se puede creer
de Enrique III que no hallase con qu cenar cierta noche, como dicen las
consejas. Y, sin embargo, las Cortes de Castilla le dijeron  su hijo
Don Juan II, en 1447: que non demandase ningunas cuantas de
maravedises, porque non pudindose soportar tales pedidos  monedas, se
iban los vasallos  poblar otras tierras  reinos. No por eso ces el
fatal impuesto de la Alcabala  5 por 100 sobre la venta de mercaderas,
introducido en el reinado anterior, y en el siguiente se cre la renta
de Cruzada y la contribucin llamada _paga del subsidio_. Y pensando
aliviar las miserias de los pueblos y ponerlos en estado de atender 
tales tributos, se dieron ya por entonces leyes suntuarias y se puso
tasa al precio de las cosas: mezquinos y falsos remedios, harto probados
despus en los tiempos de decadencia de la dinasta austriaca.

Por esto, que pasaba en Castilla  principios del siglo XV, puede
colegirse cun infundada sea la opinin de los que suponen muy
desahogado el Tesoro pblico y muy florecientes las Artes, el Comercio y
la Agricultura durante el siglo XVI. Verdaderamente, aunque no hubiese
datos ni documentos que contradijesen la opinin, el recto sentido
habra de desaprobarla. Qu industria, ni qu comercio, ni qu
maravillas en la Agricultura podan alcanzar tales pueblos, que haban
vivido ocho siglos lidiando de provincia  provincia, de pueblo 
pueblo, de heredad  heredad? Cmo haban de ser fabricantes ni
comerciantes hombres  quienes no daba descanso ni un solo da el
ejercicio de la espada? Antes que no caminos, y puertos, y mquinas, y
cosas de aquellas que se emplean en el trfico y produccin industrial,
mirbanse en Espaa sendas naturales entorpecidas  quebradas  intento,
 fin de estorbar los pasos, antiguos puentes derruidos, fortalezas
sembradas por llanos y montes y atestadas de instrumentos de guerra.
Parte de ello era obra de los moros, parte de los cristianos, ya de los
reyezuelos que ocupaban las distintas provincias, ya de los concejos
para defenderse de los ricos hombres. Espaa era un campo de batalla, y
en tales campos no nacen ni se conservan las flores de la paz. Adems de
estas razones de buena crtica, tenemos noticias de viandantes,
principalmente una muy detallada del veneciano _Navajero_, que prueban
que las Castillas, como Aragn y Navarra,  no dudarlo, eran ya al
empezar el siglo XVI tierras de abundancia estril, provincias de poca
poblacin, y pobres y mal cultivadas, por donde los rebaos merinos,
favorecidos del privilegio de la _Mesta_, y que formaban la base de
nuestro escaso comercio  industria, vagaban  su placer asolndolo
todo, como en los tiempos brbaros y de continua guerra, en que ellos
eran la sola riqueza posible y provechosa. Y luego que la paz interior
pudo desarrollar entre nosotros las artes tiles, produciendo la
emulacin y la concurrencia, nacieron  se desarrollaron rpidamente
nuevas causas que apartaron  la nacin del camino de la prosperidad.
Los judos dejaron despobladas, segn cierto analista, ciento setenta
mil casas, y salieron de estos reinos en nmero de cuatrocientos mil,
segn unos, de ochocientos mil, segn otros, aunque no falta tambin
quien rebaje  treinta y cuatro mil las familias, que podan componer
hasta ciento setenta mil almas; gran muchedumbre, de todos modos.
Vedseles extraer oro ni plata, pero como se les permitiese llevar
consigo cualquiera otro gnero de mercaderas, y como no se les pudiese
impedir el uso de las letras de cambio,  que estaban muy habituados,
sacaron indudablemente inmenso caudal del reino. Fu grande tambin el
nmero de los emigrados por causa del Santo Oficio, y aun el de los
quemados y penitenciados se puede calcular en muchos millares, sacando
aqullos del reino oro y plata en abundancia y perdindose en stos
mucha gente laboriosa y til, y, adems, la tranquilidad y la confianza,
que son alma y vida del comercio y del trabajo. Y  la par consumieron
innumerables hombres tantas y tan sangrientas guerras, apartndose de
los oficios y produccin en que se empleaban, al cebo de la gloria y del
honor muchos, y no pocos al de la ganancia que ofreca el saco frecuente
de ciudades y la ruina de los pases conquistados.

Pero, sobre todo, fu fatal  nuestra poblacin y al espritu de
laboriosidad y de produccin el descubrimiento de Amrica. Los espaoles
que all caminaron fueron tantos, que bastaron para poblar centenares de
ciudades y villas en aquel continente; y si vinieron en cambio grandes
conductas de oro y plata, ni fueron ciertamente tan grandes como se ha
supuesto, ni recompensaron los males que nacieron de ellas. Di el
pronto enriquecimiento ms y ms crdito  la antigua preocupacin
econmica, que haca cifrar en el oro y plata la prosperidad de las
naciones, primero en los gobernantes, luego en el pueblo. Ninguno viendo
volver poderosos en pocos aos  los que fueron pobres y mendigos,
sujetaba sus pensamientos  ganar con lenta y penosa utilidad  la
riqueza  la subsistencia; y lo inesperado del acontecimiento y su
lejana, daban an estmulos  la sorpresa y valor  la fama para
encarecer y mentir, fingiendo montes, ros y mares de plata y oro y
piedras preciosas con que la codicia despertaba  los ms modestos y los
apartaba de su hogar y antiguas ocupaciones. Todo el que senta en su
corazn sed de bienestar, de placer y de gloria; todo el que para
procurrselos amaba el trabajo y la fatiga; todos los emprendedores y
laboriosos y alentados salieron por tal manera de Espaa; la mayor parte
al Nuevo Mundo, bastantes, como arriba indicamos,  las guerras de
frica y Europa. Bien pudiera decirse que el quedar en Espaa en tales
tiempos y con tan deslumbradoras esperanzas por fuera, era seal casi
segura de poquedad de nimo, de imbecilidad  pereza. Y cierto que no
eran los que tales cualidades posean  propsito para continuar la
industria y el cultivo que hubiese, cuanto y ms para adelantar en
ellos, como forzosamente haba de suceder cuando nuestros frutos y
producciones hallasen mercados. El hecho fu que se abandon todo gnero
de trabajo, vindonos obligados antes de mucho  traer de pases
extraos hasta los objetos ms necesarios para el consumo, comprndolos
con los tesoros que venan de Amrica, y por lo mismo ha podido decirse
con mucha razn que no fu Espaa sino un puente para que stos pasasen
seguros  otras naciones ms laboriosas. Slo en Segovia, Toledo,
Sevilla, Granada y Valencia se sabe que floreciesen algunas industrias,
y esas no tardaron en decaer completamente, contribuyendo con las
grandes causas que dejamos apuntadas otra, pequea al parecer, grande en
realidad, que fu la introduccin de nuevas modas, y, por consecuencia,
de distintas telas en los trajes. Eran sencillas las costumbres en esta
tierra de combates, y nuestros industriales slo labraban sencillas
telas; la corte flamenca y alemana y el frecuente trato de los espaoles
con aquellas naciones y con Italia trajo nuevas necesidades, y, por
consecuencia, nuevo gnero de consumo. Y cmo haba de acudir  l y de
luchar con los ricos tejidos de Flandes, ejecutando dentro de s tales
cambios, una industria puesta en tan desfavorables condiciones como  la
sazn afligan  la de Castilla? No era posible.

El comercio era ya tan pobre, que apenas se halla en los siglos medios
el nombre de una plaza espaola que se contase entre las concurridas y
ricas del mundo. La exportacin se reduca  algunas primeras materias,
y la importacin no era bastante para satisfacer las necesidades del
pas. Y siendo el mayor beneficio que nos brindase la Amrica ste del
comercio, tampoco supimos aprovecharlo; plantese un sistema inmenso de
monopolio que  un tiempo ataba los brazos de Europa y de Amrica,
daando tanto  la una como  la otra, sin favorecer  nadie en suma:
que es lo que suele suceder con tal gnero de errores.  Carlos V se
atribuye, si no la invencin, la ejecucin de tal sistema, que fu y ha
sido despus no slo espaol, sino europeo; pero como nacido aqu, fu
aqu, sin duda, donde mayores males produjo. Todo se volvi
prohibiciones, todo trabas y dificultades al trfico. El fisco tom
oficiosamente  su cuidado la riqueza pblica, y como suceder siempre
que tal cosa se intente, en lugar de favorecerla, la ahog en su cuna.
Entre otras cosas, se prohibi el hacer el comercio de Amrica  los
extranjeros, y slo pudo suceder que ni ellos ni nosotros lo
hicisemos, que no establecer un privilegio en provecho nuestro como se
pretenda.

Al comps que el sistema prohibitivo de Carlos V echaba las hondas
races en que le vemos sostenerse todava, brotaban preocupaciones
particulares no menos funestas que aquella otra gran preocupacin
econmica. Hbolas en todas partes; pero causas diversas, religiosas y
polticas, hicieron que ellas se afirmaran y duraran ms que en alguna
otra en Espaa. De ellas fu la amortizacin eclesistica, tan combatida
por algunos fueros y leyes espaolas de la Edad Media, tan favorecida
despus por la devocin exagerada de los vasallos, la tolerancia de los
reyes y la codicia de los clrigos, y ahora ms que nunca acrecentada.
No nos detendremos  examinar y encarecer los males de este gnero de
amortizacin; sabidos de todo el mundo, estudiados hasta la saciedad,
probados en la experiencia dolorosa de tantos aos, no hay ya lugar 
disputas ni serias controversias sobre este punto. Ser verdad que la
acumulacin de capitales en manos de comerciantes, industriales 
agricultores proporcione ventajas  las grandes empresas y acreciente la
produccin en ocasiones; mas no lo es de seguro que tal acumulacin
pueda haberla sin notorio perjuicio en manos de eclesisticos. Lo mismo
podemos decir de los pequeos mayorazgos y vnculos con que la gente
comn, mula en esto de los grandes, lo mismo que ellos haban sido
mulos de los reyes, at la propiedad  los posesores y la apart del
trfico y negociaciones fructuosas, reducindola verdaderamente  la
condicin de muerta, como deca su nombre. De tales preocupaciones fu
tambin, y acaso la ms funesta, el juzgar impropios de la nobleza y la
hidalgua la profesin del comercio y de las artes tiles, lo cual
amortiz por s solo los inmensos capitales que posean los grandes 
hidalgos y otros muchos de personas ricas que, vendindose los ttulos 
dinero, preferan comprarlos con l  emplearlos en cosa que les
deshonraba. Llegse  tener por ms digno el servir  las personas de
calidad que no el vivir con el trabajo propio en libertad y holgura.
Errores y preocupaciones todas que desde Carlos V han venido
perpetundose con diversas formas hasta nuestros das.

Felipe II, lejos de retroceder en la obra de su padre, la llev adelante
con su ordinaria tenacidad y empeo; uni el monopolio comercial  la
intolerancia poltica y religiosa: as fu la represin completa.
Prohibi la entrada de mercancas extranjeras, como si ya hubiera sido
posible estar sin ellas, y la salida del oro, como si pudiera
entretenerse  sus solas en nuestros mercados sin empleo alguno. Y es
que Felipe II, lo mismo que Carlos V, desconocieron los altos principios
que despus ha desenvuelto la ciencia econmica, y quiso la suerte que
ni siquiera por azar diesen con ellos, como aconteci en otras partes.
Porque  tientas fu; pero ello es que la paciente repblica de Holanda,
y la Inglaterra primero y luego la Francia dieron con ciertas verdades,
 las cuales debieron muchas ventajas. Como ejercitaban ya mucho la
industria; como no tenan por qu temer la competencia, sino ms bien
por qu buscarla; como carecan de otro medio de proporcionarse el oro
que no fuese el cultivo de las artes mecnicas y el trfico,  pesar de
los nuevos errores econmicos y de las nuevas preocupaciones, no dejaron
de labrarse una prosperidad duradera, mientras que los espaoles, sin
grande inters en la industria, sin medios de sostener por lo pronto
competencia alguna en los mercados, con oro en abundancia y esperanza de
tenerlo siempre y de tener ms cada da, dejaban tal camino casi
completamente abandonado.

Y juntando con esto el atraso antiguo de la Agricultura, producido por
la guerra de ocho siglos, la falta de brazos que comenzaba  sentirse
por la expulsin de los judos, las emigraciones voluntarias de los
moros, los destierros forzosos de muchos, las persecuciones del Santo
Oficio, la amortizacin civil y eclesistica y el sinnmero de soldados
que exigieron las dilatadas y sangrientas campaas del siglo XVI,
comprndese finalmente cun pobres y tristes deban ser  ltimos de l
aquellas provincias que estaban  la cabeza de tantos pases y hacan de
centro, de alma, de seor de todos ellos. Hasta nuestros das no ha sido
puesta en su punto de verdad esta situacin, obscurecida primero por los
cantos hiperblicos de los poetas rabes, y despus por el pomposo
patriotismo de los escritores castellanos. Aqullos, comparando nuestra
tierra con el frica, de donde solan venir, no podan menos de hallarla
muy bien cultivada y con grandes artes y comercio; y stos, que por lo
comn no haban salido de nuestra tierra, tampoco podan hallar en otra
ventaja alguna. Los extranjeros solan juzgarnos mejor en esta parte; y
los pocos que visitaron nuestro pas durante el siglo XVI, estn
conformes en que las Artes y la Agricultura y el interior del pas
presentaban entonces el aspecto miserable que han presentado hasta
nuestros das.

As la hacienda no pudo andar mejor en el siglo XVI de lo que anduvo en
los siglos medios; y acrecentndose cada vez ms los empeos del Estado,
se ocasionaron no pocas cuitas. Los Reyes Catlicos, no obstante que
incorporaron  la corona los maestrazgos, y que rescindieron muchas de
las donaciones de sus antecesores, y rescataron no poca hacienda
usurpada en otros reinados, murieron, primero el uno, el otro luego, sin
ver igualados los gastos con los ingresos. No osaron ellos acudir al
nico remedio que pudiera traer provecho al Tesoro, y era obligar 
contribuir  la nobleza y al clero en igual proporcin que  los
pecheros para los gastos del Estado. Mal era que, como la amortizacin
creca de hora en hora, iba tambin de hora en hora aumentndose. Carlos
V os llegar  l, pero no con la decisin y firmeza que convena; de
modo que apenas pas de intento. En tiempo de este Monarca comenz  dar
al Tesoro algn rendimiento el _quinto_ impuesto sobre el producto de
las minas de Amrica; ni tan grandes como se supuso, ni tampoco
bastantes para atender  los gastos de aquel belicoso reinado. Hay datos
para creer que en 1526 no montaron ms estos rendimientos que unos cien
mil ducados. Fu preciso, pues, que Carlos V impusiese grandes tributos
 sus Estados, sealadamente  los de Flandes, que por su industria y
prosperidad estaban ms para conllevarlos que los otros; causa de quejas
y reclamaciones por parte de los flamencos, que no poco influyeron en
los posteriores sucesos. Y vise aquel Prncipe tan estrecho en
ocasiones, que lleg  contraer emprstitos muy crecidos y hasta
fabricar copia de moneda de mala ley en escudos castellanos, segn
afirman graves autoridades.

Por lo mismo, al subir al trono Felipe II estaban las cosas de modo, que
su favorito Ruy Gmez de Silva hubo de decir  cierto enviado de nacin
amiga, que hallaba el reino _sensa prattica_, _sensa soldati_, _sensa
dennari_, palabras que han conservado ciertas memorias contemporneas.
Los usureros se llevaban ya buena parte de las rentas pblicas. Todo lo
que hubieran costado de ms la conquista de Granada, y la de Naples, y
la de Navarra, y las guerras de frica y de Alemania, se reuna  la
sazn en un capital inmenso que el Estado deba y que tiraba
crecidsimos intereses. Cierto embajador veneciano calculaba entonces
esta deuda en veinticinco millones de ducados. Aconsejronle al rey
Felipe la bancarrota; aconsejronle que fabricase moneda falsa;
aconsejronle, en fin, cuantas medidas, malas  buenas, pudo discurrir
la ciencia de los economistas de la poca. Pero con practicarse algunos
de tales consejos no cesaron los apuros. Las flotas de Amrica
comenzaron  venir ricamente cargadas; pero ms en provecho de los
particulares que del Rey, y de todas suertes, no venan, como se ha
dicho, tantas barras de oro y plata, sino para ir  pases extraos; con
que las provincias de Espaa no estaban por eso ms en estado de
soportar los tributos. Sigui la desigualdad en los contribuyentes; el
clero y la nobleza, que posean lo ms y lo mejor de la riqueza pblica
sin acudir apenas  los gastos del Estado, y los mseros pecheros
arrastrando solos tan penosa carga. Y entre tanto el Rey necesit dinero
para armar el ejrcito de San Quintn y de Gravelingas; necesitlo para
la guerra de Flandes, y para el equipo de la _Invencible_ y de la flota
que venci en Lepanto  los infieles; necesitlo, porque fuerza es
decir tales yerros, para crear las maravillas de El Escorial, que no
debiera en tiempos de tanta penuria, y para asoldar, que fu gasto menos
til que crecido,  casi todos los prncipes y cardenales y hombres
influyentes, movidos solo de tal estmulo  secundar sus planes.
Inventronse, entonces, impuestos sobre impuestos; las lanas
y las harinas y los objetos ms necesarios al consumo fueron
extraordinariamente cargados; ideronse servicios ordinarios y
extraordinarios, en alcabala y renta de millones. Y al propio tiempo se
dejaron de pagar muchos intereses en la deuda pblica; se hicieron en
ella reducciones arbitrarias y, por tanto, injustas; se alter, por fin,
como en tiempos antiguos, el valor de la moneda de oro, fatal recuerdo y
harto aprovechado en los reinados sucesivos, pesando tales disposiciones
sobre todas las provincias, y principalmente sobre Castilla, y
levantando grandes y justas quejas.

Fueron fundadsimas las de los particulares interesados en las flotas de
Amrica, que por espacio de cinco aos miraron sus caudales pasar 
manos del Rey, debajo de promesa de devolucin, que bien saban ellos
que no podan cumplirse, y de garantas ineficaces. Jams el derecho de
propiedad padeci mayor insulto, ni fu ms desconocido que con tal
despojo, solamente posible en tan desptico gobierno, como ya lo era el
de Espaa. Y fu lo peor que tamaas exacciones no trajeron ventaja
alguna  la hacienda, ni por eso se vieron ms desempeadas las rentas,
ni mejor atendidas las cosas. Espaa, deca el maestro Gil Gonzlez
Dvila, cabeza de tan dilatada monarqua, era la sola que por acudir 
la conservacin de tanto mundo estaba pobre, y ms en particular los
leales reinos de Castilla. El mismo rey Felipe escribi en cierta
ocasin al sabio consejero de Castilla, D. Francisco de Garnica,
pidindole cierto parecer, estas palabras: El remedio de lo que ahora
se trata, es el ltimo que puede haber; si ste se desbarata, mirad lo
que con razn lo sentir: vindome de cuarenta y ocho aos de edad y con
el prncipe de tres, dejndole la hacienda tan sin orden como hasta
aqu. Y dems de esto, qu vejez tendr; pues parece que ya la comienzo,
si paso de aqu adelante, con no ver un da con lo que tengo de vivir
otro. Frases que bien denotan el cuidado que daban al rey Felipe los
negocios de hacienda; pero que no han de causar asombro si se considera
que ya por los tiempos de D. Alonso el Sabio y de Enrique III, solan
pronunciarlas los reyes, no menos tristes y melanclicas, con la propia
ocasin y estmulo. Con todo, fuerza es observar que  medida que
pasaban los aos, juntndose apuros con apuros y acrecentndose los
presentes y prximos con los ms antiguos y lejanos, el peso de las
deudas iba hacindose ms grande, y mayor cada da la pobreza del
Erario. Peor era la situacin de la hacienda que  la muerte de Fernando
V,  la muerte de Carlos I; peor se mostr que  la muerte de ste,  la
muerte de Felipe II.

Con esto dejamos terminado nuestro objeto, que era sealar las causas
principales que influyeron en la decadencia y ruina de Espaa. Las hemos
hallado en ella desde los primeros tiempos coincidiendo con nuestras
prosperidades. Hemos visto tambin que ninguno de los prncipes que
imperaron entre nosotros durante el siglo XVI acert con los medios de
destruir  de aminorar en tanto como se pudo las llagas de la
Monarqua.

Pero si aquellos grandes reyes no hicieron todo lo que deban, tuvieron
hartas prendas para esconderlas de modo que no apareciesen  los ojos
extranjeros. Ellos hicieron til empleo las ms veces del poder de la
nacin, que era,  pesar de todo, muy grande, y aprovechndose de las
ventajas que ofreca el espritu de los naturales, su valor, su
sobriedad y el oro de Amrica y la muchedumbre de sus fortalezas y
provincias, vivieron y murieron grandes reyes. No de otra manera la Roma
de Augusto esconda en su seno las flaquezas que vinieron  destruir el
imperio de Honorio. Es que como nada hay perfecto en este mundo y los
grandes imperios, por lo mismo que tienen mayores fuerzas, suelen tener
mayores enfermedades que otros, necesitan precisamente de prncipes
ilustres que los gobiernen. Tales fueron en Espaa Fernando V, Carlos V
y Felipe II.

Tcanos decir, en adelante, cmo otros reyes ms desidiosos y menos
inteligentes, entregados  vergonzosas tutelas, dejaron que los ocultos
males de la Monarqua saliesen  la faz del mundo y que llegaran  ser
inmensos  irremediables. Ms de una vez la pluma ha de vacilar en el
propsito de seguir adelante, al inquirir y apuntar los hechos de esta
era desdichada; ms de una vez el rubor ha de manchar nuestras mejillas
y la ira ha de agitar nuestro corazn. Mseros reyes y ministros torpes
que cometieron todas las faltas de sus antecesores y no supieron
estudiar ni imitar ninguno de sus aciertos; movidos, prncipes y
sbditos, no de errneos pensamientos de religin  de poltica, sino
de la pereza del nimo  del deleite del cuerpo, de lujuria, vanidad y
codicia. Bien ha sido hacer alto en la severa y noble relacin de
Mariana y Miana antes de pasar  referir cosas tan diversas y tan
inferiores. Slo se echar ahora de menos la pluma con que pint Tcito
las vilezas de Galba y de Vitelio y la decadencia de la virtud romana.

[Ilustracin]




[Ilustracin]

LIBRO PRIMERO

SUMARIO

     De 1598  1610.--Principios del reinado de D. Felipe III.--Grandeza
     de la Monarqua.--Carcter del Rey.--El duque de
     Lerma.--Destituciones y nombramientos.--D. Rodrigo Caldern.--El
     marqus de Villalonga.--Nuevo modo de
     administracin.--Hacienda.--Poltica exterior.--Expedicin de
     Irlanda.--Paz con Inglaterra.--Conspiraciones en Francia.--Italia:
     el Marquesado de Saluces, la Valtelina, Final, diferencias entre el
     Pontfice y Venecia.--Flandes: Gobierno del cardenal Andrea, Orsoy,
     Rimberg, los prncipes alemanes, Bomel, ejrcito de los prncipes,
     rota de la Caballera holandesa. Llegan  Flandes la infanta Clara
     Eugenia y el archiduque Alberto, su Gobierno, batalla funesta de
     las Dunas, sitio de Ostende, Spnola, sus primeras campaas, motn
     de los soldados, su castigo, guerra martima, treguas.--Guerra con
     los infieles, el Archipilago, Tnez, Arauco.


EL da 13 de Septiembre de 1598, en fin, las campanas de El Escorial
anunciaron  los labradores humildes del contorno que, en la obscuridad
y desnudez de una de sus celdas, acababa de morir Felipe II. Y al eco de
aquellos taidos, comunicndose de gente en gente, se fueron
levantando, tmulos primero por el Rey difunto, luego tablados para
proclamar al Rey nuevo, por todos los reinos de la Pennsula espaola,
por el Roselln, Npoles, Sicilia, Miln, Cerdea, los Pases Bajos, el
Franco Condado, las Islas Baleares, Canarias y Terceras, por las plazas
espaolas  tributarias de la costa septentrional de frica, por Mjico,
el Per, el Brasil, Nueva Granada, Chile y las provincias del Paraguay y
de la Plata, por Guinea, Angola, Bengala y Mozambique, donde tenan
grandes establecimientos los portugueses, por los reinos de Ormuz, de
Goa y de Cambaya, la costa de Malabar, Malaca, Macao, Ceyln, las
Molucas, las Filipinas y todas las Antillas.

Jams en tantos y tan diversos pases se han alzado preces por un Rey ni
se ha proclamado por tal  otro, ni antes ni despus. La Monarqua
espaola era entonces la ms extensa que haya habido en el mundo; y aun
cuando la poblacin no fuese tanta como  tan dilatados dominios
corresponda, llegaba  nueve millones en slo los reinos de Aragn y
Castilla, y era numerosa en Portugal, Flandes, los reinos de Italia y
las colonias, pobladas en pocos aos de espaoles.

Frisaba en los veintin aos el rey Felipe III cuando sucedi  su
padre. En tan corta edad pocos hombres habran sido capaces de atender 
las vastas necesidades de la Monarqua; y el nuevo Prncipe no era de
ellos, por cierto. Tmido de natural, de fcil imaginacin y fras
pasiones, criado luego en el retiro y las prcticas de devocin, sin
otra amistad y compaa que el conde de Lerma, que se amoldaba
maosamente  sus gustos piadosos y los favoreca con su hacienda y
consejos, cuando lleg  verse en el trono fu su primer cuidado el
desprenderse del peso del Gobierno y depositarlo en los hombros del
favorito.

Cuntase que Felipe II se quej en muchas ocasiones de la incapacidad de
su hijo para el gobierno, principalmente con el archiduque Alberto, el
que cas con la infanta Isabel Clara Eugenia, que era su confidente y
amigo. Tambin previ muy temprano que aquel conde de Lerma,  quien l
propio haba designado para que entrase en la servidumbre del Prncipe,
vendra  ser con el tiempo el rbitro de Espaa. Pero ni supo remediar
con una educacin sabia los defectos naturales del hijo, ni logr privar
al favorito de su ascendiente sobre l, aunque lleg  intentarlo. Acaso
el ejemplo fatal del prncipe Carlos, acrecentando en el nimo del Rey
los recelos naturales de su carcter, le movi  dar una educacin
humilde y monacal  su hijo en los primeros aos. Y cuando quiso que
comenzase  tomar parte en las deliberaciones y negocios del Estado,
para disponerle  las altas obligaciones que le esperaban en el mundo,
ya era tarde. Cre un Consejo de Estado, donde se examinaban dos veces
por semana los negocios ms arduos, bajo la presidencia del Prncipe, y
ordenbale luego  ste que le hiciese relacin de lo tratado, de la
resolucin tomada y de las razones en que ella se fundaba. Pero el
Prncipe, tmido siempre y silencioso, ni di nunca un parecer, ni supo
hacer relato alguno  su padre. Ni siquiera os elegir esposa  su
gusto: mostrronle retratos de tres princesas, y apenas fij en ellos
los ojos; aguardse intilmente su resolucin, y al fin, muertas dos,
hubo de casarse con la tercera, que era Doa Margarita de Austria.
Casto, limosnero y devoto, di  conocer el nuevo Prncipe desde los
principios que limitaba sus intentos  ser buen catlico, y la muerte
le di hartas treguas al Rey prudente para que viese desde su dolorosa
silla que el conde de Lerma vena  heredar sus pensamientos y sus obras
y  disfrutar de su poder. Hbolo de llorar, tanto porque saba que los
favoritos, por buenos que fueran, haban de traer consigo la ruina del
Estado, como porque  su gran penetracin no poda esconderse que el de
Lerma no era hombre de prendas ni de aptitud para tan alto empleo.

Era D. Francisco Gmez de Sandoval y Rojas, marqus de Denia y Conde 
la sazn de Lerma, palaciego hbil y hombre de negocios activo y
diestro, mas no profundo poltico, ni administrador inteligente como
Espaa necesitaba. Ambicioso, desconfiado, suspicaz, poco cuidadoso de
la propia hacienda y largo en recoger la ajena, acostumbrado  los
medios pequeos y  las pequeas cuestiones, no acert  remediar uno
solo de los males de la Monarqua, ni hizo ms que empeorarlos al mismo
tiempo en que favoreca prdigamente su casa y persona. Muy desde los
principios pudieron notarse tales calidades. Comenz trocando su ttulo
de Conde por el de Duque de Lerma. Luego ech del lado del rey  su
preceptor D. Garca de Loaisa, ahora Arzobispo de Toledo, y al
Inquisidor general D. Pedro Portocarrero, y muertos, uno primero,
despus otro, por enfermedad de clera y desengaos, puso en su to don
Bernardo de Sandoval y Rojas entrambas dignidades. Los ministros de
Felipe II, Cristbal de Moura, el conde de Chinchn y Francisco de
Idiquez, hombres todos ellos de mejor  peor nimo, pero muy
experimentados en los negocios y muy tiles para el despacho, bien
dirigidos, fueron alejados de la corte con pretextos ms  menos
honrosos, y en su lugar entraron deudos del privado. Salvronse del
general naufragio Juan de Idiquez y el marqus de Velada, mas por
encogimiento y poca estima, que no por virtud y fama; pero no Rodrigo
Vzquez, presidente del Consejo de Castilla, varn de virtud antigua,
aunque de corazn duro y severo, grande estorbo  liviandades. En lugar
de este entr el conde de Miranda, tibio defensor de los derechos de
aquel Consejo insigne, amigo del placer y del oro que lo proporciona,
hombre en todo  gusto del favorito.

Di este en el arte, sobradamente cultivado despus, de repartir los
empleos pblicos por salario y paga de los servicios que  su persona se
prestaban, y as llen con sus deudos y hechuras todos los virreinatos,
y puestos de importancia. Poco despus comenz  venderlos,  introdujo
an la daosa costumbre de conferirlos por gracia  venta antes de que
vacasen, con que comenzaron  verse en cada uno dos dueos, el que lo
posea y otro que esperaba  que este muriese para disfrutar de tan
extrao don  mercanca. Por aqu comenz la corrupcin que  tan
lastimosos extremos lleg los aos adelante.  ejemplo de su principal,
los secretarios y ministros que lo servan, y sealadamente D. Rodrigo
Caldern, que de paje suyo lleg hasta  hacerse dueo de su confianza,
comenzaron  vender cuanto pasaba por sus manos. Cundi pronto el dao:
vironse ministros que haban servido honradamente por largos aos en el
reinado antecedente, hacerse culpables de todo gnero de cohechos y
desmanes. Fu notable entre otros el ejemplo del conde de Villalonga, D.
Pedro Franqueza, secretario del estado de Aragn, que en treinta y seis
aos con Felipe II no tuvo nota, y metido luego al manejo de la hacienda
con D. Lorenzo Ramrez de Prado y otros favorecidos del duque de Lerma,
en poco tiempo llegaron  tanto sus concusiones y escndalos, que el
mismo Duque se espant de ellos, prendile, y hallndose contra l en su
proceso hasta cuatrocientos setenta y cuatro cargos, le dej morir en la
crcel. Publicronse pragmticas contra los cohechos que en el duque de
Lerma que las ordenaba eran hipocresas. El hecho era que los virreyes y
gobernadores de las provincias pagaban por llegar  serlo subsidios muy
gruesos al privado y sus amigos, y que las provincias mismas los pagaban
para obtener justicia, con que en todo intervino el oro en adelante. Y
entre tanto los cargos que podan acercar al Rey personas que no eran de
su devocin, suprimalos el de Lerma  los acumulaba en su persona, para
evitar que se le suscitasen mulos y oposiciones. Aun los Consejos del
reino comenzaron  estorbarle: el de Castilla, el de Hacienda, el de
Indias, el de la Guerra y los llamados de Italia, Flandes, Aragn, de
las Ordenes, de Inquisicin y de Cruzada,  cuyo cargo estaba la
administracin de los negocios pblicos, principalmente en los cuatro
primeros, y la gobernacin de las provincias; porque con el respeto que
inspiraban y la noble entereza de los magistrados que solan
componerlos, no era posible que l pudiese llevar  trmino ciertos
abusos y desmanes.

Entonces naci aquel sistema funesto de juntas particulares formadas
para resolver todos los negocios en que tena inters el favorito, con
individuos sacados y escogidos en todos los Consejos de entre sus
criaturas, y los magistrados, pocos an, que por flaqueza  infamia
estaban  su devocin y mandado. No satisfecho an con tal cmulo de
poder y tanta independencia, puso impedimentos  la comunicacin, antes
libre, de la familia real, no fuese que en ella se levantase alguno que
quisiera quitarle  compartir el poder con l. Ofendise tanto la vieja
emperatriz Mara, hermana de Felipe II y ta del prncipe reinante, que
estaba en Madrid en el convento de las Descalzas Reales, y comenz 
mostrar su desagrado de tal suerte, que  creer algunas memorias del
tiempo, por huir de ella fu el trasladar la corte  Valladolid, como en
efecto se traslad corriendo el ao de 1600, y estuvo all cinco aos.
Sea de esto lo que quiera, ello es que la influencia del favorito no se
merm en lo ms mnimo con el despego de la familia real, y que llev
sus celos y su audacia hasta el punto de sealar lmites  las
relaciones del Rey con la Reina su esposa; hecho increble en otro
ministro que el duque de Lerma y con otro Rey que Felipe III. Con esto y
con poner de confesor del Rey  un fray Gaspar de Crdoba, hombre de
vulgar inteligencia y bajos intentos, sin ambicin ni destreza, asegur
completamente su dominacin; y as l solo desde su casa con sus
secretarios y ministros particulares, su favorito y corte, haciendo de
ella archivo de todos los papeles importantes, y palacio de todas las
solicitudes, comenz  disponer del Estado  su antojo, mientras que el
Rey en el despacho no haca ms que practicar bien y minuciosamente sus
devociones.

Cules fuesen las conveniencias de la Monarqua, dejmoslo atrs
explicado. Era preciso sobre todo organizar la Hacienda, obra  la cual
haba consagrado sus ltimos aos Felipe II, aunque no con mucho xito
por las circunstancias que le acosaron. Y como principal remedio de la
penuria del Tesoro, y como fundamento de las mejoras que tanto
necesitaban la Agricultura y Comercio, y las atrasadas artes del pas,
era indispensable el reposo, la paz que sabiamente busc Felipe II en el
tratado de Vervins. Ni una cosa ni otra se supo alcanzar. Y malos
principios eran para lograr lo primero, el invertir en las fiestas que
se hicieron en Valencia al recibir  la reina Doa Margarita, que vino
por Italia  juntarse all con su esposo, no menos que un milln de
ducados que hacan harta falta en Flandes y en otras partes, para
atender al Ejrcito y Armada, y ms an para pagar los prstamos y
deudas, que mientras ms se dilataban ms consuman las rentas de la
Monarqua. Despleg adems el duque de Lerma un lujo como de Monarca en
sus cosas propias, y muy grande tambin en las cosas del Estado, desde
los primeros aos de su administracin. Gast l de por s trescientos
mil ducados en Valencia, al propio tiempo que le haca gastar un milln
al Erario, y envi desde luego gruesas sumas al Emperador y  otros
prncipes para prevenirlos en favor de su poltica.

Reunironse las Cortes de Castilla en el mismo ao de 1598 en que
comenz el nuevo reinado, y propsose en ellas la gran estrechez y
empeo del real patrimonio, y en comprobacin de lo mismo se presentaron
dos relaciones del valor de todas las rentas del reino, por donde se vi
que las fijas no pasaban de cuatro millones, y que las dems, que
estaban encabezadas y arrendadas, importaban cinco millones seiscientos
cuarenta y cinco mil seiscientos sesenta y ocho ducados. Unas y otras
estaban empeadas y enajenadas, de suerte que no poda el Estado
valerse de ellas. Entonces se establecieron las _sisas_, que despus
fueron conocidas con el nombre de _servicio de veinte y cuatro
millones_. Poco hubieron de arbitrar estas primeras Cortes para los
grandes gastos y prodigalidades del duque de Lerma, cuando en 1600 se
convocaron nuevas, las cuales consintieron en desembarazar y desempear
las rentas reales, tomando  cargo del reino un censo de siete millones
y doscientos mil ducados, y concediendo al propio tiempo un servicio de
diez y ocho millones de ducados en seis aos,  tres por cada uno, para
pagar el principal  intereses de aquella deuda. Prefiri de esta suerte
el reino  admitir nuevos tributos   acrecentar los antiguos, el tomar
sobre s las deudas de la Hacienda y desempearla, como con efecto se
desempe. Pero no se logr con esto el propsito; porque continuando la
mala administracin de la Hacienda, hallse esta de nuevo empeada en
doce millones que se deban  hombres de negocios, los cuales tiraban
muy grandes intereses, sin contar las deudas de juros situados y
sueltos, con que fu preciso pedirles  las Cortes, otra vez reunidas en
1607, que otorgasen el servicio de millones para esto, y la paga de toda
la gente de guerra de dentro y fuera del reino, armada, fortificaciones
y gastos de la corte. Tambin los procuradores vinieron en concederlo.
As votaron diez y siete millones y medio en siete aos,  dos y medio
por cada uno. Por ltimo,  los judos portugueses se les oblig  pagar
dos millones cuatrocientos mil cruzados, por manera de multa  castigo
de sus apostasas.

Cargbanse los impuestos, parte sobre el consumo de ciertos artculos de
necesidad para la vida; parte en censos sobre los propios de los
pueblos: aadidos  los ordinarios y antiguos, que eran ya muy pesados,
causaron muchas lstimas y miserias en Castilla. No tuvieron mejor
suerte las dems provincias: en todas se impusieron ms contribuciones
de las que buenamente podan soportar, aadindolas  las que ya pagaban
en los reinados anteriores. Slo Vizcaya tuvo valor para resistir
(1601), y eso en mengua de la Monarqua, porque no se neg  pagar los
nuevos impuestos, alegando el inters comn y general de los pueblos,
sino slo sus propios fueros y exenciones. Cedi Felipe III  las
reclamaciones enrgicas de Vizcaya por consejos del favorito, y escribi
una carta  la provincia, revocando su determinacin y confirmando todos
sus privilegios antiguos: que fu perder los recursos con que ya se
contaba y perder  la par mucha parte de su dignidad el Gobierno,
retardndose ms y ms la necesaria y deseada unidad de la Monarqua.

Mas no bastaron las nuevas contribuciones y recursos ordinarios para
apagar la sed del Tesoro, y lo dems que se imagin fu de poca eficacia
y muy ruinoso. Alzse el valor de la moneda de cobre (1603), lo cual
hizo que los comerciantes extranjeros se apresurasen  inundar de cobre
nuestros mercados, llevndose en cambio mayor cantidad de plata de la
que el cobre vala, con que se perdieron muchos millones en aquella
operacin disparatada, adems del crdito. Y no fu esto slo, sino que
tal especie de moneda se acrecent  punto de entorpecer las
transacciones. Durmise tanto el Gobierno, que en vez de hacerlo
consumir, acrecent las licencias de acuarlo, y contempl impasible el
continuo arribo de bajeles que vaciaban en las costas espaolas aquella
moneda vil de que venan cargados, retornando llenos del oro y plata de
Amrica. Poco antes de esta alteracin de la moneda, sonaron intentos
misteriosos sobre la plata labrada, que en gran copia tenan los
particulares y principalmente las iglesias, los cuales no llegaron 
realizarse (1602), pero pusieron en no poca tribulacin y descontento
los nimos. La expoliacin y la violencia del fisco tocaba as ya en los
mayores extremos. El duque de Lerma no acertaba con otros medios para
llenar el vaco de las arcas pblicas. Claramente se vea que el ms
eficaz era la economa en los gastos y en la administracin; pero esto
cabalmente no quera practicarlo el favorito. As fu que desde los
primeros aos del reinado de D. Felipe, que vamos relatando, la Hacienda
pblica se vi en mayor pobreza que hubiera sentido hasta entonces.
Faltan documentos originales para determinar su verdadero estado; pero
en una memoria presentada al rey de Francia, Enrique IV, por sus espas
en Espaa, cuando meditaba sus grandes proyectos de guerra contra la
casa de Austria, se leen datos curiosos, que si no del todo exactos,
puede creerse por el objeto que se acercaban bastante  la verdad.
Asegurbase que las rentas de la corona, prescindiendo de las de
Portugal, llegaban  quince millones seiscientos cuarenta y ocho mil
ducados; pero que en 1610 estaban ya todas empeadas en ocho millones
trescientos ocho mil quinientos ducados,  pesar de los esfuerzos y
sacrificios de las Cortes de Castilla, que cada ao concedan nuevos
subsidios. Las rentas de las Baleares, Npoles, Miln, Sicilia y Flandes
no bastaban para su administracin y defensa; y slo las provincias de
Espaa, y ms que ninguna, Castilla, conllevaban aquella carga inmensa
capaz de agobiar  los pases ms prsperos.

Sin embargo, el duque de Lerma no hizo lo que deba por mantenernos en
el reposo  que prudentemente nos haba trado Felipe II. Sin ser de
carcter tan emprendedor y belicoso como otros ministros que antes y
despus tuvo por aquellos siglos la Monarqua, pag tambin algn
tributo al orgullo nacional, y se lanz sin reparo en nuevas
expediciones y aventuras. Para prolongar la lucha ya irrevocablemente
resuelta del catolicismo contra la reforma, continu pagando las
pensiones cuantiosas que en tiempo de Felipe II reciban con el propio
objeto los catlicos de Inglaterra y Alemania y los descontentos de
Francia. Aprobaba la poltica de la poca, harto imbuda en las mximas
que revel Maquiavelo, semejante sistema de hostilidades; y Felipe II lo
emple contra sus enemigos polticos, como ellos lo emplearon contra l
en Flandes y en otras partes. Pero pasadas las ocasiones de guerra,
cuando la reforma estaba consumada en Inglaterra y Alemania, dada por
imposible su conversin por las armas y hecha la paz con Francia, ni
eran necesarias tales pensiones, ni pareca siquiera sensato el
continuarlas pagando. El duque de Lerma las mantuvo, sin embargo, como
estaban, porque aspiraba an  levantar el catolicismo en Alemania y en
Inglaterra,  desmembrar cuando menos  la Francia y  dominar en
Italia. Por locos que parezcan tales pensamientos, no hay que culpar de
ellos al duque de Lerma solamente: justo es decir que dominaban en
muchas personas de cuenta, y en no poca parte del pueblo, que habindose
criado en las grandezas de Carlos V  en las altas empresas de Felipe
II, juzgaban  la nacin capaz de tanto todava. Faltle al favorito
firmeza de nimo y una conciencia de su deber bastante ilustrada para no
ceder  las exigencias insensatas del orgullo nacional; que bien pudo
despreciar por esta parte sus murmuraciones, quien saba despreciarlas
en cosas menos injustas, y que ms heran su honra. Hubirale ayudado en
ello el clamor de los muchos que ante todo pedan algn alivio en sus
miserias. Ni era aquella la ocasin de pensar en altas empresas, ni era
l hombre para llevarlas  cabo; y acontece en las cosas polticas que
lo que en tal hombre y en tal da es grande y digno de aplauso,  cuando
menos de respeto, parece ridculo en otra ocasin y en otras manos.

Los temporales solamente pudieron impedir que la _Invencible_ destruyera
el poder del protestantismo ingls; mas las empresas que intent contra
aquella nacin el ministro de Felipe III llevaban la destruccin en s
mismas y en su propia pequeez  impotencia. Mand una expedicin en
favor de los catlicos de Irlanda que estaban haca tiempo en armas
contra la metrpoli (1602), donde apenas se contaran seis mil hombres
de desembarco gobernados de D. Juan del guila, capitn criado en la
escuela del duque de Alba, y luego Maestro de campo debajo del prncipe
de Parma, valerossimo y prudente. Desembarc esta gente y se apoder de
Baltimore y de Kinsale. Desde all envi guila un escuadrn de dos mil
espaoles, al mando de su segundo Ocampo,  que se incorporase con las
fuerzas del conde de Tyron, caudillo principal de los rebeldes.
Hallbanse stos muy disminudos y desalentados con las derrotas que
haban padecido antes de llegar los espaoles; de suerte que solo se
reuniran con los nuestros unos cuatro mil soldados. Montjoy, Virrey de
la isla, lleg con el ejrcito ingls y encontr al conde de Tyron y 
Ocampo no bien haban logrado reunirse. Trabse al punto un combate, en
el cual los nuestros hicieron prodigios de valor y mantuvieron por largo
espacio indecisa la victoria: con todo fueron vencidos. Las tropas
allegadizas y tumultuarias de los irlandeses, con pocas armas y menos
disciplina, no supieron resistir y abandonaron el campo, y solo los
nuestros perdieron ya intilmente ms de dos mil doscientos hombres.
Ocampo y muchos de sus oficiales quedaron prisioneros.  estas nuevas,
D. Juan del guila, sitiado por mar y tierra, se vi con el resto de la
gente forzado  capitular. Estipul ante todo el capitn espaol que se
dara una completa amnista  los habitantes de Baltimore y de Kinsale
que haban prestado muy buena acogida  los nuestros; y luego que una
escuadra inglesa conducira  Espaa sus tropas con toda la artillera,
municiones y efectos desembarcados.  todo accedi el Virrey, que,
habiendo visto pelear  los nuestros, contbase por feliz con que  tan
poca costa dejasen la tierra. El conde de Tyron tuvo entonces que
someterse  la reina Isabel; mas no juzgndose seguro en Inglaterra, fu
 acabar sus das en Roma.

Muri  poco Isabel de Inglaterra, y con su muerte abrironse de nuevo
los tratos de paz tantas veces comenzados; mas ahora llegaron 
terminarse por la buena voluntad del rey Jacobo y de sus ministros que
en todo se pusieron de parte de Espaa. Hubo primero que resolver
cuestiones de etiqueta muy graves para aquel tiempo. No sabiendo en qu
orden haban de sentarse los embajadores, se imagin ponerlos en
derredor de una mesa redonda. La paz fu ventajosa, y an por eso se
dijo que el rey Jacobo era de corazn catlico, y que  sus ministros
para que favoreciesen nuestros intereses y la poltica de Espaa, los
gan el duque de Lerma con dinero. Si esto fu cierto, bien puede
causarnos maravilla la venalidad de los ministros extranjeros de aquel
tiempo, porque en todas partes hallaba nuestra poltica tales ayudas.
Adese que el primer intento del duque de Lerma despus de las paces,
fu incitar  la Inglaterra contra Francia, formando una liga con
aquella potencia para devolverle las provincias que haba posedo en
otro tiempo y repartir el resto en varios dominios, los unos libres, los
otros dependientes de Espaa. Sacrificbase aqu, si fu cierto, el
inters catlico al gran inters poltico y de conservacin de la
Monarqua, cosa rarsima verdaderamente en nuestra corte; pero la traza,
as como imaginada en los das de Felipe II y de la reina Mara, pudiera
haber sido de efecto, no poda serlo entonces de modo alguno, porque
Francia estaba ya libre de disensiones, y harto flaca Espaa para
soportar los empeos de tamaa empresa. No se intent al fin, acaso
porque no se prestase el pacfico Monarca ingls  entrar en la liga, y
comenz el Duque  tramar conjuraciones dentro de Francia.

Descubrise la ms extensa y mejor combinada de ellas,  cuya cabeza
estaba el Mariscal de Byrn, uno de los mayores capitanes de Enrique IV,
y en la cual tom parte muy principal el duque de Saboya. El Mariscal
fu condenado  muerte, y ejecutado en la Bastilla, y la conspiracin
qued frustrada. Fontenelles, de noble familia de Bretaa, tuvo despus
la propia suerte por haber querido entregar el fuerte de Donarnens 
Espaa, y diez  doce personas ms de las principales de la provincia
fueron por el mismo motivo decapitadas. Ahora los intentos de nuestro
Gobierno se encaminaban principalmente  tomar  Marsella, cosa que tan
fcil hubiera sido en otras ocasiones; y si la conjuracin del Mariscal
de Byrn hubiera alcanzado buen xito, estaba ajustado que viniese 
nuestro poder. Frustrada aquella trama, se imagin otra que no tuvo
mejor suerte. Luis de Alagn, barn de Mairargues, que mandaba las
galeras de Francia en el puerto de Marsella, y al propio tiempo era uno
de los magistrados municipales de aquella plaza, se ofreci  ponerla en
manos de los espaoles. Supo tambin su intento el Gobierno francs, y
perdi la cabeza en el cadalso. Pero aun esto no contuvo la venalidad en
Francia: porque pocos das despus fueron ajusticiados en Tolosa dos
hermanos que iban  entregar las plazas de Narbona y Leucata al
Gobernador del Roselln. Emple Espaa sin fruto en tales intentos
crecidas cantidades, que vinieron  recargar dolorosamente el exhausto
Erario.

Algo mejor librados salieron en Italia los intereses polticos y
religiosos de nuestra corte, mas no por virtud del duque de Lerma. El
Papa Clemente VIII, nombrado rbitro por el tratado de Vervins entre
Francia y el duque de Saboya que pretendan  un tiempo el Marquesado de
Saluces (1601), adjudic estos Estados al Duque, mediante alguna
indemnizacin al francs, merced al influjo de Espaa que no quera que
por aquel territorio tuviese su rival entrada libre en Italia.

Quien tuvo la mayor parte en el buen xito de tales negociaciones fu D.
Pedro Enrquez de Acebedo, conde de Fuentes, que del Gobierno de Flandes
haba venido al de Miln. Era el Conde discpulo del duque de Alba[16].
Precibase de tener sus mismos sentimientos y de observar la propia
disciplina que l. Sagaz, altivo y fastuoso, despreciador de todos los
hechos militares que no fuesen los suyos, y de otra nacin  potencia
que no fuese Espaa, lleg  influir de un modo poderoso y decisivo en
los negocios de Italia. El ech all los fundamentos de la poltica
hbil que,  pesar de todos los desaciertos y miserias de la corte,
mantuvo por Espaa el Milanesado hasta la muerte de Carlos II. Fu el
primero en comprender la importancia de la Valtelina para la
conservacin del Milanesado, porque pona en comunicacin esta provincia
con los Estados del Emperador, natural aliado y amigo de Espaa.
Propuesto desde entonces  que fuese nuestro aquel territorio, levant
un fuerte en los confines del Milans y de la Valtelina, al que llam de
su nombre, _fuerte de Fuentes_, y comenz  ganarse los nimos de los
naturales. No tard en apoderarse del Marquesado de Final, posedo por
Alejandro Caretto, anciano octogenario que no dejaba sucesin.  la
verdad, sobre estos Estados poda alegar ciertos derechos Espaa; mas su
conveniencia y su fuerza fueron los verdaderos ttulos en que se fund
la conquista. El dominio de Final era tambin importante para la
conservacin del Estado de Miln, porque en su puerto podan desembarcar
nuestras flotas y mantenerse, por l,  la par que por Mnaco, la
comunicacin con Espaa. Poco despus estallaron grandes diferencias
entre el Pontfice Paulo V y la Repblica Veneciana (1606), con motivo
de haber sometido aqulla  los tribunales civiles las causas de varios
eclesisticos. Y llegando el asunto  trance de guerra, tom nuestra
corte la defensa del Papa: previno el de Fuentes un ejrcito, y los
venecianos no osaron medirse con l y se avinieron con la corte de Roma.
Ningn suceso fu tan agradable como ste  los ojos del rey Felipe y
aun  los del vulgo, porque l haca representar  la Espaa el papel de
cabeza y amparo del catolicismo que tanto ambicionaba. Y, sin embargo,
dise con l un ejemplo funesto, por dicha no repetido ms tarde, que
fu sostener con las armas las pretensiones, no ya dogmticas, sino
disciplinales de la corte de Roma, contribuyendo  que la potestad
temporal en una nacin independiente quedase vencida por la potestad
espiritual, y no en discursos ni negociaciones, sino por medio de las
armas: hecho harto ms catlico que prudente ni poltico,  no ser que
fuera el propsito del hbil conde de Fuentes y del de Lerma, humillar 
los venecianos nuestros naturales enemigos.

     [16] BENTIVOGLIO, _Memorias_.

Mas el punto adonde mayormente inclinaba su atencin la corte eran las
provincias de Flandes. Porque no obstante que el rey D. Felipe II haba
cedido el dominio de aquellos Estados, de suerte que ya no componan
parte de la Monarqua, continuaba la guerra con la propia obstinacin
que antes, mantenida de un lado por las provincias unidas con el nombre
ya de Repblica de Holanda, y de otro por las armas espaolas que
ocupaban an las plazas y lugares en defensa y proteccin de los
derechos de la infanta Isabel Clara y del archiduque Alberto.
Malogrronse con esto muchas de las esperanzas que haba dejado nacer la
cesin de aquellos Estados, pues no pareca razn que por cosa que no
la perteneca mantuviese la nacin tan costosa guerra. Pero de una
parte los holandeses se mostraban tan soberbios y tan poco inclinados 
la paz, que pareca afrenta el dejar la guerra; de otra parte la manera
con que se haba pactado la cesin, constituyndonos en protectores de
la nueva soberana y haciendo  esta feudataria de nuestra corona, nos
obligaba  su defensa; y, por ltimo, y ms que todo, el rey Felipe III,
lleno de religioso celo, y su ministro, arrastrado por temerarias miras
de engrandecimiento, ni queran ajustar paces con tan aborrecidos
herejes, ni renunciaban an  avasallarlos, ni se prestaban de buena
voluntad  abandonar del todo aquellas provincias, contando con que si
no tenan sucesin los prncipes haban de volver  sus manos. Error
este notable, porque lo que se propuso sin duda Felipe II, y lo que
convena  la nacin, era apartarse de guerra tan intil y costosa con
algn honroso motivo, y no poda haberlo mayor que aquel para lograr,
tarde  temprano el intento. Fuera del pas las tropas espaolas y el
Archiduque y la Infanta entregados  sus fuerzas naturales, habran
logrado sin duda mantenerse en l  la sombra del Rey de Espaa y del
Emperador, haciendo treguas  paces con los holandeses mucho antes que
se hicieron y quizs con ms ventajas. No se sigui este buen consejo, y
vino  acontecer que la cesin no aprovechase de nada.

Mientras el Archiduque y la Infanta estaban en Espaa se puso el
Gobierno de aquellos Estados  cargo del cardenal Andrea, hijo de la
casa de Austria y deudo de entrambos. Era el Cardenal hombre de no
escaso entendimiento y esfuerzo, y supo administrarlos con celo, ya que
no con mucha fortuna. Resolvise bajo su consejo y mand sujetar 
castigar  las ciudades alemanas del Rhin que por ser protestantes
solan ofrecer ayuda y resguardo  los holandeses. El Almirante de
Aragn, don Francisco de Mendoza, hermano del duque del Infantado y
Capitn general de la Caballera, en quien recay el mando del ejrcito,
pasada muestra de las tropas que montaban  20.000 infantes y 2.500
caballos, tom la vuelta de Geldres, rindi  Orsoy y otros castillos
sin mucho trabajo, y de all se fu  poner sitio en Rimberg, ciudad
importante y fortalecida. Plantronse las bateras por tres partes y se
comenz  batir la plaza con mucha furia, porque se tema que los
enemigos viniesen al socorro. No di tiempo  tanto la defensa, porque
habiendo cado una bala de can en ciertos barriles de plvora, se vol
toda con gran estrpito y muerte de muchos soldados y burgueses, lo cual
caus tal confusin y espanto, que al punto determinaron rendirse 
partido. Tomada Rimberg, guarneci el Almirante algunos lugares para
dejar afirmadas las espaldas, y en seguida pas el Rhin con sus tropas.
Arrimse  Wesel, ciudad imperial, pero hertica, para poner en ella
guarnicin; y los vecinos con gruesa contribucin primero, y luego
restituyndose falsamente al culto catlico, obtuvieron que se
desistiese de tal intento. Despus trat de acometer  Desborech; pero
el conde Mauricio, que acudi al socorro de aquella plaza, supo
estorbarlo. Ms felices fueron los nuestros delante de Doetecon, villa
cercana y no tan fuerte, y eso que, al encaminarse all la Caballera
espaola, recibi algn dao de los enemigos emboscados al paso. En
tanto el invierno vena ya bien entrado en aguas y fros, de manera que
no se poda campear en aquel pas. Esto y la falta de vituallas y
forrajes, determin al Almirante  dar cuarteles  su ejrcito sin
hacer ms daos en los contrarios. Fu, pues, la campaa por dems
infecunda y no conforme con las esperanzas que hubo al emprenderla.

Pero anduvo an ms desacertado el Almirante en el alojar el ejrcito
que en la campaa. Habale mandado el cardenal Andrea que se alojase por
amor  por fuerza en tierras de enemigos. Comprendilo el Almirante, de
suerte que envi y distribuy las tropas por Munster, Westfalia y otras
provincias de la jurisdiccin del Imperio. Negbanse los naturales, como
era justo,  recibir  los espaoles; mas stos, en cumplimiento de las
rdenes de su general, se hicieron abrir  viva fuerza las puertas de
los lugares y se alojaron en las casas de los moradores. Quejronse los
prncipes del Imperio, pusironse en armas las ciudades, y negaron los
naturales vituallas y auxilios de todo gnero, tratando  los nuestros
como enemigos; mas  medida de la necesidad y de los malos tratos que
padecan doblaban su rabia los soldados para usar del rigor,
parecindoles tambin, como dice un cronista, que no era ninguno el que
tenan con aquella gente brbara y tan grandes herejes. Dise ocasin 
que, acudiendo el conde Mauricio en socorro de algunas de las ciudades
imperiales, tuviesen que salir de ellas por fuerza las compaas
espaolas. Los prncipes alemanes hablaban entre tanto de declarar la
guerra al Rey de Espaa y de venir con ejrcitos formados  echar al
Almirante de sus tierras. Calmaba sus mpetus el Emperador, muy obligado
 la Espaa. Procuraba tambin el cardenal Andrea sosegar  los pueblos
asegurndoles que pronto se retirara de ellos el ejrcito; mas no por
eso se acall el descontento que hubo de estallar ms tarde en los
prncipes, y en los pueblos sigui produciendo grandes contiendas. La
gente espaola y alemana del ejrcito catlico, mal pagada y peor
servida, no ces en sacar contribuciones forzosas y en tomar cuanto les
faltaba de la hacienda de los naturales sin reparo alguno.

Al fin se pas el invierno en tales trabajos, y en la primavera del ao
siguiente volvi  ponerse el ejrcito en campaa. Antes el Cardenal
junt dinero entre los mercaderes con que pagar  ciertos soldados que
haba amotinados en Amberes y otras plazas, y procur reunir cuanto
necesitaba el ejrcito para emprender de nuevo la guerra. Los enemigos
eran grandes y temibles. De una parte los holandeses mostrbanse ms
obstinados y ms poderosos que nunca en paz y en guerra. De otra parte,
los prncipes protestantes del Imperio, teniendo en el corazn los
pasados disgustos, no hacan ms que allegar soldados y armas con que
daban  sospechar lo que hicieron ms adelante; y adems el Rey de
Francia,  pesar de las recientes paces, no cesaba de hostilizar debajo
de mano nuestras tierras, ya entrando en inteligencias con algunas
plazas del Artois para apoderarse por traicin de ellas, ya atendiendo 
tomar tambin por inteligencia la plaza de Cambray, ya permitiendo que
hiciesen los enemigos grandes levas de gente en sus Estados, no tan
secretamente que no fuese sabido de todo el mundo, ya, en fin,
prestndoles grandes sumas de dinero y armas. Ni faltaban como siempre
socorros de Inglaterra  los holandeses tanto en hombres como en dinero.
 todo haba que atender y con pocos recursos, porque eran tardos y no
suficientes los que dejaba venir de Espaa la penuria de la Hacienda.
Malogrronse los tratos que tenan los catlicos para apoderarse de
algunas plazas rebeldes, y padecimos un descalabro antes de comenzar la
campaa. El conde de Busquoi, Gobernador de Emerique, habiendo cado en
una celada que le pusieron los enemigos, fu herido y preso con muerte
de los que le acompaaban.

Abrise aquel ao la campaa, partindose el ejrcito en dos trozos que
tomaron por uno y otro lado del Rhin: rindise  poca costa el fuerte de
Crevecoeur. Era el intento amenazar con el uno el fuerte de Schenque que
el enemigo tena muy fortificado, para coger ms descuidada y
desguarnecida la isla de Bomel, situada entre el ro Mosa  Mosella y el
Wael, que era la verdadera empresa. Frustrse por decidia y mala
inteligencia de los capitanes catlicos. No se pudo coger desprevenidos
 los contrarios como se pensaba, aunque bien se pudiera, y tuvo que
pasar todo el ejrcito  acometer formalmente la isla. All se mantuvo
un largo y sangriento sitio sin ventaja de una y otra parte. El conde
Mauricio con su ejrcito plant sus cuarteles enfrente de la isla,
comunicndose con ella por medio de puentes. El cardenal Andrea con el
ejrcito de Espaa tena puesto el pie en la isla, pero sin poder llegar
 la villa, ni adelantar un paso en su expugnacin, determinaron al fin
los nuestros hacer un fuerte en la isla de la parte donde, juntndose
los dos ros, comienzan  formarla; que por hacer all punta el terreno
daba mucha proporcin para impedir con buenas bateras la navegacin
provechossima de los enemigos. Hzose el fuerte, logrndose esto al
menos de tan costosa empresa. Mientras se adelantaban las obras no
cesaban de acometerse los dos ejrcitos, procurando cada uno sorprender
los cuarteles de los contrarios; mas de ambas partes en vano. Vironse
con tal ocasin grandes hazaas. Algunas compaas espaolas  italianas
acometieron con tanto esfuerzo un reducto de los contrarios, situado en
la misma isla de Bomel, que ya comenzaban stos  desampararlo; mas
visto por el conde Mauricio mand que se apartasen de la orilla los
bajeles que all ofrecan retirada  sus soldados, con que los puso en
el estrecho de morir  de conservar, como lo hicieron, el puesto. Y fu
famoso el hecho del sargento mayor Durango, que sorprendido con pocos
soldados espaoles y algunos valones del grueso de los contrarios, 
tiempo en que se ocupaba en labrar un reducto, aunque muchos de los
suyos hubieron de pelear con los picos y palas con que trabajaban por no
hallar sazn para tomar las armas, mantuvo el puesto brazo  brazo y
dej en l ms enemigos muertos que eran en nmero sus soldados. Por
fin, no bien acabada la obra, el Cardenal gobernador tuvo que retirarse
de Bomel para atender  otros peligros ms cercanos con mucha parte de
las fuerzas.

Haban al cabo juntado ejrcito los prncipes protestantes y acometido
con l  las guarniciones espaolas que quedaron  la parte all del
Rhin en tierra de la jurisdiccin del Imperio, amenazando reunir sus
fuerzas con las del conde Mauricio, que si lo hicieran, llegara  ser
muy crtica la situacin de los nuestros; mas no pudieron venir  punto.
Wesel, no bien se vi libre del temor de los espaoles al abrigo del
ejrcito alemn, se apart de nuevo del culto catlico. Pero en tanto
este ejrcito que siti  Rimberg fu de all valerosamente rechazado
por un tercio que guarneca la plaza,  pesar de estar amotinado y vivir
como solan vivir los soldados en tal ocasin con cierto gnero de
independencia. En seguida acometi el enemigo  Reez, defendida del
capitn D. Ramiro de Guzmn con poca gente; mas no alcanz mejor
fortuna. Envi el Almirante de Aragn en socorro de la plaza  Andrs
Ortiz, capitn experimentado, el cual logr entrar en ella, y desde all
hizo tales salidas,  imagin tales acometimientos, que oblig  los
contrarios  alzar el cerco. Con esto abandonaron el campo los prncipes
confederados, y se retiraron  sus tierras con mengua de la reputacin y
prdida crecida en hombres y dinero. Slo consiguieron que los nuestros,
por no irritarlos ms y no estimularlos  nuevas empresas, dejasen 
Orsoy y otras pequeas plazas de la jurisdiccin del Imperio, que tenan
an ocupadas.

Al retirarse la guarnicin de Doetecon, que fu uno de los puntos
abandonados, pensaron los holandeses sorprenderla y destruirla, y
salieron contra ella con lo mejor de su Caballera. Di esto ocasin 
una de las mayores derrotas que padecieron los holandeses en aquella
guerra. Porque sabido el caso por Juan Contreras Gamarra, Comisario
general, determin salir contra ellos con algunas compaas de caballos,
dando aviso  Ambrosio Landriano, Teniente general de la Caballera,
para que con mayores fuerzas viniese  apoyarle en el trance. Divis
Contreras  los contrarios en un paso estrecho donde no podan maniobrar
todos los caballos  un tiempo, y animando  los suyos se arroj
impetuosamente sobre los que venan de vanguardia, matando y
desordenando cuanto se le puso delante. En esto los enemigos haban
logrado desenvolverse y mejorar de posicin; pero fu tanto el espanto
que les caus el pelear bizarro de los nuestros, que, con ser doblado
nmero, no pudieron sus oficiales y capitanes traerlos  que hiciesen
buen rostro. Llegaba ya Landriano con ms fuerzas, y sin esperar 
cruzar lanzas con l, se declararon los contrarios en total derrota.
Corra el Mosella no lejos del campo de batalla, y los jinetes enemigos,
desalentados, se arrojaron  esguazarlo sin tiento, con que fueron
muchos los ahogados y ms los caballos y armas perdidas. De los vecinos
lugares sali alguna Infantera alemana en defensa de la Caballera
holandesa, mas fu acuchillada y deshecha. En suma, de toda la
Caballera enemiga muy pocos quedaron de servicio. Contreras, en quien
se desconoci la gloria del triunfo, volvi desabrido  Espaa.
Aconteci este suceso  tiempo que el archiduque Alberto y la infanta
Isabel Clara Eugenia estaban ya en Flandes.

Dej el cardenal Andrea el Gobierno, y el Archiduque y su esposa
comenzaron al punto  ejercerlo. Convocaron primero  los Estados 
Cortes de la Nacin para exigirles el juramento de obediencia, sobre lo
cual hubo no escasas dificultades. Pedan los naturales que antes de
prestar ellos el juramento de obediencia jurasen los prncipes conservar
sus privilegios, de los cuales era el poner todas las plazas y
fortalezas debajo de su mano, haciendo salir de ellas las tropas
extranjeras.  esto no podan avenirse los prncipes, porque el Rey de
Espaa no quera dejar las fortalezas ni abandonar del todo el dominio
del pas, como arriba dijimos. Aadase que las tropas all levantadas
no eran muy de fiar en guerra como aqulla, sostenida entre provincias
hermanas, y as se resisti la pretensin hasta que cedieron los
Estados. Pasearon los prncipes todas las provincias de su Imperio,
tomando el juramento  cada una de ellas especialmente, y lograron con
buenas trazas que se les concediesen algunos subsidios.

Entonces el Archiduque volvi  poner los ojos en las necesidades de la
guerra. Eran stas  la sazn muy grandes. Wachtendoch, plaza muy
fuerte, junto  Geldres, fu sorprendida por el enemigo. Y sintiendo la
falta de pagas y la vecindad del invierno, los soldados del trozo de
ejrcito que estaba an sobre Bomel se amotinaron en mucha parte. Como
estaban terminadas del todo las obras del fuerte, tomse por buen
partido el retirar de all el ejrcito, juzgando que no vendra con ello
algn dao; mas habiendo quedado de guarnicin ciertas compaas de
valones, lo entregaron stos  pocos das despus al conde Mauricio por
gruesa suma de dinero. Rindise tambin por tratos  los enemigos el
fuerte de Crevecoeur, guarnecido de alemanes y flamencos. Hechos que
daban ms y ms por imposible el fiar las plazas  otras guarniciones
que las espaolas. Hallbanse algunas de stas alteradas, y todas
descontentas por la misma falta de pagas; mas no se hall que ninguna de
ellas, aun peleando por causa extranjera, como ya  la sazn peleaban,
rindiese su puesto al enemigo. Contentbanse con sacar por fuerza del
pas grandes tributos con que remediaban sus escaseces.

No tard en ofrecerse una prueba solemne de la diferente condicin de
nuestros soldados y los extraos en el suceso que ahora sobrevino.
Porque animados los holandeses con las recientes ventajas y con el
desconcierto de nuestra gente, reuniendo todas las fuerzas que pudieron
juntar, con gran priesa y esmero, salieron de sus puertos y
desembarcaron en un lugar no lejos de Gante, con ejrcito de ms de
veintitrs mil hombres, el ms poderoso que jams hubiese llevado sus
banderas. Era su intento socorrer la guarnicin de Ostende, harto
apurada de nuestros presidios, y tomar  Newport y otras plazas all
cercanas, de suerte que quedara debajo de su dependencia aquella
provincia.  la nueva de tal peligro, el Archiduque envi  requerir 
los soldados de aqu y all amotinados en los presidios, que saliesen 
defender la tierra, manifestndoles el grande apuro en que se hallaba.
Negronse los italianos y valones; prestronse de muy buena voluntad los
espaoles. Con ellos, principalmente, se compuso el ejrcito, que march
al punto la vuelta de Gante en busca del enemigo.

All se present delante de l la infanta doa Isabel Clara Eugenia, y
di gracias  los soldados espaoles por su leal comportamiento,
recordndoles que eso y ms deban al nombre glorioso de su patria.
Enardecidos los viejos tercios con tal discurso, pidieron  voces que
sin ms dilacin se los encaminase al combate. Echaron delante los
amotinados, jurando lavar en sangre el pasado extravo. Tomaron al paso
el fuerte de Andemburg, que se rindi sin defensa. No anduvieron tan
presto en rendirse los del presidio de Suaesquerch, y antes que pudieran
meditar lo que les estara mejor, fu asaltada la plaza y pasados todos
 cuchillo. Ms adelante tropezaron los amotinados y vanguardia de los
nuestros con dos mil soldados escoceses y holandeses que enviaba ya el
conde Mauricio  ejecutar el socorro de Ostende, cerraron con ellos y no
dejaron hombre  vida en pocos instantes.

Sabido por los enemigos cmo avanzaba aquel impetuoso torrente,
determinaron evitar su furia embarcndose. Pero no les dieron tiempo los
nuestros, que sin descansar un momento llegaron  ponrseles delante.
Haban dejado atrs, para asegurar ciertos pasos, cuatro mil infantes y
los caones al mando de D. Luis de Velasco, general de la Artillera, de
suerte que el total no pasaba de seis mil hombres de infantera con
seiscientos caballos. Diles frente el conde Mauricio con diez y seis
mil infantes y dos mil seiscientos caballos, fortificados en siete dunas
 colinas de arena puestas  la orilla del mar entre Newport y Ostende.
La Infantera ocupaba el centro formada en lo alto de las dunas. Los
flancos de la posicin, que eran los espacios que se hallaban entre las
dunas y el mar, estaban defendidos de la Artillera, plantada tambin en
lo alto de stas, sealadamente en las dos puestas  los extremos.
Adems, la Caballera, partida en dos trozos al diestro y siniestro
lado, as como emboscada entre las dunas y el mar, cubra ventajosamente
al centro. Muchos de los capitanes espaoles fueron de opinin que no se
empease la batalla. Proponan que haciendo alto el ejrcito, tomase
all posiciones entre Ostende y el mar, de suerte que cerrase al enemigo
el camino de esta plaza fortsima, donde podra fcilmente embarcarse,
obligndole  pelear con manifiesta desventaja   embarcarse en la
playa abierta, donde no podra menos de ser destrudo. No di odos 
aquel consejo prudente el ardor irreflexivo de los ms, ni se quiso
esperar siquiera  que llegase D. Luis de Velasco con la gente que
quedaba atrs y la Artillera. As, en aquel lugar donde pudo acaso
acabar la guerra con victoria nuestra, nacieron mayores desdichas para
en adelante y una fatal derrota. Era el ejrcito espaol menos de la
mitad en nmero que el de los contrarios. Hera el sol en lo ms recio
del da y mortificaba mucho  nuestros soldados, que venan ya hartas
horas sin comer y con largo camino, despus de haber asaltado plazas y
peleado  campo raso con numeroso escuadrn. Estaban los holandeses
descansados y en muy buenas posiciones fortalecidos, con la espalda 
las brisas frescas del mar. Con todo, se empe la batalla.

 ella acudieron por el centro los seis mil hombres de infantera
espaola y extranjera, al mando del Archiduque mismo con Zapena, Villar,
Monroy y otros Maestres de campo muy nombrados, y embistieron con las
dunas, defendidas por ms de diez y seis mil soldados. Era difcil el
asalto, porque las piernas de los que suban se enterraban en la arena,
de suerte que apenas podan ellos dar un paso, mientras que los que
estaban en lo alto disparaban la artillera  pie firme y hacan muy
ordenadamente sus fuegos. Tomse, sin embargo, la ms avanzada de las
dunas, y acometise otra que era la mayor y mejor defendida. All
pelearon los nuestros pica  pica por espacio de una hora, y aunque tan
inferiores en nmero, lograron quitar algunos caones  los contrarios y
poner de su parte las probabilidades del vencimiento. Pero entre tanto
nuestra Caballera, que acometi por los costados entre las faldas de
las dunas y el mar, fu puesta en derrota. El Almirante de Aragn,
Capitn general de nuevo de la Caballera, que entr por uno de los
costados, fu detenido por el fuego de la artillera enemiga, plantada
en la duna que all haca frente; y tal estrago hicieron las balas en
sus filas, que espantados los caballos y confundidos los jinetes, no
fu posible hacerlos pasar adelante. Al propio tiempo el comisario Pedro
Gallego, sucesor de Contreras, haba acometido por el ala opuesta, y
saliendo contra l seiscientos corazas francesas que defendan aquel
costado, puestos en emboscada detrs de las dunas, destrozaron sus
compaas.

No se content con este triunfo el mpetu de los franceses, y pasando
adelante vinieron  caer sobre el centro. En vano el capitn Rodrigo
Laso con dos solas compaas de caballos cerr con todo el escuadrn de
los enemigos; l fu derribado medio muerto y dispersada su escasa
gente. Entonces la Infantera espaola, que coronaba ya las dunas,
viendo tomada de los enemigos la retaguardia, se puso en retirada. Pero
al pie de las mismas posiciones que abandonaba fu acometida por los
triunfantes corazas franceses, mientras que los infantes enemigos
bajaban ordenadamente  acometerla por la espalda. No era posible la
defensa; los soldados bajaban sueltos y sin orden, como haban peleado
en lo alto. No se poda formar escuadrn que resistiese  los caballos
ni  los escuadrones de la infantera enemiga, y el campo se convirti
entonces en una carnicera horrible, donde los infantes espaoles uno 
uno peleaban por la vida y la honra. Ordense la retirada, que fu peor
que la batalla en aquel trance. El Archiduque, que no se haba separado
un momento del combate, estuvo  punto de morir, y por defenderlo
cayeron  su lado los ms esforzados de los espaoles. Perdimos en esta
batalla dos mil quinientos hombres de escasos siete mil con que entramos
en ella, todos capitanes y soldados viejos, que no haban vuelto nunca
rostro al enemigo. Y slo pudo servir de siniestro consuelo el que de
cerca de diez y nueve mil hombres de todas armas con que nos aguard el
enemigo, seis mil quedaron en el campo. De entre los muertos merecieron
contarse los capitanes Andrs Ortiz, D. Ramiro de Guzmn, Ulloa, Dvila,
Ezpeleta y otros no menos valientes, y el Maestre de campo Zapena. Tal
fu la jornada de las Dunas (1600), la ms funesta que hubiesen empeado
hasta entonces las armas de Espaa en los campos extranjeros. Perdise,
como se ha visto, por sobra de valor y falta de cordura.

El conde Mauricio vi tan maltratada  su gente, que no se atrevi 
seguir el alcance, ni  emprender otra conquista que el sitio de
Newport, ciudad de poca fortaleza y arrimada al campo de batalla. Pero
ni aun esto pudo conseguir y tuvo que reembarcarse con tanta gente de
menos y sin ventaja alguna. Entre tanto, el Archiduque acudi  reparar
sus fuerzas. Dironle los Estados dineros y auxilios, y con ellos los
soldados extranjeros amotinados en las plazas vinieron  partido.
Formse un ejrcito numeroso; pero no hubo necesidad de l, porque ni de
una ni de otra parte se emprendi nada el resto de la campaa.

 la siguiente, determinado el archiduque  reparar la derrota de las
Dunas con un hecho de cuenta, comenz el sitio de Ostende. No bien
supieron esta empresa los holandeses, comenzaron  distraer la atencin
de los nuestros con sitios y acometimientos. Pusironse sobre Rimberg y
la ganaron,  pesar de su esforzada defensa, porque el socorro lleg
tarde y no pudo aprovecharse. Con la misma felicidad ganaron  Grave,
valerosamente mantenida de los espaoles, y la fortsima plaza de la
Esclusa, que slo el hambre pudiera reducir  semejante extremo por
imprevisin de su Gobernador, que no supo abastecerla; y si no ganaron 
Bolduch fu porque acudi  socorrerla dos veces el Archiduque en
persona. Entre tanto se rindi Ostende. Contar las operaciones de este
sitio y los heroicos hechos de los espaoles en l, sera largusima
tarea y ajena de nuestro propsito. Era aquella plaza muy importante,
porque desde all tenan los holandeses  toda la provincia de Flandes
en continuo respeto, y por eso estaba muy bien fortificada y guarnecida.
Haban suplicado los Estados de Flandes al Archiduque que de tal
padrastro los libertase, ofrecindole para ello cuantos auxilios
necesitase. Comenz el sitio el Archiduque en persona, y luego se
encargaron de l los mejores capitanes catlicos, hasta que el marqus
de Spnola la rindi, mandando con el nombre de maestre de campo general
el ejrcito. Fueron varios los asaltos, muchas las salidas y
escaramuzas, inauditas las mquinas y trazas de que se valan los
sitiadores, y terrible el fuego de la artillera de los sitiados. El
conde Mauricio vino  alzar el cerco con una armada de seiscientos
bajeles y mucho ejrcito; pero los espaoles no le dejaron desembarcar
en toda la costa, y tuvo que volverse  sus puertos con no poca prdida
y mayor despecho. Al fin se di un asalto general  la plaza (1604), en
el cual se gan lo mejor de la ciudad, y ya no fu posible dilatar la
defensa. Perdieron los sitiadores cerca de cuarenta mil hombres en esta
empresa, y entre ellos seis Maestres de campo, los cuatro espaoles, y
casi todos los coroneles y capitanes de los tercios: Monroy, Durango,
Castriz y otros muchos de los buenos y viejos soldados que sirvieron
con el duque de Alba. La plaza perdi siete gobernadores durante el
sitio y ms de dos mil oficiales, con un nmero inmenso de ciudadanos y
de soldados, porque como tena libre el mar, cada da entraban algunos
de refuerzo. Mantvose con esta conquista el honor de nuestro nombre;
pero se desperdiciaron notables ocasiones, y hubo de nuestra parte tanta
 ms prdida que ganancia, pues habiendo pretendido cerrar la entrada
de la provincia de Flandes  los enemigos, se abrieron ellos otras
puertas ms fciles, mientras era tomada Ostende.

Debironse muchas de las prdidas al motn que se llam de Ruremunda, el
ms funesto de cuantos hubieran acontecido en aquellos Estados, donde
eran harto frecuentes por desgracia. Movidas algunas compaas italianas
y valonas de la falta de pagas, se encerraron en la ciudad de
Hoochstraet, negndose  servir como de costumbre  imponiendo
contribuciones al pas. Con esto se malogr el socorro de Grave y se
perdi aquella plaza,  irritado el Archiduque los declar por traidores
y envi ejrcito contra ellos. Pidieron auxilio los amotinados  los
holandeses; dironselo, de manera que no fu posible rendirlos; y
juntndose en seguida con los enemigos, pelearon contra los nuestros en
diversos encuentros. Al fin hubo de avenirse con ellos el Archiduque,
por excusar mayor dao: malsimo precedente que sembr nuevos disgustos
para en adelante. En el nterin se pas toda la campaa sin que aquellas
gentes, que ya formaban un ejrcito con los muchos que se haban ido
agregando, sirviese, como deba, debajo de nuestras banderas. As, no
lograron otra ventaja nuestras armas, fuera de la toma de Ostende, sino
la rota que di el Gobernador de Bolduch  un buen escuadrn de
caballera enemiga que pasaba por sus trminos. Concluda la campaa,
vino  Espaa el marqus de Spnola  tratar de las cosas de la guerra,
donde fu muy bien recibido y asistido de cuanto solicit para llevar
adelante la guerra.

Era este Marqus natural de Gnova y hermano de Federico Spnola,
general de las galeras de Espaa, el cual con ellas sirvi muy bien,
haciendo gran dao  los holandeses, hasta que, poco despus de la
llegada de su hermano, muri en un combate naval que con ocho galeras
empe en aquellas costas contra dos galeras y tres grandes navos
holandeses, quedando indecisa la victoria. Entr Ambrosio Spnola, que
as se llamaba el Marqus, en el servicio de Espaa por recomendacin de
Federico, y fu  Flandes gobernando diez mil italianos que levant  su
costa. All di tales muestras de su persona que se le encarg del sitio
de Ostende, prefirindole  muchos capitanes de ms reputacin que l; y
saliendo  punto con la empresa, se acrecent su fama de manera que fu
nombrado ya para el mando de todo el ejrcito. Fu verdaderamente un
suceso afortunado la aparicin de aquel general, que tuvo pocos rivales
en su siglo  tiempo en que escaseaban ya tanto en Espaa. Con l sali
 campaa (1605) de vuelta de Madrid, llevando trece mil quinientos
infantes y tres mil caballos. Pas el Rhin y entr en Frisa, burlando al
enemigo, que le crea ocupado en otra empresa, y all se apoder sin
mucha dificultad de Oldenzeil y de la importante plaza de Linghen,
metida muy adentro en el territorio enemigo.

Entre tanto los holandeses, que quisieron tomar  Amberes al
desprovisto, tuvieron que desistir de ello con no poca prdida, y  los
espaoles se les frustraron tambin las tentativas que hicieron para
apoderarse de Bergs y Grave. Pero el marqus de Spnola, alentado con
los buenos principios de la campaa, dejando muy guarnecido  Linghen
que pona en contribucin mucha parte de la Frisa, se vino 
Wachtendonock y la puso cerco. En vano quisieron socorrerla los
holandeses aprovechndose del descuido de los sitiadores: ochocientos
infantes y otros tantos caballos del ejrcito de Espaa contuvieron
largas horas  todo su ejrcito  costa de prodigios de valor, y dieron
tiempo  que, acudiendo el Marqus con toda sus fuerzas, los obligase 
la retirada. Rindise con esto la plaza, y en seguida fueron tomados
muchos castillos importantes, mientras los holandeses eran vencidos y
rechazados en Geldres que quisieron tomar por sorpresa.

Mas eran escasas tales ventajas, porque la falta de dinero
imposibilitaba de tal modo el movimiento de los ejrcitos y causaba
tales disgustos, que no poda llegarse  decisivas consecuencias. Lleno
de amor y entusiasmo  la causa de Espaa, vino el noble Spnola otra
vez  Madrid  demandar socorros. No pudo hallarlo  crdito del Rey de
Espaa, que  tan miserable estado haban llegado las cosas, y tuvo que
poner  prueba el suyo propio, con lo cual lo consigui y volvi 
Flandes imaginando lograr en la siguiente campaa mayores triunfos. No
le salieron como pensaba sus proyectos; mas hizo con todo eso harto
gloriosa campaa. Hall que se haban malogrado durante su ausencia dos
sorpresas que se dieron  las plazas de Bredevord y la Esclusa, ambas
muy fuertes, y que sin duda se ganaran  obrar los nuestros con ms
previsin y presteza. Ahora el Marqus dividi su ejrcito en dos
trozos, dando el mando de uno al conde de Busquoi, capitn de mucho
valor y experiencia, rescatado ya de sus prisiones, y conservando al
otro bajo su mano. Con estos dos ejrcitos se deba obrar de manera que
pasando el Isel el uno, llegase hasta Utrecht, y el otro esguazando el
Wael se pusiese delante de Nimega, y que mientras ste contuviese al
enemigo, lograse aqul al improviso apoderarse de algunas de tales
plazas y sujetar las provincias confinantes, muy ricas y poco guardadas.
Pero los temporales fueron tan recios en aquel verano, que era imposible
vadear los ros, ni echar puentes sobre ellos, ni correr siquiera por la
campia. Sufrieron nuestros soldados con prodigiosa constancia el fro y
los ardores del sol que all alternaban desconcertadamente, y las aguas
y la falta de bastimentos que se originaba, haciendo largas jornadas y
campaas por tierras inundadas sin carros ni artillera. Los enemigos,
que se mantenan  la defensiva, no padecan cosa alguna y se
fortificaban y prevenan nuestros intentos con sobrado espacio. Tomse,
sin embargo, el castillo de Lochem y la plaza de Groll, y se emprendi
el sitio de Rimberg, tantas veces tomada y perdida, que  la sazn
defendan ms de seis mil soldados asistidos de muchas vituallas y
artillera. Rindise la plaza despus de un porfiado sitio en presencia
del conde Mauricio, que con mayor ejrcito que el nuestro no supo
impedirlo. Pero no bien acabada esta empresa, hubo en nuestro ejrcito
un total desconcierto por la falta de pagas.

No bastando los recursos que trajo Spnola de Espaa, amotinronse
muchos italianos y alemanes con los ms de los soldados del pas, y el
resto se mostraba gran descontento: hubo que deshacer el ejrcito y
repartir en diversos lugares la gente. Animados con esto los holandeses,
y vindose con ejrcito de ms de quince mil hombres sanos y bien
dispuestos, cayeron sobre Groll para recobrarla; pero el marqus
Spnola, reuniendo las fuerzas que pudo de entre la gente no amotinada,
fu sobre ellos y les oblig  alzar el cerco. Di fin la campaa con la
sorpresa que lograron los enemigos en la plaza de Erquelens, saquendola
y destruyndola por no acertar  conservarla. Vise claramente  pesar
de los temporales que estorbaron la ejecucin del plan trazado por
nuestro general, que hubiramos logrado nosotros no poca ventaja,  no
sobrevenir aquel nuevo motn que excedi ya  todos los conocidos, y fu
el ltimo que hubiese en los Estados; porque irritado  lo sumo el
Archiduque, y convencido de que con perdonar  los culpables y
conservarlos debajo de sus banderas, despus de pagados y satisfechos,
no haca ms que abrir la puerta  nuevas y ms duras seales de
indisciplina, determin tratar  stos con ejemplar rigor. Pagles
cuanto se les deba, que import ms de cuatrocientos mil escudos, y en
seguida public un bando sealndoles veinticuatro horas para dejar los
Estados, desterrndolos de ellos perpetuamente y de todos los dominios
de Espaa bajo pena de la vida. Fueron muchos los que la perdieron,
porque siendo naturales del pas costbales trabajo abandonarlo. Los
dems se derramaron por las provincias vecinas.

Mas en tanto los holandeses se mostraban ya cansados y abatidos con la
ventaja que por todas partes le llevaban los nuestros, y soportaban mal
el gran peso de la guerra.  la verdad sus escuadras haban sido ms
afortunadas que sus ejrcitos en las ltimas campaas. Una de ellas,
mandada por el almirante Heemskirck, logr destruir, aunque con muerte
de ste y mucha prdida, en las aguas de Gibraltar, la que don Juan
lvarez Dvila mandaba por nuestra parte, compuesta de veintin bajeles;
y en las costas de Flandes y en las Indias Occidentales alcanzaron otras
ventajas, apoderndose de las Molucas. Pero, sin embargo, sus marinos
fueron derrotados delante de Malaca por don Alfonso Martn de Castro,
Virrey de Goa, y su general Pedro Blens fu rechazado en el ataque de
Mozambique y en otro que intent al volver  Europa contra el fuerte de
la Mina, donde fu muerto con muchos de los suyos. Poco antes D. Luis
Fajardo quem diez y nueve naves que llevaban su bandera en las salinas
del Arroyo, y las Molucas fueron tambin reconquistadas. De todas
suertes bien conocan ellos que no compensaban sus triunfos martimos la
esterilidad de las campaas de tierra.

Aprovechse el Archiduque de esta disposicin de nimo de los enemigos
para entablar preliminares de paz  treguas. Dieron odos los Estados de
Holanda  tales plticas, y al fin se consigui ajustar una suspensin
de armas primero, y luego una tregua por doce aos (1699), ya que no fu
posible venir  tratos de duraderas y definitivas paces. En ellas
reconoci Espaa  la Holanda como potencia independiente; cosa que se
procur excusar con largas trazas, mas no fu posible. De esta manera
pudo darse por terminado lo principal de aquel empeo. Reconocase ya
como imposible el sujetar de nuevo  nuestro dominio aquellas
provincias; cosa que bien pudiera estar averiguada de mucho antes, dada
la obstinacin de los naturales, alimentada por las preocupaciones
religiosas y los auxilios constantes que de ingleses, franceses y
alemanes reciban, la multitud de plazas fuertes, la disposicin del
terreno cortado por grandes ros, por diques, por canales y obstculos
de todo gnero, y la penuria de nuestra Hacienda, que privaba  los
ejrcitos de las cosas ms indispensables para la guerra; provocando al
propio tiempo frecuentes motines, principalmente entre la gente
extranjera y advenediza, sin honor y sin patria, que defendan por
dinero nuestra causa. Pero la fama de nuestras armas qued ilesa, y
todava para mirada con pavor en el mundo. Slo que con la larga y
sangrienta guerra se iban agotando los capitanes viejos y los soldados
veteranos, y extinguindose con ellos el espritu de la gloria antigua y
la experiencia tan costosamente adquirida; falta que no remediada 
tiempo, deba contribuir muy principalmente  nuestras futuras
desgracias.

Vise con ocasin de estas treguas cul fuese el espritu de nuestra
nacin todava, porque no hubo alguno de los hechos escandalosos del
duque de Lerma, que levantase tantas murmuraciones en Espaa como el
haberlas aconsejado y aceptado. Aquellas negociaciones, que pueden
mirarse como la obra ms loable de su ministerio, fueron miradas con
disgusto por el Rey, que llevaba  mal que con tan grandes herejes se
hiciese trato alguno, y ms an por los pueblos, que sobre alegar la
propia causa de descontento, teman que con vernos ceder  la fortuna
parte de nuestras pretensiones, se entibiase el miedo de nuestro nombre
en el mundo.

Algo pudieron consolarse el Monarca y los sbditos de no haber sujetado
 los holandeses herejes con los triunfos obtenidos durante aquel
perodo contra otros enemigos de Dios. La guerra contra los berberiscos
y turcos se continu con mucho empeo, peleando con gloria en todas
partes. Derrot D. Nuo de Mendoza, Gobernador de Tnger y Arcila,  los
moros que iban  sitiar sus plazas. El marqus de Santa Cruz apres con
sus navos muchas embarcaciones turcas en el Archipilago, y entr y di
 saco las islas de Longo, Patmos, Zante, Durazzo y otras circunvecinas.
Tambin el marqus de Villafranca, D. Pedro de Toledo, tom once bajeles
de corsarios turcos en el Archipilago. Pero quien gan ms gloria fu
D. Luis Fajardo, que sali de Cdiz con doce navos, y despus de
apoderarse de uno muy rico de los moros, lleg  la goleta de Tnez,
destruy muchos bajeles turcos que estaban al abrigo de aquella
fortaleza, cogi mucho botn y ocasion en la costa grandes daos.

En tanto en Asia, D. Felipe Brito, Gobernador de Siriam, deshizo las
naves del Sultn  rgulo de Astracn y se apoder del reino de Peg,
tomando por all una extensin nuestros dominios verdaderamente inmensa,
y adems en Amrica sostuvimos larga y al fin afortunada guerra contra
los araucanos, tribu valentsima del reino de Chile, levantada en contra
de nuestra dominacin. Fu el caudillo de ellos el famoso Caupolican; y
al principio vencieron algunas batallas, haciendo gran destrozo en los
nuestros, hasta que fu all el marqus de Caete, y con muerte de los
ms redujo  los que quedaron  la esclavitud y puso paz en aquellas
apartadas provincias. Cant esta guerra, como es sabido, con ms color
de historia que de poema don Alonso de Ercilla.

[Ilustracin]




[Ilustracin]

LIBRO SEGUNDO

SUMARIO

     De 1610  1621.--Expulsin de los moriscos, sus principios y sus
     fines.--Guerra contra los infieles.--Francia: proyectos y muerte de
     Enrique IV.--Alemania: campaa de Spnola en el pas de
     Julliers.--Italia: humillacin del duque de Saboya, tramas de ste
     y de Venecia, sucesin del Monferrato, guerra con Saboya, batalla
     de Asti, Oneglia, tratado de Asti, batalla de Apertola, sitio de
     Vercelli, derrota de D. Sancho de Luna, Lesdiguires y el marqus
     de Villafranca, el duque de Osuna y el marqus de Bedmar, empresas
     de Osuna, los Uscoques, Venecia, combate naval en Gravosa, paz de
     Pava, falsa conjuracin y desgracia de Osuna.--Espaa: ltimos
     aos de la privanza de Lerma, Caldern, Uceda, el P. Aliaga, el
     conde de Lemus, D. Francisco de Borja, cada del privado.--Guerra
     martima: principio de la guerra de los treinta aos, batalla de
     Praga.--Muerte de Felipe III.--Estado en que dej la Monarqua.


LAS treguas con Holanda, vituperadas  alabadas, ofrecieron al fin 
Espaa el descanso de que tanta necesidad tena: grande ocasin para
aprovecharla en aliviar la Hacienda pblica, y en comenzar la obra de
reparacin y regeneracin indispensable, si haba de contenerse la
decadencia del reino. No se emplearon en esto ciertamente los das de
tregua. El duque de Lerma continuaba por entonces disfrutando sin
contradiccin del favor regio, y aumentaba su fausto y crecan para
sostenerlo sus cohechos. Daba soberbios banquetes, y celebraba en
fiestas pblicas costossimas los sucesos alegres de su familia, ni ms
ni menos que se suelen celebrar los de las familias reales. El Rey
segua orando, y l trabajando, sin saberlo acaso, por impericia 
ambicin en la ruina total del pas. Ayudbale aquel don Rodrigo
Caldern, su privado; hombre de no escaso talento y astucia, pero ms
fastuoso y codicioso aun que l, y que ms adelante mostr peores maas
y cualidades. Este, que era su confidente y consejero, ha de ser mirado
en todo como su cmplice.

Fu poco despus de las treguas cuando se verific el suceso ms
desgraciado que hubiera presenciado Espaa en muchos siglos. Corra an
el ao de 1609, y oase gran rumor de armas en la Pennsula, que pareca
desusado por la ocasin, puesto que no se hallaba enemigo en nuestras
fronteras. Carlos Doria, duque de Tursis, y el marqus de Santa Cruz,
nieto el uno del famoso Andrea, hijo el otro del grande Almirante de
Felipe II, y Villafranca, Fajardo y D. Octavio de Aragn, inclinaron las
proas de sus naves al mar de Espaa. Los tercios viejos de Italia
dejaron apresuradamente sus costas. Tomronse en lo interior grandes
precauciones militares, en especial por la parte de Granada y Valencia.
Formronse ejrcitos, nombrronse generales, y no pareca sino que
alguna invasin temible  insurreccin sangrienta iba  encender en
armas la Pennsula. Y, sin embargo, todo estaba al parecer en paz.

Era que uno de los males ms profundos de la Monarqua, nacido de su
propia constitucin, y desconocido  mal curado los aos anteriores,
acababa de cegar los ojos de nuestros polticos, tratando de acudir al
reparo. Los moriscos que habitaban principalmente las costas orientales
y meridionales de la Pennsula no cesaban de mantener inteligencias con
sus vecinos marroques y argelinos, y aun con el mismo Sultn de los
turcos. Tratados con rigor sobrado y notable injusticia, antes haban
aumentado que no disminudo los aos el antiguo rencor  nuestra raza.
Despus de pacificados por fuerza de armas, el odio haba ido en aumento
cada da. No se devolvieron  los de Granada los bienes confiscados
durante la rebelin, ni siquiera  los que, lejos de la guerra, haban
sido encausados y desterrados solamente por precaucin y sospechas.
Mantvose en muchos el destierro que comenzaron  padecer entonces, y la
Inquisicin redobl sus persecuciones contra todos ellos, mirndolos con
ms prevencin y con menos piedad que nunca. Huyeron algunos de los
moriscos  tierras extranjeras por no soportar tales rigores; pero lo
general de la raza oprimida, no pudiendo huir, comenz  tramar
conspiraciones contra el Estado, ponindose en comunicacin y tratos con
varios prncipes enemigos nuestros, y principalmente con Enrique IV de
Francia,  quien llegaron  ofrecer, segn se dijo, que seguiran bajo
su dominio la religin protestante, con tal de no ser catlicos en
Espaa.

Cuando los ingleses tomaron y saquearon  Cdiz, tuvo Felipe II temores
de un levantamiento general de los moriscos andaluces, cosa que acaso se
habra verificado  mantenerse algo ms los extranjeros en aquella
plaza. Tratse luego de que los marroques hiciesen un desembarco en la
Pennsula, prometindoles que se alzaran ellos en su ayuda, y que
juntos acabaran con el poder espaol en su propio lecho. Pero Muley
Cidam, que gobernaba entonces en la ciudad y provincias de Marruecos,
tena demasiado en que entender con sus contrarios los de Fez, por andar
 la sazn dividido el Imperio, y no pudo acudir como hubiera deseado en
socorro de sus hermanos: con esto hubo lugar  que la conjuracin fuese
descubierta. Las cosas haban llegado, pues,  tal punto que necesitaban
de enrgico y pronto remedio. Si en tiempo de Fernando V se hubiera
comprendido cuanto importaba que aquella nacin se hiciese una con la
nuestra y se hubieran tomado medidas adecuadas al caso en aquel reinado
y los posteriores, no hay duda, como atrs dejamos dicho, en que jams
habran llegado tan crticas circunstancias. Pero el mal estaba hecho, y
el remedio tena de todas suertes que ser doloroso.

No tard en imaginarse la expulsin, tan bien ensayada en los judos, y
que desde los das de la conquista haba tenido muchos partidarios; pero
se tropezaba con un obstculo tan poderoso que pasaban aos y aos y no
poda llevarse  cabo. Eran vasallos muchos moriscos de ricos-hombres de
cuenta, principalmente en Valencia, donde se miraban ms numerosos que
en otra alguna parte, fundndose en su vasallaje grandes fortunas. As
fu que siempre que se pidi dictamen sobre el caso  los ricos-hombres
y barones, se hall que el mayor nmero contradeca la expulsin. Y si
los vasallos por serlo oponan tal dificultad, mayor la oponan los
moriscos que no eran vasallos y vivan opulentos y libres, atesorando
en s las mayores riquezas. Estos tenan defensores asalariados entre
los poderosos de aquella corte de Espaa, donde todo se lograba  la
sazn por salario  precio, y aun al clero mismo que haba de
endoctrinarlos  vigilarlos  solicitar su castigo, le traan en cierto
modo sobornado con los grandes diezmos y rentas que le proporcionaban.
Llegaban las riquezas hasta  librarlos de las garras de la Inquisicin,
tolerndoles  ellos desmanes que el fuego y el hierro corregan tan
duramente en los dems espaoles. Sbese que el conde de Orgaz era el
protector de los moriscos de Valencia, y reciba por ello cada un ao
ms de dos mil ducados; y en la corte de Roma lo era un cierto Quesada,
cannigo de Guadix, el cual cuidaba de que las disposiciones del
Pontfice no se ajustasen bien con las del Rey,  fin de estorbar unas y
otras, lo mismo que los protectores que estaban en Madrid cuidaban de
parar  desvanecer cualquier intento que pudiera serles daoso,
desmintiendo las traiciones de que se les acusaba y atribuyendo 
ignorancia sus malas obras. Sin embargo, las traiciones, aunque acaso
provocadas por nuestros rigores, eran evidentes; y sus obras eran ms de
moros, que solo por fuerza aparecan cristianos, y de hombres sedientos
de venganza, que no de ignorantes. Los cristianos viejos que vivan en
sus comarcas no osaban salir de noche, y en las regaladas lunas de
verano, orillas del mar de Valencia, no era raro el hallar al hospedaje
y festejo de los moriscos cuadrillas de piratas argelinos y saletinos,
saqueando haciendas de cristianos, matndoles  cautivndoles 
mansalva. Creca con esto cada da el recelo en los nuestros y la clera
y la audacia en los moriscos. Contbanse las casas de moriscos y
cristianos, y hallbase que las de aqullos se aumentaban de ao en ao,
al paso que las de stos mermaban. Vease donde quiera armados  los
moriscos, y aunque se intent por varios modos desarmarlos, no se hall
medio de ejecutarlo completamente. Todo esto oblig  tomar algunas
prevenciones, particularmente en Valencia, y cuando el duque de Lerma,
Conde entonces todava, gobernaba en aquel reino corriendo los ltimos
aos de Felipe II, fund la llamada milicia efectiva  general,
compuesta de todos los cristianos aptos para la guerra, y que lleg 
ascender  diez mil infantes y muchos caballos, los cuales, en sus
casas, con lugares de reunin y plazas de armas preparados, con armas y
pertrechos, esperaban la hora del peligro para acudir  conjurarlo.

Pero tantas prevenciones no parecieron bastantes todava. En 1602, el
Patriarca de Antioqua y Arzobispo de Valencia, D. Juan de Rivera,
escribi un papel al Rey proponindole francamente la expulsin; mas
pedida explicacin de los medios con que haba de ser ejecutada se hall
que el buen Prelado no entenda por moriscos sino  los de Castilla,
Aragn y Andaluca, porque los de Valencia, aunque ms numerosos y
temibles que ningunos, juzgbalos necesarios para el sostenimiento de su
persona humilde y de su casa de Dios. Nada mas curioso que la
argumentacin de aquel Prelado lleno de celo y deseoso de ver fuera de
Espaa  los infieles; ms no tan enemigo de su particular conveniencia
y comodidades que consintiera por tal celo y deseo en disminuir sus
rentas. Desechse la distincin en la corte como era razn, viendo cun
incompleto quedaba con ello el intento, y no faltaron personas que en
sendos libros la combatiesen. Tena acaso ms partidarios la opinin
mostrada en otro tiempo por el clebre Torquemada, de que en caso de
infidelidad de los moriscos  todos los mayores de edad deba pasrseles
 cuchillo, y  todos los menores repartirlos como esclavos; pero la que
prevaleca en los ms prudentes era la de ejecutar la expulsin total,
echando de Espaa  los moriscos de Valencia lo mismo que  los de
Castilla, Sierra Morena, Extremadura y riberas del Segre. Y cierto que
dada la expulsin no poda concebirse otra cosa.

Comenz  formrseles un gnero de proceso secreto en la corte, oyendo
el Rey  todos los que alegaban contra ellos, y no dejando tambin de
oir  algunos de sus defensores, que,  ms de los asalariados, hubo de
stos algunos no desconfiados de su conversin y pacificacin, como los
obispos de Segorbe y de Orihuela, mayormente el primero. Fu de los
enemigos ms grandes de los moriscos el fraile Bleda, que escribi de
aquel suceso en su _Crnica_ de los moros, el cual por conseguir la
expulsin hizo tres viajes  Roma, y escribi libros y memoriales, 
hizo cuanto puede dictar el celo ms desapiadado. Comprobse que traan
inteligencia con Enrique IV de Francia, el cual, aunque cristiansimo,
no haba titubeado en prestarles favor, bien que, como arriba indicamos,
se dijo que le haban ofrecido hacerse protestantes bajo su mano. Mas
puede creerse que quien los ayudaba con promesa de tan poco verosmil
cumplimiento, tambin los habra ayudado an cuando renovaran los
tiempos de Taric-ben-Zeyyad y de Muza-ben-Nosseir y los desastres del
Guadalete. Al lado de estos cargos, verdaderamente graves, aparecieron
otros contra los tales moriscos, odos entonces con horror en Espaa.
Uno era que no criaban puercos, animales aborrecidos de Mahoma; otro
era, que cumpliendo  veces sus tratos mejor que los cristianos, no
convena dejar en pie tan mal ejemplo, y que se notase que los nuestros
con ser en la fe antiguos eran menos honrados y virtuosos que los que
ahora acababan de recibirla y no estaban en ella muy seguros: ni fu
tampoco de los menores el suponer que en las misas ejecutaban socapa y 
escondidas de los cristianos, irreverentes demostraciones. No pudo
resistir ms Felipe III: y como el duque de Lerma anduviese tan de
antiguo receloso de los moriscos acab de decidirle en un todo. En 1606
era ya cosa resuelta la expulsin.

Dilatse, sin embargo, tres aos por los empeos en que andaba  la
sazn la Monarqua. Guardse grande y maravilloso secreto sobre ello, y
fu de notar la conducta del duque del Infantado, posesor de la barona
de Alberique y otras pobladas de moriscos y muy ricas  causa de ellos,
el cual, sabiendo lo que haba de ejecutarse tan en dao suyo, como que
de un golpe iba  perder millares de vasallos y copiossimas rentas, no
hizo movimiento alguno, ni se aprovech de la noticia para negociar sus
intereses, tal como si estuviese ignorante de todo. No fueron tan
generosos otros seores, ricos-hombres y corporaciones interesadas en la
conservacin de los moriscos.

Eran de los principales intereses los que se fundaban sobre los censos.
Haba cristianos que vendan  los moriscos ropas y oro y alhajas de
mala ley al fiado, por mucho ms precio de lo que valan y con crecida
usura; otros, que prestaban  las aljamas  Universidades gruesas
cantidades al diez por ciento de usura, y de tales prstamos eran no
pocos para los mismos barones y seores de ellas; otros, en fin, que
tenan dinero consignado sobre casas y campos de propiedad de moriscos
particulares. Con el producto de tales censos viva la mayor parte de la
nobleza, conventos, parroquias, cabildos y otra infinidad de gente
honrada del reino, las iglesias, colegiatas y catedrales. Y as fu que
el rumor de la expulsin llen de espanto  todas las provincias donde
haba moriscos y censos; y que muchos, no tan generosos como el duque
del Infantado, con noticia cabal del intento se apresuraron  negociar
sus crditos. No di tiempo, sin embargo, el edicto para que pudieran
excusarse tales daos en los cristianos, ni tampoco para que los
moriscos ricos, que, aunque nada saban, recelaban lo bastante para
desear convertir en dinero sus haciendas, pudieran ejecutarlo. Por
Agosto de 1609 se decret la expulsin de los de Valencia, al propio
tiempo que se tomaban todas las medidas que parecieron necesarias para
ejecutarla.

Era Capitn general del reino de Valencia el marqus de Caracena, D.
Luis Carrillo de Toledo; envisele por Maestre de campo general de las
armas  D. Agustn Meja, soldado viejo de Flandes y castellano all de
Amberes; aprestronse las llamadas milicias generales, y acercronse 
las fronteras de Valencia y Aragn los jinetes de Castilla; Doria y
Santa Cruz trajeron: el primero, en diez y seis galeras, el tercio de
Lombarda, mandado por D. Juan de Carmona con mil doscientos cincuenta
soldados efectivos; y el segundo, el de Npoles, con dos mil setenta,
gobernados del Maestre de campo D. Sancho de Luna y Rojas. Las galeras
que tena en Sicilia el duque de Osuna vinieron tambin, y eran nueve,
con D. Octavio de Aragn por general; bien que aquella armada estuviese
 las rdenes de don Pedro de Leiva y ochocientos hombres en nueve
compaas. D. Luis Fajardo, con catorce galeras de la carrera de Indias
y mil soldados, y el marqus de Villafranca, duque de Fernandina, D.
Pedro de Toledo, con las galeras de Espaa, que eran veintiuna, y hasta
mil trescientos soldados tambin acudieron  la empresa. Fu el punto de
reunin de todas las armadas Mallorca, y desde all se repartieron los
puestos. Los bajeles de Espaa y los de Gnova vinieron  cerrar la boca
de los Alfaques: los de Npoles se apostaron en Denia, los de Sicilia en
Cartagena y en Alicante los de Indias. Desembarcaron las tropas,
repartindolas los capitanes en los puestos donde se crey que pudieran
los moriscos fortificarse: D. Pedro de Toledo por la parte del Norte del
reino hacia Aragn, y D. Agustn Meja por la del Sur hacia Murcia.
Luego se public el edicto en Valencia. Disponase que dentro de tres
das de publicado el bando todos los moriscos saliesen de sus casas,
bajo pena de muerte, yendo adonde el Comisario real que se enviase  sus
comarcas les ordenara, para ser transportados  Berbera, llevando
consigo los bienes muebles que pudieran conducir por s mismos.
Permitase que en cada lugar quedasen seis personas para que conservasen
el cultivo del azcar y las artes moriscas, y que quedasen tambin los
nios menores de cuatro aos, con licencia de sus padres, para ser
criados entre los cristianos viejos, esto como favor singular. Luego se
les dieron sesenta das de trmino para disponer de sus bienes, muebles
y semovientes, y llevarse el producto, no en metales ni en letras de
cambio, sino en mercaderas, y stas, compradas de los naturales de
estos reinos y no de otros,  no ser que prefiriesen dejar la mitad de
la hacienda para el Rey, en cuyo caso bien podan llevar consigo todo lo
prohibido en oro y plata y letras de cambio. Los bienes races fueron
sin excepcin confiscados, tales eran las principales disposiciones.

Los moros, aterrados al principio con lo violento de tal resolucin,
trataron al fin de defenderse y acudieron  las armas. Uno de ellos, por
nombre Turiji, persona principal del valle de Ayora, levant banderas de
rebelin, y  poco un molinero de Guadalest llamado Milini,
insurreccion tambin el valle de Alahuar, saqueando y destruyendo sin
piedad los pueblos de cristianos y matando  cuantos caan en sus manos.
Pero sin armas, sin enseanza militar y cogidos al desprovisto, tuvieron
que ceder al fin  los aguerridos tercios de Espaa y someterse  su
destino. No fu con todo sin algunos combates. Las cumbres de los
montes, los llanos y los caminos parecan cubiertos de ellos, que
corran furiosos de ac para all,  pie y  caballo, con armas y sin
ellas, comunicndose los acuerdos y animndose unos  otros. Hombres,
mujeres y ancianos, grandes y pequeos, se mostraban en el ltimo punto
de la desesperacin. Y no es decir que faltaran moriscos que tomasen la
expulsin  regocijo: habalos, sin duda, tan celosos de la fe de Mahoma
y tan deseosos de salir entre cristianos, que no suspiraban por otra
cosa y que respondieron con gritos de jbilo al mandato de salir de
Espaa. Pero stos no eran los ms,  lo que puede deducirse de los
hechos, sobre todo luego que lleg  susurrarse que no los reciban tan
bien en frica como se esperaba.

Di altas muestras de su sagacidad y talento el marqus de Villafranca,
duque de Fernandina, D. Pedro de Toledo, porque en la parte del reino
que l tom  su cargo fueron tales sus disposiciones que no se oy un
solo grito de rebelin. Pero el Maestre de campo, general D. Agustn
Meja, anduvo algo ms descuidado y di tiempo  que Millini  Mellini
por un lado, y Turigi por otro, se fortificasen y reunieran fuerzas que
llegaron  parecer temibles, aclamndose uno y otro por reyes en sus
comarcas. Entr D. Agustn Meja en la sierra de Alahuar, llevando por
delante  las cuadrillas de moriscos rebelados en el contorno; tom el
castillo de las Azavaras, en cuyo asalto di heroica muestra del valor
de su persona D. Sancho de Luna; luego los moriscos guarecidos en las
peas se pusieron al opsito del ejrcito, y hubo gran matanza de ellos
y alguna prdida de los nuestros, pereciendo entre otros el reyezuelo
Mellini, con que los rebeldes pusieron en su lugar  un cierto Miguel
Piteo. Al fin, lleg D. Agustn Meja con el tercio de Npoles, el de
Sicilia y muchos soldados de milicias y particulares al castillo de
Polop, ltimo asilo de los rebeldes: all padecieron horrible hambre y
sed por no haber hecho provisin de nada, hasta que al cabo de nueve
das se rindieron  condicin de salvar las vidas. Entre tanto Vicente
Turigi, que as se llamaba el reyezuelo de Ayora, reuni muchos moriscos
en la Muela de Corts, lugar muy proporcionado para la defensa: sali 
reconocerlos el Gobernador de Jtiva, D. Francisco Miln y Aragn, y
tuvo con ellos un encuentro, donde, peleando valerossimamente, les
hizo mucho dao: luego D. Juan de Cardona, con su tercio de Lombarda y
milicias, vino  atacarlos en sus posiciones, y no osando aguardarlo, se
desbandaron, abandonando cuanto tenan y pereciendo los ms de los que
all se recogieron al filo de la espada, hombres, nios y mujeres.
Turigi, sin embargo, anduvo algn tiempo escondido por la ribera del
Jcar, hasta que al fin fu preso y ejecutado en Valencia, donde muri
como cristiano. Hubo  la par muchsimas muertes por todas partes entre
cristianos y moriscos, pretendiendo aqullos robar  los que iban
pacficamente  embarcarse, solcitos stos en vengar su afrenta y dao.

Al cabo se complet la expulsin en Valencia, y en el ao siguiente
(1610) furonse dando edictos y expulsando  los moriscos que quedaban
en las dems partes de Espaa. De las costas de Valencia pasaron las
armadas  las de Catalua y Aragn, y fu tambin D. Agustn Meja;
salieron de all los moriscos sin resistencia alguna, coadyuvando muy
eficazmente al logro de la empresa el Capitn general de Roselln y
Catalua, duque de Montelen, y el Virrey de Aragn, don Gastn de
Moncada, marqus de Aitona.  los de Extremadura los expuls el
licenciado Gregorio Lpez Madera;  los de Castilla, el conde de
Salazar, D. Bernardino de Velasco, y  los de las Andalucas, el duque
de San Germn, Capitn general de la provincia, sin que en parte alguna
se notase ya resistencia. Luego se hicieron indagaciones  inquisitorias
por las ciudades y campos para rebuscar  los pocos moriscos que haban
quedado escondidos; algunos fueron cazados en los montes, como fieras;
otros fueron atrados con halagos y embarcados, y as acab de
desarraigarse aquella raza triste de nuestro suelo.  fines de 1610
poda reputarse por terminada la obra.

Tachse de impoltico y de injusto el edicto en las naciones
extranjeras; tanto, que el cardenal Richelieu dijo de l que fu el
consejo ms osado y brbaro que hubiese visto el mundo. Sobre todo han
sido censuradas ciertas disposiciones derechamente encaminadas 
enriquecer la hacienda del Rey con los despojos,  ms bien la del duque
de Lerma y sus parciales. De cierto pueden considerarse aquellas medidas
como desacertadas y fatales para Espaa. Aun en el trance extremo en que
estaban las cosas, aun siendo tan necesario el reprimir duramente  los
moriscos y siendo tan peligrosos  la Monarqua, pudironse hallar
expedientes que no causasen con su expulsin total tamaos males. Haba
moriscos que profesaban sinceramente la religin catlica, y tanto que
murieron como mrtires por ella entre los de su nacin. Los ms de ellos
ignoraban ya la lengua y literatura rabe, y, por el contrario, hablaban
la lengua y dialectos de Espaa como los mismos cristianos; escriban
libros que podan pasar por clsicos en nuestra literatura, y mostraban
gran conocimiento de nuestros escritores y de los escritores
greco-latinos, que andaban entonces en moda. Cursaban en nuestras
Universidades, aprendan nuestras artes,  la par que nos enseaban las
suyas; y en sus gentilezas y bizarras y hasta en la desenvoltura de sus
mujeres, ms se parecan  los espaoles que  los moros  turcos, sus
hermanos. Aun los hubo tan apegados  nuestras cosas, que en el
destierro conservaron nuestra lengua y costumbres, y las guardaron por
mucho tiempo despus, transmitindolas de sus personas  las de sus
descendientes en las muchas ciudades y villas que fundaron en frica. Y
los ms de ellos sentan tanto amor al suelo de Espaa, que por no
dejarlo hicieron al Rey los ofrecimientos ms extraordinarios, ya
prestndose  rescatar  todos los cautivos cristianos en Berbera, ya 
pagar las flotas y las guarniciones espaolas de sus provincias.

Algo pudiera, por tanto, aprovecharse en tanta gente y tan diversa,
conservando en el reino  los que lo mereciesen, y expulsando con efecto
 los ms indciles y aun  los sospechosos de sedicin, siendo cierto
que contendra  los que se quedasen el castigo de los que se iban. Lo
principal era apartarlos de las costas y meterlos en el interior de
Espaa; y eso bien pudo hacerse con muchos, sin peligro alguno ni
dificultad muy grande, que yermos y tierras baldas que poblar no
faltaban ciertamente en nuestro suelo. Pero no se pens en otra cosa que
en echarlos y en tomar sus despojos. Ni aun esto se logr como se
quera; antes bien, fueron ellos quien nos empobrecieron: unos,
llevndose, como los judos, grandes letras de cambio; otros, que,
aprovechndose del permiso que se les di de exportar oro y plata,
dejando la mitad para las arcas reales, pusieron en circulacin inmensa
cantidad de moneda falsa y de falsas alhajas, y se llevaron consigo el
oro y plata de buena ley. No alcanzaron tampoco los moriscos el fruto de
este ltimo engao, por la ocasin disculpable. Muchos de los barcos que
haban de transportarlos, mal preparados y dispuestos y por dems
cargados, naufragaron, haciendo presa el mar de millares de cadveres.
En muchos, no los naufragios, sino la crueldad y mala fe de los pilotos
y marineros causaron igual suerte, porque, deseosos de soltar pronto la
carga para tener tiempo de volver por otra, echaron al mar  los
moriscos que llevaban. Y aun no paraba aqu su desdicha, sino que, al
llegar luego  los puertos donde los dejaban, eran asesinados y
saqueados, por lo comn, sin piedad alguna. En frica mismo, vindolos
los moros ignorantes de su lengua y de sus historias y devociones, y tan
distintos en usos, maneras  industrias, no quisieron ya reconocerlos
por hermanos, y robaron y despedazaron  la mayor parte.

Es imposible recordar los pormenores de aquella catstrofe sin sentir el
corazn oprimido y sin lamentar la suerte de tantos infelices hijos de
Espaa, criados al fin  nuestro sol y alimentados en nuestros campos.
Pocos libraron su vida, menos aun las riquezas que poseyeron. Y no
fueron ellos solos los perjudicados, sino que de nuestra parte fu no
menor el dao y ruina. Las ricas y populosas costas de Valencia y
Granada quedaron entonces miserablemente perdidas; olvidse casi la
industria, que solamente los moros ejercan; abandonronse los campos
que ellos solos saban cultivar; centenares de pueblos desiertos,
millares de casas derrudas, quedaron por seal de su partida. Calclase
de diversas maneras el nmero de los moros expulsados; pero pocos lo
bajan de un milln de personas de toda edad y sexo. Hecho verdaderamente
grande y admirable,  no ser tan infeliz para Espaa.

No se saci con echar  los moriscos del reino la saa de los Ministros
de Felipe III. Pareci por un momento que se iba  resucitar la antigua
poltica de Espaa, extendiendo nuestro podero por las tierras
infieles, cosa que ofreca ms facilidad y menos gastos que las
empresas de Italia y de Flandes, y poda ser de mucho ms provecho  la
Monarqua. Harto mejor campo era este para esgrimir las armas en defensa
de la religin y en contra de los enemigos de la fe. Y si, en efecto,
Espaa hubiese consagrado todas sus fuerzas al frica, todava los males
de la expulsin de los moriscos no hubieran sido tan grandes, aunque
siempre hubieran sido de mal ejemplo y precedente aquellas muestras de
demasiado rigor para que los africanos se rindiesen  los nuestros sin
grande esfuerzo. Pero todo par en la toma de Larache, por astucia, en
la de la Mamora, y en algunos arrebatos y empresas martimas.

Ya en 1602 Carlos Doria haba llevado una armada delante de Argel, que
acaso se hubiera apoderado de aquella plaza indefensa entonces,  no ser
deshecha por las tempestades, tan enemigas de Espaa. Al ver lo
frecuente que eran tales desgracias en nuestra marina por aquellos
tiempos, sospchase con fundamento que los bajeles espaoles, aunque
mandados por hbiles y experimentados Generales y llenos de gente
valerosa, no estaban bien aparejados ni tripulados con buena marinera,
dado que las armadas inglesas y holandesas corran en tanto los mares
con mucha mejor fortuna.

Encaminronse ahora, dejado lo de Argel, los intentos del Gobierno
espaol contra Larache. Era aquel puerto madriguera y abrigo de
corsarios berberiscos y saletinos, y de piratas holandeses, franceses 
ingleses, que desde all tenan en continuo desasosiego nuestras costas.
Propuesto el apoderarse de la plaza, se aprovech la ocasin de los
tratos que haba movido de _proprio motu_ con nuestra Corte Muley Xeque,
Rey de Fez, que era quien la posea, el cual estando en guerra
bravsima y larga con Muley Cidan, que gobernaba en Marruecos, deseaba
tener propicio al Rey de Espaa, para hallar refugio en cualquier desmn
en sus Estados. Un cierto Juanetn Mortara, genovs avecindado en
frica, fu el mensajero que escogi el moro para pedir el seguro, el
cual, ganado por nuestra Corte, trabaj con mucha astucia y acierto, y
con exposicin notable de su persona en que el marroqu nos cediese 
Larache. Logrse despus de muchas dificultades (1610), y de muchas idas
y venidas de nuestra armada  aquellas costas y un ao de negociaciones;
pero no fu sin gastos, porque entre otros, hubo que darle  Muley Xeque
doscientos mil ducados en dinero y seis mil arcabuces. Mana singular
aquella de comprar an lo que poda adquirirse por armas, porque  la
verdad era Espaa en ellas todava ms rica y poderosa que no abundante
en dineros.

Ms acierto hubo en la toma de la Mamora, donde, perdida Larache, haban
trasladado los piratas moros y cristianos su madriguera. Rindila D.
Luis Fajardo, que sali de Cdiz (1614) para el caso con una armada de
noventa velas, cogindola al desprovisto y casi sin defensa; y el
Gobernador que all qued, Cristbal de Lechuga, supo conservar la plaza
de modo que, aunque bien la acometieron los moros los aos adelante, no
pudieron recobrarla.

No menos afortunado por mar que D. Luis Fajardo, se present el marqus
de Santa Cruz con su armada destinada  cruzar en las costas de Npoles
delante de la Goleta de Tnez, quem once naves que all haba al abrigo
de la fortaleza; y desembarcando luego en la isla de Querquenes la
saque, trayndose mucho botn y nmero grande de cautivos, aunque no
sin prdida, porque los moros obstinadamente defendieron sus puestos. Y
el duque de Osuna, Virrey  la sazn de Sicilia, donde comenzaba ya 
echar los cimientos de su fama, aprest una armada en aquellos puertos,
la cual, viniendo  las costas berberiscas, ech gente  tierra en el
lugar de Circeli, y  pesar de la valiente defensa de los turcos que lo
defendan, lo entr  fuego y sangre, con muerte de ms de doscientos de
ellos y poca prdida de su parte.

Alentado Osuna con la gloria y provecho de este triunfo, junt mayor
armada al mando de D. Octavio de Aragn, marino muy ejercitado. Naveg
este General  los mares de Levante; y encontrndose con diez galeras de
turcos algo separadas de una grande armada que tenan ya  punto
aquellos infieles, las combati, y despus de un recio combate tom seis
sin que el grueso de las naves contrarias acudiera  estorbrselo, con
lo cual y otras presas que hizo se volvi  Palermo, rico y glorioso. No
tard Osuna en ordenar otra vez  don Octavio que saliese al mar; haban
hecho los turcos un desembarco en Malta, y sabedor de ello el General de
los nuestros, lleg y atac su escuadra anclada en las costas, ech 
pique unas galeras, apres otras y oblig  los enemigos  embarcarse y
huir. En tanto don Juan Fajardo, D. Rodrigo de Silva y D. Pedro de Lara
hicieron muy ricas presas en los corsarios mahometanos, principalmente
el ltimo, que, en dos naves marroques que rindi, hall ms de tres
mil manuscritos rabes de filosofa, medicina, poltica y otras artes,
los cuales fueron trados  la biblioteca del Escorial, donde algunos
se hallan todava; y otros, los ms, perecieron en el doloroso incendio
de 1674.

Mas sigui predominando en los consejos el inters de influir y dominar
en Europa; y cierto que  la sazn nos aquejaban aqu graves cuidados,
porque el rey de Francia, Enrique IV, no haba cesado de hacer aprestos
de guerra desde la paz de Vervins, ni de procurarse alianzas, adems de
ayudar  nuestros enemigos tanto al menos como nosotros ayudamos en la
ocasin  los suyos. Secundbale Sully, su gran privado, hombre de gran
capacidad y celo, al cual debi Francia la gran prosperidad en que se
hall los aos adelante. Tanto el Rey como el Ministro aborrecan de
corazn  Espaa, por el calor que haba dado  la liga catlica.
Alarmada nuestra Corte con los preparativos del francs, comenz 
inquirir sus intentos para destruirlos antes de que llegasen 
ejecucin. Trajeron en nuestro favor el oro y las promesas de alianza y
amparo,  casi todos los ministros de Enrique IV, y hasta la reina Mara
de Mdicis y  Mara de Verneuil, querida del Monarca francs. Dcese
que ste no poda hacer cuajar sus proyectos, ni preparar ninguna trama
contra Espaa sin que de nosotros fuese conocido el intento, por secreto
que pareciera. Pero  la verdad el de movernos ahora guerra no lo era ni
se cuidaba mucho Enrique IV de que lo fuese. En una conferencia con
nuestro embajador don Iigo de Crdenas, que fu  pedirle cuentas de
sus armamentos tan inesperados, exclam lleno de clera: Quiere
vuestro Rey ser seor de todo el mundo? Pues yo tengo la mi espada en la
cinta tan larga como otra.  lo cual respondi D. Iigo, con la
gravedad y nobleza que solan tener los ministros de Felipe II, que el
Rey de Espaa no quera ser dueo del mundo, porque ya Dios le haba
hecho seor de lo mejor de l; y que sin meterse en el tamao de las
espadas, era tal el de la espada de su Rey, que en Europa y las dems
partes del mundo poda sustentar lo que tena y mantener su reputacin
de modo que quien la provocase habra de sentirla. Pasaron all otras
razones tanto y ms duras, y pblicamente se hablaba ya del tiempo y el
modo con que Enrique IV haba de invadir nuestras provincias de Flandes.

Indudablemente para el Monarca francs eran bastantes motivos de guerra
el odio que profesaba  Espaa y el deseo de destruir nuestra
preponderancia en Europa; mas la Historia no puede callar un motivo
pueril propio de aquel Rey tan flaco con las mujeres, aunque dotado de
altas prendas y cualidades. El prncipe de Cond se haba refugiado en
Bruselas con su mujer joven y hermosa de quien estaba locamente prendado
el rey Enrique. Hablando con nuestros embajadores apenas dejaba de
nombrar entre los negocios de Estado que lo traan descontento de
Espaa, el que alejase aqul la mujer de sus manos, y hablaba en su
particular de ir  Bruselas y trarsela por fuerza de armas contra la
voluntad del esposo. En esto le sorprendi el pual de Ravaillac, que le
quit tales proyectos con la vida (1610). Aquel crimen fu sin duda til
para Espaa, puesto que con l qued libre de tan peligroso enemigo; y
aun por eso sin duda hubo quien lo atribuyese  nuestras artes.
Calumniaron torpemente los que dejaron correr tales voces  nuestro buen
rey Felipe III, que era tal, que al decir de un embajador veneciano en
ciertos despachos  su Gobierno, no habra hecho un pecado mortal por
todo el mundo. Ni los hechos del duque de Lerma autorizan  creer que
de por s tramase tamaa alevosa, ni era fcil que sin conocimiento del
piadoso Rey la intentase.  la verdad, el Gobierno espaol obedeca al
maquiavelismo indigno de la poca, empleando las artes de la seduccin
con harta frecuencia; mas no la usaban menos contra l los extranjeros,
aunque no con tanta fortuna, porque no se hallaban espaoles que
hiciesen traicin  su patria. Ni ha de ser razn sta para que se
atribuya  nuestro Gobierno un crimen que pudo ser ms ventajoso, y no
se imagin en los das de Felipe II.

Descans con la muerte de Enrique IV la poltica espaola por aquella
parte, y ya no se trat sino de aprovechar las circunstancias. Logr de
la reina regente, Mara de Mdicis, D. Iigo de Crdenas, no slo que
apartase al ministro Sully de los negocios, sino tambin que lo redujese
 prisin, libertndonos as de aquel otro enemigo. Y en seguida para
asegurarnos ms se ajust el matrimonio del prncipe de Asturias, don
Felipe, con Doa Isabel de Borbn, y el de la infanta Doa Ana de
Austria con el rey de Francia, Luis XIII. Casi al propio tiempo (1611)
muri de sobreparto la reina Doa Margarita de Austria, con gran
sentimiento de su esposo, que no quiso ya contraer segundas nupcias; y
los funerales de la Reina se confundieron con los festejos ruidosos que
produjeron los nuevos matrimonios, de que se esperaba por cierto ms
felicidad que hubo.

Libre ya de temores el Gobierno espaol, se dispuso  ejecutar sus
intentos un tanto contenidos por atender  los proyectos del difunto
Enrique IV en Alemania  Italia. Eran los de Alemania poner en posesin
de los Estados de Cleves y de Julliers al conde Palatino de Neoburgo,
catlico, contra las pretensiones del marqus de Brandeburgo,
protestante y enemigo de la casa de Austria. Haban convenido primero
aquellos Prncipes en repartirse amistosamente los Estados; pero como
suele suceder en tales transacciones, no tardaron uno y otro en acudir 
las armas. Vinieron los protestantes alemanes y el conde Mauricio de
Nasau con los holandeses al socorro del de Brandeburgo, y Spnola
recibi orden al punto de salir de Flandes  combatirlos y restituir 
Neoburgo los Estados. Reuni Spnola un ejrcito que se hizo subir 
treinta mil hombres, y con l sorprendi  Aix-la-Chapelle sin
resistencia; pas luego el Rhin, y rindi  Orsoy sin dificultad, y
apareci delante de Wesel. Bien recordaban los moradores de aquella
ciudad hertica los agravios que tenan hechos  los espaoles,
sometindose  ellos cuando los miraban cercanos, y ultrajndolos y
persiguiendo el culto catlico no bien los sentan apartados. Por lo
mismo resolvieron estorbarles la entrada, y opusieron tenacsima
resistencia; mas Spnola combati la plaza de tal manera, que antes que
pudiera ser socorrida de los protestantes la oblig  rendirse.
Fortificla ms que estaba y puso all guarnicin muy crecida al mando
del marqus de Belveder D. Luis de Velasco. Ocup luego otros lugares y
fortalezas, y se volvi  Flandes sin dar batalla, porque tena rdenes
de evitarla.

En Italia fu  la sazn el principal intento de nuestra Corte tomar
venganza del duque de Saboya. Haca tiempo que este Prncipe senta
bullir en su cabeza el pensamiento de echar de Italia  los extranjeros,
formando con ella un reino para su casa. Pblicamente se dejaba llamar
el _libertador de Italia_; y furalo acaso  tener tantas fuerzas como
voluntad y astucia. Por entonces, olvidando los beneficios que deba 
Espaa, haba ajustado un tratado que se llam de Brusol con Enrique IV
para apoderarse del Milans, mientras aquel Monarca pona en prctica
por otro lado los intentos que contra nosotros meditaba. Ordensele
deshacer su ejrcito, y el Duque se neg  ello con altivez. Entonces el
Gobernador de Miln recibi orden de invadir sus Estados. Anticipse el
de Saboya, y entr con ejrcito en las tierras de Espaa, juzgando acaso
que los venecianos y los franceses, vindole tan empeado, vendran 
ayudarle en su empresa. Pero abandonado de ellos, y viendo ya sobre s
al ejrcito espaol, se apresur  ceder proponiendo la paz. Negsela el
Rey de Espaa mientras no diese larga satisfaccin de sus agravios,
mandando  su hijo primognito  Madrid para que delante de toda la
Corte mostrase el arrepentimiento y enmienda del padre. No sin razn
tuvo por duras el de Saboya tales condiciones, y por no someterse 
ellas, implor, no slo el auxilio de Venecia, sino tambin el de
Francia y de los potentados de Italia. Pero Venecia no os an dar la
cara al peligro; la poltica francesa estaba vendida  nuestra Corte, y
los Prncipes italianos teman demasiado nuestro poder todava para que
se determinasen  empuar las armas, que era lo que requera el caso. Al
fin tuvo que prestarse  todo.

El prncipe Filiberto vino  Madrid (1611), y en pblica audiencia di
verbal satisfaccin por las faltas de su padre; pero ni aun con eso se
content nuestra Corte. Exigise que fuera por escrito: dictsele la
frmula misma, que era harto humillante. El Prncipe consult  su
padre, y hubo duda y vacilaciones sobre ello: al cabo triunf la firmeza
de Espaa. Aquel documento contena la declaracin ms afrentosa que
Prncipe  nacin hayan hecho nunca. Mi padre, deca Filiberto en tales
 semejantes palabras, me enva aqu porque  l la edad y las
obligaciones no se lo consienten,  suplicar humildemente al Rey de
Espaa que acepte el arrepentimiento y satisfaccin que ofrece de sus
errores. No aceptar yo  explicar el dolor que siente el nimo de mi
padre al verse privado de la gracia del Rey, pues slo habra de
demostrarlo no alzndome del suelo sin obtener el perdn que pido. Gran
muestra ser de su piedad el perdonarle y mostrarse an benvolo con una
casa que respeta en l  un tiempo seor y padre. Confiado en que lo
ser el duque de Saboya, se pone enteramente  merced del Rey de Espaa,
entregndose  su misericordia; y seguramente el perdn que ahora le
conceda, ser un lazo de eterna duracin con que l y yo y todos los de
nuestra casa quedaremos atados  su voluntad y servicio. Concedisele
la paz al Duque despus de tal declaracin: y cmo pudiera negrsele?
Bien mostr Espaa en esto su antigua soberbia, y slo falt que el
poder la acompaase para mantener tal superioridad perpetuamente.

Pero el duque Carlos Manuel, ms airado que arrepentido con la pasada
humillacin, no cej un punto en sus proyectos de engrandecimiento.
Logr al fin atraerse los venecianos, inclinados ya  ello, porque haca
tiempo que aquella repblica aspiraba  dominar sola en el Adritico, y
por tanto necesitaba enseorearse de los puertos que en la Dalmacia,
Istria y Croacia posea el archiduque Fernando de Austria como Rey de
Hungra, y al propio tiempo tena pretensiones sobre muchas plazas de
Italia en tierra firme, que cerraban el camino de la ciudad de las
lagunas. Como las fuerzas de Saboya y Venecia no eran tan grandes como
sus intentos, comenzaron  teger una trama inmensa y  valerse de todas
las astucias y trazas imaginarias. Era Espaa el principal estorbo que
tuviesen sus miras, porque su poltica era la ms hbil, y su brazo el
ms poderoso todava, y contra ella se encaminaron los mayores
esfuerzos. Aguardaban para renovar la guerra una ocasin en que de
cierto Francia no pudiera abandonarlos  merced de Espaa, llegando el
ltimo trance: el de Saboya haba de prestar las armas por lo pronto, y
el dinero Venecia.

Hallaron la ocasin apetecida en la sucesin del Monferrato (1613). Por
muerte del duque de Mantua, Francisco de Gonzaga, tales Estados
recayeron en Mara, nieta del de Saboya, nacida del matrimonio de aqul
con Margarita, hija de ste, ms adelante virreina de Portugal,  la
cual y  sus descendientes les estaban adjudicados por manera de dote.
Pidi primero Carlos Manuel la tutela de la nieta, y no consintiendo en
que la tuviese el nuevo duque de Mantua, su to, desemboz los planes, y
levantando tropas numerosas con el dinero de los venecianos, cay  mano
armada sobre Monferrato y se apoder de todas sus plazas, excepto de
Casal, que estaba bien guarnecida. Espaa y el Imperio, alarmados, se
prepararon  un tiempo  desposeerle de su conquista; pero el
artificioso Duque hizo tanto, que ni una ni otra, envuelta en sus
intrigas, supieron qu hacer por algn espacio. Al cabo el Gabinete de
Madrid, que era el ms perjudicado, se decidi  obrar, y el marqus de
Hinojosa, D. Juan de Mendoza, ahora Gobernador de Miln, antes soldado
de valor en Flandes, entr con las armas de Espaa en el Monferrato.

 orillas del ro Versa se present por primera vez el enemigo, resuelto
 disputar el paso; pero los nuestros le desalojaron fcilmente (1615),
llevndole en retirada  la cordillera que se extiende por ellas hasta
la ciudad de Ast. All se empe la batalla. Sostvola con valor el de
Saboya; pero no eran sus gentes para contener el mpetu y la ordenanza
de nuestros tercios, y fueron al fin arrolladas y puestas en total
derrota y dispersin. Entre tanto, el marqus de Santa Cruz se acerc
con su escuadra  las costas enemigas y rindi  Oneglia,  pesar de su
esforzada defensa, y poco despus la fortaleza de Marro. No se aprovech
como debi y pudo el marqus de Hinojosa de estas victorias; y en vez de
acometer al punto las plazas fuertes que ocupaba el enemigo y seorearse
de ellas, mantuvo  su ejrcito largo mes y medio en las montaas
cercanas de Ast como en amago de la plaza, donde el calor y la falta de
vveres y hasta de agua potable debilitaron sus fuerzas sobremanera. Con
todo, el duque de Saboya, incapaz de resistir entonces, pidi la paz, y
el de Hinojosa se la concedi por mediacin del marqus de Rambouillet,
embajador de Francia, y de los enviados de Venecia y del Papa. Firmse
el tratado en Ast, estipulando en l que el duque de Saboya renunciara
 tomar por armas el Monferrato, que devolvera cuanto hubiese ganado en
la guerra, poniendo en libertad  los prisioneros, y que Espaa hara
otro tanto retirando sus tropas al milans, mientras licenciaba las
suyas el saboyano.

Lo peor de este tratado fu que se puso su cumplimiento bajo la garanta
del mariscal de Lesdiguires y de los dems Gobernadores franceses de la
frontera, los cuales quedaban autorizados para entrar con las armas en
nuestro territorio  la menor infraccin. Era sin duda esta condicin
vergonzosa  inadmisible, y la sospecha de que lo que quera el saboyano
era tomar treguas para descansar y volver en mejor ocasin  la guerra,
hizo que ms lo pareciese  muchos. Ello fu que la Corte la desaprob,
y en lugar del marqus de Hinojosa,  quien trataban de inhbil unos, de
traidor otros, envi de Gobernador  Miln  D. Pedro de Toledo, marqus
de Villafranca, hombre de virtud antigua y de probado valor y destreza
en los hechos ms memorables de su tiempo.

No bien lleg el nuevo Gobernador se puso en campo; pero la estacin
estaba harto avanzada, y pronto las lluvias excesivas del otoo le
obligaron  aplazar sus empresas. Desde sus cuarteles de invierno movi
tratos con el duque de Nemours, de la casa de Saboya, que se hallaba
retirado en Francia y tena de Carlos Manuel muchas quejas, ofrecindole
la soberana de aquellos Estados si por su parte nos ayudaba  la
conquista. La conducta del de Saboya justificaba sin duda el que los
espaoles quisieran desposeerle de sus Estados, y harto ms poltico era
en tal caso el ponerlos en mano amiga que no el guardarlos para
nosotros, cosa que los franceses jams podan ver tranquilos, y tampoco
los Prncipes de Italia. Entr el duque de Nemours en tales intentos, y
reuniendo cuanta gente pudo de aventureros franceses y flamencos,
invadi la Saboya, mientras el marqus de Villafranca con el ejrcito
espaol invada el Piamonte y se apoderaba de San Germn y otras plazas,
amenazando  Vercelli.

 las nuevas de estos sucesos corrieron  juntarse con el duque de
Saboya muchos aventureros franceses enviados principalmente por el
mariscal de Lesdiguires, Gobernador por Francia del Delfinado,
protestante, antiguo consejero y amigo del difunto Enrique IV, y por
tales conceptos declarado enemigo de Espaa. Con ellos y los suizos,
asoldados  costa de Venecia, y la gente levantada en sus propios
Estados, guarneci Carlos Manuel las plazas de la frontera por donde el
de Nemours ejecut su invasin, y form ejrcito bastante para salir al
encuentro del de Espaa. Con ste caminaba el marqus de Villafranca la
vuelta de Vercelli resuelto  ponerla sitio. Hostigla en su marcha el
saboyano, interceptndole los convoyes, cogindole los rezagados, y
causndole en pequeos choques alguna prdida; mas el Marqus sigui
tranquilo su marcha esperando ocasin favorable de combatir. La hall al
adelantarse el Duque para entrar antes que l en el llano de Apertola, y
fingiendo que iba  tomar posiciones donde luego empear la batalla,
mientras el enemigo pona en la vanguardia sus mejores tropas para
sostenerla, se arroj impensadamente sobre la retaguardia con unos diez
mil infantes y algunos caballos que eran la flor de su ejrcito.
Aturdidas las tropas del Duque iban desfilando  la sazn por un bosque
pensando romper ellas las primeras el combate, no supieron resistir ni
retirarse en buena ordenanza, y  pesar de los esfuerzos de Carlos
Manuel y de sus capitanes se pusieron en abierta fuga, arrojando muchos
las armas y abandonando el bagaje y heridos.  dicha vino la noche, y
con sus tinieblas impidi el alcance, que si no, as como fueron muchos
los prisioneros y muertos, fuera total la presa y ruina de aquel
ejrcito. Pero entre tanto Nemours no hizo por la opuesta frontera el
efecto que se esperaba. No se levantaron en su favor los naturales; no
pudo tomar por sorpresa ninguna plaza, porque todas estaban sobrado
prevenidas para el caso, y falto de dinero, de vveres y en soldados,
tuvo que entrarse de nuevo en Francia, desde donde se concert con el de
Saboya.

Era ya en esto bien entrado el invierno; mas no por eso abandonaron el
campo los espaoles y saboyanos, ni dilataron sus operaciones. Vindose
Villafranca sin el opsito del ejrcito contrario, puso sitio 
Vercelli, como de antes traa pensado, y la rindi despus de dos meses
de sitio, falta ya la plaza de vveres y municiones. El duque de Saboya
intent en vano por dos veces socorrerla; mas la fortuna no le fu por
todas partes tan adversa. Su hijo Vctor Amadeo entr en tanto con
alguna gente en el principado neutral de Masserano, apoderndose de la
capital y de Cravecoeur, que tom por asalto. Sabido esto por el marqus
de Villafranca, temiendo que la prdida de esta ltima plaza le
impidiese rendir  Vercelli, envi por aquella parte contra el enemigo
al valeroso Maese de campo D. Sancho de Luna y Rojas, con algunas
compaas de infantes y caballos; pero atacado por fuerzas muy
superiores, qued muerto en el campo con los ms de los suyos. Antes de
que pudiera repararse tal descalabro, hubo de causarles mayores otro
acontecimiento, si inesperado de nuestra Corte, harto previsto del de
Saboya. No podan los franceses mirar indiferentes que los espaoles,
con la rota de aquel Prncipe, se hiciesen seores de toda Italia. El
envilecimiento de su Gobierno, durante la menor edad del rey Luis XIII,
no le dejaba pensar en tales cosas; pero hubo quien pensase por l en
Francia, y se dispuso la expedicin, alegando las condiciones del
tratado de Ast, que, verdaderamente no lo era, puesto que no haba sido
aceptado de nuestra Corte. Fu el alma y ejecutor de todo el mariscal de
Lesdiguires, tan enemigo de Espaa como dejamos dicho, el cual, con las
ventajas alcanzadas por los nuestros,  pesar de los encubiertos
auxilios que l prestaba  los contrarios, conoci que no era tiempo de
ms espera. La confusin de Francia era tan grande  la sazn, que el
Mariscal pudo llevar  efecto sus pensamientos, contra el deseo primero,
y luego contra las rdenes terminantes de su Gobierno. Entr con ocho
mil hombres en Italia, y reuniendo sus fuerzas con las del prncipe
Vctor Amadeo, juntos rindieron  San Damin, ms por astucia que por
armas, y luego entraron en Alba. Las rdenes imperiosas de su Corte
obligaron  Lesdiguires  volverse  Francia, y en seguida el marqus
de Villafranca, acudiendo  reparar las anteriores prdidas, tras de
rendir  Vercelli, se apoder de Soleri, Feliciano y todos los puestos
importantes de las riberas del ro Tnaro. Y el duque de Saboya vi
entonces su perdicin ms que nunca cercana.

Habanse reunido por azar en Italia tres espaoles ilustres contra cuyo
valor y experiencia se estrellaban todos sus clculos. El marqus de
Villafranca el uno, el duque de Osuna el otro, y el ltimo el marqus
de Bedmar, embajador en Venecia. No tard en ser conocida de ellos la
liga del Saboyano con Venecia y cuanto ayudaba  aqul esta Repblica,
asegurndose que para tal guerra le haba prestado hasta veintids
millones de ducados, mientras diverta la atencin de Espaa y del
Imperio con sus empresas en la Croacia, Dalmacia  Istria. No es de
culpar, ciertamente, que Venecia hiciese por echar  los espaoles de
Italia, lo mismo que el duque de Saboya, antes las historias italianas
habrn por eso de dispensarla elogios. Pero tampoco ha de vituperarse en
Villafranca, Osuna y Bedmar el pensamiento de aniquilarlos, quitndoles
los medios de daar  su nacin y  su patria: tal es la ley de las
cosas.

Encargse de sujetar  la Repblica el duque de Osuna, con noticia y
acuerdo del de Bedmar, para que no pudiera seorearse del Adritico ni
acudir al Saboyano. Era el duque de Osuna, D. Pedro Tllez Girn, el ms
notable de aquellos tres ilustres espaoles, y aun por eso le llamaban
ya el _Grande_. Su fama es tan singular, que no parece bien pasar
adelante sin dar cumplida cuenta de su persona. Nacido de tan noble
casa, fu en su juventud sobremanera disipado y revoltoso  punto de
caer en prisiones: de ellas se escap  duras penas y pas  Francia,
desde donde, sin prestar atencin  los halagos de aquella Corte, camin
 Flandes y sent plaza de soldado en sus banderas. Distinguise mucho
en el sitio de Ostende y en otras ocasiones, y en pocos aos llen de
heridas su cuerpo y se cubri de gloria; mas di tales muestras de
insubordinacin y soberbia, que el archiduque Alberto pidi por merced
al Rey que de all se lo sacase. Vuelto  Madrid acert  ajustar el
matrimonio de su hijo mayor con una hija del duque de Uceda, primognito
del de Lerma: de suerte que  la privanza del abuelo y al empeo del
padre de la desposada, debi Osuna ser nombrado para el virreinato de
Sicilia. All di ya buenas muestras de su alta capacidad y de las
grandes cualidades que lo recomendaban y sealaban para el Gobierno.
Conociendo el flaco de que entonces adoleca nuestra Corte, fu su
primer objeto el procurarse oro; mas lo hizo de tal suerte que favoreci
al propio tiempo al pas, granjendose el amor y el entusiasmo de las
muchedumbres. Vot gustosamente por complacerle el Parlamento de Sicilia
grandes cantidades para el servicio del Rey, cosa difcil en aquella
provincia, y al propio tiempo vot una pensin muy crecida para el duque
de Uceda, que, como hijo del de Lerma, tuvo siempre gran poder  influjo
en la Corte,  ttulo de favorecedor del reino, no sindolo, en verdad,
sino del de Osuna. Mientras estuvo en aquel Gobierno no ces de enviar
grandes cantidades  Uceda, que se asegura llegaron  dos millones de
ducados, y otras no mucho menores al Padre Fray Luis de Aliaga, cuando
fu ya confesor del Rey,  D. Rodrigo Caldern y  las dems personas
influyentes en la Corte. Gan as bastante prestigio para ser elegido
Virrey de Npoles; y dejando en Sicilia mucho sentimiento de su partida,
pas all, donde, vindose con ms poder, hizo subir ms altos sus
pensamientos.

Form una escuadra poderosa de los escasos y mal prevenidos bajeles
napolitanos, y un ejrcito temible de aquella nacin y extranjeros, sin
contar los espaoles que ya tena, y los que,  la fama de su
esplendidez y generosidad, se le fueron allegando. Con estas fuerzas
hizo cruda guerra  los turcos y berberiscos, y limpi de piratas
aquellos mares, logrando por sus capitanes muchos triunfos. Fu el ms
notable el que por este mismo tiempo que el Saboyano mantena la guerra
en Lombarda, consigui su teniente D. Francisco de Ribera contra los
turcos. Sabedor Osuna de que stos disponan una armada de cien galeras
para venir contra las costas de Sicilia y Calabria, se aprest como pudo
 la defensa, y envi  D. Francisco  que observase sus movimientos y
los comunicase con solo cinco galeras y un patache. Llegaron estas naves
 las costas enemigas, y pasaron tan adelante en la observacin, que
dieron tiempo  los turcos para que, dndose  la vela en cincuenta y
cinco galeras que haba ya aparejadas, viniesen  su encuentro. No era
posible excusar el combate, ni Ribera lo intent tampoco. All, rodeado
de naves enemigas, metido en un crculo de fuego que formaba en derredor
suyo la numerosa escuadra turca, se mantuvo tres das peleando casi sin
descansar. Al amanecer del cuarto, se hall solo con sus naves y treinta
de turcos rendidas  deshechas, y ms de tres mil cadveres de ellos que
flotaban sobre las aguas. El resto de la escuadra enemiga sin general,
porque quedaba tambin muerto, hua  lo lejos. Extendise ms y ms con
esto la fama del gobierno de Osuna, y tembl toda la Italia amagada de
sus armas. Era el Duque altivo con los grandes, benvolo con los
pequeos, liberal y magnfico en todas sus cosas, verdadero ejemplar de
la antigua nobleza espaola, aquella que combati en Olmedo y en Epila,
y luego, especialmente, mordaz, iracundo, no habiendo cosa mala que no
dijese, ni cosa buena que no hiciese: ms capaz de sustentar cetro en
sus manos, que no de respetar otro, aunque fuese el de su propio Rey.
Llegaba en su ira  hablar en pblico, con poco respeto de Felipe, y aun
se aade que sola llamarle el _tambor mayor de la Monarqua_.
Deslucieron principalmente sus buenas cualidades la lascivia y la
codicia; pero stas,  cuenta de las otras, perdonbaselas la
muchedumbre popular y era cada da ms querido de ella. No haba para l
ni leyes, ni tribunales, ni regalas: su voluntad era nicamente la que
rega, aunque fundada las ms veces en la justicia; y como las leyes de
entonces estuviesen hechas ms en ventaja y favor de las clases altas
que no de las bajas y plebeyas, todo lo que por este motivo era ms
alabado del pueblo, vena  ser aborrecido de los nobles, de los
tribunales y clero. Pero l no reparaba en eso y segua constante en su
camino, guiado solo por la sed de nombre y de gloria que le acosaba. Un
hombre de esta naturaleza no poda menos de simpatizar con los
patriticos intentos del marqus de Villafranca. El de Bedmar, D.
Alfonso de la Cueva, no era indigno, ciertamente, de alternar con
aquellos dos hombres ilustres; antes los igualaba en muchas cosas, y en
astucia y destreza los superaba, ayudndoles en todo.

