The Project Gutenberg EBook of El libro rojo, 1520-1867, Tomo I, by 
Vicente Riva Palacio and Manuel Payno and Juan A. Mateos and Rafael Martnez de la Torre

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Title: El libro rojo, 1520-1867, Tomo I

Author: Vicente Riva Palacio
        Manuel Payno
        Juan A. Mateos
        Rafael Martnez de la Torre

Release Date: August 13, 2016 [EBook #52795]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL LIBRO ROJO, 1520-1867, TOMO I ***




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                             EL LIBRO ROJO

                               DE VENTA




                 CORRESPONDENCIA DE JUREZ Y MONTLUC,

                   Antiguo Cnsul General de Mxico

        Acompaada de numerosas cartas de personajes polticos,
                  relativas  la Expedicin de Mxico

=Resumen=: Prefacio histrico.--Autobiografa.--=Captulo I.
(1858-1860).=--I. Elsesser, cuado de Jecker.--II. El Presidente
Jurez.--III. Morny y las minas de Sonora.--=Captulo II. (1861)=.--I.
Almonte  Hidalgo.--II. Los bonos de Jecker.--III. Saligny.--IV. Cmara
Sindical de exportacin.--=Captulo III. (1862).=--I. El prncipe
austriaco.--II. Lorencez y Zaragoza.--III. Cartas al Emperador.--IV. El
general Forey.--V. Sus proclamas.--VI. Jecker protegido del ministro de
Prusia.--VII. El Congreso Mexicano.--VIII. Drouyn de Lhuys.--=Captulo
IV. (1863).=--I. El Gobierno Mexicano aprueba los pasos conciliatorios de
su Cnsul General en Pars.--II. Nuevas proclamas del general
Forey.--III. Una consecuencia del negocio Jecker.--IV. Proceso de los
Cnsules.--V. Entrada de las tropas en Mxico.--VI. El Marqus de
Montholon.--=Captulo V. (1864-1866).=--I. El Imperio en Mxico.--II. 1867
la catstrofe!--=Captulo VI. (1867-1872).=--I. Jurez entra en
Mxico.--II. Mxico se levanta.--III. Guerra de Prusia.--IV.
Conclusin.--V. Ultima carta de Jurez.--DOCUMENTOS JUSTIFICATIVOS,
etc., etc.

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                             EL LIBRO ROJO

                               1520-1867

                                  POR

                  VICENTE RIVA PALACIO, MANUEL PAYNO,

                            JUAN A. MATEOS

                     Y RAFAEL MARTNEZ DE LA TORRE

                                TOMO I

                                MEXICO

               A. POLA, EDITOR, CALLE DE TACUBA, NM. 25

                                 1905

         Asegurada la propiedad de esta obra conforme  la ley




MOCTEZUMA.[1]


I

Era la media noche. Un profundo silencio reinaba en la gran capital del
Imperio Azteca, y las estrellas de un cielo limpio y despejado se
retrataban en las tranquilas aguas de los lagos y en los canales de la
ciudad.

Un gallardo mancebo que haca veces de una divinidad, y que por esto le
llamaban _Izocoztli_, velaba silencioso y reverente en lo alto del
templo del dios de la guerra.

Repentinamente sus ojos se cierran, su cabeza se inclina, y recostndose
en una piedra labrada misteriosa y simblicamente, tiene un sueo
siniestro. Abre los ojos, procura recordar alguna cosa, y no puede ni
an explicarse confusamente lo que le ha pasado. Sale  la plataforma
del templo, levanta la vista  los cielos, y observa asombrado en el
Oriente una grande estrella roja con una inmensa cauda blanca que
cubra al parecer toda la extensin del Imperio. Apenas ha mirado este
fenmeno terrible en el firmamento, cuando cae con la faz contra la
tierra, y as, casi sin vida, permaneci hasta que los primeros rayos
del sol doraron las torres del templo. Alz entonces el Izocoztli la
vista  los cielos, y la estrella haba desaparecido[2].


II

Izocoztli al medio da se dirigi al palacio del Emperador. Seor
temible y poderoso, le dijo, anoche he visto una grande estrella de
fuego en los cielos.

Moctezuma dud, pero qued pensativo todo el da. En la noche l mismo
permaneci en observacin en la azotea de su palacio, y  cosa de las
once vi aparecer repentinamente la fatal estrella roja.

Al da siguiente mand llamar  todos los adivinos y hechiceros de la
ciudad. Ninguno haba visto nada. Nadie se atreva  interpretar la
aparicin misteriosa de los cielos.

Moctezuma mand llamar  los justicias. Encerrad, les dijo,  todos
estos adivinos y astrlogos en unas jaulas, y no les dareis de comer ni
de beber. Es mi voluntad que mueran de hambre y de sed.

Marchad despus por todos los lugares de mi reino y haced que las casas
de los hechiceros y adivinos sean saqueadas y quemadas, y traedme
arrastrando del cuello por las calles  todos los que teniendo la
obligacin de observar los cielos y de interpretar las seales de los
dioses, nada han visto, ni nada han dicho  su Rey.

La orden se ejecut. Los hechiceros de Mxico murieron rabiosos de
hambre y de sed en las jaulas, y  los pocos das los muchachos de las
escuelas arrastraban de unas sogas amarradas al cuello  los adivinos de
las provincias, que dejaban contra las esquinas de la ciudad los pedazos
sangrientos de sus miembros. As se cumpli la voluntad del muy grande y
poderoso Seor Moctezuma II[3].


III

Una tarde, quiz con la intencin de ir  la corte de Texcoco, el
Emperador se dirigi al lago; pero en el mismo momento espesas nubes
cubrieron el cielo, los rayos atravesaron el horizonte, iluminndolo de
una luz siniestra, y las aguas del lago comenzaron  agitarse y 
hervir, como si tuviesen una gran caldera de fuego en el fondo.

Moctezuma se retir  su palacio ms triste y abatido. Imagin aplacar
la clera de los dioses y mand traer una gran piedra de sacrificios que
haba ordenado antes se labrase con mucho esmero. Al pasar la piedra por
el puente de Xoloco, construdo de intento con fuertes maderos, cruji
repentinamente, y la enorme piedra se hundi en las aguas, llevndose
consigo al sumo sacerdote y  la mayor parte de los que la conducan.

En ese da un temblor hizo estremecer como si fuese la hoja de un rbol
el templo mayor, y un gran pjaro de forma extraa atraves por encima
de la ciudad, dando siniestros graznidos. Otra vez una negra tempestad
descarg sobre la ciudad. Un rayo incendi el templo.

Moctezuma no pudo ya dominar su inquietud y su miedo, y mand llamar al
sabio Rey de Texcoco.

Los poderosos y magnficos reyes de Mxico y de Texcoco tuvieron una
entrevista solemne.

Netzahualpilli era un Rey anciano, lleno de justicia, de bondad y de
sabidura,  interpretaba los sueos y los fenmenos de la naturaleza, y
tena el don de la profeca. Lleg ante Moctezuma, tom asiento frente
de l, y largo rato permanecieron los dos taciturnos y silenciosos.

--Seor, dijo Moctezuma interrumpiendo el silencio, has visto la grande
estrella roja con una inmensa rfaga de luz blanca?

--La he visto, contest el Rey de Texcoco.

--Anuncia hambre, peste,  nuevas guerras?

--Otra cosa todava ms terrible, dijo gravemente el Rey texcocano.

Moctezuma, plido, casi sin aliento, temblaba sin poder articular ya una
palabra.

--Esa seal de los cielos ya es vieja, continu con voz solemne el Rey
de Texcoco, y es extrao que los astrlogos nada te hayan dicho. Antes
de que apareciera la estrella, una liebre corri largas horas por los
campos hasta que se entr en el saln de mi palacio. Esta seal era
precursora de la otra ms funesta.

--Qu anuncia, pues, la estrella?--pregunt Moctezuma con una voz que
apenas le sala de la garganta.

--Habr en nuestras tierras y seoros, continu el de Texcoco, grandes
calamidades y desventuras; no quedar piedra sobre piedra; habr muertos
innumerables y se perdern nuestros seoros, y todo ser por permisin
del Seor de las alturas, del Seor del da y de la noche, del Seor del
aire y del fuego.

Moctezuma no pudo ya contener su emocin, y se ech  llorar diciendo:
Oh, Seor de lo criado! oh, dioses poderosos, que dais y quitais la
vida! cmo habeis permitido que habiendo pasado tantos Reyes y Seores
poderosos, me quepa en suerte la desdichada destruccin de Mxico, y vea
yo la muerte de mis mujeres y de mis hijos? Adnde huir? adnde
esconderme?

--En vano el hombre quiere escapar, contest tristemente el Rey de
Texcoco, de la voluntad de los dioses. Todo esto ha de suceder en tu
tiempo, y lo has de ver. En cuanto  m, ser la postrera vez que nos
hablaremos en esta vida, porque en cuanto vaya  mi reino morir.

Los dos Reyes estuvieron encerrados todo el da conversando sobre cosas
graves, y  la noche se separaron con gran tristeza[4]. Netzahualpilli
muri en efecto el ao siguiente[5].


IV

El 8 de noviembre de 1519 fu un da de sorpresa, de admiracin y de
extraos sucesos en la gran ciudad de Mxico.

A eso de las dos de la tarde, una tropa de europeos,  caballo los unos,
 pie los otros, y todos revestidos de brillantes armaduras y cascos de
acero, y armados de una manera formidable, hacan resonar las piedras y
baldosas de la calzada principal con las herraduras de sus corceles, y
el son de sus cornetas y atabales se prolongaba de calle en calle. En el
viento ondeaban los pendones con las armas de Castilla, y  la cabeza de
esta tropa, seguida de un ejrcito tlaxcalteca, vena el muy poderoso y
terrible capitn D. Hernando Corts.

Las azoteas de todas las casas estaban cubiertas de gente, las canoas y
barquillas chocaban en los canales, y en las calles se agolpaba la
multitud, estrujndose y an exponiendo su vida por mirar de cerca  los
hijos del sol y tocar sus armaduras y caballos.

Moctezuma, vestido con sus ropas reales adornadas de esmeraldas y de
oro, acompaado de sus nobles, sali  recibir al capitn Hernando
Corts y le aloj en un edificio de un solo piso, con un patio
espacioso, varios torreones y un baluarte  piso alto en el centro. Era
el palacio de su padre Axayacatl. Moctezuma, despus de haber
cumplimentado  su husped, se retir  su palacio. Al da siguiente,
mand que se hiciese en la montaa un sacrificio  los dioses
_Tlaloques_. Se sacrificaron algunos prisioneros, que estaban siempre
reservados para estas ocasiones; pero los dioses se mostraron ms
irritados. Se estremeci la _Mujer Blanca_, y desde la azotea de su
palacio pudo contemplar asustado el Emperador azteca los penachos de
nubes negras y fantsticas que cubran la alta cima de los gigantes del
Anhuac.


V

A los ocho das de estar Hernando Corts en Mxico, los aztecas,
irritados con la presencia y orgullo de sus enemigos los tlaxcaltecas y
con las demasas que cometan los soldados espaoles, dieron muestras
visibles de hostilidad y de disgusto. Corts no saba si permanecer, si
abandonar la capital  situarse en las calzadas. Dos das estuvo sombro
y pensativo, y al tercer da llam  sus capitanes. He resuelto prender
al Emperador Moctezuma, les dijo, y traerle  este palacio. Su vida
responde de la nuestra; lo dems que siga, est encomendado  la guarda
de Dios y de Santiago.

A la maana siguiente, despus de oir toda la tropa espaola una misa,
de rodillas y con ejemplar devocin, Corts tom la palabra y dijo:
Vamos  acometer hoy una de nuestras mayores hazaas, y es prender al
monarca en medio de todo su pueblo y de sus guerreros. Los espaoles
somos un puado que con el soplo de los indios podemos desaparecer; pero
estn Dios y la Virgen con nosotros. He escogido  vuesas mercedes para
que me ayudeis  dar cima  esta arriesgada aventura. Esto diciendo,
seal  Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Francisco de Lujo,
Velzquez de Len y Alonso de Avila, y estos caballeros, seguidos de
algunos soldados, cubiertos todos de armaduras completas, se dirigieron
al palacio del Emperador de Mxico.


VI

Moctezuma procuraba aparecer tranquilo y afable ante sus sbditos, pero
no pensaba sino en los medios de que quedasen contentos los espaoles, y
de que saliesen prontamente de la ciudad.

El saln en que estaba era espacioso, tapizado con mantas finas de
algodn, bordadas de colores variados y con dibujos exquisitos. El suelo
estaba cubierto de finas esteras de palma. En el fondo el monarca estaba
reclinado entre cojines, y  su derredor haba algunos nobles y una
muchacha como de 16 aos, de ojos y cabellos negros, de tez morena, y
sonrea alegremente dejando ver entre sus labios rojos dos blancas y
parejas hileras de dientes.

Los espaoles se presentaron en ese momento.

Las pisadas recias de los capitanes que hacan resonar sus espuelas en
el pavimento, el aire feroz  imponente que tenan, y el verlos
seguidos de algunos soldados, inspir temor  Moctezuma; se puso algo
plido, pero domin su emocin y salud  Corts y  sus capitanes con
la sonrisa en los labios. Voy  ensayar el ltimo arbitrio, pens
entre s; y dirigindose  Corts, le dijo:

--_Malinche_, tena gran deseo de que t y tus capitanes me visitaran,
y pensaba en ello, porque tena preparadas algunas joyas y preciosidades
de mi reino para ofrecrtelas.

Los ministros y magnates que estaban cerca, presentaron  Corts en unas
bandejas pintadas de colores, muchas figuras de oro, como sapos,
serpientes y conejos, primorosamente labradas, y adems, esmeraldas,
conchas, mosaicos de pluma de colibr y otras maravillas del arte
indgena.

Corts, preocupado, apenas mir los objetos  inclin la cabeza
maquinalmente.

Moctezuma, que observaba la fisonoma del capitn espaol, cada vez
estaba ms alarmado.

Olid, Sandoval y Alonso de Avila examinaron con ms atencin los
presentes; los dems guardaban silencio, y al disimulo requeran el puo
de sus espadas.

El monarca domin su orgullo.

--_Malinche_, dijo, tengo para t reservada una joya de ms valor que
el oro de todo mi reino. La joya que te voy  dar es mi corazn, y al
decir esto se levant, tom por la mano  la linda muchacha y la
present  Corts. Es mi hija, Malinche, una hija que los dioses han
hecho hermosa, y que te doy para que sea tu mujer y tengas en ella una
prenda de mi fe y de mi cario.

Los ojos de Corts se clavaron en la muchacha. Su mirada expresaba la
ternura que le inspiraron las palabras del Rey, pero reflexion un
momento y cambi de resolucin.

--Seor y Rey, dijo el capitn inclinndose respetuosamente, mi
religin me permite tener una sola mujer y no muchas, y ya soy casado en
Cuba. Os doy gracias y os devuelvo  vuestra hermosa hija.

Moctezuma qued triste y corrido; la nia se cubri de rubor al verse
rechazada, y Corts, despus de un momento, hizo un esfuerzo y cambi
bruscamente de tono.

--He venido, seor, le dijo con semblante torvo,  deciros que mis
soldados han sido asesinados en la costa, y mi capitn Escalante herido
de muerte, y todo por la traicin de _Cuauhpopoca_, que es vuestro
sbdito, y as he resuelto que entretanto viene este traidor y se le
impone el castigo que merece, os llevar  mis cuarteles, donde
permanecereis bajo mi guarda.

Moctezuma se puso plido; pero  poco, acordndose que era Rey,
encendido de clera se levant y exclam con energa:

--Desde cundo se ha odo que un prncipe como yo, abandone su palacio
para rendirse prisionero en manos de extranjeros?

Corts se domin y trat con suavidad de persuadir al monarca de que no
iba en calidad de prisionero, y que sera tratado respetuosamente; pero
Velzquez de Len, impaciente de tanta tardanza, dijo:

Para qu perdemos tiempo en discusiones con este brbaro? Hemos
avanzado mucho para retroceder ya. Dejadnos prenderle, y si se resiste
le traspasaremos el pecho con nuestros aceros. Todos entonces pusieron
mano  la espada  al pomo del pual[6].

Corts los contuvo.

Moctezuma baj los ojos, y dos gruesas lgrimas rodaron por sus
mejillas.

Vamos, dijo  Marina que le haba explicado, aunque suavemente, las
amenazas de los espaoles.

Al da siguiente el monarca mexicano era prisionero de Corts.


VII

Un da con un sol resplandeciente y hermoso, en medio de las calles
llenas de trfico y de bullicio, apareci una inmensa comitiva. Era un
cacique ricamente vestido, que traan en unas andas unos esclavos.
Seguanle su hijo y quince nobles de la provincia. Este cacique era
_Cuauhpopoca_, el mismo que haba matado  los soldados espaoles y
derrotado  Juan de Escalante.

La comitiva se dirigi al palacio de Moctezuma, y  poco sali y entr
con la misma pompa al palacio de Axayacatl, donde Corts tena todava
sus cuarteles.

Corts y sus capitanes recibieron al cacique, que ya iba triste,
cabizbajo y vestido de una grosera tnica de henequn.

--Cacique, le dijo Corts con voz terrible, eres t sbdito de
Moctezuma?

--A qu otro seor poda servir?--contest el cacique.

--Basta con eso, contest secamente Corts; y dirigindose  los
soldados, les dijo: Atad  esos paganos y preparad las hogueras. Las
flechas, jabalinas y macanas depositadas en el templo mayor servirn de
lea.

Los soldados ejecutaron prontamente las rdenes, y  poco diez y siete
hogueras estaban preparadas en el patio del palacio. Sobre cada hoguera
haba uno de los nobles, amarrado de pies y manos. El cacique estaba
enfrente de su hijo.

Los indgenas, mudos de espanto, ni procuraron defenderse ni profirieron
una sola palabra. Con una resolucin estoica se dejaron colocar en el
horrendo suplicio.

Corts se dirigi entonces  la pieza donde estaba Moctezuma.

--Monarca, le dijo con acento feroz, mereces la muerte; pero quiero
castigar siempre tu crimen, pues eres el autor principal de la infamia
cometida con los espaoles.--Soldado, ejecuta la orden que te he dado.
Un soldado que haba seguido  Corts, se acerc  Moctezuma y le puso
bruscamente un par de grillos en los pies.

Ahogados sollozos se escaparon del pecho del monarca. Sus sirvientes
derramaban lgrimas. Corts volvi las espaldas al Rey y sali del
aposento.

Cuando lleg al patio, gruesas columnas de humo se levantaban de las
hogueras. Se oa el crugido de las carnes y de los huesos que se
tostaban. Algn lgubre quejido sala del pecho de aquellos infelices.

Los espaoles con la arma al brazo, y los artilleros con mecha en mano,
presenciaban el suplicio. Cuando el viento disip las negras y hediondas
columnas de humo, se pudieron ver diez y siete esqueletos retorcidos,
deformes, negros, calcinados.


VIII

A este fnebre acontecimiento siguieron otros; pero el ms grave de
todos fue la llegada de Pnfilo de Narvaez  Veracruz.

Corts, como en todas ocasiones, tom una resolucin extrema; dej la
guarda de Moctezuma y de la ciudad  Pedro de Alvarado, _Tonatiut_ (el
sol), como le llamaban los indios, y march violentamente al encuentro
de su rival.

En el mes de mayo los aztecas acostumbraban hacer una solemne fiesta,
que llamaban _Texcalt_, en memoria de la traslacin del dios de la
guerra al templo mayor. Se dirigieron  _Tonatiut_, quien les di
licencia, con la condicin de que no llevasen armas ni hiciesen
sacrificios humanos.

Cosa de 600 nobles concurrieron  la ceremonia, ataviados con sus ms
ricas vestiduras cubiertas de oro y esmeraldas. Bailaban sus danzas y
_areitos_, como les llamaban los espaoles, y se entregaban descuidados
 la alegra, cuando entr Alvarado al templo, seguido de cincuenta
soldados armados.

_Tonatiut_ cae sobre nosotros; _Tonatiut_ nos mata!! exclamaron varias
voces. Todos echaban  huir y queran salir; pero eran recibidos por las
picas de los soldados que guardaban las puertas. Alvarado y los suyos
mataban  diestra y siniestra, hasta que no qued ninguno. La sangre
corra, y bajaba como una cascada roja por las escaleras del templo. Los
espaoles arrancaban las joyas de los miembros destrozados y sangrientos
de la nobleza azteca. Alvarado se retir con trabajo  sus cuarteles.
Toda la poblacin se levant en masa, furiosa y desesperada, resuelta 
acabar con sus asesinos.


IX

Hernando Corts, despus de haber vencido  Narvaez, hcholo prisionero
 incorporado sus tropas, regres  Mxico y salv  Alvarado, que
estaba ya  punto de sucumbir.

Los combates siguieron sin interrupcin. Los espaoles hacian salidas,
barran con la artillera las masas compactas de indgenas, que volvan
 cerrarse y  cargar con hondas, maderos y piedras, cada vez con ms
furor. Los cadveres amontonados interrumpan el paso de las calles, los
heridos daban lastimosos gemidos, y las mismas mujeres corran
frenticas ayudando al ataque. Al cabo de algunos das los espaoles
volvieron  encontrarse en la ltima extremidad. No podan salir de la
ciudad, ni capitular, ni rendirse, porque hubieran sido sacrificados 
los dolos, y sus esfuerzos para pelear se agotaban. Todos comenzaban 
desconfiar,  murmurar contra su capitn.

Corts requiri  Moctezuma para que se interpusiera con sus sbditos y
cesara la guerra.

--Qu tengo que hacer ya con el Malinche?--respondi despechado,
dejndose caer sobre sus almohadones.

Marina, Pea y Orteguilla, que eran sus favoritos, el padre Olmedo y
Olid interpusieron su influjo y le persuadieron  que se mostrase y
hablase  su pueblo. Moctezuma accedi, revistise de su ms rico traje
real, y subi al baluarte  piso principal del palacio, y se dej ver en
la parte ms saliente. Apenas la multitud not la presencia de su
monarca, cuando ces el ruido y la gritera; los guerreros suspendieron
el ataque, y muchos se prosternaron y cayeron con el rostro en tierra.
Hubo un silencio profundo. Moctezuma habl, pero tuvo que disculparse,
que manifestarse el amigo de los espaoles, que interceder por ellos.
Esto cambi sbitamente al pueblo; su furor redobl, y le gritaron con
rabia:

Vil mujer, monarca indigno, azteca degradado, vergenza de tus
antepasados, no queremos ya que nos mandes, ni siquiera verte un solo
momento.

Un noble azteca, vestido fantsticamente como una ave de rapia, se
acerc al baluarte, blandi airadamente su arco, y dispar una flecha al
Rey. Esa fu la seal del nuevo combate. Un alarido aterrador sali como
por una sola boca de todo el pueblo; una nube de flechas, de piedras y
de dardos nublaron por un momento el aire, y Moctezuma, herido en la
nuca por una piedra, cay desmayado en la azotea.


X

Moctezuma fu recogido por dos soldados del terrado del cuartel y
conducido  su habitacin, donde permaneci sin conocimiento algunas
horas. Cuando volvi en s, su desesperacin y despecho no conocieron
lmites. Las afrentas que haba recibido de los espaoles eran poca cosa
cuando pensaba en la que le haba hecho su pueblo, desconocindole como
su Seor y volviendo contra l sus armas. Arrancse de la cabeza una
venda que le haban puesto, y busc una arma con que acabar con sus
das; pero los nobles que le acompaaban trataron de calmar los dolores
fsicos y morales que le atormentaban, y  poco cay en un abatimiento
sombro; sus ojos erraban sobre las paredes del aposento y sobre las
tristes fisonomas de los que le acompaaban; cerr despus sus labios,
que se habian abierto para pedir nicamente la muerte  los dioses, y no
volvi  proferir una palabra, rechazando resueltamente los alimentos
que le presentaban y las insinuaciones que le haca el padre Olmedo para
que recibiese el bautismo.

En cuanto pas el primer impulso del furor del pueblo azteca y vi
llevar en brazos, muerto al parecer, al Rey, su rabia cambi en pavor.
Los oficiales que habian tirado sobre l arrojaron las armas, otros se
prosternaron contra la tierra, y la multitud, silenciosa y sobrecogida,
se fu dispersando lentamente por las calles.

Corts se dirigi  Olid. La muerte de Moctezuma, le dijo, ha llenado
de miedo  estos brbaros. Es necesario aprovecharnos de los instantes y
salir de la ciudad. Reunid inmediatamente un consejo de guerra.

Olid convoc  todos los oficiales, y mientras quedaban unos  la guarda
de la fortaleza, otros entraron en el saln que habitaba Corts.

El consejo fu tumultuoso, como el que tiene una tripulacin en una nave
que va  naufragar. Se discuti con calor si la retirada sera de da 
de noche; todos voceaban y disputaban hasta el grado de poner la mano en
el puo de las espadas. Corts tuvo que imponer silencio y que dirigir
una mirada fiera  los ms insolentes oficiales.

En un momento de silencio el soldado Botello, llamado el _astrlogo_,
levant la voz:--Seor capitn, dijo, os anuncio que os vereis reducido
al ltimo extremo de miseria; pero despus tendreis grandes honores y
fortuna. En cuanto al ejrcito espaol, digo que es necesario que salga
cuanto antes de esta ciudad maldita, pero precisamente deber _ser de
noche_.

La disputa ces desde el momento que se oy la opinin del astrlogo, y
aquella gente fiera, pero supersticiosa, obedeci la voluntad del simple
soldado.

--Saldremos esta noche precisamente, dijo Corts. Haced, pues, vuestros
preparativos, y armaos de la resolucin que siempre habeis tenido para
acabar los ms apurados lances. Tomad todo el oro y joyas que querais;
pero cuidado, que podreis ser vctimas del mismo peso del oro que
cargueis.

Apenas los oficiales y soldados oyeron esta orden, cuando corrieron al
tesoro; y encontrando el oro amontonado en el suelo, comenzaron  llenar
sus alforjas y maletas con cuanto pudo caber en ellas.


XI

En la tarde, el horizonte se fu nublando gradualmente, y una masa de
nubes negras y amenazadoras vino al parecer expresamente de la cumbre de
los volcanes. El silencio profundo que reinaba en la ciudad aumentaba
ms el pavor, y todo anunciaba una tormenta en el cielo y una matanza en
la tierra. As lleg la noche imponente y sombra. Los pechos de los
espaoles, fuertes y templados como sus aceros, se estremecieron sin
embargo. Todos pensaron que quiz no veran el sol del nuevo da.

Moctezuma, mudo, silencioso, mora entre sus cojines, ms del despecho,
ms del dolor de haber visto el fin sangriento de su reinado, que de la
herida que tena en la cabeza. Los nobles que le acompaaban de pie  su
derredor, observaban los preparativos de los espaoles, y casi
adivinaban la suerte que les estaba reservada. Corts, que crea que
Moctezuma haba causado realmente la situacin tremenda en que se
hallaba, haba cambiado la afeccin que concibi al principio, en un
odio profundo.

La tempestad que se cerna haca ya algunas horas sobre la ciudad,
descarg por fin. Gruesas gotas de agua y granizos comenzaron  caer en
los terrados. Los relmpagos con su azufrosa y blanca luz, heran las
armaduras de los caballeros, iluminaban sus fisonomas terribles, y
entraban instantneamente por una ventana estrecha  dar un lvido color
al triste cuadro que presentaban el Emperador y sus caciques, esperando
silenciosos que se cumpliese su inexorable destino.

El padre Olmedo dijo una misa,  la que asistieron todos los capitanes y
soldados; acabada, Corts organiz la marcha, y  las doce de la noche
del 1. de julio de 1520, en medio de una horrible tempestad, se
abrieron las puertas de la fortaleza y abandonaron los espaoles
aquellas murallas, testigos de sus horribles padecimientos y de su
indmito valor[7].


XII

--Qu haremos con los prisioneros?--pregunt uno de los oficiales 
Corts.

--Nunca ser bien, si aun Dios nos tiene reservado el acabar esta
empresa, que quede con vida el que ha sido el Rey de estos idlatras, ni
ninguno de los que se llaman nobles  caciques[8].

_Tonatiut_ con un semblante torvo se present en el saln donde estaba
Moctezuma y sus nobles, alumbrado escasamente y  intervalos por una
hoguera de ocote media apagada.

--Acabad con estos brbaros que tratan todava de sacrificarnos, y
echadlos por la azotea  la calle, sobre la Tortuga de piedra, para que
toda la ciudad se entretenga, y cerciorados los indios de que estn
muertos, no nos estorben el paso.

Los indios se estremecieron y quisieron huir, adnde? Se pusieron en
pie y esperaron la muerte resueltamente. El Emperador apenas levant la
cabeza.

Los soldados sacaron los estoques y comenzaron  herir  todos los que
all estaban. A Moctezuma le dieron cinco pualadas[9]. Concluida la
matanza sacaron los cadveres y los arrojaron por la azotea sobre la
gran Tortuga, que estaba en la esquina de la fortaleza, y se
incorporaron al resto de la tropa que avanzaba lentamente entre la
lluvia y las tinieblas, resbalando en el lodo y en la sangre de las
calles.

_Manuel Payno_




XICOTENCATL[10]


Atravesaba el pequeo ejrcito de Hernn Corts la soberbia muralla de
Tlaxcala que defenda la frontera oriental de aquella indmita
Repblica.

Los soldados se detenan mirando con asombro aquel monumento gigantesco,
que segn la expresin de Prescott tan alta idea sugera del poder y
fuerza del pueblo que le haba levantado.

Pero aquel paso, aquella fortaleza, cuya custodia tenan encargada los
othoms, estaba entonces desguarnecida. El general espaol se puso  la
cabeza de su caballera,  hizo atravesar por all  sus soldados,
exclamando lleno de fe y entusiasmo: Soldados, adelante, la Cruz es
nuestra bandera, y bajo esta seal venceremos: y los guerreros
espaoles hollaron el suelo de la libre Repblica de Tlaxcalan.

       *       *       *       *       *

El ejrcito espaol y sus aliados los Zempoaltecas caminaban
ordenadamente; Corts con sus jinetes llevaba la vanguardia; los
Zempoaltecas la retaguardia. Aquella columna atravesando la desierta
llanura, pareca una serpiente monstruosa con la cabeza guarnecida de
brillantes escamas de acero, y el cuerpo cubierto de pintadas y vistosas
plumas.

Corts caminaba pensativo: el tenaz fruncimiento de su entrecejo,
indicaba su profunda meditacin: mil encontradas ideas y mil desacordes
pensamientos deban luchar en el alma de aquel osado capitn, que con un
puado de hombres se lanzaba  acometer la empresa ms grande que
registra la historia en sus anales.

Reinaba el silencio ms profundo en la columna, y slo se escuchaba el
ruido sordo y confuso de las pisadas de los caballos.

De cuando en cuando, Corts se levantaba sobre los estribos y diriga
ardientes miradas, como intentando descubrir algo  lo lejos: as
permaneca algunos momentos, nada alcanzaba  ver, y volva
silenciosamente  caer en su meditacin.

Qu esperaba, qu tema aquel hombre que procuraba as sondear los
dilatados horizontes?--Esperaba la vuelta de sus embajadores: tema la
resolucin del gobierno de la Repblica de Tlaxcala.

       *       *       *       *       *

Cuando Corts determin pasar con su ejrcito  la capital del imperio
de Moteuczoma, vacil sobre el camino que deba llevar; era su intencin
dejar  un lado la Repblica de Tlaxcala y tomar el camino de Cholula,
pas sometido al imperio de Mxico y en donde esperaba encontrar
favorable acogida, por las relaciones de amistad que le unan y con el
emperador Moteuczoma.

Pero sus aliados los Zempoaltecas le aconsejaron otra cosa. Tlaxcala era
una Repblica independiente y libre; sus hijos, belicosos  indomables,
no haban consentido nunca el yugo del imperio Azteca, vencedores en las
llanuras de Poyauhtlan: vencedores de Axayacatl, y vencedores despus de
Moteuczoma, el amor  su patria les haba hecho invencibles y les
constitua irreconciliables enemigos de los mexicanos: los Zempoaltecas
aconsejaron  Corts que procurase hacer alianza con los de Tlaxcala,
abonando encarecidamente el valor y la lealtad de aquellos hombres.

Comprendi Corts que sus aliados tenan razn, y tom decididamente el
camino de Tlaxcala, enviando delante de s como embajadores  cuatro
Zempoaltecas para hablar al senado de Tlaxcala, con un presente marcial
que consista en un casco de gnero carmes, una espada y una ballesta,
y portadores de una carta en la que encomiaba el valor de los
Tlaxcaltecas, su constancia y su amor  la patria, y conclua
proponindoles una alianza con objeto de humillar y castigar al soberbio
emperador de Mxico.

Los embajadores partieron; Corts continu su camino, atraves la gran
muralla tlaxcalteca y penetr en el terreno de la Repblica, sin que
aqullos hubieran vuelto  dar noticia de su embajada.

       *       *       *       *       *

El ejrcito espaol avanzaba con rapidez; el general segua cada momento
ms inquieto: por fin no pudo contenerse, puso al galope su caballo, y
una partida de jinetes le imit, y algunos peones aceleraron el paso
para acompaarle; as caminaron algn tiempo explorando el terreno: de
repente alcanzaron  ver una pequea partida de indios armados que
echaban  huir cuando vieron acercarse  los espaoles: los jinetes se
lanzaron en su persecucin, y muy pronto alcanzaron  los fugitivos;
pero stos, en vez de aterrorizarse por el extrao aspecto de los
caballos, hicieron frente  los espaoles y se prepararon  combatir.

Aquel puado de valientes hubiera sido arrollado por la caballera, si
en el mismo momento un poderoso refuerzo no hubiera aparecido en su
auxilio.

Los espaoles se detuvieron, y Corts envi uno de su comitiva para
avisar  su ejrcito que apresurase la marcha. Entretanto los indios
disparando sus flechas se arrojaron sobre los espaoles, procurando
romper sus lanzas y arrancar  los jinetes de los caballos; dos de stos
fueron muertos en aquella refriega, y degollados para llevarse las
cabezas como trofeos de guerra.

Rudo y desigual era el combate, y mal lo hubieran pasado los espaoles
que all acompaaban  Corts,  no haber llegado en su socorro el resto
del ejrcito: desplegse la infantera en batalla, y las descargas de
los mosquetes y el terrible estruendo de las armas de fuego que por
primera vez se escuchaba en aquellas regiones, contuvieron  los
enemigos que retirndose en buen orden y sin dar muestra ninguna de
pavor, dejaron  los cristianos dueos del lugar del combate.

Sobre aquel terreno se detuvieron los espaoles, acampando, como seal
del triunfo, sobre el mismo campo de batalla.

       *       *       *       *       *

Dos enviados Tlaxcaltecas y dos de los embajadores de Corts se
presentaron entonces para manifestar, en nombre de la Repblica, la
desaprobacin del ataque que haban recibido los espaoles, y ofreciendo
 stos que seran bien recibidos en la ciudad.

Corts crey  fingi creer en la buena fe de aquellas palabras: cerr
la noche y el ejrcito se recogi, sin perderse un momento la
vigilancia.

Amaneci el siguiente da, que era el 2 de septiembre de 1519, y el
ejrcito de los cristianos, acompaado de tres mil aliados, se puso en
marcha, despus de haber asistido devotamente  la misa que celebr uno
de los capellanes.

Rompan la marcha los jinetes, de tres en fondo,  la cabeza de los
cuales iba como siempre el denodado Corts.

No haban avanzado an mucho terreno, cuando salieron  su encuentro los
otros dos Zempoaltecas, embajadores de Corts, anuncindole que el
general Xicotncatl les esperaba con un poderoso ejrcito y decidido 
estorbarles el paso  todo trance.

En efecto,  pocos momentos una gran masa de Tlaxcaltecas se present
blandiendo sus armas y lanzando alaridos guerreros.

Corts quiso parlamentar, pero aquellos hombres nada escucharon, y una
lluvia de dardos, de piedras y de flechas vino  rebotar, como nica
contestacin, sobre los frreos arneses de los espaoles.

Santiago y  ellos, grit Corts con ronca voz, y los jinetes bajando
las lanzas arremetieron  aquella cerrada multitud.

Los Tlaxcaltecas comenzaron  retirarse: los espaoles, ciegos por el
ardor del combate, comenzaron  perseguirlos, y as llegaron hasta un
desfiladero cortado por un arroyo, en donde era imposible que
maniobrasen la artillera ni los jinetes.

Corts comprendi lo difcil de su situacin, y con un esfuerzo
desesperado logr salir de aquella garganta y descender  la llanura.

Pero entonces sus asombrados ojos contemplaron all un ejrcito de
Tlaxcaltecas, que su imaginacin multiplicaba: era el ejrcito de
Xicotncatl que esperaba con ansia el momento del combate.

Sobre aquella multitud confusa se levantaba la bandera del joven
general; era la ensea de la casa de Tittcala, una garza sobre una roca,
y las plumas y las mallas de los combatientes, amarillas y rojas,
indicaban tambin que eran los guerreros de Xicotncatl.

Sonaron los teponaxtles, se escuch el alarido de guerra y comenz un
terrible combate.

       *       *       *       *       *

Era Xicotncatl, el jefe de aquel ejrcito, un joven hijo de uno de los
ancianos ms respetables entre los que componan el senado de Tlaxcala.

De formas hercleas, de andar majestuoso, de semblante agradable, sus
ojos negros y brillantes parecan penetrar, en los momentos de
meditacin del caudillo, los oscuros misterios del porvenir, y sobre su
frente ancha y despejada no se hubiera atrevido  cruzar nunca un
pensamiento de traicin, como un pjaro nocturno no se atreve nunca 
cruzar por un cielo sereno y alumbrado por la luz del da.

Xicotncatl era un hermoso tipo, su elevado pecho estaba cubierto por
una ajustada y gruesa cota de algodn sobre la que brillaba una rica
coraza de escamas de oro y plata; defenda su cabeza un casco que
remedaba la cabeza de un guila cubierta de oro y salpicada de piedras
preciosas, y sobre el cual ondeaba un soberbio penacho de plumas rojas y
amarillas: una especie de tunicela de algodn bordada de leves plumas,
tambin rojas y amarillas, descenda hasta cerca de la rodilla; sus
nervudos brazos mostraban ricos brazaletes, y sobre sus robustas
espaldas descansaba un pequeo manto, formado tambin de un tejido de
exquisitas plumas.

Llevaba en la mano derecha una pesada maza de madera erizada de puntas
de _itztli_, y en el brazo izquierdo un escudo, en el que estaban
pintadas como divisa las armas de la casa de Tittcala, y del cual penda
un rico penacho de plumas. Xicotncatl, con ese fantstico y hermoso
traje, hubiera podido tomarse por uno de esos semidioses de la Mitologa
griega: todo el ejrcito Tlaxcalteca le obedeca, y era l, el alma
guerrera de aquella Repblica, la encarnacin del patriotismo y del
valor; y era l, el que despreciando las fabulosas consejas que hacan
de los espaoles divinidades invencibles  hijos del sol, conduca las
huestes de la Repblica al encuentro de aquellos extranjeros,
despreciando los cobardes consejos del viejo Maxixcatzin que quera la
paz con los cristianos, y sin intimidarse de que stos manejaban el rayo
y caminaban sobre monstruos feroces y desconocidos.

       *       *       *       *       *

El choque fu terrible: un da entero dur aquel combate, y Xicotncatl,
que haba perdido en l ocho de sus ms valientes capitanes, tuvo que
retirarse, pero sin creer por esto que haba sido vencido, y esperando
el nuevo da para dar una nueva batalla.

Corts recogi sus heridos, y sin prdida de tiempo continu su marcha
hasta llegar al cerro de Tzompatchtepetl, en cuya cima un templo le
prest asilo para el descanso de aquella noche.

Los soldados cristianos y sus aliados celebraban la victoria. Corts
comprendi lo efmero del triunfo. La inquietud devoraba su pecho.

Se di un da de descanso  las tropas.

Xicotncatl acamp tambin muy cerca de Corts, y se preparaba, lo mismo
que los espaoles,  combatir de nuevo.

Sin embargo, el general espaol quiso probar an la benignidad y los
medios de conciliacin, enviando nuevos embajadores  proponer 
Xicotncatl un armisticio.

Los embajadores volvieron con la respuesta del joven caudillo: era un
reto  muerte y una amenaza de atacar al siguiente da los cuarteles.

Corts reflexion que su situacin era comprometida, y decidi salir 
buscar en la maana siguiente  los Tlaxcaltecas.

       *       *       *       *       *

Brill la aurora del 5 de septiembre de 1519. El sol apareci despues
puro y sereno, y  su luz comenzaron  desfilar peones y jinetes.

Su marcha era ordenada y silenciosa como de costumbre: cada uno de los
soldados esperaba el combate de un momento  otro, y todos saban ya
que su valeroso general los llevaba  atacar resueltamente el campamento
del ejrcito de Xicotncatl.

Apenas habran caminado un cuarto de legua, cuando aquel ejrcito
apareci  su vista en una extendida pradera.

El espectculo era sorprendente.

Un ocano de plumas de mil colores que ondulaban  merced del fresco
viento de la maana, y entre el que brillaban como las fosforescencias
del mar en una noche tempestuosa, los arneses de oro y plata y las joyas
preciosas de los cascos de los guerreros Tlaxcaltecas, heridos por la
luz del nuevo da.

En el horizonte, perdindose entre la bruma las banderas y pendones de
los distintos caciques Othoms y Tlaxcaltecas, y dominndolo todo,
orgullosa, el guila de oro con las alas abiertas, emblema de la
indmita Repblica.

Al presentarse el ejrcito de Corts, aquella multitud se estremeci, y
un espantoso alarido atron los vientos, y los ecos de las montaas lo
repitieron confusamente.

El montono sonido de los teponaxtles contest aquel alarido de guerra:
los guerreros indios se agitaron un momento, y despus, como un torrente
que se desborda, aquella muchedumbre se lanz sobre los espaoles.

No hubo uno solo de aquellos valientes pechos castellanos, que no
sintiera un estremecimiento de pavor.

El ejrcito de Xicotncatl avanzaba rpidamente levantando un inmenso
torbellino de polvo, que flotaba despus sobre ambos ejrcitos, como un
dosel, al travs del cual cruzaban tristes y amarillentos los rayos del
sol.

Aquella era una hirviente catarata de hombres, de armas, de plumas, de
joyas y de estandartes.

Levantse un rugido como el de una tempestad: los gritos de los
combatientes que se miraban  cada momento ms cerca, se mezclaban con
el estrpito de las armas de fuego, el silbido de las flechas, los
sonidos de los teponaxtles, y de los pfanos y de los atabales.

Los dos ejrcitos se encontraron, y se estrecharon y se enlazaron, como
dos luchadores.

Pas entonces una escena espantosa, indescriptible.

Ni los caballeros ni los infantes podan maniobrar.

Se escuchaban los golpes sordos de los aceros de los espaoles sobre el
desnudo pecho de los indios, y como el ruido del granizo que azota una
roca, el golpe de las flechas sobre las armaduras de hierro de los
soldados de Corts.

Aquella carnicera no puede ni explicarse ni comprenderse.

Las balas de los caones y de los arcabuces se incrustaban en una
espesa muralla de carne humana, y la sangre corra como el agua de los
arroyos.

Era una especie de hervor siniestro de combatientes que se alzaban, y
desaparecan unos bajo los pies de los otros, para convertirse en fango
sangriento.

La traicin vino en ayuda de los espaoles, y un cacique de los que
militaban  las rdenes de Xicotncatl huy llevndose diez mil
combatientes, y la victoria se decidi por los cristianos.

       *       *       *       *       *

El pueblo y el senado de Tlaxcalan se desalentaron con la derrota.
Xicotncatl sinti en su corazn avivarse el entusiasmo y el amor  la
patria.

Las almas grandes son como el acero: se templan en el fuego.

Xicotncatl contaba con el sacerdocio, y los sacerdotes dijeron al
pueblo y al senado que los cristianos, protegidos por el sol, deban ser
atacados durante la noche.

Y el pueblo y el senado creyeron.

Lleg la noche y Xicotncatl condujo sus huestes al ataque de los
cuarteles de los espaoles.

Corts velaba, y entre las sombras mir las negras masas del ejrcito
Tlaxcalteca que se acercaban, y puso en pie  sus soldados.

Xicotncatl lleg hasta el campo atrincherado de los espaoles: un paso
los separaba ya, cuando repentinamente una faja de luz roja ci el
campamento, y el estampido de las armas de fuego despert el eco de los
montes.

Los Tlaxcaltecas atacaban con furor; pero en esta vez como en otras, los
caones y los arcabuces dieron la victoria  Corts.

El senado de Tlaxcalan culp la indomable constancia del joven caudillo,
y le oblig  deponer las armas.

Los espaoles entraron triunfantes  Tlaxcalan.

El guila de aquella Repblica lanz un grito de duelo y huy  las
montaas.

El senado de la Repblica, que nada haba hecho en favor de la
independencia de la patria, temeroso del enojo de los conquistadores,
destituy al joven caudillo; pero el espritu grande de Hernn Corts
sinti lo profundamente ingrato de la conducta del senado,  interpuso
su valimiento para que Xicotncatl fuese restitudo en sus honores.

       *       *       *       *       *

Eran los primeros dias de marzo de 1521. Corts volva sobre la capital
del imperio Azteca, de donde haba salido fugitivo y casi derrotado en
la clebre _noche triste_, con un ejrcito poderoso compuesto de
espaoles y aliados, como se llamaban  los naturales del pas.

En las filas de los Tlaxcaltecas circulaban noticias alarmantes.
Xicotncatl haba desaparecido del campo, y segn la opinin general,
aquella separacin era provenida del mal trato que los espaoles daban 
sus aliados, y sobre todo del odio que Xicotncatl profesaba  esta
alianza.

Dise la orden para que los Tlaxcaltecas se dirigieran para Tlacopan con
objeto de comenzar las operaciones del sitio, y los Tlaxcaltecas
emprendieron el camino, dejando  la ciudad de Texcoco, en donde sin
saber para quin, pero con gran terror, haban visto preparar una grande
horca.

       *       *       *       *       *

Estamos en Texcoco.

El sol se pona detrs de los montes que forman como un engaste  las
cristalinas aguas del lago: la tarde estaba serena y apacible.

Por el camino de Tlaxcalan llegaba un grupo de peones y jinetes
conduciendo en medio de sus filas  un prisionero, que caminaba tan
orgullosamente como si l viniera mandando aquella tropa.

Atravesaron sin detenerse algunas de las calles de la ciudad, y se
dirigieron sin vacilar  la grande horca colocada cerca de la orilla del
lago.

El prisionero mir la horca; comprendi la suerte que le esperaba, pero
no se estremeci siquiera.

Porque aquel hombre era Xicotncatl, y Xicotncatl no saba temblar ante
la muerte.

Los espaoles le notificaron su sentencia: deba morir por haber
abandonado sus banderas, por haber dado este mal ejemplo  los fieles
Tlaxcaltecas.

Xicotncatl, que comenzaba ya  comprender el espaol, contest la
sentencia con una sonrisa de desprecio.

Entonces se arrojaron sobre l y le ataron.

       *       *       *       *       *

La plida y melanclica luz de la luna que se ocultaba en el horizonte,
rielando sobre la superficie tranquila de la laguna, alumbr un cuadro
de muerte.

El caudillo de Tlaxcala, el hroe de la independencia de aquella
Repblica, espiraba suspendido de una horca, al pie de la cual los
soldados de Corts le contemplaban con admiracin.

A lo lejos, algunos Tlaxcaltecas huan espantados, porque aquel era el
patbulo de la libertad de una nacin.

_Vicente Riva Palacio._




CUAUHTIMOC


I

LOS TRES REYES

Poco tiempo despus de la salida de los espaoles en la memorable _Noche
Triste_, se comenz  notar en los barrios de la ciudad una horrorosa
enfermedad, antes desconocida entre los aztecas. Los mdicos hacan uso
de cuantas plantas benficas conocan y de cuantos sortilegios les
sugera la supersticin, y todo era ineficaz. Los jvenes y los nios
eran atacados repentinamente de unas pstulas rojas que se sobreponan
en el cuerpo las unas  las otras como los botones de una pia, y en
breve tiempo los ojos, las narices, la boca, los carrillos no formaban
sino un conjunto deforme, rojo y candente, como si con un fierro
ardiendo hubiesen los verdugos marcado  la vctima. La mayor parte
moran  los cuatro  cinco das devorados por una fiebre ardiente, y
dejando en el lecho los pedazos de sus carnes. Eran las viruelas, que
como el primero y ms funesto presente de la Europa, regalaba  la raza
indgena un negro que vino entre las gentes de Pnfilo de Narvaez.

Despus de la catstrofe de Moctezuma, los mexicanos se apresuraron 
elegir Emperador, y recay el mando en su hermano _Cuitlahuatzin_, bravo
joven que haba reasumido el mando de las fuerzas aztecas desde la
matanza que hizo Alvarado en el templo mayor y vencido  Hernn Corts,
arrojando  los enemigos de la ciudad. Cuando se propona levantar un
grande ejrcito y marchar tal vez al encuentro de los espaoles, que
desalentados y casi perdidos se haban refugiado en la repblica de
Tlaxcala, fu atacado de las viruelas y muri despus de un corto
reinado. Igual suerte toc al Rey de Tlacopan. Los aztecas lloraron
sobre los cadveres de sus soberanos y les tributaron los honores
fnebres que eran de costumbre. La poblacin estaba verdaderamente
consternada.

A estas circunstancias y al indomable valor que haba mostrado en los
ltimos combates, debi Cuauhtimoc su elevacin, y fu elegido
Emperador. Era hijo del Rey _Ahuizotl_ y de una princesa heredera del
seoro de _Tlaltelulco_. Tena de 20  23 aos; era gallardo y bien
proporcionado; sus ojos negros y rasgados denotaban  la vez que una
dulce melancola, una fuerza y una energa indomables. Tenan algo de la
belleza del ojo del ciervo y del orgullo y resolucin de la mirada del
guila. Su tez era aterciopelada y ms blanca que morena; su cabellera,
negra como el bano, que le caa hasta los hombros, engastaba aquella
fisonoma juvenil y guerrera, que era el tipo perfecto y acabado de la
raza noble del nuevo mundo. A las funciones de general del ejrcito,
reuna Cuauhtimoc las de sumo sacerdote, y esto haca que los aztecas le
mirasen como una divinidad.

La noticia de su eleccin vol de boca en boca por toda la tierra
mexicana, y olvidando por un momento la peste y las pasadas calamidades,
la ciudad se cubri de gente, todas las casas fueron adornadas con arcos
de flores, y nadie pens sino en la ceremonia de la coronacin, creyendo
tambin que los dioses haban ya mitigado su enojo y que la abundancia y
la victoria haban de borrar en lo futuro las plagas que haban cado
sobre la reina del Anhuac con la venida de los terribles hijos del sol.

Una maana, bajo un cielo azul y difano que dejaba ver los pueblos
lejanos que se reflejaban en las aguas del lago, las altas montaas y
los frondosos y alegres bosques de cedros de que estaba entonces
circundada la capital, una numerosa procesin atravesaba la ancha calle
principal y se diriga al templo mayor. Era este templo un conjunto de
edificios, de torres y de capillas, cercado por una barda de piedra
donde estaban enroscadas, formando una cornisa, horribles serpientes de
granito, y las almenas coronadas con crneos humanos, formando con los
huecos oscuros de sus ojos y de sus narices, hileras fantsticas que
parecan repentinamente animarse y devorar  los que pretendan poner el
pie en el santuario de la sanguinaria deidad. En el centro se elevaba
una gran pirmide orientada  los cuatro puntos cardinales, y una
escalera casi vertical de cien escalones conduca  la plataforma. Cerca
estaban unas grandes piedras convexas llenas de figuras deformes, y en
una torre principal de madera, encerrada la imagen horrenda del dios de
la guerra.

Los sacerdotes, vestidos con sus luengas capas de color sombro,
manchadas de sangre, y sus largos cabellos en desorden, iban delante.
Seguan diez doncellas nobles con ramos de juncos rojos en las manos.
Luego diez mancebos con incensarios, de donde se elevaban blancas
columnas de humo oloroso. Despus la nobleza, y al ltimo sobresala,
como la alta montaa entre las pequeas colinas, el gallardo Emperador
de los aztecas con la rica vestidura real, recamada de figuras de oro y
de verdes y vistosos chalchihuites. En la cabeza llevaba la mitra 
diadema real de los Emperadores aztecas. A su derecha iba
Cohuanacoxtzin, Rey de Texcoco, y  su izquierda Tetlepan-Quetzal, Rey
de Tlacopan.

A los tres Reyes seguan los prisioneros de guerra, espaoles,
tlaxcaltecas, cholultecas y huexotzingas, que haban sido cogidos en la
Noche Triste y que estaban reservados para el sacrificio. Los espaoles
caminaban desnudos, con una corona de vistosas plumas en la cabeza y
unos abanicos en la mano. Se distinguan por la blancura de su piel y
por las barbas largas y espesas, que daban  su fisonoma un aire
imponente. De tiempo en tiempo esta procesin se detena, y se haca
danzar  los prisioneros. Cuando los espaoles se resistan, se les
obligaba hincando en sus carnes algunas espinas de maguey  puntas de
pedernal. As fu subiendo las difciles gradas del templo toda la
numerosa concurrencia, hasta que lleg  la plataforma. Los prisioneros
se colocaron en dos hileras  los lados de la piedra de sacrificios. Los
tres Reyes entraron al templo de _Huitzilopoztli_, cuya fisonoma
deforme estaba cubierta con una mscara de oro macizo.

Los sacerdotes desnudaron  los Reyes, los vistieron con una especie de
tnica (_xicolli_) que tena figurados con pintura calaveras y huesos de
muerto, les pusieron una calabaza llena de tabaco en las espaldas, con
tres borlas verdes, en la mano izquierda un saco con incienso blanco y
en la derecha un incensario. La cara y la cabeza se las cubrieron con
un velo verde. As se acercaron al dios, y los Reyes comenzaron 
incensarlo, mientras el numeroso pueblo reunido en la plataforma y en
los patios, haca un ruido disonante y confuso con cornetas, tambores y
otros instrumentos. Acabada la ceremonia, los Reyes vistieron de nuevo
sus mantos reales, y acompaados de cuatro senadores y de los
sacerdotes, descendieron las gradas y entraron en la casa que llamaban
_Tlacochalco_, donde durante cuatro das deberan ayunar y hacer
penitencia.

El sacrificio comenz en seguida, pues era la costumbre en la coronacin
de un nuevo Rey, ofrecer al dios de la guerra todos los prisioneros. Los
espaoles, cuando vieron aproximarse  los terribles sacerdotes, se
estremecieron, se miraron significndose una despedida eterna, y algunas
gotas de un sudor fro cayeron por sus mejillas moradas y huecas, como
si la muerte hubiera ya arrojado su helado soplo en sus semblantes.
Cuatro sacerdotes se apoderaron de un prisionero y le condujeron  la
piedra convexa, acostndole en ella y sujetndole fuertemente los pies y
las manos. El sacrificador, con una navaja de _obsidiana_ le hizo una
profunda herida en el costado izquierdo, meti por ella la mano y sac
entre borbotones de sangre el corazn caliente y humeante de la
vctima, y entr  ofrecerle al dios de la guerra, mientras los otros
desbarrancaban al cadver, que hecho pedazos era recibido en el patio
por otros sacerdotes. Lo mismo que se hizo con un prisionero, se hizo
con todos los dems, y ya muy entrada la noche todava le ofrecan
corazones al incansable bebedor de sangre humana, que inmvil, con su
gran boca sombra, pareca entre la oscuridad alentar desde su fro
altar de piedra el incansable furor de los strapas. A los espaoles se
les cort en pedazos: las piernas y los brazos fueron enviados  las
provincias, con estas palabras, que pronunciaban como una amenaza los
oficiales aztecas: _Estos son los hijos del sol._ Sus cabezas fueron
clavadas en las almenas de las torres, y aquellos ojos abiertos y
contrados al tiempo de morir por el dolor, parecan volverse 
Tlaxcala, reclamando el amparo del conquistador. Luego que el joven
Emperador sali de la casa de retiro y cumpli con todas las ceremonias
religiosas, se dirigi  su palacio, y all con los Reyes, los senadores
y los ancianos caciques tuvo un solemne consejo.

--El Malinche y nuestros eternos enemigos de Tlaxcala se preparan 
hacernos de nuevo la guerra, les dijo, y yo, el da que he recibido la
corona del imperio, he prometido en mi corazn defender la tierra de
mis padres y de mis dioses, y morir antes que sufrir el yugo de los
extranjeros.

Los reyes y los nobles prorrumpieron en un grito de entusiasmo, y
juraron tambin ayudar al monarca y perecer en la guerra.

A los ocho das la peste haba disminuido sus estragos; la tristeza y la
zozobra haban desaparecido; algunas palomas blancas que haban
atravesado por los terrados del palacio, haban infundido el nimo y la
alegra en la ciudad. Ms de cincuenta mil hombres trabajaban de da y
de noche, los unos construyendo flechas, macanas y escudos, los otros
profundizando los canales, los dems estableciendo fortificaciones en la
ciudad. El Emperador personalmente recorra las maestranzas, mandaba
reparar los daos hechos en la anterior campaa por los espaoles,
ordenaba que se limpiasen los canales y se quemasen los muertos y que se
hiciese un grande acopio de maz en los almacenes reales. Mand
embajadores y oficiales  todas las Provincias con proposiciones de paz
y promesas lisonjeras, manifestando que si la raza azteca no se una
para arrojar  los enemigos extranjeros, todos seran vctimas y
esclavos. En poco tiempo el reino abatido y casi al perecer, volvi 
cobrar nimo y se dispuso  recibir resuelta y valientemente  los
enemigos.


II

EL SITIO Y EL ASALTO

Dos fuerzas, dos voluntades, dos derechos, dos razas iban prximamente 
chocarse, y de este choque debera resultar un ro de sangre humana
donde hubiera podido navegar un bergantn. La fuerza de Europa auxiliada
por los descubrimientos del genio, contra la fuerza indgena sostenida
por el indomable carcter del monarca; el derecho brbaro de conquista
contra el derecho eterno de la independencia; la raza caucsica contra
la raza india, nueva hasta ese momento en la historia humana. El
carcter de acero de Cuauhtimoc, contra el carcter de fierro del
capitn ms valiente del siglo. Tales eran los elementos que iban 
entrar en accin y en un combate  muerte.

Ni la sangre ya vertida, ni la fuerza de los caballos, ni el estampido
de la artillera, ni los presagios intimidaron el nimo fuerte de
Cuauhtimoc, como tampoco hicieron ni la ms leve mella en el corazn
valiente del conquistador espaol, ni los desastres de la Noche Triste,
ni los riesgos y aventuras de la empresa...... Era la lucha nunca vista
en la historia de dos hombres de tal tamao, que pareca que su sombra
imponente era ms alta y de mayor volumen que los gigantes inmviles de
la cordillera del Anhuac.

El da alegre y sagrado para todo el orbe cristiano, del Nacimiento del
Salvador del mundo, del ao de 1520, Corts sali de nuevo con sus
fuerzas de la Repblica de Tlaxcala y se dirigi rumbo  Mxico. El da
ltimo del ao, al caer la tarde, las tropas invasoras entraban por las
calles solas y tristes de Texcoco. Sus fuerzas se componan entonces de
86 caballos, 118 arcabuceros, 700 infantes, 3 caones gruesos de fierro,
15 ms pequeos y 18 quintales de plvora, cosa de 25 mil hombres que la
Repblica de Tlaxcala haba puesto  sus rdenes y 20  25 mil
Cholultecas y Huejotzingas. Estas fuerzas, en el curso del tiempo se
aumentaron  200 mil hombres, y con esta tropa emprendi el sitio
formal, y finalmente el asalto de la ciudad.

Cuauhtimoc por su parte tena cosa de 200 mil hombres de guerra dentro
de la ciudad, y 150 mil en diversos pueblos que fueron  vencidos antes
por los espaoles  defeccionaron por el influjo de Ixtlilxochitl, bravo
y terrible auxiliar, que fu, como se dice, el brazo derecho de Corts
en esta guerra.

Luego que el capitn espaol tuvo listos sus bergantines y reconoci que
podan obrar bien en el lago, comenz formalmente el sitio cortando la
agua de Chapultepec, impidiendo la entrada de vveres y atacando las
calzadas para penetrar en la ciudad. Fu  los cinco meses de su
llegada  Texcoco cuando ya decididamente organiz sus columnas. La
primera divisin que deba ocupar Tlacopan, la confi al terrible Pedro
de Alvarado. La segunda, que deba operar desde Cuyoacn al centro, la
mandaba Cristbal de Olid, y la tercera, que deba situarse en
Ixtapalapa, la confi  Gonzalo de Sandoval. l se reserv el mando de
la marina, pero despus lo confiri  Rodrguez Villafuerte. La fuerza
naval al servicio del conquistador se compona de 13 bergantines y cosa
de 16,000 canoas[11].

El primer combate de importancia fu en las aguas. Corts pas en un
bergantn cerca de un gran pen de piedra color de sangre que se
levantaba solitario  imponente en medio del lago (el Pen Viejo). Un
alarido terrible se escuch repentinamente, y una nube de dardos y de
piedras cayeron en la embarcacin. Corts hizo anclar el bergantn,
desembarc con la tripulacin y comenz  subir por el escarpado cerro.
Gruesas piedras rodaban arrastrando  los asaltantes, y las flechas y
otras armas arrojadizas no los dejaban avanzar. Despus de una cruda
fatiga y de perder mucha gente, los espaoles subieron hasta la cumbre y
mataron  todos los soldados, perdonando  las mujeres y  los nios
que se haban refugiado all creyendo que ese punto era inexpugnable.
Cuando Corts volvi  bordo, el lago estaba cubierto de canoas
tripuladas por los mejores guerreros aztecas que se avanzaban remando
resueltamente. Un viento fresco hinch las velas de la escuadra
espaola, y los pesados barcos, surcando rpidos las aguas, echaron 
pique las canoas. La artillera y la fusilera completaron la obra de
destruccin, y pocos momentos despus flotaban en las ondas los
cadveres y los restos y destrozos de las piraguas. Los indios que se
cogieron prisioneros fueron ahorcados en los palos y en la jarcia de los
bergantines que se retiraron  su fondeadero, balancendose entre las
brumas del crepsculo los cadveres de los guerreros aztecas, todava
adornados con sus vistosos penachos de plumas y sus vestiduras bordadas
de vivos colores. Alvarado y Olid por su parte penetraron por las
calzadas, tomaron varias albarradas y destruyeron algunas casas.

Cuauhtimoc era incansable, no dorma de noche, y en medio del silencio
reparaba todos los daos que en el da haban hecho los enemigos, y
procuraba sorprenderlos en las horas de silencio y de reposo. Corts,
que tena acampadas sus tropas  la intemperie, resolvi dar un asalto,
y en esta ocasin tuvo la condescendencia de dejarse guiar por un plan
que le propuso el tesorero Julin de Alderete. Las columnas se
organizaron, y Corts, pie  tierra, se puso  la cabeza de la
infantera. Atacadas sucesivamente por los espaoles las fortificaciones
aztecas, cedan despus de una corta resistencia. As fueron penetrando
hasta el interior, y Alderete el primero estaba cerca del gran mercado
de Tlaltelolco. Corts reflexion y se alarm: era una celada en que
haban cado sus tropas, y no haba ya remedio. En efecto,
repentinamente se escucha la corneta terrible de Cuauhtimoc que sonaba
desde lo alto de un _teocalli_. Los mexicanos, como la avalancha de un
volcn, como las olas de un mar enfurecido, se precipitan sobre los
enemigos, pelean cuerpo  cuerpo, se revuelven, se matan, se arrojan 
los canales, y desde las azoteas las mujeres, lanzando alaridos
terribles, arrojan piedras y proyectiles sobre los combatientes. Una
masa sangrienta y confusa de hombres empujada por otra, caa en el lago,
y as sucesivamente, sin que fuera posible ya ni huir ni resistir, ni
aun pelear contra masas tan compactas que eran lanzadas con una fuerza
irresistible. Corts fu cogido por seis guerreros y derribado por
tierra; procuraban asegurarlo para presentarle como el ms grande trofeo
al Emperador. Cristbal de Olea y un jefe tlaxcalteca acudieron y
salvaron al capitn. Olea muri en el combate, y Corts con mil peligros
y trabajos logr llegar al extremo de la calle de Tlacopan, donde
orden se hiciese un vivo fuego de artillera para proteger la retirada
y reunir los dispersos. Los espaoles quedaron completamente derrotados.

En la tarde, con la viva luz de un crepsculo rojo y gualda, los
espaoles pudieron ver desde su campamento una larga procesin donde se
distinguan sesenta y dos espaoles desnudos que subian las gradas
sangrientas del templo para ser en seguida sacrificados. En la noche se
encendieron luminarias en las plataformas de los templos y en las
azoteas de las casas, y una multitud frentica recorra las calles con
teas encendidas, bailando y entonando cantos de guerra.

Los espaoles vean mudos, llenos de espanto y con la mecha encendida en
la mano, estas escenas, y su corazn fuerte temblaba pensando que quiz
tendran igual suerte que sus compaeros.