Comenz Osuna por proteger  los Uscoques, que as se llamaba  los
habitantes de Segnia, ciudad y puerto de Croacia, hombres muy valerosos
y prcticos en el mar, que con continuas pirateras traan afligido el
comercio de Venecia. stos con tal ayuda causaron en los venecianos
infinitos daos, sin que ellos pudieran tomar venganza, aunque repetidas
veces lo intentaron. Envi luego al marqus de Villafranca un refuerzo
de seis mil buenos soldados, y sin miramiento ni consideracin alguna
les hizo pasar desde Npoles  Miln por las tierras de los dems
potentados de Italia, que, aunque lo resistieron, no osaron impedirlo
con las armas. Por ltimo, desembozando ya sus intentos, mand al
valeroso D. Francisco de Rivera que con su escuadra napolitana, tan rica
de triunfos, entrase en el Adritico. Bast esto para que los venecianos
abandonasen sus empresas en las fronteras costas de Istria y, dejando
all tranquilos  los imperiales, se recogiesen  las lagunas. El
espanto y la indignacin fueron en los venecianos incomparables: miraban
ya como suyo aquel mar, y afrentbalos sobremanera ver en l ondear tan
soberbio el pabelln de Espaa. Determinaron hacer un esfuerzo supremo
que restableciese su superioridad en aquellas aguas; armaron ochenta
bajeles, y con ellos fueron  buscar  los espaoles.  vista de
Gravosa, en Dalmacia, esperaron los nuestros  la armada de la Repblica
con solo diez y ocho bajeles; pero eran de los mismos que con aquel D.
Francisco Rivera, que los mandaba, haban triunfado tantas veces de los
turcos. Pelearon ahora desesperadamente; y no les fu menos prspera la
fortuna, porque rompieron toda la armada veneciana y,  traer galeras
consigo, se la llevaran toda de remolque  Npoles. Poco despus,
nuestra armada, duea del mar, tom tres naves riqusimamente cargadas
con mercancas de Levante, en que iba empleado mucha parte del caudal de
la Repblica. Desfalleci sta  punto que ni su propia capital tena
por segura, y suplic al rey Felipe que la amparase contra aquel
poderoso vasallo, abandonando de todo punto la causa de Saboya. Por
esto y los triunfos de Villafranca era por lo que pareca ya tan
perdido.

Pero  tal punto las cosas, pas de nuevo la frontera el mariscal
Lesdiguires, enviado ahora de su Corte, que, ms avisada, ya atenda
por s al grave peligro de que los espaoles lo avasallasen todo en
Italia, si bien le orden que caminase lentamente, as como para amagar,
ms bien que no para empear un combate. Lesdiguires, enemigo tan
encarnizado de nuestro nombre, se aprovech de aquellas rdenes para
entrar repentinamente, y sorprendiendo  las guarniciones espaolas de
la ribera del Tnaro, pas  cuchillo cuatro  cinco mil soldados antes
de que hubiese ocasin de prepararse contra su embestida. No tard el
marqus de Villafranca, reforzado con la gente que le envi Osuna, en
acudir al remedio, y hubiera arrojado  Lesdiguires de Italia, segn
eran de numerosas y aguerridas sus tropas, si el duque de Saboya,
vindose sin soldados y sin el auxilio de Venecia y entregado su
territorio  dos ejrcitos extranjeros, igualmente temibles para l, no
se hubiese apresurado  pedir la paz. Medi el Nuncio del Papa y medi
tambin Francia, que no apareca en estos sucesos ni en paz ni en guerra
con nosotros, y al fin se ajust en Pava un tratado que comprenda
condiciones semejantes  las de Asti, mas no tan vergonzosas garantas
como en aqul se puso. Logramos tambin que el duque de Saboya y la
Repblica de Venecia quedasen escarmentados y seguros de que por s
solos no podan nada contra Espaa. Venecia, principalmente, qued muy
flaca y sin paciencia para soportar las humillaciones que de Espaa
haba recibido.

Para vengarse invent aquella fbula famosa de tantos autores creda,
principalmente extranjeros. Supuso que entre el duque de Osuna, el
marqus de Villafranca y el de Bedmar, principalmente, se haba formado
una conjuracin horrible para sorprender la ciudad de Venecia, y con
muerte de su Senado y nobleza, reducirla al dominio espaol. La
verdadera trama era la suya para hacer odioso nuestro nombre en el
mundo. Publicronse entonces detalles y pormenores muy minuciosos; hubo
dentro de Venecia no pocos suplicios de gente, por la mayor parte
extranjera y desconocida; di el Senado de la Repblica gracias  Dios
en los templos por haberla librado de tan grave peligro, y afect, en
fin, todo lo necesario para que la fbula se creyese. Decase que una
parte de las tropas de la Repblica estaba ganada por el oro de Bedmar;
que lo estaban tambin algunos capitanes de mar y tierra; que no se
aguardaba ms que una seal para poner en ejecucin el proyecto, y que
para eso las escuadras de Osuna no se apartaban del Adritico, y el
ejrcito de Villafranca apareca no lejos de las fronteras. Pero ello es
que la Repblica no se quej oficialmente  la Corte de Madrid, como
debiera, de semejante atentado, y que, registrados minuciosamente sus
archivos y los nuestros, no se ha hallado un solo documento que ofrezca
grande  pequea prueba.

El nico efecto que se vi de nuestra parte fu la separacin del
marqus de Bedmar de aquella embajada; pero no si no para darle mejor
puesto en Flandes, y fu condescendencia de nuestra Corte hecha para
evitar los continuos disgustos, que no podan ya menos de acontecer en
el estado de los nimos. Poco despus comenz  correr otra voz, que
tambin tena traza de inventada por los venecianos para cumplir en
todo su venganza, y era que el duque de Osuna quera levantarse con el
reino de Npoles. Que el carcter del Duque se prestase  tal sospecha
no hay que dudarlo, y los hubo entre sus hechos que algo inclinan el
nimo  darla crdito. Sus obras dentro y fuera de Npoles eran de rey;
l haca por s guerras y treguas; l sentenciaba las causas sometidas 
los Tribunales reales; impona tributos, suprima los que le parecan
daosos al pueblo, revocaba donaciones, tena corte propia y escuadras y
ejrcitos, que por s solo dispona y gobernaba. Pero no pas de ser un
rumor vago la acusacin de que implorase la alianza de Francia y Venecia
para arrancar aquel reino  la corona de Espaa, ni de su probado
patriotismo puede sin mayores indicios suponerse tamaa traicin. Los
pocos Grandes de Espaa que no haban humillado sus nombres en la
servidumbre del Monarca recordaban an por aquel tiempo lo que haba
sido en siglos anteriores; y Osuna pareca en Npoles, no con mucha ms
independencia y soberbia que su antecesor el marqus de Mondjar y el
gran duque de Alba, y el famoso conde de Fuentes y el de Villafranca, y
el de Medinasidonia, que gobern ms tarde en Andaluca.

No obstante, la malicia de los extranjeros, harto acostumbrados  ver
traiciones en sus magnates, vendidos casi siempre por dinero  los
intereses de otras naciones, di por indudable el propsito; y el odio
de algunos napolitanos descontentos, el clero, la nobleza y la
magistratura, principalmente, acogi apresuradamente la sospecha y
fulmin la acusacin. Reunidos en un propsito los descontentos, y
contando con pretexto tan plausible, escribieron al cardenal D. Gaspar
de Borja, que estaba en Roma y era de las personas en quien ms
confianza depositaba la Corte de Espaa, rogndole que viniese con
sigilo  apoderarse del mando, so pena de perderse el reino. Vino el de
Borja, y fu de tal manera que no lo advirti el duque de Osuna hasta
que estaba dentro de los castillos de Npoles. Pusironse al punto de
parte del recin venido todos los nobles con sus gentes, los tribunales
y clero, con sus familiares y allegados, mas el pueblo permaneci fiel
al Virrey. Hubiera podido empearse una batalla de xito, harto dudosa y
quizs funesta  los conjurados, si el Duque no se resignara  dejar el
mando y tornar  Espaa. Prueba en su notorio valor y soberbia, de
singular patriotismo, y bastante para poner en duda la acusacin que se
le haca, si ya no fuera para calificarla de injusta. En tanto Saboya y
Venecia, particularmente la ltima, celebraron el suceso con
demostraciones de triunfo, indicio tambin no poco importante para
sospechar de dnde pudo venir la acusacin contra Osuna.

Mas ya es razn de que, dejadas las cosas que pasaban por fuera de
Espaa, veamos las que por dentro acontecan al propio tiempo. El duque
de Lerma, que desde antes de comenzar  reinar Felipe III fu su
consejero y el rbitro de sus determinaciones, haba continuado muchos
aos con el propio favor. As todas las veces que hemos hablado hasta
aqu de los intentos de la Corte y del gobierno de Espaa, debe
entenderse de los del duque de Lerma. No haba mejorado de condicin y
de conducta el favorito por virtud de los aos; antes  medida que ellos
pasaban, iba aumentndose su codicia y su despilfarro, y ofreciendo
mayores pruebas de ineptitud. Enriquecise con los despojos de los
moriscos y otros arbitrios,  punto de poder gastar cuatrocientos mil
ducados en las fiestas que se celebraron por el doble matrimonio del
Prncipe y de la Infanta de Espaa, y de dedicar ms de un milln 
obras pas. Slo en donaciones adquiri ms de cuarenta y cuatro
millones de ducados, segn sus contemporneos, aunque la cantidad es tal
que pudiera pasar por increble. Contemporneamente llegaba la Hacienda
 tal extremo de penuria, que no pudiera concebirlo la mente si no
hubiera sido mayor todava en los siguientes reinados. Las rentas
estaban empeadas por la mitad de su valor y debanse crecidas
cantidades  usureros genoveses y de otras naciones, que consuman con
los intereses que sacaban del Estado el resto de ellas. Las plazas
fuertes se mostraban, por consecuencia, desmanteladas; los ejrcitos,
mal pagados y descontentos; no se reponan los arsenales; no se
conservaba la marina; no poda emprenderse obra alguna de inters
pblico. El Duque ni se atreva  aconsejar al Rey que impusiese nuevos
tributos, ni quera tampoco aminorar los gastos del Estado. En 1617
dieron las Cortes de Castilla los ordinarios diez y ocho millones, en
nueve aos,  dos cada uno, sin que por eso se viese ms desahogo en la
Hacienda.

Haba sostenido el de Lerma la ruinosa guerra de Flandes, ni ms ni
menos que si nos perteneciesen an aquellos Estados; se haba
entremetido sin necesidad forzosa en ciertos asuntos de Italia, y haba
enviado desdichadas expediciones contra Argel y contra Irlanda,
levantado  precio de oro discordias en Francia y expulsado al propio
tiempo  los moriscos. Esta conducta varia del privado, ya buscando la
paz para Espaa, ya lanzndola audazmente  descomunales empresas,
empujado por el orgullo nacional, fu censurada por el Papa Clemente
VIII en un dicho, que por lo oportuno merece mencin histrica.
Representbale cierto fraile no poco favorecido del de Lerma cun
conveniente pareca la expulsin de los moriscos, y mostraba recelos de
que sin ella se perdiese Espaa, cuando le respondi el sagaz Pontfice:
Si estando, como decs, de esa suerte oprimidos con tal freno y
rodeados de enemigos no hay quien se averigue con vosotros, que sera
si os viseis libres? Y as era la verdad; que con tantos peligros y
dificultades como agobiaban  Espaa, no dejaba de entremeterse en todo,
cosa que acrecent mucho la pobreza y decaimiento del reino, sin darle
ninguna ventaja, ni aun aparente de gloria  engrandecimiento.
Murmurbase por todas partes del Ministro; el clero y los grandes
plebeyos miraban de consuno en l la causa de todos los males, y
juzgaban que con solo perderle se remediaran: ilusin harto frecuente
en las naciones afligidas del yugo de un favorito  de un mal ministro,
sin pensar en que tan fcil como es obrar el dao, tan difcil y lento
es el repararlo despus de causado.

En fin, combatido por todas partes el Ministro, sinti vacilar su nimo;
comprendi que no estaba lejos el da en que haba de perder la gracia
del Rey, y temi que entonces se le sujetase  recio castigo. Para
evitarlo redobl sus cuidados, poniendo cerca de la persona del Rey, con
cargo de _sumiller de corps_,  su hijo el duque de Uceda, joven de
escaso mrito, ms ducho ya en las intrigas y algo en negocios, y dotado
de algunas prendas de cortesano. Y habiendo ascendido al capelo el
maestro Javierre, confesor ahora del Rey, puso en tal lugar al Padre
Luis de Aliaga, que era confesor suyo, hombre al parecer de humildes
intentos, pero en verdad muy codicioso y soberbio. No tard de esta
manera en haber tres favoritos  quien contentar en la Corte y  quien
dar mercedes, pues todos las admitan sin empacho del Rey y de los
particulares. Hubo muy luego quien prefiriese comprar por su dinero el
favor de Uceda y del Padre Aliaga,  gastarlo en favor y amparo del de
Lerma, como antes se sola, tal hemos visto que hizo el duque de Osuna.

No se descuidaba tampoco D. Rodrigo Caldern por su parte, que era acaso
el que tena ms talento de todos, y as la confusin de los negocios y
la inmoralidad de los gobernantes iban llegando al ltimo punto. Mas
estando la influencia en tantas manos no podan menos de originarse
discordias, y con efecto se originaron muy pronto. El mozo Uceda comenz
 disputarle  su padre la gracia del Rey, ayudado al principio del
confesor, que, como suele suceder en nimos viles, cobr al viejo Duque
desde luego tanto odio como obligaciones le deba, tomando el beneficio
por ofensa de su vanidad, y la gratitud antigua por desmerecimiento de
su actual grandeza. La lucha entre el padre y el hijo fu larga, y de
ejemplo tan miserable, como penosa memoria. Pronto se vi estallar otra
entre Uceda y el confesor, que no quera compaero en la privanza, mas
concertronse al fin viendo que separados no podan derribar al de
Lerma. ste en tanto procuraba tenazmente defenderse. Puso en la cmara
del Rey  su sobrino el conde de Lemus y  D. Francisco de Borja,
tambin deudo suyo, para que combatiesen  su hijo y lo sostuviesen 
l en el mando. Pero ni uno ni otro supieron contrapesar el influjo de
Uceda y de Aliaga. Era el duque de Lerena ayo del prncipe de Asturias
D. Felipe, y aun siendo nio como era, propusironse Lemus y Borja darle
en l un apoyo que lo sostuviese, movindole con continuas alabanzas 
amarlo, al paso que desacreditaban al de Uceda. Spolo ste, y entre l
y su confidente Aliaga lograron que D. Francisco de Borja fuese
honrosamente desterrado, dndole el virreinato de Aragn. Entonces el de
Lemus, dotado de no vulgar espritu, fu  ver al Rey para rogarle que
de desterrar  Borja no le dejase  l en la corte: idos adonde
quisireis--le contest Felipe--, y el Conde se retir al punto  sus
haciendas, despus de haber hecho los ms generosos esfuerzos por salvar
 su to el duque de Lerma, y con el dolor de que ste, lejos de
agradecrselo, llegase en los ltimos das  dudar de su lealtad.

En tanto, en la opinin pblica se mostraba de da en da mayor el odio
y mayor el esfuerzo para derribar el poder del viejo Duque, achacndole
todo lo que hacan entre muchos. Doblaban sus enemigos los esfuerzos,
multiplicaban las trazas y los expedientes y las intrigas, y aunque 
todo responda el de Lerma, valindose de la maa y artificios de
Caldern, no dejaban de llevarle ventaja, porque con su largo gobierno
traa ya gastados todos los resortes de su poder y prestigio personal.
Sostenale, sin embargo, en su puesto el cario del Rey, que no se haba
disminudo en lo ms pequeo, y por lo mismo fu preciso que sus
adversarios inventasen algo para neutralizar tal influjo. Hall el Padre
Aliaga el remedio, que fu ya de por s, ya por medio de frailes de su
confianza, el dejar entender al Rey en plticas y confesiones, que
llamndole Dios  la gobernacin del reino, era gran pecado dejarla en
manos de otro. Tal idea, imbuda en el nimo devoto del Rey, se mantuvo
en l hasta su muerte, causndole vivsimos y extraos remordimientos.
Conoci el duque de Lerma que no poda resistir ya mucho tiempo, y para
procurarse un seguro en todo trance, pidi y obtuvo de Roma el capelo de
Cardenal. Verdad es que siempre manifest alguna inclinacin en todos
sus pesares  entrar en la vida religiosa, apartndose de las pompas del
mundo. Mas puesto en la pendiente, el capelo mismo apresur su cada,
porque el Rey, con el respeto que su dignidad le inspiraba, no se
acomodaba  tratar con l de los negocios ni  ordenarle cosa alguna.

 tal punto las cosas, hicieron un gran empuje sus enemigos, y lograron
por fin ponerle en tierra. Hallndose la Corte en El Escorial, le di el
Rey en propia mano (1617) un papel donde le mandaba que se fuese 
Valladolid. Implor entonces bajamente la piedad de sus enemigos y
sealadamente la de un cierto Padre Florencia  quien veneraba el Rey
mucho; mas no logr con sus bajezas sino menosprecio. Tuvo que partir,
aunque no sin consuelo, porque en el camino recibi todava sealadas
muestras de la benevolencia del Soberano, que no haba quitado de l ni
un punto del amor que le profesaba. Sin ser perverso el de Lerma, ser
siempre uno de los ministros que con ms razn censure la Historia. Su
defecto capital fu la codicia; pero ella di ocasin  que incurriese
en faltas de todo gnero. Pocos defectos hay tan grandes ni tan viles en
los ministros como la codicia y la falta de pureza en el manejo de la
hacienda pblica. Y el duque de Lerma, sobre ser tan sealado en esto,
alcanz el privilegio triste de ser el primero que abriese en el
Gobierno tal camino, por desdicha seguido luego de tantos.

Siguironse  su cada mseros espectculos de esos que tan comunes
suelen ser en los Gobiernos absolutos como el de Espaa lo era. Los
vencedores saciaron la ira contra sus favorecidos y los pocos amigos que
le haban quedado. De ellos fu D. Rodrigo Caldern, marqus de
Siete-Iglesias, privado del privado;  este pusieron en prisiones y
comenzaron  formarle un proceso, que tuvo lastimoso fin en el reinado
siguiente. Hombre fu el D. Rodrigo de singular historia, y  quien es
imposible olvidar, tratando de los sucesos de esta poca. En todos tuvo
muy gran parte, y en algunos de ellos la principal, puesto que desde el
tiempo en que logr el favor del duque de Lerma no se apart de su lado,
dirigiendo  encaminando todos sus negocios. Pueden atribuirse  D.
Rodrigo muchos hechos que corren  cargo del duque de Lerma. En codicia
y ambicin no era menor, y superbale sin duda en orgullo. Sealse
tambin en no reparar tanto como su favorecedor en derramar sangre, si
por acaso le convena. Orden dar garrote sin proceso  un alguacil
llamado vila  Avililla, y  un tal Francisco de Juara, porque no
revelase secretos suyos lo mand asesinar, cosas ambas que alborotaron 
la Corte. Lleg  despachar con el Rey, y pareca ms privado que el
mismo duque de Lerma. La reina Margarita vino  aborrecerle mortalmente
por desafueros, de donde eman sin duda la acusacin de que por l haba
sido envenenada cuando muri de sobreparto, que fu tan anteriormente 
su cada. La Corte toda le detestaba; no tena otro sostn ni apoyo
sino el duque de Lerma. Y, sin embargo, era tal, que comenz 
desacreditarlo por celos de que se entregaba todo  un cierto criado
suyo, por nombre Garca Pareja, que  la verdad tuvo por entonces
sobrado influjo en los negocios pblicos. Celos de favorito para los
cuales tampoco tena razn alguna. Cuntase que la primera vez que el
Duque Cardenal mir airado contra s el semblante del Rey, fu por
excusar  D. Rodrigo; y era tanto el generoso afecto que le tena, que
no lo desampar por eso un momento. Cuando cay l fu cuando D. Rodrigo
no pudo sostenerse ms y vino al suelo, comenzando entonces  correr sus
desventuras.

No alteraron tales catstrofes la poltica de Espaa, ni se mejoraron
por eso las rentas, ni hallaron algn remedio los males pblicos, cosas,
si esperadas del vulgo, con razn calificadas de imposibles. Ya que no
tuviese Lerma sucesor en el cario del Monarca, los tuvo ms  menos
ostensibles en el Gobierno, ni mejores por cierto, ni ms hbiles que
l. Ni el duque de Uceda, ni D. Baltasar de Ziga, ayo ahora del
Prncipe, ni su confesor y los dems clrigos y devotos que le rodeaban,
supieron obtener  aconsejar mejores cosas. Consultse (1619) al Consejo
de Castilla y  varias personas graves, principalmente eclesisticas,
sobre el remedio de los males de la Monarqua; pero en sus dictmenes no
se hall cosa de provecho, si no fu la idea de reducir el nmero de los
monasterios y dificultar las profesiones religiosas; y aun por eso no se
llev  ejecucin. Lo dems se redujo  arbitrios pueriles, y propios
solamente de las erradas miras econmicas de aquel tiempo. Gan en tanto
D. Juan Ronquillo en el mar de Filipinas una gran victoria naval  los
holandeses, que no obstante las treguas combatan nuestras colonias y
pirateaban en nuestros mares: tomles ocho bajeles y degoll y aprision
 cuantos lo tripulaban. Las nuevas del suceso pudieron alegrar los
funerales de la antigua privanza. Fu no menos glorioso el suceso de
Adra, en las costas de Granada. Arribaron ac siete galeras de turcos, y
desembarcando quinientos hombres, acometieron la villa. Defendila D.
Luis de Tovar con unos veinte soldados hasta morir en el trance con
ellos, y luego los vecinos recogidos en el castillo se sostuvieron
tanto, que dieron tiempo  que, acudiendo la caballera de la costa y
gente armada de las Alpujarras, tuvieran los enemigos que embarcarse con
mucha prdida. Hzose clebre tambin por aquel tiempo la capitana _San
Julin_, que separada de una escuadra que iba  las Indias, se vi
acometida de cuatro navos ingleses que andaban al pirateo. Mandaba la
nave D. Juan de Meneses, y supo pelear de tal manera, que despus de dos
das de combate, oblig  los enemigos  huir muy maltratados. Tambin
el marqus de Santa Cruz apres delante de Barcelona dos grandes bajeles
de moros. Y por los mismos aos (1617) ganaron en Italia y Alemania
ventajas y laureles las armas espaolas, que fu nuevo motivo de orgullo
y consuelo.

Haba sucedido D. Gmez Surez de Figueroa, duque de Feria, al marqus
de Villafranca en el Gobierno de Miln. El nuevo Gobernador, hallando 
los habitantes de la Waltelina, que eran catlicos, en abierta rebelin
contra sus seores los grisones, que al parecer queran imponerles el
calvinismo, se determin  intervenir en la contienda, y fu de modo
que tom para Espaa aquel territorio. Hemos dicho en otra parte que era
de grande importancia para nosotros el poseerlo, porque pona en
comunicacin al milans con los pases hereditarios de la casa de
Austria, y que el conde de Fuentes, famoso Gobernador de aquel Estado,
haba ya hecho mucho para ello, ganando los nimos de los naturales y
acercando all nuestras fuerzas. Con esto fule fcil ahora al duque de
Feria echar del territorio  los grisones, y al punto, para asegurarlo,
levant en l fortalezas, de manera que los enemigos intentaron en vano
recobrarlo. Gran ventaja sin duda  poder conservarse. Mas lejos de
atender  aprovecharla y consolidarla, puso los ojos nuestra Corte en
nuevos intentos, que por mayores tuvieron desde el principio menos
fortuna. Haba ya comenzado en Alemania la guerra de los treinta aos
que tanto lugar ocupa en la Historia. Tiempo haca que Espaa era el
amparo del catolicismo alemn y el brazo derecho de los Emperadores:
desde los das de Carlos V y de la confesin de Augsburgo, no ocurri
all cosa en que no mediara nuestro nombre y nuestro poder. El espritu
nacional, dominado siempre por el recuerdo de lo antiguo, y alimentado
por las predicaciones continuas del clero y los ejemplos de intolerancia
extrema del Tribunal del Santo Oficio, ya sabemos que no se mostraba
contrario  las guerras religiosas y  los sacrificios hechos en defensa
del catolicismo; antes bien, se solan mirar como necesarios y justos,
por ms que doliese el soportarlos. Luego el poder de la polica
tradicional era tan grande que, como tambin dejamos indicado, muchos
espaoles, y acaso el mayor nmero, aceptaban gustosos los ms caros
proyectos de engrandecimiento, al paso que rechazaban las ms prudentes
medidas, con tal que fuesen indicios de flaqueza en la Monarqua.

Bien se mostr esto en las treguas de Holanda, tan murmuradas y
censuradas, que no fueron de los menores cargos que se hicieron al duque
de Lerma y que ayudaron  su cada. Junto el inters religioso con el
inters poltico en la guerra de los treinta aos, no era posible que
nosotros dejsemos de tomar en ella parte. Que el inters religioso nos
lo aconsejase, no ofrece duda ni necesita pruebas por consiguiente; pero
lo del inters poltico, no tan claro ni averiguado, necesita de
explicacin oportuna. Haba muerto en 1618 el emperador Matas sin dejar
hijos varones, y no tenindolos tampoco sus hermanos, pareca fundado el
derecho del Rey de Espaa, sobrino del emperador Maximiliano,  los
Estados hereditarios de la casa de Austria. Fernando II, que sucedi en
el Imperio, haba sido antes elegido Rey por los habitantes de Bohemia,
sublevados contra el emperador Matas porque violaba sus antiguos fueros
y privilegios; pero no bien le vieron levantado  ms alta dignidad,
mudaron de propsito y ofrecieron la corona  Federico, elector
Palatino. Naturalmente, Fernando de Austria desde los primeros das de
su exaltacin al Imperio trat de recobrar aquellos Estados, antes
unidos  su casa; pero los protestantes alemanes que haban formado en
tiempo de su antecesor la llamada _Unin Evanglica_, para defenderse
contra las pretensiones,  la verdad muy grandes, de los catlicos,
acudieron en socorro del prncipe Palatino,  la par que el Rey de
Inglaterra, su pariente, y el famoso Betlem Gabor, Prncipe de
Transilvania. No tuvo Fernando en este trance otro recurso que pedir
ayuda  los Prncipes catlicos, y sealadamente al Rey de Espaa, que
era tenido an por el ms poderoso, y cuya ayuda por los lazos de la
religin, la sangre y la poltica deba ser, como haba sido en tantas
ocasiones, ms sincera y eficaz que otra alguna. Pero no se prest este
al socorro, sin pedir y pactar antes cierta compensacin y paga. No
sabemos de documentos espaoles que prueben este hecho; pero l est
atestiguado por el conde de Khevenhuller, Embajador del Imperio por
muchos aos, y muy sabedor por lo mismo de las cosas de nuestra Corte,
en sus _Anales de Fernando II_. La compensacin era por los derechos
importantes que tena Felipe III  la corona de Hungra y de Bohemia, y
la paga por los grandes auxilios que haba de dar en hombres y dineros.
En virtud de una y otra se firm un tratado secreto, por el cual el
Emperador se oblig  ceder  Espaa la parte de Austria llamada
_anterior_  _occidental_, siempre que llegase  poseer con nuestra
ayuda aquellos otros Estados.

No sera bastante el dicho de Khevenhuller para persuadirnos de que con
efecto hubo tal promesa  pacto, si no lo visemos confirmado por
anteriores y posteriores sucesos. Desde el tiempo de Felipe II y del
conde de Fuentes no haba descansado un punto nuestra Corte en la
empresa de unir el Milanesado con las provincias de Flandes por medio de
los pases hereditarios del Emperador. Y dados los derechos de Hungra y
de Bohemia y los apuros del Emperador, que era darnos la posibilidad de
hacer espaoles los mismos pases hereditarios, uniendo por tierras
nuestras las provincias de Italia y Flandes, no parece natural que se
extendieran  tanto los intentos? No nos atrevemos  censurarlos de
locos, porque la ventaja que de su ejecucin poda venir era tan grande,
que bien poda correrse por alcanzarla cualquier riesgo. Con la
situacin de Francia, no favorable todava para empear una guerra y la
alianza con el Emperador, que de todos modos era poderoso, no pareca el
xito imposible. Difcil y costoso s era; pero cuntas cosas de igual
dificultad y costo no se haban acometido antes y se acometieron despus
sin tan lisonjeras esperanzas ni inters de tanta monta! Lo que
merecera graves censuras sera que sin tamao intento se hubiesen hecho
los sacrificios que se hicieron, y hubisemos tomado sobre nuestros
hombros tan pesada carga, como llevamos, durante aquella guerra. El celo
religioso por s solo no basta  explicarlo; y es menester juntar con
sus efectos los efectos de un plan poltico, para disculpar en la
penuria del Tesoro y en la falta de soldados que sentamos, las campaas
del Palatinado y de la Alsacia y las expediciones de Spnola, del duque
de Feria y del cardenal Infante. Ellas no produjeron fruto alguno, y el
intento de la dominacin en las provincias occidentales de Austria no
tuvo ejecucin. Pero esto no persuade que no lo hubiera, ni debe ser
parte para desaprobarlo: ni Espaa ni el Imperio pudieron imaginar que
la espada de Gustavo Adolfo pesase en la contienda.

 comenzarla salieron de los Pases Bajos ocho mil soldados, los cuales
se incorporaron con el ejrcito imperial que caminaba ya  encontrar al
del conde Palatino en el corazn de la Bohemia. Y entre tanto, para
matar en el origen y fuente el poder del Palatino, se determin juntar
nuevo ejrcito en el Rhin que entrase  ocupar sus Estados de Alemania.
Pas el ro el marqus de Spnola con veintids mil infantes y cuatro
mil caballos, dejando las armas en Flandes al cuidado de D. Iigo de
Borja, y poniendo  la parte de Frisa y en defensa de las plazas
imperiales del Rhin, al marqus de Belveder, D. Luis de Velasco. Al
saber estas noticias la _Unin Evanglica_, levant tambin un ejrcito
que se compuso de veinticuatro mil hombres al mando del marqus de
Auspach, con el cual crey asegurar el Palatinado situndolo en
Oppenheim, por donde forzosamente tenan que pasar los nuestros. Burl
Spnola con su ordinario acierto los planes de los protestantes. Desde
Coblentza, tierra del arzobispado de Trveris, se puso en camino para
Francfort, fingiendo que iba  acometer esta plaza, con lo cual atrajo
hacia all al general enemigo, y entre tanto, con marcha rpida y
atrevida, se lanz sobre Oppenheim, y, cogindola desprevenida, entrla
por asalto. Salv de nuevo el Rhin, y ya sin obstculo, entr en el
Palatinado, hacindose dueo en breve tiempo de todo el pas. En vano el
conde de Auspach, con ayuda de holandeses que trajo el conde Enrique de
Nassau, pretendi quitar  los nuestros las adquiridas ventajas, porque
ellos supieron hacer sus puestos inexpugnables  la _Unin Evanglica_.
Y en tanto, los imperiales, al mando del duque de Baviera, ganaron con
ayuda del refuerzo de Espaa la famosa batalla de Praga, donde fu
completamente deshecho el ejrcito del elector Palatino, con prdida de
ms de diez mil hombres muertos y prisioneros, y toda la artillera y
bagajes. Pelearon all valentsimamente el conde de Busquoi, flamenco
de nacin, y el coronel de walones D. Cristbal Verdugo, uno y capitanes
de Espaa. Pareci por un momento que con tal victoria los intentos del
emperador Fernando II y del Rey de Espaa no haban de hallar obstculos
considerables. Hallronles, sin embargo, y Espaa, sin provecho alguno,
tuvo que hacer grandes gastos y sacrificios los aos adelante por haber
entrado en la empresa.

No tuvo tiempo de sentirlos Felipe III, porque  los 31 de Marzo de
1621, rindi su alma al Criador, siendo cuarenta y tres los aos de su
edad y veintitrs los de su reinado. Haca ya tiempo, que su salud,
frgil siempre, vena muy quebrantada. La desconfianza de su salvacin y
el temor de las penas de la otra vida apresuraron acaso la muerte: tal
era de escrupulosa la conciencia de aquel buen Prncipe. Aquella idea
que el confesor Aliaga y los frailes sus secuaces, principalmente el
prior de San Lorenzo y un cierto P. Santa Mara, le haban infundido de
que Dios no podra perdonarle el haber entregado el gobierno de los
reinos que le di  un favorito, si produjo la ruina del de Lerma como
se pretenda, caus tambin en el Rey horribles tormentos,
principalmente  la ltima hora de su vida. Muri pidiendo perdn  Dios
de no haber gobernado por su persona, y repitiendo con lastimosas voces:
Ah, si Dios me diera vida cun diferente gobernara! Y por todo
consuelo el P. Florencia no supo ms que recordarle cuntas veces le
haba dicho que no cometera un pecado mortal por todo el mundo, y cmo
haba sustentado las guerras de Alemania contra protestantes y haba
echado de Espaa  los moriscos. Alabse en este Padre el que no se
hubiese aprovechado de aquella hora suprema para sacar alguna merced del
Rey; no fueron todos tan mirados, y entre otros el Padre Aliaga que le
sac merced de cuatro mil ducados anuales por toda su vida, y el prior
de San Lorenzo del Escorial el obispado de Tuy. Miserable y
desconsolador espectculo el que ofreci por todos conceptos aquella
estancia de muerte! Forj el Embajador francs Bassompierre un cuento
increble, de esos de que tanto gustan los de su nacin, suponiendo que
por etiqueta los grandes de su servidumbre no acudieron  quitar de su
lado cierto da un brasero que le ocasion la muerte: lstima que otros
historiadores hayan dado crdito  tales patraas!

As acab Felipe III, Prncipe que dej de ser Rey antes de empezar 
reinar. En su corazn, dice el autor de los _Grandes anales de quince
das_, slo existan la religin y la piedad: fu de costumbres tan
candorosas, que con su mirar daba tanta devocin como respeto: tan
virtuoso, que se podan esperar de la pureza de su espritu tantos
milagros, como hazaas de su poder. Mas con todo eso, ni fu el Rey que
Espaa necesitaba, ni hizo otra cosa que empujarla poderossimamente
hacia su ruina. El propio autor de los _Anales_ aade que muchos,
acordndose de su santidad, llamaban  los sucesos en la conservacin de
la Monarqua milagro continuado: y lo fu sin duda muy raro. Acaso por
defuera se ostentaba el poder de Espaa ms extenso y grande que nunca;
pero en el interior se sentan ya los sntomas de la decadencia.

Sostuvo nuestro nombre en el mundo el espritu antiguo de grandeza y la
costumbre de dominar y de vencer que guardaban en sus nimos algunos
buenos capitanes y polticos espaoles, ms perseguidos y penados que
recompensados por ello. Vivise en todo de lo pasado, y no pareci en
muchas ocasiones sino que el Estado se gobernase slo, abandonados  su
arbitrio los Virreyes y Capitanes generales de las provincias y los
diplomticos que representaban  la nacin en Cortes extraas. Incapaces
de comprender la poltica que conviniese  Espaa en aquella era, el
duque de Lerma y los ministros que heredaron su influjo slo por la
fuerza de la tradicin fueron hbiles algunas veces y tuvieron
levantados pensamientos. Mas falt en todo la oportunidad y el acierto
que nicamente se alcanza en el propio estudio y en el verdadero
conocimiento de las cosas. El Ejrcito y la Marina quedaban en mucho
peor estado que  la muerte de Felipe II; las artes y oficios mecnicos
ms decados; haba menos comercio  industria, y la agricultura
proporcionaba aun al labrador empobrecido menos ventajas. La
amortizacin de la propiedad toc en este reinado los mayores extremos,
principalmente la eclesistica, produciendo sus ordinarios males. Y no
era de los menores la desigualdad en el repartimiento de los tributos
que con ella vena. No montaban los donativos voluntarios del clero y la
nobleza tanto ni con mucho como debieran pagar por sus haciendas, y as
los pequeos propietarios cada ao se sentan ms decados. Con esto la
Hacienda, lejos de concertarse y mejorarse como se pudiera, dado que ni
se hicieron conquistas, ni  pesar de todo se mantuvieron grandes
guerras, se haba dado un gran salto hacia el abismo en cuyos bordes la
dej el Monarca anterior. La nobleza, vencida por Carlos V y sujeta y
oprimida por Felipe II, daba de s  las veces altas muestras recordando
lo que haba sido; pero en lo general puede decirse que no mejor de
posicin ni de fortuna. Aun las altas muestras de s las daba la nobleza
fuera de Espaa; porque aqu dentro no osaba mover la lengua, sino en
caballerescos galanteos, ni el brazo, sino en desafos y aventuras.
Psose en este reinado ms cerca del trono que en el anterior; pero no
para que cobrase la dignidad antigua, sino para que le sirviese de
ornamento y de cmplice. Mejor estaba la grandeza recogida en sus
castillos ruinosos, murmurando de los ministros plebeyos de Felipe II,
que no autorizando con su asistencia las dilapidaciones de los favoritos
de su hijo, y acaso contribuyendo  ellas, cambiando sus ttulos viejos
tan gloriosos, por ttulos nuevos y dignidades de la Real Casa.

Las ciencias quedaban ya casi subyugadas  la teologa y del todo
envueltas en las tinieblas del escolasticismo y aristotelismo. Fueron
los telogos y filsofos de ms nota, ngel Manrique, llamado el Atlas,
por su vasta doctrina, natural de Burgos, hombre elocuentsimo y
catedrtico de Salamanca; Marsilio Vzquez, Pedro de Oviedo, Gabriel
Vzquez, Baltasar Tllez, Francisco Surez, Francisco de Toledo, Rodrigo
Arriaga, y, sobre todo, el ilustrsimo Juan Caramuel, uno de los
talentos ms singulares que haya habido jams, telogo, filsofo y
orientalista. Todos ellos escribieron obras eruditsimas y de copiosa
doctrina, pero sin grande elevacin ni libertad filosfica. Dos cosas
pueden llamar la atencin en este punto, porque dan  entender en
nuestro concepto que ni aun del escolasticismo y aristotelismo se fiaba
ya la Inquisicin espaola. Es la una, que no hubo filsofo alguno que
no fuese eclesistico, como si el serlo no se les permitiese ya  los
legos. La otra es todava ms importante. Durante el reinado de Carlos V
y de Felipe II, sin contar los que dentro del reino se miraron con ms 
menos razn perseguidos, hubo algunos telogos y filsofos que fueron 
profesar sus doctrinas en tierras extraas; mas no pareca singular,
porque eran, por lo comn, las que se iban, personas ms  menos
inficionadas en la hereja. Ahora se notaba ya que ni uno solo, aun
siendo muy buenos catlicos, permaneca al fin en Espaa, saliendo fuera
de ella con diversos pretextos  ensear sus doctrinas y  publicar sus
obras. Fu  parar Marsillo Vzquez  Italia, y all explic filosofa
con mucha reputacin en las Universidades de Florencia y Ferrara; Pedro
de Oviedo muri de Obispo en el Ro de la Plata; Juan Caramuel, no bien
concluy sus estudios en la Universidad de Alcal, pas  Flandes y
luego  Italia, donde tuvo que ver alguna cosa con el Sacro Colegio por
cierta obra suya calificada de dudosa en la fe; Francisco de Toledo
ense en Roma filosofa y teologa, y fu nombrado por el Papa Gregorio
XIII censor de sus propias obras, que fu concederle una especie de
libertad de pensar exclusiva; Rodrigo de Arriaga, el ms atrevido de
aquellos filsofos, fu  parar con sus lecciones y doctrina en Bohemia;
solo ngel Manrique, Baltasar Tllez y el granadino Francisco Surez,
metafsico profundo y de clarsimo estilo, autor del libro _De legibus_
y otros muchos, en los cuales estudi Vico un ao entero la filosofa,
por ser los ms famosos de su tiempo, murieron en la Pennsula; pero aun
no en estos reinos, sino en Portugal, donde hubo siempre otro gnero de
libertad religiosa y civil que en Aragn y Castilla. Fueran tales hechos
para casuales demasiados en nmero, y bien pueden fundarse sobre ellos,
cuando no evidencias, por lo menos muy razonables sospechas. Y aun
pueden aadirle crdito algunos hechos que tuvieron lugar por entonces.
Fu el P. Juan de Mariana el ltimo de los grandes pensadores que tuvo
Espaa, y uno de los mayores de su siglo. Su historia, no desnuda
ciertamente de defectos, fu la primera que vi Europa despus del
renacimiento de las letras que mereciera tal nombre, y los extranjeros,
tan parcos en alabar nuestros hombres y nuestras cosas, han tributado al
sabio jesuta grandes homenajes de admiracin y respeto. Permitisele
escribir acerca de los Reyes con libertad, aun hoy tenida de muchos por
demasiada, porque entonces el sentimiento monrquico era tal, que no
haba en ello el menor peligro, y ms pareca entretenimiento que
doctrina el tratar de tales asuntos los sabios. Pero no bien trajo su
pensamiento  censurar moderadamente las cosas presentes   explicar
teoras de aplicacin inmediata, fu rigurosamente perseguido,
ocasionndole grandes pesares. Tal aconteci al escribir el tratado
famoso sobre la _alteracin de la moneda_, medida tan perjudicial de
aquel reinado. Los lazos de la represin estaban, pues, ms estrechos
que nunca. Algunos aos ms, y doctrinas tales como las de Mariana en el
libro _De Rege_, ni por entretenimiento podran ser enseadas ni
defendidas. Argensola y el P. Sigenza escribieron tambin en esta poca
libros histricos notables por la belleza del estilo, mas no por la
crtica y filosofa de Mariana.

Pero en tanto que moran las ciencias, el ingenio espaol ofreca
altsimas muestras de s en otro gnero de letras. Sin ms pretensin
aparente que el entretenimiento y recreo, di  luz el inmortal
Cervantes su _Ingenioso Hidalgo_, maravillosa lucha y contraste de lo
real con lo imaginario, del mundo prctico con el mundo potico, de lo
sublime con lo ridculo; cuadro inmenso de costumbres que no pierde su
oportunidad con los siglos, smbolo eterno, libro, en fin, el ms grande
de nuestra literatura y que apenas halla rivales en el mundo. Menos
afortunado en sus _novelas_, hzolas, sin embargo, dechado de estilo, y
alguna de ellas singularsima en la pintura de caracteres y costumbres.
Sus obras poticas son las que menos boga han alcanzado; y aunque  la
verdad no la merecan muy grande, siempre es cierto que la reputacin
del autor en otras cosas las ha perjudicado bastante. Floreci  la par
Balbuena, poeta de talento colosal, que tal vez hubiera parecido ms
grande  tenerlo menor, y escribiendo con ms estudio y en mejor ocasin
sus obras. En el _Bernardo_ dej los trozos de poesa pica ms
valientes que haya en castellano, envueltos en un frrago de versos
insoportables, y en la _Grandeza Mejicana_ describi la _Primavera_ con
gran belleza en la diccin, y mucha novedad y galanura en los
pensamientos,  la par que con sus ordinarios defectos: tambin en el
_Siglo de oro_ dej buenas glogas, aunque amaneradas y fras, como
sola ser siempre aquel gnero de poesa, imitacin eterna de la
literatura latina. Con stos ha de juntarse el nombre insigne de Lope de
Vega, monstruo de fecundidad y de imaginacin que di su nombre  mil
novecientas comedias, si no buenas todas, ninguna falta de belleza y de
ingenio, verdadero maestro del arte dramtico en Espaa, y harto
encarecido de propios y extraos, para que mucho nos detengamos en su
elogio. Fu poca aquella gloriosa, en fin, y grande para las bellas
letras; pero no ha de atribuirse por ello honor alguno al Monarca ni 
sus Ministros. Era que todas las fuerzas intelectuales de la nacin se
haban refugiado en la literatura, cerrado el camino de la Filosofa, de
la Historia y de las Ciencias fsicas y matemticas. An all no haban
llevado sus armas la Inquisicin y el escolasticismo, pero no andaban
muy lejos. La representacin de las comedias, bien tolerada por Felipe
II, se vi ahora amenazada de muchos telogos. Felipe III, aunque
asisti  algunas, y sealadamente  una que se represent en cierto
teatro mandado levantar por el duque de Lerma sobre las aguas del
Tormes, no gustaba mucho de ellas: acaso hubiera cado entonces el arte
dramtico  no ser sostenido y defendido vigorosamente por otros
telogos y frailes muy aficionados  tal espectculo.

En suma, slo puede decirse que merecieran favor al rey Felipe III las
costumbres privadas y el catolicismo. En su reinado no es posible
olvidar  los confesores, antes parece preciso irlos recordando  la par
de los ministros y capitanes. Acrecentronse extraordinariamente los
monasterios, tanto en bienes como en nmero de religiosos,  pesar de
los clamores de las personas prudentes y en algn tiempo del mismo
Consejo de Castilla, y lleg al ltimo punto la influencia del clero en
los pueblos. Tambin se acrecentaron los santos, porque Roma, que tanto
partido sacaba de Felipe III, no regateaba en cambio las canonizaciones
y beatificaciones. Ni se echaron de menos los _autos_ de fe, siendo
entre todos notable el de 1610 en Logroo, donde fu quemada por bruja
confitente una cierta Mara de Zozaya, y diversamente castigadas por
igual delito  por practicar distinto culto del catlico, hasta otras
cincuenta y dos personas. Mas ello fu que con el predominio de la idea
religiosa, aunque produciendo tan dolorosos extremos  las veces, con
los ejemplos piadosos del Rey y con la hipcrita moderacin de la Corte,
se logr que las costumbres pblicas, lejos de decaer de como las haba
dejado Felipe II, se mejorasen todava. Quizs en ninguna poca se han
visto en Espaa tan pocos escndalos y crmenes como en este reinado, ni
en pas alguno del mundo se han respetado ms la moral y las
conveniencias sociales, obras todas de un rey cristiano. En cambio, la
moralidad de la administracin y del gobierno padecieron gran mengua.
Sali  la plaza la lisonja poco sufrida de los reyes anteriores;
dironse al envilecimiento los puestos que sola tener antes el mrito;
comenzaron las ddivas de todo gnero  hacer las veces del Consejo y 
producir persuasin en los nimos; la vanidad y la codicia y la
abnegacin se abrieron  todo camino, obras estas propias de un rey
inepto. Buen catlico y mal rey, he aqu formulado el carcter de Felipe
III: lo que quiso ser y lo que fu para Espaa.

[Ilustracin]




[Ilustracin]

LIBRO TERCERO

SUMARIO

     De 1621  1636.--Principios del reinado de Felipe IV.--Privanza de
     Olivares.--Autoridad anticipada.--Castigos y venganzas, el P.
     Aliaga, Caldern, Osuna, Uceda, el duque de Lerma.--Reformas en el
     Gobierno.--La moneda.--La Hacienda y las Cortes.--Disgustos en las
     de Catalua y Castilla.--Empeos de la Monarqua.--Alemania:
     victoria en Hoecht.--Holanda: renuvase la guerra, rota de su
     escuadra en el estrecho de Gibraltar, muere el archiduque
     Alberto.--Genepp, Meurs, Berg-Op-Zoom, batalla gloriosa de Fleurus,
     sitio y toma de Breda.--Triunfos navales en Amrica.--La
     Mamora.--Venida  Espaa del Prncipe de Gales, negociaciones
     matrimoniales, guerra con Inglaterra, rota de los ingleses en
     Cdiz.--Italia: guerra de la Valtelina, sitio de Verrua,
     hostilidades entre Francia y Espaa, paz de Monzn, armada  la
     Rochela.--Italia: sucesin del ducado de Mantua, sitio de Cazal;
     pasa all Spnola; fuerzan los franceses el paso de Suza; levntase
     el sitio de Cazal; concierto de Suza; campaa de Richelieu; derrota
     de los saboyanos en Javennes; muerte del duque de Saboya; nuevo
     sitio de Cazal; mala defensa del puente de Carin; muerte de
     Ambrosio Spnola; tregua de Cazal, Quierasco.--Flandes: malos
     sucesos del conde de Berg.--Prdidas martimas.--Liga de
     Leipzig.--Campaa en el Rhin de Gustavo-Adolfo.--Oppenheim,
     Maguncia.--Funesta campaa del duque de Feria en la Alsacia; su
     muerte.--Flandes: vuelve  Espaa la soberana.--Traicin del
     conde de Berg; gobierno del marqus de Santa Cruz; prdidas;
     combate de Maestrik y gobierno de los cuatro generales; derrota de
     nuestra armada en Zelanda; gobierno de Lerma; muerte de la Infanta;
     gobierno del marqus de Aytona; sucesos varios; nmbrase al
     cardenal Infante D. Fernando, para el gobierno de los Estados; su
     carcter y cualidades; viene por Alemania con un ejrcito; batalla
     gloriosa de Nordlinghen. Francia declarada enemiga.--Algunas
     empresas de Asia y frica.


DEJ el difunto Rey cinco hijos, y de ellos era Don Felipe IV el
primognito, que le sucedi  la edad de diez y seis aos, el cual
estaba casado desde los once con la princesa Doa Isabel de Borbn.
Vironse al comenzar este reinado los mismos sntomas que cuando empez
el anterior. La cmara del Prncipe estaba puesta desde 1615, y en ella
haba entrado como Gentilhombre D. Gaspar de Guzmn, tercer conde de
Olivares, de noble casa y muy agraviada porque no se la hubiese
concedido an grandeza de Espaa. No se inclinaba el nuevo Rey en los
principios al Conde; amaba ms  otros de su cmara; y slo el duque de
Lerma, con su ojo perspicaz y ejercitado, acert  comprender que en l
tena sucesor y acaso rival temible. Quiso entonces apartarlo del
Prncipe, pero ya no pudo; y el Conde, disimulando mucho y alimentando 
su costa con su ingenio y arbitrios las pasiones voluptuosas del joven
Prncipe, no de otro modo que el de Lerma haba alimentado la devocin
del padre, logr al fin la privanza que apeteca. As, desde mucho antes
que muriese el rey D. Felipe III, sabase en la corte y en todo el
mundo, quin haba de ser el ministro y favorito de su sucesor, y el
rbitro de las cosas del Estado.

Di muy pronto el de Olivares muestra de s y de su valimiento. En los
ltimos das del Rey difunto, los amigos del duque de Lerma, que estaba
retirado en su villa de este nombre, quisieron tentar por ltimo  la
fortuna, mandndole venir  toda prisa. Pareca vivo todava en aquel
Prncipe el cario del Duque, y era de temer su llegada para muchos, aun
en aquel trance, sobre todo si prolongaba por azar la vida, que de ello
haba, como siempre, alguna esperanza y duda. Pero como supo el caso
Olivares, determin llevar  cabo uno de esos atrevimientos, que slo en
el buen xito pueden recibir aplauso, aun de parte de aqullos que no
ven en las cosas sino la utilidad que proporcionan. Aconsej al Prncipe
que ejerciendo jurisdiccin anticipada enviase un mensaje al Duque
Cardenal, mandndole que se volviese  su villa de Lerma, sin llegar 
la corte. Hzolo el Prncipe; lleg el mensaje, y el de Lerma obedeci,
aunque notando que no tena an autoridad quien lo ordenaba. Tampoco
haba muerto todava Felipe III cuando Olivares le dijo pblicamente al
duque de Uceda, su antecesor y rival: _ya todo es mo_. Y mostrlo muy
pronto, porque no eran pasados tres das de muerto Felipe III, cuando
desagravindose  s mismo del agravio que aqul le deba por no haberlo
querido hacer Grande, ni aun en los ltimos das de su vida, hizo que el
nuevo Prncipe le dijese comiendo: _Conde de Olivares, cubros_, con que
recibi la grandeza que ambicionaba.

Despus de desagraviarse  s mismo, aparent el conde de Olivares que
iba  desagraviar  la nacin de las ofensas que en ella haban hecho
los ministros y cortesanos de Felipe III. El primero que padeci sus
iras fu el P. Aliaga, confesor del Monarca difunto, al cual mand salir
desterrado de la corte; tal mereca y mayor castigo aquel fraile
indigno, que venda  precio de oro la influencia que ejerca en el
Monarca y que tanta parte tomaba en las intrigas cortesanas. Apresurse
luego el proceso de D. Rodrigo Caldern, marqus de Siete Iglesias,
aquel amigo del duque de Lerma, que  poco de la cada de ste fu
puesto en prisiones. Acumulronsele cargos gravsimos, algunos de ellos
justificados, otros no tanto, y en los cuales pareca que obraba ms la
pasin que la verdad. Habase hecho  todo el mundo odioso D. Rodrigo,
por su desmesurada soberbia, y as fu que en la ocasin no hall ms
que acusadores y verdugos. Al fin, fu condenado  muerte y ejecutado en
la Plaza Mayor de Madrid. La noble entereza con que muri (1620)
disculp en la opinin generosa del pueblo todos sus yerros. Por el
contrario, no falt quien culpase al conde de Olivares de aquella
muerte, atribuyendo  impulsos de envidia antigua y de odio no vencido
con la ruina de D. Rodrigo, el que lo dejase ir al suplicio, cuando una
palabra suya poda salvarle. Di calor  la sospecha el ver que al
propio tiempo que terminaba el proceso de Caldern, se comenzaban los de
tres duques y ministros famosos en el anterior reinado: el uno el de
Lerma, de Uceda el otro y otro el de Osuna. Y aunque las faltas de
Caldern mereciesen riguroso castigo, tambin causaba grima el ver que
sus acusadores adoleciesen de las mismas faltas que l, y el hallar en
sus mismos pasos ya al ministro que consenta  acaso ordenaba su
muerte. Fu de esta manera de ms escndalo que ejemplo el castigo de
Caldern, dado que antes se atribuy  venganza, que no  justicia.

Los propios efectos se sintieron en la muchedumbre con la prisin del
gran duque de Osuna. Andaba ste por la corte desde 1620 en que vino de
Npoles, suscitndose nuevas enemistades antes que no aplacando las
antiguas, con la soberbia de su condicin y el lujo desmesurado de su
casa y persona. Pblicamente se le acusaba en corrillos y papeles de
haberse enriquecido malamente en el gobierno de Npoles, y el conde de
Villamediana le lleg  apellidar _ladrn_ en unas coplas. Despreciaba
el de Osuna tales murmuraciones y aun las alentaba cada da ms con su
conducta; traa siempre detrs de s veinte coches, donde iban multitud
de caballeros espaoles y napolitanos,  quienes favoreca; cincuenta
capitanes y alfreces reformados, formaban la guardia de su casa y
caminaban en torno de su persona; los vestidos eran de telas extraas y
costossimas, sembrados de piedras preciosas. En una de las fiestas de
Madrid entr  justar en la Plaza Mayor con cien lacayos, vestidos de
azul y plata; no haba ningn Prncipe ni Grande que le igualase en
magnificencia, dado que se allegaba la suya  la del Rey. Mientras vivi
Felipe III y el duque de Uceda,  quien tena tan ganado por el
parentesco y ddivas, tuvo el Gobierno en las manos, la emulacin no
pudo nada contra l; pero ahora se encarg de ser ministro de ella el
Conde-Duque.

Acaso se senta ste ms que ningn otro humillado con aquellos alardes
de grandeza. Hall que la nobleza y tribunales de Npoles, haban hecho
una informacin contra Osuna, para justificar el haberlo desposedo del
virreinato y ddoselo al cardenal Borja sin rdenes de Espaa;
presentaban documentos denunciando sediciosos intentos en el Duque, y
relataban multitud de injusticias y vejaciones. No necesitaba de ms el
favorito para satisfacer sus iras en aquel rival aborrecido: decret su
prisin y, luego, al punto, mand que se le formase proceso. Record
entonces todo el mundo los notables servicios del Duque, y extraando
que no se contentase con ellos, para descargo de sus faltas, entr luego
la piedad en el pueblo, loable sentimiento que siempre manifiesta el de
Espaa, aunque perjudicialsimo en muchas ocasiones: as el castigo se
convirti en descrdito de quien lo ordenaba. El Duque conllev su
desgracia con notable entereza durante dos aos y medio, que estuvo
prisionero primeramente en el castillo de la Alhameda, cuyos muros 
medio caer se levantan an no lejos de la magnifica posesin que con
aquel nombre ahora tienen sus sucesores, y,[17] al fin, en Madrid, donde
muri ms de saa y afectos vengativos, que no de enfermedad incurable.
Hombre memorable y que siempre ocupar lugar entre los buenos capitanes
y polticos espaoles, dignsimo de otra suerte, dado que el mayor de
los delitos que se le atribuyeron, que fu el de pretender alzarse por
Rey en Npoles, no pas de sospecha, y ms, sobrando razones para
recelar que aquella voz fuese esparcida y autorizada por los venecianos
con nimo de perderle, en venganza de las humillaciones y daos que de
l haban recibido. Su muerte, aunque no tan desdichada, fu no menos
sentida que la de D. Rodrigo Caldern y con harto mayor justicia.

     [17] Deshechos posteriormente los Estados de la Casa ducal, esta
     preciosa posesin pertenece, al imprimirse segunda vez este libro,
      los Sres. de Baer.--(_N. del Ed._)

Salv al de Lerma de correr los mismos pasos que Caldern y Osuna el
capelo cardenalicio que haba tomado con tanta cordura antes de perder
la privanza, porque no os el favorito tocar  su persona. Pero Uceda,
su hijo, que no tena semejante defensa, cay en poder de los Tribunales
del Conde-Duque; y sabe Dios adonde llegara al fin su castigo, si el Rey
no hubiese intervenido de repente y contra su costumbre en el asunto,
declarando por s propio en una cdula que aquel ministro no haba
faltado en cosa alguna  su deber y obligaciones. pocas tristes
aquellas en que es de alabar la arbitraria resolucin de un Prncipe que
arranca  un reo de manos de los Tribunales de justicia; mas tales
andaban ellos de honrados. Fuera, sin embargo, el castigo de Uceda, mal
hijo y peor ministro, sin cualidad ninguna que disculpase sus vicios,
menos sentido que el de los otros.

Aunque burlado Olivares en sus intentos contra estos dos ministros,
padre  hijo, no por eso dej de mortificarlos, hasta que les origin la
muerte. El de Uceda, vindose sin licencia para venir  la corte, y sin
poder ni valimento, muri de pesadumbre, y su padre no tard en seguirle
al sepulcro. Porque Olivares, para completar la ruina de sus
antecesores, cre una Junta llamada de reformacin de costumbres,
mandando que  todos los que eran y haban sido ministros desde el ao
de 1603, se registrase la hacienda que posean y la que haban
enajenado, bajo gravsimas penas: de manera que fuera conocida
fcilmente la parte del primer caudal y si haba aumentado por medio
ilcito. Aplaudi el vulgo la determinacin: muchos, viendo llevar tan
adelante los castigos y persecuciones de los malos ministros, decan
que, aunque  ser tan riguroso le moviese ms el odio particular que
razn alguna de inters pblico, quien tales cosas ejecutaba con los
dems, no poda merecer nunca iguales censuras. Haba tambin, cosas
disculpables en las preocupaciones de la poca!, quien creyese que por
aquel medio volveran  llenarse las arcas pblicas. El suceso mostr
muy  las claras lo equivocado de tales conceptos. El duque de Lerma fu
condenado  pagar al fisco setenta y dos mil ducados anuales y el atraso
de veinte aos por las rentas y riquezas adquiridas en su ministerio,
condena que no pudiendo sufrir el codicioso viejo, le hizo morir de pena
como su hijo; pero muchos que haban administrado mal las rentas,
enriquecindose en cohechos y desmanes, conservaron cuanto tenan, slo
porque no hacan sombra  la privanza de Olivares. Y ste, aunque
algunos dicen que procur menos por s que sus antecesores, di harta
ocasin en adelante  toda censura y castigo. El inters del momento
ciega  las veces los ojos de los pequeos ambiciosos, que no ven en el
poder la gloria y la satisfaccin legtima del mando, sino slo un
camino para hallar el placer y el deleite, y contentar  las pasiones
viles del alma; y  trueque de conseguir una cosa, no vacilan en sentar
precedentes que pueden serles de vergenza y dao en lo futuro.

No contento, naturalmente Olivares con rebajar  los contrarios y
exterminarlos, cayendo en sus mismos errores, comenz  elevar  otros
sin consideracin alguna, procurando hacerse de clientela. Alz varios
destierros de personas importantes que antes los padecan, y devolvi
algunas plazas y dignidades mal quitadas, robusteciendo con el
agradecimiento los muros de su poder. Entre otros, se levant el
destierro y prisin que padeca D. Francisco de Quevedo, ya en obras
famoso, por su amistad con Osuna, y aun se le di colocacin en Palacio.
Pero los ms de los destinos pblicos los ocup el Privado con sus
amigos personales. Con ellos compuso la regia servidumbre, despidiendo 
los que antes la formaban, y cuando ya no tena destinos que dar all,
determin poner casa aparte al infante don Fernando, que por su corta
edad viva an con el Rey, su hermano,  fin de crearlos nuevos y
repartirlos de la propia suerte, como lo ejecut con efecto. Quit de
los Tribunales  muchos magistrados, porque alcanzaban reputacin de
inflexibles; y de ellos fu el Presidente del Consejo de Castilla D.
Fernando de Acebedo, en cuyo lugar puso  D. Francisco de Contreras, uno
de los jueces de Caldern, que era de sus mayores amigos y parciales.
Slo conserv en alto puesto  D. Baltasar de Ziga, por to suyo y por
fingir tambin con eso que no quera ser solo en el mando. Era D.
Baltasar hombre de antigua carrera y muy prctico en los negocios; mas
como viejo y to, afectaba algo de superioridad y entereza, que ofenda
la vanidad quebradiza del de Olivares. Muri  poco, y muri  tiempo
porque ya comenzaba  rugir la discordia entre ellos, y la perdicin de
Ziga no pareca muy lejana.

No hallando ya quien le disputase el Poder, se puso  disfrutar
tranquilo de su fortuna. Y no parecindole ninguna casa acomodada  su
grandeza, vnose  vivir  Palacio, ocupando con mengua de la Familia
Real, menos cmodamente alojada, el cuarto que solan los Prncipes de
Asturias, donde Felipe IV haba residido hasta la muerte de su padre.
All, siguiendo los pasos del de Lerma y acrecentando sus abusos, se
haca traer todos los papeles importantes sacados de los archivos y
secretaras sin cuenta ni resguardo alguno; all daba las audiencias que
antes solan los Reyes; despachaba con los ministros, dictaba rdenes 
los Consejos, y haca todos los alardes de poder y mando que pudiera
siendo suya la corona. No tard, como el de Lerma, en hacer sentir su
privanza  la Real Familia. Cobr, principalmente, aborrecimiento  los
dos infantes D. Carlos y D. Fernando, ambos muy queridos en la corte,
porque, dotados de noble espritu, no llevaban con paciencia su dominio.
Y siempre ser mengua de aquel favorito el haber procurado indisponer al
Rey con sus hermanos por bajos medios.

 la verdad, en un principio mostrbase en los negocios pblicos tan
solcito, como fu descuidado y flojo ms tarde. Si no acert con lo
bueno y lo til, no fu por falta de arbitrios, que los tuvo y aplic en
gran nmero, sino porque su inteligencia y desordenadas pasiones no le
dejaron ver ms y mejor de lo que vea en las cosas. De todos los
arbitrios que imaginaba y de la situacin de la Monarqua, dirigi al
Rey una _Memoria_ muy alabada entonces, donde hubo quien hallase
principios  ideas de gran poltico: la verdad era que ya haba en la
nacin, apartada por la Inquisicin del estudio y de la meditacin
verdaderamente filosfica, poqusimas personas capaces de juzgar bien en
tales materias. En cambio, pululaban los arbitristas, hombres
incansables que no cesaban de publicar peregrinos libros, donde se
proponan remedios  todas las necesidades y enfermedades pblicas,
disparadamente chistosos, cuando no torpes y fatales. De stos recogi
no pocas ideas el Conde-Duque y as fueron ellas. Determin que los
servicios no se recompensasen ms con donativos de dinero en cantidad de
maraveds  ducados, como antes se sola hacer, sino que  cuenta de
ellos se repartiesen los honores y las dignidades, con que se evitaron
algunos gastos, pero se envilecieron las grandezas y las encomiendas 
fuerza de prodigarse; mal quizs tan grande como el que se trataba de
remediar, porque no viven menos las Monarquas con economa en el dinero
que con economa en las honras y dignidades. Siguise la mala costumbre
introducida en el anterior reinado de crear para el conocimiento de
todos los negocios importantes juntas especiales compuestas de
individuos de diversos Consejos, y se introdujo otra peor todava, que
era la de que los consejeros no deliberasen de viva voz, sino que cada
uno diese su dictamen por escrito al Rey; de forma, que pasando tales
papeles del Rey al favorito, no se determinaba cosa que ste no tuviese
por til. Dise tambin sucesin  los empleos antes de que vacasen
poniendo en cada uno dos dueos; pero algo se remediaron los daos de
esto ltimo con repartirlos por merecimiento verdadero  supuesto, y no
por dinero como al principio. Tratse de acortar los trminos de los
pleitos, que por lo largos y ruinosos eran de las principales causas de
decadencia en las familias que hubiese en el reino, entreteniendo con
ellos la esperanza muchos odios, alimentando la dilacin muchas
disensiones, y fabricando los desengaos no pocas perdiciones de gente
hidalga y capaz, bien dirigidas y de altos servicios. Y por lograrlo
fcilmente, se redujo  la tercera parte el nmero,  la verdad
exorbitante que haba de consejeros, escribanos, procuradores, alcaldes,
alguaciles y dems oficiales pblicos. Fijse, por ltimo, un plazo,
dentro del cual los litigantes forasteros pudiesen solo residir en la
corte, y para evitarles la venida, se dispuso que los pleitos, aun los
privilegiados, se viesen ante las justicias ordinarias. Tambin se mand
 los seores de vasallos que residiesen en sus pueblos  fin de
aliviarlos en vez de oprimirlos. Prohibironse las emigraciones, aun
para las Amricas, que era para donde ms comnmente se verificaban con
tanto dao de los reinos de la Pennsula, que se miraban despoblados,
mas sin conocer que no hay otro remedio para evitar tales emigraciones,
sino ofrecer ventaja y buen gobierno  los pobladores para que no dejen
sus hogares; y, por ltimo, se prohibieron algunas modas un tanto
costosas, que era pueril remedio y tan ineficaz como se hall luego.
Vise  los alcaldes de casa y corte dar de rebato en las tiendas de
mercaderes y sacando todos los valones, zapatillas bordadas, almillas,
ligas, bandas, puntas, randas, abanicos, puos aderezados y otras galas
de mujeres  este modo prohibidas por sobrado ricas, hacer con todas
ellas ridculo _auto de fe_ en las calles de Madrid. Calculse que haba
cuello cuyo aderezo costaba al ao seiscientos escudos y prohibise tal
uso, dando el Rey y el favorito el ejemplo, que ellos creyeron glorioso,
de no llevar sino valonas sencillas. Mezquinos ejemplos! Harto ms
graves si no ms oportunas fueron las medidas tomadas para desahogar la
Hacienda en sus apuros.

Rebajse nuevamente el inters que del Erario tiraba la deuda conocida
con el nombre de juros reales, y se di facultad  las Cortes para
conceder tributos sin permiso de las ciudades; con que ganados los
procuradores, no imposibles de ganar ya entonces, poda el Rey ms
fcilmente sacar dinero de los pueblos. Ni una ni otra de estas medidas
sent bien en la nacin; pero se soportaron ambas, porque todo el mundo
conoca que el estado deplorable de la Hacienda pblica exiga grandes
remedios. La moneda que tanto di que hablar en el anterior reinado,
hubo tambin de ocupar en ste, desde los principios, la atencin del
Gobierno y de la nacin entera. Hizo el Conde-Duque que el Rey dictase
un decreto prohibiendo que se sacase del reino el oro y la plata y se
introdujese en l la moneda de velln; poco despus se mand que el
trueco y reduccin de la moneda de oro y plata  la de velln no
excediese del diez por ciento. Pero esto no bast para evitar que el
velln sobrase en nuestros mercados, y en 1626 hubo que pregonar Real
cdula para que no labrase ms moneda de velln en veinte aos. Todava
sobraba esta moneda infeliz de tal suerte, que el ao despus se public
una pragmtica famosa para su disminucin, encomendando la obra  una
especie de Junta y Caja de amortizacin, al modo de las que despus
hemos visto destinadas  la amortizacin de papel moneda, con el nombre
de _Diputacin general del consumo_. Tratbase de ir recogiendo poco 
poco en las principales capitales del reino la moneda de velln,
cambindola por oro y plata, inutilizando una parte, y poniendo la
dems en su justo valor, alterado desde el tiempo de Felipe III. Mas sin
embargo de que esta Diputacin hizo cuanto pudo, en 1628 hubo que
expedir nueva pragmtica, rebajando ya violentamente la moneda de velln
 la mitad de su valor y originndose con esto las prdidas y quejas que
eran naturales. As se pensaba entretener algn tiempo el oro y la plata
que  ms andar desapareca del reino; pero todo era en vano, y en el
propio ao de 1628 hubo que mandar an que la moneda de estos metales no
pasase de puerto alguno sin registrar, revocando la antigua que permita
sacar moneda con obligacin de volver mercaderas.

No alcanz esta disposicin ms fortuna que las otras, y en adelante
todava di harto en que entender el arreglo de la moneda. Pero el caso
era, que en estos cambios y alteraciones, si los pueblos padecan mucho,
no dejaban de ganar los ministros. Era en todo con sus altas y bajas la
moneda, lo que por ventura ha sido la deuda del Estado en nuestro siglo.
Los favoritos y ministros codiciosos que por su posicin tenan noticia
anticipada de las alteraciones, se aprovechaban de eso para expender 
recoger moneda y cambiarla por ms  menos, segn el caso, y as
realizaban inmensas y vergonzosas utilidades; todo en ruina de la nacin
y ms confusin y desbarate de la Hacienda pblica.

Crecieron en tanto los tributos y fueron mayores que nunca desde los
principios de este reinado. Las Cortes de Castilla otorgaron en 1623
veinticuatro millones en cada doce aos, por la manera misma con que fu
practicada la exaccin en el anterior reinado, y perpetundose tal
cantidad en los pedidos, tom de ella esta contribucin el nombre con
que fu en adelante conocida. Las de Aragn en 1627 ofrecieron dos mil
hombres armados y pagados por seis aos; mil hombres pusieron tambin en
armas las de Valencia del mismo ao: solo las de Catalua se mostraron
parcas y desabridas. Ya en 1620 se haba solicitado de aquella provincia
que diese cuenta de sus rentas y pagase el quinto; mas no se insisti
mucho en ello. Luego que entr  tratar de las cosas de la hacienda, el
Conde-Duque aconsej al Rey que pidiese formalmente  Catalua el quinto
de sus rditos; hzose la peticin y respondi Barcelona que estaba
exenta por sus privilegios, mas en las Cortes de 1626 se esforz la
pretensin, recordndose otra antigua de establecer all la renta del
Escusado. Hubo disgustos, precursores de los que en los aos venideros
trajeron tantas desdichas: exacerbronse las pasiones  punto que el
conde de Santa Coloma y el duque de Cardona vinieron  las espadas en el
recinto mismo donde se celebraban las Cortes; y fu mucho que se pudiese
evitar mayor escndalo. Negbanse los brazos catalanes unidos 
introducir la alteracin ms pequea en los antiguos privilegios de la
provincia, y no falt quien previese ya todo lo que haba de sobrevenir
de continuar en la demanda. El almirante de Castilla D. Juan Alfonso
Enrquez de Cabrera, duque de Medina de Roseco, hombre ilustre, nacido
para preveer y llorar las torpezas de aquella poca sin poder
remediarlas, manifest al Rey con noble libertad el peligro, lo cual le
trajo disgustos con el Conde-Duque, y el odio de ste que le acompa
por toda su vida. Irritado el Rey con las penalidades que le costaba
sacar algn socorro y ayuda de los catalanes, dej un da inpensadamente
 Barcelona y se vino  Madrid. Envi entonces Barcelona en su
seguimiento ciertos diputados que le alcanzaron todava en el camino y
le ofrecieron cincuenta mil escudos. Volvi el Rey en 1632  sentir
grandsimos apuros y  pedir nuevos tributos  las Cortes; negronse las
de Castilla en Madrid  concederlos, pretextando que el dinero iba 
emplearse en pagar los ejrcitos del Emperador: plausible pretexto y
muestra de fortaleza pocas veces repetida por los procuradores
castellanos en aquellos tiempos.

Las Cortes catalanas que el Rey en persona fu  abrir el propio ao,
dejando para que las continuara, con permiso de la provincia,  su
hermano el infante don Fernando, se resistieron como siempre,  dar
tributos, habiendo nuevos empeos y disgustos por esta causa entre el
Almirante y el Conde-Duque. Por fin se lograron cuatrocientas cuatro mil
libras, muchsimo menos que se pretenda. Hizo ste que algn tiempo
despus, se tornase  la pretensin primera de que Barcelona diese
cuenta de sus rditos para pagar el quinto al Erario. Negronse los
catalanes ms enrgicamente que nunca. El Virrey, que  la sazn era el
duque de Cardona, quiso registrar de por si los libros de la ciudad, 
fin de averiguar el importe de tales rditos: fortificronse los
conselleres en la casa de la ciudad, donde el Virrey no os acometerlos,
y el Conde-Duque y el Rey, enojados ya al ltimo punto contra Barcelona,
determinaron trasladar la Audiencia  Gerona. Todo principios de lo que
sucedi ms tarde.

No bastando, pues, los tributos concedidos por las Cortes, fu preciso
acudir  nuevos arbitrios, para llenar las arcas pblicas. Pidironse
donativos  la nobleza y al clero que los hicieron cuantiosos: solo el
cardenal Borja envi de Roma quinientos mil ducados, y el clero di
gratuitamente siete millones de tal moneda. Poco era esto para lo que se
necesitaba, y mediante una bula del Papa se obtuvieron del Estado
eclesistico otros diez y nueve millones de ducados. Al propio tiempo se
cre (1632) la contribucin conocida an en nuestros das con el nombre
de lanzas y medias annatas. No se tard en inventar otro servicio de
millones sobre consumos no gravados todava, y que no podan mirarse
como de primera necesidad, el cual importaba dos millones y medio de
ducados en seis aos. Las Cortes de Castilla lo concedieron al fin 
fuerza de importunaciones y halagos, mas no para socorrer al Emperador
de Alemania como se quiso antes, sino para atender  los gastos
interiores del Estado.

Pero con tantos arbitrios y derramas como dejamos enumerados no se logr
ver mejora en el Erario, ni acrecentar las decadas fuerzas de la
nacin, ni remediar la despoblacin y la ruina de las ciudades y de los
campos; antes visiblemente se miraban empeorar las cosas. El mal, como
venido de tan lejos y tan hondo, necesitaba de remedios, no tanto
heroicos y atrevidos, como bien meditados; de los cuales el primero y
ms eficaz era la paz, segn dejamos ya apuntado en el reinado
antecedente. Paz necesaria para que se disminuyesen los gastos pblicos,
y para preparar el camino de otras disposiciones tenidas ya de todo el
mundo por indispensables, que restableciesen  hicieran prosperar el
Comercio y la Agricultura  Industria. Mas en esto, cabalmente puso an
menos atencin el conde de Olivares que su antecesor el duque de Lerma.
Desde el principio hasta el fin de su privanza, no hizo Olivares otra
cosa que promover y sostener luchas desiguales, costossimas y
sangrientas, despilfarrando en festines y obras de recreo lo que
quedaba, y los recursos mismos que pedan los ejrcitos y la guerra. As
en 1633, cuando nuestros ejrcitos en Holanda y Alemania solicitaban
dinero de continuo y no se les enviaba por no haberlo; cuando por eso no
podan salir al mar las armadas; cuando el Emperador nos importunaba
ms, pidiendo socorro y las Cortes de Castilla lo negaban y  las de
Catalua se sacaban contribuciones tan mezquinas  tanta costa y con tan
grandes penalidades, vieron levantarse los madrileos los palacios y
jardines magnficos del Buen Retiro con gasto inmenso, porque ni el
terreno los consenta; obra tan deleitosa y tan alabada ahora, como
maldecida entonces por los hombres previsores y sensatos.

El de Olivares en tanto para no aparecer como autor de todo, aunque
verdaderamente lo fuese, encomend  una junta de tres personas
autorizadas el examen de cuantos negocios haba de despachar el Rey,
dando sobre ellos su dictamen. Y ms tarde rog el Rey en un papel, el
cual qued por honra en su mayorazgo, que asistiese personalmente al
despacho de todo, y viese y dispusiese por s las cosas. No falt quien
tomase  moderacin estos pasos, y con tales trazas, aunque corrieron
siempre hartas murmuraciones sobre su conducta, mucha parte del pueblo
no le quera mal en los principios y esperaba de l mejor fortuna.
Ambale sobre todo y cada da ms el Rey, que depositaba en l toda su
confianza, no slo en las cosas del Estado, sino en aquellas otras viles
que afrentan, ms que  los reyes que las hacen,  los ministros que las
protegen y ayudan. Era Felipe IV muy dado  aventuras y galanteos, y
tanto que slo en ellas pona atencin y cuidado. Los papeles y los
libros de la poca lo pintan como liberal, generoso, valiente y no
desnudo de ingenio y de instruccin, gustndole mucho el trato de los
poetas y artistas, y aun la misma profesin de las Musas. Pero el caso
es que distrado en liviandades no hubo monarca ms esclavo que l de
sus privados, ni aun su tmido y devoto padre.

El conde-duque D. Gaspar de Guzmn, que lo era nico y absoluto y lo fu
por tantos aos, no careca ciertamente de talento, bien que no fuese
tanto como su vanidad; pero no tena la sagacidad poltica, la profunda
comprensin, y la instruccin y vasta experiencia que necesitaba en tan
peligrosas circunstancias la Monarqua. Fu tambin ms atento al
provecho propio y  contentar sus pasiones que al bien del Estado, cosa
harto comn por desgracia en los ministros y privados, sobre todo, en
Espaa y en aquellos tiempos. Con la grandeza de Espaa, tom para s el
ttulo de duque de San Lcar, de donde le vino el ser Conde-Duque, y no
tard en formarse copiossimas rentas. Luego,  cambio sin duda de los
favores que  manos llenas reciba, dile el ministro al Rey
gratuitamente el ttulo de _Grande_, y fu vergenza que ste llegase 
admitirlo como merecimiento, en lugar de despreciarle como lisonja.
Hecho en que harto se dieron  conocer entrambos, mostrando bien desde
los principios lo que de tal Prncipe y tal ministro poda esperar la
Monarqua.

Eran muy grandes sus empeos en 1621 al empezar el nuevo reinado.
Francia patrocinaba los intentos de los que pretendan la restitucin de
la Valtelina  su primer estado, y  los grisones, sus anteriores
dueos, de cuyas manos la haba quitado el duque de Feria, y tambin
ayudaban  ello los holandeses con dos regimientos pagados  su costa.
Faltaban cinco meses para cumplir las treguas ajustadas con stos,
todava tenidos por rebeldes, treguas tan mal vistas de la soberbia
espaola, que no hubo en catorce aos, que duraron, quien quisiera
prohijar su negociacin, excusndose todos unos con otros ministros y
embajadores y hasta el mismo prncipe Alberto. Continuaban conspirando
contra nuestro poder los venecianos, libres del meditado castigo del
otro reinado. Npoles andaba  pleito con el Gobierno, y tena en la
corte diputados representando agravios de los virreyes, sobre todo del
duque de Osuna, y en Sicilia estaban situadas por diferentes crditos
las rentas del Rey, sin haber de dnde costear la defensa del reino. La
Marina, que tanta gloria haba alcanzado en el reinado de Felipe III,
siendo la principal defensa de la Monarqua, quedaba arruinada; la
armada del Ocano constaba de solo siete navos, y las galeras de Espaa
que eran an en menor nmero, apenas salan del puerto por desprovedas.
Las fuerzas de los protestantes alemanes, suscitadas de consuno contra
el Imperio y contra Espaa que era su aliada; las de Inglaterra, ms
quietas que seguras, mediante la pltica de casamiento entre su prncipe
y la infanta Doa Mara, comenzadas en el reinado de Felipe III y que
ahora venan  formalizarse. Y entre tanto la Hacienda, tan afligida
como atrs dejamos explicado, consignada  deudas antecedentes por todo
el ao de 1623, habiendo an rentas sobre las que pesaban ms largos
empeos, sin que las medidas del conde de Olivares fuesen eficaces para
traer los recursos que faltaban.

 pesar de tan mala situacin, el nuevo Gobierno no se arredr un punto;
y  la verdad la fortuna sonri en los principios sus empresas. No
desalentados los protestantes alemanes con la prdida de la batalla de
Praga, continuaron la guerra contra el Emperador y el Rey de Espaa, y
ste por su parte no desisti de la alianza y de los empeos que con
aqul contrajo su padre. El conde de Tilly, general de los imperiales, y
D. Gonzalo Fernndez de Crdova, hijo del duque de Sesa y biznieto del
Gran Capitn, que comenzaba entonces la carrera de las armas, atacaron
en Hoecht sobre el Men  Cristiano de Brunswick y al conde de Mansfeldt
que mandaban  los protestantes (1622), y los pusieron en derrota;
arrojronse los protestantes en confusin  pasar el ro por un puente
que all tena, y hundindose ste al peso enorme, fueron muchos los que
se ahogaron y otros se salvaron  gran pena, de suerte que su prdida
lleg  seis mil hombres entre muertos y prisioneros.

Cumplironse en esto las treguas con Holanda, y el archiduque Alberto
envi al punto mensajes  las provincias unidas en repblica,
ordenndolas que volviesen  su obediencia. Mandato ridculo, puesto que
era su inutilidad tan evidente. Habase calculado, no se sabe cmo, que
aquella guerra costaba poco menos que la paz; erradsima cuenta, aunque
no se mirase ms que la destruccin lenta, pero segura, de los pocos
ejrcitos que quedaban  la Monarqua, sin que permitiese ya la
despoblacin reponerlos y reparar sus prdidas. No se pens en esto; y
la guerra encendida del lado all del Rhin se comunic  esta otra
orilla pudindose considerar como una sola por los accidentes comunes y
porque los ejrcitos ya acudan  una, ya acudan  la otra parte
indistintamente. Comenzaron las hostilidades por decomisarse en nuestros
puertos ms de doscientos sesenta buques holandeses que comerciaban con
bandera alemana; pero ellos vengaron bien esta prdida. Armaron
escuadras y corsarios que saquearon  Lima y el Callao; echaron all 
fondo veintids bajeles que llevaban nuestra bandera; rindieron y dieron
tambin  saco la ciudad de San Salvador en la baha de Todos Santos,
cogindola desprevenida  semejante ataque, y causaron en las costas del
Brasil infinitos daos. Pero la fortuna no dej de recompensarnos con
una gloriosa victoria habida al punto mismo en que se rompi la tregua.
D. Fadrique de Toledo, hijo del gran marqus de Villafranca y Capitn
general de la Armada del Ocano, sali de Cdiz con siete navos y dos
pataches, y hallando en el estrecho de Gibraltar una escuadra de hasta
treinta y un bajeles holandeses, pele con ellos diez horas, tom cinco,
ech tres  pique y oblig  las dems  huir con vergenza. Fu grande
el valor con que pelearon los espaoles en este trance, y sealadamente
el don Fadrique, el general Carlos Ibarra, Roque Centeno y otros
Maestres de campo y capitanes. En tanto el marqus de Spnola,
justsimamente honrado ahora con el ttulo de marqus de Belvis  los
Balbases, dejadas las cosas del lado all del Rhin volvi  Flandes.

Hall moribundo al archiduque Alberto, que de all  pocos das rindi
la vida, y as recay sobre l todo el peso de los negocios, porque la
Infanta, que qued de seora, no saba ms que llorar su prdida. Sin
embargo, no tard en poner  punto las cosas y entrar en campaa. Tom 
Genep y Meurs y fu  acamparse delante de Burich. Era su intento atraer
 s al prncipe Mauricio que mandaba  los holandeses, para que ste
dejase descubierta  Juliers, y no le sali mal la traza. Desguarneci
el holands aquella fortaleza, y al punto Spnola envi all al conde de
Berg que, plantando sus cuarteles y abriendo luego sus trincheras,
impidi el socorro y la rindi  los cinco meses de sitio. Spnola se
puso en tanto sobre Ber-op-Zoom, plaza importante de los contrarios;
pero acudiendo Mauricio al socorro, no pudo evitarse que metiera dentro
ms nmero de soldados que tuviesen los sitiadores; con que hubo que
levantar el cerco cuarenta y seis das despus de plantado el campo. Mas
este revs lo compens con harta ventaja una dichosa victoria.

Mansfeldt, y el malvado Obispo de Halberstad, Cristian de Brunswick, dos
de los principales corifeos de los protestantes en Alemania, echados de
all por los recientes triunfos del Emperador, acudieron  reforzar 
los holandeses. Sali  estorbarlo D. Gonzalo Fernndez de Crdova, que
vena de vencerlos en Alemania. Los enemigos, pasado el Sambra, quemaron
con licenciosa crueldad las aldeas del contorno y cometieron infinitos
desrdenes; el nmero de su Caballera llegaba  seis mil soldados; el
de la Infantera no se supo bien; pero hubo quien lo estimase en ocho
mil. Aguardlos D. Gonzalo cinco leguas de Bruselas en los campos de
Fleurus, que caen en los confines de Bravante, y Namur con ocho mil
infantes y mil quinientos caballos; y all empe la batalla. La noche
haba sido tempestuosa, y los espaoles, inferiores en nmero  sus
contrarios, estaban tambin ms fatigados que ellos; con todo, nuestra
Infantera sostuvo con tal esfuerzo la carga de los numerosos caballos
enemigos, que los puso en derrota obligndolos  abandonar  los
infantes. Antes hubo algn desorden en el costado derecho de los
nuestros, porque el Maestre de campo D. Francisco Ibarra, que all
mandaba con imprudente herosmo, lejos de esperar  pie firme  los
caballos enemigos, sali precipitadamente  su encuentro. Remedise por
virtud de nuestra Artillera, que hbilmente dirigi el capitn Oteiza;
huyeron los caballos y quedaron los infantes. Entonces cay sobre estos
toda la furia de nuestra gente: murieron los ms de los capitanes
espaoles, pero no por eso cejaron los soldados, y animados del ejemplo
del General, rompieron tambin la Infantera enemiga y casi entera la
pasaron  cuchillo. Los pocos de los enemigos que se salvaron de esta
matanza, huyeron, dejando en el campo banderas, bagajes y artillera.
Murieron de ellos mil quinientos; de los nuestros el Maestre de campo
Ibarra y mucha gente de cuenta; los prisioneros no fueron muchos por la
furia de los vencedores; pero los hubo de vala. Tal fu la batalla de
Fleurus (1622), una de las gloriosas, que ganaron los espaoles por el
esfuerzo con que pelearon y que fu de mucha reputacin al joven
caudillo D. Gonzalo Fernndez de Crdova. Dur cinco horas y media, y
fu el pelear con tal furia, que en el escuadrn de la Infantera
espaola no quedaron en pie ms oficiales que el Maestre de campo Boquin
y el capitn Castel. Sigui D. Felipe de Silva, que mandaba nuestra
Caballera, el alcance de los enemigos, haciendo nuevos destrozos, y
cerca de Ham, en la frontera de Lieja, degoll el resto de los
fugitivos.

Recibironse con el jbilo natural en Bruselas las nuevas de estos
sucesos, y dieron aliento para continuar la guerra con los holandeses,
al paso que stos sintieron profundamente aquel descalabro que vena tan
en su dao. Sin embargo, por falta de recursos no pudo Spnola darle 
la guerra poderoso impulso, y como los holandeses se mantenan  la
defensiva casi siempre, se continu con tibieza en los dos aos
sucesivos, limitndose todo  la empresa de Amberes que intentaron los
holandeses sin xito alguno.

Al fin, comenz el famoso sitio de Breda. Henchido de arrogancia Felipe
IV, como quien no haba experimentado reveses todava, ni escuchaba ms
que lisonjas, escribi aquel mandato clebre: Marqus de Spnola, tomad
 Breda, y no hubo ms si no comenzar el sitio (1626), el cual pudo
compararse con el de Ostende, por lo largo y costoso. La guarnicin era
tan numerosa, que lleg en ocasiones  cuarenta mil hombres; la
artillera mucha; terribles las fortificaciones; pero todo cedi  la
constancia y al valor de los espaoles. En vano Mauricio de Nassau con
numeroso ejrcito pretendi obligarlos  levantar el cerco: frustrados
una vez y otra sus intentos, muri sin verlos logrados, y Breda se
rindi al fin  los dos meses de sitio. Sucedi  Mauricio en el mando
de los ejrcitos enemigos su hijo Enrique de Nassau.

Con este suceso vinieron  juntarse, para desvanecer del todo  nuestra
Corte, los triunfos de D. Fadrique de Toledo en la Amrica Meridional.
Corri all este General en demanda de los holandeses, que haban hecho
ya extensas y ricas conquistas en las Islas y Tierra Firme; recobr la
baha de Todos Santos, Guayaquil y Puerto Rico, y con prdida de todo,
los ech de aquellos pases y de aquellas aguas. Fu tambin glorioso,
aunque no de mucho contento, el triunfo alcanzado por la armada de
Npoles contra los piratas berberiscos. Sali contra ellos el conde de
Benavente, Virrey del reino, con quince galeras y los acometi con mucho
bro; pero atravesado por una bala en lo ms recio, lidiando como quien
era, no le di tiempo la muerte si no para que por seas ordenase
imperiosamente  sus oficiales que continuasen el combate. Continulo,
en efecto, D. Francisco Manrique, en quien recay el mando, y apres al
fin toda la escuadra enemiga, menos la capitana, que el almirante turco
Azan hizo volar, por no rendirla. Con no menos fortuna pele D. Garca
de Toledo con cuatro naves africanas, rindindolas cerca de Arcilla; y
los gobernadores de la plaza de frica hicieron tambin por su parte
mucho dao en los piratas berberiscos, ahuyentndolos de delante de sus
muros, sealadamente D. Alonso de Contreras, que mandaba en la Mamora.
Agu en parte la alegra el mal suceso de la _Esclusa_; envi Spnola al
conde de Horn  sorprender aquella plaza y no pudo lograrlo: antes se
retir herido y con prdida de cuatrocientos hombres. Mas de todas
suertes las cosas de la guerra estaban de buen aspecto hasta entonces.

Entre tanto, nuestra diplomacia andaba ocupada en una cuestin que tuvo
cierta importancia. Desde 1617 corran plticas entre la Corte de Espaa
y la de Inglaterra sobre el matrimonio de la infanta Doa Mara, hermana
de Felipe IV, con el prncipe de Gales, hijo primognito del rey
Jacobo. Siguilas tibiamente Felipe III, cuyo espritu devoto no
consenta que viese con buenos ojos  hija suya casada con un Prncipe
protestante. Pero no bien comenz  reinar Felipe IV, vino  Madrid el
conde de Bristol, encargado de llevar  efecto aquella idea, y
comenzaron con calor las negociaciones. Solicitaba el ingls juntamente
con la mano de la Infanta, el que la Espaa y el Emperador devolviesen
sus Estados al Conde Palatino, su deudo, el cual acababa de perderlos,
como fautor de la guerra de Alemania. En vano quiso el Rey de Espaa
separar del todo entrambos asuntos; el Embajador ingls, fingiendo que
los separaba, los juntaba ms cada da.

Por aqu comenz el disgusto de nuestra Corte, tan predispuesta  mirar
mal el matrimonio por la diversa religin del de Gales; reclam, por su
parte, cierta libertad para los catlicos de Inglaterra, como condicin
del matrimonio, y no alcanz si no buenas palabras. Ni Espaa ceda en
lo del Palatino, ni Inglaterra en lo de la libertad religiosa, y as
caminaban (1623) perezosamente los tratos, cuando, con sorpresa de
todos, el prncipe de Gales se present en Madrid de incgnito,
acompaado del marqus Bukingham, luego Duque del propio ttulo.
Pasronse en festejos y cumplimientos los primeros das: visit el de
Gales  la Infanta, y pareca ms dispuesto con su visita, que lo
estuviese antes  llevar  efecto el matrimonio. Mas nuestra Corte,
circunspecta y austera, no por eso apresur las cosas. Consultsele al
Papa, y respondi bien; formronse dos juntas, una de telogos y otra de
ministros, y ambas fueron de favorable dictamen: y as se lleg  fijar
ya da para los desposorios. Pero  medida que ms adelante llegaban
los tratos, ms empeo manifestaban los ingleses en que se estipulase la
restitucin del Palatinado, y ms los espaoles exigan que se
concediesen grandes y verdaderas ventajas  la iglesia catlica en
Inglaterra. As forcejearon por largo los negociadores, sin ceder ni
conceder unos ni otros. Jams asunto matrimonial ha sido tratado con ms
lentitud y estudio. Olivares puso en l una atencin que con harta ms
justicia reclamaban los apuros de la Monarqua. Hubo nimiedad y pequeez
de miras por nuestra parte, y algo de malicia y doblez por parte de los
contrarios.

Al fin se rompieron los tratos. El prncipe de Gales se march de Madrid
con buen semblante, pero agraviado en lo ntimo del alma; y aunque dej
poderes para continuar las negociaciones, no se volvi  hablar ms de
ellas. No falt quien alabase al de Olivares por haber evitado con
dilaciones y astucia la proyectada alianza, mas sin razn plausible. Si
la Infanta hubiera llegado  contraer matrimonio con el prncipe de
Gales, que luego fu Carlos I, la desdichada suerte de los esposos,
lejos de traernos ventajas, nos hubiera trado acaso ms enemistades y
males. Pero como esto no se poda prever, contando con circunstancias
comunes y naturales, era desacierto notable el no aprovechar la alianza
de una nacin que empezaba  llamarse duea de los mares, exponiendo 
sus iras nuestro comercio y nuestras flotas, ya no seguras de los
holandeses.

Claros indicios de serlo se ofrecieron de all  poco. Porque habiendo
muerto por entonces el rey Jacobo de Inglaterra, no bien se hall en el
trono Carlos I, su primera diligencia fu acudir al agravio que de parte
de Espaa tena. Entr en tratos con Francia, Holanda, Saboya y
venecianos para humillar nuestro poder, y envi una armada de ochenta
bajeles con el conde de Lest por general,  que se apoderase de Cdiz y
Lisboa y las saquease, destruyendo los bajeles all surtos y robando la
flota que deba venir de Amrica aquel ao y se estaba esperando.  la
verdad no salieron como pensaba estos intentos. Lleg la armada al
frente de Lisboa, y hallndola bien prevenida, sigui navegando la
vuelta de Cdiz. Ech el ingls diez mil hombres en tierra: gan la
torre del Puntal defendida de quince soldados solamente, y dndose ya
por dueo de todo, se encamin  la ciudad con escuadrn formado. Sali
 escaramucear con l D. Fernando Girn, fuera de la muralla, con
seiscientos espaoles, tan valerosos, que al primer acontecimiento
desbarataron la vanguardia britnica, matndola ms de ochocientos
hombres. Retirse luego; pero como supiesen los contrarios que ya acuda
al socorro el duque de Medinasidonia, Capitn general de Andaluca, con
la nobleza y gente de las ciudades circunvecinas y algunos soldados, no
atrevindose  mantener el campo, se embarcaron precipitadamente (1625)
apartando de las costas sus naves. Con esto, el rey Carlos I se di por
vengado, y no volvi  hostilizarnos: poco despus se labraron
conciertos que nos libertasen de aquel nuevo enemigo, aunque,  decir
verdad, ms bien nos le quit de encima la revolucin que ya comenzaba 
rugir en Inglaterra. Hubo tambin la fortuna de que  los pocos das de
rota la armada inglesa llegase la armada de la Plata con diez y seis
millones en moneda, sin tropezar con las naves contrarias. Nueva ocasin
de soberbia y desvanecimiento para nuestra Corte. Crease poderosa
porque tena capitanes y soldados heroicos, y tomaba por fuerza y vigor
del Estado lo que no era ms que virtud y aliento de algunos individuos.
No estaba lejano el tiempo en que  estos los fuese consumiendo la
guerra, y en que se viesen en toda su desnudez las flaquezas.

Continuaron an en Italia los prsperos sucesos. Dejamos al duque de
Feria ocupando el territorio de la Valtelina, levantando fuertes para
mantenerla  nuestra devocin, y  los grisones, sus antiguos dueos,
pugnando por recobrar lo perdido con ayuda de los holandeses y del Rey
de Francia. De la importancia de aquel territorio para asegurar la
dominacin espaola en Italia no haba que dudar, y aun por eso ponan
ms empeo en quitarlo de nuestras manos los contrarios. Firmse un
tratado en Madrid en 1621, en el cual se estipul la restitucin de la
Valtelina  los grisones: mas nuestra Corte no quiso cumplirle. Hzose
otro convenio en Roma, donde se estipul que los fuertes levantados all
por los espaoles se pondran en poder del Papa, el cual los mandara
arrasar en seguida, y entonces fu Francia, gobernada ya por Richelieu,
la que se neg  cumplir lo pactado. As fu que los espaoles
entregaron realmente los fuertes al marqus de Bagni, Comandante de las
tropas del Papa; pero un ejrcito francs, al mando del marqus de
Croeuvres, pas la frontera no bien se haban retirado los nuestros, y
tom posesin de ellos, bien por flaqueza, bien por connivencia con las
guarniciones pontificias, como se sospech fundadamente. Al propio
tiempo el duque de Saboya y los venecianos, tan antiguos enemigos de
Espaa, recelosos tambin ahora de nuestros intentos por la ocupacin
de la Valtelina, se aunaron con los franceses.

Coaligse el duque de Feria para desbaratar aquella liga con las
repblicas de Gnova y de Luca, y los duques de Parma, Mdena y Toscana;
y de una y otra parte comenzaron al punto las hostilidades. El duque de
Feria envi  D. Gonzalo Fernndez de Crdova, que despus de la
victoria de Fleurus haba pasado  ocupar de nuevo los fuertes que no
hubiesen tomado an los franceses, visto cun mal guardados estaban de
las tropas pontificias. Entraron los espaoles en Chiavena. Hubo  sus
puertas varios combates, en los cuales sealaron los nuestros su
valenta, fortificndose y peleando de manera que durante ao y medio
mantuvieron el puesto, sin que de all pudiera desalojarlos el marqus
de Croeuvres,  pesar de la superioridad de sus fuerzas, hasta que ellos
mismos se salieron, ajustada la paz. Entre tanto, otro ejrcito francs
de diez mil hombres, al mando de los mariscales de Lesdiguires y de
Crequi (1625), entr en Italia: uniseles con el suyo el duque de
Saboya, y con veintisiete mil hombres que entre unos y otros contaban,
invadieron el Genovesado, tanto para llamar por all la atencin de
Espaa, como para castigar  aquella repblica por la fiel amistad que
nos tena. Confiaban tanto los enemigos en sus fuerzas, que llegaron 
hablar de repartirse el Milans y el Genovesado. El xito no
correspondi  tan soberbias esperanzas. El prncipe del Piamonte tom 
Siena y siti  Savona: su padre, el duque de Saboya, derrot en batalla
campal al ejrcito combinado de Gnova, Parma y Mdena con prdida de
mil muertos y setecientos prisioneros; y el condestable de
Lesdiguires, despus de seis semanas de sitio, rindi la importante
plaza de Gavi. Estremecise la repblica de Gnova viendo ya al enemigo
casi  sus puertas, y por un momento se juzg perdida. Pero el duque de
Feria, hbil capitn no menos que buen poltico, no era hombre que
descuidara por su parte las cosas. Con los pocos recursos que se le
enviaron de Espaa junt un ejrcito de veintiocho mil hombres, y entr
en el Monferrato para cortar las comunicaciones y aun la retirada del
enemigo. Cay al punto el desaliento, compaero inseparable de las
privaciones en la gente francesa, y ya no se pens ms en su campo sino
en dejar la campaa con menor dao y afrenta.

 dicha entr entonces el marqus de Santa Cruz con su armada dentro del
puerto de Gnova, limpiando de enemigos toda la Liguria martima, y
alentados los republicanos con este socorro, salieron de sus muros y
recobraron todas las plazas que haban perdido, obligando tambin al
prncipe del Piamonte  levantar el sitio que tena puesto  Savona. Y
desordenados del todo los franceses con tales sucesos, repasaron los
Alpes con no poca lesin de su orgullo. Pero no tardaron en volver al
socorro de Verrua. Tena sitiada aquella plaza D. Gonzalo Fernndez de
Crdova, y debajo de ella abrigaba el duque de Saboya el resto de su
ejrcito, metidos en fortsimos retrincheramientos. El forzar la plaza y
los retrincheramientos era muy difcil empresa; pero con todo eso no se
hubiera malogrado  no sobrevenir inopinados accidentes. Inund el P
los campos vecinos de la plaza, y oblig  los espaoles  abandonar sus
trincheras. Y en esto llegaron los franceses mandados por Lesdiguires,
Crequi y el mariscal de Vignoles, y aprovechndose de tales
circunstancias tomaron por asalto varios reductos donde apoyaban sus
lneas los espaoles. Recobrronlos stos con mucho valor, pero no fu
ya posible continuar el sitio, socorrida la plaza. Negocibase en tanto
entre nuestra Corte y la de Francia sin llegar muchos meses  concierto,
y era extrao de ver cmo entrambas naciones se hacan guerras y
trataban de paces, sin considerarse por eso como enemigas. Aun lleg 
acontecer que habiendo apresado los franceses tres naves espaolas que
iban con socorros  Gnova, navegando bajo el seguro de la paz  lo
largo de sus costas, orden el Rey de Espaa que los bienes de los
comerciantes de aquella nacin fueran confiscados en todos sus dominios;
medida  la cual respondi el de Francia confiscando en sus Estados las
haciendas y mercaderas de todos los espaoles, portugueses, lombardos,
napolitanos y genoveses.

Y, sin embargo, ni Espaa ni Francia se consideraban en estado de
guerra. Las ltimas ventajas ganadas por los espaoles trajeron al fin
moderadas pretensiones  los contrarios, y as se ajust el tratado que
se llam de Monzn (1626), en el cual qued reconocida la libertad de la
Valtelina, que pudo en adelante elegir magistrados y disponer de todas
sus cosas sin ms obligacin que pagar un razonable tributo y reconocer
como soberanos  los grisones. No le salieron bien  la liga
franco-italiana sus intentos, porque dado que la Valtelina no quedara en
poder de nuestra Nacin, todava era de gran utilidad para nosotros el
verla poseda por catlicos y tan agradecidos al favor de Espaa.

Pero ni Venecia ni Saboya podan nada solas, y  Francia la oblig 
ceder la necesidad, porque  la sazn arda toda en guerras civiles
entre el Rey y sus vasallos protestantes. Era la Rochela el refugio y
guarida del protestantismo francs, y para desarraigarlo y exterminarlo
pareca preciso rendir aquella plaza, empresa difcil por ser ella
fuerte de suyo, y porque los ingleses no dejaban de socorrerla con sus
armadas. Haba tambin serios disgustos por entonces entre Luis XIII y
Carlos I de Inglaterra  causa del infeliz matrimonio de ste con la
princesa Enriqueta, hermana del Rey de Francia; cosa que ms animaba al
ingls  dar ayuda  los rebeldes franceses. Espaa, no bien satisfecha
de Inglaterra desde la empresa de Cdiz, se ofreci  hacer alianza con
el Monarca francs para vengar las mutuas injurias en formal guerra. No
acept Luis XIII, porque quera excusar en lo posible los empeos con
Inglaterra  fin de que, lejos de aumentar sus esfuerzos contra l, se
apartase del mantenimiento y defensa de la Rochela; mas como viese  los
bajeles ingleses  la boca de aquel puerto impidiendo  los suyos que lo
bloqueasen, solicit al fin, con muchas instancias de nuestra Corte, que
enviase en su ayuda una armada. Oy bien la propuesta Olivares, y
previniendo costosamente la del Ocano, que mandaba el hbil general D.
Fadrique de Toledo, la envi  aquellos mares, bien que no fuese ya de
efecto, porque por lo avanzado del invierno las escuadras inglesas
estaban recogidas en sus puertos, y el Rey de Francia traa puestos 
los de la Rochela en el extremo de rendirse; con que al poco tiempo
tornaron los bajeles  anclar en nuestras costas. Hubo aduladores del
favorito que celebrasen la jornada; mas cierto que nada se ha hecho ms
infeliz.

Estbase esperando la flota de Amrica, que era el nico recurso con que
contaba la Monarqua para atender  sus inmensos apuros de dinero;
sabase que los holandeses la acechaban cuidadosamente para apoderarse
de ella, y en lugar de enviar la armada  buscarla y traerla segura 
nuestros puertos, se concert aquella expedicin intil que, dejando sin
defensa nuestros mares, di ocasin fcil  que lograsen los enemigos su
intento, apoderndose de la flota (1627) y de los cuantiosos caudales
que traa, no lejos de las Islas Terceras. Adems, sucedi, como sucede
en todas las resoluciones mal imaginadas y ejecutadas, que ni los
franceses quedaron con agradecimiento, ni nosotros con ventaja.
Murmuraron que la armada se haba enviado lentamente con todo intento
para que llegase tarde el socorro; y  la par los espaoles comenzaron 
decir, por su parte, que el ministro francs, Richelieu, no solicit la
armada si no para que, sobreviniendo el invierno, se destrozase en
aquellos mares del Norte tan procelosos, hacindonos este dao, ya que
otros no le consentan las circunstancias. Quizs fuera ms acertado en
los nuestros el decir que con esta traza burl la escasa previsin del
Conde-Duque, y atendi  privarnos de los caudales que venan de
Amrica. De todas suertes, aquella expedicin parece injustificable 
los ojos del recto juicio, porque  Espaa no la convena, por cierto,
que la Francia se desembarazase de las guerras civiles, sino ms bien
que se entretuviese con ellas, y era imbcil contradiccin el ayudar
all  Luis XIII contra sus sbditos, cuando, por otra parte, no se
escasearon los manejos y el dinero  fin de lograr de stos que aqu y
all promoviesen sediciones. Cabalmente, por el propio tiempo se
abrieron tratos para ello con el duque de Rohan, caudillo de los
descontentos franceses, si no bien conocidos, no tan obscuros que no
haya razonables sospechas de que los hubo. Ni tard Espaa en recibir la
recompensa del auxilio que haba dado  tanta costa  Luis XIII contra
los de la Rochela. Por aquellos mismos das ajust aquel Monarca un
tratado con Holanda, donde se comprometi  pagarles gruesos subsidios
con tal que mantuviesen viva la guerra contra Espaa. Y no tard en
presentrsele ocasin de mostrar ms y ms la mala voluntad que nos
tena.

Habase entrometido el conde de Olivares en otra cuestin en Italia, que
tuvo menos favorables resultas que aquella de la Valtelina, con motivo
de la sucesin del Ducado de Mantua. Pretendanla el conde de Nevers
para su hijo primognito, y Csar Gonzaga, duque de Guastalla, protegido
del Emperador. Cul de los dos compitiese con ms derecho es cosa que no
importa  nuestro propsito; porque, aunque aparentase Olivares la parte
del Emperador, no hay duda que su verdadero intento era tomar para
Espaa lo mejor del territorio disputado. Dcese que ajust para ello un
tratado con el duque de Saboya estipulando la reaparicin del Monferrato
entre aquel Prncipe y Espaa. El caso es que el Saboyano se puso de
nuestra parte en aquella ocasin,  bien por el cebo de la ganancia, 
porque con las anteriores derrotas creyese dbiles para defender su
partido  los franceses. Y ello fu que  los principios, no rendida an
la Rochela, hallaron el conde de Olivares y el duque de Saboya poco
estorbo  sus intentos.

Habase quitado poco antes el gobierno de Miln al duque de Feria por
trazas de D. Gonzalo de Crdova, que quera sucederle, y lo logr en
efecto. Este General entr con el Ejrcito de Espaa en el Monferrato y
se puso delante del Casal, la ms importante de sus plazas, mientras los
saboyanos tomaban (1628)  Pontestura, Niza de la Palla y Alba. Al punto
el de Nevers pidi ayuda  Francia, que no pudo darle otra si no el
permiso de reclutar soldados en sus tierras; mas el Ejrcito as
levantado y compuesto de cerca de diez y seis mil hombres, al mando del
marqus de Uxelles, se dispers al paso de los Alpes, sin llegar  poner
el pie en Italia. Con esto amenazaron ruina por un momento las cosas de
aquel Prncipe. Pero no bien libre del embarazo de la Rochela encamin
Richelieu  Italia el ejrcito que haba llevado  cabo la conquista,
persuadiendo al rey Luis XIII que l en persona fuera  mandarle, como
si se tratase de la salvacin de su reino. Spolo Olivares, y no fiando
ya tan grande empeo de D. Gonzalo de Crdova, aunque tan probado en
valor y militar experiencia, determin reemplazarle por el ms hbil,
sin duda, de nuestros capitanes, que era Ambrosio de Spnola, marqus de
Spnola y de los Balbases, el cual con tanto acierto y fortuna, como
antes hemos visto, estaba gobernando los ejrcitos de Flandes. Envile
rdenes para que dejara aparte aquella guerra y encomendndola  manos
menos expertas, acudiese l  Italia. No quiso Spnola ir all sin pasar
antes por Madrid, donde pidi dineros para hacer la guerra con mejor
fortuna que en Flandes, y ttulo de Vicario  Gobernador absoluto de
aquellas provincias y ejrcitos, para que en Espaa con consultas,
informes y dilaciones no se estorbasen sus propsitos. Todo se le
ofreci; pero luego en nada de ello se vi cumplimiento, y aquel ilustre
capitn hall en Italia la misma imposibilidad que en Flandes para
humillar  nuestros enemigos.

Haba comenzado las hostilidades el francs por exigir al duque de
Saboya que diese paso  su ejrcito para el Monferrato, donde Casal se
miraba reducida al ltimo apuro; y como ste no le contestase sino
ambiguas palabras, determin fiar el propsito  las manos. Las
gargantas de Suza, que era por donde mejor podan entrar en Italia los
franceses, estaban defendidas por tres recintos de fortificacin y
algunos reductos, que guarnecan dos mil setecientos saboyanos mandados
por el mismo Duque y prncipe del Piamonte, su hijo. Llegaron delante de
ellas los franceses: acometieron el primer recinto los mariscales de
Crequi y de Basompire, y lo ganaron fcilmente, por no defenderlo como
debieran los saboyanos. Los otros dos recintos fueron luego abandonados
sin resistencia alguna. La rota de los saboyanos pareci completa, y los
franceses fueron con tal mpetu tras ellos, que hicieron prisioneros al
mayor nmero, y tuvieron ya casi entre sus manos al Duque y  su hijo.
Entonces fu famoso el hecho de un capitn espaol, que  dicha se
hallaba entre los saboyanos, el cual, recogiendo algunos soldados, di
cara  los franceses y detuvo  todo el ejrcito, lo bastante para que
el Duque y su hijo se pusiesen en salvo.

Los franceses entraron en seguida en Suza, y el Duque se apresur 
ajustar paces con el vencedor, temiendo ya mayores daos: evacu las
plazas que haba ocupado en el Monferrato, y abri los Alpes  los
franceses. Con esto D. Gonzalo de Crdova, que gobernaba todava  los
nuestros, porque an no era llegado Spnola, hubo de levantar el cerco
del Casal, culpado de tibio y poco diestro en los ataques, y los
franceses, logrado su objeto, repasaron los Alpes, dejando en resguardo
de aquella plaza un Cuerpo de tres mil quinientos hombres  las rdenes
de Toiras, capitn famoso por la constancia con que defendi la isla de
Rh en la guerra contra los rocheleses. Firmse en seguida un tratado
que se llam de Suza, entre los caudillos de los ejrcitos beligerantes,
por el cual se estipularon condiciones ventajosas al de Nevers y 
Francia; mas no fu de efecto alguno, porque habiendo llegado Spnola 
Italia, contando con su superior talento y fortuna, se determin el
comenzar de nuevo las hostilidades. Envi para ello el Emperador dos
ejrcitos  las rdenes de los condes de Merode y de Colalto: el uno 
invadir la Valtelina, el otro  conquistar el Mantuano, mientras que los
espaoles se posesionaban de nuevo del Monferrato. Y el duque de Saboya,
viendo tan mejorada la parte de Espaa y Austria, torn  declararse por
nosotros, y se puso otra vez en campo.

As la guerra comenz nuevamente como si nada se hubiese pactado. Verdad
es que el concierto de Suza, mirado como vergonzoso en Espaa y en el
Imperio, no fu ratificado, mas siempre es de notar la perfidia
diplomtica de aquellos tiempos, porque as se hacan tratados, como se
rompan, sin otro norte que la conveniencia y el inters del momento.
Richelieu, que era el ms prfido de todos los diplomticos, irritado
ahora con las Potencias aliadas contra el Mantuano, se determin  pasar
l mismo  Italia mandando un ejrcito. Psose delante de Pignerol,
plaza importante de la frontera de Saboya (1630), y la tom en dos das.
Spnola, Colalto y el duque de Saboya reunieron sus fuerzas al saberlo,
para defender la lnea del P, y detuvieron sus pasos, obligndole 
volverse  Francia. Pero no tard en volver con el Rey mismo, y los
Generales franceses conquistaron en poco ms de un mes toda la Saboya,
derrotando en Javennes al prncipe del Piamonte que mandaba las tropas
saboyanas  imperiales con horrible destrozo y mucha presa de armas y
banderas. Caus el dolor la muerte al duque de Saboya, Carlos Manuel,
hombre de larga y azarosa vida, que no hubo perfidia que no hiciese, ni
hazaa que le espantase, para echar de Italia  los extranjeros y
ponerla toda bajo su mano.

No en todas partes era tan desdichada la guerra: Felipe Spnola, hijo de
Ambrosio, se apoder de Acqui, Ponzone, Roque-Vignal y Niza de la Palla,
y el padre gan  Pontestuna y Rosignano, y cerc de nuevo  Casal.
Toiras, que la defenda, hizo algunas salidas contra los nuestros con
poca fortuna, y en una de ellas fu completamente derrotado, de suerte
que no volvi  salir de los muros de la ciudad. Pero en tanto el
ejrcito francs continuaba su marcha en demanda del Casal para levantar
el cerco. Llegaron delante del puente de Carin, defendido de tropas
saboyanas y espaolas, donde se hallaba Felipe de Spnola y estaba
bastante fortificado; mas el ataque de los franceses fu impetuoso y la
defensa flaca, con que pareci vergonzoso al paso que lograron aqullos.
No supo resistir el valeroso Ambrosio de Spnola  la pena de aquel
suceso; pregunt si su hijo quedaba muerto, herido  prisionero, y
respondindole que no, perdi el juicio, no dijo ya palabra ms, y
postrado en la cama muri de los que no osaron morir, segn la frase
elocuente de un autor contemporneo. Singular muerte, que coron
dignamente la vida de tan gran capitn, uno de los mejores de aquel
siglo, en que los hubo muy grandes.

Vino  sucederle el marqus de Santa Cruz, don Alvaro de Bazn, que pas
con larga experiencia de mar  estrenarse sin alguna en los ejrcitos de
tierra, y debajo de su mando se continu el sitio del Casal. Haban
rendido los imperiales  Mantua  pesar del socorro de los venecianos,
poniendo en fuga al ejrcito de stos, no lejos de Villabona, doble en
nmero y fuerzas. Junto ahora el ejrcito del marqus de Santa Cruz con
el del marqus de Colalto, eran superiores al enemigo que ya delante de
las lneas del Casal intentaba el socorro: de suerte que con esperanzas
de destruirlos, pedan  voces los nuestros que se empease la batalla.
Iban  cumplirse sus votos, cuando mediando el famoso Julio Mazzarino,
Nuncio del Papa, que comenzaba entonces su larga carrera, se ajust una
tregua y suspensin de armas entre nuestros Generales y los contrarios,
censuradsima de los mejores capitanes y soldados espaoles 
imperiales, que juzgaban que con ella se les quitaba de las manos
gloriosa victoria y presa segura; tregua  que sigui muy luego la paz
que ya todos anhelaban, espantado el Emperador con las victorias de
Gustavo Adolfo, la Espaa falta de dinero con que continuar la guerra,
y la Francia amagada de nuevas guerras civiles. Firmse primero en
Ratisbona, y como se ofreciesen algunas dificultades, se hicieron an en
Quierasco dos tratados, que pusieron un trmino  la contienda. Ninguna
de las potencias beligerantes qued satisfecha, aceptndolos todas ellas
por fuerza; pero es indudable que los franceses obtuvieron considerables
ventajas. Qued Mantua por el conde de Nevers, su protegido, aunque
reconociendo el feudo del Emperador, y el duque de Saboya, aunque sin
conocimiento de Espaa ni del Imperio, les di la importante plaza de
Pignerol, que dejaba abiertas  sus armas las puertas de Italia.
Prestse  esto el nuevo duque de Saboya, porque Francia se comprometi
por su parte  hacer que se le cediesen la ciudad de Alba y otras
pertenencias del Monferrato en los tratados pendientes  ttulo de
indemnizacin por los derechos que pretenda tener  aquel Estado,
promesa  la verdad no bien cumplida: solamente Espaa nada gan en una
guerra en la cual haba hecho no pequeos gastos y sacrificios.

No haba sido por cierto de los menores el sacar de Flandes  Ambrosio
de Spnola, porque, aprovechndose de su ausencia los holandeses y de la
ineptitud del conde de Berg, flamenco de nacin,  cuyo cargo qued el
ejrcito, lograron sobre Espaa grandes ventajas. Sorprendieron  Wesel,
que estaba  la sazn muy bien guarnecida y fortificada, sin que les
costase ms que diez hombres la empresa; y de resultas de esta desgracia
hubo que abandonar  Amesfort, desde donde los nuestros traan puesto en
contribucin el pas hasta las mismas puertas de Amsterdam, dejando
tambin el sitio ya bien adelantado de Haltem, para poner de nuevo el
Issel entre nuestras banderas y las enemigas.  la par con esto el
prncipe de Orange siti  Boduch, tantas veces perdida y recobrada por
los espaoles, ayudado de un cuerpo de tropas francesas que, al mando
del mariscal de Chatilln, serva en Holanda, con permiso de su Rey.
Resisti la guarnicin cuatro meses y medio, pensando que sera
socorrida; pero viendo que el de Berg no vena, tuvo que darse 
partido.

Tal andaban por all nuestras cosas, entre tanto que en Italia dejbamos
que nuestra antigua superioridad se olvidase con el tratado de Quierasco
que acabamos de mencionar, y que la mar, no ms favorable que la tierra
por aquellos das, pusiese en mano de los holandeses, envalentonados con
la prosperidad de sus armas, la flota de Mjico, que quemaron despus de
trasladar  sus naves ocho millones que traa. Apoderronse tambin los
holandeses de Pernambuco, en el Brasil, no obstante la esforzada defensa
de D. Martn de Albuquerque, que all mandaba con poca gente y armas.

Mas fuerza ser que ahora principalmente nos fijemos en las orillas del
Rhin, donde ms que en ninguna parte hallaba ocupacin y cuidado la
Corte de Espaa. El emperador Fernando II, vencedor del elector Palatino
y luego Rey de Dinamarca, que vino en su ayuda con alguno de los
prncipes protestantes del Imperio, haba hecho sentir su triunfo ms de
lo que fuera justo. Exasperados con esto los protestantes formaron una
liga llamada de _Leipzig_ para resistir y oponerse  sus violencias, y
como al propio tiempo moviesen guerra al Emperador los suecos con su
gran rey Gustavo Adolfo, se formaron entre unos y otros terribles
conciertos, que desde luego dejaron esperar efectos desastrosos para el
Imperio. Entonces Fernando II implor ms vivamente que nunca el auxilio
de Espaa: decase que Fernando obraba en todo  impulsos de nuestra
poltica; que en su enemiga  los protestantes no pensaba ms que en
verlos aniquilados por todas partes; y verdaderamente Espaa daba hartos
motivos para que semejante opinin se acreditase.

Ya hemos dicho que en nuestro concepto no era solamente celo catlico lo
que mova  nuestra Corte, sino que con l se juntaban graves conciertos
polticos  que la lealtad espaola no quera faltar, aunque viese ya de
seguro que no habran de proporcionarle ventajas, obrando de consuno
para precipitarla en los mayores extremos. Aconteci que en los mayores
apuros pasados el Emperador se hallase tambin en grande aprieto, porque
tena sobre s al Rey de Dinamarca y los Prncipes protestantes con l
coaligados. Escribi el Emperador  nuestra Corte pidiendo recursos, y
entonces fu cuando del dinero que acababa de dar el reino con tanto
trabajo y sacrificio para el objeto de levantar y mantener ejrcito que
defendiese nuestras fronteras, se le enviaron trescientos mil ducados y
cien mil ms  su fiel amigo el duque de Baviera. Y esto  la par que de
nuestros soldados que tanta falta hacan en Flandes, se distraa no
pequeo nmero para guarnecer las plazas del Imperio y pelear contra sus
enemigos. Ahora, con la invasin de Gustavo Adolfo y la Liga protestante
de Leipzig fueron naturalmente mayores las exigencias y mayores los
sacrificios. Era aquel Monarca famoso ya por sus victorias en las
orillas del mar Bltico; irritado contra el Emperador, que haba dado
auxilios  la Polonia contra l faltando  la fe de los tratados, y
luego haba despedido desdeosamente  sus embajadores, lleno de
ambicin y de amor  la gloria, fiado en su espada y en su fortuna, se
determin  invadir el Imperio. Contribuy no poco  persuadirle  ello
el ministro francs Richelieu, que vea en l un enemigo temible para la
casa de Austria: no hubo intrigas, ni consejos, ni ofrecimientos de que
no se valiese, y al fin hizo con l verdadera y completa alianza en
1631, dndole crecidos subsidios para mantener la guerra. Hall tambin
Gustavo amigos y aliados en los Prncipes protestantes. Y con esto y su
ejrcito, que aunque no pasaba de quince mil hombres, era hermossimo y
temible por la disciplina y valor tantas veces experimentados, consigui
destruir en Leipzig los ejrcitos del Imperio y enseorearse luego de
mucha Alemania. Espantadas y previendo que los suecos llegaran  sus
puertas, las ciudades catlicas del Rhin que no las tenan, pidieron y
obtuvieron guarniciones espaolas, y algunos escuadrones ms de los
nuestros pasaron  Flandes  recorrer aquellas orillas.

No tard en presentarse en ellas Gustavo Adolfo. Psose primero delante
de Maguncia, ciudad importantsima y seora de toda la comarca, por lo
cual tena dentro dos mil soldados espaoles que mandaba D. Felipe de
Silva; pero no era posible sin pasar el Rhin formalizar el sitio, y
aunque intent hacerlo por Cassel, hall tan bien defendido el paso de
los espaoles que no pudo lograrlo. Entonces tom el camino de Berg para
buscar punto por donde lograr sin estorbo su intento. Tenan guardados
los espaoles los pasos, y no hubiera podido llevar  ejecucin su
intento  no ser tanta su temeridad y la de sus soldados. Pas l mismo
cierto da con una barca  reconocer la orilla que ocupaban los
nuestros, donde, acometido, estuvo  punto de ser preso, y an lo fuera,
sin duda alguna,  saberse quin era; mas como no pudo escapar, vuelto 
su campo, escogi trescientos hombres, los ms valientes del ejrcito, y
al mando del conde de Brahe los envi en dos barcas  que tomasen pie en
la ribera opuesta. Acudieron  ellos los espaoles, y hubo un combate
encarnizado y terrible, durante el cual pas el Rey con doblado nmero
de gente; y los nuestros, ya inferiores, dejando muchos muertos en el
campo, tuvieron que meterse en Maguncia. Di Gustavo Adolfo tanta
importancia  esta victoria, que levant una columna en el campo para
que la perpetuase. En seguida fu sobre Oppenheim para quedar
desembarazado de estorbos antes de formalizar el cerco de Maguncia.
Haba dentro de aquella plaza no ms que quinientos espaoles, los
cuales, entrada por asalto, pagaron todos con la vida el obstinado valor
con que se defendieron. Maguncia entonces fu inmediatamente acometida,
ponindose  la orilla izquierda del Rhin los suecos, mientras el
landgrave de Hesse Cassel ocupaba la orilla derecha para impedir los
socorros. Defendironse los nuestros, aunque sin esperanzas algunas de
obtenerlos por espacio de cuatro das, haciendo grande estrago en los
contrarios; pero las fortificaciones no eran muy robustas, y no tardaron
en ver la brecha abierta y en disposicin de ser asaltada, con que les
fu preciso capitular bajo honrosos partidos. Rendida Maguncia,
apoderronse fcilmente los suecos de otros lugares, y pronto de las
plazas del Palatinado no qued ms que Franckenthal en poder de los
espaoles. Cerca de esta plaza derrotaron an los suecos algunas
compaas nuestras que iban de Flandes al socorro. Tras esto se
derramaron por ambas orillas del Rhin, ahuyentando fcilmente las
partidas y destacamentos de espaoles que las guardaban (1632),
ayudndoles no poco en todo esto al decir de los historiadores alemanes,
el rigor de la estacin, que enflaqueca  los nuestros y no estorbaba
en nada sus operaciones, como gente acostumbrada  ms duro clima.

Ni pararon aqu los daos de aquel rigor de clima; mayores los padecimos
poco despus. Porque irritada nuestra Corte contra los suecos,  la par
que importunada de los ruegos del Emperador, di orden al duque de
Feria, Surez de Figueroa (1635), que de nuevo gobernaba el Milans,
para que dejando aquel Estado al cardenal Infante D. Fernando, hermano
del Rey, levantase un ejrcito y viniese con l  defender la Alsacia de
los suecos. Psolo por obra el de Feria con actividad suma, y reuniendo
hasta catorce mil hombres italianos con algunos oficiales espaoles,
pas  Baviera y de all  la Alsacia. Comenz la campaa forzando  los
enemigos  levantar el sitio de Brissac, plaza importantsima y cuya
prdida se tena ya por cierta, y luego con no menor fortuna recobr 
Baldelsult, Lucemburg, Rienfert, Rutagran, y los ech de toda la Alsacia
obligando  huir al Rhingrave Oton Luis, que campaba triunfante por
aquel lado con las armas protestantes. Mas no se hicieron esperar mucho
los suecos, y acudiendo al opsito bajo las rdenes de Gustavo de Horn y
de Bickenfeld y en nmero muy superior al de los nuestros, hubo que
disponer la retirada. Aqu fu la desdicha, porque sobreviniendo los
grandes fros del invierno, no pudo soportar la gente italiana, hecha 
mejor clima, las marchas y operaciones, y casi toda pereci sin pelear.
Fu tanto el dolor del hbil y pundonoroso General al verse sin
ejrcito, que aunque no poda atribursele alguna culpa, muri de
pesadumbre. Pundonor extraordinario, el que todava mostraban nuestros
capitanes!

Mientras esto pasaba del lado all del Rhin, del lado de ac en las
provincias regadas por sus poderosos brazos, con nombre tambin de ros,
dejbanse sentir nuevos descalabros. No haba dejado el archiduque
Alberto sucesin de su matrimonio. Era desgracia para nosotros su
muerte, por ser el Archiduque buen capitn y hbil administrador, y
porque los flamencos, viendo en l  su seor natural, con mejor
voluntad le servan que  los espaoles y  la misma Infanta. Y con la
falta de ste y de Ambrosio Spnola y la ineptitud probada del conde de
Berg, que mandaba el ejrcito, fueron las cosas de la guerra cada da de
mal en peor por aquella parte. Al fin la Infanta, llena de disgusto y
afanes, y creyendo interesar con esto ms al Rey de Espaa para que
enviase auxilios con qu continuar la guerra, se determin  renunciar
la soberana devolvindola al Rey de Espaa.

Admiti Felipe IV el partido, anticipndose slo aquella carga, porque 
la verdad, muerta sin sucesin la Infanta, habra venido de todas
suertes  sus brazos. Pero ni antes ni despus era prudencia que Espaa
echase sobre s el costoso mantenimiento de aquellas provincias tan
discretamente abandonadas por Felipe II, donde tanta sangre y tesoros
se consuman en balde. Alegbase en favor de esto una razn de algn
peso, y era que importaba retener  nuestros enemigos en aquel pas
extrao al cabo, y lleno de plazas fuertes y defensas naturales,  fin
de que convirtiendo todas sus fuerzas contra nuestras fronteras, no
peligrasen las provincias septentrionales de la Pennsula. Los
acontecimientos mostraron que nuestros enemigos, no por lo de Flandes
dejaban tranquilas nuestras fronteras, y que aquella razn plausible 
tener bastantes soldados y capitanes para mantener la guerra en ambas
partes, no lo era en modo alguno cuando no los haba por la despoblacin
y pobreza para guarnecer nuestras fortalezas. No dejara quizs de
tenerse en cuenta la cesin del Austria occidental  nuestra corona,
antes pactada, que podra abrir por aquellas provincias segura
comunicacin entre Italia y Flandes, cosa que hubiera hecho sin duda
mucho ms fcil nuestra dominacin en ambos pases. Pero los
acontecimientos mostraban ya por dems que tal cesin no se llevara 
cabo por falta de poder para merecerla y recabarla y era locura fiar en
ella. En todo la falta principal de nuestra Corte era el equivocar las
acciones. Aconteca de esta manera que las ideas ms grandes y ms
profundamente polticas, aprendidas en la escuela insigne de Fernando el
Catlico y de Felipe II, eran las ms fatales para la Monarqua. Qued
en Flandes la infanta Isabel Clara por gobernadora, y lo fu hasta su
muerte.

Mas no bien supieron los flamencos que dejaban de ser independientes
volviendo  entrar en el dominio de Espaa, quejosos  indignados
comenzaron  tramar conspiraciones. Psose al frente de ellas el mismo
conde de Berg que gobernaba  la sazn los ejrcitos, con el propsito
de hacer de aquellas provincias una repblica como la de Holanda. La
conspiracin se frustr porque el conde de Archost, noble seor
flamenco, lo revel todo  la Archiduquesa; mas no quiso decir, por ms
instancias que se le hicieron, los nombres de los conjurados. Con todo
el de Berg, harto sospechoso ya, fu separado del mando, y en su lugar
entr el marqus de Santa Cruz, llamado de Italia. Poco falt para que
todo se perdiese. Mientras duraban los tratos y la trama de rebelin,
entr el prncipe de Orange en la provincia de Geldres, y se apoder de
Venlo en sesenta horas, y dos das despus de Ruremunda con no mayor
dificultad. En seguida se puso delante de Maestrick. Defendise
obstinadamente la plaza, y di tiempo  que se tomasen las
determinaciones que lo estrecho del caso requera. Vino de Alemania el
conde Godofredo Enrique de Papenheim, ferocsimo soldado y uno de los
mejores capitanes del Emperador, al frente de un ejrcito de veinte mil
hombres, para socorrer  la Infanta gobernadora, y unido con el marqus
de Santa Cruz, puesto ya al frente de las armas espaolas, acudieron
ambos  socorrer  Maestrick. Delante de aquella plaza se libr un
combate (1632), que debi tener provechosas resultas, segn el nmero y
valor de los nuestros, y no las tuvo sino fatales. Determinse atacar en
sus trincheras al ejrcito del Prncipe de Orange, hecho al cual deban
concurrir los imperiales y los espaoles; pero divididos en pareceres, 
celosos uno de otro, el conde de Papenheim y el marqus de Santa Cruz,
dej ste  aqul torpemente que acometiese solo con sus tropas, de modo
que fu rechazado, dejando dos mil hombres en el campo. Maestrick se
rindi  consecuencia de esta batalla dos meses despus de sitiada.
Papenheim con sus soldados se volvi  Alemania lleno de ira, y el
vencedor tom en seguida  Limburgo,  Orsoy y  Vre, sin hallar apenas
resistencia. Sealbase pblicamente como causa principal de tales
prdidas al marqus de Santa Cruz, que dado al juego y los placeres no
pona atencin en las cosas de la guerra; adems que no haba mostrado
nunca mucha aptitud para mandar ejrcitos.

Apartle la Infanta del mando, y como no hubiese all hombre de bastante
autoridad para tomarlo en su lugar, al fin se adopt para remediar el
mal un psimo partido, que fu distribuirle entre cuatro Maeses de campo
generales, que eran el duque de Lerma, nieto del famoso ministro, D.
Carlos Coloma, D. Gonzalo Fernndez de Crdova y el marqus de Aytona,
de los cuales cada uno le ejerca una semana. Pronto se vi que con esta
disposicin extraa, antes se embrollaban y empescan que no se
mejoraban las cosas. Equipse  mucha costa una escuadra de noventa
velas, y al mando del conde Juan de Nassau se la destin  cortar las
comunicaciones entre Holanda y Zelanda, rindiendo las islas pequeas de
aquel mar. Pero atacada por los holandeses entre Vianen y Sttaueinse, de
las noventa naves setenta y seis fueron apresadas y las dems echadas 
pique, no salvndose ms que once de cinco mil seiscientos hombres que
la tripulaban. Estaba equipada apresuradamente y con poco conocimiento,
de manera que ni eran buenos los bajeles ni las tripulaciones
ejercitadas.

Al saber tales desastres nuestra Corte, tan poco oportuna para comenzar
las guerras como para terminarlas, entr en deseos de paz  nuevas
treguas con los holandeses. Movironse tratos y se continuaron en La
Haya por algunos meses,  punto que se crey que llegaran  buen
trmino. Pero las intrigas de Richelieu, que quera mantener all
ocupadas las fuerzas de Espaa, mientras l maduraba las grandes
empresas que traa en la mente, lograron al cabo romper los tratos. En
el entretanto el prncipe de Orange rindi  Rimberg en diez y seis das
de sitio, plaza que ms de una vez hemos visto ya ganada y perdida por
los espaoles, y abri trincheras delante de aquella Breda, tan
costosamente adquirida. La Infanta gobernadora y la Corte de Espaa no
saban acudir al reparo de estas cosas sino mudando las cabezas del
ejrcito. El marqus de Santa Cruz haba vuelto ya  Espaa, donde hall
recompensa  sus derrotas con el empleo de mayordomo mayor del Rey, que
se le di, aunque no volvi ms  hallarse en ejrcitos de tierra. Y
dejando ahora el mando semanal de los Generales, entr solo 
desempearlo algunos das el duque de Lerma. Di ste alguna muestra de
s con la toma de Stevenswert, isla del Mosa, no poco importante, la
cual gan pasando  caballo el ro con sus soldados; mas no tard en
sucederle el marqus de Aytona, D. Gastn de Moncada, antes Embajador en
el Imperio y Capitn general de Aragn, en aquel mando. Siti el nuevo
General  Maestrick y se mantuvo dos meses delante de la plaza, hasta
que con noticia del apuro en que  Breda traa puesta el de Orange, se
levant de all para ir al socorro. No se atrevi  aguardarle el
prncipe de Orange y alz sin pelear el campo.

En esto muri la Infanta gobernadora Doa Isabel Clara Eugenia, ya de
edad muy avanzada, llorada por sus virtudes y buen deseo de sus antiguos
vasallos y de los espaoles, y el marqus de Aytona uni interinamente
con el de las armas, que ya tena, el gobierno de todas las cosas del
Estado (1633). Durante el tiempo que estuvo en l, que no fu mucho,
entr Aytona en negociaciones con el prncipe Gastn de Orleans y con la
reina Mara de Mdicis, que haba venido  aquellos Estados huyendo de
la persecucin de Richelieu. El objeto era que el Prncipe francs
levantase con dinero de Espaa un ejrcito de franceses y alemanes y
entrase por l en Francia por una parte, mientras los espaoles invadan
por otra el territorio, repartindose las conquistas. Era Gastn de
Orleans uno de los hombres ms prfidos de su siglo, y Mara Mdicis
pecaba no poco de inconstante. Bien pronto se supo que Gastn mantena
tratos  la par que con Espaa con Richelieu, y l y la Reina salieron
de Flandes sin que surtiese efecto el tratado. Ni dej Aytona el mando
sin lograr otra ventaja importante, y fu que la plaza de Filisbourg,
que los Generales suecos haban conquistado y puesto en son de depsito
en manos de franceses, viniese  poder de los nuestros por sorpresa.
Pero poco despus el conde de Fontainay, Maestre de campo general, que
embisti valerosamente  Fort Philippine,  cuya defensa estaban los
holandeses, no pudo alcanzar su rendicin, y con tales ventajas y
reveses, vease claramente que todo se perda,  no acudir eficazmente
al remedio. Por lo mismo desde la muerte de la infanta Clara Eugenia se
estaba tratando de enviar all persona de autoridad que ocupase el
puesto.

Fijronse los ojos de todos desde la muerte de la Infanta Doa Isabel
Clara Eugenia en el Cardenal infante don Fernando. Era ste el menor de
los tres hijos varones que haban quedado de Felipe III, Cardenal y
Arzobispo de Toledo desde sus primeros aos, y de todos el de ms valer,
aunque el segundo, D. Carlos, tambin alcanz crdito de valeroso y
discreto. La muerte temprana de D. Carlos le dej  solas entregado 
los recelos del Conde-Duque, que de uno y otro hermano haba desconfiado
siempre mucho, procurando, como en otro lugar dejamos dicho,
indisponerlos con el Rey. No obstante ste que era de generoso nimo,
aunque licencioso  indolente, no dej nunca de parecer buen hermano. En
las Cortes de Barcelona de 1632 le vimos ya  D. Fernando ocupando el
lugar del rey D. Felipe: luego qued all de Virrey por algn tiempo,
mostrndose hbil y celoso, al propio tiempo que firme y severo, porque
habiendo pretendido cubrirse delante de su autoridad los concelleres de
Barcelona, no pudieron conseguirlo por ms instancias que hicieron: cosa
que  la verdad acrecent el enojo que entonces comenzaba de los
catalanes. Desde este virreinato pas  Italia con nimo ya de que le
sirviese de puente para Flandes; all consigui que se concertasen la
Repblica de Gnova y el duque de Saboya, cortando por entonces un
rompimiento funesto para la paz de Italia. Y hecha ya experiencia de su
persona y calidades con tales empleos, se determin al fin enviarlo al
gobierno de Flandes (1634).

Pudirase aadir  la experiencia que hubo de su aptitud una razn de
ms peso entonces para explicar la causa de su nombramiento. El
Conde-Duque, que no haba podido indisponerlo con su hermano, nada
deseaba tanto como arrojarle por cualquier motivo fuera de Espaa. Para
ello no deba omitir medio alguno, y aunque era Cardenal y Arzobispo de
Toledo, persuadido tambin de que semejante ejercicio no corresponda 
su humor belicoso y nimo levantado, se resolvi  destinarle  la
guerra. Feliz recelo y persecucin del Privado, que nos proporcion un
General de tanto mrito y tan consumado poltico como el Cardenal
Infante! Acogi ste con entusiasmo el propsito: tena veinticinco aos
y amor grande  la gloria; por sus venas corra an la sangre de Carlos
V, y en su mente se albergaba algo del espritu de Felipe II: no poda
haberle dispensado mayor favor el Conde-Duque. Con su nombramiento
coincidi el deseo de reforzar poderosamente el ejrcito de Flandes, y
ordensele recoger en Miln cuanta gente pudiese de espaoles 
italianos y conducirla  Flandes, atravesando los pases hereditarios
del Emperador. Hicironse tres tercios del viejo de Lombarda, ncleo y
cimiento siempre de los ejrcitos que haban peleado con el Milans y
sus fronteras: el uno de ellos qued all, y los otros dos con soldados
veteranos, criados en la escuela austera del conde de Fuentes, del
marqus de Villafranca y duque de Feria, tomaron con el Cardenal Infante
el camino de Flandes. Siguironle tambin algunos tercios italianos, y
buenos escuadrones de caballera napolitana y espaola acudieron al
propio objeto, formndose en todo un ejrcito de diez mil soldados,
resto glorioso de nuestra antigua pujanza en la guerra.

No haba llegado este ejrcito  la mitad del camino cuando se present
una ocasin de que demostrasen, el General sus altas cualidades, y los
soldados, que no haba decado an el valor de los espaoles, y que si
eran pocos en nmero para atender  tan dilatada y larga defensa como
necesitaba la Monarqua, no se hallaba an quien los superase en el
pelear en campo. Rog el Emperador al Infante Cardenal que le ayudase 
desalojar  los suecos del Rhin, y como esto conviniese tambin  los
intentos de Espaa, prestse de buena voluntad  la empresa. Reunise
entonces un poderoso ejrcito de espaoles  imperiales, mandados los
primeros por el cardenal infante con Felipe Spnola, ahora marqus de
los Balbases, y el marqus de Legans, Capitn general de la Caballera
de Espaa; y los segundos, por el archiduque Fernando, rey de Hungra,
el duque de Babiera, Picolomini, Galas y Juan de Wert, adems del duque
de Lorena que mandaba el cuerpo de tropas suyas aliadas del Imperio.
Este poderoso ejrcito gan la batalla de Nordlinghen, principalmente
debido al valor de la Infantera espaola, y  su vista Ratisbona y
Donawerth cayeron sin poder resistir un punto, con lo que bien pronto
Nordlinghen, una de las fortalezas ms temibles de la Suavia, se sinti
amenazada de igual suerte. Temieron los protestantes aquella prdida, y
 evitarla acudieron el mariscal Gustavo de Horn con los suecos, y
Bernardo, duque de Sajonia Weimar con los alemanes, ambos famossimos
Generales, trayendo en su compaa  Gratz y otros capitanes veteranos,
con toda la flor de los soldados de Gustavo Adolfo y de sus aliados.

Tomaron los enemigos un bosque defendido de los nuestros, y que abrigaba
nuestro campo y llegaron  ponrsele delante. Luego, habiendo no lejos
de Nordlinghen unas colinas que dominaban el campo catlico, las cuales
cuando llegaron los enemigos  divisarlo estaban abandonadas, quiso el
de Horn apoderarse de ellas por sorpresa la noche que precedi  la
batalla, y  lograrlo pagaran los nuestros su descuido muy caro; pero
por lo spero del terreno y el temporal que sobrevino, no pudiendo
apenas arrastrar la artillera ni mover la gente, llegaron tarde los
contrarios y hallaron ya reparada la falta, y muy bien fortificadas, en
pocas horas, las colinas. Sobre ellas se form el ala izquierda de los
nuestros; tropas imperiales escogidas ocupaban las cimas, y  la
espalda, como en reserva, y para asegurarlas, se plant un tercio de
Infantera espaola gobernada del Maese de campo general D. Martn de
Idiaquez.  la derecha acudi Galas con la Caballera hngara y alemana,
y Legans con la espaola y napolitana y un grueso de Infantera. En el
centro estaba el grueso de la Infantera alemana, italiana y lorenesa,
al mando del duque de Lorena y otros varios Generales. Los Prncipes
acudan aqu y all estimulando el valor de los soldados. Comenzaron el
ataque los enemigos por nuestra ala izquierda que embisti Gratz con las
mejores tropas suecas y weimaresas: una lluvia espessima que trada por
el viento azotaba los rostros de los imperiales, permiti  los enemigos
llegar sin ser vistos hasta el pie de las colinas: cegaron fcilmente
con fagina los fosos, y subieron intrpidamente  lo alto. All se
empe un furioso combate donde los suecos sostuvieron su antigua
reputacin y la gloria del gran Gustavo, y los imperiales el nombre y la
gloria de su Soberano. Al fin, habiendo llegado gente de refresco en
ayuda de los suecos, los imperiales, que ya haban perdido y ganado una
vez las colinas, se pusieron en dispersin, arrojndose sobre la
Infantera espaola que estaba plantada  sus espaldas; mas sta cal
las picas y recibi con ellas  los fugitivos, de modo que tuvieron que
volver el rostro de nuevo al enemigo. Poco habra durado, sin embargo,
el combate s Idiaquez no hubiese movido su tercio en demanda de los
vencedores. Recibironle los suecos como gente acostumbrada  vencer
siempre, y alentada ms y ms con el reciente triunfo; pero los
espaoles hicieron tanto que  hierro los llevaron hasta las faldas
opuestas de las colinas, ponindoles en completa derrota. En vano acudi
Gustavo de Horn  restablecer el combate. Obstinados los enemigos en
recobrar las alturas, inmviles los espaoles en sus puestos sin vacilar
un punto en mantenerlos, se fu consumiendo la flor de la Infantera
sueca y alemana sin fruto alguno, muertos  heridos todos los valientes
y desalentados y en desorden los otros. Siete veces lleg  tocar la
cima de la posicin un regimiento alemn del duque de Weimar, y siete
veces cay de ella vencido. Asombrados los extranjeros calificaron no de
valiente sino de heroica la resistencia de nuestro tercio, y ello es que
 sus plantas qued rendida la gloria de aquellas armas que estaban
llenando el mundo. Mientras la derecha enemiga, empeada contra nuestra
izquierda, corra tan msera suerte, el duque de Sajonia Weimar, que
mandaba su izquierda, hizo ciar  Galas y al marqus de Legans; mas
repuestos ellos le embistieron de modo que le pusieron en derrota.
Cubrise de gloria en asombrosa carga la Caballera hngara y la
napolitana del ejrcito espaol; y el marqus de Legans, que aunque con
el alto cargo de Capitn general de la Caballera haca all acaso sus
primeras armas, di hartas muestras del valor de su persona, digno sin
duda de la casa de Guzmn, de donde era. Restablecise algo la gente del
de Weimar; mas era intil. La Infantera espaola todo lo haba
arrollado por la izquierda; el centro traa puesto en grande aprieto al
de los enemigos, la derecha amagaba nuevo ataque, y desanimados ya por
todas partes alemanes y suecos, donde quiera humillados despus de
tantas horas de lucha, acabaron por soltar las armas y huir
desordenadamente. Ocho mil cadveres de ellos cubran ya el campo; pero
an la fuga les fu ms costosa, porque Juan de Werth, que se encarg de
perseguirlos, degoll ms de nueve mil en los campos de Nordlinghen y
Wurtemberg y Ulloa, adonde se acogieron las reliquias de aquel ejrcito,
vencedor hasta entonces en cien batallas (1634). Ochenta caones,
trescientas banderas, cuatro mil carros de transporte y un nmero
crecido de prisioneros, fueron los trofeos de la victoria. Entre los
ltimos se contaron el mismo Gustavo de Horn, Gratz y todos los
Generales; slo el de Weimar logr recogerse en Francfort.

Las historias alemanas, aun las de los protestantes, conceden  nuestras
armas todo el honor de aquella clebre jornada. Quien ms gloria gan en
ella fu el Cardenal Infante, que aunque no pele por su persona, ech
all los cimientos de su fama militar por el buen acierto de sus
disposiciones y consejos. El marqus de Legans, D. Diego Felipe de
Guzmn, primo del Conde-Duque, se di  conocer por valentsimo; as
fuera tan hbil capitn en adelante como buen soldado. Tambin se
hicieron notar el valeroso Maese de campo D. Martn de Idiaquez y D.
Pedro de Santa Cilia y Pax, mallorqun de larga y peregrina historia,
que mandaba una compaa de dragones, con la que hizo maravillas en la
batalla. Salvse el Imperio, y se perdiera del todo la causa de los
protestantes sin el auxilio poderoso que Francia, declarada ya en formal
enemiga de la Espaa cuando de tanto tiempo antes lo era simulada, no
hubiera venido  mezclarse en la contienda; acontecimiento que forma
poca en la Historia de Espaa, por lo cual requiere libro aparte.

Mas no hemos de terminar ste sin dar antes alguna cuenta de lo que
durante el perodo que acaba de terminar aconteci en las lejanas costas
de Asia y del Sur de frica, que fu no poco digno de recuerdo. Llegaron
all inopinadamente numerosas naves holandesas y causaron grandes daos
en el comercio que hacan los portugueses sujetos  nuestra corona, y no
contentos con eso animaron y excitaron  las reyes brbaros, tributarios
de Espaa, para que sacudiesen el yugo. Uno de ellos, por nombre
Chingulia, rey de Mombaza, se ech sobre los cristianos residentes en
sus Estados y los degoll despiadadamente. Envi el Virrey de Goa una
escuadra  castigarle, mas no pudiendo lograr su objeto en la primera
campaa, hall en la segunda que el brbaro, destrudas las fortalezas y
arrasados los campos, se haba retirado con todos sus vasallos y
riquezas al interior de la Arabia. Viendo los holandeses el buen xito
de sus tentativas, mandaron ya formales escuadras  aquellos dominios.
Una de ellas se apoder de una flota portuguesa que vena de China. Otra
di auxilios eficaces  los habitantes de Ceiln para que se alzasen
contra Espaa. Los portugueses que guarnecan esta isla eran tan pocos
en nmero que no pudieron mantener el campo y tuvieron que encerrarse en
la fortaleza de Colombo. All sostuvieron un sitio gloriossimo, donde
faltos de todo, por no rendirse, llegaron  comer carne humana.
Socorriles al fin el Virrey de Goa, enviando  D. Jorge de Almeida 
que echase  los enemigos de la isla con algunas naves. Despus de
muchos trabajos lleg este General  Ceiln, reuni alguna gente y con
ella obr de manera que en pocos das logr que la bandera de Espaa
volviese  flotar en todos los lugares de aquella remota tierra,
trayndolos  la obediencia. Heroico capitn este D. Jorge y digno de
mejor suerte que la que tuvo, pues muri  poco olvidado y escarnecido,
as del Gobierno de Espaa, como de los mismos  quienes con su valor
haba salvado de segura prdida.

[Ilustracin]




[Ilustracin]

LIBRO CUARTO

SUMARIO

     De 1636  1640.--La Monarqua francesa.--Cotejo con la
     espaola.--Pretextos para la guerra, prisin del elector de
     Trveris, manifiesto del Rey de Francia; contestacin; verdadera
     situacin de la Monarqua.--Corrupcin de los ejrcitos y de la
     Corte; autos de fe, comedias, galanteos; el conde de Villamediana;
     principios de la guerra.--Flandes: batalla de Avein: prdida de
     Tirlemont; slvase Lovaina; tmase el fuerte de Schenk; irrupcin
     en Picarda; toma de la Chappelle, Chatelet, Vervins, Noyon, Roye,
     Corbie; terror de Pars; retirada del ejrcito; pirdense las
     plazas conquistadas; censura de aquella disposicin; atacan los
     enemigos el Franco-Condado; defensa heroica de Dola; prdida de
     Breda y de Landec; conquista de Roremunda; combates parciales;
     conquistas importantes de la Valette y del mariscal de Chatillon;
     Ham, Ivoy y otras plazas vienen  sus manos; socorro  Danvillers 
     intil destrozo de franceses; batalla del Callao y rota de los
     holandeses; socorro glorioso de S. Omer; batalla y victoria de
     Thionville; prdida de Hesdn; nuevos combates parciales; malogrado
     socorro y prdida de Arras, empresas frustradas de los holandeses
     en Flandes; nota que les da el gobernador de Geldres; horrible
     desolacin del Franco-Condado por los franceses.--Italia: defensa
     gloriosa de Valencia de P; campaa del de Rohan en la Waltelina;
     derrota del conde Juan Cerbelln, campaa de Tessino; gran batalla
     indecisa; el duque de Parma, nuestro enemigo, pide la paz; combates
     parciales; liga con los Prncipes de Saboya; conquista de la mayor
     parte de las plazas del Ducado; toma de Turn; sitio de la
     ciudadela; tregua; combate en el Routa; derrota de Casal; prdida
     de Turn. Pirineos: entrada en Gascua; conquistas; retirada
     importuna; suceso desgraciado de Leucata; victoria de Fuenterraba;
     prdida de Opol de Sasas, su costosa reconquista, y rota de los
     franceses.--Guerra martima: conquista de San Honorato y Santa
     Margarita; expedicin de los enemigos contra Valencia; derrota de
     su armada; amagos del arzobispo de Burdeos contra las costas
     cantbricas, siempre frustrados; armada infelicsima de Oquendo;
     expedicin del conde de la Torre al Brasil; derrota de su
     armada.--Situacin miserable que ofreca la nacin  este punto;
     diversiones, desmoralizacin, confusin de ideas.


LA nacin francesa, dividida en facciones y debilitada por las guerras
religiosas, apenas haba tomado parte en los negocios de Europa por
cerca de un siglo. Enrique IV tuvo sin duda grandes pensamientos, mas no
lleg  ejecutarlos. Algunos han credo que uno de ellos era el fundar
la Monarqua universal, sueo poltico de la poca; pero tal intento,
que pareciera temeridad en un Carlos V y en un Felipe II, habra
denotado manifiesta locura  crasa ignorancia en el Monarca francs. No
contaba ste ni con tesoros para tanto, ni con ejrcitos, ni con
capitanes, ni tena, en fin, cosa alguna de cuanto pudo en otros dar
ocasin  tan alto intento. No ha faltado tampoco quien, con ms razn
acaso, atribuya los propsitos del Monarca francs  locos impulsos de
lujuria, pasin que en l tanto imperaba: de esto dejamos ya hablado al
tratar de su suerte. Pero de todos modos cuando ella le sobrevino,
comenzaba ya  inquietar nuestro podero, y  intervenir en las cosas de
Europa. Durante los primeros aos de Luis XIII tampoco son la Francia
en cosa importante, porque los socorros que di  Holanda y al duque de
Saboya, no fueron ms que momentneos y aun las ms veces encubiertos.
Mas no bien entr Richelieu en los consejos de este Prncipe, cuando se
propuso darle en Europa  su nacin la importancia que sin duda mereca
por el nmero de sus habitantes y lo dilatado de sus fronteras, ya que
por su poder y valor militar poco se hubiera sealado todava. Pero la
Francia no poda levantarse ni tomar superioridad en Europa mientras
continuase imperando en ella y disponiendo de sus destinos la casa de
Austria; y de sta el primero y ms temible campen era el Rey de
Espaa.

Por lo mismo encamin desde el principio Richelieu sus pensamientos 
destruir nuestra influencia y nuestro predominio. Hallbase  la sazn
Francia tan en la cima de su poder, como Espaa en decadencia. Su
poblacin, no repartida por dos mundos, como lo estaba la nuestra, sino
recogida en no muy ancho territorio; no diezmada como aquella por dos
siglos de guerra extranjera y de conquistas dilatadas, ni disminuda con
tales expulsiones como la de los judos y la de los moriscos, era tres
veces mayor que la de Espaa. Sus pueblos y sus campos haban padecido
grandes calamidades en las antiguas guerras extranjeras y en las civiles
de los ltimos tiempos; pero no tanto ciertamente como en los ocho
siglos de la guerra mahometana padeci Espaa; as ofrecan harto mejor
apariencia que los nuestros, hechos escombros y eriales. No haban
posedo los franceses minas de oro que los apartasen del cultivo de la
tierra y artes mecnicas, como  tan mal tiempo posey Espaa; de modo
que no bien acabadas las guerras y las calamidades, vironse florecer
entre ellos la agricultura  industria. La Corte, si no honrada, no era
cuando menos tan licenciosa que se enervase como la nuestra en los
placeres, gastando en ridculas prodigalidades el Tesoro pblico, que
por cierto estaba tambin ms desembarazado que el nuestro desde el
tiempo del buen Enrique IV. Sully, su ministro, fu de los primeros en
conocer que no est tanto el beneficio del Tesoro en sacar mucho de los
pueblos como en sacarlo bien y sin mucho dao. De ciento cincuenta
millones de francos calculbase que slo treinta entraban en el Tesoro;
los Gobernadores de las provincias no slo imponan contribuciones para
el Rey, sino tambin para s propios, y la deuda pblica ascenda 
trescientos millones de francos.  todo atendi Sully, si no siempre con
acierto, con constancia y desinters, que es lo principal en estas
cosas. Hombre de costumbres puras y severas, pobre en el vestir, sobrio
y enemigo de placeres, naturaleza espartana de esas que Dios enva de
cuando en cuando  salvar  las naciones, acaso su desdn al lujo y 
los placeres caus el ms grave de sus yerros, que fu olvidar la
industria y procurar que la agricultura fuera la nica ocupacin de los
franceses. Con todo eso pudo tanto su buena fe, que dej la deuda casi
enjuta, disminudos los impuestos, mejorados los caminos y
fortificaciones, y sobrantes en el Tesoro cincuenta millones de reales
de nuestra moneda, al salir del mando.

Y en verdad que por mala que dejase la hacienda espaola Felipe II, no
mucho mejor estaba la francesa despus de la guerra de la liga: la deuda
misma era mayor, y la inmoralidad que all haba en la administracin y
recaudacin, ni de lejos era igualada en Espaa. Un solo ministro
honrado y un perodo de paz no muy largo bastaron para obrar en Francia
mudanza tan grande, mientras en Espaa cada da fueron empeorndose las
cosas. Algo se perdi de lo ganado en la hacienda pblica durante la
minora de Luis XIII; pero la misma impotencia en que se hall entonces
la Francia, conservndola en una paz completa, ofreci  su agricultura
mejoras, y di aumento  su poblacin y ensanche  la general riqueza. Y
fu de ver que contribuyese Espaa  proporcionarle estas ltimas
ventajas, haciendo tanto porque se mantuviese neutral, cuando ms bien
la convena pelear con la Francia, entonces que estaba flaca y mal
gobernada, que no despus debajo de un Rey, unida y fuerte. Gran falta
de previsin poltica en nuestra Corte el retardar guerras que haban de
venir al cabo, desperdiciando la ocasin oportuna que ofreca la menor
edad de Luis XIII, y  ser generosidad, generosidad impropia de un
gobierno sensato.

Todas estas causas hicieron que Francia se hallase ms fuerte y ms
prspera que nunca al empuar Luis XIII las riendas del gobierno. Slo
faltaba ya una mano diestra y poderosa que tomase el timn del Estado,
para que Francia sacase el partido que deba de su situacin,
destruyendo la cizaa que an quedase en ella y sembrando nuevas
semillas de poder, porque el Rey era inepto y descuidado. Entonces
apareci fatalmente Richelieu, hombre, como particular, odioso; grande,
como ministro, y de esos que saben levantar  las naciones ofendiendo y
maltratando  los individuos, cosa en muchas ocasiones indispensable.
Alcanz Richelieu un conocimiento perfecto de Francia y del estado del
mundo, y especialmente de lo que era y poda Espaa; porque desde el
tiempo de Enrique IV los Embajadores franceses no haban hecho ms que
espiar nuestras flaquezas y delatarlas; de suerte que la pobreza de
nuestro Tesoro, la despoblacin y la ruina de nuestros campos y cuantas
enfermedades aquejasen al decado cuerpo de la Monarqua, eran ms
conocidas en Pars que no en Madrid y en Espaa. Comprendi entre otras
cosas Richelieu que el nombre de la nacin no estaba sostenido en los
campos de batalla, sino por algunos soldados heroicos, reliquias de su
pasado. Y contando el nmero grande de los suyos paseaba  la par la
codiciosa vista por las dilatadas provincias que en Europa obedecan
nuestro cetro, mirndolas como presa fcil y deleitable despojo del que
primero supiera acudir al botn que se ofreca. No ignoraba tampoco que
en los mismos reinos de la Pennsula era fcil hacer presa,  cuando
menos hallar muchos auxiliares y amigos con nombre y ttulo de
independientes; porque si bien la lealtad espaola no permita sospechar
que con dinero vendiesen los soldados  gentes extraas provincias y
fortalezas, como tan frecuentemente se vi en otras naciones, y en
especial en Francia, estando la obra de la unidad nacional tan en los
principios, y tenindose cada provincia por de distinto valer y origen,
si no por enemiga de las dems, poda preveerse sin grande esfuerzo que
estallasen al estmulo de los socorros de por fuera y de los apuros
interiores, insurrecciones como aquellas que estallaron con efecto,
dando de s tan tristes muestras en Portugal y Catalua. Y sin duda
contaba tambin el sagaz extranjero con la imbecilidad de nuestra
Corte, la lujuriosa indolencia del Rey y la vanidad inepta del Privado.

Mientras hubo asomos de guerra civil y hubo quien le disputase su poder
en la misma Francia, Richelieu disimul sus proyectos y aun llev con
paciencia los triunfos y la soberbia de sus contrarios, amenazndolos
tal vez para contenerlos, pero evitando siempre formales empeos.
Rematados los protestantes con la toma de la Rochela, separada la Reina
madre,  quien tena por enemiga, del lado del Rey, y frustradas las
conspiraciones de los Prncipes y de los grandes vasallos disgustados
con lo omnipotente de su influjo, volvi los ojos al propsito de poner
en obra sus pensamientos. Antes refren an la codicia despierta otra
vez de los recaudadores y Gobernadores, inclin  la carrera de las
armas  la nobleza, separndola por fuerza de las intrigas, y estableci
una disciplina seversima en el ejrcito; por manera que luego se vi
que cuantos capitanes perdan una batalla  una plaza, eran procesados y
por lo comn condenados  muerte. Al propio tiempo puso los ojos en la
marina de guerra, y por primera vez armadas navales francesas se
mostraron poderosas en los mares. Preparado ya todo, no aguardaba ms
que una ocasin oportuna para declararse, cuando la batalla de
Nordlinghen vino  darle  entender que no era tiempo de ms espera;
porque si la causa protestante mora en Alemania, desembarazado el
Emperador de tan temible enemigo, acudira al extremo en ayuda de
Espaa, y esta desde luego con las triunfantes armas del Cardenal
Infante, podra lograr gloriosos y terribles efectos en Holanda, con
cuyo poder haba l contado para conseguir ms fcilmente sus intentos.

Pero la declaracin formal de guerra que en 1636 hizo  Felipe IV Luis
XIII,  ms bien el cardenal duque de Richelieu, que con grandsima
habilidad rega all las riendas del Gobierno, forma poca en la
Historia de Espaa. Pusse  toda prisa  imaginar un pretexto, y no
tard en hallarlo. Mantena el Elector de Trveris ntimos tratos con
los enemigos del Imperio y de la Espaa, sealadamente con los
franceses, debajo de cuya proteccin haba puesto su persona y Estados.
No era de respetar ciertamente tal proteccin, ni eso era costumbre en
los tiempos que corran; y despus de la victoria de Nordlinghen se
resolvi su castigo. Encomendse al conde de Emden que gobernaba por
Espaa el Luxemburgo, y saliendo de Lieja con tres mil soldados, entr
por sorpresa en Trveris, destroz la gente francesa que guarneca los
muros, y trajo preso  Bruselas al Elector. Exigi Richelieu del
Cardenal Infante, que lo pusiese en libertad al punto; como ste se
negase  hacerlo mientras no recibiese rdenes de Madrid, envi un
heraldo  Bruselas  que de parte de Francia le declarase la guerra. Y
en seguida public un manifiesto enumerando largamente los propios
agravios y callando los que haba recibido Espaa, que no eran pocos,
como va ya mostrado en esta historia. Declaraba en l Luis XIII que
mova sus armas porque la ambicin de Espaa pasaba ya  oprimir
descubiertamente  los Prncipes aliados de su corona, y que despus de
todos los esfuerzos que haba hecho para desmembrarla, no haba
encubierto el designio que tena formado de atacarla  fuerza abierta,
al mismo tiempo que el mal estado de sus cosas debiera disuadirla;
aada que Espaa no haba cesado del injusto deseo de usurpar los
Estados de sus vecinos para establecer el Estado de la Monarqua
universal  que aspiraba; alegaba en comprobacin de esto la ocupacin
de la Valtelina, la guerra de Mantua y la prisin del Elector de
Trveris, y protestaba, en fin, que no obraba si no en virtud de la
propia seguridad y defensa. Respondieron  este papel en sendos libros
D. Francisco de Quevedo, el historiador Cspedes de Meneses y otros
varios telogos y juristas, mostrando las quejas que de nuestra parte
haba contra la Francia. Pero no era tanto ocasin de palabras como de
obras y fu preciso aprestarse  la guerra.

Cmo se hallaba  la sazn nuestro poder lo demuestran las pginas
antecedentes. No se haba perdido nada de la herencia pinge de Felipe
II; antes algunos territorios y derechos no poco importantes, haban
venido  hacer ms ostentosa la apariencia de nuestro podero. Pero los
males interiores del Estado haban corrido y aumentdose rpidamente en
los ltimos aos. Uno de ellos, sobre todo, fcil de prever y descuidado
como los otros, vino  mostrarse ahora, comenzando  dar amargos frutos.
Ya apenas haba ejrcito que sustentase nuestro nombre. Devorados
lentamente por tantas y tan imprudentes guerras, quedaban solamente
algunos miles de valientes veteranos, pocos para luchar con la
muchedumbre de nuestros enemigos. Las nuevas levas, mal dispuestas y
peor ejecutadas, no podan llenar el vaco. Mas no era esto solo. Hasta
entonces se haba conservado en Madrid cierta veneracin  los
ejrcitos, y haba habido cierta severidad en repartir los mandos y
empleos de la milicia. La antigua disciplina y escuela de los ejrcitos
de Felipe II se haba conservado bastante bien durante el reinado de
Felipe III, y aun cuando desde que el Conde-Duque entr  gobernar las
cosas, se notaba sntomas de corrupcin, no haba llegado sta 
producir hasta entonces todas sus consecuencias. Ya no se daba el mando
de los ejrcitos al de ms mrito, sino al ms galn y al que ms favor
alcanzaba del Conde-Duque; repartanse sin tasa empleos y dignidades.
Con esto  un tiempo se destrua la autoridad del mando y de la
obediencia, se quitaba el estmulo de los antiguos escuadrones, y se
enflaqueca el poder de los nuevos. As, aquel ejrcito formado en la
escuela del Gran Capitn, amaestrado despus por el duque de Alba y
conservado por el de Fuentes de Val de Opero, haba perdido su
organizacin robusta y mucha parte de sus tradiciones. Slo en Flandes
poda decirse que hubiera ejrcito digno de Espaa, aunque escassimo en
fuerzas.

Continuaba al propio tiempo la penuria y la confusin en la moneda del
reinado anterior; por tal manera, que desde los primeros apuros de la
guerra se tomaron nuevas disposiciones sobre ella contrarias,
precipitadas y ruinosas. En 1636 se acord que todo el velln resellado
se recogiese otra vez, para que, vuelto  resellar, se triplicase su
valor, sin reparar en que poco antes se haba bajado el de toda esta
moneda; alterse el premio del cambio de la moneda de velln por el de
oro y plata, imponiendo nada menos que pena de muerte  los que llevasen
ms del sealado, y se prohibi la entrada del cobre en bruto en la
Pennsula. Increbles alteraciones y trastornos dictados por la
ignorancia y la codicia que causaron sin ventaja alguna del Tesoro,
horrendos males en la nacin. Negbase todo el mundo  comprar y vender,
no sabiendo, en suma, el precio de las cosas, pues todo dependa de
tales alteraciones; interrumpanse las transacciones sobre los objetos
de primera necesidad, que eran ya casi las nicas que se conocan;
pasaban das y das sin que  los pueblos viniese pan  vino 
legumbres, padecindose hambres y trabajos sin cuenta. Y en medio de
esto, aparecan triunfantes los usureros genoveses y franceses,
negociando con los ministros, y exprimiendo  los pueblos espaoles,
para volverse cargados de oro  los suyos. Seguan  la par las rentas
empeadas, y ms cada da escasas para atender  las cargas pblicas.
Las Cortes de Castilla,  tmidas  sobornadas, concedieron para los
primeros preparativos de la guerra un servicio de nueve millones de
ducados en plata por tres aos. No tard el Rey en pedir ms, y se le
dieron arbitrios para pagar y mantener ocho mil soldados, lo cual se fu
prorrogando de ao en ao para siempre. Impsose tambin un tanto por
ciento, que se llam de extensin de las alcabalas: impuesto este ya tan
oneroso, que pesando sobre las compras y ventas, y habindose ido
lentamente acrecentando, traa aniquilado sin necesidad de otro arrimo
el comercio  industria. Establecise por pragmtica el papel sellado en
los tribunales seculares del reino, y cargronse otros arbitrios sobre
las reliquias de la agricultura y comercio. Por ltimo, se acudi al
medio de vender propiedades y establecimientos en Italia, recurso que,
bien empleado, poda ser de mucho provecho por las ricas heredades que
en todas partes tena la corona. No haba naves, ni armas, ni soldados
que oponer al gran podero de la Francia, y eso poda justificar tamaos
esfuerzos y gravmenes; pero bien se vi que no eran tales objetos los
principales del Rey y de su favorito.

Por los mismos das en que se supo la declaracin de guerra de la
Francia, celebrronse en Madrid los grandes festejos, que eran
ordinarios y en los cuales se gastaban sumas inmensas, siendo la ocasin
ahora el nacimiento de una Infanta. Y debieron reputarse por cortos y
por grande el fundamento, mirando los que se hicieron dos aos despus,
por haber sido elegido Rey de romanos Fernando, que lo era ya de Hungra
y de Bohemia, cuado del nuestro. En celebrar tal acontecimiento y que
tan poco nos importaba, se gastaron nada menos que doce millones,
cantidad increble  no estar bien atestiguado; duraron las fiestas
cuarenta y dos das; hubo toros, caas, parejas, danzas, mscaras,
farsas, mogigangas y cuanto pueden inventar la satisfaccin y el
contento. Por remate, se represent en la plaza pblica una comedia
titulada _Don Quijote de la Mancha_, que, como advierte cierto
historiador, no pudo ser en la ocasin ms oportuna. No eran, sin
embargo, indispensables los pretextos para tales fiestas; sin ellos
corranse toros cada da, y haba frecuentes justas y caas. Refirese
que en una de tales ocasiones se prendi fuego en la Plaza Mayor de
Madrid, ardiendo en gran parte, y como  pesar de eso hubiera en el
mismo lugar nuevas fiestas  los pocos das, se vi en medio de ellas
que de cierta casa de las quemadas salan an torbellinos de humo.
Alborotse el concurso, fu mucha la confusin, no pocos los heridos y
estropeados, mas el Rey ni aun se movi de su asiento. Hecho harto
loado de animoso por los aduladores viles de la poca; que si lo era,
bien pudo emplearse en mejor ocasin  intento.

 veces en lugar de toros y danzas haba procesiones ostentosas, donde
el clero luca sus inmensas riquezas. Ni dejaban de alternar con tales
regocijos los autos de fe y las fundaciones de monasterios. Asisti el
Rey con toda la Corte y gran squito y fiesta al auto de fe que con
desusada pompa se celebr, corriendo el ao de 1632 en la Plaza Mayor de
Madrid, donde fueron condenados  sentencia capital siete judos y
salieron otros veintisis penitenciados, por haberse descubierto que
tenan concilibulos, donde secretamente practicaban sus devociones y
mofaban y escarnecan las imgenes; y no contento el celo del Rey con
tal demostracin, fund adems un convento en el propio lugar donde los
judos cometan sus profanaciones.

Pero las comedias eran lo que ms ocupaba la atencin de la Corte y del
pueblo. El amor  este gnero de espectculos y al arte de componerlas
haban progresado en pocos aos extraordinariamente, llegando de
amenazadas  toleradas en tiempo de Felipe III,  ser ahora el encanto y
la ocupacin de todo el mundo. La sed de placeres de Felipe IV y del
Conde-Duque dieron poderoso impulso  esta pasin de las comedias.
Representbanse ya donde quiera, hasta en los conventos ms observantes.
Las representaban las principales damas de la Corte; componanlas muchos
seores principales, y aun el mismo Rey las haca, al decir de las
gentes, ocupacin no tan loable como en los dems en personas que tales
y tan altos deberes tienen que cumplir en el mundo. No bastando los
corrales de la Cruz y del Prncipe, donde con poco alio y arte, pero
con harto ingenio, se representaban comedias para entretener los ocios
de la muchedumbre y contentar su aficin, levantbanse frecuentemente
tablados en las calles y plazas para representar, principalmente _autos
sacramentales_, los cuales eran acompaados con luces de cirios en medio
del da y todo el aparato de las funciones religiosas. El Rey acaso
asista  las comedias de incgnito alguna vez en los mismos corrales
pblicos; pero por lo comn en las salas de sus palacios:  imitacin
suya hubo Grandes y seores que labraron en su casa teatro propio. Quien
quisiere hallar  los caballeros de la Corte habalos de buscar en tal
espectculo,  cuando no en los aposentos de los cmicos y bailarinas, y
en amistad y compaa con ellos, dando el Rey en tal desorden ejemplo y
pauta, pues corriendo el ao de 1629 di  luz un hijo suyo, que luego
se llam D. Juan de Austria, una de las cmicas ms aplaudidas, por
nombre Mara Caldern. Amores pblicos y afrentosos para el trono, de
los cuales slo la Calderona pareci avergonzada, puesto que fu 
acabar su vida en un convento.

De entre cmicos y cmicas no salan el Rey ni el favorito, sino para
entregarse  nuevos placeres en los jardines y estanques del Retiro,
llenos siempre de luminarias y mquinas costossimas,  para atentar en
lo obscuro de la noche  la honra de mujeres hurfanas quizs de los
soldados de Flandes,  para manchar con escandalosas aventuras los
regios aposentos, cuando no lugares ms sagrados. Acaso castig Dios
como merecan las liviandades de Felipe con un misterioso y sangriento
suceso, que aunque no bien averiguado ni conocido, puso su propia honra
en lenguas del vulgo. Hecha la Corte un mar de galanteos, fu esmero y
porfa de los caballeros mostrar que eran altas y hermosas damas las que
servan. Uno de ellos, el conde de Villamediana, hombre agudo, lenguaraz
y atrevido, os llevar por divisa en una de las fiestas de la Plaza
Mayor cierto nmero de reales de plata con estas letras: _son mis
amores_. Escandaliz la sospecha, pero ms an, el hecho de que mientras
los dems caballeros mozos obsequiaban  las damas de la Corte, el de
Villamediana slo ofreciese sus homenajes  la reina Isabel de Borbn.
Comenz  rugir la murmuracin; oyla  sospechla el Rey, y di alguna
muestra de manifiesta ira: poco despus unos enmascarados asesinaron al
conde de Villamediana en su propio coche. Creci con esto la murmuracin
hasta producir deshonra, si justa  injusta no se sabe. El hecho es que
por primera vez sinti tal mengua la corona de los Reyes Catlicos.

Con tales y tan varios sucesos, con tanta confusin y escndalo,
distrados los nimos de los cortesanos y del pueblo, se oyeron en
Madrid sin pena ni alarma las nuevas de Richelieu, el cual, juntando con
el pensamiento la ejecucin, enviaba un ejrcito numeroso  unirse con
el del prncipe de Orange para acabar de quitarnos los Pases Bajos,
mientras otro con igual objeto caminaba ya hacia Italia. El Conde-Duque,
que era quien ms atencin debi poner en ello, haba dado en mirar en
Richelieu un rival suyo y mulo de sus talentos, como si entre aquel
hombre perverso, pero grande, y l, cupiese comparacin alguna; acaso no
imaginaba que Francia fuese rival verdadera y cuasi forzosa de Espaa.
La idea de Felipe II de aniquilar  de avasallar  aquella nacin, no
era ms que la expresin de nuestra primera necesidad poltica; porque
era evidente que el podero de Espaa no poda existir sin el
abatimiento de Francia, lo mismo que la supremaca de Francia  costa de
Espaa tena que levantarse en Europa. Pero el Conde-Duque, incapaz de
comprender en toda su extensin aquel pensamiento, miraba como enemiga 
la Francia por costumbre solo, y la guerra que iba  emprenderse como
otra cualquiera guerra. Esperbala haca tiempo, y tanto, que tres aos
antes haba enviado emisarios  la frontera del Pirineo para que viesen
el estado en que se hallaban las plazas del enemigo y reconociesen todos
los pasos; mas no esper nunca que aquello fuese un combate particular,
un duelo  muerte, del cual hubiese que salir triunfante  completamente
rendido. Ni vi el Rey lo que no vi su favorito, ni las historias
recuerdan alguno que en aquella Corte estragada supiese toda la
importancia del nuevo acontecimiento. As continuaron sin tregua los
placeres mezclados con sangrientos dramas; porque cada da un celoso
mataba un galn, y caballeros enamorados malgastaban en desafos y
empresas pueriles la sangre que tanta falta iba  hacer en las
fronteras.

En tanto el primer ejrcito francs (1635)  las rdenes de los
mariscales de Brez y de Chatillon, compuesto de ms de veinticinco mil
hombres, caminaba la vuelta de Flandes. Envi  su encuentro el Cardenal
Infante, al prncipe Toms de Saboya, que serva de tiempo antes en el
ejrcito de Espaa, con diez mil infantes y dos mil caballos,  fin de
cerrarle el paso impidindole que se juntase con los holandeses.
Marchaban divididos los franceses en dos trozos, y el prncipe Toms
imagin atacarlos por separado, primero al uno y luego al otro, y de
igual  igual deshacerlos. Engase en sus medidas, y hall sobre s 
todo el ejrcito contrario en Avein, junto  Lieja. No era posible
retroceder, y se comenz la batalla. Mostrse al principio favorable 
los nuestros,  pesar de que no llegaban  ser la mitad en nmero que
los contrarios, por el certero fuego de nuestra Artillera. Con esto se
prolong la lucha largas horas  costa de mucha sangre de ambas partes,
porque los nuestros, con la ventaja ganada, no queran ceder, ni menos
los enemigos, que se miraban tan superiores en nmero. Al fin, envueltos
los nuestros por todas partes y rendidos de tan desigual pelea, huy
primero la Caballera, y luego la Infantera mercenaria,  de naciones,
se puso en fuga. Quedaron en el campo dos tercios viejos, uno de
espaoles, otro de italianos, los cuales, aunque desamparados y peleando
uno contra ciento, todava sostuvieron por mucho tiempo el empuje de
todo el ejrcito enemigo hasta que cay el ltimo de los soldados. As
fueron abatidas all nuestras banderas, pero no humilladas. Dejamos en
el campo tres mil muertos, mil y ochocientos prisioneros y todo el
bagaje de artillera.

Las ventajas de un triunfo que tan poca gloria dejaba  los vencedores,
no fueron tampoco muy grandes. Juntse  la verdad el ejrcito francs
con el del prncipe de Orange, como pretenda, y unos y otros, reunidos,
embistieron  Tirlemont y la tomaron por asalto, cometiendo inauditos
excesos,  pesar de la esforzada conducta de su Gobernador D. Francisco
de Vargas. De all se dirigieron  Diest y Archost, plazas poco
importantes, y las tomaron; con que llenos de presuncin osaron
amenazar  Bruselas. No tardaron en conocer la imposible ejecucin de
aquel intento, y encaminndose  Lovaina, la pusieron cerco. Pero el
Cardenal Infante maniobr de tal suerte, que sin exponerse  los trances
de una batalla desigual, logr que levantasen los contrarios aquel cerco
 los diez das de haber abierto las trincheras, y sin que su ejrcito
padeciese dao. Introdujo socorros en la plaza,  punto que hizo la
expugnacin imposible; cort los vveres y las comunicaciones  los
enemigos, que comenzaron  tenerse ms por sitiados que por sitiadores,
y viniendo en seguida sobre ellos las disensiones naturales en tales
casos, y las enfermedades que engendran las privaciones, al fin tuvieron
que separarse, quedando slo en Flandes el mariscal de Brez con ocho
mil soldados, porque los dems se volvieron  Francia. No se limitaron
los espaoles  guardar sus plazas y deshacer sin combatir  los
enemigos, sino que llevaron  cabo una dichosa empresa. El fuerte de
Schenck, situado en la isla de Batavia que vienen  formar dos brazos
del Rhin, estaba  la sazn muy bien fortalecido, puesto que era uno de
los importantes que tenan los holandeses; pero no tan bien guardado,
porque mucha gente de la guarnicin haba salido  reforzar los
ejrcitos. Apercibidos del caso los espaoles que guarnecan  Geldres,
determinaron tomarlo de improviso, y saliendo en nmero de quinientos
hombres escogidos, donde iban no pocos soldados flamencos, debajo del
mando de Jorge Esrholtz, capitn de esta nacin, se abalanzaron  los
muros, y al tercer asalto, muerto el Gobernador, se enseorearon de
ello, degollando la gente que los defenda. Sintieron profundamente
esta prdida los contrarios, y con ella, desconcertados del todo sus
ejrcitos, tomaron cuarteles de invierno muy disgustados, y achacndose
mutuamente los capitanes el mal xito de aquella campaa comenzada con
fuerzas tan superiores y con tan favorables auspicios como la batalla de
Avein. Alababan todos al propio tiempo de acertada la conducta del
Cardenal Infante.

Al ao siguiente (1636) fu todava menos favorable la campaa  los
enemigos por aquella parte. Ocupronla los holandeses con el sitio de la
fortaleza de Schenck, que as como fcilmente se les gan, ahora, bien
guarnecida de los nuestros, no hallaban medio de recobrarla. No haba
que temer de ellos por algn tiempo, segn era su empeo, y segn eran
las fuerzas de la plaza, que intentaran alguna otra empresa. Y dando por
bien empleada la prdida de Schenck, que al fin se rindi  los nueve
meses de sitio, reuni en tanto el Cardenal Infante todas sus fuerzas
con las que el Emperador envi en su ayuda, y juntando un poderoso
ejrcito imagin invadir  Francia. Componase ste hasta de treinta mil
hombres de buenas tropas espaolas, lorenesas y alemanas al mando de
Octavio Piccolomini de Aragn, general italiano, natural de Siena, y de
los que con ms gloria haban mandado las tropas imperiales contra los
suecos; de Juan de Werth, de Carlos, duque de Lorena, Prncipe
feudatario de Francia, ms que segua alianza contra ella con Espaa y
el Imperio, capitn de mucha sagacidad y esfuerzo, y del prncipe Toms
de Saboya. Eran el ejrcito y los caudillos casi los mismos que
vencieron en Nordlighen y podan esperarse ahora de ellos no menores
efectos. Entraron nuestras banderas impetuosamente en la provincia de
Picarda, y se enseorearon de la Chaplle en seis das, y poco despus
del Chatelet que an se sostuvo menos;  la par que numerosas partidas
de Caballera, mandadas por capitanes intrpidos se extendan por toda
la Picarda y la Champagne, llevando por donde quiera el miedo y
estrago. En vano el conde de Soisons, que mandaba el ejrcito francs
presurosamente reunido, se opuso  la marcha triunfante de los nuestros.
No se atrevi  pelear  campo raso por sentirse inferior en fuerzas, y
siempre cejando delante de los espaoles, los vi pasar tranquilamente
el Soma, y extenderse por la llanura que separa las aguas de este ro de
las del Oise; Vervins, Noyon y Roye se rindieron en seguida con poca
defensa, y nuestros Generales llegaron sin ms obstculo delante de
Corbie. Defendironse los sitiados durante trece das; pero al fin,
faltos de socorro de por fuera, hubieron de rendirse  partido. Hubo
entonces un gran Consejo en nuestro campo para deliberar si convendra 
no caer sobre Pars. No haba almenas de por medio, ni ejrcitos que lo
estorbasen, y no falt quien se inclinase  ello; pero prevaleci el
parecer contrario, y dejando fortificada y guarnecida la plaza, aunque
no bien abastecida, se orden la retirada.

Hubo y ha habido despus sobre tal determinacin diversos conceptos.
Ello es que Pars estaba lleno de espanto; salanse  millares los
habitantes de su recinto, y los que permanecan en l, ocultaban
cuidadosamente sus riquezas como si viesen ya en las puertas al ejrcito
vencedor. El Rey y el cardenal Richelieu dejaron tambin la capital,
decretando levas de gente muy grandes; creyse que la perdicin de
Francia era llegada, y la privanza de Richelieu estuvo para hundirse,
porque todos le miraban como causa de guerra hasta entonces tan
desdichada. Ni pudo desvanecer el pnico el ejrcito nuevamente
levantado; porque si bien llegaba  cincuenta mil hombres, como se
compona de artesanos de Pars y de gente allegadiza  inexperta en el
ejercicio de las armas, no poda medirse en campo con nuestros
aguerridos tercios y escuadrones. Mirando y considerando tales
circunstancias, parece desacertadsima la retirada que resolvieron
nuestros Generales. Si desde Corbie hubieran marchado rpidamente 
Pars apoderndose de aquella capital que no poda defenderse, Richelieu
habra cado indudablemente, y Luis XIII, ni muy firme ni muy belicoso,
se habra prestado de buena voluntad  ajustar las paces. Ni otra cosa
convena en aquella ocasin  la Corte de Espaa. Asustar  la Francia
con tal alarde de fuerza, conservar con l la fama de invencibles de
nuestras armas, y el prestigio de nuestro nombre, todava muy grande en
los que no conocan nuestras flaquezas, obteniendo al propio tiempo la
paz, era un pensamiento militar y poltico tan alto, que poda
justificar sobradamente lo que hubiese en la expedicin de arriesgado. Y
ms que sin esto era de prever que ni los triunfos pasados ni el terror
infundido en los contrarios hubiesen de producir fruto alguno. As
sucedi desdichadamente. No bien repasaron los nuestros el Soma,
sitiaron los enemigos  Corbie, y hallndola ya sin vveres ni
municiones de guerra, tuvo su Gobernador que capitular al mes de
bloqueo. Rindise luego Roye, y poco  poco fuimos perdiendo todo lo
conquistado. Sin embargo, si no sacamos todas las ventajas que se
pudieran de aquella campaa, todava debi de considerarse como
favorable, puesto que con tanta reputacin la habamos sostenido en el
territorio enemigo.

Haban en tanto los franceses invadido el Franco-Condado. Estaba aquella
provincia asegurada por tratados particulares de neutralidad, ajustados
entre Espaa y Francia en tiempo de Felipe III; pero como fortificasen
los naturales algunos puestos, y tomasen algunas otras precauciones
legtimas  indispensables al comenzar tan empeada guerra, dironse los
franceses por libres de los pactos, y entrando en el pas con ejrcito
de veinte mil hombres al mando del prncipe de Cond, pusieron sitio 
Dole, que era la principal de sus plazas. Mostraron los habitantes tanta
lealtad y amor  Espaa, que an hoy se conmueve el corazn al recordar
los sacrificios, intiles al fin, que hicieron por nuestra causa. El
Arzobispo de aquella ciudad, bien que agobiado de los aos, y el
Parlamento acudieron  la defensa y lograron meter en la plaza
abundantes provisiones, y hasta cinco mil paisanos que al punto
adiestraron en las armas los pocos oficiales espaoles que all haba.
No qued medio brbaro de hostilidad que no empleasen los franceses para
rendir la lealtad de los de Dole; mas todo fu en vano por entonces.
Lanzaron multitud de bombas, y con ellas destruyeron la mayor parte de
los edificios, y adems quemaron los campos y las poblaciones cercanas.
Pero perdieron ms de tres mil hombres sin lograr an aportillar la
plaza, y al cabo fules forzoso levantar el sitio cuando ya un trozo de
gente, enviado por el Cardenal Infante  socorrerla, estaba  punto de
lograr su intento. No fu ms afortunado en el Rhin el ejrcito francs
destinado  atacar al Emperador, puesto que en las dos primeras campaas
no logr ventaja notable; antes padeci notablemente descalabros.

Mas Richelieu no era hombre  quien desanimasen los reveses. Form al
abrirse la campaa de 1637 cuatro ejrcitos, y con ellos embisti de
nuevo  un tiempo la Alsacia y el Luxemburgo, el Franco-Condado y las
plazas del lado de Picarda. Y  la par el prncipe de Orange, que
gobernaba  los holandeses, tomado ya Schenck, se puso ms poderoso que
nunca en campaa. Eran las fuerzas del Cardenal Infante inferiorsimas 
las de los contrarios, de suerte que no poda sostener el campo, y los
imperiales que principalmente defendan la Alsacia, no estaban para
prestarle muy grande ayuda. Pidi con instancia  Madrid soldados y
dineros, y no pudo obtener unos ni otros, porque  la sazn ocupados el
Rey y el favorito en las grandes fiestas y mojigangas con que se
celebr, como arriba dijimos, la coronacin del Rey de Hungra, no
estaban para pensar en armamentos ni en socorros; dems que los doce
millones que se haban gastado en ellas, eran el dinero que haba. Falto
as de todo D. Fernando  todo supli su esfuerzo, que slo en l se
mostraba entonces digno de su raza, y mantuvo en tres campaas
designadsimas el honor de Espaa.

Siti el prncipe de Orange  Breda, y el cardenal la Valette se puso
delante de Landreci; y como el Infante no pudiese intentar el socorro 
campo raso por falta de fuerzas, una y otra plaza se rindieron, al cabo
de dos meses de sitio la primera, y quince das la segunda de trinchera
abierta. Dolorosas prdidas, en especial la de Breda, cuya conquista
haba costado millares de vidas y tesoros inmensos pocos aos antes. No
se estuvo quedo, sin embargo, el valeroso Infante, y mientras los
enemigos expugnaban aquellas plazas, rindi por su parte  Roremunda y
Venlo. Hubo tambin algunos combates parciales honrossimos para los
espaoles. D. Alvaro de Viveros, que mandaba trescientos artilleros, fu
sorprendido por mil cuatrocientos franceses, que gobernaba el coronel
Gassion, y pele con ellos hasta que apenas le qued hombre  vida,
causando entre los enemigos enorme estrago. Tribut el cardenal la
Valette  D. Alvaro de Viveros honrosas demostraciones cuando se lo
llevaron prisionero. Pele con no menor esfuerzo D. Juan de Viveros, que
fu al socorro de la Chapelle, sitiada tambin por la Valette; mas no
pudo lograr su intento, y aunque l se retir sin prdida, rindise la
plaza. Conquist el mismo la Valette  Mobeuge y Barlemont; mas una y
otra plaza fueron recobradas por el Cardenal Infante, que gan tambin
el castillo de Emeric.

Pero al propio tiempo el ejrcito francs, que al mando del mariscal de
Chatillon haba entrado en el Luxemburgo, haca grandes progresos. En
pocos das gan  Villaine, Dinant, Murnaux, Lupi y Ham. Puso luego
sitio  Ivoy, rindindola con no menor fortuna, y de all se fu 
sitiar  Danvilliers, que se defendi valientemente por ms de dos
meses. Acudieron al socorro de esta plaza los espaoles que estaban de
guarnicin en Arlon y Montmedi, y asaltando de noche el cuartel de
artillera de los sitiadores, donde estaba el conde de Polie, pasaron 
cuchillo  la mayor parte de los soldados, llevndose  los capitanes
prisioneros. Pero con todo continu el asedio y tuvo que rendirse la
plaza. Pequea recompensa fu de tanta prdida el que los nuestros
recobrasen por sorpresa  Ivoy, degollando casi toda la guarnicin
francesa que all haba. Era preciso acudir al socorro de esta
provincia, sin dejar por eso el propsito de la Valette, y contener al
propio tiempo los progresos del prncipe de Orange, que despus de
tomada Breda, vindose sin enemigos, recorra libremente la campaa y
amenazaba las plazas de Flandes. En tan crtica situacin no desminti
el infante D. Fernando su fama. March contra el de Orange, y lo hall
retrincherado con sus holandeses entre los diques de Callao y de
Woerbroec en el Waes. No era su ejrcito mayor que el de los enemigos:
acometilos, sin embargo, detrs de los reparos, pele con ellos dos
das con tanto esfuerzo que, al fin, los rompi, matando mil doscientos
hombres y tomando dos mil quinientos prisioneros con cincuenta y tres
banderas, veintiocho caones y ochenta y un barcos que tenan. Libre ya
de tal enemigo, dividi su corto ejrcito en dos trozos, y mientras con
el uno conquistaba la plaza de Kerpen sobre los holandeses y haca
frente  la Valette, envi el otro al mando de Piccolomini  reforzar al
prncipe Toms que gobernaba las armas en el Luxemburgo.

Sitiaba el mariscal de Chatillon, envanecido con sus anteriores
triunfos, la importante plaza de Saint Omer, escasamente guarnecida, y
los nuestros no haban podido hasta entonces socorrerla; mas con la
llegada de Piccolomini, el prncipe Toms se resolvi  la empresa 
toda costa. Ejecutla metiendo en la plaza dos mil soldados, y
deshaciendo en campo algunos regimientos franceses que quisieron
impedirlo. Y no contentos con esto, embistieron Piccolomini y el de
Saboya al grueso del ejrcito francs en sus mismas trincheras, tomaron
tres reductos de los que cean la plaza; introdujeron en ella ms
socorros, y en cuatro das de sitio formal rindieron  la vista de los
enemigos el fuerte de Bac, muy bien fortalecido y guarnecido. No osaron
stos venir  formal batalla, y levantaron el cerco con gran mengua y
dao. Perdise en tanto la plaza de Chatelet, la ltima que nos quedaba
de la invasin del Cardenal Infante en Picarda; pero no era esta
prdida tal que pudiese aguar el regocijo de la anterior victoria.
Tambin levantaron los nuestros el sitio de Chateau-Cambresis al
aproximarse con muy superiores fuerzas el enemigo.

Mostrse an ms prspera la fortuna al comenzar la siguiente campaa,
que fu la de 1639. Recibi Piccolomini estrechas rdenes del Infante
para que volviese  juntarse con l, una vez logrado el socorro de Saint
Omer. Marchaba ste  ejecutarlo, cuando supo que el mariscal de
Feuquires sitiaba  Thionville, donde no haba ni vveres, ni
municiones, ni soldados, ni siquiera gobernador que diese alguna orden
para la defensa. Con esto Piccolomini detuvo su marcha resuelto  dejar
libre y abastecida la plaza. Para estorbrselo salieron  l los
franceses en buen nmero, y le pusieron una celada; mas supo evitarla, y
cayendo sobre ellos cuando crean tenerle cogido en sus redes, les mat
tres mil hombres y puso en fuga  los dems que se le opusieron. Lleg
entonces sin obstculo delante de las lneas de los franceses, y
halllas ya bastante fortificadas, pero no por eso cej en su empeo.
Lanzse sobre una de las estancias, y la forz fcilmente; con que pudo
entrar en la ciudad, y animado con tal triunfo, torn  salir luego y
acometi de un golpe todas las que ocupaban los enemigos. No pudieron
los franceses resistir en ninguna de ellas el valor de los nuestros, y 
la primera acometida, abandonando cobardemente bagajes, artillera y
municiones, se pusieron en fuga, dejando once mil hombres muertos 
prisioneros en el campo. De estos fu el mismo Feuquires, que  poco
muri de las heridas que recibi en la batalla.

Siti en seguida Piccolomini  Mouzon creyendo ganarla al paso; pero
tuvo que levantar el cerco, porque se aproximaba el mariscal de
Chatillon al socorro, y porque el Cardenal Infante le instaba ms cada
da para que volviese  incorporarse con l. Y era que como los enemigos
se mostraban tan superiores en nmero, no haba medio de hacerles frente
en todas partes. La importante plaza de Hesdin haba sido sitiada por el
Rey de Francia en persona con un poderoso ejrcito, mientras que los
espaoles vencan en el Luxemburgo  los franceses. No pudo socorrerla
el Cardenal Infante con las escassimas fuerzas que le quedaron, y
cuando volvi Piccolomini ya era tarde. Abierta la plaza por todas
partes y sin esperanzas de socorro, rindise al segundo asalto. All di
el Rey de Francia el bastn de mariscal  la Meilleraie, que haba
dirigido el sitio, y lo dej de comandante de su ejrcito, el cual se
dividi en dos trozos. Logr con el uno la Meilleraie cierta ventaja
contra un trozo de los nuestros, gobernado del conde de La Fontaine,
flamenco, y General de la Artillera, en el combate de San Nicols, y
poco despus en San Venant deshizo otro trozo de walones  servicio de
Espaa. Entre tanto el mariscal de Chatillon con el resto de los
franceses volvi  tomar  Ivoy y arras sus fortificaciones. Pero en
cambio, los espaoles hicieron levantar  los franceses los sitios de
Charlemont y Marienburg, destrozaron completamente su Caballera, y era
de todos modos vergonzoso lo poco que haban hecho con ejrcitos tan
poderosos, y teniendo al frente un enemigo tan inferior en nmero. Mand
Richelieu que  toda costa se tomase  Arrs, capital del Artois.
Reunironse para la empresa las reliquias de tres ejrcitos enemigos y
se comenz el sitio, extendindolo en diez leguas al contorno. Importaba
tanto la plaza, que el Cardenal Infante, juntas tambin todas sus
fuerzas y las del duque de Lorena, march al punto al socorro.
Sorprendi Lamboy, caballero liejs que mandaba nuestra Caballera,
varios convoyes, y hostig de diversos modos  los sitiadores, pero sin
lograr sorprender sus lneas. Dise luego en ellas un combate en que
disputndose la vanguardia espaoles  italianos, hubo alguna confusin
y desconcierto de nuestra parte; con todo, al decir de los franceses,
hicieron prodigios de valor los nuestros, ganaron dos medias lunas 
hicieron gran mortandad en los contrarios; pero estaban muy bien
fortalecidas y defendidas por mayor nmero de tropas, de suerte que no
fu posible forzarlas todas. El duque de Lorena, que tambin se haba
apoderado de uno de los cuarteles del enemigo, tuvo igualmente que
abandonarlo. Intentse otra vez el socorro, pero no hubo lugar de
ejecutarlo, porque los burgueses, sin noticia de la guarnicin, abrieron
las puertas, cogindola al descuido. Fueron all generosos los
franceses; admirados de la valerosa defensa, concedieron  la
guarnicin, que la alevosa de los vecinos haba puesto en su mano,
todos los honores de la guerra.

Entretanto el prncipe de Orange haba atacado  Flandes por diversas
partes, pero sin xito alguno. Siti los fuertes de San Donato y San
Job, y fu rechazado; quiso pasar el canal de Brujas, y no acert 
conseguirlo. Entonces se embarc y fu  caer sobre los fuertes de
Nassau y de Hulst; tom el primero, pero del segundo le oblig  alzar
el cerco el Cardenal Infante, que volva del malogrado socorro de Arras,
y en seguida tuvo que arrasar el otro por no poder sostenerlo. Otra
empresa intent el holands por Geldres; desembarc y se acerc  la
ciudad con nimo de tomarla por sorpresa; pero saliendo de ella el
Gobernador, que era el Maestre de campo Pedro de la Costa, le degoll
seiscientos hombres y cogi cuatro piezas de artillera, hacindole
retirar vergonzosamente. Con esto termin aquella campaa en Flandes, no
ventajosa para nuestras armas porque no poda serlo, dada la
inferioridad de fuerzas y de recursos, y, sin embargo, muy memorable.

Pero entretenidos all nuestros escasos ejrcitos, no pudieron acudir 
la defensa del Franco-Condado. Odiaba ms el francs  aquella provincia
que  otra alguna, por su lealtad  Espaa. Entr el duque de
Longueville en ella con un ejrcito formidable; destroz en Rotalier
algunas compaas espaolas y los tercios que formaron apresuradamente
los naturales, mandadas las primeras por un cierto Gmez, y las segundas
por el barn de Wateville, y en seguida rindi fcilmente el flaco
castillo de Saint Amour y quem otros varios. Acometi luego 
Lonsle-Sauliner y la tom, y en aquel ao, que fu el de 1637, y el
siguiente, asol los campos y las ciudades abiertas con tanta crueldad,
que redujo  la miseria  todos los habitantes. Ayudle el duque de
Weimar, que entr por tierra llana con otro ejrcito, y ambos
recorrieron el pas como bandidos, sin acometer las plazas fuertes donde
se haban recogido los pocos espaoles y soldados que all haba,
emplendose solamente en el saqueo y en el exterminio. Las historias no
hablan de invasin tan brbara como sta, si no es remontndose al siglo
V; todava queda memoria de ella en aquel pas, aunque sujeto tanto
tiempo hace al dominio francs. Continuronse en 1639 y 1640 tales
campaas, tomando en ellas algunos fuertes y las plazas poco importantes
de Noseroy, Chatelvilain y Saint Cloud. Quedaron slo por nosotros las
principales fortalezas, que eran Besanzon, Gray, Dola y Salins, donde no
se atrevieron  llegar los franceses. Y los naturales, entregados  la
saa de los enemigos, suplicaron reverentemente al rey Felipe, por medio
de su diputado en Madrid, que  les enviase un ejrcito para su defensa
 los desamparase del todo, cediendo su seoro  otra potencia.

En Italia no corra menos varia la fortuna. El duque de Saboya se
declar desde el principio por Francia, y l y el de Parma ajustaron en
1636 un tratado con aquella potencia, que se firm en Rivoli, para
despojar  los espaoles del Milanesado. Los espaoles en tanto pusieron
de su parte al duque de Mdena, y de uno y otro bando se comenzaron al
punto las hostilidades. Era  la sazn gobernador del Milanesado Don
Diego Felipe de Guzmn, marqus de Legans, conocido por el valor con
que pele en la jornada de Nordlinghen. De parte de Francia vinieron los
Mariscales de Crequi y de Toiras con diez mil hombres  Italia, y juntas
sus fuerzas con las de los Duques, expugnaron fcilmente  Villata y
Candia, y sitiaron  Valencia del P. Defendila heroicamente D. Martn
Galiano, que gobernaba  los espaoles, y al cabo de seis semanas
tuvieron que levantar el campo muy disminudos.

Amenaz en el nterin Legans los Estados del duque de Parma; hubo un
combate dudoso entre un Cuerpo de tropas espaolas y modenesas, y otro
de franceses y parmesanos, en el cual unos y otros salieron con
descalabro,  irritado con esto el General espaol, se determin  hacer
mayor esfuerzo todava para castigar  aquel Prncipe. Pero entretanto
el duque de Rohan, encargado de conquistar la Valtelina, entr all con
un ejrcito formado de franceses, suizos y grisones, y se apoder en
poco tiempo de todo el valle y los condados de Bormio y de Chiavenas.
Acudieron al socorro los imperiales por la parte del Tirol, y en el
combate de Matz los rechaz con alguna prdida, y encontrndose luego
con las tropas que al propio intento traa de Miln el conde Juan
Cerbelln, soldado milans de mucha cuenta, las destroz por dos veces
en Morbeigne y  orillas del lago de Como. Entonces el de Rohan adelant
sus intentos  incorporarse con los confederados que acababan de
levantar el sitio de Valencia. Impidile la ejecucin el de Legans,
ponindose entre ambos trozos de enemigos con su ejrcito. El duque de
Rohan, privado de vveres y acosado por todas partes, hubo al fin de
recogerse de nuevo  los desfiladeros de la Valtelina, y libre ya de
este estorbo el de Legans, puso toda su atencin en el ejrcito de la
liga italiana, que amenazaba an el Milanesado. Haban estallado entre
ellos las ordinarias diferencias que suelen entre Prncipes y capitanes
de distintas naciones y de opuestos intereses, por manera que los
espaoles tuvieron tiempo de sobra para llegar antes de que hubiesen
logrado efecto notable. Tomaron los aliados ambas orillas del Tessino,
caminando los franceses por la una, y por la otra los saboyanos, con el
objeto de caer unidos sobre Miln. Apoderronse del fuerte de
Fontanelle, aunque con muerte del mariscal de Toiras, uno de los mejores
capitanes franceses, y rompieron los acueductos que surtian  aquella
ciudad, con que hubo en ella algn espanto. Mas vindolos separados por
el ro, imagin el de Legans acometerlos por separado y destruirlos, y
juntando con la idea la obra, fu con D. Martn de Aragn, Capitn
general de la Caballera, hijo natural del conde de Luna,  acometer 
los franceses. Recibironle stos con firmeza en los campos vecinos de
Buffarola, confiados en que el duque de Saboya vendra en su ayuda, y
que entre unos y otros oprimiran  los nuestros con la superioridad del
nmero. As fu que unos esperando refuerzos, y otros temiendo que les
llegasen, pelearon con increble obstinacin durante diez y ocho horas
seguidas, sin que la noche separase  los combatientes.

Pero  este punto el valor espaol iba en aumento y el francs estaba ya
enflaquecido, de suerte que pareca nuestra la victoria. Hubiralo sido,
sin duda,  no ser porque, con la duracin de la batalla, tuvo tiempo
el duque de Saboya para echar un puente sobre el Tessino y venir sobre
los espaoles. Entonces fu forzosa la retirada; mas la ejecutaron los
nuestros en tan buena ordenanza, que no dejaron en poder del enemigo ni
artillera, ni prisioneros, ni ste se atrevi  moverse de sus puestos.
De esta batalla, que se llam del Tessino, se tuvieron ambas partes por
victoriosas, mas la gloria qued por los de Espaa, que hicieron tal
riza en los franceses que, pocos das despus de la batalla, sin
intentar empresa alguna se volvieron al Piamonte. Con esto hubo ms
quejas y ms recriminaciones que nunca entre los aliados, y las cosas se
pusieron enteramente de nuestra parte.

En el invierno de 1637 se acuartelaron los espaoles en el Placentino 
costa del duque de Parma, y este Prncipe, vindose tan prximo  perder
sus Estados, se apresur  pedir la paz, que no obtuvo de Legans, sino
cediendo  Espaa la fortaleza de Sabionetta. En tanto los grisones,
ofendidos de la vanidad francesa y de lo cara que les hacan pagar su
alianza, se concertaron con los espaoles y los imperiales sobre la
Valtelina, expulsando de su territorio al duque de Rohan con su gente.
No quedaron satisfechos los antiguos deseos de Espaa de poseer el
valle; pero siempre fu ventaja el cerrarles aquella puerta  los
franceses. Continuando la guerra contra el duque de Saboya, tom el
marqus de Legans  Niza de la Palla. Hubo dos encuentros entre las
tropas del Marqus y las del Duque, el uno en Rocca de Arasa, y en
Montbaldon el otro, donde se pele con encarnizamiento, pero sin
consecuencia alguna. As fu que el saboyano cant la victoria; pero
con igual  mayor razn pudieron cantarla los nuestros. Muri en esto
(1637) el Duque, dejando por heredero  un Prncipe de seis aos, bajo
tutela de su madre Cristina, hermana del Rey de Francia.

Ocioso parece decir que la Regente se declar contra Espaa, como su
marido, ajustando un tratado de alianza ofensiva y defensiva con
nuestros enemigos. Hallbanse de nuestra parte los dos Prncipes de
Saboya, hermanos del Duque difunto, y tanto que el uno de ellos, Toms,
mandaba ejrcito nuestro en Flandes. Discurri el Conde-Duque oponer 
la regencia de la madre la de los hermanos; acogieron stos con regocijo
el intento, y no fu mal recibido tampoco en los pueblos de Saboya,
disgustados del gobierno de Cristina, con lo cual el prncipe Toms vino
de Flandes  Italia. Encontr all al marqus de Legans triunfante,
porque habiendo sitiado  Bremo la puso en pocos das  punto de
rendirse: acudi al socorro desde Turn, donde estaba el mariscal de
Crequi con el ejrcito francs, ya un tanto recobrado de los quebrantos
que haba padecido en la campaa anterior, y pretendi forzar nuestras
lneas; pero al venir  reconocerlas cay muerto de un caonazo, con lo
cual quedaron desconcertados los suyos, retirndose l y capitulando la
plaza. Dividi nuestro ejrcito en dos trozos el de Legans: entr con
uno de ellos por el Montferrato, y los Prncipes de Saboya entraron con
el otro por el Piamonte, reclamando la regencia del Ducado.

Habase pactado en un convenio hecho en Vaniero antes de comenzar la
campaa entre el prncipe Toms y el marqus de Legans, que las plazas
que opusieran resistencia y fueran tomadas por fuerza de armas,
quedaran en poder de Espaa para siempre. Con esto fu ms fcil la
conquista de algunas plazas, porque los Gobernadores saboyanos y
piamonteses, las rendan sin resistencia  los Prncipes pretensores de
la regencia. As se tom  Quierz,  Montcollier  Ivrea. D. Juan de
Garay rindi en tres asaltos  Verrua; el marqus de Legans gan en
persona  Crecentino, y el prncipe Toms se apoder de Chivas, por
sorpresa. Acudieron muchos saboyanos  alistarse debajo de las banderas
de los Prncipes, y as se mostraron tan poderosas nuestras armas que el
cardenal de la Valette que, muerto Crequi, haba venido  mandar  los
franceses con las reliquias de su gente, hubo de encerrarse en Turn. No
se atrevieron  sitiarle all los nuestros todava, y revolviendo sobre
otras plazas menos importantes, ganaron en pocos das  Asti, Villanueva
de Asti, Churasco, Trusasco y otras muchas. El prncipe Toms derrot un
trozo de gente enemiga que pareci en campo, causndole de prdida dos
mil hombres, y en seguida innumerables lugares y castillos vinieron 
nuestra obediencia. Trin, plaza fortsima de Piamonte, opuso mayor
resistencia; pero al fin la tom por asalto  escala vista el marqus de
Legans con muerte de muchos franceses. Montcalvo, Ponte Tuca, Saluces,
Coni y Villafranca cayeron tambin en nuestro poder. Richelieu, que
haba mirado hasta entonces friamente las prdidas de la Duquesa Regente
para obligarla  ponerse del todo en sus manos, viendo tan prxima su
total ruina, ajust con ella un tratado y envi numerosas tropas 
socorrerla al mando del duque de Longueville. Alentado con estas nuevas
sali el cardenal la Valette de Turn, psose sobre Chivas, y la tom
sin que los espaoles pudieran socorrerla, aunque lo intentaron, antes
con alguna prdida hubieron de abandonar el empeo.

Pero entre tanto, el prncipe Toms llev  cabo otro de tanta  mayor
importancia, que fu la toma de Turn. Acercse de noche  la ciudad, y
aplicando un petardo  una de las puertas la rompi y entr con sus
tropas. No pudieron los contrarios oponerle resistencia alguna, porque
dentro de la ciudad tena el Prncipe muchos parciales y aun algunos
soldados que acudieron  la seal en armas. La Duquesa Regente se
refugi medio desnuda en la ciudadela. All se fortific con su gente
mientras llegaban los franceses al socorro. Vinieron stos; pero vino
tambin el marqus de Legans con todo el ejrcito espaol, y de una y
otra parte se comenz el sitio, defendiendo los saboyanos y franceses la
ciudadela, y atacndola desde la ciudad y el campo los nuestros.
Esperbase la rendicin, cuando por mediacin del Nuncio del Papa,
Caffarelli, se ajust una suspensin de armas de ochenta das entre
ambas partes. Mostr en ella el marqus de Legans, que si tena
grandsimo esfuerzo, dando con l ejemplo  sus soldados para vencer
algunas veces, tena escasos talentos militares. Tal tregua no poda
traernos ventaja alguna, y, en cambio, daba espacio y lugar  los
franceses para reforzar y mejorar sus cosas. Desaprobla el prncipe
Toms, y con ocasin de ella nacieron diferencias entre ste y el
General espaol, no poco perjudiciales en adelante. Pronto se dejaron
ver las resultas.

Habiendo muerto en aquella sazn el cardenal de la Valette, vino el
conde de Harcourt  gobernar las armas francesas. Y no bien terminada
la tregua, se puso el nuevo General en campo, abasteci algunas plazas
de las que quedaban por l todava, y rindi  Quierz, que era de mucha
utilidad para conservar la importante posesin de Chivas: en seguida se
fortific no lejos de aquella plaza para aguardar refuerzos. Imaginaron
los nuestros cogerle all entre dos ejrcitos y destruirle, y al efecto
sali de Turn el prncipe Toms con cinco mil hombres, y el de Legans
con quince mil se adelant  Quierz y tom todos los puestos y
comunicaciones, de suerte que el enemigo pareca ya reducido  la mayor
escasez y miseria. Harcourt supo burlar  nuestros capitanes. Levant su
campo una noche, y antes de amanecer se hall tan lejos de los espaoles
que no era posible ya obligarle  que viniese  batalla. Mas como el ro
Routa viniese muy crecido, tuvo el francs que detener la marcha para
fabricar un puente  la ligera, y entre tanto el prncipe Toms se
apareci delante de su vanguardia con las tropas que traa, y algunas
compaas del marqus de Legans se rozaron con su retaguardia,
comenzando  escaramucear. Harcourt, sin vacilar un punto, se arroj
sobre las tropas del prncipe Toms, compuestas de italianos parciales
suyos, nuevos  inexpertos en las armas, y las rompi al primer choque:
apresurando luego la construccin del puente, antes de que llegase el
grueso de los espaoles, pas el ro y se escap de nuestras manos
favorecido tambin de la noche.

Tal fu el ltimo suceso de esta campaa, y en la de 1640, ya muy
reforzado el francs, comenz el primero las hostilidades con mucha
furia, y rindi los castillos de Busque, Dronner y Brodel y la ciudad de
Revel. Tampoco los nuestros tardaron mucho en salir  campaa. Mientras
el prncipe Toms prosegua el asedio de la ciudadela de Turn, siti el
marqus de Legans al Casal. Vino al socorro el conde de Harcourt, y
acometiendo  los espaoles dentro de sus trincheras se trab una
batalla terrible. Por tres veces rechazaron los nuestros  los enemigos;
pero  la cuarta penetraron stos por el cuartel del Maestre de campo D.
Fernando del Pulgar. Legans no acert  tomar las medidas convenientes
en aquel trance, y todo el ejrcito fu forzado  retirarse con sumo
desorden, dejando mil prisioneros y muchos muertos, la artillera y caja
militar en poder del enemigo. La mala composicin de aquel ejrcito, que
era ya de extranjeros en la mayor parte y soldados bisoos, excusa en
algn modo la derrota de Legans; pero ella fu funestsima para
nuestras armas en Italia. Alentado el francs, cay sobre Turn, y no
slo meti socorro en la ciudadela, sino que siti al prncipe Toms
dentro de la ciudad. El marqus de Legans se puso con su gente  los
pasos por donde podan venir  los franceses socorros, y en pocos das
los redujo  tal estado que apenas tenan que comer, siendo bastantes
los pasados y fugitivos. Con todo, Harcourt no cej en su empeo, antes
bien se atrincher en dos lneas fortsimas, la una que miraba  la
ciudad, la otra al campo de los espaoles. Era de ver el revuelto
aparato y disposicin de armas que all haba, porque el prncipe Toms
sitiaba desde la ciudad  la ciudadela, y los enemigos sitiaban por
fuera  la ciudad, y el marqus de Legans los asediaba luego  ellos
desde su campo. Pasaron das y das en este estado, hasta que al fin se
acabaron de todo punto las municiones y los vveres en la ciudad, y el
prncipe Toms inst para que se le socorriese. Acometi el marqus de
Legans las trincheras enemigas por una parte, mientras por otra iba 
ellas Carlos de la Gatta, buen capitn napolitano, y el prncipe Toms
haca una salida. Fu rechazado el Marqus, aunque pele esforzadamente
como sola, y puesto que la Gatta rompiese la lnea, fu para mayor
desdicha, porque no pudiendo pasar con l vveres ni municiones, no hizo
otra cosa que meter en la ciudad cerca de seis mil hombres ms, los
cuales, no habiendo que comer, apresuraron la rendicin.

Intent todava el prncipe Toms romper en otra ocasin las lneas;
pero aunque pele con desesperacin no pudo lograrlo, y ms que las
tropas del de Legans que deban embestir por otro lado, mal dispuestas
y dirigidas, no llegaron  tiempo, con que fu intil el combate. Al fin
capitul la plaza, saliendo la guarnicin espaola y las tropas
italianas con todos los honores de la guerra. Crecieron con esto las
diferencias entre el prncipe Toms y el marqus de Legans, atribuyendo
 ste el primero, que  todo intento le hubiese dejado solo en las
salidas; entorpecironse las operaciones y todo llevaba traza de
perderse en un punto, cuando el Conde-Duque, por esta vez acertado,
aunque ya tarde, mand venir  Espaa al marqus de Legans, dando el
gobierno de Miln al conde de Siruela, D. Juan Velasco de la Cueva.

No estaban quietas en tanto las fronteras del Pirineo. Concert el
Virrey de Navarra, D. Francisco de Anda, marqus de Valparaso, con el
Conde-Duque, el modo de ejecutar una diversin en Francia por aquella
parte. Era el Marqus ms cortesano que capitn, y as fueron los
efectos. Baj de improviso los Pirineos, seguido de algunos trozos de
gente mal armada, que  mucho dudar poda llamarse ejrcito. No lo
entendieron los franceses sino en ocasin que se hallaba ya destruyendo
y ocupando Siburo, San Juan de Luz, Socoa y la Tapida, lugares de la
Gascua. Pudieron tomar  Bayona, segn era el descuido de la provincia,
 no detener, sin razn plausible, su marcha con lo que se di tiempo 
los franceses para volver sobre s, y perseguido por ellos hubo de
tornarse  nuestra frontera, dejando guarnecidos y fortificados  gran
costa todos los puestos conquistados. As se conservaron algunos das,
no hallndose los franceses con fuerzas para sitiarlos todava, cuando
se determin en Madrid el evacuarlos, y sin que nadie las embistiese ni
acosase, salieron de ellos las guarniciones apresuradamente, dejando
abandonada cantidad de vveres y municiones y perdido el dinero empleado
en la fortificacin.

Asombra la poca cordura con que se encamin toda aquella empresa; la
precipitacin en comenzarla sin bastante fuerza para ello, y acaso ms
la precipitacin en dejarla tan sin motivo y con tanto dao. Dise orden
poco despus al Virrey de Catalua, D. Enrique de Aragn, duque de
Cardona, para que dispusiese otra diversin por la parte del Langedoc,
y reuniendo hasta dos mil infantes y dos mil caballos, la mayor parte
catalanes, con el conde Juan Cervelln, Maestre de campo general, venido
de Miln para el caso, se puso sitio  Leucata. Ya se daba la plaza por
rendida, cuando sobrevino el duque de Halluin, Federico de Schomberg,
que gobernaba  Langedoc, con un ejrcito. Sorprendi el francs  los
nuestros en sus cuarteles, ya entrada la noche de un da en que iban 
cumplirse los veintinueve de sitio: huyeron al primer empuje de los
enemigos las milicias del Rey, que poco prcticas en tales trances,
apenas supieron ponerse en orden; sostuvironse los tercios catalanes,
aunque tambin bisoos, y los jinetes de Castilla: el combate fu
sangriento y obstinado, y al fin unos y otros se retiraron tenindose
por vencidos; los espaoles fuera de las lneas que ocupaban, los
franceses  su campo. Mas el de Cardona sin reparar en el desconcierto
de los enemigos, que era casi tanto como el de los suyos, emprendi al
da siguiente su marcha hacia el Roselln, abandonando la artillera y
bagaje, con que tuvo el suceso apariencias de completa derrota. Harto
compens esta prdida la victoria de Fuenterraba, que fu de las ms
gloriosas que hubieran alcanzado nuestras armas.

Para devolvernos Richelieu las entradas que habamos hecho por el
Pirineo, envi ac un ejrcito de veinte mil infantes y dos mil caballos
 las rdenes del duque de Enghien y del de la Valette, los cuales
sentaron su campo delante de Fuenterraba. Al propio tiempo, una
escuadra francesa, al mando del Arzobispo de Burdeos, vino  bloquear la
plaza. Defendise muy bien la escasa guarnicin que all haba; pero
pronto empez  sentir la falta de vituallas, que ocasionaba el cerco
tan estrecho por mar como por la parte de tierra, y la rendicin pareca
segura. Aument la probabilidad un funesto accidente. Catorce galeras y
otros cuatro bajeles equipados para meter socorro en la plaza, fueron
destrudos en la rada de Guetaria por la armada del Arzobispo. Con
todo, no desmayaron los sitiados, resueltos  defenderse hasta el ltimo
trance. Las minas haban ya hecho practicable la brecha, y estaba 
punto de darse el asalto, solamente por negligencia diferido, cuando
lleg al socorro un ejrcito reunido costosamente, pues hasta de Flandes
vino gente para l y  las rdenes del esforzado Almirante de Castilla,
D. Juan Alonso Enrquez de Cabrera, duque de Medina de Ro-Seco, y del
marqus de los Vlez, Virrey  la sazn de Navarra, asistidos de la
industria y valor de Carlos Caracciolo, marqus de Torrecusso, capitn
napolitano ms valeroso que prudente, pero de mucha prctica en la
guerra y muy leal  su Rey y al servicio de Espaa. No era nuestro
ejrcito tan lucido ni tan experimentado como el de los contrarios; pero
supli el valor  todo. Mandaban los cuarteles franceses el de Enghien,
y el Arzobispo, que haba ido  tomar parte en las operaciones con los
soldados de los bajeles. Acometironles los espaoles con inaudito
esfuerzo, de tal manera que, sin poder resistirles, huyeron al primer
mpetu los franceses, abandonando sus reductos. Forz con su tercio el
marqus de Mortara los puestos que defenda el mariscal de la Force con
tres mil soldados, debindosele, por consiguiente, muy principal parte
del triunfo. Tal fu, que en un momento todo el ejrcito enemigo se
lanz en precipitada fuga hacia el mar; cayeron ms de ochocientos al
filo de la espada, y fueron ms de dos mil los que se ahogaron antes de
ganar los bajeles, dejando en poder de los nuestros muchos prisioneros y
toda la artillera.

Pocos en todo fueron los que se salvaron, no parando de correr hasta
Bayona, y de los primeros el duque de Enghien, hijo del prncipe de
Cond, y los otros capitanes, que tuvieron ms cuenta con la vida que no
con la honra que perdan. Levantse all la fama del gran Almirante de
Castilla,  punto de no ser ms empleado en mucho tiempo, que tanto
pudieron la envidia y la emulacin rbitras por entonces del Gobierno;
cubrironse de gloria Mortara y Torrecusa, y con tales capitanes y
soldados, Espaa se crey todava invencible.

Pero as como el suceso de Leucata puso aliento en los nuestros para el
socorro de Fuenterraba, la afrenta que aqu padecieron los franceses,
los movi  emprender con ms ahinco alguna cosa de importancia en
nuestras fronteras. Fise el desagravio al mismo duque de Enghien, que
entr por el Roselln con veinte y cuatro mil infantes y cuatro mil
caballos, repartidos en tres trozos, trayendo al duque de Halluin por
segundo en el mando. Acometieron el castillo de Opol, fortaleza algo
importante, que se rindi con poca defensa; de suerte que el Gobernador,
que era flamenco, pag su flaqueza con la vida en Perpin. Entraron en
seguida en Rivas Altas, Claires y otros lugares abiertos; pusieron sitio
 Salsas, y corrieron el campo hasta Perpin. Diles una rota D. Alvaro
de Quiones, degollndoles un buen trozo de caballera con muchos
capitanes y personas de cuenta; pero ellos en tanto combatieron  Salsas
con mucha furia. Comenzse  juntar el socorro en Catalua esperando
todos que la plaza se sostendra largos meses; pero habiendo volado los
franceses algunas minas con mucho efecto y dao, rindise el gobernador
Miguel Llorente Bravo, que hasta entonces se haba mostrado valeroso,
con no poca afrenta. Fortificronse all los enemigos cuidadosamente, y
dieron el gobierno del presidio  Mr. de Espenan, capitn hbil y
esforzado. Las nuevas de este suceso conmovieron  toda Espaa.
Decretronse levas extraordinarias; recogise de todas partes el dinero
que se pudo; excitse el celo de los Grandes de Castilla para que
acudiesen  la defensa del reino y el de la provincia de Catalua, llena
de patritico ardor contra los franceses.

Fu noble el impulso y necesario, porque verdaderamente aquella era la
puerta de Espaa; pero debi hacerse antes  guardarlo para ms tarde;
aquello, para evitar la prdida, y esto para que no costase tanto el
cobro. Aconsejaban los prcticos que se dilatase la empresa por ser ya
los ltimos meses del ao; pero no se oy el consejo. Encargse  D.
Felipe de Spnola, hijo del clebre D. Ambrosio, y por su muerte,
marqus ahora de los Balbases, el mando del ejrcito que era muy grueso
para aquel tiempo, como que algunos lo hacen subir  veinticuatro mil
infantes y tres mil caballos, de ellos quince mil catalanes bisoos, y
el resto castellanos y extranjeros de los tercios de Mortara, Moles,
Molinghen, y otros, vencedores en Fuenterraba: el todo ms lucido que
robusto ni experimentado. El ejrcito francs, que estaba an delante de
Salsas, se retir al aproximarse los nuestros; con todo hubo un combate
entre alguna infantera suya y tropas nuestras bastante ventajoso.
Apretse el cerco, y  la par comenzaron las enfermedades  hacer
estragos en el campo espaol. Las obras de sitio comenzaron de prisa;
pero las aguas las destruyeron de un golpe cuando estaban muy
adelantadas, y se pens en rendir por hambre la plaza. Vino bien para
esto que el duque de San Jorge, hijo del marqus de Torrecusso, y don
Alvaro de Quiones destrozasen en un encuentro un buen golpe de
caballera enemiga que andaba por aquellas inmediaciones atenta al
socorro; porque as, privados de l, fu  poco muy grande la escasez de
bastimentos en los defensores. Resolvise entonces el duque de Enghien 
venir en persona  levantar el cerco, pero fu rechazado dos veces: la
una, ms bien por un temporal horrendo que se declar aquel da, que no
por nuestros soldados; la otra,  pica y espada. Asalt en esta ltima
ocasin nuestras trincheras el de Enghien con seis mil soldados
escogidos, y aunque pelearon con mucho valor fueron rechazados con ms,
y puestos en fuga, dejando mil trescientos cadveres en el campo. Pero
entre tanto, de aquel ejrcito nuestro tan brillante, no quedaba apenas
la mitad, muertos el resto de las enfermedades y trabajos. Fu preciso
traer nuevas tropas de socorro, levantadas principalmente en Catalua,
donde los naturales se aprestaron gustossimos  la empresa, y con eso
los franceses, aunque de nuevo aparecieron en campo, no se atrevieron
ms  dar batalla: con que tuvo que rendir la plaza su gobernador Mr. de
Espenan, despus de haberla sostenido con todo gnero de salidas y
defensas; mas sali con los honores de la guerra. No les qued tras esto
 los franceses por aquella parte otra fuerza que la de Opol, quizs
menospreciada, y el ejrcito espaol, sin acometer otra empresa, vino 
tomar cuarteles de invierno en el Roselln y Catalua.

Fu no menos empeada y sostenida que la de tierra la guerra martima,
dado que en el ltimo trmino se nos mostrase ms adversa la fortuna.
No bien se abrieron las hostilidades, una escuadra espaola, compuesta
de veintids bajeles, al mando de D. Garca de Toledo, marqus de
Villafranca, duque de Fernandina, hijo del gran D. Pedro y hermano del
hbil almirante D. Fadrique, uno y otro difuntos, y al mando tambin del
marqus de Santa Cruz, entr en el golfo de Len y se apoder de las
islas de San Honorato y Santa Margarita, dejndolas guarnecidas y
fortalecidas, con lo cual las costas de Provenza quedaron  merced de
los espaoles. Mantuvimos aquellos puestos no sin gloria ni ventaja;
pero al cabo, sobreviniendo la escuadra francesa que gobernaba el
Arzobispo de Burdeos con tropas que desembarcaron  las rdenes del
conde de Harcourt, perdironse ambas islas, bien defendida la de Santa
Margarita por su gobernador D. Miguel Prez, y no rendida sino por falta
de socorros; cobardemente entregada la de San Honorato, sin espera ni
defensa bastante, por D. Juan Tamayo, que all mandaba. Mientras
nuestros bajeles llevaban  cabo aquella conquista, los de Francia se
haban presentado delante del Grao de Valencia, desembarcando gente que
os llegar hasta la ciudad y ponerla sitio. Volva el marqus de Santa
Cruz con sus galeras de la expedicin de Provenza, cuando supo estas
nuevas, y cayendo sobre los contrarios destruy muchas de sus naves y
los forz  reembarcarse con prdida considerable.

Mas fortuna que por ac tuvo la marina francesa en las aguas de Gnova,
donde hubo un reido combate entre algunas galeras suyas y otras
nuestras, y qued de su parte la ventaja. Destruyeron tambin la flota
dispuesta para el socorro de Fuenterraba, como arriba dejamos dicho, y
de esta suerte pensaron olvidar la rota que les di el de Santa Cruz
delante de Valencia. Pero no tardaron en tocar en ellos un nuevo
desengao (1639) en las costas de Galicia. Determinado Richelieu 
divertir tambin nuestra atencin por aquella parte, junt una armada la
ms poderosa que hasta entonces hubiese salido de los puertos franceses,
como que constaba de ms de sesenta velas al mando del buen Arzobispo de
Burdeos, que del todo apareca apartado de los asuntos eclesisticos y
consagrado slo al oficio del mar y de las armas. Presentse esta
escuadra delante de la Corua. Estaba cerrado el puerto con unas cadena
de mstiles gruesos, bien trincados con fuertes gumenas y argollas de
hierro que corran de uno  otro de los dos castillos que la defendan;
afirmada toda la obra en grandes ncoras, y tomados todos los puestos y
bien guarnecida la costa. Cobr miedo el enemigo, y no osando acercarse,
se entretuvo tres das en disparar de lejos  la plaza y  la armada
all surta que mandaba D. Lope de Hoces, sin efecto, antes con propio
dao. Luego desistiendo de aquel empeo, se arrim al Ferrol y
desembarc all alguna gente, la cual, acometida al punto de los
nuestros, fu rechazada despus de cuatro horas de cruel pelea, y al fin
tuvo que reembarcarse.

No le cupo ms gloria al Arzobispo en la empresa de Laredo. Desembarc
en aquella villa indefensa y dijo misa en su iglesia; pero no os
acometer el ingenio  fbrica de artillera que all se miraba, donde
hubiera logrado gran presa, y se volvi  sus naves. Al saberlo el
Arzobispo de Burgos, recogi toda la gente que pudo y corri al
encuentro del enemigo; que fuera de ver, si se encontraran,  tales
tiempos, tal batalla en los prelados. Pero el de Burdeos, despus de
amagar tambin  Santander con poca fortuna, aunque all di  las
llamas los astilleros, se hizo  la vela para sus puertos, y
sobreviniendo tempestades, aquel gran armamento francs se deshizo por
si propio con mucha prdida y ninguna ventaja.

Pronto habamos de tener por venturosos  los franceses comparando su
fortuna martima con la nuestra. Afrentada con los insultos que padecan
nuestras costas, determin la Corte hacer un esfuerzo y traer armada al
mar que pusiese respeto en los contrarios. Tales providencias se
llegaron  tomar, que en breve tiempo se juntaron en la Corua setenta
bajeles y de nueve  diez mil buenos soldados. Dise el mando  D.
Antonio de Oquendo, marino antiguo y experimentado, disponiendo que la
jornada se hiciese en derechura  Flandes, navegando de tal manera, que
si en el pasaje se presentase alguna armada, se aventurase todo 
trueque de conseguir su ruina. Al medio mes de navegacin llegaron los
espaoles al Canal de la Mancha, y tropezando con la escuadra holandesa
que mandaba Tromp pelearon seis horas con ella, hacindola retirar al
cabo para aparejarse  nueva batalla recibido el socorro que esperaba.
Vnole, con efecto, y holandeses y espaoles pelearon de nuevo catorce
horas seguidas con ventaja de los nuestros, que forzaron  los enemigos
 recogerse en Calais. Pero eran grandes las averas y los heridos y
muertos del combate, y ms an apuraba  los nuestros la falta de
plvora, de suerte que al fin tuvieron tambin que ampararse de las
Dunas en la costa de Inglaterra. All permanecieron muchos das antes de
lograr de los ingleses plvora y socorro alguno; y entre tanto de todos
los puertos de Holanda salieron cuantos bajeles haba disponibles, y
juntndoseles algunos franceses, bien prevenidos y municionados todos,
vinieron sobre la escuadra de Espaa. Ascendi de esta suerte la
contraria  ciento diez naves con diez y ocho brulotes, los cuales
tomaron la boca del puerto para impedir que los nuestros saliesen. En
tal punto las cosas dispuso Oquendo enviar  Duquerque todo el caudal y
tropas de refuerzo que llevaba  Flandes, y lo logr sin ser sentido de
los holandeses. Reforz tambin sus bajeles, despidiendo  muchos de los
que traa de transporte y contratados, y se aparej  salir  pelear con
los enemigos,  pesar de verse tan inferior en fuerzas. Mas stos
estaban ya de acuerdo con los ingleses, y al anochecer de cierto da en
que los espaoles estaban surtiendo de plvora los bajeles para salir al
mar sin sospechar algn peligro, se metieron dentro del mismo puerto.
Defendironse los nuestros con ms valor que poda esperarse de la mala
prevencin y descuido en que estaban, creyndose en puerto amigo; pero
con todo eso perdimos la mayor parte de los bajeles, bien apresados,
bien quemados por los contrarios; de ellos fu el llamado _Santa
Teresa_, de ochenta caones, que mandaba aquel D. Lpez de Hoces,
capitn valerorsimo, con quinientos mosqueteros, la flor de Espaa, y
ochocientos hombres de marinera. No se salv en tal bajel un solo
hombre.

La escuadra inglesa que guardaba aquellas costas, hizo fuego sobre los
combatientes para que respetasen la neutralidad del puerto; pero lo hizo
de modo que no causaron dao en los holandeses, y en los nuestros lo
causaron inmenso. Quejronse los espaoles de traicin y no sin motivo;
todos los documentos y pormenores persuaden que la hubo. Mas ello fu
que Espaa perdi la mejor de sus naves, y entre ms de catorce mil
muertos  prisioneros, muchos de aquellos soldados viejos con que
contaba todava para defender su suelo y sustentar su gloria. No mejor
suerte corran al propio tiempo nuestra marina y nuestras cosas en las
costas del Brasil y de frica.

Una escuadra holandesa de nueve bajeles embisti el fuerte de San Jorge
de la Mina, establecido por los portugueses en las costas de Guinea, y
lo rindi sin mucha dificultad. Quisieron luego los contrarios
apoderarse de otro que se nombraba Arzin; pero la conducta firme del
Gobernador los hizo desistir del propsito.

Mayores fueron en el Brasil las prdidas, atacando aquellas provincias
los holandeses en diversas ocasiones, y causando siempre daos sin
cuento. Vencidos y echados de all por D. Fadrique de Toledo, no
tardaron en venir  reparar el ultraje, y desembarcando numerosas
tropas, lograron en tres campaas, funestamente felices, traer  su
obediencia mucha parte del territorio, rompiendo diversas veces  las
tropas portuguesas que les salieron al paso. Tales triunfos movieron 
los enemigos  hacer mayor esfuerzo todava para ganarlo todo de un
golpe, y enviaron all al conde Mauricio de Nassau, deudo del de Orange,
con poderosa armada. Banjola, que mandaba  los nuestros, no bien supo
la llegada del conde Mauricio sali  ponrsele delante, pero no con ms
fortuna que otras veces, porque la gente de indgenas y portugueses que
traa, poco diestra y valerosa, huy en dos encuentros que hubo sin
disputar muy largamente la victoria. Con esto se apoder Mauricio de
muchas plazas y lleg  sitiar  San Salvador; pero aqu no le salieron
como crea sus pensamientos, porque en una salida que hicieron los
defensores le mataron mucha gente y le forzaron  alzar el campo.

Con todo, aquellas cosas continuaron ofreciendo gran peligro, y nuestra
Corte,  pesar de sus apuros martimos, determin enviar all gruesos
socorros. Juntse una armada de cuarenta y seis bajeles con cinco mil
hombres de desembarco, y se puso al mando de D. Fernando Mascareas,
conde de Torre. Naveg esta escuadra con mucha felicidad al principio;
pero  mitad del camino cay la peste sobre las naves y murieron ms de
tres mil hombres, quedando los dems extenuados. Hubo an la desgracia
de que por haberse dado espera al desembarco, la armada se extraviase
por aquellos mares y estuviese algn tiempo sin poder arribar de nuevo.
De aqu naci que cuando D. Fernando Mascareas, desembarcada la gente y
reunida la que all quedaba se puso en campo, estuviese ya  la vista el
socorro de los holandeses que sali  las nuevas de nuestros armamentos.
Y  la verdad, mirbanse stos tan disminudos con las anteriores
campaas, que sin l no hubieran podido sostenerse un punto. Cuarenta y
uno fueron los bajeles de guerra que trajo el enemigo, y por general 
Guillermo Looff, hbil marinero. Salieron en busca de ellos los
nuestros, que no eran menos ni inferiores, al mando de Mascareas y se
trabaron varios combates, en uno de los cuales el Almirante holands
perdi la vida sin verse ventaja de una ni de otra parte. Pero Huighens,
en quien recay el mando de la escuadra enemiga, sin perder aliento
provoc un combate decisivo, y en l despus de largas horas de lucha,
fueron los nuestros completamente deshechos, aunque no sin gran prdida
del enemigo. De toda aquella armada solamente seis bajeles volvieron 
Espaa. Y cierto que seran de extraar tan repetidos desastres en los
mares, si no se sospechase ya que consistan en la mala disposicin de
las flotas. Armbanse de prisa, tripulbanse con soldados de tierra y
chusma ignorante, y los ms de los bajeles no eran construdos para la
guerra, sino arrancados aqu y all al comercio  comprados y aun
alquilados  mercaderes extranjeros. Solo los navos llamados de
Dunquerque, construdos para la defensa de aquellas costas, eran buenos
y los de Npoles gloriosos desde la poca del gran duque de Osuna. Naves
portuguesas, genovesas, algunas inglesas y pocas, muy pocas castellanas,
formaban principalmente en aquel tiempo las escuadras, que con tan poca
honra y fortuna paseaban nuestra bandera por los mares. Con la derrota
del Brasil y la que antes habamos padecido en el Canal de la Mancha,
pareca aniquilado nuestro poder martimo; y fu cosa de maravillar cmo
pudimos en adelante hallar bajeles todava para defender nuestras costas
y aun para vencer en algunas ocasiones.

Imposible ser referir aquellos accidentes de tan costosa y dilatada
guerra, sostenida  un tiempo en Europa, en las fronteras del Pirineo,
en Italia, Flandes, Alemania, el Franco-Condado y  la par en las dems
partes del mundo. Y en todas las costas y mares. Jams alarde ms grande
ni esfuerzo ms desesperado hizo nacin alguna, que ste que estaba
haciendo la Monarqua espaola, peleando por todos lados con tan
desiguales medios y armas; donde quiera imponiendo, aunque tan enferma,
respeto y espanto  sus enemigos. Pero se estaba ya en el ao de 1640, y
el mal penetraba en el corazn; el incendio estaba ya encima; oase el
chisporroteo de los combustibles; sentanse las llamaradas, y el humo
ennegreca el horizonte. La hora de la muerte era llegada para la
agonizante grandeza de Espaa; sus cimientos estaban socabados del todo,
y una rfaga de viento que pasase la hara desplomarse.

Y sin embargo, en Madrid no se notaba an seal de temor  de tristeza.
Celbranse no slo cada victoria, sino cada rumor de ellas, verdadero 
falso que corre, con los festejos de costumbre, y no pocas veces se
hacen sin pretexto alguno. De los ms sealados fu uno en que hubo
cierta comedia de magia,  ms bien alegora, con el ttulo de la
_Circe_, invencin de un tal Cosme Loti, la cual se represent sobre el
estanque grande del Retiro, con mquinas, tramoyas, luces y toldos,
fundados parte en el lecho mismo del estanque, parte sobre barcas que
iban  la par navegando. Yendo la representacin  punto en que se
fingan tormentas, se levant una tan verdadera, con tal torbellino de
viento, que lo desbarat todo y algunas personas peligraron de golpes y
cadas; mas con todo, no se desisti del espectculo, y  pocos das
despus tuvo lugar delante del Rey y la Corte primero, y luego delante
los Consejeros, comunidades religiosas y pueblo. Pero acrecentndose
cada da ms la aficin al arte dramtico, donde ms de continuo asista
el pueblo era  los teatros  corrales, y el Rey y los cortesanos,
principalmente,  las salas del Buen Retiro, donde se hacan algunas
improvisadas por los primeros poetas de la poca, que all mismo
tramaban el plan, y repartindose los papeles las ejecutaban ellos
propios siguiendo  su voluntad los dilogos.

Con tal gnero de ayuda no tard el arte en ponerse en alto punto de
esplendor. Los antiguos corrales de la Cruz y del Prncipe se
convirtieron en teatros, para aquel siglo muy lujosos, y todo el
mecanismo de la imitacin adelantaba diariamente, tocando en una
perfeccin hasta entonces desconocida en Europa. Los representantes, no
contentos con las ganancias que les ofreca Madrid, se multiplicaban;
cruzaban continuamente los caminos, y desde las ms grandes hasta las
ms pequeas poblaciones del reino vean levantarse telones, y
ejecutarse comedias, y bailes, y entremeses, y todo gnero de
espectculos. Y al comps de esto, Lope de Vega, Caldern, Moreto,
Rojas, Alarcn, fray Gabriel Tllez, conocido por Tirso de Molina, Luis
Vlez de Guevara, Cubillo, Villaizan, Hurtado de Mendoza, Montalbn y
otros muchos de menor nombrada, produjeron obras innumerables, si
defectuosas en la disposicin y forma y no pocas veces en el estilo,
maravillosas en la invencin y en el enredo; llenas de altos
pensamientos, ricas en inters, en dilogos, en descripciones, en
ingeniosos recursos y en todos los prodigios de la fantasa. Lstima
que tal arte y tales ingenios no floreciesen en tiempo de ms ventura!
Porque es doloroso haber de apuntar afrentas de los hombres  quienes
agradecidos los poetas dramticos tributaban tanto aplauso y lisonja;
haber de reputar por viles tal lisonja y aplauso; haber de condenar los
festejos que eran germen y vida del arte dramtico; haber de baldonar al
Rey poeta y al ministro Mecenas por la misma atencin, por el favor
mismo que tributaban  las obras y  los autores que tanta gloria nos
han dado en el mundo. Ojal que el cielo hubiera dado tales ingenios en
los das de nuestra grandeza; ojal hubiera infundido aquel amor al arte
en los altos Prncipes del siglo de oro de la Monarqua.

Mas ahora no la escena, ni el patio, ni los palcos, sino la frontera era
el lugar donde haba de hallarse  los buenos; y no las flores del
Parnaso, sino el sangriento laurel de la victoria lo que deban de
apetecer los espaoles. Cada cosa tiene su oportunidad y su tiempo. La
poesa de los vencidos es como el canto de la esclava, tal vez dulce,
pero vil; Esquilo no escribi tragedias sino despus que  costa de su
sangre vi salvada  la Grecia en Platea; Corneille, Racine, Voltaire y
Moliere, vinieron  tiempo de aadir grandeza  la grandeza de nuestros
vencedores. Miserable espectculo ofreca Felipe IV, regocijado y
placentero mientras su hermano, el infante cardenal D. Fernando, rendido
el cuerpo de tan largas campaas y trabajos en Alemania y Flandes, y
acosado el nimo de presentimientos y temores por la suerte de la
patria, se enflaqueca de hora en hora, y en tan florida edad inclinaba
ya el cuerpo al sepulcro. Faltbanle soldados al buen Infante, y al Rey
le sobraban representantes y truhanes; porque segn dej escrito uno de
ellos con imparcialidad notable, como su vida era libre y apetecida de
gente moza, se aumentaban considerablemente cada da. No haba dinero 
punto que el Rey se ech sobre la plata que trajo en 1639 la flota de
Indias, de propiedad de particulares, tomando la mitad para s y pagando
de la otra mitad mucha parte en calderilla; despojo inicuo del cual se
haban dado ejemplos en tiempo de Felipe II, pero harto ms reprensible
ahora, puesto que no se haba de emplear en la defensa de la nacin como
se emple entonces, sino en pagar bacanales y fiestas.

Y en tal pobreza se labraba  mucha costa un teatro en el Buen Retiro,
donde se representasen comedias con ms lujo que antes en los salones,
_obra grande_, segn un autor contemporneo. All, entre comediantes y
farsas y bailes, los reyes acabaron de perder su decoro y su virtud los
vasallos. Mostraba gusto la Reina de ver silbar las comedias, y por
agradarla el pblico vil de cortesanos, di en silbarlas todas, malas y
buenas, con igual diligencia. Asmismo para que viese la Reina todo lo
que pasaba en las _cazuelas_ de los corrales  teatros, se representaron
bien al vivo en el Buen Retiro, trayendo mujeres que se mesasen y
araasen unas, que se diesen vayas  insultos otras, y mosqueteros 
truhanes que de propsito las enojasen. Tambin se solan echar entre
ellas reptiles que las asustasen, y ayudado esto, exclama un
contemporneo, con libertad singular del son de silbatos, chiflos y
castradores, se haca espectculo ms de gusto que de decadencia. En
esto haba venido  parar la admirada gravedad de los Reyes de Espaa.
Felipe, tan ceremonioso, tan absoluto, que se juzgaba un Dios levantado
sobre sus vasallos, tan avaro de sus respetos y autoridad que por
conservarlos haba ya hecho derramar mucha sangre y deba hacerla
derramar  torrentes todava, toleraba tales ruindades en presencia suya
y de su esposa  hijos, dando tales alas  los representantes que uno de
ellos, por nombre Juan Rana, que haca de gracioso, os mofar
pblicamente por los afeites que usaban en el alio del rostro, durante
una de las representaciones del Buen Retiro,  dos damas de las
principales de la Corte que all asistan.

Tales liviandades, comunicndose  la nacin, haban ya corrompido por
aquel tiempo las venerables costumbres de los antepasados. No haba,
especialmente en Madrid, ni decoro, ni moralidad alguna; quedaba la
soberbia, quedaba el valor, quedaban los rasgos distintivos del antiguo
carcter espaol, es cierto, pero no las virtudes. Pint D. Francisco de
Quevedo con exactitud los vicios de aquella poca nefanda; no hay
ficcin, no hay encarecimiento en sus descripciones. Tal franqueza no
poda pasar entonces sin castigo, y as los tuvo el gran poeta con
pretextos varios, entre los cuales hubo uno infame, que fu correr la
voz de que mantena inteligencias con los franceses. La verdad era que
hall medio de poner ante los ojos del Rey un memorial en verso donde
apuntaba las desdichas de la repblica, sealando como principal causa
de ellas al Conde-Duque. Siguile el aborrecimiento de ste hasta el
ltimo da de su privanza; y as estuvo Quevedo en San Marcos de Len
durante cerca de cuatro aos, los dos de ellos metido en un subterrneo
cargado de cadenas y sin comunicacin alguna. Aun fu merced que no le
degollasen, como al principio se crey en Madrid, porque todo lo poda y
de todo era capaz el orgulloso privado. Pero mientras aquel temible
censor pagaba sus justas libertades, la Corte, los magistrados y los
funcionarios de todo gnero acrecentaban sus desrdenes, y al comps de
ellos herva Espaa, y principalmente Madrid, en rias, robos y
asesinatos. Pagbanse aqu muertes y ejercitbase notoriamente el
oficio de matador; violbanse los conventos, saquebanse iglesias,
galantebanse en pblico monjas ni ms ni menos que mujeres
particulares; eran diarios los desafos, y las rias, y asesinatos, y
venganzas.

Lense en los libros de la poca continuas y horrendas tragedias, que
muestran no mucho ms respeto  las cosas de Dios que  las cosas de los
hombres. Tal caballero rezando  la puerta de una iglesia, era acometido
de asesinos, robado y muerto; tal otro llevaba  confesar  su mujer
para quitarle al da siguiente la vida y que no se perdiese el alma, ya
que el cuerpo pensaba traerlo  tal extremo; ste, acometido de
facinerosos en la calle, se acoga debajo del palio del Santsimo, y
all mismo era muerto; el otro se despertaba de noche al sentir
pualadas en su almohada, y era que su propio ayo le erraba golpes
mortales, disparados por leve represin  ofensa. Una compaa de
naturales de Antequera y los soldados del tercio de Madrid, estuvieron
batallando todo un da en Madrid por pequea ocasin, y se dieron hasta
doce  ms acometidas en las calles,  pesar de haber sacado de una
iglesia el Santsimo Sacramento para aplacarlos. En Mlaga, cierto
corregidor prendi por leve disgusto  un hombre principal, y sin forma
de proceso le hizo decapitar de noche, sin confesin y por un esclavo.
En quince das hubo, en Madrid solo, ciento diez muertos de hombres y
mujeres, muchas en personas principales. Hechos todos no de maravillar,
ciertamente, en otros pases y pocas, donde se han visto iguales si no
mayores, pero increbles en Espaa, que tan severas costumbres haba
heredado de Felipe II y Felipe III, trascurridos tan pocos aos desde la
muerte del ltimo Monarca, y estando al parecer ms vivos que nunca la
fe, el culto catlico y el influjo del clero.

Atribuanse, por lo comn, los crmenes  los soldados de los tercios
que se formaban para acudir al refuerzo de los ejrcitos; y bien poda
ser, porque extenuadas y despobladas las provincias de la continua
guerra, agotados casi los hombres valerosos y de espritu verdaderamente
guerrero, apenas acuda  ponerse debajo de las banderas sino gente
mezquina. Muchos venan  servir por engao  por fuerza, y por lo mismo
no tardaban en desertarse, y con temor del castigo echbanse luego 
vivir por malos modos. Otros viciosos y malvados se enganchaban en los
tercios mientras se formaban, y recibido el precio del enganche y las
pagas, desertbanse al salir  campaa, y se quedaban en la corte sin
otro ejercicio que el robo y los crmenes, hasta que de nuevo tornaban 
engancharse para volver otra vez  la desercin y mala vida que solan.
 veces tambin formaban cuadrillas de malhechores en despoblado que
cometan inauditos desmanes. Mas no eran solo los soldados; tanto  ms
que ellos cometan los naturales de diversas provincias, y especialmente
los de Catalua.

All corran en cuadrillas,  por quejosos de la autoridad 
facinerosos, muchos hombres de valor y conocimiento en el terreno,
burlando las iras de las autoridades y justicias; llamaban  tal vida
_andar en trabajo_, y haba entre ellos sus caudillos y capitanes. Tales
 semejantes cuadrillas de forajidos se vieron en las llanuras de la
desierta Mancha. Y en tanto los Tribunales del reino tal vez ahorcaban
por precipitacin  personas inocentes; y contra los grandes
criminales,  bien sobornados,  bien temerosos, mostrbanse muy
tibios. La Corte pareca menos firme todava en castigar los delitos.
Perdonbanse los mayores,  por la calidad de la persona,  por la
utilidad solo que de ellos resultaba   precio de dinero y servicios, 
por mero capricho del Prncipe y privados. As se vi  D. Pedro de
Santa Cilia entrar con alto puesto  servir en los ejrcitos y armadas
de Espaa despus de haber dado muerte por sus manos  su industria 
trescientos veinticinco personas. Era el D. Pedro, mallorqun, y
siguiendo los impulsos vengativos que asemejaban entonces sus paisanos 
los naturales de Crcega, determin vengar la muerte de un hermano suyo
lanzndose  cometer tantas y tan crueles, en personas inocentes casi
siempre y  manera de bandido.  dicha se hallaba en Madrid, cuando
sacaron de palacio un caballo que nadie osaba montar por su braveza;
ofrecise hacerlo Santa Cilia, y lo ejecut con tanta habilidad que
todos los presentes quedaron maravillados. Vilo tambin el Rey; mandle
subir y que le contase su historia, y por ltimo le perdon y le admiti
 su servicio en gracia de su atrevimiento. Portse luego Santa Cilia
como soldado y capitn de valor, sealndose en Nordlinghen y en otras
ocasiones; pero el nmero increble de sus crmenes peda  la verdad
otra enmienda y ejemplo de parte de los guardadores de la justicia.

La Inquisicin misma, aunque tan severa, y tan entrometida siempre en
las cosas del Gobierno y justicia civil, pasaba por alto tales
desafueros, aun los que ms cerca la tocaban, y no pona atencin ni
cuidado sino en los casos de hereja, y en los delitos cometidos contra
el culto  contra los privados del Rey. Aun sorprende el nimo la
facilidad con que corran entonces libros llenos de ideas y palabras
obscenas que no se toleraran en los tiempos modernos, siendo as que
tan rigurosa censura se ejercitaba contra los autores en todo lo tocante
 pensamientos religiosos y polticos. La desigualdad de los castigos
lleg  un punto, que repugna al sentido comn, cuanto ms al derecho.
Vironse en los autos de fe,  quemadas  duramente castigadas muchas
personas por delitos como la bigamia, mientras corran impunemente los
ms atroces atentados. Cualquier palabra de doble sentido  sospechosa
en materia de fe  de culto, era castigada con ms crueldad que el robo
de una monja  la violacin de unos votos; bien que esto ltimo lleg
casi  tolerarse como cosa comn. Era tan general la obcecacin, que el
cronista D. Jos Pellicer y Tobar, en sus _Avisos_, despus de narrar
los grandes peligros  infelicidades de aquel tiempo, exclama: De
verdad una de las desdichas que se deben reparar con ms atencin y
lstima, es ver  Espaa tan llena por todos lados de judos enemigos de
nuestra santa fe catlica. Singular advertencia cuando las fronteras,
la Hacienda, la Corte y las provincias se miraban de tal modo perdidas!
As todo pareca ya degenerado; no haba en Espaa ni opinin verdadera,
ni juicios exactos, ni vnculo social que se mantuviese en la antigua
firmeza. Tan extraa confusin en las costumbres haban introducido las
liviandades de Felipe IV y de su privado.

Hacia los aos de 1640 era Madrid, en suma, como un tiempo Roma, cabeza
extraviada y corazn corrompido de un cuerpo colosal, que por milagro se
mantena en pie todava; heredera de glorias y maestra de iniquidades y
torpezas; hija de hroes y madre de viles.




[Ilustracin]

LIBRO QUINTO

SUMARIO

     1640.--Propsitos del Conde-Duque: motivos de la rebelin de
     Catalua: sus principios: el conde de Santa Coloma y el marqus de
     los Balbases: alojamientos: reclamaciones del Principado: choques
     entre soldados y paisanos: rompe el pueblo de Barcelona las puertas
     de las crceles: sedicin del da del Corpus: matanza de
     castellanos y muerte del Virrey: el _Va fora_.--Fiestas que entre
     tanto celebran en Madrid: amonestacin de un labrador al
     Rey.--Virreinato del duque de Cardona: sucesos de Perpin:
     Virreinato de D. Garca Gil Manrique.--Prevenciones de
     guerra.--Sucesos del Roselln.--Jura el Virreinato el marqus de
     los Vlez: primeras operaciones: disposiciones del Conde-Duque
     sobre Portugal: Surez y Vasconcellos: el duque de Braganza:
     principios de la conjuracin: Pinto de Ribeiro: torpezas del
     Conde-Duque: burla el de Braganza sus ardides: sublevacin de
     Lisboa: hecho generoso del capitn Garcs: muerte de Vasconcellos:
     arresto de la Virreina: prdida de la ciudadela y del castillo de
     San Juan.--Espanto en nuestra Corte: cmo di Olivares al Rey
     aquella mala nueva: disensiones: conjuraciones del duque de
     Medinasidonia y del arzobispo de Braga: frstranse ambas:
     suplicios: muerte del aleve marqus de Ayamonte: se salva
     Medinasidonia: su reto al de Braganza.--Liga de la paz: batalla de
     Sidam.--Prevenciones de guerra: corrupcin y torpezas.


DEJAMOS notado ya en otros lugares que los Monarcas y Ministros
infelices de estos tiempos que vamos narrando, hacan acaso ms dao 
la Monarqua con sus buenos que con sus malos intentos. Y es que en las
cosas polticas no hay mayor yerro que trocar las ocasiones, y querer,
porque slo un da fueron posibles, llevarlas cualquier otro  cabo
forzosamente. Harto se prob esta verdad en la expedicin que envi
Felipe III contra Inglaterra y en sus proyectos contra Francia; ms
todava hubo de recibir ms grande y triste prueba. Nada tan til como
la unidad nacional y el pensamiento de reunir todas las fuerzas de la
Monarqua en un solo punto. Pero esto no era posible llevarlo  cabo de
pronto entre los azares y ocupaciones de las guerras extranjeras,
estando tan flaca como estaba  la sazn la cabeza de la Monarqua. Sin
embargo, tal era el Conde-Duque, que cabalmente eligi aquella ocasin
para traer  ejecucin su propsito. Buena enseanza del modo con que
tales cosas se ejecutan acababa de ofrecer en Francia Richelieu. Mantuvo
al principio la paz todo lo que pudo, aun sacrificando en ella el
orgullo francs; hizo alianzas extranjeras y organiz ejrcitos y reuni
tesoros, y cuando tuvo  punto las cosas, comenz  descargar golpes
certeros contra los protestantes, los grandes seores y las ciudades
indciles y rebeldes. As logr  todos rendirlos y reducirlos  la
obediencia del Monarca, en cuyo nombre gobernaba; y el astro de Francia,
despus de algunos aos de eclipse, apareci ms brillante que nunca 
los ojos del mundo. No aprovech la leccin Olivares, que ms que
estudiar en las obras de otro, pensaba poner las suyas de ejemplo 
todos: tal era su vanidad.

 muy poco de encargarse del gobierno dirigi al Rey un papel sobre
ello; porque todas las cosas que l quera que le alabasen las pona por
escrito. Apuntaba all  ms de las razones claras y obvias, que
persuadan la conveniencia de dar unidad  la nacin, ciertos sofismas
como aquel de que, si eran poderosos seis Prncipes moderados, pero
bien unidos, se considerase cunto ms lo podan ser, si se uniesen, los
muchos reinos de Espaa, tanto mayores que los opuestos y tanto ms
fciles de ajustar, estando debajo de una obediencia que esos otros de
diversos dueos. De tal manera equiparaba el favorito la alianza de
nuestras provincias entre s con la de Francia, Suecia, Saboya, Holanda
y las dems naciones contra nosotros  la sazn conjuradas. Fu muy
alabado el papel de todas suertes, y se enviaron aqu y all
comisionados que tratasen de ello:  Flandes fu el marqus de Legans,
y  Portugal el de Castel-Rodrigo. Llamronse tambin  la Corte
prelados y personas principales de diversas partes para discutir la
unin pretendida. Pero no se logr, porque no se poda lograr tan
fcilmente efecto alguno; y duraron los tratos hasta que comenzaron las
violencias  hacer sus veces, y saltaron de eso las consecuencias que
lloraron todos. Este paso de las negociaciones  las violencias tuvo por
causa en mucha parte los apuros del Erario y las necesidades de la
guerra. Pero es imposible olvidar que otras causas menos disculpables
influyeron tambin y no poco en su empleo. En esto como en todo la
Monarqua tuvo que llorar con la incapacidad poltica del Rey, la
vanidad funesta y la imprudencia del favorito y sus ministros.

Naci poderoso el deseo de humillar con la fuerza  los catalanes en las
Cortes celebradas en Barcelona en 1626. Ya en las de 1623 haba quedado
disgustado el Rey por la poquedad de los subsidios y resistencia 
manifestar los libros y rditos; pero en estas de 1626, Felipe, al dejar
repentinamente  Barcelona, traa sin duda en su nimo el propsito de
castigarles. Volvi, sin embargo, benvolamente en 1632 para dejar en su
lugar al infante D. Fernando; y quiso la desdicha que la antigua herida
de su agravio se la resucitase y exasperase con uno suyo el Conde-Duque.
Porque habiendo tenido cierto disgusto sobre el modo de tratar  los
catalanes con el noble Almirante de Castilla, que desde 1623 vena
proponiendo moderacin en ello, la nobleza y pueblo de Barcelona, 
sabedora del motivo,  inclinndose ms  ste, naturalmente, por ser de
la casa de Cabrera, tan respetada en el Principado, mostrronse
ostensiblemente en su favor y en contra del favorito. No era hombre
Olivares que perdonase las ofensas hechas  su vanidad; aument en sus
consejos el desabrimiento en el Rey, y con sus amenazas y palabras de
clera di lugar  que los ministros serviles que le servan comenzaran
 tratar con despego en las cosas  Catalua. Principalmente el
protonotario de la corona de Aragn, D. Jernimo de Villanueva, muy
favorecido de Olivares, puso  ttulo de lisonja en completo olvido
todas las reclamaciones y negocios que de all venan, tratando con
tanta dureza  los interesados, que llegaron  aborrecerle los catalanes
tanto  ms que al Conde-Duque, y fu acaso el mayor causante de los
excesos que cometieron. No estaban ellos  la verdad muy gustosos
tampoco desde las Cortes de 1623 y 1632. Inspirle  aquel pueblo
varonil y laborioso desprecio y clera la licenciosa Corte de Castilla;
ofendile sobre manera la vanidad del Conde-Duque, su lujo y porte; y
luego no le agravi poco el que el infante D. Fernando, con notable
firmeza, pero acaso fuera de tiempo, negase el honor  sus conselleres
de que se cubriesen delante de l, segn el antiguo usaje. Y notando al
propio tiempo la lentitud con que se despachaban sus negocios, y el
despego con que eran tratados en la Corte de Castilla, ellos, que nunca
haban mirado con buenos ojos su dependencia de otra provincia, que se
inclinaban poco en carcter, ideas y costumbres  los castellanos, y
negaban siempre  stos otro nombre que el de extranjeros, comenzaron 
hacer acopio de ira y  espiar ocasiones de venganza. Siendo Virrey el
gran duque de Feria hubo una gran ria entre la armada de Espaa anclada
en el puerto y los habitantes, donde llegaron stos al extremo de
disparar contra las galeras la artillera de los muros, y cuando el
virrey Cardona quiso registrar por fuerza los archivos de la ciudad, y
los conselleres se fortificaron dentro de su palacio, negndose 
permitirlo, el pueblo se puso en armas, y fu ventura que no inundasen
ya en sangre las calles de la ciudad condal catalanes y castellanos. El
Rey, airado ya de todo punto, mand que la Audiencia se trasladase 
Gerona; y los conselleres y Diputacin, como si previesen el prximo
rompimiento, no cesaron desde entonces en reparar los muros, labrar
algunos ms reparos y disponer como al descuido en la paz las cosas de
la guerra.

En tal punto las cosas, suscitse la guerra del Roselln; y la Corte
expidi dos edictos, imponiendo por el uno  Catalua cierta
contribucin no votada en Cortes, y por el otro expulsando  todos los
franceses del territorio; uno y otro contra los fueros de la provincia.
Recelosos los catalanes al ver aquellos principios, hicieron al punto en
Madrid reclamaciones, mas no fueron atendidas de modo alguno. Lo que el
Conde-Duque haba ordenado sin obstculo en otras provincias, quiso que
fuese tambin en Catalua, porque como tena en su pensamiento la
unidad, figurbase que no le faltaba otra cosa que demostrarla en las
obras; y las nuevas reclamaciones, sin obligarle  cambiar el fondo de
su propsito, le impulsaron  hacer ms duras las formas, recordando
siempre su queja. Con todo, el patriotismo pudo tanto en los catalanes,
que cerrados los ojos  todo agravio, acudieron  la empresa de Leucata
y ms  la recuperacin de Salsas, donde se vi venir  toda su nobleza
con muchos soldados y caudales. Separado el duque de Cardona despus de
aquella derrota de Leucata, vino  sucederle por virrey D. Dalmau de
Queralt, conde de Santa Coloma, querido del pueblo y la Corte. Hubo el
raro acierto de igualarle en mando durante el cerco de Salsas con el
Capitn general del ejrcito, que era el marqus de los Balbases; y
aunque este mando era ms honorfico que otra cosa, oblig ms  los
catalanes  servir con muy buena voluntad en la empresa.

No faltaron, sin embargo, disgustos ocasionados por la contrariedad de
caracteres entre los catalanes y el resto del ejrcito; durante la
campaa cerca de Colliure hubo un choque sangriento, y debajo de los
muros de Perpin se trab una verdadera batalla, que dur seis horas,
con gran mortandad de ambas partes, siendo maravilloso que acertaran 
suspenderla los capitanes. Pero ello es que fueron inmensos los
servicios y sacrificios del Principado, tanto en hombres como en dineros
y que en Madrid no se mostr por eso el menor agradecimiento. Mirando el
Conde-Duque cun poco haban insistido en la primera violacin de sus
fueros y cun de veras servan en aquella ocasin los catalanes, tomles
por humildes, y di por cierto que podra traerlos por fuerza  su
propsito, satisfaciendo al par sus mezquinas venganzas. As, lejos de
enviar recompensas, envi amenazas y nuevos agravios. Durante el sitio
de Salsas, cuando ms mritos estaban haciendo los catalanes, le
escribi al virrey Santa Coloma, sin motivo ni provocacin alguna, que
si los privilegios del pas podan avenirse con sus rdenes, los
respetase; pero que en el caso de que le empesciesen  dilatasen el
xito de las cosas, considerase al que los alegara como  enemigo de
Dios y del Rey, de su sangre y de la patria; aadindole que enviase 
todos los hombres capaces de trabajar  de llevar armas al ejrcito, que
hasta  las mujeres empleara en el servicio, y que echase si era preciso
 los habitantes de sus hogares, para que los ocupasen los soldados. Y
no contento con esto, inclin al Rey  que escribiese al propio Santa
Coloma, mandndole que domease con el rigor las libertades de los
funcionarios y pueblos de la provincia. Provocaciones y rigores casi
inconcebibles, cuando voluntariamente haca tanto Catalua, que era
imposible pedirla ms, impropios adems para empleados con espaoles, y
ms por hombres que tan flojamente se las haban con los extranjeros.

Era el Virrey cataln al cabo, y no poda prescindir de respetar por
costumbre los privilegios de sus paisanos. Dilatse por su causa, antes
que por no ser necesario, el gran rigor que aconsejaba la Corte; pero
cuando lleg el trance de acuartelarse el ejrcito en Catalua,
terminada la campaa, ya no pudo evitar los daos. Faltaron las pagas,
como aconteca de ordinario,  los soldados; y stos, en mucha parte
extranjeros y acostumbrados  tomar por fuerza cuanto queran en Italia
y Flandes, donde por lo comn haban servido, comenzaron  ejecutar
igual desorden en Catalua. No acudi  reprimirlo como debiera el
marqus de los Balbases, Capitn general del ejrcito, porque como
extranjero, no tena compasin  los naturales ni estaba acostumbrado 
hallar resistencias en el paisanaje de otras partes, equivocando l,
como los soldados y la propia Corte, al valeroso pueblo cataln con
otros viles que haba conquistado. Cabalmente aquel paisanaje haba
asistido en Leucata y Salsas y despreciaba  los soldados, tenindose
por ms valeroso que ellos, y habindolo mostrado, verdaderamente, en
muchas ocasiones, siendo sta una de las causas de aborrecimiento y
menosprecio que por entonces traan conmovidos los nimos. Combatanle
en tanto al de Santa Coloma, de una parte el celo del servicio de su
Rey, y de otra la compasin de los naturales; dudaba y revolva en su
mente diversos conceptos, pero no determinaba cosa alguna; y los
soldados, fortalecidos en su licencia por la permisin  tolerancia que
traslucan, no haba insultos que no hallasen lcitos, disculpndolos
todos con el hambre. Mas los catalanes, viendo que no se les haca
justicia, vengativos y duros por naturaleza, y despreciando ms que
temiendo  la soldadesca, no tardaron en comenzar  tomarla por sus
manos.

De pequeos principios fueron as formndose poco  poco grandes
tumultos. Quemaron los soldados del tercio napolitano de D. Leonardo de
Moles  Riu de Arenas, y Santa Coloma de Farns tuvo luego igual suerte
en castigo de haber all muerto algunos alojados. Al saberse estas
violencias, no ya el pueblo, sino la nobleza y el clero levantaron al
cielo sus quejas. Slo el alojar el ejrcito en Catalua era ya
manifiesta infraccin de sus fueros; y habiendo enviado  Madrid doce
embajadores que reclamasen contra ella, no se les permiti entrar
siquiera, mandndoles que se detuviesen en Alcal, donde estuvieron
muchos das. Entonces enviaron  dos frailes capuchinos para que
solicitasen que se oyese  los embajadores. Debieron aqullos  sus
hbitos el llegar  la presencia del Rey, sin que pudiera estorbarlo el
favorito, y tanto dijeron, que lograron su propsito. Vinieron los
embajadores  la Corte y pusieron en manos del Rey un memorial, que por
lo descarado acab de irritar los nimos de la Corte, y por gran
sufrimiento no logr respuesta alguna. Y  la par Santa Coloma prohibi
en Barcelona que ningn abogado pudiese asistir  las causas ordinarias
que suscitaban los paisanos contra soldados, pensando sin duda refrenar
con esto la audacia del vulgo; lo que se logr fu que, hallando cerrado
los agraviados catalanes el camino de la justicia, acabranse de
inclinar al propsito de defenderse brazo  brazo. Fueron como heraldos
y mensajeros de tal propsito  verse con el Virrey el diputado militar
Francisco de Tamarit, voz de la nobleza catalana, y poco despus una
embajada de la ciudad de Barcelona. Representaron ofensas, pidieron
reparaciones y dejaron entrever amenazas. Mas era el conde de Santa
Coloma hombre aunque bien intencionado, un poco violento, como lo mostr
en las Cortes de 1626, donde puso mano  la espada contra el duque de
Cardona, y luego en el sitio de Salsas, donde por pequea ocasin apale
 un tiempo al Maestre de campo Torrecuso y  su hijo el duque de San
Jorge, tan valerosos ambos; y ahora irritado con la libertad de los
catalanes, sin tener ms en cuenta que era de ellos, ni reparar ya en
los privilegios de la provincia, redujo  prisin al diputado Tamarit y
 dos de los magistrados. Con esto parecieron muertas por un instante
las libertades y la resistencia de Catalua. Juzgse en Madrid que lo
estaban para siempre, y aplaudise la determinacin como esforzada, sin
ver el peligro que ofreca los que podan remediarlo.

La ltima embajada haba puesto en el Conde-Duque y en sus favorecidos
tanta ira, que se tenan por dichosos con imaginar tan inmediato
castigo. No faltaba, sin embargo, quien temiese de aquellos sucesos, y
alguno por cierto de quien menos pudiera esperarse. Tal era el marqus
de los Balbases, D. Felipe de Spnola, hombre ilustre solo por el
apellido de su padre, y cuya muerte aceler, como se dijo, con la mala
defensa y fuga del puente de Carian. Haba sido D. Felipe con su
tolerancia  sus soldados y con su desprecio  los catalanes, uno de los
mayores causantes de aquellas inquietudes, y despus no haba cesado de
aconsejar  la Corte que mantuviese sus disposiciones en Catalua,
alimentando y albergando la gente de guerra  costa y cargo de los
naturales. No obstante, ahora, habindolo querido enviar all para
comenzar la nueva campaa contra los franceses, no quiso hacerlo,
dicindose pblicamente que era porque tema el humor de los catalanes.
Vergonzosa conducta la del Marqus, que daba  los dems lecciones de
fiereza, cuando l no osaba mostrarla por su persona donde convena, y
ejemplo elocuente  los prncipes que se fan de fieros y balandronadas
de cortesanos para ser agresivos  injustos. Los acontecimientos
mostraron muy pronto que si era vergonzoso el reparo del Marqus,
sealaba en l, sin embargo, ms previsin que en los dems, pues
irritados al ltimo punto los catalanes, acrecentando las injurias su
natural dureza y su antipata  los castellanos, reunidos en un solo
pensamiento, como suele acontecer en ellos, no tardaron en declararse en
abierta rebelda.

Rompi el vulgo de Barcelona tumultuosamente las crceles, sacando de
ellas  Tamarit y los otros magistrados presos, teniendo que acogerse el
virrey Santa Coloma al amparo de las Atarazanas; y aunque se aplac
aquel tumulto por mediacin del mismo Tamarit y los magistrados,
alentronse con la impunidad los descontentos, y creci su osada con el
ensayo de la poca resistencia,  punto de inclinarlos  mayores
extremos. No se concibe cmo as la Corte, como el virrey Santa Coloma,
descuidaron meter en Barcelona, para su seguridad, una parte del
ejrcito que tan numeroso andaba en otros lugares; pero la Corte estaba
ciega en su imprevisin, y el Virrey,  no pudo lograr el refuerzo, 
se neg imprudentemente  pedirle, porque no pareciese flaqueza de su
persona. Grandsimo error en la autoridad que haba tenido ya una vez
que desamparar su puesto, huyendo del vulgo amotinado, y que deba la
paz entonces  la influencia de los mismos  quienes l tena en
prisiones. El hecho fu que los barceloneses, despus del primer grito
que dieron de rebelin rompiendo las crceles, la llevaron  funesto
trmino el da del Corpus del ao 1640, sin que se hallase en la ciudad,
como sin duda pudiera hallarse, bastante gente del Rey para contenerla.

No se haba tomado otra precaucin que armar algunas compaas de
milicia del pas, que en lugar de vencer el riesgo en la ocasin, lo
aumentaron, haciendo causa comn con los rebeldes: nueva torpeza y
mayor, si cabe, que las otras. Comenzaron la sedicin los segadores y
habitantes del llano de Barcelona, recogidos en la ciudad con el
pretexto de la fiesta; gente que, no teniendo nada que perder en ellas,
se ha hallado siempre mucho ms temible en tales casos que los
moradores. La guardia del palacio del Virrey, viendo los primeros grupos
y oyendo las voces sediciosas, hizo fuego, que fu dar ms ocasin que
remedio en el punto que estaban las cosas; cay muerto un segador,
recogieron el cadver sus compaeros, y lo pasearon por plazas y calles,
apellidando venganza. Desatado entonces el vulgo, empez la matanza de
castellanos y naturales de otras provincias, y particularmente de los
que se empleaban en algn servicio del Rey, primero por las calles y
plazas, luego asaltando las casas y entrando en los aposentos  fuego y
sangre. Todo Barcelona ardi en un momento en confusin y estrago, y los
rebeldes, no hallando resistencia en ninguna parte, y ms
envalentonados y ms sedientos de sangre que nunca, llegaron  las
puertas del palacio del Virrey cargados de haces de lea para quemarle.
Este, sin otro amparo ya que su dignidad escarnecida, sin otra defensa
que la razn que juzgaba tener de su parte, sinti decaer su corazn y
ocupar el miedo lentamente el sitio donde se alberg hasta entonces la
ira. Rodebanle los conselleres y magistrados de Barcelona, tan amigos
de la sedicin como los que estaban ejercindolas en armas, aparentando
por decoro de sus cargos que la aborrecan, y proponiendo consejos y
arbitrios que bien pudieran tomarse por maliciosos estorbos y trazas de
evitar cualquiera ejecucin acertada. Djose que ellos jams llegaron 
temer tanto del vulgo, habiendo mirado apaciblemente sus primeras
demostraciones; pero ste, una vez lanzado, rara vez para en lo justo.
Entraron las turbas en casa del Virrey, pidiendo  gritos su muerte;
salvronse como pudieron algunos de los oficiales reales, y los
conselleres y magistrados de la ciudad adularon  los delincuentes,
regocijndose ya con la victoria. Y en tanto Santa Coloma, encadenado
por su honra, retard la fuga, hasta que vi sobre s  los asesinos.
Sali entonces del palacio sin ser visto, y se meti en las Atarazanas;
luego, dejando aquel asilo con su hijo y algunos oficiales, acudi 
embarcarse en una galera genovesa que haba en el puerto; pero no pudo
lograr sino salvar  su hijo, que le segua, anteponiendo la vida de
ste  la suya propia, porque el esquife que le aguardaba, caoneado
desde la ciudad por los rebeldes, advertidos ya del caso, no os ms
esperarle. As la fortuna, ensandose en aquel hombre ms torpe que
criminal, le permiti salvar  su hijo y  los ms de sus oficiales,
algunos despedidos por l antes, otros embarcados ahora, y no quiso
concederle  l la vida, y tuvieron tiempo y valor los del esquife para
salvarlos  todos menos al que ms obligados estaban. Solo ya en la
playa y cierto en su perdicin, ech  andar don Dalmau sin saber dnde
iba por las orillas del mar  las peas de San Beltrn, camino de
Montjuich, donde rendido al miedo y la fatiga, cay desmayado; y
llegando algunos de los muchos que le buscaban, fu muerto de cinco
heridas.

Mientras tan triste tragedia se representaba fuera de la ciudad, otras
tan horribles y ms se representaban por dentro. Las iglesias fueron
violadas, y manchados los altares con sangre de los inocentes
castellanos que en ella buscaban asilo; no hubo de ellos quien conocido
librase la vida, y ni una de sus casas pudo escapar del saqueo. Tamarit
y los magistrados populares, llevados en hombros de la plebe y dueos,
al parecer, de la muchedumbre, no quisieron  no pudieron, que es ms
cierto, contener el estrago. Ni par ste en Barcelona: Lrida,
Balaguer, Gerona y otros lugares no poco alborotados ya, siguieron
impetuosamente el movimiento matando  saqueando cuanto encontraban con
el nombre de Castilla, y en Tortosa, fueron mayores que en ninguna parte
los escndalos. Al grito de _Va fora_ eran acometidos los cuarteles
donde se alojaban los tercios y escuadrones del ejrcito real, y los
capitanes, dudosos y confundidos por lo impensado y lo inaudito del
suceso, ni acertaban  tratar  los naturales como hermanos y amigos, ni
 emplear las armas contra ellos con el rigor que ya convena. Fueron
sorprendidos y degollados de esta manera cuatrocientos caballos que
mandaba D. Fernando Cherinos, y en Tortosa prisioneros  dispersos tres
mil reclutas.  duras penas se salvaron cuatro mil infantes y
novecientos caballos al mando de D. Juan de Arce, encaminndose al
Roselln, haciendo mucho dao la soldadesca enfurecida en las comarcas
por donde se ejecut la retirada; y D. Felipe Filangieri, que mandaba la
mayor parte de la caballera, pudo salvarla, entrndose con ella en
Aragn,  favor de la noche. As, de todo aquel ejrcito, que ya que
haba ocasionado con su alojamiento tan desdichada ruptura, poda, segn
era su fuerza, haber mantenido el Principado, bajo la obediencia del
Rey,  al menos las principales poblaciones y lugares, no qued en
breves das un solo escuadrn en el territorio rebelde.

La mente, contristada con estos sucesos, se vuelve, naturalmente, 
Madrid para ver lo que aqu en tanto aconteca. Y halla que el
Conde-Duque en los propios das del estrago daba banquetes en el Buen
Retiro, donde casi todos los convidados quedaban borrachos, porque las
tazas con que se brind eran muy capaces, segn las palabras del
narrador; y halla al Conde-Duque camino de la Algaba  escoger toros
para festejar con una corrida  los mismos caballeros del banquete; y
halla  la Corte alegre con la fausta noticia de un auto de fe celebrado
en Zaragoza, donde fu azotado y condenado  galeras un mal caballero
que entretena sus ocios en meter demonios en muchos lugares con quien
tena aborrecimiento, endemoniando ms de mil seiscientas personas de
esta manera, y halla, en fin, que el da de la matanza horrible de
Barcelona acompa el Rey la procesin de Corpus con desusada gala por
la maana, y por la tarde se representaron autos. Mas cuando llegaron
las nuevas de Barcelona, hubo en los buenos ciudadanos la mayor
confusin y lstima. El pueblo, hasta entonces deslumbrado con las
apariencias que se conservaban de grandeza, sintiendo ya perdicin
cercana, comenz  llorarla. Slo el Rey y el favorito se negaban an 
reconocer el dao. Felipe, por toda demostracin de cuidado y riesgo,
asisti en persona al Consejo de Estado, donde el Conde-Duque hizo valer
desde el principio ms bien la venganza que el remedio, aadiendo
obstculos al acomodamiento de las cosas, sosteniendo pblicamente que
no era decente amoldarse  la voluntad de hombres inquietos inficionados
en la desobediencia; y luego en su particular negando su gracia  los
que no se esforzaban mucho en calumniar  denostar  los catalanes.
Continuronse las procesiones ostentosas, y en la de octava del Corpus,
yendo tambin el Rey con toda la grandeza acompandola, aconteci un
caso de risa y mofa en la Corte, de espanto y pena para las personas
prudentes, no indigno de memoria. Un labrador, vestido  la manera
humilde de los de su clase, saliendo de repente del concurso, se puso
delante del Rey, diciendo  grandes voces: Al Rey todos le engaan;
seor, seor, esta Monarqua se va acabando y quien no lo remedia arder
en los infiernos. Ese hombre debe de ser loco--dijo el Rey,
desdeosamente--. Locos son los que no me creen--replic el labrador,
con acento solemne--; prendedme y matadme si queris, que yo he de
deciros la verdad. Y sin ms fu retirado de all por los soldados. Ni
siquiera la risa del suceso dur en la Corte ms que una noche; pero en
el pueblo, afligido ya, no falt quien tomase aquella voz por aviso del
cielo y fu largamente recordada. No era sino la voz de la razn y de la
lealtad, que echada de la Corte por la lisonja y la lujuria, se mostraba
y resplandeca en tan rsticos hbitos; no era aquel labrador sino un
sencillo castellano acostumbrado  practicar la virtud en sus hogares,
mientras en la Corte slo tenan entrada los vicios, con valor en el
corazn para decir la verdad, cuando nadie osaba aqu desembozar la
mentira. Intil verdad por cierto!

No se tom en muchos das determinacin alguna sobre Catalua, mas que
la de nombrar nuevo Virrey en la persona de D. Enrique de Aragn, duque
de Cardona, de ilustre casa y muy estimado en Catalua, porque la vez
pasada que tuvo aquel cargo, hall medio de desempearlo, si no con
gloria,  gusto de sus paisanos. Por lo dems, entretvose el
Conde-Duque en murmurar amenazas, al paso que los embajadores catalanes,
que estaban en Madrid todava, le hacan protestas mejor dichas que
cumplidas. Y en lugar de atender la Corte  las cosas de Catalua,
atendi an  lidiar toros en la fiesta dada  Santa Ana, y corridas de
lanzas  la manera de frica en la plaza de la Priora, al expurgatorio
pblico y solemne de libros hecho en aquellos das por la Inquisicin, y
 procesiones brillantsimas en la iglesia de la Almudena, y otras,
donde llevaban estandartes y borlas los generales mismos que tanta falta
estaban haciendo en los ejrcitos; todo como de ordinario y cual si nada
hubiese de infeliz.

En tanto desde el Ebro hasta las faldas septentrionales del Pirineo,
pasebase la rebelin triunfante y seguida unnimemente del clero,
nobleza y pueblo. Excomulg el obispo de Gerona al tercio castellano de
Arce y al napolitano de Moles, uno y otro sealados en los desrdenes, y
que ahora, al mando del primero, se haban retirado hacia el Roselln; y
las cuadrillas de rebeldes, alentadas con esta demostracin del
sacerdocio, y queriendo santificar con ella su causa y tachar de impos
 los castellanos, pintaron un Cristo crucificado en sus banderas. Arce,
con la infantera que llevaba, logr al fin recogerse al Roselln, para
sentar all sus cuarteles y esperar rdenes de la Corte; pero ni aun
esto pudo hacerse en sosiego. La fama del desorden de aquellos soldados
haba llegado al Roselln, como siempre, muy llena de exageraciones; los
habitantes de aquella provincia, acostumbrados  mirar como hermanos 
los catalanes, deploraban sus daos y aprobaban sus razones, y junto lo
uno con lo otro, hizo que en Perpin  Arce y  los suyos se les
cerrasen las puertas. Fu temeridad de los moradores, porque el
castillo, uno de los ms fuertes de Espaa, estaba muy guarnecido y con
mucha artillera, y dentro de l resida el marqus Cheli de Ren, que
mandaba la provincia; de suerte, que con el castillo y la gente que Arce
traa, era imposible la resistencia. Con todo, desecharon los partidos
que se les propusieron, y los soldados castellanos y napolitanos
entraron la ciudad por asalto, mientras que el castillo descargaba su
furia contra ella, dejndola en mucha parte asolada. Tras el triunfo
vino el saqueo: huy la mayor parte de la poblacin  los campos, y los
soldados, faltos al fin de todo en la ciudad, se derramaron por la
provincia, tratndola como tierra enemiga. En esto, el nuevo Virrey,
Cardona, habiendo logrado introducirse en Barcelona, templ con lo
agradable de su trato algo de los pasados enojos. All supo lo
acontecido en el Roselln, y temiendo que con ello se acrecentase el
escndalo y el odio en Catalua, pas all, prendi  los Maestres de
campo Arce y Moles, y empez  admitir las quejas de los paisanos contra
los soldados, cosa prohibida por el Virrey Santa Coloma y que haba
aadido tanta ocasin  los primeros tumultos.

Fueron universalmente aplaudidas estas disposiciones en el Roselln y
Catalua y calmaron mucho los nimos; pero en Madrid el Conde-Duque las
recibi con sumo disgusto. Cada da ms encolerizado con los catalanes,
deseoso de castigar su audacia y juzgndose con bastantes fuerzas para
el caso, vino  dar ms calor  sus intentos el continente y palabras
sumisas de los embajadores catalanes, residentes an en Madrid, que
pblicamente pedan perdn por los pasados escndalos, y ofrecan la
enmienda, tomando por miedo de todo el Principado, lo que no era ms que
arte  templanza de ellos. As, no bien supo las disposiciones de
Cardona, se apresur  desaprobarlas. Faltle tiempo  ste para sentir
la afrenta que se le haca y para llorar las desdichas que se le
preparaban, porque en aquellos mismos das, cargado de aos y de
pesares, baj al sepulcro, y en su lugar se nombr al obispo de
Barcelona, D. Garca Gil Manrique, hombre docto y virtuoso, pero incapaz
por su ministerio y manso carcter para puesto tan difcil como era
entonces aquel Virreinato. Y bien puede decirse que no lleg 
desempearle, porque en Madrid se orden todo en lo sucesivo sin contar
con tal Virrey, y los catalanes no contaron con l para bien ni para mal
en cosa alguna.  un tiempo en Madrid y en Barcelona se determin fiar
el remedio  la fuerza. Convoc el favorito una Junta de ministros y
magistrados de aquellas mixtas que l sola hacer con individuos de los
diversos Consejos, y les propuso al cabo la resolucin del negocio; pero
fu de manera que, aunque hubo quien manifestase que slo con templanza
y buen gobierno poda sosegarse  Catalua, l hizo triunfar la opinin
de la guerra y la violencia con el peso de la suya y el nmero mayor de
sus amigos. Resolvise que el Rey saliese de Madrid para Catalua, so
pretexto de hacer Cortes en la Corona aragonesa, y que llevara consigo
para ejercitar el imaginado rigor todos los tercios, compaas y
capitanes que se hallasen en Espaa, as de gente veterana como de
milicia y nuevas levas, echando mano de la artillera de las plazas y de
las que tenan los seores en sus castillos, y formando de todo, el
ejrcito ms poderoso que se pudiera. Fu nombrado despus de muchas
dudas y pareceres por Capitn general del ejrcito D. Pedro Fajardo y
Ziga, marqus de los Vlez, soldado inexperto, aunque no falto de buen
deseo, con nombre de Virrey de Aragn primero, por respetos al obispo de
Barcelona; luego, quitando ya el reparo, con el de Virrey y Capitn
general del ejrcito y Principado.

No era ste, ciertamente,  propsito para mando tan grande, como lo
dejaron ver las resultas. Zaragoza fu sealada por plaza de armas, y se
mand que las galeras de Espaa se acercasen  las costas de Catalua
para dar calor  las operaciones. No se estuvieron quietos los
catalanes al propio tiempo, sino que convocaron sus Cortes, llamando 
ellas  los grandes y obispos, y se propusieron francamente las medidas
necesarias para la defensa, dado que al fin no poda obtenerse la paz.
All, despus de varios discursos discordes en la manera y objeto, se
sigui el parecer del diputado eclesistico Pau Claris, cannigo de
Urgel, hombre, como suele haberlos en estos casos, turbulento, y  lo
que se sabe, de no muy honradas intenciones, y ms deseoso de medrar en
la revuelta, que de servir  la patria: ste propuso la resistencia 
toda costa. Comenzaron, pues,  juntar ejrcitos,  nombrar capitanes, 
sealar plazas de armas; enviaron una embajada  los aragoneses,
solicitando que como hermanos que eran, les ayudasen en la empresa; y,
por ltimo, tomaron una resolucin de todo punto indisculpable, aun en
los mayores extremos, que fu enviar embajadores al Rey de Francia
implorando su auxilio. No anhelaba otra cosa Richelieu, y acogiendo
alegremente al enviado de Catalua, le ofreci armas y soldados para
sostenerse contra los castellanos, y luego ajust un tratado con ella,
por el cual de una y otra parte se obligaron  no hacer paz sino de
mutuo consentimiento con el Rey Catlico. Reconocanse an los catalanes
como vasallos de ste y mostrbanse propuestos slo  defender sus
fueros, y era que los frenos de su lealtad y de su patriotismo no
estaban rotos del todo; pero bien poda sospecharse desde entonces que
agriados los nimos con la guerra, se inclinasen al ltimo rigor y
extremo. An contribuy  ello astutamente Richelieu, no enviando por lo
pronto  Catalua muchos capitanes y soldados,  fin de que sirviendo
de muestra de su poder, labrasen ms deseos que satisfaccin, haciendo
sentir la esperanza antes que no el alivio. Sin embargo, envi los
bastantes capitanes para que se les encargase del gobierno de todas las
plazas y fortalezas, y bastantes soldados para que adiestrasen  los
inexpertos catalanes en el ejercicio de las armas, y estorbasen 
nuestro ejrcito el pelear con gran ventaja en los campos de batalla,
siendo unos y otros de lo ms escogido y valeroso que contase  la sazn
Francia, entre ellos M. de Espenan, el defensor de Salsas.

De tal aspecto de las cosas no haba ms que esperar desdichas; pero el
Conde-Duque las hizo an muchsimo mayores que debieron y pudieron ser.
Ya que no haba sabido valerse de la templanza y de la justicia, tampoco
supo cmo y cundo emplear las armas para alcanzar su propsito.
Despachronse rdenes  todos los capitanes de guerra de las costas y
fronteras del Principado, para que sin demora comenzasen las
hostilidades mientras llegaba el grueso del ejrcito que se estaba
formando. Entraron los soldados en Tortosa por industria y trato con los
naturales, suceso que di  los nuestros esperanza, y desaliento  los
contrarios; pero no tardaron en sobrevenir reveses tales que hicieron
olvidar la adquirida ventaja. Haba recado el mando de las armas del
Roselln en D. Juan de Garay, criado del duque de Feria, y de muy
humildes principios; Maestre de campo luego del tercio viejo de
Lombarda y Maestre de campo general, reputado de muy experto y
valiente, no tanto de capitn afortunado. Sali ste de Perpin con el
tercio de Arce y el de Moles, algunos caballos y artillera; lleg al
lugar de Milla y entrlo sin resistencia, y en seguida se puso sobre
ella que estaba en abierta insurreccin. Defendise briosamente aquella
pequea plaza, y  punto que Garay tuvo que levantar el cerco y enviar 
Perpin por ms gente y artillera, con cuyo refuerzo volvieron 
comenzarse el cerco y los ataques. Abierta la brecha, dise un asalto en
el cual D. Juan de Garay, notando flojedad en los suyos, tom con una
pica la delantera, acompaando con la voz el ejemplo; pero herido
gravemente, sus soldados se descompusieron y fu preciso ordenar la
retirada. Poco despus recibi orden Garay de venir  Catalua con
cuanta gente pudiese reunir, para juntarse con el ejrcito del marqus
de los Vlez; pero no quiso cumplir tal orden por no dejar la provincia
en manos de catalanes y franceses, y se embarc slo con alguna
artillera, dejando guarnecidas las plazas,  lo cual se debi que no se
perdiesen por lo pronto. Llenronse de ardor los catalanes con estos
sucesos, tenindose ya por invencibles, y el Conde-Duque, parecindole
aquella ocasin para ceder, movi nuevos tratos de paz, l que tanto la
haba dificultado, por medio del nuncio apostlico monseor
Aldobrandini, y de algunas personas de la nobleza catalana. Sin duda la
resistencia de los catalanes le cogi de improviso como todas las cosas.
Crey que no osaran pueblos, al parecer inermes, contrarrestar su
tirana, y que los lazos de la lealtad seran bastantes para atarlos al
carro de su insolente vanidad y de su codicia torpe; y lo poco que dej
de perder con el engao, vino con el desengao  perderlo. Negronse los
rebeldes, como era natural,  las proposiciones que ahora se les
hicieron, y no hubo ms sino que ellos crecieron en osada, y el Trono
y la autoridad decayeron en respeto. Entonces, yendo siempre de error en
error, y de flojedad en violencia, se redujo  prisin en Madrid  los
embajadores catalanes.

Reunase al propio tiempo el ejrcito real con gran dificultad y trabajo
en las fronteras de Aragn y Catalua. Los soldados de las nuevas levas,
no bien incorporados en las banderas, desertaban y se volvan  sus
pueblos; faltaban armas, carros y todo gnero de instrumentos de guerra,
porque con la larga paz de que las provincias de Espaa haban
disfrutado, apenas se hallaba en ellas cosa alguna; pero al fin se logr
allegar gente bastante y acopiar todo lo necesario, y el ejrcito, desde
Zaragoza y Tortosa, se dispuso  entrar en Catalua. Haba propuesto
Garay que se invadiese el territorio cataln por el Roselln, con lo
cual se cerraba la puerta al socorro de Francia, y ste era sin duda el
parecer ms acertado, por lo cual, precisamente, no fu el que se
sigui, prefiriendo comenzar la campaa por la frontera aragonesa. Mas
todava hubo antes de cruzar formalmente las armas, notables
demostraciones. Fu una, que el marqus de los Vlez se jur por Virrey
de Catalua ante el obispo de Urgel y algunos otros catalanes fieles; y
como en el juramento se comprendi el no infringir los fueros de la
provincia, se aadi por esta vez que eso sera mientras ella no
obligase  infringirlos. Otra fu, de parte de los catalanes, porque
habiendo llegado el tiempo de elegir los conselleres  magistrados de
Barcelona, como era costumbre que no se introdujesen los electos en el
nuevo mando sin la aprobacin del Rey, despacharon un correo  la Corte,
de la misma suerte que lo hacan en los aos de quietud, dando 
entender con esto todava que no se desviaban por defenderse de la
obediencia soberana. Fund en esto alguna esperanza de acomodamiento
nuestra Corte, suponiendo que los catalanes deseaban la sumisin, y sin
dificultad se confirm la eleccin de aquellos magistrados; pero era
vana esperanza. Por ltimo, los aragoneses, convidados por los catalanes
 la rebelin, no slo se negaron  ello, sino que enviaron una embajada
 Barcelona, aconsejndoles que se sometiesen al Rey: ocioso intento
tambin!

Luego, sin ms tardanza, comenzaron las armas  hacer su oficio. Sali
D. Fernando de Tejada de Tortosa, en donde era gobernador, y embisti 
las cuadrillas catalanas fortificadas en las cercanas; desalojlas,
quem la villa de Cherta y caus muchos daos en aquellos campos, y D.
Diego Guardiola entr  poco tiempo en el lugar de Tivens sin
resistencia alguna; con lo cual y el perdn que se ofreci luego  los
que voluntariamente se sometieran, vinieron muchos lugares de la comarca
de Tortosa  la obediencia del Rey. Tras esto fueron enviados dos
capitanes  tomar algunos pasos de all cerca, para que los enemigos no
pudiesen estorbar el movimiento del ejrcito. Y en seguida el marqus de
los Vlez, impaciente por ganar la gloria que esperaba, lleno de ardor y
de buena fe, pero tan poco previsor como de su poca prctica poda
esperarse, entr en el Principado, llevando consigo de Maestre de campo
general  Carlos Caracciolo, marqus de Torrecuso, muy honrado en el
socorro de Fuenterraba,  D. Alvaro de Quiones, al marqus de Cheli de
Ren y otros muchos capitanes de cuenta, con veintitrs mil infantes,
tres mil caballos y veinticuatro piezas de artillera, sin mirar que
eran ya principios de Diciembre, como dando por cierto que la
resistencia no obligara  hacer largas ni dificultosas operaciones.

Pero en esto sobrevino un accidente  la Monarqua ms grave desde el
principio que la insurreccin de Catalua, y al cabo de muchas ms
funestas resultas.  un tiempo casi lleg  Madrid la noticia de que el
ejrcito del marqus de los Vlez haba comenzado sus operaciones, y la
de que el Reino de Portugal estaba alzado en armas, aclamando por Rey al
duque de Braganza. Otra consecuencia del descabellado pensamiento de
unidad que traa en la mente Olivares. Haban durado en Portugal los
tratos de unin ms que en Catalua y haban llegado ms adelante.
Propsose que las Cortes portuguesas fuesen unas con las de Castilla,
convocndose  stas un cierto nmero de diputados de sus tres brazos.
Lleg  designarse al arzobispo de Evora para la presidencia del Consejo
que deba reemplazar al de Castilla, entendiendo en los asuntos de las
dos provincias. Llamse  Madrid para tratar de esto  los nobles,
principales y prelados, caballeros y eclesisticos de cuenta.
Celebrronse muchas conferencias, y hubo largas plticas y discursos,
pero sin llegarse  determinar cosa alguna. Hallbanse los portugueses
poco gustosos con los castellanos para ello. Felipe III no estuvo sino
una sola vez en Portugal, y an fuera mejor que no estuviera ninguna.
Trat el Rey con despego  aquellos orgullosos pueblos, y la grandeza
castellana, no ya con despego, sino con altivez  insolencia, y en
cambio Lisboa y los dems pueblos por donde pas la Corte se mostraron
con ella muy desabridos. Aumentronse con esto las antiguas antipatas
de pueblo  pueblo. En Portugal aborrecan francamente  los castellanos
por su soberbia, y en Castilla eran despreciados sobre manera los
portugueses. Como disfrutaban stos de alguna ms tolerancia religiosa,
eran tachados de impos por el fantico pueblo, y ms al ver que los
autos de fe, aunque frecuentes, no daban abasto al nmero de judos
portugueses encausados por sus sacrilegios y doctrinas. De otra parte,
haba por ac muchos portugueses que se dedicaban al trfico y
negociaciones, logrando en ellas grandes productos, y enriquecindose
con prstamos y usuras al Gobierno y particulares: nueva causa de
envidia y aborrecimiento en los castellanos, siendo tan mala la
disposicin de nimos en unos y otros para intentar la unin pretendida.
Pero el Conde-Duque no repar en nada, y al sentir los apuros de la
guerra comenz  ordenar novedades nunca odas en aquella Corona y 
sostenerlas con el rigor.

Los Ministros que entendan en las cosas de Portugal, Miguel de
Vasconcellos y Diego Surez, eran  semejanza de aquel funesto
protonotario de la Corona de Aragn, D. Gernimo de Villanueva, hechuras
y aduladores del Conde-Duque, vendidos  sus intereses y caprichos, y,
por tanto, universalmente aborrecidos de los naturales: en todas partes
los mismos yerros. Necesitse dinero y gente, no se quiso acudir  las
Cortes portuguesas, tan parcas en conceder uno y otro, como todas las de
Espaa, y sin tal requisito se mand  los pueblos que aprontasen una
contribucin crecida y que enviasen  Castilla mucho nmero de soldados.
Alborotse Portugal con esta nueva. Lleg  tal extremo la oposicin y
el odio  los castellanos, que hasta los curas y predicadores, despus
de los sermones y misas, prescriban pblicamente  sus agentes rezos y
plegarias para que Dios los librase de tal Gobierno. Alzronse en poco
en encubierta rebelin, corriendo an el ao de 1636 muchos lugares de
los Algarbes, dando por causa el no pagar una nueva contribucin de
cinco por ciento, impuesta sobre las rentas y mercaderas, y en Evora
principalmente llegaron los desrdenes  ofrecer cuidado. Sosegse, sin
embargo, el tumulto, quedando satisfechos el Rey y los cortesanos, de
manera que el Consejo de Castilla primero, y luego los procuradores de
las Cortes de Castilla, tan vendidos por aquel tiempo al Poder,
propusieron al Rey en 1639 que atendiendo  los mritos de Olivares por
haber librado  Portugal de un levantamiento, conservndolo unido 
Castilla, al propio tiempo que por la disposicin del socorro de
Fuenterraba, se le hiciesen ciertas mercedes muy grandes. Accedi el
Rey  la splica y se las hizo: ridcula farsa urdida por el favorito,
y tan deshonrosa para el Consejo como para las Cortes! Pero Surez y
Vasconcellos no tardaron en comunicar  Madrid que aquellas chispas no
eran hijas del acaso, sino un incendio oculto, que antes de mucho, sin
grandes y oportunos remedios, habra de abrasar todo Portugal: lo nico
que falt fu que acertasen con tales remedios.

Eran ambos Ministros de no vulgar talento y de historia tan singular,
que para el conocimiento de las cosas de aquel tiempo conviene dar
alguna razn de ella, Miguel de Vasconcellos fu hijo de un oidor de
Portugal, el cual, por ciertos arbitrios y remedios pblicos que
imagin, fu muy perseguido de sus conciudadanos, condenado  no tener
oficios en su familia hasta la cuarta generacin, y al fin asesinado.
De resultas de esto se hall en su mocedad desamparado, sin otro arrimo
que el de una hermana que tena soltera, y an tachado, con razn  sin
ella, de no muy sano en la fe. Acert  casar esta hermana con Diego
Surez, hombre entonces de alguna mejor fama, pero no de mucha ms
fortuna; y unidos ya por los lazos de la amistad y de la sangre,
trataron de remediar sus miserias. Andaban  la sazn tan en boga en la
Corte de Espaa los arbitristas y los arbitrios, que al Diego Surez se
le ocurri una singular idea, que fu pasar  ella con los borradores y
apuntes de aquellos que tan desdichada suerte haban acarreado al padre
de Vasconcellos. Consultlo con su cuado, y ste, aprobando el plan, le
di los papeles que posea, aunque no sin pactar antes que las mercedes
obtenidas por tal medio se partiran entre ambos. Con esta recomendacin
vino  Madrid, en efecto, el Surez, y hall tanta gracia en el
Conde-Duque, que los arbitrios no se sabe si se aprovecharon; pero es
cierto que l se aprovech muy bien de ellos, llegando  ser muy pronto
uno de los mayores validos del Conde-Duque y secretario de Estado de
Portugal, y el que despachaba en Madrid absolutamente todo lo que tocaba
 aquel Reino. Entonces, cumpliendo con el pacto antiguo, hizo tambin 
su cuado Vasconcellos secretario de Estado, con la obligacin de
residir en Lisboa. As las cosas, pasaban de Vasconcellos  Surez, y de
Surez al Conde-Duque, repartindose entre los tres toda la autoridad y
ganancia, y principalmente entre estos ltimos, que como ms miserables
tambin abusaban ms de su poder. Estaba de Virreina en Portugal Doa
Margarita de Saboya, duquesa viuda de Mantua, hija del turbulento
Vctor Manuel y muy diferente en sentimientos de su padre, porque amaba
sobremanera  los espaoles y se desviva por sus intereses. Era, en
suma, mujer de carcter firme y de no vulgar inteligencia; pero,  la
verdad, ms pareca esclava que seora en aquel cargo. Vigilada y
estrechada por Vasconcellos y sus secuaces, vea pasar ante sus ojos los
mayores desrdenes; y aunque se quejase  la Corte con frecuencia, no
reciba de ella, por mano de Surez sino desdeosas respuestas. De esta
suerte, los escndalos de cohecho y de violencia fueron inauditos en
poco tiempo, y acabaron de hacer perder  los portugueses la paciencia.
Pero, como arriba dijimos, ya que fuesen perversos, no carecan de algn
talento ni Surez ni Vasconcellos, y no tardaron, por tanto, en conocer
el peligro, acertando tambin que el duque de Braganza sera luego la
cabeza y el principio del dao. Entonces, con aviso de ellos, comenzaron
aquellos largos manejos con que Olivares procur evitarlos, mostrando
ms y ms en esto su inhabilidad y torpeza.