Cuauhtimoc permanecia grave, callado, triste quiz, en lo alto de su
palacio. Haba rechazado todas las propuestas de paz que le haba hecho
Corts. La guerra no estaba concluda con esta derrota. Corts estaba
vivo, y la hambre y la peste devoraban ya  la ciudad. Los cadveres
estaban amontonados y hediondos en las casas y calles: las gentes vivas
discurrian  los pocos das de esta victoria como sombras en las calles,
arrancando las cortezas de los rboles, cazando  las sabandijas para
mantenerse, y saciando la sed que les produca la fiebre y las heridas
en las aguas cenagosas y sangrientas de los canales.

Los grandes y negros ojos de Cuauhtimoc se humedecieron un momento; su
corazn vacil ante los ruegos de unos nobles  quienes Corts haba
enviado  rogarle con la paz, pero se repuso inmediatamente, y con voz
resuelta dijo: No, no; todos debemos perecer defendiendo nuestro honor,
nuestros dioses y nuestra ciudad. La guerra y la hambre continuaron.

Corts por su parte, repuesto de la derrota y con el auxilio de nuevos
aliados, se propuso terminar el largo sitio y apoderarse, si no de la
ciudad, al menos de los escombros.

Un da Cuauhtimoc vi desde la torre del templo de Tlaltelolco su ruina;
pero su nimo no desfalleci ni un momento.

Cincuenta mil hombres se ocupaban de demoler calles enteras. La
artillera las batia primero, y despus los aliados con grandes maderos
acababan de destruir las casas, derribando los techos sobre los heridos,
los nios y las mujeres que estaban dentro, y robando las telas y
objetos que encontraban. Los lloros y los alaridos subian  los cielos.
El ruido hueco y retumbante de la artillera acallaba  intervalos los
lamentos. Cuauhtimoc personalmente salia  combatir y  contener la
destruccin: los soldados, sin fuerzas por la hambre y la sed, se
arrojaban sobre los enemigos, pero eran recibidos por las espadas y
lanzas de los destacamentos espaoles que protegan esta destruccin.
As que con los escombros se llenaron los canales, y que Corts concibi
que tena terreno donde retirarse y donde maniobrase la caballera,
emprendi un ataque simultneo y terrible. Cuauhtimoc recibi nuevas
propuestas de paz, y resuelto  defenderse hasta la ltima extremidad,
no contest sino con atacar de nuevo  los enemigos. Tomados los templos
y los palacios y destruda en su mayor parte la ciudad, se retir al
barrio de Coyonacaxco y se embarc all en una gran canoa llamada la
_Papantzin_, llevando  la princesa su mujer y  los reyes de Texcoco y
Tlacopan. El tamao de la embarcacin, las ricas vestiduras de los que
iban en ella y la velocidad con que remaban, llam la atencin. Garca
de Holguin, que mandaba el ms velero de los bergantines, di caza  la
canoa real, y en poco tiempo y ayudado del viento la abord. Cuauhtimoc
en pie dijo su nombre con voz entera, tir sus armas y se entreg
prisionero.--Haced de m lo que queris, pero respetad  la
princesa,--dijo  Holguin, y subi sereno y arrogante  la nave
espaola. El 13 de agosto de 1521, da de San Hiplito y  la hora de
vsperas, fu llevado ante el conquistador el ltimo Emperador de los
aztecas, y ese da termin para siempre la monarqua y la nacionalidad
indgena, y comenz la dominacin de los reyes espaoles. Los grandes
sucesos de la historia mexicana han sido marcados por terribles
fenmenos de la naturaleza. Esa noche comenz  soplar un violento
huracn, el _viento del infierno_, como le llamaban los aztecas. Los
edificios demolidos acababan de caer, los fragmentos de las torres eran
arrancados, y el lago furioso se salia de su seno, inundaba los barrios,
y sus olas venan  estrellarse contra las ruinas. Los relmpagos
alumbraban  la ciudad desolada,  los muertos sangrientos y los templos
derribados, y despus todo volvia  entrar en la obscuridad y el
silencio. Corts y Cuauhtimoc permanecieron mudos y aterrados ante estas
fuerzas tremendas de la naturaleza que completaban la ruina de la ms
grande y ms hermosa ciudad del Nuevo Mundo.


III

EL TESORO Y EL TORMENTO

Al da siguiente de la rendicin de la capital, Corts se retir 
Coyoacn, y los oficiales y soldados solemnizaron con un banquete donde
hubo vinos y tocino que haban recibido, la esplndida pero sangrienta
victoria que alcanzaron. En esa orga tormentosa donde bebieron y
jugaron y donde no faltaron las mujeres que haban robado en la ciudad
saqueada y enteramente aniquilada por los aliados, se relajaron los
resortes del respeto y de la subordinacin, y la sed del oro se encendi
con el estmulo de los licores. Deseaban oro y ms oro y piedras
preciosas  montones, y lo que haban recogido y tomado de las casas no
era bastante. Supusieron que Corts, de acuerdo con Cuauhtimoc  quien
tena prisionero en Cuyoacn, haba ocultado todos los tesoros para
apropirselos y defraudar  la tropa su parte y al rey el quinto que le
corresponda. Al da siguiente amanecieron pasquines insultantes
escritos en las paredes de las casas, y Julin de Alderete, con el
carcter de tesorero de la Corona, tom la demanda por su cuenta.

--Sabis, seor, lo que se dice entre nuestra gente?--dijo  Corts
antes de saludarle.

Corts fingi no comprender nada y pregunt friamente: Qu se dice?

--Se dice, prosigui Alderete con firmeza y encarndose  Corts, que
vuesa merced de acuerdo con el Guatemuz ha ocultado los inmensos tesoros
de la Corona Azteca, y que......

--Por Santiago, exclam Corts como buscando una arma; yo cortar la
lengua  quien tal diga.

--Vos podis cortar la lengua  vuestros soldados, pero no al tesorero
del rey de Espaa,--contest secamente Alderete descubrindose y
haciendo una profunda reverencia.

Corts se domin y replic con una afectada amabilidad: Lo que se dice
en efecto es grave; pero qu hacer para acallar esas murmuraciones?

--Hay un medio que os justificar  los ojos de vuestros soldados y de
S. M. El Guatemuz debe tener escondidos esos tesoros. Peddselos, y si
no los entrega, sujetadlo al tormento, y en ltimo caso mandadle
ahorcar.

--No, nada de eso, contest resueltamente Corts. Es mi prisionero y le
he dado mi palabra, y un castellano jams falta  ella.

--Se cumple la palabra que se da  un castellano, pero no la que se
ofrece  un infiel y  un brbaro. Acordos del martirio de los sesenta
y cuatro castellanos sacrificados en las aras del demonio.

--No, replic Corts secamente.

--Como gustis, dijo Alderete cubrindose la cabeza y retirndose; pero
acordos de que un amigo os ha venido  tender una mano cuando estbais
en el borde del abismo. Perdereis vuestra gloria y vuestra conquista, y
aparecereis en Espaa como un defraudador del rey, como un ladrn.

Corts se puso plido, se mordi los labios, y volviendo las espaldas
dijo:--Os entrego al Guatemuz; haced con l lo que os agrade.

Alderete sali con los ojos llenos de alegra, particip esta orden 
los soldados, y no tardaron en encontrar el gnero de suplicio que
deban dar al infortunado prisionero.

Llamaron al concilibulo al Maestre Juan que era el mdico,  Murcia que
era el boticario, y al barbero Llerena y  otro llamado Santa Clara, y
dispusieron una grande vasija de barro con aceite hirviendo. Fueron  la
habitacin que ocupaban los prisioneros, y sacaron  Cuauhtimoc y al rey
de Tlacopan y los llevaron al patio de una casa donde haba dispuestos
unos maderos.

--Dnde est el tesoro de los Emperadores?--les pregunt Alderete.

Cuauhtimoc vi aquel aparato aterrador, comprendi de lo que se trataba,
sonri tristemente y no contest ni una slaba  las interpelaciones de
Alderete, el cual furioso con este desprecio, ultraj con palabras
soeces al monarca. Los soldados se apoderaron de los Reyes, los ataron
fuertemente  los maderos, y el barbero comenz  baarles los pies con
aquella resina hirviente, mientras otro les acercaba unas teas
encendidas.

--Seor, no vis cmo sufro?--grit retorcindose el Rey de Tacuba.

--_Estoy acaso en un lecho de rosas?_--contest con firmeza el
Emperador azteca.

El Rey de Tacuba se fortific con esta herica resolucin de Cuauhtimoc,
y los dos sufrieron el tormento sin exhalar un quejido. Tanta firmeza
conmovi el pecho de los soldados, y los mismos que haban pedido el
suplicio comenzaron  murmurar contra Alderete.

--No os cansis, dijo Cuauhtimoc, que el que ha resistido la hambre, la
muerte y la clera de los dioses, no es capaz de humillarse ahora como
una dbil mujer: el Tesoro de los Reyes de Mxico lo he hundido en la
laguna cuatro das antes del asalto de la ciudad, y no le encontrareis
jams.

El padre Olmedo,  quien se haba llamado para exhortar y amonestar 
los Reyes aztecas, no pudo contenerse, y sali, volviendo  poco en
compaa de Corts.

El capitn espaol contempl un momento aquellas nobles vctimas,
dirigi una mirada terrible  los verdugos, y dijo con un acento que no
admita rplica:--Desatad  esos hombres y conducidles con cuidado  su
habitacin. Que nadie sea osado de contradecir lo que yo mando.

El tesoro se busc en vano, y slo se recogieron algunas frioleras en la
laguna, y un sol de oro en un estanque. Cuando el potico lago de
Texcoco se seque enteramente, el gran tesoro se encontrar. La sombra de
los Emperadores aztecas parece que le cuida todava.


IV

LOS TRES AHORCADOS

El ao de 1525, Cristbal de Olid se rebel en las Hibueras. Corts
envi un oficial con alguna tropa; pero impaciente al no recibir ninguna
noticia, se puso en camino con una fuerza, resuelto  castigar
severamente al infiel capitn.

Atraves el istmo de Tehuantepec, se dirigi por un camino lleno de
ros, de barrancas, de bosques oscuros donde no penetraban los rayos del
sol, y de pantanos intransitables donde los caballos se hundian con todo
y el jinete. El hambre, la sed, los insectos y las eternas y
desconocidas soledades acababan con las fuerzas fsicas y con el nimo
de los soldados. Muchos exhalaron el ltimo aliento en aquellas sombras
encrucijadas, Corts no quera volver atrs, y la esperanza le anunciaba
que pronto podra encontrar una poblacin donde guarecerse y tomar guas
que le condujesen  su destino. Su humor, sin embargo, no era de lo
mejor, y l mismo senta la fatiga y el desaliento algunas veces.

As lleg al territorio de un reino que llamaban Acallan. Llevaba como
siempre  su lado  Cuauhtimoc y  los dos Reyes de Tacuba y Texcoco.

Una tarde, despus de una fatigosa jornada, hicieron alto en un
pueblecillo que nombraban _Izancaxac_. No haba ms que unas cuantas
chozas sin techo y un teocalli arruinado. Ni un solo habitante ni un
animal domstico. Un bosque umbro de altas ceibas aumentaba la tristeza
de ese sitio. A Corts le formaron una habitacin en las ruinas del
templo, y los Reyes se alojaron  poca distancia en una choza de palmas.
El resto de la tropa acamp como pudo en el bosque.

Corts trat de recogerse, y sin saber la causa, no pudo conciliar el
sueo, y se levant y escuch que los Reyes platicaban alegremente,
procurando consolarse de sus penas y fatigas. Esta alegra le hizo mal,
le irrit de una manera terrible. Un bulto casi arrastrndose como si
fuera un animal deforme se desliz por entre aquellas ruinas. Corts
fij los ojos en aquella aparicin y puso la mano en el puo de su
espada, pero al sacarla reconoci  Cristbal Mexicalcin.

--Qu quieres  estas horas?--le dijo severamente Corts.

--Seor, los caciques y Cuauhtimoc tienen urdida una trama infernal: vos
y todos los espaoles que hay en la tierra, perecern.

--Por Santiago! Esta era la pltica y la alegra de esos
perros,--exclam Corts lleno de clera; y lanzndose fuera de las
ruinas, penetr en la choza donde estaban los Reyes. Cervan Bejarano y
Rodrigo Maueco, que eran sus servidores y haban permanecido
despiertos, se lanzaron detrs de l.

Llamad, les dijo, al padre Varilla. Voy  ahorcar  estos brbaros que
han urdido una trama para matarnos, y no quiero que se pierda su alma.
Marina, que tambin le haba seguido, quiso interceder por ellos, pero
vi los ojos de Corts llenos de furia y no se atrevi. Era nada ms que
una esclava.

Cuando Cuauhtimoc fu sacado de la cabaa por los soldados que Corts
haba llamado para la ejecucin, se volvi con una firmeza increible y
le dirigi la palabra: Bien saba, Malinche, lo que valan tus
promesas, y tena por seguro que recibira la muerte de tus manos. Dios
te pedir cuenta de mi muerte.

Los verdugos pusieron una cuerda al cuello del Rey, y lo mismo hicieron
con los de Tacuba y Texcoco, y los colgaron en unas altas ceibas.

Eran las tres de la maana del segundo da de Carnaval del ao de 1525.
La noche estaba serena y apacible, y las estrellas solas con sus tmidos
rayos alumbraban melanclicamente esta misteriosa ejecucin. Corts se
retir cabizbajo y pensativo  su aposento. All permaneci un momento
fijo y de pie como una estatua; pero le vino repentinamente un rapto de
locura, de arrepentimiento quiz, midi  largos pasos la estancia y
sali con la espada desenvainada  cortar los lazos corredizos donde
pendan los cuerpos de los Reyes. Era ya tarde: Cuauhtimoc y el Rey de
Tacuba estaban muertos. El de Texcoco cay al suelo todava con vida.

Al abandonar el pequeo ejrcito de Corts, al da siguiente, el
solitario pueblecillo, dos cadveres se balanceaban al impulso de las
brisas de la maana. Los buitres formaban en la atmsfera crculos
fantsticos, clavando sus ojos redondos y colorados en los cadveres de
los dos ms poderosos monarcas del Nuevo Mundo.

_Manuel Payno._




RODRIGO DE PAZ


I.

EN EL QUE SE REFIERE QUIN ERA
RODRIGO DE PAZ, Y QU PAPEL DESEMPEABA
EN MXICO

El muy magnfico seor Hernando Corts, gobernador y capitn general de
la Nueva Espaa, tena necesidad de salir de Mxico, con el objeto de
sofocar y castigar la rebelin de Cristbal de Olid.

Aquel viaje deba de ser largo y penoso: la distancia  que iba 
encontrarse de la antigua capital del imperio Azteca, hara muy
difciles las comunicaciones, y se necesitaba establecer un gobierno
provisional, que los intereses del rey y la paz de la nueva colonia
atendiese y vigilase.

Incierto estuvo por algn tiempo el gobernador y capitn general, sobre
 quin elegira para encargo tan delicado, y sin poder fijarse
definitivamente, porque conoca que entre los que le rodeaban haba
muchos, ms afectos  las riquezas y  la tirana, que amigos del buen
gobierno y de la felicidad de los pueblos.

Por fin, urgido de la necesidad y apremiado por las circunstancias, hizo
llamar al Lic. Alonso de Zuazo, al tesorero Alonso de Estrada y al
contador Rodrigo de Albornoz, y los nombr gobernadores durante su
ausencia.

El Lic. Zuazo era un antiguo amigo de Corts y su asesor en los negocios
del gobierno de la Nueva Espaa, y Estrada y Albornoz habian llegado 
Mxico en 1524, enviados por el rey de Espaa para componer el Tribunal
de Cuentas, en unin de Gonzalo de Salazar, factor, y de Peralmindes de
Chirino, veedor.

Corts determin llevar consigo  la expedicin de las Hibueras, 
Chirino y Salazar.

Una vez organizado el gobierno, quiso Hernn Corts cuidar de su
hacienda y dejarla encomendada  persona para l de toda confianza, y
para esto eligi  Rodrigo de Paz, primo suyo, hombre de grande espritu
y de mucha influencia con el pueblo, y  quien invisti tambin con los
cargos de regidor y alguacil mayor de la ciudad.

Rodrigo de Paz admiti con gusto las comisiones que le confiaba su
primo, seguro de que esto le dara mayor prestigio y aumentara el poder
de que entonces gozaba.

Parti Corts, y el Lic. Zuazo, Estrada y Albornoz tomaron posesin del
gobierno como tenientes-gobernadores, asistiendo por primera vez al
cabildo con el carcter de tales, el da 4 de noviembre de 1524.


II

DE COMO LAS COSAS DEL GOBIERNO
DE LA NUEVA ESPAA IBAN MAL, Y DE COMO
CORTS LAS PUSO PEORES

Apenas se haba alejado Corts unas cuantas jornadas de Mxico, cuando
Estrada y Albornoz, que ya desde antes tenan entre s motivos de
rencor, se disgustaron completamente.

El nombramiento de un alguacil fu el aparente motivo de encenderse una
disputa, en la que los nimos predispuestos se exaltaron, y siguiendo la
costumbre de aquellos tiempos en que las armas entraban como parte de la
razn en las cuestiones de los hombres de honor, los dos
tenientes-gobernadores echaron mano  los estoques, y en poco estuvo que
la espada hubiera dirimido la competencia.

Logrse contenerlos, pero el escndalo habia sido muy grande; y luego
partieron correos avisando  Corts las desavenencias que ocurran en la
ciudad.

Chirino y Salazar que acompaaban  Corts, supieron casi al mismo
tiempo que l lo ocurrido en Mxico, y vieron en esto un medio de
separarse de su lado y tornar  la capital.

Haban llegado  Goazacoalcos, pero el camino era en extremo penoso y
sembrado por todas partes de peligros.

Inmensas selvas, en donde los rboles seculares crecan tan cerca unos
de otros que se confundan sus ramajes; traidores pantanos cubiertos con
una engaosa capa de verdura, pero que estremecindose al soplo no mas
de los vientos, tragaban al desgraciado que pona en ellos su imprudente
planta: vertiginosos precipicios en cuyo fondo se crea mirar de nuevo
el firmamento, y que parecian  los espantados ojos de los espaoles,
como insondables vasos de roca, llenos de nubes y de tempestades:
serpientes y monstruos hasta entonces desconocidos, esto era lo que
encontraban por todas partes los que acompaaban  Corts.

Las tempestades pasaban algunas veces sus alas de fuego sobre aquella
naturaleza exuberante, y los robustos troncos de las ceibas se
estremecan como una caa cimbradora, al soplo de los huracanes.

Por las noches aquellas selvas se poblaban de habitantes misteriosos;
salan de ellas en espantoso concierto, aullidos siniestros, rugidos
pavorosos, silbos y gritos aterradores y desconocidos, y cruzaban por
los aires y entre las ramas y bajo la yerba, con fosfrica luz, millones
de insectos de todos tamaos y figuras.

El melanclico rumor del viento entre las hojas se mezclaba algunas
veces durante la noche al eco lejano de los torrentes, al mugido de la
tormenta que se alzaba en el horizonte,  los sonoros tumbos de los
mares.

Aquello era ms sublime que lo que podian soportar las almas ruines de
Salazar y de Chirino.

Anhelaban por separarse de all, y la nueva de los disturbios vino 
presentarles una favorable oportunidad.

Instaron, rogaron y suplicaron  Corts pidindole volver  Mxico,
representndole lo oportuna que sera su presencia en la capital, y los
servicios tan importantes que podan prestar  los intereses de S. M.

Corts medit aquella peticin y accedi  la solicitud de Chirino y de
Salazar.

Estrada, Albornoz, Salazar y Chirino, aunque eran en apariencia amigos
de Corts, le aborrecan secretamente, y procuraban desprestigiarle en
la corte y hacerle caer de la gracia del Emperador. Corts lo saba y lo
conoca, por eso no slo no puso dificultad ninguna en la vuelta de
Chirino y de Salazar, sino que por el contrario les di mandamiento
asocindoles tambin al gobierno de la Nueva Espaa.

Aquellos dos hombres que caminaban de mala fe con Corts, eran
imprudentes testigos de sus acciones, dieron la vuelta para Mxico,
satisfechos y orgullosos de lo que haban conseguido, creyendo en su
fatuidad acabar con el poder de su favorecedor, y no comprendiendo que
sus desavenencias y torpezas en el gobierno deban dar el ms completo
triunfo al esforzado conquistador.

Salazar y Chirino llegaron  Mxico y presentaron en el cabildo de 29 de
diciembre de 1524, la provisin del muy magnfico seor Hernando Corts
que los autorizaba para tener parte en el gobierno del reino.

El Ayuntamiento les reconoci sin dificultad, pero ellos no se
conformaron con eso, sino que excluyeron  Estrada y  Albornoz y se
apoderaron de la administracin, no admitiendo en su compaa ms que al
Lic. Zuazo.

La divisin entonces se hizo ms profunda. Estrada y Albornoz se unieron
para derribar  sus nuevos enemigos, y con objeto de conseguirlo
quisieron y lograron atraer  su bando al alguacil mayor Rodrigo de Paz,
que ejerca tan decisiva influencia en el Cabildo y en la ciudad.

En aquel tiempo el Ayuntamiento de Mxico tena una grandsima
importancia: ante l presentaban sus nombramientos los gobernadores,
prestaban ante l juramento; l decida las cuestiones graves que entre
ellos se suscitaban, calificaba sus derechos y facultades,  impona la
pena de muerte  los que desobedecieran las providencias que de l mismo
emanaban.

Por eso Rodrigo de Paz que deseaba favorecer  Estrada y  Albornoz, se
present al cabildo en 17 de febrero de 1525, manifestando que Salazar y
Chirino no tenan derecho de excluir  sus colegas del gobierno, porque
el mismo Corts los reconoca an como tales tenientes gobernadores, en
cartas que de l se haban recibido.

El Ayuntamiento escuch  Rodrigo de Paz, y acord que el Lic. Zuazo
resolviera en este negocio[12].


III

DE COMO CINCO ENEMIGOS COMULGARON CON
UNA SOLA HOSTIA CONSAGRADA, DIVIDINDOLA
EN CINCO PARTES

El Lic. Zuazo resolvi que Estrada y Albornoz volvieran  ser
reconocidos como tenientes gobernadores, y el cabildo aprob esta
resolucin.

Salazar y Chirino protestaron, y para infundir el terror decretaron pena
de muerte y perdimiento de bienes contra el alcalde  regidor que se
entrometiese  aprobar lo que el Lic. Zuazo haba determinado.

Aquellos hombres tenan un temple de alma tal, que era indudable que
tales penas se llevaran  efecto; pero en cambio tenan que luchar con
hombres de corazn altivo, y Estrada y Albornoz asistieron al cabildo y
fueron reconocidos sin dificultad.

Esto acaeca el 25 de febrero de 1525.

Salazar, hombre ambicioso  inquieto, no poda estar tranquilo en
aquella situacin: quera mandar, y mandar solo; Estrada y Albornoz le
estorbaban, y los crea fuertes porque contaban con la proteccin y
apoyo de Rodrigo de Paz, el hombre entonces ms audaz y ms poderoso;
Salazar necesitaba dividir  Paz de Estrada y Albornoz, y hacer de l un
instrumento para sus miras.

Entonces, como por una inspiracin diablica, concibi el plan que deba
darle el resultado apetecido, y convenci hipcritamente  sus colegas 
decretar la prisin de Rodrigo de Paz.

Un da repentinamente circul en Mxico una noticia alarmante: el
alguacil mayor estaba preso en la casa de Salazar de orden de los
tenientes gobernadores.

En efecto, Rodrigo de Paz estaba preso, y se paseaba tristemente en uno
de los salones de la casa de Salazar, con esposas de hierro en las manos
y arrastrando una larga y pesada cadena. Salazar entr y le contempl un
rato en silencio.

--Duleme de verte en esa situacin--le dijo--que  tal no habras
llegado, si como la causa de Estrada defendiste, de la ma hubieras sido
partidario.

--Holgrame de estar libre--contest Rodrigo--si mis amigos hubieran
triunfado, pero sigo la suerte  ellos reservada.

--Crees por ventura en tus amigos Estrada, Albornoz y Zuazo?

--De creer tengo, porque no hay motivos para lo contrario.

--Mira--dijo Salazar mostrndole la orden de prisin firmada tambin por
Albornoz, Estrada y Zuazo.

Rodrigo de Paz ley aquella orden con espanto. No poda dudar, sus
amigos le abandonaban y le traicionaban.

Ley la orden, inclin la cabeza, y qued meditabundo. Salazar respet
aquella meditacin, y despus, acercndose, le dijo:

--Mira el premio de tus favores y servicios; esos hombres estn
conjurados contra t y ansan tu muerte; quieres libertad, venganza?

--S--contest sordamente Rodrigo.

--Jranos amistad, y Peralmindes de Chirino y yo te pondremos libre y
te vengaremos de tus enemigos.

--Os juro leal amistad por la hostia consagrada.....

Al da siguiente Rodrigo de Paz concurra al cabildo.

Estrada, Zuazo y Albornoz conocieron la intriga que tramaban Salazar y
Chirino, y no eran hombres para callar sus rencores.

Estall un disgusto terrible en el cabildo, y Salazar, que tena para s
que aun no llegaba el momento de obrar, apel al engao y la hipocresa.

Nada le importaba, dijo, la amistad de Rodrigo de Paz, cuyo pernicioso
influjo era necesario combatir, y para esto deban ellos de unirse
estrechamente, y como seal de unin y para acallar los rumores que
haba en el pblico, concluy proponiendo que todos los tenientes
gobernadores comulgasen pblicamente, dividiendo la hostia consagrada en
cinco partes.

Aceptaron los otros, y aquel pacto, aconsejado por la ms negra falsa y
cubierto sacrlegamente con el manto de la religin, se cumpli en la
iglesia del convento de San Francisco.

Tan engaosa amistad deba desaparecer muy pronto, y as fu en efecto.

El da 19 de abril, Rodrigo de Paz se present en el cabildo  hizo
reconocer  sus nuevos amigos Salazar y Chirino, como gobernadores, con
entera exclusin de todos los dems.

En vano protest con energa el Lic. Zuazo; repitise el acuerdo y se
impusieron doscientos azotes de pena y perdimiento de bienes 
cualquiera que se atreviese  oponerse  lo dispuesto.

Estrada y Albornoz, lejos de conformarse, pensaron excitar al pueblo,
suscitronse graves dificultades, los dos bandos estuvieron  punto de
llegar  las manos, y slo se impidi el conflicto porque el alcalde
Francisco Dvila prohibi que se acudiese con armas en pro de uno  otro
partido.

Conducta tan prudente cost al alcalde ser maltratado y verse conducido
 la crcel, de donde tuvo que huir para salvar la vida.


IV

DE LO QUE HICIERON SALAZAR Y CHIRINO CON
ZUAZO, ESTRADA, ALBORNOZ Y PAZ

Las alarmas en la ciudad eran de todo el da, y de todos los das; 
cada momento querian llegar  las manos los partidarios, y el fuego de
la discordia se encenda ms y ms  cada momento.

El 23 de mayo, con pretexto de conservar la tranquilidad y evitar
desgracias, pero ms bien con objeto de expeditar el camino que se
haban trazado los gobernadores, ordenaron que nadie en la ciudad
llevase armas.

Todo pareca haber terminado; pero aquel mismo da Rodrigo de Paz
aprehendi al Lic. Zuazo, que viva en la casa de Corts, y se di orden
para enviarle inmediatamente  la Isla de Cuba.

Alarmse la gente de la ciudad con esta prisin, y Rodrigo de Paz
ocurri, para calmarla, al engao de que por orden del Rey iba  la Isla
 dar all su residencia.

Estrada y Albornoz pensaron entonces en alejarse de sus enemigos, y
aparentando obediencia pidieron  los que haban sido sus colegas,
licencia para ir hasta Medelln  conducir una cantidad que enviaban 
S. M.

Los gobernadores concedieron sin dificultad aquel permiso.

Salieron Estrada y Albornoz, pero aun iban cerca de Mxico, cuando
Salazar tuvo noticia de que de las Hibueras venan Gil Gonzlez de Avila
y Francisco de las Casas, y temeroso de que se unieran y volvieran sobre
Mxico, hizo salir  Chirino con una tropa, en persecucin de Estrada y
Albornoz.

Chirino alcanz  los que haban sido sus colegas, y aunque ellos
pretendieron resistirse, unos frailes de San Francisco, que se
encontraron all, impidieron el conflicto, y Chirino volvi  Mxico con
los prisioneros.

Dueos absolutos del gobierno Salazar y Chirino, sintieron la necesidad
de deshacerse de Rodrigo de Paz, echando por tierra su poder.

Salazar era fecundo en todo gnero de maldades, y no poda menos de
encontrar un modo para atacar  Paz, y fu sin duda tan ingenioso como
los anteriores.

Difundi la noticia de la muerte de Hernn Corts.

Aquella noticia deba estar apoyada en todas las apariencias.
Celebrronse solemnes honras por el alma del _conquistador_, en las que
se predic un sermn, moderando las alabanzas  Corts por no ofender 
Salazar.

Procedise  la venta de los bienes de todos los que haban acompaado
al gobernador y capitn general, por considerrseles difuntos, y sus
mujeres fueron autorizadas para pasar  segundas nupcias; y Juana
Mancilla, mujer de Juan Valiente, fu azotada porque afirm que Corts
viva.

Rodrigo de Paz administraba los bienes de Corts, y no crey tan
fcilmente la noticia, pero como Salazar y Chirino sostenan que Corts
deba al Rey setenta mil pesos,  insistan, con objeto de asegurarlos,
en tomar posesin de aquellos bienes, Rodrigo de Paz apel  las armas y
se hizo fuerte en la casa de Corts.

El asalto iba ya  darse, y todos prevean grandes catstrofes, cuando
el mismo Estrada, que estaba en calidad de prisionero, y los frailes de
San Francisco, que ejercan muy grande influencia en Mxico, lograron
convencer  Paz que se rindiese.

Salazar y Chirino ofrecieron  Paz todas las garantas para su persona,
y as lo juraron ante los capitanes Jos de Alvarado y Andrs de Tapia.

Paz abri las puertas del palacio de Corts y las gentes de Salazar se
entraron. All robaron cuanto les fu posible,  insultaron gravemente 
muchas indias nobles que Corts tena all recogidas para educarlas y
casarlas.

Paz determin huir de la ciudad  ir en busca de Hernn Corts  las
Hibueras.


V

REFIRESE CMO MURI RODRIGO DE PAZ

Si los conquistadores eran crueles con otros--dice D. Lucas Alamn en
sus _Disertaciones_--no eran por lo menos ms benignos entre s mismos.

En efecto, as lo prob la conducta de Salazar y de Chirino.

Rodrigo de Paz,  pesar de las promesas y juramentos de los
gobernadores, no goz mucho tiempo de libertad, y el da 4 de agosto de
1525 asisti por ltima vez al cabildo.

Al calce de la acta de aquel da, se lee una nota del clebre D. Carlos
de Sigenza y Gngora, que dice:

Esta es la ltima firma de Rodrigo de Paz en este libro, porque despus
lo ahorc su grande amigo Gonzalo de Salazar.

Terrible irona encierran estas cortas lneas del ilustre historiador,
porque  pesar de esa grande amistad, el alguacil mayor volvi muy
pronto  ser reducido  prisin.

La codicia desenfrenada de Salazar no conoca lmites, ni su ambicin
encontraba obstculo, por sagrado que fuese, que no atropellase con
violencia.

Religin, leyes, amistad, gratitud, todo en sus manos era arma
emponzoada que esgrima contra sus enemigos, sin escrpulo de ninguna
clase; todo era en su camino sombra despreciable sobre la cual cruzaba
con indiferencia.

Aquella alma era el aborto espantoso de la codicia y la ambicin; la
compaa de aquel hombre, era como la sombra venenosa de esos rboles
que se encuentran en nuestras montaas: convidan dulcemente durante los
ardores del da, y matan al que busca all un refugio y un consuelo.

Demasiado tarde lo comprendi Rodrigo de Paz.

Preso y encadenado esperaba de un momento  otro que Salazar le enviara
desterrado,  que la Providencia le deparara un momento oportuno para
huir  irse en busca de Corts, en cuya muerte, como muchos, no haba
credo ni un momento.

Como todos los prisioneros, Paz no pensaba sino en la libertad.

Una maana, Salazar se present en su calabozo; haba en el semblante
del fiero gobernador una sonrisa de amabilidad y un aire de benevolencia
tan extraos, tan forzados, que Rodrigo de Paz se estremeci.

Bajo aquella hipcrita bondad se descubra el fondo de una intencin
negra; era como un abismo cubierto con un cristal, era como el hacha de
un verdugo envuelto en un crespn azul.

La sonrisa del hombre de bien no poda amoldarse sobre el rostro del
malvado; era un consorcio sacrlego; de la franqueza simulada y de la
perfidia deba resultar una cosa horrible: la hipocresa, el monstruo.

--Rodrigo--dijo Salazar--hste empeado en labrar tu ruina,  pesar de
que yo procuro salvarte.

--No te comprendo--contest Rodrigo de Paz procurando ocultar su
indignacin--qu puedes reprochar de mi conducta?

--Rodrigo, t tienes ocultos grandes tesoros que pertenecan  Corts,
t nos has engaado.

--Tesoros!--exclam Rodrigo de Paz, comprendiendo adnde poda ir 
parar todo aquello.--Tesoros! nada tengo, y cuanto tena, est ya en tu
poder.

--No me engaes, Rodrigo; por ventura cunto tena Corts me has
entregado?

--Todo absolutamente: no se han inventariado los bienes? no se han
almonedado? no habis ya extrado el oro que depositado se hallaba en
San Francisco? no habis dispuesto de los bienes de Gonzalo de Sandoval
y de otros capitanes?; entonces qu ms queris?

--No vengo  dar contigo mi residencia--contest friamente Salazar--sino
 amonestarte que entregues esos tesoros.

--Y yo te contesto que mal pudiera entregar tesoros que no existen.

--No?

--N, lo he dicho.

--Bien, t lo has querido.

Y Salazar sali violentamente del calabozo.

Rodrigo le mir salir con terror, comprendiendo que algo espantoso se
preparaba contra l.

Y no se engaaba: un momento despus, hombres siniestramente cubiertos
con capuchones y antifaces, penetraron en el aposento: mudos y sombros
se acercaron al preso, y sin contestar  sus preguntas, y sin escuchar
sus razones, le sentaron en un sitial, y le ataron all por los brazos y
la cintura.

Rodrigo crey que haba llegado para l el ltimo instante, cerr los
ojos y comenz  murmurar una de esas oraciones, que perdidas muchas
veces entre los vagos recuerdos de la niez, vuelven puras y fervientes
 la memoria y  los labios del hombre, en los momentos de la suprema
tribulacin.

Los verdugos con una destreza increble quitaron el calzado y las calzas
 Rodrigo, que esperando la muerte y como para no verla venir, cerraba
los ojos con obstinacin.

De repente el infeliz lanz un grito agudo y desgarrador: aquellos
hombres vertian sobre sus desnudos pis aceite hirviendo.

--Jess me ampare!--exclamaba--Infames!

--Confiesa en dnde tienes ocultos esos tesoros--dijo con una calma
infernal el gobernador.

--He dicho la verdad--contest con energa Rodrigo.

--Pues adelante.

Entonces sigui aquella espantosa operacin; tras el aceite vino el
fuego, el fuego que hacia hervir aquellas carnes; las llamas lamian como
con placer aquellos pies ungidos, y sobre los que se tena cuidado de
seguir virtiendo aceite.

--Salazar! Salazar!--gritaba Rodrigo--no seas cruel, todos sus tesoros
se los ha llevado Corts  las Hibueras...... djame, djame.... te lo
juro!

--Mientes--contestaba Salazar.

Y el tormento segua, y aquellos pies haban perdido su forma, y en
algunas partes ardan, y levantaban llamas, y se desprenda de ellos un
lquido sangriento, espeso, que caa algunas veces encendido, y la piel
se tostaba, y se levantaba y se arrollaba, y los msculos se retorcan,
y las carnes se hinchaban rpidamente, y se abrasaban produciendo un
ruido dbil, pero horroroso.

Despus de esto seguan los huesos, que crujian y que estallaban como si
fueran de cristal, y los dedos comenzaron  desprenderse y  caer, como
informes masas, negras, hinchadas, ftidas.

Y todo esto en medio de un humo denso, nauseabundo, y entre los gritos y
los aullidos, y las quejas y las maldiciones del infeliz Rodrigo.

Los pies haban desaparecido; Salazar nada haba logrado descubrir.

Rodrigo se desmay por fin, y ces el tormento.

La tarde de aquel mismo da, Rodrigo de Paz era sacado de su prisin y
conducido hasta el pie de una horca que haba en la plaza.

Rodrigo no poda caminar, porque el fuego le haba consumido los pies
hasta los tobillos, y le llevaban entre cuatro hombres.

Al llegar al patbulo, y en el momento en que el verdugo iba  colocarle
el dogal, Salazar se apareci.

--Aun es tiempo;--le dijo--confiesa y vivirs.

--Vivir?--contest Rodrigo con voz desfallecida y levantando una manta
que cubra sus mutilados pies--y para qu quiero vivir as?--y luego,
dirigindose  los que le rodeaban, grit:

--Seores, si algunos de vosotros volvis  ver  Corts, decidle que me
perdone, por haber dicho que l se haba llevado sus tesoros  las
Hibueras: el dolor del tormento me hizo mentir.

Salazar, enfurecido entonces, hizo  los verdugos una seal; tendise la
cuerda, cruji el motn, y Rodrigo de Paz qued suspendido en la horca.

As muri el primer revolucionario de Mxico, vctima, como todos, de la
ingratitud de los mismos hombres que le deban el poder de que gozaban.

_Vicente Riva Palacio._




LOS DOS ENJAULADOS


I

EL EMISARIO

Era el domingo 28 de enero de 1526.

Las companas de las iglesias y monasterios de la ciudad de Mxico
llamaban  los fieles al sacrificio de la misa, y la multitud se
agrupaba  las puertas de los templos.

Los mexicanos recin convertidos eran los primeros y ms solcitos en
acudir  la misa; y era que haba castigo de azotes para el que faltase.

Permitirn nuestros lectores que se interrumpa por un momento el hilo de
nuestra comenzada narracin, para referir,  propsito de la asistencia
 la misa, una ancdota de la vida de Hernn Corts.

Luego que se establecieron en Mxico, despus de la toma de su capital,
los primeros templos catlicos, Hernn Corts public una ordenanza
disponiendo que ninguno fuese osado de no asistir  la santa misa los
domingos y das de fiesta, desde antes del Canon, bajo la pena de
azotes al que  dicha prevencin faltase.

Un domingo comenz la misa, y la gente extra que el general no se
hubiera presentado en la iglesia; pero conocida su piedad religiosa y lo
severo de sus ordenanzas, que  nadie exceptuaban, calcularon todos que
enfermo estara de gravedad.

De repente oyse un rumor por la puerta de entrada, y todos los rostros
se volvieron para mirar al que tan tarde llegaba exponindose as al
castigo, y encontraron con asombro que era el mismo seor Hernando
Corts que atraves el gento y fu  arrodillarse devotamente delante
del altar.

Concluy la misa, y all mismo, delante de aquel concurso, Corts fu
despojado de la ropilla y de la camisa y azotado en las espaldas
desnudas por un sacerdote, conforme  lo dispuesto por su ordenanza.

Conservse el recuerdo de este suceso notable en una pintura que existi
muchos aos en una capilla que estaba situada en el cementerio de
Catedral, y fu ejemplo saludable para todos los habitantes de la
ciudad.

Por eso apenas se escuchaban los primeros taidos de las campanas, todo
el mundo salia con precipitacin de su casa.

En el domingo  que nos referimos haba tambin en Mxico una gran
novedad: el gobernador Gonzalo de Salazar daba un banquete  sus amigos
en una casa de su propiedad en el barrio de San Cosme.

Lucida comitiva acompaaba  Salazar y le cortejaba: damas y caballeros
de la naciente nobleza de Mxico, empleados superiores, caciques amigos,
y detrs de todos, una escolta de ms de doscientos hombres de toda su
confianza, perfectamente armados.

Aquella comitiva sali de la casa de Corts, en donde viva Salazar, y
se dirigi por la calle  calzada de Tacuba, para San Cosme; los
transeuntes se detenan para contemplar tanto lujo, y las damas salan 
los balcones para mirar aquel soberbio acompaamiento: eran los primeros
albores de la corte de los virreyes.

En este mismo momento, por otro lado de la ciudad entraba un hombre que
trazas tena de haber atravesado un largo y difcil camino.

De aquel hombre no poda decirse con seguridad si era un soldado  un
paisano, porque lo pareca todo, aunque examinando detenidamente su
destrozado traje nada poda inferirse de l.

Sin embargo, en lo que no poda caber duda era en que caminaba de prisa
y procuraba recatarse de las gentes.

Atraves sin detenerse por las calles de Iztapalapa, como se llamaban
las que hoy son del Rastro, lleg  la plaza mayor y se dirigi sin
vacilar al monasterio de San Francisco.

En estas calles haba muy pocos transeuntes, porque todos se haban ido
para la de Tacuba con objeto de ver al gobernador.

El hombre misterioso aprovech esta circunstancia, apret el paso y muy
pronto se encontr en el monasterio de San Francisco.

Aquel monasterio pareca una ciudad segn el nmero de personas que
dentro de l estaban.

Chirino y Salazar, apoderados absolutamente del mando despus de la
muerte de Rodrigo de Paz, comenzaron  perseguir con tal encarnizamiento
 los amigos de Corts, que todos ellos no encontraron otro medio de
libertarse que buscar asilo en San Francisco.

Por eso el recin venido se encontraba all, con aquella gran multitud:
pero sin duda aquel hombre tena ya conocimiento de lo que ocurra,
porque sigui all con la misma conducta que en la calle: con nadie se
detuvo ni  nadie habl hasta haber encontrado  Pedro de Paz, hermano
de Rodrigo de Paz.

--Deseo hablar con vuestra merced  solas--dijo el recin llegado.

Pedro de Paz le mir sin poderle reconocer.

--Pero esto ha de ser ahora mismo--continu el hombre.

Pedro le mir con desconfianza, y luego exclam como resolvindose:

--Vamos.

Dos horas despus Pedro de Paz refera  algunos de los refugiados de
San Francisco que haba llegado Martin Dorantes, lacayo del muy
magnfico seor Hernando Corts, con cartas de su amo, en las que
destitua  los gobernadores, nombrando en su lugar  Francisco de
Casas.

Mostrronse las cartas, pero durante todo el da aquello permaneci con
el carcter de un secreto, y nada se supo fuera de las tapias del
convento.


II

EL PREGN

Lleg la noche, y en el azul pursimo del cielo de Mxico se elev
majestuosamente la luna, plateando con sus rayos los edificios aztecas
que se demolan para no volverse  reconstruir jams, y las casas y los
templos que levantaban los conquistadores sobre aquellos escombros.

Porque en aquellos das la Tenoztltln de Moctezuma desapareca para dar
lugar  la Mxico de Corts.

Seran las once de la noche, reinaba en la ciudad el ms profundo
silencio; ni un hombre se vea transitar por las calles, pareca que
todos los habitantes dorman el sueo de la muerte; ni un ruido en las
plazas, ni una luz en las ventanas, ni un eco siquiera de esas
canciones  de esas msicas que se escapan, en las altas horas de la
noche, del interior de las habitaciones en todas las ciudades populosas.

El lnguido rumor del viento entre los pocos rboles que entonces haba
en Mxico, y el lejano ladrido de los pocos perros que entonces haba,
esto era todo.

Sin embargo, ni en la casa de Hernn Corts dorma Salazar, ni en el
convento de San Francisco los all retraidos.

La vida toda de la ciudad pareca haberse concentrado  esos dos
lugares.

En San Francisco se preparaba el ataque; en la casa de Corts la
defensa.

Los retraidos en San Francisco haban citado al Ayuntamiento, y no
haban conseguido que fuera ms que un alcalde y algunos regidores, pero
de la nobleza y los particulares reunieron ms de cien personas.

Corts en su carta nombraba para gobernador  Francisco de Casas; pero
Francisco de Casas no estaba en Mxico, y era urgente proveer  la
necesidad y colocar  otro en su lugar.

Mil arbitrios se propusieron, y no falt quien llegara  opinar que
poda borrarse el nombre de Casas en la provisin de Corts y
sustituirle con otro ms  propsito.

La incertidumbre segua, y la noche avanzaba, y todos saban ya que el
gobernador Salazar algo haba maliciado y aprestaba sus tropas para
atacar  resistirse.

--El tiempo vuela--dijo Jorge de Alvarado--y la indecisin es ahora
nuestro mayor enemigo; resolucin, y adelante.

--Y bien, qu hay que hacer?--pregunt Andrs de Tapia que hasta aquel
momento se consideraba como el jefe de los amigos de Corts perseguidos
por Salazar.

--Ante todo, prender  ese hombre--contest Alvarado--quitarle el poder,
impedirle que se fortalezca y pueda resistirnos.

--Tienes algn plan?

--S.

--Pues dle.

--Escuchadme--dijo con solemnidad Alvarado--en este momento no tenemos
aqu ms que cien hombres de combate, pero decididos  morir  
castigar la perfidia y la tirana de ese mnstruo: es verdad?

--S--contestaron los presentes con una especie de rugido.

--Bien; t, Andrs de Tapia, tienes en el convento armas y caballos
para estos hombres?

--Y para otros ms--contest Tapia.

--Y hasta qu nmero puedes armar?

--Con lanzas, picas, ballestas, arcabuces y otras armas, hasta
quinientos.

--Con quinientos hombres resueltos me comprometo  batir  Salazar.

--Es que cuenta, segn sabemos, con mil castellanos.

--Y nosotros con la justicia de nuestra causa, que vale por un ejrcito:
quinientos hombres me bastan.

--Pero aunque hay armas, faltan brazos que las esgriman.

--Dios nos ayudar; dispn que me sigan en este momento treinta jinetes
escogidos.

--Qu piensas hacer?

--Ya lo vers: yo saldr con esos treinta jinetes; t entretanto te
pones en son de defensa con el resto de la gente, por si Salazar
intentase algo contra el convento: fa en Dios, y maana  la madrugada,
armas sern las que falten para darlas  nuestros partidarios.

Andrs de Tapia sali de la estancia en que hablaban, y media hora
despus volvi diciendo  Jorge de Alvarado:

--Los jinetes estn listos.

Alvarado estrech la mano de sus amigos, mont en un soberbio caballo
que un escudero tena de la brida en el patio del convento, y sali  la
calle, en donde esperaba encontrar  los que acompaarle deban.

En efecto, all estaban. La luz de la luna reflejaba sobre las
brillantes armaduras de treinta jinetes que como estatuas de hierro
aguardaban inmviles las rdenes de su capitn.

Segua reinando en la ciudad el silencio ms profundo, y de repente el
tropel de la caballera, y gritos y pregones inusitados despertaron 
los habitantes, y las ventanas y las puertas se abrieron casi
simultneamente y se llenaron de gente ansiosa de conocer la novedad.

Aquel extrao rumor lo causaban Jorge de Alvarado y los suyos que
recorran las calles de la ciudad pregonando: que los que quisiesen
servir al rey acudiesen inmediatamente  San Francisco, en donde les
mostraran cartas del Sr. Hernn Corts.

Pesaba tanto sobre la ciudad la tirana de Salazar y de Chirino, y tanto
se haba sentido la fatal noticia de la muerte de Corts, que aquel
pregn caus una verdadera alegra, y en muy poco tiempo toda la ciudad
se puso en movimiento.

Los mozos se reunieron inmediatamente  Jorge de Alvarado, los hombres
se dirigieron luego  San Francisco, y las mujeres y los ancianos
quedaron en guarda de las casas y rogando  Dios por los suyos.

Cuando la aurora hizo palidecer la luz de la luna, Alvarado haba
cumplido su promesa.

Faltaban armas  Tapia y le sobraban combatientes.


III

LA ARREMETIDA

Mil castellanos y doce piezas de artillera eran la defensa de la casa
de Hernn Corts, en la cual se haba encerrado el gobernador Gonzalo de
Salazar.

En cuanto  su compaero Peralmindes Chirino, haba salido de Mxico
haca ya algn tiempo,  sofocar una sublevacin de los naturales de
Oaxaca, que se haban levantado y dado muerte  cincuenta espaoles y 
diez mil esclavos que trabajaban all en las minas.

Peralmindes Chirino, que era,  lo que parece, tan mal gobernante como
inepto general, sali burlado en aquella empresa, porque rodeados los
enemigos en un gran pen adonde se haban refugiado, escaparon durante
la noche con todos sus tesoros, con mengua de la vigilancia de
Peralmindes.

Por esta causa Salazar se encontraba solo en Mxico la noche en que los
amigos de Corts determinaron atacarle.

Las noticias de cuanto pasaba en las calles y en San Francisco le
llegaban  Salazar por momentos; poda haber salido con sus tropas en
busca de sus enemigos y haberlos derrotado, porque eran aquellos
inferiores en nmero y no contaban con artillera; pero nada hay tan
tmido como una conciencia manchada.

Salazar revisaba personalmente la artillera, las avanzadas y las tropas
de combate y las reservas, animaba  los soldados y  los capitanes, y
procuraba infundirles el odio y el rencor de que estaba posedo.

En la maana, un hombre que llegaba del rumbo de San Francisco se acerc
 Salazar.

--Seor--le dijo--el enemigo se pone en movimiento.

--Y crees t que se atrevern  atacarme?

--Tal creo, seor, porque reina entre ellos el mayor entusiasmo: han
nombrado por capitanes  Jorge Alvarado, Alvaro Saavedra y Andrs de
Tapia, y han sido electos gobernadores interinos Alonso de Estrada y
Rodrigo de Albornoz.

--Miserables! Y cunta gente tienen?

--Gran nmero de plebe, pero slo quinientos hombres listos para el
combate.

--Que vengan!--dijo Salazar sonrindose y dirigiendo una mirada de
satisfaccin  sus tropas y  sus caones.

--A las armas!  las armas!--grit  ese tiempo uno de los
centinelas--el enemigo!

--A las armas!--repitieron todos, y como estaban prevenidos, en un
momento se coronaron las azoteas de gente, y los artilleros, con los
mecheros encendidos, se colocaron al lado de los caones.

En efecto, por las calles del monasterio de San Francisco caminaba con
direccin  la plaza mayor una columna  la cabeza de la cual iba Andrs
de Tapia.

Salazar hizo salir  la calle y formar enfrente de la casa de Corts
gran parte de sus tropas y de su artillera.

La columna de los sublevados se detuvo antes de desembocar  la plaza, y
all se adelant gallardamente Tapia hasta ponerse  la habla con
Salazar.

--Seor factor y vosotros los que con l estis--grit esforzando su
robusta voz.--Sed testigos de que deseo la paz; me habis perseguido,
pero estoy sin pasin: vos, factor, habis dicho y  m me dijsteis,
que tenades orden del consejo del rey para matar  prender al
gobernador D. Hernando Corts: mostrad esa instruccin, y os seguiremos;
si no la hay, para qu tenis engaada tanta gente? Y vosotros,
seores, pues habis servido al rey, dad agora ocasin  vuestros
amigos, que roguemos al gobernador interceda con el rey para que os haga
merced, antes que l venga y os haga cuartos.

--Tal instruccin del rey no tengo, ni  vos la mostrara--contest
Salazar con orgullo--ms cuanto hago, bueno est, y antes morir 
saldr con ello.

Tapia escuch con asombro aquella insolente respuesta, y sin reflexionar
en lo que haca, dando espuelas  su caballo se lanz sobre Salazar
gritando:

--Caballeros, prendedle, si no queris ser traidores.

--Calla,  doy fuego!--exclam Salazar arrebatando un mechero y
precipitndose sobre un can.

--Retirmonos  la casa, seor,--grit en este momento el jefe de la
artillera Don Luis de Guzmn, tomando  Salazar de un brazo--el enemigo
nos ataca por la retaguardia.

Salazar volvi el rostro con espanto, y en efecto, por la calle de
Tacuba desembocaba otra columna.

--A la casa!--grit Salazar retirndose el primero.

Entonces hubo una terrible confusin: los soldados, imitando  sus
jefes, procuraron refugiarse dentro del edificio; pero el terror que se
haba apoderado de ellos era tan grande, que los primeros que
penetraron, creyendo que tenan muy cerca al enemigo, cerraron las
puertas dejando  los dems afuera.

Lo que era natural sucedi entonces: los que haban quedado fuera
comenzaron  gritar: Viva Corts, y se unieron  los asaltantes.

Desde este momento la derrota de Salazar fu inevitable.

Reunise luego el Ayuntamiento, pregonronse los nombramientos de
Estrada y Albornoz y la destitucin de Salazar y Chirino.

Pero Salazar no se renda, y sus soldados comenzaron  hacer fuego sobre
los que pasaban acompaando  Tapia que publicaba aquellos
nombramientos.

--Santiago y cierra Espaa!--grit Tapia arremetiendo  la casa.

El grito de guerra fu repetido, y comenz el asalto.

Tapia cay herido de una pedrada en la cabeza, pero en un momento sus
soldados derribaron las puertas y entraron  la casa.

Jorge Alvarado fu el primero que encontr  Salazar y le aprehendi;
pero apenas se supo que estaba preso, cuando toda la gente se lanz
sobre l para asesinarle.

Apenas Alvarado poda defenderle; pero llegaron en su auxilio el mismo
Tapia, Saavedra y muchos de sus amigos, y con gran esfuerzo lograron
salvarle, hacindole salir por una puerta excusada.


IV

LAS FIERAS

Hombres, mujeres, muchachos y viejos, todos salan  las ventanas y
corran por las calles con gran alborozo para contemplar una extraa
procesin.

En medio de un grupo de soldados, entre la burla y la rechifla del
populacho, caminaba un hombre  quien llevaban casi arrastrando de una
gruesa cadena que tena atada al cuello.

Aquel hombre,  quien agobiaban ms que el peso de su cadena los
insultos de la multitud, era Gonzalo de Salazar.

Los ancianos le ponan como ejemplo de la vanidad de las glorias
humanas; las mujeres le compadecan, pero no deseaban su libertad; los
hombres se rean de l, y los muchachos le arrojaban lodo y cscaras de
fruta  la cara.

Aquel hombre,  ms bien dicho, aquella fiera sombra y silenciosa, fu
paseada as largo tiempo por todas las calles de la ciudad.

Lleg despus el caso de ponerle en una prisin, pero ninguna se
consider bastante estrecha, ni nadie quiso recibir en su casa  aquel
_excomulgado_.

--Haremos una jaula--dijo el carpintero Hernando de Torres que se
encontraba all.

--S, una jaula--dijeron todos.

Hernando de Torres sali y comenz  trabajar con una actividad
increble, ayudado de muchos.

Cuatro horas despus, frente al palacio de Corts, haba ya dos fuertes
jaulas formadas de vigas.

--Para quin es esa otra?--pregunt Tapia mostrando la jaula que estaba
cerca de la de Salazar.

--Para Chirino, que viene en auxilio de su compaero--contest Hernando
de Torres.

--Tienes razn.

Salazar qued encerrado en su jaula, y atado en ella del cuello con una
cadena.

Todos los das los muchachos rodeaban aquella jaula, y se divertan en
arrojar piedras y cieno  Salazar.

Muy pronto Chirino, hecho prisionero por Tapia, vino  ocupar el puesto
que se le haba destinado, y comenz para aquellos monstruos la poca de
la expiacin.

Sin embargo, no les faltaron amigos que pretendiesen libertarlos, y se
form para ello un complot, y los conjurados intentaron cohechar  los
guardianes y abrir las jaulas con llaves falsas.

Descubrise la conspiracin, y un Escobar que haca cabeza en ella fu
ahorcado, y  sus cmplices se les cortaron las manos y los pies.

Salazar y Chirino, como dos fieras encadenadas y enjauladas, quedaron
all sin esperanza de libertad en mucho tiempo.


V

DOS GOTAS EN EL MAR

Corts volvi  Mxico al saber cuanto ocurra en la ciudad, pero sus
enemigos no dejaban de trabajar contra l en la corte, y as es que no
quiso volver  recibirse del gobierno; y despus de mil peripecias,
Alonso de Estrada fu reconocido como gobernador.

Entonces Salazar fu sacado de la jaula, y esto aconteci en Agosto de
1527.

Su prisin haba comenzado en Enero de 1526: cerca de veinte meses
estuvo encadenado y enjaulado.

Chirino haba sido puesto en libertad un poco antes.

Salazar qued an en la Nueva Espaa intrigando con los visitadores y
gobernadores que el rey enviaba.

Pas despus  Espaa, donde se le confi el mando de una flota que
vena  Mxico, en compaa de la armada que mandaba D. Hernando de
Soto; pero al salir de Cuba, Salazar desobedeci  Soto, y en poco
estuvo que Soto no le hubiese ahorcado.

Desde entonces los nombres de Salazar y de Chirino se pierden en la
oscuridad, y desaparecen como dos gotas de agua que caen en el mar.

Sin embargo, algunos dicen que Chirino muri  manos de los indios en
Jalisco.

Tal fu la suerte de los primeros tiranos que tuvo Mxico despus de la
conquista.

_Vicente Riva Palacio._




LA SEVILLANA


I

LA TEMPESTAD

En una hermosa tarde del mes de Octubre del ao de 1550, una barca
pequea se desprendi del embarcadero de Veracruz y se hizo mar afuera.
Iban en ella dos bogas, un viejo piloto manejando el timn, y un grueso
personaje vestido con un largo gabn  pellica oscura, y un sombrerillo
arriscado sin plumaje alguno, al estilo de los que usaban los que no se
consideraban como hijodalgos. Cuando hubieron pasado los arrecifes, el
piloto hizo seal  los remeros de que bogaran ms despacio, y se
dirigi al hombre gordo.

--Piensa vuesa merced que en esta cscara de nuez lleguemos  Cdiz 
al Puerto de Palos?

--Yo te lo dir, Antn, antes de cinco minutos. El hombre gordo se puso
en pie, sac de un estuche de baqueta un anteojo, lo gradu  su vista y
se puso  registrar el horizonte. A los cinco minutos justos se volvi
 sentar en la barca y le dijo al piloto:--Adelante, Antn, porque no
tardaremos media hora en descubrir los palos de la Covadonga.

--Qu horas son?--pregunt el piloto.

--Las cinco,--contest el hombre gordo alzando la vista al sol.

--Pues  las seis   las seis y media tendremos una tempestad.

La mar estaba tranquila, el sol brillante; de vez en cuando se senta un
viento caliente como si viniese del desierto de Africa, y en el
horizonte se aglomeraban algunas nubes de formas caprichosas. Los bogas
volvieron  tomar aliento, y la barca volaba como un alcin en la
superficie de las aguas.

Despus de un cuarto de hora el hombre gordo volvi  ponerse en pie, 
tomar su anteojo y  registrar el horizonte; y volvindose despus al
piloto le dijo:

--Creo haber descubierto en el horizonte alguna cosa como un palo, pero
tan delgado que ms bien parece una espiga de trigo. Qu dices, Antn?

--Digo, mi seor D. Jernimo, que lo que vuesa merced ve con el anteojo,
lo he visto yo con mi vista natural. O la Covadonga est ya subiendo la
ltima escalera de las aguas,  yo no me llamo Antn de Peralta: pero
antes que nosotros lleguemos  la Covadonga, y la Covadonga al puerto,
ya soplar recio y muy dichosos seremos si Dios y sus santos nos dejan
llegar  los arrecifes.

--Y en qu te fundas para tan triste pronstico?

--Conozco mucho estos mares, y nunca he visto en el horizonte rayas
amarillas, sin que  poco no haya soplado lo que se llama entre nosotros
borrasca desecha. Mirad.

El hombre gordo mir con cuidado el horizonte. Las nubes de un amarillo
opaco y triste como el fuego cuando va perdiendo su color rojizo con la
luz del sol, formaban unas rayas uniformes y que parecan, ms bien que
naturales, formadas  arregladas de intento. Las rfagas de viento
caliente se hacan sentir con ms frecuencia, y de vez en cuando se oa
un ruido como si fuese el lejano disparo de un can.

--Ni una sola vez, cuando el cielo est as  la hora de ponerse el sol,
ha dejado de haber tempestad, dijo el piloto. Si teneis grande inters
en hablar  la Covadonga, vamos, porque un viejo piloto espaol jams
retrocede ni ante las ondas ni ante los vientos. Los marinos sabemos que
nuestra sepultura es ancha y profunda, y nos horroriza la idea de ser
machacados y encerrados debajo de la tierra; pero vuesa merced
preferira mejor cenar esta noche un buen pescado en su casa y remojarlo
con una bota de tinto, en vez de exponerse  que los pescados se cenen
el vientre de vuesa merced.

--Tena yo mucho inters en saber si viene en la Covadonga un alto
personaje, porque mi amigo el alcalde de Mesta, Ruz de la Mota, tiene
ya sus barruntos de que el Rey mandar un visitador con cartas y
provisiones amplias; y quin sabe si la pasarn mal ciertos personajes.
Este es un negocio que puede valerme unos cuantos pesos de oro, adems
de los que gane en el fierro y en el azogue que me vienen en el navo.

--Entonces no hay que tener miedo, y hasta encontrar  la Covadonga, que
el comerciante, como el soldado y como el marino, debe morir en su
oficio.

--No, no, Antn, dijo el hombre gordo: tampoco  m me gustan ni esas
nubes ni ese ventarrn caliente. Aqu en la Veracruz, cuando sopla
caliente  poco sopla fro, y vale ms, como dices, cenar muy quietos en
casa. Volvmonos, y me acompaars cuando lleguemos,  tomar un trago de
vino. Desde tierra veremos mejor los movimientos de la Covadonga.

Antn, sin responder palabra, vir la barca y dirigi la proa 
Veracruz. El mar tomaba un aspecto singular; la luz amarillenta del sol,
combinndose con el verde de las aguas, formaba un ancho campo donde
pareca que comenzaba  se apagaba un incendio; el viento irregular
soplaba por intervalos al Sur y al Sudeste, las ondas se iban bordando
de una franja de espuma, y de las fatdicas rayas amarillas pareca que
brotaban gruesas nubes de un aspecto amenazador.

--Si no llegamos en media hora no llegaremos nunca,--dijo el piloto.

--Al puerto, bogas, al puerto, dijo D. Jernimo, y tendr cada uno un
tonel de vino. Los bogas redoblaron su esfuerzo, el mar se hinchaba por
momentos, y cuando la barca pas los arrecifes y puso la proa al
embarcadero, multitud de gente en la playa vea aterrorizada aquella
cscara de nuez que se hunda y volva  aparecer entre la espuma como
si fuera arrojada por el soplo de un monstruo desde el fondo del abismo.
Por fin atrac al lado del embarcadero de madera, y el hombre gordo, el
piloto y los bogas saltaron  tierra llenos de agua y de sudor. La
Covadonga estaba ya visible y se adelantaba resueltamente en medio de la
tempestad que haba estallado al entrar en el puerto.

En instantes el aspecto del cielo cambi, las lneas amarillas,
moribundas y enterradas al parecer en un horizonte morado oscuro,
despedan un opaco y siniestro brillo, el resto del cielo estaba oscuro,
el viento Nordeste desencadenado silbaba, las barcas amarradas danzaban
y se chocaban entre s, y gruesas y estrepitosas olas iban  estrellarse
y  hacer crujir los dbiles tablados que entonces formaban el
embarcadero.

La atencin de todos los espectadores estaba fija en el barco atrevido
que as desafiaba la tormenta; y el hombre gordo, sin sentir ni la agua,
ni la fatiga, ni el cansansio, estaba fijo y mirando las maniobras de la
embarcacin.

Cuando cerr la noche, la Covadonga encendi una luz  proa y tir un
caonazo. Si el caonazo era de socorro, era intil, pues la mar estaba
de tal manera furiosa, que cualquiera barca se hubiera hecho mil
pedazos.


II

DOA BEATRIZ

La Covadonga, juguete de las ondas, empujada ms de una vez  los
arrecifes, estuvo  pique de ser hecha mil pedazos, pero el bravo marino
espaol logr entrar al puerto, y frente del islote de San Juan de Ula
di fondo, amarrando su barco con dos gruesas y pesadas anclas. Continu
el recio viento parte de la noche, y el barco se mantuvo flotando y
resistiendo el azote de las corrientes que se estrellaban contra sus
costados,  pesar de las predicciones de todos los marinos y habitantes
de Veracruz, que crean que de un momento  otro vendra  la costa; y
se aprestaban  dar todo el socorro posible  los nufragos. Don
Jernimo cen su pescado, bebi su vino en compaa del piloto y volvi
 la playa, donde permaneci toda la noche esperando de un momento 
otro ver hundidos sus botes de azogue y sus almadanetas de fierro, y
sobrenadando el cadver del importante personaje que esperaba.

El da siguiente de esta cruel noche amaneci puro y brillante, el
viento haba cado y las ondas poco  poco fueron disminuyendo, de modo
que  medio da se pudo barquear, y todos los botes que dej en buen
estado la tormenta volaron por la baha, y como una parvada de pjaros
que caen sobre los granos, rodearon  la nave espaola.

No es por cierto hoy Veracruz tan concurrido ni tan activo como otros
puertos del Golfo y de las Antillas; pero en los tiempos  que nos
referimos, la llegada de un barco era un verdadero acontecimiento: as,
en cuanto la autoridad lo permiti, la cubierta se llen de curiosos, y
uno de los primeros que subi la escala fu nuestro conocido Don
Jernimo, procurando indagar si vena su cargamento de fierro y azogue y
el personaje distinguido  quien buscaba.

--Viene nada menos, contest el piloto, que un Visitador; pero su esposa
ha sufrido mucho en el temporal, y est desmayada  tal vez muerta en la
cmara.

Nuestro hombre gordo, bien relacionado por una parte con todas las
autoridades, y pesado y exigente por otra, se abri paso por entre la
muchedumbre, y saltando por sobre los cables y estorbos que haba en la
cubierta, logr penetrar en la cmara, y lo primero con que encontr su
mirada fu  una mujer, y qued como pasmado, sin poder articular
palabra ni moverse en algunos minutos.

Era por cierto una mujer hermosa; y nada hay comparable  una mujer
espaola cuando es joven y positivamente bella. La criatura que caus la
admiracin de Don Jernimo estaba medio acostada en un banco de la
cmara, y su cabeza caa descuidadamente en unos cojines. Era de un
blanco limpio, grandes ojos cerrados que sombreaban unas rizadas
pestaas y coronaban dos arqueadas y sedosas cejas. Su boca entreabierta
dejaba ver entre sus labios algo plidos una dentadura fuerte y no muy
pequea, pero cincelada y lustrosa, y su largo y negro cabello
ligeramente rizado, caa en un armonioso desorden realzando la admirable
regularidad de sus facciones. El pecho, los hombros, todo ello formaba
ondas y contornos suaves que dejaba adivinar un traje de seda, algo
maltratado y hmedo, pero que pareca colocado de intento por un hbil
artista. La casualidad, la fatiga, el peligro, su estado de dejadez y de
abandono, todo cooperaba  aumentar la belleza de esa mujer.

Cuando D. Jernimo volvi de la admiracin, procur dirigirse al
personaje que estaba cercano  esa Venus que pareca que haba dormido
entre las blancas espumas y las verdes ondas de la mar.

--Seor, dijo, veo que vuestra esposa ha sufrido mucho; y yo, sabiendo
hace meses que debera venir de la corte un personaje tan alto, estoy
encargado por mi primo Jernimo Ruz de la Mota, de ofreceros mi casa,
mi persona y mis servicios.

El Visitador se inclin con dignidad. Era lo que poda llamarse un
hombre, y no representaba ms de cuarenta aos; de tez un poco morena,
de ojo pequeo y vivo, grandes entradas en la frente, y un pelo negro
echado hacia atrs con desorden pero con gracia, daba  su fisonoma un
aire de audacia y de superioridad que no dejaba de imponer. Sin
contestar  Don Jernimo se acerc con afeccin  la dama desmayada, le
compuso un poco los vestidos, le tom el pulso, le puso la mano en el
corazn, y despus le acarici suavemente la frente.

--Es solo un desmayo, dijo dirigindose al hombre gordo. El temporal ha
sido fuerte, y hemos estado  punto de naufragar. Los peligros y las
aventuras se han hecho para los hombres, pero la naturaleza dbil de las
mujeres no puede sobreponerse al horror de una muerte prxima. Quiz en
tierra recobrar sus sentidos, porque el olor de un barco no es el ms
 propsito......

--Es mi sentir, y vuestra seora puede disponer de una buena barca que
se port ayer muy bien, pues sal con ella  encontrar  la Covadonga, y
de verdad que sin Dios y mi piloto Antn, no tuviera hoy la honra de
hablar con......

--El Lic. Vena, Visitador de Mxico.

--Por muchos aos, contest inclinndose el hombre gordo; y su seora
dispondr lo que hacer se debe.

En esto, la hermosa dama pareci volver en s, abri los ojos y se
incorpor. Nueva admiracin de Don Jernimo. Aquellos grandes ojos
negros como el azabache despedan rayos de amor y de luz. Don Jernimo
se morda los labios, mientras el Licenciado envolva en unas ropas  la
encantadora mujer que haba llegado  las Indias en medio de la ms
deshecha tormenta.


III

EL VISITADOR

El Lic. Vena y Doa Beatriz, que as se llamaba la dama, se hospedaron
en la casa de nuestro D. Jernimo, que era un rico comerciante y que
aventajaba mucho en sus negocios, agasajando cada vez que poda  los
empleados y personajes influentes que llegaban de Espaa  la colonia.

Doa Beatriz volvi  caer en un desmayo al llegar  la habitacin; pero
los cuidados que le prodigaron dos criadas negras que tena D. Jernimo,
y ms que todo una buena taza de vino y algunos alimentos, la volvieron
 la vida, pues lo que realmente tena era que en cerca de treinta
horas, por el mareo y el miedo no haba comido. As que estuvo repuesta
y se encontr segura en una amplia y bien ventilada habitacin, desde
donde se vea el mar quieto, azul y brillante, sonri y se dirigi al
Lic. Vena, cuyas facciones denotaban una profunda tristeza.

--Es un placer, un placer que no tiene igual en la tierra, verse libre y
segura despus de una tormenta. Qu noche, qu noche! creo que si
pienso ms en ella me volver loca.

El Licenciado no le contest, y continu mirando distradamente al mar.
Beatriz, que lo observaba, cambi inmediatamente; baj los ojos, y dos
lgrimas silenciosas rodaron por aquellas mejillas suaves, detenindose
un instante en el suave vello que las haca parecer como un terciopelo
al travs de la luz.

--No s por qu, dijo, dara yo la mitad de mi vida por verme en mi casa
de Sevilla, al lado de mis flores, de mi madre, de Pilar mi hermana. La
Amrica nos ha recibido con una tormenta, y yo no puedo ver estas
playas secas y arenosas, y estos arrecifes terribles, sin que se me
cierre el corazn.

--Todo esto pasar, Beatriz, le contest el Licenciado saliendo de su
distraccin y procurando poner un semblante muy afable. Dentro de pocos
meses estaremos en Sevilla, en Granada, en Italia; pero no me hagas
creer que te has arrepentido, porque eso s me pondra de veras triste.

--Arrepentida, no; pero qu quieres; yo preferira......

--Estar con tu marido, acaso?--repuso violentamente el Licenciado.

--Con mi marido; no, nunca. Esta seal que tengo en el carrillo es una
garanta segura de que nunca volver ni  mirarle. Una sevillana ama,
pero no perdona.

Beatriz tena, en efecto, una pequea seal en el carrillo izquierdo.

--Bien, bien, dijo Vena, no hay que traer  la memoria recuerdos
amargos. Pensemos en el porvenir, y es lo que nos toca.

--Traes tus cartas y tus provisiones?--le pregunt Beatriz.

--Precisamente las cartas del Rey, no; pero bastan por ahora las
instrucciones; y sobre todo, quin puede dudar......?

Don Jernimo toc suavemente la puerta y anunci que el Ayuntamiento
quera felicitar al Visitador y ponerse  sus rdenes. En menos de
media hora el Licenciado y Doa Beatriz salieron elegantemente vestidos
 la sala  recibir  la concurrencia.

Los miembros del Ayuntamiento le presentaron un gran azafate de plata.

Una comisin del comercio que lleg despus, le present  Doa Beatriz,
en una bandeja de oro, una sarta de gruesas perlas.

Las visitas y las comisiones se sucedieron unas  otras, y cada persona
llevaba al Visitador   su esposa un objeto de valor  alguna
curiosidad. Termin la ceremonia, y el Visitador y Beatriz pasaron al
comedor, donde nuestro grueso y buen Don Jernimo tena dispuesta una
suculenta mesa.

Un correo se despach  Mxico avisando que el Lic. Vena, con cartas y
_provisiones_ del Rey, muy importantes y secretas, haba llegado 
Veracruz, y dentro de pocos das pasara  la capital.

En esa poca era Virrey D. Antonio de Mendoza, hombre que posea la
confianza de la Corte, que haba gobernado perfectamente la Nueva-Espaa
y que no tena de esos enemigos tenaces y secretos que perdieron 
Corts ms de una ocasin en el nimo del Soberano; as, la llegada de
un Visitador no dej de chocarle; pero puesto que era un hecho que
estaba en Veracruz, no haba otro remedio sino recibirle y obedecer.

En cuanto  la Audiencia, era otra cosa. Los Oidores quiz no tenan
tan limpia su conciencia, la noticia los puso en cuidado, y lo primero
que trataron y convinieron entre s, fu ganarse la confianza y
proteccin del personaje.


IV

LA AUDIENCIA

Vena y Doa Beatriz salieron al cabo de ocho das de la Veracruz, llenos
de plata, de oro y de valiosas alhajas, custodiados por cuarenta lanzas
jinetas. El camino fu una perpetua ovacin. Los caciques, los
justicias, los vecinos principales salan  recibir  los nobles
personajes, y los banquetes y los obsequios eran continuados. Llegado 
Mxico, se aloj en una de las casas principales que los oidores le
haban preparado, y  los tres das le mandaron respetuosamente pedir
sus _provisiones_ para darles cumplimiento.

El Licenciado contest con la mayor franqueza y naturalidad, que l no
haba trado las _provisiones_, porque el Virrey Velasco que estaba para
llegar, las tena y entonces seran vistas y cumplidas por todos los
vasallos de S. M.

La Audiencia se di por satisfecha: llam al Lic. Vena  sus _estrados_,
le di asiento en ellos, y con la mayor escrupulosidad le estuvo dando
cuenta  instruyendo de todos los negocios graves que haba pendientes,
procurando inspirarle una resolucin favorable.

Las horas en que el Licenciado acababa esos importantes quehaceres, las
empleaba en su casa en recibir  las personas ms distinguidas. Los
encomenderos y todas las muchas gentes interesadas en la _visita_ le
llevaban cuantiosos regalos de oro y plata para l, y de alhajas y
perlas para Doa Beatriz. A la segunda semana de haber llegado el
Visitador  Mxico, ya tena un valioso tesoro, que reunido al de
Veracruz, formaba un respetable capital bastante para vivir con
independencia el resto de la vida.

Beatriz estaba rica: su hermosura deslumbr y caus sensacin en Mxico;
pero cada vez estaba ms triste, y raro da no dejaba de acordarse de su
Sevilla y de derramar algunas lgrimas. El Lic. Vena la tranquilizaba y
le aseguraba que antes de dos semanas estaran de vuelta en Veracruz y
se embarcaran en la misma Covadonga, que aun no se daba  la vela.

Un da, como de costumbre, el Licenciado se fu  los _estrados_ de la
Audiencia, y all lleg un correo expreso enviado de Veracruz, que
avisaba que el Virrey Don Luis Velasco haba llegado.

Al escuchar esta noticia, el Licenciado se puso plido, y un ligero
temblor se observ en sus labios; pero los oidores nada advirtieron, y
l tuvo tiempo de reponerse.

--Qu me place, les dijo, que el buen Don Luis haya llegado, y sin la
tormenta que  m me trajo  tierra. Quiera Dios que yo sin tormenta
vuelva, y con el permiso de vuestras seoras maana partir  encontrar
al Virrey y  tomar las _cartas y provisiones_ que me traer, para que
podamos continuar la visita para bien de S. M. y de sus reinos.

Los oidores ofrecieron sus servicios al Visitador, y despidironse de l
cordialmente, pues crean que con tanto presente que le haban hecho le
tenan enteramente de su parte.

El Licenciado sali de la Audiencia precipitadamente, se dirigi  su
casa y entr buscando  Beatriz.

--Ests demudado! Qu te ha sucedido? Ests enfermo?--le pregunt
Beatriz.

--Ms me valiera haber muerto,--contest el Licenciado.--Corremos un
gran peligro, y esta noche es necesario que salgamos de la ciudad. Nada
me preguntes ahora, y recojamos nuestras joyas y nuestros tesoros.


V

LOS AZOTES Y LA LOCA

Don Antonio de Mendoza, que haba siempre desconfiado, hizo regresar
violentamente el correo  Veracruz para que preguntara al nuevo Virey lo
que haba.

Don Luis de Velasco contest que no haba tal visitador, que  su salida
de Espaa la Corte no haba tratado de mandar persona alguna, y que as
ese Lic. Vena no era ms que un impostor y un aventurero, y que el no
traa para tal personaje cartas ni _provisiones_ algunas.

Cuando los oidores supieron esta noticia, se mesaban los cabellos y
pateaban de rabia. Unos hombres tan severos, tan respetables como
ellos, burlados y robados por un miserable!

El Virrey Mendoza, tranquilo y sin darse por enojado, pues l jams fu
vctima de tal superchera, dict enrgicas disposiciones, y las circul
 los justicias de la tierra para que aprehendiesen al falso visitador.

Don Gonzalo de Vetanzos, gobernador de Cholula, prendi en el momento de
marcharse al Lic. Vena y  la linda Sevillana, y los trajo  buen
recaudo  Mxico. El licenciado fu encerrado en la crcel; la dama en
una casa de confianza, y se recogieron las joyas, oro y plata que les
haban regalado, devolvindose  sus dueos.

En breves das se instruy la causa, y el Lic. Vena fu condenado  diez
aos de galeras, y  recibir antes cuatrocientos azotes.

       *       *       *       *       *

La misma multitud indolente y curiosa que se agolp  ver la entrada
solemne de la noble  interesante pareja, llen las calles y los
balcones para presenciar la cruel ejecucin.

Un hombre, que se poda llamar hermoso, iba montado y atado en una
bestia con albarda: llevaba las espaldas desnudas, pero su semblante era
altanero y fiero, y desafiaba las miradas insolentes de la multitud.

El pregonero se detena en cada esquina, y gritaba tres veces: Esta es
la justicia que el Rey manda hacer en el Lic. Vena, _por embaidor, por
embaidor_.

Apenas acababa aquel funesto grito, cuando los verdugos descargaban con
todas sus fuerzas diez varazos, contndolos con una especie de
complacencia.

Cuando hubo la tumultuosa comitiva y el infeliz licenciado pasado cuatro
esquinas, su bro se haba acabado, la sangre corra escurriendo al
suelo, y algunos pedazos de carne se levantaban de sus espaldas.

El pregn continu, y los azotes tambin. En la sexta esquina, una
hermosa mujer apareci, encontrndose frente  frente con el azotado.
Abri los ojos, llev la mano  los cabellos, y empujando  la multitud
corri por las calles dando lastimeros gritos. El Licenciado la mir
espantado, hizo un esfuerzo por romper sus ligaduras, pero un terrible
azote del verdugo le hizo lanzar un gemido de dolor.

       *       *       *       *       *

La historia no dice si el Lic. Vena muri en el suplicio  fu al fin
llevado  galeras. Tampoco se sabe la suerte que corri la hermosa
Sevillana, vctima de un extravo y de un amor desgraciado.

Pasados algunos aos de este suceso, se refera por el vulgo que  las
doce de la noche se apareca la Sevillana y corra por las calles dando
gemidos tan dolorosos que partan el corazn.

_Manuel Payno._




ALONSO DE AVILA


I

PROLOGO.--LA CONFESIN

En una noche oscura y lluviosa de fin de Julio de 1564, vctima el
Virrey D. Luis de Velasco de los ms acerbos dolores que le ocasionaba
una aguda enfermedad, entregaba su alma  Dios. A ese mismo tiempo, y
entre las tres y cuatro de la maana, un hombre envuelto en un rado y
pardo ferreruelo, escurriendo por todas partes la agua que haba mojado
su sombrero y vestidos, tocaba con grande estrpito la portera del
convento de Santo Domingo de Mxico, y los golpes duros y compasados
producan un eco triste en las calles solitarias y en las bvedas y
estrechos corredores del monasterio. Parece que el lego portero, que
estaba dormido profundamente, era el nico que no oa este ruido que sin
interrupcin continuaba, hasta que al fin una voz ronca y gruona se
escuch del otro lado de la puerta, y al mismo tiempo una ventanilla se
abri y dej pasar por sus pequeas pero espesas barras de hierro un
manojo de rayos de luz que fueron  iluminar las espesas y mojadas
barbas del que tocaba.

--Quin es el imprudente que turba  estas horas el reposo de este
convento, y qu quiere?--pregunt desde adentro el lego portero con
visible mal humor.

--Su Paternidad perdone. Soy Pero Ledesma, criado de mi seor Fortn del
Portillo, que est en la agona, y su alma no espera ms que al Muy
Reverendo Padre Fr. Domingo de la Anunciacin para irse al otro mundo.

--Eso es otra cosa, Pero, dijo el lego, y todo lo que sea para la salud
de la alma de tu amo que es bienhechor de nuestro convento, debemos
hacerlo. Espera un poco y arrmate al marco de la puerta, pues parece
que llueve fuerte. El lego son un gran manojo de llaves, meti una de
ellas en la chapa, y en pocos minutos el rechinido de la enorme puerta
anunci que el criado de D. Fortn tena expedita la entrada del sombro
 inmenso monasterio.

--No hay que perder tiempo, dijo el lego, acomodando en la cintura el
manojo de llaves y tomando en la mano una linterna que despeda una luz
rojiza; cuando se trata del alma de un cristiano y de un buen espaol,
no hay que dormirse ni que perder tiempo.

Los dos personajes subieron la escalera y se internaron por los
corredores oscuros, dejando el uno un rastro de agua y el otro una nube
de humo denso que despeda la mecha del farol. Llegaron  la celda de
Fr. Domingo, tocaron, y al escuchar el Reverendo Padre el nombre de
Fortn del Portillo, se levant resignado, se puso una montera que le
cubra las orejas y los ojos, y envuelto en una especie de turca  sayal
negro sali en compaa del criado, que encendi una tea de resina y le
gui por las calles oscuras y llenas de charcos y de lodo, hasta la casa
del moribundo y penado caballero.

Fortn del Portillo era hombre como de ms de cincuenta aos, cara
larga, barba cerrada y cana. Los ojos eran hundidos, pero las
enfermedades se los haban retirado casi hasta el cerebro. Sufra un
ataque agudo del hgado y estaba ya sin aliento ni fuerzas, tendido en
su lecho y en los ltimos instantes de su vida. La recmara estaba
iluminada con velas de cera que ardan delante de diversas imgenes de
santos, y el cuello del paciente cubierto de reliquias y de
escapularios. Luego que Fr. Domingo entr, todas las mujeres que
asistan al enfermo y rezaban oraciones en coro se agolparon  su
derredor y le besaron la mano. El Reverendo mand apagar algunas de las
velas y retirar  todas las rezanderas.

--Vamos, seor Fortn, qu es eso? os crea, al contrario, muy
aliviado...... quiz Dios todava har un milagro,--dijo Fr. Domingo
acercndose  la cama del enfermo.

--Trais los Santos Oleos?--respondi el enfermo con una voz trabajosa.

--No; y  fe que no os crea tan grave, y quiz......

--Dios me ha permitido, interrumpi el enfermo, que viva el tiempo
necesario para que oigis mi confesin, y ha querido salvar mi alma del
infierno. Bendita sea su divina misericordia.

--Confiad en Dios, replic Fr. Domingo; y quitndose su negra capa,
arrim junto  la cama un tosco silln y se dispuso  or la confesin
del enfermo, el cual, por su parte y con mil esfuerzos, se incorpor y
se acerc lo ms posible al confesor.

       *       *       *       *       *

--Creis que Su Divina Majestad me perdonar?--pregunt el enfermo
despus de haber confesado sus culpas.

--Si os arrepents sinceramente, tendris el cielo seguro, pues Dios
perdona los ms grandes pecados.

--Creis, padre, que hara bien, para descargo de mi conciencia, en
dejar para concluir la fbrica de las capillas, alguna parte de lo poco
que Dios me ha dado en esta tierra?

--Seguramente, contest Fr. Domingo. Todo eso es grato y meritorio  los
ojos de Dios.

--Es que, continu el enfermo con una voz que con esfuerzo le sala ya
de la garganta, tengo otro pecado tan grande, tan horrendo, que dudo que
Dios me lo perdone aun cuando dejara todo mi caudal al convento.

--No hay que blasfemar ni dudar un solo instante de la misericordia de
Dios, que es infinita,--interrumpi el padre con entusiasmo. Vamos, no
hay que tener empacho ni vergenza  la hora de la muerte. Decid,
depositad vuestro secreto en este Santo Tribunal.

El padre se acerc de nuevo al enfermo, y ste le habl un momento en
voz muy baja.

--Jess!!--exclam Fr. Domingo dando involuntariamente un salto del
silln; y todo ello es verdad?

--Tan verdad, padre, como que dentro de poco he de comparecer ante la
presencia de Dios.

--Es muy grave, muy grave todo eso, y no hay que perder tiempo; y en
esto busc su sayal negro y cal de nuevo la montera.

--No me absolvis? me cerris las puertas del cielo? he de morir as
como un hereje, sin esperanza ninguna?--dijo el enfermo con las lgrimas
en los ojos......

--Es verdad, es verdad, dijo Fr. Domingo; pero os absuelvo con una
condicin. El padre se acerc al enfermo y mediaron algunas palabras.
Despus con toda solemnidad le di la absolucin, y apenas hubo tiempo,
pues Fortn del Portillo hizo un gesto supremo, se volvi del otro lado,
sus ojos se cerraron y su alma vol  la eternidad.

Fr. Domingo, preocupado con las ltimas palabras que le dijo el
moribundo, apenas acert  rezarle las ltimas oraciones de la Iglesia,
avis  los deudos, que entraron arrojando lastimosos lamentos, mientras
el reverendo sali  la sala y se comenz  pasear hablando solo y
haciendo diversas seas y ademanes con las manos. Pareca que se haba
vuelto loco.

Luego que amaneci, se envolvi en su turca, y sin despedirse de nadie
sali precipitadamente  la calle, se dirigi al palacio y encontr all
una multitud de gente que lloraba y se lamentaba amargamente. Era que el
Virrey haba muerto casi  la misma hora que Fortn del Portillo.

--No hay otro remedio, dijo en voz baja Fr. Domingo, sino dirigirse
inmediatamente al visitador Valderrama; y sin entrar en su convento tom
el rumbo donde viva este clebre  importante personaje.


II

EL MARQUES DEL VALLE

En la poca en que va  comenzar la accin del drama histrico que en
compendio vamos  referir, la muerte y el tiempo haban ya arrebatado y
reducido  polvo  los personajes que por un momento hemos animado en
nuestros primeros captulos y presentado como figuras principales en el
gran acontecimiento de la conquista. Los reyes aztecas y texcocanos
haban sido inhumanamente matados por sus conquistadores, y los
conquistadores matados tambin por ese secreto impenetrable que se llama
muerte, y que  cierto tiempo nivela al opresor y al oprimido,  la
vctima y al verdugo. El gran _Tonatiut_ haba muerto desbarrancado en
Mochitilte, y su mujer ahogada el mismo da por un volcn en Goatemala;
el conquistador Don Hernando, aislado y despreciado de la corte, haba
exhalado, como cualquier miserable, su postrer suspiro en un pueblacho
solitario y oscuro de Espaa; en una palabra, la generacin terrible de
los primeros conquistadores se haba extinguido en cosa de cuarenta
aos, y sus hijos y deudos eran los que se disputaban los honores, el
mando supremo y las ms bellas porciones del territorio mexicano[13].

En principios del ao de 1563 un grande acontecimiento ocup  los
habitantes de la nueva colonia, y aun no dej de alborotar tambin  los
indgenas, que esperaban siempre con la llegada de un nuevo gobernante,
que empeorase su situacin. En esta vez se trataba de una persona cuya
tradicin era respetada de los indios mexicanos.

Don Martn Corts, hijo del conquistador y de la noble seora Doa Juana
de Ziga, despus de haber servido al sombro monarca que tena el
nombre de Felipe II, y de haberse salvado de grandes peligros en la
batalla de San Quintn, regresaba  su patria  disfrutar de los honores
y de las riquezas que le haba dejado su padre. Era seor de Tlapacoya y
de Cuilapa, de Mexicapa, de Coyoacn, de Cuernavaca, de Charo, de
Toluca, de Tuxtla, y  tantos bienes y vasallos reuna el ttulo de
Marqus del Valle de Oaxaca. Sus riquezas, entonces inmensas, el favor
de que gozaba en la corte, sus aventuras novelescas de la juventud, su
figura imponente y arrogante que recordaba la del gran conquistador, y
el estar enlazado con Doa Ana Ramrez de Arellano, seora de muchas
prendas y clara nobleza, le dieron tal prestigio, que Mxico le vi, si
no como el verdadero monarca de este reino, al menos como su ms fiel y
respetable imagen.

El Marqus puso adems de su parte cuanto le fu posible para sostener
esta reputacin y esta grandeza. Su casa era  la vez un palacio y un
castillo. Pajes con ricas y doradas libreas, criados negros, indgenas y
espaoles vestidos de diferentes y vistosos trajes, y damas hermosas 
indias nobles que servan  Doa Ana con el mismo respeto que  una
reina. El aspecto militar era todava ms imponente. Muchas piezas de
artillera se vean en el espacioso patio, compaas de jinetes y de
arcabuceros estaban continuamente de faccin, como si fuese una plaza de
guerra, y en las noches se vean brillar entre las almenas, con los
rayos de la luna, los cascos de los soldados que con una enorme lanza
hacan la guardia. Cuando el Marqus sala  la calle, lo haca
regularmente en un soberbio caballo de Andaluca enjaezado con seda, oro
y terciopelo. Se haca preceder de un paje con la celada en la cabeza y
una gran lanza enarbolada, y era seguido de muchos caballeros que eran
sus amigos, cada uno de los cuales llevaba su servidumbre, y el
conjunto formaba una brillante cabalgada que levantaba torbellinos de
polvo, haca resonar las toscas piedras de las pocas calles que haba
entonces empedradas, y pecheros y nobles y caciques salan de sus
habitaciones  contemplar con una mezcla de curiosidad y de miedo al
rico y poderoso Marqus del Valle. Tales eran los espectculos y las
cosas que llamaban la atencin en esos tiempos en la noble y leal ciudad
de Mxico,  medio reedificar todava, y muy distinta de lo que es hoy,
segn ms adelante diremos para la inteligencia de nuestros amables y
benvolos lectores.


III

LOS HERMANOS

Era un espacioso saln tapizado de seda color de grana hasta la altura
de dos varas. Pesados escaos y toscos sillones cuyos brazos y pies se
formaban de cabezas y garras de leones, y labrados de oloroso blsamo,
estaban colocados contra las paredes y cubran todo el espacio donde no
haba balcones  puertas. En el fondo haba una imagen de Cristo
Crucificado, y del techo pendan tres araas enormes de plata. El suelo
estaba cubierto con alfombras venecianas y con mantas bordadas de
fuertes colores, testimonio todava patente de la industria y
civilizacin de la raza indgena. Al entrar en esta pieza no se saba
acertivamente lo que era; pero ms tena trazas de templo que de
habitacin profana dedicada  los saraos y banquetes.

En este saln se hallaba el Marqus pasendose de un extremo  otro, con
la cabeza baja, un dedo en la boca, y con muestras de que una idea fija
le preocupaba. A pocos momentos se present D. Martn Corts, hijo del
conquistador y de la hermosa Doa Marina, llevando en su ferreruelo la
roja Cruz de Santiago. Detrs de D. Martn Corts se entraron
silenciosamente en el saln dos caballeros: el uno era D. Luis Corts,
hijo tambin del conquistador y de Doa Antonia Hermosilla, y el otro
Alonso de Avila. Era este un mancebo de cosa de veinticinco aos,
hermoso y gallardo, de ojos negros y chispeantes, de frente ancha, de
nariz larga y de boca grande, sombreada por un negro bigote con las
puntas retorcidas hacia arriba. Hablaba con entusiasmo y viveza, era
pronto y rpido en los movimientos, accionaba mucho, y su mano derecha
la llevaba frecuentemente al pomo de su larga espada, porque era
pendenciero y calavera, y manejaba con garbo y destreza las armas y el
caballo: vesta un capellar de damasco encarnado bordado de plata, que
tena una capucha  la usanza morisca para cubrir la cabeza, un
corpezuelo de una tela de seda tejida con plata y oro, y unas calzas de
terciopelo negro.

Los tres caballeros, que como hemos dicho llegaron casi al mismo tiempo,
observando la distraccin del Marqus, se quedaron en pie y guardaron
silencio; pero ste, al volver del extremo de la sala los mir, y
desarrugando su faz sonri y les tendi la mano.

--Hermanos! Alonso! sabis ya la buena noticia?

--Precisamente nos han dicho......

--Que la marquesa acaba de dar  luz con toda felicidad dos gemelos, no
es verdad?

--Me haban dicho que uno solo,--interrumpi Alonso.

--Dos, por el beneficio de Dios, contest el marqus, y ya veremos para
despus como son tan grandes como su abuelo y tan ricos como su padre.
Lo que me preocupaba ahora enteramente, eran las solemnidades del
bautismo. Quiero que haya unas fiestas verdaderamente reales, y
que......

--_Reales_ son todas vuestras cosas, Marqus, interrumpi Alonso de
Avila, y _reales_ las hemos de volver de tal manera, que las majestades
_reales_ queden asombradas de lo que aqu va  pasar.

--Quedo, quedo, dijo el Marqus ponindose un dedo en la boca y cerrando
la puerta;--y luego, dirigindose  los caballeros, continu:--Sentos y
evitemos las ceremonias, pues que todos somos hermanos, y por tal
tendris siempre  mi fiel amigo Alonso de Avila.

Los caballeros, llamndose hermanos y estrechndose las manos, se
sentaron  departir con la mayor confianza.

--Sabes, Marqus--dijo Alonso--que tengo un gran cuidado? es decir, de
los cuidados que me dan risa y que  veces torno en placeres con mi
espada.

--Algn duelo, alguna dama infiel, algn amor nuevo?--pregunt el
Marqus.

--Nada de eso, pero quiz otra cosa ms grave. No s por qu tengo idea
de que el juego de pelota, de dados y de naipes que he puesto en mi casa
con el intento de crearme partidarios y disimular nuestras reuniones, ha
sido denunciado al visitador Valderrama, y tiene ya los hilos de la
conjuracin.

--Nada es ms cierto, repuso el Marqus, pero no te inquietes por eso;
mi enemigo el Virrey es ya muerto, y Valderrama no ha dado importancia 
la denuncia y todo me lo ha confiado. Por mi parte, y como que vive en
mi casa, tengo que hablarle frecuentemente; lo he tranquilizado de tal
manera que ni se acuerda del asunto.

--Y la audiencia, sabr algo?--pregunt el hijo de Doa Marina.

--Por la mirada torva y la maliciosa sonrisa que observ en el Oidor
Ceynos, cuando lo encontr ayer, creo que nada ignora de cuanto est
pasando, interrumpi D. Luis Corts.

--Y qu tenemos que cuidarnos de semejantes antiguallas,--exclam D.
Alonso. Por Santiago! que entre mi hermano Gil y yo acabaremos 
estocadas con esos viejos pergaminos.

--Calma, contest el Marqus, y ocupmonos del bautismo de los gemelos,
porque precisamente en medio de las festividades organizaremos de tal
manera nuestros negocios, que la tierra quede por nuestra, y libre de la
tirana de Espaa y del despotismo de los oidores y visitadores. Lo que
el padre quiso dar al Rey, el hijo no lo quiere confirmar.

--No hay que perder momentos, dijo Don Luis Corts, y sepamos cmo
tienen de pasar esas fiestas del bautismo.

--En primer lugar, contest el Marqus...

En esto se escuch en la calle el ruido seco y estridente de espadas que
se chocaban, y llegaron al saln gritos descompasados de los que pedan
favor.

Or el rumor y correr los tres caballeros con tizona en mano, todo fu
uno. El Marqus tom su sombrero y su espada, y los sigui de lejos
hasta la calle de _Martn de Aberraza_, donde ya rean furiosamente los
dos hermanos Bocanegras y Hernando de Crdova, de una parte; y Alonso de
Cervantes, Juan Valdivieso, Njera, Juan Jurez y Alonso Peralta, de la
otra. La justicia haba acudido y levantaba en ese momento  Cervantes
que haba cado atravesado de una estocada. El Marqus tom la defensa
de los Bocanegras, y la pendencia habra comenzado de nuevo,  no ser
porque los alguaciles rogaron al Marqus y  los amigos que evitasen un
disgusto en los das de un acontecimiento tan fausto. Envainaron todos
las tizonas, los corchetes cargaron al herido, y el Marqus y sus
hermanos, sin ocuparse ya del suceso, regresaron tranquilamente  la
casa, y se dedicaron  discutir y fijar lo que ahora llamariamos el
programa de las solemnidades para el bautismo de los recin nacidos.


IV

EL BAUTISMO

Es necesario decir algunas palabras para explicar al lector cmo estaba
la parte de la ciudad donde pasan las escenas que hemos referido y las
que aun falta que contar.

El palacio actual fu edificado por Corts en el mismo lugar donde
estaba la casa de Moctezuma. Tena cuatro torreones, dos puertas al
frente y su balconera. No tena aadidos, como hoy, ni la casa de
moneda ni los cuarteles. Don Martn Corts lo vendi al rey de Espaa
en cosa de treinta y cinco mil pesos, y poco antes de que pasaran los
sucesos de que nos ocupamos, el virrey, la audiencia y otras oficinas se
haban trasladado al palacio, pues antes residan en las casas que se
llamaban del Estado.

La Diputacin no tena portalera. Era un edificio slido y triste con
dos baluartes. En la plaza que es hoy del Mercado, haba una
construccin de paredes altas sin balconera y con raras y estrechas
ventanas, propiedad del conquistador, y donde se alojaban los indios de
Coyoacn cuando venan  verle. El lugar que ocupa hoy la Universidad
era un pantano inmundo, y un canal vena pegado al costado del palacio y
se prolongaba hasta el callejn de Dolores, donde est hoy la casa de
Diligencias. Los portales de las Flores, el de la Fruta y otros dos
pequeos, estaban edificados y tenan unas escaleras que descendan al
canal, y all las canoas y piraguas desembarcaban sus efectos. Las casas
de Corts ocupaban todo lo que hoy se llama el Empedradillo, y daban
vuelta por Tacuba, donde se encontraba la tapia de una huerta inmensa.
El frente de estos palacios era como el de un castillo, con torres en
las esquinas y almenas en las azoteas.

La catedral actual se comenz  edificar posteriormente, y entonces
haba un templo pequeo que llamaban la Iglesia Mayor, y en la esquina
frente al castillo del Marqus parece que haba una torre aislada que
llamaban la Torre del Reloj. En la esquina de la primera calle del
Reloj, y que se llamaba de Ixtapalapa, donde ahora est la botica de
Cervantes, estaba la casa de Alonso de Avila, formada en su mayor parte
con las piedras labradas y con los dolos de los templos mexicanos que
estaban situados  poco ms  menos en donde es hoy la calle de Santa
Teresa. La plaza mayor se formaba con estos edificios y estaba despejada
y con un piso de tierra, con excepcin de algunos tramos cercanos  las
casas, que estaban cubiertos con los restos de las losas y piedras de
los templos aztecas. Esta topografa, enteramente distinta de la que nos
presenta hoy la plaza y sus cercanas, nos permitir tener una idea ms
aproximada del carcter de las festividades que se dispusieron para el
bautismo de los dos gemelos.

El aparato real que combin el marqus con sus hermanos y amigos, se
despleg en toda su magnificencia el 30 de junio de 1566, que fu el
sealado para el bautismo. Se construy un primoroso tablado de cuatro
varas de alto y seis  ocho de ancho, por donde poda pasar todo el
acompaamiento desde el interior de la casa del marqus hasta la iglesia
mayor. Los padrinos fueron Don Luis de Castilla y Doa Juana de Sosa su
mujer, y ech la agua  los gemelos el den Don Juan Chico de Molina.
Al salir la comitiva se dispar toda la artillera que se haba sacado 
la plazuela, y al regresar se repiti la descarga. En seguida, doce
caballeros armados de punta en blanco hicieron sobre el tablado un
torneo y lucharon valerosamente, dejando asombrada  la multitud por el
brillo y riqueza de sus armaduras y por su destreza en manejar las
armas.

La plaza mayor se convirti, como por encanto, en un espeso bosque donde
se vean altos cedros, encinas y otros rboles de la montaa; cerrse
completamente con altas cercas de csped, y all se pusieron venados,
liebres, codornices y cuanto animal se pudo recoger, y diestros
cazadores vestidos  la usanza indgena organizaron una partida de caza
que diverta  todo lo ms granado de la nobleza que en los balcones
gozaba de la extraa novedad de este espectculo. En la puerta principal
de la casa del marqus, haba de un lado un enorme tonel lleno de vino
tinto, y otro de vino blanco en el extremo opuesto. Dos criados negros
daban de beber  todo el pueblo, que entrando al patio cortaban en
seguida grandes rebanadas de un toro asado, que entero y de pie estaba
colocado en el centro. Este banquete se renov constantemente durante
ocho das. Excusado es decir que el pueblo ocioso, entusiasmado y
sorprendido con festividades que antes no se haban visto y que no se
volvern  ver otra vez, pas una semana entre la borrachera, la
alegra, el juego y el amor, pues la situacin entonces de la ciudad,
los tablados y bosques artificiales y la holganza extraordinaria,
favorecan toda clase de desvaros y de ilcitas alegras. En medio de
esta continua orga solan aparecer tres bultos silenciosos envueltos en
negros ferreruelos, que todo lo observaban y que de vez en cuando se
descubran un poco, y arrojaban con sus ojos, luminosos como los de las
hienas, amenazantes miradas  la juventud alegre, bulliciosa y elegante
que rodeaba al marqus. Cuando se buscaba con ms empeo  estas tres
sombras entre la multitud, desaparecan como si una hechicera invisible
los arrebatara repentinamente por los aires.


V

LA ORGIA Y LA CONSPIRACION

Mientras el pueblo se divierte sin apercibirse del verdadero motivo de
tanta bulla y de tanta fiesta, es necesario que entremos otra vez al
interior de la casa del Marqus y asistamos  uno de los esplndidos
banquetes en que se regalaba la nobleza, mientras el pueblo coma sus
trozos de toro asado.

El comedor era un saln que tena ms de veinticinco varas de largo y
siete de ancho, con los techos formados con vigas labradas de oloroso
cedro; pero al entrar en la noche, era necesario ponerse la mano en los
ojos para no cegar con los reflejos de tantas vasijas, platos y vasos de
plata y oro como estaban colocados en los aparadores que cubran la
pared, casi hasta el labrado artesn.

Entraron al comedor en una de esas noches, D. Martn y D. Luis, que eran
hombres por temperamento quietos, pero que  la sazn tenan que seguir
la corriente de los acontecimientos, y no vean tampoco con indiferencia
que su hermano llegase  ser el rey y seor de la Nueva-Espaa. Tras de
ellos fueron entrando sucesivamente D. Luis y D. Lorenzo de Castilla, D.
Lope de Sosa, D. Hernn Gutirrez de Altamirano, D. Diego Rodrguez
Orozco, D. Bernardino Pacheco de Bocanegra, D. Fernando de Crdova y
otra multitud de caballeros, todos amigos y partidarios del Marqus. Aun
no se acababan de reunir y se saludaban y dbanse las manos, cuando
entr ste.

--Extraa sorpresa, dijo, echando una mirada  la esplndida mesa que
estaba ya puesta y aderezada.

--Seguramente es invencin de Alonso de Avila, dijo D. Martn, y no
sabemos cmo completar esta festividad tan extraa.

--Por Dios, exclam D. Hernn Gutirrez, que esta vajilla con ser de
tierra no es menos curiosa que la de plata.

El Marqus y sus amigos se pusieron  examinar la vajilla que por orden
de Avila se haba construdo, y era toda de barro tan primorosamente
labrado, que cada pieza era curiosidad digna de un museo. Este servicio
de mesa, hecho por los indgenas mexicanos, haba sido sustitudo al de
plata del Marqus que se hallaba distribudo en los aparadores, con
excepcin de una primorosa taza de oro que tena la forma de una corona,
y que estaba intencionalmente colocada en el lugar preferente de la mesa
en que deba sentarse el Marqus del Valle.

Cada uno deca algo  propsito del servicio indgena, cuando se
present un paje que habl al odo del Marqus y sali inmediatamente.

--Por mi f, caballeros, dijo el Marqus, que no s lo que Avila tiene
dispuesto; pero sea lo que fuere, l nos manda la orden de que nos
sentemos  la mesa, y debemos obedecerle.--Todos los caballeros que
hemos mencionado, el Den Chico de Molina y otros ms que haban entrado
tomaron sus asientos y comenzaron  comer y  catar los ricos y
exquisitos vinos espaoles de que tan bien provistas estaban las bodegas
del palacio.

Escuchse el ruido del teponaxtle y de otros instrumentos indgenas, y
casi al instante fu entrando al comedor el emperador Moctezuma, los
reyes de Texcoco y Tlacopan y multitud de caciques nobles vestidos con
tal propiedad, que si D. Hernando hubiese resucitado, trabajo le habra
costado reconocer  los espaoles bajo el disfraz indgena. Alonso de
Avila desempeaba el papel del emperador Azteca, y sus amigos el de los
reyes y nobleza mexicana.

Saludaron al Marqus con la ceremonia indgena, se confesaron sus
vasallos, le reconocieron como  su nico y legtimo soberano. El
fingido Moctezuma puso en el cuello del Marqus un sartal de flores y de
joyas de gran valor, y los reyes colocaron en la cabeza del Marqus y de
la Marquesa que se hallaba en una pieza inmediata, unas coronas de
laurel, y luego en coro toda aquella loca y alegre mascarada azteca di
un grito diciendo: _Oh, qu bien les estn las coronas  vuestras
Seoras!_

Acabada esta ceremonia se incorporaron  los convidados y se sentaron 
comer. El vino circul con profusin, los brindis comenzaron y las
conversaciones no tuvieron freno.

--No hay que perder un momento ms, dijo Avila. Das y semanas han
transcurrido, y nosotros llenos de miedo por tres viejos estantiguas.

--Al infierno con ellos, interrumpi Gutirrez.

--Todos son de los nuestros?--pregunt D. Luis de Castilla.

Alonso de Avila se levant, recorri uno  uno  los convidados, y luego
volvi  sentarse diciendo: podemos hablar; todos somos los de la
familia del Marqus.

--Por fin se ha convenido en algn plan?--interrog Nuo de Chvez.

--Est definitivamente fijado, y voy  explicarlo en dos palabras, pero
con la copa en la mano y brindando por el legtimo y futuro soberano de
Mxico.

Todos se levantaron, y un grito de aprobacin y de jbilo se escuch en
el palacio. El Marqus se puso un poco encendido, sonri, baj los ojos
y dijo  su compadre Castilla que estaba junto de l:--Es todo una
chanza, un juego, una diversin de mis amigos....

--Veamos el plan, dijeron varios.

--Silencio, dijo Avila, y caiga la maldicin de Dios y la excomunin de
la Iglesia sobre el que revele  los enemigos una sola palabra de lo que
aqu va  decirse.

Los caballeros se pusieron en pie y llevaron la mano al puo de su
espada.

Alonso de Avila hizo sentar  los convidados, y l en pie comenz 
hablar:

--Los encomenderos todos estn en nuestro favor, porque van  ver
perdidas sus riquezas con las nuevas leyes de Espaa; los indgenas
veneran la memoria del conquistador y aman al Marqus; la juventud y la
nobleza adora al que es el modelo de la caballera: conque si con tales
cosas contamos, por qu hemos de sufrir por ms tiempo el yugo y la
dependencia de Espaa? Hagmonos _seores de la tierra_ que nuestros
padres conquistaron con su sangre, dictemos leyes para nuestra
felicidad, sacudamos la tirana y arrojemos  todos esos virreyes,
oidores y visitadores que vienen  poner el pie en nuestros cuellos.
Viva la independencia, viva el marqus del Valle, nuestro seor!!

Alonso bebi hasta la ltima gota del vino que tena en un gran jarrn,
y lo mismo hicieron todos los dems, secundando el brindis con
estrepitosos aplausos.

--Aun no he concluido, grit Alonso de Avila as que se hubo
restablecido el silencio. Todo est fijado para el da de San Hiplito
martir, en que sale del palacio la procesin del Pendn.--Se est
construyendo un gran navo que se colocar en la plazuela como una de
tantas cosas de la solemnidad de la toma de Mxico; pero ese navo
estar como el caballo de Troya, preado de soldados y tambin meteremos
unas cuantas piezas de artillera. Cuando los oidores pasen por la
esquina de esta casa donde est la torre, D. Martn descender como para
atacar  los del navo, y en medio de esta farsa caeremos sobre los
oidores, y matndolos echaremos sus cadveres al canal   la plaza.
Una campanada del templo mayor avisar  los hombres de armas que
tendremos en la calle y se encargarn de dar muerte  D. Luis y  D.
Francisco de Velasco,  los oficiales reales y  todas las personas que
se opongan  la rebelin. Una capa encarnada que mover en la azotea del
palacio el Lic. Espinosa, ser la seal para el toque de las campanas, y
 ese mismo tiempo se pondr fuego al archivo y  todas las oficinas
para que no quede ni el nombre del rey de Castilla.

Los convidados quedaron mudos; el prospecto de incendio, de sangre y de
asesinatos haba hecho pasar alguna cosa como un viento fro en sus
frentes ya ardorosas por el licor.

--Tendremos miedo?--pregunt fieramente Alonso de Avila encarndose con
los convidados.

La palabra miedo pronunciada entre hidalgos espaoles hizo cambiar la
escena. Todos llenaron sus vasos, bebieron y brindaron de la manera ms
terrible. Realmente hacan bien; el nico poder armado en Mxico era el
Marqus. Qu podan hacer tres viejos hurones metidos en sus casas y
retirados del centro de la ciudad?

El Den Chico de Molina se levant, y pidiendo la atencin y el
silencio, tom solemnemente la taza de oro y la puso en la cabeza del
Marqus, dicindole: _Qu bien que le est  la cabeza de vuestra
Seora!_

--Chanzas, chanzas todas, dijo el Marqus dirigindose de nuevo  su
compadre D. Luis de Castilla, y quitndose modestamente la taza de la
cabeza, la llen de vino y bebi.

--A las chanzas pesadas, dijo D. Luis de Castilla, y bebi tambin.

El entusiasmo no tuvo lmites, los brindis siguieron hasta la media
noche, pero al fin se levantaron los manteles, y los caballeros que
tenan sus escuderos y sus corceles en los patios, montaron  caballo y
formaron una rica y costosa _Encamisada_ recorriendo y alborotando la
ciudad con hachas encendidas y combatiendo y tirndose con _alcancas_,
que eran unas bolas de barro rellenas de harina  ceniza.

De en medio de este torbellino de borrachos alegres y de atrevidos
conspiradores, se deslizaban de vez en cuando unas figuras negras y
misteriosas que desaparecan apenas alguno fijaba en ellas sus ojos. El
Marqus observ algo de esto una ocasin, y sinti, sin saber por qu,
un ligero calosfro.


VI

LOS OIDORES

Terminadas las esplndidas fiestas del bautismo de los dos gemelos, la
ciudad volvi  su estado aparente de quietud y monotona, el bosque
desapareci de la plaza, y la casa del Marqus era nicamente visitada
por sus hermanos y por uno que otro caballero de su intimidad. Los
conspiradores se reunan de noche en la casa de Alonso de Avila. Su
hermano Gil Gonzlez apenas haba tomado parte en todo esto, y
permaneca fuera de Mxico la mayor parte del tiempo cuidando una
encomienda.

Los nicos que todo lo saban, que todo lo observaban, eran los oidores,
que eran en ese tiempo el doctor Don Francisco de Ceynos, Don Pedro de
Villalobos y Don Jernimo de Orozco. Reunironse un da en la Audiencia,
que era un departamento oscuro y sombro del palacio, cuyas ventanas
daban  los sucios albaales que haba, donde despus se construy el
mercado y la Universidad.

--Supongo que todo lo sabeis, dijo el doctor Ceynos arrugando las cejas,
despidiendo al alguacil que estaba en la puerta y cerrndola.

--Todos los fieles vasallos de S. M. hemos presenciado el escndalo de
los desleales y traidores que quieren alzarse con la tierra, dijo
Orozco; pero cmo hacer, cuando ellos tienen las armas y la fuerza, y 
los encomenderos y  los mismos indios de su parte? Nosotros realmente
somos impotentes y estamos odiados.

--No hay ms remedio que ahorcarlos  todos, interrumpi Villalobos.

--Es lo mismo que yo haba pensado, y todava ms, lo he dispuesto as,
y salva la opinin de vuestras seoras, lo har como lo digo, contest
el doctor Ceynos. Desde que el reverendo Fr. Domingo de la Anunciacin
me revel la confesin de Fortn del Portillo, que era nada menos que el
encargado de asesinarnos, he seguido los pasos del Marqus y de los
Avilas, y hoy puedo decir todo lo que est preparado para el da de San
Hiplito mrtir. Aqu tenemos tambin la denuncia de Velasco y de
Villanueva.

--Nosotros lo sabemos tambin todo, quiz lo hemos odo  esos
insolentes borrachos que se regalaban en casa del Marqus; pero
repetimos, cmo hacerlo?

--Voy  decirlo; y si teneis valor, fe en la justicia y amor  nuestro
soberano, no se necesita ms sino que juguemos la partida. Bien s que
se corre riesgo, pero tambin es nuestra nica salvacin, porque de lo
contrario, un da  otro seremos asesinados.

--Seguiremos la suerte de nuestro presidente, dijeron los dos oidores.

--Ha llegado un navo  Veracruz con pliegos de Espaa.

--Lo sabemos.

--Pues no hay ms camino sino llamar al Marqus hoy mismo  la
Audiencia, dicindole que el Rey manda que ciertos pliegos se abran en
su presencia. Una vez que est aqu, le prenderemos.

--Los dos oidores se levantaron de su silla, sorprendidos de tanta
audacia.

--Y le degollaremos en seguida, lo mismo que  todos los dems. Aqu
teneis la lista de los conjurados, todos deben reducirse  prisin en un
mismo da y  una misma hora; de lo contrario somos perdidos: uno solo
que quede, alborotar la ciudad, sacar la artillera de la casa del
Marqus, y sus criados bastarn para arrollarnos.

--Teneis gente dispuesta?--pregunt Villalobos.

--Poca, pero decidida y bien pagada, contest Ceynos, y adems cuidan
del lance enemigos personales de los Avilas, de los Bocanegras y del
Marqus: no nos faltarn.

--Entonces manos  la obra, respondi Villalobos, y no hay que pensarlo
mucho.

Un atento recado al marqus del Valle hizo que ste,  ajeno de la
celada que se le tenda,  demasiado confiado, acudiera inmediatamente.

Luego que se present en la sala, le ofrecieron con mucha cortesa un
asiento, mientras otro de los oidores mand ocupar las puertas con la
gente armada, que de antemano haba preparado Ceynos.

Villalobos se dirigi al presidente, dicindole:--Mandad lo que deba
hacerse.

El doctor Ceynos se volvi resueltamente al Marqus, y le dijo con voz
amenazadora: Dos preso por el Rey.

--Por qu tengo de ser preso?--contest D. Martn levantndose de su
asiento y mirando  las puertas.

--Por traidor  S. M., replic Ceynos.

--Ments!--interrumpi el marqus ciego de ira y echando mano  su
estoque;--yo no soy traidor al Rey, ni los ha habido en mi linaje.

Villalobos y Orozco se sobrecogieron creyendo que haba llegado el
ltimo trance de su vida; slo el doctor Ceynos clav una mirada fija y
fiera en el Marqus,  hizo sea  los soldados que se acercasen.

El Marqus reflexion, envain el estoque, y plido como la muerte,
entreg sus armas. Un momento, dijo, y estoy  vuestras rdenes.
Retirse  un rincn de la pieza y murmur algunas palabras como una
plegaria. Fu la promesa que hizo, si escapaba con vida, de dar de
comer  un nmero de presos ese mismo da de cada ao. El Marqus fu
llevado  una pieza que en el palacio estaba dispuesta de antemano por
Ceynos.

A la misma hora fueron aprehendidos D. Martn y D. Luis Corts y todos
los convidados alegres  quienes hemos conocido en el magnfico comedor
de las casas del Empedradillo. No escap, ni por su carcter sacerdotal,
el Den Chico de Molina, que fu reducido  una estrecha prisin en la
Torre del Arzobispado.


VII

LOS DEGOLLADOS

El 3 de agosto de 1566, vspera de Santo Domingo,  las siete de una
oscura y lgubre noche, una comitiva fnebre se diriga  la plaza
mayor. Alonso de Avila iba montado en una mula con unos grillos en las
manos; estaba vestido de negro, y una ropa  turca de damasco pardo, con
gorra de terciopelo con una pluma negra, y una gruesa cadena de oro en
el cuello. Su hermano Gil Gonzlez, ajeno  la conspiracin, como hemos
dicho, iba vestido de pardo y montado en otra mula. Eran seguidos de
muchos guardias armados y de alguaciles con teas encendidas, y el
verdugo, enmascarado, con una enorme hacha en el hombro, preceda muy
de cerca  los presos.

Junto  las casas de cabildo estaba un tablado cubierto de pao negro, y
alumbrado con la trmula y escasa luz de algunas hachas; lo custodiaba
la gente de la Audiencia, y alderredor la poblacin entera, amigos y
enemigos confundidos en la dudosa sombra, aguardaban mudos y sombros el
desenlace del terrible drama. Ayudados por sus confesores, los Avila
subieron al tablado. Alonso confes all ser cierta la conspiracin, con
palabras que revelaban la proximidad de la muerte, y las ltimas
oraciones no terminaban cuando el verdugo levant en el aire su terrible
hacha, la que zumbando troz la cabeza del apuesto y gallardo joven, y
lo mismo pas con el inocente Gil Gonzlez, quedando aquel pao fnebre
humedecido con la sangre de los dos alegres y bravos convidados del
marqus del Valle.

Los cuerpos mutilados se llevaron por un sacerdote y dos hombres,  la
luz de un opaco cirio,  la iglesia de San Agustn, y las cabezas
amanecieron al siguiente da clavadas en unas picas en lo alto de los
torreones de la Diputacin.

_Manuel Payno._




DON MARTIN CORTES

    _Mandar decapitar_
    _A todos los sospechosos;_
    _Con suplicios espantosos_
    _Har  Mxico temblar._

    RODRIGUEZ GALVN.--_Muoz._


I

LA FLOTA

En alguno de los artculos anteriores hemos dicho que la entrada de un
barco al puerto de Veracruz, que era el nico por donde se haca el
comercio en la Nueva-Espaa, era un acontecimiento. La llegada de las
flotas que comenzaron  venir con regularidad desde 1561, llenaba de
jbilo  los habitantes. Las noticias no se circulaban en todo el vasto
territorio por telgrafo, como hoy, pero s por medio de correos
indgenas que atravesaban en pocas horas distancias prodigiosas, de
manera que podemos considerarlos como los telgrafos humanos; y
difcilmente en cualquiera otro pas del mundo las comunicaciones han de
haber sido tan rpidas y tan seguras como en Mxico desde el tiempo de
los Reyes Aztecas, que tenan sistemado de una manera notable el
servicio de los correos.

Luego que  todo escape llegaba el correo  las poblaciones con la
noticia de que la Flota haba llegado con toda seguridad  Veracruz, el
Corregidor, Subdelegado  justicia mayor del pueblo, se vesta con todo
el lujo posible, el Ayuntamiento se reuna en cabildo pleno, el cura
aseaba y llenaba de gallardetes y de cirios la Iglesia, y los
comerciantes y labradores salan llenos de jbilo de su casa y se
reunan en la plaza  referirse mtuamente las noticias que saban, ya
de la salud de los Reyes, ya de las aventuras que haban corrido los
barcos en una tan larga y peligrosa navegacin, ya de las mercancas que
tenan que recibir. Se cantaba una misa solemne, las campanas se
repicaban  todo vuelo, y los viejos vinos de Espaa circulaban con
profusin entre los buenos y honrados mercaderes. El da era de holgorio
y de completa alegra. En Mxico, por supuesto, todo se haca con ms
pompa y solemnidad, aunque algunas personas, en vez de alegrarse,
temblaban  la llegada de cada Flota, porque las provisiones de la corte
no siempre eran conformes con los deseos de los que aqu gobernaban.

La alegra, en la poca  que vamos  referirnos, fu mayor para la
generalidad de los habitantes de Mxico, aunque al mismo tiempo inspir
el ms grande sobresalto  la audiencia y  sus partidarios, que como
hemos visto en la narracin anterior, haban mandado degollar  los
hermanos Avila, y tenan reducidos  prisin y encausados al marqus del
Valle y  la mayor parte de los nobles y caballeros ricos  influentes
de la ciudad.

Un da, y cuando menos se esperaba, se anunci que el muy noble y bravo
general Don Pedro de las Roelas haba llegado  Veracruz con la
Capitana, diversos barcos de guerra y muchas naves mercantes, llenas de
los ms valiosos y exquisitos efectos. En la Capitana vena un alto
personaje, que era nada menos que Don Gastn de Peralta, marqus de
Falces, nombrado virrey de la Nueva Espaa.

Los amigos del Marqus que vean su vida en peligro no economizaban
ningn medio para salvarlo, por artero y peligroso que fuese, as que
mientras unos trabajaban en Mxico para proporcionarle la fuga 
embrollar la causa, otros haban secretamente dirigdose  Veracruz con
el fin de trasladarse  Espaa.

Al tiempo que la Flota lleg, dos jvenes amigos del Marqus y de los
Avila se hallaban en Veracruz. Inmediatamente fletaron una embarcacin
pequea, se disfrazaron de mercaderes, y con pretexto de navegar para
Campeche, se dieron  la mar y abordaron antes  la Capitana, logrando
ser recibidos por el general Roelas y por el marqus de Falces.

--Qu noticias me dis del Reino?--les pregunt el Marqus, pasadas las
ceremonias y saludos de costumbre.

--No podemos darlas muy buenas, dijo uno de ellos quitndose con
sencillez y respeto el sombrero. La tierra toda anda revuelta, y los
oidores han ultrajado  la mitad de la nobleza, han degollado  los
Avila, que eran los jvenes ms apuestos y ms queridos de Mxico, van 
degollar al noble marqus del Valle, y van  degollar  los Bocanegras,
y van  degollar  Castilla, y van  degollar  los Sotelos, y van 
degollar al Den Chico de Molina, y van  degollar  doce padres de San
Francisco y  dos de Santo Domingo, y van......

--Esos monstruos, interrumpi el Marqus, van  degollar  toda la Nueva
Espaa; pero es cierto?  tratis de burlaros del Virrey?

--Dios nos defienda! dijeron los dos muchachos; nosotros somos
mercaderes que hacemos viajes  Yucatn, y no nos ataen ninguna de
estas cosas; pero hemos visto caer las cabezas de los Avila y sabemos
todo esto. Su seora har bien de no salir de la Capitana, porque es
muy posible que tambin los oidores quisieran......

--Degollarme  m tambin, no es verdad?--interrumpi el Marqus
retrocediendo un paso.

--Salvo el parecer de su seora, contest el ms atrevido de los
muchachos que llevaba la palabra, y agach humildemente la cabeza.

Don Pedro de las Roelas, que haba escuchado en silencio toda la
conversacin, di una patada en la cmara y ech uno de esos juramentos
espaoles que hacen estremecer una torre, y volvindose al Marqus.

--Creo, le dijo, que esos oidores son una vil canalla, y en el fondo
quiz estos muchachos dicen la verdad; ser mejor que permanezcis 
bordo hasta recibir mejores noticias.

--Id con Dios, muchachos, y buen viento de popa, les dijo el marino, y
los despidi.

El marqus de Falces se qued efectivamente  bordo, y all recibi
cartas que confirmaban las noticias funestas del estado que guardaba el
Reino. Al cabo de seis das se decidi  ponerse en camino para Mxico,
adonde no lleg sino despus de un mes, acompaado de veinticuatro
alabarderos y de doce de sus sirvientes armados de lanzas jinetas.


II

DE LO VIVO  LO PINTADO

Don Gastn de Peralta, marqus de Falces, tercer virrey de Mxico, era
hombre generoso, franco, enemigo de las violencias y de las
persecuciones, y sobre todo respetaba la memoria del conquistador y
estaba dispuesto  perdonar cualquier falta que sus descendientes
hubiesen cometido.

Cuando lleg  Mxico, los oidores, asustados con su propia obra, tenan
la artillera abocada contra la ciudad, tercios armados recorran los
barrios, y la polica vigilaba hasta las acciones de los muchachos que
andaban en la calle. Todas las noches teman que estallase una nueva
conspiracin y que ellos corrieran la misma suerte que haban deparado 
los simpticos jvenes  quienes degollaron.

Don Gastn mand retirar inmediatamente la artillera y las guardias,
comenz  conocer en todas las causas pendientes, calm la clera de la
nobleza y volvi  los nimos de los moradores su perdida tranquilidad.

El proceso del marqus del Valle se segua por los oidores con
actividad, el Fiscal Cspedes de Crdenas pidi la confiscacin de los
bienes, el Virrey la neg; pero el miedo, que los haca ms crueles, los
inclinaba  sentenciarle  muerte. El marqus del Valle, el hijo ms
querido de Corts, poda ser degollado frente de la Diputacin, en el
mismo patbulo que los Avila.

Don Gastn recibi, al sentarse  la mesa, informe del estado de las
causas; no acab de comer, sino que se retir silencioso y pensativo 
su cuarto. Cosa de las ocho de la noche llam  su secretario Gordin
Casasano.

--Id  la prisin del Marqus con esta orden, sacadle de ella y traedle
 mi presencia. Vuestra cabeza me responde de todo.

El secretario volvi antes de una hora con un hombre embozado hasta los
ojos en un ferreruelo negro. Era el marqus del Valle.

--Don Gastn, dijo conmovido, jams mi casa olvidar lo que os debe.

--Guardad, Marqus, para otra ocasin esos cumplidos, le contest el
Virrey tendindole la mano, y tratemos ahora de conclur definitivamente
todos estos enojosos procesos. Sabis que los oidores os condenarn 
muerte?

--Me habran ya degollado,  no haberlo impedido tan oportunamente el
noble Don Gastn.

--Es verdad, Marqus, es verdad; esos hombres estn sedientos de sangre.
Han condenado  muerte  Don Luis Corts.

--Villanos!--dijo el Marqus exaltado; el ms inocente, el mejor de los
hijos de mi noble y valiente padre. Pero eso no es posible!

Don Gastn sonri tristemente y contest al Marqus:--Todo es posible en
esta tierra y con estos hombres. Escuchad. Lo que voy  hacer en este
momento me puede costar la vida,  cuando menos el virreinato. No
importa. Quiero salvar el nombre histrico de los espaoles. Tres viejos
miserables, llenos de odio y de rencor, no deben enviar al patbulo 
los hijos del capitn ms grande que ha tenido la Europa. Os
salvar......

--Don Gastn, interrumpi el marqus del Valle, os explicar......

--Nada tenis que explicarme...... _traidores no los ha habido en
vuestro linaje_, vos lo habis dicho...... tampoco quiero obligaros.
Cumplo con mi conciencia y mi fe de hidalgo y de espaol. Firmar la
sentencia de Don Luis, pero en revisin ser condenado slo  la
confiscacin y  servir  su costa diez aos en Orn. En cuanto  vos,
partiris para Espaa en la flota de Juan de Velasco. Si el Rey os mata
all, morid como cristiano y como caballero, que el Rey sabr por qu
mancha su manto con la sangre del que di  Castilla el vasto reino de
Nueva Espaa: si os perdona, buena pro os haga. Todo est dicho, y ni
una palabra ms.

Don Gastn toc la campanilla y el secretario entr.--Iris  casa de
los oidores y los traeris al palacio, dicindoles que el servicio de S.
M. los llama inmediatamente.

El secretario sali y el marqus del Valle y el Virrey quedaron
platicando familiar y amistosamente de las cosas de la tierra y de las
cosas de Espaa.

Los oidores llegaron y se sorprendieron de encontrar al marqus del
Valle en palacio, en vez de estar encerrado en su prisin.

--No podemos tratar ni hablar, dijo Ceynos indicando al Marqus,
mientras una persona que deba estar en la prisin se halla en......

Don Gastn tom todo el aire resuelto  imperioso de quien tiene fijada
en la conciencia una resolucin irrevocable.

--El Virrey s puede hablar, y hablar pocas cosas, pero sern
decisivas,--dijo encarndose, y sin darles asiento. La sentencia de
muerte de Don Luis est firmada, pero en revisin slo tendr la pena de
servir diez aos  su costa en Orn, y quedar confirmada la
confiscacin de sus bienes.

--Su seora reflexionar, murmur Ceynos......

--He reflexionado ya, seor licenciado Ceynos, contest el Virrey
secamente; y continu:

El marqus del Valle saldr para Espaa donde continuar su causa, y uno
de vosotros le custodiar hasta entregarle al comandante de la flota.
Lo entendeis? y vuestra cabeza responde de la seguridad del
prisionero. Id con Dios.

--Seor Virrey, dijo Ceynos, yo no me encargar por todo el oro de las
Indias, de conducir  un preso semejante. Sus muchos partidarios nos
atacaran en el camino y nos mataran.

--Ni yo, dijo el otro oidor.