Era el duque de Braganza nieto de la infanta Catalina, que contendi con
Felipe II sobre los derechos de la Corona portuguesa por ser hija de D.
Duarte, hermano de la emperatriz Isabel, madre del Rey de Espaa.
Fundaba Doa Catalina su derecho en una ley del Reino que exclua  los
prncipes extranjeros del Trono; pero Felipe negaba con cierta razn que
pudiesen mirarse como tales en Portugal los Reyes de Castilla. Lleg el
asunto  trance de armas, y Felipe complet con el poder de las suyas lo
que pudiera faltarle  su derecho; venciendo al prior de Ocrato, que
os contraponrsele en campo, sin que de parte de la infanta Catalina
hubiese el menor amago de rebelin  resistencia.  eso debieron ella y
su hijo el duque Teodosio permanecer en Portugal despus que fu
provincia de Espaa; as como el nieto, Duque  la sazn de Braganza;
descuido y error grave que apenas se explica en tan prudente Rey como
Felipe II. El duque Teodosio haba alimentado siempre en el corazn un
odio invencible  los espaoles y lo haba legado  su hijo; pero ste
era de carcter pacfico y ms dado  los placeres que  los negocios:
de suerte que aunque muy sagaz y astuto, pareca incapaz por indolencia
de meterse en ninguna empresa de importancia. Mas por desdicha estaba
casado con Doa Luisa de Guzmn, hermana del duque de Medinasidonia,
mujer altiva, ambiciosa, inteligente, ejemplar de aquellos que la
grandeza castellana engendraba an de cuando en cuando, y que servan de
muestra de lo que haban sido en otros tiempos. Aquella mujer
castellana, y muy estimada en la Corte de Madrid y en la servidumbre de
los Reyes antes de su matrimonio, afrentada ms bien que agradecida con
tal recuerdo, como suele verse en los soberbios, logr  su tiempo del
indolente marido que aprovechase la ocasin que se le ofreca de
recuperar el poder y grandeza de sus mayores, ayudndole tambin muy
eficazmente  ponerlo por obra. Pero el principal agente de la
conspiracin fu cierto Pinto Ribeyro, mayordomo de la casa de Braganza,
hombre de no vulgar ingenio, astuto, disimulado, lenguaraz y osado por
todo extremo, nacido para ser instrumento de grandes cosas y empresas.
Este comenz  fraguar la conspiracin con el mayor sigilo y con el ms
refinado disimulo; de suerte que,  no estar tan cerca Vasconcellos, y
 no ser tan sagaz Surez, se llevaran  efecto sin que nadie supiese
sus principios.

Retirado  sus haciendas riqusimas de Villaviciosa, no pensaba, al
parecer, el de Braganza en otra cosa que en sus caceras, ni ms la
Guzmn que en sus quehaceres domsticos. Mas no apartaban un punto su
atencin del negocio, y all reciban  sus ministros y cmplices, as
naturales como extranjeros, pues se sabe que los hubo franceses en
aquella poca que ofrecieron para el levantamiento de Portugal naves,
soldados y todo gnero de auxilios, al propio tiempo que  los enviados
del Conde-Duque, que desde los alborotos de 1836 tampoco los perdi un
instante de vista. Hzole aqul capciosas preguntas sobre aquellos
acaecimientos, y ms sospechoso que asegurado con sus investigaciones,
tom la determinacin de sacarlos de Portugal  toda costa, con todos
los nobles del pas, no sin razn tachados de cmplices  descontentos.
Valise para ello de la insurreccin de Catalua, porque habindose
publicado que el Rey hara jornada  aquella provincia con pretexto de
que lo acompaase all toda la nobleza de sus Reinos, mand venir 
Madrid la de Portugal, en la cual era de los primeros el duque de
Braganza. Vinieron con efecto  Madrid hasta cincuenta prelados y
ttulos portugueses, pero no el de Braganza, que se excus con frvolas
razones, siendo l la persona que ms se quera que viniese. Crecieron
con esto, como era natural, los temores de Surez y Vasconcellos y las
sospechas de Olivares; y cuando todo el mundo esperaba alguna resolucin
violenta y acomodada al caso, que no fuera difcil de traer entonces 
cumplimiento, sali de la Corte una disposicin extraa, y  los ojos de
los pasados y presentes inexplicable, que fu ordenarle al Duque que en
saliendo de Villaviciosa fuese  residir cerca de Lisboa para atender 
la defensa de las costas de Portugal que se suponan amenazadas de
enemigos, con el mando absoluto de las armas y hasta veinte mil doblones
de ayuda de costa. El objeto, si lo hubo, no pudo ser otro que adormecer
al Duque y sus parciales con semejante muestra de confianza, hacindoles
creer que nada se recelaba de ellos,  fin de ejecutar ms  mansalva
cualquier resolucin atrevida; pero era fcil de conocer tal objeto por
un lado, y por otro era aquello dems para hecho de burlas y con
cautela. As fu que en el Duque y sus parciales, lejos de desvanecerse
con eso, se aumentaron los ya crecidos alientos y no pensaron ms que en
aprovecharse de los medios que tan insensatamente se ponan en sus
manos. Vino el Duque  Lisboa, como se le ordenaba, tom el mando de las
armas, guarneci con capitanes y soldados de su devocin los principales
lugares y fortalezas de la costa, y hasta en la misma ciudadela de
Lisboa meti guarnicin de portugueses con la castellana que all haba;
as que hall sin pensarlo abiertas de par en par las puertas del Reino.

Al propio tiempo, por todas las ciudades por donde pasaba se mostraba
con regia pompa y triunfal aparato, haca mercedes  los suyos,
castigaba con ocasin  sin ella  los amigos y parciales de Castilla, y
engendraba esperanzas y ganaba simpatas. Hubo ciudad como Lisboa donde
se le recibi con igual jbilo y honras que si fuera ya persona real.
Atnita la Duquesa gobernadora y los ministros y personas fieles que
quedaban en Portugal  nuestra Corona, con tan impensados accidentes,
escribieron  Madrid, exponiendo con verdad y franqueza el estado de las
cosas, y anunciando la total perdicin del Reino si pronto no se
deshaca lo hecho; mas Surez no responda sino con orculos y enigmas,
y Vasconcellos se mostraba en Lisboa completamente seguro y satisfecho.
En tanto Olivares segua larga y afectuosa correspondencia con el duque
de Braganza, ponderndole los servicios que estaba haciendo  la
Monarqua con su conducta, y estimulndole  que se preparase  hacerlos
mayores. An no se sabe bien cules fuesen en todo los ocultos intentos
del favorito y sus agentes. Los portugueses afirman que se trataba de
prenderle  toda costa; que se di orden  D. Lope de Osorio, general de
la armada del Ocano, para que conducindole  bordo con algn razonable
pretexto, lo redujese luego  prisiones y lo trajese  cualquiera de los
puertos de Galicia  Andaluca; y que frustrado esto porque los
temporales deshicieron aquellos bajeles, se pretenda prenderle en uno
de los castillos que haba de visitar por su nuevo oficio. Pero el hecho
fu que no se hizo nada de esto, y, por el contrario, cuando el
Conde-Duque crea tenerlo confiado y seguro, hall traza el de Braganza
para engaarle, harto ms eficaz y menos expuesta, porque al tiempo
mismo en que le supona ms empeado en conservar el mando, se volvi
voluntariamente  residir en Villaviciosa, enviando al ejrcito de
Catalua cantidad considerable de sus vasallos y allegados, y quedndose
al parecer sin facultades y sin fuerzas.

Atribuyse este paso  temor, que era lo que l quera, y desistiendo de
toda idea violenta y repentina, prosigui la Corte por algn tiempo
negociando lentamente  fin de sacarle  l y  la nobleza de aquel
Reino, hasta que, cansada de nuevo de los subterfugios que empleaba sin
tasa, reducidos todos  negarse  la salida, expidi orden terminante
para que sin ms dilaciones ni pretextos se pusiese en camino,
conminando al propio tiempo con pena de traicin y confiscacin de
bienes  todos los prelados, ttulos y seores que no acudiesen 
Madrid, como por tres veces se les haba ordenado, para acompaar la
jornada del Rey tantas veces alegada. No hizo esto ms que apresurar el
estallido de la conjuracin, y verdaderamente que para proceder as con
rdenes rigurosas y absolutas, ms valiera emplearlas desde el
principio.  la sazn, lo que el caso requera no eran rdenes tales,
sino prontos y vigorosos hechos; era preciso meter al punto en Portugal
un ejrcito, asegurar bien las fortalezas con nuevos alcaides y
guarniciones, sorprender al duque de Braganza y  los nobles que se
resistan  cumplir las rdenes, y hacerlos presos antes de que pudieran
ponerse en defensa; pensar, en fin, ms en las obras que en las
palabras, y ms en la ejecucin que en el intento. Todo esto se
necesitaba para contener el mal; y an se haba tambin perdido tiempo
con no ejecutarlo desde los primeros das, puesto que las sospechas que
haba bastaban ya para ello. Pero tal era aqu, como en todas partes, la
poltica del Conde-Duque orgullosa, tirnica, provocadora en la amenaza,
y flaca y tarda en el golpe; importuna en el rigor y en la tolerancia,
usando aqul antes de tiempo, y de sta cuando ya la cuestin haba
pasado. La desdichada poltica habase ya probado en Italia, Flandes y
Catalua, y ahora iba  confirmarse en Portugal con el mayor de todos
los desastres. Surez y Vasconcellos,  no atrevindose  decir toda la
verdad,  no queriendo ir contra los designios y proyectos del
Conde-Duque, por no descontentar su vanidad,  fiando demasiado de su
habilidad y sus fuerzas para vencer en la ocasin, deseando acaso que
llegase para hacerse ms necesarios y tomar mayor venganza en sus
enemigos, aunque fueron los primeros que advirtieron la conjuracin y la
comunicaron, no hicieron nada al fin de lo que deba hacerse para
remediarla, ni,  lo que parece, comunicaron al Conde-Duque la final
situacin de las cosas. Slo la Infanta Gobernadora, atenta al peligro,
aconsejada del arzobispo de Braga y de algunos otros portugueses leales,
escribi ardientes cartas al Rey y al Conde-Duque, protestando que si
prontamente no se remediaban tan malas premisas, haba de ser
consecuencia la total prdida de aquel Reino.

Pero desdeada por esto y aborrecida del Conde-Duque, no tuvo ms que
esperar, satisfecha de su conducta, si no tranquila,  que se
representase aquella fatal tragedia. Lleg sta en tanto sin ser
sospechada ni sentida; porque aunque se saban los intentos, no pudo
descubrirse cundo ni cmo sera la ejecucin, hasta que se vieron los
efectos, guardando maravillosamente el secreto los conjurados. El duque
de Braganza, despus de haberlos suscitado y movido secretamente con su
esposa, vacil mucho todava antes de dar la cara, declarndose por su
cabeza; sin embargo, hostigado por su esposa y por algunos prelados y
caballeros de los de su bando, cedi al cabo. Da 1. de Diciembre
(1640), muy de maana, se armaron los principales y ms valerosos de los
conjurados, encaminndose al palacio de Lisboa, donde resida la Infanta
Gobernadora y Vasconcellos. Un pistoletazo disparado por Pinto de
Ribeyro fu la seal para el ataque. Haba de guardia en Palacio un
trozo de gente castellana y otro de alemanes, y stos y aqullos,
sorprendidos, apenas hicieron resistencia. Cierto clrigo con un
crucifijo en la mano iba delante de las turbas y presentaba la sagrada
imagen  los soldados, de manera que algunos que quisieron defenderse no
pudieron por no herir en ella. Pinto entonces se dirigi con algunos de
su banda en busca de Vasconcellos; hallaron  la puerta de su cuarto al
corregidor de Lisboa, y dando gritos de Viva el duque de Braganza,
respondi el leal magistrado con vtores al Rey Felipe, por lo cual le
mataron al punto. Tropezaron en seguida con cierto Antonio Correa,
grande amigo de Vasconcellos, y tambin le dejaron por muerto; por
ltimo, se presentaron  las puertas del aposento de aqul sedientos de
sangre.

Hallbase  la sazn conversando con Vasconcellos D. Diego Garcs,
capitn de infantera espaola, el cual oyendo el rumor de las armas y
los gritos de los sediciosos, conociendo de qu se trataba, se arroj 
la puerta para cerrarla con su espada y persona, y dar tiempo de
ocultarse al Ministro, llevado slo de su generoso aliento, pues no le
deba obligaciones algunas. All se sostuvo largo espacio contra el
tropel de los conjurados, hasta que herido el brazo derecho, indefenso y
desfallecido, tuvo que tirarse por una ventana; premi Dios su buena
accin, no permitiendo que muriese de la cada. Luego los conjurados
entraron en el cuarto de Vasconcellos, y hallndole escondido en un
armario, le asesinaron con cien heridas, arrojando al punto su cadver
por una ventana  la plaza de Palacio, donde le esperaba ya todo pueblo
congregado y sediento de sangre. Despus por casi dos das estuvo
sirviendo el cadver de aquel Ministro, soberbio y codicioso, de juguete
y de burla al pueblo, que no hubo afrenta ni vileza que en l no
cometiese. Subieron tambin los conjurados al cuarto de la Virreina, y
sta, acompaada del arzobispo de Braga y de las damas, procur aplacar
su ira; pero lejos de prestarla atencin, la insultaron y amenazaron sin
respeto alguno. Di en aquel trance la Virreina altas pruebas de
generosidad y de entereza; con pocos hombres como ella, Portugal hubiera
permanecido sujeto al Rey Felipe. Pero no hall  su lado en el peligro
ms que al arzobispo de Braga, D. Sebastin de Mattos de Noronha, hombre
amantsimo de Espaa, dotado de altas prendas, de inteligencia y de
carcter; y aunque ambos expusieron largamente la vida, debindola slo
 ser mujer ella y l prelado, no alcanzaron fruto alguno. Uno y otro
fueron arrestados. Fulo tambin el Maestre de campo general D. Diego de
Crdenas, y en un momento la rebelin triunfante se extendi por todo
Lisboa sin hallar en ninguna parte resistencia.

Quedaban, sin embargo, por nosotros la ciudadela y el castillo de San
Juan, situado  la embocadura del Tajo, y  sostenerse no pudiera darse
an por perdida Lisboa. Por lo mismo pusieron los rebeldes el mayor
empeo en su conquista: exigieron con amenazas de la Virreina una orden
para que los gobernadores abriesen sus puertas, y no pudieron
conseguirlo; entonces la anunciaron que de no dar tal orden degollaran
 todos los espaoles que tenan en su poder, y con esto lograron que
sucumbiese  su demanda. Gobernaba en la ciudadela el Maestre de campo
general D. Luis del Campo, el cual, con poco acierto  valor, hallndose
con ms portugueses que castellanos bajo su mando, la rindi  los
conjurados, segn previno forzadamente la Virreina; mas luego,
recobrado, pudieron tanto en l los remordimientos de su honor, que se
volvi loco y acab sus das en el hospital de Toledo. No fu tan
pundonoroso el gobernador del castillo de San Juan, D. Fernando de la
Cueva. Tena ste bajo su mando una guarnicin compuesta de espaoles
solamente, los cuales se ofrecieron  morir en la defensa sin cumplir el
mandato de entrega. Reunieron los conspiradores toda su gente
disponible, y con numerosa artillera vinieron  poner sitio  la
fortaleza, y el D. Fernando con su numerosa guarnicin se mantuvo firme
algunos das, molestando con frecuentes salidas  los sitiadores. Mas
luego, vencido del oro, con flaqueza indigna de espaoles, y apenas oda
hasta entonces, abri las puertas al enemigo, vendiendo  sus soldados.
Era aquel traidor D. Fernando, natural de Jan, y bien quisiramos que
su nombre y patria no hubieran llegado  nosotros, ya que lleg su
odiosa alevosa.

No hubo ya resistencia en el resto del reino. Los Consejos y Tribunales
comenzaron al punto  despachar en cabeza del duque de Braganza, con el
nombre de Juan IV. Los magistrados y gobernadores de las ciudades se
apresuraron  prestar obediencia al nuevo Gobierno. No tard el de
Braganza en venir  Lisboa y coronarse por Rey con Doa Luisa de
Guzmn, en medio de las aclamaciones del pueblo, que con eso pensaba ser
dichoso en adelante. Francia no dej esperar mucho el socorro prometido,
ni tampoco los holandeses, enviando unos y otros  Portugal armas,
naves, capitanes y soldados que fuesen ncleo de los ejrcitos de la
nueva corona. Y as se concluy aquella revolucin triste y funesta para
todos, espaoles y portugueses. Vengaron stos con ella las inmediatas
injurias del mal gobierno del Conde-Duque y sus ministros; pero fu 
costa de procurarse para siempre una decadencia total y una servidumbre
ms odiosa y vil. Portugal no ha podido vivir desde entonces sino como
dependiente de otras potencias, principalmente de Inglaterra; y as su
nacionalidad, sus intereses y su gobierno han venido  ser esclavos de
verdaderos extranjeros codiciosos y soberbios. Espaa  la par vi
deshecha con los frutos de aquella revolucin la integridad de su
territorio: y sin ms que eso pudo contarse por rebajada en su antigua
categora  impedida de recobrar su grandeza. Al contemplar las
consecuencias de aquella separacin desdichada, el nimo se siente
inclinado  censurar duramente  los portugueses, que con tan mal
acuerdo convirtieron en castigo y humillacin de toda Espaa el merecido
castigo y ruina de un mal ministro y de dos miserables cmplices. Pero
la razn obliga tambin, no ya  censurar la conducta de stos, sino 
maldecirla; que ellos con sus torpezas y sus crmenes fueron causa de
todo. No se puede exigir de los pueblos que pongan tanta prudencia y
cordura de su parte.  los gobernantes es  quien toca tenerla: que aun
 los hombres ms cuerdos y prudentes es locura querer obligarlos con
el espectculo de miserias que ofrecen las revoluciones,  que soporten
todo gnero de opresin injusta; porque llega da de seguro en que
prefieren el mal venidero y endulzado con la venganza, al mal presente y
exasperado con el sufrimiento.

Cuando lleg  Madrid la noticia de este suceso, hall  la Corte
descansando, como sola, de unas fiestas de toros que se haban
celebrado en la plaza pequea del Buen Retiro, toreando los principales
de la nobleza, para honrar  un Embajador de Dinamarca que acababa de
llegar  Espaa y no haba visto nunca tal espectculo. Sin embargo, la
noticia del suceso produjo una impresin profunda en todos los nimos.
Vise entonces claramente que era ya inevitable la ruina de la Monarqua
con tal favorito. Pblicamente se murmuraba de su conducta, acusndole
de imbcil  inepto, tanto como de vanidoso y tirano. Llenos de dolor
los Grandes y los plebeyos, rogaban  Dios ardientemente que los librase
de l; pero ninguno osaba dirigirse con splicas al Monarca. Olivares
mismo sinti por primera vez abatido su nimo, que pareci hasta
entonces incontrastable, ms que por lo grande y fuerte, por lo
distrado y poco atento que se mostraba al bien  al mal pblico.
Sospechse que aun en esta ocasin, antes senta el menoscabo en su
privanza que esperaba, que no la prdida de tantos pases y reinos como
acababan de perderse en un punto. Estuvo muchos das sin hacer pblica
la noticia ni comunicrsela al Rey, aunque toda la Corte en voz baja la
repeta. Al fin se determin  decirlo al Rey, no fuese que otro alguno
se anticipase en ello y viniese  pararle mayor perjuicio; pero la
forma con que ejecut su intento merece ser conocida. Es fama que
llegndose un da al indolente Felipe, con rostro alegre y confiado, le
dijo: Seor, el duque de Braganza ha perdido el juicio. Acaba de
levantarse por rey de Portugal, y es demencia, que da  V. M. de sus
haciendas doce millones[18]. No respondi el Rey ms que estas
palabras: Es menester poner remedio; pero su frente se nubl y su
corazn comenz  sentir remordimientos, de manera que no le aprovech
al de Olivares la treta como pensaba.

     [18] ORTIZ: _Compendio Histrico_.

Pretendi en seguida deslumbrarle con nuevas fiestas y diversiones; pero
el pueblo, la nobleza, la Reina misma no daban ya lugar  ello. Un da
que sala  caza de lobos le grit el gento en las calles: Seor,
seor, cazad franceses, que son los lobos que tenemos. Defendase el de
Olivares contra todos, sin haber desafuero que le empesciese, ni recurso
 astucia  que no acudiera. Oprimi  la Reina privndola hasta de
tener comunicacin con su esposo, y ponindola su mujer al lado, que
vigilante y sagaz, no la dejaba tener pensamiento que no supiese el
Conde-Duque; hizo que el Presidente del Consejo de Castilla juntase 
todos los prelados de las religiones y les ordenase advertir  los
predicadores de su obediencia que en los sermones procurasen templar de
modo las palabras que no ofendiesen las materias del Gobierno, porque el
pueblo, afligido, no se desconsolase del todo; atendi tambin 
refrenar las murmuraciones de la Corte, y para ello prendi  un D. Juan
Pardo de Castro, que andaba muy metido entre los seores y Grandes,
porque hablaba mal de su privanza, y le nombr tales jueces, que de tres
dos le condenaron nada menos que  la pena de garrote por tan liviano
motivo, y sin duda lo pasara mal  no averiguarse que estaba casado con
una criada de la casa de cierto secretario del Rey; hecho no indigno de
recuerdo, porque con l se da  entender maravillosamente lo que era
entonces el gobierno de Espaa en todas sus partes. Nada de esto bast,
sin embargo, para detener ya la ruina del Conde-Duque; desde entonces,
aunque tarde  la verdad, pudo contarse por decretado.

El pueblo, como siempre, ciego en sus determinaciones y llevado de la
antigua antipata, que as como los portugueses  los castellanos
profesaban stos  aqullos, al propio tiempo que maldeca al favorito,
desahogaba su ira en Madrid de una manera sangrienta. Porque habindose
susurrado que haba portugueses que vitoreaban de noche por calles y
plazas al duque de Braganza, con nimo sin duda de causar alarmas y de
insultar  los castellanos, la gente moza que andaba  tales horas
rondando amores, segn el uso del tiempo, di en entretener sus largos
ocios matando  cuantos hombres tropezaba de aquella nacin, aunque
anduviesen tranquilos y sin hablar palabra. Ni tales excesos, que hubo
al cabo que reprimir severamente, se cometan slo en la soledad de la
noche, pues no era raro hallar en medio del da caballeros portugueses y
castellanos acuchillndose por pequea ocasin al parecer, pero en
realidad por la encendida clera de las dos naciones. Mejor fuera
emplear la nuestra en la frontera de Portugal que no en aquellos trances
y empeos particulares; pero all, que era donde importaba ms la
premura, iban harto despacio las cosas.

El Conde-Duque, atento antes que todo  conservarse en el poder, no
pens en muchos das en dar disposicin alguna. Luego, reparados los
primeros golpes, recobr al ver amenazada su privanza la actividad y
fertilidad de los primeros das de su gobierno, y se puso  imaginar
arbitrios y remedios, que ojal as fueran tan acertados y eficaces,
como fueron numerosos y varios. Mand al marqus de los Vlez que
ocultase la noticia  su ejrcito  fin de que los portugueses que haba
no desertasen y viniesen  engrosar las banderas del de Braganza; rog
al Emperador de Alemania que prendiese all  D. Duarte de Braganza, que
serva como general en sus ejrcitos y era hermano del nuevo Rey de
Portugal,  fin de que no acudiese por su persona al servicio de ste;
hizo prender  algunos portugueses notables que servan en los ejrcitos
 en el Gobierno, y de ellos  D. Felipe de Silva, el vencedor de
Fleurus y Maguncia, que estaba an en Flandes con reputacin de gran
soldado; por fin, comenz  fraguar una conspiracin dentro de Portugal
con las pocas personas fieles que all nos quedaban. Triviales 
injustas medidas las primeras, y aunque no descabellada la ltima, con
todo ms propia para acompaada de otras que no para reducir  ella
todas las esperanzas; porque descubierta y frustrada, como era tan fcil
que sucediese, y con efecto sucedi, se haba de perder un tiempo
precioso, dando con la espera ms espacio  la insurreccin para que
cobrase fuerza y aliento. Fu la cabeza y agente principal de este
intento aquel arzobispo de Braga, tan fiel  nuestra causa, y de quien
ya en otras ocasiones hemos hablado, y logr traer  su partido 
muchos Grandes y personas importantes del reino, al marqus de
Villarreal, al duque de Caminha, su hijo, el conde de Val de Reys, al de
Castaeira, al de Armamar y  Antonio Correa, aqul que dejaron por
muerto los conjurados  las puertas de Vasconcellos, con otras varias
personas y prelados. Fu tan adelante el intento, que se lleg hasta
sealar da para la ejecucin, y segn estaba todo concertado, hubiera
dado en que entender al de Braganza,  no ser porque un impensado
accidente descubri el secreto.

Estaba de gobernador de las armas en Ayamonte y su frontera D. Francisco
de Guzmn, marqus de este ttulo y, por tanto, de la casa de
Medinasidonia, muy relacionado con la de Braganza por la vecindad de
tierras y Estados que con ella tena. Este, desde los principios de la
conjuracin, faltando vilmente  lo que deba  su patria Espaa y al
puesto de confianza que le estaba conferido, mantuvo inteligencias y
tratos con los fautores y caudillos de ella, mayormente con el duque de
Braganza y su esposa. Animado con el buen xito de aquella conjuracin,
intent este marqus de Ayamonte, tan imbcil como malvado, suscitar
otra en las Andalucas, con el fin de hacer de ellas un reino y poner 
la cabeza al duque de Medinasidonia, su deudo, hermano de la nueva reina
de Portugal, y Gobernador y Capitn general de tales provincias. Tena
el de Medinasidonia una ambicin que no justificaban sus cualidades, y
ms vanidad que abonasen sus servicios. Comunicle el marqus de
Ayamonte sus propsitos, y ni ms generoso ni ms cuerdo que ste, se
prest  dar su persona y nombre para la empresa. Jams otra ms
descabellada ha podido concebirse en el mundo, porque no hay tampoco
pas donde haya habido siempre menos sentimientos de provincialismo y de
independencia; como que la poblacin no vena de distinta raza de
Castilla, ni tena diversas historias, ni costumbres distintas, ni leyes
diferentes, ni tradiciones, ni pretensiones, ni nada, en fin, de lo que
hizo que la de Portugal se sustrajese  la obediencia del Monarca
castellano, y que repugnasen su dominio Catalua y otras provincias del
reino. Por el contrario, mirbase los naturales de Andaluca como
castellanos hijos de los conquistadores, y harto ms atendan 
conservar puras las costumbres, la lengua y leyes de Castilla, para
denotar ms y ms su separacin de los descendientes de los moros, muy
numerosos all, naturalmente, que no  formar una nacin independiente
entre las dems. Con todo, los tratos iban muy adelantados entre el de
Medinasidonia, el de Braganza y el de Ayamonte, cuando ste recibi de
Lisboa unos pliegos para la Corte de Espaa, enviados  l sin duda en
la confianza que inspiraba su posicin de gobernador de las armas
espaolas y su noble cuna; abrilos y hall en ellos el secreto de la
conspiracin urdida en Lisboa para restablecer all nuestro gobierno.
Entonces puso el sello  su traicin y maldad enviando los pliegos al
duque de Braganza. Prendieron all al punto  todos los conjurados y
condenaron  muerte los ms: de ellos fu el marqus de Villarreal, que
muri con noble y heroica entereza, aclamando hasta el ltimo momento la
causa de Espaa, y tambin el arzobispo de Braga, que aunque por su alto
carcter no pereci en pblico cadalso como los otros, apareci muerto
de all  poco en la crcel, y Antonio Correa,  quien no parece que
respet la muerte el da de la rebelin, sino para hacer ahora ms noble
su sacrificio en la horca. Vctimas de la buena causa, hijos leales de
una patria que los infamaba torpemente con el nombre de traidores, ellos
pagaron con su sangre la indolencia del dbil Felipe y las torpezas de
su favorito, muriendo por Espaa, que era morir  un tiempo por Portugal
y por Castilla. De resultas de esto mand el de Braganza salir
precipitadamente de Portugal  la duquesa de Mantua, y poco despus, por
un edicto ech  todos los castellanos del reino.

No tard Dios en castigar la villana conducta del marqus de Ayamonte,
compensndose con su castigo el de los portugueses leales, y con el
descubrimiento de la insensata conspiracin que tena tramada, el de
aquella otra que por su causa acababa de frustrarse. Un castellano, por
nombre Sancho, prisionero en Lisboa, con algunos indicios que tuvo del
caso, acert  ganarse la confianza de los traidores, y cuando tuvo en
sus manos las pruebas de todo, vino con ellas  Madrid y se las present
al Conde-Duque. Aturdile  ste ms an que el de Portugal aquel
suceso, porque el duque de Medinasidonia era cabeza de la casa de
Guzmn, de donde l tambin vena, y tenan entre ambos no lejano
parentesco; adems, que con aquella traicin se empaaba el lustre de la
casa, que, cierto, era digna de otros descendentes, por su antigua
gloria. Revolvi en su mente mil pensamientos, y, al fin, determin para
salvar al de Medinasidonia, castigar duramente  Ayamonte, como autor y
agente principal del concierto, y as se hizo. Vino  Madrid el duque de
Medinasidonia por encargo del Conde-Duque, pidi perdn al Monarca, y,
ayudado de aqul, que hizo lo que ms pudo por servirle, consigui que
se redujese el castigo  alguna multa y precauciones que se tomaron para
que no pudiese repetir el intento en adelante. Pero, en tanto, D. Gaspar
de Bracamonte, Maestre de campo, fu  Ayamonte y retir del mando al
Marqus, prendile, y encerrado en el Alczar de Segovia, al cabo de
algn tiempo, muri, segn la voz comn, decapitado: merecidsimo y
justo castigo, si lo hubo, que slo pudo mover  compasin por la
desigualdad que hubo entre su suerte y la del duque de Medinasidonia,
tanto  ms culpable.

 la par, en Lisboa se hicieron pblicas luminarias y festejos, y el de
Braganza y Doa Luisa de Guzmn admitieron parabienes y felicitaciones,
como dando por cierto que el hermano se haba ya levantado por Rey en
las Andalucas. Spolo el Conde-Duque, y aconsej al de Medinasidonia
que para acallar el rumor comn, que ya lo acusaba, y sincerarse del
todo  los ojos del Rey, desmintiese pblicamente  su cuado y lo
desafiase y retase  lidiar cuerpo  cuerpo con l. No supo negarle esta
satisfaccin aquel seor, receloso an de mayor castigo, y mand fijar
carteles donde llamaba al campo al duque de Braganza, anunciando que lo
esperara ochenta das en Valencia de Alcntara, situada entre Portugal
y Castilla, y declarndole aleve y cobarde si no asista; por lo cual
ofreca en tal caso al que le matase de cualquier modo su ciudad de
Sanlcar, y al Gobernador y Alcalde portugus, que devolviese alguna
plaza importante al Rey de Espaa, uno de los mejores lugares de sus
Estados. Fu tras esto el de Medinasidonia  Valencia de Alcntara con
D. Juan de Garay, y esper all algn tiempo, hasta que cansado de tan
intil farsa, se volvi  Madrid, dejando al de Braganza triunfante en
Lisboa.

No lo estaban menos los catalanes, alentados con el ejemplo de los
portugueses, y conociendo que habran de disminuirse las fuerzas del
Gobierno espaol repartiendo su atencin en ambas fronteras, negronse 
oir las nuevas proposiciones de acomodo y concierto que ms  menos
encubiertamente se les hicieron. Exigan ante todo la cada del
Conde-Duque, la renovacin de todos los ministros que entendan en las
cosas de aquella provincia, y la exencin de tributos por muchos aos 
ttulo de compensacin  desagravio, y esto los ms prudentes; que
otros, acaso el mayor nmero, no queran prestarse de ninguna suerte 
los tratos, juzgando ya posible el hacerse independientes. Con tales
pensamientos en los catalanes, claro est que no poda practicarse
concierto alguno; pero,  la verdad, si los catalanes se mostraban
sobrado exigentes y rebeldes, tampoco el Conde-Duque hizo mucho por
aplacarles. Su vanidad era inflexible, y adems de esto no tena
bastante patriotismo en el alma para retirarse de los negocios, viendo
que estorbaba  impeda la concordia de que tanto necesitaba la
Monarqua.

Lo que hizo fu procurar devolver mal por mal  los enemigos, y darles
en su casa  los franceses el propio entretenimiento que ellos nos
ofrecan en la nuestra, , al menos, ayudaban poderosamente 
ofrecernos. Mas no le acompa tampoco en esto la desgracia  la
fortuna. Firmse un tratado en Bruselas entre el Cardenal Infante de una
parte, y el conde de Soissons y el duque de Bouillon, Prncipe aqul de
sangre real, y ste general, bastante reputado, para echar  Richelieu
del Gobierno y terminar la guerra por tratos ventajosos  Espaa: esta
fu la liga que se llam _de la paz_. Los franceses aliados levantaron,
con dinero que se les di del poqusimo que hubiese en Flandes para
atender  nuestros ejrcitos, algunas tropas con las cuales se pusieron
sobre Sedn. Vino  juntarse con ellos, por mandato del Infante, Lamboy,
general de nuestra Caballera, con un buen trozo de soldados, y
tropezando con el ejrcito francs, que enviaba Richelieu  someter 
los insurrectos, al mando del mariscal de Chatillon, se empe entre
unos y otros la batalla. Rompi Lamboy con los nuestros la Infantera
enemiga, y el duque de Bouillon, con los suyos, deshizo cuanto se le
puso por delante, de modo que en breves momentos todo el ejrcito
enemigo se puso en fuga. Hubieran sido inmensas las ventajas de esta
victoria,  no ser porque el duque de Soissons cay muerto de un
pistoletazo al alzarse la visera para ver mejor la fuga de los
contrarios: suceso de muy diversas maneras interpretado hasta ahora,
dado que no pocos se inclinan  considerarlo como un asesinato dispuesto
por Richelieu. De resultas de este accidente, el ejrcito de los
insurrectos, consternado, no acometi otra empresa que la toma de
Donchery, y como el Cardenal Infante llamase  Lamboy precipitadamente
para contrarrestar  los enemigos que sitiaban  Ayre, la liga se
deshizo sin otro efecto para nosotros que la prdida del dinero empleado
y que se retardase el socorro de aquella plaza, por la ausencia de
Lamboy, ms de lo que convena, lo que contribuy no poco  que se
frustrase. Poco despus se ajust en Madrid un nuevo tratado entre el
Conde-Duque y cierto emisario del duque de Orleans, hermano del Rey de
Francia, con iguales condiciones y el propio objeto que el anterior; mas
este no lleg  practicarse en lo ms pequeo, porque fu descubierto
por Richelieu, y castigados con pena de muerte, fuera del Prncipe, los
verdaderos autores que eran Enrique de Effat, marqus de Cinq-Mars, gran
escudero del Monarca francs, y su amigo De Thou, hijo del historiador
de tal nombre.

Con esto quedamos reducidos al solo ejercicio y esperanza de las armas.
Ordense la formacin de ejrcitos en la frontera de Portugal, viniendo
el mando del principal con Badajoz por plaza de armas, D. Manuel de
Ziga y Fonseca, conde de Monterrey y de Fuentes, Virrey que haba sido
de Npoles y heredero del gran conde de Fuentes, pero no de sus
merecimientos ni de su gloria, hermano de la mujer del Conde-Duque, muy
intimado con l, y cmplice de sus liviandades, esplndido,
aficionadsimo  cmicos y comedias,  galanteos,  locuras, 
ostentaciones, tanto, que en sus jardines, situados en el Prado de
Madrid, asistieron los Reyes y la Corte  nocturnos festejos de los ms
celebrados de la poca: harto ms  propsito para alternar en los
salones, que no en los campamentos y batallas. Negronse muchos Maestres
de campo y Capitanes de los nombrados para mandar las tropas que se
juntasen  servir debajo de tal capitn, y as, todo fu desconcierto
desde el principio, y fuera mayor  no admitir el cargo de Maestre de
campo general don Juan de Garay, tan bien reputado entre la gente de
armas. Los otros trozos de ejrcito se mandaron formar en los confines
de Andaluca y de Galicia, ms con intento de defender el territorio
que con el de hacer conquistas. Mas no haba soldados con que llenar los
nuevos tercios, ni dinero con que levantarlos; todos los recursos
estaban de tal modo agotados con la formacin del ejrcito de Catalua,
que no se hallaba  la sazn ninguno que no fuese desusado y
extraordinario. Fueron llamados  la Corte todos los caballeros
hijosdalgo del reino, y se les propuso que acudiesen con armas y
caballos, segn la antigua usanza, no practicada desde que termin la
guerra con los moros,  servir al Rey y  la patria. Vinieron muchos;
pero fu lastimoso de ver el que antes de ofrecerse  servir los que
sirvieron, fuesen exigiendo hbitos y mercedes y ayudas de costa, sin
que ninguno se prestase por solo el deber y el patriotismo  salir 
campaa; conducta muy diversa de la antigua. Mejor obraron los Grandes,
aunque no hicieron todo lo que pudieron, levantando cada uno  su costa
una compaa de cien hombres. Los ministros de los diferentes Consejos
pagaron con poner cada uno en campo cuatro hombres armados, y de la
gente comn muchos acudieron tambin al servicio, con promesa que se les
hizo de dar por recompensa ttulos de hidalgua. Por ltimo, se sacaron
 la venta en pblica almoneda hasta quinientos hbitos de rdenes
militares, sealando  Madrid como patria comn para hacer pruebas, 
fin de que no hubiese quien no pudiera hacerlas, calculndose en otros
tantos caballos efectivos y hasta un milln de ducados lo que producira
tan extraa venta. As, dondequiera se ve ya  la vanidad en lugar del
patriotismo, al inters personal haciendo olvidar al inters pblico,
dondequiera el decaimiento y la corrupcin, fruto tardo, pero cierto,
de la liviandad de los Ministros y de la Corte, de la desconfianza del
Gobierno, del menosprecio de la equidad en la distribucin de empleos y
honores, de la falta de justicia y de la ignorancia que cegaba los ojos
de todos los espaoles. Es locura pensar que las naciones, por nobles
que sean, puedan levantarse  grandes intentos, hacer grandes
sacrificios, moverse  ciertos esfuerzos supremos oprimidas y
desconfiadas, sin fe en lo presente ni en lo futuro.

No haba ms que un modo de poner el patriotismo nacional  la altura de
la ocasin, y la ejecucin de ste dependa de todo punto del Monarca.
Era preciso que apartase de s al favorito y aun lo inmolase  la justa
saa de la nacin: era preciso que abandonase los placeres y se
consagrase al trabajo; que comenzase  gobernar y  hacerlo todo por s
mismo; que empuara la espada de Fernando III y vistiese la armadura de
Alonso el Batallador; que fuese como Carlos V  los ejrcitos y pelease
con ellos, y fuese con ellos  la victoria   la muerte. Entonces s
que los hidalgos y los pecheros hubieran acudido  las banderas del Rey,
segn la antigua usanza; entonces s que el patriotismo nacional se
hubiera despertado dando copiosos frutos; entonces s que del gran
pueblo que tal muestra di luego de patriotismo en 1808, virgen  la
sazn, y de ms virtud y esfuerzo, todava hubiera podido esperarse con
fundamento la victoria y la salvacin de la Monarqua. Hubieran muchos
dejado la parte de la rebelin, al ver castigado al mal Ministro; no
hubieran otros osado levantar las armas contra la persona del Rey, santa
y verdaderamente inviolable hasta all para los espaoles; hubieran los
ms tibios cobrado valor, y hubieran cobrado los ms enemigos respeto 
miedo. Por tal modo salv Enrique IV su trono y salv  la Francia, y 
la sazn misma, slo para procurar nuestra ruina, vimos  Luis XIII
forzar en persona las puertas de Italia, y asistir ms tarde en las
tiendas de los sitiadores de Perpin. De esto se hizo algo en Espaa;
pero se hizo mal y fuera de tiempo, que es casi tanto mal hacer como no
hacer nada. Fu Felipe al ejrcito de Catalua, pero no  pelear, sino 
sentir de cerca afrentosas derrotas, y aumentar el menosprecio  su
persona y el odio  sus Ministros en los rebeldes. No fu  Portugal,
que era donde ms falta haca por lo pronto, y  tal punto descuid
esto, que la reina Isabel, dndole vergonzosa enseanza, lleg  pedirle
permiso, que no obtuvo, para ejecutarlo por su propia persona. As,
pues, cuando separ de s al favorito, y cuando se determin  ver los
muros de Lrida coronados de franceses, ya no era tiempo para salvar 
la nacin: su desmembracin y ruina eran inevitables.

[Ilustracin]




[Ilustracin]

LIBRO SEXTO

SUMARIO

     De 1640  1643.--Guerra general.--Catalua: toma de Perell, de
     Coll de Balaguer, Cambrils, Salou, Villaseca y Tarragona.--Paso
     sangriento de Martorell; entrada en el llano de Barcelona; dase
     esta ciudad al Rey de Francia; dispnese  la resistencia; estado
     del ejrcito real; orden de ataque contra Montjuich; batalla y rota
     de los nuestros; muerte del duque de San Jorge; retirada 
     Tarragona; sitio de esta plaza; socorro por mar.--Roselln:
     pirdese Elna; victoria de Argeles y socorro de la
     provincia.--Formacin de nuevo ejrcito; hostilidades en la
     frontera de Aragn; Tamarit de Litera; sucesos del campo de
     Tarragona; victoria de Villalonga; parte el marqus de Pobar al
     socorro de Roselln; su marcha y su derrota en Granada; prdida de
     Colliure, Perpin y Salsas y toda la provincia.--Hostilidades por
     mar y tierra en Vinaroz.--Medidas extremas; armamento de nuevo
     ejrcito; sale el Rey  campaa; su conducta y la de la Reina;
     batalla de las _Horcas_; combate naval de Barcelona.--Portugal:
     rebatos y correras por Extremadura, interpresa de Olivenza; otros
     sucesos  la parte de Castilla y Galicia.--Italia: prdida de
     Montcalvo; slvase Ivrea; Ceba, Mondovi y Coni perdidas; recbrase
     Montcalvo; defeccin de los Prncipes de Saboya; grandes prdidas;
     defeccin del Prncipe de Mnaco.--Flandes: sitio de Ayre y su
     conquista; muere el Cardenal Infante, reemplzale D. Francisco de
     Mello; victoria gloriosa de Honnecourt; derrota funesta de
     Rocroy.--Intrigas contra el Conde-Duque y su cada.


CON la sublevacin de Catalua y Portugal se abre, naturalmente, nuevo
perodo en la guerra. Si hasta ahora la hubimos sostenido con cierta
igualdad, ya no era posible; si hasta ahora la fortuna haba repartido
sus favores entre las potencias beligerantes, en adelante llevaremos
siempre la peor parte. Dejamos narrados algunos encuentros y hechos que
fueron preludio y exordio de las campaas de Catalua; dejamos  los
franceses enseoreados de toda aquella provincia sin cosa alguna; y
dejamos, finalmente, al marqus de los Vlez caminando con todo el
ejrcito desde Tortosa tierra adelante por el Principado.

La primera conquista fu la de Perell, pequeo pueblo, pero murado,
donde trece catalanes solos detuvieron heroicamente  todo el ejrcito
por un da entero, y ms los detuvieran  no haber inteligencia con uno
de los vecinos. En seguida se encamin el marqus de los Vlez al Coll
de Balaguer, punto spero y difcil, y muy fortificado y guarnecido,
aunque sin arte, por los catalanes. Hicieron stos resistencia; mas no
sabiendo aprovecharse de sus ventajas, fueron rotos y tomado el paso; y
algunos escuadrones de caballera, que con el conde de Zavall, General
de ellos, vinieron al socorro desde Cambrils, fueron tambin deshechos.
Tomronse al propio tiempo algunas torres y casas fuertes de la marina,
y el ejrcito, alegre con la facilidad de aquellos pequeos triunfos, se
entreg  los desrdenes de vencedor. Por su parte, los catalanes
intentaron envenenar unas lagunas cercanas del Coll; horrible intento, y
que,  poder lograrlo, causara infinitas muertes entre los nuestros.
As, de uno y otro lado, la guerra iba exacerbando las pasiones ms y
ms cada da.

Llegaron al cabo los nuestros delante de Cambrils, primera plaza de
armas de los catalanes, y de las que tenan mejor fortificadas, puesta
en la plaza y campo de Tarragona. Hizo D. Alvaro de Quiones mucho
estrago en sus escuadrones  las mismas puertas de la villa; tomse 
viva fuerza un convento de las afueras, que defendieron celda por celda
los frailes; psose por fin el cerco; batise furiosamente, y al fin su
Gobernador, el barn de Rocafort, se entreg por capitulaciones. Pero al
salir los defensores hubo una alarma falsa: gritse traicin sin saber
quin ni por qu causa, y aprovechando la ocasin los soldados pasaron
ms de setecientos de ellos al filo de la espada antes de que pudieran
contenerlos los capitanes. Reus y otros lugares ricos vinieron entonces
 la obediencia. Mas con todo faltaban vituallas y recursos, porque no
los dejaban venir de ninguna parte los miqueletes  almogvares, gente
suelta, incansable, valerosa, que repartida en bandas de corto nmero,
con gran conocimiento del terreno y no menos astucia, iba siempre
delante,  las espaldas  en los costados del ejrcito, acosndolo sin
cesar y matando, al propio tiempo que robaba los mantenimientos, todos
los dispersos y forrajeadores. Pareca conveniente apoderarse de un
puerto adonde pudiera venir fcilmente el socorro de la armada; y se
determin caer al punto sobre Tarragona. Tomronse Salou y Villaseca,
lugares y puestos bien fortificados, y allanado ya el camino, se
plantaron los cuarteles delante de aquella ciudad.

No hubo, sin embargo, que hacer uso de las armas, porque M. de Espenan,
que estaba dentro con mil caballos de su nacin, juzgando imposible la
resistencia, capitul su salida, obligndose  no pelear ms en
Catalua, y los naturales tuvieron en seguida que rendirse  partido.
Cumpli de Espenan su promesa como bueno y sali de Catalua con los
suyos, que fu gran ventaja para nuestro partido. Luego las armadas
entraron en Tarragona y algo aliviaron al ejrcito, pero no tanto como
se esperaba, por la tibieza de D. Garca de Toledo, marqus de
Villafranca, que los mandaba. Era ste harto menos capitn que fueron su
padre y hermano; mas en cambio les aventajaba  entrambos en presuncin,
defecto comn en las pocas viles y degradadas, donde faltando
verdaderos y pblicos merecimientos, hay que fingirlos y afectarlos; y
no llevando  bien que ganase otro gloria  costa suya, tena por ms
honrado el dejar de servir  la patria, que no servirla dando reputacin
al inexperto marqus de los Vlez. Con esto y con las numerosas
cuadrillas de miqueletes, que interceptaban y destruan todos los
convoyes y recursos, volvi  hallarse en grande necesidad el ejrcito.
Determinse el marqus de los Vlez  salir de tal situacin y  traer 
sus banderas el triunfo, encaminndose  Barcelona, cabeza y foco de la
rebelin. Gan con mucha dificultad  Villafranca de Panads y San
Sadurn; pero siguiendo su camino, hall cerrado el paso de Martorell
por los catalanes, con muchas trincheras y reductos, apoyados en
posiciones casi inaccesibles, defendidas por todos sus tercios y
escuadrones y gobernados del diputado militar Tamarit, y de los
franceses Serin y D'Aubign.

Lleg all el Marqus, y conociendo que no era posible la expugnacin de
las fortificaciones por el frente, mand al de Torrecuso que con un buen
trozo de gente pasase encubierto  coger por la espalda al enemigo, lo
cual hizo ste con mucha habilidad y presteza. Entonces los catalanes,
vindose entre dos fuegos, espantados y confundidos se pusieron en
retirada y no pararon hasta Barcelona, en cuyos muros hallaron abrigo.
Entraron nuestros soldados en Martorell, de donde era cabalmente ttulo
y seor el marqus de los Vlez, y todo lo llevaron  hierro y fuego,
como si se tratase de gente brbara y extranjera; mas en verdad que los
catalanes no quedaban cortos en la venganza. El mencionado Margarit,
mezcla de entre capitn y facineroso, que mandaba algunas bandas de
ellos, entr por asalto en Constant, donde estaban los enfermos y
heridos del ejrcito castellano, en nmero de ms de cuatrocientos, y 
todos los hizo pedazos en los lechos mismos. Ni por una ni por otra
parte ponan de s los capitanes cuanto debieran para contener tales
excesos; y as ellos incitaban cada vez ms la ira y hacase ms
imposible la paz. Entr el ejrcito castellano despus de asolada
Martorell en Molins de Rey, San Feliu, Esplugas y todos los pueblos del
contorno, hasta dar vista  Barcelona y sentar los cuarteles en Sans y
los dems pueblos de su amensimo llano.

Desde all el Marqus, antes de intentar cosa alguna contra la ciudad,
envi  ella un parlamentario,  fin de que les intimase de parte del
Rey la sumisin, ofreciendo en cambio clemencia. Negronse los
catalanes, gente ms obstinada an en las derrotas que en el triunfo, y
de uno y otro lado se dispusieron  emplear las armas. Estaba dentro de
Barcelona por Ministro y caudillo principal de los franceses M. Du
Plessis, hombre sobremanera astuto y muy empapado en los pensamientos 
intenciones de Richelieu. Viendo tan apurados  los catalanes, que
teniendo  las puertas tan numeroso ejrcito no contaban con otra
esperanza que la de enterrarse honrosamente en los escombros de sus
murallas, comenz  dar  entender astutamente, primero con
ambigedades, luego al descubierto, que el Rey de Francia, si como
aliados les ayudaba en algo, como dueo empleara en su servicio todas
las fuerzas que tena. Representles el poder del Rey Cristiansimo, su
bondad, su celo; pero ms an que tales encarecimientos, sirvironle
para traer  los catalanes  su arbitrio los argumentos que pblicamente
se hacan contra el rey Felipe y su Ministro, que sin mirar como propia
aquella tierra, la combatan y azotaban con armas tan formidables y
rigor tan desusado. No recordaban entonces los catalanes sus propios
excesos y culpas; atendan slo  los rigores de sus contrarios, porque
achaque humano es el exigir que de parte del prjimo estn la prudencia
y la templanza en los trances violentos.

Y,  la verdad, no les faltaba  los catalanes alguna ms razn que
suele haber en los que se hallan dominados de la ira, con que se
acrecentaba en este caso la saa; porque las torpezas del Conde-Duque y
de sus Ministros viles haban excusado todo gnero de razonable acomodo.
Pero de todas suertes fu lamentable y digno de eterna censura el que
tanto pudiese en ellos la pasin del momento, que prefirindola al
inters de la patria comn, cediesen  las insinuaciones prfidas de M.
Du Plessis, dndose por entero al Rey de Francia, y admitindole por
seor y Soberano. Hzose la proclamacin solemne en Barcelona, y al
punto los franceses comenzaron  intervenir como naturales en las cosas
de la defensa. La noticia de este suceso encendi ms y ms la clera en
el campo castellano; y aunque no faltaron diversos pareceres, por no
creer muchos que estuviesen despus de los pasados trabajos en
disposicin de emprender el sitio de Barcelona, se resolvi al fin
comenzar los ataques, fijndose todos los ojos en la toma del castillo
de Montjuich, como natural principio de la empresa. Esta montaa, que
domina  todo Barcelona y  la cual hace la posicin esencialsima para
su defensa, haba estado hasta aquellos tiempos sin fortificacin
alguna; pero ahora, viendo los cabos catalanes el peligro de que la
ocupase el ejrcito real, levantaron en breves das en lo ms eminente
un castillo en forma de cuadro, bastante fuerte, y lo artillaron y
guarnecieron muy bien con gente escogida de naturales y algunas
compaas de veteranos franceses. Probse con esto que Barcelona no
puede estar sin aquel castillo, porque bien los ciudadanos para su
defensa, bien los enemigos para la ofensa, necesitan de l forzosamente.
Montjuich extiende su falda por una parte hasta el mar y por otra hasta
las murallas de Barcelona: la subida es escabrosa y larga, y  la sazn
estaba cortada con muchas zanjas, y defendida, sin la fortaleza mayor,
con muchas trincheras; de suerte que con esto y con estar tan cerca de
la ciudad, toda puesta en armas y asistida de no pocos capitanes y
soldados franceses, era de expugnacin muy ardua. Pera el ardor de los
Vlez no repar en nada. Todava el ejrcito real, aunque muy disminudo
por la hambre, por la guerra y las enfermedades, y principalmente por
las guarniciones que iba dejando detrs, era numeroso; y aun contndose
en l mucha gente bisoa, tena bastantes soldados viejos para ser
temible. Gobernbanlo, bajo las rdenes del marqus de los Vlez y de
Carlos Caracciolo, marqus de Torrecuso, su Maestre de campo general, D.
Juan de Garay, que acababa de llegar del Roselln, el duque de San
Jorge, hijo de Torrecuso, el marqus Cheli de la Reina, D. Alvaro de
Quiones y otros capitanes, de nota algunos, todos muy antiguos en el
ejercicio de las armas; y la artillera, con la desembarcada ltimamente
del Roselln, era buena y mucha. Pero haba en el corazn de aquel
ejrcito un mal profundo, incurable, y era el poco acuerdo y divisin de
los capitanes, producido principalmente por el mando del marqus de los
Vlez.

Como este Marqus ignoraba el arte de la guerra y no saba, por tanto,
proveer en ella lo que convena; como no poda alegar grandes servicios
y menos en las armas, careca de la autoridad necesaria para el mando, y
era incapaz de contener las pretensiones opuestas y exageradas de tantos
capitanes orgullosos con los servicios que haban prestado y que no
acertaban  igualar con el propio ningn merecimiento. As aconteca que
el de los Vlez,  no daba provisin alguna en las ocasiones ms
crticas,  si las daba eran olvidadas y contradichas de los capitanes,
que ni lo respetaban  l ni se guardaban entre s respeto alguno; con
que no haba quien mandase ni quien obedeciese, causa bastante para
perderse en las armas. Habase advertido ya este mal en diversas
ocasiones durante aquella corta campaa; mas ahora delante de Barcelona
fu donde sirvi de ejemplo horrible de lo que la mala eleccin en el
general puede hacer en un ejrcito, por poderoso que sea.

Llegada la hora prefijada para el ataque de Montjuich, se puso en marcha
el ejrcito real, repartido de esta suerte: dos trozos de mosquetera,
cada uno de mil hombres escogidos al mando el uno, del conde de Tyron,
irlands, y el otro al de D. Fernando de Ribera, Maestre de campo, se
encaminaron  subir la montaa donde aquella fortaleza est sentada,
aqul por el costado derecho, entre la campia y la eminencia; ste por
el costado izquierdo, entre la eminencia y la ciudad: segua luego por
el centro un escuadrn de ocho mil infantes, que se extendi en batalla
por el monte, como en reserva de los dos primeros escuadrones y lo
restante de la infantera se escuadron haciendo frente  la ciudad. La
artillera y caballera,  los costados en los sitios ms  propsito
que se hallaron, atendan  evitar la salida de los de la ciudad y la
retirada de los de Montjuich, gobernando toda la gente destinada contra
stos Torrecuso, y lo que quedaba contra aqullos D. Juan de Garay.
Mandaba dentro de Montjuich, por los catalanes, M. d'Auvign, y en la
ciudad M. Du Plessis y el diputado militar Tamarit; y Serin, con la
caballera francesa y catalana, se apost fuera de las puertas, en un
llano entre Montjuich y las murallas, al abrigo de las muchas bateras
con que stas estaban coronadas.

Tal descripcin se necesita para comprender el inopinado suceso que
all hubo. Subieron  la eminencia los dos primeros escuadrones de
mosquetera destinados al asalto; pero llegaron muy fatigados y con
mucha prdida por haber tenido que ir desalojando de las trincheras de
la cuesta  los enemigos. Puestos all, sin embargo, no haba ms que
dar el asalto, que era xito seguro; mas al intentarlo se not el
inconcebible olvido de no haber trado escalas ni instrumentos algunos
para el caso; entonces envi  pedirlos Torrecusa al marqus Cheli, que
diriga la artillera situada  la falda del monte, y la infantera, en
tanto, qued formada enfrente de las murallas de la fortaleza y expuesta
 todo el fuego de las bateras enemigas. Pasaron horas y horas, y las
escalas no vinieron, y nuestra infantera aguard con increble valor,
sin perder terreno, cayendo sin defensa uno tras otro los ms valientes
de los capitanes y soldados. Haba comenzado el ataque  las nueve de la
maana, y  las tres de la tarde continuaba todava la matanza de los
nuestros, hecha  mansalva por los catalanes desde sus muros. Ya  esta
hora faltaba el aliento en los pechos ms heroicos. Torrecuso, que era
el que tena la mayor culpa del estrago con aquella imprevisin fatal,
corra de una en otra parte, desesperado, desatndose en injurias contra
Cheli, que le dejaba abandonado sin instrumentos ni escalas, y sin
recordar que l era an ms digno de ellas por no haber trado consigo
lo que convena.

Mas en un punto quiso Dios que con el mayor castigo que pudiera recibir,
se le ocasionase tambin la total rota que tema. Estaba  la falda del
monte dando frente  la ciudad el duque de San Jorge, su hijo, con la
caballera del costado derecho; comenzaron los enemigos  molestarle con
escaramuzas de la caballera de Serin y alguna infantera que sacaron
fuera de las puertas emboscadas; y l, no escuchando ms que la voz de
su valor, que era muy grande, determin acometerlos y obligarlos 
refugiarse en la ciudad. Consult su intento con D. Juan de Garay, que
mandaba las tropas de toda aquella parte, el cual, como soldado viejo,
le mand que no se moviese de su puesto. Pero este gnero de rdenes no
hacan en aquel ejrcito efecto alguno: insisti el San Jorge; tom
alguna infantera de la que estaba cercana y desaloj  los enemigos de
la emboscada; y luego, como se sintiese all ms molestado de los
enemigos del muro, despachando aviso  D. Alvaro de Quiones, que
mandaba la caballera del costado izquierdo para que embistiera al
propio tiempo, se arroj sobre la caballera enemiga debajo de sus
mismas bateras. No hizo caso el D. Alvaro del aviso de San Jorge y lo
dej arrancar solo. Fu el ataque de ste tan temerario, que lleg 
azotar con su espada los mismos muros; pero all, rodeados l y los
suyos por todas partes, combatidos  un tiempo de la caballera de
Serin y de la mosquetera de los muros, cayeron los ms valientes,
desordenronse los otros, y el duque de San Jorge qued muerto
acribillado de heridas. Era mozo de valor heroico, aunque imprudente, y
 ejemplo de su padre, muy leal  la Corona de Espaa.

Con este triunfo cobraron ms bro los barceloneses, y hacindoles seas
los de Montjuich de que les enviasen socorro, se determinaron 
enviarlo, y lo ejecutaron  punto que ya los espaoles que coronaban la
cima del monte no podan sostenerse. Entonces los del socorro y
defensores hicieron una salida, y aunque pocos en nmero, como estaban
de refresco y hallaron tan desalentados  los nuestros, arrollaron
fcilmente  los primeros, y los otros ya sin ms espera se dejaron caer
en derrota desde la cima  la falda del monte. Fu fatalidad que
Torrecuso supiese en aquel momento mismo que Dios le haba castigado de
su imprevisin con la muerte del hijo, y en lugar de dictar alguna
disposicin  concierto, se entreg  los mayores extremos de
desesperacin, sin cuidar de su vida ni de la de los otros. En tanto los
catalanes bajaban del monte degollando y sembrando de cadveres el
suelo, sin hallar en ninguna parte resistencia, trayendo  los nuestros
en total dispersin. Debise  D. Juan de Garay que todo el ejrcito no
se perdiese aquel da. Con sin par destreza, recogi  los fugitivos,
reanim  las tropas que no haban entrado en combate y dispuso la
retirada  Tarragona, sin que el marqus de los Vlez, que ignoraba casi
todos los accidentes de la batalla, supiese otra cosa en aquel trance
que llorar su desdicha, enviando en el instante  Madrid la dimisin de
su empleo. Tal fu la jornada de Montjuich, que nos cost dos mil
soldados de los mejores que  la sazn hubiese en nuestras banderas.

Con la noticia de este suceso y la obediencia prestada en Barcelona al
Rey de Francia, se determin Richelieu  enviar considerables fuerzas 
Catalua, viendo que aqul era entonces el punto ms vulnerable de
Espaa. Nombr por general del ejrcito  M. de la Motte Hodancourt, y
envi tropas, que formaron con algunas catalanas un ejrcito de nueve
mil infantes y dos mil quinientos caballos, el cual se puso en marcha
para Tarragona, donde los nuestros estaban retirados, al propio tiempo
que el Arzobispo de Burdeos con una armada cerraba la boca de aquel
puerto. Ascenda la gente nuestra  poco ms de catorce mil hombres,
restos de veintitrs mil con que se comenz la campaa, y haba venido 
mandarlos despus de la dimisin y salida del marqus de los Vlez,
Federico Colona, condestable de Npoles y prncipe de Buttera, que se
hallaba de Virrey en Valencia, reemplazndole all el marqus de
Legans, que acababa de llegar de Italia. Quedaron bajo las rdenes del
de Buttera el marqus de Torrecuso y D. Alvaro de Quiones, porque D.
Juan de Garay,  quien tanto se debi en la retirada de Montjuich, haba
ido ya  servir bajo la conducta del conde de Monterrey en el ejrcito
formado en las fronteras de Portugal.

Era el nuevo General no mucho ms hbil que el marqus de los Vlez y
algo ms indcil; de suerte que no quera escuchar consejo alguno de los
que saban ms que l en materia de armas; as acab de traer al ltimo
extremo al ejrcito; porque dado que en los primeros impulsos de la
retirada fuera conveniente meterse en Tarragona, debi luego salir de
ella el ejrcito, dejndola bien guarnecida y provista: donde no haba
de verse forzosamente lo que sucedi, y fu que, levantado en armas todo
el pas, fortificados todos los pasos y las plazas entre Tarragona y las
fronteras de Aragn y Valencia con un ejrcito al frente y una escuadra
en el mar, haba de quedar el ejrcito encerrado y reducido  la ltima
extremidad de la miseria y el hambre. Pronto se hicieron sentir tales
efectos. Los enemigos, despus de algunos choques parciales sin
consecuencia, se apoderaron de Reus, de Constant, de Salou y los dems
lugares del campo de Tarragona, y acampados  media legua de la plaza,
la apretaron, de suerte que de un da  otro se esperaba ya la rendicin
del ejrcito. Para colmo de desgracias, la poca autoridad y destreza del
General no tard en engendrar las naturales discordias de los nuestros;
y por otra parte, entrando las enfermedades en la plaza, postraron al
mayor nmero de los capitanes, y entre otros al mismo prncipe de
Buttera. Slo Torrecuso conserv alientos para el mando, y acaso si l
hubiera sido General no habran venido  tal punto las cosas, porque
era,  pesar de sus yerros, el ms diestro de los capitanes que
tuvisemos en aquel ejrcito. Di orden el Conde-Duque al de Villafranca
para que acudiese con su armada, que estaba en Valencia, al socorro.
Dud y temi mucho ste por hallarse con pocas fuerzas; pero al fin se
determin  intentarlo, y entrando valerosamente en el puerto de
Tarragona con cuarenta galeras y algunos buques menores,  pesar de la
escuadra del Arzobispo, meti algunos vveres. Mas stos fueron
destrudos en parte por el fuego de los franceses, y en parte consumidos
por la gente de la armada, que separada sin pensar del resto cuando se
retiraba, tuvo que recogerse al puerto; de modo que al poco tiempo se
encontr el ejrcito en los mismos apuros que antes. Entonces la Corte
determin hacer un esfuerzo supremo para enseorearse del mar, mientras
que por tierra se esforzaba tambin en juntar ejrcitos que bastasen 
ahuyentar  los enemigos.

Reunise una armada poderossima, compuesta de casi todos los bajeles
armados que llevaban entonces nuestras banderas. Vinieron los bajeles de
Dunquerque, gobernados por el almirante Francisco Feijo, los
napolitanos del duque de Njera, los bergantines y galeras mallorquinas
de aquel famoso D. Pedro Santa Cilia, las napolitanas de D. Melchor de
Borja, las genovesas de Juanetn Doria y algunas toscanas, y juntndose
con la armada del de Villafranca y Fernandina, compusieron entre todos
treinta y un navos, veintinueve galeras, catorce bergantines y otros
cincuenta buques menores. Constaba la armada francesa de treinta navos,
diez y nueve galeras y muchos bergantines y buques menores; pero no
osando esperar  la nuestra, entr el socorro sin obstculo; bien que
fu muy sentido en Madrid el que no se la obligase  entrar en combate.
El ejrcito cuando lleg el socorro se hallaba ya muy disminudo, y casi
acabado por las enfermedades y el hambre, con muerte de muchos
capitanes. Entre ellos muri  los pocos das el mismo general D.
Fadrique de Colona, prncipe de Buttera,  quien no le di la suerte ni
una sola ocasin en que justificase la torpe eleccin que de l hizo el
Conde-Duque. Sucedile interinamente el marqus de Hinojosa, mientras se
nombraba otro que lo reemplazara.

Entonces Richelieu, para conquistar el Roselln, envi all un ejrcito
al mando de Cond, que se apoder de Elna, mal defendida por los
soldados walones que la guarnecan. Y ms cuidadoso de ganar aquella
provincia, que saba que podra conservar, que no  Catalua, cuya
prdida tena al fin por inevitable, meti en ella nuevas tropas y
generales, ordenando tambin que de los ejrcitos de Catalua una parte
se acercase al Pirineo para dar calor  la meditada conquista, y otra
se quedase en observacin de Tarragona y la frontera de Aragn. Haba
ido  mandar las armas en Roselln por nuestra parte el marqus de
Mortara, D. Juan Orozco Manrique de Lara, soldado de glorioso nombre
desde la victoria de Fuenterraba; y aunque entresacando guarniciones de
las plazas haba logrado formar un pequeo ejrcito, se hallaba sin
fuerza para contrarrestar al enemigo. Di orden nuestra Corte al marqus
de Torrecuso para que de los soldados de las galeras formase tercios, y
con ellos y alguna gente de la que estaba en Tarragona, con pocos
caballos, se embarcase en la armada y fuese  prestar socorro al de
Mortara. Con esta orden desembarc Torrecuso en Rosas; pas el Tech, con
el agua hasta el cuello; camin sin descanso, cargados los soldados con
las municiones y vveres  la espalda y ahuyent  los trozos de gente
enemiga que le salieron al paso.

El mariscal de Brez, nombrado  la sazn lugarteniente de Catalua por
el Rey de Francia, y los cabos catalanes, noticiosos de su intento,
estaban ya fortificados en el paso de Argeles con seis mil infantes y
mil doscientos caballos, alargando sus trincheras hasta el mar para
detenerlo. Sorprendi Torrecuso durante la noche las centinelas
enemigas, entr en uno de sus cuarteles y lo desbarat; de manera que
hall, libre el paso, como quera, y habiendo avisado su llegada al de
Mortara, que estaba en Perpin, vino ste  juntrsele con su gente.
An el mariscal de Brez quiso impedir esta reunin, y en el momento de
verificarse atac  Mortara furiosamente y logr desordenarlo un tanto;
pero no pudo impedir que Torrecuso con su ejrcito viniese 
incorporarse con l, reuniendo entre ambos siete mil infantes y
seiscientos caballos. Entonces se empe una recia batalla: la
caballera de los enemigos era doble que la nuestra, y la infantera,
con la que acudi de los contornos al oir el fuego, era igual; pero
Torrecuso y Mortara hicieron de modo que los enemigos fueron obligados 
retirarse, dejndoles dueos del campo. Honrada accin, que record al
mundo cuanto poda esperarse an de los ejrcitos espaoles bien
dirigidos. Fueron bastante provechosas las resultas. Rindise luego
Argeles y muchos lugares del Roselln, y entre otros el de Santa Mara,
que era muy importante, cay en poder de los nuestros; metironse en
Perpin provisiones de boca y guerra para un largo sitio y se reforz
la guarnicin de Coliure. Hecho esto, como si no hubiera ms peligro que
temer, en obediencia sin duda de las rdenes de la Corte, se embarc
Torrecuso con una parte del ejrcito que haba llevado y se vino 
Tarragona; y de all  Madrid, cuando era ms necesario en Catalua.
Qued gobernando las armas en Perpin el marqus de Flores Dvila; en
Coliure  Colibre, el marqus de Mortara, y en Salsas, D. Benito de
Quiroga, todos con buenas guarniciones, pero sin ejrcito bastante para
correr el campo. Por lo mismo, no tardaron los franceses en recobrar 
Santa Mara y amenazar de nuevo toda la provincia. Entretanto se formaba
 toda prisa en Aragn un ejrcito que fuese  reforzar las reliquias de
los Vlez, an acuarteladas en Tarragona. Eligise para el mando al
marqus de Pobar, hijo primognito del difunto duque de Cardona, joven
sin ningn conocimiento en las armas, ni experiencia en el mando, que no
tena otros mritos que los de su familia y los de su lealtad,
verdaderamente acrisolada, con cuyo nombramiento desacertadsimo se
prepararon desde luego nuevos desastres. Fuse formando el nuevo
ejrcito con las tropas que haba de antemano reunidas en aquella
frontera, principalmente extranjeras, y algunas nuevamente levantadas en
el reino, que acudieron de varias partes.

 la verdad, el proyecto de formar un ejrcito en Aragn que sirviese de
reserva al que mand el marqus de los Vlez y divirtiese por aquella
parte al enemigo, no era nuevo. No bien el de los Vlez cambi su nombre
de Virrey de Aragn por el de Virrey de Catalua, y vino  sucederle en
aquel puesto el duque de Nochera, gran seor napolitano, comenz ste 
juntar soldados, amagando  los pueblos fronterizos de Catalua; pero de
una parte su humor extrao, y de otra la insubordinacin de los
capitanes que tena  sus rdenes, le impidieron salir formalmente 
campaa y hacer la divisin que estaba determinada. Fu esta la causa
principal de que  poco se le separase del mando y se le encerrase en
una fortaleza, donde muri, sucedindole el marqus de Tavara en el
mando, y en el nterin fueron los enemigos quienes intentaron por
aquella parte divertir la atencin de los nuestros. M. de San Pol
gobernaba en Lrida: reuni un grueso de catalanes y cay sobre Tamarit
de Litera, villa situada en la ribera del Cinca, donde se alojaban
algunos tercios navarros destinados ya al proyectado ejrcito.
Sorprendila; degoll alguna gente; hizo bastantes prisioneros y se
volvi sin que la gente que sali de Fraga en su persecucin pudiera
alcanzarle. Tomaron tambin los catalanes la villa de Orta, que estaba
fortificada, sin que los nuestros pudiesen socorrerla. Hubo reposo en
aquella frontera mientras dur el bloqueo de Tarragona; pero forzado La
Motte  levantarlo y falto de dinero para pagar sus tropas, se acerc de
nuevo  Tamarit de Litera, y entrando en ella como amigo, la saque
luego horriblemente.

Algo pudiera remediar de este dao D. Francisco de Toralto y Aragn,
luego Marqus de este ttulo, que mandaba un trozo de cerca de cinco mil
hombres en la ribera del Cinca; pero no quiso, para castigar  los de
Litera de haber recibido como amigos  los franceses. Lo que hizo para
vengar el insulto fu enviar uno de sus capitanes  que tomase la villa
de Almenara, donde tenan guarnicin los enemigos; mas no pudo
conseguirlo, aunque lo intent por dos veces. Tan tibiamente corran las
cosas cuando el D. Pedro de Aragn, marqus de Pobar, vino  Aragn 
formar el ejrcito destinado al socorro de Tarragona. Costle mucho
trabajo ordenarlo, y al fin, apretndole la Corte para que marchase, con
seis mil infantes y mil doscientos caballos que tena reunidos, pas los
confines de Aragn y entr en Catalua.

Dejamos mandando por muerte del de Buttera las tropas de Tarragona al
marqus de la Hinojosa, ms conocido por este ttulo, que tena de su
esposa, que por el conde de Aguilar y Sr. de Cameros, que era el propio,
capitn no vulgar, aunque un tanto corrompido por la vanidad y la
envidia, pasiones viles de la poca.  pesar del mal estado de sus
tropas, no bien se alz el bloqueo, mientras los generales enemigos se
encaminaban al Roselln y  la frontera aragonesa, sali de Tarragona,
tom  Reus y la Selva, rindi en Alcover un tercio de catalanes,
apoderndose de la villa, y se enseore de casi todos los lugares de
aquel campo. Alentado con estas ventajas se acerc al Vendrell, donde
tenan sus almacenes los catalanes, y embistiendo la villa por dos
partes, despus de cuatro horas de combate la entr sin mucha prdida.
Gan en seguida  Vallmol; y estando para emprender nuevas conquistas
fu acometido sobre la ermita de Villalonga por el general francs La
Motte-Hadancourt, que acudi al opsito de sus empresas, y vena
observndole y espiando la ocasin favorable de acometerle. Hubo un
combate sangriento, porque los franceses eran doblados en nmero que los
nuestros; pero al fin fueron rotos con mucha gloria de nuestra parte y
prdida de cuatrocientos hombres en los enemigos. Despus de esta
victoria se rindieron algunos castillos, nidos funestos de almogvares.

Ya en esto el marqus de Pobar con su ejrcito haba pasado el Segre por
el lugar de Escarpe, apoderndose de la villa, y encaminndose 
Sarroca, rindi el lugar y no el castillo, por carecer de artillera.
Con esto y haber tomado el de Aguilar  Hinojosa el castillo de
Constant y el Coll de la Alforja, pasando en aqul  cuchillo  toda la
guarnicin por no querer darse  partido, y dando ste  las llamas por
la obstinacin de sus moradores, se pusieron en comunicacin los dos
ejrcitos. Mas, juntos los generales, no tardaron en suscitarse entre
ellos grandes contiendas, principalmente sobre la materia de mando, no
queriendo ni uno ni otro reconocer superior. Careciendo de rdenes
suficientes para resolver el caso, hubo que consultar  Madrid, cuando
todo debi estar provisto de antemano, y mientras vena la contestacin
se desaprovecharon las ocasiones de lograr algunas ventajas con aquellos
ejrcitos, que reunidos y reforzados con la gente que trajo de Roselln
Torrecuso, formaban un grueso considerable. Lleg la resolucin de
Madrid, y fu tal, que ms descompuso que acomod  los generales; nueva
dificultad para las operaciones, viniendo la mayor parte de la culpa del
de Hinojosa, pues el marqus de Pobar  todo se prestaba dcilmente. No
hubo ms medio que sacar de Catalua  uno de los dos generales, y
cierto que no pudo ser peor el modo y la ocasin que se eligi para
ello.

Haban los franceses invadido el Roselln de nuevo, como arriba
indicamos, con ms fuerzas que nunca, no bien se retir Torrecuso. Era
tan fcil de prever esto, que no se comprende cmo nuestra Corte pudo
ordenar la retirada; pero an es menos fcil de comprender el modo con
que ahora acudi al remedio. Ordense al marqus de Pobar que recogiendo
hasta dos mil corazas y mil dragones, se encaminase desde Tarragona al
Roselln. La distancia entre estos parajes llega  cincuenta leguas de
tierra, todo  la sazn poblado de castillos y pueblos fortificados, con
muchas plazas fuertes  innumerables cuadrillas de almogvares y
miqueletes, sin contar el ejrcito enemigo del mando de La
Motte-Hodancourt, situado en Montblanch en acecho de las operaciones de
los nuestros. Desde luego todos los capitanes experimentados dieron la
empresa por imposible, y el marqus de Pobar envi  la Corte para que
lo representase  D. Martn de Mjica, su Maestre de campo general,
proponiendo que se embarcara en Tarragona y hara el socorro por mar,
como lo hizo Torrecuso; fcil intento, por andar seoras de l nuestras
armadas. Mas no se di odos en la Corte al enviado del de Pobar y fule
preciso  ste ejecutar el mandato. Psose en marcha con su caballera,
que era el mayor nmero de corazas, y como tal, doblemente pesada 
impropia para hacer tan difcil marcha por tierra de enemigos. Deba el
marqus de Hinojosa proteger el movimiento del de Pobar, amagando hacia
el Coll de Cabra  los franceses, para que viniendo sobre l dejasen al
otro libre el paso; mas no quiso  no supo ejecutarlo,  lo que es muy
probable, no logr que los capitanes enemigos, prcticos en la guerra,
se separasen de su principal intento. El hecho fu que stos ocuparon
todos los pasos. La Motte-Hodancourt, desde Montblanch, comenz 
picarle la retaguardia. Se levantaron los somatenes en toda la comarca,
y los caudillos ms osados y prcticos de los almogvares ocuparon con
sus gavillas los caminos por donde forzosamente tena que pasar el
ejrcito. As, desde el primer da de su marcha nuestros soldados no
descansaron un momento, siempre hostigados y perseguidos, y lo que es
peor, sin vveres, ni agua, ni forraje. Todo estaba seco, todo exhausto,
todo desierto  su paso, y slo los alaridos de los almogvares venan 
recordarles espantosamente que iban caminando por lugares habitados.
Dejbanles pasar, sin embargo, tranquilamente sin emplear las armas;
pero no era sino con intento de traerlos ms adentro, cerrndoles la
retirada.

Llegaron de esta suerte por el Coll de Balaguer hasta Villafranca del
Panads y Esparraguera, pasando tres leguas distante de Barcelona. All
ya supieron que el enemigo vena sobre ellos por todas partes; que los
pasos estaban completamente cerrados y que era imposible de todo punto
seguir adelante; y habido consejo de los capitanes, convencido el de
Pobar de que haba hecho todo lo humanamente posible por obedecer  la
Corte y que era delirio pensar en ejecutarlo, orden la retirada. Fu ya
 deshora. La Motte-Hodancourt se ech con todas sus fuerzas sobre la
retaguardia, que gobernaban Frey Vicencio Gamarra y D. Antonio Pellicer.
Eran los nuestros quinientos caballos; los contrarios ochocientos y
adems quinientos mosqueteros catalanes: rompieron los caballos
espaoles  estos mosqueteros; pero embestidos luego por la caballera
enemiga tan superior, sucumbieron, no sin pelear valerossimamente,
quedando prisioneros los capitanes y muchos soldados. En seguida, no
queriendo an aventurar el francs un combate general, se puso  seguir
 los nuestros sin perderles ya de vista un instante.

Apresuraban el paso los espaoles; pero ms an lo apresuraban los
enemigos, y principalmente los del pas, como ms prcticos y ms hechos
 la fatiga. No haba infantera con que ir apartando los almogavres de
los caminos, porque los dragones, desmontados, no bastaban para
semejante servicio; los caballos, faltos de forraje y sedientos, caan
aqu y all muertos  rendidos, y los jinetes, no ms afortunados,
apenas podan llevar sobre s el peso de las armas. Hogueras encendidas
por los catalanes en lo alto de los montes iban avisando al pas que se
pusiese en armas, ocultando los vveres y las provisiones; y en tanto
los franceses no dejaban de distinguirse al lejos un solo punto,
amagando la batalla. Al fin, un da que nuestros infelices soldados
haban corrido veinte horas seguidas sin comer ellos ni los caballos,
vagando de ac para all, y hallndose al fin en el punto de donde
salieron, que era el lugar de Granata, media legua de Villafranca,
engaados por sus guas y sin acertar con el camino, hallando algunas
provisiones, hicieron alto un momento para cobrar fuerzas y seguir la
marcha. Mas no le dieron tiempo los contrarios: en el mismo punto
cayeron sobre ellos franceses y almogvares en muchedumbre, y
hallndoles desmontados  los ms y  todos desfallecidos, sin cruzar la
espada ni hallar la menor resistencia, hicieron  generales y soldados
prisioneros, sin escapar alguno[19].

     [19] FELU DE LA PEA: _Anales de Catalua_.

Caus tal desastre en Madrid horrendo espanto; culpbase al General,
pero no era sino el Conde-Duque quien tena la culpa de todo, por la
eleccin que en l hizo y ms an por su absurdo mandato. Era el D.
Pedro de Aragn, marqus de Pobar, poco capitn, como tan inexperto en
tal ejercicio; pero nunca desminti en sus intenciones lo honrado de su
cuna, y parece an respetable en su desdicha. Malogrado con este suceso
el socorro del Roselln, no tardaron en venir de all mayores desastres,
perdindose para siempre toda la provincia. Un ejrcito francs,
compuesto de ms de veinticinco mil hombres, mandado por los Mariscales
de Schomberg y de la Meillerai, siti sucesivamente  Colliure, 
Perpin y Salsas, que eran las plazas que defendan la provincia,
viniendo el mismo cardenal Richelieu con el rey Luis  los campamentos
para dar mayor estmulo  los soldados. Colliure, donde estaba el de
Mortara, se defendi valerosamente. La guarnicin pele varias veces con
los franceses fuera de los muros, y en una de ellas entr uno de los
cuarteles, y tom y clav seis piezas de artillera, haciendo gran
destrozo en los enemigos. Logr ste al fin ocupar la plaza; pero el
castillo, que era lo principal, qued por los nuestros, hasta que luego,
falto de agua  causa de haber destrudo las bombas la cisterna, se
rindi bajo honrosas condiciones, saliendo el marqus de Mortara con sus
soldados para Fuenterraba.

Perpin tuvo tambin que rendirse al cabo de tres meses de trinchera
abierta y ms de estrecho bloqueo, por falta de bastimentos, no sin
consumir antes la guarnicin todos los animales que se hallaron en la
plaza, el pergamino, la lana y hasta algunos cadveres, quedando
reducida de tres mil hombres de que contaba  solos quinientos. Portse
como quien era el marqus de Flores Dvila, que all mandaba, y bajo su
mando, D. Antonio Caballero de Illescas comenz  acreditarse de capitn
esforzado. Perdise con la plaza el mejor arsenal que entonces hubiera
en Espaa, tan falta de pertrechos y armas, pasando de veinte mil las de
fuego que all se contaban. Poco despus entreg  Salsas sin mucha
espera su gobernador D. Benito de Quiroga, pretextando falta de
recursos. Tras esto se dieron todas las dems villas y lugares, y el
Roselln qued hecho provincia francesa. Mientras esto pasaba del lado
all del Pirineo, fueron muy varios del lado ac los accidentes de la
guerra, y si no tan desdichados, no tampoco muy favorables. Pelese
heroicamente en Tortosa, porque habiendo intentado apoderarse de esta
plaza importantsima el mariscal de La Motte-Hodancourt, despus de la
destruccin del ejrcito del marqus de Pobar, fu derrotado, en tres
asaltos consecutivos que di, por su gobernador Bartolom de Medina,
asistiendo hasta las mujeres  las murallas: tanto era por Espaa el
amor de los moradores. Buen desengao llev tambin el francs en la
villa de Tamarit de Litera; pues escarmentados los moradores con el
saqueo horrible que ejecut en ellos cuando como amigo lo recibieron en
la villa, defendieron esta vez la entrada con tal esfuerzo, que no la
logr sino  costa de muchas vidas, y aun as no pudo rendir  algunos
de ellos que se encerraron en la torre: en cambio se apoder de Monzn,
defendida por D. Martn de Azlor, por falta de vveres, amenazando las
provincias aragonesas.

Al propio tiempo D. Vicente de Aragn, enviado  la Conca de Tremp para
promover algn favorable levantamiento entre los vasallos de su casa,
tuvo que retirarse sin fruto alguno. Mil caballos franceses llegaron
hasta dar vista  Vinaroz y llenaron de terror toda la comarca hasta
Valencia; y el mismo La Motte-Hodancourt hizo una correra por el
condado de Ribagorza con casi todo su ejrcito, aunque fu resistido de
tal manera por los paisanos aragoneses, que tuvo que tornarse sin botn
y con prdida. Tambin los navos espaoles de la escuadra de
Dunquerque, que al mando del Almirante Feijo estaban en las costas de
Vinaroz desde que se deshizo la gran armada que hubo el ao antes,
pelearon con un trozo de armada francesa, y echaron  pique algunos
buques y maltrataron otros despus de diez horas de combate; pero
acudiendo el resto de los bajeles enemigos, que eran muchos, tuvieron
los nuestros que recogerse al puerto, y quedaron dueos del mar los
franceses. Por tierra no haba otro ejrcito que oponerles sino el del
marqus de la Hinojosa, encerrado de nuevo en Tarragona y su campo; y
aunque no dejaba su General de molestar  los enemigos con frecuentes
algaradas y escaramuzas, todava eran stas insuficientes para traer
alguna ventaja importante. En una de tales algaradas destrozaron los
nuestros mil quinientos franceses y catalanes, degollando mucha parte,
haciendo muchos prisioneros y tomando una gruesa cantidad de dinero que
iban escoltando. Descubrise por aquellos das en Tarragona una
conspiracin urdida por los frailes carmelitas descalzos para entregar
la plaza al enemigo, los cuales se defendieron hasta morir los ms en
sus celdas cuando se les quiso prender. Pero ya en esto los franceses y
catalanes, triunfantes en el Roselln y en Catalua, amenazaban por toda
la frontera penetrar en el corazn de la Monarqua.

Clamaban los leales aragoneses, clamaban los valencianos, clamaba el
mismo pueblo de Madrid porque el Rey saliese al opsito de los enemigos;
sabase que slo alrededor de su persona podan ya juntarse ejrcitos
tan numerosos como se necesitaban; sabase que slo su presencia era
capaz de infundir respeto en los rebeldes y de alentar  los leales;
tenanse, en fin, las mayores esperanzas en aquella jornada, pedida,
solicitada por todos desde el primer grito de rebelin que hubo en
Catalua, y ahora por la Reina misma y los principales seores de la
Corte. Slo el Conde-Duque se opona  ella, temiendo que viendo de
cerca las cosas sospechase el Rey su ineptitud para el mando, y que con
el trato de los generales y las libertades que ofrece la campaa, tomase
aficin  otras personas que l,  despertase de su ceguedad y letargo.
Pero no pudiendo resistir al clamor de tantos, dispuso en fin la
jornada; que para ser como el Conde-Duque hizo que fuera, ms vala que
no se hubiese ejecutado.

Convocse de nuevo  todos los caballeros, hijosdalgos y nobles  fuero
de Espaa para que saliesen con el Rey al ejrcito, ordenando que los
hijosdalgos llamados de privilegio que no asistiesen lo perdieran por su
vida, que los dichos de sangre no pudiesen gozar en ningn lugar del
reino oficio de tales ni tener hbitos en las rdenes, y que en los
libros de cabildo y Ayuntamiento se apuntasen los nombres de los que
haban cumplido con su obligacin y de los que haban faltado  ella
para que en todo tiempo constase. Mandse al propio tiempo que no se
diese licencia  los soldados, que se castigase severamente  los que
huyesen de sus compaas para sentar plaza de nuevo, y que se
registrasen todas las armas ofensivas y defensivas que poseyesen los
moradores, as naturales como extranjeros, so grandes penas, sin duda
con el fin de tomarlas para los ejrcitos si hiciesen falta. Por ltimo,
se hicieron tales levas y enganches y requisas, que en Madrid,
particularmente, no hubo en muchos das quien desempease ciertos
oficios, ni qued caballo en coche  caballeriza.

Todo era menester y ojal que con ms rigor se hubiese celado el
cumplimiento de las rdenes. Pero faltaba dinero para todo, y el Rey
tuvo que rogar  los Grandes que hiciese cada uno un donativo para los
gastos, segn el patriotismo y riqueza de cada cual, por cuyo medio se
junt algn tesoro. Sealse entre todos los Grandes el almirante de
Castilla, Enrquez de Cabrera, el mismo que gan la victoria de
Fuenterraba, olvidado del Conde-Duque por sus grandes merecimientos, el
cual rog al Rey que le diese permiso para enajenar su mayorazgo y
destinar todo el producto al servicio de la patria. No se le di; de
suerte que no pas de generoso el ofrecimiento del Almirante, que con
esto aadi un ttulo ms  los muchos de patriotismo y de gloria que ya
llevaba sobre su persona y nombre. Luego el Rey, con el dinero y gente
reunidos, comenz su jornada: sali de Madrid, lleg  Aranjuez, y no
sin detenerse algunos das en aquellas delicias, pas  Cuenca, donde
tambin gast mucho tiempo en placeres y festejos con que el Conde-Duque
procuraba todava deslumbrarle. Por fin, despus de detenerse an
bastante en Molina de Aragn, lleg  Zaragoza. Al propio tiempo, aunque
muchos ttulos y Grandes,  tibios patricios,  sobrado airados contra
el Conde-Duque, dejaron de concurrir  la jornada, con sus gentes se
form en el Ebro el nuevo ejrcito de hasta diez y ocho mil infantes y
seis mil caballos, nmero grande despus de tantos desastres, con
veintids piezas de artillera sacadas del castillo de la Aljafera,
donde estaban para tener en respeto  la ciudad desde el tiempo de
Felipe II, y algunas otras que quedaban en los tercios.

Llamse para que mandase todas estas fuerzas al marqus de Legans, que
estaba de gobernador en Valencia; porque aunque muchos, recordando sus
campaas de Italia, murmuraban que no convena, ambale el Conde-Duque
sobremanera, y esa era entonces razn que se prefera  todo. Por
Maestre de campo general de aquel ejrcito fu Torrecuso, que era acaso
ms capaz que el de Legans para mandarlo. Hubo esperanzas de que podra
hacerse una campaa ventajosa.  la par que el ejrcito, habase
equipado en Cdiz una armada compuesta de treinta y tres navos de
guerra, seis de fuego y cuarenta buques menores con nueve mil hombres de
tripulacin, la cual, reunindose con las galeras y los navos de
Dunquerque y Npoles, que eran veinte, se present poderossima en las
costas de Catalua  echar de ellas  los franceses y dar calor  las
operaciones de tierra, mandada por el duque de Ciudad Real, separado ya
del mando el duque de Fernandina, y aun alejado de la corte y preso el
genovs Juanetn Doria por los enemigos  causa de haber naufragado en
sus costas: de esta suerte, tanto por mar como por tierra nos hallamos
iguales  mayores en poder  los catalanes y franceses coaligados. Pero
no quiso Dios,  no permitieron las ms veces los desaciertos del
Conde-Duque que las imaginadas esperanzas se realizasen. El Rey no pas
de Zaragoza, preso casi en sus aposentos por el Conde-Duque, y no se
mostr una vez siquiera al ejrcito, con vergenza de la Corona y mengua
de la persona del Rey, pblicamente motejado de cobarde. All se
entretena Felipe en ver jugar  la pelota y en pasear en el ro,
mientras por mar y por tierra se jugaba  los trances inciertos de la
guerra la suerte de la Monarqua.

Algo mejor se conduca que l la reina Isabel, que durante su ausencia
haba quedado de gobernadora en Madrid. Recorra los cuarteles; animaba
 los soldados que iban  salir  campaa; vigilaba y apresuraba la
organizacin de los tercios y compaas que se hacan en Madrid para el
refuerzo de Catalua, y buscaba dinero  toda costa. Entonces fu cuando
D. Manuel Cortizos de Villasante, rico negociante de Madrid,  quien la
Reina fu en persona  pedirle dinero sobre sus joyas, se neg
hidalgamente  recibirlas, y sin alguna garanta la entreg hasta
ochocientos mil escudos para que los enviase al ejrcito, que era
entregarlos para no obtener ms el cobro; accin loable y que honr
tanto al vasallo como  la Reina.

Era el intento partir en dos trozos el ejrcito de Catalua, el uno
compuesto de las tropas que defendieron  Colliure, tradas por Mortara,
y otras al mando de Torrecuso; y el otro trozo al del Capitn general
marqus de Legans, el cual deba bloquear  Lrida, mientras aqullos
iban al socorro del Roselln. Pero sabida la rendicin de Perpin y
Salsas y la prdida de toda la provincia, se puso toda la atencin en
Lrida. Sali el de Legans propuesto  sitiarla con el ejrcito entero:
gan el lugar de Aytona; pas el Segre y fu  sentar su campo delante
de Lrida en el llano dicho de las _Horcas_. Hall ya al mariscal de La
Motte al amparo de los muros con hasta dos mil infantes y tres mil
caballos franceses y catalanes, fortificado en unas alturas que caen
poco distantes de la ciudad. No era posible emprender el sitio sin
desalojarlo, y por lo mismo no se dilat el ataque, mas fu con poca
fortuna.

Pecaba el de Legans de soberbio, y con su experiencia de la guerra
despreciaba todo otro consejo y opinin que no fuese la suya, y ms que
teniendo tan por amigo al Conde-Duque, no reparaba en respeto alguno;
por lo cual se condujo de tal suerte con Torrecuso, que al fin tuvo ste
que abandonarle, vinindose  Zaragoza con el Rey. Sola decir que
renunciara  la conquista de Francia si hubiera de hacerla por los
consejos de un italiano. Con esto, mandaba solo el Marqus cuando se
empe la batalla. Comenzla Don Rodrigo de Herrera, Comisario general
de la caballera, apoderndose con trescientos jinetes de una de las
colinas y de una batera puesta en ella por los contrarios; pero
acudiendo al refuerzo de stos nuevas tropas, no tardaron en rechazar 
los espaoles. Entonces se hizo el combate general en toda la lnea del
enemigo, atacada vigorosamente por los nuestros, desde las diez de la
maana hasta bien anochecido, pero sin fruto alguno. Los franceses, como
inferiores en nmero, no osaron tomar la ofensiva, y los espaoles no
supieron aprovecharse de sus fuerzas. Cometironse grandes desaciertos:
ninguno supo  quin mandar ni  quin obedecer; todo era confusin,
todo dar y deshacer rdenes; as se pasaron las horas, perdimos
quinientos hombres muertos y muchos heridos, y llegada la noche se
orden la retirada. No puede decirse que padeciramos una derrota,
porque tomamos tres caones al enemigo, que no pudo quitrnoslos, ni os
luego perseguirnos, y porque el enemigo estaba fortificado y en lugar
eminente; pero siempre fu desventaja notable el haber de renunciar al
propsito de tomar  Lrida. Ni fu esto lo peor; sino que el ejrcito,
metido de nuevo en sus cuarteles, se fu lentamente disipando; de
suerte que al comenzar la siguiente campaa, de aquellos veinticuatro
mil hombres apenas cinco mil quedaron en armas.

Acusse tambin por ello al de Legans, diciendo unos que no saba
mantener en los soldados la disciplina, y otros, menos piadosos an, que
los afliga con hambre continua,  fin de saciar  su costa la codicia
desordenada que en l se haba despertado. Pasin indigna de su valor,
que sin duda lo tena Legans. Tambin fu reprensible la vanidad con
que se di por vencedor de la batalla de Lrida, logrando engaar al
principio al Rey; pero no tard en venir el desengao; y reunidas todas
sus culpas,  pesar del parentesco y amistad del Conde-Duque, fu
separado del mando y confinado  Ocaa, donde comenz  formrsele
proceso por su conducta. Enseguida, avergonzado del espectculo que
estaba all ofreciendo, se volvi el Rey  Madrid. Y entretanto la
escuadra espaola, al mando del duque de Ciudad Real, queriendo ir al
socorro del Roselln, haba pasado por delante de Barcelona, donde
estaba M. de Brez con la francesa, compuesta de cincuenta y nueve
bajeles y veinte galeras, por habrsele incorporado la que mand el
Arzobispo de Burdeos, igual en poder  la nuestra. Sali Brez del
puerto, form sus bajeles en lnea y se empe un combate que dur todo
el da, sin que la victoria se decidiese por alguna de las partes: al
da siguiente volvieron  encontrarse tambin sin ventaja, quemndose y
perdindose algunos bajeles, y quedando tan maltratadas ambas, que ni
los espaoles pudieron llegar al Roselln, volvindose  las Baleares,
ni pudieron los franceses en mucho tiempo salir de Barcelona. Despus
de esta batalla, ni por mar ni por tierra volvi  emprenderse nada en
mucho tiempo.

El conde de Monterrey, con D. Juan de Garay por Maestre de campo
general, acab de reunir en tanto su ejrcito en la frontera portuguesa.
Pero como ni el estruendo de las armas pudiera hacerle olvidar sus
comedias y lascivias, las operaciones de aquel General fueron muy
lentas. Envi partidas  escuadrones que hiciesen correras desde Mrida
y Badajoz, donde tena acuarteladas sus tropas,  Olivenza y Elvas,
haciendo algunos daos, sin que los enemigos, faltos al principio de
toda ordenanza y disciplina, osasen oponerse  campo raso. Mas su
principal ocupacin fu mover tratos en las plazas para que las
entregasen los moradores. Adelantlos en Olivenza, y an se crey que
llegara  rendirse la plaza, para lo cual fu  presentarse delante de
sus muros D. Juan de Garay con un buen trozo de gente; pero llegando ms
tarde de lo convenido, descubrise en tanto la trama y se frustr.
Entonces el de Monterrey en venganza hizo quemar y talar todos aquellos
confines y campaas, robndolo y abrasndolo todo, y los portugueses en
cambio entraron en Galicia en nmero de ms de seis mil hombres para
arrasar el pas. Sali  ellos D. Benito de Abraldes con poca gente, los
detuvo y di tiempo  que, llegando tropas de refuerzo, los pusiesen en
fuga, persiguindolos hasta muy adentro de sus tierras. Intent de nuevo
el conde de Monterrey tomar  Olivenza de rebato, encomendndose la
faccin  D. Jos de Pulgar, hombre poco afortunado, el cual lleg de
noche delante de los muros, y errando el petardo con que pensaba forzar
la puerta, fu sentido y derrotado con prdida de doscientos hombres.

No se tard en acometer de nuevo  Olivenza, pero no con ms fortuna, y
en el nterin los portugueses rindieron y saquearon  Valverde,
valentsimamente defendida por D. Juan de Tarrasa, y entrando ms
adentro en la sierra, se apoderaron del lugar de Seijas con su castillo,
bastante bien guarnecido. Hubo tambin no lejos de Olivenza un choque
entre D. Juan de Garay y Antonio Gallo, portugus, en el cual uno y otro
se atribuyeron jactanciosamente la victoria, y el Prior de Navarra, que
mandaba en Galicia, oblig  retirarse  un Cuerpo muy numeroso de
portugueses, que al mando de D. Manuel Tllez de Meneses y Don Diego de
Pereira, entr  correr aquella provincia, sosteniendo algunos choques
parciales con ellos en que hubo pocas prdidas de ambas partes.

Estos fueron los hechos ms brillantes de aquella guerra, reducindose
todo lo dems  feroces correras donde unos y otros quemaban sin piedad
los pueblos, talaban los campos y degollaban  los habitantes con el
mayor encarnizamiento. Los capitanes de uno y otro bando dejaban casi
siempre  los contrarios hacer impunemente tales correras,  si acudan
al reparo, era por lo comn sobrado tarde. Al fin nuestra Corte, que era
quien perda con aquella inaccin, porque en el nterin los portugueses
se fortificaban ms y ms, recibiendo tropas y auxilios de las naciones
extranjeras y organizando su gobierno y ejrcitos, determin separar del
mando de las armas al conde de Monterrey, y en su lugar envi al de
Santisteban, que no mucho ms experimentado y con tan insignificante
fuerza como compona aquel ejrcito, no alcanz tampoco ventaja. De nada
sirvi la asistencia y prctica de D. Juan de Garay. El cardenal
Spnola, que fu  Galicia  juntarse con el Prior de Navarra, no hizo
tampoco ms que l, ni el duque de Alba, que estaba  la parte de Ciudad
Rodrigo, logr ejecutar cosa digna de su nombre. Todo se volva cambiar
de caudillos en aquella frontera; todo repartir trozos  imaginar
acometimientos; pero la verdad era que no se haca nada de provecho, ni
eran las fuerzas tampoco para que se hiciese.

Por este tiempo ya todas las posesiones portuguesas en Amrica, frica y
Asia haban reconocido por Rey al duque de Braganza. Gobernadas por
portugueses, y no habiendo en ellas ms que tropas portuguesas que las
defendieran, unas primero, otras despus, se fueron alzando contra
Espaa sin resistencia alguna: Ormuz, Goa, Pernambuco, el Brasil, tan
azotado de los holandeses, Angola y las Islas Terceras: slo Ceuta qued
en nuestro poder por lealtad del Gobernador el marqus de Torresvedras
al Rey de Espaa. Pudo decirse que slo por mar nos sonri la fortuna
contra portugueses, porque habiendo encontrado el duque de Ciudad Real
con la armada de Espaa  una holandesa que haba venido en ayuda de
ellos, la derrot, echndola algunos navos  pique y obligndola 
refugiarse en sus puertos: fu este combate  la vista del Cabo de San
Vicente.

Italia era teatro al propio tiempo de nuevos contratiempos. Haba
reemplazado al marqus de Legans en el gobierno de Miln el conde de
Siruela, D. Juan Velasco de la Cueva, otro de los privados del
Conde-Duque, al cual, ya que no tuviese grandes mritos, no le faltaba
alguna sagacidad y prudencia; mas quiso la suerte que desde el primer
da se continuase la mala inteligencia con el prncipe Toms de Saboya,
no habiendo cosa al fin en que los espaoles y el saboyano estuviesen de
acuerdo. Siti el conde de Harcourt  Montcalvo y la tom, y en seguida
se puso sobre Ivrea. Defendironse valientemente los sitiados,
rechazando en varios asaltos  los franceses, y en tanto el prncipe
Toms y el conde de Siruela acudieron  levantar el cerco. Hubo un
choque empeado entre los sitiadores y las tropas del prncipe Toms,
mas sin efecto alguno, y negndose Siruela  comprometer una batalla
general, discurrieron los aliados para llamar la atencin del enemigo
ponerse delante de Chivas. No se les malogr el intento; porque apenas
lo supo Harcourt, alzndose de sobre Ivrea vino al punto al socorro, y
los nuestros, que no pretendan otra cosa, se retiraron sin que el
enemigo pudiese obligarlos  venir  la batalla. En seguida rindi
Harcourt el castillo y villa de Ceba y la plaza de Mondovi, y luego se
puso sobre Coni, plazas de las ms importantes del territorio, y  pesar
de los esfuerzos de nuestros generales, la tom  los cuarenta y seis
das de trinchera abierta, mientras los espaoles sitiaban  Montcalvo.
Acudi el francs al socorro de esta ltima plaza y no pudo conseguirlo,
con que tuvo que rendirse  nuestras armas; mas poco despus, falto el
de Siruela de soldados, sac la guarnicin y demoli las
fortificaciones. Al propio tiempo el prncipe Toms, que quiso
sorprender  Querasco, fu rechazado con alguna prdida. Con esto
termin la campaa de 1641 por aquella parte, quedando ms enconados
que nunca el conde de Siruela y los prncipes de Saboya.

Enviaron stos  Madrid Embajadores  quejarse al Rey de la conducta de
los Ministros espaoles, y hubo varias conferencias y tratos; pero en el
nterin se compusieron mpesada y cautelosamente con la Corte de Francia
y la regente de Saboya y volvieron contra nosotros sus armas. Di esto
ocasin sobrada para que se sospechase que algunas de sus quejas contra
los espaoles y sus Embajadas, tenan por objeto ocultar el intento de
la defeccin, y hacerla ms daosa. La verdad era, que muerto el conde
de Soissons, en la batalla de Sedn, la princesa de Carin, su hermana,
mujer del prncipe Toms, que estaba  la sazn en Madrid, tena  sus
bienes pretensiones, las cuales no pareca que pudieran hacerse valer
sin reconciliarse con los franceses. Adems, tanto Toms como su hermano
Mauricio, viendo claramente perdida la grandeza de Espaa, ms queran
ser ingratos que vctimas.

De todos modos, el suceso no pudo sernos ms funesto. Estuvo oculto el
Tratado bastante tiempo para que los prncipes de Saboya pudiesen ir
sacando astutamente las guarniciones espaolas de la mayor parte de las
plazas, y con efecto lo consiguieron, no sospechndose an su
deslealtad, y cuando fu pblica, reunido el prncipe Toms con los
generales franceses, tomaron  Niza de la Palla, Verrua, Crecentino y
Tortona, valerossimamente defendida esta ltima plaza de los nuestros,
primero en el recinto de ella, luego en el castillo. Era tan importante,
que el conde de Siruela no quiso dejarla perdida, y como vi que los
franceses y saboyanos se haban retirado del sitio, lleg all con sus
tropas, hizo reparar las lneas de circunvalacin, y se fortific en
ella. Acudieron al socorro el prncipe Toms y el conde Du Plessis que
entonces gobernaba  los franceses; mas vieron tan bien dispuestos
nuestros cuarteles, que no osaron acometerlos, y la plaza se rindi 
los cuatro meses de sitio. Dej as con honra el de Siruela el mando,
que desde Flandes vino  recoger el marqus de Velada D. Antonio Snchez
de vila, tornndose  Espaa. Ni fu la defeccin de los saboyanos la
nica que padecisemos entonces en Italia.

Desde el tiempo de Carlos V tenan los espaoles guarnicin en Mnaco,
cabeza del Principado de este nombre, y puerto, aunque pequeo,
esencialsimo para la navegacin de Espaa  Italia y para el socorro de
aquellos Estados, mucho ms habindose dejado perder el de Final, que
con este objeto tom el gran conde de Fuentes. Era ahora prncipe de
Mnaco D. Honorato Grimaldi, prncipe de Carpiano, ricamente heredado
en Npoles y Miln, y hasta entonces leal vasallo de Espaa; y viendo
tan decadas las cosas de Espaa, abri las puertas de la ciudad  los
franceses. Los soldados espaoles del presidio, aunque sorprendidos con
aquella traicin impensada, y sueltos y desarmados, no dejaron de
defenderse por eso, muriendo muchos antes de abandonar la plaza, entre
otros el capitn Esporrin, natural de Jaca, que los mandaba, peleando
gloriosamente por su persona; mas al fin tuvieron que ceder. Prdida
tambin muy sensible y de mucha consecuencia para en adelante.

Volvanse en esto todos los ojos y todas las esperanzas de Espaa 
Flandes. All era donde estaban recogidas las reliquias de los temibles
tercios de Carlos V y de Felipe II; all donde se conservaba la antigua
escuela militar, el antiguo estmulo y hasta la antigua gloria; y all,
por ltimo, estaba el hombre de ms mrito que quedase en la Monarqua:
el Cardenal Infante. Formse aquel ejrcito con los mejores tercios
espaoles que pasaron de Italia al mando del duque de Alba casi ochenta
aos antes, y habase luego repuesto con la gente vieja de Npoles,
Sicilia y Lombarda, y con los tercios que trajo el Infante cuando vino
 los Estados y vencieron en Nortlinghen. Durante tan largo espacio de
aos mantvose peleando y venciendo casi siempre en batalla, muriendo
hoy uno, luego otro al filo de la espada, todos los capitanes y
soldados, y rellenndolos lenta y perezosamente tal  cual aventurero
impaciente, tal otro perseguido en la Patria por pendenciero y retador,
muchos sedientos de gloria, y no pocos sin familia ni hogar, ganosos de
fortuna. Conforme iban llegando de Espaa los bisoos, recoganles los
antiguos cabos, adiestrbanles y les enseaban los severos principios de
aquella milicia, y as todos se hacan unos  poco tiempo, y parecan
los tercios de ahora los mismos que vencieron en Mulberg y en Pava.

Ni era su general indigno de los de aquella poca de gloria, ni sus
capitanes, el conde de la Fontaine, el duque de Alburquerque y otros
desmerecan de los primeros. Aguardbase por lo mismo en Espaa que con
poderosas diversiones por aquella parte se llamase de tal modo la
atencin de los franceses, que no pudieran acudir con fuerzas muy
grandes  Catalua y  Portugal  Italia. Y cierto que  los principios
bien pudieron dar aliento  tales esperanzas, porque fueron muy
gloriosos. Mas aconteci lo que entonces aconteca ya en todo, que al
paso que los extranjeros reparaban fcilmente sus prdidas, nosotros no
podamos sobrellevar las nuestras, porque nuestros grandes capitanes no
hallaban sucesores ni reemplazo los valientes soldados: as todo lo
ganado  mucha pena en largo tiempo y con grandes triunfos, perdase de
un golpe en una sola derrota. No haba, como sola suceder, recursos ni
dinero para comenzar nuevas campaas despus de aqulla que concluy con
la toma de Arras por los franceses. La gente estaba desnuda y falta de
todo; mas el Cardenal Infante, con su buen gobierno, logr recoger
subsidios de los pueblos, y hubo capitanes, como el duque de
Alburquerque, que con patritico desprendimiento vistieron  su costa
los tercios y sacrificaron la propia hacienda para mantener la campaa.
Comenzronla los enemigos coaligados sitiando el mariscal de la
Meillerie la importante plaza de Ayre, y el de Orange la de Genep. El
conde de la Fontaine, Maestre de campo general, con un trozo de
espaoles se opuso  este ltimo; pero no pudo salvar  Genep, y Ayre se
rindi tambin, aunque despus de defenderse valerossimamente. En esta
ocasin di una muestra insigne de sus talentos militares el Cardenal
Infante.

No teniendo reunido bastante ejrcito para el socorro, se estuvo
apostado en las inmediaciones mientras dur el asedio, esperando
refuerzos, y llegando tarde con ellos el barn de Lamboy, no pudo
impedir la rendicin de la plaza. Los enemigos antes de alzarse de su
campo fortificado quisieron, naturalmente, dejar aprovisionada la plaza,
y para eso enviaron por un gran convoy; mas el Cardenal Infante maniobr
de suerte que se puso entre el campo francs y el convoy, tomando por
asalto la importante villa de Liliers y enseorendose de todo el pas.
Entonces los franceses se vieron forzados  dejar sus lneas separndose
como media legua para salvar el convoy, y el Infante, que no deseaba
otra cosa, se meti rpidamente en ellas, sin que pudiesen ya
estorbrselo. All, fortificado en los mismos reductos y bateras de los
franceses, que no haban tenido tiempo de deshacerlos todava, siti de
nuevo la plaza, la cual, no provista de municiones ni bastimentos, tuvo
que rendirse. En vano los enemigos, burlados tan extraamente y
reforzados con numerosas tropas que trajo el mariscal de Brez al de la
Meillerie, intentaron forzar las lneas que ocupaba el Cardenal Infante;
habanlas ellos tan cuidadosamente fortificado antes, que ahora  su
abrigo fueron invulnerables los nuestros.

Pero esta fu la nica hazaa del Cardenal Infante; ni siquiera tuvo la
satisfaccin de ver rendida la plaza tan hbilmente ganada. Su salud, ya
decadente con tantas fatigas y trabajos, acab de llevar el ltimo golpe
con unas malignas tercianas que le acometieron en el campamento, y tuvo
que dejarlo y retirarse  Bruselas, donde muri  poco tiempo de padecer
penoso, llorado del ejrcito y del pas por sus buenas cualidades, y muy
sentido en Espaa, aunque no tanto como mereca lo grande de la prdida.
Su cadver vino al Escorial, donde reposa entre sus antepasados. Desde
la muerte de Ambrosio de Spnola no haba habido otra tan irreparable y
tan dolorosa. Hbil poltico y capitn valiente y diestro, tena tambin
el Cardenal Infante muy alto patriotismo y una abnegacin y dignidad que
comenzaban  echarse harto de menos en la corrompida Corte de Espaa.
As, cuando se habla de las desdichas de estos aos fatales, es
imposible dejar de contar entre las mayores su muerte. Ella fu tambin
anuncio y preludio de otras que remataron nuestra ruina. Sucedi en el
Gobierno una Junta compuesta de D. Francisco de Mello, conde de Azumar,
del marqus de Velada, del conde de la Fontaine, D. Andrs Cantelmo, que
eran los primeros jefes de las armas, y el Arzobispo de Malinas, hasta
que sabido el suceso en nuestra Corte se nombr por Gobernador nico de
los Estados mientras iba persona real que lo reemplazase, al de Azumar,
D. Francisco de Mello.

Era este de noble familia portuguesa, y acaso de las honradas de aquel
reino; mas no deba andar sobrado de fortuna, y muy joven an, se vino 
la corte de Espaa para obtenerla. Aqu contrajo amistad muy estrecha
con Olivares, y cuando muri Felipe III, no bien comenzada la privanza
de aquel Ministro, fu ya nombrado Gentilhombre del Rey. Mantvose por
ac muchos aos sin obtener empleo, hasta que por los de 1639 fu
enviado al virreinato de Sicilia, cargo harto mayor que sus servicios y
merecimientos. Sobrevino all  poco la rebelin de Portugal, y Mello
permaneci fiel  Espaa, y tantas fueron las demostraciones de su
lealtad, que al tiempo mismo en que los dems portugueses, por bien
reputados que estuviesen, eran cuidadosamente vigilados, cuando no
perseguidos, l recibi el mando de la Alsacia, y el cargo de
plenipotenciario en Alemania. De estos empleos, sin experiencia alguna
de ejrcitos, fu trado por el favor solo del Conde-Duque al difcil
gobierno de los de Flandes.

Fueron los principios de este General tan prsperos, como desdichados
los fines. Tom el mando del ejrcito delante de Ayre, y en sus manos se
rindi la plaza. Para divertirlo de aquel asedio entr an la Meillerie
por Arras; apoderse de Lens y Villeta, villa de poca defensa; pas  la
Basse, puesto importantsimo para cubrir el pas de Lila, que  la
sazn se estaba fortificando, y por no hallarse acabadas las
fortificaciones no se haba plantado en ella la artillera; as la tom
en pocos das, con que corri todo el pas. Adelantse hasta Lila, y
acometi dos veces los Burgos, de donde fu rechazado por hallarse all
ya tres mil infantes, con dos mil caballos que haban salido de las
lneas de Ayre. Entonces M. de la Meillerie escribi al magistrado
pidiendo neutralidad; pero los ciudadanos se mostraron muy fieles, con
lo cual se retir de all y acometi  Armentieres, desde donde, si la
tomaba, poda cortar los vveres al sitio de Ayre, y penetrar en el pas
hasta Brujas: fu tambin rechazado. Volvi  dar vista  Lila, y luego
se retir quemando y destruyendo todo aquel pas hermossimo. No pudo
sufrir ms el de Azumar, y adelant un Cuerpo de doce mil hombres para
salir al apsito. El enemigo fu  sitiar  Bapaume, y en su seguimiento
fu Mello esperando alguna buena ocasin para romperle. Entre tanto Ayre
pidi capitulacin, y con esto termin la campaa. En la siguiente, que
comenz muy temprano, Mello envi al conde de la Fontaine delante de
Lens y la tom, y despus recobr tambin  la Basse. Vinieron al
socorro de esta plaza los mariscales d'Harcourt y de Grammont, que
mandaban ahora las tropas francesas; mas no pudieron lograr su objeto, y
permanecieron acampados y fortificados  orillas del ro Escalda junto 
Honnecourt, en paraje y manera que pareca inexpugnable. El Escalda los
espaldaba, y extendindose por uno de sus costados, daba lugar  que
este fuese defendido por un bajel anclado; el otro costado estaba
apoyado en un bosque; el frente lo defendan tres buenos baluartes y una
trinchera y foso que saliendo del ro con media pica de ancho, volva 
entrar en l, dejando encerrado en su arco el campo francs.

Supo D. Francisco de Mello maniobrar entonces diestramente; envi hacia
Hesdin un destacamento de tropas; con lo cual Harcourt, para precaver
algn golpe de mano, sali de las fortificaciones con mucha parte de sus
fuerzas, dejando dentro al conde de Guiche, conocido por el mariscal
Grammont, con el resto, que seran hasta doce mil hombres. Luego al
punto embisti las lneas enemigas con veinte mil soldados. El duque de
Alburquerque tom con su tercio los baluartes y la artillera,  pesar
de una resistencia desesperada, y el marqus de Velada, que mandaba la
caballera nuestra, deshizo al salir de las lneas la de los contrarios;
con que despus de seis horas de combate fueron estos derrotados dentro
de las fortificaciones que juzgaban inexpugnables, y puestos en total
fuga y dispersin, dejando en el campo dos mil quinientos muertos, tres
mil prisioneros, toda la artillera y bagaje, la caja militar que tena
cien mil escudos, y todas las banderas y estandartes, entre otros el
llamado de San Remigio, que era el blanco y no se haba perdido nunca, y
la bandera de la coronelia del Delfn, las cuales fueron colgadas en los
templos de Espaa. Grammont huy seguido de muy pocos, y no par hasta
Quintn.

Fu gloriossima esta batalla, y ms porque siendo tanto el estrago de
los enemigos, no pas nuestra prdida de doscientos muertos y pocos
heridos; pero no tan fecunda como deba esperarse, porque en todo el
resto de la campaa no se hizo otra cosa que vagar por uno y otro lado y
hacer algunas incursiones por el territorio enemigo, fatigndose y
disminuyndose las tropas con intiles marchas. Atribuyse esto  la
divisin que hubo entre los capitanes espaoles, que no tenan  Mello,
falto de autoridad y de antiguos servicios, todo el respeto que
debieran. Pretendi acaso remediarlo la Corte envindole  Mello en
recompensa de la victoria de Honnecourt, con ttulo de marqus de
Tordelaguna, grandeza de Espaa para su casa, y al propio tiempo le
inst para que hiciese diversin bastante  sacar  los franceses de
Catalua.

Con estas victorias, para la campaa de 1643 se hicieron los mayores
preparativos. Juntronse hasta veinte mil infantes y seis mil caballos,
los mejores de Flandes, en los cuales iba casi toda la gente espaola
que haba en los Estados. Dividi el de Tordelaguna y Azumar su ejrcito
en dos trozos, y dejando como en reserva el uno de seis mil hombres 
Beck, Coronel de alemanes, que desde la humilde condicin de cosaco
haba llegado  aquel punto por sus servicios y virtud militar se
adelant con el otro, donde haba hasta diez y ocho mil infantes y sobre
dos mil caballos, llevando al conde de la Fontaine por Maestre de campo
general, y al duque de Alburquerque, D. Francisco de la Cueva, por
General de la caballera, ausente el marqus de Velada para el gobierno
de Miln; y entrando en la provincia de Champagne puso cerco  Rocroy.
Acababa de ser nombrado por los franceses gobernador de esta provincia
el gran prncipe de Cond, todava duque de Enghien, joven de veintids
aos, muy deseoso de vengar la vergenza que haba hecho recaer sobre su
casa la fuga de Fuenterraba, y bajo su mando estaban los generales de
l'Hopital, de Gassion, de Espanau y de la Fert Semetirre, con diez y
siete mil infantes y tres mil caballos. No bien supo Cond que el
marqus de Tordelaguna, D. Francisco de Mello, sitiaba  Rocroy, se
determin  rechazarle de all  toda costa,  pesar de que los viejos
Mariscales que tena  sus rdenes calificaban de temerario el intento.
Eralo sin duda, y  no ser por las grandes faltas que cometieron los
nuestros, la ruina del ejrcito francs hubiera sido completa, como lo
fu la de los espaoles.

Est Rocroy situada en medio de una llanura, rodeada de bosques y
pantanos, sin otra puerta  entrada que un peligroso desfiladero: con
slo guardar ste por algunas compaas de soldados, era imposible el
paso y el socorro intentado por los enemigos. Pero Tordelaguna, que
quera la batalla, y que ensoberbecido con sus anteriores ventajas,
menospreciaba imprudentemente  los contrarios, les dej entrar en la
llanura pacficamente, sin tomar otra precaucin que la de ordenar 
Beck que viniese en su ayuda con la reserva. No falt luego quien le
aconsejase que fortificase ligeramente su campo; pero Mello tampoco
quiso dar odos  consejo tan prudente; antes se sali de l y form su
ejrcito en batalla. Levantbase un tanto la llanura por la parte de la
ciudad que ocupaban los espaoles; descenda luego suavemente, y volva
 levantarse por la parte del desfiladero adonde estaban los franceses.
De ellos  nosotros corra uno de tantos bosques como por all haba,
el cual, comenzando no lejos de la derecha de los franceses, terminaba 
la izquierda de nuestro campo. Mello hizo ocupar este bosque por una
manga de mil mosqueteros, y al duque Alburquerque D. Francisco de la
Cueva, le di el mando del ala izquierda que en l se apoyaba con buena
parte de la caballera y la infantera italiana y walona; en el centro,
y all donde ms se alzaba el terreno por nuestra parte, plant el
grueso de la mejor infantera espaola, gobernada de aquel conde de la
Fontaine, Maestre de campo general, con la artillera; y en el ala
derecha se puso l propio con el resto de la caballera, y alguna
infantera espaola y extranjera. El duque de Enghien di frente  los
nuestros  la otra parte alta de la llanura, poniendo al mariscal
d'Espenan, aqul que defendi  Salsas, en el centro con el grueso de la
infantera francesa y mercenaria; el ala izquierda opuesta  Mello la
fi  los mariscales de l'Hopital y de la Fert: y en el ala derecha
contra Alburquerque se coloc l mismo con Gassion, distribuyendo entre
las dos alas su numerosa y escogida caballera.  la espalda dej en
reserva, con buen nmero de tropas, al Barn de Sirot, soldado de mucha
nota. Ambos generales ardan en deseos de venir  las manos: Mello, sin
embargo, aguardaba  que llegase Beck con la reserva para comenzarla, y
aun por eso quizs no haba cuidado de dejar alguna gente  la espalda
en su orden de batalla: mas el de Enghien, advirtiendo el propsito de
su enemigo, se apresur  venir  las manos.

Da 19 de Mayo, al amanecer, se rompi el fuego: comenzlo Enghien
embistiendo poderosamente el bosque donde apoyaba sus escuadrones
Alburquerque, que era la llave de nuestra posicin; por lo mismo
debieron sostenerlo los nuestros hasta el ltimo extremo, pero no se
hizo, y despus de una sangrienta escaramuza, nuestros mosqueteros
fueron de all desalojados. Entonces Enghien avanz con toda su ala
formada en batalla; pero la espesura del bosque desordenaba su gente, y
para evitarlo hubo de acudir  una traza de ms efecto que la que
imagin en un principio. Mientras l continuaba avanzando con la primera
lnea de sus escuadrones  lo largo del bosque, orden al mariscal
Gassion que recorriese la segunda, y rodeando con ella el bosque mismo,
vino  caer por el otro lado sobre los nuestros. Ejecutlo Gassion con
notable presteza y arrojo; hall desprevenido al de Alburquerque, que
solo atenda al ataque de Enghien, y aprovechndose de la sorpresa
deshizo en pocos momentos nuestra caballera. En vano Alburquerque
acudi ya al reparo peleando bien por su persona: fu herido y obligado
 retirarse: con que dej expuestos  la furia de los caballos enemigos
los tercios walones  italianos, que no tardaron en tomar la fuga. Entre
tanto los mariscales de l'Hopital y de la Fert haban embestido nuestra
izquierda con mucho denuedo; pero saliendo contra ellos D. Francisco de
Mello deshizo sus caballos y acuchill sus infantes, y preso la Fert y
herido l'Hopital, todo se lo llev por delante en completa derrota.

Hasta aqu la batalla estaba igual por ambas partes: los escuadrones que
componan el centro en uno y otro ejrcito, no se haban embestido
todava: de las alas una por cada parte quedaba deshecha. Pero entonces
cabalmente se vi la diferencia de talento en los caudillos. Mello con
su caballera no pensaba ms que en perseguir  los fugitivos juzgando
ganada la batalla, cuando tropez con el escuadrn de la reserva que
traa Sirot,  cuyo abrigo comenzaron  recogerse las reliquias del ala
izquierda enemiga. Trabse un reido combate, y entre tanto el de
Enghien, sabido el destrozo de su ala, reparti acertadamente su gente
en dos Cuerpos; con el uno envi  Gassion por detrs de nuestro mismo
centro  embestir  la infantera vencedora de Mello, y con el otro fu
l propio  sostener  Sirot con nuestra triunfante caballera. Esta,
gobernada del mismo Mello, se sostuvo bien al principio, pero acometida
por fuerzas tan superiores, no tard en dispersarse, sin que el General
fuese de los ltimos que apelasen  la fuga. La infantera por tan
breves momentos vencedora, fu acuchillada sin piedad  un tiempo por
Gassion que la cogi por la espalda, y por Enghien y Sirot y toda la
caballera francesa. All murieron muchos, pocos huyeron, algunos se
recogieron confusamente al centro donde estaba el grueso de la
infantera espaola, altas las picas, preparados los mosquetes y
arcabuces, inmvil  intacta todava. El conde de la Fontaine, lorens,
gan aquel da incomparable prez y gloria. Doblado al peso de los aos,
y enfermo y desfallecido, se haba hecho traer en silla de manos, no
queriendo en tal ocasin desamparar  los viejos tercios, que tantas
veces haba acompaado  la pelea. Desde all vi los varios trances de
la batalla sin poder obrar nada, porque d'Espenan, aunque no osaba
acometerle, le amenazaba sin cesar con iguales  mayores fuerzas, y
descomponer su ordenanza habra sido entregar sus infantes al hierro de
los caballos enemigos en un momento vencedores. Lo que hizo fu recoger
y amparar  los infantes fugitivos que acudieron  sus escuadrones y
ordenar  stos en cuatro frentes: los mosqueteros y arcabuceros en las
primeras filas; las picas detrs, y en el centro del cuadro que se
formaba, los caones: de modo que, abrindose  cada momento los
soldados, pudieran disparar sobre seguro los nuestros. No tard Enghien,
recogida su caballera y ordenada, en caer sobre el centro. Serenos 
inmviles los infantes espaoles, la dejaron llegar  cincuenta pasos, y
all dispararon sobre ella tal rociada de balas, que la hicieron volver
las espaldas con no menos precipitacin que vena  dar la acometida.
Volvi Enghien  cargar dos veces ms, y ambas fu rechazado de la
propia suerte con horrible estrago, sin que se notase en los nuestros
seal de desorden  recelo. Entonces todo el ejrcito enemigo vino 
cercar el cuadro, azotndole con la artillera, combatindole con
furiosos asaltos, y hallando desesperada resistencia.

Prolongse aquel desigual combate mucho tiempo, consumindose poco 
poco los infantes espaoles, mas sin ceder un punto, y acrecentndose
cada momento la saa del enemigo al ver que un trozo de infantera
desamparado de todo el ejrcito osase disputarle la victoria. Al cabo,
abiertos ya por todas partes los escuadrones, flacos y rendidos, algunos
capitanes espaoles pidieron capitular. Adelantbase el de Enghien  oir
sus proposiciones, cuando otros de los nuestros,  no queriendo
capitular an en tal extremo,  interpretando mal el movimiento del
general enemigo, y suponiendo que vena  embestirles de nuevo,
dispararon su arcabucera. Gritse traicin por ambas partes y de nuevo
se comenz el combate, aunque ya ms bien podra llamarse matanza. La
caballera francesa, hallando claras las filas, vacos los puestos de
soldados y llenos de cadveres, penetr al fin en el cuadro y hubieron
de lidiar los nuestros, sueltos y sin orden, uno contra veinte, no ya
por la victoria  por la vida, sino slo por la reputacin de su nombre.
Cay el conde de la Fontaine de su silla despedazado de heridas, y
pisotearon sus venerables canas los escuadrones franceses; cay el
valiente Maestre de campo Don Iigo de Velandia y casi todos los
capitanes. El de Enghien corra de ac para all, conteniendo la saa de
sus soldados, por salvar las pocas vidas que quedaban de aquellos
valientes espaoles; mas como ellos no queran ya las vidas y peleaban
valerosamente por dondequiera espantando an  sus enemigos, no hallaban
piedad alguna. Sin embargo, logr salvar el de Enghien al Maestre de
campo D. Jaime de Castellv y algunos soldados de nota, todos heridos
ya,  sin fuerza para mover el hierro. En esto asombr  los franceses
el espectculo de uno de los tercios, que formado el cuadro de por s:
peleaba con tanta bizarra y resolucin como si entonces comenzase la
batalla. La comandaba el conde de Villalva D. Bernardino de Ayala, noble
caballero enviado  servir en Flandes por castigo, de los ms valerosos
que hubiese entonces en aquellas provincias. En vano los franceses
acometieron una vez y otra aquel tercio invencible: muri Villalva,
murieron casi todos los capitanes, y no por eso cejaron los soldados. La
artillera francesa inund de sangre el reducido mbito que ocupaba el
tercio; mas no pudo romper sus frentes. Bramaban de clera los enemigos
al contemplar que un puado de hombres osase disputarles todava tan
gloriosa victoria; redoblaban  cada momento sus esfuerzos, y siempre en
balde. Al fin el de Enghien, joven y valeroso, admirando el valor de
aquellos viejos soldados, que no saban dar la espalda al enemigo, ni
rendir las espadas heredadas de los vencedores de Ceriola y San
Quintn, les ofreci honrosos y nunca odos conciertos, que fu que
saliesen del campo con los honores mismos con que suelen salir las
guarniciones de las fortalezas, y que libres y con armas fueran puestos
en tierra espaola. Con tales condiciones no pudieron negarse 
capitular. Creyse al principio que los franceses los traeran 
Fuenterraba para cumplir los pactos; pero sin duda les pareci menos
peligroso dejarlos en Flandes que ponerlos  punto de reforzar nuestras
armas en Catalua, y all los dejaron. Aos adelante, aquel tercio era
conocido an en Flandes, por memoria de su hazaa, con el nombre de
_Tercio de la Sangre_.

Mucha derramaron en aquella ocasin los enemigos; y tanta  ms los
nuestros. Dejamos ocho mil muertos en el campo; los prisioneros llegaron
 seis mil, casi todos extranjeros; veinticuatro caones, las banderas,
bagajes y cajas militares. Muy pocos pudieron salvarse al amparo de
Beck, que lleg con sus tropas al campo de batalla cuando acababa de
capitular el ltimo tercio. Mello se refugi avergonzado en Bruselas.
All acab la infantera espaola que haba fatigado  la tierra y
encadenado los ejrcitos de todo el mundo por cerca de dos siglos. Acab
con tanta gloria, que an los franceses recuerdan con admiracin la
respuesta de uno de los capitanes espaoles prisioneros, al cual
preguntndole por el nmero de soldados que tena su tercio, contest
friamente: Contad los muertos. La ineptitud de Mello, la flaqueza de
nuestra caballera, y an la poca resistencia que all tuvieron los
tercios italianos y walones, nos arrancaron la victoria que el valor de
nuestra vieja infantera hubiera hecho indudable. No contemos ms desde
este da  Espaa entre las grandes naciones militares: era Roma y va 
ser Cartago: manos mercenarias la defendern casi siempre en adelante
(1643).

Lleg  Madrid esta nueva infausta  poco de caer de su privanza el
Conde-Duque y cuando la Corte se hallaba an tan regocijada con tal
suceso, que no tuvo espacio para llorarla como deba. No haban desdicho
las ltimas medidas del favorito del resto de su administracin, que
toda se volva imaginar arbitrios buenos  malos, aplicando sin cordura
los malos y dejando de aplicar los mejores. Todava en 1642, meses antes
de su cada, hizo publicar una pragmtica, bajando el valor de la moneda
de velln, que l mismo haba hecho subir en 1636: de modo que las
piezas de seis maraveds valiesen uno solo, con que hubo tal confusin y
espanto, que apenas se hallaba de comer en Madrid mismo. Algo menos
infeliz anduvo al querer llamar de nuevo  los judos; pero no era l
hombre de llevar  cabo tamaa empresa, y as fu que con slo haber
puesto la Inquisicin mal ceo, desisti del propsito; ni era esto
tampoco, verdaderamente, para ejecutarlo de pronto, ni para atender 
males tan inmediatos y urgentes. Los soldados, testigos de su flojedad y
del papel indigno que haca representar al Rey en paz y en guerra,
llegaron  aborrecerle mortalmente, y estando en Molina de Aragn con el
Rey, de una compaa que hizo salva al pasar su coche, sali una bala,
que hiri dentro de l al enano con que entretena sus ocios y penas, y
puso  riesgo su persona, sin que pudiera averiguarse el autor de tal
hecho.

No lo odiaban menos en la Corte, donde hubo ya una conjuracin para
matarle en los primeros aos de su privanza, que no tuvo efecto. Cada
da su altanera y sus injusticias le atraan nuevos enemigos, y pronto
se form de ellos una especie de partido  bandera muy poderosa que sin
descanso trabajaba en su dao.  la cabeza de este partido estaba la
misma reina Doa Isabel de Borbn. Era diestra aquella mujer, como
criada en la Corte de Mara de Mdicis, orgullosa adems y dominante de
suyo, no poda llevar con paciencia el poco respeto del Conde-Duque, y
desde los principios habase propuesto derribarle de la privanza, siendo
el no haberlo conseguido sino al cabo de tanto tiempo grandsima muestra
de las profundas races con que la tena afirmada en el corazn del Rey.
Como tena puesta cerca de la Reina, para vigilarla,  su mujer, Doa
Ins de Ziga, dama de no vulgar talento y completamente imbuda en los
intentos de su esposo, sta, ejerciendo en Palacio y en el cuarto real
una opresin verdaderamente insoportable, tratando de igual  igual 
las Princesas, como la de Mantua y la de Carin, y an ponindose en
las ocasiones delante de ellas, y echando  intimidando  todas las
dems seoras de la Corte, le ayud mucho  parar y deshacer los golpes
y manejos de sus enemigos. Pero la Reina, ms irritada  medida que se
senta ms oprimida y con menos influencia sobre su marido, estuvo
acechando cuidadosamente la ocasin de castigarle. Ofrecironsela
cumplida los recientes desastres, y ms que otro alguno el de la prdida
de Portugal, que tan profunda impresin hizo en el nimo del Rey.
Indignada la Reina lo propio que los Grandes y todo el pueblo con
aquella nueva y triste muestra de la ineptitud del favorito, y alentada
con la desconfianza con que comenzaba  oir su esposo los consejos que
aqul le daba, apresur y redobl las hostilidades. Ella fu
principalmente quien inclin al Rey  que hiciese la jornada de
Catalua,  fin de que viese por sus mismos ojos el estado de las cosas.

De vuelta en Madrid se atrevi ya  representarle con vivos colores los
desaciertos y maldades del Conde-Duque, y aun mostrndole un da al
prncipe don Baltasar, su primognito, dijo con lgrimas que por causa
de tal ministro haba de llegar un da en que se viese reducido  la
condicin de caballero particular.  este tiempo ya los Grandes no
asistan  Palacio ni al servicio del Rey: el clero, el pueblo, todo el
mundo, conjurado contra el favorito, ayudaba invisiblemente  la Reina.
Dos mujeres vinieron an  secundarla ms activamente, concertando con
ella sus planes. La una fu Doa Ana de Guevara, ama del Rey,  la cual
amaba l sobremanera, y que muy ofendida de la mujer del Conde-Duque por
haberla alejado de Palacio, acech la ocasin de hablarle  solas, y le
dijo contra ella y su marido cuanto la pudo dictar la sed de venganza,
ayudada de la razn y de la verdad. La otra fu Doa Margarita de
Saboya, duquesa de Mantua, que echada de Portugal se vino  Ocaa, y
desde all, viendo que el Conde-Duque la dejaba abandonada sin enviarle
siquiera para su sustento, se present de improviso en la corte; y
aunque el favorito hizo mucho porque no viese al Rey, ella, por medio de
la Reina, supo lograrlo, y demostrarle con copiosas noticias que slo 
aqul y  sus allegados y amigos deba atribuir la prdida de la Corona
portuguesa. Honrada y prudente mujer era esta Doa Margarita, y digna de
mejores tratamientos que los que emple con ella el Conde-Duque. Tambin
contribuyeron  desengaar al Rey su maestro fray D. Galcern Albanell,
Arzobispo de Granada, y el conde del Castrillo, Presidente del Consejo
de Hacienda, al cual respetaba mucho el Monarca: el primero por medio de
una carta muy libre, donde le deca claramente todo lo vergonzoso de su
conducta, y el otro por servir  la Reina con oportunas y bien
encaminadas indicaciones y discursos. Por ltimo, se una  stos el
marqus de Grana Carreto, enviado del Emperador, que, por lo que
importaba  su Soberano, miraba con dolor la ruina de Espaa. Tanto fu
menester para derrocar aquella privanza; y aun derrocndola era de
deplorar el que fuera el consejo y respeto de personas particulares,
pocas bien intencionadas, muchas sin ms deseo que el de la personal
venganza, antes que no las grandes faltas del favorito y desdichas de la
Monarqua lo que moviese su cada. Males que se remedian de tal modo, no
pueden decirse remediados, sino ms bien aplazados; porque en el gnero
de gobierno  en el estado de cosas en que tal suceda, ellos han de
repetirse de seguro muchas ms veces.

Por fin, el favorito conoci que era intil la resistencia, y rendido de
tan larga lucha y queriendo hacer menos dolorosa su cada, pidi al Rey
licencia para retirarse de los negocios. Fule negada por dos veces; mas
cuando comenzaba quizs con eso  dar entrada en su pecho  la
esperanza, recibi un billete escrito de propia mano de Felipe, mediado
Enero de 1643, mandndole que no se entrometiese ms en el Gobierno, y
que se retirase  Loeches hasta que otra cosa dispusiese: de all fu
luego  residir en la ciudad de Toro. Mostr el Conde-Duque gran
entereza en este golpe de la fortuna, que bien pudo contarlo por blando
segn era lo que merecan sus faltas.  la verdad, el Rey anduvo con l
muy benvolo en las ltimas disposiciones: mand que se le dejase
registrar y romper todos los papeles que quisiera y pudieran
perjudicarle; escribi  los Consejos honrndole mucho, y diciendo que
le apartaba de los negocios por las repetidas instancias que le haba
hecho pidiendo licencia, y que no era sino para tomar sobre s el
Gobierno sin fiarlo de otro alguno; y habiendo indicado el Presidente de
Hacienda, Castrillo, que ciertas urgencias del Estado no podan cubrirse
sin echar mano de una gran cantidad de plata venida de Amrica para el
Conde-Duque, se neg  aceptar el remedio, antes mand que se le pagasen
puntualmente sus sueldos. No fu tal benevolencia aprobada. El pueblo
acech en numerosas turbas la hora de salir de Palacio el favorito, y
acaso le matara  no tomar l el buen partido de ejecutarlo oculto y
disfrazado; pero algunos de sus coches, donde por un momento se crey
que iba, fueron apedreados. Frustrado su intento, corrieron las turbas
por las calles victoreando  todas las personas que haban tenido parte
en la cada del privado. Estas solicitaban  la par su castigo,
alternando en todos, con el regocijo, el deseo de venganza que les
aquejaba.

Si Castrillo, con sus malvolas insinuaciones intent en vano
despojarle de sus haberes, otros de sus enemigos no tardaron en lograr
que  su mujer se la separase tambin del servicio de la Reina,
mortificndola antes con continuos desaires, y que  su hijo D. Enrique
de Guzmn, se le quitase la asistencia del Rey, desterrndole como  l
de la corte. Creci con el tiempo y la seguridad de que era ya imposible
su vuelta, el rencor y la saa contra el Conde-Duque. No ya solo sus
enemigos, sino sus antiguos amigos y aduladores, como suele acontecer 
los ministros cados, censuraban agriamente su conducta, abrindose
entonces  la verdad los ojos que el inters y la cobarda tuvieron
tantos aos cerrados. Comenzaron tambin  escribirse papeles en contra
del privado, y hubo uno en pro que deba ser de persona bien agraviada
en la mudanza, con lo cual el Rey prohibi severamente semejante
polmica, y castig con graves penas  los que intervinieron en ella.
Dios sabe adonde hubieran ido  parar las cosas, porque el Rey,
continuamente acosado por todas partes de voces que pedan venganza, y
persuadido ya de todas sus faltas, comenzaba  mirarle con odio, cuando
la muerte vino  libertar al favorito de persecuciones. Sobrevnole en
la ciudad de Toro, donde resida ejerciendo el cargo de regidor, por
efecto de su despecho y amargura, antes que de enfermedad alguna, porque
tena ms de altivez que no de conformidad la entereza que mostraba.
Djose que expir perdido el juicio, por haber recibido del Rey una
carta en que le deca estas palabras: si he de reinar yo, y mi hijo se
ha de coronar, ser preciso que entregue vuestra cabeza  mis vasallos
que  una voz la piden todos y es preciso no disgustarles ms. Y sea 
no esta particularidad cierta, el hecho es que el Rey no andaba ya muy
lejos de tales pensamientos, y que si la muerte fu justa en D. Rodrigo
Caldern, deba parecer en l pequeo castigo. Acusbanle con razn de
haber sido la causa principal de que se perdiesen en Oriente, Ormuz,
Goa, Fernambuco y todas las colonias portuguesas, el Brasil, las Islas
Terceras, el Reino de Portugal, el Roselln, todo el Ducado de Borgoa 
excepcin de cuatro plazas, la gran fortaleza de Arras, muchas en el
Luxemburgo, Brunswick, en la Alsacia, y los derechos  influjo del
Ducado de Mantua, que eran las mermas de dominios que ya  la sazn
tena Espaa. Asmismo se le acusaba de haber perdido ms de doscientos
ochenta navos en los mares, de haber sacado de las entraas de la
tierra y del corazn de los vasallos medias anatas, papel sellado,
alcabalas y otras cosas innumerables por l imaginadas hasta ciento diez
y seis millones de doblones de oro: parte gastado intilmente en
ejrcitos y armadas perdidas; parte distribudo entre Virreyes,
Gobernadores, Capitanes generales y otros ministros, todos criaturas
suyas, ya por sangre  por servil dependencia; parte acopiado en su
propio bolsillo y casa. Lo de los gastos intiles en ejrcitos y armadas
prubanlo bien todas las campaas. Lo distribudo entre parientes y
servidores no tiene tampoco duda, vindose siempre al Conde-Duque no
fiar de otros que de ellos los lucros: de modo que al mirarlo asociado
con alguno en el Poder, hay que recordar que fu su to D. Baltasar de
Ziga,  bien su primo D. Diego Felipe de Guzmn, marqus de Legans,
en quien, cuando estaba  su lado, descargaba una parte de los negocios
pblicos. Al inquirir quin gobernaba en Npoles, hllase al conde de
Monterrey, su cuado,  al duque de Medina de las Torres, su yerno; al
nombrar al Virrey de Miln, tropizase con el mismo marqus de Legans,
su primo, y lo propio al tratar de Catalua; en el Generalsimo de la
frontera de Portugal se encuentra otra vez  Monterrey, y fu mucho que
desde la asistencia de Palacio, adonde ya vea  su hijo, el bastardo D.
Enrique, mozo disoluto y sin autoridad ni talentos, no pasase  ocupar
la presidencia del Consejo de Indias, que ya estaba para l dispuesta.

Siendo el conde-duque Guzmn y su mujer Ziga, Zigas y Guzmanes, se
vieron casi solos en los altos empleos, exceptuando algn Velasco, por
ser su abuelo materno de aquella casa y tener casado  su hijo con mujer
de ella. El resto de los destinos que no pudo llenar con sus parientes,
fu para sus viles aduladores, Jernimo de Villanueva el protonotario de
Aragn, Diego Surez, Miguel de Vasconcellos, secretarios de Portugal, y
algunos otros. Hasta su asesor en la privanza, D. Luis de Haro, no
hubiera llegado  serlo sin ser sobrino suyo, porque slo  eso debi la
entrada en la Corte y la amistad del Rey; si bien cuando lleg  notar
sus adelantos le aborreci sobremanera y comenz tambin  preparar su
ruina. Y en cuanto  los medros de su persona y casa particular, fueron
inmensos. Su orgullo, que nunca le falt, no consenta en l como en el
duque de Lerma, que admitiese regalos  donativos de particulares como
en compra y paga de favores; pero supo obtener empleos y sueldos y
comodidades que le produjesen con menos vergenza tantos  ms
beneficios. Primeramente obtuvo un privilegio para gozar encomiendas en
todas las Ordenes militares, teniendo solamente la cruz de Alcntara,
por lo cual gozaba cuarenta y dos mil ducados; luego se hizo declarar
Camarero mayor del Rey, oficio no conocido desde el tiempo de Carlos V,
del cual sacaba diez y ocho mil ducados; tambin tom para s el cargo
de Caballerizo mayor, que daba veintiocho mil ducados; el de Sumiller de
Corps, doce mil, y el puesto de Canciller de las Indias, que montaba
cuarenta y ocho mil, todos en producto anual. Mas no era esto lo mayor,
sino que cuando partan los galeones de Sevilla y Lisboa, haca cargar
cantidades exorbitantes de vino, aguardiente y trigo recogido en sus
haciendas; y como tena para s los puertos francos, venda tales
gneros  precio muy subido; con lo cual y la carga de retorno, ganaba
cada ao en el trato hasta doscientos mil ducados. Adems hizo que el
Rey le cediese la villa de San Lucar la Mayor, con ttulo de Duque, que
en alcabalas y derechos vala cincuenta mil ducados. Y no contento con
esto, sac para su mujer la merced de Camarera mayor de la Reina y el
cargo de aya del Prncipe, con salario de cuarenta y ocho mil ducados
por ambos conceptos[20]. De este modo ascendan las ganancias que
anualmente obtena por su privanza  cerca de cuatrocientos cincuenta
mil ducados, cantidad bastante para mantener un ejrcito, y que l
derrochaba intilmente en festines y locuras.

     [20] _Semanario Erudito._

As, por todos estos conceptos, fu el Conde-Duque de Olivares, el
ministro ms funesto y de odiosa memoria que haya tenido jams Espaa,
donde tantos se han hecho dignos de censura. Y eso que como hombre, ni
por su inteligencia ni por su carcter puede decirse que fuera un hombre
vil como otros, no tan funestos como l, lo han sido.




[Ilustracin]

LIBRO SPTIMO

SUMARIO

     De 1643  1648.--Sucesos que siguen  la cada del
     Conde-Duque.--Catalua: nuevo ejrcito y sale el Rey  l; campaa
     de D. Felipe de Silva y toma de Monzn; vuelve  Catalua el Rey;
     batalla gloriosa de Lrida, y rendicin de esta plaza y de
     Balaguer; retranse del servicio Silva y Garay; D. Andrea de
     Cantelmo; defensa esforzada de Tarragona.--Portugal: batalla de
     Montijo y toma de algunos lugares; sucesos de la frontera de
     Ciudad-Rodrigo.--Socorro de Orn y combate naval de
     Cartagena.--Italia: prdida de San Ya.--Flandes: gloriosa batalla
     de Tutelinghen; prdida de Grawelingas y del Saxo de Gante.--Muerte
     de la reina Doa Isabel de Borbn; privanza de D. Luis de Haro;
     estado de la Corte por estos aos; prohibicin de las comedias; D.
     Juan de Austria.--Italia: Expedicin de los franceses  Toscana;
     combate naval; nueva expedicin; insurreccin de Sicilia;
     principios de la rebelin de Npoles; el duque de Arcos;
     Masaniello; refgiase el Virrey  Castelnovo; combates y
     conciertos; muerte de Masaniello; nuevas rebeliones; Toralto;
     llegada de D. Juan de Austria; nuevos combates; propsitos del
     Arzobispo; muerte de Toralto; Jenaro Annese; llegada del duque de
     Guisa y de la armada de Francia; combate naval y retrase aqulla;
     torpezas del de Guisa; separacin del duque de Arcos; D. Juan de
     Austria y el conde de Oate en el Virreinato; combate general y
     trmino de la rebelin; prisin de Guisa; muerte de Jenaro Annese;
     Portolongone y Piombino recobradas; guerra con el Modens; batalla
     de Bozzolo; combate de Cremona; conquistas en el Modens y sumisin
     del Duque.--Catalua: prdida de Rosas; batalla funesta de
     Balaguer; encuentros parciales y prdida de la plaza; sitio de
     Lrida; vuelve el Rey  Catalua; fuerza el marqus de Legans las
     lneas de Lrida; nuevo sitio de esta plaza y afrenta de Enghien;
     operaciones de Enghien y Aytona; prdida de Tortosa; recbranse
     algunas plazas; victoria de D. Juan de Garay no lejos de Santa
     Coloma; toma de Castellb y victoria delante de sus muros;
     situacin de Catalua; tratos de los naturales con nuestros
     capitanes; campaa de Mortara; Flix y Tortosa rendidas; llegada de
     Mortara  Barcelona, sitio y toma de la plaza; pacificacin casi
     completa en Catalua.--Portugal: empresa de Olivenza
     frustrada.--Flandes: pirdense Mardik, Ulhiz, Courtray y otras
     plazas; combate de Rethel; prdida de Dunquerque y de Venl; el
     archiduque Leopoldo; toma y batalla de Lens; disturbios con
     Francia; paz con Holanda; estado de nuestra Corte; permtense de
     nuevo las comedias; nuevo matrimonio del Rey; proyectos de unin
     con Portugal y de regicidio.


SIGUI  la cada del Conde-Duque un perodo de esperanza para la
desalentada nacin espaola. El vulgo, como suele, y como ya lo haba
demostrado  la cada del duque de Lerma, pensaba que con slo la
perdicin de aquella persona aborrecible se remediaran todos sus males.
Los ms sensatos fundaban su esperanza en el arrepentimiento del Rey,
pensando que en adelante se aplicara de todo punto  los negocios,
dejado del ocio y liviandades que hasta entonces le haban impedido
cuidar de sus pueblos. Los oprimidos antes, ahora mostraban buen rostro,
mirando satisfecha su venganza. Los que antes disfrutaban favor, tambin
ponan ahora buen semblante  las cosas  fin de que no se les tachara
de fieles amigos del Ministro cado. Vino la ordinaria ganancia de unos
y prdida de otros, que segua  la ruina de cada favorito; volvi D.
Francisco de Quevedo  la corte de vuelta de su largo cautiverio de
Len; restituyse su generalato de la mar al marqus de Villafranca;
sali de sus prisiones aquel buen capitn portugus D. Felipe de Silva,
que andaba en ellas por sospecha de su lealtad, y tan favorecido del
Rey, que le di el mando del ejrcito de Catalua, vacante por la
separacin del marqus de Legans y  ste, en cambio, se le continu el
proceso detenido por respetos al Conde-Duque. Tambin el duque de Medina
de las Torres, D. Ramiro Nez de Guzmn, fu separado del gobierno de
Npoles. Haba enviado aquel reino  Madrid  uno de sus Grandes con
quejas del de Medina y pidiendo nuevo Virrey; pero  causa del
parentesco de ste con el Conde-Duque, no pudo conseguir el Embajador en
largos das, ni ver al Rey, ni que siquiera le dejasen entrar en
Palacio. Ahora, con la cada del favorito, el napolitano explic el
objeto de su embajada, y se orden la destitucin de D. Ramiro, enviando
en su lugar al buen almirante de Castilla, D. Juan Alfonso Enrquez de
Cabrera, nombramiento acertadsimo y que reparaba una de las injusticias
ms grandes de aquellos tiempos; porque el Almirante, olvidado y sin
empleo, era, como en otras partes dejamos dicho, hombre de gran mrito,
sin duda de los que ms lo tenan  la sazn en Espaa.

Como stas se tomaron otras medidas, ni todas justas, ni injustas todas,
pero unas que otras aplaudidas del mismo modo. Aumentaba el regocijo y
la esperanza el ver muy mudadas las cosas de Francia. Haba muerto pocos
das antes de la cada del Conde-Duque el cardenal de Richelieu, y
pocos das despus Luis XIII, quedando por gobernadora de aquel reino,
con un Prncipe de cinco aos, la reina Doa Ana de Austria, hermana de
Felipe IV. La ocasin pareca acomodada para hacer prspera guerra 
ventajosas paces; porque de una parte Francia no poda tardar en
mostrarse ms flaca que antes, por las discordias que haban de nacer
forzosamente, y de otra, la Reina Gobernadora, tan unida  Espaa por
los lazos de la sangre y de la patria, no pareca natural que nos
hiciese tan calculada y terrible hostilidad como Luis XIII  ms bien su
ministro Richelieu. Indudablemente esto ltimo era digno de tenerse en
cuenta. La paz haba llegado  hacerse tan necesaria, que sin ella se
disolva inevitablemente la Monarqua. Muchas victorias contra la
Francia no nos habran sido en aquellos tiempos tan provechosas como una
paz honrosa que  cambio de la de Flandes, si era preciso, nos hubiese
dejado el Roselln y Catalua, y libres las fuerzas para embestir 
Portugal. Acaso Ana de Austria hubiera obtenido de su hermano el rey
Felipe un tratado de paz de esta especie; y lo que es ms, que fielmente
lo cumpliera y no diese ayuda alguna al duque de Braganza para
mantenerse en el Trono. Pero ciegos siempre los cortesanos que rodeaban
al Rey, deslumbrado ste todava con el esplendor de su Trono,
recordando an la Grandeza antigua, ms para desearla y afectarla, que
no para imitarla y alcanzarla, determinaron aprovecharse de la ocasin,
no para hacer buena paz, sino para hacer con ms ventaja que antes la
guerra, abriendo un nuevo perodo en aquella lucha terrible. As, nada
se hizo por nuestra parte en las conferencias abiertas en Munster entre
las potencias beligerantes para obtener la paz general que ms tarde se
llam de Westfalia.