--Ni yo, interrumpi el tercero.

--Entonces yo me encargar, dijo el Virrey, y ya veris de qu manera.

--Marqus del Valle, continu, vos saldris de Mxico el da que yo os
diga, os embarcaris en la nao de Felipe Boquin, llamada la _Esterlina_,
iris  San Lcar de Barrameda   otro puerto de Espaa, y  los
cincuenta das os presentaris al consejo de Indias, avisndome de todo
esto por los primeros navos de la prxima flota. Dadme la mano y
prestad _pleito-homenaje_ ante mi secretario Gordin Casasano y el
caballero de Calatrava Don Pedro Bui, y que Dios os ayude y os guarde.

--Seor Virrey, dijeron los oidores, el reo se fugar sin remedio;
protestamos que.......

El marqus del Valle, lleno de enojo quiso contestar al incuo Ceynos,
pero el noble Don Gastn le contuvo, y dijo con una dignidad y una
admirable firmeza:--Prncipes, galeras, fortalezas y oficios se
entregan  caballeros con _pleito-homenaje_. Id con Dios, seores
oidores, y sabed que con el Marqus va tambin Don Luis su hermano y el
Den Chico de Molina.

El Virrey salud con dignidad  los oidores y dijo  su secretario
Gordin: acompaad al Marqus  la casa y hacedle los honores debidos.
Los dems presos fueron puestos en libertad al da siguiente; la ciudad
qued tranquila.

El Virrey sigui despus ocupndose con afn de los asuntos de la
colonia, y particularmente de componer y embellecer el palacio, donde
mand pintar la batalla de San Quintn, en la cual haba tal nmero de
figuras que segn las gentes decan, pasaban de _treinta mil_.

Los oidores furiosos escribieron cartas  Espaa acusando al Virrey de
complicidad con los conjurados y diciendo, que tena _treinta mil
hombres_ para alzarse con la tierra, y otras muchas calumnias de esa
especie, al mismo tiempo que procuraron, por medio del soborno, que los
despachos que el mismo Virrey remiti  Espaa, fuesen robados y no
llegasen por consiguiente al conocimiento de Felipe II. Todas las
gentes, al ver la mudanza que se origin en el reino, se deshacan en
elogios al Virrey, y decan comparndole con la audiencia: _Esto s que
es de lo vivo  lo pintado_; pero los oidores, cuando platicaban entre
s regocijndose del triunfo que iban  obtener en la corte, decan
tambin: todos los soldados que ha mandado pintar Don Gastn en el
palacio, los hemos considerado como de carne y hueso en el informe que
hemos dado  Espaa. Esto s es verdaderamente _de lo vivo  lo
pintado_.


III

EL VISITADOR MUOZ

Felipe II, alarmado con las noticias que recibi de la Audiencia de
Mxico y con el silencio de Don Gastn de Peralta, le removi del
virreinato y mand de visitadores  los Licenciados Jarava, Carrillo y
Muoz. Eran tres fieras y no tres hombres; Jarava muri afortunadamente
durante la navegacin. Carrillo y Muoz llegaron  Mxico
repentinamente. Don Gastn de Peralta, sorprendido de las bruscas
disposiciones de la corte, levant una informacin y se retir  San
Juan de Ula.

El Lic. Alonso de Muoz era hombre de ms de 65 aos; alto, seco,
acartonado, de color de aceituna, de ojos torvos y hundidos, de una boca
tosca y antiptica; sus facciones todas salientes y duras, sus barbas
gruesas como las cerdas de un jabal, y que le salan en desorden por
toda la cara hasta cerca de los ojos, lo hacan parecer ms bien un
animal feroz que un ser humano; todo, en fin, revelaba su altanera, su
crueldad y su orgullo.

Luego que descans un par de das, se present en la Audiencia, y toda
la hostilidad que los oidores hacan al buen marqus de Falces, se
convirti en bajeza y adulacin tratndose de Muoz.

--Mil perdones tenemos que pediros humildemente, le dijeron: quiz el
alojamiento no ha sido digno de una tan grande persona.

--Yo no he venido aqu  alojarme bien  mal, sino  castigar  los
traidores. Qu habis hecho para defender el trono de nuestro monarca
Felipe y para atajar la cobarda  quiz tambin la traicin de ese
Virrey dbil?

--Seor, nosotros degollamos......

--Ya lo s; degollsteis  dos mancebos calaveras. Gran cosa, vive
Dios! pero no tuvsteis valor para degollar al Marqus y  sus hermanos.

--Seor......

--Ya vereis: vengan ac esos papeles que llamais procesos, y esta noche
temblar Mxico.

El secretario, sin poder andar de miedo, y con la boca seca de manera
que no pudo responder una palabra  las diversas interpelaciones de
Muoz, llev unas resmas de papel escrito que contenan las causas que
les haban instrudo  los conjurados con motivo del bautismo de los
gemelos del marqus del Valle.

Muoz cal unas grandes gafas, tosi estrepitosamente hasta hacer
estremecer la sala; hizo recorrer los estoques y armas contra su acerada
cota de malla interior, para dar  conocer que  todo estaba prevenido,
y comenz  hojear las causas. Durante una hora ni las moscas turbaron
el silencio.

--Que entre el fiscal Sande, dijo Muoz despus de cerrar los legajos
con una especie de clera.

El fiscal Sande entr.

--Cobarda, infamia, traicin, eso es lo que saco en limpio de estos
papeles. Las causas, enredadas con tantas declaraciones y alegatos, no
acabarn nunca, y nosotros tenemos de acabarlas, seor fiscal, y tengan
vuestra seora y vosotros, seores oidores, mucho cuidado con vuestras
cabezas.

Todos guardaron silencio, y el fiscal Sande se sent y se puso 
escribir.

--Qu escribs, Sande?--le pregunt Muoz.

--Vuestra seora tendr la paciencia de esperar un cuarto de hora, y
leer, pues creo haber adivinado su intento.

Muoz baj la cabeza y qued sumergido en una especie de somnolencia.

Cuando Sande acab, present  Muoz lo que haba escrito.

Muoz abri su gran boca; sus ojos brillaron como los de una hiena en la
noche.

--Se decreta, dijo Muoz, la confiscacin de bienes del marqus del
Valle, de Don Martn su hermano, de Arias Sotelo, de Pacheco Bocanegra,
de Nuo Chvez, de Luis Ponce de Leon, de Agustn de Soto Mayor, de
Francisco Pacheco, de Hernando de Crdova, de Diego Rodrguez, de
Hernando Bazn, de Antonio Carvajal y de Gmez de Cceres. Todo estos
quedarn reducidos  una estrecha prisin.

--Volved la hoja, le dijo el fiscal.

Muoz volvi la hoja y pregunt al secretario de la Audiencia:

--Tendremos crceles bastantes para ms de doscientas personas?

--Con perdn de su seora, despus de los que se hallan en prisin,
apenas habr para veinte.

--Entonces, sin dilacin, es menester construr todas las prisiones que
sean necesarias. Sern estrechas, incmodas, y se colocarn en los
lugares ms malsanos, porque debemos estar entendidos que no se trata de
regalar  los traidores  su Rey. Me entendis? Quiero que tengan fama
en la historia, y que todos se acuerden en Mxico, dentro de dos siglos,
de _los calabozos de Muoz_.

Muoz se levant, y sin quitarse la gorra ni saludar, sali de la
Audiencia.

En la noche, los justicias, desde las doce hasta la madrugada,
recorrieron la ciudad; asaltaron por las azoteas, por las huertas, por
los corrales, todas las casas designadas, y arrancaron de su lecho y de
los brazos de sus esposas  las vctimas, secuestrando la ropa, los
papeles, la plata labrada, los caballos y carruajes.

Amaneci el da siguiente, y la consternacin y el llanto se vean en
todos los semblantes. Nadie se atreva  hablar, y todos temblaban
cuando vean pasar  los siniestros satlites del visitador de Mxico.

       *       *       *       *       *

Una vez infundido el espanto y el pavor con este golpe que hiri  las
ms principales y nobles familias, Muoz fu el dueo y el rbitro de la
ciudad de Mxico. En las siguientes semanas este hombre feroz se encerr
en su habitacin sin dejarse hablar ni ver ms que por sus secuaces. Las
causas caminaban con espantosa rapidez, y los presos, aturdidos, no
acertaban ni en las respuestas ni en la manera de defenderse.

El da 8 de enero de 1568, al caer la tarde, fueron ahorcados Gmez de
Victoria y Cristbal de Oate. Esa noche ninguna de las familias de los
presos durmi, y la pasaron en angustias, llorando y encendiendo cirios
 los santos para que libertasen de la muerte  sus deudos.

El Ayuntamiento, entre tanto, aterrorizado y temiendo ser ahorcado en
cuerpo y solemnemente, dispuso alegres festividades para celebrar la
llegada del visitador y la justicia que haca en nombre del Rey.

El da 9 recorri las calles una fnebre procesin. Dos nobles ricos y
principales caballeros, Don Baltazar y Don Pedro de Quesada, atados de
pies y manos, en sendas mulas, aparecan custodiados por numerosos y
feroces esbirros. En cada esquina el pregonero se detena y gritaba con
toda la fuerza de sus pulmones: Esta es la justicia que manda hacer S.
M.  este hombre, por traidor; mndanle degollar por ello; quien tal
hace que tal pague. Llevados de este modo hasta el centro de la plaza
pblica (donde hoy estn los jardines), el verdugo les cort la cabeza.

Diego Arias, Baltazar de Sotelo, Pero Gmez de Cceres, Juan Valdivieso,
Antonio Ruz de Castaeda y Garca de Albornoz, fueron sacados
violentamente, de noche, y conducidos  Veracruz para ser embarcados
para Espaa. A la mayor parte de los ricos se les exigieron gruesas
sumas de dinero, que  ttulo de sueldos se repartan Muoz, Carrillo,
los oidores y los dems satlites del tirano. Carrillo firmaba todo lo
que Muoz decretaba.

La consternacin y el miedo se cambi en rabia. Aseguran las tradiciones
que una buena parte de la gente principal se reuna en un barrio que se
llam por esto de los Rebeldes, y en unas casas en ruina que haba
(donde hoy es la imprenta de Don Ignacio Cumplido), conspiraban,
resueltos  matar  Muoz,  Carrillo y  los oidores, y  libertarse 
toda costa de la ms horrenda y sangrienta tirana.


IV

EL TORMENTO

Martn Corts, actor principal despus de su hermano en este sangriento
drama, era el mejor y ms amable de los hombres. Hijo de la hermosa
Marina y del conquistador D. Hernando, por un error de la naturaleza no
haba heredado ni la fortaleza y bro personal de su padre, pero s la
melancola y la dulzura de la raza indgena, representada en los ojos,
en la fisonoma, en las maneras de la mujer ms bella y ms clebre que
pueda registrar la historia. Dbil, extenuado, enfermizo,
condescendiente por carcter, fiel y amante con su hermano, haba
seguido pasivamente todas las aventuras que ya hemos referido, resignado
como un hidalgo  sufrir hericamente todas las consecuencias. Ya que el
Marqus haba escapado, Muoz quera vengarse en el hermano.

Mientras que pasaban en la plaza mayor las ejecuciones que hemos
referido, en el interior de las casas reales tena lugar uno de esos
actos brbaros inventados por los hombres en nombre de la justicia.

Don Martn Corts haba sido condenado  sufrir el tormento _de la agua
y de los cordeles_, y los espaoles pagaban as en el hijo los servicios
que la madre haba prestado en la obra laboriosa y difcil de la
conquista.

A pesar de una reciente y dolorosa enfermedad que haba padecido, fu
llevado  la pieza destinada para el tormento en el palacio, que era
hmeda y sombra, pues reciba una escasa luz por una alta ventana
guarnecida con gruesas barras de hierro.

Juan Navarro y Pedro Baca le desnudaron y le colocaron en el potro del
tormento, que era un tosco caballete de madera con unos agujeros por
donde pasaban las cuerdas y unos tornos para apretarlas.

Don Martn, silencioso, pero digno y firme, miraba fieramente  sus
verdugos. Le amarraron ambos brazos con un cordel que apretaron
gradualmente para arrancarle una declaracin.

No habiendo dicho nada, le amarraron con seis cordeles los brazos,
muslos y espinillas, y le colocaron otros dos en los dedos pulgares de
los pies, y todo este aparato era terriblemente apretado por el
torniquete hasta el punto que las cuerdas se le entraban en la carne y
los dedos de los pies estaban  punto de arrancrsele.

En esto entraron Don Francisco de Velasco y el obispo de la Puebla Don
Antonio Morales, pues siendo Don Martn caballero del hbito de
Santiago, conforme  los estatutos de la Orden deban asistir dos
caballeros al suplicio.

Don Martn volvi indignado la vista hacia el Obispo, y nada contest.

Entonces Muoz, que desde la puerta vigilaba la ejecucin del tormento,
mand que se le echase un jarro de agua.

Nada dijo tampoco Don Martn.

Muoz orden otro jarro de agua.

Don Martn estuvo  punto de ahogarse,  hizo,  pesar de su debilidad,
un esfuerzo para romper las ligaduras que le martirizaban.

Muoz dispuso que se le echase otro jarro de agua.

Don Martn volvi la vista y amenaz con una terrible mirada  Muoz y
al Obispo.

--Otro jarro de agua,--grit Muoz.

Con esfuerzo, porque Don Martn se ahogaba, le echaron el cuarto jarro
de agua, lastimndole la boca que pretenda cerrar  pesar de tener una
trabilla que se lo impeda.

--Confesad,--le dijeron los verdugos.

--He dicho la verdad en la causa, y nada tengo que aadir,--dijo el
desgraciado.

--Otro jarro de agua,--grit Muoz.

--Puede morir, observ el verdugo.

--Otro jarro, otro jarro, y aunque muera,--replic Muoz.

Otro jarro fu administrado en efecto, pero el infeliz Don Martn mora,
y con voz desfallecida exclam: _Ya he dicho la verdad, y por el
Sacratsimo nombre de Dios que se duelan de m, que no dir ms de aqu
que me muera._

El paciente cerr los ojos, y los verdugos, creyndolo muerto,
suspendieron el tormento y le condujeron en ese estado  su prisin.
Algunos das despus Don Martn fu condenado  destierro perpetuo de
todas las Indias; y enfermo y maltratado, y lleno de despecho y de
tristeza por el ultraje que haba recibido, se embarc para la
Pennsula, donde muri  poco tiempo  consecuencia de sus martirios y
pesares.


V

LA JUSTICIA DEL REY

La tirana de Muoz no conoci ya lmites desde que empu
definitivamente las riendas del gobierno, y la tierra se hubiera perdido
desde entonces para Espaa, si el Rey, escuchando las muchas y justas
quejas de sus vasallos de Mxico, no hubiese puesto un remedio. Los
licenciados Villanueva y Vasco de Puga, oidores que haba dispuesto y
mandado  Castilla el visitador Valderrama, vinieron comisionados y con
amplias facultades para remediar todos los males que  causa del
gobierno de Muoz aquejaban  la Nueva Espaa.

El Martes Santo entraron secretamente  la ciudad, con sus _cartas y
provisiones_ que mostraron nicamente  la Audiencia; pero los oidores
estaban ya tan aterrorizados, que ninguno quiso aceptar la comisin de
notificar  Muoz la cdula de S. M.

Villanueva y Vasco de Puga tuvieron que apechugar con todo el lance.

Muoz, para darse ms importancia y para hacer alarde de un acto de
hipcrita devocin, se haba retirado  pasar la Semana Santa al
convento de Santo Domingo, y en la iglesia haba mandado poner un alto
tablado con un dosel de terciopelo carmes, todo recamado de oro, un
sitial y un cojn. All asista  los oficios y ceremonias, rodeado de
una compaa de alabarderos. Los mismos frailes, poderosos  influentes
entonces, se llenaron de tal espanto, que muchas veces pasaban tres 
cuatro hojas del misal en vez de una, y cantaban los salmos de una
manera extraa. Acabados los oficios, Muoz atravesaba con una estudiada
gravedad los corredores del convento, y se encerraba en su celda 
pensar  quines robara los bienes y  quin encerrara en sus inmundos
calabozos.

Puga y Villanueva tuvieron, como quien dice, que echarse el alma  las
espaldas, y el Mircoles Santo, muy de maana, acompaados del
secretario Sancho Lpez de Agurto y del alguacil mayor, se presentaron
en el convento. Encontrronse con el paje del servicio, pero rehus
formalmente despertar  Muoz, por ms instancias que le hicieron; as,
tuvieron que esperar ms de una hora hasta que otro paje se resolvi, y
de puntillas y vacilando, como quien va  cometer un crimen, avis  su
amo que unos caballeros con negocios de mucha importancia pretendan
besarle la mano. Muoz despidi al audaz paje con una torva mirada, y no
se dign contestar.

Pas otra media hora, y entonces Muoz se visti  hizo entrar  su
dormitorio  los licenciados. Estaba sentado en uno de esos sillones
antiguos, de que hoy nos quedan algunas muestras, con la gorra puesta y
las piernas negligentemente tendidas sobre unos cojines de terciopelo
galoneados de oro.

Puga y Villanueva se descubrieron, saludaron cortesmente, y como se
acostumbraba, preguntaron por su salud.

--La noche fu mala, contest Muoz sin darles asiento ni quitarse la
gorra, y la salud no es buena; pero sera mejor si gente atrevida 
importuna no viniese desde la madrugada de Dios  turbar el sueo y el
descanso en das tan santos y tan solemnes.

Estas palabras encendieron la clera de los oidores, que se cubrieron al
instante la cabeza. Muoz quera levantarse  reprenderles sin duda,
pero le hicieron una seal imperiosa con la mano, y Villanueva, que era
el ms resuelto, sac del seno la _provisin real_, y dijo con firmeza:

--Seor secretario, leed esta cdula y notificadla al licenciado Muoz.

Agurto, alentado y colrico tambin, tom el papel, se acerc al
visitador, desviando con el pie los cojines que le estorbaban, y comenz
 leer. A los primeros renglones, Muoz se quit la gorra;  los
segundos, recogi sus piernas y se puso en una postura decente;  la
mitad de la cdula, perdi el color; al fin de ella, el hombre estaba
tan abatido, tan humillado, tan cobarde, cuanto antes haba sido
soberbio, altanero y cruel.

--Seor Muoz, le dijo Villanueva, estn sonando las ocho en el reloj
del convento. Dentro de tres horas saldris de la ciudad.

--Asistir  los oficios, murmur Muoz, queriendo ganar un poco de
tiempo.

--Dentro de tres horas, repiti Villanueva.

--Dentro de tres horas, dijo Puga.

--Dentro de tres horas! gritle Agurto, y los tres, seguidos de su
alguacil, volvieron la espalda  Muoz, y sin saludarle salieron de la
celda.

Muoz, sobrecogido de miedo, y temiendo que los oidores le mandaran
degollar, recogi el oro que pudo, y disfrazado,  pie, sin custodia
ninguna y acompaado solo de Carrillo, que era su favorito, abandon por
la puerta excusada el convento de Santo Domingo, antes de que sonaran
las once en el reloj, y tom el camino de Veracruz.

Cuando los reverendos padres entraron  la celda  ofrecerle sus
servicios y oraciones, encontraron la cama deshecha, papeles rotos, y
ropas y muebles en desorden. El visitador se haba marchado, y difundida
la noticia en un momento, la ciudad se llen de jbilo, y las gentes
salan de sus casas como si se hubiesen repetido las esplndidas fiestas
del Marqus.

       *       *       *       *       *

Don Gastn de Peralta, marqus de Falces, que estaba, por falta de un
buque, detenido en Veracruz, tuvo que hacer junto con Muoz el viaje de
mar. Una sola vez trat Muoz de saludarle y de trabar conversacin con
l, sin embargo de las esperanzas que tena de que su conducta fuera
aprobada.

--Un caballero y un hidalgo no puede atravesar una palabra,--dijo el de
Falces con dignidad,--con un asesino y con un hombre vil. Si mis
palabras os mortifican, os har la merced, llegando  Espaa, de daros
razn con la punta de mi espada. Muoz devor el insulto, pensando
vengarse ms adelante.

Una vez que llegaron, solicitaron audiencia del Rey. Falces fu muy bien
recibido, se escucharon con benevolencia sus explicaciones y se retir 
su casa contento y satisfecho.

Cuando lleg su turno  Muoz, Felipe II estaba sentado, y ni lo salud,
ni alz siquiera la vista para mirarle. Muoz comenz  hacer la
relacin de sus servicios y de sus mritos. Felipe se levant entonces,
le mir fijamente, y le dijo con enfado: _No os envi  las Indias 
destruir, sino  gobernar_, y volvindole las espaldas, se retir  otro
aposento.

Muoz qued petrificado como una estatua;  poco pudo moverse, y sali
de los aposentos reales. Con dificultad lleg  su casa, vacilante y
como ebrio, y apenas acert  cerrar la puerta para que nadie le viese.

Al da siguiente, los pajes que entraron  servirle el desayuno le
encontraron muerto, sentado en un silln, con una mano en la mejilla y
la fisonoma descompuesta y hundida; pareca la de un cadver que
despus de una semana se hubiese sacado de la tumba.

As se cumpli la justicia de Dios y del Rey.

_Manuel Payno._




PEDRO DE ALVARADO


I

EL COMENDADOR

Entre la alegre turba de jvenes aventureros que llegaban de Espaa 
las ricas islas del mundo de Coln, se distingua en el ao de 1510 uno
 quien sus compaeros daban el sobrenombre de _el Comendador_.

Contara este mancebo cuando ms veinticinco aos de edad, y haba
nacido en Badajoz. Alto, esbelto, fornido, pareca destinado por su
naturaleza  la guerra, y se haca notable por la blancura de su cutis y
por su hermosa cabellera, tan rubia como la que los poetas le atribuan
al mismo Apolo.

Este joven se llamaba Pedro de Alvarado.

Al llegar Alvarado  la Amrica, ostentaba orgullosamente un viejo sayo,
nico regalo quiz de un su to, caballero de la Orden de Santiago.

Pero aquel sayo haba servido mucho tiempo  aquel to, y aquel to
haba llevado en el mismo tiempo la insignia de la orden; cuando Pedro
de Alvarado se hizo el propietario de la prenda, quit de ella la cruz
de Santiago, pero no consigui borrar la seal del lugar que haba
ocupado, y la indeleble huella fu denunciando por todas partes la
historia del sayo, y la categora de su primer poseedor. Esto no era
posible que escapara  las perspicaces miradas de los audaces
aventureros que pasaban  las Indias, y para burlarse de Pedro y de su
sayo, muy pronto convinieron en llamarle, y le llamaron por burla _el
Comendador_.

Entre soldados  estudiantes, los sobrenombres se popularizan
inmediatamente, y ni la resignacin ni el enojo son poderosos para
hacerlos olvidar. Pedro de Alvarado tuvo que conformarse con el apodo,
ofreciendo nada ms que algn da llegara por sus hechos  alcanzar
verdaderamente aquella condecoracin.


II

EL CAPITAN

Los colonos de la Isla de Cuba estaban conmovidos con las noticias que
circulaban entre ellos.

El gobernador Diego Velzquez haba recibido nuevas de la expedicin que
por orden suya emprendi Juan de Grijalva en busca de nuevas tierras.

El portador de aquellas noticias, uno de los ms famosos capitanes de la
escuadrilla de Grijalva, era el que mandaba uno de los cuatro buques de
que aquella se compona, y ese capitn, que volvi cargado de riquezas 
presentarlas  Diego Velzquez, y que haba dado ya su nombre  un ro
caudaloso en las tierras nuevamente descubiertas, no era otro que Pedro
de Alvarado.

Pero Alvarado no era ya el pobre mozo que llevaba la vieja ropa de su
to, no era ya el joven desvalido  quien llamaban satricamente el
Comendador, no; Alvarado sali con Grijalva en 1518, y entonces, y al
volver  Cuba, se titulaba el capitn Pedro de Alvarado.

Las nuevas que de su boca escuch el gobernador Diego Velzquez, no
podan ser ms satisfactorias. Juan de Grijalva haba costeado la gran
pennsula de Yucatn descubierta por Francisco Hernndez de Crdoba, y
encontrando all seales de una civilizacin muy adelantada di 
aquella tierra el nombre de Nueva-Espaa; llam de San Martn, con el
nombre del primer soldado que la descubri, una sierra; nombr de
Alvarado al ro de Papaloapan, en el que entr Pedro de Alvarado con su
buque, Grijalva  otro de Tabasco, y despus de haber recorrido un
extenso litoral, y haber llegado hasta Ula el da de San Juan,
determin enviar un mensajero al gobernador.

Para esta misin, Juan de Grijalva eligi al ms distinguido de sus
capitanes. Y el ms distinguido era sin duda Pedro de Alvarado.

La ambicin se despert con estas relaciones, y bien pronto, el 1. de
febrero de 1519, once buques se desprendan de la Habana.

Era la expedicin que caminaba  la conquista de la Nueva-Espaa, bajo
las rdenes de Hernn Corts.

Pedro de Alvarado y cuatro hermanos suyos formaban parte de esta
expedicin[14].


III

TONATIUH

Triunfante el ejrcito de Hernn Corts, entr  la capital de la
Repblica de Tlaxcala el 22 de septiembre de 1519; los habitantes de la
ciudad recibieron  los espaoles ms que como  vencedores, como amigos
y como hermanos.

Mil muestras de cario se dieron por el senado y por el pueblo  los
conquistadores, y entre ellas, y no sin duda la menor, fu entregar 
las hijas de los principales seores, al amor de los capitanes de
Corts, despus de hacerlas bautizar.

El viejo Xicotencatl, el padre del esforzado y bizarro general de los
ejrcitos de Tlaxcala, tena una hija que recibi tambin las aguas del
bautismo, y fu llamada desde entonces Doa Luisa.

Doa Luisa era la ms hermosa de las doncellas tlaxcaltecas; sus formas
mrbidas y graciosas se adivinaban al travs de la rica tnica de
algodn bordada de plumas, que bajaba desde sus hombros dejando
descubiertos su cuello y sus torneados brazos; su boca pequea, fresca y
nacarada, ligeramente entreabierta, mostraba las rojas encas y los
hermosos dientes que caracterizan  la raza indgena de Mxico, y sus
ojos ardientes parecan iluminar aquella encantadora fisonoma.

Negra como el ala de un cuervo la cabellera de la doncella, estaba
entretejida con sartas de cuentas de oro y de coral, y en sus pies
perfectamente modelados llevaba ligeros cacles de pieles ricamente
adornados, y sujetos por cintas bordadas de oro que suban
entretejindose hasta cerca de la rodilla.

Aquella fantstica hermosura deba estar destinada para el ms famoso de
los capitanes de Corts, porque aquella joven era la perla y la flor de
las bellas de Tlaxcala.

Al volver Doa Luisa de las ceremonias del bautismo, y cuando iba ya 
ser entregada al hombre que deba ser su dueo y su amante, todas las
miradas de los espaoles se clavaban en ella, y por ella se encendan
todos los corazones, y todos esperaban con ansia el momento de saber
quien sera el feliz mortal que iba  poseer  la Venus de Nueva Espaa.

Doa Luisa caminaba majestuosamente, pero con los ojos bajos y encendida
por el rubor, conducida de la mano por uno de los seores de Tlaxcala.

As llegaron hasta el lugar en que estaba el favorecido.

--Tonatiuh! (el sol)--dijeron los Tlaxcaltecas.

--Pedro de Alvarado!--exclamaron los espaoles.

En efecto, Alvarado  Tonatiuh, que quiere decir sol, como le llamaban
los indgenas, por el color rubio de su pelo, era el dueo de Doa
Luisa, la hija del viejo Xicotencatl.

Y quiz nadie mereca como l el amor de aquella mujer. En la batalla de
Tabasco, y en las grandes batallas que el pequeo ejrcito espaol haba
tenido que sostener contra los ejrcitos Tlaxcaltecas mandados por el
indomable Xicotencatl, el joven Pedro de Alvarado se haba distinguido
entre todos por su arrojo y serenidad; ni contaba  sus enemigos, ni
calculaba sus fuerzas, ni desconfiaba de su victoria y de su brazo.

Capitn unas veces, soldado otras, all donde ms se empeaba la pelea
se encontraba siempre Pedro de Alvarado, siguiendo  los ms audaces
cuando le tomaban por una casualidad la vanguardia,  conducindolos al
peligro si as le presentaban lugar de hacerlo las peripecias del
combate.

Alvarado era ms un proyectil que un hombre, se abra paso entre las
compactas masas del enemigo, y dejaba tras de s como una estela de
sangre y de esterminio.

Sin embargo, ese mismo ardor, esa impetuosidad no refrenada de sus
pasiones, le arrastr algunas veces  la imprudencia y  la tirana,
como sucedi en la Isla de Cozumel, en donde aterroriz  los
habitantes, y como aconteci despus en Mxico; pero Corts, que era
entre aquellos hombres de corazn de acero, como el sol en medio de sus
planetas, refren los violentos mpetus del osado capitn.

Los naturales del pas llamaron  Pedro de Alvarado desde los primeros
das, Tonatiuh (sol), y el nombre de Tonatiuh se hizo clebre, y fu
durante mucho tiempo el terror de aquellas comarcas.

Tonatiuh sigui  Hernn Corts  la capital del imperio de Moctezuma, y
ya hemos referido como ayud  la prisin del infeliz Emperador y la
horrible matanza que en el mes Texcatl de los mexicanos (mayo de
1520) hizo Alvarado en el atrio del templo mayor.

En la clebre Noche Triste, Alvarado sostena la retaguardia del
ejrcito espaol, y  tal peligro se vi expuesto, que di su nombre 
una de las calles principales de esta ciudad.

Corts volvi  sitiar  Mxico, y como siempre, Tonatiuh fu el ms
esforzado de sus capitanes, distinguindose sobre todo en el asalto del
gran Teocalli de Tlaltelolco.


IV

EL GOBERNADOR

El Virrey de Mxico D. Antonio de Mendoza ambicionaba descubrir y
conquistar nuevas tierras en las costas del Ocano Pacfico.

Las fantsticas relaciones de Fray Marcos de Niza hacan aparecer
aquellas comarcas como un paraso, en el que una tierra,
maravillosamente feraz, ocultaba en sus entraas ros de plata, y en que
los arroyos llevaban arenas de oro.

Dios derramaba all todas las riquezas que podan ambicionar los
hombres, y los metales y las perlas, y cuanto era capaz de cautivar el
corazn  los sentidos, todo se encontraba all en fabulosa abundancia.

El Virrey Mendoza quiso ponerse de acuerdo y contar con el auxilio del
gobernador y capitn general de Guatemala, y el gobernador vino, por
tierra,  conferenciar con el Virrey, y envi  las costas de Nueva
Galicia una escuadra compuesta de doce naves.

El capitn general y gobernador de Guatemala, que tan poderoso se
mostraba, y que dispona tan fcilmente como un rey, de un ejrcito y de
una escuadra, era el pobre aventurero de la isla de Cuba, el capitn de
la escuadrilla de Juan de Grijalva, era Tonatiuh, era D. Pedro de
Alvarado, caballero del hbito de Santiago y gobernador y capitn
general de Guatemala.

No ms que entonces Alvarado estaba cojo, de resultas de un flechazo que
haba recibido en Soconusco.

Don Antonio de Mendoza y Alvarado conferenciaron, segn dicen algunos
autores, en d pueblo de Maravato, y de all parti Alvarado para la
costa, con objeto de embarcarse y emprender su expedicin.

Eran ya los momentos en que la tropa iba  embarcarse, cuando un correo
lleg precipitadamente y se present  Pedro de Alvarado.

Las noticias que traa no podan ser peores.

Los naturales de Nueva Galicia se haban sublevado, los espaoles haban
sido derrotados en el Mixton, y la ciudad de Guadalajara estaba en
grande aprieto, y el gobernador Cristbal de Oate imploraba el auxilio
de Alvarado.

Pedro de Alvarado no vacil ni un instante, suspendise el embarque, la
tropa se puso en marcha, y pocos das despus el gobernador de Nueva
Galicia y el de Guatemala se encontraban en Tonaln.

Pero los dos gobernadores pensaban acerca del xito de la campaa, de
distinta manera.

Alvarado, orgulloso con sus antecedentes, con sus hazaas, con sus
riquezas y su poder, con su nombre y con su gloria, despreciaba  los
sublevados, como enemigos  quienes estaba acostumbrado  vencer.

Cristbal de Oate, ms cauto con la derrota de Mixton, y conociendo las
inexpugnables posiciones de los insurrectos, aconsejaba la prudencia y
desconfiaba del xito.

Como sucede siempre en tales casos, prevaleci entre ambos pareceres el
ms desacertado, y el capitn general de Guatemala no slo determin
salir inmediatamente sobre el enemigo, sino que quiso no llevar ms
tropas que las que l haba trado.

Dispongmonos al socorro--dijo Oate cuando le vi partir--que discurro
necesario para los que nos le han venido  dar.

Aquellas palabras fueron como una profesa que no tard en cumplirse.

Los indios se haban fortificado, segn algunos historiadores, en las
barrancas Mochitiltic, y segn otros en Nochistln, y esperaron
resueltamente  los espaoles.

Alvarado no se intimid, y dando la seal del asalto, se puso al frente
de los suyos, decidido  tomar  viva fuerza aquella posicin.

Empese el combate y los asaltantes empezaron  trepar por la pendiente
con raro denuedo; pero los otros se resistieron con bro, y comenzaron 
rodar grandes peascos, que chocando contra los rboles, los hacan
estallar como si fueran de cristal, y arrastrando en su cada cuantos
obstculos encontraban, infundan el pavor entre los espaoles,
atemorizados por el estrago y el ruido de aquella corriente no
interrumpida de rocas.

Pedro de Alvarado comprendi que haba acometido una empresa superior 
sus fuerzas, y di la orden de retirada.

Trocronse los papeles, y los indios, de perseguidos se convirtieron en
perseguidores, que saliendo de sus atrincheramientos al observar el
movimiento de los espaoles, procuraron cortarles la retirada.

La situacin era crtica. Alvarado pie  tierra procuraba cubrir la
retaguardia de su tropa, conteniendo con mucha dificultad al enemigo,
que  cada momento le acometa con mayores mpetus. El terreno era
quebrado y resbaladizo, y la abundancia de las aguas haca casi
intransitables aquellas angostas veredas.

Lograron por fin subir  terreno ms firme, y los enemigos aflojaron en
su persecucin. Sin embargo, como el pnico de una derrota no se disipa
con facilidad, los soldados seguan trepando con precipitacin por
aquellas cuestas, que eran casi inaccesibles.

En un caballo flaco y por dems cansado, aguijndole sin compasin, y
queriendo comunicarle con el deseo bro y ligereza, un soldado llamado
Baltazar Montoya, escribano del ejrcito, trepaba por aquellas
fragosidades, parecindole sin duda que el enemigo le alcanzaba de un
momento  otro.

Alvarado marchaba  pie detrs de l, y mirando su afn le dijo:

--Sosegaos, Montoya, que parece que los indios nos han dejado.

Pero el escribano no se dejaba convencer tan fcilmente, y segua
aguijando con furor al pobre animal.

De repente, el caballo tropez, Montoya lanz un grito y el animal
despeado comenz  rodar por la pendiente.

Pedro de Alvarado advirti lo que estaba pasando casi sobre su cabeza, y
quiso evitar el choque, pero fu imposible; el animal cay sobre l con
todo su peso, y dejndolo sin sentido, lo arrastr tambin en su cada.

Los soldados volaron al socorro de su capitn. Alvarado volvi en s, y
antes que todo, pens en sus soldados; y queriendo evitar una completa
derrota, tuvo la bastante serenidad para despojarse de su armadura y
hacerla vestir  uno de los que con l estaban,  fin de que se creyese
que l iba bueno y que aun estaba en el combate.

Uno de sus capitanes preguntle qu le dola.

--El alma, contest Alvarado; llvenme donde la cure con la resina de la
penitencia.

Esto aconteca el 24 de junio de 1541.

Cristbal de Oate lleg  verle, lleno de sentimiento, y Alvarado le
confes que de nadie sino suya era la culpa, por haber desodo los
consejos prudentes de Oate.

Llevaban  Pedro de Alvarado para Guadalajara, y en el camino
encontraron al Br. Bartolom de Estrada, y all mismo se confes, y
otorg su testamento ante los escribanos Diego Hurtado de Mendoza y
Baltasar Montoya, el mismo que haba causado su desgracia. El 4 de julio
de 1541, el famoso Pedro de Alvarado haba dejado de existir.

Su cadver fu trasportado despus  Guatemala.


EPILOGO

Era la noche del 11 de septiembre de 1541. La noticia de la trgica
muerte de Pedro de Alvarado acababa de llegar  Guatemala, y su viuda
Doa Beatriz de la Cueva lloraba sin consuelo tamaa desgracia, en la
ciudad de Santiago, donde estaba radicada.

Varias damas de las principales familias de la poblacin haban ocurrido
 hacer compaa  la afligida esposa del capitn general.

Seran las dos de la maana, cuando se estremeci terriblemente la
tierra, por una, dos y tres veces, y se escuch un pavoroso ruido
subterrneo, que vena como de las montaas.

La cima de uno de aquellos montes se desprendi cayendo hacia la parte
opuesta de la ciudad; pero de all mismo brot un torrente
impetuossimo, que arrastrando inmensos peascos, se precipit sobre las
habitaciones, sepultando  seiscientas personas.

Doa Beatriz de la Cueva y doce seoras que la acompaaban, perecieron
aquella noche entre las ruinas de un oratorio en donde se haban
refugiado[15].

_Vicente Riva Palacio._




CARIDAD EVANGELICA

35. En esto conocern todos
que sois mis discpulos,
si tuvireis amor los unos
con los otros.

_Evangelio segn San
Juan. Cap. XIII._


Pasaba tranquilamente el ao del Seor de 1575.

La Nueva Espaa, gobernada  la sazn por Don Martn Enrquez de
Almanza, cuarto Virrey, presentaba un cuadro en verdad halageo para su
metrpoli.

Los habitantes parecan olvidar sus penas y sus deseos de independencia,
y comenzaban  sufrir, sin murmurar, el yugo de sus conquistadores; el
comercio era activo, las minas anunciaban ya grandes bonanzas, y las
artes y las ciencias empezaban  tener su asiento en la capital de la
colonia. Estaba ya fundado el colegio de los jesuitas, que despus se
llam de San Gregorio, se abri el Seminario de San Pedro y San Pablo,
que luego tuvo el nombre de San Ildefonso, y el cannigo tesorero Don
Francisco Santos estableci un colegio de pasantes nobles, que fu el
conocido por colegio de Santos, y estuvo situado en la calle de la
Acequia, clebre por ms de un ttulo, y sobre todo, por lo extrao de
sus constituciones y porque en l vivieron muchas personas ilustres en
Mxico por su ciencia.

Nada, pues, pareca turbar la paz de la colonia, y Don Martn Enrquez
escriba satisfecho al Rey, pintndole la felicidad de que se disfrutaba
en toda la Nueva Espaa.

Una noche, sobre el oscuro cielo de Mxico, puro y tachonado de
estrellas, apareci repentinamente un cometa[16].

Aquella era una terrible seal de grandes males para los sencillos
descendientes de Moctezuma, que no podan an olvidar que un cometa
haba tambin anunciado  sus padres la llegada de los espaoles, la
cada del poderoso imperio de los aztecas y la esclavitud de su raza.

Los nimos comenzaron  turbarse, negras y siniestras preocupaciones se
apoderaron de los hombres ms audaces, y una nube de tristeza y
desconsuelo pareci envolverlo todo desde aquel momento.

El cometa era para todos el mensajero de grandes calamidades; slo que
todos se perdan en conjeturas, creyendo unos que anunciaba guerras
sangrientas, otros pensando que indicaba hambres, y otros suponiendo que
traa la peste.

No hubo desde entonces un corazn tranquilo ni un espritu sosegado: el
presentimiento de la desgracia era unnime.

Dur el cometa algunos das sobre el horizonte, y luego desapareci,
pero no con esto torn la calma.

Una maana,  cosa de las ocho, brillaron repentinamente tambin en el
firmamento tres soles.

Tres soles, pero iguales; tres soles que caminaron por el cielo,
causando el ms terrible espanto  los mexicanos, hasta la una de la
tarde, en que dos de ellos se apagaron.

El terror y el sobresalto no tuvieron entonces lmites, y aquellos
fenmenos se interpretaban, ya como el anuncio de un cataclismo
universal ya como el aviso celeste del prximo fin del mundo.

As, en medio de angustias y de temores, concluy el ao de 1575[17].

       *       *       *       *       *

Entrada apenas la primavera de 1576, y sin preceder causa alguna
manifiesta, se desarroll entre los naturales de la Nueva Espaa la
peste ms terrible y desoladora de cuantas se registran en los anales de
la historia.

Los sntomas de aquella espantosa enfermedad nada tenan de extraos, y
sin embargo, ninguno de los atacados llegaba  salvarse, ni haba mdico
ni remedio alguno que pudiera darles alivio.

Anuncibase el mal por un fuerte dolor en la cabeza,  inmediatamente
sobrevena la fiebre; pero una fiebre voraz, que agitaba de tal manera 
los infelices epidemiados, que no les permita cubrirse ni con el
vestido ms ligero.

Aquellos desgraciados, como huyendo del fuego interior que los devoraba,
salan con horror de sus habitaciones, y as desnudos y como locos,
vagaban por los patios de sus casas  por las calles, y all expuestos 
la inclemencia, y sin auxilios de ninguna clase, y en medio de una
constante  inexplicable inquietud, expiraban, despus de nueve das de
padecimientos, en el ltimo de los cuales tenan una gran hemorragia por
las narices.

Aquella calamidad cunda de una manera espantosa, sin que nada bastara
 contenerla, y tena--dice el padre Cabo--tan maligno carcter, que no
se puede explicar...... teniendo la singularidad de que contagindose
casi todos los naturales, los espaoles  hijos de ellos gozaban de
salud.

Con la peste lleg tambin el hambre; el contagio haba penetrado en
todas las casas de los mexicanos; los que quedaban libres huan con
horror de los apestados: una tristeza profunda y un terror pnico se
apoderaron de todos los corazones; ni haba quien atendiese  los
enfermos, ni quien procurase llevarles algunos alimentos: el que no
sucumba por la fuerza de la enfermedad, mora vctima del hambre y del
abandono, y el miedo hizo tambin morir  muchos infelices.

Los alrededores de la capital, los barrios que estaban fuera de la
_traza_, que era el centro de la ciudad, destinado exclusivamente para
las habitaciones de la colonia espaola, presentaban un cuadro de muerte
y desolacin imposible de describir.

En las puertas de las casas y en las calles, montones de cadveres;
cadveres en los patios, cadveres en los canales, en las canoas, en los
campos, en los caminos; cadveres por donde quiera y en todas partes.

Familias enteras moran agrupadas, hijos expirantes que se abrazaban con
el inanimado cuerpo de sus padres, madres moribundas que tenan sobre
su regazo las cabezas yertas de tres  cuatro de sus hijos, nios
inocentes que se arrastraban entre los cadveres de sus padres buscando
el abrigo y el alimento.

Aquello era horrible; aquella confusin de sexos y de edades en los
cadveres; aquella desnudez expuesta  la luz del sol; aquel
hacinamiento de cuerpos en repugnantes posturas, cubiertos de sangre,
pero demacrados, plidos, contrados; aquella soledad ante la muerte;
aquella raza que mora toda y quedaba insepulta: todo, todo era sombro
y espantoso.

Algunas veces los moribundos tenan que hacer un esfuerzo sobrenatural
para ahuyentar  los perros,  los lobos y  las aves que se arrojaban
ansiosos sobre el cadver del hijo,  presencia de la expirante madre, y
sobre los restos de la esposa, al lado mismo de su agonizante prometido.

El Virrey Don Martn Enrquez y el Arzobispo Don Pedro Moya de Contreras
pensaron al principio en establecer hospitales; pero muy pronto la peste
se hizo tan general, que fu imposible usar de este arbitrio, tanto por
el nmero de los enfermos como porque no haba ya quien los asistiese.

En vano se apel al auxilio de la ciencia; en vano el Dr. Don Juan de la
Fuente, uno de los mdicos ms clebres de aquellos tiempos, procur en
el Hospital Real estudiar en los cadveres de los apestados, y
descubrir algo que le indicase el origen y la causa del mal. El
diagnstico era imposible; pero seguro el pronstico, la muerte.

Cuanto  un enfermo produca momentneamente alivio, causaba  otro la
muerte con ms violencia; y ya en aquellos momentos era un devaneo
pensar en dar asistencia  los contagiados; apenas se poda conseguir
personas que estuvieran cavando constantemente sepulturas para impedir
que los cadveres se corrompieran en las calles y en los campos, 
fueran pasto de los animales.

Los mexicanos crean ya que su raza iba  desaparecer de la tierra, y
los espaoles miraban con espanto que iban  quedar solos en medio de
aquel inmenso desierto.

       *       *       *       *       *

En el extenso territorio de Mxico se encuentran todos los climas, todas
las temperaturas, y se hallan pueblos situados casi  la altura de las
eternas nieves, y pueblos que viven bajo el ardiente sol de los
trpicos.

Y sin embargo, la peste se cebaba implacable lo mismo en los habitantes
de las costas del Atlntico y del Pacfico que en los que vivan en los
fros valles de Toluca y de Puebla,  en las faldas del Tanctaro, del
Iztatzihuatl  del Zitlaltepetl.

Pero donde aquellos estragos se hacan ms espantosos era en la capital,
tanto por el mayor nmero de habitantes, como por la triste condicin 
que haban quedado reducidos despus de la conquista.

Lleg un da en que no haba quien siquiera viese  los apestados.

Entonces, el Arzobispo Don Pedro Moya de Contreras llam  los
superiores de las religiones y comunidades, y les encomend el cuidado
de los enfermos.

Desde este momento el pursimo sol de la caridad ilumin aquella tierra,
sobre la que Dios haca pesar una calamidad tan espantosa.

La historia de aquellos das de llanto y de tribulacin para los
desgraciados indgenas, es la inmortal pgina de gloria para el clero
mexicano, es la aureola de luz con que aquellos santos y apostlicos
varones se presentaron  pisar los umbrales de la eternidad para
reclamar sus puestos entre los elegidos del Hombre-Dios.

Dominicanos, jesuitas, agustinos y franciscanos se distribuyeron por las
calles y los barrios, llevando las medicinas, los alimentos, las ropas,
los auxilios de la religin, y sobre todo, el santo y sublime consuelo
de la caridad.

Unos curaban con sus mismas manos  los enfermos, otros escuchaban sus
confesiones y les administraban el Vitico y la Extremauncin, otros
sacaban de las casas y recogan de las calles los cadveres para darles
sepultura, y todos, llenos de ese admirable espritu de amor  sus
hermanos, que no pudo ser comprendido en el mundo hasta que el Cristo
mismo vino  explicarlo, todos prodigaban consuelos y esperanzas, 
inspiraban la resignacin entre aquellos millares de vctimas que
sucumban diariamente.

La noche negra de la desolacin hizo brillar la estrella pura de la
caridad; aquella era una terrible batalla que se daban la desgracia y la
reina de las virtudes.

El triunfo de la caridad se debi entonces  las comunidades religiosas.

El ejemplo de los clrigos y de los frailes de la capital fu seguido
con entusiasmo por el clero de las provincias y por las familias de los
espaoles.

Las damas ms principales andaban en las chozas de los infelices,
curando  los enfermos y llevndoles ropa y alimentos.

Los curas de los pueblos no descansaban tampoco un instante en sus
evanglicas tareas.

Cuando se escribe una obra como el LIBRO ROJO, en que  cada paso se
tropieza con un crimen  con un acontecimiento originado por las malas
pasiones de los hombres, se tiene un inexplicable sentimiento de
bienestar al encontrarse con acciones nobles y con hechos dignos de
memoria eterna, porque hay un verdadero placer en describir ciertos
rasgos en que la humanidad se muestra  nuestros ojos, no tal como es,
sino como debiera ser, llena de abnegacin, de amor, de caridad.

El ao de 1577 comenz, y la peste segua asolando  la Nueva Espaa;
pero como incansables, como invencibles gladiadores, los frailes y los
clrigos seguan luchando con la desgracia brazo  brazo.

En aquel ao las estaciones parecan haberse conjurado tambin contra
los desgraciados indgenas, porque aconteci que desde principios de
abril, cosa hasta entonces nunca vista, la estacin de las aguas comenz
con toda su fuerza.

Pero esto no era un obstculo para los que velaban por los apestados.
Durante aquellas noches tempestuosas, cuando la tormenta descargaba su
furia sobre la ciudad, cuando el agua caa  torrentes, y se iluminaban
fantsticamente el valle y las serranas con la roja luz de los
relmpagos, y el trueno se repercuta en las caadas y entre las selvas,
por los lejanos y oscuros callejones, inundados y peligrosos, se poda
continuamente distinguir la incierta luz de un farolillo que ya
avanzaba, ya retroceda, ya se perda en una casa para volver  brillar
de nuevo, ya bajaba hasta el nivel de la tierra, detenindose all como
para alumbrar algo, dibujando con su indecisa claridad algunas sombras
en las negras paredes de las casas.

Eran los frailes que buscaban  los enfermos para curarlos,  los
moribundos para auxiliarlos,  los cadveres para darles sepultura, 
los nios hurfanos y abandonados para recogerlos, para evitar que
muriesen de hambre y de fro.

Misin herica, que debi hacer llorar de ternura  los mismos ngeles.

En los canales de la ciudad se representaban escenas terribles y
patticas.

Las canoas cruzaban por todas partes, y en la mayor parte de ellas los
frailes remaban. Unas conducan esperanzas para los vivos, otras
llevaban montones de cadveres.

Pero aquella lucha deba tener tambin sus mrtires entre los soldados
de la caridad, y los tuvo.

El rector de los jesuitas y un gran nmero de dominicanos, de agustinos
y de franciscanos, sucumbieron, no por la peste--con la cual no se
contagiaron--sino de resultas de la terrible fatiga y de la afeccin
moral causada por la continua presencia de escenas tristes y
conmovedoras.

La historia no nos ha trasmitido ninguno de los nombres de aquellos
hroes y de aquellos mrtires al referirnos sus hazaas, y nosotros al
recordarlos, slo podemos repetir las sublimes palabras del Crucificado:

En esto conocern todos que sois mis discpulos, si tuvireis amor los
unos con los otros.

       *       *       *       *       *

Aquella horrible peste,  la cual algunos llaman el Matlatzahuatl, que
dej desiertas y tristes grandes ciudades y floridas campias, ces casi
repentinamente  fines de 1577. El Virrey, que por conducto de los
gobernadores y corregidores se haba informado escrupulosamente de
cuanto acaeca, hizo que se guardara en el archivo de la ciudad el
testimonio del nmero de muertos, y eran...... ms de _dos
millones_[18].

_Vicente Riva Palacio._




FRAY MARCOS DE MENA

PRIMERA PARTE


Lo que vamos  referir sera para novela exagerado, y, sin embargo, es
exactamente cierto. Nuestra historia antigua, relegada por muchos aos 
las polvosas libreras de los conventos, tiene episodios que daran
materia para escribir muchos y divertidos volmenes. Conocida y popular,
si se quiere, es la historia de los conquistadores, espaoles, pero
estn olvidadas las aventuras verdaderamente romnticas de los muchos
religiosos que, movidos del espritu evanglico y de esa rara heroicidad
de convertir  la fe cristiana  los idlatras, no conocan ni
distancias, ni teman  las tormentas, ni les asustaba ningn gnero de
peligro, y cuando les sobrevenan algunos de esos contratiempos tan
comunes en los largos viajes en tierras desconocidas y sembradas por
todas partes de peligros, todo lo referan  Dios, y moran, no con el
indmito orgullo de los sanguinarios capitanes, sino con la tranquila
serenidad del verdadero creyente que ve en su ltima hora abiertas las
eternas y diamantinas puertas de los cielos.

Hemos hablado de las flotas, y tendremos que volver ms de una vez 
este tema, porque las flotas que de la Pennsula Espaola venan 
Mxico y regresaban, eran las ms veces  el principio  el fin de
sucesos importantes  de raras aventuras.

Cincuenta aos despus de la conquista, el comercio era ya muy activo en
Mxico, grandes cargamentos transitaban desde Veracruz hasta Chihuahua,
y cada cierto perodo los comerciantes de todas las ciudades espaolas
ya fundadas, se reunan y emprendan con sus criados, y muchas veces con
sus familias, un viaje al puerto para vender los frutos de la
agricultura y comprar los de ultramar. Algunas de las minas que despus
han sido clebres, comenzaban  derramar sus raudales de plata, y aunque
La Santa Hermandad haba limpiado los caminos de ladrones, los
aventureros que venan en busca de la fortuna, y funcionarios de la
Corona que eran enviados de Espaa,  regresaban,  atravesaban los
caminos seguidos de escuderos y de criados armados con grandes lanzas, y
 veces con armaduras de acero como en los tiempos de la guerra. Todo
este movimiento se aumentaba con la llegada  con la salida de una flota
del puerto de Veracruz.

A mediados del ao de 1553, una flota estaba para darse  la vela. La
Capitana era el navo de mayor porte, ya armado en guerra,  ya
perteneciente  la marina real. Adems de la Capitana haba siempre
otros barcos con algunos caones y tropa, y ellos servan de custodia 
todos los buques mercantes que se reunan para hacer entonces una larga
 incierta navegacin, ya porque as sucede siempre en barcos de vela de
muy poco porte, y ya tambin porque los marinos espaoles, aunque
atrevidos y resueltos, no conocan como hoy se conocen con tanta
precisin las corrientes, los cayos y los arrecifes de que est sembrado
todo ese mar que se llama de las Antillas, peligroso por dems en la
cruel estacin del invierno.

Quiz en ninguna otra poca como en esta vez baj tanta gente 
Veracruz. Pasaban, entre amos, criados, cargadores y comerciantes, de
cuatro mil personas, que tenan por principal objeto comprar, vender y
cambiar mercancas. Los que tenan conocimientos se alojaron en las
casas, gozando de esa franca hospitalidad espaola, que tan
generosamente saban dar  sus amigos los comerciantes de Veracruz,
regalndolos con excelente pescado y con los ms exquisitos vinos. La
gente de menos relaciones y vala form barracas y campamentos en las
afueras de la ciudad. Era una verdadera feria.

Durante el da, el calor devorante mantena  todos los huspedes dentro
de sus improvisadas habitaciones, y otros tambin ocupaban en la ciudad
su tiempo en los negocios; pero cuando caa el sol, cuando las ondas
mansas comenzaban con un montono ruido  lamer aquellas arenas de
fuego, y cuando la brisa arrojaba por intervalos esas rfagas perfumadas
y consoladoras que dan la vida en las regiones tropicales, todo
comenzaba  animarse y  tomar un aspecto de alegra y de movimiento.
Las luces se encendan en todas las barracas, y comenzaba la msica, el
baile, el juego y la conversacin, y los ruidos misteriosos de la
naturaleza formaban un extrao acompaamiento al bullicio y al ruido de
los hombres. Las noches se pasaban as, hasta que la flota aparejada
anunci que slo esperaba un buen viento para darse  la mar. No hemos
podido averiguar en la historia quin era el general de ella. En algn
autor hemos ledo el nombre de _Corso_; pero poco inters tiene esta
indagacin histrica para lo dems de nuestra narracin.

Despus de esperar varios das, amaneci uno hermoso y despejado;  poco
sopl un viento favorable. Las anclas se comenzaron  levantar, las
velas blancas se hinchaban, y aquella multitud de barcos que haban
estado sombros y tristes, balancendose junto  Ula con el impulso de
la marea, pareca que repentinamente se trasformaban en una alegre y
blanca parvada de aves marinas.

La agitacin en el puerto fu sobre toda ponderacin. Ms de mil
personas de todos sexos y edades, que hacan viaje, ocurrieron al muelle
con el resto de sus equipajes, y casi exponindose  caer en el agua
saltaban en los botes, pateando y echando ternos cuando no lo podan
hacer, y crean, porque tal era su ansia, que si perdan un minuto
podan quedarse en tierra. Los deudos y amigos ocurrieron  despedirse 
los embarcaderos, y no faltaron, como es de suponerse, lgrimas, y
caricias, y abrazos, promesas y bendiciones, porque mil gentes que se
van, siempre dejan en tierra lo menos otras tantas que las amen y se
interesen por su suerte.

Entre las personas que haba en la playa, casi todas fijaron su atencin
en una dama. Se present al embarcadero vestida lujosamente de seda,
como si fuese  asistir  un baile, la garganta y los dedos de sus manos
llenos de diamantes y piedras exquisitas de colores. Era alta, morena,
de cabeza orgullosa y levantada. Su labio superior, un poco grueso y
desdeoso, estaba sombreado con un ligero bozo, y sus grandes ojos
negros pareca que mandaban y exigan la sumisin y el respeto. Esta
dama iba seguida de una doncella indgena y de cuatro negros. Lleg
separando imperiosamente con la mano  los que le estorbaban el paso, 
una lancha grande que sin duda estaba preparada para ella, y los
marineros, que tambin eran negros, en cuanto la vieron se pusieron en
pie y saludaron, saltando algunos  tierra para despejar el campo y
ayudarla  embarcar. La doncella entr primero, teniendo en la mano un
pequeo cofrecillo de sndalo, en seguida la dama di resueltamente un
paso,  pesar de los balanceos de la lancha, y salt con firmeza  uno
de los bancos, quedando en pie un momento, paseando su mirada por toda
aquella multitud que cubra la playa y que tambin se fijaba en ella por
su agilidad, por su hermosura y por la riqueza de sus joyas. Cuando los
bogas se acomodaron y desviaron la lancha del muelle, la dama se sent
en la popa, y tomando el timn dijo en voz alta: A la nao de Farfn.
La materia de la conversacin recay, por el momento, sobre las maneras
y la hermosura de la dama. Unos crean conocerla, otros equivocaban su
nombre, otros manifestaban que la amistad y ciertas consideraciones los
obligaban  guardar silencio. Sin saberse el origen y el motivo, se
esparci la voz de que aquella mujer, tan arrogante y tan resuelta,
poda ser muy bien el diablo disfrazado, y causarles algn mal en el
viaje. Muchos rieron; pero otros llevaron  bordo de las naves esa idea
supersticiosa y la comunicaron  los dems pasajeros.

El toque solemne de una campana en la plaza y un caonazo que dispar la
Capitana anunciaron que la flota parta, y en efecto, poco  poco y una
tras otra fueron saliendo las naves del canal, tomando el largo y
alejndose, hasta que al caer la tarde se perdieron entre las brumas
rojizas del crepsculo.

En la noche, el campamento alegre de la vspera estuvo silencioso y
oscuro. Los vecinos y comerciantes de Veracruz, fatigados y tristes, se
recogieron ms temprano, y al da siguiente multitud de viajeros que
regresaban  Mxico cubran los caminos. En esa flota iban cuantiosos
tesoros de oro, plata y perlas, y quiz en ninguna otra se embarc tal
nmero de gente de caudal y de una posicin notable. Entre los pasajeros
iban cinco religiosos, que eran Fr. Hernando Mndez, Fr. Diego de la
Cruz, Fr. Juan de Mena, Fr. Juan Ferrer y Fr. Marcos de Mena, todos del
convento de Santo Domingo de Mxico.

Mientras que navegan los bajeles rumbo  la Habana, tenemos que decir
dos palabras de la dama en quien tambin habremos probablemente fijado
nuestra atencin.

       *       *       *       *       *

La dama altiva, linda y orgullosa que hemos visto embarcarse en
Veracruz, se llamaba Doa Catalina. Hemos en vano procurado hallar su
apellido y su patria en las narraciones antiguas. Parece que era natural
de la misma ciudad de Mxico, y producto de uno de los matrimonios de
los conquistadores con las hermosas indias nobles, y esto no se poda
dudar al fijarse en el color de su tez, en sus ojos rasgados y negros, y
sus manos y pies de una pequeez exagerada. Esta joven cas, no sabemos
en qu poca, con Juan Ponce de Len, espaol de bastantes relaciones 
influjo en la ciudad, y rico con los productos de una encomienda en
Tecama.

En la apariencia los esposos vivan en paz y felices, en una de las
casas principales; se les serva por negros y negras, en vajillas de
plata; tenan la mejor coleccin de muebles de Flandes y unas grandes
pantallas de Venecia; cataban buenos vinos, asistan  todas las
festividades y ceremonias, y su casa era visitada por los caballeros ms
principales de Mxico. Entre las visitas ms constantes y ms ntimas se
contaba la de Don Bernardino Bocanegra, caballero noble, rico y
principal, medio calavera y guapo, que portaba siempre, como la mayor
parte de los hijos de los conquistadores, filoso estoque y luenga daga.
Este personaje, inquieto y atrevido por carcter, fu muy amigo del
Marqus del Valle y tom una parte activa en todos los lances y
conjuraciones de que hemos dado una idea en los artculos anteriores.
Malas lenguas decan que las visitas de Bocanegra  la casa del
Encomendero de Tecama no eran muy inocentes; y adems, los hijos que
Ponce haba tenido antes en otra mujer, segn se infiere de las
leyendas, no vean de buen ojo  Doa Catalina. Sea de esto lo que
fuere, el caso es que as viva esta familia, y que tal vez durante los
aos de 1550  1553 ningn incidente notable pas, y cada quien se qued
con sus conjeturas y sospechas.

Una noche que ni Ponce de Len estaba en su casa, ni Bocanegra ni
ninguna otra visita haba llegado, Doa Catalina llam  un negro
esclavo que tena, de bastante viveza, y digamos malicia. Se llamaba
Francisco, nombre comn que se pona  los Africanos en Mxico, y era de
toda su confianza.

--Te voy  hacer un encargo,--le dijo;--y  ningn otro lo hara ms que
 t, porque s cunto me quieres.

--Yo querer mucho mi ama,--contest el negro;--mi ama mandar y Francisco
dar vida y todo por ella.

--Quiz no se necesita de tanto, pero s de que, suceda lo que suceda, y
aunque llegue el caso de que te pongan en la crcel y te den tormento,
no digas ni una sola palabra.

El negro, al or la palabra tormento que tena llenos de terror  los
habitantes, se qued callado.

--Toma, le dijo Doa Catalina dndole un puo de monedas de plata;
quera nicamente probar si de verdad me queras; pero para nada te
necesito, y puedes retirarte.

Doa Catalina volvi la cara con muestras de enojo, y el negro,
conmovido y guardando al mismo tiempo su dinero, se arrodill ante su
ama.

--Francisco querer mucho. Francisco dejar matar. Francisco no decir
nada. Mi ama mandar, y Francisco hacer todo.

--Levntate y no hay que asustarse, pues se trata de una verdadera
bobada. Cuando D. Bernardino Bocanegra est de visita, tu estars pegado
 la puerta del zagun, no dejars entrar  nadie si yo no te lo mando,
y cuando yo te lo diga, abrirs prontamente y dejars salir  Bocanegra.
Has entendido?

--Mi ama mandar, yo hacer todo; mi ama confiar en Francisco.

--Si por algn motivo te preguntaren en alguna ocasin algo de esto,
nada dirs, y cuenta con que te dar tu libertad y todo el dinero que
quieras; pero ten entendido que ni aun en el tormento debers de
confesar nada. El negro prometi de nuevo  su ama que hara cuanto le
tena mandado, y se retir siempre un poco triste, pensando en el
tormento; pero no alcanzando cmo pudieran en ningn caso ponerle en la
crcel y darle tormento por slo abrir y cerrar la puerta de la casa de
su ama.

Pasaron dos y tres semanas y Francisco cumpla con una minuciosa
exactitud las rdenes de Doa Catalina. Si alguno tocaba la puerta,
Francisco inmediatamente deca:

--Mi amo y mi ama dormir y yo no abrir.

Apenas Doa Catalina le hablaba, cuando Francisco, listo, abra la
puerta  D. Bernardino Bocanegra, y lo nico que le llamaba la atencin
y le recordaba el tormento, era que su amo D. Juan Ponce de Len entraba
 su casa apenas daban en las iglesias el toque de nimas, mientras que
D. Bernardino Bocanegra sala  las dos  las tres y  veces  las
cuatro de la maana. Francisco haca mil cuentas y clculos en su
cabeza, y al ltimo se tranquilizaba diciendo:

Dormir dos--pues dormir  platicar tres.

Una noche, poco despus de las doce, Doa Catalina sali al corredor y
grit  Francisco con una voz visiblemente temblorosa y cortada:
Francisco, abre con cuidado y sin ruido, y registra si alguien pasa por
la calle. Francisco, que ya otras noches haba recibido igual orden,
abri el postigo suavemente, asom su negra cabeza en una todava ms
negra noche, examin por todas partes y luego se retir y volvi 
cerrar, diciendo:

--Calle sola y negra.

--Abre, pues,  Don Bernardino.

Francisco abri y Don Bernardino sali embozado hasta los ojos y
vacilando como si hubiese bebido vino.

--Don Bernardino emborrachar,--dijo el negro; pero sintiendo alguna cosa
hmeda en su mano que se tropez al abrir con la de Bocanegra, se acerc
 un farolillo que arda en el descanso de la escalera, delante de la
imagen de una Virgen, y not que era sangre.

--Dar tormento  Francisco,--dijo espantado el negro. De tres, morir
uno. Ama no, Don Bernardino no. Amo Ponce s--y sin poder articular una
palabra se sent para no caer, en un escaln de la escalera.

La casa, excepto esa luz vacilante del farol, estaba lbrega y oscura.
Los dems criados relegados y encerrados en el extremo opuesto, como de
costumbre, dorman profundamente. Francisco tuvo miedo, y tan pronto
pens gritar, como salirse y dejar abandonada la casa; pero sus ideas
tuvieron que cambiar repentinamente. Doa Catalina, medio vestida, medio
desnuda, con su gran cabellera suelta y tendida como un manto de
terciopelo negro en las espaldas, con sus grandes ojos amenazantes, se
present ante Francisco con un largo estoque en la mano.

--Mira, esclavo de Lucifer,--le dijo blandiendo el estoque--si gritas 
si no haces ciegamente lo que te mande, te hago pedazos el corazn; por
el contrario, si me obedeces, te dar dinero, mucho dinero.

Francisco quiso arrodillarse y no pudo, quiso hablar y la palabra se le
anud en la garganta. Doa Catalina, que observ  la escasa luz del
farol que Francisco estaba anonadado, vari de tono.

--No hay que asustarse, levntate; ten calma y yeme lo que te voy 
decir.

Francisco, ms tranquilo, pudo incorporarse y escuch.

--El amo est muerto. Es menester decir que los ladrones le han matado y
que  t te han herido.

--No herir  m.

--S; lo vers,--dijo Doa Catalina, y le raj con el estoque una
mejilla. El negro di un grito y llev la mano  la cara.

--No es nada, y calla. Te he cortado apenas lo bastante para que te
salga sangre. Despus te curar y te dar dinero; pero por ahora aqu te
has de quedar tirado y te has de fingir desmayado.

La cortada no era grave ni profunda; pero el negro no tuvo necesidad de
fingir, sino que con el susto y la prdida de la sangre se desmay
efectivamente.

--Bien, dijo Doa Catalina mirando al negro y tirando en un escaln la
arma, que era un estoque comn y ordinario, sin marca alguna. Ahora lo
dems; y esto diciendo, se dirigi  la puerta, la abri un poco y se
asom  las espesas tinieblas de la noche, comenzando  dar gritos y 
pedir el favor de la justicia.

En esos aos haba materialmente una plaga de ladrones tal, que no se
poda,  las ocho de la noche, andar en la poblacin sino provisto de
hachas de brea y seguido de media docena de criados armados.

Los alguaciles recorran las calles y la justicia vigilaba; as es que
antes de media hora los gritos de Doa Catalina haban sido escuchados,
y un puado de alguaciles precedidos de un alcalde llegaban  la puerta.

--Mi marido asesinado y mi esclavo tambin, mis alhajas robadas, favor,
favor, seores!--grit Doa Catalina; y como hemos dicho que su traje
era muy parecido al de nuestra primera madre, los alguaciles se
apresuraron  favorecerla y  creer cuanto les dijese. Entraron  la
casa y encontraron en el descanso tirado  Francisco en un charco de
sangre. Subieron y notaron los trastos, las ropas, todo en desorden y
con seales visibles de haber sido manejado y revuelto. Penetraron  la
recmara y encontraron en la cama  Juan Ponce de Len cosido 
pualadas y nadando en su sangre. Una espada y un estoque tirados en el
suelo, demostraban que Ponce haba tratado de defenderse.

Doa Catalina les cont lo que le pareci conveniente, llevronse el
cadver de Ponce, y lo mismo hubieran hecho con el del negro, pero
habiendo observado que se mova y que su herida no era grave, le dejaron
de pronto al cargo y responsabilidad de Doa Catalina, que como dama
hermosa y principal, fu tratada con las mayores consideraciones.

Lo que pas efectivamente lo supieron Bocanegra, Doa Catalina y Dios.
Rieron Ponce y Bocanegra,  entre el amante y la dama mataron al
marido? Eso fu lo que nunca se quiso ni se pudo averiguar.

Como Ponce era rico y muy relacionado, el suceso caus grande impresin
en la ciudad, Doa Catalina visti de luto  todos los criados, y ella
se encerr sin dejarse ver de nadie. Francisco, restablecido de su
cortada, qued en la casa por splicas de Doa Catalina, obligado slo 
presentarse  la justicia cuando fuese llamado. Se comenzaron  hacer
pesquisas, y durante muchas semanas todo fu intil.

Ocurrile al Alcalde que di auxilio  Doa Catalina, preguntar por
Bocanegra, y result de las indagaciones, que desde la noche del suceso
no se le haba vuelto  ver en la calle. Dise orden de prenderle, y no
se le encontr ni en su casa ni en ninguna parte. Entonces se mand por
el negro Francisco, se le puso en la crcel, y no queriendo confesar
nada se le di tormento, y durante l confes lo que haba pasado con
relacin  la puerta, pero nada ms. La justicia comenz  obrar con
actividad; pero como entonces y ahora las leyes no se aplican  los
poderosos, Doa Catalina,  fuerza de dinero, consigui que terminara la
causa, sentencindola  destierro de las Indias, y  entregar diez mil
pesos  cada uno de los hijos de Ponce, que la historia no dice cuntos
eran. Doa Catalina arregl sus negocios, levant su casa, reuni sus
alhajas, que llevaba la doncella en el cofrecillo de sndalo. El esclavo
Francisco, con su seal en la cara y medio desquebrajado por el
tormento, pero libre, tuvo tambin que hacer el viaje. Tal era la dama
que con direccin  Espaa se embarc en la nao de Gonzalo de Farfn.

       *       *       *       *       *

Seguramente el viaje de la flota fu en los terribles y peligrosos meses
de Septiembre  Octubre. Al da siguiente se cubri de nuevo el tiempo,
y as con una mar gruesa, con un cielo de plomo y bordeando con trabajo,
pues soplaba por lo comn viento de proa, la escuadra lleg despus de
catorce das  la Habana. All permaneci una semana, desembarcaron unos
pasajeros, se embarcaron otros, y  las grandes riquezas que llevaban
los barcos se aadieron algunos tesoros de los ricos especuladores que
poblaban entonces las islas.

Antes de salir la flota de la Habana, Farfn se entr al camarote de la
dama.

--Doa Catalina, le dijo, desde que salimos de Veracruz hemos trado un
tiempo de perros. Los marinos somos as, y yo declaro que no os llevar
ms  bordo. No me obliguis  deciros los motivos. Vamos, es una idea.

Doa Catalina, colrica, insista en quedarse en la nave; pero el marino
fu inflexible, y lleg  decirle que si al volver  la mar continuaba
el tiempo malo, si ella estaba  bordo la mandara arrojar al agua. La
orgullosa mujer mand  uno de sus negros  buscar pasaje, y en dos 
tres embarcaciones le fu rehusado, hasta que  ruego de los cinco
padres domnicos fu admitida en el mismo barco en que ellos iban.

_Manuel Payno._




FRAY MARCOS DE MENA

SEGUNDA PARTE


Sali por fin la flota de la hermosa baha de la Habana sin que el
tiempo mejorase; di vuelta al peasco que hoy se llama el Morro, y
hasta los cuatro das logr entrar en el canal de la Florida; tanto as
eran los vientos que la empujaban al Golfo de Mxico, de donde trataba
de salir. El quinto da el cielo se puso ms terrible y amenazador.
Gruesos, amoratados y espesos copos de nubes parece que salan de las
aguas y llenaban el horizonte de una siniestra oscuridad. El mar tena,
al parecer, poco oleaje, pero herva como si tuviese una caldera en el
fondo, y sin saberse por qu, los barcos se estremecan repentinamente,
como si pasase por su quilla el lomo de una ballena. Este es un fenmeno
quiz peculiar del Golfo y de todo el mar de las Antillas, de modo que
algunas veces se experimentan fuertes sacudimientos,  la vez que las
olas apenas se levantan media vara en la movible superficie. La
Capitana hizo sus seales, y todos los barcos, que eran quiz treinta y
que caminaban en conserva, comenzaron la maniobra; unos arriaron
completamente sus velas y quedaron cabeceando, arrastrados por las aguas
rpidas del _Gulf Stream_, otros se quedaron con la vela mayor, y otros
atrevidos largaron, como dicen los marinos, todos los trapos, y rpidos
como los alciones comenzaron  hundirse y  salir sucesivamente de los
abismos que ya con lo recio del viento comenzaban  formarse. El canal
de la Florida est lleno de cayos, de islotes, de arrecifes, de costas
bajas y engaosas, y el peligro era, que cerrando la noche y arrastrados
por las olas y el viento, viniesen los barcos  dar en algn escollo. La
noche lleg, no slo oscura, sino llena de esas tinieblas flotantes que
tanto pavor causan en la mar, y que no se sabe si son los vapores que
salen del agua,  los vapores que caen del cielo; el caso es que
materialmente se ve que el barco tiene que abrirse paso en esa profunda
 interminable oscuridad que cada vez es ms negra y ms pavorosa. La
Capitana encendi un farol  popa y otro  proa, los dems barros slo
encendieron uno  proa, y un caonazo anunci que cada momento se
aproximaba ms el peligro.

La noche borrascosa y amenazadora pas, sin embargo, sin novedad, y los
pasajeros saludaron con una especie de frenes los primeros rayos del
sol. Un momento el astro del da se abri paso por entre las capas de
nubes  ilumin la superficie agitada del Ocano, de ese Ocano inmenso
que azota con sus olas las orillas frondosas y frtiles de la Amrica y
las arenas abrasadoras de la costa de Africa. Todos los barcos haban
conservado hasta cierto grado una distancia conveniente y se poda con
el anteojo reconocer que la escuadra estaba completa. La mayor parte de
los capitanes, aunque el viento marcaba un cuarto al Nordeste, y era
fuerte, aprovecharon el sol y comenzaron  desplegar sus velas. Slo la
nave de Farfn conservaba nicamente la vela de foque y capeaba el
viento. El da se pas as, pero al ponerse el sol, unos reflejos entre
amarillos y sangrientos que se notaban en algunas partes del horizonte,
alarmaron  los capitanes y determinaron amainar las velas y esperar el
viento  palo seco. La nave de Farfn ganaba el largo, mientras el barco
en que iban los padres domnicos pareca visiblemente empujado  los
arrecifes. Otros barcos seguan sin poderlo evitar el mismo rumbo. Cosa
de las once de la noche, el viento se desencaden y comenz  soplar con
una furia nunca vista. Todos los barcos encendieron las luces, y los que
estaban armados comenzaron  poner seales y  tirar, conforme  las
ordenanzas de marina, cierto nmero de caonazos, para advertir  los
dems el peligro.

No es fcil describir ni la confusin, ni las lgrimas, ni el espanto de
los que estaban  bordo de cada barco. Ya hemos dicho que haba ms de
mil personas distribuidas en buques que hoy llamaramos miserables
barquichuelos, y entre ellas se encontraban muchas mujeres, nios,
esclavos, y tambin algunos indios que en calidad de sirvientes
acompaaban  sus amos  Espaa. En la nave en que iban los religiosos
domnicos pasaba una escena todava ms terrible. Los pasajeros y
marineros, que tenan la idea fija en la cabeza de que Doa Catalina era
el diablo en persona,  al menos la causa de la tormenta, bajaron al
camarote y encontraron  la dama presa del mareo y del terror de una
muerte prxima. Se apoderaron de ella y la subieron  cubierta,
resueltos  arrojarla al mar. La mujer, que al principio no saba de qu
se trataba, se dej conducir, pero advertida por el negro Francisco del
peligro que corra, y recobrando sus fuerzas y energa, derrib  los
que la conducan y corri  buscar refugio cayendo  los pies y
abrazando las rodillas de Fr. Marcos de Mena, que sereno y resignado en
medio de la tempestad rezaba y encomendaba su vida y la de sus
compaeros al Seor que aplaca los mares y calla el ruido temible de los
vientos.

Fray Marcos acogi con bondad  Doa Catalina, con palabras suaves y
persuasivas calm los temores y la clera de los marinos, y les dijo que
todos estaban entregados  la voluntad divina, y que ningn influjo
malfico ejerca Doa Catalina ni nadie en los vientos y en la mar. La
furia de la tempestad no di por lo dems lugar  ms conversacin. Una
ola, estrellndose contra el costado del barco, azot contra la cubierta
 Fray Marcos,  Doa Catalina y  cuantos estaban cerca, y destrozando
una parte de la obra muerta, se llev cuantos trastos encontr. A esa
sucedi otra, y otra, y una lluvia como si se abriesen las cataratas del
cielo, hizo que todos los pasajeros bajasen  la estrecha cmara. All
los religiosos comenzaron  rezar, y todos cayeron de rodillas
implorando el perdn de sus pecados y la misericordia de Dios.

Las corrientes, el viento, el terror que se haba apoderado de los
marinos despus de tres das de un tiempo tan duro, hizo tal vez que
gobernaran mal; el caso fu que las naos cada vez se juntaban ms, y se
podan oir los lamentos, los juramentos y los gritos que daban
mutuamente los pilotos para evitar el que los barcos se estrellasen los
unos contra los otros. Una nao vena derecha con una rapidez tal, que
pareca empujada por Satans  estrellarse contra la de los domnicos,
pero en el trnsito se atraves otra, arrojada por una ola, y las dos
se chocaron, se oy un traquido, y antes de cinco minutos el Ocano se
haba tragado naves, palos, pasajeros, todo, como si la garganta oscura
de algn monstruo se hubiese abierto y vuelto  cerrar devorando la
presa. Los religiosos que haban subido un momento  cubierta, lanzaron
un grito de horror y comenzaron  absolver  los nufragos y 
encomendar sus almas  la clemencia de Dios.

El viento era cada vez ms recio y las olas ms altas y amenazadoras. La
escena que acabamos de referir se repiti, y se destrozaron mutuamente
las naves, otras se hicieron pedazos contra los arrecifes, y otras
fueron  embarrancar en medio de las tinieblas y de los horrores de esta
tremenda noche,  las costas de la Florida. La nave de Farfn, la de
Corso y otras cuatro  cinco pudieron ganar la alta mar, maniobrando con
destreza y energa, y se salvaron.

       *       *       *       *       *

Parece que la tempestad no haba tenido ms designio que hacer perecer
la flota, pues as que todos los buques  haban encallado  se haban
hecho pedazos y hundido, el viento calm, las olas fueron disminuyendo,
y las corrientes alborotadas y contrariadas tomaron su curso natural.
El sol del nuevo da alumbr  los nufragos que haban sobrevivido, y
encontrronse  poca distancia de la tierra. Con el auxilio de las
cuerdas, clavos y tablazn destrozada de los mismos barcos varados,
pudironse hacer algunas balsas, y como la mar estaba ya mansa, fueron
desembarcando sucesivamente los pasajeros con parte de los equipajes,
aunque mojados y una cantidad ms que suficiente de provisiones. De ms
de mil y quinientas personas que iban en la flota, slo se salvaron cosa
de trescientas y las que iban en las naves de Farfn, y las dems que
como hemos dicho escaparon del desastre. Entre los trescientos que
tocaron tierra, contamos  los cinco religiosos domnicos,  Doa
Catalina y  su doncella que no abandon el cofrecillo de sndalo. En
cuanto al pobre negro Francisco, seguramente se lo llev en la noche
alguna ola sin que nadie lo advirtiera; el caso fu que no se encontr
entre los pasajeros.

El peligro de la mar que era ms prximo, no di tiempo  que
reflexionaran los desgraciados nufragos; pero cuando se vieron salvos,
se present  su imaginacin otro riesgo, en el que no haban pensado.
Aquellas tierras deberan estar llenas de tribus brbaras  indomables,
y no tardaran en ser atacados por ellas. La costa estaba desierta: sin
embargo, muchos se internaron y reconocieron el pas, y no encontraron
huellas ni seales de que hubiese ningunos habitantes. Esto tranquiliz
de pronto  la desventurada colonia arrojada de improviso por las olas
en aquella costa inhospitalaria, y pensaron, antes de tomar resolucin
alguna, en establecer una especie de campamento. Las mujeres se
dedicaron  reunir los jamones, el bizcocho, las cajetas y otras
provisiones que haban salvado y que les arrojaba la marea. Los hombres
examinaron todos los destrozos del naufragio, para aprovecharse de las
maderas y jarcia y formar unas barracas, y los religiosos procuraban
conservar el orden haciendo que las provisiones se repartiesen con
igualdad y que no se ocasionaran en el campamento disputas ni desorden
alguno. En estos trabajos pas una semana tranquila hasta donde era
posible, y los que haban perdido sus riquezas comenzaban  consolarse
con que harto haban ganado con la vida salva y los miembros ntegros y
completos. La esperanza y la felicidad rein, pues, entre aquellos
desgraciados, porque el pas era pintoresco y frtil, y el clima suave
haba influido en reponer sus fuerzas y su salud. Una maana, al
concluir la semana, se present  gran distancia una numerosa reunin de
indios. La colonia se alarm naturalmente, pero  medida que se fueron
acercando se pudo conocer que venan en son de paz, pues traan los
arcos rendidos, y muchos pescados en las manos, que ofrecan  los
nufragos con visibles muestras de contento. Con temor, pero con agrado,
fueron recibidos por la colonia, y las mujeres se apresuraron  tomar
los pescados, y haciendo lumbre comenzaron  guisarlos y  tostarlos en
las brazas,  indios y blancos en la mejor armona se sentaron 
regalarse con este repentino banquete de mariscos frescos y sabrosos. El
general de la flota, cuyo nombre, repetimos, nos ha sido imposible
indagar, desconfiando sin embargo, reuni al disimulo  los hombres ms
animosos, les di las armas que se haban salvado, que consistan en dos
ballestas y algunos estoques y espadas, y esper el resultado. Cuando
los nufragos estaban ms confiados y saboreaban los pescados que les
parecan deliciosos, los indios se levantaron repentinamente, lanzaron
un alarido terrible y dispararon sus flechas contra aquella reunin de
mujeres y de nios inermes. El general,  la cabeza de los espaoles
armados, arremeti briosamente contra los indios, hirindolos con las
espadas y ballestas, y hasta las mujeres, armadas de palos y de lo que
encontraban, cooperaron  la defensa. Despus de cerca de una hora de
combate en el que todo fu gritos y confusin, los salvajes huyeron y se
internaron en las selvas, dejando maltratadas  varias personas, y
cargando ellos con sus heridos y muertos.

Este incidente arroj la consternacin en el campamento, y todos
comenzaron  pensar y  discutir seriamente en el partido que deberan
tomar, y resolvieron, pues, ponerse en camino y seguir la costa hasta
Pnuco, (Tampico), que crean firmemente que estara  tres das de
camino, y hoy se puede juzgar bien, conocida la distancia que hay desde
la Florida hasta nuestra costa de Tamaulipas, de su grave error
geogrfico. El pnico se haba apoderado de la colonia. Cada ruido en el
bosque, cada silbido del viento, cada ola que se estrellaba en la playa,
les pareca el alarido fatal de los brbaros, y lo que queran era huir
 toda costa de aquel sitio donde tenan por segura una desastrosa
muerte. Al amanecer del da siguiente, la desatentada gente, sin
precauciones ningunas, sin tomar una parte de los vveres que todava
existan, sin recoger la madera que haban arrojado las aguas, echaron 
huir, medio desnudos y descalzos, cargando unos sus nios pequeos, y
otros llevndolos  pie, sin que de nada valieran las rdenes del
general ni los ruegos y exhortaciones de los religiosos domnicos. El
maestro Agustn Dvila Padilla dice: Todos iban  pie, los ms
descalzos, muchos casi desnudos, y algunos del todo. Las mujeres y nios
sentan ms el camino y la ocasin les obligaba  que alargasen todos el
paso. Sentanse la hambre y el cansancio, afliga el calor de la arena,
y _haba fuego en la cabeza y fuego en los pies_. Lloraban los nios,
enternecanse sus madres y todos marchaban con grandes lstimas,
procurando remediarlas descubriendo tierra de cristianos y dndose prisa
para descubrirla.

Cinco  seis das caminaron as, y poco hay de pronto que aadir  la
pattica narracin que hemos copiado y que hace de este suceso el
apostlico varn, autor de la _Historia de la Provincia de Santiago de
Mxico_. Los indios, que estaban ya cerciorados que la gente blanca no
tena armas de fuego, salieron de las selvas y comenzaron  perseguir 
los desventurados tirndoles de flechazos  incomodndolos de cuantas
maneras podan. El general de la aniquilada flota, que conservaba
todava algn imperio sobre su gente, orden la marcha. Los religiosos
domnicos tomaron la delantera y exploraban el camino, recogiendo
algunos mariscos, yerbas y cuanto crean que poda servir de alimento.
Buscaban tambin los depsitos de agua dulce; cavaban pozos en la arena
y disponan para la noche el campamento en el lugar ms cmodo.
Trabajaban todo el da, alentaban  los cansados, consolaban  las
desgraciadas mujeres, cargaban en brazos  los nios largos trechos,
ponan troncos de rboles para pasar los bayucos y riachuelos; en una
palabra, eran los ngeles protectores de aquella msera gente
abandonada en los infinitos desiertos de la Amrica del Norte. Fray
Marcos de Mena, ms joven, ms fuerte, ms activo que los otros
religiosos, fu investido de autoridad por todos los peregrinos, de
manera que despus del general era el nico  quien obedecan y
respetaban. En el centro se colocaron  las mujeres, nios y ancianos, y
la retaguardia la cubra el general, llevando los hombres ms fuertes
las ballestas y las armas. Los negros  indgenas mexicanos que formaban
parte de la expedicin, armados de una especie de mazas formadas con
troncos de rbol, servan como de exploradores giles para correr, para
nadar y para reconocer las astucias de los enemigos, prestaban  todos
servicios de mucha consideracin. Era necesario sostener en el da un
continuo combate con los salvajes, y en la noche se haca necesario que
la mayor parte de los hombres de armas permaneciesen en vela para no ser
sorprendidos. Cualquiera, con solo la lectura de estos renglones, en que
se refiere simplemente esta desastrosa peregrinacin, puede figurarse el
terror y los sufrimientos de aquellas gentes en las noches lbregas,
tempestuosas, rendidos de la fatiga, temblando con el fro y la humedad,
heridos algunos de las flechas, y rabiosos todos de hambre, y sobre todo
de sed, pues las ms veces tenan que contentarse con las aguas salobres
que encontraban.

As, en medio de estas penas infinitas, llegaron  las orillas de un
caudaloso y turbio ro, que arrastrando sus pesadas aguas por entre
remolinos y orillas bajas y tristes, pareca impedirles la marcha de una
manera definitiva. Llamaron  este ro Bravo, y seguramente no puede
ser otro ms que el Mississipp; y la creencia de que una vez pasado ese
ro encontraran  poca distancia el Pnuco, les di nuevo vigor y
esperanza. Acamparon en las orillas, saciaron su sed con aquella agua
dulce y saludable, bien que algunos, segn el maestro Dvila, murieron
de tanto beber; se baaron y curaron las heridas, y con un vigor
extrao, alentados por el general, y sobre todo por Fray Marcos de Mena,
comenzaron la construccin de una gran balsa, aprovechando algunas
hachas, instrumentos y cuerdas que haba recogido el marino ms cuerdo y
ms previsivo que los dems. Cerca de dos semanas emplearon en cortar
los rboles, en labrarlos, en formar, en fin, un par de balsas slidas
en que atravesar el ro, y durante ese tiempo vivieron escasamente
poniendo trampas  las aves y recogiendo algunos mariscos y dividindose
econmicamente estos recursos. Los indios haca algunos das que haban
desaparecido, y los peregrinos concibieron la idea de que hallndose ya
muy cerca de Pnuco, habran prescindido sus enemigos de la idea de
molestarlos. Con esta lisonjera esperanza pasaron el gran ro; pero les
aconteci la irreparable desgracia de que un clrigo que iba en la
balsa, por echar al agua una ropa sucia y vieja que no le serva,
arrojase el paquete donde estaban las ballestas, quedando as reducidos
 unas cuantas hojas de espadas despuntadas y melladas por los
diferentes servicios que haban hecho.

Al da siguiente de haber pasado el ro, y continuando siempre la
direccin de la costa, observaron que ms de cien indios les seguan 
distancia, y era que mientras ellos haban pasado en las balsas, los
salvajes lo haban hecho en sus canoas.

Durante dos das los enemigos se mantuvieron  cierta distancia, pero
cuando se cercioraron que los espaoles no tenan las ballestas, se
acercaron y dispararon sus flechas durante ms de una hora sin
interrupcin. Varias mujeres y nios fueron heridos, y tres espaoles
que quisieron con tan escasas armas detener la furia de los indios,
cayeron heridos en su poder. Apenas se apoderaron de ellos cuando
lanzaron un grito de feroz alegra, y llevndolos  una mota de arbustos
que cerca haba, los ataron con correas de piel que desenredaron de su
cintura, y comenzaron  martirizarlos. Era ya muy entrada la tarde, y la
noche vino pronto. Encendieron los indios lumbradas alderredor de las
vctimas, y se pusieron  bailar haciendo gestos y contorsiones
diablicas. Fatigados del baile, los ms jvenes lanzaban sus flechas,
sirvindoles de blanco los ojos y la boca de los espaoles. Volvan 
cabo de un rato  comenzar su baile infernal y  atizar las hogueras, y
terminado el baile, intentaban cortar la lengua  los brazos de sus
prisioneros con toscos cuchillos de pedernal, cicatrizando la sangre y
las heridas con tizones ardiendo. Esto pasaba  la vista de los
peregrinos que, presa del terror, no se atrevan ni  moverse ni 
proferir una palabra.

Doa Catalina,  quien por contar estas raras aventuras hemos olvidado,
durante todo el viaje hasta el paso del gran ro, haba conservado su
energa y su orgullo. Habiendo salvado alguna parte de su rico equipaje,
apareca vestida siempre de seda y bien que los vestidos estuviesen
mojados y maltratados, les daba cierto aire de elegancia, de manera que
muchos de los que podan conservar un resto de buen humor, la llamaban
la reina, mientras otros que la consideraban siempre como la causa de
todas las desgracias, le rehusaban todo gnero de auxilios y hasta el
escaso alimento que se reparta. Doa Catalina sufra con un valor
verdaderamente herico el cansancio, la lluvia, el fro, y en cuanto 
los alimentos, quiz era la que mejor lo haba pasado. El cofrecillo de
sndalo que llevaba siempre la doncella, haba sido su tabla de
salvacin, pues encerraba sus alhajas. Un da di un diamante del tamao
de un garbanzo por dos cangrejos, otro un hermoso rub por un pescado y
un puado de yerbas, otro una esmeralda por unos cuantos camarones, otro
una hermosa sarta de perlas por una poca de agua salobre. Entre los
peregrinos, como debe suponerse, haba personas que procuraban,  cambio
de las piedras preciosas, servir  Doa Catalina al pensamiento,
esperando siempre llegar con vida y con valiosas joyas al suspirado
Pnuco. Cuando Doa Catalina abriendo sus grandes ojos que pareca
penetraban con su luz los lejanos bosques, observ los crueles tormentos
de los espaoles, la abandon su energa y su resolucin, y anegada en
lgrimas cay  los pies de Fray Marcos, le confes todos sus pecados 
hizo voto solemne, de si escapaba con vida, dar todos sus bienes  los
pobres, tomar el hbito de religiosa, y dedicar el resto de sus das 
la penitencia y  la oracin.

--Dios dispone todas las cosas y es dueo de nuestra vida, le dijo con
una voz suave Fray Marcos dndole la bendicin. Si est determinado que
suframos el mismo martirio que nuestros compaeros, sufrmosle con
resignacin, ofrezcamos al Seor nuestras almas, y se abrirn para
nosotros las puertas del cielo.

Otras muchas personas imitaron el ejemplo de Doa Catalina, y aquellos
buenos religiosos, sin tener en cuenta sus fatigas y sus propias penas,
estuvieron oyendo la confesin, absolviendo y animando aquellas
desconsoladas criaturas, mientras los prisioneros, atados en los
matorrales, moran en medio de los ms crueles dolores; y los indios
bailaron y bailaron hasta que las hogueras se apagaron y la luz del
nuevo da vino  alumbrar este cuadro de horror y de desolacin.

_Manuel Payno._




FRAY MARCOS DE MENA

TERCERA PARTE


Los salvajes, arrojando gritos y soltando diablicas carcajadas, se
internaron en la selva; pero desde aquel momento el nimo de los
peregrinos qued de tal suerte abatido que no tenan aliento ni para
proporcionarse el preciso sustento. Las madres estrechaban contra su
seno  sus hijos, y muchas de estas criaturas, heridas, sedientas, presa
de la fiebre, arrojaban lastimosos quejidos. Tuvieron todos que
continuar su marcha porque no haba otro remedio, y un resto de ilusin
y de esperanza les haca ver, como si fuera la gloria celestial, la
suspirada ranchera de Pnuco. Los salvajes volvieron  aparecer  los
dos das con unas fisonomas risueas y placenteras. Se apoderaron de
dos hombres que por la fatiga se haban quedado atrs, y en vez de
atarlos y conducirlos al martirio, los comenzaron  desnudar, y as que
los dejaron como Adn, los despidieron, sin hacerles otro dao. Fu una
luz, una inspiracin para los desdichados. Ofrecer las ropas en cambio
de la vida, no era nada.

Los indios se acercaron de nuevo y los peregrinos, les hicieron seas de
si queran la ropa,  lo que tambin por seas contestaron
afirmativamente, y entonces entraron al campamento. Dieron de pronto con
un tartamudo vizcayno, el cual con visible repugnancia se quit los
pantalones: pero no fu posible que de grado les entregara una _jaqueta_
encarnada que tena. Los salvajes se pusieron furiosos, le dispararon
muchos flechazos y le dejaron hecho pedazos muerto en el suelo, haciendo
trizas la _jaqueta_ y repartindose los fragmentos. Con este ejemplo por
una parte, y amagados por los salvajes que tendan su arco, hombres,
mujeres, nios, hasta los religiosos tuvieron que desnudarse, no
permitiendo sus enemigos que conservasen ni siquiera un harapo ni un
pauelo con que cubrirse.

Qu lstima tan extraa, dice el maestro Dvila Padilla, sera ver
aquella pobre gente perseguida, hambrienta, desnuda, avergonzada, herida
y con tanto tropel de males, que apenas hay odos cristianos para
poderlos or sin mucho sentimiento. Algunas mujeres se caan muertas, y
aunque haba otras causas para esto, debi de ser mucha parte la
vergenza de verse tan faltas del honesto abrigo que con tanta fuerza
les ensea la naturaleza.

Los indios rieron, burlaron y festejaron la invencin as que vieron
completamente desnudos  todos los peregrinos, y comenzaron  vestirse
con los trajes espaoles. Doa Catalina tuvo que entregar sus vestidos
de seda  una india que  su vez se desnud y se engalan de una manera
ridcula con el traje de la rica dama. La doncella tuvo igual suerte,
pero pudo ocultar entre la arena el cofrecillo de sndalo, y las alhajas
que encerraba les sirvieron para vivir algunos das ms.

Los indios, de pronto, se retiraron no sin disparar algunas saetas, y
los nufragos tuvieron que continuar su doloroso camino en demanda de
Pnuco, que pareca que siempre se les alejaba y estaba en la extremidad
de la tierra.

Parece que desde que salieron de la Florida los nufragos, hasta el
punto en que aconteci la cruel aventura que acabamos de referir, haban
pasado quiz sesenta das. La crnica no puntualiza la manera como
pasaron los ros de Tejas y el que se llama hoy Bravo del Norte, y
seala una jornada fatal en el ro de las Palmas, refirindola,  poco
ms  menos, de esta manera: La infortunada gente atraves un pas
enteramente desprovisto de agua potable, y la sed era ya tan grande que
apenas alguno sola divisar un escaso manantial en una pea, cuando
corra como un furioso, devorando la poca agua con todo y el lodo, las
arenas y las piedrezuelas. Su esperanza para no morir de la muerte ms
espantosa, era la lluvia; pero  no caa del cielo,  cuando caa les
era imposible recogerla, y vean con espanto que las arenas ardientes
sorban las gotas que  ellos daran la vida. As pudieron llegar al ro
de las Palmas los ms fuertes y animosos, pues los dbiles y enfermizos
haban quedado regados en el camino muertos los unos de hambre y de sed,
y los otros de las heridas y de las llagas que los piquetes de los
insectos y el sol haban hecho en sus cuerpos; pues es menester no
olvidar que esta ltima parte de la peregrinacin la hicieron
completamente desnudos. Cuando vieron un ancho, dulce y cristalino ro,
se arrojaron voraces  beber sus fras aguas, y fatigados y sudorosos
encontraron la muerte donde creyeron hallar la vida. A esto se agreg
otro y ms terrible ataque de los indios, que no se sabe si eran los
mismos que los haban perseguido desde la Florida,  otros, pues toda
esa costa estaba llena de tribus cazadoras y feroces que los espaoles
nunca pudieron ni conquistar ni reducir  la vida civilizada. La
descarga de flechas y de golpes fu tal, y la debilidad de las mujeres
tan extremada, que  orillas de este ro perecieron todas ellas, y hubo
casos en que los nios quedaron abandonados, llorando junto al cadver
sangriento de sus madres, y despus murieron probablemente matados por
los indios,  de hambre y de desamparo. Difcilmente en naufragio alguno
se puede contar una serie de aventuras tan horrorosas. Adems de las
mujeres, pasaron de cincuenta hombres los que tambin murieron, y los
pocos que quedaron, ya sin ser posible el orden ni servir de nada los
mtuos auxilios, desesperados y frenticos se desperdigaron por los
bosques, tratando de salvar su vida  de acabar con ella prontamente.

No pudindonos ocupar, por falta de pormenores, de todas las personas y
sufrimientos individuales, no omitiremos decir lo que alcancemos de los
personajes que ms han figurado en esta narracin.

Los cinco religiosos que hemos dicho se embarcaron en la flota, iban 
Espaa  asuntos que podemos llamar espirituales, es decir,  agenciar
las facultades y los medios de convertir  los infieles y de
civilizarlos. La Providencia quiso poner  prueba su fortaleza, y
sufrieron su destino y su suerte sin murmurar, y bendiciendo hasta la
ltima hora la mano de Dios.

Fray Diego de la Cruz era espaol, y Fray Hernando Mndez era mexicano,
joven robusto, buen estudiante y dotado de las sencillas y admirables
virtudes que inspira el cristianismo. Cuando los salvajes atacaron 
los peregrinos en las orillas del ro de las Palmas, los dos religiosos
quisieron defender  las mujeres y especialmente salvar, al menos del
martirio,  los nios; as, con un valor que no lo da ms que la
verdadera virtud, se arrojaron  contener y  exhortar  los brbaros;
pero todo fu intil, porque aquellos hijos de las selvas no entendan
el idioma, y por otra parte parece que, trasmitida  su conocimiento la
conducta atroz de los conquistadores con la raza indgena, deseaban una
sangrienta y sealada venganza. Los religiosos fueron heridos
gravemente, y con las flechas encajadas en la carne y dejando un reguero
de sangre, se apartaron de aquel campo de desolacin y pudieron llegar 
un lugar solitario donde morir.

--Hermano,--dijo Fray Hernando Mndez,--tenemos pocas horas de vida. Es
necesario resignarnos con la voluntad de Dios y confesar nuestros
pecados, y los mios son muy grandes, porque en esta triste jornada,
ltima de nuestra breve vida, he murmurado algunas veces de Dios y he
dudado de su clemencia y amparo.

--La vida, hermano,--contest con una voz apagada Fray Diego--es un
valle de lgrimas. No hemos venido  ella para gozar, sino para sufrir,
y los dolores y los martirios que estamos pasando nos abrirn las
puertas del reino celestial, si en este trance bendecimos al Seor
nuestro Padre que est en los cielos y confiamos en su misericordia
infinita.

Los dos religiosos, medio recostados en el tronco aoso y arrugado de un
rbol corpulento, comenzaron  derramar lgrimas de arrepentimiento y 
sacarse las jaras y los pedernales que tenan en las llagas dolorosas de
su cuerpo.

Despus tuvieron fuerza para arrodillarse, escuchar mtuamente su
confesin y abrirse con el perdn las puertas del cielo.

--Hermano,--dijo Fray Hernando Mndez,--mientras que nuestras fuerzas lo
permitan, cavaremos nuestras sepulturas y las bendeciremos. La tierra
consagrada con nuestra sangre recibir nuestros cuerpos, y Dios nuestras
almas.

Los dos religiosos, en silencio y con unos palos de rbol que
encontraron en la selva, hicieron un esfuerzo supremo y comenzaron 
cavar sus sepulturas.

El da estaba esplndido, las aves cantaban, saltaban en las ramas, y
algunas veces, curiosas y alarmadas, revolaban alderredor de aquellos
dos sangrientos y mudos esqueletos que continuaban con trabajo y
silencio cavando sus sepulcros.

Las fuerzas de Fray Diego de la Cruz no le permitieron concluir la
ltima tarea de su vida, y cay en la tierra moribundo. Fray Hernando
Mndez, ms joven y ms fuerte, acudi, tom  su hermano en brazos, le
rez las ltimas oraciones, le cerr los ojos, le bendijo, le deposit
suave y tiernamente como si fuese un nio dormido en la sepultura que ya
l haba acabado de cavar, le cubri de arena, cort algunas flores
silvestres y las arroj sobre la tumba de este santo, y volvi al nudoso
tronco, ya sin fuerzas,  esperar su ltima hora. Repentinamente
apareci en aquella soledad el semblante de un amigo; era Francisco
Vzquez, natural de Villanueva en Espaa, hombre rico y considerado en
Mxico, y amigo ntimo de los religiosos, y que, como ellos, haba
participado de los desastres de la expedicin. El religioso recibi esta
visita, como si hubiese bajado un ngel del cielo. Vzquez extrajo con
cuidado las astillas y los pedernales de sus heridas, le lav la sangre
coagulada y le cur con yerbas medicinales que l conoca, llevndosele
 otro lugar que le pareci mejor. Anduvieron los dos algunos das, dice
el maestro Dvila, sustentndose de races y de hojas de rboles, hasta
que poco despus la fuerza de las llagas acab la vida del religioso, y
el seglar le enterr como pudo.

Vzquez, despus de haberle sepultado y derramado las lgrimas que
arranca la comn desgracia sobre aquella santa  ignorada sepultura, en
vez de continuar su camino hacia el Pnuco, donde todos encontraban la
muerte, tuvo la increible energa de emprender el regreso hasta el punto
del naufragio. El cielo premi su constancia y su excelente corazn,
pues  los dos  tres das, un barco, enviado por el gobierno de Mxico
para socorrer  los nufragos, le recogi y le condujo  Veracruz, desde
donde se dirigi  la capital. De las narraciones de este personaje est
sacada, en parte, la triste historia que hemos puesto ante los ojos del
lector. Fray Juan de Mena, Fray Ignacio Ferrer y Fray Marcos de Mena,
consultaron lo que deban hacer, y resolvieron seguir la suerte de las
gentes que haban sobrevivido, resueltos  auxiliarlas hasta que las
fuerzas les faltasen. Se dirigieron, pues,  un ro que est antes del
Pnuco, dice la Crnica, y es bien difcil, en una costa tan llena de
esteros y de corrientes diversas, designar con exactitud los lugares;
pero realmente no es esto de importancia para aumentar el triste y
sangriento colorido de estos cuadros donde el desierto, el hambre, los
enemigos y hasta los insectos contribuan  aumentar el horror.

Llegados al ro, al caer una tardo, los religiosos se sentaron en una
orilla, y mirndose unos  otros con su cuerpo lleno de llagas, con sus
pies destrozados y sin ms fuerza y apoyo que el que les inspiraba su
alma enrgica y religiosa, comenzaron en silencio  derramar lgrimas.
Miraban la corriente ancha  impetuosa del ro, y no conceban como lo
pasaran. Fray Marcos de Mena se apart un poco, recorri alguna parte
de la orilla, y en un recodo oculto, y entre plantas acuticas, encontr
una barca con dos remos que sin duda haban los indgenas dejado all.
Tvolo y con razn en aquel trance como un milagro, y dando aviso  sus
compaeros, todos se embarcaron y comenzaron  bogar con direccin  un
pen negruzco que estaba en medio de las aguas y que les pareci una
isla. Abordaron  ella, tratando de desembarcar para tomar aliento y
pensar  qu punto de la orilla opuesta se dirigiran, para evitar un
nuevo encuentro con los salvajes. Fray Ignacio Ferrer desembarc; pero
apenas puso el pie, cuando la isla se movi y gruesos chorros de agua
brotaron de aquello que haban tomado por una roca.

Eran dos ballenatos que haban entrado de la mar, y tenan, como asienta
el Maestro Dvila, las cabezas cubiertas con el agua, y el resto del
cuerpo descubierto, que parecan isletas; cuando sintieron gente hacia
s, levantaron las cabezas, y arrojando gran golpe de agua por los
colodrillos, se fueron ro abajo  la mar. Fray Ignacio fu socorrido
por sus compaeros que le tendieron un remo antes de que se hundiera, y
pasado este incidente continuaron su navegacin hasta que dieron en una
verdadera isleta donde pasaron la noche. Temprano al siguiente da
llegaron  la orilla del ro, y dejando la embarcacin, emprendieron 
explorar el terreno hasta encontrar  la desventurada gente en cuya
demanda iban. A poco andar tropezaron con un cadver, despus con otro y
otros, y algunos heridos y traspasados de flechas, que apenas tenan
nimo para pedir agua.

     Aquella noche, dice nuestro cronista, quedaron los tres religiosos
     entre los muertos y heridos, esperando por horas la muerte. Despus
     de media noche comenzaron  caminar con gran prisa, siguiendo cerca
     de la playa todo el da, hasta la noche que descubrieron  los
     dems espaoles que se haban adelantado, y excusado por eso, hasta
     entonces de la muerte. Prosiguieron su camino todos juntos, la
     playa siempre en la mano, sustentndose de sol el marisco muy
     miserablemente. Casi veinte das llevaron este paso sin ver indios,
     aunque hallaban  algunos espaoles flechados y otros muertos,
     porque como el aprieto era grande, cada uno procuraba su remedio lo
     mejor que poda, y unos se apartaban de otros procurando cada cual
     adelantarse por verse ms presto en tierra de cristianos. Llegaron
     al fin los frailes y la dems gente  un ro grande que est antes
     del de Pnuco, y comenzaron  dar orden cmo pasarle en balsas, muy
     descuidados ya de ver indios; pero ellos no lo estaban de los
     espaoles, y antes aprovecharon el tiempo de su ausencia en
     rehacerse de flechas, y por ganar el tiempo que los espaoles les
     llevaban de ventaja.

El resultado de esta maniobra de los indios fu un combate terrible y
tenaz. De los espaoles unos trataron de huir y de esconderse, otros con
las escasas armas, que no podan ser otras ms que troncos  ramas
nudosas de rboles, se defendieron, y otros sucumbieron. Los religiosos,
sin tener ya posibilidad de sal males. Su martirio lleg  tal grado,
que prefirieron entregarse  las flechas de los indios, y salieron de
aquel matorral, ganaron corriendo la orilla del ro, y se echaron  la
agua, nico medio posible de desembarazarse de los voraces insectos.
Cuando salieron del bao, encontraron inmediatamente una bandada de
indios que los haban espiado y los esperaban. A Fray Juan de Mena le
dieron un flechazo que le traspas el pulmn y cay muerto en el acto; 
Fray Ignacio Ferrer le mataron dndole en la cabeza con un tronco grueso
de rbol, y  Fray Marcos de Mena le asestaron siete flechazos, entre
ellos uno en el lagrimal del ojo derecho. Los tres, nadando en sangre,
cayeron en tierra, y los salvajes los dejaron ya muertos, y continuaron
buscando  los dems espaoles que se haban ocultado por las cercanas,
matando  todos los que encontraron.

As pas ese funesto da, y los salvajes se retiraron creyendo haber
acabado su misin sangrienta.

       *       *       *       *       *

El instinto de la propia conservacin hizo que algunos de esos infelices
se ocultasen, ya dentro del agua en la orilla del ro, ya en alguna otra
parte; el caso fu que todava escaparon algunos de la matanza, y cerca
de la noche, observando que los salvajes se haban retirado, salieron
cautelosamente  explorar el campo, y se horrorizaron de verlo cubierto
de cadveres. Fijaron la atencin en los tres religiosos, y como les
tenan no slo veneracin sino una inmensa gratitud por los servicios
que les haban prestado, no pudieron menos sino derramar abundantes
lgrimas, y resolvieron enterrarlos. Cavaron ligeramente unas
sepulturas, porque no tenan tiempo ni instrumentos para hacerlas
profundas, y depositando all aquellos cuerpos sangrientos y venerados,
les echaron una leve capa de tierra encima, rezaron una oracin, y
encomendndose ellos mismos  Dios, continuaron su peregrinacin, en
demanda siempre de Pnuco, que era para ellos la tierra de promisin.

En el resto de la noche cay una fresca lluvia. La maana siguiente fu
pura y hermosa. Cuando salieron los primeros rayos del sol, Fray Marcos
de Mena se crey presa de una pesadilla. Senta que tena un gran peso
en su cuerpo y que un negro velo cubra su rostro; pero en vez de sentir
dolores, experimentaba por el contrario, una especie de consuelo como si
hubiesen ungido su cuerpo con un blsamo. Hizo un esfuerzo, levantse y
con facilidad pudo sacudir la poca de tierra con que le haba cubierto
la piedad de sus amigos. Mir  todos lados y no observ sino cadveres
sangrientos y desfigurados que comenzaban  ser ya pasto de las aves de
rapia. Se encomend  Dios, hizo un esfuerzo supremo y se levant
alentado con la idea de que muchos, como l, podran estar todava con
vida, y l ayudara  que se alejasen de aquel fnebre cementerio. La
tierra y arena en que haba estado enterrado, refrescada con la lluvia,
haba servido sin duda de medicina para mitigar la inflamacin de las
heridas y de los piquetes de los insectos, y de pronto parece que un
vigor desconocido y sobrenatural animaba  su ya descarnado y sangriento
esqueleto. Uno por uno examin  sus tendidos  insepultos compaeros,
entre los cuales encontr algunas madres que de hambre, de miedo y de
cansancio se haban quedado muertas estrechando  sus hijos en sus
brazos. Aquel desierto donde acababa de desaparecer todo vestigio de
existencia humana, aquellos cadveres desfigurados  insepultos 
quienes la muerte sorprendi en las siniestras posiciones que causan el
dolor y la desesperacin, habran infundido miedo  cualquier otro
hombre. Nuestro religioso, por el contrario, animado del sentimiento
sublime de la caridad, cumpli en aquel remoto pramo con los ltimos
deberes, y di sepultura  cuantos pudo, para que los restos de los
cristianos no fuesen devorados por las fieras. Busc en seguida algunos
alimentos, sin poder encontrar ms que races, y juntando trozos de
lea los encendi llegada la noche, y permaneci velando aquellas
fnebres y solitarias tumbas.

Al siguiente da se alej de aquel sitio y tom la orilla de la playa
para proporcionarse algunos mariscos; pero el sol que tostaba su desnudo
cuerpo, los movimientos que tena que hacer para proporcionarse que
comer, y la falta de cuidados, ocasionaron que sus llagas volviesen 
inflamarse hasta un grado tal, que le era imposible moverse. Haciendo un
esfuerzo se retir de las orillas del mar y busc ms al interior del
pas un sitio donde exhalar el ltimo suspiro.

Se detuvo en una especie de gruta, formada casualmente por la vegetacin
exuberante de aquella costa. Haba un mullido lecho de musgo, y algunos
rboles que parecan colocados de propsito, formaban una cabaa. Cerca
se escuchaba el ruido apacible de una fuentecilla de agua, y las aves
haban escogido aquel lugar para la mansin de sus amores. Ya porque el
sitio era agradable y pintoresco en extremo, ya porque el religioso no
poda dar un paso mas, resolvi quedarse all, y di gracias al Seor
porque le haba llevado  aquel paraje, donde bendiciendo las obras de
la naturaleza podra entregarle tranquilamente su alma. Pudo llegar  la
vertiente de agua, saci su ardiente sed y se recost en seguida en un
lecho de hojas, el que se habra credo preparado por el ngel de la
guarda del maltratado solitario. Tenderse en el lecho y apoderarse de
sus prpados un sueo dulce y bienhechor, todo fu uno. Quin sabe
cuntas horas estuvo as nuestro fraile, y recordaba que durante este
tiempo, tan pronto haba credo oir en la gloria melodas dulcsimas y
desconocidas, como tener delante de s al demonio proponindole, con
locos pensamientos, no ser verdadera la divinidad del Redentor, sino
engao de los cristianos.

Cuando despert de su sueo vi delante de s una figura extraa, y de
pronto crey que era una terrible realidad. Se frot los ojos,
reflexion un poco, y entonces observ que una negra, hincada de
rodillas, con los ojos anegados de lgrimas, le contemplaba llena de
veneracin y de ternura. Era esta criatura una de tantas vctimas del
naufragio, que huyendo descarriada haba escapado de la ferocidad de los
salvajes y podido vivir en los bosques. La excelente mujer cont al
religioso sus aventuras, que eran parecidas  las de los dems. Hambre,
fro, llagas, fatigas infinitas, calor abrasador, peligros con los
salvajes, con las fieras, con los torrentes, con la soledad misma. De
esta serie de incidentes se haba compuesto la vida de todos los
nufragos, hasta que sucesivamente fueron muriendo. Jams el buen
religioso haba experimentado un placer igual al que le produjo la
vista de aquella fea negra, todava ms monstruosa por el desorden de
su lanuda cabellera, y por lo extenuado y flaco de sus miembros.

La negra corri  la fuente, y en la corteza de una fruta silvestre
trajo agua, lav las llagas del religioso y le asegur que conoca ya
varios lugares donde encontrara yerbas y races propias para comer, y
que tambin podra, con la ayuda de Dios, proporcionarle algunos
mariscos. En efecto, durante doce  quince das la negra apareca con
exactitud provista de algunos alimentos, acompaaba al solitario algunos
ratos, rezaba con l, le curaba, y volva  desaparecer, ocupndose en
las horas de su ausencia, en procurarse los auxilios que,  duras penas,
poda arrancar  aquella naturaleza salvaje.

Un da lleg la hora, que era por lo regular el medio da, y la negra no
pareci. Fray Marcos esper lleno de ansiedad, y as lleg y termin la
noche sin que la negra se presentase. A los dos das perdiendo toda
esperanza, Fray Marcos urgido por la hambre y por los dolores 
inflamacin de sus llagas, que se haban llenado de gusanos, se resolvi
 tentar el ltimo y supremo esfuerzo, y se puso en camino con direccin
 Pnuco,  ese Pnuco fabuloso que haba visto cerca desde el da de su
naufragio, y al cual casi ninguno haba podido llegar. Pudo ms bien
arrastrarse, que no andar, hasta la orilla de un ro, y all perdi las
fuerzas y cay en tierra, encomendando su alma  Dios. Abri en aquellos
momentos los ojos, para cerrarlos sin duda para siempre, y observ dos
hermosos mancebos de alta estatura y gallardo porte, que, aunque estaban
desnudos, no tenan arcos ni flechas.

Hzoles una seal, ltimo esfuerzo de que fu capaz, y clav su rostro
en tierra, no pudiendo ya ni an soportar la fuerza de la luz. Los
mancebos saltaron  una barca que estaba en el ro, sacaron de ella una
sbana blanca, levantaron del suelo  Fray Marcos, le envolvieron en
ella y le colocaron suavemente en la embarcacin, remando giles con
direccin  un pueblo de espaoles que estaba  trece leguas de
distancia en la orilla opuesta. All le sacaron con el mismo tiento, le
dieron agua y una _torta delgada del pan de la tierra, muy blanca y muy
bien sazonada_, le cubrieron bien con la sbana,  indicndole la
poblacin, que distaba slamente algunos pasos, le dijeron: _Tampico,
Tampico_ y desaparecieron dejndole absorto y persuadido de que solo
por la intervencin de los ngeles pudo haber salvado su vida.

       *       *       *       *       *

Fu acogido el religioso con un entusiasmo difcil de pintarse, en la
pequea ciudad espaola. El refiri sus aventuras y bendijo  las
familias. Las familias le agasajaron, le curaron, le mimaron con un
cario singular, hasta que estuvo en estado de emprender su camino 
Mxico, adonde lleg  tocar  las puertas de su santo convento, dejando
 los religiosos asombrados con la narracin de sus raras aventuras, y 
todos persuadidos de que sin la especial intervencin de la Providencia,
era imposible que hubiese podido resistir tanta fatiga y sobrevivir 
las peligrosas heridas en el desamparo de la infinita soledad de los
desiertos que haba atravesado.

Algn tiempo despus tuvo que sufrir una dolorosa operacin, pues las
heridas haban cerrado en falso, y tena dentro del cuerpo trozos de
jara y de pedernal que los mdicos tuvieron que extraerle. Sobrevivi
veintitrs aos, aunque siempre descolorido, flaco, y sufriendo diversos
males, resultado de sus inauditos padecimientos. Cuando el Virrey Don
Martn Enrquez sali de Nueva-Espaa para el virreinato del Per, le
acompaaron el Maestro Fray Bartolom de Ledesma y Fray Marcos de Mena.
El primero fu electo obispo de Oaxaca, y Fray Marcos de Mena no quiso
ya hacer otro nuevo viaje, y se qued en el convento de la ciudad de los
Reyes, donde muri santamente en el ao de 1584.

_Manuel Payno._




LA FAMILIA CARABAJAL


PRIMERA PARTE

La historia de la familia Carabajal; las terribles persecuciones que
sufri por la Inquisicin; las revelaciones curiosas que ante aquel
tribunal hicieron las diversas personas de dicha familia, acerca de la
observancia y ceremonias de la ley de Moiss, y el fin trgico de todas
esas personas, dara motivo  escribir, no dos  tres artculos, sino un
gran libro.

Nosotros uniremos al laconismo, necesario  los estrechos lmites de
esta publicacin, la mayor claridad posible, insertando al pie de la
letra algunas diligencias, tales como existen en las causas originales;
y aunque esto algunas veces parezca cansado, sin embargo, har formar 
nuestros lectores la idea ms perfecta del carcter y procedimiento de
esa terrible institucin que se llam el Santo Oficio.

D. Luis de Carabajal, nativo del reino de Portugal, hombre de 45 aos,
lleg  Tampico, nombrado por el Rey de Espaa Gobernador del nuevo
reino de Len, por el ao de 1583.

D. Luis de Carabajal trajo en su compaa  su cuado D. Francisco
Rodrguez de Matos y  su hermana D. Francisca Nez de Carabajal, y 
los hijos de estos D. Isabel, viuda de Gabriel Herrera y la mayor de
todos los hermanos, de 26 aos de edad, D. Catalina, D. Mariana, D.
Leonor, D. Baltasar, D. Luis, Miguel y Anica, que eran muy nios;
adems, D. Francisco Rodrguez de Matos y su mujer tenan un hijo
llamado D. Gaspar, religioso, en el convento de Santo Domingo de Mxico,
que haba llegado all poco tiempo antes.

Un ao despus de la llegada de esta familia  la Provincia del Pnuco,
fueron de Mxico dos comerciantes espaoles, Antonio Daz de Cseres y
Jorge de Almeida, y casaron, el primero con D. Catalina, y el segundo
con D. Leonor. Esto motiv el viaje de toda la familia para la capital
de la colonia, adonde pasaron todos  establecerse, viviendo al parecer
cristiana y tranquilamente, y haciendo algunas veces viajes al Mineral
de Tasco, en donde el marido de D. Leonor tena una negociacin de
minas.

       *       *       *       *       *

En el ao de 1587 la mano de hierro de la Inquisicin cay sobre D.
Isabel, la mayor de los hermanos, por denuncia que contra ella se haba
hecho como observante de la ley de Moiss. El fiscal Dr. Lobo Guerrero
present su acusacin, y los inquisidores Bonilla y Garca decretaron la
prisin de D. Isabel, y el secuestro ( secresto) de sus bienes, como
se acostumbraba en aquel tribunal. Aqu dieron principio los infortunios
de aquella familia, porque la Inquisicin, voluntariamente,  por fuerza
del tormento, obligaba  los desgraciados reos  decir cuanto supiesen,
 para hablar en los trminos propios, _ testificar_  los hijos contra
los padres,  los padres contra los hijos,  los hermanos contra los
hermanos,  la mujer contra el marido, y  ste contra aqulla.

Y no bastaba que el reo confesase lisa y llanamente la culpa, cargando
con todo el peso de ella, sino que se le atormentaba para que confesara
lo que de otros saba, que era lo que se llamaba tormento _in caput
alienum_; porque en la Compilacin de instrucciones del Oficio de la
Santa Inquisicin, hecha en Toledo en el ao de 1561,  impresa en
Madrid en 1574 dice el prrafo 45: Si el reo estuviere negativo de s y
de otros cmplices, dado caso de que haya de ser relajado, podr ser
puesto  cuestin de tormento, _in caput alienum_; y en caso de que el
tal venza el tormento, _pues no se le d para que confiese sus propias
culpas_, _&c._

D. Isabel de Carabajal confes ante los inquisidores que era observante
de la ley de Moiss; y al principio no quiso declarar que la haba
aprendido sino de su marido, que ya no exista, y de su madre D.
Francisca de Carabajal. Entonces los inquisidores determinaron que se
procediera  la diligencia de tormento. Copiaremos ntegra la parte
relativa de esta diligencia, hasta el momento en que los dolores
obligaron  confesar  aquella desgraciada, que no tena entonces, segn
su declaracin, ms que 30 aos de edad.

       *       *       *       *       *

[Sidenote: Pronunciacin de la sentencia de tormento.]

     Y luego vista la negativa de la dicha D. Isabel, mandaron leer y
     pronunciar la dicha sentencia de tormento, de susso contenida y por
     ellos rubricada, la cual dieron y pronunciaron estando en la dicha
     su audiencia de la maana, presente para ello el Dr. Lobo Guerrero,
     fiscal de este Santo Oficio, y por testigos Arias de Valdez,
     alcaide, y Pedro de Fonseca, portero; en cuya presencia, se
     notific  las partes, y luego se salieron de la audiencia.

[Sidenote: Notificacin.]

     Y siendo leda y notificada, la dicha sentencia  la dicha D.
     Isabel,

     Dijo: vaya sobre quien le hace padecer, porque ella ha dicho la
     verdad, y plegue  Dios que esto pare en bien.

     Y con esto fu mandada llevar, y fu llevada  la cmara del
     tormento, adonde fueron luego los Seores Inquisidores,  hora de
     las nueve y cuarto de la maana.

[Sidenote: Cmara del tormento.]

     Y estando en ella fu tornada  amonestar que por reverencia de
     Dios diga la verdad si no se quiere ver en tanto trabajo.

     Dijo: justicia del Cielo venga sobre quien tanto mal le hace, y
     que ella ha dicho la verdad, y padecer por Dios que padeci por
     ella en una Cruz.

[Sidenote: Entr el Ministro.]

Fu mandado entrar y entr el Ministro, y que la desnude. Desnudse
ella mesma diciendo, que ya ha dicho la verdad, y que primero morir que
decir lo que no sabe.

[Sidenote: Desnuda.]

     Y estando desnuda, en camisa baja, las carnes de fuera, fu
     tornada  amonestar que por reverencia de Dios diga la verdad, y
     no quiera padecer tanto trabajo.

     Dijo: que ningn tormento pudiera haber para ella mayor que
     hacerla desnudar, y mostrar sus carnes de fuera, gran afrenta y
     dolor para ella.

     Y con esto le fueron mandados ligar los brazos flojamente, y
     estando ligados, amonestada que diga la verdad, dijo: que ya la ha
     dicho y no la quieren creer, y que aqu ha de morir.

     Y mandse dar una vuelta de cordel  los brazos: antes de drsela
     dijo: que esta es la verdad, que tambin D. Francisca su madre, y
     Baltazar y Luis de Carabajal, sus hermanos de ella, le dijeron y
     ensearon todo lo que tiene dicho de la Ley de Moysen, y la
     ratificaron en ella, aqu en Mxico, y su madre la maldeca si
     descubra nada, la cual y ellos, la ensearon en toda la Ley de
     Moysen que hoy tiene confesado, y con ellos la guard, y no hay
     otra cosa ni sabe ms, y no se acuerda del tiempo en que la
     ensearon y trataron, ms de que esta la guard en veces, los ocho
     meses que tiene confesados, y Dios es testigo que ha dicho la
     verdad, y dijo al Ministro la dicha, haga su oficio, que no hay
     ms; y porque no dijo otra cosa.

[Sidenote: Vuelta de cordel  los brazos.]

     Amonestada que diga la verdad, se le di la dicha vuelta de
     cordel, y di grandes gritos y voces, ay desventurada, que la he
     dicho y me atormentan; vaya por amor de Dios: es Dios testigo que
     la he dicho, y vive Dios que me castigan sin culpa.

[Sidenote: Segunda vuelta.]

     Amonestada que diga la verdad, se le mand dar y di segunda
     vuelta de cordel, y di grandes gritos que la dejen, que la
     matan......

D. Isabel no pudo ya resistir por ms tiempo, y all, en medio del
tormento, comenz una larga declaracin, denunciando  todas las
personas de su familia y  un gran nmero de personas, de hombres y de
mujeres, observantes de la Ley de Moiss.

Slo  la mitad de la declaracin consintieron los inquisidores en que
se aflojaran los cordeles.

Despus de las confesiones arrancadas  D. Isabel por el tormento,
vinieron las causas de todas las personas testificadas por ella, las
cuales  su turno denunciaron  otras, y un nmero increble de reos
entr  la Inquisicin por esta causa.

Toda la familia Carabajal, incluso el gobernador del nuevo reino de
Len, toda fu presa,  excepcin de D. Baltasar, que logr fugarse en
Tasco, y contra quien se sigui, sin embargo, el proceso, hasta
sentenciarle  ser quemado en estatua.

D. Francisca, madre de todos los jvenes Carabajal, deba ser, y fu en
efecto la que ms resistencia opuso para declarar en contra de sus
hijos; pero el tormento la hizo faltar  los sentimientos de su corazn,
y en las agonas de su dolor testific contra sus mismos hijos.

H aqu pintado con las sencillas palabras del proceso, el terrible
trance en que aquella desgraciada mujer fu obligada  dar su confesin.


_Christi Nomine Invocato_

[Sidenote: Sentencia.]

     Fallamos atentos los autos y mritos de este proceso, indicios y
     sospechas que de l resultan, contra la dicha D. Francisca Nez
     de Carabajal, que la debemos de condenar y condenamos  que sea
     puesta  cuestin de tormento, sobre las diminuciones que de su
     probanza y confesiones resultan conforme  lo en esta causa votado,
     en el cual mandamos que est y persevere, tanto tiempo cuanto
     nuestra voluntad fuere, para que diga y confiese enteramente la
     verdad, segn y como ha sido amonestada, con apercibimiento y
     amonestacin que le hacemos, que si en dicho tormento muriere 
     fuere liciada,  dl se le siguiere efusin de sangre,  mutilacin
     de miembro, sea  su culpa y cargo, y no  la nuestra, por no haber
     querido confesar enteramente la verdad, y por estar negativa.

     Juzgando as lo sentenciamos y mandamos. (_Dos rbricas_).

[Sidenote: Pronunciacin.]

     La cual dicha sentencia de tormento fu dada y pronunciada por los
     dichos Seores Inquisidores, y el dicho Sr. Inquisidor Lic.
     Bonilla, con los dichos, haciendo veces as mesmo de ordinario
     estando en la dicha su audiencia de la maana presentes el Dr. Lobo
     Guerrero, fiscal de este Santo Oficio, y la dicha D. Francisca
     Nez de Carabajal, y sindole leda y notificada y dado  entender
     el efecto de ella  la susodicha, habindose hallado presentes  la
     dicha pronunciacin Arias de Valdez, alcaide, y Pedro de Fonseca,
     portero, que luego se salieron de la audiencia. La susodicha,
     llorando, dijo: que ya dice que crey derechamente en la Ley de
     Moysen, y esta es la verdad, y que se duelan de ella y de los
     hurfanos de sus hijos, de quien tiene pena, ms que de su propia
     vida, y que no la afrenten por amor de Dios.

[Sidenote: Cmara del tormento.]

     Y con esto fu llevada  la cmara del tormento por el dicho
     alcaide,  la cual fueron luego los dichos Seores Inquisidores, 
     hora de las ocho y media de la maana, poco ms  menos.

     Y estando en ella fu tornada  amonestar que por reverencia de
     Dios diga la verdad, y no se quiera ver en este trabajo y peligro.

     Dijo: que la verdad es que ella crey derechamente en la Ley de
     Moysen, por enseanza del Lic. Morales, y por librarse de los
     Seores Inquisidores, ha dicho que crea en ambas leyes, pero que
     es burla; que no crea en la Ley de Jesucristo sino en la de
     Moysen, y que lo dems se lo levantan, y que miren que es mujer, y
     no la afrenten y desnuden, porque aqu ha de morir, y sus hijos
     quedarn hurfanos, y clamarn delante de Dios, y ella morir aqu
     martir, y afrentada, y su alma ir  gozar de Dios, porque no
     saldr de aqu viva.