De que la guerra nos ofreciese ventajas, mal presagio era la batalla
funesta de Rocroy, ganada por los franceses cinco das despus de la
muerte de Luis XIII. Y no deban esperarse muy grandes errores que
aprovechar del gobierno de Ana de Austria, mujer de alma espaola, como
era su cuna, magnnima y fuerte, y que tena por favorito al cardenal
Mazzarino, sobrado conocido de los espaoles,  cuyo servicio haba
estado en los principios de su carrera despus de sus estudios hechos en
la Universidad de Salamanca, y el cual haba dado muestras de su gran
habilidad al servicio ya de Francia en los negocios de Italia,
causndonos muchos perjuicios el, por todos conceptos, digno sucesor de
Richelieu. Debironse al principio algunas ventajas, tanto  la
intervencin del Rey en los negocios, y al aliento y estmulo que con
ella inspiraba, cuanto  los disturbios que, en efecto, estallaron en
Francia entre Mazzarino y sus rivales; y mayores se lograran si fueran
ms y ms continuados los aciertos. Pero el Rey no estaba acostumbrado
al trabajo; agobibale la pereza; picbanle siempre las antiguas
pasiones: as es que antes de un ao comenz  dejar alguna parte del
peso de los negocios en D. Luis de Haro, hijo del marqus del Carpio,
sobrino del conde-duque de Olivares, hombre mucho ms honrado y de harto
mejor deseo  intenciones que su to, pero de muy escasa instruccin y
talento. Haba contribudo tambin en algo  la cada de ste,  quien
deba su favor, pero del cual estaba temiendo ya algn efecto de celos
con que le quitase ms de un golpe que le hubiese dado; y era por esta
circunstancia y sus buenos modos estimado generalmente.

Lo primero que acord el Rey fu salir de Madrid para Catalua. Pero era
preciso reunir para ello soldados con que acudir all honrosamente sin
desatender por eso el resto, principalmente Portugal, que estaba
clamando socorro, pues los portugueses adelantaban ya su audacia  hacer
conquistas en Castilla. An lleg  dudarse si convendra ms que el Rey
saliese para Portugal que para Catalua; pero al fin se resolvi lo
segundo. Y en verdad que atentamente miradas las cosas, no se sabe decir
qu hubiera sido ms ventajoso al presente; porque ya en los ltimos
desastres los franceses y catalanes estaban tan envalentonados que
amenazaban por Aragn, donde no haba plazas fuertes, meterse en el
corazn de la Monarqua. Sin duda fuera lo mejor que el Rey, activo y
esforzado, hubiera sabido acudir, ya  una parte, ya  otra, no parando
en ninguna ms que lo necesario para dar aliento  los unos y temor 
los otros. Tiempos eran de penalidad y de fatiga, y ningn recurso
ordinario poda bastar  todo. Mas ya que el Rey no acudiese  Portugal
en persona, atendi  aumentar el ejrcito que all haba al propio
tiempo que el de Catalua, aunque inclinando  esta parte las mayores
fuerzas. Fu Torrecusso  Npoles, su patria, y obtuvo all hasta cuatro
mil napolitanos; el marqus de Villasor trajo un buen tercio de Cerdea,
y as todas las provincias ofrecieron  porfa nmero de soldados:
Aragn cuatro mil; dos mil Valencia; otros dos mil Andaluca, que con
mil quinientos walones, mil borgoeses y los dos mil quinientos
valientes espaoles que haban de venir por Francia, segn lo pactado
en Rocroy, deban formar en solo Catalua un ejrcito de ms de
veinticuatro mil hombres. Pero como suele suceder en tales clculos, no
lleg  juntarse tanto nmero.

Al mismo tiempo se orden  todas las milicias de Andaluca y
Extremadura que acudiesen  la frontera de Portugal, y  los Grandes que
tenan por all Estados, que llevasen  todos sus vasallos con armas,
aunque por tal concepto no pasara el refuerzo del ejrcito de tres mil
hombres. Vino bien para mover esta gente y comenzar las nuevas campaas
la llegada feliz de las flotas de Mjico, ricamente cargadas, y luego la
de los galeones con no menor riqueza. Las Cortes de Castilla concedieron
la prolongacin de los arbitrios antiguos, mas no pudieron imponerlos
nuevos. Valencia se prest  pagar, armar y vestir por seis aos los dos
mil soldados que daba; y en Npoles se impuso un tributo sobre el
consumo de harinas, que produjo mucho disgusto, y tuvo no escasa parte
en los sucesos que sobrevinieron. Con lo cual se vi ya algn dinero en
la Corte, porque al fin del ao 1643 era tal la penuria, que Pellicer en
sus _Avisos_ escribi cierto da desde Madrid estas palabras de
elocuente significacin: Aqu nadie cobra ni paga. Tal era la Corte,
fuerza es decirlo una vez ms, que tan descomunal guerra estaba
sosteniendo por todo el mundo. El Rey sali de Madrid muy  la ligera, y
por Alcal lleg  Tarazona, acompandole algunos seores principales:
no tantos como la vez anterior; porque entonces se pudo ver que con sus
etiquetas y vanidades eran ms de estorbo que de otra cosa. Dej
encargado el mando  la Reina y ordenla muchas devociones, como para
aplacar la clera de Dios que contra l deba estar ofendido.

Hall  su llegada que La Motte se haba apoderado de la villa y
castillo de Estadilla, cerca de Barbastro, donde haba muy buenas
fortificaciones, por cuyo medio tena el paso abierto para echarse sobre
aquella ciudad y aun sobre la misma Zaragoza. Nuestro ejrcito, reunido
en la frontera, aunque ya  punto de salir  campaa, no lo hizo en
algn tiempo por falta de vveres y por mal concierto de los capitanes.
Sin embargo, no dej de haber choques parciales. La Motte Hodancourt,
tomada Estadilla, parti su gente en dos trozos: con el uno quiso tomar
 Barbastro, mas se lo estorb salindole al opsito D. Felipe de Silva;
con el otro atac el castillo de Benabarre, y tambin fu rechazado.
Poco despus el marqus de Mortara, nombrado Capitn general de la
caballera del ejrcito, pas el Cinca, que vena muy crecido, con sus
tenientes D. Fernando de Tejada y D. Alvaro de Quiones, y dando en un
cuartel de infantera que los enemigos tenan establecido al amparo de
los muros de Lrida, derrot de cinco  seis mil hombres que all haba,
matando mil quinientos y trayndose hasta mil prisioneros con botn
considerable. Por la parte de Tarragona no se intent en tanto cosa
alguna; porque el conde de Aguilar, marqus de la Hinojosa, haba
muerto, y el clebre Maestre de campo D. Juan de Arce, que fu 
reemplazarle, lo mismo; con que la plaza qued sin General mucho tiempo,
y contemporneamente sin vveres apenas ni soldados. Pero en la campia
de Rosas el Gobernador de aquella plaza, D. Diego Caballero de Illescas,
deshizo hasta trescientos jinetes enemigos, trayndose el mayor nmero
de caballos y jinetes prisioneros.

Eran estos buenos preludios de la campaa que iba  comenzarse. Para
ella se hizo  Barbastro plaza de armas de nuestro ejrcito. Tena el
mando supremo Don Felipe de Silva, como Capitn general de las armas; D.
Juan de Garay vino de Portugal nuevamente  ser Maestre de campo
general; el marqus de Mortara sigui en el gobierno de la caballera, y
el napolitano, D. Jernimo de Tuttavilla, tuvo el de la artillera. En
Tarragona entr  gobernar el marqus de Toralto y prncipe de Massa, D.
Francisco Toralto y Aragn, vuelto de las prisiones de Francia, donde
estuvo desde la derrota del ejrcito del marqus de Pobar. Dispuestas
las cosas, se comenzaron las operaciones con la empresa de Flix, plaza
importante de la Castellana de Amposta, intentada por D. Juan Garay sin
fruto alguno; porque hallndola muy prevenida, se volvi sin empear
combate. Tambin se frustr la sorpresa de Miravet. Luego D. Felipe de
Silva, desde las cercanas de Barbastro, se adelant con ocho mil
infantes, tres mil seiscientos caballos y veinte caones, que eran las
fuerzas que hasta entonces tena, con nimo de embestir  Balaguer; mas
no pudiendo esguazar el ro Noguera, determin caer sobre Monzn. Al
pasar por delante de Lrida hall  la caballera enemiga gobernada del
propio La Motte; acometila con la suya y la oblig  meterse al amparo
de los muros; y sin ms dificultad se puso sobre Monzn y comenz 
combatirla. Vino al socorro el francs, pero no pudo lograrlo, y la
plaza se rindi  los cuarenta das de sitio.

Entretanto, el valeroso Gobernador de Rosas, Don Diego Caballero,
despus de causar infinitos daos en el territorio ocupado por los
enemigos, con mucha prdida de stos, intent entrar por inteligencia en
Cadaqus, pero no pudo conseguirlo. Cuatro bajeles que le llevaban
socorros fueron rendidos por la armada francesa de Brez. Poco despus
vino  las aguas de Barcelona la de Espaa, mandada an por el duque de
Ciudad-Real, con las galeras  cargo otra vez de Fernandina, y hubo una
nueva batalla tan ineficaz como otras anteriores, donde fu poqusima la
prdida de ambas partes. Con esto se termin la campaa y volvi 
Madrid el Rey. Mas  la siguiente, que fu la de 1644, volvi 
encaminarse el Rey  Aragn, y cerca de Barbastro pas revista al
ejrcito, fuerte de nueve mil infantes y cuatro mil caballos, con diez y
seis caones, presentndose por la nica vez de su vida con el hbito de
soldado, al modo de su abuelo D. Felipe II, que nunca se present ms
que una vez en San Quintn; nunca su padre. Luego march D. Felipe de
Silva con las tropas, entr en el lugar de Farfaa, y desde all plant
los reales delante de Lrida,  una y otra orilla del Segre, que lame
sus muros. Era la plaza tan importante, que los caudillos franceses y
catalanes no tardaron en venir al socorro, trayendo el mariscal de La
Motte Hodancourt el mando supremo, con siete mil infantes y dos mil
caballos. Sali  ellos D. Felipe de Silva con cuatro mil infantes
viejos y tres mil caballos, dejando la dems gente guarneciendo los
cuarteles, y  campo raso les ofreci la batalla. Aceptronla los
enemigos, que no venan  otra cosa, y se empe por ambas partes con
mucha furia. No pudieron los nuestros romper el ala derecha, y se lleg
 desesperar de la victoria porque el ala izquierda pareca ms fuerte;
con todo, sta fu envuelta y deshecha en poco tiempo por los
escuadrones de nuestra caballera, que arrollaron  la carrera  la
caballera francesa, y cayendo en seguida sobre el centro hzose total
la derrota. Fu dicha de ellos el que  tal punto hiciesen valerosa
salida de la plaza hasta seiscientos hombres, los cuales, destrozando la
gente nuestra que guarneca el puente del Segre por donde se comunicaban
nuestros cuarteles, dieron ocasin y espacio  que algunos de los
vencidos se recogiesen en los muros y otros se salvasen. No obstante la
victoria fu para nuestras armas muy gloriosa y completa: dejaron los
contrarios en el campo dos mil muertos y tres mil prisioneros, con
catorce caones y todo el bagaje, y la dispersin fu tal que apenas mil
de ellos llegaron  Cervera. Intercept en seguida un convoy que queran
meter los enemigos en la plaza, y sta tuvo que rendirse despus de un
horrible bombardeo. El Rey, que estaba en Fraga, vino entonces  Lrida
y entr en triunfo. Acompabale el conde de Monterrey, nico de los
favorecidos del Conde-Duque que se conservase en la gracia del Prncipe,
y tan envidioso como inepto, no haba cesado de sembrar desconfianzas de
D. Felipe de Silva durante el sitio, pretendiendo dar lecciones en cosas
en que se haba mostrado tan torpe; con lo que ste, logrado el triunfo,
se neg  continuar en el mando por ms instancias que se le hicieron.
Portse noblemente D. Felipe, y aunque no es de aplaudir que dejase el
servicio de la patria por particulares sentimientos, di con ello
merecida leccin al Rey que no acababa de salir del yugo de los
cortesanos, gente vil, y enemiga entonces como siempre de todo mrito.
Poco antes haba pedido su licencia y retirdose del servicio D. Juan de
Garay: la ocasin fu el haber pedido un ttulo y no concedrselo:
reprensible motivo es el que prefiriese su sentimiento  sus deberes;
pero no disculpable severidad en el gobierno que tantos ttulos reparta
entonces sin merecimiento alguno.

Los frutos de la victoria de Lrida fueron adems de la toma de esta
plaza, que Solsona, lo mismo que Balaguer y Agramunt, viniesen  la
obediencia. Sucedi en el mando al vencedor D. Felipe de Silva, D.
Andrea de Cantelmo, italiano de aquellos valerosos, que unidos bajo un
cetro con los espaoles, peleaban con ellos y por ellos en todos los
campos de batalla adonde asistiesen nuestras banderas. Sin embargo,
aunque leal y de buenas partes, habiendo desempeado en Flandes el cargo
de Maestre de campo general, y sido uno de los Gobernadores de aquellos
Estados despus de la muerte del Cardenal Infante, no tena ganada mucha
gloria militar, ni acert  ganarla en Catalua. Fu desde Lrida con un
trozo del ejrcito  ponerse sobre la villa de Ager, y la tom  pesar
de la defensa desesperada que en ella hizo el caudillo cataln D. Jos
Zacosta, y como Agramunt estuviese en la obediencia del Rey, acercndose
los franceses  recuperarla, se vieron acometidos y puestos en derrota
por dos de nuestros tercios que ya haba all acuartelados. Para vengar
tantos descalabros reuni La Motte Hodancourt al improviso toda la gente
que pudo, y con doce mil hombres y gran tren de artillera se present
delante de Tarragona, mientras el marqus de Brez cerraba con una
armada la boca del puerto. Dila en cuarenta das que all se mantuvo
trece ataques y uno general en que lleg  apoderarse de la torre del
muelle; dispar contra los muros hasta siete mil caonazos, y abri
muchas brechas en el recinto de la plaza. Pero el marqus de Toralto que
all mandaba, con algunos de los mejores tercios que quedaban de
infantera espaola, rechaz todos los ataques, repar las brechas,
llen de cadveres enemigos los fosos, y an hizo salidas con que caus
dao inmenso en los sitiadores. Avergonzado el General francs, no saba
ya que partido tomar contra aquella resistencia desesperada, cuando supo
que D. Andrea de Cantelmo con el ejrcito espaol de diez mil infantes y
dos mil seiscientos caballos vena por tierra al socorro, y por mar
aquel Carlos Doria, padre de Juanetn y duque de Tursis, que mandaba las
galeras de Npoles: con esto alz el cerco despus de haber perdido
intilmente ms de tres mil soldados. Esta rota le cost el empleo  La
Motte, que fu separado.

Fu esta campaa de 1644 la primera que tal pudo llamarse en Portugal
despus de cuatro aos que la insurreccin caminaba triunfante. Ya por
este tiempo haban acudido  las banderas de los portugueses multitud de
aventureros franceses y holandeses y aun regimientos enteros: tenan ya
armas, instruccin, capitanes y cuanto se necesita para la guerra.
Nombrado el marqus de Torrecusso por Capitn general de nuestras armas
en aquellas fronteras en lugar del conde de Santisteban, lleg all y
reuni de la gente antigua que haba y la mejor de las milicias que
acudieron, un ejrcito pequesimo para las empresas que se esperaban,
pero valeroso y robusto; porque el nuevo General pensaba con razn que
era preferible poca gente y buena  mucha tumultuaria sin disciplina ni
aliento. Mandaba la caballera el Barn de Molinghen, belga, que  poco
tom el cargo de Maestre de campo general; D. Dionisio de Guzmn la
artillera. Reform Torrecusso las costumbres de los soldados,
restableci la disciplina, y luego comenz las operaciones. Ya los
portugueses, tomada Valverde, osaban amenazar  Badajoz. Comenz el de
Torrecusso por hacer en su territorio tal correra, que tom y trajo
consigo hasta dos mil cabezas de ganado. Vengronse los portugueses
quemando un lugar llamado la Zarza, y el de Torrecusso hizo quemar 
Villamayor, que era de ellos. Tomaron tambin los portugueses  Montijo
y Membrillo y saquearon ambas poblaciones. Luego, adelantando sus
intentos, se fueron  poner sobre la plaza de Alburquerque. Socorrila 
tiempo Torrecusso, y adems, para quebrantar la audacia de los
contrarios, no pudiendo l asistir, orden al buen Barn de Molinghen
que  toda costa les diese batalla.

Da del Corpus de aquel ao,  las puertas de Montijo, se encontraron
ambos ejrcitos. Montaba el de los portugueses  ocho mil hombres de
todas armas con seis piezas de artillera; el de los espaoles slo se
compona de cuatro mil infantes, mil setecientos caballos y dos caones.
Mandaba  los portugueses el general Matas de Alburquerque: su
infantera ocupaba el centro, y la caballera los costados, puesta al
derecho la portuguesa y al izquierdo la de auxiliares extranjeros.
Molinghen comenz el combate; rompi nuestra caballera  la extranjera
que cubra el ala izquierda de los portugueses, y acudiendo parte de la
de stos, que defenda el ala derecha, al socorro, fu tambin deshecha:
entonces el centro fu acometido por todas partes y envuelto de manera
que en un momento se puso en derrota. Matas de Alburquerque,
aprovechndose sin embargo de la codicia de los nuestros que se
entregaron al despojo y presa de los vencidos, logr ordenar la
retirada, saliendo con honra del campo. Quedaron de los portugueses tres
mil doscientos hombres en l y seiscientos prisioneros: nuestra prdida
no pas de quinientos muertos y trescientos heridos, muchos de ellos
personas y capitanes principales. Cantaron los portugueses la victoria,
mas slo por no desalentar  los pueblos: la verdad fu que la victoria,
infeliz para ambas naciones hermanas, qued aquella vez por Castilla.
Que cierto puede decirse de pocas en aquella guerra. Tras esto rindi
Torrecusso  Serpa y Alconchel, que  poco vino  perderse, y 
Villanueva de Barcarota y otros lugares poco importantes, mas no 
Elvas, aunque lleg  amagarla. Entre tanto el duque de Alba, que
mandaba en la frontera de Ciudad-Rodrigo, contena aunque sin recursos 
los enemigos por aquella parte. Habindose acercado un grueso de ellos 
la villa de Alberguera, no lograron efecto alguno, valindose el
capitn nuestro que all estaba de una industria no conocida por all
hasta entonces, que fu cargar los caones con balas de mosquetes, con
que los enemigos, imaginando por el nmero de las balas, que haba
dentro mucha gente, se retiraron, siendo as que la guarnicin era muy
flaca. Sucedi en el mando al de Alba D. Fernando Tejada, el cual, como
muy experimentado en la guerra, tendi una emboscada  la guarnicin de
Almeida, en la cual murieron ciento y quedaron sesenta prisioneros.

Tales fueron los frutos de la campaa. El nico descalabro que
padecieron nuestras armas por estas partes de Espaa, fu en el mar y
despus de un suceso dichoso. Porque habiendo sitiado los moros  Orn 
solicitados de nuestros enemigos  sabedores de los apuros de la
Monarqua, fu enviado all al socorro un trozo de nuestra armada al
mando del general D. Martn Carlos de Mencos, y lo logr de manera que
los infieles, rechazados ya en varios asaltos, tuvieron que levantar el
sitio; mas  la vuelta fueron acometidos nuestros bajeles enfrente de
Cartagena por la armada de Francia que mandaba el marqus de Brez, y
despus de un furioso combate en que pelearon los nuestros con gran
valor, tuvimos dos navos quemados, otros dos echados  pique y uno
presa de los contrarios.

Las cosas de Italia no iban bien en tanto, pero tampoco ofrecan grandes
disgustos. Rindi el prncipe Toms de Saboya, nombrado Capitn general
de las armas francesas, la plaza de Trin, que posean los nuestros en el
Piamonte, despus de cincuenta das de sitio. El marqus de Velada, que
haba reemplazado en el mando al conde de Siruela, comenz por demoler
el fuerte de Sandoval levantado por el gran conde de Fuentes, cerca de
Vercelli, por ahorrar la costa de mantenerlo: medida con razn
censurada, porque habindose de devolver aquella plaza que era de Saboya
en cualquiera paz, habamos de quedar por all sin alguna defensa. Luego
sorprendi el castillo de Ast, que fu recobrado por el prncipe Toms
al poco tiempo y el propio Prncipe rindi  San Y despus de un largo
asedio.

En Flandes, despus de la rota de Rocroy, pareci que los enemigos iban
 apoderarse de los Estados. El duque de Enghien entr en el Haynaut,
tom algunos fuertes, y adelant partidas hasta las mismas puertas de
Bruselas. Luego, dispuestas todas las cosas, se puso delante de
Thionville, plaza importantsima porque dominaba el Mosa, cubra  Metz
y abra  los franceses el camino del electorado de Trveris. La defensa
de la plaza no pudo ser ms esforzada por parte de los espaoles; pero
al fin, falta de socorro, tuvo que rendirse con honrosos partidos.
Clamaron los Estados porque se sacase de all al marqus de Tordelaguna,
 quien acusaban de tamaas desgracias, y nuestra Corte vacilando en el
sucesor, envi por lo pronto al conde de Piccolomini, duque de Amalfi, 
gobernar las armas. Pero entre tanto se logr un triunfo que si no puede
decirse que se debiera  Mello, no dej de servirle de algn mrito.
Haba invadido la Alsacia un ejrcito francs de diez y ocho mil hombres
al mando del general Rantzau, en el cual se contaban muchos generales
franceses de fama como Schomberg y Sirot, con el intento de expulsar de
aquella provincia  los alemanes y espaoles. El duque de Lorena, Mercy
y Juan de Wert, que mandaban el ejrcito imperial y las tropas espaolas
de la provincia, determinaron salirles al encuentro y pelear con ellos
sin demora; y D. Francisco de Mello, que supo el trance que se preparaba
y de cuanta importancia haban de ser sus resultas para la Flandes
espaola, envi de refuerzo dos mil caballos nuestros y dos mil infantes
 cargo del Comisario general de la caballera de Alsacia D. Juan de
Vivero. Hall nuestra gente al ejrcito enemigo acampado en los
alrededores de Tutelinghen y de improviso cay sobre l. Ya estaban los
escuadrones de caballera espaola y alemana en medio del campo, ya eran
dueos del parque de artillera, y todava Rantzau no saba  qu
atenerse ignorando la ocasin del tumulto. As la rota fu completa;
qued preso Rantzau con todos los generales, coroneles y capitanes,
cuarenta y siete banderas, veintisis estandartes, catorce caones y dos
morteros, que era toda la artillera, municiones, carros y bagajes. Los
muertos no fueron muchos, porque la embestida fu tan repentina y tan
vigorosa, que los franceses acobardados, apenas osaron ponerse en
defensa; los heridos fueron ms, y sobre todo los prisioneros y
dispersos,  punto que de diez y ocho mil, apenas dos mil soldados se
salvaron. Debise lo principal del suceso al General de la caballera D.
Juan de Vivero, que con los coroneles Vera, Villar y otros extranjeros
de su mando, penetr en el campo enemigo no bien dada la seal del
combate. Di este hecho reputacin  nuestra caballera; levantndose
sobre la de la infantera, que, aniquilada en Rocroy, no acertaba ya con
nueva gente  hacer nada importante, y como al propio tiempo en Catalua
se mostrase la caballera superior  la infantera, vino  resultar un
cambio total en el gnero de reputacin de nuestras armas, cambio no
dichoso por cierto. El triunfo de Tutelinghen hubiera producido copiosos
frutos en Alemania y en Flandes,  no andar flojos los nuestros y muy
activos los enemigos. Estrechse con l la alianza entre los holandeses
y franceses, y unos y otros pusieron mayores fuerzas que nunca en
campaa.

El duque de Orleans, con un ejrcito poderoso, donde iban por tenientes
suyos los Mariscales de la Meilleraie y de Gassion, se puso delante de
Gravelingas, mientras una armada holandesa estableca el bloqueo.
Mandaba en la plaza el Maestre de campo D. Fernando de Sols; y aunque,
 por su culpa  por culpa de nuestros generales, la guarnicin no
pasara de mil quinientos hombres, cuando debiera ser doble en nmero, y
as constaba en los asientos de Espaa, fu la defensa bizarra,
rechazando en cuatro asaltos  los franceses con horrible prdida. Mas
al fin, reducidos los nuestros  la tercera parte, y viendo aportillados
por todas partes los muros, se rindi con honrosos partidos. Acudieron
al socorro Piccolomini, que acababa de llegar  Flandes, y el mismo D.
Francisco de Mello, con el conde Fuensaldaa y todas las fuerzas
disponibles, mas no pudieron conseguirlo. Y entre tanto, el Prncipe de
Orange, viendo desguarnecidas con aquel socorro nuestras fronteras,
invadi el territorio, tom tres fuertes nuestros poco importantes y el
llamado de San Esteban, y logr circunvalar de esta vez el Saxo de
Gante. Habalo intentado ya antes, y estorbdoselo D. Francisco de
Mello: ahora lo consigui sin dificultad alguna. La plaza era pequea,
pero importantsima, porque desde all se poda inundar  mansalva con
los diques toda la campia de Gante, y por estar  corta distancia de
esta ciudad y de Amberes, abriendo puerta  todo el Brabante: era muy
fuerte, pero guarnecida por solo trescientos hombres. Logr el Sargento
mayor Espinosa, mozo muy alentado, meterse en la plaza con novecientos
hombres, rompiendo las lneas enemigas, y esto prolong la defensa por
algn tiempo; pero al cabo de seis semanas tuvo que rendirse la plaza,
no pudiendo tampoco socorrerla el marqus de Tordelaguna, D. Francisco
de Mello. Suceso funestsimo que termin la desgraciada campaa de 1644
por aquella parte, y que puso en horrible descrdito  Mello,  quien
pblicamente insultaban los naturales acusndolo de flojo  inepto. Su
mujer, dama orgullosa, acab de concitar contra l todas las iras, y al
fin el Rey, aunque con honrosas distinciones, se vi obligado 
separarlo del mando.

 fines de este ao muri la Reina Doa Isabel de Borbn. El Rey, que
haba ido  Aragn con intento de que jurasen los brazos del Reino por
heredero al prncipe D. Baltasar, y  preparar las cosas de la nueva
campaa, volvi  Madrid y manifest sentirlo sobre manera. Ya por este
tiempo estaba del todo declarada la privanza de D. Luis de Haro. Hubo
asomos de disgusto y de resistencia en los Grandes  reconocerla; y aun
llegaron  escribirse graves disertaciones, discutiendo la cuestin de
si el Rey deba  no tener favoritos. Las costumbres no haban mejorado
por parte de los Tribunales y gente del Gobierno. La Universidad de
Salamanca quiso trasladarse  Palencia por no poder ms soportar los
desafueros que all se ejecutaban en sus estudiantes. Hubo _auto de fe_
en Valladolid, donde muri quemado D. Francisco de Vera, noble
caballero, acusado por su propio hermano de negar algunos artculos de
la fe: y en Crdoba y otras ciudades habalos  la par como siempre.
Quemronse pblicamente en Madrid monederos falsos, y hombres acusados
de pecado nefando y multiplicronse los desafos y las quiebras de
negociantes.

Entre los hechos escandalosos, lo fu sobre manera la prisin y causa de
D. Jernimo de Villanueva, aquel famoso protonotario de Aragn amigo del
Conde-Duque que tanto contribuy  las revueltas de Catalua, secretario
de Estado de Flandes y Espaa, por cuya mano haban corrido los mayores
asuntos de la Monarqua; y las de Doa Teresa Valle de la Cerda,
abadesa del convento de San Plcido, de Madrid, y tres de sus
religiosas, ejecutadas y seguidas por el tribunal de la Inquisicin. Am
D. Jernimo  la Doa Teresa en sus mocedades, y tanto que estuvieron
para contraer matrimonio. Arrepintise ella inesperadamente de aquel
trato, y sin que bastasen  disuadirla algunos ruegos, determin meterse
monja. Entonces D. Jernimo,  con su solo caudal  con el suyo y el de
su amada junto, edific aquel convento, de donde ella fu abadesa, y al
lado una gran casa que l habitaba. Visitaba frecuentemente el convento
D. Jernimo en compaa del Conde-Duque, y esto y la proximidad de la
casa al convento, y los pasados amores, hicieron rugir  la murmuracin
sacrlegas y misteriosas historias. Al fin la Inquisicin tom parte, y
aunque nada result,  lo que parece de los procesos que se formaron,
fu acontecimiento que produjo doloroso escndalo. Tal sucede en los
tiempos de depravacin, donde la murmuracin halla pretextos continuos:
pervirtese la opinin, dse crdito  todo, porque todo se ve posible,
y padecen tanto la moral y las costumbres con la verdad como con la
sospecha.

Seguan los jueces, perezosos  pervertidos como antes, de modo que slo
poda decirse que entendan en dar tormento, el cual aplicaban con
horrible dureza. Padecilo inocente Alonso Cano, el clebre artista, por
haber hallado  su mujer muerta en el lecho, asesinada en su ausencia.
Sealbase por la crueldad en esto de dar tormento, cierto alcalde de
Corte llamado D. Pedro de Amezqueta, que apenas di uno que no originase
muerte. No cesaban las procesiones y funciones de iglesias, y alguna vez
an sola haber toros y fiestas. Pero no obstante, habase aminorado
notablemente el deseo de este gnero de entretenimiento.

Ahito el Rey de placeres y liviandades, y lleno acaso de remordimientos,
no pona tanta atencin en ello; y la muerte de su mujer,  la cual en
los ltimos tiempos haba vuelto todo su cario, y la de su hijo, el
prncipe D. Baltasar, acabaron de inclinar su corazn  la melancola.
Sintieron las comedias los primeros efectos de esta nueva disposicin de
nimo del Rey. Dironse ya en 1644, antes de la muerte de la Reina, unas
leyes, por las cuales se prohiba que pudieran componerse ni
representarse de otros argumentos que de vidas y hechos de santos; que
hubiese cmicas que no fuesen casadas, y que los seores de la Corte
pudiesen visitar  las comediantas arriba de dos veces: dictadas unas
por la ignorancia y la hipocresa, ridculas otras y completamente
ineficaces. Si algo haba de prohibirse por profano  indigno, eran
cabalmente las comedias de santos. Y no poda disculparse en el Rey y
sus Consejeros que pasasen de la vida de comediantes que ellos propios
con mengua de sus altos empleos hacan,  suprimir las comedias: lo
nico grande y la nica recompensa, pequea  la verdad, que nos hubiese
quedado de tanta prdida y desdicha, como aquella alegre y potica Corte
nos haba trado.

Muerta la Reina se puso ya en tela de juicio, como lo estuvo en los das
de Felipe III, si eran  no lcitas y convenientes las comedias; hubo
papeles en pro y en contra, y al fin se suspendieron por dictamen del
Consejo de Castilla, hasta que Dios se sirva, deca, dar fin  las
guerras tan vecinas con que Castilla se halla. Graves palabras y
dictamen, que mirando la ocasin en que se dijeron, no pueden
censurarse an por los que ms amen el divino arte dramtico. Agravada
luego la tristeza del Rey con la muerte de D. Baltasar, heredero
presunto de la Corona, estuvieron suspensas las comedias por entonces.
Por estos mismos aos, llegado  mayor edad, fu reconocido por hijo del
Rey, D. Juan Antonio de Austria, tenido en la famosa comedianta, llamada
la Calderona. Psosele casa en 1644; hzosele prior de San Juan, y
comenz  imaginarse qu cargo correspondera  su aficin y nacimiento.
Pronto se not en l amor  las armas: qusosele hacer gobernador de
Flandes,  darle mando en los ejrcitos de Espaa; pero al fin se
prefiri la marina. Fu nombrado, por tanto, Generalsimo de la mar,
dndole por segundo  Carlos Doria, con otros capitanes antiguos y
experimentados.

Nuevos vaivenes y borrascas se preparaban en tanto  dar el ltimo golpe
 nuestro podero, agotando del todo nuestras fuerzas. Y eso que no
podemos decir que en tales borrascas y combates no nos ayudase la
fortuna; por el contrario, ella, declarndose muchas veces por nosotros,
hizo an dudar al mundo, si era  no Espaa todava la nacin potente de
Felipe II. Faltan por ver prodigios del valor espaol; aun hay que ver
cmo defienden piedra  piedra la grande herencia de sus padres por
dentro y por fuera contrastada, los nobles hijos de Aragn y Castilla, 
pesar de todas las faltas de su Gobierno. En Italia el prncipe Toms se
apoder de Roca de Vigevano; mas recobrronla los espaoles el ao
siguiente, y rindieron  Niza de la Palla, logrando mantener en el
Piamonte la guerra que los enemigos queran traer al Milanesado. Viendo
el Gobierno francs cun poco adelantaba por aquella parte, imagin
embestir  Npoles, donde el prncipe Toms tena algunos parciales, y
donde haba al parecer menos defensa. Para preparar el camino sali de
las costas de Provenza una escuadra francesa al mando del duque de
Brez, compuesta de treinta y cinco naves, diez galeras y sesenta buques
menores; tom  su bordo al prncipe Toms, con ocho mil soldados, y
desembarcndolos en la playa de Siena, se apoderaron de Telamon y de los
fuertes de Salinas y San Stephan, lugares descuidados y no bien
provistos. Luego llegaron delante de Orbitello, plaza fuerte y defendida
con buena guarnicin por aquel valeroso Carlos la Gatta, que tan nobles
pruebas di de s en el sitio de Turn.

Era Virrey de Npoles el duque de Arcos; porque ya el ilustre almirante
de Castilla, por causas que luego apuntaremos, haba dejado aquel
Gobierno, tornndose  Espaa. No bien supo el de Arcos el sitio de
Orbitello, levant tropas, y con copia de bastimentos y dinero las envi
en siete bajeles al socorro, el cual se logr felizmente. No fu tan
afortunado otro socorro que envi el de Arcos  los pocos das en buques
pequeos, porque sorprendidos por la armada de Brez, que haba quedado
 la mira de las costas, fueron destrozados. Pero en esto, sabido el
caso en Espaa, se juntaron apresuradamente algunas galeras al mando de
Don Diego Pimentel, hijo del conde de Benavente, las cuales, reunidas
con las napolitanas, compusieron una armada de sesenta y cinco velas y
diez barcos de fuego  brulotes. Di vista esta escuadra  la francesa
en las costas de Toscana y al punto se trab el combate, que dur tres
das, aunque no con mucha furia; nosotros perdimos un brulote, que se
incendi por s mismo; los enemigos una nave gruesa y el Almirante, que
muri de un caonazo, con lo cual se dieron por vencidos y se alejaron 
toda vela de aquellos mares, dejando triunfantes nuestras banderas. Mas
aunque algunos de nuestros bajeles llegaron  la costa, no hallaron
medios de enviar socorros  la plaza, cerrada completamente por los
sitiadores, y as se tema su prdida.

Despleg el de Arcos una actividad loable; junt un grueso de infantera
que envi por mar  aquellas costas, y otro de caballera, por tierra y
 dobles marchas; y todo el ejrcito lo puso  las rdenes del marqus
de Torrecusso. Habase este General retirado  Npoles despus de la
batalla de Montijo; y cierto que la eleccin del Virrey no poda ser ms
acertada. Justificla Torrecusso forzando valerosamente las lneas del
prncipe Toms delante de Orbitello, y poniendo en completa fuga  sus
tropas. Gan mucha gloria Carlos La Gatta, que en una salida deshizo
todos los trabajos de los sitiadores, que estaban casi terminados,
obligndolos  emprenderlos de nuevo. Quit Mazzarino el mando de los
ejrcitos franceses al prncipe Toms de resultas de este desastre, y
envi una nueva expedicin  aquellas costas, en naves francesas y
algunas portuguesas, con un ejrcito al mando de los mariscales de La
Meilleraie y de Plessis, el cual se apoder de Piombino, que perteneca
 un pariente del Pontfice, por castigar  ste de cierto desaire que
al Ministro francs haba hecho. Luego los dos Mariscales desembarcaron
en la isla de Elba y se apoderaron en veinte das de Portolongone,
posedo por los espaoles. Y parte de la armada que los trajo  aquellas
costas adelant su osada hasta mostrarse amenazadora en el Golfo de
Npoles. Salieron  ella los bajeles espaoles, que por acaso haba en
el puerto, y los napolitanos, tripulados por la nobleza de la ciudad, y
no se dudaba del triunfo, cuando una calma repentina impidi el combate,
y  favor de las sombras huyeron luego los franceses para evitarlo.

Piombino y Portolongone iban  caer en manos de los espaoles de nuevo,
cuando impensados sucesos vinieron  trastornar todas las cosas. Fu el
primero el alboroto ocurrido en Sicilia  principios de 1647. Estaban
los pueblos de aquella isla muy cargados de tributos, como todos los de
la Monarqua. Las ltimas empresas de los franceses en las costas de
Toscana haban obligado al Virrey, que era el marqus de los Vlez, tan
desgraciado en Catalua,  reunir  toda prisa hombres y dinero con que
defender sus costas, y atender al socorro de Npoles y Toscana, y por lo
mismo haba acrecentado las derramas y haba hecho levas considerables
con gran disgusto del pueblo. Aconteci en tan mala ocasin una
extraordinaria sequa, y con ella se declar el hambre en toda Sicilia.
No faltaba ms para traer al ltimo punto de la desesperacin  los
naturales. Incierto y confuso, y poco diestro, como siempre, el de los
Vlez, oyendo el clamor del pueblo y temiendo ya sus excesos con el
pasado escarmiento, comenz  imaginar remedios para atajar el dao, y
no se le ocurri otro mejor que prohibir  los panaderos que subiesen el
precio del pan, con pena de muerte. Retirronse de tan peligroso
ejercicio los panaderos; creci la miseria; aumentse el desconcierto y,
por ltimo, impulsados por la desesperacin, tomaron las armas
tumultuariamente los naturales de Palermo, y acaudillados por un cierto
Toms Alesio, artesano, quemaron y saquearon las casas de los usureros y
recaudadores, y las de los nobles y amigos del Virrey, abrieron las
crceles, y durante tres das fu duea de aquella capital la anarqua.
No hizo nada el de los Vlez para reprimirla: refugiado en las galeras
desde los primeros instantes, no supo ms que ceder  todo cuanto quiso
solicitar de l la muchedumbre. Aboli las gabelas, devolvi al pueblo
sus privilegios y concedi un perdn general  todos los culpables. Las
turbas, insaciables, como siempre, no se contentaron con eso y
continuaron los desrdenes en Palermo y luego en toda Sicilia, llegando
 haber en las principales ciudades como Siracusa, Agrigento y Catania,
barruntos de sacudir el dominio de Espaa, dndose  los franceses. Pero
Mesina se mantuvo fiel, y el mismo pueblo de Palermo hizo pedazos al
_Strtico_, que era el primer funcionario de la ciudad, por tachrsele
de agente de los franceses. Adems, los varones  seores feudales, de
origen cataln en mucha parte, parciales de Espaa y enemigos del
pueblo, se pusieron del lado del Virrey, y as se logr atajar por
entonces la insurreccin, que muy amenazadora se presentaba. Harto
peores resultas y cuidado ofreci el disgusto de Npoles, que comenz 
mostrarse por los mismos das.

Era sta de las provincias extranjeras de la Monarqua la ms fiel y la
que ms haba hecho en todas ocasiones por Espaa. Sus ejrcitos y sus
armadas, lo mismo que sus tesoros, no se haban escaseado jams: con los
espaoles se haban empleado copiosamente en las campaas que en el
Nuevo y Viejo mundo haba sostenido la Monarqua desde principios del
siglo XVI. Sujetos sus soldados  la severa disciplina espaola, pronto
adquiran la propia intrepidez, la misma firmeza, el mismo deseo de
gloria que los tercios nacionales,  punto de no distinguirlos en las
batallas. Napolitanos fueron muchos de los mejores capitanes que antes y
despus tuvo Espaa; napolitanos muchos de los bajeles que tanta gloria
dieron  nuestro pabelln en el Mediterrneo. Apenas puede decirse que
las diversas provincias de Espaa se tuvieran por tan espaolas como
aquella Npoles, conquistada por la fuerza y sin otra razn ni derecho
poseda. Aun por eso haba menos cuidado en guardar aquel reino que
ningn otro, y  principios de 1647 no pasaban de dos mil los soldados
espaoles que guarnecan todo aquel reino.

Pero  medida que Npoles contribua tanto  mantener el Estado, los
Ministros de Felipe IV, como suele suceder, redoblaban sus exigencias.
As, en los veinte ltimos aos solamente, se calculaba en cincuenta mil
hombres, nmero desproporcionado para aquella edad, y en ochenta
millones de ducados lo que se haba sacado de Npoles para las guerras.
Esto y la mala administracin del reino, singularmente en los ltimos
aos, lo haban trado  lamentable pobreza. Ni el conde de Monterrey,
ni el duque de Medina de las Torres, deudos del de Olivares, que all
fueron Virreyes uno tras otro, pensaron en ms que en esquilmar  los
pueblos, y no ya slo para servir y auxiliar  Espaa, sino para
enriquecerse ellos propios y contentar la codicia de sus favorecedores.
As andaban entonces todas las cosas. El pueblo napolitano, ligero 
inflamable, aunque dado  la obediencia y leal  Espaa, no poda ya
menos de murmurar altamente del Gobierno, y aumentndose cada da la
despoblacin y la miseria, banse tambin aumentando las quejas, hasta
el punto de producir profundo y general descontento. Y cierto que no era
de despreciar ste: ya una vez lo haba demostrado en tiempo de Carlos
V, con motivo del establecimiento de la Inquisicin, y hubo que
renunciar  ello: despus, en diversas ocasiones, haba aparecido
terrible.

Ni faltaba entre la muchedumbre quien se inclinase  la emancipacin y 
echar del reino  los espaoles por cualquier modo, para darse  los
franceses; y aunque estos reformadores fuesen pocos y flacos, todava
eran de precaver sus intentos y de repararlos con tiempo. Mas los
Ministros y los Virreyes espaoles no pusieron en nada de esto la
atencin ms pequea. Funestas y ms tempranas habran sido las
resultas,  no mediar una circunstancia tan favorable para los espaoles
como desfavorable para la rebelin, y era la divisin entre nobles y
plebeyos. Tal divisin, que perdi las libertades de Aragn y Castilla,
mientras la unin conservaba las de las Provincias Vascongadas, y que
daba vida  la insurreccin de Catalua, y facilitaba la desdichada
emancipacin de Portugal, era antigua en Npoles. Vise de ella una
muestra durante el virreinato del gran duque de Osuna. No pudieron
conllevar los nobles que fuera tan querido del pueblo, el cual no le
amaba tanto sino porque lo crea enemigo de los nobles: lograron stos
desposeerle del virreinato, y aqul estuvo para tomar las armas en su
defensa, no dependiendo quizs, sino de Osuna que no lo hiciese. Pero si
esto retard la rebelin y sac al fin triunfante de ella nuestras
banderas, no pudo impedirla ni estorbar sus excesos, que fueron luego
tan horribles. Previla el Almirante de Castilla, Enrquez de Cabrera,
sucesor del de Medina de las Torres, que ya haba sabido preveer la de
Catalua quince aos antes que aconteciese, y desde el primer momento,
comenz  mejorar y moralizar la administracin, y escribi  Madrid
representando el peligro y la imposibilidad de sobrecargar  Npoles con
nuevas derramas y contribuciones, avisando al propio tiempo como buen
soldado, que no eran bastantes las guarniciones espaolas que all haba
para mantener la obediencia, si el descontento llegaba  estallar en
armas. Pero en Madrid, con la ordinaria imprevisin y el orgullo
insensato de siempre, no se dieron odos  sus avisos; antes, como en
otro tiempo por los de Catalua, se le tach ahora de apocado y dbil, 
l que era de los poqusimos capitanes y Ministros de corazn heroico
que an tena Espaa. Entonces el Almirante, afligido por los nuevos
males que miraba venir sobre la patria, hizo renuncia de su cargo,
diciendo: que no quera que en sus manos se rompiese aquel tan hermoso
cristal que se le haba confiado.

Vino el Almirante  Espaa, y en su lugar fu don Rodrigo Ponce de Len,
duque de Arcos. Tena este hombre reputacin de inflexible, y era, por
tanto, muy estimado en la Corte, que miraba en esta la mayor de las
cualidades para el gobierno de los pueblos; mas an se equivocaba en
ello, porque el de Arcos antes poda contarse por duro que no por
inflexible, como se le supona. Era de esos Ministros  quienes jams
les ve la sonrisa el humilde  inerme; y delante del fuerte y del armado
dejan escapar viles lgrimas: frecuentes en todos tiempos, ms en los de
decadencia, y propios siempre para ocasionar desdichas.

Tales fueron todos los que intervinieron en los principios de la
rebelin de Catalua. La inflexibilidad del carcter donde hay que
ponerla  prueba es en los momentos de peligro  de desgracia, y harto
ms resplandece en la autoridad vencida, que sabe morir sin ser indigna,
que no en la autoridad triunfante y segura que oprime y tiraniza 
mansalva. Buen espaol s era el de Arcos, como lo demostr en la
embestida de los franceses; prob hasta el punto de no tener dinero con
qu volver  Espaa cuando fu separado del virreinato; inteligencia no
le faltaba y menos astucia; pero por las calidades que dejamos
indicadas, no era sino el peor Virrey que pudiera ir  la sazn 
Npoles. No bien lleg all tuvo que imponer un nuevo tributo para
atender  los gastos de la defensa contra los franceses, y en mal hora
se le ocurri que fuese sobre el consumo de la fruta, porque tales
tributos son los ms dolorosos siempre, y ms deba serlo aqul y en
Npoles donde la gente comn no tomaba apenas otro alimento. Tratse,
vindose el disgusto general, de abolirlo despus de establecido; mas
aunque se inventaron para ello varios recursos, no se ejecut al cabo
ninguno. Sigui el impuesto sobre la fruta, y con l de da en da fu
aumentndose el disgusto hasta parar en clera y desesperacin.

Llegaron las cosas al punto en que slo falta una cabeza para dar
principio  los tumultos, y sta, como suele suceder, no tard en
presentarse. Fu este caudillo Toms Aniello de Amalfi, conocido
vulgarmente por Masaniello, joven de veintisiete aos, y de oficio
vendedor de pescado. Desabrido como todo el vulgo con el impuesto sobre
la fruta, tuvo adems otro motivo para inclinarse  tomar parte en la
rebelin: su mujer,  quien l amaba en extremo, fu presa por los
aduaneros de la ciudad al querer introducir furtivamente una poca de
harina, gnero tambin gravado con molesto tributo. De aqu naci que
Masaniello se hiciese notar entre los ms ardientes instigadores de la
sublevacin. Comenz sta por un altercado entre los rsticos que traan
la fruta al mercado y algunos revendedores, sobre quin hubiese de pagar
el impuesto: intervinieron los recaudadores, y acalorndose los nimos
cayeron algunas piedras sobre ellos; la primera disparada por
Masaniello, con que comenz  cobrar autoridad entre el vulgo. Luego,
subindose el propio Masaniello sobre un banco, pronunci las siguientes
palabras que vinieron  ser el grito de guerra de la insurreccin:
_Viva Dios! Viva la Virgen del Carmen! Viva el Papa! Viva el Rey de
Espaa! Viva la abundancia! Muera el mal Gobierno! Fuera la gabela!_
Y poco despus el populacho desenfrenado, dando suelta  su clera,
corra por todas partes, echaba las campanas  vuelo y quemaba las
casillas de los recaudadores de tributos. Por ltimo, sin objeto, sin
idea fija, sin jefe an reconocido, se lanz al Palacio del Virrey.

Haca das que el duque de Arcos estaba avisado del mal estado del
pueblo; saba lo exaltado de las conversaciones, lo aventurado de los
intentos, la ira y la saa que germinaban en l. Pero no se dign de
abrir entrada en su alma al recelo: crea imposible que contra autoridad
como la suya intentase nada el pueblo, y adems tena por infalibles
remedios para atajar la sublevacin si vena, los grillos y los dogales
de la justicia. No cuid de reforzar la guarnicin de Npoles, ni tom
precaucin alguna de resistencia. Mas cuando vi desde sus balcones
cmo desembocaban las turbas en la plaza de su Palacio, en qu nmero,
con qu alaridos, con cules demostraciones de saa, toda la confianza
antigua desapareci de un golpe, convirtindose en lo que suelen
confianzas tan insensatas, en miedo. Si en aquel punto hubiese parecido
tan animoso como antes se mostraba; si hubiera acertado  ser en trance
de armas tan resuelto como era en el despacho pacfico de los negocios,
todava la rebelin hubiera podido contenerse. Montando  caballo,
llamando  s las tropas espaolas y tudescas, convocando  los nobles
de la ciudad, irreconciliables enemigos de la plebe, y atrincherndose
en el Palacio  saliendo valerosamente al encuentro de los rebeldes,
estos hubieran sido indudablemente deshechos, faltos de armas, de
organizacin, de caudillo, de todo lo necesario para el combate. Pero D.
Rodrigo, con mengua y escarnio de su reputacin de inflexible, y con
afrenta de sus heroicos mayores, no supo ms que temblar en la ocasin;
dej al populacho que rompiese las puertas, que invadiese los salones y
se apoderase de su persona, soportando insultos y sujetndose  los ms
vergonzosos tratamientos. Al fin, merced  la astucia del Arzobispo de
Npoles, el Cardenal Filomarino, muy respetado del pueblo, pudo huir y
refugiarse en el castillo de San Telmo, de donde luego disfrazado pas
al de Castelnovo, cuyo alcaide era D. Nicols de Vargas Machuca, muy
buen soldado y de familia de ellos. All poco  poco se fueron
recogiendo los principales seores y caballeros.

El pueblo en tanto, aclam por su caudillo  Masianello, que se haba
distinguido entre todos por su ardor y arrojo, y  quien favorecan con
sus simpatas algunos de los demagogos ms furiosos, entre otros un
cierto Julio Genovino, anciano octogenario y sagaz que tuvo no poca
parte en los posteriores sucesos. Soltronse los presos de las crceles,
saqueronse las armeras, formronse pelotones diversos de gente armada,
y pronto el nmero de los sublevados toc, si es que no pas, el nmero
de cien mil hombres. Luego fueron quemadas las casas de los principales
arrendadores de contribuciones y amigos del Virrey. Pero era tanto el
amor de aquella gente  Espaa; era tal an su respeto  la Corona, que
cuando en medio del saqueo encontraban retratos de Felipe IV y de sus
antecesores, apartbanlos con mucho cuidado, improvisaban doseles en las
esquinas, y all los colocaban con fervientes aclamaciones. Sus
caudillos y tribunos improvisados no cesaban de predicar obediencia y
respeto al Rey de Espaa, limitndose  censurar el mal Gobierno.

No se sabe que fueran perseguidos en el primer tumulto los espaoles
domiciliados; antes la furia comn descarg principalmente sobre los
Ministros y logreros napolitanos que tiranizaban y robaban  sus
hermanos bajo el amparo de los Virreyes. El actual, D. Rodrigo Ponce de
Len, desde Castelnovo comenz  negociar con el pueblo, pensando
recobrar por maa lo que por fuerza haba perdido; mas ste se neg 
todo concierto que no fuese la abolicin completa de los impuestos sobre
consumos. No se hizo esperar el empleo de las armas: dentro de San
Lorenzo, que era una especie de Casa Consistorial, en un torren muy
fuerte, haba un depsito de artillera y guarnicin de cuarenta
soldados espaoles. Acometi aquel puesto Masianello con hasta diez mil
hombres ya bien armados y un can, y despus de tres horas de mortfero
combate tuvieron aquellos valientes, reducidos  mucho menos nmero, que
rendirse  partido. Tras esto acometieron y deshicieron los sublevados
algunas compaas de espaoles y tudescos que acudan de diversas partes
al refuerzo de la gente del Virrey. ste en tanto, no desalentado con
los primeros desaires que haba recibido del pueblo, movi nuevos tratos
con l, y mediando el arzobispo Filomarino, con indecible constancia
entonces, logrse llegar  concierto. Mas como algunos forajidos,
instigados por uno de los grandes seores enemigos de la rebelin
intentasen matar  Masianello durante la ceremonia donde haban de
jurarse los pactos, el pueblo, furioso, los hizo pedazos, y derramndose
por la ciudad cometi ya infinitos excesos contra todo gnero de
personas, abandonndose por el pronto toda idea de acomodo.

Al fin, las exhortaciones de Filomarino y el haber ganado con dinero 
promesas el favor de Julio Genovino, aquel octogenario que en los
principios de la sublevacin haba figurado tanto, fueron parte para
lograr nuevo concierto, que por esta vez lleg  ejecucin. Pero fu
intil. La verdad era que en el punto en que estaban las cosas, como
siempre que el vulgo ha llegado  triunfar de las autoridades y del
Gobierno, no haba ms que ceder del todo  recobrar con la fuerza lo
perdido. Las concesiones, utilsimas y loables para evitar y precaver,
no lo son para sosegar y vencer  los que ya han ejercitado el valor del
brazo y probado con l que son capaces de obtener por s lo mismo que
quieren concederles otros.

Bien hubiera hecho el duque de Arcos en oir las quejas de aquel pueblo
leal, que no peda ms que pan y frutas con que entretener las vidas y
ganar tesoros que ofrecer  Espaa. Ya que de las quejas haba pasado el
pueblo  las armas, no era ocasin sino de sustentar con honra la
autoridad y de hacer respetar el mando. Mas el de Arcos, como antes el
de Olivares cuando la insurreccin de Catalua, presuntuoso y terco, ms
bien que no firme, aguard para ceder la peor de las ocasiones.
Consinti en que se levantasen todos los nuevos impuestos, en que se
aboliesen las gabelas, no conocidas en tiempo de Carlos V, y aun no fu
esto lo ms malo, por cierto, sino que comparti con el miserable
Masianello el gobierno, le di tratamiento de Grande, puso  sus rdenes
las galeras con que Juanetn Doria, rescatado ya de sus prisiones, haba
venido  socorrerle, dejando el crucero de aquellos mares que le estaba
encomendado  hizo que su guardia le prestase iguales honores que  l.
Su esposa, Grande de Espaa, prostituy la dignidad de su clase, hasta
el punto de tratar familiarmente con la mujer del vendedor de pescados,
poco antes presa por el contrabando de harina en que la sorprendieron
los aduaneros. Lleg la vileza del de Arcos hasta  limpiarle el sudor
del rostro, adulando bajamente  Masianello delante del pueblo. Entonces
se vi una cosa prodigiosa para el comn de las gentes, de clara
explicacin para los que estudian los misterios de la naturaleza humana.

Masianello, el pobre vendedor de pescado, nacido era la abyeccin y
criado entre el vulgo ms soez del mercado de Npoles, se mostr
intrpido, generoso y hasta inteligente, mientras solamente se trat de
combatir, mientras no hizo ms que ser el primero en las
determinaciones y en los peligros, cubierto de harapos, apellidado slo
por su nombre vil. Pero no bien troc los harapos por un vestido de
riqusima plata, que el Arzobispo le oblig  tomar por cierto; no bien
not los honores que le dispensaba la guardia del Virrey; no bien entr
en los salones perfumados de ste, sinti sus adulaciones y vislumbr
todo el poder, sinti pasiones desconocidas, y se troc en otro hombre.
Tuvo recelos de que le matasen y sacrific  tal recelo centenares de
vctimas; tuvo sed de sangre, sed de mando, sed de oro; derrib cabezas
por capricho slo y como para convencerse de que tena poder para tanto;
imagin construirse un soberbio palacio; celebr banquetes magnficos;
corra las calles  caballo con la espada desnuda afrentando  cuantos
encontraba y vino al fin  parar en demente. El pueblo, que le
idolatraba, lleg  aborrecerle con aquellas demostraciones, y
aprovechndose de esto unos asesinos, enviados por el duque de Arcos sin
duda, le sorprendieron en un convento y all mismo acabaron con su vida.
Entonces el pueblo bajo insult su cadver y lo arrastr en triunfo como
das antes haba arrastrado tantos por mera indicacin de Masianello.
As acab el imperio de aquel hombre singular, que aunque slo dur
nueve das, merece aos de meditacin y estudio, por las grandes
lecciones que ofrece y los notables ejemplos que propone. Lleg 
pensar en levantar un Trono? No se sabe, ni es fcil decidirlo: la
verdad es que rechaz las proposiciones que le hicieron mensajeros
franceses que llegaron pronto  la ciudad para sacar partido de tales
sucesos, y que hasta el ltimo punto aparent ser sbdito leal del Rey
de Espaa. Crey el Virrey restablecida con esto la autoridad y
sosegadas las cosas, y aun volvi  morar en su palacio y  gobernar
desde all como antes; pero hubo nueva ocasin de conocer cun cierto es
que contra un pueblo que toma una vez las armas y sale triunfante, no
bastan ya concesiones y conciertos, y que es preciso,  sujetarse  l
en un todo,  imponerle de nuevo con la fuerza el respeto perdido.

Pocas horas despus de la muerte de Masianello ya haba encontrado el
pueblo nuevo motivo para renovar los pasados excesos; ya se lloraba
aquella muerte como una gran desdicha, y los mismos quizs que haban
arrastrado su cadver por el cieno de las calles, se apresuraban 
recogerle y  honrarle de mil maneras. No falt quien le tuviese por
santo y por mrtir; pocos dejaron de celebrarle como  hroe, y el
Virrey tuvo que refugiarse de nuevo  Castelnovo. Volvi  aplacarse el
tumulto, pero no por eso cesaron los excesos: cada da se cometan
nuevos atentados; cada da eran mayores las exigencias, hasta que por
fin se declar de nuevo abierta insurreccin. An el motivo no est bien
conocido; pero el espritu de revuelta, las pasiones desenfrenadas
antes, mal avenidas ahora con el orden, las artes de los revoltosos de
profesin, deseosos de medrar en las revueltas, y acaso las de los
emisarios franceses, pueden explicar los acontecimientos que
sobrevinieron. De repente el pueblo, guiado sin concierto por varios
caudillos, se arroj cierto da sobre algunos puestos militares y los
forz fcilmente; estableci bateras que dominaban los castillos de
Castelnovo y San Telmo; atac la plaza de Palacio  mano armada, y,
como hiciese fuego para defenderla la guardia tudesca, comenz por todas
partes un combate sangriento y una matanza horrible de espaoles,
tudescos y nobles napolitanos, sin perdonar edad ni sexo.

Lograron el primer da las turbas con lo inopinado del ataque grandes
ventajas, y al siguiente pensaron en elegir un caudillo de experiencia y
valor que los mandase. Fijronse todos los ojos en el noble Carlos La
Gatta, el cual se neg  ello resueltamente, con singular lealtad y
nimo; y en seguida propusieron el cargo al marqus D. Francisco Toralto
 Toralto de Aragn, prncipe de Massa y Maestre de campo general, bien
conocido por la honrosa defensa que haba hecho de Tarragn. El Prncipe
se resisti al principio con noble entereza  condescender con los
deseos del pueblo; pero llevado del amor de su mujer, que estaba en
poder de los sublevados, por una parte, y creyendo por otra atajar la
sublevacin con el nombre y autoridad de caudillo que le daban, se
prest al fin  ello. Era Toralto honrado y leal, mas desprovisto de las
altas cualidades de carcter que dan al hombre la conciencia y el
gobierno exclusivo de s mismo, encadenndolo, segn sea, al deber, al
deleite   la conveniencia. Naturaleza de aqullas que hacen el mal
obrando bien y que se envilecen con nobles propsitos y acciones. Su
nombre qued infamado para siempre; mas  la verdad no era tan digno de
desprecio como de lstima. Psose el nuevo General en comunicacin con
el buen Arzobispo, que no dejaba un punto de trabajar en demanda de la
paz, y con el Virrey, desbaratando con astucia los intentos de sus
mismos subordinados y avisando  los espaoles cuanto pudiera
importarles.

Todo el reino, harto conmovido ya con los anteriores sucesos, se declar
ahora en rebelin; y la capital, amaestrada en ellos, hizo su rebelin
ms terrible que nunca. Impacientes por pelear los caudillos del
tumulto, sin aguardar rdenes de Toralto, embistieron formalmente el
palacio donde se haba fortificado el tercio viejo de napolitanos,
mandados por D. Prspero Tuttavilla, soldado de valor, y  pesar de su
esforzada defensa, les pusieron  poco en cuidado. Entonces el Virrey
desde Castelnovo rompi el fuego contra la ciudad, haciendo seal para
que lo imitase al castillo de San Telmo. Contestaron los rebeldes con su
artillera, y se trab un combate encarnizado, durante el cual cierto
Andrea Plito, audacsimo caudillo de las turbas, lleg  poner, con una
mina que abri diestramente, en no poco apuro  la fortaleza de San
Telmo. Gobernaba en ella D. Martn Galiano, aquel valeroso defensor de
Valencia del P, en el Milans, contra franceses y saboyanos, y  ste
se debi que Plito no lograse al punto su intento, interviniendo
tambin Toralto sagazmente, de modo que se paralizasen los trabajos de
la mina.

Hubo tras esto nuevas capitulaciones y algunas horas de reposo, cuando
se avist la armada espaola de D. Juan de Austria y del viejo Carlos
Doria, enviada de Espaa, no bien se supieron ac tan graves
acontecimientos, la cual se compona de veintids galeras, doce naves
gruesas y catorce buques menores. Traa esta armada  su bordo tres
tercios de espaoles y uno de napolitanos, recogidos en el ejrcito de
Catalua, donde se contaran hasta tres mil quinientos infantes.

Di la venida del socorro sospechas y recelos  los sublevados, y valor
y soberbia al Virrey, para que unos y otros de consuno quebrantasen las
capitulaciones. Imaginse un ataque general  todos los puntos ocupados
por los rebeldes, para restablecer por la fuerza la autoridad del Rey; y
el de Arcos y D. Juan de Austria de consuno tomaron todas las
disposiciones.  un tiempo rompieron el fuego sobre la ciudad los
castillos y lugares fuertes guarnecidos de los nuestros y los bajeles de
la armada, mientras la gente de desembarco emprenda en diversos trozos
el ataque de algunos puestos enemigos. Mas el populacho, ordenado y
dirigido por muchos soldados viejos italianos, de los licenciados que
haban servido debajo de nuestras banderas, animado ya descaradamente
por algunos agentes de Francia, y hasta por una parte de la gente de
Iglesia, principalmente los frailes capuchinos que predicaban la
rebelin abiertamente, armado todo, con copiosa artillera, y reforzado
con las turbas ms desaforadas de las provincias y no pocos bandidos,
opuso tenacsima defensa. Toralto, aunque luchando hasta el ltimo
instante por lograr un acomodamiento, llegado el caso, sirvi  la
sublevacin con una lealtad funesta. Sus hbiles disposiciones y el
nmero de su gente, que pasaba ya mucho de cien mil hombres,
contrapuestos  nuestras escasas guarniciones y columnas, dieron  la
rebelin notorias ventajas. Pelese muchos das sin fortuna, perdindose
algunos puestos, cuyas guarniciones pagaban con la vida lo heroico de la
resistencia. Logr Toralto que en medio de la pelea y  pesar de sus
ventajas, propusiesen los rebeldes una tregua; y el de Arcos, tomndolo
 flaqueza de los contrarios, no quiso aceptarla. Mas continundose el
combate y viendo que  cada momento perdan terreno los nuestros, rebaj
de nuevo su altivez y propuso  Toralto la tregua que antes haba
rehusado, implorando tambin humildemente la intercesin del Arzobispo,
que de la propia suerte haba desairado poco antes. Negse Toralto y
negse ya el pueblo  escuchar las voces de concierto, y ms que aquel
estaba ya muy sospechado de amigo de los espaoles y vigilado muy de
cerca por sus propios parciales, y el Arzobispo, indignado con el
anterior desaire, no quiso tampoco mediar ahora con su influjo siempre
poderoso. Aun llev el Prelado tan lejos su indignacin, que lleg 
concebir el intento insensato y traidor de tomar aquel reino para el
Papa aprovechndose de la revuelta: cosa indigna no menos que de su
talento, del elevado carcter que antes haba mostrado. Sin embargo, no
por eso fu estril la idea que germinaba ya en todos los caudillos de
la sublevacin; pronto dieron un _manifiesto_  Europa declarndose
independientes de Espaa. No sorprendi esto  nadie, porque  tal punto
haban venido las cosas, que aquello no era ms que formular
explcitamente lo que de hecho pareca.

Prosiguironse las hostilidades y como atacasen los rebeldes
furiosamente un convento defendido por los nuestros y que era muy
importante para el triunfo, habiendo estallado una mina dirigida por D.
Francisco Toralto con ms dao de los suyos que no de los nuestros, el
pueblo harto receloso ya comenz  apellidar traicin, si con razn 
sin ella se ignora, y pasando pronto de las palabras  las obras, hizo
pedazos al desventurado caballero. As acab su extraa y contradictoria
conducta el prncipe Toralto de Aragn.

Nombraron en seguida las turbas por generalsimo en lugar suyo  un
cierto Jenaro Annesio, de oficio maestro arcabucero, hombre zafio,
ignorantsimo y cobarde, muy conocido ya en las anteriores revueltas;
mas el gobierno verdadero de las armas lo pusieron en el Maestre de
campo Brancaccio, soldado antiguo que haba servido con venecianos y fu
siempre muy ardiente enemigo de Espaa. Haban los nobles, entre tanto,
levantado tropas en la campia, principalmente de caballera, formando
en Aversa un pequeo ejrcito, el cual fu  mandar de parte del Virrey
el general Tuttavilla; con tales fuerzas corran los nuestros los
alrededores de Npoles y traan bloqueada  la ciudad. Sali contra
ellos Jaime Rosso, caudillo popular, animoso y entendido en la guerra,
con muchedumbre de gente armada: comenz por atacar unas casas
valerosamente defendidas por el capitn Ignacio Retes con cincuenta
espaoles, y luego, acudiendo al socorro Tuttavilla, se empe un
combate general, en el cual llevaron al fin la peor parte los que
seguan nuestras banderas. Resarcironse bien de esta prdida tanto
Tuttavilla como los nobles napolitanos, destrozando en muchos encuentros
parciales  los amotinados y estrechndolos  punto que Npoles entera
comenz  sentirse aquejada del hambre. Annesio y Brancaccio no lograron
ventaja alguna dentro de la ciudad, y as la causa de los rebeldes
volvi  hallarse un tanto decada. Tornronse  entablar negociaciones
de paz, pero el duque de Arcos ni el pueblo mostraron propsito de
arreglar las cosas. Y en esto la rebelin entr casi impensadamente en
su ltimo perodo, en el que ms peligro pareca ofrecer para nosotros;
y lejos de eso, nos proporcion la recuperacin de todo y una completa
victoria.

Fu el caso que Enrique de Lorena, duque de Guisa, de la casa de
Francia, descendiente por lnea femenina de Renato de Anjou, y por tal
ttulo no destitudo de pretensiones  la Corona napolitana, despus de
largas y laboriosas negociaciones con los caudillos del pueblo, lleg 
Npoles por mar burlando la vigilancia de nuestros bajeles, y se puso al
frente de la rebelin, cesando el villano Jenaro Annesio en el cargo y
empleo de generalsimo que tena. El monarca francs, que haba pensado
en apropiarse aquel reino, no vi con buenos ojos la empresa de Guisa;
con todo se inclin  enviarle una armada, esperando acaso convertir en
su provecho el socorro. Con esto el de Guisa y los napolitanos se
juzgaban ya triunfantes, y proclamaron solemnemente la repblica
napolitana. Vise en la ceremonia al arzobispo Filomarino, olvidando su
antigua dignidad y constancia por los desaires del de Arcos, bendecir la
espada del nuevo caudillo. Y ste, queriendo acabar pronto su obra  dar
sealada muestra de su valor, no bien se puso al frente del pueblo, di
rabiosa embestida  uno de los puestos espaoles; pero fu rechazado con
gran prdida. No mucha ms fortuna tuvo en el campo. Porque habindose
puesto delante de Aversa, plaza de armas de Tuttavilla y los seores
napolitanos, con buen golpe de infantes y caballos y artillera,
salieron  l hasta mil quinientos caballos de los nuestros, y hubo un
combate sangriento, no lejos del puente de Fignano, en el cual, aunque
pele valerossimamente de su persona, fu obligado  cejar, dejando 
los nuestros la victoria.

Lleg en esto la armada francesa al mando del duque de Richelieu,
compuesta de veintinueve naves gruesas y cinco barcas de fuego con hasta
cuatro mil hombres de desembarco. Reunise diestramente la espaola
diseminada por aquellas costas; reparse lo mejor que pudo,
aprovechando la indecisin de los enemigos, y luego fu con ella D. Juan
de Austria  presentarles batalla, la cual dur seis horas con mucha
furia, mas sin tener xito decisivo. Comprendi, sin embargo, el de
Richelieu que para desalojar  los espaoles de aquellos mares era
preciso arriesgar mucho, y no parecindole la ganancia en proporcin del
riesgo, puesto que vea al duque de Guisa apoderado de todo, desabrido
tambin con ste que, lleno de soberbia, y temeroso ya de que Francia
quisiese quitarle el fruto de la victoria, no le prestaba atencin
alguna, sin empear de nuevo la batalla, se hizo  la vela, tornndose 
las costas de Francia.

No sinti tanto como deba este suceso el duque de Guisa, cada vez ms
desvanecido con sus grandezas. El barn de Mdena, su teniente, despus
de un largo bloqueo, oblig  salir de Aversa  Tuttavilla con la gente
de la nobleza napolitana, refugindose en Capua, por no ser socorrida
aquella plaza, causa de disgustos entre el General y la nobleza, con que
algunos caudillos populares lograron ciertas ventajas contra los
nuestros. Pero el Virrey, quitando el mando  Tuttavilla para que no se
aumentasen los disgustos entre l y los nobles, envi en su lugar al
valeroso y experimentado Maestre de campo Luis Poderico, el cual supo
resarcirse de tales prdidas. Arda la guerra civil en las provincias,
por tal manera causando infinitos males; y en la ciudad, notando el
desvanecimiento del de Guisa y sus licenciosas costumbres, recordando
los ms con amor el gobierno de Espaa, comenz  advertirse
favorabilsimo disgusto. Ayudaron tambin  ello poderosamente las
intrigas y manejos del de Arcos, que era en tal gnero de hostilidades
muy diestro; con que en pblico aparecan ya hartas seales de
decaimiento en la rebelin. Fu  tiempo que por nuestra parte se tom
una medida, de mucho antes solicitada, sin la cual no poda haber
concierto alguno, y era la destitucin del duque de Arcos.

Tom el gobierno D. Juan de Austria, apoyndose en los poderes que le
envi su padre para componer aquellos desdichados disturbios, y con
parecer y opinin de un consejo de capitanes, entr l mismo  ejercer
el mando. Portse en l con prudencia superior  sus aos, que no
pasaban entonces de diez y ocho, dejando entrever de s mayores
esperanzas que frutos di en adelante. Mas no quiso la Corte dar entera
aprobacin  un hecho, ilegal al cabo, y sin reprender  D. Juan de
Austria, confiri el Virreinato al conde de Oate, D. Iigo Vlez de
Guevara, hombre de largos servicios y de verdadera severidad y destreza,
Embajador  la sazn en Roma y antes en el Imperio por muchos aos,
donde contribuy sobremanera  desbaratar los planes de Gustavo Adolfo,
y luego la conspiracin de Walstein, haciendo representar  nuestra
diplomacia importantsimo papel en todos aquellos acontecimientos.
Tiempo haba que la Corte de Espaa no haca nombramiento ms acertado,
puesto que slo el del buen Almirante pudiera compararse con ste.
Despleg el nuevo Virrey una actividad prodigiosa: emple de tal manera
sus agentes y confidencias, que desacredit en breves das al de Guisa;
puso de su parte  varios caudillos populares, y no menos hbil guerrero
que negociador, trajo  perfecta ordenanza las armas. Ya D. Juan de
Austria en el corto tiempo que desempe el Virreinato haba
escarmentado al enemigo dursimamente, mediado el mes de Febrero de
1647, donde el ataque fu general  todos los puntos, guarnecidos de los
nuestros y por todas las fuerzas de dentro y fuera de la ciudad con que
pudiese contar la rebelin. Pelese desesperadamente, menudeando los
asaltos, y asordando el aire por todo un da y parte de la noche el
fuego de la artillera; pero los espaoles mostraron tan heroico
esfuerzo  confesin de sus propios enemigos, que peleando uno contra
diez sostuvieron todos sus puestos sin perder uno solo. Ahora, bajo el
gobierno del de Oate, lo que haban dejado por hacer las negociaciones,
lo hicieron las armas de un golpe.

Ya el pueblo murmuraba continuamente del duque de Guisa; ya ste haba
tenido que castigar con la muerte  algunos conspiradores, con que se
atrajo mucho odio de la plebe; ya se notaban sntomas evidentes de su
perdicin, cuando el ligero y vano Prncipe imagin el mayor de sus
desaciertos, que fu salir de la ciudad con hasta cinco mil hombres de
sus mejores tropas y muchas barcas armadas con el propsito de embestir
la isla de Nisida,  fin de asegurarse en ella un fondeadero. No pudiera
desear ms el conde de Oate. Pronto, como el relmpago, se aprest 
aprovecharse de su ausencia, embistiendo las trincheras y los puestos de
los amotinados, que aunque abandonados ya de toda la gente que tena que
perder en la ciudad y con el desabrimiento del de Guisa, todava en
mucho nmero se mantenan en armas, bien hallados con aquel estado de
cosas que les proporcionaba vivir holgadamente sin trabajo ni miseria,
satisfaciendo todo gnero de gustos y licencias, sin miedo de represin
 castigo. Mirbase, pues, reducida la rebelin  los dscolos y
malvados de condicin; pero stos eran cabalmente los que la haban
comenzado y los ms temibles. Orden Oate las cosas de esta manera: sus
tropas disponibles, guarnecidos los castillos, no pasaran en todo de
tres mil espaoles, tudescos y napolitanos, y eso porque de la pennsula
y de Sicilia haban venido algunas de refuerzo; sin embargo era nmero
pequesimo para tan grande empresa, pues todava era ms que
sextuplicado el de los contrarios.

Lo que s sobraban eran capitanes de fama. Adems de D. Juan de Austria
y el conde de Oate, hallbanse all el marqus de Torrecusso, que, como
soldado leal, dej su retiro de nuevo y vino  ponerse  las rdenes del
Virrey; D. Dionisio de Guzmn, aquel su teniente que se hall con l en
Portugal; el nombrado D. Carlos de La Gatta; el barn de Batteville,
noble borgon, consejero del Prncipe y militar muy aventajado, que
haba dirigido la defensa de los puestos espaoles desde que lleg 
aquellas costas la armada; el general Tuttavilla, vuelto del mando de
los Nobles, donde haba sido reemplazado por Poderico. Contbanse
tambin muchos Maestres de campo y Capitanes de cuenta: Monroy, Biedma,
Vargas, D. Diego de Portugal y el marqus de Pealba, noble portugus
partidario de Espaa; Visconti, el prncipe de Torella, Caraffa y muchos
que fuera ocioso enumerar.

Distribuyse en tales capitanes la escasa gente, y  un tiempo se
arrojaron sobre los puestos enemigos. Sorprendidos stos y confusos,
apenas osaron hacer resistencia; y los que la hicieron fueron
instantneamente desordenados. En esto los vecinos pacficos de la
ciudad, cansados de tantos desastres, llenaron los balcones y las
calles, aclamando con entusiastas voces al Rey de Espaa, y los
rebeldes, perdido del todo el nimo, depusieron aqu y all las armas,
hasta someterse al vencedor. No abus Oate de la victoria, dando en el
propio instante un indulto general; y en un momento la ciudad se hall
tan tranquila como si nada hubiese acontecido en ella, y dada toda 
regocijos y festejos. As termin aquella rebelin famosa que no lleg 
contar ocho meses de duracin, y que en tan breve espacio corri por
tantos y tan diversos trances y sucesos. El duque de Guisa supo lo
acontecido por el rumor de las campanas y del regocijo de Npoles. Sus
tropas se dispersaron al punto, y l mismo fu preso por la gente de
Luis Poderico y conducido  Capua al intentar la fuga. Quiso el severo
conde de Oate cortarle la cabeza, y sin duda lo hiciera  no mediar
benignamente D. Juan de Austria; por lo cual fu enviado  Espaa
cautivo. Pocos das despus todas las provincias conmovidas 
insurrectas se haban sometido al gobierno del Virrey. Quiso Jenaro
Annesio, mal contento con la vida particular que traa, con sus miserias
y harapos urdir nueva trama; pero fu descubierto y pag con la vida. Y
en seguida el Virrey se dedic  cicatrizar las llagas de las pasadas
revueltas. Viendo que no poda conseguirlo del todo sin echar  los
franceses de los lugares que haban ocupado en Toscana para hostilizar 
Npoles, reuni la gente que hall disponible y la puso  las rdenes de
D. Juan de Austria, el cual con ella y la armada recobr  Piombino para
devolverla  su seor; y luego  Portolongone en la isla de Elba,
despus de cuarenta y siete das de sitio, restableciendo all el
antiguo presidio de espaoles.

No andaban quietas entretanto las dems partes de Italia. En Miln,
separado el marqus de Velada, que tan poco hizo, vino el mando de
aquellas armas  poder del condestable de Castilla D. Bernardino
Fernndez de Velasco. Francisco, duque de Mdena, aliado hasta entonces
de Espaa, no bien mir perdida  Portolongone y  Piombino en manos de
los franceses,  temiendo ver invadidos sus Estados,  importunado por
su hermano el cardenal de Este, parcial de Francia, se separ de nuestra
alianza y ajust una solemne defensiva y ofensiva con aquella potencia.
Esto di nuevos cuidados  nuestras armas en el Milans. Fu el
Condestable en busca del Duque, reforzado ya con un cuerpo numeroso de
franceses; hallle no lejos del lugar de Bazzolo, y all se empe una
batalla larga y porfiada. Rompieron los nuestros la infantera enemiga,
y por tres veces deshicieron su caballera. Lograron ellos rehacerse,
principalmente por el esfuerzo de un regimiento de suizos que estaba
debajo de sus banderas; mas al fin la victoria qued por los espaoles.
Dise esta batalla al terminarse la campaa de 1647, y en la siguiente
rindieron los nuestros  Niza de la Palla, tantas veces tomada y
perdida.

En esto se confirm el cargo de Virrey de Miln al marqus de Caracena,
deudo del nuevo favorito Don Luis de Haro, General de caballera en
Flandes y antes de la de aquel mismo Estado. Tuvo ste poca fortuna 
los principios, aunque era capitn muy reputado. El duque de Mdena y el
mariscal de Plessis-Plaslin vinieron  atacarle en un campo
fortificado, no lejos de Cremona, donde se haba apostado para proteger
aquella plaza, amenazada de los enemigos, siendo harto inferior en
fuerzas para parecer en campo abierto. Trabse un reido combate, en el
cual fueron forzados los retrincheramientos, por los flancos que
defendan soldados italianos y suizos  sueldo de Espaa, con gran
prdida nuestra, aunque no fu mucho menor la de los enemigos. Pusieron
stos en seguida sitio  la plaza; pero Caracena, no desalentado con el
anterior descalabro, se mantuvo cerca de la plaza, prestndola
continuamente socorros; de modo que despus de dos meses de sitio
tuvieron que alzar el cerco los franceses y modeneses sin fruto alguno.
Desanimados aqullos, y faltos de todo, se retiraron  poco, dejando al
de Mdena reducido  sus solas fuerzas. Entonces Caracena entr  la
siguiente campaa (1649) en el Modens, y rindi  Pompanasco, Gualteri
y Castelnovo, y lo ocup todo, obligando al Duque  pedir por
misericordia la paz, que le fu concedida  condicin de admitir
guarnicin en Correggio. Recobrse con esto la reputacin del de
Caracena, y aunque falto de dinero y soldados no pudo emprender grandes
operaciones, con todo, recobr  Trin de los saboyanos, y luego, en
unin con el duque de Mantua,  la sazn nuestro aliado, sorprendi la
ciudad de Casal, y rindi con estrecho bloqueo su fortsima ciudadela,
puestos de los ms importantes de Italia. As,  pesar de las
escassimas fuerzas con que contbamos para resistir  tantos enemigos
como nos embestan por aquella parte, se conserv la superioridad de
nuestras armas en el Milans y sus fronteras.

Harto ms larga y sangrienta todava que la sublevacin de Npoles
haba sido la de Catalua, y de ms grandes consecuencias, tanto por el
carcter de los naturales, mucho ms duro y tenaz, como por los mayores
auxilios que haban recibido de Francia, debajo de cuyo vasallaje los
haba puesto el despecho. Pero verdaderamente en el fin y trmino, ya en
que lo dems anduviesen tan diversas, se asemejaron mucho ambas
sublevaciones. Las causas fueron unas, y el suceso tan impensado
tambin, que apenas podan creer los ojos lo que vean, hallando
tranquilos y obedientes  los catalanes  tan poca costa, despus de tan
sangrientos esfuerzos, ardiendo sus ciudades y sus campos en regocijos,
resonando, por donde tantas maldiciones antes, ahora vivas y
aclamaciones ardientes al Rey de Espaa.

Ya  principios de 1645 el tiempo y los sucesos haban ido trayendo en
los nimos de los naturales singulares mudanzas. De una parte la cada
del Conde-Duque, la prisin del Protonotario, el haber dejado el
servicio de Espaa el marqus de los Balbases, la muerte de Arce y de
Moles, Maestres de campo, que ocasionaron mucha parte de la furia de
aquel pueblo, y la total mudanza de Ministros y capitanes, haban
borrado los odios de los catalanes, inclinndolos  someterse  su
antigua ley y patria; de otra, la soberbia y mala conducta de los
franceses, gente extranjera al fin, y que trataba  los catalanes como
vasallos, haban dado calor  semejante inclinacin, convirtindola en
deseo. Desconfiaban los franceses de los catalanes, y stos aborrecan 
los franceses: aqullos haban admitido los fueros y privilegios para
facilitar el dominio que de otra suerte no habran adquirido; stos,
conociendo el espritu dominante de sus nuevos seores, recelaban de
continuo, y sin causa,  veces, los crean amenazados. Juntse  todo el
natural de los catalanes, impaciente, duro y enemigo del que manda,
quienquiera que sea. Cuentan de algn cataln que huyendo de Tarragona,
poseda por los espaoles, porque no le ahorcasen como  confidente de
los franceses, fu ahorcado por stos  poco en Barcelona como
confidente de los espaoles.  tal punto las cosas, se abri (1645) la
campaa.

Haba nombrado el Rey por su lugarteniente y Capitn general de
Catalua, ejrcitos y galeras al desdichado marqus de Tordelaguna, D.
Francisco de Mello; pero ms para que con su autoridad dispusiese las
cosas de la guerra, que no para que tomase el mando de las armas. De
todas suertes el nombramiento no fu acertado; y slo pudo disculparlo
la misma insignificancia  que el D. Francisco se redujo, haciendo que
apenas sonase su nombre. Al mismo tiempo, la Motte Hodancourt,
aborrecido de los catalanes y censurado del Gobierno francs por sus
derrotas, fu tambin separado, entrando en su lugar el conde de
Harcourt. Reuni ste un poderoso ejrcito con la gente que trajo de
Francia y la que ya haba en el Principado, y no pudiendo ms tolerar
las hostilidades que desde Rosas haca D. Diego Caballero, que all
gobernaba, determin poner sitio  la plaza. Ejecutlo por orden suya el
conde de Plessis-Praslin, mientras l se opona  nuestro ejrcito,
mandado an por D. Andrea Cantemo. La plaza se defendi muy bien, y D.
Diego hizo muchas salidas, rechaz un grande asalto, y apur todos los
recursos del arte; mas tuvo al fin que rendirse dos meses despus de
comenzado el sitio. Luego el de Harcourt determin sitiar  Balaguer.
Acudi al opsito Don Andrea con el marqus de Mortara por su segundo;
fortific el puente de Camarasa, y ocup la orilla derecha del Segre, 
fin de impedir el paso al enemigo. Pero este logr forzar el puente con
un trozo de los suyos, y con otro, pasando el ro por un puente de
cuerdas, se fortific en cierta montaa eminente,  la orilla que
defendan los espaoles. Embisti D. Andrea la montaa, y logr
apoderarse de los primeros puestos; pero volvi  perderlos, y tuvo que
retirarse. No obstante, impidi que el grueso de los enemigos, que
todava no haba pasado, atravesase el ro, obligndole  dar una gran
vuelta para esguazar el Noguera y entrar con todas sus fuerzas, ya
reunidas en el llano de Llorens, inmediato  Balaguer. All D. Andrea
les sali al encuentro: embistironse los ejrcitos y pelearon
sangrientamente dos horas, inclinndose ya  un lado ya  otro la
victoria; pero al fin Harcourt logr desordenar nuestros escuadrones.
Mortara, el duque de Lorenzana que all vena, y otros capitanes fueron
hechos prisioneros, y D. Andrea, con el resto del ejrcito, se retir
apresuradamente.

Entonces Balaguer fu embestida. Sali D. Francisco de Mello de su
inaccin y dispuso el socorro por s mismo; mas no se logr, aunque hubo
en Ager un reido encuentro, y otro donde fu herido Cantelmo. Con esto,
se rindi Balaguer, y Harcourt, alentado, comenz la siguiente campaa
por el sitio de Lrida. Siete meses estuvo all con diez y ocho mil
infantes, cuatro mil caballos y veinte y seis caones; pero la plaza se
defendi de manera que no pudo adelantar un paso. Nada hizo para
salvarla D. Francisco de Mello. Tuvo el Rey que acudir en persona,
juntando todas las fuerzas espaolas de Aragn y Catalua en un regular
ejrcito;  su frente el marqus de Legans, nombrado en lugar de
Cantelmo, con el duque del Infantado bajo su mando, se apost en las
cercanas de la plaza, teniendo como sitiado al francs dentro de su
propio campo. Hubo varias escaramuzas favorables  nuestras armas, y en
una de ellas logr Legans romper las lneas por la parte de Villanoveta
y meter abundantes socorros en la plaza, con lo cual los franceses,
temiendo que les cortasen la retirada y desesperando del xito,
levantaron el cerco, dejndose en el campo toda la artillera y
municiones y la mitad de su gente. Este fu el nico hecho de la campaa
de 1646, desalentados los franceses para emprender nuevas operaciones, y
falto de recursos nuestro ejrcito para prevalerse de su estado.

Irritado Mazzarino quit  Harcourt el mando, y con un florido ejrcito
envi al duque de Enghien, vencedor de Rocroy,  que en la campaa de
1647 sitiase de nuevo  Lrida. Era Gobernador de la plaza el portugus
D. Gregorio Brito, que la defendi antes y supo ahora tambin defenderla
con tal esfuerzo y haciendo tan valerosas salidas que  los cuarenta
das de ataques continuos hubo de levantar Enghien el cerco, ni ms ni
menos que Harcourt lo hubiera hecho, sin que el socorro levantado en
Castilla y que traan el mismo D. Luis de Haro con el joven marqus de
Aytona, Maestre de campo y otros capitanes, fuera necesario emplearlo. Y
fu ms vergonzoso el suceso para Enghien por la confianza vana con que
emprendi el sitio al son de violines y msicas, y los jactanciosos
ofrecimientos que hizo  su corte. As aquellas orillas frtiles del
Segre, y aquellos muros de la vieja Lrida, vieron en poco tiempo tres
ejrcitos franceses deshechos, mandados por los primeros capitanes de su
nacin. Enghien  Cond, alzado el cerco de Lrida, no os acometer
ninguna otra empresa.

Por entonces termin su carrera D. Diego Felipe de Guzmn, marqus de
Legans, lleno de glorias,  pesar de sus faltas; retirse del mando del
ejrcito muy trabajado de enfermedades, y muri  poco.

Antes que l haba ya muerto D. Felipe de Silva. Recay entonces el
mando de las armas en el joven marqus de Aytona, el cual no hizo cosa
notable. Tena doce mil infantes y tres mil quinientos caballos, nmero
capaz de cualquier empresa. Lleg al lugar de las Borjas y le puso
cerco; mas viniendo el prncipe de Cond contra l se retir lentamente.
Persiguilo Cond sin empeo; tuvieron algunas escaramuzas los ejrcitos
en la huerta de Lrida, y al fin los nuestros fueron  meterse en un
campo fortificado, entre aquella plaza y Gardeny, y el de Cond en otro
que sent hacia Vimbodi, sin venir  batalla. Y mientras los ejrcitos
principales estaban as en la inaccin, de una y otra parte se acometan
diversas empresas con varia fortuna. Tomaron los franceses  Mollerusa,
 pesar del auxilio que enviaron los espaoles, y stos no pudieron
rendir  Montblanch, ni  Flix, ni  Miravet, y s el puente de Termas,
poco despus perdido. Tambin amagaron los nuestros  Constant y 
Salou, ocupados del enemigo, y ste se apoder de Ager. Mas con todo
eso, la ventaja estaba de parte de los espaoles con las victorias
obtenidas delante de Lrida. Irritado al ltimo punto Mazzarino, y
teniendo que disponer de Cond para la guerra de Flandes, envi con
nuevas fuerzas  Catalua al mariscal de Schomberg. Fu ste ms
afortunado que sus antecesores, pues en ocho das rindieron sus armas 
Tortosa. Quiso D. Francisco de Mello dar aqu nuevas muestras de su
persona, y reuniendo alguna gente acudi  socorrer la plaza; pero el
francs le oblig  retirarse sin efecto alguno. En cambio, D. Francisco
Tuttavilla, gobernador de Tarragona, gan  Montblanch, Salou y
Constant.

Fu preciso para hallar general que supiese mandar el ejrcito de
Catalua sacar con grandes splicas de su retiro  D. Juan de Garay,
substituyndolo  Aytona. Junt D. Juan un trozo de ejrcito de hasta
siete mil infantes y tres mil caballos, y se puso en marcha hacia
Barcelona. Lleg hasta Villafranca de Panads sin obstculo, y como su
intento no era otro que el de mostrar  aquellos naturales el poder de
las armas del Rey, se puso luego en retirada. Salieron  estorbrsela
los franceses y catalanes, superiores en nmero, al mando de MM. de
Marsn y de Crequi: hubo discordia entre estos dos generales, y no
supieron hacer valer el nmero; y Garay, aprovechndose diestramente de
su desconcierto, destroz la caballera francesa, que mandaba Crequi,
matndole y tomndole trescientos caballos, y oblig al resto del
ejrcito enemigo  recogerse en sus cuarteles, despus de lo cual se
volvi tranquilo  Lrida. En tanto los enemigos intentaron sorprender 
Tarragona, vistindose como paisanos catalanes con acmilas de harina;
mas, dentro ya algunos de los muros, fueron descubiertos y dados 
hierro  prisiones.

Ms afortunados los nuestros, de Lrida bajaron  poner sitio  Castel
Lle, y la tomaron con pactos. Hizo sitiar de nuevo aquella pequea
plaza el duque de Vandome, que haba sucedido  Schomberg en el mando de
Catalua por los franceses. Aprovechronla bien sus tropas, mientras el
de Vandome desde Balaguer alentaba la empresa; pero lleg el socorro de
Lrida; nuestros soldados rompieron violentamente las lneas, forzaron
el campo y pusieron en derrota cuanto se puso por delante de sus armas.
Poco despus los naturales de la villa de Falset entregaron los muros 
unas galeras de Espaa, que por acaso haban arribado  sus playas; mas
no tard en recobrarla Vandome.

Eran tales sucesos poco importantes y decisivos; pero por parte de los
Ministros y capitanes espaoles muy bien imaginados.  la sazn no
convena ya hacer dura y sangrienta guerra en aquel territorio; el
tiempo haba de hacer ms que las armas. Toda Catalua andaba revuelta
en celos, odios y discordias entre catalanes y franceses, haciendo los
primeros contra stos ms que hicieron contra los espaoles. Mazzarino,
para hacer sentir la falta de su amparo y proteccin, no enviaba ya
bastantes fuerzas y abandonaba  los naturales su defensa; mas stos,
lejos de amilanarse por ello, despreciaban en voz alta  sus
protectores. Hijos de Espaa, con hbitos y costumbres ms  menos
extraos, pero espaoles al cabo, aquellos nobles moradores no podan ya
resistir la dominacin extranjera. Suspiraban por su antiguo gobierno,
por las antiguas cosas; y aunque no fu disculpable en ellos el darse 
los extranjeros, mostrbanse con su arrepentimiento antes dignos de
lstima que de ira. Algunos tributos impuestos entonces exaltaron ms
los nimos. Y dando los franceses en formar procesos, ejecutar
suplicios, fulminar destierros y confiscar haciendas, acabaron de
perder  los pocos que el inters conservaba en su partido.

La dureza del natural, el odio al ejercicio del mando, el amor  la
libertad, todo se suscit entonces poderosamente en los corazones
catalanes, juntndose con el patriotismo para ponerlos de nuestra parte.
Viendo cun grandes eran sus males presentes, olvidaron de todo punto
los pasados. Leccin elocuente que nunca deben olvidar los pueblos que
rompen con sus hermanos y se entregan  razas extranjeras por motivos de
clera  disgusto. Nunca pueblos hermanos se separarn sin que tarde 
temprano sientan la pena, ya sea involuntaria la separacin, ya dictada
por fuerza de enemigos. Las nacionalidades son como las familias; jams
la divisin de sus miembros puede traer otra cosa que empequeecimiento
y vergenza, y los extraos que se entrometen en ellas, no vienen ms
que  ser cizaa, y en vez de protectores, verdugos.

Ahora los catalanes, arrepentidos, mostraban de mil maneras sus
sentimientos. Pronto algunos de los principales abrieron tratos con el
Gobierno espaol por medio de D. Baltasar Pantoja, que haba sucedido 
Brito en el mando de Lrida.  estas nuevas el Rey y don Luis de Haro,
llenos de gozo, determinaron obrar activamente. Dispsose primero que la
armada de Espaa, gobernada  la sazn por el duque de Alburquerque,
vuelto del mando de la caballera de Flandes, cruzase por delante de
Barcelona al mismo tiempo que el ejrcito insultaba sus mismos muros.
Llegse  esperar luego que los moradores abriran sus puertas  la
gente de desembarco de la armada, que iba ya bien prevenida para eso; y
aunque no se logr, porque descubierto el trato de los franceses,
fueron presos (1656) los que tenamos en inteligencia con nosotros, no
por eso cesaron las idas y venidas y hablas de concierto. Al fin,
pareciendo que sera lo ms breve, y viendo cun falto de enemigos
andaba el Principado, se determin el sitio de Barcelona. Retirado por
ltima vez de las armas D. Juan de Garay, fise la empresa como Virrey y
Capitn general al buen marqus de Mortara, D. Juan Orozco Manrique de
Lara, rescatado ya de sus prisiones, y tan prctico de aquella guerra; y
al mismo tiempo se envi orden  D. Juan de Austria, Capitn general de
todas las armadas martimas que estaban en Sicilia, para que acudiese 
la empresa, mandando levantar gente en Alemania y reunir la de todas
partes que se pudiese.

Sali de Lrida Mortara con seis mil infantes y tres mil caballos, donde
se contaban muchos catalanes voluntarios. Siti la importante villa de
Flix, tantas veces acometida en vano, y la rindi sin que el de Vandome
pudiera estorbarlo. Juntronse entonces hasta tres mil catalanes ms con
Mortara, y con ellos y su gente fu  ponerse sobre Miravet y la rindi
y luego sobre Tortosa. Quiso Vandome salvar la plaza; pero no osando
venir  batalla, se content con permanecer en las inmediaciones. No se
emple mejor el socorro de la mar que el socorro de tierra. Traalo en
cuatro navos el mariscal de Ligni; mas Alburquerque, que con seis
galeras ocupaba ya la embocadura del Ebro, los embisti y apres despus
de un reido combate. Falta entonces de vveres, hubo de rendirse
Tortosa. La retirada de Vandome y la de la guarnicin que capitul en la
plaza fueron verdaderamente desastrosas; por dondequiera que pasaban
iban sobre los alojamientos  sobre cualquiera ocasin liviana,
encendindose en discordias los naturales con los soldados, pereciendo
tantos de stos, que antes de llegar  Barcelona se hall Vandome sin
ejrcito.

En el nterin, el de Mortara se engrosaba cada da con voluntarios
catalanes, y adems recibi hasta tres mil quinientos alemanes de
refuerzo por Tarragona, con que principiada la primavera de 1651, se
juzg ya bastante fuerte para sentar sus reales delante de Barcelona. No
pasaban, sin embargo, sus soldados de once mil hombres, nmero
insuficiente para rendir tan numerosa poblacin, y ms recordando el
ejemplo del marqus de los Vlez, que con ms de doblado nmero no
acert  conseguirlo. Pero  la verdad, la situacin de las cosas era
harto diferente. En Barcelona misma se victoreaba pblicamente al Rey de
Espaa, y se daban _mueras_  los franceses; y los magistrados de
aquella capital estaban de tal manera, que habindoles representado
algunos sndicos de los lugares comarcanos los excesos que cometan los
franceses, es fama que respondieron:--Por qu no los degollis 
todos?--Gnero de consejo, antes seguido que esperado en Catalua, en
las ocasiones. No por eso dej Barcelona de aprestarse  la defensa: de
una parte, los franceses, que no pudieron detener la marcha del ejrcito
espaol reducidos  sus solas fuerzas, pusieron el mayor empeo en
conservar  Barcelona, y de otra, el gobernador de las armas catalanas,
D. Jos Margarit, aquel capitn de almogvares, y tenacsimo enemigo de
la madre patria, y los caudillos de los tercios y gente armada no se
prestaban  los deseos de lo general del pueblo. El de Mortara con su
ejrcito, donde venan el Condestable de Castilla y el barn de Sabac y
otros capitanes, pas  Santa Coloma, deshizo un trozo de caballos
franceses, y de all fu al llano de Tarragona donde se junt con D.
Juan de Austria, que ya haba arribado de Sicilia. Luego, por la orilla
del mar se encamin  Llobregat. All haba una torre fortificada, cuya
expugnacin caus algn trabajo; pero se gan, y el ejrcito, tomando
ordenadamente  la izquierda, por debajo de las verdes montaas que
coronan el llano de Barcelona, pas de Esplugas al monasterio antiguo de
Pedralves; y desde l  Sarri, y siempre costeando las faldas hasta San
Andrs, donde se pas el campo. Extendironse los cuarteles desde San
Andrs al mar, y se esparci la caballera por el llano  fin de que no
entrasen bastimentos ni socorro en la ciudad. Mr. Marsn, encargado de
defenderla por Mazzarino, se march  Francia,  bien desesperado  bien
arrastrado de sus intereses particulares, y la diputacin de Barcelona,
que por causa de la peste que rein en ella se haba salido  Manresa,
no quiso volver  encerrarse en los muros. Ante el mayor nmero de sus
Ministros abri tratos con los del Rey. Pero Margarit y los soldados
siguieron obstinados en la defensa; y como  pesar de nuestra caballera
por la parte del Llobregat entrasen todo gnero de bastimentos, no
mostraban el menor miedo del sitio. Al fin Mortara determin partir su
ejrcito en dos trozos: al uno dej en San Andrs, al otro puso en Sanz,
cerrando as los dos extremos de las montaas, y de uno  otro campo por
la falda de estas dej vagar la caballera. Adems D. Juan de Austria
con los duques de Tursi y de Alburquerque cerraba el puerto con veinte
bajeles, con lo cual comenzaron  faltar los vveres en la plaza que
era lo que Mortara quera, puesto que no se hallaba con bastante poder
para entrarla por fuerza.

Comenzaron  fabricar los barceloneses un fuerte sobre Santa Madrona
para dominar el camino de Sanz; pero fu conquistado por los nuestros
antes de estar acabado. Luego, para que impidiesen los nuestros la
comunicacin de Barcelona con Montjuich, construyeron otro fuerte los
defensores entre aquel castillo y la plaza, el cual no pudo ganarse
aunque se intent repetidamente. Dieron una embestida los catalanes de
Montjuich  nuestros cuarteles de la parte de Sanz, y la gente nuestra
de esta parte intent un asalto al castillo, en el cual fu rechazada.
Luego por muchos das se divirtieron unos y otros en dispararse
caonazos sin fruto. Mas en esto la corte de Francia orden  Mr. de la
Motte Hodancourt que con cuatro mil infantes y dos mil quinientos
caballos bajase desde el Roselln al socorro. Estuvo La Motte algunos
das por los contornos amagando  combatiendo parcialmente sin poder
venir  batalla por la inferioridad de sus fuerzas, hasta que por fin
una noche, despus de una vigorosa escaramuza, logr abrirse paso con
tres regimientos de infantera y seiscientos caballos por el centro del
llano donde no tenamos puestos ni cuarteles. Di esto aliento 
Margarit y La Motte para hacer varias salidas contra nuestros reductos y
cuarteles. En una de ellas llegaron  tomar _el fuerte de los Reyes_,
que Mortara haba mandado edificar en la colina de Montjuich para
oponerlo  la fortaleza enemiga; pero al fin fu recobrado por los
nuestros, y en todas las dems ocasiones fueron rechazados los
contrarios. Con esto el hambre comenz  hacer estragos en Barcelona.
Apareci en sus aguas una armada francesa gobernada de Mr. de la
Ferrire, cargada de bastimentos, pero no osando medirse con la de D.
Juan de Austria y Alburquerque, superior en nmero, se retir de nuevo 
los puertos de Francia.

La parte de tierra estaba no menos guardada que la del mar por los
nuestros. Concertronse los de adentro con algunos caudillos almogvares
de la montaa, y en un da sealado aparecieron stos con un convoy por
la parte de Sarri, y salieron de la ciudad  ampararlos numerosas
fuerzas. Hubo un reido combate, y ya pareca logrado el intento, cuando
acudiendo ms gente nuestra de los cuarteles, fueron rechazados los
almogvares y los escuadrones de la ciudad muy derrotados. Ya no haba
esperanza de socorro, y el hambre arreciaba por momentos su furia: fu
error de Mortara el dar en tales circunstancias una embestida 
Montjuich y  los baluartes y puertas de la ciudad, donde padecimos sin
fruto alguna prdida. La plaza no poda ya defenderse, y tuvo que
ofrecer capitulaciones. Tuvo el buen acierto D. Luis de Haro de
aconsejar al Rey que ofreciese amnista completa  los catalanes despus
de este suceso, sin exceptuar ms que  Margarit y algn otro de los
tenaces de aquella rebelda, que ya poda llamarse traicin en adelante.
Y esto acab de dar  la entrega de la ciudad toda la apariencia de un
triunfo para los naturales, en lugar de ser una humillacin  desdicha.

Entregse Barcelona  merced del Rey, y ste en cambio la otorg todos
sus privilegios antiguos, y en un momento se vieron trocadas todas las
cosas, y Catalua entera ardi en fiestas y alegras. No se haba
rendido an Barcelona, cuando Mongat y su castillo, sitiados desde
aquella plaza misma, fueron ocupadas por las tropas del Rey: luego
muchos lugares del llano de Vich, vinieron voluntariamente  la
obediencia. La guarnicin de Lrida, de acuerdo con los moradores,
recobr  Balaguer de los franceses, por sorpresa. Los diputados
catalanes que no haban querido entrar en Barcelona, congregaron los
brazos de la provincia en Manresa, y de acuerdo con ellos dieron al Rey
aquella villa y  Cardona, Solsona y muchos ms lugares. No tard
Mortara, separndose momentneamente de las lneas, en ocupar  Matar,
y  las nuevas de la rendicin de Barcelona, Gerona, y todos los lugares
de la marina y Ampurdn menos Rosas, volvieron  restablecer el Gobierno
de Espaa. Solo la villa de Blanes se resisti y fu dada al saco en
castigo. Desde entonces pudo ya considerarse Catalua vuelta  Espaa.
El marqus de Mortara, D. Juan Orozco Manrique de Lara, gan en ello una
de las-glorias ms motivadas de aquel siglo y Catalua qued tan enemiga
de los franceses como lo mostr en calificadas ocasiones ms adelante,
alguna no venturosa ni loable por cierto.

Mas si la insurreccin de Sicilia se haba atajado, si la de Npoles al
fin haba cedido  nuestra constancia   nuestra fortuna, si la de
Catalua se haba terminado dichosamente, la de Portugal, que era la que
ms importaba vencer, mostrbase triunfante y ms y ms potente de hora
en hora. Despus de la batalla de Montijo, el marqus de Torrecusso se
retir  Naples como atrs hemos visto, disgustado del mando y
persuadido de la inutilidad de emprender con tan escasas fuerzas y
recursos campaa alguna. Entonces se di el Gobierno del ejrcito al
marqus de Legans, mandando sobreseer en su proceso; porque  la
verdad, aun dadas las grandes faltas de aquel General, todava era por
el esfuerzo de su persona y por la experiencia que tena en las armas,
de los mejores y aun de los pocos de que para tal ocasin pudiera
echarse mano. Emplese el Marqus con sus tropas en arrasar quintas,
molinos, aldeas y puentes: luego, reunidas todas las fuerzas que pudo, y
que montaran  tres mil caballos con siete  ocho mil malos infantes,
emprendi el sitio de Olivenza. Lleg  apoderarse de algunos baluartes
y  penetrar en la ciudad; pero volvi  perderlos por la defensa
heroica de los portugueses y la mala calidad de la gente nuestra: de
modo que tuvo que alzar el cerco sin fruto alguno. Siguise de una y
otra parte la guerra de correras y desolaciones, hasta que muerto D.
Andrea Cantelmo, con retencin del mando supremo de aquel ejrcito, fu
 gobernar el de Catalua, donde con ms fortuna que por ac, hizo
levantar el cerco de Lrida  los franceses. Qued mandando el ejrcito
el valiente barn de Molinghen,  quien se deba la gloria de Montijo,
Maestre de campo general del ejrcito; mas no hubo en su tiempo
hostilidad notable. Retirado y muerto al poco tiempo Legans, se di ya
el mando de las armas de Extremadura  D. Francisco Tuttavilla, duque de
San Germn, que estaba en Catalua. No se lograron por eso mayores
ventajas, y ni de una ni de otra parte se reuni ejrcito bastante para
hacer verdaderamente la guerra.

Por este tiempo, en Flandes se haban pretendido remediar los males
trados por los pasados desaciertos, enviando en lugar del marqus de
Tordelaguna, don Francisco de Mello, varios caudillos de nombre que se
repartiesen el mando. As se vi pasar all  D. Octavio Piccolomini y
Aragn, natural de Siena, Conde primero de su nombre y luego hecho por
el Rey de Espaa duque de Amalfi, en recompensa de la victoria de
Thionville. Era ya ste muy conocido en los ejrcitos de Espaa y ms en
los del Imperio, del cual fu uno de los principales sostenedores en la
sangrienta lucha con los suecos. Con l servan el conde de Fuensaldaa,
D. Alonso Prez de Vivero, que comenzaba entonces  ser conocido en los
ejrcitos, el general flamenco Beck, y el marqus de Caracena, D. Luis
de Benavides, General entonces de la caballera, puesto en lugar de
Alburquerque, y Lamboy, aquel buen capitn liejs, que de antiguo
peleaba debajo de nuestras banderas. Con stos hay que juntar al duque
de Lorena, nuestro aliado, que como Prncipe y seor de un ejrcito que
tena  nuestra devocin, era el que ms autoridad alcanzaba. Tantos y
tan calificados capitanes sin ejrcitos bastantes que mandar, sin
sujecin unos  otros, lejos de traer ventajas, ocasionaban con sus
disturbios confusin y prdidas.

El duque de Orleans, con un poderoso ejrcito francs, comenz la
campaa de 1645, y aprovechndose de tales disturbios y de la ordinaria
falta de recursos, obtuvo considerables ventajas. Psose sobre Mardik
mientras el almirante Tromp, holands, con treinta bajeles impeda por
mar los socorros, y gan la plaza  los veinte das de sitio. En seguida
fu sobre Bourboug y la gan del mismo modo en breve tiempo. Con mayor
rapidez todava ocup  Bethune, Saint Venant y Armentires, plazas casi
abiertas, por s  sus tenientes Gassion y Rantzau. Entre tanto, Hultz
vino  poder del prncipe de Orange. No acertaron nuestros capitanes,
aunque juntos reunan bajo sus rdenes cerca de veinticinco mil
combatientes,  socorrer ninguna de estas plazas; y as, aun cuando
todas ellas se defendieron con esfuerzo, no pudieron salvarse. Pero
Lamboy recobr  Mardik por sorpresa, sin perder ms que diez hombres,
cuando tantos y tantos das haba costado tomarla  los franceses, y
Montcasel y otros lugares importantes vinieron  nuestras manos. El
duque de Orleans y sus tenientes entraron entonces en la idea de llegar
hasta Amberes  Gante, y para facilitar su intento emprendieron el sitio
de Courtray. El duque de Lorena y Caracena vinieron  apostarse en las
cercanas de la plaza, y desde all con frecuentes ataques y
hostilidades dificultaron los trabajos; pero con todo la plaza ofreca
poca defensa, y Delliponti, su Gobernador, tuvo que rendirla  los trece
das de abiertas las trincheras.

De Courtray fu el de Orleans  recobrar  Mardik, y lo consigui 
pesar del glorioso denuedo con que D. Fernando de Sols, el mismo que
haba defendido  Gravelinas, mantuvo el puesto, y  pesar de Caracena y
de Lamboy, que acudieron prestamente al socorro. Y entre tanto Longwy,
nica plaza que quedaba al duque de Lorena, nuestro aliado en sus
Estados, cay en poder de los franceses. Sucedi en esto al de Orleans
en el mando, el prncipe de Cond. Comenz este general por rendir 
Furnes, donde slo haba de guarnicin entonces ciento cincuenta
espaoles; y en seguida fu  caer sobre Dunquerque. Era esta plaza una
de las ms importantes de Flandes, famoso puerto sobre el mar de
Inglaterra, donde se formaban y reparaban nuestras armadas, donde se
abrigaban nuestros corsarios, y por donde nos comunicbamos con aquellos
Estados. Mas con toda su importancia estaba Dunquerque menos que
medianamente fortificada y provista. La guarnicin s era buena y estaba
mandada por el marqus de Leyden, valeroso soldado; mas, falta de otras
cosas la plaza, no era posible dilatar mucho la defensa. Por lo mismo se
puso el mayor empeo en el socorro, y el conde de Piccolomini fu  l
con todas las fuerzas que pudo. Pero las de los franceses eran muy
superiores para que pudiera forzar sus lneas, y como el almirante Tromp
con la armada holandesa era dueo del mar, no hubo medios de prolongar
ms que diez y ocho das la defensa, rindindose el marqus de Leyden,
su Gobernador, bajo honrosos partidos.

No compens ciertamente esta prdida el descalabro del prncipe de
Orange, que tuvo que levantar sin fruto el sitio que haba puesto 
Venl, y as  principios de 1647 estaba  punto de hundirse del todo
nuestro dominio en Flandes, al peso de las armas aliadas de holandeses y
franceses. Comprendi la Corte de Espaa que ahora, como despus de la
muerte de la infanta Isabel Clara, el nmero y la divisin de los
Generales tena mucha parte en las derrotas, y resolvi enviar all
persona de autoridad y carcter que fuese bastante  desempear el mando
supremo. Pusironse los ojos en el archiduque Leopoldo, creyendo que de
esta manera se lograra alguna ayuda del Emperador, su hermano, adems
que el Archiduque haba dado  conocer ya ciertas prendas militares.
Disele el Gobierno de Flandes en los mismos trminos en que lo haba
tenido el Cardenal Infante D. Fernando, y al punto vino  tomar
posesin de su cargo. Su primera empresa, pasada muestra de las tropas y
reunidos  sus rdenes los capitanes, fu el sitio de Armentires, que
gan en catorce das de sitio, y luego rindi  Landresi. En cambio, los
franceses tomaron  Dixmunda, la Bass, Lens, donde el mariscal Gassion,
uno de sus mejores capitanes, fu herido de muerte, y luego  Iprs,
plaza no poco importante. Recobr  Dixmunda el Archiduque, sorprendi
luego  Courtray, y oblig  rendirse, dos das despus  la ciudadela,
mientras el francs Rantzau haca en vano un amago sobre Ostende; y se
apoder de nuevo de la plaza de Lens: por manera que logr equilibrar
las ventajas de los enemigos. Mas al da siguiente de tomada la plaza se
present el ejrcito francs mandado por el prncipe de Cond, y los
mariscales de Granmont y de Chatillon, que venan  socorrerla. Di esto
ocasin  una batalla desgraciadsima para Espaa. Al ver  los
franceses el Archiduque tom ventajosas posiciones sobre ciertas
eminencias de no fcil acceso, aguardando  que ellos comenzasen el
combate. No lo comenzaron, y los dos ejrcitos se estuvieron observando
todo un da.

Al siguiente el prncipe de Cond, no osando embestir  los nuestros en
sus posiciones, emprendi la retirada. Entonces el Archiduque, lleno de
ardor y deseoso de venir  las manos, orden al general Beck, que
mandaba la caballera, que fuese  embestir la de los contrarios que iba
de retaguardia, mientras l bajaba de sus posiciones con todo el
ejrcito  la llanura que al pie de ellas se dilataba. Hzolo aquel
capitn con tanto esfuerzo, que la destroz en un instante. El pavor
fu grande en los franceses y tanto, que el prncipe de Cond,
determinado ya  dar la batalla, cuando vi bajar al llano  los
nuestros, dud si podra continuarla despus de tal descalabro. Pero
desvanecido el Archiduque con el triunfo y pensando arrollarlo todo de
la propia manera, encamin  toda prisa, sin orden ni concierto, su
ejrcito  atacar al de los franceses. Estos ya no pudiendo excusar la
batalla, y viendo que el desorden de los nuestros los favoreca sobre
manera, se repartieron los puestos en un momento  hicieron alto. Traan
los soldados espaoles el ala derecha de nuestro ejrcito, los alemanes
 italianos el ala izquierda y centro de batalla, y como con la prisa
del caminar tras de los franceses unos tercios y escuadrones se hubiesen
adelantado  otros, haciendo los franceses alto inopinadamente, tuvieron
que comenzar la batalla conforme iban llegando sin detenerse  reponer
su ordenanza. Aprovechndose de esto los enemigos, acometieron
furiosamente; rompieron el ala izquierda en breve tiempo y luego el
centro: la derecha, por donde venan los espaoles, no se sostuvo mucho
tampoco, porque la caballera estaba armada de largos mosquetes, y
aunque su primera descarga fu mortfera, luego no pudo resistir  la de
los enemigos, que la embisti espada en mano. Orden entonces el
Archiduque la retirada, que se hizo con el mayor desorden, dejando en el
campo la artillera y bagajes, muchas banderas, tres mil muertos y cinco
mil prisioneros: la prdida de los contrarios, entre heridos y muertos,
no baj de dos mil hombres.

Hubiera trado este desastre grandes desdichas  no ser por las
discordias que distraan por entonces la atencin de la Corte de
Francia. La Reina Regente, Doa Ana de Austria, tena puesta toda su
confianza en el cardenal Mazzarino, de tal modo, que l diriga  su
antojo los negocios pblicos. Era aquel Cardenal, hombre muy diestro y
digno de suceder  Richelieu en el Gobierno; pero como italiano no
estaba bien visto del pueblo francs, que, sin agradecerle las ventajas
que l proporcionaba, le achacaba todos sus males. Eran los principales
que Francia padeca los que originaba la penuria del Tesoro, consumido
tambin por la larga guerra: aumentbanse diariamente las
contribuciones, y con ellas como siempre las vejaciones. Juntse con el
clamor del pueblo la mala voluntad que tenan los grandes seores 
Mazzarino, los unos sus mulos, los otros resentidos de l porque no
satisfaca sus pretensiones. El Parlamento de Pars y el Obispo
coadjutor, Gond, comenzaron tambin  hostilizar de diversos modos al
Ministro, y por hostilizarle  l,  hostilizar  la misma Reina
Regente. Al fin estallaron tumultos, levantronse barricadas, la Reina y
el Ministro salieron de Pars, y un ejrcito, al mando del prncipe de
Cond, bloque por algunos das aquella capital. Compusironse las
diferencias, pero de nuevo volvieron  estallar y con ms fuerza. El
prncipe de Cond fu preso, y el vizconde de Turena, su amigo, ilustre
ya en los ejrcitos de Alemania, se sali de la corte y vino  Flandes 
ofrecer sus servicios  los espaoles. Ajustse un tratado entre el
archiduque Leopoldo y los _honderos_ (frondeurs) que as se llamaba el
partido contrario  Mazzarino, por el cual unos y otros se
comprometieron  no hacer paces sin razonables ventajas. Y as fu como
la victoria de Lens qued sin producir algn fruto  los franceses.

No pudo prevalerse el Archiduque tanto como pudiera de la disposicin de
las cosas por falta de hombres y dineros como siempre; pero con todo no
dej de conseguir algunos triunfos. Reuniendo hasta quince mil hombres
todava, se puso en marcha hacia Pars para socorrer  los insurrectos;
mas al llegar  Amiens, tuvo noticia de que stos andaban ya en
negociaciones con Mazzarino, y se volvi  Flandes. Dile ocasin de
acertar aquella desconfianza de los enemigos, porque de ir  Pars no
hubiera conseguido nada probablemente, si no era facilitar el que la
Corte transigiese con sus enemigos, y en Flandes poda aprovechar, como
aprovech, las distracciones de los enemigos. Fu sobre Iprs y la
recobr en tres semanas; gan  Saint Venant y la Motte y otros muchos
lugares, y acudiendo al socorro de Cambray, logr introducirlo  tiempo;
por manera que el conde de Harcourt, con un poderoso ejrcito, donde se
hallaba el mismo cardenal Mazzarino para dar calor  la empresa, tuvo
que alzar el cerco. Ocuparon tambin los nuestros dentro de Francia, las
plazas del Chatelet y de la Chapelle, y aunque el vizconde de Turena y
el conde de Fuensaldaa tuvieron que levantar el sitio de Guisa, Rethel
y Montsn y Bourg, en Guyenne, cayeron tambin en nuestro poder. Rethel,
sitiada por el mariscal de Plessis-Praslin y defendida por el italiano
Delliponti, no tard en volver  manos de los contrarios, rindindose el
Gobernador, seis das antes de lo que tena ofrecido  nuestros
Generales. Estos, entre los cuales vena Turena, se aproximaron al
socorro, y hallaron ya rendida la plaza. Empese entonces un combate
poco sangriento, en el cual unos y otros se dieron por vencedores. El
ala izquierda de los nuestros, que gobernaba Turena, rompi la derecha
enemiga; pero nuestra derecha fu puesta en derrota. Esto hizo que no
quedara bien declarado el triunfo. Mas ello fu, que en seguida Furnes y
Berg-Saint Vinaox cedieron  las armas espaolas, y luego la fortsima
plaza de Gravelingas, que el Archiduque rindi en persona, con ms de
dos meses de sitio. Tras esto abandonaron  Mardik los enemigos, y la
gran plaza de Dunquerque fu embestida, la cual tuvo que capitular  los
treinta y nueve das de sitio en manos del archiduque Leopoldo, falta de
socorros. En esto fu declarado mayor de edad el rey Luis XIV; mas no
por eso cesaron las turbulencias, como veremos en el libro siguiente, y,
por lo pronto, ya que Turena volvirase  servir  su patria, vino 
entregarse  los espaoles y  ofrecerles sus servicios el famoso
prncipe de Cond, tan funesto para nosotros en Rocroy y en Lens.

As termin por la parte de Flandes la campaa de 1652, que fu aqulla
en que se rindi Barcelona, y Catalua sacudi el yugo de los franceses,
unindose de nuevo con la madre patria y ms estrechamente que nunca. Ya
por ahora, las cosas de la guerra presentaban por aqu y por all
distinto aspecto del que presentaban antes.  mediados de 1647 los
holandeses, viendo en tanto poder  los franceses por sus fronteras,
hicieron proposiciones de paz, que fueron aceptadas, reconocindose de
nuevo y explcitamente la soberana de aquella repblica, y ajustando
pactos de navegacin y comercio. Desde entonces comenz un nuevo gnero
de relaciones entre Espaa y Holanda. Despus de haber peleado tan
largos aos una y otra generacin, despus de haber satisfecho con tanta
sangre el odio encendido por las pasiones religiosas, el inters
poltico pudo tanto ahora, que las dos naciones se reconciliaron y
llegaron, no slo  pelear juntas en las batallas, sino  llorar
juntamente sus prdidas respectivas y  celebrar mutuamente sus
triunfos. Por lo pronto, no hubo ms que paz, y paz sincera; pero los
acontecimientos no tardaron en traer lo dems.

Ratificse la paz en Munster el ao siguiente de 1648, en cuya ciudad y
en Osnabruch se trat al mismo tiempo la paz famosa conocida con el
ttulo de paz de Westfalia, por pertenecer aquellas dos ciudades  la
provincia de este nombre, la cual puso trmino  la guerra de los
treinta aos, haciendo soltar las armas  Francia y  Suecia, y al
Emperador y los Prncipes protestantes, que con tanto encarnizamiento se
disputaban el dominio de Alemania. Y cierto que si D. Luis de Haro
mereci alabanzas por las paces hechas con Holanda, que nos eran tan
necesarias como intil nos era la guerra, no pudo decirse lo mismo
tocante  su conducta en estas paces generales, de donde  solicitud de
Francia y de la misma Suecia qued Espaa excluda. No obr lealmente el
Emperador con Espaa, que puesto que tanto la deba,  punto que sin
ella hubiera sucumbido  manos de sus enemigos, no debi abandonarnos,
como nosotros no lo habamos abandonado  l en los das de peligro, y
jams debi hacer paces sin contar con que nuestros intereses quedasen
antes  salvo. Qu habra sido del Imperio si Espaa cuando vi llegar
 Alemania las terribles armas de Gustavo Adolfo y deshechos todos los
ejrcitos austriacos, hubiese prescindido de los tratados y ajustado por
su parte la paz? Slo una lealtad desconocida en la diplomacia la
mantuvo firme en tan costosa alianza, aun tenindola ya por intil para
s, y esto, sin duda, mereca otro pago. Buena era la leccin para no
perdida en adelante. Pero por lo mismo que nuestros enemigos ponan
tanto cuidado en dejarnos solos en la contienda, debi ser mayor el
empeo de nuestros polticos en que no se cumpliesen sus deseos. La
soberbia era all extempornea  intil; no haba la menor probabilidad
de que pudisemos luchar solos contra Portugal y Francia. Verdad es que
como el intento de Mazzarino era desmembrar nuestros dominios, se neg
siempre  abrir conciertos que no tuviesen por base condiciones para
nosotros desventajosas. Pero por mucho que lo fueran no lo seran ms
que las de la paz de los Pirineos que se ajust ms tarde; porque de una
parte, el tratar de nuestros intereses al mismo tiempo que los del
Imperio y de los de tantas potencias, naturalmente haba de ofrecer
facilidades para llegar  razonables conciertos, y de otra, Francia,
contando an con el Emperador por enemigo,  la par que Espaa, no poda
aparecer tan superior y tan soberbia como peleando con Espaa sola, y,
por tanto, no poda tener tan descomedidas exigencias. Acaso D. Luis de
Haro confiaba en las turbulencias que estallaron en Francia por aquel
propio tiempo, de las cuales dejamos dada noticia, para no prestarse 
dolorosos sacrificios. No reparaba el Ministro en que tales turbulencias
nunca podan dar el fruto copiossimo de las nuestras, porque all no
peleaban ms que cabezas con cabezas, caudillos con caudillos, seguidos
de plebe, sin odio ni saa, que miraba la revuelta como un
entretenimiento, y ms bien segua en ella por deseo de novedades y
pueril juguetonera, que no por algn grave inters  opinin poltica.
Aun por eso se di el nombre  aquella guerra civil de guerra de _la
honda_, el mismo con que se conocan las lides y encuentros que en los
arrabales de Pars solan sostener  pedradas los muchachos de la plebe.
As que para empresas de importancia, tales aliados, como los honderos,
no podan traernos utilidad alguna. Dbannos caudillos; pero el dinero y
los soldados tenamos que ponerlos nosotros, y eso equivala poco ms 
menos  pelear solos.

Si se nos hubiera ofrecido ocasin de levantar en Francia tal guerra
como la de Catalua, tal rebelin como la de Portugal, tales alborotos
como los de Npoles y Messina, donde el enemigo haba encontrado
soldados y dineros nuestros para combatirnos, sin poner hartas veces de
su parte sino los caudillos, y tal vez nada, pudiramos y debiramos
continuar la guerra seguros de resarcir las pasadas prdidas. De estas
diversiones y sublevaciones poderosas y verdaderas fueron las de los
calvinistas en Francia, y la de los catlicos en Inglaterra, que bien
dirigidas hubieran podido servir de mucho en otro tiempo. Dej el
tratado de Munster ofendido  la par que  Espaa al duque de Lorena, el
cual continu peleando con nosotros contra los franceses. As sigui por
algunos aos ms el estado de guerra que debi abandonarse en tiempo de
Felipe III, y que, sin embargo, haba ido conservndose da tras da
para devorarnos enteramente. Hemos dicho en otras ocasiones que era
ocasin de ceder algo  mucho para no perderlo todo: ceder, como cedi
Francia vencida por Carlos V, provincias enteras, ceder, como acababa de
hacerlo el Emperador, despus de treinta aos de lucha encarnizada. Con
tal de conservar el Roselln, que eso s deba conservarse  toda costa,
con tal de reunir fuerzas bastantes para recuperar  Portugal, Flandes y
el Franco-Condado, ya inevitablemente perdidos, bien podan darse en
todo  en parte por precio de la paz.

En el nterin volva el Rey  sus antiguas costumbres, aunque ya sin
ardor, porque la edad tena algo entibiados sus gustos y pasiones.
Notbase en l la propia indolencia, la indiferencia misma que antes: no
oa, no quera oir hablar de los negocios pblicos. No tardaron en
volver las comedias: resucitlas el pertenecer los teatros  los
Hospitales que contaban con sus productos para atender  sus necesidades
piadosas, y aunque con ciertas restricciones, comenzaron  aparecer en
todas partes, y sealadamente en Madrid, seis aos despus de haber sido
suspendidas. Ni eran las comedias los nicos entretenimientos del Rey y
de la Corte; volvieron con aquel gnero de espectculos todos los que
antes andaban en uso, suspendidos por el luto de la reina Isabel y del
Prncipe. Para que nada faltase al cambio, dispuso el Rey contraer
nuevas nupcias, que estuvieron, por cierto, para serle fatales.

Bien puede servir el suceso que vamos  narrar para comprender cunto
hubiese decado en Espaa en pocos aos el respeto de los Monarcas. De
seguro no hubo nadie en los tiempos de Felipe II y Felipe III que soase
matar al Rey, aun de los ms agraviados: el libro _de Rege_, de Mariana,
donde se admite con ciertas condiciones la justicia del regicidio, mas
confirma que no combate esta opinin. Tales doctrinas no habran podido
tolerarse ni aun en el tiempo y forma con que se toleraron, si hubiese
habido en la nacin algo que pudiese corresponder  ellas con hechos y
obras. Por lo mismo que era el regicidio un gnero de _utopa_, una cosa
inconcebible  los ojos de los espaoles, pudo el P. Mariana asentarlo
como doctrina. Pero ahora ya no slo lo veremos posible, sino que trado
 punto de ejecucin, evitndolo la casualidad y la fuerza, que no la
voluntad de los que se lo proponan. Verdad es que si tal crimen hubiera
podido ser en alguna ocasin disculpable, tal vez en sta lo hubiera
sido, porque si jams un homicidio ha podido disculparse por las
necesidades  las conveniencias polticas, disculpa poda haber en sta
en que mova  los fautores una alta idea de patriotismo. Fu el caso de
esta manera:

No habiendo quedado de la reina Doa Isabel de Borbn otro fruto que la
infanta Doa Mara Teresa, muerto el prncipe D. Baltasar, era ella la
heredera de la Corona. Muchos portugueses conocedores del verdadero
inters de la nacin, y no pocos espaoles, imaginaron que para unir de
nuevo los dos reinos y reconstituir la unidad de la Monarqua se diese
la mano de la princesa  D. Teodosio, hijo y heredero del duque de
Braganza, de hecho ya Rey de Portugal. Era el pensamiento magnfico, y
el ms oportuno que en tales circunstancias pudiera ofrecerse para el
remedio del mayor mal de la Monarqua. Comprendilo el de Braganza, y
por su parte no puso obstculo alguno, antes trabaj con afn por hacer
partido  D. Teodosio en Espaa, si hemos de dar crdito  algunos de
sus bigrafos; y aun entr en negociaciones muy serias con algunos de
nuestros Grandes y personas principales. Pero Felipe IV,  no acert 
comprender lo noble y grande de la idea,  no hall en su nimo
bastante abnegacin para dejar por seor de todos sus Estados  un hijo
de su rival y enemigo el de Braganza. Slo una de las dos cosas poda
ser, porque ciertamente la nacin no tena que temer nada de la nueva
dinasta, y aun puede decirse que ella era ventajosa para todos, y muy 
propsito para que la unin fuera en adelante ms firme y ms sincera
que nunca. No podan temer los portugueses que un Prncipe de su raza
los menospreciase, como decan de los monarcas austriacos; ni las dems
provincias de la Monarqua, que formaban un cuerpo de nacin tantas
veces mayor y ms poblado que el Portugal, podan temer de modo alguno
que ste adquiriese una superioridad  seoro daoso. Si alguna vez
Portugal y Castilla con Aragn se juntaran de nuevo y para siempre,
realizando las miras de la Providencia que hizo tales pueblos hermanos,
sera de esa manera; viniendo una dinasta portuguesa  sentarse en el
Trono espaol.

Felipe IV no slo no di entrada  tal pensamiento en su nimo, sino que
accediendo  la splica de las Cortes de Castilla que le pidieron que
contrajese matrimonio, lo ajust en 1647 con su sobrina Doa Mariana de
Austria. Haban solicitado las Cortes el matrimonio, no mirando ms que
el inters de dejar varn que empuase el Cetro ms adelante, sin
reparar en la posibilidad y la conveniencia de pacificar  Portugal por
tal modo. Sintieron profundamente esta determinacin, que poda echar
por tierra todos sus planes, los castellanos y portugueses interesados
en que la unin se llevase adelante, y algunos de ellos con exagerado
patriotismo, sin reparar en lo odioso del medio, tramaron una
conspiracin para asesinar al rey Felipe, robar  la Princesa y casarla
en seguida con el prncipe D. Teodosio de Braganza. Los principales eran
Don Carlos Padilla, Maestre de campo que haba sido en Catalua, D.
Rodrigo de Silva, duque de Hjar, Don Pedro de Silva y Domingo Cabral.
Una carta de Don Carlos Padilla  un hermano suyo que serva en las
armas de Miln, venida por azar  poder del Gobierno, fu el hilo por
donde se descubri la trama. Todos ellos fueron presos, diseles
tormento, y convencidos del hecho, D. Pedro de Silva, marqus de la Vega
de Sagra y D. Carlos Padilla fueron degollados en la Plaza Mayor de
Madrid. Domingo Cabral muri en la crcel. Los dems cmplices
padecieron menores castigos, y el duque de Hjar, que era de los ms
culpados, no fu condenado sino  crcel perpetua y  pagar diez mil
ducados de multa (1648). Justos aunque sensibles castigos por el noble
mvil que guiaba  los delincuentes.

[Ilustracin]




[Ilustracin]

LIBRO OCTAVO

SUMARIO

     De 1648  1665.--Fines del reinado de Felipe IV.--Catalua:
     inteligencias con los del Roselln; virreinato de D. Juan de
     Austria; prdida de Figueras; defensa heroica y socorro de Gerona;
     prdida de Villafranca de Conflans; prdida de Puigcerd; socorro
     malogrado de Castelln de Ampurias; prdida de Sobrona, victoria
     delante de esta plaza; combate naval en Barcelona; toma de Berga y
     gloriosa victoria delante de sus muros; nuevo virreinato de
     Mortara; Castelfollit en nuestro poder; victoria al paso de Fluvi;
     toma de Camprodn y batalla gloriosa del Ter.--Italia: nuevas
     tentativas del duque de Guisa; batalla de la Roqueta; nueva guerra
     con el Modens; toma de Reggio de Correggio; prdida de Valencia
     del P.--Flandes: el prncipe de Cond en nuestro campo;
     sublevaciones en Francia; toma de Rocroy; prisin del duque de
     Lorena; sitio de Arraz; fuerzan los franceses nuestras lneas;
     entra Don Juan de Austria en el Gobierno; rota de los franceses en
     Valenciennes; sucesos de Inglaterra; negociaciones con Cromwel;
     muerte de Aschau; insultos  nuestro Embajador; guerra con los
     ingleses; prdida de Mardik; sitio de Dunquerque; batalla segunda
     de las Dunas y prdida de la plaza; Gravelingas, Oudenarde y otras
     muchas se rinden al enemigo; rinden los ingleses nuestras flotas en
     Amrica; negociaciones y paz de los Pirineos; matrimonio de la
     infanta Doa Mara Teresa con Luis XIV.--Portugal: sitian  Badajoz
     los enemigos; va al socorro D. Luis de Haro; derrota de D. Luis en
     Ervs; campaas del marqus de Viana en Galicia; vulvense contra
     Portugal todas las fuerzas; D. Juan de Austria viene  intentar la
     reconquista; disposiciones de una y otra parte; toma D. Juan muchas
     plazas pequeas, y entra en Germea y en Evora; retirada de esta
     plaza y batalla llamada de Estremoz; pirdese todo lo ganado;
     campaa del duque de Osuna por Ciudad-Rodrigo; es derrotado por los
     portugueses; entra el marqus de Caravaca en el mando; pierde la
     batalla de Montesclaros  de Villaviciosa; sentimiento del Rey;
     conjuracin del marqus de Heliche; disputa de los embajadores en
     Londres; afrentas; muerte del Rey y principales disposiciones de su
     testamento; juicio de su reinado y resumen de los males que caus 
     la Monarqua.


LLEGAN por fin los ltimos aos de la vida de Felipe IV, y con ellos los
fines de la guerra con Francia, la paz de los Pirineos, los desastres de
Portugal, que afirmaron la Corona de aquel reino en las sienes del de
Braganza, las humillaciones de Espaa en las negociaciones y cortes
extranjeras. Sucesos, si no ms temibles, ms vergonzosos que nunca
comprende este nuevo perodo.

Continuaron en tanto,  pesar de la sumisin de los naturales, las
hostilidades en Catalua. Suplicaron los del Roselln al Rey que hiciese
un esfuerzo para recobrar aquella provincia como haba recobrado la de
Catalua, asegurndole que all estaban los nimos no menos propensos
que aqu  volver  la obediencia. Lleg el caso de prestarse por s
sola  la recuperacin de Catalua, con tal que se la ayudase con
caballera, que era lo que le faltaba. Y el Rey y sus Ministros, tmidos
 irresolutos, no osaron acometer una empresa tan importante, y que la
ayuda de los naturales, deseosos de volver  juntarse con la madre
patria, haca tan fcil. Dej el de Mortara el virreinato al comenzar
la campaa de 1653, y entr en l D. Juan de Austria mientras casi todo
el ejrcito que haba obrado la recuperacin era destinado  Portugal.
Comenzronla los franceses entrando de nuevo con un cuerpo volante de
soldados y miqueletes que lleg hasta el llano de Vich; pero fueron
rechazados por D. Gabriel Llupi con algunos soldados y buen golpe de
paisanos. Luego el mariscal de Hocquincourt con el traidor Margarit, un
tal D. Jos Ardenas y el capitn Manuel Aux, bien sealado en las
pasadas revueltas, entr por el Portus, mandando catorce mil infantes y
cuatro mil caballos. Pensaban que Catalua al verlos se levantara de
nuevo en armas contra su natural Gobierno; pero erraron completamente el
clculo. Slo los forajidos, acosados por la justicia, se juntaron con
los franceses, aunque  la verdad no en corto nmero, porque nunca lo
hubo por desgracia de tales gentes en el Principado. Sealse en su odio
contra los espaoles adems de Margarit, Aux y Ardenas, un cierto
Segarra, gran forajido. Pero el grueso de la poblacin tom
valerosamente la parte de Espaa.

Dos tercios formados para defender  Barcelona durante el sitio,
vinieron  ponerse  las rdenes de Don Juan con otros muchos soldados y
capitanes que estuvieron peleando contra Espaa. Tomaron los franceses
algunos lugares y  Figueras no sin prdida, y luego pusieron sitio 
Gerona. All estaba lo mejor de nuestro ejrcito con el Condestable de
Castilla, General de la caballera, el barn de Sabac, el marqus de
Sierra y D. Juan Palavicino, sus principales capitanes; y llegando los
franceses de improviso se hallaron encerrados. Defendironse
heroicamente ayudados por los vecinos, hombres y mujeres que  porfa se
prestaban  coronar los muros: rechazaron  los franceses de sus
brechas, y tenindolos setenta das sin adelantar un paso, dieron tiempo
 D. Juan de Austria para que desde Barcelona, juntando ejrcito
bastante, viniese al socorro. Compsolo de catalanes, voluntarios casi
todos, con alguna infantera napolitana acabada de desembarcar y algunos
escuadrones de caballera vieja, y el total no pasaba de cinco mil
infantes y mil quinientos caballos. Con todo, bastle esta gente para
llegar delante de Gerona y romper un trozo de enemigos que le sali al
encuentro; y como la guarnicin de la plaza hiziese una salida oportuna,
dironse las manos los espaoles de dentro y de fuera y se logr el
socorro, vindose forzados  retirarse los contrarios. Sealse en
aquella ocasin D. Francisco de Velasco, hermano del Condestable, que
qued pasado por el pecho de un mosquetazo y quebrado un brazo,
cumpliendo con su obligacin largamente. Recobrronse luego Castelln de
Ampurias y Figueras. Disolvise el ejrcito cataln despus de tales
victorias, con lo cual los enemigos pudieron de all  poco entrar otra
vez en el Principado y correr la tierra hasta Gerona sin obstculo
alguno. Pero de todos modos hizo mala campaa Hocquincourt, que perdi
mucha gente en Gerona y ms en la retirada, sin poder ganar una plaza
importante ni conservar siquiera los pequeas lugares donde entr.  la
campaa siguiente, destinado Hocquincourt  Flandes, entr  gobernar 
los franceses el prncipe de Conti.

Este haba ya aparecido en la parte de Conflans con cuatro mil infantes
y mil quinientos caballos: tom por asalto  Villafranca de Conflans,
pasando  cuchillo la mayor parte de su guarnicin, que se defendi
hasta el ltimo punto, y luego emprendi el sitio de Puigcerd.
Quisieron los nuestros distraerle del intento y amagaron  Rosas; dej
el de Conti con efecto  Puigcerd y fu  socorrer esta ltima plaza,
mas en el camino fueron destrozadas sus tropas por las partidas de
naturales apostadas en los desfiladeros; sin embargo, lleg delante de
Rosas y oblig  los nuestros  retirarse con premura. Di ocasin el no
haber ejrcito  que los enemigos osasen insultar las murallas de
Barcelona pasando por delante de ellas, aunque sin fruto. De nuevo se
pusieron sobre Puigcerd, que tena dos mil hombres de guarnicin, y se
defendi muy bien al principio; pero muerto de un caonazo su
gobernador, D. Pedro Valenzuela, se di  partido.

Pugnaba en tanto D. Juan de Austria por juntar ejrcito que oponer al
enemigo; y aunque Catalua puso mucho de su parte, no lo hubo bastante
para dar batalla  los franceses. Con esto D. Juan sali de Barcelona y
estuvo observndoles algunos das; luego guarneci las plazas ms
importantes y se recogi, sin hacer nada,  la capital. En tanto el
enemigo entr en la Seo de Urgel, que hall indefensa, en Berga y
Camprodn. Psose tambin sobre Vich; pero los miqueletes catalanes le
tomaron de tal suerte los pasos, impidindole los mantenimientos, que
hubo de alzar el campo. Luego reforzado recorri el Ampurdn y siti 
Cadaqus, que estaba ya bloqueado por algunos bajeles; rindila, y desde
all fu sobre Castelln de Ampurias. Haba logrado D. Juan levantar ya
en la provincia algunos tercios, y con la escasa caballera y gente
veterana con que contaba se propuso librar esta plaza; ya estaba cerca
cuando cay en una emboscada que le tenan dispuesta los enemigos;
trabse con igual valor el combate, pero sobreviniendo el grueso de los
contrarios, tuvo D. Juan, inferior en podero, que retirarse  Palams,
y Castelln fu perdida. Apoderse D. Juan de Baolas; pero el francs
se resarci con usura, entrando en Solsona, que hall desguarnecida.
Mandaba en esta ocasin D. Manuel de Aux, llevando consigo todos los
soldados viejos de aquella provincia que no haban desamparado las
banderas extranjeras, y luego qued con ellos de presidio. No tard D.
Juan en mandar un trozo de gente  que le asediasen; acudieron 
socorrerle, cuando ya estaba apretado, mil quinientos caballos franceses
y algunos infantes, y D. Juan, que estaba en Vich, envi su caballera,
que mandaba D. Diego Caballero de Illescas  estorbar el intento.
Vironse entrambas fuerzas delante de Solsona, pelearon y hubo muchos
muertos y heridos; pero los contrarios debieron padecer mucho ms y
quedar derrotados, porque se recogieron  un bosque cercano, y de all,
desistiendo del socorro, pasaron  Berga. Luego el de Conti se puso
sobre Palams para divertirnos de lo de Solsona, sitindola por mar y
tierra; pero sobreviniendo nuestra armada al mando del marqus de Santa
Cruz con veinte bajeles y treinta galeras, hubo de alzar el sitio. Tom
no obstante algunos lugares mientras nuestra armada ocupaba las islas
Medas.

Tropez esta armada delante de Barcelona con una francesa que traa el
duque de Vandoma para visitar aquellas costas y sublevarlas de nuevo;
dise un combate que dur todo el da, donde ambas partes se
atribuyeron la victoria, y los franceses se retiraron  sus puertos y
los nuestros  Cartagena. Entre tanto don Jos Galcern de Pins, noble
caudillo cataln, se apoder de Berga; vinieron los franceses 
recobrarla, y la defendi su alcaide Juan Mir valerosamente, dando
tiempo  que Pins con mil infantes y mil cuatrocientos caballos, 
cargo de D. Diego Caballero, acudiese en su auxilio. El enemigo, tomada
ya la villa, aprovech la ocasin de poner la conquista del castillo,
ocupado an de Mir y los suyos,  trance de batalla. Mandbalos el
cataln D. Jos Ardenas. Su infantera ocup ciertas colinas ventajosas,
y la caballera qued en un llano de poca extensin metido entre unos
barrancos; una ermita enlazaba  la infantera y la caballera
protegiendo  sta. La infantera catalana, mandada por Pins, gan las
colinas al enemigo y se comunic con el castillo. D. Diego Caballero con
la caballera, al amparo de algunas mangas de walones, logr doblar los
barrancos, entrar en el llano donde estaba la enemiga y deshacerla;
luego la guarnicin del castillo cay sobre la villa, y la rota de los
franceses fu completa. Casi toda su infantera qued prisionera y entre
todos bien perderan mil quinientos soldados con el bagaje y artillera.
Salvse milagrosamente D. Jos Ardenas, retirndose por los montes
seguido de pocos. Sabida esta victoria por D. Juan sali de Barcelona, y
reforzando aquel pequeo ejrcito con mil quinientos infantes sacados de
las galeras, asedi formalmente  Solsona, descuidada hasta all por
unos y por otros  causa de los diversos accidentes de la guerra, y la
tom sin grande esfuerzo.

En esto fu nombrado D. Juan de Austria para el gobierno de Flandes, y
el virreinato de Catalua torn al ilustre Mortara. Ahuyent el marqus
del Ampurdn  los franceses, tomando todos los lugares de aquellos
contornos menos Rosas, y D. Diego Caballero y el conde de Humanes con un
trozo de ejrcito fueron  ponerse sobre la Seo de Urgel; pero  bien
por desorden de ellos,  bien por no atreverse  esperar al enemigo que
vena superior en fuerzas, levantaron el sitio. En tanto el duque de
Candale, francs, y Margarit entraron en Blanes y en muchos lugares
abiertos,  insultaron de nuevo al llano de Barcelona. El gobernador
francs de Castellfollit vendi por dinero aquella plaza al rey Felipe,
y un golpe de gente catalana recobr  Blanes. Siti el de Candale 
Castellfollit deseoso de castigar al Gobernador y de recobrar la plaza;
socorrila D. Prspero Tuttavilla con escogido escuadrn de caballos, no
sin prdida del enemigo, y en su retirada al paso del Fluvi fueron
acometidos los franceses por Mortara con el grueso de sus fuerzas, y
obligados  echar al ro dos caones que llevaban, perdieron muchsima
gente dispersa. En seguida D. Prspero Tuttavilla acometi el castillo
de Camprodn; acudi  socorrerlo Mr. de Santonn con buen golpe de
infantes y caballos, y  una legua de aquella plaza tuvo lugar un
combate, en el cual los enemigos fueron destrozados con prdida de
quinientos hombres, muriendo no pocos y calificados de nuestra gente.
Con esto se rindi Camprodn; pero no tard en sitiarla de nuevo Mr. de
Santonn con ms de cinco mil infantes y tres mil caballos.

Reuni entonces Mortara los tercios catalanes, la infantera de las
galeras al mando de D. Melchor de la Cueva, el tercio de la guardia que
all estaba  cargo de D. Juan Salamanqus, un tercio valenciano y otro
navarro y hasta dos mil quinientos caballos al mando de D. Diego
Caballero, y con esta gente se present delante de los enemigos.
Salieron ellos  esperarle en un llano que baa el caudaloso Ter.
Trabse la batalla, en la cual nuestras dos alas envolvieron las de los
enemigos; pero antes an de que esto se verificase, ya don Diego
Caballero haba esguazado el ro con sus caballos, y cogiendo por la
espalda al enemigo, haba destrozado cuanto se le haba puesto delante,
forzando, espada en mano, las lneas y entrando  degello los cuarteles
que haban quedado bien guarnecidos. Con esto fu completa la victoria,
perdiendo el enemigo hasta mil quinientos prisioneros, las banderas y
artillera. Fu tan brillante accin la ltima de la guerra por aquellas
partes. Sostvose tibiamente porque Francia, no contando ya con el favor
de los pueblos, juzgaba intil el esforzarse; y Espaa, escudada con la
fidelidad de la provincia, no tena miedo del enemigo. As fu que en
lugar de enviar  Catalua nuevas tropas se enviaron  Portugal, Italia
y Flandes las que permitieron reunir los tiempos tan estrechos. Fu
gloriossima sin embargo la conducta de nuestras armas, catalanas en la
mayor parte, durante estas ltimas campaas, poniendo casi siempre de
nuestro lado la victoria. As anduvieran nuestras cosas por todas
partes.

Pero en Italia, Portugal y Flandes no era buena la fortuna. En Italia se
mostr varia. Por el lado de Npoles hubo un nuevo amago del duque de
Guisa, no menos funesto para l que el anterior. Habase librado ste 
ruegos de D. Juan de Austria de la pblica muerte que le preparaba el
buen conde de Oate por castigo, y conducido  Espaa fu encerrado en
el Alczar de Segovia. De all se escap disfrazado: pero no pudo ganar
 Francia, y preso de nuevo en Vizcaya fu restituido  sus prisiones.

Pasara all el resto de su vida, si el prncipe de Cond no hubiera
interpuesto su favor y splicas con el Rey de Espaa, cuando vino 
nuestro servicio. Creyse acaso que aumentara el partido de los
Prncipes contra Mazzarino; pero el de Guisa, ingrato al de Cond, se
puso de parte del Ministro,  ingrato al Rey de Espaa que le di la
libertad cuando tena derecho para quitarle la vida, comenz  solicitar
ayuda y proteccin para volver  Npoles. Hizo entonces Mazzarino
equipar una armada de cuarenta bajeles, y pensando vengarse del aliento
que daba Espaa  sus enemigos personales, envi en ella al duque de
Guisa  las playas napolitanas, con armas y soldados. Lleg esta armada
delante de Castelmare y hallndola desprovista, sin esfuerzo alguno cay
en sus manos. Al saber la venida de los franceses, conmovironse los
Abruzzos, y las cuadrillas de bandidos que recorren siempre aquellas
comarcas, se engrosaron grandemente  punto de causar serios temores.
Pero el Virrey que, vuelto Oate  Espaa era el conde del Castrillo,
obr con actividad y acierto. Reuni la infantera espaola y la
caballera napolitana, y camin apresuradamente  Castelmare. Sali el
de Guisa al encuentro lleno de presuncin, y hubo  las puertas de la
ciudad un combate, en el cual los enemigos fueron completamente
derrotados: de suerte que apenas pudieron reembarcarse al abrigo de los
muros. Luego se hicieron  la vela los bajeles franceses, y el de
Castrillo soseg fcilmente los revueltos nimos de los naturales de
los Abruzzos, y volvi  poner en paz todo el territorio.

 principios de 1653 entr el mariscal Grancey en el Piamonte con un
ejrcito, y juntndose con las tropas del duque de Saboya, fueron en
busca del Gobernador de Miln que lo era an el marqus de Caracena, don
Luis de Benavides, con el fin de provocarle  batalla. Hallronle cuando
ste entenda en esguazar el Tnaro por la Roquetta, y al punto le
embistieron. Eran los dos ejrcitos casi iguales en nmero; pelese casi
todo un da, y con tanto escarnizamiento, que los regimientos suizos que
traan los franceses, faltos ya de balas, cargaron sus armas con los
botones de hierro de sus vestidos; mas al fin los franceses, que haban
venido  provocar la batalla, tuvieron con su retirada que confesar la
derrota. Perdimos nosotros poca gente, mucha los aliados. En seguida el
vencedor Caracena, amagando antes algunas plazas del enemigo, tom
cuarteles de invierno. No osaron los franceses emprender nada en la
siguiente campaa; pero en la de 1655 volvieron  alimentar grandes
esperanzas. El duque de Mdena, Francisco de Este, obligado poco antes 
pedir misericordia  Espaa, no pudiendo llevar con paciencia la altivez
de Caracena, volvi  empuar las armas. Envi Mazzarino en su ayuda al
prncipe Toms con un trozo de ejrcito. Mas no bien supo el de Caracena
la determinacin del Modens, entr en sus estados con respetables
fuerzas, tom  Reggio y luego se puso sobre Berzello.

No hallaron el duque de Mdena y el prncipe Toms otra traza para
libertar esta ltima plaza, sino el poner sitio por su parte  Pava,
plaza de extrema importancia en el Milans. Lisonjebanse ya de
conquistarla, compensando con esta sola ventaja cualquiera prdida que
tuviesen, cuando apareci Caracena; y cortando los vveres  los
enemigos y acosndolos de continuo, les oblig  levantar el asedio,
disminudos ellos, l sin prdida notable. Luego para desquitarse de no
haber tomado  Berzello, redujo  Correggio  nuestra obediencia. Con
esto el marqus de Caracena aument su reputacin sobremanera; y como la
Corte pusiera mayor atencin en Flandes que en ninguna otra parte, le
envi all, trayendo de all en cambio para gobernar estas armas al
conde de Fuensaldaa. No era el nuevo general, ni muy antiguo, ni muy
experimentado en las armas, ni los sucesos le daban por muy afortunado
tampoco; pero posea cierta firmeza de carcter y habilidad, y estaba
sobre todo en Madrid bien visto, cualidad bastante  la sazn para
desempear cualquier cargo.

Fueron  decir verdad, no desafortunadas sus operaciones. En un
encuentro empeado rompi buena parte de las tropas de Mdena; mas el
Duque, con los nuevos refuerzos que le enviaron los franceses al mando
del duque de Mercoeur, que vino  reemplazar al prncipe Toms de
Saboya, muerto en aquellos das, juntando hasta catorce mil hombres, fu
con ellos sobre Valencia del P. Defendise ochenta das la plaza; pero
tuvo al fin que rendirse, porque Fuensaldaa no pudo socorrerla, aunque
lo intent por dos veces, y  pesar de haber obtenido notables ventajas
 campo raso contra las tropas modenesas que acudan al cerco, no logr
levantarle. Recibi Fuensaldaa algunos refuerzos del Emperador; mas la
falta de dinero, y por consecuencia de pagas y bastimentos, impidi
sacar provecho alguno. Siti  Valencia del P y no pudo recobrarla,
porque acudieron al socorro los enemigos; mas en cambio impidi  stos,
mandados por el Modens y el prncipe de Conti, con varias y acertadas
combinaciones, que se apoderasen de Niza de la Palla, sitiada todo un
mes por ellos. Rindieron sin embargo  Mortara y los pequeos fuertes de
Varas y de Novi, y Fuensaldaa no pudo apoderarse de Borzello que de
nuevo tena sitiada. As hallaron por all la paz nuestras armas.
Fuensaldaa,  pesar de que no cesaba de suplicar al Rey que hiciese la
paz  toda costa, dando sino el Milans por perdido, supo mantener con
su firmeza por aquellas partes, no slo nuestro dominio, sino tambin el
respeto de nuestras armas.

Mas donde verdaderamente lucharon con encarnizamiento durante el ltimo
perodo de la guerra espaoles y franceses, fu en las provincias de
Flandes y no poco en el interior de la misma Francia, al calor de las
disensiones. All fueron varios y continuos los sucesos, no pocas las
complicaciones; y para tratar de todo ello es preciso explicar y relatar
algunas cosas, que, tanto en Espaa, como en Francia, ocuparon por largo
tiempo la atencin de los Ministros y diplomticos. Dejamos al prncipe
de Cond en Flandes, y en unin con nuestros capitanes. Dile la Corte
de Espaa, deseando utilizar sus talentos, ttulo de Generalsimo y
tales consideraciones como obtena el mismo archiduque Leopoldo. Puesto
al frente de un trozo de nuestro ejrcito con algunos regimientos
levantados por l para servir  su patria, y que ahora seguan su
bandera, recobr  Rethel y tom  San Menehould dentro del territorio
francs.

Desquitse de estas prdidas Luis XIV, recobrando la importante plaza de
Bourg en Guyenne, mal defendida por D. Jos de Osorio que all mandaba y
reduciendo  su obediencia  Burdeos, puesto en armas por el prncipe de
Conti, al calor de una armada que al mando del barn de Batteville y del
marqus de Santa Cruz se dej ver  la embocadura del Garona. Tenamos
ocupados muchos puestos  la embocadura del ro y sin duda no cediera la
ciudad de Burdeos al enemigo si Lormont que la aseguraba, no hubiera
sido vendida  Mazzarino por la guarnicin irlandesa que all tena
Espaa. Con Burdeos tornaron  obedecer  su rey Livourne, Perigueux y
otras plazas, no poco revueltas tambin por aquellos das, en las
provincias occidentales de Francia. Al Oriente por la parte de Flandes,
el prncipe de Cond, el conde de Fuensaldaa, y el duque de Lorena,
salieron  campaa con hasta veinticinco mil hombres, recorrieron las
riberas del Soma y sitiaron la plaza de Rocroy, de funesta memoria;
guardaron esta vez los desfiladeros vecinos de forma que no pudiese
venir el socorro, y por fin la rindieron. Poco falt para que se
malograse esta empresa por la discordia que sobrevino entre el Prncipe
y el de Fuensaldaa. Acudi  componerlos, desde Bruselas, el mismo
archiduque Leopoldo, y no tard en disputarle el de Cond con el ttulo
de Generalsimo, que tena ciertas preeminencias, por manera que tom
an mayores proporciones la discordia. Medi el duque de Lorena y se
terminaron las diferencias; pero  los pocos das fu preso el propio
Duque y enviado  Espaa.

Ocasion esto grande y ms peligrosa discordia; algunos regimientos
loreneses se pasaron  los franceses; muchos soldados y capitanes
sueltos hicieron lo mismo, y del resto de las tropas auxiliares del
Duque se confiaba tan poco que apenas se sac de ellas partido alguno.
Sin embargo, continuaron al servicio de Espaa gobernadas por Francisco,
hermano del duque Carlos. Acusaban al Duque de mantener inteligencias
con Francia, y de andar en tratos de paz con aquella potencia; mas esto
no estuvo nunca bien justificado. Y cierto que la conducta del duque
Carlos no era para engendrar tales sospechas; l haba abandonado el
partido de Francia por el partido de la casa de Austria; la haba
servido eficazmente por su persona y con sus sbditos contra todo gnero
de enemigos, y haba empleado en su provecho sus talentos militares, que
eran grandes y la sangre de sus soldados; haba perdido por ella su
hacienda y estados. Ni el Imperio antes ni ahora Espaa, tuvieran
mejores aliados, y principalmente esta ltima, por la cual, aun vindola
en tanta decadencia, luchaba heroicamente en Flandes. Dcese que entibi
su ardor en los ltimos tiempos; mas para olvidar tantos servicios y
castigarle tan duramente, era preciso que ms que tibieza se advirtiera
en l clara defeccin. Y aun as y todo sera de dudar si  un Prncipe
soberano, aliado nuestro, y no vasallo ni feudatario, podamos sin
justicia castigarle porque se fuese de nuestro partido. Mas el hecho fu
que Fuensaldaa, en quien descansaba entonces nuestra Corte todos los
negocios de Flandes, recibi rdenes reservadas para ejecutar la
prisin; que la hizo con gran sigilo, sin que el Archiduque pusiera de
su parte ms que la confirmacin de tal medida, y que vino  Espaa,
donde, encerrado en el Alczar de Toledo, estuvo maldiciendo nuestra
ingratitud hasta la conclusin de la paz.

Entre tanto se perdi Stenay, una de las plazas rebeldes contra el Rey
de Francia por el lado de Flandes. Para distraer  los franceses de
aquel sitio se emprendi el de Arras, que nos fu muy funesto por la
divisin de los capitanes y el desorden del ejrcito, de ella y la
prisin del de Lorena ocasionado. Era el ejrcito de hasta doce mil
infantes y diez mil caballos. Mandbanlo el archiduque Leopoldo y el
prncipe de Cond, los cuales atacaron tan mal la plaza, que en
cincuenta das no lograron aportillar los muros. Su lnea de cinco
leguas de circuito tard tanto en cerrarse, que hubo tiempo de sobra
para que las abasteciesen los franceses y reforzasen su guarnicin.
Luego los mariscales de Turena y de la Fert, con diez y ocho mil
hombres escasos, acudieron  levantar el cerco, situndose  media legua
de la plaza. Propusieron unos capitanes ir  atacarlos, otros mantenerse
en las lneas; y el ejrcito francs recibi, al mando del mariscal de
Hocquincourt, un gran refuerzo. Todava era posible sorprender  este
ltimo por tener separado su campo del de Turena con notoria
imprudencia; mas no pudieron ponerse de acuerdo tampoco nuestros
capitanes. Pasaron das, nuestro ejrcito se desatent y se debilit
sobremanera, y al fin Turena, bien tomadas sus disposiciones, embisti
por todas partes nuestros cuarteles. Fu forzado casi sin defensa el
cuartel de los loreneses, y con muy poca el de espaoles, que mandaba D.
Fernando de Sols, y se comunicaron los enemigos con la plaza; entonces
el Archiduque con algunos cabos y poca gente se retir  Douay; el
prncipe de Cond con el General de la caballera espaola y la mayor
parte del ejrcito se vino en buen orden  Cambray, y Francisco de
Lorena amaneci en Valenciennes fugitivo. Perdise la artillera y
bagajes. Consecuencia de este descalabro fu el que Turena recobrase en
Francia  Quesnoy, la Chapelle y otras plazas, y rindiese,  pesar de su
esforzada defensa, la importante plaza de Landrecy, sin que el prncipe
de Cond pudiera recobrar lo perdido.

Acab de disgustar tambin aquel revs al archiduque Leopoldo, harto
disgustado ya con la falta de recursos y con la confianza que la Corte
de Madrid haca en Fuensaldaa, el cual gobernaba verdaderamente todas
las cosas en mengua suya, y solicit que se le dispensase del cargo.
Eran entonces los principios del ao de 1653, y nuestra Corte, viendo
cun poco adelantaba con la alianza de Cond y sus parciales,
atribuyendo no sin razn mucha parte al poco concierto de los generales,
oy bien la solicitud del Archiduque y determin enviarle sucesor
apartando de all  la par al conde de Fuensaldaa, ya mal visto de
muchos. Habase granjeado el archiduque Leopoldo el amor de los pueblos,
que haban de sentir naturalmente su ausencia; necesitbase reemplazarle
con persona de autoridad bastante para que no se le echase tanto de
menos, y al propio tiempo era evidente que, sin autoridad y sin
conocimiento de las armas, no poda haber gobernador que bien lo fuera
donde estaba el prncipe Cond. Todo esto hizo recaer la eleccin en D.
Juan de Austria, que estaba casi ocioso en Catalua.

Fu con efecto D. Juan  desempear su cargo, no sin padecer antes en la
mar muchos azares, y con l, para acompaarle en el mando, se destin al
marqus de Caracena D. Luis de Benavides, entrando en lugar de este 
gobernar  Miln el conde de Fuensaldaa, como atrs hemos visto. Dieron
los nuevos capitanes en Flandes excelente comienzo  su Gobierno.
Sitiaban los mariscales de Turena y de Fert la gran plaza de
Valenciennes con un ejrcito de treinta mil hombre y mucha y buena
artillera: defendala D. Francisco de Meneses, su Gobernador, con
extraordinario esfuerzo, de manera que los enemigos no adelantaban un
punto. Pero sin embargo, D. Juan de Austria con Caracena y el prncipe
de Cond, determinaron socorrerla, y lo ejecutaron felicsimamente.
Estaban los Mariscales franceses acampados, el uno en una y el otro en
otra de las orillas del Escalda, que baa la ciudad,  fin de
estrecharla por todas partes. D. Juan y el de Cond rompieron las
exclusas en Bouchain,  inundaron ambas riberas del ro, de suerte que
no era posible caminar por ellas. Al mismo tiempo se pusieron en marcha
por terreno seco hacia el cuartel del mariscal de la Fert: llegaron
sonada la media noche y lo embistieron, de manera que en un momento lo
arrollaron todo, poniendo  los franceses en completa derrota.

Tuvo el marqus de Caracena la gloria de ser el primero que plantase
nuestro estandarte sobre las trincheras enemigas. No pudo Turena enviar
 su compaero refuerzo alguno, porque no consenta el paso de los
infantes y caballos la inundacin de la ribera, y as todo el trozo de
ejrcito de la Fert fu destrudo. Siete mil cadveres quedaron en el
campo de batalla, y cuatro mil prisioneros, entre los cuales se contaban
el mismo la Fert, y hasta sesenta y siete capitanes de menor cuenta;
todo el bagaje, artillera y banderas vinieron  poder nuestro. Turena
entonces tuvo que alzar el cerco y retirarse en buena ordenanza. Fu el
fruto de esta victoria la toma de Cond, con lo cual se termin la
campaa de 1656. Para la siguiente tuvieron ya que luchar D. Juan de
Austria y Cond con un nuevo enemigo. Este era Cromwel, protector de la
Repblica de Inglaterra.

Aquel prncipe de Gales, que estuvo para ser cuado de Felipe IV, tan
rencoroso con Espaa siendo ya Rey, haba muerto en un cadalso  manos
de sus propios vasallos, con el nombre de Carlos I. El pueblo ingls,
puesto en armas contra su Rey, despus de vencerle y degollarle, depuso
sus iras y se entreg  merced de aquel afortunado aventurero. Cromwel
fu ms tirano que nunca lo hubiese sido Carlos I, y el pueblo, como
suele suceder, llev ahora con paciencia cosas mayores que las que antes
pusieron las armas en sus manos. Europa, ocupada en aquellas
encarnizadas luchas entre catlicos y protestantes, entre la casa de
Austria y sus enemigos, no prest grande atencin en los principios 
aquellas turbulencias; aun hubo naciones, como Francia, que
contribuyeron  exacerbarlas para tener distrada  Inglaterra y otras,
como Espaa, que celebraban en secreto las amarguras del rey Carlos,
recordando las ofensas que le deban. Ni aun llegado el trance de la
muerte de aquel desdichado Prncipe, lloraron los dems Prncipes tanto
como debieran el ejemplo fatal que se ofreca  los pueblos, y la
leccin que acababa de escribirse en la historia, atentos slo  lo
presente. Ciegos con sus odios, y desvanecidos con sus empeos, antes se
pararon  ver el partido que podan sacar de tal acontecimiento, que no
las consecuencias que de l haban de deducir y recoger los tiempos
futuros. As unas primero, otras despus, todas las Potencias fueron
reconociendo  la Repblica inglesa.

Sealse Espaa por haber sido en esto la primera. Verdaderamente en el
punto en que estaban las cosas, luchando  solas contra Francia y
Portugal, la alianza de los ingleses poda reputarse, no slo por til,
sino aun por necesaria. Imagin D. Luis de Haro aprovechar el despego
con que en los das que siguieron  la muerte de Carlos I miraban todas
las naciones  Cromwel para solicitar su alianza, y por lo mismo se
apresur  reconocerlo. No se descuidaron Portugal y Francia en entablar
iguales negociaciones, y entonces el astuto Cromwel comenz  prevalerse
del deseo de tales Potencias para entretenerlas  un tiempo, hoy dando,
maana quitando esperanzas, ya inclinndose  una, ya  otra, con el
objeto de sacar ms ventajas de su alianza. Hubo, pues, en Londres, una
larga lucha diplomtica, en la cual el marqus de Leyden y D. Alonso de
Crdenas, Embajadores nuestros, ordinario el uno, el otro
extraordinario, hicieron desesperados esfuerzos por traer al astuto
protector al partido de Espaa, y aun pudiera decirse que humillantes.
Mas en tanto que se afanaban por lograr la amistad del protector,
aconteci en Madrid un desagradable suceso.

Fu el caso, que habiendo enviado Cromwel  nuestra Corte con ttulo de
residente  Antonio Ascham, uno de los ms decididos parlamentarios y
parcial suyo, al da siguiente de su llegada fu asesinado en su propia
casa por cierto ingls realista, de los acogidos  nuestro suelo,
queriendo castigar en l la parte que haba tomado con su voz y voto en
el suplicio de Carlos I. Sintilo mucho nuestra Corte, y titube algn
tiempo entre la aprobacin que el hecho de aquel realista le mereca y
la amistad de Cromwel, deseando hallar medio de conciliar ambos afectos:
para ello se di tiempo al agresor  que se acogiera en sagrado, y luego
se dieron rdenes rigurosas  un alcalde de Corte de que lo redujese 
prisiones. No entendi el alcalde las ocultas miras de la Corte, y lleno
de indiscreto celo puso tales asechanzas al ingls y se vali de tales
amaos, que logr sacarlo del sagrado, ponindolo  disposicin de los
Tribunales. Entonces estos no pudieron menos de condenarle  muerte; y
la Corte, aunque llena de dolor, no tuvo aliento para renunciar  la
amistad de Cromwel, y dej ejecutar la sentencia castigando
indirectamente al alcalde. Pero Cromwel, lejos de contentarse con tan
dolorosa satisfaccin, no dej de hacer cargos  nuestra Corte sobre la
muerte de Ascham, y no tard en urdir contra nosotros una trama
miserable.

Era costumbre en Londres, que  la entrada de cada nuevo Embajador
asistiesen los coches y squito de los dems Embajadores para honrarle;
y en tales casos se segua en la colocacin de los diversos carruajes el
orden de dignidad y grandeza que alcanzaban las naciones; de modo que
hasta entonces los de Espaa haban ido siempre delante de los de
Francia. Lleg  Londres un Embajador de Suecia: salieron como siempre 
recibirle los carruajes de los dems, y caminando el del Embajador de
Espaa como de costumbre, se le interpuso el carruaje del francs y pas
adelante. Al punto los espaoles de la servidumbre del Embajador
pusieron mano  las espadas y obligaron  los franceses  volver  su
puesto. Pero Cromwel, de acuerdo ya con ellos, tena apostados por
aquellas inmediaciones un trozo de soldados, los cuales acudieron al
rumor de la pendencia, y so pretexto de poner en paz  espaoles y
franceses, dejaron  stos que pasasen delante. El asunto, aunque
pareca trivial y pequeo, no era sino de grande importancia en aquellos
tiempos de etiqueta diplomtica, y el marqus de Leyden, hombre de gran
valor y carcter, que como General de la mar haba ya defendido una vez
 Dunquerque de los franceses, se quej duramente  Cromwel; mas no
obtuvo satisfaccin alguna, y poco despus, desesperando de lograr nada,
se volvi  Flandes.

No tard en seguirle D. Alfonso de Crdenas; porque Cromwel, quitndose
al fin la mscara, ajust un tratado con Mazzarino, por el cual se
comprometi  declarar la guerra  Espaa, embistindola con todas sus
fuerzas martimas, y  dar seis mil hombres al Rey de Francia para
sitiar de nuevo  Dunquerque, plaza que tomada, debera quedar 
disposicin de Inglaterra. No falt all durante las negociaciones quien
representase  Cromwel como ms favorable  la nacin la alianza de
Espaa que no la francesa,  fin de mantener el equilibrio entre las dos
Potencias; pero el protector, con funesta sagacidad, se empe en
ponerse en contra nuestra. Deca con razn que Francia no tena
colonias, ni navegacin, ni comercio que pudiera ser presa de la armada
inglesa como tena Espaa; que la guerra contra Francia poda ser muy
gloriosa  Inglaterra, pero que no la proporcionara provecho alguno, y
que la rica y abandonada herencia de Espaa, con poca dificultad y
coste, si bien con menos gloria, estaba convidando al saqueo. No bien
fu conocido el Tratado, mand Felipe IV que todas las mercaduras y
buques ingleses que hubiese en sus reinos, fuesen confiscados; prdida
inmensa para aquella nacin, y medida, si no justa porque no poda serlo
tal despojo, osada al menos y proporcionada al gnero de hostilidades y
daos que de Cromwel podan temerse. Este orden equipar al punto
armadas que atacasen  nuestras colonias y persiguiesen  nuestros
buques en todos los mares; pero en Flandes fu donde se sintieron los
mayores golpes.

Vinieron en los principios de 1657  reforzar el ejrcito del mariscal
de Turena seis mil ingleses escogidos de los veteranos de la revolucin,
al mando del coronel general Renols, caudillo muy nombrado en la guerra
civil. Ya D. Juan de Austria y el prncipe de Cond haban recobrado 
San Guillain, y forzado al enemigo  alzar el sitio de Cambray. Juzgse
que la primera empresa de los enemigos aliados sera el sitio de
Dunquerque, y por lo mismo se meti Cond dentro de la plaza con
numerosa guarnicin y escogida. Tal era en verdad el intento de Turena;
pero no os, al saber las prevenciones, llevarlo  cabo, y fu  ponerse
sobre Bourbourg, plaza pequea y mal defendida que rindi en horas. De
all fu  San Venant y la tom, y luego precis  los nuestros 
levantar el campo de delante de Ardres; por ltimo, siti  Mardik,
fortalecida y guardada por los espaoles, tomla en ocho das, y la puso
en manos de los ingleses mientras que cumpla el Tratado rindiendo 
Dunquerque.

Ni tard en conseguir esto con la ayuda poderosa de Inglaterra. Mediado
el ao de 1658, una armada inglesa de veinte navos de guerra cerc la
boca del puerto de Dunquerque, y seis mil ingleses ms, tambin
escogidos y veteranos, al mando de milord Lokart, vinieron de Inglaterra
 reforzar el ejrcito de Turena. Repartironse luego los cuarteles, y
pronto estuvo aquella ciudad estrechamente sitiada por mar y tierra,
viniendo al campo el mismo Luis XIV para alentar  sus soldados. En
tanto hall medio el de Leyden, antes Embajador en Inglaterra, para
atravesar las lneas enemigas con alguna gente y socorros, y atendi con
mucho acierto y valor  defender la plaza. Los sitiadores metidos entre
ella y Furnes y Bergues y Niwport, que estaban en nuestro poder, no
podan recibir los bastimentos sino por la parte del mar; de modo que su
posicin era peligrosa. D. Juan de Austria y Cond, con hasta quince mil
hombres, vinieron  agravarla, presentndose por el camino de Furnes
hacia las Dunas, distantes como tres cuartos de legua del campo; venan
con ellos el marqus de Caracena, el mariscal de Hocquincourt, del
partido de los Prncipes y el duque de York, hijo del desventurado
Carlos I, hermano del pretendiente Carlos II, y luego infeliz Rey de
Inglaterra, que estando al servicio de Francia se haba pasado al de
Espaa por causa de la liga ajustada entre aquella Potencia y Cromwel,
obteniendo de nuestra Corte el ttulo de Capitn general de la armada
del Ocano. Tal ejrcito y con tales capitanes, dejaba esperar que al
enemigo se le frustrara el intento de apoderarse de la plaza; mas no
sucedi as por desgracia. No creyeron ni D. Juan ni Cond que el
ejrcito anglo-francs viniese  ofrecerles batalla; porque encerrado
como estaba entre ciudades nuestras, una rota le habra trado 
perdicin completa. Por otra parte, no tenan ellos todas sus fuerzas;
faltaba la artillera que haban dejado muy atrs por acudir ms pronto,
y no poca parte de la infantera: por manera que  la sazn eran muy
superiores los anglo-franceses. As, pues, no imaginando que los otros
viniesen  atacarlos, ni queriendo ejecutarlo ellos hasta tener
dispuestas todas sus cosas, estuvieron nuestros Generales dos  tres
das sin emprender cosa de importancia, ocupados slo en hacer
reconocimientos y facciones.

Uno de tales reconocimientos le cost la vida al mariscal
d'Hocquincourt. Mas Turena, que saba que don Juan y Cond aguardaban
refuerzos, que no tenan artillera, y que eran entonces muy inferiores
en nmero, aprovech hbilmente los momentos, y al amanecer de un da,
cuando nadie lo esperaba en nuestro campo, vino sobre l en orden de
batalla. Formse apresuradamente nuestro ejrcito, apoyando su derecha
en aquellas mismas Dunas, tan fatales ya otra vez para nuestras
banderas, extendiendo el centro y ala izquierda por las arenosas
llanuras, testigos medio siglo antes de la rota gloriosa de nuestras
armas. Mandaba la derecha, D. Juan de Austria con los espaoles; la
izquierda, el prncipe de Cond con sus regimientos propios y otras
tropas extranjeras, y stas componan tambin el centro.

El marqus de Castelnau con los franceses, y milord Lokart, con la vieja
infantera inglesa, embistieron las Dunas, que eran, como hoy se dice,
la llave de la posicin de los nuestros: defendironla los espaoles con
valor; pero fu intil, porque en la playa que se extenda entre las
Dunas y el mar no se haba puesto alguna guarda,  causa de estar muy
alta la marea cuando se form el ejrcito en batalla, y ahora bajando
la marea dej abierto all bastante espacio para que pasase un Cuerpo de
caballera francesa, el cual, cogiendo por la espalda  los espaoles,
los puso en derrota. Deshechos stos, lo dems del ejrcito no pens ya
ms que en huir, dejando tres mil hombres muertos en el campo, ms en la
fuga que en la batalla, y muchos prisioneros. Debieron el triunfo los
enemigos  la infantera inglesa, si es que puede decirse que alguno
ganara all la gloria; la verdad es que con la imprevisin de D. Juan de
Austria en no guardar la playa  caleta entre el mar y las Dunas no
haba lucha posible, era inevitable la derrota de nuestro campo.
Vergonzosa derrota esta segunda de las Dunas, y harto diferente de la
primera donde el honor qued por los vencidos.

De resultas de ellas tuvo que capitular Dunquerque, mas no antes de que
muriese de sus heridas el valeroso marqus de Leyden; pas  manos de
los ingleses, segn lo pactado, y Link, Dixmunda, Gravelinas, Furnes,
Oudenarde, Ypr y otras plazas importantes abrieron luego sus puertas,
sin hacer las ms resistencia al enemigo. Estos fueron los ltimos
sucesos de aquella guerra en Flandes. D. Juan de Austria, aunque tan
culpado en aquella derrota, fu llamado  Espaa para mandar el ejrcito
de Portugal, y en su lugar vino al Gobierno de Flandes el archiduque
Sigismundo, con gente de refuerzo que enviaba el Emperador; mas no hubo
ocasin de probar al nuevo capitn, terminada ya la guerra.

Una armada inglesa en tanto, compuesta de diez y siete bajeles de guerra
y muchos de transporte, con buenas tropas, al mando del almirante Pen y
del general Venables, se present delante de la isla de Santo Domingo.
Hecho el desembarco, la gente inglesa se dirigi  la capital; mas en el
camino fu detenida por los espaoles que  toda prisa acudieron  la
defensa; y cincuenta mosqueteros, apostados en un bosque, hicieron de
modo que la pusieron en desorden, obligndola  retirarse  sus bajeles,
con prdida de seiscientos muertos, trescientos heridos y doscientos
prisioneros. Pen y Venables, avergonzados y temerosos de volver  la
presencia de Cromwel con el cuento de tan impensada desdicha,
determinaron intentar nueva empresa, que fu harto ms feliz para ellos.
Llegaron delante de la Jamaica, que estaba completamente desguarnecida y
sin armas, desembarcaron pacficamente, y tomaron posesin de la isla.
Amagaron luego los ingleses  Cuba y Tierra-firme, sin fruto alguno.
Pero el almirante Blake, con una armada poderosa, vino  esperar delante
de nuestras costas los galeones del Per, ricamente cargados como
siempre, mediado el otoo de 1656; y uno de sus segundos, Stayner, con
siete bajeles que mandaba, hallndolos en nmero de cuatro con otras
tres naves,  vista de la playa de Sanlcar, que ya saludaban gozosos
despus de tan largo y peligroso viaje, embisti furiosamente con ellos,
logrando tomar, despus de una esforzada defensa, el que mandaba don
Luis de Hoyos, perdindose adems dos de las naves en el combate.

Habase formado en Cdiz apresuradamente una armada  cargo de D. Pablo
de Contreras para salir  buscar los galeones; pero se le dieron tales
rdenes de excusar la batalla, que por no desobedecerlas no pudo evitar
la prdida. Fuera mejor para esto no disponer tal armada. Al ao
siguiente, en la baha de Santa Cruz de Tenerife, acometieron Blake y
Stayner otra vez  los galeones, y defendindose heroicamente sus
tripulaciones, dironlos al fuego antes que rendirlos, perdindose las
riquezas y muchos hombres. No pudimos vengar estos daos de los
ingleses, y la muerte de Cromwell termin dichosamente tales
hostilidades casi al propio tiempo que, abiertas de buena fe entre
Espaa y Francia las negociaciones para la paz, se ajust sta con el
nombre de _Paz de los Pirineos_, acabndose aquella lucha tremenda y
decisiva que haba durado veinticinco aos.

Ya la Francia la deseaba, si no tanto como Espaa, bastante al menos
para que corriendo el ao de 1656 entablase en Madrid tratos que no
llegaron  buen trmino por ciertas condiciones que parecieron
inadmisibles. La principal era el matrimonio de la infanta Mara Teresa,
hija mayor de Felipe y heredera de la Corona, con el joven rey Luis XIV,
con lo cual se habran juntado en una las Coronas de Francia y Espaa.
No quiso Felipe IV dar odos  semejante pretensin; antes pretenda
casarla con el archiduque Leopoldo de Hungra, que fu luego Emperador,
imaginando acaso reunir de nuevo el Imperio con Espaa. Verdaderamente
el primer matrimonio era inadmisible. Espaa no poda ni quera unirse
con Francia, que mucho ms poblada y ms prspera no habra tardado en
dominarla y convertirla en una de sus provincias; ni haba apariencias
de que la Europa, que  tan duras penas consinti luego en que un
Prncipe francs viniese  ceir esta Corona, tolerase unin semejante 
ningn precio. Pero el intento de reconstituir la colosal herencia de
Carlos V, juntando otra vez la Corona imperial con la catlica, no era
menos aventurado, y sealaba bien  las claras cunto el espritu de
familia mantenido y avivado por el matrimonio de Mariana de Austria
imperaba en Felipe. Ello fu que el no haber obtenido Luis XIV la
Infanta por esposa prolong dos aos la guerra. Pero habiendo dado  luz
la reina Doa Mariana  fines de 1658 un hijo, el cual tuvo por nombre
D. Felipe y muri ms tarde sin llegar  heredar la Corona y
desvanecidos por lo pronto los temores de unin de las dos Coronas,
volvieron  entablarse los tratos.

Acogilos Francia con favor, porque su tesoro estaba de todo punto
exhausto, y muerto Cromwell no poda contar con la alianza de
Inglaterra, al paso que Holanda, los Prncipes alemanes y los potentados
del Imperio comenzaban  mirar su grandeza con la misma envidia y recelo
con que haban mirado la de Espaa. Temi agotar sus fuerzas y exponerse
 perder todo lo ganado, y se apresur  ceder algo discretamente. As
se hubiera hecho en Espaa cuando era tiempo de hacerlo. Ahora si
Francia necesitaba de la paz, jzguese cunto la necesitaramos
nosotros: estbamos ya sin aliento, sin vida; no quedaba sangre en
nuestras venas, ni oro en nuestras arcas, semejante la nave del Estado 
aqullas desarboladas y sin timn, que sin poder moverse para esta  la
otra parte, ni mantenerse fijas en un punto, son en el Ocano miserable
juguete de los vientos y ludibrio de las olas. Tres meses duraron las
negociaciones para la paz entre D. Luis de Haro, Marqus ya del Carpio
por muerte de su padre, y conde-duque de Olivares por herencia del to,
y el cardenal Julio Mazzarino, que  tan justo ttulo poda jactarse de
haber dado cima  la obra de Richelieu. Fu el lugar de ellas una
casilla de madera construda de por mitad en una isla del Bidasoa,
llamada de los _Faisanes_, media legua de Irn, en la raya de Espaa y
Francia, y que se supuso que perteneca  ambas Coronas. Concertronse
las negociaciones en ciento veinticuatro artculos que forman aquella
paz famosa de los Pirineos, tan importante en la historia de Espaa. Por
ella cedimos  Francia, en el condado de Artoys, las ciudades de Arras,
Hesdin, Bapaume, Bethune, Liliers, Lens, el condado de Saint Pol,
Terouane, Pas y, en fin, toda la provincia menos Saint Omer y Ayre con
sus dependencias: en Flandes  Gravelingas, con los fuertes de la
Esclusa, de Felipe y de Tuttin,  Bourboug y Saint Venant; en el Haynaut
 Landrecy y Quesnoy; en el Luxemburgo  Thionville, Montmedi,
Dambilliers, Ivoy, Chavancy y Merville, y adems Avennes, Filipeville y
Mariembourg. Por la parte de Espaa cedimos tambin los condados de
Roselln y Conflent  Conflans, sealando por lmites entre las dos
naciones la cima de los montes Pirineos; de modo que todo lo del lado de
ac quedase  Espaa, y todo lo del lado de all  Francia. Obligmonos
 restituir  Rocroy, Chatelet y Limchamp, plazas conquistadas en
Francia durante el ltimo perodo de la guerra. Con estas prdidas hay
que juntar la de Dunquerque, que tena cedida Luis XIV  los ingleses.
Francia nos devolvi  cambio de estas cesiones el condado de Charolois
y las plazas de Borgoa, en Flandes Oudenarde, Dixmunde, Fournes,
Nerville sur la Lys, Menin, Commine, la Bass, Bergues, Saint-Vinos y
otros fuertes y lugares sin importancia; en Italia  Mortara y Valencia
del P; en Catalua  Rosas, Cadaqus, Urgel, la Bastida, Ripoll y el
condado de Cerdania.

No es fcil suponer ahora qu mayores ventajas pudieran obtenerse del
Tratado; quiz Francia persistira en conservar las conquistas con que
ms poda perjudicarnos, negndose  devolver las plazas y territorios
que ms nos conviniesen. Pero hay harta ocasin  recelar que falt
acierto en las negociaciones. Jams pudiendo debimos abandonar el
Roselln, y  cambio bien pudiera darse doble territorio en Flandes, con
que la Francia ganara ms y nosotros perderamos menos. El inters de
Francia, si la inclinaba  poner en el Pirineo su frontera meridional,
tanto  ms pudiera inclinarla  extenderse hacia el Rhin, que es su
natural frontera por la parte de Oriente y la ms necesitada de defensa;
porque si detrs del Pirineo est Espaa, detrs del Rhin est todo el
continente. Parece, pues, que si D. Luis de Haro hubiera sabido traer 
su pensamiento tales ideas, con ms  menos costa se hubiera alcanzado
algn concierto menos desfavorable. Ni fu el de ceder el Roselln el
nico yerro que se cometi en el Tratado: de las mismas plazas de
Flandes se cedieron tambin muchas de las ms importantes, y se
recuperaron otras que no lo eran tanto y que desde luego podan darse
por perdidas. Acaso Mazzarino, hablando como vencedor al de Haro, le
forz  aceptar aquella reparticin absurda de plazas que nos daba las
del Franco Condado, aisladas  indefendibles de todo punto en la guerra,
al propio tiempo que nos quitaba tantas otras enclavadas en nuestras
provincias  indispensables para su mantenimiento.

Lo mismo este yerro que el anterior engendran naturalmente la sospecha
de que tanto como la mala fortuna de la guerra, nos perjudic en el
Tratado la ineptitud de D. Luis de Haro. Tras de no tener este Ministro
suficiente talento para comprender los grandes y verdaderos intereses
polticos de Espaa, era muy ignorante y de todo punto desconoca los
territorios y localidades. As todo se le volva, segn cuentan, dar
largas  las negociaciones, poner estorbos, negar las cosas ms
sencillas y desconfiar de Mazzarino. ste, por el contrario, con alta
idea de las cosas de Estado y especial de los intereses y conveniencias
presentes y futuras de Francia, posea adems perfecto y minucioso
conocimiento de las plazas y territorios y de su importancia militar y
poltica. Sagaz y diestro  maravilla, saba afectar indiferencia por
las cosas que ms deseaba, y empearse en pequeeces que el nuevo
conde-duque de Olivares le disputaba tenacsimamente; ceda luego, y 
la sombra de la aparente derrota, ganaba verdaderos y ricos triunfos.
Tal retrato hacen las historias de la poca de los dos negociadores, y
cierto que confirma completamente nuestras sospechas: quiz perdi
Espaa, como arriba decimos, tanto como por las armas en las
negociaciones del Tratado.

No salieron tampoco muy bien librados nuestros aliados el duque de
Lorena y el prncipe de Cond. El primero, preso ya en Espaa por
desconfianza de su persona, y, por tanto, flojamente apoyado de nuestra
Corte, tuvo que demoler sus fortalezas y ceder buena parte de sus
Estados al Rey de Francia, quedando sujeto  ms duro feudo que nunca:
en cambio recobr la libertad. El de Cond, aunque hidalgamente
defendido por D. Luis de Haro que quiso hasta hacerlo Prncipe
soberano, dndole algunas plazas en los Pases Bajos, fu combatido de
tal manera por Mazzarino, su particular enemigo y mulo, que al fin tuvo
que consentir en humillarse al Rey y al Cardenal, pidiendo perdn de sus
ltimos hechos. Y aun porque no perdiese sus dignidades y bienes hubimos
de dar la plaza de Avennes y sacar la guarnicin espaola de Julliers
con otros partidos.

Ms felices fueron naturalmente los aliados de Francia. Al duque de
Saboya tuvimos que restituirle  Vercelli y el lugar de Cencho; el
prncipe de Mnaco, Grimaldi, qued libre del presidio espaol que
oprima sus Estados desde el tiempo de Carlos V, y obtuvo que se le
devolviesen todos los bienes que en Npoles y el Milans se le haban
confiscado; el duque de Mdena obtuvo que saliese de Correggio la
guarnicin que all sola haber de espaoles. Slo Portugal qued en
abandono de todos los aliados de Francia, y eso en los protocolos, que
en la realidad fu luego otra cosa. Hizo Felipe IV este abandono,
condicin indispensable de la paz, no sin razn por cierto. En vano el
francs propuso los ms ventajosos partidos, llegando hasta 
comprometerse  devolver  Espaa todas las conquistas hechas en la
guerra, con tal que el reino de Portugal fuese reconocido como
independiente. Felipe y D. Luis de Haro fueron inflexibles en este
punto, y Mazzarino tuvo que abandonar Portugal  su suerte en el
Tratado, declarando que lo haca por no perpetuar la guerra, pues era
inevitable, de insistir en tal condicin, el rompimiento de las
negociaciones. Slo pudo recabar Luis XIV una amnista completa para
todos los que hubiesen intervenido en los sucesos de Portugal,
semejante  la que acababa de concederse  los catalanes, con tal que
viniesen voluntariamente  la obediencia. Lstima que tal empeo en
recuperar  Portugal no se hubiese puesto antes, y que luego no se
hubiese llevado  cabo con ms acierto y fortuna. Por ltimo, se pact
en el Tratado el matrimonio de Luis XIV con la infanta Doa Mara
Teresa, que era como la base y el sello de todo; ajustndose al propio
tiempo un convenio particular para las bodas, en el cual la Infanta
renunci completamente por s y sus descendientes  la sucesin de la
Corona de Espaa: renuncia que no tuvo efecto en adelante, y convenio
que sirvi para encender luego en Espaa aquella larga y funesta guerra,
que trajo  un nieto de Luis XIV al Trono espaol.

Firmada y ratificada la paz de los Pirineos, y hechos los truecos de
plazas y satisfechas las ms de las condiciones, se pens en llevar
adelante el matrimonio. Vino el duque de Grammont  Madrid  pedir  la
Princesa; parti luego nuestro Rey con ella  la frontera francesa;
hicironse los desposorios en San Sebastin, representando el marqus
del Carpio y conde-duque de Olivares la persona de Luis XIV; entregse
la Princesa  su marido en la raya de Francia, y all mismo
conferenciaron privadamente Felipe y Ana de Austria. Solemne conferencia
aquella de los dos hermanos separados por tantos aos, y, por tantos
an, irreconciliables enemigos. Uno y otro tenan que referirse largos
disgustos, causados los ms por el vicio de la galantera, que fu en
Ana de Austria como en Felipe muy poderoso. Amada por Richelieu, por
Mazzarino y por muchos de los principales seores de la Corte de
Francia, despreciando  unos, correspondiendo  otros, y engendrando con
sto y aqullo despechos y envidias, puede decirse que en todas las
turbulencias que afligieron  Francia durante su Regencia, tuvieron muy
principal parte tales aventuras. Pero Ana tuvo bastante discrecin para
no entregar por aficin el Poder sino  un hombre de alta capacidad como
Mazzarino, y Felipe lo entreg  confidentes y terceros indignos de
regir tan gran Nacin como Espaa. As sta perdi tanto con Felipe; y
Francia gan tanto con Ana de Austria. Harto diferente en costumbres de
su padre y ta fu la infanta Doa Mara Teresa, que di Espaa  Luis
XIV en garanta de la paz. Cuntase que este Prncipe licencioso dijo al
saber su temprana muerte: es el primer pesar que me ha dado.
Separronse las dos Cortes del Bidasoa, dejando consumado un matrimonio
que tan inmenso influjo haba de tener en la suerte de Espaa.  D. Luis
de Haro, por la parte principal que haba tenido en todos aquellos
sucesos, se le di el ttulo de la Paz, antes y despus llevado por
otros.

Mas entre tanto que se continuaba y traa  trmino la guerra con
Francia, no estaba en abandono la de Portugal. Habase puesto al fin,
despus de diez y ocho aos de inercia, la merecida atencin en las
cosas de all; pero fu tan tarde, que pareca todo intil. Lo que haba
que hacer ya no era una guerra de recuperacin, sino de conquista;
porque al cabo de diez y ocho aos el partido de Espaa se haba
desvanecido del todo, los Grandes se haban acostumbrado  obedecer  la
nueva dinasta, el pueblo la amaba ya y la miraba como suya, todas las
fuerzas del Reino estaban reunidas en derredor del Trono y tena este
ya ejrcitos de soldados viejos, armada y alianzas muy fructuosas con
Holanda, Inglaterra y Francia. Estaban, pues, totalmente mudadas las
cosas: y aun cuando el honor exigiese continuar la guerra y hacerla
formalmente, bien poda recelarse la inutilidad del empeo.

Si nosotros hubisemos gobernado bien aquellos pueblos; si hubieran
estado unidos con nosotros por vnculos de amor  de costumbres, como 
pesar de todo lo estaban los de Catalua; si aqullos como stos
hubieran cado bajo una mano extranjera  tirnica que los oprimiese ms
con menos derecho, habran podido fundarse razonables esperanzas en el
tiempo, esperando que la rebelin se confundiese  s misma. Pero
Portugal no dej de considerarse apenas como extranjero: haba sido, si
no tan mal gobernado como el resto de la Monarqua, bastante al menos
para el vulgo, ignorante de los altos intereses que conciliaba la unin,
y los nobles, apasionados en sus agravios, pudieron desear ardientemente
el restablecimiento de las antiguas cosas: haba sido, finalmente,
gobernado por el de Braganza, con dulzura y prudencia, ya que no con
grande acierto. La misma guerra que habamos hecho en la frontera, toda
de saqueos, de robos y de exterminio, haba acrecentado sobremanera el
odio de aquella nacin  la nuestra, inclinndola ms y ms al partido
de la independencia.

Corra el ao de 1658 cuando se imagin hacer contra Portugal grandes
esfuerzos, y ya  esta sazn el duque de Braganza, Juan IV, y su hijo
Teodosio, eran muertos, sucediendo en el Trono D. Alonso, mozo de
estragadsimas costumbres y flaco juicio. Quiso Dios que ni an esta
incapacidad del nuevo Rey viniese en provecho de Espaa; y eso por causa
de una espaola, que fu aquella funesta Doa Luisa de Guzmn, mujer del
duque Juan de Braganza y madre de D. Alonso. Era aquella mujer entonces
quien con ms bros llevaba el nombre glorioso de Guzmn: ella impuls 
su marido  levantarse en el Trono, y ahora sostuvo en l su hijo cuando
pareca que iba  desplomarse. As fu que aun el calor que tom ahora
la guerra, no parti tanto de Espaa como de la altivez y atrevimiento
con que os aquella dama amenazar nuestro territorio. Juntando un
ejrcito de hasta catorce mil infantes y tres mil caballos, con veinte
caones y dos morteros, al mando de Juan Mndez de Vasconcellos, uno de
sus mayores privados y generales, emprendi el sitio de Badajoz. Pareci
increble en Madrid el propsito, y se dud por muchos das, hasta que
llegaron las nuevas de que las trincheras estaban abiertas y estrechado
el cerco. Metise dentro de la plaza  abastecerla don Francisco
Tuttavilla, duque de San Germn, Capitn general de la frontera, con el
Maestre de campo general D. Diego Caballero de Illescas; eran el General
de la caballera D. Pedro Tllez Girn, ahora duque de Osuna, hijo del
que llamaron el Grande, y el General de la artillera D. Gaspar de la
Cueva, hermano del duque de Alburquerque. Comenzaron los portugueses por
embestir el fuerte de San Cristbal  cierta distancia de la ciudad, de
donde fueron rechazados por el marqus de Lanzarote, D. Diego Paniagua y
Ziga, que all mandaba. El de San Germn, logrando meter en la plaza
hasta cinco mil buenos infantes, se sali fuera  proporcionar el
socorro, dejando por Gobernador al Maestre de campo Mxica. Acometieron
furiosamente los portugueses; pero los de dentro rechazaron todos los
ataques y les obligaron  convertir el sitio en bloqueo. Y en tanto en
Madrid, cerciorada del caso nuestra Corte, avergonzada del atrevimiento
de los portugueses, y viendo que si Badajoz caa en sus manos, podan
penetrar sin estorbo hasta el corazn de Castilla, se determin acudir
pronta y poderosamente al reparo. Hubo un Consejo, en el cual no
faltaron personas que opinasen porque el Rey saliese  campaa, entrando
en Portugal con el ejrcito; opsose  ello el marqus del Carpio, D.
Luis de Haro, y ms an la propia indolencia del Rey; de suerte que se
desech aquello que, ahora como antes, era lo ms acertado.

Era D. Luis de Haro, aunque no mal intencionado, como sabemos,
celossimo de su autoridad y receloso; recordaba que la salida del Rey
al ejrcito de Catalua, fu de las mayores causas que hubo para que su
to el Conde-Duque perdiera la privanza, y ms que l tena ya contra s
 la reina Doa Mariana, como aquel tuvo contra s  la reina Doa
Isabel. Tales motivos le hicieron opinar porque el Rey no fuese al
ejrcito; y prevaleciendo su parecer, se ofreci l mismo  acudir  la
empresa, aunque nunca hubiese andado en ejrcitos ni entendiese de
gobernarlos. Consinti el Rey en el propsito del Mndez de Haro, y ste
comenz  toda prisa  juntar fuerzas; y como no reparaba en los medios
ni en la calidad de la gente, sacndola por fuerza de los cortijos de
Castilla, sin darla ninguna orden ni enseanza, pronto tuvo bajo sus
rdenes hasta ocho mil infantes y cuatro mil caballos, con los cuales se
juntaron luego dos mil caballos que sac de la plaza el duque de San
Germn para atender al socorro. March este ejrcito la vuelta de
Badajoz; mas se encontr al llegar con que el enemigo, no osando
esperar, haba alzado el cerco, hallndose tan disminudo que apenas
contaba ya con once mil combatientes. Entonces el del Carpio y Olivares,
achacando  propia gloria lo que era efecto de la buena defensa de la
plaza y de los padecimientos de los sitiadores, cobr alientos para
pasar la frontera y poner sitio  la plaza de Elvas.

Defendila vigorosamente su gobernador Sancho Manuel durante mes y
medio, y di tiempo  que con mucho trabajo juntasen los portugueses
nuevo ejrcito al mando del conde de Castaeda. Estaban las lneas de
Elvas regularmente fortificadas en cuatro cuarteles y sostenidas por
algunos reductos. Lleg  ellas el de Castaeda igual en infantera,
menor en caballera; pues slo contaba con dos mil y quinientos jinetes,
y las embisti al alba de cierto da cuando los nuestros no esperaban
que osase all acometerlo, y disputaban sobre si convena  no salir 
esperarlo. Estaba todo tan mal dispuesto, que mientras el grueso de la
infantera campaba al costado izquierdo, al costado derecho por donde se
dej ver el enemigo no haba ms que veinte hombres en un gran fuerte y
hasta ciento cincuenta ms  tiro de mosquete; en cambio, ostentbanse
numerosos los escuadrones de caballera. Al descubrir  los portugueses
sobre las trincheras fu cuando se envi por infantera; pero an sta
no se haba puesto en movimiento, cuando ya los portugueses, arrollando
fcilmente  los veinte hombres del fuerte, haban tomado posesin de l
y de todas las trincheras de aquella parte. En vano el duque de San
Germn,  quien tocaba el puesto, quiso defenderlo; no teniendo con
quien, slo logr que al primer encuentro lo hiriesen de un mosquetazo
en la cabeza con que lo derribaron. Acudi tambin el de Osuna con la
caballera; pero sta era intil para echar  los portugueses de
nuestros mismos reductos y lneas donde estaban situados. Entonces todo
fu confusin en nuestro campo; D. Luis Mndez de Haro, no bien oy el
estruendo de la artillera, con proceder indigno de su noble raza, tom
la fuga abandonndolo todo hasta los papeles del Ministerio; y aunque el
duque de Osuna, la Cueva, Mxica y los dems capitanes rechazaron en el
costado derecho  los portugueses y prolongaron por siete horas la
pelea, no pudieron ya mantener firmes sus escuadrones desconcertados,
sin plan ni aliento, y tuvieron que retirarse al fin con apariencias de
fuga (1659), dejando en el campo la artillera, bagajes y banderas,
cuatro mil muertos y hasta dos mil prisioneros. Debise al valor del
Maestre de campo D. Rodrigo Mxica que se pudiera salvar alguna gente en
escuadrn formado. El y Osuna y otros cumplieron largamente con sus
obligaciones.

Debi una rota de tal naturaleza hacer morir de vergenza al Ministro y
de clera al Rey; mas ni uno ni otro hicieron demostracin de clera 
de vergenza. El privado no cay de la gracia del Rey; y tanto fu as,
que inmediatamente le nombr para hacer aquellas paces de los Pirineos,
donde anduvo, como dejamos dicho, no ms acertado que en lo de Elvas.
Menos desgraciada que por la parte de Extremadura fu por la parte de
Galicia la campaa de 1659, y aun pudiera decirse que gloriosa. El
marqus de Viana mandaba por aquella parte un pequeo ejrcito, que no
llegara  cinco mil hombres, teniendo por Maestre de campo general  D.
Baltasar Pantoja y otros capitanes de cuenta  sus rdenes. Con estas
fuerzas pas el Mio, no lejos de Valencia, y plant del lado all sus
cuarteles. Y habindole embestido el conde de Castel Melhor con fuerzas
portuguesas, que seran  poco ms  menos como las suyas, pele dos
veces esforzadamente, principalmente la ltima, en que los contrarios
fueron rotos y obligados  refugiarse en las montaas de Coura.
Dironnos estas ventajas el castillo de Lampella, situado en la misma
ribera del Mio, que en pocos das capitul; luego la importante plaza
de Monzao, defendida valerosamente por los portugueses durante cuatro
meses de asedio, y, por ltimo, Salvatierra y el fuerte de Portello,
tomado por sorpresa. Hizo el de Viana estas conquistas contra la opinin
de la Corte, que, asustada con el suceso de Elvas, le ordenaba la
retirada. Pero no bien se supieron en Madrid, para darlas ms
importancias y hacer olvidar lo de Elvas, se restableci el antiguo
Consejo de Portugal, suprimido ya por intil, as como si de nuevo
tuviese que gobernar aquel reino. Ridcula jactancia! En tanto no se
abrieron otras campaas, esperando  que llegase  Espaa D. Juan de
Austria, llamado de Flandes despus de la derrota de las Dunas, y
tomando el mando de un poderoso ejrcito nuevamente reunido, rematase de
verdad la conquista. Vana esperanza la que se edificaba sobre tal
caudillo, que tan pocas muestras haba dado de ser el gran capitn que
necesitaba la empresa; pero como haba asistido  la recuperacin de
Npoles y Cerdea, se juzg que en Portugal haba de acompaarle la
misma suerte. Y como anduviesen ya muy adelantadas las negociaciones de
paz, se aguard  terminarlas para disponer de todas las fuerzas.

Al fin en 1661 se resolvi hacer el esfuerzo final y supremo. Faltaba,
como siempre dinero, y como tantas veces, se determin buscarlo
alterando el valor de la moneda, no escarmentados los Ministros con
tantos desengaos. La alteracin que ahora se imagin fu la ms extraa
del mundo; porque consista en repartir en cuatro cada pieza de cobre de
dos maraveds, y darle valor de ocho  cada trozo, echndole la cuarta
parte de plata. Hzose la mezcla, perdise en ella cantidad de plata,
falsificse al punto mucha de aquella moneda, echndola en lugar de
plata estao, hubo la ordinaria confusin y caresta, perdise mucho y
no se gan nada; de suerte que se prepararon las cosas de la guerra con
la mayor escasez y penuria. Al mismo tiempo la mala suerte de nuestras
armas en los ltimos aos haca pensar  la sazn en la necesidad de
reformar los ejrcitos y mejorarlos antes de salir con ellos  campaa.

As como en otros tiempos hervan los arbitristas financieros,
proponiendo delirios y cosas que parecan de burlas,  no andar escritas
en libros serios, sin poner en olvido la Hacienda, dedicbanse ahora los
ingenios arbitristas  curar los males de la milicia espaola,
pretendiendo cada cual con sus consejos hacerla invencible. Mas no
adoptndose ninguno de los buenos pensamientos que por acaso se
ocurran, y afirmndose los errores que venan destruyendo de mucho
tiempo antes nuestra milicia, vino  suceder que cada da tuviese Espaa
peores ejrcitos.

El principal, destinado ahora contra Portugal, que haba de entrar por
Extremadura al mando de D. Juan de Austria, con D. Diego Caballero de
Illescas por Maestre de campo general, D. Diego Correa por General de la
caballera, y Luis Poderico, el napolitano, y otros capitanes de nombre,
se compona de ocho mil novecientos infantes y cuatro mil novecientos
caballos. Mucha parte de los soldados eran alemanes, walones 
italianos, trados de Flandes  de Italia,  levantados de nuevo en
aquellas provincias y en Alemania. Slo en la caballera se hallaba
nmero considerable de espaoles, porque en ella, contra el sentir de
los antiguos capitanes y las antiguas experiencias, se cifraba el nombre
escaso de nuestras armas, perdido del todo el de nuestra temible y
famosa infantera. Era la causa de que hubiese ahora en el ejrcito
muchos extranjeros, que D. Juan de Austria, incapaz de comprender las
buenas y las malas cualidades del soldado espaol, y por lo tanto
incapaz de remediar las malas, achacando  los espaoles la prdida de
batallas que l con su torpeza haba perdido, traa  stos
desacreditados en la Corte, sustentando que no haba en sus pechos
bastante aliento, ni bastante robustez en sus brazos para el ejercicio
de las armas. Cosa increble que tal hubiera quien pensase de la nacin
que fu durante siglo y medio el terror del mundo por solo el valor de
sus armas; que hizo con sus almogvares temblar  Constantinopla,
conquistando la Grecia, que redujo  Sicilia, Npoles y Cerdea por
virtud del hierro y de la sangre de sus hijos, que cont entre sus
soldados  los de Hernn Corts y  los del Gran Capitn, cuya
infantera no hall gente alemana que no devorase en Rvena, ni
esguzaros que pudieran resistirla en Pava, ni franceses en San
Quintn, ni suecos en Nordlinghen que supieran disputarle el campo. Y
que tal se dijera cuando apenas eran pasados veinticinco aos de aquella
ltima batalla tan gloriosa, y donde tan alto y tan superior al de todas
las dems naciones se seal el valor de Espaa; cuando quedaba todava
alguno que otro soldado heroico de aquellos que vencieron en gloria 
sus vencedores mismos en los campos de Rocroy. Hijos espurios--exclama
el marqus de Buscayolo, sabio escritor y valeroso capitn italiano--;
hijos--dice--espurios y monstruosos de Espaa, que miden los nimos
ajenos por su flaqueza, reprueban la suposicin fundamental de mis
proposiciones con acusar de viles  impropios para armas tan esforzadas
sus nacionales. Acaso estos ltimos diez aos han podido quitar las
inmemoriales, ingnitas y siempre continuadas leyes de la generosidad
espaola? No; que no obra tan precipitadamente la naturaleza. Son
argumentos de la ferocidad y menosprecio de la muerte que persevera en
los nimos espaoles las rias y pendencias de las calles, pues ninguna
nacin las ejerce con mayores bros, particularmente con espadas y
rodelas. Es necesario referir las calamidades de la Monarqua  otras
causas.[21] Y tena razn el ilustre italiano, y bien pudieron
ocurrrsele al D. Juan de Austria las propias reflexiones al ver tanto
valor mal gastado en este gnero de combates, y tan poco empleado en las
fronteras; y al ver cun deshechos andaban los antiguos tercios, cun
perdida la disciplina, cun olvidado el buen concierto y arte de los
ejrcitos. Generales como l, sin otra prenda que el valor de un buen
soldado y el ser hijo del Rey, capitanes elegidos, no en alguna escuela
militar  despus de largos servicios, sino buscados al improviso entre
los fanfarrones y acuchilladores de profesin de la corte, confundiendo
el valor personal con el conjunto de dotes y calidades necesarias para
el mando,  acaso tomados entre los amigos y clientes de los cortesanos,
sin tener para nada en cuenta su aptitud  capacidad, soldados sin
instruccin ni prctica, enganchados en la ms vil chusma 
tumultuariamente recogidos en los campos de Castilla, no podan componer
ejrcitos que sostuviesen el honor de nuestro nombre. Hubiranse
restablecido las antiguas costumbres militares, la antigua honra, el
antiguo estmulo, la antigua severidad en repartir los empleos y en
distribuir las recompensas, y la infantera de Espaa hubiera tornado 
ser lo que fu, y en vez de avergonzar  D. Juan de Austria por su
flaqueza, hubiera debido l avergonzarse de mandar con tan pocos ttulos
tan noble gente.

     [21] Opsculos del MARQUS DE BUSCAYOLO.

El segundo ejrcito de los destinados  recuperar  Portugal se puso 
la parte de Castilla. Dise el mando al duque de Osuna, D. Pedro Tllez
Girn, con don Juan Salamanqus por Maestre de campo general. El nmero
pasara de cinco mil infantes y mil caballos, una sexta parte soldados,
los otros paisanos de la comarca, quitados como se sola hacer, entre
pastores y villanos. El tercer ejrcito, que era el de la parte de
Galicia, qued como estaba,  cargo del marqus de Viana, Capitn
general de aquel reino, con la misma gente  poco ms  menos que tuvo
en las anteriores campaas. Deba el primer ejrcito emprender la
conquista, mientras los otros hacan diversiones cada uno por su parte,
sin meterse en grandes empeos. Juntse adems una pequea armada con
los pocos bajeles que quedaban, cuyo mando se di al duque de Veraguas
para que tomase la mar  impidiese los socorros, dando calor  la par 
cualquier movimiento favorable que pudiera declararse por dentro del
reino. As dispuestas las cosas, se comenz la campaa. Pero antes Doa
Luisa de Guzmn, espantada de tales preparativos, juzgndose
verdaderamente abandonada de las dems naciones por las paces de Munster
y de los Pirineos, propuso  nuestra Corte partidos de avenencia y
concierto. Dicen algunos que estos partidos no parecieron admisibles por
muy soberbios; mas otros afirman, por el contrario, que hizo
proposiciones verdaderamente humildsimas y demasiadas. Avenase segn
stos  reconocer al reino de Portugal como feudatario de Castilla,
pagando cada ao por feudo gruesas sumas, naves y gente de guerra. No
siendo admitido, adese que propuso otro ms ventajoso, y fu ceder 
Castilla todo el reino, quedndose solo con el rincn de Algarbe. Pero
ni aun esto fu admitido; tanta se supone que era la confianza que haba
en la reconquista, contentndose nuestra Corte con ofrecer que
devolvera  la casa de Braganza sus bienes y el Virreinato perpetuo de
Portugal.

No parecen probables tales propuestas de parte de la esforzada Doa
Luisa; y ello es que no tard en renunciar  toda pltica de paz.
Estaban los ingleses ya aliados con ella, y no tardaron en estrechar ms
y ms esta alianza por el matrimonio del nuevo rey Carlos II repuesto
en el trono de su padre despus de la muerte de Cromwel, con su hija
Doa Catalina; y los franceses, deseosos de quitarnos la fuerza de la
unidad sin acordarse de lo prometido en los tratados ni tener cuenta con
los juramentos y compromisos tan cercanos, vinieron  asegurarla bajo
mano que no la abandonaran nunca. Permitironla en seguida levantar
regimientos enteros de sus naturales cada una de estas naciones,
envindole  porfa oficiales y dinero; Francia al mariscal de
Schomberg, uno de sus mayores generales, para que tomase el mando de las
armas, con hasta doscientos oficiales y sargentos veteranos que
disciplinasen las tropas, cuatrocientos jinetes, y poco despus
seiscientas mil libras de socorro; Inglaterra tres mil infantes, mil
jinetes veteranos y armas y bajeles. Bien que sta ltima exigi en pago
que se le entregase  Tnger, como lo hizo en efecto la de Braganza
contra la voluntad de los vecinos; de suerte que tuvo que valerse de
aleves medios, y entre otros el de hacer caer en una emboscada de moros
 los ms de aquellos que resistan la entrega.

Mal principio fu de las hostilidades el suceso de la armada del duque
de Veraguas, que fu destruda por una tempestad en las costas de
Andaluca antes de que pudiera hacer efecto alguno. D. Juan de Austria
en tanto con el ejrcito espaol entr en Portugal, rindiendo y
guarneciendo la pequea plaza de Arronches. D. Diego Caballero recobr
en la frontera de Castilla la de Alconchel, y asol la comarca por la
parte de Zafra; pero no se hizo ms en aquella campaa por haberla
comenzado muy tarde. En 1662 entr D. Juan  sangre y fuego por el mismo
territorio. El ejrcito enemigo, inferior en fuerzas, no quiso venir 
batalla, y se mantuvo fortificado  vista de Estremoz, y D. Juan entr
por fuerza, y quem  Villabom, tom  Borba por asalto, y mand ahorcar
al Gobernador, y en seguida emprendi el sitio de Xermea. Esta plaza,
muy bien situada en una altura sobre el Guadiana, con buenas
fortificaciones y guarnicin, se defendi esforzadamente; pero al cabo
de muchos das de sitio hubo de rendirse  partido sin que el conde de
Marialva y Schomberg, que mandaban el ejrcito de los contrarios,
osasen, aunque lo amagaron y publicaron, intentar el socorro.

Vironse an en este sitio algunas muestras del antiguo valor de los
tercios de Espaa. Dado un asalto general  la plaza, los italianos
llegaron  las fortificaciones y supieron mantenerse valerossimamente
en ellas; pero los espaoles no fueron tan afortunados, y rechazados por
el enemigo, despus de un sangriento combate, tuvieron que recogerse 
sus cuarteles. Entonces, los Maestres de campo y capitanes de nuestros
tercios y los soldados mismos, llenos de vergenza al ver que los
italianos hubiesen hecho ms que ellos, rogaron  D. Juan que les dejase
repetir el asalto, y no al amparo de la obscuridad como sola ejecutarse
este gnero de empresas para aminorar el riesgo, sino  la luz del sol,
donde pudiera ser ms pblico su desagravio y ms peligroso el trance.
Accedi D. Juan  la splica, y al rayar el sol en el medioda, subieron
nuestros tercios al asalto, y  costa de muchsimas vidas, con gran
valor y constancia se alojaron en el mismo lugar que los italianos.
Bizarra loable; pero lastimosa, porque se perdieron muchos valientes
cuyas vidas hubieran protegido las sombras, de darse el asalto como
corresponda. D. Diego Caballero asol con su caballera, durante el
sitio, muchos lugares de enemigos, les caus infinitos daos, y rompi
algunos de sus escuadrones. Veyros, Fonteyra, Monforte y Azumar, cabeza
del condado de D. Francisco de Melo, ya difunto, vinieron  nuestro
poder sin resistencia: el Gobernador de Unguela, aunque hizo grandes
alardes de fiereza, se dej sorprender sin algn esfuerzo; el de Ocrato
se defendi valerosamente, y de orden de D. Juan fu ahorcado como
rebelde.

Dieron los frutos de esta campaa mayores nimos para la siguiente, y D.
Juan de Austria, con hasta doce mil infantes, seis mil caballos y
veinticuatro caones la comenz por el sitio de la importante plaza de
Evora. El enemigo, con once mil infantes y ms de seis mil caballos,
nmero poco ms  menos igual al nuestro, se acerc con el intento de
hacer levantar el sitio; pero cuando lleg  avistar nuestras lneas
hall ya la plaza rendida. Un trozo de espaoles se apoder casi al
propio tiempo de Alczar de la Sal,  poca distancia de Setubal.
Espantse Lisboa, fu grande el terror en todo el reino, y por un
momento creyse Portugal perdido, porque no haba plaza que oponernos
hasta la misma capital. Entonces la de Guzmn di orden  sus generales
de que nos diesen batalla  todo trance. Retirbase D. Juan  Badajoz
dejando ya guarnecida  Evora, no osando con ejrcito al frente igual en
fuerzas sitiar otra plaza, cuando orillas del ro Degeba se encontr con
los enemigos y hubo un choque sin importancia, despus del cual los
nuestros continuaron su retirada y los portugueses los siguieron
ansiosos por venir  formal batalla. No pudiendo excusarla don Juan se
empe al fin no lejos de Estremoz, junto al lugar de Ameyxial, una hora
antes de ponerse el sol. Ocupaba nuestra infantera unas colinas por en
medio de las cuales corra un canal  valle angosto; all puso D. Juan
la caballera y detrs el bagaje, y al pie de las colinas de uno y otro
lado del canal plant sus caones. Atacaron primero los contrarios, y de
una y otra parte se comenz  pelear ferozmente con notable ventaja de
los enemigos, mas sin declararse del todo la victoria, hasta que la
noche que andaba tan cerca separ  los combatientes. Pero al amanecer
del siguiente da hallaron los portugueses por suyo el campo; el
ejrcito espaol haba desaparecido. Portugal en Evora, dice un papel
de aquel tiempo[22], destruy la flor de Espaa, lo mejor de Flandes, lo
lucido de Miln, lo escogido de Npoles y lo granado de Extremadura.
Vergonzosamente se retir S. A., dejando ocho millones que cost la
empresa, ocho mil muertos, seis mil prisioneros, cuatro mil caballos,
veinticuatro piezas de artillera; y lo ms lastimoso fu, que de ciento
veinte ttulos y cabos no escaparon sino cinco. Germn y D. Diego
Caballero por qu huyeron dejando el estandarte de su Prncipe?
Huyeron como huy all todo el mundo, porque estaba contra nosotros la
fortuna. D. Juan, aunque es cierto que no supo disponer las cosas como
capitn, se mostr prdigo de su persona, entrando pica en mano por los
enemigos  pie, porque ya le haban muerto dos caballos, y peleando
largo rato sin acordarse que ya casi nadie quedaba  su lado. Entonces
debi arrepentirse de haber fiado tanto de extranjeros, porque de ellos
era, como dijimos, gran parte de aquel ejrcito que hua de los enemigos
en tan breve tiempo de pelea favorecido de las tinieblas; y los que all
mejor pelearon, fueron los hidalgos y ttulos de Castilla, muriendo 
sucumbiendo con honra.

     [22] _Semanario erudito._

Di al enemigo la victoria el valor de la veterana infantera inglesa
enviada en ayuda de Portugal, criada en los campos de batalla de la
revolucin y en los sitios de Flandes. Su prdida lleg  cinco mil
hombres, y recordando la poca duracin de la batalla, espanta el gran
nmero de muertos de una y otra parte.

Al punto se rindi Evora (1663), y luego otros lugares de los que
posean los nuestros, y  la siguiente campaa osaron los enemigos
sitiarnos  Valencia de Alcntara. La plaza era flaca por sus
fortificaciones, pero defendida por D. Juan de Ayala Meja, capitn muy
valeroso, con buena guarnicin de espaoles, el cual hizo tan heroica
defensa, que mat en salidas y asaltos ms de mil hombres  los
enemigos, y se sostuvo hasta que, falto de municiones y sin ser
socorrido, tuvo que rendirse  honrados partidos. Propsose librar 
esta plaza el General de la caballera D. Diego Correa, mas no pudo
lograrlo. Y en seguida, casi todos los puestos pequeos que habamos
conquistado en Portugal, tuvimos que abandonarlos.

Mientras por la parte de Extremadura y el Alemtejo se peleaba con tan
poca fortuna, ofrecannos las dems fronteras, mezclados con tal cual
ventaja, nuevos desengaos. El marqus de Viana entr por la parte de
Galicia en la provincia de Entre Duero y Mio y siti la plaza de
Valencia del Mio; pero no pudo tomarla, porque el conde de Prado, que
mandaba  los portugueses con igual nmero de fuerzas, no le perdi un
momento de vista, apostndose en las inmediaciones de su campo; dile
una embestida en la cual logr desordenar nuestra caballera; pero fu
rechazado con prdida, y, sin embargo, al cabo de algunos das fu
preciso levantar el cerco volviendo  Galicia. Sucedi en el mando de
las tropas al marqus de Viana el Arzobispo de Santiago, D. Pedro de
Acua, y por su orden tom el Maestre de campo, general Pantoja, 
Castel-Lindoso, plaza bastante fortificada; bien que se perdi  poco
tiempo, sin que por aquel lado ocurriese cosa notable. Mas activo el
duque de Osuna, entr desde Ciudad-Rodrigo por la provincia de Beira, se
apoder del fuerte de Valdemula por asalto, rindi el castillo de
Alberguera, y saque los pueblos del contorno, principalmente Soto,
Nava, Cuadra de San Pedro, Lajuncia, Malpartida, Vervenosa, Almosala y
Matadelobos, en la campaa de 1661. Vengse el conde de Villaflor, D.
Juan Manuel, que mandaba la provincia de Beira por los portugueses,
haciendo en las tierras de Castilla mucho dao. Nada hizo el de Osuna en
la campaa de 1662 sino tomar la villa de Escalln; pero en la siguiente
no ces de hacer diversiones al enemigo. Intent sorprender  Almeida
por Escalada; y aunque no pudo conseguirlo, como le embistiesen la
retirada cerca de doce mil portugueses que haban acudido tanto de
aquella provincia como de la de Alemtejo y Mio, no obstante que se
hallaba con la mitad de fuerza, los rompi completamente con mucha
gloria suya y prdida de los contrarios. Dile aliento esta victoria
para emprender el sitio de Castel-Rodrigo. Llev para la empresa tres
mil quinientos infantes, setecientos caballos y nueve caones,  iban
en su compaa adems de D. Juan Salamanqus, D. Antonio de Issassi,
Teniente general de la caballera, y el marqus de Buscayolo, que serva
con no menos valor que inteligencia. Sali de Almeida  estorbarles la
marcha Jacobo de Magalhaes con un buen trozo de caballos y algunos
infantes; pero D. Antonio de Issassi cerr con ellos de manera que los
forz  ampararse de nuevo en sus muros; con esto se emprendi ya sin
obstculo el sitio de Castel-Rodrigo, abrise brecha, y se dispuso el
asalto.

Entonces se vi un suceso digno, aunque tan vergonzoso de ser
puntualmente recordado, porque explica cual andaban entonces nuestros
ejrcitos. Defendanse muy flojamente los de la plaza, y tanto que con
solo algunos disparos de artillera y el fuego de nuestros tiradores,
desampararon la brecha dejndola libre y abierta. Comenz  subir  ella
el Maestre de campo D. Juan Flores con su tercio castellano; mas al
coronarla el Maestre con sus oficiales, se encontraron con que as como
por delante no vean enemigos, tampoco vean  sus soldados que haban
hecho alto al pie sin atreverse  dar un paso. Llamronlos  ellos los
capitanes, pero fu en vano; no pudieron conseguir de aquella vil gente
que entrase por la brecha; y algunos ms determinados que comenzaron 
subir para juntarse con sus oficiales, huyeron bien pronto al ver
reventar por all cerca ciertas granadas disparadas de nuestro mismo
campo. Bramaban de vergenza los oficiales, estimulaban  su gente por
todos los medios posibles; ruegos, amenazas, todo lo emplearon, y al
cabo de dos horas de intil esfuerzo, tuvieron que ordenar la retirada
sin poder dar valor  aquellos villanos trados de repente  formar
tercios desde sus rsticos y pacficos ejercicios, ajenos al pundonor de
las armas y temerosos de un gnero de peligro enteramente desconocido
para ellos. No hubo tiempo para remediar aunque se pudiera tal
vergenza, porque el Gobernador de Almeida, Jacobo Magalhaes, lleg al
da siguiente al socorro de la plaza con cuatro mil infantes y unos
seiscientos caballos y fu preciso levantar el sitio.

 campo abierto nos esperaba mayor vergenza todava. Provocnos el
enemigo  batalla y fu preciso aceptarla. Formse nuestro ejrcito en
lo alto de unas colinas que hacan un llano, donde poda jugar
cmodamente la caballera; el lado izquierdo apoyado en tres setos, y el
derecho inaccesible; por el frente corra un arroyo con un desfiladero
capaz solo de un hombre, y donde ms de dos, para la subida. En esta
conformidad no poda dudarse de la victoria al parecer, porque la
posicin de nuestro ejrcito era de las ms fuertes. Embisti el enemigo
nuestra izquierda con su caballera, donde estaba el marqus de
Buscayolo con buena manga de mosqueteros al abrigo de los setos, y fu
rechazado con gran rociada de balas. Entonces rompi el fuego con su
mosquetera, mas desde tan lejos, que no pudo ofender  nuestros
escuadrones. Sin embargo, no puede decirse que improviso temor ocupase 
los infantes castellanos; no hay palabra con que explicarlo. Como si les
hubiera dado orden de arrojar las armas y huir en oyendo la primera
carga, as se pusieron en fuga repentinamente y sin ocasin,
atropellando  los oficiales y cabos que quisieron detenerlos. La
caballera, vindose abandonada de la infantera, desapareci en un
instante. Qued el de Osuna y quedaron todos los capitanes tan confusos
como quien despertando de un sueo profundo en que le pareca ver
numeroso ejrcito, al abrir los ojos se hallase solo. Y en tanto la
caballera portuguesa carg  toda rienda para aprovecharse de aquella
impensada victoria; qued preso el Teniente general de la caballera, D.
Antonio de Issassi, con otros muchos oficiales y hasta cuatrocientos
soldados; los muertos y heridos no llegaran en todos  cien hombres
(1663). Perdise la artillera, el bagaje y todo, principalmente la
honra, y dispersos y acobardados llegaron  Ciudad-Rodrigo los capitanes
y el resto de la gente.

Esta derrota y la de Estremoz costaron los empleos  los dos Generales:
 D. Juan de Austria se le admiti la renuncia que hizo del mando del
ejrcito, ordenndole que se retirase  Consuegra, y el duque de Osuna
fu tambin separado. Quejbase el primero de que no se le enviaba el
dinero y los recursos que necesitaba para la guerra, por artes de la
reina Doa Mariana, que mirando ya en l un enemigo para el da en que
faltase su esposo, no quera que ganase la gloria de la recuperacin de
Portugal. Y fuese esto verdaderamente,  fuese solo amor exagerado  su
patria alemana, ello es que mientras el ejrcito de D. Juan careca de
todo en Portugal, se enviaron al Emperador grandes donativos de dinero
para levantar tropas contra el turco que amenazaba, segn decan, entrar
en armas en el imperio; y an se oblig nuestra Corte  enviarle diez y
ocho mil hombres de socorro   dar bastante dinero para levantarlos y
mantenerlos en Alemania. Obligacin necia, reprensible y casi indigna de
crdito,  no estar bien atestiguada. El duque de Osuna se quejaba de
que se le hubiera entregado  tales juntas de villanos sin dinero
tampoco ni recursos, comprometiendo el crdito de su valor y de su casa,
y no tardaron sus quejas en ser castigadas condenndole  estar preso y
 pagar cien mil ducados de multa por las contribuciones indebidas que
para mantener su hambrienta gente haba sacado de los pueblos; bien que
fu absuelto. Lleno de noble pundonor el de Osuna, pidi al Rey que pues
era tan desgraciado como General, le dejara servir con una pica entre
soldados; mas no se le permiti tampoco. Soldado muy valiente y seor
muy amante de su patria fu este duque de Osuna.

Llamse de Flandes al marqus de Caracena, D. Luis de Benavides y
Carrillo de Toledo, para mandar el nuevo ejrcito que haba de formarse.
Vinieron de Flandes  Italia los restos de los tercios viejos, dejando
aquellas provincias sin defensa apenas. Juntronse cuantos soldados
haba disponibles en la Pennsula, y de todo se hizo un ejrcito de once
mil infantes, ocho mil caballos y diez y seis piezas de artillera;
ltimo ejrcito temible que pudiese reunir por aquellos tiempos Espaa.
Por Maestre de campo general qued D. Diego Caballero de Illescas;
mandaba la caballera espaola D. Diego Correa, la extranjera el
prncipe de Parma, Alejandro Farnesio, y un cierto D. Luis Ferrer la
artillera. Era el marqus de Caracena hombre de gran valor como todos
los capitanes que entonces hubiese en Espaa, pero de ms reputacin que
talentos militares; habase conducido medianamente en Italia, y luego en
Flandes se haba opuesto  algunas de las disposiciones que nos haban
sido tan funestas; esto y la amistad de D. Luis de Haro, que mientras
vivi no dej de loarlo en la Corte, fu causa de que se echase mano de
l en tales circunstancias, mirndole como el salvador de la patria.

No justific ciertamente el de Caracena tales esperanzas. Sali de
Badajoz con su gente y fu  ponerse sobre Villaviciosa; tomse la
ciudad, pero no el castillo; y cuando se trataba de la expugnacin, el
marqus de Marialva y el conde de Schomberg que mandaban  los
portugueses, aparecieron determinados  hacernos levantar el cerco. No
hubieron de esforzarse mucho, porque Caracena, lleno de vanidad, deseaba
tanto la batalla, que sola decir que antepondra siempre la
incertidumbre de ella  la cierta conquista de Villaviciosa. Apenas
avist  los enemigos, contra el parecer de los ms expertos capitanes
que opinaban que los esperase en sus posiciones, que eran tales que no
podan menos de proporcionarle la victoria, alz el campo y fu 
encontrarlos. Halllos cerca de un lugar llamado Montes-claros, media
legua de Villaviciosa, muy superiores en infantera, pues suba la suya
 doce mil hombres, cuando la nuestra con la que haba quedado al
resguardo de las lneas, no pasaba all de seis mil; inferiores en
caballera. Pero tenan los enemigos tomado ya tal puesto, que no pudo
obrar nada nuestra caballera y solo la infantera se arroj al combate
contra el nmero doble de los enemigos. No hubo ms que una descarga, y
en seguida se arrojaron unos y otros  pelear pica  pica. Componase la
infantera contraria de portugueses, franceses  ingleses; la nuestra de
italianos, alemanes y espaoles, y de una y otra parte se pele con
tanto furor, que los nuestros quitaron dos veces el puesto al enemigo, y
stos por otras dos veces lo recobraron, hasta que despus de siete
horas de pelea, viendo el de Caracena que iba consumindose sin fruto su
gente, orden la retirada. Hzola en muy buen orden, sin que los
enemigos, por miedo de su caballera, tan numerosa y casi intacta,
osasen de perseguirle; pero tuvo que abandonar casi toda la artillera
por no poder arrastrarla, y la mayor parte del bagaje. Dejamos cuatro
mil hombres en el campo muertos y heridos, no siendo mucho menor el
nmero en los enemigos, y hartos prisioneros, entre los cuales se cont
el Capitn general de la caballera espaola D. Diego Correa. Caracena
con el resto del ejrcito se retir  Badajoz (1665), desde donde
solicit refuerzos, diciendo que el xito de la batalla era tal, que de
envirselos nunca haba sido ms fcil aquella conquista. Arranque de
vanidad ridculo, aunque fu verdad que los enemigos quedaron casi tan
destrozados como nosotros en la batalla.

Por los propios das salieron de Cdiz algunos bajeles contra las costas
portuguesas al mando del duque de Aveiro, uno de los Grandes ms
poderosos de Lisboa que acababa de venirse  nuestro partido, y no logr
otro efecto que la conquista del islote de Berlinga, y la del fuerte de
Baleyers, siendo rechazado delante de Sagres. Se haba pretendido formar
una armada respetable haciendo un tratado con cierto comerciante de
Gnova llamado Hiplito Centurione, que por subido precio deba
facilitarnos  punto de guerra los bajeles; mas el Gobierno de aquella
repblica no quiso consentir el armamento, previendo ya las desdichas
que haba de acarrearle su fidelidad  Espaa.

Estos sucesos llenaron de profunda tristeza el corazn de Felipe IV.
Aleccionado al fin por la experiencia, comprendi que en Estremoz y
Villaviciosa haba perdido definitivamente el trono de Portugal. As fu
que al recibir la nueva de esta ltima batalla, dijo con acento
doloroso: hgase la voluntad de Dios, y cay acongojado. Ya su edad de
sesenta aos no le permita desvanecer las inquietudes del nimo; y
asomaron en l de pronto los desempeos y remordimientos de la vida
pasada, ms poderosos que nunca. Si otras veces hall medio de olvidar
las desdichas, si hall placeres y deleites con que perturbar sus
sentidos, ya el cansancio de los aos le ofreca desnudo el dolor, al
paso que le velaba el consuelo. En vano se amontonaban  sus ojos los
placeres. Corriendo el ao de 1657 le di el marqus de Heliche una
comedia en la Zarzuela que cost diez y seis mil ducados; hubo luego una
comida de mil platos. Para que el gusano de seda no se muera al
encapotarse el cielo y echar bravatas as de los truenos como de los
rayos que arroja, el remedio nico es tocar guitarras, sonar adufes,
repicar sonajas y usar de todos los instrumentos alegres que usan los
hombres para entretenerse: esto acontece con el Rey. Tal deca, con
harta verdad y menosprecio de Felipe, el autor de los _Avisos_ inditos,
D. Gernimo de Barrionuevo. Ni ya tena queridas, ni tena siquiera
amigos. D. Luis de Haro, en quien puso algo del grande amor que tuvo al
Conde-Duque, depositando en l sus confianzas, haba muerto en 1661, y
ni D. Baltasar Moscoso, Arzobispo de Toledo, ni el duque de Medina de
las Torres, ni el viejo conde del Castrillo, D. Garca de Avellaneda,
que se repartieron el despacho de los negocios despus de la muerte de
Haro, llegaron tan adentro en su confianza que pudieran aliviarle como
l en aquellas horas de remordimientos y de melancola.

Acrecentle esta no poco la conducta del hijo primognito de su ltimo
amigo D. Luis de Haro, que era el marqus de Heliche, D. Gaspar de Haro
y Guzmn, joven de harta ms ambicin que talento, de vida desordenada y
licenciosa, dado  maneras y costumbres extranjeras, y despreciador de
las nuestras, el cual, resentido malamente porque no hubiese recado en
su persona la privanza del padre, ofreci por aquellos aos una prueba
ms de cun puerilmente jactancioso fuera decir que la tierra de Espaa
no hubiese criado hasta nuestra edad regicidas. Propsose matar al Rey
con todos los de su squito cuando asistiese en el teatro del Buen
Retiro, del cual era  haba sido director hasta entonces; y al efecto
compr  precio de oro ciertos asesinos que escondiesen debajo del
pavimento un barril de plvora para ponerle fuego durante el
espectculo. Logrado por los asesinos el poner  punto el barril, todo
lo dems era de ejecucin no ardua; de modo que sin duda hubiera llegado
 trmino la trama,  no descubrirla uno de los iniciados en ella.
Fueron al punto presos todos los culpables, y, averiguado el caso,
pagaron con la vida su crimen algunos de ellos. Pero el Marqus, que era
el ms criminal de todos y el que mayor castigo deba tener, no padeci
otra pena que la de estar detenido algunos meses, porque el Rey, ms
aquejado de dolor que de clera, le perdon en memoria de su padre
(1663). El Marqus agradecido, y avergonzado, se fu al ejrcito,
sentando plaza de soldado particular, donde con gloriosos servicios lav
algo la mengua que haba hecho recaer sobre su persona el haber
intentado tan gran crimen por tan liviano motivo[23]. Mas el Rey que
haba visto contra s la sangre de su amigo y que en pocos aos haba
mirado tramarse dos conjuraciones contra su vida en la nacin ms amante
de sus Reyes que hubiese habido en el mundo, tuvo ocasin de contemplar
claramente y de llorar con muy amargas lgrimas el triste estado  que
haban trado los nimos y voluntades de sus vasallos los desrdenes y
liviandades de su tiempo, en que l,  por lo que toler  por lo que
hizo, haba tenido harta parte.

     [23] _Deleite de la Discrecin._

Ofreciernsele por los mismos das otras ocasiones de mirar que si l
haba perdido en el respeto y amor de los vasallos, no haba perdido
menos en el respeto y consideracin del mundo; y de que si decadas
dejaba las virtudes dentro del reino, no dejaba menos decada la fama
por fuera. Era cuando hered el trono todava el primer prncipe de la
tierra, y apenas poda ya contarse entre los segundos; mortificacin
para l, tan orgulloso, muy horrible. Hemos visto antes con qu
artificios indignos logr Cromwell que el squito de un Embajador
francs pasase por delante del squito del de Espaa. Despus de tal
acaecimiento, los Embajadores espaoles en Londres, no contando con la
buena voluntad de aquella Corte, se abstuvieron de enviar coches y
squito  ninguna de tales ceremonias, y como se declarase poco despus
la guerra entre Inglaterra y Espaa, no acabndose hasta 1660, en que
muerto Cromwell, subi Carlos II al trono de sus mayores, tampoco hubo
muchas ocasiones de que tal abstencin se notara. Pero no bien
restablecido Carlos II, hallndose en Londres por Embajador nuestro el
barn de Batteville, ocurri la entrada de otro Embajador. Haba
concertado,  lo que parece, Batteville con el conde de Soissons, primer
Embajador francs, con quien concurri en aquella Corte, que tendra la
preferencia el primero que llegase  la ceremonia, retirndose el otro;
mas el conde de Estres que sucedi al de Soissons, no quiso pasar por
tal concierto y anunci su propsito de tomar la delantera. Entonces
Batteville, ofendido, y no queriendo ceder  la imperiosa pretensin del
francs, envi su squito  la recepcin del Embajador sueco, preparado
para cualquier accidente. Los tirantes de los coches dispuso que fuesen
cadenas de hierro, y los cocheros y lacayos todos iban armados. Llegados
as  la ceremonia, los cocheros del conde de Estres movieron sus
caballos  pasar por delante de los de Batteville; pero los cocheros y
lacayos de ste se arrojaron sobre los franceses, hirieron y mataron 
algunos, desjarretaron sus caballos, cortaron los tirantes de sus
coches, y luego tomaron el puesto que les corresponda. No bien supo el
suceso el joven Luis XIV, cuando lleno de ira mand salir de Pars el
conde de Fuensaldaa, nuestro Embajador, llam al suyo en Madrid,
prohibi el paso por el reino al marqus de Caracena que vena de
Flandes, y exigi imperiosamente de nuestra Corte que reprobase la
conducta de Batteville y declarase que los Embajadores de Francia deban
tener la preferencia sobre los de Espaa.

Ofendise justamente de la demanda la soberbia espaola, y entonces se
hubieran celebrado los funerales  la paz de Irn  de los Pirineos, 
no hallarnos tan desprovistos de todo para comenzar de nuevo la guerra;
pero cabalmente por entonces la retirada funesta de Evora nos traa ms
miserables que nunca. Hubo que ceder, y cedi Felipe IV con lgrimas en
los ojos, separando de Londres al barn de Batteville en castigo de su
entereza, y enviando  D. Gaspar de Teves, marqus de la Fuente, 
Pars, para que delante de toda la Corte y de los Ministros extranjeros
declarase que Espaa no disputara la prioridad  Francia. Batieron los
franceses una medalla representando aquella declaracin para nosotros
tan humillante[24] y en Londres para evitar nuevos choques se aboli la
costumbre que di origen  tales reencuentros. Poco antes de morir
Felipe IV se estipul tambin entre Espaa y Holanda que cuando se
encontrasen buques de las dos naciones en los mares, arriasen  un
tiempo la bandera, y que todo fuese igual para ambas potencias,
perdindose hasta aquella demostracin y reconocimiento de superioridad,
que era lo nico que nos quedaba ya de nuestro antiguo seoro. Nueva
humillacin que tuvo que llorar Felipe y an mayor que otras, por ser de
gente que tanto haba despreciado.

     [24] _Histoire de la vie et du regne de Louis XIV_, BRUZEN DE
     L'ARTINIRE.

No tardaron en faltarle las fuerzas del cuerpo como las del alma; y el
sentir la muerte tan vecina, y el contemplar el mal Gobierno que para
colmo de todas las desdichas dejaba en la Monarqua, precipitaron
todava ms sus pasos hacia el sepulcro. Muertos los prncipes D.
Baltasar y D. Felipe Prspero, no le quedaba ms heredero que el
prncipe D. Carlos, el cual, sobre criarse muy enfermizo, no llegaba an
 los cuatro aos de edad. Su joven esposa, Doa Mariana de Austria,
que por su muerte haba de entrar interinamente en el Gobierno del
reino, dejaba ya entender harto  las claras las faltas que se le
notaron ms tarde. Mirbala ya entregada  su confesor, el padre jesuta
alemn Nithard, sin hacer otra cosa que lo que l le aconsejase;
mirbala en pugna con D. Juan de Austria, hombre que, con ser pequeo
como era, todava poda considerarse como el ms importante que hubiese
en la Monarqua; saba y tema la ambicin y la soberbia de ste, y que
no haba de llevar  bien el Gobierno de la Reina madre. Si  sta la
dejaba con el Gobierno, prevea que Espaa sera gobernada por un
jesuta extranjero, y si lo dejaba en D. Juan, no poda estar del todo
seguro de su fidelidad al tierno Infante que encomendaba  su arbitrio.
Por todas partes iguales peligros, por todas partes grandes daos. No
pudo resistir Felipe  tantos y tan diversos pesares; el nico servicio
que ya poda hacer  la Monarqua era prolongar por algunos aos su
vida, ahorrndola una minora desastrosa y el reinado de aquel fatal
jesuta; y esto no tuvo bastante aliento en el alma, ni fuerzas en el
cuerpo para que pudiera suceder. El da 15 de Septiembre de 1665 rindi
al Criador su espritu, y termin su infeliz reinado, que haba durado
cuarenta y cuatro aos, con estas lastimeras palabras encaminadas  su
hijo, que no poda comprenderlas todava: Dios os bendiga y haga ms
dichoso que yo.

En su testamento nombr por heredero  aquel nico, varn que le quedaba
de matrimonio, llamando al Trono  falta de su descendencia,  la
infanta Doa Margarita y  sus descendientes; en falta de stos  los
hijos y descendientes de la augusta Emperatriz Doa Mara, su hermana,
con las mismas condiciones y precedencias dispuestas en la sucesin de
sus hijos; en falta de stos  los hijos y descendientes legtimos de la
infanta Doa Catalina, su ta, duquesa de Saboya; y excluy  los
descendientes de la Reina de Francia Doa Mara Teresa, su hija, con
estas palabras: Queda excluda la infanta Doa Mara Teresa y todos sus
hijos y descendientes varones y hembras, aunque puedan decir  pretender
que en su persona no corren ni pueden considerarse las razones de la
causa pblica, ni otras en que se pueda fundar esta exclusin; y si
acaeciere enviudar la serensima Infanta sin hijos de este matrimonio,
en tal caso quede libre de la exclusin que queda dicha y capaz de los
derechos de poder y suceder en todo. Quin haba de decir entonces que
de tantas personas y lneas llamadas  la sucesin del Trono solo haba
de venir  ocuparla aqulla tan terminantemente excluda por las
antecedentes palabras?

Decidise tambin el Rey  nombrar por tutora del Prncipe y Gobernadora
del reino, durante la menor edad de ste,  su esposa Doa Mariana,
asistida de una junta  consejo de gobierno, el cual haba de componerse
del Presidente del Consejo de Castilla, que era  la sazn el conde de
Castrillo, del Vicecanciller de Aragn, que lo era el jurisconsulto D.
Cristbal Cresp de Valdaura, del Arzobispo de Toledo, primado del
reino, que lo era el cardenal Sandoval, del Inquisidor general, que lo
era el cardenal D. Pascual de Aragn,  los que sucediesen en tales
puestos, y adems, por la clase de Grandes, del marqus de Aytona, y por
el Consejo de Estado, del conde de Pearanda. Con esta junta se
pretenda acaso evitar que la regencia de la Reina fuera tan fatal como
se prevea; pero no bast por cierto, como hemos de ver adelante.

Tales fueron los hechos de Felipe IV,  quien llam el Grande la lisonja
vil del conde-duque de Olivares; djose de l con donaire, y no falta
quien suponga que lo dijo l mismo en poca de amargura y desengao, que
no fu grande sino  manera que lo son los agujeros de la tierra, que
mientras ms se arranca de ellos, mayores son.

Cuntanse hasta cuarenta batallas perdidas por l, y sin duda fueron
tantas  ms las que consumieron nuestra sangre sin gloria ni ventaja.
Las prdidas de territorio fueron inmensas, aadindose algunas en los
ltimos aos  las que ya hubo en tiempo del Conde-Duque. El ejrcito lo
dej reducido en toda la Pennsula  veinte mil soldados, y esos sin
instruccin ni pundonor, cuadrillas de holgazanes y forajidos, ms bien
que no escuadrones y tercios. El nombre de la _infantera espaola_ no
se conservaba ms que para designar con l, tan noble y respetado antes,
 la vil turba que en los patios de los teatros se ejercitaba en silbar
 aplaudir comedias; y, al comps que se agotaban los soldados,
desaparecan los Generales y capitanes. Durante todas las campaas de
este reinado se oyeron sonar en los ejrcitos y batallas los antiguos
nombres favorecidos de la fortuna y de la gloria; pero no ciertamente
para hallar nuevos favores ni acrecentarse en esplendor y grandeza.
Ejrcito mand un duque de Alba en Portugal, y fuera mejor para su
nombre glorioso que no lo mandara, y ms all donde tan alto lo haba
dejado su grande abuelo; ejrcito mand all mismo un duque de Osuna,
diferente tambin del que mereci el ttulo de Grande; ni el D. Juan de
Austria de ahora era el de los das de Felipe II; ni fu el Colona que
se hall en Catalua semejante  aquellos otros valerosos y
experimentados compaeros del Gran Capitn; ni tuvo que ver el Alejandro
Farnesio de Portugal con aquel ilustre de Flandes; ni los Dorias y el
marqus de Santa Cruz eran marinos invencibles como sus padres. Guzmanes
y Zigas primero, luego Toledos, Benavides, Ponces de Len y Haros, al
paso que perdan  la nacin en el gabinete, la deshonraban en los
campos de batalla, principalmente aquellos Guzmanes  quienes el mismo
rey D. Felipe contaba por los enemigos ms funestos que en aquel siglo
hubiese tenido Espaa, poco antes de su muerte. Guzmn, era el
Conde-Duque; Guzmn la duquesa de Braganza; Guzmn el vil marqus de
Ayamonte; Guzmn el de Medinasidonia; Guzmanes se hallan entre todos los
que saquearon el tesoro y huyeron en las batallas y perdieron reinos.
Slo un Guzmn, el marqus de Legans,  pesar de sus faltas, sirvi
bien  la Monarqua.

 la par que stos, se hallaron en poder  influencia casi todos los
nobles de otros tiempos, porque los favoritos han sido siempre nobles.
Ya no los contena la venganza de Fernando V, ni los oprima el brazo de
Felipe II; pero no por eso daban altas muestras de s,  no ser en
rarsimas personas, ni reconquistaban ninguno de sus antiguos derechos
polticos. Si iban  los ejrcitos, no era por deber  gloria, sino por
los sueldos y comodidades; por poseerlos y disfrutarlos se disputaban
los destinos pblicos, sin consultar si la capacidad propia basta  no
para desempearlos; ninguno entenda servir  la patria, sino servirse 
s propio. Veanse tambin aparecer ttulos nuevos; personas de humilde
 mediano nacimiento llegar  ser contados entre los Grandes; y los
hbitos de las Ordenes militares sacados  pblica subasta, y las
ejecutorias de hidalgua vendidas  precio de pequeos servicios,
acabaron de echar por tierra los cimientos de la verdadera aristocracia,
al paso que se acrecentaba la vanidad general, tan pueril y tan funesta.
Esta pasin de la vanidad todo lo invada ya, de suerte que no haba
quien no se creyese apto para todo; unos mismos hombres gobernaban
indistintamente los ejrcitos y la hacienda, y fallaban litigios en los
tribunales, y asistan  los consejos del Rey, y componan tal vez en
los ratos de ocio entremeses y comedias. La codicia corra parejas con
la vanidad. Cargbase en cada plaza y en cada ejrcito doble nmero de
gente de la que haba; abastecanse  gran costa las fortalezas y
armadas, y luego se hallaba que  los bastimentos no llegaban  entrar
nunca en ellas,  se vendan  buen precio. Por cuyo engao, deca en
aquel tiempo el buen Estebanillo Gonzlez, se perdieron muchas victorias
y se malograron muchas ocasiones; que de ello pudiera decir acerca de
esto y de otros sucesos que han pasado y pasan de esta misma calidad, no
slo  patrones de galeras, sino  Gobernadores de villas y castellanos
de fortalezas, y  municioneros y proveedores, en quien puede ms la
fuerza del inters, que el blasn de la lealtad.

Vendanse hasta las municiones de las plazas y de los bajeles; y los
capitanes de las compaas buscaban algunos truanes en los lugares donde
estaban, que el da de la revista asistiesen como soldados, para fingir
gran nmero, y no llevar consigo ms que la mitad del que cobraban. As
la Corte dispona que se acometiese una empresa fiando en que ya haba
fuerzas para ella; declarbanla por bastante los documentos y partes de
los Generales, y luego se malograba porque en el trance de la batalla
ramos siempre menos numerosos que los enemigos.  la par desapareca
lastimosamente la antigua honra del nombre espaol; no se vi en tiempo
de Carlos V ni de los dos primeros Felipes capitn  soldado que
vendiese su puesto al enemigo, y ahora comenzaron  verse de ellos ni
ms ni menos que en las otras naciones. En tanto la poblacin del reino,
disminuda constantemente, desde el tiempo de los Reyes Catlicos,
quedaba ya reducida  cinco millones y medio de almas, esparcidos por
los anchos territorios de Aragn y Castilla. Y dependiendo solamente el
comercio y la hacienda del caudal de las flotas de Amrica, como no
haba marina que las escoltase,  no llegaban,  llegaban tarde 
nuestros puertos, robadas y perseguidas siempre, ya por las escuadras de
las potencias enemigas ya por piratas de todas las naciones, que
alentados con la impunidad y el cebo de la ganancia segura, salan 
buscarlas por todos los mares.

Con el nombre de hermanos de la costa  filibusteros, llegaron los
piratas  atacar brazo  brazo nuestras flotas haciendo desembarcos en
Tierra Firme; y se apoderaron del islote de la Tortuga, al Norte de
Santo Domingo, estorbndonos desde all la navegacin de aquellos mares.
Sealronse entre tales piratas el francs Pedro Legrand, el holands
Juan David, los ingleses Mansfeld y Scot, y un mestizo de Nueva Espaa
llamado Diego el Mulato, al cual propuso nuestra Corte con harta
afrenta, hacerlo Almirante de Espaa, con crecido sueldo y perdn de
sus innumerables crmenes con tal que viniese  nuestro servicio. No
dejaban los argelinos de recoger las naves que libraban bien de los
_Hermanos de la costa_, apresndolas luego en nuestras mismas aguas; y
en tanto se pedan naves de limosna  Gnova, se alquilaban  los
holandeses, y el conde de Castrillo, D. Garca de Avellaneda, siendo
Presidente del Consejo de Hacienda, declaraba que era preciso renunciar
 tener armada.

La justicia andaba tan perdida como lo demuestra el caso escandaloso de
D. Antonio de Amada, que en 1654 horroriz  la Corte. Era ste criado
del marqus de Caete, y por su bizarra y buenas partes muy querido de
todos. Aconteci que el Marqus golpease  la mujer de uno de sus
lacayos, porque quiso impedirle que hiriese  su marido. Ofendido ste
determin matar al Marqus, y ya anochecido al bajar las escaleras,
escondindose detrs del D. Antonio de Amada, le dispar una estocada de
que qued muerto, huyendo l al punto. Fu preso Amada, y aunque
protest de su inocencia hasta lo ltimo, fu condenado  muerte sin
oirle en derecho. Hallbase con rdenes menores, y lo reclam la
justicia eclesistica; pero no oyndola, en el momento de ejecutarse el
suplicio, envi el Cardenal Arzobispo de Toledo, con licencia del Rey,
cuadrillas de frailes y de criados que robaron al supuesto reo
llevndolo  casa del Prelado. No tard la justicia ordinaria en forzar
la casa de ste y llevarse al reo de nuevo ejecutando al cabo de una
semana la sentencia. Todos los Grandes acudieron  favorecer al verdugo,
porque con la muerte del de Caete cada cual tema por su vida,
principalmente habiendo habido un cochero que respondiese por aquellos
das al duque de Pastrana que todos eran hombres y que cada uno se
tena por hijo de su padre, palabras y temor que ha conservado
Barrionuevo[25] y que bien muestran lo que era por entonces la grandeza,
y el estado que alcanzaban los plebeyos. Estos, excitados por los
clrigos, estaban de parte de Amada y hubo que desterrar  muchos y aun
al mismo Cardenal que se neg  cumplir la orden. Temase un conflicto
entre la grandeza y el clero donde hubiera que llegar  las armas,
cuando un suceso inopinado vino  llenar  toda la corte de espanto. El
lacayo que haba muerto al de Caete estando  punto de morir de
heridas, que se ocasion en la fuga, declar que D. Antonio de Amada era
inocente, y que l era el culpable. La vergenza y el dolor del Rey
fueron grandes; el escndalo tal, que en mucho tiempo no se trat de
otra cosa en la corte. Por los mismos das el Condestable de Castilla
mat  un criado suyo,  hizo armas contra un alcalde de Corte, y el
suceso fu venir  quedar sin castigo, porque ni siquiera cumpli el
corto destierro que se le impuso. Tal se entenda entonces la igualdad
sagrada de la justicia.

     [25] _Avisos inditos._

Si volvemos los ojos  las Cortes de los reinos, tampoco hallaremos
consuelo alguno. Renense peridicamente las de Castilla; pero contina
en ellas slo el brazo popular, y ste es impotente para hacer
prevalecer sus determinaciones. Mejorse su constitucin en los primeros
aos de Felipe IV, logrando de este Monarca que no continuase el abuso
introducido por los antecesores de nombrar ellos los procuradores de
las ciudades, con que desapareca completamente la representacin del
reino. Todava, durante este reinado, se vieron sus derechos
subsistentes y respetados: todava sin votarse en ellas no se cobraron
impuestos, y aun en 1632 osaron negar al Rey el dinero que peda. Pero
el Conde-Duque hall medio de reprimir aquellas centellas de libertad 
independencia como  su tiempo dijimos, reconociendo en los procuradores
la facultad de conceder tributos por s propios, sin venir autorizados
de las ciudades. As, ganados ellos, todo se lograba; y en adelante no
hubo ms resistencia.

Poco resistieron tambin las de Aragn, aunque  la verdad menos
solicitados y gravados sus reinos que Castilla. Valencia fu ms
indcil, y sobre todo Catalua. Pero la libertad de las Cortes en estas
ltimas provincias, y sobre todo en Catalua, lejos de ser favorable 
la nacin, fu tan funesta como atrs hemos visto. Ajenas las Cortes en
esta provincia  toda idea nacional, mirando slo su particular
conveniencia, no lograron su resistencia  los despilfarros del Rey,
sino que los pagase sola Castilla, y an que Castilla atendiese sola 
la defensa de todos. Luego estas mismas Cortes contribuyeron  tan
lastimosos levantamientos que pusieron  punto de perderse del todo la
Monarqua. La falta de libertad en los unos, y en los otros la libertad
sobrada, no habindose conservado en todos una libertad razonable; el no
haberse preferido la unidad nacional  cualquiera otra ventaja; los
males del provincialismo; las desventajas de la desunin de nobles y
plebeyos en Castilla, y de que aquellos careciesen de representacin 
influjo en las Cortes; todos los errores en fin de nuestra organizacin
poltica, no corregidos por Fernando el Catlico, por Carlos V, ni por
Felipe II, salieron ahora  la faz de la nacin. Cuntas lastimosas
consecuencias deban preverse! Guerras civiles, desconcierto,
impotencia, todo se toca ahora, y de todo hay que acusar  Felipe IV y
sus Ministros. Eran males escondidos en el seno de nuestra organizacin
poltica; pero las torpezas de aquellos hombres los exacerban y los
suscitan, y aunque no los producen, los hacen nacer. Hacemos estricta
justicia. Tampoco ha de contrseles por nicos responsables en el mayor
mal que hubieran producido la intolerancia religiosa y el rigor de la
Inquisicin, que era la ruina intelectual de Espaa. Ni esta ruina, ni
siquiera la decadencia, se conocieron en los primeros aos de Felipe IV.
Dijimos ya en tiempo de Felipe III, que todo el poder intelectual de la
nacin se haba consagrado  la literatura: esto se vi ms y ms en el
reinado que acabamos de narrar, hasta que le toc tambin  la
literatura la hora de la decadencia.

La aficin del Rey y de la Corte  las comedias, hizo que fuera este
gnero de literatura el que ms alto llegase; de modo que  calificar
por una sola cosa este reinado, as como el de Felipe III puede decirse
que fu de frailes y de monjas, de ste hay que decir que fu de cmicos
y comedias. Jams en tiempo ni en nacin alguna se ha cultivado con ms
entusiasmo y ms talento el arte dramtico que en Espaa y en el reinado
de Felipe IV. Catorce aos le dur la vida  Lope de Vega, despus de
muerto Felipe III, y en todo este tiempo no dej de componerlas; de
suerte que su nombre va tambin unido al de Felipe IV. Caldern fu ya
todo suyo, y Tirso y Moreto y Rojas y el corcovado Alarcn escribieron
para su placer y el de su Corte, _La vida es sueo_, _El desdn con el
desdn_, _El Burlador de Sevilla_, _D. Juan Tenorio_, _Garca del
Castaar_ y _La verdad sospechosa_, obras inmortales.  la par de estos
ingenios de primer orden, cuyas obras andan en bocas de todos, brillaron
Luis Vlez de Guevara, y Montalbn; hizo Guilln de Castro el original
del _Cid_; la Hoz y Mata escribi su _Castigo de la miseria_; Diamante
su _Juda de Toledo_; Sols sus obras dramticas que eclipsaron ms
tarde el mrito singular de sus pginas histricas; D. Fernando de
Zrate y el judaizante Enrquez Gmez las suyas, ya sean dos ellos, ya
sea una propia persona; y florecieron Cubillo y Mira de Mescua, Matos
Fragoso y D. Antonio de Mendoza, Belmonte y Leiva, si no con tan grande
ingenio como los primeros, dignos todava de admiracin y aplauso. Y aun
el catlogo dramtico no est terminado, porque detrs de los poetas de
primero y segundo orden, aparecieron otros no despreciables todava:
Villaizan,  cuyas comedias asista siempre disfrazado Felipe IV, tal
era la estimacin en que las tena; Zabaleta, el primero que escribi
artculos de costumbres, ingenioso en ellos, penoso en sus reflexiones y
escritos morales; el novelista Salas Barbadillo, funesto en la poesa
pica, y no muy aventajado en la lrica; D. Alonso del Castillo
Solrzano, tambin novelista y bueno, no as poeta, aunque algunas de
sus novelas estn en verso; y Coello y los Herreras, D. Jacinto y D.
Rodrigo, los hermanos Figueroas, D. Jos y D. Diego, Jimnez Enciso, D.
Gernimo Cncer, que pudiera llamarse medio poeta, pues no escribi
obras sino de por mitad, Villaviciosa y Avellaneda, su colega en
componer comedias; Vlez el hijo, la clebre monja de Mjico, sor Juana
Ins de la Cruz, Monroy, un cierto maestro Len harto distinto del gran
lrico en mrito y fama, Muget y Sols, Matas de los Reyes, y el doctor
Felipe Godnez, ms dado que  las humanas  las comedias religiosas.

En stas se emplearon tambin, el maestro Jos de Valdivieso, no mejor
dramtico que pico; el trinitario fray Hortensio Flix Paravicino,
predicador de Felipe IV, hombre no falto de talento, pero de deplorable
gusto  ingenio, que haca las delicias de la corte en sus sermones, y
la desdicha de todo el mundo en sus comedias; los jesutas Cspedes,
Calleja y Fomperosa, y una multitud de frailes caballeros, annimos y
poetas aprendices  perversos, indignos de memoria. Mas no es de olvidar
entre ellos el nombre de Luis Quiones de Benavente, que pretendi
resucitar en Espaa la ditirmbica imitacin de Aristteles, uno de los
cuatro gneros en que est dividida la imitacin potica: la cual
consista en juntar en una misma pieza, verso, msica y baile. No poda
ser la presentacin ms alta; pero ni aun el nombre ni la materia de sus
obras correspondieron con ella, y slo fu autor de bailes, entremeses y
sainetes, en cuyo gnero de escribir le acompaaron Cncer y Avellaneda
y algunos otros de los escritores menos estimados de la poca. Tambin
escribi comedias y medias comedias D. Francisco de Quevedo, y como en
otra parte decimos, no falta quien suponga que las escriba el propio
Monarca bajo el ttulo de _un ingenio de esta corte_, bien que este
gnero de annimos fuese entonces empleado de muchos.

Con tales poetas y comedias no podan menos de ser muchos y buenos los
comediantes[26]. Sealronse desde los fines del reinado de Felipe III
hasta la muerte de Felipe IV, aquella Mara Caldern, en quien tuvo el
prncipe  D. Juan de Austria; la Baltasara, que purg sus libertades de
cmica con penitente y solitaria vida; la hermosa Josefa Vaca y su
marido Alonso Morales, llamado el _prncipe de los representantes_; los
dos Olmedos, padre  hijo, hidalgos  infanzones; el desvergonzado Juan
Rana, encanto por sus gracias de la corte; Roque de Figueroa, el Nstor
de los cmicos; Mara Riquelme, notable por haber sido virtuosa en las
tablas; Brbara Coronel, mujer varonil, clebre en aventuras y
costumbres impropias de su sexo, homicida  lo que se cree de su esposo;
Eufrasia de Reina, casada  un tiempo con dos maridos; la famosa
_Amarilis_ Mara de Crdoba; el noble caballero D. Pedro de Castro;
Sebastin del Prado, que fu con la infanta Doa Mara Teresa  Pars, y
durante mucho tiempo represent all comedias espaolas con grande
aplauso y ganancia, y otros innumerables hidalgos, clrigos, frailes y
personas de toda condicin y estado, aficionados  tal gnero de vida,
donde la piedad del siglo no extenda sus tirnicas leyes, ni clavaba la
Inquisicin, tan severa contra los libros y las ideas, su garra
sangrienta.

     [26] PELLICER: _Historia del Histrionismo en Espaa_.

Y todava hay que aadir que as como al Rey se le encuentra entre los
poetas dramticos,  las Princesas espaolas es preciso contarlas entre
las cmicas de su poca. Por el mes de Mayo de 1622 se represent en los
jardines de Aranjuez una comedia fantstica del conde de Villamediana
titulada: _La gloria de Niquea_; labrndose teatro de madera y telas 
mucha costa. Asistieron el Rey, los infantes D. Carlos y D. Fernando y
gran concurso de cortesanos; de modo que no se vi, segn el
narrador[27], lugar vaco. Hizo en esta comedia de Villamediana el papel
de _Reina de la hermosura_ la misma Doa Isabel de Borbn, por cuya
causa parece cierto que muri luego el poeta, la infanta Doa Mara
represent el papel de _Niquea_; y los dems las damas y criadas de la
Real Casa, entre ellas una negra esclava que fu muy aplaudida. Es
sabido tambin que la infanta Doa Mara Teresa, luego Reina de Francia,
represent con sus damas una zarzuela de Bocngel Unzueta para celebrar
la venida  Espaa de la reina Doa Mariana de Austria. Pero  pesar de
la inaudita aficin que tales hechos demuestran  la poesa dramtica,
no tard en caer ste  la par con los otros gneros de literatura.

     [27] Prlogo  las _Obras del_ CONDE DE VILLAMEDIANA.

Haba heredado Felipe IV de su padre  Gngora, poeta de funesta
originalidad, pues hallando ya manoseada la forma clsica, invent para
distinguirse de los dems una extraa y contraria  todos los buenos
principios, que de su nombre se llam _gongorismo_, y tambin
_culteranismo_, por la afectacin de cultura de que en ella se hizo
alarde. En vano escribi Rioja,  ms bien perfeccion, aquella
inimitable cancin de _las Ruinas de Italia_[28] con tan noble y clsico
estilo, al paso que compona sus bellas _silvas  las flores_; en vano
Juregui hizo aquella famosa traduccin potica, que es an la nica
que haya superado al original; en vano rivaliz Villegas con Anacreonte,
y Espinosa con Tecrito; en vano Quevedo descarg los terribles golpes
de su crtica contra la nueva escuela: l mismo fu arrastrado por ella
antes de mucho con Lope, otro de sus enemigos, con el mismo Juregui y
los ms de los grandes lricos de aquella era. Sealronse entre los
sectarios de Gngora y apstoles de la nueva forma, aquel hijo infeliz
del correo Mayor hereditario, que con el nombre de conde de Villamediana
fu tan trgicamente famoso, y de Salazar Mardones, que redujo  reglas
y doctrinas lo que era antes deplorable uso y extravo. No tard ste en
comunicarse de la poesa lrica  la dramtica, afeando sobre manera los
dramas de Caldern y de Lope, introduciendo una afectacin de
sentimiento que mat la verdad, y un alambicamiento de estilo que
obscureci los ms bellos rasgos del ingenio;  la poesa pica en la
que produjo abortos tan monstruosos como los poemas del mismo Lope, el
_Macabeo_ de Silveira y _La Virgen de Atocha_ de Salas Barbadillo;  la
historia que ennoblecida con las pginas inmortales de Moncada y de
Mello hubo de llorar lastimosamente que Cspedes de Meneses el novelista
narrase en culto los primeros aos de Felipe IV; y al plpito mismo
donde si el Padre Paravicino hacia las delicias de la corte, no era sino
explicando la noble y sencilla doctrina de Cristo en el lenguaje
hinchado y pedantesco, salpicado de retrucanos, paranomasias,
conceptillos, trasposiciones, neologismos latinos y griegos y alusiones
mitolgicas que en verso y prosa formaban los distintivos y especiales
caracteres de la nueva escuela.

     [28] Atribuda despus de escrito este libro  Rodrigo
     Caro.--(_Nota de P. de G._)

No se comprende  no recordar los antecedentes y meditar sobre ellos,
cmo pudo sobrevenir de repente revolucin tan completa. El genio y la
fatalidad de un solo hombre no bastaban para eso, y ms cuando l,
aunque eminente, no alcanzaba superioridad alguna sobre tan ilustres
varones como hubo entre sus secuaces. Traslcese antes de examinar y
estudiar el asunto, que algo haba en los espritus, algo en lo general
de la nacin que facilitara la empresa, y aun acaso impusiese la nueva
escuela  muchos que voluntariamente no la habran seguido jams. Este
algo era cabalmente el apartamiento de las ciencias y el exclusivo culto
de la poesa y buenas letras que hemos ya sealado.

En todo el tiempo de Felipe IV apenas se oye hablar de un solo hombre
eminente en filosofa, ni siquiera en aquella aristotlica y platnica
tan estudiada de antes; nada se sabe de matemticas, ni de fsica, ni de
astronoma; crecen en tanto los telogos, y se hacen por sus
controversias estriles, famosos entre todos los telogos del mundo, que
los respetan y admiran y escuchan vidos sus decisiones; se aumentan
cada da los comentaristas escolsticos de las leyes, convirtiendo en un
logogrifo la jurisprudencia, aunque no faltan jurisconsultos de nota
como Cresp de Valdaura, Ramos del Manzano y otros; pululan los
economistas, pero stos con menos fortuna que nunca, pues slo Fernndez
de Navarrete en su _Conservacin de monarquas_ que escribi comentando
una gran _consulta_ del Consejo de Castilla en 1619, y algn otro
merecen ser recordados. Conocen generalmente los principales males de la
nacin; censranles con juicio; pero, al lado de tal  cual observacin
prudente, aparecen en tales autores cuanto la impertinencia y el
delirio pueden producir de ms absurdo. As siguieron y comentando las
palabras de la consulta famosa de 1619, halla el licenciado Navarrete
las mayores enfermedades que aquejasen  la sazn  Espaa, en lo
costoso de los vestidos, la veleidad de las modas, la glotonera, el
andar en coche y otras cosas por el estilo, al paso que sobre los
mayorazgos cortos y la administracin de justicia y la manera de
colonizar de nuevo  Espaa, y los males de la vanidad ociosa, y la
conveniencia de acortar las profesiones religiosas, y hacer menos
extensos ciertos estudios, que slo producan holgazanes, pronuncia
admirables sentencias.

El nico libro de aquella poca donde luce su actividad y libertad el
espritu humano, es el de _las Empresas polticas_ de Saavedra; mas su
autor lo pens y escribi en tierra extranjera, y all public las
primeras ediciones[29]. Si luego se imprimi y pudo circular por Espaa,
debise antes sin duda  la posicin y al influjo del autor, que no  lo
inculpable del texto. Y sin embargo Saavedra, si es todava un escritor
de primer orden, pensador no lo es tanto; tiene harto ms de elocuente,
de claro, de bello en la expresin, que no de profundo  original en sus
apreciaciones y juicios.

     [29] _Idea de un prncipe cristiano representada en cien empresas
     diversas._ Mnaco: por Nicolau Enrico: 1640.--El modelo del
     Prncipe de Saavedra Fajardo lo constitua el Rey catlico D.
     Fernando V de Aragn.--(_Nota de P. de G._)

Era que desde el primer tercio del reinado de Felipe IV, la Inquisicin
tena casi terminada su obra, la obra triste y laboriosa de ms de un
siglo; era que apenas dejaba ya pasar un rayo de luz el anillo de la
serpiente. Y muerta la filosofa que produce las ideas y las
matemticas que las relacionan y las aplican; muertos la observacin y
experimentos de las ciencias naturales; ociosa la razn y vaca la
inteligencia, qu haba de hacer la literatura, encerrada ya en los
estrechos lmites de lo pasado y entregada  su sola actividad, sino
devorarse  s misma? Tarde  temprano eso tena que suceder, y eso
sucedi  fines del reinado del infeliz Felipe IV. Porque no es la
literatura, no es la poesa la ms perfecta de sus manifestaciones, sino
la forma de objetos preexistentes, un cierto espejo donde se reflejan
las pocas con sus sentimientos justos  injustos y sus verdaderos 
falsos principios, y como forma y espejo que es, no tiene potencia para
crear por s sola la substancia que encierran los objetos que
representa. Tal vez nacen hombres que  su cualidad de poetas juntan la
de filsofos eminentes y van ms all de su siglo y pintan y reflejan
cosas no existentes todava. Pero la singularidad de tales genios no
contradice ni impide la marcha general del arte y sus naturales
condiciones; ni en el caso presente, perseguida con inaudita saa,
hubiera podido la filosofa andar ms segura debajo del manto vistoso de
la poesa, que debajo de los latinos _in folium_ salmantinos y
complutenses. Y as como mientras manan y corren las ideas en poderoso
ro, producen sus riberas lozanas y numerosas las flores de la
literatura, as cuando suspenden su movimiento las aguas y no acuden
nuevas y se estancan las antiguas, viene como arriba decimos, la
esterilidad y la decadencia, tarde  temprano.

Dichosos los primeros que disfrutaron tales aguas, y hallronlas
copiosas y claras!: ellos se hacen inmortales; los segundos las
encuentran ms turbias y ms escasas, y con tanto ingenio como los
primeros, es mucho menos lo que producen; mas los terceros sienten ya
sed y repugnancia, anhelan por nuevas aguas, claras y copiosas,
quisieran descubrir manantiales nuevos, los buscan por todas partes, y
entonces nace fatalmente el hombre de la decadencia. Es siempre un
hombre creador, de poderosa fantasa, de altos talentos, que debi ser
de los primeros, y no lleva con paciencia ser de los ltimos, que
quisiera ser original, y no halla cmo serlo, oprimido por la fama de
sus antecesores, no ms dotados de genio que l, sino ms afortunados en
el nacimiento, deseoso de igualarlo,  imposibilitado de seguirles,
jardinero en esto, espigador en invierno, que no halla flor ni grano
que recompense su fatiga. Tal fu Gngora. Y cuando llegan ocasiones
como sta, cuando el hombre de la decadencia busca un camino por donde
escapar del desierto que le rodea, por donde salir  la fama y  la
gloria que le niega su poca, no halla, no puede hallar ms que uno
solo, que es el de fabricar en la forma, ya que le falta con que
fabricar en el fondo; es el de distinguirse por la palabra, ya que no
puede hacerlo por el sentimiento  la idea. En lugar de contener en
frases sencillas ideas sublimes, encierra vulgares ideas en pomposas 
hinchadas palabras; y en vez de dejar en hermosa desnudez el estilo, le
viste de retrucanos, de paranomasias y de cuantas afectadas galas
imagina. Desecha la metfora natural por la violenta, abandona la
palabra propia por la extraa, la nacional por la extranjera, confunde
el alambicamiento con el ingenio, la pedantera con la erudicin, lo
relumbrante con lo claro y verdadero. Tal fu la escuela de decadencia
introducida por Gngora en Espaa. Y por tal induccin se explica
solamente el que los ms de los ingenios cedieran al momento al
contagio, y que si hubo algunos que resistieron por cierto tiempo, no
hubiese ninguno que al fin se salvara. Ellos, los genios afortunados,
que haban nacido en una poca de buen gusto, que haban alimentado su
espritu con los buenos modelos, todava en medio de las aberraciones de
la nueva escuela dejaron obras inmortales, principalmente en la
dramtica. Pero sus sucesores, criados ya en el cieno de la corrupcin y
del envilecimiento literario, no imitaron ms que sus faltas, no
aprobaron sino sus yerros, y  la par que la posea, desaparecieron los
poetas. As acab del todo el arte entre nosotros, perdido en las
tinieblas del gongorismo,  la par que en Francia anunciaba Descartes la
filosofa moderna,  la par que Corneille y Racine creaban la tragedia
francesa,  la par que Molire perfeccionaba la comedia de nuestros das
sobre modelos espaoles.

Aquella gloria literaria tan superficial, aunque tan grande y seguida de
tan mortal cada, fu acompaada de otra gloria no menor: la gloria de
la pintura. Este arte, tan favorecido por Carlos V, por Felipe II y aun
por el propio Felipe III, lleg durante el reinado de Felipe IV  su
apogeo. No en balde aquellos dos primeros Monarcas haban hecho venir 
Espaa los primeros maestros y los mejores cuadros de su tiempo: con
ellos se formaron en tiempo de Felipe III pintores inmortales, que en el
reinado de Felipe IV fueron asombro de las artes. Tuvo este Monarca
entre sus vanidades, la de que se empleasen en su obsequio los primeros
pintores que entonces tuvo el mundo, espaoles los ms, no pocos
italianos y flamencos de sus provincias sbditas  dependientes: estos
artistas transcribieron al lienzo todos los objetos de su amor, todos
los asuntos que podan halagar su vanidad insaciable.

De ello ofrece larga muestra el Real Museo de Madrid. All est el
retrato de Felipe III, obra de Velzquez, y el pincel de este grande
hombre sigue al mismo Felipe IV desde la niez hasta la edad madura,
acertando  trazar las huellas que la edad y los placeres iban dejando
en su rostro, con inimitable maestra. All estn Doa Isabel de Borbn,
la bella francesa, y Doa Mariana, la orgullosa austriaca; all los
prncipes infortunados D. Baltasar y D. Felipe Prspero; all la infanta
Doa Margarita y aun el Conde-Duque,  quien el Rey am tanto  ms que
 los de su familia, del propio pincel de Velzquez, retratados. La
historia de la Virgen, casi entera, representada por Bartolom Esteban
Murillo; sus cuadros msticos y los de Zurbarn encantan all los ojos
de los artistas, despus de haber presenciado las devociones del
licencioso Rey en sus palacios; el flamenco Snyders ha dejado all
pintadas sus caceras y el Padre Mayno ha conservado en alegora su
esperanza de reducir  Flandes. Y  la par se ven por dondequiera las
glorias de los primeros das del reinado: de una parte la campaa del
gran duque de Feria contra el Monferrato, representada en la marcha
sobre Acqui, cuadro del aragons Jos Leonardo; de otra campaa del
mismo Duque en la Alsacia, representada con el socorro de Constanza y la
expugnacin de Reginfeld, cuadro del florentino Vicente Carducci; ya el
cuadro del madrileo Eugenio Caxs, que seala el desembarco de los
ingleses cerca de Cdiz al mando del conde Lest, y la conducta valerosa
de aquel Maestre de campo D. Fernando de Girn, que enfermo y
atormentado de la gota se hace llevar en silla de manos  disponer tan
gloriosa victoria, ya el cuadro con que el Vicente Carducci, antes
citado, pinta  D. Gonzalo de Crdoba, venciendo en la memorable batalla
de Fleurus, ya el cuadro de Leonardo, donde pinta la rendicin de Breda
y al buen marqus de Spnola, que acompaado del de Legans, D. Diego
Felipe de Guzmn, recibe las llaves de la ciudad, y aquel otro que al
propio asunto dedic Velzquez, uno de los mejores de su autor,
conocidsimo con el nombre de _Cuadro de las Lanzas_. Por ltimo, por
Velzquez y Van-Dick est all retratado el victorioso Cardenal Infante,
y por Rubens la victoria de Nordlinghen. Nunca ms altos asuntos han
sido tratados por ms ilustres pinceles. Zurbarn en tanto, con sus
_trabajos de Hrcules_, Toledo con sus batallas martimas, Alonso Cano,
pintor, escultor y arquitecto de grandes obras y poco afortunada vida,
Ribera, el _Espaoleto_, Esteban March, Rizzi, los floristas Arellano y
Vander Hamen, y otros muchos que fuera ocioso enumerar, se emplean en
adornar el Alczar Regio, el Buen Retiro, los sitios reales del Pardo y
Aranjuez y el llamado _La Zarzuela_, y hacen que aqul sea con razn
reputado en Espaa por el Siglo de Oro de la pintura.

Por ltimo, hablando de las cosas que alcanzaron estmulo y esplendor de
Felipe IV, es imposible olvidar los juegos de caas, toros y fiestas
caballerescas que tanto alegraron en su tiempo los funerales de la
Monarqua. No parece sino que para tales ejercicios naci predestinado
este Prncipe, porque en los regocijos que por su nacimiento se
celebraron en Valladolid, hubo ya famosas caas en las cuales corrieron
con los caballeros de la Corte el mismo Felipe III y su privado el duque
de Lerma. Hijos tales ejercicios de la antigua galantera espaola y
rabe, fueron ordinarios en tiempo de Carlos V, pocos en los das de
Felipe II, raros en los de Felipe III, mas Felipe IV les di mayor vida
que hubiesen tenido nunca. Apenas hubo fiesta en su reinado en que l no
corriese caas por su persona. Corrilas famossimas en 1623 con ocasin
de la venida del prncipe de Gales en la Plaza Mayor de Madrid: las
cuadrillas fueron diez con ms de quinientos caballos, gobernndolas el
Conde-Duque y Monterrey, el marqus de Villafranca y los principales
seores de la Corte; el lujo fu increble y la destreza y gallarda del
Prncipe muy celebrada. Corrilas tambin el Rey en 1636 con diez y seis
cuadrillas de  doce caballeros, donde rompi l por su persona tres
lanzas. El casamiento de la infanta Doa Mara con el Rey de Hungra; la
eleccin de ste como Rey de romanos; el nacimiento del prncipe D.
Baltasar Carlos, y otros tales sucesos, dieron ocasin  fiestas de
toros y caas de gran magnificencia, donde el Rey luci igualmente su
bizarra. En las del nacimiento de D. Baltasar fueron los caballeros
sesenta, contndose el mismo Rey, con nmero inmenso de msicos y
escuderos. La edad y los pesares del Rey tambin trajeron esto, como
todo,  decadencia en sus ltimos das.

[Ilustracin]




[Ilustracin]

LIBRO NOVENO

SUMARIO

     Carcter de Doa Mariana de Austria y del Padre Nithard; elevacin
     de ste y primeras desavenencias con D. Juan.--Proyectos ambiciosos
     de Luis XIV; acomete  Flandes y toma muchas plazas.--Paces con
     Portugal.--Preparativos de guerra y donativos; prdida del Franco
     Condado y paz de Aquisgrn, donde se recupera.--Ordnase  D. Juan
     que pase al gobierno de Flandes; muerte de Malladas; nigase D.
     Juan  ir  Flandes; qutale la Reina el gobierno; dispnese
     prenderle en Consuegra; su fuga  Catalua; divisin de la Corte y
     de la nacin en dos partidos; dirgese en armas D. Juan desde
     Barcelona  Madrid; preparativos de resistencia; llegada de don
     Juan  Torrejn de Ardoz; cede al fin la Reina desterrando al Padre
     Nithard.--Nuevos disgustos entre la Reina y D. Juan; el Regimiento
     de la Guardia; nigase D. Juan  deshacer sus fuerzas; nmbranle
     Vicario de los reinos de Aragn; intentos de D. Juan.--Principios
     de la privanza de Valenzuela; desrdenes de los Guardias de la
     Reina; gobierna Valenzuela la Monarqua; desastres en Amrica;
     nueva guerra con Francia; imposibilidad de sostenerla; el Rey llega
      su mayor edad y llama  D. Juan al Gobierno; destierro de
     Valenzuela y de la Reina.--Sucesos de la guerra.--Flandes; batalla
     de Seneff; prdida del Franco Condado: Ayre, Cond, Valenciennes,
     Cambray, Gante  Iprs, rendidas al enemigo; batalla de
     Mons.--Catalua; inteligencias en la parte de Roselln; hazaas de
     los miqueletes y ventajas del duque de San Germn; combate
     glorioso del Tech; batalla de Maurells; herosmo de los
     miqueletes; gloriosa defensa de Gerona; el capitn Boneu; combate
     de Vilanadal; prdida de Puigcerd.--Sicilia; insurreccin contra
     el Virrey en Mesina; dase esta ciudad  Francia; combate naval;
     viene Ruyter con la Armada holandesa en nuestra ayuda; combates
     navales y muerte de Ruyter; abandonan los franceses  Mesina; paz
     vergonzosa de Nimega.--Gobierno de D. Juan de Austria; su
     descrdito; casamiento del Rey; muerte de D. Juan.


ERA la reina gobernadora Doa Mariana de Austria, Princesa de poco
talento, pero imperiosa y terca sobre manera: de suerte, que todo lmite
opuesto  su voluntad le pareca estrecho; cruel en sus iras y
orgullosa; poco amante de los espaoles,  quienes mir siempre como
extranjeros, al paso que profesaba ciego cario  su casa y  su
familia. No tema los sucesos, por peligrosos que fueran, cuando los
miraba de lejos, y slo al sentir sobre ella el golpe, decaa de
aliento. Devota, aunque no tanto que por serlo se olvidase de que era
mujer, ni cifrase todas sus dichas en el cielo. Sedienta de oro, no
tanto por el que necesitaba para s, como por el que derramaba sin tasa
entre su familia y sus favorecidos, tuvo tambin aquella mujer la
desgracia de no saber suplir los talentos que  ella la faltaron,
rodendose de quien los tuviese grandes. As se vi que los ms de sus
Ministros y favoritos eran menos capaces que ella de dirigir las cosas
del Gobierno.

El primero, que fu el Padre Juan Evrard  Everardo Nithard, de la
Compaa de Jess, haba sido confesor suyo desde los primeros aos, y
en tal concepto vino acompandola  Madrid. Jams caracteres ms
parecidos han podido reunirse que el del confesor y la Reina. Tena
aqul solo ms astucia, como que le haca ms falta en lo humilde de su
condicin para los altos fines que ambicionaba; pero en lo dems era
imperioso y terco como la Reina, como ella crdulo y fantico y enemigo
de tener compaeros en el poder  influjo. No bien muri su marido, se
propuso la Reina dar entrada en la Junta formada en el testamento para
asistirla en todas las cosas del Gobierno, al confesor Nithard.
Favoreci la casualidad su propsito; porque veinte horas despus del
fallecimiento del Rey falt tambin el cardenal Sandoval, Arzobispo de
Toledo, con lo cual qued en la junta un puesto vacante. Aguardaba todo
el mundo con curiosidad la provisin de empleo tan alto, cuando la
Reina, llamando al cardenal D. Pascual de Aragn, que como Inquisidor
general era de los miembros de la Junta, le orden que aceptase el
Arzobispado de Toledo, dejando su antiguo empleo. Resistise el de
Aragn como era natural, porque en aquellos tiempos no haba ya cargo
alguno en la nacin que pudiera compararse con el suyo; pero la Reina le
oblig  consentir en ello, nombrando en seguida al Padre Nithard
Inquisidor general, y como tal, miembro nato de la junta. Por muy
prevista que estuviese la privanza del confesor, caus el suceso
profundo y general disgusto.

Sealse entre los que murmuraban de la elevacin inslita del jesuta,
el bastardo prncipe D. Juan de Austria, que era quien ms desfavorecido
se hallaba con el nuevo orden de cosas. Enemigo de Doa Mariana de
Austria casi desde el punto en que ella puso el pie en Espaa,
acusndola, de sus derrotas primero, y luego ms quejoso de ella por su
destierro, envidioso desde entonces porque con sus gracias hubiese
cautivado al Rey  punto de fiar de ella ms que de l, quitndole la
privanza que tena por segura y aun enajenndole su amor, de suerte que
ni quiso verle en la hora de la muerte, resentido porque ni el Rey en
esta ltima hora, ni luego la Reina misma, quisieron concederle el
ttulo de Infante, que aunque bastardo pretenda, teniendo en menos la
aptitud de la Reina, y despreciando al confesor, de cuya virtud
pblicamente se burlaba, y cuyos principios escarneca, y  la par de
esto, ms rico en ambicin que en mrito, pensando que  hombre como l
estaba reservado slo el salvar en tan difciles circunstancias la
Monarqua, y que era desconocer la grandeza de su capacidad el que donde
estaba para gobernar, otros gobernasen, y ms un teatino y una mujer,
cuando claramente se necesitaba un gran soldado, y l por tal se tena,
D. Juan no deba ver con paciencia los sucesos. Y por lo mismo, si l
era quien ms hostilizaba  la Reina y al confesor, tambin era la
persona contra quien el confesor y la Reina estaban ms enconados.
Esperaban stos una ocasin en que echarle de la corte con honroso
pretexto, cuando el mismo D. Juan, anticipndose, se sali de Madrid
cierto da y se retir  Consuegra, donde antes haba estado retirado,
residencia ordinaria de los grandes priores de Castilla en la Orden de
San Juan, cuya dignidad posea. Publicaba que despus de haber presidido
en el consejo secreto de su padre, no poda tolerar compaero tan
inferior en los consejos y determinaciones como el Padre Nithard. No
content  ste ni  la Reina la retirada, recelando con razn que la
haca para conspirar mejor contra ellos. Lo que deseaban era echarle
lejos y de suerte que no tuviera por qu querellarse. Y no tard en
ofrecerse pretexto para esto, por cierto bien desgraciado.

La guerra con Portugal continuaba, aunque reducida  robos, correras y
desolaciones de una y otra parte, sin que hubiese aqu ni all ejrcito
que emprendiese operaciones formales. Haba querido hacer la paz la
Reina gobernadora no bien muri Felipe IV; pero los Consejos del reino
con laudable impulso de patriotismo se negaron  ello, no queriendo
renunciar al derecho que asiste  Espaa de ser una, ya que por entonces
faltase el poder de ejecutarlo. Meditbase an levantar tropas y buscar
dinero con que avivar de nuevo las hostilidades: dinero era lo
principal, porque se vea  la poca gente que por all tenamos salir 
robar por los caminos y por las calles de nuestras mismas poblaciones
para sustentarse. Pero no hubo tiempo para atender  esta guerra:
acontecimientos gravsimos lo estorbaron. Luis XIV andaba buscando
ocasin desde la muerte del rey Felipe para aprovecharse de la debilidad
del Gobierno y de la impotencia de la nacin, despojndonos  mansalva
de los dominios que nos quedaban todava. Un leguleyo, por nombre Duhan,
natural de Turena, haba descubierto, revolviendo y compulsando antiguos
libros, que en el estado de Bravante haba vigente una ley, la cual
dispona que siempre que un poseedor pasase  segundas nupcias, hubiese
de reservar los bienes patrimoniales para los hijos del primer
matrimonio.

No necesit ms Luis XIV, y extendiendo al punto un manifiesto donde
pretenda probar que aquella ley civil deba considerarse como ley
poltica, exigi que Espaa le entregase por su mujer Mara Teresa,
nica sucesora que haba quedado del primer matrimonio de Felipe IV, el
Bravante y cualquiera otro pas donde tal derecho de reserva hubiese.
Rechaz, como era natural, Doa Mariana de Austria la pretensin y el
manifiesto del francs; y aun refutlo victoriosamente el doctor D.
Francisco Ramos del Manzano con slidas y eruditas razones. Pero ni la
negativa de la Reina, ni las buenas razones del jurisconsulto Manzano
pudieron apartar al rey Luis de su propsito. Concert una alianza con
Portugal para que nos entretuviese en nuestra frontera,  fin de que no
pudisemos asistir  Flandes con alguna ayuda, concentr numerosas
tropas en las dos provincias ms prximas  los Pases Bajos, prepar
vveres y municiones, y ajust tratados con los Prncipes alemanes
confinantes para que no dejasen pasar por su territorio los socorros que
pudiera  quisiera enviar el Emperador; y en seguida, juntando la fuerza
con la pretensin (1667), entr sin ms justificacin y declaracin de
guerra en los Pases Bajos con hasta cincuenta mil soldados, ejrcito
poderossimo para aquella edad, puesto que hasta entonces no hubiera
sido costumbre usarlos tan numerosos.

Cmo estuviesen los Pases Bajos para resistir tal invasin, da pena
recordarlo. Gobernbalos  la sazn el marqus de Castel-Rodrigo, Don
Francisco de Moura, ilustre portugus que haba seguido la parte de
Espaa, y en largas experiencias y servicios tena dadas pruebas de su
lealtad. No bien vi amenazadas sus provincias, escribi  la Reina una
carta donde la deca: Que mientras Francia haca tan grandes
preparativos de su parte, todo era desnudez y falta de recursos en
Flandes; que tena necesidad de los soldados espaoles  italianos, y
hasta tiempo para mejorar algo las cosas; que haba abastecido en lo
posible  Namur, Charlemont y Charleroy, alentando los abatidos nimos;
pero que no por eso podan contarse por seguras tan importantes plazas,
puesto que continuaban haciendo falta provisiones, y los doscientos mil
escudos, que era la slida cantidad que haba recibido en dos meses, no
bastaban para cubrir la centsima parte de las urgencias; que si los
franceses entraban como se deca aquella primavera, no vea cmo haban
de salvarse las plazas sino era de milagro, y que bien pudiera darse una
provincia, con tal de evitar entonces el rompimiento. No logr el buen
Marqus que la Corte atendiese  nada de esto, y cuando entr Luis XIV
en persona en los Pases Bajos, se hall para resistirle con algunos
miles de hombres desorganizados y hechos  vivir de limosna en los
caminos reales, sin vveres, ni artillera, ni capitanes. No hay que
culpar de nada al marqus de Castel-Rodrigo; l hizo cuanto se poda
hacer en tales circunstancias.

Vol las fortificaciones de muchas plazas por no tener soldados con que
guarnecerlas, entre ellas  Armentieres, Cond y San Gillain: quiso
hacer lo mismo con Charleroy, donde tena  medio acabar grandes obras
de fortificacin; pero no lleg  tiempo de lograrlo. El Monarca francs
en persona tom esta ciudad  hizo acabar las fortificaciones. Jams se
ha hecho una campaa ms ventajosa ni ms ponderada que la que ste hizo
en aquella ocasin; pero tampoco se ha hecho menos honrosa. Pobre sera
la reputacin de las armas de Francia, si hubiera de formarse con tales
hazaas como entonces hicieron: pasear con cincuenta mil hombres y
formidables trenes de artillera un pas indefenso, tomar plazas voladas
ya  desmanteladas, sin vveres ni guarniciones, era cosa que cualquier
Monarca hubiera hecho an sin llamarse, como Luis, _el Grande_, y que la
nacin menos esforzada de Europa hubiera sabido llevar  cabo.

Mientras el rey Luis fortaleci  Charleroy, el mariscal D'Aumont con
diez mil hombres tom  Bergues, y  Furnes, valerosamente defendida, 
pesar de todo, por su gobernador D. Juan Toledo. Luego el propio Rey,
continuando su paseo militar, entr en Ath sin resistencia, y con poca
en Tournay y D'Aumont se apoder de Courtray, Oudenarde y Alost. Douay
ofreci ya  Luis alguna resistencia, y di tiempo  que se acabase de
aprovisionar  Lila, que era la plaza inmediatamente amenazada. El conde
Croy, capitn flamenco de nombre, entr en ella con buena guarnicin, y
se dispuso  sostenerla hasta el ltimo punto. No tard en sitiarla el
Monarca francs con todo su ejrcito, levantando formidables bateras:
la defensa fu como se esperaba; pero al cabo de diez y ocho das de
trinchera abierta, aportillados los muros por todas partes, fu preciso
capitular. En tanto el de Castel-Rodrigo haba levantado algunos
regimientos alemanes y otros de naturales, con los cuales, que sumaran
seis mil hombres, envi al conde de Marsn al socorro de la plaza. Lleg
tarde aquella gente; pero aun cuando hubiera llegado antes, era harto
exiguo su nmero para que pudiese obrar cosa de provecho. No bien supo
Luis que vena acercndose  su campo, deseando hacer un simulacro de
batalla, y volver  Pars con la gloria de haber arrollado,  diez
contra uno, nuestras banderas, envi numerosas tropas  su encuentro.
Retirse el de Marsn en buen orden; pero los franceses cerca del canal
de Brujas alcanzaron su retaguardia, la cual no obstante lo
desigualsimo del nmero, se defendi tan bien, que con prdida de
ochocientos hombres mat ms de mil  los enemigos. Sin embargo, fu
arrollada, que era lo que Luis XIV quera. As acab la campaa.

Sorprendida con ella nuestra Corte, dejla comenzar y acabarse sin
acertar  poner algn remedio. Lo primero que se discurri fu hacer las
paces con Portugal, atendiendo  que mantener la guerra en ambas
fronteras contra tan pujantes enemigos era imposible. Y si semejante
paz, que rompa para muchos siglos al menos nuestra unidad, pudiera ser
en alguna ocasin por necesaria disculpable, en esta lo era. Sin
embargo, fuera mejor an abandonar  vender toda Flandes con tal de
sostener aqu la guerra, que no dejar de hacerla aqu para sostenerla en
defensa de aquellas provincias. Mas el honor nacional, vilmente
insultado por Luis XIV, excitaba de una parte el deseo justo de la
venganza, y de otra, como la guerra con Portugal haba sido tan
desgraciada, todo el mundo suspiraba por la paz en Castilla. Opusironse
todava alguna cosa los Consejos y Ministros  quien se consult; pero
al cabo cedieron, y por medio de aquel marqus de Heliche y del Carpio,
prisionero en Lisboa desde la batalla de Villaviciosa, se entablaron las
negociaciones; y siendo mediador y fiador el Rey de Inglaterra, se
ajustaron las paces al empezar Febrero de 1668.

En ellas se acord restituir  Portugal las plazas que durante la guerra
haban recobrado las armas del rey Catlico, y al Catlico las que
durante la guerra le tomaron las de Portugal, con todos sus trminos,
quedando las plazas con la artillera que tenan cuando se ocuparon, y
los moradores libres para ausentarse  quedarse, como mejor les
conviniera; declarando que en tal restitucin de plazas no entrase la de
Ceuta, con la cual haba de quedarse el rey Catlico, por ciertas
razones que se consideraban, y fueron sin duda el notar que sta no
haba dejado de estar un momento bajo nuestro dominio, y que por su
voluntad se haba unido  nuestra corona, no reconociendo nunca al de
Braganza. Restablecironse todas las cosas del comercio y trfico al
punto que tenan cuando muri el rey D. Sebastin, y se devolvieron de
ambas partes los bienes confiscados.

Entonces, libre nuestra Corte por este lado, volvi toda su atencin 
Francia. Imaginse un prstamo que podan hacer las personas pudientes
del reino, mil de ellas  mil ducados, y otras  mil quinientos; mas
este prstamo no lleg  ejecutarse. Logrronse slo ciertos donativos
de personas particulares, con que se reunieron algunos miles de escudos
que enviar  Flandes. Permitase,  pesar de la guerra que el Embajador
francs, que era el Arzobispo de Embrn, permaneciese en Madrid y
espiase nuestras acciones, cosa que de mucho antes vena sucediendo, 
punto, como en otra ocasin hemos dicho, que ms se saban en Pars que
en Madrid mismo nuestras flaquezas. De este Embajador quedan despachos
sobre el tal donativo, donde se dan curiosos detalles: sealse el viejo
marqus de Mortara, dando,  pesar de los apuros de su casa, no de las
ms ricas, mil patacones; el Almirante de Castilla tambin contribuy
con mil pistolas, los Consejeros de Castilla cedieron la mitad de sus
emolumentos de un ao, y el conde de Pearanda, el Arzobispo de Toledo,
el cardenal duque de Montalto y otros grandes contribuyeron de la propia
manera. Impsose un tributo sobre los carruajes y las mulas; rebajse un
quince por ciento ms  la deuda de juros reales; no hubo cosa en que no
se pensara por sacar dinero, hasta el apoderarse de la plata que vena
de Amrica para los particulares, consejo de que se culp en lo sucesivo
 D. Juan de Austria, y no se llev  efecto. Al propio tiempo se mand
al duque de Osuna, Virrey  la sazn de Catalua, que hiciese una
diversin en el territorio francs: junt ste un pequeo ejrcito, y
con l, no hizo ms que entrar en algunos lugares abiertos de la
frontera y amenazar  Bellegarde. Pero en el nterin Inglaterra,
Holanda, Suecia, y adems varios Prncipes alemanes, alarmados con las
ventajas obtenidas con Luis XIV en Flandes, ajustaron un tratado por el
cual se comprometieron  arreglar las diferencias de Espaa y Francia,
obligando  ceder por las armas  cualquiera de estas Potencias que se
empease en continuar la guerra. Comenzaron por proponer la suspensin
de armas, y el Rey de Francia se avino  conceder una tregua de tres
meses; pero fu acabada la campaa de 1667, y cuando el invierno
dificultaba las operaciones militares; de modo que el marqus de
Castel-Rodrigo hubo de contestar, segn se cuenta, que ya no necesitaba
de ms treguas que las que la estacin haba naturalmente de ofrecerle.

Esto bast para que Luis XIV, queriendo hacer un nuevo alarde de podero
y aparentar que desafiaba las estaciones, resolviera la conquista del
Franco Condado en medio del invierno. Esta provincia, enteramente
desguarnecida y abandonada casi por nuestra Corte, estaba separada de
Flandes por la Borgoa y la Lorena; de suerte que el marqus de
Castel-Rodrigo no poda acudir  ella, y por lo mismo en cualquier
estacin su conquista era obra de algunos das. Sin duda el de
Castel-Rodrigo no pens ms que en sus provincias de Flandes al
despreciar la tregua en invierno,  causa de que el Franco Condado,
despus de la paz de los Pirineos, haba vuelto al estado de neutralidad
en que siempre se haba mantenido; y ahora, despus de rota la guerra,
continuaba el tratado de neutralidad, y segua pagando por l la
provincia cierto canon al Rey de Francia. Aquella dificultad de
defenderla aislada en mitad de Francia haca tal neutralidad y tributo
indispensable, y explica cmo fu esto reconocido en tiempo del mismo
Felipe II. Mas resuelto ya Luis XIV  no respetar la neutralidad, y no
contento con la dificultad de la defensa y las facilidades que de por s
ofreca la conquista, hizo cuanto pudo para hacer aqulla ms difcil, y
ms fcil sta.

Vergenza da de algunas de las precauciones que tom, y asombran en un
Prncipe que aspiraba  la gloria militar, en una nacin que pretenda
ser ya la primera en las armas, y en un hecho que ha sido considerado
como heroico por la vanidad francesa. Ingenieros disfrazados entraron
primero en la provincia y examinaron sus fortificaciones y defensa;
luego que hubo ya conocimiento de todo, se empezaron  acopiar
municiones en las fronteras, envindolas empaquetadas  manera de
mercaderas y objetos de trfico; por ltimo, pretextando que marchaban
 defender  Catalua del duque de Osuna, se reunieron hasta diez y
ocho mil hombres en las provincias limtrofes, entre tanto que daba Luis
XIV las mayores seguridades al Franco Condado de que respetara su
neutralidad, y su Embajador en Suiza negociaba con los de aquella
provincia la continuacin del tratado. Cuando tuvo ya  punto las cosas,
se quit de repente la mscara, y el Prncipe de Cond se arroj sobre
Dole, la ciudad ms importante del Franco Condado. Tomla en cuatro
das,  pesar del esfuerzo con que la defendieron algunos espaoles que
all haba; la capital de Besanzon, Salins y sus fuertes sin soldados ni
municiones, tambin se entregaron al punto; el marqus de Jenne,
Gobernador de la provincia por Espaa, no pudo hacer nada en su defensa,
y Luis XIV vino en persona  asistir  aquel mezquino triunfo. Cray,
donde se encerr el marqus de Jenne, se sostuvo ms, pero sin fruto: y
los lricos franceses cantaron con vanidad harto fundada, que catorce
das le haban bastado al _gran Rey_ para conquistar el Franco Condado,
luchando con nuestras armas y con el rigor del invierno. Ms y ms
alarmadas las naciones aliadas, con el propsito de la paz, redoblaron
sus instancias; celebrse un congreso en Aquisgrn, y all se estipul
que Luis XIV conservara todas las once plazas que haba conquistado en
Flandes, devolviendo slo el Franco Condado: errado y torpe concierto de
nuestra parte, pues ms que nada nos convena ceder el Franco Condado,
imposible de conservar como acababa de demostrarse. Pero todo pareci
preferible  continuar entonces la guerra, y se enviaron rdenes
precisas al marqus de Castel-Rodrigo para que no esquivara ningn
gnero de condiciones, Y en seguida se continuaron con ms actividad
que antes los preparativos para la defensa de Flandes, sospechando que
el francs no tardara en ponerse de nuevo en campaa debajo de un
pretexto cualquiera.

Este socorro de Flandes, antes y despus de las paces, fu el pretexto
de que se vali la Reina para alejar  D. Juan de Austria. No era D.
Juan ms diestro que el marqus de Castel-Rodrigo, ni ms celoso; pero
como l era el Gobernador y Capitn general de aquellos estados por
nombramiento de muchos aos antes, confirmado en el testamento del Rey,
sindolo no ms que interinamente Castel-Rodrigo; como era grande el
peligro y grande la confianza que ponan en l algunos, esperando de su
mano victorias, y  otros pareca conveniente que en tales
circunstancias hubiese en Flandes hombre de su representacin, nadie
extra que la Reina le ordenase pasar all con el socorro. Ni l mismo
os negarse abiertamente  la obediencia. Pero no se someti sin hacer
del confesor y de la orden de la Reina sangriento escarnio. Porque
habindose presentado delante de la Junta de gobierno, donde como
individuo de ella asista el Padre Nithard, antes de aceptar el encargo
es fama que dijo estas palabras: Por qu no enviis  Flandes al
reverendo confesor, que, puesto que tan santo es, no dejar el cielo de
concederle victorias de franceses? No basta el lugar en que est para
persuadirse de los milagros que sabe hacer? Y replicndole el confesor
que su profesin no era la milicia, contest ms enojado: Como esas,
Padre, le vemos hacer cada da cosas bien ajenas de su estado. Disimul
el confesor, y parti D. Juan  Galicia, en cuyos puertos haba de
hacerse el embarco; lleg desde Cdiz para ejecutarlo D. Fernando
Carrillo con ocho naves de guerra apresuradamente aparejadas; environse
hasta novecientos mil escudos de plata, que fu todo lo que se pudo
recoger, en los galeones que acababan de arribar felizmente, y de la
gente empleada contra Portugal en Galicia, y nuevas levas all hechas,
hasta nueve mil soldados.