     Y con esto amonestada, fu mandada entrar, y entr el Ministro, y
     que la desnude;

     Y dijo: que la maten  den garrote luego, y no la desnuden ni
     afrenten, aunque la den mil muertes.--_Lo cual dijo de rodillas
     llorando mucho._ Y que miren que es mujer y viuda y honesta, y con
     quien no se sufre hacer esto en el mundo, en especial donde hay
     tanta santidad, y que ya ha dicho que crea en la Ley de Moysen y
     no en la de Jesucristo, y no hay ms que decir, ni sabe de ms de
     que es triste desconsolada y viuda con hijos que clamarn  Dios.

[Sidenote: Desnuda.]

     Y estando desnuda, con solo unos zaragelles, y la camisa baja, en
     carnes de la cintura arriba, fu tornada  amonestar que diga la
     verdad, con apercibimiento de que se pasar con el tormento
     adelante.

     Dijo  voces, que todo es maldad, y que vaya en remisin de sus
     culpas.

[Sidenote: Brazos ligados.]

     Furonle mandados ligar los brazos flojamente, y estando ligados,
     fu vuelta  amonestar que diga la verdad, y no d lugar  que se
     pase adelante.

     Dijo que la verdad toda ha dicho, y que miren que quitan la madre
      los hijos, y que nunca tal entendi que tal se usara con una
     mujer, y que ella encomienda su alma y ofrece este martirio al que
     en el libro de Espejo de consolacin ha ledo que adoraron los
     Macabeos.--Porque no dijo otra cosa.

[Sidenote: Vuelta primera.]

     Amonestada que diga la verdad le fu mandado dar y apretar una
     vuelta de cordel  los brazos; disele, y di muchos gritos
     diciendo:--tanta crueldad, tanta, ay, que me muero:--apretsele
     ms, y dijo lo mesmo muchas veces, con muchos gritos, y que vaya en
     remisin de sus pecados, que est libre; que todo lo ha confesado,
     y que no la quieren creer.

[Sidenote: Vuelta segunda.]

     Amonestada, se le di segunda vuelta de cordel  los dichos brazos
     en la mesma forma, y di muchos gritos, que se muere, que se muere
     y que le den la muerte junta, porque la descoyuntan del todo y le
     acaban la vida, que no lo puede sufrir, y si ms supiera lo dijera.

[Sidenote: Vuelta tercera.]

     Y porque no quiso decir otra cosa, amonestada que diga la verdad,
     le fu mandada dar tercera vuelta de cordel en la mesma forma;
     disele y dijo, ya ha dicho que crea y adoraba la Ley de Moysen y
     no la de Jesucristo, porque no la guardaba, sino la de Moysen, y
     di muchos gritos, y que hayan misericordia de ella, que ha dicho
     toda la verdad, y que se muere.

[Sidenote: Vuelta cuarta.]

     Amonestada que la diga, se le mand dar y di otra cuarta vuelta
     de cordel, en la mesma forma; y di grandes voces que se muere y no
     lo puede sufrir, y que ya, ya se les acab  sus hijos su triste
     madre.

[Sidenote: Vuelta quinta.]

     Disele otra quinta vuelta de cordel  los brazos, y dijo lo mesmo
     muchas veces, y no se le pudo sacar otra cosa, sino gemir echada la
     cabeza sobre los brazos y cordeles, y luego dijo, que ya ha dicho
     la verdad y no la quieren creer, ni tiene que decir ms de que lo
     hacen con ella cruelmente, y que se duelan de este martirio por
     amor del Seor, que se muere.

[Sidenote: Monicin.]

     Y habindosele dado las cinco vueltas de cordel en la dicha forma,
     fu mandada tender y ligar en el potro, amonestada que diga la
     verdad, y no d lugar  que se prosiga en el tormento con tanto
     riesgo de la vida, como l es, quedndole tanta parte del que pasar
     y padecer, lo cual todo es  su cuenta y riesgo por no la querer
     decir, con que excusara los dolores y martirios que dice.

[Sidenote: Potro.]

     Y estando tendida en el potro fu vuelta amonestar en la mesma
     forma, y que por reverencia de Dios diga ya la verdad, y se duela y
     compadezca de s propia.--Y dijo: no tengo que decir sino
     testimonios, y esos no quiera Dios que los diga, ni los he de
     decir, ni los s; sea l bendito que aqu me tratan con tanta
     crueldad nunca oda jams  mujer, y es posible que esto se hace
     aqu con las mujeres;--y diciendo esto, se levant sobre el potro,
     y amonestada dijo: no s qu decir, sino que triste nac del
     vientre de mi madre, y desdichada fu mi suerte, y mi triste
     vejez.--Y vuelta  tender en el potro, y mandada ligar brazos,
     muslos y espinillas, y que se le pongan los garrotes y se prosiga
     al tormento, la susodicha se volvi  levantar, y levantada, de
     rodillas, arrimada al potro, dijo...... &c.

       *       *       *       *       *

La fuerza del nimo no pudo resistir por ms tiempo  los dolores del
cuerpo, y despus de aquella lucha, la desgraciada Doa Francisca,
desnuda y maltratada, hizo all una larga confesin, declarando contra
todos sus hijos  hijas. Consta la diligencia en la que se suspendi la
confesin y dice as:

Y con esto y por parecer que la dicha Doa Francisca estaba fatigada y
afligida, y con gran dolor de estmago, de que se quejaba por estar
desnuda, y al parecer con fro que le di. Mandaron cesar en el tormento
con protestacin que le hicieron de que no la teniendo por
suficientemente atormentada, lo continuaran hasta que enteramente
confiese verdad, y as la mandaron desligar las vueltas de los brazos, y
que sea curada.

Y que luego fu desligada y puesta en una crcel cerca de la cmara del
tormento, y curada con cuidado los brazos y su persona. Acabse esta
diligencia y audiencia  las once, antes de medio da, poquito ms 
menos.

Las declaraciones arrancadas por el tormento  la desgraciada madre,
dieron el resultado que deseaban los Inquisidores, y en la ratificacin
que ante _honestas personas_ hizo cuando le fueron leidas estas
declaraciones, dijo:

Habindolo oido y entendido, dijo: que est bien escrito, y es la
verdad, y en ello se ratifica y afirma, y siendo necesario, lo dice
ahora de nuevo como testigo, contra todas las personas que de lo que en
las dichas audiencias tiene depuesto puedan resultar culpadas en
cualquier manera, y particular y nombradamente

        CENTER
        _Contra_

     Luis de Carabajal, su hijo.

     Francisco Rodrguez de Matos (difunto), su marido.

     Baltasar Rodrguez de Carabajal, su hijo.

     Doa Catalina, mujer de Antonio Daz de Cseres.

     Doa Leonor, mujer de Jorge de Almeida.

     Doa Mariana, doncella.

     Doa Isabel, viuda, todas sus hijas, y

     Doa Catalina de Len, mujer de Prez Ferro.

     Y contra cada una de ellas: presentes las dichas honestas
     personas, y que no lo dice por odio, ni enemistad, etc. Pas ante
     m.--_Pedro de los Ros._

Siguieron adelante los procesos, y en general todos los hijos  hijas de
Doa Francisca confesaron con tal espontaneidad todo cuanto saban, que
con ellos no tuvieron los Inquisidores, ni necesidad de ocurrir al
tormento.

Luis de Carabajal, el mozo, no el gobernador, en una de las audiencias
pidi un pliego de papel para escribir y presentar  la Inquisicin
unas oraciones en verso que l y su hermano Baltasar haban compuesto
para los das de ayuno, segn la ley de Moiss. Presentlas en efecto, y
entre muchas se encuentra este soneto:

      Pequ, Seor, mas no porque he pecado
    De tu clamor y clemencia me despido;
    Temo, segn mi culpa, ser punido,
    Y espero en tu bondad ser perdonado;
    Reclome, segn me has aguardado,
    Ser por mi ingratitud aborrecido,
    Porque hace mi pecado ms crecido
    El ser tan digno t de ser amado.
    Si no fuera por t, de m qu fuera?
    Y  m de m, sin t, quin me librara
    Si tu mano la gracia no me diera?
    Y  no ser yo, mi Dios, quin no te amara?
    Y  no ser t, Seor, quin me sufriera?
    Y  t sin t, mi Dios, quin me llevara?

       *       *       *       *       *

Ninguna dificultad se present en lo de adelante  los jueces para la
terminacin de la causa, y los Inquisidores pronunciaron sus sentencias
que se leyeron en el auto de fe el 24 de febrero de 1590.--H aqu la
sentencia de Doa Francisca,  la que son iguales las pronunciadas,
contra todos sus hijos,  excepcin de la de D. Baltasar, que fu
condenado por ausente, lo mismo que D. Francisco Rodrguez, su padre,
difunto,  ser quemados en estatua.

     _Christi Nomine Invocato._ Fallamos atentos los autos y mritos de
     este proceso, el dicho Promotor fiscal haber probado bien y
     cumplidamente su acusacin y querella, damos y pronunciamos su
     intencin por bien probada, por ende que debemos declarar y
     declaramos la dicha Doa Francisca Nez de Carabajal haber sido
     hereje, judaisante, apstata, fautora y encubridora de herejes, y
     haberse pasado y convertido  la ley muerta de Moysen y sus ritos y
     ceremonias, creyendo salvarse en ella, y por ello haber cado 
     incurrido en sentencia de excomunin mayor y en todas las otras
     penas  inhabilidades en que caen  incurren los herejes que debajo
     de ttulo y nombres de Cristianos hacen y cometen semejantes
     delitos, y en confiscacin y perdimiento de todos sus bienes, los
     cuales aplicamos  la cmara y fisco del Rey nuestro Seor y  su
     receptor en su nombre, desde el da y tiempo en que comenz 
     cometer los dichos delitos, cuya declaracin en nos reservamos. Y
     como quiera que con buena conciencia la pudiramos condenar en las
     penas en derecho establecidas contra los tales herejes; mas atento
      que la susodicha en las confesiones que antes nos hizo mostr
     seales de contriccin y arrepentimiento, pidiendo  Dios Nuestro
     Seor perdn de sus delitos, y  nos penitencia con misericordia,
     protestando que de aqu adelante quera morir y vivir en nuestra
     Santa Fe Catlica, y estaba presta de cumplir cualquier penitencia
     que por nos le fuese impuesta y abjurar los dichos sus errores, y
     hacer todo lo dems que por nos le fuese mandado, considerando: que
     Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva,
     si ans es que la dicha Doa Francisca Nez de Carabajal se
     convierta  nuestra Santa Fe Catlica, de puro corazn y fe no
     fingida, y que ha confesado enteramente la verdad, no encubriendo
     de s ni de otras personas vivas ni difuntas cosa alguna; queriendo
     usar con ella de piedad y misericordia, la debemos de admitir y
     admitimos  reconciliacin, y mandamos que en pena y penitencia de
     lo por ella hecho y cometido, hoy da de la pronunciacin de esta
     nuestra sentencia, la salga  oir  este presente auto con los
     dems penitentes, en cuerpo, con un hbito penitencial de pao
     amarillo, con dos aspas coloradas de Seor San Andrs y una vela de
     cera en las manos, adonde le sea leda, y all pblicamente abjure
     los dichos sus errores que ante nos tiene confesados, y toda
     cualquiera otra hereja y apostasa, y hecha la dicha abjuracin,
     al mandamos absolver y absolvemos de cualquier sentencia de
     excomunin en que por razn de lo susodicho ha caido  incurrido, y
     la unimos y reincorporamos al gremio y union de la Madre Santa
     Iglesia Catlica, y la restituimos  la participacin de los Santos
     Sacramentos y comunin de los fieles catlicos cristianos de ella,
     y la condenamos  crcel y hbito perpetuo irremisible, la cual
     guarde y cumpla en la parte y lugar que por nos le fuere sealado,
     y el dicho hbito lo traiga pblicamente encima de todas sus
     vestiduras, y guarde y cumpla las dems penitencias espirituales
     que por nos le sern declaradas. Y declaramos la susodicha ser
     inhbil  incapaz para poder traer sobre s ni en su persona, oro,
     plata y seda, y serle defendidas las dems cosas y honras que por
     derecho comn, leyes y pramticas de estos Reynos  instrucciones
     del Santo Oficio de la Inquisicin  los semejantes inhbiles son
     prohibidos. Todo lo cual mandamos que as guarde y cumpla, so pena
     de impenitente relapsa, y por esta nuestra sentencia definitiva,
     juzgando as lo pronunciamos y mandamos en estos autos y
     procesos.--_Lic. Bonilla._--_Lic. Santos Garca._

[Sidenote: Pronunciacin.]

     Dada y pronunciada fu esta dicha sentencia de susso por los
     Sres. Inquisidores que en ella afirmaron sus nombres, y el dicho
     Sr. Inquisidor Lic. Bonilla, con las veces as mesmo de ordinario
     del arzobispado de Mxico que estn en la cmara del secreto de
     este Santo Oficio; estando celebrando auto pblico de fe dentro de
     la Iglesia mayor y Catedral de esta ciudad de Mxico, sobre un
     cadalso y tribunal alto de madera que en ella haba, sbado, da de
     Sto. Matas, 24 del mes de febrero de 1590, presente el Dr. Lobo
     Guerrero, fiscal de este Santo Oficio, y la dicha Francisca Nez
     de Carabajal con las insignias en la dicha sentencia contenidas,
     siendo  todo ello presentes por testigos Diego de Ibarra, D.
     Francisco de Velasco, D. Rodrigo de Vivero y Rodrigo del Ro,
     caballero del hbito de Santiago, y Fernn Gutirrez Altamirano, D.
     Juan Altamirano, y otras muchas personas eclesisticas y
     seculares.--Pass ante m.--_Pedro de los Ros._

Como aun cuando muchas personas han oido hablar de las abjuraciones
pblicas, no todos conocen la frmula de ellas, copiar la de Doa
Francisca Nez de Carabajal, para dar una idea de esa clase de
documentos.

        CENTER
        _Abjuracin._

     Yo, Francisca Nez, por otro nombre Doa Francisca de Carabajal,
     natural de la Villa de Megodori, en Portugal, viuda de Francisco
     Rodrguez de Matos, difunto, que presente estoy, de mi libre y
     espontnea voluntad abjuro, y detesto, y renuncio, y aparto de m
     toda y cualquier hereja, en especial esta de que soy infamada y
     testificada, y que he confesado de la Ley vieja de Moysen, ritos y
     ceremonias de ella. Y confieso por mi boca con puro y verdadero
     corazn la Santa Fe Catlica que tiene y predica, sigue y ensea la
     Santa Madre Iglesia de Roma, y aquella tengo y quiero tener y
     seguir y en ella permanecer y morir y nunca me apartar de ella, y
     juro  Nuestro Seor Dios y  los Santos cuatro Evangelios y  la
     seal de la Cruz, de estar y ser sujeta  la obediencia del
     bienaventurado San Pedro, prncipe de los Apstoles y Vicario de
     Nuestro Seor Jesucristo, y de Nuestro muy Santo Padre Sixto V, que
     hoy da rige y gobierna la Iglesia, y despus  sus sucesores, y de
     nunca me apartar de esta obediencia por suacin  hereja, en
     especial por esta de que soy infamada y acusada, y de siempre
     permanecer en la unidad y ayuntamiento de la Santa Iglesia, y de
     ser en defensin de esta Santa Fe Catlica, y de perseguir  los
     que contra ella fueren  vinieren y de los manifestar y publicar y
     no me ayuntar  ellos, ni con ellos, ni los receptar, ni guiar, ni
     visitar, ni acompaar, ni dar, ni enviar ddivas, ni promesas, ni
     pres, ni los favorecer, y si contra en algn tiempo fuere  viniere
     que caiga  incurra en pena de impenitente relapsa, y sea maldita y
     excomulgada; y pido al presente secretario testimonio de esta mi
     confesin y abjuracin, y  los presentes ruego que de ello sean
     testigos. Siendo testigos los dichos, y con esto la dicha Doa
     Francisca Nez de Carabajal fu absuelta en forma, y porque dijo
     no saba firmar, lo firm por ella uno de los Sres.
     Inquisidores.--_Lic. Bonilla._--Pas ante m.--_Pedro de los
     Ros._

Iguales  esta sentencia y abjuracin fueron las de todos los
individuos, varones y hembras de la familia Carabajal, y que salieron
como penitenciados en el auto pblico de fe celebrado en Mxico el ao
de 1590.

Terminado un proceso en la Inquisicin, al reo si no era relajado, y por
consecuencia entregado al brazo secular, y quemado, se le exigan bajo
de juramento dos cosas: primera, que revelase cuanto haba oido hablar
en las crceles del Santo Oficio; y segunda, que sobre lo que all haba
visto  oido, guardase el ms profundo secreto.

He aqu cmo se ejecutaban estas diligencias:

[Sidenote: Juramento.]

     E luego fule recibido juramento en forma debida de derecho 
     dicha Doa Francisca Nez de Carabajal, so cargo del cual prometi
     decir verdad.

[Sidenote: Aviso de crcel.]

     Preguntada sobre el secreto y avisos de crcel, dijo: que en el
     tiempo que ha estado presa en las crceles secretas de este Santo
     Oficio, no ha sabido ni entendido que en ellos se haya hecho ni
     dicho cosa que deba manifestar contra su recto y libre ejercicio,
     ni contra sus ministros, ni que se hayan llevado ni traido recados
     algunos de fuera ni de dentro, ni ella los lleva,  que el Alcaide
     la ha tratado bien y ha hecho bien su oficio.

[Sidenote: Secreto.]

     Fule mandado debajo del juramento que tiene hecho, y so pena de
     excomunin mayor, y que ser gravemente castigada, que tenga y
     guarde secreto de todo lo que en su negocio, causa y proceso ha
     pasado, y de todo lo dems que oviere visto y entendido en las
     crceles de este Santo Oficio durante su prisin, y que no lo
     revele ni descubra en manera alguna directa ni indirectamente, y
     as prometi de lo cumplir, sin exceder.

As termin el primer proceso de la familia Carabajal, y slo agregar
la sentencia que recay contra D. Baltasar, que, como hemos dicho, huy
sin que la Inquisicin hubiera podido encontrarle nunca.

     _Christi Nomine Invocato._ Fallamos atentos los autos y mritos de
     dicho proceso, el dicho Promotor fiscal haber probado bien y
     cumplidamente su acusacin, tanto cuanto de derecho ha sido
     necesario para haber victoria en esta causa, en consecuencia de lo
     cual que debemos declarar y declaramos el dicho Baltasar Rodriguez
     de Carabajal, haber sido y ser hereje, apstata, judaisante,
     domatista, fautor y encubridor de herejes, y por ello haber caido 
     incurrido en sentencia de excomunion mayor, y en todas las otras
     penas en que caen  incurren los herejes, apstatas, las cuales
     mandamos que sean ejecutadas en su persona y bienes y relajamos la
     persona del dicho Baltasar Rodriguez, pudiendo ser habido,  la
     justicia y brazo seglar para que en l sea ejecutada la pena que en
     derecho tal caso requiere, y porque al presente el dicho Baltasar
     Rodriguez no puede ser habido, mandamos que en su lugar sea sacada
      este presente auto una esttua que represente su persona con una
     coroza de condenado y un Sambenito con las insignias y figura de
     tal condenado, y un letrero de su nombre, la cual est presente al
     tiempo que se leyere esta nuestra sentencia. Y acabada de leer, la
     dicha esttua sea entregada  la justicia y brazo seglar para que
     la manden quemar  incinerar. Y declaramos sus bienes, muebles y
     raices ser confiscados y pertenecer  la cmara y fisco del Rey
     nuestro Seor, y por esta nuestra sentencia, se los aplicamos, y 
     su receptor en su nombre, desde el da y tiempo que comenz 
     cometer los dichos delitos, y declaramos por inhbiles  incapaces
      los hijos  hijas del dicho Baltasar Rodriguez y  sus nietos por
     lnea masculina, para poder haber ni poseer dignidades, beneficios
     ni oficios, ans eclesisticos como seglares, y otros oficios
     pblicos  de honra, y no poder traer armas, oro, plata ni seda, ni
     andar  caballo, ni usar de las demas cosas que por derecho comun,
     leyes y pragmticas de estos Reynos  instructivos del Santo Oficio
      los semejantes inhbiles, son prohibidos. Y por esta nuestra
     sentencia definitiva, juzgando as lo pronunciamos y mandamos en
     estos escriptos y por ellos.--_Lic. Bonilla._--_Santo Garca._

Esta sentencia se ejecut al pie de la letra, y D. Francisco Rodriguez
de Matos, difunto, marido de D. Francisca, fu tambin relajado y
quemado en esttua, en el mismo auto de fe.

Como crcel perpetua se seal  D. Luis de Carabajal, el joven, el
Hospital de dementes de San Hiplito, y  D. Francisca, D. Isabel, D.
Leonor, D. Catalina y D. Mariana, una casa aislada que estaba frente
al Colegio de Santiago Tlaltelolco.

D. Luis Carabajal, el gobernador, fu desterrado de las Indias.

As concluy esta primera persecucin que sufri la familia de Francisco
Rodriguez de Matos.

_Vicente Riva Palacio._




LA FAMILIA CARABAJAL

SEGUNDA PARTE


El domingo 8 de diciembre de 1596, en la Plaza mayor de Mxico, y
delante de las Casas de cabildo, celebraba la Inquisicin un auto
pblico de fe, y  este auto pblico salan como penitenciados Doa
Francisca Nez de Carabajal y sus hijos D. Luis, D. Leonor, D. Isabel
y D. Catalina.

Vamos  ver por qu estaban all y cul es la suerte que les esperaba.

       *       *       *       *       *

Por el mes de enero de 1595, el fiscal de la Inquisicin, que lo era en
aquella poca el Dr. Martos Bohorques, acus formalmente ante los
Inquisidores Dr. Lobo Guerrero y D. Alonso de Peralta,  D. Francisca
de Carabajal y  sus hijos, por observantes de la ley de Moiss, con la
agravante circunstancia de que todas estas personas haban sido ya
procesadas y reconciliadas por el mismo delito en el ao de 1590.

Los Inquisidores, como era natural, ordenaron la prisin de los reos,
que fueron conducidos inmediatamente  las crceles secretas del Santo
Oficio.

Dise principio  las causas, cuyos procedimientos, siendo en todo
semejantes  los que dejamos explicados en el captulo anterior, no es
necesario explicarlos ni repetirlos.

Como de costumbre, unos individuos de la familia declararon contra los
otros: volvieron  aparecer multitud de personas complicadas, y se
acumularon testificaciones sobre testificaciones.

Hay, sin embargo, en el proceso de D. Luis Carabajal, curiosas
diligencias, de las que no queremos privar  nuestros lectores, para que
se formen mejor idea del carcter de los Ministros, y modos de enjuiciar
en el Santo Oficio, en cuyo tribunal no se despreciaba medio alguno para
conocer los pensamientos del acusado y para examinar su conciencia, por
ms que estos medios parezcan reprobados  ilcitos, ahora que est
prohibido  los jueces hasta hacer preguntas capciosas  los acusados.

       *       *       *       *       *

Los Secretarios del Santo Oficio y los Alcaides andaban constantemente
escuchando en las puertas de los calabozos de los presos, para saber
sus conversaciones y delatarlas  los Inquisidores; y los presos eran
encerrados juntos para que unos vinieran  delatar las plticas y
conversaciones de los otros. As consta en muchas diligencias; por
ejemplo, en la siguiente:


_Declaracin del Secretario Pedro de Maosca_

En la ciudad de Mxico,  16 das del mes de Octubre de mil y
quinientos y noventa y cinco aos, estando en su audiencia de la maana
los Sres. Inquisidores Dr. Lobo Guerrero y Lic. D. Alonso de Peralta,
pareci en ella de su voluntad, Pedro de Maosca, Secretario de este
Santo Oficio, del cual siendo presente fu recibido juramento en forma
debida de derecho, so cargo del cual prometi de decir verdad, y dijo de
ser de edad de 32 aos, poco ms  menos, y dijo: que por descargo de su
conciencia viene  decir y manifestar lo que oy  los tres, cuatro,
cinco y seis de este presente mes y ao, hallndose en todos estos
cuatro das desde las siete horas hasta las ocho por la noche,  la
puerta de la crcel, donde estaban juntos Luis de Carabajal, preso en
este Santo Oficio y reconciliado que ha sido por l, y Luis Daz,
clrigo, habiendo ido all en compaa y juntamente con Pedro de
Fonseca, Notario de los Secretos de este Santo Oficio, y de Gaspar de
los Reyes, Alcaide de las crceles secretas dl, por orden y mandado de
los dichos Seores Inquisidores. Y lo que pasa es, que habiendo hallado
al dicho Luis de Carabajal, que es muy conocido en la voz, cantando en
voz alta un romance en que parece alaba  Dios y  sus grandezas, que
por haber durado poco no pudo prevenir este ni entender cosa dl para
decirlo por sus palabras. Oy que el dicho Luis Diaz, clrigo, dijo al
dicho Luis de Carabajal:--deje agora de cantar; dgame, San Pedro en el
infierno est?--y respondi el dicho Luis de Carabajal--S, y no
quisiera yo tener tanto fuego como l en la trasera--dicindolo
suciamente, y que tambin estaban en el invierno Juan Garrido y su madre
Mara Fernndez, dicindolo por Ntro. Seor Jesucristo y Ntra. Seora la
Virgen.

Por este estilo fueron las declaraciones de Fonseca y de Gaspar de los
Reyes, y de los presos que sucesivamente fueron encerrando con Luis de
Carabajal; conviniendo todas sus declaraciones, sin embargo, en que
Carabajal estaba resuelto  vivir y morir en la ley de Moiss.

       *       *       *       *       *

El 17 de marzo de 1595, Gaspar de los Reyes Plata se present en la
audiencia de los Inquisidores y dijo: que por descargo de su
conciencia viene  decir y manifestar que el sbado en la noche, 13 del
presente mes y ao, llevando de cenar  Luis de Carabajal, preso en este
Santo Oficio, le di un meln comenzado que este le haba dado para
comer, y le dijo que llevase aquel meln  D. Leonor de Carabajal, su
hermana, la cual, por lo que el dicho Luis de Carabajal muchas veces ha
dicho  este, entiende que est presa con las dems y su madre; y luego
dijo: que entiende el dicho Luis de Carabajal, que estn presas las
dichas D. Leonor y su madre, porque ha dicho  este, nombrndolas, que
tenga cuenta con ellas y las regale. Y este despus mir dentro en el
meln y hall entre las pepitas y al cabo de l, un hueso de ahuacate
envuelto en un pedazo de tafetn como morado, de que hizo demostracin,
y luego como lo vi envuelto en dicho tafetn, lo llev al dicho Sr.
Inquisidor Dr. Lobo Guerrero para que lo viese, el cual le mand que lo
guardase para presentarlo en el tribunal, y las letras que estn
escritas en dicho hueso, que se pueden leer, dicen de esta manera:
_Paciencia como Job_; y las letras que se siguen no se pueden leer,
porque con el tiempo que ha pasado se han revenido en el dicho hueso de
ahuacate, y otras letras que estn en el mesmo hueso, que se pueden
leer, dicen de esta manera:--_Almas de mi corazon_, _visteos A. N.
S._, que al parecer quieren decir las dichas letras _Adonay Nuestro
Seor_, y en el dicho hueso hay otras letras que dicen:--_yo la tengo
Gloria  Dios con grillos estoy por mi D._

Y as mesmo, y el dicho Luis de Carabajal, el domingo siguiente, 14
das del mesmo mes y ao, le di  este un plntano para que diese  la
dicha D. Leonor su hermana, en el cual plntano con mucha sutileza, en
medio de l, sacada la carne que bastaba para poner un hueso de
ahuacate, estaba metido el dicho hueso envuelto en un tafetan y de la
mesma color morada, y en el dicho hueso haba escrito las letras
siguientes: _albricias, que los Angeles y Santos de Adonay en el Parayso
nos esperan, mrtires mias, benditas de Adonay. Yo pens ir solo,
bendita mia; envame seas si ests sola  no, acurdese Adonay de la
madre Santa, y  t y  ella tengo en el corazon._

Muchos recados escritos en huesos de aguacate sigui presentando el
Alcaide, y en todos ellos se descubre el tierno cario que Luis de
Carabajal profesaba  su madre y hermanas, y la fe ardiente que tena en
su religin.

Hay uno de estos recados que no podemos menos de copiar; iba tambin
escrito en un hueso de aguacate y dirigido  D. Leonor, y deca as:
_Angel mio, albricias, que mejor viaje es el del Parayso que el de
Castilla; bienaventurado el pan que comiste, y el agua que bebiste, y
la tierra que pisaste, y el vientre en que anduvimos, que de aqu  poco
hemos de ir  profesar la Religin sacra de los Angeles y Santos, y 
ver la tierra suya de Adonay. Oh qu ricos jardines, msicas y fiestas
nos esperan; lindos torneos se han de hacer en el cielo cuando Adonay
nos corone por su firme f; nadie desmaye, que su vida con ayuda que
Adonay mi Seor nos d, la cuesta de esta crcel es la gloria; quin
pudiera contaros todo lo que el Seor me ha mostrado; mas con su ayuda,
presto nos veremos; tres semanas estuve en un calabozo; ya me sac
Adonay mi Seor, y me puso donde veo el cielo, da y noche; una Biblia,
con milagro, tuve ocho das aqu; benditas de Adonay, por acordarme de
vos, de m me olvido._

Aun sigue ms adelante esta carta, y parece increble que tanto pudiese
escribirse en Un hueso de aguacate. Sin embargo, as consta de los autos
originales.

       *       *       *       *       *

Los Inquisidores mandaron al Alcaide, no slamente que admitiese esos
recados de D. Luis para sus hermanas, sino que con objeto de saber lo
que se escribia, encargaron al dicho Alcaide que como al descuido
llevase las correspondencias  quienes iban dirigidas, y dejase en los
calabozos pluma, tinta y papel; as consta en el expediente original.

En una de esas declaraciones, dice:

Y para que el dicho Luis de Carabajal pudiese escribir, visto que
escribia en los huesos de ahuacate, le dejo un tintero muy al descuido,
por mandado de los dichos Seores Inquisidores.

Ms adelante hay una diligencia en que dice: hablando de los papeles que
como resultado de esta intriga traidora escribi Luis de Carabajal, y
entreg el Alcaide Gaspar de los Reyes Plata:

Y vistos los dichos papeles por los Sres. Inquisidores, Dr. Lobo
Guerrero y Lic. D. Alonso de Peralta, mandaron se le entreguen al dicho
Alcaide para que entre algunas frutas y muy al descuido y con mucha
disimulacin, los d  la dicha D. Leonor, juntamente con una de las
peras (en estas peras vena escrito un recado), la mayor que hoy dicho
da as mesmo exhibi el dicho Alcaide, como lo tiene declarado en su
dicho, y que est muy advertido de mirar con mucho cuidado si le diere
la dicha Leonor para su hermano D. Luis de Carabajal algn recado de
frutas  en otra cualquier manera, y antes de entregarlo lo traiga al
tribunal, y que con la mayor disimulacin en algun plntano  plntanos,
envuelto en algun lienzo, le d tambien  la dicha D. Leonor un pliego
de papel blanco y pluma para ocasionarla  que responda al dicho su
hermano, para que se descubra la verdad y se administre justicia.

D. Luis y sus hermanas cayeron inocentemente en la red que les tendan
aquellos hombres sin corazn, y sostuvieron una larga correspondencia
por medio de cartas que, antes de llegar  su destino, se copiaban
ntegras en el proceso.

Muchas de ellas, sin embargo, se agregaron originales  la causa, y se
experimenta una extraa sensacin al recorrer aquellas lneas trazadas
por la vacilante mano de los que, viviendo en tan dura prisin rodeados
de enemigos y de traiciones, y prximos ya  expirar en una hoguera,
mostraban una fe tan ardiente en sus doctrinas y una tan grande entereza
de alma.

       *       *       *       *       *

Segn las reglas de procedimiento, dadas para el Santo Oficio por el
clebre Torquemada, el ms terrible de los Inquisidores de Espaa, jams
el acusado deba conocer  los testigos ni saber su nombre, observndose
tanto cuidado en esto, que si alguna circunstancia haba en la
declaracin, por donde el reo pudiera adivinar  venir en conocimiento
de quin era el testigo, deba suprimirse esta parte de la declaracin
al notificrsela al reo; y como ltima precaucin se observaba por regla
general que las declaraciones de los testigos, al comunicarse al reo,
se pusieran en tercera persona, aun cuando el testigo hubiera hablado en
primera; as, si ste deca que el reo le haba dicho tal cosa, al
leerle  aquel la declaracin, se deca que un testigo declaraba que el
reo _haba dicho  cierta persona_ aquello mismo, para que ni aun por
esto pudiese venir en conocimiento de quin era el testigo.

Uno de los testigos en la causa de la familia Carabajal, y denunciado
por ellos, fu llevado  la Inquisicin y procesado.

Confes sus propias culpas; pero cuando fu requerido como testigo, se
neg enrgicamente  declarar. Vctima de su lealtad, no quiso descubrir
nada que pudiera perjudicar  los mismos que le haban trado  aquella
situacin, y esto provena sin duda del misterio con que se guardaba el
nombre de los testigos. Quiz si Manuel Daz, que as se llamaba este
infeliz, hubiera sabido que los Carabajales haban tenido la debilidad
de denunciarle, no habra sufrido tan terribles tormentos en la
Inquisicin.

En efecto, increble parece la energa de este hombre en el sufrimiento;
y su constancia venci la crueldad de los Inquisidores. Por esta
circunstancia notable se hace preciso copiar la diligencia de tormento,
que puede dar una idea completa de la herica resolucin de aquel hombre
y de la saa de sus jueces.

[Sidenote: Cmara del tormento.]

     Y con tanto fu mandado llevar  la cmara del tormento, donde
     fueron los dichos Sres. Inquisidores y ordinario como  las ocho
     horas y tres cuartos de la maana.

[Sidenote: Monicin.]

     Y estando en ella fu vuelto  amonestar que diga la verdad por
     reverencia de Dios, y no se quiera ver en tanto trabajo, en que
     tiene tanto que pasar y padecer, como entender en el discurso del
     tormento: dijo que l ha dicho la verdad.

[Sidenote: Entr el Ministro.]

     Y con esto fu mandado entrar y entr el Ministro, y que lo
     desnude.

[Sidenote: Desnudo.]

     Y estando desnudo, en carnes, con unos zaragelles de lienzo, fu
     tornado  amonestar que diga la verdad y no d lugar  que se pase
     adelante. Dijo: que si l no dijera la verdad, que no viniera aqu,
     y como l defiende su verdad, le ayude su Dios y le d esfuerzo
     para pasar este trabajo.

     Furonle mandados ligar los brazos flojamente, y ligados,
     amonestado que diga la verdad, dijo que l ha dicho la verdad.

[Sidenote: Vuelta de cordel  los brazos.]

     Amonestado que diga la verdad, se le mand dar una vuelta de
     cordel  los brazos; disele y apretsele; dijo con voz muy baja:
     misericordia, que l ha dicho la verdad y callaba.

[Sidenote: Vuelta segunda.]

     Amonestado que diga la verdad, se le di segunda vuelta de cordel;
     di grandes voces, ay, ay, ay de m, que ya la he dicho, y
     quejbase mucho: Dios, habed misericordia de m.

[Sidenote: Vuelta tercera.]

     Amonestado que diga la verdad, se le di tercera vuelta de cordel
      los brazos; dijo: ay Dios de mi alma, ay de m, que me matan, que
     me matan, muchas veces y con grandes voces, que no puedo decir lo
     que no hice, qutenme la vida.

[Sidenote: Vuelta cuarta.]

     Amonestado que diga la verdad, se le di cuarta vuelta de cordel 
     los brazos, di grandes voces, que me muero, que me muero, que yo
     no puedo decir lo que no hice, mtenme, mtenme.

[Sidenote: Vuelta quinta.]

     Amonestado que diga la verdad, se le di quinta vuelta de cordel 
     los brazos; dijo: Dios, que sabe la verdad que yo defiendo, me
     ayude; qutenme la vida, ay de m. Ay de m, qutenme la vida, ya
     he dicho la verdad, ya he dicho la verdad, con grandes voces.

[Sidenote: Vuelta sexta.]

     Amonestado que diga la verdad, se le di sexta vuelta de cordel 
     los brazos: di voces, que ya la he dicho, que ya la he dicho,
     miren que tengo cinco hijos, ay de m, ay de m, que no he de decir
     lo que no hice.

[Sidenote: Vuelta sptima.]

     Amonestado que diga la verdad, se le di sptima vuelta de cordel:
     ay, ay, seores mos, que no puedo decir lo que no hice, mis
     seores, que tengo cinco hijos, acbame de una vez, hermano.

[Sidenote: Vuelta octava.]

     Amonestado que diga la verdad, se le di octava vuelta de cordel 
     los brazos, y decia muchas veces, acbame de una vez, no sea parte
     el dolor para que yo diga lo que no hice, acbame de una vez la
     vida.

[Sidenote: Vuelta nona.]

     Amonestado que diga la verdad, se le di nona vuelta de cordel en
     los brazos: hayan misericordia de m, que yo olgara cien mil veces
     que fuera verdad, para no me ver en esto, que no permitan que yo
     diga lo que no hice.

[Sidenote: Vuelta dcima.]

     Amonestado que diga la verdad, se le di la dcima vuelta de
     cordel, di voces y dijo: que pluguiera  Dios que hubiera hecho lo
     que le levantan.

     Preguntado qu es lo que habia de ser verdad y qu es lo que le
     levantan, dijo que eso que est en ese proceso, y no se lo pudo
     sacar mas, y que no sabia lo que estaba en l; acbame, acbame, lo
     cual dijo  grandes voces, y pluguiera  Dios que fuera verdad, por
     que mi cuerpo no padeciera.

     Preguntado qu habia de ser verdad.

     Dijo: qu s yo, eso que est en ese proceso, que yo guardo la ley
     de Moysen porque no padezca mi cuerpo.

     Preguntado si es mejor guardar la ley de Moysen y padecer el alma,
     que padezca el cuerpo.

     Dijo: que dijo que fuera verdad para pedir misericordia.

[Sidenote: Potro.]

     Y habindosele dado las dichas diez vueltas de cordel, fu mandado
     tender y ligar en el potro, y que se le pongan los garrotes  los
     muslos y espinillas y molledos.

[Sidenote: Monestacin.]

     Y habindose tendido, ligado y puestos, fu muy amonestado diga la
     verdad, con apercibimiento que se proseguir el tormento, dijo: Sr.
     Ilustrsimo, plugiera  la sacratsima Vrgen que fuera verdad cien
     mil veces para que yo no padeciera.

[Sidenote: Garrotes.--Primero.]

     Amonestado que diga la verdad, se le di y apret el garrote del
     molledo derecho, y dijo llorando: qutenme la vida, que ya la he
     dicho; quibranme el brazo: acbese la vida de una vez.

[Sidenote: Segundo.]

     Amonestado que diga la verdad, se le apret el garrote del molledo
     del brazo izquierdo. Ay, hermano, que me matais; la verdad digo,
     as ella me valga, acbenme de una vez.

[Sidenote: Tercero.]

     Amonestado que diga la verdad, se le di y apret el garrote del
     muslo derecho, y deca con voz baja muchas veces: acbame ya,
     hermano, que ya la he dicho.

[Sidenote: Cuarto.]

     Amonestado que diga la verdad, se le apret el garrote del muslo
     izquierdo, y decia con voz baja: ay, ay, ay, acbame la vida;
     quedos con Dios, hijos.

[Sidenote: Quinto.]

     Amonestado que diga la verdad, se le apret el garrote de la
     espinilla derecha, y dijo con voz baja, que la ha dicho: ya se
     acab la vida, muchas veces.

[Sidenote: Sexto.]

     Amonestado que diga la verdad, se le apret el garrote de la
     espinilla izquierda, y con voz muy baja dijo, que la ha dicho; ya
     se acab la vida, hijos mios, quedaos con Dios: ya he dicho la
     verdad, seor, ya mi vida se me arranca, no permitan que yo muera
     aqu.

[Sidenote: Sptimo]

     Amonestado que diga la verdad, se le di y apret el molledo del
     brazo derecho, y dijo algo ms alto: seores, acbenme la vida de
     una vez; acbenme la vida de una vez, el que lo padece lo sabe.

[Sidenote: Apritanse ms los garrotes.]

     Amonestado que diga la verdad, se mandaron apretar todos los
     dichos garrotes, dndosele vuelta: ay, Dios de mi alma, ya la he
     dicho; lo cual dijo con voz alta, y quejbase mucho, como llorando:
     que ya la he dicho; ay, ay, que ya he dicho la verdad, as ella me
     valga.

[Sidenote: Jarros de agua.--Primero.]

     Passele la toca sobre la boca, metida hasta la garganta con un
     palo, y echado un jarrillo de agua, que haca un cuartillo, dijo:
     squenme de aqu, no permitan que muera aqu, no permitan que diga
     lo que no hice.

[Sidenote: Segundo.]

     Echsele otro jarro de agua, la mesma forma.

[Sidenote: Tercero.]

     Echsele otro jarro de agua, la mesma forma.

[Sidenote: Cuarto.]

     Echsele otro jarro de agua, la mesma forma, y quitada la toca
     dijo que ya ha dicho la verdad.

[Sidenote: Quinto.]

     Echsele otro jarro de agua, la mesma forma.

[Sidenote: Sexto.]

     Echsele otro jarro de agua, la mesma forma.

[Sidenote: Sptimo.]

     Echsele otro jarro de agua, la mesma forma, y quitada la toca
     dijo que ya ha dicho la verdad.

[Sidenote: Octavo.]

     Echsele otro jarro de agua, la mesma forma.

[Sidenote: Noveno.]

     Echsele otro jarro de agua, la mesma forma.

[Sidenote: Dcimo.]

     Echsele otro jarro de agua, la mesma forma.

[Sidenote: Undcimo.]

     Echsele otro jarro de agua, la mesma forma, y quitada la toca
     dijo que ya ha dicho la verdad.

[Sidenote: Duodcimo.]

     Echsele otro jarro de agua, la mesma forma, y quitada la toca
     dijo que ya ha dicho la verdad.

     Quitada la argolla de hierro de la garganta, y preguntado si
     quiere decir algo, dijo que la verdad ha dicho, as ella le valga,
     y quejbase con voz baja, y que ms valiera que fuera verdad.

     Fu mandado quitar los garrotes y desligar del potro, y levantado,
     sentado sobre el potro, amonestado que diga la verdad, dijo que ya
     ha dicho la verdad.

     Amonestado que diga la verdad, fu tendido en el potro: dijo que
     no se permita que diga lo que no es verdad: seores, no muera yo
     aqu.

     Amonestado que diga la verdad, se le torn  poner la argolla de
     hierro en el cuello, y dijo en voz algo alta: ay, Sr. Illmo., que
     ya la he dicho, as Dios se acuerde de mi alma.

     Lo cual todo visto por los dichos Sres. Inquisidores y ordinario,
     mandaron cesar en el tormento, no lo habiendo por suficientemente
     atormentado y con protestacion de lo continuar cada y cuando que
     convenga. Y asi se le notific y dijo que lo oia.

     Y con esto fu desligado de los brazos y llevado  su crcel,
     donde curado y mirado  lo que pareci, aunque lastimado, no habia
     lission ni quebradura.

     Acabse esta diligencia del tormento como  las diez horas y media
     de la maana.

     Pass ante m.--_Pedro de Maosca._

A pesar de todo,  este testigo le fu dado garrote, y fu quemado en el
auto de fe del da 8 de diciembre de 1596, en cuyo auto corrieron la
misma suerte la mayor parte de las personas de la familia Carabajal,
como se ver ms adelante.

Isabel Rodrguez, mujer de este desgraciado y madre de sus cinco hijos,
sufri tambin el tormento, soportando nueve vueltas de cordel en los
brazos, nueve garrotes en el potro y tres jarros de agua, despus de lo
cual confes y sali tambin al auto de fe mencionado, condenada 
crcel perpetua.

El marido tena 36 aos de edad y la mujer 32.

       *       *       *       *       *

D. Luis de Carabajal sigui en la prisin, y siguironse los procesos de
su madre y hermanas, slo que ya entonces Luis de Carabajal fu conocido
con el nombre de Jos Lumbroso porque declar

Que Lumbroso tom por un sueo que so, estando preso en esta crcel
agora cinco aos, y fu que so que via una redoma llena de un licor
muy precioso, metida en una fundilla como de sombrero, y que le decia
Dios  Salomon: toma una cuchara de este licor y mtela en la boca de
este muchacho; y Salomon le meti una cucharada de aquel licor en la
boca de este, y entonces este despert, y qued tan consolado, que no
sentia la prision de all adelante tanto como antes, y entendi este que
aquel sueo fu una lumbre que Dios le quiso dar para que guardase la
Ley de Moysen y entendiese la Sagrada Escritura.

Luis de Carabajal no tuvo fuerzas ni para sostener la fuerza del
tormento, porque era tal el terror que le causaban los Inquisidores, que
en una de sus declaraciones dijo: que no se haye en ella el Sr.
Inquisidor Lic. D. Alonso de Peralta, porque le tiemblan las carnes en
verle.

Un da, al salir de la Audiencia Luis de Carabajal, y conducindolo  su
crcel Gaspar de los Reyes y Pedro de Fonseca, aquel infeliz, cansado ya
de sufrir y no teniendo ms porvenir que la hoguera, quiso acabar de una
vez con su vida, y arrancndose violentamente de las manos de sus
conductores, se arroj al patio desde el corredor de la Audiencia.

Pero aun en esto le fu adversa la suerte, y fu conducido  su calabozo
sin haber sufrido dao alguno de consideracin.

Por fin, Luis de Carabajal fu condenado, no sin que antes se hubiera
procurado, conforme  lo dispuesto por las leyes que regan en la
Inquisicin, convencerle de sus errores, hacindole abjurar de la ley de
Moiss y convencerle de la de Jesucristo, para lo cual se echaba mano en
dichos casos de los maestros ms notables en la Teologa. Consta en el
proceso esta razn: En la ciudad de Mxico, sbado 24 dias del mes de
Agosto de mil y quinientos y noventa y seis aos, dia del Glorioso y
bienaventurado Apstol, estando en su Audiencia de la tarde los Sres.
Inquisidores Dr. Lobo Guerrero y Lic. D. Alonso de Peralta, presentes
los Maestros Fray Pedro de Agurto y Fray Diego de Contreras, de la Orden
de S. Agustin, qualificadores de este Santo Oficio, mandaron traer de
su crcel al dicho Luis de Carabajal, y siendo presente, le fu dicho
como habian venido los dichos Maestros Fray Pedro de Agurto y Fray Diego
de Contreras, para satisfacerle de las dudas que tiene, y que por amor
de Dios est atento  lo que le dijeren, para satisfacerle de ellas, y
habiendo estado con l tres horas y media, satisfacindole sus dudas y
dicindole despues qu era lo que queria creer y tener, dijo: que queria
tener y creer, vivir y morir en la ley que Dios Nuestro Seor di al
Santo Moysen.

Y visto lo susodicho, los dichos Sres. Inquisidores lo mandaron llevar
 su crcel, con lo que ces la Audiencia y se salieron de ella, y  los
dichos qualificadores se les mand que guarden secreto debajo del
juramento que tienen hecho.

A 121 ascendi el nmero de las personas testificadas  acusadas por
Luis de Carabajal en su proceso, y contra todas ellas se sigui causa.
La sentencia definitiva contra Luis de Carabajal, fu la siguiente:


_Christi Nomine Invocato._

Fallamos atentos los autos y mritos del dicho proceso, el dicho
Promotor fiscal, haber probado bien y cumplidamente su acusacin, segun
y como probarle convino, damos y pronunciamos su intencin por bien
probada; en consecuencia de lo cual, que debemos de declarar, y
declaramos que el dicho Luis de Carabajal haber sido y ser hereje,
judaisante, apstata de nuestra Santa F Catlica, fautor y encubridor
de herejes, judaisantes, ficto y simulado confitente, impenitente
relapso, dogmatista pertinaz, y por ello haber caido y incurrido en
sentencia de excomunion mayor, y estar de ella ligado y en confiscacion
y perdimiento de todos sus bienes, los cuales mandamos aplicar y
aplicamos  la Cmara y fisco real de Su Magestad, y  su receptor en su
nombre, desde el dia y tiempo que comenz  cometer los dichos delitos
de hereja, cuya declaracion en nos reservamos, y que debemos de relajar
y relajamos la persona de dicho Luis de Carabajal  la justicia y brazo
seglar, especialmente al Lic. Vasco Lpez de Bivero, corregidor de esta
ciudad, al cual rogamos y encargamos como de derecho mejor podemos, se
hagan piadosamente con l, y declaramos los hijos y hijas del dicho Luis
de Carabajal, y sus nietos por lnea masculina, ser inhbiles 
incapaces, y los inhabilitamos para que no puedan tener ni obtener
dignidades, beneficios ni oficios, as eclesisticos como seglares, ni
otros oficios pblicos  de honra, ni poder traer sobre s ni sus
personas, oro, plata, perlas, piedras preciosas ni corales, seda,
camelote, ni pao fino, ni andar  caballo, ni traer armas, ni ejercer,
ni usar de las otras cosas que por derecho comun, leyes y pramticas de
estos Reinos  instrucciones y estilo del Santo Oficio,  los semejantes
inhbiles son prohibidas. Por esta nuestra sentencia definitiva,
juzgando as lo pronunciamos y mandamos en estos escritos, y por
ellos.--_El Dr. Lobo Guerrero._--_El Lic. D. Alonso de Peralta._--_Mr.
D. Juan de Cervantes._

Esta sentencia se pronunci estando celebrando auto pblico de la f,
en la Plaza mayor de esta ciudad, en las Casas de cabildo de ella, sobre
unos cadalsos y tribunal alto de madera que en ellas habia, domingo, dia
de Ntra. Sra. de la Concepcin, 8 dias del mes de Diciembre de mil y
quinientos y noventa y seis aos.

       *       *       *       *       *

Entregado Luis de Carabajal al brazo secular, acto contnuo, se
pronunci la sentencia siguiente:

     En la ciudad de Mxico, domingo, 8 dias de Diciembre de mil y
     quinientos y noventa y seis aos: estando en la Plaza mayor de
     ella, en las Casas del Cabildo, hacindose y celebrndose auto
     pblico de la f, por los Sres. Inquisidores apostlicos de esta
     Nueva Espaa, fu leida una causa y sentencia contra Luis de
     Carabajal, reconciliado que ha sido en este Santo Oficio, que est
     presente, por la cual se manda relajar  la justicia y brazo seglar
     por relapso, impenitente pertinaz, y vista por el Lic. Vasco Lpez
     de Bivero, corregidor de esta dicha ciudad, por Su Majestad, la
     dicha causa y sentencia y remision fecha, y la culpa que resulta
     contra dicho Luis de Carabajal, y que se le entreg personalmente,
     pronunci contra l estando sentado en su tribunal, adonde para
     este efecto fu llevado, la sentencia del tenor siguiente:

     Fallo, atenta la culpa que resulta contra el dicho Luis de
     Carabajal, que lo debo de condenar y condeno  que sea llevado por
     las calles pblicas de esta ciudad, caballero en una bestia de
     albarda y con voz de pregonero, que manifieste su delipto, sea
     llevado al Tiangues de San Hiplito, y en la parte y lugar que para
     esto est sealado, sea quemado vivo y en vivas llamas de fuego,
     hasta que se convierta en cenizas y dl no haya ni quede memoria. Y
     por esta mi sentencia definitiva, juzgando, ans lo pronuncio y
     mando.--_El Lic. Bivero._

       *       *       *       *       *

Cumplise la dicha sentencia, y la misma suerte cupo  la madre y
hermanas de Luis de Carabajal.

Y en el auto de fe celebrado el 8 de diciembre de 1596, murieron en la
hoguera, segn la relacin original de dicho auto, D. Francisca de
Carabajal y sus hijos D. Isabel de Carabajal, D. Catalina de
Carabajal, D. Leonor de Carabajal y Luis de Carabajal. Adems de stos,
fueron tambin relajados en persona, y murieron en el mismo da, Manuel
Daz, Beatriz Enrquez, Diego Enrquez y Manuel de Lucena. Slo D.
Mariana de Carabajal qued por entonces libre, en atencin  que estaba
demente; pero como se ver ms adelante, fu tambin quemada en el ao
de 1601.

       *       *       *       *       *

D. Mariana de Carabajal, sin duda por el terror que le causaron los
procesos seguidos contra su familia, perdi la razn.

Los Inquisidores esperaron con paciencia  que la recobrara; recobrla
en efecto, y fu juzgada y sentenciada  _relajar_, y entregada al brazo
seglar en el auto de fe del 25 de marzo de 1601. La sentencia del
Corregidor dice as:

     Fallo atenta la culpa que resulta contra la dicha D. Mariana de
     Carabajal, que la debo de condenar y condeno  que sea llevada por
     las calles pblicas de esta ciudad, caballera, en una bestia de
     albarda, y con voz de pregonero que manifieste su delito, sea
     llevada al Tiangues de San Hiplito, y en la parte y lugar que
     para esto est sealado, se le d garrote hasta que muera
     naturalmente, y luego sea quemada en vivas llamas de fuego, hasta
     que se convierta en ceniza y de ella no haya ni quede memoria. Y
     por esta mi sentencia, &c.--_El Lic. Morfonte._

En este mismo auto sali entre los penitentes, Anica, la ms pequea de
todas las hermanas, y que era entonces, verdaderamente, una nia; nica
persona que,  lo que parece, logr escapar con vida de las garras del
sangriento tribunal.

El auto de fe de 1601, en el que muri D. Mariana, fu sin duda en el
que ms lujo desplegaron los Inquisidores. Sera difcil hacer una
descripcin de l sin que pareciera exagerada; para evitar este
inconveniente, y para que los lectores del _Libro Rojo_ tengan una
noticia exacta de aquel auto, en el nmero prximo publicar una
relacin de todo lo acontecido en aquel da, escrita por orden del Santo
Oficio, y que logr encontrar en los revueltos archivos de ese tribunal.

_Vicente Riva Palacio._




LA FAMILIA CARABAJAL

AUTO DE F DE 1601


Relacin muy verdadera del triunfo de la ffe, y auto general que se
celebr por el Santo Oficio de esta nueva Espaa, y Real Corte de
Mxico, en 25 de Marzo de 1601, aos, siendo Inquisidores los Sres.
Licenciados Don Alonso de Peralta y Gutierre, Bernardo de Quiroz, y
Promotor fiscal de sus caussas, el Dr. Martos de Bohorquez, en la cual
se da cierta y caval noticia de todo lo que por rden de estos Sres. se
puso en obra para el aparato solene y suntuoso del dicho auto, cuyo
testimonio darn las personas que en esta ciudad se hallaron desde el
dia de la publicacion hasta el de su celebracion,  la qual se aadir
la memoria y lista de los penitenciados que salieron  l, con las
particulares penitencias que les fueron impuestas, y el effecto que hubo
el cumplimiento de ellas.

       *       *       *       *       *

La primera prevencion que tuvo effecto, fu dar principio  este auto, y
tratar de su publicacion, la qual se puso en hobra, Jueves, antes del
medio dia, que se contaron, 15 de Febrero de este ao, para cuya
solenidad salieron este dia de las casas del Santo Oficio y bastante
nmero de familiares, y el Corregidor y Rejimiento y otras muchas
personas de lo mas Ylustre y noble de esta Ciudad, los quales con el
ornato que semejantes publicaciones suelen llevar de Libreas, trompetas,
y atabales, paseando lo mas cercano y pblico de la plaza, publicaron
con voz de pregoneros el dicho auto, dando el primer pregon  las
puertas del Sancto Oficio, y el segundo  las de Palacio, y el 3., 4.,
5., junto  las casas de Cabildo, calle de Sant Francisco, y junto  su
combento; y el ltimo  la entrada de la calle de Tacuba, sealando de
trmino el que avia de este dia hasta 25 de Marzo, Domingo felicsimo,
en que el divino Jesus bajando del seno de su Eterno Padre al profundo
valle de umildad de la pursima Vrgen Mara, vino  darnos nueva ley de
gracia, escrita en dos tablas de piedra yncorrutible de su palabra, y
obras, tiempo acomodado  la ocasion en que su santa ley de ff catlica
ollava los Cuellos de los que dejaban la luz, y ley de gracia, por las
sobras de la ley escripta, la figura por lo fijurado, y por la casa del
mal labrado vano, la coluna de nevado marfil y terso marmol; as que
para mayor solenidad se eliji este dia tan acomodado y nacido para el
hacto que en l se avia de celebrar.

En el qual para el seguro de que no hubiese fuga yn ausencia por los
presos que avian de ser penitenciados, se destribuy por los Sres.
Inquisidores, las noches de cada semana, entre los familiares, para que
en cada una de ellas velasen por su rden las calles, quadras y
prisiones de su casa, hasta el dia del auto, lo qual hizo y cumpli muy
cavalmente, haciendo cuerpo de guardia en el saguan de la Inquisicin,
donde cada familiar procur aventajarse la noche que le cupo llevando en
su compaa jente luzida y noble, de donde  la luz de muchos fuegos que
se hacian se repartian  hacer su vela, estorbando el paso  la jente
que iva con armas no conocida.

No caus poca admiracion  la Ciudad, ver que eran ya 10 de Marzo, y no
se trataba de hacer el cadalso, entendiendo por esto, que no sera tan
suntuoso ni para tanta jente como despues pareci, y la causa de esto
fu, porque dentro, en las casas del Sancto Oficio, en una de sus
plazas, la mas secreta, avia gran nmero de oficiales, has de
carpintera como de pintura, obrando lo mas esencial y de momento, para
su ornato,  la sombra de una sala grande que para su guarda se avia
edificado con acuerdo y parecer de los Sres. Inquisidores, por escusar
costas y gastos que en semejantes ocasiones se podia ofrecer adelante, y
aprovechar en ellas las que el presente les avia causado, de donde  su
tiempo se ivan llevando al cadalso segun era necesario, el qual cadalso
se comenz hacer  los 12 de este mes, casi en el comedio y arrimado 
los portales de los mercaderes y sederos en la plaza pblica de esta
Ciudad.

Y luego el segundo Domingo de quaresma, que fu el de la Trasfiguracion
del Seor, 18 de Marzo, se public el edicto de la f en la Catedral de
esta Ciudad, al qual ocurri la mas jente que sufri la capacidad de la
Iglesia y la autoriz con su presencia el Ilustrsimo conde de Monte
Rey, virey de esta nueva Espaa, teniendo el sitial en la capilla mayor
de ella, asiento el Sto. oficio de la Inquisicion, y habindose sentado
comenzaron los oficios divinos, y antes del sermon, se lei el Edicto, y
predic el Provincial de los Franciscos, Fray Buenabentura de Paredes,
hombre doctsimo y digno del sermon, por su mucha cristiandad y
erudicion y eloquencia en alabanza de la festividad y ensalsamiento de
las obras del Sancto Oficio para gran confusion de los enemigos de
nuestra santa ff cathlica.

El sbado siguiente, 24 de Marzo,  medio dia, se acab la hobra del
cadalso y su ornato, el qual era dividido en dos partes iguales, de 60
varas en largo y 30 de ancho, aunque la primera parte era mas alta que
la segunda cantidad de una vara, respecto de que la gente pudiese ver y
gozar de todo lo que en ella obiese, y esta division hacian una calle de
ancho de 10 varas, para que la gente pudiese pasar de un lado  otro:
esta primera parte tenia de alto 4 varas, y la segunda tres, y ambas se
formaron sobre gruesos pilastrones de madera, fortificados con otros
atravesados, que hacian labor de claraboyas y sobre las puntas sus
traviesas de buenas vigas, en las quales se yso el planice pro cuyos
lados en circuito, hazian los tablados una ceja de ancho de una vara,
porque la gente no subiese arriba por los pilastrones, y ambas partes
cercavan por lo alto unas muy lucidas barandas pintadas sobre campo
blanco de amarillo, escurecido con pardo y negro. Y  esta primera parte
se subia por una escalera sercada, juntas bigas  modo de aposento, de
ancho de 2 varas, que tenia 18 gradas muy fuertes y bien labradas,  la
qual se entrava por una puerta grande y fuerte, adornada de buena
clavason, y por la parte dentro con su serrojo y llave, y  este modo
tenia otro el tablado de la segunda parte, salvo que la escalera tenia
14 gradas, ambas acian frente  la calle de Sancto Domingo, y  los
lados de estas escaleras se formaron dos aposentos de madera, devajo de
la primera y segunda parte, cada uno: algo espacioso, con sus puertas, y
lovas que avian de servir de crceles para la gente descomedida y
descompuesta que se prendiese el dia del auto.

Desde la puerta de la primera parte se hizo un palenque que de 80 varas
de largo y seis de ancho, porque la gente no estorvase su entrada, y 
los lados de la puerta avia hechos poyos para en que se apeasen en l,
Santo Oficio, virey, audiencia y demas gente de  cavallo que los
acompaase, porque los cavallos no se estorvasen al apearse unos con
otros, se hizo al lado de los portales un apartamiento, por donde
saliesen, y al modo de este palenque se hizo otro  la puerta de la
segunda parte, que su largo ser de 80 varas, y el ancho de 6, por el
qual se avian de entrar los penitentes  su tablado, y  los colaterales
del cadahalso se hicieron 2 tablados para cabildos eclesistico y
seglar, cada qual con sus asientos, muy bien aderesados, que con su
compaa le hacia de muy gran majestad.

Al principio, y sobre esta primera parte que hacia muro con los portales
de los mercaderes, hcia Oriente, se levant un medio Teatro del ancho
del tablado, cuya subida tenia 12 gradas divididas en tres partes y
pendientes las unas de las otras, y las de su mitad sobrepujaban  las
de las otras casi media vara y tenan de ancho 2 varas, por las cuales
podian subir tres personas juntas, y por los lados subian unas barandas
de 3 quartas de alto y daban vuelta  las Tribunas que sern de media
vara, y el planice tenia el largo de todas las gradas y 4 varas de
ancho, en cuyos lados y estremos avia 2 Pedrestales prolongados que cada
uno recibia en s dos colunas quadradas de horden drico, de alto de 4
varas, en cuyos lissos avia pintados unos escudos de muy buen artificio
con las armas que luego se dirn, y las basas y capiteles corria su
cornisamento proporcionado  las colunas, y por ellas un bien labrado
friso, en cuyo campo se leyan en letras latinas grandes, estas palabras:
_Veritas stabit et fides convalescet Esdras. Lib._ 4., _cap._ 7.,
_vers._ 34,--que mostraban la majestad de este lugar, hablando con los
herejes y penitenciados, como quien les decia; la verdad permanecer, y
ser firme y estable, y prevalecer la f con triunfo glorioso para
vuestra confusin y desengao, en confirmacin de la verdad que siguen
los fieles.

Y los costados de este cornisamento se labraron costosamente, con mucho
primor; y en este friso habia puestos por su rden, cuatro escudos, en
los quales y en los de las colunas se pintaron las armas siguientes: En
los primeros un cuchillo ensangrentado, que hacia forma de cruz con una
hacha de armas, y entre ellos una palma, con tres coronas, doradas,
armas del glorioso Sant Pedro mrtir, cuidadoso protector de la f, y
primer inquisidor de la Iglesia Catlica.

Los segundos, un brazo con sus brazaletes y grevas, y en la mano
empuada una cruz, por cuyo pi servia un glovo de mundo, y empresa
digna de las obras del Sancto Oficio, y por orla un crculo redondo, en
cuyo campo se leyan en letras latinas Exurje. Domine. Iudica. Causam.
Tuam. Los terceros tenian unas llaves cruzadas enseando en el ngulo
de arriba una tiara con 3 coronas, ensignias debidas  la potestad
Apostlica. Los quartos tenian los armas del glorioso Padre Sancto
Domingo, todos ellos adornados de varios y agradables colores que
hermoseaban con gran majestad.

Devajo del friso se formaba un buen espacio hueco de quatro varas, el
qual dividian en dos partes iguales, por su longitud, unos doseles de
terciopelo negro y damasco amarillo, que hacian muralla hasta salir 
recibir las colunas y el cielo abierto.

De los mismos doseles y en la frente del Tribunal, estaba un dosel con
su cielo de terciopelo negro, con senefas de brocado de tres altos, bien
guarnecido de oro y seda, en cuyo campo de sutilsimas y graciosas
bordaduras descubria un muy gracioso escudo grande, adornado de oro y
matices de sedas de colores que su grande primor hacia que  la vista
parecian de pincel, y en su campo las armas reales, y en lugar de
coronel una imperial corona, y  sus lados como por guarda y por la
suya, dos ngeles de muy prima y artificiosa labor, que con sus dos
manos tenian asido el escudo, y en las otras dos, la derecha del uno
tenia una oliva, y la izquierda del otro una espada, insignias de la
justicia acompaada de la misericordia que este Sancto Tribunal luce en
sus causas, y sobre este escudo estaba otro algo mas pequeo, y no de
menos primor, con las armas del Sancto Oficio, en cuya cruz estaba un
Cristo muy devocto, bordado; y este dosel se apreci de toda costa en
cinco mil pesos, y se acab para este dia y ministerio, y su campo
ocupaban tres sillas, sobre muy ricas alfombras.