Todo estaba ya  punto, y sin embargo D. Juan no parta. Pretext que no
se le enviaban todos los caudales que se le haban ofrecido, hasta que
se le completaron. Satisfecho en esto, aleg luego que una armada
francesa de treinta y seis navos y seis brulotes estaba en las costas
de Galicia, dispuesta  cerrarle el camino, lo cual, como cierto que era
el fundamento,  nadie caus sorpresa. Hasta pretendieron los franceses
quemar nuestra pequea armada dentro de la ra de Vigo, y sin duda lo
consiguieran  no ser por la prudencia del almirante D. Fernando
Carrillo, que desembarcando la artillera de las naves, coronando con
ella las riberas, y poniendo  la defensa de la boca de la ra algunas
lanchas bien guarnecidas de mosquetera, impidi el que los brulotes 
navos de fuego lograsen entrar y cumplir su intento. Con tal suceso
hall medio D. Juan para dificultar ms su salida, viendo tan prevenidos
 los franceses; y para que no se le acusase de dilatar el socorro, de
Flandes fu enviando all en fragatas y otras naves menores  la
deshilada el caudal y soldados, consiguiendo que llegasen sin dao  su
destino. Pero en esto, hechas las paces, ces el motivo de temer que le
cerrase el camino la armada francesa; y sin embargo, no por eso se
apresur  poner por obra las rdenes que tena. Lo que hizo fu avivar
el fuego de la conspiracin que indudablemente estaba urdiendo para no
salir de Espaa y alzarse con el Gobierno.

No tardaron la Reina y su privado en sospechar lo que suceda; y fuera
verdadero temor, fuera pretexto para cargarse de razn contra D. Juan,
comenzaron  manifestar recelo de que pretendiese, no ya gobernar el
reino en nombre del joven Rey, sino usurparle la corona. Procuraron
buscar el hilo de sus tramas, y empezaron  ejercer rigores. Habiendo
corrido en la corte el rumor de que iba  bajarse de nuevo la moneda,
subieron los precios de todo, y muchos se negaron  vender sus gneros,
comenzndose  padecer la misma hambre y escaseces que siempre que tal
alteracin se ejecutaba. Tvose por cierto haber dado origen  ello el
duque de Pastrana y del Infantado, D. Gregorio de Silva, con haberse
anticipado  cobrar su renta, y fu desterrado rigurosamente de la corte
y condenado  pagar gruesa multa, suponindole en connivencia con D.
Juan de Austria, y causando alarmas de propsito para favorecer sus
planes. Bien que no tardaron en remitrsele al de Pastrana ambas penas.
Pocos das despus de estos sucesos, que alborotaron algo  la corte,
tuvo lugar la retirada del conde de Castrillo de la presidencia del
Consejo de Castilla, ms escandalosa por lo mismo que hubo ms
misterios. Despus de una larga conferencia con la Reina se retir el
Conde, sin que entonces pudiera saberse el motivo: fu que el de
Castrillo tampoco llevaba  bien la privanza y gobierno del confesor, y
que la Reina di en juzgarle  l ms afecto  D. Juan de Austria que no
 su persona. Vino  recaer la plaza en D. Diego Sarmiento Valladares,
Obispo de Plasencia, grande amigo del Padre Everardo: nuevo motivo de
murmuracin y alarma. Por ltimo, llev  ltimo punto el escndalo un
sangriento suceso. Prendi cierto da un alcalde de Corte  D. Jos de
Malladas, hidalgo aragons muy del cario de D. Juan, que se hallaba en
la corte, y dos horas despus se le di garrote en la crcel, en virtud
de orden escrita de mano de la propia Reina, sin que el Presidente de
Castilla defendiese los fueros de Castilla de tal modo hollados, ni
pudiera saber nadie el delito que hubiese cometido aquel hombre. Hoy es
y todava no est averiguada la causa cierta que pudo impulsar  la
Reina  ordenar con tan horrible procedimiento aquella muerte;
sospchase que fu porque era el Malladas, alma de la conjuracin de D.
Juan, y aun no faltan razones para creer que la Reina vi en l con
verdad  sin ella  la persona encargada de asesinar  su confesor. Da
cierto valor  tales sospechas la clera con que recibi don Juan en
Galicia la ejecucin de Malladas, dado que no era tanto su buen corazn
que pueda atribuirse  piedad sola. Represent al punto que no poda
pasar  Flandes, y admiti la dimisin la Reina; pero al admitirla envi
un Decreto  todos los Consejos, manifestando que no teniendo por
bastante la causa de salud que haba alegado para determinacin tan
intempestiva y de tan gran perjuicio al Estado, le ordenaba que sin
llegar en distancia de veinte leguas  la corte pasara  Consuegra y
all se detuviese, quitndole la propiedad del Gobierno y generalato de
Flandes.

Esparcise este Decreto de la Reina por toda la corte; y D. Juan, ms
encolerizado, desde Consuegra apresur sus intrigas para apoderarse por
fuerza del Gobierno; esto al menos se sospecha de los sucesos. Lleg
cierto da  Palacio un capitn solicitando hablar  la Reina; hablla
por largo rato, y tales cosas debi comunicarla, que fu preso D.
Bernardo Patio, hermano del Secretario de D. Juan, ocupndosele los
papeles y comenzando  formrsele proceso. Nadie dud ya de que el hilo
de la conspiracin de D. Juan estuviese en poder de la Reina, y ms
cuando al da siguiente se vi salir de Madrid para Consuegra con
rdenes reservadas al marqus de Salinas, capitn de la Guardia
Espaola, acompaado de cincuenta hombres escogidos, dndose por cierto
que aquellas rdenes reservadas eran de llevarle preso  una fortaleza.
Pero cuando lleg el de Salinas  Consuegra no encontr ms que una
carta de D. Juan  la Reina dicindola, que el motivo verdadero que
tuvo para no pasar  Flandes, fu el querer apartar de su lado y del
Gobierno aquella fiera de confesor tan indigna del lugar sagrado que
ocupaba, y que esto pensaba ejecutarlo sin escndalo ni ms violencia
que la precisa, sin tocarle  la vida, aunque segn su conciencia y lo
que toda razn peda, deba quitrsela por las causas comunes del bien
de la Corona y particulares suyas y conforme  lo que le haban
aconsejado y aun instado grandsimos telogos. Amenazaba tambin tomar
satisfaccin hasta del menor dao que se hiciese  sus parciales,
compadeciendo con lastimosas palabras la suerte de Malladas  quien
apedillaba inocente, y  su sentencia, horrible y nefanda tirana.

Con noticia, sin duda, de lo que pasaba en Madrid, habase salido D.
Juan la noche antes de Consuegra acompaado de hasta sesenta hombres
armados, entre sus criados y algunos parciales, encaminndose por
despoblados  Aragn, y desde all, disfrazado,  Barcelona. Recibile
esta ciudad con muestras de amor, porque fu estimada su conducta cuando
all estuvo, y el verlo perseguido del jesuta Nithard, all muy
aborrecido, aument el amor con que le miraban, de modo que toda la
nobleza y pueblo se puso de su parte. Gobernaba el Principado el duque
de Osuna, el cual, no atrevindose  ir contra la general opinin, le
festej bastante; pero en su particular pidi instrucciones  la Corte.
Ordenla ste acaso que se apoderase de don Juan; pero l, vindolo tan
amado del pueblo, no os emprender cosa que poda levantar en armas toda
la provincia. Slo la sospecha que hubo de que iba  embarcrsele un da
para sacarle fuera del reino por fuerza, caus en Barcelona viva alarma.
Desde la torre de Lled, donde estaba aposentado, escribi D. Juan  la
Reina exigiendo ya sin empacho alguno el destierro de Nithard; y los
magistrados de Barcelona y la Diputacin y cabildo la escribieron
tambin intercediendo por el Prncipe.

No era mujer la Reina que as cediese de sus empeos: consult al
Consejo de Castilla sobre el castigo que podra imponerse  D. Juan,
remitindole los papeles hallados en casa de Patio, que eran poco
importantes, excepto uno que contena un horscopo hecho al Prncipe en
Flandes y que al parecer le sealaba ms alta dignidad que la que tena;
y contest que el nico medio de que se arreglasen las diferencias, era
que D. Juan volviese  Consuegra  se acercase  la corte, bajo seguro
de que su persona sera respetada. No se descuid en tanto el jesuta
Nithard, y sostenido por los de su hbito que tomaron como propia su
causa, public un manifiesto, justificando su conducta y acusando la de
D. Juan, al paso que otras manos inferiores llenaban la corte y la
nacin de libelos y stiras contra ste, procurando de todos modos
deshonrarlo. Replicaron de todos modos los amigos de D. Juan, y se
empe una polmica vivsima en hojas subrepticiamente impresas,
toleradas las unas, perseguidas las otras por la Reina y su Gobierno. Ya
 este tiempo la Corte estaba dividida en dos partidos: hasta las damas
de la Reina, unas se llamaban _everardas_ y _austriacas_ otras.

La nacin, cansada de favoritos como tan afligida de ellos, al nombre
tal que llevaba el Padre Nithard no poda menos de desear el triunfo de
D. Juan de Austria. Preferase tambin naturalmente el gobierno de un
soldado al de un fraile, que puesto que la devocin fuese mucha, no era
tanta que hubiese de desconocerse la inconveniencia de tal gnero de
ministro. Pero la especie de indiferencia en que haban cado los nimos
espaoles, el fatalismo cristiano que la exageracin del principio
religioso haba trado aquella conformidad con las desgracias, aquella
especie de respeto  los males que se crean originados del cielo, el
hbito antiguo de obediencia  la autoridad, y de ciego culto al Trono,
y la costumbre de no discutir  juzgar sobre tales materias, hicieron
que lo ms de la nacin, y en particular los reinos de Castilla,
permaneciesen mudos en sus opiniones. Escribi D. Juan desde Barcelona
sendas cartas  las ciudades de voto en Cortes, representndoles los
motivos de su conducta; y de ellas hubo algunas que suplicaron  la
Reina que oyese bien la pretensin del Prncipe echando de Espaa al
Padre Everardo; mas el mayor nmero enviaron  la Reina las cartas que
haban recibido vendiendo la fineza de que ni siquiera se haban
permitido leerlas. No estaban as los reinos de la Corona de Aragn:
mientras que Barcelona se esforzaba en dar muestras de amor  D. Juan lo
mismo que toda Catalua, en Zaragoza se hacan tambin en su favor
grandes demostraciones. Y de todas suertes harto ms ventajosa era la
situacin de don Juan que la de la Reina, claramente favorecido de unas
provincias, tcitamente deseado de otras, mientras ella, aunque dentro
de la corte hallase quien defendiera  su favorito, apenas tena en el
resto de la nacin quien no le aborreciese. Insista la Reina en que D.
Juan volviese  Consuegra; negbase ste, alegando que all no se
contaba por seguro de las traiciones del confesor, y as estuvieron
muchos das yendo y viniendo cartas de una  otra parte. Por fin D.
Juan, bien aconsejado de sus amigos de la corte, conociendo la flaqueza
del partido contrario que en Madrid mismo donde tena su fuerza apenas
poda igualarse con el suyo, se determin de repente  tener por
bastante el seguro de la Reina y  acceder  su solicitud, acercndose,
no ya  Consuegra, sino  las mismas puertas de la capital.

Psolo por obra, con gran satisfaccin al principio de la Reina y de los
de su partido; pero aguse sobre manera al saber que con pretexto de
venir escoltado y con el decoro que le corresponda, haba sacado de
Catalua tres buenas compaas de caballos, prestndose  ello por no
chocar con el poder que ya apareca como vencedor, el duque de Osuna.
Ofrecironse muchos miqueletes  acompaarle; pero D. Juan no quiso por
entonces admitirlos; que si no, trajera un ejrcito consigo. Ni fu
esto lo peor, sino que orillas del Llobregat y del Segre, los pueblos
catalanes tan exagerados en sus sentimientos, salieron  saludar  D.
Juan, llenndole de aclamaciones, y no bien pas el Cinca comenzaron 
traerle en triunfo los aragoneses hasta el Ebro y Zaragoza. Tena ya
puesto la Reina por Virrey en esta ciudad al conde de Aranda, uno de sus
mayores parciales y grande enemigo de D. Juan de Austria,  fin de
asegurarse de ella y del reino; y envi rdenes estrechas para que al
paso de ste no se hiciese demostracin alguna de regocijo. Pero la
Diputacin del reino,  cuya cabeza estaba el Obispo de Albarracn,
alegando sus fueros y derechos, se neg  cumplir la orden y sali 
recibir solemnemente  D. Juan. Sali tambin inmensa muchedumbre
victorendole y aclamndole, aunque D. Juan por excusar un conflicto
escribi al Virrey y  la ciudad rogando que se le dejase pasar como
incgnito sin demostracin alguna. Hubo  la par desrdenes. Quiso el
pueblo furioso contra el Virrey quemar su casa y tambin la del
Arzobispo que pasaba por afecto  la Reina: algunos magistrados fueron
detenidos por las turbas y obligados  gritar viva D. Juan! y muera el
Padre Everardo!, y los jesutas, acusados de defender la causa de su
hermano el confesor, no pudieron andar por las calles, so pena de correr
grave peligro. Por ltimo, algunos estudiantes y otra gente osada,
hicieron un maniqu de paja, vistindolo  manera de jesuta, y con
demostraciones de escarnio lo condujeron  las puertas de la casa de la
Compaa; all, forzando con amenazas al Rector de ella  que se
presentase en los balcones, en su presencia lo arrojaron  una hoguera.

Siguiendo D. Juan su camino  Madrid sin detenerse un momento, ni querer
ms escolta, aunque ya  esta sazn llevaba adems de las tres compaas
de caballos, doscientos buenos infantes, lleg sin tropiezo  Torrejn
de Ardoz. All, puesta su gente  punto de guerra, comunic  la capital
su llegada. En sta, en tanto, todo era confusin y ruido. No bien supo
la Reina el acompaamiento que D. Juan traa consigo, se prepar  la
defensa, ayudndola el P. Everardo y los jesutas poderosamente: hzose
El Pardo cuartel de doscientos buenos caballos trados de las provincias
limtrofes, y las compaas de infantera que haba repartidas en los
Carabancheles, Toledo y Segovia, recibieron orden de acercarse  la
Corte. Al propio tiempo convoc la Reina  todos los Grandes parciales
suyos, y stos  todos sus allegados; alistronse secretamente compaas
de soldados licenciados  reformados; comprronse caballos para
montarlos; nombrse General de las fuerzas al marqus de Pealva, de los
portugueses afectos  Espaa y de los mayores amigos del Padre Everardo,
y hasta se quiso sacar el pendn real y levantar en armas la villa,
todo, en fin, como si hubiera un ejrcito  las puertas de la capital.
Eran los principales que ayudaban y seguan  la Reina en este empeo,
adems del Pealva, el Presidente del Consejo de Castilla, D. Diego
Sarmiento, el marqus de Aytona, D. Ramn Guilln de Moncada, y el
Almirante de Castilla D. Juan Gaspar Enrquez de Cabrera. Pero los
amigos de D. Juan, que eran ms y ms poderosos, el duque de Pastrana y
del Infantado, el conde de Castrillo, el famoso marqus del Carpio y
Heliche D. Gaspar de Haro y Guzmn, el duque de Alba, el de Maqueda, el
conde de Frijiliana y otros, no se descuidaron por su parte.

Lograron estos que el Consejo de Estado y el de Aragn, consultados por
la Reina, declarasen que, en su concepto, lo que corresponda era que
el Padre Everardo saliese al punto de Espaa. El de Castilla,
consultado tambin, se dividi en pareceres. Pasaron luego los de los
tres Consejos  la Junta grande, que as se llamaba la de Gobierno, y
sta, con asistencia del Arzobispo de Toledo, el Presidente de Castilla,
el Vicecanciller de Aragn, el conde de Pearanda y el marqus de
Aytona, y, en presencia de la Reina misma, opin, por tres votos contra
dos, que saliese el confesor del reino. Oy la Reina, disgustada ya con
la contrariedad de los Consejos, profundamente irritada, este fallo, y
cuando todos esperaban que cediese, se content con declarar que no
hallaba razn para que el Padre Everardo saliese.

Ya en esto, con la llegada de D. Juan  Torrejn de Ardoz y su
amenazador continente, con los dictmenes de los Consejos y de la Junta
magna que se hicieron pblicos, y las intrigas de los enemigos del
confesor y de la Reina, haba pasado la corte, de la confusin y el
ruido, al alboroto y la alarma. Los preparativos de defensa de la Reina,
aunque muy ruidosos, eran tan exiguos que no bastaban para resistir  D.
Juan, y ste poda estar seguro de llegar  la corte con su reducido
nmero de soldados y entrar sin dificultad. Esto di valor  Pastrana y
 Heliche para pedir una audiencia  la Reina,  fin de manifestarla el
estado de las cosas. No quiso oirlos ella; pero no se retiraron sin
decir antes  su secretario en el despacho universal, don Blasco de
Loyola, cun  pique estaba de perderse, si no tomaba resolucin en que
saliese luego el Padre Nithard, aadiendo que, de no hacerlo Su
Majestad, tendran que ponerlo ellos en ejecucin, para evitar el dao
que amenazaba. Tan insolente demanda fu seguida de otro hecho no menos
osado. Fueron los mismos Pastrana y Heliche al lugar donde se reuna la
Junta de gobierno; hablaron ante ella sin ms permiso que el que  s
propios se dieron, y autorizando sus palabras con los gritos de la
muchedumbre, que llenaba ya calles y plazas, vitoreando  D. Juan y
amenazando al confesor de muerte, convencieron  todos los seores de
que extendiesen el decreto expulsando  ste de la corte dentro de tres
horas y luego del reino, envindolo  rubricar  la Reina. No tuvo ya
valor para resistir la Reina (1669), y firm el decreto con apariencia
de buen semblante, protestando hipcritamente que no quera ms que el
mejor servicio de Dios en todas las ocasiones.

Sali, con efecto, el confesor, aunque honrado con el ttulo de
Embajador extraordinario en Roma, dndole  escoger entre este puesto y
la embajada de Alemania; y debi al celo del Arzobispo de Toledo, que lo
sac en su coche hasta Fuencarral, que no le hiciese pedazos el pueblo.
Luego el Nuncio de Su Santidad, que haba tenido mucha parte en todos
estos sucesos, inclinndose ms  la parte de D. Juan, que no  la del
jesuta, fu  ver al Prncipe  Torrejn de Ardoz, donde ya haba
estado de antemano  visitarle, y acab de calmar  ste aparentemente,
aunque bien pronto se toc el desengao. As termin pacficamente
aquella primera revolucin que tan amenazadora se present en un
principio. Qued en ella la autoridad real, que era, al cabo, lo nico
que quedaba inclume en Espaa, humillada y escarnecida; qued la Reina
madre sin decoro  los pies de un bastardo ambicioso y rebelde y de unos
cuantos Grandes ms envidiosos que amantes de su patria; qued el poder
del Gobierno vencido por tres compaas de caballos y dos de infantes,
que apenas sumaran quinientos soldados. Perdi mucho, en fin, el
Gobierno en aquellas circunstancias, y, en cambio, la nacin no alcanz
ventaja alguna. Ejemplo notable para los Reyes y para los Gobiernos!
Jams en nacin bien gobernada pudiera un bastardo rebelde con unos
cuantos cmplices y algunos centenares de soldados traer  tan miserable
situacin  la Reina; pero como Espaa aborreca su Gobierno, como sus
torpezas y su inhabilidad la hacan merecedora de tal aborrecimiento,
qu abnegacin no necesitaban los ciudadanos para tomar su defensa?
Qu imposible no era que en tal trance quisieran ellos salvarla? D.
Juan no tena ttulos para pedir lo que peda, ni para hacer lo que
haca contra la Reina y sus favoritos; pero ella no deba tampoco abusar
en provecho de stos y de su familia del poder que tena; y ya que la
nacin no se decidiese  tomar la venganza por sus manos, miraba con
razn friamente que espiase sus faltas  manos de sus enemigos. Pero
triste venganza de la nacin era esta, que si castigaba las faltas del
Gobierno pasado, no remediaba ninguno de sus males! Los sucesos
mostraron pronto que las naciones no deben contentarse con sustituir
personas  personas, ni con asistir  tales revoluciones y venganzas,
sino que deben por s mismas defender sus derechos y procurar sus
beneficios.

No fu la salida del confesor Everardo ms que la primera jornada de una
comedia que deba pasar por hartas peripecias todava. Haba cedido la
Reina atemorizada; pero como terca  la par que tmida, aument si era
posible su odio  D. Juan, determinada ms que nunca  humillarle,
mientras ste con la pasada victoria se haca ms imperioso y exigente
que antes. Neg la Reina  D. Juan el permiso que la pidi para venir 
la corte, ordenndole que se mantuviese  algunas leguas de distancia.
Al propio tiempo le mand que despidiese  la gente armada que haba
trado consigo. Ofendise D. Juan de ambas demandas, y en lugar de
avenirse  ellas, exigi de la Reina que nombrase una Junta de los
mayores, ms experimentados y celosos Ministros, donde se tratase de
aminorar los tributos, de repartirlos por igual entre los vasallos, de
hacer economas en la Hacienda, distribuir bien los empleos, reformar la
milicia, y reparar la administracin de justicia poco estimada. Y al
propio tiempo que proveyese los puestos de confesor  Inquisidor
general, que an tena  su nombre el Padre Nithard, en personas
naturales de estos reinos, y que no se mezclasen en negocios polticos;
que separase de la Presidencia de Castilla al Obispo de Plasencia por
ser tan su enemigo, y que, de no separarle, le impidiese tomar parte en
los negocios que  l le tocasen, lo mismo que al marqus de Aytona, que
tambin se haba sealado mucho en contra de su persona.

Con estas pretensiones tena D. Juan las de que se pusiese en libertad
al hermano de su secretario Patio, que estaba preso todava; que se
despojase al Padre Nithard de todos sus puestos y honores, y que  l
se le continuasen los ttulos y propiedad del Gobierno de Flandes, que
por no haber ido all le haba quitado la Reina. Esto escriba D. Juan
en Guadalajara, adonde desde Torrejn se haba retirado; y la Reina, en
lugar de ceder  ninguna de tales exigencias, redobl las suyas y se
dispuso  hacer ms eficaz que antes la resistencia. Nombr la Junta que
peda D. Juan con el nombre de _Junta de Alivios_,  fin de que no
creyese el pueblo que descuidaban sus intereses; negoci astutamente con
D. Juan para entretenerle; y en el entre tanto, orden la formacin de
una coronelia  regimiento, imaginada ya antes de la salida del
confesor, que al mando del marqus de Aytona, y con el nombre de _Guarda
de la Reina_, deba atender  su defensa,  la par que enviaba rdenes 
Ciudad Real y Galicia para que los soldados que all quedaban del
ejrcito de Portugal se acercasen  la corte.

Luego mand de improviso  Guadalajara al general de la caballera D.
Diego Correa, para que si no licenciaba D. Juan al punto su caballera,
diese orden  los capitanes de que se apartasen de l, so pena de
desleales  inobedientes. No atendieron los capitanes  las amenazas de
D. Diego; y D. Juan, lejos de licenciar su escolta, comenz  reforzarla
con algunos miqueletes catalanes y gente que acuda  su servicio. Pero
al propio tiempo el regimiento de la Guarda se formaba  toda prisa, y
el marqus de Aytona, su Coronel, ofreca mantener con l en respeto 
D. Juan y  la Corte. Entraron  mandar las compaas jvenes de las
mejores casas, deseando lucir en Madrid y  vista de las damas sus
arreos y bizarra; el conde de Melgar, luego Almirante de Castilla, el
de Fuensalida, el de Cartageneta, luego duque de Montalto, el marqus
de Jarandilla, el de las Navas, el duque de Abrantes y otros caballeros
particulares: llenronse con sargentos y cabos viejos y no pocos
soldados veteranos; mas para completarlas pronto se admiti en ellas 
toda la chusma y gente de vida airada que quiso acudir de diversas
partes de Espaa; y se las seal cuartel en el barrio de San Francisco,
uniformndolas y armndolas con todo esmero. Represent la villa de
Madrid contra la formacin de este regimiento con libertad notable,
manifestando en veinte proposiciones los perjuicios que haban de
originarse, y lo propio el Consejo de Castilla consult en contra de
esto  la Reina. Pero sta no hizo caso de las reclamaciones de la
villa, y orden al Consejo que no la hablase ms del asunto.  la verdad
la Junta grande de Gobierno y el Consejo de la Guerra haban dado
dictmenes favorables  la formacin del regimiento, y en ellos
fortaleca la Reina su intento.

Quejse D. Juan altamente; mas no recibi otra respuesta sino la de que
excusase el escribir y entrometerse tanto en los negocios pblicos. El
regimiento estaba ya formado; D. Juan se mostraba prevenido; aguardbase
de un momento  otro que se remitiese la cuestin  las manos, haciendo
campo de batalla las calles de la corte: ya se sealaba el da y la hora
en que D. Juan haba de caer sobre Madrid, y se provean de vveres los
vecinos, alarmados, para no salir de sus casas; faltaban en el mercado
los mantenimientos, y todo era confusin y espanto, cuando de repente se
termin todo sin venir  las armas. El Nuncio, que andaba tambin ahora
de mediador, logr que D. Juan se contentase con el Virreinato de Aragn
y el Vicariato general de los reinos, que dependan de aquella Corona,
separndose de la Corte (1669) y dejndolo todo como estaba.

Rugieron de clera muchos de los partidarios de don Juan al saber su
sumisin, y que por tal empleo hubiese abandonado  su partido, que ya
nada menos deseaba sino apartar de los negocios  la Reina; y el pueblo
de Madrid, que con la formacin del regimiento de la Guardia se haba
puesto todo de su parte, esperando su llegada por momentos para tomar
las armas, rompi en altas quejas y murmuraciones contra el Prncipe que
as lo abandonaba. Y cierto que la resolucin de D. Juan deba parecer
extraa al comn de sus partidarios, porque ni el empleo que se le daba
era de tal honor que pudiera juzgrsele por l seducido, ni de hombre de
tan altas pretensiones poda sospecharse que la humildad lo hubiese
tocado en el alma. Pero contemplando bien los sucesos, parece acertada
su conducta. La corta edad del rey D. Carlos y su natural enfermizo, que
le traan siempre  las puertas del sepulcro, llamaban ya por entonces
la atencin de todo el mundo; el mismo Luis XIV haba empezado  poner
en duda la validez de la renuncia de su mujer Doa Mara Teresa  la
Corona de Espaa; y en Alemania, donde la casa imperial se juzgaba con
derecho  suceder en ella, y en otras Cortes de Europa tratbase ya de
este asunto y de las probabilidades de una guerra de sucesin. No deba
ser por cierto D. Juan quien menos cuenta tuviese con tales
probabilidades: la Reina y el confesor le haban acusado de querer
usurpar la Corona al Rey; pero esto no parece probable. Porque si la
nacin dejaba de buena voluntad insultar  la Gobernadora, no habra
dejado de seguro atacar al Rey nio, cuya tierna edad mova en su favor
la antigua generosidad espaola; y porque el mismo D. Juan, que apenas
haba podido, sobre todo en los ltimos das, hacer rostro  la Reina,
no haba de imaginar que semejante empresa le fuera posible. Lo probable
es que D. Juan aspirase  ocupar el Trono el da en que falleciese su
sobrino.

Un astrlogo de Flandes le haba predicho que llegara  tener cetro en
sus manos; prediccin que, hallada entre los papeles del hermano de su
secretario Patio, sirvi no poco  la Reina para acusarle de rebeldes
intentos; y es evidente que tan difcil como se ofreca la empresa de
destronar  Carlos II, tanto era difcil la de sucederle, viniendo 
disputarse la Corona los extranjeros. Dados tales intentos y
circunstancias, nada ms ventajoso para D. Juan que el Vicariato general
de los reinos de Aragn que se le daba: ambanle ya aquellos pueblos, y
estaban muy declarados en su servicio, y su natural independiente y
duro, su valor y constancia le aseguraban en todo evento, que podra
fundar all un Trono, y ya que no traer  su obediencia el resto de
Espaa, sostenerse en l contra todo gnero de enemigos. Pudirase
creer, aun para esto, preferible el apoderarse del gobierno de toda la
Monarqua; pero no sin error ciertamente. Porque en primer lugar, en
Castilla andaba muy dividida en dictmenes la nobleza; y si tal se
mostraba cuando D. Juan no pretenda ms que sustituir en el Gobierno 
la Reina, al verle en el Trono pudiera contarse seguido de pocos,
combatido de muchos, sin apoyo cierto en aquella clase, por su riqueza,
tan importante an en el Estado. Luego no pareca conveniente comenzar
empeando una batalla en las calles de Madrid, y llenndolas de sangre y
odios para venir un da  ocupar la Corona y defenderla contra los
extranjeros. Y tal batalla no poda menos de empearse y de ser dudosa,
porque el marqus de Aytona con su regimiento, y el Almirante de
Castilla y los enemigos de D. Juan con las tropas que haban llegado 
la corte, estaban resueltos  sostenerse hasta el ltimo punto, siendo
tal la terquedad de la Reina, que se dispona  salir en el trance por
las calles con el Rey nio en los brazos alentando  los suyos y
desconcertando  los contrarios.

Para vencer tal resistencia necesitaba D. Juan valerse del pueblo de
Madrid, movido ya, segn dice un annimo contemporneo, en inteligencia
de que era menester hacer pedazos toda esta campana rota de Monarqua
para que volviese en nueva fundicin  cobrar su antiguo sonido; pueblo
compuesto en no poca parte de vagamundos hambrientos y extranjeros, sin
amor al Rey ni inters en el bien de Espaa, de cuya gente podan
temerse en la ocasin los mayores escndalos y desrdenes, lo cual
pondra en contra del partido de D. Juan al clero,  los ricos y  todos
los Grandes y nobles, que seran naturalmente los perjudicados. Por
ltimo, aun llegado D. Juan  punto de desempear el Gobierno,
desterrada  metida la Reina en un convento, como acaso se pensaba, si
vena  morir el Rey nio; qu pretexto tan horrible no hallara para
cebarse en l la calumnia, y cun daoso no sera el entrar  disputar
un trono  Rey extranjero con la sospecha de haber envenenado al Rey
propio? Tales consideraciones obraron sin duda en el nimo de D. Juan,
puesto que las publicaron algunos de sus ms allegados amigos, para
persuadirle  aceptar el empleo que se le ofreca. No dejaron tambin
de censurar los parciales de la Reina el que hubiese dado  D. Juan tal
empleo, principalmente los que teman que quisiera alzarse en vida del
Rey con la Corona, diciendo que era ponerle en la mano los medios para
que, ya que no lograse el todo, dividiese, en su provecho, la Monarqua,
quedndose con aquellos reinos de Aragn, por tan dbiles lazos unidos
an con Castilla. Ni falta razn para decir que, con efecto, fu aquello
en la Reina imprudencia notable, y que,  ser menores los intentos de D.
Juan y  contentarse, desde luego, con ser Rey de una parte de Espaa,
hubiera producido quizs lastimosos frutos. Mas quiso la Providencia que
ni lo acertado de la conducta de D. Juan ni lo imprudente de la conducta
de la Reina fueran de consecuencia alguna en adelante, que tal sabe y
suele burlar todos los propsitos humanos.

Al propio tiempo que llegaba  Zaragoza D. Juan comenzaba  declararse
la privanza de D. Fernando de Valenzuela, hombre de pocos aos, de algn
talento, de conversacin graciosa y amena, audaz, de hermosa figura y,
para aquel tiempo, donde esto era todava de estimacin, dotado de una
gran cualidad, que era ser poeta tierno, amoroso y dulce, muy dado  las
preciosidades y sutilezas del culteranismo lrico y dramtico no
despreciable. Era natural de Ronda, donde se le tena por hidalgo; vino
 Madrid,  buscar fortuna,  tiempo que, hallndose el duque del
Infantado de partida para Roma,  ocupar el puesto de Embajador, pudo
conseguir que le tomase por su criado. Sirvile bien, y  su vuelta el
Duque le premi con lograrle un hbito de Santiago; pero muerto de all
 poco su protector, se hall desvalido y en lastimosa pobreza.
Entonces discurri introducirse con alguna de las personas que tenan
parte en el Gobierno, y sabiendo que el Padre Nithard, acobardado con
las amenazas de don Juan y de sus partidarios, andaba buscando personas
de bros que le resguardasen y acompaasen, se ofreci  ello con gran
decisin y rendimiento. De tales principios lleg  encaramarse tanto en
la confianza del Padre Everardo, que acab por hacrsele necesario, y
ste, porque ms le sirviese, le di entrada en Palacio mismo, siendo
all su Ministro y mensajero.

No tard Valenzuela en aprovechar diestramente sus idas y venidas 
Palacio; valise de su buena gracia para enamorar  una camarista
llamada Doa Mara Eugenia de Uceda, en quien tena puesto su afecto la
Reina. Casse con ella, y para favorecer tal matrimonio, le hizo la
Reina caballerizo suyo, creciendo desde este punto de hora en hora su
grandeza. Sirvironle los apuros en que puso  la Reina y al confesor la
llegada de D. Juan  Torrejn de Ardoz para mostrar su fidelidad y
aptitud, y cuando sali desterrado el Padre Everardo, fu la persona con
quien ste comunicaba las cosas que quera que supiese la Reina. Dise
en esto tanta traza, que la Reina, que en los primeros das que
siguieron  la salida del confesor no quera oir ni consultar  nadie
sobre sus asuntos, necesitando, al fin, un confidente, puso en l los
ojos. Habala llamado ya la atencin, no slo por las noticias
favorables que de l tena y por los servicios que la haba hecho, sino
por ciertas comedias suyas que se haban representado en Palacio, y 
las cuales haba ella asistido con las damas y las personas ms
allegadas de la Corte, mostrndose todos muy complacidos. Parecile,
por sus talentos y gracia, el ms  propsito para enterarle de las
cosas que pasaban en Madrid; de lo que se intentaba  murmuraba contra
ella, y para aconsejarse en sus determinaciones, mucho ms siendo l por
quien se comunicaba todava con el Padre Everardo. Di parte de este
intento  Doa Mara Eugenia, la cual, pensando ms en lo que haba de
ganar su ambicin que en lo que poda perder con aquel trato su cario
conyugal, la oy con regocijo y facilit el que  las altas horas de la
noche entrase su marido en el aposento real. Pronto Valenzuela se hizo
en l ms necesario an que se hubiese hecho el Padre Everardo. Las
primeras conferencias las tuvieron Valenzuela y la Reina delante de Doa
Mara Eugenia. Pero no consta que siempre se observase lo mismo.

Ignor el pueblo de Madrid, por algn tiempo, esta privanza. Notbase
que la Reina, que no hablaba ni consultaba con nadie, estaba enterada de
todo, hasta de los menores detalles de las cosas; que saba los secretos
y las conversaciones ms recnditas; y como se ignoraba quin fuese el
confidente, le designaban con el nombre de Duende de Palacio. Mas como
eran tantos ojos  ver y observar, tampoco tardaron mucho en averiguar
la fortuna del Valenzuela, produciendo, desde los principios, grande
escndalo. Con esto y con las intrigas de los partidarios de D. Juan y
el disgusto del pueblo por la formacin del regimiento de la Guarda de
la Reina, qued Madrid, despus de la ida del Prncipe  Zaragoza, tan
revuelto, poco ms  menos, como antes.

Forjaron algunos de los descontentos, para alarmar al pueblo, un decreto
que suponan firmado por la Reina gobernadora, en el cual se ordenaba
registrar todas las armas ofensivas y defensivas, prohibiendo su uso por
tiempo limitado; y esto solo, estuvo en poco que no produjese un
conflicto, porque el uso de las espadas y broqueles sobre todo era tan
general, que no haba ciudadano alto  bajo que no se sintiese
perjudicado y resuelto  resistir la orden. Desvanecida esta alarma,
comenzaron  originarlas no menores las fechoras que cometan los
soldados de la guardia por todas partes.

Andaba tal la hacienda, que  pesar de todo el cuidado que se puso en
asistirla, faltaron desde los primeros meses las asistencias. No se
necesit de ms para que se repitiesen en Madrid aquellas lastimosas
escenas de los das de Felipe IV, poco antes de la cada del
Conde-Duque. El reposo en que haba estado el reino por algunos aos
haba favorecido  las justicias para corregir los desrdenes y castigar
 los malvados; al calor de las turbaciones engendrronse de nuevo
criminales y crmenes sin cuento, y unos y otros con la formacin del
regimiento de la Guardia vinieron  compendiarse en Madrid. Bien haban
previsto esto la villa y el Consejo en sus representaciones; pero la
Reina no oy nada, aguijada del deseo de asegurarse contra don Juan; y
ahora los naturales comenzaban  recoger de tal determinacin amargos
frutos. Vironse casos espantosos en pocos das. Dos de los soldados,
yendo  robar unos melonares, mataron al dueo de l, que era el ventero
de Alcorcn, y saquearon la venta. Salieron Ministros de Madrid 
averiguar el suceso, y tropezando con otros del regimiento que ya haba
all, se trabaron de palabras, y viniendo  las manos pelearon justicia
contra justicia, hasta que los de la militar con los soldados obligaron
 sus contrarios  encerrarse en la venta, y all les pusieron cerco
determinados  no dejar uno  vida. Pudieron los sitiados avisar 
Carabanchel, de donde salieron en su socorro la hermandad del lugar y de
otros comarcanos, y como tambin  los soldados les hubiesen venido de
refuerzo no pocos de sus compaeros, se di en aquellos campos una
batalla donde, fueron muchos los muertos y heridos de ambas partes,
retirndose al cabo los soldados, muy inferiores en nmero  sus
contrarios. Juraron aquellos vengarse de los de Carabanchel, y una noche
se acercaron algunos al lugar con propsito de robar; pero tambin
tuvieron poca ventura, porque salieron los vecinos  ellos, mataron dos
y trajeron tres prisioneros  la crcel de la corte. Entonces irritados
al ltimo punto los soldados, se juntaron hasta en nmero de cincuenta,
y con todo arreo y ordenanza militar fueron  talar y quemar los panes
del pueblo. Estaba este ya aparejado  la defensa, cerradas las bocas
calles, sin ms que un portillo por donde se entrase, con cuerpo de
guardia constante. No bien sus espas les avisaron el propsito y nmero
de los soldados, los lugareos salieron  su encuentro, no parecindoles
nmero desproporcionado  sus fuerzas, y pelearon con ellos tan
valerosamente, que mataron hasta doce, retirndose los dems
escarmentados.

Tales sucesos merecen ser recordados, porque de ellos se infiere cmo
andaran en Madrid las cosas de gobierno, cuando  sus puertas se
verificaban sin remedio ni espanto. Lo ms eficaz que se le ocurri al
marqus de Aytona para corregir  sus soldados, fu encerrarlos en el
barrio de San Francisco, desocupando todas las casas y prohibindoles de
noche la salida. Otros arbitrios que di eran triviales  intiles, ya
que aquel no fuese en todo de ejecucin posible. Pas la Reina su
dictamen al Consejo de Castilla, y ste aprovechndose de la ocasin, la
represent con gran libertad y firmeza, que no haba ms remedio sino
echar al regimiento de la corte, diciendo que la principal obligacin
de los Reyes es castigar los delitos, carga de muy gran peso, pero
estrechsima, porque pas  los Reyes con la traslacin que hicieron los
pueblos. As las disputas y discusiones iban poco  poco encendiendo
los espritus y haciendo brotar las doctrinas ms liberales de entre las
cenizas  que la Inquisicin las haba reducido. Poco despus el mismo
Consejo hizo una descripcin de los excesos del regimiento,
verdaderamente horrible: Son los testigos ms vecinos, deca, las
quejas universales que dan los caminantes y tragineros de lo que  las
entradas de Madrid les sucede, quitndoles lo que traen, y  los que no
tienen los maltratan  matan, dejndoles desnudos. Los frutos de las
vias los han talado. Las huertas las han destrudo; del ganado que se
apacentaba en prados en contorno de esta villa, han quitado muchas
cabezas y tratado mal  los pastores; las casas de los hombres de
negocios, depositarios y asentistas, no se ven libres de tientos y
papeles en que les piden socorros con amenazas; pocas personas se
escapan de las peticiones que les hacen los soldados  ttulo de la
necesidad que padecen. Y la evidencia de estos daos era tal, que la
Junta grande de Gobierno y el Consejo de la Guerra que haban opinado
por que se formase el regimiento, ahora aconsejaron tambin  la Reina
que lo echase de Madrid.

Era el marqus de Aytona, D. Ramn Guilln de Moncada que lo mandaba,
hombre devoto y de honradas costumbres, pero no poco ambicioso y de
carcter firme y terco, y por estas cualidades irreconciliable enemigo
de D. Juan, de quien estaba ofendido, y de todos los suyos. Saba y
deploraba los desrdenes del regimiento; buscaba y propona de buena fe
maneras de remediarlo; pero no consenta ni en salirse con su regimiento
de Madrid, ni en oprimir tanto  sus soldados que llegasen los
ciudadanos  encimrseles tratndolos sin temor. Su objeto era el mismo
que tan desastrosamente llevaban  cabo sus soldados, el dominar y
espantar  Madrid por la parcialidad que haba mostrado hacia don Juan.
Lo nico que le desagradaba era la forma, porque l hubiera apetecido
que se llevara  cabo sin muertes, robos ni injusticias; cosa imposible
en verdad y que demuestra que tampoco eran grandes los talentos de
Aytona. Aun quiso ste que sus soldados en todo se distinguiesen de los
ciudadanos y dems soldados,  fin de que conservasen ms su espritu de
cuerpo, la unin entre s y la enemistad contra todos los otros, y para
ellos les di un traje particular que se llam chamberga, segn unos,
porque era el mismo que usaban los soldados de Schoemberg, segn otros
porque los traa cierto Mr. de Chavaget que vino  servir  Espaa y
estuvo en el ejrcito de Portugal. De aqu vino el llamarse aquel
regimiento de la chamberga  chambergos; y chambergos por un lado y
golillas por otro, que as llamaban ellos  los cortesanos, continuaron
revolviendo  Madrid, hasta que muerto Aytona y trocadas las
circunstancias, pas el regimiento al ejrcito de Catalua, cuando las
cosas de la guerra lo hicieron all necesario.

Pero ya por este tiempo la atencin pblica que estaba distrada antes
con la chamberga, se encaminaba  otros objetos. El principal era la
privanza de Valenzuela. Haba llegado esta en breve espacio  sus
ltimos trminos. Nombrle la Reina su primer caballerizo, y el marqus
de Castel-Rodrigo, que vuelto del Gobierno de Flandes, donde le haba
sucedido el Condestable de Castilla, desempeaba el cargo de Caballerizo
mayor, escandalizado porque ni siquiera se hubiese consultado con l,
represent  la Reina sobre la cortedad de los ttulos del favorecido:
ella entonces, para remediar el mal, lo hizo conde de San Bartolom de
Pinares. No haba an la Corte acabado de murmurar sobre esta gracia,
cuando muerto el de Castel-Rodrigo, que fu  poco, cargado de aos y
servicios, pretendiendo su empleo de Caballerizo mayor casi todos los
Grandes de Espaa, fu preferido  todos el nuevo conde de San Bartolom
de Pinares. Y como se murmurase ms que antes, naturalmente, para que no
hubiese ocasin de olvidar tal ejercicio, sali  poco en favor del
mismo Valenzuela el nombramiento de grande de Espaa de primera clase.
Sobraban ya motivos para que la envidia y la emulacin por una parte, y
por otra la honradez y la virtud, se declarasen contra Valenzuela,
cuando la Reina, impaciente por terminar su obra, lo declar por su
primer Ministro, dado que ocultamente haca ya tiempo que lo era.

La ira de los cortesanos y Ministros contra Valenzuela comenz 
endulzarla un tanto en la apariencia el verlo ya rbitro de todas las
mercedes y dueo de todo el Gobierno; pero, como suele acontecer, se
refugi en lo ntimo de los corazones, esperando para estallar mejores
tiempos, sin escasear entre tanto ocultamente las stiras ni las burlas.
Cierto da, amaneci puesto cerca de Palacio un retrato de la Reina y
Valenzuela: ella la mano sobre el corazn con un letrero que deca:
Esto se da, y l la mano sobre las insignias de todos los empleos y
dignidades, con letra tambin que deca: Esto se vende. En tanto, el
pueblo clamaba descaradamente contra aquella vergonzosa privanza, y para
acallarlo no escase sus trazas Valenzuela. Tom de tal suerte sus
medidas, que cuando en Madrid andaban escasos los mantenimientos, ahora
durante su Ministerio se hallaban siempre abundantes en los mercados;
resucit los regocijos del tiempo del Conde-Duque; de suerte que Madrid
arda en fiestas continuamente, corridas de toros, mascaradas y
comedias, donde Candamo y Sols y algn otro ingenio, de los pocos que
haba dejado tras s Felipe IV, alcanzaban altos aplausos; y acometi
obras de mucha importancia para ocupar  los ociosos y adornar  la
corte, siendo una de ellas el terminar la reedificacin de la Plaza
Mayor de Madrid, que tena un ngulo por tierra desde el ltimo
incendio, y otra el puente de Toledo, y otra,  lo que se cree, el arco
de Palacio.

Pero como la vanidad es una misma en todos los tiempos, deseoso
Valenzuela de hacer ms y ms pblica su fortuna, comenz  lucir en las
fiestas divisas muy parecidas  aqulla que tan cara le cost al conde
de Villamediana; una de ellas deca, _yo solo tengo licencia_, y otra,
_ m solo es permitido_. Ambas de grande escndalo: pblicamente se
escarnecan  la Reina y al favorito, y quien ms los adulaba y
obedeca, ms se ocupaba en difamarlos. Los ms altos los despreciaban
personalmente, aunque no osaban oponerse  su poder; los ms bajos los
aborrecan, aunque se aprovechasen de sus larguezas y pareciesen
contentos con el pan y los espectculos que se les ofrecan, como 
aquellos viles ciudadanos de la Roma imperial. Y as quieto D. Juan, la
nobleza expectante, tranquilo el pueblo porque no le aquejaban escaseces
ni grandes desdichas, fueron pasando los primeros meses de la privanza
de Valenzuela. Pero pronto su inexperiencia para gobernar la Monarqua y
los sucesos mismos vinieron reciamente  combatirle, dando fuerza  sus
naturales y encubiertos enemigos para derribarle. Si D. Juan estaba
quieto, era por conveniencia propia, pero sin dejar de atender por eso
ni l ni sus partidarios  satisfacer las venganzas de lo pasado y
preparar las cosas futuras; bien se vi lo primero con el suceso del
Padre Nithard, en Roma. Andaba ste all harto desairado, y con temores
de que  instancia de D. Juan, que las haca muy grandes, se le
despojase de todos sus ttulos, cuando habiendo vacado algunos capelos,
y tratndose de dar uno de ellos  Espaa, escribi la Reina  S. S.
secretamente, suplicndole que honrase con l  su antiguo confesor, sin
reparar en que el Consejo de Castilla haba ya propuesto oficialmente
las personas que lo merecan. Mas se tena ya tan poca cuenta con los
deseos de la Reina, que el marqus de San Romn, nuestro Embajador en
Roma, en vez de apoyarlos como deba, hizo que el Papa, lejos de honrar
con un capelo al Padre Nithard, le obligase  renunciar sus cargos.

Sinti mucho este desaire la Reina, y como el nuevo favorito Valenzuela
era amigo del confesor, continu esforzndose en conseguir que se
mejorase su suerte. Logrlo al fin, haciendo que tres aos despus de su
salida de Espaa se le nombrase Arzobispo de Edessa, y Cardenal con el
ttulo de San Bartolom de Isola, y dejndole ya bien acomodado, ni la
Reina pens ms en l, ni l se ocup ms en las cosas de Espaa. Pero
es indecible lo que D. Juan se afan durante todos estos aos para
evitar que su antiguo enemigo obtuviese la prpura, sin desarmarle la
humildad con que ste se le ofreci en su nuevo estado. Al propio tiempo
que atenda  esto, atenda tambin D. Juan al estado de la salud del
Rey, que tanto le interesaba, porque iba de mal en peor cada da, y
corriendo el ao de 1670, no bien terminadas las turbulencias, enferm
tan gravemente que se lleg  desesperar de su vida. Entonces, como era
natural, redobl sus cuidados para ganarse el amor de los pueblos
aragoneses, gobernndolos con algn acierto y justicia, y lisonjeando
mucho  la nobleza y al pueblo. Pero el Rey se recobr, aunque
continuando en sus achaques, y D. Juan tuvo lugar de fijar de nuevo sus
ojos en la corte.

Fu  tiempo que los sucesos traan ya muy apurados  la Reina y al
favorito; porque mientras por ac nos ocupaban tan mezquinas cuestiones,
todo era por fuera desconcierto. En Cerdea, provincia hasta entonces
pacfica, fu asesinado alevosamente el Virrey, que era el marqus de
Camarasa, por unos cuantos nobles conjurados contra l,  causa de
haberle atribudo sin razn una muerte, tambin alevosamente cometida,
contra persona principal. Alzronse en seguida en armas los conjurados,
temerosos del castigo; fortificronse primero en un convento, y luego se
embarcaron para el cabo de Sacer, donde se establecieron, y desde all
corran los caminos, obligaban  pagar tributo  las poblaciones, y
traan muy revuelta la isla, hasta que fu preciso enviar all  D.
Francisco Tuttavilla, Duque ahora de San Germn con alguna tropa, el
cual guarneci bien las fortalezas, puso  precio las cabezas de los ms
culpables, desarm al resto, y di orden en todo. Tambin Valencia fu
teatro de algunos desrdenes que, afortunadamente, se aplacaron sin gran
dificultad.

Y entre tanto, los filibusteros  hermanos de la costa, que  fines del
anterior reinado haban comenzado  infestar los mares de Amrica,
llegaron  causarnos horribles daos; robaban casi todas las flotas y
caudales, y uno de sus caudillos, por nombre Morgn, acometi con
seiscientos hombres  Portobello, y la saque; luego ejecut lo mismo en
la isla de Santa Catalina, y llev hasta Panam el terror de su nombre
sin que se hallasen bajeles en nuestros mares que pudieran tomar de
tales desafueros venganza. Pero lo principal eran las cosas de Flandes.
Luis XIV con tal poder militar como hasta entonces no se hubiese
conocido en Europa, disponiendo  causa de la unidad que haba alcanzado
su nacin y de lo muy poblada que estaba, de ejrcitos tres veces ms
numerosos que los de sus mayores enemigos, favorecido por la suerte con
los mejores generales de su siglo, ciego de orgullo con las ventajas que
haba alcanzado en sus primeras empresas, sediento de dominacin, y
estimando en ms la conquista de una aldea, que la vida de millares de
sus vasallos, desptico, iracundo y aconsejado por Ministros que hacan
su fortuna mientras l haca como que mandaba ejrcitos y ganaba
batallas y renda fortalezas, adulado ya por muchos con aquel ttulo de
Grande que no le cuadraba sino por estar al frente de una nacin grande
y de grandes capitanes y ejrcitos, no reconoca freno alguno, y
proclamaba audazmente que no haba ms ley que su voluntad en Europa.
Irritado con Holanda porque haba detenido el curso de sus conquistas
sobre Espaa, coligndose para ello con Inglaterra y Suecia en el ao
pasado de 1667, no tard en hallar pretexto para declararle la guerra.
Embistila con tres ejrcitos  un tiempo segn su costumbre, tan
numerosos, que era imposible que los holandeses pudieran disputarle el
campo, y para que tampoco pudieran disputarle el mar, donde ellos eran
muy poderosos, ajust una liga ofensiva y defensiva con los ingleses,
juntndose ambas armadas para oprimir la holandesa. Pidi auxilio la
Repblica al Emperador y  Espaa; pero ni una ni otra potencia se
atrevieron  declararse por lo pronto.

Gobernaba entonces en Flandes el conde de Monterrey, D. Juan Domingo
Ziga y Fonseca, hombre de mayores partes que fu su padre, el cual,
temeroso de que aquel nublado viniese  caer sobre l, aprest lo mejor
que pudo sus plazas, pidi  la Reina gobernadora socorros, y con los
que se le enviaron junt un ejrcito de hasta doce mil hombres, que bajo
su mando y el del conde de Marsn atendiese en todo caso  la
resistencia. No haba terminado Monterrey sus preparativos, cuando ya
los franceses eran dueos de la mayor parte de Holanda. Redobl sus
splicas la repblica pidiendo auxilios, y el conde de Monterrey, viendo
que si Luis XIV acababa de conquistar  Holanda no podra sostenerse
Flandes bajo nuestra mano, accedi al fin  ellas, enviando al conde de
Marsn con seis mil hombres (1672)  que se juntase con el ejrcito
holands, que al mando del Prncipe de Orange sitiaba  Charleroy. No se
pudo tomar la plaza, y al ao siguiente comenzaron los franceses la
campaa, sitiando  Maestrick. Temi perderla el Prncipe de Orange,
como en efecto sucedi, y volvi  pedir socorro  los espaoles; y
Monterrey, no consultando ms que la conservacin de aquellos Pases
Bajos que tan poca cuenta nos tena, y sin reparar en los peligros  que
expona la nacin, ni orden an de la corte, envi refuerzo de tropas
numeroso  los holandeses para que intentasen salvar la plaza. Fu esto
en vano como decimos, y Luis XIV hizo vivas reclamaciones al Gobierno de
la Reina contra esta conducta del conde de Monterrey. Pero ya Holanda
haba hecho hartas gestiones en Madrid y en Viena, y estaba para
firmarse entre las tres potencias una liga ofensiva y defensiva, con que
las reclamaciones del Monarca francs no fueron odas.

Solicit ste entonces la neutralidad de Espaa con lisonjeras ofertas,
y cierto que nada nos convena tanto en tales circunstancias, aun siendo
cierto como era, que de semejante neutralidad haba de originarse luego
la prdida de toda Flandes; pero  nuestra Corte haban acabado de
cegarla las ventajas que ofreca Holanda para concluir la liga, y as
fu que no di ms odos  las ofertas, que hubiese dado  las
reclamaciones del francs. Que el conde de Monterrey enviado  gobernar
aquellas provincias, con el deseo natural de asegurarlas se inclinase 
la liga holandesa, merece alguna excusa, y que en Madrid, donde los
menos avisados miraban ya como inevitable la prdida de los Pases
Bajos, y como utilsimo su abandono, hubiese gobierno que empeara una
guerra por resguardarlos, merece reprobacin muy grande. Era comenzarla
sin soldados, sin capitanes, sin armas ni tesoros, exponernos  nuevas
derrotas y afrentas. Y esto sin contar con la poca fe que deba inspirar
Holanda, movida entonces de la necesidad  hacernos grandes
ofrecimientos; pero que una vez fuera de peligro, haba de procurar
naturalmente antes que por nosotros por s propia, como sucedi, y sin
tener ms en cuenta, cosa tambin probada en los efectos, que en
semejantes alianzas lleva siempre la peor parte el ms dbil y que
nosotros ramos los ms dbiles entonces. Slo el agradecimiento de que
Holanda hubiera acudido  salvarnos cuando Luis XIV invadi antes
nuestros estados de Flandes, pudiera excusar tal socorro y liga, aunque
 decir verdad, la paz que entonces obtuvimos por mediacin de tal
potencia, fu tan  costa nuestra, que poco hubiera de habernos
agradecido ella mediacin semejante. Pero acaso es lo cierto que el
Emperador miraba con miedo  los franceses en las orillas del Rhin,
recelando que roto el valladar de Holanda, vinieran  hacerse rbitros
de Alemania, y que la reina Doa Mariana tena como siempre ms en
cuenta los intereses del imperio y de su familia que no los de la nacin
que gobernaba.

Su nico Ministro y consejero Valenzuela, contentndose con que le
dejase hacer la Reina todas las mercedes y disponer de todas las cosas
en Espaa, ms pensaba en adular sus gustos, favoreciendo contra el
inters propio los intereses del imperio, que no en contrariarlos 
riesgo de perder algo en su privanza. Y los mismos Consejos donde ms
que en ninguna otra parte se conservaba el espritu antiguo de la
Monarqua, no juzgando an que debieran abandonarse las provincias de
Flandes, y no excusando, por ser de antiguo natural la alianza con el
Emperador, antes que ofrecer como en otras cosas resistencia, se
prestaron de buena voluntad  favorecer las miras de la Reina. Tenan
fija la vista los Consejos en aquella idea de que mientras en Flandes se
entretuviesen las armas francesas se libraban de su poder nuestras
fronteras; y  la verdad haba ahora cierta apariencia de razn, porque
abiertas como estaban nuestras fronteras sin plazas ni ejrcitos que las
defendiesen, despoblado y miserable el pas, no pareca posible detener
hasta Madrid la marcha de los numerosos ejrcitos de Luis XIV. Pero se
olvidaba el que con mantener tan costosas guerras en Flandes cada da se
enflaqueca ms el reino y quedaba ms indefenso; y no se contaba con el
patriotismo y el valor de Espaa que haba de despertar al ver
insultados sus hogares, como se vi luego en estos mismos aos de
desdicha por la parte de Catalua. El hecho fu que se ajust un tratado
en El Haya (1673) por el cual Holanda se comprometi  no hacer paz ni
treguas con los franceses hasta que hubieran devuelto  Espaa cuanto la
haban arrebatado desde la paz de los Pirineos, y con esto comprometise
el Emperador  tener siempre sobre el Rhin un ejrcito de treinta mil
hombres, y Espaa  atacar en todas sus fronteras y con todas sus
fuerzas  Francia.

Rota la guerra en virtud de tales conciertos, sostvose, como poda
esperarse, con poco crdito. Aumentronse con ella los ordinarios
apuros de dinero, crecieron las exacciones y todos los males de la
guerra, suscitronse nuevas sublevaciones en el reino como la de
Messina; y Valenzuela, sin saber cmo atender  tan graves negocios, se
hallaba en los apuros ms grandes cuando se vi hecho blanco de las iras
de D. Juan y su partido. Sostvose contra todo mientras dur la regencia
de Doa Mariana, acrecentndose en aquella mujer terca el cario que le
tena,  medida que ms combatido le miraba; pero en esto venase  ms
andar la poca en que haba de ser mayor de edad el Rey nio, lo cual
deba cambiar forzosamente la situacin de las cosas.

Mostraba ya el rey Carlos II lo que haba de ser en adelante. Llambanle
el imbcil, cuando no deba llamrsele sino el infeliz. La debilidad de
su constitucin fsica, los continuos achaques que ella le ocasionaba,
aquel andar siempre alrededor del sepulcro, de manera que pareca que
Dios no le hubiera concedido el nacer sino para que viese y llorase con
sus propios ojos su muerte, haban hecho decaer su espritu, llenndole
de timidez y de preocupaciones, quitndole el valor para resolver por s
mismo lo ms pequeo, impidindole el estudio, la meditacin, el
trabajo, y todo aquello, en fin, que poda prepararle  desempear con
tino las obligaciones de su estado. Su vida era un perpetuo gemido, un
continuo temor, un doloroso holgar, una impotencia tan grande para los
placeres del cuerpo como para los deleites del espritu: Rey el ms 
propsito que pudiera hallarse para completar y sellar la ruina de
Espaa, digno, en verdad, de esta Monarqua agonizante. Y, sin embargo,
 Carlos II no le faltaban tanto como se ha credo ni el entendimiento
ni la voluntad: bien comprenda el mal y el bien, y quera tanto lo uno
como aborreca lo otro. Jams ningn Rey ha amado ms  sus vasallos;
jams ninguno ha rogado tanto  Dios por ellos, ni ha llorado tanto sus
desdichas; jams ninguno les ha hecho, por su persona, menos dao, ni ha
sido menos digno de aborrecimiento; para Carlos los males de la nacin
eran unos con los suyos, y, desde que tuvo discernimiento, junt al de
sus dolores fsicos el peso de los dolores morales que cada una de las
desventuras de la nacin le ocasionaba. Detestaba, sin murmurar, 
Valenzuela; censuraba, en su conciencia, los escndalos de la madre, y
ms el poco amor que mostraba  los espaoles; amaba  D. Juan, porque
no le conoca y porque los partidarios de ste, astutamente, le haban
hecho entender que era bueno y generoso y amigo del bien de Espaa.

Con tales sentimientos y con tal Rey no era difcil que se preparase la
vuelta de D. Juan y la cada de sus enemigos: slo faltaba que llegase
el da en que, cumplidos los catorce aos, tuviese autoridad para mandar
en el reino. Mientras llegaba, D. Juan logr que se le permitiese venir
 Madrid en tres distintas ocasiones, con que logr restablecer su
partido, allegar nuevos parciales, y prepararlo todo para la ocasin que
esperaba; y con el fin de que aun entonces no le faltasen pretextos con
que disculpar su enemistad  la Reina, no ces de dirigirla peticiones y
cargos, ya porque no castigaba al conde de Aranda, noble aragons y
antiguo Virrey de aquel reino, que supona que haba querido
envenenarlo, ya porque no le devolva su plaza en el Consejo de Estado,
permitindole vivir en Madrid, ya, en fin, por otros motivos que fuera
ocioso enumerar y que inventaba  su placer cada da. La reina Doa
Mariana, llena de inquietudes y de temores, vea acercarse el nublado,
sin poder esquivar la tormenta; da y noche pasaba las horas meditando y
buscando medios y arbitrios con que resistir  sus adversarios,  bien
derramando de sus ojos, harto fatigados ya, copiosas lgrimas. Movala,
ms que su propia suerte, que al cabo era Reina y madre, la suerte de
Valenzuela, que no tena otro apoyo ni otra defensa que su lealtad. Bien
vea que el destierro, cuando no la muerte, le esperaba. Por ms que da
y noche revolva en su mente los pensamientos, todos eran ineficaces,
todos pequeos para mal tan grande como amenazaba. Fijse en el
propsito de sacar de Espaa  D. Juan  perderle en la gracia del joven
Rey, y, para ello, le design como la nica persona capaz de salvar la
Italia, que, abrasada en la sedicin Sicilia y amagada Miln de Saboya y
Francia, corra peligro de perderse, y aconsej  su hijo que le
nombrase lugarteniente en aquellos estados. Comprendi D. Juan el
intento, y aunque el peligro era verdadero, como el patriotismo no era
muy grande en su corazn, se determin  frustrarlo excusando el ir por
entonces  Italia, como  Flandes en otro tiempo. Lo que hizo fu
valerse de tal ttulo y nombramiento de Virrey de Italia para visitar 
Barcelona y otras ciudades de su devocin con pretexto de enviar
socorro, y para acercarse, por ltimo,  Madrid alrededor del da 6 de
Noviembre de 1675, en que el Rey cumpla los catorce aos.

Da amargo fu aquel para la reina Doa Mariana. Los Grandes de Espaa y
palaciegos del partido de D. Juan haban persuadido secretamente al
joven Rey de que la primera determinacin que tomase fuera la de nombrar
 D. Juan su primer Ministro, encargndole de todas las cosas del
Gobierno. Entre los regocijos de la corte por aquel suceso iba ya 
firmarse el decreto que esperaba D. Juan en el palacio del Buen Retiro,
adonde ya haba llegado, cuando la Reina, enterada del caso, llena de
desesperacin, corri al punto  buscar  su hijo, consigui hablarle 
solas, le rog, le suplic, y tanto hizo y tantas lgrimas derram, que
logr rendir al flaco Rey y le arranc una orden separando  don Juan de
la lugartenencia de Italia, con orden verbal de que se alejase al punto
de la corte y volviera  residir en Zaragoza. As permanecieron durante
un ao las cosas, gobernando, como antes, la Reina y Valenzuela en
nombre de Carlos; pero D. Juan y sus partidarios no descansaron un punto
hasta urdir una nueva trama, que tuvo harto mejor xito que la pasada.
Vuelto  persuadir el Rey de que era necesario llamar  D. Juan al
Gobierno, le aconsejaron que una noche saliese de Palacio y se fuese al
Retiro, dejando orden  las puertas de que por ningn motivo permitiesen
salir  la Reina. Ya en el Retiro el Rey, rodeado de personas afectas
todas  D. Juan, sin querer abrir las cartas que al saber el suceso le
escribi desde Palacio la Reina, expidi el decreto nombrando  su
hermano, D. Juan de Austria, que no excusaba darle tal ttulo,  que le
asistiese y tomase sobre sus hombros (1676) el grave peso de la Corona.
As, al cabo de tantos aos de vanos esfuerzos, logr D. Juan vencer 
la Reina y obtener el Gobierno que deseaba. Diselo Dios por pocos aos,
y con menos fortuna, encerrando en el sepulcro las esperanzas ms altas
que tena, si las tuvo como se cree.

Pero ya es tiempo de que veamos qu tal se mostraba con nosotros la
fortuna en la guerra empeada en 1673. Era Flandes escuela antigua de
nuestras armas, donde con mejor  peor fortuna haban sido siempre
respetables; obramos ahora solamente  modo de auxiliares, de suerte que
no alcanzamos reputacin alguna, bien que prdidas s las tuvisemos, y
muy dolorosas. Fu mengua el reconocer por Capitn General de los
ejrcitos coligados al Prncipe de Orange, statouder de Holanda,
rebelde vasallo de nuestra Corona, poniendo  sus rdenes las viejas
banderas del duque de Alba, para que las llevase detrs de las de
aquella repblica, que no era sino un pequeo trozo de nuestros antiguos
dominios. De esto que el Gobierno de Madrid mir ya como cosa natural,
sin causarle vergenza  disgusto, nacieron en las empresas y ocasiones
irreparables daos, porque los generales espaoles si no grandes todos,
todos de ilustre cuna, recordando la pasada superioridad, no llevaban
con calma la actual dependencia. Uno de ellos, que era el de la
Caballera, D. Fernando de Aragn y Moncada, conde de Cartageneta y
primognito del cardenal duque de Montalto, al intimarle la orden de la
Reina para que en todo se sujetase al de Orange, rompi su bastn de
mando, dej el ejrcito y se vino  Espaa; y el duque de Monterrey y el
de Villahermosa, que le sucedieron, tuvieron tambin con el caudillo
holands continuos disgustos. De todos modos, se juntaron las armas y se
comenz la guerra.

Juntas unas y otras con las alemanas, conquistaron  Noerden (1673),
obligando  los franceses  abandonar todas sus conquistas en Holanda, y
dieron la batalla famosa de Seneff (1674). Mandaba en ella los ejrcitos
aliados el mismo Prncipe de Orange, asistiendo tambin el conde de
Monterrey con los nuestros y llegando el total de las fuerzas  sesenta
mil hombres. Algo menor era el nmero de los franceses que el Prncipe
de Cond gobernaba. Pelese desesperadamente durante muchas horas,
sealndose el de Monterrey con los espaoles, y, al fin, qued indecisa
la victoria, retirndose unos y otros  sus cuarteles despus de dejar
veinticinco mil hombres en el campo. Entre tanto (1674) Luis XIV volvi
 acometer el Franco Condado. Haba propuesto el viejo duque de Lorena,
aliado, como siempre, del Imperio y de Espaa, que se empezasen las
campaas por esta provincia, con lo cual ella se hubiera salvado y
hubiera sido ms fcil penetrar en el interior de Francia; pero no fu
odo este consejo, y Luis XIV determin hacerlo imposible en adelante
apoderndose de la provincia. Entr en ella (1674), en persona, con
cincuenta mil hombres y grandes trenes de artillera, y sus generales se
apoderaron, en seis semanas, de todas las plazas fuertes: Gray,
Besanzon, Salins, Dole, con todos los castillos y puntos fortificados.
Hallbase esta vez, ms aparejada que otras  la defensa, la provincia.
D. Francisco de Albeyda, que all mandaba, tena  sus rdenes quince
mil soldados y buenos capitanes como el Prncipe de Vaudemont, hijo del
duque de Lorena, el barn de Soye y otros: de suerte que pareca que no
deba ser tan fcil el triunfo del Monarca francs. Pero todos los
esfuerzos de Albeyda y sus tenientes, asistidos an de una diversin
que hizo el duque de Lorena por la parte del Rhin, no bastaron para
luchar con los franceses, que, sobre ser ms de triple nmero que los
nuestros, tenan de su parte una cosa que hasta entonces les haba
faltado, que era el favor de los naturales. Estos, por tanto tiempo
leales  Espaa, y que tanto haban padecido por serlo y tantos
sacrificios haban hecho por conservarse en nuestro dominio, cansados ya
de verse entregados al enemigo, persuadidos de que nuestros Reyes
carecan de fuerza para defenderles, y de que, tarde  temprano, haban
de venir  parar en ser sbditos franceses, lejos de ayudar, como otras
veces,  la resistencia, facilitaban cuanto podan la conquista. Tuvo
Albeyda que repartir su gente casi toda en guarniciones por las plazas,
 fin de que ellas mismas no se alzasen en favor de los enemigos: as,
cuando llegaron sobre l los cincuenta mil franceses, se hall con slo
tres mil infantes y ochocientos caballos para mantener el campo, con que
no pudo socorrer ninguna de las plazas sitiadas ni obrar cosa de
provecho. Las guarniciones espaolas de las plazas se defendieron con
denuedo, al decir de los mismos franceses, y una de ellas, la de
Besanzon, ejecut una accin digna de los soldados de Carlos V y de
Felipe II, no superada en Roma  Esparta. Aportillados los muros y no
pudiendo ms prolongar la defensa, despus de veinte das de ataques
continuos, pidieron capitulacin. Mandaba  los franceses en persona el
rey Luis, que para mostrar su esfuerzo con aquellos rendidos, no quiso
concedrsela, exigiendo que se rindiesen prisioneros de guerra. Entonces
los soldados, llenos de honrosa indignacin, prefirieron morir con las
armas en la mano, y saliendo en escuadrn formado contra las lneas
francesas, las embistieron, y peleando uno contra ciento murieron todos.

El Franco Condado, unido tanto por su voluntad como por el poder de las
armas  la monarqua francesa, no se ha separado de ella desde entonces.
Acompaaron  esta prdida, tanto en aquella como en las siguientes
campaas, otras iguales  mayores por la parte de Flandes, para todos
los aliados. Perdironse entre otras las plazas de Ayre y Cond (1677),
donde un Maestre de campo espaol, con trescientos soldados solamente,
supo romper la lnea de sitio para introducir socorros; hubo que
levantar el sitio de Maestrik; y nosotros particularmente perdimos
(1678) la importante plaza de Valenciennes, una de las ms fuertes de
los Pases Bajos, no sin recelo de traicin por parte de algunos de los
moradores  extranjeros que la defendan, dado que en el mismo marqus
de Richebourg su gobernador, no se suponga como se puede. Perdimos
tambin la ciudad de Cambray, muy bien defendida por su gobernador D.
Pedro Scala, y habiendo sido derrotado el Prncipe de Orange en la
batalla de Mont-Cassel, hubo tambin de rendirse la ciudadela, que era
ms fuerte que la ciudad,  pesar de la heroica resistencia de su
gobernador D. Pedro Zabala, que herido y casi moribundo se sostuvo hasta
lo ltimo con una guarnicin casi toda de espaoles haciendo prodigios
de valor, al decir de los historiadores franceses.

Tambin se perdi Saint Omer con regular defensa. Mandaba ya en Flandes
el duque de Villahermosa, vuelto  Espaa Monterrey, el cual, aunque no
se estuvo ocioso durante esta campaa (1677), no logr hallarse de
acuerdo ni una vez apenas con el de Orange, queriendo l pelear cuando
el otro retirarse, y al contrario; de modo que no pudieron lograr juntos
ventaja alguna. En la de 1678 los enemigos, conociendo de una parte que
las plazas espaolas estaban mucho menos fortificadas y guarnecidas que
las holandesas, y de otra que era ms fcil que las conservasen por el
tratado de paz, manteniendo ya tambin inteligencias para ajustarla con
Holanda, volvieron contra nosotros todas sus fuerzas. Atacaron  un
tiempo cinco plazas: Gante, Iprs, Namur, Mons y Luxemburgo con
poderosos ejrcitos. Gante, valerosamente defendida por D. Francisco
Pardo, tuvo al cabo que rendirse, y lo mismo Iprs que sostuvo hasta el
extremo el marqus de Conflans. No hubo en verdad ningn gnero de
esfuerzo que no hiciese Villahermosa para socorrer estas plazas; pero
abandonado casi de sus aliados por hallarse  la sazn el Prncipe de
Orange en Inglaterra, y continuar las inteligencias entre holandeses y
franceses, sin recibir un solo real de Espaa ni un solo hombre, falto
de todo, no pudo evitar el dao. Hallbase entregado  la desesperacin
cuando vino  terminarse la paz. Sitiaba todava el Mariscal de
Luxemburgo la plaza de Mons, y el Prncipe de Orange vuelto ya de
Inglaterra estaba en campo con sus tropas, disgustado de una paz que le
robaba el influjo en la repblica. Concert con ste Villahermosa dar
batalla al de Luxemburgo  pesar de la conclusin de la paz,
prevalindose de que todava no haban recibido oficialmente las nuevas,
sin ms propsito que el de renovar de nuevo la guerra  de vengar
pasadas prdidas; y con efecto, acometiendo ambos generales al francs,
se di una batalla tan intil como sangrienta, en la cual ambas partes
cantaron el triunfo dejando siete mil muertos en el campo.

De mayor ventaja y gloria, por ser mantenidas de nosotros solamente,
contra los enemigos, fueron las campaas de Catalua. Fu all  mandar
la provincia al abrirse la campaa de 1673 el duque de San Germn, D.
Francisco Tuttavilla, viejo General y harto experimentado en Catalua,
Portugal y otras partes, el mejor acaso que tuviera entonces Espaa.
Entr por el Portus Mr. de la Bret con tres mil infantes y setecientos
caballos, para quemar algunos lugares en venganza de los que el conde de
Monterrey quemaba en Flandes. Sali al opsito el de San Germn con
ochocientos caballos y muchos paisanos, sostuvo un combate ventajoso,
donde murieron ms de ciento de los enemigos, y por ltimo les oblig 
repasar la frontera. Intentaron otras varias entradas por el Ampurdn,
mas siempre fueron rechazados; y en la villa de Massanet, que
acometieron furiosamente, tuvieron bastante prdida. Aunque estos
pequeos principios eran afortunados, como no haba tropas en la
provincia para atender  una ordenada defensa, era de temer que los
enemigos la pusiesen en algn peligro. Entonces Catalua, ardiendo
todava en deseos de mostrar su patriotismo y aborrecimiento  los
franceses, levant  su costa diez tercios de infantera, con lo cual y
los escasos jinetes que all haba, se form un regular ejrcito,
ordenndose tambin los somatenes, para que acudiesen cuando se los
llamase.

Contuvironse los franceses al saber estas prevenciones, y ms que  la
sazn les daban  ellos harto en que entender las cosas de su
territorio. De l era parte el Roselln, provincia natural de Espaa,
que an no poda llevar con paciencia el dominio extranjero. Puestos de
concierto los paisanos del lado de all de los Pirineos con los del lado
de ac, no cesaban de acosar  los franceses. Bastaba que uno de ellos
se apartase de compaa  ejrcito para ser muerto. Los colonos que
haban venido  residir en los lugares del Roselln, eran acometidos de
los antiguos vecinos, y muertos tambin y saqueados; los montes estaban
ocupados por los _angelets_, que eran como los almogvares de Catalua,
gente suelta, incansable, atrevida, que no dejaba un momento de reposo 
los franceses, sin dar cuartel  ninguno, recogindose en la mala
fortuna al abrigo de los catalanes, que desde Massanet y otros pueblos
de la frontera hacan tambin  aquellos guerra  muerte. Todo esto
aconteca antes de que se formalizase la guerra. Mas ahora, alentados
con ella los principales vecinos de Villafranca, de Conflans y de otras
principales villas y lugares de Roselln, negando que Felipe IV hubiese
tenido derecho para enajenar aquella parte de la Corona, determinaron
sustraerse al dominio francs, tornando  Espaa. Comunicaron su intento
al Gobernador de Puigcerd, D. Gernimo Dualdo, y concertaron con l el
modo de sorprender  los franceses, y de apoderarse en un punto de toda
la provincia. Descubrise desdichadamente la conspiracin, y los ms de
aquellos nobles espaoles fueran ajusticiados. Tras esto los franceses,
para vengarse hicieron una invasin en el Ampurdn, al mando del marqus
de Riberolles; pero fu en su dao, porque volvieron desordenados por
los paisanos y almogvares  miqueletes, con gran prdida, y siendo el
mismo General de los prisioneros, los cuales por primera vez obtuvieron
cuartel durante esta guerra.

No contentos con este triunfo, hicieron infinitos daos los miqueletes
en la frontera francesa. Luego el duque de San Germn con el ejrcito
formado en Catalua y algunos refuerzos que recibi de Npoles y
Castilla, entr por el Roselln  mano armada (1674). Llevaba consigo
hasta doce mil infantes y dos mil quinientos caballos. Con ellos rindi
 Maurells y su castillo, rompi un trozo de franceses  la otra parte
del ro Tech, con prisin del Teniente general la Bret que los mandaba,
obligndoles  desamparar al Boulou y San Juan de Pajs, y bloque el
castillo de Bellegarde. En seguida atac valerosamente la villa de
Ceret, y la tom, mientras que D. Jos de Trinchera degollaba un
regimiento de franceses casi entero, y luego rompa otro, tomando un
gran convoy que llevaba al lugar de los Baos, haciendo prisioneros al
mayor nmero de los soldados. Era este Trinchera cataln de los del
Roselln, y mal avenido desde su infancia con que su provincia fuese
presa de los extranjeros, se consagr  hostilizarlos; fu de los
principales caudillos de los _angelets_, y ahora lo era de los
miqueletes  almogvares, acaudillando una cuadrilla de ellos, con la
cual llev  cabo hechos famosos.

Alentado San Germn con sus primeras ventajas y hallando faltas de
comunicacin, por tenerlas interceptadas los miqueletes, las fuertes
plazas de Bellegarde y los Baos, determin embestirlas  un tiempo.
Rindise Bellegarde, mucho tiempo antes bloqueada, despus de ser
furiosamente batida; pero la plaza de los Baos no pudo ser tomada por
haber sobrevenido al socorro el Mariscal de Schmberg con tres mil
caballos, doce mil infantes y cerca de diez mil paisanos, nmero muy
superior al de los nuestros. Concentr el duque de San Germn, para
oponerse, todas sus fuerzas, que no pasaban ya de cuatro mil trescientos
infantes y setecientos caballos, sobre Maurells, en las orillas del
Tech, ordenando  los somatenes del contorno que viniesen en su ayuda.
Era su intento continuar el bloqueo de los Baos, ordenndolo desde
Maurells con su ejrcito. Lisonjese Schmberg de sorprenderle, y atac
de repente sus lneas por un punto que juzgaba desguarnecido; pero no
estaba sino muy bien defendido por la infantera catalana de los
somatenes. Por tres veces embistieron los enemigos, y tres veces fueron
rechazados, siendo casi deshecho un regimiento de suizos que tom la
delantera. Sali entonces nuestra caballera, escondida en unos
olivares, y espada en mano arroj  los franceses del otro lado del
Tech, con gran destrozo. Sin embargo, como los nuestros, tan inferiores
en nmero, no osaban salir  campo raso, tuvo lugar Schmberg para
socorrer los Baos y tomar  San Juan de Pags, con que el de San Germn
dispuso retirarse. Avergonzado el francs de la anterior derrota, quiso
desquitarse impidiendo esta retirada, suponiendo que dara ocasin 
completo desorden. Entonces aquellas orillas del Tech y campos de
Maurells fueron testigos de una batalla gloriosa para los espaoles.
Acometi Schmberg nuestra ala derecha, donde haba dos tercios de
catalanes, al mando de los Maestres de campo D. Jos Mari y D. Manuel
Senmenat con superiores fuerzas; pero los tercios se defendieron
valerosamente y dieron tiempo  que, llegando el conde de Lumiares,
General de nuestra caballera, con buen golpe de jinetes, destrozase 
los jinetes franceses, obligando  la infantera  ponerse en fuga. Al
mismo tiempo haban embestido los enemigos nuestra ala derecha, y aqu
fu ms completa su derrota. Componanla otros dos tercios, uno
compuesto de catalanes, el otro el de la chamberga, mandado aqul por el
nuevo marqus de Aytona, y ste por el de Legans, no menos valiente que
fu su padre, y que, gobernando en Orn, haba ya dado altas muestras de
su persona; acudi tambin al socorro el conde de Lumiares con su
caballera en lo ms recio del combate, y entre todos obligaron al
francs  huir vergonzosamente, ganndole la artillera, parte de la
cual clavaron, y parte trajeron  nuestro campo. Fuera all total la
destruccin de los franceses, si el de San Germn no hubiese ordenado
cesar la pelea. Con todo, dejaron en el campo mil hombres muertos y
muchos prisioneros, entre otros, el General de la caballera, un hijo de
Schmberg y muchos coroneles y capitanes; tomse tambin la mayor parte
del bagaje.

Tan sealada victoria no se consigui sin alguna prdida de nuestra
parte; del trozo llamado de Medina apenas qued hombre  vida. No falt
quien censurase al de San Germn por no haber proseguido la victoria;
pero fu disculpable sin duda el no empearse mucho con un enemigo tan
superior en fuerzas, y que conservaba mucha gente de refresco todava.
Contentse el Duque con permanecer atrincherado  la orilla del Tech, al
propio tiempo que los enemigos fortificaban su campo ms all de San
Juan de Pags. All estuvieron muchos das ambos ejrcitos sin emprender
cosa notable, con gran vergenza del francs, tan superior en nmero,
hasta que los rigores del invierno y las enfermedades obligaron  ste 
retirarse  su territorio, con lo que los nuestros alzaron tambin su
campo. Pero en todo el tiempo que estuvieron frente  frente los
ejrcitos, no dej de haber combates parciales y gloriossimos siempre 
los espaoles, sealadamente  los miqueletes catalanes.

Eran estos miqueletes los mismos que en otras ocasiones hemos llamado
almogvares; nombre aqul rabe, que significaba soldado ligero, y ste
derivado de cierto Miguel de Prat, caudillo famoso de ellos, compaero
de Csar de Borja. Sus hechos contra los castellanos en los das de la
rebelin son bien conocidos; los que ahora ejecutaron contra los
franceses son dignos de eterna memoria. Distinguironse entre los
caudillos  cabezas, Jos de Trinchera, de quien ya hemos hablado
antes, y el baile de Massagoda. Embistieron los franceses el puente de
Ceret, y fueron de los mismos miqueletes rechazados; Massagoda y
Trinchera cogieron numerosos convoyes, poniendo en grande estrechez el
campo enemigo. Luego corrieron el Roselln como vencedores, recogiendo
en todas partes botn y prisioneros, y destruyendo cuantos franceses
hallaban  mano. Quisieron stos entrar en el Ampurdn por el Coll de
Bauls, y los miqueletes los rechazaron; la guarnicin de los Baos, que
hizo una salida, fu encerrada de nuevo con gran prdida en la plaza;
acometieron de nuevo el puente de Ceret y un fuerte all cercano, y
tampoco los miqueletes les dejaron conseguir su intento, hacindoles
horrible mortandad por todas partes. Desesperado Schmberg, concert con
su teniente M. de la Bret, ya rescatado, y con el traidor don Juan de
Ardena, que an mandaba su caballera, una artificiosa emboscada para
coger  Massagoda y Trinchera con todos sus miqueletes; pero ellos no
solamente supieron burlarla, sino que causaron al enemigo nuevas
prdidas, matando el propio Massagoda  D. Juan de Ardena, y entre otros
al Teniente general de la caballera francesa.

Fu tambin famoso el hecho de cuarenta y cinco caballos espaoles, que
entrando en el Roselln como si fuera tierra nuestra, todava llegaron
hasta insultar los muros de Perpin, robando  sus mismas puertas mucho
ganado y vveres con que volvieron ricamente cargados. Verdad es que tan
osadas empresas las facilitaba el amor de los habitantes de Roselln y
el odio  los conquistadores franceses. Lleg por este tiempo 
Barcelona la armada holandesa del almirante Tromp, destinada por su
Gobierno, de concierto con el nuestro,  hacer un desembarco en las
costas del Roselln, cosa que fuera provechossima en tales
circunstancias; mas bien fuese por mala inteligencia, bien por mala
voluntad del holands, ello es que el intento qued abandonado, y la
armada se volvi  sus puertos.

No fu tan ventajosa la siguiente campaa de 1675, porque no pudo ya
reunirse ejrcito alguno que oponer al enemigo. Entr ste en el
Ampurdn, saqueando las iglesias y cometiendo en ellas grandes
profanaciones; quiso tomar  Bellegarde por sorpresa; fu rechazado con
dao, y tom el camino de Gerona, resuelto  ponerla sitio. Seguanle en
cuadrillas los miqueletes, principalmente los que acaudillaba aquel
baile de Massagoda, por nombre Lamberto Manera, acosndole por todas
partes en el alojar y desalojar, en las marchas y en los altos; y los
vecinos de los pueblos que iban atravesando, con noticia de los
sacrilegios que venan cometiendo en las iglesias, salan  los
caminos, como dice un analista  caza de franceses, obligndoles  no
apartarse de su ordenanza. Introdujeron los miqueletes socorros en el
Portus, por si era atacado de los enemigos, tomndoles tres convoyes con
hasta mil acmilas, y prendieron una compaa de franceses, que con poco
tino pretenda ejercitar aquel oficio de almogvares  miqueletes.
Luego, reunidos el de Massagoda y Trinchera, derrotaron otro convoy que
escoltaban mil franceses, y mientras Massagoda iba detrs de los
franceses camino de Gerona, volvi atrs Trinchera, y llen de espanto
el Roselln, insultando de nuevo los muros de Perpin. Uno de los
mejores regimientos franceses, el que llevaba el nombre de Schmberg,
fu acometido por los miqueletes cuando ms seguro marchaba  reunirse
con el grueso del ejrcito, confiado en su valor y sus fuerzas; de
quinientos hombres que lo componan, doscientos murieron en el campo y
los dems quedaron prisioneros. Fatigado con tales descalabros lleg, al
fin, Schmberg  las cercanas de Gerona.

Hallbase dentro el duque de San Germn con el duque de Medinasidonia,
harto ms honrado que su padre, que serva de voluntario en aquella
guerra, el general de la artillera D. Francisco Velasco y un conceller
de Barcelona, que haba venido gobernando un tercio levantado por
aquella ciudad en slo tres das, para la defensa del Principado.
Determinse que el Duque, como Virrey, saliese de la plaza  atender 
su socorro, y que dentro quedasen los dems caudillos, y as se hizo. No
tardaron los franceses en comenzar los ataques. Un trozo de su ejrcito
fu sobre el fuerte de Montjuich, otro sobre el rastrillo de San
Lzaro. Por dos veces fueron rechazados del fuerte, formado slo de
fagina y tierra; tomronlo  la tercera,  costa de ms de cuatrocientos
hombres, despus de haberlo embestido con cinco mil infantes, abrigados
de toda su caballera. El duque de Medinasidonia mantuvo en tanto, con
admirable constancia, el rastrillo de San Lzaro, donde se vieron hechos
heroicos. Un cierto don Francisco Vila, capitn del tercio de D. Pedro
Rubio, con slo treinta hombres detuvo cinco horas  centuplicado nmero
de enemigos; y el baile de Massagoda, Lamberto Manera, cubierto de
sangre de ellos y de sus propias heridas, hall all fin  su gloriosa
vida, despus de haber peleado todo el da. Fueron parte estos hechos
para que, temeroso el francs de la resistencia que le esperaba, alzase
el cerco, retirndose con prisa.

Intent una armada francesa infestar las costas del Principado bordeando
hacia Rosas; pero hall  los naturales tan apercibidos  la defensa que
no os poner gente en tierra. Y los miqueletes, cada da ms audaces con
sus triunfos, sabida la retirada que hizo el enemigo de Gerona, vinieron
 acosarle, impidindole asentarse en parte alguna. Cuatrocientos de
ellos osaron embestir un convoy de harina y dineros, asegurado por ms
de tres mil franceses, infantes y caballos; pelearon cuatro horas con
inaudito esfuerzo, y aunque no lograron tomar el convoy, hicieron gran
destrozo en los enemigos. No tard Trinchera en desquitarse de aquel
frustrado suceso. Vena un convoy enemigo  pasar por el Coll de Bauls
con quinientos caballos y otros tantos infantes, parte de ellos de
aquella gente ligera formada entre sus paisanos,  semejanza de
nuestros miqueletes, y aguardbanlo hasta dos mil soldados, destacados
del ejrcito de Bauls,  la desembocadura de los desfiladeros.
Trinchera sali de noche con slo doscientos hombres, dejando algunos
ms para asegurarse la retirada, y embistiendo en el paso de Bauls al
convoy, mat doscientos hombres enemigos, uno por cada cual de los
suyos, y tom hasta trescientas acmilas, salvndose las dems  duras
penas.

En tanto un trozo del ejrcito enemigo de hasta cuatro mil infantes y
quinientos caballos atac la villa de Massanet. Hallbase en ella el
capitn Jos Boneu, el cual, viendo que no poda salvarla contra tan
crecido nmero de enemigos, ech  la montaa  toda la poblacin y se
qued dentro con slo cuarenta miqueletes; llegaron los franceses y
rompieron las tapias de la villa fcilmente; pero en las calles estaba
fortalecido Boneu con sus cuarenta hombres, y se las fu disputando
palmo  palmo. As cuatro mil quinientos hombres de un lado y cuarenta
de otro estuvieron lidiando en las calles largas horas, hasta que,
muertos muchos y oprimidos del nmero los dems, se recogieron con su
capitn Jos Boneu  la iglesia. All se sostuvo Boneu todava, hasta
que los franceses lograron escalar las bvedas y penetrar por tantas
partes  un tiempo, que no tuvo ms remedio que rendirse. Quiso el
general francs ahorcar  Boneu, en castigo--segn deca--, de haberse
atrevido, con cuatro pcaros,  defenderse y ofender temerariamente  un
ejrcito real; mas no lo ejecut, con mejor acuerdo, recordando que l
mismo deba la vida  los paisanos catalanes, y que ellos eran terribles
en sus represalias.

Cuesta dolor el apartar la vista de estos hechos heroicos de los
naturales, para fijarse en los del ejrcito y capitanes reales.
Bellegarde, defendida por mil soldados  las rdenes de un extranjero
llamado Niemberg, no bien se present el enemigo delante de sus fuertes
muros, pidi socorro; envilo el Virrey, y como la plaza estuviese ya
circunvalada, ofrecise el valiente Trinchera  abrir puerta con sus
miqueletes. Abrila, con efecto, rompiendo un cuartel de alemanes; pero
los capitanes y soldados que venan al socorro se negaron luego 
encerrarse en los muros; con que fu intil aquella alta hazaa. En
seguida el Niemberg, asustado con las bombas enemigas, rindi la plaza.
Retirbase el francs al Roselln despus de aquella importante
conquista, cuando tropez con una ermita llamada de Nuestra Seora del
Castillo, donde haba de guarnicin sesenta catalanes: atacla con dos
mil infantes, quinientos caballos y tres caones; pero los sesenta
hicieron tanto, que los detuvieron once das delante de sus tapias. Para
concluir la campaa con algn hecho notable, amenaz el enemigo 
Puigcerd; pero habindola provisto muy bien el duque de San Germn,
desistieron del propsito. Debajo de los muros de aquella villa hubo un
combate entre algunos caballos espaoles y un grueso de caballera
enemiga, donde muri peleando gloriosamente uno de los mejores capitanes
de Catalua, por nombre Rimbau de Corbera; y los enemigos, aunque tan
superiores, tuvieron que huir escarmentados.

Dej en esto el Virreinato el duque de San Germn, y puesto en su lugar
el marqus de Cerralbo, se abri la nueva campaa. Mandaba ahora el
ejrcito francs el duque de Novalles, y traa hasta doce mil infantes
y tres mil caballos. Sorprendi en Figueras  un tercio cataln, de
modo que ni un hombre se libr de ser prisionero; mas Trinchera nos
desquit de esta prdida prendiendo  toda la guarnicin francesa de
Besal, que, evacuado el lugar, iba  juntarse con su campo.  esto se
redujo la campaa. Tampoco fu ms Virrey Cerralbo, y el Prncipe de
Parma, que vino en su lugar, no hizo ms que entrar en el Roselln con
alguna gente,  fin de divertir al enemigo que amenazaba al Ampurdn.
Logrlo, y en seguida, sin saberse bien el por qu de tales mudanzas,
entr en el Virreinato el conde de Monterrey. Hizo Catalua un donativo
extraordinario de trescientos mil escudos en tres aos, envi la corte
alguna ayuda, vino gente de Italia y de Castilla, y al fin se form un
ejrcito de doce mil hombres con D. Jos Galcern de Pins por Maestre
de campo general y otros caudillos de nota.

Nunca tal ejrcito se hubiera formado; porque as como fueron
afortunados y gloriosos los hechos de los miqueletes, as los suyos
fueron infelices. Con l sali el conde de Monterrey  atacar al
enemigo, que, inferior en fuerzas, molestaba el Ampurdn. Aguardronle
los franceses fortificados entre dos montes,  la otra parte de
Villanadal, y l fortific delante de ellos su ejrcito. All estuvieron
unos y otros observndose muchos das sin venir  las manos. Propuso
Pins que, levantando los somatenes, se cortase al enemigo la retirada,
que tena que ser por terreno aspersimo y desfiladeros casi
impracticables; con que atacndolo el ejrcito nuestro tan superior por
el frente, sera su destruccin segura. No se sigui este parecer tan
acertado, y el francs, conocido el yerro que haba cometido metindose
en lugar de tan difcil salida, levant su campo y comenz  retirarse
lentamente. Haba en nuestro ejrcito mucha Nobleza, que haba acudido 
l con deseos de distinguirse, y al ver al enemigo en retirada,
sintiendo que se les escapase de las manos cuando tenan la victoria por
segura, se lanzaron  perseguirle en desorden. Iba el duque de Montelen
mandando la vanguardia y  su lado el joven conde de Fuentes, el
vizconde de San Jorge, y muchos caballeros espaoles y alemanes, y no
bien descubrieron al enemigo, le acometieron temerariamente. Di ste
cara en buena ordenanza, pelese furiosamente, y cay el de Montelen
mortalmente herido entre otros, quedando muertos el de Fuentes y el de
San Jorge. Entonces Monterrey puso su ejrcito en batalla, recogiendo 
la deshecha vanguardia y esperando pelear con todas sus fuerzas; mas no
le di lugar el enemigo, ponindose de nuevo en precipitada marcha 
favor de las sombras de la noche, y ganando el Roselln sin que
pudiramos hacerle el menor dao. Dironse gracias  Dios en los
templos, tanto en Barcelona como en Madrid, por esta jornada; pero con
bien poco fundamento. Sintila Catalua profundamente, y los generales
quedaron muy desunidos, principalmente Pins, con los dems que haban
desodo su consejo, hasta el punto de renunciar el cargo.

Entr  la siguiente campaa (1678) el propio mariscal de Novalles con
ms de veinte mil hombres en Catalua y puso sitio  Puigcerd. Defendi
bravamente la plaza el gobernador D. Sancho de Miranda, muy bien
asistido de los habitantes, y di tiempo  que el de Monterrey pudiese
juntar ejrcito con que acudir al socorro. Pero no atrevindose luego 
pelear con el enemigo, superior en nmero, se retir Monterrey, y D.
Sancho de Miranda,  los cuarenta das de abierta la trinchera, tuvo que
darse  partido, con gran disgusto de los ciudadanos, que solicitaban
enterrarse en los escombros de la plaza. Todava el valeroso Trinchera
molest mucho  los enemigos en el cerco de esta plaza, aunque ya
cundiese el disgusto en Catalua por ver que el Rey no iba  jurar sus
privilegios, dilatndolo de da en da, y por el poco aliento y destreza
con que la defendan los capitanes reales. Aument esta clera un suceso
vergonzoso que tuvo lugar en Barcelona: haba anclado un navo dentro
del mismo puerto, entr en l la armada francesa y lo quem, sin opsito
apenas de la plaza, por indecisin y torpeza del gobernador D. Jos de
Borja y de los otros capitanes que all se hallaban. Sintilo Barcelona
por amor de la nacin, no por inters propio, pues era el navo de los
del Rey, tan escasos entonces. Aquel fu el ltimo suceso de la guerra.
Al saber las paces los franceses, que amenazaban de nuevo la frontera,
se retiraron sin hacer ms que destruir las fortificaciones de Bellver y
otros castillos poco importantes que posean.

Ms poderosamente an que Catalua y Flandes llam la atencin de
nuestra corte la guerra de Sicilia, y tanto, que, por sostener sta,
abandon ms y ms las otras en los ltimos aos, separando,
principalmente de Catalua, todos los soldados de alguna experiencia.
Qued la isla algo conmovida desde los sucesos del reinado anterior.
Gobernaba ahora D. Luis del Hoyo, marino viejo, pero, al parecer, poco
prudente, el cual pretendi disminuir los privilegios de Mesina, que
estorbaban el ejercicio libre de su autoridad; excit con esto la clera
de la Nobleza y de una parte del pueblo de aquella ciudad, y habiendo
sucedido al D. Luis en aquel gobierno D. Diego de Soria, marqus de
Crispano (1674), se hall ya la rebelin muy cercana. Temila tanto el
Marqus, que hizo prender  los senadores Vicente Zuffo, Toms Caffaro y
otros que reputaba como instigadores de los dems, no bien se encarg
del Gobierno. Irritse la muchedumbre al saber la nueva, y acaudillada
por los dos hijos de Caffaro, se present delante del palacio del Virrey
gritando: Viva Carlos II y mueran los malos gobernadores! No supo
entonces D. Diego de Soria resistir como debiera el tumulto, y puso en
libertad  los presos. Entonces los mesineses, envalentonados, quisieron
apoderarse de la persona del Gobernador, y por consejo de Caffaro, en
lugar de viva Carlos II gritaron viva Francia, enviando embajadores
 aquella potencia para que les diese socorro.

No se dej ste esperar mucho. Habanse apoderado fcilmente los
sublevados de todos los fuertes de la ciudad menos del de San Salvador,
el ms importante, donde D. Diego de Soria se haba refugiado con su
familia. Pronto acudieron tropas de diversos puntos de la isla y algunas
de Catalua, y D. Beltrn de Guevara con las galeras de Npoles vino 
cerrar la boca del puerto. Dise un ataque  la ciudad, que no produjo
efecto, porque los mesineses, atrincherados en las calles, rechazaron 
los nuestros, y el D. Beltrn no os luego pelear con la armada francesa
de M. de Valbelle, cuyos bajeles eran de mucha ms fuerza. De modo que
entrando el socorro de los franceses, se fortific y declar ms y ms
la rebelin. No obraron en esto tan tibiamente como en otras cosas la
Reina gobernadora y sus Ministros, escarmentados sin duda con las
consecuencias de tales rebeliones. Ordense el armamento de veinte
bajeles, y con ellos y las galeras de Npoles fu el marqus del Viso 
bloquear  Mesina, mientras la mejor parte del ejrcito que haba en
Catalua se enviaba  la isla, y la ciudad fu tan estrechamente
bloqueada. Llena de hambre y miseria (1675), se aguardaba su rendicin
de un momento  otro. Impidilo el mariscal de Vivonne, que se present
en el puerto de repente con una poderosa armada de franceses. Sali 
recibirla el del Viso, y combati con ella bien al principio; pero al
ver que M. de Valbelle, con los bajeles en que haba trado el primer
socorro, sala del puerto  acometerle por la espalda, huy malamente 
Npoles. Entonces Vivonne desembarc las tropas que traa, guarneci con
ellas los fuertes de la ciudad, y tom el ttulo de Virrey por Francia.
No tardaron los mesineses en echar de menos  su Gobernador antiguo y 
los espaoles: tal fu la conducta rapaz y licenciosa que all tuvieron
Vivonne y sus soldados.

Al propio tiempo el resto de la Sicilia se haba ya puesto en armas en
favor de Espaa. Tena en ella nuestro dominio profundsimas races,
como que tantos siglos antes estaba unida con Aragn formando una de las
provincias de este reino. Todas sus glorias, todos sus recuerdos estaban
mezclados con los de Aragn, y aragoneses y catalanes eran de origen
muchos de los barones y seores de la isla. Al ver tremolar en ella la
bandera extranjera, y al sentir los excesos de aquella gente enemiga en
las ciudades y en los campos, no hubo ms que una voz que aclamase 
Espaa. As cuando Vivonne sali con ejrcito formado de Mesina,
encontr en todas partes tenaz y continuada resistencia. Amag en vano 
Catana y Siracusa, y aunque se apoder del pequeo puerto de Angusta,
perdi casi todo su ejrcito, consumido por las enfermedades y los
desrdenes. En este punto fu cuando se habl de enviar all  D. Juan
de Austria con el cargo de Vicegeneral en todos los estados de Italia, y
al mismo tiempo se pidi  Holanda que nos enviase como aliada fuerzas
martimas bastantes para contrarrestar  las francesas. D. Juan no fu,
como atrs dijimos; pero los holandeses, no sin hacerse pagar crecidos
subsidios, enviaron al famoso Ruytter con diez y ocho naves de lnea,
cuatro brulotes y cuatro naves de descubierta. Juntronsele dos naves y
nueve galeras de Espaa, y con tales fuerzas sali Ruytter  recibir al
almirante Duqusne que vena  reforzar  Vivonne con veintisis naves.
Dise un combate sangriento, en el cual, por causa del viento, no
pudieron tomar parte las galeras de Espaa sino ya al acabarse, que
vinieron  remolcar  los navos holandeses que quedaban maltratados; y
aunque el combate qued indeciso, fu siempre ventaja de los enemigos el
entrar en Mesina. En tanto, el marqus de Villafranca, Virrey de la
isla, haba reunido ya bastantes fuerzas para sitiar  Angusta con buen
golpe de gente  las rdenes del conde de Bucquoi, ttulo ya ilustre en
nuestros ejrcitos, y Ruytter fu encargado de bloquearla por mar con
una escuadrilla espaola, reunida, que mandaba D. Francisco Freyre de la
Cerda. Duqusne, reforzado tambin con muchas naves, vino  atacar  la
armada coaligada, y hubo un nuevo combate (1676), en el cual qued
herido de un caonazo el famoso Ruytter, muriendo de all  pocos das.
Fu preciso tras esto levantar el sitio de Angusta, que ya nos haba
costado muchas vidas, y entre otras la del conde de Bucquoi, que muri
peleando en una salida de los enemigos.

Apenas haba pasado un mes de la muerte de Ruytter, cuando Duqusne se
present delante de Palermo, donde estaban reparndose los bajeles
holandeses y espaoles, y hallndolos dentro del puerto, meti en l
muchos brulotes que quemaron al mayor nmero con prdida de mucha gente
por nuestra parte. Estas desgracias facilitaron al de Vivonne que se
apoderase de Scaletta, valientemente defendida de los espaoles de
Taomina, Merilli y muchos castillos convecinos. Pero como el odio de los
sicilianos  los franceses era mayor cada da, y mayor el entusiasmo por
la causa de Espaa, temiendo el Gobierno francs unas nuevas vsperas,
determin abandonar la isla. Hzolo traidoramente (1678), porque envi
con una escuadra y nombre de Virrey al duque de la Fuillade, el cual
embarc todas sus tropas y efectos bajo diversos pretextos, y hasta que
estuvo en alta mar no particip la determinacin  los rebeldes. Estos,
llenos de desesperacin, tuvieron entonces que rendirse sin resistencia;
huyeron los ms culpables, muchos fueron ajusticiados, y el marqus de
las Navas, nombrado Virrey en lugar de Villafranca, aunque  costa de
grandes castigos, restableci la tranquilidad en toda la isla.

Despus de guerra en todas partes tan poco afortunada, no podan ser muy
ventajosas las paces; pero la torpeza de nuestra diplomacia y la mala fe
de Holanda hizo que las que ahora se ajustaron fueran an ms fatales
para Espaa. Holanda, por cuya causa se haba comenzado la guerra y en
cuyo provecho la haban empeado principalmente Espaa y el Imperio,
mirando que estaba comprometida  no hacer paz  tregua con Francia, sin
que sta nos devolviese lo que nos haba quitado desde la paz de los
Pirineos, fu quien primero se cans de la guerra, disponindose  dejar
de cualquier modo las armas.

Hubiera esto podido excusarse,  no aadir  la poca constancia la
perfidia con que sacrific los intereses de sus aliados  los suyos
propios. Haba ya tiempo en verdad que se trataba de ajustar las paces,
y para ello todas las potencias beligerantes tenan en Nimega sus
Embajadores, siendo los de Espaa el marqus de los Balbases, D. Pablo
de Espnola y D. Pedro Ronquillo. Pero como las pretensiones de Francia
eran tan grandes, no se poda de modo alguno hallar concierto. Entonces
Luis XIV propuso secretamente  Holanda que la devolvera cuanto la
hubiese tomado con tal que le dejase resarcirse  costa de Espaa; y
como no fuesen mal odas sus proposiciones, las ltimas campaas se
encaminaron casi solamente contra nosotros. Resistase el Prncipe de
Orange  la paz; pero por eso mismo ms la deseaban los Estados
generales de Holanda, recelosos de que la ambicin del Statuder pusiese
en peligro la libertad de la repblica. No obstante, para ocultar mejor
la deslealtad ajustaron los Estados generales un tratado primero con
Inglaterra, comprometindose ambas potencias  obligar  las otras 
hacer las paces de grado  por fuerza, atacando juntas  la que se
mostrase indcil y empeada en no dejar las armas. Al calor de este
tratado se ajustaron definitivamente las paces con Francia, que no pudo
serles ms ventajoso (1678), obligando  Espaa, imposibilitada para
defender sola sus provincias y para oponerse  los nuevos aliados,  que
aceptase las condiciones que quiso dictarle Luis XIV, que no pudieron
ser ms desastrosas.

No supieron aprovecharse nuestros Embajadores de la buena fe con que los
de Inglaterra, que no haban intervenido en la negociacin sino para
procurar la paz general, se negaron  firmar el tratado particular de
Holanda; ni supieron conocer  tiempo las alevosas negociaciones que
secretamente mantenan los Embajadores franceses y holandeses. As
nosotros solos pagamos los gastos y padecimos las consecuencias de
aquella guerra desgraciada. Fu preciso ceder al Rey de Francia el
Franco Condado, Valenciennes, Cond, Bouchain, Cambray, Aire,
Saint-Omer, Ypres, Warwik, Warneton-la-Lis, Poperingue, Bailleul,
Cassel, Menin, Bavay y Maubeuge con sus dependencias, y adems la plaza
de Charlemont por no haberse podido obtener del Obispo y cabildo de
Lieja que diesen  Dinan como estaba convenido. Aquella vergonzosa paz
de Nimega, que expona nuestra debilidad al escarnio y burla de las
dems naciones, caus en Espaa profundo disgusto. Ella acab de
desacreditar el gobierno de D. Juan de Austria, ya muy mal reputado.

Este hombre que tantas esperanzas haba hecho concebir  la nacin, y
que tanto haba censurado  los dems gobernantes para fabricar sobre la
ajena deshonra la propia elevacin, obr de modo que en un instante
desvaneci todas las esperanzas, y atrajo sobre s mayores censuras que
la Reina, que el confesor y que el propio Valenzuela. Comenz por
vengarse crudamente de todos sus enemigos, con lo que claramente di 
entender que ms le mova pasin propia que amor de la patria. Negse 
entrar en Madrid mientras el Rey no apartase de su lado  la Reina su
madre, y con efecto consigui que fuese confinada  Toledo, dndola el
alczar de aquella ciudad por residencia, y por honor su Gobierno;
pequeo honor para cada tan grande! Luego su primera resolucin fu la
captura de Valenzuela. Habase este retirado al Escorial, debajo del
real seguro, y all tuvo noticia de lo que se pensaba, y se refugi en
el monasterio, donde el prior, compadecido de l, le ocult
cuidadosamente. Spose que estaba all por un sangrador  quien fu
preciso llamar habiendo cado enfermo Valenzuela; y el duque de
Medinasidonia y D. Antonio de Toledo, hijo del duque de Alba, que con
doscientos caballos fueron al propsito de prenderle, sin reparar en
otra cosa que en servir  don Juan de Austria y en satisfacer acaso su
propia clera, violando el sagrado, por fuerza le sacaron del
monasterio, llevronle al castillo de Consuegra, donde estuvo algn
tiempo, y luego, quitndole todos los ttulos, dignidades y bienes que
posea, se le envi D. Juan desterrado  Filipinas. As cay aquel
monstruo de fortuna que haba escandalizado tanto  la Espaa y al
mundo. Llev su desgracia con entereza muy grande; y cierto que si
alguna vez fuera disculpable la ambicin vil que llega  su trmino por
tan bajos medios como lleg Valenzuela, habra de serlo en este que no
abus del poder en dao de ninguno, contentndose con disfrutar l y que
disfrutasen sus amigos  costa de la Monarqua. Tiempos de aborrecible
memoria en que an esto pudo merecer cierta alabanza!

Castigado Valenzuela, sin acordarse an de los negocios del Estado,
encamin D. Juan sus iras contra sus amigos y los de la Reina y an
contra los que haban permanecido neutrales. De estos era el conde de
Villaumbrosa, Presidente  la sazn de Castilla, hombre recto y de
ejemplar entereza, el cual, habiendo recibido en los pasados disturbios
una orden de la Reina para que sin forma de proceso mandase decapitar 
un hombre, ech el papel  un brasero diciendo: as cumplo yo orden tan
contraria  mis obligaciones. Pero as como no consinti esto, tampoco
se prest  vender y abandonar  la Reina, como hicieron todos los
Ministros y Grandes en los ltimos das de su gobierno, comprometindose
por escrito solemne  traer  D. Juan al gobierno. Esto bast para que
fuese separado de su alto empleo, entrando  sucederle un D. Juan de la
Puente y Guerosa, cannigo de Toledo, buen amigo sin duda de D. Juan,
mas no por eso buen Presidente de Castilla, indigno de tan alto encargo.
Ya comenzaba  murmurar la corte cuando comenzaron  salir desterrados
todos los Grandes y personas principales amigos de la Reina, (1676), el
Almirante de Castilla, el duque de Medina de las Torres, Prncipe de
Astillano, el de Osuna, el marqus de Mondjar, el conde de Aguilar y
otros: de suerte que con tales venganzas y ejemplos casi se tuvo 
fortuna en el marqus Aytona, el mayor de los enemigos de D. Juan, que
hubiese muerto poco antes. Desterr hasta dos mil hombres del regimiento
de la Guardia, antes de enviarlo fuera de Madrid; y no hubo violencia
que no cometiese. Ni par en sus enemigos la saa; sino que temiendo
que se le escapase poder tan costosamente adquirido, viendo que
Monterrey, uno de sus mayores parciales, iba adelantando mucho en la
gracia del Rey por el cuidado que pona en sus enfermedades y dolencias,
le envi  mandar las armas en Catalua con desabrimiento. Al propio
tiempo continuaba la guerra, si con poca fortuna en los aos anteriores
debajo del gobierno de la Reina, desgraciadsimamente ahora, faltando
ms que nunca los recursos y disposiciones; como que D. Juan no reparaba
siquiera en ella. Pasaba los das leyendo los papeles que en copioso
nmero circulaban por Madrid llenos de stiras y de injurias contra l;
desesperbase con ellos y meditaba venganzas horribles contra los
autores, sensible  la censura cuando era tan insensible  su deber;
cobarde para arrostrar las iras de la opinin, cuando era tan audaz para
provocarlas, cosa muy vista en gobernantes. De esta suerte pas por sus
manos, casi sin advertirlo, la afrentosa paz de Nimega, y toc la nacin
en el ltimo punto de su descaecimiento y vergenza. Soberbio, iracundo,
sin resolucin para las cosas grandes, dado slo  pequeeces 
intrigas, suspicaz al extremo, envidioso de todo, cada momento se dejaba
abandonar de uno de sus parciales y se haca un nuevo enemigo. Siempre
fijos los ojos en el cetro, que las dolencias continuas del Rey
acercaban ms y ms  sus manos, temiendo que se le escapase, odiando 
todos los que podan impedirle que lo disfrutase, lleg  vacilar su
razn y llegaron  decaer las fuerzas de su cuerpo. Tambin era para l
grande la Corona; tampoco poda con ella su cabeza; tampoco sus ojos
podan resistir el brillo que de ella se despeda, ni los aromas y
sonidos dulces que la acompaaban, y solamente al verla cerca se renda.
Algo de la locura de Masianello haba en aquel hombre, hijo de una
cmica y de un rey que slo en el nombre lo era, y trado  tan altas
esperanzas por la fortuna.

Todo se lo deba al favor del pueblo, y en otro tiempo haba escrito que
en l se hallaban refugiadas las nobles calidades que faltaban en la
nobleza y personas principales; mas ahora en el poder, no tena con l
cuenta alguna.

En su tiempo murieron las Cortes de Castilla, tan respetadas,  pesar de
todo, por Felipe IV, y aunque poco consultadas por la reina Doa
Mariana, no cadas hasta entonces en completo olvido. Cobraba los viejos
tributos sin pedir su renovacin, como se sola, y con tal de no reunir
las Cortes, prefiri en los apuros de la guerra acudir  los Grandes por
donativos. Alba, Astorga y Osuna dieron cada uno cien mil escudos, y l
mismo, con loable conducta en esto, amoned mucha parte de la vajilla
que tena en provecho del Estado. Pero cabalmente entonces, el pueblo
agradeca menos que pudiera agradecer nunca el que se le perdonasen
tributos  costa de no reunirse las Cortes. Los ltimos disturbios y el
abatimiento de nuestro podero, y el continuo desgobierno que se vea,
obligaba ya  los ms indiferentes  pensar que slo en las Cortes de la
Monarqua, bien y legalmente reunidas, podan hallar remedio nuestros
males. Hasta bulla en muchas cabezas aquella idea fecunda de que era
preciso reunir en unas Cortes generales los brazos y estamentos de las
diversas provincias, y en muchas partes la idea de que era preciso
fundir de nuevo esta campana rota de la Monarqua, segn las palabras
citadas, comenzaba  inclinar los nimos  la revolucin. Estos momentos
crticos escogi D. Juan para poner en completo olvido las Cortes de
Castilla, para no cumplir con los fueros de aquella Catalua que tanto
le haba amado, y para permitir que el pueblo de Madrid, tan favorecedor
suyo, en lugar de aquella abundancia en que le tuvo Valenzuela,
padeciese hambre continua. As, jams una revolucin general haba
estado tan prxima en Espaa, ni hubo nunca Ministro ms aborrecido que
D. Juan. Las mismas esperanzas que haba hecho concebir, ahora empujaban
el odio y lo acrecentaban.

D. Juan perdi la Corona que ambicionaba con su propio Gobierno, cuando
l siendo acertado y patritico pudiera trarsela  las manos; la
muerte, que le sobrevino tan pronto, no hizo ms que apresurarle el
desengao. Tuvo tiempo, sin embargo, de tocarlo en sus propias obras.
Como no pona su atencin sino en lo que se hablaba de l y en lo que
contra l se haca, supo que el pueblo le aborreca, y que los Grandes,
conjurados casi todos contra l, no cesaban de invitar  Doa Mariana 
que volviese de pronto de Toledo, y con ayuda de ellos derrocase al
bastardo Prncipe. Comprendi que todos le faltaban, hasta el Rey mismo,
viniendo tambin infundados recelos  atormentarle. Porque hecha la paz
de Nimega, el Rey, que se hallaba en los diez y siete aos, determin
contraer matrimonio. Hizo cuanto pudo D. Juan por desbaratar este
intento, temiendo que  pesar de la mala salud del Rey, le diese Dios
sucesin para su dao. Desbarat el que estaba ya hablado con Doa
Mariana, hija del Emperador y no hizo nada por lograr el de la Infanta
heredera de Portugal, que tan lisonjeras esperanzas prometa de reunir
otra vez los reinos. Por ltimo, con propsito de evitarlo,  la ltima
hora propuso D. Juan mismo el de Doa Mara Luisa de Orleans. Era
hermosa esta Princesa y de dulce fisonoma, que daba  entender
angelicales sentimientos; vi D. Carlos su retrato y prendse de ella;
dentro de aquel alma, abatida por los dolores penosos del cuerpo, no
haba lugar para otro sentimiento que el amor, no ardiente y licencioso,
sino ms bien fraternal, pero constante. As, desde que vi los
retratos, no apart un momento su atencin de este matrimonio.

Alarmse D. Juan al ver cun seriamente tomaba el Rey sus burlas, y
procur estorbar tal matrimonio, propuesto por l con ms empeo que
ninguno, y en esta lucha con el amor del Rey, perdi el poco afecto que
ya ste, arrepentido de lo que haba hecho con su madre, le tena. El
casamiento se efectu, dejando al Embajador francs no poco resentido, y
poco despus el Rey, sin tener cuenta con las rdenes de D. Juan, alz
el destierro al duque de Osuna y al Prncipe de Astillano, diciendo con
desusada firmeza: aunque l se oponga, basta que yo quiera para que se
haga. Y con efecto, ya no consultaba el Rey sus determinaciones sino
con el duque de Medinaceli y un cierto D. Gernimo de Egua, que de
escribiente haba llegado  secretario del despacho, y entenda mucho en
los asuntos pblicos.

Por algunos meses estuvo el Rey tan animado, que se lleg  esperar un
desarrollo afortunado de su naturaleza. Comenz  mostrar no slo
firmeza, sino ira y resolucin muy grandes. Barrionuevo cuenta que
cierto da tir la espada, y estuvo  punto de matar  un paje porque
contradijo levemente sus rdenes.--Fu un fuego fatuo aquel aliento y
resolucin; pero dur lo bastante para hacer temblar  D. Juan por su
podero. Susurrbase ya que la Reina madre haba de venir para asistir 
la entrada de la nueva Reina, y los enemigos de D. Juan se mostraban
alegres y confiados, al paso que l se hallaba solo, sin un amigo apenas
que le diese consuelo. Procur divertir al Rey con comedias y fiestas
que le daba ya en el Pardo, ya en la Zarzuela, esquivando llevarlo 
Aranjuez, porque no estuviese tan cerca de su madre; mas no consigui
por eso recobrar su afecto. Trajo de Salamanca en tal extremidad para
que le sostuviese,  un catedrtico de la Universidad, por nombre Fr.
Francisco Relux, muy partidario suyo en otro tiempo, elevndole al cargo
de confesor del Rey. Pero ste se puso contra l al punto, llevndose
antes de la conveniencia que presta el ir tras el vencedor, que de la
gratitud que le exiga el seguir la suerte del vencido. Nadie dudaba ya
que al llegar la nueva Reina, el resentimiento que tena el Embajador de
su nacin con D. Juan y la vuelta de la Reina madre le derribasen,
cuando el peso de los cuidados, de los temores, de las esperanzas
burladas, la ambicin y la ira de consuno postraron al bastardo en el
lecho, de donde no se levant jams. Muri, dicen, de tercianas; otros
dicen de veneno; pero, sin duda, el verdadero mal fueron sus pasiones
desordenadas. Mostr la mayor conformidad en los ltimos momentos, y sus
funerales se confundieron con el regocijo  que se entregaba toda la
corte por la prxima llegada de las dos Reinas. En la muerte de D. Juan
termina, naturalmente, el primer perodo de la vida de Carlos II.




[Ilustracin]

LIBRO DCIMO

SUMARIO

     Vuelta de Doa Mariana  la corte.--Muerte de Valenzuela.--La reina
     Doa Mara Luisa.--Fiestas  su llegada.--Intrigas en la
     Corte.--Afrentas de los extraos.--Ministerio de
     Medinaceli.--Cuestin de Alost.--Guerra con Francia.--Flandes:
     prdida de Luxemburgo.--Catalua: defensa gloriosa de Gerona;
     hazaas de los miqueletes.--Bombardeo de Gnova.--Treguas.--Ms
     intrigas en la Corte; cada de la camarera y el confesor.--Miseria
     del reino.--Sosiego del Rey.--Cada de Medinaceli y Ministerio de
     Oropesa.--Lira.--Nuevas disposiciones.--Hostilidades de franceses,
     moros y filibusteros.--Liga de Augsburgo.--Muerte de la
     Reina.--Nuevo matrimonio del Rey.--Intrigas de Lira; su
     cada.--Guerra.--Flandes: batallas de Valcourt y de
     Fleurus.--Prdida de Mons y de Hall; batalla de Nerwinde.--Italia:
     batallas de Saluces, de Coni y de Marsalla.--Catalua: disturbios
     de los naturales; prdida de Camprodn; recbrase esta plaza;
     prdida de la Seo de Urgel; bombardeo de Barcelona; prdida de
     Rosas; disgusto de Catalua; batalla funesta del Ter; prdida de
     Palams, Gerona, Hostalrich y otras plazas; levntanse de nuevo los
     miqueletes; sus hazaas; sitios de Hostalrich y Palams; defensa de
     Barcelona y su prdida.--Hostilidades de los infieles.--Paz de
     Riswich.--Intrigas de la Corte durante la guerra.--_El cojo y la
     perdiz._--Cada de Oropesa.--Influjo de la nueva Reina.--Privanza
     de Montalto.--Gobierno de los Tenientes generales. Agrvanse los
     males del Rey.--Artificios del conde de Arcour, Embajador de
     Francia.--Pretensiones  la sucesin.--Partido alemn y partido
     francs.--Favor de Portocarrero.--Nueva privanza de Oropesa.--Motn
     de Madrid.--Tratado de repartimiento.--Supuestos hechizos del
     Rey.--Debates sobre la sucesin.--Pide el Rey consejos.--Su
     testamento.--Su muerte.


DOS das despus de muerto D. Juan, entr en Madrid en triunfo la reina
Doa Mariana, acompaada del Rey su hijo (1679), que fu  buscarla 
Toledo. Los Grandes ms encarnizados enemigos suyos se apresuraron ahora
 felicitarla, y el pueblo mismo, inconsciente como siempre, la vitore
con entusiasmo. Olvidronse las faltas de aquella mujer, de quien nunca
se esper cosa buena, comparndolas con las de D. Juan, que tantas
esperanzas haba hecho nacer en vano. Fu fortuna que ya que el pueblo y
los mismos Grandes obrasen con tan escasa cordura, la Reina hubiese
adquirido alguna, en el destierro y la expiacin que haba padecido.
Mujer que aunque sin culpa haba amenguado la honra del Trono ponindose
en lenguas del vulgo y que haba trado  la nacin  tanta anarqua, no
poda ya intervenir con pblico provecho en el Gobierno. Conocilo la
misma Doa Mariana, y apenas se ocup en adelante sino en asistir  las
ceremonias de la corte y practicar sus devociones,  cuando ms, en
intrigas domsticas. No haba puesto, sin embargo, en entero olvido lo
pasado, porque su primera diligencia fu pedir al Rey que levantara el
destierro de Valenzuela, y nunca dej de instar en ello. Frustrse su
deseo,  causa primero de la oposicin del secretario Egua, que vea en
l un rival temible, y luego de la repugnancia del Rey, de modo que
muri Valenzuela, desgraciadamente, sin tornar  Espaa.

Haba logrado con su afable trato que el Gobernador de Filipinas le
sacase del castillo de San Felipe, donde al principio estuvo, y le
permitiese vivir con holganza en Manila haciendo y representando
comedias. Logr despus que ya que no se le alzase el destierro, se le
dejase pasar  Mjico, donde el Virrey, conde de Galve, hermano de su
primer protector el duque del Infantado, le acogi cariosamente. Con su
amistad y una corta pensin que obtuvo, vivi all algn tiempo ocupado,
segn se cuenta, en domar potros salvajes, hasta que uno de stos,
hirindole con una coz, le ocasion la muerte. Vida y muerte extraas en
un hombre que tan alto haba encaramado la fortuna; y hombre que no
excita de s tanto desprecio como lo excita la Monarqua, de que pudo
ser por tantos aos dueo. Ms infeliz si cabe que la suerte de
Valenzuela, era en tanto la de Doa Mara Eugenia de Uceda, su esposa.
Debi sta arrepentirse muchas veces de haber dado entrada con la Reina
madre  su esposo; y mucho debi de padecer durante su privanza. Acabada
esta, la persigui el vengativo recuerdo de D. Juan tanto como  su
esposo, privla hasta de su dote, quitla los gananciales en la
confiscacin de los bienes del marido, y la redujo  tan miserable
condicin, que andaba pidiendo limosna de puerta en puerta, recogindose
de noche en un campanario. Algo debi de aliviarla la reina Doa Mariana
cuando volvi  la corte; pero ello es que muri obscuramente sin que se
sepa su ltimo paradero. Todos motivos de remordimiento y de retiro para
la reina Doa Mariana.

Fijbanse por entonces los ojos del pueblo en la nueva reina Doa Mara
Luisa, que entr en Madrid  principios de Enero de 1680, y era digna en
verdad de amor por sus virtudes, que excedan an  su belleza. Dedicse
desde el primer momento  tranquilizar y cuidar al Rey, y ste la pagaba
amndola tiernsimamente y proporcionndola continuos espectculos,
toros, comedias y farsas donde recrease su espritu, presentando la
corte por muchos das el propio alegre aspecto que en los mejores
tiempos de Felipe IV. No haba visto ningn _auto de fe_ Carlos II, y
con objeto de proporcionarle este placer, dispuso la Inquisicin general
en 1680 en que viniese  celebrar uno en Madrid la Inquisicin de
Toledo, y para mostrar en l todo su esplendor siniestro y su terrible
grandeza, vino el tribunal de aquella divisin con todos sus familiares
y allegados y los de vila, Segovia y dems iglesias comarcanas.
Reunironse las causas de hasta ciento veinte de aquellos desdichados
que tena el Santo Oficio en sus crceles, y se mand levantar un teatro
en la Plaza Mayor de Madrid, mucho mayor y mucho ms ostentoso que aquel
con que se obsequi en 1632  Felipe IV. El Rey, como tan supersticioso,
acogi con jbilo el propsito del tribunal, lo propio que la reina Doa
Mariana; y la misma Doa Luisa, amable y bien intencionada, por no
disgustar  su esposo hubo de poner buen semblante  aquel espectculo
odioso que se la preparaba. Pero fu mayor an el jbilo en la grandeza
y pueblo. Hicironse para esta funcin familiares del Santo Oficio los
ms de los Grandes y de los ttulos ilustres de Espaa; y los
Alencastre, los de la casa de Aguilar, los de Ziga, Osorio, Pimentel,
Pacheco, la Cueva, Silva, Mendoza, Fonseca, Moncada, Cardona, Guzmn,
Fernndez de Crdoba, la Cerda, Toledo, Portocarrero, Guevara y
Manrique de Lara, hubieron de presentar nuevas pruebas de nobleza para
alcanzar el honor de ser familiares del Santo Oficio, y acompaarlo con
su cruz al pecho, en el ejercicio de sus venganzas.

Los del pueblo, por no ser menos que los nobles en aquella demostracin,
acudieron presurosos  formar, para escolta de los reos, una compaa
llamada de soldados de la fe. Hzose la ceremonia de llevar los haces de
lea donde haban de ser quemados los que parecan ms culpables al
Alczar real, y all se ofreci uno de ellos al Rey, que ste orden
cuidadosamente fuese el primero que en muestra de su piedad se echase al
fuego. Paseronse ostentosamente por Madrid las cruces llamadas de la
fe, llevando en tales procesiones el estandarte de la Inquisicin el
duque de Medinaceli, de Cardona y de Lerma, D. Francisco de la Cerda
Enrquez Alfn de Rivera, declarado ya primer Ministro, y asistiendo en
la guarda del tribunal el noble marqus de Pobar y Malpica con cincuenta
alabarderos de su casa. Por fin lleg el da del auto, que fu en Madrid
de universal regocijo; el pueblo discurra por las calles desde el
amanecer gritando viva la fe de Cristo! Los Grandes y los nobles
aprovechaban tal ocasin para hacer alarde de la grandeza que posean;
el clero, numerossimo y lujoso, acuda  presenciar su triunfo; los
Reyes fueron de los primeros que aparecieron en la Plaza Mayor para no
perder un punto del espectculo; y hasta las damas hermosas de la Corte,
no queriendo ser menos, llevaban bordados en los vestidos el hbito y
las insignias de la santa Inquisicin. Al propio tiempo que este
concurso brillante y alegre llenaba el gran teatro levantado en la
Plaza Mayor, veanse en ella tambin los miserables que haban de ser
condenados; jvenes, ancianos y mujeres, en la flor de su edad muchas,
otras que apenas llegaban  la adolescencia. Los que haban muerto en
las crceles estaban all en estatua con las cajas de sus huesos, los
pertinaces con mordazas en los labios, otros sin ellas, pero todos con
corozas y los hbitos horribles que la Inquisicin acostumbraba:
espectculo de penosa recordacin, pero que bien merece alguna
descripcin, porque solamente as ha de comprenderse  qu punto de
degeneracin haba trado el fanatismo religioso las ideas y los
sentimientos de los espaoles.

Tom el Inquisidor general, que era D. Diego Sarmiento de Valladares,
juramento al Rey, de que perseguira siempre  los herejes y apstatas,
y de que los entregara al Santo Tribunal sin omisin ni excepcin
alguna; juramento humillante en quien lo daba, osado en quien lo peda.
Luego un fraile prob en el plpito, con no pocas citas de autores
paganos, la justicia de castigar  los infieles. Leyronse las
acusaciones y las sentencias de todos los condenados, y por ltimo
salieron para el brasero, para aquella sola ocasin levantado, en las
afueras de la puerta de Fuencarral de que escribi en sus _Memorias_ el
marqus de Villar, hasta en nmero de cincuenta y uno, los treinta y dos
en estatuas, los otros en persona, que eran trece hombres y seis mujeres
y de ellas una madre con dos hijas. Los dems padecieron diferentes
castigos, todos dursimos, en los das siguientes. Lcito es creer que
la buena reina Doa Luisa no quedara muy contenta del obsequio que se
la hizo; y que harto ms agradecera las otras fiestas de toros y
comedias con que antes y despus del auto se celebr su venida.

En tanto continuaban, muerto D. Juan, las intrigas de la Corte. Nacidas
de la debilidad del Rey, como esta era mayor que la de ninguno de sus
predecesores, tampoco se conocieron jams tantas y tan penosas en
Espaa. Hbolas muy grandes antes de que el duque de Medinaceli fuese
declarado primer Ministro. Pretendan este cargo,  la par que
Medinaceli, el Condestable de Castilla, duque de Fras, D. Iigo
Fernndez de Velasco y D. Gernimo de Egua, hombre de bajos principios
y de menores talentos, el cual, favorecido ya con el cario del Rey, y
habiendo contribudo no poco  desacreditar  D. Juan, levantaba sus
pensamientos  ocupar el primer lugar de la Monarqua.

Era el D. Gernimo, de los Ministros ms indignos que hubiese tenido
Espaa; pero posea la fcil destreza de adular, y el arte de sufrir y
disimular; uno y otro de gran poder en las Cortes, sobre todo en pocas
de debilidad en la Corona y de disturbios entre los cortesanos. As hizo
tanto, que si no lograse la privanza, entretuvo por ms de medio ao al
Rey con diversos pretextos, para que no nombrase primer Ministro y en el
nterin estuvo gobernando  su antojo la Monarqua. Apoyaba la Reina
madre al Condestable,  Medinaceli el cario del Rey, y Egua contaba
adems de este con la ayuda del confesor, que no quera ver de primer
Ministro  hombre que fuese muy poderoso. Despus de muchas idas y
venidas y de muchos sutiles manejos de los pretendientes, en los cuales
tuvieron que tomar alguna parte las dos Reinas, qued por Medinaceli la
victoria.

Era este magnate bien reputado, de quien se crea que superaban los
talentos  la ambicin; mas otra cosa mostr su conducta. Hall
abandonados de Egua todos los negocios pblicos, y que el francs bajo
pretexto de que se dilataba la entrega de la ciudad de Charlemont, segn
lo pactado en Nimega, haba enviado  Flandes unos siete mil caballos,
que subsistieron  costa del pas hasta que el duque de Villahermosa, no
pudiendo como debiera vengar aquel insulto, accedi  sus pretensiones.
Al propio tiempo amenazaba  Italia entrando en Cazal, tantas veces
disputada, por medio de un tratado con su seor el duque de Mantua, y
fu preciso enviar algn socorro  Flandes y  Italia por temor de
nuevos atentados, aunque el dinero faltaba tanto, que apenas para el
gasto diario de la Casa real se encontraba, pues aunque en los mismos
das del matrimonio haba llegado la flota de Indias ricamente cargada,
todo se gast en los festejos, y luego no se discurri otra medida para
remediar la Hacienda, que el bajar de nuevo el valor de la moneda, lo
cual origin, principalmente en Toledo, grandes tumultos.

Medinaceli, para apartar de s una parte de aquella responsabilidad
inmensa, acudi al remedio, tan usado antes y despus en Espaa, de
crear una junta de consulta, la cual se compuso del Condestable, el
Almirante, el marqus de Astorga, el confesor y otros dos telogos. Y
mientras l se entretena en consultar con aquella junta, Npoles andaba
afligida de salteadores; los filibusteros desolaron  Portobello, y poco
despus  Veracruz, y dominaron completamente los mares de Amrica; los
Gobernadores de las provincias obraban cada cual  su arbitrio, y entre
otros el de Buenos Aires D. Jos Garro, ech de la colonia del
Sacramento  los portugueses, comprometindonos en nuevas desavenencias;
Francia nos amenazaba insolentemente con bombardear  la menor ocasin
nuestros puertos; y por ltimo, dentro de Madrid mismo hubo un gran
tumulto, que caus por algunos das grande inquietud al Rey y  toda la
corte. Un cierto Marco Daz, de oficio comerciante, escandalizado al ver
la mala administracin de los regidores de la villa, que aplicaban en su
provecho todos los subsidios que pagaba el pueblo, hizo muy ventajosas
proposiciones, si se le daban las rentas del Rey en arrendamiento.
Regocijse el pueblo, que haba de ganar mucho con las proposiciones de
Marco Daz; pero de parte de los interesados en el cobro de las rentas
fu muy mal odo el propsito. Y sea que ellos mismos pagasen la muerte
de Daz, sea que l tuviese otro gnero de enemigos, el hecho fu que
acometido camino de Alcal cierto da por unos enmascarados, le dieron
varias heridas mortales. Fu tanta la ira del pueblo de Madrid, que se
temi que faltasen al mismo respeto del Rey. La Providencia, no contenta
con esto, seal an con hambres, huracanes y desolaciones producidas
por los elementos, los primeros meses del gobierno de Medinaceli.

En tales circunstancias se rompi al fin de nuevo la guerra contra
Francia. Cada vez ms soberbio Luis XIV con ver que era mayor nuestra
debilidad cada da, nos pidi el condado de Alost y la antigua y noble
ciudad de Gante, con otras varias, sobre las cuales supona tener
derechos que Espaa, antiqusima y libre dominadora de la provincia, le
disputaba. No contento con bombardear horriblemente  Luxemburgo,
ejecutndolo contra la fe de todos los pactos y del derecho de gentes,
llev  cima sus atentados invadiendo las tierras de Alost y los dems
estados con numerosas tropas. Hubieron de rechazar la fuerza con la
fuerza algunas partidas de espaoles, y Luis XIV tom de esto pretexto
para dar por comenzada formalmente la guerra. Y enviando al mariscal de
Humires con numerossimo ejrcito, sujet  su dominio las plazas de
Courtrai y Dixmunda, sorprendidas y sin prevencin alguna. Luego propuso
que devolvera estas plazas si se le entregaba Luxemburgo  Pamplona.

 tan insolente conducta no pudo corresponder Espaa sino con declarar
la guerra (1683); y cierto que si alguna vez haba sido justa, ahora lo
era, porque del honor no pueden prescindir jams las naciones. Pero
nunca tampoco se haba comenzado debajo de tan malos auspicios. No
tenamos medios de ofender ni de defendernos, y causa maravilla que no
se perdiese ms de lo que se perdi. Consta de los despachos de los
Embajadores franceses, continuos espas de nuestras cosas, que en 1680
no haban guarnicin ni municiones en San Sebastin, Pamplona ni
Fuenterraba, y que no haba ejrcito en toda Navarra para mantenerla un
mes contra Francia. La Vauguyon, uno de estos Embajadores, denunci  su
corte que en 1682 no haba hallado ms que unas cuatro compaas con
doscientos hombres intiles en Vizcaya y las Castillas. Todas las
provincias estaban lo mismo.

Gobernaba la de los Pases Bajos el duque de Villahermosa, D. Carlos de
Guerrea Aragn y Borja, soldado de valor que haba comenzado  servir en
los puestos ms bajos de la milicia,  pesar de su ilustre sangre, el
cual levant algunas tropas walonas, reorganiz las pocas espaolas que
tena, y dispuso la defensa lo menos mal posible. Sin embargo, no pudo
impedir que en el invierno de 1683 asolasen los franceses el Brabante,
ni que Oudenarde fuese horriblemente bombardeada y destruda, ni que se
perdiese la grande y fortsima plaza de Luxemburgo. Sostvola
valerosamente el Prncipe de Chimay con hasta dos mil hombres, en que
haba bastantes espaoles, nmero desproporcionado  tan extensas
fortificaciones como eran las de aquella plaza, y no la rindi sino al
cabo de veinticinco das de trinchera abierta, despus de haber apurado
en salidas y defensas todos los recursos de la guerra.

Habanos ofrecido socorros Holanda, ajustndose un tratado de alianza;
pero apenas nos envi algunos, y ms desde que con la prdida de
Luxemburgo vi abiertas sus fronteras  las armas de Francia. As fu
que no pudimos una sola vez parecer en campo en Flandes delante de los
escuadrones franceses.

En tanto en Catalua, no bien publicada la nueva guerra contra Francia,
levant Barcelona algunos tercios para defender la provincia. Entr en
ella el francs el mismo ao (1684) al mando del marqus de Bellefont,
con cerca de veinte mil hombres; lleg  Bascara y de all se encamin 
Gerona. Acudi al opsito el virrey duque de Bournonville, con el
pequeo ejrcito que haba podido juntar, incapaz de resistir al enemigo
en campo abierto, y le disput encarnizadamente el paso del Ter; pero no
pudo impedir que lo esguazase y abriese trinchera delante de Gerona.
Entonces el Duque se volvi  Barcelona para atender al socorro y al
reparo y fortificacin de las dems plazas. Coloc once caones el de
Bellefont en sus trincheras, y bati tan furiosamente  Gerona, que 
los pocos das estaban abiertos por todas partes los muros y arruinadas
muchas casas. Antes de dar el asalto, que pareca ya fcil, envi el
francs un trompeta  la plaza ofreciendo honrosos partidos para la
rendicin, y amenazando de lo contrario con entrarla  fuego y sangre;
pero el Gobernador D. Carlos Sucre y los vecinos, llenos de entusiasmo,
se negaron  oir toda proposicin de concierto. Entonces di el francs
un asalto general con todas sus fuerzas, y los de la plaza lo
resistieron de modo, que despus de largas horas de combate quedaron
dueos de sus muros, baados con la sangre de nueve mil enemigos y de
cuatrocientos de ellos. Tres banderas que osaron los enemigos clavar en
las brechas, fueron tomadas de los nuestros, y, desalentados y rendidos,
abandonaron sus lneas despus del asalto, retirndose en completo
desorden.

Aprovechronse de este decaimiento de los franceses el marqus de
Legans y Trinchera para caer sobre Bascara y traerse prisionera  toda
la guarnicin francesa. Pero en su retirada, todava muy superiores en
nmero  los nuestros, tomaron con ayuda de su armada, que era muy
gruesa, el puerto de Cadaqus, y amenazaron  Rosas, aunque hallndola
bien prevenida, continuaron retirndose hacia Camprodn, vivamente
perseguidos por el infatigable Trinchera y sus miqueletes, como
siempre, tomndoles convoyes, matando  los extraviados y causndoles
infinitos daos.

As acab aquella campaa, y con ella la guerra por esta parte. Tambin
amagaron durante ella los franceses al pas vascongado, pero no pas de
amago; y aunque llegaron  embestir  Fuenterraba, no lograron fruto
alguno, defendiendo los naturales con su ordinario valor la frontera.
Bombardearon con poderosa escuadra  Gnova, por castigar la antigua
alianza que con Espaa tena aquella repblica. Hubiranse an apoderado
de la ciudad  no ser por la valerosa defensa que hicieron en varios
puestos tres mil soldados que el Gobernador de Miln envi  socorrerla.
Fu esto parte para que, lejos de conseguir su propsito, tuvieran que
reembarcarse con mucha prdida; pero hicieron con sus bombas tremendo
estrago. No hubo lugar  ms, porque interviniendo el Emperador y
Holanda, se ajust en Ratisbona (1684) una tregua de veinte aos por la
cual tuvo Espaa que dejar en depsito en manos de Luis XIV las plazas
de Luxemburgo, Bovines y Chimay, recobrando las dems que haba perdido.
Gnova, temerosa de los franceses, se reconcili tambin con ellos
debajo de las condiciones humillantes que stos la impusieron,
apartndose de la amistad antigua de Espaa.

Lo mismo la guerra que la tregua se hicieron casi por s solas, sin que
la Corte tuviera ocasin de ocuparse de ellas. Porque  la verdad, si
grandes eran los apuros de la Monarqua, mayor era la flojedad y la
incapacidad poltica de Medinaceli. En lugar de atender  los peligros,
ya que tomaba  su cargo los honores del Gobierno, no tard en
consagrarse enteramente  las intrigas en que arda la Corte. Jams
jirones de poder y grandeza han sido ms disputados ni por ms pequeos
medios. Figuraban ahora principalmente entre los contendientes frailes y
mujeres; de ellos y ellas eran los instrumentos del primer Ministro y
de los que procuraban sucederle; de ellos y de ellas los que empleaba
todo el mundo para lograr sus planes. Sealbanse entre las mujeres la
duquesa de Medinaceli, mujer de elevado talento y ambiciosa, que tena
dominado  su marido, y dispona de todo  su antojo, y la de Terranova,
Camarera mayor de la Reina, dama de imperioso carcter, que apenas
juzgaba por su igual  la Reina, ni reconoca derecho en nadie 
competir con ella el influjo. De entre los frailes, era el principal el
P. Reluz, confesor del Rey.

Hallbase un tanto en peligro la de Terranova, por andar disgustada con
ella la Reina. No bien se trasluci esto, comenzaron  disputarse ya el
puesto la marquesa de los Vlez, la de Aytona, la duquesa de
Alburquerque y otras muchas seoras principales, cada una apoyada por
sus deudos y amigos. Declarronse los duques de Medinaceli contra la de
Terranova, que estorbaba todos sus propsitos, despreciando ms que
acatando su poder, y ella tambin se propuso derribarlos del mando. Y
coaligados con la duquesa el P. Reluz, confesor del Rey, tan ingrato 
D. Juan de Austria, y D. Gernimo de Egua, lleg  creerse que aquel
suceso ocasionara la cada del dbil marido y la mujer ambiciosa. Tuvo
el buen fraile una conferencia con el Rey, donde le prob con abundante
copia de razones cristianas, que deba separar  Medinaceli y nombrar
Ministro que fuese de su gusto; procur llenarle de remordimientos, como
llenaron sus antecesores en el cargo  Felipe III, y le amenaz
seriamente con la eterna condenacin, si no escuchaba sus consejos.
Torpe empleo el que hacan aquellos frailes desalmados de su santo y
consolador ministerio. En un Rey como Carlos no poda menos el confesor
de lograr el efecto que esperaba; y no bien lleg Medinaceli, se
apresur aqul  darle sus quejas. Defendise el Ministro como astuto y
le aconsej que para que ms no le acongojase con aquellas predicciones
terribles y anatemas, tomase confesor ms blando. No oy mal tampoco
este consejo el pobre Prncipe, y vagando de una en otra incertidumbre,
consult el caso con Egua, que, como aliado del confesor y de la
camarera, pareca que hubiera debido esforzar los argumentos de aqul,
perdiendo  Medinaceli. Pero ste Egua no era hombre que se juzgase
obligado con nadie sino consigo propio; y al ver al confesor y la
camarera triunfantes, y al Ministro herido y decadente, prefiriendo al
amigo poderoso el enemigo dbil, se puso de repente de parte de
Medinaceli, y aconsej al Rey, como ste, que buscara confesor ms
blando y que jams se entrometiese en las cosas de Gobierno. Entonces el
P. Reluz fu separado del cargo de confesor, y la de Terranova,
combatida por el Ministro y aun por la Reina madre, que recordaba en
ella una de las ms encarnizadas enemigas de su regencia, abandonada de
Egua y oprimida de tantos como por deudos  amigos seguan el partido
de las otras seoras que solicitaban su empleo, hubo de sucumbir.
Ordensela cortesmente que pidiese su retiro, cosa no vista jams en
damas de su empleo, que no sola acabar sino con la vida de las reinas 
la propia vida, y entr en su lugar la duquesa de Alburquerque, amiga de
la Reina madre y del Ministro, mujer amable y de no vulgar talento.

Creyse afirmado con este triunfo el de Medinaceli; pero no tard en
desengaarle su cada. La intriga y la envidia y la baja ambicin,
desencadenadas siempre en derredor de los tronos mal ocupados, donde se
asientan personas dbiles  de inteligencia escasa, no dejaban ahora de
agitarse un punto. Era natural que la Reina madre quisiese ver
acomodados en destinos pblicos  los que la haban acompaado en la
desgracia, sin que por eso hubiera de usurpar el poder; pero lejos de
tolerarlo los cortesanos que solicitaban aquellos destinos, alborotaban
la corte diciendo que el Rey estaba otra vez en tutela. No se pagaba 
nadie, porque no haba con qu; los empleados de virtud y vala se
negaban  asistir en sus puestos por no poder vivir en ellos con la
honra ilesa, dado que no era posible contar con los sueldos; hubo
algunos  quienes fu preciso obligarlos  continuar por fuerza. Y, sin
embargo, jams se han disputado tanto ni con tanto encarnizamiento los
empleos. Di esto lugar  que el de Medinaceli, falto de dinero, no
atrevindose  pedirlo al reino reuniendo Cortes, y sin medios de
procurrselo, sacase  pblica subasta casi todos los empleos, llegando
 ser uso lcito lo que fu abuso hasta entonces. Los pocos destinos que
no se vendan se daban por motivos indignos: tal vez  la mujer adltera
  la hermana deshonrada para el hombre abyecto que de ellas se vala,
tal vez al objeto de aplacar una saa; como cuando, separada del cargo
de camarera la duquesa de Terranova, se dieron  su yerno y nieto el
duque de Hijar y al de Montelen, al uno el Virreinato de Galicia, y al
otro el Toisn de oro. Y si alguna vez se daba al mrito un empleo, era
entonces cuando mayores quejas se suscitaban, como se vi en la
provisin del Virreinato del Per, que se hizo en D. Melchor Navarra y
Aragons, hombre de claro saber y virtud, aunque de cuna humilde; cargo
pretendido por el marqus de Santa Cruz, que si no estaba destitudo de
mrito, no tena tanto como el nombrado, pero que contaba en su apoyo
numerosa familia y amigos. Todos, con razn y sin razn, combatan al
Ministro: si l era malo, malos eran los ms de los que lo combatan;
ansiaba cada cual suplantarle y hacer lo mismo que l, y para eso
voceaban mucho el bien del Estado.

El Rey, entregado en tanto al reposo que necesitaba su espritu, sin
fuerzas siquiera para conllevar las horas de despacho, disfrutaba de los
das ms felices de su vida en el regazo de su buena esposa Doa Mara
Luisa de Orleans. Esta, llena de santos deseos y dotada, aunque de dbil
complexin, de ms energa que su marido, no dejaba de aconsejarle lo
que juzgaba bueno y justo. Pero ni su corazn ni su cabeza eran 
propsito para aquellas miserables luchas; y as, oyendo tantas quejas y
viendo tantos males, pidi, al fin, al Rey que separase  Medinaceli,
sin pensar en quin haba de sucederle. Semejantes causas movan 
desear la ruina del Ministro  la Reina madre, aunque,  la verdad,
tampoco faltasen en ella razones de inters propio. Andaba sentida de
que Medinaceli no la pagase sus pensiones, tenindola reducida  no poca
estrechez y penuria. Juntse tambin contra el Ministro, y era el
principal mvil de su ruina, porque aspiraba  sucederle, el conde de
Oropesa, que, para indisponer  Medinaceli con el Rey, se vali de su
criado Vivanco, hombre cndido y bien intencionado, introducido por l
en el cuarto del Rey. Logr primero de ste que lo nombrasen Presidente
de Castilla, desde cuyo puesto comenz  cercenar las facultades del
Ministro,  hizo tanto contra l, que el Rey, aconsejado al propio
tiempo por su esposa y por su madre y anhelando mejor gobierno,
determin, al fin, apartar de s  Medinaceli, comenzando  hacer  ste
pblicos desaires,  fin de que pidiese su retiro. Mas el de Medinaceli
no se di por entendido. Lejos de eso, intrigaba con ms ardor que nunca
por conservar el mando, cuando recibi orden del Rey para que se
retirase al lugar de Cogolludo (1685), privado de todos sus empleos.

Entonces entraron  gobernar de consuno el conde de Oropesa y D. Manuel
de Lira. D. Manuel Joaqun Garc-Alvarez de Toledo y Portugal, conde de
Oropesa, era segundo de la casa de Braganza, de origen bastardo, aunque
l no lo fuese; hallbase en la flor de su edad y haba figurado no poco
en las turbulencias de los ltimos aos, distinguindose por sus claras
luces y la destreza y disimulo con que logr sostenerse no mal quisto
entre D. Juan y Valenzuela y Medinaceli y todos los potentados, hasta
que  l le lleg la ocasin de serlo. Dbase por muy devoto, gobernaba
hermandades y favoreca iglesias, todo muy  propsito para medrar en
aquella poca, y tena tambin mujer muy intrigante y ambiciosa que le
ayudase en sus miras y que le asistiese con sus consejos. Fu primero
Gentilhombre, luego Consejero de Estado, por ltimo Presidente de
Castilla, desde donde logr derribar  su bienhechor Medinaceli. Una vez
conseguido, por aparentar poca parte en lo que era obra de sus manos, no
quiso tomar el nombre de primer Ministro, contentndose con el que tena
de Presidente de Castilla, ni gobernar solo, porque otros llevasen las
culpas aunque fuese l solo quien gobernase. De aqu naci el que nunca
se hallasen tantas personas como ahora entendiendo en los negocios
pblicos, y an que compartiese el de Oropesa el Gobierno con D. Manuel
de Lira.

Era ste ya, por influjo de Oropesa, Secretario de Espado y del despacho
universal, hombre, si de antiguos servicios en los ejrcitos y negocios
polticos, probo y diestro, de ambicin grande, como entonces se usaba.
Lo ms notable de este Ministro fu que se atreviese  proponer se
permitiese la vuelta  Espaa de los judos, practicar secretamente sus
ritos, y tener cementerios  los dems extranjeros, como uno de tantos
medios de proteger el comercio y la industria en Espaa. Mas con tales
ideas, hubo contra l desde el primer da cierta oposicin que lleg 
ser declarada guerra ms adelante. Lira no record cunto le deba 
Oropesa sino para aborrecerle ms, aunque no desembozndose al
principio, porque ste con sus relaciones y hechuras, y ms con sus
devociones y buen ingenio, era omnipotente en el nimo del rey Carlos.
Prestaba ste entonces alguna ms atencin que sola  los negocios;
preguntaba por todo y de todo quera enterarse, y gustaba mucho de la
facilidad con que pona  su alcance las cosas el favorito. No lo
apartaba de su lado, y Oropesa hallaba nuevos pretextos para encubrir
sus propias obras en la voluntad del Rey. No tard, sin embargo, en
alarmarse de verle tan inclinado  los negocios, y entonces discurri, 
lo que se cuenta, una traza funestamente ingeniosa. Buscaba  propsito
los ms difciles, y en lugar de aclarrselos, lo confunda en ellos
hasta hacer que los aborreciese de nuevo. Entretanto, suprimi plazas
en los Tribunales y Secretaras; reform el consejo de Hacienda; aboli
empleos militares intiles, ordenando que se recompensase con empleos
civiles  los que haban servido bien en las armas; rebaj ciertos
sueldos, y orden que no se empleasen ms que  los cesantes por orden
de antigedad y servicios. Public, adems, en materia de Gobierno
reglamentos y rdenes no destitudos de conocimiento; otros,
equivocados, como el prohibir la entrada de mercaderas extranjeras por
impedir que saliera el oro, y an que las usasen las personas de la Casa
real, para dar ejemplo. Hubo nuevos _autos de fe_ de mercaderas, como
aquellos que sealaron los principios de Felipe IV, y se abolieron
ciertos impuestos gravosos, compensando con rditos  los que tenan
hipotecados por adelantos al Tesoro tales impuestos.

Mand tambin Oropesa que se persiguiese enrgicamente  los bandidos
que infestaban el reino, prohibiendo el uso de armas de fuego cortas,
con que favorecan sus crmenes, y tuvo particular cuidado en que no
faltasen en Madrid los abastos, aunque faltasen comestibles en toda
Espaa. Singular privilegio en Madrid, cuando tan poca centralizacin
poltica tena la nacin; pero no por eso menos cierta. Juzgaban
entonces los Ministros que era contentar  Madrid tener contento  todo
el reino, sin duda, porque slo las quejas de Madrid llegaban  odos
del Rey, y su miseria era la notada y conocida slo. Quiso tambin
Oropesa rebajar los gastos de la Casa real, y aunque no pudo por la
oposicin que hall en los cortesanos, fu loable pensamiento. Mas no
hubo tiempo de formar grandes esperanzas sobre Oropesa, aunque hubiese
muchos loables pensamientos entre los suyos. La Condesa, su mujer, tras
de ser tan dada al influjo como la de Medinaceli, su antecesora, era ms
dada  la codicia, y el mismo Conde no era ni ms recto ni menos
inclinado que los que le precedieron al provecho propio y de sus amigos.
Vironse en Madrid, como antes, crmenes duramente castigados en unos,
no en otros, por ser criados  deudos de los amigos del Ministro.
Sospechse luego que en el abasto de la carne, ms cara que lo que era
razn, y  cargo de unos negociantes llamados los Prietas, tena que ver
la mujer del Ministro, realizando de acuerdo con ellos enormes
ganancias. Notse, en fin, con escndalo, que cuando la Superintendencia
de la Hacienda, como tan aniquilada, peda persona de gran conocimiento,
el de Oropesa, prefiriendo su inters particular al de la Corona, puso
en tal puesto al marqus de los Vlez, su primo, ya Presidente de
Indias.

Era el Marqus hombre de gran bondad, pero de talento cortsimo, y todos
sus negocios los dejaba  cargo de un cierto Garca de Bustamante,
criado suyo y antes paje, sin ms talento que una bachillera agradable,
pero con deseos ya de primer Ministro. Este, hallando establecido por el
de Medinaceli, que tambin fu Presidente de Indias, el arbitrio de
vender todos los empleos y beneficios de aquellas provincias, lo
continu y acrecent de modo, que hasta las magistraturas y los
obispados se vendieron en almoneda. Pronto hubo corredores de estos
ltimos empleos que pblicamente ejercan su oficio, sealndose entre
ellos el marqus de Santillana, indigno de su nombre. Estos corredores,
despus de entenderse con el de Bustamante en su particular, compartan
con la marquesa de los Vlez la ganancia. No tardaron en salir  subasta
los indultos por medio tambin de corredores; lo que ellos no hacan, lo
haca de por s, ajeno  la vergenza, Bustamante. Pretextbase que el
dinero que se sacaba era para el Estado; pero no era sino para este vil
agente y los suyos. Ni se content Bustamante con tener riquezas; quiso
tener honores proporcionados, y logr de Oropesa, con universal
escndalo, primero plaza en el Consejo de Hacienda, y luego en el de
Indias. Tantos desmanes levantaron  todo el mundo contra Oropesa, dando
pretexto  sus mulos y envidiosos para censurarle y combatirle.

Haba trado  ser confesor del Rey  un Fr. Pedro Matilla, hombre
obscuro y de pocas obligaciones, con ambicin y sin talento: tambin al
uso. El objeto fu asegurarse del Rey; pero le sali tan mal la cuenta
como  otros de sus predecesores. Matilla, vindose con tanto poder,
convirti el agradecimiento en odio, y comenz  combatirle sin tregua.
Aument una burla de Oropesa la saa del confesor. Instaban todos 
aqul para que dejase la Presidencia del Consejo y quedase slo de
primer Ministro; era el intento debilitar su poder para destruirle; mas
colorbase con que atendiendo  ambos cargos no poda despachar bien
ninguno de ambos. Andaban  la verdad muy retrasados los negocios, y el
Rey mismo, convencido y aconsejado por el confesor, le propuso que
dejase la Presidencia, dando el encargo de proponrselo al confesor
mismo. Conoca Oropesa la celada, y procuraba evitarla  toda costa;
sospechaba ya el odio del P. Matilla, y para probarlo y burlarse de su
credulidad, respondi  sus razonamientos, que bien querra dejar la
Presidencia; pero sera en persona tan apta como l, y no en otro. Hubo
de resignarse humildemente el confesor  esta honra, creyendo que de
verdad se la ofreca el Ministro, y ste, triunfante, cont el suceso al
Rey, sazonado con los chistes de su conversacin, que era muy celebrada.
El Rey comenz con aquello  desconfiar del confesor, dicindole en la
primera ocasin que se vieron: por ventura sois vos quien ha de ser
Presidente de Castilla? Y el confesor desde entonces jur perder al
Ministro.

Hall de su parte al D. Manuel de Lira, al Cardenal Arzobispo de Toledo,
al viejo Almirante de Castilla,  los duques de Arcos y del Infantado y
otros seores principales, y todos trabajaron tanto, que Oropesa tuvo al
fin que dejar la Presidencia al Arzobispo de Zaragoza D. Antonio Ibez.
Tuvo traza el confesor de indisponer con ste al Ministro, cuando todo
se lo deba. El nuevo Presidente se uni con los enemigos del Ministro,
alindose tambin con el Condestable, cada da ms sediento del poder
que le rob Medinaceli; hombre al decir de un contemporneo tan negado
 hacer bien con su amistad, como capaz de hacer mucho dao siendo
enemigo. Los sucesos vinieron  ayudar  todos estos conjurados en sus
empresas contra el Ministro.

No dejaba Francia de hacernos afrentas. El haber procesado en uso de
nuestro natural derecho  algunos contrabandistas franceses, fu motivo
para que Luis XIV enviase al almirante d'Estre  Cdiz con una poderosa
armada (1686), la cual apres algunas naves, exigi quinientos mil
escudos, y hubo que prometerle entera satisfaccin para evitar el
bombardeo que amenazaba. Orn se vi afligida con un trgico suceso.
Gobernaba all D. Diego de Bracamonte, uno de los capitanes de
caballera que acompaaron  D. Juan de Austria en Torrejn y
Guadalajara, hombre de temerario valor y muy esclavo de la clera. Como
llegaron los moros en asombrosa multitud delante de aquella plaza,
comenzando  talar los jardines y huertas del contorno, sali  ellos
imprudentemente el Bracamonte con slo ochocientos hombres. Pusironle
los enemigos una celada fingiendo huir, y Bracamonte, enfurecido, cay
en ella, donde perdi la vida peleando valerossimamente, con todos sus
soldados, menos cincuenta que lograron abrirse camino por entre los
montones de cadveres enemigos y volver  la plaza. Hubirase perdido
sta,  atacarla inmediatamente los infieles, y de todos modos ella
misma habra abierto las puertas al enemigo,  no sobrevenir el duque de
Veraguas con algunos bajeles. Alguna ms fortuna tuvimos en Melilla,
donde fueron rechazados los moros por D. Francisco Moreno, su
Gobernador, aunque l tambin perdi valientemente la vida. Spose que
ambas jornadas haban sido movidas y dirigidas por los franceses.

Ni eran ajenos stos tampoco  las pirateras de los filibusteros, cada
da ms audaces.  Scott, David, Manfield y Morgn sucedieron Olonns,
Monthars, Miguel el Basco y Grandmont, todos  cual ms osados y
sanguinarios. Grandmont lleg  apoderarse de Veracruz y asolar las
cercanas de Cartagena. En 1685 se apoder de Campeche, con dao inmenso
de nuestra parte. Por los aos de 1647 llev Luis XIV al ltimo punto
los ultrajes. Mand  su marina que hiciese arriar bandera  nuestras
naves en reconocimiento de feudo y vasallaje por las provincias de
Flandes, que poseamos, y juzgaba tributarias de su Corona. Heran
tantas afrentas el orgullo de la nacin, vivo todava; y cmo no haban
de herirlo? Murmuraban todos del Ministro que las toleraba, y ste, no
menos airado que los otros, y deseando tambin librarse de sus
invectivas, se resolvi  tomar venganza en la guerra. No era tiempo.
Pusiera el mal Ministro ms cuidado en el Gobierno; reformara abusos sin
cometerlos; acopiara tesoros que no haba; juntara y disciplinara
ejrcitos que no se hallaban; buscara capitanes de experiencia;
fortificara bien las fronteras, que despus de todo esto bien poda
emprenderse la guerra, no antes, so pena de padecer sin fruto nuevos
descalabros. No bastaban las costosas experiencias de los ltimos aos
para conocer que tal como estbamos de Hacienda y de milicia, era locura
pensar en la guerra? No haban dicho los sucesos pasados que, aun en
alianza con otras naciones, todo el dao era para los dbiles y todo el
provecho para los fuertes? No vala tanto padecer afrentas en el
gabinete como en los campos de batalla? Nada de esto pudo en Oropesa.
Psose de acuerdo con el Papa, que estaba muy resentido de Francia; con
el Emperador, su irreconciliable enemigo; con el prncipe Guillermo de
Orange, que aspiraba  quitar el trono de Inglaterra al rey Jacobo, fiel
aliado del francs; con los duques de Saboya y de Baviera, ofendidos de
las altiveces de Luis XIV, y con todos los Prncipes del Imperio,
reunidos en la dieta de Ratisbona. Dificult algo la conclusin de la
liga el escrpulo de haber de coaligarse Espaa con los protestantes, y
sealadamente con el de Orange, contra un Rey catlico como lo era el de
Francia; pero hubo  mano mercedes bastantes con que ganar  telogos
para que desvaneciesen el escrpulo en favorable dictamen. Formse entre
todos la liga llamada de Augsburgo; todos tenan casi iguales pretextos
de queja por las infracciones continuas que haca Luis XIV de los
tratados de Munster y de Nimega y por la soberbia con que, fiado en su
poder, trataba  los dems pueblos. Comenz  recoger sus frutos
Guillermo de Orange, desembarcando con un ejrcito de holandeses y
apoderndose, entre las aclamaciones del pueblo ingls, del trono que
ocupaba el dbil Jacobo. No di tiempo la rapidez del suceso para que
Luis XIV llegara  impedirlo; y conociendo la tempestad que iba  caer
sobre l, reforzada an la liga con el poder de Inglaterra, quiso ganar
la delantera comenzando por su parte las hostilidades. Envi un poderoso
ejrcito al Rhin, que, sin previa declaracin de guerra, porque todo era
intriga de gabinetes hasta entonces, se apoder de muchas plazas del
Imperio (1668). En seguida public de por s la guerra contra Espaa; el
Emperador y la dieta de Ratisbona le declararon  l enemigo del
Imperio; Holanda, el nuevo rey Guillermo de Inglaterra y el duque de
Saboya le declararon tambin la guerra, y en un pronto se llen Europa
de armas y de sangre.

Necesitbase, en tanto, en Espaa dinero para otra guerra que Francia
nos declar, y Oropesa no se atrevi  no quiso convocar las Cortes del
reino; contentse con donativos que principalmente de Italia vinieron
cuantiosos, y con las ordinarias trampas y anticipos, en que se cifraba
el gobierno de nuestra Hacienda. Crecieron los apuros y con ellos las
quejas y los pretextos contra Oropesa; ste se defenda trayendo al Rey
de ac para all en cazas de lobos y jabales y en diversiones todava
pomposas de comedias y toros, impidindole que oyese  sus enemigos.
Carlos, cada da ms postrado de cuerpo y de espritu, se olvidaba de
todo en brazos de aquella buena Mara Luisa, que era para l una hija y
una hermana, siempre  su lado llorando con l cuando no poda traerle
la sonrisa  los labios. As, distrayendo al Rey, por no molestarlo con
cuitas, apoyaba involuntariamente la Reina  Oropesa. Quiso Dios que
ste perdiese pronto aquel apoyo.

 principios de 1689 muri en Madrid la reina Doa Mara Luisa, djose
que envenenada, pero sin algn fundamento. Verdad es que el no tener
sucesin traa ya alarmados  todos los espaoles, y confiado al francs
en heredar el Trono: si pars, pars  Espaa; sino pars,  Pars,
deca una copla que entonces corra por el pueblo. Achacbanla algunos
la falta, y esto,  pesar de sus virtudes, traa disgustados  los que
prevean el dao que haba de seguirse. Pero los ms juzgaban que la
impotencia proceda del Rey, y, de todos modos, no era tan execrable
crimen para intentado por nadie, aun entre los que ms desearan ver otra
mujer en el regio tlamo. El noble amor de la patria y la humanidad no
dictan tal gnero de remedios  los males pblicos. Con Mara Luisa se
fu de los labios del Rey la ltima sonrisa.

Deseoso de tener sucesin, y conociendo tambin las cuestiones
sangrientas que de no tenerla haban de seguirse, se apresur  buscar
nueva esposa; pero como su corazn no poda ya inclinarle  otra mujer,
dej la eleccin al gusto del Emperador, el cual, por consejo de la
Emperatriz, que amaba mucho  Doa Mara Ana de Neoburgo, hija del
elector palatino, sin contar para nada con la conveniencia de nuestro
Rey y de nuestra nacin, puso los ojos en ella y la seal para reina de
Espaa. Sometise el infeliz Carlos II  la eleccin del Emperador, y se
llev  cabo el matrimonio, manifestando D. Carlos, en los principios,
cierta curiosidad pueril por conocer  su nueva mujer, que luego se
convirti en melanclica indiferencia. La verdad es que ni l am nunca
 su nueva mujer, ni ella hizo ms que acortar sus das con pesares sin
cuento. Vino  Espaa, con gran pompa (1690), escoltada de las poderosas
escuadras aliadas, y, desde luego, comenz  hacer notar sus defectos.
Era soberbia, imperiosa, altiva; la capacidad moderada, el antojo sin
moderacin ni lmite, la ambicin de atesorar grande, no menor la de
tener parte en el manejo del gobierno, as en las resoluciones rduas
como en la provisin de mercedes, cargos y honores. Llevaba con tal
impaciencia cualquier cosa que se opusiese  su voluntad, que hasta con
el Rey prorrumpa en desabrimientos muy pesados y en injurias que
Carlos, flaco y enfermo, sufra con tolerancia, por no saber con vigor
excusarlo, haciendo lo que ella quera, muchas veces aunque repugnara 
su entendimiento. Para colmo de desgracias padeca accidentes terribles
que la ponan  las puertas de la muerte cada hora, obligando  tratarla
con no menor cuidado y recelo que al Rey. Lo primero que hizo fu
ponerse  la cabeza del partido contra Oropesa, que haba descuidado
poner  su disposicin el Gobierno; adelantse D. Manuel de Lira 
ofrecerla todo su influjo,  hizo de l instrumento y confidente,
guardndolo para su primer Ministro. La guerra de intriga se hizo
entonces ms empeada que nunca. El de Lira, perdido de amores de s,
con el favor de la Reina y los muchos que ayudaban sus planes, no
hallaba ya obstculo que le pareciese grande. Su nacimiento, que haba
sido muy humilde, le aguijoneaba para llegar ms alto, y todo lo
encubra y adornaba con cierto desinters y limpieza, pues no se saba
de l que hubiera robado el Tesoro como los otros. Costosa honradez la
de aquel hombre que dejaba hacer  los dems el dao, mirndolo an de
buen ceo, con tal de parecer ms limpio entre tantos manchados, y que
si no tomaba oro de las arcas pblicas tampoco lo necesitaba, porque
para s saba adquirir buenos sueldos, y  sus amigos les pagaba en
hbitos, ttulos y graduaciones, trayendo  tal vileza los honores, que
no pareca cosa honrada tenerlos. Soltse Lira descaradamente contra el
Conde, y por dondequiera le injuriaba y desacreditaba. Tena el Rey
entre tantas flaquezas, la de no poder callar ningn secreto; as,
cuanto le deca su mujer contra Oropesa se lo contaba  ste, y cuanto
ste le aconsejaba para defenderse del predominio de su mujer, lo pona
en odos de la Reina; llegaba Lira, y le hablaba contra Oropesa; entraba
luego Oropesa, y le hablaba contra Lira, y el Rey les comunicaba en
secreto sus mutuos informes.

Pareca la Corte casa de vecindad; el Gobierno, juego de mujercillas y
de rameras. La Reina madre, aunque tan quejosa de Oropesa, menospreciada
por su nuera, se puso de parte de aqul y dilat algo su cada,
influyendo en el nimo del Rey, que ya por s le amaba tiernamente, y no
se resolvi  separarlo. Pero tantos combates haban hecho ya en l no
poca mella. Dbalo  conocer el que despus de haber dejado Oropesa la
Presidencia para ser primer Ministro, por ms instancias que ahora
haca, dilataba el declararlo por tal, siendo cosa en que tanto le
hubiese instado antes. Lira se crea de todos modos vencedor, cuando los
sucesos de la guerra, que mal sostenida por Oropesa, daba tantos
argumentos contra ste, que usaban l y la Reina y el confesor y el
Presidente de Castilla y todos los de su partido, vinieron  derribarle
impensadamente  l mismo antes que  su contrario, habiendo empezado
las hostilidades con poco empeo por la parte de Flandes en 1689.

El Prncipe de Valdek, que mandaba  los holandeses, derrot en Valcourt
al mariscal Humires, causndole alguna prdida, y lo dems de la
campaa se emple en choques poco importantes. Mas en la siguiente etapa
fueron tremendas las operaciones. Hizo Lira de modo que fuese  gobernar
los Pases Bajos el marqus de Gastaaga, D. Francisco Antonio de
Agurto, grande amigo y parcial suyo, hombre sin mrito ni valor, aunque
con vanidad muy grande, sostenindolo contra el dictamen de todos en
aquel empleo. Gastaaga, ocupado slo en hacerse reverenciar de los
pueblos que gobernaba, disipando en insensatos alardes de lujo y de
riqueza cuantos tesoros venan  sus manos, no pens en acopiar soldados
ni recursos con que hacer ventajosamente la guerra. Sin embargo, reuni
alguna gente, y la envi  juntarse con el ejrcito del Prncipe de
Valdek. Encontrse este ejrcito con el de los franceses que mandaba el
mariscal de Luxemburgo en los campos de Fleurus. Pele algunas horas,
haciendo prodigios de valor la caballera espaola; sostvose
medianamente la infantera alemana y holandesa, y al fin, los nuestros,
abandonados de los aliados, despus de hacer horrible carnicera en los
enemigos, tuvieron que abandonar el campo; con que qued la victoria por
los enemigos, no sin igual prdida de ambas partes. Tal fu, que ni unos
ni otros quedaron en disposicin de emprender nuevas operaciones.

En 1691 haba resuelto Luis XIV el sitio de Mons, plaza importantsima
de los espaoles, disponiendo las cosas con gran sigilo. No lo tuvo
tanto que no comprendiese su intento el Prncipe de Orange, ya Rey de
Inglaterra, el cual se lo particip al marqus de Gastaaga en las
conferencias celebradas en la Haya, para disponer las cosas de la nueva
campaa, rogndole dijese el verdadero estado de Mons,  fin de atender
entre todos  su mejor resguardo y defensa. Respondi Gastaaga
soberbiamente que Mons estaba harto segura en sus manos, asegurando que
haba dentro hasta doce mil hombres y todas las municiones de boca y
guerra que necesitaba para un largo sitio. Fiaron en esto los aliados, y
vieron sin inquietud que se acercase  sitiarla el rey Luis acompaado
de todos sus Ministros y Generales, y hasta ciento diez mil soldados con
doscientas piezas de artillera, ejrcito el ms poderoso que se hubiese
visto en aquellos parajes. Pero el marqus de Gastaaga haba faltado 
la verdad en todo. La guarnicin de Mons no llegaba  seis mil hombres,
y aunque su Gobernador, el conde de Berges, se defendi esforzadamente,
tuvo al fin que ceder, falto de todo,  los veinticinco das de
trinchera abierta. Sorprendi la prdida  los aliados que, lentamente,
como tan confiados, preparaban el socorro, y el Rey de Inglaterra,
irritado contra Gastaaga, escribi al infeliz Carlos II cuanto mal pudo
discurrir de su conducta. Gastaaga, por su parte, escribi tambin 
Lira implorando su proteccin, y ste, lleno de vanidad como todos, y
confiado en la debilidad de Carlos, tuvo audacia para contestarle
diciendo que mientras l se hallase en el despacho, aunque en Flandes no
quedara ms que una almena, sera l Gobernador de ella. Fu dichoso
azar, cuando no obra de la soberbia de Gastaaga, que llegase la carta 
manos del Rey de Inglaterra, el cual, ardiendo en ira, se la envi 
nuestro Soberano con los comentarios que han de suponerse.

Aprovechse diestramente del suceso Oropesa, y D. Manuel de Lira fu
separado de su puesto y metido en la Cmara de Indias, donde muri de
all  poco de pesadumbre, no pudiendo conllevar el peso de sus burladas
esperanzas. Pero Oropesa no goz tranquilo del triunfo. La prdida de
Mons produjo tan mal efecto en todos los nimos, que no contentos con la
cada de Lira, solicitaban tambin la de Oropesa. Este mismo, no
desvanecido con sus ventajas, deseaba retirarse y dejar pasar el
nublado; pero su altanera mujer no se lo consinti, incitndole 
defenderse hasta el ltimo trance. La Reina, ms irritada que nunca con
la separacin de su confidente Lira, redobl contra Oropesa sus
esfuerzos, y el conde de Joculis, Embajador de Alemania, de una parte
excitado por la Reina, de otra inclinado contra Oropesa por la prdida
de Mons, vino  juntarse con los enemigos del Ministro. Eran  un tiempo
 combatirlo la Reina, el Embajador, el Presidente de Castilla y los
principales Grandes; de modo que hubo que sucumbir al cabo. Fu la
ocasin el nombramiento de sucesor  Lira; logr Oropesa que se
extendiese el decreto nombrando  un cierto Angulo, muy parcial suyo;
pero el decreto no tuvo efecto por entonces. Y el Rey, que lo amaba cada
da ms, le envi un papel que, para muestra de lo que el Rey pensaba y
de cmo se hablaba de las cosas pblicas, merece recordarse: Oropesa,
le deca; viendo de la manera que est esto, y si por justos juicios de
Dios y por nuestros pecados, quiere castigarnos con su prdida, por lo
que te estimo y te estimar mientras viviere, no quiero que sea en tus
manos. Oropesa, entendiendo el deseo del Rey, se apresur  ofrecerle
la dimisin de sus puestos, saliendo oculto de Madrid, como solan salir
todos los Ministros cados, para la Puebla de Montalbn.

Mas tiempo es ya de recorrer el cuadro general de aquella guerra tan
indiscretamente empeada, y sostenida  un tiempo en Flandes, Italia,
Catalua y Amrica. En Flandes, perdida Mons, se perdi tambin Hall, y
qued amenazada Bruselas. No se repusieron de estas prdidas los aliados
en la siguiente campaa, porque en la de 1692 tuvieron que ceder el
campo de Stinquerque  los franceses, despus de una desesperada batalla
en que fu igual la prdida y hasta dudoso el triunfo, y en la de 1693
perdi el mismo Orange, Rey de Inglaterra, contra el Mariscal de
Luxemburgo la gran batalla de Nerwind, antes por el nmero superior de
los enemigos que por torpeza  flojedad de sus soldados. All donde se
miraron reunidos franceses, holandeses, ingleses, alemanes, austriacos,
italianos y espaoles, dieron stos alta prueba del superior esfuerzo
que haba en sus corazones todava. La caballera espaola, colocada en
el ala derecha del ejrcito aliado, rechaz por tres veces  la
francesa, vencedora en todas partes, obligndola  volver grupas con
gran prdida, y fu preciso que se la ordenase la retirada para que
dejase sus puestos, nicos que se conservaron en la batalla. Perdironse
y ganronse algunas plazas, y Bruselas fu bombardeada de los enemigos;
pero nada importante se hizo en las otras campaas que se emprendieron
hasta la conclusin de la paz.

En Italia, lo mismo que en Flandes, peleamos ahora  manera de
auxiliares. El duque de Saboya era aqu Capitn general de la liga, y 
sus rdenes estaba el prncipe Eugenio, tan famoso ms tarde, con un
cuerpo de imperiales, y un buen trozo de espaoles gobernados por el
conde de Fuensalida, capitn de los del regimiento de la guardia de la
Reina, y ahora Gobernador del Milans. Entr el mariscal de Catinat en
Saboya con poderoso ejrcito, y tom muchas plazas, ponindose luego
delante de Saluces. Acudi al socorro el ejrcito de la liga, y hubo una
gran batalla, en la cual quedaron vencedores los franceses, y por cuyas
resultas se apoderaron de la plaza sitiada. Pero habiendo recibido gran
refuerzo de imperiales y de espaoles, derrot el duque de Saboya en
Coni  los franceses y recobr  Saluces y  Carmagnola, donde un tercio
de espaoles asombr, por su valor heroico,  los franceses, tomando un
reducto de que no pudo ser desalojado por ms que hicieron los
defensores; hazaa  que se debi la rendicin de la plaza. Luego, el
propio Duque penetr en el territorio francs (1692) y tom algunos
lugares, guard los pasos, y recobr toda la Saboya y las plazas del
Piamonte.

Sucedi  Fuensalida en el Gobierno de Miln el marqus de Legans, el
cual, reuniendo cuantos espaoles tena  sus rdenes y muchos
regimientos italianos, fu  juntarse con el duque de Saboya, tomando el
fuerte de San Jorge, cerca de Casal, y bloqueando por muchos meses esta
plaza. El ejrcito aliado siti  Pinerol, ocupada por los franceses;
vinieron stos al socorro, mandados por Catinat todava, y en los campos
de Marsella hubo una gran batalla (1693), tambin perdida de nuestro
bando, con gran destrozo de ambas partes. La falta de refuerzos impidi
 los franceses sacar de ella partido, y los aliados, cada da ms
numerosos, tambin tuvieron que deplorar la divisin entre los
Generales, porque ni el duque de Saboya, ni Caprara y el prncipe
Eugenio, que mandaba  los imperiales, ni el marqus de Legans, que
gobernaba  los espaoles, podan entre s avenirse, echndose
mutuamente las culpas de los malos sucesos. Tomse, sin embargo, 
Casal; pero las desavenencias llegaron  punto de que el de Saboya se
separase de la liga antes de las paces (1696), con lo cual no se
emprendi ms hostilidad alguna.

Catalua fu, como siempre, el lugar donde con ms empeo se combatiera.
Haban seguido aqu  la guerra anterior graves disgustos entre los
paisanos y los soldados por causa de los alojamientos y por las
infracciones de los fueros de la provincia. Sucedi en el Gobierno de
ella el marqus de Legans al duque de Bournonville, y contra l eran
las principales quejas. No tardaron muchos pueblos catalanes, viendo que
la Corte no les haca justicia, en unirse para la resistencia.
Determinaron no contribuir con nada  los soldados, sealndose
Centellas en la determinacin. Envi el Virrey  reducir esta villa al
General de la caballera, D. Domingo Pignateli, con cuatrocientos
caballos y seiscientos infantes. Fu imprudencia sta del de Legans,
ms joven y ardiente que experimentado, sobre todo, no teniendo rdenes
ni fuerzas para llevar las cosas al ltimo rigor. Llegaron los soldados
 Centellas, y se acuartelaron en la villa; pero los paisanos de las
inmediaciones, convocados al son de caracol y campana, acudieron en
tanto nmero y con tan amenazadoras demostraciones, que tuvieron por
bien aqullos el retirarse, para excusar un choque sangriento. Furioso
Legans al saberlo, recogi toda la caballera que haba en Barcelona, y
con ella se vino para Centellas, propuesto  castigar duramente  los
paisanos; pero stos se acrecentaron de manera y se presentaron tan
temibles, que no os acometerlos con la gente que llevaba, y escuchando
al fin el parecer de personas prudentes, se volvi  Barcelona. Fu
dichosa esta retirada, porque entraron en seguida las negociaciones, y
por ellas se logr aquietar  los pueblos, aunque no sin grandes
esfuerzos y dilaciones y aun algunas muestras de rigor; dieron stas
nueva ocasin  disgustos, y el marqus de Legans y el joven conde de
Melgar, don Toms Enrquez de Cabrera y el duque de Villahermosa,
pasaron uno tras otro por el Gobierno de la provincia, sin ver
restablecida en ella la tranquilidad y la confianza. En tal estado
andaba an el pas, cuando comenz la nueva guerra contra Francia. Entr
el duque de Noailles con nueve mil hombres, se puso sobre Camprodn y la
tom en pocos das, por la poca asistencia que la dieron los miqueletes
y paisanos desconfiados del Gobierno. Recibi tanto sentimiento
Villahermosa de esta prdida, que mand ahorcar al Gobernador D. Diego
Rodado,  quien juzgaban todos inculpable. Pidironse donativos 
Catalua para continuar la guerra; mas ella, como disgustada, ya no
quiso darlos.  la sazn se juntaba en el nimo de los naturales la
clera de los presentes disgustos con el recuerdo de que el Rey no
hubiera venido an  jurar sus privilegios, y cierta aprensin extraa
de que los capitanes del Rey, inclinados  Francia, pretendan ms bien
entregar que no defender la provincia.

Por lo mismo, ya que no diesen dinero, no dejaron de levantar gente. Con
ella, y algunos buenos trozos de infantera y caballera que vinieron de
Castilla, sali  campaa el Virrey, llevando  D. Juan de la Carrera
por Maestre de campo general, y al marqus de San Vicente en el mando de
la caballera; el total del ejrcito lleg  componerse de ms de
catorce mil infantes y cuatro mil caballos. Con este ejrcito, tan
superior al de los franceses, se propuso el de Villahermosa invadir el
Roselln, para divertir ms al enemigo; pero la Corte le orden que
fuese sobre Camprodn, y la sitiase. Logrlo  vista del enemigo que,
formado en batalla muchos das, no se atrevi  empearla,  pesar de
las provocaciones de los nuestros. Hubo con todo un combate contra dos
regimientos franceses que defendan ciertas posiciones sobre la villa,
en el cual los nuestros llevaron la ventaja, y como luego lograsen con
industria los paisanos y miqueletes cortar el agua  la guarnicin de la
plaza, no tuvieron ms remedio que abandonarla. Vol el de Villahermosa
las fortificaciones con gran disgusto de los catalanes, y demoli
tambin la plaza de Montall, retirndose luego con tan lucido ejrcito
sin hacer nada,  tomar cuarteles de invierno. Durante ste, hubo
varios combates entre los paisanos y soldados, siendo el mayor delante
de Gracia y Sarri  las puertas mismas de Barcelona. Mantvose fiel y
tranquila esta ciudad y los ms de los lugares del Principado; premi el
Rey  Barcelona, concedindola el privilegio que pretendi en 1632 y
1640 de que sus concelleres se cubriesen delante de los Prncipes, cosa
que tenindola ya por perdida,  no habindola tenido nunca muy clara y
determinada, fu ahora de grande agradecimiento, y fueron presos y
castigados algunos de los paisanos sediciosos, y perdonado el mayor
nmero, con que volvi  restablecerse la tranquilidad un tanto.

No tardaron los franceses en entrar de nuevo (1690) en Catalua; tomaron
 San Juan de las Abadesas y  Ripoll, demoliendo sus fortificaciones y
rindieron  Vich, sin que el de Villahermosa hiciese ms que movimientos
intiles y sin fruto. Fuera triste suerte la de este caudillo,  hallar
quien lo juzgase con tanto rigor como l juzg antes al Gobernador de
Camprodn. Clam Catalua porque se le separase del mando, achacndole
todas las prdidas y desrdenes, y la Corte envi en su lugar al duque
de Medinasidonia. Comenzse bajo su mano la campaa de 1691, en la cual
los franceses rindieron la Seo de Urgel, valerosamente defendida de D.
Jos Agull, por no haber sido socorrida, cosa muy sentida en Catalua.
Ofrecise entonces llena de ira  facilitar hombres y dinero con que
echar  los franceses. Una armada de stos de cuarenta naves, al mando
del conde de Estres, bombarde por dos das  Barcelona con poco dao,
y se retir al aparecer la nuestra, gobernada del conde de Aguilar,
aunque sta excusase el combate. Ni en esta campaa ni en la siguiente
hizo ms el de Medinasidonia que vagar de ac para all con un mediano
ejrcito que tena, ya sitiando plazas, ya alzndose de sobre ellas, ora
ofreciendo batalla al enemigo, ora huyndola, sin llegar nunca  pelear.
Slo los miqueletes peleaban por donde quiera ejecutando sus ordinarias
proezas, bajo sus caudillos naturales, entre los cuales se contaba an
el viejo Trinchera. Hubo tambin algunas celadas y choques de poca
cuenta entre soldados sueltos del ejrcito. Tampoco los franceses
hicieron ms que demoler aqu y all fortificaciones, hasta 1693 en que,
con ejrcito de veinte mil hombres y cuarenta caones, embistieron 
Rosas. Defendila valerosamente D. Pedro Rub hasta ser herido de muerte
en la defensa, y su sucesor, don Gabriel de Quiones, rindi la plaza
con poca honra.

Menos manifest todava el duque de Medinasidonia, que pudo lograr el
socorro y no quiso intentarlo. Abandonaba la provincia  su suerte, y
cuando se quejaban de ello los naturales responda: que todo era
intil, pues no haba mejor partido que hacer las paces, sometindonos 
la voluntad del extranjero. Duque indigno de su casa y nombre; otro
Guzmn que aadir  aquellos tan fatales del reinado anterior.
Vergonzosamente envi regalos el Gobernador de Barcelona  la armada
francesa de M. de Tourville, que tuvo la insolencia de pedirlos al pasar
por aquellas aguas, diciendo que de todas las plazas de la costa de
Espaa quera llevar esta muestra de agasajo. Llor Catalua con noble
altivez aquella vileza, y ms al ver que el Gobernador y sus capitanes
achacaban la determinacin al pueblo. Fu tambin de gran sentimiento el
desorden de la campaa, porque el ejrcito francs se pase por el
Ampurdn como quiso, y el de los espaoles malgast el tiempo en
pareceres y marchas, sin poner mano  las armas. La Corte, viendo tal
inters, separ al fin al de Medinasidonia, y envi en su lugar al
marqus de Villena; sali aqul del Principado querido por su carcter
dulce y su justicia, pero universalmente despreciado. Era el nuevo
Virrey tan imprudente como fu su antecesor irresoluto y no dotado de
ms talento que l. Al comenzar la campaa de 1694 envi capitanes que
alistasen en Castilla muchas compaas. Llegaron en crecido nmero,
dice el historiador Feli de la Pea, contemporneo y cataln; pero
tales, que antes servan de embarazo que de provecho, por no ser
disciplinados, ni ser fcil en poco tiempo ensearles el arte, modo de
disparar, jugar las armas ni perderles el temor. Amaestrbanlos en el
disparar, no slo los hombres, sino hasta los muchachos de Barcelona,
porque era para ellos muy extrao aquel ejercicio, como sacados de los
cortijos y lugares de Castilla. No obstante, contento el Virrey del
nmero, no advirtiendo la calidad, prometa prodigios y deca: Con
veinte mil hombres y todos espaoles, no hay que temer. El suceso le
desenga. Desengase, con efecto, muy en dao de la Monarqua, aunque
no por culpa slo de tales soldados.

Entr el duque de Noailles en el Ampurdn con ejrcito igual al nuestro,
y asent su campo  la orilla izquierda del Ter, cerca de Torroella de
Mongri. Acudi al opsito el de Villena, ponindose  la orilla derecha
del ro, en campo abierto, por juzgar que ste bastante lo defenda.
Aprovechse de esta confianza necia el de Noailles, y esguazando el ro
con parte de su caballera, cay sobre nuestros descuidados cuarteles.
En un momento fueron deshechos los trozos de caballera que gobernaban
D. Juan Coln y D. Fernando de Toledo, con muerte honrosa de los dos
capitanes. Huy el resto de nuestra caballera, dejando sola en el llano
 la infantera, que desordenada, y tan sin conocimiento de las armas
como se sabe, no tard en ser rota y dispersa. Muri el Maestre de campo
D. Alonso de Granada pugnando por ponerla en orden, y en el propio
empeo fenecieron los mejores capitanes, siendo otros muchos
prisioneros. Del de Villena no se supo en todo el trance; el general de
la caballera, Senmenat, qued luego prisionero, y fuera all total la
vergenza,  no ser por el esfuerzo de aquel valeroso Jos Bonet, que
tan heroica muestra di de s aos antes en la villa de Massanet,
defendindola por largo espacio con slo cuarenta hombres contra todo un
ejrcito enemigo. Era ya el Bonet Maestre de campo en el tercio cataln
llamado de la _Diputacin_, y, adems, gobernaba, por ausencia de
caudillo, el tercio viejo de los _morados_, que era el mejor del
ejrcito. Al ver la acometida de los enemigos y el desorden de los
nuestros, Bonet form en batalla sus tercios, que fueron los nicos que
as se vieron aquel da, sobre una zanja, donde se mantuvo valerosamente
hasta que se hall de todo punto desamparado. Luego volvi  hacer alto
en la colina de Fox, y recogi muchos fugitivos, salvando los restos
del ejrcito,  pesar de que el enemigo puso el mayor empeo en
desordenarle.

Glorioso y vencedor, se alej por fin Bonet de aquel campo de ignominia,
donde quedaron las banderas y la artillera, los papeles del Virrey y
los de los regimientos, las armas, los bagajes y cuanto pudo ser presa
del enemigo. No dej ste escapar los frutos de aquella batalla que se
llam del Ter. Lleg delante de Palams y la rindi  pesar de la
esforzada defensa de D. Melchor de Avellaneda, que all mandaba; luego
se puso sobre la importantsima plaza de Gerona, que tan imposible de
rendir haba sido otras veces, y la tom sin dificultad ninguna por
causa del Maestre de campo general, D. Carlos Sucre, que an gobernaba
en la plaza, y de D. Juan Simn, que abandon sin defensa una de sus ms
importantes fortalezas. Lloraron los vecinos largamente aquella
capitulacin que hubo de ajustar Sucre sin su noticia. Hostalrich con
poca defensa y Castelfollit tambin cayeron en poder del enemigo, y
ochenta partidarios franceses osaron entrar en Corbera  cuatro horas de
Barcelona. Quisieron los paisanos y miqueletes recobrar  Hostalrich
juntndose tumultuariamente en una especie de ejrcito donde vino 
hallarse en persona el de Villena; pero se abandon la empresa, no bien
amag el francs el socorro.

Dej el de Villena avergonzado el mando y entr  sucederle aquel
marqus de Gastaaga que tan mala cuenta haba dado de s en Flandes.
Tuvo ste en los principios el acierto de reconocer su incapacidad y el
poco valor de sus soldados, y mantenindose en guarnicin de las plazas
con ellos, excit  los paisanos  que defendiesen la tierra. Ayudaron
los franceses cometiendo algunos daos; y no necesitaron de ms los
valerosos catalanes. En el invierno mismo de 1694, queriendo un ingls
que gobernaba por Francia la villa de Blanes, bien fortificada, recoger
algunos rehenes y tributos, envi un trozo de quinientos hombres  los
lugares comarcanos, que fu derrotado. Para castigarse este hecho
embisti el ingls con ochocientos hombres  Pineda, lugar pequeo y
abierto; pero fu rechazado con muerte de ms de sesenta de los suyos.
Luego los mismos paisanos de Pineda y las cercanas le obligaron 
encerrarse en Blanes. Derramados de repente los miqueletes por todo el
principado, mataban  cuantos franceses osaban salir sin amparo de
ejrcito  los caminos, entrando  matar dentro de la misma Gerona.
Aconteci (1695) que no queriendo pagar contribucin  Francia la villa
de San Esteban de Bas, acudi  quemarla en castigo con mil trescientos
hombres escogidos el Gobernador de Castelfollit, de orden de Mr. de San
Silvestre, que estaba por caudillo de toda aquella parte de Gerona.
Cuando llegaron los franceses cerca de San Esteban de Bas, hallaron ya
la villa puesta  la defensa habiendo recogido  la montaa todas las
personas intiles. Hubiera sido grande la defensa de la villa  comenzar
el ataque los franceses; pero no se atrevieron  intentarlo. Durante su
marcha haban sido descubiertos por los paisanos catalanes, que con
increble audacia se pusieron  perseguirlos de uno en uno. Al llegar 
San Esteban seran ya estos paisanos hasta en nmero de cuarenta; y
aunque los enemigos suban  mil trescientos, repartidos en tres trozos,
tuvieron valor para acometer uno de estos trozos. Acudi al punto el
veguer de Vich con algunos paisanos, y el francs con notable cobarda
dispuso la retirada. Seran ya hasta ochenta los paisanos, y se pusieron
vivamente  perseguirle como si fueran un ejrcito, engrosndose ellos 
cada momento y matando  cuantos hallaban un poco retrasados.

Apoderse un terror pnico de los franceses, y al pasar un puente
llamado de San Roque fueron desordenados por los paisanos, que llevaban
ya muertos un centenar de ellos y prisioneros muchos ms, separndolos
en dos trozos. El menor de ellos, cercado en un hospital, tuvo que
rendirse; el ms grueso, donde iba el mismo Gobernador de Castelfollit,
no atrevindose  pasar adelante, se fortific en el convento del Carmen
de Olot. Ya el nmero de los paisanos era grueso acudiendo de todas
partes; mandbanlos el veguer de Vich y los caudillos Francisco Toralla,
Jos Ms de Roda y Galderch, llamado el mozo, hombre de valor heroico.
Este logr meterse por un agujero que abri en el muro con hasta doce
hombres dentro del convento, y all pele largo rato con el gran nmero
de los franceses, hasta que, muerto l y cinco de los suyos, los otros
tuvieron que fingirse muertos para salvar la vida. Entre tanto el
convento era asaltado por todas partes, y despus de un largo combate
donde el caudillo francs fu mortalmente herido, tuvieron que rendirse
sin ms honor sino que no se quitasen  los oficiales los vestidos.
Llen de jbilo esta gloriosa victoria  toda Catalua. La guarnicin
francesa de Blanes, desbandada, se sali del lugar dejndolo abandonado;
pero acometida en el camino por los vecinos de Pineda y labradores,
perdi ciento cincuenta hombres muertos y doscientos ochenta
prisioneros, huyendo el resto en desorden. Trescientos franceses que
guarnecan  Argelagus se rindieron tambin  algunas compaas de
dragones y miqueletes; y un capitn por nombre Plex entr por un agujero
que abri en la puerta de San Lorenzo de la Muga, donde haba cien
granaderos franceses, con solo treinta hombres, y despus de haberlos
acorralado en la iglesia les oblig  rendirse. Sonaba el caracol marino
por todas partes levantando en armas el principado, y los franceses no
tenan en ninguna un momento de reposo. Blas de Trinchera, hijo acaso
de aquel valeroso D. Jos y D. Valerio Saleta, con sus gavillas de
miqueletes bloquearon  la guarnicin de Hostalrich, reducindola al
mayor extremo, y el veguer de Vich y Jos Ms de Roda, pusieron en el
mayor aprieto  Castelfollit, favorecidos por algunas compaas de
dragones y derrotando  los franceses que intentaban socorrerla.

Ya estaban  punto los paisanos de tomar esta plaza, dirigidos por un
cierto Luis de Novas, cataln que haba estado al servicio de Francia,
cuando vino al campo D. Juan de Acua con un buen trozo de ejrcito 
encargarse del sitio, y en un punto se perdi todo; fu preciso alzar el
campo por haber logrado socorrerla los franceses. Tambin tuvieron que
alzarse de sobre Hostalrich los paisanos, por no ser socorridos con
artillera y algunas municiones como solicitaban. Demoli sin embargo el
francs tanto las fortificaciones de esta plaza como las de
Castelfollit, de miedo de que los paisanos y miqueletes volviesen sobre
ellas. Pero ya por entonces aquel glorioso ardor de los catalanes haba
desaparecido. El marqus de Gastaaga, D. Francisco Antonio de Agurto,
se haba mostrado cada da ms afecto  los paisanos, loando y regalando
 sus caudillos, recorriendo y animando por s mismo las cuadrillas de
ellos que pasaban por Barcelona, haciendo tocar en su palacio los
temerosos caracoles marinos de que usaban y que solan levantar en ira
las comarcas por donde iban. Si fueron rdenes de la Corte recelosa del
ascendiente y soberbia de los paisanos,  celo de los capitanes que la
rodeaban,  idea de que ya no eran necesarios tales servicios por
haberse juntado numerosas tropas en la provincia, no se sabe; pero ello
es que de pronto cambi de opinin el Virrey y comenz  mirar con mal
ceo las cuadrillas de paisanos.

La voz de Catalua fu que el marqus de Villadarias, que acababa de
venir por Maestre de campo general del ejrcito, haba trado orden de
la Corte para ir entregando la provincia  Francia; mas esto era
increble cuando cabalmente se haba juntado all el mejor y ms
numeroso ejrcito que tuviese Espaa, y el de mejor calidad que hubiera
aparecido en toda la guerra. Componanlo hasta veintisiete mil hombres,
muchos alemanes  irlandeses que trajo en refuerzo, de parte del
Emperador, el prncipe Jorge de Hesse Darmstad, no pocos walones y
bastantes castellanos y navarros de las nuevas levas.

Por este tiempo se presentaron tambin en aquellas costas las escuadras
unidas de Holanda  Inglaterra, dueas del mar. Con tal poder militar y
poca ayuda de los paisanos, desalentados y aun llenos de saa con la
mudanza que notaban en el Virrey, se continu la campaa de 1698, y en
ella se vi de nuevo cuanto superasen  los soldados mal acaudillados y
organizados que tenamos los valerosos paisanos catalanes. Psose el de
Gastaaga con el gran ejrcito y armadas sobre Palams, villa flaca, y
hubo de alzar el asedio sin fruto, si bien los franceses, de propio
motu, demolieron luego la plaza. Luego el ejrcito y armada se retiraron
 descansar sin otra empresa por aquel ao. Al siguiente volvi  salir
 campaa Gastaaga, oponindosele el duque de Vandome con ejrcito
igual en fuerzas. Asentaron los nuestros su campo entre Hostalrich y
Gerona  orillas del ro Tordera, y el francs se puso tambin no lejos
de Gerona. All se mantuvieron unos y otros sin emprender nada; solo el
Prncipe de Darmstad que gobernaba la caballera extranjera sostuvo un
choque empeado con los enemigos que queran envolverle, frustrando
valientemente su intento. El de Gastaaga no hizo ms que ordenar  los
paisanos que ocupaban todava algunos pasos que se retirasen, con lo
cual los franceses bajaron por la Tordera y ocuparon sin dificultad
aquellas villas de Blanes, Malgrat, Pineda y Calella que les haban dado
tanto en que entender en otras ocasiones, saqueando  su sabor el pas.
Las quejas de Catalua llegaron con esto  tanto, que la Corte separ al
virrey Gastaaga y al Maestre de campo general Villadarias, enviando en
su lugar de Virrey  D. Francisco de Velasco, soldado de probado valor y
hermano natural del Condestable, y de Maestre de campo general al conde
de la Corzana. No hicieron estos otra cosa que mejorar las
fortificaciones de Barcelona, porque ya se recelaba del francs que
quisiera cercarla.

Venase tratando de paz haca tiempo, negndose nuestra Corte 
negociarla por temor de que como eran sus prdidas grandes la fuese muy
funesta. Para obligarla  ceder resolvi Luis XIV emprender el sitio de
Barcelona, y dispsose lo necesario no con tanto secreto que no hubiese
noticia de todo. Por fin,  principios de Junio de 1697 lleg el duque
de Vandome delante de aquella ciudad insigne con diez y ocho mil
infantes y seis mil caballos; la armada, compuesta de cincuenta naves y
ochenta velas de transportes, cerr la boca del puerto al mando del
Bailo de Noailles, y se desembarcaron hasta ochenta piezas de
artillera entre caones y morteros para batir los muros, con inmensa
copia de proyectiles y fuegos de artificio. Jams se ha visto tanta
flojedad como se vi entonces de nuestra parte. Haba cerca de veinte
mil hombres con que cerrar el paso al enemigo, y se le dej llegar
tranquilo delante de la ciudad; extendi sus cuarteles desde Sans hasta
Esplugas, poniendo en Sarri sus principales depsitos; abri sus
trincheras sosegadamente tambin, plant sus bateras, todo como si no
hubiese armas en la provincia. El Virrey y la Audiencia se salieron
fuera de los muros  procurar socorros, y qued en el mando el Maestre
de campo general conde de la Corzana, con el Prncipe de Darmstad, el
conde de la Rosa, D. Juan de Acua y otros caudillos, y hasta diez mil
infantes y mil trescientos caballos, mitad espaoles, mitad extranjeros,
sin contar otros cuatro mil infantes  que ascenda la milicia de los
gremios que se levant en la ciudad, ni la nobleza catalana, entre la
cual se hallaba el marqus de Aytona, y voluntarios, toda gente
valerosa. Pronto las montaas que rodean el llano de Barcelona
aparecieron cuajadas de labradores y miqueletes que acudan de toda
Catalua  salvar su capital, mandados por el heroico Bonet, D. Jos de
Agull y Copons, y otros caudillos de igual denuedo y patriotismo. Por
todas partes resonaban los ecos del caracol marino, llenando de pavor 
los franceses, y hasta las mujeres y los nios recorran las calles de
Barcelona gritando: antes morir que rendirnos! Los Magistrados
preparaban con ardiente patriotismo las cosas de la defensa; los
mercaderes fiaban sus gneros; el clero se hallaba dondequiera,
excediendo en valor  los soldados, todos cumpliendo con su deber
largamente; aquella ciudad soberbia no haba sido hasta entonces
vencida. Pero todo se malogr por la ineptitud  cobarda del conde de
la Corzana y los dems capitanes, que  excepcin del de Darmstad no
pareca sino que obraban de acuerdo con los franceses. Bien pudo
sospecharse que lo estuviesen segn lo que hicieron.

D. Francisco de Velasco, que haba puesto su cuartel general en Molins
de Rey con todas las tropas que no haban quedado en la ciudad, se dej
sorprender del enemigo  punto que perdi todo su equipaje, y l  duras
penas salv la vida. No se di orden alguna para que los valerosos
miqueletes obrasen; de modo que aunque llevados de su ardor acometieron
dos  tres veces los cuarteles enemigos, fu sin fruto, perdiendo en una
ocasin Bonet cinco capitanes de seis que lo acompaaban con casi toda
su gente; y entre tanto el marqus de Corzana dispuso tres salidas tan
mal dispuestas, que an arrollando como se arroll al enemigo, no se
logr hacer ningn dao en sus trabajos de sitio. Descuidse el
fortificar los puntos dbiles, negronse armas  los que las pedan, y
al cabo de cuarenta das, cuando la plaza estaba casi entera todava, se
resolvi la capitulacin. Ofreci Barcelona llena de noble ira
defenderse sola y obligar  los franceses  alzar todava el sitio, con
tal que el de la Corzana se fuese donde quisiera con todas sus tropas,
menos el Prncipe de Darmstad y sus caballos. No fu la proposicin
admitida; y como en aquellos das fuese nombrado el de la Corzana
Virrey, en lugar de D. Francisco Velasco, llev  cabo la entrega
contra el sentir de todo el pueblo que lloraba su suerte, y el parecer
del Prncipe de Darmstad y de los mejores capitanes, avergonzados. Sali
la guarnicin con los honores de la guerra y se reconocieron los
privilegios de Barcelona. Vironse en este sitio hechos heroicos.
Imaginse introducir la desercin en el campo francs, ofreciendo cierta
cantidad  los soldados; pero no pareca posible llevar hasta ellos el
ofrecimiento. Entonces, Gabriel Fort, natural de la villa de Alforja,
con dos paisanos y un muchacho, se prest voluntariamente  fijar los
carteles en Pedralbes y en Sarri, cuarteles principales de los
enemigos, y as lo hizo. El Canceller en Cap de Barcelona muri de dolor
y de fatiga, notando que sus prodigiosos esfuerzos eran impotentes para
salvar la ciudad. Tambin muri de un mosquetazo Luis de Noves, aqul
ingeniero cataln que tan bien dirigi  los paisanos en el sitio de
Castelfollit. Sealse el valor de los sitiados, en que siendo tan mal
dirigida la defensa, causaron sin embargo horribles prdidas  los
vencedores. Despus de rendida Barcelona, los franceses se acercaron 
Vich; quisieron ponerse en defensa los valerosos moradores; pero el de
la Corzana les envi  decir que no era tiempo de tales bizarras, y que
no esperasen socorro alguno de su parte. Entonces Vich se rindi
tambin, y este fu el ltimo hecho de la guerra con Francia.

No haban faltado en ella hostilidades martimas; los corsarios
catalanes y vascongados hicieron algn dao en el comercio francs, y el
duque de Njera, con las galeras de Npoles, logr algunas ventajas en
los mares de Italia. La armada francesa que bombarde  Barcelona, hizo
lo mismo con Alicante, no con ms fruto, y aun intent un desembarco en
el cual fu rechazada con prdida. Acudi el conde de Aguilar con
veintiocho bajeles, y los enemigos huyeron precipitadamente, esquivando
vergonzosamente el combate que le ofrecieron los nuestros. En Amrica
hubo sucesos muy diversos. Habiendo pretendido Cussi, que mandaba la
parte francesa de la isla de Santo Domingo, apoderarse de toda ella, fu
derrotado en un combate por nuestros colonos y soldados, muy inferiores
en nmero. Lleg entonces  aquellos mares D. Jacinto Lpez Girn con
nueve bajeles destinados  perseguir corsarios enemigos, y el Gobernador
de Santo Domingo, D. Iigo Prez de Castro de acuerdo con l, determin
castigar  los franceses. Cussi fu muerto con ms de cuatrocientos
hombres en un combate gloriossimo para nuestras armas; tomse el lugar
de Guarico, y se echaron  pique algunos bajeles.

El contento de esta victoria lo desvanecieron los daos que nos hicieron
los filibusteros aliados con los franceses. En 1697 el barn de Pointis,
con diez bajeles de estos y hordas filibusteras de desembarco, tom y
saque  Cartagena de Indias, como todas aquellas plazas desguarnecida.
Ni en frica nos dejaban los franceses. Incitaron  los argelinos y al
feroz Ismael, rey de Fez, segundo de los Filelis,  que nos hicieran
furiosa guerra. Los catalanes y los marineros valencianos y andaluces
tuvieron que construir y tripular buques con que alejarlos de nuestras
costas, y  las plazas de frica dieron todas cuidado. Siti Ismael 
Larache y la combati por muchos das, hasta que el conde de Aguilar y
el almirante Gregori, con una armada, llegaron al socorro, con la cual
tuvo que alzar el campo (1691). Poco despus (1693) el xeque de
Mequnez vino sobre Orn con veinte mil caballos, y desmontndolos al
llegar  la fortaleza y muros, di un asalto general que dur siete
horas y cost la vida  infinitos de ellos, sin fruto alguno. Ismael,
acostumbrado  vencer en frica  todos sus enemigos, saudo, soberbio y
sanguinario como ninguno de aquellos brbaros monarcas, no escarmentado
con el suceso de Larache, embisti  Ceuta. Dila varios asaltos y
procur rendirla por fuerza; pero fu rechazado con muerte de los
mejores caudillos. Cuntase que el mismo Ismael, para librarse de ellos,
les haca poner, de propsito, en los lugares de ms peligro.
Continuaron los infieles por muchos aos en este sitio, sin lograr
efecto alguno, y, al propio tiempo, embistieron  Melilla y se pusieron
de nuevo sobre Orn, todo para gloria de sus defensores.

Al concluirse la guerra con Francia, tambin decayeron las hostilidades
de los infieles, y pudo reputarse, por tanto, completa y segura la paz.
Esta, firmada en Riswich por los plenipotenciarios de las potencias
beligerantes, fu la ms ventajosa que hubiese ajustado Espaa en mucho
tiempo. Por ella le fueron devueltas todas las plazas conquistadas de
los franceses en Flandes y en Catalua durante la guerra, y, adems,
todas las que, bajo especiosos pretextos, haba reunido Luis XIV  su
corona en el reinado de Carlos II, exceptuando ochenta y dos lugares y
villas, que se reserv como dependencias de Charlemont y de Maubege.
Luis XIV, vencedor en todas partes, di, sin embargo, los primeros pasos
para la paz; y si se mostr generossimo con Espaa, no se mostr
tampoco avaro con las dems potencias. Pero no era esto, ciertamente,
porque hubiese abandonado su propsito de engrandecimiento, antes eran
cada da mayores y se inclinaban ahora  una grande empresa.

Hemos visto que,  pesar del cario que le tena el Rey, determin
separar  Oropesa del Ministerio. Cuando el Conde vino  pedirle permiso
para retirarse de la corte, le dijo an acongojado: Eso quieren, y es
preciso que yo me conforme. Nombrle, sin embargo, Presidente de
Italia, sin admitir la renuncia que de semejante cargo hizo el Conde,
que se retir  la Puebla de Montalbn. Qued con esto triunfante y
seora de todo la Reina, y  la verdad que no podan haber venido las
cosas pblicas  peores manos. Sobre ser Doa Mariana mujer de virtud
escasa y de notables defectos, haba tenido la desgracia de rodearse y
aconsejarse de gente ruin, famosa slo por los males que supiera causar
 la ya prosternada Espaa. Figuraba muy principalmente, entre tales
consejeros, la baronesa de Berlips, llamada del pueblo _la Perdiz_, por
ignominia de su nombre, mujer alemana de obscuro origen, que haba
venido con la Reina,  la cual haba servido desde la edad ms tierna.
Con esta andaba en tratos y compaa un cierto Enrique Wiser, apellidado
_el Cojo_, sin duda porque lo era, mozo de airada vida y alemn de
nacin, que, echado de la corte de Portugal, donde serva en puesto
inferior  causa de sus malas artes y conducta, hall acomodo en la
nuestra, con la amistad de la Berlips, y entre ambos todo lo vendan y
dilapidaban, procurando hacer de prisa su fortuna, por si todo se
perda, como era de temer, con la escasa salud del Rey. Dominaban  la
Reina con ser cmplices y agentes de sus robos  injusticias; pero no
contentos con esto, se valieron, para ello, de la traza con que se sola
tener cautivos  los supersticiosos reyes austriacos. Lograron echar de
Espaa  un virtuossimo jesuta que tena por confesor la Reina, y, en
su lugar, trajeron al Padre Chiusa, capuchino alemn y hombre sin
moralidad ni prenda alguna, el cual, de concierto con ellos, no
aconsejaba  la Reina sino lo que  todos pudiera convenirles. Tambin
dieron participacin la Berlips y _el Cojo_ en su compaa al conde de
Baos, que dicho est cmo sera, cuando alcanzaba de ellos favor
semejante hombre que, debiendo  Medinaceli su elevacin al puesto de
caballerizo del Rey, y  Oropesa no pocas atenciones, contribuy
poderosamente  la cada de ambos, ponindose siempre de parte del que
ms fuerzas tena.

Aqu la pluma del historiador se resiste ya, de fatigada y temerosa, 
seguir adelante con la relacin de tamaas ignominias. Pero es fuerza
cruzar, aunque sea pasando de ligero, por hechos que es bien que se
sepan para que se advierta adonde conduce  las naciones la ineptitud 
vileza de los Prncipes y el demasiado indigno sufrimiento de los
sbditos. Rodeada Doa Mariana de aquella gente, despus de la retirada
de Oropesa, todo lo gobernaba, como arriba decimos,  su antojo. Y
aunque aquel Ministro poco venturoso haba dejado detrs de s grandes
murmuraciones y quejas, hizo la Reina de modo que casi se le echase de
menos antes de mucho. Haba quedado pendiente la provisin de la
secretara de Estado, causa de tantas intrigas; y la Reina procur, ante
todo, que se hiciese con provecho suyo. Hall muy opuesto al Rey  que
D. Pedro Coloma, de quien ella esperaba grandes regalos, fuese nombrado;
y entonces para no perder el provecho di la plaza  D. Juan de Angulo
por siete mil doblones de oro, segn de pblico se dijo. Ni le bast 
D. Juan este desembolso, porque tuvo, para afirmarse en el puesto, que
ofrecer  la Berlips y sus dems cmplices no mucha menos cantidad de
oro. Concese  este Angulo en los documentos de la poca por el
sobrenombre de _el Macho_  _el Mulo_, que le impuso el Monarca mismo, 
causa de su ignorancia  increble ineptitud, que superaba, por lo que
parece,  su vileza. Al propio tiempo pens la Reina en proveer los
dems cargos de importancia desposeyendo  los parientes y deudos de
Oropesa. Y como sus cmplices alemanes eran de tan bajo origen que no
pareca posible encaramarlos  los primeros puestos, tuvo necesidad de
recurrir para ello  los Grandes y Ministros antiguos de la Corona,
prefiriendo siempre  los de inteligencia y virtud ms dudosas. Por lo
mismo fueron nombrados consejeros de Estado el duque del Infantado,
sumiller de Corps, hombre de buena intencin, pero de capacidad escasa y
no suficiente para tal empleo, el duque de Montalto, en quien el valor y
la capacidad eran bastantes y no muy malas las costumbres, dotado de
apacibles modos, pero de condicin sobrado altiva; el conde de Melgar,
luego Almirante de Castilla, harto conocido ya en las intrigas de la
poca por su cautela y disimulacin profunda, sus palabras dulces, sus
hechos ms generalmente amargos, y su entendimiento, no mayor que su
ignorancia, pero s mayor que su esfuerzo y patriotismo; el conde de
Frijiliana y de Aguilar, que haba vencido con el terror de su mala
lengua cuantos obstculos se haban opuesto  su elevacin desmedida,
antes general de la armada del Mediterrneo, donde hizo larga mercanca
del cargo, y perdi muchos bajeles y ocasiones por la cobarda de su
corazn y la flojedad de su entendimiento; don Pedro Ronquillo, conde de
Granedo,  quien le bastara para descrdito haber sido uno de los que
ajustaron la paz de Nimega; el conde de Burgomaine y el marqus de
Villafranca, que eran los mejores, aqul por sus dilatados servicios,
ste por su probidad y celo, con que logr vencer y refrenar la
revolucin de Sicilia, siendo Virrey de aquella isla.

Pero no mereci tan alta honra el buen marqus de Mortara, que fu el
ltimo de los generales de Espaa, que ilustrase su nombre en aquel
siglo; ni otros antiguos magistrados, ministros y capitanes, reliquias
de la virtud pasada. No se dej esperar mucho la cada del marqus de
los Vlez, y de su criado y favorito Bustamante,  quien el Rey mismo
haba sorprendido en manifiestas concusiones, y que se haba hecho
insufrible por su maldad  los ms malos, adquiriendo en pocos aos uno
de los ms fuertes caudales que se conociesen en Espaa. Qued
Bustamante sin empleo en una reforma amaada para ello, y el de los
Vlez hizo dimisin, que le fu aceptada, conservando la presidencia de
Indias, cargo de mucha menos cuenta. Entr, por empeo suyo, en el
gobierno de la Hacienda un D. Diego de Espejo, su vasallo, hombre de
capacidad cortsima y de ingratitud grande, que antes de mucho comenz 
hostilizar  su bienhechor y  intrigar en la corte hasta que alcanz el
Obispado de Mlaga. Entonces la Reina y el confesor Matilla hicieron
recaer la propiedad del puesto en D. Pedro Nez de Prado, hecho  poco
despus conde de Adanero, no conocido hasta all por armas  letras en
ningn empleo, de cuna humilde y de prendas menos que medianas. Tambin
fu separado el Presidente de Castilla Ibez, que no mereca ms que
otros tal empleo; y la Reina lleg  pensar que poda poner en tan alto
cargo persona de su confianza. Pero anticipsele el Rey, que, sin
consultarlo con ella, llam  D. Manuel Arias Mon, caballero del hbito
de San Juan y Embajador del gran maestre en Espaa,  quien conoca slo
por una obra suya que haba ledo, manuscrita, sobre los males pblicos,
y le hizo gobernador del Consejo de Castilla. Asombr  la corte la
novedad, juzgando unos por aquel paso que el Rey era capaz de disponerlo
todo y que no se fiara ms de sus consejeros; opinando otros que la
aptitud de Arias Mon era muy grande. Pero lo uno y lo otro lo
desmintieron los sucesos.

El Rey, como sola de cuando en cuando, al sentir alivio en sus
enfermedades, se dedic, por algunos das  los negocios; pero no
pudiendo soportarlos, recay de nuevo y tuvo que abandonarlos  los
mismos que tan mala cuenta daban de ellos. Y Arias Mon prob, antes de
mucho, que era en el talento moderadsimo, en la experiencia escaso, en
el espritu dbil, y en la honra no muy escrupuloso. Llev la Reina con
poca paciencia este golpe, y ms el ver que el duque de Montalto se iba
adelantando en la gracia del Rey,  punto de parecer ya su valido. Pugn
por conservar la superioridad de su influjo; y como Montalto no se
descuidaba y el confesor tampoco quera dejar su parte de dominacin y
Monterrey, el Almirante y el Condestable solicitaban los tres  un
tiempo el poder, hubo una horrible lucha de intrigas en Madrid (1692)
durante algn tiempo. Logr Montalto que, muerto el de los Vlez, se le
diese  l la presidencia de Indias; pero no pudo impedir que, por
lgrimas de la Reina, se diese el cargo de _sumiller de Corps_, tambin
vacante, al conde de Benavente. Formse una nueva Junta magna de
gobierno, compuesta de todas aquellas personas rivales, y se trat
largamente de buscar remedio  los males pblicos; pero siempre en
balde. Slo se resolvi que los hbitos de las Ordenes militares no se
diesen en adelante sino  los que hubiesen servido con honra en la
guerra, medida justa, pero que _el Cojo_ y la Bernips y la Reina misma
hicieron intil al poco tiempo, vencidos de la ordinaria codicia.
Procuraron hacer economas; pero no se pudo, porque todas ellas haban
de venir en detrimento de los gobernantes que disponan del Tesoro  su
antojo. Por ltimo, el duque de Montalto, sin nombre de valido, lleg 
serlo del todo, y para afirmarse imagin una traza, por todo extremo
extraa, y que muestra hasta qu punto haba llegado la sed de mando,
que fu repartir en pedazos la Monarqua, para que tuviese uno cada uno
de sus rivales.

Expidi el Rey, por su Consejo, un decreto en el cual nombr al
Condestable Teniente general y Gobernador de Castilla la Vieja, y al
Almirante de las Andalucas y Canarias, y  Monterrey de Aragn y
Catalua, reservndole  l la tenencia y gobierno de Castilla la Nueva.
As pensaba Montalto que todos quedasen contentos, y, con efecto, no
estaba mal imaginado puesto que la Monarqua la miraban como patrimonio
de ellos. Pero Monterrey no quiso aceptar la reparticin, como quien
ansiaba recoger todo el mando; y fu preciso hacer otra nueva en que
Montalto tom los reinos de Aragn, Navarra y Valencia y Catalua, y el
Condestable Galicia, Asturias y las Castillas, dejando las Andalucas al
Almirante. Estos tres tenientes  Ministros acordaron reunirse dos veces
por semana y decidir por s todas las cosas, mandando como gustasen 
los tribunales y Capitanes generales de sus territorios respectivos. La
burla de unos y la irritacin de otros lleg con esto al ltimo punto:
todos los tribunales representaron en contra, y el marqus de Villena,
Virrey de Navarra, y el duque de Sessa, general de la costa de
Andaluca, hicieron renuncia de sus cargos. Nombrse en seguida una
junta de Ministros para atender al remedio de la Hacienda; y all,
despus de largos debates  intrigas se acord que no se pagase merced
alguna por todo el ao de 1694; que durante el mismo ao cediesen todos
los empleados del reino la tercera parte de sus sueldos; que  cada
ttulo se sacasen trescientos ducados y  cada caballero de las Ordenes
doscientos, y  los negociantes y dems personas de caudal cuanto se
juzgase prudente, todo con nombre de donativo. Ordense tambin que en
todos los pueblos se sorteasen los vecinos y que de cada diez fuese uno
recogido para servir en los ejrcitos. Causaron estas medidas terrible
perturbacin y ningn fruto, porque se recogi poco dinero y menos
soldados servibles. Todas estas desgracias las haca valer la Reina en
contra del de Montalto, y ste haca vanidad de despreciarla  ella y
sus hechuras. Pero coaligada ella estrechamente con el confesor, no
tard en sembrar entre los tenientes la semilla de la discordia,
atrayendo al Almirante  su partido con promesa de poner el gobierno en
sus manos.

Tal era el estado de nuestra corte cuando Luis XIV fij en ella los
ojos,  fin de aprovecharse de cuanto le fuera til para el gran
propsito que ocupaba su nimo. Era ste obtener todos los estados de la
Monarqua espaola para su casa, ponindolos bajo el cetro de su nieto
Felipe de Anjou, hijo segundo del Delfn de Francia. Para contentar 
los espaoles y hacerles olvidar sus anteriores violencias y robos, hizo
aquella paz generosa de Riswich (1697), y en seguida puso manos  la
obra con el mayor empeo. La dinasta austriaca estaba moralmente
muerta; acab cuando deba morir: cuando no la quedaba ya un solo
defensor desinteresado. El mal gobierno de Felipe III y de Felipe IV,
los horrores de la Regente, la nulidad de Carlos II y la avaricia de su
mujer Doa Mariana, haban hecho odioso  todos los espaoles el nombre
austriaco. Los socorros y donativos que con tan poca cordura se haban
dado al Emperador, el desprecio con que ltimamente haba mirado
nuestros intereses y la intervencin deplorable de algunos alemanes en
el gobierno durante los ltimos aos, eran otras tantas causas que
impulsaban  nuestros conciudadanos  desear un cambio de gobierno que
apartara de los alemanes el influjo.  tal punto haban llegado las
cosas, que hubiera sido necesario un gran Prncipe y un fortsimo
gobierno para que la posteridad de Carlos II hubiera continuado en el
Trono. Y no habiendo posteridad, y tenindose que llamar  un Prncipe
alemn al Trono, no era fcil que la nacin lo aceptase, aun dado que
no hubiese venido  disputarle la sucesin un pretendiente de ms
derecho y que excitase mayores simpatas.

Fu fortuna para Francia que al mismo tiempo que el nombre alemn caa
en tanto aborrecimiento y menosprecio, su nombre fuese ganando fama y
respeto en la opinin de los ms de los espaoles.  la verdad Francia
era, como es y ser siempre, nuestra natural enemiga: su grandeza es
nuestra humillacin; la nuestra es su impotencia. Pero los daos que de
ella nos venan eran para olvidados por pechos generosos. Nos vencan en
lid  por ms numerosos,  por ms diestros; pero no nos destruan
fingindose amigos nuestros, no devoraban las entraas de la nacin como
estaban haciendo los austriacos.

Aun las Princesas que Francia nos lleg  dar haban dejado de s dulces
recuerdos, que ms duraban,  medida que las Princesas alemanas
excitaban mayor indignacin  desprecio. Doa Isabel de Borbn no se
olvid un punto del bien de los vasallos, como la Reina gobernadora Doa
Mariana, que fu la ms impoltica. Y de las dos mujeres de Carlos II,
Doa Mara de Orleans haba sido tan admirada de todos y tan amada de
muchos, como era Doa Mariana de Neoburg aborrecida. Jntese con esto la
gloria que alcanzaba entonces la casa de Francia. Los espaoles, que
saban que todas sus desdichas venan de los malos Reyes, viendo que la
casa alemana los daba  cual peores, deban lisonjearse, naturalmente,
con la idea de ser gobernados por Prncipes de una casa que los produca
tan afortunados. Falsos fundamentos, sin duda todos ellos, para inclinar
la opinin de Espaa  los franceses; mas no los necesitan los pueblos
ms slidos ni justificados para formar sus opiniones. Estudiando bien
nuestras conveniencias polticas, no poda dudarse que si un cambio
dinstico era indispensable, donde menos haba de buscarse nueva
dinasta era en el vecino reino de Francia; y  estudiar la Historia con
detenimiento, se habran encontrado sin salir de la Monarqua ni del
siglo, razones y ejemplos bastantes para temer el influjo y dominio de
los franceses, tanto como el de los alemanes. Pblico era que en Npoles
y Sicilia, provincias nuestras, despus de admitir  los franceses, por
librarse del mal gobierno de la casa de Austria, haban tenido que
echarlos de nuevo, coadyuvando poderosamente  restablecer el gobierno
antiguo. Y sobre todo pudo Espaa pedir lecciones  Catalua.

Fu esta provincia tan indignamente tratada por los franceses, que no
permiti ms, en lo sucesivo, que echasen races en su suelo,  pesar de
los disgustos continuos que traa con la corte, y no acept  la casa de
Borbn, sino  virtud de la fuerza, despus de largos y heroicos
esfuerzos por arrojarla de la Pennsula. Pero en el resto de Espaa
faltaba experiencia y previsin poltica y conocimiento de lo pasado, y
as los nimos, se inclinaron, desde el principio de la cuestin al
partido francs. Los hombres de Estado que Espaa tena entonces valan
todos muy poco, y no estaban ms en el caso de juzgar con acierto que el
vulgo mismo. Y adems empeados en sus mseras y exiguas discordias, no
miraron en la nueva cuestin, tan inmensa como era, sino pretextos y
enseas diferentes para disputarse, con ms codicia que nunca, los
jirones de la Monarqua. Cuantos haban figurado hasta entonces en el
gobierno y cuantos aspiraban  figurar en adelante se apresuraron 
escoger puesto en los dos nuevos y grandes partidos, excepto aquellos,
no escasos en nmero, que prefirieron, como suele acontecer en tales
ocasiones, hacerse mediadores  indiferentes, con el fin de no arriesgar
nada en la derrota y compartir con cualquier vencedor el triunfo.

No se vieron bien determinados los dos partidos opuestos hasta la paz de
Riswich, porque la guerra con Francia haca arriesgado y deshonroso el
declararse por parcial de sta; pero no por eso dejaban ya antes de
traslucirse los diversos sentimientos. Mientras vivi Doa Mara Luisa
de Orleans, los Embajadores franceses no dejaron de intrigar en Madrid
en favor de sus propsitos. Muerta ella, el Emperador aprovech la
ocasin de ser parienta suya, y cercana, la nueva Reina, para enviar 
Espaa, de Embajador, al conde de Harrach, uno de los principales
seores de su Consejo, sealndole por sucesor  su hijo,  fin de que
no padeciesen dilacin  extravo las negociaciones. Logr este
Embajador que en los mayores apuros de la guerra con Francia llegase 
prometerle Carlos II nombrar por heredero al archiduque Carlos, hijo
segundo del Emperador, en quien ste y su hijo primognito Jos
renunciaban sus derechos, si enviaba doce mil hombres  su costa para
defender  Catalua. No accedi  la pretensin el Emperador, aunque no
dej de enviarle algunos refuerzos, por no consentir tal expedicin la
escasa suerte de sus armas en el Rhin y el Danubio; pero no por eso cej
en sus intrigas. Y Francia, aun en medio de la guerra, hall modo de
ganar  su partido  no pocos Grandes y seores principales.  esto
atribuan los catalanes la flojedad con que los defendan los Virreyes,
suponindolas ganados por Francia, y cierto que, en alguno de ellos, no
puede menos de admitirse la inteligencia, so pena de apellidarlos
traidores. Austriacos y franceses eran los que se disputaban la sucesin
y los que procuraban formar grandes partidos en Espaa que apoyasen sus
pretensiones; mas no eran los nicos sus Prncipes que se presentasen
como candidatos, ni siquiera los que alegasen ms notorios derechos.

Fundaba el emperador Leopoldo los suyos en su cuarto abuelo D. Fernando
I, hijo de Doa Juana _la Loca_, y hermano de Carlos V, y en su madre
Doa Mara, hija de Felipe III, sosteniendo que, extinguida la lnea
primognita de varn, deba acudirse  la lnea segundognita, de donde
l era, sin pasar  las hembras; y que, aun dado el caso de pasar 
stas, segn la costumbre de suceder de la casa de Austria, deba
preferirse la cercana del tronco  la cercana del ltimo posesor. El Rey
de Francia negaba que por las leyes de Espaa, que eran las que deban
regir  la sazn, fuese llamada la lnea segundognita de varn,  falta
de la primera, con preferencia  las hijas de los ltimos posesores, y
que excluyeran  stas las ms cercanas del tronco, con que daba por
inconcusos los derechos del Delfn, hijo de Mara Teresa, primognita de
Felipe IV, y hermana mayor de Carlos II. Poda tambin apoyarse en los
de su propia madre Ana de Austria, hija mayor de Felipe III, la cual
deba ser preferida, como primognita,  la madre del emperador
Leopoldo. Y para evitar que pudieran considerarse incompatibles las
Coronas de Francia y Espaa,  la imperial y espaola, al mismo tiempo
que Leopoldo y su primognito el archiduque Jos renunciaban sus
derechos en el archiduque Carlos, hijo de aqul y hermano de ste,
renunci los suyos el Delfn, hijo de la infanta Mara Teresa, en su
hijo segundo Felipe, duque de Anjou.

Llevaban los de Austria  los de Borbn la ventaja de que no haba
incompatibilidad, por los tratados, en que las Coronas imperial y
espaola viniesen  su poder; antes  la infanta Doa Mara, mujer del
emperador Fernando III, se la haba confirmado en el derecho de suceder,
por los conciertos matrimoniales, con exclusin de los hijos de Francia.
Lejos de esto, la casa de Borbn tena contra s las renuncias solemnes
de Doa Ana y Doa Mara Teresa, de donde vino la expresa exclusin que
de ellas y sus descendientes hizo en su testamento Felipe IV. Pero
contra una y otra casa alegaba sus derechos el Prncipe de Baviera,
nieto de la infanta Doa Margarita Mara, hija menor de Felipe IV y
primera mujer del emperador Leopoldo. Aunque ste haba hecho que su
hija nica, llamada Mara Antonieta, renunciase los derechos  la Corona
de Espaa, al contraer matrimonio con el duque de Baviera, semejante
renuncia no era para tenida por vlida, dado que no fu confirmada por
Carlos II, ni por sus Consejos, ni por las Cortes de la Monarqua. Con
que qued reducida  un contrato privado entre la hija y el padre, muy
diferente de aquel en que se haban ajustado las renuncias de las
hembras de Francia. Por lo mismo, los ms de los jurisconsultos se
inclinaban  este ltimo pretendiente, sosteniendo que, muerto Carlos
II, deban sucederle sus hermanas; y estando una de ellas impedida por
tal renuncia como la del tratado de los Pirineos, deba sucederle la
otra, y, por representacin, su nieto el Prncipe de Baviera.

No deban despreciarse tampoco los derechos del Rey de Portugal: eran
los de la infanta Doa Mara, hermana menor de Doa Juana _la Loca_,
casada con el rey D. Manuel, de cuyo matrimonio nacieron los reyes D.
Juan III y D. Enrique y el prncipe D. Duarte, duque de Braganza, padre
de la infanta Doa Catalina, que fu abuela de aquel D. Juan VI, por
quien se separ este reino del resto de Espaa. Por ltimo se ofrecan
como pretensores los duques de Saboya y de Orleans, como descendiente el
primero de la infanta Catalina, hija de Felipe II y mujer del duque
Carlos Manuel, tan famoso por su espritu turbulento; y el segundo como
hijo de Ana de Austria. Tres grandes cuestiones de derecho haba
envueltas en estas pretensiones contrarias. Era la primera si,
extinguida la lnea primognita de varn, deba acudirse  no  la lnea
segundognita, con preferencia  todas las hembras; la segunda era si,
llegada la sucesin  stas, deba preferirse la ms cercana del tronco
 la ms cercana del fundador  al contrario; la tercera si la renuncia
del antecesor poda  no perjudicar al sucesor, en desapareciendo los
motivos y circunstancias que aquella hubiese provocado.

De resolverse negativamente esta ltima, el derecho de Francia era
incontestable en Castilla, donde las hembras primognitas sucedan  sus
hermanos varones, pero no en Aragn ni en otros estados de los que
componan la Monarqua, donde ni leyes ni costumbres autorizaban tal
sucesin de hembras. Y era muy peligroso,  la verdad, dejar resuelta
esta cuestin del modo propuesto. El derecho pblico carecera de base
si tales renuncias y tan solemnes como la de Doa Mara Teresa, pudieran
ser olvidadas  placer por las personas interesadas en ello. Y pareca
ms peligroso an teniendo en cuenta que no todas las provincias de
Espaa podan sujetarse  aquel derecho de heredar, desconocido en
ellas, sin tomar quejas de su parte. Con preferir la lnea segundognita
de varn se evitaban estas, se dejaban firmes las renuncias como base
del derecho pblico, y la herencia total vena por legtimo derecho al
emperador Leopoldo, descendiente del segundo hijo de Doa Juana _la
Loca_. Si esto no se tena por justo haba que acudir  las hembras, y,
circunscrita en stas la cuestin,  eran  no vlidas las renuncias.
Porque no sindolo era imposible disputar con Francia, y, sindolo, la
duda vena  estar entre las casas de Baviera, Portugal y Saboya, dado
que las pretensiones de la de Orleans no eran tenidas por graves. De
preferirse la hembra ms cercana del ltimo posesor, el derecho estaba
en favor del Prncipe de Baviera, nieto de la hija menor de Felipe IV;
pero quedaba en pie la dificultad que ofreca el regir distintos
derechos y costumbres en las diversas partes de Espaa, de modo que si
en unas partes era legtimo heredero, en otras no poda considerrsele
como tal. Y atendindose  la hembra ms cercana del fundador, no haba
duda en que perteneca la Corona al Rey de Portugal, una vez excluda la
lnea segundognita de varn, representada por el Emperador de Alemania.
Porque tomando como punto de partida  los Reyes Catlicos, en cuyo
tiempo vino  formarse la Monarqua, se halla que todos sus derechos los
transmitieron  sus dos hijas Doa Juana y Doa Mara, nicas de quien
hubiese sucesin. De Doa Juana quedaron dos hijos varones y dos lneas,
la una que iba  extinguirse en Carlos II; la otra que representaba, 
la sazn, el Emperador. Extinguida la primera y excluda sta por
cualquier causa que fuese, si la hembra ms cercana del tronco deba
preferirse, no hay duda que estaban delante de todos los derechos de
Doa Mara y de sus descendientes, que eran los monarcas de Portugal.

Tales derechos, si no podan nunca prevalecer sobre los de la casa de
Austria, que traa consigo varones descendientes de hembra primognita,
podan excluir los de las casas de Baviera y de Saboya, que venan de
hembras mucho ms lejanas del origen  fundador, y, sobre todo, los de
la casa de Francia, si eran vlidas, como al parecer deban serlo, las
renuncias. Y tenan en s la ventaja de conciliar las opuestas leyes de
sucesin de nuestras provincias, porque remontndose su origen  Doa
Juana y Doa Mara, que no tuvieron varones que les disputasen la
preeminencia, y excludos los nicos varones que quedaban, que eran los
de la casa de Austria, no podan ser desconocidos ni en Aragn, ni en
Castilla, ni en ninguna parte. Aun las razones polticas que aconsejaban
que los reinos de Espaa y Francia,  Espaa y el Imperio, no estuviesen
en una misma casa, deban considerarse como no vlidas, tratndose de
reinos que eran pedazos de uno mismo, y que haban hecho haca tan poco
tiempo un solo estado. Slo poda contrastarse tal suma de derechos y
conveniencias, acrecentados antes de mucho con la muerte del Prncipe de
Baviera, que se llev tras s los derechos de esta casa, diciendo que
por las leyes de Castilla la hembra lejana del fundador excluye  la
cercana, en cuyo caso habra de obtener la preferencia sobre la de
Portugal, la casa de Saboya. Pero como Castilla no sea ms que una parte
de la Monarqua, y estas cuestiones de sucesin de reinos cuando se
complican suelen antes resolverse por derecho constituyente que no por
derecho constitudo, la pretensin de Portugal habra parecido harto ms
aceptable que la de Saboya  sostenerla aquella casa con el empeo que
convena. No lo hizo ni cuid nadie de ello, porque como antes dijimos,
fijbase la atencin general, no en quien tuviese mejor derecho, sino en
quien se hallase con ms poder para sostener sus posiciones que eran
Austria y Francia. No bien comenz  discutirse la cuestin, pudo
preverse que no eran parte los discursos ni los alegatos  resolverla, y
que las armas tendran al fin que tomarla por su cuenta. Para este caso
se preparaban ya los dos principales competidores, aprovechando cada uno
las flaquezas de su enemigo y haciendo valer todos sus recursos y sus
medios; pero sin descuidar las intrigas y negociaciones.

En contraposicin al conde de Harrach, envi el Rey de Francia  Madrid
al marqus de Harcourt, despus de las paces de Riswich, y no bien
lleg, se entabl una lucha desesperada de manejos  intrigas entre l y
el Embajador del Imperio.

Era el de Harcourt soldado valiente y capitn afortunado, calidades muy
estimadas en Espaa; de gran penetracin, y de no escasa ciencia;
fastuoso como convena que lo fuese en una corte donde el fausto era la
perdicin del reino; afable, corts, y dotado, en fin, de cuantas
cualidades se necesitan para ser bien recibido del pueblo y de los
Grandes y hacerse lugar entre todos. Puso Luis XIV  disposicin del
buen Embajador sus arcas,  fin de que no le excediese nadie en Madrid
ni en generosidad ni en magnificencia, y no tard en recoger copiosos
frutos de la buena eleccin de la persona y de la eficacia de los medios
que le haba proporcionado. Alarmado el partido austriaco, y, sobre todo
la Reina, con su venida, hicieron de modo que el de Harcourt fuese muy
mal recibido en los principios. An no se le permiti ver al Rey sino de
noche y en una cmara espaciosa y mal alumbrada,  fin de que no se
apercibiese de que estaba  las puertas del sepulcro, como realmente
estaba. Pero Harcourt, como diestro, disimul su resentimiento, y no
correspondi  l, sino llenando de delicados regalos y obsequios  los
hijos de los Grandes y  los Grandes mismos, menos aficionados 
Francia. Logr con eso harto mayor estimacin que Harrach, el cual,
sobre ser de aquellos alemanes tan aborrecidos, era altivo y duro,
aunque inteligente y experimentado. Muy semejante  la de los maridos
era la condicin de las mujeres de los Embajadores, interviniendo ellas
poderosamente en los sucesos, porque segn estaba la Monarqua, ms
importancia sola alcanzar el sexo dbil que el fuerte. Gan la marquesa
de Harcourt el cario de la Reina y de sus damas, con ponerlas al
corriente de las modas que por Pars se usaban  la sazn, y con tratar
 stas de igual  igual en las ceremonias.

Por el contrario, la de Harrach se hizo un enemigo en cada una de las
damas de Palacio,  causa de haber pretendido que la diesen mayor
tratamiento que la corresponda. Y poco falt para que la Reina se
pusiese  la cabeza del partido francs, contradiciendo su naturaleza y
los intereses de su casa. El oro francs gan  la Perdiz y al Cojo, que
al ver que se formaban los dos partidos, no pensaron ms sino en que
ellos les ofrecan compradores, y el Padre Chiusa, confesor de la Reina,
abandon tambin por un momento la causa de sus compatriotas. Y como al
propio tiempo descubriesen los favoritos ciertas inteligencias entre el
Embajador imperial y Legans y Monterrey, encaminadas  apartarlos del
lado de la Reina para ser ellos los nicos que predominasen en sus
consejos, se decidieron de todo punto por el partido de Harcourt.
Aprovechronse del buen nimo de la Reina, por las benvolas relaciones
que mantena con la esposa de Harcourt, y la persuadieron de que tuviese
una entrevista con este mismo, donde pudieran conciliarse los recprocos
intereses. Harcourt no desperdici la ocasin y manifest  la Reina que
slo  su mediacin quera que el duque de Anjou debiese la Corona, con
lo cual halagaba su vanidad; indicla al propio tiempo que se tratara
de desposarla con el Delfn de Francia, muerto su esposo; que se daran
ricos heredamientos  su favorita la Berlips y la prpura cardenalicia 
su confesor, concluyendo por prometerla que se devolvera  Espaa el
Roselln y se la ayudara  reconquistar  Portugal: cosas ambas que se
haban dejado ya correr por el pueblo, y que hicieron en este mejor
efecto que no en aquella Princesa, slo ocupada en su particular
conveniencia. La Reina, no atrevindose  abandonar de un golpe al
partido austriaco, estuvo mucho tiempo indecisa, aunque ms inclinada 
Francia que no  Austria. Pero viendo que sus mayores enemigos se ponan
en contra de la casa de Austria, se mantuvo firme en este partido.
Acompabanla el almirante D. Toms Enrquez de Cabrera, antes conde de
Melgar, y el confesor Matilla con mucha parte de la grandeza, y
Ministros y Magistrados poco amigos de novedades, y que teman 
aborrecan  la casa de Borbn como reformadora y de todo punto
extranjera. No pudieron resistir, sin embargo, al impulso de la opinin
general, tan enemiga de los austriacos, y tan bien manejada por
Harcourt. La especie de neutralidad que guard la Reina durante algn
tiempo, y los recelos de que se inclinase al partido francs, acabaron
de poner de parte de ste todas las probabilidades del triunfo, de modo
que cuando aquella Princesa, vuelta  sus primeros propsitos, quiso
deshacer lo hecho, ya era tarde.

Ya no quedaba ms apoyo slido al partido austriaco, sino la voluntad
del enfermizo Carlos II, que como era natural, se inclinaba  los
intereses de su familia. Pero la indiscrecin y altanera de los agentes
imperiales llegaron hasta enajenarles este apoyo. No cesaban de hablar
de sus propsitos delante del Rey sin miramiento alguno  su dignidad,
ni piedad de su estado, que era ya  la sazn dolorossimo. Carlos,
irritado de que tan codiciosamente disputasen su herencia, como si l ya
no existiera, excusaba cuanto poda verse con Harrach y los austriacos.
Y Harrach, muy diferente en esto de Harcourt, resentido al punto de que
le mirase con despego el Rey, se retir  Viena, dejando en su lugar 
un hijo suyo, mozo inexperto. Con esto, y con haberse puesto el cardenal
Portocarrero  la cabeza del partido francs, pareca el triunfo de ste
indudable. Era el Cardenal hombre de rpida carrera, gran cortesano y de
no vulgar ingenio, el cual, por la reputacin que alcanzaba de justo y
virtuoso, tena no poco influjo en el Rey. Sin tomar mucha parte en las
cosas polticas, haba seguido la voz del Almirante, cuyo amigo era
hasta entonces; mas rompiendo con l por motivos privados, fu  tomar
puesto en el partido contrario. Su actividad y destreza acabaron de
traer las cosas  punto que, como arriba decimos, pudo considerarse como
seguro el triunfo del Prncipe francs.  su ejemplo vinieron 
alistarse en este partido el inquisidor general Rocaberti, que haba
sucedido  D. Diego Sarmiento, y los marqueses del Fresno y de Maceda,
con otros muchos seores principales. Y conociendo de cuanta importancia
era que poseyese l solo en tal ocasin el manejo de la conciencia del
Rey, logr de ste que apartara de s al Padre Matilla, y llamase  su
lado al Padre Froiln Daz, catedrtico de prima de Alcal, y hombre de
ms virtud que juicio, dndole por auxiliares  dos frailes hechuras
suyas,  los cuales di cuantas instrucciones necesitaban para favorecer
sus propsitos y estorbar los de sus enemigos. Hubiera sido nombrado
entonces heredero de Espaa el duque de Anjou,  no aparecer de nuevo en
la corte y en los negocios el conde de Oropesa.

Pero este Ministro, dotado de ms cualidades que ninguno de sus mulos,
acechaba desde la Puebla de Montalbn la ocasin de recobrar lo perdido.
Nombrsele Gentilhombre, sin otro intento que el de hacerle con tal
honra ms llevadero su destierro; pero Oropesa lo entendi de diverso
modo, y al punto se vino  Madrid y comenz  hacer envidiar  temer sus
servicios  los dos partidos contendientes. La Reina, que de antemano le
conoca y estimaba sus cualidades, por ms que personalmente le
aborreciese, se apresur  echar mano de l, y lo elev  la
presidencia de Castilla. Di esto algn aliento al partido austriaco;
pero antes de mucho ri Oropesa con el Almirante, que habiendo sido
hasta all el hombre de confianza de la Reina, tema verse suplantado
por l y no cesaba de hostilizarle. Entonces, el nuevo Presidente,
viendo que en el partido austriaco no caba y que no era digno para l
pasarse al de los franceses, determin formar un tercer partido con que
sobreponerse  los otros dos. Prohij las pretensiones del duque de
Baviera que, aunque apoyadas por los ms de los jurisconsultos, no
tenan desde que muri la Reina madre quien las hiciese valer en la
corte, y tanto hizo, que quedara triunfante en la lucha  no
interponerse la contraria voluntad del cielo. Ayudle en su empresa la
conducta de Luis XIV. Este Monarca, no findolo todo  las negociaciones
y manejos de su Embajador en Madrid, haba discurrido vencer  los
espaoles con ponerlos en la alternativa de dar la Corona  su nieto 
someterse  la desmembracin y repartimiento de su Imperio. Para ello
negoci tratados con el Emperador y los dems Prncipes ms  menos
interesados en la sucesin de Espaa.

Ya en 1668 haba habido semejante idea, y aun se aade que lleg 
ajustarse sobre el particular un tratado entre el Emperador y el Rey de
Francia, que qued en depsito del duque de Toscana, y que sirvi de
norma  los posteriores. Sea esto  no cierto, el caso es que corriendo
el ao 1698, se ajust en la Haya un tratado solemne entre Inglaterra,
Francia y Holanda, por el cual se estableci que Npoles y Sicilia, los
puertos de Toscana y el marquesado de Final con la provincia de
Guipzcoa, vendran  poder del Delfn,  de otro modo, seran agregados
 Francia; que el ducado de Miln quedara por el archiduque Carlos, y
el resto de la Monarqua por el Prncipe de Baviera  por su padre 
falta suya, aunque este no pudiese alegar el ms remoto derecho,
comprometindose las tres potencias  llevarlo todo  efecto por fuerza
de armas si era indispensable, secuestrando sus porciones  las casas de
Austria y de Baviera cuando no quisiesen admitirlas.

El tratado, honrossimo para Luis y sus Ministros, era muy ventajoso
para Francia. Guillermo de Inglaterra no sacaba de l otro provecho sino
que sta abandonase la causa del pretendiente, y Holanda no deba
siquiera tomar parte en l, supuesto que nada le tocaba. Pero el Rey de
Francia quera ms, que era el total de la Monarqua; desde este punto
de vista, el tratado fu una falta que aprovech diestramente Oropesa.
Mientras el Emperador arda en clera contra Francia, Carlos II, herido
en lo ms vivo con ver que as dispusiesen los extranjeros de sus
reinos, y el pueblo espaol, como siempre digno y soberbio, lejos de
amedrentarse, protestaron enrgicamente contra el tratado. Todo lo que
Francia haba adelantado con su destreza, se perdi en un punto; Carlos
se determin  nombrar sucesor de por s, y el pueblo  no recibir sino
al que determinase su soberano, y Oropesa,  favor de la confusin de
Harcourt y Portocarrero y del decaimiento en que sin l se hallaba de
nuevo el partido austriaco, logr levantar el nombre de su candidato el
Prncipe de Baviera. Una junta de Ministros y Magistrados de los
diferentes Consejos, resolvi segn la comn opinin que  ste y no 
otro perteneca la Corona, y el Consejo de Estado vot en pro de lo
mismo, sin asistencia de Portocarrero, que aunque era el alma del
partido francs, no quiso entonces comprometerse ni con el Rey ni con la
opinin pblica, demasiado ofendidos. De acuerdo con estos dictmenes,
expidi el Rey un decreto nombrando por sucesor y heredero en todos sus
estados al prncipe Jos Leopoldo de Baviera.

Qusose guardar sigilo, pero no pudo evitarse que al punto supiesen el
Emperador y el Rey de Francia lo decretado. Protest el primero con una
altivez que acab de irritar contra l  todos los Grandes y nobleza y
pueblo; el segundo, aleccionado en la pasada experiencia, con mucha
templanza. Ya pareca resuelta la cuestin y asegurada la paz de Europa,
aunque,  decir verdad, no era fcil que se evitase la guerra, cuando el
Rey presunto de Espaa muri en Bruselas  la edad de seis aos, en 8 de
Febrero de 1699. Supsose que de veneno, y al menos as lo crey su
padre, porque en un manifiesto que public con este motivo deca que la
estrella fatal que persegua  cuantos eran obstculo al
engrandecimiento de la casa de Austria, haba hecho que su nieto muriese
de una ligera indisposicin, que sola atacarle sin peligro, antes de
que estuviese nombrado heredero de Espaa. No hay que decir con tales
sospechas, la impresin que la muerte del Prncipe causara en estos
reinos. Restablecise el crdito del partido francs con acrecentarse el
odio al austriaco, y como Arias Mon, destitudo del Gobierno del Consejo
de Castilla por causa de Oropesa, y don Francisco Ronquillo,  quien
haban quitado el cargo de Corregidor de Madrid, vinieran  ponerse al
lado de Harcourt y Portocarrero, stos juzgaron llegado el momento de
hacer nuevos esfuerzos. El ms temible de sus enemigos era Oropesa, que
aunque inconsolable por la muerte de su protegido el de Baviera, no
haba tardado en buscar nuevas banderas, acogindose otra vez  las de
la casa de Austria. No tard en sentirse su hbil mano en stas. El
partido austriaco se mostraba de nuevo poderoso; el Rey consinti en que
se llamase  Madrid al Prncipe de Hesse-Darmstad, con doscientos
caballos imperiales que haban servido en Catalua durante la ltima
guerra, no con otro objeto, sin duda, que con el de intimidar al pueblo,
harto parcial ya de los franceses. No haba tiempo que perder, y
Harcourt y su partido obraron  punto de evitar que con aquellas
disposiciones entrase en los unos el temor, en otros la desconfianza, y
sucumbiese su causa.

Olvidada de da en da la administracin pblica con tales contiendas,
ya no era que se hiciesen mal las cosas, sino que nada se haca, y todo
quedaba abandonado  la ventura. El Gobierno de los Tenientes generales
haba cado por s solo en una especie de desuso, modo inaudito de caer
gobernantes. El duque de Montalto y el Condestable no sonaban ya en la
poltica; nicamente el Almirante, ms ambicioso que ninguno de sus
compaeros, continuaba influyendo y trabajando por influir ms todava.
Oropesa y Portocarrero, sin ser ninguno de ellos Ministro, eran los que
ms importancia tenan en la Corte, y la Reina, ya unida con uno de
ellos, ya combatindolos  los dos, no deseaba otra cosa sino conservar
su funesto crdito y predominio. Como la muerte de Carlos estaba
evidentemente tan prxima, nadie disputaba el honor de ser su favorito,
sino el de serlo con el futuro Rey, para lo cual pretenda cada cual que
se eligiese  su antojo. Por lo mismo, nadie se cuidaba ya, cual en otro
tiempo, de que en Madrid no faltasen bastimentos, aunque faltasen en
todo el reino, y como hubiese malsimas cosechasen estos aos, llegaron
 padecerse aqu la escasez y el hambre. No se necesitaba ms para
promover una sublevacin tanto tiempo haca contenida por el antiguo
hbito de obedecer de los infelices ciudadanos. Achacaban la falta al
conde de Oropesa, que como Presidente de Castilla deba cuidar de los
mantenimientos, y por dondequiera se oan denuestos contra l,
acusndole tambin de que comerciaba con su mujer en trigo y en aceite,
beneficiando la caresta.

Tampoco dejaban de oirse quejas contra el Rey, harto injustas por
cierto, porque el infeliz no era posible que atendiese  ms dolores que
los que lentamente iban consumiendo su vida. De todo aquesto, qu se
le da al Rey?, decan ciertos cantares de entonces, despus de enumerar
cuantas miserias padeca el pueblo. Y Harcourt y sus amigos, para que no
pudiera dirigirse contra ellos igual pregunta, y con el objeto tambin
de acusar con sus hechos los de sus adversarios, repartan  manos
llenas las limosnas, y afectaban una caridad nimia, que el Tesoro de
Francia pagaba y el pueblo agradeca prdigamente. Servalos en esto don
Francisco Ronquillo, que como Corregidor que haba sido, conoca mejor
que nadie las necesidades y la gente  quien haba que excitar y
contentar segn viniese  cuento. Y no es mucho suponer que el mismo
Ronquillo fuese quien prepar los sucesos de que vamos  dar cuenta,
demasiado tiles y bien aprovechados para pasar por casuales 
imprevistos. Ello es que cierta maana de Abril, estando en la Plaza el
Corregidor, que lo era D. Francisco de Vargas, atendiendo  los deberes
de su oficio, uno de sus alguaciles maltrat por pequea ocasin  una
verdulera. Desatse ella en injurias contra el Corregidor, y la gente
que presenciaba la escena tom al punto una actitud tan hostil, que el
de Vargas juzg prudente retirarse. Siguile la gente con insultos y
amenazas, y en un momento el espacio que media entre la Plaza y el Arco
de Palacio se vi lleno de hombres y mujeres, que acudan  porfa de
todos los extremos de la ciudad gritando: Viva el Rey! Pan! Pan!
Muera Oropesa! La multitud no se detuvo en el Arco, sino que lleg
hasta los mismos balcones del Alczar, redoblando sus gritos. Oylos el
Rey con ms amargura que clera, sin saber qu partido tomara en el
trance. Spose que Vargas haba estado para morir  tronchazos y
pedradas, y que se amenazaba con peor suerte  Oropesa.

Creci el miedo, y el cardenal Crdoba, el marqus de Legans, el conde
de Benavente y otros muchos Grandes que acudieron al punto  Palacio, no
saban qu aconsejar ni qu hacer ellos mismos. La Reina, con alguna ms
presencia de nimo, se determin  salir al balcn, y habl  los
amotinados dicindoles que el Rey dorma; pero que no bien despertase le
comunicara sus quejas. Ya hace mucho que duerme y es tiempo de que
despierte--respondieron agrandes voces. Entonces, se asom el Rey al
balcn; pero no por eso cesaron los clamores. El peligro arreciaba, y el
conde de Benavente, que disfrutaba de algn favor en el vulgo, se
ofreci al fin  hablarle, saliendo fuera de Palacio. Sus palabras
templadas, pero ms acaso las inteligencias que tena con los
insurrectos, lograron acallar el tumulto y que el gento ofreciera
retirarse, con tal de nombrar Corregidor  Ronquillo y no castigar 
ninguna de las cabezas del desorden. Consinti el Rey en ello; llamse 
Ronquillo  Palacio, y acompaado del conde de Benavente sali  caballo
por la Plaza, llenndolos  ambos la multitud de vtores y bendiciones.
Si esto no bastara para probar que uno y otro estaban y entendan
secretamente en el motn, de todo punto podran demostrarlo ciertas
palabras del conde de Benavente, que volvieron  encender la confusin
calmada. El Rey os perdona--les dijo--; pero en cuanto  la caresta no
puede l remediarla, y ser bien que os dirijis al Presidente de
Castilla. No fu menester ms. El vulgo, desatado, dej desierta en un
instante la Plaza de Palacio, y se encamin  las casas de Oropesa,
situadas enfrente de Santo Domingo.

Fu fortuna para ste que el Almirante, con quien  la sazn estaba de
acuerdo, siendo los dos jefes del partido austriaco, pudiera avisarle 
tiempo, con un billete lo que pasaba.  la verdad, no haban dejado
tambin de oirse amenazadores gritos contra el astuto Almirante, aunque
no tan continuos como contra Oropesa. La casa de ste fu en un momento
entrada,  pesar de la resistencia armada que opusieron sus criados, y
habiendo muerto algunos de los asaltantes, la muchedumbre destroz los
muebles y los ech por las ventanas; destroz las pinturas y los
papeles, y no hubo, en fin, exceso que no creyese poco para satisfacer
su ira. Habase refugiado Oropesa con el aviso del Almirante en casa de
su vecino el Inquisidor general, y el terrible nombre de esta dignidad
contuvo  las puertas de aquel asilo  la multitud, que no os siguiera
insultarlas. Aproximbase ya la noche y el tumulto no ceda, sin
embargo, pidiendo todos  voces la cabeza de Oropesa, cuando el Cardenal
de Crdoba y otros sacerdotes salieron de Santo Domingo con un
crucifijo, y sus exhortaciones y las de Ronquillo, que ya deba tener
por bastante lo hecho, lograron restablecer la calma y el silencio.
Crean, sin duda, los del partido francs que con esto bastara para que
el Rey separase de nuevo  Oropesa; pero se engaaron, porque habiendo
ste solicitado su retiro,  causa de que no se castigaba  los
culpables en el alboroto, no quiso Carlos consentirlo, mandndole que
permaneciese en la Presidencia. Entonces, sus adversarios celebraron una
junta en casa de Portocarrero, donde despus de oir la opinin del
jurisconsulto Prez de Soto, favorable al duque de Anjou, se acord
echar el resto en alejar  Oropesa de la corte. Fu entonces
Portocarrero  ver al Rey, y prevalindose de su calidad cardenalicia y
del influjo espiritual que en tal concepto tena con el Rey, le oblig 
decretar la vuelta de Oropesa  la Puebla de Montalbn, el destierro del
Almirante  treinta leguas de la corte, y el nombramiento de D. Manuel
Arias Mon, parcialsimo, como sabemos, del de Anjou, para la presidencia
de Castilla. Qued entonces el partido francs triunfante, y sin ms
apoyo el austriaco que la Reina, el conde de Frigiliana y de Aguilar y
D. Antonio de Ubilla, secretario del despacho universal, que  falta de
otros ms calificados, lleg  ser uno de sus caudillos.

Un suceso singular, del cual se ha hablado mucho posteriormente,
ocupaba  la sazn  nuestra corte. Eran los supuestos hechizos del Rey,
cuyo recuerdo podra bastar para comprender  qu punto llegaba la
fantica supersticin de unos, y la hipcrita maldad de otros en aquella
poca. Ya haca tiempo que el vulgo atribua  hechizos las enfermedades
del Rey. Vindole dotado de entendimiento muy claro, de rectsima
conciencia, de tanto amor  sus vasallos, sin que hiciese valer ninguna
de estas calidades; no comprendiendo tampoco cmo desde la edad temprana
hubiera podido padecer una flaqueza tan extrema que le impeda ejercitar
su virtud, di por cierto que algunos malos hechizos estaban apoderados
de su persona.  punto lleg el rumor que en tiempo del inquisidor
Sarmiento y Valladares, el Tribunal Supremo de la fe lleg  intentar
algunas averiguaciones. Suspendironse por respeto  la persona del
Monarca, y as continuaron las cosas, hasta que en los principios de
1698, el mismo Carlos llam al Inquisidor general Rocaberti y le rog
que indagase si l era  no vctima de hechizos, como vulgarmente se
crea. Oylo Rocaberti con atencin proporcionada  su ignorancia, que
era grande, porque de pobre dominico se haba visto elevado  tal
categora, ms por intrigas que no por fama  mrito como entonces se
sola. Di parte del asunto al Tribunal, cuyos Ministros, ms sabios que
l, se negaron  entender en cosa tan inverosmil y ridcula.

No se desalent con esto Rocaberti, y  poco lo consult con el Padre
confesor Fr. Froiln Daz, que no teniendo ms luces que l, se conform
con sus opiniones y propsitos. Dironse entonces ambos  cazar los
tales hechizos, y no tardaron en saber, casualmente, que un cierto Fr.
Antonio lvarez Argelles, vicario de un convento de monjas en la villa
de Cangas, sola tener gracia particular para exorcizar endemoniados, y
platicar con los mismos demonios, de quienes saba curiossimos
secretos. Escribieron ambos al Obispo de Oviedo para que ste
interrogase al vicario sobre los hechizos del Rey: pero aquel prelado
respondi con desprecio que el Rey no tena hechizos, sino flaqueza de
nimo y de cuerpo, y que antes que de exorcismos necesitaba de buenos
consejos. Ni Rocaberti ni el confesor se avergonzaron con esta
respuesta; llenos de fe se pusieron  buscar otros conductos por donde
entenderse con el vicario, y lo lograron, entablndose una
correspondencia entre los tres, fecundsima en puerilidades y absurdos y
locuras, que asombra que pudiera seriamente seguirse. Notse, sin
embargo, que los demonios  quienes interrogaba el vicario Argelles, no
cesaban de hablar mal de los parciales de la casa de Austria, y
principalmente de la Reina y del Almirante, sin perdonar  la Reina
madre, por ser ya cosa del otro mundo, ni  ninguno de cuantos antes 
despus haban abogado en contra de la casa de Francia. Y dando por
ciertos los hechizos, solan proponer para el Rey remedios capaces de
causar su muerte aunque estuviese robusto y sano, cuanto ms en la
situacin en que se hallaba. Ni Rocaberti ni Froiln sospechaban por eso
de los demonios ni de su interlocutor, y molestaban sin cesar al pobre
Prncipe, haciendo las ms de las cosas que aqullos les prevenan, y
excusando slo las que manifiestamente eran daosas  impracticables.

As transcurri algn tiempo, hasta que los demonios se cansaron de
pronto de hablar, y respondieron al vicario que no diran palabra ms
si no era en Madrid, en la capilla de Atocha. Asombr al confesor y al
Inquisidor tan extraa demanda, y si la dieron crdito no se sabe; pero
ello es que no les pareci bien traer tan cerca del Rey persona que
posea el admirable privilegio de andar con los malos, de que  su
juicio andaba aqul posedo. Negronse  su venida, y continuaron
cartendose con el vicario hasta la muerte del inquisidor Rocaberti, sin
obtener otra cosa que nuevos embustes cada da. Pero este vicario y
estos demonios tenan cierto olor francs que puso en alarma  los
austriacos, no bien se susurr el caso en la corte. No era este partido
menos rico en frailes y demonios que lo fuera su adversario, y antes de
mucho se recibi en Madrid una informacin autntica del Obispo de
Viena, donde se contenan graves respuestas tradas por el demonio  la
boca de unos energmenos,  quienes l y su clero estaban exorcizando en
la iglesia de Santa Sofa, sobre los hechizos del rey Carlos II. De
ellas se deduca claramente que este Prncipe haba sido hechizado por
una mujer, de nombre Isabel, que viva en Madrid, en la calle de Silva.
Di el Embajador imperial la informacin al Rey; pas luego al Tribunal,
y se hicieron intiles pesquisas. Pareca ya indispensable exorcizar al
Rey, y se llam para ello de Alemania al mejor exorcista del imperio,
por nombre Fr. Mauro de Tenda, capuchino de religin, y dotado de gran
torrente de voz, con la cual atormentaba da y noche al Rey, llamando 
voces  los demonios que se albergaban en su cuerpo. Empeor mucho el
Rey con el sobresalto, y como estaba en poder de demonios y exorcistas
austriacos, era de temer cualquier extravo en su juicio que hiciese
venir la Corona  poder del Archiduque. Entonces, un nuevo demonio, ms
audaz que los otros, se apoder de una pobre mujer y la condujo al
Palacio mismo, donde entr desgreada y furiosa sin que nadie pudiese
contenerla, hasta llegar  la presencia del Rey, el cual no hall ms
medio de librarse de ella que ponerse por delante un relicario que traa
consigo. Interrogse  este nuevo demonio, y acus claramente de autores
del hechizo  la Reina y al Almirante, de donde se supo ser este demonio
francs. Irritse la Reina; hizo que su marido apartase de su lado al
Padre Froiln Daz, y mand que se le formase un proceso que dur mucho
tiempo, y del cual result que l, como Rocaberti, no eran culpables
sino por ignorantes y fanticos. No de todos los cortesanos se pudo
decir lo mismo; porque sin acusar de tan indigna farsa  ninguna persona
determinada, parece fuera de duda que fu obra de los partidos, que con
tanto encarnizamiento se disputaban la herencia de Carlos II.

La muerte estaba tan cercana del desdichado Prncipe, que no poda ya
perdonarse ningn esfuerzo, y desde la primavera de 1700  1701, ni
dentro ni fuera de Espaa se habl apenas de otra cosa que de la
resolucin de este grande asunto. Luis XIV, viendo que en Madrid tena
ya recobrado lo perdido, comenz  moverse por fuera con nuevo empeo.
Persista en el propsito de hacer entender  los espaoles que tenan
que darse  l  someterse  la desmembracin del reino. Para ello
negoci un nuevo tratado de reparticin con el rey Guillermo III en
Londres. Disponase en l que por muerte del Prncipe de Baviera pasasen
al archiduque Carlos los estados que  aqul estaban asignados,
aadindose la Lorena  los que deba recibir Francia, y dndole en
cambio al poseedor de aquel ducado el de Miln. Y si el Archiduque no
admita el tratado en el trmino de tres meses, determinbase que toda
su parte sera secuestrada, nombrando los aliados Prncipe que ocupase
su puesto. Protest el Emperador contra el tratado, y el Rey de Espaa
hizo fuertsimas reclamaciones en Londres y Pars, de cuyas resultas el
marqus de Canales, nuestro Embajador, fu expulsado de Inglaterra y se
rompieron las relaciones entre las dos Coronas. Aprovechse el partido
austriaco de esta nueva falta de Luis XIV, y puso en tal disposicin el
nimo del Rey, que Harcourt tuvo que volverse  Francia, llamado por su
Soberano. Ubilla ayud poderosamente  la Reina. Prometise  esta
casarla con el heredero imperial, si lograba que fuese nombrado heredero
el Archiduque, y Doa Mariana no slo admiti el partido, sino que
delat  su marido la promesa que le haba hecho Harcourt de casarla con
el Delfn, despus que l muriese. Ya se haban dado rdenes  los
Virreyes de Italia para admitir guarniciones imperiales, y el partido
francs pareca del todo perdido. Estorb lo de las guarniciones la
amenaza que hicieron Francia  Inglaterra de declarar inmediatamente la
guerra, y la habilidad de Portocarrero y los dems espaoles que seguan
el partido del duque de Anjou, puso definitivamente de su parte la
victoria.

Porque en el verano de 1761, despus de una excursin al Escorial, donde
sinti algn alivio, cay Carlos en el lecho de que no haba de
levantarse jams. Instalse Portocarrero en su aposento, y sin hablarle
ms que de cosas religiosas, logr ahuyentar  la Reina y  Ubilla y 
todos sus parciales, incluso el confesor Torres Padmota y el inquisidor
Mendoza, pues para la asistencia espiritual del enfermo traa ya l
consigo dos frailes que supona en olor de santidad. El Rey, que vea ya
su muerte inmediata, entreg  Portocarrero el cuidado de su salvacin,
que fu entregar su Corona  la casa de Francia. Indjole el artificioso
Cardenal  que hiciese testamento que l no quera; luego lo persuadi
de que pidiese dictamen  los diferentes Consejos sobre el nombramiento
de heredero. La mayora del de Castilla, ganada ya, opin porque fuese
preferido el francs. En el Consejo de Estado fu la discusin muy viva.
El duque de Medinasidonia, los marqueses de Villafranca, Maceda y el
Fresno, y los condes del Montijo y de San Esteban, opinaron con
Portocarrero en favor de la casa de Anjou; el conde de Frigiliana y
Aguilar y el de Fuensalida se opusieron  ello, pidiendo que se
convocasen unas Cortes generales del reino, donde se eligiese sucesor
libremente. Apoybanse en muy slidas razones, en especial aquella de
que no era fcil conciliar en ninguno de los pretendientes las distintas
leyes de Aragn y Castilla. Desech la mayora todo pensamiento de
convocar Cortes, y el de Frigiliana, levantndose conmovido, pronunci
estas nobles palabras, dignas de ms pura lengua: hoy destrus la
Monarqua. Acordse que el duque de Anjou deba ser nombrado heredero.
Resista, sin embargo, el Rey, y sabiendo Portocarrero que el Papa
estaba muy irritado contra el Emperador, aconsej que se sometiese  su
decisin el caso. Gust Carlos del Consejo, y la respuesta de Inocencio
XII fu, como esperaba Portocarrero, favorable al francs.

Entonces, Carlos no resisti ms, y llamando  Ubilla, en presencia de
Portocarrero y de D. Manuel Arias Mon, le hizo que extendiera un
testamento, nombrando por heredero en todos sus estados y seoros al
duque de Anjou, reconociendo--deca--que la razn en que se funda la
renuncia de las seoras Doa Ana y Doa Mara Teresa, Reinas de Francia,
mi ta y hermana,  la sucesin de estos reinos, fu evitar el perjuicio
de unirse  la Corona de Francia, y reconociendo que viniendo  cesar
este motivo fundamental, subsiste el derecho  la sucesin en el
pariente ms inmediato, conforme  las leyes de estos reinos, y que hoy
se verifica este caso con el hijo segundo del Delfn. Nombr una Junta
para que gobernara sus reinos durante la ausencia del de Anjou,
compuesta de la Reina su esposa, Portocarrero, Montalto, Arias,
Frigiliana, Benavente, el Inquisidor general Mendoza y D. Antonio de
Ubilla como secretario. Y hecho esto, exclam con los ojos llenos de
lgrimas: Dios es quien da los reinos. Con que manifest la
repugnancia que le costaba el desheredar  su familia. Cerrse el
testamento solemnemente, y Portocarrero y los suyos lo notificaron al
punto al rey Luis, cerciorndose de que estaba dispuesto  tomar entera
la herencia y  defenderla con las armas,  pesar de los tratados de
repartimiento que haba hecho. Pocos das despus, Carlos se hall
incapaz de entender en asunto alguno de gobierno, y expidi un decreto
confindolo en lo civil y militar al cardenal Portocarrero, hasta su
muerte. Quiso ste por cortesana que se le asociase la Reina; pero
Carlos no consinti en ello, mostrando as que haba llegado en sus
ltimos momentos  aborrecerla. Al fin, el da de Todos Santos de 1701,
despus de haber recibido muy devotamente los sacramentos, expir el
desdichado Carlos, repitiendo: ya nada somos: Prncipe, como dejamos
indicado, digno de lstima y amor, no de odio y desprecio.

No hay que explicar largamente cmo quedara la Monarqua. Ya en 1686
deca el economista D. Miguel lvarez Osorio y Redn estas palabras: Si
todo no se desbarata, es imposible remediar esta Monarqua, si Dios no
enva un ngel para libertarnos de esta confusin y cadena que labr la
malicia. El conocimiento no faltaba; pero, y el remedio del mal?
Hallbalo entre otras cosas el buen Osorio, en reducir el nmero de
artesanos y mercaderes, porque adems de defraudar las rentas reales,
quitaban las ventas unos  otros. Es imposible imaginar mayor absurdo;
pero tal andaban los estudios entonces. Hubo, sin embargo, un hombre,
harto censurable como Ministro, D. Manuel de Lira, que siendo Presidente
de Indias dirigi al Rey un memorial digno de eterna memoria, en el cual
propona francamente que se llamasen  Espaa capitalistas extranjeros,
que se les abriese el comercio de Amrica, y que se les permitiese
seguir su culto  cada uno, con tal que no fuese en pblico,
concedindoseles cementerios y otros privilegios que an hoy se les
disputan. Pero los sabios consejos de Lira, fundados en su mucha
experiencia de viajes y negocios, no fueron odos, y gracias que era
poderoso, que si no la Inquisicin hubiera dado buena cuenta de su
persona.  manos de la represin de este tribunal infausto haba ya
muerto todo gnero de filosofa, y tras esta ciencia matriz haban
desaparecido todas las ciencias y artes. Alguno que otro poeta
dramtico de mediana importancia, y ste  el otro lrico culto
interrumpen de vez en cuando el silencio de nuestras letras. Mas slo
los eruditos florecen y dan algn honor  nuestra patria. Nicols
Antonio, Mondjar, Ferreras y D. Juan Lucas Corts ofrecieron  nuestra
ltima decadencia el consuelo que tienen todas, que es el de rebuscar en
lo pasado. Eran, sin embargo, varones dignos de otro tiempo y de otra
patria.

[Ilustracin]




[Ilustracin]

CONCLUSIN


Puede decirse--exclama el autor de un opsculo atribudo al venerable
Palafox--, que esta Monarqua la zanj la sabidura y gran juicio de
Fernando el Catlico, la form el valor y celo de Carlos V, y la
perfeccion la justicia y prudencia de Felipe II. En este punto la
tomamos, y desde aqu la hemos seguido en su decadencia.

Un siglo ha bastado para comenzar y llevar al extremo la ruina de
aquella grande Espaa de Pava y Otumba y Lepanto, de aquella inmensa
Monarqua, que se levant del suelo al juntar sus manos Isabel I y
Fernando V. Cuando comenzamos  escribir, todava los sucesores de estos
grandes Prncipes llenaban el mundo con su nombre. Dueos de toda la
redondez de la Pennsula asomaban el brazo amenazador por encima del
Pirineo, y desde la ciudadela de Perpin mantenan en respeto las
llanuras de Francia. Con Npoles al Medioda y Miln al Septentrin
tenan entre sus manos todo el centro de Italia, al paso que Gnova y
Mnaco bajo su dependencia y final conquistado, les aseguraban el
dominio de la frontera martima. El Mediterrneo, encerrado entre las
dos pennsulas, itlica  ibrica, y la costa africana, donde levantaba
la soberbia Orn su cabeza, y vigilado desde Sicilia, Crcega, Cerdea y
las Baleares por nuestras fortalezas y nuestros soldados, no estaba
lejos de ser un lago de Espaa. Por l corran triunfantes y soberbios
nuestros bajeles, numerosos todava y casi siempre vencedores, mandados
por los Prncipes de Italia, que ya que no pudiesen evitar nuestros
hierros, se honraban con ser nuestros Ministros y servidores. Y desde
Espaa  Italia y el avasallado mar por donde una y otra se comunicaban,
arda en deseos la Monarqua de extenderse hasta recoger y unir todas
sus vastas posesiones de Europa. La Waltelina se vea amenazada, el
Austria occidental en tratos de cesin, la Alsacia  punto de quedar
avasallada, la Suavia feudataria. No parece que se necesitase ms que de
un esfuerzo para que nuestras banderas se abriesen camino desde la
Waltelina al Luxemburgo, dominando ambas orillas del Rhin, y poniendo en
comunicacin  Miln con Bruselas, y con el Franco-Condado. Tan
gigantescos propsitos, que hoy parecen quimeras, no lo eran entonces
todava. La nacin, aunque cansada, se senta con fuerza para tanto, y
quin sabe si lo habra llevado  trmino  hallarla el siglo XVII con
un Fernando V, como hall un Felipe III,  su cabeza?

An viva el gran conde de Fuentes D. Pedro Enrquez de Acevedo, mulo,
al decir de los franceses, del gran Enrique IV, tan buen soldado como l
y harto mejor poltico; an vivan los viejos tercios del duque de
Alba; an honraban nuestro nombre en las batallas y en los consejos el
buen marqus de Villafranca, D. Pedro de Toledo, y aquel D. Gmez Surez
de Figueroa,  quien llam su siglo gran duque de Feria; an el otro
Duque que mereci ser llamado Grande, D. Pedro Tllez Girn, duque de
Osuna, y el ilustre marqus de Bedmar, D. Alfonso de la Cueva, eran
dignos de haber heredado ttulos dados por Fernando V y Carlos I y
Felipe II. Que no poda esperarse todava de tales Ministros, y
capitanes y soldados? Verdad es que el fanatismo religioso iba
estrechando mucho al talento espaol y estorbaba no poco sus nobles
alardes; verdad es que estaba empeada la Hacienda y que no haba
industria, ni comercio, ni agricultura que proporcionase tanto oro como
se necesitaba; verdad es que la despoblacin era grande, que la obra de
la unidad nacional estaba muy atrasada, y que la extensin de nuestro
imperio y la separacin en que se hallaban unas de otras provincias
haca la defensa difcil y fcil la ofensa, de modo que poda llamarse
dbil y flaco por su grandeza misma. Pero todo lo habran vencido, sin
duda, con buen gobierno y espera, hombres tan grandes y poder tan
inmenso como la nacin tena, y riquezas como las que se sacaban ya del
Nuevo Mundo. El caso es que no nos convenan ya tan gigantescos
propsitos; que aun abierto el gran camino que se pretenda entre Miln
y Bruselas, no era posible mantenerlo abierto por mucho espacio; que
nuestro inters poltico estaba en encerrarnos en Espaa, Italia y sus
islas, y cerrando la boca del estrecho con la conquista de la Espaa
transfretana y el dominio de sus dos orillas, hacernos absolutos
seores del Mediterrneo. El caso es que debamos preferir  extender
nuestra dominacin por Europa y hasta  asegurar nuestros dominios ms
importantes, el curar las llagas interiores de la Monarqua, reponer la
Hacienda, reformar la administracin, terminar la obra de la unidad
poltica, y levantar la industria, el comercio y la agricultura, cosas
en que al aparecer no se pensaba.

Faltas antiguas que se hacan ms peligrosas  medida que ms tiempo
continuaban, hijas de los fundadores de la Monarqua, nacidas con ella y
en ella envejecidas, de que hemos tratado extensamente en otra parte.
Pero equivocada  no en sus propsitos por lo grande de ellos y de sus
medios y recursos, todava era Espaa  principios del siglo XVII, no ya
una gran nacin, sino la primera de las naciones. Nuestros mayores
enemigos no osaban sospechar que fuese tan rpida y tan grande como fu
su ruina. Verdad es que el italiano Campanella deca ya en tiempo de
Felipe II estas palabras: La Monarqua espaola no puede subsistir por
mucho tiempo, porque adems de tener por enemigas  todas las dems
naciones, tiene sus pueblos y provincias desparramados por ambos mundos
en Italia, Flandes, frica y las Indias. Pero otro italiano como l,
Juan de Botera, opinaba hacia el propio tiempo que Espaa, por lo mismo
que tena desparramados sus dominios, era ms fuerte y de ms duracin y
grandeza. La grandeza--deca--en todo el cuerpo compuesto de miembros
desunidos, la mediana en la mayor parte de los miembros, hacen que
tenga Espaa todas las ventajas que pueden tener las naciones: ser
agrandes para poder resistir  los enemigos extranjeros, y medianas
para que no las destruya la corrupcin. Lo que necesita es tener fuerzas
martimas para tener siempre en comunicacin las diversas partes del
imperio. Tvolas Espaa temibles en los das de Felipe II, y aun por
todo el reinado de su hijo. Y as no ha de causar maravilla que Enrique
IV preguntase al Embajador de ste, D. Iigo de Crdenas, con mal
encubierto recelo: por ventura quiere hacerse vuestro Rey seor de
todo el mundo?

Nadie menos capaz que el buen Felipe III de abrigar tan altos intentos
ni de ejecutarlos, y he aqu el principio del rpido descendimiento que
hoy nos espanta todava. Tiene--decan  su padre sus maestros y
servidores--todas las partes de Prncipe cristiano, es muy religioso
devoto y honesto. Vicio ninguno no se sabe. Y ello es cierto que no se
le conoci en su vida un solo galanteo, recompensndole bien el cielo,
pues le di en su mujer nica Doa Margarita siete hijos, de los cuales
le sobrevivieron cinco: D. Felipe que le sucedi, D. Carlos, que muri
en edad robusta; el infante cardenal D. Fernando; Doa Ana que fu Reina
de Francia y Doa Mara, prometida del Prncipe de Gales, luego Reina de
Hungra y Emperatriz de Alemania. Trataba  su mujer y  sus hijos con
singular amor y dulzura. Y bien puede decirse con Virgilio de Malvezzi,
su historiador: que se recontara entre los mejores hombres  no haber
sido Rey. Mas por ser tan cristiano y tan buen hombre puso en desprecio
las armas, cimiento de la grandeza, garanta del honor y estmulo de
todos los sentimientos altos y nobles. Deca  sus hijos vindolos con
rosarios en las manos: Hijos mos, esas son las espadas con que habis
de defender el reino. Frgiles armas como se vi luego para disputar
dominios de este mundo  las naciones extraas, que se repartieron los
nuestros. Por ser tambin tan cristiano y tan buen hombre ocup todas
las horas que le dejaban libres sus oraciones en sostener que la madre
de Dios fu concebida sin pecado. Escribi sobre ello  las
Universidades y  los obispos, y aun ofreci al Papa hacer un viaje 
pie  Roma, porque se declarase de fe su piadosa creencia, como al fin
se ha declarado al mediar el siglo XIX. Y cuando oa rezar  sus hijos
Santa Mara, sin pecado concebida, exclamaba lleno de jbilo: As lo
creo, hijos mos, as lo creo. Ha de decirse que este fu el
pensamiento dominante de su vida. Dejola con la satisfaccin de haber
adquirido para Espaa hasta doscientos nueve santos, y entre ellos
muchos famosos como San Isidro Labrador, Santa Teresa de Jess, San
Raimundo de Peafort y San Ignacio de Loyola. Pero en cambio sobre su
tumba misma y en tan pocos aos de reinado pudo escribir Cspedes de
Meneses estas lastimeras palabras. El grave empeo y diversiones de sus
riquezas y tesoros, carga de pechos y gabelas, arbitrio infausto y
detestable de la moneda de velln, conspiracin de los moriscos, larga
invasin de sus rebeldes, parecen que amagan seguros males al imperio y
que es lcito argir del nuevo Prncipe espaol que ha venido  ser
reparo   ser testigo de su ruina.

No fu el nuevo prncipe Felipe IV reparo ni testigo; fu tal que por s
solo la hubiera trado, aun cuando no estuviese comenzada. De tal manera
obr, que habiendo venido  reinar en 1621, ya en 1629 pudo advertir el
holands Juan Laet la decadencia de esta Monarqua aunque no
describiendo bien sus causas; y todos los gabinetes extranjeros  saban
 sospechaban ya nuestra flaqueza. Acaso no ha juzgado nadie  Felipe IV
como un autor contemporneo suyo en ciertas _Memorias histricas sobre
la Monarqua de Espaa_, que corren impresas en el Semanario Erudito.
Muri, dice, con universal llanto de los espaoles, por su piedad suma
para con ellos y por las grandes prendas que como hombre particular
tuvo, y como Prncipe _empez  descubrir_ cuando la satisfaccin
precisa del tributo inevitable _le imposibilit el que las practicase_.
Rey que muri de sesenta aos cumplidos, y rein cuarenta y cuatro nada
menos, est juzgado con estas palabras. Fu un hombre particular hasta
que al borde de la tumba se acord de que era Rey, y eso para morirse de
remordimiento ms pronto que nos conviniera. De hombre particular si
tuvo buenas cualidades, y su amor desenfrenado  los placeres, su
ociosidad y lascivia no pudieran como tal deshonrarle, al modo que lo
deshonran, siendo Rey, que este es oficio que  cambio de tanta
satisfaccin requiere alguna mortificacin de los apetitos y pasiones.
Castig Dios su liviandad disputndole tenazmente hasta el msero varn
que quedaba de dos matrimonios dilatados. Vi morir cuando daba las
mayores esperanzas, entrado ya en la adolescencia  su hijo D. Baltasar,
y luego  D. Felipe Prspero; y se salvaron D. Carlos y dos hijas para
traernos la guerra de sucesin.

Slo fu afortunado D. Felipe en sus hijos bastardos. Adems del famoso
D. Juan se conocieron de ellos un D. Francisco de Austria, que muri de
ochos aos; Doa Ana Margarita, que fu monja en la Encarnacin de
Madrid; D. Alfonso de Santo Toms, que fu obispo de Mlaga; un D.
Carlos  D. Fernando, nombrado con el apellido de Valds, general de
artillera en Miln; D. Alonso de San Martn, obispo de Oviedo, habido
en una dama de la Reina, y D. Juan Cosio, llamado fray Juan del
Sacramento, predicador clebre en aquella era. As la religin abrig 
un tiempo  cuatro hijos de Rey, avergonzados de serlo. Solo reconoci
Felipe IV  D. Juan, y esto, no porque fuese ms digno ni porque el Rey
amase ms  su madre, sino por virtud del Conde-Duque de Olivares, que
tuvo vergonzoso inters en ello. El suceso es de los que ms demuestran
cul era la privanza del Conde y cmo andaba la corte de Espaa.

No haba tenido hijos Olivares y, vindose en tanta grandeza, lamentaba
profundamente que no hubiese quien le sucediera en ella, si no era su
sobrino D. Luis de Haro,  quien ya aborreca. Record entonces que all
en sus mocedades, tratando l de por mitad con otro, con una seora
fcil en galanteos, naci un hijo que no se supo  quin atribuirlo.
Creci el nio, y llegando  mozo se hall sin nombre, con que rog 
don Francisco Valcrcel, que era el que con ms publicidad galanteaba 
la madre que se permitiese usar del suyo, logrndolo despus de muchas
splicas  la hora de la muerte. Con el nombre de Julin Valcrcel pas
de soldado  Miln y  Flandes aquel mozo, y luego volvi  Madrid,
sealndose dondequiera por sus desenvueltas costumbres. Aqu en Madrid
fu donde el Conde-Duque puso los ojos en l, determinndose 
reconocerle por hijo. Y para que no fuese de tanto escndalo y cubrir su
infamia con la del Rey, persuadi  este que reconociera  D. Juan el
hijo de la Calderona. Tal fu el origen ruin de aquella preferencia. El
Conde-Duque no slo reconoci  Julin Valcrcel por hijo, que fu aquel
D. Enrique Felipe de Guzmn, presunto Presidente de Indias, sino que
para casarlo con la hija del Condestable hizo deshacer con frvolo
pretexto el legtimo matrimonio que tena ya contrado con una dama de
regular calidad, prestndose  tal infamia el Obispo de vila, en quien
el Papa deleg la decisin del pleito y consintiendo luego el
Condestable en el nuevo matrimonio, sobre vil, adulterino.

No fu D. Juan de Austria en adelante ms moderado que su padre en
lascivias; quedaron  su muerte tres hijas naturales en otros tantos
conventos de Espaa y Flandes. Y hasta el valeroso infante D. Fernando
pag tributo  la flaqueza de la poca y  su extraa condicin que no
le permita ser casado ni clrigo, dejando una hija ilegtima que se
llam Doa Mariana. Fu este reinado, como el de Felipe III, modelo de
fanatismo religioso, modelo de lascivia. La culpa fu en mucha parte del
Conde-Duque; lleg su audacia hasta el punto de justificarla en el
Prncipe con agudas  ingeniosas razones. Porque habindole reprendido
el Arzobispo de Granada, maestro que haba sido del Rey, por las salidas
nocturnas que con l haca el de Olivares, le contest ste que de
Felipe III, cuyas omisiones se acusaban, aunque tan virtuoso y
esclarecido, de criarse tan  solas le procedi el no saber vivir sin
otro. Y como yo, aada, no quiero  S. M. para m sino para todos, no
querra que dejase de conocer tanto mundo como tiene  su cargo. Y as
no le suplicara yo que se quedase en casa si le viera inclinado  salir
con la moderacin y templanza proporcionada  su persona. Que  otro
fin no creo que lo intentara, ni osara yo aconsejrselo porque V. S. I.
lo dej tan bien doctrinado, que desde luego empezaran los peligros de
persuadirle cosas injustas. La stira poda ser buena, pero la doctrina
era detestable. Y no fueron ms castos, ni mejores en suma que Olivares
los dems Ministros de Felipe IV.

Consrvase an indito un memorial burlesco que se supone presentado por
la villa de Madrid al Rey, cuando sali de ella  la jornada de
Catalua, en el cual se hallan curiosos datos sobre aqullos, y el
estado que tuviesen entonces las cosas pblicas. Sirve, se dice en l,
 V. M. la villa con tres mil hombres cuyos sueldos, bien pagados, han
repartido entre si los regidores; cualquiera valdr por diez en la
faccin de los sacos, segn van ejercitados en los vecinos de Madrid.
Parcele  la villa que si tan grandes desgracias las causan nuestros
pecados han de cesar por la enmienda que no es poco principio la
confesin que V. M. y el Conde-Duque han hecho de sus dos hijos. Libres
se hallan los vasallos de dares y tomares y V. M. y el Conde-Duque;
porque V. M. no tiene ya ms que pedirles, ni el Conde ya ms que
quitarles. Volver V. M. victorioso porque Dios N. S. es enemigo de
grandes, y muy amigo de humildes, y Espaa est ya por tierra. Ejecutan
los Ministros resoluciones de apstoles, y las exceden, que aquellos se
desembarazaron para seguir  su maestro de las redes, y ellos para
servir  V. M. no se embarazan con ellas, y mas las llevan tendidas
pescando hombres y dinero. Si son bienaventurados los que no vinieren ni
entendieren y creyeren, todos venimos  serlo con creer que hay
ejrcitos sin verlos. Al marqus de Legans se d ttulo de marqus de
Tarragona, y conde de Barcelona, que siendo cosa suya est seguro que no
la pierda, y siendo ajena, la conquistar sin sangre, con solo la de su
primo el Conde-Duque. Hgase una junta por si faltare dinero de D.
Francisco Luzn, D. Lorenzo de Ulloa, Bernardo Gonzlez y Diego de
Salas, que ellos dirn cmo se adquiere dinero para lucir y triunfar sin
rentas. Cuando muri Felipe IV, era natural todo estuviese en peor
estado todava; los Ministros y altos empleados no eran ni ms honrados
ni ms sabios; los ejrcitos eran menos visibles, la moralidad no era
mayor, nuestras fuerzas no podan ser ms humildes.

Entonces hizo Dios que viniese la Monarqua  poder de Doa Mariana de
Austria, mujer de menos cualidades y de tantos vicios como su marido; y
como dejase la Monarqua el infeliz Carlos II, no tenemos que decirlo
nosotros cuando poseemos relaciones de los escritores contemporneos
cul fuese  la sazn el estado de Espaa: mejor que nosotros lo
diramos, lo acentu un escritor contemporneo con estas palabras:
Hallbanse, los reales erarios, sobre consumidos empeados; la real
hacienda vendida; los hombres de caudal unos apurados y no satisfechos,
y otros que de muy satisfechos, lo traan todo apurado; los
mantenimientos al precio de quien venda las necesidades; los vestuarios
falsos como exticos; los puertos martimos, con el muelle para Espaa,
y las mercaduras para fuera, sacando los extranjeros los gneros para
volverlos  vender beneficiados; galera y flotas pagados  costa de
Espaa, pero alquilados para los tratos de Francia, Holanda 
Inglaterra; el Mediterrneo sin galeras ni bajeles; las ciudades y
lugares, sin riquezas ni habitadores; los castillos fronterizos, sin ms
defensa que su planta, ni ms soldados que su buen terreno; los campos
sin labradores; la labor pblica olvidada; la moneda tan incurable, que
era ruina si se bajaba, y era perdicin si se conservaba; los tribunales
achacosos; la justicia con pasiones; los jueces sin temor  la fama; los
puestos como de quien los posee habindolos comprado; las dignidades
hechas herencias  compras; los hombres tan vendidos en pblica almoneda
que solo faltaba la voz del pregonero; letras y armas sin mrito y con
desprecio; sin mscara los pecados y sin honor los delitos; el real
patrimonio sangrado  mercedes y desperdicios; los espritus apegados 
la vil tolerancia,   la violenta impaciencia; las campaas sin
soldados ni medios para tenerlos, los cabos procurando vivir ms que
merecer; los soldados con la precisa tolerancia que pide traerlos
desnudos y mal pagados; el francs como victorioso, atrevido; el
Emperador defendiendo con nuestros tesoros sus dominios; y finalmente,
sin reputacin nuestras armas; sin crdito nuestros Consejos; con
desprecio los ejrcitos y con desconfianza todos[30]. Cuadro elocuente
y completo al cual es imposible aadir pincelada alguna! Carlos II no
puede decirse ya que vivi ni rein; no hizo ms que agonizar en el
Trono al tiempo mismo que agonizaba la Monarqua. De Felipe III  quien
se llam el _Piadoso_ y Felipe IV el _Grande_ y Carlos  quien algunos
llaman _el Deseado_, apenas puede decirse quin fuera ms funesto  la
Monarqua.

     [30] _Semanario Erudito._

Y contemplando esta misteriosa sucesin de reyes  cual ms ocasionados
al dao por diversos motivos, si uno por fanatismo, el otro por
liviandad y por enfermedad el otro; y viendo que entre los privados
consejeros y Ministros de aquellos reyes no hubo tampoco ninguno que no
contribuyese con sus golpes  la demolicin de la Monarqua; recordando
al avaro duque de Lerma, al ambicioso de Uceda, al galn de Olivares, al
imbcil de D. Luis de Haro;  Nithard,  Valenzuela,  D. Juan de
Austria,  Oropesa, todos igualmente ineptos,  flojos, sin que ni un
Sully, ni un Richelieu, ni un Mazarino viniese por azar  entender en
nuestras cosas, el nimo se suspende y llega  creer en que la ruina de
Espaa estaba decretada por Dios. Del seno de esta historia desdichada
brota sin querer tal idea. No era Luis XIII rey ms estimable ni ms
apto que Felipe III; no era Doa Ana de Austria mujer ms hbil que
Felipe IV,  Doa Mariana; no era el mismo Luis XIV, tan digno como lo
hicieron los sucesos del ttulo de grande. Pero todos ellos tuvieron
grandes Ministros; y de grado  por fuerza, por amor  por
convencimiento, todos acertaron  tomar de entre sus vasallos,  los
extranjeros, los ms capaces de hacer feliz  la Francia. Por eso fu
feliz. En Espaa no se ve un solo Ministro con cualidades de hombre de
Estado, y, con esto solo, podra explicarse nuestra ruina. Falt en
todos, segn el economista Osorio y Redn, el don de consejo; que
pobremente explic Campomanes diciendo que deba consistir en tener
establecidos mtodos constantes de aprovechar tilmente las personas. El
don de consejo que falt en Espaa fu el que tuvo Sully y el que han
posedo tantos Ministros extranjeros: el de advertir las necesidades
pblicas  tiempo y aplicar  ellas los oportunos remedios. No tuvimos
en el poder un solo hombre que as fuera, al paso que abundaban otra
casta de hombres funestsimos  la repblica que hoy llamamos hombres de
Gobierno; capaces de oprimir, de vejar, de contener; incapaces de
administrar, de favorecer, de remediar, de atender al bien pblico.

Ni son solo los malos gobernantes los que vienen  daarnos, y el tener
cabalmente hombres muy grandes las naciones enemigas de Espaa, cuando
nosotros los tenamos tan pequeos, sino que acuden tambin  precipitar
nuestra ruina casuales sucesos. Felipe IV nos deja una minora
desastrosa, cuando ni en siglos antes ni hasta siglos despus se ha
visto otra en Espaa, y Carlos II muere sin sucesin por dar lugar  una
nueva dinasta y  una guerra sangrienta. Con la Espaa austriaca
pereci la verdadera, la antigua, la grande Espaa de los Reyes
Catlicos, no quedando ms que el odio que  causa de lo pasado nos han
profesado hasta ahora unnimemente los extranjeros. Tan grande fu el
temor que les infundimos en la prosperidad, que no parece sino que
dudaban en dar crdito  nuestra ruina;  la manera que el len herido
en las selvas todava espanta con las convulsiones de la agona, y an
su cuerpo desangrado infunde ira y miedo. No juzgaban  Espaa bien
muerta por ms golpes que descargaban  mansalva en su exnime cuerpo.
Nacin, dice Schiller, temible mucho despus de serlo; aborrecida y
acosada mucho despus de merecerlo. Por ventura, no ser ms temible
nunca, ni merecer ms el odio extranjero?

Es difcil. La decadencia de Espaa coincidi desgraciadamente con la
constitucin definitiva de la Europa; con el sistema de su equilibrio,
con los grandes descubrimientos y adelantos cientficos, con la
generacin de todos los intereses, de todos los principios, de todas las
necesidades que hoy tiene el mundo. El siglo XVI y la primera mitad del
XVII, no pueden ser considerados sino como el fin de la edad media y el
principio de la edad moderna. Hoy da la grandeza de Espaa sera un
acontecimiento de inmensa importancia capaz de trastornar por s solo la
situacin poltica del mundo, al paso que no puede realizarse sin
firmes, jigantescos esfuerzos, que hagan adelantar  la nacin en pocos
aos, lo que ha atrasado en algunos siglos. Los monarcas que sucedieron
 Carlos II, aunque no tan enfermos como l, ni tan disolutos como
Felipe IV, ni tan fanticos como Felipe III, estuvieron lejos de
alcanzar las altas calidades de Fernando V, Carlos I y Felipe II, y de
tener su fortuna. Puestos en el Trono contra la voluntad de Europa y de
una parte muy considerable de la Monarqua, encadenados al capricho de
la Francia que los haba engendrado, y  la cual deban sus personales
grandezas, absolutos en una nacin sin unidad ninguna, copistas serviles
en un pueblo enteramente original y de peculiarsimas costumbres y
necesidades, tmidos en el bien como en el mal, sin graves defectos el
peor, con pocas cualidades el mejor de ellos, no han hecho ms que
prolongar el estado de decadencia  que nos trajo la dinasta austriaca.
Tal vez no han aparecido durante un siglo nuestras flaquezas tan  los
ojos del mundo; pero es porque los nuevos monarcas no eran ya tenidos
por bastante temibles para que las dems naciones se ocupasen en
averiguarlas.  la Espaa de Carlos II no se la poda negar su
importancia; era preciso arrancrsela  jirones.

La Espaa de los ltimos Carlos estaba como olvidada, y no se reparaba
en ella sino cuando se mova perezosamente para acabar de perder la
antigua gloria de nuestras banderas en frica y Gibraltar,  para
entregarse en brazos del extranjero, como en el pacto de familia y en
los tratados de Bayona. Los ltimos reyes de la casa de Austria
perdieron el Portugal, el Brasil y la Holanda que nos haban trado. Sus
sucesores, que no han sabido traerle  la Monarqua una pulgada ms de
tierra, dejaron que ella se hiciese pedazos entre sus manos, unos con
ms, otros con menos culpa, todos por ser harto pequeos para conservar
los restos de nuestra grandeza, y restituirnos algo del antiguo honor y
podero.

No presenta la historia ejemplo de una desmembracin de territorios tan
inmensa como Espaa ha padecido durante los reinados de la casa de
Borbn: ni la cada del imperio romano la ofreci semejante. De los
dominios de esta vil Monarqua de Carlos II, cuya dolorosa pintura
terminamos, se han formado todava en Europa los reinos de Blgica y de
Npoles, gran parte del de Cerdea, y del llamado Lombardo-Vneto. En
Amrica, el imperio de Haiti y diez repblicas: Mjico, Guatemala,
Colombia, Per, Bolivia, Paraguay, Uruguay, la Plata, Chile y Santo
Domingo[31], sin contar con los inmensos territorios de la Florida, la
Luisiana, Tejas y California, que hoy se cuentan entre los de la Unin
Americana, ni las innumerables posesiones que nos ha quitado la
Inglaterra, porque en Asia y frica y Amrica y en la Europa misma,
apenas se puede dar un paso sin tropezar con nombres espaoles, que
sealan provincias y fortalezas de aquella enemiga afortunada. Ni es
este el mayor de los males que nos haya originado la pequeez de miras y
la capacidad de nuestros ltimos reyes. Lo que nunca podr deplorarse
bastante ser el ntimo decaimiento del carcter nacional, de aquella
noble y altiva naturaleza que poda ser oprimida y desaprovechada, pero
que haca an de la espaola una de las razas ms respetadas, aunque ms
calumniadas y aborrecidas del mundo. Cosa debida sin duda  la
indiscreta importacin de leyes y costumbres y necesidades extranjeras,
que quebrantaron las tradiciones, y trastornaron los sentimientos, y
arrancaron la antigua fe, y entibiaron la dignidad antigua de nuestra
raza. Ni puede decirse que hayamos ganado mucho en bienestar material,
porque no se halla hoy menor diferencia de Espaa  Inglaterra  Francia
en esta parte que hubiese en los das de Carlos II; ni es comparacin
que pueda hacerse sin tener en cuenta el movimiento progresivo de las
otras naciones en artes, industria, comercio y bienestar pblico.

     [31] Tngase en cuenta que esto se escriba por el Sr. CNOVAS DEL
     CASTILLO en 1852. En la actualidad, el inmenso territorio que
     domin Espaa en Amrica no conserva imperio alguno, sino diez y
     ocho Repblicas, que son Mjico, Guatemala, Nicaragua, Honduras,
     Costa Rica, Panam, Colombia, Venezuela, Paraguay, Argentina,
     Uruguay, Chile, Per, Bolivia, el Ecuador, Haiti, Santo Domingo y
     Cuba, habiendo pasado Puerto Rico  propiedad de los Estados
     Unidos.

Con la guerra de la Independencia, donde el antiguo carcter espaol se
mostr de repente tan poderoso como en sus mejores das; con la ltima
guerra de sucesin, donde tambin se ha empleado en las opuestas
pretensiones algo de la fortaleza y esfuerzo moral del siglo XVI; y con
los sacudimientos revolucionarios que han esparcido nuevas ideas, y
leyes y necesidades por todas partes, desenvolviendo una gran actividad
y un anhelo fructfero de trabajo y de adelantos materiales, se ha
inaugurado un nuevo perodo histrico para Espaa; perodo decisivo,
cuya responsabilidad no podr menos de espantar  todos los que
sintindola, en s, como hijos de esta poca, consagren algn culto al
deber y el patriotismo, aquellas nobles ideas por las cuales vivieron y
murieron nuestros padres. Espaa puede ser todava una gran nacin
continental y martima, unindose pacfica y legalmente con Portugal su
hermana, comprando  conquistando  Gibraltar tarde  temprano, y
extendindose por la vecina costa de frica. Pero tambin puede quedar
reducida  nulidad vergonzosa, ejecutndose en todo  en parte, y antes
y despus, aquel funesto pensamiento de los Bonapartes que era traer al
Ebro la frontera francesa y dando  Portugal la Galicia, repartir la
Pennsula entre dos Coronas casi iguales en podero. La sabidura del
Trono, el patriotismo de la nacin, el espritu de libertad y de gloria
pueden lograr lo primero. La imbecilidad de los que manden y el
envilecimiento de los que obedezcan pueden traernos  lo segundo. Y no
hay tanto que esperar como se piensa, porque el mapa de Europa va 
constituirse de nuevo. Ay de los que no sustenten bien sus intereses!
Ay de los que queden perjudicados en ellos y tengan que esperar, para
resarcirse,  una nueva recomposicin de este mapa europeo que con
tantos defectos es hoy el mismo poco ms, poco menos, que dejaron
construdo las guerras de principios del siglo XVIII y sealadamente las
que origin la sucesin de Carlos II! No se ha de hacer una Europa
distinta cada da.

[Ilustracin]




NDICE



                                                                 Pginas
  Dedicatoria                                                          V

  El primer libro histrico del Excmo. Sr. D. Antonio Cnovas
  del Castillo                                                       VII

  Cuatro palabras  los lectores                                       1

  Introduccin                                                         5

  _Libro primero_: De 1598  1610                                     57

  _Libro segundo_: De 1610  1621                                     97

  _Libro tercero_: De 1621  1636                                    161

  _Libro cuarto_: De 1636  1640                                     223

  _Libro quinto_: 1640                                               285

  _Libro sexto_: De 1640  1643                                      337

  _Libro sptimo_: De 1643  1648                                    401

  _Libro octavo_: De 1648  1665                                     483

  _Libro noveno_: Gobiernos de Doa Mariana y de D. Juan
  de Austria                                                         569

  _Libro dcimo_: Desde el primer casamiento hasta la muerte
  del rey Carlos II                                                  653

  Conclusin                                                         743




[Ilustracin]


     _Acabse de imprimir esta edicin en Madrid,
          en la imprenta de Fortanet, calle
             de la Libertad, nmero 29,
              el da primero de Marzo
                 del ao de 1910_

[Ilustracin]





End of the Project Gutenberg EBook of Historia de la decadencia de Espaa, by 
Antonio Cnovas del Castillo

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK HISTORIA--DECADENCIA DE ESPANA ***

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Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
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Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
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Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

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    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

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