La primera de mano derecha con guarnicin de terciopelo negro, flecos, y
franjones de oro y seda, y en su asiento un cojin de terciopelo y otro 
los pis para el Sr. Virey.

Las dos guarnecidas de cordovan negro, para los Inquisidores, con otras
doce de lo mismo, repartidas seis en cada lado del dosel para la Real
Audiencia, y todas con clavazon dorada.

Por los lados de este dosel se entraba  la otra mitad del hueco, en la
qual havia una escalera de cinco gradas, con varandas  los lados, por
la qual se descendia  una ventana de las casas de los Portales que para
este efecto se abri  modo de puerta, por donde se avajaba por otras
tres gradas al suelo de tres salas grandes, que estaban muy costosamente
aderezadas en esta manera.

La primera se aderez con dosel de terciopelo y damasco carmes, y el
techo de lo mismo, cubierto el suelo de alfombras muy ricas de oro y
seda, y en el comedio del lado principal estaba un dosel con su cielo de
terciopelo carmes, sanefas de vrocado y guarnecido de oro y seda, en
cuyo campo estaba una devota figura de Jesucristo Nuestro Seor, en una
cruz de asavachado vano, jaspeado  modo de taracea con clavos de oro,
cubierto con un velo costossimo, y  sus pis una silla guarnecida de
terciopelo carmes y clavazon dorada, fluecos y franjas de oro y seda, y
 un lado del dosel estaba un catre con colchones de damasco carmes,
cubierto con una sobrecama de damasco carmes y sanefas de vrocado,
guarnecida con franjones, fluecos y borlas de oro y seda, con almohadas
y acericos de olanda, labrados de labores muy primas y costosas con
muchos matices de sedas para este efecto, el qual cubria una cama de
damasco carmes, cortinas dobladas de lo mismo, aforradas de tafetan
carmes, cuyas faces cayan dentro y fuera con sanefas y rodapis de
brocado, guarnecida de alamares, fluecos y botones de oro y seda, y  la
cabecera un _Agnus Dei_ grande guarnecido de chapas de oro de mucha
estima, y  un lado de ella estaba un bufete con sobremesa de damasco
carmes y sanefas de vrocado bien guarnecida, y otro de la misma suerte
al lado del dosel, y al de la cama estaba una caja de tres cuartas de
alto y poco menos de ancho, aforrada en terciopelo carmes; por la parte
de afuera y por la de dentro, en damasco: devajo de cuya tapa estaba
otra aforrada y colchada de raso carmes, y en su mitad un crculo vaco
que caya sobre un vaso guarnecido con pasamanos de oro, chapas,
visagras, cerradura, tachuelas y llave dorada; y  su modo otro menor
con un vaso de vidrio y la misma guarnicion con cordones de seda y oro
con sus borlas, que se hizo para prevencion de la necesidad humana que
se podria ofrecer en semejantes ocasiones. De mucha curiosidad y costo,
junto  ella un bufete de plata, atravesado en l un pao de manos,
labrado curiosamente de oro y seda carmes.

Y la ventana de esta sala tenia un encerado curioso, porque la gente del
tablado no las enseorease, la qual sala se cerr con llave y se entreg
 un paje de cmara del Virey, todo lo qual no se estren hasta este
dia.

La sigunda sala se aderez con doseles de terciopelo carmes, como la
primera, adornada de cantidad de sillas imperiales, y dos bufetes con
sobremesa de damasco y senefas de terciopelo carmes, que ser paso del
Virey para la primera.

La tercera sala se aderez de paos de corte de muncha estima, dejando
por los lados principales unos vacos angostos  la larga, en los cuales
se formaron con doseles ocho retretes apartados, y cada uno ocupaba un
vaso; y el suelo de estas dos salas estaba cubierto de alfombras muy
ricas.

Y volviendo al cadalso por las gradas y planicie de la primera parte,
que todo estaba adornado de alfombras ricas y puestas con mucho rden y
concierto. Al lado derecho dl estaba una mesa de dos varas de largo y
una vara y cuarta de ancho, desviada de las gradas otras dos varas, con
una sobremesa de terciopelo negro y sanefas de vrocado, bien guarnecida,
correspondiente al dosel del Tribunal, y en cada uno de sus quatro lados
tena tres escudos, bordados de oro y seda de varios colores muy
costosos sobre las sanefas en cuyos campos estaban bordadas las armas
del Sancto Oficio que la hermoseaban maravillosamente, y junto  ella un
banco de espaldar, lugar y asiento para el Secretario de este Sancto
Tribunal, y  su lado, en todo lo restante de la mitad de la primera
parte, habia puestos con buen rden veinte vancos grandes,  la larga, y
los delanteros cubiertos de alfombras para los Ministros mayores y
abogados del Sancto Oficio, y los demas para el consulado, oficiales
reales, religiosos caballeros y gente principal. Y al lado izquierdo
avia otros veinte vancos desviados de las gradas dos varas con la misma
orden y compostura que los demas; lugar para los caballeros de la casa
del Virey, y Religiosos y gente principal. De suerte que la mesa y
bancos por un lado y otro, formaban un pasadiso en frente de las gradas
de subida del Tribunal, y del mismo ancho para si se ofreciese vajar uno
de los Sres. Inquisidores el dia del auto  recibir alguna declaracin
de relajados, como suele acontecer y aconteci este dia.

Llegava esta calle hasta el fin de la primera parte, en cuyas esquinas y
remates estaban puestos dos plpitos quadrados, de buena altura,
guarnecidos con sus molduras y cejas, en las quales recibian sobre bien
labrados balaustres, unas cpulas  medias naranjas,  fin de que la voz
del relator no se fuese por alto y se oyese la pronunciacion y letura en
lo bajo; pintadas por la rden de las varandas y colunas del Tribunal
que autorizaban y hermoseavan el cadalso maravillosamente, y el plpito
de mano derecha se aderez con ornatos de terciopelo y brocado negro,
bien guarnecido y bordado, para predicar en l la palabra divina el dia
del auto. Y desde el fin de esta primera parte se hizo un pasadizo
correspondiente al que formavan los vancos; sobre fuertes pilastrones
que atravesaban la calle que dividia estas dos partes del cadalso con
sus varandas  los lados de la misma pintura; que llegaba al principio y
comedio de la sigunda parte, de ancho de tres varas, en cuya mitad se
levant una peaa de tres gradas, donde avian de subir los penitentes 
hoir sus sentencias, dejando espacio por los lados para que se pudiesen
pasar de una parte  otra, sin ofensa de la peaa. Al principio de esta
sigunda parte formavan las varandas del pasadiso, en cada lado, un hueco
de vara y quarta en cuadro: en el del lado derecho del Tribunal, estaba
una silla, asiento para el alguacil mayor del Sancto Oficio; y el del
lado izquierdo ocupava un vanco mas  asiento para los alcaides de las
crceles secretas y perpetua,  cuyo cargo era traer  la peaa los
penitentes como se ivan llamando.

Y por que como est declarado, la primera parte era mas alta que la
sigunda, una vara, lo restante al pasadiso hasta llegar al medio
piramide, que al fin de ella se form de gradas para los penitentes, se
hizo sobre vancos de poco mas de 3 quartas de alto, y 2 de ancho, por el
qual proseguian las varandas, asta una vara antes del piramide, por
cuyos lados avia unas escaleras pequeas, de 3 gradas, por donde se
descendia al planicie del Tablado, cuyos vacos ocupaban veinte vancos
grandes, hasientos para los familiares padrinos de los penitentes; y 4
varas antes de sitio desta segunda parte se form un medio piramide que
asia frente el Tribunal, y su largo atravesaba todo el ancho del
tablado, dividido en 3 partes,  modo de las gradas del Tribunal,
fijadas sobre fuertes pilastres con doce gradas que subian
desminuyendose hasta su estremidad, que ser de vara y quarta en cuadro,
la qual hasia hasiento sobre un grueso morillo que subia por el remate y
comedio de esta segunda parte, y su hueco se serr de tablas bien
clavadas,  fin de que en l se avia de enserrar vastimentos, agua y
otras cosas, prevenciones para los penitentes, si dellas tuviesen
necesidad el dia del aucto, y por los lados de estas gradas suvian asta
su estremidad las varandas que cercavan el planicie de los tablados y
las acompaavan; de suerte que hacian lavor muy agradable  la vista, y
en las esquinas y rincones de las barandas se pusieron unos pilastrones,
que se ligavan con las molduras de las varandas y basas y cornisas
pintadas como lo demas; y  los remates de las escaleras del pasadiso en
el antepecho del pirmide, avia dos puertas de  vara por donde se
entraba  su hueco.

Todo lo qual cubria la obra de una vela de anjeo nueva que los Sres.
Inquisidores mandaron haser de 2450 varas, para resistencia del gran sol
que por este tiempo hace en esta ciudad, que su largo tenia 68 varas, y
el ancho 34, obrada con gran primor y artificio, por manos de muy
diestros maestros, hasta dejarla puesta y amarrada por fuertes presillas
 48 morillos altos y gruesos que con mucha igualdad y rden cercavan el
cadalso, desviados dl por los lados 4 varas, y de morillo  morillo
avia 2 varas, la qual subieron por unos carrillos que igualmente tenia
cada morillo, y por lo alto con muy fuertes sogas, duplicadas las unas
para este efecto y las otras para hamarrar sus cabezas  poco menos de
la mitad del alto de otros 3 morillos, que por cada lado, y en frente de
su comedio,  50 pasos, se pusieron con el rden que los demas, porque
el viento con la grandeza y fuga de la vela no los descompusiese de la
igualdad y concierto que tenian; y fu cosa de ver, que aunque hizo
munchos vientos durante el tiempo que estuvo puesta, estuvieron tan
firmes, y la vela tan tirante, que caus admiracion el gran ingenio y
artificios con que se puso: la qual por lo alto del Tribunal tenia un
enserado de anjeo de 15 varas de largo y 10 de ancho, y entre ella y el
enserado se pusieron cantidad de esteras de palma, para dos efectos, el
uno para mas resistencia del sol al Tribunal, y el otro para defensa del
agua si lloviese, y por grandeza y loor de este cadalso, y de su traza y
compostura, digo que  dicho de muchas personas fidedinas que han andado
muncha parte de la cristiandad, donde han visto gran cantidad de
cadalsos, dicen no haber sido ninguno semejante  su mucha majestad y
hermosura.

Este dia mandaron  pregonar los Sres. Inquisidores, que ninguna persona
de cualquier estado  condicion, no se atreviese  subir al cadalso el
dia del auto, sin su licencia, so pena de escomunion; y fu tanta la
compostura y quietud de la gente (con esto), que no fueron menester las
carceles, y solo el Notario Pedro de Fonseca tuvo cargo de ambas
puertas, y de dar asiento  cada uno, y de acudir  otras cosas
menesterosas en el cadalso en el dia del auto, que es una de las
grandezas dignas que en este Reyno se tienen  los mandatos del Santo
Oficio.


PROCISION

Entre las 3 y las 4 de la tarde, vspera del auto, se orden una
procesion muy solene, por mandado del Santo Oficio, para entero y cabal
aparato del venidero juicio de la f, en el Convento de Santo Domingo de
esta ciudad, para lo qual se adornaron las calles por donde avia de
pasar, de telas y terciopelos, doseles, pao de corte, Imjenes de
pincel y retratos, lo mas y mejor que sufria el caudal de los vecinos,
en que habia muncho que ver, para lo qual se juntaron en este Convento,
el Clero y Religiones con el mayor concurso de ellos que ser pudo,  que
asisti con su presencia el Chantre de la capital de esta ciudad, el
Lic. D. Melchor Gomez de Soria, en nombre del Cabildo.

Y  esta hora comenz  salir la procesion guiada por la plazeta de
Sancto Domingo,  la calle del Colegio de los Teatinos, torciendo  mano
derecha por la de Palacio, llevando por principio un estandarte de
tafetan negro bien guarnecido, D. Joan de Altamirano, caballero del
hbito de Santiago, yerno que fu de Don Luis de Velasco, Virey que fu
de esta Nueva Espaa, y al presente lo es del Pir,  cuyos lados venian
en dos hileras catorce familiares del Santo Oficio con cirios blancos,
de  cinco libras de cera, encendidos y en ellos pintadas las armas de
Sancto Domingo y Sant Pedro Martir, en los quales se pusieron porque
segun lenguaje de los que de mas cerca an tratado las cosas de este
auto, los Sres. Inquisidores han fundado este ao una Cofrada de
Oficiales y familiares del Sancto Oficio, devajo del amparo y ttulo de
Sant Pedro Martir en este Convento, y en su seguimiento venian en dos
hileras el Clero y Religiones mezclados unos con otros, entre los cuales
se repartieron por mano de personas fidedinas, y de crdito, mas
cantidad de 800 velas de cera blanca, de  media libra  cada uno la
suya encendida, y ivan con muy buen rden. Y  buen trecho de este
estandarte se siguia una cruz de plata dorada con velo y manga de
terciopelo negro, y  sus lados dos ciriales de plata con manguillas de
terciopelo, que llevavan Religiosos de la dicha Orden, revistidos, y 
sus lados catorce familiares con cirios encendidos como los primeros; y
luego la Capilla de la Iglesia mayor de esta ciudad, cantando Salmos
acomodados  la ocasion en que ivan,  canto de organo, respondiendo en
distinto coro y tono, el que formaban el Clero y Religiones en suave
canto llano, y casi al remate de la procision ivan doce Religiosos de
este convento revestidos con albas y casullas de terciopelo y brocado
negro, en cuyos hombros, remudndose de quatro en quatro venia el Arbol
de la vida, en que Jesucristo Nuestro Seor, vida de todo el gnero
humano di remedio al dao que nos caus el fruto del rbol de muerte,
sobre el globo de un mundo dorado y plateado, sembrado de estrellas,
fijado en una peaa guarnecida con frontaleras de brocado, y en las
esquinas quatro ngeles de bulto, hincados de rodillas, adorando la
cruz, la qual era de buen tamao, pintada de verde, con dos listas de
oro por orla, con su retulo y por toalla una vuelta de tafetan negro,
guarnecido con puntas de seda y avalorio negro, y delante della en dos
hileras sesenta familiares del Sancto Oficio, con cirios encendidos como
los pasados, y toda esta cantidad de familiares son de Mxico, y de
todas las ciudades, villas y lugares de esta Nueva Espaa, que para
este dia se juntaron, y  las esquinas de la peaa ivan quatro
capellanes del Sancto Oficio, con sobrepellises y cirios encendidos como
los de los familiares, y  los lados seis hombres con alabardas nuevas,
guarnecidas de terciopelo negro y tachueladas con tachuelas doradas, y
todas las orlas de los recasos de la cuchilla, media luna, cubo y
varillas doradas, y detras de la cruz ivan los perlados de las Ordenes,
y en lo ltimo el Prior de este convento, F. Cristobal de Hortega, con
capa de brocado y una cruz de oro en las manos, muy curiosa, y dos
Religiosos graves de su Orden revestidos de ornato de brocado negro
bordado de oro y seda, y al lado derecho del Prior iva el Chantre,
acompandole  su lado el uno de los Religiosos revestidos, y ivan
rigiendo esta procesion, el alguacil mayor del Sancto Oficio D. Lorenzo
de los Rios, y Bernardino Vasquez de Tapia y el Regidor Alonso de
Valdez, caballeros de esta ciudad y familiares con septros de plata que
en sus principios tenian unos escudos grabados en ellos las armas de
Sancto Domingo y de Sant Pedro Martir, y el Notario de la Inquisicion
Pedro de Fonseca, que llevaba en la mano una cruz de acero pavoniada con
su tronquillos, el qual ponia en rden la procesion, entremetiendo el
clero con las rdenes. Todo lo qual caus tanto silencio que hacia mudas
las calles por donde pasava, y esto en tiempo que ivan llenas de
infinita gente, y en tanto nmero que  juicio de personas
isperimentadas, en semejantes concursos dicen avia en ellas y en las
ventanas y azoteas y plazas, mas de 50 mil personas. Y llegado que fu
el Estandarte junto  la puerta principal de Palacio, sobre la cual y en
una de sus ventanas bien aderezada, con alfombras, cortinas, sillas y
cojin de terciopelo negro, estaba el Virey, el qual le hizo su
acatamiento debido, y luego di la vuelta  mano derecha hcia el
cadalso, llegada que fu la Santa Cruz al sitial de Su Seora, la ador
con grande edificacion del pueblo, y los pajes de Su Seora salieron de
Palacio en cuerpo, bien aderezerados, con cirios de cera blanca,
encendidos, con que recibieron la Sancta Cruz, asiendo la adoracion,
levantando las achas y umillando los cuerpos, segun estilo de Palacio y
corte, acompandola asta el cadalso donde la subieron, y all dejaron
la cera en medio del planicie de esta primera parte, junto al Tribunal y
sus gradas sobre un altar que avia hecho con muy rico ornamento, qued
puesto asta las tres de la maana del da del auto, por cuyo respeto y
compaia se quedaron alli quatro religiosos de cada Orden, y cantidad de
familiares, que  la luz de gran nmero de cirios y achas velaron el
divino lecho en que el reparador de nuestra caida muri, los quales 
esta hora la llevaron en procision cantando himnos asta lo mas alto del
medio pirmide y gradadas de penitentes, en cuya estremidad la pusieron,
acompaada de los dichos Religiosos y familiares asta el dia. Y esta
noche  las ocho llev Pedro de Fonseca, Notario del Santo Oficio, y
seis familiares, una cruz grande verde, y la puso cinquenta pasos
desviada del quemadero que abajo se dir, en su peaa alta de cantera,
con la decencia y reverencia debida, y entre la una y las dos de la
noche por mandado del Santo Oficio el dicho Notario y familiares
llevaron al brasero que est echo de cantera en el Tianguis que llaman
de S. Iplito, entre la alameda y Convento de los Descalzos Franciscanos
de esta ciudad, quatro maderos con sus argollas, en que avian de morir
quatro relajados, que este dia salieron al auto, donde los fijaron
puestos con guardia, y de alli se fueron juntos  las casas de Baltasar
Mejia de Salmeron, alguacil mayor de esta ciudad,  quien le fu
notificado por el Notario, que conforme  los que avian de morir tuviese
prevenida lea, pregoneros y verdugos para este dia, el que respondi
que estaba presto de cumplir lo que por el Santo Oficio se le mandaba.

Y  las dos de la maana se comenz  decir misa en la capilla del Sto.
Oficio, y en todas las parroquias y conventos desta ciudad, por horden
de los Sres. Inquisidores, y con ser competente el tiempo para
conseguir el entero precepto eclesistico, apenas se vaciaran las
Iglesias, cuando estaban otra vez llenas, hasta que amaneci, que todos
correspondieron  las obligaciones de buena cristiandad y virtud.

Este dia,  las tres de la maana, despues de haber dado el alcayde de
almorzar  los penitenciados, mandaron los Sres. Inquisidores sacarlos
de sus crceles al segundo patio de las casas del Santo Oficio, adonde
se les iva poniendo  cada uno las insignias de su penitencia y castigo,
con una vela de cera verde en las manos, despus de lo qual, entre las
quatro y las cinco, el fiscal del Santo Oficio iva llamando por una
memoria  los familiares elegidos para acompaar los penitentes,
nombrndolos por sus nombres, de los quales avia ya gran nmero en el
patio primero, donde se ivan juntando; y  cada dos hombres les
entregaban un penitente, y desta suerte prosigui asta llegar  los
relajados, que fueron tres hombres, y una doncella de las de _Caravajal_
que quemaron en el aucto pasado, y  cada uno acompaavan dos relijiosos
de las hrdenes, los mas doctos, y dos familiares por guarda; y despues
dellos tres estatuas de difuntos, con bito penitencial, y en su
seguimiento otras 16 con corosas  insignias de fuego de los difuntos
fujitivos y ausentes relajados, los que llevan escripto en los pechos,
los nombres, tierra y delitos de cada uno, en cuyo remate los tres
dellos llevan tres ataudes negros, pintados en ellos unas calaveras,
sembradas de fuego, y dentro los guesos de los difuntos, y la ltima con
insignia retorcida en la corosa de maestro domatista de la Ley muerta de
Moysen que guardaba. Y  las seis de la maana estaban ya puestos en
horden de procesion, y en los corredores vajos y patio del Santo Oficio,
y media hora despues comenzaron  salir por su puerta principal,
llevando por guia tres cruces de las parroquias, con velos y mangas de
terciopelo negro, con los curas y capellanes dellas, y en su seguimiento
124 penitentes, con las 19 estatuas, guiados al cadalso, por la calle de
Santo Domingo; la qual, y sus ventanas y azoteas, y plazas, ocupavan el
mismo nmero de jente que el dia antes ubo en la procesion, y nunca mas,
de suerte que fu necesario que los familiares sobre bien aderezados
cavallos, fuesen con el alguacil mayor delante, y por los lados,
hasiendo campo  la procesion de penitentes: llegados al palenque de la
segunda parte del cadalso, entraron por l sin ningun estorvo, y
suvieron  las gradas del medio piramide, donde fueron puestos y
sentados, en esta manera, en la grada mas alta, al pie de la cruz, un
relajado calvinista revelde, y en otra mas baja, la doncella; y  sus
lados, otros dos relajados. Y luego, 50 personas con avitos de
reconciliacion, por diversas sectas y leyes de Moysen, y luego otros por
diversos delitos, dos veces casados, hechiceros, blasfemos: en los lados
del pirmide, se repartieron en las varandas, las estatuas igualmente,
de suerte que de lejos se podian ler los retulos, y adornavan las gradas
de penitentes, de modo que parecian muy bien, y los familiares padrinos
se sentaron en sus vancos en la forma arriba dicha.

No estuvo con poco cuidado el Virey esta noche, antes del auto, pues se
levant  las 3 de la maana con sus caballeros y gente de palacio 
hoir misa, donde estuvo en vela hasta el dia, dando  entender con esto
como tan cristianisimo Principe, que los tales la an de tener en
semejantes hocasiones, y despues de aver sacado los penitentes del Santo
Oficio, sali luego con gran priesa, por que el dia no alcanzase de
quenta  lo muncho que en l avia que hacer en el, del Real Palacio de
esta Corte, su seoria, acompaado del audiencia Real y de su guardia,
cabildo y lo mas ilustre de la ciudad, guiados por la calle arriba de
Palacio, torciendo  la del Santo Oficio  mano izquierda, donde estavan
ya  punto el Santo Oficio, y estandarte de la fee con el cabildo de la
Iglesia. Y llegado que fu, se pusieron en horden en esta manera:
delante de todos los alguaciles de corte y ciudad, y luego la Caballeria
y familiares y detras los Cavildos de la Iglesia y Ciudad, con la
Universidad, entremetidos unos con otros, y al fin dellos el Secretario,
el alguacil mayor y Ministros mayores de la Inquisicion, y en un buen
caballo aderezado el alcayde de la carcel perpetua, el qual llevaran de
diestro dos personas, por causa de que llevava asido con ambas manos
sobre el arson delantero de la silla, un cofre cerrado, y luego el
Fiscal del Santo Oficio que llevava el estandarte de la fee, que es de
damasco carmes, con dos puntas, cordones y borlas de oro, y seda, que
por ambas partes tienen sembrados algunos escudos bordados con mucho
artificio y primor, y en sus campos las armas del apostol Sant Pedro,
Prncipe de la Iglesia, y los de Santo Domingo, y Sant Pedro Martyr, y 
su lado el arcangel Sant Miguel y sobre la vara de plata deste
estandarte, yba la Santa Cruz de la fee, toda de oro, de honguillos, con
sus franjillas al pi, de oro y seda, el qual es muy costoso y agradable
 la vista, y  su lado izquierdo iva Don Joan Altamirano, que llevava
las vorlas del estandarte, en cuyo seguimiento venian el Lic. Vivero, y
el Dr. Rivera, consultores del Santo Oficio, y la audiencia real por sus
antiguedades, y en lo ltimo Su Seoria el Virey, que iva  el lado
derecho del Inquisidor mas antiguo, que iva en medio, y detras sus pajes
y criados, y con esta horden llegaron al cadalso  las siete de la
maana, en el qual, despues de haver subido se asentaron en el Tribunal,
y asientos, con el horden que avian venido; y al principio de las gradas
del medio, por donde suvieron al Tribunal, se sent el fiscal del Santo
Oficio, teniendo  su mano derecha, fijado en el tablado, el estandarte
de la fee, y  su mano izquierda, Don Joan Altamirano, y tres gradas mas
vajas, Bernardino Vasquez de Tapia y el Regidor Alonso de Valdes, y en
las tres ltimas, el Notario Pedro de Fonseca,  cuyo cargo era llevar
las sentencias  los Relatores, dadas por mano del Secretario.

En las gradas de mano derecha del Tribunal, en la primera, junto  la
varanda de en medio, se assent el Lic. Vasco Lopez de Bivero,
corregidor que fu desta ciudad, y consultor del Santo Oficio, que por
no ser de la Real Audiencia se le di este lugar, y  su lado los
Prelados de las hordenes Provinciales, Priores y Guardianes, y mas bajo
los catedrticos de las hordenes, maestros y Religiosos graves; y en las
de mano izquierda, en la primera, Calificadores, Patrocinadores y
Comisarios de los Obispados de este Reyno, y mas bajo, Catedrticos y
Religiosos graves y caballeros; y al pi de las unas y otras gradas avia
repartidos 12 doctores de la Universidad, entremetidos unas personas
graves con otras en bancos, por que el Santo Oficio horden que no
uviese lugares sealados, y en el banco de espaldas de la mesa el
Secretario con las llaves del dicho cofre, que era de evano, y se puso
sobre ella, que tenia media vara de alto, y media de ancho, aforrado en
terciopelo carmes, todo guarnecido con visagras, chapas, cerradura,
tachuelas y llave de oro, y en las esquinas de su asiento, quatro leones
de oro, fijados  el; cuya figura hace demostracin feroz por su guarda,
y dentro dl estaban las relaciones y sentencias de los culpados, y
sobre la mesa, recaudo para escribir, con tintero y salvadera de plata,
en que estaban gravadas las armas del Santo Oficio; y como se ha dicho
arriva, se asentaron en los vancos, por su horden, los demas del
acompaamiento. A todo lo qual se di principio con un Sermon breve, por
el tiempo tan corto que restaba, el qual predic con mucha asepcion de
los oyentes, el Dr. Don Juan de Servantes, arcediano de la Catedral de
Mxico, catedrtico de Escritura, calificador del Santo Oficio, y Juez
ordinario de las causas de la fee, despues del qual, en el mismo plpito
del Sermon, el Secretario del Santo Oficio ley el juramento que izo el
Tribunal y todo el Pueblo, sobre un libro misal, de perseguir y arruinar
por todas vias  los enemigos de nuestra Santa Fee Catlica, y  su lado
estava el Dr. Aranguren. Capellan del Santo Oficio, que tenia el misal,
revestido con un sobrepellis, y muy rico. No estava con poco cuidado el
secretario en el sacar de las sentencias del cofre por su horden, las
quales iva entregando al Notario Pedro de Fonseca, que las llevava  los
Relatores, y leydas aquellas las ponia en el cofre; y sacava otras, y
desta suerte prosigui como persona entendida, diestra, cursada en este
ministerio, y muy necesaria en l. Y comenzando  leerse, llamava  la
gradilla del pasadiso,  cada uno de los penitentes, por su nombre y
naturaleza, hasta que las causas de los relajados fueron leydas, y  las
5 de la tarde se entregaron al brazo seglar; y bajados del cadalso, los
llevaron; y  la entrada de calle de Sant Francisco, donde estaba en un
tablado puesto un sitial, adornado de alfombras, y sentado en l el Dr.
Francisco Muoz Monforte, correjidor de esta Ciudad, y  su lado
izquierdo Juan Perez de Rivera, familiar del Santo Oficio, y escribano
pblico della, por los quales les fueron pronunciadas sus sentencias, y
notificadas, de donde los llevaron por esta calle con voz de pregoneros,
que manifestaban sus delitos, hasta el quemadero, y en el discurso del
camino, los Religiosos que acompaavan  Simon de Santiago, aleman
calvinista, ficto simulado, confitente revelde, pertinaz, condenado 
quemar, vivo,  quien yvan aconsejando y amonestando por los mejores
medios y caminos que podian, se convirtiese  la Ley Evanjelica y fee
Catlica, el qual asiendo poco casso se sonreia como lo izo en el
cadalso, todo el dia, comiendo lo que le daban, con demostracion de
contento, como si uviera de ir  vodas, y con grande desverguenza
respondia, _no cansa padres, que esto no es forza_. Y porfiando les
decia _no des boses padres_, como enojado, y finalmente, sin querer
tomar la cruz en las manos, muri quemado vivo, y siempre tuvo una
mordaza en la boca, por las blasfemias que decia, y era tan torpe de
entendimiento que no allaron caudal en l los Relijiosos para argirle,
y con sus argumentos convencerle de sus herrores, y con l muri Tomas
de Fonseca Castellanos, el qual aunque hacia demostraciones de morir
cristianamente, fueron con muncha tibieza.

Y luego D. Mariana Nuez de Carabajal, doncella, muri con muncha
contricion, pidiendo  Dios misericordia de sus pecados; confesando la
Santa fee catlica, con tanto sentimiento y lgrimas, que enternecia 
los que la oyan, diciendo mil requiebros  la cruz que llevava en las
manos, besndola y abrazndola, con tan dulces palabras, que ponian
silencio  los Relijiosos que ivan con ella, dando todos infinitas
gracias  Dios Nuestro Seor, por la gran misericordia que con ella
usava, por donde se entiende que est en carrera de salvacion, y para
gloria de Jesucristo Nuestro Seor dir lo que dijo esta doncella en el
cadalso, y munchos que all estavamos, oymos razonando con una ermana
(_Anica_) y sobrina, que tambien sali al auto con vitos de la
conciliacion; _Boy morir en la Fee de Nuestro Seor Jesucristo_, que fu
cosa de gran regocijo para los cristianos. Este dia se reserv otro
relajado, y se volvi al Santo Oficio no se save porqu causa.

Y prosiguiendo con las sentencias del cadalso asta que quiso anochecer,
que vast  que se leyesen las causas de dos en dos, y cerrando el dia
con luces de achas, de quatro en quatro, y fenecidas con nueva majestad
y seoro, el Inquisidor mas antiguo tom la estola y el libro que
trujeron dos capellanes del Santo Oficio, en dos ricas fuentes doradas,
y comenz en tono grave la ausolbcion, alumbrandole con una vela de sera
blanca, puesta en un mechero de plata, respondiendo la capilla en canto
de hrgano con maravillosas voces que las ay en esta Iglesia Catedral,
con un maestro diestrsimo, y acavada  las ocho de la noche, volvieron
 la Inquisicion, el Santo Oficio, Virey y audiencias con el demas
acompaamiento, y por el mismo horden que avian llevado, y delante
muchas achas encendidas, de cuyas luces avia muncha cantidad, en las
ventanas y puertas de la calle desde el cadalso hasta la Inquisicion,
que en ella causaban gran claridad, y llegados se despidi el Virey y
audiencia.

Y porque los familiares padrinos volviesen con sus ahijados, se
subieron al pasadiso del cadalso, y puestos en l en dos yleras,
arrimados  las varandas, pasaron por medio los Penitentes con sus velas
encendidas, y los padrinos conocieron sus ahijados, y por su horden
fueron vajando  la puerta donde estavan las cruces de las parroquias,
sin velos, con mangas de terciopelo carmes, bordadas de horo, y seda,
adornadas de munchas flores, por el triunfo de la fee, guiando por la
calle de Sto. Domingo, se volvieron los Penitentes al Santo Oficio,
donde se entregaron al Alcayde, presente el Secretario y Alguacil mayor,
del nmero de los quales volvieron menos las diez y siete estatuas y
tres relajados que quemaron.

El Lunes siguiente, Martes, Miercoles y Jueves, se sacaron del Sancto
Oficio, en forma de justicia,  azotar por las calles pblicas, con voz
de pregoneros que manifestavan los delitos,  los que  ello estavan
condenados, y los que yvan  galeras, se llevaron con testimonios de sus
causas  la Carcel de Corte, y se entregaron al Alcayde y escribano de
entradas de ella, y los negros  sus amos, y los de carcel perpetua al
Alcayde, y los demas se llevaron  los lugares que se les sealaron por
el Sancto Oficio.

Y este dia, la tarde, Lunes 26 de Marzo, el Illmo. Sr. Conde de
Monterey, visorey de esta Nueva Espaa, sali de Palacio, acompaado de
su guardia y de la gente mas principal desta Ciudad, con la qual izo un
general paseo por ella, demostrando la alegra que tenia y todos deven
tener, por el Triunfo de la Sancta Fee Catlica, y de la Iglesia Romana,
contra los erejes, y por la destruicion de los vicios, y pecados, lo
qual yzo  imitacion de un paseo que por las mismas causas hizo el Rey
D. Felipe 2. nuestro Sr. que sea en Gloria, cuando el auto de Casaya,
que se ay presente. Plegu  Dios nuestro Sr. que todo aya sido par
nuevo ensalsamiento de su santa fee Catlica, confusion y abatimiento de
nuestros enemigos, alabanza y gloria de Jesucristo Nuestro Sr., y de su
bendita Madre la Virjen Mara, y de su corte celestial, por cuyos
mritos se sirva de amparar y ayudar y favorecer  tan Santo y necesario
Tribunal, y prospere los sucesos en la estirpacion de las erejas,
conservando el uso del Santo Oficio, como merece, y su Divina Majestad
puede.


_Amen.--Laus Deo._

Este es el fiel trasunto del original y curioso manuscrito que encontr
en los archivos del Tribunal de la Inquisicin: en cuanto  la _lista de
penitenciados_, que existe tambin, excuso ponerla por ser muy larga,
pues ocupara quiz un espacio igual  la preinserta relacin.

_Vicente Riva Palacio._




LOS TREINTA Y TRES NEGROS


I.

Casi en el mismo ao de 1521 en que el imperio de Moctezuma fu
derribado, y sometido el Anhuac  la dominacin de Espaa, comenzaron 
llegar  Mxico esclavos africanos conducidos  la tierra nuevamente
conquistada, por amos cuya srdida codicia no se saciaba con el oro y la
plata que los naturales del pas podan extraer de sus minas.

Los mexicanos, bien por su aversin  los conquistadores,  bien por sus
antiguas costumbres, no queran trabajar en el beneficio de las minas
con la tenacidad y constancia que deseaban los espaoles.

El emperador Carlos V haba sido informado de que por el excesivo
trabajo  que se condenaba  los mexicanos por los conquistadores, se
haban producido sediciones y levantamientos ms  menos graves, y que
todo esto poda tener fatales consecuencias para la corona de Espaa;
orden, con audiencia de sus consejeros y telogos, que los americanos
fuesen libres de toda servidumbre, anulando los repartimientos de indios
que haba hecho Corts.

De aqu vino para los espaoles la necesidad de tener esclavos
africanos, que trabajando da y noche en las minas, recibiendo una
miserable retribucin, y considerados como animales, pudieran enriquecer
muy pronto  sus dueos.

En efecto, fu tan grande el nmero de los negros que se trajeron  la
Nueva Espaa, y tantas las ganancias que producan  sus amos, que ya en
el ao de 1527 Carlos V, entre otras ordenanzas que mand  Mxico,
dispuso que los negros casados pudiesen redimirse pagando  sus amos
_veinte marcos de oro_, y en proporcin los nios y las mujeres.

En un principio los esclavos eran empleados nicamente en el laboreo de
las minas, pero poco despus se ocuparon en las siembras y cultivo de la
caa de azcar, cuya planta aseguran algunos autores que fu llevada 
las islas de Amrica desde las Canarias por el inmortal Cristbal Coln,
y que Corts la hizo trasplantar  Mxico.

Por el ao de 1608 el nmero de los negros esclavos era ya tan crecido
en la Nueva Espaa, que apenas haba una familia acomodada que no
tuviera muchos de ellos  su servicio[19].

A pesar de que la suerte de los indgenas de Amrica era bien triste por
el trato duro  inhumano que reciban de los conquistadores, era sin
embargo muy dulce comparada con la de los infelices esclavos africanos.

En aquellos primeros aos, los caballos, las mulas y los bueyes eran muy
escasos en Nueva Espaa, y el trabajo de estos animales se supla con
los esclavos negros,  los cuales se quera comunicar fuerza y vigor con
el ltigo de los mayordomos.

Necesariamente aquellos hombres pensaban en la libertad, no slo porque
el amor  la libertad es innato en el corazn, sino por huir de los
brbaros tratamientos  que estaban expuestos todos los das y todo el
da.

Rescatarse conforme  las ordenanzas del emperador Carlos V, de que
hemos hablado, era para ellos casi imposible; necesitaban para eso tanto
oro, como no podran reunir con el asiduo trabajo de toda su vida:
entonces pensaron lo que era natural. La Nueva Espaa, estaba cubierta
de bosques espessimos  inexplorados; su tierra feraz poda cultivarse
con poco trabajo; las selvas estaban formadas en muchas partes de
rboles cuyos frutos podan dar  un hombre y  una familia la
subsistencia. Las montaas convidaban  la libertad, las fieras que
vivan en sus grutas eran mas felices que los esclavos negros de los
espaoles, y adems en aquellos inmensos desiertos el fugitivo nada
tendra que temer de sus perseguidores: la naturaleza ofreca la
independencia  los seres convertidos en esclavos por la civilizacin.

Los negros comprendieron que al lado de las ciudades de la colonia
estaban las selvas en donde habitaban los ciervos, y los lobos y las
serpientes; que al lado de la servidumbre y del ltigo, estaban Dios, la
naturaleza y la libertad.

Y los esclavos de las minas, de las casas y de los ingenios comenzaron 
huir  los bosques.

As estaban las cosas en el ao de 1609, gobernando la Nueva Espaa el
virrey D. Luis de Velasco.


II.

Era la noche del 30 de enero de 1609: la luna, perdindose en el
horizonte, apenas alumbraba las blancas nieves del soberbio Pico de
Orizaba, conocido entre los naturales con el nombre de Zitlaltepec, y
las sombras envolvan la fertil caada de Aculzingo.

Entre aquellas sombras se escuchaba apenas el rumor de los rboles
agitados por los vientos de la noche, y el murmullo de los arroyos que
bajan por las vertientes de las montaas.

Sin embargo, escuchando con atencin podan oirse en medio de aquellos
ruidos confusos, otros sonidos que no eran producidos ni por los
vientos ni por las aguas.

Eran voces humanan, era sin duda el ruido que causaba la marcha de un
gran grupo de hombres, que caminaban apresuradamente conversando entre
s, y rompiendo las malezas y los arbustos que se oponan  su paso.

La marcha de aquellos hombres no se interrumpa, y aquel grupo pareca
caminar en direccin del lugar que hoy ocupa la Villa de Crdoba.

Cuando los primeros reflejos de la aurora comenzaron  teir de rosa el
esplndido cielo de la costa de Veracruz, el grupo de hombres que se
haba sentido cruzar durante la noche por la caada de Orizaba, segua
su camino trepando una encumbrada cuesta.

Era una tropa de negros, extraamente vestidos y armados: llevaban los
unos, gregescos de terciopelo y calzas de seda hechas pedazos; los
otros, calzones de escudero con sucias medias, calzas de gamuza; cul
vesta una bordada ropilla de raso, cul una loba de curial; ste cubra
sus desnudas espaldas con un elegante ferreruelo, aquel iba encubierto
con un balandrn, el otro abrigado con un justillo estrecho, de
acuchilladas mangas; el de ms all en un tabardo de belludo: aquello
pareca una mascarada, y poda asegurarse que aquellos trajes eran los
despojos de los pasajeros del camino de Mxico  Veracruz.

En cuanto  las armas de aquellos hombres, era curioso observar que
haba entre ellos flechas y arcos de los aztecas, arcabuces y espadas de
los conquistadores, mazas, macanas, hondas, hachas, escopetas,
ballestas, puales, alabardas, y todo en el mayor desorden y en
extraordinaria confusin.

Al lado de un negro que llevaba marcialmente una gran lanza de caballero
al hombro y un carcax lleno de flechas con su arco  la espalda,
caminaba con gran desenfado otro que llevaba  la cintura pendiente de
un talabarte bordado, una macana, y en la mano un pesado arcabuz de
mecha: tambin aquel armamento pareca el producto de un saqueo parcial.

Aquella extraa tropa estara compuesta de ms de cien hombres, y  su
cabeza, con todo el aire de un general en jefe, caminaba un negro alto,
fornido, de abultadas y toscas facciones, que vesta con alguna ms
propiedad que los otros, y que estaba tambin mejor armado, pues
mostraba una luciente coraza de acero, cea un largo estoque y empuaba
una buena escopeta.

Trepando por aquellas escabrozas veredas y atravesando angostos y
peligrosos desfiladeros, lleg por fin la tropa  una espaciosa meseta
que coronaba una de las ms elevadas serranas.

All estaba situado un campamento de negros, era el cuartel general de
todos los esclavos que haban huido de la crueldad de sus amos buscando
la libertad que iban  defender con las armas y  costa de sus vidas.

La fuerza que llegaba haba sido vista desde muy lejos; todo el
campamento se haba movido, y hombres y mujeres se apresuraban 
recibirla.

Distinguase en medio de todos ellos  un negro anciano pero robusto, 
quien todos miraban con profundo respeto, y que pareca ser el patriarca
de aquella tribu errante.

Cuando los recin llegados penetraron al campamento, los soldados se
desbandaron sin esperar la orden de su jefe, y se mezclaron entre los
grupos de los que les aguardaban, y slo el que haba venido  la cabeza
se dirigi en busca del anciano.

--Buenos das, Francisco, dijo el anciano tendiendo al otro su mano con
aire paternal.

--Dios te guarde, padre Yanga, contest Francisco.

--Qu nuevas me trae mi hijo Francisco de la Matosa?

--Malas nuevas, padre Yanga, malas nuevas.

--Qu hay, pues? algunos hermanos nuestros han muerto?

--No, los blancos quieren nuestra muerte: ayer se me ha presentado un
hermano, que es tambin como yo, de Angola, ha salido de la Puebla y me
ha contado......

--Qu te ha contado?

--Que de Puebla viene una expedicin contra nosotros; mndala un capitn
vecino de aquella ciudad, llamdose Pedro Gonzlez de Herrera, y ha
salido el da veintiseis......

--Estamos  los treinta das, muy cerca debe venir ya.

--Tal creo, y por eso me he replegado,  fin de disponer todas las
tropas y prepararlas para el combate. Pedro Gonzlez de Herrera trae
cien soldados espaoles, cien aventureros, ciento cincuenta indios
flecheros, y cerca de doscientos ms entre mulatos, mestizos y espaoles
que se le han reunido de las estancias.

--Es decir, cosa de quinientos cincuenta hombres: mucha gente es en
verdad, y otros tantos no tenemos; pero no importa, Dios nos ayudar.
Por qu camino vienen?

--No han seguido ningn camino real, y se acercan extraviando veredas.
Hay vigilantes por todos lados?

--S, y es imposible que se acerquen sin ser sentidos...... All viene
corriendo uno; noticia debe traer.

--Sin duda la llegada del enemigo. Pon  tus gentes sobre las armas, y
yo voy al encuentro del vigilante......

El viejo sali  encontrar al que llegaba, y Francisco comenz 
disponer sus tropas.

El trabajo no era grande, y en un momento se formaron cuatrocientos
negros, todos armados.

Yanga volvi.

--Francisco, dijo, es preciso escribir  ese D. Pedro Gonzlez.

--Y para qu?--pregunt Francisco con extraeza.

--Para decirle que obedecemos  Dios y al rey, pero que queremos nuestra
libertad; que si nos la conceden, si no nos vuelven  nuestros amos
crueles, si nos dan un pueblo para nosotros, depondremos las armas; te
parece bien?

--S, contest Francisco. Y quin llevar esa carta?

--El espaol que tenemos prisionero.

Una hora despus sala del campamento de los negros un espaol que
llevaba una carta de Yanga, caudillo de los sublevados, al capitn D.
Pedro Gonzlez de Herrera.

El viejo Yanga era el espritu de aquella revolucin, que haba meditado
por espacio de treinta aos, y el negro Francisco de la Matosa era el
general de las armas, nombrado por Yanga.

Los negros estaban ya esperando la seal del combate.


III.

Las tropas del capitn D. Pedro Gonzlez de Herrera caminaron muchos
das, y acamparon  la orilla de un caudaloso ro y enfrente de las
posiciones que ocupaban los negros.

Esto aconteca el 21 de febrero de 1609.

Los dos campos enemigos podan observarse, y los dos pequeos ejrcitos
se preparaban para el combate, que indudablemente deba de darse al da
siguiente.

Los soldados de Gonzlez contaban en su abono con el nmero, la
disciplina y la buena calidad de su armamento.

Los de Yanga confiaban en lo fuerte de sus posiciones y en la justicia
de su causa.

Lleg la noche: poco  poco los contornos de los rboles y de las
montaas se fueron como desvaneciendo en el obscuro fondo del espacio, y
luego no fu todo aquello mas que una niebla densa y misteriosa, en
medio de la cual no se distingua otra cosa que la lejana luz de algunas
hogueras que parecan estrellas,  la vacilante claridad de algunas
estrellas que brillaban como las hogueras. Cielo y tierra se confundan
con sus sombras y con sus luces.

Entonces se pudo notar que en ambos campamentos se movan las tropas y
se disponan los combatientes.

Yanga y Francisco de la Matosa arreglaban la defensa.

D. Pedro Gonzlez de Herrera preparaba el asalto.

Los primeros albores de la maana daran sin duda la seal de acometida,
y Dios dara la victoria.

As pas toda la noche, y durante toda ella no hubo sin duda uno solo de
aquellos corazones (que ahora hace ya ms de dos siglos y medio que
dejaron de latir para siempre), que no estuviera conmovido con el
peligro del da siguiente.

Brill por fin la aurora, y las columnas de los asaltantes se pusieron
en marcha, en medio de un silencio sombro.

Don Pedro Gonzlez iba  la cabeza de todos, procurando animar  sus
soldados con su ejemplo; pero delante de l caminaba alegre y juguetn
un perrillo de uno de los soldados.

Aquel animal no conoca que todos aquellos hombres, y entre los cuales
iba su amo, caminaban al combate y  la muerte, y por eso jugueteaba
entre la maleza, ya adelantndose, ya volviendo ligero  encontrar  la
columna que segua avanzando sin descansar.

Don Pedro le miraba casi sin pensar en l; pero de repente observ que
el animal, que se haba adelantado mucho, se detena como espantado y
ladraba dando muestras de clera.

--Una emboscada!--grit D. Pedro comprendiendo lo que aquello
significaba.

--Una emboscada!--repitieron los que le seguan, y la columna se detuvo
repentinamente.

El capitn desnud su espada, afirmse el sombrero, y con robusta voz
grit, volvindose  su tropa:

--Santiago y cierra Espaa!  ellos!

--A ellos! repiti la columna, y todos comenzaron  trepar velozmente
por aquellos riscos, en direccin de la emboscada descubierta por el
perrillo.

Los negros conocieron que la emboscada no surtira ya efecto, y salieron
 cortar el paso.

Trabse entonces el combate, los mosqueteros comenzaron  disparar sus
armas sobre los negros, ganando siempre terreno, y los negros, haciendo
fuego  su vez sobre los asaltantes, con las pocas armas de fuego que
tenan, procuraban hacerlos hur  acabarles rodando en gran cantidad
peascos que para este objeto tenan ya preparados.

Pero nada contena el bro de los asaltantes, que trepaban y trepaban
ganando siempre terreno y lanzando  sus enemigos una verdadera lluvia
de balas, de piedras y de flechas.

Muchas horas dur el combate, y la suerte favoreca  los soldados de D.
Pedro Gonzlez, que al caer ya la tarde se apoderaron de las posiciones
de los negros, no sin dejar el camino que haban recorrido, sembrado de
cadveres y de heridos.

Yanga y los dems que le acompaaban, viendo que no era posible resistir
ms, huyeron para los bosques, no dejando en poder de sus enemigos ms
que algunos cadveres.

Aquello era un triunfo, pero un triunfo tan efmero como costoso. Los
negros que haban hudo volveran  hacerse fuertes en otro lugar, y
sera necesaria una nueva batalla, que no dara ms resultado que el que
sta haba dado: conquistar  fuerza de sangre una posicin que haba
necesidad de abandonar  poco tiempo, y con el temor de volverla 
encontrar defendida al da siguiente; y aquella era una campaa tan
penosa como estril en sus resultados: los negros haban perdido alguna
gente, pero en compensacin lo mismo haba sucedido  sus perseguidores:
la proporcin era perfecta.

Todo esto lo comprendi D. Pedro Gonzlez de Herrera, y quiso aprovechar
los momentos de la victoria y dar otro sesgo  la campaa.

Ofreci el indulto  Yanga y  los suyos: fijronse en los rboles por
todas partes cdulas con este ofrecimiento, colocronse en todas las
alturas banderas blancas, y al fin Yanga escribi al Virrey.

Propona una especie de convenio, en el que haba mucho de debilidad.

Protestaban no haber tenido intencin de faltar  Dios ni al rey, de
quien eran leales vasallos; se comprometan  entregar en lo sucesivo
todos los esclavos fugitivos  sus dueos, mediante una remuneracin, y
pedan un pueblo en que vivir con sus hijos y mujeres, y en el cual
recibiran al cura y al justicia que se les nombrase.

El Virrey accedi  todo y les concedi terrenos para formar el pueblo,
que se llam de San Lorenzo.


IV.

En el entretanto, en Mxico haba sido grande la alarma, y el Virrey,
para calmar los nimos, mand azotar pblicamente  algunos negros que
estaban presos por varios delitos.

Con esto pareci que todo haba concludo, y en efecto, en esa confianza
transcurrieron los aos hasta 1612.

En este intermedio D. Luis de Velasco el virrey, haba sido llamado 
Espaa para el desempeo de un puesto de gran importancia en la Corte:
le sucedi en el gobierno de la colonia el arzobispo de Mxico D. Fray
Garca Guerra; pero dur muy pocos meses, porque un da al subir  su
coche no pudo tomar bien el estribo, cay, y como era muy anciano, muri
de resultas del golpe.

Muerto el virrey-arzobispo, la Audiencia tom posesin del gobierno, y
el oidor decano Otalora se translad al palacio de los virreyes.

Apenas comenz  gobernar la Audiencia, cuando se volvi  hablar de la
sublevacin de los negros, y las gentes se aterrorizaron.

Mil noticias,  ms bien dicho, mil consejas  cual ms extravagantes
circulaban por la ciudad de Mxico y por las ciudades vecinas. El nombre
de Yanga y de Francisco de la Matosa pasaban de una  otra boca
pronunciados con espanto.

Quin aseguraba que en uno de los bosques del camino de Mxico 
Veracruz haba un campamento en el que se contaban los negros por
millares; quin deca que durante las fras noches de Febrero
misteriosas tropas rondaban alderredor de las ciudades como ejrcitos de
fantasmas evocados por un conjuro; algunos afirmaban que cuando todos
los habitantes de Mxico dorman, ellos, desde los terrados de sus
casas, haban visto en las montaas de los alrededores, hogueras que no
podan menos de ser contraseas, y haban escuchado los salvajes
aullidos de los negros _bozales_.

Todo esto se crey, y todo esto di margen  decir que los negros
esclavos, ayudados por los _bozales_, trataban de alzarse, y hasta se
fij como plazo para esta sublevacin el jueves de la Semana Santa.

La Audiencia gobernadora particip tambin de aquel temor, y comenzaron
entonces  dictarse medidas de seguridad que no producan ms efecto que
aumentar el miedo.

Como la sublevacin deba verificarse el Jueves Santo, se suspendieron
las procesiones y fiestas de la Semana Mayor, y en todos esos das  las
oraciones de la noche no se encontraba en las calles un solo transeunte.

Por casualidad, el Jueves Santo  media noche entr  Mxico una piara
de cerdos, y como todos los nimos estaban preocupados y esperando el
terrible acontecimiento, el primero que oy el gruido de aquellos
animales se figur que eran las voces de los negros que entraban  la
ciudad, y esparci la alarma, y aquella alarma fu tan grande y tan
espantoso el pnico que se apoder de todos los vecinos, que nadie se
atrevi  salir de su casa  cerciorarse de la verdad, hasta la maana
del da siguiente.

En estas zozobras se pasaron la Semana Santa y los das de Pascua[20].


V.

No puede saberse con segundad si la Audiencia descubri realmente alguna
conspiracin,  quiso con un ejemplar ruidoso calmar los nimos y
acobardar  los negros por si pensaban en rebelarse; lo cierto es que
apenas pas la Pascua, Mxico presenci una de las ms horrorosas
ejecuciones de que haya memoria.

Veintinueve negros y cuatro negras fueron ejecutados en el _mismo da y
hora_ en la plaza mayor de la ciudad.

El gento era inmenso; plaza y calles, balcones y azoteas, todo estaba
lleno, en todas partes haba espectadores, desde todas partes se
contemplaba aquella espantosa matanza.

La escena era capaz de hacer estremecer de horror al mismo Nern.

Aquellos hombres, y sobre todo aquellas mujeres que caminaban al
patbulo, casi moribundos, cubiertos de harapos,  encontrar la muerte
despus de una vida de esclavitud y sufrimiento; los confesores que 
grito herido encomendaban aquellas almas  la misericordia de Dios, una
multitud inmensa que se agitaba como un mar borrascoso, y sobre todas
aquellas cabezas treinta y tres horcas, de donde pendan media hora
despus treinta y tres cadveres.

La ejecucin haba terminado, pero la gente no se retiraba, y era que
an haba un segundo acto ms repugnante.

Los verdugos comenzaron  bajar los cadveres, y con una hacha 
cortarles las cabezas, que se fijaban en escarpias.

Se estaban castigando cadveres y derramando la descompuesta sangre de
los muertos.

Aquella escena era asquerosa.

Las treinta y tres cabezas se fijaron en escarpias en la plaza mayor de
la ciudad, ornato digno de la grandeza de la Audiencia gobernadora.

Mucho tiempo estuvieron all aquellos trofeos de civilizacin, hasta que
la Audiencia tuvo parte de que no era ya posible sufrir la fetidez, y
las mand quitar y que se enterraran.

As se sofoc aquella soada conspiracin, en el ao de 1612.

_Vicente Riva Palacio._




EL TUMULTO DE 1624


Pas al Virreinato del Per el Marqus de Guadalczar, y le sucedi en
el Gobierno de Mxico D. Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, Marqus
de Gelves y Conde de Priego, el cual lleg el 12 de septiembre de 1621.

El pas estaba infestado de bandidos, de manera que no se poda salir ni
 los caminos, ni andar en las ciudades pasadas ciertas horas de la
noche, sin ser atacado, robado y no pocas veces asesinado. Los frailes
de las diversas rdenes religiosas, poseedores de grandes bienes y
habiendo perdido las virtudes cristianas de que dieron ejemplo aos
antes los doce apstoles de las Indias y sus sucesores, se entregaban 
ruidosas cuestiones y  complicadas intrigas para obtener los puestos
elevados en los conventos, la justicia no estaba de lo mejor
administrada, y segn las pocas narraciones de esos tiempos hay lugar
para creer que el favoritismo y la venalidad, ms bien que las leyes,
decidan de los muchos y largos pleitos que en esa misma poca se
originaban entre espaoles, criollos  indgenas. El Marqus de Gelves,
enterado de la mala situacin de la Colonia  los pocos meses de
llegado, quiso violentamente corregir todos estos males y comenz 
ahorcar  los ladrones,  poner  raya  los Provinciales de los
conventos,  destituir  los empleados infieles,  intervenir,
ponindose del lado de los pobres, en las incuas sentencias de los
jueces, y aun  refrenar el poder inmenso que el clero haba adquirido
mezclndose en los negocios civiles y decidiendo sobre las reyertas y
cuestiones de las familias.

Al papel siempre peligroso de reformador, el Marqus de Gelves aadi
mucho de su carcter impetuoso y bravo y de su voluntad indomable; de
manera que por medio del despotismo y de la arbitrariedad quera
corregir los vicios que la arbitrariedad y el despotismo haban
entronizado, y esto produjo un choque terrible con la autoridad
eclesistica representada en el Arzobispo Don Juan Prez de la Serna que
haba venido desde el ao de 1613, y que se haba hecho de grande
prestigio no slo entre los eclesisticos, sino tambin entre el pueblo.

El Prelado, hombre tambin testarudo y aun poco escrupuloso, para elegir
los medios de menguar la autoridad del Virrey y dominarle, no dejaba
escapar la oportunidad de arrebatarle la popularidad que haba
adquirido con las reformas que hemos indicado. Pronto se present la
ocasin.

El Marqus de Gelves que no tena sin duda una idea fija sobre las obras
del desage, no slo mand suspenderlas, sino que para dar una prueba de
su inutilidad mand romper el dique que contena las aguas del ro de
_Acalhuacn_ (Cuautitln.) La estacin lluviosa fu benigna y pas sin
novedad y con gran contento del Virrey, pero repentinamente en el mes de
diciembre creci la laguna de Texcoco, se desbord sobre la ciudad y la
aneg completamente.

A esta calamidad sigui la de la caresta y aun escasez de maiz que
lleg  valer _cuarenta reales_, siendo su precio comn en esos tiempos
el de doce reales. Esto indispuso los nimos, y la exaltacin lleg  su
colmo cuando se supo que un caballero rico llamado Meja, amigo ntimo
del Virrey, haba monopolizado todo el maiz y el trigo y le venda 
precios exorbitantes sin que nadie pudiese competir con l. Malas
lenguas dijeron que el Marqus tena compaa con Meja y ambos se
haban embolsado grandes ganancias, obtenidas  costa del hambre y de la
miseria del pueblo. Todo esto lo explotaba perfectamente el clero, mal
avenido con el carcter tremendo del Virrey, y no era necesario mas que
un pequeo incidente para que estallase abierta y descaradamente la
guerra entre las dos autoridades.

No tard esto en suceder. Un personaje importante en esa poca, Don
Melchor Prez de Varaez, se hallaba procesado, y usando de los recursos
que entonces como ahora se usaban, recus  su juez. El Virrey le nombr
otro, y Varaez entonces se escap del convento de Santo Domingo, donde
estaba retrado. Sus jueces, ofendidos, decretaron el embargo de sus
bienes y papeles, le aprehendieron y le encerraron en una estrecha
celda, tapando las puertas con cal y canto y ponindole adems una
guardia de doce arcabuceros.

Varaez se di trazas de elevar un memorial al Arzobispo, reclamando la
intervencin eclesistica, y como el prelado no deseaba sino el momento
de ponerse frente  frente con el Virrey, otorg la proteccin al preso,
y de pronto excomulg  los arcabuceros que le custodiaban. El Virrey
ocurri al delegado del Papa en Puebla, y ste mand al Arzobispo que
levantase la excomunin. Este no obedeci, y el Virrey recab duras
providencias en contra del prelado. Tal fu el principio y origen del
terrible tumulto de 1624.

El Virrey lo que quera era que sin resistencia dominase la autoridad
civil, y estaba resuelto  emplear la fuerza y la violencia para
conseguirlo. El Arzobispo quera que la autoridad eclesistica dominase
sin contradiccin, y por su parte estaba resuelto  esgrimir todas las
armas de la Iglesia.

Un da, despus de muchos incidentes relativos al negocio de Varaez, y
que sera largo el referir, el Virrey mand llamar un clrigo, el cual,
con consentimiento del Arzobispo, vino el da siguiente acompaado de su
secretario.

Luego que los vi el Virrey, montado en clera pregunt:

--Quines sois vosotros, y qu queris?

--Soy el secretario de Su Ilustrsima, y esta otra persona es el
eclesistico que Su Seora ha mandado venir.

--Salid de aqu al momento, que si he llamado al clrigo, para nada
necesito al secretario, y no gusto de tener espas en mi palacio: salid
antes que...... y vos, clrigo, aguardad.

El secretario sali ms que de prisa y fu  referir al Arzobispo lo que
haba pasado. Eran las primeras horas de la maana. El clrigo se sent
en la antesala  esperar que le llamase el Virrey. Cerca de las ocho de
la noche el Virrey asom la cabeza por una puerta. Est todava ese
clrigo que mand llamar esta maana?--dijo  un ugier que haca la
guardia.

El clrigo se levant, rojo como una cereza, pero con apariencias de
resignacin se acerc al Virrey, el que le hizo seal, y ambos entraron
en el gabinete secreto.

--Me responderis como un cristiano y como un hombre honrado  todo lo
que os pregunte?--le dijo el Virrey con voz spera.

El clrigo, lleno de miedo, hizo un signo de asentimiento con la cabeza,
y entonces el Virrey le hizo multitud de preguntas difciles y
capciosas,  las que contest el eclesistico de la mejor manera que
pudo.

--Estis dispuesto  que todo esto se ponga por escrito bajo de vuestra
firma?--le dijo el Virrey.

El clrigo tuvo que revestirse de energa y le contest que por
miramiento y respeto haba satisfecho todas las interpelaciones, pero
que nada firmara sin licencia de su prelado.

--Por ltima vez no firmis?--pregunt colrico el de Gelves.

El clrigo, con voz medio trmula pero perceptible, dijo:

--No, no, seor; nada firmar.

--Armenteros!--grit el Virrey.

Don Diego de Armenteros, revestido de su cota de malla y con todas sus
armas, se present por la puerta del costado.

--Tomad un caballo, y con buena escolta y  buen recaudo mandad en el
acto  este clrigo insolente al castillo de San Juan de Ula, y all
que le encierren en una bartolina hasta que yo mande otra cosa.

El capitn Armenteros con una garra como de len cogi al clrigo del
brazo y le sac del gabinete.

--Otro tanto he de hacer con el Arzobispo, si se descuida, dijo entre
dientes el Marqus, mirando alejarse al clrigo y al oficial.

Al da siguiente el Arzobispo, por medio de un notario, mand reclamar 
su clrigo, manifestando al Virrey que haba incurrido en las censuras
de la bula de la Cena.

--Decidle al Arzobispo que mande por su clrigo  San Juan de Ula, y
que si quiere ahorrarse pasos se entienda con mi capitn Armenteros.

El Arzobispo, lleno de clera, trat con muchos prelados la manera de
aniquilar al Virrey con las armas espirituales, y el Virrey por su parte
reuni  varios letrados para consultar es si poda ser excomulgado. Los
Oidores respondieron que no haban meditado el caso, y el Virrey los
ech de la sala: otros letrados opinaron, que siendo el Virrey la imagen
del Rey, no poda ser excomulgado.

Pasaron algunos das. El 8 de diciembre de 1624, solemnidad de la
Pursima, hubo gran festividad en la catedral. El Santsimo estaba
descubierto, la misa era cantada y un grueso religioso comenzaba el
sermn, cuando el escribano Tobar, saltando sobre la multitud de devotos
que haba en la iglesia, subi al altar mayor  notificar un auto del
Virrey al Arzobispo. Este resisti, los fieles se alborotaron, el padre
predicador no pudo continuar, y la misa acab  toda prisa. Figrese el
lector el escndalo que habra en los tiempos de que vamos hablando.

El Virrey, observando que en nada ceda el Arzobispo, acudi al juez
legado de Puebla, y ste comision  un clrigo, sacristn de monjas,
atrevido y resuelto, que vino  Mxico, y empez  ejecutar todas las
rdenes del Virrey, comenzando por entrar al Arzobispado, echar  todos
los familiares y clrigos y embargar los bienes y muebles que encontr.

El Arzobispo mand tocar _entredicho_, y el son pausado y grave de las
campanas llenaba de terror  los habitantes de la ciudad, anuncindoles
la discordia entre el Prncipe de la Iglesia y el representante de S. M.
el Rey de Espaa.

Las campanas no detuvieron ni un momento al padre sacristn, y antes
bien di  sus providencias un carcter ms enrgico. El Arzobispo,
mirando sus muebles en manos extraas, sus habitaciones cerradas y
selladas, y casi echado de su palacio, se hizo conducir en una silla de
manos ante la Audiencia, y all signific  los Oidores que no se
movera hasta obtener justicia.

Los Oidores dejaron slo en el saln al Arzobispo y se dirigieron 
contar el caso al Virrey, volviendo al cabo de tres  cuatro horas un
escribano llamado Osorio, con este recado:

--El Sr. Virrey me manda decir  Su Ilustrsima que se vuelva
inmediatamente al Palacio Arzobispal, desde donde podr pedir justicia;
y si esto no hace, le notifique que incurre en una multa de cuatro mil
ducados, y saldr adems desterrado del reino.

El Arzobispo contest al escribano que no reconoca superioridad en el
Virrey, y que no haba de obedecer ni sujetarse  tan atroz tirana, y
que no volvera  su palacio por no sufrir los ultrajes del sacristn
poblano.

El Virrey esperaba impaciente la respuesta, y luego que hubo escuchado
la que le trasmiti el mismo escribano Osorio, grit con voz de trueno:

--Armenteros!!

Don Diego Armenteros se present por la puerta del costado armado hasta
los dientes.

--En esta vez, vos mismo con una partida de arcabuceros os apoderaris,
de grado  por fuerza, del Arzobispo Don Juan Prez de la Serna, y lo
llevaris  San Juan de Ula  que haga compaa al clrigo insolente.

--Le llevar  pie,  caballo  en coche?--pregunt Armenteros.

--A pie, como se pueda, en una mula, de cualquiera manera, con tal que
demos una muestra terrible en este pas desorganizado, del respeto que
se debe  la autoridad; pero no...... no deseo que vaya  morirse......
Disponed mi coche de camino y partid en el acto.

Armenteros, en momentos, mand disponer el coche y la escolta de
arcabuceros, y acompaado del Lic. Terrones, alcalde del crmen, del
alguacil mayor Martn de Zavala y del teniente Perea, se dirigi  la
sala de la Audiencia, donde el Arzobispo, sentado en su silla de manos,
esperaba todava que le hicieran justicia los Oidores.

--Es desagradable, le dijo Terrones, tener que ejecutar providencias tan
duras; pero Su Ilustrsima deber salir en este momento para San Juan de
Ula, escoltado por el valiente capitn Armenteros.

--Espero que se me concedern dos  tres das para...... pues......
porque......

El Arzobispo se ahogaba de la clera.

--Ni una hora, contest Terrones.

--Al menos me ser permitido mandar por mi desayuno, pues el estmago
y...... mis males, murmur el Arzobispo.

--Ni un minuto, interrumpi Armenteros. El coche est ya listo y los
caballos de la escolta impacientes.

--Ni un segundo, aadi el teniente Perea, y tomando bruscamente por el
brazo al prelado, le hizo bajar las escaleras, y cinco minutos despus
un coche  escape, envuelto en una nube de polvo y seguido de doce
feroces y corpulentos arcabuceros, atravesaba las calles de la ciudad y
conduca  su destierro al ms temible y poderoso seor de Tenoxtitln.

       *       *       *       *       *

Los partidarios y amigos del Arzobispo tuvieron modo de enviarle recados
y cartas, manifestndole que lo que importaba era ganar tiempo y
demorarse mucho en el camino; lo cual fcilmente logr con pretexto de
sus enfermedades y tratando con la mayor dulzura  Armenteros, que era
un soldado brusco, pero en el fondo buen hombre.

La Audiencia entretanto, atemorizada, anul el auto del Virrey, el cual
en el momento que lo supo mand prender y poner incomunicados en el
calabozo  los Oidores,  los relatores y  los dems dependientes del
tribunal, y envi un correo con instrucciones  Armenteros para que
envolviese al Arzobispo en un colchn  en un petate, supuesto que
estaba enfermo, y en una mula, como si fuese un fardo le sacase
violentamente de los lmites del arzobispado.

En San Juan Teotihuacn se recibieron todas estas noticias la noche del
14 de enero, y las que comunicaron sus partidarios  Don Juan Prez de
la Serna eran ms pormenorizadas  importantes; de manera que se
resolvi  dar  su vez un golpe terrible y  jugar el todo por el todo.
En la misma noche provey y despach  Mxico dos edictos. Uno de ellos
excomulgaba al Virrey, y el segundo intimaba la cesacin _ divinis_.

En la maana temprano y mientras Armenteros se ocupaba en organizar la
marcha y procurarse caballos y tiros de remuda para que su viaje fuese
tan acelerado como el Virrey se lo haba ordenado, el Arzobispo logr
escabullirse y entrar  la iglesia de San Francisco. All revisti los
atavos pontificales, coloc al Divinsimo Sacramento en una custodia de
oro y pedrera, que tom en sus manos, y se puso en actitud resuelta en
el altar mayor.

Armenteros busc  su prisionero para acompaarle  que subiera al
coche; pero en vez de encontrarle, le informaron que estaba en la
iglesia decidido  desobedecer la autoridad del Virrey.

El capitn, que era de genio atrabiliario y de fuertes mpetus, desnud
la espada, y echando un terrible juramento se meti como un furioso al
templo, resuelto  atravesar de parte  parte al prelado, y en efecto
lleg hasta las gradas del altar mayor; pero la actitud imponente del
Arzobispo, su semblante sereno, aunque resuelto, y el temor y el respeto
que le inspiraba el Sacramento encerrado en el resplandeciente relicario
de oro, hicieron tal impresin en su nimo, que baj lentamente la
espada que tena dirigida al pecho de su prisionero, y cay de rodillas
suplicndole que encerrase la Hostia Sagrada en su tabernculo, que de
buen grado le siguiese, y que no comprometiese sus deberes de soldado,
que tena forzosamente que cumplir.

El Arzobispo se mantuvo firme en la idea de no dejarse arrancar sino por
la fuerza del altar, y alguno de los documentos antiguos dice que
permaneci cincuenta horas con la custodia en las manos. Como la gente
del pueblo, y especialmente los indgenas, comenzaron  dar muestras de
disgusto tomando decididamente el partido del Arzobispo, el capitn no
se hall bastante fuerte con sus pocos arcabuceros para hacer frente 
un motn popular, despach un correo  Mxico y prometi al prelado que
con tal que sosegase  la gente, l mismo se interesara para que el
Virrey le mandase volver  la capital en vez de continuar rumbo 
Veracruz.

       *       *       *       *       *

El 15 de febrero de 1624 fu uno de los ms notables y terribles de que
hay memoria en los anales de la colonia. El provisor Don Jos Portillo,
muy de maana comenz  cumplir punto por punto el edicto del Arzobispo.

Los muchos fieles y buenos cristianos que haba entonces extraaron el
toque de alba; pero creyeron que el sueo les haba vencido  el diablo
les haba hecho algo sordos. Dirigironse  misa y encontraron una
iglesia cerrada, y otra y otra, recorriendo as la ciudad llena de
templos, todos mudos y clausurados, como si ese mismo da hubiese
acabado la religin de Jesucristo. Los sacristanes apenas asomaban la
cabeza por el cuadrante y decan  los conocidos palabras alarmantes y
misteriosas; algunos clrigos y frailes con algo que llevaban oculto
bajo de los hbitos atravesaban rpidamente las calles, las campanas
continuaban guardando un obstinado silencio. La alarma de los cristianos
creca por momentos, y pronto se propag la noticia de que el Virrey
estaba excomulgado y fijada la tablilla con el anatema terrible, en la
puerta misma de la catedral.

La gente se agolp  leer la excomunin, y las mujeres pedan con gritos
y lamentos que se abrieran las puertas del templo. En estos momentos el
escribano Osorio que tanta parte haba tomado en los acontecimientos,
atravesaba la plaza mayor en su coche, seguido de algunos negros
esclavos, y  ese mismo tiempo pasaban unos muchachos que venan del
mercado con unas grandes canastas de verdura en la cabeza, y habindole
reconocido le gritaron _muera el hereje! muera el excomulgado!_ grito
que fu repetido por la multitud que ya llenaba la plaza, y que saba ya
lo que pasaba. Los esclavos de Osorio quisieron dispersar  los
muchachos, y stos pusieron en el suelo las canastas y comenzaron 
tirar rbanos, zapotes y manzanas  la cara de los negros. Las dems
gentes tomaron parte, la guardia del palacio sali con el sargento mayor
 la cabeza, y entonces los amotinados, que ya eran muchos, acudieron al
costado de la catedral, que estaba en obra, y apoderndose de gruesas
piedras y guijarros hacan una descarga tan cerrada sobre el coche de
Osorio y sobre los soldados, que stos tuvieron que retirarse ms que de
prisa, refugindose en el palacio y cerrando las puertas.

El Virrey, furioso de clera, revisti su armadura, empu su espada y
quiso salir  castigar  los insolentes, pero le contuvo el almirante
Cevallos que estaba  su lado y era hombre de prudencia y de juicio.

--Bueno, no saldr en este momento, pero voto  Dios! que he de
castigar  todos estos malvados y rebeldes, y he de poner ms horcas que
rboles hay en la montaa.

Esto diciendo sali  la azotea con un clarn que comenz  dar toques
que llamaban entonces _rebato_. La alarma se difundi por toda la parte
de la ciudad que haba permanecido quieta y que ignoraba los ltimos
acontecimientos, y pronto se vi la plaza y las avenidas principales
llenas de gente que secundaba los gritos de _Muera el hereje, abajo el
luterano, viva la fe de Jesucristo y viva la Iglesia._ Al toque
siniestro del clarn, que quiz no haba sonado de esa manera desde los
das de la conquista, acudieron al Palacio las autoridades, los
empleados y una gran parte de la nobleza mexicana, y todos suplicaron al
Marqus, especialmente el Oidor Cisneros, que se hinc de rodillas, que
levantase el destierro al Arzobispo y lo trajese  Mxico, con lo cual
todo quedara sosegado. El Virrey accedi, aunque con visible
repugnancia, y el inquisidor mayor sali de Palacio con un papel que
contena el perdn para todos los amotinados, y la orden de volver  su
palacio al temible Don Juan Prez de la Serna,  quien hemos dejado en
la iglesia de Teotihuacn, escudado con la resplandeciente y sagrada
custodia.

Con esto habra terminado el motn, pero ni los sublevados se fiaban del
Virrey ni ste de ellos, as que permanecieron no slo en una actitud
hostil, sino haciendo cada fuerza sus preparativos para volver  la
lucha.

El pueblo continuaba agitado, vociferando y jurando en la plaza y en las
calles, exigiendo que la audiencia reasumiera el gobierno, que las
iglesias se abrieran y que se diese libertad  los presos de la crcel
pblica; el Virrey, que  nada de esto poda acceder, mand traer
algunos quintales de plvora de un depsito que estaba  media legua de
la ciudad, sac un suficiente nmero de arcabuces de la armera de
Palacio, arm  los criados y dependientes que pudo reunir, y  la
cabeza de esta tropa subi  la azotea, y desde all intim sumisin y
obediencia  los conjurados. Estos, en vez de obedecer, contestaron su
amonestacin con _silbidos_ y _mueras_, y comenzaron  tirar pedradas 
los balcones. El Virrey, enfurecido, mand hacer fuego  la tropa y ms
de cien personas cayeron muertas  heridas en la plaza mayor.

       *       *       *       *       *

El Marqus del Valle y el Marqus de Villa Mayor haban hecho grandes
esfuerzos por apaciguar la sedicin, y como un medio de conseguirlo
ofrecieron que iran  encontrar al Arzobispo,  darle parte de que
estaba en libertad y  suplicarle que influyese en calmar las pasiones,
ya bastante irritadas. Provistos estos dos personajes de excelentes
caballos y de resueltos criados, atravesaron sin obstculo la multitud
reunida en las calles, y  galope tendido se dirigieron rumbo  San Juan
Teotihuacn. En el camino encontraron ya al prelado de regreso, habiendo
recibido la orden por conducto del alcalde Terrones, pero ya no era el
intrpido Armenteros y los arcabuceros los que tenan preso al
Arzobispo, sino el Arzobispo quien los traa no slo presos sino
anonadados de susto y de vergenza. Armenteros se morda los labios y
casi se arrepenta de no haber sacado por el pescuezo al orgulloso
pastor de la Iglesia.

Los pueblos todos del camino desde Mxico hasta S. Juan se haban
levantado, como se dice vulgarmente, y en tropel corran  arrojarse 
las plantas del Arzobispo implorando su bendicin y besando sus manos y
el extremo de las ropas, como si fuese un santo mrtir. A cada momento
era necesario que la comitiva se detuviese y que Don Juan Prez de la
Serna persuadiese al pueblo que Armenteros era su amigo y que los
arcabuceros no tenan ya ms objeto sino tributarle los honores debidos
 su clase. De otra suerte habran todos perecido hechos mil pedazos.

Luego que se supo en la ciudad la proximidad del Arzobispo, un concurso
inmenso compuesto de las seoras y caballeros principales y de multitud
de personas, sali con hachones  esperarlo  la Villa de Guadalupe,
donde lleg  las once de la noche. A cosa de las doce lleg  la
Capital, y todas las ventanas y balcones estaban abiertos  iluminados,
las campanas se soltaron con un repique general  vuelo, cohetes y
bombas estallaban en los aires, y el populacho entusiasmado y tal vez
embriagado, gritaba vivas  la religin, y los clrigos y todos se
estrujaban y se lastimaban con tal de llegar lo ms cerca posible del
Arzobispo para recibir su bendicin.

       *       *       *       *       *

Mientras que los marqueses, despus de haber hecho esfuerzos por apagar
el fuego que comenzaba en las puertas del Palacio, corran en busca de
Don Juan Prez de la Serna, y ste lenta y pacficamente regresaba de la
manera que hemos explicado en el prrafo precedente, el tumulto se
desarroll en la ciudad de una manera terrible. El clamor de los heridos
que cayeron vctimas de las balas disparadas por el Virrey, y la vista
de los cadveres inanimados y sangrientos, despert en el pueblo un
furor hasta entonces desconocido, y los clrigos desarrollaron en ese
momento oportuno toda la vasta trama de la conspiracin, que no cabe
duda haban tejido desde pocos meses despus de la llegada del Marqus
de Gelves.

En menos de dos horas, el populacho, que no tena ms armas que las
piedras de la obra de la catedral, reapareci imponente en la plaza,
provisto de arcabuces y trabucos, y comenz una accin entre el Marqus
subido con sus hombres en la azotea del Palacio y el pueblo aglomerado
en la plaza, atronando los aires con una vocera infernal, de la que
formaban el tiple los infinitos muchachos que tomaron parte en esta
refriega.

El gran recurso del Marqus era el clarn, con cuyos toques de guerra
esperaba el auxilio de algunos piquetes de caballera; pero se sec la
garganta del trompetero antes que ninguna fuerza se acercase  dar
auxilio al Palacio, que estaba ya completamente sitiado.

El Virrey recurri entonces al expediente supremo, que fu enarbolar la
bandera real, y contra la cual nadie se atrevera, y en efecto, en
cuanto vieron ondear en el balcn principal el glorioso y temible
estandarte de Castilla, cesaron las pedradas y el fuego de los
arcabuces.

--Bien, muy bien, voto  Dios!--exclam el Marqus luego que vi la
actitud respetuosa del pueblo;--no se atrevern  atacar la bandera del
Rey, y entretanto tendremos la caballera que debe estar cerca, 
llegar Armenteros, que con sola su lanza dispersara  toda esta
canalla.

Ya hemos visto que Armenteros vena realmente en el camino como
prisionero del Arzobispo.

La inaccin y el respeto del pueblo no se escap  un clrigo que
diriga desde los portales el movimiento de las masas que atacaban el
Palacio, y crey que todo lo avanzado se perdera.

En un momento, y seguido de varios conjurados de una ms alta categora,
entr  la catedral y sacaron  poco una grande escalera que aplicaron
al balcn principal. El clrigo tom en la mano un pequeo Crucifijo, y
gritando vivas  la religin, comenz con admiracin de todos  subir
los escalones.

El Marqus, que en el acto adivin el intento, grit con voz terrible:

--Fuego! fuego al clrigo, que se atreve  asaltar el Palacio del Rey!

El clrigo no se intimid y continu subiendo.

Los arcabuceros del Marqus apuntaron al clrigo.

El clrigo sigui subiendo, agarrndose con una mano de los escalones y
con la otra presentando cada vez que poda el Crucifijo.

--Fuego, soldados!--grit de nuevo el Virrey.

Los soldados no se atrevieron  tirar, y el clrigo subi hasta el
balcn y arranc la bandera de Castilla y descendi con ella cayendo en
brazos de la multitud.

El tumulto lleg en ese momento  su apogeo. Grandes partidas de
conjurados desembocaron por las calles principales, acaudilladas por
frailes  clrigos, que en una mano tenan un arcabuz  una espada y en
la otra un Crucifijo, y alentaban  la multitud al asalto. Gruesas
piedras iban  estrellar con estrpito las vidrieras y puertas de los
balcones, y con fuertes vigas tomadas de la obra de la catedral,
trataban de romper las puertas del Palacio. Los frailes, con una voz de
estentor, alentaban  los combatientes y gritaban: _muera el Luterano!
muera el hereje, y viva la religin de Jesucristo!_

Los nicos frailes que en nada se mezclaron fueron los de la Merced. Ni
suspendieron las ceremonias el da que se fij la excomunin, ni
quisieron acaudillar ninguna de las numerosas partidas de revoltosos;
cerraron en el momento del tumulto las puertas del convento, y
aguardaron, provistos de algunas armas y con una despensa bien surtida,
el resultado de esta ruidosa cuestin.

Las puertas de Palacio no cedan  los golpes de las vigas y piedras, y
entonces una voz grit: _fuego al Palacio_, y todas las voces
repitieron este eco siniestro, y las campanas de las iglesias, hasta
entonces mudas, comenzaron  tocar  rebato. El ms horrible frenes se
apoder de la multitud, y mil hachas de brea encendidas y chispeantes
fueron aplicadas  las puertas, que pocos momentos despus crujieron,
comenzaron  arrojar columnas de humo y lanzaron por fin una llama
rojiza que fu saludada con jbilo por la multitud.

El marqus de Gelves, lejos de acobardarse ni dar muestras de debilidad,
echaba rayos por sus ojos.

--Miserables cobardes, que no habis arrojado  balazos  ese infame
clrigo! Aqu hemos de morir quemados todos antes de sucumbir, y el
primero que d muestras de ceder, le traspasar con mi espada.

Los soldados, aterrorizados con el aspecto decidido y terrible de
Gelves, comenzaron  hacer fuego sobre toda la multitud, que asaltaba el
Palacio sin respetar ni  los frailes ni al Crucifijo con que incitaban
al exterminio y  la matanza.

El incendio, animado con un viento que comenz  soplar, progresaba; las
puertas abran ya una boca de fuego y de humo, las campanas no cesaban
en sus toques fnebres, y la plebe rabiosa se ech dando gritos y
alaridos por las calles, asaltando, prendiendo fuego y saqueando las
casas de los que eran  suponan enemigos del Arzobispo.

El Marqus, firme y cada vez ms resuelto, defenda palmo  palmo el
terreno, pues los asaltantes haban penetrado en los patios y rompan y
forzaban puertas para llegar adonde estaba el hereje y arrojarle  las
llamas.

El clrigo Salazar, que era seguramente el director de toda la
conjuracin, con un arcabuz hacia fuego, y se le encontraba por todas
partes guiando  los incendiarios. El fuego llegaba  la prisin, y los
criminales iban  perecer quemados. Salazar, que conoca una puerta que
comunicaba con el Palacio, corri  ella, exhort  los criminales para
que se libraran, y stos con la desesperacin que da el peligro,
hicieron pedazos la puerta, salieron  los patios de Palacio y se
dispersaron por todas las habitaciones, rompiendo muebles, robando
alhajas y destrozando cuanto encontraban.

El Marqus de Gelves, ya sin soldados porque muchos se haban fugado,
sin parque construido, con un depsito de plvora cercano y sobre el
cual volaban las chispas, lleno de humo y de polvo, y con el tronco de
su espada en la mano, desafiaba impvido al incendio,  los criminales y
al Arzobispo, y no haba medio de arrancarle del puesto del peligro.
Probablemente el almirante Cevallos, que le acompa en esta funesta
jornada, le arranc de aquel sitio donde no haba ni triunfo que
esperar, ni gloria que recoger, y ambos, embozados, salieron por la
puerta excusada, y sin que, como buenos castellanos, les diese un latido
ms su corazn, atravesaron aquella furiosa y frentica multitud y se
dirigieron al convento de San Francisco, donde el Virrey permaneci
retrado hasta que sali para Espaa.

_Manuel Payno._




DON JUAN MANUEL

............Pues oid:
    Cierta noche apareci
    Muerto de herida cruel,
    Don Fernando Pimentel
    En la calle.--Quin le hiri?

    RODRIGUEZ GALVAN.--_El Privado del Virrey._


Hay en Mxico una calle formada de los ms altos y suntuosos edificios,
y donde hace aos vive gente comerciante, acaudalada y principal.
Colocada en lo ms poblado, en lo ms cntrico de la gran ciudad, es una
calle que podramos llamar aristocrtica. Sin embargo, de da tiene un
aspecto triste y de noche lgubre. Los grandes zaguanes de maderas
antiguas y labradas parecen las entradas de unos castillos: en lo alto
de las paredes de los edificios se proyectan las sombras y los
alternados reflejos de los faroles de una manera singular, y parece que
de las cornisas churriguerescas de los balcones se desprenden algunos
fantasmas que tan pronto se incrustan y se esconden en los zaguanes, y
tan pronto toman formas colosales y se suben  las cornisas de las
azoteas y all se asoman y ren y muestran unos semblantes deformes y
fantsticos  los que pasan.

As se present  mi imaginacin una noche oscura, ventosa y fra, la
calle de Don Juan Manuel, una noche que se mora un amigo querido y que
tuve que correr en busca de un virtuoso clrigo para que le echara la
ltima bendicin que el hombre cristiano apetece el da que parte para
siempre de la vida.

Esa noche soplaban por intervalos unas rfagas del viento helado de los
volcanes, caan repentinamente algunas gruesas gotas de lluvia, que el
aire arrebataba y azotaba contra las vidrieras oscuras de los balcones,
no haba ms que un perro negro, flaco y macilento que roa los restos
de un hueso arrojado por algn sirviente; las luces de aceite ms bien
daban sombras que luz, y la llama rojiza y pequea temblaba siniestra en
la alcuza negruzca de lata. El sereno dorma en la esquina arrebujado en
su capotn azul, y el eco de mis pisadas en las losas de la acera se
repercuta en toda la extensin de esa lgubre  la vez que majestuosa
calle, y turbaba el silencio que tambin se interrumpa de vez en cuando
con el graznido de alguna ave nocturna. Llegu en casa del sacerdote,
que era un hombre blanco con la venerable aurola de las
canas............

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

En el ao de 1636 en que colocamos nuestra narracin, la calle de Don
Juan Manuel no se hallaba como ahora la encontrarn los viajeros. Mxico
estaba ya como quien dice trazado y formado; pero las calles, con pocas
excepciones, no estaban completas. Haba grandes y buenos edificios
junto de otros de un solo piso y de una pobre y defectuosa construccin;
otras casas tenan una grande y alta cerca que cubra las huertas 
jardines, y en otras, como en la de Celada, que es hoy San Bernardo, y
la de que hablamos, haba muchos solares intercalados entre las casas y
con una cerca de espinos secos, de adobes  madera. El propietario de
los solares y casas de ese rumbo era un caballero llamado Don Juan
Manuel.

Era un personaje por todos captulos rodeado de misterios y de sombras
que no dejaban nunca verle en toda la verdadera realidad. Entraba de
noche al palacio del Virrey, embozado hasta los ojos en una larga capa
negra, y permaneca varias horas conversando. Nadie le vea salir, y
algunos que por curiosidad le observaban al entrar, decan que antes de
tocar la puerta excusada de palacio, Don Juan Manuel se desembozaba, se
persignaba tres veces, sacaba un estoque con puon de plata, le
reconoca, examinaba la punta y le volva  meter en la vaina. Los que
alguna vez vieron esto, teman que el Virrey amaneciese algn da
asesinado en su cama.

Don Juan Manuel era hombre muy caritativo. Se contaba que una vez haba
ido  verle una viuda pobre que tena dos nias doncellas, muy jvenes y
bellas. Don Juan Manuel regal cinco mil pesos  cada muchacha, y jams
quiso ni conocerlas.

Don Juan Manuel era celoso, y se deca que su esposa era una dama
principal y de una rara hermosura; pero nadie la haba visto, pues
permaneca encerrada en su casa, y sala nicamente  misa  las cinco
de la maana cubierta con un mantn de lana negro. Nadie visitaba la
casa, y slo el confesor entraba de vez en cuando  tomar chocolate
despus de la misa.

Don Juan Manuel era valiente. Una noche le acometieron seis bandidos con
puales. El sac la tizona, se coloc de espaldas contra un zagun y no
dej acercarse  ninguno de ellos hasta que por la esquina asom una
ronda que observ despus los rastros de sangre, pues los cinco
agresores haban sido heridos por el bravo caballero.

Don Juan Manuel era hombre no slo virtuoso sino hasta santo, porque
confesaba y comulgaba cada ocho das, se daba disciplina todas las
noches en la Iglesia ms cercana, socorra  muchos pobres, asista 
las festividades de la Vrgen, y costeaba velas de cera y lmparas que
ardan da y noche en los templos.

Todo esto decan de Don Juan Manuel, pero en verdad era un hombre
misterioso, y se poda asegurar que todos le conocan y ninguno le
conoca realmente, porque si se preguntaba por sus seas, unos lo
describan de alta estatura, muy derecho y arrogante, de fisonoma
plida y casi cetrina, con espesa barba negra y ojos centellantes
pequeos y hundidos; otros, por el contrario, aseguraban que era de
estatura regular, de semblante apacible y caritativo, de ojos expresivos
y llenos de dulzura, y con solo un corto bigote. Tampoco estaban todos
conformes en cuanto  su traje, aadiendo los mejor informados que
vesta siempre de negro, mientras otros le conocan riqusimos
ferreruelos; pero los ms convenan en que de noche se le encontraba por
las calles ms sombras, entrando y saliendo en casas de mala
apariencia, y envuelto en una luenga capa.

Estas eran lo que se llaman las hablillas del vulgo, que partiendo de un
fondo de verdad, poetisa  trastorna las cosas y las figuras, dndoles
el carcter raro, misterioso  indefinido que tanto halaga la
imaginacin humana, y de esto tienen orgen la mayor parte de las
leyendas y tradiciones de todos los pueblos.

Pas y pas el tiempo, y cada ao se aada alguna particularidad, algn
nuevo rasgo al carcter de Don Juan Manuel. Repentinamente el caballero
se di enteramente  la devocin, y de la devocin pas  una melancola
tan negra y tan profunda, que nada poda consolarle. Sus mejillas se
hundieron, alderredor de sus ojos apareci un crculo morado, y el color
de su semblante blanco y limpio, tornse en un amarillo opaco y
lustroso, que revelaba desde luego que estaba devorado no slo por una
enfermedad moral, sino por terribles padecimientos fsicos.

       *       *       *       *       *

Por algn tiempo Don Juan Manuel se encerr en su casa, y no se volvi 
hablar de l. Despus, en secreto, y con mil reservas, decan las viejas
y las beatas: Don Juan Manuel ha hecho pacto con el diablo, y se
santiguaban y ponan la cruz al enemigo malo. La verdad era tal vez que
Don Juan Manuel tena celos de su mujer, de quien estaba locamente
enamorado, y sin poder descubrir ni averiguar de una manera cierta quin
era el que le robaba su honra, estaba  punto de volverse loco de rabia
y desesperacin.

Una noche se encontr el cadver de un hombre asesinado; pero como
haba en esa poca una falta absoluta de vigilancia y de polica, no
haba alumbrado en la ciudad, y los bandidos abundaban, se atribuy 
ellos esta desgracia; sin embargo, llam la atencin el que se
encontrase en los bolsillos del vestido de la vctima bastante cantidad
de monedas.

A los ocho das, otro cadver tirado en las cercanas de la que hoy se
llama calle de Don Juan Manuel; al da siguiente otro, y despus
peridicamente otros y otros ms. La ciudad se llen de terror porque
algunos de los muertos pertenecan  familias conocidas y honradas de la
ciudad.

Inmediatamente el vulgo inquiri quin era el autor de estos crmenes.
Don Juan Manuel, seducido enteramente por el diablo y habindole
entregado su alma con tal de que le sealase al amante de su esposa,
sala todas las noches de su casa embozado hasta los ojos y con un
agudo pual desnudo en la mano. En el momento que en las cercanas
de la casa encontraba  alguno, los celos le cegaban y supona que
era ese alguno de los muchos que trataban de ofender  su honra, y le
preguntaba:--_qu horas son?_--Las once, contestaba inocentemente el
transeunte.--_Dichoso t que sabes la hora en que mueres_, responda Don
Juan Manuel, y al mismo tiempo le clavaba el pual en el corazn  en la
garganta, y dejndole ya muerto y nadando en su sangre, regresaba  su
casa, se oa el estruendo pavoroso de la pesada puerta que se cerraba, y
todo quedaba despus en las tinieblas y en el silencio. Las horas ms
crticas eran desde las once hasta las doce de la noche, y nadie, ni aun
para pedir los Santos Oleos, se aventuraba en las calles desde las ocho
en adelante,  no ser acompaados de dos  tres alguaciles. Sin embargo,
haba muchos que porque no crean en tan vulgares consejas  por
absoluta necesidad, transitaban por los dominios de Don Juan Manuel, y
era seguro que esa noche, sabiendo exactamente la hora, moran vctimas
del sanguinario furor que el demonio haba inspirado  este extrao
caballero.

El hecho era que los asesinatos se cometan con frecuencia, que los
cadveres se encontraban al da siguiente con todas sus ropas y prendas,
y que aunque en secreto y con reservas se sealaba  Don Juan Manuel
como al autor de estos crmenes; pero en lo visible no haba sino
pruebas en contrario. Don Juan Manuel, aunque triste y sombro como
hemos dicho, concurra  la misa, daba sus limosnas y visitaba como de
costumbre  su amigo el Virrey. Quin haba de atreverse  acusar  un
hombre acaudalado y respetable, ni qu pruebas podan presentarse; as,
todo el mundo callaba y cumpla con encerrarse en su casa desde que se
escuchaba el toque de nimas.

Haba en la calle de Don Juan Manuel (probablemente donde hoy se
encuentra la magnfica finca del Sr. Dozal) una casa de pobre apariencia
y que era propiedad de una beata que tendra sus cincuenta aos. Alguna
de las faltas de que es vctima la juventud cuando es demasiado confiada
en el otro sexo, hizo que la Madre Mariana, que as la llamaban, tomara
el hbito de beata y adems hiciese la promesa de rezar un nmero de
credos  la Preciosa Sangre, igual al da de cada mes, de modo que nunca
se acostaba antes de la media noche, y el da 25, por ejemplo, empleaba
ms de media hora en rezar los veinticinco credos que le tocaban. En la
calle oscura, sin empedrado, muda y completamente sola desde las ocho de
la noche, no se vea ms que una luz, como la de una sola y lejana
estrella en un cielo nebuloso. Era la luz que sala por un estrecho
postigo de la casa de la beata Mariana que encenda una lamparita
delante de una imgen de Jesucristo atado en la columna, y no cerraba el
postigo sino despus de haber acabado de rezar sus credos.

Las ms noches oa cerrarse con estruendo una puerta, y este ruido casi
 una misma hora le hizo ponerse en observacin hasta que se cercior
que era la puerta de la casa que habitaba Don Juan Manuel. Otra noche,
hacia el fin de un mes en que tena que rezar muchos credos y haba
permanecido de rodillas delante de la imagen, escuch un quejido. Apag
en el acto su lmpara, de puntillas se dirigi al postigo y asom la
cabeza con precaucin. Un hombre corri, y otro detrs de l le alcanz
casi en la misma puerta de la casa de Mariana y le di cuatro  cinco
pualadas. El hombre gimi dolorosamente y cay  poca distancia. El
asesino se alej de all, y  poco, en vez del estruendo de costumbre,
la beata oy que se abra suavemente una puerta y que un hombre embozado
entraba en ella. Era la casa de Don Juan Manuel, y no poda ser otro
sino el mismo Don Juan Manuel.

Mariana se acost llena de terror, y al da siguiente, ya que haban
levantado el cadver, fu  referir al confesor lo que haba pasado y le
di parte tambin de las vehementes sospechas que tena. El confesor
obtuvo una audiencia del Virrey y le cont el suceso, pero el Virrey se
ri, dijo al padre que todas eran consejas del vulgo y que no haba que
hablar ni que hacer caso de todo ello. Mariana haba, sin embargo,
referido algo  las beatas, y desde este suceso el terror se aument y
las apariciones fueron ya ms terribles.

Se refera que de los muchos escombros y andamios de la obra de la
catedral sala todos los viernes  las doce de la noche una procesin
de monges con unos largos sayales y unos capuchones negros que les
cubran la cara. Que las caras de esos monges eran unas calaveras 
medio descarnar, pues eran nada menos que todas las vctimas de Don Juan
Manuel que se levantaban de sus sepulcros. Esos cadveres revestidos del
hbito de los frailes, se dirigan en procesin por el cementerio de
Catedral con unos gruesos cirios en la mano y cantando con una voz que
parece sala del sepulcro, el oficio de difuntos. Llevaban cargado un
ataud vaco, llegaban  la calle de Don Juan Manuel y volvan con el
ataud, ya con un hombre atado de pies y manos. En el atrio de la
catedral haba una horca, elevaban en ella del pescuezo al hombre,
apagaban los cirios y cantaban el Miserere. Cada semana se repeta esto,
y los que por casualidad haban visto esta terrible procesin,
regresaban  su casa con fiebre y moran  pocos das.

       *       *       *       *       *

As o referir el cuento de Don Juan Manuel, en la edad de las ilusiones
y del mundo ideal de fantasmas, de espectros y de apariciones. Al calor
del fogn de la cocina omos cosas siempre maravillosas y nuevas, y nos
dormimos en el seno maternal, o soando en los prncipes generosos y las
magas lindas y benficas,  estremecindonos con los espectros y las
sombras de los avaros y de los malvados que brotan del sepulcro para
ejemplo y enseanza de los mortales.

El hecho cierto fu que Don Juan Manuel amaneci repentinamente
ahorcado, y que el pueblo tena razn, porque en el fondo haba una
historia terrible y verdadera.

       *       *       *       *       *

Pasaron muchos aos antes de que se supiera lo que haba de verdad en
todo lo que no pareca ms que un cuento, hasta que Don Jos Gmez de la
Cortina, literato distinguido y adems curioso indagador de todas
nuestras antiguas crnicas, public un escrito con el ttulo de la
_Calle de Don Juan Manuel_, en cuya primera parte refiere la leyenda
popular tal como se la cont su barbero, y que difiere en algunos puntos
de la que acaba de leerse. En cuanto  la parte exactamente histrica,
no habiendo encontrado ningn otro dato ni documento nuevo, copio la que
escribi el finado conde de la Cortina. Dice as:

Por los aos de 1623  1630 viva en Mxico un caballero espaol muy
principal, natural de Burgos, llamado D. Juan Manuel de Solrzano, que
haba venido  esta Amrica con la comitiva que trajo consigo el virrey
D. Diego Fernndez de Crdova, marqus de Guadalczar, y ya disfrutaba
de grandes bienes de fortuna y consideracin, cuando tom posesin del
virreinato de Nueva-Espaa D. Lope Daz de Armendriz, marqus de
Cadereyta. La privanza que logr D. Juan Manuel con este personaje fu
tanta que se le hicieron cargos de ella al virrey en la corte de Espaa,
y no contribuy poco  la ruidosa desgracia con que fueron recompensados
sus servicios. Hacia 1636 contrajo matrimonio D. Juan Manuel con D.
Mariana Laguna, hija nica de un rico minero de Zacatecas, cuya dote
aument considerablemente las riquezas de su esposo, y ambos consortes
pasaron  habitar una casa contigua al palacio del virrey. Esta
proximidad de habitaciones parece que estrech mucho ms las relaciones
amistosas que existan entre el marqus y D. Juan Manuel, llegando  tal
grado que pasaban juntos la mayor parte del da, aunque no sin graves
murmuraciones del pblico que no estaba acostumbrado  ver  los
virreyes visitar las casas de los particulares. Aumentse el desafecto
hacia el virrey, cuando se supo que daba  D. Juan Manuel la
administracin general de todos los ramos de real hacienda, y por
consiguiente la intervencin de las flotas que venan de la Pennsula; y
como en estos ramos siempre haba tenido gran parte la Audiencia, pronto
empezaron las quejas y representaciones al rey, pintando al marqus con
los colores ms odiosos, y amenazando con una revolucin ms violenta
que la que pocos aos antes haba angustiado  la Nueva-Espaa, en
tiempo del marqus de Gelves. Los resortes que el virrey puso en
movimiento debieron de ser muy poderosos, puesto que inutilizaron los
efectos de las cuantiosas sumas de dinero que envi  Madrid la
Audiencia, y consiguieron que Felipe IV aprobase la conducta del virrey
y confirmase  D. Juan Manuel en el goce de sus nuevas concesiones. Por
este tiempo lleg  Mxico la noticia de las victorias obtenidas en
Francia por el ejrcito espaol  las rdenes del prncipe de Saboya,
que penetr hasta la ciudad de Pontoise y puso en la mayor consternacion
 la capital de aquel reino. En el mismo buque que trajo estas nuevas,
plausibles entonces para los habitantes de Mxico, lleg  Veracruz una
seora espaola llamada D. Ana Porcel de Velasco, viuda de un oficial
superior de marina, de muy ilustre nacimiento y de singular hermosura, 
quien un encadenamiento de desgracias haba puesto en la necesidad de
venir  implorar el amparo del virrey, que en tiempos ms felices para
ella la haba distinguido en la corte, y aun le haba dedicado algunos
obsequios amorosos. Luego que el marqus supo la llegada de esa seora,
manifest  D. Juan Manuel el placer que tendra en alojarla en Mxico
de un modo correspondiente  su clase y al punto D. Juan, deseando
corresponder  esta confianza, ofreci sus servicios al Virrey, y no
slamente le cedi la casa que entonces habitaba, sino que coste con
esplndida profusin todos los gastos que hizo D. Ana en su viaje desde
Veracruz hasta la capital. Ignranse los acontecimientos que mediaron
desde esta poca hasta que se supieron en Mxico las noticias del
levantamiento de Catalua; pero segn se ve, sirvi este suceso de
pretexto  las autoridades de Mxico para ejercer terribles venganzas.
La Audiencia, que desde la revolucin del marqus de Gelves haba
permanecido contraria  los Virreyes, no fu la que menos se aprovech
de esta circunstancia, y  fuerza de buscar la ocasin de humillar al
Virrey y de perjudicar  Don Juan Manuel, debi de hallarla, puesto que
 fines del ao 1640 permaneca este preso en la crcel pblica, en
virtud de mandamiento del alcalde del crimen D. Francisco Vlez de
Pereira. D. Juan Manuel sufra tranquilamente su prisin, esperando un
cambio de fortuna, cuando supo que el mismo alcalde visitaba  su esposa
con ms frecuencia de la que exiga la urbanidad  el deseo de ser til.
Hallbase igualmente preso en la crcel, y por el mismo motivo un
caballero muy rico llamado D. Prudencio de Armendia, que haba sido
trado  Mxico desde Orizaba, en donde posea inmensos bienes, y en
donde el rigor de que haba usado al desempear varios cargos pblicos
le haba proporcionado la enemistad y el odio de todos los que aspiraban
 vivir sin freno y  costa de las turbulencias pblicas. Este sugeto
que era corresponsal de D. Juan Manuel, y de quien se haba valido este
ltimo para arreglar el viaje de D. Ana Porcel de Velasco, hall el
modo de facilitar  su amigo el medio de salir de la crcel y de poder
examinar por s mismo la conducta de su mujer. D. Juan Manuel sali
varias noches, y en una de ellas di muerte al alcalde D. Francisco
Vlez de Pereira, casi en los brazos de la adltera esposa. Fcilmente
pueden inferirse las consecuencias que debi tener este acontecimiento.
El Virrey dobl sus esfuerzos por salvar  D. Juan Manuel; la Audiencia
por su parte no se atreva  manifestar al pblico los pormenores del
delito, y ya empezaba  creerse que Don Juan Manuel saldra victorioso,
cuando repentinamente amaneci su cadver suspendido en la horca
pblica, un da del mes de Octubre de 1641; suceso digno de la sombra y
misteriosa poltica de aquellos tiempos...... La calle en que acaeci la
muerte del alcalde es la misma que hoy se llama de _D. Juan Manuel_,
tanto por vivir ste en ella, como por haber construdo la mayor parte
de las casas que la formaban; as es que entonces tena el nombre de
_calle Nueva_, y era una de las extremidades de la ciudad, pues
conclua el casero de aquel lado poco ms all del hospital de Jess.

--Qu reflexiones me inspira todo lo que acaba Ud. de referirme!--dijo
mi amigo lanzando un suspiro de aquellos que acostumbraba.

--Pues aun hay ms, le contest. Creo que la conducta de la mujer de D.
Juan Manuel era en cierto modo disculpable, porque,  lo que parece, su
debilidad fu el precio que puso el alcalde  la libertad de D.
Juan......

--Lo creo as, y vea Ud. la razn por que no se atrevieron los oidores 
quitarle la vida pblicamente...... Y luego era preciso inventar lo del
diablo, y lo de la horca, y hacrselo tragar al pobre pueblo...... Ah,
qu tiempos!!!

--Yo le aseguro  Ud. que desde hoy no vuelvo  entrar en mi casa sin
acordarme de D. Juan Manuel, y dar mil gracias  mi barbero.

--Pues yo desde hoy mirar esa calle con toda la veneracin que se debe
 un monumento que nos recuerda los progresos de la ilustracin del
siglo en que hemos nacido.

_Manuel Payno._




EL TAPADO


I.

El mes de mayo de 1683 fu de una gran agitacin en Mxico. La capital
de la colonia, de ordinario tan tranquila y pacfica, haba cambiado
repentinamente de situacin, y  la montona quietud de otros das haba
sucedido una especie de movimiento febril, una animacin extraordinaria
y una conmocin verdadera en todas las clases de la sociedad.

Era que los piratas haban desembarcado en la nueva Veracruz, y los
piratas eran enemigos terribles para las colonias espaolas.

Casi  mediados del siglo XVII se turb repentinamente la tranquila
posesin que tenan los espaoles en las islas del mar de las Antillas y
en las costas de la tierra firme; el comercio se interrumpi, y las
flotas que de la Amrica salan para Europa, cargadas de tesoros  ricas
mercancas, necesitaban ir custodiadas por navos de guerra, so pena de
caer en manos de los piratas, y aun esta prevencin fu intil algunas
veces, porque los piratas atacaron y vencieron  los almirantes
espaoles, como haban vencido  los gobernadores de las ciudades y de
las fortalezas.

El mar de las Antillas, el seno mexicano y el golfo de Darien estaban
constantemente cruzados por piratas, cuyas hazaas eran el asombro de
los marinos del rey de Espaa, y el dominio de aquellos mares perteneci
sucesivamente  Mansveld,  Juan Morgan,  Lelonois,  Juan Darien, 
Lorencillo,  Juan Chaquez,  Nicols de Agramont, hombres todos de un
valor, una audacia y una sagacidad sin ejemplo.

Los piratas no se contentaban con apresar los buques mercantes, atacaban
 los de guerra, y hacan desembarcos con el objeto de saquear ciudades
de importancia.

Casi siempre salieron triunfantes en sus empresas, y se hicieron
sucesivamente dueos de Puerto-Prncipe, de Maracaibo, de Porto-Bello,
de Veracruz, de Tampico y de otras ciudades de las islas y tierra firme.

Por esto se conmovi la poblacin de Mxico cuando el viernes 21 de mayo
de 1683,  las tres de la tarde, se public un bando en el que prevena
el Virrey que en el trmino de dos horas se presentaran  tomar las
armas todos los hombres que tuvieran desde quince hasta sesenta aos de
edad.

Las noticias de Veracruz no podan ser ms alarmantes; los piratas,
acaudillados, segn se deca, por Juan Chaquez y por el famoso mulato
Lorencillo, haban desembarcado en nmero de ocho mil hombres, y se
tema como seguro que se internasen en la tierra.

El Virrey y la Audiencia desplegaron entonces tanta energa y actividad,
que al da siguiente, es decir, el sbado 22, estaban ya formadas las
compaas de infantera y caballera, y salan para Veracruz con gente
armada los oidores D. Frutos Delgado y D. Martn de Sols.


II.

Sin embargo, en medio de la terrible alarma que produjeron en la ciudad
estas nuevas, corra una noticia entre el pueblo, que no dejaba de ser
de grande inters, sobre todo para el Virrey y para la Audiencia.

Esta noticia era que poco antes de la llegada de los piratas  Veracruz,
haba desembarcado all Don Antonio de Benavides, Marqus de San
Vicente, Mariscal de campo, castellano de Acapulco, etc., nombrado
visitador del reino por Su Majestad.

El Marqus de San Vicente se puso en marcha inmediatamente para Mxico,
y como en los pueblos de su trnsito eran conocidos sus ttulos y su
investidura de visitador,  porfa y en todas partes se le asista y
obsequiaba esplndidamente.

La colonia,  pesar de su aparente sumisin y fidelidad, aborreca  sus
opresores, y siempre los _criollos_, como llamaban los espaoles  los
mexicanos, vean con una especie de placer la aparicin de un visitador
que vena  residenciar  los seores que en nombre del rey mandaban en
la Nueva Espaa.

Los oidores y los virreyes reciban por su parte la noticia de la
llegada de un visitador como el anuncio de una calamidad, y mal
disimulaban en los festejos de su recepcin la ira y el despecho que
arda en sus corazones.

La venida, pues, de Don Antonio de Benavides caus grandsima impresin,
y ms de dos corazones latieron de placer y ms de un rostro palideci.

El vulgo coment  su modo, lo mismo que los oidores murmuraron  sus
solas; aqul se prepar  divertirse con la lucha que iban  emprender
sus amos, y stos se dispusieron  combatir y  poner en juego sus
intrigas.

Entretanto, segua armndose en Mxico gente para salir en busca de los
piratas  la Veracruz.

Haba ya batallones de espaoles, de criollos, de negros y de mulatos;
los soldados se haban filiado por _castas_ como se acostumbraba en
aquella poca, y se haban nombrado capitanes.

El conde de Santiago fu electo maestre de campo de aquel improvisado
ejrcito.

Despus de los oidores Delgado y Sols, el maestre de campo sali de la
ciudad llevando ms de dos mil hombres y cuatro carros de equipaje, y
por capitanes de sus compaas  Miguel de Vera, al mariscal de Castilla
Don Teobaldo de Gorraes, al tesorero de la casa de moneda Don Francisco
de Medina Picazo,  Domingo de Cantabrama,  Juan de Dios y  Domingo de
Larrea.

Pero estas tropas iban con demasiada lentitud para la actividad de los
piratas, y apenas se haban alejado dos  tres jornadas de Mxico,
cuando ya haba llegado  la capital la noticia del saqueo de Veracruz y
la retirada de Lorencillo.


III.

Casi al mismo tiempo que se supo en Mxico la retirada de los piratas,
se esparci la noticia de que por orden de la Audiencia haba sido preso
en Puebla el visitador D. Antonio de Benavides.

Qu causas haban movido  la Audiencia para dar este paso? todo el
mundo lo ignoraba y  todos causaba esto un verdadero asombro.

La prisin de un visitador era en aquellos tiempos un atentado grande,
un hecho tan escandaloso y de tan grave trascendencia, que se
consideraba como ahora entre nosotros puede considerarse un golpe de
Estado.

El visitador, investido con las facultades del soberano, representando
su persona, era sagrado, inviolable, y poner mano en l, equivala  un
sacrilegio, casi era un delito de lesa majestad.

El pblico comentaba as la prisin de D. Antonio de Benavides y haba
quienes muy por lo bajo murmuraban que el Virrey y la Audiencia
pretendan alzarse con el reino, y lo que era natural, unos se ponan
del lado de Benavides y otros ensalzaban las disposiciones del Virrey.

Ni unos ni otros tenan en qu fundarse; pero como en toda divisin
poltica, ms parte tenan los afectos que las razones.

La efervescencia pblica lleg  su colmo el viernes 4 de junio, porque
desde el medio da se supo que en aquella noche deba entrar D. Antonio
de Benavides  Mxico.

Tanto se haba hablado de Benavides, tan misteriosa haba sido su
conducta, y tan impenetrables la misin que traa y la causa de su
prisin, que la gente comenz  llamarle _el Tapado_, y este sobrenombre
se populariz tanto y con tanta rapidez, que la noche del da 4 de junio
multitud de curiosos se dirigan  las calles del Reloj, y entre todos
ellos no se oa hablar de otra cosa que del Tapado, que deba de llegar
en aquella misma noche.

Mucho se hizo esperar aquella entrada para la multitud que impaciente
aguardaba desde las oraciones de la noche, y sin embargo, nadie se
retiraba, y por el contrario ms y ms personas iban llegando all
atradas por la curiosidad; tanto inters causaba aquel personaje.

Por fin, despus de las nueve de la noche, como elctricamente circul
esta voz:

--Ah viene.

Las gentes se apiaban, los de la primera lnea luchaban por no perder
el puesto, los de atrs intentaban pasar adelante, todos abran
desmesuradamente los ojos, todos alargaban el cuello, todos se ponan
sobre la punta de los pies.

Diligencias intiles; nadie,  pesar de la claridad de la luna, pudo ver
otra cosa que un hombre embozado en una gran capa negra, que caminaba
montado en una mula y en medio de un grupo de alguaciles  caballo.

Ese hombre era el Tapado.


IV.

Don Antonio de Benavides fu encerrado en un calabozo, y el da 10 de
junio le tomaron su primera declaracin y se le consign  la sala del
crimen para que le juzgase.

En vano se procur obtener de l una contestacin que diese alguna luz
sobre sus antecedentes, sobre su misin, sobre el objeto que le traa 
la Nueva Espaa; los esfuerzos de los oidores se estrellaron contra la
fra reserva de aquel extrao y misterioso personaje,  quien no
arredraban ni los tormentos ni la muerte, y  quien no ablandaban
promesas ni ofrecimientos.

Con una serenidad increble, con una sangre fra que espantaba  sus
mismos jueces, Benavides contestaba  las preguntas, ya con una stira,
ya con una sonrisa de desprecio, ya con palabras duras que demostraban
que aquel hombre tena una energa salvaje y una voluntad indomable.

Entonces los oidores desesperaron y el Virrey tom cartas en el asunto,
y crey ser ms feliz en sus tentativas que la Audiencia.

Gobernaba entonces en Mxico el Excmo. Sr. D. Toms Antonio Manrquez de
la Cerda, marqus de la Laguna y conde de Paredes, vigsimo octavo
Virrey, y que haba tomado posesin del gobierno en 30 de noviembre de
1680, y  su prudencia y sabidura confiaron los oidores el desempeo de
una empresa en la que ellos haban comenzado con tan poco xito.

El viernes 11 de junio el Virrey baj al calabozo de Benavides y se
encerr con l.

Los pajes de S. E. y los caballeros que le acompaaban quedaron en la
puerta esperando el resultado de aquella conversacin.

La curiosidad de todos aquellos hombres era terrible, y hacanse all
comentarios  cual ms absurdos, y se cruzaban apuestas acerca del xito
que tendra la visita del Virrey al Tapado, y se acaloraban las
disputas, y los nimos se exaltaban fcilmente en la discusin, pero
nada de cierto poda decirse.

Entretanto, la conferencia se prolongaba, y los de afuera con el
pretexto de cuidar al Virrey comenzaron  tomarse algunas libertades que
ninguno desaprobaba, deseando, como todos estaban, saber algo.

El ms audaz se acerc cautelosamente  la puerta caminando sobre la
punta de los pies, quitse el sombrero, apoy sus manos sobre sus
rodillas, inclinse hacia adelante y aplic el odo  la cerradura,
teniendo en sus ojos esa mirada fija y perdida del hombre que
reconcentra toda su atencin para escuchar mejor.

Los dems guardaban el ms profundo silencio mirando vidamente el
rostro del que escuchaba y procurando adivinar por los movimientos de su
rostro sus sensaciones para inferir de all lo que estaba oyendo.

Pero aquel hombre permaneci inmvil por largo rato, y al fin se separ
de la puerta con el rostro sereno.

--Qu hay?--preguntronle todos en voz baja y casi simultneamente.

--Nada--contest moviendo la cabeza con cierta especie de
disgusto--nada, murmullos incomprensibles...... el aire que zumba......

De buena gana muchos habran abierto la puerta con cualquier pretexto y
entrado al calabozo, pero el respeto que tenan al Virrey no se los
permita.

Por fin, despus de cuatro horas aquella puerta se abri, y el marqus
de la Laguna, plido y sombro, sali del calabozo del Tapado.

Aquella conversacin deba haberle afectado profundamente, porque sin
hablar una sola palabra  los que le esperaban, con el entrecejo
tenazmente fruncido y con la frente hmeda de sudor, tom el camino de
sus habitaciones, atravesando la crcel y los corredores de palacio sin
contestar  los ceremoniosos saludos que le dirigan los que  su paso
le encontraban.

La curiosidad de sus acompaantes creci con la misteriosa conducta del
Virrey.

Qu haba pasado en aquella conferencia? Qu pudo decir el preso al
poderoso marqus de la Laguna, que tendi sobre su frente aquella nube
sombra?

Dios, el Virrey y el Tapado lo supieron no ms, y aquel fu siempre uno
de los impenetrables misterios en esta causa.

El Virrey se encerr en su estancia, y nadie le pudo hablar hasta el
siguiente da.

La Audiencia volvi  encargarse del Tapado.


V.

En aquellos tiempos desgraciados la confesin se arrancaba  los
acusados por medio del tormento, y como los oidores nada haban podido
saber de Benavides, determinaron darle tormento.

El Tapado no era un hombre  quien arredraban el potro ni la garrucha;
pero seguramente tena la conviccin de que la muerte era preferible al
tormento, y pens en el suicidio.

Una maana el carcelero entr al calabozo del Tapado y se encontr con
que, contra su costumbre, el preso estaba an en su cama.

El carcelero crey al principio que se habra dormido; acercse  l y
oy que su respiracin fatigosa era ms bien el estertor de un
agonizante.

--Este hombre est enfermo!--exclam acercndose ms y mirndole el
rostro.

--Se ahoga!--dijo espantado mirando que el Tapado tena el rostro
crdeno y que sus ojos parecan querer saltarse de las rbitas.

El asustado carcelero apart violentamente la ropa de la cama que cubra
el pecho de Benavides y lanz un grito.

--Se est ahorcando este mal cristiano; Dios se lo perdone!

En efecto, Benavides haba hecho un dogal con un pauelo, y tiraba de
ambas puntas desesperadamente.

El carcelero se arroj sobre l, le quit el pauelo de las manos y
luego se lo arranc del cuello.

Ya era tiempo, un minuto ms y D. Antonio hubiera dejado de existir.

Llegaron entonces otros dependientes de la prisin, atrados por los
gritos, y comenzaron  auxiliar al Tapado hasta hacerle volver en s.

--Bravo susto nos habis dado!--le dijo el carcelero--por poco os
matais; tened entendido que me debis la vida.

--Dios te lo perdone--contest el Tapado--bien cruel ha sido tu caridad.

Y despus de esto volvi  su tenaz silencio.

La noticia del suceso lleg  la Audiencia, y los oidores, temerosos de
que otra vez fuese ms afortunado en su tentativa, determinaron
practicar cuanto antes las diligencias del tormento.

Para qu describir lo que pas en aquella brbara ejecucin? Los
tormentos de la justicia ordinaria eran los mismos que usaba el santo
Tribunal de la Inquisicin, y sobre poco ms  menos igual el modo de
aplicarlos, y semejantes las frmulas del interrogatorio y de las
moniciones.

Los lectores del _Libro Rojo_ conocen ya demasiado estas brbaras
prcticas, que por fortuna de la humanidad han pasado ya para siempre.

Benavides sufra el tormento con una energa y presencia de nimo que no
se desmenta ni por un solo instante, y nada supieron los oidores de
nuevo, y el dolor no arranc al Tapado la confesin ms insignificante.

Y sin embargo, espantoso debi haber sido el sufrimiento de aquel
hombre, porque si la fortaleza de su alma venci al dolor, su cuerpo no
pudo resistir tan duro tratamiento: nada confes; pero al da siguiente
todo Mxico saba que iban  sacramentar al Tapado que estaba moribundo
 consecuencia del martirio que le haban hecho sufrir los seores de la
Sala del Crimen.

El Virrey nada deca de todo esto, pareca haberse olvidado
completamente de D. Antonio de Benavides, y se ocupaba slo de los
festejos que deban hacerse con motivo del bautismo de un hijo suyo que
haba nacido cinco  seis das antes del en que dieron tormento al
Tapado.


VI.

Mircoles 14 de julio de 1683, dice el Lic. D. Antonio de Robles en su
diario, de donde hemos tomado estos datos, da de San Buenaventura fu
el bautismo del hijo del Virrey,  las once y media; llevronle en silla
de manos la aya: bautizle el seor arzobispo en la pila de San Felipe
de Jess; pusironle Jos Mara Francisco _omnium Sanctorum_; asisti la
real Audiencia en la catedral, en la nave del altar del Perdn, y todas
las religiones; marcharon todas las compaas  hicieron salvas
generales; tvole de padrino Fray Juan de la Concepcin, donado de San
Francisco que S. E. trajo de Espaa; acabse la funcin  la una; en la
marcha anduvo el conde de Santiago, de maestre de campo,  caballo.

En la noche se quemaron delante de palacio doce invenciones de fuego
grandes; hubo mucho concurso.

Cenaron en palacio esta noche los tribunales de Audiencia.

Aquel da, pues, era todo de fiestas y de regocijo en la corte del
Virrey, el palacio estaba iluminado profusamente, damas y caballeros
atravesaban los corredores y se reunan en las estancias,  se asomaban
 los balcones para divertirse con los fuegos, las ricas carrozas
cruzaban la plaza mayor en todas direcciones, y una muchedumbre alegre y
bulliciosa se apiaba delante de la habitacin del Virrey escuchando las
msicas de las serenatas y confundiendo sus gritos con el estallido de
los petardos.

Y en aquellos mismos momentos, en el edificio del palacio, en uno de los
ms oscuros y tristes calabozos de la crcel de corte, un humilde
sacerdote, acompaado nada ms de algunos devotos, administraba el
sacramento de la Extrema Uncin al misterioso marqus de San Vicente, al
visitador D. Antonio de Benavides.

El sacerdote murmuraba devotamente sus fervorosas oraciones en aquel
apartado calabozo, en medio de un silencio que no interrumpan all ms
que los dbiles gemidos del moribundo y el chasquido triste de las
hachas de cera con que alumbraban los asistentes, pero que formaba un
pavoroso contraste con los perdidos ecos de las msicas y de los gritos
de la multitud que gozaba.

Don Antonio de Benavides recibi los ltimos sacramentos y di al cura
mil pesos de manpulo, que el cura se neg  aceptar, y que el Virrey
mand despus que se aplicaran  la compra de un palio para el
Santsimo.

La historia del Tapado ofrece  cada momento incidentes que slo sirven
para aumentar ms y ms el misterio que envuelve siempre  este clebre
personaje, y que nos inducen  formar mil conjeturas.

En efecto, qu puede pensarse de un hombre sobre quien la justicia
haba ejercido tan rudamente su poder, que estaba moribundo 
consecuencia del tormento, olvidado en un calabozo, en una ciudad y en
un reino al que llegaba por la primera vez, y que haca tan fcilmente
un regalo de esa clase  la Iglesia, sin tener bienes conocidos de
ninguna clase, ni relaciones aparentes con ninguna persona de la
colonia?

Dar, no mil sino cincuenta  cien mil pesos  la Iglesia, era una cosa
usada y muy sencilla para cualquiera de los ricos colonos de la Nueva
Espaa; pero el preso, infeliz y desvalido, regalando mil, esto es una
cosa en verdad llena de misterio.


VII.

Un ao se pas, y en Mxico se olvidaron casi de Benavides, que
restablecido de su peligrosa enfermedad segua siendo juzgado por la
Audiencia.

Pero el lunes 10 de julio de 1684 se supo que el Tapado haba sido
condenado  muerte, y que haba sido puesto ya en capilla, y como una
ejecucin de justicia era en aquellos tiempos un espectculo pblico muy
concurrido, todos comenzaron  disponerse para asistir  esta que, segn
las leyes y la prctica, deba verificarse tres das despus, es decir,
el mircoles 14.

En efecto as aconteci; Benavides pas en la capilla esos tres das de
agona, que son el ms terrible de los castigos, y durante ellos hizo
llamar  Castillo, el secretario del Virrey, para hacerle una
revelacin: qu le dijo? jams se supo.

Amaneci por fin el da 14; la Plaza de Armas y las calles cercanas se
llenaron de curiosos, las gentes coronaron las azoteas, y el sol puro y
brillante en medio de un cielo limpio y sereno, alumbr con sus
ardientes rayos una muchedumbre ansiosa de contemplar el suplicio de un
hombre que ningn mal le haba hecho y  quien solo de nombre conoca.

Don Antonio de Benavides, con el pecho cubierto de escapularios, sin
sombrero, vestido de negro y caballero en una mula sali de la crcel
rodeado de soldados, llevando  su lado dos sacerdotes que le animaban 
morir cristianamente.

La fnebre comitiva hizo aquella especie de paseo que se acostumbraba
hacer con los reos, y en cada esquina el pregonero con voz atronadora
publicaba el nombre del ajusticiado, su crimen y la pena que iba 
sufrir.

As llegaron hasta la horca que estaba en el centro de la plaza.
Benavides fu bajado de la mula, el verdugo pas el dogal alrededor de
su cuello, los sacerdotes redoblaron sus fervorosas oraciones.--Jess
te acompae!--murmur la multitud, y...... D. Antonio de Benavides,
marqus de San Vicente, visitador, mariscal de campo y castellano de
Acapulco, no era ya ms que un cadver que se meca en la horca.

Despus de esto, los sacerdotes se retiraron y los verdugos descolgaron
el cadver, y conforme  la sentencia le cortaron las manos y la cabeza:
una mano se clav en la horca, y la otra y la cabeza fueron enviadas 
Puebla.

En estos momentos, cuando en la plaza resonaban los martillazos del
verdugo que enclavaba en la horca la mano, el sol que haba ido
palideciendo se eclips totalmente, la muchedumbre, impresionada con el
espectculo, sinti un terror supersticioso al ver que el sol se
obscureca, y huy despavorida en todas direcciones.

Un momento despus la gran plaza estaba desierta.

El ms impenetrable misterio vela toda esta historia. Quin era el
Tapado?  qu vino  Mxico? qu habl con el virrey? Nadie lo supo.
Quiz algn da el casual encuentro de algn ignorado expediente, en
Mxico  en Espaa, arroje la luz sobre este, hasta hoy, sombro
episodio de nuestra historia colonial.

_Vicente Riva Palacio._




NDICE.


                                                        Pgs.

Moctezuma II                                               7

Xicotencatl                                               30

Cuauhtimoc                                                46

Rodrigo de Paz                                            71

Los dos enjaulados (Salazar y Chirino)                    91

El Lic. Vena.--La Sevillana                              108

Alonso y Gil Gonzlez de Avila                           127

Don Martn Corts                                        159

Pedro de Alvarado                                        185

La Peste.--Caridad Evanglica                            199

Fray Marcos de Mena.--Primera parte                      211

Segunda parte                                            228

Tercera parte                                            245

La Familia Carabajal.--Primera parte                     265

Segunda parte                                            292

Tercera parte                                            318

Los Treinta y tres Negros                                351

El Tumulto de 1624.--El Arzobispo Prez de la Serna      369

Don Juan Manuel                                          393

El Tapado                                                410


NOTAS:

 [1] La narracin de los ltimos das de este infortunado monarca,
 se refiere en este artculo enteramente ajustada  las historias y
 crnicas antiguas.

 [2] La aparicin de este cometa que tanto miedo caus  los mexicanos,
 parece que es la que seala Arago en su Catlogo en el ao de 1514.

 [3] _Historia de las Indias de N. Espaa_ por Fr. Diego Durn,
 publicada por D. Jos Fernando Ramrez.

 [4] Fr. Diego Durn.

 [5] Torquemada.--_Monarqua Indiana._

 [6] Prescott.--_Historia de la Conquista._

 [7] Prescott.--_Historia de la Conquista._

 [8] Se ha adoptado para finalizar este escrito la tradicin ms
 probable de la muerte de Moctezuma, y puede verse en el tomo 10. del
 _Boletn de Geografa y Estadstica_ la disquisicin histrica hecha
 por el Sr. D. Fernando Ramrez.

 [9] Fr. Diego Durn.

 [10] Prescott, _Historia de Mxico_; Gomara, Ixtlilxochil, Herrera,
 Camargo.

 [11] Torquemada y Sahagun.

 [12] _Actas del Ayuntamiento de Mxico._--_Ao de 1525._
 _Alamn._--_Cabo._

 [13] Los datos estn tomados de Torquemada, el padre Cabo, y
 especialmente de la curiosa _noticia histrica_ escrita por D. Manuel
 Orozco y Berra. Algunos de los pormenores se encuentran esparcidos
 en las crnicas antiguas de los conventos; as, en estos estudios no
 hacemos sino animar  los personajes y ponerlos por un instante de
 bulto ante el lector, pero conservando en todo la verdad histrica.

 [14] Alamn, Disertaciones.--Prescott, _Historia de la conquista de
 Nueva Espaa_.

 [15] Cabo, _Los tres siglos_.--Mota Padilla, _Conquista de la Nueva
 Galicia_.--M. S. citado por el Sr. Garca Icazbalceta en su articulo
 Alvarado.--_Diccionario de historia y geografa._

 [16] Este cometa es sin duda el mismo que registra Arago en su
 catlogo bajo el nmero 32, y que fu observado en 1577 por
 Tycho-Brahe, y calculado por Halley y Woldsted.

 [17] Cabo, _Los tres siglos de Mxico_, libro 5.--Torquemada, pr. 6,
 cap. 23.

 [18] Cabo, _Los tres siglos_. Dvila Padilla, _Historia de los
 dominicanos_. Sahagn, _Historia de Nueva Espaa_.

 [19] Cabo, _Los Tres Siglos_.

 [20] Cabo.--Torquemada.--Vetancourt.








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Vicente Riva Palacio and Manuel Payno and Juan A. Mateos and Rafael Martnez de la Torre

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both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

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or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


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